Wednesday 30 July 2014 | Actualizada : 2014-06-23
 
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Hay enfermos que, crucificados como Jesús, se convierten en sembradores de energías, de consuelos; transmiten paz, contento y alegría... Incluso llegan a ayudar a quienes, les visitan, y que debieran ser ellos, los que aportaran al enfermo paz y alegría. He aquí la luminosa y consoladora realidad -incomprensible para algunos-, que ofrece y da, todos los días, la fe y el seguimiento de Jesús.

 

 

mistagogo.(Del lat. mystagōgus, y este del gr. μυσταγωγός).1. m. Sacerdote de la gentilidad grecorromana, que iniciaba en los misterios.2. m. p. us.

 

Catequista que explicaba los misterios sagrados, especialmente los Santos Sacramentos.

 

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Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la unción de los enfermos.

 § 2.    Todos los sacerdotes con cura de almas tienen la obligación y el derecho de administrar la unción de los enfermos a los fieles encomendados a su tarea pastoral; pero, por una causa razonable, cualquier otro sacerdote puede administrar este sacramento, con el consentimiento al menos presunto del sacerdote al que antes se hace referencia.

 § 3.    Está permitido a todo sacerdote llevar consigo el óleo bendito, de manera que, en caso de necesidad, pueda administrar el sacramento de la unción de los enfermos.

 

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"¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán perdonados" (St 5,14-15).

El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez.

El tiempo oportuno para recibir la Santa Unción llega ciertamente cuando el fiel comienza a encontrarse en peligro de muerte por causa de enfermedad o de vejez.

Cada vez que un cristiano cae gravemente enfermo puede recibir la Santa Unción, y también cuando, después de haberla recibido, la enfermedad se agrava.

Sólo los sacerdotes (presbíteros y obispos) pueden administrar el sacramento de la Unción de los enfermos; para conferirlo emplean óleo bendecido por el Obispo, o, en caso necesario, por el mismo presbítero que celebra.

Lo esencial de la celebración de este sacramento consiste en la unción en la frente y las manos del enfermo (en el rito romano) o en otras partes del cuerpo (en Oriente), unción acompañada de la oración litúrgica del sacerdote celebrante que pide la gracia especial de este sacramento.

La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:

      la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
— el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;
— el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia;
— el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;
— la preparación para el paso a la vida eterna.

 

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La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.

1294 Todas estas significaciones de la unción con aceite se encuentran en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y fortaleza; la unción de los enfermos expresa curación y el consuelo. La unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda "el buen olor de Cristo" (cf 2 Co 2,15).

 

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Óleo. (Del lat. olĕum).1. m. Aceite de oliva.2. m. por antonom. óleo que usa la Iglesia en los sacramentos y otras ceremonias. U. m. en pl. Los santos óleos.

 

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Las palabras griegas de la carta del apóstol Santiago (St 5, 14), que la Vulgata traduce "presbyteros Ecclesiae", de acuerdo con la tradición no pueden referirse a los ancianos de la comunidad según la edad, sino a la categoría particular de fieles que, por la imposición de las manos, el Espíritu Santo había puesto para apacentar a la Iglesia de Dios.

El primer documento del Magisterio que habla de modo explícito de la
Unción de los enfermos es una carta del Papa Inocencio I a Decencio, obispo de Gubbio (19 de marzo de 416). El Papa, comentando las palabras de la carta de Santiago, como reacción a la interpretación según la cual sólo los presbíteros serían ministros del sacramento, excluyendo a los obispos, rechaza esa limitación, afirmando que ministros del sacramento son los presbíteros, pero también el obispo (cf. DS 216). En cualquier caso, la carta del Papa Inocencio I, como los demás testimonios del primer milenio (san Cesáreo de Arlés, san Beda el Venerable), no proporcionan ninguna prueba de la posibilidad de introducir ministros no sacerdotes para el sacramento de la Unción de los enfermos.

En el Magisterio y en la legislación posteriores hasta el concilio de Trento se encuentran los siguientes datos:  Graciano, en su Decretum (alrededor del año 1140) recoge casi literalmente la parte dispositiva de la mencionada carta de Inocencio I (parte I, distinción 95, canon 3). Luego, en las Decretales de Gregorio IX se inserta una decretal de Alejandro III (1159-1164) en la que responde afirmativamente a la pregunta si el sacerdote puede administrar el sacramento de la Unción de los enfermos estando totalmente solo, sin la presencia de otro clérigo o de un laico (X, 5, 40, 14). Por último, el concilio de Florencia, en
la bula Exsultate Deo (22 de noviembre de 1439) afirma como verdad totalmente aceptada que "el ministro de este sacramento es el sacerdote" (DS 1325).

 

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Comentario a la Nota de la Congregación para la doctrina de la fe

 

En estos últimos decenios se han manifestado tendencias teológicas que ponen en duda la doctrina de la Iglesia según la cual el ministro del sacramento de la Unción de los enfermos "est omnis et solus sacerdos". El tema se afronta casi siempre desde el punto de vista pastoral, especialmente teniendo en cuenta las regiones donde la escasez de sacerdotes hace difícil la administración tempestiva del sacramento, mientras que esa dificultad podría resolverse si los diáconos permanentes e incluso laicos cualificados pudieran ser designados ministros del sacramento.

La
Nota de la Congregación para la doctrina de la fe quiere llamar la atención sobre esas tendencias, para prevenir el peligro de que constituyan intentos de ponerla en práctica, en detrimento de la fe y con grave daño espiritual de  los enfermos a los que se quiere ayudar.

La teología católica ha visto en la carta de Santiago (
St 5, 14-15) el fundamento bíblico para el sacramento de la Unción de los enfermos. El autor de la carta, después de dar varios consejos relativos a la vida cristiana, da también una norma para los enfermos:  "¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados". En este texto, la Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo, ha reconocido a lo largo de los siglos los elementos esenciales de la Unción de los enfermos, que el concilio de Trento (Sesión XIV, cap. 1-3, cánones 1-4:  DS 1695-1700, 1716-1719) propone de forma sistemática:  a) sujeto:  el fiel gravemente enfermo; b) ministro:  "omnis et solus sacerdos"; c) materia:  la unción con el óleo bendecido; d) forma:  la oración del ministro; e) efectos:  gracia salvífica, perdón de los pecados, alivio del enfermo.

Prescindiendo ahora de los demás aspectos, interesa subrayar aquí el dato doctrinal relativo al ministro del sacramento, al cual exclusivamente se refiere la
Nota de la Congregación.

Las
palabras griegas de la carta del apóstol Santiago (St 5, 14), que la Vulgata traduce "presbyteros Ecclesiae", de acuerdo con la tradición no pueden referirse a los ancianos de la comunidad según la edad, sino a la categoría particular de fieles que, por la imposición de las manos, el Espíritu Santo había puesto para apacentar a la Iglesia de Dios.

El primer documento del Magisterio que habla de modo explícito de la Unción de los enfermos es una carta del Papa Inocencio I a Decencio, obispo de Gubbio (19 de marzo de 416). El Papa, comentando las palabras de la carta de Santiago, como reacción a la interpretación según la cual sólo los presbíteros serían ministros del sacramento, excluyendo a los obispos, rechaza esa limitación, afirmando que ministros del sacramento son los presbíteros, pero también el obispo (cf. DS 216). En cualquier caso, la carta del Papa Inocencio I, como los demás testimonios del primer milenio (san Cesáreo de Arlés,
san Beda el Venerable), no proporcionan ninguna prueba de la posibilidad de introducir ministros no sacerdotes para el sacramento de la Unción de los enfermos.

En el Magisterio y en la legislación posteriores hasta el concilio de Trento se encuentran los siguientes datos:  Graciano, en su
Decretum (alrededor del año 1140) recoge casi literalmente la parte dispositiva de la mencionada carta de Inocencio I (parte I, distinción 95, canon 3). Luego, en las Decretales de Gregorio IX se inserta una decretal de Alejandro III (1159-1164) en la que responde afirmativamente a la pregunta si el sacerdote puede administrar el sacramento de la Unción de los enfermos estando totalmente solo, sin la presencia de otro clérigo o de un laico (X, 5, 40, 14). Por último, el concilio de Florencia, en la bula Exsultate Deo (22 de noviembre de 1439) afirma como verdad totalmente aceptada que "el ministro de este sacramento es el sacerdote" (DS 1325).

La enseñanza del concilio de Trento toma posición con respecto a la contestación de los Reformadores, según los cuales la Unción de los enfermos no sería un sacramento, sino una invención humana, y los "presbíteros" de los que habla la carta del apóstol Santiago no serían  los  sacerdotes ordenados sino los  ancianos  de
la comunidad. El Concilio  expone ampliamente la doctrina católica  al respecto (cf. Sesión XIV, cap. 3:  DS 1697-1700) y condena a los que niegan que la Unción de los enfermos es uno de los siete sacramentos (cf. ib., canon 1:  DS 1716) y que el ministro de este sacramento es sólo el sacerdote (cf. ib., canon 4:  DS 1719).

Desde el concilio de Trento hasta la codificación de 1917 sólo existen dos intervenciones del Magisterio que atañen de algún modo a este tema. Se trata de la constitución apostólica
Etsi pastoralis (26 de mayo de 1742; cf. 5, n. 3:  DS 2524) y de la encíclica Ex quo primum (1 de marzo de 1756) de Benedicto XIV. En el primer documento se dan normas en materia litúrgica sobre las relaciones entre los latinos y los católicos orientales llegados al sur de Italia huyendo de las persecuciones; en el segundo se aprueba y comenta el Eucologio (Ritual) de los orientales que habían vuelto a la plena comunión con la Sede apostólica (se nota que también los ortodoxos consideran que el ministro de la Unción es sólo el obispo o el presbítero). Por lo que atañe al sacramento de la Unción de los enfermos, se supone como verdad plenamente aceptada que el ministro del sacramento es "omnis et solus sacerdos".

La doctrina tradicional, expresada por el concilio de Trento sobre el ministro del sacramento de la Unción de los enfermos, fue codificada en el
Código de derecho canónico promulgado en el año 1917 (canon 938, 1) y repetida casi con las mismas palabras en el
Código de derecho canónico promulgado en 1983 (canon 1003, 1) y en el Código de cánones de las Iglesias orientales de 1990 (canon 739, 1).

Por otra parte, todos los Rituales del sacramento de la Unción de los enfermos siempre han dado por supuesto que el ministro del sacramento es un obispo  o  un sacerdote (cf.
Ordo Unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae, Editio typica, Typis Polyglottis Vaticanis 1972, Praenotanda, nn. 5, 16-19). Por eso, nunca han contemplado la posibilidad de que el ministro sea un diácono o un laico.

La doctrina según la cual el ministro del sacramento de la Unción de los enfermos "
est omnis et solus sacerdos" goza de tal certeza teológica, que debe ser calificada como doctrina "definitive tenenda". El sacramento es inválido si un diácono o un laico intenta administrarlo. Esa acción constituiría un delito de simulación en la administración del sacramento, punible a tenor del canon 1379 del
Código de derecho canónico (cf. canon 1443 del Código de cánones de las Iglesias orientales).

Como conclusión, conviene recordar que el sacerdote, por el sacramento que ha recibido, hace presente de una manera totalmente particular a nuestro Señor Jesucristo, Cabeza de
la Iglesia. En la administración de los sacramentos actúa in persona Christi Capitis y también in persona Ecclesiae. Quien actúa en este sacramento es Jesucristo; el sacerdote es el instrumento vivo y visible. Representa y hace presente a Cristo de modo especial, por lo cual este sacramento tiene una dignidad y eficacia particulares con respecto a un sacramental, pues, como dice la Palabra inspirada acerca de la Unción de los enfermos, "el Señor hará que se levante" (St 5, 15). El sacerdote actúa también in persona Ecclesiae. Los "presbíteros de la Iglesia" recogen en su plegaria (cf. St 5, 14) la oración de toda la Iglesia; como dice santo Tomás de Aquino a este respecto:  "oratio illa non fit a sacerdote in persona sua (...), sed fit in persona totius Ecclesiae" (Summa Theol., Suppl., q. 31, a. 1, ad 1). Esa oración es escuchada.  

 

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Actualizado 26 agosto 2012

"Me gusta que reciba la Unción todos los años"*

 

"Es que a mí me gusta que reciba la Unción todos los años": frase terrible de alguien lleno de afecto hacia su familiar enfermo, que cree que el Sacramento de la Unción se administra cada año sin más al enfermo. Ahora, con suma delicadeza y tacto pastoral, hay que decirle que no es así y señalarle que está el sacramento de la Penitencia, de la Eucaristía y la Bendición de los enfermos, ya que ni hay grave peligro, ni una recaída grave ni una operación quirúrgica grave.


Así se ha ido desfigurando la naturaleza, el sentido, los efectos de la Unción de enfermos, así como ignorar quién es Sujeto del sacramento y las condiciones para recibirlo.

 

Con esta catequesis buscamos quitar la idea ahora muy difundida de que la Unción de Enfermos hay que recibirla ¡¡cada año!!, una vez que se han cumplido los 65 años, y que todos los enfermos la deben recibir cada año.

 

Y quitar igualmente la mentalidad pastoral que agota toda celebración de los enfermos o de los ancianos con el sacramento de la Unción. ¿Y si ya lo han recibido? Pues hay otros ritos.

 

La santa Unción es un sacramento en cierto modo desconocido por los excesos y por los defectos; los excesos por cuanto se tiende a administrarlo indiscriminadamente a cualquier persona que haya cumplido los 65 años -aunque goce de buenísima salud- y se repite cada año como si fuera un sacramento anual; los defectos, cuando se retrasa hasta el último momento de agonía y en lugar del Viático se da la Unción cuando el enfermo está ya en coma o sedado: se sigue pensando que es Extremaunción y no Unción de enfermos, cuando el enfermo debe ir viviendo su enfermedad.

 

Se corre un riesgo, por no decir que se ha caído ya en un peligro: trivializar el Sacramento, de manera que parece que la Unción es un sacramento que todos, absolutamente todos los que ya hayan cumplido los 65 años deben recibirlo "por si acaso". El discernimiento sobre el "sujeto" del sacramento se omite y se pone el mero límite de la edad. No sería arriesgado afirmar que en muchos el Sacramento ha sido nulo, inválido, porque el sujeto no era apto para recibir el sacramento: ni estaba enfermo ni sufría graves inconvenientes y achaques por una avanzada ancianidad. Sumemos además que el Sacramento se reitera, es decir, se vuelve a celebrar sólo si ya hay una recaída grave y se ve un peligro real.

 

Sobre el sujeto y la reiteración de la Unción, prescribe el Ritual:

 

 

“Esta santa Unción debe ser conferida con todo cuidado y diligencia a los fieles que, por enfermedad o avanzada edad, vean en grave peligro su vida…

 

Este sacramento puede celebrarse de nuevo en el caso de que el enfermo, tras haberlo recibido, llegara a convalecer; puede también repetirse si, en el curso de la misma enfermedad, la situación llegara a ser crítica” (RU 8-9).

 

Evidentemente, lo mismo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, con otras palabras:

 

“En caso de grave enfermedad ...

 

1514 La Unción de los enfermos "no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez" (SC 73; cf CIC, can. 1004, §1; 1005; 1007; CCEO, can. 738).

 

1515 Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan”.

 

 

Hay que revisar la práctica pastoral de este Sacramento. Ni es Extremaunción (en el momento en que el moribundo está inconsciente), ni es un sacramento para "personas mayores" o "sacramento de la tercera edad", sino para situaciones de enfermedad grave, operación quirúrgica con riesgo para la vida y ancianos de avanzada edad que sufren serias limitaciones y achaques. El tono siempre es la gravedad en la enfermedad, en la operación quirúrgica o una ancianidad difícil que se vea un peligro real de muerte.

 

Cuando se celebra ´comunitariamente´ hay un criterio elemental: que el párroco o los sacerdotes lo anuncien con tiempo, sepan qué enfermos y qué ancianos lo deben recibir y quieren recibirlo, hacer un discernimiento sobre la situación de cada ´candidato´. Hacerlo de otra forma, acercándose quien quiera, es temerario, poco pastoral, irreverente.

 

Más grave aún esa insistencia por parte de sacerdotes en que todos los años lo reciban todas las personas que quieran, incluso los sanos, "por si acaso" ese año enferman para que así "vayan preparados". ¡¡Es desvirtuar este sacramento!! Basta leer el sentido que tiene en Sant 5,13ss, viendo a un enfermo postrado que llama a los presbíteros de la Iglesia porque ya no puede acudir por la enfermedad, y oran sobre él, sobre el enfermo, inclinándose por estar acostado en el lecho.

 

Santo Tomás y algunos autores hablan incluso de que este Sacramento de la Unción imprimía quasi-carácter, de manera que se recibe en un momento importante y grave y se reitera, como dice el Ritual ya citado, si "la situación llegara a ser crítica". En cierto modo, hay que compararlo con el sacramento de la Confirmación. Éste se vive una vez en la vida y uno queda sellado con el Don del Espíritu Santo. La Unción, que tiene ese quasi-carácter, sella con el Don del Espíritu Consolador en un primer momento de gravedad (inminente peligro de muerte, operación quirúrgica grave, ya la ancianidad avanzada y con achaques) y se repite si la gravedad ha aumentado o si una vez recuperado de la enfermedad, pasado un tiempo, vuelve a recaer.

 

La Unción de los enfermos (que no es anual, reiterable) administrada al inicio de una enfermedad grave y cuando hay una recaída que haga temer un fatal desenlace. Celebrar la Unción todos los años al enfermo, repitiéndola, es saltarse la disciplina de la Iglesia y trivializar buena parte de su contenido que es excepcional.

 

Todo esto bien preparado, es decir, evangelizando y catequizando al enfermo, para que sepa el sentido del Sacramento y cómo se celebra, así como confesarse antes examinando la conciencia.

 

Diferente sería, para enfermos con una enfermedad crónica y larga, duradera, que si ya recibió una vez el Sacramento de la Unción, cada año se celebre el oficio de la Bendición de los enfermos, con el Bendicional, y la imposición de manos del rito. Pero no es un sacramento, sino una ayuda extra del Señor, una bendición. Para muchos que estando enfermos, no son enfermedades gravísimas ni viven sus últimos momentos, sino que soportan debilidad física e incluso moral (los achaques de la edad, por ejemplo), la Iglesia ofrece otro rito: para los ancianos o personas mayores, o para los enfermos que están estables, sin mejoras pero tampoco agravándose, y ya han recibido en su momento la Unción, habría que celebrar mejor un sacramental: la Bendición de los enfermos que puede alcanzarles la ayuda divina. Esta Bendición sí se puede repetir, por ejemplo, anualmente, con la Jornada del Enfermo o por la Pascua del Señor.

 

No todo en la pastoral con los enfermos es la Santa Unción, máxime cuando ésta se administra últimamente de manera que no parece sacramento de Enfermos (por gravedad, por estado grave de salud) sino casi como un sacramento de la ancianidad, a todos a partir de que hayan cumplido los 65 años y que se ponen en fila a recibirlo, cuando aún no son sujetos de este Sacramento de la Unción. Es una manera de trivializar el Sacramento.

* Javier Sánchez Martínez, sacerdote de la diócesis de Córdoba, ordenado el 26 de junio de 1999. Ha ejercido el ministerio sacerdotal en varias parroquias, en el Centro de Orientación Familiar de Lucena (Córdoba) y como capellán de Monasterios. Ha predicado retiros, tandas anuales de Ejercicios espirituales a seglares y religiosas e impartido diversos cursillos de formación litúrgica; asimismo ha publicado artículos en distintas as revistas y colaborado en radio y TV locales. Es vicario parroquial de la Asunción y de Santa Clara en Palma del Río (Córdoba) y está terminando la licenciatura en Teología en la Facultad de San Dámaso (Madrid)".


Javier Sánchez Martínez, es autor, editor y responsable del Blog Corazón Eucarístico de Jesús, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com    27 agosto 2012. Religiónenlibertad.com


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La Unción de los enfermos, en la Iglesia,

comunidad sacerdotal y sacramental

 

(Lectura:  carta de Santiago, capítulo 5, versículos 14-15)

1. Se puede decir que la realidad de la comunidad sacerdotal se actúa y manifiesta de modo particularmente significativo en el sacramento de la unción de los enfermos, del que el apóstol Santiago escribe: «¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5, 14-15).

Como se ve, la carta de Santiago recomienda la iniciativa del enfermo que, personalmente o por medio de sus seres queridos, solicita la presencia de los presbíteros. Se puede decir que de esta manera ya se da un ejercicio del sacerdocio común, mediante un acto personal de participación en la vida de la comunidad de los «santos», a saber, de los congregados en el Espíritu Santo, del que se recibe la unción. Pero la carta da a entender también que ayudar a los enfermos con la unción es una tarea del sacerdocio ministerial, llevado a cabo por los «presbíteros». Es un segundo momento de realización de la comunidad sacerdotal en la armoniosa participación activa en el sacramento.

2. El primer fundamento de este sacramento se puede descubrir en la solicitud y cuidado de Jesús por los enfermos. Los evangelistas nos relatan cómo, desde el inicio de su vida pública, trataba con gran amor y compasión sincera a los enfermos y a todos los demás necesitados y atribulados, que le pedían su intervención. San Mateo atestigua que «sanaba toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9, 35).

Para Jesús esas innumerables curaciones milagrosas eran el signo de la salvación que quería aportar a los hombres. Con frecuencia establece claramente esta relación de significado, como cuando perdona los pecados al paralítico y sólo después realiza el milagro, para demostrar que «el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar los pecados» (Mc 2, 10). Su mirada, por consiguiente, no se detenía sólo en la salud del cuerpo; buscaba también la curación del alma, la salvación espiritual.

3. Este comportamiento de Jesús pertenecía a la economía de la misión mesiánica, que la profecía del libro de Isaías había descrito en términos de curación de los enfermos y de ayuda a los pobres (cf. Is 61, 1 ss.; Lc 4, 18-19). Es una misión que, ya durante su vida terrena, Jesús quiso confiar a sus discípulos, a fin de que socorriesen a los menesterosos y, en especial, curasen a los enfermos. En efecto, el evangelista san Mateo nos asegura que Jesús, «llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia» (Mt10, 1). Y Marcos dice de ellos que «expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6, 13). Es significativo que ya en la Iglesia primitiva no sólo se subrayara este aspecto de la misión mesiánica de Jesús, al que se hallan dedicadas numerosas páginas de los evangelios, sino también la obra confiada por él a sus discípulos y apóstoles, en conexión con su misión.

4. La Iglesia ha hecho suya la atención especial de Jesús para con los enfermos. Por una parte, ha suscitado muchas iniciativas de dedicación generosa a su curación. Por otra, con el sacramento de la unción, les ha proporcionado y les proporciona el contacto benéfico con la misericordia de Cristo mismo.

Es conveniente notar a este respecto que la enfermedad nunca es sólo un mal físico; al mismo tiempo se trata de una prueba moral y espiritual. El enfermo experimenta gran necesidad de fuerza interior para salir victorioso de esa prueba. Por medio de la unción sacramental, Cristo le manifiesta su amor y le comunica la fuerza interior que necesita. En la parábola del buen samaritano, el aceite derramado sobre las heridas del viajero asaltado en el camino de Jericó, sirve simplemente como medio de curación física. En el sacramento, la unción con el aceite resulta signo eficaz de gracia y de salvación también espiritual, mediante el ministerio de los presbíteros.

5. En la carta de Santiago leemos que la unción y la oración sacerdotal tienen como efectos la salvación, la conformación y el perdón de los pecados. El concilio de Trento (DS 1696) comenta el texto de Santiago diciendo que, en este sacramento, se comunica una gracia del Espíritu Santo, cuya unción interna, por una parte, libra el alma del enfermo de las culpas y de las reliquias del pecado y, por otra, la alivia y fortalece, inspirándole gran confianza en la bondad misericordiosa de Dios. Así, le ayuda a soportar más fácilmente los inconvenientes y las penas de la enfermedad, y a resistir con mayor energía las tentaciones del demonio. Además, la unción a veces obtiene al enfermo también la salud del cuerpo, cuando conviene a la salvación de su alma. Esta es la doctrina de la Iglesia, expuesta por ese concilio.

Se da, por consiguiente, en el sacramento de la unción una gracia de fuerza que aumenta el valor y la capacidad de resistencia del enfermo. Esa gracia produce la curación espiritual, como perdón de los pecados, obrada por virtud de Cristo por el sacramento mismo, si no se encuentran obstáculos en la disposición del alma, y a veces también la curación corporal. Esta última no es la finalidad esencial del sacramento, pero, cuando se produce, manifiesta la salvación que Cristo proporciona por su gran caridad y misericordia hacia todos los necesitados, que ya revelaba durante su vida terrena. También en la actualidad su corazón palpita con ese amor, que perdura en su nueva vida en el cielo y que el Espíritu Santo derrama en las criaturas humanas.

6. El sacramento de la unción es, pues, una intervención eficaz de Cristo en todo caso de enfermedad grave o de debilidad orgánica debida a la edad avanzada, en que los «presbíteros» de la Iglesia son llamados a administrarlo.

En el lenguaje tradicional se llamaba «extrema unción», porque se consideraba como el sacramento de los moribundos. El concilio Vaticano II ya no usó esa expresión, para que la unción se juzgase mejor, como es, el sacramento de los enfermos graves. Por ello, no está bien esperar a los últimos momentos para pedir este sacramento, privando así al enfermo de la ayuda que la unción procura al alma y, a veces, también al cuerpo. Los mismos parientes y amigos del enfermo deben hacerse tempestivamente intérpretes de su voluntad de recibirlo en caso de enfermedad grave. Esta voluntad se debe suponer, si no consta un rechazo, incluso cuando el enfermo ya no tiene la posibilidad de expresarla formalmente. Forma parte de la misma adhesión a Cristo con la fe en su palabra y la aceptación de los medios de salvación por él instituidos y confiados al ministerio de la Iglesia. También la experiencia demuestra que el sacramento proporciona una fuerza espiritual, que transforma el ánimo del enfermo y le da alivio incluso en su situación física. Esta fuerza es útil especialmente en el momento de la muerte, porque contribuye al paso sereno al más allá. Oremos diariamente para que, al final de la vida, se nos conceda ese supremo don de gracia santificante y, al menos en perspectiva, ya beatificante.

7. El concilio Vaticano II subraya el empeño de la Iglesia que, con la santa unción, interviene en la hora de la enfermedad, de la vejez y, finalmente, de la muerte. «Toda la Iglesia», dice el Concilio (Lumen gentium, 11), pide al Señor que alivie los sufrimientos del enfermo, manifestando así el amor de Cristo hacia todos los enfermos. El presbítero, ministro del sacramento, expresa ese empeño de toda la Iglesia, «comunidad sacerdotal», de la que también el enfermo es aún miembro activo, que participa y aporta. Por ello, la Iglesia exhorta a los que sufren a unirse a la pasión y muerte de Jesucristo para obtener de él la salvación y una vida más abundante para todo el pueblo de Dios. Así, pues, la finalidad del sacramento no es sólo el bien individual del enfermo, sino también el crecimiento espiritual de toda la Iglesia. Considerada a esta luz, la unción aparece ―tal cual es― como una forma suprema de la participación en la ofrenda sacerdotal de Cristo, de la que decía san Pablo: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

8. Por consiguiente, hay que atraer la atención hacia la contribución de los enfermos al desarrollo de la vida espiritual de la Iglesia. Todos ―los enfermos, sus seres queridos, los médicos y demás asistentes― deben ser cada vez más conscientes del valor de la enfermedad como ejercicio del «sacerdocio universal», es decir, del sufrimiento unido a la pasión de Cristo. Todos han de ver en ellos la imagen del Cristo sufriente (Christus patiens), del Cristo que ―según el oráculo del libro de Isaías acerca del siervo (cf. 53, 4)― tomó sobre sí nuestras enfermedades.

Por la fe y por las experiencias sabemos que la ofrenda que hacen los enfermos es muy fecunda para la Iglesia. Los miembros dolientes del Cuerpo místico son los que más contribuyen a la unción íntima de toda la comunidad con Cristo Salvador. La comunidad debe ayudar a los enfermos de todos los modos que señala el Concilio, también por gratitud a causa de los beneficios que de ellos recibe.296.IV.1992

 

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La unción y el agua, símbolos evangélicos

de la acción del Espíritu Santo

 

1. En su intervención en la sinagoga de Nazaret, al comienzo de su vida pública, Jesús se aplica a sí mismo un texto de Isaías que dice: “El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh” (Is 61, 1; cf. Lc 4, 18). Se trata de otro símbolo que pasa del Antiguo al Nuevo Testamento con un significado más preciso y nuevo, como sucedió con los símbolos del viento, de la paloma y del fuego, cuya referencia a la acción y a la Persona del Espíritu Santo hemos visto en las últimas catequesis. También la unción con el aceite pertenece a la tradición del Antiguo Testamento. Recibían la unción ante todo los reyes, pero también los sacerdotes y a veces los profetas. El símbolo de la unción con el aceite debía expresar la fuerza necesaria para el ejercicio de la autoridad El texto citado de Isaías sobre la “consagración con la unción” se refiere a la fuerza de naturaleza espiritual necesaria para cumplir la misión confiada por Dios a una persona a quien eligió y envió. Jesús nos dice que este elegido de Dios es él mismo, el Mesías: y la plenitud de la fuerza conferida a él ―plenitud del Espíritu Santo― es su propiedad de Mesías, es decir, ungido del Señor, Cristo.


2. En los Hechos de los apóstoles, Pedro alude también a la unción que recibió Jesús, cuando recuerda “cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo” (Hch 10, 38). Así como el aceite penetra la madera o las otras materias, de la misma manera el Espíritu Santo penetra todo el ser del Mesías-Jesús, confiriéndole el poder salvador de curar los cuerpos y las almas. Por medio de esta unción con el Espíritu Santo, el Padre realizó la consagración mesiánica del Hijo.

3. La participación en la unción de la humanidad de Cristo con el Espíritu Santo pasa a todos los que lo acogen en la fe y en el amor. Esa participación tiene lugar a nivel sacramental en las unciones con aceite, cuyo rito forma parte de la liturgia de la Iglesia, especialmente en el bautismo y la confirmación. Como escribe san Juan en su primera carta, “estáis ungidos por el Santo”, y esa unción “permanece” en vosotros (1 Jn 2, 20. 27). Esta unción constituye la fuente del conocimiento: “En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo sabéis” (1 Jn 2, 20), de forma que “no necesitáis que nadie os enseñe... Su unción os enseña acerca de todas las cosas” (1 Jn 2, 27).

De esta manera, se cumple la promesa hecha por Jesús a los Apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1, 8).

Así, pues, en el Espíritu está la fuente del conocimiento y de la ciencia, y la fuente de la fuerza necesaria para dar testimonio de la verdad divina. En el Espíritu está también el origen de ese “sentido de la fe” sobrenatural que, según el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 12), es herencia del pueblo de Dios, como dice san Juan: “todos vosotros lo sabéis” (1 Jn 2, 20).


4. También el símbolo del agua aparece con frecuencia ya en el Antiguo Testamento. Considerada de modo muy genérico, el agua simboliza la vida concedida por Dios a la naturaleza y a los hombres. Leemos en Isaías: “Abriré sobre los calveros arroyos y en medio de las barrancas manantiales. Convertiré el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas” (Is 41, 18): es una alusión a la influencia vivificante del agua. El profeta aplica este símbolo al espíritu, uniendo agua y Espíritu de Dios, cuando proclama este oráculo: “Derramaré agua sobre el sediento suelo, raudales sobre la tierra seca. Derramaré mi Espíritu sobre tu linaje... Crecerán como en medio de hierbas, como álamos junto a corrientes de aguas” (Is 44, 3-4). Así se señala el poder vivificante del Espíritu, simbolizado por el poder vivificante del agua.

Además, el agua libra la tierra de la aridez”(cf. 1 R 18, 41-45). El agua sirve también para satisfacer la sed del hombre y de los animales (cf. Is 43, 20). La sed de agua se presenta como semejante a la sed de Dios, tal como se lee en el libro de los Salmos: “Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios. Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver la faz de Dios?” (Sal 41/42, 2-3; otro texto también explícito es Sal 62/63, 2).

El agua es, finalmente, el símbolo de la purificación, como se lee en Ezequiel: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré” (Ez 36, 25). El mismo profeta anuncia el poder vivificante del agua en una sugestiva visión: “Me llevó a la entrada de la casa, y he aquí que debajo del umbral de la casa salía agua, en dirección a oriente... Me dijo: ‘Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá’” (Ez 47, 1. 8-9).

5. En el Nuevo Testamento el poder purificador y vivificante del agua sirve para el rito del bautismo ya con Juan, que en el Jordán administraba el bautismo de penitencia (cf. Jn 1, 33). Pero será Jesús quien presente el agua como símbolo del Espíritu Santo cuando, un día de fiesta, exclame ante la muchedumbre: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí, como dice la Escritura. De su seno correrán ríos de agua viva”. Y el evangelista comenta: “Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39).

Con estas palabras se explica también todo lo que Jesús dice a la samaritana sobre el agua viva, sobre el agua que da él mismo. Esta agua se convierte en el hombre en “fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 10.14).


6. Se trata en todos los casos de expresiones de la verdad revelada por Jesús sobre el Espíritu Santo, del que “el agua viva” es símbolo, y que en el sacramento del bautismo se traducirá en la realidad del nacimiento por el Espíritu Santo. Aquí confluyen también muchos otros pasajes del Antiguo Testamento, como el del agua que Moisés, por orden de Dios, hizo brotar de la roca (cf. Ex 17, 5-7; Sal 77/78, 16), y el de la fuente abierta para la casa de David... para lavar el pecado y la impureza (cf. Za 13, 1; 14, 8); mientras la coronación de todos estos textos se encontrará en las palabras del Apocalipsis sobre el río de agua viva, límpida como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza de la ciudad, a una y otra margen del río, hay árboles de vida... Sus hojas sirven de medicina para los gentiles...(Ap 22, 1-2). Según los exegetas, las aguas vivas y vivificantes simbolizan al Espíritu, como el mismo Juan repite varias veces en su evangelio (cf. Jn 4, 10-14; 7, 37-38). En esta visión del Apocalipsis se entrevé la misma Trinidad. También es significativo el hecho de que llame medicina para los gentiles las hojas del árbol, alimentado por el agua viva y saludable del Espíritu.

Si el pueblo de Dios “bebe esta agua espiritual”, según san Pablo, es como Israel en el desierto, que “bebían de la roca... y la roca era Cristo” (1 Co 10, 1-4). De su costado atravesado en la cruz “salió sangre y agua” (Jn 19, 34), como signo de la finalidad redentora de su muerte, sufrida por la salvación del mundo. Fruto de esta muerte redentora es el don del Espíritu Santo, concedido por él en abundancia a su Iglesia.

Verdaderamente “fuentes de agua viva salen del interior” del misterio pascual de Cristo, llegando a ser, en las almas de los hombres, como don del Espíritu Santo “fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 14). Este don proviene de un Dador bien perceptible en las palabras de Cristo y de sus Apóstoles: la Tercera Persona de la Trinidad.

 

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En el dolor, con humildad, recato y veneración, se hace penitencia.

 

¿Y no es tal vez la más humana y delicada atención a la libertad –muchas veces herida por el pecado- la que la Iglesia nos ofrece invitándonos a la reconciliación con Dios y con los hermanos en el sacramento de la Penitencia? Cuando, más tarde el hombre es herido en la propia carne por la inevitable prueba de la enfermedad, la Unción de los enfermos expresa la cercanía especial de Jesús que tanto ha padecido y ha muerto y resucitado por nosotros. Una cercanía del todo especial, siempre que esté acompañada por la regular posibilidad ofrecida a los enfermos para recibir la Comunión y, cuando es necesario, el Santo Viático. Esto es para que nosotros podamos sanar rápidamente y, en todo caso, no perdamos la esperanza de resucitar con Él y así reencontrarlo y reencontrarnos en nuestro verdadero cuerpo. Otros, no por sus méritos sino por iniciativa del Espíritu de Jesús, son llamados al servicio del pueblo de Dios como ministros ordenados (sacramento del Orden).
De esta manera la vida litúrgica de nuestras comunidades no hace otra cosa que testimoniar cómo en el concreto desenvolverse de la humana existencia –nacimiento, relaciones, amor, dolor, muerte, vida después de la muerte – Jesús se hace presente a todos los hombres cada día, en cada situación

 

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LA IGLESIA, SACRAMENTO DE JESUCRISTO

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

 

TEOLOGÍA MORAL

 SUMARIO 

I. Hacia el redescubrimiento del significado del sacramento de la unción: 
1. Algunas razones de la indiferencia hacia el sacramento: 
    a) Concepción del sacramento como unción de los moribundos, 
    b) Alejamiento de la idea de la muerte, 
    c) Hospitalización y medicalización; 
2. La enfermedad como condición critica de la existencia humana; 
3. El gesto de la proximidad de Dios y de la solidaridad eclesial. 

II. Referencias al desarrollo histórico del sacramento: 
1. Fundamento bíblico; 
2. El desarrollo de la tradición; 
3. Concilio Vat. II y posconcilio: 
    a) Las implicaciones de la preferencia terminológica del Vat. II, 
    b) El esclarecimiento posconciliar. 

III. Dificultades y perspectivas permanentes: 
1. Resistencias perdurantes; 
2. La urgente tarea de la catequesis; 
3. Carácter dialogal y eclesial de la unción de los enfermos.

 

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I. Hacia el redescubrimiento del significado del sacramento de la unción

 

En nuestro siglo la práctica del sacramento de la unción de los enfermos (UE) ha caído en una crisis tan profunda que resulta urgente la instancia de una reforma incisiva. La crisis, preparada por una concepción secular y poco atractiva del sacramento como veredicto de muerte, se ha ido agravando cada vez más en nuestros días bajo el influjo de una mentalidad secular. El peligro de un rechazo sustancial del sacramento provocado por ese contexto general ha colocado a la Iglesia ante la tarea improrrogable de esclarecer teológicamente su auténtico significado y valor existencial.

 

1. ALGUNAS RAZONES DE LA INDIFERENCIA HACIA EL SACRAMENTO. La actual indiferencia hacia la UE es consecuencia sobre todo de dos factores convergentes, uno histórico y otro cultural.

a) Concepción del sacramento como unción de los moribundos. La herencia histórica más pesada a nivel de praxis se remonta al medioevo. Esa tradición nos ha transmitido una concepción del sacramento que configuraba la sagrada unción como preparación inmediata a la muerte; por eso se la denominaba coherentemente extremaunción o unción de los moribundos. Esa praxis tiene un antecedente histórico en los siglos vi-vil, cuando se impuso el uso de diferir la reconciliación para el final de la vida. Con ello la extremaunción comenzó a adquirir un significado preferentemente penitencial, según se desprende claramente de la antigua fórmula del ritual romano: "Por esta sagrada unción y por su bondadosa misericordia te perdone el Señor todos los pecados que has cometido". Semejante costumbre favoreció también el proceso de privatización de la UE. Con ello, aunque siempre se permitió su iteración, de hecho la unción se confería una sola vez, normalmente durante la agonía, y en el plano del lenguaje social equivalía a un veredicto de muerte inminente. Esa práctica se prolongó hasta el Vat. 11, y aún no ha desaparecido del todo. Concebida exclusivamente como acto que sanciona la despedida de la vida, la UE presenta de todas formas un rostro poco atractivo y testimonia la permanencia de una comprensión errónea del significado del sacramento.

b) Alejamiento de la idea de la muerte. En Occidente el problema de la práctica de la UE se agrava con el fenómeno socio-cultural -influjo al que están sometidos también.los creyentes- del alejamiento de la idea de la muerte; alejamiento causado por los resultados de la exasperada secularización en las sociedades del bienestar, en las cuales la felicidad terrena se contempla con insistencia cada vez mayor como el único imperativo de la existencia humana. Por consiguiente, el hombre contemporáneo, orientado a encerrar el significado de la existencia en el espacio y tiempo presente, se siente profundamente turbado ante el pensamiento de la muerte y de cuanto hace referencia a ella.

Dentro de este contexto cultural, el sentido de la sagrada unción tiende a invertirse en su contrario: la UE se trueca de celebración de la esperanza que supera la muerte y momento de alivio en el sufrimiento en acontecimiento que genera tal carga de angustia que suscita el rechazo tanto en el enfermo como en quienes se ven implicados por razones de parentesco o de asistencia. Esa reacción emotiva agrava ulteriormente lo que la instrucción introductoria al nuevo Ritual de la UE (1972) define como "ceder al riesgo" (Praenot. 13) de diferir lo más posible la visita del sacerdote, el cual, en consecuencia, llega normalmente cuando el enfermo no puede ya darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor.

Por eso es más fácil comprender que semejante contexto cultural contribuye más a consolidar la actitud de frialdad respecto a la UE, interpretada como declaración de una muerte segura, ofuscando con ello la percepción de su genuino significado teológico y pastoral.

c) Hospitalización y medicalización. El fenómeno moderno de la hospitalización de los enfermos [l Salud, enfermedad y muerte] ha planteado nuevos problemas y dificultades a la pastoral de los enfermos, que no existían cuando la enfermedad se vivía normalmente en familia. Hoy, por motivos de eficacia terapéutica, los ambientes en que a menudo se vive la enfermedad, a veces hasta la muerte, son el hospital o la clínica. Esos ambientes se han ido configurando como lugar en el que domina cada vez más la burocracia y la tecnología médica sofisticada, mientras que falta la atención a otras necesidades y exigencias, como las de orden religioso.

Sin embargo, no se trata sólo de problemas de dislocación logística; a ellos se añaden las dificultades de carácter cultural, En realidad, en nuestros días la medicina, debido a su rápido progreso científico-tecnológico y a los resultados conseguidos, ha provocado en amplios estratos de la población una confianza a veces exorbitante en sus posibilidades de curación. Esta imagen casi milagrosa de la medicina suscita la tendencia a buscar en el ámbito médico la solución a problemas y dificultades de otro orden. Esa indebida medicalización de la existencia humana ha despertado serias perplejidades y posiciones críticas. En lo que atañe a nuestro tema, el proceso de medicalización, al tender a marginar la consideración de la dimensión religiosa de la existencia humana y de las necesidades relativas, agrava la frialdad hacia la práctica de la UE.

 

 

2. LA ENFERMEDAD COMO CONDICIÓN CRÍTICA DE LA EXISTENCIA HUMANA. La actitud de confianza en la medicina no impide, sin embargo, que la enfermedad de una cierta gravedad someta a la persona a la experiencia de la radical pobreza de su ser de criatura. Aunque no esté vinculada a un pronóstico de muerte, es un anuncio previo de ella; y en los casos en que los tratamientos médicos son prolongados y llevan la dependencia de instrumentos mecánicos, el sentido de precariedad y fragilidad se experimenta más aún. En estos casos la enfermedad se presenta como una fuerza disgregadora que amenaza la integridad y la misma existencia de la persona. Sobre ese fondo se asoman y alternan sentimientos de extravío, de desconfianza, de angustia, reacciones de rechazo y de rebeldía, junto con fases de depresión y de aceptación. Los psicólogos describen otras posibles actitudes de carácter involutivo o regresivo, que denotan el estado de crisis en que se encuentra el enfermo.

La enfermedad grave constituye ciertamente un momento delicado, y a veces dramático, de la existencia humana; engendra en la persona, de manera más o menos consciente, la percepción de una indigencia humanamente insuperable. Esa condición crítica podría transformarse en una grave tentación de desconfianza, que el creyente está llamado a superar con una renovada decisión de fe y confiando en la certeza de la esperanza. En el aspecto teológico, es justamente el estado de crisis peligrosa lo que legitima la existencia del sacramento de la UE, cuyo don peculiar de gracia ayuda al enfermo a trocar en lugar de salvación la condición crítica de la enfermedad.

 

3. EL GESTO DE LA PROXIMIDAD DE DIOS Y DE LA SOLIDARIDAD ECLESIAL. La crisis existencial que se origina dentro de una enfermedad arriesgada es uno de esos momentos en que el enfermo siente más intensamente la necesidad de comprensión solidaria. La UE es el momento culminante de la respuesta de Cristo y de la Iglesia a esa necesidad. El NT atestigua con marcada evidencia la atenta solicitud de Jesús por los enfermos. Los Hechos de los Apóstoles resumen este aspecto relevante de la vida de Jesús de manera incisiva: "Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio" (10,38). Marcos subraya la resonancia popular de las solícitas curaciones realizadas por Jesús: "Adonde entraba, aldeas, ciudades o caseríos, ponían a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejase tocar al menos la orla de su manto, y todos los que lo tocaban quedaban curados" (6,56). El mismo Marcos presenta la: curación de los enfermos como una de las funciones esenciales que deben acompañar a la obra de evangelización, confiada por Jesús a los apóstoles: "Pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán" (16,18).

La Iglesia ha aprendido justamente de Jesús la solícita atención al cuidado de los enfermos y la prolonga en el tiempo, expresándola de múltiples formas. Su cometido esencial es ayudar al enfermo a transformar la experiencia crítica de la enfermedad en un acontecimiento de salvación, sosteniéndole en la actitud de fidelidad al Padre. Ante el poder devastador de la muerte, que se asoma en el horizonte de toda grave enfermedad, la Iglesia le ofrece al enfermo la posibilidad de experimentar el poder victorioso de la gracia de Cristo concedida a través del sacramento y de la concreta solidaridad de los hermanos en la fe. El texto de la carta de Santiago expresa claramente esta doble presencia de solidaridad junto al enfermo: la del Señor, que con su gracia lo "salva" y le "alivia", y la de la Iglesia, que ora "por él" después de ungirle los ancianos con el óleo en el nombre del Señor (cf 5,14-15).

 

  

II. Referencias al desarrollo histórico del sacramento

 

La UE ha experimentado cambios a lo largo de los siglos. Señalemos sólo algunos momentos salientes, deteniéndonos principalmente en la aportación del Vat. II y del posconcilio.

 

1. FUNDAMENTO BÍBLICO. Para el contexto bíblico general, además de lo ya- dicho respecto a la atenta solicitud de Jesús hacia los enfermos, hay que señalar el texto de Marcos (6,7-13), en el que Jesús confía a los apóstoles la misión de evangelizar. La perícopa se cierra con una observación del evangelista sobre la acción de los apóstoles, que, según el concilio de Trento (DS 1695), "anuncia" el sacramento de la unción: "Ellos se fueron a predicar que se convirtieran; echaban muchos demonios, .ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6,12-13). El texto fundamental, en el que el mismo concilio ve la promulgación del sacramento (DS 1695), es el de la carta de Santiago: "¿Está alguno enfermo? Que llame a los presbíteros de la Iglesia para que recen por él y lo unjan con aceite en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo, y el Señor lo restablecerá y le serán perdonados los pecados que haya cometido" (5,14-15).

Según la interpretación común, el texto de Santiago testimonia una práctica consolidada de la solicitud de la Iglesia apostólica hacia los enfermos. Luego, a partir de la cita de ese texto en relación con la UE hecha por el papa Inocencio I en la carta del 19 de marzo del 416 a Decencio, obispo de Gubbio, las palabras de Santiago se convirtieron en punto de referencia constante para afirmar que la unción con aceite acompañada de la oración sobre los enfermos y por los enfermos constituye un sacramento especial de la Iglesia relacionado con la situación de enfermedad.

En resumen, puede decirse que en armonía con el ejemplo y las palabras de Jesús, y en particular con el precioso testimonio de la carta de Santiago, interpretada por la tradición viva, la conciencia de la Iglesia evolucionó muy pronto hacia la afirmación de que la UE constituye uno de los siete sacramentos de la salvación queridos por Cristo, y como tal fue definido por el concilio de Trento (DS 1696).

 

2. EL DESARROLLO DE LA TRADICIÓN. En Occidente la evolución histórica de la práctica y de la concepción de la UE presenta cambios notables en orden al efecto específico, al destinatario y al ministro.

Los testimonios de los primeros tiempos de la Iglesia son pocos. En la oración de bendición del aceite de la Tradición apostólica de Hipólito (principios del s. III) se pide fuerza y salud para los que lo usan. En la carta de Inocencio I a Decencio está claramente atestiguada la sacramentalidad de la unción; en ella el papa prohíbe la unción de los penitentes públicos, porque a ellos se les negaban también los demás sacramentos, antes de su reconciliación con la Iglesia. De la misma carta se desprende además que pueden ungir con óleo bendito los obispos, los sacerdotes y los fieles.

De las varias fórmulas citadas por los sacramentarios de los siglos vvilt, así como de los escritos dejados por Cesáreo de Arlés (470/ 1542), por Beda el Venerable (672-735) y por otros testimonios, podemos deducir algunos elementos importantes, que sustancialmente caracterizan a ese largo período hasta la reforma carolingia: el aceite consagrado por el obispo recibe del Espíritu las virtudes de curar; es aplicado a los enfermos no sólo por los presbíteros, sino también por los laicos; los destinatarios son los enfermos, no los moribundos; la curación corporal es el efecto principalmente invocado. Los fieles llevan a casa el aceite bendito y se ungen a sí mismos y también a sus familiares.

A finales del siglo viii, con la reforma carolingia, tiene lugar un cambio. El ministro del sacramento es sólo el sacerdote, que lo administra al enfermo ante la inminencia de la muerte junto y después de los sacramentos de la penitencia y del viático. El principal efecto de la sagrada unción es la purificación del alma. Así la unción adquiere un carácter casi exclusivamente penitencial y escatológico.

En los siglos sucesivos la configuración penitencial de extremaunción se consolida. Los teólogos de la escolástica, mientras que por una parte esclarecen los elementos constitutivos del sacramento de la unción, por otra prevén como condición para la administración que el destinatario esté en peligro de muerte, confirmando así la praxis vigente de extremaunción. Esto vale para Pedro Lombardo (1095-1160), para Buenaventura (1217 J 18-1274), para Tomás de Aquino (1225-1274) y, generalmente, para todos los demás. G. Duns Scoto (1265-1308) exaspera ulteriormente el aspecto escatológico de preparación a la gloria, reservando la unción para el agonizante, justamente porque éste no está ya en condiciones de poder pecar y de poner en peligro el bien de la vida eterna. El concilio de Trento, en la sesión XIV, de noviembre de 1551, no acepta el texto preparatorio, según el cual los destinatarios del sacramento son exclusivamente (dumtaxat) los moribundos. Esa reacción a la concepción común del tiempo es muy importante para la apertura a la interpretación de la sagrada unción como sacramento de los enfermos y no de los moribundos.

El aspecto específico del sacramento es visto en la fuerza física y en el robustecimiento espiritual conWa los asaltos de las tentaciones, mientras que el perdón de los pecados y la curación corporal son considerados como efectos eventuales y condicionados (DS 1696). Sin embargo, el concilio afirma también que la unción es administrada especialmente (praesertim) a los enfermos en peligro de muerte, "por lo que se llama también sacramento de los moribundos" (sacramentum exeuntium, DS 1698). A pesar de la atenuación expresada con el "también", de hecho el concilio confirma la práctica vigente de "extremaunción", adoptando también la misma terminología. Ministro del sacramento es sólo el sacerdote. Tal concepción se prolonga hasta el Vat. II, mientras que estudios e investigaciones precedentes llevan a su madurez nuevos fermentos para una aclaración doctrinal más profunda y para la reforma litúrgico-pastoral de la UE.

 

 

3. CONCILIO VAT. II Y POSCONCILIO. En el contexto de la gran reformaJitúrgica contemplada en la constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium (4 de diciembre de 1963) el Vat. II, instado por instancias maduradas ya antes del concilio, inició un proceso de aclaración que encontrará un desarrollo adecuado en el período posconciliar, bajo el pontificado de Pablo VI.

a) Las implicaciones de la preferencia terminológica del Vat. 11. En la base de las aclaraciones que tienen su origen en el Vat. II está la indicación del destinatario del sacramento. La importancia decisiva del establecimiento del destinatario radica en el hecho de que de ella se deriva la comprensión misma del significado específico del sacramento. ¿A quién está destinada la sacra unción? ¿Sólo a los moribundos, como ocurría de hecho en la tradición, o preferentemente (praesertim) a ellos, como quería el concilio de Trento, o bien más propiamente a los enfermos de una cierta gravedad? Puede decirse que en el concilio prevalece esta última orientación, pero no se afirmó con la resolución formulada en el texto preparatorio. El concilio aprueba la siguiente formulación, que es fundamental para la evolución sucesiva: "La `extremaunción´, que también, y mejor, puede llamarse `unción de enfermos´, no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez" (SC 73). El texto es ambiguo, como fruto de un compromiso que tiende a conciliar dos tendencias diversas: la de quienes consideran la sagrada unción como sacramento de los moribundos y la de quienes la consideran como sacramento de los enfermos, sin la condición de la amenaza de la muerte. Sin embargo, el texto, aun dentro de su ambigüedad, abre de hecho el camino a una mejor comprensión de la naturaleza específica del sacramento. En este sentido es altamente significativa la preferencia ("mejor´ expresada por el mismo concilio por la denominación de "unción de los enfermos", considerando no apropiada la tradicional de "extremaunción", que había ligado en la práctica el sacramento con el estado de agonía. El concilio no usará ya como terminología propia la expresión "extremaunción"; y ya en los números 74 y 75, dedicados también a los principios de revisión del sacramento, la misma constitución emplea exclusivamente la denominación "unción de los enfermos". Esta preferencia marca el comienzo de una renovada reflexión sobre la teología de la UE, si bien la ambigüedad del texto sólo será superada en los documentos y en la reflexión teológica del posconcilio. Ya la constitución dogmática Lumen gentium habla sólo de "enfermos" (aegrotantes), sin determinar más las condiciones del destinatario del sacramento (LG 11). Más significativamente, el decreto sobre las Iglesias orientales Orientalium ecclesiarum (21 de noviembre de 1964) reconoce la praxis de las Iglesias orientales separadas, que confieren la unción también a quien cae enfermo sin peligro, y permite disfrutar de ese ministerio también a los fieles católicos "siempre que lo aconseje la necesidad o un verdadero provecho espiritual y sea física o moralmente imposible acudir a un sacerdote católico" (OE 27).

En realidad, los estudios y las investigaciones preconciliares habían mostrado lo insostenible de la concepción de la sagrada unción como sacramento de los moribundos (sacramentum exeuntium),- por eso bajo la cuestión del cambio de la terminología está sobrentendido el verdadero problema de la recuperación del sacramento de la unción en su significado pleno y específico de fortalecimiento espiritual y de consuelo operados por la gracia en la situación crítica de la enfermedad.

La misma constitución sobre la liturgia contribuye a la recuperación de la identidad específica de la UE como sacramento de los enfermos al afirmar que, en caso de "rito continuado", "la unción se confiera al enfermo (aegroto) después de la confesión y antes del viático"(SC 74). Esta determinación de la sucesión cronológica tiene un sentido doctrinal. Implícitamente afirma, por una parte, que el efecto especial y propio de la UE no consiste en el eventual perdón de los pecados y, por otra, que el sacramento "extremo" es la eucaristía conferida en forma de viático.

En conclusión se puede afirmar que, a pesar de incertidumbres y ambigüedades, ya los textos conciliares ofrecen elementos reales para identificar la UE como el sacramento de los enfermos; de ese modo se contempla la posibilidad de una ampliación de la gama de destinatarios. El desarrollo de la reflexión posconciliar centrará cada vez más la atención en el hecho de que la UE confiere la gracia de estado para vivir cristianamente la condición crítica de la enfermedad.

b) El esclarecimiento posconciliar. Intérprete atento de las nuevas instancias de la Iglesia del Vat. II es el papa Pablo VI, que el 30 de noviembre de 1972 publica la constitución apostólica Sacram unctionem infirmorum. En ella Pablo VI establece como destinatarios de la UE a "los enfermos en grave peligro" (infirmis periculose aegrotantibus) (Praenotanda 8). Se evita, y no al azar, la expresión "peligro de muerte", y se afirma explícitamente que se puede repetir el sacramento si, después de restablecido, el enfermo, "en el curso de la enfermedad, llegara la situación a ser crítica" (Praenotanda 9).

Coherentemente con la perspectiva de que la UE no es el sacramento de los moribundos, el papa modifica "con autoridad apostólica" la fórmula sacramental del modo siguiente: "Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad (allevet)" (Ritual, p. 9). Nótese, como recuerda la misma constitución, que la fórmula sacramental usada hasta 1974 indicaba como efecto específico el perdón de "todos los pecados que has cometido"; es decir, el sacramento se confería en función específicamente penitencial. En cambio, la nueva fórmula indica el efecto propio del sacramento en un acontecimiento de salvacióx, que afecta a la persona y sostiene, en cuanto totalidad corpóreo-espiritual: "te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad (allevet)". La reflexión teológica ha aclarado al mismo tiempo que el efecto penitencial y la dimensión escatológica no se excluyen, sino que se consiguen en cuanto están relacionados con el efecto directa y específicamente buscado por el acontecimiento sacramental. De modo que la administración de la UE libra también del pecado eventual, porque no sería compatible con la gracia de la UE, que busca robustecer al enfermo en la lucha contra las dificultades derivadas de la situación de la enfermedad. Igualmente se puede decir que la UE prepara también a la muerte y a la bienaventuranza, pero sólo por el hecho de que la gracia sacramental sostiene al enfermo en la fidelidad amorosa a la voluntad del Padre incluso si la muerte hubiese de ser el término inevitable de la enfermedad.

Este razonamiento sobre el destinatario y sobre el efecto específico de la UE es aclarado ulteriormente en la instrucción introductoria (= Praenotanda) al nuevo Ritual de la unción de los enfermos y de la pastoral, publicado por decreto de la Congregación para el culto divino el 7 de diciembre de 1982 y ya aprobado "con autoridad apostólica" por Pablo VI en la constitución antes mencionada. En los Praenotanda se afirma que los destinatarios de la UE son "los fieles que, por enfermedad o avanzada edad, vean en grave peligro su vida" (Praen. 8). Los Praenotanda intentan tranquilizar a los interesados acerca del juicio sobre la gravedad de la enfermedad: "Para juzgar de la gravedad de la enfermedad, basta con tener un dictamen prudente y probable de la misma, sin ninguna clase de angustia" (ib). Ciertamente no se conferirá la UE por un malestar pasajero y banal; pero el hecho de que baste un juicio "prudente, sin ninguna clase de angustia" para valorarla gravedad del mal, indica que la nueva orientación cambia profundamente la praxis de la extremaunción. Es fácil comprender que en esta perspectiva se puede conferir la UE a los ancianos "aun cuando no padezcan una enfermedad grave" (Praen. 11): su acentuada debilidad física, debida sencillamente a la condición senil, es ya motivo suficiente para ofrecer el sostén del sacramento. Además, basándose en una concepción antropológica integral, y no dicotómica, la instrucción afirma la globalidad de eficacia de la que es portadora la gracia de la unción: "El hombre entero es ayudado en su salud, confortado por la confianza en Dios y robustecido contra las tentaciones del enemigo y la angustia de la muerte, de tal modo que pueda no sólo soportar sus males con fortaleza, sino también luchar contra ellos, e incluso conseguir la salud..." (Praen. 6). Consiguientemente, se deplora, según ya se ha indicado, que se ceda "al riesgo de retrasar indebidamente el sacramento" (Praen. 13). De semejantes afirmaciones se desprende con claridad que el efecto específico de la gracia sacramental de la UE no dice relación inmediata con la muerte ni con la curación física, sino que consiste en ayudar a vivir de modo positivo y salvífico la situación de enfermedad. Éste es el efecto que se obtiene de modo cierto recibiendo el sacramento con fe; los otros efectos son eventuales y condicionados.

Se puede concluir que los documentos posconciliares presentan la UE como sacramento de vida y de esperanza, y no ya como veredicto de muerte; en este sentido, se puede hablar de una evolución positiva de la concepción de la UE, que corrige profundamente el cambio producido por la reforma carolingia.

 

  

III. Dificultades y perspectivas permanentes

  

En el aspecto doctrinal y pastoral, el concilio y el posconcilio han abierto ciertamente perspectivas de mayor autenticidad para la práctica de la UE. Sin embargo, prescindiendo de algunas iniciativas locales u ocasionales, en un plano general ni el aprecio ni la práctica han registrado progresos de relieve que permitan pensar en una asimilación efectiva del genuino significado de la UE.

 

1. RESISTENCIAS PERDURANTES. Ni la visión doctrinal ni la reforma litúrgico-pastoral han informado aún la conciencia de los fieles; y, por consiguiente, no se ha obtenido la tan deseada valorización de la UE. Se observa, con preocupación, la perdurante indiferencia que rodea al sacramento o la continuación de una práctica poco conforme con la evolución y las directrices posconciliares.

Las razones que hemos aducido como causa de la falta de inteligencia y origen de la indiferencia hacia el sacramento de la UE, subsisten como dificultades aún no superadas. La mentalidad arraigada de que la unción es solamente el sacramento del paso fatal es una de las más graves resistencias a las instancias de renovación. Sigue siendo aún la concepción imperante a nivel popular. La UE sigue siendo un rito privado que se celebra generalmente con quien está ya privado de lucidez y que se resuelve casi siempre en un gesto fugaz, a manera de presagio de muerte, cometido ingrato del sacerdote y de algún pariente.

La mentalidad tradicional ha encontrado un poderoso aliado en la actual cultura secular, que veta los temas de la enfermedad y de la muerte y, mientras exige eficiencia y eficacia en el aspecto médico, no toma suficientemente en cuenta los valores religiosos y su función humanizadora.

 

2. LA URGENTE TAREA DE LA CATEQUESIS. Puesto que la dificultad consiste sobre todo en una concepción mental, consolidada por la actitud cultural secularizada, hay urgente necesidad de una evangelización y de una catequesis asidua y exigente, que lleve a los fieles a redescubrir el significado y la importancia de este sacramento. La Congregación para el culto divino en la instrucción introductoria al nuevo Ritual de la UE insiste oportunamente en la función formadora de la catequesis. El futuro de una práctica convencida y fructuosa de la UE se presenta ligado principalmente, además de al contexto vital de la fe de la comunidad, a una catequesis .incisiva y sistemática impartida a los fieles en todas las fases previstas por los proyectos de formación religiosa, a partir de los niños hasta los adultos. Ha de tener como finalidad recuperar la imagen positiva de la UE, a saber: su valor existencial.

Podría preguntarse si hasta ahora se ha llevado a cabo esta obra tan importante; si presbíteros y responsables de la catequesis se han enterado, ellos los primeros, de la renovación conciliar y posconciliar a propósito de la UE. No hay datos, pero no son muchos al respecto. No obstante hay que convencerse de que el tiempo por sí solo no basta para desmantelar la inveterada mentalidad tradicional y suscitar una nueva. Por eso se comprende la insistente llamada a la catequesis por parte del magisterio. Ese trabajo de formación habrá cumplido su importante cometido cuando los fieles hayan logrado apreciar la índole dialogal y comunitaria de la UE en cuanto encuentro sacramental con Cristo en la comunidad. Estas dos dimensiones se contraponen precisamente a los dos obstáculos principales, a sabes: la praxis de extremaunción y la privatización del sacramento.

 

 

3. CARÁCTER DIALOGAL Y ECLESIAL DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS. La índole dialogal y personal y la dimensión eclesial de la UE son los dos aspectos que expresan más concretamente el significado de encuentro del enfermo con Cristo y el compromiso que se deriva para la comunidad eclesial respecto a sus miembros enfermos.

La situación crítica personal del enfermo aclara y vincula a la vez el carácter dialogal y eclesial d$ la UE, Esta situación explica la peculiar exigencia del encuentro sacramental con Cristo y la necesaria solidaridad mediante la oración y el servicio caritativo por parte de la comunidad.

a) La índole dialogal de la UE nos recuerda ante todo que el protagonista humano del acontecimiento sacramental es el enfermo. Con su libertad, necesitada de la ayuda divina, está llam do a renovar su decisión de fidelidad ~voluntad del Padre y a aceptar su as milación al misterio de Cristo. Esa cooperación activa del enfermo constituye una condición importantísima en orden a la consecución de los efectos del sacramento como el robustecimiento en la esperanza, la actitud de confianza, el alivio psico-físico, el estímulo a luchar... Semejante reacción positiva no se puede ciertamente verificar en el agonizante. Por eso la catequesis ha de hacer madurar la conciencia de los fieles en función de una participación informada en la celebración del sacramento: "En la catequesis, lo mismo pública que familiar, cuídese de educar a los fieles para que ellos mismos pidan la unción y, apenas llegue el momento, la reciban con fe y devoción grande" (EnchVat 4,1872).

- Según las actuales óriéntaciones teológicas y pastorales, la administración a los moribundos de la IJE debería constituir sólo una rara eventualidad; por desgracia, en la práctica sigue siendo aún lo normal. Por eso es preciso apropiarse de la exhortación de Santiago, la cual prevé que sea el enfermo el que llame a los presbíteros. Esa praxis- sería un signo de madurez cristiana y de superación de la mentalidad tradicional.

b) Dimensión eclesial. Si la índole dialogal de la UE solicita la atención sobre el estado de participación consciente del sujeto enfermo, la índole eclesial del sacramento plantea exigencias tanto al enfermo como a la comunidad. Del enfermo exige que viva su prueba también en beneficio de la Iglesia y del mundo, uniendo sus sufrimientos a los de Cristo con amor fiel y generoso a la voluntad del Padre, que quiere la salvación de todos los hombres. El enfermo se coloca casi en la lógica y en el dinamismo salvífico del misterio pascual.

El sentido eclesial de la UE le plantea ala comunidad exigencias no menos graves. En primer lugar recuerda la responsabilidad que pesa sobre la comunidad, sobre todo local, respecto a los hermanos enfermos. En efecto, según la voluntad del Señor, la solicitud para con los enfermos no puede separarse de la misión de testimoniar y evangelizar la salvación del reino ya presente. El significado eclesial de la UE supone, por tanto, un servicio pastoral solicito al mundo de los enfermos; en cuyo contexto la celebración del sacramento constituye el momento central, no final, de la solicitud de la Iglesia. Este compromiso es hoy más importante, ya que está ordenado a superar la condición de marginación y de soledad en que los enfermos se ven frecuentemente arrojados por la sociedad del bienestar y de la eficiencia, provocando lo que puede llamarse una nueva pobreza de los países ricos. En cualquier caso, la adhesión sincera al sentido de eclesialidad que ha de inculcar la catequesis metódica no puede resolverse en la simple participación en la celebración, más o menos solemne y episódica, del sacramento; exige más bien de la comunidad un complejo de gestos de servicio que preparen y sigan el acontecimiento de la, administración de la sagrada unción.

Una implicación comunitaria de este género podría con él tiempo liberar a la UE del estado de privatización y devolverle el significado de sacramento para la vida y para la victoria sobre la enfermedad, en el sentido más amplio del término, que es el suyo propio y originario.


[l Sacramentos; l Salud, enfermedad, muerte].

BIBL.: ALSZ6GHY Z., Unción de los enfermos, en Nuevo diccionario de teología II, Cristiandad, Madrid 1982, 1956-1966; BARAUDY R., Le sacrament des malades, en "NRT" 96 (2974) 600-634 BETZ J., Unción de enfermos, en Conceptos fundamentales de teología II, Cristiandad, Madrid 19792, 786-792; COLOMso G., Unción de enfermos, en Nuevo diccionario de liturgia, Paulinas 19892, 2014-2029; CRESPY G. Maladie et guérison dans le NT, en "LumVie" 86 (1968) 45-69; DAVAIVZO G., Unción de enfermos, en.DETM, Paulinas, Madrid 19865, 1146-1153; FAMOSO S., Il nuovo Ordo della unzione degli infermi, en "RPastLit" 10 (1973) 3-I5; FEINEa J., Enfermedad y sacramento de la unción, en Mysterium Salutis V, Cristiandad, Madrid 1984, 467-523; In, Unción de enfermos, en SM, VI, 1976, 769; KNAUHER A., Teología pastorale dell únzione degli injermi, en K. RAHNEa (dirigido por), Matrimonio, Penitenza, Unzione, Roma-Brescia 1971, 197-241; LARRABE J.L., La Iglesia y el sacramento de la unción de los enfermos, Sígueme, Salamanca 1974; MAGRASSI M., L únzione degli injermi. Per un rito nuovo, una teología e una pastorale rinnovate, La Scala, Noci 1974; TRIACCw A.M., La Chiesa e i malati: fedeltá a Cristo e adattamento alíe nuove situazioni, en "RLitg" 61 (1974) 490-506; In, Gli efjetti dellúnzione degli infermi. II contributo del nuovo OUl ad un problema di teología sacramentaría, en "Sin" 38 (1976) 3-41.

G. R. Cambareri

 

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UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

 

El sacramento de la unción de los enfermos (llamado anteriormente « extrema unción») es el signo sacramental de la gracia del Señor para los enfermos y los ancianos.

El comportamiento de Jesús con los enfermos se caracterizó por una solicitud activa, que se manifestó en varias intervenciones milagrosas, signo de una salvación definitiva y trascendente, en la que también la enfermedad, lo mismo que el pecado y la muerte, encuentra su abolición completa.

Esta misma solicitud caracteriza el comportamiento de la primitiva Iglesia. Jesús envió a sus discípulos de dos en dos a predicar el Evangelio del Reino, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. «Ellos marcharon y predicaban la conversión. Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,13-14). Así pues, Jesús quiso comprometer a los apóstoles en su misma obra: la alegre nueva de la salvación, la invitación a la conversión para acoger el Reino de Dios, la curación de los enfermos y de los endemoniados como signo profético de la llegada del Mesías. Y que esto comprometía igualmente a los apóstoles para el futuro nos lo revela la conclusión del evangelio de Marcos, donde el anuncio a todo el mundo iba asociado de nuevo al cuidado y a la curación de los enfermos (Mc 16,15-18).

En el texto de Mc 6,13 hay que advertir el detalle de la unción con aceite.

El cuidado de los enfermos, por parte de los apóstoles, tenía que encerrar el mismo significado que el cuidado que tuvo de ellos Jesús: y el consuelo físico era una invitación a la salvación total traída por Jesús, un signo y una prenda de la misma. En este contexto, la unción con aceite asumía el significado de un gesto profético. El uso de la unción (signo de abundancia, de gozo, de honor) estaba muy difundido en 1srael. Servía para perfumar el cuerpo y para robustecer los miembros, dando vigor frescor y salud: se utilizaba para aliviar los dolores y para curar las heridas. El aceite era el símbolo más adecuado para expresar la salvación y la curación de los enfermos.

La carta de Santiago habla de una unción con óleo hecha por los « presbíteros de la Iglesia». Más aún, el concilio de Trento declaró que el texto de Sant 5,14- 15 promulgaba el sacramento de la «extrema unción». En el momento de la enfermedad el apóstol invita a hacer una oración particular, acompañada de acciones especiales y de promesas peculiares: « Si alguno de vosotros cae enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con óleo en nombre del Señor» (Sant 5,14).

Los presbíteros a los que hay que llamar (lo cual parece suponer que se trata de una enfermedad grave) son los jefes de la comunidad eclesial, que intervienen en nombre del Señor. Se les llama «ancianos» por su analogía con los ancianos de las sinagogas judías. Tienen que orar sobre el enfermo, lo cual sugiere una imposición de manos junto con la oración. Pero en ello no hay nada mágico: la unción tiene un significado sacramental, y el efecto va unido a la oración en nombre del Señor. Es un remedio para el espíritu y para el cuerpo, para que la enfermedad física no agrave la debilidad humana, llevando al enfermo a la desesperación o la rebelión; en efecto, la oración hecha con fe salvará al enfermo, el Señor le aliviará y se le perdonarán los pecados que haya cometido. La salvación, el alivio y el perdón de los pecados son el meollo de esta afirmación final, en la que se manifiesta la eficacia singular de la oración pronunciada por los presbíteros sobre el enfermo.

Es verdad que, muy pronto, se difundió en la Iglesia la práctica de ungir a los enfermos, a ejemplo de los apóstoles; pero hasta el siglo VIII no se conoce ningún ritual para la administración de la unción de los enfermos. Fue entonces cuando se reservó la aplicación del óleo sagrado a un ministro consagrado, pero no todos están de acuerdo con esta praxis, ya que también estaba vigente la posibilidad de un uso privado del óleo bendecido. Entre tanto se había desarrollado en la Iglesia la praxis penitencial, que preveía una sola penitencia oficial pública sacramental, que muchos dejaban para el momento de la muerte. Esta praxis, muy difundida, afectó también a la unción de los enfermos. El papa Inocencio 1 escribió que no era posible aplicar la unción a los pecadores no reconciliados, ya que estaban privados de los sacramentos. Fue también entonces cuando la práctica de la penitencia "privada" condujo de nuevo a la reconciliación "en vida", dejándose la unción con óleo para los enfermos que estaban ya a punto de morir. Así, a partir del siglo XI, la unción es el "último sacramento", o sea, la "extrema unción", la unción de los moribundos, la unctio exertium.

El concilio Vaticano II ha llamado a este sacramento " unción de los enfermos", recogiendo una denominación antigua, para disipar cualquier duda y orientar en su justo sentido la reflexión y la praxis del mismo. En SC 73 se establece que la unción de los enfermos "no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida; por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano va empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o por vejez" ( Viático).

La unción se hace en la frente y en las manos; es un gesto ritual que evoca el significado global del efecto sacramental, o sea, la recuperación del estado vital primitivo a través de la armonía con Dios y la paz del alma, que tiene cierta repercusión en el cuerpo, como se indica en la fórmula sacramental que se renueva ahora: "Por esta santa unción y su piadosísima misericordia te ayuda el Señor con la gracia del Espíritu Santo..Amen. Y librándote de los pecados te salve en su bondad te alivie. Amen".

R. Gerardi

BibI.: G. Gozzelino, Unción de los enfermos, en DTI, 1V 592-607: G, Flórez. Penitencia , unción de los enfermos, BAC, Madrid 1991; L. de Mendigur, La unción de los enfermos, Studium, Madrid 1965; J L. Larrabe, La unción de los enfermos, Sígueme, Salamanca 1973.

 

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A la condena inicua se añade el ultraje de la flagelación.
Entregado en manos de los hombres, el cuerpo de Jesús es desfigurado.
Aquel cuerpo nacido de la Virgen Maria,
qué hizo de Jesús "el más bello de los hijos de Adán",
qué dispensó
la unción de la Palabra
- "la gracia está derramada en tus labios" (Sal 45, 3)-,
ahora es golpeado cruelmente por el látigo.
El rostro transfigurado en el Tabor es desfigurado en el pretorio:
rostro de quién, insultado, no responde;
de quién, golpeado, perdona;
de quién, hecho esclavo sin nombre,
libera a cuantos sufen la esclavitud.
Jesús camina decididamente por la vía del dolor,
cumpliendo en carne viva, hecha viva voz, la profecía de Isaías:
"Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
la mejilla a los que mesaban mi barba.
No oculté el rostro a insultos y salivazos" (Is 50, 6).
Profecía que se abre a un futuro de transfiguración.

 

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Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

 

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«Cristo es el criterio fundamental de verdad, porque Él es la Verdad. No olvidemos que Cristo dijo esto en un momento central de su vida, en el corazón de la realización del misterio pascual, trámite por el cual el Padre dará al hombre su amor que es el Espíritu Santo.
Cristo, siendo el Señor de la Iglesia –y la Iglesia ofreciendo esta verdad que es Cristo–, permite al hombre adherirse a esta verdad, en la cual se realiza en plenitud la libertad, siendo ésta un sí al amor de Dios. Así, la Iglesia es la instancia por excelencia de la verdadera libertad.»

 

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Pedro, oyendo el llamado de Cristo, deja de faenar en el lago de Galilea

 

Permite, Dios mío, que mis sentidos se dilaten sin fin, en una salutación a Ti, y toquen este mundo a tus pies. Como una nube baja de julio, cargada de chubascos, permite que mi entendimiento se postre a tu puerta, en una salutación a Ti.
Que todas mis canciones unan su acento diverso en una sola corriente, y se derramen en el mar del silencio, en una salutación a Ti. Como una bandada de cigüeñas que vuelan, día y noche, nostálgicas de sus nidos de la montaña, permite, Dios mío, que toda mi vida emprenda su vuelo a su hogar eterno, en una salutación a Ti –

 

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Lo que contamina al hombre - «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

En el pasaje del Evangelizo de este domingo Jesús corta de raíz la tendencia a dar más importancia a los gestos y a los ritos exteriores que a las disposiciones del corazón, el deseo de aparentar que se es -más que de serlo- bueno. En resumen, la hipocresía y el formalismo.

Pero podemos sacar hoy de esta página del Evangelio una enseñanza de orden no sólo individual, sino también social y colectivo. La distorsión que Jesús denunciaba de dar más importancia a la limpieza exterior que a la pureza del corazón se reproduce hoy a escala mundial.
Hay muchísima preocupación por la contaminación exterior y física de la atmósfera, del agua, por el agujero en el ozono; en cambio silencio casi absoluto sobre la contaminación interior y moral. Nos indignamos al ver imágenes de pájaros marinos que salen de aguas contaminadas por manchas de petróleo, cubiertos de alquitrán e incapaces de volar, pero no hacemos lo mismo por nuestros niños, precozmente viciados y apagados a causa del manto de malicia que ya se extiende sobre cada aspecto de la vida.

Que quede bien claro: no se trata de oponer entre sí los dos tipos de contaminación. La lucha contra la contaminación física y el cuidado de la higiene es una señal de progreso y de civilización al que no se puede renunciar a ningún precio. Jesús no dijo, en aquella ocasión, que no había que lavarse las manos o los jarros y todo lo demás; dijo que esto, por sí solo, no basta; no va a la raíz del mal.

Jesús lanza entonces el programa de una ecología del corazón. Tomemos alguna de las cosas «contaminantes» enumeradas por Jesús, la calumnia con el vicio a ella emparentado de decir maldades a costa del prójimo. ¿Queremos hacer de verdad una labor de saneamiento del corazón? Emprendamos un lucha sin cuartel contra nuestra costumbre de descender a los chismes, de hacer críticas, de participar en murmuraciones contra personas ausentes, de lanzar juicios a la ligera. Esto es un veneno dificilísimo de neutralizar, una vez difundido.

Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera adonde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí». «¡Imposible! -exclamó la mujer- Entretanto el viento las ha dispersado en todas direcciones». Es ahí donde quería llegar San Felipe. «Ya ves –le dijo- como es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca». 03.IX.2006

XXI Domingo del tiempo ordinario (B)
Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Santiago 1, 17-18.
21. 27; Marcos7, 1-8. 14-15. 21-23

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).  

 

 

 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Dominus illuminatio mea - "The Lord is my light"
El Señor es mi luz, Salmo 27.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º ‘HISTORIA DE LA IGLESIA ANTIGUAJosé María Magaz Fernández –

Facultad de Teología San Dámaso - Madrid 2007 - 430 páginas

Un manual para tener una idea ordenada de los primeros siglos cristianos, hasta Agustín y la herejía pelagiana.

2º ‘El origen de la vida’ - Título: ‘Origen del hombre’ Ciencia, filosofía y Religión
Autor: Mariano Artigas-Daniel Turbón - Editorial: EUNSA – 2008.
Este libro es el ejemplo de una sencilla y comprensible presentación del estado actual de la investigación  sobre los orígenes de la vida que no esconde, ni mutila, ni cercena, los datos de la realidad objeto de estudio. Es una magnífica síntesis que debe ser tenida en cuenta.

3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 – Como también:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

Grüss Gott. Salve, oh Dios.







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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).