Thursday 24 April 2014 | Actualizada : 2014-04-18
 
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ESCLAVITUD EN CHINA 2005-04-02 - Las estudiantes chinas –hasta hoy- tienen prohibido el casamiento: o dejan la universidad en caso de embarazo o deben forzosamente abortar.

La edad mínima para casarse fijada en los 20 años para las féminas y los 22 para los varones, las parejas necesitan hasta ahora, la aprobación de las autoridades universitarias para poder formalizar sus relaciones, una bendición que rarísimamente conseguían. Un claro ejemplo de intromisión del Estado comunista en la vida privada de los individuos, una forma de tenerles como esclavos de sus prescripciones: las jóvenes hasta hoy tenían que elegir entre abandonar sus estudios y renunciar a su carrera o abortar. Tal ley -hoy- ha sido abolida.


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La esclavitud y el cristianismo

 

A las 8:50 PM, por Pato Acevedo

En los comentarios de una entrada anterior, se levanta contra la Iglesia y el cristianismo el cargo de haber permitido, condonado o fomentado la esclavitud, y quiero compartir con ustedes algunas consideraciones al respecto.

La esclavitud es una de esas instituciones que aparece en todas las culturas que ha conocido el hombre. Hoy puede parecernos algo salvaje e intolerable, pero la enorme mayoría de los seres humanos que han vivido sobre este planeta, simplemente no habrían podido concebir su forma de vida sin que hubiera personas que realizaran los trabajos manuales. Conocida es la justificación que daba Aristóteles, el gran sabio pre cristiano de occidente, a esta institución, en su libro Política:

 

La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo, y de esta suerte el interés del señor y el del esclavo se confunden.

 

También conviene tener en cuenta que nuestra imagen de la esclavitud está fuertemente teñida por el deleznable tráfico de esclavos de raza negra a los Estados Unidos de América, pero ese episodio histórico tenía muy poco en común con la esclavitud que se conocía en la antigüedad, sobre todo por que la esclavitud moderna estaba infectada de un profundo racismo, es decir, la creencia en la superioridad de un hombre por sobre otro en razón del color de su piel, y la explotación y abuso de las personas consideradas inferiores.

 

La esclavitud antigua, en cambio, tenía diversas fuentes, tales como las deudas, las guerras o el nacimiento, pero ninguna estaba vinculada necesariamente a la raza o color de la piel del esclavo. Así, un agricultor que no podía pagar su deuda al dueño de la tierra, debía servir como esclavo al acreedor, hasta el pago total de la deuda, y esto podía ocurrir varias veces durante su vida. Las condiciones de trabajo eran muy variables, pues había algunos que lo hacían en las minas, donde la vida era durísima, mientras que otros eran servidores domésticos, que compartían las labores diarias con su amo. No olvidemos al esclavo pedagogo, encargado de la educación de los hijos de su amo, de donde los profesores toman el nombre de su disciplina, a Epicteto, filósofo y esclavo, o al Papa Calixto I, que también nació esclavo.

 

Mi punto es que, lejos del racismo que predomina en la esclavitud moderna, en la antigüedad los esclavos conformaban una clase social más (si bien la más baja) y es en un mundo con esta mentalidad que surge el cristianismo, y que se producen la primera propagación del evangelio.

 

Y con esa predicación, viene la enseñanza fundamental acerca del bautismo, que encontramos en la epístola a los Gálatas, capítulo 3:

 

26 Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, 27 ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo.

 

28 Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús.

 

Y repetido en la carta a los Corintios, capítulo 12:

 

13 Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres libres– y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.

 

En ambos casos, el Apóstol está enseñando acerca de la importancia del bautismo para incorporarse al nuevo Pueblo de Dios, en oposición a la circuncisión, para lo cual era indispensable ser judío, libre y varón, afirmando así que existe una igualdad radical entre todos los hombres, y plantando la primera semilla para la erradicación de la esclavitud. Esta doctrina floreció en la época medieval, donde ya no existía la esclavitud, y protegió a los indios americanos en los territorios conquistados por las naciones católicas, de haber sido comerciados.

 

Los acusadores apuntan a varios pasajes de la Escritura, donde se ordena a los esclavos de los tiempos de los apóstoles, servir con alegría y empeño a sus amos. Así tenemos, en la primera carta a Timoteo, capítulo 6:

 

1 Que los esclavos consideren a sus dueños dignos de todo respeto, para que el nombre de Dios y su doctrina no sean objeto de blasfemia. 2 Y si sus dueños son creyentes, que no los respeten menos por el hecho de ser hermanos. Al contrario, que pongan mayor empeño en servirlos, porque así benefician a hermanos queridos en la fe. Enseña todo esto, e insiste en ello.

 

En la carta a los Efesios, capítulo 6:

5 Esclavos, obedezcan a sus patrones con temor y respeto, sin ninguna clase de doblez, como si sirvieran a Cristo; 6 no con una obediencia fingida que trata de agradar a los hombres, sino como servidores de Cristo, cumpliendo de todo corazón la voluntad de Dios.7 Sirvan a sus dueños de buena gana, como si se tratara del Señor y no de los hombres,8 teniendo en cuenta que el Señor retribuirá a cada uno el bien que haya hecho, sea un esclavo o un hombre libre.9 Y ustedes, patrones, compórtense de la misma manera con sus servidores y dejen a un lado las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos, que lo es también de ustedes, está en el cielo, y no hace acepción de personas.

 

Y en la primera de Pedro, capítulo 2:

18 Servidores, traten a sus señores con el debido respeto, no solamente a los buenos y comprensivos, sino también a los malos. 19 Porque es una gracia soportar, con el pensamiento puesto en Dios, las penas que se sufren injustamente.

 

Lo que no es evidente en cada una de estas citas, es que estas recomendaciones se dan en el contexto de la enseñanza cristiana de respetar y obedecer a los que están sobre nosotros. Así, San Pablo llama a los cristianos a obedecer a toda autoridad civil, nada menos que porque ha sido puesta ahí por Dios, no sólo incluyendo a los malos emperadores que perseguían a los cristianos, sino especialmente a ellos. Con esto en mente, es evidente que estos textos no son un respaldo a la esclavitud como la condición natural de algunos hombres, según lo entendían griegos y romanos, sino un llamado a ser humildes y sumisos, cada uno según su condición, mientras penetraban en la cultura las enseñanzas de Cristo más difíciles de aceptar.

 

Esta idea –de que cada uno de nosotros, incluso aquellos en cargos de autoridad, está puesto ahí por Dios y está llamado a servir– es completamente extraña a nuestra cultura, donde imaginamos que elegimos a nuestros gobernantes y que escogemos nuestro trabajo y las personas que son familia. Pero ese es un tema que va más allá de la conversación sobre la esclavitud, y más bien se refiere al concepto cristiano de la persona y la sociedad.

 

Los primeros cristianos ¿podrían haber denunciado con mayor esfuerzo la esclavitud?

Considerando esta pregunta, no puedo evitar pensar en la delicada posición de Pío XII y su infatigable defensa de los judíos perseguidos por el régimen nazi. ¿Se podría haber hecho una declaración más pública, más fuerte, más “revolucionaria” de la doctrina cristiana contra esta costumbre tan extendida en la época? Seguramente, pero hay que estar en la situación en concreto y considerar si es lo más conveniente. No olvidemos que las rebeliones de esclavos tampoco eran desconocidas en la antigüedad, la más famosa aquella de Espartaco, y las represalias de los romanos eran terribles.

 

En una ciudad como Atenas, por ejemplo, donde cada ciudadano tenía al menos un esclavo, proponer la abolición de la esclavitud habría sido respondido con un repudio general, en el mejor de los casos, o con una rebelión de esclavos, en el peor.

 

Decíamos que en la Europa medieval había desaparecido la esclavitud, bajo influencia cristiana, pero no podemos dejar de mencionar los esfuerzos de San Juan de Mata por liberar a los cristianos capturados por las guerras de expansión musulmana, y sometidos a esclavitud, en el S. XII, y de San Pedro Nolasco, que hizo a sus mercedarios pronunciar un cuarto voto de entregarse como rehenes para la liberación de los cautivos si no tenían el dinero necesario para su rescate.

 

La esclavitud reapareció en el occidente cristiano con los grandes descubrimientos geográficos del S. XV, y a partir de ese momento se produce una serie de pronunciamientos que lentamente apuntaron a reducir el tráfico de personas. En 1435, el Papa Eugenio IV emitió la bula Sicut Dudum, donde ordenó liberar a todos los habitantes de las recientemente descubiertas Islas Canarias que habían sido esclavizados por los soldados portugueses. En 1462 Pío II declaró que la esclavitud de los neófitos (recientes conversos al cristianismo) era un gran crimen, en 1537 Pablo III prohibió esclavizar a los indios, advertencia que fue reiterada por Urbano VIII.

 

Mucho se ha discutido acerca de la bula Dum Diversas, emitida en 1452 por el Papa Nicolás V, y dirigida al rey Alfonso V de Portugal, donde le autorizaba a conquistar sarracenos y paganos y consignarlos a una esclavitud indefinida. Al respecto se debe tener en cuenta que esta autorización se otorgó a un rey determinado, y no de una forma general, sino en el contexto de una larga guerra que las naciones cristianas mantenían con el expansionismo musulmán, a modo de botín, conforme a las costumbres bélicas de la época.

 

Precisamente porque se había dado esta autorización antes del descubrimiento de América, fue necesario que los papas posteriores, Pablo III y Urbano VIII aclararan que no se podía extender a naciones desconocidas hasta ese entonces.

En 1815, el Papa Pío VII solicitó al Congreso de Viena que aboliera el tráfico de esclavos, misma que Gregorio XVI condenó en 1839, y Pío Nono habló de la suprema maldad (summum nefas) del tráfico de esclavos, en la bula de beatificación del jesuita San Pedro Claver, “esclavo de los negros para siempre", de 1850. A él corresponde la imagen que acompaña esta entrada. Un tratamiento más detallado de los pronunciamientos papales se puede encontrar en el artículo del Padre Joel S. Panzer The Popes and Slavery: Setting the record Straight.

En conclusión, si bien los actos de los cristianos no han estado siempre a la altura de las enseñanzas del Divino Maestro, es claro y evidente que sin la revelación cristiana, nadie se habría siquiera planteado que hubiera algo malo con la esclavitud.

23. V. MMXIII

http://infocatolica.com/blog/esferacruz.php/1305230850-la-esclavitud-y-el-cristianis#more20362

 

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1794 – El 04 de febrero la Convención francesa vota la abolición de la esclavitud en sus colonias.

 

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Pero el GULAG fue algo más que una nueva forma de esclavismo por el que pasaron casi 20 millones de rusos; era además un modus vivendi. El GULAG era un submundo que generó sus propias leyes, su moral, su jerga, etc.

 

 

Gulag, de Anne Applebaum

 

El gulag soviético fue algo más que un nuevo esclavismo para casi 20 millones de rusos; fue todo un modo de vida.

 

La apertura de los archivos del KGB y el acceso paulatino de investigadores europeos está permitiendo que poco a poco se desgranen los horrores del régimen soviético. En los últimos meses van apareciendo biografías sobre Stalin, como Koba el temible, de Martín Amis, que colocan al personaje y al régimen comunista en su sitio.

 

Las dificultades para escribir un libro de esta envergadura son muchas. En primer lugar la propia extensión del objeto estudiado, esto es el GULAG, o la inmensa red de campos de trabajo de la URSS. La autora se ha encontrado desde el primer momento con dificultades hasta para poder contabilizar el número de campos de trabajo, pues muchos campos eran transitorios y dependían de otros más importantes. Las dificultades para elaborar un censo de los campos nos muestran la dificultad de la investigación. ¿Cómo poder determinar el número de prisioneros y fallecidos, si apenas se pueden contabilizar los campos?

 

Desde los primeros días de la revolución rusa ya se puso en marcha un sistema de represión consistente en reeducar a los disidentes. Hacia 1921 existían 84 campos distribuidos en 43 provincias. A partir de 1929 los campos ya no sólo servían como instrumento de “rehabilitación” política, sino que se transformaron en un medio de producción para las inhóspitas zonas del norte de la URSS. Por aquel año los campos pasaron a estar controlados por la policía secreta soviética.

 

Las purgas y detenciones masivas, llevadas a cabo por Stalin, permitieron que en 1937-38 los campos se expandieran notablemente. El auge de este crecimiento se alcanzó en los años 50, donde los expertos consideran que se habían transformado en elementos fundamentales para el sistema productivo de la URSS. Tal era su magnitud e importancia. Se calcula que los condenados a trabajos forzados producían un tercio del oro del país, buena parte del carbón y la madera, e importantes porcentajes de la producción de otros elementos necesarios para la economía.

 

Pero el GULAG fue algo más que una nueva forma de esclavismo por el que pasaron casi 20 millones de rusos; era además un modus vivendi. El GULAG era un submundo que generó sus propias leyes, su moral, su jerga, etc. Todo ello es tratado en este magnífico volumen que llega ahora al público español.

 

La obra entrecruza varios estilos que van desde el historiador clásico, analizando y afinando las fuentes, hasta casi el etnólogo, al relatar la vida en los campos. El resultado es una lectura agradable y profunda a la vez, que va recorriendo de forma temática todo el GULAG: los prisioneros, los guardias, las mujeres y los niños, la vida en los campos, los orígenes del GULAG, las estrategias de supervivencias, etc, etc. A pesar de los años pasados, todavía el lector se sorprenderá hasta donde llegó la capacidad humana para el mal y, asimismo, la capacidad humana para sobrevivir.

Javier Barraycoa - 2004-09-24

GULAG

Anne Applebaum - Editorial Debate

Traducción de Magdalena Chocano Mena

670 págs - 60,00 €

 

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Cómo la Iglesia inventó las universidades?

 

Digan lo que digan las novelas tipo Código Da Vinci, la universidad no fue creada por librepensadores enemigos de la religión.

 

¿Quién inventó la Universidad? Parece la pregunta rencorosa de un estudiante angustiado por los exámenes. Pero la cuestión tiene más calado de lo que a simple vista parece. Influenciados por los best-sellers y la falta de cultura actual, más de uno podría atribuir el mérito a “científicos librepensadores” de la Edad Media, que pretendían liberar al pueblo de la superstición y la ignorancia, a intelectuales que no querían someterse a los estamentos religiosos. La realidad es distinta: también apasionante, pero sin extrañas conspiraciones.

 

Las escuelas monásticas y las escuelas episcopales

A partir del siglo IX, con el florecimiento de la vida monástica, empiezan a surgir escuelas cobijadas en los monasterios. Se trata de una institución docente para formar a sus monjes, aunque en bastantes lugares se añade una escuela exterior que recibe otros estudiantes.

La lista de las escuelas monacales de prestigio es interminable: Jarrow, York, San Martín de Tours, San Gall, Corbie, Richenau, Montecasino…

Paralelamente los Obispos y los cabildos crean en las ciudades centros docentes similares a las que ya funcionaban en los monasterios. Cobran importancia sobre todo desde el siglo XI.

Estas escuelas, llamadas episcopales, nacen a la sombra de las catedrales. Las de más renombre son las de Reims, Chartres, Colonia, Maguncia, Viena, Lieja…

Tanto las escuelas monásticas como las episcopales comparten un mismo programa de estudios: la enseñanza de las siete artes liberales: el trivio (gramática, retórica y dialéctica) y el cuadrivio (aritmética, geometría, astronomía y música).

 

Estudio General y Universidad

Hacia el siglo XII empiezan a enseñar maestros que no están vinculados a ninguna escuela monástica o episcopal determinada y nace el fenómeno de la “movilidad” estudiantil (el preludio de los hoy famosos erasmus). Los centros pasan a ser promovidos directamente por los Papas y los Reyes.

Paulatinamente se sustituyen las escuelas monásticas por estos nuevos centros a los que se les denomina Studium Generale (estudio general). El adjetivo general indica que están abiertos a estudiantes de todas las nacionalidades y que se imparten todas las disciplinas científicas.

Fueron los Studium Generale de más competencia los que se convirtieron en universitas (universidades). El documento más antiguo en el que aparece la palabra universitas con este significado es del papa Inocencio III e iba dirigido al Estudio General de París.

Toda universidad admitía estudiantes y maestros de las distintas naciones y aspiraba a dar títulos que fueran universalmente valederos. Esta necesidad de universalidad hace que se recurra a autoridades universales como los papas y reyes para que expidan las “licencias”.

Este hecho lleva a los historiadores a afirmar que “hay pocas universidades en cuya partida de nacimiento no se encuentre un documento pontificio o por lo menos la intervención de un delegado de la Santa Sede”.

 

Las primeras universidades

El primer centro de Estudio General que recibió el permiso para expedir licencias (convirtiéndose por tanto en Universidad) fue la de Bolonia en 1158 y procedía de la anterior escuela eclesiástica. Ésta a su vez se originó como fusión de la escuela episcopal y la teológica del monasterio camaldulense de San Félix.

El canciller de la escuela episcopal de Nôtre Dame auspició la formación de la segunda de las universidades, la de París. Esta fue la mayor y más famosa de todas y por sus aulas pasaron figuras como San Alberto y Santo Tomás de Aquino entre muchos otros.

Un grupo de estudiantes ingleses formados en París se instalaron en las escuelas monacales de Oxford y organizaron los estudios como en su Universidad de origen. El papa Inocencio IV le privilegia con una carta de 1254. Fue el nacimiento de una Universidad cuya fama perdura hasta el día de hoy: la Universidad de Oxford.

Agradecemos al autor - Francesc Gómez Morales www.forum.libertas.com

2006-09-27

 

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Cristianismo y progreso

 

Por Tirso de Andrés Argente

ÍNDICE

1. La posibilidad teórica de la ciencia y cristianismo
2. La posibilidad práctica de la ciencia y cristianismo
3. Cristianismo y libertad
4. Cristianismo y esclavitud
5. Cristianismo y libertad religiosa
6. Cristianismo y libertad de los pueblos
7. Cristianismo y libertad de la mujer
8. Cristianismo y explotación económica
9. Progreso y secularización
10. Progreso y recristianización
11. El papel de los laicos
12. Dos exigencias concretas
13. Conclusión: progreso humano y Reino de Dios

A veces es muy normal oír que el cristianismo y, más concretamente, la Iglesia Católica se han opuesto y se oponen al progreso de la civilización. En cualquier caso, no se suele incluir al cristianismo entre las fuerzas progresistas, sino que, por el contrario, se acusa a la Iglesia de ser oscurantista, medieval y represiva, enemiga de los avances y de las innovaciones de los tiempos modernos. Esta idea, por muy extendida que esté, no deja de ser un falso prejuicio fundado en la ignorancia de los hechos históricos. Es verdad justamente lo contrario: el cristianismo ha sido y es el origen de los mayores y mejores progresos que ha experimentado la civilización. Los más importantes avances civilizadores se deben a Cristo y a quienes han sabido serle fieles a lo largo de los siglos.

En las páginas que siguen se procurará mostrar hasta qué punto son verdaderas las palabras en las que León XIII afirmaba: «Si la religión cristiana hubiese sido fundada con el único propósito de procurar y acrecentar bienes durante la vida mortal, no habría podido hacer más por el bien y la felicidad de esta vida»
[1].

Vamos a fijarnos, en primer lugar, en los avances científicos y técnicos, que tanto han contribuido a eliminar los males (hambre, enfermedades, necesidades, etc..) y a crear unas condiciones mucho mejores de calidad de vida. Aquí el papel del cristianismo ha sido doble: en primer lugar ha posibilitado que se desarrollen las ciencias como hoy las conocemos; después ha puesto los medios prácticos para llevarlas a cabo. Veámoslo.



Conocimientos científicos dispersos se han dado en casi todas las civilizaciones. Es sabido, por ejemplo, que los asirios, babilonios, persas, incas y mayas desarrollaron ampliamente la astronomía -así, por ejemplo, continuamos llamando con los nombres persas y árabes a la gran mayoría de las estrellas visibles-. También era conocida la geometría entre griegos -se sigue enseñando el teorema de Pitágoras- y egipcios, estos últimos reunieron grandes nociones de medicina. Por no hablar de los inventos procedentes de China -la brújula y la pólvora, por ejemplo- o los que encontraron tantos otros, muchos de los cuales ignoramos aún. Sin embargo, en ninguna de esas civilizaciones se ha dado ciencia en el sentido estricto que hoy tiene: estudio sistemático de los fenómenos naturales utilizando la razón para encontrar sus causas y relaciones. Siempre han sido conocimientos más o menos dispersos, que no llegaban a formar una verdadera disciplina científica. Sin embargo, en la civilización cristiana, y sólo en ella, se han desarrollado las ciencias tal como hoy las conocemos.

El fenómeno, fácilmente comprobable, no deja de ser asombroso: ¿cuáles pueden ser las causas?; ¿en qué se diferencia la civilización cristiana para que haya ocurrido así?
[2].

La primera respuesta la tenemos en que las demás civilizaciones son paganas, es decir, creen en numerosos dioses, que andan mezclados con las realidades materiales del universo. Hay dioses para la fertilidad, la lluvia o la siembra, y demonios para las enfermedades y plagas. Es cierto que se estudian el sol, la luna y las estrellas, pero porque se las considera divinas y rigen el destino de los hombres; más que astronomía se hace astrología para obtener horóscopos -superstición ignorante que aún continúa-. Tampoco se estudian los elementos químicos, sino que se hace alquimia: ciencia mágica y sagrada que busca la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud. Por su parte, también Pitágoras creía que los números eran divinos; etc.. Así la existencia de los hombres se creía dominada por ciegas fuerzas de carácter sobrenatural: el fatum o destino, que impregnaban la vida y la naturaleza.

Con el cristianismo, la situación cambia radicalmente, pues enseña que hay un único Dios, trascendente al mundo, el cual ha entregado a los hombres como su heredad, para que lo cuiden y trabajen. El hombre es radicalmente libre y ya el destino inexorable no es señor de su vida, sino que cada persona queda en manos de su propia responsabilidad. Por lo tanto no hay miles de diosecillos detrás de las cosas y de los acontecimientos: el universo entero queda desacralizado.

Además, el mundo no es resultado de la casualidad ni de ciegas fuerzas desconocidas: es obra de un Dios personal, que es Inteligencia y Amor, y que ha hecho al mundo inteligible, dotándolo de unas leyes y un orden que el hombre puede y debe descubrir. No hay, por lo tanto, misterios en la naturaleza, sino el orden de una racionalidad que Dios mismo le ha dado. Ésta es la convicción que tenían, por ejemplo, Ticho Brahe, Copérnico, Galileo o Kepler, por lo que buscaban las leyes de los astros con la seguridad de que las encontrarían, ya que estaban allí puestas por Dios. Veían en esas leyes tan perfectas un reflejo de la perfección de Dios mismo. Por eso se ha podido afirmar: «La Ciencia experimental moderna no nació a pesar de la Teología, sino de su mano»
[3].Porque es innegable «la existencia de una misma avenida intelectual que constituye a la vez la ruta de la ciencia y los caminos hacia Dios. La ciencia encontró un nacimiento viable sólo dentro de una matriz cultural empapada del firme convencimiento de que la mente es capaz de encontrar en el ámbito de las cosas y de las personas una señalización que conduce a su Creador. Todos los grandes avances creativos de la ciencia se han realizado mediante una epistemología pareja a esa convicción, y siempre que se ha resistido con fuerza a una tal epistemología, la investigación científica ha sido privada de su fundamento sólido»[4].

Por esas razones se produce la paradoja de ser la civilización cristiana la única que crea una ciencia, por así decir, atea (no sagrada ni mágica). Un saber que no busca explicaciones misteriosas ni cree que haya secretos ocultos insolubles en la naturaleza. Tiene la seguridad de que hay leyes y orden inteligibles, los cuales deben ser descubiertos mediante el estudio y un adecuado uso de la razón, que también Dios nos ha dado. Esa seguridad la siguen teniendo actualmente los científicos, que investigan con la certeza de encontrar leyes racionales. Saben que no están perdiendo el tiempo tontamente. También, al descubrir la maravillosa estructura que Dios ha dado al mundo, muchos de los mejores científicos -como el mismo Einstein- ven en esas leyes la obra ordenadora de la Inteligencia divina.



Pero la influencia del cristianismo no se ha limitado a crear una mentalidad que haga posible las ciencias, pues también se deben al cristianismo los medios concretos y prácticos que han conducido al desarrollo, de hecho, de las ciencias. La principal de las instituciones creadas por la Iglesia para alcanzar ese fin, y que aún perdura sin que se haya encontrado nada que pueda sustituirla, es la Universidad.

Las Universidades surgen, con ese nombre y como instituciones jurídicas de pleno derecho, en el siglo XIII. El punto de partida es la Bula papal Parens scientiarum de 1231, que otorga los estatutos a la Universidad de Paris (Universitas magistrorum et scholarium Parisium commorantium: Totalidad de los profesores y alumnos que habitan en París). Esta es la primera Universidad del mundo; a continuación se fundaron las de Bolonia, Montpellier, Oxford, Orleáns, Salamanca, Coimbra, etc., hasta alcanzar el número de catorce antes de que acabase el siglo. Todas ellas se originan ante la gran afluencia de alumnos que acudía a las escuelas catedralicias y monacales, que se estaban quedando pequeñas y llevaban varios siglos en marcha. Así, por ejemplo, la Universidad de París sucede y reúne a las escuelas existentes en la Catedral de Nôtre-Dame y en los Monasterios de Santa Genoveva y de San Víctor. Por reunir en una única institución a la totalidad de los alumnos y profesores, se la llamó Universitas. Además, siendo instituciones de derecho pontificio, gozaban de un estatuto que las hacía autónomas respecto de las autoridades locales.

Con las Universidades se acaba la costumbre, habitual en las civilizaciones no cristianas, de considerar los conocimientos como una fuente de poder sagrado. Procuraban mantenerlos ocultos -esoterismo, ocultismo-toda una casta de magos, brujos, chamanes, hechiceros y sacerdotes: únicos que tenían derecho a conocerlos y que transmitían sólo al grupito cerrado de elegidos llamados a sucederles. En la Universidad, la Iglesia proporcionaba los medios para investigar y progresar en el conocimiento, pero imponía la obligación de transmitir esos saberes a quienes quisieran aprender, sin guardárselos para sí mismos y su provecho propio, manteniéndolos en secreto. Era un lugar en el que se practicaba una de las primeras y más importantes obras de caridad y misericordia: enseñar al que no sabe. Allí se llevaba a la práctica el lema cristiano: comtemplata aliis tradere (lo contemplado, lo conocido, enséñese a los demás)
[5].

Las Universidades, si quieren cumplir con su función propia, deben ser lugares en los que se investigue, se aprenda y enseñe. En ellas se ha de buscar y transmitir la verdad, sin prejuicios ideológicos cerrados y decimonónicos. También sin convertirlas en simples fábricas de títulos burocráticos. Por dejarse llevar por estos planteamientos erróneos, bien alejados del servicio al primer bien que necesita el hombre, que es la verdad, sucede que «la universidad -esta gloriosa institución europea que nació de la Iglesia- se demuestra incapaz de elaborar un proyecto cultural aceptable. Ello quiere decir que ha perdido la misma función de guía de la cultura en la sociedad actual»
[6]. Conviene, pues, que recupere la finalidad que le dio el cristianismo, y sirva a la verdad, no a ideologías o burocracias.

Además de las Universidades, se debe al cristianismo la invención -muchos siglos antes de que a nadie se le ocurriera poner un Ministerio de Educación- de la enseñanza para todos. Antes del cristianismo ya se daba la enseñanza, pero era algo reservado a unos cuantos elegidos, o las clases dominantes. Nadie pensó en dar instrucción a todas las personas, de cualquier clase y condición. Los colegios para los más pobres los pusieron las órdenes religiosas, las mismas que ahora son acusadas de elitismo. En esa tarea se han gastado muchas vidas de almas entregadas, que no buscaban ningún provecho: enseñaban gratis et amore (gratuitamente y por amor). Es curioso constatar cómo en algunos países se les prohibió la entrada a esas órdenes, por parte de gobiernos incluso ilustrados, con la excusa de que si se daba educación a todos, y no sólo a los dirigentes, el pueblo se volvería ingobernable. Si hoy día tenemos claro que la enseñanza es un bien básico que se debe dar a todos, es gracias a la influencia del cristianismo y de su tarea educadora realizada durante siglos. Labor que buscaba formar personas y no una masa fácilmente manipulable.

Dedicando muchas personas a la enseñanza, el cristianismo consiguió civilizar a los pueblos bárbaros, tras la caída del Imperio Romano. Si algo queda vivo de la civilización grecorromana es gracias al cristianismo, que lo ha conservado, transmitido y desarrollado, y no por la vitalidad de aquellas civilizaciones, que murieron de debilidad interna. Esta civilización nuestra debe lo mejor que tiene al cristianismo. Conviene recordar esta verdad, para saber seguir atendiendo a las advertencias de la Iglesia, cuando pone en guardia frente a un progreso materialista, que ya no sería verdadero progreso, pues en él las cosas se ponen por delante de las personas. Con esas advertencias la Iglesia no quiere frenar el progreso, sino hacerlo verdaderamente humano, de manera que no se convierta en una amenaza de destrucción para el hombre y para la naturaleza que Dios confía a su cuidado. Porque, desgraciadamente, «el hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce... En esto parece consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea»
[7]. Para evitar este peligro, el Papa Juan Pablo II insiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materias[8].



Ya en los primeros tiempos del cristianismo pudo decir San Gregorio de Nisa que el cristianismo es la religión de la libertad
[9]. Siglos más tarde, será una de las mejores inteligencias de la Filosofía, Hegel, quien señalará que el concepto de libertad ha sido introducido por el cristianismo[10]. Éstas, y otras afirmaciones semejantes de muchos otros autores, son históricamente verdaderas. El papel del cristianismo no se ha limitado a crear el progreso científico y técnico, sino que ha sido quien más ha hecho por el desarrollo de la libertad y dignidad de las personas. Es una falacia total la calumnia que acusa a la Iglesia de ser una fuerza represiva, aliada de los tiranos y dictadores, y adormecedora de las aspiraciones de libertad hasta convertirse en opio del pueblo. Hay que afirmar que «la búsqueda de la libertad y la aspiración a la liberación, que están entre los principales signos de los tiempos del mundo contemporáneo, tienen su raíz primera en la herencia del cristianismo»[11].

En efecto, ha sido el cristianismo el que ha enseñado cuál es la grandeza de la persona: somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. De esta forma ha puesto el fundamento de su inalienable dignidad. Así la persona es soberana de sí misma y nada hay que obligue con más fuerza que la propia conciencia. Ninguna persona, dada su intrínseca dignidad puesta por Dios mismo, puede ser tratada como un objeto, ni manipulada por quien busque riquezas o poder. Ningún acto es humano ni es valioso si no es libre, si no procede de la propia interioridad, de la que cada uno es totalmente responsable. Toda persona, por consiguiente, debe ser respetada y amada por sí misma. Nada hay en el universo entero que tenga más valor que una sola persona, sea quien sea.

El cristianismo ha enseñado al hombre que no hay en la tierra señor absoluto alguno: responde ante Dios, es decir, ante su propia conciencia, a la que no hay autoridad humana alguna que sea superior. No hay mandato mayor que el procedente de la propia interioridad, que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Es la suprema libertad: in libertate gloriae filiorum Dei, en la libertad de la gloria de los hijos de Dios
[12]. Los cristianos son formados en la libertad más radical, en la única libertad que no es sólo palabra vacía: la del señorío propio. El cristiano sabe que es señor de su vida y de la historia; no responde ante nadie, no reconoce autoridad alguna ante la que deba doblegarse, sólo sirve a quien quiere, a quien ama. Puede ser convencido, pero no vencido. Únicamente debe obediencia a Dios, que no tiene policía y siempre respeta la libertad que Él por amor, ha dado al hombre. Se sabe también señor del mundo, heredad que ha recibido de su Padre celestial -se la ha dado por amor y, también por amor, respeta lo que el hombre haga-, y que no debe a nadie aquí en la tierra. Incluso la sumisión que Dios, que es Padre, le pide no anula su libertad, recibida de Dios: pues Dios es Amor[13] y sólo amor demanda, no obediencia. No quiere siervos, sino hijos que trabajan en su hogar propio y no sirven en casa ajena. El cristiano conoce así muy bien que en Dios tiene al único garante de su libertad. Sin Él queda sólo la esclavitud a otras personas o a las cosas. Verdaderamente los cristianos son un pueblo de reyes, de señores[14]. Únicamente entregan su vida a empresas que son propias, sólo siguen a banderas que reconocen como suyas; no pueden ser mercenarios ni esclavos. Obedecen no a quien detenta el poder, sino a quien posee autoridad. Ésta es la mayor grandeza que el cristianismo ha dado al hombre.

Por esa radical libertad se puede dar la fuerte y profunda cohesión de una sociedad cristiana, en la que los hombres no son llevados -a golpe de poder, leyes y policía- sino que van por sí solos, y marchan en común. Porque la libertad que Dios les ha dado y garantiza no es cerrazón egoísta, que se agote en el placer animal satisfecho, sino apertura: es la base del amor y su consecuencia. La libertad es la medida del amor de que somos capaces
[15]. Los cristianos que son tales no necesitan ser forzados a buscar el bien común. Se empeñan en acrecentarlo, porque saben que están en el mundo -cada uno- para dar lo mejor de sí mismos, para ofrecer a todos en servicio las riquezas que llevan dentro, en ese interior creado a imagen y semejanza de Dios que es Libertad -señorío absoluto de Sí mismo- y Amor. Dar fruto[16], hacer rendir los talentos recibidos[17], es su preocupación primera, ya que el Cielo se alcanza haciendo un cielo en el pedazo de tierra que habitan[18]. No precisan coacciones para ayudar a la sociedad, porque defienden que servir por amor es toda su grandeza, como Jesucristo les enseña con su vida[19]. No trabajan como esclavos, obligados por la fuerza o la necesidad; ni se unen a otros porque no haya más remedio que convivir para evitar la selva. Tienen un claro empeño común: el mayor bien de todos, de los otros, de cada uno. Ésta es la fuerza unitiva radical de la sociedad de los cristianos, en la que el deseo de servir al bien común une, y vence, a la separación que establecen los conflictos de intereses a los que conduce una moral empobrecidamente egoísta.

De estas enseñanzas, que el cristianismo ha conseguido difundir paulatinamente hasta convertir muchas de ellas en ideas comunes a todos, han venido grandes bienes en la práctica. Son conquistas alcanzadas en las que se hacen realidad las palabras del Señor: «Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»
[20]. A continuación veremos algunos ejemplos históricos.



La esclavitud, que aún persiste en algunos lugares del mundo, era común en las civilizaciones antiguas precristianas. Su origen está en razones de guerra (prisioneros), herencia (hijos de esclavos) o grandes delitos sociales (crímenes, violaciones, deudas, etc. ). Nadie, ni siquiera Aristóteles en sus Éticas, la consideraba como un mal deplorable. Era un hecho común aceptado por todos. La aparición del cristianismo, que proclamaba la igualdad de todos los hombres, supuso un cambio de mentalidad total, que fue dando frutos paulatinamente. Se puede decir que, a medida que han ido predominando las ideas cristianas, la esclavitud ha cedido terreno. Sólo lo ha recuperado en épocas de cierto olvido del cristianismo.

Ya desde la predicación apostólica se marca el comienzo de esta línea de redención, que se procura hacer sin violencias y atacando el mal en su raíz. Se le deja sin fundamento al enseñar la igualdad originaria y radical de los hombres ante Dios, que manda también amar a todos como a uno mismo. A este respecto es muy significativa la Carta de San Pablo a Filemón, en la que brilla la ternura y preocupación por el esclavo Onésimo, que huye de su amo y es convertido y devuelto por el Apóstol. San Pablo no envía a Onésimo a un curso de guerrilla urbana o de terrorismo, sino que le pide que vuelva a su trabajo. A la vez, manda a Filemón -también cristiano convertido por el Apóstol- que lo reciba «no ya como esclavo, sino como un hermano amado»
[21]. De esta forma se da acertada solución a un problema entonces nada fácil, sin tener que recurrir a odios y violencias.

«No duda el cristianismo, frente a la sociedad romana en que el esclavo no tiene religión, en acogerle totalmente en un plano igualitario, con lo que muestra que es posible una sociedad (...) donde no haya diferencias entre libre y esclavo. Así puede afirmar Lactancio que "para nosotros no hay siervos, sino que a éstos los consideramos y llamamos hermanos en el espíritu y consiervos en la religión"
[22]. Y San Cirilo proclama que entre los Obispos, sacerdotes o diáconos hay esclavos y libres, del mismo modo que autores como San Ireneo, Tertuliano, Taciano, por citar algunos, al hacerse eco de la misma doctrina, se muestran orgullosos de haber roto una desigualdad que no podía tolerar la ley natural ni la ley de Cristo. Por lo mismo, San Gregorio Nacianceno declara incompatible la esclavitud con el cristianismo, y San Cipriano la reprueba en los cristianos como un delito (...). Espíritu y doctrina cristianos que van cuajando en realidades, como la plena participación del esclavo en las asambleas, en la vida religiosa, en los ritos y sacramentos; que lleva, incluso, a la paradoja de que el sometido y sin derechos en la sociedad civil, tenga un rango superior en la vida religiosa.

»De ahí, también, la defensa de la legitimidad del matrimonio entre los esclavos (...) y que el Papa Calixto autorice, contra la costumbre y leyes romanas, el matrimonio de libres con esclavos o libertos, así como el que en los cementerios cristianos no se haga mención de la condición de esclavos de los allí enterrados, lo que, en cambio, se hacía notar en los cementerios civiles. Añádase la llamada limosna de la libertad, considerada desde su origen en la Iglesia como la primera de las limosnas. Habla San Ignacio de Antioquía de que una parte de lo que daban los fieles era para liberar esclavos; se recogen cotizaciones en época de San Cipriano para liberar esclavos en Numidia; San Ambrosio vende con el mismo fin los vasos sagrados, no siendo éste el único caso. San Clemente Romano exalta el ejemplo de los cristianos heroicos que se sometieron a esclavitud para liberar a otros (...). Práctica y acción cristianas que se van abriendo paso en una época hostil, afianzando en el esclavo su conciencia de persona con ciertos derechos inalienables; y estos esclavos, que antes se consideraban carentes de todo derecho y forzados únicamente a obedecer, se enfrentan ahora, conscientes de sí, a las autoridades o a sus amos en defensa de su fe o de su honra»
[23].

Estos avances sólo ceden, por ejemplo, con Juliano el Apóstata, emperador anticristiano y paganizante, que los perseguía. También se da un retroceso con la invasión de los pueblos bárbaros, que admitían la esclavitud, hasta que son cristianizados paulatinamente. Más tarde, con el Renacimiento y la vuelta que supuso a las ideas paganas de Grecia y Roma, se volvió a desarrollar la esclavitud. La plaga crece, sobre todo, ante las ansias de enriquecerse en las nuevas tierras recién conocidas de América. Con la trata de negros para el continente americano la esclavitud, alimentada por ideas anticristianas, alcanza unos niveles de opresión, por su falta de humanidad, sólo comparable a las épocas más duras de la antigüedad. Aquí también es el cristianismo quien toma a su cargo la defensa de los indios o de los esclavos negros. La Iglesia, «una vez más, se ve obligada a intervenir, y ya en 1462 Pío II califica la trata de "gran crimen". Paulo III, en 1537, manda al Obispo de Toledo proteger a los indios y excomulga a quienes los redujesen a esclavitud y quitasen sus bienes»
[24]. Las intervenciones papales se suceden continuamente; de forma paralela los teólogos católicos desarrollan las bases del futuro derecho internacional (iniciado por Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca) y los misioneros combaten esforzadamente los abusos, destacando en esta labor San Pedro Claver.

Para acabar, «aunque suprimido este lastre social tomado en su forma estricta, la conciencia cristiana, que vio siempre en él un abuso contrario a la naturaleza, protesta también contra ciertas formas que disimulan su práctica, como son todas aquellas que admiten una discriminación degradante entre los hombres, sea en función de la raza, del sexo o de la posición social. En este sentido la Iglesia recuerda que hay todavía bastante por hacer, advirtiendo hechos como los de segregaciones raciales, las discriminaciones injustas, etc.. El Concilio Vaticano II se pronuncia abierta y reiteradamente contra todas estas situaciones, proclamando la dignidad de la persona, la igualdad de todos los hombres y los derechos inherentes a los mismos como seres libres. La Encíclica Pacem in terris, de Juan XXIII, como Carta de derechos fundamentales, es el mejor exponente de esta solicitud»
[25].



Muchas veces se quiere presentar la separación entre la Iglesia y el Estado, con la consiguiente libertad religiosa para los ciudadanos, como una conquista reciente y moderna, extraña y opuesta a las ideas cristianas. Esta opinión, muy extendida, es bien ajena a la realidad histórica.

Es cierto que «todo mando primitivo tiene un carácter sacro porque se funda en lo religioso»
[26]. Así es de origen divino el faraón de los egipcios, el emperador japonés, el poder de las ciudades griegas o de Roma (por eso no tienen inconveniente en divinizar a los emperadores), y lo mismo sucede entre mayas, incas, etc., etc. Precisamente, por llegar el cristianismo a un mundo de culturas que tenían sacralizado el poder temporal, tuvo grandes problemas desde el comienzo: es el origen de las persecuciones que se desarrollaron en los tres primeros siglos y que tantos mártires causaron. Personas, de toda clase y condición, dieron su vida por defender la libertad religiosa; por afirmar la superioridad de la propia conciencia ante toda autoridad humana y todo poder temporal; por no querer entrar en ese juego de poder sagrado que era lo común y que anulaba la libertad y dignidad en lo más íntimo de la persona, sometiendo la interioridad al arbitrio de los poderosos.

Aquella situación inicial, bien conocida y que no es necesario ilustrar, se mitigó un tanto con la paz de Constantino y el Edicto de Milán, al iniciarse el siglo IV. Pero los conflictos no acabaron, tomando formas diversas -algunas graves- con el tiempo. La batalla del cristianismo y de la Iglesia por defender el núcleo más íntimo y esencial de la libertad y dignidad personales ha perdurado hasta nuestros días. De hecho, gran parte de la historia de la Iglesia y de sus relaciones con el poder temporal, a lo largo y ancho de estos veinte siglos de existencia del cristianismo, ilustran lo que cuesta aceptar esa desacralización del poder temporal. Es difícil de admitir por parte de quienes lo detentan; y también es arduo de aceptar para muchos eclesiásticos: es la historia de cesaropapismos y clericalismos. Para mostrarlo, demos un breve repaso a los acontecimientos históricos.

Con el, emperador Constantino cesaron las persecuciones violentas y el problema se mitigó, pero no desapareció totalmente. Los sucesivos emperadores tendieron muchas veces a actuar como lo habían hecho hasta ese momento, y era la costumbre de siempre, como Pontifex Maximus (pontífice máximo), como una especie de segundo Papa. Convocaban Concilios y decretaban a su gusto en multitud de temas religiosos. La situación, salvo algunas fases de emperadores más entrometidos, no empeoró radicalmente hasta que las invasiones de los pueblos bárbaros acabaron con el Imperio de Occidente. Quedó sólo el Papa en Roma y el Imperio de Oriente permaneció casi aislado. Allí se mantuvo la pompa imperial. Su intromisión en temas de conciencia de los súbditos fue creciendo por la lejanía de Roma, la dificultad de comunicaciones y el confinamiento solitario de los romanos orientales, rodeados de bárbaros. Andando el tiempo el deterioro llevó al Cisma de Oriente, con la iglesia del Imperio separada de la Iglesia Católica, y el Patriarca de Constantinopla convertido casi en capellán del palacio del emperador. Como consecuencia, vino la mezcla entre poder religioso y temporal que caracteriza, aún hoy, a las iglesias cismáticas orientales.

En Occidente desapareció el Imperio como tal y la situación se volvió, en casi todos los lugares, caótica. Gran parte del orden, cultura y estabilidad vino de la Iglesia, por lo que muchos eclesiásticos adquirieron un poder en cuestiones temporales que no les correspondía. Con ello se incrementan los clericalismos: en muchas zonas se vivía bajo la influencia, en general benéfica, de Obispados y Abadías. Por otra parte, cuando Carlomagno -heredero de los mayordomos de palacio que se habían hecho con el poder de los francos- desea fundamentar su autoridad para que deje de tener una base humana discutible, lo que hace es ir a Roma para restablecer -haciéndose coronar por el Papa- el poder sacralizado del antiguo imperio romano. Se reinventa, de este modo, el poder sagrado de las autoridades civiles. Estas, como consecuencia, se inmiscuyen en los asuntos religiosos y de conciencia de sus súbditos: se restaura el cesaropapismo.

Esas dos circunstancias darán lugar a un conflicto que se prolonga durante casi toda la Edad Media: la lucha de las investiduras. Es la pugna entre señores feudales con poderes religiosos, frente a clérigos con poder temporal. La situación se fue aclarando por las diversas reformas religiosas, que culminan con las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos), que tendían a reducir el poder temporal de los clérigos y religiosos, junto con la clara separación de poder religioso y temporal establecido con la doctrina de las dos espadas. Después del episodio de Canosa, esa doctrina fue llevándose a la práctica.

Al llegar la Edad Moderna, con el surgir de los Estados Nacionales y el correspondiente poder absoluto de los reyes, se da marcha atrás de nuevo. Los reyes quieren serlo por la gracia de Dios: sacralizan el poder para que nadie se lo discuta. Mandan sobre la religión de sus súbditos, en virtud de principios tan condenables como el que estableció la Dieta de Worms: cuius Regio eius religio (según su Rey, así su religión). Florecen los tribunales de la Inquisición, en los que el brazo secular -el del Estado- consume en la hoguera a los discrepantes. También surgen las religiones nacionales traías por el protestantismo, con el que los Reyes se convierten en Papas de sus súbditos. Dentro de los países fieles al catolicismo, tampoco los reyes absolutos dejan de querer el poder religioso: nacen los galicanismos y josefinismos. En definitiva, todo se mezcla bajo el poder omnímodo de los reyes absolutos, que inventan complejas y ridículas liturgias cortesanas, de las que especialmente representativa es la del Rey Sol, en la corte francesa

Las injerencias del poder político en el ámbito religioso se suceden en los últimos siglos con diferentes formas, pero ninguna tan extrema como las que ha conocido el siglo XX. En él se ha dado el fenómeno de estados totalitarios -con más medios técnicos de control y más policía para ser verdaderamente totalitarios que en ninguna otra época- que quieren dominar y someter absolutamente la mente y las conciencias de sus súbditos, con inquisiciones poderosas y crueles. En los países del Este, ha sido Iglesia (tantas veces condenada por sus críticas a una situación injusta que muchos intelectuales aplaudían y que los demás estados aprobaban de hecho) una defensora de la libertad que no se ha doblegado ni ha transigido. El siglo XX ha dado más numerosas víctimas y mártires silenciosos que ningún otro. También ahora sigue siendo el cristianismo -y la Iglesia- el gran defensor de la libertad de las conciencias frente a las manipulaciones del poder o del dinero. Sigue librando una batalla, que todavía no está ganada, a favor de la dignidad y libertad de la persona.



La celebración en el año 1992 del V Centenario del Descubrimiento de América hizo reflexionar sobre lo que implican las relaciones entre diversos pueblos y culturas. Durante casi toda la historia y en todo el mundo, esas relaciones se han establecido sobre la violencia de las guerras, en términos de dominación y de conquista. Al entrar en contacto dos pueblos cualesquiera, si no mediaba el mutuo interés de las relaciones comerciales, siempre sucedía que el más fuerte engullía al débil, que era sometido o esclavizado, de forma que se veía en los demás una ocasión de aumentar el propio dominio y poder.

Con la era de los descubrimientos, le tocó a la civilización cristiana entrar en contacto con otras, y al cristianismo se deben los mejores esfuerzos para conseguir que se relacionaran en términos de paz y justicia. Frente a los poderes políticos y económicos que buscaban en esos nuevos países la ocasión de aumentar su fuerza o sus riquezas, son los misioneros cristianos los únicos que fueron a darlo todo, sin esperar nada a cambio.

Ellos pusieron escuelas y universidades en el Nuevo Mundo, así como hospitales o granjas: todo un conjunto de obras asistenciales encaminadas a mejorar la salud y la vida de aquellos a quienes procuraban servir y dar lo mejor que tenían. El único dinero que se invirtió en esos países que no buscaba dividendos o poder, procedía de lo que recolectaban los misioneros en toda la cristiandad. Asimismo fueron ellos los únicos que pusieron barreras a la explotación que establecían las autoridades civiles y los particulares ávidos de riquezas. En este enfrentamiento hubo hasta episodios dramáticos, como los sucedidos en las reducciones de Paraguay y Uruguay, que, en parte, han sido divulgados por la película La Misión. En África sucedió otro tanto: sólo los misioneros pusieron trabas a la rapacidad de los países colonizadores, y sólo ellos invirtieron vidas y bienes sin buscar provecho propio.

El esfuerzo se desarrolló también en el plano teórico, en el que se pusieron las bases del actual Derecho Internacional por obra de los teólogos de la Universidad de Salamanca, con Francisco de Vitoria como pionero. La avaricia y ansias de dominio, que procuraban ignorar las enseñanzas y las condenas de la Iglesia, fueron las únicas que retrasaron el establecimiento práctico de unas relaciones basadas en la justicia. Se puede decir que todo lo que queda vivo de aquellos pueblos se ha conservado gracias al esfuerzo de los cristianos que eran tales, y evitaron la total explotación y aniquilamiento de aquellas gentes, según era el uso histórico hasta elcristianismo.

En el siglo XX, con la reciente independencia de la mayoría de los países africanos, ha sucedido algo muy ilustrativo acerca del bien que en esos países ha echo el cristianismo. Salvo unas pocas excepciones, gran parte de esas naciones accedieron a la independencia tras un proceso violento que les llevó, en los primeros fervores nacionalistas, a expulsar a los misioneros. Pocos años más tarde, casi todas ellas pidieron su vuelta al haber constatado duramente los bienes que habían perdido, al cerrar -junto con las misiones- tantas obras asistenciales que contribuían al bien de todos. Sólo unos pocos países, como Etiopia, sometidos a sectarios regímenes marxistas, impidieron su regreso: son los que ahora, es triste constatarlo, más sufren por el hambre, las enfermedades y todo tipo de violencias e injusticias.

También en este campo, por lo tanto, ha dejado el cristianismo su huella benéfica. No ha sido mayor porque los estados y los poderes humanos se lo han impedido las más de las veces.



«Es algo universalmente admitido -incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano- que Cristo fue ante sus contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer»
[27]. Hace falta tener un grave desconocimiento de la historia para negar que el cristianismo es quien más ha contribuido a valorar la dignidad de la mujer.

Incluso en las civilizaciones más avanzadas, como las de Grecia y Roma, la mujer tenía una consideración inferior al hombre: recluida en el gineceo, el papel que se le asignaba y reconocía era muy secundario. Con esa situación fue acabando el cristianismo de manera paulatina, en la que los retrocesos se debieron sólo al debilitamiento de la vida cristiana. Por ejemplo: con la modernidad, y la vuelta que supuso a las ideas grecorromanas, se ponen de moda leyes antifeministas, como la Ley Sálica, que impedía a las mujeres reinar.

Pero no hace falta remontarse a épocas remotas; hoy mismo, en las zonas de escasa influencia cristiana, la mujer es muy poco valorada. Por ejemplo, piénsese en su situación bajo el islamismo, o en inmensas regiones de África que, sin evangelizar, continúan en el paganismo animista: allí el problema consiste muchas veces en ver si valen más o menos que, v. gr., una vaca, pues ellas sólo son un índice externo de la riqueza del marido, igual que sus ganados. Otro ejemplo reciente de desprecio al valor de la mujer lo tenemos en China: cuando el gobierno ha decidido no permitir más que un hijo por familia -con métodos brutales y represivos de regulación de la población: multas, prisión, pérdidas del trabajo y la casa, etc.- se ha convertido en uso común la antigua costumbre de matar a las hijas nada más nacer, pues se las considera sólo como una carga, sin que interese conservarlas. También la descristianización de muchos países ha convertido a bastantes mujeres en puros objetos de deseo y satisfacciones sexuales egoístas, o en instrumentos aptos para ser utilizadas como reclamo en publicidad, o en ganados que se presentan a concursos de raza -las cacareadas misses, meros objetos agradables de ver-, etc.

Los ejemplos podrían multiplicarse; baste con la muestra. Por lo tanto, den gracias a Dios las feministas por estar dentro de una civilización vivificada por el cristianismo: en cualquier otra ni siquiera habrían existido. No olviden, sin embargo, que sólo el cristianismo tiene el secreto de la dignidad de la mujer, y esa dignidad es, en cierto modo, superior a la del hombre. Se equivocan las feministas de ideas anticristianas cuando promueven una falsa liberación de la mujer, que consiste en masculinizarla: la privan así de su papel y dignidad propias. Si bien es cierto que, en una civilización en la que se pongan las cosas -la productividad, los bienes materiales, los intereses económicos- por delante de las personas y la técnica sobre la ética, el papel propio de la mujer se pierde; no le queda otro camino que intentar igualarse al hombre. Sin embargo, cuando en una sociedad, como enseña el cristianismo, se busca que en primer lugar estén las personas, entonces la mujer adquiere una dignidad superior a la del hombre pues «la fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano»
[28].

La enorme dignidad de la mujer se fundamenta, pues, en que Dios le confía de manera especial a las personas. Por eso su función es única si se quiere edificar la civilización del amor, ya que «la dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su feminidad y también con el amor que, a su vez, ella da. Así se confirma la verdad sobre la persona y sobre el amor»
[29]. Vivimos en una sociedad en la que se ha dado un gran progreso científico-técnico, pero «este progreso unilateral puede llevar también a una gradual pérdida de la sensibilidad por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano. En este sentido, sobre todo el momento presente, espera la manifestación de aquel genio de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano. Y porque la mayor (la principal virtud) es la caridad (es el amor; 1 Cor 13, 13)»[30].

 

 


Hoynos parece normal y sumamente adecuada la existencia de la Seguridad Social y la asistencia a todos los enfermos, los ancianos y los niños desprotegidos. No se entiende que una sociedad se diga desarrollada si no cuenta con hospitales para todos, pensiones convenientes y atenciones suficientes para los más necesitados y débiles. Tampoco hay que olvidar que esta mentalidad es otro bien debido al cristianismo.

En efecto, ya desde los primeros pasos -los Hechos de los Apóstoles están repletos de estos sucesos- los cristianos se preocuparon muy especialmente de los desposeídos de salud, fortuna o libertad. Esclavos, enfermos y pobres encontraron una ayuda desinteresada que no rehuía el sacrificio personal, y fueron muchos los cristianos que consagraron la vida entera a su servicio. Cuando nadie se preocupaba por los niños abandonados, la Iglesia lo hacía. También fueron cristianos los inventores de los hospitales para todos
[31]y de los asilos para los ancianos sin familia, etc.. Cuando todos rechazaban a los leprosos y a los enfermos incurables, la Iglesia -con hombres y mujeres generosos que daban su propia vida en silencioso martirio por amor- los cuidaba. La historia del cristianismo está llena de heroísmos callados que han cambiado paulatinamente la mentalidad de todos. También hoy, como ha sucedido con la Madre Teresa de Calcuta.

También cambió el cristianismo la mentalidad occidental en lo que se refiere al trato con los enemigos vencidos o con los heridos y prisioneros de guerra. Si ahora existen instituciones como la Cruz Roja, que todos aprueban por su labor humanitaria, se debe a la labor de muchos siglos de testimonios vitales y enseñanzas constantes.

El cristianismo también ha sido protagonista en la tarea de eliminar la usura y la explotación económica de los débiles y necesitados. En primer lugar, porque siempre condenó la Iglesia todo tipo de usura o de enriquecimiento al margen de la justicia al establecer el precio de las mercancías o del dinero. Por ejemplo, esto llevó a los gremios cristianos a preguntarse por el precio justo de su trabajo y no por el sistema de ganar más por cualquier medio. Además el nacimiento de los Montes de Piedad y Cajas de Ahorro fue, en la mayor parte de los casos, una iniciativa cristiana, con lo que hicieron los préstamos más accesibles a todos, a la vez que forzaban a los banqueros a poner intereses más justos. Por último, al fomentar -mediante los gremios, cofradías y similares- la unión de los trabajadores y la ayuda mutua, se consiguió defenderlos de la voracidad de los poderosos (aquí también la modernidad, al acabar con esas asociaciones, hizo un daño y dejó desprotegidos a los trabajadores, que fueron explotados hasta la llegada de los sindicatos, defendidos y fomentados por la Iglesia).

Mucho tiempo se ha necesitado, con una generosa siembra de vidas entregadas, hasta conseguir que se acepten esas tareas como pertenecientes a toda la sociedad, al bien común que todos han de buscar y al que sirven, de manera especial, los gobernantes.



Hemos visto, con algunos ejemplos, la positiva influencia cristiana en la historia, hasta poder afirmar que el cristianismo es la primera fuerza civilizadora y el primer factor que ha traído el mejor y más verdadero progreso. Sin embargo, frente a ese fermento cristiano, en los dos últimos siglos han surgido en Europa -exportándose desde ella al resto el mundo- intentos de organizar la sociedad y las personas sobre bases secularistas y ateas. Quieren prescindir de Dios, atacan al cristianismo como si fuera un mal y consideran al hombre poco más que un animal muy evolucionado, con lo que anulan su dignidad intrínseca. Nacen así las ideologías: explicaciones simplistas del mundo, del hombre y de la sociedad, que tienen respuestas fáciles para todo y son muy aptas para el consumo de masas.

Las ideologías se dividen en dos grandes grupos: las individualistas y las colectivistas. Las de raíz individualista, como el capitalismo o el mercantilismo, consideran que el progreso se da de una forma automática, por la conjunción de las ciegas fuerzas que se crean cuando cada uno busca su propio interés: una supuesta mano invisible las hace confluir desde el egoísmo hacia el bien común. Las de base colectivista, como el comunismo o el socialismo, creen firmemente en la necesidad de regularlo todo, de manera que se convierta a la sociedad en una gran máquina rígidamente organizada en la que todo esté previsto y en la que las personas se reduzcan a simples engranajes que se limitan a cumplir de manera estricta el papel asignado por el Estado.

Ambas tienen en común la creencia en un progreso automático, que se dará de forma mecánica cuando la sociedad se organice según sus teorías. También consideran que e1 hombre es poco más que un animal, por lo que dan escasa o nula importancia la ética, al comportamiento moral de las personas. En el fondo, por partir del materialismo, las dos niegan la libertad que Dios nos da al hacernos a su imagen y semejanza. Por lo tanto, las ideologías establecen una separación total entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo social: lo que importa, es que cada uno se comporte como un buen engranaje de la maquinaria social diseñada por la ideología dominante -que sea un buen productor y consumidor, y que pague los impuestos-; lo que sea y haga como persona no interesa, es irrelevante.

Esos dos errores básicos son de gran importancia y tienen consecuencias muy, graves. En primer lugar: si el hombre es sólo un animal algo más evolucionado, entonces es sólo materia y el espíritu es un mito. Únicamente importan, así, los placeres materiales y el bienestar, cualquier otra cosa más elevada es inexistente. Se predica, por tanto, un egoísmo materialista. El que no lo quiera, puede tener su moral, siempre que se reduzca al ámbito privado y la viva en su casa, sin tener el mal gusto de enseñarla a nadie. Lo que no sea esto es dogmatismo retrógrado, infantil, obsoleto y represivo.

Y éste es el drama: resulta sorprendente comprobar cómo ambas ideologías cavan alegremente la tumba que las sepultará, al intentar construir un organismo social vivo y sano con células cancerosas, insolidarias y egoístas. Es una tragedia social reducir la moral al ámbito privado, ya que sólo lo personal es el fundamento de lo social, pues «la vida social no es exterior al hombre»
[32]. Precisamente por ser persona, interioridad moral, vive el hombre en sociedad, y no en colmena, manada, rebaño o piara. Sólo se da sociedad entre personas libres, y la planta de la libertad crece dentro del corazón de cada hombre. Se da sociedad en tanto se dan personas. La calidad de una sociedad depende de la calidad de las personas que la forman, de sus cualidades y virtudes, de su capacidad de relacionarse, comunicarse, dialogar, comprometerse y amar. La fuerza y la cohesión de una sociedad la producen los vínculos interpersonales. Con individuos egoístas, que no saben ser personas y atienden exclusivamente a sí mismos, no se construye una sociedad humana. Por eso la moral personal es vital para la sociedad.

El segundo error -la fe en un progreso automático- también tiene consecuencias graves. Las ideologías individualistas y liberalizantes creen en un progreso mecánico: es algo que se da, simplemente. No hay que hacer nada, sólo dejar que se sucedan los acontecimientos: le monde va lui-mème (el mundo marcha por sí mismo), y avanza siempre hacia un futuro mejor. Se supone que una fuerza misteriosa irá ordenando el caos de egoísmo que fomenta la sociedad permisiva. Por el contrario, para las ideologías colectivistas y socializantes las estructuras planificadas traerán el paraíso comunista: únicamente hay que organizarlo todo, todo, para que se produzca el mayor bien posible. Ambas dicen a las buenas gentes del mundo: no os preocupéis, dejaos llevar; si me hacéis caso encontraréis la suprema felicidad en una tierra que, sola, mana leche y miel.

Pero las dos engañan: no hay ningún automatismo histórico. Nada está dado, todo está por hacer. El protagonista de la historia es el hombre, cada persona, no una ciega mecánica de fuerzas o unas estructuras impersonales. La historia corre idéntico riesgo que cada hombre con su libertad: puede avanzar hacia el paraíso o hacia el abismo. No existe el seguro contra el fracaso histórico. El hombre, cada uno, es señor de su vida y de la historia: ésta marcha hacia donde aquél camine. «Pero la libertad del hombre es finita y falible. Su anhelo puede descansar sobre un bien aparente; eligiendo un bien falso, falla la vocación de su libertad. El hombre, por su libre arbitrio, dispone de sí; puede hacerlo en sentido positivo o en sentido destructor»
[33].

Las ideologías secularistas han descuidado a la persona y a la ética, renunciando a la base cristiana que daba vida a la sociedad. Pero «si el hombre no es imagen de Dios y no hace referencia a nada más que a sí mismo, ¿qué valor tiene, por qué actúa y vive? De hecho, la Europa que en el Oeste, en la filosofía y en la praxis ha declarado a veces la muerte de Dios, y en el Este ha llegado a imponerla ideológica y políticamente, es también la Europa en la que ha sido proclamada la muerte del hombre como persona y valor trascendente. En el Oeste la persona ha sido inmolada al bienestar; en el Este ha sido sacrificada a la estructura. Pero estas posturas se muestran carentes de perspectivas de civilización convincentes. Por lo demás, los sistemas culturales, instituciones e ideologías que habían caracterizado la Europa del siglo XX y originado ingenuas utopías, han entrado en crisis, bajo los golpes de la misma racionalidad instrumental y del imperio de la ciencia y de la técnica (...). Hoy se vive y se lucha sobre todo por el poder y el bienestar, no por ideales»
[34]. Como consecuencia el «hombre, que se querría tan adulto, maduro, libre, es también un hombre que huye de la libertad para arrellanarse en el conformismo, un hombre que sufre de soledad, está amenazado por varios malestares del alma, trata de alejar la muerte y está en pavorosa pérdida de esperanza»[35].



Gracias a Dios han sido abandonados los mitos del progreso automático y del paraíso comunista. Por un lado, el abismo de destrucción rápida -nuclear- o lenta -como alerta el ecologismo- se ve posible y cercano. Por otra parte, se le ha caído la careta al Gulag. Vivimos una época crucial, en la que el «crepúsculo de las ideologías, la erosión de la confianza en la capacidad de las estructuras de responder a los problemas más graves y a las esperanzas ansiosas del hombre, la insatisfacción de una existencia basada en lo efímero, la soledad de las grandes metrópolis masificadas, la juventud abandonada a sí misma, y también el nihilismo han socavado un vacío profundo que esperan anunciadores creíbles de renovadas propuestas de valores capaces de edificar una nueva civilización digna de la vocación del hombre. La Iglesia debe hacerse el Buen Samaritano del hombre de hoy (...). Con profunda humildad, pero también con la serena certeza que le viene de Cristo, ella debe ser consciente que (...) está llamada a dar un alma a la sociedad moderna, tanto a la compleja y pluralista de Occidente, como a la monolítica de Oriente. Y la Iglesia debe infundir esta alma no desde arriba y desde fuera, sino pasando dentro, acercándose al hombre de hoy. Se impone, pues, la presencia activa y la participación intensa en la vida del hombre»
[36].

Ésta es la necesidad más primera y básica de la sociedad, de nuestra sociedad. Así se entiende la fuerza y la verdad de a aquel grito amoroso: «Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»
[37].

Para que el progreso deje de ser una carrera, muy rápida en verdad, pero alocada: un marchar muy deprisa hacia ninguna parte, hace falta reinjertar la sociedad en la raíz vital cristiana. Seguir las constantes advertencias de la Iglesia, que es «experta en humanidad»
[38]. Es la única manera de evitar que el hombre acabe perdido y el progreso conduzca a la destrucción.

En esta tarea -la más urgente y vital que tiene la Iglesia en esta época- los protagonistas principales son los laicos. Ellos son los responsables directos de dar un alma a la sociedad desde dentro. Así lo ha enseñado el Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II
[39], lo han reiterado los Papas y ha sido tema de un Sínodo.

La enseñanza es clara, ahora toca ponerla por obra. Porque el caso es que, por diversos motivos históricos, los laicos desconocen y tienen abandonada su misión propia; hasta tal punto, que la mayor parte de los bienes traídos por el cristianismo a los hombres, se deben principalmente a los religiosos y a algunos sacerdotes. Aunque en los primeros siglos del cristianismo no fue así, sin embargo, con el auge de las órdenes religiosas, los fieles seglares se han acostumbrado paulatinamente a que sean otros los que les saquen las castañas del fuego. Cuando había una necesidad de cualquier tipo (evangelizadora educativa, asistencial, etc.) siempre surgía una familia religiosa que resolvía el problema. Por ejemplo la mayor parte de las iniciativas educativas se deben a los religiosos, aunque es algo cuya responsabilidad directa y mayor corresponde a los padres.

En esta cuestión se impone huir definitivamente de los clericalismos. Suponen -por parte de los laicos- abandonar derechos y deberes estrictos; y hacen que los clérigos o religiosos se inmiscuyan en ámbitos que no son de su competencia. Con lo que dejan a los fieles en una minoría de edad descomprometida y cómodamente egoísta (esto es especialmente grave cuando el clérigo quiere ser el centro de todo, como sucede en las teologías de la liberación de corte marxista).

Hay que tener muy claro que «a los laicos corresponde propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios»
[40]. Por tanto «a la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta a todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los laicos su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del Magisterio»[41].

Es necesario un sano anticlericalismo o laicismo, que establezca con claridad el papel de los seglares en la Iglesia. Su misión no es servir de longa manus a los clérigos. Tienen una función peculiar e insustituible: «Los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal. Si el papel de la Jerarquía es el de enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en este terreno, a los seglares les corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven»
[42].

Es ésta una exigencia de mínima y fundamental coherencia de vida. El cristiano ha de serlo de verdad, de cuerpo entero, las veinticuatro horas del día; no existe un cristianismo de quita y pon. Por ello: «se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura
[43], consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno[44]. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse completamente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época»[45]. Los cristianos han de saber que, viviendo o no esa unidad de vida, se juegan el alma: «El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación»[46]. Por lo tanto, no es algo que deben hacer unos cuantos fieles «comprometidos»: es tarea grave que corresponde a todos.

Para ser sal y luz del mundo
[47], para contribuir «a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento»[48], para ser en la sociedad «lo que el alma es en el cuerpo»[49], los laicos tienen una doble misión en la Iglesia, pues «no solamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana»[50]. Para conseguir ese doble papel la Iglesia ha señalado, de manera especial, dos medios concretos.

En primer lugar, para ordenar rectamente las realidades temporales y contribuir a un progreso digno del hombre, el Magisterio propone la Doctrina Social de la Iglesia, que «no es una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia (...). No pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral»
[51]. Por lo tanto es una doctrina que obliga moralmente si se quiere actuar en conciencia de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo: «se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas»[52]. Es una doctrina moral que todo seglar debe conocer y aplicar en su actuación, poniendo los medios adecuados para formarse bien la conciencia y obrar de acuerdo con ella.

En segundo lugar, para ser testigos de Cristo, los fieles deben tener muy presente que la obligación del apostolado afecta a todos en la Iglesia, pues «la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado»
[53]. De manera que «a todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado en todas partes por todos los hombres»[54].

Son muchas las formas posibles de apostolado seglar. De todas ellas hay una que afecta y obliga a todos los laicos, por lo que la Iglesia la recuerda con especial insistencia: e1 apostolado personal. Este apostolado personal es el «que cada uno debe ejercer y que fluye con abundancia de la fuente de la vida auténticamente cristiana
[55] es el principio y la condición de todo apostolado seglar, incluso del asociado, y nada puede sustituirlo.

»A este apostolado, siempre y en todas partes fecundo, y en determinadas circunstancias el único apto y posible, están llamados y obligados todos los seglares, de cualquier condición, aunque no tengan ocasión o posibilidad de cooperar en asociaciones»
[56].

Siel cristianismo ha sido y es la mayor fuente de progreso humano no es por casualidad. El progreso temporal no es ajeno a la tarea de la salvación: siendo distintos, se relacionan estrechamente. «Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios»
 [57]. Es necesario tener muy claro que «el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo»[58]. Los fieles deben, en frase gráfica de San Josemaría Escrivá de Balaguer -pionero de estas enseñanzas- poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas.

Progreso humano y Reino de Dios van a la par. La historia de la salvación se relaciona estrechamente con el crecimiento del bienestar y de la calidad de vida en todos los órdenes. La razón más profunda de esta verdad la ofrece el mismo Concilio Vaticano II: «La obra redentora de Cristo, aunque de suyo se refiere a la salvación de los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal. Por ello la misión de la Iglesia no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico. Los seglares, por tanto, al realizar esta misión de la Iglesia, ejercen su propio apostolado tanto en la Iglesia como en el mundo, lo mismo en el orden espiritual que en el temporal; órdenes ambos que, aunque distintos, están íntimamente relacionados en el único propósito de Dios, que lo que Dios quiere es hacer de todo el mundo una nueva creación en Cristo, incoactivamente aquí en la tierra, plenamente en el último día»
[59].
Publicado en Folletos MC, nº 555. Madrid, noviembre de 1992.
(c) by Tirso de Andrés Argente y Ediciones Palabra.
(c) 2003 Edición digital Arvo Net

 

 

Notas
[1]León XIII. Enc. Arcanum divinae sapientiae, 10-II-1880, nº 2.
[2] Lo que viene a continuación es un breve resumen de las ideas expuestas por el primer especialista mundial en la materia, S. L. Jaki que ha dedicado numerosas obras a la investigación y fundamentación de estas cuestiones. Pueden verse en particular: The road of science and the ways to God, The University of Chicago Press, Chicago 1978; Science and creation, Scottish Academic Press, Edimburgo, 1974. A un nivel más accesible se puede leer: M. Artigas, Ciencia, Razón y Fe, 4ª ed. «Libros mc», Ediciones Palabra, Madrid 1982.
[3]M. Artigas, Ciencia, Razón y Fe, o. c., p. 23.
[4]S. L. Jaki, The road of science and the ways to God, The University of Chicago Press 1978, p. 7.
[5] El lema es de los Dominicos, Orden religiosa que dedicó muchos de sus mejores miembros a la enseñanza.
[6]Juan Pablo II, Discurso al simposio de los obispos europeos, n. 11.
[7]Idem, Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, 10-XII-1979, n. 4.
[8]Idem, Enc. Redemptor hominis, n. 16.
[9]Migne, Patrología graeca, t. 44, col. 341.
[10] C. G. F. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, par. 482.
[11]Congr. para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, n. 5.
[12] Rom. 8 21.
[13] 1 Ioh. 4, 8.
[14] 1 Pet. 2, 9.
[15]Juan Pablo II, cit. en Nuestro Tiempo, n. 419, Pamplona, V-1989, p. 48.
[16] Cfr Ioh. 12, 24 ss.
[17] Cfr Mt. 25, 14-30.
[18] Cfr Mt. 25, 31-46.
[19] Cfr Mt .20, 28.
[20] Ioh. 8, 31-32.
[21] Epístola a Filemón, 1, 16.
[22] Divinae instituciones, V, 15.
[23]S. Álvarez Turienzo, voz Esclavitud en GER, t. VIII, p. 778
[24] Ibidem, p. 784.
[25] Ibidem.
[26] J. Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, «Revista de Occidente», Madrid 1968, p. 194.
[27]Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris dignitatem, n. 12.
[28] Ibidem, n. 30.
[29] Ibidem.
[30] Ibidem.
[31] El primer hospital del mundo se debe al amor y a la preocupación generosa por los enfermos de San Gregorio de Nisa, Obispo en la Capadocia del siglo IV.
[32]Congr. para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, n. 32.
[33] Ibidem, n. 30.
[34]Juan Pablo II, Discurso al simposio de los Obispos europeos, n. 11.
[35] Ibidem.
[36] Ibidem, n. 12.
[37]Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la Catedral de Santiago de Compostela, 1982.
[38]Pablo VI, Enc. Populorum progressio, n. 13.
[39] De manera especial en los siguientes documentos: Const. Dogm. Lumen gentium, Const. Past. Gaudium et spes y Decreto Apostolicam actuositatem.
[40] Lumen gentium, n. 31.
[41] Gaudium et spes, n. 43.
[42] Populorum progressio, n. 81.
[43] Cfr Heb 13, 14.
[44] Cfr 2 Thes 3, 6 13; Eph, 4, 28.
[45] Gaudium et spes, n. 43.
[46] Ibidem.
[47] Mt 5, 13 16.
[48] Lumen gentium, n. 31.
[49] Ibidem, n. 38.
[50] Gaudium et spes, n. 43.
[51]Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, n. 41.
[52] Ibidem.
[53] Apostolicam actuositatem, n. 2.
[54] Ibidem, n. 3.
[55] Cfr. Ioh 4, 14.
[56] Apostolicam actuositatem, n. 16.
[57] Gaudium et spes, n. 32.
[58] Ibidem, 34.
[59] Apostolicam actuositatem, n. 5.

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Cristo libera al hombre de la esclavitud

del pecado para la libertad en la verdad

 

1. Cristo es el Salvador, en efecto ha venido al mundo para liberar, por el precio de su sacrificio pascual, al hombre de la esclavitud del pecado. Lo hemos visto en la catequesis precedente. Si el concepto de "liberación" se refiere, por un lado, al mal, y liberados de él encontramos "la salvación"; por el otro, se refiere al bien, y para conseguir dicho bien hemos sido liberados por Cristo, Redentor del hombre, y del mundo con el hombre y en el hombre. "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32). Estas palabras de Jesús precisan de manera muy concisa el bien, para el que el hombre ha sido liberado por obra del Evangelio en el ámbito de la redención de Cristo. Es la libertad en la verdad. Ella constituye el bien esencial de la salvación, realizada por Cristo. A través de este bien el reino de Dios realmente "está cerca" del hombre y de su historia terrena.

2. La liberación salvífica que Cristo realiza respecto al hombre contiene en sí misma, de cierta manera, las dos dimensiones: liberación "del" (mal) y liberación "para el" (bien), que están íntimamente unidas, se condicionan y se integran recíprocamente.

Volviendo de nuevo al mal del que Cristo libera al hombre ―es decir, al mal del pecado―, es necesario añadir que, mediante los "signos" extraordinarios de su potencia salvífica (esto es: los milagros), realizados por Él curando a los enfermos de diversas dolencias, Él indicaba siempre, al menos indirectamente, esta esencial liberación, que es la liberación del pecado, su remisión. Esto se ve claramente en la curación del paralítico, al que Jesús primero dice: "Tus pecados te son perdonados", y sólo después: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 5. 11). Realizando este milagro, Jesús se dirige a los que le rodeaban (especialmente a los que le acusaban de blasfemia, puesto que solamente Dios puede perdonar los pecados): "Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados" (Mc 2, 10).

3. En los Hechos de los Apóstoles leemos que Jesús "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (Act 10, 38). En efecto, se ve por los Evangelios que Jesús sanaba a los enfermos de muchas enfermedades (como por ejemplo, la mujer encorvada, que "no podía en modo alguno enderezarse" (cf. Lc 13, 10-16). Cuando se le presentaba la ocasión de "expulsar a los espíritus malos", si le acusaban de hacer esto con la ayuda del mal, Él respondía demostrando lo absurdo de tal insinuación y decía: "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mt 12, 28; cf. Lc 11, 20). Al liberar a los hombres del mal del pecado, Jesús desenmascara a aquél que es el "padre del pecado". Justamente en él, en el espíritu maligno, comienza "la esclavitud del pecado" en la que se encuentran los hombres. "En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre; si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres" (Jn 8, 34-36).

4. Frente a la oposición de sus oyentes, Jesús añadía: "...he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado. ¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi Palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8, 42-44). Es difícil encontrar otro texto en el que el mal del pecado se presente de manera tan fuerte en su raíz de falsedad diabólica.

5. Escuchamos una vez más la Palabra de Jesús: "Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres" (Jn 8, 36). Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 31-32). Jesucristo vino para liberar al hombre del mal del pecado. Este mal fundamental tiene su comienzo en el "padre de la mentira" (como ya se ve en el libro del Génesis, cf. Gén 3, 4). Por esto la liberación del mal del pecado, llevada hasta sus últimas raíces, debe ser la liberación para la verdad, y por medio de la verdad. Jesucristo revela esta verdad. Él mismo es "la Verdad" (Jn 14, 6). Esta Verdad lleva consigo la verdadera libertad. Es la libertad del pecado y de la mentira. Los que eran "esclavos del pecado", porque se encontraban bajo el influjo del "padre de la mentira", son liberados mediante la participación en la Verdad, que es Cristo, y en la libertad del Hijo de Dios ellos mismos alcanzan "la libertad de los hijos de Dios" (cf. Rom 8, 21). San Pablo puede asegurar: "La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte" (Rom 8, 2).

6. En la misma Carta a los Romanos, el Apóstol presenta de modo elocuente la decadencia humana, que el pecado lleva consigo. Viendo el mal moral de su tiempo, escribe que los hombres, habiéndose olvidado de Dios, "se ofuscaron en sus razonamientos, y su insensato corazón se entenebreció" (Rom 1, 21). "Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador" (Rom 1, 25). "Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene" (Rom 1, 28).

7. En otros párrafos de su Carta, el Apóstol pasa de la descripción exterior, al análisis del interior del hombre, donde luchan entre sí el bien y el mal. "Mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí" (Rom 7, 15-17). "Advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado...". "¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Nuestro Señor!" (Rom 7, 23-25). De este análisis paulino resulta que el pecado constituye una profunda alienación, en cierto sentido "hace que se sienta extraño" el hombre en sí mismo, en su íntimo "yo". La liberación viene con la "gracia y la verdad" (cf. Jn 1, 17), traída por Cristo.

8. Se ve claro en qué consiste la liberación realizada por Cristo: para qué libertad El nos ha liberado. La liberación realizada por Cristo se distingue de la que esperaban sus coetáneos en Israel. Efectivamente, todavía antes de ir de forma definitiva al Padre, Cristo era interrogado por aquellos que eran sus más íntimos: "Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el reino de Israel?" (Act 1, 6). Y así todavía entonces ―después de la experiencia de los acontecimientos pascuales― ellos seguían pensando en la liberación en sentido político: bajo este aspecto se esperaba el mesías, descendiente de David.

9. Pero la liberación realizada por Cristo al precio de su pasión y muerte en la cruz, tiene un significado esencialmente diverso: es la liberación de lo que en lo más profundo del hombre obstaculiza su relación con Dios. A ese nivel, el pecado significa esclavitud; y Cristo ha vencido el pecado para injertar nuevamente en el hombre la gracia de la filiación divina, la gracia liberadora. "Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rom 8, 15).

Esta liberación espiritual, esto es, "la libertad en el Espíritu Santo", es pues el fruto de la misión salvífica de Cristo: "Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2 Cor 3, 17). En este sentido hemos "sido llamados a la libertad" (Gál 5, 13) en Cristo y por medio de Cristo. "La fe que actúa por la caridad" (Gal 5, 6), es la expresión de esta libertad.

10. Se trata de la liberación interior del hombre, de la "libertad del corazón". La liberación en sentido social y político no es la verdadera obra mesiánica de Cristo. Por otra parte, es necesario constatar que sin la liberación realizada por Él, sin liberar al hombre del pecado, y por tanto de toda especie de egoísmo, no puede haber una liberación real en sentido socio-político. Ningún cambio puramente exterior de las estructuras lleva a una verdadera liberación de la sociedad, mientras el hombre esté sometido al pecado y a la mentira, hasta que dominen las pasiones, y con ellas la explotación y las varias formas de opresión.

11. Incluso la que se podría llamar liberación en sentido psicológico, no se puede realizar plenamente, si no con las fuerzas liberadoras que provienen de Cristo. Ello forma parte de su obra de redención. Solamente Cristo es "nuestra paz" (Ef 2, 14). Su gracia y su amor liberan al hombre del miedo existencial ante la falta de sentido de la vida, y de ese tormento de la conciencia que es la herencia del hombre caído en la esclavitud del pecado.

12. La liberación realizada por Cristo con la verdad de su Evangelio, y definitivamente con el Evangelio de su cruz y resurrección, conservando su carácter sobre todo espiritual e "interior", puede extenderse en un radio de acción universal, y está destinada a todos los hombres. Las palabras "por gracia habéis sido salvados" (Ef 2, 5), conciernen a todos. Pero al mismo tiempo, esta liberación, que es "una gracia", es decir, un don, no se puede realizar sin la participación del hombre. El hombre la debe acoger con fe, esperanza y caridad. Debe "esperar su salvación con temor y temblor" (cf. Flp 2, 12). "Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece" (Flp 2, 13). Conscientes de este don sobrenatural, nosotros mismos debemos colaborar con la potencia liberadora de Dios, que con el sacrificio redentor de Cristo, ha encontrado en el mundo como fuente eterna de salvación.

 

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"Sed maestros de la verdad, de la verdad que el Señor quiso confiarnos no para ocultarla o enterrarla, sino para proclamarla con humildad y coraje, para potenciarla, para defenderla cuando está amenazada." [S.S. Juan Pablo II]

 

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La herida causada por una lanza se puede curar, pero la causada por la lengua es incurable.

 

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Sin una considerable dosis de bondad se puede ser listo, pero no inteligente.
La bondad es una de las raíces morales de la inteligencia, que consiste en abrirse a la realidad y que la realidad penetre en nuestras mentes, y eso es bueno por definición.

 

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La capacidad para la bondad existe en cada una de nosotros sin excepción alguna. No importa el tipo de dolor que te haya tocado vivir en tu vida, esa capacidad nunca es destruida. Sheila Morataya-Fleishman

 

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"Los templos semivacíos, los sagrarios solitarios y las misas menospreciadas, son la más cruda denuncia del enfriamiento de nuestra fe y del poco vigor religioso de nuestro cristianismo".

 

Silencio: «Me he arrepentido muchas veces de haber hablado; jamás de haber callado». Xenócrates

 

Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

"Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor" (Dn 3, 57).

En la Biblia hay dos tipos de bendición, relacionadas entre sí. Una es la bendición que viene de Dios:  el Señor bendice a su pueblo (cf. Nm 6, 34-27). Es una bendición eficaz, fuente de fecundidad, felicidad y prosperidad. La otra es la que sube de la tierra al cielo. El hombre  que  ha gozado de la generosidad divina bendice a Dios, alabándolo, dándole gracias y ensalzándolo:  "Bendice, alma mía, al Señor" (Sal 102, 1; 103, 1). La bendición divina a menudo se otorga por intermedio de los sacerdotes (cf. Nm 6, 22-23. 27; Si 50, 20-21), a través de la imposición de las manos; la bendición humana, por el contrario, se expresa en el himno litúrgico, que la asamblea de los fieles eleva al Señor. "Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor" (Dn 3, 57).

 

Gracias por venir a visitarnos

Recomendamos vivamente: ANTROPOLOGÍA DEL HECHO RELIGIOSO- Autor: José María Barrio Maestre, (Rialp, Madrid 2006) . El libro  pone de relieve la influencia positiva que ha tenido la religión en el desarrollo de la civilización humana; incluye un debate Ratzinger-

 

Cinco libros sin imposturas ni ocultamientos:

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden - Dr. hist. César VIDAL -

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).