Friday 25 April 2014 | Actualizada : 2014-04-18
 
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Cromacio, obispo de Aquileya, en el siglo IV, en una de sus homilías sobre el bautismo y sobre el Espíritu Santo, afirma:  "De la misma forma que nuestra primera creación fue obra de la Trinidad, así también nuestra segunda creación es obra de la Trinidad. El Padre no hace nada sin el Hijo y sin el Espíritu Santo, porque la obra del Padre es también del Hijo y la obra del Hijo es también del Espíritu Santo. Sólo existe una sola y la misma gracia de la Trinidad. Así  pues,  somos  salvados  por  la  Trinidad, pues  originariamente  hemos sido creados sólo por la Trinidad" (sermón 18 A).

 

 

THEOTOKOS - La cuestión estaba en relación directa con el contenido esencial del misterio de la Encarnación y, por consiguiente, con la concepción y nacimiento humano de Cristo en el seno de la Virgen María. Desde el siglo III se había extendido el uso de dirigirse a la Virgen con el nombre de Theotokos = Madre de Dios: expresión que se encuentra, por otra parte, en la más antigua oración mariana que conocemos: el "Sub tuum praesidium": "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios...". Es una antífona que la Iglesia ha venido recitando con mucha frecuencia hasta el día de hoy: el texto más antiguo de esta plegaria se conserva en un papiro encontrado en Egipto, que se puede datar en el período a caballo entre los siglos III y IV.

 

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Los emperadores romanos hasta Graciano, conservaron el título de ‘pontífice máximo’.

 

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El libro de Jonás fue comentado particularmente por Cromacio de Aquileya, uno de los principales Padres de la Iglesia occidental del siglo IV. Jonás es también el punto de convergencia del magnífico piso musivo de la basílica meridional de Aquileya.

Pero Jonás también puede ser símbolo del hombre y del cristiano, que a veces  se  siente  sumergido  "en los abismos  marinos y en el vientre del inmenso pez" (
Cromacio, Tractatus in Matthaeum, 27), así como del compromiso evangélico de la Iglesia apostólica y de las Iglesias actuales del Friul, herederas del gran patriarcado de Aquileya. Por tanto, Jonás no sólo es prefiguración del Resucitado, sino también signo del desafío que la fe plantea a todo creyente y de la misión evangelizadora de nuestras Iglesias. Sábado 27 de noviembre de 1999

 

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Entre la Ascensión del Resucitado y el primer Pentecostés cristiano, los Apóstoles y la Iglesia se reúnen con María para esperar con ella el don del Espíritu Santo, sin el cual no se puede ser testigos. Ella, que ya lo había recibido para engendrar al Verbo encarnado, comparte con toda la Iglesia la espera del mismo don, para que en el corazón de todo creyente «se forme Cristo» (cf. Ga 4, 19). Si no hay Iglesia sin Pentecostés, tampoco hay Pentecostés sin la Madre de Jesús, porque ella vivió de un modo único lo que la Iglesia experimenta cada día bajo la acción del Espíritu Santo. San Cromacio de Aquileya comenta así la anotación de los Hechos de los Apóstoles: «Se reunió, por tanto, la Iglesia en la sala del piso superior junto con María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Así pues, no se puede hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor… La Iglesia de Cristo está allí donde se predica la Encarnación de Cristo de la Virgen; y, donde predican los Apóstoles, que son hermanos

 

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Benedicto XVI presenta la figura de san Cromacio de Aquileya -345 † 407 

 

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 05 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a presentar la figura de san Cromacio de Aquileya.

En su intervención con motivo de la audiencia general

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En las últimas catequesis hemos hecho una excursión por las Iglesias de Oriente de lengua semítica, meditando sobre Afraates el persa y san Efrén el sirio; hoy regresamos al mundo latino, al norte del Imperio Romano, con san Cromacio de Aquileya. Este obispo desempeñó su ministerio en la antigua Iglesia de Aquileya, ferviente centro de vida cristiana situado en la Décima región del Imperio Romano, la Venetia et Histria.

En el año 388, cuando Cromacio subió a la cátedra episcopal de la ciudad, la comunidad cristiana local había madurado ya una gloriosa historia de fidelidad al Evangelio. Entre la segunda mitad del siglo III y los primeros años del IV, las persecuciones de Decio, de Valeriano y de Diocleciano habían cosechado un gran número de mártires. Además, la Iglesia de Aquileya había tenido que afrontar, al igual que las demás Iglesias de la época, la amenaza de la herejía arriana. El mismo Atanasio, el heraldo de la Ortodoxa de Nicea, a quienes los arrianos habían expulsado al exilio, encontró durante un tiempo refugio en Aquileya. Bajo la guía de sus obispos, la comunidad cristiana resistió a las insidias de la herejía y reforzó su adhesión a la fe católica.

En septiembre del año 381, Aquileya fue sede de un sínodo, que reunió a unos 35 obispos de las costas de África, del valle del Rin, y de toda la Décima región. El sínodo pretendía acabar con los últimos residuos de arrianismo en Occidente. En el Concilio participó el presbítero Cromacio como perito del obispo de Aquileya, Valeriano (370/1-387/8). Los años en torno al sínodo del año 381 representan la «edad de oro» de la comunidad de Aquileya. San Jerónimo, que había nacido en Dalmacia, y Rufino de Concordia hablan con nostalgia de su permanencia en Aquileya (370-373), en aquella especie de cenáculo teológico que Jerónimo no duda en definir «tamquam chorus beatorum», «como un coro de bienaventurados» (Crónica: PL XXVII, 697-698). En este cenáculo, que en ciertos aspectos recuerda las experiencias comunitarias vividas por Eusebio de Verceli y por Agustín, se conforman las personalidades más notables de las Iglesias del Alto Adriático.

Pero ya en su familia Cromacio había aprendido a conocer y a amar a Cristo. Nos habla de ella, con palabras llenas de admiración, el mismo Jerónimo, que compara a la madre de Cromacio con la profetisa Ana, a sus hermanas con las vírgenes prudentes de la parábola evangélica, a Cromacio mismo y su hermano Eusebio con el joven Samuel (Cf. Epístola VII: PL XXII,341). Jerónimo sigue diciendo: «El beato Cromacio y el santo Eusebio eran tan hermanos de sangre como por la unión de ideales» (Epístola VIII: PL XXII, 342).


Cromacio había nacido en Aquileya hacia el año 345. Fue ordenado diácono y después presbítero; por último, fue elegido pastor de aquella Iglesia (año 388). Tras recibir la consagración episcopal del obispo Ambrosio, se dedicó con valentía y energía a una ingente tarea por la extensión del terreno que se había confiado a su atención pastoral: la jurisdicción eclesiástica de Aquileya, que se extendía desde los territorios de la actual Suiza, Baviera, Austria y Eslovenia, hasta llegar a Hungría.

Es posible hacerse una idea de cómo Cromacio era conocido y estimado en la Iglesia de su tiempo por un episodio de la vida de san Juan Crisóstomo. Cuando el obispo de Constantinopla fue exiliado de su sede, escribió tres cartas a quienes consideraba como los más importantes obispos de occidente para alcanzar su apoyo ante los emperadores: una carta la escribió al obispo de Roma, la segunda al obispo de Milán, la tercera al obispo de Aquileya, es decir, Cromacio (Epístola CLV: PG LII, 702). También para él eran tiempos difíciles a causa de la precaria situación política. Con toda probabilidad Cromacio falleció en el exilio, en Grado, mientras trataba de escapar de los saqueos de los bárbaros, en el mismo año 407 en el que también moría Crisóstomo.

Por prestigio e importancia, Aquileya era la cuarta ciudad de la península italiana, y la novena del Imperio romano: por este motivo llamaba la atención de los godos y de los hunos. Además de causar graves lutos y destrucción, las invasiones de estos pueblos comprometieron gravemente la transmisión de las obras de los Padres conservadas en la biblioteca episcopal, rica en códices. Se perdieron también los escritos de Cromacio, que se desperdigaron, y con frecuencia fueron atribuidos a otros autores: a Juan Crisóstomo (en parte, a causa de que sus dos nombres comenzaban igual: «Chromatius» como «Chrysostomus»); o a Ambrosio y a Agustín; e incluso a Jerónimo, a quien Cromacio había ayudado mucho en la revisión del texto y en la traducción latina de la Biblia. El redescubrimiento de gran parte de la obra de Cromacio se debe a afortunadas vicisitudes, que han permitido en los años recientes reconstruir un corpus de escritos bastante consistente: más de unos cuarenta sermones, de los cuales una decena en fragmentos, además de unos sesenta tratados de comentario al Evangelio de San Mateo.


Cromacio fue un sabio maestro y celoso pastor. Su primer y principal compromiso fue el de ponerse a la escucha de la Palabra para ser capaz de convertirse en su heraldo: en su enseñanza siempre se basa en la Palabra de Dios y a ella regresa siempre. Algunos temas los lleva particularmente en el corazón: ante todo, el misterio de la Trinidad, que contempla en su revelación a través de la historia de la salvación. Después está el tema del Espíritu Santo: Cromacio recuerda constantemente a los fieles la presencia y la acción de la tercera Persona de la Santísima Trinidad en la vida de la Iglesia.

Pero el santo obispo afronta con particular insistencia el misterio de Cristo. El Verbo encarnado es verdadero Dios y verdadero hombre: ha asumido integralmente la humanidad para entregarle como don la propia divinidad. Estas verdades, repetidas con insistencia, en parte en clave antiarriana, llevarían unos cincuenta años después a la definición del Concilio de Calcedonia.

El hecho de subrayar intensamente la naturaleza humana de Cristo lleva a Cromacio a hablar de la Virgen María. Su doctrina mariológica es tersa y precisa. Le debemos algunas descripciones sugerentes de la Virgen Santísima: María es la «virgen evangélica capaz de acoger a Dios»; es la «oveja inmaculada» que engendró al «cordero cubierto de púrpura» (Cf Sermo XXIII,3: «Scrittori dell´area santambrosiana» 3/1, p. 134).

El obispo de Aquileya pone con frecuencia a la Virgen en relación con la Iglesia: ambas, de hecho, son «vírgenes» y «madres». La eclesiología de Cromacio se desarrolla sobre todo en el comentario a Mateo. Estos son algunos de los conceptos repetidos: la Iglesia es única, ha nacido de la sangre de Cristo; es un vestido precioso tejido por el Espíritu Santo; la Iglesia está allí donde se anuncia que Cristo nació de la Virgen, donde florece la fraternidad y la concordia. Una imagen particularmente querida por Cromacio es la del barco en el mar en la tempestad --vivió en una época de tempestades, como hemos visto--: «No hay duda», afirma el santo obispo, «que esta nave representa a la Iglesia» (cfr Tract. XLII,5: «Scrittori dell´area santambrosiana» 3/2, p. 260).


Como celoso pastor, Cromacio sabe hablar a su gente con un lenguaje fresco, colorido e incisivo. Sin ignorar la perfecta construcción latina, prefiere recurrir al lenguaje popular, rico de imágenes fácilmente comprensibles. De este modo, por ejemplo, tomando pie del mar, pone en relación por una parte la pesca natural de peces que, echados a la orilla, mueren; y por otra, la predicación evangélica, gracias a la cual los hombres son salvados de las aguas enfangadas de la muerte, e introducidos en la verdadera vida (Cf. Tract. XVI,3: «Scrittori dell´area santambrosiana» 3/2, p. 106).

Desde el punto de vista del buen pastor, en un período borrascoso como el suyo, flagelado por los saqueos de los bárbaros, sabe ponerse siempre al lado de los fieles para alentarles y para abrir su espíritu a la confianza en Dios, que nunca abandona a sus hijos.

Recogemos, al final, como conclusión de estas reflexiones, una exhortación de Cromacio que todavía hoy sigue siendo válida: «Invoquemos al Señor con todo el corazón y con toda la fe --recomienda el obispo de Aquileya en un Sermón--, pidámosle que nos libere de toda incursión de los enemigos, de todo temor de los adversarios. Que no tenga en cuenta nuestros méritos, sino su misericordia, él que también en el pasado se dignó liberar a los hijos de Israel no por sus méritos, sino por su misericordia. Que nos proteja con su acostumbrado amor misericordioso, y que actúe a través de nosotros lo que dijo san Moisés a los hijos de Israel: "El Señor peleará en vuestra defensa y vosotros quedaréis en silencio". Quien pelea es Él y es Él quien vence... Y para que se digne hacerlo tenemos que rezar lo más posible. Él mismo dice por labios del profeta: "Invócame en el día de la tribulación; yo te liberaré y tú me glorificarás"» (Sermo XVI,4: «Scrittori dell´area santambrosiana» 3/1, pp. 100-102).

De este modo, precisamente al inicio del Adviento, san Cromacio nos recuerda que el Adviento es tiempo de oración, en el que es necesario entrar en contacto con Dios. Dios nos conoce, me conoce, conoce a cada uno de nosotros, me ama, no me abandona. Sigamos adelante con esta confianza en el tiempo litúrgico recién comenzado.

 

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Vosotros sois la luz del mundo  - «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto del monte; ni se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín, sino para ponerla sobre el candelero, así alumbra a todos los que están en la casa».

El Señor dijo a sus discípulos que eran la sal de la tierra, porque ellos, por medio de la sabiduría celestial, condimentaron los corazones de los hombres que, por obra del demonio, habían perdido su sabor. Ahora añade también que son la luz del mundo, ya que, iluminados por Él mismo, que es la luz verdadera y eterna, se convirtieron ellos también en luz que disipó las tinieblas. 

Puesto que Él era el sol de justicia, con razón llama a sus discípulos luz del mundo, ya que ellos fueron como los rayos a través de los cuales derramó sobre el mundo la luz de su conocimiento; ellos, en efecto, ahuyentaron del corazón de los hombres las tinieblas del error, dándoles a conocer la luz de la verdad. 

También nosotros, iluminados por ellos, nos hemos convertido de tinieblas en luz, tal como dice el Apóstol: Un tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz. Y también: Todos sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas. En este mismo sentido habla San Juan en su carta, cuando dice: Dios es luz, y el que permanece en Dios está en la luz, como Él también está en la luz. Por lo tanto, ya que tenemos la dicha de haber sido liberados de las tinieblas del error, debemos caminar siempre en la luz, como hijos que somos de la luz. Por esto dice el Apóstol: Aparecéís como antorchas en el mundo, presentándole la palabra de vida. 

Si así no lo hacemos, es como si, con nuestra infidelidad, pusiéramos un velo que tapa y oscurece esta luz tan útil y necesaria, en perjuicio nuestro y de los demás. Por esto también incurrió en castigo aquel siervo que prefirió esconder el talento, que había recibido para negociar un lucro celestial, antes que ponerlo en el banco, como sabemos por el Evangelio. Así, pues, aquella lámpara resplandeciente, encendida para nuestra salvación, debe brillar siempre en nosotros. Poseemos, en efecto, la lámpara de los mandatos celestiales y de la gracia espiritual, acerca de la cual afirma el salmista: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. De ella dice también Salomón: El consejo de la ley es lámpara. 

Por consiguiente, nuestro deber es no ocultar esta lámpara. de la ley y de la fe, sino ponerla siempre en alto en la Iglesia, como en un candelero, para la salvación de todos, para que así nos beneficiemos nosotros de la luz de su verdad y para que ilumine a todos los creyentes”.   De los Tratados de San Cromacio, obispo, (Aquileya, ciudad de la Italia septentrional 340ca. †407/8ca.) sobre el evangelio según San Mateo (Tratado 5, 1.3-4; CCL 9, 405-407).


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San Cromacio de Aquilea (?-407), obispo 
Sermón 19, 1-3; SC 164 

El siervo no es mayor que el maestro

    "Lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza " (Mt 27,28-29). Cristo es revestido como rey y príncipe de mártires, con una túnica roja... porque su sangre sagrada resplandece como una escarlata preciosa. Es como el vencedor que recibe la corona, porque es normalmente al vencedor al que se concede una corona... Pero podemos observar que la túnica púrpura es también el símbolo de la Iglesia que, permaneciendo en Cristo rey, brilla con una gloria real. De ahí el título de "raza real" que le da Juan en el Apocalipsis (1,6)... En efecto, la tela púrpura es una pieza preciosa y real.

    Aunque sea un producto natural, cambia de calidad cuando se la sumerge en un baño de tinte, y cambia de aspecto... Sin valor por ella misma, se transforma de hecho en un producto precioso. Lo mismo nos ocurre a nosotros: sin valor por nosotros mismos, la gracia nos transforma y nos da un precio, cuando [en nuestro bautismo] somos sumergidos por tres veces, como la tela de púrpura, en la escarlata espiritual, el misterio de la Trinidad...

    También podemos observar que la túnica roja es también el símbolo de la gloria de los mártires, ya que, teñidos de su propia sangre derramada, adornados por la sangre del martirio, brillan en Cristo como una preciosa túnica escarlata. En otro tiempo, la ley recomendaba ofrecer telas escarlatas para adornar el tabernáculo de Dios (Ex 25,4); los mártires, de hecho, son el ornamento de la Iglesia de Cristo...

    La corona de espinas que pusieron sobre la cabeza del Señor, es el símbolo de nuestra alianza, que, de todas las naciones, hemos venido a la fe. Éramos entonces sólo unas espinas, es decir pecadores; pero, creyendo en Cristo, llegamos a ser una corona de justicia, porque dejamos de pinchar o de herir al Salvador, y coronamos su cabeza con la confesión de nuestra fe... Sí, antaño éramos espinas, más ahora... nos hemos convertido en piedras preciosas.


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 CROMACIO DE AQUILEYA* 340/5 407 ca.

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

Nació en Aquileya, ciudad de la Italia septentrional, hacia el año 340, en el seno de una familia profundamente cristiana. Los pocos datos que conservamos de su infancia y adolescencia proceden de una carta de San Jerónimo y de la Apología de Rufino. Desde el año 370 fue miembro del clero de su ciudad. En calidad de colaborador del obispo Valeriano participó en el Sínodo local que, convocado en el 381 bajo la dirección de San Ambrosio, condenó el semiarrianismo. A la muerte de Valeriano en el 388, Cromacio ocupó la sede de Aquileya. En el desempeño de este cargo desarrolló una intensa actividad pastoral durante veinte años, dedicándose por entero a la predicación, a la administración de los sacramentos y a las tareas de gobierno. Murió en el año 407 ó 408.

 

De su abundante producción literaria sólo conservamos 45 homilías —algunas en estado fragmentario—, y 61 tratados. Estos dos tipos de obras descubren otros tantos rasgos importantes de la figura de San Cromacio: al lado del pastor, preocupado por enseñar las verdades de fe a sus fieles, surge el exegeta, que realiza con erudición y piedad el comentario a los textos evangélicos de San Mateo.

 

Escribió también numerosas epístolas—que se han perdido—a personajes de la época: San Ambrosio, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo... A través de ellas, estimuló en su trabajo de traductores a San Jerónimo y a Rufino de Aquileya, animándoles a poner al servicio de la Iglesia sus conocimientos lingüísticos. LOARTE

[*No existe prueba de de ´ser santo canonizado´ a pesar de ser llamado santo por su ejemplar vida cristiana y episcopal. Pero el Martirologio romano lo recuerda como santo y «verdadero artífice de paz, dispuesto siempre a elevar las mentes hacia las cosas más amadas y sublimes].

 

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La ciudad de Aquileya (Italia) y su obispo S. Cromacio (340? 408?) son punto de encuentro fundamental de hombres, tierras y siglos. El nombre de Cromacio aparece ligado al de otros importantes contemporáneos como Atanasio, Jerónimo, Rufino, Ambrosio y Juan Crisóstomo. 

En un momento difícil para la Iglesia, Cromacio fue ante todo un pastor celoso, célebre por su caridad, y un arduo defensor de la ortodoxia nicena ya desde el Concilio de Aquileya (381), en el que participó siendo presbítero y colaborador de su obispo Valeriano. 

Las obras que de él conservamos, los Sermones y el Comentario al Evangelio de Mateo (su producción epistolar no ha llegado hasta nosotros), no pretenden realizar un desarrollo sistemático o innovador sobre el contenido de la fe. Son, sin embargo, testigos valiosos de la reflexión teológica del s. IV cristiano y muestras la profunda cultura bíblica y eclesial de su autor.

 

El Comentario al Evangelio de Mateo es uno de los más extensos que nos ha llegado sobre el primer evangelio. Abarca, con algunas lagunas, desde el primer capítulo del evangelio hasta el capítulo 18. Se ve influido por autores como Hilario de Poitiers, Ambrosio y, en menor medida, Cipriano, Tertuliano, Jerónimo e incluso Ireneo de Lyon. A lo largo de sus páginas, a pesar de su interés marcadamente pastoral y espiritual, no se puede dejar de observar el sólido fundamento teológico con que trata algunos temas principales de la doctrina católica. Así, por ejemplo, Cristo, la salvación, el misterio trinitario, la Virgen María, la Iglesia o la vida cristiana. 

Hacemos notar que existe hoy una traducción y es la primera edición íntegra de la obra que se publica en español o lengua castellana: ‘Biblioteca de Patrística – CROMACIO DE AQUILEYA – comentario al evangelio de Mateo’. – Edición Nueva. Esp.

 

Sobre la ‘Biblioteca de Patrística’

 

Los Padres siguen constituyendo hoy en día un punto de referencia indispensable para la vida cristiana.

Testigos profundos y autorizados de la más inmediata tradición apostólica, partícipes directos de la vida de las comunidades cristianas, se destaca en ellos una riquísima temática pastoral, un desarrollo del dogma iluminado por un carisma especial, una comprensión de las Escrituras que tiene como guía al Espíritu. La penetración del mensaje cristiano en el ambiente socio cultural de su época, al imponer el examen de varios problemas a cual más delicado, lleva a los Padres a indicar soluciones que se revelan extraordinariamente actuales para nosotros.

De aquí el «retorno a los Padres» mediante una iniciativa editorial que trata de detectar las exigencias más vivas y a veces también más dolorosas en las que se debate la comunidad cristiana de nuestro tiempo, para esclarecerla a la luz de los enfoques y de las soluciones que los Padres proporcionan a sus comunidades. Esto puede ser además una garantía de certezas en un momento en que formas de pluralismo mal entendido pueden ocasionar dudas e incertidumbres a la hora de afrontar problemas vitales. 

La colección cuenta con el asesoramiento de importantes patrólogos españoles, y las obras son preparadas por profesores competentes y especializados, que traducen en prosa llana y moderna la espontaneidad con que escribían los Padres. 2002.-

 

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La meta última de la historia humana se alcanzará cuando "Dios sea todo en todos" (1 Co 15, 28) y, como anuncia el Apocalipsis, "el mar ya no exista" (Ap 21, 1), es decir, cuando el signo del caos destructor y del mal haya sido por fin eliminado. Entonces la Iglesia se presentará a Cristo como "la novia ataviada para su esposo" (Ap 21, 2). Ese será el momento de la intimidad y del amor sin resquebrajaduras. Pero ya ahora, precisamente contemplando a la Virgen elevada al cielo, la Iglesia gusta anticipadamente la alegría que se le dará en plenitud al final de los tiempos. En la peregrinación de fe a lo largo de la historia, María acompaña a la Iglesia como "modelo de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo. "Eternamente presente en el misterio de Cristo", ella está, en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los tiempos. Efectivamente, "la Iglesia fue congregada en la parte alta del cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos"" (Congregación para la doctrina de la fe, Communionis notio, 28 de mayo de 1992, n. 19; cf. Cromacio de Aquileya, Sermo 30, 1).

 

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Efectivamente, "la Iglesia fue congregada en la parte alta (del cenáculo) con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos"( S. CROMACIO DE AQUILEYA, Sermo 30, 1: "Sources Chrétiennes", 164, p. 134. Cfr. PABLO VI, Exh. Ap. Marialis cultus, 2-II-1974, n. 28.

 

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LAS Bienaventuranzas

(Sermón 41, sobre las ocho bienaventuranzas)

 

Este concurso y afluencia de pueblo en un día de mercado nos ofrece la ocasión de proponeros, hermanos, la palabra del Evangelio, porque las realidades de este mundo son figura de las espirituales y las cosas de la tierra ofrecen la imagen de las del Cielo. En efecto, el Señor y Salvador nuestro nos señala frecuentemente las realidades celestes recurriendo a las de la tierra, como cuando dice: semejante es el reino de los cielos a una red echada en la mar (Mt 13, 47), y aun: el reino de los cielos se parece a un mercader que va en busca de una perla preciosa (Mt 13, 45).

 

Así pues, si la misión del mercader es permitir que cada uno, según sus intereses, ponga en venta lo que le sobra o compre lo que le falta, no estará fuera de lugar que también yo os ofrezca la mercancía que el Señor me ha confiado, particularmente la predicación; pues—aunque ínfimo e indigno—me ha escogido entre aquellos siervos a los que ha distribuido talentos para que los empleen y obtengan ganancia. Ciertamente no faltarán los mercaderes donde, por gracia de Dios, hay tantos y tales oyentes. Y es más necesario buscar un beneficio celestial allí donde no se descuidan los intereses materiales.

 

Deseo ofreceros, queridísimos hermanos, las perlas preciosas de las bienaventuranzas, tomadas del Evangelio: Abrid, pues, las arcas de vuestro corazón, comprad, tomad con avidez, adueñaos con alegría.

 

Mientras se juntaban multitudes de diversas regiones, el Señor y Dios nuestro, Hijo Unigénito del Sumo Padre, que se ha dignado hacerse hombre siendo Dios, y maestro siendo el Señor, tornó consigo a sus discípulos, es decir, a sus Apóstoles, subió a la montaña y comenzó a enseñarles diciendo: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra (Mt 5, 34)... El Señor, Salvador nuestro, pone como escalones extremadainente sólidos, de piedras preciosas, por los que las almas santas y fieles puedan encaramarse y subir hasta ese bien supremo que es el reino de los cielos. Deseo, por tanto, hermanos queridísimos, indicaros brevemente cuáles son esos escalones; prestad atención con toda vuestra mente y con toda vuestra alma, porque las cosas de Dios no son de poca importancia.

 

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3). Principio estupendo, hermanos míos, de la doctrina celestial. El Señor no comienza por el miedo, sino por la bienaventuranza; no suscita temor, sino más bien deseo. Como un árbitro o quien da un espectáculo de gladiadores, ofrece un premio importante a los que luchan en este estadio espiritual, a fin de que no teman las fatigas y, a la vista del premio, no tiemblen ante los peligros. Bienaventurados, pues, los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Señor no ha dicho simplemente, sin precisar, que son felices los pobres, sino que ha especificado: los pobres de espíritu. En efecto, no se puede llamar bienaventurada cualquier pobreza, porque frecuentemente deriva de desgracia, de costumbres depravadas y hasta de la cólera divina. Bienaventurada es, pues, la pobreza espiritual, es decir, la de aquellos hombres que en espíritu y voluntad se hacen pobres por Dios, renunciando a los bienes del mundo y donando espontáneamente sus propias riquezas. A éstos se les llama bienaventurados con justo título, porque son pobres de espiritu y porque de ellos es el reino de los cielos: por medio de la pobreza voluntaria se consiguen las riquezas del reino de los cielos.

 

El Señor prosigue: bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra (Mt 5, 4). De modo admirable, tras el primer peldaño, se indica el segundo: bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra. Pero de la misma manera que no es posible, sin respetar el orden de los escalones, pararnos en el segundo si no se ha subido el primero, así un hombre no podrá ser manso si antes no se ha hecho pobre de espíritu. ¿Cómo podría un alma en medio de las riquezas, de las preocupaciones y de los afanes del mundo, de los que nacen agitaciones, litigios, recursos de apelación, iras y exacerbaciones sin fin; cómo podría, digo, en medio de todo esto, ser dulce y mansa un alma si antes no hubiera renunciado con un corte neto a todo lo que provoca cólera y a toda ocasión de disputas? El mar no se aquieta hasta que cesan los vientos; el fuego no se extingue mientras no se quita el material combustible y las ramas secas de los arbustos. Del mismo modo un espíritu no podrá ser dulce y manso mientras no haya renunciado a cuanto excita e inflama. El segundo escalón viene, pues, oportunamente detrás del primero, porque los pobres de espíritu comienzan ya a estar en el camino de la mansedumbre.

 

Y he aquí el tercero: bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (Mt 5, 5). ¿Cuál es para nosotros este llanto saludable? Desde luego no el que nace de la pérdida de nuestros bienes, o de la muerte de nuestros seres queridos, o de la privación de los honores de este mundo: de estas cosas no ha de dolerse quien ha llegado a ser pobre de espíritu. Es saludable el llanto que se derrama por los propios pecados, recordando el juicio de Dios. En medio de las innumerables ocupaciones y de las dificultades de este mundo, el alma no podía pensar en sí misma; pero libre ya de cuidados y amansada, se aplica a mirarse más de cerca, a examinar sus acciones del día y de la noche; comienzan entonces a aparecer las heridas de las culpas pasadas, a las que siguen llantos y lágrimas saludables y muy útiles para atraer enseguida la consolación celestial, pues es veraz el que ha dicho: bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

 

Pasemos, hermanos míos, al cuarto escalón: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados (Mt 5, 6). Después del arrepentimiento, después de los llantos y las lágrimas derramadas sobre los pecados, ¿qué otra hambre y qué otra sed puede nacer sino de la justicia? Como se alegra por la luz ya próxima quien ha pasado la noche en la oscuridad, y como desea comer y beber quien ha digerido la amarga bilis, así también el alma del cristiano, tras haber expiado los propios pecados con el dolor y con las lágrimas, sólo tiene hambre y sed de la justicia de Dios y con derecho se alegrará de ser saciada de cuanto desea.

 

Pasemos ahora el quinto escalón: bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Nadie podrá dar nada a nadie si antes no lo ha dado a sí mismo. Así, tras haber obtenido misericordia y abundancia de justicia, el cristiano comienza a tener compasión de los infelices y empieza a rezar por los otros pecadores. Se vuelve misericordioso incluso hacia sus enemigos. Se prepara, con esta bondad, una buena reserva de misericordia para la llegada del Señor. Por eso se ha dicho: bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

 

He aquí el sexto escalón: bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt 5, 8). Ciertamente están ya limpios de corazón y podrán ver a Dios los pobres de espíritu, los mansos, los que han llorado sus propios pecados, los que se han nutrido de justicia, y los misericordiosos que hasta en la adversidad mantienen el ojo de su corazón tan limpio y claro que pueden mirar sin ardor de malicia y sin obstáculo la inaccesible claridad de Dios. La pureza del corazón y la rectitud de la conciencia no soportarán una nube para mirar al Señor.

 

Sigue, hermanos míos: bienaventurados los obradores de paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9). Grande es la dignidad de cuantos se afanan por la paz, pues son considerados hijos de Dios. Es seguro bien restablecer la paz entre hermanos que se llaman a juicio por cuestiones de interés, de vanagloria o de rivalidad. Pero esto no merece más que una modesta recompensa, porque el Señor había dicho para ejemplo nuestro: ¿quién me ha constituido juez o partidor sobre vosotros? (Lc 12, 14). Y antes: no reclames lo tuyo a quien te lo toma (Lc 6, 30). Y en otro lugar: ¿cómo podríais creer vosotros, que andais en busca de gloria, los unos de los otros? (Jn 5, 44). Hemos de darnos cuenta de que existe una obra de paz de mejor calidad y más sublime: me refiero a la que, mediante una asidua enseñanza, lleva la paz a los paganos, enemigos de Dios; la que corrige a los pecadores y, mediante la penitencia, los reconcilia con Dios; la que devuelve al recto camino a los herejes rebeldes; la que recompone en la unidad y en la paz a cuantos andan en desacuerdo con la Iglesia. Tales obradores de paz no son sólo bienaventurados, sino bien dignos de ser llamados hijos de Dios. Por haber imitado al mismo Hijo de Dios, Cristo al que el Apóstol llama nuestra paz y nuestra reconciliación (cfr. Ef 2, 14-16 2 Cor 5, 18-19), se les concede participar de su nombre.

 

Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 10). No cabe duda, hermanos, de que la envidia es siempre compañera del bien realizado. Por no hablar de la crueldad de los perseguidores, cuando se comienza a practicar una justicia rigurosa, a combatir la arrogancia, a amonestar a los incrédulos para que se pongan en paz con el Señor; cuando además se comienza a disentir de quien vive en la mundanidad y en el error, enseguida estallan las persecuciones; es inevitable que surjan los odios y que la rivalidad difame. Así conduce Cristo finalmente a sus seguidores al último peldaño, a esa cima, a esa altura, no sólo para que resistan en el sufrimiento, sino para que se gocen en el morir.

 

Bienaventurados seréis—dice—cuando os ultrajen y persigan y, mintiendo, digan de vosotros todo género de mal a causa de la justicia. Alegraos y exultad, porque es grande vuestra recompensa en los cielos. Así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros (Mt 5, 1 1-12). Es perfecta virtud, hermanos, después de obras de gran justicia, ser ultrajados por la verdad, ser afligidos con tormentos y, al fin, heridos de muerte sin dejarnos aterrorizar, siguiendo el ejemplo de los profetas que, atormentados de muchas maneras por la justicia, merecieron ser asimilados a los sufrimientos y premio de Cristo. Este es el peldaño más alto, en el que Pablo, mirando a Cristo, decía: mi única mira es, olvidando las cosas de atrás, y atendiendo sólo y mirando a las de delante, ir corriendo hacia la meta, para ganar el premio a que Dios llama desde lo alto por Jesucristo (Fil 3, 13-14). Y más claramente aún a Timoteo: he combatido el buen combate, he terminado mi carrera (2 Tim 4, 7). Y como quien ha subido todos los escalones, añade: he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de la justicia (Ibid. 4, 8). Terminada la carrera, a Pablo no le quedaba más que alcanzar glorioso, a través de las tribulaciones y de los sufrimientos, el peldaño más alto del martirio. La palabra del Señor nos exhorta, pues, oportunamente: alegraos y exultad, porque grande es vuestra recompensa en los cielos; y El muestra con claridad que esta recompensa aumenta con el aumento de las persecuciones.

 

Hermanos, ante vuestros ojos están estos ocho escalones del Evangelio, construidos, como decía, con piedras preciosas. He aquí esa escalera de Jacob que comenzaba en la tierra y cuya cumbre tocaba el cielo. El que la sube encuentra la puerta del cielo y, habiendo entrado por ella, estará con alegría sin fin en la presencia del Señor, alabándole eternamente con los ángeles santos. Éste es nuestro comercio, éste es nuestro mercado espiritual. Demos, benditos de Dios, lo que tenemos; ofrezcamos la pobreza de espíritu para recibir la riqueza del reino de los cielos que nos ha sido prometida; ofrezcamos nuestra mansedumbre, para poseer la tierra y el paraíso; lloremos los pecados propios y ajenos, para merecer el consuelo de la bondad del Señor; tengamos hambre y sed de justicia, para ser saciados más abundantemente; demos misericordia, para recibir verdadera misericordia; vivamos como obradores de paz, para ser llamados hijos de Dios; ofrezcamos un corazón puro y un cuerpo casto, para ver a Dios con clara conciencia; no temamos las persecuciones por la justicia, para ser herederos del reino de los cielos, acojamos con gozo y alegría los insultos, los tormentos, la muerte misma—si llegara a sobrevenir—por la verdad de Dios, a fin de recibir en el cielo una gran recompensa con los Apóstoles y los Profetas.

 

Y para que el fin de mi discurso concuerde con el principio: si los comerciantes se alegran por las frágiles ganancias del momento, ¡cuánto más hemos de alegrarnos y felicitarnos todos juntos por haber encontrado hoy estas perlas del Señor, con las que no se puede comparar ningún bien de este mundo! Para merecer comprarlas, obtenerlas y poseerlas, hemos de pedir el auxilio, la gracia y la fuerza al Señor mismo. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

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La perspectiva universal del salmo 86… -  En la tradición cristiana, esta lectura eclesial del salmo se abre a la relectura del mismo en clave mariológica. Jerusalén era para el salmista una auténtica "metrópoli", es decir, una "ciudad-madre", en cuyo interior se hallaba presente el Señor mismo (cf. So 3, 14-18). Desde esta perspectiva, el cristianismo canta a María como la Sión viva, en cuyo seno fue engendrado el Verbo encarnado y, como consecuencia, han sido regenerados los hijos de Dios. Las voces de los Padres de la Iglesia como, por ejemplo, Ambrosio de Milán, Atanasio de Alejandría, Máximo el Confesor, Juan Damasceno, Cromacio de Aquileya y Germano de Constantinopla, concuerdan en esta relectura cristiana del salmo 86.

 

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La ciudad de Aquileya (Italia) y su obispo S. Cromacio (340?408?) son punto de encuentro fundamental de hombres, tierras y siglos. El nombre de Cromacio aparece ligado al de otros importantes contemporáneos como Atanasio, Jerónimo, Rufino, Ambrosio y Juan Crisóstomo.
En un momento difícil para la Iglesia, Cromacio fue ante todo un pastor celoso, célebre por su caridad, y un arduo defensor de la ortodoxia nicena ya desde el Concilio de Aquileya (381), en el que participó siendo presbítero y colaborador de su obispo Valeriano.

Las obras que de él conservamos, los Sermones y el Comentario al Evangelio de Mateo (su producción epistolar no ha llegado hasta nosotros), no pretenden realizar un desarrollo sistemático o innovador sobre el contenido de la fe. Son, sin embargo, testigos valiosos de la reflexión teológica del s. IV cristiano y muestran la profunda cultura bíblica y eclesial de su autor.

El Comentario al Evangelio de Mateo
es uno de los más extensos que nos ha llegado sobre el primer evangelio. Abarca, con algunas lagunas, desde el primer capítulo del evangelio hasta el capítulo 18. Se ve influido por autores como Hilario de Poitiers, Ambrosio y, en menor medida, Cipriano, Tertuliano, Jerónimo e incluso Ireneo de Lyon.

 

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Cromacio de Aquilea (? 407), obispo de la Iglesia Católica
Sermones
sobre la Epifanía, 34; CCL 9A, 156-157


Del bautismo de Cristo a nuestro bautismo  -       ¡Qué gran misterio encierra el bautismo de nuestro Señor y Salvador! El Padre se deja oír desde lo alto del cielo, el Hijo es visto en la tierra, el Espíritu Santo se muestra bajo la forma de una paloma. Porque no hay verdadero bautismo ni verdadera remisión de los pecados allí donde no hay la verdadera Trinidad... El bautismo que da la Iglesia es único y verdadero, sólo se da una vez y, siendo sumergidos una sola vez, somos purificados y renovados. Purificados porque se deja la suciedad del pecado; renovados, porque se resucita para una vida nueva después de haberse despojado de la vetustez del pecado.
      En el bautismo del Señor, pues, los cielos se abren a fin de que, por el baño del nuevo nacimiento, descubramos que el Reino de los cielos se abre a los creyentes, tal como lo dice la palabra del Señor: “El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3,5). Entra en él, pues, el que renace y no descuida perseverar en su bautismo...
       Puesto que nuestro Señor vino a darnos el nuevo bautismo para la salvación del género humano y la remisión de todos los pecados, ha querido él mismo ser bautizado primero, no para ser despojado del pecado pues no lo había cometido, sino para santificar las aguas del bautismo y así destruir los pecados de todos los creyentes renacidos por las aguas del bautismo.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:


San Juan Crisóstomo -  De los cuatro grandes Padres del Oriente y de los tres grandes doctores ecuménicos de la Iglesia griega sólo uno pertenece a la escuela de Antioquía, San Juan Crisóstomo. Ningún escritor cristiano de la antigüedad tuvo tantos biógrafos y panegiristas como él, desde el escrito más antiguo y mejor de todos, compuesto el año 415 por el obispo Paladio de Elenópolis (cf. supra, p.187), hasta el último, que se escribió en época bizantina. Por desgracia, ninguno aporta los datos necesarios para determinar la fecha exacta de su nacimiento, que debió de ocurrir entre los años 344 y 354. Como su amigo y condiscípulo Teodoro de Mopsuestia, nació en Antioquía en el seno de una familia cristiana noble y acomodada. Su primera educación la recibió de su piadosa madre, Antusa, quien había perdido a su marido contando ella solamente veinte años y cuando Juan era todavía un niño. Aprendió filosofía con Andragathius y retórica con el famoso sofista Libanios (cf. supra, p .233). "A la edad de dieciocho años, cuenta Paladio (5), se rebeló contra los profesores de palabrerías; en llegando a la madurez de espíritu, se enamoró de la doctrina sagrada. Al frente de la iglesia de Antioquía estaba por entonces el bienaventurado Melecio el Confesor, armenio de raza. Reparó en aquel joven tan bien dispuesto y, prendado de la belleza de su carácter, se hacía acompañar de él continuamente, previendo con visión profética el futuro del joven. Habiéndole servido durante tres años, admitido al baño de la regeneración, fue promovido lector." Durante este período tuvo como maestro de teología a Diodoro de Tarso. Llevaba en casa una vida de estricta mortificación, y se hubiera retirado del mundo a no ser por su madre, que le pidió que no la hiciera viuda por segunda vez (De sacerdotio 1,4). Al fin, sin embargo, terminó dirigiéndose a las montañas vecinas, y encontró allí a un ermitaño anciano, con quien compartió la vida durante cuatro años. "Se retiró entonces a una cueva solo, buscando ocultarse. Permaneció allí veinticuatro meses; la mayor parte del tiempo lo pasaba sin dormir, estudiando los testamentos de Cristo para despejar la ignorancia. Al no recostarse durante esos dos años, ni de noche ni de día, se le atrofiaron las partes infragástricas y las funciones de los riñones quedaron afectadas por el frío. Como no podía valerse por sí solo, volvió al puerto de la Iglesia" (paladio, 5).


Vuelto a Antioquía, el año 381 le ordenó de diácono Melecio y el 386 de sacerdote el obispo Flaviano. Este último le asignó como deber especial el predicar en la iglesia principal de la ciudad. Durante doce años, desde el 386 hasta el 397, cumplió este oficio con tanto celo, habilidad y éxito, que se aseguró para siempre el titulo del más grande orador sagrado de la cristiandad. Fue durante este tiempo cuando pronunció más famosas homilías.

Este período feliz y tranquilo de su vida terminó un tanto ex abrupto cuando el 27 de septiembre del 397 murió Nectario, patriarca de Constantinopla, y para sucederle fue elegido Juan. Como éste no mostrara ningún interés a aceptar el cargo, fue llevado a la capital por orden de Arcadio por la fuerza y con engaño. Se le obligó a Teófilo, patriarca de Alejandría, a consagrarle el 26 de febrero del 398. Inmediatamente Crisóstomo puso manos a la obra en la reforma de la ciudad y del clero, que se habían corrompido en tiempos de su predecesor. Pronto quedó claro, sin embargo, que su nombramiento para la sede de la residencia imperial fue la mayor desgracia de su vida. No encajaba en su nueva posición. Nunca se dio cuenta de la diferencia esencial que existía entre el ambiente envenenado de la residencia imperial y el clima más puro de la capital provinciana de Antioquía. Su alma era demasiado noble y generosa para no perderse en medio de las intrigas de la corte. Su sentido de la dignidad personal era demasiado elevado como para rebajarse a aquella actitud servil hacia las majestades imperiales que le hubiera podido asegurar el favor duradero de los emperadores. Por el contrario, su temperamento ardiente le traicionó no pocas veces, arrastrándole a un lenguaje y a un modo de actuar inconsiderados, si no ofensivos. Su plan de reforma del clero y del laicado era quimérico, y su inflexible adhesión al ideal no produjo más resultado que el de unir en contra suya todas las fuerzas hostiles; él estaba ayuno de la artera diplomacia que incita a un enemigo a pelear con otro.


A pesar de que él mismo daba ejemplo de simplicidad y dedicó sus cuantiosos ingresos a erigir hospitales y a socorrer a los pobres, sus esfuerzos llenos de celo por elevar el tono moral de los sacerdotes y del pueblo encontraron fuerte oposición. Esta se trocó en odio cuando el año 401, en un sínodo de Efeso, mandó deponer a seis obispos culpables de simonía. Entonces sus adversarios de dentro y fuera aunaron sus fuerzas para destruirlo. A pesar de que al principio sus relaciones con la corte imperial habían sido amistosas, la situación cambió rápidamente después de la caída del todopoderoso e influyente Eutropio (399), consejero y secretario favorito del pusilánime emperador Arcadio. La autoridad imperial pasó a manos de la emperatriz Eudoxia, a quien le habían envenenado en contra de Juan, sugiriéndole insidiosamente que las invectivas de este contra el lujo y la depravación iban directamente contra ella y contra su corte. Por añadidura, los propios colegas episcopales de Crisóstomo, Severiano de Gábala, Acacio de Berea y Antíoco de Ptolemaida, hicieron todo lo posible para fomentar el creciente resentimiento de Eudoxia contra el patriarca.

Su intriga tuvo rotundo éxito, especialmente a partir del brusco reproche de Crisóstomo a la emperatriz por haberse apoderado de un solar. Con todo, su enemigo más peligroso era Teófilo de Alejandría, que estaba resentido contra el patriarca de Constantinopla desde que el emperador Arcadio le había obligado a consagrarle. Su antipatía se trocó en rabia cuando el año 402 fue llamado a la capital para responder ante un sínodo presidido por Crisóstomo, de las acusaciones que hicieran contra él los monjes del desierto de Nitria. Teófilo le hizo a aquél responsable de esta citación, y, con la ayuda de la emperatriz, decidió volver las tornas a Crisóstomo. Convocó una reunión de treinta y seis obispos, de los cuales todos menos siete eran de Egipto y todos enemigos de Crisóstomo. Este sínodo, llamado de la Encina, suburbio de Calcedonia, condenó al patriarca de la capital basándose en veintinueve cargos inventados. (Las actas de este sínodo nos las ha conservado Focio, Bibl. cod. 59.) Después que Crisóstomo se negó por tres veces a presentarse ante esta “corte episcopal,” fue declarado depuesto en agosto del 403. El emperador Arcadio aprobó la decisión del sínodo y le desterró a Bitinia. Esta primera expulsión no duró mucho tiempo, pues fue llamado al día siguiente. Asustada por la desenfrenada indignación del pueblo de Constantinopla y por un trágico accidente que ocurrió en el palacio imperial, la misma emperatriz había pedido su regreso. Crisóstomo volvió a entrar en la capital en medio de una triunfal procesión y pronunció en la iglesia de los Apóstoles un discurso jubiloso, que se conserva todavía (Hom. 1 post reditum). En un segundo discurso, quizás al día siguiente, habló de la emperatriz en los términos más elogiosos (Sozomeno, Hist. eccl. 8,18,8). Esta situación de paz se vio turbada violentamente dos meses más tarde, cuando Crisóstomo se lamentó de los ruidosos e incidentes entretenimientos y danzas públicas que señalaron la dedicación de una estatua de plata de Eudoxia a pocos pasos de la catedral. Sus enemigos no tardaron en presentarlo como una afrenta personal. Profundamente herida, la emperatriz no hizo gran cosa para ocultar su resentimiento; Crisóstomo, por su parte, enfurecido por las pruebas de renovada hostilidad e impulsado por su ardiente temperamento, cometió una imprudencia que fue fatal en sus consecuencias.

En la fiesta de San Juan Bautista empezó su sermón con estas palabras: “Ya se enfurece nuevamente Herodías; nuevamente se conmueve; baila de nuevo y nuevamente pide en una bandeja la cabeza de Juan” (Sócrates, Hist. eccl. 6,18; Sozomeno, Hist. eccl. 8,20). Sus enemigos consideraron esta sensacional introducción como una alusión a Eudoxia y resolvieron asegurar su deportación sobre la base de haber asumido ilegal mente la dirección de una sede de la cual había sido depuesto canónicamente. El emperador ordenó a Crisóstomo que cesara de ejercer las funciones eclesiásticas, cosa que él rehusó hacer. Entonces se le prohibió hacer uso de ninguna iglesia. Cuando él y los leales sacerdotes que le seguían fieles reunieron, en la vigilia de Pascua del año 404, a los catecúmenos en los baños de Constante para conferirles solemnemente el bautismo, la ceremonia quedó interrumpida por la intervención armada; los fieles fueron arrojados fuera y el agua bautismal quedó teñida en sangre (Paladio, 33.34; Sócrates, Hist. eccl. 6,18,14). Cinco días después de Pentecostés, el 9 de junio del 404, un notario imperial informaba a Crisóstomo que tenía que abandonar la ciudad inmediatamente, y así lo hizo. Fue desterrado a Cúcuso, en la Baja Armenia, donde permaneció tres años. Bien pronto su antigua comunidad de Antioquía acudió en peregrinación a ver a su querido predicador.

“Cuando ellos [sus enemigos] vieron que la iglesia de Antioquía emigraba a la iglesia de Armenia y que desde aquí la sabiduría, llena de gracia, de Juan cantaba a la iglesia de Antioquía, desearon cortar rápidamente su vida” (paladio, 38). A petición suya, Arcadio le desterró a Pitio, lugar salvaje en la extremidad oriental del mar Negro. Quebrantado por las penalidades del camino y por verse obligado a caminar a pie con un tiempo riguroso, murió en Comana, en el Ponto, el 14 de septiembre del 407, antes de llegar a su destino. Sus restos mortales fueron traídos en solemne procesión a Constantinopla el 27 de enero del 438 y enterrados en la iglesia de los Apóstoles. El emperador Teodosio II, hijo de Eudoxia (que había muerto ya el 404), salió al encuentro del cortejo fúnebre. “Apoyó su rostro sobre el féretro y rogó y suplicó que perdonaran a sus padres el daño que le habían ocasionado por ignorancia” (Τeodoreto, Hist. eccl. 5,36).

Antes de abandonar Constantinopla, Crisóstomo había apelado al papa Inocencio I de Roma y a los obispos Venerio de Milán y Cromacio de Aquileya, y había pedido que se formara un tribunal. Paladio nos ha conservado esta comunicación (Dialog. 8-11). Poco después, Teófilo de Alejandría notificaba al Papa la deposición de Juan. El papa Inocencio se negó a aceptarla y pidió que abriera una investigación un sínodo compuesto de obispos occidentales y orientales. Al ser rechazada esta proposición, el Papa y todo el Occidente rompieron la comunión con Constantinopla, Alejandría y Antioquía hasta que no se diera cumplida satisfacción. Arsacio, primer sucesor de Crisóstomo, murió el 11 de noviembre del 405. Le sucedió Ático. El y sus amigos fueron admitidos nuevamente en la comunión de Roma, pero sólo después que prometieron volver a insertar en los dípticos el nombre de Juan, que ya había muerto entretanto.

http://www.conoze.com/doc.php?doc=5597

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:


 

San Afrates (?-hacia 345), monje y obispo en Nínive, cerca de Mosul en el actual Irak - Las Orientaciones, nº 22

 

Nuestros difuntos viven gracias a él -      La gente piadosa, prudente y buena no vive asustada por la muerte por la gran esperanza que tienen. Todos los días piensan en la muerte como si fuera un éxodo y el día último en el que nacerán los hijos de Adán. El apóstol Pablo dice: «La muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado, así la muerte pasó a todos los hombres» (Rm 5, 14.12) ... Así es como ella ha alcanzado a todos los hombres desde Moisés hasta el fin del mundo. Sin embargo, Moisés proclamó que su reinado sería destruido; la muerte pensaba tener prisioneros a todos los hombres y reinar sobre ellos para siempre..., pero cuando el Altísimo llamó a Moisés desde la zarza ardiendo, le dijo: «Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (Ex 3,6). Al escuchar estas palabras la muerte se vio sacudida, tembló de temor y comprendió... que Dios es rey de muertos y de vivos y que llegaría el tiempo en que los hombres escaparían a sus tinieblas. Y he aquí que Jesús, nuestro Salvador ha repetido estas palabras a los saduceos diciéndoles: «No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos» (Lc 20, 38)...
     Porque Jesús ha venido como homicida de la muerte; se vistió de un cuerpo como el de los descendientes de Abraham, estuvo clavado en la cruz y ha sufrido
la muerte. Esta comprendió que iba a bajar hasta ella. Temblando ha cerrado fuertemente sus puertas, pero él rompió estas puertas, entró y comenzó a arrancar a los que la muerte tenía retenidos. Los muertos, viendo la luz en medio de las tinieblas, han sacado la cabeza fuera de su prisión y han visto el resplandor del Rey Mesías... Y la muerte, viendo que las tinieblas comenzaban a disiparse y los justos a resucitar, ha sabido que, al final de los tiempos, él se llevaría a todos sus cautivos de las garras de su poder

 

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1 - El canto a Jerusalén, ciudad de la paz y madre universal, que acabamos de escuchar, por desgracia está en contraste con la experiencia histórica que la ciudad vive. Pero la oración tiene como finalidad sembrar confianza e infundir esperanza.

 

La perspectiva universal del salmo 86 puede hacer pensar en el himno del libro de Isaías, en el cual confluyen hacia Sión todas las naciones para escuchar la palabra del Señor y redescubrir la belleza de la paz, forjando "de sus espadas arados", y "de sus lanzas podaderas" (cf. Is 2, 2-5). En realidad, el salmo se sitúa en una perspectiva muy diversa, la de un movimiento que, en vez de confluir hacia Sión, parte de Sión; el salmista considera a Sión como el origen de todos los pueblos. Después de declarar el primado de la ciudad santa no por méritos históricos o culturales, sino sólo por el amor derramado por Dios sobre ella (cf. Sal 86, 1-3), el salmo celebra precisamente este universalismo, que hermana a todos los pueblos.

 

2-Sión es aclamada como madre de toda la humanidad y no sólo de Israel. Esa afirmación supone una audacia extraordinaria. El salmista es consciente de ello y lo hace notar:  "¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!" (v. 3). ¿Cómo puede la modesta capital de una pequeña nación presentarse como el origen de pueblos mucho más poderosos? ¿Por qué Sión puede tener esa inmensa pretensión? La respuesta se da en la misma frase:  Sión es madre de toda la humanidad porque es la "ciudad de Dios"; por eso está en la base del proyecto de Dios.

 

Todos los puntos cardinales de la tierra se encuentran en relación con esta madre:  Raab, es decir, Egipto, el gran Estado occidental; Babilonia, la conocida potencia oriental; Tiro, que personifica el pueblo comercial del norte; mientras Etiopía representa el sur lejano y Palestina la zona central, también ella hija de Sión.

 

En el registro espiritual de Jerusalén se hallan incluidos todos los pueblos de la tierra:  tres veces se repite la fórmula "han nacido allí (...); todos han nacido en ella" (vv. 4-6). Es la expresión jurídica oficial con la que se declaraba que una persona había nacido en una ciudad determinada y, como tal, gozaba de la plenitud de los derechos civiles de aquel pueblo.

 

3 - es sugestivo observar que incluso las naciones consideradas hostiles a Israel suben a Jerusalén y son acogidas no como extranjeras sino como "familiares". Más aún, el salmista transforma la procesión de estos pueblos hacia Sión en un canto coral y en una danza festiva:  vuelven a encontrar sus "fuentes" (cf. v. 7) en la ciudad de Dios, de la que brota una corriente de agua viva que fecunda todo el mundo, siguiendo la línea de lo que proclamaban los profetas (cf. Ez 47, 1-12; Zc 13, 1; 14, 8; Ap 22, 1-2).

 

En Jerusalén todos deben descubrir sus raíces espirituales, sentirse en su patria, reunirse como miembros de la misma familia, abrazarse como hermanos que han vuelto a su casa.

 

4 - El salmo 86, página de auténtico diálogo interreligioso, recoge la herencia universalista de  los profetas (cf. Is 56, 6-7; 60, 6-7; 66, 21; Jl 4, 10-11; Ml 1, 11, etc.) y anticipa la tradición cristiana que aplica este salmo a la "Jerusalén de arriba", de la que san Pablo proclama que "es libre; es nuestra madre" y tiene más hijos que la Jerusalén terrena (cf. Ga 4, 26-27). Lo mismo dice el Apocalipsis cuando canta a "la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios" (Ap 21, 2. 10).

 

En la misma línea del salmo 86, también el concilio Vaticano II ve en la Iglesia universal el lugar en donde se reúnen "todos los justos, desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido". Esa Iglesia "llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos" (Lumen gentium, 2).

 

5 - en la tradición cristiana, esta lectura eclesial del salmo se abre a la relectura del mismo en clave mariológica. Jerusalén era para el salmista una auténtica "metrópoli", es decir, una "ciudad-madre", en cuyo interior se hallaba presente el Señor mismo (cf. So 3, 14-18). Desde esta perspectiva, el cristianismo canta a María como la Sión viva, en cuyo seno fue engendrado el Verbo encarnado y, como consecuencia, han sido regenerados los hijos de Dios. Las voces de los Padres de la Iglesia como, por ejemplo, Ambrosio de Milán, Atanasio de Alejandría, Máximo el Confesor, Juan Damasceno, Cromacio de Aquileya y Germano de Constantinopla, concuerdan en esta relectura cristiana del salmo 86.

 

Citaremos ahora a un maestro de la tradición armenia, Gregorio de Narek (ca. 950-1010), el cual, en su Panegírico de la santísima Virgen María, se dirige así a la Virgen:  "Al refugiarnos bajo tu dignísima y poderosa intercesión, encontramos amparo, oh santa Madre de Dios, consuelo y descanso bajo la sombra de tu protección, como al abrigo de una muralla bien fortificada:  una muralla adornada, en la que se hallan engarzados diamantes purísimos; una muralla envuelta en fuego y, por eso, inexpugnable a los asaltos de los ladrones; una muralla que arroja pavesas, inaccesible e inalcanzable para los crueles traidores; una muralla rodeada por todas partes, según David, cuyos cimientos fueron puestos por el Altísimo (cf. Sal 86, 1. 5); una muralla fuerte de la ciudad de arriba, según san Pablo (cf. Ga 4, 26; Hb 12, 22), donde acogiste a todos como habitantes, porque, mediante el nacimiento corporal de Dios, hiciste hijos de la Jerusalén de arriba a los hijos de la Jerusalén terrena. Por eso, sus labios bendicen tu seno virginal y todos te proclaman morada y templo de Aquel que es de la misma naturaleza del Padre. Así pues, con razón se te aplican las palabras del profeta:  "Fuiste nuestro refugio y nuestro defensor frente a los torrentes en los días de angustia" (cf. Sal 45, 2)" (Testi mariani del primo millennio, IV, Roma 1991, p. 589).

 

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Cromacio de Aquilea (hacia 407ca.) obispo
Sermón 11; SC 154, pag. 213ss

 

“Una obra buena ha hecho conmigo.” (Mt 26,10) - El evangelio nos relata hoy que el Señor, estando sentado en la mesa de Lázaro que había resucitado de entre los muertos “María, la hermana de Lázaro y de Marta, traía un frasco de perfume de nardo y ungió los pies de Jesús.”... Santa María, tal como se lee a menudo en el evangelio, fue muy considerada por Cristo por la grandeza extraordinaria de su fe. En el pasaje que precede, llorando la muerte de su hermano, hizo llorar también al Señor, porque provocó la ternura en el autor de la ternura. Pues bien, aunque preparaba la resurrección de Lázaro, el Señor lloraba, porque María lloraba, para mostrar así al mismo tiempo su propia ternura y el mérito de María... Las lágrimas del Señor nos muestran el misterio de la carne asumida; la resurrección de Lázaro pone de relieve el poder de su divinidad...
En este pasaje, miremos la devoción y la fe de esta mujer. Los otros estaban en la mesa con el Señor; ella ungiéndole los pies. Los otros conversaban con el Señor, ella en el silencio de su fe, secaba sus pies con sus cabellos. Los otros ocupaban un sitio de honor, ella servía. Pero el servicio prestado por María tenía más mérito a los ojos de Cristo que los primeros puestos de los convidados. Por esto, el Señor dijo a su propósito: “Os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho, para memoria suya.” (Mt 26,13)
¿Cuál ha sido el servicio de esta santa mujer, para que sea proclamado en todo el mundo y cada día? Mirad su humildad. No empezó por ungir la cabeza del Señor sino sus pies... Ha comenzado por los pies para merecer llegar luego a la cabeza, porque “quien se humillare será ensalzado y quien se ensalce será humillado.”
(Mt 23,12) Se abajó y fue elevado.

 

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San Cromacio de Aquileya (?  407ca.), obispo.
Homilías sobre el Evangelio de Mateo 5,1.3-4.

 

“Pon la lámpara sobre el lampadario” - Porque él mismo es “el Sol de justicia”(Mt 2,20) el Señor puede también llamar a sus discípulos “luz del mundo”(Mt 5,14). Es por ellos, como por los rayos resplandecientes, que él vuelque la luz de su conocimiento sobre la tierra entera... Iluminados por ellos, nosotros mismos, de las tinieblas que éramos, somos nosotros vueltos en luz, como dice San Pablo: “Antes vosotros erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor, vivid como hijos de la luz” (Ef 5, 8). Y todavía “Vosotros sois hijos de la luz, hijos del día, no lo somos de la noche ni de las tinieblas” (1Ts 5,5). San Juan tiene razón al afirmar en su carta: “Dios es luz” (1,5) “El que está en Dios está en la luz” (1, 7)... También nosotros ya que hemos sido librados de las tinieblas del error, debemos vivir en la luz, como hijos de la luz... Es lo que dice el Apóstol: “En medio de ellos, aparecéis, como lumbreras de luz en el mundo, vosotros que lleváis la palabra de vida (Fl 2,15)... 

Esta lámpara resplandeciente, que ha sido encendida para servir nuestra salvación, debe siempre brillar en nosotros... Esta lámpara de la ley y de la fe, no debemos por tanto ocultarla, sino colocarla siempre en la Iglesia como sobre el lampadario, para la salvación de un gran número, a fin de alegrarnos de la luz de su verdad, y brillar en todos los creyentes.

 

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Cromacio, obispo (siglo IV) 2 de diciembre - Nació en Aquileya, Italia, en el siglo IV. Siendo aún sacerdote tomó parte en el sínodo de Aquileya contra el arrianismo. Debido a su reputación, a la muerte de San Valeriano fue elegido obispo de esta misma ciudad y llegó a ser uno de los prelados más importantes de su tiempo. Fue gran amigo de San Jerónimo, traductor de la Biblia; del gran obispo de Milán, San Ambrosio, y de San Juan Crisóstomo, a quien defendió con gran ardor ante el emperador Honorio. (San) Cromacio murió el año 407.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

Senza nessuna memoria di Santo iscritta nel Calendario della Chiesa, possiamo ricordare in questo giorno un personaggio appartenente al clero dell´antica città di Aquileia: quel clero che il grande San Girolamo, non certo largo di facili elogi, definì una volta simile a " una comunità di Santi ".
Di quella comunità di Santi, il sacerdote Cromazio fu a lungo il personaggio più in vista, il lievito della vita spirituale della città.
San Girolamo conosceva bene Aquileia, per esservi vissuto a lungo, prima di ritirarsi a lavorare nel deserto della Calcide. E conosceva bene Cromazio, senza però che l´amicizia e l´affetto facessero velo al suo giudizio, sempre acuto e imparziale, severo più che accondiscendente.
La casa di Cromazio era centro di attività spirituale, di studio e di preghiera. La frequentavano sacerdoti e laici, in fertile scambio di idee e di esperienze. Lo stesso San Girolamo ne aveva sperimentato l´ospitalità.
Aquileia, centro politico della Decima Regione dell´Impero romano, era allora città assai importante, sulla strada che congiungeva Roma alla Dalmazia. Ed era sede vescovile, considerata la terza d´Italia per importanza dopo Roma e Milano.
Al tempo di Cromazio, era Vescovo San Valeriano, impegnato a recuperare i cristiani tendenti all’Arianesimo presenti nella Chiesa di Aquileia, che in passato era stata assai vicina agli Imperatori aria-ni.
Anche Cromazio assecondò in tal senso il Vescovo Valeriano, durante un concilio svoltosi ad Aquileia contro certi Vescovi accusati di Arianesimo. Il sacerdote amico di San Girolamo vi intervenne con autorità e competenza, finché venne approvata una non equivoca formula di condanna.
Cromazio era ormai degno della mitria vescovile, che infatti Sant´Ambrogio gli attribuì non appena la sede di Aquileia restò vacante. E fu Vescovo saggio e soprattutto dotto, come si conveniva a un difensore dell´integrità della dottrina, amico di uno studioso come San Girolamo.
Quest´ultimo lo disse " il più santo e il più dotto " di tutti i Vescovi del tempo, e gli dedicò molte delle sue traduzioni dei libri biblici. Così, per opera di questo saggio Vescovo, la Chiesa di Aquileia manteneva e accresceva la sua reputazione di " comunità di Santi ", e quando Cromazio morì, nel 410, la sua diocesi, benché vedova, restò ancora più alta nella storia della Chiesa del tempo.
C´è restata una lettera che San Girolamo indirizzò al sacerdote Cromazio, e insieme ai confratelli Gioviniano e Eusebio, che conducevano con lui vita in comune, nella casa di Aquileia. Ne rileggiamo volentieri qualche brano, perché suona come un vero inno all´amicizia. Dice infatti:
" Ogni volta che le lettere scritte da ben note mani mi riportano dinanzi al pensiero i vostri amatissimi volti, allora o non sono più qui, oppure voi venite a trovarmi qui. Crediate pure all´affetto, che dice il vero: quando io scrivevo questa lettera, io vi avevo davanti.
" Mi dolgo anzitutto che voi mentre siete separati da me per tanto spazio di mare e di terra, mi abbiate mandato una lettera tanto corta, salvo che non sia stato io a meritarmela, perché non vi ho scritto avanti... ".
E finisce così: " Il dovere di non allungare la lettera mi sforza a far punto, ma l´amore che ho per voi mi spingerebbe a dire. Quindi il mio parlare è disordinato, il mio discorso confuso.
L´amore non può star legato all´ordine! ".

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

Los orígenes (siglos I-III)


2. Los Padres Apostólicos. Características generales. S. Clemente de Roma.
La Didaché. S. Ignacio de Antioquía. S. Policarpo de Esmirna. Papías de Hierápolis. «Epístola del Pseudo Bernabé». «El Pastor» de Hermas.
3. La literatura apócrifa cristiana. Visión de conjunto. Clasificación de estos escritos según su procedencia. Denominaciones más usuales: Evangelios, Hechos, Epístolas y Apocalipsis.
4. Apologistas griegos del siglo II. Características principales de la apologética cristiana en esta época. Cuadrato. Arístides de Atenas. Aristón de Pella. S. Justino. Taciano. Atenágoras de Atenas. Melitón de Sardes. Teófilo de Antioquía.
La «Epístola a Diogneto».
5. El gnosticismo y los movimientos heréticos del siglo II. Importancia del gnosticismo. Precedentes del gnosticismo cristiano. Autores gnósticos principales: Basílides e Isidoro, Carpócrates, Valentín, Heracleón, Tolomeo, Teódoto, Bardesano, Marción. Sectas gnósticas menores. Montanismo. Monarquianismo.
6. La reacción cristiana antiherética. La refutación doctrinal del gnosticismo. Hegesipo y S. Ireneo de Lyon. Otros escritores antiheréticos.
7. Los comienzos de la docencia teológica. El nacimiento de las escuelas teológicas de la antigüedad cristiana: Alejandría y Antioquía. Características principales.
8. Escritores alejandrinos. Panteno. Clemente de Alejandría. Orígenes. Seguidores de Orígenes: Dionisio de Alejandría. Gregorio el Taumaturgo.
9. Los comienzos de la literatura cristiana latina. El empleo litúrgico del latín. Primeras versiones latinas de
la Biblia. Minucio Félix. Tertuliano. S. Hipólito. Novaciano. S. Cipriano. Comodiano. Victorino de Pettau, Arnobio de Sicca. Lactancio.
10. Primeros escritos hagiográficos y litúrgicos. Actas y leyendas de los mártires. Los comienzos del calendario litúrgico. Traditio Apostolica. Didascalía Apostolica.

 

El siglo de oro de los Padres de la Iglesia (siglos IV-V)

 

11. Nuevo contexto histórico de la Iglesia. El cambio pacificador de Constantino en las relaciones Iglesia-Imperium. Arrio y el arrianismo. El Concilio de Nicea (325).
12. Escritores de Alejandría. Alejandro de Alejandría. S. Atanasio. Dídimo el Ciego. Teófilo de Alejandría. S. Cirilo de Alejandría.
13. Iniciadores del monacato en Egipto. Teorías más destacadas sobre el origen del movimiento monástico. S. Antonio. Pacomio. Macario el egipcio. Evagrio Póntico. Paladio. Isidoro de Pelusio. Los Apophthegmata Patrum.
14. Los Padres Capadocios. Marcelo de Ancira. Basilio de Ancira. S. Basilio el Grande. S. Gregorio de Nacianzo. S. Gregorio de Nisa.
15. Escritores antioquenos. Eustacio de Antioquía. Hegemonio y Tito de Bostra. S. Cirilo de Jerusalén. Epifanio de Salamina. Diódoro de Tarso. Teodoro de Mopsuestia. S. Juan Crisóstomo. Teodoreto de Ciro. Seudo Dionisio Areopagita.
16. Historiadores de la Antigüedad cristiana. Comienzos de la historiografía cristiana: Eusebio de Cesárea. Felipe de Sido. Filostorgio. Sócrates. Sozomeno.
17. Escritores siríacos. Líneas generales que definen la literatura siríaca. Afraates. S. Efrén de Nísibe. Otros autores menores.
18. Movimientos heterodoxos en Occidente. Evolución del arrianismo. Maniqueísmo. Donatismo. Prisciliano y el priscilianismo. Pelagianismo. Otros errores.
19. La defensa de la ortodoxia por los Padres latinos. S. Hilario de Poitiers. S. Ambrosio de Milán. Ambrosiaster. Nicetas de Remesiana. Rufino de Aquileya. S. Jerónimo.
20. S. Agustín. Importancia de su personalidad. Polémicas en torno al maniqueísmo, donatismo, arrianismo, pelagianismo y priscilianismo. Aportación literaria. Valoración teológica de su obra e influencia posterior. Discípulos inmediatos de S. Agustín: Mario Mercator y Quodvultdeus.
21. Poetas cristianos latinos. Características más sobresalientes de la poesía cristiana de esta época. Juvenco. Prudencio. S. Paulino de Nola. Sedulio. Poemas anónimos.
22. Escritores de las Galias. Euquerio de Lyón. Juan Casiano. Próspero de Aquitania. Salviano de Marsella. Sulpicio Severo. S. Vicente de Lérins. Itinerarium Burdigalense.
23. Escritores de Hispania. Potamio de Lisboa.
Gregorio de Elvira. S. Paciano de Barcelona. Paulo Orosio. S. Toribio de Astorga. Hidacio de Chaves. Avito de Braga. Baquiario. Calcidio. Cosencio. Pastor. Severo de Mallorca. Siagrio. Itinerarium Egeriae.
24. Escritores de Italia. Siricio. Anastasio. Inocencio I. Zósimo. Bonifacio. Celestino I. Sixto III. S. León Magno. Cromacio de Aquileya. Máximo de Turín. S. Pedro Crisólogo.

Período final de la literatura patrística (siglos VI-VIII)

 

25. Las controversias dogmáticas orientales del siglo VI. El monofisismo y la polémica que plantea. Juan de Cesárea. Leoncio de Bizancio. El monotelismo o monoenergenetismo. Máximo el Confesor. Sofronio de Jerusalén. Anastasio Sinaíta.
26. La cuestión iconoclasta. Orígenes del iconoclasmo. Defensa de
la ortodoxia. S. Germán de Constantinopla. S. Juan de Damasco.
27. Escritores de Italia. Dionisio el Exiguo. S. Benito de Nursia. Severino Boecio. Aurelio Casiodoro. Magisterio papal en este período. S. Gregorio Magno.
28. Escritores de las Galias. Fausto de Riez. S. Cesáreo de Arlés. S. Gregorio de Tours.
29. Escritores de Hispania. Apringio de Beja. S. Martín de Braga. S. Leandro de Sevilla. Eutropio de Valencia. Liciniano de Cartagena. Justo de Urgel. Juan de Bíclaro. S. Isidoro de Sevilla. S. Braulio de Zaragoza. S. Eugenio de Toledo. S. Ildefonso de Toledo. Tajón. S. Fructuoso. S. Julián de Toledo.
30. Escritores africanos. Víctor de Vita. Fulgencio de Ruspe. Fernando de Cartago.



 

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Eusebio de Nicomedia (†342ca.) ‘Escuela de Antioquia, de Siria’

Eusebio de Nicomedia - +342ca.

Eusebio, que recibió a Arrio después que éste había sido excomulgado en Alejandría, era con mucho su amigo más poderoso. Discípulo de Luciano de Antioquía, fue consagrado primeramente obispo de Berito, y más tarde, poco después del 318, fue nombrado para la sede más importante de Nicomedia. Allí, en la proximidad de la corte y gozando de marcada protección por parte de la emperatriz Constancia, hermana de Constantino y mujer de Licinio, ocupó una posición cuya influencia se había de hacer sentir pronto en la controversia. A la llegada de Arrio, se puso inmediatamente a trabajar en favor de sus ideas y a apoyarle contra su propio obispo. Escribió gran número de cartas a la jerarquía del Asia Menor y del Oriente para convencerles de que se había cometido una injusticia con el heresiarca y que se debía exigir al obispo de Alejandría la revocación de su deposición. Partí cipo en el concilio de Nicea, donde presentó un símbolo, que fue rechazado como blasfemo. Firmó la fórmula nicena, sólo para convertirse después en protagonista del partido arriano más extremo, los eusebianos, que defendían la forma más cruda de la herejía; fueron éstos los que ofrecieron al símbolo niceno la resistencia más fuerte. Por esta razón, y a causa de sus relaciones anteriores con Licinio, Constantino le desterró a las Galias tres meses después del concilio. Reclamado el año 328 gracias a la intercesión de Constancia, supo ganarse al emperador. Consiguió que fueran depuestos Eustatio de Antioquía el año 330, Atanasio en el sínodo de Tiro del 335 y Marcelo de Ancira el año 336. El 337 bautizó al primer emperador cristiano, Constantino. A fines del 338 fue encumbrado a la sede episcopal de Constantinopla, la nueva capital del Imperio. Murió a fines del año 311 o principios del 342. Sus partidarios le llamaban "el grande." A él se debió que lo que podía haber quedado en disputa egipcia se transformara en controversia ecuménica. Fue más político eclesiástico que teólogo, experimentado en asuntos mundanos, ambicioso y dispuesto a toda clase de intrigas.

Ref. conoze.com  CDV.  V.MMXI

 

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Libanio (en griego Λιβάνιος, Libanios) ‘Escuela de Antioquia, de Siria’

Libanio (en griego Λιβάνιος, Libanios), conocido también como "el pequeño Demóstenes" (ca.314 - ca. 394 d.C.) era un profesor de retórica de habla griega en el Imperio romano, un pagano educado en la escuela sofista en un Imperio que se estaba cristianizando - después de terribles siglos de martirio, sangre y fuego - los cristianos seguían proclamando que Cristo es el Mesías, Dios y Salvador del mundo.

Libanio nació en una familia de Antioquía muy culta y antaño influyente, que había perdido hacía poco toda su riqueza e influencia. A los catorce años, Libanio descubrió la retórica, a la que dedicaría toda su vida. Como muchos paganos educados en el siglo IV d. C., Libanio se retiró de la vida pública y se dedicó a la erudición.

Estudió en Atenas y empezó su carrera en Constantinopla como tutor privado, hasta que fue exiliado a Nicomedia. Antes de su exilio, Libanio fue amigo del emperador Juliano, el Apóstata; ha sobrevivido parte de la correspondencia que intercambiaban. Libanio usó su arte de la retórica como poderoso defensor de causas privadas y políticas. Entre sus pupilos estuvieron Juan Crisóstomo, Basilio, Obispo de Cesárea y el historiador Amiano Marcelino.

Para los estudios contemporáneos, Libanio es una gran fuente de información sobre el mundo fanático del siglo IV. Su primera Oración I es una narrativa autobiográfica, colorida y reveladora, que revisaría a lo largo de su vida, el registro de un erudito que termina con el diario privado de un exiliado.

En el año 354, aceptó la cátedra de retórica de Antioquía, donde permaneció hasta su muerte. Aunque era pagano, sus estudiantes incluían a los cristianos Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia. Pese a su amistad con el emperador pagano Juliano (361 +363), fue hecho prefecto honorario por el emperador cristiano Teodosio I (379 +395).

 

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María, icono escatológico de la Iglesia

Juan Pablo II, 16 Marzo, 2001

1. Al inicio de este encuentro hemos escuchado una de las páginas más conocidas del Apocalipsis de san Juan. En la mujer encinta, que da a luz un hijo mientras un dragón de color rojo sangre la amenaza a ella y al hijo que ha engendrado, la tradición cristiana, litúrgica y artística, ha visto la imagen de María, la madre de Cristo. Sin embargo, según la primera intención del autor sagrado, si el nacimiento del niño representa la llegada del Mesías, la mujer personifica evidentemente al pueblo de Dios, tanto al Israel bíblico como a la Iglesia. La interpretación mariana no va en perjuicio del sentido eclesial del texto, ya que María es "figura de la Iglesia" (Lumen gentium, 63; cf. san Ambrosio, Expos. Lc, II, 7). Así pues, en el fondo de la comunidad fiel se descubre el perfil de la Madre del Mesías. Contra María y la Iglesia se cierne el dragón, que evoca a Satanás y al mal, como ya indicó la simbología del Antiguo Testamento; el color rojo es signo de guerra, de matanzas y de sangre derramada; las "siete cabezas" coronadas indican un poder inmenso, mientras que los "diez cuernos" evocan la fuerza impresionante de la bestia descrita por el profeta Daniel (cf. Dn 7, 7), también ella imagen del poder prevaricador que domina en la historia. 

2. Por consiguiente, el bien y el mal se enfrentan. María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad y de la justicia. Contra ellos se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, la mentira y la injusticia. Pero el canto con el que se concluye el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo lo realizará "la salvación, el poder, el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo" (Ap 12, 10). Ciertamente, en el tiempo de la historia la Iglesia puede verse obligada a huir al desierto, como el antiguo Israel en marcha hacia la tierra prometida. El desierto es, entre otras cosas, el refugio tradicional de los perseguidos, es el ámbito secreto y sereno donde se ofrece la protección divina (cf. Gn 21, 14_19; 1 R 19, 4_7). Con todo, en este refugio, como subraya el Apocalipsis (cf. Ap 12, 6. 14), la mujer permanece solamente durante un período de tiempo limitado. Así pues, el tiempo de la angustia, de la persecución, de la prueba no es indefinido: al final llegará la liberación y será la hora de la gloria. Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que "María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión" (Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22 de marzo de 1986, n. 97; cf. Redemptoris Mater, 37). 

3. Fijemos, por tanto, nuestra mirada en María, icono de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, pero orientada a la meta gloriosa de la Jerusalén celestial, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor. La Madre de Dios, como la celebra la Iglesia de Oriente, es laOdigitria, la que "indica el camino", o sea, Cristo, único mediador para encontrar en plenitud al Padre. Un poeta francés ve en ella "la criatura en su primer honor y en su meta final, tal como salió de Dios en la mañana de su esplendor original" (P. Claudel, La Vierge à midi, ed. Pléiade, p. 540). En su Inmaculada Concepción, María es el modelo perfecto de la criatura humana que, colmada desde el inicio de la gracia divina que sostiene y transfigura a la criatura (cf. Lc 1, 28), elige siempre, en su libertad, el camino de Dios. En cambio, en su gloriosa Asunción al cielo María es la imagen de la criatura llamada por Cristo resucitado a alcanzar, al final de la historia, la plenitud de la comunión con Dios en la resurrección durante una eternidad feliz. Para la Iglesia, que a menudo siente el peso de la historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la humanidad redimida y envuelta por la gracia que salva. 4. La meta última de la historia humana se alcanzará cuando "Dios sea todo en todos" (1 Co 15, 28) y, como anuncia el Apocalipsis, "el mar ya no exista" (Ap 21, 1), es decir, cuando el signo del caos destructor y del mal haya sido por fin eliminado. Entonces la Iglesia se presentará a Cristo como "la novia ataviada para su esposo" (Ap 21, 2). Ese será el momento de la intimidad y del amor sin resquebrajaduras. Pero ya ahora, precisamente contemplando a la Virgen elevada al cielo, la Iglesia gusta anticipadamente la alegría que se le dará en plenitud al final de los tiempos. En la peregrinación de fe a lo largo de la historia, María acompaña a la Iglesia como "modelo de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo. "Eternamente presente en el misterio de Cristo", ella está, en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los tiempos. Efectivamente, "la Iglesia fue congregada en la parte alta del cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos"" (Congregación para la doctrina de la fe, Communionis notio, 28 de mayo de 1992, n. 19; cf. Cromacio de Aquileya, Sermo 30, 1). 

5. Así pues, cantemos nuestro himno de alabanza a María, imagen de la humanidad redimida, signo de la Iglesia que vive en la fe y en el amor, anticipando la plenitud de la Jerusalén celestial. "El genio poético de san Efrén el Sirio, llamado "la cítara del Espíritu Santo", ha cantado incansablemente a María, dejando una impronta todavía presente en toda la tradición de la Iglesia siríaca" (Redemptoris Mater, 31). Es él quien presenta a María como icono de belleza: "Ella es santa en su cuerpo, hermosa en su espíritu, pura en sus pensamientos, sincera en su inteligencia, perfecta en sus sentimientos, casta, firme en sus propósitos, inmaculada en su corazón, eminente, colmada de todas las virtudes" (Himnos a la Virgen María, 1, 4; ed. Th. J. Lamy, Hymni de B. Maria, Malinas 1886, t. 2, col. 520). Que esta imagen resplandezca en el centro de toda comunidad eclesial como reflejo perfecto de Cristo y sea como estandarte elevado entre los pueblos, como "ciudad situada en la cima de un monte" y "lámpara sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa" (cf. Mt 5,14_15). (©L´Osservatore Romano _ 16 de marzo de 2001)

 

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La gloria de la Trinidad  en el Bautismo de Cristo

  

CATEQUESIS DE S.S. JUAN PABLO II, Audiencia del Miércoles 12 de abril de 2000
1. La lectura que acabamos de proclamar nos hace remontarnos a las riberas del Jordán. Hoy visitamos espiritualmente las orillas de ese río, que fluye a lo largo de los dos Testamentos bíblicos, para contemplar la gran epifanía de la Trinidad en el día en que Jesús se presenta en el escenario de la historia, precisamente en aquellas aguas, para comenzar su ministerio público.


El arte cristiano personificará ese río con los rasgos de un anciano que asiste asombrado a la visión que se realiza en sus aguas. En efecto, como afirma la liturgia bizantina, en él "se lava el Sol, Cristo". Esa misma liturgia, en la mañana del día de la teofanía o epifanía de Cristo, imagina un diálogo con el río: "Jordán, ¿qué has visto como para turbarte tanto? He visto al Invisible desnudo y me dio un escalofrío. Pues, ¿cómo no estremecerse y no ceder ante él? Los ángeles se estremecieron al verlo, el cielo enloqueció, la tierra tembló, el mar retrocedió con todos los seres visibles e invisibles. Cristo apareció en el Jordán para santificar todas las aguas".


2. La presencia de la Trinidad en ese acontecimiento está afirmada explícitamente en todas las redacciones evangélicas del episodio. Acabamos de escuchar la más amplia, la de san Mateo, que ofrece también un diálogo entre Jesús y el Bautista. En el centro de la escena destaca la figura de Cristo, el Mesías que realiza en plenitud toda justicia (cf. Mt 3, 15). Él es quien lleva a cumplimiento el proyecto divino de salvación, haciéndose humildemente solidario con los pecadores.


Su humillación voluntaria le obtiene una exaltación admirable: sobre él resuena la voz del Padre que lo proclama: "Mi Hijo predilecto, en quien tengo mis complacencias" (Mt 3, 17). Es una frase que combina en sí misma dos aspectos del mesianismo de Jesús: el davídico, a través de la evocación de un poema real (cf. Sal 2, 7), y el profético, a través de la cita del primer canto del Siervo del Señor (cf. Is 42, 1). Por consiguiente, se tiene la revelación del íntimo vínculo de amor de Jesús con el Padre celestial así como su investidura mesiánica frente a la humanidad entera.


3. En la escena irrumpe también el Espíritu Santo bajo forma de "paloma" que "desciende y se posa" sobre Cristo. Se puede recurrir a varias referencias bíblicas para ilustrar esta imagen: a la paloma que indica el fin del diluvio y el inicio de una nueva era (cf. Gn 8, 8-12; 1 P 3, 20-21); a la paloma del Cantar de los cantares, símbolo de la mujer amada (cf. Ct 2, 14; 5, 2; 6, 9); a la paloma que es casi un símbolo de Israel en algunos pasajes del Antiguo Testamento (cf. Os 7, 11; Sal 68, 14).


Es significativo un antiguo comentario judío al pasaje del Génesis (cf. Gn 1, 2) que describe el aletear con ternura materna del Espíritu sobre las aguas iniciales: "El Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas como una paloma que aletea sobre sus polluelos sin tocarlos" (Talmud, Hagigah 15 a). Sobre Jesús desciende, como fuerza de amor sobreabundante, el Espíritu Santo. El Catecismo de la Iglesia católica, refiriéndose precisamente al bautismo de Jesús, enseña: "El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a "posarse" sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad" (n. 536).


4. Así pues, en el Jordán se halla presente toda la Trinidad para revelar su misterio, autenticar y sostener la misión de Cristo, y para indicar que con él la historia de la salvación entra en su fase central y definitiva. Esa historia involucra el tiempo y el espacio, las vicisitudes humanas y el orden cósmico, pero en primer lugar implica a las tres Personas divinas. El Padre encomienda al Hijo la misión de llevar a cumplimiento, en el Espíritu, la "justicia", es decir, la salvación divina.


Cromacio, obispo de Aquileya, en el siglo IV, en una de sus homilías sobre el bautismo y sobre el Espíritu Santo, afirma: "De la misma forma que nuestra primera creación fue obra de la Trinidad, así también nuestra segunda creación es obra de la Trinidad. El Padre no hace nada sin el Hijo y sin el Espíritu Santo, porque la obra del Padre es también del Hijo y la obra del Hijo es también del Espíritu Santo. Sólo existe una sola y la misma gracia de la Trinidad. Así pues, somos salvados por la Trinidad, pues originariamente hemos sido creados sólo por la Trinidad" (sermón 18 A).


5. Después del bautismo de Cristo, el Jordán se convirtió también en el río del bautismo cristiano: el agua de la fuente bautismal es, según una tradición de las Iglesias de Oriente, un Jordán en miniatura. Lo demuestra la siguiente oración litúrgica: "Así pues, te pedimos, Señor, que la acción purificadora de la Trinidad descienda sobre las aguas bautismales y se les comunique la gracia de la redención y la bendición del Jordán en la fuerza, en la acción y en la presencia del Espíritu Santo" (Grandes Vísperas de la Santa Teofanía de nuestro Señor Jesucristo, Bendición de las aguas).

En una idea semejante parece inspirarse también san Paulino de Nola en algunos versos preparados como inscripción para grabar en un baptisterio: "De esta fuente, generadora de las almas necesitadas de salvación, brota un río vivo de luz divina. El Espíritu Santo desciende del cielo a este río y une sus aguas sagradas con el manantial celeste; la fuente se impregna de Dios y engendra mediante una semilla eterna un linaje santo con sus aguas fecundas" (Carta 32, 5). Al salir del agua regeneradora de la fuente bautismal, el cristiano comienza su itinerario de vida y testimonio.

(L"Osservatore Romano - 14 de abril de 2000)

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:


 

 

  

CULTURA PROTOBIZANTINA

 

La continuidad de las tradiciones y enseñanzas filosóficas paganas hasta la tercera década del siglo VI (Escuela de Atenas) y el prestigio de la Literatura pagana transmitida en las escuelas públicas de Retórica, hicieron que la cultura cristiana protobizantina tuviera que ser más exclusivista y militantemente antipagana que su contemporánea occidental. De esta forma uno de los rasgos distintivos de la literatura protobizantina cristiana seria su escepticismo, cuando no negación de la sabiduría antigua, y la inserción de todos los saberes en las Escrituras. La muy abundante literatura eclesiástica protobizantina sería de exégesis de las Escrituras, de polémica contra el paganismo o las herejías, y litúrgicas. En las primeras dos rúbricas habría que insertar la producción de gentes como: Cirilo de Alejandría. Basilio de Cesárea, Gregorio de Nacianzo, Gregorio de Nisa, Epifanio de Salamina, Teodoro de Mopsuestia y Juan Crisóstomo. Los polemistas y teólogos adoptaron plenamente la lógica aristotélica para la presentación de sus argumentos, destacando en ello en el siglo VI Leoncio de Bizancio. Por su parte la exégesis bíblica se especializó en la glosa y acumulación de citas de los primeros Padres de la Iglesia. Esto se reflejaría especialmente en las obras de Máximo el Confesor, Anastasio del Sinaí y especialmente en Juan Damasceno, ya en el siglo VIII. Géneros más novedosos serían los de las reglas monásticas y de reflexión mística. Entre las primeras cabría destacar los "Principios" de Basileo de Cesarea, el padre del monaquismo bizantino, y las "Sentencias" de Evagrio Póntico. Entre los segundos destacarían los tratados anónimos atribuidos a Dionisio Areopagita y la célebre "Escala del paraíso" de Juan Calímaco, y sobre todo la obra de Simeón el Nuevo Teólogo, especialmente agresivo para con la jerarquía episcopal. Los otros dos grandes géneros de la literatura protobizantina cristiana serían la hagiografía y la historiografía eclesiástica. La primera continuaba la gran tradición de la novela y literatura paradoxográfica, así como de las aretologías y biografías de filósofos de la literatura helénica. La hagiografía bizantina se inició con la "Vida de San Antonio" por Atanasio de Alejandría, y se continuó en el V con la "Historia Lausiaca" de Paladio y la "Historia de los monjes de Egipto" de Timoteo. A diferencia de la hagiografía occidental la bizantina dedicó bastante espacio a los florilegios o antologías, entre los que cabe destacar el "Prado espiritual" de Juan Mosco. La historiografía eclesiástica continuaba la tradición iniciada por Eusebio de Cesárea, tratando de polemizar con el paganismo el gobierna de la Historia por la Providencia, por eso su momento de esplendor sería el siglo V, con las obras sucesivas de Sócrates Escolástico, Sozomeno, Teodoreto de Cyro y Evagrio Escolástico.


El otro gran mérito de la cultura protobizantina sería la creación de las bases de la conservación de la herencia literaria y científica de la Antigüedad. Para comprender este hecho trascendental se necesita tener en cuenta un cambio esencial que entonces se produjo: el progresivo cambio del rollo de papiro por el libro o códice de pergamino. Cambio que pudo ser también acelerado por el Cristianismo, en su intento de diferenciarse de la tradición pagana, pero que representaba una evidente mejora técnica, aunque un mayor precio. Junto con la difusión del libro el otro elemento clave fue el desarrollo de bibliotecas en Constantinopla y en los grandes centros monásticos. Si una primera biblioteca imperial pereció en un incendio del 475-476, poco después sabemos de otra biblioteca privada palatina, que contaba con obras de Historia (Heródoto, Tucídides), y especialmente de literatura técnica (agricultura, milicia, medicina) y científica. Pronto se desarrollaría la biblioteca del Patriarca de Constantinopla, aunque el contenido de ésta seria esencialmente patrístico y escriturario. En todo caso sabemos que la existencia de bibliotecas particulares sería algo no infrecuente en Bizancio incluso hasta el siglo X, pudiendo contener éstas un volumen muy elevado de literatura profana. Por el contrario las bibliotecas monásticas contendrían sobre todo literatura cristiana, y especialmente obras de liturgia. En estos siglos se produciría el cambio de la antigua escuela municipal pública por la episcopal, de carácter más privado. En ella se enseñaba a los niños los rudimentos de escritura y lectura, con una gran utilización de la memoria y haciendo amplio uso de los salmos y del canto litúrgico. Junto a la escuela episcopal surgió también desde muy pronto la monástica, para la formación de los futuros monjes.


Tras este primer ciclo de tres años el adolescente podía ya acceder a las escuelas intermedias, dedicadas en especial a los hijos de funcionarios, propietarios fundiarios y grandes comerciantes. Estas escuelas se encontraban controladas por el clero secular, siendo su enseñanza de carácter especulativo y teórico. Sería gracias a ella como se produjo la esencial disglosia que ha caracterizado a toda la posterior cultura bizantina, pues en dichas escuelas se cultivaba una lengua muerta, con una mezcla de literatura ática y bíblica. Por su parte la enseñanza superior se caracterizó por su progresiva concentración en Constantinopla, frente a la multiplicidad de centros del periodo precedente (Alejandría, Atenas, Beirut, Antioquía, Gaza, Cesarea de Palestina y Nísibe). El origen de la futura Universidad de Constantinopla seria el Auditorium fundado en el 425 en la capital por Teodosio II. Éste contaba con 31 profesores que constituían una corporación exclusivista, dedicados al estudio de la gramática y retórica latina y griega, del derecho y de la filosofía. Esta conservación de la cultura literaria antigua explica que, no obstante la cristianización de la cultura protobizantina, pudiera subsistir una importante literatura profana. Aunque su carácter elitista y libresco quedaría reflejado en su exclusivo uso de la lengua culta, y el frecuente abuso del retoricismo. En ella se escribieron monografías históricas que continuaban la tradición de Tucídides (Procopio de Cesarea), de retórica y filosofía: Juan Filópono, Leoncio de Bizancio, Máximo el Confesor, etc. Aunque no presentan novedad alguna los tratados científicos o técnicos de la época tienen el interés de haber preservado buena parte de los logros de la Antigüedad: Juan Filópono (matemático y físico), Antemio de Tralles (arquitecto) y Estéfano de Alejandría (astrónomo) serían los más conocidos. De interés para el futuro, aunque de efectos nocivos para la ciencia bizantina, sería la continuidad por la afición de los bestiarios, como el famoso compilado en el siglo VI por Timoteo de Gaza. Continuidad estilística e innovación programática cristiana serían las dos características esenciales de la plástica protobizantina. Del deseo de continuidad seria un ejemplo eximio del díptico ebúrneo de los Símacos, con temas iconográficos paganos. Pero dicha iconografía no sólo sería utilizada por paganos militantes como éstos, también era frecuente en monumentos funerarios de cristianos. En todo caso el arte paleocristiano utilizaría conocidos programas iconográficos y arquitectónicos paganos, en gran parte en su interés de asemejar la majestad imperial con la celestial. Desde tiempos de Constantino se constituyó el programa de la basílica cristiana, imitada del aula palatina imperial. Aunque muy pronto a la planta basilical rectangular se unió la central o de cruz griega, especialmente en la construcción de pequeños oratorios y capillas mártiriales. Sería precisamente en éstas donde se desarrollaron las principales innovaciones estilísticas e iconográficas al servicio del Cristianismo, como nuevo lenguaje del poder.

En arquitectura la gran innovación protobizantina sería la combinación de la planta basilical con la bóveda y la cúpula, propia de la central. Sin duda la cúpula ofrecía la ventaja de asemejarse al cielo, un trozo del cual se quería ver encerrado en el espacio basilical. Los dos y distintos ejemplos de combinación de ambos programas realizados en tiempos de Justiniano harían época: Santa Sofia y la iglesia de los Santos Apóstoles (ésta copiada en la de San Juan de Éfeso). Pero sería sobre todo en la iconografía donde más se reflejase la Teología cristiana, prestando una gran importancia al valor simbólico de ciertas representaciones, no sólo en las escenas humanas sino también de los elementos vegetales y animales más ornamentales. Estos objetivos teológicos favorecieron la tendencia a romper toda relación orgánica de las escenas con el espacio y el tiempo, pues más que narrar la intención del artista era la de enseñar. Junto con ello cabe destacar la conservación de las técnicas heredadas de la Antigüedad para la representación humana, aunque con una clara tendencia a la sistematización y a mezclarse con elementos contrarios como la frontalidad o falta de toda profundidad e idea de volumen, la falta de interés por la representación ilusionista en la pintura y el relieve que podría ponerse en relación con el triunfo del ideal neoplatónico representación de la verdad, de manera que cada imagen debiera ir muy ligada a su prototipo más que a un espécimen concreto y fugaz.

 


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El estudio de los padres de la Iglesia puede hacerse desde varios puntos de vista. Suelen distinguirse tres ciencias conectadas entre sí: la patrología, que mira los aspectos históricos y biográficos; la patrística, que considera la doctrina teológica de los padres; y la literatura cristiana antigua, que estudia los escritos de los padres como documentos literarios.

Algunos padres de la Iglesia son:

·         Clemente Romano e Ignacio de Antioquía, clasificados entre los padres apostólicos, que vivieron entre el siglo I y II de nuestra era.

·         Justino, del s. II, clasificado entre los apologistas cristianos.

·         Ireneo de Lyon e Hipólito de Roma, entre el s. II y III.

·         Clemente de Alejandría y Orígenes, de los siglos II y III, grandes exponentes de la escuela alejandrina.

·         Tertuliano y Cipriano de Cartágo, autores latinos del los siglos II y III.

·         Atanasio gran luchador de la fe, del siglo IV.

·         Basilio, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno, los padres Capadocios, del s. IV.

·         Hilario, Ambrosio, Jerónimo y Agustín, los padres latinos del s. IV y principios del V.

·         Juan Crisóstomo y Cirilo de Alejandría, padres griegos de finales del s. IV y del s. V.

Para comenzar el estudio de los padres de la Iglesia recomendamos:

·         Trevijano, Ramón. Patrología, BAC, Madrid, 1994.

Para profundizar un poco más recomendamos:

·         Altaner, B. Patrología, Madrid, 1956.

·         Quasten, J. J. Patrología I-II, BAC, Madrid, 1991, 1985.

·         Di Berardino, A. y otros. Patrología III, BAC, Madrid, 1993.


Información de obras publicadas en español con los textos de los padres

En los párrafos siguientes apuntamos dos o tres aspectos de la teología de los padres, que se encuentra no en tratados que ellos elaboraran para especialistas, sino en homilías y escritos dirigidos generalmente a los fieles cristianos encomendados a su cuidado pastoral. Esta dimensión de su quehacer teológico indica ya uno de los rasgos que lo hacen sumamente atractivo: su vinculación esencial a la vida cristiana de sus auditorios. Se trata, pues, no de vanos razonamientos sobre cuestiones inútiles, sino de una teología sobre lo medular cristiano.

Lo que presento en estos puntos es simplemente un esbozo que tiene por objetivo despertar el interés en ellos. Una buena introducción se encuentra en el libro de Luigi Padovese, Introduzione alla Teologia Patristica. 


El Misterio Trinitario 

Hablar del misterio de la Santísima Trinidad es situarnos en el núcleo mismo de la novedad cristiana. El seguimiento de Cristo y su reconocimiento como "Señor" condujo necesariamente a plantear el tema de su relación peculiar con el Padre. Según los evangelios la causa de la decisión de matar a Jesús por parte de sus oponentes fue que se igualaba a Dios. Jesús se caracterizó, además, por la plena posesión del Espíritu, el cual comunicó a sus seguidores y les permitió el cumplimiento de su misión. La fórmula bautismal "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", no deja lugar a dudas sobre la importancia capital que los cristianos, desde un principio, reconocían a este misterio.

En realidad no era una propuesta fácil de asimilar ni para los rígidos esquemas monoteístas judíos, ni para la filosofía griega predominante en esos tiempos. Pero para los cristianos era un asunto vital, dado que la vida cristiana se definía, más práctica que teóricamente, en referencia al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Los primeros padres no contaban ni con el término "Trinidad", ni con el de "persona" y, así, expresaron su fe con una terminología a veces vacilante. Tal es el caso de los padres apostólicos, como san Ignacio de Antioquía, y aún el de los apologistas, como san Justino. San Ireneo nos habla del Logos como un ser engendrado y coexistente siempre con Dios. Para san Ireneo Dios siempre tiene su Logos y su Espíritu, a quienes se atreve a llamar sus "manos", en relación a la creación.

Hacia los siglos II y III se difundió, sin embargo, la herejía monarquiana, que negaba una existencia propia a las personas divinas. La base de esta postura se encontraba en querer sostener un monoteísmo radical, incapaz de aceptar que en el seno de la divinidad podía hablarse de una pluralidad. Esta herejía presentó dos variantes, una denominada adopcionismo y otra denominada modalismo. El adopcionismo tuvo su máximo exponente en Pablo de Samosata, que daba el nombre de Padre a Dios, el de Hijo al hombre Jesús y el de Espíritu Santo a la gracia dada a los apóstoles. Pablo de Samosata fue condenado en un sínodo en Antioquía en el 268.

Por su parte el modalismo afirmaba que el único Dios se manifestaba en modos diversos, de manera que Cristo es el mismo que el Padre. Principal exponente de este pensamiento fue Noeto, condenado por los presbíteros de su ciudad. Más tarde el modalismo fue conocido como sabelianismo, a causa de Sabelio, que difundió estas enseñanzas en Libia. Fue condenado por el papa Calixto en el 220.


Tertuliano fue conciente de la dificultad que para algunos representaba aceptar la "economía" de Dios, y hacía ver que un monoteísmo estrecho que negara las personas, se apartaba de la regla de fe tanto como el politeísmo. Grande ha sido la contribución de este autor a la teología trinitaria posterior, pues fue el primero en utilizar la palabra "Trinidad" a las tres divinas personas. Sin embargo introducía, como muchos prenicenos, una cierta subordinación entre dichas personas divinas.

Orígenes por su parte, pone en el vértice de su explicación a Dios Padre, no engendrado, quien, para derramar su bondad perfecta, crea, a través del Verbo, un mundo de seres espirituales. El Verbo es engendrado por el Padre y es coeterno con Él. El Espíritu Santo viene a través del Verbo, y solamente ambos, Verbo y Espíritu, conocen al Padre, pues ambos participan de las prerrogativas divinas por las que se reconoce precisamente su divinidad. No obstante cierto subordinacionismo, Orígenes mantuvo la fe que reconoce la infinita distancia entre las creaturas y la Trinidad.


El Concilio de Nicea, en el año 325, quiso dar respuesta a la problemática que causó el presbítero Arrio, quien sostenía que el Hijo no era coeterno con el Padre, pues había sido engendrado y, por lo tanto había sido creado. Arrio aceptaba que Cristo se llamara "Hijo de Dios", pero solamente por adopción o por gracia, pero no por naturaleza. El Concilio hizo ver en cambio, condenando a Arrio, que el Hijo es "engendrado, no creado, consustancial con el Padre".

Más tarde, en el año 381, se llevó a cabo otro concilio, ahora en Constantinopla, donde se hizo explícita la profesión de fe en la divinidad del Espíritu Santo, en contra de lo que propagaban los llamados "pneumatómacos" o "macedonianos", quienes, en continuidad con los principios arrianos, negaban el carácter divino de esta persona.


Mario Victorino (280-362) fue un filósofo neoplatónico, convertido al cristianismo en edad adulta. Con las herramientas de su filosofía y apoyándose sobre todo en san Juan, elaboró una teología trinitaria que afirma que el Padre y el Hijo son "idem", no "ipse", notando que la unidad no excluye la alteridad. Puesta la relación Padre-Hijo, analiza también la relación Hijo-Espíritu Santo.


San Hilario de Poitiers, contemporáneo de Mario Victorino, propuso también su propia síntesis, teniendo en cuenta los errores sabelianos y arrianos. Él afirmaba la unidad de la naturaleza divina así como la distinción personal del Padre y del Hijo. Lo que los hace diferentes es la relación de origen, pues el Padre ha engendrado al Hijo sin disminución de su ser, y el Hijo recibe en sí todo del Padre, siendo totalmente igual a Él.


San Agustín pone en primer plano la unidad de la Trinidad, que trasciende cualquier representación humana, y hace notar que cualquier intento por explicarla implica algo de simbólico. Subraya que la sustancia divina no es una especie de cuarta persona, sino que cada una de las personas es idéntica a las otras tres desde el punto de vista de la sustancia y que lo que pertenece a la naturaleza divina se expresa en singular. San Agustín precisa que cada una de las personas posee la naturaleza divina en una forma particular y por eso es correcto atribuírle a cada una de ellas en su acción "ad extra" el papel que le es propio según su origen. El Padre es Padre porque engendra, el Hijo porque es engendrado, y el Espíritu Santo porque es donado, y aunque no es lo mismo ser Padre que Hijo, la sustancia es la misma, pues estos nombres pertenecen al orden de la relación, no al de la sustancia.

Lo más original de san Agustín en su teología trinitaria es la explicación "psicológica" de la Trinidad, que consiste en afirmar que en el alma humana lose halla una "trinidad", porque el alma es, conoce y quiere. Análogamente el Padre, en la eternidad, se conoce a sí mismo y la imagen de sí mismo que concibe es el Hijo, ama su imagen, que por ser persona lo ama también a su vez, y por ser este amor también persona, es el Espíritu Santo. Evidentemente la explicación psicológica es solamente analógica y tiene sus límites, que el mismo san Agustín reconoció, pero también posee sus fundamentos escriturísticos.

Cristología

Los primeros cristianos se distinguieron esencialmente por su fe en Jesús muerto y resucitado, reconocido como Hijo de Dios y como Señor. De ahi que el impulso misionero de la Iglesia sólo se comprenda a la luz de esta convicción de fe.

Sin embargo desde muy temprano surgieron propuestas distintas, que mermaban la verdad cristiana por suprimir algún aspecto del misterio de la persona de Jesús. Algunos aceptaban su condición humana pero no reconocían la divina, otros aceptaban su divinidad pero desfiguraban su humanidad. Ante ellos los padres de la Iglesia propusieron su doctrina y procuraron dar razón de su fe para salvaguardar la transmisión íntegra del misterio anunciado por los apóstoles. 

Primeras herejías 

El ebionismo fue una corriente judeo cristiana algunos de cuyos seguidores negaban la divinidad de Jesucristo, pues sólo lo reconocían como hombre; el marcionismo no aceptaba al Dios del Antiguo Testamento, sino sólo al del nuevo presentado por Jesucristo; el docetismo gnóstico no admitía que Jesús hubiese realmente poseído un cuerpo humano, porque pensaban que la materia era mala e imposible de redimir, por eso el cuerpo de Jesús era aparente, según ellos. 

Primeras respuestas 

San Ignacio de Antioquía insistió fuertemente en el carácter realísimo de la humanidad de Jesús, quien verdaderamente nació, comió, bebió, padeció, murió y resucitó. Al mismo tiempo reconoció San Ignacio la divinidad de Jesucristo, que ve expresada de modo supremo y definitivo en la resurrección. Como San Ignacio, el obispo Melitón de Sardes centra su teología en la unidad de Cristo, Dios y hombre.

Los apologistas, como San Justino, Atenágoras, Teófilo y otros, toman el esquema medioplatónico Dios-universo-hombre y explican que entre Dios y el universo es necesario un mediador, que es el Logos, Cristo Nuestro Señor, distinto del Padre.

San Ireneo de Lyon debate contra el gnosticismo y el marcionismo y presenta la obra de Cristo en el marco de una historia de la salvación. De especial importancia es para San Ireneo la recapitulación, a través de la cual Cristo asume toda la humanidad y toda la historia. En el fondo de su teología se encuentra la convicción de la doble composición de Cristo, Dios y hombre. 

Adopcionismo y modalismo 

En el siglo segundo, el adopcionismo fue una herejía que sostenía que Jesucristo era un ángel adoptado por Dios como Cristo, o un hombre que por sus méritos fue adoptado por Dios. Sus principales exponentes fueron Teodoto de Bizancio y Teodoto el Curtidor.

Otra herejía fue el modalismo, que afirmaba que el único Dios se manifestaba de diferentes modos, a saber, como Padre, Hijo o Espíritu Santo. Representan este pensamiento Noeto y Práxeas. 

Tertuliano y Orígenes 

Tertuliano sostuvo claramente la unidad personal de Cristo y al mismo tiempo distinguió las propiedades de las dos sustancias, divina y humana, de nuestro salvador. Contribuyó en occidente a subrayar la existencia en Cristo de dos naturalezas, cosa que contaría después para reaccionar contra los excesos del monofisismo.

Orígenes, por su parte, propuso una cristologia en la que destacaba el papel del alma humana de Jesucristo como punto de unión de la humanidad con el Verbo. A través del alma el Verbo también se une con el cuerpo, y ambos, alma y cuerpo, son divinizados por la unión a dicho Verbo. 

Arrianismo y apolinarismo 

La expresión del misterio de Cristo exigió desde el siglo cuarto una precisión mayor y una madurez teológica capaz de afrontar nuevos problemas y planteamientos. Los debates se extendieron y los padres buscaron la solución contra las nuevas herejías que amenazaban el depósito de la fe.

Arrio, un presbítero de la iglesia de Alejandría, afirmó que solamente el Padre es inengendrado y sin principio y, por lo tanto, el Hijo es un ser creado, inferior al Padre. Arrio negaba además que Cristo tuviera alma como todos los hombres, pues la sustituía el Verbo.

Apolinar de Laodicea coincidía con Arrio en negar el alma humana de Cristo, aunque aceptaba que el Verbo era consustancial al Padre, es decir, igual a Él. Para Apolinar el cuerpo de Cristo era como el instrumento del Verbo, de forma que ambos unidos formaban una sola naturaleza que no era ni enteramente Dios ni enteramente hombre. 

Respuestas 

Frente al desafío arriano, el Concilio de Nicea sostuvo firmemente la igualdad del Padre y del Hijo, recurriendo al témino "homoousios", es decir consustancial. El Hijo es consustancial con el Padre. Este término tuvo sus dificultades por no ser un término bíblico, pero expresaba la fe recibida y aún ahora el credo emeando de aquel concilio continúa usándose en la Iglesia para profesar la fe.

San Atanasio estuvo presente en el Concilio de Nicea y los años siguientes se destacó como firme defensor del término "homoousios". La cristología de este padre de la Iglesia sigue un esquema que trata de dar razón de Jesucristo como Verbo y como carne, es decir como hombre, pero hace ver que el Verbo no se convierte en hombre dejando de ser Dios, sino que asume un hombre. El Verbo, al entrar en contacto con el hombre, produce la divinización de éste.

Los teólogos antioquenos, como Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia argumentaron por su parte no solamente contra el arrianismo, sino contra el apolinarismo, afirmando la plena divinidad y la plena humanidad de Cristo. Los elementods humano y divino permanecen inconfundibles para ellos. Teodoro de Mopsuestia se expresaba diciendo que aunque hay dos naturalezas distintas, sin embargo Cristo es una sola persona ("prosopon", decía él en griego). 

Nestorio y Eutiques 

Nestorio, que fue patriarca de Constantinopla, llegó a afirmar, escandalizando con ello al pueblo, que la virgen María no rea madre de Dios, sino solamente madre de un hombre. El problema de Nestorio era que no admitía la unidad de Cristo. San Cirilo combatió la postura de Nestorio apoyándose en una carta del papa Celestino. Poco despues se llevó a cabo el concilio de Éfeso, en 431, donde se subrayó la unidad de Cristo, de modo que se podía decir que María era mMadre de Dios, y se condenó y depuso a Nestorio.

Eutiques, al contrario de Nestorio, enseñaba que después de la unión del Verbo con la humanidad ya no subsistían dos naturalezas, sino que la humana era de alguna forma absorbida por la divina. Esta postura se llamó monofisismo y fue rechazada en el concilio de Calcedonia, de 451, prevaleciendo las enseñanzas que el papa San León Magno había transmitido al obispo Flaviano en un escrito sobre el tema, donde se sostenía que las dos naturalezas de Cristo salvaguardadas sus propiedades, se unen en una única persona.


Mariología de los Padres 


Primeros elementos

El centro del anuncio cristiano del primer siglo fue que Cristo, el Hijo de Dios, que murió en la cruz y resucitó, ha sido elevado al rango de Señor.

A este credo esencial aparecerá unida, desde muy temprano, la mención del nacimiento de Cristo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, como lo atestigua la Traditio apostólica, (del 215 D.C. aprox.)

Son dos los puntos que indicarán la relación de María con Jesús: su verdadera maternidad y su virginidad. Conviene indicar que la maternidad apuntaba a la realidad de la humanidad de Jesús, que negaban los gnósticos, mientras la virginidad apuntaba hacia la divinidad, negada a su vez por ebionitas, adopcionistas y otros.

Tenemos así a san Ignacio de Antioquía, quien subraya el realismo del nacimiento de Cristo, y a san Justino, quien para contrarrestar las tendencias docetas de aquellos tiempos, insiste en la maternidad.

San Ireneo presenta a María como la nueva Eva, apoyándose sobre la propuesta paulina de Cristo como nuevo Adán. Para él, la obediencia de María, en contraste con la desobediencia de Eva, fue causa de salvación para todo el género humano. Ya se esboza aquí una teología de la maternidad universal de María.


Del Siglo III al V

Son cuatro los puntos sobre los que gira la reflexión mariológica: a) El reconocimiento de María como Madre de Dios, b) La virginidad en el parto, c)La virginidad después del parto y d) La Santidad.

Por lo que respecta al primer punto, ya se había extendido en la Iglesia el uso del término Theotokos, (Madre de Dios) y se usaba pacíficamente. por todos. La controversia la desató Nestorio, quien no aceptó el término y provocó un escándolo que motivó se llevara a cabo el Concilio de Éfeso, donde se proclamó solemnemente que María es Madre de Dios. En el fondo, el problema de Nestorio era Cristológico, pues no integraba en su teología la unidad de Cristo, Dios y hombre verdadero.

La virginidad de María había sido reconocida expresamente por autores como san Ireneo y Orígenes. Fue necesario sin embargo desvincularla de falsos principios, para que no fuera pretexto para favorecer doctrinas gnósticas y maniqueas que despreciaban el cuerpo. Para los padres la virginidad antes del parto, en el parto y después del parto, está ligada al nacimiento del Dios hecho hombre, que no reniega de la carne, sino que le comunica sus dones escatológicos, es decir, las cualidades gloriosas de los cuerpos resucitados.

Por otra parte, para los padres la santidad de María no es algo mágico. Por el contrario, ella dió a Dios una respuesta libre y responsable. Por eso dice san Juan Crisósotomo que a María no le hubiera servido de nada dar a luz a Cristo si no hubiera estado interiormente llena de virtud (Cfr.Com. al Ev. de Sn. Juan, XXI, 3). Muchos padres, como Orígenes, san Basilio, san Juan Criósotomo, muestran también como María siguió un camino de progreso en la virtud.

 

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Señor: cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido el corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

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Los católicos tenemos que ser más valientes que nunca y dar ejemplo de paz, perseverancia y valor. Las personas que critican a la Iglesia olvidan el papel del sacerdocio ‘evangelizante-misionero’ y la labor social de la Iglesia y debemos recordárselo. Tenemos que vivir la fe con alegría, ser más cercanos y tener más frescura. Deberíamos aprender a valorar lo sabia que es la santa madre Iglesia, porque nos lleva 2000 años de ventaja y ella fue fundada por Jesucristo que dijo:

El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

 

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Toda criatura posee su bondad y su perfección propias. Para cada una de las obras de los "seis días" se dice: "Y vio Dios que era bueno". "Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden" (GS 36, 2). Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad Infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas, que desprecie al Creador y acarree consecuencias nefastas para los hombres y para su ambiente. ¡El aborto es crimen!

 


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Carta de San Pablo a los Efesios 2,19-22. – Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).