Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Cuando Anaxágoras se preguntaba qué hace preferible existir a no haber nacido, respondía: “contemplar los cielos y el orden total del universo” (Aristóteles, Ética Eudemia I, 5, 1216 a 13-14). Si es propio de sabios ordenar a un fin, también lo es contemplar el orden de lo que ya ha sido ordenado, sobre todo si se trata del orden de todo el universo. De ahí que afirme santo Tomás al inicio de la Summa contra gentiles que “el sentido de sabio en su sentido pleno, se reserva para aquellos que se dedican a considerar el fin del universo, que es el principio de todo cuanto existe” (SCG I, c.1, n.2-3). Tratemos, pues, de aproximarnos entonces a la sabiduría del Doctor Común de la Iglesia para considerar el fin de un universo cuyo orden gustamos contemplar.

 

 

Galileo, Newton y la mayoría de las grandes figuras científicas del pasado no sintieron que les inhibiera la creencia en un Dios creador, apuntaba Lennox. La idea de que la fe es completamente irracional es también falsa. «De hecho, la fe es una respuesta a las evidencias, no un regocijarse en la falta de evidencias», comentaba.

Por ello, Lennox advertía en contra de ver la relación entre ciencia y religión únicamente en términos de conflicto. También observaba que es un error concebir la ciencia como algo filosófica y teológicamente neutral.

La ciencia, continuaba Lennox, no debería considerarse como el único camino para descubrir la verdad, ni como la única capaz de explicar cualquier cosa. Por ejemplo, por qué existe el universo, y por qué las leyes de la física tienen una estructura va más allá de la ciencia.

 

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Paul Poupard, La nuova immagine del mondo. Il dialogo tra scienza e fede dopo Galileo. Casale Monferrato (AL), Piemme, 1996, 163 p.

 

Aparecen ahora en versión italiana las contribuciones más importantes de la obra publicada en francés hace dos años (Après Galilée. Science et foi: nouveau dialogue, París, Desclée de Brouwer, 1994, 265 p.). Es un libro que mira al futuro para abordar los nuevos retos del diálogo ciencia-fe partiendo de la esperanza que da la clarificación del caso Galileo. El 31 de octubre de 1992 el Cardenal Poupard presentaba oficialmente al Papa Juan Pablo II los resultados de la Comisión especial instituida en 1981 para reexaminar el caso Galileo. Esta intervención del Cardenal Poupard da inicio al libro, seguida del discurso del Santo Padre en aquella memorable ocasión, con la cual se cierra, en cierto modo, un capítulo difícil de la historia de la Iglesia. A continuación se ofrecen una serie de artículos. El pensador ortodoxo ruso Sergej Averincev no ve en el caso Galileo una oposición ciencia-fe, sino un conflicto en el seno de la cultura de la época. Peter Hodgson considera que la ciencia moderna hunde raíces profundas en las convicciones cristianas sobre la naturaleza del mundo material (considerado bueno, racional, ordenado, etc.). El P. George V. Coyne, S.J. se detiene en las aportaciones de la teología y de la filosofía a la comprensión científica del universo que nos da la cosmología. Por último, Giuseppe Tanzella Nitti (astrofísico y profesor de teología fundamental en el P. Ateneo de la Santa Cruz) y Jean-Michel Maldamé, O.P. (del Instituto Católico de Toulouse), en la última sección del libro —titulada: «Nuevas perspectivas»— se adentran en las nuevas oportunidades de diálogo entre la ciencia y la fe. 1996

 

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El propio Marín Lutero había acusado a Copérnico de ser un necio que quería «poner completamente del revés el Arte de la Astronomía».

 

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Fue el Cardenal Nicolás de Cusa, matemático y astrónomo

quien se le adelantó en 150 años a Galileo…

 

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P: ¿Por qué la Iglesia crea Universidades, y es ella la primera en hacerlo?

 

R: ¿Es que sabemos qué es una Universidad?. ¿Cuál es su tarea?. El verdadero, íntimo origen de la universidad es el deseo de conocimiento que es propio del ser humano. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere verdad. Y la Iglesia, anunciando a Cristo que es la Verdad, funda la Universidad en plena Edad Media.

¿Acaso no es ya desde el medioevo en que el saber conduce a la Universidad católica?. Ocasión siempre propicia fue a la Iglesia el ahondar y dar a conocer el saber. La Universidad recurre a Roma y Roma a la Universidad. La Universidad debe enseñar una tolerancia equilibrada que sepa distinguir entre oprobio y virtud, entre arreglo justo a la razón y dictadura totalitaria, entre libertad y todo tipo de esclavitud.

 

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P: ¿Es que el saber (Universidad) puede ayudar a la tolerancia?

 

R: El bien es alcanzado por el saber. El saber es un ejercicio para poner en movimiento el discurrir del entendimiento. Haciendo un mal, el hombre nunca podrá alcanzar un bien. Procurar cada día el deseo de mayor conocimiento es propio el camino para perfeccionarse en el bien. Es saber tolerar lo que puede ser tolerado, es intolerar lo que por la razón se indica como impermutable, como insostenible.. Y el saber junto a la humildad, puede lograr sus cimas en una Universidad libre, sana, abierta; ella es cuna para el diálogo respetuoso y razonable, puente para un confronto alto en cantidad y calidad. El caos no pertenece a la Universidad, ella es capaz de poner orden. El conocimiento es un progresivo conseguir lo bueno, lo auténtico; es ir hacia la verdad. Es la melodía del susurro entre fe y razón la que debe oírse en una sala académica; como la fragancia en los jardines junto al gimnasio del héroe Academo, donde enseñaron Platón y otros filósofos.

 

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El cardenal que se adelantó

a Galileo y a Da Vinci 

 

Nicolás de Cusa, como cardenal

 

 

Apasionado de la matemática y consejero de tres papas, Nicolás de Cusa hacía ciencia copernicana 150 años antes que Galileo y Copérnico.

Uno de los tópicos en historia de la ciencia es pensar que se pasa del “oscurantismo” medieval al nacimiento de la ciencia moderna de manera súbita. De la noche a la mañana surge un grupo de hombres extraordinarios que deciden darle la vuelta a nuestra manera de ver el mundo: Galileo, Kepler, Descartes… Es cierto que sus aportaciones supusieron una “revolución” pero no es menos cierto que cada uno de ellos (como todo hombre de ciencia) debe gran parte del éxito de su trabajo a sus predecesores.

 

Un “eslabón perdido” con nombre y apellidos


Existe por tanto una transición real, y no un salto abrupto, entre la manera de hacer ciencia de la Edad Media y las revoluciones de la Edad Moderna. Si tuviéramos que darle nombre y apellidos a nuestro “eslabón perdido” sin duda elegiríamos a Nikolaus Krebs, más conocido por Nicolás de Cusa. Iserloh lo describe de manera muy plástica: “está en el otoño de la Edad Media, pero también en la primavera de los tiempos modernos”.


Nació en 1401 en la ciudad alemana de Krebs (Cusa en latín). A los dieciséis años recibió la tonsura clerical y viajó por Europa estudiando gramática y filosofía, para obtener finalmente el doctorado en Derecho Canónico en Padua a la edad de 22 años. Paralelamente había nacido en él la pasión por las matemáticas y las ciencias naturales.

 

Una anécdota de su insaciable curiosidad científica la encontramos en su estancia en Colonia. Visitando la biblioteca de la cartuja encontró el Liber contemplationis de Ramón Llull, una de las figuras más eximias del medioevo hispano. No dejó escapar la oportunidad: se interesó por la obra y tomó diversas anotaciones.


Precursor del “giro copernicano”


Nicolás de Cusa mantuvo que la Tierra no era el centro del mundo y, basándose en la observación de los eclipses, que ésta era menor que el Sol y mayor que la Luna. También afirmó que el Sol, la Tierra y los demás cuerpos celestes se encuentran en movimiento y difieren en sus velocidades. También propuso la rotación terrestre como explicación al ciclo de los días. Por todo ello se le puede considerar con justicia un precursor de Copérnico. Sus intuiciones e ideas influyeron no sólo en éste sino en figuras tan ilustres como Kepler, Leonardo da Vinci y Giordano Bruno.


Un “argumento de autoridad” para Descartes


El libro más famoso de Nicolás de Cusa es “De docta ignorantia” (expresión prestada de san Agustín y san Buenaventura). En él expone una epistemología y una teología muy diferente de la tradicional. Llega a afirmar que el mundo es una imagen de Dios y su Trinidad. Partiendo de esta base postula la infinitud del espacio. Cuando más tarde Descartes proponga un espacio-tiempo infinito acudirá a Nicolás como argumento de autoridad para respaldar sus tesis.


Nuestro hombre no dudaba en “flirtear” con el concepto de infinito, imprescindible para las matemáticas contemporáneas. De hecho fue el primero que presentó el círculo como un polígono de lados infinitos (tal como se explica hoy día).


Adelantado a Galileo en la crítica a la escolástica


En uno de sus libros Nicolás de Cusa reprocha a la Filosofía de la Naturaleza escolástica (embrión de la Física actual) su incapacidad para medir (mensurare). Afirma que todo conocimiento científico debe estar fundamentado en la medición, otorgando a la geometría un papel protagonista en la ciencia.

 

La escolástica había recogido de Aristóteles una manera de hacer ciencia muy especulativa y poco experimental, en la que se recurría frecuentemente a la autoridad de los clásicos.

 

Nicolás de Cusa proponía recurrir a la “autoridad de las mediciones”. Por ello se esforzó por mejorar aparatos de medida (el reloj, la balanza) e inventó otros como el batómetro, que sirve para evaluar rápidamente la profundidad de ríos y lagos.

 

Muchas de sus sugerencias fueron realizadas en tiempos de Galileo, casi 150 años después. Nicolás de Cusa y Galileo compartieron la misma crítica a la manera de la escolástica de enfocar la filosofía de la naturaleza y abrieron el camino a la ciencia experimental, si bien es Galileo quien normalmente se lleva todo el mérito.


Y todo ello sin dejar de ser un gran hombre de Iglesia


Nicolás de Cusa fue obispo y cardenal y un hombre de confianza para los papas Nicolás V, Eugenio IV y Pío II. Fue nombrado legado pontificio y se le encomendó una misión muy ecuménica: lograr la unión con los griegos. Otro encargo de la Santa Sede fue lograr la firma de un concordato con el Imperio Austro-Húngaro, empresa que culminó con éxito. Fue Obispo de Brixen (Alemania) y tuvo que sufrir durante todo su mandato la oposición feroz de los poderes políticos. De hecho, acabó sus días en el exilio.


La vida de Nicolás es una prueba “empírica” de que la entrega y el servicio abnegado y constante a Cristo y a su Iglesia no sólo no es un impedimento para el desarrollo de la ciencia, sino que constituye una guía y estímulo para ésta.

Francesc Gómez Morales 2006-05-15

 

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"De la religión procede el objetivo de hombre; de la ciencia su poder para alcanzarlo. A veces la gente se pregunta si la religión y la ciencia no se oponen la una a la otra. Así es: en el sentido en que el pulgar y los otros dedos de mi mano se oponen entre sí. Una oposición por medio de la cual se pueden coger firmemente muchas cosas". Sir William Bragg.

 

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Por último, ya es hora de que se deje de buscar una confrontación sensacionalista entre ciencia y fe en el caso de Galileo. Estudios históricos rigurosos muestran la complejidad de relaciones personales y rivalidades de orden científico entre los personajes de aquel entonces, sin que haya una dicotomía simplista de buenos y malos. Pero Galileo jamás pasó un minuto en las cárceles de la Inquisición, ni fue sometido a tortura o vejación alguna. Su condena, por no cumplir su compromiso de enseñar el heliocentrismo como una hipótesis (aunque él, equivocadamente, creía poder demostrarlo), fue solamente el imponerle estar en su casa y decir algunas oraciones. Y murió atendido por una hija religiosa, y con la bendición papal, mientras se confesaba hijo fiel de la Iglesia.
Manuel Carreira, S.J. - 2005-V-10

 

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Las tensiones y malentendidos del pasado, ¿están ya olvidados?
Acerca de la teoría de Charles Darwin no hay un verdadero enfrentamiento. La trágica historia de Giordano Bruno no entra en el conflicto ciencia-fe: se limitaba a términos teológicos. Entonces, el único caso de conflicto estaría en torno al heliocentrismo y a Galileo.

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Hipócrates, en los documentos eclesiásticos
y en las obras teológicas

 

Este estudio es una panorámica sobre Hipócrates y sus ideas principales clínico-médicas, filosófico-médicas y eticas, presentes en los documentos eclesiásticos y en las obras teológicas, como continuación del estudio ya hecho sobre Hipócrates en los documentos papales, ya publicados [1], [2]. En esta intervención se han reunido citas que subrayan la importancia ética del médico griego, tomadas de los discursos e inte rvenciones de los Papas Pío XII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II.
Esta colección de citas no es una documentación histórico-médica, ni un ejercicio literario, sino una serie de indicaciones sobre el carácter ético de los textos griegos antiguos llegados a nosotros y realizados hasta ahora, en los cuales pueden observarse correspondencias y concepciones cristianas.
En las grandes épocas de la historia occidental se encuentran siempre testi monios sobre la influencia de las ideas y de la ética de Hipócrates.
En el cristianismo primitivo, las principales ideas helénicas han conseguido su fundamento y carácter cristiano por el hecho de que en el preámbulo del juramento de Hipócrates "Apollo soter" fue sustituído por "Christus medicus".
En la patrística y en la escolástica se podía transmitir legítimamente la doctrina de Hipócrates por su correspondencia co n la concepción del carácter personalista e integral y por la autoridad de "Christus medicus", gracias a la cual fue adquirido el compromiso ético del médico.
Esta temática puede ser tratada sólo por puntos clave, por "lugares" (topoi) a consecuencia de la vastedad del argumento; realmente, los estudios que han dado origen a esta intervención, hacen entrever que quizá no se pueda llegar a una visión completa.
Quedan también muchas desiderata: el discernimiento de la autenticidad de las ideas hipocráticas en sus obras o en los textos del Corpus hippocraticum.

1. Hipócrates en los documentos papales
Entre las obras de Petrus Hispanus, un médico con grados académicos, y después, del Papa Juan XXI, se hallan dos comentarios sobre Hipócrates [3]: De regimine auctorum y Prognostica.
En nuestro tiempo, el Papa Pío XII ha definido en 1954 el significado ético-médico de las obras hipocráticas con las siguientes palabras: "Las obras de Hipócrates son, sin duda, la expresión m&aacut;e;s noble de una conciencia profesional que imponga ante todo respetar la vida y sacrificarse por los enfermos, y tome en consideración también factores personales: dominio de sí, dignidad, reserva. Sabía presentar las normas morales e introducirlas en un vasto y armonioso plan de estudios, por lo que hacía un regalo a la civilización más magnífico que quienes conquistaron los imperios" [4].
Sobre la misma línea el Papa Pablo VI ponía en guardia a los médicos, considerando el progreso de la medicina: "Es obvio que estas nuevas cuestiones no deben perjudicar en modo alguno al ideal médico que hace de la medicina, en una larga tradición de algunos milenios, a través del juramento de Hipócrates, un defensor de la vida. Una contaminación de este principio cardinal significaría un fatal paso atrás, con consecuencias desastrosas. Esto vosotros podeis valorarlo mejor que ningún o tro" [5].
El Papa Juan Pablo I escribió con el título "Ilustrísimos" cartas imaginarias a personajes históricos, incluído Hipócrates, que "fue contemporáneo de Sócrates y como él un filósofo". Lo llama "el autor del famoso juramento..., de un código moral de valor imperecedero. Los médicos juran, en conformidad con éste, prescribir la terapia adecuada para los enfermos y protegerlos de injusticias y sobre todo de desventajas. Prometen solemnemente no interrumpir ningún embarazo; y se comprometen a ir a una casa solamente para ayudar a los enfermos, sin aceptar dinero. Además juran mantener sacrosanto el secreto profesional". Con este elenco de los compromisos ético-médicos, el Papa Juan Pablo I legitima la integración de la deontología griega en el modo de pensar del médico cristiano [6].
El Papa Juan Pablo II ha mencionado ya, en 1978, on ocasión de la re cepción de la Asociación de Médicos Católicos Italianos, la ética hipocrática, poniendo en guardia contra el uso de medicinas que "contradicen no sólo la ética cristiana, sino toda ética natural, y que están en abierta contradicción con los deberes profesionales, expresados en el famoso juramento del antiguo médico pagano" [7].
En su discurso a los miembros de la Asamblea General de la Unión Mundial de Médi cos, sobre la manipulación genética que reduce la vida humana a un objeto, el Papa Juan Pablo II amonesta: "Sean fieles todos los médicos al juramento de Hipócrates, que prestan en ocasión de su doctorado" [8]. En 1987, el Papa, en su intervención ante los participantes en el Congreso Internacional sobre la "humanización de la medicina", exhorta al servicio consciente del propio deber para con los hombres: "Estad profundamente convencidos de esta verdad a ca usa de la larga tradición, que remonta a las intuiciones de Hipócrates mismo" [9]. En el nombramiento de los miembros de la Pontificia Academia por la Vida, se alude expressis verbis a Hipócrates, "prosiguiendo la tradición hipocrática" [10].
El 26 de noviembre de 1994, el Papa Juan Pablo II mencionaba de nuevo a Hipócrates indicando el códice vaticano en el que el juramento de Hipócrates fue escrito en forma de cruz, un símbolo de concepci& oacute;n cristiana de la naturaleza humana, de la santidad y también del misterio de la vida humana [11].
A consecuencia de una visión diagnóstico-diferencial de las verdaderas causas de las enfermedades, fueron coligados en el cristianismo primitivo el naturalismo helénico y el personalismo semita [12] bajo la fuerza integradora del modelo del "Christus medicus", y sin duda puede atribuirse al pensamiento de Hipócrates esta evolución hacia el sentido de una &ea;cute;tica responsable y más adelante hubo formulaciones de juramentos médicos con preámbulos de carácter monoteísta y fórmulas de conclusiones con explícita referencia a la instancia transcendente, a Dios, ante el cual se prestaba tal juramento [13].

2. Hipócrates en la Patrística y la Escolástica.
Para la época de la patrística hay abundancia de citas de las obras auténticas de Hipócrates y del Corpus hipocraticum. Cipriano de Cartago, Gregorio de Nazianzo, Gregorio de Nisa y Eusebio de Cesarea sostienen una teoría de las ciencias naturales con respecto al origen de las enfermedades, que remonta a Hipócrates; pero existen igualmente versiones mágicas y demoníacas. E usebio cita repetidamente a Hipócrates en un capítulo sobre la teoría de las enfermedades, en reflexiones referentes al libre albedrío, conoce la teoría de la dieta; además, la frase: la naturaleza es el mejor médico. Insiste, con referencia a Hipócrates, en la importancia de la prognosis y que en la relación entre cuerpo y alma esta última tiene la prioridad [14], [15]. Recuérdense también los capítulos ético -médicos de la Didaché del siglo I d.C.: no debes abortar un niño y no debes dar muerte a un recién nacido [16].
En Hildegarda de Bingen (1098-1179) la búsqueda sobre este ar-gumento fue negativa. Enrique
Schipperges escribe: "Hildegarda de Bingen no da una explícita teoría a este respecto; no repite el juramento de Hipócrates y no habla de la ética médica. No encontramos objetivos directos de un carácter de la sanidad, o mo dos concretos para una asistencia al enfermo, nada sobre qué cosa podría instruirse, nada de dogmático que pudiera crear una teoría de los deberes y de su categoría. Y sin embargo sus obras son una contribución a la deontología medieval y son tanto más preciosas en cuanto que faltan obras semejantes en ese siglo; o no son a menudo presentadas de modo serio y por lo mismo no pueden ser tomadas en serio"17.
Honorius Augustodunensis (muerto despu&eacu;te;s del 1150) escribe de Hipócrates: "per medelam corporum deducit ad medelam animarum"18.
Los conocimientos sobre Hipócrates y sobre el Corpus hipocraticum llegaron a través del cristianismo nestoriano-siriano, que presta con sus escuelas y monasterios el espacio en el que, por entonces, se conserva y transmite la obra filosófica y científica y más precisamente la línea de Aristóteles de esa herencia: no sólo Aristóteles mismo, sin o también Euclides, Hipócrates, Galeno, Arquímedes. Las obras filosóficas, matemáticas y médicas de estos autores fueron traducidas en primer lugar del griego al siriano y después a la lengua árabe [19]. El concepto de potentia puede atribuirse al concepto griego de dynamis y se encuentra también en el Corpus hipocraticum, usado también en relación con la enfermedad [20].
La recientísima elaboración con computer d e la Opera omnia de Tomás de Aquino da mayor perfección y seguridad al tratado de nuestro argumento.
En el comentario del Aquinate sobre la meteorología de Aristóteles, es nombrado Hipócrates algunas veces. Se trata del significado de las estrellas en el orden del mundo, de cuestiones de la visión teológica, de principios metafísicos, teorías científicas, astronomía y astrología [21].

3. Medicina pastoral
Otro campo de las fuentes en que puede encontrarse a Hipócrates en los documentos eclesiásticos y teológicos, son los manuales de medicina pastoral; existen, de hecho, relaciones entre el Corpus hipocraticum y la teología por el hecho de que las obras hipocráticas no son solamente un probado sistema de cura, sino también por la imagen humana, en la base de la concepción cristiana, con considerables cosas en común de las personas sanas y enfermas. También hay que recordar los capítulos ético-médicos de la Didaché y su correspondencia con Hipócrates.
Hipócrates es citado dos veces: en la p.56, sobre el comportamiento de los cónyuges durante la gravidez, y en la p.192, sobre las posibilidades terapéuticas de usar medicinas populares en el caso de epilepsia, cosa que parece particularmente discutible a la actual comprensión [22].
En 1893 habló E.W.M. de Olfers, en su medicina pastoral, de Hipócrates, adelantándose a su tiempo, definiendo la epilepsia en su libro "de morbo sacro" como cualquier enfermedad, no más santa que las otras enfermedades [23].
August Stohr habla repetidamente de Hipócrates, en parte contra una medicina "teurga" de los griegos, la cual presenta ciertas semejanzas con la cura terapéutica del alma. También en la discusión del clásico "sex res non naturales" Stohr cit a a Hipócrates por lo que respecta a la dieta y generalmente a las costumbres de vida [24], [25] Para la mitad del siglo XX se puede hacer el nombre de Albert Niedermayer e indicar numerosas citas del Corpus hipocraticum, ante todo la cima ético-médica, el juramento de Hipócrates, asunido por numerosos autores (como Lichtenthaeler y otros) entre las obras auténticas de Hipócrates.
En Albert Niedermayer se encuentran puntos afirmativos y también problema s discutidos, estos últimos sobre todo en el campo ginecológico.
Albert Niedermayer compendia la importancia de Hipócrates: "...aunque fuera pagano, podría ser hoy todavía, dos mil años después, el anuncio del Evangelio de Cristo, un ejemplo también para presuntos médicos cristianos" [26].
Anticipando una medicina integral, Albert Niedermayer expresa su visión universal y caracteriza al verdadero médico... que reúne e n su concepción fundamental los elementos biológicos, antropológicos, médico-humanos, sociales y ético-metafísicos [27].
Hipócrates, desde el 460 hasta el 360 antes de Cristo, ha dejado una teoría médica que conecta la observación exacta científica y la experiencia con una ética elevada y humana. Sus obras y las de sus estudiantes han sido reunidas en el voluminoso Corpus hipocraticum. En una visión retrospectiva se demuestra la utilidad proveniente del bien cumplido por el médico ejercitado en una medicina que ha permanecido hasta hoy. Esta ha sido transmitida al campo cristiano de diversas maneras (documentos papales, tratados teológicos, textos de medicina pastoral), y puede ser documentada desde Hipócrates según las épocas históricas: es el compromiso por la salud y la consolación de la persona enferma, independientemente del cambio de los períodos del tie mpo: "saluti et solatio aegrorum".

 

Prof. GOTTFRIED ROTH
Miembro de la Pontificia Academia para la vida
Profesor Ordinario de Medicina Pastoral en la Universidad
"Alma Mater Rudolphina" de Viena (Austria)
Consultor del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios

1 GOTTFRIED ROTH, Hippokrates in päpstlichen Dokumenten. Acta medica catholika (Belgica) 2 (1995) 101-102.
2 GOTTFRIED ROTH, Hippokrates in päpstlichen Dokumenten. 2. erweiterte Fassung. Mitteilung der katholischen Ärztegilde Österreichs. 246 (1995) 3-6.
3 M.A. ALONSO, Pedro Hispano: Sciencia libri de anima. Barcelona 1961.
4 PIUS XII., Zur Geschichte der Medizin. Ansprache am 19. Sep. 1954. In: Pio XII., Discorsi ai medici. S. 349 f., Roma 1959.
5 PAUL VI , Das ärztliche Ideal nicht beeinträchtigen. L´Osservat. Romano (deutsche Ausgabe) 19.1.1973.
6 PAPST JOHANNES PAUL I, Illustrissimi. Padova 1976.
7 JOHANNES PAUL II, Wort und Weisung im Jahr 1979, Rom -Kevelaer 1979.
8 JOHANNES PAUL II, Der apostolische
Stuhl 1983, S. 1155, Rom -Köln 1983.
9 JOHANNES PAUL II, Der apostolische
Stuhl 1987, S. 1699, Rom -Köln 1987.
10 Pontificia Academia pro Vita. Roma 1994.
11 JOHANNES PAUL II, Discorso del Santo Padre in occa sione della Conferenza Internazionale promossa dal Pontificio Consiglio della Pastorale per gli Operatori Sanitari e della Plenaria della Pontificia Accademia per la Vita. Roma 1994.
12 PEDRO LAIN ENTRALGO, Heilkunde in geschichtlicher Entscheidung, Salzburg 1956.
13 GOTTFRIED ROTH, Die monotheistischen Präambeln und Schlußformeln in den ärztlichen Eiden, Wissenschaft und Glaube 3 (1990) 115-121.
14 O. TEMKIN, Hippocrates in the world of pagans and Christians, Baltimore and London 1991.
15 KARL-HEINZ LEVEN, Medizinisches bei Eusebios von Kaiserea, Düsseldorf. 1987.
16 Didaché 1,6,2,. in fontes christiani. Didache, traditio apostolica. Herder, Freiburg/ Basel/ Wien/ Barcelona/ Rom/ New York. 1991, S. 103.
17 HILDEGARD VON BINGEN, Heilkunde, Salzburg 1957.
18 CHRISTIAN PROPST, Der deutsche Orden und sein Medizinalwesen in Preußen, Bad Godersberg 1969.
19 Josef Pieper, Scholastik S. 141 f. München 1960. Vergleiche auch Johannes Hirschberger: Geschi chte der Philosophie I, 417, 427 Basel- Freiburg- Wien 1965.
20 LEO J. ELDERS, Die Metaphysik des Thomas von Aquin, I, 124 Salzburg- München 1965.
21 S. Thomae aquinatis opera omnia. comentarium in Aristoteles et alio. Stuttgart / Bad Cannstatt 1980.
22 FR. X. BRITZGER, Handbuch der Pastorlalmedizin, Regensburg 1859.
23 E.W.M. VON OLFERS, Pastoralmedizin.
24 AUGUST STÖHR, Die Naturwissenschaft auf dem Gebiete der katholischen Moral und Pastoral, Herder, Freiburg /B 1893 S 141f.
25 AUGUST STÖHR, Handbuch der Pastoralmedizin mit Besonderer Berücksichtigung der Hygiene, Herder, Freiburg / B 1900.
26 A. NIEDERMEYER, Compendium der Pastoralmedizin, Wien 1953.
27 A. NIEDERMEYER, Grundriß der Sozialhygiene, Wien - Bonn 1957 S. 30.

 

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Tres casos: Galileo, Lavoisier y Duhem

Este estudio - Por Mariano Artigas

Por Mariano Artigas

En Ciencia y fe. Nuevas perspectivas, Ed. Eunsa, 1992, pp. 69-79.

 A veces, los prejuicios contra la Iglesia provienen de la presunta oposición deja religión hacia la ciencia. Es interesante considerar algunos datos al respecto.

Todo el mundo ha oído hablar del caso de Galileo, casi siempre de modo deformado. Pocos saben que Lavoisier, uno de los fundadores de la química, fue guillotinado por la Revolución Francesa. Casi nadie tiene noticia de Pierre Duhem, físico importante, autor de una monumental obra de historia y filosofía de la ciencia. Y es que, cuando se habla de ciencia y fe, a mucha gente le pasan por la cabeza dos palabras: «oposición» y Galileo. Pocos piensan en «colaboración», y nadie en Duhem. Es una lástima.

Cuando hablo de Galileo en mis clases y conferencias, suelo recordar que el sabio italiano murió de muerte natural cuando tenía 78 años. Seguramente, muchos oyentes piensan que Galileo fue quemado por la Inquisición. Casi siempre, al terminar, algunos me dicen: es verdad, yo creía que a Galileo lo quemaron.

Me llamó especialmente la atención lo que me sucedió en enero de 1992. Vino a verme un sacerdote que había asistido a mi conferencia. Estaba indignado, y con razón. Nos encontrábamos en Roma, donde él trabajaba en su tesis doctoral en teología, y me preguntaba: «¿Cómo se explica que una persona como yo, que soy sacerdote católico desde hace varios años, que he estudiado en un Seminario y en una Universidad Pontificia, me entere ahora, a estas alturas, de que a Galileo no le mataron?» Y añadió: «Hace pocos días, un compañero de mi Residencia estuvo visitando el Palacio del Quirinal, y nos contó que el guía, en un momento de la visita, señaló un balcón bien visible y dijo: "desde ese balcón, el Papa hizo el gesto de poner el dedo pulgar hacia abajo, para condenar a Galileo a muerte"».

 

La hoguera inexistente

¿Cómo se explica todo esto? No lo sé. Es muy extraño. La verdad es que Galileo nació el martes 15 de febrero de 1564, y murió el miércoles 8 de enero de 1642, en su casa, una villa en Arcetri, cerca de Florencia. Su discípulo Viviani, que permaneció continuamente junto a él en los últimos treinta meses, cuenta que su salud estaba muy agotada: tenía una grave artritis desde los 30 años, a la que se unía «una irritación constante y casi insoportable en los párpados» y «otros achaques que trae consigo una edad tan avanzada, sobre todo cuando se ha consumido en el mucho estudio y vigilia». Añade que, a pesar de todo, seguía lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin «le asaltó una fiebre, que le fue consumiendo lentamente, y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y veinte días».

En 1633 tuvo lugar en Roma el famoso proceso contra Galileo. No fue condenado a muerte, ni nadie lo pretendió. Nadie le torturó, ni le pegó, ni le puso un dedo encima; no hubo ninguna clase de malos tratos físicos. Fue condenado a prisión y, teniendo en cuenta sus buenas disposiciones, la pena fue inmediatamente conmutada por arresto domiciliario. Desde el proceso hasta que murió, vivió en su casa. Siguió trabajando con intensidad, y publicó en esa época su obra más importante.

Tres de los diez altos dignatarios del tribunal se negaron a firmar la sentencia. El Papa nada tuvo que ver oficialmente ni con el tribunal ni con la sentencia. Desde luego, el proceso no debió producirse, y me parece lamentable. Pero los trabajos de Galileo siguieron adelante.

Por tanto, se han cumplido ya 350 años desde la muerte natural de Galileo. Estoy de acuerdo con mi oyente de Roma: parece mentira que, a estas alturas, casi todo el mundo, curas católicos incluidos, estén seriamente equivocados sobre importantes aspectos de un caso que se utiliza continuamente para atacar a la Iglesia y para afirmar, como si fuera un hecho histórico, que la religión en general y la Iglesia católica en particular siempre han estado en contra del progreso científico.

 

Una gran cabeza guillotinada

¿Quién sabe algo, en cambio, acerca del caso de Lavoisier, que tuvo bastante peor suerte que Galileo?

Antoine Laurent Lavoisier, nacido el 26 de agosto de 1743 en París, realizó muchos trabajos científicos importantes. En la Academia de Ciencias se publicaron más de 60 comunicaciones suyas. Fue uno de los protagonistas principales de la revolución científica que condujo a la consolidación de la química, por lo que se le considera, con frecuencia, como el padre de la química moderna.

Su gran pecado consistió en trabajar en el cobro de las contribuciones. Por este motivo, fue arrestado en 1793. Importantes personajes hicieron todo lo que pudieron para salvarle. Parece que Halle expuso al

tribunal todos los trabajos que había realizado Lavoisier, y se dice que, a continuación, el presidente del tribunal pronunció una famosa frase: «La República no necesita sabios». Lavoisier fue guillotinado el 8 de mayo de 1794, cuando tenía 51 años. Joseph Louis Lagrange, destacado matemático cuyo apellido es bien conocido por todos los matemáticos y físicos dijo al día siguiente: «Ha bastado un instante para segar su cabeza; habrán de pasar cien años antes de que nazca otra igual».

Evidentemente, Lavoisier no fue guillotinado por la fe. Y no estoy empeñado en atacar a la Revolución, ni a la República, ni a nadie. Simplemente, me sorprende mucho que exista tanta desproporción entre lo que llega a la opinión pública acerca de los casos de Galileo y de Lavoisier.

En este vida se dan curiosas coincidencias. Cuando acababa de escribir el párrafo anterior, vino a verme un amigo, profesor de biología y buen católico. Comentamos lo que yo estaba escribiendo y me dijo que un colega suyo de otro país le había comentado poco tiempo antes: «¿Eres biólogo y católico a la vez?, ¡qué raro! ¡es el primer caso que conozco!».

El sucedido viene como anillo al dedo. Resulta un poco extraño, pero es real. Probablemente, por motivos que los historiadores y sociólogos podrían investigar, durante mucho tiempo se ha pensado, en muchos ambientes, que la ciencia y la religión son cosas opuestas. La verdad es que eso no es verdad. Los grandes pioneros de la ciencia moderna eran cristianos. Galileo siempre fue católico. Entre los científicos de todas las épocas no son pocos los cristianos convencidos. En la actualidad, los científicos no creyentes suelen reconocer que su agnosticismo no tiene nada que ver con la ciencia, y que no existe ninguna dificultad objetiva para ser buen científico y buen cristiano a la vez.

 

Duhem: físico, filósofo, historiador y católico

Esto nos lleva de la mano al caso de Duhem. Se trata de un personaje muy conocido, aunque no siempre bien interpretado, en el ámbito de la filosofía de la ciencia, y totalmente desconocido para la opinión pública. Sin embargo, vale la pena saber qué hizo.

Pierre Duhem fue un físico francés de gran talla intelectual. Nació en 1861 y murió en 1916. La lista de sus artículos y libros ocupa 17 páginas de un libro de buen tamaño. Escribió mucho sobre temas científicos muy especializados, y también se ocupó de filosofía e historia de la ciencia. Algunas de sus obras son libros en varios volúmenes, y una de ellas tiene 10 volúmenes de 500 páginas cada uno. Sin duda, fue uno de los físicos más importantes de su época. Fue un católico convencido y llevó una vida realmente ejemplar en todos los aspectos.

Que yo sepa, ninguna obra de Duhem, al menos de las más importantes, está traducida al castellano. Hay, en cambio, algunas traducidas a otros idiomas; incluso una de ellas, «La teoría física», fue traducida al alemán dos años después de su aparición, con un prefacio muy favorable de Ernst Mach, otro importante físico-filósofo, cuyas ideas tenían poco de católico.

 

 

 

EL ORIGEN DE LA CIENCIA MODERNA

Duhem es el pionero de los estudios históricos acerca de la ciencia medieval, tema que tiene una importancia cada vez mayor en la actualidad. Este es el aspecto en el que me voy a detener.

Duhem era un trabajador infatigable que, a pesar de su gran talla, no llegó a ser profesor en París, quizá debido a obstáculos ideológicos. Esto le permitió trabajar mucho por su cuenta. Estaba interesado en la historia de la ciencia y se puso a investigar en el pasado. Ante su sorpresa, fue encontrando en los archivos franceses muchos manuscritos antiguos nunca publicados, que arrojaban nuevas luces acerca del nacimiento de la ciencia moderna.

Según el cliché generalmente admitido, la ciencia moderna parecía haber nacido en el siglo XVII prácticamente de la nada. La Edad Media habría sido una época oscurantista, dominada por la teología y enemiga de la ciencia. El nacimiento de la ciencia moderna se habría producido sólo cuando el librepensamiento se emancipó de la Iglesia y de la teología. Pues bien, Duhem encontró una documentación abundantísima que deshacía ese cliché, y la fue publicando, comentada, en los 10 grandes tomos de su obra «El sistema del mundo».

Para comprender la situación, conviene tener en cuenta que la imprenta no existió hasta el siglo XVI. Las obras anteriores, y por-tanto, las obras de los medievales, eran manuscritos. Cuando se descubrió la imprenta, muchos manuscritos quedaron en el olvido de los archivos. Los pioneros de la nueva ciencia no se preocuparon de señalar sus deudas intelectuales con los autores anteriores, sino más bien de subrayar la novedad de sus trabajos. La Edad Media quedó en la penumbra.

Duhem trabajó directamente con muchos manuscritos medievales inéditos. Su trabajo le llevó al convencimiento de que la Edad Media, especialmente en la Universidad de París, pero también en la de Oxford y en otros centros intelectuales, fue una época en la que paulatinamente se fueron desarrollando los conceptos que permitieron el nacimiento sistemático de la ciencia experimental moderna en el siglo XVII.

 

LA MATRIZ CULTURAL CRISTIANA

Los trabajos de Duhem abrieron un enorme campo de investigación que ha sido continuado por importantes historiadores de todo tipo de países e ideologías.

Uno de ellos es Stanley Jaki. Nacido en Hungría en 1924, se estableció en los Estados Unidos en 1951. Es doctor en física y en teología, profesor de la Universidad de Seton Hall (New Jersey), y ha sido invitado a dar cursos en las Universidades de Edimburgo, Oxford, Princeton, Sidney y otras muchas de todo el mundo. Ha publicado cerca de 30 libros sobre las relaciones de la ciencia con la filosofía y la cultura. En 1987 recibió de manos del príncipe Felipe de Gran Bretaña el premio Templeton, como reconocimiento a sus publicaciones.

Jaki escribió la primera biografía amplia sobre Pierre Duhem, que fue publicada en 1984 por la Edi

torial Nijhoff de La Haya. Ha continuado y ampliado los trabajos de Duhem sobre el nacimiento de la ciencia moderna y sus relaciones con la religión.

Jaki afirma que en las grandes culturas de la antigüedad (Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, India, China, etc.), la ciencia experimental no encontró un terreno propicio. Más bien, los escasos intentos de nacimiento acabaron en sucesivos abortos. Un factor determinante fue que en esas culturas se representaba la naturaleza como sometida a unas divinidades caprichosas, o se pensaba en ella de modo panteísta. Jaki examina estos problemas desde el punto de vista histórico y concluye que el nacimiento de la ciencia moderna sólo fue posible en la Europa cristiana, cuando se llegó a dar lo que llama la «matriz cultural cristiana».

Esa matriz cultural incluía la creencia en un Dios personal creador, que ha creado libremente el mundo. Porque la creación es libre, el mundo es contingente, y sólo lo podemos conocer si lo estudiamos con ayuda de la observación y la experimentación. Porque Dios es infinitamente sabio, el mundo es racional y sigue leyes; como afirma repetidamente la revelación cristiana, el mundo está lleno de orden. Porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, el hombre participa de la inteligencia divina y es capaz de conocer el mundo.

De hecho, es fácil comprobar que los grandes pioneros de la ciencia moderna compartían estas convicciones, que las tenían porque eran cristianos y vivían dentro de una matriz cultural cristiana, y que en algunos casos ellos mismos afirmaron la importancia que esas ideas tenían para su trabajo científico.

Por ejemplo, Kepler hizo muchos intentos durante años hasta que encontró sus famosas leyes, convencido de que tenían que existir en un universo creado por la sabiduría divina, y que tenían que estar de acuerdo con los datos observacionales establecidos por el astrónomo danés Tycho Brahe.

Desde luego, no basta ser cristiano para hacer ciencia; la ciencia se hace con matemáticas y experimentos. Pero la ciencia moderna nació y se ha desarrollado durante siglos en un occidente cristiano que le ha proporcionado una matriz adecuada.

Comprendo que estas afirmaciones puedan extrañar a algunos. Las obras de Duhem, las de Jaki y otros autores semejantes, no suelen estar traducidas al castellanos. Además, durante mucho tiempo se ha presentado a la ciencia como si estuviera en perpetua lucha con la religión, aunque esto no se corresponda con la realidad. Pero si algo nos enseña la ciencia es a atenernos a los hechos y a superar los prejuicios.

 

El compromiso personal

Llegamos, por fin, a una tercera diferencia entre la fe y la razón. En concreto, las verdades de la fe cristiana comprometen seriamente la vida personal, el modo de comportarse.

Quizás sea ésta la dificultad principal que experimentamos frente a las verdades de la fe. El cristianismo

no es una simple teoría, sino algo que afecta directamente a la vida.

Los primeros cristianos que vivían en un mundo pagano, cuando se convertían al cristianismo se veían obligados a cambiar no pocas de sus costumbres. Y lo hacían.

No puede extrañar que en la actualidad suceda algo semejante. En realidad, siempre ha sido así. Ser buen cristiano siempre ha supuesto un esfuerzo serio. No es compatible con una vida fácil. Exige obrar en conciencia y, con frecuencia, ir contra corriente. Jesucristo lo advirtió con gran claridad en varias ocasiones. Pero sigue siendo cierto lo que El prometió: quien pierda su vida por amor suyo, la encontrará, y quien le siga de cerca tendrá el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna.

El amor auténtico, la rectitud de corazón, la generosidad, llevan consigo ciertos sacrificios. Pero se consiguen bienes muy superiores, que son los únicos que llenan realmente la vida humana. El conocimiento profundo de la fe cristiana reserva muchas sorpresas agradables. Y no es tan dificil. Si pusiéramos en este asunto un poco del esfuerzo que dedicamos con toda naturalidad a muchas cosas que tienen una importancia mucho menor, comprobaríamos que vale la pena de verdad.

Mariano Artigas

© ARVO COMUNICACIÓN 2000. Todos los derechos reservados www.arvo.net 

http://www.arvo.net/documento.asp?doc=012434d  2009.02.07

 

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Según cuenta LA RAZÓN (26.11.2008),  El Vaticano recuerda ahora, una vez más, que Galileo no fue condenado

Ravasi explicó que «el Papa no firmó la condena y los cardenales tampoco llegaron a un acuerdo» para aprobarla, «un dato histórico que no suele ser recordado», apreció el prelado.     

Por esta razón, Ravasi ha propuesto volver a publicar los actos del proceso en su totalidad «de modo que puedan estar a disposición (del público) en una edición lo más cuidada y rigurosa posible desde el punto de vista crítico».     

El arzobispo explicó que las actas ya fueron publicadas hace unos 30 años, por lo que ahora «es necesario volverlas a poner a disposición junto a un cuidada análisis contextual».     

Ravasi precisó que «volver a usar siempre la historia como un tribunal, al final no hace que la ciencia progrese». Aun con todo, sí permite, «purificar el pasado y esto lo hizo Juan Pablo II con mucho coraje», reconoció.     

El Vaticano ha preparado varias iniciativas relacionadas con el IV centenario de Galileo, que se celebrará el próximo año. Mañana mismo, tendrá lugar una mesa redonda en la que participará el cardenal y secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, y se planteará el tema ‘La ciencia 400 años después de Galileo Galilei. El valor y la complejidad ética de la investigación técnico-científica contemporánea».

 

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Los laicistas y materialistas de su tiempo boicotearon su brillante carrera

 

La ciencia «moderna» nació... en la Edad Media católica, dijo el físico Pierre Duhem: y lo pagó caro

 

ReL

15 septiembre 2016

 

Este miércoles se cumplió el centenario de la muerte de Pierre Duhem (1861-1916), célebre físico francés de arraigada fe católica y por eso marginado en la Francia de la laicista Tercera República. Es autor de La teoría física, una obra capital en la filosofía de la ciencia.

 

Con motivo de este aniversario, Andrea Bartelloni ha recordado también sus aportaciones a la historia de la ciencia, y en particular la revalorización de la ciencia medieval, en La Nuova Bussola Quotidiana:

 

La Francia de finales del siglo XIX era el país de la religión laica vaciada de todos los rasgos sobrenaturales, y al que Ernest Renan (1823-1892), uno de los principales maîtres à penser de la Tercera República, tenderá a hacer abandonar la volteriana religión del Ser Supremo para abrazar la promesa según la cual «la ciencia organizará a Dios». La ciencia en cuestión es la teoría de la evolución de Charles Darwin, aún no bien acogida en la Francia lamarckiana.

 

Pero la ideología republicana encuentra un fértil aliado en el materialismo, que incluye las ideas darwinianas de la evolución, y que acaba teniendo un lugar relevante en la enseñanza secundaria y superior, aunque es ridiculizado por quienes aún siguen haciendo un recto uso de la razón.

 

Pierre Duhem, católico en un ambiente hostil

Ridiculización reflejada en una opereta satírica, Au pays des gorilles [En el país de los gorilas], de Esteban de Richermoz [pseudónimo de Étienne Recamier] con ilustraciones y música. La opereta, un panfleto contra las leyes que tienden a laicizar la enseñanza escolar (sobre todo la ley del 28 de marzo de 1882), describe el viaje que los miembros de la Misión Simiófila Internacional realizan a Congo, volviendo a París con un grupo de gorilas a los que les explican y les ofrecen los beneficios de la nueva legislación, que ha sido un fracaso con los jóvenes franceses. Pero también fracasa con los gorilas y estos prefieren volver a África.

 

Una de las ilustraciones de Pierre Duhem, bajo el pseudónimo Ch. Clerice, para la opereta cómica sobre los gorilas y la laicización de la enseñanza.

 

Son características de este panfleto satírico las bellísimas ilustraciones que hacen más evidente, incluso más que el texto, la ironía de la historia. Los cuadros llevan la firma «Ch. Clerice», pseudónimo de Pierre Duhem (1861-1916), físico, pionero en el estudio de la termodinámica de los procesos irreversibles, filósofo, historiador de la ciencia. Hijo de progenitores profundamente católicos y legitimistas (los legitimistas pertenecían a la corriente que apoyaba el restablecimiento del reinado de la Casa de Borbón en Francia, el Legitimismo, y se oponían a los orleanistas, partidarios de una línea cadete borbónica a la que pertenecía el último rey francés, Luis Felipe I, ndt)., corrió el riesgo, con estas ilustraciones, de poner en peligro su carrera académica en la École Normale de París, donde había conseguido entrar en 1882. Por este motivo firmó sus grabados con un pseudónimo, consciente de ser un científico católico en un ambiente hostil. 

 

"Este joven nunca podrá enseñar en París"

Nacido en un modesto barrio de París, su padre, Pierre-Joseph, de origen flamenco, educado por los jesuitas, trabajaba en la industria textil y mantenía una gran pasión por los estudios y, en particular, por los autores latinos. La madre, Marie-Alexandrine Fabre, era descendiente de una familia de orígenes burgueses que llegó a París en el siglo XVII. La educación del joven Pierre comenzó a los siete años con clases privadas junto a un pequeño grupo de estudiantes: gramática, aritmética, latín y catecismo fueron las materias que pusieron en evidencia sus habilidades literarias a la edad de nueve años. 

 

Los años de su juventud fueron años turbulentos para Francia, especialmente en el Ayuntamiento de París (marzo de 1871, alzamiento de La Comuna), que se convirtió en el ejemplo de la anarquía y la ausencia de religión. Pero fueron años difíciles no sólo por la política; una epidemia de difteria causó la muerte de dos de sus hermanos. Pierre continuó su educación en el Colegio Estanislao de París durante diez años, periodo muy formativo sobre todo por las enseñanzas que recibe en física y matemáticas, que le llevaron a completar sus estudios en estas dos materias en la prestigiosa École Normale en los años 1883-1884.

 

La vocación de Pierre Duhem por la física fue más allá de lo experimental, abarcando los aspectos históricos y filosóficos de su disciplina.

 

Su amor por la física teórica le hizo rechazar un puesto como químico-bacteriólogo en el laboratorio de Louis Pasteur, pero enseguida empezaron las dificultades. Sus tesis, la primera sobre el potencial termodinámico y la segunda sobre matemáticas aplicadas, fueron rechazadas por un mundo académico laicista que no veía con buenos ojos a un científico católico y abiertamente conservador para el que las puertas de la enseñanza en París permanecieron siempre cerradas. Es famosa la frase de Marcellin Berthelot: «Este joven no podrá enseñar nunca en París».

 

Y así fue: enseñó en Lille, en Rennes, en Burdeos, pero nunca en París. De nada le sirvió la enorme mole de publicaciones, no sólo en campo científico con importantes contribuciones a la física y la termodinámica, sino también en filosofía e historia de la ciencia. El resultado de este ostracismo hacia el científico francés fue que sus obras no se publicaron de nuevo en Francia hasta mediados de los años 80 del siglo XX. 

 

Redescubrimiento de la ciencia medieval

Uno de los importantes componentes de los estudios y del pensamiento de Pierre Duhem es el que atañe a la historia de la ciencia y, en manera particular, del periodo medieval. Hablar de ciencia medieval parecía, antes de Duhem, un contrasentido, un oxímoron; pero con Duhem se colma una laguna y se descubre una continuidad en el pensamiento científico que va desde Jean Buridán, Nicolás de Oresme y Alberto de Sajonia hasta Galileo Galilei. Es célebre su frase: «Si nos hubieran obligado a asignar una fecha al nacimiento de la ciencia moderna habríamos elegido, sin dudarlo, el año 1277, cuando el obispo de París proclamó solemnemente que podría existir una multiplicidad de mundos y que el sistema de esferas celestes podría, sin contradicción, estar dotado de una línea recta de movimiento».  

 

Santo Tomás de Aquino refutando a Averroes en un cuadro medieval de Giovanni de Paolo. En 1277 el obispo de París, Étienne Tempier, condenó 219 proposiciones aristotélicas sobre las que habían escrito, entre otros, el Aquinatense y Averroes, que lastraban tanto la teología como la experimentación.

 

El nacimiento de la ciencia moderna se desplazó, así, unos cuantos siglos atrás y los que antes eran considerados los "siglos oscuros" empezaron a resplandecer a los ojos de una sociedad laicista y anticlerical que, de hecho, no le perdonó nunca a Duhem estos descubrimientos. Murió el 14 de septiembre de hace cien años, dejando incompleta su obra principal, Le System du Monde, doce volúmenes acerca de las doctrinas cosmológicas de los que terminó sólo nueve, pero dejando también una gran cantidad de información sobre astronomía medieval, teoría de las mareas, astrología y geoestática.

 

Duhem, al rechazar el mito de la ausencia de una ciencia medieval, fue el «primer estudioso que sacudió el polvo acumulado encima de una cantidad de códices manuscritos que habían permanecido inexplorados durante siglos. Lo que descubrió le indujo a hacer la sorprendente afirmación de que la Revolución científica, asociada a los gloriosos nombres de Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, Johannes Kleper, Descartes e Isaac Newton, había sido sólo una extensión y una reelaboración de las ideas físicas y cosmológicas formuladas en el siglo XIV por los maestros parisinos de la Universidad de París. Duhem consideraba a los filósofos naturales de la escolástica medieval los precursores de Galileo» (R.N.D. Martin). 

 

Con estas palabras, otro gran docente de historia y filosofía de la ciencia, Edward Grant describe al gran físico francés que «convirtió a la ciencia medieval en un gran campo de investigación e incluyó al Medioevo tardío en la corriente general del desarrollo científico» (Stanley Jaki). Gracias a Duhem, científico, físico y creyente, personajes como Buridán y el obispo Nicolás de Oresme salen del olvido y se sitúan como fundamento de la ciencia medieval. 

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

http://www.religionenlibertad.com/ciencia-moderna-nacio-edad-media-catolica-dijo--51915.htm

 

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"Catolicismo y modernidad"

 

En su encuentro navideño con la curia romana sobre las verdaderas o falsas interpretaciones del Vaticano II, el papa Benedicto XVI se preguntó por qué la Iglesia había tenido tantas dificultades en mantener un diálogo abierto con la "edad moderna". Sus respuestas fueron provocadoras - trataron, con gran profundidad, sobre algunas cuentas pendientes con la historia moderna.

"Catolicismo y modernidad" tuvieron un mal comienzo, sugirió el papa, cuando el proceso a Galileo abrió fisuras entre la Iglesia y las ciencias naturales. El intento filosófico de Inmanuel Kant de definir la "religión dentro de la pura razón" pareció eliminar cualquier noción de la Divina Revelación con la que la Iglesia se justificaba. La brecha más dramátical legó después de 1789, cuando la Revolución Francesa propuso - e impuso sangrientamente - la "imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe.". El liberalismo sin ningún rincón para Dios no era un liberalismo con el que la Iglesia pudiese coexistir. Y ¿cómo podría haber diálogo con la ciencia cuando la misma ciencia "pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la "hipótesis Dios"? Las ideas y políticas europeas llevaron a una reacción bajo Pío IX, que Benedicto denominó "ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna.". En ese contexto, las circulares de Pío IX no eran tan "drásticas" como el rechazo de la Cristiandad por parte de los que se sentían representantes del espíritu de "la edad moderna".

Sin embargo existían otras líneas de trabajo en la modernidad que con el tiempo afloraron. Nos quedamos con la larga cita de Benedicto:

"La gente se daba cuenta de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesa. Las ciencias naturales comenzaban a reflexionar, cada vez más claramente, sobre su propio límite, impuesto por su mismo método que, aunque realizaba cosas grandiosas, no era capaz de comprender la totalidad de la realidad.

Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundial, hombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo.

La doctrina social católica, que se fue desarrollando progresivamente, se había convertido en un modelo importante entre el liberalismo radical y la teoría marxista del Estado. Las ciencias naturales, que sin reservas hacían profesión de su método, en el que Dios no tenía acceso, se daban cuenta cada vez con mayor claridad de que este método no abarcaba la totalidad de la realidad y, por tanto, abrían de nuevo las puertas a Dios, sabiendo que la realidad es más grande que el método naturalista y que lo que ese método puede abarcar."

Merece la pena detenernos en varios puntos de este lúcido análisis:

La dureza de la confrontación del siglo XIX entre catolicismo y "modernidad" fue, se puede decir así, bilateral. Las poderosas fuerzas culturales y políticas europeas se fijaron como objetivo la erradicación de la Cristiandad o al menos el sometimiento a un estado todopoderoso. Como Benedicto reconoce, el lenguaje de Pío IX era el lenguaje de la condenación, pero había, en verdad, bastantes cosas que necesitaban ser condenadas (tal como aclaró Owen Chadwick, historiador anglicano, en A History of the Popes 1830-1914 y también otro intelectual británico, Michael Burleigh, que lo subrayará en su próximo libro: Earthly Powers: The Clash of Religion and Politics in Europe from the French Revolution to the Great War).

La revolución americana, que separó institucionalmente la Iglesia y estado al afirmar los orígenes trascendentes de las "verdades" sobre las que se basa la sociedad democrática, fue una cuestión totalmente diferente de su contraparte francesa. De este modo "1776" ayudó a impulsar el desarrollo de la doctrina que a la larga llevaría a la Declaración sobre la Libertad Religiosa del Vaticano II (un aspecto que no sólo debe ser ponderado por los lefebristas, si no también por los articulistas de Communio que están convencidos que América, en el fondo, es un república mal fundamentada.

El Catolicismo y la ciencia pueden tener un diálogo mutuamente beneficioso cuando la Iglesia recuerda que no se le ha perdido nada en la geología y la ciencia recuerda que el método científico no puede medir, y mucho menos dar cuenta de, todo lo que existe; cuestión, pienso yo, que es el punto central del tema de la actual embate en las guerras de Darwin.

 

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"El relativismo es una auténtica dictadura que no conoce nada como definitivo, y deja como última medida ´el falso yo´ y sus pasiones"

 

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«Como ha sostenido la filósofa canadiense Cheryl Misak, la noción de verdad debe volver al centro de la filosofía moral y de la vida pública. Si no hay verdad, no es posible el debate, porque la discusión deja de ser un proceso de búsqueda y se transforma meramente en una tramoya del poder. Si no hay verdad, no tiene sentido tampoco el pluralismo democrático, y la mejor actitud sería entonces la de optar por un silencio quietista. Defender el pluralismo no implica una renuncia a la verdad, o su subordinación a un perspectivismo culturalista. El genuino pluralismo vive de afirmar, no sólo que caben diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además de sostener que entre ellas hay –en expresión de Stanley Cavell– maneras mejores y peores, y que, mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional, los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de una opinión sobre otra. La esencia de la verdad –escribió Peirce– está en su resistencia a ser ignorada. A mí me gustaría añadir que no es la verdad fruto del consenso, sino más bien es el consenso fruto de la verdad y que, por esta razón, ha de ser la verdad el foco del debate público». 2004.12. José Francisco Serrano

 

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El Evangelio de Cristo del siglo I al XXI la Iglesia Católica fielmente proclama.

 

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La tradición occidental desde las antiguas Atenas, Jerusalén y Roma, no se ha movido entre la represión o la descarga del impulso, sino que ha peleado por la libertad interior, que pasa por el dominio de sí, pues sin ésta difícilmente el hombre puede hablar de libertad, ya que no se trata simplemente de la ausencia de coacción externa, sino de capacidad para poder determinarse en orden al bien.

 

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Cómo la Iglesia inventó las universidades

 

Digan lo que digan las novelas tipo Código Da Vinci, la universidad no fue creada por librepensadores enemigos de la religión.

¿Quién inventó la Universidad? Parece la pregunta rencorosa de un estudiante angustiado por los exámenes. Pero la cuestión tiene más calado de lo que a simple vista parece. Influenciados por los best-sellers y la falta de cultura actual, más de uno podría atribuir el mérito a “científicos librepensadores” de la Edad Media, que pretendían liberar al pueblo de la superstición y la ignorancia, a intelectuales que no querían someterse a los estamentos religiosos. La realidad es distinta: también apasionante, pero sin extrañas conspiraciones.

Las escuelas monásticas y las escuelas episcopales

A partir del siglo IX, con el florecimiento de la vida monástica, empiezan a surgir escuelas cobijadas en los monasterios. Se trata de una institución docente para formar a sus monjes, aunque en bastantes lugares se añade una escuela exterior que recibe otros estudiantes.

La lista de las escuelas monacales de prestigio es interminable: Jarrow, York, San Martín de Tours, San Gall, Corbie, Richenau, Montecasino…

Paralelamente los Obispos y los cabildos crean en las ciudades centros docentes similares a las que ya funcionaban en los monasterios. Cobran importancia sobre todo desde el siglo XI.

Estas escuelas, llamadas episcopales, nacen a la sombra de las catedrales. Las de más renombre son las de Reims, Chartres, Colonia, Maguncia, Viena, Lieja…

Tanto las escuelas monásticas como las episcopales comparten un mismo programa de estudios: la enseñanza de las siete artes liberales: el trivio (gramática, retórica y dialéctica) y el cuadrivio (aritmética, geometría, astronomía y música).

Estudio General y Universidad

Hacia el siglo XII empiezan a enseñar maestros que no están vinculados a ninguna escuela monástica o episcopal determinada y nace el fenómeno de la “movilidad” estudiantil (el preludio de los hoy famosos erasmus). Los centros pasan a ser promovidos directamente por los Papas y los Reyes.

Paulatinamente se sustituyen las escuelas monásticas por estos nuevos centros a los que se les denomina Studium Generale (estudio general). El adjetivo general indica que están abiertos a estudiantes de todas las nacionalidades y que se imparten todas las disciplinas científicas.

Fueron los Studium Generale de más competencia los que se convirtieron en universitas (universidades). El documento más antiguo en el que aparece la palabra universitas con este significado es del papa Inocencio III e iba dirigido al Estudio General de París.

Toda universidad admitía estudiantes y maestros de las distintas naciones y aspiraba a dar títulos que fueran universalmente valederos. Esta necesidad de universalidad hace que se recurra a autoridades universales como los papas y reyes para que expidan las “licencias”.

Este hecho lleva a los historiadores a afirmar que “hay pocas universidades en cuya partida de nacimiento no se encuentre un documento pontificio o por lo menos la intervención de un delegado de la Santa Sede”.

Las primeras universidades

El primer centro de Estudio General que recibió el permiso para expedir licencias (convirtiéndose por tanto en Universidad) fue la de Bolonia en 1158 y procedía de la anterior escuela eclesiástica. Ésta a su vez se originó como fusión de la escuela episcopal y la teológica del monasterio camaldulense de San Félix.

El canciller de la escuela episcopal de Nôtre Dame auspició la formación de la segunda de las universidades, la de París. Esta fue la mayor y más famosa de todas y por sus aulas pasaron figuras como San Alberto y Santo Tomás de Aquino entre muchos otros.

Un grupo de estudiantes ingleses formados en París se instalaron en las escuelas monacales de Oxford y organizaron los estudios como en su Universidad de origen. El papa Inocencio IV le privilegia con una carta de 1254. Fue el nacimiento de una Universidad cuya fama perdura hasta el día de hoy: la Universidad de Oxford.

 

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El Papa Gerberto de Aurillac, un mártir de la ciencia

 

Silvestre II, matemático y sabio, sufrió la persecución por sus geniales ideas científicas seis siglos antes que Galileo; y quien le perseguía no era la Iglesia.

Hace unos años todo el mundo estuvo en vilo durante un tiempo ante el temido “cambio de milenio”. El efecto 2000 en la informática y los profetas de calamidades se encargaron de alimentar la frenética imaginación del pueblo. Nihil novo sub sole (Nada nuevo bajo el sol) dice la máxima latina.

Y es cierto. En el primer cambio de milenio la población también se aterrorizó de manera infundada. Entonces fue Silvestre II el encargado de apaciguar los miedos de sus fieles e introducirlos en el segundo milenio de la era cristiana. A los que les guste esta época y quieran enmarcar al personaje, les puede ir bien leer Cercamón, una premiada novela de Luis Racionero en la que aparece el gran papa matemático.

Un monje francés formado en Barcelona y amigo del Obispo de Vic

Gerberto de Aurillac (futuro Silvestre II) nació en Auvernia, sur de Francia, en el año 940. Estudió el Trivium (gramática, lógica y retórica) en el monasterio benedictino de su ciudad y allí se sintió llamado a abrazar el estilo de vida que propusiera San Benito cinco siglos antes. Ya siendo monje pudo viajar a la Ciudad Condal para completar su formación.

Estudió el Quadrivium (Aritmética, Geometría, Astronomía y Música) bajo la tutela del conde Borrell II, que a su vez nombró a Atón, el Obispo de Vic, su preceptor.

 

 

Una miniatura del Apocalipsis, del Beato de Gerona;

alguna gente se asustó al acercarse el año 1000, pero no el papa Gerberto

 

Al corazón de Cataluña ya había llegado la ciencia árabe, con la que Gerberto entró en contacto. Esto permitió que adquiriera una sólida formación científica. Sus conocimientos iban desde la matemática y la astronomía hasta la alquimia y la música.

Su extraordinaria valía no pasó desapercibida ni al Papa Juan XIII ni al Emperador Otón II. Fue maestro en la escuela catedralicia de Reims, ciudad de la que llegaría a ser Obispo, abad del monasterio de Bobbio y, antes de ser nombrado Sumo Pontífice, Obispo de Rávena.

Las “extravagantes ideas” del nuevo Papa

Gerberto fue uno de los científicos más brillantes de su época. Sus colegas acudían a él para solventar problemas científicos incluso cuando ya había sido nombrado Papa. Algunos hicieron correr ignominiosas leyendas sobre Gerberto, al que acusaban de haber pactado con el diablo a cambio de gozar de poderes mágicos.

Como matemático fue el primero que introdujo el sistema numérico indoarábigo. Expuso las ventajas de éste con respecto a la numeración tradicional romana con las letras I, V, X, L, C, D, M. No tuvo éxito con su propuesta, que acabaría imponiéndose doscientos años más tarde.

En Europa se decía “¿A qué viene esta moda de escribir las cantidades con signos árabes? ¡Eso es cosa del diablo! Las cifras romanas son cristianas y hace siglos que se usan en la Iglesia, mientras que las arábigas vienen de infieles y no se pueden aceptar”.

Toda su autoridad papal no le sirvió para implantar el sistema numérico que utilizamos hoy día. Tampoco le valió su autoridad para librarse de tremendas habladurías surgidas a raíz de sus reformas eclesiásticas. Se hizo creer a los fieles que Satanás se llevaría su alma cuando muriera y que el mismo Papa había mandado trocear su cuerpo al morir para que el demonio no se apoderara de él.

El mito duró casi siete siglos hasta que el Vaticano decidió abrir su sepulcro en el 1648 para acabar con la leyenda. Se encontraron a Silvestre II, con su mitra en la cabeza y las manos cruzadas sobre un cuerpo entero y casi intacto.

Las contribuciones del Papa científico

Además de difundir las cifras árabes, Gerberto también popularizó el uso del astrolabio, que es un instrumento astronómico. Se expandió por todo el mundo latino desde Catalunya y fue Gerberto quien describiera su modo de utilización en su Liber de utilitatibus astrolabii.

También fue el primero en adoptar el uso del ábaco (de origen sarraceno como el astrolabio) y escribir unas reglas para su uso.

 

 

Astrolabio de Muhammad al-Naqqas (año 1079, Al-Ándalus)

 

Su pasión por la música le hizo capaz de proyectar la construcción de un órgano a vapor en la catedral de Reims. También inventó diversas máquinas hidráulicas así como una tabla de cálculo y un primitivo reloj de péndulo.

A todo esto hay que añadir su buen trabajo como líder religioso y político. Silvestre II fue, sobre todo, el gran organizador de la Iglesia en Polonia y en Hungría. Cuando el caudillo de los húngaros, Esteban, se convirtió al catolicismo, el papa le coronó rey. Era el año 1000.

No todos los mártires de la ciencia son Galileo y Bruno

Existe la falsa creencia de que el desarrollo de las ciencias es debido a la “sangre” vertida por ciertos mártires del saber como Galileo Galilei o Giordano Bruno. También se atribuye a la Iglesia el papel de perseguidora del saber racional y se la considera la principal fuerza contra la que tuvieron que batallar los defensores de la verdad científica. Silvestre II nos demuestra la falsedad de estas tesis.

Seis siglos antes que Galileo y Bruno, él ya tuvo que sufrir la incomprensión y la persecución por causa de sus ideas científicas. Y su oponente no fue precisamente la Iglesia, ya que él mismo fue Obispo y más tarde Papa.

Es propio de la condición humana el miedo ante lo desconocido y lo novedoso. El ser humano prefiere la seguridad de lo “malo conocido” que las promesas de lo “bueno por conocer”. Ya se sabe que el miedo nos hace actuar en ocasiones de manera irracional y de ese ataque no se escaparon Galileo y Bruno, pero tampoco todo un Papa como Silvestre II.

 

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Silvetsre II difundió el astrolabio entre la Cristiandad

 

"¿San Alberto Einstein?"; el patrón de los científicos

 

Pocos son los estudiantes de ciencias que conocen las aportaciones científicas de su patrón, San Alberto Magno.

Alrededor del 15 de noviembre en las facultades de ciencias de todos los países de herencia católica se conmemora la fiesta del patrono, que es San Alberto. En el campus universitario de la Diagonal de Barcelona, de los muchos actos que se celebran, sólo uno nos refiere directamente al sentido originario de la festividad: la celebración eucarística del SAFOR (Servicio de Asistencia y Formación Religiosa). Por ello no es de extrañar que la mayoría de estudiantes no sepan exactamente qué están celebrando.

La lógica consecuencia es que uno de ellos escribiera en uno de los carteles que anunciaban las fiestas: “Sant Albert… Einstein?”. Quizá en un momento de lucidez en medio de los litros de alcohol que corren en los vestíbulos de cada facultad, el buen estudiante se preguntara a qué venía todo aquello.

Es evidente que la Iglesia no ha canonizado a Einstein. Como físico está a la altura de los más grandes, como Newton y Maxwell, aunque como persona y como marido su contribución es más discutible… y si no que se lo pregunten a Mileva, su sufrida esposa.

 

 

El verdadero San Alberto

Fue un Papa contemporáneo, Pío XII (1876-1958), quien declaró a Alberto patrono de todos los que se dedican a las ciencias naturales.

San Alberto Magno nació en la ciudad bávara de Lavignan (perteneciente a la actual Alemania) hacia el 1206 y murió en Colonia en 1280. Sólo con ver las fechas y si uno se deja llevar por la famosa leyenda negra entorno al supuesto oscurantismo de la Iglesia en la Edad Media, lo más sencillo es imaginarse a San Alberto como un obispo dedicado a refrenar las desmedidas ambiciones de los alquimistas por encontrar la piedra filosofal o disuadiendo al pueblo de acudir a los astrólogos para indagar sobre el futuro.

En realidad, Alberto sí que fue obispo, en concreto lo eligieron en 1260 para ocupar la sede de Ratisbona, pero sólo “duró” dos años. Vio que no era lo suyo y prefirió volver a sus antiguas ocupaciones. Además de ser teólogo, exegeta, filósofo y predicador, también tuvo tiempo para cultivar de manera muy notable las ciencias naturales: astronomía, meteorología, zoología, botánica, medicina, agricultura…

Fue capaz de describir toda la fauna europea (necesitó 26 libros para ello) y analizó con rigor la flora alemana, con una profundidad tal que fueron necesarios varios siglos para superar lo que él dio a conocer.

Dos “pequeños” favores que le debemos a San Alberto

H.J. Sadler dijo de San Alberto en 1932: “Si se hubiera continuado el desarrollo de la ciencias de la naturaleza por el camino que había tomado San Alberto se habría ahorrado a esta ciencia un rodeo de tres siglos”.

San Alberto basó su método científico en la observación y experimentación de los fenómenos de la naturaleza. Dio mucha importancia a contrastar sus proposiciones de manera empírica, proponiendo una manera de hacer ciencia menos especulativa y más experimental.

Hay que señalar que las ciencias naturales de la época eran más bien una filosofía de la naturaleza y, por tanto, se utilizaba de manera prioritaria el método filosófico.

Hasta la aparición de Galileo tres siglos más tarde la ciencia no adoptaría firmemente el método empírico y por eso el autor citado muestra a San Alberto como un precursor de la ciencia moderna.

Por otra parte, y como es bien sabido, San Alberto fue profesor de Santo Tomás de Aquino en la Universidad de París. Los dos compartieron orden religiosa (los dos eran dominicos) y una gran pasión por la verdad. Es bonito pensar que San Alberto tuviera gran parte de “culpa” del gran legado que nos dejó su mejor discípulo.

 

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SILVESTRE II (999-1003) Pont. Max.


Nació en Francia. Fue el primer Papa francés. Su nombre era Gerberto y era monje benedictino. Fue nombrado papa por Otón III que le tuvo de preceptor.

Su pontificado coincidió con el pasaje al segundo milenio, que los cristianos consideraban crucial. Todos se esperaban el fin del mundo y se habían preparado a ello con rezos, penitencias y peregrinaciones a Tierra Santa.

De acuerdo con el emperador, intentó reformar y moralizar al clero. Pero obtuvo muy poco. El progresivo enriquecimiento de todas las clases eclesiásticas y el creciente fenómeno de los obispos-condes habían provocado una fuerte laicización con considerable declive del nivel moral y religioso. Los obispos-condes además eran súbditos del emperador, aún antes de ser obispos de la Iglesia. El conflicto que muy a menudo vivían estos personajes, que tenían que relacionarse con dos instancias opuestas entre sí, se resolvía por lo general en favor del aspecto temporal y a expensas del religioso. Su vena reformadora fue entonces obstaculizada por los obispos.

Por otra parte el partido nacionalista autónomo, que quería crear una república en Roma, mientras tanto se había reunido en Tívoli para oponerse a la autoridad pontificia, respaldado en esto por algunos feudatarios italianos. Otón fue y los subyugó, pero poco tiempo después murió y Silvestre se quedó sin el apoyo necesario para afrontar la peligrosa situación. Al final, dejando de lado todo proyecto de reforma, se limitó a despachar exclusivamente cuestiones religiosas, inducido a esto también por la conducta arrogante del nuevo señor de Roma, Juan Crescencio, quien enseguida se encargó de reducirlo en estado de sumisión.

Silvestre murió de malaria o tal vez asesinado. La tradición dice que Silvestre fue punido por Dios porque era astrólogo, «nigromante y brujo». Por lo tanto su tumba no goza del justo reposo y emite* una especie de sudor (sudans) cada vez que un papa está a punto de morir.

(*sucesos u opiniones de irrelevante valor).

 

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La búsqueda, más allá del alma, de lo inmutable

"Pregunta a la hermosura de la tierra, pregunta a la hermosura del mar, pregunta a la hermosura del aire dilatado y difuso, pregunta a la hermosura del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire: a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y los invisibles, que lo gobiernan. Pregúntales. Todos te responderán: «Contempla nuestra belleza.» Su hermosura es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la belleza inmutable? Ya en el hombre mismo, para poder conocer y comprender a Dios, creador del universo entero; en el mismo hombre, repito, se hizo la pregunta a ambos componentes, al cuerpo y al alma. Preguntaban a lo que ellos mismos eran: al cuerpo que veían y al alma que no veían, pero sin la cual no podían ver aquél. Veían, en efecto, mediante el ojo, pero el que ve a través de esas ventanas estaba dentro. De esta manera, cuando se marcha quien la habita, la casa se derrumba; cuando se aleja el principio rector, cae lo regido, y por eso recibe el nombre de cadáver. ¿No están, acaso, intactos los ojos? Aunque estén abiertos, nada ven. Los oídos siguen ahí, pero se ausentó el que oía; la lengua permanece, pero se alejó el músico que la movía. Preguntaron, pues, a estas dos cosas, al cuerpo, que se ve, y al alma, que no se ve, y descubrieron que es mejor lo que no se ve que lo que se ve; que es superior el alma, que queda oculta, e inferior la carne, visible. Vieron ambas cosas, las analizaron, discutieron sobre ellas, y advirtieron que, en el hombre, una y otra eran mudables. Al cuerpo lo hace mudable la edad, la enfermedad, los alimentos; el descanso y el cansancio, la vida y la muerte. A continuación se ocuparon del alma que habían reconocido ser ciertamente superior, y que les cau­saba admiración a pesar de ser invisible; advirtieron que también ella era mutable, que ahora quiere y luego no, que ahora sabe y luego ignora, que ahora se acuerda y luego se olvida, que ahora tiene miedo y luego es atrevida, que ahora progresa en la sabiduría y luego se hunde en la necedad. Al verla mutable, la trascendieron también a ella y buscaron algo inmutable. De esta manera, por las cosas hechas llegaron a Dios, que las hizo."

San Agustín, Homilía 241: 2 – 3. Pascua, (¿411 A.D.?)

 

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Ignorancia de la historia - Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve también de arma tanto defensiva como ofensiva de quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal.

 

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PASADO - El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.

 

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La mentira y el error están en desacuerdo con la realidad. Cuando un mundo se construye contra la realidad, ese mundo está abocado a la ruina, y mientras ésta llega va arruinando a los hombres.

 

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PASADO HISTORIA - La inscripción del templo de Delfos, que inspiró a Sócrates: conócete a ti mismo. Se trata de una verdad fundamental: conocerse a sí mismo es típico del hombre. En efecto, el hombre se distingue de los demás seres creados sobre la tierra por su capacidad de plantearse la cuestión del sentido de su propia existencia. Gracias a lo que conoce del mundo y de sí mismo, el hombre puede responder a otro imperativo que nos ha transmitido también el pensamiento griego: llega a ser lo que eres.

Por tanto, el conocimiento tiene una importancia vital en el camino que el hombre recorre hacia la realización plena de su humanidad: esto es verdad de modo singular por lo que atañe al conocimiento histórico. En efecto, las personas, como también las sociedades, llegan a ser plenamente conscientes de sí mismas cuando saben integrar su pasado.

 

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Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999).
S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

 

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Análisis histórico - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval. La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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El Renacimiento y la Reforma han configurado el individuo occidental moderno, que no se siente agobiado por cargas externas, como la autoridad meramente extrínseca y la tradición. Hay muchos que sienten cada vez menos la necesidad de «pertenecer» a las instituciones (pese a lo cual, la soledad sigue siendo en gran medida un azote de la vida moderna), y no se inclinan a dar a las opiniones «oficiales» mayor valor que a las suyas propias. Con este culto a la humanidad, la religión se interioriza, de manera que se va preparando el terreno para una celebración de la sacralidad del yo; en el plano del análisis histórico, se cultiva el caldo del relativismo atenuando las responsabilidades importantes. Lo que importa señalar aquí y ahora es que, en ciertas prácticas de algunos grupos protestantes y la masonería en general, gustan recurrir constantemente a la mentira, a la desfiguración de los hechos quitándoles del contexto, o insisten recurrir llana y repetitivamente «sin vergüenza alguna» a las conocidas ‘leyendas negras’.

 

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«Sin una idea superior no puede existir un hombre ni una nación. Y en la Tierra solo hay una idea superior: la idea de inmortalidad del alma.Todas las demás ideas superiores que puede tener el hombre surgen de ésta»

("Diario de un escritor". Fedor Dostoieswsky

 

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MENTIRSE - ANTES pensaba que las palabras podían curar. Me parecía que, de hecho, algunas me habían curado de dolencias diversas. Ahora pienso que sólo curan las palabras que uno se dice a sí mismo y son verdad. Sanan las palabras que sondean la propia alma y la obligan a reconocer esa línea difusa de egoísmos que cruza más a menudo de lo que luego quisiera recordar o admitir. Lo contrario enferma. Le pasa a casi todo el mundo. La espiral de la insinceridad empieza en la mentira que uno se cuenta sobre sí mismo, y luego se embrolla y se convierte en algo insoportable, denso, que genera una atmósfera asfixiante alrededor en la que desaparece la confianza, porque, sencillamente, dejamos de fiarnos de nosotros mismos. Por eso me asusta tanta ausencia de autocrítica, tan poca capacidad para pedir perdón, tanto «volvería a hacer lo mismo» que sólo significa necedad reconcentrada y afila, a su vez, la capacidad para criticar a los demás hasta la demolición, para inventarles defectos o para regodearse en los que tienen como si fueran un bien propio. Si la mentira complaciente sobre ti mismo la cuentan otros, mejor. Es la clave de la manipulación. Entonces, ¡ay del que disienta! - La Voz de Galicia y Arvo Net, domingo 05/06/2005

 

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“El Señor me ha dicho: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Con estas palabras del Salmo segundo, la Iglesia inicia la Santa Misa de la vigilia de Navidad, en la cual celebramos el nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo en el establo de Belén. En otro tiempo, este Salmo pertenecía al ritual de la coronación del rey de Judá. El pueblo de Israel, a causa de su elección, se sentía de modo particular hijo de Dios, adoptado por Dios. Como el rey era la personificación de aquel pueblo, su entronización se vivía como un acto solemne de adopción por parte de Dios, en el cual el rey estaba en cierto modo implicado en el misterio mismo de Dios. En la noche de Belén, estas palabras que de hecho eran más la expresión de una esperanza que de una realidad presente, han adquirido un significado nuevo e inesperado. El Niño en el pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios. Dios no es soledad eterna, sino un círculo de amor en el recíproco entregarse y volverse a entregar. Él es Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

Más aún, en Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo se ha hecho hombre. El Padre le dice: “Tu eres mi hijo”. El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad: “Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”. Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. De este modo aprendemos a conocerlo. Y sobre todo niño resplandece algún destello de aquel hoy, de la cercanía de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos; sobre todo niño, también sobre el que aún no ha nacido. 

S..S. Benedicto P.P. XVI – MMV.XII. Misa del gallo-Basílica vaticana sobre la tumba del mártir San Pedro crucificado cabeza abajo bajo Nerón en el 64/67ca.

 

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Además, por el carácter mismo de la comunión eclesial y de la relación que tiene con ella el sacramento de la Eucaristía, se debe recordar que "el Sacrificio eucarístico, aun celebrándose siempre en una comunidad particular, no es nunca celebración de esa sola comunidad: esta, en efecto, recibiendo la presencia eucarística del Señor, recibe el don completo de la salvación, y se manifiesta así, a pesar de su permanente particularidad visible, como imagen y verdadera presencia de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica". De esto se deriva que una comunidad realmente eucarística no puede encerrarse en sí misma, como si fuera autosuficiente, sino que ha de mantenerse en sintonía con todas las demás comunidades católicas.
Ecclesia de Eucharistia, n. 39

 

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Es preciosa la homilía de Benedicto XVI en la apertura del Sínodo sobre la Eucaristía, con su diagnóstico certero sobre el mundo moderno: “queremos poseer el mundo de manera ilimitada, Dios nos estorba y hacemos de Él una simple frase devota, o lo desterramos de la vida pública… Pero donde el hombre se convierte en el único dueño del mundo y en propietario de sí mismo, no puede haber justicia”. Varios medios han tildado esta afirmación, tan evangélica y tan realista, de apocalíptica, cuando se trata de una lectura inteligente de la historia del mundo, y especialmente del siglo que acabamos de dejar atrás. Es una advertencia especialmente adecuada para esta hora que nos toca vivir, aunque provoque sarpullido a los bienpensantes de turno. 2005-10-10

 

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La tradición occidental desde las antiguas Atenas, Jerusalén y Roma, no se ha movido entre la represión o la descarga del impulso, sino que ha peleado por la libertad interior, que pasa por el dominio de sí, pues sin ésta difícilmente el hombre puede hablar de libertad, ya que no se trata simplemente de la ausencia de coacción externa, sino de capacidad para poder determinarse en orden al bien.

 

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Beato Carlos de Foucauld (1858-1916) ermitaño, misionero del Sahara argelino - Meditaciones sobre los evangelios 

 

“Os aseguro que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás..” (Lc 21,3) -       “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lc 23,46) Esta es la última oración de nuestro Maestro, nuestro Amado. ¡Ojala sea también la nuestra! No sólo la oración de nuestro último instante sino la de todos los instantes; “Padre mío, en tus manos me encomiendo, Padre mío, me confío a ti, Padre mío, me abandono a ti. Padre mío, haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy gracias, de doy gracias por todo. Estoy dispuesto a todo, acepto todo, os doy gracias por todo, con tal que se haga en mí tu voluntad, Oh Dios, con tal que se haga tu voluntad en todas tus criaturas, en todos tus hijos, en todo lo que tú amas. No anhelo nada más, Dios mío. Entrego mi espíritu a tus manos, te lo doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te quiero y me lo exige el amor que te tengo: abandonar todo, sin medida, entre tus manos. Me confío a ti con inmensa confianza porque tú eres mi Padre.

 

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¿Qué cosa, pues, es mi Dios?

"¿Abárcante, por ventura, el cielo y la tierra por el hecho de que los llenas? ¿O es, más bien, que los llenas y aún sobra por no poderte abrazar? ¿Y dónde habrás de echar eso que sobra de ti, una vez lleno el cielo y la tierra? ¿Pero es que tienes tú, acaso, necesidad de ser contenido en algún lugar, tú que contienes todas las cosas, puesto que las que llenas las llenas conteniéndolas ? Porque no son los vasos llenos de ti los que te hacen estable, ya que, aunque se quiebren, tú no te has de derramar; y si se dice que te derramas sobre nosotros, no es cayendo tú, sino levantándonos a nosotros; ni es esparciéndote tú, sino recogiéndo­nos a nosotros.

Pero las cosas todas que llenas, ¿las llenas todas con todo tu ser o, tal vez, por no poderte contener totalmente todas, contienen una parte de ti ? ¿Y esta parte tuya la contienen todas y al mismo tiempo o, más bien, cada una la suya, mayor las mayores y menor las menores? Pero ¿es que hay en ti alguna parte mayor y alguna menor? ¿Acaso no estás todo en todas partes, sin que haya cosa alguna que te contenga totalmente ?

Pues ¿qué es entonces mi Dios? ¿Qué, repito, sino el Señor Dios? ¿Y qué Señor hay fuera del Señor o qué Dios fuera de nuestro Dios? (Sal. 17, 32). Sumo, óptimo, poderosísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo; secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e incomprensible, inmutable, mudando todas las cosas; nunca nuevo y nunca viejo; renueva todas las cosas y conduce a la vejez a los soberbios sin ellos saberlo (Job 9, 5) ; siempre obrando y siempre en reposo; siempre recogiendo y nunca necesitado ; siempre sosteniendo, llenando y protegiendo; siempre creando, nutriendo y perfeccionando; siempre buscando y nunca falto de nada.

Amas y no sientes pasión; tienes celos y estás seguro; te arrepientes y no sientes dolor; te airas y estás tranquilo; mudas de obra, pero no de consejo; recibes lo que encuentras y nunca has perdido nada; nunca estás pobre y te gozas con los lucros; no eres avaro y exiges usuras. Te ofrecemos de más para hacerte nuestro deudor; pero ¿quién es el que tiene algo que no sea tuyo, pagando tú deudas que no debes a nadie y perdonando deudas, sin perder nada con ello ?

¿Y qué es cuanto hemos dicho, Dios mío, vida mía, dulzura mía santa, o qué es lo que puede decir alguien cuando habla de ti? Al contrario, ¡ay de los que se callan de ti!, porque no son más que mudos charlatanes."

San Agustín, Confesiones 1, 3 – 4.

  

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El Evangelio de Cristo del siglo I al XXI la Iglesia Católica fielmente proclama.

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

 

"E pur si muove". (Y sin embargo se mueve.) Galileo Galilei.

Gracias por venir a visitarnos; gracias por elegirnos, por sugerirnos ideas y comentarios. 

 

Galileo y Einstein caracterizaron una época. La grandeza de Galileo es de todos conocida, como la de Einstein; pero a diferencia que el primero tuvo que sufrir mucho —no sabríamos ocultarlo— de parte de hombres y organismos de la Iglesia.

 

 

‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

 

 

 

Otras (posibles) direcciones de internet relacionadas:  http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/

noticia.php?id_noticia=5594&id_seccion=9El Código Pacioli - el genial monje científico amigo de Leonardo 

http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=5482&id_seccion=9 Cómo la Iglesia inventó las universidades  

http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=5396&id_seccion=9 San Alberto Magno, un monje, químico y patrón de los científicos  http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/

noticia.php?id_noticia=5664&id_seccion=10El Papa Gerberto de Aurillac, un mártir de la ciencia  

http://www.library.jhu.edu/departments/rsc/izbicki/cusanus.html Sociedad Cusana Americana - en inglés  http://www.uni-trier.de/~cusanus/Institutod e Investigación Cusana - en alemán

 

Señor, que mis obras sean conformes con mis palabras. †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).