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San Román, el Melódico (?-hacia 560), compositor de himnos  - Himno 3 “Bendito el que viene como rey”.     Cristo, que eres Dios, que vas montado sobre tu trono en el cielo, y aquí abajo, sobre un borrico, acogías la alabanza de los ángeles y el himno de los niños que te aclamaban. “Bendito eres, tú que vienes a llamar de nuevo a Adán”…



Aquí está nuestro rey, dulce y pacífico, montado sobre el pollino, que viene presuroso para sufrir su Pasión y borrar los pecados. El que es el Verbo, montado sobre un animal, quiere salvar a todos los seres dotados de razón. Y sobre la espalda de un borrico se podía contemplar a aquel que lo llevan los Querubines y que antaño elevó a Elías montado en un carro de fuego, a aquel que “siendo rico se hizo pobre” voluntariamente (2C 8,9), a aquel que escogiendo la debilidad da la fuerza a todos los que le aclaman: “Bendito eres tú, que vienes de nuevo a llamar a Adán”…
     Manifiestas tu fuerza escogiendo la indigencia… Las vestiduras de los discípulos eran una señal de indigencia, pero según la medida de tu poder eran el himno de los niños y la concurrencia de la multitud que gritaba: “Hosana –es decir: sálvanos, pues- tú que resides en lo más alto de los cielos. Tú, el Altísimo, salva a lo humillados. Ten piedad de nosotros por consideración a nuestras palmas; los ramos que se agitan removerán tu corazón, a ti que vienes de nuevo a llamar a Adán”…
     Oh criatura, hechura de mis manos, respondió el Creador…, soy yo mismo quien ha venido. La Ley no te podía salvar puesto que no era ella quien te había creado, ni los profetas que, igual que tú, eran mis criaturas. Sólo yo puedo liberarte de esta deuda. Por ti he sido vendido, y te devuelvo la libertad; por tu causa he sido crucificado, y así tú escapas de la muerte. Muero, y te enseño a aclamar: “Bendito eres tú, que vienes de nuevo a llamar a Adán”.
     ¿Acaso he amado tanto a los ángeles? No, es a ti, el miserable, a quien he querido. He escondido mi gloria y yo, el Rico, deliberadamente me hice pobre, porque te amo mucho. Por ti he pasado hambre, sed y fatiga. Buscándote he recorrido montañas, valles y cañadas oscuras, mi oveja perdida; he tomado el nombre de cordero para atraerte por mi voz de pastor y llevarte al buen camino, y por ti quiero dar mi vida y así arrancarte de las garras del lobo. Todo lo soporto para que tú puedas aclamar: “Bendito eres tú, que vienes de nuevo a llamar a Adán”.


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En Arvernia (hoy ClermontFerrand), de Aquitania (hoy Francia), san Abrúnculo, obispo, que fue obispo de Langres, pero amenazado por los burgundios huyó de noche y se refugió entre los arvernios, llegando a ocupar la sede de san Sidonio Apolinar (año 490).


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La Pascua es una festividad, es una solemnidad extraordinaria que sobrepuja a todas las demás del año eclesiástico: festum festorum, solemnitas solemnitatum.    Nuestro lejano antecesor San Gregorio, el primero de este nombre en la serie de los Papas, a quien llamamos grande entre los más grandes, saludaba sin más la Pascua como el epitalamio más sublime para celebrar la mística unión del Verbo de Dios encarnado con la Santa Iglesia, como el «Cantar de los Cantares» de toda la liturgia.    En este día de Pascua nuestra alegría más íntima de buenos cristianos es la de rendir homenaje a Jesucristo, Redentor glorioso e inmortal en los siglos, vencedor de la muerte y de la humana maldad: la malad del primer pecado del hombre y de todos los pecados del mundo.    ¿Cómo no estar agradecidos al Hijo de Dios e Hijo de María, en virtud de cuya sangre preciosa se invoca el perdón para sus mismos verdugos y para la humanidad pecadora toda entera, a fin de que su suerte sea remediada y asegurada su redención y salud eterna?    Este sufrir, este morir tan doloroso y humillante que hemos seguido estos días con el corazón conmovido, fue, sin embargo, una lucha gloriosa. Lo hemos recordado en tono de triunfo al cantar en la liturgia pascual: «Mors et vita duello conflixere mirando»: la muerte y la vida trabaron grandiosa lucha, pero el autor de la vida fue el vencedor, que siempre vive y reina: Dux vitae mortuus regnat vivus. JUAN PP: XXIII Domingo 17 de abril de 1960


Romano el Meloda  - En la serie de catequesis sobre los Padres de la Iglesia, quiero hablar hoy de una figura poco conocida: Romano el Meloda, que nació en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs), en Siria. Teólogo, poeta y compositor, pertenece al gran grupo de teólogos que transformó la teología en poesía. Pensamos en su compatriota, san Efrén de Siria, que vivió doscientos años antes que él. Y pensamos también en teólogos de Occidente, como san Ambrosio, cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen tocando el corazón; o en un teólogo, un pensador muy profundo, como santo Tomás, que nos ha dejado los himnos de la fiesta del Corpus Christi de mañana; pensamos en san Juan de la Cruz y en otros muchos. La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza.

Romano el Meloda es uno de estos, un poeta y compositor teólogo. Aprendió los primeros elementos de la cultura griega y siríaca en su ciudad natal, se trasladó a Berito (Beirut), perfeccionando allí su formación clásica y sus conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años. Después se fue a Constantinopla, hacia fines del reino de Anastasio I (alrededor del año 518), y allí se estableció en el monasterio anexo a la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios.

Allí tuvo lugar un episodio clave en su vida: el Sinaxario nos informa sobre la aparición de la Madre de Dios en sueños y sobre el don del carisma poético. En efecto, María le pidió que se tragara una hoja enrollada. Al despertar, a la mañana siguiente -era la fiesta de la Navidad-, Romano se puso a declamar desde el ambón: "Hoy la Virgen da a luz al Trascendente" (Himno sobre la Navidad I, Proemio). De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte (acontecida después del año 555).

Romano ha pasado a la historia como uno de los más representativos autores de himnos litúrgicos. Para los fieles, la homilía era entonces prácticamente la única oportunidad de enseñanza catequética. Así, Romano se presenta como un testigo eminente del sentimiento religioso de su época y también de un modo vivo y original de catequesis. A través de sus composiciones podemos darnos cuenta de la creatividad de esta forma de catequesis, de la creatividad del pensamiento teológico, de la estética y de la himnografía sagrada de aquella época.

El lugar en el que Romano predicaba era un santuario de las afueras de Constantinopla: subía al ambón, colocado en el centro de la iglesia, y se dirigía a la comunidad recurriendo a una escenografía bastante compleja: montaba representaciones en las paredes o ponía iconos sobre el ambón y también utilizaba el recurso del diálogo. Pronunciaba homilías métricas cantadas, llamadas kontákia. Al parecer, el término kontákion, "pequeña vara", hace referencia al pequeño palo redondo en torno al cual se envolvía el rollo de un manuscrito litúrgico o de otro tipo. Los kontákia que se han conservado con el nombre de Romano son ochenta y nueve, pero la tradición le atribuye mil.

En Romano, cada kontákion se compone de estrofas, por lo general de dieciocho a veinticuatro, con el mismo número de sílabas, estructuradas según el modelo de la primera estrofa (irmo); también los acentos rítmicos de los versos de todas las estrofas siguen el modelo del irmo. Cada estrofa concluye con un estribillo (efimnio), por lo general idéntico, para crear la unidad poética. Además, las iniciales de cada estrofa indican el nombre del autor (acróstico), precedido frecuentemente por el adjetivo "humilde". El himno se concluye con una oración que hace referencia a los hechos celebrados o evocados. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el Proemio, casi siempre en forma de oración o súplica. Así anunciaba el tema de la homilía y explicaba el estribillo que se debía repetir en coro al final de cada estrofa, declamada por él rítmicamente en voz alta.

Un ejemplo significativo es el kontákion con motivo del Viernes de Pasión: se trata de un diálogo entre María y su Hijo, que tiene lugar en el camino de la cruz. María dice: "¿A dónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida? / Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado, / y nunca habría podido imaginar que llegarían a este grado de locura los impíos, / poniéndote las manos encima contra toda justicia". Jesús responde: "¿Por qué lloras, Madre mía? (...). ¿No debería padecer? ¿No debería morir? / Entonces, ¿cómo podría salvar a Adán?". El Hijo de María consuela a su Madre, pero le recuerda su papel en la historia de la salvación: "Depón, por tanto, Madre; depón tu dolor: / no está bien que gimas, pues fuiste llamada "llena de gracia"" (María al pie de la cruz, 1-2; 4-5).

Asimismo, en el himno sobre el sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac. Abraham dice: "Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras, / al conocer tu voluntad, me dirá: / "Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos lo ha dado? / (...) Tú, oh anciano, déjame a mi hijo, / y cuando lo quiera quien te ha llamado, tendrá que decírmelo a mí"" (El sacrificio de Abraham, 7).

Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo, cercano al lenguaje del pueblo. Quiero citar un ejemplo del modo vivo y muy personal como habla del Señor Jesús: lo llama "fuente que no quema y luz contra las tinieblas", y dice: "Yo me atrevo a tenerte en mis manos como una lámpara, / pues quien lleva un candil entre los hombres es iluminado sin quemarse. / Ilumíname, por tanto, tú que eres Luz inextinguible" (La Presentación o Fiesta del encuentro, 8). La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran coherencia que existía entre sus palabras y su vida. En una oración dice: "Haz clara mi lengua, Salvador mío, abre mi boca / y, después de llenarla, traspasa mi corazón para que mi actuar / sea coherente con mis palabras" (Misión de los Apóstoles, 2).

Examinemos ahora algunos de sus temas principales. Un tema fundamental de su predicación es la unidad de la acción de Dios en la historia, la unidad entre la creación y la historia de la salvación, la unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Otro tema importante es la pneumatología, es decir, la doctrina sobre el Espíritu Santo. En la fiesta de Pentecostés subraya la continuidad que existe entre Cristo, que ha ascendido al cielo, y los Apóstoles, es decir, la Iglesia, y exalta su acción misionera en el mundo: "Con la fuerza divina han conquistado a todos los hombres; / han tomado la cruz de Cristo como una pluma, / han utilizado las palabras como redes y con ellas han pescado al mundo, / han usado el Verbo como anzuelo agudo; / para ellos ha servido de cebo / la carne del Soberano del universo" (Pentecostés, 2; 18).

Naturalmente, otro tema central es la cristología. No entra en el problema de los conceptos difíciles de la teología, tan debatidos en aquel tiempo, y que rasgaron la unidad, no sólo entre los teólogos, sino también entre los cristianos en la Iglesia. Predica una cristología sencilla, pero fundamental: la cristología de los grandes Concilios. Pero sobre todo está cerca de la piedad popular —de hecho, los conceptos de los Concilios han surgido de la piedad popular y del conocimiento del corazón cristiano—; así, Romano subraya que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y al ser verdadero hombre-Dios es una sola persona, la síntesis entre creación y Creador: en sus palabras humanas escuchamos la voz del Verbo mismo de Dios. "Cristo era hombre —dice—, pero también Dios; / sin embargo, no estaba dividido en dos: es Uno, hijo de un Padre que es Uno solo" (La Pasión, 19).

Por lo que se refiere a la mariología, agradecido a la Virgen por el don del carisma poético, Romano la recuerda al final de casi todos los himnos y le dedica sus kontákia más hermosos: Natividad, Anunciación, Maternidad divina, Nueva Eva.

Por último, las enseñanzas morales están relacionadas con el juicio final (cf. Las diez vírgenes [II]). Nos lleva hacia ese momento de la verdad de nuestra vida, la comparecencia ante el Juez justo, y por ello exhorta a la conversión haciendo penitencia y ayuno. De modo positivo, el cristiano debe practicar la caridad, la limosna. En dos himnos, Las Bodas de Caná y Las diez vírgenes, pone de relieve el primado de la caridad sobre la continencia. La caridad es la más grande de las virtudes: "Diez vírgenes poseían la virtud de la virginidad intacta, / pero para cinco de ellas el duro ejercicio no dio fruto. / Las otras brillaron con las lámparas del amor a la humanidad, / por eso las invitó el esposo" (Las diez vírgenes, 1).

Los cantos de Romano el Meloda están impregnados de humanidad palpitante, de ardor de fe y de profunda humildad. Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con Cristo, con el Hijo de Dios. De este contacto del corazón con la Verdad, que es Amor, ha nacido la cultura, toda la gran cultura cristiana. Y si la fe sigue viva, esta herencia cultural no muere, sino que sigue viva y presente. Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes; no son cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos "en casa": en ellas encontramos a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música —el canto gregoriano, o Bach o Mozart— es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad de la liturgia y de nuestra fe.

Si la fe es viva, la cultura cristiana no se convierte en algo "pasado", sino que sigue viva y presente. Y si la fe es viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre se repite en los Salmos: "Cantad al Señor un cántico nuevo".

Creatividad, innovación, cántico nuevo, cultura nueva y presencia de toda la herencia cultural en la vitalidad de la fe no se excluyen, sino que son una sola realidad: son presencia de la belleza de Dios y de la alegría de ser hijos suyos.

21.V.2008 BENEDICTUS PP. XVI. Obispo de Roma.


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SAN ROMANO EL CANTOR, año 490? †562 ca.

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica


Romano el Meloda, nacido en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs) en Siria

En la serie de catequesis sobre los padres de la Iglesia, quisiera hablar hoy de una figura poco conocida: Romano el Meloda, nacido en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs) en Siria. Teólogo, poeta y compositor, pertenece al grupo de teólogos que ha transformado la teología en poesía. Pensemos en su compatriota, san Efrén de Siria, quien vivió doscientos años antes que él. Y pensemos también en teólogos de Occidente, como san Ambrosio, cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen tocando el corazón; o en un teólogo, un pensador de gran vigor, como santo Tomás, que nos ha dejado los himnos de la fiesta del Corpus Christi de mañana; pensemos en san Juan de la Cruz y en otros muchos. La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza.

Romano el Meloda es uno de éstos, poeta y teólogo compositor. Aprendió las bases de la cultura griega y siríaca en su ciudad natal, se transfirió a Berito (Beirut), perfeccionando la instrucción clásica y los conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años. Después se transfirió a Constantinopla, hacia el final del reino de Atanasio I (en torno al año 518), y allí se estableció en el monasterio en la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios.

Allí tuvo lugar un episodio clave en su vida: el Sinaxario nos informa sobre la aparición en sueños de la Madre de Dios y sobre el don del carisma poético. María, de hecho, le pidió que se tragara una hoja enrollada. Al despertar, a la mañana siguiente, era la fiesta de la Navidad, Romano se puso a declamar desde el ambón: «Hoy la Virgen da a luz al Trascendente» (Himno sobre la Navidad I. Proemio). De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte (tras el año 555).

Romano ha pasado a la historia como uno de los autores más representativos de himnos litúrgicos. La homilía era entonces, para los fieles, prácticamente la única oportunidad de enseñanza catequética. Romano se presenta como un testigo eminente del sentimiento religioso de su época, así como de un método vivo y original de catequesis. A través de sus composiciones podemos darnos cuenta de la creatividad de esta forma de catequesis, de la creatividad del pensamiento teológico, de la estética y de la himnografía sagrada de aquella época.

El lugar en el que predicaba Romano era un santuario de las afueras de Constantinopla: se subía al ambón, colocado en el centro de la iglesia, y se dirigía a la comunidad recurriendo a una representación bastante elaborada: utilizaba representaciones en las paredes o iconos sobre el ambón y se servía también del diálogo. Pronunciaba homilías métricas cantadas, llamadas Kontákia. El término kontákion, «pequeña vara», parece que hace referencia al pequeño bastón en torno al que se envolvía el rollo de un manuscrito litúrgico o de otro tipo. Los Kontákia, que se han conservado bajo el nombre de Romano, son 89, pero la tradición le atribuye mil.

En Romano, cada kontákion se compone de estrofas, en su mayoría de 18 a 24, con el mismo número de sílabas, estructuradas según el modelo de la primera estrofa (irmo); los acentos rítmicos de los versos de todas las estrofas se modelan según los del irmo. Cada estrofa concluye con un estribillo (efimnio), en general idéntico, para crear la unidad poética. Además, las iniciales de cada estrofa indican el nombre del autor (acrostico), precedido frecuentemente con el adjetivo «humilde». Una oración que hace referencia a los hechos celebrados o evocados concluye el himno. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el Proemio, en general en forma de oración o súplica. Anunciaba así el tema de la homilía y explicaba el estribillo que se repetía en coro al final de cada estrofa, declamada por él con una modulación de voz elevada.

Un ejemplo significativo es el kontakion con motivo del Viernes de Pasión: es un diálogo entre María y el Hijo, que tiene lugar en el camino de la Cruz. María dice: «¿Adónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida?/ Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado,/ ni podría imaginar nunca que llegarían a este nivel de furor los impíos/echándote las manos encima contra toda justicia». Jesús responde: «¿Por qué lloras, madre mía? [...]. ¿No debería irme? ¿No debería morir?/ ¿Cómo podría salvar a Adán?». El hijo de María consuela a la madre, pero le recuerda su papel en la historia de la salvación: «Depón, por tanto, madre, depón tu dolor:/ no es propio de ti el gemir, pues fuiste llamada "llena de gracia"» (María a los pies de la cruz, 1-2; 4-5). En el himno sobre el sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac. Abraham dice: «Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras,/ al conocer tu voluntad, me dirá:/-Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos lo ha dado?/[...] -Tú, anciano, déjame mi hijo,/y cuando quiera quien te ha llamado, tendrá que decírmelo a mí» (El sacrificio de Abraham, 7).

Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo, cercano al lenguaje del pueblo. Quisiera citar un ejemplo de la manera viva y muy personal con la que hablaba del Señor Jesús: le llama «fuente que no quema y luz contra las tinieblas», y dice: «Yo anhelo tenerte en mis manos como una lámpara;/ de hecho, quien lleva una luz entre los hombres es iluminado sin quemarse./ Ilumíname, por tanto, Tú que eres Luz inapagable» (La Presentació o Fiesta del encuentro, 8). La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran coherencia entre sus palabras y su vida. En una oración dice: «Aclara mi lengua, Salvador mío, abre mi boca/ y, después de haberla llenado, penetra mi corazón para que mi actuar/ sea coherente con mis palabras» (Misión de los Apóstoles, 2).

Examinemos ahora algunos de sus temas principales. Un tema fundamental de su predicación es la unidad de la acción de Dios en la historia, la unidad entre creación e historia de la salvación, unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento. Otro tema importante es la pneumatología, es decir, la doctrina sobre el Espíritu Santo. En la fiesta de Pentecostés subraya la continuidad que se da entre Cristo, ascendido al cielo, y los apóstoles, es decir, la Iglesia, y exalta su acción misionera en el mundo: «[...] con virtud divina han conquistado a todos los hombres;/ han tomado la cruz de Cristo como una pluma,/ han utilizado palabras como redes y con ellas han pescado por el mundo,/ han tenido el Verbo como agudo anzuelo,/ para ellos ha servido de cebo/ la carne del Soberano del universo» (Pentecostés 2;18).

Otro tema central es, claro está, la cristología. No se mete en el problema de los conceptos difíciles de la teología, sumamente discutidos en aquel tiempo, y que también laceraron la unidad no sólo entre los teólogos, sino incluso entre los cristianos en la Iglesia. Predica una cristología sencilla, pero fundamental, la cristología de los grandes Concilios. Pero sobre todo se acerca a la piedad popular, de hecho los conceptos de los Concilios han surgido de la piedad popular y del conocimiento del corazón cristiano, y de este modo Romano subraya que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y al ser verdadero Hombre-Dios es una sola persona, las síntesis entre creación y Creador: en sus palabras humanas escuchamos la voz del mismo Verbo de Dios. «Era hombre -dice-- Cristo, pero también era Dios,/ ahora bien, no estaba dividido en dos: es Uno, hijo de un Padre que es uno solo» (La Pasión 19).

Por lo que se refiere a la mariología, en acción de gracias a la Virgen por el don del carisma poético, Romano la recuerda al final de casi todos los himnos y le dedica sus kontákia más bellas: Natividad, Anunciación, Maternidad divina, Nueva Eva.

Por último, las enseñanzas morales están relacionadas con el juicio final (Las diez vírgenes [II]). Nos lleva hacia ese momento de la verdad de nuestra vida, la comparecencia ante el Juez justo, y por ello exhorta a la conversión en la penitencia y en el ayuno. El cristiano debe practicar la caridad, la limosna. Acentúa el primado de la caridad sobre la continencia en dos himnos, las Bodas de Caná y Las diez vírgenes. La caridad es la más grande de las virtudes: «[...] Diez vírgenes poseían la virtud de la virginidad intacta,/ pero para cinco de ellas el duro ejercicio no dio fruto./ Las otras brillaron para las lámparas del amor por la humanidad,/ por eso las invitó el esposo» (Las diez vírgenes, 1).

Humanidad palpitante, ardor de fe, profunda humildad rezuman los cantos de Romano el Meloda. Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con Cristo, con el Hijo de Dios. De este contacto del corazón con la Verdad, que es Amor, nace la cultura, toda la gran cultura cristiana. Y si la fe sigue viva, esta herencia cultural tampoco muere, sino que sigue estando viva y presente. Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes, no son cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos «en casa»: donde encontramos a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música --el gregoriano o Bach o Mozart-- es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad de la liturgia y de nuestra fe .

Si la fe está viva, la cultura cristiana no se queda en algo «pasado», sino que sigue viva y presente. Y si la fe está viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre se repite en los Salmos: «Cantad al Señor un cántico nuevo».

Creatividad, innovación, cántico nuevo, cultura nueva y presencia de toda la herencia cultural en la vitalidad de la fe no se excluyen, sino que son una sola realidad: son presencia de la belleza de Dios y de la alegría de ser hijos suyos.

Benedictus PP. XVI. Obispo de Roma - 2008-V-21


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Bizancio 1150-1200ca.


Bizancio 1150-1200ca.   Los escasos datos biográficos que poseemos sobre Romano proceden de dos documentos menores, de origen litúrgico: el Sinasario y el Meneo. Según esos textos, Romano nació en Siria, en la ciudad de Emesa, hacia el 490. Ordenado diácono en Beirut, durante el reinado del Emperador Anastasio se trasladó a Constantinopla, donde fue incorporado a la iglesia de la Santísima Madre de Dios. Allí se entregó a una vida de oración y de 
mortificación, caracterizada por su devoción a la Virgen. 
En el santuario de la Madre de Dios, recibió el carisma poético. 
Cuenta la tradición que una noche de Navidad se le apareció la Virgen y le entregó un rollo para que lo masticara y engulliera. 
Apenas cumplió su mandato, subió al ambón e improvisó un himno en alabanza del Nacimiento del Señor. La vena poética, milagrosamente desatada en él, inspiró nuevos y numerosos Kondakia, himnos para las principales festividades litúrgicas del año, especialmente las de Cristo y la Virgen. Se dice que compuso un millar de himnos, aunque son muchos menos los que han llegado hasta nosotros. 
Romano, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de ‘el cantor’, murió entre el 555 y el 562, y fue sepultado en la iglesia de Ciro, donde se celebra su memoria el 1 de octubre. Aunque los temas de sus composiciones son muy variados, destacan los himnos mariológicos. La figura de la Virgen es contemplada a la luz de la vida y de la obra redentora de su Hijo. 

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Vosotros sois luz del mundo y ardiente sal de la tierra, ciudad esbelta en el monte, fermento en la masa nueva. Vosostros sois los sarmientos, y yo la Vid verdadera; si el Padre poda las ramas, más fruto llevan las cepas. Vosotros sois la abundancia del reino que ya está cerca, los doce mil señalados que no caerán en la siega. Dichosos, porque sois limpios y ricos en la pobreza, y es vuestro el reino que sólo se gana con la violencia. Amén Confesamos, Señor, que sólo tú eres santo y que sin ti nadie es bueno, y humildemente te pedimos quela intercesión de Romano el Meloda venga en nuestra ayuda para que de tal forma vivamos en el mundo que merezcamos llegar a la contemplación de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


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LAS BODAS DE CANA
(Himno sobre las bodas de Cana)

Queremos narrar ahora el primer milagro obrado en Cana por Aquél que había demostrado ya el poder de sus prodigios a los egipcios y a los hebreos. Entonces la naturaleza de las aguas fue cambiada milagrosamente en sangre. Él había castigado a los egipcios con la maldición de las diez plagas y había vuelto el mar inofensivo para los hebreos, hasta tal punto que lo atravesaron como tierra firme. En el desierto, Él les había provisto del agua que prodigiosamente manó de la roca. Hoy, durante la fiesta de las bodas, realiza una nueva transformación de la naturaleza, Aquél que ha cumplido todo con sabiduría. 

Mientras Cristo participa de las bodas y el gentío de los invitados banqueteaba, faltó el vino y la alegría pareció mudarse en melancolía. El esposo estaba avergonzado, los servidores murmuraban y afloraba en todas partes el descontento por tal penuria, levantándose el tumulto en la sala. Ante tal espectáculo, María, la completamente pura, mandó advertir apresuradamente a su Hijo: «No tienen vino (Jn 2, 3). Hijito, te lo ruego, demuestra tu poder absoluto, Tú, que has cumplido todo con sabiduría (...)». 

Cristo, respondiendo a la Madre que le decía: «concédeme esta gracia», contestó prontamente: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora (Jn 2, 4). 

Algunos han querido entrever en estas palabras un significado que justifica su impiedad. Son los que sostienen la sumisión de Cristo a las leyes naturales, o bien le consideran, también a Él, vinculado a las horas. Pero esto es porque no comprenden el sentido de la palabra. La boca de los impíos, que meditan el mal, es obligada a callar por el inmediato milagro obrado por Aquél que ha cumplido todo con sabiduría. 

«Hijo mío, responde ahora—dijo la Madre de Jesús, la completamente Pura—. Tú, que impones a las horas el freno de la medida, ¿cómo puedes esperar la hora, Hijo mío y Señor mío? 

¿Cómo puedes esperar el tiempo, si has establecido Tú mismo los intervalos del tiempo, oh Creador del mundo visible e invisible, Tú que día y noche diriges con plena soberanía y según tu discreción las evoluciones inmutables? Has sido Tú quien ha fijado la carrera de los años en sus ciclos perfectamente regulados: ¿cómo puedes 
esperar el tiempo propicio para el prodigio que te pido, Tú que has cumplido todo con sabiduría?» 

«Ya antes de que Tú lo notases, Virgen venerada, Yo sabía que el vino faltaba», respondió entonces el Inefable, el Misericordioso, a la Madre veneradísima. «Conozco todos los pensamientos que habitan en tu corazón. Tú reflexionaste dentro de ti: "la necesidad incitará ahora a mi Hijo al milagro, pero con la excusa de las horas lo está retrasando". Oh Madre pura, aprende ahora el porqué de este retardo, y cuando lo hayas entendido, te concederé ciertamente esta gracia, Yo que he cumplido todo con sabiduría.»

«Eleva tu espíritu a la altura de mis palabras y comprende, oh Incorrupta, lo que estoy para pronunciar. En el momento mismo en que creaba de la nada cielo y tierra y la totalidad del universo, podía instantáneamente introducir el orden en todo lo que estaba formando. Sin embargo, he establecido un cierto orden bien subdividido; la creación ocurrida en seis días. Y no ciertamente porque me faltase el poder de obrar, sino para que el coro de los ángeles, al comprobar que hacía cada cosa a su tiempo, pudiese reconocer en mí la divinidad, celebrándola con el siguiente canto: 
Gloria a ti, Rey potente, que has cumplido todo con sabiduría». 

«Escucha bien esto, oh Santa: habría podido rescatar de otro modo a los caídos, sin asumir la condición de pobre y de esclavo. He aceptado, sin embargo, mi concepción, mi nacimiento como hombre, la leche de tu seno oh Virgen, y así todo ha crecido en mí según el orden, porque en mi nada existe que no sea de este modo. Con el mismo orden quiero ahora obrar el milagro, al cual consiento por la salvación del hombre, Yo que he cumplido todo con sabiduría». 

«Entiende lo que estoy diciendo, oh Santa; he querido comenzar por el anuncio a los israelitas, por enseñarles a ellos la esperanza de la fe para que, antes de los milagros, sepan quién me ha mandado y conozcan con certeza la gloria de mi Padre y su Voluntad, ya que Él quiere firmemente que Yo sea glorificado por todos. De hecho, cuanto obra Aquél que me ha engendrado, puedo obrarlo también Yo, por ser consustancial a Él y al Espíritu, Yo que he cumplido todo con sabiduría». 

«Si sólo hubiese manifestado esto en los prodigios espantosos, ellos habrían comprendido que soy Dios desde antes de todos los siglos, aunque me haya hecho hombre. Pero, ahora, contrariamente al orden, y antes incluso de la predicación, Tú me pides prodigios. He aquí el porqué de mi retardo. Te pedía que esperases la hora de obrar milagros, por este único motivo. Pero como los padres deben ser honrados por los hijos, tendré consideración hacia ti, oh Madre, puesto que puedo hacerlo todo, Yo que he cumplido todo con sabiduría». 

«Di, pues, a los habitantes de la casa que se pongan a mi servicio siguiendo las órdenes: ellos pronto serán, para sí mismos y para los demás, los testigos del prodigio. No quiero que sea Pedro el que me sirva, ni tampoco Juan, ni Andrés, ni alguno de mis apóstoles, por temor de que después, por su causa, surja entre los hombres la sospecha del engaño. Quiero que sean los mismos criados quienes me sirvan, porque ellos mismos se convertirán en testigos de lo que me es posible, a mí que he cumplido todo con sabiduría». 

Dócil a estas palabras, la Madre de Cristo se apresuró a decir a los servidores de la fiesta de las bodas: haced lo que Él os diga (Jn 2, 5). Había en la casa seis tinajas, como enseña la Escritura. Cristo ordena a los servidores: llenad de agua las tinajas (Jn 2, 8). Y al punto fue hecho. Llenaron de agua fresca las tinajas y permanecieron allí, en espera de lo que intentaba hacer Aquél que ha cumplido todo con sabiduría. 

Quiero ahora referirme a las tinajas y describir cómo fueron colmadas por aquel vino, que procedía del agua. Como está escrito, el Maestro había dicho en voz alta a los servidores: «Sacad este vino que no proviene de la vendimia, ofrecedlo a los invitados, llenad las copas secas, para que lo disfrute todo el mudo y el mismo esposo; puesto que a todos he dado la alegría de modo imprevisto, Yo que he cumplido todo con sabiduría». 

En cuanto Cristo cambió manifiestamente el agua en vino gracias al propio poder, todo el mundo se llenó de alegría encontrando agradabilísimo el gusto de aquel vino. Hoy podemos sentarnos al banquete de la Iglesia, porque el vino se ha cambiado en la sangre de Cristo, y nosotros la asumimos en santa alegría, glorificando al gran Esposo. Porque el auténtico Esposo es el Hijo de María, el Verbo que existe desde la eternidad, que ha asumido la condición de esclavo y que ha cumplido todo con sabiduría. 

Altísimo, Santo, Salvador de todos, mantén inalterado el vino que hay en nosotros, Tú que presides todas las cosas. Arroja de aquí a los que piensan mal y, en su perversidad, adulteran con el agua tu vino santísimo: porque diluyendo siempre tu dogma en agua, se condenan a sí mismos al fuego del infierno. Pero presérvanos, oh Inmaculado, de los lamentos que seguirán a tu juicio, Tú que eres misericordioso, por las oraciones de la Santa, Virgen Madre de Dios, Tú que has cumplido todo con sabiduría. 


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San Romanos el Melódico (?-hacia 560), compositor de himnos - Himno 40 -     María Magdalena, enviada a anunciar la resurrección - El que sondea las entrañas y el corazón (Sl 7,10), sabiendo que María reconocería su voz, como verdadero pastor llama a su cordero (Jn 10,4) diciendo: “¡María!”. Y ella dice enseguida: “Sí, ciertamente es mi pastor el que me llama para contarme desde ahora entre las noventa y nueve ovejas (Lc 15,4). Veo legiones de santos, ejércitos de justos… siguiéndole a él. Sé muy bien que es él el que me llama; yo ya lo había dicho, es mi Señor, es él el que ofrece la resurrección a los hombres caídos”. 
     Llevada por el fervor del amor, la joven mujer quiere agarrarle a él, a él que llena toda la creación… Pero el Creador… la levantó hacia el mundo divino diciéndole: “No me toques; ¿me tomarías por un simple mortal? Soy Dios, no me toques… Levanta  tus ojos a lo alto y contempla el mundo celeste; es allí donde me debes buscar. Porque yo subo a mi Padre, a quien no he dejado. Siempre he estado al mismo tiempo con él, comparto su trono, recibo el mismo honor, yo que ofrezco a los hombres caídos la resurrección.
     “Que tu lengua, desde ahora, proclame estas cosas y las explique a los hijos del Reino que están esperando que me despierte, yo, el Viviente. Date prisa, María, reúne a mis discípulos. En ti tengo una trompeta de potente voz; haz sonar un canto de paz en los oídos temerosos de mis amigos escondidos, despiértales como de un sueño, para que vengan a encontrarme. Vete y di: ‘el esposo se ha desvelado, saliendo del sepulcro. Apóstoles, quitaos de encima la tristeza mortal, porque se ha levantado, aquel que ofrece a los hombres caídos la resurrección’”…
     María exclama: “De repente mi luto se ha cambiado en danza, todo se ha convertido en gozo y alegría. No dudo en decirlo: he recibido la misma gloria que Moisés (Ex 33,18s). He visto, sí, he visto, no sobre el monte, sino en el sepulcro, velado no por la nube, sino por un cuerpo, al señor de los seres inmortales y de las nubes, su señor de ayer, de ahora y para siempre. Me ha dicho: ‘¡Date prisa, María! Como una paloma llevando un ramo de olivo, ve a anunciar la buena nueva a los descendientes de Noé (Gn 8,11). Diles que la muerte ha sido destruida y que él ha resucitado, aquel que ofrece a los hombres caídos la resurrección’”.


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P: ¿En que otros idiomas hay obras de Patrística, además de griego, latín, copto, hebreo y arameo?


R: Armenio, por ejemplo, pero la importancia es menor.


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En los primeros siglos del cristianismo, en tierras sirias vivía un hombre que caminaba las noches por las oscuras calles, llevando una lámpara de aceite encendida.
A cierto momento, reconoce el rumor de unos pasos... son los de un amigo. El amigo le mira y este le reconoce. Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo. Entonces, le dice:
- ¿Qué haces Guno, tú, ciego, con una lámpara en la mano?... Si tú no ves...
Entonces, el ciego respondió: 
- «Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí... Aprende además a ver a aquellos a quienes no vemos e iluminan las calles del orbe con sus escritos: son los monjes y anacoretas cristianos… el mundo no conocerá sus nombres, pero los pueblos vivirán gracias a la luz de sus plumas, lámparas de aceite, siempre encendidas»…


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Madre dolorosa - (Cántico de la Virgen al pie de la Cruz)


Venid todos, celebremos a Aquél que fue crucificado por 
nosotros. María le vio atado en la Cruz: «Bien puedes ser puesto 
en Cruz y sufrir—le dijo Ella—; pero no por eso eres menos Hijo 
mío y Dios mío». 
Como una oveja que ve a su pequeño arrastrado al matadero, 
así María le seguía, rota de dolor. Como las otras mujeres, Ella iba 
llorando: «¿Dónde vas Tú, Hijo mío? ¿Por qué esta marcha tan 
rápida? ¿Acaso hay en Caná alguna otra boda, para que te 
apresures a convertir el agua en vino? ¿Te seguiré yo, Niño mío? 
¿O es mejor que te espere? Dime una palabra, Tú que eres la 
Palabra; no me dejes así, en silencio, oh Tú, que me has guardado 
pura, Hijo mío y Dios mío». 
«Yo no pensaba, Hijo de mi alma, verte un día como estás: no lo 
habría creído nunca, aun cuando veía a los impíos tender sus 
manos hacia Ti. Pero sus niños tienen aún en los labios el clamor: 
¡Hosanna!, ¡seas bendito! Las palmas del camino muestran 
todavía el entusiasmo con que te aclamaban. ¿Por qué, cómo ha 
sucedido este cambio? Oh, es necesario que yo lo sepa. ¿Cómo 
puede suceder que claven en una Cruz a mi Hijo y a mi Dios?». 
«Oh Tú, Hijo de mis entrañas: vas hacia una muerte injusta, y 
nadie se compadece de Ti. ¿No te decía Pedro: aunque sea 
necesario morir nunca te negaré? Él también te ha abandonado. Y 
Tomás exclamaba: muramos todos contigo. Y los otros, apóstoles y 
discípulos, los que deben juzgar a las doce tribus, ¿dónde están 
ahora? No está aquí ninguno; pero Tú, Hijo mío, mueres en 
soledad por todos. Abandonado. Sin embargo, eres Tú quien les 
ha salvado; Tú has satisfecho por todos ellos, Hijo mío y Dios 
mío». 
Así es como María, llena de tristeza y anonadada de dolor, 
gemía y lloraba. Entonces su Hijo, volviéndose hacia Ella, le habló 
de esta manera: «Madre, ¿por qué lloras? ¿Por qué, como las 
otras mujeres, estás abrumada? ¿Cómo quieres que salve a Adán, 
si Yo no sufro, si Yo no muero? ¿Cómo serán llamados de nuevo a 
la Vida los que están retenidos en los infiernos, si no hago morada 
en el sepulcro? Por eso estoy crucificado, Tú lo sabes; por esto es 
por lo que Yo muero». 

«¿Por qué, lloras, Madre? Di más bien, en tus lágrimas: es por amor por lo que muere mi Hijo y mi Dios». 

«Procura no encontrar amargo este día en el que voy a sufrir: 
para esto es para lo que Yo, que soy la dulzura misma, he bajado 
del cielo como el maná; no sobre el Sinaí, sino a tu seno, pues en 
él me he recogido. Según el oráculo de David: esta montaña 
recogida soy Yo; lo sabe Sión, la ciudad santa. Yo, que siendo el 
Verbo, en ti me hice carne. En esta carne sufro y en esta carne 
muero. Madre, no llores más; di solamente: si Él sufre, es porque 
lo ha querido, Hijo mío y Dios mío». 
Respondió Ella: «Tú quieres, Hijo mío, secar las lágrimas de mis 
ojos. Sólo mi Corazón está turbado. No puedes imponer silencio a 
mis pensamientos. Hijo de mis entrañas, Tú me dices: si Yo no 
sufro, no hay salvación para Adán... Y, sin embargo, Tú has 
sanado a tantos sin padecer. Para curar al leproso te fue 
suficiente querer sin sufrir. Tú sanaste la enfermedad del 
paralítico, sin el menor esfuerzo. También hiciste ver al ciego con 
una sola palabra, sin sentir nada por esto, oh la misma Bondad, 
Hijo mío y Dios mío». 
El que conoce todas las cosas, aun antes de que existan, 
respondió a María: «Tranquilízate, Madre: después de mi salida 
del sepulcro, tú serás la primera en verme; Yo te enseñaré de qué 
abismo de tinieblas he sido librado, y cuánto ha costado. Mis 
amigos lo sabrán: porque Yo llevaré la prueba inscrita en mis 
manos. Entonces, Madre, contemplarás a Eva vuelta a la Vida, y 
exclamarás con júbilo: Son mis padres!, y Tú les has salvado, Hijo 
mío y Dios mío».


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Magisterio de la Iglesia - Últimos Padres de Oriente (SIGLOS V-VIII)

Desde la mitad del siglo V, con la conclusión del Concilio de Calcedonia (año 451), la cristiandad de Oriente entra en una fase nueva. El apasionamiento por los temas dogmáticos, tan característico de la época anterior, deja paso al interés por la ascesis y el culto. Se vive de la herencia de los grandes Padres, mediante la compilación de «cadenas áureas» y florilegios. Esto no significa que desaparecieran por completo las herejías y controversias: además de ser una constante en la historia, de ellas se sirve el Espíritu Santo para dar a la Iglesia una comprensión más profunda de la fe que guarda en depósito. Pero no son comparables a las grandes disputas de los siglos anteriores, cuando lo que estaba en juego era nada menos que la doctrina revelada sobre la Trinidad y la Encarnación. Ahora se trata más bien de disputas académicas, sobre todo hacia el final de este largo período.

   Al principio hubo polémicas sobre el modo de relacionarse la voluntad divina y la voluntad humana en Cristo (monotelismo, monoenergismo); acabaron con el Concilio III de Constantinopla (año 681), que definió la existencia en el Verbo encarnado de dos voluntades perfectas, una divina y otra humana, esta última subordinada libremente a la voluntad divina. En la segunda parte de este período se desarrolló la controversia sobre la veneración a las imágenes, concluida con el Concilio II de Nicea (año 787), que condenó la herejía iconoclasta.

   Estas disputas tuvieron poco eco en Occidente. A ello contribuyó, sin duda alguna, el progresivo distanciamiento entre romanos y bizantinos, favorecido por la caída del Imperio Romano de Occidente (año 476) en manos de los pueblos germánicos. Con este motivo, Bizancio, capital del Imperio de Oriente, reivindicó con mayor fuerza aún el título de «nueva Roma», lo que trajo consigo nuevas fricciones y contrastes.

   En la zona más oriental del Imperio bizantino, la civilización griega nunca había penetrado profundamente. Sólo las grandes ciudades de Siria, Egipto y Mesopotamia, y especialmente las ciudades marítimas, podían considerarse verdaderamente helenizadas; en el resto de esos países, la mayor parte de la población ignoraba la lengua griega y permanecía hostil al dominador, en espera del momento en que pudieran romper las cadenas que les ligaban a Bizancio. La ocasión se presentó con las disputas nestorianas y monofisitas, que se difundieron sobre todo en esos lugares periféricos del Imperio bizantino. Así surgieron varias agregaciones cristianas independientes del Patriarcado de Constantinopla: los armenios, los sirios y los coptos, principalmente, que tienen en común el rechazo o la no adhesión a las decisiones del Concilio de Calcedonia.

   Todo este proceso recibió una fuerte aceleración con las invasiones árabes, que dejaron prácticamente aisladas esas áreas del resto de la Cristiandad. Mientras tanto, en el Imperio bizantino, reducido en extensión por esas pérdidas territoriales, se fue consumando la estrecha unión entre la Iglesia y el Estado que ha pasado a la historia con el nombre de césaropapismo. Figura cumbre de esta tendencia fue el emperador Justiniano, verdadero prototipo del emperador-pontífice. A partir de ese momento, la Iglesia en Oriente acentuó sus caracteres nacionales, experimentando sucesivas divisiones a medida que el Islam se iba apoderando, una tras otra, de sus provincias, hasta la captura de Constantinopla en el año 1451. Este largo proceso daría origen a las «autocefalias», es decir, a las diversas Iglesias nacionales ortodoxas.   Otra consecuencia de las invasiones árabes fue que el distanciamiento entre la Cristiandad oriental y occidental se hizo cada vez mayor; no sólo por la diversa idiosincrasia de los pueblos, sino por objetivas dificultades de comunicación entre Roma y Bizancio. La culminación de esta separación se produciría en el año 1053, fecha del cisma consumado por el Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario.

   A pesar de estos obstáculos, dos escritores bizantinos tuvieron un influjo enorme en el resurgimiento cultural y en el desarrollo doctrinal de la Edad Media en Occidente. El primero, autor anónimo conocido con el nombre de Pseudo-Dionisio, se sitúa habitualmente en torno al año 500; el otro, San Juan Damasceno, en pleno siglo VIII, es considerado como el último de los Padres. En ese arco de tiempo brillan, además—y entre otras—las figuras de San Romano el Cantor, Severo de Antioquía y Leoncio de Bizancio, en el siglo VI; San Sofronio de Jerusalén, San Máximo el Confesor, San Juan Clímaco y San Anastasio Sinaíta, en el siglo VII; San Andrés de Creta, San Germán de Constantinopla y el ya mencionado San Juan Damasceno, en el siglo VIII.

Entre los escritores de las restantes zonas del cristianismo oriental de esta época, merecen una mención especial San Mesrop y Juan Mandakuni, en Armenia, y Santiago de Sarug, en Siria.  LOARTE


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SAN ROMANO EL CANTOR, año 490 †562 ca.

Igual que el himno acatistos, las más bellas piezas de Romano deberían ser conocidas por todos los cristianos con buena formación.

Romano fue un convertido del judaísmo, diácono de Beyruth, sacerdote de la iglesia de Kuros en Bizancio. Vivió en tiempos de Anastasio 1 (491-518). Es popular, es poeta y tiene una imaginación viva, un alma que canta, y vuelve a ocurrir lo sucedido con San Efrén. Resplandece una inspiración nueva. La Theotokos grandiosa se humaniza y la piedad hacia Ella se enternece.

«Mientras que en otras partes -escribe Chevalier- se ve a María como un ser cercano a la abstracción, lejana de la tierra, que se reduce casi a la forma de la maternidad divina, en Romano, la Madre, la Virgen, la mujer, la joven, brilla amablemente. Es un goce, para un hombre de nuestro tiempo, encontrar aquí expresiones suaves, cuya ausencia se nota en los grandes doctores, en los que querríamos encontrar la ternura de San Bernardo.»

María avanzaba, llevándole en sus brazos:

Ella se preguntaba cómo, siendo madre, había quedado virgen,

al saber su alumbramiento por encima de la naturaleza,

asombrada, Ella se turbaba, y se decía a sí 

misma:

«¡Qué nombre ponerte, Hijo mío!

Pues Tú estás por encima de los hombres, 

Tú, que conservas mi virginidad.

¿Te llamaré hombre perfecto? Pero yo sé tu con-

cepción divina.

Si te llamó Dios estoy maravillada, 

al verte en todo semejante a mí. 

Tú eres como todos los hombres. 

¿Oué es mejor: darte de mamar o cantarte un himno?»

En estos últimos versos nos aparece un tema querido por la piedad mariana. Romano no es el que lo ha inventado. El más antiguo testimonio que nosotros conocemos es Basilio de Seleucia, muerto en el 459, en un texto que daremos en seguida. 


Esta imaginación concreta, cordial y familiar humaniza de tal manera a la Madre de Dios, que Romano le atribuye sentimientos y palabras quizd un poco demasiado semejantes a las nuestras en su imperfección. Es la incapacidad de nuestra psicología y nuestro arte para expresarlo de un modo exacto. Sería preciso llegar a comprender, y saber manifestar sentimientos más tiernos o más dolorosos aún que los de las almas más apasionadas, y a la vez decirlas con una paz suprema, con una pureza de la que nosotros no tenemos ninguna experiencia, y unirlas a las intuiciones más seguras de la realidad divina. Necesariamente un lirismo como el de Romano carece de esta armonía de extremos, que es imposible para los pobres pecadores.


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San Román, el Melódico (hacia 560) compositor de himnos 
Himno 13, La Natividad del Señor; SC 110, 143ss


“La Palabra era Dios....y la Palabra se hizo carne.” (Jn 1,1ss)      Escuchad, pastores, las trompetas... La Palabra se ha hecho carne, Dios se ha manifestado al mundo! Y vosotras, hijas de reyes, entrad en el gozo de la Madre de Dios (cf Sal 44) Pueblos todos, decid: Bendito eres tú, nuestro Dios, nacido hoy, gloria a ti!
      La Virgen que no tenía relación con ningún hombre (Lc 1,34) ha engendrado la alegría, la tristeza ancestral ya no existe. Hoy ha nacido el Increado, aquel que el mundo no puede abarcar. Hoy, la alegría se ha manifestado a los hombres; hoy el error ha sido echado fuera. Pueblos, digamos: “Bendito eres tú, nuestro Dios, recién nacido, gloria a ti.!”
      Pastores..., cantad al Señor que nace en Belén..., aquel que rescata el mundo. La maldición sobre Eva ha sido revocada, gracias a aquel que ha nacido de la Virgen.... “Batid palmas, aclamad con entusiasmo!” (Sal 46) Hagamos un coro con los ángeles. El Señor ha nacido de la Virgen María para “sostener a los que caen y levantar a los que desfallecen.” (Sal 144,14), los que gritan con gozo: “Bendito eres tú, nuestro Dios, recién nacido, gloria ti!”
      El autor de la Ley se ha encarnado bajo la Ley /Gal 4,4) el Hijo eterno ha nacido de la Virgen, el Creador del universo está recostado en un pesebre. Aquel a quien el Padre engendra sin principio, sin madre en el cielo, ha nacido de la Virgen, sin padre en la tierra. Pueblos, digamos: “Bendito eres tú, nuestro Dios, recién nacido, gloria ti!”
      En verdad, la alegría viene del nacimiento en el establo. Hoy los coros angélicos se alegran; todas las naciones celebran a la Virgen inmaculada; nuestro padre Adán se regocija porque hoy ha nacido del Salvador. Pueblos, digamos: “Bendito eres tú, nuestro Dios, recién nacido, gloria ti!”


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El poema de Romano el Melode

Hemos anticipado un texto poético de Romano el Melode, el gran himnógrafo bizantino, especialista en dar movimiento y vida, expresión lírica y hasta dramatismo a las escenas evangélicas.

A este famoso himnógrafo debemos de los textos que la Iglesia canta en la liturgia bizantina pascual. Sobre todo a él hemos de referimos para recoger algunos acentos bellos y poéticos dedicados a las mujeres miroforas en uno de sus poemas que es casi como un auto sacramental o una dramatización poética en la que las mujeres evangelistas tienen un hermoso protagonismo. Esta pieza poética firmada por el "pequeño Romano" tiene un encanto singular y completa cuanto hemos podido escuchar en los textos litúrgicos.

Es suficiente una selección de los versos más significativos. Empezando por esta especie de invitatorio que abre el poema: "Puestas en camino desde la aurora, hacia el Sol que es anterior al sol que se había ocultado en la tumba, las jóvenes miroforas se daban prisa como quien siente el deseo ardiente de la luz del día y se decían unas a otras: Adelante, amigas, vamos a ungir con aromas el cuerpo vivificante y sepultado, la carne que yace en le sepulcro pero que resucita a Adán el caído. De prisa, vamos y como ya lo hicieran los magos adorémoslo, a El que ahora está envuelto no en pañales sino en la sábana, llevemos como dones los perfumes. Y llorando digamos: Resucita, Señor, tú que a los caídos concedes la resurrección."

Estas mujeres, dice Romano, son sabias y valientes, son "theoforas," portadoras de Dios, tienen la memoria abierta al recuerdo de los episodios evangélicos que podían ser preludios de la Resurrección de Cristo. Recuerdan que Jesús resucitó el hijo de la viuda de Naim, la hija de Jairo. Por eso no puede quedar en el sepulcro.

Romano, poeta y teólogo, pone en labios de Jesús esta apología de la mujer, una de las más bellas expresiones de su poema: "Que tu lengua, mujer, proclame públicamente estas cosas y las haga conocer a los hijos del reino que están esperando que me levante yo que soy el viviente. He encontrado en ti la trompeta con un sonido poderoso. Haz escuchar a los oídos de los discípulos miedosos y escondidos un canto de paz. Despiértalos como de un sueño para que puedan salir a mi encuentro con las antorchas encendidas. Diles: El Esposo se ha despertado y ha salido del sepulcro sin dejar nada allí dentro. Despejad, apóstoles, vuestra tristeza mortal, porque se ha despertado el que a los caídos da la resurrección."

La lengua de la mujer es trompeta que anuncia el "kerigma" y lo hace resonar en los oídos y en el corazón de los discípulos. Pero es también pico de la paloma mensajera que tras el diluvio anuncia la paz: "Date prisa Maria — le dice el Señor. — Tómame en tu lengua como un ramo de olivo para anunciar la buena noticia a los descendientes de Noé y hazles saber que ha sido destruida la muerte y que ha resucitado el Señor."

Y las mujeres se hacen solidarias del mensaje de María. Creen a sus palabras y forman un grupo compacto de testigos de Cristo que exclaman: "Ojalá podamos ser muchas las bocas que ratifiquen tu testimonio. Vamos todas al sepulcro para confirmar la aparición que ha acaecido. Sea común a todas, compañera nuestra, la gloria que te ha reservado el Señor."

Juntas cantan la gloria del sepulcro vacío con un himno sencillo y sugestivo a la vez: "Sepulcro santo, pequeño e inmenso a la vez, pobre y rico. Tesoro de la vida, lugar de la paz, estandarte de la alegría, sepulcro de Cristo. Monumento de uno solo y gloria del universo."

A los Apóstoles dan la buena noticia con un anuncio cuajado de ternura, de comprensión, de entusiasmo que contagia: "Con una mezcla de temor y de gozo, como enseña el Evangelio, regresaron del sepulcro adonde estaban los Apóstoles y les dijeron: Por qué tanta tristeza? Por qué os cubrís el rostro? Levantad vuestros corazones: Cristo ha resucitado! Formemos coros para danzar y decid con nosotras: El Señor ha vuelto a la vida." He aquí la luz que brilla antes de la aurora. No os entristezcáis. Reverdeced!

Ha aparecido la primavera. Cubríos de flores, oh ramos. Tenéis que ser portadores de frutos, no de penas. Aplaudamos todos con nuestras manos cantando: "Ha vuelto a la vida el que a los caídos da la resurrección."

Hasta aquí la poesía y el canto de Romano el himnógrafo en honor de las mujeres evangelistas y miroforas. ValSa la pena evocar esta poesía eclesial y estos textos litúrgicos para recuperar un filón de la tradición cristiana que tan distante nos parece de ciertas interpretaciones antifeministas del misterio y de la misión de la mujer en la Iglesia.



Una estrofa del canto de Pascua de la Iglesia oriental comenta así la presencia de las mujeres en este icono:


"Las mujeres miroforas con la luz del alba

fueron al sepulcro del autor de la vida

y encontraron a un ángel sentado sobre la piedra.

Dirigiéndose a ellas les decía así:

Por qué buscáis al Viviente entre los muertos?

Por qué lloráis al Incorruptible

como si hubiese caído en la corrupción?

Id y anunciad a sus discípulos:

Cristo ha resucitado de entre los muertos.

Mujeres evangelistas, levantáos

dejad la visión e id a anunciar a Sión:

Recibe el anuncio de la alegría:

Cristo ha resucitado.

Alégrate, danza, exulta Jerusalén

y contempla a Cristo tu Rey que sale

del sepulcro como un Esposo."


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San Romano, el Melódico (?- hacia 560ca.), compositor de himnos 
Himno 21  - “Sus pecados, sus muchos pecados están perdonados” -    Cuando ella [una mujer de la ciudad] ha visto que las palabras de Cristo se propagaban por todas partes como los aromas, la pecadora…se ha puesto a detestar la pestilencia de sus actos…: “No he tenido en cuenta la misericordia con la que Cristo me envuelve, buscándome cuando yo me extraviaba por mi culpa. Porque es a mi a quien busca por todas partes; es por mí que come en casa del fariseo, él que alimenta al mundo entero. Él hace de la mesa un altar del sacrificio en el que él mismo se ofrece devolviendo la deuda a sus deudores para que éstos se acerquen con confianza diciendo: ‘Señor, líbrame del abismo de mis obras”.  

   Ávidamente, corre hacia él, desdeñando las migajas, ha cogido el pan; más hambrienta que la Cananea (Mc 7,24s), ha saciado su alma vacía porque su fe era tan grande como su hambre. No es su llamada que la ha rescatado sino su silencio, porque en un sollozo ha dicho: “Señor, líbrame del abismo de mis obras”…
     Ella se ha apresurado a ir a la casa del fariseo, precipitándose en la penitencia. “¡Vamos, alma mía, dice, este es el tiempo que pedías! El que purifica está aquí, ¿por qué quedarte en el abismo de tus obras? Me voy a él  porque es por mí que ha venido. Dejo mis viejos amigos porque el que ahora está aquí lo deseo apasionadamente; y puesto que él me ama, son para él mi perfume y mis lágrimas… El deseo del deseado me transfigura y yo amo a aquel que me ama como él quiere ser amado. Me arrepiento y me prosterno, es eso lo que él espera; busco el silencio y el retiro, es lo que a él le place. Rompo con el pasado; renuncio al abismo de mis obras.
     “Así pues, iré a él para ser iluminada, como dice la Escritura, me acercaré a Cristo y no quedaré avergonzada (Sl 33,6; 1P 2,6). Nada me va a reprochar; no me dirá: ‘Hasta este momento tú estabas en tinieblas y has venido a verme a mi, que soy el sol.’ Por eso tomaré el perfume y haré de la casa del fariseo un baptisterio donde lavaré mis faltas y me purificaré de mi pecado. Con lágrimas de aceite y de perfume, llenaré la pila bautismal en la que me lavaré, en la que me purificaré, y escaparé del abismo de mis obras”.


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San Romano el Melódico (?-hacia 560), compositor de himnos - Himno 51   -  “Los hombres de Nínive se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás” -      Abre, Señor, ábreme la puerta de tu misericordia antes de mi partida (Mt 25,11). Porque es preciso que me vaya, que venga a ti y me justifique de todo lo que digo de palabra, de todos mis actos y de todo lo que pienso en mi corazón. “Incluso el rumor de mis murmullos no dejan de escuchar tus oídos” (Sab 1,10). David exclama en su salmo: “Tú has creado mis entrañas; se escribían todas en tu libro” (Sl 138, 13.16). Leyendo en él los caracteres de mis malas acciones, grábalas sobre tu cruz, porque es en ella que me glorío (Gal 6,14) gritándote: “Ábreme”…
     Nuestro espíritu se ha endurecido hasta el punto que cuando hemos oído hablar de las calamidades de otros, no nos hemos corregido en absoluto (Lc 13,1s). “Todos se extravían, igualmente obstinados, no hay uno que obre bien, ni uno solo” (Sl 13, 2-3). Los ninivitas, en otro tiempo, se convirtieron al escuchar la palabra del profeta. Pero nosotros no hemos comprendido ni la llamada ni la amenaza. Ezequías con sus lágrimas consiguió hacer huir a los asirios provocando contra ellos la justicia de lo alto (2R 19). Ahora bien, los asirios… nos han llevado a la cautividad, y nosotros no hemos llorado ni gritado: “Ábrenos”.
     Altísimo Señor, juez de todos, no esperes a que nosotros cambiemos de conducta; tú no tienes necesidad de nuestras buenas acciones, porque cada uno de nosotros se dedica a hacer malas acciones con el pensamiento y la voluntad. Puesto que esto es así, Salvador, dirige nuestros días según tu voluntad, sin esperar a nuestra conversión, porque es posible que ella nunca llegue a realizarse. Y aunque viniera, sería por poco tiempo, no persiste hasta el final. Es como la simiente caída entre las piedras, como la hierba sobre los tejados, que se seca antes de crecer (Mc 4,5; Sl 128,6). Derrama tus misericordias sobre nosotros y sobre los que exclaman: “Ábrenos”.


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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:


Magisterio de la Iglesia  -  María y los Padres de la Iglesia

 

1.MADRE  -  Según ·Ambrosio-san, se puede decir también de cada uno que da a luz a Cristo y es, por tanto, su madre. Dice así: "El alma fiel se hace "María", concibe a Cristo por la fe, le da a luz espiritualmente, al modo como un día la Magdalena antes de convertirse al Señor, fue llamada por El "mujer", y después de convertida "María". San Ambrosio dice de la aparición del Resucitado a Magdalena: "Entonces le dijo el Señor: María, mírame. En el tiempo en que no cree, es mujer; cuando empieza a convertirse, es llamada María, esto es, recibe el nombre de la que dio a luz a Cristo, pues es alma que espiritualmente da a luz a Cristo". De aquí se deduce para el pastor de almas, Ambrosio, el aviso de tender a la santidad: "No todos dan a luz, no todos son perfectos, no todos pueden decir: dimos a luz el espíritu de salud en la tierra (Is. 26, 18); no todos son Marías que conciben a Cristo del Espíritu Santo y paren al Verbo... Hay muchos padres por el Evangelio y muchas madres que dan a luz a Cristo. ¿Quién me mostrará los padres de Cristo? El mismo los mostró diciendo: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos...? Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos ése es mi hermano y mi hermana y mi madre." Haz la voluntad del Padre para que seas madre de Cristo. Muchos concibieron a Cristo y no le dieron a luz. Quien da a luz la justicia, da a luz a Cristo; quien da a luz a la sabiduría, da a luz a Cristo, quien da a luz la palabra, da a luz a Cristo". En su comentario al Evangelio de San Lucas dice: "Tú, alma, que creíste en Dios, sé mujer fuerte como aquélla, sea el alma de la Iglesia sea la Iglesia misma, de la que dice Salomón: "La mujer fuerte, ¿quién la hallará?" (Prov. 31, 10).


Según San Ambrosio, cada fiel cristiano debe ser marial, pues concibe al Verbo de Dios. Dice así a propósito de Lc. 1, 45: "Bienaventurados también vosotros, que oísteis y creísteis, pues el alma que cree, concibe y engendra al Verbo de Dios... Habite en cada uno de vosotros el alma de María, para que alabe al Señor, habite asimismo el espíritu de María, para que se alegre en Dios. Si no hay más que una madre de Cristo, según la carne, sin embargo Cristo es el fruto de todos, según la fe. Pues toda alma inmaculada y libre de pecado... engendra al Verbo de Dios. Por tanto, un alma así engrandece al Señor al modo como lo hizo el alma de María y al modo también como se alegró su espíritu en Dios su Salvador". Exhorta otra vez a sus oyentes: "Imitad a aquella a quien tan hermosamente se aplica lo que se dijo de la Iglesia: "Qué bellos son tus pies con las sandalias" (/Ct/07/02), pues es bello el caminar de la Iglesia en la predicación del Evangelio. Es bello, asimismo, el caminar del alma que se sirve de su cuerpo como de calzado para que, sin que nada le estorbe, pueda ir donde le plazca. Con este calzado caminó hermosamente María, la cual, virgen, engendró al autor de la salud sin mezcla alguna de carnal comercio... En consecuencia, son hermosos tanto los pies de María como los de la Iglesia, porque son hermosos los pies de los que evangelizan. ¡Qué hermoso es también lo que en figura de la Iglesia se profetizó de María, siempre que no se consideren tanto los miembros del cuerpo; cuanto los misterios de su alumbramiento! (Cant. 7, 1_3)".


En san Agustín resalta con más fuerza que en San Ambrosio la relación de la tipología mariana con la Iglesia toda. La concepción y nacimiento virginales de Cristo son para él un signo del nacimiento espiritual de los cristianos del seno de la Iglesia. "Alegraos, vírgenes de Cristo; la Madre de Cristo es vuestra compañera. No pudisteis engendrar a Cristo, pero os abstuvisteis de engendrar por amor a Cristo. El que no nació de vosotras, ha nacido para vosotras. Sin embargo, si como debierais hacerlo recordáis sus palabras, sois también vosotras sus madres, porque hacéis la voluntad de su Padre. El mismo dijo: "Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre" (/Mt/12/50). Alegraos, viudas de Cristo, ofrecisteis la santidad de la continencia al que hizo fecunda la virginidad. Alégrate también tú, castidad conyugal; alegraos vosotros, los que guardáis fidelidad a vuestros cónyuges, conservad en el corazón lo que perdisteis en el cuerpo. Donde ya no puede haber una carne libre de concúbito, haya una conciencia virgen en la fe, por la cual toda la Iglesia es virgen. En María una virginidad santa dio a luz a Cristo. En Ana, una viudez avanzada reconoció a Cristo niño. En Isabel, tanto la castidad conyugal como la senil fecundidad se consagraron a Cristo. Los distintos géneros de vida de los miembros creyentes aportaron a la cabeza cuanto por gracia de ésta les era dado aportar. Por consiguiente, puesto que Cristo es verdad, paz y justicia, concebidle en la fe y engendradle en las obras. para que vuestro corazón realice en la ley de Cristo lo mismo que María realizó en sus entrañas. ¿Cómo no vais a pertenecer al parto de la Virgen, siendo así que sois miembros de Cristo? María dio a luz a vuestra cabeza; vosotros, a la Iglesia. Porque también la Iglesia es virgen y madre: madre, por sus entrañas de caridad, y virgen. por la integridad de su fe y de su piedad. Engendra pueblos que son, sin embargo, miembros de Aquel que la tiene por cuerpo y por esposa, imitando también en esto a la Virgen, porque en muchos es madre de la unidad. Se dirige una vez así este Santo Padre a su oyentes: "Lo que admiráis en la carne de María realizadlo en las intimidades de vuestra alma. El que con el corazón creyere en la justicia, engendra a Cristo; el que con la boca le confiese, para la salvación le da a luz (Rom. 10, 10). Así, sobreabunde la fecundidad y establézcase la virginidad en vuestras almas".


En otro sermón expone San Agustín: "La Iglesia es virgen. Quizá alguien me diga: si es virgen, ¿cómo engendra hijos?; y si no engendra hijos, ¿cómo dimos nuestros nombres para nacer de sus entrañas? Respondo: Es virgen y a la vez engendra; imita a María que engendró al Señor. ¿No era virgen María y, sin embargo, engendró permaneciendo virgen? Lo mismo la Iglesia: engendra y es virgen. Y si reflexionas más detenidamente, también engendra a Cristo porque los bautizados son miembros de Cristo. "Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros" (1 Cor. 12, 27). Luego, si engendra a los miembros de Cristo, es del todo semejante a María".



VIRGEN - FE - VIRGINIDAD: La virginidad de la Iglesia consiste, según el Doctor africano, en que guarda íntegra la fe de Cristo. Ante todo, fue San Agustín quien interpretó esta idea de la virginidad de la Iglesia como su misterio mariano. Dice en un sermón de Navidad: "La Iglesia virgen celebra hoy el parto de la Virgen, ya que a ella se dirige el Apóstol cuando dice: "Os he desposado a un solo marido para presentaros a Cristo como casta virgen" (11 Cor. I1, 2)... ¿Por qué como virgen casta, sino en la integridad de la fe, de la esperanza y del amor? Por consiguiente, María guardó antes en el cuerpo la virginidad que luego llevaría Cristo al corazón de la Iglesia... No hubiera podido la Iglesia ser virgen, si no fuera su Esposo hijo de virgen".


En el sermón 213 dice: "Hizo virgen a la Iglesia que lo es en la fe. La Iglesia tiene pocas vírgenes, según la carne, consagradas a Dios. No obstante, debe tener a todos, tanto hombres como mujeres vírgenes según la fe".


En otro sermón exclama: "Ea. Amadísimos, considerad cómo la Iglesia -esto es sabido- es esposa de Cristo, cómo es madre de Cristo -esto es más difícil de comprender, pero es cierto-. María la Virgen, le precede como imagen suya. ¿Por qué, os pregunto yo es María Madre de Cristo, sino porque da a luz a los miembros de Cristo? Vosotros a los que hablo, vosotros sois los miembros de Cristo. ¿Quién os ha dado a luz? Escuchad la voz de vuestro corazón. La Madre Iglesia. Esta madre santa, venerada, igual a María, da a luz y es, sin embargo, virgen; da a luz a Cristo, pues vosotros sois los miembros de Cristo".


En un sermón de Pascua, que se atribuye a Eusebio de las Galias o a Cesáreo de Arlés, se dice: "Alégrese la Iglesia de Cristo, que a semejanza de la bienaventurada María, enriquecida por la operación del Espíritu Santo, se hace madre de una prole divina... Mirad cuántos hermanos nos ha dado desde su integridad en una sola noche, la Iglesia, madre y esposa fecunda... Comparemos, si os place, estas dos madres; su maternidad fortalecerá nuestra fe en ellas. La sombra del Espíritu Santo colmó secretamente a María, y la infusión del Espíritu Santo en la fuente bendita obró lo mismo en la Iglesia. María engendró sin pecado a su Hijo y la Iglesia destruyó el pecado en aquellos que engendró. De María nació lo que era desde el principio; de la Iglesia renació lo que se perdió al principio. Aquélla engendró en favor de los pueblos; ésta, a los mismos pueblos. Aquélla, como sabemos, permaneciendo virgen, sólo engendró un Hijo; ésta incesantemente está dando a luz por obra de su Esposo virgen".


San Beda dice: "Todavía hoy, y así hasta la consumación de los siglos, está siendo concebido el Señor en Nazaret y está naciendo en Belén, siempre que cualquier oyente, después de haber recibido la flor de la palabra, se transforma en casa del Pan eterno. Cada día, en las entrañas virginales, esto es, en el espíritu de los fieles, es concebido por la fe y alumbrado por el bautismo. Cada día la Iglesia, madre de Dios, siguiendo a su maestro sube de Galilea, que significa "la rueda giratoria" de la vida mundana, a la ciudad de Judá, es decir, a la ciudad del reconocimiento y de la alabanza. y presenta al rey eterno la ofrenda de su devoción. Además, la Iglesia, siendo a semejanza de la bienaventurada Virgen María, esposa a la vez que inmaculada, nos concibe virgen del Espíritu Santo y virgen nos da a luz, sin sufrir los dolores del parto".


Isaac de Stella dice: "La cabeza y cuerpo de Cristo forman uno solo. No obstante, este Uno es Hijo de Dios en el cielo e Hijo de una madre en la tierra. Son muchos hijos y un solo Hijo. Así como la cabeza y el cuerpo son a la vez un hijo y muchos hijos, así María y la Iglesia son una madre y muchas madres, una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres y ambas vírgenes por obra del mismo Espíritu, sin la menor contaminaci6n carnal. Las dos, inmaculadas, dan hijos a Dios Padre. Aquélla, absolutamente libre de todo pecado, engendró la Cabeza en favor del cuerpo; ésta, por su parte, ofreció el cuerpo a la Cabeza, para remisión de todos los pecados. Las dos son madres de Cristo, pero ninguna de ellas sin la cooperación de la otra engendra al Cristo total. Por eso, lo que en las Escrituras, que están inspiradas por Dios, se dice universalmente de la Iglesia, madre virginal. se entiende con toda exactitud como dicho particularmente de la Virgen María; y lo que se afirma de la Virgen María especialmente, se afirma en un plano más general de la virgen madre Iglesia... Del mismo modo, de cualquier alma creyente se puede decir con toda verdad que es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y fecunda. La misma Sabiduría de Dios, que es el Verbo del Padre, nos habla universalmente respecto de la Iglesia, especialmente respecto de María e individualmente respecto del alma creyente". San Alberto Magno declara en su comentario al Apocalipsis: "Día a día la Iglesia da a luz al mismo Cristo por la fe en el corazón de los que escuchan". SCHMAUS-8.Págs. 289-293

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AGUSTÍN  -  Con sorprendente agudeza concluye San Agustín en una homilía:

"Os ruego, hermanos míos, paréis mientes, sobre todo, en lo dicho por el Señor, extendiendo su mano hacia los discípulos: éstos son mi Madre y mis hermanos; y al que hiciere la voluntad de mi Padre que me ha enviado, ése es mi padre, y mi hermano y mi hermana. ¿Por ventura, no hizo la voluntad del Padre la Virgen María, que dio fe y por la fe concibió y fue escogida para que, por su medio, naciera entre los hombres nuestra salud, y fue creada por Cristo antes de nacer Cristo de ella? Hizo por todo extremo la voluntad del Padre la Santa Virgen María, y mayor merecimiento de María es haber sido discípula de Cristo que Madre de Cristo; mayor ventura es haber sido discípula de Cristo que Madre de Cristo. María es bienaventurada porque antes de pedirle llevó en su seno al Maestro. Mira si no es verdad lo que digo. Pasando el Señor seguido de las turbas y haciendo milagros, una mujer exclama: "Bienaventurado el vientre que te llevó" (Lc. 11, 27); y el Señor, para que la ventura no se pusiera en la carne, responde: Bienaventurados más bien los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica. María es bienaventurada porque oyó la palabra de Dios y la puso en práctica, porque más guardó la verdad en la mente que la carne en el vientre. Verdad es Cristo, carne es Cristo. Verdad en la mente de María. Carne en el vientre de María, y vale más lo que se lleva en la mente que lo que se lleva en el vientre" (Sermón 25. Obras de ·Agustín-san, t. VII. Sermones. B.A.C. Madrid, 1950). ...........................................

3. «Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos».


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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

Acólito - En el siglo sexto o séptimo, tal vez un poco antes… 

Gr. akolouthos; Lat. sequens, comes, un seguidor, un servidor).

Un Acólito es un clérigo promovido al cuarto y más alto de las ordenes menores en la Iglesia Latina, siguiente en el ranking al subdiácono. Las principales tareas del acólito son encender las velas del altar, llevarlas en procesión y durante un canto solemne del Evangelio; prepara el vino y el agua para el sacrificio de la Misa; asiste en los sagrados misterios en la Misa y otros servicios públicos de la Iglesia. En la ordenación de un acólito, el obispo lo presenta con una vela apagada, y una vinagrera vacía, utilizando las palabras apropiadas que expresan estas tareas. Los chicos de Altar son a menudo llamados como acólitos y realizan las tareas de éstos. Las tareas del acólito en los servicios litúrgicos Católicos están descritos completamente en los manuales de la liturgia, ej. Pio Matinucci, "Manuale Sacrarum Caeremoniarum" (Rome, 1880), VI, 625; y De Herdt, "Sacrae Liturgiae Praxis" (Louvain, 1889), II, 28-39.


Es bastante posible que el oscuro pasaje en la vida de Víctor I (189-199), erróneamente atribuido  por Ferraris (I, 101) a Pío I (140-155), en relación a las  sequentes pueden realmente significar acólitos (Duchesne, Lib. Pont., I, 137; cf. I, 161). Siendo esto como puede ser, el primer auténtico documento existente donde se menciona a los acólitos es una carta (Eus., Hist. Eccl., VI, xliii) escrita en el año 251, por el Papa Cornelio a Fabio, Obispo de Antioquía y en la cual poseemos una enumeración definitiva del clero Romano. Existieron en aquella época en Roma, cuarenta y seis sacerdotes, siete diáconos, siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos y cincuenta y dos exorcistas, lectores y porteros. Es importante hacer notar que doscientos cincuenta años después ," un documento de cerca del 501 (Mansi, "Coll. Conc.," II, 626; cf. "Lib. Pont.," ed. Duchesne, Introd., 138), informa de cuarenta y cinco acólitos en Roma. El Papa Fabián (236-250), el inmediato predecedor de Cornelio, había dividido Roma en siete distritos eclesiales o regiones, estableciendo un diácono sobre cada uno. Muy pronto, le siguió una redistribución del clero de la ciudad de acuerdo a estas siete divisiones. Los acólitos Romanos estaba sujetos al diácono de la región, o en caso de su ausencia o muerte, al archidiácono. En cada región había un diácono, un subdiácono y, de acuerdo a la numeración de más arriba, probablemente, seis acólitos. Antiguos monumentos y documentos eclesiales, nos llevan a creer que un subdiácono era una especie de acólito jefe o archidiácono, manteniendo la misma relación con los acólitos que el archidiácono con los diáconos, con sin embargo, esta diferencia, que había sólo un archidiácono, mientras que en cada región, había un diácono. Tan tarde como la primera mitad del siglo décimo, nos encontramos con el término archi-acólito en Luitprand de Cremona ("Antapodosis", VI, 6; Muratori, "SS. Rer. Ital.", II, 1, 473), donde significa “dignidad”(q.v.) en la Iglesia Metropolitana de Capua. Debemos, entonces, ver el ministerio del subdiácono y acólito como un desarrollo del diácono. Más aún, estas tres categorías de clérigos difieren de las ordenes mas bajas en esto, que todos están estrechamente vinculados al servicio del altar, mientras que los otros no lo están. Las cartas de San Cipriano (7, 28, 34, 52, 59, 78, 79) dieron amplias pruebas del hecho que también en Cártago, a mediados del siglo tercero, los acólitos ya existían. Eusebio (De Vita Constant., III, 8) menciona la presencia de los acólitos en el Concilio de Niza (325), no como designados para el servicio del altar sino como personas adjuntas al séquito de los obispos. Antiqua", a menudo referida como los decretos del bien llamado Cuarto Sínodo de Cártago (398), aunque en realidad pertenecen a finales del siglo quinto o principios del siglo sexto  (Duchesne, "Christian Worship", 332, 350), demuestra que esta orden era conocida entonces en la provincia eclesial de Arles en Galia, donde éstos decretos fueron promulgados. Sin embargo, pareciera que todas las iglesias del Oeste y más especialmente las más pequeñas, no tenían acólitos. Si le otorgamos crédito al testamento del Obispo Benadius, predecesor de San Remigio (q.v) podemos concluir que en Reims, en el siglo quinto no habían acólitos. Otorga a todos la categoría de clérigo excepto a esta  (Flodoard, Hist. Rem. Eccl., I, ix, in P.L., LXXXV, 43). En la epigrafía Cristiana de la Galia, se hace mención, en la medida de lo que sabemos, de solo un acólito,  a saber, en Lyons en el año 517  (La Blant, "Inser. chrét. de la Gaule," I, 36), y, en general, se encuentran muy pocos epigrafos de acólitos en los primeros cinco siglos. En la Colección Irlandesa de Canones (Collectio Canonum Hibernensis, ed. Wasserschleben, Giessen, 1874, 32) el archiacólito no es mencionado entre los siete grados eclesiales, pero está ubicado con el salmista y el cantor fuera de la jerarquía ordinaria. En el sexto cánon de la ya mencionada “Statuta” las labores de los acólitos son específicas, como lo son por un escritor contemporáneo, Juan el Diácono en su carta a Senario (P.L., LIX, 404). La información específica en relación al lugar y deberes de los acólitos en la Iglesia romana entre los siglos quinto y noveno, se encuentra en una serie de ordenanzas conocidas como las “Ordines Romani” (q.v.-Duchesne, op. Cit., 146 and passim). De acuerdo a ellas, había en Roma (tal vez también en Cártago y en otras grandes ciudades occidentales) tres clases de acólitos, todos los cuales, sin embargo, tenían sus tareas  en relación a las synaxes litúrgicas o asambleas: (1) aquellos del palacio (palatino), que servían al Papa (u obispo) en su palacio, y en la Basílica Lateral; (2) aquellos regionales (regionarii), que asistían a los diáconos en sus tareas en diferentes partes de la ciudad; (3) aquellos de la estación (stationarii), quienes servían en la iglesia; estos últimos no pertenecían a cuerpos distintos, sino que pertenecían a los acólitos regionales. A los acólitos regionales también se les denominaba titulares (titulares)  a la Iglesia a la cual eran adjuntos (Mabillon, "Comm. in Ord. Rom.", en su "Musaeum Italicum," II, 20; por un antiguo epígrafe en Aringio, 156, ver Ferraris, I, 100; Magani, "Antica Lit. Rom.", Milan, 1899, III, 61 – ver también ROMA, CIUDAD DE). Los Acólitos del palacio estaban destinados de una forma particular al servicio del Papa, ayudandolo no solo en funciones de la Iglesia sino también como  nuncios, mensajeros de la corte papal, y  distribuidores de la limosna, llevando documentos y avisos pontificios, y realizando labores de carácter similar. No obstante, estas funciones eran compartidas con lectores y subdiáconos o archi-acólitos. En Roma, no sólo llevaban la eulogia (q.v.), o pan bendecido cuando la ocasión lo requería, sino también la Eucaristía Consagrada de la Misa del Papa a los sacerdotes cuyo deber era celebrar en las iglesias (tituli). Esto es evidente por la carta de Inocencio I (401-417) a Decentio, Obispo de Gubbio en Italia (P.L., XX, 556). También se encargaban de las sagradas especies a los ausentes, especialmente a los confesores de la fe detenidos en prisión (ver TARSICIO). Esta función de llevar la Sagrada Eucaristía a San Justino quien sufrió del martirio cerca del años 165 o 166, había sido asignada previamente a los diáconos (Apolog., I, 67), lo cual nos indica que en aquellos tiempos, los acólitos no existían. Sabemos aún más por las “Ordines Romani” que cuando el Papa debía pontificar en un distrito designado, todos los acólitos de esa región iban al Palacio Lateran para recibirlo y acompañarlo.


En el siglo sexto o séptimo, tal vez un poco antes, el acólito principal de la iglesia estacional, llevaba el crisma sagrado cubierto por un velo y, dirigía la procesión precediendo a pie el caballo que conducía el Papa. Los otros acólitos que lo seguían, llevaban el libro de los Evangelios, bolsas y otros artículos usados en el sacrificio sagrado. Acompañaban al Papa a la secretaría o sacristía (ver BASILICA). Uno de ellos ubicaba solemnemente el libro de los Evangelios sobre el altar. Llevaban siete velas encendidas antes que el pontífice ingresara al santuario. Dos acólitos con velas encendidas, acompañaban al diácono al ambón (q.v.) para el canto del Evangelio. Luego del Evangelio, otro acólito recibía el libro el cual, ubicado en un lugar y sellado, era luego devuelto al Lateran por el acólito principal. Un acólito lleva al diácono al altar, el cáliz y la palio; los acólitos recibían y cuidaban, las ofrendas reunidas por el Papa; un acólito sujetaba la patena, cubierto por un velo desde el principio hasta la mitad del canon. En momentos debidos cargaban, en bolsas de lino o bolsas suspendidas de sus cuellos, la oblata , u hogazas consagradas desde el altar a los obispos y sacerdotes en el santuario; que podían romper en especies sagradas (ver FRACTIO PANIS). Se puede apreciar a raíz de estas y otras tareas que involucran a los acólitos, que eran en gran medida responsables del éxito en las ceremonias pontificias y estacionales. Esto fue particularmente cierto luego de la fundación de la Schola Cantorum (q.v.) en Roma, de la cual hay clara evidencia desde el siglo séptimo en adelante. Siendo entonces, los únicos de órdenes menores involucrados en el ministerio activo, los acólitos adquirieron una mayor importancia que la que habían gozado hasta entonces. Los sacerdotes Cardenales no tenían otros asistentes en sus iglesias titulares. Durante la Cuaresma, y en la solemnidad del bautismo, los acólitos cumplieron todas las funciones que hasta entonces habían desarrollado los exorcistas, así como el subdiácono había absorbido aquellas de lector. Alejandro VII (1655-67) abolió el colegio medieval de acólitos descrito más arriba y lo sustituyó en su lugar (26 de Octubre de 1655) los doce prelados votantes de la Signatura de Justicia. Como evidencia de sus orígenes, éstos prelados aún tienen, en funciones papales, muchos de los deberes y tareas descritas más arriba. De acuerdo a la antigua disciplina de la Iglesia Romana, la orden de los acólitos era conferida en la medida que los  candidatos alcanzaban la adolescencia, como a los veinte años, tal como fueran interpretados los decretos del Papa Siricius (385) a Himerius, Obispo de Tarragona, en España. (P.L., XIII, 1142).  Debían pasar cinco años antes que un acólito pudiera ser subdiácono. El Papa Zosimus (418) los redujo a cuatro. El Concilio de Trento deja a juicio de los obispos la determinación del tiempo que debe pasar entre sr acólito y subdiácono; también es interesante con el Dr. Probst (Kirchenlex., I, 385), que el deseo del Concilio (Sess. XXIII, c. 17, de ref.) en relación al desempeño de los servicios minsteriales exclusivamente realizados por clérigos de órdenes menores nunca se cumplió.  En la antigua Roma eclesial, no existía ordenación solemne de acólitos. Durante la comunión en cualquier Misa ordinaria, incluso no siendo ésta estacional, el candidato se acercaba al Papa o, en su ausencia, a uno de los obispos de la corte pontificia. En un momento más temprano de la Misa éste ha sido vestido con una estola y una casulla. Sosteniendo en sus brazos, una bolsa de lino (porrigitur in ulnas ejus sacculus super planetam; símbolo de la más alta función de éstos clérigos, aquella de llevar, como lo mencionamos antes, las hostias consagradas) se postra mientras el Pontífice pronuncia sobre él una simple bendición (Mabillon, op. Cit., II, 85, ed. Paris, 1724). Sería bueno mencionar aquí dos oraciones del antiguo libro de Misas romano conocido como el “Sacramentarium Gregorianum" (Mabillon, Lit. Rom. Vetus, II, 407), dicho por el Pontífice sobre el acólito y el primero de los cuales es idéntico con aquel del actual libro Pontificio Romano "Domine, sancte Pater, aeterne Deus, qui ad Moysen et Aaron locutus es," etc. De acuerdo a la anteriormente señalada "Statuta Ecclesiae Antiqua," el cual nos dá el uso ritual de las iglesias más importantes de la Galia mas a oemnos en el año 500, el candidato a acólito era primero enseñado por el obispo en sus deberes y luego, un candelero, con una vela apagada, era colocada en sus manos por el archidiácono  como signo que las luces de la iglesia quedan a su cuidado; más aún, se le entrega un vinagrera vacía, que simboliza su trabajo de presentar el vino y el agua en el altar durante el sacrificio sagrado. Le sigue, una pequeña bendición. (Ver ORDENES MENORES; FRACTIO PANIS; EUCARISTÍA; MISA.)  - 

ANDREW B. MEEHAN 
Transcrito por Bob Knippenberg - Traducido por Carolina Eyzaguirre Arroyo.


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Porque el que ora en el templo de Dios ora dentro la paz de la Iglesia, en la unidad del Cuerpo de Cristo, porque el Cuerpo de Cristo está  constituido por la multitud de creyentes repartidos sobre toda la tierra...  Y el que ora dentro la paz de la Iglesia ora «en espíritu y verdad» (Jn 4, 23); el Templo antiguo no era más que un símbolo. En efecto, era para instruirnos que el Señor echó del Templo a esos hombres que no buscaban más que su propio interés, que no iban a él más que para comprar y vender. Si este Templo tuvo que soportar esta purificación, es evidente que también el Cuerpo de Cristo, el templo verdadero, entre los que oran se mezclan compradores y vendedores, es decir, unos hombres que no buscan más que «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp 2,21)... Tiempo vendrá en que el Señor sacará fuera todos estos pecados”. Sermón sobre el salmo 130, § 1-2 – San Agustín


“Para que el testimonio cristiano sea eficaz, sobre todo en temas delicados y controvertidos, es importante realizar un esfuerzo especial en explicar con rigor las razones de la posición de la Iglesia, subrayando que no se trata de imponer a los no creyentes una visión que nace de la fe, sino de interpretar y defender los valores enraizados en la misma naturaleza del hombre”. JUAN PABLO II - MAGNO


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Saber vivir la vida: no es tan trivial y nos va en ello la felicidad ahora y para siempre.


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El hombre no solamente resuelve problemas, sino que además los provoca.


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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.


No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos. Lao-Tsê


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«Son totalmente indispensables sólidos conocimientos de las lenguas latina y griega, sin los cuales se impide el acceso a las fuentes de la tradición eclesiástica. Sólo con su ayuda es posible también hoy redescubrir la riqueza de la experiencia de vida y de fe que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha venido acumulando en los dos mil años pasados» S.S. Juan Pablo II – 04.2004 Vat.


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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original… Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”.


Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.


Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. ‘Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

‘MAESTRO DE LOS PUEBLOS’ - Una teología de Pablo, el Apóstol.
Jordi Sánchez Bosch - Verbo Divino - 735 páginas - 2008

2º ´Los ojos de María´, de Vittorio Messori y Rino Cammilleri - Es 1796: tropas napoleónicas van hacia Roma; hay milagros de estatuas que lloran. Messori investiga estos milagros. – Editorial ‘Styria’ -  251 páginas – Esp.

3º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

4º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

Recomendamos vivamente: LA LEYENDA NEGRA, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 – Como también:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, a la dignidad-mérito-honra-respetabilidad-pundonor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

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"En caso de hallar un enlace o sub-enlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio". Gracias.-

“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente, y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

In Obsequio Jesu Christi.

‘Te, Deum, laudamus. Te Dominum confitemur’.


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