Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Galileo - 4º Cuál fue el error? Murió como buen católico tópicos anticlericales

Las hipótesis, dejan de ser suposiciones cuando van demostradas -  «Muchos clérigos influyentes creían que Galileo podía tener razón, pero necesitaban más datos. Cuando Galileo –en una pirueta científico-teológica– propuso la reinterpretación de ciertos versículos de la Biblia, los teólogos pensaron –con razón– que Galileo había usurpado su autoridad». Victoria Llopis

 

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Están esos de los viejos tópicos anticlericales del cientifismo del siglo pasado, según los cuales es incompatible el ser católico con el ser científico.

 

 

Una prueba palmaria de esta incompatibilidad sería la ausencia, entre los científicos más destacados, de católicos, y más en general, de creyentes. Este hecho, en último término, habría que reconducirlo al caso Galileo, responsable de haber alejado la actividad científica de los países católicos, donde era considerada peligrosa e incluso reprimida, a las zonas protestantes, donde el libre pensamiento habría permitido una rápida floración científica. Esta burda generalización simplista goza de tal arraigo que quien intente desafiarla aportando datos fehacientes, será inmediatamente tachado de manipulador de la historia. Quien, al oponer una religión basada en la revelación y el dogma a la ciencia, basada en la observación y el razonamiento, en realidad excluye a priori que pueda haber una revelación racional y que el dogma pueda ser razonable. Olvida también que la ciencia misma necesita sus dogmas para progresar, es decir, preconcepciones que nadie demuestra, sino que se aceptan sencillamente. Nadie comienza a investigar desde cero, ni puede verificar experimentalmente todo lo que los demás miembros de la comunidad científica dicen haber demostrado. La personalidad del investigador, el lugar donde se han realizado las investigaciones y el medio en que se han hecho públicas, son criterios suficientes para aceptar por buenos ciertos resultados y nos dispensan de repetir un experimento. La ciencia, como en general, todo conocimiento humano, necesita también de una fe natural para progresar. Una ciencia basada pura y exclusivamente en la observación empírica, opuesta a una revelación acogida críticamente, es simplemente, un mito falso.

…Los fenómenos históricos, sin embargo, se miden con una escala diferente, hecha de años o de decenios. En este sentido, el Jubileo de los científicos, ha constituido un hito en las relaciones entre la Iglesia y la ciencia, punto de llegada y de partida, cuyos resultados podrán apreciarse y valorarse sólo con el tiempo. MM.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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INCREENCIA - El economicismo y el cientifismo, con sus repercusiones en las masas, en las formas de consumo y de mercado, y en la expectativa de que todo puede tener una solución tecnológica, no facilita el que surjan preguntas más fundamentales y existenciales.

–  El relativismo, propio de las actuales sociedades democráticas. El pluralismo, al presentar un variado mercado de valores y estilos de vida, de religiones incluso, no sólo ha tenido como resultado el surgimiento de valores auténticos como el respeto y la tolerancia, sino que, mal comprendido, ha producido un relativismo muy hondo: no se concibe que alguien, sea persona o institución, se presente como poseyendo la verdad plena y absoluta. Y en la medida en que piensan que la religión cristiana tiene esa pretensión, se la descalifica. En muchos ambientes, tanto de intelectuales como de gente sencilla, la Iglesia se percibe un residuo de absolutismo y dogmatismo, como una institución rígida que no ha sabido acomodarse a los tiempos democráticos.

–  El no seguir los caminos que el Concilio Vaticano II (GS, 20) recomendaba para frenar el avance de la increencia, sería también un factor que la alimenta. En resumen serían estos tres: 1º. Una inadecuada exposición de la doctrina: la formación doctrinal del pueblo, e incluso de muchos catequistas y clérigos, es ciertamente “inadecuada”; 2º. Inautenticidad de vida cristiana: no referida sólo a que algunos cristianos no vivan de acuerdo con su fe, sino también referida a las formas con que, en ocasiones, se celebra el Evangelio; 3º. Falta de “diálogo sincero”, tanto al interior de la Iglesia, como con los “de fuera”. Si los cristianos tomásemos en serio las exigencias que el Concilio nos ha recordado, estaríamos en el camino adecuado para frenar el avance de la increencia. MM.

 

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El P. Manuel Carreira S.J. físico, filósofo y teólogo, explica en una entrevista que Galileo Galilei «no pasó un minuto en la cárcel, nadie le tocó un pelo ni lo excomulgó y murió profesando su fe, asistido por una hija religiosa, y con bendición papal». En la entrevista, publicada en el diario El Comercio, el profesor de Comillas, se refiere también a la teoría del diseño inteligente de la creación del mundo, y a la Sábana Santa, tema del congreso que se celebrará en Lima, Perú, a partir del 31 de agosto 2010.


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Ya en 1741 se divulgan con abundancia en las Universidades católicas, las ‘Obras Completas de Galileo’ - "En 1741, ante la prueba óptica, de la rotación de la tierra en torno al Sol, Benedicto XIV hizo conceder al Santo Oficio el Imprimatur a la primera edición de las Obras Completas de Galileo (...).

 

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Galileo: arma arrojadiza contra la Iglesia

Si hay un arma arrojadiza con la que los detractores de la Iglesia la han acusado de enemiga de la ciencia, es Galileo.

Sin embargo, la Iglesia jamás condenó a Galileo Galilei como consta en los documentos del proceso: ni el Papa ni los cardenales firmaron la condena. El Vaticano, por iniciativa de Ravasi, quiere volver a publicar las actas

para que este dato histórico habitualmente tergiversado, conste y salga a la luz. La investigación científica honesta no es incompatible con la fe. Benedicto XVI ha afirmado que la razón y la fe, pueden y deben ir de la mano y complementarse. Al fin y al cabo, todas las leyes y las realidades que pueblan el universo proceden del Dios que les dio el ser y las mantiene en perfecto orden, fuera del único desorden que es la maldad humana, cuyos efectos materiales y espirituales transitan, prosperando, por nuestro planeta. 

Isabel Planas – VALENCIA. España 2008-XI-02

 

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¿Cuál fue el error en el "caso Galileo"? 4º


< Pronto se arrepiente el que juzga apresuradamente (Pablio Siro)>.


Una vieja controversia
El caso Galileo ha sido durante más de tres siglos una incesante fuente de malentendidos y polémicas entre el mundo de la ciencia y la Iglesia católica. Por eso, cuando en 1992 Juan Pablo II reconoció públicamente los errores cometidos por el tribunal eclesiástico que juzgó las enseñanzas científicas de Galileo, se abrió un panorama fecundo para la relación entre ciencia y fe.


—¿Cómo se explica que se ha tardado tanto en reconocer el error?
El proceso a Galileo Galilei fue intencionadamente ensalzado por el pensamiento ilustrado, que quiso hacer de aquel asunto el paradigma del comportamiento de la Iglesia frente a la ciencia. Desde entonces hasta nuestros días, este caso se ha propuesto como símbolo de la supuesta oposición de la Iglesia al progreso científico. Esa idea se fue hinchando lentamente con el tiempo, hasta que se hizo patente la necesidad de que la Iglesia lo abordara de nuevo para clarificarlo a fondo.


Juan Pablo II constituyó una comisión que se ocupó de estudiar el caso durante once años, en todos sus aspectos teológicos, históricos y culturales. Esa comisión investigó exhaustivamente lo que ocurrió, cómo se produjo el conflicto y cómo se desarrollaron los hechos.

Después de más de tres siglos y medio, las circunstancias han cambiado mucho y a nosotros nos parece evidente el error que cometieron la mayoría de los jueces de aquel tribunal. Pero en aquel momento el horizonte cultural era muy distinto al nuestro. Había una situación de transición en el campo de los conocimientos astronómicos. Galileo defendía la teoría heliocéntrica de Copérnico (que situaba el Sol, no la Tierra, en el centro del Universo), una hipótesis que aún no había sido oficialmente reconocida por la comunidad científica de la época, por lo que Galileo no sólo se enfrentó a la Iglesia, sino también a la ciencia de su tiempo. Ciertos teólogos de aquella época, herederos de la concepción unitaria del mundo que se impuso por entonces, no supieron interpretar el significado profundo, no literal, de las Sagradas Escrituras cuando, en el libro del Génesis, se describe la estructura física del universo creado. Ese error les llevó a trasponer de forma indebida una cuestión de observación experimental al ámbito de la fe.

La verdad sobre la condena


—¿Y se ha reconocido el gran sufrimiento que padeció Galileo por parte de hombres e instituciones de Iglesia?
Juan Pablo II reconoció la grandeza de Galileo, y lamentó profundamente los errores de aquellos teólogos. Aunque, siendo objetivos, hay que decir que en torno a estos sufrimientos se ha creado un gran mito. Según una amplia encuesta realizada por el Consejo de Europa entre estudiantes de ciencias de todo el continente, casi el 30% tienen el convencimiento de que Galileo fue quemado vivo en la hoguera por la Iglesia; y el 97% están seguros de que fue sometido a torturas.

Durante tres siglos,
pintores, escritores y científicos
han descrito con todo lujo de detalles
las mazmorras y torturas sufridas por Galileo
a causa de la cerrazón de la Iglesia.
Y en eso no hay nada de verdad.


Es indudable que Galileo sufrió mucho, pero la verdad histórica es que fue condenado sólo a formalem carcerem, una especie de reclusión domiciliaria. No pasó ni un día en la cárcel, ni sufrió ningún tipo de maltrato físico. No hubo por tanto mazmorras, ni torturas, ni hoguera.

También es incuestionable
que varios jueces se negaron
a suscribir la sentencia,
y que el Papa tampoco la firmó.


Galileo pudo seguir trabajando en su ciencia, siguió recibiendo visitas y publicando sus obras. Murió pacíficamente nueve años después, el 8 de enero de 1642 en su casa de Arcetri, cerca de Florencia. Viviani, que le acompañó durante su enfermedad, testimonia que murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, en su cama, con indulgencia plenaria y la bendición del Papa.



Galileo vivió y murió como un buen creyente.
—De todas formas, reconocer ahora ese error significa que el Magisterio de la Iglesia puede equivocarse...


Las resoluciones judiciales de un tribunal de esas características no comprometen el Magisterio de la Iglesia. Juan Pablo II, al término de los trabajos de la citada comisión, recordó la famosa frase de Baronio: “La intención del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo está estructurado el cielo”.


La asistencia divina a la Iglesia
no se extiende a los problemas
de orden científico-positivo.



La infeliz condena de Galileo está ahí para recordárnoslo. Éste es su aspecto providencial.

Es cierto que se ha tardado quizá demasiado tiempo en abordar a fondo este asunto. Por eso la Iglesia ha deplorado en diversas ocasiones ciertas actitudes que a veces no han faltado entre los mismos cristianos, que no han entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia. De todos modos, hay que recordar que Galileo Galilei, como científico y como persona, ya estaba rehabilitado desde hacía mucho tiempo. De hecho, cuando en 1741 se alcanzó la prueba óptica del giro de la tierra alrededor del sol, Benedicto XIV mandó que el Santo Oficio concediera el imprimatur a la primera edición de las obras completas de Galileo. Y en 1822 hubo una reforma de la sentencia errónea de 1633, por decisión de Pío VII.

Diálogo entre ciencia y fe
Cerrando el caso de Galileo, Juan Pablo II hizo un llamamiento a todos los científicos y hombres de cultura para que presenten una antropología capaz de acoger todos los descubrimientos de las ciencias y que respete al mismo tiempo la singularidad irrepetible de la persona humana.


Las perspectivas del diálogo entre ciencia y fe son ahora más prometedoras, sin complejos ni desconfianzas mutuas, partiendo de la esperanza que da la clarificación de este triste caso.


El mito de la incompatibilidad entre la ciencia y fe empieza ya a declinar. Por otra parte, también la Iglesia se interroga hoy más que nunca sobre los fundamentos de su fe, sobre cómo dar razón de su esperanza al mundo de hoy. La ciencia es cada vez más consciente de sus propios límites y de su necesidad de fundamentación. Ciencia y fe están llamadas a una seria reflexión, y a tender puentes sólidos que garanticen la escucha y el enriquecimiento mutuos.


La fe ha constituido
a lo largo de la historia
una fuerza propulsora de la ciencia.


No puede olvidarse que la ciencia moderna se ha desarrollado precisamente en el occidente cristiano y con el aliento de la Iglesia.


Ante estas u otras leyendas, en las que la verdad histórica ha quedado empañada y deformada, es preciso reaccionar, en nombre de aquella verdad y aquel respeto que hoy invocamos para todos. Es triste ver cómo algunos católicos se asoman a la historia con el prejuicio –quizá el complejo– de pensar que la Iglesia que les ha traído la fe ha estado formada por hipócritas perezosos o brutos incapaces de entender lo que nosotros entenderíamos perfectamente.


2003 - ALFONSO AGUILÓ.

 http://www.interrogantes.net/includes/documento.php?IdDoc=1192&IdSec=149



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1303 - Universidad romana de La Sapienza - Histórica institución, cuyo origen está en una Bula del Papa Bonifacio VIII, de 1303.

 

La Iglesia Católica sembró de Universidades en Europa, precisamente en el medioevo. - Ciertamente la universidad debería ser un lugar privilegiado para practicar la razón sin prejuicios ni vetos ideológicos, un lugar en el que afrontar todos los aspectos de la realidad más allá de esquemas preconcebidos, pero precisamente en este ámbito vemos que con frecuencia, no domina ese coraje del razón al que invoca diariamente el Papa Benedicto XVI-  Obispo de Roma 2008.

 

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"La Iglesia de la época de Galileo se atuvo más a la razón que el propio Galileo, y tomó en consideración las consecuencias éticas y sociales de la doctrina galileana" filósofo agnóstico Paul Feyerabend.-

 

Un discurso pronunciado por el cardenal Ratzinger en Parma hace dieciocho años (en 1990), y que por cierto, retomó en Madrid en un encuentro con intelectuales con motivo del XIV Centenario del III Concilio de Toledo.

En dicho discurso, Ratzinger – probablemente el más grande intelectual viviente-2008), afrontaba la crisis de la fe en la ciencia como uno de los rasgos culturales del momento presente, y para ello realizó una sugerente cala sobre el famoso (y generalmente manipulado) "caso Galileo", para mostrar que se ha producido una inversión en el modo de juzgarlo por parte de los filósofos de la ciencia. Y para ello, Ratzinger cita al filósofo agnóstico Paul Feyerabend, quien afirma que "la Iglesia de la época de Galileo se atuvo más a la razón que el propio Galileo, y tomó en consideración las consecuencias éticas y sociales de la doctrina galileana". Por este motivo, el laico Feyerabend sostenía (para escándalo de estos presuntos científicos de La Sapienza) que el juicio contra Galileo "fue racional y justo, y sólo se puede justificar su revisión por motivos de oportunismo político". El propio Ratzinger mostraba su sorpresa ante esta toma de posición, y advertía que la fe nunca puede crecer a partir del rechazo de la racionalidad. Sin embargo la cita de Feyerabend era útil para ilustrar hasta qué punto es profunda la puesta en cuestión que la modernidad, la ciencia y la técnica hacen de sí mismas.

 

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El cristianismo no es la vía de escape para los deseos insatisfechos, sino el testimonio de un Dios que es Razón creadora, y al mismo tiempo, Razón que es Amor. El gran peligro del mundo occidental hoy es precisamente la autocomplacencia en su saber y su poder, que le empuja a despreciar la cuestión de la verdad. Y sin embargo siempre habrá hombres y mujeres que no acepten esa terrible mutilación, que peregrinan buscando en medio de la niebla para salir del laberinto del nihilismo. Quiera Dios que puedan encontrar el abrazo de una Iglesia que no teme compartir con ellos el camino de la vida, como nos ha enseñado Benedicto XVI.

 

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Es, fue y será impensable que un Tribunal serio, pueda admitir hipótesis sin pruebas.

 

Lo fue también para el caso Galileo. Lo fue hasta que no se descubrió que existían cisnes negros. La suposición de algo posible o imposible para sacar de ello una consecuencia, no es admitido ni tolerado por ningún Tribunal digno de tal nombre. Consecuentemente, la seriedad y dignidad del Tribunal que magnánimamente trató el ‘caso Galileo’, sigue siendo ejemplar y loada.
Hasta que se descubrió Australia, los ornitólogos estaban convencidos de que todos los cisnes eran blancos. El tiempo parecía darles la razón: en toda la historia, nadie había avistado un ejemplar de otro color. Sin embargo, en cuanto el primer cisne negro asomó el cogote en las antípodas, la teoría se vino abajo: una sola observación invalidó el conocimiento acumulado durante milenios.

 

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Las etiquetas coladas con astucia tramposa y de mala intención han hecho algunas temáticas históricas algo espinosas, cuando no, muy difíciles de afrontar con limpidez y objetividad. En la muy marrullera transcripción que hacen de aquellos hechos históricos, ponderan más la mentira - complaciéndose en adulaciones con alto rédito inmediato- que molestar con la verdad. ¡Pero no es ésta la que buscan; por supuesto que no! Lo que siguen buscando, y a estas alturas nadie debiera dejarse engañar por sus charlatanerías, es una maniobra para silenciar la voz más influyente y poderosa que hoy defiende la libertad de todos. Y que las defiende a su propio riesgo –cárcel, vida y muerte- por anunciar a Jesucristo, proclamando el perdón e instruyendo a las gentes. Al contrario de quienes, desde su propio bando, intentan socavar su influencia; se llaman de los nuestros y viven haciendo el juego contrario. A la Iglesia, cuánto le deben muchos, y ¡qué poco les deben ellos a los efímeros matones! En la bruma de la guerra contra la Iglesia se cuelan pifias, trampas y errores y tantas, tantas mentiras y desinformaciones. Lo grave es la incomprensión con que multitud de medios de comunicación, políticos y comentaristas abordan con insensatez el dramático predominio cultural del agnosticismo y del relativismo con el acoso hacia los débiles o desesperados. Ven en los indefensos una incapacidad para “saber hacer”. Quieren pensar por ellos negándoles la libertad y dignidad otorgadas por el creador a cada ser humano, imagen y semejanza de Dios. "Todos los hombres —dice el Concilio—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y voluntad libre, (...) se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa".

 

¿Qué o quién les tiene puesta la mordaza?

 

Sepamos desenmascarar a todos aquellos que se sienten "poseedores de la verdad" (entre otros: el cientificísmo contemporáneo). Y le endilgan "precisamente esa misma actitud a la Iglesia", acusándola de su "dogmatismo" y ellos son los "dogmáticos absolutos" porque ya han definido (¡y no se nos ocurra contradecirles!), Que la realidad se agota en lo que se puede "comprobar" y por ende, todo conocimiento metafísico y de apertura a la Trascendencia, es "puro imaginario supersticioso", el regreso morbo a una época ya superada por las “luces propias del “espíritu positivo”. Además nadie, pero nadie, lo que se dice nadie, recuerda o no quiere recordar que la Iglesia ¡¡ha sido la única institución que -explícita y universalmente- ha pedido perdón por los errores y faltas en el comportamiento de algunos de sus hijos!!

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

La Iglesia Católica es la única institución religiosa en el mundo que tiene una ‘Academia de Ciencias’, no sólo de índole internacional, sino de la que puede participar cualquier docto científico (con o sin religión), con tal que goce no sólo de un amor desinteresado por la verdad, sino también de reconocida honestidad intelectual…  Siendo así, volvemos a repetir… y hasta el cansancio:

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

¿Qué o quién les tiene puesta la mordaza?

 

¿De qué lado está la soberbia, entonces?

 

Desmitifiquemos a los grandes monstruos sagrados que el hombre de hoy adora, será una manera más de acercarnos desde una  razón que “no tiene miedo a la verdad” desde el mundo material hasta el Fundamento Último de todo lo real, en la necesaria e íntima vinculación entre las ciencias particulares y la Filosofía.

VIII.2006

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:


Las "Controversias" de San Roberto aparecieron en el momento más oportuno, pues los principales reformadores acababan de publicar una serie de volúmenes en los que se proponían demostrar que, desde el punto de vista histórico, el protestantismo era el verdadero representante de la Iglesia de los Apóstoles. Como esos volúmenes habían sido publicados en Magdeburgo y cada tomo correspondía a un siglo, la colección recibió el nombre de "Las Centurias de Magdeburgo".  Baronio refutó dicha obra desde el punto de vista histórico, y Belarmino desde el dogmático.  El éxito de las "Controversias" fue instantáneo: clérigos y laicos, católicos y protestantes leyeron ávidamente los volúmenes.  En Londres la obra fue prohibida, sin embargo un librero declaró: "Este jesuita me ha hecho ganar más dinero que todos los otros teólogos juntos".


San Roberto Belarmino (1542 †1621) Fiesta: 17 de septiembre.

 

Etim: Roberto: "El que brilla por su fama" (Ro: buena fama.  Bert: brillar). Belarmino: "guerrero bien armado". (Bel: guerrero. Armin: armado).  Verdaderamente su fama brilló por ser un bien armado guerrero en defensa de la verdadera fe. Jesuita; Arzobispo de Capua, Cardenal; Doctor de la Iglesia; defensor de la doctrina durante y después de la Reforma Protestante. Escribió dos catecismos y numerosas obras de apologética.


Sus libros y prédica sobre la defensa de la fe le ganaron el título de "martillo de los herejes". Sin embargo, era un hombre humilde y lleno de caridad para todos. Con su Catecismo en forma de diálogo, llegó a ser maestro de generaciones de niños. 15 Marcas de la Iglesia.


Las 15 Marcas de la Iglesia Católica.


1. El Nombre de la Iglesia Católica.  Esta no es confinada a una nación o gente en particular.

2. Antiguedad. Traza sus ancestros directamente a Jesucristo.

3. Constante Duración. Duración substancial (a través de los siglos) sin cambios.

4. Extensa. Número de sus fieles.

5. Sucesión Episcopal. Desde los primeros Apóstoles a la  jerarquía presente.

6. Acuerdo Doctrinal. La misma doctrina y enseñanzas de la Iglesia primitiva.

7. Unión. Todos los miembros entre sí y con la cabeza visible, el Pontífice Romano.

8. Santidad. Doctrina que refleja la santidad de DIOS.

9. Eficacia. Eficacia de doctrina en el poder de santificar creyentes e inspirarlos a grandes logros morales.

10. Santidad de Vida.  Defensores representantes de la Iglesia.

11. La gloria de Milagros. Trabajados en la Iglesia y bajo el auspicio de la Iglesia.

12. El don de Profecía. Don encontrado entre los santos de la Iglesia y sus portavoces.

13. La Oposición que la Iglesia levanta entre aquellos que la atacan en los mismos terrenos que Cristo fuera atacado por Sus enemigos.

14. El Triste Fin de todos aquellos que luchan contra ella.

15. La Paz Temporal y Felicidad Terrenal.  Todos aquellos que viven de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia y que defienden sus intereses.

 

Uno de los más grandes defensores de la Iglesia contra la Reforma protestante, fue Roberto Francisco Rómulo Belarmino.  Roberto nació en 1542 en la ciudad de Montepulciano, en Toscana, de una noble familia venida a menos. Sus padres eran Vicente Belarmino y Cintia Cervi, hermana del Papa Marcelo II.  Desde niño, Roberto dio muestras de una inteligencia superior; conocía a Virgilio de memoria, escribía buenos versos latinos, tocaba el violín y así, pronto empezó a desempeñar un brillante papel en las disputas públicas, con gran admiración de sus conciudadanos.

Decisión por Cristo. Cuando tenía diecisiete años, el rector del colegio de los jesuitas de Montepulciano escribió sobre él en una carta: "Es el mejor de nuestros alumnos y no está lejos del Reino de los Cielos". 

Por ser sobrino de un Pontífice podía esperar obtener muy altos puestos y a ello aspiraba cuando era joven, pero su madre, que era muy piadosa, lo había convencido de que el orgullo y la vanidad son defectos sumamente peligrosos. El cuenta en sus memorias: "De pronto, cuando más deseoso estaba de conseguir cargos honoríficos, me vino de repente a la memoria lo muy rápidamente que se pasan los honores de este mundo y la cuenta que todos vamos a tener que darle a Dios, y me propuse entrar de religioso, pero en una comunidad donde no fuera posible ser elegido obispo ni cardenal. Y esa comunidad era la de los padres jesuitas".  Así lo hizo, aunque le costó la oposición de su padre. El general jesuita hasta le redujo el tiempo de su noviciado y le destinó casi inmediatamente a proseguir los estudios en el Colegio Romano. Fue recibido de jesuita en Roma en 1560.  Quien le iba a decir a San Roberto que Dios tenía destinado a ser cardenal.  

Cambio providencial.  Al principio los sermones de Roberto estaban llenos de frases de autores famosos, y de adornos literarios, para aparecer como muy sabio y literato.  Pero de pronto un día lo enviaron a hacer un sermón, sin haberle anunciado con anticipación, y él sin tiempo para prepararse ni leer, se propuso hacer esa predicación únicamente con frases de la S. Biblia (la cual prácticamente se sabía de memoria) y el éxito fue fulminante.  Aquel día consiguió más conversiones con su sencillo sermoncito bíblico, que las que había obtenido antes con todos sus sermones literarios.  Desde ese día cambió totalmente su modo de predicar: de ahora en adelante solamente predicará con argumentos tomados de la S. Biblia, no buscando aparecer como sabio, sino transformar a los oyentes.  Y su éxito fue asombroso.

Formador. Roberto tuvo que luchar toda la vida contra la mala salud.  Al fin de los tres años de filosofía estaba tan débil, que los superiores le enviaron a tomar los aires natales; el joven religioso aprovechó su estancia en Toscana para instruir a los niños y dar conferencias de retórica y poética latinas.  Un año más tarde, fue trasladado a Mondavi del Piamonte y destinado a dar cursos sobre Cicerón y Demóstenes. Roberto no conocía del griego más que el alfabeto, pero, con su obediencia y energía características, preparaba por la noche la lección de gramática griega que debía impartir al día siguiente. El futuro cardenal se oponía al castigo corporal de los alumnos y jamás lo empleó. Además de ejercer el magisterio, predicaba con frecuencia y el pueblo acudía en masa a sus sermones. Su provincial, el P. Adorno, que le oyó predicar un día, le envió inmediatamente a la Universidad de Padua para que recibiese cuanto antes la ordenación sacerdotal.  Roberto se entregó ahí nuevamente a la predicación y al estudio; pero al poco tiempo, el padre general, San Francisco de Borja, le envió a Lovaina a proseguir sus estudios y a predicar en la Universidad, para contrarrestar las peligrosas doctrinas que esparcía el canciller Miguel Bayo y otros.  En el viaje a Bélgica tuvo por compañero al inglés Guillermo Allen, que sería también, un día, cardenal.  Belarmino pasó siete años en Lovaina. Sus sermones fueron extraordinariamente populares desde el primer día, a pesar de que predicaba en latín y era de tan corta estatura, que subía en un banquillo para sobresalir en el púlpito a fin de que el auditorio pudiese verle y oírle. Pero sus oyentes decían que su rostro brillaba de una manera extraordinaria y que sus palabras eran inspiradas.

Después de recibir la ordenación sacerdotal, en Gante, en 1570, ocupó una cátedra en la Universidad de Lovaina. Fue el primer jesuita a quien se confirió ese honor. Sus cursos sobre " de Santo Tomás, en los que exponía brillantemente la doctrina del santo Doctor, le proporcionaban la ocasión de refutar las doctrinas de Bayo sobre la gracia, la libertad y la autoridad pontificia. No cedió a la tentación de las tácticas mundanas frecuentemente utilizadas en las disputas doctrinales: Los ataques personales, el cinismo, el desprecio, las exageraciones, los insultos.  Ni siquiera mencionaba los nombres de sus adversarios sino que se limitaba elucidar los temas controversiales enseñando la verdad y exponiendo el error.

No obstante el trabajo abrumador que tenía con sus sermones y clases, San Roberto encontró todavía tiempo en Lovaina para aprender el hebreo y estudiar a fondo la Sagrada Escritura y los escritos de los Santos Padres. La gramática hebrea que escribió entonces para ayuda de los estudiantes llegó a ser muy popular.

Las Controversias. Como su salud empezaba a flaquear, los superiores le llamaron nuevamente a Italia. San Carlos Borromeo trató de que le destinasen a Milán, pero fue nombrado en 1576 para ocupar la nueva cátedra de teología apologética "de controversiis", es decir, la defensa de la ortodoxia católica en la Universidad Gregoriana, que en ese tiempo se llamaba Colegio Romano. La apologética era, como lo es hoy día, de gran importancia dado a la cantidad de errores que tienen confundidos al pueblo. 

San Roberto trabajó incansablemente en esa cátedra y en la preparación de los cuatro enormes volúmenes de sus "Discusiones sobre los puntos controvertidos", popularmente conocidos como "Las Controversias".  San Roberto en estos libros explica la posición católica ante los errores de los protestantes (luteranos, evangélicos, anglicanos, y otros.). Estos por su parte habían sacado una serie de libros contra los católicos y San Roberto produjo las mejores respuestas. El éxito fue rotundo, teniendo 30 ediciones en 20 años. Los sacerdotes y catequistas de todas las naciones encontraban en ellos los argumentos que necesitaban para la sana enseñanza. San Francisco de Sales utilizaba mucho estos libros de San Roberto. 

Tres siglos más tarde, el competente historiador Hefele calificaba esa obra como "la más completa defensa del catolicismo que se ha publicado hasta nuestros días". San Roberto conocía tan a fondo la Biblia, los Santos Padres y los escritos de los herejes, que muchos de sus adversarios no podían creer que sus "Controversias" fuesen la obra de un solo escritor y sostenían que su nombre era el anagrama de un conjunto de sabios jesuitas. 

Las "Controversias" de San Roberto aparecieron en el momento más oportuno, pues los principales reformadores acababan de publicar una serie de volúmenes en los que se proponían demostrar que, desde el punto de vista histórico, el protestantismo era el verdadero representante de la Iglesia de los Apóstoles. Como esos volúmenes habían sido publicados en Magdeburgo y cada tomo correspondía a un siglo, la colección recibió el nombre de "Las Centurias de Magdeburgo".  Baronio refutó dicha obra desde el punto de vista histórico, y Belarmino desde el dogmático.  El éxito de las "Controversias" fue instantáneo: clérigos y laicos, católicos y protestantes leyeron ávidamente los volúmenes.  En Londres la obra fue prohibida, sin embargo un librero declaró: "Este jesuita me ha hecho ganar más dinero que todos los otros teólogos juntos".

Uno de los más famosos jefes protestantes exclamó al leer uno de sus libros: "Con escritores como éste, estamos perdidos. No hay como responderle".

Diplomacia. En 1589, San Roberto tuvo que interrumpir algún tiempo sus estudios para acompañar al cardenal Cayetano en una embajada diplomática a Francia, desgarrada entonces por la guerra entre Enrique de Navarra y la Liga.  La embajada no produjo ningún resultado; pero sus miembros vivieron la experiencia de ocho meses de sitio en París, donde, según San Roberto Belarmino, "no hicieron nada pero sufrieron mucho".  Al contrario del cardenal Cayetano, quien favorecía a los españoles, San Roberto apoyaba abiertamente la idea de pactar con Enrique de Navarra, con tal de que se convirtiese al catolicismo; pero el Papa Sixto V murió por entonces, poco después del fin del sitio, y los embajadores fueron llamados de nuevo a Roma.

Biblista. Algo más tarde, San Roberto dirigió una comisión a la que el Papa Clemente VIII encargó preparar la publicación de una edición revisada de la Biblia Vulgata. Ya en la época de Sixto V se había preparado una edición, bajo la supervisión del Pontífice; pero la falta de conocimiento de los exegetas y el temor de modificar demasiado el texto corriente, la habían convertido en un trabajo inútil.  La nueva versión, que recibió el "imprimatur" de Clemente VIII, precedida de un prefacio de San Roberto Belarmino, es el texto latino que se usa actualmente.

Maestro de las almas. San Roberto vivía entonces en el Colegio Romano. Como director espiritual de la casa, había estado en estrecho contacto con San Luis Gonzaga, a quien atendió en su lecho de muerte.  El futuro cardenal profesaba tanto cariño al santo joven, que pidió ser enterrado a sus pies, "pues fue una época mi hijo espiritual".

Por entonces empezó para San Roberto la carrera de los honores.  En 1592, fue nombrado rector del Colegio Romano y, en 1594, provincial de Nápoles. Tres años más tarde, volvió a Roma a trabajar como teólogo de Clemente VIII.  Por expreso deseo del Pontífice escribió sus dos célebres catecismos para gente sencilla.  Su famoso Catecismo Resumido Fue traducido a 55 idiomas y ha tenido mas de 300 ediciones, éxito superado solo por la Santa Biblia y La Imitación de Cristo. Luego redactó el Catecismo Explicado, el cual llegó a las manos de sacerdotes y catequistas en todos los países del mundo. Durante su vida logró ver veinte ediciones seguidas de sus preciosos catecismos.

Un Humilde Cardenal. Dios tiene sus caminos. San Roberto entró en los Jesuitas porque estos tenían un reglamento que prohibía aceptar cargos en la jerarquía. Sin embargo, por obediencia al Sumo Pontífice, muy en contra de sus deseos personales,  llegó a ser el único obispo y cardenal de los jesuitas en ese tiempo. En 1598, Belarmino fue elevado al cardenalato por Clemente VIII, "en premio de su ciencia inigualable".  El santo no abandonó su austeridad. Se alimentaba, como los pobres, de pan y ajo y ni siquiera en invierno había fuego en su casa. En cierta ocasión pagó el rescate de un soldado que había desertado y regalaba a los pobres los tapices de sus departamentos, diciendo: "Las paredes no tienen frío".

Arzobispo de Capua. En 1602, fue inesperadamente nombrado arzobispo de Capua. Cuatro días después de su consagración, partió de Roma a su sede. Aunque fue admirable en todo, tal vez donde más se distinguía era en el ejercicio de las funciones pastorales en su inmensa diócesis. Haciendo a un lado los libros, aquel hombre de estudios, que no tenía ninguna experiencia pastoral, se dedicó a evangelizar a su pueblo con el celo de un joven misionero y a aplicar las reformas decretadas por el Concilio de Trento. Predicaba continuamente, visitaba su diócesis, exhortaba al clero, instruía a los niños, socorría a los necesitados y se ganó el cariño de todos sus hijos.  

Regresa a Roma. San Roberto no pudo permanecer mas que tres años en Capua ya que el recién elegido Papa Paulo V le insistió en que volviese a la Ciudad Eterna. San Roberto renunció a su diócesis y, a partir de entonces, como encargado de la Biblioteca Vaticana y como miembro de casi todas las congregaciones, desempeñó un papel muy importante en todos los asuntos de la Santa Sede. Cuando Venecia abrogó arbitrariamente los derechos de la Iglesia y fue castigada con el entredicho, San Roberto fue el gran paladín pontificio en la discusión con el famoso servita veneciano, Fray Pablo Sarpi.  

Otro adversario todavía más importante fue Jaime I de Inglaterra.  El cardenal Belarmino había reprendido a su amigo, el arcipreste Blackwell, por haber prestado el juramento de fidelidad a dicho monarca, ya que en él se negaban los derechos temporales del Papa.  El rey Jaime, que se consideraba como un controversista, intervino en la contienda con dos libros en defensa del juramento, a los que respondió el cardenal Belarmino.  En su primera respuesta, San Roberto empleó el tono ligeramente humorístico que manejaba tan bien. En cambio, en el segundo tratado respondió en forma seria y aplastante a cada una de las objeciones de su adversario.

Aunque defendió abierta y lealmente la supremacía pontificia en lo espiritual, las opiniones de Belarmino sobre la autoridad temporal no agradaban a los extremistas de ninguno de los dos campos.  Como sostenía que la jurisdicción del Papa sobre los reyes era sólo indirecta, perdió el favor de Sixto V; y como sostuvo contra el jurista escocés Barclay que la monarquía no era una institución de derecho divino, su libro De potestate Papae fue quemado públicamente en el parlamento de París.

Casi nombrado Papa.  En la elección del nuevo Sumo Pontífice, el cardenal Belarmino obtuvo 14 votos, la mitad de los votantes. Quizá no lo eligieron por ser Jesuita (los cuales tenían muchos enemigos). El rezaba muy fervorosamente a Dios para que lo librara de semejante cargo.

Amigo de Galileo Galilei. San Roberto era amigo de Galileo Galilei, a quien dedicó uno de sus libros.  En 1616, se le confió la misión de amonestar al gran astrónomo; pero en su amonestación, que Galileo tomó muy bien, se limitó a rogarle que propusiese simplemente como hipótesis las teorías que no estaban todavía probadas. Galileo, sin renunciar a sus investigaciones, habría ganado mucho si se hubiese atenido a ese consejo.

Sería imposible mencionar aquí todas las actividades de San Roberto en sus últimos años. Siguió escribiendo hasta el fin, pero ya no obras de controversia; terminó un comentario de los Salmos y escribió cinco libros espirituales, el último de los cuales se titulaba "Arte de morir".  

Su Testamento. Poco antes de morir escribió en su testamento que lo poco que tenía se repartiera entre los pobres. Lo que dejó no alcanzó sino para costear los gastos del entierro. Pidió que sus funerales fueran de noche (para que no hubiera tanta gente) y se hicieran sin solemnidad. Pero a pesar de que se le obedeció haciéndole los funerales de noche, el gentío fue inmenso y todos estaban convencidos de que estaban asistiendo al entierro de un santo.

Cuando su vida tocaba a su fin, San Roberto obtuvo permiso de retirarse al noviciado de San Andrés, Roma, donde murió a los setenta y siete años, el 17 de diciembre de 1621.  Precisamente en esa fecha se celebraba la fiesta de los estigmas de San Francisco de Asís, que se había introducido a petición suya.  

El proceso de beatificación, que comenzó casi inmediatamente, se prolongó por tres siglos.  Después, en un solo año, en el 1930, San Roberto obtuvo del Papa Pío XI ser beatificado y canonizado santo.  Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1931.

San Roberto Belarmino, ruega por nosotros para que con todo el corazón imitemos tu celo por conocer y dar a conocer la verdadera doctrina y salvar almas.

 

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Paul Poupard, La nuova immagine del mondo. Il dialogo tra scienza e fede dopo Galileo. Casale Monferrato (AL), Piemme, 1996, 163 p.

 

Aparecen ahora en versión italiana las contribuciones más importantes de la obra publicada en francés hace dos años (Après Galilée. Science et foi: nouveau dialogue, París, Desclée de Brouwer, 1994, 265 p.).

 

Es un libro que mira al futuro para abordar los nuevos retos del diálogo ciencia-fe partiendo de la esperanza que da la clarificación del caso Galileo. El 31 de octubre de 1992 el Cardenal Poupard presentaba oficialmente al Papa Juan Pablo II los resultados de la Comisión especial instituida en 1981 para reexaminar el caso Galileo. Esta intervención del Cardenal Poupard da inicio al libro, seguida del discurso del Santo Padre en aquella memorable ocasión, con la cual se cierra, en cierto modo, un capítulo difícil de la historia de la Iglesia. A continuación se ofrecen una serie de artículos. El pensador ortodoxo ruso Sergej Averincev no ve en el caso Galileo una oposición ciencia-fe, sino un conflicto en el seno de la cultura de la época. Peter Hodgson considera que la ciencia moderna hunde raíces profundas en las convicciones cristianas sobre la naturaleza del mundo material (considerado bueno, racional, ordenado, etc.). El P. George V. Coyne, S.J. se detiene en las aportaciones de la teología y de la filosofía a la comprensión científica del universo que nos da la cosmología. Por último, Giuseppe Tanzella Nitti (astrofísico y profesor de teología fundamental en el P. Ateneo de la Santa Cruz) y Jean-Michel Maldamé, O.P. (del Instituto Católico de Toulouse), en la última sección del libro —titulada: «Nuevas perspectivas»— se adentran en las nuevas oportunidades de diálogo entre la ciencia y la fe.

Paul Poupard, Creare con fede una nuova cultura. Roma, Città Nuova, 1996, 86 p.

Este nuevo volumen de la colección «Cultura e Fede» recoge algunas de las ponencias del Simposio Regional del Consejo Pontificio de la Cultura celebrado en la Universidad Complutense de Madrid del 23 al 25 de octubre de 1995. El tema general es: ¿Cómo puede la fe cristiana volver a ser, hoy, una fuente fecunda, inspiradora de cultura? El Patriarca de Lisboa, Cardenal Antonio Ribeiro, expone el tema de «Cristianismo, moralidad y cultura»; Joseph Doré reflexiona sobre «La fe cristiana y la cultura europea»; Mons. Franc Rodé aborda la cuestión de «La fe ante los nacionalismos»; el P. Georges M. Cottier, O.P. considera la relación entre «Verdad y tolerancia: Ilustración, Postmodernidad y Cristianismo»; por último, el Cardenal Poupard ofrece una reflexión titulada: «Inculturar la fe, evangelizar las culturas», en la que explica la inculturación de la fe como elevación del alma religiosa de las culturas.

 

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El «caso Galileo», en un contexto nuevo


  

 

Religión y ciencia son dos asuntos cuya capacidad de convocatoria en la opinión pública es cada vez más creciente. El conflicto que en el pasado las había confrontado parece haberse esfumado. El mismo caso Galileo, que representa el momento de mayor tensión entre ambas, se encuadra en un contexto nuevo. Hoy aparece como un acontecimiento sobre el que se ha especulado durante largo tiempo, y que debe ser juzgado con mayor objetividad. Los documentos de los Archivos Vaticanos no concuerdan con lo que la propaganda decimonónica anticlerical dice de este episodio. Lo afirma, en esta entrevista concedida al diario Avvenire, el profesor William Shea, quien, después de haber enseñado en Cambridge y en Harvard, ocupa hoy la misma cátedra de Historia de la Ciencia que ocupó Galileo, en Padua

 

Profesor Shea, teólogos y científicos tienen una gran necesidad de hablar entre ellos…
En todos los países. En Estados Unidos he tenido recientemente tres conferencias acerca de este tema. La ciencia ofrece una mano a la teología, haciendo conocer que el mundo ha sido creado por Dios (en este sentido, interrogarse sobre la Naturaleza equivale a imaginar la mente de Dios). Por otro lado, la teología ofrece a los científicos elementos de reflexión sobre el sentido de la investigación, de modo que se puede encontrar la búsqueda científica ligada a una visión ética del mundo.

Las tensiones y malentendidos del pasado, ¿están ya olvidados?
Acerca de la teoría de Charles Darwin no hay un verdadero enfrentamiento. La trágica historia de Giordano Bruno no entra en el conflicto ciencia-fe: se limitaba a términos teológicos. Entonces, el único caso de conflicto estaría en torno al heliocentrismo y a Galileo.

¿Cuáles son las novedades que salen a la luz en los documentos históricos estudiados hasta la fecha?
El motivo de por qué aquel acontecimiento acabó como acabó continúa siendo un enigma. Galileo Galilei era muy estimado por Pablo V y Urbano VIII. Los jesuitas lo tenían en grandísima consideración. Gracias al jesuita y matemático Cristóforo Clavio había obtenido la cátedra de Pisa, y la todavía más prestigiosa de Padua. Cuando mostró el instrumento que había inventado –el occhiale, esto es, el telescopio–, la Academia de los Licei, de Roma, fue a verlo; según el cardenal Francesco María del Monte, Galileo merecía una estatua ecuestre en Campidoglio. En 1624, en siete semanas transcurridas en Roma, tiene seis coloquios con el Papa Urbano VIII. Y después de la condena, no sólo no fue a la cárcel, sino que fue tratado con un respeto y una indulgencia inconcebibles en un siglo como aquel.


Urbano Pont. Max. VIII (6 agosto 1623 - 29 julio 1644)


¿Cuándo se perfila el inicio del drama?

Cuando, muy educadamente –hace falta decirlo–, Galileo es invitado a dar las pruebas del heliocentrismo. El Papa le pide demostrar que la Tierra realmente se mueve; sólo así –le dice–, la Iglesia podrá formular una nueva interpretación de la Escritura (en el Eclesiastés, Josué «detiene el camino del sol»). Pero Galileo no tiene esas pruebas.



¿Entonces, el heliocentrismo de Copérnico y Galileo podía aparecer como una mera teoría? La prueba del heliocentrismo sólo viene con la ley de la gravitación universal de Newton. Y cuando llega, la Iglesia la acepta. Sin embargo, en la época de Galileo, la teoría copernicana circulaba y no era de hecho combatida: era considerada una hipótesis o suposición astronómica, no una verdad absoluta. Pero Galileo se quiere jugar el todo por el todo. En su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, llegó a introducir un personaje ridículo, Simplicio, que representa claramente al Papa Urbano VIII. Galileo era realmente un florentino de carácter. Pero Urbano VIII era de la misma ciudad, y de la misma pasta. ¿Cómo puede un hombre inteligente como Galileo cometer un error de ese género?


¿Por esto se precipitaron los acontecimientos? Las razones son muchas. La guerra de los Treinta años; España, que acusa a Roma de acercarse a los protestantes para detener el dominio español. Es entonces cuando se descubre que el principal protector de Galileo, Giovanni Ciampoli, secretario del Papa, debido a ambiciones frustradas, conspira junto a los españoles. Se cierran todas las vías para un compromiso. Urbano VIII, cuando decide romper definitivamente con Galileo, relaciona la ofensa del Diálogo con la conjura de Ciampoli; le dice al embajador florentino: «¡Ha sido una verdadera ciampolatada!»
Luigi Dell´Aglio - 2004-12-31 ‘ALFA Y OMEGA’ ESPAÑA.


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LA CRISIS DE LA MODERNIDAD.

1. El influjo de la ciencia en la filosofía moderna y la contradicción resultante.


La ciencia moderna nace gracias al descubrimiento de un nuevo modo de acercamiento a la realidad, que se inaugura históricamente, si se quiere, con Galileo. Galileo dota a la ciencia de una metodología propia, basada en la combinación fecunda de experimentación y análisis matemático, cuyo mejor aval serán los éxitos indiscutibles con que la nueva ciencia inicia su andadura. Con las armas del método matemático-experimental, la ciencia se libera del yugo de la vieja metafísica aristotélico-tomista, que amenaza con vetar su acelerado progreso; y, en breve tiempo, logra una «victoria» arrolladora de repercusiones profundas.

Debido a su enorme influjo, la ciencia moderna engendra una filosofía moderna. Descartes intenta construir una ciencia universal, extendiendo el método matemático —perfecto, riguroso y progresivo— a todos los ámbitos del saber. Pero este intento de la filosofía de inspirarse en la nueva ciencia le acarreará amargas contradicciones. Mientras los racionalistas construyen la nueva filosofía more geometrico —destacando el aspecto matemático del método científico—, los empiristas ingleses —privilegiando el polo experimental— negarán toda legitimidad al intento de aplicar una ciencia de ideas a una ciencia de hechos. Racionalismo y empirismo son las dos caras de una misma moneda: el intento de construir una filosofía moderna inspirada en el método científico, matemático-experimental. Pero será el empirismo el que sacará a la luz las últimas consecuencias de la nueva filosofía, al poner de relieve, de forma despiadada casi, que la crítica de la metafísica clásica contenida en el racionalismo, exige, para ser coherente, la crítica de toda metafísica.

En este sentido, la penetrante crítica de Hume al principio de causalidad tiene una relevancia tan enorme que es difícil apreciarla en toda su magnitud. Hume hace saltar en pedazos el puente entre las ideas innatas y el mundo exterior que tanta fatiga le había costado construir a Descartes. Hume despierta a Kant de su «sueño dogmático». Después de Hume, la metafísica racionalista, construida a priori, según el modelo de las matemáticas, si quiere sobrevivir, tendrá que navegar en pleno idealismo.

Pero hay más. Las consecuencias de la crítica de Hume no afectan sólo a la metafísica. ¡También la ciencia se ve privada de su fundamento epistemológico! Este descubrimiento turbó a Kant de tal manera que se quedó clavado en su asiento, y, rompiendo por una vez su hábito inveterado, se olvidó de su sólito paseo vespertino. Si nuestro conocimiento de la realidad se limita a los fenómenos, ¿cómo puede la ciencia establecer leyes necesarias? Toda la filosofía crítica de Kant será una «dicea» de la ciencia, un intento de justificar filosóficamente las leyes de la física de Newton. Pero la victoria final será de Hume, que encerrará a Kant y a toda la filosofía moderna en el fenomenismo: nuestro conocimiento de la realidad se limita a los fenómenos, el noúmenon es incognoscible.

Se produce así una asombrosa contradicción en la cultura moderna: mientras la ciencia, animada por el firme convencimiento de que está desentrañando las recónditas leyes de la realidad objetiva, continúa su vertiginoso desarrollo, poniendo las bases de la civilización tecnológica actual, por otro lado la filosofía moderna, nacida de la ciencia, construida con un método que pretende ser científico, niega a la ciencia la legitimidad de su más primordial pretensión: la de ser un conocimiento válido de la realidad objetiva. De este modo, una cultura que nace precisamente de la exaltación de la ciencia —exaltación que es ilegítima en cuanto que va en detrimento de otros modos de acercamiento a la realidad, como el metafísico o el teológico— acoge (contradictoriamente) en su seno un elemento de escepticismo que, bien mirado, supone la más vil de las traiciones a la misma ciencia, porque le niega precisamente aquello que más la engrandece: el poder de desvelar la naturaleza profunda de la realidad del cosmos.

2. La crisis del racionalismo y el ocaso de la Edad Moderna.

Hemos querido poner de manifiesto la acogida moderna del escepticismo empirista. Pero es claro que lo que caracteriza a la Edad Moderna es el intento de superar, mediante el racionalismo, el escepticismo total en que desemboca el empirismo. El hombre moderno, deslumbrado por la ciencia, y en especial por su formalismo matemático, cree poder escapar al escepticismo epistemológico y al relativismo moral, fundamentando tanto la ciencia como la moral en el poder de la pura razón. El éxito de las matemáticas para explicar científicamente la realidad, mueve a fundamentar la ciencia experimental en la sola razón humana, dado que es la misma razón la que produce, a priori, sacándola de la riqueza de su propio espíritu, la excelsa ciencia matemática. Con esta solución a su problema, la modernidad se embarca en la aventura de endiosar cada vez más la razón humana: primero haciendo de ella el fundamento de la ciencia (criticismo kantiano); después, fundamentando la realidad del mundo en el espíritu humano (idealismo); por último, divinizando al espíritu humano (panteísmo) o negando la existencia de Dios como hipótesis innecesaria (ateísmo).

Ahora bien: si la Edad Moderna se caracterizó desde sus inicios por el optimismo con que acometió la «revolución copernicana» de colocar al hombre en el centro del cosmos y de la historia, es cada vez más evidente que el optimismo inicial ha degenerado en cansancio, pesimismo y frustración. El hombre moderno se siente hoy demasiado débil para llevar sobre sus hombros el peso del mundo que su propia exaltación ha cargado sobre él. La tentación del hombre contemporáneo no es ya la de fundamentarlo todo en la razón humana, sino la de renunciar a todo intento de fundamentación, para entregarse desenfrenadamente al hedonismo y a los placeres que le ofrece la sociedad de consumo. Es como si el elemento escéptico y relativista del empirismo hubiese triunfado sobre el lado racionalista que impregna la modernidad, para dar a luz, sorprendentemente, una sociedad post-moderna que se gloría de la endeblez de su pensamiento y que exalta el nihilismo a la categoría de filosofía profunda.

3. El influjo profundo del desarrollo científico en la crisis de la
modernidad.

Parecería que la ciencia, cuyo nacimiento está íntimamente ligado al de la modernidad, no tiene nada que ver en esta crisis postmoderna. Y sin embargo, es profundamente iluminador el constatar que un papel no pequeño en esta crisis de la modernidad lo ha tenido el mismo desarrollo de la ciencia. El fatigoso progreso de la ciencia ha ido poniendo en evidencia que no todo era tan sencillo como sugería la simplicidad de las ecuaciones de Newton. La demostración de Poincaré de que las ecuaciones de la mecánica clásica no permiten la predicción determinística del comportamiento de sistemas incluso mínimamente complejos; la superación de la física de Newton con la teoría de la relatividad; y, por último, la revolución de la mecánica cuántica, que introduce un principio de indeterminación en el mismo corazón de la física, han llevado al hombre contemporáneo a una desconfianza casi total en el poder de la razón.

En este sentido, podría situarse simbólicamente el fin del racionalismo moderno en la demostración matemática del teorema de Gödel. El teorema de Gödel marca el fin de una época, porque pone en evidencia el talón de Aquiles de la misma ciencia matemática, y, por tanto, de todo intento de explicar la realidad por la sola razón.

Si hay algo que caracteriza la cultura del mundo moderno, es la fe ciega en las matemáticas como modelo de ciencia rigurosa e indiscutible. «Matemático» y «científico» se identifican. Lo que hace «científicas» a las ciencias, y lo que además las hace progresar como tales ciencias, es la introducción y la aplicación de las matemáticas. Ahora bien: con el teorema de Gödel fracasa el programa formalista de Hilbert de unificación de los diversos sistemas axiomáticos. El teorema de Gödel demuestra definitivamente que no existe una matemática universal, esa matemática universal con la que sueña todo racionalista, que sería la explicación científica omnicomprensiva de la realidad. No existe ni puede existir, porque una matemática completa y autoconsistente es contradictoria en sí misma. Y si la matemática universal es contradictoria en sí misma, a fortiori lo será el racionalismo. Después de Gödel ¿qué sentido tendrá ya intentar buscar la razón de todo en un sistema racional, según el modelo de las matemáticas, si las mismas matemáticas no pueden darse a sí mismas su propio fundamento? Para huir de esta contradicción interna, la filosofía contemporánea, heredera del racionalismo y del idealismo, intentará refugiarse en una oscura intuición trascendental del ser expresada en lenguaje poético. Pero ¿hasta qué punto se esconde algo profundo detrás de este recurso a lo impredicativo para evitar definiciones precisas?

4. Una profunda crisis cultural, contexto actual del diálogo entre ciencia y fe.

Vaclav Havel, presidente de la República Checa, en un reciente artículo titulado «El doloroso parto de una nueva era» (Diario El Mundo, Madrid, 23-IX-1994), sentenciaba que «la relación con el mundo que la ciencia moderna promueve, parece haber agotado su potencialidad. Resulta cada vez más claro que a esa relación le está faltando algo pues no acierta a conectarse con la más intrínseca naturaleza de la realidad ni con la experiencia natural del hombre y, de hecho, es más una fuente de desintegración y dudas que de integración y sentido. [...] Pese a que en la actualidad sabemos inconmesurablemente más sobre el universo que nuestros antecesores, parece cada vez más claro que ellos sabían algo que a nosotros se nos escapa».

Para encontrar ese «algo que se nos escapa», y que nos es vital para salir de la crisis, hay que remontarse más allá del Siglo de las Luces. «La Edad Moderna ha terminado», dice Havel, esa edad en la que «el Creador, que estaba mucho más allá de la comprensión y el alcance de la ciencia moderna, fue gradualmente empujado a la esfera privada de las personas y hasta la esfera de las fantasías privadas». Hoy esta era, «caracterizada por la fe en una relación puramente científica con el mundo», está agonizando. Y mientras sufrimos este período de transición, en el cual una era está sucediendo a otra, nuestra esperanza es que el hombre recobre «la certidumbre de que estamos arraigados en la tierra y, al mismo tiempo, en el cosmos», para redescubrir, desde el «respeto por los milagros del ser y del universo», el camino que lleva a la trascendencia, al reconocimiento del Creador.

II. CIENCIA Y FE: NUEVAS PERSPECTIVAS DE DIÁLOGO.

Es en este contexto de profunda crisis cultural, de fin de una era, de derrumbamiento de la civilización construida sobre un humanismo y una ciencia sin Dios, que hay que situar el actual diálogo entre ciencia y fe. Pero las perspectivas de este diálogo, en contra de lo que pudiera parecer, son esperanzadoras. Así lo cree Mariano Artigas, que en un artículo titulado «Ciencia y fe: nuevas perspectivas», afirma: «nos equivocaríamos si contemplásemos ese diálogo bajo un punto de vista demasiado defensivo. Sin duda, existen equívocos que deben clarificarse con la paciencia que sea necesaria. Pero la cosmovisión científica actual invita a planteamientos audaces y positivos, plenamente coherentes con el contenido de la fe, y capaces de aportar luces nuevas a una situación cultural que las está esperando» (en Cardinal Paul Poupard, Après Galilée. Science et foi: nouveau dialogue, Desclée de Brouwer, París 1994, p. 209).

1. La importancia de la mediación filosófica en el diálogo entre ciencia y fe.

Artigas sostiene que no podemos contentarnos con una coexistencia pacífica de ciencia y fe que equivalga a una ignorancia mutua. Es preciso tender puentes entre ambas, y hoy ello es posible. Por primera vez en la historia, disponemos, gracias al desarrollo de la ciencia, «de una imagen de la naturaleza que es coherente, unitaria, completa y rigurosa» (p. 202). No es exagerado afirmar que nos encontramos en una situación privilegiada, lo cual hace hoy factible una renovada reflexión filosófica de la ciencia sobre sus propios fundamentos, que conduzca a la elaboración de una filosofía de la naturaleza adaptada a la nueva cosmovisión de que disponemos.

Ésta es también la opinión de Giuseppe Tanzella-Nitti, que bajo el título «Cultura científica y revelación cristiana», advierte de la miopía que supondría encauzar el diálogo entre ciencia y fe limitándose a recordarle a la ciencia sus límites empíricos: «Una orientación semejante, si bien parte de observaciones acertadas, es fuente de equívocos [...]: la premisa [base] del diálogo no está [tanto] en exigir que la ciencia se mantenga dentro de sus propios límites, sino en mostrar cuáles son sus verdaderos fundamentos. Ello implica precisar la relación entre ciencia y filosofía [...] para poner de manifiesto la naturaleza de tales fundamentos» (en Après Galilée, pp. 222-223).

Quizás sorprenda que para el diálogo entre ciencia y fe se apele a la mediación de la filosofía, desafiando el desprestigio en que ha caído esta ancilla que, según parece, ya no vale para nada. Sin embargo, como afirma Artigas, «el puente entre ciencia y fe es filosófico. No podría ser de otro modo, puesto que se trata de perspectivas heterogéneas, y para unirlas debe existir algo que posea elementos comunes con ambas. La filosofía de la naturaleza se relaciona con los supuestos e implicaciones de las ciencias, y proporciona la base para la reflexión metafísica: es, por tanto, un puente legítimo entre la ciencia y la fe» (art. cit., p. 208. Cfr. también José-Antonio Sayés, Ciencia, ateísmo y fe en Dios, EUNSA, Pamplona 1994).

La propuesta de Artigas es atrayente. Es una invitación a la ciencia a tomar en serio a la filosofía, porque, aunque la filosofía transcienda el saber científico, su salto es un salto legítimo. La desautorización de este salto, aunque se haga en nombre de la ciencia, nace de prejuicios filosóficos (como el prejuicio empirista heredado por Kant). Además de legítimo, el salto es necesario. El saber científico tiene necesidad de reflexionar sobre sus propios fundamentos, y dicha reflexión es de naturaleza necesariamente filosófica, no científica. La necesidad de esta reflexión se siente hoy de manera especial; por ello el salto del saber científico al saber filosófico es urgente. Cada vez es mayor el número de científicos deseosos de hacer sus propias aportaciones en este sentido; y algunos de ellos, como John Polkinghorne o Arthur Peacocke, dejando incluso la práctica activa de la ciencia para poderse dedicar más plenamente a ello. Lo cual nos hace caer en la cuenta de que la situación actual de la ciencia hace que este salto al saber filosófico sea más atrayente que nunca. Es el mismo desarrollo contemporáneo de la ciencia, el que está pidiendo a gritos que se profundice en las consecuencias que de sus logros se derivan para un saber humano más integral y armónico.

2. El orden de la naturaleza como puente privilegiado de diálogo.

Existe hoy entre los científicos un resurgir de la admiración por el mismo hecho de que la ciencia sea posible, un replantearse la pregunta por el primero de los presupuestos de la ciencia: ¿cómo es que el hombre es capaz de descubrir y entender las leyes del cosmos? «En efecto: la actividad científica supone que la naturaleza es racional, inteligible, cognoscible racionalmente, ordenada. No es caótica; consta de niveles jerarquizados de manera continua y gradual, y tanto cada uno de los niveles como las relaciones mutuas entre ellos responden a leyes» (Artigas, art. cit., p. 200; cfr. del mismo autor La inteligibilidad de la naturaleza, EUNSA, Pamplona 1992). El mismo hecho de que la ciencia funcione, es un misterio para el científico; y si esto ha sido siempre así, lo es más hoy en día, en que la nueva cosmovisión nos da una imagen de la naturaleza como sistema ordenado, integrado por distintos niveles jerarquizados que se organizan de forma progresiva y unitaria.

Si la ciencia nos descubre en la naturaleza una estructuración fascinante, aún lo es más el dinamismo que desvela. «La actividad de la naturaleza se manifiesta como el "despliegue" de un dinamismo que produce estructuras, pautas, orden, organización» (Artigas, art. cit., p. 203). Los procesos naturales no son indiferenciados. Se caracterizan por una direccionalidad. Su despliegue es «creativo» y articulado, produciendo pautas de complejidad creciente. El estudio científico de este dinamismo ordenado, invita al asombro ante el carácter inteligente de los procesos de la naturaleza inconsciente. «Esta perspectiva conduce de la mano hasta los problemas relacionados con la finalidad, que en la actualidad vuelven a ser considerados como plenamente legítimos. Y la finalidad nos lleva hasta las puertas de la teología natural. [...] la actuación de los seres naturales remite al plan de una inteligencia superior: la "inteligencia inconsciente" de la naturaleza remite a una inteligencia consciente» (ibid., pp. 205 y 207).

3. Posibles objeciones a esta vía de diálogo desde el mundo de la ciencia.

Esta línea de argumentación quizás parezca atrevida en exceso. ¿Puede dialogarse con la ciencia desde estos presupuestos? ¿No nos tropezaríamos con sonrisas irónicas o sarcásticas si empezamos a hablarles a los científicos de causalidades metafísicas y de finalidades inteligentes? El partir de conceptos filosóficos, ¿no supone cerrar el diálogo antes de empezar a dialogar, pretendiendo que poseemos verdades absolutas obtenidas al margen, e incluso en contra de la ciencia?

Se puede constatar la fuerza de estas objeciones recordando, a modo de ejemplo, el enorme influjo que siguen teniendo el evolucionismo darwinista y las interpretaciones filosóficas que se han dado de la teoría cuántica. Werner von Heisenberg, descubridor del principio de indeterminación que está a la base de la mecánica cuántica, afirmaba en 1927: «puesto que todos los experimentos están sometidos a las leyes de la mecánica cuántica, y por tanto, a las relaciones de indeterminación, resulta que la invalidez de la ley causal queda definitivamente constatada por la mecánica cuántica» (cfr. Stanley L. Jaki, «Determinism and Reality», en Great Ideas Today 1990, Encyclopaedia Britannica, Chicago 1990, pp. 277-302). Asimismo Max Born, partidario con Heisenberg y Niels Bohr de la interpretación «ortodoxa» de la mecánica cuántica, o interpretación de Copenhague, escribía en 1963: «estoy convencido de que la física teórica es, en realidad, filosofía. Ha revolucionado conceptos fundamentales, por ejemplo, del espacio y el tiempo (relatividad), de la causalidad (teoría cuántica), y de la substancia y la materia (complementariedad), que tienen aplicación mucho más allá de la física» (My Life and Views, Scribner, New York 1968, p. 48). El influjo asfixiante que tales concepciones continúan teniendo en el momento actual lo evidencia el reciente libro de Jean Guitton—Grichka Bogdanov—Igor Bogdanov (Dieu et la science. Vers le métaréalisme, Grasset & Fasquelle, París 1991), en el cual, recurriendo a la física moderna, se defiende que «el espíritu y la materia forman una sola y única realidad», y que «la realidad en sí del universo es incognoscible». ¡Y para probar la legitimidad de estas afirmaciones se apela a la intuición genial de Santo Tomás de Aquino!

A estas muestras del influjo de la mecánica cuántica hemos de añadir al menos una breve alusión al darwinismo, cuyo peso específico, debido a la profundidad de sus raíces, sigue siendo notable. El descomunal influjo de esta teoría —que ya desde sus inicios fue extrapolada más allá del terreno estrictamente científico— para justificar una visión reduccionista y materialista de la realidad, presentándola como la única cosmovisión científicamente seria, raya en lo increíble. Precisamente cuando los avances de la biología más justificaban el asombro del hombre de hoy ante el orden que el Creador ha impreso en la naturaleza, con más pasión se justificaba «científicamente» la más completa de las indiferencias ante el milagro de la vida, para llevar a toda una cultura a una absurda profesión de fe en el azar y la necesidad. Llama poderosamente la atención que un científico serio como Jacques Monod, premio Nobel de Medicina en 1965 por sus contribuciones a la biología molecular, pudiera llegar a escribir: «La antigua alianza se ha roto; el hombre sabe por fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo del que ha surgido por azar. Ni su destino, ni tampoco su deber, están escritos en parte alguna. Es a él que le toca elegir entre el Reino y las tinieblas» (Le hasard et la nécessité. Essai sur la philosophie naturelle de la biologique moderne, Éd. du Seuil, París 1970, pp. 194-195). No hubiera estado mal recordarle al Dr. Monod aquella frase de Víctor Hugo: «el azar es un plato que preparan los bribones para que se lo coman los tontos».

4. Respuesta a las objeciones: valoración positiva del momento actual.

Volviendo a nuestro problema: ¿cabe hablar, en este contexto científico-cultural, de un renovado diálogo entre ciencia y fe? ¿No nos encontramos ante un clima cultural que plantearía a este diálogo objeciones insuperables, al menos hoy por hoy? ¿O hay signos de que el ya secular abismo separador entre ciencia y fe empieza a quebrarse, dando a luz una nueva era de fructuosa colaboración? «La cosmovisión científica actual invita a planteamientos audaces y positivos», nos decía Artigas. ¿Optimismo excesivo? ¿O clarividencia realista?

Sin menospreciar el peso de las dificultades, creo que hay razones para la esperanza. Ciertamente queda mucho por hacer. Pero es indudable que estamos viviendo el momento histórico en que el cientificismo, con todo lo que conlleva, está dando, moribundo, sus últimos estertores. Aunque ello es difícil de probar de forma rigurosa, hay suficientes signos que lo apuntan. El mismo hecho de que sean tantos los científicos deseosos de hacer sus aportaciones en el plano filosófico-teológico, parece muy significativo, incluso reconociendo que muchos de ellos lo hagan para defender apasionadamente, y con escaso rigor filosófico, posturas que cierran el acceso a la trascendencia. El interés que estos temas suscitan apunta a que, de una forma global, nuestra cultura está tomando conciencia de lo endebles que son sus bases para negar la legitimidad de la fe. La alternativa a la fe es el nihilismo y el pensamiento débil, y no se puede caminar indefinidamente en esta dirección. Por ello hay esperanza, de que, a pesar del lastre del cientificismo, nuestra cultura se abra a una nueva cosmovisión.

Puede citarse como ejemplo en este sentido el caso de Paul Davies. Autor de una veintena de libros que han alcanzado amplia difusión, es un físico no cristiano que incluso encuentra serias dificultades para admitir la existencia de un Dios personal. Pero es digna de notarse la evolución que ha experimentado últimamente su pensamiento. En la introducción de God and the New Physics (Penguin Books, Harmondsworth 1983, pp. viii-ix) afirma que su libro intenta dar respuesta, desde el punto de vista del físico, a las preguntas fundamentales de la existencia. «Mis respuestas pueden estar totalmente equivocadas, pero creo que la física goza de una perspectiva privilegiada para proporcionarlas. Puede parecer raro, pero, en mi opinión, la ciencia ofrece un camino más seguro hacia Dios que la religión. Esté bien o mal, el hecho de que la ciencia haya avanzado hasta el punto de poder afrontar seriamente lo que antiguamente eran preguntas religiosas, indica por sí mismo las consecuencias de largo alcance de la nueva física».

Este planteamiento de Davies evidencia un reduccionismo propio del físico, que cree encontrar en su ciencia una respuesta adecuada a todos los interrogantes profundos sobre la realidad. Y sin embargo, en su último libro, The Mind of God. Science and the Search for Ultimate Meaning (Simon & Schuster, Londres 1992), Davies se abre a nuevas perspectivas. Después de escribir: «siempre he deseado creer que la ciencia puede explicar todo, al menos en principio», añade: «pero incluso si se descartan los sucesos sobrenaturales, no está claro, a pesar de todo, que la ciencia pueda explicar todo en el universo físico. Permanece el viejo problema acerca del final de la cadena de explicaciones. Por mucho éxito que puedan tener nuestras explicaciones científicas, siempre incluyen algunos supuestos en su punto de partida. [...] Por tanto, las cuestiones últimas siempre permanecerán más allá de la ciencia empírica» (pp. 14-15). Y el libro finaliza con estas palabras: «No puedo creer que nuestra existencia en este universo sea un mero capricho del destino, un accidente de la historia, una mera cresta incidental en el gran drama cósmico [...] no puede ser un detalle trivial, un subproducto menor de fuerzas sin mente ni propósito. Está realmente previsto que estemos aquí» (p. 232).

John Polkinghorne hace, con razón, una recensión bastante crítica de esta obra de Davies (Theology, IX-1992, p. 396). Le achaca el mezclar de forma incoherente verdades adquiridas con especulaciones chocantes, ideas holísticas con interpretaciones reduccionistas, deseos de llegar a una visión profunda de la realidad con una distante incomprensión de la visión religiosa tradicional e, incluso, una altiva ignorancia de las aportaciones actuales de otros científicos interesados en cuestiones teológicas.

Sin poner en duda todos estos elementos negativos, creo que Davies es, sin pretenderlo, un exponente de la debilidad de todo planteamiento cientificista. Su caso es un ejemplo significativo de cómo en nuestra cultura se está produciendo una toma de conciencia de la necesidad de superar los antiguos planteamientos reduccionistas para abrirse a una cosmovisión renovada y armónica. Esta toma de conciencia es, si se quiere, parcial e incipiente, y sus frutos, con frecuencia deficientes. Se acusa la falta un verdadero aprovechamiento, debido a un gran desconocimiento, de los logros alcanzados en el pasado por la filosofía perenne, que podrían ayudar a clarificar muchos equívocos. Gran parte de la producción en el campo del diálogo entre ciencia y fe, aunque sofisticada desde el punto de vista científico, da la impresión de unos primeros balbuceos en el plano filosófico. Parece, por tanto, que estamos aún en los inicios del diálogo entre ciencia y fe. Pero, precisamente porque estamos aún en los inicios, hay razones para la esperanza.


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Y el Tribunal: ¿por qué no lo prueba, que permita a todos entender, Sr. Galileo? Y la historia agradece a un Tribunal, su seriedad ante lo que no tiene claro, lejos del espectáculo y tantos supuestos beneficios

 

 

 

Primero se demuestra, después de decide y hasta se debe mudar.

En el siglo XVI como en el XXI 

 

Plutón abandona los libros de texto - 2006-08-24

Desde que se anunció*, por parte de la comunidad astronómica internacional, que Plutón ya no era un planeta, se sabía que el asunto iba a herir sensibilidades. Si hay algo que no le gusta a un hombre moderno es que otro decida por él, aun cuando el primero no tenga ni la capacidad ni el conocimiento para tomar parte en la decisión aportando razones.

La ciencia no se ha construido con votos: se ha construido con razones. Sigue una metodología estricta que la permite evolucionar. Para que esto sea posible, es necesario acordar definiciones que permitan entender, clasificar, representar el conocimiento para poder transmitirlo y razonar sobre él. Simplemente, se ha establecido una nueva definición de planeta, una abstracción que comparten todos los de su misma clase, en la que Plutón, por sus características físicas, ya no está.

Hace miles de años, algunos hombres miraron el firmamento con un mayor grado de observación que los demás, y se percataron de que algunas «estrellas» se movían de forma diferente. También entonces decidieron no volver a llamarlas estrellas, sino planetas. Me pregunto qué sentirían los demás.

*VIII.2006-  Gunther Melitón Trejo – Madrid 2006-08-28- ‘ABC’

 

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Astrofísica. (Del fr. astrophysique, der. del gr. ἄστρον, estrella, y el fr. physique, física).1. f. Parte de la astronomía que estudia las propiedades físicas de los cuerpos celestes, tales como luminosidad, tamaño, masa, temperatura y composición, así como su origen y evolución.

 

 

LO QUE HASTA AYER ERA UN PLANETA, HOY DEJA DE SERLO: ¿HABÍA ERRADO EL TRIBUNAL CIENTÍFICO,

o sabemos menos hoy que mañana de astronomía, astrobiología, astronáutica, astrofísica, cosmología?

 

LOS ilustres astrónomos que han decidido eliminar a Plutón de la lista de planetas que todos aprendimos en la escuela.

Los astrónomos de la Tierra expulsan a Plutón del club de los planetas vivos.
Unión Astronómica Internacional (UAI), por votación mayoritaria y no por unanimidad decidió: la definición de ‘planeta’ ha sido modificada.

 

La Unión Astronómica Internacional, en su asamblea plenaria celebrada en Praga, 2006-08-24 -finalmente ha establecido una definición del término planeta, al menos en lo referente al Sistema Solar. Según la misma, Plutón deja de ser un planeta, para pasar a ser el prototipo de un nuevo tipo de objetos, los "planetas enanos". Sustantivo y nombre van juntos. Tal vez un guión uniéndolos sería lo más apropiado, o el acuñar una palabra en castellano. La propuesta denominándolos "plutonianos" no ha sido aceptada.

 

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San Alberto Magno, alemán medioevo, patrón de los químicos.


Matemático judío: Ratzinger defendió a Galileo en la universidad «La Sapienza» - Artículo de Giorgio Israel en «L’Osservatore Romano»

 

San Alberto Magno, en el siglo XIII escribió de astronomía, meteorología,
zoología, botánica, medicina, agricultura... hoy es patrón de los químicos.

 En cuanto al conflicto entre la ciencia y la Iglesia, repito, no se dio de manera alguna. Los médicos de ese tiempo estaban absolutamente encuadrados en un saber cohesionado, en el cual convivían teología y filosofía.

 

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 15 enero 2007 (ZENIT.org).- Ante las protestas de profesores y estudiantes contra la visita de Benedicto XVI a la universidad «La Sapienza», en las que le han acusado de ser enemigo de Galileo, un matemático de origen judío ha recordado que el mismo Joseph Ratzinger en esa universidad pronunció una conferencia, en 1990, en su defensa.

La intervención de apoyo al Papa de Giorgio Israel, profesor de Matemática en esa universidad romana, aparece en un artículo en la primera página de «L´Ossservatore Romano».

El texto ha sido escrito antes de que la Santa Sede anunciara, tras las protestas --incluida la ocupación del rectorado--, que se ha decidido aplazar la visita papal, prevista para el jueves, aunque enviará el discurso que el pontífice había preparado.

El matemático recuerda un discurso pronunciado por el cardenal Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 15 de febrero de 1990, en el que explicó cómo cambió la actitud de la Iglesia en su relación con la ciencia, y en particular ante el caso Galileo.

«La fe no crece a partir del resentimiento y del rechazo de la racionalidad», decía el cardenal.

Israel denuncia la contradicción de quienes se han opuesto a la visita del Papa, teóricamente en defensa del valor de la supuesta laicidad de la ciencia, negando sin embargo el derecho a la palabra.

«Es sorprendente que quienes han escogido como lema la célebre frase atribuida a Voltaire -"lucharé hasta la muerte para que tú puedas decir lo contrario de lo que pienso"--, se opongan a que el Papa pronuncie un discurso en la universidad de Roma "La Sapienza"», constata el matemático.

 

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“¿Cómo es posible imaginar un consejo o una confederación mundial cristiana, en la que cada uno de sus miembros pueda, hasta en materia de fe, conservar su sentir y juicio propio aún estos contradigan al juicio y sentir de los demás?... Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos... De esa diversidad de opiniones es fácil es fácil el paso al menosprecio de toda religión, o "indiferentismo", y al llamado "modernismo", con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable al a vida de los hombres... Porque la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual EL mismo la fundó para la salvación de todos... No puede adulterar la Esposa de Cristo; es incorruptible y fiel. Conoce una sola casa y custodia con casto pudor la santidad de una sola estancia... Vuelvan los hijos disidentes, no ya con el deseo y al esperanza de que La Iglesia de Dios vivo, la columna y el sostén de la verdad, abdique de la integridad de su fe, y consienta los errores de ellos, sino para someterse al magisterio y al gobierno de ella...” [“Mortalium Animos”, ¿cómo fomentar la verdadera unidad de los cristianos?, de S.S. Pió XI, 1928]


 

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Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les ha colocado como Obispos [“episkopos”]: pastoreen la Iglesia del Señor, que ÉL [Jesucristo] adquirió con su propia sangre. 29Sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos voraces que no perdonarán al rebaño [y querrán acabar con La Iglesia]. 30De entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas falsas [deformarán la sana doctrina cristiana] e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí. 31Estén, pues, atentos, y recuerden que durante tres años no he dejado de aconsejar a cada uno de ustedes noche y día, incluso entre lágrimas.” [San Pablo - Hechos Cap. 20]

 

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«La historia no está en manos de potencias oscuras, del azar o de opciones humanas» S. S. Benedicto XVI P.P.


«Ante el desencadenamiento de energías malvadas, ante la irrupción vehemente de Satanás, ante tantos azotes y males, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes de la historia».

«Dios no es indiferente ante las vicisitudes humanas, sino que penetra en ellas realizando sus "caminos", es decir, sus proyectos y sus "obras" eficaces».


«Esta intervención divina tiene un fin preciso: ser un signo que invita a todos los pueblos de la tierra a la conversión. Las naciones deben aprender a "leer" en la historia un mensaje de Dios».

Para S. S. Benedicto XVI «la aventura de la humanidad no es confusa y carente de significado, ni está sometida a la prevaricación de los prepotentes y perversos» y, de hecho, «existe la posibilidad de reconocer la acción de Dios en la historia».

El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la constitución pastoral «Gaudium et spes», invita al creyente «a escrutar, a la luz del Evangelio, los signos de los tiempos para ver en ellos la manifestación de la acción misma de Dios».

«Esta actitud de fe lleva al ser humano a reconocer la potencia de Dios que actúa en la historia, y a abrirse así al temor del nombre del Señor», «temor» que no es «miedo», sino «el reconocimiento del misterio de la trascendencia divina».

«Gracias al temor del Señor no se tiene miedo del mal que irrumpe en la historia y se retoma con vigor el camino de la vida», repitiendo las últimas palabras de Jesús sobre la tierra: «¡Ánimo! yo he vencido al mundo».

Papa Juan XXIII, solía repetir: «el que cree no tiembla, pues el que cree no debe tener miedo del mundo ni del futuro».

S. S. Benedicto XVI P.P. 2005-05-11 – Vat. Roma – Italia


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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho: 

"La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño

de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38).


Cuando nació el cristianismo en la primera mitad del siglo I hubiera sido difícil imaginar qué pasaría de ser un reducido movimiento judío. Sin embargo, ofreció esperanza a sectores sociales como las mujeres, los esclavos, los desposeídos o los enfermos. Durante la Edad Media, creó la Universidad y sentó las bases de la revolución científica. En el siglo XVI la Reforma proporcionó el concepto de libertades políticas, la recuperación del papel del individuo o la necesidad de controlar públicamente al poder mediante resortes democráticos. Durante los siglos siguientes combatió la esclavitud, defendió a los indígenas y apuntó hacia los peligros de un capitalismo salvaje o de la utopía marxista. Así fue modelando un ámbito de justicia y libertad a lo largo de la Historia.

 

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“Las Escrituras no se pueden interpretar solo con los instrumentos de la ciencia de la exégesis –como hacen los protestantes-, mas va leída a la luz de la Tradición del Magisterio”. “En la Iglesia, las Sagradas Escrituras, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el misterio de la interpretación auténtica, dado a los apóstoles, pertenecen el uno al otro en modo indisoluble. Y entonces, allí donde la Sagrada Escritura viene separada de la voz viviente de la Iglesia, vemos que esa cae prisionera a las disputas de los expertos”.

2005-V-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo – Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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«La condición del pueblo mesiánico, que tiene por cabeza a Cristo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros. Y tiene como fin el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que, al final de los tiempos, Él mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra, y la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios. Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Así como al pueblo de Israel según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la Humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que, por la cruz, llegue a aquella luz que no conoce ocaso». Constitución Lumen gentium, 9 – VATICANO II

 

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Lo primero que hay que decir sobre la humildad es que no se trata de apocamiento, o, como diría Clive Lewis, no se tata de hombres inteligentes intentando creer que son tontos y mujeres bellas haciendo ímprobos esfuerzos por creerse feas. La humildad -Santa Teresa dixit- es la verdad. Un hombre no es soberbio por el hecho de considerarse el mejor de su círculo social (si en verdad lo es). Es más, puede ser un gran humilde si está convencido de su superioridad y, a renglón seguido, deja de pensar en ello.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

 

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Recomendamos vivamente:

Título: ‘Históricamente incorrecto. Para acabar con el pasado único’.
Autor: Jean Sévilla - Editorial: Ciudadela

 

‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. - Editorial: CIUDADELA. 

†  «Cuando se silencia la fe, se arruina la vida». †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).