Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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«No ignoramos las terribles consecuencias de la conquista de gran parte de Alemania por parte del Ejército rojo para las poblaciones locales --puntualizan--. Animados por sus jefes para vengarse por los terribles crímenes de los alemanes contra la población rusa, los soldados soviéticos no se empeñaban sólo en una lucha justa contra Hitler, sino que estaban también al servicio del criminal Stalin». 2005.01.27 – Obispos alemanes.

 

Revista revela documentos que

confirman postura anti-nazi de Pío XII

 

 

 

WASHINGTON DC, 25 Ago. 2003-La revista mensual de los jesuitas en Estados Unidos “America”, ha dedicado este mes su carátula y su historia principal a una serie de documentos diplomáticos  que confirman una vez más que el Papa Pío XII tenía una clara posición contraria al nazismo, especialmente por su antisemitismo.

America”, conocida por su postura habitualmente crítica hacia la Santa Sede, el magisterio e incluso la figura de Pío XII,  ilustra la carátula de su última edición con una foto del Papa Eugenio Pacelli con las manos juntas en posición de orar, y dedica un reportaje a las investigaciones del jesuita historiador estadounidense Charles R. Gallagher.

La revista intenta contrapesar el revelador artículo del prestigioso historiador con otro de Robert A. Krieg, un profesor de teología de la Universidad de Notre Dame, que expresa sus propias opiniones sobre la supuesta “ambigüedad” del concordato firmado entre la Santa Sede y Alemania en 1933.

El artículo del P. Gallagher  se basa, en cambio, en importantes documentos desclasificados recientemente por el gobierno norteamericano. Entre ellos, figura la nutrida correspondencia del diplomático Joseph Kennedy, embajador de Estados Unidos en Inglaterra entre 1938 y 1940, quien repetidamente señalaba que quien primero fuera  Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Eugeni! o Pacelli, y luego Papa Pío XII, mantenía constantes conversaciones privadas con diplomáticos  en las que expresaba el rechazo del Vaticano al régimen de Adolf Hitler en Alemania.

Entre otras cosas, las críticas del Papa Pacelli mencionaban explícitamente  el ataque “al principio fundamental de la libertad religiosa”, incluyendo la persecución a algunas religiones en particular, como el judaísmo y el catolicismo.

Las revelaciones del  P. Gallagher aportan nueva evidencia a favor de la firme postura de la Santa Sede y del Papa Pío XII en contra del nazismo, en contra de la imagen que ha venido difundiendo organizaciones como la controvertida “Liga Anti Difamación” judía de Estados Unidos. 2003-08-26

 

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P:… ¿Cree usted que la acusación de deicidio es la base histórica de la judeofobia que tradicionalmente hemos tenido en Europa?

 

 

R:  … No, el antisemitismo es muy anterior a la aparición del cristianismo y aparece en egipcios como Manetón o autores clásicos como Cicerón, Tácito o Juvenal. A decir verdad, yo sostengo la tesis de que es esa herencia clásica la que acabó tiñendo de antisemitismo a algunos autores cristianos. 2004-03-30. Dr. en historia, teología y filósofía don César VIDAL. Esp.

 

 

 

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Abortistas, nazis y el aborto - Por supuesto, mucha gente se llevará las manos a la cabeza con esta afirmación, pues a nadie le gusta que se le acuse de Genocidio (no está de moda), lo digo por los que apoyan el aborto, aunque nunca hayan participado en ninguno. Cuando se apoya una ley o unas ideas, hay que saber bien lo que dice dicha ley o dicho ideario. Es muy peligroso apoyar lo que no se conoce.

Probablemente, muchos de los que apoyaban el Nazismo cuando se mataban a tantos seres humanos, no sabían ni las técnicas que se usaron, ni los motivos, pero el no conocimiento de estos hechos, no les exime de la culpa de apoyar dicho Genocidio.

 

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Refugiados y buscados por los nazis, en su mayoría mujeres y niños,

escondidos en el apartamento pontificio de Castelgandolfo

 

El papa Pío XII, defensor de la civilización antes que de la ciudad romana, ordenó que a los perseguidos se les diera cobijo en el Vaticano y en los palacios extraterritoriales, que se abrieran incluso los apartamentos pontificios para salvar el mayor número de vidas posible.
     Son muchísimos los judíos que deben su vida al papa Pacelli, por lo menos indirectamente. Y sin embargo, por desgracia, no son muchas las personas que sobrevivieron a la furia nazi de aquellos años terribles que estén dispuestas a testimoniar que precisamente al Papa le deben su salvación. Pero, ¿cómo se iba a poder tener libre acceso al territorio del Estado vaticano, al hospital “Niño Jesús”, a la Villa pontificia de Castel Gandolfo sin la orden o por lo menos el permiso del Papa? ¿Cómo iba a ser posible, nos preguntamos, tener acceso al apartamento pontificio, incluso al dormitorio del Papa, transformado para la ocasión en sala de partos, según el testimonio del director de las Villas pontificias, sin que el Papa diera su permiso? En fin, igualmente quisiéramos decir que también es improbable que alguien se hubiera permitido preguntarle al Papa: «Perdone, Santidad, hay una mujer judía que tiene que dar a luz, ¿le importaría prestarnos su habitación de Castel Gandolfo?».
      De los más de cincuenta niños nacidos en el apartamento del Papa, a dos gemelos se les dio el nombre, por voluntad de su madre, de Pío Eugenio y Eugenio Pío, en agradecimiento a Pío XII. El sentido común, antes incluso que las pruebas históricas, demuestran que el Papa no se limitó a permitir esta inmensa actividad de salvamento, sino que fue precisamente él quien la alentó y la pretendió de sus colaboradores.
      Sólo en Castel Gandolfo había diez mil personas refugiadas que comían por lo menos dos veces al día, que tenían que recibir cuidados sanitarios, que necesitaban cuidados y protección. Las cifras, creemos, dan la exacta medida de esta obra de caridad.
      El Vaticano, en general, y el Papa se demostraron tan desinteresados en esta obra que ni llevaron listas ni un archivo de todas las personas salvadas. Por este motivo nos dirigimos a los lectores para que compartan con nosotros las preciosas informaciones de personas de religión judía salvadas mediante el Vaticano.
      Nos hemos dirigido a Yad Vashem, en Israel, para poder honrar la memoria de Pío XII pidiendo que se añada su nombre a la lista de los “Justos de las Naciones”. Para conseguirlo hemos de tener el testimonio escrito de una persona que sepa que un judío (conocido por quien testimonia o de quien haya oído hablar) fue ayudado directamente por el Papa.
      Por ejemplo, gracias al interés personal del Santo Padre, una niña judía que escapó de los nazis fue trasladada con su madre al hospital “Bambino Gesù”, que gozaba del privilegio de extraterritorialidad. Durante su internamiento, su padre, alojado en el Vaticano, iba a verla en un gran coche negro con la matrícula y el banderín de la Santa Sede, mandado por el propio Papa.

´En la Iglesia y en el mundo´revista internacional-
director: Sr. Honorable senador don Giulio Andreotti-2006

 

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…como que los nazis “rechazaron muchos elementos del cristianismo pero conservaron otros”. Difícil papeleta la de delimitar las influencias. Imaginemos el hijo de un hombre de fuertes convicciones políticas que es asesinado por su hijo que ha abrazado la postura ideológica contraria. Es lícito considerar que el acto del hijo es culpa del padre porque ha tomado algunos elementos que le enseñó éste, como por ejemplo acercarse al lugar del crimen andando (se lo enseñó su padre) hablando con su misma lengua, y usando pantalones como él en lugar de vestir un Sari, por ejemplo. ¿Convierte al cristianismo culpable de los crímenes de Hitler el hecho que Hitler hablase bien de la persona de Jesús?

Una vez más nos encontramos frente al uso de la Historia como una arma para la guerra, en este caso, para la guerra contra el cristianismo una vez más. En todo caso, puede haber dolor pero no sorpresa.

 

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Antisemitismo contemporáneo

 

Las razones para ser antisemita, a estas alturas de la historia, son diversas, aún tras rememorar el mundo el horror de Auschwitz cada aniversario del descubrimiento de ese campo de exterminio, en donde miles de personas habían sido asesinadas, judías y no judías.

 

Como en otros casos de rechazo social e ideológico, el antisemitismo tiene grados y enfoques diversos. Hay quienes son antijudíos por causa y simpatía de Palestina, considerando al Estado de Israel como "el malo" y a Palestina como "la víctima". Parece que los ataques terroristas de grupos como Hamas no tuvieran relevancia y sólo la tengan los ataques de represalia y los asesinatos políticos de líderes terroristas de Palestina.

Otros sienten antipatía contra los judíos por hábitos sociales frecuentes, que en una sociedad abierta se comportan como un grupo muy cerrado, aislado. Es el caso de sus niveles socio-económicos más altos, educados y financieramente poderosos, que muchas veces dan la impresión de ser más bien ellos los que discriminan al resto del mundo. Se trata más de resentimiento social que real antisemitismo como discrimación racial.

Dentro del pueblo judío, y por razones históricas de rechazo y persecución sufridos durante siglos, hay una amplia cultura de superación y desarrollo personal al máximo de las cualidades personales, que ha hecho destacar a personalidades judías en los campos de la ciencia, la medicina, la cultura y el arte, con la música en especial. Pero al destacar otros judíos en el medio financiero y económico, con un estereotipo de explotación laboral y comercial, la gente tiende fácilmente a ignorar a los anteriores, con sus aportaciones al progreso humano.

No puede negarse, por los defensores del judaísmo, que existen empresarios judíos que efectivamente son abusivos, que evitan en lo posible cubrir obligaciones laborales e impositivas, es decir ahorrar dinero a costa de los demás, que evitan pagar deudas, que compran y venden tan ventajosamente como sea posible, todo como una forma de vida egoísta y avara. Toda usura se etiqueta judía. Pero no son rasgos exclusivos del empresariado judío, ni todos los hombres de negocio judíos tienen este perfil.

El rechazo al pueblo judío, basado en la creencia de que son ricos, poderosos y dispuestos a aumentar su poder y riqueza casi como sea posible, y considerarse como una élite cerrada y con superioridad racial, olvida que la mayoría de los judíos, dentro y fuera de Israel, son familias de clase media y humilde, sin más poder o dinero que el que ganan con su trabajo diario. Por cada judío rico hay miles de clasemedieros y humildes. Pagan justos por pecadores.

Estas dos formas de antisemitismo palidecen ante el antisemitismo ideológico que, en base a libros destacados de la primera mitad del siglo XX, acusan al pueblo judío — haciendo tabla rasa—, de ser una especie de mafia juramentada que busca destruir todo lo bueno y moral de la humanidad no-judía. Esto es lo más preocupante, ya que en los demás casos, quitarse las etiquetas socio-culturales y políticas será algo que tengan que enfrentar, como pueblo y como individuos durante largo tiempo.

Pero acusar al judaísmo, a Sión, de sistemáticamente destruir la familia, la moral, las buenas costumbres es otra cosa, algo que debería haber quedado atrás, después de que libros como Los Protocolos de los Sabios de Sión fueron descalificados por estudiosos no-judíos hace ya varios decenios. Quienes odian a los judíos por estas razones, las mismas esgrimidas por Hitler y sus nazis para aplicar "la solución final" al problema judío, son quienes aún justifican su persecución y muerte, y llegan a afirmar que "el holocausto" no existió.

 

Quienes todavía afirman que el pueblo judío es el gran enemigo de los demás pueblos del mundo, y que busca su degeneración moral y social, para prevalecer como comunidad cerrada y privilegiada, lo creen porque alguien se los ha dicho, o porque lo leyeron en textos antisemitas. Pero lo interesante es que la evidencia de tal labor de destrucción moral no aparece.

Por razones históricas, amén de su cultura religiosa, al pueblo judío mucho le importan valores como la familia, la solidaridad de raza, la patria y Dios. Si cumplen en qué grado sus obligaciones con el mismo Dios, con su comunidad, con su patria y su familia, es asunto que comparten con los demás pueblos del mundo; hay judíos y "gentiles" cumplidos y no cumplidos y cumplidos a medias.

Se puede acusar —justificadamente o no, generalizando o no—, a los poderosos del pueblo judío de avaricia, de soberbia y demás debilidades humanas semejantes, pero el antisemitismo por ver al judaísmo como el gran enemigo de la humanidad, es injustificable, no tiene bases pragmáticas ni académicas.

La discriminación racial, por más injustificada que sea como debilidad humana, la que considera inferiores a los negros o despreciables a los judíos, la que predica la supremacía de la raza aria —no acabada con la muerte del nacional-socialismo hitleriano—, no va a desaparecer. El hombre tiende a repetir sus errores y persiste en creencias que ha formado sin cuestionarlas. Todos los "antis" culturales tienen mucho en común, y el antisemitismo no es diferente.

Los genocidios de los años recientes en el mundo nada tienen que ver con el pueblo judío, fueron y son contra otros pueblos, a veces por odios ancestrales y otras por intereses políticos, facciosos y nacionalistas. Lo único en común, es que todos imponen el odio, el desprecio por la vida humana, ajenos a la dignidad del hombre y su derecho a convivir con otras naciones y comunidades.

Combatir el antisemitismo es combatir toda discrimación racial como lacra social. Los cristianos compartimos un Dios y el Antiguo Testamento con el judaísmo, y la Iglesia Católica pone el ejemplo: acercamientos formales con el pueblo y líderes religiosos judíos, y la enseñanza católica contra el antisemitismo y toda otra forma de discriminación racial, son asuntos cotidianos. Sigamos esta guía, los hombres de buena voluntad deben dejar atrás los odios raciales.

Salvador Ignacio Reding Vidaña – conoze.com 2007.I.04

 

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¿Por qué se opone la Iglesia al

eugenismo y al antisemitismo?


Entrevista a Leonardo Macrobio

ROMA, lunes, 31 enero 2005- Si bien una ideología compleja subyace en el antisemitismo nazista --que llegó al horror de las cámaras de gas--, gran parte de los historiadores advierte de las responsabilidad de las teorías eugenésicas, ampliamente difundidas en los años ’30 y ’40.

En el libro «El estado racial – Alemania 1933-1945» (Ed. Rizzoli, Milán, 1992) Michael Burleigh y Wolfgang Wippermann explican que Adolf Hitler fusionó las teorías del darwinismo social, de la higiene racial y del antisemitismo dando vida a un movimiento político que después se transformó en una feroz dictadura.

Para profundizar en los vínculos entre eugenismo y antisemitismo Zenit ha entrevistado a Leonardo Macrobio --profesor en el Máster de Ciencias Ambientales del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma)--, quien acaba de concluir un primer estudio sobre las teorías eugenésicas y sobre cómo la Iglesia, y en particular Pío XII, se opusieron a ellas.

--¿Cuáles son los orígenes conceptuales y organizativos de las teorías raciales y del antisemitismo que se difundieron en Europa en los años ‘30 y ‘40?

--Leonardo Macrobio: Para comprender las raíces conceptuales del racismo como teoría racial hay que remontarse a la segunda mitad del siglo XIX en Inglaterra. En esta nación, de hecho, en una treintena de años, de 1853 a 1883, fueron publicados algunos ensayos que pondrán las bases teóricas al nacimiento de las leyes raciales. Me refiero a trabajos cuyos títulos y autores no requieren especiales comentarios: Joseph Arthur Gobineau en 1853-55 escribe «Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas»; Charles Darwin en 1859 publica «El origen de la especie», de donde emerge la teoría de la supervivencia del más fuerte.

En 1862 Herbert Spencer aplica la teoría darwinista a la sociedad en el ensayo «Primeros principios», dando origen al movimiento del darwinismo social. Francis Galton, en 1869, retoma los trabajos de Darwin, Spencer y Gobineau en «La herencia del genio». Sólo en 1871, en la guía de los estudios recién citados, Darwin decidirá aplicar su teoría evolucionista al hombre en el volumen «The descent of man».

Finalmente, en 1883, Galton publicará «Inquiries into Human Faculty and its Development», en la que, por primera vez, aparece el término «eugenics», eugenesia. Todos estos trabajos introducen el concepto según el cual la vida incumbe a los más fuertes, mientras que los más débiles sucumben.

La definición de «fuerte» o «débil» es vaga y por su naturaleza requiere una puntualización. El problema, al que las leyes raciales darán su trágica solución, es el siguiente: ¿quién puede decidir quién es fuerte (y por lo tanto merece vivir) y quién es débil (y por lo tanto está, por naturaleza, destinado a sucumbir)?

El clima de finales del XIX en que estas teorías se desarrollaron halló una respuesta propia en la ciencia médica: los cánones de valía fueron indicados por las ciencias fisiognómicas y, más en general, antropométricas. Se buscaba, en otras palabras, justificar científicamente un presupuesto ideológico: o sea, que hubiera razas inferiores y superiores.

Según estas teorías los judíos eran considerados una raza inferior. Y aún cuando las teorías eugenésicas consideraban inferiores a una amplia categoría de personas, se desarrolló en todo el mundo una virulenta forma de antisemitismo.

--¿Cuál fue la reacción de las élites intelectuales y de los gobiernos a estas teorías?

--Leonardo Macrobio: Las élites culturales abrazaron de muy buena gana las teorías racistas, entre ellas, el antisemitismo. Esto, a decir verdad, por un tipo de legado de finales del XVIII por parte de las teorías de Thomas Malthus.

Es evidente que, si como sostenía Malthus, el planeta está superpoblado y ya no habrá recursos precisamente a causa de la «bomba demográfica», el eugenismo proporcionaba una óptima vía de salida indicando parámetros «objetivos» para eliminar grupos de personas considerados superfluos.

Los gobiernos, por su parte, activaron muchos recursos para perseguir una higiene racial. Severas y selectivas fueron las leyes de inmigración de América de inicio del XX. Pero también en Europa, junto a los totalitarismos, surgieron pronto leyes de carácter eugenésico y, por lo tanto, raciales.

Países como Suecia, Noruega, Finlandia, Suiza, Francia, Austria y España se dotaron enseguida, ya desde las primeras décadas del XIX, de legislaciones que, en nombre de la salvaguarda de la raza, obligaban a la esterilización de algunas categorías de ciudadanos, como los retrasados mentales, los asociales, los discapacitados.

--¿Cuáles fueron en cambio las reacciones de la Iglesia católica?

--Leonardo Macrobio: La Iglesia, ya desde el nacimiento de las teorías de Malthus, de Darwin, Gobineau, Spencer y Galton, se encontró en fuerte desacuerdo respecto a estas posturas. El punto esencial es el choque de dos concepciones distintas del hombre. La Iglesia hace referencia al hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, y rechaza toda forma de reduccionismo biológico del ser humano. La visión católica del hombre es que cada hombre, cualquiera que sea su estado, tiene una enorme dignidad, tanto que su presencia es determinante en la historia.

--Usted ha dirigido algunas investigaciones sobre la enseñanza bioética de Pío XII. ¿Puede decirnos qué pensaba el Papa Pío XII de las teorías eugenésicas y del antisemitismo?

--Leonardo Macrobio: El Pontífice tomó claramente posición contra el eugenismo y el antisemitismo. El 2 de diciembre de 1940 el Santo Oficio promulgaba un decreto, aprobado y confirmado por Pío XII, en el que respondía a la siguiente pregunta: «¿Puede ser que sea lícito, por encargo de la autoridad pública, matar directamente a aquellos que, aunque no hayan cometido ningún crimen merecedor de muerte, sin embargo por sus defectos físicos o psíquicos no pueden ser útiles a la Nación y pueden ser para ella un peso y se estima que puedan ser impedimento para su vigor y su fuerza?» (obsérvese aquí el eco del lenguaje de las leyes raciales).

La respuesta, como de costumbre para estos documentos, era muy sintética: «No, por ser contrario a la ley natural y al precepto divino». Vale la pena notar la sucesión de las dos motivaciones: el eugenismo es contrario in primis a la ley natural. O sea, es prerrogativa de todos los hombres, creyentes y no creyentes, reconocer la profunda irracionalidad de esta postura.

Un segundo documento es el siguiente: «Esta Sede Apostólica, fiel a los principios eternos que irradian de la ley escrita por Dios en el corazón de cada hombre (...) no ha dejado nunca, ni en ningún momento por más crítico que fuera, duda alguna de que sus máximas y su acción externa no admitían, ni pueden admitir, ninguna de esas concepciones, las cuales en la historia de la civilización serán citadas entre las más deplorables y deshonrosas tergiversaciones del pensamiento y del sentimiento humano».

Esta frase fue pronunciada por Pío XII el 29 de noviembre de 1945, poquísimo tiempo después del final de la guerra. ¡Estas palabras fueron dirigidas a un grupo de delegados judíos prófugos procedentes de los campos de concentración en Alemania!

En esta misma línea, el 3 de agosto de 1946 (a poco menos de dos meses del final del juicio de Nuremberg, que terminará el 1 de octubre de 1946), Pío XII, hablando a los delegados del Supremo Comité Árabe de Palestina, afirma «(...) así como condenamos, en otras ocasiones, en el pasado, las persecuciones de un fanático antisemitismo desencadenadas contra el pueblo judío. Esta actitud de perfecta imparcialidad, Nosotros la hemos observado siempre en las circunstancias más variadas, y Nosotros pretendemos conformarnos a ella también en el futuro». Una vez más una declaración explícita en la que se alude a más intervenciones contra el antisemitismo, y una vez más no se hallan desmentidos a esta afirmación por parte de los interesados.

--¿Por qué la Iglesia se opuso y sigue oponiéndose a las teorías eugenésicas?

--Leonardo Macrobio: Las teorías eugenésicas introducen una discriminación arbitraria en la definición de hombre. Para la Iglesia católica no existe un «hombre más» ni un «hombre menos», porque la humanidad no está definida a partir de características exteriores (salud, belleza, aspecto...) ni tampoco interiores: desde el mayor pecador al mayor santo todos somos hijos en Cristo.

Obsérvese que «ser hijos en el Hijo» elimina de raíz dos posibles derivas igualmente peligrosas. Por un lado, en efecto, no se puede ser «más hijo» o «menos hijo»: la filiación pertenece a la naturaleza del hombre, a su ser profundo, y no es cuantificable. Por otro lado se evita caer en la homologación más total: la relación padre-hijo es única, aunque los hijos sean muchos. Es más, es precisamente tarea de un padre actuar de forma que cada hijo «sea lo que es», exprese al máximo sus potencialidades.

La Iglesia, por lo tanto, en la medida en que es fiel a este dato, no puede sino oponerse a toda teoría que penalice a un hombre en favor de otro. Y esto independientemente del método empleado. Ya se trate de racismo verbal, ya se intervenga en la sexualidad de las personas, ya --como ocurrió en los totalitarismos nazifascistas y comunistas— se llegue a eliminar físicamente al hombre o se intente «programar» un hombre nuevo seleccionando algunas características, el concepto no cambia: donde esté amenazada la dignidad filial de un hombre la Iglesia tiene el deber moral de oponerse firmemente. ZS05013121 ZENIT

 

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A los 75 años de la elección de Pío XII 

A las 9:33 AM, 2014-03-03 por Alberto Royo

 

TAMPOCO EL PAPA PACELLI QUISO VIVIR EN EL APARTAMENTO PAPAL

 

RODOLFO VARGAS RUBIO

El cónclave para elegir sucesor al papa Pío XI (fallecido el 10 de febrero de 1939) se clausuró hace setenta y cinco años, es decir el 1º de marzo de 1939. Eran tiempos especialmente difíciles, en los que la escalada bélica en Europa era cada vez más amenazadora. En realidad, se estaban cosechando los frutos de los errores sembrados en Versalles veinte años atrás, cuando los estadistas y políticos occidentales, haciendo caso omiso a los llamados a la moderación de Benedicto XV, liquidaron la Gran Guerra mediante una paz implacable y onerosa para los vencidos, creando así las condiciones para que volvieran a germinar el resentimiento, el odio y el afán de revancha. La crisis de 1929 y la depresión consiguiente habían generado un gran descontento y acabado por desacreditar al sistema liberal imperante, favoreciendo la ascensión al poder de regímenes autoritarios, que se presentaban como una alternativa a la amenaza del bolchevismo.

La década de los años treinta vio cómo los distintos totalitarismos pugnaban por avanzar en Europa. España era el escenario más trágico de esta lucha desde 1936 cuando quedó dividida en dos bandos apoyados respectivamente por Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini y por la URSS de Stalin. Las democracias occidentales se limitaban al papel oficial de espectadoras, aunque se hallaban seriamente preocupadas de que el precario equilibrio internacional se rompiera debido a la política agresiva germana. Ello las había llevado a practicar una política de apaciguamiento, que tuvo su punto culminante en la conferencia de Munich de septiembre de 1938, en la que el Reino Unido y Francia cohonestaron el expansionismo del nazismo (que se había anexionado Austria mediante el Anschlüss en marzo y se apoderaría de los Sudetes en octubre, disolviendo así Checoeslovaquia). Por otro lado, la URSS ya apuntaba hacia Finlandia y las Repúblicas Bálticas, así como a la difusión del comunismo en Europa a través de los Balcanes.

En el aspecto religioso, la situación no era tampoco muy halagüeña. Por un lado, era de temer el avance del comunismo, que había dado pruebas de su carácter antirreligioso en Rusia (donde había casi aniquilado a la Iglesia Ortodoxa) y en España (país en el que había organizado la persecución religiosa sistemática más cruenta de los tiempos modernos). Por otro lado, los gobiernos de Italia y Alemania no ocultaban su hostilidad hacia la Iglesia Católica, a cuyo clero y organizaciones –considerados como un estorbo para el adoctrinamiento de la juventud– hostigaban crecientemente en contravención de los concordatos firmados con la Santa Sede (cierto es, sin embargo, que sin éstos la condición de los católicos hubiera sido mucho peor). El panorama era, pues, más que preocupante cuando expiró Pío XI.

El cardenal Eugenio Pacelli, que había sido secretario de Estado del difunto papa, era también camarlengo de la Santa Iglesia Romana, cargo que otorga a su titular el poder de administrar los bienes temporales de la Santa Sede (dependientes antiguamente de la Cámara Apostólica) y el de presidir el gobierno interino de la Iglesia –que reside en el Sacro Colegio– durante la sede vacante. También le compete la certificación de la muerte del Papa y el sellado de todos sus aposentos. Contrariamente a lo que se suele creer, el cardenal Pacelli no observó la costumbre de golpear suavemente tres veces con un martillito de plata la sien del cadáver de Pío XI llamándolo por su nombre de pila, la cual había caído en desuso desde la época del cardenal Oreglia di Santo Stefano, que la omitió en 1903, cuando hubo de verificar el óbito de León XIII. Pacelli se limitó a hacer constar notarialmente que su amado mentor había realmente fallecido y retiró de su dedo elAnulus Piscatoris para su destrucción, de modo que no fuera posible falsificar bulas ni otros documentos pontificios. También tocó al camarlengo, en su condición de arcipreste de la Basílica Vaticana, la preparación del Palacio Apostólico para albergar el cónclave, que implicaba por entonces un estricto aislamiento de los electores. Debían acondicionarse 62 celdas para éstos, dividiendo los ambientes disponibles mediante tabiques y aprovechando al máximo el espacio. Lossampietrini tenían por entonces mucho trabajo que desquitar en poco tiempo, efectuando obras de mampostería, carpintería y cerrajería, además de total encalado de las ventanas para quitar toda visibilidad tanto desde dentro hacia fuera recinto como viceversa.

Pío XI, como se sabe, había preparado concienzudamente a su cardenal secretario de Estado para sucederle y así lo dio a entender en alguna ocasión a sus circunstantes, especialmente si eran cardenales (es decir, futuros votantes). Sin embargo, en los pasillos de los palacios vaticanos más bien se descartaba la elección de Pacelli. De acuerdo con el testimonio de Nazareno Padellaro (autor de una excelente biografía de Pío XII que seguimos para estas líneas), en L’Osservatore Romano nadie la creía posible, en el convencimiento de que una vez más se iba a cumplir la regla no escrita que barraba el paso del trono papal al secretario de estado del reinado anterior. El mismo interesado parecía estar seguro de que no saldría elegido: había indicado a sor Pascualina, su fiel gobernanta, que preparara su equipaje para una estancia más o menos larga en la casa de reposo Stella Maris de Rorschach (que pertenecía a la congregación de la monja: la de las Hermanas de la Santa Cruz de Menzingen). Además, había puesto su despacho de la Secretaría de Estado listo para que lo ocupara su sucesor. La misma mañana de la clausura del cónclave, los oficiales y todo el personal de las tres secciones de aquélla quisieron fotografiarse con su antiguo jefe como despedida.

Las legislaciones aplicables al acontecimiento que estaba por desarrollarse eran dos: la constitución apostólica Vacante Sede Apostolica dada por san Pío X el 25 de diciembre de 1904 y el motu proprio Cum proxime dado por Pío XI el 1º de marzo de 1922. Hasta el siglo XX los cónclaves se habían regido por la bula fundamental Ubi periculum de 7 de julio de 1274, que Gregorio X había sancionado en medio del Segundo Concilio Ecuménico de Lyon. Los pontífices sucesivos habían hecho retoques, los más importantes de los cuales fueron los establecidos por Pío IV mediante la constitución apostólica In eligendis de 9 de octubre de 1562 y por Gregorio XV mediante la constitución apostólica Aeterni Patris de 15 de noviembre de 1621.

San Pío X vio la necesidad de una reorganización completa del vetusto mecanismo de la elección papal para adaptarla a la marcha de los tiempos. Ya a poco de ser elegido había abolido el abusivo “derecho de exclusive” que reivindicaban las potencias europeas católicas –y habían ejercido en varias ocasiones– para impedir que un candidato no grato a alguna de ellas se convirtiera en papa. Los puntos principales de la constitución Vacante Sede Apostolica eran: que la elección del Romano Pontífice correspondía a los cardenales de la Santa Iglesia Romana y sólo a ellos (aunque la Iglesia se hallara en concilio ecuménico, que quedaba suspendido automáticamente por la muerte del Papa); que todas las penas y censuras eclesiásticas (incluida la excomunión) a las que estuviera sujeto un cardenal cesaban a los solos efectos del cónclave para que éste pudiera votar; que los cardenales tenían un plazo de diez días para reunirse en cónclave después de la muerte del Papa; que quedaría elegido el cardenal que obtuviera las dos terceras partes de los votos.

Cuando Achille Ratti se convirtió en Pío XI en 1922, a tres cardenales del otro lado del Atlántico no les dio tiempo de llegar al cónclave: O’Connell de Boston, Dougherty de Filadelfia y Bégin de Québec. Éstos manifestaron al flamante Papa que estaban encantados de que hubiera resultado elegido, pero que les habría gustado participar en la votación. Fue entonces cuando Pío XI, mediante el citado motu proprio Cum proxime, decidió alargar el plazo de reunión del cónclave a quince días –en lugar de diez– después de la muerte del Sumo Pontífice, pudiendo el Sacro Colegio extenderlo tres más dieciocho si así lo consideraba necesario. Esta facultad fue usada ya a la muerte del papa Ratti, ocurrida el 10 de febrero de 1939, pues los cardenales se encerraron el 1º de marzo siguiente, o sea dieciocho días después.

A las 4 de la tarde del miércoles 1º de marzo sonó la campana que convocaba a los cardenales a entrar en cónclave. Los 62 electores se fueron reuniendo en la Sala de los Paramentos. Vestían hábito de coro de color violáceo y fajín de seda sin flecos ni borlas en señal del luto que aún tenían que llevar por Pío XI. En dirección de la Capilla Paulina, atravesaron sucesivamente la Sala Ducal (donde les esperaban la Guardia Palatina de honor y los Gendarmes Pontificios) y la Sala Regia (en la que se añadió al cortejo la Guardia Noble). En la segunda de ellas un público formado por el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, la nobleza y el patriciado romanos y periodistas presenciaba el paso de los senadores de la Roma papal, sucesores de los de la Roma de la Antigüedad. Al llegar a la capilla decorada con historias de san Pedro y san Pablo por Miguel Ángel, la procesión se detuvo para una breve oración, acabada la cual enfiló hacia la Sixtina. A la entrada de ésta, el cardenal Granito Pignatelli di Belmonte, decano del Sacro Colegio, entonó elVeni Creator continuado por el coro dirigido por el maestro Lorenzo Perosi mientras los purpurados, por orden de precedencia (primero los cardenales-obispos, después los cardenales-presbíteros y en fin los cardenales-diáconos) iban entrando en el recinto de la capilla (Pacelli era el vigésimo cuarto).

Una vez todos los príncipes de la Iglesia se hallaban dentro de la Capilla Sixtina y acabado el himno al Espíritu Santo, monseñor Carlo Respighi, prefecto de las ceremonias pontificias, hizo su aparición para la primera intimación a los extraños al cónclave a fin de que abandonaran el recinto: resonó entonces el potente “Extra omnes!”. Las puertas de la capilla se cerraron, quedando dos guardias suizos apostados delante de ellas, mientras se leía el texto de la constitución de san Pío X y el motu proprio de Pío XI, seguidos del juramento de guardar absoluto secreto que cada cardenal ratificó poniendo la mano sobre los Evangelios. Mientras tanto, habiéndose avado también desde la Sala de los Paramentos y escoltado por un destacamento de la Guardia Suiza y palafreneros con antorchas, hizo su aparición monseñor Antonio Arborio Mella di Sant’Elia, el maestro de cámara pontificio, que se iba a desempeñar como gobernador del cónclave. A las 5 y media hizo su aparición el príncipe Ludovico Chigi della Rovere, que ostentaba el cargo hereditario de mariscal de la Santa Iglesia y custodio del cónclave. Iba también escoltado por la Guardia Suiza y también por pajes con su librea portando antorchas.

Las puertas de la Sixtina se reabrieron y cada uno de los cardenales, respondiendo a su nombre pronunciado por el prefecto de las ceremonias, fue saliendo en dirección a la celda que le había sido asignada, yendo acompañado por un guardia noble. Contemporáneamente, el cardenal decano ordenó el desalojo de los invitados que permanecían en la Sala Regia al sonido de una campanilla y de la exclamación conminatoria que ya se había escuchado antes: “Extra omnes!”. La concurrencia abandonó el Palacio Apostólico saliendo por el Patio de San Dámaso. Cuando todos los cardenales estuvieron ya en sus celdas se llevaron a cabo las últimas verificaciones antes de proceder a la clausura del cónclave. El camarlengo Pacelli, acompañado de los tres jefes de orden (Granito por los cardenales-obispos, O’Connell por los cardenales-presbíteros y Caccia-Dominioni por los cardenales-diáconos) y de un arquitecto, fue inspeccionando todos los rincones necesarios para asegurarse que no quedaba ningún extraño dentro del recinto. Concluídas las verificaciones, se ordenó cerrar las puertas, siendo consignadas las llaves al secretario del cónclave.

Entretanto, el mariscal-custodio había sido advertido por uno de los ceremonieros y se hallaba ante la puerta principal acompañado por el gobernador del cónclave, el gobernador de la Ciudad del Vaticano, los prelados de la Cámara Apostólica, notarios, testigos, capitanes de la guardia especial para la ocasión y miembros de la Guardia Suiza. Este grupo se unió al del camarlengo para proceder a la oclusión de los accesos al cónclave: primero el del arco que separa la Torre Borgia del Patio del Papagayo; después, el de la Escalera de Pío IX. Los albañiles lo cierran mediante un doble tabique de madera. Comprobadas las cerraduras de las puertas internas y externas, así como de los pequeños tornos practicados en ellas (única comunicación con el mundo exterior para casos de emergencia), se levanta acta notarial y se hace la tercera y última intimación mediante el “Extra omnes!”. El príncipe Chigi puso sus sellos sobre las puertas externas y recibió sus llaves, mientras el gobernador hizo lo propio con las puertas internas. A las 7 y cuarto, ya atardecido, los cardenales quedaban completamente segregados del resto de los hombres para dedicarse a la tarea más importante que deberán absolver en su vida: la de elegir al nuevo Vicario de Cristo.

Eugenio Pacelli se retiró entonces a su apartamento de la terza loggia, que era el mismo que había ocupado como secretario de Estado, por lo que no le había sido asignada celda. Es el mismo apartamento que después ocupó como Papa, pues no quiso trasladarse a los apartamentos papales de la prima loggia, que pasaron a ser a partir de entonces los del secretario de Estado, siendo más lujosos. Los cardenales tenían en ese tiempo cada uno sus asistentes personales llamados “conclavistas”, sujetos a la misma obligación de secreto que sus señores. Lo que constituía una novedad sin precedentes es que Pacelli quiso conservar junto a sí a su gobernanta, de modo que sor Pascualina fue la primera mujer que estuvo presente en un cónclave (nunca hasta ahora ha vuelto a repetirse la experiencia). El cardenal camarlengo no sabía prescindir de los servicios de la religiosa que sabía mejor que nadie cuidar su delicada salud y se hizo una excepción. Después de una frugal cena, parece que Pacelli acudió a visitar a su amigo el cardenal Marchetti-Selvaggiani, que se hallaba enfermo en cama dentro del cónclave. El encuentro habría sido especialmente cordial y el vicario de Roma le habría predicho por primera vez su elección, lo que le causó cierta turbación. Después de satisfacer el deber de la amistad y la caridad se retiró para el merecido descanso nocturno. Necesitaba reponerse de una jornada especialmente intensa y extenuante y reunir fuerzas para el día siguiente, que traería sus nuevos e decisivos afanes.

El día siguiente, 2 de marzo, Eugenio Pacelli cumplía 63 años. A las 9 de la mañana estaba previsto que, al sonido de la campana, se reunieran los cardenales para la primera votación. La Capilla Sixtina, que es donde se tenían que llevar a cabo todo el proceso electoral, había sido preparada para la ocasión. A todo lo largo de sus paredes laterales y de la cancela del presbiterio se alineaban 62 sitiales, sobre cada uno de los cuales se alzaba un baldaquín o dosel en señal de la soberanía que residía en los cardenales durante la sede vacante. Hasta el cónclave de 1903 los doseles de los cardenales creados por el papa difunto (considerados sus deudos) eran de color violáceo (en señal de luto) y los demás de color verde. A partir del cónclave de 1914, todos fueron de color violáceo. Delante de los sitiales había sendas mesitas cubiertas con damasco y provistas de todos los útiles de escritorio necesarios para que los electores pudieran emitir su voto. Los cardenales se presentaron revestidos todavía de duelo, con muceta violeta y roquete sin encaje. Asistieron a la misa rezada que celebraba el cardenal Granito para brindar la posibilidad de comulgar a sus colegas que, por cualquier motivo, no hubieran podido ofrecer el santo sacrificio.

Terminada la misa y cerradas las puertas de la Capilla Sixtina quedando en ella sólo a los electores, el cardenal sacrista dio comienzo al ante-escrutinio, recitando el Veni Creator, seguido de la lectura de las actas oficiales de la clausura del cónclave hecha por el prefecto de las ceremonias, monseñor Respighi. A continuación se designaron por sorteo a los tres escrutadores, a los tres revisores y a los tres “enfermeros”. Estos últimos no eran sino los cardenales encargados de ir a recoger los votos de los electores que se hallaban impedidos en sus celdas por enfermedad, como era el caso, en este cónclave, del cardenal Marchetti-Selvaggiani. Los ceremonieros procedieron a repartir las papeletas impresas del voto en número de dos o tres por cada príncipe de la Iglesia. Cada una llevaba en la parte superior las palabras “Ego” y “Cardinalis” (Yo, el Cardenal…)y un espacio para que el votante escribiera su nombre. En la parte central se leía: “Eligo in Summum Pontificem Rev.mum D.num D. Card.” (Elijo como Papa al Reverendísimo Señor Cardenal…) y seguía otro espacio para escribir el nombre de aquel por quien se votaba. La parte inferior de la papeleta se hallaba en blanco para que el elector pudiera poner allí una cifra y un lema cualquiera, a efectos de poder identificar su voto y evitar así falsificaciones.

Los cardenales fueros a sus sitiales y procedieron a rellenar sus papeletas respectivas. A la hora de escribir el nombre del elegido, debían distorsionar lo más posible su letra para evitar que se supiera quién había votado por quién. Las papeletas debían plegarse de manera que quedara visible sólo el nombre del votado: la parte superior con el nombre del elector y la parte inferior con su cifra y lema se doblaban hacia el centro sellando los bordes con lacre, a cuyo efecto cada cardenal se había premunido de un sello distinto del que utilizaba habitualmente para despachar sus documentos (siempre con el fin de preservar el secreto). Finalmente se cerraban y comenzaba la etapa del escrutinio. Cada elector iba hacia el altar con su papeleta cogida entre el pulgar y el índice y llevada con la mano en alto para que todos pudieran verla. Una vez delante el fresco del Juicio de Miguel Ángel, juraba en latín hacia el crucifijo: “Testor Christum Dominum, qui me iudicaturus est, me eligere quem secundum Deum iudico eligi debere” (Pongo por testigo a Cristo, que me ha de juzgar, que elijo a aquel a quien, de acuerdo con Dios, creo que debe ser elegido”. Sobre el altar había un gran cáliz y una patena. Uno a uno, después de jurar, los cardenales fueron depositando en el cáliz sus papeletas valiéndose de la patena. Al terminar el desfile de los votantes presentes fue el turno de los enfermeros, que traían en un cofrecillo de madera cerrado con llave el voto del cardenal Marchetti-Selvaggiani, que es también deslizado en el cáliz.

A las 11 de la mañana comenzó el recuento de los votos. El primer escrutador agitó el cáliz para mezclar las papeletas. El tercer escrutador las fue sacando de él una a una, contándolas, y las metió en otro cáliz vacío. Se comprobó que había 62, correspondientes exactamente al número de votantes. Se procedió entonces a la publicación del escrutinio. El primer escrutador cogió la primera papeleta y la abrió, sin romper los sellos, para ver el nombre del elegido. Sin decir nada, la pasó al segundo escrutador, que vio asimismo el nombre escrito en ella y la consignó al tercer escrutador, el cual la leyó en voz alta. Los nombres que iban saliendo fueron anotados por los revisores, así como las veces que se repetían. En seguida se vio que el del cardenal Pacelli era el más votado, aunque no llegaba a la mayoría requerida para la elección. A cada voto recibido el rostro del camarlengo palidecía: ni se esperaba ni ambicionaba la suprema dignidad papal. Por él habían votado todos los cardenales extranjeros en número de 27 (era natural: gracias a sus viajes, Pacelli les era conocido y varios de entre ellos sentían gratitud hacia él por haber sido creados durante los diez años que fue secretario de Estado de Pío XI) y diez de los 35 italianos (entre ellos eran seguros los votos de Marchetti-Selvaggiani, Canali, Salotti, Pizzardo, Tedeschini y Maglione, buenos amigos suyos). Después de que el tercer escrutador ensartara los votos mediante una aguja en un hilo por la palabra “Eligo”, se procedió inmediatamente a un segundo escrutinio, para el cual no era necesario volver a sortear a nuevos escrutadores, revisores y enfermeros ni repetir el juramento antes de votar.




Esta vez el nombre de Eugenio Pacelli se repitió tantas veces cuantas eran las necesarias para alcanzar los dos tercios de los votos, con lo que la elección era cosa hecha. Los italianos que durante el primer escrutinio patrocinaban otras candidaturas, al ver la clara voluntad de sus colegas extranjeros, no quisieron arriesgarse a una división y sus consiguientes pugnas en el seno del cónclave, lo que podía ser peligroso y dañino para la Iglesia en los tiempos que corrían. Por eso decidieron orientar sus votos –aunque no todos– al camarlengo. Sin embargo, antes de que hubiera tiempo para la pregunta ritual de aceptación al elegido, Pacelli rogó a los cardenales instantemente que procedieran a un tercer escrutinio por la tarde. Se hallaba verdaderamente sobrecogido ante ya no la posibilidad sino la seguridad de convertirse en papa. En el escrutinio anterior había confiado en que su candidatura hubiera tocado techo y se fuera diluyendo en las sucesivas votaciones, pero en el segundo comprobó que no sólo no era así, sino que la voluntad del Sacro Colegio era que ciñera la tiara. Pero, ¿era la voluntad de Dios? No cabía oponerse a esta última, pero si realmente el Señor lo llamaba o no el tercer escrutinio lo sacaría de dudas. Así pues, los ceremonieros pontificios recogieron las papeletas de los dos escrutinios, que habían sido ensartadas, y las quemaron en la estufa comunicada con la chimenea que sobresalía por el tejado de la Capilla Sixtina. El humo que desprendió a las 12:17 del mediodía, con el límpido azul del cielo romano como fondo, era negro por haber mezclado paja húmeda en el fuego.

A la hora de la comida, Pacelli no probó bocado por la conmoción que lo embargaba y que parece haber sido causa de un accidente que sufrió más tarde. Hallándose hacia las 4 en el Aula de los Paramentos, se aprestaba a pasar a la Sala Ducal, cuando le habló el Cardenal O’Connell, que se hallaba a sus espaldas. Al volverse para responderle, no reparó en las cuatro gradas que separan un ambiente del otro y tropezó, cayendo pesadamente de lado sobre su brazo izquierdo. Para alguien que, como él, estaba acostumbrado a circular por el Palacio Apostólico después de años de habitar en él, resultaba sorprendente este despiste, lo que indica que no se hallaba en un estado normal de mente y ánimo. Se cuenta que, acertando a pasar por allí en ese mismo momento el cardenal francés Verdier, exclamó: “Pero, ¿cómo? ¡El Vicario de Cristo en el suelo!”. Se ve que la elección de Pacelli se daba por hecha… y se hizo. Poco después del episodio del tropiezo, se reinició el ceremonial para el tercer escrutinio. Los votos fueron poco a poco convergiendo sobre el que había sido ya virtual papa en el segundo. Esta vez no podía caber ya duda alguna sobre lo que Dios quería para su Iglesia. La mayoría requerida por la constitución de san Pío X había sido rebasada, lo que hizo murmurar al neo-electo las palabras con las que comienza el Miserere. Se dijo que hubo unanimidad de los votos, pero el cardenal Tisserant lo negó años después. Por lo menos sabemos que el voto de Pacelli fue siempre para el cardenal Elia Dalla Costa, arzobispo de Florencia. A las 5:27 de aquella tarde del 2 de marzo de hace setenta años, salía la ansiada fumata blanca lanzaba sus volutas hacia cielo en medio del júbilo de una muchedumbre que esperaba ansiosa en la Plaza de San Pedro.

Entretanto, el cardenal Mercati, último del orden de los diáconos, se apresuró a llamar al secretario del cónclave y a monseñor Respighi, que hicieron abrir la puerta de la Sixtina. El prefecto de las Ceremonias, acto seguido, viendo sobre quién había recaído la elección por el verdadero tumulto que lo rodeaba, hizo abatir todos los doseles de los sitiales menos el de Pacelli, significando así que la soberanía en la Iglesia volvía a recaer sobre un papa. Los tres cardenales cabezas de orden se dirigieron entonces al sitial donde estaba Eugenio Pacelli para hacerle la pregunta de rigor, que le dirigió el primero de ellos, Granito: “Acceptasne electionem de Te canonice factam in Summum Pontificem?” (¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice?). Esta vez no hubo ya titubeos, pero la voz del interpelado aún reflejaba embargo: “Vuestro voto es evidentemente la expresión de la voluntad de Dios; acepto. Encomiendo mi debilidad a vuestras plegarias”. Desde este mismo instante, Eugenio Pacelli se convertía en Vicario de Cristo, un nuevo eslabón de la cadena que se remontaba a Pedro de Galilea, a quien el Señor había hecho pescador de hombres y otorgado el poder de las llaves. Antiguamente debía esperarse a la coronación para considerar que alguien era papa. Más tarde se consideró que la aceptación basta y que cualquier acto del neo-electo en cuanto Romano Pontífice es válido aunque no haya sido todavía coronado (hoy se diría, aunque no haya “iniciado su ministerio petrino”).

La segunda pregunta que el cardenal decano hizo al flamante papa fue: “Quo nomine vis vocari?” (¿Con qué nombre quieres ser llamado?). “Pío” contestó Pacelli. Había pensado en no cambiar su nombre de pila y llamarse Eugenio V (cosa que no sucedía desde 1555, cuando Marcello Cervini decidió ser Marcelo II). Pero pudo más la grata consideración de los papas que habían marcado su existencia: bajo el beato Pío IX había nacido, san Pío X lo había llamado a la Curia Romana y Pío XI lo había favorecido y amado como un padre. Así pues, se convirtió en Pío XII, de lo cual dejó puntual constancia el prefecto de las Ceremonias en el acta que levantó del acto de aceptación. Dos cardenales diáconos condujeron entonces al nuevo papa a la sacristía de la Sixtina para que se revistiera con una de las tres blancas sotanas de diferente talla preparadas para el nuevo pontífice. No hubo dificultad en escoger la que mejor iba a la alta y estilizada figura de Pacelli. Junto a la silla gestatoria, que también se hallaba en la sacristía, se despojó de su hábito cardenalicio para revestirse con los pontificios. Aquélla fue llevada al pie del altar de la Sixtina y colocada sobre la predela, donde recibió Pío XII la primera adoratio de los padres cardenales, que se fueron acercando uno a uno, por su orden jerárquico, arrodillándose con el objeto de besar el pie, la rodilla y la mano del Papa, quien tuvo la delicadeza de dispensar de este homenaje a los cardenales Granito y Sbarreti, con 86 y 82 años respectivamente, a los que costaba doblar la rodilla. El primero de ellos deslizó en el fino dedo del Santo Padre el Anillo del Pescador.

Desde la Capilla Sixtina fue seguidamente llevado rumbo al balcón externo de la Basílica de San Pedro, llamado en italiano Loggia delle Benedizioni. Allí fue desplegado el gran tapiz con el escudo de Pío IX, lo que indicó a los fieles que aguardaban congregados en la plaza, que iba a hacerse el anuncio de la elección del nuevo papa. Compareció el cardenal protodiácono Caccia-Dominioni, el cual hizo señal de que amainaran los clamores de entusiasmo de la concurrencia y pronunció con vos potente las palabras rituales: “Nuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam! Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum Dominum Eugenium Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Pacelli, qui sibi nomen imposuit Pium” (Os anuncio un gran gozo: ¡tenemos Papa! El Eminentísimo y Reverendísimo Señor Cardenal de la Iglesia Romana Eugenio Pacelli, que ha tomado el nombre de Pío). Ya al nombre de Eugenio, la multitud había prorrumpido en un gran estallido de euforia, pues adivinaron que se trataba de uno de los suyos: Pacelli, un romano di Roma (desde Benedicto XIII, un Orsini, ningún hijo de la Ciudad Eterna se había sentado en el trono de Pedro). Nadie se detuvo a pensar que había otro Eugenio en el Sacro Colegio: el formidable cardenal lorenés Tisserant. Una voz a través de los altoparlantes impone silencio y se refiere a la feliz coincidencia de la elección del Papa el mismo día de su cumpleaños. Después entona elTedeum, que todos continúan mientras se aproxima el cortejo papal.

Pío XII se asomó al balcón entre indescriptibles aclamaciones y dio su primera bendición Urbi et orbi. Ya entonces imprimió el estilo de sus apariciones en público, trazando pausadamente con elegancia y unción el triple signo de la cruz. Tras de lo cual y entre los aplausos interminables de sus ovejas se retiró para volver a la Capilla Sixtina, donde, revestido esta vez de los ornamentos papales (mitra alta, falda y gran pluvial) y vuelto a sentar sobre la silla gestatoria, recibió la segundaadoratio de los cardenales. El decano pronunció la oración Super Pontificem electum y Pío XII dio orden de abrir el cónclave. Las puertas que bloqueaban los accesos al recinto de la clausura de los electores fueron abiertas por el gobernador del cónclave y el mariscal-custodio. Salieron entonces los conclavistas y más tarde los prelados y cardenales a medida que iban cumplimentando al Papa, que, terminadas las ceremonias exigidas por el protocolo pontificio, se dirigió a sus apartamentos en la Secretaría de Estado. Allí le esperaba una densa compañía de visitantes que deseaban felicitarle por la elección, aprovechando estos primeros y breves momentos de informalidad antes de que la etiqueta de la Corte Pontificia se impusiera con su inexorable disciplina bajo el estricto control de los monseñores Respighi y Arborio Mella di Sant’Elia.

Puede imaginarse el júbilo de la buena de sor Pascualina por la elección de su querido cardenal. Ahora que era el Papa, probablemente querría retenerla en Roma, como así fue. Para Pío XII, encontrar esta cara familiar y amiga en medio de los nuevos cortesanos que le rodeaban sería reconfortante. Una vez se hubo disipado el panorama, se aprestó para el merecido descanso nocturno después de consumir una frugal cena preparada amorosa y devotamente por su gobernanta. Bien sabe Dios que necesitaba este reposo después de semanas de trajín al frente del gobierno interino de la Iglesia y de una jornada vertiginosa y llena de grandes emociones como había sido la que estaba a punto de terminar. A partir de la mañana siguiente y sin un paréntesis de calma que le ayudara a digerir el rotundo cambio de situación, le esperaba trabajo y más trabajo. Por supuesto a esto estaba acostumbrado, sólo que ahora sus responsabilidades tenían alcance universal.

Mientras en todo el mundo la prensa difundía la nueva de la elección de Pío XII, en el Palacio Apostólico se vivía el período de euforia que implica todo comienzo de reinado. Antes de que los engranajes de la Curia Romana volvieran a rodar según su habitual rutina (pulida por una práctica plurisecular) pasarían unos días de ajuste a la nueva situación. En realidad, hasta después de la coronación del nuevo pontífice no se podía decir que la vida discurría normalmente en el Vaticano. Pacelli era ya bien conocido tras nueve años en el vértice del poder al lado de Pío XI como su secretario de Estado. Además, tenía otros cargos que lo hacían una figura habitual y familiar en el entorno vaticano, como el de arcipreste de la Basílica Vaticana y prefecto de la Reverenda Fábrica de San Pedro. A fuer de buen “romano di Roma”, por otra parte, poseía lo que los italianos llaman una perfectadimestichezza del mundo social tan característico de la Ciudad Eterna y de la corte papal: sabía moverse en ellos como pez en el agua. A pesar de todo esto, sin embargo, había que ver cómo iba a ser como papa. Cada nueva elección, en efecto, reserva sus sorpresas.

El 3 de marzo debía tener lugar la tercera adoratio, a la hora señalada por el Pontífice (según rezaba el Ordo Conclavis). A las 11 de la mañana, Pío XII salió de sus aposentos y se encontró con algunos grupos que esperaban en la antecámara para presentarle sus parabienes: se trataba de algunos destacados personajes de la corte pontifica, que tenían acceso más directo al Papa; del conde Giuseppe Dalla Torre, director de L’Osservatore Romano, que acudía acompañado de sus redactores, y de profesores y alumnos del Almo Collegio Capranica, el prestigioso seminario donde Eugenio Pacelli había residido una temporada mientras se preparaba al sacerdocio. Habiendo sido cumplimentado, Pío se dirigió hacia la Capilla Sixtina, siguiendo el mismo itinerario de los ritos del cónclave: se revistió en el Aula de los Paramentos, donde le esperaba el cortejo que debía acompañarle, esta vez ya no como camarlengo sino como Sumo Pontífice. Los ceremonieros le ayudaron con los complicados ornamentos privativos de su altísima dignidad: la falda (vestimenta de seda blanca cogida al alba con agujas de plata para darle vuelo y dotada con cola), el manto (pluvial largo de color rojo) y la mitra alta con franja de oro.

El séquito se puso en marcha y enrumbó por las Salas Ducal y Regia hacia la Sixtina, donde ya esperaba un nutrido grupo de patriarcas, arzobispos, obispos y demás prelados que formaban parte de la corte pontificia. Éstos se hallaban detrás de la cancela, mientras los cardenales, esta vez revestidos de la púrpura y con capa magna (por haber cesado el luto por Pío XI), ocupaban los mismos puestos que habían tenido durante el cónclave. Todavía podían verse los doseles abatidos sobre los sitiales de Sus Eminencias, mientras el del papa electo aún se mantenía levantado. Pío XII hizo su ingreso al son del Tu es Petrus del maestro Perosi, ejecutado por la capilla pontificia. El Santo Padre, sentado en su trono colocado en la predela del altar, fue recibiendo el homenaje de los príncipes de la Iglesia, que se iban acercando uno a uno con sus respectivos caudatarios, bajo la dirección de ocho ceremonieros. Mientras tanto, resonaba el Tedeum de Baini, a cuyo término, el cardenal decano Granito Pignatelli di Belmonte entonó el oremus de acción de gracias.

El Papa, entonces, pronunció el primer discurso de su pontificado, que comenzaba con las palabras Dum gravissimum y fue radiado al mundo entero. El tema dominante era la paz, una paz que se había vuelto precaria y de la cual se hacía heraldo y abogado el nuevo pontífice, que no en vano la llevaba impresa en su apellido, como una especial vocación: Pacelli, Pax coeli, la paz del cielo, la paz de Dios, la única verdadera paz. Pío XII, en efecto, hacía un llamado, una invitación a“esa paz, don sublime de Dios, que es deseo de todas las almas sabias y fruto de la caridad y de la justicia (…); a la paz de las conciencias, tranquilas en la amistad de Dios; a paz de las familias, unidas y armonizadas por el santo amor de Jesucristo; a la paz entre las Naciones a través de la ayuda fraternal recíproca; a la paz, en fin, y a la concordia que deben ser instauradas entre las Naciones, a fin de que los diferentes pueblos, con admirable colaboración y cordial entendimiento, puedan llegar a la felicidad de la gran familia humana, con el apoyo y la protección de Dios”.

Pero Pío XII no se engañaba sobre lo delicado del momento y la precariedad de la paz: “En estas horas temblorosas, mientras tantas dificultades parecen oponerse a la consecución de la verdadera paz, que es la aspiración más profunda de todos, Nos elevamos suplicantes a Dios una especial plegaria por todos aquellos a quienes incumbe el altísimo honor y el peso gravísimo de guiar a los pueblos por el camino de la prosperidad y del progreso civil”. Es ésta la primera admonición a los grandes de este mundo, cuya locura y cuya sordera a las palabras de quien se dirige a ellos “inerme pero confiado”, conducirán desgraciadamente, de allí a pocos meses, al estallido de la tan temida conflagración, presagiada por “la visión de los males inmensos que afligen a los hombres” que se presentaba a los ojos del Vicario de Cristo.

La elección de Pío XII fue recibida, por lo general, con gran satisfacción en el ámbito internacional, a juzgar por las reacciones de la prensa mundial. Las manifestaciones de simpatía, de respeto y de complacencia hacia el nuevo papa provenían de todas partes del mundo civilizado. L’Osservatore Romano no tuvo tregua en varios días para poder reproducir los pasajes más significativos de los recortes de prensa. Como es natural, hubo un silencio sepulcral de parte de la Unión Soviética, lo cual era lógico por otra parte. Los periódicos italianos no mostraron el menor entusiasmo y se limitaron a hacerse eco indiferente de la noticia (que sin embargo les atañía de cerca). Los medios alemanes se mostraron fríamente circunspectos, pero ciertos voceros del nacionalsocialismo no ocultaron su disgusto. Así, por ejemplo, el Berliner Morgenpost del 3 de marzo decía: “la elección del Cardenal Pacelli no ha sido bien recibida por Alemania, pues él siempre se ha opuesto al nazismo”. Esto fue corroborado por La Correspondance Internationale, semanario oficial de la Internacional comunista, que dedicó al nuevo papa –al que califica de “persona non grata a los nazifascismos” – un artículo en el cual se lee: “llamando como sucesor a quien se había opuesto con resistencia enérgica a las concepciones totalitarias fascistas que tienden a eliminar a la Iglesia Católica, el colaborador más estrecho de Pío XI, los cardenales han hecho un gesto significativo, al poner a la cabeza de la Iglesia a un representante del movimiento católico de resistencia”.

En los días siguientes, el Papa se dedicó a recibir en audiencia a los cardenales, especialmente a aquellos que no residían en Roma y de ahí a poco (después de la coronación) se marcharían. Particular atención le merecieron los alemanes, debido a la delicada situación de la Iglesia en el Reich y a la amistad que le unía al antiguo nuncio apostólico en Alemania a los purpurados de aquel país, en particular Bertram y Faulhaber. Aprovechando su presencia, se quiso asesorar con ellos para poner a punto la notificación de rigor que debía enviar a Hitler, como a todo jefe de Estado, comunicándole su elección. Gracias a la labor de los jesuitas que trabajaron en la compilación de la monumental obra Actes et documents du Saint Siège rélatifs à la Seconde Guerre Mondiale, disponemos del protocolo verbal de la reunión que tuvo lugar el 9 de marzo de 1939, en la que Pío XII discutió sobre el tema con los cardenales germanos. Se aprecia en él el tacto exquisito desplegado para evitar aparecer cordial con el Führer, sin por ello dar pie a susceptibilidades que podrían haber causado más dificultades a la Iglesia en Alemania. El diálogo del Santo Padre con los purpurados es muy significativo y en él, por supuesto, no hay ni sombra de simpatía hacia el régimen nazi.

http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1403030933-a-los-75-anos-de-la-eleccion#more23138

 

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 País Vasco ¿Gibraltar vaticanista?

 

 

Cómo con una fotografía construyeron una leyenda negra…

 

M. Arróspide - Internet.-
Durante la República, Indalecio Prieto manifestó que el ideal del nacionalismo vasco era convertir Euskadi en un «Gibraltar vaticanista». Don Inda no llegó a ver cómo las autoridades gibraltareñas rehusaban recibir a una delegación del PNV encabezada por Eguíbar; ni tampoco la campaña de expulsión del Ayuntamiento nacionalista de Maruri contra su párroco Jaime Larrínaga; campaña que goza de la legitimación que le ofrece nada menos que el consejero de Interior. Esta visita nos recuerda la que hicieron los parlamentarios del PNV al Vaticano en 1937 al poco de empezar la Guerra Civil. Tampoco entonces quiso recibirles el Papa Pío XI, ni el secretario de estado Pacelli (futuro Pío XII) ni siquiera un cardenal.

 

Entonces, sin cortarse un pelo, se sacaron una fotografía junto a los guardias suizos de la puerta y esa foto sirvió como prueba en Euskadi de la histórica visita al Papa...

2003-01-22  LA RAZÓN. ESP.

 

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"El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado": Juan Pablo II cita a Pío XII, no a Pablo VI

 

Sr. Director:

Juan Pablo II habla de la pérdida del sentido del pecado en Reconciliatio et Poenitentia publicada en 1984. Y allí cita a Pío XII:

 

He aquí por qué mi Predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo declarar en una ocasión que «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado» (100).

 

La nota 100 es: 100. Pío XII, Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos en Boston (26 de octubre de 1946): Discursos y Radiomensajes, VIII (1946), 288.

 

Lo que es también probable es que Pablo VI hiciera mención de esa cita en alguna ocasión, claro. Pero la original es de Pio XII.

Ramón Rodríguez

 

  

El abad Antonio-Egipto [298 ca.] escrutaba la profundidad de los juicios de Dios, y preguntó: «Señor, ¿por qué algunos mueren después de una vida corta, mientras otros alcanzan una prolongada ancianidad? ¿Por qué unos carecen de todo y otros nadan en la abundancia? ¿Por qué los malos viven en la opulencia y los justos padecen extrema pobreza?». Y vino una voz que le dijo: «Antonio, ocúpate de ti mismo. Así son los juicios de Dios y no te conviene conocerlos».

 

El abad Macario contaba de sí mismo: «Vivía en una celda en Egipto, pero me llamaron e hicieron clérigo de una aldea. No quería quedarme para el ministerio y escapé a otro lugar. Y venia un seglar muy religioso, que se llevaba lo que yo hacía con mi trabajo manual y me procuraba lo que yo necesitaba. En aquella aldea, una joven de vida dudosa, tentada por el diablo, tuvo una caída. Y al quedar encinta le preguntaron de quién era lo que había engendrado. Ella dijo: "Aquel ermitaño se acostó conmigo". Los habitantes del pueblo salieron a prenderme y me condujeron a la aldea. Me colgaron al cuello cántaros, pucheros y asas de jarros y me hicieron recorrer el pueblo mientras me golpeaban y gritaban: "Este monje ha ultrajado a nuestra hija, echadle, arrojadle de aquí". Y me golpearon hasta dejarme casi muerto. Llegó uno de los ancianos y les dijo: "¿Hasta cuándo vais a seguir golpeando a este monje forastero?". El que solía proveerme de lo que necesitaba, iba detrás, lleno de vergüenza porque muchos también le insultaban, diciendo: "Mira lo que ha hecho este monje de quien tú dabas toda clase de garantías". Los padres de la muchacha dijeron: "No te soltaremos hasta que prometas bajo juramento que mantendrás a nuestra hija". Dije a aquel que me proveía de lo necesario que saliera fiador por mi, y lo hizo. Volví a mi celda, le di todos los cestos que tenía, y le dije: "Véndelos, y da el dinero a mí mujer, para que pueda comer". Yo me decía a mí mismo: "Macario, has encontrado una mujer y es necesario que trabajes más para mantenerla". Y trabajaba no sólo de día sino también de noche y lo que ganaba se lo enviaba. Cuando le llegó a aquella desgraciada el tiempo de dar a luz, pasó muchos días con grandes dolores, pero no paría. Le preguntaron a qué se debía y dijo: "Ya sé por qué sufro tanto tiempo". Sus padres le preguntaron: "¿Por qué?". "Porque he calumniado a ese monje y le he acusado falsamente sin que haya tenido nada que ver en este asunto. El culpable fue tal joven". Al saber esto, mi proveedor vino muy alegre a buscarme y me dijo: "La muchacha no ha podido dar a luz hasta que no ha confesado que no tienes que ver nada con ella, y que ha mentido al acusarte. Y todos los habitantes de la aldea quieren venir aquí, a tu celda, para dar gloria a Dios y pedirte perdón". Al oír esto de mi proveedor, me levanté y huí aquí, a Scitia, para que no me molestase aquella gente. Y este es el motivo por el cual me he instalado aquí».

 

Un día, el abad Macario volvía del pantano a su celda llevando palmas. Y salió a su encuentro el diablo con una guadaña. Intentó herirlo con la guadaña pero no pudo. Y entonces le dijo: «Macario, sufro mucho por tu causa, porque no te puedo vencer. Hago todo lo que tú haces: tú ayunas y yo no como, tú velas y yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la que tú me superas». «¿Cuál es?», le preguntó el abad Macario. Y el demonio le respondió: «Tu humildad, que me impide el que pueda vencerte».

 

El abad Matoés de Raitu fue, en compañía de un hermano, a la región de Gebala. Vino el obispo del lugar y ordenó presbítero al citado anciano. Y mientras comían, le dijo el obispo: «Padre, perdóname, ya sé que no querías esto, pero me he atrevido a hacerlo para recibir tu bendición». El anciano le respondió con humildad: «Es cierto que no lo deseaba en absoluto, pero lo que más me cuesta es que tengo que separarme del hermano que vive conmigo. No podré recitar solo todas las oraciones que recitábamos juntos». El obispo le dijo: «Si tú crees que es digno, le ordeno también». El abad Matoés dijo: «No sé si es digno o no; lo único que sé es que es mejor que yo». El obispo le ordenó también, pero uno y otro abandonaron este mundo sin haberse acercado jamás al altar para consagrar la ofrenda. El anciano decía: «Confío en Dios, que no me juzgará severamente por esta ordenación que he recibido, porque no me he atrevido a celebrar. Este ministerio es para los que viven sin pecado».

 

Decía el abad Matoés: «Cuanto más se acerca el hombre a Dios, más pecador se ve. Por eso, Isaías, al ver a Yahvé decía: "¡Ay de mí que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!"». (Is 6,5).

 

Cuando hicieron clérigo al abad Moisés y le pusieron el alba, el arzobispo le dijo: «Ahora has quedado totalmente blanco, abad Moisés». Pero este le respondió: «Externamente si, señor obispo, pero ¿por dentro?». El obispo quiso ponerle a prueba, y dijo a los clérigos: «Cuando el abad Moisés se adelante hacia el altar, arrojadle fuera y seguidle, para que oigáis lo que dice». Lo echaron fuera diciéndole: «¡Vete de aquí, etíope!». Y él salió diciendo: «Te está bien empleado, negro asqueroso. Si no eres hombre, ¿por qué te has atrevido a aparecer entre los hombres?».

 

El abad Pastor oyó, en una asamblea, hablar del abad Nisterós. Quiso verle y pidió al superior de Nisterós que se lo enviara. El superior no quiso que fuera solo y no le dijo nada. Pocos días después el ecónomo del monasterio pidió al abad permiso para ir a ver al abad Pastor y abrirle su alma. El abad le dio permiso y le dijo: «Lleva contigo a ese hermano, pues le ha mandado llamar el anciano y por no enviarlo solo he retrasado hasta hoy el enviárselo. Llegó el ecónomo al abad Pastor, le habló de sus cosas y quedó muy consolado con sus respuestas. Luego el anciano preguntó al hermano: «Abad Nisterós, ¿cómo has llegado a esa tan alta virtud que callas y no te entristeces cuando la tribulación castiga al monasterio?». Después de muchos ruegos del anciano, el hermano le dijo: «Perdóname, Padre, pero cuando entré en el monasterio me dije: "¡Tú y el burro una sola cosa¡ Se le golpea y no habla, se le injuria y no responde. Haz tú lo mismo". Es lo que se lee en el Salmo: "Una bestia era ante ti, pero a mi, sin cesar, junto a ti, de la mano derecha me has tomado"». (Sal 72, 22-23).

 

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Decálogo de Tales de Mileto

Tales de Mileto, uno de los Siete Sabios Filósofos y estadistas griegos, de los siglos VII y VI a. C.; el primero en explicar los eclipses de sol; el que ideó las estaciones del año y asigno a éste 365 días; el primero en defender la inmortalidad del alma... Sus discípulos le formularon las siguientes preguntas :
   1.- Qué era lo difícil. Respondió: «Conocerse a sí mismo».
   2.- Qué era lo fácil. Confesó: «Dar consejos a los demás».
   3.- Qué era lo más placentero.. Manifestó: «El éxito».
   4.- Qué era gobernar. Enseñó: «Nunca gobernarás bien a los demás... si no empiezas por gobernarte bien a ti mismo».
   5.- Preguntado sobre la belleza dijo: «Si la belleza de tu rostro te abre las puertas… la belleza de tu interior, de tus costumbres... te las mantendrá siempre abiertas».
   6.- Sobre el dominio de la lengua y de las palabras solía repetir: «Cuida tus palabras... que ellas no levanten jamás un muro entre ti y los que contigo viven».
   7.- Añadía con singularidad: «Muchas palabras... nunca indican mucha sabiduría».
   8.- Sobre la esperanza proclamaba: «La esperanza representa el único bien que es común a todos los hombres... e incluso en aquellos que no sienten ninguna esperanza... aunque la tienen todavía».
   9.- Sobre la familia exponía: «Feliz la familia que sin poseer grandes riquezas... no sufre, sin embargo, la pobreza».
   10.- Sobre el tiempo declaraba: «Si buscas una buena solución y no la encuentras, consulta al tiempo. El tiempo... es la máxima sabiduría».

J. Mª ALIMBAU -2006.II.22

 

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“Es imposible convencer a alguien mediante razonamientos, de que cambie una convicción a la que no ha llegado mediante el razonamiento”. Kart POPPER.

 

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Un animal inteligente y libre siempre será imprevisible y desconcertante. Eso es el hombre. Pascal lo explica de esta manera: apenas conocemos lo que es un cuerpo vivo; menos aún lo que es un espíritu; y no tenemos la menor idea de cómo pueden unirse ambas incógnitas formando un sólo ser, aunque eso somos los hombres.

 

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Orígenes (hacia 185-253) presbítero, teólogo de la Iglesia Católica
Homilía sobre Josué, 5,2

 

“Limpiad primero por dentro el vaso...” (Mt 23,26)


      Salgamos al combate con Josué; tomemos la ciudad más grande del mundo, -la malicia-, y destruyamos las murallas orgullosas del pecado. ¿Mirarías tú a tu alrededor para averiguar qué camino hay que tomar, qué campo de batalla hay que escoger? Seguramente mis palabras te resultan extrañas. Sin embargo, son verdaderas. ¡Limita tu búsqueda a ti solo! El combate que tienes que sostener se realiza en tu interior. En tu interior está el edificio de la malicia que hay que destruir. Tu enemigo sale del fondo de tu corazón.

       No soy yo quien lo dice, sino Cristo, ¡escúchalo! “Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las injurias.” (Mt 15,19) ¿Te das bien cuenta de la envergadura del ejército enemigo que avanza contra ti desde el fondo de tu corazón? Estos son nuestros enemigos a eliminar en primera línea. Si somos capaces de derrocar sus murallas y exterminar a todos, hasta que no quede ninguno para contarlo, nadie para recuperar fuerzas (cf Jos 11,14), si no queda ni uno solo para ocupar nuestro pensamiento, entonces Jesús nos dará el gran reposo.

 

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Todo aquello que te gustaría cambiar de un mundo demasiado cruel, empieza por cambiarlo en tu propia casa, en tu corazón, ahora.

 

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Benedicto PP. XVI: «La verdad se demuestra a sí misma en el amor».

 

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«El amor a Dios genera mártires, no violencia».

 

…como Pedro y Pablo, afrontar mares y romper confines anunciando a Cristo.

El sucesor de Pedro ha tomado el timón de esta nave, que es la Iglesia, para gobernarla; ella se mantiene estable y segura, aun en medio de las tempestades, porque en ella está presente el Hijo de Dios como fuente y origen de consolación y victoria. Según las palabras de San Agustín, que recoge una imagen frecuente en los Padres de la antigüedad, la nave de la Iglesia no debe temer, porque está guiada por Cristo: «Pues aun cuando la nave se tambalee, sólo ella lleva a los discípulos y recibe a Cristo. Ciertamente peligra en el mar; pero sin ella al momento se sucumbe» (Sermo 75, 3; PL 38, 475). Sólo en ella está la salvación: sine illa peritur! Apoyados en esta fe, caminaremos. La ayuda de Dios no nos faltará, según la promesa indefectible: «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28, 20). Vuestra adhesión unánime y la colaboración generosa de todos nos hará más ligero el peso del deber cotidiano.

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

Humilde y reconciliadora actitud
El que ama con Cristo ve al hombre, al otro joven, de un modo radicalmente nuevo, que el mundo no conoce, ni enseña, ni es capaz de vivenciar ni de comunicar.
Se dice, y se pretende mostrar, con un acercamiento superficial y supuestamente neutral y objetivo al fenómeno de las religiones, que la fe en Dios y que el amor a Dios genera violencia. Lo que es verdad y ha sido verdad a lo largo de toda la Historia, muy especialmente la del siglo XX, es todo lo contrario: el amor a Dios, presentado, encarnado y entregado en Jesucristo, lo que produce es amor misericordioso, ofrecido en total gratuidad al hombre. ¡Produce mártires! No es extraño, por tanto, que los detentadores del poder humano pretendan, y traten por todos los medios, de hacer comprender a las jóvenes generaciones lo contrario. ¿Es posible que nos hayamos olvidado tan pronto de las más horrendas tragedias de la Humanidad, las del siglo pasado, con sus dos Guerras Mundiales y con dos regímenes políticos que, negando explícita y militantemente a Dios, despreciaron al hombre y lo humillaron hasta los extremos más inconcebibles del genocidio y de su eliminación por millones? Al que no era de su raza , se le calificaba de Untermensch -de infrahombre-, indigno de vivir; y, al que no pertenecía a su clase, se le declaraba enemigo del pueblo y destinado al gulag y al exterminio. Y ciertamente los actuales fanatismos religiosos no se curarán negando la verdad y el amor de Dios, a través de fórmulas criptorreligiosas de un laicismo radical y autosuficiente, sino buscándola y encarnándola lo más auténticamente posible. ...[…]… 2007-IX.
+Antonio Mª Rouco Varela – Esp.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.

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Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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La belleza de ser cristiano y la alegría de comunicarlo - «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicara los otros la amistad con Él» (Benedicto XVI,).

Dar razón de la belleza de Cristo en los escenarios del mundo contemporáneo.

2000 años en que la Iglesia-cuna de Cristo, muestra su belleza al mundo.

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 “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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Recomendamos vivamente:

 

CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -  Editorial: CIUDADELA. 

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Recomendamos de Fulton Sheen:

Paz en el alma: Recopilación de artículos sobre diversos temas, muy amplios y que desarrollan aspectos poco conocidos sobre la doctrina cristiana.

El primer amor del mundo: libro dedicado a la Virgen María, en el que estudia su figura y su sobrenatural maternidad.

Vida de Cristo: aunque es un libro costoso y difícil de conseguir, es una excelente biografía fiel al Nuevo Testamento acerca de Nuestro Señor Jesucristo. El autor demuestra gran sabiduría sobre su persona y su obra.

In Obsequio Jesu Christi.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).