Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Casiodoro Magno Aurelio, fue un filósofo, pensador, monje y escritor latino, consultado por los reyes y gobernantes de su época. Nació en el año 468 D.C., en Squillace y murió después de 562. Fue ministro de Teodorico el Grande. En el año 538 se retiró y fundó una orden monacal, precursora de la de San Benito (benedictinos), consagrada sobre todo a la conservación y copia de manuscritos antiguos.

 

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Los Templarios en España:

"No hay hueco para las leyendas"

 

Por Juan Ignacio Vargas Ezquerra

La entrevista a Gonzalo Martínez Diez, investigador en fuentes primarias, presenta un libro que aporta datos para deshacer algunos mitos sobre el tema

 

Coincidiendo con las terceras jornadas estivales Ciudad de Tarazona, que versaban este año sobre "Aragón y la Inquisición", volvió a recalar por la milenaria localidad aragonesa el Doctor y Catedrático Emérito de Historia del Derecho por la Universidad Rey Juan Carlos, Don Gonzalo Martínez Diez. Este veterano historiador lanzó al mercado, durante el pasado mes de abril y coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid, una obra de alto interés tanto para doctos como para legos en la materia. Estamos hablando de su último libro titulado Los templarios en los reinos hispánicos, que ha venido a colmar un vacío existente hasta ahora en la historiografía de la Corona de Castilla –por su escasa investigación- y en la de Aragón –por no haberse escrito lo trabajado en lengua española-, lo que da a su obra un peso específico dentro de la novela histórica actual.

  

Las órdenes militares surgieron inicialmente, en tiempos de las Cruzadas, como congregaciones compuestas por religiosos para proteger a los peregrinos que iban a Tierra Santa, para acabar defendiendo como monjes-soldados los Santos Lugares. Con el pasar de los años, marcharon a servir al segundo frente de la Cristiandad: la Reconquista Española La actuación en los diferentes teatros de operaciones de la península por parte de las órdenes del Temple, de San Juan de Jerusalén o del Santo Sepulcro demostró ser muy eficaz; hecho que fue premiado por los monarcas hispanos con la concesión de castillos y encomiendas de diversa entidad. A éstas órdenes venidas de Europa, se fueron alistando numerosos caballeros peninsulares que deseaban servir en sus filas para, de este modo, hacer compatible su profesión militar con una vida cristiana más rigurosa según el estilo de la época.

 

Ya en Hispania (entendiendo a ésta como la suma de los reinos portugués, leonés, castellano, navarro, aragonés y el principado catalán) nacieron, a imitación de las ultramontanas ya mencionadas, las órdenes militares de Calatrava, Santiago, Montesa y Alcántara entre otras. Sus acciones se desarrollaron fundamentalmente entre los siglos XII y XIII –con distinta suerte- entre las que destacan las de Zaragoza, Menorca, Mallorca, Lisboa, Almería y Navas de Tolosa.

  

La Orden del Temple recibió donaciones por parte de la realeza, la nobleza y los particulares por razones de prestigio y de la querencia por recibir sus bienes espirituales. Los templarios gozaron de un notable poder político, llegando a formar parte de la curia real acompañando al monarca en sus guerras y firmando importantes documentos públicos. Los "pobres caballeros de Cristo" –tal y como se denominaron en un principio- dejaron de ser tales con el tiempo. De todos modos, hay que tener en cuenta que todas las campañas militares y la propia infraestructura templaria necesitaban de un soporte económico para poder desarrollar sus actividades. Sin embargo la pérdida de su misión original (el Reino Latino en Tierra Santa había caído en manos islámicas en 1291), junto con el balance del litigio entre el poder temporal –representado por la Monarquía- y el espiritual –representado por la Iglesia- a favor del primero, unido al abandono del voto de pobreza fueron algunas de las causas que provocaron la aprensión de los bienes de la Orden así como del arresto y ejecución de muchos de sus miembros con la acusación falsa de herejía. Primero en Francia (1307) y después, en el resto de la Cristiandad (1312), con el apoyo de una Roma políticamente débil. El mundo estaba cambiando.

  

Pero para conocer un poquito en profundidad sobre esta orden militar que se mueve más en la leyenda que en la realidad histórica, hemos tenido la posibilidad de hablar con uno de los mejores especialistas de este tema en España, Gonzalo Martínez Diez, que nos aclara algunos aspectos sobre los templarios en nuestro país.

 

PREGUNTA: ¿Qué hay de mito y qué de realidad en la Orden de los templarios?

  

RESPUESTA: "La tragedia final del último Gran Maestre de la Orden del Temple (sentenciado a morir quemado vivo en la hoguera, durante un atardecer de 1314 en la isla del Sena y teniendo frente por frente a la catedral de Notre Dame) impresionó vivamente en la mente y en el corazón de sus coetáneos. Este hecho provocó el nacimiento de múltiples leyendas ya desde la misma fecha del acontecimiento en dónde se empezó a decir que el Gran Maestre había "emplazado" en la hoguera del juicio de Dios al Papa y al Rey. Pero los emplazamientos no son tales a pesar de que fallece el Pontífice (Clemente V) ese mismo año, el propio monarca (Felipe IV el Hermoso) y sus tres hijos varones al igual que el nieto mayor; extinguiéndose de este modo la dinastía de los Capetos. Todos estos hechos dieron origen a infundios sobre los secretos de la Orden, etc. llegándola a enlazar incluso con la Masonería sin ningún fundamento y dando lugar a una inmensa literatura esotérica, cuya relación con la Historia es nula. Al menos para un historiador que, para buscar la verdad se atiene a las fuentes, a los datos y a lo objetivo.

  

Sin embargo, si que consiguieron merecida fama gracias a la eficacia que demostraron en todo. Monjes plenos (no mitades como se dice) y profesionalmente soldados. ¡Una milicia perfecta! Es el modelo de todas las demás, tanto por el gran éxito demostrado en el cumplimiento de sus objetivos, como por el duro entrenamiento que practicaban (llegaban a montar hasta cinco veces diarias el caballo), por su limpieza en el vestir..."

  

P: A la hora de encontrar esas fuentes, ¿qué oportunidad tiene el historiador actual de acercarse a ellas?

  

R: "Para el historiador estas fuentes son muy diversas. Yo he estudiado las españolas: en las crónicas se ven las fundaciones, las cesiones reales, las encomiendas, los castillos. Está mejor en Aragón y Cataluña que en Castilla, porque los templarios de los reinos orientales pasaron sus bienes a la Orden de Malta, los cuales a su vez han conservado todo: archivos, cartularios, etc. Pudiéndose trabajar las encomiendas, las fundaciones una detrás de otra, facilitando la realización de tesis doctórales serias. En Castilla no hay fuentes reales, al pasar la herencia del Temple a reyes y nobles que no conservaron los archivos, teniendo multitud de fuentes indirectas de sus veintiocho encomiendas y treinta fortalezas. ¡No las que uno se imagina, sino las verdad!, lográndose continuar investigando el destino de una parte determinada de los bienes.

  

Tenemos, por ejemplo, los procesos que se hicieron cara la archidiócesis, que se enviaron a Roma, consistente en una tira de once metros de pergamino sobre el proceso de Salamanca que se conserva en el Vaticano. Esto demuestra que se puede hacer una historia perfectamente documentada, seria y completa."

 

P: En su nueva obra sobre los templarios, ¿qué novedades aporta usted a la historiografía sobre el tema?

  

R: "No hay novedades. En España prácticamente no se había estudiado nada serio excepto la de Fernando de Campomanes (redactada en el siglo XVIII) cuya obra sigue siendo rigurosamente histórica hasta la actualidad y alguno que otro artículo pequeño -con graves errores- en relación a la Corona de Castilla. Por otro lado, encontramos escrito la obra del inglés A. J. Forey The Templars in the Corona de Aragón -sin traducir- que a pesar de estar llena de notas farragosas que denotan un buen estudio histórico, perjudican sin embargo el estilo literario de la misma, lo que no ha ayudado a su difusión; de hecho yo he tenido que conseguirme una fotocopia por estar agotada la obra en Inglaterra, que databa de 1973. Otra obra sobre el final de los templarios (los últimos siete años) la escribió el Director de los Archivos de la Generalidad, la cual estaba muy bien elaborada, pero al estar escrita en catalán ha hecho escasa su difusión. Para la Corona de Aragón las bases fundamentales ya están escritas. A partir de ahí se pueden escribir sobre las encomiendas, acerca de los castillos o un sinfín de cosas más. Mi libro, sin embargo, es rigurosamente histórico y hecho para el gran público, donde no hay hueco para las leyendas. No tiene nada que ver la Historia con el mundo de la imaginación."

  

P: ¿Qué papel considera que tiene la novela histórica en la actualidad?

  

R: "Se puede hacer novela histórica muy bien hecha. Publiqué El Cid histórico y sobre éste tema hay escrita otra obra de José Luis Corral Lafuente, Profesor Titular de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza, ¡que está perfecta!: con un personaje de creación pero con todos los datos totalmente históricos, ¡y además se lee muy bien!. Sobre los templarios no hay ninguna novela rigurosamente histórica, excepto El Señor de Bembibre donde se habla con exactitud de la geografía (el castillo de Ponferrada, etc.) pero lo demás es inventiva del autor decimonónico.

  

En Castilla por la inexistencia de archivos el desconocimiento es total. En el curso que dirigí en El Escorial sobre los templarios, me di cuenta del vacío existente. Sin embargo, ¡la historiografía europea es perfecta en obras de visión general! La francesa traducida al español de Pierre Vilar sobre las vidas cotidianas de los templarios, y otra de una autora alemana sobre los veintitantos grandes maestres del Temple."

  

P: Es conocida la obra de los templarios en Tierra Santa, pero en España ¿cuál fue su papel?

  

R: "Fue muy importante. En Tierra Santa fueron el nervio del ejército de las Cruzadas en el Reino de Jerusalén hasta la caída de Acre, junto con la de Malta. En Hispania, concretamente, en 1128, tienen en Portugal un castillo al sur de Coimbra, en León poseen otro en Coria, en Castilla se ubicaron por poco tiempo en Calatrava y en Cataluña lo hicieron junto a la raya musulmana.

  

Están en primera línea de vanguardia, aunque será un segundo frente. El fracaso de Calatrava ante el ataque almorávide provoca su decaimiento en Castilla (tras este hecho surgirá la orden de Calatrava). La Orden era mucho más poderosa en la Corona de Aragón. En la batalla de las Navas de Tolosa (1212) se encuentran las cinco órdenes hispánicas: Santiago, Calatrava y Alcántara y las delegaciones españolas de San Juan de Jerusalén o de Malta y el Temple. A consecuencia de la misma muere el Maestre al cabo de siete días (se supone, aunque no lo sabemos con certeza, a causa de las heridas) y el de Calatrava quedó inútil para la guerra... ¡Claramente eran la vanguardia, los profesionales!"

  

Datos de interés

 

 Cruzada: Expediciones guerras al servicio de la Cruz que tenía como justificación reintegrar a la Cristiandad países y gentes por entonces sujetos al Islam. La primera en la historia tuvo como consecuencia la toma de Barbastro (1064) y la segunda la de Jerusalén (1099).

Temple: Denominación francesa del Templo de Salomón, lugar de Jerusalén donde nació la orden.

Regla del Temple: "El maestre tiene que tener en la mano el bastón y la vara; el bastón como apoyo, la vara para corregir a los que faltaron a su deber".

Encomienda: Organización económica y administrativa gestionada por los jerarcas del Temple.

Montazgo: Impuesto ganadero delegado por el rey en territorio templario, que se desglosaba en 1237 de este modo: un caballo por cada cinco mil que pastaran en sus cañadas, un maravedí de oro por cada quinientas ovejas que lo hicieran y otro maravedí, de idéntico valor, por cada cincuenta vacas que igualmente pacieran en sus tierras.

  

Curiosidades de la vida del templario:

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    • Junto a los votos tradicionales del religioso, se sumaba la obediencia plena al Papa.
    • Vestían túnicas y capas de color blanco ("seguridad de valor y salud de cuerpo") con una cruz roja en la izquierda, distintivo de la Orden.
    • Sus armas eran: espada, daga, cuchillo para la comida y cortaplumas.
    • La Orden entregaba como equipo de combate: caballo, cota de malla, y esclavina o sobrecota blanca con una cruz griega roja.
    • Su aspecto era de barba poblada y cabeza rasurada.
    • Vivían la disciplina castrense, la oración diaria y la confesión pública.
    • Se les obligaba, además de apoyar a los necesitados, a tener una comida austera y parca en su digestión, llevar escasa conversación y tener prohibida la caza.

Breve reseña biográfica del autor

 

Nacido el 20 de mayo de 1924 en la localidad burgalesa de Quintanar de la Sierra, ingresó con dieciocho años en la Compañía de Jesús. Su vocación no hizo mas que acrecentar sus ansias de saber, llegando a acumular un total de cinco carreras (Filosofía por la Universidad de Comillas, Teología por la austriaca de Innsbruck, Derecho Canónico por la francesa de Estrasburgo, Derecho por la de Valladolid, y Filosofía y Letras por la de Madrid) y dos doctorados (Derecho por la Universidad de Madrid y Derecho Canónico por la de Comillas).

  

Ha enseñado en las universidades de Comillas y Complutense de Madrid, en la de San Sebastián y en la de Valladolid. Además de ser Catedrático Emérito por las universidades de Valladolid y Rey Juan Carlos, hay que añadir que es académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y académico numerario de la Academia Fernán González.

 

Entre su prolija obra, destacamos:

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    • Los templarios en la Corona de Castilla, 1993.
    • Alfonso VIII, 1995.
    • El Bulario de la Inquisición española, 1998.
    • El Camino de Santiago en la provincia de Burgos, 1998.
    • El Cid histórico. Un estudio exhaustivo sobre el verdadero Rodrigo Díaz de Vivar, 1999.
    • Los templarios en los reinos hispánicos, 2001.

Juan Ignacio Vargas Ezquerra-2003-10-26-http://www.revistaarbil.tk/

 

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El gran interés que suscitan hoy estos monjes guerreros, desaparecidos hace 700 años, se debe, en gran parte, a su trágico final, tras ser acusados de herejes. 
            
     “Los Templarios nacieron en Tierra Santa tras la primera cruzada, con un grupo de caballeros que, a pesar de carecer de formación religiosa, querían vivir como religiosos poniendo las armas al servicio de la defensa de la cristiandad –explicó Casanovas-. Seguían una regla de conducta muy estricta y austera y su hábito, horario de oraciones y alimentación estaban condicionados por el ejercicio de la guerra”.
     
     Según Casanovas, la numerosa documentación recogida sobre los Templarios muestra su gran eficacia desde el punto de vista económico, gracias a la buena gestión, a los numerosos donativos que recibían y a las ventajas de gestión de tributos que les otorgaron los Papas.
     
     “Crearon una red de comandas o conventos, reunieron una gran riqueza y consiguieron un gran poder económico en Occidente que les ayudaba a soportar las campañas en Oriente –destacó la experta-, y que también suscitó el interés del rey de Francia”.

 

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El Estado de la ciudad del  Vaticano publica las actas del juicio contra el Temple

 

ROMA. Clemente V, un Papa francés afincado en Aviñón y demasiado sometido al Rey de Francia, absolvió de herejía a los Caballeros Templarios en 1308, pero no pudo evitar la disolución de la Orden bajo la tremenda presión de Felipe IV el Hermoso para incautar las propiedades del Temple en Francia, y financiar con ellas su guerra contra los ingleses. Los documentos que reflejan la inocencia de los Templarios y la absolución del Papa fueron presentados ayer por el Archivo Secreto Vaticano, que ha publicado una edición facsímil de 799 ejemplares en pergamino idéntico al de los originales.

La investigadora Bárbara Frale, quien descubrió en 2001 el documento original redactado por los tres cardenales que interrogaron a los Caballeros Templarios, manifestó ayer que «el proceso fue una enorme intriga internacional en torno a acusaciones inventadas por Felipe IV de Francia para desmantelar la Orden».

A pesar de que los Templarios dependían sólo del Papa, Felipe IV de Francia impidió a Clemente V interrogar a los jefes arrestados, a los que torturaba salvajemente para arrancarles confesiones falsas. El Papa amenazó en vano con excomulgarle si le negaba el acceso pero, al final, tuvo que enviar secretamente a tres cardenales que interrogaron a los detenidos y redactaron, en el castillo de Chinon, el documento publicado ayer.

El original conserva todavía anotaciones al margen del Papa y sus colaboradores durante el estudio del caso de los Templarios, a quienes los tres cardenales absolvieron en nombre del Pontífice. Aun así, la ofensiva propagandística de Felipe IV de Francia apoyada en unos juicios «estalinianos» obligó a Clemente V a suspender la Orden, que sería disuelta en 1312 por un concilio celebrado en Vienne. El gran maestre Jacques de Molay fue injustamente quemado vivo, y en ese mismo año de 1314 fallecieron también los otros dos grandes protagonistas: Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V, enfermo y debilitado desde hacia ya tiempo.

Las 799 copias facsímiles son mucho más legibles que los manuscritos originales, y resultan más adecuadas para el trabajo de los investigadores. Aunque cuestan 5.900 euros, el Archivo Secreto ha vendido de antemano ya 700, adquiridas por las principales universidades y bibliotecas del mundo, pero también por adinerados jeques árabes e incluso asociaciones de neotemplarios amantes de los recuerdos históricos de la Orden.

Según el arqueólogo Valerio Massimo Manfredi, autor de numerosos best-seller mundiales de divulgación, presentar estos documentos «supone un llamamiento a la seriedad en la investigación histórica. La Iglesia ha llevado a cabo un extraordinario trabajo de conservación de la cultura antigua, por encima de cualquier polémica».

‘ABC’ ESP. 2007-10-26 JUAN VICENTE BOO CORRESPONSAL

 

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EL PAPADO AVIGNONENSE (1309-1378)

 

1.- Las premisas.

Podemos preguntarnos en este capítulo ¿El cambio hacia Avignon fue casual?.

1.1.- La inseguridad de Roma:

La primera razón que se aduce es la de la situación de Roma. Era una ciudad dividida en facciones nobles (Colonna, Orsini, Caetani), por la presencia de los Angioini, por la amenaza imperial, y por el incipiente movimiento comunal.

Los papas habiéndose negado a la ayuda del emperador, buscaron refugio en localidades más seguras. Así los papas en el 200 y en el 300 estuvieron más fuera de Roma que en la propia ciudad. Las sedes en las que fueron elegidos y vivieron son: Perugia, Viterbo, Nápoles, Anagni, Arezo.

1.2.- La política francesa:

Por un lado la Francia capetingia tendía a sustituir su propia influencia por la alemana, por otro, esto llevaba a la asunción de la máxima responsabilidad en el Estado Pontificio.

Cuenta Dupré Theseide que mientras estaba Gregorio X en Lyon, llegaron los embajadores de Felipe el audaz y le aconsejaron que sería bueno para él estar bajo el gobierno de del rey de Francia. A esto el papa respondió de una manera vaga diciendo que era algo que no dependía de él.

2.- Clemente v.

Clemente V (1305-1314) tuvo algunos problemas urgentes que resolver, que los había heredado de sus predecesores:

·el proceso a Bonifacio VIII, querido por Felipe el hermoso, y aquel contra los que atentaron contra el papa Caetani en Anagni;

·la necesidad de crear un colegio cardenalicio que no fuese inmovilizado por los vetos;

·concluir la paz entre Francia e Inglaterra, para atender a la cruzada

·la cuestión de los Templarios;

·la grave situación que había en Italia, especialmente en Roma.

El retorno a Roma estaba en el programa: Clemente lo prometió y fijó la fecha para el 1311. Pero no lo llegó a realizar. Era un hombre débil de salud y de carácter, para él, el problema principal no era el bien de la Iglesia, sino el lugar donde se podía encontrar mejor. Por esto en el 1309 estableció su lugar de residencia en Avignon, territorio que era un feudo bajo la jurisdicción de los Angioini de Nápoles.

Fue un papa nepotista. Cinco familiares fueron promovidos cardenal, con lo cual reforzó el partido francés. Durante su pontificado creó 24 cardenales, de los cuales 23 eran franceses y 1 inglés.

Frente al rey de Francia tenía una posición muy débil. Existía el problema de la herencia bonifacia. Felipe el hermoso insistía en el propósito de venganza y preguntaba por la apertura de un proceso contra Bonifacio. Los del partido de Bonifacio pretendían una condena de los culpables de la afrenta de Anagni.

La solución fue de compromiso. Los acusadores fueron escuchados en la presencia de los defensores del papa difunto. Estos últimos no combatieron las acusaciones, sino que se limitaron sólo a repetir que un papa no puede ser procesado por el sucesor. Todo se concluye sin ninguna sentencia. Mientras tanto con una bula se mostró la inocencia del rey. Sciarra Colonna y los habitantes de Anagni fueron absueltos, excepto los responsables del saqueo del tesoro papal.

Para testimoniar el favor hacia el rey canonizó a Pietro del Morrone (no pues Celestino V), pero el rey no se contentó con esto, y pidió la desaparición de los Templarios, a lo que tuvo que ceder el papa.

2.1.- El proceso a los Templarios:

Las razones de la animadversión del rey de Francia hacia los Templarios, son aún desconocidas.

Fueron fundados en el 1119 en Jerusalén por Hugo de Penyes y Godofredo de St. Omer. Su fin era para defender los lugares santos y a los peregrinos. Eran llamados .Templarios. porque su sede principal estaba en la zona llamada .Templum Salomonis.. Tenían una regla inspirada en San Bernardo, que para ellos había compuesto el .De laude novae militae ad Milites Templi.. Realizaban tres votos, más el cuarto de defender los lugares santos y a los peregrinos. Se dividían en tres categorías:

 

1.Chevaliers (nobles).

2.Freres sergents (escuderos)

3.Freres servants des metiers

 

Había además algunos sacerdotes con las mansiones típicas de su ministerio. La estructura era típica de este tipo de órdenes:

 

Los miembros eran sobre 4000; de los cuales el 50% eran franceses. Estaban bien organizados y con una fuerte disciplina, tenían sus bienes bien administrados, como en general en las órdenes religiosas. Su riqueza era menor que la de los cistercienses, o los mismos Hospitalarios. A diferencia de estos administraban el dinero con un método moderno, como un banco, que disponía de una gran liquidez, y que prestaban sin interés. Tuvieron a finales del 1295 la administración del tesoro del rey de Francia y que se restituyó en el 1303. Eran por lo tanto muy estimados. Su campo de batalla estaba señalado por el coraje y la devoción a la causa.

En el pasado habían tenido problemas por razones jurisdiccionales, porque dependiendo del papa, habían entrado en conflicto con los obispos locales. En el 200 hicieron los proyectos para una unificación de las ordenes caballerescas, con vistas a una cruzada. Parecía lógico, que antes de usar el dinero de los estados, se utilizase las riquezas ya destinadas para este fin.

También se empezó a hablar de incontinencia sexual, de excesos en el beber. Las ceremonias secretas para aceptar a los novicios habían suscitado sospechas.

Inesperadamente en el 1305 Felipe el hermoso comenzó la lucha contra los templarios, siendo las razones muy oscuras. Podemos conjeturar que:

·el rey tenía necesidad de dinero; el pretexto de utilizarlo para la cruzada era una buena forma para apoderarse;

·la orden era un obstáculo para llevar a cabo la política de reforzar el poder del estado deseado por el rey y sus ministros.

Todo comenzó cuando un francés Esquiu de Floyran (1305), que afirmaba haber pertenecido a la orden lanzó una serie de acusaciones:

·en el momento de la admisión de los novicios, estos debían pisotear el crucifijo y escupirle en la cara,

·debían renegar de Cristo,

·debían adorar un ídolo, llamado Bafomet,

·se manchaban con la sodomía, y otras cosas escandalosas.

Clemente, ante las incesantes presiones del rey, consintió la apertura de una severa instrucción contra los Templarios. Parecía que la cosa estaba en manos del papa. Pero el rey continuaba apresando a todos los que vivían en Francia, y confiscaron todos sus bienes, haciendo creer que la operación era con el consentimiento del papa, aunque toda era obra suya. Invitó también a los demás soberanos a hacer lo mismos en sus reinos.

Los interrogatorios fueron acompañados de torturas, que daban los resultados queridos, porque la alternativa era: o confesar para salvar la vida o no confesar y ser condenado a muerte. La mayoría confesó todo aquello que le impusieron.

El papa estaba muy impresionado ante las confesiones de los acusados. Ordenó a todos los soberanos que apresaran a los Templarios y que confiscaran sus bienes en favor de la Iglesia.

La solución final se tomó en el concilio de Vienne, el IX concilio ecuménico, celebrado entre el octubre del 1311 y el Mayo del 1312. El objetivo era:

·resolver definitivamente el problema de los Templarios

·la fe de la Iglesia

·la cruzada

·la reforma.

El método usado era: se trabajaba y discutía en las comisiones, estas pasaban el material al Consistorio que preparaba la bula conclusiva. Esta venía leída en la sesión solemne, sin voto y sin discusión.

Se llegó así a la disolución de la orden. Se declaró concluido el proceso contra Bonifacio VIII. Para la cruzada se acordó la concesión de los diezmos por seis años y una vaga promesa de los reyes de Francia e Inglaterra. El concilio afrontó algunas cuestiones doctrinales, como las relativas a la pobreza en la orden franciscana, la condena de Pier di Giovanni Olivi y a la enseñanza de las lenguas orientales en la universidad.

3.- La elección de Avignon. Los Papas.

1. Juan XXII (1316-34);

2. Nicolás V (1328-30), antipapa;

3.Benedicto XII (1334-42);

4.Clemente VI (1342-52);

5.Inocencio VI (1352-62);

6.Urbano V (1362-70);

7.Gregorio XI (1370-78).

La elección de Avignon no fue casual. El continuo desplazamiento de Clemente V no le gustaba a su sucesor. Una administración además tiene necesidad de una sede estable y fácilmente alcanzable. Avignon estaba en una posición favorable. Estaba a mitad de camino entre Italia y España. Se llegaba fácilmente desde Alemania y desde los estados del Norte. Tenía una buena colocación estratégica. Estaba bajo la jurisdicción del conde de Provenza, vasallo de la Iglesia por el reino de Sicilia, estaba cerca de Francia sin ser un súbdito

Tenía todas las ventajas para ser una buena capital, pero le faltaba la apostolicidad, era una elección política, pero no espiritual.

Fue Juan XXII el que la eligió y el sucesor estableció la curia. Clemente VI en el 1348 ofreció por la ciudad de Avignon y su territorio 80.000 escudos de oro a la reina Juana I de Nápoles. Por fuerza de esta legítima posesión, Avignon con el Condado Venassino forma parte del Estado Pontificio hasta la Revolución Francesa. Si examinamos el colegio cardenalicio en el periodo avignonense vemos la preponderancia de los franceses.

Los .limosini. constituían la facción dominante. Podía dirigir la elección del papa a su placer e influir en la elección cardenalicia de los mismos.

3.1.- El palacio de los papas:

Para evitar el desorden de la época de Clemente V, Juan XXII decide de sistematizar su curia de forma digna y funcional. Restauró el palacio del obispo. Hace construir las torres angulares y establece sus habitaciones en la parte Sur. En la parte Este viene colocada la cocina, el comedor y el consistorio. El resto de la corte viene a alojada en la zona Oeste. Además el palacio de los papas asume una propia fisonomía bajo Benedicto XII, que construye el Palacio viejo, mientras el Palacio nuevo fue obra de Clemente VI.

3.2.- El conflicto con Ludovico el Bávaro:

Después de dos años y tres meses de cónclave fue elegido Giacomo Duèse de Cahors, que tomó el nombre de Juan XXII (1316-1334). Fue un papa de alto perfil. Tenía una buena preparación teológica y era un magnífico administrador. Pero era un doctrinal sobre todo rígido y un decidido sostenedor de los intereses franceses.

El hecho dominante de su pontificado fue el conflicto con el imperio germánico. A la muerte de Enrique VII, la mayoría de los electores eligieron al duque Ludovico de Baviera con el nombre de Ludovico IV (1314-1347), mientras el partido de Ausburgo había elegido al duque Federico el Hermoso de Austria, nieto de Rodolfo de Ausburgo (1314). El papa, al que habían acudido los dos contendientes se declara neutral; su pensamiento era que en caso de duda debían esperar a que la Santa Sede dirimiera el caso. Y tal postura la mantiene también después de la victoria de Ludovico en Muhldorf (1322).

Se abre un conflicto por la cuestión de Italia. Según la teoría de la curia, Juan XXII reivindicaba para el papado, como vicario imperial, el derecho de gobernar Italia durante el periodo de sede vacante de la corona imperial. Por tanto declaró la .vacatio imperial. y confirmó a Roberto de Angió en calidad de .vicario imperial.. Ludovico reacciona y va hacia Italia en el 1323 como su vicario Bertoldo de Neiffen. El papa que estaba bajo el influjo francés, ordenó deponer en tres meses el gobierno de Alemania, y la decisión fue tomada por la Santa Sede. (Octubre 1323).

Ludovico protestó en Nuremberg (diciembre 1323), acusó al papa de ser un promotor de herejías y apeló a un concilio. El papa lo excomulgó y desvinculó a los súbditos de la obediencia (23 marzo 1324). Ludovico acusó de nuevo al papa de hereje por la definición que había dado sobre la pobreza de Cristo en contra de los franciscanos más rígidos, por lo que no lo consideraba papa legítimo.

Comienza una batalla literaria, con una amplia producción de libros polémicos. En primer lugar estaban los franciscanos espirituales. Occam escribe el .Dialogus de imperatorum et pontificum potestate. (1347). En este y en otros tratados sostiene la tesis de que el primado del papa no es una institución absolutamente necesaria, derivada de Cristo.

Ludovico en 1327 llega a Italia y el 17 de enero 1328, se hace coronar emperador en Roma, en nombre del pueblo romano por Sciarra Colonna. Después hace declarar a Juan XXII depuesto del pontificado como herético, y hace elegir como antipapa un franciscano italiano, de la facción de los espiritualistas, Pedro de Corvara, que toma el nombre de Nicolás V (1328-1330), como respuesta el papa de Avignon proclamó la cruzada y Ludovico debió volver a Alemania donde las posiciones eran muy fuertes.

Una reconciliación era posible pero no era este el pensamiento del pontífice, que, en los últimos años, fue implicado en una disputa teológica sobre el estado de las almas de los justos. En algunas predicaciones de 1331 él había dicho que el alma de los justos, incluyendo la Virgen y los apóstoles, llegaría a la visión beatífica de Dios sólo después del Juicio Universal. Se desencadenó una violenta polémica y en el lecho de muerte se retracto de estas posiciones.

Con su sucesor, Benedicto XII (1334-42) la reconciliación era posible, pero hubo obstáculos ya sea por Felipe VI de Francia o por Roberto de Nápoles. en Alemania se tomo mal el hecho, produciéndose una fuerte reacción nacional. Los obispos firmaron una carta colectiva con la petición de una reconciliación. Los príncipes electores juraron una liga perpetua para la defensa de los derechos y el honor del imperio. Así mismo, proclamaron por acuerdo que el emperador elegido no tendría necesidad de ninguna confirmación papal para asumir el título de rey para gobernar los territorios del imperio germánico (16 julio 1338 en Rhens). En la dieta de Francfort se reafirman en el mismo sentido. Al papa sólo le quedaba el derecho de coronar al elegido.

En 1341 se produce un cambio, Ludovico con el pretexto de casar a su hijo Ludovico, marqués de Brandeburgo, con su cuñada Margarita Maultasch, condesa del Tirol, disuelve por su propia autoridad, con el consejo de Marsilio y Occam, el matrimonio existente con anterioridad de Margarita con el príncipe Juan Enrique de Bohemia. El papa reacciona (Clemente VI) y excomulga a Ludovico el Bávaro, invitando a realizar una nueva elección. La muerte de Ludovico abre el camino a Carlos IV de Luxemburgo, marqués de Moravia, hijo del rey Juan de Bohemia y nieto de Enrique VII. Fue definido .Rex clericorum. por cuanto debía conceder a la curia de Avignon, sin dañar los derechos del imperio y de la nación. Fue un notable emperador.

4.- La corte en Avignon.

La corte pontificia se presenta como una familia en torno al papa,. Comprendía los familiares del papa y los oficiales de la Sede Apostólica. Es un conjunto en torno a 650 personas

Para el gobierno de la Iglesia, estaba el papa ayudado por algunos órganos que hacían las veces de verdaderos ministerios:

·la Cancillería (con funciones deliberativas);

·la Cámara Apostólica (tesoro);

·la Rota;

·la Penitenciaría;

·la Casa del papa.

4.1.- La Cancillería:

Constituía el centro motor del gobierno. Estaba presidida por un Vicecanciller, que con Clemente V era siempre un cardenal. Formalmente debía .expedir las cartas.. En realidad su cometido era el de decidir sobre las cuestiones de política eclesiástica. Se ocupaba de las relaciones con los príncipes, los legados y nuncios, vigilar sobre los estados de la Iglesia y responder a las demandas de favores y beneficios.

Comprendía 7 oficinas:

·de las Súplicas;

·de los Exámenes;

·de las Minutas;

·de la Grossa (la redacción definitiva de los documentos en littera grossata);

·del Corrector;

·del Sello;

·del Registro.

La actividad mayor estaba unida a la respuesta a las súplicas. Éstas, salvo la respuesta negativa, debían ser redactadas en el estilo de la curia. Eran presentadas al papa que, si consentía, hacía escribir: .Fiat, fiat ut petitur..

4.2.- La Cámara Apostólica:

Era un verdadero ministerio de las finanzas, puesto en las dependencias papales. Era conducida por el Camerarius, siempre un obispo, destinado al cardenalato. Podemos decir que en un cierto sentido era el brazo derecho del papa, encargado de enviar las cartas más delicadas en nombre del papa. En el siglo XIV la Cámara recibía la jurisdicción civil y criminal para los estados de la Iglesia.

Para las causas había un tribunal. En primera instancia era competencia del auditor de la Cámara y el viceauditor. El debate venía entre el procurador fiscal y los abogados fiscales. En última instancia era competencia del camararius, cuya sentencia era definitiva y juzgaba. La Cámara disponía también de una prisión.

Los recursos de la Cámara comprendían las entradas de los estados de la Iglesia, los censos de los estados vasallos, el dinero de S. Pedro y sobre todo el disfrute de los beneficios eclesiásticos:

·Servicios comunes: era la tasa pagada en el acto de elección de un obispo o abad, y correspondía por Bonifacio VIII a un tercio del rédito de las mesas episcopales, que superaban los 100 florines. La mitad de ellas eran para la Cámara y la otra mitad para los cardenales presentes en la curia.

·Décima: impuesto extraordinario, la décima parte del rédito neto de un beneficio en una ocasión particular y de urgente necesidad.

·Servicios minutas: era lo que tenían que donar los nuevos electos al personal de corte y a los cardenales.

·Sagrada: con ocasión de la consagración de un obispo o de la bendición de un abad, tenían que pagar una tasa que venía dividida entre el personal de la curia.

·Derechos de Cancillería: Eran las tasas para pagar en algunas ocasiones, como por ejemplo, el envío de una bula.

·Anual: cuando un beneficiado tomaba posesión de un beneficio debía pagar una tasa correspondiente a los frutos del mismo en el primer año.

·Sedes vacantes: eran los réditos de los beneficios vacantes, durante todo el tiempo que estaba en esta situación.

·Derecho de espolio: cuando moría un obispo o un abad los colectores de la Cámara apostólica tenían el derecho de coger todo lo que se encontraran, dejando a los herederos lo que restaba.

·Subsidios caritativos: era en realidad un pretexto para una nueva tasa.

·Procurationes: tasa que debían pagar cuando un obispo no hacía una visita, que era obligada de hacer.

4.3.- El tribunal de la Rota:

Para dirimir los numerosos litigios no eran suficientes los capellanes del papa o auditores de las causas. En su poder sólo estaba el instruir las causas, pero las sentencias eran del papa, con el aumento de las causas y de los recursos, fue necesario crear un aparato de justicia. En primer plano estaba el Consistorio Apostólico, corte de justicia donde los jueces eran el papa y los cardenales (Audiencia cardenalicia), u otros jueces con poder delegado (Audiencia de las causas del papacio Apostólico). Clemente V en el 1309 había encargado a un colegio de auditores de ocuparse de las discusiones de las causas. En el 1337 aparece el nombre de Rota. Introducida la causa, se designaba el auditor, citando por tres veces a la parte adversa. La causa se iniciaba cuando la campana de la catedral tocaba tres veces.

4.4.- La Penitenciaría:

Tenia la labor de absolver los pecados reservados y de levantar las excomuniones y se ocupaba de las irregularidades y las dispensas. El jefe era el penitenciario mayor que era un cardenal ayudado de personal cualificado, que conocían varias lenguas, y que eran capaces de escribir las cartas.

4.5.- La casa del papa:

Tenía un amplio personal que se ocupaba de la vida cotidiana. Una recompensa muy importante era la de entrar a formar parte de los capellanes del papa; que contaban con los oficiales y tenían diversos privilegios, unos grandes estipendios y un status importante.

5.- El retorno del papa a Roma.

Mientras que los papas estuvieron en Avignon la situación en Italia y en el estado pontificio se precipitaba. Muchas ciudades se rebelaron contra el dominio de los papas.

La restauración del poder pontificio en Italia estaba condicionado a un retorno de este a Roma. Esto lo lleva a cabo el cardenal Egido de Albornoz, con dos expediciones (1353-57, 1358-67) devolvió orden y restituyó el poder papal en el estado pontificio.

El retorno del papa era querido por toda la cristiandad menos por Francia. El primero en empeñarse seriamente fue Urbano V (1362-70, era benedictino), fue un papa pío, lleno de celo por la reforma, iluminado. Es venerado como beato. A pesar de la protesta del rey de Francia y de los cardenales franceses, en 1367 dejó Avignon y se trasladó a Roma donde fue acogido con entusiasmo. No obstante la situación no era todavía segura, por lo cual el papa, a pesar de la amonestación de Sta. Brígida, en otoño de 1370 volvió a Avignon, donde poco después murió.

En este punto la situación se hace explosiva, por un lado por el duro gobierno de los legados franceses, y por el otro por la propaganda de Florencia que incitaba a la rebelión.

Es elegido Gregorio XI (1370-78), que declaró la guerra a Florencia (.guerra de los Ocho Santos.), excomulgando a la ciudad. Este papa enérgico de 42 años mandó sobre Italia las tropas bretonas que había reclutado él mismo. Los soldados se sobrepasaron de tal manera que el odio en la ciudad creció desmesuradamente.

Sta. Catalina de Siena puso empeño para que el papa volviese a Roma. No obstante la decisión ciertamente procede del propio papa, fue él quien quiso proceder después de haber llevado a cabo una total regulación. En particular la santa le alentaba a venir sin concesiones y desarmado. El papa buscó volver con una suficiente dotación financiera y se hizo acompañar de 2000 soldados, dirigidos por Roberto de Turenne. Así en enero de 1377 el papa entraba en su ciudad. Desde este momento la residencia papal será el Vaticano y no el Laterano como lo había sido en los siglos pasados, a pesar de todas las esperanzas de la santa, la situación no había cambiado, así termina el exilio y comienza el cisma.

6.- Avignon en la historiografía.

Es un caso historiográfico muy delicado, los juicios hasta no hace mucho tiempo estaban divididos, contrapuestos, por una parte estaban los italianos y los alemanes, y por otra los franceses.

Estos historiadores dependían de cuanto habían dicho los contemporáneos, para los cuales, Avignon era .Babilonia., y el periodo pasado allí por lo papas venía juzgado como exilio, cautividad, llegando incluso al punto crítico de identificar al papa con el Anticristo. El conflicto se produce sobre la valoración de la permanencia en Avignon, que para unos sería negativo en tanto en cuanto supone el origen del centralismo administrativo, de la fiscalidad, del nepotismo, de la relajación de costumbres; y para otros positivo, ya que habría permitido al papado, organizarse mejor, atender a las artes, a la cultura y promover las misiones.

Se preguntan también sobre la relación con Francia (¿Los papas fueron capellanes o siervos de los reyes franceses?), con Italia, con el imperio, y con el pueblo cristiano.

Otras preguntas se refieren a la relación papa-cardenales, donde estos últimos adquieren derechos con respecto al papa, llegándose incluso a concebir la Iglesia romana como un conjunto de papa y cardenales. Pretendían ser de derecho divino y por lo tanto condicionar al papa.

Tras la apertura de los archivos vaticanos por León XIII, fue posible acceder al enorme material, ahí conservado. Mollat ofrece una reconstrucción histórica objetiva, informada, segura, capaz de reconocer debilidades y errores, sombras, pero también luces, de esta visión no podemos prescindir. No obstante falta la lectura eclesiológica, que nos ofrece Dupré Theseider, el cual ha sacado a la luz el aislamiento de Bonifacio VIII contra el cardenalato, .dominado de una clara tendencia oligárquica.. Pero después ha afirmado con claridad que el nudo del problema no era esta o aquella ventaja, el juicio no era sobre el valor de la administración, o la capacidad de la fiscalidad, sino por el hecho inequívoco de que el papa es tal por ser obispo de Roma.

En contra de la visión anterior se muestra John E. Wrigley, que afirma que la colocación de Avignon era mejor que la de Roma, al estar más centrada y segura; la curia de Avignon pudo por tanto experimentar una administración más eficiente, que permitía al papa, jugar un papel más marcado desde el punto de vista económico y político. Para él el error no fue ir a Avignon sino volver. El cisma fue su consecuencia.

Raoul Manselli dice que la oposición entre la iglesia espiritual y la carnal fue uno de los componentes de la vida del papado en Avignon. También hay que destacar el distanciamiento cada vez mayor entre el pueblo y la jerarquía, la cual se centró nada más en consolidar su status cuasi de corte principesca, dejando de lado la iglesia espiritual.

Jean Favier, ha sacado a la luz las reacciones del clero francés a la vuelta a Roma y a la consumación del cisma. El clero se acostumbró a tener el papa en Avignon. El clero se tomó el cisma casi como un retorno a Avignon, similar al de Urbano V. Por tanto el pueblo cristiano en el inicio no permanece traumatizado, para el pueblo lo importante es tener los sacramentos, del cisma se ocupó el clero instruido, los universitarios, los políticos.

Edith Pásztor ha manifestado que las premisas del cisma ya estaban en Avignon. Los cardenales en los 70 años de permanencia en Francia se habían constituido en una oligarquía, en manos de las grandes familias francesas e influenciadas por el rey, excluyendo a los italianos. Prevalece en ellos el interés político, quieren reducir el poder del papa, y condicionarlo, y les molesta el discurso sobre la reforma.

Con Urbano V el contraste con los cardenales se hace evidente, por lo cual, con el fin de volver a Italia, debía crear cardenales que le fueran fieles. La elección de Gregorio XI se debe al favor de los .limosini., que pensaban así evitar la vuelta a Italia.

http://www.mercaba.org/FICHAS/IGLESIA/HT/9-04_capitulo.htm

 

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La organización de la sociedad

 

Fuente: Para salvarte

Autor: P. Jorge Loring

 

10. También entran en este mandamiento las relaciones entre superiores y subordinados, patronos y obreros, etc.

La organización de la sociedad exige que haya quien mande y haya quien obedezca. Por eso, el poder de la autoridad viene de Dios, y también por eso la autoridad debe ejercerse según la ley de Dios. Los que mandan deben hacerlo con justicia y delicadeza; y los que obedecen, con respeto, fidelidad y sumisión.

Lo mismo que los súbditos tienen la obligación de obedecer, las Autoridades tienen la obligación de mandar según la Moral.

Es decir, consagrarse a procurar el bien común, no el propio; vigilar que se cumpla la justicia y guardarla a su vez, por ejemplo, otorgando cargos a personas idóneas, y empleando bien el dinero de los ciudadanos, atendiendo a lo más urgente y necesario.

«La implantación en el mundo de la doctrina social de la Iglesia es una aspiración de todo buen cristiano (...)

»Después de la conversión del emperador romano Constantino se fueron convirtiendo al cristianismo los diversos pueblos del norte de Europa que culminó con la conversión del sajón Otón y la fundación del Sacro Imperio Romano-Germánico, columna vertebral de la Edad Media»

«Durante la Edad Media el orden temporal se estructura según los principios del Evangelio. A esto se denomina Cristiandad, término que a partir del siglo IX, entró a integrar el vocabulario corriente»

«La sociedad medieval fue una sociedad anclada en la fe. (...) Lo que creía el aldeano era lo que creía el emperador y el papa»

«La generalidad de los autores coinciden en ver en el siglo XIII el siglo de oro medieval»

Característico de la Edad Media fueron las Cruzadas y las Órdenes Militares.

«Las Órdenes Militares nacieron con fines no estrictamente militares o guerreros, sino más bien caritativos y benéficos: para proteger y dar morada a los peregrinos. (...) La primera de ellas, cronológicamente hablando, fue la de los Caballeros Hospitalarios de San Juan.(...)
La segunda fue la de los Templarios, fundada también para la protección de los peregrinos que llegaban a Tierra Santa»

Muchos peregrinos morían a manos de los musulmanes que dominaban la zona.

Digamos algo de Las cruzadas.
A partir de la fundación del Islam por Mahoma, el año 622, empezó el expansionismo de los mahometanos que llegaron hasta Austria y sitiaron a Viena.

Jerusalén fue tomada por Omar, que levantó su mezquita en la explanada del templo.

Los musulmanes hostigaban y hasta martirizaban a los cristianos que peregrinaban a Tierra Santa. Pedro el Ermitaño peregrinó a Jerusalén, y al ver la triste situación en que se encontraban los Santos Lugares, al volver, convenció al Papa Urbano II que era necesario reconquistar los Santos Lugares para que los cristianos pudieran peregrinar a ellos sin peligro de su vida.

El Papa Urbano II convocó un concilio en Clermont-Ferrand en 1095 del que surgió la Primera Cruzada.

La consigna de las cruzadas era «Dios lo quiere».
Como en todas las cosas humanas, en las cruzadas se mezclaron las luces con las sombras. Pero tomadas en conjunto fueron la manifestación del espíritu cristiano de la época, y la ocasión de innumerables actos de heroísmo.

Vittorio Messori en su libro Leyendas negras de la Iglesia, hablando del Profesor de Historia y Sociología de la Universidad de Bruselas Moulin, uno de los intelectuales más prestigiosos de Europa, cita estas palabras:

«Haced caso de este viejo incrédulo, que sabe lo que dice: la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convencernos de que sois los responsables de todos, o casi todos, los males del mundo. (...)

Habéis permitido que todos os pasaran cuentas, a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado. Y vosotros, casi siempre, ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo. Hasta el punto de respaldarlos.

En cambio, yo (agnóstico, pero también historiador que trata de ser objetivo) os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. (...) Tras un balance de veinte siglos de cristianismo las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas»


En el clima de cristiandad de su tiempo se explica la Inquisición.
No es justo juzgar a la Inquisición con los criterios de hoy. Hay que hacerlo con los criterios de entonces.

«En una sociedad en la que la fe constituía la base y garantía de la convivencia, el que atentaba contra la fe era el equivalente de lo que para nosotros es el terrorista. (...) Actualmente consideramos bienhechores a los que previenen epidemias físicas. Pero cuando se pone en primer lugar la salvación del espíritu, se consideran bienhechores a los que combaten las enfermedades del alma»

http://es.catholic.net/escritoresactuales/251/466/articulo.php?id=8157

 

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Los templarios y la bisabuela de Da Vinci

 

Autor: Juan Zesati Ibargüengoytia

 

«Los descendientes de los templarios custodian el santo grial, y éste es nada menos que el sepulcro de María Magdalena» proclama con desenfado el bestseller Da Vinci Code. Desde los sótanos de las editoriales esotéricas muchos despropósitos se han dicho sobre los caballeros del Temple, pero este último pasa de ser una mentira a una ingenuidad bobalicona.


El autor, Dan Brown, arma su novela pegote tras pegote de cuentitos esotéricos. Lo extraordinario es que Brown presente su mitología como real y documentada historia. La ingente promoción y ventas van desvelando el verdadero móvil: o se trata de vil negocio o es una intentona de coacción ideológica.

¿Quiénes son los templarios? Dan Brown nos respondería sin chistar: son los constructores de las catedrales durante toda la Edad Media, que siguen viviendo secretamente en el Priorato de Sión; enemigos mortales de Papas charlatanes; portadores de los secretos sobre Cristo (léase un pecador más, sin decir nada de extraordinario de Aquél que cambió la historia del mundo, ni mucho menos afirmar que era Dios hecho hombre) y María Magdalena (auténtica divinidad ultrajada por la Iglesia Católica a través de los siglos).

Ni Brown ni este supuesto «¡priorato!» son los primeros en decirse auténticos herederos de los templarios. Fábulas similares han contado todo tipo de sociedades secretas nacidas al menos 400 años después de que los templarios dejaron de existir. Así, han defendido su origen templario masones, carbonarios, rosacrucianos y hasta nazistas. Cosa absurda a todas luces si no se ve en ello un intento de inventarse un árbol genealógico para darse aires de nobleza, sangre azul o de un pasado glorioso y milenario.

Bueno, dejemos a Brown y sus "historias" para preguntar a la Historia quiénes son verdaderamente los templarios. Los hechos no callan, los documentos, testimonios, la huella del cristianismo que pervade toda la cultura y el legado de vidas que se han tomado en serio el Evangelio, nos cuentan una verdad que nada tiene que ver con la de Da Vinci Code.

Los templarios tuvieron una corta vida para una institución religiosa, no pasaron los 2 siglos. En sus inicios protegían a los peregrinos en su camino hacia Tierra Santa, progresivamente se consolidan como un ejército pequeño pero altamente eficaz en la defensa de los lugares santos de Jerusalén. Lo novedoso es que no eran unos soldados cualquiera, unían a sus deberes militares una disciplina religiosa fundamentalmente igual a un monje: vida y oración en común, vivencia de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia y dependencia del Papa como religiosos.

Tenían una Regla aprobada por el Sumo Pontífice, inspirada con mucha probabilidad en San Bernardo. Como ejemplo del auténtico espíritu religioso que les animaba baste citar una de sus normas «Cada hermano del Temple ha de saber que por encima de todo se ha comprometido a servir a Dios, y cada uno debería aplicar toda su diligencia y entendimiento a ello (...) Pues como dice nuestra Regla, si amamos a Dios, deberíamos estar dispuestos a escuchar sus sagradas palabras» (canon 279).

Los caballeros del Temple tuvieron un rápido crecimiento. La mayor parte de ellos estaba disponible en el frente de batalla, en Palestina, mientras que unos cuantos buscaban los fondos necesarios para sostener la defensa de los lugares sagrados que consumían ingentes recursos (piénsese por ejemplo la cantidad de caballos que tenían que llevar constantemente de Europa a Oriente). Además de Tierra Santa ejercieron una activa labor en la defensa de España ante el acoso del Islam.

El prestigio de la orden, la seguridad de sus fortalezas y la red de encomiendas y conventos en Europa y Oriente hicieron que muchos nobles y soberanos les confiaran la seguridad de sus riquezas. Así, la orden ejerció una labor similar a una banca como medio de financiación de sus operaciones militares. Esto no quiere decir que los frailes templarios empezaran a vivir disolutamente, pero sí acarreó la ruina de la orden porque Felipe IV, rey de Francia, empezó a codiciar los bienes que la orden poseía o custodiaba. La avaricia del rey coincidió con otros factores que fueron decisivos: la pérdida del reino de Jerusalén -y con ello la de la razón de ser de la orden-, y un Papa fuertemente presionado por el rey de Francia.

Felipe IV, descrito por Lortz como "hombre sin escrúpulos, frío calculador, en sustancia agnóstico, que conocía una sola cosa: la potencia nacional", urdió un plan maquiavélico para apoderarse de las riquezas del Temple. Envía a todo su reino un sobre con órdenes estrictas de abrirlas un día fijo. En la carta, el rey miente diciendo que cuenta con la aprobación del Papa. Los oficiales del rey al abrir el sobre se encuentran con la sorpresiva orden de apresar a todos los templarios con terribles acusaciones de inmoralidad y herejía que los funcionarios reales debían "confirmar" con la tortura. Los caballeros que no se confesaran culpables serían amenazados con la condena a muerte.

Al mismo tiempo el rey Felipe envía cartas a los otros reyes de Europa instándoles a hacer lo mismo. Los otros reyes europeos no hicieron lo mismo que Felipe, se mostraron renuentes a proceder del mismo modo hasta no recibir instrucciones precisas de la Santa Sede. Es elocuente que un sínodo de Castilla, León y Portugal celebrado en Salamanca declarara no hallar culpabilidad y que eran "muy buenos religiosos y de muy buena fama". Coinciden con ello los reinos de Aragón, Toscana, Lombardía, Chipre y principados latinos de Grecia.

En un primer momento algunos caballeros cedieron a la tortura. Sin embargo, dieron testimonio de la inocencia de la orden muchos templarios que jamás confesaron ninguna mentira, aún a sabiendas de que ello les llevaría a la hoguera o a mayores sufrimientos. En Francia varios cientos murieron en las llamas, heroicamente, algunos incluso cantando las letanías, mostrando así el auténtico espíritu religioso que les animaba... El Gran Maestre, Jacques de Molay, que al inicio se declaró culpable, varios años después recobra el vigor y declara a la orden del Temple "santa, justa y católica", cosa que Felipe IV no pudo soportar, y lo envió a la hoguera sin consultar con las autoridades eclesiásticas competentes.

Al fin, el Papa Clemente V constatando este desastre ante el que no fue lo suficientemente fuerte para reaccionar, declaró la extinción de la orden, pero no su culpabilidad en el Concilio de Vienne. ¿Y los antiguos templarios? Llama la atención su obediencia heroica, sometiéndose a esta difícil decisión; continuaron viviendo vida religiosa en otros conventos, pero la Orden del Temple desapareció en ese momento.

Espero que quede ahora claro que los templarios nunca fueron albañiles, tenían cosas más importantes que hacer que buscar el santo grial y que esta orden desapareció definitivamente hace 700 años. 
2004-04-29

 

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15. De Vienne (Francia) 1311.

 

Papa Clemente V. Por la cuestión de los templarios. Decidió la supresión de la Orden de los Templarios.

 

Condenación de los errores de los Begardos sobre la perfección espiritual.- El alma es verdadera y esencialmente forma del cuerpo.

 

Juan Wickleff, inglés; y Juan Huss, bohemio, pueden considerarse como los precursores del luteranismo que había de aparecer un siglo más tarde. Ambos se rebelaron abiertamente contra Roma, promovieron y defendieron pertinazmente graves errores doctrinales; fueron apoyados por las esferas más influyentes de sus respectivos pueblos, que detestaban la injerencia de la autoridad romana en sus asuntos eclesiásticos.

Todo ello puede conceptuarse como un nacionalismo político que busca también la independencia en la esfera religiosa.

 

Magisterio del C.E de Vienne

XV ecuménico (abolición de los templarios)

Errores de los begardos y beguinos

(sobre el estado de perfección)

(1) El hombre en la vida presente puede adquirir tal y tan grande grado de perfección, que se vuelve absolutamente impecable y no puede adelantar más en gracia; porque, según dicen, si uno pudiera siempre adelantar, podría hallarse alguien más perfecto que Cristo.

(2) Después que el hombre ha alcanzado este grado de perfección, no necesita ayunar ni orar; porque entonces la sensualidad está tan perfectamente sujeta al espíritu y a la razón, que el hombre puede conceder libremente al cuerpo cuanto le place.

(3) Aquellos que se hallan en el predicho grado de perfección y espíritu de libertad, no están sujetos a la obediencia humana ni obligados a preceptos algunos de la Iglesia, porque (según aseguran) donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad [2 Cor. 3, 17].

(4) El hombre puede alcanzar en la presente vida la beatitud final según todo grado de perfección, tal como la obtendrá en la vida bienaventurada.

(5) Cualquier naturaleza intelectual es en si misma naturalmente bienaventurada y el alma no necesita de la luz de gloria que la eleve para ver a Dios y gozarle bienaventuradamente.

(6) Ejercitarse en los actos de las virtudes es propio del hombre imperfecto, y el alma perfecta licencia de si las virtudes.

(7) El beso de una mujer, como quiera que la naturaleza no inclina a ello, es pecado mortal; en cambio, el acto carnal, como quiera que a esto inclina la naturaleza, no es pecado, sobre todo si el que lo ejercita es tentado.

(8) En la elevación del cuerpo de Jesucristo no hay que levantarse ni tributarle reverencia, y afirman que seria imperfección para ellos si descendieran tanto de la pureza y altura de su contemplación, que pensaran algo sobre el ministerio (v. l.: misterio) o sacramento de la Eucaristía o sobre la pasión de la humanidad de Cristo.

Censura: Nos, con aprobación del sagrado Concilio, condenamos y reprobamos absolutamente la secta misma con los antedichos errores y con todo rigor prohibimos que en adelante los sostenga, apruebe o defienda nadie...

De la usura

[De la Constitución Ex gravi ad nos]

Si alguno cayere en el error de pretender afirmar pertinazmente que ejercer las usuras no es pecado, decretamos que sea castigado como hereje.

Errores de Pedro Juan Olivi

(acerca de la llaga de Cristo, de la unión del alma y del cuerpo, y del bautismo)

[De la Constitución De Summa Trinitate et fide catholica]

[De la encarnación.] Adhiriéndonos firmemente al fundamento de la fe católica, fuera del cual, en testimonio del Apóstol, nadie puede poner otro [1 Cor. 3, 11], abiertamente confesamos, con la santa madre Iglesia, que el unigénito Hijo de Dios, eternamente subsistente junto con el Padre en todo aquello en que el Padre es Dios, asumió en el tiempo en el tálamo virginal para la unidad de su hipóstasis o persona, las partes de nuestra naturaleza juntamente unidas, por las que, siendo en sí mismo verdadero Dios se hiciera verdadero hombre, es decir, el cuerpo humano pasible y el alma intelectiva o racional que verdaderamente por si misma y esencialmente informa al mismo cuerpo. Y en esta naturaleza asumida, el mismo Verbo de Dios, para obrar la salvación de todos, no sólo quiso ser clavado en la cruz y morir en ella, sino que sufrió que, después de exhalar su espíritu, fuera perforado por la lanza su costado, para que, al manar de él las ondas de agua y sangre, se formara la única inmaculada y virgen, santa madre Iglesia, esposa de Cristo, como del costado del primer hombre dormido fue formada Eva para el matrimonio; y así a la figura cierta del primero y viejo Adán que, según el Apóstol, es forma del futuro {Rom. 5, 14], respondiera la verdad en nuestro novísimo Adán, es decir, en Cristo. Ésta es, decimos, la verdad, asegurada, como por una valla, por el testimonio de aquella grande águila, que vio el profeta Ezequiel pasar de vuelo a los otros animales evangélicos, es decir, por el testimonio del bienaventurado Juan Apóstol y Evangelista, que, contando el suceso y orden de este misterio, dice en su Evangelio: Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no quebraron sus piernas, sino que uno de los soldados abrió con la lanza su costado y al punto salió sangre y agua. Y el que lo vio dio testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis [Ioh. 19, 33 ss]. Nosotros, pues, volviendo la vista de la consideración apostólica, a la cual solamente pertenece declarar estas cosas, a tan preclaro testimonio y a la común sentencia de los Padres y Doctores, con aprobación del sagrado Concilio, declaramos que el predicho Apóstol y Evangelista Juan, se atuvo, en lo anteriormente transcrito, al recto orden del suceso, contando que a Cristo va muerto uno de los soldados le abrió el costado con la lanza.

[Del alma como forma del cuerpo.] Además, con aprobación del predicho sagrado Concilio, reprobamos como errónea y enemiga de la verdad de la fe católica toda doctrina o proposición que temerariamente afirme o ponga en duda que la sustancia del alma racional o intelectiva no es verdaderamente y por sí forma del cuerpo humano; definiendo, para que a todos sea conocida la verdad de la fe sincera y se cierre la entrada a todos los errores, no sea que se infiltren, que quienquiera en adelante pretendiere afirmar, defender o mantener pertinazmente que el alma racional o intelectiva no es por sí misma y esencialmente forma del cuerpo humano, ha de ser considerado como hereje.

[Del bautismo.] Además ha de ser por todos fielmente confesado un bautismo único que regenera a todos los bautizados en Cristo, como ha de confesarse un solo Dios y una fe única [Eph. 4, 6]; bautismo que, celebrado en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, creemos ser comúnmente, tanto para los niños como para los adultos, perfecto remedio de salvación.

Mas como respecto al efecto del bautismo en los niños pequeños se halla que algunos doctores teólogos han tenido opiniones contrarias, diciendo algunos de ellos que por la virtud del bautismo ciertamente se perdona a los párvulos la culpa, pero no se les confiere la gracia, mientras afirman otros que no sólo se les perdona la culpa en el bautismo, sino que se les infunden las virtudes y la gracia informante en cuanto al hábito [v. 140], aunque por entonces no en cuanto al uso; nosotros, empero, en atención a la universal eficacia de la muerte de Cristo que por el bautismo se aplica igualmente a todos los bautizados, con aprobación del sagrado Concilio, hemos creído que debe elegirse como más probable y más en armonía y conforme con los dichos de los Santos y de los modernos doctores de teología la segunda opinión que afirma conferirse en el bautismo la gracia informante y las virtudes tanto a los niños como a los adultos.

 

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Un recuerdo de los Templarios

 

Enrique Gil y Carrasco

 

Yo vi en mi infancia descollar al viento
De un castillo feudal la altiva torre,
Y medité sentado a su cimiento
Sobre la edad que tan liviana corre.
Joven ya, y pensativo, y solitario,
La misma idea esclavizó mi mente,
Y del desierto alcázar del templario
En los escombros recliné la frente.
Un tiempo vi de lustre y poderío
Escrito en deleznables caracteres,
Porque pasó el honor y antiguo brío,
Como liviana pompa de mujeres.
Pasó porque era puro, y grande, y noble,
Y por eso escupió en su frente al mundo,
Que de gloria y virtud corona doble
No sientan bien en su pantano inmundo.
De su pujanza y fama esclarecidas
Algunas cruces quedan conservadas,
Unas por las murallas esparcidas,
Otras en las ruinas sepultadas.
También nos queda un cristalino río,
Que allá en su juventud azul y puro
Velaba con vapores y rocío
El yerto pie de su gigante muro;
Y que hoy, más generoso que los hombres,
Enfrena al paso su veloz corriente,
En homenaje a los pasados nombres,
En homenaje a la olvidada gente.
Esto queda y no más de los blasones
Con que ornaron el mundo los templarios,
Y la yedra y sus lúgubres festones
Son hoy de sus cadáveres sudarios.
Pero flota en los mares de la muerte
Como encantada nave su memoria,
Porque es su nombre levantado y fuerte
Y colosal su portentosa historia.
Quizá sobre la losa de la tumba
Se ostenta el mundo libre y generoso,
Y la verdad sonora al fin retumba
En el silencio del final reposo.
Así dormid en paz, ¡oh caballeros!,
Dormid en paz el sueño de la muerte,
Graves, y silenciosos, y severos,
Al amparo del mundo y de la suerte.
Porque en el mundo fuisteis peregrinos,
Y lúgubres pasasteis e ignorados,
Y de nieblas vistieron los destinos
Vuestro blasón de nobles y soldados.
No alcanzó el mundo su gigante altura
Y os coronó la frente de mancilla...
Dormid en la callada sepultura,
Paladines hidalgos de Castilla;
Que tal vez por su noche tenebrosa
Pasará el sol que iluminó esplendente
La templaria bandera victoriosa,
Que guarecía la invencible gente.
Grandes y puros fuisteis en la vida,
Grandes también os guardará la huesa,
Porque es para una raza esclarecida
Mágico prisma su tiniebla espesa.
Bien estáis en la tumba, los templarios,
Porque si abrierais los profundos ojos,
Y otra vez por el mundo solitarios
De la vida arrastraseis los enojos,
Tanto baldón, y mengua, y desventura
Vierais en él, y tanta hipocresía,
Que la seca pupila en su amargura
Otra vez a la luz se cerraría.
No parece sino que con vosotros
Todo el honor y lealtad llevasteis,
No parece sino que con nosotros
Todo el, oprobio y vanidad dejasteis.
Porque en el día irónicos y secos,
Y menguados arrástrense los hombres
Para llenar sus corazones huecos
Del oropel mentido de sus nombres.
Pasó la fe y con ella la inocencia,
Y el candor que doraba vuestros años,
Pasó la dulce flor de la existencia
Cual para la niñez con sus engaños.
Hoy las ideas de entusiasmo y gloria
Ceden el puesto a viles intereses,
Y crecen en el campo de la historia
Sobre la tumba del honor cipreses.
Y todo sentimiento generoso
Vilipendiado rueda por el suelo,
Y la fuerza, cual bárbaro coloso,
Vela del mundo el funeral desvelo.
En vez del corazón la mente late,
Tibia la sangre y pálida circula;
Si un rey a su nación lleva al combate,
Sobre la muerte y destrucción calcula;
¿Dó están vuestros escudos, caballeros,
La lanza que en los aires rielaba,
Los vistosos pendones tan ligeros,
Que el moribundo sol tornasolaba?
¿A dónde fueron las templarias cruces
Que un día vio Jerusalén divina,
Y que bañaban con cambiantes luces
La arena de la ardiente Palestina?
¿Dó está el batir sonoro de las palmas
De tantos melancólicos cautivos,
Que por merced de sus sublimes almas
Vían del sol los resplandores vivos?
¿Dónde encuentran amparo las mujeres?
El huérfano ¿dó encuentra valedores?
¿Dó la cabeza los dolientes seres
Reclinan por descanso a sus dolores?
Poblada soledad es hoy el mundo,
Pantano que abril viste de guirnaldas,
Abismo melancólico y profundo
Coronado de aromas y esmeraldas.
Por eso vuestras palmas y laureles
Silbó con su raquítica garganta,
Y amontonó mentiras y oropeles
Para borrar vuestra soberbia planta.
Para baldón y vergüenza
La juventud hoy comienza
Do paró vuestra vejez;
Mas, ¡ah!, que en nosotros falta
Vuestra hidalguía tan alta,
Y fama, y valor, y prez.
Y falta vuestra inocencia
Y pundonor, y creencia
Y religiosa piedad,
Y vaga el hombre inseguro
Por el crepúsculo oscuro
De la duda y vanidad.
Y no hay estrella en sus mares,
Ni esperanza en sus cantares,
Ni en su mente porvenir,
Porque el mundo que le engaña,
En su corazón empana
El espejo del sentir.
Que en la juventud florida
Bella y desapercibida,
El ánima virginal,
En busca va de los hombres,
Fascinada con sus nombres.
Y su apariencia leal.
Y ángeles ve en las mujeres
Y amor, y luz, y placeres,
En la senda del vivir,
Y por su mágico prisma
Mira el mundo que se abisma,
Y piensa que va a dormir.
Y entonces, fuertes caudillos,
Vuestros ánimos sencillos
El alma comprende y ve,
Como en mi dorada infancia
Vuestra gótica arrogancia
Cándido y puro alcancé.
Mas, ¡ay de mí! , los paisajes,
Los cambiantes y celajes
De la rica juventud
Son no más lánguidos sones,
Que arrancan los aquilones
De un amoroso laúd.
Porque llega el desencanto
En las noches de quebranto,
Y con su mano glacial
Descorre triste y severo,
El pabellón hechicero,
Fantástico y celestial
De la vida engañadora,
Que con falsa lumbre dora
Las nieblas del porvenir,
Y como encantado velo,
Sobre nosotros un cielo
Despliega de oro y zafir.
¡Pobres dichas juveniles,
Tan lozanas y gentiles,
De tan suave y puro albor!
¿Por qué sois mentira sólo
Y encubridoras del dolo
Del universo traidor?
¿Por qué la edad de pureza,
De pasión, y de belleza
No ha de engañar también,
Y robarnos el sosiego,
Y con su aliento de fuego
Quemar la cándida sien?
¡Ay!, cuando desencantados,
Náufragos y derrotados,
Pisamos la orilla, al fin,
De sus mares turbulentos
Con celajes macilentos
En su nublado confín,
Sin amor, sin esperanza,
Ni gloria, ni bienandanza,
Que allá en su seno se hundió,
Y en lugar de la hermosura,
Y en lugar de la ventura,
Que la juventud soñó,
Vemos arenal tendido,
Y pálido y desabrido,
Que es forzoso atravesar,
Sin árboles ni verdura,
Sin una corriente pura
Donde la sed apagar.
¿Qué es lo que entonces encierra
La desnuda y seca tierra
De esperanza y de placer?
¿Qué visiones luminosas,
Infantiles y vistosas
Pueden, ¡ay!, aparecer?
Aparecen amarillos
Sin fosos y sin rastrillos,
Centinela ni pendón,
Vuestros alcázares nobles
Con reminiscencias dobles
De hidalguía y religión:
Monumentos inmortales,
Que envueltos en los cendales
De verde yedra se ven;
Islas que en el mar de olvido
Con ademán atrevido
Levantan la antigua sien;
Maravillosas historias,
Y magníficas memorias
Quedan y templaria cruz,
Que despiertan las campanas
Melancólicas o vanas,
Que cantan la última luz.
Y entonces el alma sueña
Con una voz halagüeña
Entre el ruido mundanal,
Por más que sea muy triste
Ver que solamente existe
En la noche sepulcral.

Fecha 03/06/2005

Agradecemos a Arvo net

 

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Edad media y narrativa contemporánea

 

 

La eclosión de lo medieval en la literatura


Por Fernando Gómez Redondo

Ante la falta de consistencia del presente, la gente busca como vía de escape signos y valores del pasado en los que poder sobrevivir. El novelista le ofrece un camino que se adentra en la Edad Media mediante dos vías de realización argumental: la fantástica y la comprometida. Sin embargo, novelar la Historia no significa alejarse de la realidad, sino asumir el presente desde la distancia temporal del pasado.

1. De tendencias novelísticas

Tras la guerra civil, la novela española necesitó tres décadas para construir nuevas imágenes de la realidad; había que afianzar el sentido de lo individual (años cuarenta), explicar comportamientos colectivos (años cincuenta) y describir, por último, el funciona miento de la sociedad (años sesenta). El rótulo del «realismo» -existencial, socia! y estructural- fue esgrimido una y otra vez para agrupar producciones narrativas que compartían similares modelos de análisis y que ahondaban en circunstancias más o menos objetivas y verosímiles.

No es de extrañar, por tanto, que a partir de la década de los setenta, tras tantas propuestas de realidades, el novelista pierda el interés por unos asuntos argumentales que no podían ya dar más de sí. La reacción es obligada: la propia poesía la formula con acierto al derivar hacia visiones de riguroso esteticismo. Se adivina, pues, una grave escisión en la conciencia del creador literario, agravado por una nueva ruptura histórica de honda trascendencia: en 1975 muere el general Franco y, por segunda vez en lo que va de siglo, toda una serie de modelos de convivencia y de formas de socialización se derrumban. Como en los años cuarenta, es preciso, de nuevo, inventar la realidad, si bien de distinta manera: el novelista, atenazado por su propia intelectualidad, no podrá participar directamente en ese proceso; preferirá esperar, convertido en espectador de un discurso histórico que sólo ahora, en el inicio de los noventa, comienza a producir materias argumentales de cierto interés. Al menos, la cotidianeidad se ha adueñado de la novela y de ahí los recientes éxitos de Luis Landero, José Antonio Millán, Javier García Sánchez o Antonio Muñoz Molina. Nueva tendencia, en suma, que, como contrapunto cultural, reacciona contra un quinquenio en el que el novelista anduvo perdido: o por los límites de su escritura o por los ámbitos alejados de la Historia.

2. De historias y de aventuras editoriales

1975-1990: arco o compás de espera de complejas contradicciones. Justo cuando la realidad deja casi de ser es cuando se publican más novelas y se traducen los títulos más significativos de la literatura europea. Como con secuencia, se incrementa el número de lectores y proliferan las editoriales dispuestas a complacer las nuevas preferencias. Este último vector -y más en una economía de mercado- es de singular importancia para perfilar un completo mosaico de las formas artísticas. No es una casualidad, entonces, que antiguas y nuevas casas editoras se hayan afanado por explotar el filón de los temas históricos. Porque si Planeta -con su reconocida oportunidad comercial- se ha atrevido a lanzar una nueva colección, «Memorias de la Historia», que ronda ya la treintena de títulos, es porque existe una importante demanda de biografías, género que debe posibilitar al lector trasladarse desde su presente hacia pasados de ignota -y por ello sorprendente- significación. Y no le ha ido a la zaga Ediciones Orbis que, en 1988, inundó los quioscos con sus semanales entregas de «Biblioteca de Novela Histórica», con la pretensión de simultanear obras clásicas (W. Scott, E. Gil y Carrasco, J. Fenimore Cooper) con títulos que acababan de alcanzar sonoros éxitos (R. Graves, M. Yourcenar, G. Vidal). También nuevas editoriales se subirán al carro de la fantasía histórica en esta desenfrenada búsqueda de lectores: Almarabú, Lumen, Muchnik y Montesinos, por ejemplo, han competido por sacar títulos que, en otros momentos, hubiera sido temerario publicar. Incluso hoy no deja de carecer de riesgo el sugerir al lector que se sumerja en los contornos de otros tiempos a vivir otras vidas que, aun siendo reales, le serán, con toda probabilidad, desconocidas. A pesar de ello, la aventura se ha emprendido y se han abierto, de par en par, las puertas de la Historia, sin que, de momento, nadie parezca querer cerrarlas. Todo lo contrario, la indagación por las épocas de pasado está sugiriendo nuevas aptitudes y distintas valoraciones en el mismo proceso de la creación literaria. No se puede regresar indemne de estas incursiones por la memoria histórica. El novelista sale de sí y proyectado en otras circunstancias absorbe distintas perspectivas de pensamiento que acaban condicionando su escritura. Curiosamente, cuanto más lejano sea el viaje más ilimitados serán los conocimientos adquiridos y recreados después en la novela. De ahí que la Edad Media se haya constituido en el marco privilegiado de una buena parte de la narrativa contemporánea.

3. De la recuperación de la Edad Media: intelectuales y eruditos

Con excesiva obstinación, los críticos han recurrido al efecto «Eco» para encuadrar toda novela medievalizante, publicada con posterioridad a 1980. Tal «apostilla» -ya casi tópico- no dejaba de ser un curioso preámbulo a la correspondiente reseña, pero su reiteración ha falseado las verdaderas razones de actitudes crea doras que han acabado propiciando un imprevisible fenómeno sociológico.

Es claro que si el presente histórico pierde su consistencia de ser y de existir, la sociedad habrá de buscar otros signos o valores en los que poder sobrevivir mientras tanto. Es el turno, entonces, de los intelectuales: los novelistas se van a convertir casi en eruditos y en investigadores, al servicio —eso sí— de la fantasía crea dora. Tales son las claves del éxito de Umberto Eco (1), magistral conocedor de sistemas semiológicos, usados para explicar unas básicas actitudes humanas; lo medieval (con la lejanía del presente), lo policíaco (con la intriga como norma de vida) y, últimamente, lo esotérico (en
El péndulo de Foucault) son razones que U. Eco, como intelectual, ha intuido y ha aprovechado al máximo, pero que, de ningún modo, ha inventado. Al menos, en España, la tradición de lo medievalizante, en este siglo, ha estado siempre unida a los movimientos de vanguardia y ha servido para definir condiciones de pureza y de exigencia en la creación literaria.

De esta manera, lo humorístico y lo intelectual se alían en creadores tan alejados de la realidad como B. Jarnés o R. Gómez de la Serna. Si el primero escribió una deliciosa
Viviana y Merlín (1929), al segundo se le deben seis disparatadas «Novelas superhistóricas» en las que héroes y heroínas, ya literaturizados, prestan su ser para que Ramón los disuelva en las más prodigiosas greguerías: señala en el Prólogo:

«La Superhistoria es escaparse a la historia confinada y que resulta tan pobre por rodearla de límites y de elementos in transformables e intransferibles cuando puede acojerse (sic) a la constante de la improvisación» (2).

Ramón, consciente teórico de la literatura, perfila, así, en 1944, los dos caminos por los que la novela de asunto medieval podrá transitar: la evasión (en cuanto actitud personal del autor) y la trascendencia (en cuanto ilimitada exploración por y de la fantasía humana). Pero, por su puesto. las tres décadas de realismo no van a ser las más apropiadas para desarrollar ambos componentes. Si la Edad Media se saca a colación, sus referencias rezumarán justificaciones ideológicas para el régimen triunfador de la contienda civil; un solo ejemplo: en 1939, Darío Fernández Flórez publica
Breviario de Mio Cid con una explícita dedicatoria: «Al Caudillo. En ofrenda de voluntad constante» y -cabría añadirle- con el propósito de aunar las voluntades de los dos «héroes» guerreros:

«Despejemos de ganga la epopeya y tratemos de alcanzar al caudillo. No puede fallar la decidida y recta vía de llegar a los pueblos conducidos por la diestra de su mejor héroe» (3).

Distinta suerte corrió la esposa del asendereado Rodrigo en las evocadoras manos de María Teresa León, autora de una singular biografía:
Doña Jimena Díaz de Vivar. Gran señora de todos los deberes (1960); la emoción poética va perfilando las significaciones de un personaje perseguido en sus más íntimos sentimientos y. sin renuncia alguna a los materiales puramente históricos; don Ramón Menéndez Pidal pudo así escribirle:

«Y aun para mí tiene el particular atractivo de ver revividos por tu pluma varios personajes, desde Aurorita hermana hasta Muño Gustioz cuñado, exhumados por mí de los documentos» (4).

Tales títulos son pálidas señas de la eclosión editorial que se produciría después. Hasta una novela de la importancia de
Libro de caballerías (1957) de Joan Perucho, tiene que esperar veintinueve años para su definitiva consagración. Mientras tanto, algunas tímidas tentativas se suceden. Francisco Ayala, por pura curiosidad intelectual, aboceta el perfil humano de Ramiro II el Monje (en Los usurpadores) o envía, en 1967, una «quisicosa» a Camilo José Cela para Papeles de Son Armadans; es el «Diálogo entre el amor y un viejo» y de él advierte:

«Aquellos lectores que nada sepan de Rodrigo Cota -casi todos, supongo detectarán en seguida muy sagazmente el carácter autobiográfico de mi Diálogo» (5).

Paulatinamente se va produciendo una penetración de estos asuntos en los materiales novelescos. Jesús Fernández Santos remata, en 1965,
Las catedrales, conjunto de cuatro esmeradas vidrieras narrativas o relatos de los que el segundo se centra en las desventuras de un cantero, Diego Arnao, releídas por un deán en unos viejos cartularios. Y dos de los J. B. cuya identidad diluye Gonzalo Torrente Ballester en La saga/fuga de J. B. (1972) son el obispo Jerónimo Bermúdez (trasunto, quizá, del real Gelmírez del siglo XI) y el nigromante Jacobo Balseyro. Claro es que Galicia y sus célticos universos de ficción han sabido resguardarse de las oleadas realistas de la posguerra; hay así una generación de autores que han podido fabular sin poner límites a su fantasía: Castroviejo, Risco, Casares, Conde y, por supuesto, Cunqueiro, el gran re-vividor de la materia de Bretaña; no ha de extrañar que, a finales de los ochenta, se haya producido un insospechado descubrimiento de este autor y que la Edito rial Destino haya lanzado una especial «Biblioteca Alvaro Cunqueiro». Es el mismo caso que el de J. Perucho: autores que deben vencer el hosco silencio de la incomprensión y esperar épocas en que su obra emerja como reflejo de unas inconscientes necesidades colectivas. Para satisfacerlas, eruditos e intelectuales han explotado el filón sin fin de la Edad Media. Numerosos proyectos edito riales han contribuido a tal empeño; la prestigiosa Alianza ha creado colecciones -con los epígrafes «Tres» y «Cuatro»- que se han poblado de traducciones y de antologías de textos medievales; Labor diseñó aquella bellísima «colección Maldoror» que puso al alcance de los lectores españoles a Chrétien de Troyes; Edhasa se hizo con los servicios de John Steinbeck y la Editora Nacional, mientras existió, dio cuenta de textos fundamentales del ciclo artúrico; no hay que olvidar a la barcelonesa P.P.U. -con una específica selección de traducciones de obras románicas- ni a la magnífica serie «El Fes tín de Esopo», perteneciente a Edicions dels Quaderns Crema, que, junto al texto traducido, intercala el original, añadiendo un cuidadoso aparato de notas. Porque. en su principio, la Edad Media ha de ser dominio de eruditos: a ellos se debe el desvelamiento de imágenes y significaciones, imprescindibles para comprender las posteriores empresas narrativas; hay que recordar, así, los nombres de Victoria Cirlot, de Isabel de Riquer, de Luis Alberto de Cuenca, de Carlos García Gual y, especialmente, de Carlos Alvar, infatigable traductor de casi todo el ciclo de la Vulgata artúrica. con la añadidura de otros títulos de Chrétien de Troyes, de un Roman de la Rose o de una sugerente Melusina; su ingente tarea de divulgar, con extremo rigor, el medievalismo ha sido absorbido por la mayor parte de las editoriales antes citadas y en él. por ejemplo, Siruela ha apoyado muchos de sus éxitos de venta: esta editorial, por otra parte, se ha configurado como la respuesta más segura a ese horizonte de expectativas que la tensión de lo medieval ha definido en de terminados círculos de lectores; dirigida, con gran acierto, por Jacobo F. de Stuart supera ya los treinta títulos de una «Selección de lecturas medievales», imprescindibles para acercarse a la literatura románica occidental, y ensaya ahora nuevas series de libros (privilegiando, siempre, lo ensayístico y lo aventurero). Y no hay que olvidar los «Clásicos para una Biblioteca Contemporánea» de Editora Nacional -con obras de Juan de Salisbury, Petrarca o Boccaccio- ni aquella extraña «Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados». Todas estas empresas intelectuales, minoritarias, claro es, se prolongan en el cada vez mayor interés de las tradicionales colecciones de clásicos (en especial, Cátedra, Castalia y Planeta) por incrementar sus fondos con lecturas medievales. Todas son manifestaciones de un mismo proceso que o puede conducir a la convocatoria de seminarios especializados, como el celebrado en 1984 en la U.I.M.P., sobre «Literatura medieval y literatura contemporánea» (6), o puede sostener indefinidamente la tensión necesaria para animar el consumo masivo de narraciones y de novelas medievalizantes.

4. De materias argumentales

Obsesión, por una parte, y necesidad, por otra, son los factores que pueden explicar la creciente acumulación de novelas o de cuentos que se sumergen en la Edad Media, con la pretensión de construir los más peregrinos experimentos.

En primer lugar, una novela histórica es una propuesta de signo cultural; al lector se le invita a embarcarse en un curioso viaje, cuyos límites serán los de su propia fantasía o los de su capacidad por revivir las historias sugeridas. Para ello, se le proporcionan una serie de claves que podrá utilizar en varios sentidos, quedándose en el nivel superficial del argumento o profundizando en el descubrimiento de razones que pueden iluminar, incluso, facetas desconocidas de su existencia. Por lo general, el novelista procurará que ambos planos se integren, aunque el lector carezca de la preparación para lograrlo. Esta -y no otra- fue la causa del arrollador éxito de U. Eco: transmitir al receptor de su texto la ilusión de creerse más culto de lo que en realidad era. Este, por supuesto, es un caso límite; a los autores que abordan estos temas les basta con plantear un inicial código para absorber la memoria y la imaginación de sus lectores. Presupuesta esta premisa, la invención argumental desconoce fronteras, si bien un apresurado análisis de los temas predilectos por estos escritores desvela dos hechos: 1) o bien la narración plantea un total alejamiento de la realidad presente, 2) o, en cambio, posibilita la comprensión de aspectos contradictorios del mundo actual. Es de notar que, en ambos casos, el novelista se siente sumamente insatisfecho con el hoy desde el que escribe.

1) Predominio de la fantasía re-creadora

En un principio, las historias desviadas de lo real se adensan de poéticas visiones que corresponden a las experiencias estéticas de sus autores. Algunos son poetas, como Félix de Azúa, empeñado, en
Mansura (1984), en irrealizar una verídica crónica medieval:

«La imaginación es la hermana de la memoria mortal; es el recuerdo de lo que nunca sucedió, porque nada sucede como es debido» (7).

Otros escritores son novelistas que, hartos de desmenuzar los límites vulgares de la realidad, se sumergen en el remanso de la invención formal; es el caso de Luis Mateo Díez, que abandona, momentáneamente, su cotidiano leonesismo para perseguir a un peregrino, andante hacia Santiago, en
El sueño y la herida (8), o bien evocar, en el Apócrifo del clavel y la espina, la visión decadentista de un señorío feudal, relatada por su último representante:

«En sus páginas se va mi vida como si sus palabras me la llevaran al regresar al re cuerdo de todo lo que vi, de lo que oí y de lo que hice» (9).

Porque, en verdad, el autor que se sume en estas historias lo que está haciendo es indagar en su propio ser. Dos, por ejemplo, de los relatos de Los amores secretos de Javier García Sánchez (10) cumplen esta finalidad:
satisfacer una tradición exótica -«La hija del emperador» sucede en la Constantinopla del siglo XI- o asumir unos valores culturales, seguramente básicos en su propia educación: de esta forma, es la Florencia renacentista la que encuadra «El amor secreto de Luca Signorelli», con el trasfondo de la poesía del
dolce stil nuovo.

Este último aspecto es el que explica la prodigiosa afloración de novelas que reviven la materia artúrica: sin ninguna duda, su lectura ha sido decisiva en la conformación sígnica de los escritores que a ella se acercan (11). Estos motivos son los que guían la reconstrucción de John Mathews de
El Santo Grial (12), en donde mantiene viva la ilusión de la peregrinación esotérica, amparada en la búsqueda de este mítico objeto. Aun así, los resultados pueden ser muy diferentes si estos relatos recogen las insatisfacciones del presente, vaciadas del interior del novelista en el propio proceso de la composición artística: Paloma Díaz-Mas, por ejemplo, en la tensa brevedad de El rapto del Santo Grial (13), vuelca certeras ambigüedades de un ser: preocupaciones pacifistas, desvelos de feminismo y hasta una inquietante duda sobre la conveniencia de si deben o no realizarse los ideales que se persiguen (¿Qué sucederá después de alcanzar el Santo Grial?). En esta línea, la materia artúrica llega a convertirse en símbolo de la decadencia de los sueños irreales que la humanidad se empeña en inventar; por eso, Víctor Freixanes deja asomar por las páginas de El ajuar de la novia a un bufo Tristán Britano y Michel Río describe a un caduco y desengañado Merlín (14) que, con cien años, lleva cincuenta prisionero de Viviana y recuerda las esplendorosas épocas de la corte del rey Arturo; es un Merlín muy parecido al que ya habían diseñado B. Jarnés en 1929 y Alvaro Cunqueiro en Merlín y familia (1957) y, también, muy similar al Arturo, aquejado de hemorroides, de El año del corneta (1974) de este último autor. Sobre el poder de estas mágicas ensoñaciones reflexiona Gonzalo Torrente Ballester:

«En mi particular mitología, la Atlántida y Artur caminan juntos, y juntos llevarán a buen término la ocupación liberadora y redentora en que coinciden. Imagino que en el tiempo que lleva en el destierro, Artur habrá llegado a rey de la Atlántida. En cualquier caso, separados o en pareja, constituyen la única utopía razonable que conozco» (15).

Este recorrido interior por la memoria -no histórica- del novelista alcanza sus máximas consecuencias en
Los otros caminos, nuevamente de A. Cunqueiro, que ni siquiera es una no vela, sino una maravillosa recopilación de artículos aparecidos entre 1952 y 1979. Sendas fantaseadas y rutas irrecorribles conducen al lector por paisajes y fabulaciones, vincula das a la céltica Bretaña, que tanto supo amar el escritor gallego; tres epígrafes del libro tienen este propósito: «Inventando Bretaña», «El viajero a Bretaña», y «Más sobre Bretaña», mientras que otro, «Por la Europa gótica», busca, sin más, intemporalizar la experiencia de la lectura (16). Que es también lo que persigue Joan Perucho con los «irreales» capítulos de Diana y el mar muerto (17): sugerentes visiones de símbolos de la más variada especie (pictóricos, literarios e, incluso, hagiográficos). Este principio de esencialización puede llevar al autor a penetrar en los linderos de la literatura puramente infantil, como Carmen Martín Gaite con El castillo de las tres murallas, relato plagado de símbolos de honda trascendencia que valoran la soledad, la tristeza o los amores imposibles, simbolizados en el dueño de este castillo:

«Pero Lucandro, que así se llamaba el hombre rico, nunca daba fiestas ni invitaba a amigos, porque no tenía ninguno. Y lo peor era que tampoco él disfrutaba de las delicias del jardín [...] Siempre pensaba que le estaban engañando y que de ninguno se podía fiar» (18).

Sea como sea, en ninguno de estos casos la exploración que lleva a cabo el autor trasciende las fronteras de su fantasía creadora; es más, ni siquiera se intenta esa superación: el escritor se instala en el ámbito mágico de su escritura y se deja arrastrar por sus ilimitadas posibilidades, en un claro proceso de auto-conocimiento.

2) La Edad Media como signo del mundo actual

No obstante, el dominio de la realidad presente suele imponer sus ligaduras a estos discursos ficticios. Por ello, las líneas argumentales preferidas suelen tener su correspondencia con problemas de la actualidad; buena parte, por ejemplo, de estas narraciones desvían al lector hacia el mundo oriental: es indudable que, tras estos títulos, laten escondidas las candentes y bélicas situaciones que viven hoy en día tales países. Esta es la explicación del éxito alcanzado por las tres novelas del líbano-francés Amin Maaluf; son las suyas reconstrucciones rigurosamente históricas de la Edad Media islámica, que desvelan al lector occidental significados ocultos de las circunstancias del presente; por ello, la necesidad de
Las cruzadas vistas por los árabes (19) o León el Africano (20), más cercana al ámbito hispánico, ya que inicia su andadura narrativa con la toma de Granada por los Reyes Católicos y analiza la consiguiente diáspora del pueblo musulmán. De igual forma, la Samarcanda de este mismo autor describe la Persia medieval para descubrir en ella al gran poeta, astrónomo y matemático Omar Jayyám. Idéntica ambientación iraní aflora en Alamul del yugoslavo Yladimir Bartol, muerto en 1967; es lógico pensar que si se traduce ahora su novela es por que aborda en ella el interminable conflicto de las luchas religiosas entre sunitas y chiítas (aunque en el siglo XI). Algunas reediciones insisten en la dimensión orientalista del consumo de la lectura: la editorial Polifemo ha aprovechado para rescatar Españoles en las Cruzadas de Martín Fernández de Navarrete y Almanzor. Una leyenda árabe (1858) de Francisco Javier Simonet, perfecto imitador de las novelas moriscas. Se privilegia, en estas obras, el motivo de la recuperación de los Santos Lugares por los caballeros cristianos, propiciándose, así, narraciones muy próximas al ensayo histórico, como el de Régine Pernoud, Los hombres de las Cruzadas (21). Estos componentes historicistas apuntalan, en ocasiones, fingidas historias amorosas, que, en el fondo, resultan complejas indagaciones sobre las características de los pueblos descritos: Juan Eslava-Galán, en Guadalquivir (22), reconstruye el Al-Andalus del siglo XIII y Leopoldo Azancot, en Fátima. La esclava, se traslada al Islam del siglo X y a ciudades como Bagdag, Córdoba, Sevilla y Ronda, asomadas a la me moria de su protagonista:

«Recuerdos de la niña que fui: [...] ¿Es el pasado que vuelve?, me pregunto -acezante, con los miembros humedecidos por un sudor viscoso- al despertar. ¿O acaso el horror, retrospectivo, me reclama imágenes donde encarnar su inconsútil y frágil —aunque indestructible- esencia? Nunca podré saberlo» (23).

Junto al orientalismo, el siglo XV es el más transitado por los autores en busca de asuntos narrativos; de esta forma, el «otoño de la Edad Media», por sus contradicciones y conflictos, se convierte en diáfana metáfora de la realidad histórica del presente; por ello, si Víctor Freixanes, en
El ajuar de la novia (24), fija su atención en los Borgia, no es por sus escandalosas relaciones, sino por los significados alegóricos que se desprenden de las vidas de Rodrigo, César y Lucrecia Borgia, a la boda de la cual es invitado el lector, testigo insólito de un mundo que desaparece y de otro que surge de unos valores totalmente truncados en su realización. Esta capacidad de trascender los límites de la materia argumental y de los personajes históricos no es potestad exclusiva del novelista, es una tentación a la que no escapa ni siquiera el historiador: así, sobre los mismos protagonistas, L. Collison-Morley escribió Los Borgia. La turbulenta historia del Papa español Alejandro VI y de sus hijos César y Lucrecia, declarando en el Prólogo el objeto de su investigación:

«La historia de éstos tiene algo así como el atractivo de una novela policíaca [...] pero para establecer conclusiones han de ser tomadas en consideración las normas morales y las costumbres de la época» (25).

Incursión en el pasado, para valorar la historia con nuevos planteamientos y para dotar al lector de diferentes perspectivas con que reconocer su propia existencia. Estos motivos son los que animaron a Antonio Castro Zafra a traducir la autobiografía de uno de los personajes más curiosos de esta centuria, Eneas Silvio Piccolomini, de Papa Pío II, el autor de la
Fiammetta, bellísimo libro sentimental que auspició el desarrollo del género en la Península Ibérica (26). El perfil de este ser histórico vuelve a recortarse en El Arzobispo pirata de Tomás Salvador, fingida -en este caso- autobiografía de don Pedro de Urrea, arzobispo de Tarragona, nombrado por Calixto II, en 1455, capitán general de una flota para combatir al turco; sus reflexiones finales puede suscribirlas cualquier lector actual:

«Comencé a escribir tratando de comprender lo sucedido y creo haber llegado a una conclusión. Nada vuelve atrás. Nada es enteramente cierto. La verdad absoluta no existe, ni siquiera en el conjunto de las pequeñas verdades. El poder es una verdad. El poder absoluto, una ver dad corrompida.» (27).

Y esa corrupción, que roza a veces el sinsentido, es la que mueve los hilos de las figuras de
En busca del unicornio de Juan Eslava Galán, novela ganadora del Planeta 1987. Los grupos sociales elegidos rodean al débil -y afeminado, a lo que parece- Enrique IV y a su condestable, don Miguel Lucas de Iranzo: personajes contemplados por el escudero Juan de Olid, enviado a la disparatada empresa de cazar un unicornio, a fin de fortalecer la virilidad del monarca con las salutíferas y restauradoras propiedades de su mágico cuerno. La Historia es un curso interminable que hace y deshace vidas y seres, como en el caso de Gilles y Juana de Michel Tournier (28), historia novelizada sobre las supuestas relaciones de Gilles de Rais (noble bretón, quemado en 1440) y Juana de Arco (que nueve años antes había sufrido el mismo fin). Sin este marco amoroso, Vita Sackville-West detiene también su atención en la Doncella de Orleans, pero para reconstruir los episodios de las Guerras de los Cien Años y los cambios sufridos en las vidas anónimas del pueblecito de Domrémy (29).

El interés del novelista se revela, sobre todo, atraído por las transformaciones sociales que afectan a la colectividad. De esta manera, el tránsito del siglo XV al siglo XVI es recreado por Pau Faner en
Moro de rey (30), por José María Latorre en Osario (31), por Fernando Vizcaíno Casas en Isabel, camisa vieja (32), por Torcuato Luca de Tena en El futuro fue ayer (33), por el mejicano Homero Aridjis en 1492. Vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla (34) y por Antonio Prieto en El embajador (35). Los propósitos de una u otra novela dependen, claro es, de las intenciones ideológicas de su autor, pero todas coinciden en una similar demostración: la persona humana vive sometida a circunstancias externas de las que no puede escapar.

En última instancia, la imagen que mejor define la Historia novelizada es la de una inmensa losa que fija imágenes y atrapa a sus propios protagonistas, que suelen contar o reflexionar sobre su existencia, situados ya al final de sus vidas. Como la reina doña Urraca, llamada simplemente, por Lourdes Ortiz,
Urraca, o como Federico II, preso en el laberinto de su intelectualidad; la importancia de este emperador, que, excomulgado, recuperó los Santos Lugares en la última Cruzada, ha sido abordada desde diferentes perspectivas: a Bénoist Mechin le interesaba, sobre todo, mostrar la destrucción de los pilares del feudalismo (36), mientras que Horst Stern, como lo revela ya el título, El hombre de Apulia, ha destacado la dimensión humana y la vocación humanística de este personaje, propuesto como síntesis de diversos valores: la curiosidad científica, la libertad de pensamiento, la comprensión religiosa, la lucha por la independencia del Estado frente a la Iglesia; libro, pues, en el que alternan fragmentos de hechos históricos con afirmaciones del ser conceptual que Federico II, en los últimos años de su vida, ha descubierto:

«A medida que envejezco menudean menos los momentos de vergüenza sobre lo que he escrito. Esto no depende tanto de que camine mucho más seguro por el hielo delgado de lo puramente abstracto, el mundo del pensamiento contemplativo, como de la astucia que he ido adquiriendo para no dejarme espolonear por la vanidad intelectual [...] Me he replegado a lo que mejor sé hacer, mejor que los mejores: a pensar en lo que veo» (37).

Y, con él, el lector, a pensar en lo que lee. A dudar incluso de la vero similitud de eso mismo que lee, condicionado por la incertidumbre de la narración, como sucede en
El elegido de Thomas Mann:

«Y es que estoy escribiendo y me dispongo a contar una historia terrible; al tiempo altamente edificante. Pero es del todo incierto en qué lengua escribo [...] el espíritu de la narración es un espíritu independiente hasta la abstracción, cuyo medio es la lengua en sí» (39).

Sucede que la conciencia del autor acaba plegándose, por completo, a la del personaje, aunque éste sea rigurosamente histórico; tal es la respuesta de José Luis Olaizola al reconstruir la vida del Cid:

«En este relato se respeta el marco histórico, pero recurriendo a todos los artificios del género -incluso el anacronismo- cuando la ordención artística lo requiere. Es, por tanto, una obra de ficción que se queda corta, porque contar la verdadera historia de Rodrigo Díaz de Vivar haría la narración inverosímil» (39).

Por último, hay un grupo de novelas que convierte el desorden y el caos de las sociedades actuales en significaciones traspolables a otras coordenadas de espacio y de tiempo, pero que resultan idénticas al presente en su violenta manifestación. Así, la trama argumental de
Regocijo en el hombre, la novela con que Salvador García Aguilar ganó el Nadal de 1983, sostiene el enfrentamiento entre dos culturas opuestas, la anglosajona y la vikinga, desveladas en un rosario interminable de raptos, violaciones, saqueos y continuas destrucciones de normas civilizadas, sin que se propongan otras nuevas en susustitución. Las mismas luchas civiles articulan el relato cronístico de El laberinto de Yarfoz, la novela que se vio obligado a publicar Rafael Sánchez Ferlosio, tras mantenerla quince años inédita; este texto se presenta como «apéndice» de una «magna obra historiográfica»: «La Historia de las guerras barcialeas», en que debían relatarse los interminables conflictos de unos pueblos situados a orillas del río Barcial, en un tiempo indeterminado, aunque legendario y épico por la trama argumental que se propone: un príncipe asume su destierro, harto de la codicia política de los otros príncipes: su carácter es el de un intelectual, obligado a renunciar al poder:

«Así rechazó Nébride la conspiración de la que querían ponerlo a la cabeza [...] Dijo que no soportaba sobrevivir a la destrucción de la vida en el propio lugar de sus ruinas» (40).

El pasado niega su presente que, en el fondo, es el mismo del lector. Identificación propuesta, por ejemplo, por Enrique Cerdán Tato en
Todos los enanos del mundo, que, desde tres puntos de vista, presenta la destrucción de Sigfrido de la Gorce, defensor a ultranza del feudalismo. Hay que mostrar mundos agonizantes y esquemas sociales que se derrumban, por medio de un personaje central, cuyo sufrimiento sea parábola completa de la existencia humana. Esa es la diferencia entre Beltrán, un templario en el exilio (1977) de William Watson y El señor de Bembibre (1844) de Enrique Gil y Carrasco; a finales del siglo XX, ya no caben visiones románticas del amor ni nostálgicas ensoñaciones de ideales desaparecidos; sólo es posible una lúcida investigación sobre la irrealidad de la historia o sobre la caducidad de los sistemas; en este último rasgo estriba la originalidad de El mal amor, de Fernando Fernán-Gómez (41), que demuestra cómo la llegada del amor cortés a tierras castellanas desmorona creencias y comportamientos tradicionales.

En síntesis, el novelista que se adentra en la Edad Media dispone de dos vías de realización argumental: la fantástica y la comprometida. Esta última es la que reúne un mayor número de títulos. Novelar la Historia no significa, entonces, alejarse de la realidad; todo lo contrario, tal actitud implica asumir el presente desde la distancia temporal del pasado, con todas sus consecuencias y todas sus contradicciones.

 

 

5. De técnicas narrativas

El novelista es dueño de un orificio que le obliga a la continua experimentación formal. Una novela no basa sólo sus aciertos en las propuestas argumentales; ha de disponer, también, de un modelo o visión de la realidad, a la que se incorpore el lector en el ejercicio de la recepción textual. Toda novela, como artefacto estético, tiene que apoyar su universo de ficción (equivalente siempre a las imágenes de lo real) en unas técnicas narrativas, capaces de posibilitar los más insospechados efectos. El autor se convierte en narrador y éste presenta a unos personajes, habitantes de un determinado espacio y sujetos a unas medidas de tiempo. En principio, éstos son los cinco elementos con los que el novelista estructura su texto y obliga a sus lectores a construir unas específicas perspectivas para interpretar o re-vivir la novela.

Pudiera parecer que las narraciones de asunto medieval apenas juegan con estas posibilidades formales, debido al peso de la tradición de la no vela histórica decimonónica. Pero no es así. Más bien resulta todo lo contrario: el novelista, cuanto más se aleja de su mundo real, disfruta de mayor libertad para plantear entrama dos textuales. Es obvio pensar que la lejanía en el tiempo tiene que vencerse con una gran capacidad de invención: y no sólo argumental. Existen, así, cinco rasgos formales que, si no son exclusivos de este tipo de narraciones, al menos su utilización resulta casi obligatoria:

1) Recreación lengua/pensamiento: cuando un autor se lanza a vivir otras épocas, reconstruye seres dotados de un diferente dominio de la realidad, ya que otra era su experiencia lingüística. Posibilitársela al lector supone un enorme riesgo, que muchos novelistas no están dispuestos a correr: invadir el léxico de arcaísmos o enrevesar la sintaxis con construcciones oracionales que impidan una asequible lectura. Ahora bien, las ventajas son evidentes: al receptor se le fuerza a abandonar sus habituales esquemas de pensamiento para incorporarse a los de la época que recrea. El lector deja de ser espectador y se convierte en intérprete de ese tiempo. Tal práctica le obliga a un determinado esfuerzo intelectual, del que dependerá el dominio que acaba ejerciendo sobre la otra realidad.

La imitación es, por tanto, el soporte de la invención lingüística. Pueden remedarse textos medievales; por ejemplo, en
Todos los enanos del mundo de E. Cerdán se incluye un «Manuscrito (quizá) apócrifo de un alquimista» (42), que es casi la mitad de la novela y propicia una nueva observación de la materia argumental. Como En busca del unicornio es una crónica de hechos particulares más un libro de viajes, las especiales disposiciones de estos géneros literarios penetrarán en su estructura textual, con una continua recurrencia a modismos, que no impiden una amena lectura al emplearse, sobre todo, en descripciones:

«De esta guisa, abobado me dejé conducir a presencia del Rey nuestro señor. El cual posaba en la Sala que llaman del Solio, donde hay una hermosa vidriera de Santiago degollando moros y es esta sala grande a maravilla y muy ancha y techada de pintados artesones moriscos y forrada de historiados paños franceses y brocateles y terciopelos granates de mucho primor y precio» (43).

Este pasaje podría figurar en cualquiera de las crónicas del siglo XV, al uso de
El Victorial; es abrumador el conocimiento de J. Eslava-Galán de todos los detalles de la realidad de que dispone: por ejemplo, ese «historiar» significa «dibujar escenas en tapices» y «muy grande a maravilla» era una fórmula ponderativa, a menudo usada por la historiografia medieval. De esta manera, aunque el lector no se dé cuenta, cada vez se verá más enredado en un nuevo sistema de conceptuar la realidad.

La
vis cómica no se desdeña en estos recursos, aunque el autor llegue a rozar los límites del puro astracán. F. Fernán-Gómez, forzado a pensar como el Arcipreste de Hita, impone una sutil ironización a los modelos lingüísticos con que define -y desrealiza- a los personajes que intentan vivir de acuerdo a las rígidas leyes del amor cortés.

En todo caso, la libertad del autor es absoluta, Puede transcribir la realidad como un cronista del tiempo que cree vivir -Tomás Salvador, en este sentido, es un caso singular- o bien puede adoptar la distancia temporal como simple excusa para poetizar -y en este presupuesto destacan Joan Perucho, Félix Azúa y todo el bloque de los escritores gallegos.

2) Verosimilitud textual: no sólo importa la manera de hablar, sino también la de contar: es decir, los modos en que se piensa y se plantea la historia que va a llegar al lector, para que éste la encuentre convincente y creíble.

Apoyados en la perspectiva de la distancia temporal, la mayoría de los escritores optará por alguna de las antiguas técnicas del género romance (44); de esta forma, se entrega al lector una historia que supuestamente es una autobiografía (en la tradición de las memorias de un testigo excepcional) o una biografía que se re construye desde privilegiados materiales, sobre todo manuscritos, que, en algunos casos, o han sobrevivido de forma misteriosa o han constituido la obsesión de algunos personajes, como sucede en el comienzo de
El nombre de la rosa o a lo largo de Samarcanda de Amin Maaluf: se supone que el manuscrito original con las poesías de O. Jayyám no se ha perdido y un narrador, Benjamín O. Le sage, se lanza a su búsqueda.

La estructura autobiográfica implica un tiempo transcurrido sobre el que el protagonista reflexionará, asumiendo las significaciones (casi siempre negativas) de su vida para que el lector las incorpore también a su ser. Estos personajes suelen caracterizarse por la subjetividad de sus afirmaciones y por la obligada selección a que someten sus conocimientos, desviándose de verdades «oficiales», como indica la doña Urraca de L. Ortiz:

«Y yo, aquí, encerrada en este Monasterio, en este año de 1123, voy a convertirme en ese cronista para explicar las razones de cada uno de mis pasos, para dejar constancia [...] de que mi voluntad se vio frustrada por la traición y tozudez de un obispo ambicioso y unos nobles incapaces de comprender la magnitud de mi empresa» (45).

Esta estructura permite, a su vez, que el personaje justifique su existencia, su derecho a ser, como el don Pedro de Urrea de Tomás Savador:

«No puedo remediarlo, porque nací así y así moriré, entre lealtades viejas y honores nuevos. Cada rosa en su tiempo. Lo que he escrito es buena prueba de ello» (46).

Y este modelo ha de servir, por supuesto, para asegurar la veracidad de los hechos narrados, ya que no hay mecanismo más seguro de captar, plenamente, la atención y la benevolencia del lector; así, Juan de Olid comienza su «crónica», titulada
En bus a del unicornio por su moderno autor:

«...a Dios y a Santa María pongo por testigos de la verdad que aquí se contiene y encierra, cuanto más que las maravillas vistas fueron de estos mis ojos, oídas de estos mis oídos, sentidas de este mi corazón, y si en algo mintiera o me apartase de la verdad, páguelo luego con el estipendio de la eterna condenación de mi alma» (47).

Lo que se pone al descubierto, por tanto, es la intimidad de la Historia, confesada por sus protagonistas más directos y forzada a revelar sus más guardados secretos.

3) Conciencia de la autoría: el viaje hacia un pasado provoca graves rupturas en la existencia temporal del autor y, por supuesto, en la del lector; esta indagación en la misma conciencia del tiempo provoca consecuencias que, si casi siempre son premeditadas, pueden resultar en algún caso imprevisibles y acabar absorbiendo por completo al escritor si éste no resuelve los problemas que le habían obligado a abandonar su presente; el ejemplo más claro de este ex tremo es La torre vigía (1971), última novela de Ana María Matute (48), que narra el descubrimiento de la vida por un muchacho en el ámbito de una singular Edad Media, equivalente a las fantasías interiores de la novelista: su incapacidad por hallar unas formulaciones claras de lo que debía de ser esa realidad coincide con la carencia de su autora por otorgárselas y explica el inevitable vacío creador a que se vio abocada.

Idéntico proceso es el del autor que rompe con su circunstancialidad sustituyéndola por la que encuentra en estas ficciones; así, se comprende que Joan Perucho escribiera en 1957 su
Libro de caballerías, en una época incapaz de entenderlo, como ha subrayado su prologuista, Pere Gimferrer:

«No es que el libro suscitara grandes animosidades, no; simplemente, registró algo cercano al puro vacío barométrico, a la ausencia de toda reacción» (49).

Piénsese que tal actitud ocurre también en
El testimonio de Yarfoz y llega a sus máximas consecuencias en el Diccionario Jázaro (Ejemplar femenino) de M. Pavic (50), novela-léxico que permite mil lecturas y sugiere toda suerte de interpretaciones argumentales. La narración se diluye en sí misma y se difuminan todos los resortes que podrían permitir asegurar el conocimiento de la realidad. No quiere afirmarse con esto que los autores, sometidos a la investigación histórica de sus novelas, posean graves quiebras ideológicas que les impulsen a emprender estas huidas temporales. Pero lo que sí es cierto es que se encuentran más a gusto en el pasado que en su presente o, al menos, su tiempo actual lo pueden comprender mejor. Es muy probable que T. Salvador metaforizara la sociedad de este siglo en las luchas civiles entre el rey don Pedro y su hermano bastardo, don Enrique de Trastámara, en Las Compañías Blancas; igual de posible es que las escenas descritas por José Ignacio Gracia Noriega, en su Viaje del obispo de Abisinia a los santuarios de la cristiandad (51), correspondan a apreciaciones personales dimanadas de su propia vida. ¿Qué es lo que lleva, en suma, a que un autor vuelque su existencia en los personajes más controvertidos del pasado? ¿Los va a disculpar o bien va a justificar comportamientos similares, localizados en el tiempo que le ha tocado vivir? Quizá sean preguntas que se responden a sí mismas, a nada que se piense que, de estos libros, no es posible encontrar uno solo con conflictos -ya personales, ya sociales- ajenos a la realidad presente (52).

4) Disoluciones temporales: La confusión como signo narrativo llega a propiciar múltiples sobresaltos en la estructura temporal de los relatos. No sólo porque muchos de ellos sean prolongadas retrospecciones biográficas, sino porque se llegan a mezclar irreconciliables coordenadas históricas. En el Diccionario Jázaro, se persigue la identidad de este pueblo a través de trece siglos (del VIII al XX). La situación aún puede ser más extremada si se intercambian experiencias vitales de épocas que nada tienen que ver entre sí. Por ejemplo, la acción de Samarcanda se sitúa a principios del siglo XX, pero desde la obsesión de Benjamín O. Lesage se reconstruye el mundo persa de los siglos XI y XII. En El Cabalista de Amanda Prantera (53), un anciano vaga por Venecia queriendo transmitir sus herméticos conocimientos a alguien antes de morir; para referirlos, su memoria se adueña de un tiempo que atraviesa la Edad Media.

Más singular es
Osario de José María Latorre; su desarrollo argumental se inicia en 1977, cuando su protagonista acude a una mansión para entrevistarse con un director de cine y encuentra a un anciano condenado a escribir eternamente; impulsado por él, huirá hacia distintas facetas del pasado, albergadas en tres misteriosas habitaciones; en una topará con un monje del siglo XV, cuya atormentada vida mostrará los horrores del fanatismo religioso.

También,
El futuro fue ayer de T. Luca de Tena comienza en el presente, en un manuscrito que permite salvar la distancia con la Ecija del siglo XV, en donde nace el protagonista.

Mayor violencia se crea si el presente se entremete, de vez en cuanto, con la linealidad del pasado. En Libro de caballerías se simultanean dos realidades: la del ingeniero catalán Tomás Safont y la del aventurero medieval Tomás Cafont; tan pronto uno se bate en duelo con catalanes y genoveses como el otro tiene que huir del contraespionaje británico. Esta ubicuidad del ser alcanzará su máximo delirio en
La saga/fuga de J. B. El autor opta por el fragmentarismo para que el lector se deje envolver por la frágil inconsistencia de la realidad. Incluso se puede convocar el futuro y lanzarlo hacia la Edad Media, tal y como se plantea en Secretum de Antonio Prieto, que combina la ciencia-ficción con la reconstrucción medieval: su protagonista, habitante de un utópico y lejano mundo en el que la muerte ha sido vencida, es juzgado por transgredir la ley y tener un hijo; durante el juicio recuerda las significaciones de su vida amorosa y, en ese momento, Petrarca comienza a hacer lo mismo, pero en el Trecento italiano.

No cabe, por tanto, mejor medio de alejarse de la realidad que provocar la destrucción de su básico sostén: el tiempo.

5) Intrigas narrativas: el novelista, cuando transita por otras épocas, lleva consigo todo lo que ha aprendido en su realidad presente; son conocimientos que puede evitar o emplear en sus trazados argumentales, creando así anacronías sumamente significativas. Una de las estructuras que se suele acoplar a la visión medievalizante surge de la novela policíaca: antes de que Guillermo de Baskerville preludiara a James Bond en El nombre de la rosa, ya Leo Perutz había diseñado a Eugen Bishoff, protagonista de El maestro del Juicio Final (54), como núcleo de un cúmulo de misterios, dependientes de su oculta identidad; en España, J. Perucho había usado procedimientos similares en Libro de caballerías y T. Salvador había envuelto a don Pedro de Urrea en una complejísima lucha de intereses políticos irresolubles. Por eso, convienen personajes viajeros, que convierten las novelas en verdaderos libros de viajes: Amin Maaluf obliga a Hassan al-Wazzan a recorrer Tombuctú, El Cairo y Constantinopla, antes de arribar a Roma, en donde León X le convertiría en Leone Giovanni de Médicis; curiosamente, este personaje (ficción dentro de la ficción) redactará una Descripción de África. Esta estructura es aún más clara en Viaje del obispo de Abisinia a los santuarios de la cristiandad, verdadero homenaje de J. I. Gracia a la materia de Bretaña. Misterios y peregrinaciones parecidas convierten al Gregorius de Thomas Mann en un ser que, en una isla prodigiosa, acaba perdiendo hasta su configuración humana (55). Destino al que parecía también abocado Juan de Olid, único superviviente del periplo africano lanzado tras las huellas del imposible unicornio. Y junto a África, las Indias emergen con sus imprevisibles sorpresas, aguardando a los primeros descubridores, como el Jerónimo de Aguilar de El futuro fue ayer o el Juan Cabezón de Homero Aridjis, que, antes de embarcarse con Colón en agosto de 1492, recorrió, como pícaro, buena parte de la Castilla del siglo XV tras su enamorada Isabel de la Vega. Y no hay que olvidar las misiones diplomáticas del Diego Hurtado de Mendoza que re-crea -con finísima sensibilidad- Antonio Prieto en El embajador. Incluso, el viajero puede ser el propio autor, obligado así mismo a envolver en su fantasía trayectos que fueron reales, convertidos en itinerarios maravillosos como Los laberintos bizantinos (56) de J. Perucho.

Salvo los modelos policíacos, muy cercanos al género de la novela negra, el resto de los recursos narrativos para sugerir intrigas textuales proviene de la imitación directa de las estructuras literarias de la Edad Media. El novelista absorbe, en su mismo proceso de creación, los principios de autoría de la época a la que se ha trasladado.

Este último aspecto es sumamente importante porque controla, en buena parte, las operaciones léxicas y las selecciones sintácticas de los registros estilísticos que se ponen en juego en la narración. Se imitan crónicas medievales, libros de caballerías (57), poemas épicos e, incluso, las formulaciones paródicas de los goliardos o del mismo
Libro de buen amor de Juan Ruiz; a Juan Goytiso lo, por ejemplo, no le han dolido prendas al señalar que debe más a este texto que a todas las escuelas de la crítica literaria actual; jocosamen te, el autor de Señas de identidad recordaba cómo un crítico «destrozaba» un párrafo de su novela Paisajes después de la batalla:

«,,,un matamoros apresurado sacó a relucir el influjo de Lacan, Derrida u otra referencia cultural parisiense
à la page ignorando, claro está, que el Libro del Arcipreste se expresa en primera persona y deviene en momentos sujeto de la narra ción» (58).

Y es que Juan Ruiz alberga infinitas sorpresas sobre algo que no es de hoy ni es patrimonio exclusivo de las corrientes literarias de moda: los modelos de enfocar la narración. De ellos, la visión paródica, el fragmentarismo, la contextualidad poética, las intrigas alegóricas y el predominio de lo grotesco penetran en buena parte de los títulos de la narrativa contemporánea; no cabe mejor muestra que recordar la presencia explícita del Arcipreste en
El mal amor de F. Fernán-Gómez o leer las fantásticas descripciones de Víctor Freixanes y de Gracia Noriega, planteadas como burla de la materia de Bretaña, igual que Juan Ruiz ridiculizaba otras referencias literarias.

Frente a estos procedimientos de generar intrigas, mediante la acumulación de rasgos estilísticos, existen los contrarios: aumentar la atención de la lectura por simple acopio de datos históricos, ensamblados con una cuidadosa objetividad; se trata de novelar la Historia, reconstruyéndola sin más pretensiones; maestro de esta tendencia es T. Salvador:
Las Compañías Blancas son más de quinientas páginas, henchidas de hechos, fechas y nombres rigurosamente históricos, convocados para relatar la guerra civil (e internacional) que asoló Castilla entre 1366 y 1369; hasta hay ocasiones en que el novelista debe poner notas a pie de página o interrumpir el desarrollo argumental mediante «Pausas» que le proporcionen al lector los datos necesarios para que no se extravíe en el confuso laberinto de la Historia:

«Sucede que cuando el cronista, el juglar, el narrador oscuro ha trabajado mucho tiempo para coser los retales de su historia, muchos de sus episodios son conocidos, otros se han olvidado y algunos permanecían ignorados. Sucede, también, que cuando la historia toma impulso para andar por sí misma, no se puede entorpecerla con explicaciones marginales ni repetirla con los valores conocidos» (59).

Otro recurso posible de determinar la verosimilitud consiste en colocar una cronología al final de la novela, como hacen Julien Green en
El hermano Francisco (60) o Horst Stern en El hombre de Apulia (61); este autor llega, incluso, a antologizar una serie de documentos y de juicios sobre el personaje que ha biografiado.

6. De (apresuradas) conclusiones

Tras espigar entre más de medio centenar de títulos, conviene destacar cinco reflexiones finales:

1) La narración de tema medieval, como relato histórico que es, constituye uno de los discursos literarios más importantes de la novela actual.

2) Ello supone que la Edad Media pervive convertida en un ámbito de significaciones de vigente trascendencia; es el terreno más fértil para desarrollar la fantasía y la inspiración de autores y lectores.

3) La imitación de lo medieval se produce en el mismo proceso de la escritura; las obras creadas propician, así, una integración de sistemas textuales, que permiten salvar las distancias de tiempo y de espacio, respecto al presente desde el que se escribe.

4) Estas incursiones del narrador por el túnel del tiempo representan una ilimitada exploración de los signos que conforman la conciencia humana.

5) Y vuelta al principio: la negación de los valores del presente histórico es la principal causa que empuja al novelista a aventurarse en estos viajes y reconstrucciones del pasado. De fenómeno social cabe, entonces, definir esta narrativa: su observación puede iluminar muchas de las carencias y de las insatisfacciones que se acumulan en el inconsciente colectivo de las «ociosas y tecnificadas» sociedades actuales. Frente a las abrumadoras sofisticaciones científicas queda, de momento, el consuelo de la Historia.

NOTAS
1. Es importante el trabajo de Enrique MONTERO CARTELLE, «El mundo medieval en El nombre de la rosa de Umberto Eco», en Revista de Filología Románica, 4, 1986, pp. 141-157.
2. Cito por la primera edición: Buenos Aires, Clydoc, 1944, p. 22. En una segunda edición (1949) se agregó otra novela a la serie.
3. Cito por la tercera edición: Madrid, Ediciones de la Subsecretaría de Educación Popu lar, 1945, p. 1.
4. ver Madrid, Biblioteca Nueva, 1968, p. 215.
5. El fragmento de esta carta a C. J. Cela se re coge en F. AYALA, El rapto, ed. de E. Irizarry, Barcelona, Labor, 1979, p. 117.
6. Conferencias luego recogidas en el volumen Edad Media y literatura contemporánea, Madrid, Trieste, 1981.
7. Barcelona, Anagrama, 1984, p. 8.
8. Madrid, Almarabú, 1987.
9. Madrid, Mondadori, 1988, p. 15.
10. Barcelona, Montesinos, 1987.
11. Para comprender este fervor puede leerse «Retornos del Rey Arturo en la Inglaterra decimonónica y en las novelas de tres lectores de Malory», en Carlos GARCÍA GIJAL, Historia del rey Arturo, Madrid, Alianza, 1983, pp. 188-205.
12. Madrid, Debate, 1988.
13. Barcelona, Anagrama, 1984.
14. Barcelona, Muchnik, 1989.
15. Ver «Recuperación de Artur», en ABC. Sábado cultural, n. 20-7-1985, p. 111.
16. Barcelona, Tusquets, 1988.
17. Barcelona, Mondadori, 1987.
18. Ver Barcelona, Lumen, 1981, p. 12. Ha sido reeditado en Dos relatos fantásticos, Barcelona, Lumen, 1986.
19. Madrid, Alianza, 1989.
20. Madrid, Alianza Cuatro, 1988.
21. Madrid, Swan, 1987. Debe incorporarse a esta serie el primer título de A. Maaluf.
22. Barcelona, Planeta, 1990.
23. Barcelona, Argos Vergara, 1979, p. 11.
24. Barcelona, Seix Barral, 1988.
25. Barcelona, Acuario, 1982, p. 5.
26. Pío II, Así fui Papa, Barcelona, Argos Vergara, 1980.
27. Barcelona, Plaza & Janés, 1982, p. 364.
28. Madrid, Alfaguara, 1984.
30. Barcelona, Planeta, 1989.
31. Barcelona, Planeta, 1987.
32. Barcelona, Planeta, 1987.
33. Barcelona, Planeta, 1987.
34. Madrid, Siglo XXI, 1985.
35. Barcelona, Planeta, 1985.
36. Ver El emperador Federico II, Barcelona, Civilización Editores, 1982.
37. Barcelona, Seix Barral, 1987, p. 121.
38. La novela es de 1957, pero se ha traducido recientemente, al amparo del consumismo de las novelas históricas; ver Barcelona, Edhasa, 1987, pp. 12-13.
39. Ver El Cid, el último héroe, Barcelona, Planeta, 1989, p. 11.
40. Madrid, Alianza, 1986, p. 86.
41. Finalista del premio Planeta el año que J. Eslava-Galán lo obtuvo con En busca del unicornio, 1987.
42. Ver Barcelona, Laia, 1981, pp. 59-94.
43. Ver ed. cít., p. 13.
44. Hasta su mención puede ser explícita, como en el Comienzo de Las Compañías Blancas de T. Salvador: «Gentiles Damas! Afamados caballeros, ricachones e hidalgos, burgueses y pecheros, donceles y docellas que vais a escucharme! [...] mientras se encienden fuerte las llamas de ese llar para que acompañen el romance [...] dejadme que os explique en unas palabras previas lo que va a ser mi relato», en Barcelona, Plaza & Janés, 1984, p. 11.
45. Madrid, Barcelona, Ediciones Puntual, 1982, p. 12.
46. Ver ed. cit., p. 364.
47. Ver ed. cit., p. 7.
48. Ahora en Barcelona, Lumen, 1986.
49. Ver ed. cit., p. 1.
50. Barcelona, Anagrama, 1989.
51. Madrid, Azanca/Júcar, 1987.
52. Parte de estas cuestiones las ha apuntado, recientemente M. Vargas Llosa en un artículo-ensayo titulado «Historia y novela»: «Tampoco es casual que sean las sociedades que viven períodos de desintegración social, institucional y moral más acusados las que han generado los órdenes narrativos más estrictos y rigurosos, los mejor organizados y lógicos», ver El País, 1 de abril de 1980, p. 12.
53. Madrid, Ed. del Serbal, 1989.
54. Barcelona, Tustquets, 1988.
55. «Finalmente pasados aproximadamente quince años, llegó a no ser mucho mayor que un erizo, un objeto natural felpudo y cerdoso, cubierto de musgo...», ver El elegido, Barcelona, Edhasa, 1987, pp. 225-232.
56. Madrid, Alianza, 1990.
57. Es de sobra conocida la admiración -y la deuda de Gabriel García Márquez y de Mario Vargas Llosa por una obra de la que ahora se cumple su quinto centenario, el Tirant lo Blanc. El peruano prologó la edición de Alianza y se embarcó, con Martín de Riquer (¿quién si no?), en un curioso estudio, titulado El combate imaginario. Las cartas de batalla de Joanot Martorell, Barcelona, Barral Editores, 1972.
58. Ver «El Arcipreste de Hita y nosotros», en Edad Media y literatura contemporánea, ob. cit., pp. 19-3 1; cita en p. 24.
59. Ver ed. cit., p. 11.
60. Barcelona, Destino, 1984, pp. 310-323; además, a continuación, dispone una selecta bibliografía que ilumina las fuentes consultadas en el proceso de la creación textual.
61. Ver ed. cit., pp. 372-384.

-.-publicado en el nº 3 de la revista Atlántida
Edición digital autorizada de Arvo Net.
2003-08-14 - www.arvo.net

 

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Una muestra en Roma presenta la historia de los Caballeros del Santo Sepulcro


La Tierra Santa de finales del siglo XIX y principios del XX, en fotos

ROMA, martes, 30 noviembre 2004).- Desde el miércoles 24 de noviembre hasta el 31 de enero de 2005, una muestra en la Biblioteca Vallicelliana de Roma, en la plaza de la Iglesia Nueva, expone fotos, objetos, uniformes relacionados con la historia de la Orden Equestre de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén.

La muestra, con el título «Los Caballeros del Santo Sepulcro. Los lugares y las imágenes», ha sido inaugurada en el Salón Borrominiano de la Biblioteca Vallicelliana, creada por San Felipe Neri. En la inauguración, estaban presentes el cardenal Carlo Furno, Gran Maestro de la Orden citada, y Nicola Bono, subsecretario de Estado para los bienes y las actividades culturales.

El recorrido expositivo se centra en unas 160 fotografías, de fines del siglo XIX a principios del XX, de Tierra Santa, procedentes de los fondos de la Biblioteca Vallicelliana, con imágenes realizadas por fotógrafos viajeros y empresas privada, además de antiguos manuscritos, documentos, insignias, emblemas y divisas de la Orden. Junto a ello un vademécum para los peregrinos.

La muestra, según se lee en un comunicado distribuido por la misma Orden, pretende «documentar la historia y evolución de una de las más importantes y vitales instituciones de caballería mundiales, y mediante hacer un recorrido histórico y de fe muy especial en la historia de la Cristiandad».

La Orden del Santo Sepulcro tiene sus orígenes en el sodalicio cristiano que se creó en la Iglesia dek Santo Sepulcro de Jerusalén, tras la conquista de la Ciudad Santa, el 5 de julio de 1099, durante la primera cruzada convocada por Urbano II.

En 1847, una vez recuperado el Patriarcado Latino de Jerusalén, el beato Pio IX, con la Bula «Nulla Celebrior», confió a la Orden la tarea de procurar el mantenimiento de las actividades del mismo Patriarcado.

El Estatuto, que ha sido actualizado en 1996, por iniciativa de Juan Pablo II, ha mantenido la propia finalidad caritativa, no cambiada a los largo de los siglos, de asegurar un apoyo regular de oraciones y obras a las comunidades cristianas de Tierra Santa.

Entrevistado por Zenit sobre el significado de la muestra, el doctor Alberto Consoli Navarra Palermo, lugarteniente de la Orden en Italia central y Cerdeña, explica que «la colección se inscribe en el periodo de celebraciones de los diez años de la sección romana, que comprende un total de 800 caballeros. El 11 de diciembre, tendrá lugar una solemne ceremonia de investidura en la Basílica Lateranense».

«La muestra alberga también algunos objetos y vestidos de la Orden ecuestre, como las capas de los actuales caballeros, o los uniformes dejados de usar a partir de los años 20 y 30, de los que se conserva el uso sólo en alunas celebraciones oficiales en Sicilia y Malta», añadió.

«La larga capa blanca de los caballeros lleva a un lado de cruz de Jerusalén, color rojo bermellón, con las cuatro crucetas que en heráldica representan las cinco llagas de Cristo», añadió.

«Los caballeros son principalmente ‘portadores de paz’, que trabajan para ayudar económicamente a la Iglesia cristiana en Tierra Santa y en el específico Patriarcado de Jerusalén, guiado por su Beatitud, monseñor Michel Sabbah, sobre todo en el campo de la enseñanza», declaró Alberto Consoli Navarra Palermo.

Con las aportaciones de los cerca de 24.000 caballeros y damas de la Orden, agrupados en 52 lugartenencias (de las que cinco están en Italia), además de 68 parroquias, se financian 45 escuelas, frecuentadas por 19.000 niños y jóvenes de toda raza y religión.

«Lo que llevamos es un mensaje y augurio de paz, para que los niños y adolescentes cristianos, judío y musulmanes, que son el futuro de convivencia en aquellas tierras, aprendan a fraternizar compartiendo su formación escolar y cultural, sentados en los mismos bancos», afirmó.

Desde este año, la Orden del Santo Sepulcro ha empeñado a cada una de las lugartenencias a asumir, exclusivamente, el mantenimiento de una o varias escuelas. A la lugartenencia de Italia Central y Cerdeña, que tiene competencia territorial en las regiones de Abruzo, Molise, Lacio, Marcas, Cerdeña, Toscana y Umbría, ha sido confiada la escuela de Madaba, en Jordania, frecuentada por 1.260 estudiantes, de los que unos mil son cristianos.

La guía y coordinación de las actividades de la Orden, que tiene personalidad jurídica vaticana, están confiadas a un cardenal Gran Maestro, asistido por un Gran Magisterio de composición internacional.

«Las actividades que llevamos adelante tienen como fin una formación religiosa y espiritual de los miembros de la Orden. Por ejemplo, en respuesta al llamamiento expreso del Santo Padre, con la "Mane nobiscum domine", dedicamos una catequesis sistemática al tema de la Eucaristía», afirmó por último el lugarteniente de la Orden para Italia Central y Cerdeña. ZS04113010

 

 

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El mayor extravío de la mente humana es creer algo porque uno desee que sea así. Pasteur

 

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El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia.  Alexander Kuprin

 

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Hay toda la diferencia del mundo entre que pongamos la verdad en primer lugar o en el segundo.  Whateley

 

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El despotismo perfecto parte de convertir la verdad en mentira y la mentira en verdad.

 

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Maestro Eckhart (hacia 1260-1327) teólogo de la Iglesia católica, dominico
Sermón 1 (Mt 21)

 

“Quitad esto de aquí” (Jn 2,16) - “Quitad esto de aquí” dice Nuestro Señor a los cambistas. Jesús no echó a la gente; no los riñe mucho. Incluso les habla con benevolencia: “Quitad esto de aquí”, como si quisiera decir: “No está mal, pero esto crea obstáculos a la verdad pura.” Toda esta gente es gente de bien, realizan sus actividades únicamente por Dios. En principio, no buscan su propio provecho. Pero están atados a su propio yo, al tiempo, a la cantidad, a circunstancias diversas... En sus obras hay un obstáculo que se opone a la verdad suprema: deberían estar libres, desprendidos de todo, como está libre y desprendido de todo Nuestro Señor Jesucristo, que en el tiempo y más allá del tiempo se recibe a sí mismo de manos del Padre celestial...
El hombre debería también ser libre si quiere llegar a la suprema verdad y establecerse en ella, libre de todo condicionamiento, no trabado por las obras y la imágenes de su conocimiento; capaz de recibir de nuevo el don de Dios para ofrecérselo luego, en la luz de Nuestro Señor Jesucristo, entre acción de gracias y alabanzas. “Quitad esto de aquí” dice Jesús con bondad. Como si quisiera decir: “Está bien, pero crea obstáculos.” Cuando el templo (que sois vosotros) se haya liberado de todos estos obstáculos, es decir, de sus apegos y de la ignorancia, entonces brillará en una belleza perfecta, con tanto más de pureza y claridad que todo lo que Dios ha creado y más allá de todo lo que ha creado, de manera que solo Dios mismo, el increado, puede tener más esplendor. “Quitad esto de aquí” y Jesús sólo estará en el templo Y empezará a hablar. Y hay que callar para poder oírle.

 

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Beato Guerric d’Igny (haica 1080-1157) monje cisterciense de la Iglesia Católica - Sermón 5 para el Adviento  - 

 

“Allanad los caminos del Señor.” (Mt 3,3) -      “Preparad los caminos del Señor”. Hermanos, aunque estéis muy avanzados en el camino os queda todavía por preparar el camino, para que avancéis más y más, siempre tendiendo hacia lo que está por delante. Así, a cada paso que andáis por el camino del Señor, él irá delante de vosotros, siempre de nuevo, siempre más grande. Por esto, con razón, el justo ora de este modo: “Enséñanos el camino de tu voluntad para que te busquemos siempre”. (cf Sal 118,33) Esta vía se llama, “camino eterno” (cf Sal 138,24)...porque la bondad de aquel hacia el cual avanzamos no tiene límite.
      Por esto, el viajero sabio y decidido, aunque haya llegado al término, seguirá pensando en comenzar de nuevo; “olvidando lo que queda atrás” (cf Flp 3,13) se dirá cada día: “Ahora comienzo” (cf Sal 76,11)...Nosotros que hablamos de este avanzar en el camino, quiera Dios que nos hayamos siquiera puesto en camino. Según mi parecer, cualquiera que se haya metido en camino está ya en el buen camino. Pero hay que comenzar de veras, encontrar “el camino de ciudad habitada” (Sal 106,4) Porque “no son muchos lo que andan por él”, dice la Verdad (cf Mt 7,14); son numerosos “los que yerran por el desierto deshabitado” (cf Sal 106,4).
     Y tú, Señor, tú nos has preparado un camino, sólo hace falta que consintamos y nos comprometamos en seguirlo... Por tu Ley, tú nos has enseñado el camino de tu voluntad diciendo: “Este es el camino, caminad por él.” (cf Is 30,21) Es el camino que el profeta había prometido: “Habrá una ruta recta y los insensatos no se perderán en ella.” (cf Is 35,8)... Nunca he visto a un insensato perder tu camino, Señor...; pero, ay de vosotros, sabios a vuestros propios ojos. (cf Is 5,21) Vuestra sabiduría os ha descarriado del camino de la salvación y no habéis seguido la locura del Señor... Locura deseable que se llamará sabiduría según Dios y que nos preserva de perder su camino.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«Ahí está el mar, grande y de amplios brazos, y en él, el hervidero innumerable de animales, grandes y pequeños» (Sal 104, 25). ¿Quién podrá exponer la hermosura de los peces que ahí viven? ¿Quién la magnitud de los cetáceos o la naturaleza de los animales anfibios que viven tanto en la tierra árida como en el agua? ¿Quién puede exponer la profundidad y la hondura del mar o el inmenso ímpetu de las olas? Se mantiene, sin embargo, dentro de los límites que le ha fijado quien le dijo: «Llegarás hasta aquí, no más allá..., aquí se romperá el orgullo de tus olas» (Job 38,11). Explica claramente el mandato que se le ha impuesto el hecho de que las olas, al retirarse, dejan una línea visible en las orillas. A los que la ven se les indica así que el mar no habrá de pasar de los límites establecidos. Cirilo de Jerusalén, 313 386 ca. - Catequesis bautismal, 9,10-15

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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El mundo, visto a través de Dios, es fraterno y hermoso, hasta en la hermana muerte, se disfruta en su voluntaria privación. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener: no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo, siendo libre de las cosas se señorea alegremente el universo.-
¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -  Editorial: CIUDADELA. 

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2º ‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

In Obsequio Jesu Christi.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).