Por amor, Dios se ha revelado y se ha entregado al hombre. De este modo da una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que el hombre se plantea sobre el sentido y la finalidad de su vida.
Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su propio Misterio mediante obras y palabras.
Más allá del testimonio que Dios da de sí mismo en las cosas creadas, se manifestó a nuestros primeros padres. Les habló y, después de la caída, les prometió la salvación (cf. Gn 3,15), y les ofreció su alianza.
Dios selló con Noé una alianza eterna entre El y todos los seres vivientes (cf. Gn 9,16). Esta alianza durará tanto como dure el mundo.
Dios eligió a Abraham y selló una alianza con él y su descendencia. De él formó a su pueblo, al que reveló su ley por medio de Moisés. Lo preparó por los profetas para acoger la salvación destinada a toda la humanidad.
Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de El.
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Pentecostés, realización de la Nueva Alianza
1. En el Pentecostés de Jerusalén encuentra su coronamiento la Pascua de la cruz y de la resurrección de Cristo. En la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén con María y con la primera comunidad de los discípulos de Cristo, se realiza el cumplimiento de las promesas y de los anuncios hechos por Jesús a sus discípulos. Pentecostés constituye la solemne manifestación pública de la Nueva Alianza establecida entre Dios y el hombre “en la sangre” de Cristo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre”, había dicho Jesús en la última Cena (1 Co 11, 25). Se trata de una Alianza nueva, definitiva y eterna, preparada por las precedentes alianzas de las que habla la Sagrada Escritura. Estas últimas ya llevaban en sí mismas el anuncio del pacto definitivo, que Dios establecería con el hombre en Cristo y en el Espíritu Santo. La palabra divina, transmitida por el profeta Ezequiel, ya invitaba a ver a esta luz el acontecimiento de Pentecostés: “Infundiré mi espíritu en vosotros” (Ez 36, 27).
2. Hemos explicado con anterioridad que, si en un primer momento Pentecostés había sido la fiesta de la siega (Ex 23, 16), seguidamente comenzó a celebrarse también como recuerdo y casi como renovación de la Alianza establecida por Dios con Israel tras la liberación de la esclavitud de Egipto (cf. 2 Cro 15, 10-13). Por lo demás, ya en el Libro del Éxodo leemos que Moisés tomó el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh. Entonces tomó Moisés la sangre roció con ella al pueblo y dijo: esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras (Ex 24, 7-8).
3. La Alianza del Sinaí había sido establecida entre Dios-Señor y el pueblo de Israel. Antes de esa, ya habían existido, según los textos bíblicos, la alianza de Dios con el patriarca Noé y con Abraham.
La alianza establecida con Noé después del diluvio contenía el anuncio de una alianza que Dios quería establecer con toda la humanidad: “He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestra futura descendencia,... con todos los animales que han salido del arca” (Gn 9, 9-10). Y por consiguiente no sólo con la humanidad, sino también con toda la creación que rodea al hombre en el mundo visible.
La alianza con Abraham tenía también otro significado. Dios escogía a un hombre y con él establecía una alianza por causa de su descendencia: “Estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posterioridad” (Gn 17, 7). La alianza con Abraham era la introducción a la alianza con un pueblo entero, Israel, en consideración del Mesías que debía provenir precisamente de ese pueblo, elegido por Dios con tal finalidad.
4. La Alianza con Abraham no contenía propiamente una Ley. La Ley divina fue dada más tarde, en la alianza del Sinaí. Dios la prometió a Moisés que había subido al monte por su llamada: “Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra... Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel” (Ex 19, 5). Habiendo sido referida la promesa divina a los ancianos de Israel, “todo el pueblo a una respondió diciendo: ‘haremos todo cuanto ha dicho Yahveh’. Y Moisés llevó a Yahveh la respuesta del pueblo” (Ex 19, 8).
Esta descripción bíblica de la preparación de la Alianza y de la acción mediadora de Moisés pone de relieve la figura de este gran jefe y legislador de Israel, mostrando la génesis divina del código que él dio al pueblo, pero quiere también darnos a entender que la alianza del Sinaí implicaba compromisos por ambas partes: Dios, el Señor, escogía a Israel como su propiedad particular, “un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 6), pero a condición de que el pueblo observase la Ley que Él daría con el Decálogo (cf. Ex 20, 1 ss.), y las demás prescripciones y normas. Por su parte, Israel se comprometió a esta observancia.
5. La historia de la Antigua Alianza nos muestra que este compromiso muchas veces no fue mantenido. Especialmente los Profetas reprochan a Israel sus infidelidades e interpretan los acontecimientos luctuosos de su historia como castigos divinos. Los profetas amenazan nuevos castigos, pero al mismo tiempo anuncian otra Alianza. Leemos, por ejemplo, en Jeremías: “He aquí que días vienen –oráculo de Yahveh― en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva Alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza” (Jr 31, 31-32).
La nueva ―futura― alianza será establecida implicando de modo más íntimo al ser humano. Leemos también: “Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días ―oráculo de Yahveh―: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jr 31, 33).
Esta nueva iniciativa de Dios afecta sobre todo al hombre “interior”. La Ley de Dios será “puesta” en lo profundo del “ser” humano (del “yo” humano). Este carácter de interioridad es confirmado por aquellas otras palabras: “sobre sus corazones la escribiré”. Por tanto, se trata de una Ley, con la que el hombre se identifica interiormente. Sólo entonces Dios es de verdad “su” Dios.
6. Según el profeta Isaías, la Ley constitutiva de la Nueva Alianza será establecida en el espíritu humano por obra del Espíritu de Dios. “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh” (Is 11, 1-2), es decir, sobre el Mesías. En Él se cumplirán las palabras del Profeta: “El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh” (Is 61, 1). El Mesías, guiado por el Espíritu de Dios, realizará la Alianza y la hará “nueva” y “eterna”. Es lo que anuncia el mismo Isaías con palabras proféticas suspendidas sobre la oscuridad de la historia: “Cuanto a mí, esta es la alianza con ellos, dice Yahveh. Mi espíritu que ha venido sobre ti y mis palabras que he puesto en tus labios no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia, ni de la boca de la descendencia de tu descendencia, dice Yahveh, desde ahora y para siempre” (Is 59, 21).
7. Cualesquiera que sean los términos históricos y proféticos en que se coloque la perspectiva de Isaías, podemos afirmar que sus palabras encuentran su pleno cumplimiento en Cristo, en la Palabra que es suya “propia”, pero también “del Padre que lo ha enviado” (cf. Jn 5, 37); en su Evangelio, que renueva, completa y vivifica la Ley; y en el Espíritu Santo que es enviado en virtud de la redención obrada por Cristo mediante su cruz y su resurrección, confirmando plenamente lo que había anunciado Dios por medio de los profetas ya en la Antigua Alianza. Con Cristo y en el Espíritu Santo se tiene la Nueva Alianza, de la que el profeta Ezequiel, como portavoz de Dios, había predicho: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas... Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 26-28).
8. En el acontecimiento del Pentecostés de Jerusalén la venida del Espíritu Santo realiza definitivamente la “nueva y eterna” Alianza de Dios con la humanidad establecida “en la sangre” del Hijo unigénito, como momento culminante del “Don de lo alto” (cf. St 1, 17). En aquella Alianza el Dios Uno y Trino “se dona” no sólo al pueblo elegido, sino también a toda la humanidad. La profecía de Ezequiel: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 28) cobra entonces una dimensión nueva y definitiva: la universalidad. Realiza plenamente la dimensión de la interioridad, porque la plenitud del Don ―el Espíritu Santo― debe llenar todos los corazones, dando a todos la fuerza necesaria para superar toda debilidad y todo pecado. Cobra la dimensión de la eternidad: es una alianza “nueva y eterna” (cf. Hb 13, 20). En aquella plenitud del Don tiene su propio inicio la Iglesia como Pueblo de Dios de la nueva y eterna Alianza. Así se cumple la promesa de Cristo sobre el Espíritu Santo, enviado como “otro Consolador” (Parákletos), “para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16). 02.VIII.1989
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Primera luz y fortaleza: el precepto del Señor - Siempre el decálogo, queridos hijos, siempre el Evangelio. En Jesús bendito, "camino, verdad, vida, luz del mundo", taumaturgo al servicio de las necesidades y enfermedades humanas, mártir divino por la expiación humana y Rey victorioso y triunfal de los siglos y de los pueblos, se inspira el esfuerzo por buscar la justicia y se hace fuerte. La defensa y elevación de los débiles e indigentes descubren las maravillas de la caridad que aseguran la salvación y resurrección de los hombres y grupos étnicos, la transformación de las zonas atrasadas y los sectores en decadencia.
Esta es la gran responsabilidad que incumbe a todos y a la cual ningún viviente puede sustraerse. El juicio final del universo, al final de su destino, es este: "Venite benedicti, discedite maledicti" (Matth. 25,34,41). Estas palabras son como un compendio y conclusión de la historia del mundo, consumada y decidida mediante la enumeración de las formas más variadas, concedidas o negadas por la asistencia social de hombre con hombre y familia con familia, de gente con gente.
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SACERDOTES
DE LA ANTIGUA ALIANZA
Desde los albores de su larga historia, la humanidad ha sentido siempre la necesidad de hombres que, mediante una misión de muy diversos modos a ellos confiada, fueran como mediadores ante la divinidad y se relacionasen con Dios en nombre de todos los demás.
Hombres encargados de ofrecer a Dios oraciones, sacrificios, expiaciones en nombre de todo el pueblo, el cual ha sentido siempre la obligación de rendir culto público a Dios, reconocer en El al Supremo Señor y primer principio, tender a El como fin último, darle gracias y hacérselo propicio y esto aunque, en muchas épocas y lugares se hubiera oscurecido en gran medida el verdadero Dios con divinidades falsas.
Con los primeros fulgores de la Revelación divina aparece la misteriosa y venerable figura de Melquisedec (Cf. Gn 14,18), sacerdote y rey, a quien el autor de la Carta a los Hebreos ve como figura de Jesucristo (Cf. Hb 5,10; 6,20; 7, 1-11, 15).
Durante la travesía del Exodo por el desierto del Sinaí, Dios constituyó al pueblo de Israel como "un reino de sacerdotes y una nación consagrada" (Ex 19,6). Pero dentro de ese pueblo, todo él sacerdotal, escogió una de las doce tribus, la de Levi, para el servicio litúrgico. Estos sacerdotes eran consagrados mediante un rito propio (cf Ex 29,1-30) y sus funciones, deberes y ritos vienen establecidos minuciosamente, sobre todo en el libro del Levítico.
Los pertenecientes a esta tribu, sacerdotal por excelencia, no recibieron ninguna parte de heredad, cuando el pueblo llegó a establecerse en la tierra prometida. Dios mismo fue la parte de su herencia (cf Jos 13,33).
Instituido para anunciar la Palabra de Dios (cf Ml 2,7-9) y para establecer la comunión y la paz con Dios mediante los sacrificios y la oración, este sacerdocio fué siempre fuente de esperanza, de gloria, de fuerza y de liberación dentro del pueblo de Israel, manteniendo la fe en el futuro Mesías.
El admirable templo de Salomón fue símbolo e imagen de aquel sacerdocio tan lleno de majestad y misterio. Cuenta el historiador Flavio Josefo que el victorioso conquistador Alejandro Magno se inclinó reverentemente ante el Sumo Sacerdote (Cf. Antigüedades Judías, 11,8,5) y en el libro del profeta Daniel se narra el castigo infligido al rey Baltasar por haber profanado los vasos sagrados del templo en sus banquetes (cf. Dn 5, 1-30).
Sin embargo, este sacerdocio y estos sacrificios eran incapaces de realizar la salvación definitiva, que sólo podría ser lograda por el sacrificio de Cristo Jesús (cf. Hb 5,3;7,27;10,1-4).
No obstante, la liturgia de la Iglesia ve en este sacerdocio de la Antigua Alianza una prefiguración del ministerio ordenado de la Nueva Alianza. En la ordenación consagratoria de los presbíteros, por ejemplo, la Iglesia de rito latino ora:
"Señor, Padre Santo....en la Antigua Alianza se fueron perfeccionando a través de los signos santos los grados del sacerdocio....cuando a los sumos sacerdotes, elegidos para regir el pueblo les diste compañeros de menor orden y dignidad para que les ayudaran como cooperadores...".
Será un sacerdote de la Antigua Alianza, Zacarías, padre de Juan Bautista, quien anuncie solemnemente la llegada inminente "del Sol que surge de lo alto para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1,78-79).
Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, "Mediador único entre Dios y los hombres" (1Tm 2,5). Sólo del hecho de prefigurar el sacerdocio de la Nueva y Eterna Alianza, el sacerdocio de la Antigua recibe su majestad y su gloria.
San Pablo resumirá con frase lapidaria la dignidad y las funciones del sacerdocio ministerial cristiano: "Que los hombres nos consideren como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios" (1Co 4,1).
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El sacrificio de la Nueva Alianza
En la plenitud de los tiempos, después de treinta años de vida oculta, nuestro Señor Jesucristo -el Mesías de Dios (Lc 9,20), el Hijo del Altísimo, el Santo (Lc 1, 31-35), nacido de mujer (Gál 4,4), nacido de una virgen (Is 7,14; Lc 1,34), enviado de Dios (Jn 3,17), esplendor de la gloria del Padre (Heb 1,3), anterior a Abraham (Jn 8,58), Primogénito de toda criatura (Col 1,15), Principio y fin de todo (Ap 22,13), santo Siervo de Dios (Hch 4,30), Consolador de Israel (Lc 2,25), Príncipe y Salvador (Hch 5,31), Cristo, Dios bendito por los siglos (Rm 9,5)-, durante tres años, predicó el Evangelio a los hombres como Profeta de Dios (Lc 7,16), mostrándose entre ellos poderoso en obras y palabras (24,19).
Y una vez proclamada la Palabra divina, consumó su obra salvadora con el sacrificio de su vida. Primero la Palabra, después el Sacrificio.
El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo
En cuanto Jesús inicia su misión pública entre los hombres, Juan el Bautista, su precursor, le señala con su mano y le confiesa repetidas veces con su boca: «ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Él es el que tiene poder para vencer el pecado de los hombres, Él va a ser verdaderamente nuestro Salvador.
Jesucristo, por su parte, es plenamente consciente de su condición de Cordero de Dios, destinado al sacrificio pascual, para la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Si Juan Bautista, siendo sólo un hombre, en cuanto lo ve, reconoce en él «el Cordero» dispuesto por Dios para el definitivo sacrificio purificador del mundo, ¿no iba el mismo Cristo a ser consciente de su propia vocación? Porque Cristo conoce el designio del Padre, anunciado en las Escrituras, por eso se reafirma siempre en la misión redentora que le es propia, y por eso rechaza inmediatamente -como sucede en las tentaciones diabólicas del desierto- toda tentación de mesianismos triunfalistas.
Por otra parte Jesús, en varias ocasiones, avanzando serenamente hacia la cruz, meta de su vida temporal, predice su Pasión a los discípulos: «Entonces comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, y ser entregado a la muerte, y resucitar al tercer día» (Mt 16,21; +17,22-23; 20,17-19). «Ellos no entendieron nada de esto, y estas palabras quedaron veladas. No entendieron lo que había dicho» (Lc 18,34). Era para ellos inconcebible que su Maestro, capaz de resucitar muertos, pudiera ser maltratado y llevado violentamente a la muerte.
En estas ocasiones, y en muchas otras, el Señor se muestra siempre consciente de que va acercándose hacia una muerte sacrificial y redentora. Él es el Pastor bueno, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Él es «el grano de trigo que cae en tierra, muere, y consigue mucho fruto» (12,24). Y por eso asegura: «levantado de la tierra, atraeré todos a mí» (12,32; +8,28)...
La multiplicación de los panes
En el tercer año, probablemente, de su vida pública, nuestro Señor Jesucristo, estando con miles de hombres en un monte, junto al lago de Tiberíades, poco antes de la Pascua judía, realiza una prodigiosa multiplicación de los panes y de los peces (Jn 6,1-15).
Más tarde, regresó a Cafarnaúm, y allí predicó, anunciando la eucaristía, sobre el pan de vida, un alimento infinitamente superior al maná que Moisés dio al pueblo en el desierto: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... El que me come vivirá por mí» (6,48-59).
Muchos se escandalizaron de estas palabras, que consideraron increíbles. Y «desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron, y ya no le seguían». Pero los Doce permanecieron con Él, diciendo: «Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (6,60-69).
Jesucristo, entre Moisés y Elías
También, seguramente, en el año tercero de su ministerio público, Jesús, un día que se fue al monte con Pedro, Santiago y Juan, «mientras oraba», se transfiguró completamente, como si «la plenitud de la divinidad, que en él habitaba corporalmente» (Col 2,9), y que normalmente quedaba velada por su humanidad sagrada, fuese ahora revelada por esa misma humanidad santísima (Mt 17,1-13; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36).
Extasiados los tres apóstoles, vieron de pronto que «se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él». «Ellos también aparecían resplandecientes, y hablaban de su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén». Y al punto salió de la nube la voz del Padre, garantizando a Jesús: «Éste es mi hijo, el predilecto: escuchadle».
Jesús, antes de sellar con su sangre una Alianza Nueva y definitiva, recibe así ante sus tres íntimos discípulos el testimonio de Moisés, el mediador de la Antigua Alianza, y de Elías, el que la restauró. Uno y otro cumplieron su misión sobre un altar de doce piedras, con sangre de animales sacrificados; y Jesús, en la última Cena, lo hará también sobre la mesa de los doce apóstoles, pero esta vez con su propia sangre. Por tanto, el mayor de los patriarcas, Moisés, y el principal de los profetas, Elías, dan testimonio de Jesús. Todo el misterio pascual de Cristo es, pues, un pleno cumplimiento de «la Ley y los profetas» (+Mt 5,17; 7,12; 11,13; 22,40).
Se decide la muerte de Cristo
La resurrección de Lázaro, ocurrida en Betania, a las puertas de Jerusalén, y poco antes de la Pascua, exaspera totalmente el odio que hacia Cristo se había ido formando, sobre todo entre las personas más influyentes de Jerusalén.
«¿Qué hacemos, que este hombre hace muchos milagros?... ¿No comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo?... Profetizó así [Caifás] que Jesús había de morir por el pueblo, y no sólo por el pueblo, sino para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos. Desde aquel día tomaron la resolución de matarle. Jesús, pues, ya no andaba en público entre los judíos, sino que se fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efrem, y allí moraba con los discípulos» (Jn 11, 45-54).
Jesús celebra la Pascua
Los sucesos van a precipitarse poco después: la unción de Jesús en Betania, su entrada triunfal en Jerusalén, el pacto de Judas con el Sanedrín y, finalmente, en el Cenáculo, la celebración de la Pascua judía. En ella, hasta el último momento, observa Cristo con los doce -«conviene que cumplamos toda justicia» (Mt 3,15)- cuanto Moisés había prescrito en este rito, instituído como memorial perpetuo:
«Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con sus apóstoles. Y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo que ya no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: Tomadla y repartidla entre vosotros. Pues os digo que no beberé ya del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios» (Lc 22,14-28).
Liturgia eucarística de la Palabra
Gracias al apóstol Juan (Jn 13-17), conocemos al detalle el Sermón de la Cena, esa grandiosa Liturgia de la Palabra, en la que Jesucristo revela plenamente la caridad divina trinitaria, proclamando con máxima elocuencia la Ley evangélica: el amor a Dios y el amor a los hombres.
-Amor a Dios: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago» (14,31), «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Jesucristo entiende la cruz como la plena revelación de su amor al Padre; como la proclamación plena del primer mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al Padre, y así hay que obedecerle; hasta dar la vida por su gloria».
-Amor a los hombres: «Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó» (Jn 13,1). Y les dijo: «Amáos los unos a los otros, como yo os he amado» (13,34). «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (15,13). El Señor entiende, pues, su cruz como la plena proclamación del segundo mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al prójimo, hasta dar la vida por su bien».
Liturgia eucarística del Sacrificio
Cuatro relatos nos han llegado sobre la celebración primera del sacrificio de la Nueva Alianza, es decir, sobre la institución de la eucaristía. Los dos primeros, de Mateo y Marcos, son muy semejantes, y expresan la tradición litúrgica judía, de Jerusalén, llevada por Pedro a Roma. Los dos segundos testimonios representan más bien la tradición litúrgica de Antioquía, difundida en sus correrías apostólicas por Pablo y Lucas.
-Mateo 26,26-28. «Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dió, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados».
-Marcos 14,22-24. «Mientras comían, tomó pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dió y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él todos. Y les dijo: Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos».
-Lucas 22,19-20. «Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dió, diciendo: Éste es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Éste caliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».
-San Pablo, 1 Corintios 11,23-26. «Yo he recibido del Señor lo que os he transmitido; que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga».
Nótese que el relato de San Pablo, que se presenta explícitamente como «recibido del Señor», fue escrito en fecha muy temprana, hacia el año 55, y que a su vez refleja una tradición eucarística anterior.
Institución de la Eucaristía
Según esto, en la Cena del jueves realiza el Señor la entrega sacrificial de su cuerpo y de su sangre -«mi cuerpo entregado», «mi sangre derramada»-, anticipando ya, en la forma litúrgica del pan y del vino, la entrega física de su cuerpo y de su sangre, la que se cumplirá el viernes en la cruz.
«La acción ritual. Conforme a la tradición judía del rito pascual, el Señor «toma», «da gracias» a Dios (bendice), «parte» el pan y lo «reparte» entre los discípulos. Son gestos también apuntados en la multiplicación de los panes (Jn 6,11) o en las apariciones de Cristo resucitado (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,13).
-Cordero pascual nuevo. «Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado» (1Cor 5,7), para la salvación de todos. Hemos sido, pues, rescatados «no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha, ya conocido antes de la creación del mundo, y manifestado al fin de los tiempos por amor vuestro» (1Pe 1,18-20). San Juan en el Apocalipsis menciona veintiocho veces a Cristo como Cordero. Y es justamente «el Cordero degollado» el que preside la grandiosa liturgia celestial (Ap 5,6.12).
-La Nueva Alianza. En la Cena-Cruz-Eucaristía establece Cristo una Alianza Nueva entre Dios y los hombres. Y esta vez la Alianza no es sellada con sangre de animales sacrificados en honor de Dios, sino en la propia sangre de Jesús: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre». La alianza del monte Sinaí queda definitivamente superada por la alianza del monte Calvario (+Ex 24,1-8; Heb 9,1-10,18).
«La eucaristía aparece al mismo tiempo como el origen y fundamento del nuevo pueblo de Dios, liberado ahora por la pascua de Cristo y fundado sobre la sangre de la Nueva Alianza» (Sayés, El misterio eucarístico 107). La Cena pascual de Moisés marca el nacimiento de Israel como pueblo libre. La Cena pascual de Cristo funda permanentemente a la Iglesia, el nuevo Israel.
-Memorial perpetuo. Como la Pascua judía, la cristiana se establece como un memorial a perpetuidad: «haced esto en memoria mía». En la eucaristía, por tanto, la Iglesia ha de actualizar hasta el fin de los siglos el sacrificio de la cruz, y ha de hacerlo empleando en su liturgia la misma forma decidida por el Señor en la última Cena.
-Presencia real de Cristo. En la eucaristía el pan y el vino se convierten realmente en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Ya no hay pan: «esto es mi cuerpo que se entrega»; ya no hay vino: «ésta es mi sangre que se derrama». Se trata, pues, de una presencia real, verdadera y substancial de Cristo.
-Pan vivo bajado del cielo. Y es una presencia que debe ser recibida como alimento de vida eterna: «Tomad y comed, mi carne es verdadera comida»; «tomad y bebed, mi sangre es verdadera bebida».
-Sacrificio de la Nueva Alianza. La Cena-Cruz-Eucaristía, por tanto, es un sacrificio: el sacrificio de la Nueva Alianza, que tiene a Cristo como Sacerdote y como Víctima. En efecto, «Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio... Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados» (Heb 10,12.14). Volveremos sobre esto una vez que hayamos contemplado la Pasión.
La agonía en Getsemaní
Jesús, en el Huerto de los Olivos, baja hasta el último fondo posible de la angustia humana (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46). «Pavor y angustia» (Mc), «sudor de sangre» (Lc), desamparo de los tres amigos más íntimos, que se duermen; consuelo de un ángel; refugio absoluto en la oración: «pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»...
¿Es la muerte atroz e ignominiosa, que se le viene encima, «el cáliz» que Cristo pide al Padre que pase, si es posible? No parece creíble. El Señor se encarna y entra en la raza humana precisamente para morir por nosotros y darnos vida. Desea ardientemente ser inmolado, como Cordero pascual que, quitando el pecado del mundo, salva a los hombres, amándolos con amor extremo. Él no se echa atrás, ni en forma condicional de humilde súplica, ni siquiera en la agonía de Getsemaní o del Calvario. Por el contrario, cuando se acerca la tentación y le asalta -«¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?»-, él responde inmediatamente: «¡para esto he venido yo a esta hora!» (Jn 12,27). Y cuando Pedro rechaza la pasión de Jesús, anunciada por éste: «No quiera Dios, Señor, que esto suceda», Cristo reacciona con terrible dureza: «Apártate de mí, Satanás, que me sirves de escándalo» (Mt 16,21-23).
No. El «cáliz» que abruma a Jesús es el conocimiento de los pecados, con sus terribles consecuencias, que a pesar del Evangelio y de la Cruz, van a darse en el mundo: ese océano de mentiras y maldades en el que tantos hombres van a ahogarse, paganos o bautizados, por rechazar su Palabra y por menospreciar su Sangre en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía. Más aún, la pasión del Salvador es causada principalmente por el pecado de los malos cristianos que, despreciando el magisterio apostólico, falsificarán o silenciarán su Palabra; avergonzándose de su Evangelio, buscarán salvación, si es que la buscan, por otro camino; endureciendo sus corazones por la soberbia, despreciarán los sacramentos, y sobre todo la eucaristía, profanándola o alejándose de ella... En definitiva, es la posible reprobación final de pecadores lo que angustia al Señor, y le lleva a una tristeza de muerte.
Como bien señala la madre María de Jesús de Agreda, «a este dolor llamó Su Majestad cáliz». Y en esa angustia sin fondo pedía el Salvador a su Padre que, «siendo ya inexcusable la muerte, ninguno, si era posible, se perdiese»... Y eso es lo que, con lágrimas y sudor de sangre, Cristo suplica al Padre insistentemente, en una «como altercación y contienda entre la humanidad santísima de Cristo y la divinidad» (Mística Ciudad de Dios, 1212-1215).
La libre ofrenda de la Cruz
Importa mucho entender que en la cruz se entrega Cristo a la muerte libre y voluntariamente. Otras ocasiones hubo en que quisieron prender a Jesús, pero no lo consiguieron, «porque no había llegado su hora» (Jn 7,30; 8,20). Así, por ejemplo, en Nazaret, cuando querían despeñarle, pero él, «atravesando por medio de ellos, se fue» (Lc 4,30). Ahora, en cambio, «ha llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1). Y los evangelistas, al narrar el Prendimiento, ponen especial cuidado en atestiguar la libertad y la voluntariedad de la entrega que Cristo hace de sí mismo.
-Cristo Sacerdote se acerca serenamente al altar de la cruz. En el Huerto, recuperado por la oración de su estado espiritual agónico, sale ya sereno, plenamente consciente, al encuentro de los que vienen a prenderlo: conocía ciertamente que era Judas quien iba a entregarle (Jn 13,26), y «sabía todo lo que iba a sucederle» (18,4).
-Hasta en el prendimiento manifiesta Cristo su poder irresistible. Sin esconderse, Él mismo se presenta: «Yo soy [el que buscáis]». Y al manifestar su identidad, todos caen en tierra (Jn 18,5-6). Ese yo soy [ego eimi] en su labios es equivalente al yo soy de Yavé en los libros antiguos de la Escritura. Y Juan se ha dado cuenta de este misterio (+Jn 8,58; 13,19; 18,5). Los enemigos de Cristo caen en tierra, se postran ante él en homenaje forzado, impuesto milagrosamente por Jesús, que, antes de padecer, muestra así un destello de su poder divino y manifiesta claramente que su entrega a la muerte es perfectamente libre.
-Jesús impide que le defiendan. Detiene toda acción violenta de quien intenta protegerle con la espada, y cura la oreja herida de Malco, el siervo del Pontífice (Jn 18,10-11). No se resiste, pudiendo hacerlo. Y explica por qué no lo hace: «Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53).
-Jesús no opone resistencia. Él sabe bien, y lo afirma, que hubiera podido pedir y conseguir del Padre «doce legiones de ángeles» que le defendieran; pero quiere que se cumpla la providencia del Padre. Él, que había enseñado «no resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra» (Mt 5,39-41), practica ahora su propia doctrina.
-Jesús calla. «Maltratado y afligido, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores» (Is 53,7). En los pasos tenebrosos que preceden a su pasión -interrogatorios, bofetadas, azotes, burlas-, «Jesús callaba» (ante Caifás, Mt 26,63; Pilatos, 27,14; Herodes, Lc 23,9; Pilatos, Jn 19,9).
Se entrega libremente a la muerte. Es, pues, un dato fundamental para entender la Pasión de Cristo conocer la perfecta y libre voluntad con que realiza su entrega sacrificial a la muerte: «Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mí mismo» (Jn 10,17-18). Jesucristo es el Señor, también en Getsemaní y en el Calvario, por insondable que sea entonces su humillación y abatimiento.
-La cruz es providencia amorosa del Padre, anunciada desde el fondo de los siglos. Quiso Dios permitir en su providencia la atrocidad extrema de la cruz para que en ella, finalmente, se revelara «el amor extremo» de Cristo a los suyos (Jn 13,1), pues, ciertamente, es en la cruz «cuando se produce la epifanía de la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4). No fue, pues, la cruz un accidente lamentable, ni un fracaso de los planes de Dios. Cristo, convencido de lo contrario, se entrega a la cruz, con toda obediencia y sin resistencia alguna, para que «se cumplan las Escrituras», es decir, para se realice la voluntad providente del Padre (Mt 26,53-54.56), que es así como ha dispuesto restaurar su gloria y procurar la salvación de los hombres.
La ofrenda sacrificial que Cristo hace de sí mismo produce un estremecimiento en todo el universo, como si éste intuyera su propia liberación, ya definitivamente decretada. Se rasga el velo del Templo de arriba a abajo, y, eclipsado el sol, se obscurece toda la tierra; las piedras se parten, se abren sepulcros, y hay muertos que resucitan y se aparecen a los vivos; la muchedumbre se vuelve del Calvario golpeándose el pecho; el centurión y los suyos no pueden menos de reconocer: «Verdaderamente, éste era Hijo de Dios» (Mt 27,51-53; Mc 15,38; Lc 23,44-45).
Resurrección de Cristo
Los relatos de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de sus apariciones (Mt 28,120; Mc 16,1-20; Lc 24; Jn 2021) ponen de relieve la desesperanza en que los discípulos quedaron hundidos tras los sucesos del Calvario. Se resisten, después, a creer en la realidad de la resurrección de Cristo, y éste hubo de «reprenderles por su incredulidad y dureza de corazón, pues no habían creído a los que lo habían visto resucitado de entre los muertos» (Mc 16,14). Es el acontecimiento de la Resurrección lo que despierta y fundamenta la fe de los apóstoles. Por eso, cuando se aparece a los Once, para acabar de convencerles, come delante de ellos un trozo de pez asado (Lc 24,42).
Y otras muchas veces come con ellos (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,12-13), apareciéndoseles «durante cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios» (Hch 1,3). Pues bien, ese comer de Cristo con los discípulos les impresionó especialísimamente. En ello ven probada una y otra vez tanto la realidad del Resucitado, como la familiaridad íntima que con ellos tiene. Y así Pedro dirá en un discurso importante, asegurando las apariciones de Cristo: nosotros somos los «testigos de antemano elegidos por Dios, nosotros, que comimos y bebimos con Él después de su resurrección de entre los muertos» (Hch 10,41). La alegría pascual que caracterizaba esas comidas, de posible condición eucarística, con el Resucitado, es la alegría actual de la eucaristía cristiana.
El sacrificio de la Nueva Alianza
-Sacrificio. Jesús entiende su muerte como un sacrificio de expiación, por el cual, estableciendo una Alianza Nueva, con plena libertad, «entrega su vida» -su cuerpo, su sangre- para el rescate de todos los hombres (+Catecismo 1362-1372, 1544-1545). De sus palabras y actos se deriva claramente su conciencia de ser el Cordero de Dios, que con su sacrificio pascual quita el pecado del mundo. Que así lo entendió Jesús nos consta por los evangelios, pero también porque así lo entendieron sus apóstoles.
La enseñanza de San Pablo es en esto muy explícita: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios de suave aroma» (Ef 5,2; +Rm 3,25). Es el amor, en efecto, lo que le lleva al sacrificio: «Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; +Gál 2,20). Y por eso ahora «en Él tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados» (Ef 1,7; +Col 1,20). Por tanto, «nuestro Cordero pascual, Cristo, ya ha sido inmolado» (1Cor 5,7; igual doctrina en 1Pe 1,2.9; 3,18).
San Juan, por su parte, ve en Cristo crucificado el Cordero pascual definitivo, el que con su muerte sacrificial «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.37). Según disponía la antigua ley mosaica sobre el Cordero pascual, ninguno de sus huesos fue quebrado en la cruz (19,37 = Ex 12,46). Los fieles son, pues, «los que lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero» (Ap 7,14), es decir, «los que han vencido por la sangre del Cordero» (12,11). Y ese Cordero degollado, ahora, para siempre, preside ante el Padre la liturgia celestial (5,6.9.12). Así pues, el sacrificio de la vida humana de Jesús gana en la cruz la salvación para todos: «él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (1Jn 2,2).
-Sacrificio único y definitivo. La carta a los Hebreos, por su parte, contempla a Cristo como sumo Sacerdote, y su muerte, como el sacrificio único y supremo, en el que se establece la Nueva Alianza. En este precioso documento, anterior quizá al año 70, puede verse el primer tratado de cristología. Y en él se enseña que los antiguos sacrificios judíos -aunque establecidos por Dios, como figuras anunciadoras de la plenitud mesiánica- «nunca podían quitar los pecados», por mucho que se reiterasen (10,11), y que por eso mismo estaban llamados a desaparecer «a causa de su ineficacia e inutilidad» (7,18). Ahora, en cambio, en la plenitud de los tiempos, en la Alianza Nueva, nos ha sido dado Jesucristo, el Sacerdote santo, inocente e inmaculado (7,26-28), que siendo plenamente divino (1,1-2; 3,6) y perfectamente humano (2,11-17; 4,15; 5,8), es capaz de ofrecer una sola vez un sacrificio único, el del Calvario (9,26-28), de grandiosa y total eficacia para santificar a los creyentes (7,16-24; 9; 10,10.14).
-Sacrificio de expiación y redención. Cristo nos ha redimido con su propia sangre, sufriendo en la cruz el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. «Traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados, el castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). De este modo nuestro Salvador ha vencido en la humanidad el pecado y la muerte, y la ha liberado de la sujeción al Demonio.
«Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y no imputándole sus delitos» (2Cor 5,19). En efecto, nosotros estábamos «muertos a causa de nuestros pecados», pero Cristo nos ha hecho «revivir con él, perdonando todas nuestros delitos, y cancelando el acta de condenación que nos era contraria, la ha quitado de en medio, clavándola en la cruz. Así fue como despojó a los principados y potestades, y los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz» (Col 2,13-15). En la cruz, efectivamente, Cristo «ha destruido por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (Heb 2,14), y «haciéndose Sacerdote misericordioso y fiel», de este modo misterioso e inefable, «ha expiado los pecados del pueblo» (2,17).
-Sacrificio de acción de gracias. Ahora nosotros, «rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha» (1Pe 1,18-19), tenemos un ministerio litúrgico de alegría infinita, que iniciamos en la eucaristía de este mundo, para continuarlo eternamente en el cielo, cantando la gloria de nuestro Redentor bendito:
«Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria» (Prefacio I pascual).
((Los protestantes primeros -Lutero, Zuinglio, Calvino-, reconociendo el carácter sacrificial de la cruz, niegan que la misa sea un sacrificio, porque ignoran que la eucaristía no es sino el mismo misterio de la cruz. Partiendo de ese gran error, abominan de la misa, como si fuera una superstición horrible, y del sacerdocio católico. Una de las dos o tres ideas fundamentales de la Reforma protestante es, sin duda, la extinción del sacrificio eucarístico y del sacerdocio católico.))
En el signo de la Cruz
Todo el Evangelio tiene su clave en «la doctrina de la cruz de Cristo» (1Cor 1,18). Por eso el Apóstol no presume de saber de nada, sino de «Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 2,2). Según ya vimos, es en la cruz donde se escribe con sangre la ley divina fundamental: cómo hay que amar a Dios y cómo hay que amar al prójimo.
Pero en la cruz se nos revela también el amor inmenso que Dios nos tiene. Es en la cruz donde se produce la suprema epifanía de Dios, que «es amor» (1Jn 4,8). Mirando a la cruz, que preside nuestras iglesias y que honra con su signo sagrado todo lo cristiano, es como nos sabemos hijos «elegidos de Dios, santos y amados» (Col 3,12). Pues, aunque sea un misterio insondable, la cruz sucedió «según los designios de la presciencia de Dios» (Hch 2,23). No fue, como ya vimos, un accidente imprevisto, ni un fracaso: fue un «mandato del Padre» (Jn 14,31), obedecido por el Hijo hasta la muerte (Flp 2,8). Todo lo relacionado con la cruz del Hijo de Dios es, sin duda, «escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos» (1Cor 1,23-24). La cruz es, en efecto, la locura del amor de Dios hacia los hombres.
«La verdad es que apenas habrá quien muera por un justo; sin embargo, pudiera ser que muriera alguno por uno bueno; pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros» (Rm 5,7-8). El Padre, en efecto, «no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros» (8,32). Este asombro de San Pablo es el mismo de San Juan: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,9-10).
Los Padres de la Iglesia no apartan sus ojos de la cruz de Cristo, actualizada siempre en la eucaristía, y no se cansan de cantar su gloria en sus escritos y predicaciones. Ningún otro aspecto de la fe es tratado por ellos con tanta frecuencia, con tanto gozo y amor. Y no hacen en eso sino prolongar la predicación de los apóstoles: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en la carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20). Este espíritu de los Padres, es el que ha animado a los santos de todos los tiempos. Así San Juan Crisóstomo:
«La cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe» (MG 49,396).
La cruz, aún más que la resurrección, revela que Dios es amor, y manifiesta inequívocamente el amor que nos ha tenido Dios. Esto es lo que hace de la cruz la clave indiscutible del cristianismo. La resurrección gloriosa expresa de modo formidable la divinidad de Jesucristo, su victoria sobre la muerte y el demonio, el pecado y el mundo. Pero la cruz, la sagrada y bendita cruz, es la revelación suprema de Dios, que es amor, y la prueba máxima del amor que Dios nos tiene. La misericordia de Dios con los pecadores, la solicitud paternal de su providencia, la locura del amor divino, la misteriosa naturaleza íntima del mismo Dios, se revelan ante todo y sobre todo en la cruz de Cristo, esa cruz que se actualiza en el sacrificio litúrgico de la misa. «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó [en Belén, y aún más, en el Calvario] su Unigénito Hijo» (Jn 3,16).

San Agustín exclama en sus Confesiones:
«¡Oh, cómo nos amaste, Padre bueno, que "no perdonaste a tu Hijo único, sino que lo entregaste por nosotros, que éramos pecadores" [Rm 8,32]! ¡Cómo nos amaste a nosotros, por quienes tu Hijo "no hizo alarde de ser igual a ti, sino que se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz" [+Flp 2,6]! Siendo como era el único libre entre los muertos, "tuvo poder para entregar su vida y tuvo poder para recuperarla" [+Jn 10,18]. Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima: vencedor, precisamente por ser víctima; por nosotros se hizo ante ti sacerdote y sacrificio: sacerdote, precisamente del sacrificio que fue él mismo. Siendo tu Hijo, se hizo nuestro servidor, y nos transformó, para ti, de esclavos en hijos...
«Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mi miseria, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad; pero tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: "Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos" [1Cor 5,75].
«He aquí, pues, Señor, que arrojo ya en ti mi cuidado, a fin de que viva y pueda "contemplar las maravillas de tu voluntad" [Sal 118,18]. Tú conoces mi ignorancia y mi flaqueza: enséñame y sáname. Tu Hijo único, "en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" [Col 2,3], me redimió con su sangre. "No me opriman los insolentes" [Sal 118,122], porque yo tengo en cuenta mi rescate, y lo como y lo bebo y lo distribuyo, y aunque pobre, deseo saciarme de él en compañía de aquellos que comen de él y son saciados por él. "Y alabarán al Señor los que le buscan" [Sal 21,27]» (Confesiones X,43,69-70).
La cruz del Señor, actualizada cada día en la eucaristía, es el sello de garantía de todo lo cristiano. Lo que no está marcado por su gloriosa huella es sin duda una falsificación del cristianismo. No es posible ser discípulo de Cristo, no es posible seguirle, sin tomar cada día la cruz (Lc 14,27). El verdadero camino evangélico, que lleva a la vida y a la alegría, es un camino estrecho, que pasa por una puerta angosta (Mt 7,13-14).
La Iglesia que «no se avergüenza del Evangelio» (+Rm 1,16; 2Tim 1,8) es la que se gloría siempre en la cruz de Cristo (Gál 6,14), y no en otras cosas. Es la que en su fe, predicación y espiritualidad permanece fielmente centrada en la Cruz sagrada, de donde procede toda salvación, honor y gracia. En tal Iglesia no se requieren grandes explicaciones sobre la eucaristía. Pocas palabras bastan para introducir en el misterio de su liturgia. Por el contrario, allí donde prevalezcan «los enemigos de la cruz de Cristo» (Flp 3,18), allí donde se va dejando de lado la Pasión redentora, para centrar la atención de los cristianos en temas «más positivos», la eucaristía resulta ininteligible. Y entonces, de poco le servirán al pueblo cristiano las explicaciones sobre la liturgia eucarística, por minuciosas y pedagógicas que sean. Alejado de la Cruz, el pueblo ha ido perdiendo la inteligencia de la fe.
Stabat Mater dolorosa juxta Crucem lacrimosa
No hemos de terminar esta breve evocación de la Pasión sin decir que en el mismo centro del Misterio Pascual está la Virgen María: «junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19,25). Ella se une tan indeciblemente a Cristo por el amor, que durante la Pasión puede decirse que es insultada, tentada por el demonio, abandonada por los discípulos, azotada y despreciada, y que, como su Hijo, ella también sufre pavor y angustia, pensando sobre todo en la posible suerte de los réprobos. Finalmente, la lanza del soldado, más que a Cristo, ya muerto e impasible, la atraviesa a ella, que está viva, aunque medio muerta por la pena.
Se han cumplido, pues, aquellas palabras proféticas que Simeón, con el niño Jesús en sus brazos, «dijo a María, su madre: Mira, éste está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para señal de contradicción; mientras que a ti una espada te atravesará el corazón» (Lc 2,34-35).
La pasión de la Virgen María es, pues, parte integrante del Misterio Pascual y, por tanto, de la santa misa, que lo actualiza bajo los velos de la liturgia (+Catecismo 964).
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La alianza con Noé
Una vez rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas. La Alianza con Noé después del diluvio (cf. Gn 9,9) expresa el principio de la Economía divina con las "naciones", es decir con los hombres agrupados "según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes" (Gn 10,5; cf. 10,20-31).
Este orden a la vez cósmico, social y religioso de la pluralidad de las naciones (cf. Hch 17,26-27), está destinado a limitar el orgullo de una humanidad caída que, unánime en su perversidad (cf. Sb 10,5), quisiera hacer por sí misma su unidad a la manera de Babel (cf. Gn 11,4-6). Pero, a causa del pecado (cf. Rom 1,18-25), el politeísmo así como la idolatría de la nación y de su jefe son una amenaza constante de vuelta al paganismo para esta economía aún no definitiva.
La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el tiempo de las naciones (cf. Lc 21,24), hasta la proclamación universal del evangelio. La Biblia venera algunas grandes figuras de las "naciones", como "Abel el justo", el rey-sacerdote Melquisedec (cf. Gn 14,18), figura de Cristo (cf. Hb 7,3), o los justos "Noé, Daniel y Job" (Ez 14,14). De esta manera, la Escritura expresa qué altura de santidad pueden alcanzar los que viven según la alianza de Noé en la espera de que Cristo "reúna en uno a todos los hijos de Dios dispersos" (Jn 11,52).
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La palabra ‘Decálogo’ significa literalmente ‘diez palabras’ (Ex 34, 28 ; Dt 4, 13; 10, 4). Estas ‘diez palabras’ Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Las escribió ‘con su Dedo’ (Ex 31, 18), a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés (cf Dt 31, 9.24). Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Son transmitidas en los libros del Exodo (cf Ex 20, 1-17) y del Deuteronomio (cf Dt 5, 6-22). Ya en el Antiguo Testamento, los libros santos hablan de las ‘diez palabras’ (cf por ejemplo, Os 4, 2; Jr 7, 9; Ez 18, 5-9); pero su pleno sentido será revelado en la nueva Alianza en Jesucristo.
El Decálogo se comprende ante todo cuando se lee en el con texto del Exodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el centro de la antigua Alianza. Las ‘diez palabras’, bien sean formula das como preceptos negativos, prohibiciones, o bien como mandamientos positivos (como ‘honra a tu padre y a tu madre’), indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de vida:
Si amas a tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, sus preceptos y sus normas, vivirás y te multiplicarás (Dt 30, 16).
Esta fuerza liberadora del Decálogo aparece, por ejemplo, en el mandamiento del descanso del sábado, destinado también a los extranjeros y a los esclavos:
Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y con tenso brazo (Dt 5, 15).
Las ‘diez palabras’ resumen y proclaman la ley de Dios: ‘Estas palabras dijo el Señor a toda vuestra asamblea, en la montaña, de en medio del fuego, la nube y la densa niebla, con voz potente, y nada más añadió. Luego las escribió en dos tablas de piedra y me las entregó a mí’ (Dt 5, 22). Por eso estas dos tablas son llamadas ‘el Testimonio’ (Ex 25, 169, pues contienen las cláusulas de la Alianza establecida entre Dios y su pueblo. Estas ‘tablas del Testimonio’ (Ex 31, 18; 32, 15; 34, 29) se debían depositar en el ‘arca’ (Ex 25, 16; 40, 1-2).
Las ‘diez palabras’ son pronunciadas por Dios dentro de una teofanía (‘el Señor os habló cara a cara en la montaña, en medio del fuego’: Dt 5, 4). Pertenecen a la revelación que Dios hace de sí mismo y de su gloria. El don de los mandamientos es don de Dios y de su santa voluntad. Dando a conocer su voluntad, Dios se revela a su pueblo.
El don de los mandamientos de la ley forma parte de la Alianza sellada por Dios con los suyos. Según el libro del Exodo, la revelación de las ‘diez palabras’ es concedida entre la proposición de la Alianza (cf Ex 19) y su ratificación (cf Ex 24), después que el pueblo se comprometió a ‘hacer’ todo lo que el Señor había dicho y a ‘obedecerlo’ (Ex 24, 7). El Decálogo no es transmitido sino tras el recuerdo de la Alianza (‘el Señor, nuestro Dios, estableció con nosotros una alianza en Horeb’: Dt 5, 2).
Los mandamientos reciben su plena significación en el interior de la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral del hombre adquiere todo su sentido en y por la Alianza. La primera de las ‘diez palabras’ recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo:
Como había habido, en castigo del pecado, paso del paraíso de la libertad a la servidumbre de este mundo, por eso la primera frase del Decálogo, primera palabra de los mandamientos de Dios, se refiere a la libertad: ‘Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre’ (Ex 20, 2; Dt 5, 6) (Orígenes, hom. in Ex. 8, 1).
Los mandamientos propiamente dichos vienen en segundo lugar. Expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación con el designio que Dios se propone en la historia.
La alianza y el diálogo entre Dios y el hombre están también confirmados por el hecho de que todas las obligaciones se enuncian en primera persona (‘Yo soy el Señor...’) y están dirigidas a otro sujeto (‘tú’). En todos los mandamientos de Dios hay un pronombre personal en singular que designa el destinatario. Al mismo tiempo que a todo el pueblo, Dios da a conocer su voluntad a cada uno en particular:
El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo... Las palabras del Decálogo persisten también entre nosotros (cristianos). Lejos de ser abolidas, han recibido amplificación y desarrollo por el hecho de la venida del Señor en la carne. (S. Ireneo, haer. 4, 16, 3-4).
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El Decálogo en la Tradición de la Iglesia
2064 Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Tradición de la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y una significación primordiales.
2065 Desde san Agustín, los ‘diez mandamientos’ ocupan un lugar preponderante en la catequesis de los futuros bautizados y de los fieles. En el siglo XV se tomó la costumbre de expresar los preceptos del Decálogo en fórmulas rimadas, fáciles de memorizar, y positivas. Estas fórmulas están todavía en uso hoy. Los catecismos de la Iglesia han expuesto con frecuencia la moral cristiana siguiendo el orden de los ‘diez mandamientos’.
2066 La división y numeración de los mandamientos ha variado en el curso de la historia. El presente catecismo sigue la división de los mandamientos establecida por san Agustín y que ha llegado a ser tradicional en la Iglesia católica. Es también la de las confesiones luteranas. Los Padres griegos hicieron una división algo distinta que se usa en las Iglesias ortodoxas y las comunidades reformadas.
2067 Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo.
Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas..., así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra. (S. Agustín, serm. 33, 2, 2).
2068 El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos (cf DS 1569-1670). Y el Concilio Vaticano II afirma que: ‘Los obispos, como sucesores de los apóstoles, reciben del Señor... la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación’ (LG 24).
La unidad del Decálogo
2069 El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las ‘diez palabras’ remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros (cf St 2, 10-11). No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus creaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre.
El Decálogo y la ley natural
2070 Los diez mandamientos pertenecen a la revelación de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la ‘ley natural’:
Desde el comienzo, Dios había puesto en el corazón de los hombres los preceptos de la ley natural. Primeramente se contentó con recordárselos. Esto fue el Decálogo. (S. Ireneo, haer. 4, 15, 1).
2071 Aunque accesibles a la sola razón, los preceptos del Decálogo han sido revelados. Para alcanzar un conocimiento completo y cierto de las exigencias de la ley natural, la humanidad pecadora necesitaba esta revelación:
En el estado de pecado, una explicación plena de los mandamientos del Decálogo resultó necesaria a causa del oscurecimiento de la luz de la razón y de la desviación de la voluntad. (S. Buenaventura, sent. 4, 37, 1, 3).
Conocemos los mandamientos de la ley de Dios por la revelación divina que nos es propuesta en la Iglesia, y por la voz de la con ciencia moral.
La obligación del Decálogo
2072 Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano.
2073 La obediencia a los mandamientos implica también obligaciones cuya materia es, en sí misma, leve. Así, la injuria de palabra está prohibida por el quinto mandamiento, pero sólo podría ser una falta grave en razón de las circunstancias o de la intención del que la profiere
“Sin mí no podéis hacer nada”
2074 Jesús dice: ‘Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada’ (Jn 15, 5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. ‘Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’ (Jn 15, 12).
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El alba es la primera luz del día antes de salir el sol, con la que se despejan todos los miedos de la noche y el hombre se dirige a Dios en la plegaria
Beato Gerric d’Igny (hacia 1080-1157) abad cisterciense
Primer sermón para la Purificación, 3-5; SC 166, pag. 313ss
“Luz para iluminar a las naciones” - Te bendigo y te glorifico, o llena de gracia; has traído al mundo la misericordia que ha venido a nosotros. Tú has preparado el cirio que tengo hoy entre mis manos (en la liturgia de esta fiesta). Tú has aportado la cera para esta llama... cuando tú, Madre sin corrupción, has vestido de carne sin corrupción al Verbo incorruptible.
¡Ea, hermanos! Hoy este cirio arde en las manos de Simeón. Venid a recibir la luz, venid y encended vuestros cirios, quiero decir vuestras lámparas que el Señor quiere ver en vuestras manos. (Lc 12,35). “Mirad hacia él y quedaréis radiantes.” (Sal 33,6) No tanto para llevar en vuestras manos una antorcha sino para ser vosotros mismos antorcha que brilla por dentro y por fuera, para vuestro bien y bien de los hermanos:...Jesús iluminará vuestra fe, os hará brillar por vuestro ejemplo, os sugerirá buenas palabras, inflamará vuestra oración, purificará vuestra intención...
Y tú, que posees tantas lámparas interiores que te iluminan, cuando se apague la lámpara de esta vida, brillará la luz de la vida que no se apagará jamás. Será para ti como la aparición del esplendor del mediodía en pleno atardecer. En el momento en que piensas que vas a extinguirte, te levantarás como la estrella de la mañana (Jb 11,17) y tus tinieblas se transformarán en luz de mediodía. (Is 38,10) No habrá sol durante el día y la luz de la luna no te iluminará más, pero el Señor será tu luz perpetua. (Is 60,19) porque la antorcha de la nueva Jerusalén es el Cordero. (Ap 21, 23) ¡A él gloria y honor por los siglos sempiternos! Amén
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San Juan Damasceno (hacia 675) monje, teólogo, doctor de la Iglesia - Segunda Homilía para la Dormición de la Virgen María, 2,3; PG 96, 723ss -
El arca de la nueva alianza entra en el templo celeste. (cf 1R 8; Ap 11,19) - En el día de hoy, el arca santa y viviente del Dios vivo, Aquella cuyo seno llevaba al Creador, descansa en el templo del Señor, templo no construido por hombres. David, su antepasado y pariente de Dios, danza de júbilo (2S 7,14). Los ángeles danzan en coro, los arcángeles aplauden y las potestades celestes cantan su gloria...
Aquella, de la que brotó la vida en bien de todos ¿cómo podía ser presa de la muerte? Ciertamente, como hija del viejo Adán, no se exime de la sentencia de la muerte pronunciada contra él, ya que su Hijo que es la misma vida no se sustrajo a esta sentencia. Pero como Madre del Dios vivo, es justo que sea ensalzada hasta él... Aquella que recibió en su seno a la vida misma, sin principio ni fin, ¿cómo no vivirá ella eternamente? Antiguamente, nuestros primeros padres de la raza humana, embriagados con el vino de la desobediencia...el espíritu aletargado por la intemperancia del pecado, se habían dormido en el sueño de la muerte. El Señor los echó del paraíso de Edén. Ahora, Aquella que no cometió pecado alguno y que ha dado a luz al Hijo de la obediencia a Dios Padre ¿cómo no podía acogerla el paraíso abriéndole gozoso sus puertas? ... Ya que Cristo, vida y verdad, dijo: “Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo.” (Jn 12,26) ¡Cómo, con mayor razón, su Madre no compartirá su morada en el cielo!...
Ahora, pues, “que los cielos se alegren”, que todos los ángeles aclamen. “Que la tierra exulte” (Sal 95,11), que los hombres salten de gozo. Que los aires resuenen de cantos de alegría, que la noche retire sus tinieblas y su manto de luto... Porque la ciudad viva del Señor, Dios de potestades, ha sido exaltada. Del santuario de Sión, los reyes traen su regalo inestimable (Sal 67,30). Los príncipes de toda la tierra, los apóstoles, acompañan a la Madre de Dios sin cesar.
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Como creyentes en Cristo, le reconocemos como el único mediador entre Dios y la humanidad (1 Timoteo 2, 5), nuestro Salvador, nuestro Redentor. Él es la piedra angular (Efesios 2, 21; 1 Pedro 2:4-8); y la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia (Colosenses 1, 18). «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea
En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.
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"El Señor dijo a los discípulos: Id y sed los maestros de todas las naciones; bautizadlas en el nombre del Padre v del Hijo y del Espíritu Santo. Con este mandato les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios. Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.
Y Lucas nos narra cómo este Espíritu, después de la ascensión del Señor, descendió sobre los discípulos el día de Pentecostés, con el poder de dar a todos los hombres entrada en la vida y para dar su plenitud a la nueva alianza; por esto, todos a una, los discípulos alababan a Dios en todas las lenguas al reducir el Espíritu a la unidad los pueblos distantes y ofrecer al Padre las primicias de todas las naciones.
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San Jerónimo (347-420) presbítero, traductor de la Biblia (Vulgata) doctor de la Iglesia - Tratado sobre el evangelio de Marcos 9,1-7
Cristo, el cumplimiento de la Ley y los profetas - Cuando leo el evangelio y encuentro testimonios de la Ley y de los profetas, no considero en ello otra cosa que a Cristo. Cuando contemplo a Moisés, cuando leo a los profetas es para comprender lo que dicen de Cristo. El día que habré llegado a entrar en el resplandor de la luz de Cristo y brille en mis ojos como la luz del sol, ya no seré capaz de mirar la luz de una lámpara. Si alguien enciende una lámpara en pleno día, la luz de la lámpara se desvanece. Del mismo modo, cuando uno goza de la presencia de Cristo, la Ley y los profetas desaparecen. No quito nada a la gloria de la Ley y de los profetas; al contrario, los enaltezco como mensajeros de Cristo. Porque cuando leo la Ley y los profetas, mi meta no es la Ley y los profetas sino, por la Ley y los profetas quiero llegar a Cristo.
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MARÍA, LA MADRE DE NUESTRO SALVADOR ES.
Rosa mística,
Torre de David,
Torre de marfil,
Casa de oro,
Arca de la Alianza,
Puerta del cielo,
Estrella de la mañana,
Salud de los enfermos,
Refugio de los pecadores,
Consoladora de los afligidos,
Auxilio de los cristianos,
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«Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».
“Las Escrituras no se pueden interpretar solo con los instrumentos de la ciencia de la exégesis –como hacen los protestantes-, mas va leída a la luz de la Tradición del Magisterio”. “En la Iglesia, las Sagradas Escrituras, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el misterio de la interpretación auténtica, dado a los apóstoles, pertenecen el uno al otro en modo indisoluble. Y entonces, allí donde la Sagrada Escritura viene separada de la voz viviente de la Iglesia, vemos que esa cae prisionera a las disputas de los expertos”.
2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.
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En memoria de los mártires cristianos, quienes perseverando en las doctrinas bíblicas enseñadas por la Iglesia católica [inclusive antes de estar finalizada la Biblia] no dudaron en ofrendar sus vidas, exaltando el nombre de Cristo y confesando ser ‘hijos de la Iglesia’. Jesucristo nos envió el Espíritu Santo para que santifique y asista con su Amor a la Iglesia. Las sectas son inventos desequilibrados y perversos. En la Iglesia, el Espíritu Santo santifica también nuestras almas, las llena de su Amor, de su Sabiduría, nos infunde la fe, nos da la verdad, nos llena de fortaleza para permanecer firmes en la fe en medio de las persecuciones que tengamos que sufrir, nos comunica el santo temor de Dios. Si estamos en gracia somos templos del Espíritu Santo y habita en nuestras almas. Procuremos vivir con toda pureza y santidad y amor para que viva dignamente en nosotros el Espíritu Santo. Jesús nos dice: «El Espíritu de Verdad os guiará hacia la Verdad completa».
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En el caso de los Testigos de Jehová hay muchas y muy variadas páginas en el internet que muestran cronologías de todas sus falsas profecías. Pero la mejor fuente son sus propias publicaciones. Hay quienes han guardado y coleccionado las publicaciones de la Watchtower Bible and Tract Society of Pennsylvania, Inc. y uno solo tiene que leerlas para ver las barbaridades que han anunciado y como jamás se cumplieron.
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El “Padre Nuestro” - "«Cúmplase tu voluntad en la tierra como en el cielo». No en el sentido de que Dios haga lo que quiere, sino en cuanto nosotros podamos hacer lo que Dios quiere. Pues ¿quién puede estorbar a Dios de que haga lo que quiera? Pero porque a nosotros se nos opone el diablo para que no esté totalmente sumisa a Dios nuestra mente y vida, pedimos y rogamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios: y para que se cumpla en nosotros, necesitamos de esa misma voluntad, es decir, de su ayuda y protección, porque nadie es fuerte por sus propias fuerzas, sino por la bondad y misericordia de Dios. En fin, también el Señor, para mostrar la debilidad del hombre, cuya naturaleza llevaba, dice: Padre, si puede ser, que pase de mí este cáliz (Mt 26,39), y para dar ejemplo a sus discípulos de que no hicieran su propia voluntad, sino la de Dios, añadió lo siguiente:
Con todo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres. Y en otro pasaje dice: No bajé del cielo para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió (lo 6,38). Por lo cual, si el Hijo obedeció hasta hacer la voluntad del Padre, cuánto más debe obedecer el servidor para cumplir la voluntad de su señor, como exhorta y enseña en una de sus epístolas Juan a cumplir la voluntad de Dios, diciendo: No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno amare al mundo, no hay en él amor del Padre, porque todo lo que hay en éste es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos, y ambición de la vida, que no viene del Padre, sino de la concupiscencia del mundo; y el mundo pasará y su concupiscencia, mas el que cumpliere la voluntad de Dios permanecerá para siempre, como Dios permanece eternamente (1 lo 2,15-17). Los que queremos permanecer siempre, debemos hacer la voluntad de Dios, que es eterno. La voluntad de Dios es la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe, reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras, orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie y saber tolerar las que se le hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón, amarle porque es Padre, temerle porque es Dios; no anteponer nada a Cristo, porque tampoco él antepuso nada a nosotros; unirse inseparablemente a su amor, abrazarse a su cruz con fortaleza y confianza; si se ventila su nombre y honor, mostrar en las palabras la firmeza con la que le confesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios, esto es cumplir la voluntad del Padre.
Pedimos que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra; en ambos consiste el acabamiento de nuestra felicidad y salvación. En efecto, teniendo un cuerpo terreno y un espíritu que viene del cielo, somos a la vez tierra y cielo, y oramos para que en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu. se cumpla su voluntad. Por eso debemos pedir con cotidianas y aun continuas oraciones que se cumpla sobre nosotros la voluntad de Dios tanto en el cielo como en la tierra; porque ésta es la voluntad de Dios, que lo terreno se posponga a lo celestial, que prevalezca lo espiritual y divino.
También puede darse otro sentido, hermanos amadísimos, que puesto que manda y amonesta el Señor que amemos hasta a los enemigos y oremos también por los que nos persiguen, pidamos igualmente por los que aún son terrenos y no han empezado todavía a ser celestes, para que asimismo se cumpla sobre ellos la voluntad de Dios, que Cristo cumplió conservando y reparando al hombre. Porque si ya no llama El a los discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del barro de la tierra y el segundo del cielo, nosotros, que debemos ser semejantes a Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos v llueve sobre justos e injustos (Mt 5,45), con razón pedimos y rogamos, ante el aviso de Cristo, por la salud de todos, que como en el cielo, esto es, en nosotros, se cumplió la voluntad de Dios por nuestra fe para ser del cielo, así también se cumpla su voluntad en la tierra, esto es, en los que no creen, a fin de que los que todavía son terrenos por su primer nacimiento empiecen a ser celestiales por su nacimiento segundo del agua y del Espíritu."
S. Ciprián de Cartago, Tratado sobre el “Padre Nuestro”, 14 – 17.
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¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»
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"Amas todo cuanto existe / y nada aborreces de lo que has hecho; / pues si Tú hubieras odiado alguna cosa, no la hubieras formado./ ¿Y cómo podría subsistir nada si Tú no quisieras, / o cómo podría conservarse sin Ti? / Pero a todos perdonas, / porque son tuyos, Señor, amigo de la vida" (Sab 11, 24-26).
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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.
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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!
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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
Por venir a visitarnos, os agradecemos.-
Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. ‘Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-
Anno Domini 2008 - Dominus illuminatio mea - "The Lord is my light"
El Señor es mi luz, Salmo 27.
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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.
Recomendamos vivamente:
1º Título: ‘Biblia y ciencia de la fe’ La Palabra de Dios fecunda.
Autor: Carlos Granados-Agustín Jiménez (eds.)- Editorial: Ediciones Encuentro
2º ‘LA EXPERIENCIA DE DIOS’ Autor: José Morales – Editorial: Rialp - Madrid –Esp. 255 paginas - “Es probablemente cierto que la experiencia es el elemento más radical del fenómeno religioso, pero este fenómeno no es vivido en estado puro por ningún sujeto, sino que se inscribe en el interior de un hecho religioso que comporta toda una serie de mediaciones que influyen en la experiencia que cada sujeto pueda hacer”.
3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -
En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.
4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger
5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.
6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 –
Grüss Gott. Salve, oh Dios.
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