Friday 30 July 2010 | Actualizada : 2010-07-26 
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¿Cuáles fueron los Pontífices responsables de los Concilios de Nicea, Constantinopla, Efeso y Calcedonia?

 

Antes del Concilio de Nicea (325 d.C.), convocado por San Silvestre I (314-335 d.C.), hubo treinta y tres (33); entre el Concilio de Nicea y el primero de Constantinopla (381 d.C.), convocado por San Dámaso I (366-384 d.C.), hubo tres (03); entre el primer Concilio de Constantinopla y el de Efeso (431 d.C.), convocado por San Celestino I (422-432 d.C.), hubo cinco (05); y entre el Concilio de Efeso y el de Calcedonia (451 d.C.), convocado por San León Magno (440-461 d.C.), hubo uno. En pocas palabras, durante los primeros cinco siglos de Iglesia católica hubieron cincuenta y dos (52) Sumos Pontífices en total, desde la muerte de Simón-Pedro, ocurrida en Roma en el año 67 d.C., hasta el final del período Papal de San Simaco, en el año 514 d.C.

 

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San Leandro de Sevilla AÑO 534 ca. 601 ca.

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

¡Laudetur Iesus Christus!

 

 

 

Obispo de esa ciudad, nació en Cartago cerca de 534, de una familia romana que se estableció en esa ciudad; murió en Sevilla el 13 de Marzo de 600 o 601. Algunos historiadores sostienen que Severino, su padre, fue duque o gobernador de Cartago, pero San Isidoro afirma que simplemente fue un ciudadano de esa ciudad. La familia emigró de Cartago cerca del año 554 y viajó a Sevilla. El gran valía de los hijos de Severino parece indicar que fueron educados en ambientes distinguidos. Severino tuvo tres hijos, Leandro, Isidoro, Fulgencio, y una hija, Florentina. Tanto San Leandro cuanto San Isidoro fueron obispos de Sevilla; San Fulgencio, obispo de Cartagena y Santa Florentina, una monja, quien dirigió cuarenta conventos y a mil hermanas religiosas. También se creyó, pero equivocadamente, que Theodosia, otra hija de Severino, fue la esposa del rey Visigodo Leovigildo. Leandro fue primero un monje Benedictino para luego ser nombrado Obispo de Sevilla en 579. Mientras tanto fundó una célebre escuela, que pronto se convirtió en un centro de aprendizaje y ortodoxia. Asistió a la princesa Ingunthis en convertir a su esposo Hermenegildo, el hermano mayor de Leovigildo, y defendió al convertido de las crueles represalias de su padre. En su esfuerzo por salvar a su país del arrianismo, Leandro demostró ser un cristiano ortodoxo y un patriota clarividente. Exiliado por Leovigildo, él se retiró a Bizancio del 579 al 582. Es posible, pero no comprobado, que haya visto levantarse al emperador Tiberio y tomar armas contra el rey arriano; en cualquier caso el intento no obtuvo resultados. No obstante lo cual él sacó provecho de su estancia en Bizancio preparando trabajos importantes en contra del arrianismo, y también conoció a quien sería más tarde Gregorio El Grande, en ese entonces sucesor de Pelagio II en la corte Bizantina. A partir de ahí una amistad muy cercana unió a los dos hombres, y la correspondencia de San Gregorio con San Leandro se erige como uno de los títulos más importantes y honorables. No se sabe exactamente cuando Leandro retornó del exilio. Leovigildo dio muerte a su hijo Hermenegildo en el año 585. Él murió en el año 589. 

En esta hora decisiva para el futuro de España, Leandro trabajó mucho para asegurar la unidad religiosa, una fe ferviente, y su amplia cultura en la que se basó su posterior grandeza. Él tuvo parte en la conversión de Recaed, y nunca cesó de ejercer sobre él una influencia beneficiosa y profunda. En el Tercer Concilio de Toledo, donde la España Visigoda abjuró del arrianismo, Leandro expuso el último sermón. A su regreso de este concilio, Leandro convocó un importante sínodo en su ciudad metropolitana de Sevilla (Conc. Hisp., I), y luego de ello nunca cesaron sus esfuerzos de consolidar el trabajo, en el que su hermano y sucesor San Isidoro lo seguiría. Leandro recibió el pallium en Agosto de 599. Ahí lamentablemente se conservan sólo dos trabajos de este escritor (superior a su hermano Isidoro), a saber : De institutione virginum ete contemptu mundi, una regla monástica compuesta para su hermana, y Homilia de trimpho ecclesioe ob conversionem Gothorum (P.L., LXXII). San Isidoro escribió sobre su hermano: “Este hombre de suave elocuencia y talento eminente brilló tanto por sus virtudes cuanto por su doctrina. Por su fe y celo, las personas góticas se han convertido del arrianismo a la fe católica”.
(De script. eccles., xxviii). 
 

Acta, S. S., 13 Marzo; MABILLON, Acta S. S. O. S. B., s c. I; AGUIRRE, Collectio max. Conc.hisp.,
FLORES, Espa a Sagrada, IX; BOURRET, L. Cole chr tienne de Seville sous la monarchie des Visigoths (Paris, 1855); MONTALEMBERT, Les Moins de d Occident, II; GAMS, Die Kirchengesh von Spanien, II (2 ed., 1874); G RRES, Leander, Bischof von Sevilla u Metropolit der Kirchenprov.
B tica in Zeitsch fur
wissenschaftl, Theol, III (1885).

PIERRE SUAU - Trascrito por Mario Anello
Traducido por Alma del Rosario Guerra

The Catholic Encyclopedia, Volume I - Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight - Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur +John Cardinal Farley, Archbishop of New York

 

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A visitar: Portada Capilla de San Leandro – Catedral de Sevilla – España

 

La portada de esta capilla muestra un aparatoso diseño en piedra tallada, y es obra barroca realizada por Matías de Figueroa y Diego de Castillejo en 1733. La reja es obra fechable por los años citados y fue realizada por Francisco de Guzman y Francisco de Ocampo. En el interior se dispone un retablo barroco cuya talla fue realizada hacia 1730 por Manuel de Escobar.

En los muros laterales figuran dos pinturas firmadas por J. Mausola en 1735 que representan a San Leandro en el tercer Concilio de Toledo y a San Leandro instruyendo a Santa Florentina.

Las esculturas que adornan este retablo son de Pedro Duque Cornejo, y representan al Santo titular en el centro, y San Antonio Abad y quizás San Fulgencio en los laterales. En el Atico aparece Santo Domingo de Guzman.

 

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CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA” - "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza la "Constitución dogmática sobre la Iglesia" del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que le precede, sobre el Espíritu Santo. "En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad, confesamos ahora que es El quien ha dotado de santidad a la Iglesia" (Catech. R. 1, 10, 1). La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipóli to, t.a. 35).

Creer que la Iglesia es "Santa" y "Católica", y que es "Una" y "Apostólica" (como añade el Símbolo nicenoconstantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa ("Credo ... Ecclesiam"), y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf. Catech. R. 1, 10, 22).

 

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SAN LEANDRO ARZOBISPO DE SEVILLA 600

 

  

 

Leandro vio la luz en una familia de abolengo greco romano. En Cartagena de la Andalucía española. Y por los años de 535 a 540. Hermano de tres santos —San Isidoro, su sucesor en la silla Hispalense; San Fulgencio, obispo de Ecija, y Santa Florentina, virgen— santo también fue él, con su festividad litúrgica el 27 de febrero.

La carrera de su santidad se reduce a los siguientes tramos: abrazó en buena hora la vida monástica. Y su condición de monje le abrió las puertas para ejercer una preponderante influencia en la Península, sobre todo por lo que respecta al porvenir religioso de España.

La Providencia enredó así las cosas: sus padres emigraron de Cartagena a Sevilla. Nombrado obispo metropolitano de aquella ciudad, creó una escuela —ya se había dedicado a la enseñanza cuando monje— destinada a propagar la fe ortodoxa y que sirviera, a la vez, de estímulo para el estudio de todas las artes y de todas las ciencias conocidas. El mismo llevó muy entre manos los quehaceres escolares. Entre los alumnos de esta escuela se contaron los dos hijos del rey Leovigildo, Hermenegildo Y Recaredo. El ascendiente de todo buen maestro sobre el discípulo supo aprovecharlo San Leandro para mantener en la fe católica al primogénito del rey, con magnífico ejemplo y harto provecho para los católicos españoles. Hermenegildo, atraído a las lides de la fe nicena por el trato de San Leandro y los consejos de su buena esposa Ingunde, supo despreciar la herejía arriana. Leovigildo asentó la capital del reino visigodo en Toledo y asoció a su hijo en el reino, asignándole la Bética, con residencia en Sevilla. La persecución arriana —y con ella la guerra civil— estalló bien pronto contra el catolicismo. Leovigildo, en sus aires de grandeza y unificador, estimó la herejía arriana como vínculo de unión y grandeza. Todo fue llevado a sangre y fuego; la violencia de la prisión o del exilio se servirá en bandeja a los recalcitrantes. A Leandro se le obligará a abandonar su iglesia metropolitana y la patria madre.

Pero antes del destierro, cuando Leovigildo, desnaturalizado padre, asediaba al joven rey, su hijo Hermenegildo, que resistía en Sevilla la impugnación de la herejía arriana, Leandro marchó a Constantinopla a implorar socorro del emperador bizantino. En Bizancio conoció el monje obispo a otro monje —a la sazón apocrisario del papa Pelagio II en aquellas tierras— destinado a la suprema magistratura de la Iglesia: Gregorio, el magistrado romano y monje, con el que trabó una íntima amistad que unirá sus vidas en criterio y afecto hasta el fin y que Leandro sabrá explotar para el bien de España. Gregorio el Grande escribirá las Morales (exposición del libro de Job), que tanta repercusión tendrán en la ascética moral del medievo, animado por Leandro. La correspondencia gregoriana que se nos ha conservado demuestra la fuerte y perenne amistad de estos dos santos (Cf. Epíst. 1,41; 5,49; 9,121). Elevado a la Cátedra de Pedro, Gregorio se apresura a enviar a su amigo Leandro el palio arzobispal, con unas letras que revelan la alta estima que tenía de su virtud: "Os envío el palio que debe servir para las misas solemnes. Al mismo tiempo debería prescribiros las normas de vivir santamente; pero mis palabras se ven reducidas al silencio por vuestras virtuosas acciones". Es tradición que el Papa donó al arzobispo de Sevilla una venerada imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Leandro regresó de Constantinopla cuando amainaba la persecución suscitada por Leovigildo. Vio el final de este rey y los buenos consejos que dio a su hijo Recaredo, sin duda influenciado por el príncipe mártir.

Una nueva era amaneció para España cuando Recaredo se sentó en el trono. Leandro pudo volver a su diócesis sevillana y el nuevo rey, vencidos los francos, convocó el histórico III Concilio de Toledo, en el año de gracia de 589. Recaredo abjura la herejía arriana: hace profesión de fe, enteramente conforme con el símbolo niceno; declara que el pueblo visigodo —unido de godos y suevos— se unifique en la fe verdadera y manda que todos sus súbditos sean instruidos en la ortodoxia de la fe católica. El alma de aquel concilio era Leandro. Y ésta es su mayor gloria. En medio de aquellas intrigas visigóticas, supo intrigar santamente en la corte real, con el exuberante fruto de la conversión de su rey. Al santo obispo de Sevilla se le debe, corno causa oculta pero eficiente, la conversión en masa del reino visigodo y la iniciación del desarrollo en España de una vida religiosa muy activa que se traslucirá en la institución de parroquias rurales y en la fundación de no pocos monasterios. La Iglesia española alcanzó, en los celebérrimos concilios de Toledo —iniciados prácticamente en este tercero— una importancia de primerísimo orden. La legislación visigótica, desde entonces, fue totalmente impregnada de cristianismo. Esta es la obra de San Leandro. Con razón podía gloriarse y exteriorizar su gozo en la clausura del concilio con estas palabras: "La novedad misma de la presente fiesta indica que es la más solemne de todas... Nueva es la conversión de tantas gentes, y si en las demás festividades que la Iglesia celebra nos regocijamos por los bienes ya adquiridos, aquí, por el tesoro inestimable que acabamos de recoger. Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia: los que antes nos atribulaban con su rudeza, ahora nos consuelan con su fe. Ocasión de nuestro gozo actual fue la calamidad pasada. Gemíamos cuando nos oprimían y afrentaban; pero aquellos gemidos lograron que los que antes eran peso para nuestros hombros se hayan trocado por su conversión en corona nuestra... Alégrate y regocíjate, Iglesia de Dios; alégrate y levántate formando un solo cuerpo con Cristo; vístete de fortaleza, llénate de júbilo, porque tus tristezas se han convertido en gozo, y en paños de alegría tus hábitos de dolor. He aquí que, olvidada de tu esterilidad y pobreza, en un solo parto engendraste pueblos innumerables para tu Cristo. Tú no predicas sino la unión de las naciones, no aspiras sino a la unidad de los pueblos y no siembras más que los bienes de la paz y de la caridad. Alégrate, pues, en el Señor, porque no has sido defraudada en tus deseos, puesto que aquellos que concebiste, después de tanto tiempo de gemidos y oración continua, ahora, pasado el hielo del invierno y la dureza del frío y la austeridad de la nieve, repentinamente los has dado a luz en gozo, como fruto delicioso de los campos, como flores alegres de primavera y risueños sarmientos de vides".

Poco después de este acontecimiento, de los más grandes en la historia del cristianismo español —la conversión de los visigodos fue real y sincera—, fue elevado al Pontificado en 590, Gregorio el Magno. El Papa y amigo felicitó efusivamente a Leandro.

El metropolitano de Sevilla consagró el resto de su vida a edificar a su pueblo con la práctica de la virtud —luz que ilumina— y el trabajo de sus escritos —sal que condimenta—. Entre sus obras escritas —todas perdidas, a excepción de algunos fragmentos de su discurso en el III Concilio de Toledo y la que ahora indicamos— se destaca por el encanto y doctrina evangélica que contiene la carta que dirigió a su hermana Florentina. Es un bello tratadito sobre el desprecio del mundo y la entrega a Dios de las vírgenes consagradas. Influyó sobremanera en la posteridad para el género de vida monástico femenino. Comúnmente se llama a esta carta la regla de San Leandro.

Los últimos años de su vida, retirado de la política, fueron fecundos en obras santas, dignas del mejor obispo: penitencias, ayunos, estudio de las Sagradas Escrituras, obligaciones pastorales. Afligido por la enfermedad de la gota —la misma enfermedad que sufría por entonces su amigo Gregorio el Magno— supo recibirla como un favor del cielo y como una gracia muy grande para expiar sus faltas,

Moría probablemente el mismo año que Recaredo, en 601, dejando fama de verdadero hombre de estado y de obispo digno del apelativo de su amigo, grande.

JUAN MANUEL SANCHEZ GÓMEZ

 

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SAN LEANDRO ARZOBISPO DE SEVILLA

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

Natural de Cartagena, san Leandro pertenecía a una de las familias más importantes de la ciudad integrada por un padre hispanorromano y una madre visigoda. La llegada de los bizantinos a la costa levantina (554) motivó el traslado de la familia a Sevilla, iniciándose un terrible destierro. Será en Sevilla donde Leandro complete su formación, posiblemente influida por la conversión de la madre al catolicismo. La pérdida de los padres motivó que Leandro quedara como tutor de sus hermanos pequeños -entre ellos san Isidoro- ingresando en un monasterio cuando se vio libre del compromiso. En el año 578 era nombrado obispo de Sevilla, participando activamente en la sublevación de Hermenegildo, hijo de Leovigildo. Se apunta la posibilidad de que san Leandro fuera el responsable de la conversión del joven visigodo al catolicismo. Hermenegildo envió a Leandro a Constantinopla para recabar apoyos para su causa, pasando el obispo tres años en la capital oriental. Estableció una fructífera relación con san Gregorio Magno y redactó la "Expositio in Librum Job". A su regreso a tierras hispalenses sufrió la persecución del monarca visigodo, siendo desterrado durante algunos años. Durante el destierro dedicó la mayor parte de su tiempo a escribir obras contra los arrianos. Regresó a Sevilla e instruyó religiosamente a Recaredo por instancias del propio Leovigildo, síntoma del cambio que se produce en los últimos años de su reinado. La conversión de Recaredo y el pueblo visigodo al catolicismo (586) fue felizmente celebrada por Leandro con la convocatoria del III Concilio de Toledo tres años después. Como fundador de la escuela teológica sevillana, se interesó por la enseñanza oral, los escritos y la formación de los clérigos.

 

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SAN LEANDRO ARZOBISPO DE SEVILLA

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

Leandro: viene del griego; significa, hombre de calma, hombre sereno; hombre con fuerza de león. (Le = león, Andro = fuerza).               

                Es de un antigua e influyente familia romana de Cartagena, que más tarde se trasladó a Sevilla. Su madre era hija de Teodorico, rey de los Ostrogodos, que invadieron Italia. Su padre, Javeriano, muere siendo joven, por lo que tiene que ayudar a sus hermanos menores: Isidoro, Fulgencio y Florentina. Los cuatro, después, se decidieron por el estado religioso. Estamos en tiempos de los Visigodos, que han entrado en Sevilla en el 415, procedentes de la Galia. Muere su rey Leovigildo en el 586, que quería la unidad religiosa en el arrianismo, pues está dividido entre españoles católicos y visigodos arrianos.

                El monje Leandro querrá, en cambio, convertir a los arrianos, con  sus escritos y con la predicación, y obtiene un éxito resonante cuando se hace católico, Hermenegildo, el hijo del rey. Pero esta conversión trae una revuelta sangrienta familiar: Hermenegildo encabeza una rebelión contra su padre, que lo apresa y hace matar, y expulsa de España a sus colaboradores, por lo cual, Leandro, pasará un tiempo en Constantinopla. Allí estrechará lazos y amistad con el futuro Papa Gregorio Magno, entonces legado pontificio en Oriente.

                El exilio no dura mucho. Atento a la paz interna, el rey Leovigildo reclama a la patria a todos los expulsados. Leandro comprende que le debe tener gran estima al nombrarle Obispo de Sevilla y, demás, le pone como consejero cercano de su hijo Recaredo. Con éste, comienza en España una nueva fase.

                En el 589, Leandro convoca el III Concilio de Toledo, que confirma oficialmente la conversión de Recaredo al catolicismo; es el acontecimiento que acelera de forma decisiva el proceso de unidad espiritual en España, favorecido también por la liturgia morárabe o visigótica, de la cual Leandro, y después su hermano Isidoro, es promotor y maestro, componiendo oraciones y cánticos para la Misa. Mantendrá hasta su muerte una importante correspondencia con el Papa Gregorio Magno, de la que hablan los contemporáneos, pero que se ha perdido casi totalmente.

                ¿Qué secreto poseía aquella familia de Cartagena que supo poner en los altares a sus tres hijos? Porque no hay duda de la influencia de los padres en la vida de sus hijos tanto para bien como para mal. Eso no quiere decir que los hijos que han nacido en buena y cristiana familia tengan una póliza de seguro que les garantice la fidelidad a los principios que mamaron ni tampoco que quienes conocieron a unos padres mediocres estén condenados irreparablemente a la desgracia moral. No. Pero, hechas las salvedades y sabiendo que el uso de la libertad es privado y personal, no cabe duda -es testigo la historia- de la impronta que deja en los retoños el estilo de quienes los engendraron y educaron. En este caso, Leandro tuvo otros tres hermanos que están como él en los altares, S. Fulgencio, obispo de Écija; S. Isidoro que le sucedió en el arzobispado de Sevilla, y santa Florentina.

                Su nacimiento fue en torno al 535. La familia emigra a Sevilla y, cuando tiene la edad, Leandro entra un monasterio. Es nombrado metropolitano de Sevilla. Funda una escuela de artes y ciencia, que concibe como instrumento para difundir la doctrina ortodoxa en medio de una España que está inficcionada de arrianismo, particularmente en la corte visigoda. Dos hijos del rey arriano Leovigildo están formándose en su escuela, Hermenegildo y Recaredo.

                 Desde niño se distinguió Leandro por su facilidad para hablar en público y por la enorme simpatía de su personalidad. Siendo muy joven entró de monje a un convento de Sevilla y se dedicó a la oración, al estudio ya la meditación.

                Cuando murió el obispo de Sevilla, el pueblo y los sacerdotes lo eligieron a él para que lo reemplazara. Desde entonces Leandro se dedicó por completo a convertir a los arrianos, esos herejes que negaban que Jesucristo es Dios. El rey de los visigodos, Leovigildo, era arriano, pero San Leandro obtuvo que el hijo del rey, San Hermenegildo, se hiciera católico. Esto disgustó enormemente al arriano Leovigildo, el cual mandó matar a Hermenegildo. El joven heredero del trono prefirió la muerte antes que renunciar a su verdadera religión y murió mártir. La Iglesia lo ha declarado santo. La conversión de Hermenegildo fue un fruto de las oraciones y de las enseñanzas de San Leandro.

                Leovigildo asienta en Toledo la capital del reino visigodo. Su hijo Hermenegildo será su igual en la Bética y residirá en Sevilla. Por su ciencia, bondad y celo Hermenegildo se convierte a la fe nicena con el ejemplo y apoyo de su esposa Igunda. Pero en Toledo hay reales aires de grandeza; el rey piensa que el principio de unidad y estabilidad está en la religión arriana; se enciende la persecución contra la fe católica con fuego y espada, incluidos los territorios de la Bética, en la que su propio hijo Hermenegildo morirá mártir.

                Leandro ha sido obligado a abandonar su Iglesia y su patria. Aprovecha el destierro para pedir ayuda al emperador de Bizancio. En Constantinopla se encuentra con Gregorio, que ha sido enviado por el papa Pelagio -lo sucederá luego en la Sede romana- con quien traba una gran amistad; le anima a poner por escrito los libros Morales -comentario al libro de Job- que influirán de un modo decisivo en la ascética de todo el Medievo.

                Leandro fue enviado con una embajada o delegación a Constantinopla y allá trabó amistad con San Gregorio Magno, que era embajador del Sumo Pontífice. Desde entonces estos dos grandes santos y sabios tuvieron una gran amistad que fue de mucho provecho para el uno y el otro. Se escribían, se consultaban y se aconsejaban frecuentemente. Y se cumplió lo que dice la Sagrada Escritura: "Encontrar un buen amigo, es mejor que encontrar un tesoro".

                El rey desterró al obispo Leandro por haber convertido a Hermenegildo al catolicismo. Y el santo aprovechó el destierro para escribir dos libros contra el arrianismo, probando que Jesucristo sí es verdadero Dios y que los herejes que dicen que Cristo no es Dios, están totalmente equivocados.

                El rey Leovigildo, estando moribundo, se dio cuenta de la injusticia que había hecho al desterrar a Leandro y lo mandó volver de España y antes de morir le recomendó que se encargara de la educación de su hijo y nuevo rey de España, Recaredo. Y esto fue algo providencial, porque el santo obispo se dedicó a instruir sumamente bien en la religión a Recaredo y lo hizo un gran católico. Y luego, San Leandro, demostró tal sabiduría en sus discusiones con los jefes arrianos que logró convertirlos al catolicismo. Y así toda España se hizo católica: El rey Recaredo, sus ministros y gobernadores y los jefes de los arrianos. El que más alegría sintió por esto fue el Sumo Pontífice San Gregorio Magno, el cual envió a San Leandro una carta de felicitación y lo nombró Arzobispo.

                Vuelve a Sevilla su Arzobispo al disminuir la tensión del rey Leovigildo y lo verá morir. Leandro, en el 589, convoca el III Concilio de Toledo donde Recaredo, que ha sucedido a su padre en el trono, abjura de los errores arrianos y hace profesión de fe católica lográndose la unidad del reino visigodo y la paz. Sobreviene como esperada consecuencia una renovación en la vida religiosa, un resurgir de las letras y una fresca ganancia en el terreno de las artes. La conversión paulatina a la fe católica de los arrianos visigodos del reino es sincera y la deseada unidad ha encontrado el vínculo de cohesión en la unidad de la fe. Lo que intuyó el rey Leovigildo, pero con signo contrario; en esta ocasión, triunfó la verdad.

                San Leandro reunió a todos los obispos de España en un Concilio en Toledo y allí dictaron leyes sumamente sabias para obtener la santificación de los sacerdotes, y el buen comportamiento de los fieles católicos. Para recordarle a la gente que Jesucristo es Dios como el Padre y el Espíritu Santo, mandó este buen arzobispo que en la Santa Misa se recitara el Credo que ahora se dice en las Misas de los domingos (costumbre que después siguió la Iglesia católica en todo el mundo). Dios, a las personas que quiere hacer llegar a mayor santidad las hace sufrir más, para que ganen más premios en el cielo.

                San Leandro sufrió de muchas enfermedades con gran paciencia. Y uno de los males que más lo atormentó fue la gota, en las piernas (o inflamación dolorosa de las articulaciones por cristalización del ácido úrico). El Papa San Gregorio, que también sufría de ese mismo mal, le escribió diciéndole: "Dichosa enfermedad que nos hace ganar méritos para el cielo y al obligarnos a estar quietos nos brinda la ocasión de dedicarnos más al estudio y a la oración".

                Ahora, y hasta su muerte en el año 601, el sabio y santo Arzobispo deja de ser un hombre influyente en la política del reino. Le ocupa el alma el ansia de hacer el bien. Mucha oración, atención a las obligaciones pastorales, estudio de la Sagrada Escritura, penitencia por los pecados de su vida, y la carta que escribe a su hermana Florentina que llega a servir de pauta para la vida monástica femenina hasta el punto de ser llamada «la regla de San Leandro» le llenaron su tiempo.

                San Leandro murió en el año 596 y España lo ha considerado siempre como un gran benefactor y como Doctor de la Iglesia.

                Sevilla tiene motivos para mostrar orgullo con un santo así ¿verdad? Hay quien afirma que los santos pertenecen a todos y posiblemente no les falte razón, pero ¿no podrán pertenecer a algunos un poco más?

            San Leandro se ha hecho famoso porque fue el que logró que se convirtieran al catolicismo las tribus de visigodos que invadieron a España y el que logró que su rey se hiciera un fervoroso creyente.       

 

                INVOCACIÓN: “San Leandro bendito: que también los gobernantes de ahora se conviertan como tu discípulo Recaredo, en fervientes católicos. Amén.”.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

 

´Vidas de los santos padres de Mérida´ - Escritos en el siglo VII estos relatos recogen historias milagrosas y ejemplares de cristianos fieles ante la persecución arriana. Las Vidas de los Santos Padres de Mérida, es un relato anónimo del siglo VII, que narra la vida de los obispos de la ciudad emeritense durante el siglo VI.

El cuerpo fundamental del relato se centra en los Obispos Paulo, Fidel y Masona, que fue perseguido por Leovigildo. La historia pues, señala también el conflicto entre la herejía arriana y la ortodoxia católica, en los años previos a Recaredo y su conversión en el tercer concilio toledano.

Isabel Velázquez, a quien se debe la traducción, introducción y notas de las Vidas, señala que esta obra “se inscribe dentro de los cauces y de los tópicos que enmarcan un género tan cultivado en la Antigüedad tardía cristiana en Occidente como es el de la hagiografía, y más en concreto el de las biografías hagiográficas de los viri sancti, con sus cualidades y sus limitaciones”.

Pero, también nos indica que contiene numerosos datos de la historia de la ciudad, su organización y los hechos narrados están en relación con los acontecimientos políticos y sociales de la época. Además, algunos hallazgos arqueológicos han corroborado lo señalado en el relato.

Aunque la parte principal se refiere a los Obispos que ocuparon dicha sede, y singularmente a Masona, que hubo de enfrentarse a un impostor arriano, Sunna, y a la persecución de Leovigildo, que lo castigó con el exilio, también encontramos tres relatos más breves, y no constatables históricamente, que refieren las vidas de tres varones ilustres.

Se trata de un joven, Augusto, que tiene una visión de la vida eterna antes de morir, un monje atrapado por la gula y ladrón, que se convierte poco antes de morir y alcanza la misericordia del cielo, y un monje, Nancto.

Así como estos relatos tienen la función de mover el corazón de los cristianos, mostrando el valor de la vida santa o elogiando la vida eremítica, los dos finales señalando las virtudes de los obispos, verdaderos protectores de la ciudad, nos informan también del desarrollo de la diócesis y de la situación político-religiosa de la época.

También se señala, a lo largo de toda la obra, la importancia del culto a santa Eulalia, mártir de la ciudad, desde los primeros tiempos. A su protección recurren los protagonistas en los momentos difíciles, y su vida no deja de ser la afirmación de que lo que llevó a la joven Eulalia al martirio es lo que les mueve a ellos.

En la buena traducción que se nos ofrece, la lectura de estos relatos, resulta no sólo interesante por su interés histórico y cultural sino, también, gratificante.

Ciertamente, para el creyente, y descubriendo lo real bajo el velo del adorno estilístico, contienen notables enseñanzas. Así, a modo de ejemplo, cuando Leovigildo amenaza a Masona con el exilio este le dice:

“Si sabes que Dios está en todas partes, ¿por qué me amenazas con el exilio? Pues donde quiera que pienses enviarme ten por seguro que no me abandonará la piedad de Dios”.

La edición es muy cuidada. La introducción y las notas ayudan perfectamente a la comprensión de la obra proporcionando abundante información. Un trabajo muy meritorio que debemos a Isabel Velázquez.

Recomendamos el libro: ‘VIDAS DE LOS SANTOS PADRES DE MÉRIDA’
Edición de Isabel Velásquez - Trotta - Madrid 2008 - 125 páginas

 

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Filóxeno de Mabboug (hacia 523) obispo de la Iglesia Católica en Siria
Homilías, Nº 4, 76-79; SC 44, pag. 95

 

“¡Venid y veréis!” (Jn 1,39) -       Jesús ha renovado en los santos apóstoles la vocación de Abrahán. Su fe se asemejaba a la del patriarca, porque, al igual que Abrahán así que oyó la llamada obedeció (cf Gn 12), los apóstoles se pusieron a seguir a Jesús en el momento que oyeron su invitación... No se hicieron discípulos a raíz de una extensa enseñanza sino por el simple hecho de haber oído la palabra de la fe. Ya que su fe era viva entendió en el acto la voz viva y obedeció a la vida. Ellos se metieron a seguirlo en el acto, sin tardanza. Esto nos demuestra que eran discípulos en su corazón incluso antes de ser llamados.
      Así reacciona la fe que ha conservado la simplicidad. La enseñanza no le viene a fuerza de argumentos sino que, al igual que un ojo sano y puro recibe el rayo de luz que le llega sin razonar ni esforzarse y percibe la luz en cuanto se abre..., de la misma manera aquellos que poseen la fe natural reconocen la voz de Dios así que la oyen. La luz de su palabra brilla en sus corazones. Se lanzan alegres a recibirla, tal como lo dice el Señor en el evangelio: “Mis ovejas escuchan mi voz...y ellas me siguen.”
(Jn 10,27)

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Filóxeno de Mabboug (hacia 523) obispo de la Iglesia Católica en Siria
Homilía 1, 4-8

 

“Despierta tú que duermes” (Ef 5,14 -    “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca. “(Mt 7,24) Según nos dice nuestro Maestro, debemos no sólo escuchar la palabra de Dios, sino conformar nuestra vida a ella... Escuchar la ley es cosa buena porque nos incita obrar la virtud. Hacemos bien en leer y meditar las Escrituras porque así nos purifica el fondo de nuestra alma de los pensamientos malos.
       Pero leer, escuchar y meditar asiduamente la palabra de Dios sin ponerla en práctica es una falta que el Espíritu de Dios ha condenado por adelantado...Incluso ha prohibido al que está en estas disposiciones tomar los libros santos en sus manos. Dios declara al impío: “¿Por qué recitas mis preceptos, y tienes siempre en tu boca mi alianza, tú que detestas la instrucción y no tienes en cuenta mis palabras?” (Sal 49,16-17)...Aquel que lee asiduamente las Escrituras sin ponerlas en práctica encuentra su acusación en su lectura; merece una condena tanto más grave cuanto que desprecia y desdeña cada día lo que oye y lee diariamente. Es como un muerto, un cadáver sin alma. Miles de trompetas y coros ya pueden sonar a los oídos de un muerto, no los sentirá. Así mismo, el alma que está muerta por el pecado, el corazón que ha perdido la memoria de Dios, no oye el sonido ni los gritos de las palabras divinas y la trompeta de la palabra espiritual no le llega; esta alma está sumida en el sueño de la muerte...
       Es pues necesario que el discípulo de Dios guarde firmemente en su corazón la memoria de su Maestro, Jesucristo, que piense en él día y noche.

 

Filóxeno de Mabboug "Acorda, tu que dormes” (Ef 5,14)

“Todo o homem que escuta o que Eu digo e o põe em prática é como o homem previdente que constrói a sua casa sobre a rocha”. Por isso, é preciso, segundo o que diz o nosso Mestre, que nos apliquemos não somente a escutar a Palavra de Deus, mas também a conformar a nossa vida com essa mesma Palavra. Escutar a lei é uma boa regra, porque ela nos incita à prática das virtudes. Nós temos razão para ler e meditar as Escrituras, pois é assim que nós purificamos o fundo da nossa alma dos maus pensamentos.
Mas ler, escutar e meditar assiduamente a Palavra de Deus sem a pôr em prática é uma falta que o Espírito de Deus já condenou antecipadamente. É mesmo interdito aos que se encontram nestas disposições de pegar nos livros santos em suas mãos. Ao ímpio, Deus declara: “que tens tu de recitar as minhas leis, guardar a minha aliança na boca, tu que não amas as repreensões e rejeitas para longe as minhas palavras?” (Ps 49, 16-17). Aquele que lê assiduamente as Escrituras sem as pôr em pratica, encontra a sua condenação na leitura; ganha uma condenação tanto mais grave quanto ele despreza e desdenha em cada dia, o que ele entende em cada dia. É como um morto, um cadáver sem alma. Milhares de trombetas podem soar aos ouvidos dum morto que ele não ouvirá. Da mesma forma, a alma que está morta no pecado, o coração que perdeu a lembrança de Deus, não entende o som nem os gritos da Palavra divina e a trombeta das palavras espirituais não a impressiona; esta alma está mergulhada no sono da morte.

 

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San Isidoro de Sevilla - Semblanza biográfica

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

(Cartagena o Sevilla 560/570 † Sevilla 4-IV-636)1. VIDA

Su familia era originaria de Cartagena (capital de la Cartaginense). Era el más joven de cuatro hermanos: Leandro (anterior obispo de Sevilla) Fulgencio y Florentina. Su Padre era hispano-romano y su Madre posiblemente de origen visigodo. Esto haría de Isidro un modelo de la simbiosis cultural que produjeron las invasiones bárbaras en la península ibérica.La formación la debió recibir inicialmente de su hermano mayor Leandro. Pudo haber también influjo de una escuela monástica o episcopal en Sevilla. Cultivó el griego que en España seguía teniendo cierta vigencia por la presencia Bizantina en la península. Esto le permitió acceso a los escritores clásicos que luego fomentará.No se sabe a ciencia cierta si llegó a ser monje. El hecho de que haya escrito una Regula monachorum no es dato cierto para afirmarlo.

Hacia el 600 después de la muerte de su hermano es nombrado obispo de Sevilla. En el 619 celebra el Concilio II de Sevilla. Conocedor del Derecho Romano comienza Isidoro a usarlo e incorporarlo a los decretos y actas de las reuniones eclesiásticas. En el 633 preside el Concilio Toledano IV. Su influencia es notable en lo que respecta a la formación de los clérigos y la liturgia. Se cree que redactó el «ordo celebrando concilio» matriz de los subsiguientes Concilios toledanos.Durante cuarenta años de episcopado Isidoro influyó en toda la vida nacional española. Contribuyó por medio del influjo personal sobre los Reyes visigodos a la unidad cultural y religiosa de la península ibérica.Redempto, clérigo de Sevilla nos ha dejado el testimonio de su muerte: cuatro días antes de su muerte practico en el coro de la Iglesia de San Vicente el rito de la penitencia, y exhortó a todos a la caridad y unión fraterna. Muere luego tranquilamente en su celda. El Concilio General Toledano VII (653) lo declara «Doctor insigne, la gloria más reciente de la Iglesia católica». Su culto adquiere pronto renombre. Su cuerpo es trasladado en el S. XI a León donde se construye la Basílica de San Isidoro donde hoy en día se guardan sus reliquias. Inocencio XIII lo declaró Doctor de la Iglesia el 25-IV-1722.

2. OBRAS 

Históricas: La Chronica mundi es una historia univ. que describe los acontecimientos desde el pcpio. del mundo hasta el año 615, se continúa con su Historia Gothorum, Vandalorum, Sueborum. Fue escrita en 624; célebre el prólogo: De laude Spanie. Complemento histórico es el De viris illustribus (615-618)

La gran obra de Isidoro son las Etimologías. Es un compendio gigante del saber de toda la antigüedad pagana y cristiana hasta el siglo VII. La escribe a pedido de su gran amigo San Braulio obispo de Zaragoza. Abarca los temas de Dios, el hombre, las artes liberales, medicina, apicultura....etc. Es importante el influjo que tuvo posteriormente documentado por los más de 1000 manuscritos que hoy en día se conservan.

Teológicas: El libro de las Sentencias: Es un compendio de fe (libro I) y de moral (libro II). Fue uno de los libros más leidos durante la Edad Media. Por el aspecto sistemático preludia la escolástica. El libro I (De Summo bono) trata en 30 caps. los atributos divinos y el conoc. de Dios; su eternidad; la creación del mundo; el mal; los ángeles y la naturaleza humana; Cristo y los Santos; la Iglesia, las herejías y el paganismo; las diferencias entre el A.T. y el N.T.; sobre el Símbolo de la fe, el bautismo y los sacramentos; la Escatología. Los libros II y III sobre las virtudes teologales, la gracia y las virtudes en general.

- Años más tarde, Tajón, obispo de Zaragoza (siglo VII) compone una Sentencias en 5 libros inspirándose en S.Isidoro. En el siglo XII Pedro Lombardo (el Maestro de las Sentencias) compondrá las suyas de la cual son tributarios Alberto Magno, Santo Tomás y San Buenaventura.

A pedido de su hermana Florentina escribe su tratado De fide catholica contra judaeos. Es una exposición sobre la verdad del cristianismo y el cumplimiento de las profecías del A.T.

Obras escriturarias: In libros veteris et novi Testamenti prooemia, es una introducción al canon y a cada uno de los libros, algo parecido a los prólogos modernos de las ediciones de la Biblia. De ortu et obitu patrum es una descripción biográfica de 64 personajes del A.T. y 22 del N.T. El Liber numerorum es un manual pastoral nemotécnico para los predicadores, que añade una interpretación mística a cada una de las cifras. Siguiendo a Orígenes en la exégesis alegórica y anagógica escribe dos obras: Allegoriae quaedam sacrae Scripturae y Mysticorum expositiones sacramentorum seu quaestiones in Vetus Testamentum

En el campo de la Liturgia escribe el De ecclesiasticis officiis, un manual escrito para su hermano Fulgencio. Es de particular importancia para el estudio de la liturgia visigoda.

Para el crecimiento de la vida espiritual escribió el Synonimorum de lamentatione animae peccatricis libri II. El escrito se desarrolla en forma de diálogo de un hombre pecador con su razón. Para la vida monástica dejó su Regula monachorum que rigió no pocos monasterios de España especialmente aquellos bajo la influencia de San Fructuoso.

Desde el punto de vista canónico se le atribuye la compilación de la colección llamada La Hispana (Collectio Canonum Ecclesiae Hispaniae) que ocupa todo el tomo 84 de la Patrología latina de Migne. Esta colección de cánones rigió a la Iglesia Española hasta la reforma Gregoriana. En la primer parte trae los Concilios y decretales Pontificios desde el Papa Dámaso (378) hasta Gregorio Magno (600); la segunda parte incluye Concilios provinciales Griegos, Africanos, Galicanos y Españoles desde el de Elvira (206?) hasta el XVII de Toledo (694).

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

 

 

Efectivamente, los orígenes de la Iglesia en España, igual que en Roma, se remontan a los tiempos apostólicos. Y el cristianismo español ha dado al tesoro común de la Iglesia universal una particular aportación de fe y de doctrina, de amor y de sacrificio hasta el derramamiento de la sangre por Cristo en el martirio, aportación de esperanza y de gran celo misionero.

En efecto, a esta Iglesia precisamente debemos tantos grandes Santos, comenzando por el Papa San Dámaso y por los Santos Isidoro y Leandro, hasta llegar a Domingo de Guzmán y San Juan de Ávila, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, por recordar solamente los nombres más universalmente conocidos.

El Obispo de Roma da el ósculo de la paz a sus hermanos obispos de la Iglesia en la España actual y saluda a todo el Pueblo de Dios en el año caracterizado por el IV centenario de la muerte de la Gran Santa Teresa de Jesús.

 

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En este año se ha conmemorado el XIV centenario del III Concilio de Toled; una celebración que puede hacer suscitar un eco de admiración y un cúmulo de sugerencias entre los jóvenes venidos a este encuentro de Santiago. El III Concilio toledano, además de ser un hito importante para el logro de la concordia y de la unión en la historia hispana, nos ofrece la clave para comprender la comunión de España con la gran tradición de las Iglesias de Oriente. ¿Cómo no recordar las figuras de los Santos hermanos Leandro e Isidoro? Ambos, santos y transmisores del saber, favorecieron la unión de los pueblos y la superación de las rupturas causadas por la herejía arriana. Con ellos la Iglesia católica se presentaba ante los pueblos como el espacio creador de libertad en que se encontraban contrapuestas las culturas hispano-romana y goda. Así fue posible inaugurar una nueva época e ir más allá de las diferencias y divisiones que ofrecían aspectos no fácilmente reconciliables. Frutos preciados de aquel acontecimiento eclesial fueron la armonización profunda de perspectivas entre la Iglesia y la sociedad, entre fe cristiana y cultura humana, entre inspiración evangélica y servicio al hombre.

España ha tenido siempre una vocación universal, católica. Preclaro símbolo de esa vocación es Santiago de Compostela, la ciudad que, por la fuerza de la memoria apostólica, atrae a distintos pueblos para que encuentren la unidad en una misma fe. El nombre de Santiago corrobora la presencia de España en la historia de las tierras de América. Por esto, al visitar España por segunda vez, encomendé a la Virgen del Pilar en Zaragoza la ya próxima celebración centenaria del descubrimiento y evangelización de América. En más de una ocasión he tenido la oportunidad de reconocer la gesta misionera sin par de España en el Nuevo Mundo. La Iglesia de hoy se prepara a una nueva cristianización, que se presenta a sus ojos como un desafío, al cual deberá responder adecuadamente como en tiempos pasados. 1989.

 

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El Evangelio llegó a vuestras tierras ya en los albores del cristianismo, creando comunidades de fe que han compartido la suerte de la Iglesia en las diversas etapas de su itinerario casi bimilenario. Han sentido el calor de la tradición apostólica, acogiendo con gozo su mensaje de salvación; han contribuido con sus concilios particulares a la articulación de la fe y el afianzamiento de un estilo de vida coherente con la verdad profesada; han conocido la persecución y experimentado la zozobra de las desviaciones doctrinales; han sabido vivir calladamente bajo el predomino de otras culturas y creencias y participado al restablecimiento de la fe que originariamente había alentado en su corazón; han asistido de cerca a los grandes movimientos de reforma de la Iglesia y colaborado al gran esfuerzo misionero en la evangelización del Nuevo Mundo; en fin, han vivido y están viviendo el fascinante momento actual, en el que toda la comunidad eclesial, bajo el impulso dado por el Concilio Vaticano II, se siente profundamente comprometida en vivir el Evangelio de Cristo con autenticidad y proclamarlo con todo su esplendor a los hombres de hoy.

Las muchas vicisitudes históricas por las que han pasado vuestros pueblos han forjado la tradición de vuestras gentes y han creado un rico patrimonio, que hoy podéis exhibir ante el mundo en tantas obras de arte, cultura y civilización. Esta herencia tiene hondas raíces cristianas, cuya tradición, antiquísima, ha llegado hasta hoy con obras literarias y monumentos que no han de caer en el olvido y que merecen ser estudiados y venerados como don precioso a vuestras Iglesias y a vuestros pueblos.

También habéis heredado abundantes frutos de santidad surgidos en las más dispares circunstancias. De entre ellos no faltan insignes ejemplos de dedicación al ministerio apostólico que pueden inspirar vuestro quehacer de hoy, como Leandro e Isidoro;Pedro Pascual, obispo mártir de Jaén, Juan de Ávila, patrono del clero español y el monje jerónimo Hernando de Talavera; el agustino Tomás de Villanueva y el sevillano Juan de Ribera, arzobispos de Valencia y fundadores de sendos colegios para la formación de sacerdotes. Yo mismo, hace pocos años, durante mi primera visita a España, tuve la dicha en Sevilla de proclamar beata a Sor Ángela de la Cruz, digna continuadora de la tradición de entrega y caridad cristiana hacia los más desvalidos que siglos atrás había distinguido a Juan de Dios y Juan Grande..07.07.1998

 

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13.- San Leandro y San Isidoro.

 

Las vidas de estos dos santos son imprescindibles para comprender la historia visigoda de sus tiempos, por la influencia que tuvieron, y por el legado que dejaron tras de sí. 

Leandro e Isidoro eran hermanos. Su madre era visigoda y casi con seguridad arriana. Debía pertenecer a la nobleza, dado el cargo de su esposo, pero no hay nada que asegure que era de familia real. Su padre, Severiano, era un hispano de antepasados griegos que ocupaba un puesto de importancia en la administración civil de la provincia Cartaginense. La invasión bizantina obligó a emigrar a toda la familia de su Cartagena natal (donde nació Leandro en 530) a Sevilla donde nacieron los demás hermanos menores: Fulgencio [1], Florentina [2] e Isidoro (éste último en 560). 

Leandro ingresó en una orden monástica, pero la prematura muerte de sus padres le obligó a encargarse de la educación de sus hermanos. Tenía fama de persona inteligente, buen orador y además había estudiado con los mejores profesores de su época. Por ello no sorprende que procurara dar a sus hermanos una mejor educación tan extensa como la que él mismo tenía. 

En 578 Leandro se convirtió en metropolitano de Sevilla por elección popular. Al poco tiempo entró en contacto con Hermenegildo, que era el jefe político de su provincia. Si intervino en la conversión de Hermenegildo es algo que se duda, aunque es difícil pensar que no tuvo nada que ver, y yo estoy convencido de que en efecto fue Leandro quien convirtió a Hermenegildo. Poco después de esto, con Hermenegildo ya en franca rebeldía contra su padre, envió a Leandro a Constantinopla como embajador suyo con el fin de que negociara el apoyo bizantino a su causa. En Constantinopla pasó Leandro tres años (de 581 ó 582 a 585, más o menos), en los que aprovechó para seguir estudiando y mejorando su formación monástica y bíblica. En Constantinopla conoció a Gregorio, vicario del Papa ente el emperador. Años después Gregorio sería elegido Papa. La historia le conoce como San Gregorio Magno. Lo de Magno se lo ganó por su sabiduría y erudición. Esta pareja de amigos santos se divertían estudiando juntos y discutiendo de leyes, de gramática y de teología. Lástima que ningún cronista registró sus conversaciones, que sin duda debieron ser muy jugosas. 

Leandro regresó a Hispania en 585. Si regresó aún en vida de Leovigildo debió ser porque su implicación en la guerra civil había sido escasa o quizá porque no esperaba castigo del rey. Si esperaba esto último, se equivocó. Leovigildo le desterró fuera de Sevilla, aunque no se atrevió ni a quitarle la mitra ni a matarle, como pedían algunos nobles visigodos que veían en él al verdadero instigador de la revuelta de Hermenegildo. 

El propio Leovigildo no debía verlo así porque ya a punto de morir le levantó el castigo y le encomendó que cuidara a su hijo Recaredo[3]. 

Hay que dejar claro que Leovigildo no pretendía con ello que Recaredo se convirtiera al catolicismo. Simplemente Leandro era el mayor talento que había en la Iglesia hispana (y en Hispania entera), y Recaredo necesitaría su apoyo y su ayuda en el trono. Con este hecho, completamente deliberado, Leovigildo ponía a su hijo menor, que ya conocía por boca de Massona de Mérida la verdad de la conversión y rebelión de Hermenegildo, a tiro de otro obispo que lo conocía todo aún mejor. 

Es indudable que sin Leandro cerca del nuevo rey no se hubiera producido el III Concilio de Toledo, ni tampoco se hubiera llegado al entendimiento con los obispos arrianos. Leandro se había pasado su estancia en Constantinopla estudiando a los padres y conocía a fondo el poso doctrinal e histórico del arrianismo. Sin su presencia es difícil pensar que se hubiera llegado a un entendimiento entre católicos y arrianos. 

Y como prueba de ello, el III Concilio de Toledo fue presidido por él. A él, Leandro, le entregó su tomus el rey Recaredo y él fue testigo de la conversión de la corte visigoda entera. 

Tras este éxito de conversión (que fue conveniente conocido y celebrado por su amigo el papa Gregorio) Leandro se convirtió sin discusión en la figura más importante del reino por detrás del rey. 

De él escribió después su hermano Isidoro: “Leandro, hijo de Severiano, de la provincia Cartaginense de España, fue monje de profesión, y siendo monje fue nombrado obispo de la iglesia de Sevilla, en la provincia Bética; hombre de conversación suave, de ingenio brillantísimo, ilustrísimo por su vida tanto como por su ciencia, hasta el punto de que su fe y por su habilidad el pueblo de los Godos volvió de la herejía arriana a la fe católica.” [4] 

Sin embargo, Leandro seguía siendo un monje al que por las circunstancias le tocó dedicarse a la cosa pública. El resto de su episcopado lo pasó dictando obras sobre la liturgia (entre otras cosas, fue el que introdujo en la misa el recitado del Credo como profesión de fe) y la vida monacal. Falleció en Sevilla en 596 en olor de santidad. 

Fue elegido sucesor suyo en la sede sevillana su hermano Isidoro. Si Leandro tenía fama de inteligente y culto, Isidoro era el doble que su hermano. A diferencia de Leandro Isidoro era un obispo al que le preocupaban y mucho las vicisitudes del reino. 

Por ello escribió su “Historia de los Godos, Vándalos y Suevos”, fuente imprescindible de esta época ya que Isidoro tuvo acceso a todos los archivos y a todas las personas notables del reino. 

San Isidoro fue el primero (el segundo para el que piense que lo mismo llegó a vislumbrar Leovigildo) que se dio cuenta de que la Hispania de su tiempo no era la Hispania romana sino algo nuevo. Una Hispania romana en cuanto a que su cultura y ciencia venía casi en exclusiva de su herencia romana. Pero a la vez una Hispania pasada por el tamiz de los visigodos, que habían dado forma a un nuevo edificio con los ladrillos del viejo. En consecuencia Isidoro creía que la fusión de godos e hispanos no sólo era inevitable sino además deseable para permitir que esta Hispania nueva, que no era la de Augusto o Adriano, pero tampoco la de Diocleciano, llegase a desarrollar todo el potencial que tenía. 

Conviene aclarar que en la visión de Isidoro Hispania sería una parte de la “Romania”, entendida ésta como el legado cultural y social del difunto Imperio. Por ello no cabe pensar, en mi opinión, que Isidoro tuviera en mente una Hispania como nación-Estado independiente. Para Isidoro los reinos que eran los herederos del difunto Imperio de Occidente tenían cimientos comunes, eran hijas de un mismo hecho histórico, por lo que eran interdependientes entre sí, casi como provincias autónomas de un mismo reino [5]. 

Coherentemente con esta idea suya, genial y revolucionaria, Isidoro dedicó todo su episcopado a reunir el legado del Imperio y de la vieja Hispania para transmitirlo a la nueva Hispania. Y dedicó su esfuerzo a dar forma a la monarquía visigoda según este concepto. 

En ambos aspectos tuvo éxito. Isidoro logró compilar buena parte del saber de su época para legarlo como herencia nacional a godos e hispanorromano. Creó escuelas episcopales que difundieran el saber atesorado y lo pusieran al servicio de los hispanos, no de una élite intelectual. Primero fundó en Sevilla, luego le siguieron imitadores en Toledo, Mérida y Zaragoza. La intervención de Isidoro en el IV Concilio de Toledo fue imprescindible para convertir a la Iglesia en un poder moderador y el propio concilio en un esbozo de cortes nacionales a las que debía someterse para su aprobación la legislación del reino. 

Los españoles de hoy en día podemos estar bien agradecidos a San Isidoro. Sin él la historia de Hispania tendría un agujero negro entre los siglos VI y VII. Sin él, ni españoles ni portugueses modernos hubiéramos recibido la herencia de Roma y de Gotia casi intacta. 

El IV Concilio fue el momento álgido de su episcopado y su influencia, que coincidió además con el reinado de Sisenando, un visigodo por raza y costumbres pero hispano de cuna y romano por educación, cultura y saber. En la persona del rey Sisenando veía Isidoro el paradigma de la nueva Hispania. 

Vislumbrando ya lo que sería el futuro, fallecía Isidoro, en olor de santidad, en Sevilla, el 4 de Abril de 634, pocos días después del rey Sisenando. 

La historia de los visigodos tiene un antes y un después de San Leandro y San Isidoro. Estos dos hermanos son los que dan forma a la monarquía visigoda, que pasa de ser una monarquía bárbara y extraña al pueblo hispano (por lo cultural, religioso y político) a ser una monarquía plenamente hispana.

 

[1] Conocido por la historia como San Fulgencio. Fue obispo de Écija.

[2] Conocida por la historia como Santa Florentina. Profesó de monja en uno de los conventos reformados por su hermano mayor, del cual llegó a ser abadesa.

[3] De este encargo real nace la leyenda de que Leovigildo se convirtió en católico en su lecho de muerte. Personalmente pienso que no hay pruebas de ello aunque tampoco es imposible. ¿Mi opinión? Que no se convirtió. Entre otras cosas, si lo hubiera hecho, San Isidoro no hubiera dejado de contarlo.

[4] De viris illustribus.

[5] Hoy en día los que no lo ven claro son los políticos de Bruselas, empeñados en que la “civilización europea” nació por generación espontánea.

 

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Leandro significa: hombre con fuerza de león. (Le = león, Andro = fuerza).

 

San Leandro se ha hecho famoso porque fue el que logró que se convirtieran al catolicismo las tribus de visigodos que invadieron a España y el que logró que su rey se hiciera un fervoroso creyente.

Su madre era hija Teodorico, rey de los Ostrogodos, que invadieron a Italia. Tuvo tres hermanos santos. San Fulgencio, obispo de Ecija. San Isidoro, que fue el sucesor de Leandro en el arzobispado de Sevilla, y Santa Florentina.

Desde niño se distinguió Leandro por su facilidad para hablar en público y por la enrome simpatía de su personalidad. Siendo muy joven entró de monje a un convento de Sevilla y se dedicó a la oración, al estudio ya la meditación.

Cuando murió el obispo de Sevilla, el pueblo y los sacerdotes lo eligieron a él para que lo reemplazara. Desde entonces Leandro se dedicó por completo a convertir a los arrianos, esos herejes que negaban que Jesucristo es Dios. El rey de los visigodos, Leovigildo, era arriano, pero San Leandro obtuvo que el hijo del rey, San Hermenegildo, se hiciera católico. Esto disgustó enormemente al arriano Leovigildo, el cual mandó matar a Hermenegildo. El joven heredero del trono prefirió la muerte antes que renunciar a su verdadera religión y murió mártir. La Iglesia lo ha declarado santo. La conversión de Hermenegildo fue un fruto de las oraciones y de las enseñanzas de San Leandro.

Leandro fue enviado con una embajada o delegación a Constantinopla y allá trabó amistad con San Gregorio Magno, que era embajador del Sumo Pontífice. Desde entonces estos dos grandes santos y sabios tuvieron una gran amistad que fue de mucho provecho para el uno y el otro. Se escribían, se consultaban y se aconsejaban frecuentemente. Y se cumplió lo que dice la Sagrada Escritura: "Encontrar un buen amigo, es mejor que encontrar un tesoro".

El rey desterró al obispo Leandro por haber convertido a Hermenegildo al catolicismo. Y el santo aprovechó el destierro para escribir dos libros contra el arrianismo, probando que Jesucristo sí es verdadero Dios y que los herejes que dicen que Cristo no es Dios, están totalmente equivocados.

El rey Leovigildo estando moribundo se dio cuenta de la injusticia que había hecho al desterrar a Leandro y lo mandó volver de España y antes de morir le recomendó que se encargara de la educación de su hijo y nuevo rey de España, Recaredo. Y esto fue algo providencial, porque el santo obispo se dedicó a instruir sumamente bien en la religión a Recaredo y lo hizo un gran católico. Y luego San Leandro demostró tal sabiduría en sus discusiones con los jefes arrianos que logró convertirlos al catolicismo. Y así toda España se hizo católica: El rey Recaredo , sus ministros y gobernadores y los jefes de los arrianos. El que más alegría sintió por esto fue el Sumo Pontífice San Gregorio Magno, el cual envió a San Leandro una carta de felicitación y lo nombró Arzobispo.

San Leandro reunió a todos los obispos de España en un Concilio en Toledo y allí dictaron leyes sumamente sabias para obtener la santificación de los sacerdotes, y el buen comportamiento de los fieles católicos. Para recordarle a la gente que Jesucristo es Dios como el Padre y el Espíritu Santo, mandó este buen arzobispo que en la Santa Misa se recitara el Credo que ahora se dice en las Misas de los domingos (costumbre que después siguió la Iglesia católica en todo el mundo).

Dios, a las personas que quiere hacer llegar a mayor santidad las hace sufrir más, para que ganen más premios en el cielo. San Leandro sufrió de muchas enfermedades con gran paciencia. Y uno de los males que más lo atormentó fue la gota, en las piernas (o inflamación dolorosa de las articulaciones por cristalización del ácido úrico). El Papa San Gregorio, que también sufría de ese mismo mal, le escribió diciéndole: "Dichosa enfermedad que nos hace ganar méritos para el cielo y al obligarnos a estar quietos nos brinda la ocasión de dedicarnos más al estudio y a la oración".

San Leandro murió en el año 596 y España lo ha considerado siempre como un gran benefactor y como Doctor de la Iglesia.

San Leandro bendito: que también los gobernantes de ahora se conviertan como tu discípulo Recaredo, en fervientes católicos. Amen.

Quien aparta a un pecador de su mal camino, asegura su propia salvación (Apóstol Santiago)

 

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La mayor parte de la infancia y juventud de san Isidoro transcurrió en Sevilla, donde su familia llegó exiliada de su Cartagena originaria. Hermano de san Leandro, fue éste quien tuteló a los hermanos pequeños cuando los padres murieron. San Isidoro se interesó desde joven por la cultura clásica, dominando el latín, el hebreo y el griego, realizando estudios eclesiásticos que le llevaron a desempeñar el obispado sevillano en el año 600, sustituyendo a su hermano. Se interesará especialmente por dotar de unidad eclesiástica y cultural al reino visigodo, continuando la labor de san Leandro. Para ello fundó las escuelas episcopales en Sevilla que más tarde se crearon con buen éxito en Toledo y Zaragoza. También fomentó la creación de escuelas monacales y elaboró el conjunto de normas que regían la vida de los monasterios (Regula Monachorum). Fue el responsable de la reorganización de la Iglesia visigoda y de la elevación cultural del pueblo a través de las escuelas episcopales y monacales. Como escritor san Isidoro es uno de los más destacados de la literatura universal. En sus "Etimologías" intenta recoger los conocimientos humanos como si de una enciclopedia se tratara; "De Natura Rerum" trata de conocimientos básicos de la naturaleza; y en "Historia de Regibus Gothorum" estudia la historia del reino visigodo. Continuará la labor iniciada por san Leandro en la escuela de Sevilla, siendo uno de los responsables del florecimiento teológico que se produce en España durante el siglo IX. Las etimologías son la obra magna, aunque inconclusa, de Isidoro, destinadas, al menos en una primera versión, al rey Sisebuto. Al parecer, la división en veinte libros se debe a Braulio, pues Isidoro la habría dispuesto en capítulos. De carácter enciclopédico, recoge el saber clásico y cristiano para transmitirlo al mundo y que éste se enriquezca con la civilización, pues en la obra se compilan diversos conocimientos -al hilo de múltiples vocablos estudiados-, tanto de técnicas como de datos: gramática, retórica, dialéctica, matemáticas, medicina, derecho, cronología, religión, lenguas y pueblos, origen de algunos nombres, el hombre, los animales, los elementos y la geografía, las ciudades y construcciones, la mineralogía, la agricultura, las guerras, los espectáculos, los juegos, las naves, oficios, edificios, vestimentas, comidas y bebidas, instrumentos, ajuares. Su influjo fue inmediato, Isidoro se convirtió en una gran autoridad y las Etimologías en una de las obras más leídas y apreciadas en la Edad Media.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

San Martín de Braga

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

¡Laudetur Iesus Christus!

 

De Correctione Rusticorum (574)

 

Semblanza biográfica de San Martín de Braga

Este escrito tiene su origen en el Concilio II de Braga (572). La reunión episcopal, presidida por el mismo Martín, dictaminó en su primer cánon, que los obispos debían visitar las parroquias, enseñar el símbolo a los catecúmenos antes de la pascua y examinar a los clérigos en la forma de administrar los sacramentos. Uno de los obispos firmantes, Polemio de Astorga, es el que le solicita a Martín una guía para realizar la visita pastoral como la pedía el Concilio. El título «rústico» quiere decir en este contexto, sencillo, popular, así lo expresa el mismo obispo en su escrito: «necesse me fuit... cibum rusticis rustico sermone condire». Es innegable la influencia del De catechizandis rudibus de San Agustín.

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EMPIEZA LA CARTA DEL OBISPO SAN MARTÍN AL OBISPO POLEMIO

1. Recibí la carta de tu santa caridad en la que me dices que te escriba algo, aunque sea a modo de síntesis, sobre el origen de los ídolos y de sus crímenes, para la instrucción de los rústicos, que retenidos todavía por la antigua superstición de los paganos, dan un culto de veneración más a los demonios que a Dios. Pero como es conveniente el ofrecerles ya desde el origen del mundo, para que lo saboreen, algún elemental conocimiento racional, me fue necesario hacer, de esa selva ingente de los tiempos y hechos pasados, una breve síntesis para de este modo presentarles a los rústicos un alimento también con estilo sencillo. Por eso, y con la ayuda de Dios, así ha de ser el principio de tu predicación.

2. Deseamos, hijos carísimos, instruiros en el nombre del Señor, en algunas cosas, o que todavía no las oísteis, o que si las habéis oído, las habéis tal vez olvidado. Rogamos, por consiguiente, a vuestra caridad que escuchéis atentamente lo que se dice para vuestra salvación. Sobre esta materia se ha escrito mucho en las divinas Escrituras, pero a fin de que conservéis en la memoria, de entre esas muchas cosas os recomendamos lo poco que sigue.

3. Habiendo creado el Señor en el principio el cielo y la tierra, hizo para aquella morada celeste creaturas espirituales, esto es, los ángeles que estando en la presencia del mismo lo alabasen. Y uno de éstos, que primero había sido hecho como arcángel, viéndose en el esplendor de tanta gloria, no dio el honor debido a Dios su creador, sino que se proclamó semejante a Él, y a causa de esta soberbia, con otros muchos ángeles, que lo imitaron, fue arrojado de aquella celeste morada a este aire que está debajo del cielo. Y aquel que primeramente había sido arcángel, perdida la luz de la gloria, se convirtió en el diablo tenebroso y horrible.

Igualmente aquellos otros ángeles que estuvieron de acuerdo con él, juntamente con él fueron lanzados del cielo, y perdiendo su esplendor, se convirtieron en demonios. Los otros ángeles restantes que se sometieron a Dios perseveraron en la gloria de su caridad en la presencia del Señor, y se llamaron ángeles santos. En efecto, aquellos ángeles que juntamente con Satanás, su príncipe, fueron arrojados a causa de su soberbia, se llaman ángeles apóstatas y demonios.

4. Después de esta caída de los ángeles fue del agrado de Dios formar al hombre del barro de la tierra, a quien puso en el paraíso, diciéndole que si observaba el precepto del Señor, pasaría sin muerte para aquel lugar celestial, de donde cayeron los ángeles apóstatas; pero que si quebrantaba las órdenes del Señor, moriría. Viendo, pues, el diablo que el hombre había sido creado para sucederle a él en el reino de Dios, en aquel lugar precisamente del que él había caído, movido por la envidia persuadió al hombre que violase los mandatos del Señor. Y por este pecado fue arrojado el hombre del paraíso al destierro de este mundo, en donde tendría que padecer muchos trabajos y dolores.

5. El primer hombre fue llamado Adán, y su mujer, que el Señor creó de la carne del mismo hombre, se llamó Eva. De estas dos personas descienden todos los hombres; los cuales, olvidándose de su Dios y Creador, y cometiendo muchos crímenes, provocaron a Dios a la ira. Por eso envió el Señor un diluvio con el que hizo perecer a todos, a excepción de un justo por nombre Noé, al que reservó, juntamente con sus hijos, para la reparación del género humano. Desde el primer hombre Adán hasta el diluvio pasaron dos mil doscientos cuarenta y dos años.

6. Después del diluvio se propagó otra vez el género humano por medio de los tres hijos de Noé, que habían sido reservados con sus mujeres. Y cuando empezó la muchedumbre reproducida a llenar el mundo, olvidándose otra vez los hombres del Señor que había creado el mundo, empezaron a dar culto a las criaturas, despreciando al Creador. Unos adoraban al sol, a la luna o a las estrellas; unos al fuego, otros al agua del profundo, o a las fuentes de las aguas, creyendo que todas estas cosas no habían sido hechas por Dios para uso de los hombres, sino que habían nacido de sí mismas.

7. Entonces el diablo, o los demonios sus ministros, que fueron arrojados del cielo, viendo a los hombres que por ignorancia despreciaron a su Creador, empezaron a servirlo por medio de las criaturas. Y empezaron a manifestarse en diversas figuras, a hablar con ellos y pedirles que les ofreciesen sacrificios en los montes altos y en los bosques frondosos, y a honrarlos como a Dios, poniéndoles los nombres de hombres malhechores, que habían llevado una vida de toda clase de crímenes y de maldades.

Y de este modo a uno le denominaron Júpiter, que era un mago y que estaba tan cargado con tantos adulterios, que tuvo por esposa a su propia hermana llamada Luno, marchitó a Minerva y a Venus su propia hija; e igualmente deshonró con incestos a sus nietos y a toda su parentela. Otro demonio se llamó Marte, diseminador de litigios y de discordias. Otro demonio, por fin, quiso llamarse Mercurio, que fue el inventor doloso de toda clase de robos y fraudes. A éste los hombres avaros le ofrecían en sacrificio, como al Dios del lucro, montones de piedras, que lanzaban al pasar por encrucijadas de los caminos. A otro demonio le aplicaron también el nombre de Saturno, el cual, viven en una total crueldad, devoraba a sus propios hijos apenas nacían. Se fingió también otro demonio con el nombre de Venus, que fue una mujer meretriz, la cual se prostituyó no sólo con otros innumerables, sino también con Júpiter, su padre, y con su hermano Marte.

8. He aquí cuales fueron en aquel tiempo estos hombres depravados los cuales, a causa de sus pésimas invenciones, dan culto los rústicos ignorantes Los demonios se apropiaron sus nombres, como nombres de dioses, a fin honrarles como a tales, ofrecerles sacrificios, e imitar sus acciones, cuyos nombres invocaban.

Los demonios les persuadieron también a que les edificasen templos, que colocasen en ellos imágenes o estatuas de hombres facinerosos, y les levantasen altares en los cuales no sólo derramasen sangre de animales sino también de hombres. Además de todas estas cosas, muchos de estos demonios, que fueron expulsados del cielo, presiden o en el mar, o en los ríos, o en las fuentes, o en bosques, a los cuales los hombres igualmente ignorantes que no conocen a Di los honran como a Dios y les ofrecen sacrificios.

En el mar lo llaman Neptuno, en los ríos, Lamias; en las fuentes, Ninfas en los bosques, Dianas; todas estas cosas no son más que demonios malignos y espíritus malos que pervierten a los hombres infieles que no saben protegerse con el signo de la cruz. Sin embargo, no pervierten sin permiso de Dios, porque estos tales tienen a Dios airado contra ellos, y no creen de todo corazón en la fe de Cristo, al bien, viven con tal ambigüedad hasta el punto de poner a cada día los mismos nombres de los demonios, y por eso denominan el día de Marte, y de Mercurio y de Júpiter, y de Venus, y de Saturno, los cuales no hicieron ningún día, que fueron hombres pésimos y malvados entre la gente de los griegos.

9. Pero cuando el Dios omnipotente hizo el cielo y la tierra, creó también la luz, la cual mediante la distinción de las obras de Dios tuvo siete veces su rotación. En efecto, en primer lugar hizo Dios la luz, a la que llamó día. En segundo lugar hizo el firmamento del cielo. En tercer lugar la tierra separada del mar. En cuarto lugar fueron formados el sol, la luna y las estrellas. En quinto lugar los animales cuadrúpedos y los volátiles. En sexto lugar fue formado de barro el hombre. En el día séptimo terminó todo el universo y su ornamentación, y lo llamó Dios el descanso. Y a la que fue la primera entre las obras de Dios, teniendo siete veces su rotación, por la distinción de las buenas obras, se llamó semana.

10. ¿No es, por tanto, una locura que el hombre bautizado en la fe de Cristo no honre el día del domingo, en el que Cristo resucitó, y diga que honra el de Júpiter, y de Mercurio, y de Venus, y de Saturno, los cuales no tienen ningún día, sino que fueron unos adúlteros, y perversos, e inicuos y desgraciadamente muertos en su Provincia? Pero, como ya dijimos, debajo de la apariencia de estos nombres, los hombres necios le prestan veneración y honor a los demonios. Igualmente se introdujo entre los ignorantes y rústicos aquel otro error por el que piensan que el principio del año son las calendas de enero, lo cual es falsísimo.

En efecto, como dice la Santa Escritura, en el mismo punto de equinoccio fue el principio del primer año. Y por eso se lee así: «y dividió Dios entre la luz y las tinieblas». Ahora bien, en toda división recta hay igualdad, como sucede en los veinticinco de marzo, en el que tanto espacio de horas tiene el día como la noche. Por eso es falso que el principio del año sean las calendas de enero.

11. ¿Y con qué pena se debe hablar de aquel estúpido error de guardar los días de las polillas y de los ratones, y si es lícito hablar de que un hombre cristiano venere en lugar de Dios a los ratones y a las polillas? Porque a estos animales, si no les aleja o el pan o la ropa cerrando bien o el armario o el arca, no perdonan cosa alguna de la que encuentren. Sin motivo alguno se engaña el hombre miserable con estas patrañas, como si porque al principio del año está alegre y saturado de todo, así le va a suceder durante todo el año. Todas éstas son observancias paganas, han sido buscadas por imaginación de los demonios. Pero hay de aquel hombre que no tiene propicio a Dios, y que no tiene como dada por Él la abundancia del pan y la seguridad de la vida. He aquí que vosotros realizáis oculta o públicamente estas vanas supersticiones, y nunca os apartáis de estos sacrificios de los demonios.

¿Y por qué no os conceden el que estéis siempre saturados, seguros y alegres? ¿Por qué cuando Dios se enfada, vuestros sacrificios vanos no os defienden de la langosta, del ratón y de muchas otras tribulaciones que Dios enfadado os envía?

12. ¿No veis clarísimamente que os engañan los demonios en estas vuestras observancias, que vanamente realizáis, y que os lleváis un chasco en los agüeros que tan frecuentemente atendéis? Porque, como dice el sapientísimo Salomón: «la adivinación y los agüeros son vanos» (Ecco 34,5). Y cuanto el hombre más las teme, tanto más engañado está su corazón: «no les des tu corazón, porque a muchos ha servido de tropiezo» (Ecco 34,6-7).

He aquí lo que dice la Santa Escritura, y así es ciertísimamente, porque tanto tiempo inculcan los demonios a los infelices hombres el canto a las aves, hasta que por estas cosas frívolas y vanas pierden la fe de Cristo, y encuentran en su muerte el fin de los réprobos.

Dios no mandó conocer las cosas futuras, sino que viviendo siempre en el temor de Dios, esperasen en Él el gobierno y el auxilio de su vida. Es propio de solo Dios el conocer los acontecimientos antes de que sucedan; sin embargo, los demonios engañan a los hombres vanos con diversos argumentos hasta conducirlos a la ofensa de Dios, y hasta arrastrar consigo a las almas al infierno, como por envidia hicieron desde su principio, a fin de que el hombre no entrase en el reino de los cielos, de donde ellos habían sido arrojados.

13. Por esta causa, viendo Dios a los hombres miserables engañados de este modo por el diablo y por sus ángeles malos, y que olvidándose de su Creador, adoraban a los demonios en lugar de Dios, envió a su Hijo, es c su Sabiduría y su Verbo, con el fin de reconducirlos al culto del verdadero y alejarlos del error del diablo. Y precisamente porque la divinidad del Hijo de Dios no podía ser visto los hombres, tomó carne humana en el vientre de la Virgen María, carne que fue concebida, no de la unión con un hombre, sino por el Espíritu Santo.

Nacido, por consiguiente, el Hijo de Dios en carne humana, pero que d estaba oculto el Dios invisible, y en el exterior el hombre visible, predicó hombres: predicó a los hombres, enseñándoles a que dejados los ídolos malas obras, saliese del poder del diablo y volviese al culto de su Creador. Después de haber enseñado, quiso morir por el género humano. Padeció voluntariamente la muerte, no obligado; fue crucificado por los judíos s Juez Poncio Pilato, que había nacido en la Provincia de Ponto y que en tiempo era gobernador de la provincia de Siria. Bajado de la cruz, fue colocado en el sepulcro.

Al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, conversó por espacio cuarenta días con sus doce discípulos, y para demostrar que resucitó su verdadera carne, comió después de la resurrección delante de sus discípulos. Pasados los cuarenta días, mandó a sus discípulos que anunciasen a las gentes la resurrección del Hijo de Dios, y que los bautizasen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, les enseñasen, además, que los que hubiesen sido bautizados se apartas las malas obras, esto es, de los ídolos, de los homicidios, de los robo perjurio, de la fornicación, y que aquello que no quieren para sí no se lo hagan tampoco a los demás. Y después de haberles mandado estas cosas, viéndolo los mismos discípulos, subió al cielo, y allí está sentado a la derecha del Padre, y al fin de este n ha de venir con esa misma carne con la que subió al cielo.

14. Cuando llegue el fin de este mundo, todas las gentes y todo h que tiene su origen en los primeros hombres, es decir, en Adán y en resucitarán sean buenos o sean malos. Todos han de venir ante el juicio de Cristo, y entonces los que fueron fieles y buenos en su vida quedarán separados de los malos y entrarán en el reino de Dios con los ángeles santos. Sus almas juntamente con sus cuerpos permanecerán en el descanso e nunca más morirán, y allí ya no habrá ni trabajo alguno ni dolor; tampoco tristeza, ni hambre, o sed, ni calor o frío, ni tinieblas o noche, sino que e siempre alegres, saturados, en la luz, en la gloria, serán semejantes a los ángeles de Dios, porque ya han merecido entrar en aquel lugar de donde cayó el juntamente con aquellos ángeles que le siguieron.

Allí, por consiguiente, todos los que fueron fieles a Dios permanecerá siempre. En cambio, aquellos que no creyeron, o que no fueron bautiza que ciertamente sí fueron bautizados después de este su bautismo volvieron de nuevo a los ídolos y homicidios, o a los perjurios y a otros males y murieron sin penitencia, todos los que así fueren hallados se condenarán con el di con todos los demonios a los que dieron culto y cuyas obras hicieron. Estos serán enviados junto con sus cuerpos al fuego eterno del infierno, en donde aquel fuego inextinguible durará para siempre, y esa carne recuperada en la resurrección gimiendo en eterno tormento desea morir otra vez para no sentir los tormentos. Pero no se le permitirá morir para que sufra los tormentos eternos.

Esto es lo que dice la ley, esto es lo que dicen los profetas, esto es lo que dice el evangelio de Cristo, lo que dice el Apóstol y lo que testifica toda la Santa Escritura, de la que os hemos hecho un sencillo resumen. Es preciso, pues, hijos carísimos, que de aquí en adelante os recordéis de todo cuanto os he dicho, y que obrando el bien esperéis el futuro descanso en el reino de Dios, o (lo que esté lejos de vosotros) obrando el mal esperéis el fuego perpetuo en el infierno. Por consiguiente, la vida eterna y la muerte eterna está puesta en el arbitrio del hombre. Lo que cada uno escoja para sí, eso es lo que tendrá.

15. Vosotros, pues, creyendo que llegásteis al bautismo de Cristo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, considerad el pacto que habéis hecho con Dios en el mismo bautismo.

En efecto, cuando cada uno de vosotros dísteis en la fuente vuestro nombre, por ejemplo, o Pedro, o Juan, o cualquier otro nombre, así fuisteis preguntado por el sacerdote: ¿Cómo te van a llamar? Tú respondiste, si ya podías contestar, o si no ciertamente el que lo testificaba en tu nombre, el que era tu padrino, y dijo, por ejemplo: se llamará Juan. El sacerdote preguntó de nuevo: Juan, renuncias al diablo y a sus ángeles, a sus cultos y a sus ídolos, a sus frutos y fraudes, a sus fornicaciones y a sus impurezas, y a todas sus obras malas. Y respondiste: renuncio. Después de esta renuncia al diablo fuiste interrogado de nuevo por el sacerdote: ¿Crees en Dios Padre Omnipotente? Y respondiste: creo.

¿Y en Jesucristo, su Hijo único, Dios y Señor nuestro, que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, padeció en tiempo de Poncio Pilato, crucificado y sepultado, bajó a los infiernos, al tercer día resucitó vivo de los muertos, subió a los cielos, que está sentado a la derecha del Padre, y que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos? ¿Crees?, y respondiste: creo.

Y de nuevo fuiste interrogado: ¿Crees en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en el perdón de todos los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna? Y respondiste: creo.

Considerad, por tanto, cuál es el pacto que habéis hecho con Dios en el bautismo. Prometísteis que vosotros renunciábais al diablo y a sus ángeles, y a todas sus obras malas, y al mismo tiempo habéis hecho una profesión de fe que vosotros creíais en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, y que vosotros esperábais también, al terminar el mundo, en la resurrección de la carne y en la vida eterna.

16. He aquí cuál es vuestra garantía y vuestra confesión con la que os habéis ligado para con Dios. ¿Y cómo es que algunos de vosotros, que habéis renunciado al diablo y a sus ángeles, a sus cultos, y a sus malas obras, ahora volváis de nuevo a los cultos del diablo?

Porque encender velas junto a las piedras y a los árboles y a las fuentes y en las encrucijadas, ¿qué otra cosa es sino culto al diablo? Observar la adivinación y los agüeros, así como los días de los ídolos, ¿qué otra cosa es sino el culto del diablo?

Observar las vulcanales y las calendas, adornar las mesas, poner coronas de laurel, observar el pie, derramar en el fogón sobre la leña alimentos y vino, echar pan en la fuente, ¿qué otra cosa es sino culto del diablo? El que las mujeres nombren a Minerva al urdir sus telas, observar en las nupcias el día de Venus, y atender en qué día se hace el viaje, ¿qué otra cosa es sino el culto del diablo?

Hechizar hierbas para los maleficios, e invocar los nombres de los demonios con hechizos, ¿qué otra cosa es sino el culto del diablo? Y otras muchas cosas que es largo el decirlas.

He aquí que, después de haber renunciado al diablo, hacéis todas estas cosas después del bautismo, y volviendo al culto de los demonios y a las malas obras de los ídolos, faltásteis a vuestra palabra, y habéis quebrantado el pacto que hicísteis con Dios.

Alejasteis de vosotros la señal de la cruz, que recibisteis en el bautismo, y estáis atentos a otras señales del diablo por medio de las avecillas, estornudos y otras muchas cosas.

¿Por qué no me va a hacer mal a mí y a cualquier otro cristiano recto el agüero? Porque donde ha precedido la señal de la cruz, nada es señal del diablo. ¿Y por qué os hace mal a vosotros? Porque despreciáis la señal de la cruz, y teméis aquello que vosotros mismos habéis imaginado como señal.

Del mismo modo rechazáis el santo encantamiento, esto es, el símbolo que recibisteis en el bautismo, que es: «creo en Dios Padre Omnipotente»; la oración dominical, esto es, «Padre nuestro que estás en los cielos», y conserváis los encantamientos diabólicos y los versos.

Por eso todo aquello que. despreciando la señal de la cruz de Cristo, y mira a otras señales, perdió la señal de la cruz que recibió en el bautismo.

Igualmente, el que guarda otros encantamientos inventados por magos y maléficos, perdió el encantamiento del símbolo santo y de la oración dominical que recibió en la fe de Cristo, pisoteó la fe de Cristo, porque no puede dar culto juntamente a Dios y al diablo.

17. Por eso, amadísimos hijos, si habéis conocido todas estas cosas que hemos dicho, y si alguien reconoce haber cometido estas cosas después del bautismo, y que apostató de la fe de Cristo, no desespere de sí y no diga en su corazón: «porque yo he cometido tantos males después del bautismo, tal vez Dios no perdone mis pecados». No quieras dudar de la misericordia de Dios. Haz de nuevo en tu corazón un pacto con Dios, y en lo sucesivo ya no quieras entregarte al culto de los demonios; no adores otra cosa que no sea Dios; no has de cometer el homicidio, ni el adulterio o la fornicación; no cometas el hurto ni perjures.

Y cuando hayas cometido todo esto a Dios en tu corazón, y no hayas vuelto a cometer otra vez estos pecados, espera con confianza el perdón de Dios, porque así dice el Señor en la Escritura profética: «en cualquier día que el malvado se olvide de sus iniquidades y obre la justicia, yo también me olvidaré de todas sus iniquidades» (Ez 18,21-22).

Dios espera, por consiguiente, el arrepentimiento del pecador. Aquélla es la verdadera penitencia, cuando el hombre ya no vuelve a cometer los males que hizo, sino que pida perdón de los pecados pasados, tome precaución de cara al futuro, para no volver de nuevo a los mismos pecados; sino que por el contrario realice las obras buenas, de tal manera que dé limosna al pobre que tiene hambre, rehaga al huésped extenuado, y que todo aquello que quiere que otros le hagan a él, que esto mismo haga él con los otros, y que lo que él no quiere que le hagan, que tampoco él lo haga a los demás, porque en esta palabra se resumen los mandatos del Señor.

18. Os rogamos, por tanto, hermanos e hijos queridísimos, que estos preceptos que Dios se ha dignado daros por medio de nosotros humildes y pequeños, los retengáis en la memoria, y penséis cómo salvéis vuestras almas, de tal modo que no sólo os ocupéis de esta vida presente y de la utilidad pasajera de este mundo, sino que penséis más en el símbolo que vosotros prometísteis creer, esto es, la resurrección de la carne y la vida eterna.

Por consiguiente, si creísteis y creéis que existe la resurrección de la carne y la vida eterna en el reino de los cielos entre los ángeles de Dios, como ya os dije anteriormente, pensad mucho en estas cosas y no siempre en la miseria de este mundo.

Preparad vuestro camino por medio de las buenas obras. Reuníos con frecuencia en la iglesia o en el lugar de los santos para orar a Dios. No queráis despreciar el día del Señor, que por eso se llama del Señor, porque el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo. resucitó en ese día de entre los muertos, sino que debéis honrarlo con reverencia.

No realizaréis en el día de domingo obras serviles, esto es, en el campo, en el prado, en la viña y otras cosas pesadas, exceptuadas aquellas cosas que son necesarias para la refección del cuerpo, como es el cocer el alimento y lo necesario para emprender un viaje largo.

Es lícito hacer un viaje en domingo a lugares cercanos, pero no para realizar acciones malas, sino más bien buenas, esto es, ir a un lugar santo, o a visitar a un hermano o a un amigo, o consolar a un enfermo, o a llevar un consejo al que se encuentra en la tribulación, o una ayuda en favor de una causa buena. Así es como debe celebrar el domingo el hombre cristiano.

Es bastante inicuo y vergonzoso que aquellos que son paganos y desconocen la fe cristiana, dando culto a los ídolos de los demonios, que veneren el día de Júpiter o de cualquier otro demonio y que se abstengan del trabajo, siendo así que los demonios ni han creado ni tienen ciertamente ningún día.

Y nosotros, que adoramos al verdadero Dios, y que creemos que el Hijo de Dios resucitó de entre los muertos, no veneramos el día de su resurrección, es decir, el domingo. No queráis, pues, hacer una injuria a la resurrección del Señor sino honradla y veneradla con reverencia por la esperanza que nosotros tenemos en ella. Porque así como aquel Señor nuestro Jesucristo, Hijo de Dios, que es nuestra cabeza, resucitó al tercer día de entre los muertos, así también nosotros, que somos sus miembros, esperamos resucitar al fin del mundo en nuestra carne, a fin de que cada uno reciba o el descanso eterno o el castigo eterno, de acurdo con lo que obró con su cuerpo en este mundo.

19. He aquí que nosotros que hablamos ahora bajo el testimonio de Dios y de los santos ángeles que nos escuchan, hemos cumplido nuestra deuda con vuestra caridad, y os hemos prestado el dinero del Señor, cuyo precepto tenemos. Pertenece ahora a vosotros el pensar y el procurar cómo cada uno de nosotros presente con intereses lo que recibió cuando venga el Señor el día del juicio.

Rogamos, por tanto, a la clemencia del mismo Señor que os guarde a vosotros de todo mal, y os haga dignos compañeros de sus santos ángeles en su reino, concediendonoslo él mismo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

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“¿No es el Hijo del Carpintero?”

 

San Máximo Confesor. (580-662), monje y teólogo católico
Capita theologica, 1, 8-13 : PG 90, 1182-1186.

 

El Verbo de Dios ha nacido por todos una vez según la carne. Pero, a causa de su amor a los hombres, desea nacer sin pararse según el espíritu en estos que le desean. El se hace niño pequeño y se desarrolla en ellos al mismo tiempo que las virtudes; se manifiesta en la medida en que sabe que el que le recibe es capaz. Actuando de este modo, no puede tener celos el que espera el brillo de su propia grandeza, porque él capacita y mide la capacidad de estos que desean verle. De este modo el Verbo de Dios se revela siempre a nosotros a la manera que nos conviene y sin embargo vive invisible en todos, por la inmensidad de su misterio. Por esto el Apóstol por excelencia, considerando la fuerza de este misterio, dice con sensatez: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy, y siempre” (Hb 13,8); contempla este misterio siempre nuevo que la inteligencia jamás terminará de escrutar... La fe sólo puede comprender este misterio, ella que está en el fondo de todo lo que desborda la inteligencia y desafía la expresión.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

 

Los Concilios Toledanos durante la España Visigoda

 

1. Introducción

 

Los antiguos concilios se los suele clasificar por la circunscripción eclesiástica a la que corresponden (el sínodo diocesano no aparece hasta el siglo VI): ecuménicos (de toda la iglesia), generales (de Oriente o de Occidente, y en la Edad Media los ecuménicos) extraterritoriales (de varias provincias eclesiásticas), patriarcales (de un patriarcado), plenarios (igual que los anteriores pero donde no había patriarcado) y provinciales (de una provincia eclesiástica o metrópoli).

 

En la iglesia de los primeros siglos, los presbíteros vivían en torno a su obispo, cosa que facilitaba la comunicación y hacía menos necesarios los sínodos diocesanos. Cercano el siglo VI y con la penetración de la iglesia en zonas rurales, la comunicación del los presbíteros con su obispo se vuelve más dificultosa. El sínodo diocesano comienza por esto a tomar preponderancia en el caminar de las iglesias locales. Es significativo a este respecto el testimonio del Concilio Toledano IV del 633:

 

«Cuando son ordenados los presbíteros para las iglesias rurales, recibirán de su obispo el libro ritual para que vayan instruidos a las iglesias que les han sido encomendadas, no sea que por ignorancia profanen los sacramentos divinos, de modo que cuando vinieren a las letanías, o para el concilio, den razón a su obispo de cómo ejercen el oficio encomendado, o cómo bautizan.»

 

Durante la época carolingia, el sínodo diocesano estaba compuesto de esta manera: el presidente nato era el obispo. Los seguían los párrocos y abades. El párroco debía llevar consigo algunos clérigos encomendados a su cuidado, así como también libros litúrgicos, vasos sagrados, para que se pudiera comprobar el grado de cuidado de todas estas cosas. Formaba parte también del sínodo un conde, funcionario imperial que debía velar por la asistencia de todos aquellos que estaban obligados. En algunos sínodos tomaron parte también algunos seglares. En el siglo XI, con la reorganización de los cabildos de canónicos, éstos comienzan a formar parte importante del sínodo.

 

La finalidad de los sínodos diocesanos en la Edad Media fue sobre todo de supervisión disciplinar, aplicación de normas y juicios sobre situaciones concretas. A partir del siglo XIII, tiende a desaparecer este carácter judicial. El Concilio Toledano XVI del 696 se expresa de esta manera al respecto:

 

«Sirve de gran corrección y enmienda para el pueblo, si las actas conciliares, una vez concluidas, son publicadas por medio de los obispos en sus diócesis. Y por lo tanto, unidos con una total unanimidad, decretamos que cuando se celebre en alguna provincia el concilio, cada uno de los obispo no dilate en modo alguno el reunir, avisándoles oportunamente, dentro del plazo de seis meses, a todos los abades, presbíteros, diáconos y clérigos, y también a toda la asamblea de la misma ciudad en que tiene su sede. E igualmente a todo el pueblo de su diócesis, para que delante de ellos públicamente, manifestándoles todo, tenga más completa noticia de todo aquello que aquel mismo año ha sido tratado y decidido en el concilio. Pues ciertamente se extirpa la dureza de los malvados cuando se les da a conocer por todos los modos las determinaciones canónicas que deben ser guardadas, de tal modo que ninguno se atreva ya a oponerse a todas aquellas cosas que fueron determinadas en las actas pasadas o en las presentes, ninguno se atreva a conculcarlas, y ninguno trate de infringirlas. Porque si alguno creyere poder menospreciarlas, o prefiere despreciarlas, o inflado por la desobediencia, lleno por la murmuración, encendido por la envidia y recomido por la amargura, se alzare contra ellas, y no se presentare más bien como benévolo favorecedor de las referidas decisiones, será castigado ineludiblemente durante dos meses con la pena de excomunión.»

 

El sínodo es un órgano consultivo, no deliberativo. La legislación emanada de los sínodos es legislación episcopal, con el peso del asentimiento de los participantes sinodales. Esto normalmente viene expresado con la fórmula latina sancta synodo approbante. El asentimiento de los sinodales le agrega, no cabe duda, una fuerza moral a la legislación del obispo, de manera que no es lo mismo un decreto del obispo, que uno que emana del sínodo.

 

2. La convocación conciliar en la España Visigoda

 

Durante el tiempo que rigió la monarquía visigoda, la convocación era prerrogativa prácticamente exclusiva del Rey. Después de inaugurado el concilio en forma ceremonial, entraba el Rey con su corte y luego de una oración leía el tomus regius. Era un discurso programático del concilio donde exponía los temas a tratar sea eclesiásticos o civiles. A veces el contenido teológico del tomus demuestra que no era obra exclusiva del Rey.

 

Ejemplo de uno de estos tomus es el leído por Recesvinto en el Concilio VIII (653):

"En el nombre del Señor, el Rey Recesvinto a los reverendísimos Padres de este Sínodo: Poseyendo y conociendo sólidamente por admirable don del Espíritu Santo la regla de mi fe, y arrojando a sus pies con humildad de corazón mi gloriosa diadema, contento sólo con haber oído que todos los Reyes de la tierra sirven y obedecen a Dios, he aquí, reverendos Padres (a quien acato con profunda veneración), que me presento a vosotros, apelando en gracia de mi mansedumbre al testimonio de vuestra beatitud y sometiéndome a la prueba de vuestro examen ante el terrible mandato del Dios omnipotente, a quien doy infinitas gracias por haberse dignado en su divina clemencia, sirviéndose de mi precepto, congregaros en este santo concilio, confiando que, tanto a mí como a vosotros, nos concederá el premio de su gracia ahora y en los tiempos venideros. El unánime y religioso afecto de vuestra concordia lo habéis demostrado en el mero hecho de acudir a mi llamamiento, apresurándoos a reconocer abiertamente la piadosa intención que me guía en el gobierno del pueblo."

"Mas como el momento actual no consiente largos discursos, en este pliego veréis cuál es la fe santa que aprendí de los Apóstoles y de los siguientes Padres y cuáles son los negocios por los que os he convocado. Leedlo y releedlo atentamente, y procurad dar soluciones convenientes a los graves problemas que mi poder os plantea. [sigue aquí la profesión de fe] Echando hacia atrás una mirada retrospectiva, recordamos que vosotros y todo el pueblo jurasteis que la persona de cualquier orden y honor que fuere, que se probase haber pensado o maquinado la muerte del Rey o la ruina del linaje godo o de la patria, fuese castigada con sentencia irrevocable, no experimentando jamás perdón ni disminución alguna de la pena. Mas, porque ahora se juzga demasiado grave esta sentencia y en contradicción con la misericordia, a fin de no retener una condenación absoluta y para no cerrar la puerta a la piedad, que según el apóstol es útil para todo, encomiendo a vuestro sano juicio este negocio. Examinadlo maduramente y fallad acerca de él. Afán vuestro será inspirados por la gracia divina, moderar de suerte ambos extremos, que se eviten los perjurios y la inhumanidad."(4)

  

3. Participación Real

Despúes de la proclamación del tomus el Rey volvía a intervenir en el concilio solamente cuando este terminaba. Firmaba las actas en primer lugar: «Flavio Recaredo, Rey; estas deliberaciones, que hemos definido juntamente con el Sínodo Santo, confirmándolas, las suscribí» (Conc. Tol. III). En algunos concilios aparecen también decretos o leyes explícitamente promulgados por el Monarca. Ejs.:

- Chintila ordena que se recen del 13 al 15 de diciembre las Letanías de los Santos.

- Recesvinto redacta al final del VIII Conc.Tol. una ley contra la avaricia de los príncipes.

- Ervigio anuncia al final del Conc. Tol. XIII la disminución de los impuestos.

La confirmación Real del concilio por lo general viene formulada con el título de Lex in confirmatione concilii. Recaredo lo hace de esta manera:

«Todas estas constituciones eclesiásticas, que hemos tocado compendiosa y brevemente, decretamos que permanezcan en estabilidad perenne, según se contienen con más extensión en el canon. Y si algún clérigo o laico no las quisiere observar, sufra las siguientes penas. El clérigo, sea Obispo presbítero, diácono o de cualquier otro grado, será excomulgado por todo el concilio. Si fuere lego y persona de clase elevada, perderá la mitad de sus bienes; y si fuere persona de clase inferior, será multada con la pérdida de sus bienes y desterrada.» (Conc. Tol.III)

 

En algunos casos el Rey nombraba también un executor regius (ejecutor real). Era un funcionario del Estado encargado de que las disposiciones del concilio fueran respetadas y llevadas a la práctica. Cuando el concilio había dictaminado en algún pleito entre partes, debía velar por los derechos del que había ganado.

 

4. El «Ordo de celebrando concilio» visigótico

Se debe a la España visigótica el primer «ordo» sobre la forma litúrgica de celebración de un concilio. Este «ordo» de la Iglesia española tendrá larga pervivencia en la Iglesia occidental. Casi todos los concilios y «ordines» posteriores se basan en su esctructura y autoridad, hasta llegar a nuestros tiempos en que el Concilio Vaticano II, en su primer sesión televisada, usaba las reglas litúrgicas establecidas por los padres del Concilio de Toledo de 633. He aquí en breve síntesis el desarrollo de este «ordo».(5)

A primera hora de la mañana, antes de salir el sol, se despida a todos lo fieles de la iglesia donde va a tener lugar la reunión, y, cerradas todas las puertas, colóquense los ostiarios en aquella por donde habrán de entrar los obispos. Reunidos los obispos, entren juntos y siéntensen por orden de antiguedad de ordenación. Luego del ingreso de los obispos, llámese a los presbíteros que se juzgue deben asistir, teniendo cuidado que no haya entre ellos ningún diácono. Luego entren los díaconos designados previamente según lo estatuido. Las sillas de los prelados estén dispuestas en forma de corona, detrás de ellos los presbíteros, y de pie, frente a los obispos, colóquense los diáconos. Luego ingresen los laicos que al parecer del concilio han merecido estar presentes. Ingresen luego los notarios necesarios en la composición, lectura y escritura de las actas.

Sentados todos en silencio y con el corazón puesto en Dios diga el archidiácono: Orad. Y postrados todos en tierra, orando en silencio con lágrimas y gemidos, uno de los mayores de entre los obispos levantándose mientras los demás permanecen en tierra diga: En tu presencia estamos Señor Espíritu Santo, ante ti también nuestro pecados que pertenecen a nuestra fragil humanidad, sin embargo en tu Nombre nos hemos reunido. Ven a nosotros, a nuestro lado, dígnate penetrar en nuestros corazones; enséñanos qué es lo que tenemos que hacer, enséñanos cómo marchar ante tu presencia y las obras que debemos hacer. Porque solo tú eres el autor e inspirador de nuestros juicios; porque solo tú con Dios Padre y en el Nombre del Hijo poséen la Gloria. No nos hagas padecer bajo la injusticia de nuestros perturbadores, porque más aprecias la equidad. En los peligros, que no nos arrastre la ignorancia; que no nos inclinemos a los favores ni a las personas corruptas, antes bien únenos a ti eficazmente, ya que sólo tú eres don de gracia, para que en ti seamos uno y nunca nos desviemos de la verdad. Nos reunimos por lo tanto en tu Nombre, para que en todo tengamos con moderación justicia y piedad, para que nuestras sentencias no disientan de ningún modo de ti, y para que en el futuro, por nuestras buenas obras consigamos los bienes eternos.

...

Terminada pues la oración y después de haber respondido todos Amén, alzándose el archidiácono dice: Alzaos todos. Y con todo temor de Dios tomen asiento tanto los obispos como los presbíteros. A continuación estando todos en sus lugares y en silencio, entre el diácono revestido con su alba, y profiera del códice de los concilios los cánones siguientes: [sigue la lista de cánones de concilios anteriores que tratan de la celebración de concilios]

La ceremonia sigue con la palabra del Metropolitano que pide a los presentes que manifiesten publicamente si había objeciones a la legitimidad de la reunión, y les pedía en nombre de Dios que se despojasen de toda acepción de personas en sus juicios. Terminada esta alocución, entraba el Rey, y como queda dicho arriba leía el Tomo regio. Terminada la lectura, el Rey abandonaba el templo en medio de la oración de los presentes que decían:

Bendígate, Serenísimo Príncipe, el Señor de las Virtudes y el Dios Omnipotente. Inspírete, para que seas misericordioso y justiciero. El que te otorgóa el reino, El mismo guarde tucorazón libre de causar daño al pueblo. Tú que movido por el Señor, miras con reverencia nuestro Sínodo, seas coronado con todos los tuyos eternamente.

Desaparecido el Rey, comenzaban las deliberaciones. Eran dirigidas por uno de los Metropolitanos (en general el más antiguo según la ordenación). El ceremonial recomienda a los presentes absoluto silencio. Se pide que no se produzcan tumultos ni discusiones acaloradas, recomendaciones que muestran que esto pasaba.

 

 

5. Lista de los Concilios Toledanos

Desde la conversión de Recaredo en el 589 hasta la caída de España en poder de los musulmanes (711) se celebran 16 concilios nacionales. Esto arroja una media de un concilio cada 7 años, lo que no es poco para la época.

Concilio

Año

Rey

Obispo importante

III

589

Recaredo

San Leandro

IV

633

Sisenando

San Isidoro

V

636

Chintila

 

VI

638

Chintila

 

VII

646

Chindasvinto

 

VIII

653

Recesvinto

 

IX

655

Recesvinto

 

X

656

Recesvinto

 

XI

675

Wamba

 

XII

681

Ervigio

San Julián de Toleto

XIII

683

Ervigio

San Julián de Toledo

XIV

684

Erivigio

San Julián de Toledo

XV

688

¿Egica?

San Julián de Toledo

XVI

694

Egica

Sisberto, obispo depuesto de Toledo

XVII

696

Egica

 

XVIII

702

Witiza

[no se conservan actas]

 

7. Temática tratada

La evolución hacia un contenido cada vez más jurídico-político es índice (sobre todo a partir del XII) de la injerencia del poder temporal.

Los Reyes pedían a los obispos que legislaran en lo civil y modificaran lo que no quedaba claro. Por ejemplo en el XVI Egica pide:

«Y todas las cosas que en los cánones o en las leyes civiles se hallen menos acertadas o se ve claramente que han de resultar superfluas o perjudiciales, poniéndoos de acuerdo con nuestra serenidad, reformadlas en un mediodía resplandeciente...»

Pedían también a los obispos resolver los casos de Justicia que se presentaban al concilio. Recesvinto solicitaba a los Padres que:

«...cualquier causa que llegare a vuestros oidos a traves de las reclamaciones de quienquiera que sea, la decidais de acuerdo con nosotros, empleando el rigor de la justicia misericordiosamente, y la templaza de la misericordia justísimamente.»

Este es un tema que aparece una y otra vez en los textos de los tomus. Los Reyes piden a los obispos que no se dejen corromper con regalos etc... Al parecer había muchos malos jueces. Haciendo referencia a los Jueces San Isidoro decía que:

«A menudo los malos Jueces, movidos de su codicia, o aplazan o corrompen el juicio y no terminana los asuntos promovidos por las partes hasta vaciar los bolsillos de los litigantes.» (S.Isidoro, Sentencias III,52.11)

Los Reyes buscan también ayuda en los concilios para los casos de conspiración (ej. los judios bajo Egica). De esta manera los temas políticos sustituyen a los religiosos.

 

8. Trascendencia de los concilios toledanos

Los concilios nacionales y provinciales del Reino Visigodo se transformaron con el correr del tiempo en fuente de consulta para la liturgia, la disciplina y la praxis pastoral de la Iglesia. Son una fuente importante del derecho eclesiástico. Los cánones de un concilio se resumían en el siguiente y así sucesivamente hasta que se llegaron a formar colecciones de cánones. La más famosa es la llamada «Hispana» atribuida a San Isidoro, pero que de hecho se conserva también en recensiones aumentadas con el trascurso del tiempo. Es considerada la «colección más notable de la Iglesia universal en sus diez primeros siglos, tanto por el número de concilios y decretales que recoge como por la genuinidad y pureza de sus documentos.» Esta colección va a regir a la Iglesia española hasta la reforma gregoriana. Contiene en total once manuscritos, once españoles y cinco extranjeros. Una primera parte trae los concilios y decretales pontificios del Papa Dámaso (378) hasta Gregorio Magno (600). La segunda contiene los cánones de concilios griegos y africanos, diez concilios galicanos, catorce españoles y definiciones de fe de concilios ecuménicos. Trascribimos a continuación un trozo de la introducción de esta colección canónica para que se perciba la autoconciencia eclesial del papel de la tradición magisterial y disciplinar en la Iglesia visigoda.

...estos son, como queda dicho, los cuatro principales y venerables sínodos [el Nicea, Constantinopla, Efeso y Calcedonia], que abarcan toda la fe, y cuya autoridad hay que acatar Pero si existiesen otros aprobados por los Santos Padres, llenos del Espíritu de Dios, tengan también su vigor tal cual se contienen en este volumen. Al principio de toda la serie hemos puesto el niceno, por la autoridad de aquella magna asamblea. Vienen luego diversos concilios griegos y latinos, celebrados antes y después del susodicho. A continuación siguen las decretales de los Papas de Roma, las cuales, a causa de la dignidad suprema de la Silla Apostólica, no poseen menor autoridad que los cánones de los concilios. De esta suerte, compilada y reglamentada en un volumen la disciplina del orden eclesiástico, podrá servir de guía a los pastores santos y de ejemplo en que se empapen los ministros obedientes de la Iglesia y el pueblo entero.

 

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Las reglas monásticas en la península ibérica

 

 

En España, a diferencia del resto de Europa, la entrada de la regla de San Benito va a ser un proceso tardío. Durante la época visigoda, la españa árabe y la alta reconquista, era común a una comunidad monástica «reglar» su vida usando un conjunto de reglas contenidas generalmente en códices regularum,(1) colecciones con las reglas y tratados ascéticos de los monjes de Egipto: Pacomio, Macario, Basilio; las reglas de San Agustín, San Jerónimo, Casiano etc. Muchos obispos españoles comenzaron a sentir la necesidad de adaptar estas reglas a la realidad y necesidades de la península y comenzaron a escribir también reglas y escritos que se fueron añadiendo a estos códices. La primera y más antigua que se tenga noticia es la compuesta antes del 590 el obispo de Gerona, Juan de Biclaro, desgraciadamente hoy perdida.(2) Hacia el 600 San Leandro de Sevilla escribe su De institutione virginum et contemptu mundo, conocida como regla de San Leandro, obra escrita por el santo a instancias de su hermana Florentina y su comunidad de vírgenes. El hermano menor de San Leandro, San Isidoro, escribe también entre el 615 y el 624 su Regula monachorum. Isidoro intenta mitigar la dureza de las reglas orientales y escribe en lenguaje sencillo y llano. Ofrece un modo concreto de organizar el oficio divino, la admisión de novicios, la abolición de las clases sociales en la comunidad, el trabajo manual y el castigo de los trasgresores de la regla. En Galicia van a surgir otras reglas con adaptaciones hispanas de los textos de Agustín, Jerónimo, etc., pero la más importante es la Regula monachorum de Fructuoso de Braga escrita entre el 630 y el 635. Esta regla junto con una segunda recensión llamada la Regula communis compuesta entre el 665-680, reflejan la situación de la vida monástica galaico-portuguesa, con los peligros latentes de comunidades heterodoxas, monasterios familiares y presbiterales, los antagonismos entre el episcopado que vivía bajo alguna regla y el episcopado secular, las admisiones en la vida monástica de familias enteras, de ancianos y de fugitvos de la justicia, la cercanía sospechosa de monasterios masculinos y femeninos, etc. Al final traen el famoso pactum, una profesión monástica que tiene la forma de un contrato casi-feudal entre el abad y sus monjes.(3) Las reglas monásticas ibéricas van a trascender su origen geográfico e influyeron en la reforma monástica carolingea. En efecto, San Benito de Aniano incorpora las reglas de San Isidoro y San Fructuoso a su Codex regularum. En España la regla de San Benito comienza a abrirse paso recién a fines del siglo IX. Tan tarde como 1055, el Concilio de Coyanza permitía a los monasterios elegir entre las reglas de San Isidoro y San Benito. A fines del siglo X va a aparecer la última de las reglas hispánicas. Se trata del Libellus regularis, regla de monjas compuesta en la Rioja por el abad Salvo de Albelda (951-962). Consiste de extractos de la regla de San Benito, la Explanatio de Esmargardo, el oficio litúrgico hispanico y la profesión en forma pactual.


Los Pactos monásticos ibéricos
(4)


La formula de profesión de votos religiosos en la españa visigoda va a ser conocida con los términos pactum, placitum o pctio. Estos asumen una forma individual o colectiva. Para encontrar las raíces y el origen de esta peculiar forma de expresar los votos religiosos, debemos remontarnos al derecho germánico. En efecto, tanto por la fraseología como por el carácter jurídico, el pacto refleja el juramento de fidelidad que hacían los reyes godos recién elegidos. Se trata de una fórmula contractual, de carácter casi feudal, pero con una veta notablemente --salvando el anacronismo-- democrática. Los monjes expresan una sumisión al abad que eligen pero sujetando los poderes de éste al recto cumplimiento de su oficio. Los pactos monásticos van a desaparecer definitivamente con el triunfo del benedictismo bajo el rey Fernando I (1035-1065). Trascribimos a continuación el pacto de la Regla de San Fructuoso de Braga.

 

El Pacto de la Regla communis atribuida a San Fructuoso5

 

«EN EL NOMBRE DEL SEÑOR EMPIEZA EL PACTO

En el nombre de la santa Trinidad, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo, lo que creemos en nuestro corazón lo confesamos también de palabra; creemos en el Padre, no engendrado; en el Hijo, engendrado; en el Espíritu Santo, que procede de ambos que sólo el Hijo tomó carne de una virgen y bajó al mundo por la salvación de todos los que creen en El, y que nunca se separó del padre y del Espíritu Santo. Porque El dijo: Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10,30); y: El que me tiene , tiene también al Padre, y el que me ve, ve también al Padre (Jn 14,9); y asimismo dijo: El cielo es mi trono, y la tierra escabel de mis pies (Is 66,1 Hch 7,49). En el cielo, los ángeles adoran a toda la Trinidad, y en la tierra, el Señor predica a los hombres con estas palabras; Id, vended todo lo que poseéis y dadlo a los pobres; y venid, seguidme (Lc 12,33; Mt 19,21); y en otro lugar; Si alguien quiere venir tras de mí, niéguese a sí mismo y levante su cruz y sígame (Mt 16,24; Lc 9,23); y en otro lugar: Quien estimare al padre o a la madre, a la mujer, a los hijos, o a todos los que pasan con el mundo, más que a mí, no es digno de mí (Mt 10,27; Lc 14,25); y en otro pasaje; Quien no aborrece a su vida por mi causa, no es digno de mí; y: Quien perdiere la vida por mí, la encontrará en la vida eterna (Jn 12,25; Mt 10, 39; Lc 9,24).

 

Por eso, es mejor, mucho mejor, hollar el mundo, obedecer a Cristo, cumplir el Evangelio, poseer la vida bienaventurada con los santos ángeles para siempre por todos los siglos. Por eso, encendidos en el fuego divino, he aquí que todos los que hemos de subscribir abajo entregamos nuestras almas a Dios y a ti, señor y padre nuestro, para que, según la enseñanza y norma de los apóstoles y tal como sancionó la autoridad de los padres precedentes, habitemos en el mismo monasterio, siguiendo los pasos de Cristo y tus lecciones. Y todo lo que quisieres anunciar, enseñar, impulsar, increpar, mandar, excomulgar según la regla o enmendar para la salud de nuestras almas, con corazón humilde, sin ninguna arrogancia, con toda adhesión y ardiente deseo, con la ayuda de la gracia divina, sin excusa y con el favor del Señor, todo lo cumpliremos.

 

Si con todo, alguno de nosotros protestando contra la regla y tu mandato, resultare contumaz, desobediente o calumniador, entonces tendremos potestad de reunirnos todos en asamblea y después de leer ante todos la regla, probar oficialmente la culpa; y cada uno y todos, convicto de su responsabilidad, aceptará los azotes o excomunión en proporción a la consideración de la culpa. Asimismo, si alguno de nosotros, a una con sus padres, hermanos, hijos, parientes y afines, o al menos con un monje cohabitante, tramare un designio contra la regla ocultamente, estando tú, sobredicho padre nuestro, ausente, deberás tener potestad contra todo el que atentare tal delito de que durante seis meses, vestido de una capa raída o de cilicio, desceñido y descalzo, a sólo pan y agua, practique en una celda obscura excomulgado cualquier trabajo. Si con todo, alguno no quisiere cumplir ese castigo con dócil voluntad, recibirá, tendido y desnudo, setenta y dos azotes; y después de dejar el hábito del monasterio, vistiendo el vestido roto de que se despojó al ingresar, será expulsado del monasterio con manifiesta verguenza. Y decimos esto tanto de los varones como de las mujeres.

 

Prometemos también a Dios y a ti, nuestro padre, que, si alguno pretendiere pasar a habitar otros parajes sin la bendición de los monjes y sin tu orden, por vicio, tengas autoridad de contrarrestar la temeraria voluntad de quien intentare tal cosa y reducirlo a la pena de la regla una vez apresado por los guardias de los jueces; y si alguno pretendiere defenderlo, fuere obispo o de un orden inferior, o lego, y tratare de retenerlo en su casa después de escuchar tu advertencia, quedará en comunicación con el diablo y en participación con Judas Iscariote en el infierno; y en el siglo presente quedará excomulgado de toda reunión de cristianos y no recibirá el viático ni al fin de la vida quien así obrare.

 

Por nuestra parte, te representamos a ti señor nuestro que si pretendieras lo que al menos no puede creerse y lo que Dios no permita que suceda, tratar a alguno de nosotros injustamente, o con soberbia, o con ira, o tener predilección por uno y despreciar a otro con odio, a uno mandar con imperio y a otro adular, como hace el vulgo, entonces tengamos también nosotros potestad, concedida por Dios, de presentar queja sin soberbia ni ira a nuestro prepósito por cada decanía, y el prepósito de besarte humildemente los pies a ti, señor nuestro, y manifestar en cada caso nuestra queja, y tú deberás escuchar pacientemente, y humillar la cerviz en la regla común, y corregirte y enmendarte; y si en manera alguna quisieres corregirte, en ese caso tengamos también nosotros potestad de excitar a los demás monasterios, o por lo menos de convocar a nuestra conferencia al obispo que vive bajo regla, o al conde católico defensor de la Iglesia, para que en su presencia te corrijas y cumplas la regla aceptada, y nosotros seamos discípulos sujetos o hijos adoptivos humildes, obedientes, en todo lo que se debe, y tú, en fin, nos ofrezcas puros a Cristo sin mancha. Amen.

 

Estos son los nombres de los que cada uno firmó por su mano o puso su signo en este pacto. Esto es fulano, fulano, o fulana y fulana.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

Sentencias de San Isidoro

 

Las Sentencias de San Isidoro es tal vez la obra más leida durante la Edad Media. Lo atestiguan los miles de manuscritos copiados durante toda la época previa a la aparición de la imprenta. Se trata de un compendio de fe (libro I) y de moral (libro II). Por el aspecto sistemático preludia la escolástica. El libro I (De Summo bono) trata en 30 caps. los atributos divinos y el conoc. de Dios; su eternidad; la creación del mundo; el mal; los ángeles y la naturaleza humana; Cristo y los Santos; la Iglesia, las herejías y el paganismo; las diferencias entre el A.T. y el N.T.; sobre el Símbolo de la fe, el bautismo y los sacramentos; la Escatología. Los libros II y III sobre las virtudes teologales, la gracia y las virtudes en general. La obra en primera instancia parece destinada a la formación del clero. Fue escrita entre el 612 y el 615 en plena madurez intelectual y pastoral del santo.

El género literario de la sentencia tiene varios orígenes. Es probable que San Isidoro, asiduo lector de las Morales de San Gregorio Magno, hubiera recordado la siguiente afirmación: "... gusta hablar por sentencia el que no desea expresar solamente lo que sabe, sino sentir por experiencia lo que dice". Esto parece recoger en el libro II al definir la sentencia de la siguiente manera:

"Habla juiciosamente por sentencia quien siente la verdadera sabiduría, gustando su interno sabor. Porque sentencia deriva de sentir. Por ello, los presuntuosos, que hablan sin humildad, lo hacen basados en sola la ciencia, no en la experiencia vital." Sentencias, II, cap. 29,10.

Los textos que aquí presentamos tomados del libro II pueden darnos un marco de referencia del proceso seguido en la asimilación de los pueblos bárbaros a lo que será la españa visigótica cristiana.

 

CAPITULO IX

EL COMBATE DE LOS CONVERSOS

 

1. Todo converso que desee hollar pronto cualquier incentivo carnal y se esfuerce en ascender a la cumbre de las virtudes, no debe abatirse si acaso sufre todavía alguna contrariedad por las molestias de la carne, porque el dador de los bienes sabe contrarrestar la oposición del vicio con el antídoto de la virtud.

2. Entonces cada uno conoce que está más abrumado por la fuerza del vicio cuando ha llegado al conocimiento de Dios, a la manera como el pueblo de Israel era agobiado por los egipcios con un peso mayor cuando Moisés le descubría el conocimiento de Dios.

3. En efecto, los vicios, antes de la conversión, mantienen con el hombre una especie de alianza; mas, cuando se les extirpa, se alzan con una fuerza más impetuosa. Así, pues, resulta hostil al converso lo que dulcemente le lisonjeaba cuando era pecador; y, al contrario, resulta propicio al converso lo que, siendo pecador, le era contrario.

4. El siervo de Dios sufre numerosas dificultades por el recuerdo de las acciones pasadas; y muchos después de la conversión, contra su voluntad, tienen que soportar aún el incentivo de la pasión; mas esto no lo sufren para su condena, sino para su estímulo, a saber, para que tengan siempre, a fin de sacudir su inercia, un enemigo a quien resistir, con tal que no consientan. Por donde conocen los siervos de Dios que ellos ciertamente han sido purificados de sus pecados, pero que, no obstante, se ven todavía atormentados por las molestias de torpes pensamientos.

5. A la conversión precede la multitud de los pecados; tras la conversión sigue un gran número de tentaciones. Aquéllos se oponen a que nos convirtamos a Dios; éstas se interponen para que no contemplemos a Dios con la franca mirada del corazón. La perturbación originada de una y otra parte engendra en nosotros el desconcierto y a menudo impide nuestra atención con muy diversos engaños.

6. Es útil al siervo de Dios que sea tentado después de la conversión, a fin de que del abandono negligente, a impulso de los vicios, pase a disponer su ánimo para las virtudes mediante la lucha contra el pecado.

 

  

CAPITULO X

LA CONVERSIÓN DEFICIENTE

 

I. Una conversión defectuosa lleva a muchos a los errores pasados y les echa a perder para el resto de su vida. El ejemplo de éstos debe, pues, evitarlo todo converso, no sea que, por empezar con desidia el servicio de Dios, se halle de nuevo implicado en los extravíos mundanos.

2. El que es negligente en su conversión, no se da cuenta que las palabras ociosas y los pensamientos vanos son perjudiciales, porque, si vigilase su desidia espiritual, al punto temería como horrendo y atroz aquello que consideraba sin importancia.

3. En toda obra buena hay que temer el fraude y la desidia. Cometemos fraude con Dios cuantas veces, a causa de nuestras buenas obras, nos alabamos a nosotros mismos y no a Dios. Y practicamos la desidia siempre que por abandono realizamos negligentemente las obras de Dios.

4. Toda profesión de este mundo tiene cultivadores celosos y resueltos a ponerla en práctica; y esto es lógico que suceda porque tienen presente la recompensa de su trabajo. Mas el arte del divino servicio tiene muchos discípulos negligentes, tibios, endurecidos por la inercia de su pereza; y esto acontece por cuanto su labor no se ordena a una recompensa en esta vida, sino en la futura. Así, pues, dado que la retribución del salario no alcanza en seguida a su trabajo, languidecen casi perdida la esperanza. De ahí que una brillante gloria aguarde a aquellos que llevan a término, con un resultado más positivo, los principios de la conversión a una vida ejemplar y que con tanta mayor brillantez se disponen a merecer el premio cuanto con mayor firmeza comienzan y llevan a término los trabajos del arduo peregrinar.

5. Algunos, en el fervor primero de la conversión, se aplican a las virtudes; mas, cuando van progresando, se aplican con tanto exceso a los asuntos terrenos, que se ennegrecen con el polvo del apetito más vil; por lo que el Señor dice acerca de las simientes: El sembrado entre espinas es el que oye la palabra de Dios y, a causa de las preocupaciones mundanas o de la seducción de las riquezas, ahoga la palabra, y resulta infructuoso

6. Los recién convertidos no deben ocuparse de asuntos materiales. Porque, si se enredan con ellos, al punto, cual arbolillos plantados, que todavía no tienen solidez en su raíz, son sacudidos a la vez que aridecen

7. A veces aprovecha a los conversos, para la salud del alma, el cambio de lugar, pues a menudo, con el cambio de lugar, se muda también el afecto del alma. Por ello, es conveniente ser arrancado, incluso corporalmente del sitio donde uno se entregó a los placeres, ya que el lugar en que uno vivió disolutamente trae a la consideración de su mente todo aquello que en él continuamente pensó y realizó.

 

CAPITULO XI

LOS EJEMPLOS DE LOS SANTOS

 

I. En orden a la conversión y enmienda de los mortales, aprovechan en gran manera los ejemplos de los santos, pues las costumbres de los incipientes no pueden perfeccionarse en el bien vivir de no ser modeladas a ejemplo de los maestros de la perfección.

2. Mas los réprobos no atienden las lecciones de los buenos para imitarlas en orden a mejorarse, sino que se proponen los ejemplos de los malos, que les sirven para empeorar en la corrupción de sus costumbres.

3. Las caídas y la penitencia de los santos se narran por esta finalidad: para que infundan a los hombres la confianza de la salvación, a fin de que nadie, después de la caída, desconfíe del perdón, si practica la penitencia, cuando ve que también la recuperación de los santos tuvo lugar después de la caída.

4. Deben conocer los que están entregados al vicio cuán útilmente para ellos se les proponen los ejemplo de los santos; a saber, o bien para que tengan modelos que imitar en orden a la enmienda, o por lo menos para que, al compararse con éstos, experimenten un castigo más duro por su desobediencia.

5. Dios ha propuesto las virtudes de los santos para ejemplo nuestro con este fin: para que de la misma manera que, si les imitamos, podemos conseguir los premios de la justicia, así también, si persistimos en el mal, tendremos castigos más dolorosos.

6. Porque, si faltasen, como estímulo para el bien, los preceptos divinos que nos lo muestran, nos bastarían como orientación los ejemplos de los santos. En cambio, puesto que Dios nos amonesta con sus preceptos y nos propone ejemplos de bella conducta en la vida de los santos, no tenemos ya excusa de nuestro pecado, puesto que todos los días la ley de Dios resuena en nuestros oídos y conmueven lo íntimo de nuestro corazón los testimonios de santas obras.

7. Y si a menudo hemos seguido los ejemplos de los malos, ¿por qué no hemos de imitar las acciones de los santos, encomiables y gratas a Dios? Y si fuimos capaces de imitar en el vicio a los perversos, ¿por qué somos negligentes en seguir a los justos por la senda del bien?

8. Hemos de suplicar a Dios, a fin de que las virtudes que preparó a los santos para su corona, nos sean ofrecidas para beneficio nuestro no para castigo. Mas aprovecharán para nuestro bien si nos decidimos a imitar tan grandes ejemplos de virtud. En cambio, si los rechazáramos en lugar de imitarlos, servirán para nuestra condena, porque, a pesar de conocerlos, rehusamos ponerlos en práctica.

9. Muchos imitan la vida de los santos, y (así) de la conducta de otro toman el modelo de virtud, como cuando se propone un retrato, y a semejanza de él se obtiene el dibujo. Así resulta parecido al modelo quien vive a semejanza de él.

10. Quien imita a un varón santo es como si contemplase un ejemplar y se mirase en él como en un espejo, con el fin de aportar cuanto de virtud reconoce que le falta. Porque el hombre se analiza peor cuando lo hace personalmente; pero, cuando contempla a otro, corrige el defecto de luz.

11. Es propio de varones ya perfectos obrar la justicia no a imitación de un santo cualquiera, sino contemplando la misma Verdad, a cuya imagen han sido creados. Esto indica la frase: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza 34, porque al conocerla imita la propia divinidad, a cuya imagen ha sido creado. Así, pues, este tal es tan perfecto, que no necesita del hombre como guía para la santidad, sino que, mediante su contemplación, imita la propia santidad.

12. Los ejemplos de los santos, que edifican al hombre, hacen que las distintas virtudes revistan un carácter sagrado: la humildad, por Cristo; la devoción, por Pedro; la caridad, por Juan; la obediencia, por Abraham; la paciencia, por Isaac; el sufrimiento, por Jacob; la mansedumbre, por Moisés; la constancia, por Josué; la benignidad, por Samuel; la misericordia, por David; la templanza, por Daniel; y así, en las restantes virtudes de los justos que nos precedieron, el varón santo considera, al imitarlas, el esfuerzo, la moderación, la rectitud y el espíritu de penitencia con que se practicaron.

 

CAPITULO XII

LA COMPUNCIÓN DEL CORAZÓN

 

1. La compunción del corazón es el sentimiento de humildad del alma acompañado de lágrimas que brota del recuerdo de los pecados y del temor al juicio.

2. El sentimiento de compunción más perfecto en los conversos es aquel que aparta de sí todo afecto a los deseos de la carne y que fija la atención, con toda la intensidad del alma, en la contemplación de Dios.

3. Doble es la compunción con que el ánimo de cualquier elegido se duele por amor a Dios; esto es: una, cuando reconoce la malicia de sus obras; otra, cuando suspira por el deseo de vida eterna.

4. De cuatro clases son los sentimientos que mueven a compunción el alma del justo con dolor saludable; a saber: la conciencia de los delitos pasados, el recuerdo de las penas futuras, el pensamiento de su peregrinar a lo largo de esta vida, el deseo de la patria celeste, con la decisión de llegar a ella cuanto antes.

5. Cualquiera que por el recuerdo de los pecados se aflige hasta lamentarse, debe saber que entonces le asiste la presencia de Dios cuando le avergüenza interiormente aquello que recuerda haber cometido, y, al arrepentirse, ya lo castiga en su conciencia. En efecto, Pedro lloró en el momento en que le miró Cristo. Por lo cual dice el salmo: Miró, y la tierra se conmovió y tembló.

6. El paso de Dios constituye una fuerza interior en el corazón del hombre merced a la cual brotan los buenos deseos a fin de destruir los malos. Así, pues, cuando surgen en el corazón humano estos deseos, hemos de saber que entonces Dios asiste con su gracia al corazón humano. Por tanto, entonces debe el hombre excitarse más a la compunción cuando se da cuenta que Dios opera en su interior.

7. De qué modo el alma del varón justo se vea afectada por la verdadera compunción y cuán debilitada vuelva 1 por la grandeza de la luz que contempló, puede saberlo aquel que experimentó ya algo de ello.

8. Los hay que se constituyen en sus acusadores no a causa de la verdadera compunción del corazón, sino tan sólo reconocen que son pecadores por este motivo: para encontrar un lugar en la santidad merced a la falsa humildad en confesarlo.

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[1] Conocido por la historia como San Fulgencio. Fue obispo de Écija.
[2] Conocida por la historia como Santa Florentina. Profesó de monja en uno de los conventos reformados por su hermano mayor, del cual llegó a ser abadesa.
[3] De este encargo real nace la leyenda de que Leovigildo se convirtió en católico en su lecho de muerte. Personalmente pienso que no hay pruebas de ello aunque tampoco es imposible. ¿Mi opinión? Que no se convirtió. Entre otras cosas, si lo hubiera hecho, San Isidoro no hubiera dejado de contarlo.
[4] De viris illustribus.
[5] Hoy en día los que no lo ven claro son los políticos de Bruselas, empeñados en que la “civilización europea” nació por generación espontánea.

 

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El Evangelio según San Juan fue escrito 50 o 60 años después de la crucifixión de Jesús, o sea 200 años antes del nacimiento de Constantino, e indica que ‘sí murió’ antes de levantarse entre los muertos (señal de divinidad). Y el Evangelio también incluye una bella escena del Apóstol Tomás saludando a Jesucristo con las famosas palabras "mi Señor y mi Dios".

Inclusive, antes de la crucifixión de Jesús, el Evangelio según San Juan deja constancia de que Jesucristo dijo claramente a sus detractores: "Amén, amén os digo, antes de que Abraham naciese, Yo Soy". El Evangelio describe la indignación de los fariseos al oír la misma expresión de Yahweh (Dios) al identificarse a sí mismo frente a Moisés.

 

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Y sabiendo que morir es la ley fatal para todos, que las riquezas, unas veces te plazca ganarlas y otras te plazca perderlas.

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Es necesario «reforzar la alianza entre el ser humano y el medio ambiente, que debe ser espejo del amor creador de Dios, del cual provenimos y hacia el cual estamos en camino». Benedicto PP. XVI – 2007.XII

 

 

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¡Laudetur Iesus Christus!

 

Recomendamos vivamente: La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman
Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág.

Iglesia católica, sus casi 300 antes de Constantino - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos. 2006

Recomendamos vivamente:

Título: ‘Históricamente incorrecto. Para acabar con el pasado único’.
Autor: Jean Sévilla - Editorial: Ciudadela

 

Recomendamos: Título: ‘Buscando a Dios’
Autor: Esther de Waal - Editorial: Sígueme


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