Thursday 30 October 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
Inicio > Valores > Humildad - 1º pobreza, oración, textos católicos 330ca. soberbia engreir ira

Lo primero que hay que decir sobre la humildad es que no se trata de apocamiento, o, como diría Clive Lewis, no se tata de hombres inteligentes intentando creer que son tontos y mujeres bellas haciendo ímprobos esfuerzos por creerse feas. La humildad -Santa Teresa dixit- es la verdad. Un hombre no es soberbio por el hecho de considerarse el mejor de su círculo social (si en verdad lo es). Es más, puede ser un gran humilde si está convencido de su superioridad y, a renglón seguido, deja de pensar en ello.

 

 

La soberbia y la autosuficiencia son tentaciones de los momentos de bienestar en los que el ser humano deja de experimentar la necesidad de Dios, constata Juan Pablo II. 2004-05-11.

 

+++

 

“Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.

‘El guardián entre el centeno’, de J.D. Salinger, una de las obras cumbre de la literatura norteamericana.

 

+++

 

«El soberbio no se conoce a sí mismo. Si se conociera a sí mismo y conociera su estupidez, no se engreiría. ¿Cómo puede alcanzar el conocimiento de Dios un hombre que no se conoce ni siquiera a sí mismo»?. Marco el Ermitaño (†431?/5ca.?...)

 

+++

 

«“Dichosos los pobres en el espíritu”, el Señor muestra que el Reino de los cielos debe ser dado a los que recomienda la humildad del alma más que la penuria de los recursos». San León Magno (? 461), papa y doctor de la Iglesia.

 

+++

 

La razón del bien obrar del hombre, contingente, es que Dios es el Absoluto, el ser necesario.

 

+++

 

San Basilio (330-379), monje, y obispo de Cesárea en Capadocia, doctor de la Iglesia. Homilía sobre la humildad (5-6).


La fe cristiana no es solo asentir a la Palabra de Dios. Es también pensarla. Pensar en lo que se cree, por qué se cree y desde lo que se cree. Si se sabe algo de lo que Dios dice al hombre, debemos interrogarnos sobre el sentido de sus palabras y de qué modo incide en toda nuestra vida (personal, familiar, social).


+++

 

“Pablo une la llamada a la humildad con la exhortación a la unidad: "No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás" (Flp 2, 3-4). La vida cristiana es una pro-existencia: un ser para el otro, un compromiso humilde para con el prójimo y con el bien común. Queridos fieles, la humildad es una virtud que hoy no goza de gran estima, pero los discípulos del Señor saben que esta virtud es, por decirlo así, el aceite que hace fecundos los procesos de diálogo, fácil la colaboración y cordial la unidad. Humilitas, la palabra latina para "humildad", está relacionada con humus, es decir con la adherencia a la tierra, a la realidad. Las personas humildes tienen los pies en la tierra. Pero, sobre todo, escuchan a Cristo, la Palabra de Dios, que renueva sin cesar a la Iglesia y a cada uno de sus miembros.

Pidamos a Dios el ánimo y la humildad de avanzar por el camino de la fe, de alcanzar la riqueza de su misericordia y de tener la mirada fija en Cristo, la Palabra que hace nuevas todas las cosas, que para nosotros es "Camino, Verdad y Vida" (Jn 14, 6), que es nuestro futuro. Amén”.

Aeropuerto turístico de Friburgo, ALEMANIA - 25 septiembre 2011. Benedicto PP. XVI

 

+++

 

"Oh Jesús, yo te amo...Quiero ser todo tuyo...! No ves que ardo de amor por ti?" (Padre Pio de Pietrelcina).

 

+++


Siete pasos para ser humildes o para empezar a serlo

 

Dentro de las muchas presentaciones que me llegan, esta semana hubo una que me llamó particularmente la atención y que daba, justamente, siete pasos para conseguir la humildad.

09/01/2013 5:33 PM | Imprimir | Enviar

 

Juan Antonio Ruiz - Sacerdote, LC

De todas las virtudes, la humildad puede considerarse una de las más difíciles de conseguir. Toda la literatua sobre el tema nos lo repite. Siempre recordamos frases de grandes hombres como Ruskin («estoy convencido que la primera prueba de un gran hombre consiste en la humildad») Cicerón («cuanto más alto estemos situados, más humildes debemos ser») y, por supuesto, de santos como el Cura de Ars («si no tienes humildad, puedes decir que no tienes nada»), San Agustín («sólo a pasos de humildad se sube a lo alto de los cielos») o Santa Teresa («aquélla que le parece que es tenida en menos entre todas se tenga por más dichosa»).

Es experiencia de todos sentir el aguijón de ese “yo” que nos impulsa a hacer lo que muchas veces no queremos realizar. ¡Cuántas veces nos arrepentimos de nuestras acciones y deseamos vivir con más sencillez y menos altanería! ¿Cómo ser humilde?

Dentro de las muchas presentaciones que me llegan, esta semana hubo una que me llamó particularmente la atención y que daba, justamente, siete pasos para conseguir la humildad. Me picó la curiosidad. Su lectura me ha ayudado mucho y he querido compartirla con todos ustedes, retocándola un poco (a cada consejo le he añadido un párrafo de algún santo que le dé más peso y contenido).

Ciertamente, estas líneas no pretenden ser un manual de “consígalo sin esfuerzo”. No hay rosa sin espinas. Pero tal vez la lectura de este artículo pueda ayudar a alguno a enderezar el camino, como si se tratase de un GPS que pide una reorientación de ruta. Espero, pues, que estos ocho pasos sirvan a más de uno. ¡Buena lectura!

****

1. Procura descubrir lo mejor de cada uno:

Todo ser humano ha tenido experiencias que tú no has tenido, y en esos aspectos te aventaja. Einstein, reputado como uno de los grandes cerebros de la humanidad, dijo: «Nunca he conocido a una persona tan ignorante que no tuviera algo que enseñarme».

«Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros, y comiénzase a ganar por aquí el favor de Dios» (Santa Teresa de Jesús, Vida, 13, 6).

2. Elogia sinceramente a los demás:

¿Cómo se va a desdeñar a una persona a la que se le está diciendo lo que se admira de ella? Cuanto más se mencionen las buenas cualidades de quienes rodean a uno, más virtudes se descubrirán en ellos, y será más difícil que uno caiga en la trampa del egocentrismo.

«La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona –por su honor, por su buena fe, por su intimidad–, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y la justicia» (San José María Escrivá, Es Cristo que pasa, 72).

3. No te demores en admitir tus errores:

Dicen que la frase más difícil de pronunciar en cualquier idioma es: «Me equivoqué». Quienes se rehúsan a hacerlo por orgullo suelen volver a caer en los mismos errores (sólo el hombre cae dos veces en la misma piedra) y, además, terminan marginándose de los demás.

«La humildad es una antorcha que presenta a la luz del día nuestras imperfecciones; no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultaba hasta el presente» (Santo Cura de Ars, Sermón sobre el orgullo).

4. Sé el primero en disculparse después de una discusión:

Si la frase más difícil de pronunciar es: «Me equivoqué», la siguiente más difícil debe de ser: «Perdóname». Ese simple vocablo mata el orgullo (pues te reconoces tan pecador como él) y pone fin al altercado: dos pájaros muertos de un solo tiro. Pero para eso, es necesario reconocer que tanto él como yo podemos equivocarnos…

«Si vieres a alguno pecar públicamente, o cometer cosas graves, no te debes estimar por mejor: porque no sabes cuánto podrás tú perseverar en el bien. Todos somos flacos; mas tú no tengas a alguno por más flaco que a ti» (La Imitación de Cristo, I, 2, 4).

5. Admite tus limitaciones y necesidades:

Es parte de la naturaleza humana querer dar la impresión de ser fuerte y autosuficiente; eso normalmente no hace más que dificultar las cosas. Si manifiestas humildad pidiendo ayuda a los demás y aceptándola, sales ganando.

«Esto de no fiarse del propio parecer nace de la humildad. Por ello, el cap. II de los Proverbios dice que donde hay humildad, hay sabiduría. Los soberbios, en cambio, confían demasiado en sí mismos (Santo Tomás de Aquino, Sobre el Padrenuestro, l.c., 142).

6. Sirve a los demás:

Ofrécete a ayudar a los ancianos, los enfermos y los niños, o a prestar algún otro servicio comunitario. Saldrás beneficiado, pues aparte de adquirir humildad, te ganarás la gratitud y el cariño de muchas personas.

«Cuando se te presente la ocasión de prestar algún bajo y abyecto al prójimo, hazlo con alegría y con la humildad con que lo harías si fueras el siervo de todos. De esta práctica sacarás tesoros inmensos de virtud y de gracia» (León XIII, Práctica de la humildad, 32).

7. Reconócele a Dios el mérito de toda cualidad que tengas y de todo lo bueno que te ayude a hacer:

Es importante abrir los ojos del alma y considerar que no se tiene nada nuestro de lo que debamos gloriarnos. Lo único que realmente tenemos es pecado y debilidad. Los dones de la naturaleza y de gracia que hay en nosotros, solamente merecen ser agradecidos a Dios, que nos lo ha dado cuando ha pensado en nosotros al crearnos.

«Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios, y si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo» (San Agustín, Sermón 276).

 

P. Juan Antonio Ruiz J., L.C. infocatolica.com

 

+++


La humildad es humilde

 

Los soberbios se justifican a sí mismos y no necesitan a Dios, como le pasa al fariseo de la parábola.

 

La humildad es humilde. Por definición. O sea que una humildad que no sea humilde sino aparatosa, ostentosa, proclamada a los cuatro vientos, deja de ser humildad para convertirse en una forma rebuscada de soberbia. Pocas cosas hay tan irrisorias como el tipo que dice “no hay nadie más humilde que yo”.

 

Los soberbios se justifican a sí mismos y no necesitan a Dios, como le pasa al fariseo de la parábola (Lucas, 18). En épocas democráticas gusta al pueblo ver que los altos descienden, pero esto a su vez es una forma de enaltecerse –tanto el pueblo como el otro–, que es lo que ocurre siempre con cualquier exhibición de virtud. “No hay que exagerar nada, ni la modestia”, decía Anatole France.

 

Lección de mesura que deben apuntar bien quienes se dejan impresionar por las manifestaciones ruidosas de humildad. Porque la humildad, sí, tiene que ser humilde.

 

+++


El don y la virtud de la humildad


La humildad es madre de todas las virtudes, así como la soberbia es la madre de todos los pecados y vicios. La experiencia espiritual y la tradición mística así lo atestiguan. El cimiento sólido para todo el edificio cristiano, para edificar una personalidad cristiana es la humildad. Sin ella, nada hay válido, ni duradero.


Situémonos con dos textos del gran san Agustín:


Si quieres llegar a la verdad, no busques otro camino que el que trazó el mismo Dios, que conoce nuestra enfermedad. Ahora bien, el primero es la humildad, el segundo es la humildad, el tercero es la humildad, y cuantas veces me lo preguntases te respondería la misma cosa. No quiero decir que no haya otros mandamientos, sino que la humildad debe preceder, acompañar y seguir a todo lo bueno que hacemos... si no el orgullo nos lo arrebata todo (S. Agustín, Epist. 118,22).


        Sigamos, pues, los caminos que él nos mostró, sobre todo el de la humildad. Tal se hizo él para nosotros. Nos mostró el camino de la humildad con sus preceptos y lo recorrió él mismo padeciendo por nosotros. No hubiera sufrido si no se hubiera humillado. ¿Quién sería capaz de dar muerte a Dios si él no se hubiese rebajado? Cristo es, en efecto, Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es ciertamente Dios. Él mismo es el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, de quien dice San Juan: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios. Él estaba al principio junto a Dios. Por él fueron hechas todas las cosas y sin él no se hizo nada. ¿Quién daría muerte a aquel por quien todo fue hecho y sin el cual nada se hizo?  ¿Quién sería capaz de entregarle a la muerte si él mismo no se hubiese humillado? Pero ¿cómo fue esa humillación? Lo dice el mismo Juan: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El Verbo de Dios no podría ser entregado a la muerte. Para que pudiera morir por nosotros lo que no podía morir, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El inmortal asumió la mortalidad para morir por nosotros, para con su muerte dar muerte a la nuestra. Esto hizo Dios; esto nos concedió. El grande se humilló; después de humillado se le dio muerte; muerto, resucitó y fue exaltado, para no abandonarnos muertos en el infierno, sino para exaltarnos consigo en la resurrección final a quienes exaltó ahora mediante la fe y la confesión de los justos. Nos dejó la senda de la humildad.” (S. Agustín, Sermón 23 A,3-4).


    La autosatisfacción de lo ya alcanzado, sin deseos de mayor santidad y mayor perfección, es la soberbia espiritual, la parálisis del alma. Sólo quien de verdad anhela ardientemente la santidad está en camino, en continuo progreso. Sabe que necesita más. Nada, excepto el corazón, garantiza la santidad: ni los hábitos, ni los muros del Monasterio, ni la propia consagración aseguran la santidad, ni la pertenencia a un determinado Movimiento, grupo, comunidad o asociación. Todo lo anterior será una ayuda, pero no garantiza per se  la santidad. Hay que convertirse al Señor. Hay que avanzar. Hay que dejar obrar a la Gracia.


    Se trata hoy de considerar la virtud de la humildad, ponderarla, desearla, examinarnos en humildad y ver cómo adquirirla y cómo corregirse. Pero sin fingimiento, sin falsas humildades, sin excusarse, ni mirar los defectos de los demás; no disculparse pensando "si tuviéramos esto...", "si pasara aquello...", porque Dios da gracia suficiente, y da los medios necesarios en los momentos oportunos. 


    Se trata hoy de humillarse, abrir la conciencia a la verdad de Cristo y trazar una seria disciplina espiritual para vencer la soberbia y convertirse al Señor, el Verdadero Humilde. Al Humilde, por intercesión de la Virgen, llena de gracia, pedir la gracia de la humildad.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=13775

10. II. MMXIJavier Sánchez Martínez, sacerdote de la diócesis de Córdoba, Esp. ordenado el 26 de junio de 1999.


+++


"El mundo está sostenido por cuatro pilares: el conocimiento de los doctos, la justicia de los mejores, las oraciones de los virtuosos y el valor de los valientes". Esta inscripción se encontraba sobre la entrada de las Universidades españolas desde el Medioevo. 

 

+++

 

 

 

  “El hijo del hombre va a ser entregado en manos de hombres”

 

 

 

“Quien se humilla será elevado, y quien se eleva será humillado” (Mt 23,12)...Imitemos al Señor que bajó del cielo hasta el último descenso, y en retornando, será elevado al último rango hasta la altura que él decida. Descubramos todo esto que nos enseña el Señor para conducirnos a la humildad.


 


 

Pequeño bebé, aquí está ya en una gruta, acostado en nuestra cuna, pero en un pesebre. En la casa de un carpintero y su madre sin recursos, él está sumiso a su madre y a su esposo. Se deja enseñar, escuchando a esos de los que no tiene ninguna necesidad, él consultaba, de tal manera que sus consultas, sorprendían por su sensatez. El se somete a Juan, el Maestro recibe de su servidor el bautismo. Jamás él se resiste a los que se levantaban contra él, no daba pruebas de su poder invencible para liberarse de las manos que lo encadenaban, él se dejaba hacer, como impotente, hasta dónde él juzga bueno, da pie sobre él a un poder efímero. El ha comparecido delante del gran sacerdote en calidad de acusado; conducido delante del gobernador, se ha sometido a juicio, y cuando podía responder a los calumniadores, él sufre en silencio sus calumnias. Cubierto de salivazos de los esclavos y de los vulgares criados, ha sido entregado a la muerte, una muerte infamante a los ojos de los hombres. Mira cómo se desarrolla su vida de hombre desde su nacimiento hasta su fin. Pero después de tal humillación, ha hecho resplandecer su gloria... Imitémosle para poder llegar, también nosotros a la gloria eterna.

 

 

 

+++

 

 

Y todo se resume en la famosa frase de nuestra Santa Teresa de Ávila: "La humildad es la verdad". No es necesario que nos despreciemos a nosotros mismos: siempre tendremos más miseria de la que alardeamos cuando nos golpeamos el pecho.

 

+++

 

San Juan Crisóstomo (hacia 345-407) obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia
Católica - Homilía “Que Cristo sea anunciado”, 12-13; PG 51, 319-320

 

“La oración humilde e insistente” - Una mujer cananea se acerca a Jesús suplicándole a grandes gritos que curase a su hija, poseída de un demonio... Esta mujer, una extranjera, una bárbara, sin relación alguna con el pueblo judío ¿no era como una perra, indigna de alcanzar lo que ella pedía? “No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.” (Mt 15,26) Sin embargo, la perseverancia de la mujer le ha valido ser escuchada. Aquella, que no era sino una perrilla, Jesús la levanta a la nobleza de los hijos de la casa. Más aún, la colma de alabanzas. Le dice al despedirla: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides.” (Mt 15,28) Cuando se oye a Cristo decir: “Tu fe es grande” no hace falta buscar otras pruebas para ver la grandeza de alma de esta mujer. Ha salido de su indignidad por la perseverancia en la petición. Observa también que alcanzamos del Señor más por nuestra propia oración que por la de los otros.

 

+++

 

“Quien se humilla, será ensalzado.” (Mt 23,12) -       No dejes de hacer actos de humildad y de amor de cara a Dios y de los hombres. Porque Dios habla a aquel que tiene un corazón humilde ante él y lo enriquece con sus dones.
       Si Dios te tiene preparados los sufrimientos de su Hijo y quiere que toques con tu dedo tu propia debilidad, es mejor hacer actos de humildad que perder el ánimo. Haz elevar a Dios una oración de abandono y de esperanza cuando tu fragilidad te causa caídas y agradece al Señor todas las gracias con que te enriquece.

San Pío de Pietrelcina (1887-1958) capuchino

+++

 

San Agustín (354-430) obispo de Hipona, doctor de la Iglesia
Sermón 357 -

 

“Si te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti...” (Mt 5,23) -   “Dios haces salir el sol sobre buenos y malos, hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45) Dios muestra su paciencia; no manifiesta todavía todo su poder. Tú también... renuncia a la provocación, no aumentes el malestar a los ojos hinchados. ¿Eres amigo de la paz? ¡Mantente tranquilo dentro de ti!...¡Deja de lado las querellas y vuélvete a la oración! No te pongas a discutir con nadie, ni siquiera sobre nuestra fe con el blasfema. No respondas a la injuria injuriando, sino ora por esta persona.
      Querrías hablarle contra él mismo: habla más bien a Dios de él. No digo que te calles: escoge el lugar que conviene y mira a Aquel a quien hablas, en silencio, por un grito salido del corazón. Allí donde tu adversario no te ve, sé bueno para con él. A esta adversario de la paz, a este amigo de la disputa, responde, tú, amigo de paz. “¡Di todo lo que quieras, sea la que fuere tu enemistad, eres mi hermano!”.
      “Ya puedes odiarme y rechazarme, eres mi hermano. Reconoce en ti el signo de mi Padre. Esta es la palabra de nuestro Padre. Hermano, tú que buscas la querella, eres mi hermano, porque tú dices igual que yo: “Padrenuestro que estás en el cielo.” Nuestro lenguaje es el mismo, ¿porqué no nos unimos como el lenguaje que es uno? Te ruego, reconoce lo que tú dices conmigo y rechaza lo que haces contra mí... No tenemos más que una voz delante del Padre. ¿Porqué no vamos a tener una sola paz juntos?

 

+++

 

 

Preservar la inocencia y buena reputación de todas las personas. Respetar la presunción de inocencia, mientras no se produzca sentencia firme condenatoria. Guardar la más rigurosa severidad frente al calumniador. Asimismo, se debe rechazar toda arrogancia y soberbia, mismo en prueba contraria al acusado. Evitar la compañía y el consejo de quienes actúan siempre con engaño y mentiras… (que tan frecuentemente se etiquetan de biblistas y predicadores televisivos).

Contra la calumnia y la difamación (pública o secreta) vale recordar como  escribe San Basilio, gran  Padre de la Iglesia de Oriente, en su obra El bautismo, "ni siquiera el placer de un instante que contamina el pensamiento debe turbar a quien se ha configurado con Cristo en una muerte semejante a la suya" (Opere ascetiche, Turín 1980, p. 548). Los cristianos debemos rechazar el mal con rigor y firmeza.

 

+++

 

 

La inclinación de la cabeza puede ser interpretada como un gesto de humillación y de resignación. La inclinación de la cabeza ante Dios es signo de humildad. Pero la humildad no se identifica con la humillación o resignación. No es igual que la pusilanimidad. Todo lo contrario. La humildad es sumisión creativa a la fuerza de la verdad y del amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza.

Nos lo recuerda también San Agustín que en un sermón dice así: "¿Quieres ser grande? Comienza por lo más pequeño. ¿Piensas construir un gran edificio que se eleve mucho? Piensa antes en el fundamento de la humildad" (San Agustín, Serm. 64, 2; PL 38, 441).

 

+++

 

María, la Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras clave del misterio del nacimiento de su Hijo divino:  humildad, silencio, asombro y alegría.

Nos exhorta, ante todo, a la humildad, para que Dios encuentre espacio en nuestro corazón, no oscurecido por el orgullo y la soberbia. Nos indica el valor del silencio, que sabe escuchar el canto de los ángeles y el llanto del Niño, sin ahogarlos con el alboroto y la confusión. Junto a ella nos presentaremos ante el belén con íntimo asombro, saboreando la alegría sencilla y pura que este Niño trae a la humanidad.

3. En la Noche santa, el astro naciente, "esplendor de la luz eterna, sol de justicia" (cf. Antífona del Magníficat, 21 de diciembre), vendrá a iluminar a quienes yacen en las tinieblas y en las sombras de la muerte. Guiados por la liturgia de hoy, hagamos nuestros los sentimientos de la Virgen y esperemos conmovidos el nacimiento de Cristo.

 

+++


Ha mirado la humildad de su sierva... Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes" (Lc 1, 48a. 52). Con estas palabras la Virgen exalta la sabiduría divina, que se complace en los humildes y confunde a quien confía únicamente en sus propia seguridad.

La "humildad" es una virtud que ha entrado lentamente en la espiritualidad del Antiguo Testamento. Después del destierro de Babilonia se refuerza un significado más interiorizado de la misma. Es decir: el "humilde, es aquel que se adhiere con todo el corazón al Señor, obedeciendo a su voluntad, manifestada concretamente en la Ley de Moisés" (cf. Sof 3, 12-13; Is 66, 2; Jdt 9, 11. 14).

La humildad (o pobreza) concebida de este modo no se reducía a un vacuo intimismo, capaz de eludir los deberes de la justicia social. Al contrario, la observancia de la Ley mosaica producía efectos visibles de fraternidad. De hecho, ella obligaba con urgencia a socorrer al indigente, a la viuda, al huérfano, al esclavo, al extranjero; preveía, además el condono de las deudas con ocasión del año sabático y jubilar.

2. María, escribe el Concilio Vaticano II, "sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de Él la salvación"

 

+++

 

 

 

El Señor ama la Niñez

"Cuando los tres Magos fueron conducidos por el resplandor de una nueva estrella para venir a adorar a Jesús, ellos no lo vieron expulsando a los demonios, resucitando a los muertos, dando vista a los ciegos, curando a los cojos, dando la facultad de hablar a los mudos, o en cualquier otro acto que revelaba su poder divino; sino que vieron a un niño que guardaba silencio, tranquilo, confiado a los cuidados de su madre. No aparecía en él ningún signo de su poder; mas le ofreció la vista de un gran espectáculo: su humildad. Por eso, el espectáculo de este santo Niño, al cual se había unido Dios, el Hijo de Dios, presentaba a sus miradas una enseñanza que más tarde debía ser proclamada a los oídos, y lo que no profería aún el sonido de su voz, el simple hecho de verle hacía ya que El enseñaba. Toda la victoria del Salvador, que ha subyugado al diablo y al mundo, ha comenzado por la humildad y ha sido consumada por la humildad. Ha inaugurado en la persecución sus días señalados, y también los ha terminado en la persecución. Al Niño no le ha faltado el sufrimiento, y al que había sido llamado a sufrir no le ha faltado la dulzura de la infancia, pues el Unigénito de Dios ha aceptado, por la sola humillación de su majestad, nacer voluntariamente hombre y poder ser muerto por los hombres.


Si, por el privilegio de su humildad, Dios omnipotente ha hecho buena nuestra causa tan mala, y si ha destruido a la muerte y al autor de la muerte (cf. 1 Tim 1,10), no rechazando lo que le hacían sufrir los perseguidores, sino soportando con gran dulzura y por obediencia a su Padre las crueldades de los que se ensañaban contra El, ¿cuánto más hemos de ser nosotros humildes y pacientes, puesto que, si nos viene alguna prueba, jamás se hace esto sin haberla merecido? ¿Quién se gloriará de tener un corazón casto y de estar limpio de pecado? Y, como dice San Juan, si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría con nosotros (1 Jn 1,8). ¿Quién se encontrará libre de falta, de modo que la justicia nada tenga de qué reprocharle o la misericordia divina qué perdonarle? Por eso, amadísimos, la práctica de la sabiduría cristiana no consiste ni en la abundancia de palabras, ni en la habilidad para discutir, ni en el apetito de alabanza y de gloria, sino en la sincera y voluntaria humildad, que el Señor Jesucristo ha escogido y enseñado como verdadera fuerza desde el seno de su madre hasta el suplicio de la cruz. Pues cuando sus discípulos disputaron entre sí, como cuenta el evangelista, quién sería el más grande en el reino de los cielos, El, llamando a sí a un niño, le puso en Medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os mudáis haciéndoos como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Pues el que se humillare hasta hacerse como un niño de estos, ése será el más grande en el reino de los cielos (Mt 18,1-4). Cristo ama la infancia, que El mismo ha vivido al principio en su alma y en su cuerpo. Cristo ama la infancia, maestra de humildad, regla de inocencia, modelo de dulzura. Cristo ama la infancia; hacia ella orienta las costumbres de los mayores, hacia ella conduce a la ancianidad. A los que eleva al reino eterno los atrae a su propio ejemplo.

S. León Magno, papa, Homilía VII (37), Solemnidad de la Epifanía.

 

+++

 

 

Las Sentencias de los Padres del Desierto (siglos IV-V)

 

Macario 11 

“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11) -Un día, el abad Macario volvía del campo a su celda llevando unas hojas de palmera. En el camino, el diablo le abordó con una hoz queriéndole herir, pero no lo logró. El diablo le dijo entonces: “Macario, padezco muchos tormentos por tu causa, porque no te he podido vencer. Sin embargo, hago todo lo que tú haces: tú ayunas, y yo no como nunca; tú vigilas, y yo no duermo jamás. Hay una sola cosa en la que me puedes.” - ¿Cuál? preguntó Macario. – “Es tu humildad la que me impide vencerte.”

 

 

+++

 

San Agustín (354-430) obispo de Hipona, doctor de la Iglesia Católica - Sermón para la natividad de San Juan Bautista 293,3; PL 38,1327-1329 

 

Reconocer la voz; reconocer la Palabra -      Como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: “No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta.” Le preguntaron: “¡Qué dices de ti mismo? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Prepara el camino del Señor.” (cf Jn 1,23).
      Soy la voz del que rompe el silencio. “Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre.” ¿Qué significa esto sino que seáis humildes en vuestros pensamientos?.
      Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen. Si hubiera dicho: “Soy Cristo”, con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. NO lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló. Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia.

 

+++

 

 

 

Sentencias de los Padres del Desierto ‘Egipto’ 298 ca.

CAPÍTULO XV - DE LA HUMILDAD

 

El abad Antonio escrutaba la profundidad de los juicios de Dios, y preguntó: «Señor, ¿por qué algunos mueren después de una vida corta, mientras otros alcanzan una prolongada ancianidad? ¿Por qué unos carecen de todo y otros nadan en la abundancia? ¿Por qué los malos viven en la opulencia y los justos padecen extrema pobreza?». Y vino una voz que le dijo: «Antonio, ocúpate de ti mismo. Así son los juicios de Dios y no te conviene conocerlos».

 

 

El abad Antonio dijo al abad Pastor. «La gran obra del hombre es poner sobre si mismo su culpa ante Dios, y esperar la tentación hasta el último momento de su vida».

 

Decía el abad Antonio: «He visto tendidos sobre la tierra todos los lazos del enemigo, y gimiendo he dicho: "¿Quién podrá escapar de todos ellos?". Y oí una voz que respondía: "La humildad"».

 

Un día vinieron unos ancianos a ver al abad Antonio. Entre ellos se encontraba el abad José. El abad Antonio quiso ponerles a prueba y les presentó un pasaje de la Escritura. Y empezando por los más jóvenes les preguntaba por el sentido del mismo. Cada uno contestaba lo que podía, pero él les decía: «No, no lo has encontrado todavía». En último lugar se dirigió al abad José y le preguntó: «¿Qué crees tú que significan esas palabras?». El respondió: «No lo sé». Y el abad Antonio le dijo: «Tan sólo el abad José ha encontrado el camino al responder que no lo sabia».

 

Un día los demonios acorralaron al abad Arsenio, que se encontraba en su celda, y le hacían sufrir mucho. Acudieron los hermanos que acostumbraban a servirle y estando fuera de la celda le oyeron gritar al Señor, diciendo: «¡Señor, no me abandones! No he hecho nada bueno a tus ojos, pero por tu bondad, Señor, concédeme empezar a bien vivir».

 

Se decía del abad Arsenio que en palacio nadie usaba mejores vestidos que él. Pero entre los monjes nadie los llevaba peores.

 

Uno vio que un día el abad Arsenio consultaba sobre sus propios pensamientos a un anciano de Egipto y le dijo: «¿Cómo tú, abad Arsenio, que tienes una cultura y una erudición tan elevada en textos latinos y griegos, vienes a consultar a este rústico?». Y él respondió: «Aprendí cultura latina y griega para el mundo, pero todavía no he podido aprender el alfabeto de este rústico ».

 

Los ancianos contaban que un día regalaron a los hermanos de Scitia unos pocos higos. Y como eran tan pocos, no le enviaron nada al abad Arsenio, para que no lo tomase como ofensa. El abad Arsenio lo supo, y no acudió, según la costumbre, a la asamblea de los hermanos, diciendo: «Me habéis excomulgado al no darme nada del regalo que el Señor ha enviado a los hermanos, del cual no fui digno de participar». Al oírle se edificaron todos de la humildad del anciano. Vino el sacerdote y le llevó algunos higos y le acompañó a la reunión rebosante de alegría.

 

Decían los ancianos que nunca nadie pudo hacerse una idea justa de la vida que llevó el abad Arsenio. Cuando vivía en el Bajo Egipto, como era asediado por la muchedumbre, decidió abandonar su celda. No tomó nada consigo, y dijo a sus discípulos, Alejandro y Zoilo: «Tú, Alejandro, toma un barco, y tú, Zoilo, ven conmigo hasta el río y busca una embarcación que vaya a Alejandría, y así irás al encuentro de tu hermano». Zoilo, turbado por estas palabras, no dijo nada y así se separaron. El anciano bajó a la región de Alejandría y allí cayó gravemente enfermo. Mientras tanto, los discípulos se decían el uno al otro: «¿Crees que uno de nosotros ha hecho sufrir al anciano y por eso se ha apartado de nosotros?». Y no encontraban en ellos ninguna cosa desagradable, ni ninguna desobediencia. Cuando el anciano recobró la salud, se dijo: «Volveré con mis Padres». Y regresó a un lugar llamado Petra, donde se encontraban los ya citados discípulos. Y estando junto al río, vino una joven etíope, se acercó y tocó su melota. El anciano la reprendió, pero ella le gritó: «¡Si eres monje, vete al monte!». El anciano se contristó por estas palabras y se repetía a sí mismo: «¡Arsenio, si eres monje, vete al monte!». Y entretanto llegaron Alejandro y Zoilo, sus discípulos. Cayeron a sus pies, el anciano se postró también y los tres se pusieron a llorar. El anciano, dijo: «¿No oísteis que he estado enfermo?». Ellos respondieron: «Sí, ya lo oímos». Y el anciano repuso: «¿Y por qué no habéis venido a yerme?». Alejandro contestó: «No hemos podido soportar la separación. A causa de ella muchos nos han hecho sufrir, diciendo: "Si no hubieran sido desobedientes, el anciano nunca se hubiera separado de ellos". Y el anciano les dijo: «Yo supe que esto se decía de vosotros, pero de ahora en adelante se dirá: "La paloma no hallando donde posar el pie, tomó donde él (Noé) al arca"». (Gén 8,9). Con estas palabras los discípulos se consolaron mucho y permanecieron con él hasta el último día de su vida.

Cuando le vieron a punto de morir, los discípulos se atribularon mucho, pero él les dijo: «Todavía no ha llegado la hora. Cuando llegue ya os lo diré. Os llevaré ante el tribunal de Cristo, si permitís que alguno haga de mi cuerpo una reliquia». Y ellos le dijeron: «¿Qué haremos sí no sabemos amortajar ni enterrar a un muerto?». Y el anciano les dijo: «¿No vais a saber echarme una soga al pie y llevarme arrastrando al monte?». Cuando iba a entregar su espíritu, le vieron llorar y le dijeron: «¿De verdad, Padre, también tú temes la muerte?». Y él les respondió: «En verdad, el temor que siento en este momento no ha dejado de acompañarme desde que me hice monje. Si, tengo mucho miedo». Y así descansó en paz. En los labios de Arsenio siempre estaban estas palabras: «¿Para qué dejaste el mundo?». Y también: «Siempre me he arrepentido de haber hablado, nunca de haber callado». Al conocer la muerte de Arsenio, el abad Pastor, se echó a llorar, diciendo: «Dichoso tú, abad Arsenio, porque has llorado sobre ti mismo en esta vida. El que no llora sobre sí en este mundo, llorará eternamente en el otro. En efecto, sea aquí voluntariamente, sea allí obligados por los tormentos, es imposible no llorar».

 

Contaba el abad Daniel que el abad Arsenio nunca había consentido tratar alguna cuestión de la Escritura, siendo así que hubiera podido hacerlo magníficamente si hubiera querido. Ni tampoco escribía fácilmente una carta. Cuando, de tarde en tarde, acudía a la iglesia, se colocaba detrás de una columna para que nadie le viese el rostro y para que nadie le distrajera. Su aspecto era angélico, como Jacob, con hermosos cabellos blancos, cuerpo elegante, aunque delgado. Tenía una barba muy poblada, que le llegaba hasta la cintura. Se le habían caído las pestañas de los ojos a causa de sus muchas lágrimas. Era alto, pero encorvado por sus muchos años, pues murió a la edad de noventa y cinco años, cuarenta de los cuales vivió en el palacio del emperador Teodosio el Grande, de feliz memoria, padre de Arcadio y de Honorio, cuarenta en Scitia, diez en Troes, encima de Babilonia, cerca de la ciudad de Menfis y tres años en Canope de Alejandría. Otros dos años vivió de nuevo en Troes, terminando allí su vida en la paz y el temor de Dios, pues era un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe.

 

Contó el abad Juan que el abad Anub y el abad Pastor y sus demás hermanos carnales eran monjes en Scitia. Y cuando llegaron los mazicos y asolaron aquel lugar, se alejaron de allí y fueron a un lugar llamado Terenuth, mientras decidían dónde se establecerían. Y permanecieron algunos días allí, en un templo antiguo. El abad Anub dijo al abad Pastor: «Por caridad, durante esta semana vivamos tú y tus hermanos aparte y yo con los míos, practicando la hesychia 1, sin ir de visita los unos a los otros». Y el abad Pastor respondió: «Haremos lo que tú quieres». Y lo hicieron así. Había en el templo una estatua de piedra. Cada día por la mañana, al levantarse, el abad Anub apedreaba el rostro de la estatua, y por la tarde decía: «Perdóname». Y lo hizo así a lo largo de toda la semana. El sábado se reunieron todos los hermanos, y el abad Pastor dijo al abad Anub: «Padre, he visto que durante toda esta semana apedreabas el rostro de esa imagen y luego le hacías una metanía 2. Un hombre de fe no hace eso». El anciano le respondió: «Lo he hecho por vosotros. Cuando me viste apedrear el rostro de esa estatua, ¿me ha dicho algo, ha montado en cólera?». Y dijo el abad Pastor: «No». «Y cuando le he hecho una metanía, ¿se ha conmovido o me ha dicho: "No te perdono"? «No, respondió el abad Pastor». Y el abad Anub prosiguió: «Nosotros somos siete hermanos. Si queréis que vivamos juntos, seamos como estatua que no se aflige por las afrentas. Pero si no queréis hacer esto, cuatro puertas hay en este templo: que cada uno salga por donde quiera y vaya donde quiera». Al oir esto se echaron a los pies del abad Anub y le dijeron: «Hemos vivido juntos toda la vida, trabajando y haciendo todo de acuerdo con las palabras que nos había dicho el anciano. Nombró a uno de nosotros ecónomo y comíamos lo que él nos preparaba, y jamás ocurrió que nadie dijera: "Trae otra cosa" o "no quiero comer esto". Y así hemos pasado todo el tiempo de nuestra vida en paz y descanso».

 

Se cuenta que vinieron unas personas a pedirle al abad Amonas que hiciera de juez entre ellos. Pero el anciano les hizo creer que no estaba en su sano juicio. Una mujer dijo entonces a otra que estaba a su lado: «Este viejo está loco». Lo oyó el anciano y llamándola le dijo: «Tantos trabajos como he padecido en varios desiertos para conseguir esta locura, y tú ¿quieres que la pierda hoy por causa tuya?».

 

El abad Afi, obispo de Oxirinco, cuando era monje llevaba una vida excesivamente dura. Nombrado obispo, quiso llevar en la ciudad la misma vida que en el desierto, pero no tuvo fuerzas para ello. Y se postró en la presencia del Señor, diciendo: «¿Acaso, Señor, se ha alejado de mi tu gracia por causa del episcopado?». Y tuvo esta revelación: «No, pero cuando estabas en el desierto, y no había hombres, Dios era tu sostén. Ahora en el mundo los hombres se ocupan de ti».

 

Contó el abad Daniel que había en Babilonia un hombre principal cuya hija estaba poseída del demonio. El padre tenía en gran estima a cierto monje, y éste le dijo: «Nadie puede curar a tu hija, fuera de unos anacoretas que yo conozco. Pero si vas donde ellos no accederán a hacerlo por humildad. Vamos a hacer esto: cuando vengan a vender las cosas que fabrican, diles que quieres comprar alguna cosa, y cuando entren en tu casa para recibir el dinero, les diremos que hagan oración, y creo que así se salvará tu hija». Salieron a la plaza, pero sólo encontraron a un discípulo de los ancianos, que estaba vendiendo cestos. Lo llevaron con ellos a casa, como si fuesen a fijar el precio de las cestas, pero en cuanto entró en la casa, vino la joven posesa y dio una bofetada al monje. Este se volvió y le puso la otra mejilla, de acuerdo con el precepto divino, y entonces el demonio, desarmado, empezó a gritar: « ¡Oh violencia!, los mandamientos de Jesucristo me expulsan de aquí». Y al punto quedó curada la joven. Cuando llegaron los ancianos les contaron lo sucedido y dieron gloria a Dios, diciendo: «La soberbia del demonio se viene abajo habitualmente ante la humildad de los mandatos de Cristo Jesús».

 

Decía el abad Evagrio: «El comienzo de la salvación es condenarse a si mismo».

 

El abad Serapión decía: «He padecido muchos más trabajos corporales que mi hijo Zacarías, y no he llegado tan alto como él en la humildad ni en el silencio».

 

El abad Moisés dijo al hermano Zacarías: «¿Dime qué debo hacer». Al oírle, se echó a sus pies y le dijo: «Padre, ¿tú me lo preguntas a mi?». El anciano la contestó: «Créeme, Zacarías, hijo mío, he visto que descendía sobre ti el Espíritu Santo y esto es lo que me impulsa a preguntarte». Entonces, Zacarías se quitó el capuchón, lo puso bajo sus pies y mientras lo pisaba decía: «Si el hombre no es pisoteado de esta manera, no puede ser monje».

 

Contaba el abad Pastor que el abad Moisés preguntó al hermano Zacarías, cuando éste estaba a punto de morir: «¿Qué ves?». Y él contestó: «Veo que no hay nada mejor que callar, Padre». Y le respondió el abad: «Es verdad, hijo mío, guarda silencio». A la hora de su muerte, el abad Isidoro que estaba junto a él mirando al cielo, dijo: «Alégrate, hijo mío Zacarías, porque se han abierto para ti las puertas del Reino de los cielos».

 

El obispo de Alejandría, Teófilo, de santa memoria, vino en cierta ocasión al monte Nitria, y el abad del monte vino a su encuentro. El obispo le preguntó: «¿Qué ventaja has encontrado en esta forma de vida, Padre?». Y el anciano respondió: «Acusarme y reprenderme a mi mismo sin cesar». «No hay otro camino más seguro», le dijo el obispo.

 

Una vez, el abad Teodoro comía con los hermanos. Recibían las copas con reverencia, pero sin decir nada, ni siquiera el «perdóname» de costumbre. Entonces, el abad Teodoro dijo: «Los monjes han perdido su título de nobleza, la palabra "perdóname».

 

Se contaba del mismo abad Teodoro que después de ordenado diácono en Scitia no consentía en ejercer su ministerio, y escapaba de aquí para allá. Pero los ancianos lo traían de nuevo y le decían: «No abandones tu ministerio». Pero el abad Teodoro les respondió: «Dejadme, voy a orar a Dios, y si El me indica que debo quedarme aquí, y cumplir con este ministerio, lo haré». Y en su oración decía a Dios: «Si es tu voluntad, Señor, que me quede en este ministerio, muéstramelo». Y vio una columna de fuego que se elevaba de la tierra hasta el cielo, y oyó una voz que decía: «Si puedes ser como esta columna, ve a cumplir tu ministerio». Estas palabras le movieron a no cumplir jamás su oficio de diácono. Cuando volvió a la iglesia, los hermanos hicieron ante él una metanía, diciendo: «Si no quieres hacer de diácono, por lo menos sostén el cáliz». Pero Teodoro no aceptó y dijo: «Si no me dejáis en paz, me marcho de aquí». Y le dejaron tranquilo.

 

Dijo el abad Juan, el Enano: «La puerta de Dios es la humildad. Nuestros Padres tuvieron que sufrir muchas humillaciones y entraron alegres en la ciudad de Dios». Y añadió: «La humildad y el temor de Dios superan a todas las virtudes».

 

El abad Juan de Tebas decía: «Ante todo, el monje debe ser humilde, porque este es el primer mandato del Salvador, cuando dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». (Mt 5,3).

 

Los hermanos de Scitia se reunieron un día y Melquisedec. Se olvidaron de avisar al abad Coprés. Sin embargo los hermanos le llamaron luego y le preguntaron sobre el tema. Pero él se golpeó tres veces la boca, y dijo: « ¡Ay de ti, Coprés!, que has descuidado hacer lo que te mandó hacer el Señor, y pretendes ocuparte de lo que no te pide». Al oírle los hermanos se fueron cada uno a su celda.

 

El abad Macario contaba de sí mismo: «Vivía en una celda en Egipto, pero me llamaron e hicieron clérigo de una aldea. No quería quedarme para el ministerio y escapé a otro lugar. Y venia un seglar muy religioso, que se llevaba lo que yo hacía con mi trabajo manual y me procuraba lo que yo necesitaba. En aquella aldea, una joven de vida dudosa, tentada por el diablo, tuvo una caída. Y al quedar encinta le preguntaron de quién era lo que había engendrado. Ella dijo: "Aquel ermitaño se acostó conmigo". Los habitantes del pueblo salieron a prenderme y me condujeron a la aldea. Me colgaron al cuello cántaros, pucheros y asas de jarros y me hicieron recorrer el pueblo mientras me golpeaban y gritaban: "Este monje ha ultrajado a nuestra hija, echadle, arrojadle de aquí". Y me golpearon hasta dejarme casi muerto. Llegó uno de los ancianos y les dijo: "¿Hasta cuándo vais a seguir golpeando a este monje forastero?". El que solía proveerme de lo que necesitaba, iba detrás, lleno de verguenza porque muchos también le insultaban, diciendo: "Mira lo que ha hecho este monje de quien tú dabas toda clase de garantías". Los padres de la muchacha dijeron: "No te soltaremos hasta que prometas bajo juramento que mantendrás a nuestra hija". Dije a aquel que me proveía de lo necesario que saliera fiador por mi, y lo hizo. Volví a mi celda, le di todos los cestos que tenía, y le dije: "Véndelos, y da el dinero a mí mujer, para que pueda comer". Yo me decía a mí mismo: "Macario, has encontrado una mujer y es necesario que trabajes más para mantenerla". Y trabajaba no sólo de día sino también de noche y lo que ganaba se lo enviaba. Cuando le llegó a aquella desgraciada el tiempo de dar a luz, pasó muchos días con grandes dolores, pero no paría. Le preguntaron a qué se debía y dijo: "Ya sé por qué sufro tanto tiempo". Sus padres le preguntaron: "¿Por qué?". "Porque he calumniado a ese monje y le he acusado falsamente sin que haya tenido nada que ver en este asunto. El culpable fue tal joven". Al saber esto, mi proveedor vino muy alegre a buscarme y me dijo: "La muchacha no ha podido dar a luz hasta que no ha confesado que no tienes que ver nada con ella, y que ha mentido al acusarte. Y todos los habitantes de la aldea quieren venir aquí, a tu celda, para dar gloria a Dios y pedirte perdón". Al oír esto de mi proveedor, me levanté y huí aquí, a Scitia, para que no me molestase aquella gente. Y este es el motivo por el cual me he instalado aquí».

 

Un día, el abad Macario volvía del pantano a su celda llevando palmas. Y salió a su encuentro el diablo con una guadaña. Intentó herirlo con la guadaña pero no pudo. Y entonces le dijo: «Macario, sufro mucho por tu causa, porque no te puedo vencer. Hago todo lo que tú haces: tú ayunas y yo no como, tú velas y yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la que tú me superas». «¿Cuál es?», le preguntó el abad Macario. Y el demonio le respondió: «Tu humildad, que me impide el que pueda vencerte».

 

El abad Matoés de Raitu fue, en compañía de un hermano, a la región de Gebala. Vino el obispo del lugar y ordenó presbítero al citado anciano. Y mientras comían, le dijo el obispo: «Padre, perdóname, ya sé que no querías esto, pero me he atrevido a hacerlo para recibir tu bendición». El anciano le respondió con humildad: «Es cierto que no lo deseaba en absoluto, pero lo que más me cuesta es que tengo que separarme del hermano que vive conmigo. No podré recitar solo todas las oraciones que recitábamos juntos». El obispo le dijo: «Si tú crees que es digno, le ordeno también». El abad Matoés dijo: «No sé si es digno o no; lo único que sé es que es mejor que yo». El obispo le ordenó también, pero uno y otro abandonaron este mundo sin haberse acercado jamás al altar para consagrar la ofrenda. El anciano decía: «Confío en Dios, que no me juzgará severamente por esta ordenación que he recibido, porque no me he atrevido a celebrar. Este ministerio es para los que viven sin pecado».

 

Decía el abad Matoés: «Cuanto más se acerca el hombre a Dios, más pecador se ve. Por eso, Isaías, al ver a Yahvé decía: "¡Ay de mí que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!"». (Is 6,5).

 

Cuando hicieron clérigo al abad Moisés y le pusieron el alba, el arzobispo le dijo: «Ahora has quedado totalmente blanco, abad Moisés». Pero este le respondió: «Externamente si, señor obispo, pero ¿por dentro?». El obispo quiso ponerle a prueba, y dijo a los clérigos: «Cuando el abad Moisés se adelante hacia el altar, arrojadle fuera y seguidle, para que oigáis lo que dice». Lo echaron fuera diciéndole: «¡Vete de aquí, etíope!». Y él salió diciendo: «Te está bien empleado, negro asqueroso. Si no eres hombre, ¿por qué te has atrevido a aparecer entre los hombres?».

 

El abad Pastor oyó, en una asamblea, hablar del abad Nisterós. Quiso verle y pidió al superior de Nisterós que se lo enviara. El superior no quiso que fuera solo y no le dijo nada. Pocos días después el ecónomo del monasterio pidió al abad permiso para ir a ver al abad Pastor y abrirle su alma. El abad le dio permiso y le dijo: «Lleva contigo a ese hermano, pues le ha mandado llamar el anciano y por no enviarlo solo he retrasado hasta hoy el enviárselo. Llegó el ecónomo al abad Pastor, le habló de sus cosas y quedó muy consolado con sus respuestas. Luego el anciano preguntó al hermano: «Abad Nisterós, ¿cómo has llegado a esa tan alta virtud que callas y no te entristeces cuando la tribulación castiga al monasterio?». Después de muchos ruegos del anciano, el hermano le dijo: «Perdóname, Padre, pero cuando entré en el monasterio me dije: "¡Tú y el burro una sola cosa¡ Se le golpea y no habla, se le injuria y no responde. Haz tú lo mismo". Es lo que se lee en el Salmo: "Una bestia era ante ti, pero a mi, sin cesar, junto a ti, de la mano derecha me has tomado"». (Sal 72, 22-23).

 

El abad Olimpo de Scitia era esclavo, y todos los años bajaba a Alejandría para llevar a sus dueños lo que había ganado. Estos salían a su encuentro para saludarle, pero el anciano echaba agua en una jofaina y se disponía a lavarles los pies. «Por favor, Padre, ¡no nos hagas sufrir!», le decían. Pero él respondía: «Yo confieso que soy vuestro esclavo y os doy gracias porque me dejasteis libre para servir a Dios. A cambio yo os lavo los pies y recibís el fruto de mi trabajo». Los otros insistían, y como no quería ceder, les dijo: «Si no queréis recibir lo que he ganado, me quedo aquí como esclavo vuestro». Entonces sus dueños, por la gran reverencia que le tenían, le dejaban hacer lo que quería y al volver le llevaban con honor y le daban lo que necesitaba para que pudiese, en su nombre, hacer limosnas y celebrar el ágape. Todo esto le hizo célebre en Scitia.

 

Dijo el abad Pastor: «El hombre, lo mismo que aspira y expele el aliento, debe respirar continuamente la humildad y el temor de Dios».

 

Preguntó un hermano al abad Pastor: «¿Cómo debo portarme en el lugar donde habito?». Y el anciano le respondió: «Ten la prudencia de un recién llegado y donde quiera que fueres no intentes imponer tu punto de vista. Así vivirás en paz».

 

El abad Pastor decía: «Humillarse ante Dios, no darse importancia y postergar su propia voluntad, son las herramientas con las que el alma trabaja».

 

Dijo el abad Pastor: «No te estimes a ti mismo, sino imita al fervoroso».

 

Contaba el abad Pastor: «Un hermano preguntó al abad Antonio: "¿Qué es el desprecio de sí?". Y el anciano respondió: "Colocarse por debajo de los animales irracionales y saber que ellos no se condenaran ».

 

 

 

Decía el abad Pastor: «La humildad es la tierra pedida por el Señor para ofrecerle el sacrificio».

 

Dijo también: «Si el hombre cumple con su deber, no se verá turbado».

 

Contaba también: «Los ancianos se sentaron un día para comer y el abad Antonio estaba de pie y les servía. Se dieron cuenta los ancianos y le felicitaron, pero él no respondió nada. Uno le preguntó en secreto: Por qué no has contestado a los ancianos que te alababan?". Y el abad Antonio le dijo: "Si les hubiera respondido, podría parecer que me he deleitado con sus alabanzas"».

 

Contaba el abad José: «Estábamos un día con el abad Pastor, y dio el nombre de Padre a Agatón, y le dijimos: "Es muy joven. ¿Por qué le llamas Padre?". Y dijo el abad Pastor: "Sus palabras le han merecido este nombre"».

 

Se decía del abad Pastor que nunca opinaba sobre las palabras de otro anciano, pero siempre alababa lo que decía.

 

Teófilo, de santa memoria, obispo de Alejandría, vino en cierta ocasión a Scitia. Los hermanos, que estaban reunidos, dijeron al abad Pambo: «Di unas palabras al obispo para que quede edificado de este lugar». Y el anciano respondió: «Si no queda edificado por mi silencio, tampoco lo hará por mis palabras».

 

El hermano Pistor contaba: «Siete hermanos eremitas fuimos a ver al abad Sisoés que vivía en la isla Clysma. Le pedimos que nos dijera algo, pero respondió: "Perdonadme, pero soy un hombre sin instrucción. Pero en cierta ocasión fui a ver al abad Hor y al abad Athre. El abad Hor estaba enfermo desde hacía dieciocho años. Empecé a suplicarles que me dijeran una palabra y el abad Hor me contestó: ´¿Qué quieres que te diga? Haz lo que veas. Dios es de aquel que se tiraniza a si mismo con todas sus fuerzas y se hace violencia en todo´. Los dos, el abad Hor y el abad Athre no eran de la misma provincia. Sin embargo, se entendieron a la perfección hasta el fin de su vida. El abad Athre era muy obediente y el abad Hor muy humilde. Me quedé unos días con ellos para descubrir sus virtudes y vi la conducta admirable del abad Athre. Uno les trajo un pequeño pescado y el abad Athre quiso prepararlo para su anciano, el abad Hor. Tomó un cuchillo y empezó a cortar el pescado, pero en aquel momento el abad Hor le llamó: ´¡Athre, Athre!´. Al punto dejó el cuchillo en el pescado a medio cortar y corrió a donde él. Y yo quedé admirado de su gran obediencia, pues no se le ocurrió decir: ´Espera a que termine de cortar el pescado´. Y pregunté al abad Athre: ´¿Dónde has aprendido a obedecer así?´. ´No es mía esa obediencia, sino de este anciano´. Y me llevó consigo: ´Ven a ver su obediencia´. Coció de forma deplorable un pececillo, de manera que quedó en tal estado que no se podía comer. Se lo llevó al anciano, que lo comió sin decir una palabra. El abad Athre le preguntó: ´¿Está bueno, Padre?´. Y respondió: ´Muy bueno´. Luego le trajo otro pescado muy bien preparado, y dijo: ´Padre, este pescado está echado a perder, lo he cocido muy mal´. Y el anciano contestó: ´Si, te ha salido un poco mal´. Entonces se volvió a mí el abad Athre, y me dijo: ´¿Has visto cómo obedece este anciano?´. Les dejé e hice lo que había visto, según mis fuerzas". Esto nos contó a los hermanos el abad Sisoés, pero uno de nosotros le pidió: "Muéstranos tu caridad diciéndonos una palabra tuya". Y dijo: "El que consiente en no ser nada, ni apegarse a nada, ese cumple toda la Escritura". Y otro hermano le dijo: "Padre, ¿en qué consiste el ser peregrino?". Y respondió: "En callar y decir donde quiera que vayas: ´No me mezclaré en nada´. Esto es vivir como peregrino"».

 

Un hermano vino al monte del abad Antonio, para visitar al abad Sisoés, y mientras hablaban le preguntó: «Padre, ¿todavía no has llegado a la altura del abad Antonio?». Y le respondió: «Si tuviese uno sólo de los pensamientos que atormentan al abad Antonio, ardería y me consumiría totalmente como fuego. Pero sin embargo conozco un hombre que, con mucho esfuerzo, puede tener a raya a sus pensamientos».

 

Volvió a preguntarle el hermano: «¿Por qué Satanás perseguía así a los Padres antiguos?». Y le dijo el abad Sisoés: «Hoy a nosotros nos persigue más que a ellos, porque su tiempo se acerca, y está asustado».

 

Vinieron unos al encuentro del abad Sisoés para escuchar de él una palabra, pero él decía tan sólo: «¡Perdonadme! ». Al ver las cestas del anciano, preguntaron a su discípulo Abraham: «¿Qué hacéis con estas cestas?». Y les respondió: «Las vendemos de vez en cuando». Al oírlo, el anciano añadió: «Y también Sisoés come de vez en cuando». Al oírle quedaron muy edificados por su humildad y se fueron llenos de alegría.

 

Un hermano preguntó al abad Sisoés: «Me examino y compruebo que mi pensamiento tiende hacia Dios». Y le dijo el anciano: «No es una gran cosa que tu alma esté con Dios. Lo grande es que te consideres a ti mismo como inferior a toda criatura. Esto y la penitencia corporal endereza y conduce al camino de la humildad».

 

Sinclética, de santa memoria, dijo: «Es tan imposible salvarse sin humildad como construir un barco sin clavos».

 

El abad Hiperequios dijo: «El árbol de la vida está arriba y a él sube la humildad del monje».

 

Dijo también: «Imita al publicano para no ser condenado con el fariseo. Imita la mansedumbre de Moisés, para que conviertas la roca de tu corazón en fuente de aguas vivas».

 

El abad Orsisio dijo: «Si se usa arcilla cruda en los cimientos, cerca de un río, no durará ni un solo día. Pero si está cocida permanecerá como la piedra. Así es el hombre que posee la sabiduría según la carne y no ha sido cocido por el fuego de la tentación como José, se viene abajo si llega a ocupar un puesto elevado. Lo resume así la palabra de Dios: "Fue agitado por muchas tentaciones entre los hombres". Bueno es que quien conozca sus limitaciones, decline la carga al principio. Los fuertes en la fe se mantienen firmes. Si alguno quiere traer el ejemplo de José, debe decir que no era de esta tierra. ¡Cómo fue tentado!, y además en aquella región donde no había ningún vestigio de culto divino. Pero el Dios de sus Padres estaba con él y le libró de todas sus pruebas. Y hoy está con sus Padres en el Reino de los Cielos. Nosotros, conociendo nuestras limitaciones, luchemos, pues apenas podemos escapar del juicio de Dios».

 

Un anciano que vivía como ermitaño en el desierto, pensaba que practicaba perfectamente todas las virtudes. Y dijo a Dios en su oración: «Señor, muéstrame en qué consiste la perfección del alma para que la practique». Dios quiso humillarle y le respondió: «Vete a tal archimandrita y haz todo lo que te diga». Antes de que el anciano llegara, Dios se manifestó al archimandrita y le dijo: «Va a venir a verte un anacoreta. Dile que coja un látigo y vaya a cuidar los cerdos». Llegó el eremita, llamó a la puerta, entró en la habitación del archimandrita, y después de saludarse se sentaron. Y el eremita le dijo: «Dime lo que debo hacer para salvarme». Y le contestó el otro: «¿Harás todo lo que te diga?». Y respondió el anciano: «Sí». «Pues bien, toma un látigo y vete a cuidar mis cerdos». Los que le conocían o habían oído hablar de él, al verle cuidar cerdos, decían: «¿Habéis visto a ese santo eremita del que tanto habíamos oído hablar? Se ha chiflado y está poseído del demonio: cuida puercos». Pero Dios vio su humildad, y que llevaba con paciencia los oprobios, de los hombres y le mandó que volviera a su puesto en el desierto.

 

Un hombre poseído del demonio, que echaba espuma por la boca, abofeteó en el rostro a un monje anciano. Este le presentó al punto la otra mejilla. Pero el demonio, no pudiendo soportar la quemadura de su humildad, salió inmediatamente del poseso.

 

Dijo un anciano: «Cuando te venga un pensamiento de orgullo o de vanidad, examina tu conciencia para ver si guardas todos los mandamientos de Dios: si amas a tus enemigos, si te alegras de los éxitos de tal adversario y te entristeces de sus fracasos y si te consideras un siervo inútil y peor que el último de los pecadores. Si sientes de este modo de ti, y crees que cumples todo esto, no te creas algo, pues un pensamiento de esta clase destruiría todo lo demás».

 

Un anciano decía: «No critiques a tu hermano en el fondo de tu corazón, pensando que eres más sobrio, más austero y más inteligente que él. Al contrario, sé dócil a la gracia de Dios en espíritu de pobreza y de verdadera caridad, no sea que exaltado por el espíritu de orgullo pierdas el fruto de tu trabajo. Procura estar sazonado con la sal espiritual de Cristo». (Cf. Col 4,6).

 

Dijo un anciano: «El que es honrado y alabado¡ por encima de sus merecimientos, sufre un gran daño. El que nunca fuere honrado por los hombres, será glorificado allá arriba».

 

Un hermano preguntó a un anciano: « ¿ Es bueno hacer frecuentes metanías?». El anciano le respondió: «Hemos visto que Dios se apareció a Jesús, el hijo de Navé, cuando estaba postrado en tierra».

 

Un hermano preguntó a un anciano: «¿Por qué nos atacan tanto los demonios?». El anciano le respondió: «Porque abandonamos nuestras armas, que son los ultrajes, la humildad, la pobreza y la paciencia».

 

Un hermano preguntó a un anciano: «Padre, si un hermano me trae pensamientos mundanos, ¿debo decirle que no me los traiga?». Y el anciano respondió: «No». Y el hermano le preguntó: «¿Por qué?». «No podemos conseguirlo nosotros mismos, respondió el anciano, ¿y se lo vamos a urgir al prójimo? No hagas aquello que tú mismo harás después». E insistió el hermano: «¿Qué debo, pues, hacer?». Y contestó el anciano: «Si nos decidimos nosotros mismos a guardar silencio, esto bastará para el prójimo».

 

Preguntaron a un anciano: «¿Qué es la humildad?». Y respondió: «Perdonar al hermano que ha pecado contra ti antes de que te pida perdón».

 

Dijo un anciano: «En todo lo desagradable que te suceda no culpes a nadie, sino sólo a ti, diciendo: "Esto me ha sucedido a causa de mis pecados"».

 

Un anciano decía: «Nunca he sobrepasado mi rango para subir más alto. Ni me he turbado cuando me han humillado. Mi único pensamiento era rogar al Señor que me despojase del hombre viejo».

 

Un hermano preguntó a un anciano: «¿Qué es la humildad?». El anciano respondió: «Hacer bien a los que te hacen mal». «Y si no alcanzo esas alturas, ¿qué debo haber?», insistió el hermano. Y contestó el anciano: «¡Huye y escoge el silencio!».

 

Un hermano preguntó a un anciano: «¿Cuál es el trabajo propio del peregrino?». El anciano respondió: «Conozco a un hermano peregrino, que se encontraba en la iglesia en el momento del ágape. Se sentó a la mesa para comer con los hermanos. Pero uno de ellos le dijo: "¿Quién ha invitado a este hermano? Levántate y vete fuera". Y el hermano se fue. Los demás, apenados por su expulsión salieron a buscarle. Y uno de ellos le preguntó: "¿Qué has sentido en tu corazón al ser expulsado y llamado de nuevo?". Y respondió: "Pensé dentro de mí que era como un perro. Se va cuando le echan y entra cuando le llaman ».

 

Unos fueron a la Tebaida para visitar a un anciano. Llevaban consigo a un hombre atormentado por el demonio para que el anciano le curase. El anciano, después de que se lo pidieron con mucha insistencia, dijo al demonio: «Sal de esa criatura de Dios». Y el demonio respondió: «Salgo, pero te hago esta pregunta: "Dime ¿quiénes son los cabritos y quiénes los corderos?"». Y el anciano le contestó: «Los cabritos son los que son como yo. Quienes sean los corderos, eso Dios lo sabe». Al oírle el demonio, vociferó: «Salgo por esta humildad tuya». Y desapareció al instante.

 

Un monje de Egipto vivía en un suburbio de la ciudad de Constantinopla. Un día, el emperador Teodosio, el Joven, pasó por allá, dejó a todos los de su comitiva, y fue, él solo, a la celda del anciano. Llamó a la puerta, le abrió el anciano y se dio cuenta de que era el emperador. Pero lo recibió como si se tratara de uno de sus oficiales. Entraron, hicieron oración y se sentaron. El emperador preguntó al monje: «¿Qué tal los Padres de Egipto?». Y le respondió el anciano: «Todos piden por tu salvación». El emperador miró a su alrededor para ver lo que había en la celda y no encontró más que una pequeña cesta que contenía un poco de pan y una jarra con agua. El monje le dijo: «Come un poco». Mojó los panes, le dio aceite y sal, y comió. Le dio también agua para beber. El emperador le dijo entonces: «¿Sabes quién soy yo?». Y el monje le contestó: «Dios sabe quien eres». Y le dijo Teodosio: «Yo soy el emperador Teodosio». El monje se postró y le saludó humildemente. Y el emperador prosiguió: «Dichosos vosotros que lleváis una vida segura sin los cuidados de este mundo. Te digo, de veras, que aunque he nacido bajo la púrpura imperial, nunca he saboreado tan a gusto el pan y el agua como hoy. He comido bastante y con buen apetito». A partir de este día, el emperador empezó a visitarle, pero el anciano se escapó y volvió a Egipto».

 

Los ancianos decían: «Cuando somos tentados, humillémonos más aún. Pues entonces Dios nos protege al ver nuestra debilidad. Pero si nos gloriamos, nos retira su protección y perecemos».

 

El diablo, transformado en ángel de luz, se apareció a un hermano, y le dijo: «Soy el ángel Gabriel y he sido enviado a ti». Pero el hermano le contestó: «Mira no sea que te hayan enviado a otro, porque yo no soy digno de que me envíen un ángel». Y el demonio desapareció al punto.

 

Decían los ancianos: «Aunque se te aparezca de verdad un ángel, no le acojas fácilmente, sino humíllate, diciendo: "No soy digno de ver un ángel yo que vivo en el pecado"».

 

Los Padres contaban que un anciano moraba en su celda y sufría fuertes tentaciones. Veía claramente a los demonios y se burlaba de ellos. Al verse vencido por el anciano, el demonio se le presentó y le dijo: «Soy Cristo». Al verle, el anciano cerró los ojos. Y el diablo le dijo: «Soy Cristo, ¿por qué cierras los ojos?». Y le contestó el anciano: «Yo aquí no quiero ver a Cristo, sino en la otra vida». Al oír esto desapareció el diablo.

 

Los demonios quisieron engañar a un anciano y le dijeron: «¿Quieres ver a Cristo?». El respondió: « ¡Malditos vosotros y vuestras palabras! Yo creo en el Cristo mío, que nos dijo: "Entonces, si alguno os dice: mirad, el Cristo está aquí o allí, no le creáis"». (Mt 24,23). Al oír esto, los demonios huyeron.

 

Contaban los Padres que un anciano había ayunado setenta y dos semanas seguidas, comiendo tan sólo una vez por semana. Preguntó a Dios el sentido de cierto texto de la Escritura, pero Dios no se lo reveló. Y pensó para sí: «Puesto que me he mortificado tanto sin provecho, iré a preguntárselo a uno de mis hermanos». Y al cerrar la puerta de su celda para salir, le fue enviado un ángel del Señor, que le dijo: «Las setenta semanas de ayuno no te han acercado más a Dios, pero cuando te has humillado para ir donde tu hermano, me han enviado para explicarte ese texto». Y después de explicarle lo que buscaba desapareció el ángel.

 

Decía un anciano: «Si uno da una orden a un hermano con humildad y temor de Dios, esta palabra pronunciada por amor de Dios dispone al hermano a someterse y a hacer lo mandado. Pero si uno da una orden a un hermano sin temor de Dios, sino para hacer sentir su autoridad y como manifestando su dominio, Dios, que ve los secretos del corazón, no permite que el hermano entienda y haga lo que se le manda. Porque aparece muy claro cuando algo se manda por amor de Dios, y cuando se manda de manera autoritaria por propia voluntad. Lo que es de Dios se manda con humildad y en forma de ruego. Lo que se manda con dominio, con irritación y brusquedad, procede del maligno».

 

Dijo un anciano: «Prefiero un fracaso soportado con humildad que una victoria obtenida con soberbia».

 

Un anciano decía: «No condenes al que te ayuda, pues no sabes si el Espíritu de Dios está en ti o en él. Cuando digo el que te ayuda, me refiero a tu servidor».

 

Un hermano preguntó a un anciano: «Vivo con otros hermanos, ¿si veo algo inconveniente, debo hablar?». El anciano le respondió: «Si son mayores que tú o de tu misma edad, tendrás más paz si te callas. Haciéndote pequeño te sentirás mucho más seguro». Y le dijo el hermano: «¿Qué debo hacer, el espíritu me turba?». Y el anciano le contestó: «Si no lo puedes sufrir, avísales una sola vez con mucha humildad. Si no te obedecen, abandona tu pena en la presencia de Dios y El te consolará. El siervo de Dios debe postrarse ante El y abandonarse totalmente a El. Vigila para que tu celo sea según Dios, pero mi opinión es que es mejor callarse. Para ti la humildad es el silencio».

 

Un hermano preguntó a un anciano: «¿En qué consiste el progreso de un hombre?». Y el anciano le contestó: «En la humildad. Cuanto más se abaja un hombre más se eleva a la perfección».

 

Decía un anciano: «Si alguno dice: "Perdóname", con humildad, quema a los demonios tentadores».

 

Decía un anciano: «Si consigues guardar silencio, no lo consideres como mérito tuyo. Cuando te venga esa consideración, di: "Es que soy indigno de hablar"».

 

Un anciano dijo: «Si el molinero no tapa los ojos del animal que da vueltas a la muela, éste se desmandará y comerá el fruto de su trabajo. Así, por disposición divina, hemos recibido un velo que nos impide ver el bien que hacemos, para que no nos sintamos satisfechos de nosotros mismos y perdamos nuestra recompensa. Por eso también, de vez en cuando, nos vemos abandonados a muchos pensamientos sucios, para que cuando los veamos nos condenemos a nosotros mismos. Y estos pensamientos son para nosotros un velo que oculta el poco bien que hacemos. Porque cuando el hombre se acusa a sí mismo, no pierde su recompensa».

 

Un anciano decía: «Prefiero ser enseñado que enseñar». Y añadió: «No enseñes antes de tiempo; si no tendrás toda tu vida una inteligencia disminuida».

 

Preguntaron a un anciano: «¿Qué es la humildad?». Y respondió: «La humildad es algo muy grande, divino. El camino de la humildad es éste: entregarse a la penitencia corporal, reconocerse pecador y someterse a todos». Y un hermano preguntó: «¿Qué es someterse a todos?» Y contestó el anciano: «No fijarse en los pecados de los demás, sino considerar siempre los propios y rogar continuamente a Dios».

 

Un hermano preguntó a un anciano: «Dime una sola cosa para que la cumpla y viva». El anciano le respondió: «Si puedes sufrir el ser injuriado y soportarlo, esto es algo grande y que supera a todas las virtudes».

 

Decía un anciano: «El que lleva con paciencia los desprecios, las injurias y las injusticias, puede salvarse».

 

Un anciano dijo: «No tengas demasiada familiaridad con tu abad, ni vayas a verle con excesiva frecuencia, pues estas relaciones engendran confianza y empezarás a desear el primer puesto».

 

Había en una comunidad un hermano que se cargaba sobre sus espaldas todas las faltas que cometían los hermanos, llegando a acusarse hasta de fornicación. Algunos hermanos, ignorando su conducta, empezaron a murmurar contra él: «Tanto mal como hace y no trabaja nada». El abad, que conocía sus obras, decía a los hermanos: «Prefiero una estera de éste con humildad, que todas las vuestras con soberbia». Y para que los juicios de Dios demostrasen quién era aquel hermano, mandó traer todas las esteras que habían fabricado los hermanos y la del hermano. Encendió una mecha y la tiró en medio de ellas. Se quemaron todas las esteras de los hermanos, pero la del hermano quedó intacta. Al ver esto los hermanos se llenaron de temor, hicieron una metanía ante el hermano y desde entonces le consideraron como un Padre.

 

Preguntaron a un anciano cómo algunos podían decir que habían visto el rostro de los ángeles. Y él contestó: «Dichoso el que ve siempre sus pecados».

 

Un hermano estaba enfadado con otro hermano. Lo supo éste y vino a pedirle perdón. Pero aquél no le abrió la puerta de su celda. Fue el hermano a contar lo sucedido a un anciano, y éste le dijo: «Mira si no conservas en tu corazón una razón que te parezca justa para culpar a tu hermano, y que ella te lleva a reprenderle a él y a justificarte a ti. Tal vez sea esta la causa por la que Dios no movió su corazón para que te abriera la puerta. Yo te aconsejo que si él te ha ofendido, asientes en tu corazón que tú le has ofendido a él y des la razón a tu hermano. Entonces Dios pondrá en su corazón lo que sea necesario para que viva en buena amistad contigo». Y le contó este ejemplo: «Dos seglares piadosos se pusieron de acuerdo y dejaron el mundo para hacerse monjes. Llenos de celo según la letra, pero no según el espíritu del Evangelio, se castraron por el Reino de los Cielos. Lo supo el arzobispo y los excomulgó. Ellos, creyendo que habían procedido bien, se indignaron contra él, diciendo: "Nos hemos castrado por el Reino de los Cielos, y él nos excomulga. Apelaremos al arzobispo de Jerusalén". Fueron, le contaron lo sucedido y el arzobispo de Jerusalén les dijo: "Yo también os excomulgo". Irritados de nuevo, acudieron al arzobispo de Antioquía, le contaron todo y también les excomulgó. Los hermanos se dijeron entonces: "Vamos al Papa de Roma, y él nos hará justicia". Acudieron pues el Sumo Pontífice, le contaron todo lo que les habían hecho los citados arzobispos, y le dijeron: "Acudimos a ti porque eres la cabeza de todos". El Papa les respondió: "Yo también os excomulgo y quedáis fuera de la Iglesia". Al verse excomulgados por todos se dijeron el uno al otro: "Estos obispos se conciertan y se apoyan unos a otros porque se reúnen en Concilio. Vayamos a san Epifanio, obispo de Chipre, que es varón de Dios y profeta y no tiene acepción de personas". Cuando ya estaban cerca de la ciudad, san Epifanio tuvo una revelación acerca de ellos y mandó a decirles: "No entréis en esta ciudad". Entonces volvieron en si, y dijeron: "Somos verdaderamente culpables, ¿por qué tratamos de justificarnos? Pase que aquellos nos excomulgasen injustamente, ¿pero que lo haga este profeta? Tiene que ser porque Dios le ha hecho alguna revelación". Y los dos se reprocharon vehementemente la culpa que habían cometido. El que conoce los corazones vio que se reconocían de verdad culpables y se lo reveló al obispo Epifanio. Este les mandó de nuevo un mensajero, les hizo venir a su presencia, les consoló y les admitió en la Iglesia. Luego escribió sobre ellos al arzobispo de Alejandría: "Recibe a estos hijos tuyos que han hecho de verdad penitencia" ». Y añadió el anciano que contó esta historia: «Este es el secreto de la santidad y lo que Dios quiere: que el hombre arroje sus pecados a los pies de Dios». Al oír esto el hermano hizo lo que le había enseñado el anciano y fue a llamar a la puerta de su hermano. Este, apenas le oyó, se arrepintió interiormente y abrió al punto la puerta. Se abrazaron desde el fondo de su corazón, y se estableció entre ellos una profunda paz.

 

(1) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea, finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo. 

(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración

 

+++

 

"No sigas a la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad" SAN ATANASIO + año 373

 

+++

   

 

 

San Luís María de Griñón de Monfort (1673-1716) predicador, fundador de una comunidad religiosa - Tratado de la auténtica devoción a la Virgen María, 1-6

 

“Porque ha mirada la humildad de su sierva” - María vivía una vida muy escondida: por esto el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman “Alma Mater”: Madre escondida y secreta. Su humildad fue tan profunda que en la tierra no buscó nada con tanta verdad como el estar escondida a ella misma y a toda criatura, para que sólo Dios la conociera y la mirara.
Dios, para atender su petición de vivir escondida, empobrecida, humillada, se complació en esconderla en su concepción, en su nacimiento, en su vida, en los misterios divinos de su resurrección y asunción, al margen de casi toda criatura humana. Sus padres mismos no la conocieron del todo; y los ángeles se preguntaron a menudo los unos a los otros: “¿Quién es ésta?” (Cant 6,10) porque Dios la escondía a los mismos ángeles. O bien, si les descubría algún aspecto de la Virgen, les escondía lo más...
¡Qué cosas tan grandes y misteriosas ha hecho Dios todopoderoso en esta criatura admirable, como ella misma se ve obligada a afirmar, a pesar de su profunda humildad: “porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso.” (Lc 1,49) El mundo no los conoce porque es incapaz e indigno de ello.

 

 

 

+++

 

 

Santa Teresa del Niño Jesús (l873-l897) carmelita descalza, doctora de la Iglesia - Oración 20

 

“El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser le primero, sea vuestro esclavo.” (Mt 20,26ss). 


Jesús ¡con qué humildad, oh divino Rey de la gloria, os sometéis a vuestros sacerdotes, sin hacer distinción alguna entre los que os aman y los que son, por desgracia, fríos y tibios en vuestro servicio! Ya peden adelantar o retrasar la hora del santo sacrificio, estáis siempre pronto a descender del cielo a su llamada!...¡Oh, Amado mío, qué dulce y humilde de corazón me parecéis bajo el velo de la blanca Hostia! NO podéis abajaros más para enseñarme la humildad. Por eso quiero, para responder a vuestro amor, desear que las hermanas me pongan e el último lugar, participar de vuestras humillaciones, a fin de “tener parte con vos” (Jn 13,8) en el reino de los cielos.

Pero conocéis, Señor, mi debilidad; cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad, y por la noche reconozco haber cometido muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también orgullo. Quiero, por tanto, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en vos. Puesto que todo lo podéis, dignaos hacer nacer en mi alma la virtud que deseo. Para obener esta gracia de vuesra infinita misericordia, os repetiré muchas veces: “Jesús manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro.”
(cf Mt 11,29)

 

 

+++

 

 

San Clemente de Roma, papa, (hacia 100) en la naciente Iglesia Católica - Carta a los Corintios 7-13, PA 1, 108-110 

 

“Volveos a mí de todo corazón.” (Jl 2,12) - Si recorremos los tiempos antiguos, nos daremos cuenta de que, de generación en generación, el Maestro ha ofrecido la posibilidad de convertirse a todos aquellos que quieren retornar a él. Noé anunciaba la conversión y los que le escucharon se salvaron. Jonás anunció a los Ninivitas la destrucción que les amenazaba. Se arrepintieron de sus pecados y Dios escuchó sus súplicas y alcanzaron la salvación, aunque fueron extraños a Dios...
Por su voluntad todopoderosa, Dios quiere que todos los que él ama lleguen a la conversión. Por esto debemos obedecer a su magnífica y gloriosa voluntad. Imploremos humildemente su misericordia y su bondad. Confiemos en su compasión abandonando las preocupaciones frívolas, la discordia y la envidia que nos llevan a la muerte...
Permanezcamos humildes, hermanos míos, rechacemos todo sentimiento de orgullo, de jactancia, de vanidad y de cólera... Apeguémonos firmemente a sus preceptos y a los mandamientos del Señor Jesús, siendo dóciles y humildes ante sus palabras. Ya que la palabra divina nos dice: “Yo me fijo en el humilde y abatido que tiembla ante mi palabra.”
(Is 66,2)

 

+++

 

 

San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense, doctor de la Iglesia Católica - Segundo sermón para el primer día de Cuaresma,5; PL 183, 172-174) - 

 

“O Dios, crea en mí un corazón puro.” (Sal 50) -“Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos.” (Jl 2,13) ¿Quién de vosotros se siente particularmente inclinado a la testarudez? Que rasga su corazón con la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. (Ef 6,17) Que lo rasgue y lo reduzca a polvo, ya que uno no se puede convertir al Señor si no es con un corazón quebrantado. Escucha al hombre que Dios ha encontrado con un corazón recto: “Mi corazón está dispuesto, o Dios.” (Sal 108,2) Está dispuesto ante la adversidad y ante la prosperidad, está dispuesto para las cosas humildes y para lo sublime, está dispuesto para lo que tú mandares. “Mi corazón está dispuesto, o Dios.” ¿Quién está, como David, dispuesto a entrar y salir, a caminar según la voluntad del Rey? (2S 5,2)

 

+++

 

 

 

DE LA HUMILDAD

XIII. 1. "Así pues, hermanos, tengamos sentimientos humildes, desprendiéndonos de toda jactancia, vanidad, insensatez e ira y hagamos lo que fue escrito (pues el Espíritu Santo dice: No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el fuerte en su fuerza, ni el rico en su riqueza, sino que el que se gloríe hágalo en el Señor al buscarle a Él y obrar la ley y la justicia [Cf. Jer 9, 22-23; 1 S 2, 10; 1 Co 1,31; 2 Co 10,17]) recordando sobre todo las palabras del Señor Jesús que habló para enseñar la benignidad y la paciencia. 2. Pues dijo así: Apiadaos para que vosotros halléis piedad; perdonad para que os perdonen.Como vosotros obréis, así se obrará con vosotros. Como deis, se os dará. Como juzguéis, así seréis juzgados. Con la bondad con que obréis, se obrará con vosotros. Con la medida que midáis se os medirá (Cf. Mt 5, 7; 6, 14-15; 7, 1-2; Lc 6, 31.36-38). 3. Con este mandamiento y estos preceptos fortalezcámonos para caminar en obediencia a sus santas palabras, con sentimientos de humildad. Pues la palabra santa dijo: ¿Sobre quién volveré la mirada sino sobre el manso, el pacífico y el que teme a mis palabras? (Is 66,2)

La caridad

XLIX. 1. "El que tenga amor en Cristo, cumpla los mandamientos de Cristo. 2. ¿Quién puede explicar el vínculo del amor de Dios? 3. ¿Quién puede dar a conocer suficientemente lo magnífico de su hermosura? 4. La altura, a la que nos conduce el amor, es indescriptible. 5. El amor nos une a Dios; el amor cubre la muchedumbre de los pecados (1 P 4, 8); el amor todo lo soporta; tiene paciencia con todo. En el amor nada es vulgar, nada soberbio. El amor no ocasiona cisma, el amor no se subleva, el amor todo lo hace en armonía. En el amor alcanzaron la perfección todos los elegidos de Dios; sin amor nada es agradable a Dios. 6. En el amor nos acogió el Señor. Por el amor que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre en favor nuestro por voluntad de Dios, y su carne en favor de nuestra carne, y su alma en favor de nuestras almas. 

L. 1. Amados, ved qué grande y admirable es el amor, y no hay explicación de su perfección. 2. ¿Quién es capaz de ser encontrado en él, sino aquéllos a los que Dios juzgue dignos? Por tanto, supliquemos e imploremos de su misericordia para que seamos encontrados inmaculados en el amor sin parcialidad humana. 3. Todas las generaciones desde Adán hasta el día de hoy pasaron, pero los que fueron perfectos en el amor poseen, por la gracia de Dios, el lugar de los piadosos, los cuales se manifestarán en la visita del Reino de Cristo. 4. Pues está escrito: Entrad un poco en los graneros hasta que haya pasado mi ira y cólera, y recordaré el día bueno y os resucitaré de vuestros sepulcros (Cf. Is 26, 20 ; Ez 37, 12). 5. Amados, somos bienaventurados si obramos los mandatos del Señor en la concordia del amor para que, por el amor, nos sean perdonados los pecados. 6. Pues está escrito: Bienaventurados aquéllos cuyas indignidades fueron perdonadas y cuyos pecados fueron cubiertos. Bienaventurado el hombre al que el Señor no tuvo en cuenta el pecado y en cuya boca no hay engaño (Sal 31, 1-2; Rm 4, 7-8). 7. Esta bendición sobrevino sobre los elegidos de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén."

Clemente de Roma, católico hacia el año 100 -carta a los Corintos, XIII, 1; XLIX, 1 – L, 1.

Preparado por la Facultad Teológica pontificia «Marianum» Roma

 

+++

 

San Siloán (1866-1948) monje ortodoxo - Escritos

 

“Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la legión, sentado, vestido y en su sano juicio.” (Mc 5,15) -     El fin de todo nuestro combate es encontrar la humildad. Los demonios, nuestros enemigos, cayeron por el orgullo y nos quieren arrastrar en su caída. Pero nosotros, hermanos, seamos humildes y así veremos la gloria del Señor ya en esta tierra, (Mt 16,28) porque a los humildes el Señor se da a conocer por el Espíritu Santo. El alma que ha saboreado la dulzura del amor divino está enteramente regenerada y recreada. Ama a su Señor y tiende con todas sus fuerzas hacia él, día y noche.
      Hasta un cierto momento, el alma queda apaciguada en Dios, luego comienza a sufrir por el mundo. El Señor misericordioso le da al alma tiempos de reposo en Dios como tiempos de sufrimiento por el mundo para que todos los hombres se arrepientan y alcancen entrar en el paraíso.
      El alma que ha conocido la dulzura del Espíritu Santo desea para todos el mismo conocimiento porque la dulzura del Señor no permite al alma ser egoísta sino que la enriquece con el amor que brota del corazón.

 

+++

 

 

DE LA HUMILDAD - He aquí un buen párrafo de CERVANTES para meditar, en «El coloquio de los perros»: «La humildad es la basa y fundamento de todas virtudes, y sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios; es madre de la modestia y hermana de la templanza; en fin, con ella no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios, porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados.»

 

 

+++

 

 

“Estemos alerta, no renunciemos a nuestros derechos fundamentales y, en todo momento, demos con serenidad y confianza razones de nuestra esperanza en Cristo, sabiendo que todo lo podemos en Aquel que nos conforta".

 

+++

 

«El mayor error de los cristianos del siglo XXI será dejar que el mundo se haga sin ellos, y, por tanto, sin Dios o contra Él. Y, el renunciar, abdicar o inhibirse ante una realidad presente, significa dejar el campo libre al mal, pero, además, no permite colaborar con el bien».

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

‘Pasarán las cosas, oh Dios, pasarán las cosas y pasaré también yo; ¡Tú nunca pasarás, Tú, amor eterno!’

 

 

+++

 

 

San Silvano (1866 1938), monje ortodoxo
Escritos - “
Unos servidores sin importancia

 

Hay muchos grados de humildad. El que es obediente y se reprocha a sí mismo en todas las cosas, eso es humildad. Otro se arrepiente de sus pecados y se considera un miserable delante de Dios. Esto, también es humildad. Pero la humildad del que ha conocido al Señor por el Espíritu, es otra: su conocimiento y sus gustos son diferentes. Cuando en el Espíritu Santo el alma ve cuán dulce y suave es el Señor, se humilla a sí misma hasta el máximo. Esta humildad es del todo particular y nadie puede describirla. Si los hombres pudieran saber, por el Santo Espíritu, qué Señor tenemos, cambiarían enteramente: los ricos despreciarían sus riquezas; los sabios, su ciencia; los gobernantes su poder y prestigio. Todos vivirían en una profunda paz y amor, y sobre la tierra reinaría un gozo grande.

 

+++

 

Chesterton: “Estoy orgulloso de verme atado por dogmas anticuados, como dicen mis amigos periodistas, porque sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado”.

 

+++

 

«Sin fe, no nos engañemos, ni hay cultura, ni hay unidad».

 

+++

 

La seguridad no es más que dejar que Dios vaya aclarando mis certezas.

‘En realidad no importa cómo sirvamos a Dios, importa querer e intentar escucharle, siempre. No te canses, que no entrarás en el sabor y suavidad de espíritu si no te dieras a la mortificación de todo eso que quieres. 

 

+++

 

Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario, construiríamos iglesias para destruir la fe.

 

+++

 

‘Creo que el error es concebir la fe como una mero acto intelectual, más que como obediencia, que eso sí es fe bíblica.’ J. C. SACK

 

+++

 

"A la sombra de la cruz, todas las amarguras desaparecen"

 

 

 

 

 

 

 

Señor Jesús, queremos recoger la lección de S. Francisco que aprendió de la Iglesia.
Como él queremos verte en tus obras y a través de ellas llegar a Ti.
Que todo el universo sea para nosotros un cántico de alabanza en tu honor.
Que a través de nuestras buenas obras, los demás también Te glorifiquen y juntos construyamos esa fraternidad universal, de la cual el mundo entero está necesitado. AMÉN.

 

+++

 

Se multiplican los diagnósticos desesperados sobre el estado de la tierra:  "un hormiguero que se resquebraja", "un planeta que agoniza"... La ciencia describe cada vez con más detalles el posible escenario de la disolución final del cosmos. Se enfriarán la tierra y los demás planetas; se enfriarán el sol y las demás estrellas; se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... Un día, la expansión se agotará y comenzará la contracción; al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Se producirá entonces el "Big Crunch", o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión, o "Big Bang", de hace quince mil millones de años.

Nadie sabe si las cosas sucederán realmente así o de otro modo. Pero la fe nos asegura que, aunque fuese así, ese no sería el final total. Dios no ha reconciliado consigo al mundo para luego abandonarlo a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para luego retirarse, él solo, a su cielo, en el momento en que llegue ese fin. "Te he amado con un amor eterno", dijo Dios al hombre en la Biblia (Jr 31, 3) y las promesas de "amor eterno" de Dios no son como las del hombre.

 

+++

 

«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»

 

+++

 

‘Si la técnica no se reconcilia con  la naturaleza, ésta se rebelará’ 12 nov.2000 S. S. Juan Pablo II - Magno

 

+++

 

Crisis ecológica y crisis moral - La crisis ecológica contemporánea es un aspecto preocupante de una más profunda crisis moral y es efecto de una equivocada concepción de un desarrollo desmedido que no tiene en cuenta el ambiente natural, sus límites, sus leyes y su armonía, especialmente en cuanto se refiere al uso-abuso del progreso científico-tecnológico. La tierra sufre a causa del egoísmo del hombre.

 

+++

 

Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

 

+++

 

Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.

 

¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»

 

+++

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.


Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2007: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

-.-

La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios.

“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo-global-universalidad-catolicidad. Por el camino de cada día, vivamos el Evangelio que la Iglesia propone.

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

-.-

Dones y frutos del Espíritu Santo - La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10).
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17)

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).

-.-

Recomendamos vivamente la siguiente lectura:

CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

-.-

In Obsequio Jesu Christi.

-.-

A las ‘tres de la tarde’ conmemoramos la muerte de Ntra. Señor Jesucristo.

La Hora de la Misericordia - Las Tres de la Tarde (recuérdalo).

Oraciones - "Expiraste, Jesús, pero la fuente de vida brotó inmensamente para las almas, y el océano de Misericordia se abrió por todo el mundo. O fuente de Vida, Oh Misericordia Infinita, abarca el mundo entero y derrámate sobre nosotros".

"Oh Sangre y Agua, que brotaste del Corazón de Jesús como una Fuente de Misericordia para nosotros, en Vos confío".


Según el diario de Santa María Faustina Kowalska. - "Yo te recuerdo hija mía que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, te sumerjas completamente en mi Misericordia, adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma".

"A la hora de las tres imploren Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en MI desamparo en momento de agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré entrar dentro de Mi tristeza mortal. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de Mi Pasión".

-.-

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, al honor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto- categoría y URL- para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. ‘CDV’.-

"En caso de hallar un enlace o sub-enlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio". Gracias.-

“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

 

In Obsequio Jesu Christi.

+

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).