Monday 27 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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El Pontífice en la homilía rindió homenaje a la tradición de libertad y de justicia de esta república marinera en los siglos XV y XVI, que después pasó al imperio austríaco, y que ya en 1416, antes que muchos Estados, abolió la esclavitud.

 

 

S. S. JUAN PABLO II – CROACIA. 2003-06-06

 

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Con el inicio de este nuevo siglo asistimos a una de las situaciones más vergonzosas de nuestro tiempo: 400 millones de niños esclavos en todo el mundo, entre 4 y 14 años, de los cuales 165 millones tienen menos de 5 años. Guerras, prostitución, explotación laboral, hambre, malos tratos,... es el panorama de millones de niños cada día. 2006-05-12

 

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…del tráfico y venta de esclavos por parte del mundo africano musulmán…

 

… aún durante el 1800 e inicio del 1900, se vendía anualmente 50.000 esclavos. Fue en ése tiempo el centro más grande de venta de esclavos por parte de los árabes mahometanos (islam). Luego bajo el protectorado inglés se fue luchando para abolir definitivamente el tráfico de esclavos.

 

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opresiones sobre la mujer... 2007...

 

Desde el siglo VIII, no sólo en África, sino en todo el Mediterráneo y el Indico, el comercio de esclavos se va organizando por navegantes y comerciantes procedentes de Arabia y Turquía, a través de una red de caravanas por el Sahara hasta los pueblos sudaneses.

 

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La sharia –ley y derecho mahometano- entra en lo que definimos como: tiranía, esclavitud, despotismo, avasallamiento, sumisión, vejación, subyugación, dominación, dominio, abuso.-

 

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La raíces cristianas de la ONU – S.S.S Benedicto PP. XVI.

En su discurso, Benedicto XVI citó al fraile dominico español Francisco de Vitoria, «calificado con razón como precursor de la idea de las Naciones Unidas». El Papa recordó que el «principio de la responsabilidad de proteger» ya fue enunciado por el español en el siglo XVI cuando creó el «ius getium», el «Derecho de Gentes», que se encuentra en la base de las relaciones internacionales. «Hoy como entonces, este principio ha de hacer referencia a la idea de la persona como imagen del Creador». No fue la única alusión a autores cristianos. También citó a Agustín de Hipona que con «su máxima no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti» intuyó ya en el siglo V que los derechos humanos son «válidos para todos los tiempos y para todos los pueblos». 2008.IV.

 

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Roma, año 1198. El diecisiete de diciembre, el Papa Inocencio III firma la Bula Operante divine dispositionis, por la que el Sumo Pontífice aprueba la Orden de la Santísima Trinidad y de la Redención de Cautivos, que desde ese momento y durante siglos será conocida como orden de los Trinitarios. En plena Edad Media, gracias a la regla establecida por su fundador -el francés Juan de Mata-, la Iglesia católica cuenta con la primer institución oficial dedicada al servicio de los presos cristianos que sufrían cautividad por su fe.

 

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Dos millones de niños sufren abusos

en el mundo,  según Save the Children –

Esclavitud hoy en África… mahometanos..


L. R. S.

MADRID- Casi dos millones de niños son víctimas de abusos como prostitución, pornografía infantil o turismo sexual según Save the Children, mientras que 1,2 millones de niños son víctimas de este tipo de tráfico cada año y el número aumenta.
   La organización humanitaria ha realizado un informe titulado «Las pequeñas manos de la esclavitud» donde denuncia que millones de niños en todo el mundo son sometidos a trabajos forzados. El documento menciona las formas de tráfico infantil, como explotación sexual, trabajo en minas o los niños soldados o combatientes, los matrimonios forzados y la esclavitud doméstica. La organización añade que un millón de niños arriesgan sus vidas en minas en más de cincuenta países de África, Asia y América del Sur.
   Según el informe, 300.000 niños menores de 15 años trabajan como soldados en al menos trece países.
Cerca de 11.000 niños en la República Democrática del Congo están detenidos por grupos combatientes. El matrimonio forzado* es una de las formas de esclavitud más extendida, puesto que niñas de tan sólo cuatro años son obligadas a vivir con sus maridos, añade el informe.
   Situaciones precarias
   «Save the Children» añade que millones de niños en todo el mundo son obligados a trabajar hasta quince horas al día en el servicio doméstico, mientras que muchos son golpeados, se les priva de comida y son víctimas de abusos sexuales.
   La directora ejecutiva de
la organización Jasmine Whitebread dijo que la «esclavitud infantil no es un fenómeno histórico, sino una dura realidad para millones de niños en países ricos y pobres». «Estos niños son tratados como mercancía, pueden ser prestados o vendidos a otros dueños sin advertencia y viven en terribles condiciones de humillación o abuso», agregó Whitebread.
   La organización informa de esta situación al cumplirse hoy el bicentenario de la ley británica que abolió el comercio de esclavos. «Los gobiernos de todas partes, incluido el Reino Unido, no hacen lo suficiente para responder a la situación de los niños atrapados en condiciones inhumanas», afirmó Whitebread. «Los líderes de todo el mundo y donantes internacionales tienen que actuar de manera urgente ante esta alarmante situación», subrayó la directora ejecutiva. 2007-03-25-‘ABC’ESP.

*(incluyendo tantos países a ley mahometana – musulmana).

 

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La trata de esclavos en África: El precedente árabo-musulmán

 

BD.- 2013 - La comunidad internacional ha reconocido que la trata de esclavos negros fue una “tragedia” y un “crimen contra la humanidad”. En cambio, ni una palabra sobre el antecedente de la trata de esclavos africanos practicada por los árabo-musulmanes.

Ver video: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=AowSpZDQ0BA

 

En Durban, en el transcurso de la Conferencia Mundial contra el Racismo (2009), los representantes del continente negro y los de los países árabes se contentaron con acusar a los negreros occidentales y pedirles arrepentimiento y reparaciones. Sin embargo, el comercio negrero y las expediciones guerreras provocadas por los árabo-musulmanes fueron para África mucho más devastadores de la trata transatlántica. Todo el antiguo Sudán (el territorio africano al sur del Sahel comprendido entre el Atlántico y Egipto) era territorio entregado a la caza del hombre y a la venta de cautivos. 

Fue la colonización europea la que puso fin a la trata de esclavos árabo-musulmana. Al volverse antiesclavista Europa, la mayoría de las naciones occidentales implicadas han reconocido su responsabilidad y pronunciado su aggiornamiento. Se espera otro tanto de los países árabo-musulmanes (Oriente Medio, Magreb, Irán, Turquía, etc…).

 

Todavía hoy, muchos asocian trata negrera solamente con el tráfico transatlántico, cuando la trata y el trabajo forzado de los pueblos negros no fueron nunca un invento de las naciones europeas. Los árabo-musulmanes están en el origen de esta calamidad y la han practicado en gran escala desde el siglo VII al XVI, durante cerca de 1000 años, con la deportación de 10.000.000 de africanos. En total, los árabo-musulmanes han matado, castrado o deportado cerca de 17.000.000 de africanos.

 

Esta doloroso capítulo de la historia de la humanidad, que es difícil no calificar de genocidio por masacres, razias sangrientas y castraciones masivas, muchas personas quisieran verlo tapado para siempre con el velo del olvido, en nombre de una cierta solidaridad religiosa, e incluso ideológica. En realidad es un pacto virtual sellado entre los descendientes de las víctimas y los de los verdugos lo que lleva a esa negación. Un silencio selectivo envuelve el crimen árabo-musulmán contra los pueblos negros, y en Durban se han limitado a acusar a los negreros occidentales y a pedirles arrepentimiento y reparaciones. Los participantes han logrado simplemente ocultar el papel y la responsabilidad de las naciones árabo-musulmanas durante más de 13 siglos sin interrupción.

http://www.alertadigital.com/2013/03/08/la-trata-de-esclavos-en-africa-el-precedente-arabo-musulman/

 

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La visión católica de los derechos humanos difiere marcadamente en la forma en que se fundan los derechos. Los gobiernos y las organizaciones internacionales como las Naciones Unidas basan su concepto de derechos en ideas de los pensadores iluministas del siglo XVIII, y en las revoluciones americana y francesa.
La Iglesia, sin embargo, liga los derechos al concepto de dignidad humana, fundado a su vez en nuestro ser creados a imagen de Dios. También es importante para el pensamiento de la Iglesia el concepto de derechos naturales que está ligado a la naturaleza humana y no son, por ello, susceptibles de ser redefinidos al capricho de los gobiernos y las declaraciones internacionales. 2005.

 

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La Orden de los ‘mercedarios’ fue fundada en España por San Pedro Nolasco [1180 + 1245] con la finalidad principal de rescatar los cristianos hechos esclavos por los musulmanes durante la invasión, ocupación y destrucción del patrimonio cultural de España. Tales cristianos eran llevados y tratados en condición de esclavos en África.

 

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No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. …y la burla de la inteligencia.

 

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"No se oye a ningún musulmán que pida perdón por conquistar España y estar allí ocho siglos". En el Islam no hay una figura que se pueda asimilar a la del sucesor de Pedro, pero no se conoce en ninguno de los más sobresalientes teólogos islamistas ningún pensamiento que se pueda parecer al examen de conciencia, la petición del perdón por los errores propios y el propósito de enmienda. 2006-09-24

 

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ESCLAVITUD – parte 1º

 

El dominio del hombre por otro hombre, la antigua esclavitud gracias a Dios abolida, ha sido sustituida por otras formas actuales no menos cruentas: Los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes lo s practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador.  

Estamos inmersos en una aventura apasionante que es como un mar sin orillas. Todo un reto para la Iglesia: padres, hijos, abuelos, mayores jóvenes y pequeños, intelectuales y técnicos, artistas, políticos y sociólogos, curas, obispos y madres de familia. Llevar al mundo el Evangelio de la Vida. Transmitir a la sociedad entera el convencimiento de que toda vida humana es sagrada: el no nacido aún, el enfermo, el minusválido, el anciano llevan el sello de Dios a quien únicamente pertenecen, valen por lo que son y no por lo que aportan. Valen toda la sangre de Cristo Redentor.  

"En síntesis, podemos decir que el cambio cultural deseado aquí exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas -a nivel personal, familiar, social e internacional- la justa escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas. Este nuevo estilo de vida implica también pasar de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a su acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia". (Encíclica EVANGELIUM VITAE, nº 98.)

 

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P: Inquisición, expulsión de los judíos de casi toda Europa, conversión forzosa o asesinato de millones de indígenas en América, negros en África o aborígenes en Australia, alianza con las monarquías absolutas primero, y con las dictaduras militares y fascistas después... realmente el cristianismo es una religión de paz y amor, ¿no cree?

 

R: La abolición de la esclavitud –herencia clásica– fue realizada por cristianos siglos antes de la revolución francesa; los judíos que huían del islam se refugiaron en países cristianos durante siglos y durante el Holocausto recibieron el apoyo y ayuda de muchos cristianos; el exterminio de indígenas fue condenado por cristianos de distintas confesiones desde De Las Casas a Penn... ¿no le parece a usted que peca de ignorancia y parcialidad? ¿No cree?

 

 

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"La inteligencia consiste no sólo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar estos conocimientos en la práctica." (Aristóteles)

 

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Hay que poner de manifiesto que -y no solo- durante la época de Alfonso X, el Sabio, la astrología, rozando o reuniendo diversas disciplinas, gozaba de carácter científico (sabiduría y astrología llegaron a ser sinónimos en su época); ver la obra astromágica del Rey (Lapidario, Picatrix, Liber Racielis, Libro de las Formas, etc.). Alfonso X, el Sabio (1252-1284).

 

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El nombre de ‘leyenda negra’ es relativamente reciente. Pero el nombre es lo de menos. Importa el hecho. Desde el siglo XVI, se desarrolla en muchos países de Europa una campaña de descrédito contra España y, ciertamente, la ofensiva del protestantismo contra la Iglesia Católica. A partir del siglo XVIII, la campaña contra la reputación  de España y de la religión católica, entra a formar parte de la habitual propaganda de las distintas formaciones masónicas, hasta hoy mismo: 2006-

 

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Los porqués de la leyenda negra

 

Por Rafael GÓMEZ PÉREZ – Opinión – ‘Historia de Iberia Vieja’ nº12. 2006-06-

En principio, no es otra cosa que la enemistad que suscita siempre el que manda y, durante todo el siglo XVI y una parte del XVII, España es hegemónica en Europa, además de haber descubierto un Nuevo Mundo. Pero Francia fue hegemónica después, Inglaterra en el XIX y hoy los EE.UU., y no ha existido en esos casos un equivalente a la leyenda negra.

 

Los tópicos de la leyenda negra son bien conocidos: exageración de los males de la Inquisición, invento de oscuras intrigas sobre los reyes Austria, descrédito de la presencia de España en América, presunto fanatismo religioso de los españoles, expulsión de los judíos y de los moriscos, etc. No se trata de entrar en estos temas, sino de intentar explicar los porqués de esa campaña de descrédito y de su perdurabilidad como un locus historicus, un lugar común de la historiografía. Pero baste un dato. España no fue, ni mucho menos, la primera en decidir expulsiones de los judíos. Si en España fue en 1492, varios siglos antes ya habían tenido lugar expulsiones en Francia , en 1182, por mandato de Felipe Augusto; en Inglaterra, en 1290, por orden de Eduardo I de Inglaterra, que fue la primera expulsión de grandes proporciones; durante todo el siglo XIV, en Francia, expulsiones en 1306, 1321/22, y sobre todo la de 1394 por decisión de Felipe IV. Es más, durante siglos los judíos expulsados de Francia se refugiaron en España, país por el que tuvieron siempre predilección.

 

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Francisco de Vitoria (1485-1546) - Francisco de Vitoria, junto con Domingo de Soto, encabeza la renombrada Escuela de Salamanca, que teoriza sobre materia económica desde un punto de vista moral.  El descubrimiento de América acarreó una serie de problemas que, frente a las riquezas y poder que supuso, hubiera sido quizá más cómodo no plantear. Sin embargo, la Universidad de Salamanca supo tomar partido por la justicia en lo referente a las cuestiones morales que suscitaban los abusos de los conquistadores. Así, Francisco de Vitoria , al tener conocimiento en 1536 de las violencias cometidas durante la conquista de Perú, escribe su relección De indis, en la que declara que los indios no son seres inferiores a los que es legítimo esclavizar y explotar sino seres libres, con iguales derechos que los españoles y dueños de sus tierras y bienes. De este modo se inició el derecho de gentes.  La primera reacción del poder, encarnado por Carlos V, es, según la leyenda, un grito airado: "¡Que callen esos frailes!". Sin embargo, la tesis de Vitoria acaba venciendo en la Corte, y en 1542 se promulgaron las Leyes Nuevas que ponen al indio bajo la protección de la Corona.

 

Estas fueron sus palabras:

‘Si los bienes se poseyeran en común serían los hombres malvados e incluso los avaros y ladrones quienes más se beneficiarían. Sacarían más y pondrían menos en el granero de la comunidad.

Francisco de Vitoria 1485 – 1546

 

 

SALAMANCA. - Allá por el siglo XVI, floreció en Salamanca una escuela católica de filósofos, teólogos y juristas que renovarían el iusnaturalismo y fundarían los cimientos del moderno Derecho Internacional: el sacerdote Francisco de Vitoria y Francisco Suárez fueron sus representantes más conspicuos.

 

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TOMISMO

 

 

Escuela fiel a las doctrinas filosóficas y

teológicas de Santo Tomás de Aquino.

 

         Tras la muerte de este filósofo hubo una importante oposición a sus doctri­nas, particularmente por parte de los franciscanos, que reivindicaron a San Agustín como el más fiel exponente del punto de vista cristiano; la oposición culminó en la condena de algunas de las doctrinas tomistas por parte de las autoridades eclesiásticas de París y Oxford en 1277. Sin embargo, pronto se vio que el miedo a su pensamiento era infundado y tras la canonización de Santo Tomás en 1323 el tomismo se fue extendiendo paulatinamente, primero entre los dominicos –orden religiosa a la perteneció Tomás de Aquino– y posterior­mente fuera de la propia orden, destacando, por ejemplo, los jesuitas españoles Francisco de Vitoria y Francisco Suárez (siglo XVI). La aparición de nuevos sistemas filosóficos a partir de la Edad Moderna eclipsó el pensamiento tomista; pero en el siglo XIX un grupo de pensadores italianos, inspiradores de la encíclica de León XIII  “Aeterni Patris” (1879) en la que se defiende el pensamiento de Tomás de Aquino como el más adecuado al cristianismo, marcó la renovación de su pensamiento en lo que se ha dado en llamar neotomismo o neoescolástica. Los principales representantes de la neoescolástica contemporánea son: J. Maréchal, J. Maritain, E. Gilson.

 

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ISLAM AÑO 800 - FOMENTA LA ESCLAVITUD SISTEMÁTICA - ……Curiosamente, esa lectura simplista de la historia olvidaba que los árabes de religión islámica habían sido, y todavía son «año 2003» en algunos países como Mauritania y Sudán, los grandes traficantes de esclavos negros de África. Es verdad que los cristianos europeos, autorizados por bulas papales, trasladaron en sus barcos negreros a unos doce millones de cautivos negros hacia el Nuevo Mundo, pero también es cierto que solían comprarlos a comerciantes árabes o de religión islámica, y eran vendidos por los mismos negros. De la misma manera que tampoco debe olvidarse la otra variante de ese tráfico infame: mientras las naves europeas zarpaban de las costas africanas con su carga de esclavos, otros infelices cautivos, - por millones - aherrojados y golpeados a cada instante, cruzaban el Sahara en caravanas mortales conducidas por los tratantes árabes. De los veinte millones de personas que sufrieron esta suerte, doce fueron a parar a América y ocho desaparecieron en el seno de las naciones islámicas…..

 

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1562 – PROTESTANTES.  - Catecismo de Heidelberg (calvinista-luterano). España conquista Filipinas. Masacre de los hugonotes en Vassy, comienza las guerras de religión en Francia. John Hawkins –protestante inglés- trafica esclavos entre Guinea y las Indias Occidentales (compitiendo con los portugueses).

 

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1416 – La Iglesia Católica auspició abolición de la esclavitud -Croacia -  

 

El Pontífice en la homilía rindió homenaje a la tradición de libertad y de justicia de esta república marinera en los siglos XV y XVI, que después pasó al imperio austríaco, y que ya en 1416, antes que muchos Estados, abolió la esclavitud.

 

 

S. S. JUAN PABLO II – CROACIA. 2003-06-06

 

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Cuando se discutió la abolición de la esclavitud en Inglaterra, los propietarios de esclavos dijeron que si se abolía, la economía sufriría mucho o hasta se destruiría... ¿Cuánto cree usted que el crecimiento económico británico se debió a la riqueza creada por las explotaciones esclavistas del Caribe?

 

No, seguramente lo entorpecía aunque en aquel entonces no lo vieran todos. Por otro lado, la lucha contra la esclavitud fue llevada a cabo fundamentalmente por razones morales, por evangélicos de distintas denominaciones como el bautista Knibb o los metodistas Newton y Wilberforce.

César VIDAL. Dr. en historia, filosofía, teología, es abogado, escritor. 2005.02.08.

 

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SAN URBICIO – VICTIMA DEL SISTEMA DE ESCLAVITUD

 

PRACTICADO POR LOS INVASORES Y OCUPANTES MAHOMETANOS


Autor: Archidiócesis de Madrid

 

Simpático santo mitad español y mitad francés. - Urbicio o Urbe no es recordado porque ejerciera funciones eclesiásticas, quiero decir que no fue cura, ni fraile, ni obispo, ni papa. Tampoco es celebrado como mártir que sufriera crueles tormentos y entregara cruentamente su vida por la religión. No se debe su veneración a funciones de gobierno hechas ejemplarmente con visión cristiana de las realidades temporales, como sucede con tantos reyes y gobernantes cuya gestión les sirvió para ejercitar de modo heroico las virtudes. Ni es fundador de una familia religiosa. Ciertamente esto es a lo que nos tiene acostumbrados la más común hagiografía de los santos.
La leyenda sobre su vida nos lo presenta como nacido en Burdeos. Los moros que dominan España entran en Aquitania y lo hacen cautivo, cuando sólo tenía catorce años, junto con su madre Asteria. Madre e hijo llevan a partir de entonces su esclavitud con espíritu cristiano y anhelando siempre el tiempo de su liberación. Cuando la consigue Asteria, todos sus esfuerzos van encaminados a recaudar fondos con los que liberar a su hijo; pero, muere sin llegar a conseguirlo. Vive Urbicio en su cautiverio, y de modo ejemplar, aquellas virtudes que el Apóstol Pablo recomienda a los esclavos cristianos en las relaciones con sus dueños: sirve a su amo pensando que sirve al Amo de todos, se ejercita en la humildad, da ejemplo de honradez y de pureza; se hace notar por su continua y sincera piedad. El asunto de su libertad, estando en tierra hispana, lo tiene puesto es las manos de los niños santos de Alcalá, los santos Justo y Pastor.

Su libertad, cuando llega, la atribuye a la intercesión de estos santos de los que se siente deudor. Programa y realiza un viaje de agradecimiento a Alcalá y, viendo allí los peligros de profanación por parte de los ocupantes mahometanos, a que están expuestas las reliquias, las roba y lleva consigo a Burdeos.
La última fase de su vida se sitúa en Huesca donde está retirado y entregado a la oración, en completa pobreza y dura penitencia. En el valle de Nocito reproduce el antiguo estilo de los anacoretas egipcios. La gente del lugar visita al hombre santo ansiosa de recibir la instrucción cristiana que sale firme y bondadosa de su boca, se admira de su austeridad y se siente movida al amor a Dios y caridad con el prójimo ante su ejemplo.

Muere en el año 802. - El piadoso relato, adornado con recursos imaginativos, posiblemente supuso una ayuda importante para los cristianos que, en aquel momento histórico, sufrían duramente por el hecho de ser discípulos de Jesucristo. Quizá mantuvo en la fe a muchos y a lo mejor hasta les animó a practicar con valentía la piedad concomitante a la fe. Incluso debió responsabilizar a más de uno a ser catequista —apóstol— para los demás.  Hoy también nos vendría bien el impacto de unos cuantos "Urbes" bien repartidos por el Orbe. Seguro que existen. Sólo hay que descubrirlos.

 

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- Usted ha estudiado muy bien la Edad Media y el reinado de los Reyes Católicos. Visto con la perspectiva que da el tiempo, ¿qué importancia política tuvieron estos reyes en la Historia de España?

 

No de España, de Europa y del mundo. Una importancia gigantesca. Ellos definen de una manera completa lo que es la estructura política conveniente. Eran las “Leyes de Guadalupe”, que determinan, por ejemplo, que si queda alguna reliquia de servidumbre en alguna parte, desde ese momento desaparece y se declara nulo. Hay servidumbre muy significativa en Cataluña, los “remensas”, y ellos lo resuelven convirtiéndolos no sólo en hombres libres, sino en propietarios de la tierra que trabajan, porque si no, la libertad no serviría para nada. Ellos son el término de llegada de un proceso que venía gestándose desde mucho tiempo antes. Hay que tener en cuenta que en el Concilio de Constanza, España ya aparecía como una unidad, era un voto dentro de los cinco que componen la Cristiandad europea. Es decir, los representantes de los reinos (portugueses, castellanos, navarros…) tienen que ponerse de acuerdo antes de formular el único voto que podían. Y la crónica de Pedro IV de Aragón, que vive siempre en Barcelona, no está pensando en otra cosa que en la unidad española. España, por las circunstancias que le tocó vivir, se adelanta a Europa en muchas cosas. ¿Quién inventa el Parlamento? España. ¿Quién establece por primera vez que la servidumbre debe desaparecer? El Reino de León. ¿Quién crea el sistema de una monarquía que es como un pacto entre el Rey y los súbditos en torno al derecho? España. ¿Por méritos propios? No, porque las circunstancias que le tocó vivir, la lucha contra el Islam y la reconquista, le permitía partir de la base y reconstruir todo lo que era necesario, cosa que para otros países europeos resultaba más difícil. Eso es un hecho. Como es un hecho que España rompe las olas del Atlántico y se instala al otro lado del mar, y hace de la cultura europea una cultura occidental. Esto es un hecho, aunque ahora no se quiera reconocer.  Dr. Luis Suárez 2009.VIII

 

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Los cristianos de Sudán denuncian

que son masacrados y esclavizados

por los musulmanes

 

 La fuga es una de las alternativas a la muerte para muchos cristianos de Sudán. Vivir amenazado o renegar de la fe son otras vías posibles para evitar que los musulmanes del país les eliminen.
   El número de cristianos sudaneses asesinados se eleva ya a dos millones, en una de las guerras más largas del siglo XX. Muertes ignoradas por la comunidad internacional. En medio de ese silencio, Kuong Daxi (27 años), uno de los cristianos que optó por abandonar el país, habla de la realidad cotidiana que ha vivido en Sudán, víctima de la jijhad musulmana.

   «Bombardeos, deportaciones en masa, torturas, violaciones de niñas, compraventa de esclavos es algo que sucede a diario y aunque es realmente muy ruidoso, nadie parece darse cuenta» ¬explica Daxi desde Milán al diario italiano «Avvenire». Este joven de la etnia Nuer ha tenido que huir a Europa para salvar el pellejo. Su gran error en Sudán fue plantar cara al sistema cuando en la Universidad protestó por el trato discriminatiorio hacia los de su credo. «No me encuentro estudiando en Italia para licenciarme en Farmacia ¬para esto me bastaba Jartum¬, sino porque soy católico, y así quiero permanecer. Cuando estudiaba allí (1994), me comunicaron que si quería permanecer en la facultad debía abrazar la fe del Islam. Yo me negué y estuve arrestado cuatro días. Escribí en protesta a la Universidad diciendoles que éramos cristianos y no nos podían privar de nuestro credo. Entonces la reacción de la Policía secreta fue más violenta». Un religioso italiano salvó a Daxi, facilitandole la huida a través de la Embajada de Italia en Jartum. Vive, pero no en su país, donde la libertad para él es un derecho imposible.

 

Norte y sur

Sudán se encuentra dividido. En la zona norte predomina la religión de Mahoma, y en el sur una mayoría cristiana (5 millones entre católicos y protestantes), y animistas de raza negra. La guerra civil comenzó a principios de los 80, y el régimen que impera desde 1989 es la sharia, que trajo al país una era de violaciones de los derechos humanos. Cuando Daxi regrese a Sudán tendrá dos opciones: cuidar de su familia o empuñar las armas. «Odio la violencia, pero es una lucha por la libertad: rescatar a los esclavos, proteger a los niños y poder rezar a Dios», asegura. LA RAZÓN. 6 DIC. 2002.

 

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Esclavitud. DRAE.

 

 

1. f. Estado de esclavo.

2. [f.]fig. Hermandad o congregación en que se alistan y concurren varias personas a ejercitarse en ciertos actos de devoción.

3. [f.]fig. Sujeción rigurosa y fuerte a las pasiones y afectos del alma.

4. [f.]fig. Sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación.

 

 

Doctrina de la esclavitud

 

 3. San Pedro Claver, esclavo de los esclavos

  Los pensadores paganos de la antigüedad, siguiendo a Aristóteles (Política I, 2 y 5), estiman que la esclavitud es de derecho natural, es decir, conforme a la natura del hombre. Y la Iglesia antigua, fiel a la Biblia, se preocupa principalmente de liberar al hombre de la esclavitud del pecado, que hace al hombre esclavo de sus pasiones y del demonio (Jn 8,32.44; 1Jn 3,8; Rm 6,16; 2Pe 2,19), y de afirmar que es igual en Cristo la dignidad de quienes son esclavos o libres en la sociedad civil (1Pe 2,18-19; 1Cor 7,20-24; Gál 3,26-28).

En las celebraciones litúrgicas no se separan libres y esclavos; el matrimonio de los esclavos es tenido por válido; los esclavos tienen acceso a los cargos de la Iglesia; el Papa San Calixto, por ejemplo, había sido esclavo.

La Iglesia pretende así dos cosas: primera, que todos los hombres -todos ellos espiritualmente esclavos, tanto los esclavos como los libres-, vengan a ser en Cristo espiritualmente libres; y segunda, que el esclavo social sea tratado con toda caridad, «como a hermano muy amado» (Flm 16).

Pronto estos ideales obtuvieron realización histórica, y a partir del siglo IV, gracias a la Iglesia, se fue generalizando cada vez más la manumisión de esclavos. De este modo, al prevalecer el cristianismo sobre el paganismo antiguo, se produjo un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad, la desaparición de la esclavitud en el milenio medieval cristiano, un dato impresionante muchas veces ignorado.

Régine Pernaud dedica el capítulo V de su libro ¿Qué es la Edad Media? a demostrar la afirmación precedente. «La esclavitud es, probablemente, el hecho que más profundamente marca la civilización de las sociedades antiguas. Sin embargo, cuando se analizan los manuales de historia, se observa con sorpresa la discreción con que tal hecho se evoca; y la sorpresa aumenta al ver la extraña reserva con que se trata la desaparición de la esclavitud al comienzo de la Edad Media y más aún su brusca reaparición a principios del siglo XVI... Si uno se entretiene, como yo lo he hecho, en revisar los manuales escolares de las clases secundarias, se comprueba que ninguno de ellos señala la desaparición progresiva de la esclavitud a partir del siglo IV. Evocan con dureza la servidumbre medieval, pero silencian por completo -lo que resulta paradójico- la reaparición de la esclavitud en la Edad Moderna» (125), cuando el paganismo incipiente del Renacimiento va desmoronando la cristiandad medieval. En línea con tal actitud, «traducen la palabra siervo -servus- por esclavo. Contradicen formalmente la historia del derecho y de las costumbres que evocan, pero se quedan tan tranquilos... La realidad es que no hay punto de comparación entre el servus antiguo, el esclavo, y el servus medieval, el siervo, ya que el primero era una cosa y el segundo un hombre» (126-127).

En este sentido advierte José Luis Cortés López, refiriéndose a los términos siervo-cautivo-esclavo, que «estas tres palabras que hoy día pueden parecer sinónimas, debieron tener acepciones diferentes, pero en los documentos no aparecen bien delimitadas por lo que pueden originar errores de interpretación» (La esclavitud...16).Por lo que a los autores escolásticos se refiere, cuando ellos hablan de la condición del servus, hay que entender en principio que están hablando de los siervos medievales, no de los esclavos del mundo pagano antiguo o contemporáneo. Es significativo en esto que precisamente «la palabra esclavo se va imponiendo abrumadoramente y en gran cantidad de documentos del siglo XVI» (18).Predominó desde entonces el término esclavos porque eran conscientes de que se trataba de una categoría distintade los siervos medievales.

Por lo que a la doctrina se refiere, los teólogos y juristas cristianos, y entre ellos Santo Tomás, estiman que la servidumbre «no podía existir en el estado de inocencia» (STh I,96,4), como tampoco existía el vestido. La servidumbre, servitus, «no fue impuesta por la naturaleza, sino por la razón natural para utilidad de la vida humana. Y así no se mudó la ley natural sino por adición» (I-II,94, 5 ad3m), como sucedió con el vestido. Por eso «la servidumbre, que pertenece al derecho de gentes, es natural en el segundo sentido, no en el primero» (II-II,57, 3 ad2m; +S. Buenaventura, S. Antonino de Florencia, Vitoria, Báñez, Sánchez, Lessio, Suárez, etc.).

En algunas circunstancias la servidumbre puede ser incluso «no sólo lícita, sino también fruto de la misericordia», como cuando ella conmuta una pena de muerte o por ella se libra a la persona de una opresión mayor (Domingo de Soto, Iustitia et iure IV,2,2). Este aspecto penal de la servidumbre es claro en Santo Tomás, para el que «la servidumbre es una cierta pena determinada, que pertenece al derecho positivo, pero procede del natural» (In IV Sent. lib.IV, dist. 36, 1 ad3m).

Las principales causas legítimas de la servidumbre o de la esclavitud eran la guerra, la sentencia penal y la compraventa, y todavía en 1698 estas tres -iure belli, condemnatione et emptione- eran consideradas como lícitas en la Sorbona (+Cortés López, 38).

Laguerra, siempre, claro está, que fuera justa, podía y solía producir esclavos lícitos, pues mediante ella los prisioneros, por un tiempo o para siempre, quedaban cautivos bajo el dominio del vencedor, y como sucede hoy en las cárceles, despojados de importantes libertades civiles.

La sentencia penal por graves delitos también podía reducir a esclavitud lícitamente, viniendo a ser entonces una pena semejante a la cárcel perpetua, aunque normalmente mucho más benigna.

Lacompraventa podía, en fin, dar lícito origen a esclavos, siempre que se cumplieran ciertas exigencias: mayoría de edad del vendido, beneficio real para él, etc.

Ésta venía a ser la mentalidadeuropea sobre la esclavitud que tenían los laicos y religiosos en las Indias del siglo XVI, y aún duró mucho tiempo. Y era ésta también la mentalidad de los indios de América. Ellos también tenían esclavos por compra, por castigo penal o por guerra -aunque en muchas zonas lo más común era que los prisioneros de guerra fuesen sacrificados-. Y así en los mercados indígenas los esclavos eran comprados normalmente para el servicio o para ser sacrificados y comidos (F. Hernández, Antigüedades de México, cp.11.). Bernardino de Sahagún precisa que en el tianguis azteca, concretamente, el traficante de esclavos era el «mayor y principal de todos los mercaderes» (Historia X,16).

Práctica de la esclavitud

Por lo que se refiere a la práctica histórica, hallamos en la antigüedad la esclavitud en todas las culturas, aunque con modalidades muy diversas. Las mismas fronteras verbales entre las palabras siervos, cautivos y esclavos son bastante difusas. El imperio romano en su apogeo tenía 2 o 3 millones de esclavos, es decir, éstos eran un 35 o 40 % de su población (Klein, La esclavitud... 15).

En la Europa cristiana medieval la esclavitud declina hasta casi desaparecer en muchos lugares. Pero reaparece poco a poco en la Europa renacentista, en Italia, durante los siglos XIII al XV, por sus relaciones comerciales con Oriente, y en Portugal, desde mediados del XV, por su comercio con Africa. En ciertas familias ricas de la aristocracia o del comercio tener un esclavo -un eslavo blanco oriental o uno negro africano- contribuye no sólo a prestar unos servicios domésticos, sino sobre todo a dar una nota exótica de distinción.

Europa, a partir del XVI, admite sin mayores problemas el crecimiento de la esclavitud, que se multiplica después más y más. Entonces la esclavitud, más o menos como hoy el aborto, llega a verse como un mal admisible y justificable.

«La esclavitud del negro como institución -afirma Enriqueta Vila Villar- era, en esta época, un hecho admitido por todos. Los teólogos y la iglesia en general mantuvieron diferentes tendencias: algunos cerraron los ojos ante ella y se abstuvieron de ningún comentario; otros se procuparon de denunciar la violencia de la trata, y otros se detuvieron a hacer un inventario de las ventajas y los inconvenientes, llegando a reconocer la necesidad de mantener el «statu quo» establecido. Entre los primeros se podría citar al padre Vitoria; entre los segundos a Tomás de Mercado, Alonso de Sandoval, Bartolomé de Albornoz y el jesuita Luis de Molina, por destacar los más conocidos; y entre los terceros al también jesuita padre Vieira, que consideraba indispensable la esclavitud como único medio de mantener [en Brasil] la economía del azúcar y los intereses de la propia Compañía. Aunque este último, después de un profundo estudio, condena los métodos empleados en el tráfico negrero» (Hispanoamérica y el comercio de esclavos 4).

El sevillano dominico Tomás de Mercado (+1575), profesor en la universidad de México, considera que «la venta y compra de negros en Cabo Verde es de suyo lícita y justa», pero «supuesta la fama que en ello hay y aun la realidad de verdad que pasa, es pecado mortal y viven en mal estado y gran peligro los mercaderes de gradas que tratan de sacar negros de Cabo Verde» (Suma de tratados y contratos II,21). Lo mismo piensa el padre Las Casas, que estima que «de cien mil no se cree ser diez legítimamente hechos esclavos» (Historia de las Indias I,27).

Ésta es también una convicción popularbastante generalizada en esa época. Don Quijote dice liberar a los galeotes «porque me parece duro hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres» (I,22). Y, como ocurre siempre, los cristianos mejores son los que menos toleran los males de su siglo, aunque estén muy generalizados. Así, por ejemplo, el padre de Santa Teresa, según ella misma cuenta: «Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos, y aún con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piedad. Y estando una vez en casa una -de un su hermano- la regalaba como a sus hijos; decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piedad» (Vida 1,2).

En un discurso histórico en la isla senegalesa de Gore (22-2-1992), Juan Pablo II lamentaba profundamente que «personas bautizadas» hubiesen tomado parte en el «escandaloso comercio» de la esclavitud, y recordaba que ya Pío II en 1462 había condenado su práctica, como también la condenaron posteriormente varios Papa: Pablo III (1537), Urbano VIII (1639) o Benedicto XIV (1741). Tras una intervención de Pío VII, publicó Gregorio XVI una encíclica contra la esclavitud en 1837. Llegaron los Papas en ocasiones a imponer la excomunión a quienes tuvieren esclavos, pero muchos católicos resistieron medida tan radical, alegando que ello produciría el retraso de las naciones católicas, ya que las protestantes no tenían ese impedimento.

Durante tres siglos y medio, 10 o 15 millones de negros africanos fueron trasladados forzosamente a América como esclavos (Klein 25)... ¿Cómo pudo resistir la conciencia cristiana un crimen histórico tan horrible? Lo toleró sin perder por eso el sueño. La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval.

La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

Un estudio de la Universidad Católica de Roma afirma en 1997 que cada año el aborto legal acaba con la vida de cuarenta millones de niños en todo el mundo -100.000 al día-, y que en algunos países el número de abortos llega a triplicar el de los nacimientos. La mayoría de las civilizadas conciencias actuales toleran estas matanzas con toda paz. Incluso se indignan con quienes pugnan por detenerlas.

La esclavitud de indios en América

En los primeros años de la conquista de América, «los españoles legitimaban la esclavitud del mismo modo que lo hacían los indígenas. En el caso español se trataba de una institución practicada por todos los europeos y los musulmanes entre sí y con los africanos, y desde luego representaba un derecho de guerra reconocido universalmente y que sólo la Corona interrumpió con los indios americanos cuando dispuso prohibirla» (Esteva Fabregat, La Corona española y el indio americano 175-176).

Hernán Cortés, por ejemplo, cuando se disponía a conquistar la región de Tepeaca, después de la Noche Triste, le escribía a Carlos I con toda naturalidad: «Hice ciertos esclavos, de que se dio el quinto a los oficiales reales»... De ellos se ayudaban los conquistadores como guías, porteadores y constructores, y a veces incluso como fieles guerreros aliados. El problema moral de conciencia por entonces -como en los tiempos de San Pablo- no se planteaba, en modo alguno, sobre el tener esclavos, sino sobre el trato bueno o malo que a los esclavos se daba.

Así las cosas, «si los indios coincidían con los combatientes españoles en cuanto a considerar legítimo el derecho a tener esclavos a los que les hacían la guerra, la Iglesia y la Corona tuvieron que empeñarse no sólo en una lucha ideológica con los diversos grupos y culturas indígenas, sino que también se vieron obligados a convencer a sus propios españoles acerca de que el indio debía ser una excepción en lo que atañe a esclavitudes y servidumbres. Ambos, indios y españoles, tuvieron que ser reeducados en función de la confluencia de una nueva ética: la que se fundaba en el cristianismo y en la igualdad de trato entre cristianos» (Esteva 167).

En este sentido, «lo que aprendieron [los indios] de los españoles fue precisamente el protestar contra la esclavitud y el tener derecho a ejercer legalmente acciones contra los esclavistas» (168). Y éste, como veremos, fue ante todo mérito de la Iglesia y de la Corona.

Como es natural, el empeño por cambiar la mentalidad de indios y españoles sobre la esclavitud de los naturales de las Indias hubo de prolongarse durante varios decenios, pero se comenzó desde el principio. En efecto, los Reyes Católicos iniciaron el antiesclavismo de los indios cuando Colón, al regreso de su segundo viaje (1496), trajo a España como esclavos 300 indios de La Española, y le obligaron a regresarlos de inmediato, y como hombres libres.

Alertados así sobre el problema, los Reyes dieron en 1501 rigurosas instrucciones al comendador Nicolás de Ovando, en las que insistían en que los indios fuesen tratados no como esclavos, sino como hombres libres, vasallos de la Corona. Recordaremos aquí brevemente las acciones principales de la Iglesia y la Corona para la liberación de los indios.

Por parte de la Iglesia, el combate contra la esclavización de los indios vino exigida tanto por misioneros como por teólogos y juristas. La licitud de la esclavitud, según hemos visto, estaba por entonces íntimamente relacionada con la cuestión gravísima de la guerra justa, y ésta con el problema de los títulos lícitos de conquista, como ya vimos brevemente más arriba (53-56). Pero, en referencia directa a la esclavitud de los indios, hemos de recordar, por ejemplo, el sermón de Montesinos (1511), la enseñanza del catedrático salmantino Matías de Paz (1513), la carta de fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, al virrey Mendoza; la carta de los franciscanos de México al Rey, firmada por Jacobo de Tastera, Motolinía, Andrés de Olmos y otros; las intervenciones de Las Casas; las tesis de la Escuela de Salamanca, encabezada en esta cuestión por Diego de Covarrubias y Leyva, contra Sepúlveda, apoyadas por Soto, Cano, Mercado, Mancio, Guevara, Alonso de Veracruz (+Pereña 95-104); y poco más tarde las irrefutables argumentaciones del jesuita José de Acosta, apoyadas en buena medida en Covarrubias.

Por parte del Estado, recordaremos primero las numerosas y tempranas intervenciones antiesclavistas de altos funcionarios reales, algunas de las cuales ya hemos referido más arriba (45-47). Núñez de Balboa, por ejemplo, en 1513, escribe al Rey desde el Darién, quejándose del mal trato que Nicuesa y Hojeda dan a los indios, «que les parece ser señores de la tierra», y que una vez que se hacen con los indios «los tienen por esclavos» (Céspedes, Textos 53-54). En 1525, a los cuatro años de la conquista de México, don Rodrigo de Albornoz, contador de la Nueva España, escribe también al Rey, denunciando que con la costumbre de hacer esclavos «se hace mucho estrago en la tierra y se perderá la gente de ella y los que pudieran venir a la fe y dominio de V. M., si no lo mandare remediar luego y que en ninguna manera se haga sin mucha causa, porque es gran cargo de conciencia» (+Castañeda 65-66). Unos diez años más tarde, don Vasco de Quiroga, oidor real en México, refuta uno tras otro con gran fuerza persuasiva todos los posibles supuestos legítimos de esclavización de los indios, en aquella Información en derecho de la que ya dimos noticia (208-209). «Naturalmente, estos autores no intentan negar el derecho de cautiverio, fruto de la guerra, sino conseguir una excepción con los indios americanos» (Castañeda 66; +68-88, 125-136).

La Corona hispana, atendiendo estas voces, prohibe desde el principio la esclavización de los indios en reiteradas Cédulas y Leyes reales (1523, 1526, 1528, 1530, 1534, Leyes Nuevas1542, 1543, 1548, 1550, 1553, 1556, 1568, etc.), o la autoriza solamente en casos extremos, acerca de indios que causan estragos o se alzan traicionando paces -caribes, araucanos, chiriguanos-. En 1530, por ejemplo, en la Instrucción de la Segunda Audiencia de México, el Rey prohibe la esclavitud en absoluto, proceda ésta de guerra, «aunque sea justa y mandada hacer por Nos», o de rescates (+Castañeda 59-60).

Pero también llegaban al Rey informaciones y solicitudesfavorables a la esclavitud de los indios, formuladas no sólo por conquistadores y encomenderos, sino también por religiosos dominicos y franciscanos, que, al menos en algunos lugares especialmente bárbaros, «aconsejaron la servidumbre de los indios», contra la primera idea de los Reyes Católicos (López de Gómara, Historiagral. I,290).

Pedro Mártir de Anglería, en una carta de 1525 al arzobispo de Cosenza, refiere: «El derecho natural y el canónico mandan que todo el linaje humano sea libre; mas el derecho romano admite una distinción, y el uso contrario ha quedado establecido. Una larga experiencia, en efecto, ha demostrado la necesidad de que sean esclavos, y no libres, aquellos que por naturaleza son propensos a vicios abominables y que faltos de guías y tutores vuelven a sus errores impúdicos. Hemos llamado a nuestro Consejo de Indias a los bicolores frailes Dominicos y a los descalzos Franciscanos, que han residido largo tiempo en aquellos países, y les hemos preguntado su madura opinión sobre este extremo. Todos, de acuerdo, convinieron en que no había nada más peligroso que dejarlos en libertad» (+Cortés 38).

Los españoles de Indias aducían contra la prohibición de la esclavitud «varias razones, y al parecer, de peso: que los hombres de armas, no viendo provecho en conservar la vida de sus prisioneros, los matarían; que siendo el sistema de hueste el usual de la conquista, y siendo los esclavos parte fundamental y a veces única del botín, nadie querría embarcarse en nuevas guerras contra los indios; que si impedían los rescates se cerraban las posibilidades de que muchos indios conocieran el cristianismo y abandonaran la idolatría; que los indios, viendo que sus rebeliones no podían ser castigadas con el cautiverio, se estaban volviendo ya de hecho incontrolables» (Castañeda 60). Todas estas presiones teóricas y prácticas explican que la Corona española, a los comienzos, quebrase en algún momento su continua legislación antiesclavista, como cuando en 1534 autoriza de nuevo el Rey, bajo estrictas condiciones, la esclavitud de guerra o de rescate.

Pero inmediatamente vienen las reacciones antiesclavistas, y entre ellas quizá la más fuerte la del oficial real don Vasco de Quiroga: «Diré lo que siento, con el acatamiento que debo, que la nueva provisión revocatoria de aquella santa y bendita primera [1530] que, a mi ver por gracia e inspiración del Espíritu Santo, tan justa y católicamente se había dado y proveído, allá y acá pregonado y guardado sin querella de nadie, que yo acá sepa»... (+Castañeda 118). Las Leyes Nuevas de 1542, y las que siguen a la gran disputa académica de 1550 entre Las Casas y Ginés de Sepúlveda, reafirmaron definitivamente la tradición antiesclavista de la Iglesia y la Corona. Así en 1553 ordena el Rey «universalmente la libertad de todos los indios, de cualquier calidad que sean», y encarga a los Fiscales proceder en esto con energía, «de forma que ningún indio ni india deje de conseguir y conservar su libertad».

Por lo demás, «la persecución de que se hizo objeto a quienes practicaban la esclavitud de los indios se fue generalizando a medida que se acentuaba el papel de la Iglesia en Indias, y a medida también que la Corona española aumentaba sus controles funcionarios sobre los españoles» (Esteva 184). Esta persecución comenzó muy pronto, y no eximió tampoco a los poderosos, como vimos ya en el caso de Colón, o podemos verlo en el de Hernán Cortés, que en el juicio de residencia de 1548, fue acusado de tener trabajando en sus tierras indios esclavos de guerra o rescate, a los que se dio libertad.

1492, 1550... En aquel dramático encuentro de indios y españoles, es evidente que los indios, mucho más primitivos y subdesarrollados, en un marco de vida moderna absolutamente nuevo para ellos, vinieron a ser el proletariado de la nueva sociedad que se fue desarrollando, con todo los sufrimientos que tal condición social implicaba entonces -no mayor, probablemente, a los que, por ejemplo, se daban en el XIX durante la revolución industrial entre los mismos ingleses, o a los que en el XX se experimentan en los suburbios y lugares más deprimidos de América-.

La esclavitud, en las Indias hispanas, desde el comienzo, cedió el paso a la encomienda, con el repartimiento de indios, y ésta institución no tardó mucho en verse sustituída por el régimen de las reducciones en pueblos. En todo caso, es preciso reconocer que, ya desde 1500, al abolir la esclavitud de los indios, «la Corona española se adelantaba varios siglos a la abolición de la esclavitud en el mundo» (Pereña, Carta Magna de los Indios 106).

La esclavitud de negros en América

Aunque hubo algunos momentos de vacilaciones, como hemos visto, la actitud antiesclavista de la Iglesia y la Corona en relación a los indios fue firme y clara. En cambio, la importación de esclavos negros a las Indias constituyó un problema moral y legal diferente. Si su presencia, más o menos difundida por toda Europa, no suscitaba problemas de conciencia, tampoco se veían dificultades morales para permitir su paso a América, donde estuvieron presentes desde el primer momento, aunque en modalidades muy diferentes, que ahora simplificaremos en tres tipos.

1. Esclavos-conquistadores. Los negros esclavos fueron casi siempre compañeros de aventura de los descubridores y conquistadores -Ovando, Cortés, Pizarro, Núñez Cabeza de Vaca, etc.-, desempeñando a veces funciones relevantes. En las Instrucciones dadas en 1501 por los Reyes Católicos al gobernador Nicolás de Ovando, se prohibía el paso a las Indias de judíos y moros, pero se autorizaba el ingreso de negros esclavos, con tal de que fuesen nacidos en poder de cristianos.

El historiador chileno Rolando Mellafe hace notar que estos esclavos «se sentían también conquistadores, y de hecho lo eran», y «muchos de ellos obtuvieron su libertad por este hecho, otros alcanzaron a adquirir hasta la jerarquía de conquistadores y pudieron a su vez poseer esclavos» (La esclavitud... 25), con los que no solían ser demasiado clementes. Muy pronto las leyes de la Corona hubieron de proteger a los indios de posibles abusos de los negros. En todo caso, «la aceptación social de estos esclavos llegó hasta el matrimonio de conquistadores o hijos de ellos con esclavas mulatas y negras, y de negros con hijas mestizas de conquistadores. De este modo, estos grupos, que podríamos llamar esclavos-conquistadores, se enriquecieron a través de granjerías económicas, encomiendas de indios, etc., y pasaron a constituir puntos troncales importantes de la aristocracia señorial indiana, y se diferenciaron claramente de los demás esclavos negros, que después llegaron en forma masiva, como mano de obra» (26).

2. Esclavos-criados. Por otra parte, «permisos para pasar a las Indias con un número de esclavos que fluctuaba entre tres y ocho se les dio a casi todos los funcionarios nombrados por el Consejo [de Indias] en el siglo XVI: virreyes, gobernadores, oidores, contadores, fundidores, así como a las dignidades eclesiásticas y hasta los simples párrocos» (22). Estos negros de que hablamos ahora venían a ser criados, hombres a veces de mucha confianza de sus señores. El arzobispado de Sevilla, por ejemplo, tenía un gran número de estos esclavos, y también los tenían en las Indias los religiosos, a veces en gran número, como los jesuitas.

Cuando el obispo Mogrovejo parte en 1580 para Lima con veintidós familiares y colaboradores, «iban también por especial licencia real seis fieles criados de raza negra. En bien de estos servidores hizo don Toribio dos solicitudes al Rey antes de partir: una para el uso de «armas ordinarias dobladas»; otra, para que en el Perú se les concediesen «tierras y solares en que puedan labrar y edificar». A ambas accedió el Monarca» (Rodríguez Valencia I,154). Dando a los esclavos buen trato, no había escrúpulo de conciencia en tenerlos. San Martín de Porres, por ejemplo, con un donativo que recibió, «compró un negro para el lavadero del convento». Y San Pedro Claver tuvo en Cartagena esclavos negros a su servicio como intérpretes.

3. Esclavos-mano de obra.Otra muy distinta, y mucho más dura, fue la situación de los negros llevados a las Indias, y en primer lugar a las Antillas, como mano de obra.Estas Islas fueron a los comienzos la base fundamental de los descubrimientos y conquistas, de tal modo que los indígenas antillanos, poco numerosos y primitivos, se vieron obligados a trabajos enormes y urgentes, siendo así que, a diferencia de los indios de los grandes imperios de México o del Perú, ellos no estaban habituados de ningún modo al trabajo organizado y persistente.

Esfuerzos tan agotadores, unidos a las epidemias y a la violencia de los comienzos anárquicos, acabaron prácticamente en las Islas con lo población india. Y fue preciso entonces pensar en la importación de negros africanos, que viniesen a complementar, y en muchos casos a sustituir, la mano de obra indígena. Los negros, en efecto, resistían las epidemias de origen europeo, pues pertenecían al mismo medio endémico, y poco a poco, a requerimiento de funcionarios y pobladores, fueron trayéndose a todas las zonas de las Indias hispanas, aunque en proporciones muy diversas.

El tráfico negrero

«Convencido el gobierno español de que el comercio de negros no debía dejarse librado a la mera iniciativa privada, casi desde el primer momento lo despojó de toda libertad, sujetándolo a un rígido control en provecho del Real Tesoro y a una estricta vigilancia de la cantidad y calidad de los esclavos introducidos en las Indias» (Elena F.S. de Studer, La trata...48). La Corona española percibía, pues, por cada pieza que permitía introducir en América un impuesto, señalado en las licencias o asientos que establecía con personas o Compañías traficantes. Este tráfico requería en sus organizadores -casi nunca españoles- grandes medios de capital, barcos y personas, así como posesiones o contactos en el Africa, y fue asumido por personas o compañías de diversas nacionalidades, según las vicisitudes económicas y políticas de Europa.

En efecto, «no hubo potencia de la Europa occidental -señala Klein- que no participara en alguna medida en el tráfico negrero; cuatro, empero, preponderaron en él. Del principio al final hubo portugueses, quienes fueron los que mayor cantidad de esclavos transportaron. Los ingleses dominaron la trata durante el siglo XVIII. En tercer lugar se sitúan, también en el XVIII, los holandeses, y luego los franceses. A la cola figuran, por períodos más o menos cortos, daneses, suecos, alemanes y norteamericanos, pero nunca los españoles» (94); casi nunca, para ser más exactos.

Los puertos de Cartagena y Veracruz son autorizados por la Corona para recibir esclavos africanos; pero el permiso poco a poco se va ampliando a otros puertos, hasta que en 1789 decreta Carlos III la total libertad del comercio negrero; y hacia 1804 todos los puertos importantes de Hispanoamérica gozan de una completa libertad de comercio de esclavos negros.

Número de esclavos negros

en América

Durante los siglos en que la esclavitud estuvo vigente, 10 o 15 millones de negros africanos fueron trasladados a América como esclavos. Al principio se importaron esclavos en cantidades muy reducidas, pero después, a medida que avanzaba la secularización de Europa y se relajaba su espíritu cristiano y su conciencia moral, y a medida también que el desarrollo de los pueblos acrecentaba la necesidad de mano de obra, el número creció enormemente.

En los siglosXVI y XVII Brasil importó entre 500.000 y 600.000 esclavos negros; el Caribe no ibérico más de 450.000; la América hispana entre 350.000 y 400.000; y las incipientes colonias de Francia e Inglaterra 30.000 (Klein 43).

En los siglos XVIII y XIX se acrecienta muchísimo la importación de negros en América. «Cuatro quintos del total de esclavos africanos llegados al Nuevo Mundo, fueron transportados en siglo y medio, entre 1700 y mediados del siglo XIX» (94). A medida que van creciendo las estructuras productivas de las naciones de América, y también a medida que el espíritu de la Ilustración liberal y capitalista las va impregnando, se multiplica terriblemente la cantidad de esclavos negros, sobre todo en el Caribe, Brasil y los Estados Unidos. En algunas de estas regiones las importaciones son tan masivas que llegan a tener una población mayoritariamente negra.

A fines del XVIII, por ejemplo, en los Estados Unidos, la mitad de la población de Maryland, Virginia, Carolinas y Georgia es negra; y aún más, dos tercios, en Carolina del Sur (L. A. Sánchez, Breve historia... 217, 227-228). En 1768 en la colonia británica de Jamaica hay 167.000 negros por 18.000 blancos, es decir, diez negros por un blanco (Klein 44). Describiremos este proceso con ayuda de dos cuadros (Klein 173-175).

1. Población negra en América a fines del siglo XVIII

Región esclavos libres total

-Brasil 1.000.000 399.000 1.399.000

Caribe no ibérico, Colonias: 1.085.000 -francesas 575.000 30.000

-inglesa 467.000 13.000

-Estados

Unidos 575.420 32.000 607.420

-América

Hispana *271.000 650.000 921.000

Totales: 2.888.420 1.124.000 4.012.000

*Esclavos en México y América central, 19.000; Panamá, 4.000; Nueva Granada, 54.000; Venezuela, 64.000; Ecuador, 8.000; Perú, 89.000; Chile, 12.000; Río de la Plata, 21.000.

2. Población negra en América entre 1860 y 1872

Región esclavos libres total

-Estados Unidos (1860)

3.953.696 *488.134 4.441.830

-Brasil (1872)

1.510.806 4.245.428 5.756.234

Caribe hispano

-Cuba (1861)

370.553 232.493 603.046

-Puerto Rico (1860)

41.738 241.037 282.775

Totales: 5.876.793 5.207.092 11.083.885

*De estos negros libertos, 261.918 residían en los estados esclavistas del sur. Y en esos años (1860) los Estados Unidos tenían 31 millones de habitantes (+C. Pereyra, La obra... 269).

Estos cuadros estadísticos de la esclavitud negra en América explican no poco algunas cuestiones comparativas, pues las enormes diferencias cuantitativas que se aprecian de unas a otras regiones proceden y al mismo tiempo causan ciertas diferencias cualitativas.

La esclavitud en América fue abolida a lo largo del siglo XIX, aunque se mantuvo de hecho en ocasiones después de las prohibiciones legales, al ser éstas bastante tiempo ineficades.

«Chile y México destacan por haber declarado la emancipación plena desde el primer momento. Chile liberó a sus 4.000 esclavos incondicionalmente en 1823; fue, al parecer, la primera república americana en hacerlo. México, que antes de su independencia conservaba 3.000 esclavos, emancipó a todos a principios de la década de 1830» (Klein 160). Estados Unidos liberó a los esclavos en 1863. Y en 1888 Brasil «decretó la emancipación inmediata y sin compensación de todos los esclavos. Caía así el más vasto régimen esclavista sobreviviente. Con él terminó la esclavitud americana» (163).

 

Suavización hispana de la esclavitud negra 

En opinión de Vila Villar, «»sorprende ver -escribe Jaramillo Uribe- la situación de inferioridad en que se encontraba el negro ante la legislación colonial, especialmente cuando se le compara con la que tuvo el indígena». En efecto, a partir de la aplicación de las Leyes Nuevas y la consiguiente política de protección al indio se cargaron sobre el negro las tareas más duras. En toda la legislación indiana de los siglos XVI y XVII apenas algunas normas humanitarias aparecen al lado de las disposiciones penales más duras. Lo cual contribuyó a crear una mentalidad de represión continua conseguida mediante una conducta de crueldad, tortura y malos tratos» (Hispanoamérica... 237). 

El profesor Kamen, en cambio, afirma que «no se puede dudar que la legislación española para los negros, como para los indios, era la más progresista del mundo en aquella época» (+Cortés López 188). En realidad, como señala Elena F.S. de Studer, «no existió un cuerpo legal que reglamentara la situación del esclavo hasta la R. C. de 31 de mayo de 1789, que vino a constituir el Code Noir de la monarquía española. Al implantarse la esclavitud en América, las relaciones entre el amo y el esclavo se rigieron por Las Siete Partidas, título XXI» (333).

La esclavitud negra fue en el mundo hispano más suave que en otras zonas de América. Es ésta, al menos, la opinión de autores importantes. El cubano José Antonio Saco, en su monumental Historia de la esclavituddesde los tiempos más remotos hasta nuestros días, después de treinta años de investigación sobre el tema, llegó a concluir que «la crueldad no fue el signo distintivo de la esclavitud de los negros en las posesiones españolas, sobre todo en ciertos países del continente» (+Tardieu, Le destin des noirs...317).

Ésta fue también la opinión del brasileño Gilberto Freyre, reafirmada por Frank Tannenbaumen su libro Slave and Citizen: the Negro in the Americas (1947), y compartida también por Elsa Goveia y Herbert S. Klein (+Tardieu 315-320), y más recientemente, en su estudio sobre Los africanos en la sociedad de la América española colonial, por Frederick P. Bowser (AV, Hª de América Latina 138-156).

Ciertamente, fueron grandes las diferencias en el trato de los esclavos negros según épocas y zonas. Elena F. S. de Studer, estudiando La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII, afirma: «El trato que los negros recibieron en estas regiones fue humano y benévolo. Los cronistas y viajeros están de acuerdo en afirmar que los esclavos porteños eran considerados por sus amos con bastante familiaridad, recibiendo muchos de ellos no sólo el apellido sino hasta la libertad y bienes. Su suerte no difirió, en general, de la de los blancos pobres. La mayoría murió sin haber recibido un solo azote, no sabían de tormentos, se les cuidó durante la enfermedad, y como el alimento principal, la carne, era muy barata, y se les vestía con las telas que ellos mismos fabricaban, siendo muy raro el que trajera zapatos, se mantenían con facilidad. Hubo, sin duda, excepciones, pero si alguna vez fueron maltratados, intervenía la autoridad y el esclavo era vendido a un amo más humano» (331-332).

Las causas de esta menor dureza de la esclavitud negra en Hispanoamérica son bastante claras:

-La condición religiosa católica, común a blancos, negros o indios, contribuye también, sin duda, a suavizar el horror inherente a la esclavitud, fomentando el respeto a la dignidad personal del esclavo. «El Estado y la Iglesia reconocían la esclavitud como nada más que una desafortunada condición secular. El esclavo era un ser humano que poseía un alma, igual que cualquier persona libre ante los ojos de Dios» (Bowser 147). Las cofradías religiosas de negros tuvieron gran importancia en la América española, como las irmandades en el Brasil. Por el contrario, la esclavitud negra de América fue muchísimo más dura donde apenas hubo empeño por evangelizar a los africanos.

-La liberación de esclavos era muy recomendada por la Iglesiacatólica. Ermila Troconis de Veracoechea, estudiando la esclavitud negra en Venezuela, dice que «era una modalidad muy común de muchos amos libertar a sus esclavos [por testamento] en el momento de su muerte; este sistema de manumisión la hacía el testador con el fin de sentirse exento de cargos de conciencia y morir así en paz y sin remordimientos» (XXXIV).

En efecto, la frecuencia de la manumisión en los esclavos de la América española queda reflejada en los documentos notariales, en los testamentos, y hemos tenido muestra patente de ella en los dos cuadros estadísticos más arriba transcritos, que consignan la proporción entre los negros esclavos y libres de América según las regiones. Este es un dato de mucha importancia, pues puede establecerse como regla general, por razones obvias, que el trato peor de los esclavos se dio en América donde los negros esclavos eran muchos más que los libres, y el mejor donde los negros libres eran muchos más que los esclavos.

Bowser, por ejemplo, nos informa de que en el período comprendido entre 1524 y 1650, fueron liberados incondicionalmente en Lima un 33’8 % de esclavos africanos, en la ciudad de México un 40’4 %; y en la zona de Michoacán, entre 1649 y 1800, un 64’4 % (146).

-La adquisición de la libertad, por otra parte, no era obstruída legalmente por condiciones casi insuperables, pues ya desde las Siete Partidas medievales venía favorecida en la legislación hispana.

Y así vemos, con los mismos datos de Bowster que acabamos de citar, que el resto de negros esclavos compró por sí mismo la libertad, o fue comprada por un tercero, en Lima un 39’8 %, en México el 31’3 %, y en Michoacán el 34 % (153-154). Y téngase en cuenta que las ciudades de Lima y México tenían por esos años las mayores concentraciones de negros del hemisferio occidental (146).

-Los prejuicios sociales y raciales en el mundo hispánico, al ser éste católico, fueron y son siempre mínimos, al menos en relación a otros marcos culturales. Estima Bowser que «las investigaciones de otros estudiosos parecen confirmar la afirmación de Tannenbaum de que los latinoamericanos aceptaban de buena gana la presencia de negros libres, para asimilarlos a una sociedad más tolerante (aunque en sus niveles más bajos) e incluso otorgarles cierto respeto como artesanos o como oficiales de la milicia. No hubo linchamientos en Hispanoamérica, y la ruidosa oposición a los negros libres que prevaleció en el sur de los Estados Unidos no llegó, ni mucho menos, a un extremo parecido, aunque eso no niega una gran dosis de sutiles prejuicios» (154).

A este propósito transcribe Madariaga las impresiones escritas por un observador inglés en el Buenos Aires de 1806: «Entre los rasgos más estimables del carácter criollo ninguno sobresale más que su conducta para con sus esclavos [negros]. Testigos con frecuencia del duro trato que a estos semejantes nuestros se da en las Antillas inglesas, de la total indiferencia para con su instrucción religiosa que allí se observa, les llamó al instante la atención el contraste entre nuestros estancieros y estos sudamericanos» (Auge 419). Y añade Madariaga: «Por muy cruel que haya sido un español con un indio o con un negro, jamás le infirió insulto o maltrato alguno que no hubiera sido capaz de inferir a otro español en circunstancias análogas» (424).

Fuera del mundo hispano-católico, el trato del indio o del esclavo negro tuvo una dureza mucho mayor; pero además con una diferencia no sólo cuantitativa, sino cualitativa.

El mismo Madariaga da referencia de cómo en 1830, en las Indias occidentales holandesas, el gobernador de Surinam ordenó en una pragmática «que ningún negro fumara, cantara o silbara en las calles de Paramaribo; que al acercarse un blanco a cinco varas todo negro se descubriera; que no se permitiera a ninguna negra llevar ropa alguna por encima de la cintura, que era menester que llevasen los pechos al aire, y sólo se les toleraba una enagua de la cintura a la rodilla» (424). El capitán Alexander, que publica en 1833 sus impresiones tras un largo viaje por América, describe en términos patéticos la pena de azotes con látigo que podían sufrir los esclavos negros en la América holandesa, en tanto que «un inspector holandés lo contempla todo fumando su pipa con tranquilidad. Cualquiera [allí] puede mandar un negro a la cárcel y hacer que le den ciento cincuenta azotes mediante pago de un peso» (107).

Y en las Antillas británicas o en los Estados Unidos el desprecio racial no fue menor. James Grahame, en su historia de los Estados Unidos y de las colonias británicas, habla en 1836 de indios y negros, quizá influido por las recientes tesis de Darwin, llamándoles «las dos razas degeneradas» (Madariaga 425).

De Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos y liberador de los negros (1863), cuenta Julien Green que en su momento «apoyaba la vieja idea humanitaria de Henry Clay de enviar a Liberia a toda la gente de color para devolverles la libertad, sus costumbres y su tierra de origen». En un discurso en Charleston, Illinois, decía en 1858: «No soy partidario -nunca lo he sido, bajo ningún concepto- de la igualdad social y política entre la raza blanca y la raza negra... Existe una diferencia física entre ellas que les impedirá, siempre, vivir juntas en igualdad social y política. Existe naturalmente una situación de superioridad e inferioridad, y mi opinión es asignar la posición de superioridad a la raza blanca» (Las estrellas del Sur, 477, 519).

Una mentalidad como la de este distinguido antiesclavista ha sido y es completamente ajena a la propia del mundo hispano-católico americano.

-Por último, la profusión del mestizaje entre blancos y negros, característica de las Indias hispanas desde un comienzo -el caso por ejemplo de los padres de San Martín de Porres-, es a un tiempo efecto de la ausencia de prejuicios raciales y sociales, y causa de que éstos no se produzcan o se den con más suavidad. «Esta mezcla ha traído como consecuencia la ventaja de la falta de prejuicios raciales en los países hispanoamericanos, lo cual bien podría calificarse de herencia cultural de los primeros españoles conquistadores» (Troconis XIX).

La realidad es que en el mundo católico hispano-lusitano, nunca llegó a formarse un abismo infranqueable entre los hombres blancos y los de color. Mientras que, por ejemplo, en los Estados Unidos o en Sudáfrica la diferencia entre negro y blanco ha sido neta y abismal, en la zona iberoamericana, incluso en el campo terminológico, había una «escala resbaladiza» -mulatos, tercerones, cuarterones, quinterones, zambos o zambahigos, pardos o morenos, castizos, chinos, cambujos, salta-atrás, chamizos, coyotes, lobos, etc., etc.-, por la cual siempre era posible subir o bajar.

Pero vengamos ya a conocer la vida del gran San Pedro Claver, el jesuita que se hizo esclavo de los esclavos.

Un catalán de Verdú

En Cataluña, en el Valle de Urgel, provincia de Lérida, está el pueblo de Verdú, que a finales del XVI tenía unos 2.000 habitantes. Allí, en una hermosa masía, donde vivía un matrimonio de ricos labradores, Pedro Claver y Minguella y Ana Corberó y Claver, nació en 1580 San Pedro Claver. Su padre fue alcalde y regidor primero del pueblo. Y él fue el menor de varios hermanos, llamados Juan, Jaime e Isabel. Seguiremos su vida atendiendo a la biografía escrita por Angel Valtierra - Rafael M. de Hornedo.

Teniendo Pedro trece años, murió su madre, y poco después su hermano Jaime. El padre volvió a casarse, con Angela Escarrer, y muerta ésta, contrajo terceras nupcias, con Juana Grenyó. No parece que estos acontecimientos enfriaran en Pedro su cariño a la familia, pues en una carta a ella dirigida desde Mallorca se expresaba en un tono muy confiado y afectuoso.

De chico habría estudiado sus primeras letras con los beneficiados de la iglesia parroquial, y muy pronto sintió la vocación eclesiástica, pues a en 1595 recibió del Obispo de Vich la primera tonsura en Verdú. Y viendo sus padres esta inclinación vocacional, en el año 1596 o 1597 enviaron a Pedro a Barcelona, al estudio general, como estudiante externo. Allí realizó tres cursos de gramática y retórica. En 1601 ingresó en el Colegio de Belén, de los jesuitas.

En la Compañía de Jesús, con vocación de esclavo

Estando en el Colegio de Belén, de Barcelona, se decidió Pedro a ser jesuita, y en 1602, con veintidós años, entró en el noviciado de Tarragona. Los dos años que allí vivió marcaron en él la espiritualidad ignaciana para siempre.

La Compañía de Jesús, por esos decenios, estaba en plena expansión. Por esos años, concretamente al morir San Ignacio en 1556, la Compañía tenía ya unas cien casas y unos mil religiosos. Y en 1615, a la muerte del padre Aquaviva, cuarto General, había unos 13.000 jesuitas distribuídos en 372 colegios, 156 residencias y 41 noviciados. El ímpetu misionero de los jesuitas, encabezado por San Francisco de Javier (1506-1552), fue desde un principio formidable, de tal modo que ya muy pronto se extendieron por todo el mundo cristiano y por las misiones. Desde el último cuarto del siglo XVI desplegaron su gran fuerza misional por toda América.

El hermano Nicolás González, que acompañó a San Pedro Claver en Cartagena durante veintidós años, cuenta que cuando el padre hizo en 1604 sus votos, escribió en un cuaderno de notas que llevaba siempre consigo: «Hasta la muerte me he consagrar al servicio de Dios, haciendo cuenta que soy como esclavo que todo su empleo ha de ser en servicio de su Amo y en procurar con toda su alma, cuerpo y mente agradarle y darle gusto en todo y por todo».

Al realizar con tanto amor esta consagración personal al Señor, el padre Claver tenía veinticinco años, y según un contemporáneo era un hombre «esforzado, enérgico y robusto, con un rostro perfecto y regular, iluminado por ojos grandes y negros, por los cuales brota el fuego de su alma juvenil, cuerpo con una gran entereza física, aún no gastado y atenazado por aquella melancolía que será típica en sus últimos años».

Durante un año en Gerona completó sus estudios de latín, griego y oratoria. Ya estaba entonces espiritualmente maduro para un encuentro decisivo, dispuesto para él en Mallorca por la providencia amorosa de Cristo.

San Alonso Rodríguez (1531-1617)

Los tres años que San Pedro Claver pasó en la isla de Mallorca, en el Colegio de Montesión, realizando sus estudios eclesiásticos con los jesuitas, fueron recordados por él siempre como «los más bellos de su vida», y no tanto por el encanto fascinante de aquellos lugares, o por la calidad de los estudios, sino ante todo por su amistad espiritual con el hermano portero de la casa, el jesuita San Alonso Rodríguez.

Este santo anciano, que allí vivía y servía desde 1571, tenía entonces setenta y tres años venerables. Nacido en Segovia en 1531, fue durante toda su vida religiosa, es decir, durante cuarenta y siete años, portero de Montesión. Murió en 1617, fue beatificado en 1824, y canonizado, al mismo tiempo que San Pedro Claver, en 1888.

Al llegar a Mallorca, Pedro Claver no estaba muy seguro de su vocación sacerdotal, ni tenía idea apenas de lo que el Señor quería hacer con él. En cuanto llegó a Montesión, dice el hermano Nicolás González, «tuvo permiso para hablar todas las noches un cuarto de hora a solas con Alonso sobre el modo de adquirir la perfección evangélica», y allí fue, por mediación de San Alonso, donde el corazón de San Pedro recibió de Dios su orientación definitiva. Por su parte, aquel santo portero tenía un carisma especial para formar espiritualmente a los jóvenes jesuitas, y para suscitar en ellos vocaciones misioneras hacia las Indias.

En este tiempo tuvo Alonso, acompañado de su ángel de la guarda, una visión del cielo, donde vio un precioso trono vacío, y oyó que le era dicho: «Éste es el lugar preparado para tu discípulo Pedro Claver en premio de sus muchas virtudes y de las innumerables almas que convertirá en las Indias con sus trabajos y sudores». Nada de esto dijo San Alonso a Pedro, pero ya, con más seguridad interior, le fue hablando del apostolado misionero en las Indias: «Cuántos que están ociosos en Europa -le decía con lágrimas en los ojos- podrían ser apóstoles de América»... Y le añadía: «¡Oh, que la caridad de Dios no haya de surcar aquellos mares que ha sabido hendir la humana avaricia!».

Ya llegaban por entonces muchas noticias de los grandes misiones llevadas adelante por la Compañía de Jesús entre los indios. Tantos pueblos nuevos, tantos hombres que todavía ignoraban el amor de Cristo y la fuerza salvadora de su Espíritu... «Pues qué, ¿no valen también aquellas almas la vida de un Dios? Por ventura, ¿no ha muerto El también por ellas? Ah, Pedro, hijo mío amadísimo, ¿y por qué no vas tú también a recoger la Sangre de Jesucristo? ¡No sabe amar el que no sabe padecer, y allá te espera, y ay si supieses el gran tesoro que te tiene preparado!».

Hombre de pocos libros

Terminado el trienio de Mallorca, en 1608 fue Claver a Barcelona para estudiar teología durante dos años. El padre Gaspar de Garrigas, su condiscípulo, escribirá del padre Pedro acerca de ese tiempo: «No le vi quebrantar ni faltar en la observancia de ninguna regla, por mínima que fuese. En todo trataba de imitar al santo hermano Alonso Rodríguez».

San Pedro Claver, siguiendo la norma ignaciana, non multa, sed multum, hizo su lectura espiritual mucho más a fondo que en extensión. En su celda de Cartagena, según cuenta el hermano Nicolás, tenía unos pocos libros en los que leía siempre.

La biblioteca básica del padre Claver estaba compuesta por el Evangelio, San Bernardo, el Kempis, escritos de Santa Teresa, las Meditacionesde los misterios de nuestra Santa Fe en la práctica de la oración mental sobre ellos, del padre La Puente (1605), el Libro de la guía de la virtud y de la imitación de Nuestra Señora, tres volúmenes editados en Madrid (1624-1646), y otro, con 160 grabados, del padre Bartolomé Ricci, Vita D. N. Iesv Christi, impreso en Roma (1607). Otro libro que alegró mucho al padre Claver en su última enfermedad, fue el escrito por el padre Francisco Colín, catalán: Vida, hechos y doctrina del Venerable Hermano Alonso Rodríguez, publicada en Madrid (1652). «Bendito sea Dios -dijo nuestro Santo- que me ha dejado ver impresa cosa que tanto deseaba».

De todos modos, puede decirse en realidad que toda la lectura y meditación de San Pedro Claver podía concentrarse en el texto sagrado de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo: pensaba él «que no se debía leer otra cosa en el mundo». Y aún hubiera podido Claver dejar a un lado todos esos escritos referidos, y quedarse mirando sólamente el Crucifijo. Ese era su libro único, en el que el Señor se lo decía todo.

Un precioso cuaderno de avisos espirituales

San Alonso Rodríguez supo ciertamente que Pedro Claver iba a ser un gran santo. En Mallorca, antes de separarse de él, le dió, escrito de su mano, el Oficio parvo de la Inmaculada, que toda su vida guardó San Pedro, y rezó tres veces por semana. Y le dió además un cuaderno de avisos espirituales, también autógrafo. Pedro Claver, con especial licencia de sus superiores, lo recibió como un precioso tesoro, y siempre lo llevó consigo, hasta su última enfermedad, en que lo tuvo sobre su pecho.

Merece la pena que transcribamos aquí una selección de los avisos espirituales de San Alonso Rodríguez, hecha por A. Valtierra y R. M. de Hornedo (44-45), ya que en ellos tenemos una síntesis exacta de la espiritualidad vivida por San Pedro Claver. Esto es justamente lo que él vivió:

«Para buscar la voluntad de Dios es necesario que el hombre, en todos los casos, menosprecie hacer su voluntad; porque cuanto más muriere a sí mismo, tanto más vivirá a Dios; y cuando más se purgare de el amor suyo, y amor propio, tanto más abundará en el de Dios. Y para cumplir la voluntad de Dios, es menester que el hombre le ame; porque la medida del amor será el cumplimiento de la voluntad de Dios.

«No está la perfección del religioso en tener el cuerpo cerrado de paredes, sino en tener el alma acompañada de virtudes.

«Si quiere ganar mucho y bien hablar, hable de Dios siempre y con Dios, viviendo con El a solas humildemente.

«Hablar poco con los hombres y mucho con Dios.

«Antes de salir de casa, visite a Nuestro Señor en su templo y pídale que le acompañe y vaya siempre con El.

«Nunca comer cosa dulce, ni regalada, ni otra que la necesaria para sustentar la vida: quien admite el regalo del cuerpo pierde el del espíritu, y quien se regala con los hombres pierde los regalos de Dios.

«Gócese en los vituperios y estime los baldones, por los que Cristo sufrió por él; humíllese en las afrentas, pues merece más por sus pecados.

«Medite a menudo la pasión del Señor; acuérdese en cada hora lo que padeció por él y déle muchas gracias y pídale su cruz y llévela con gusto por su amor.

«Sirva a las misas siempre que pudiere, acordándose que los ángeles asisten y sirven al Señor que allí se ofrece; mírele en el altar, como en el Calvario, y ofrézcale con el sacerdote a su Eterno Padre.

«Sea muy devoto de la Santísima Virgen, amándola y sirviéndola de todo corazón; visítela muchas veces cada día; ofrézcale todas sus obras; récele su rosario y si pudiere sus horas; y no pierda ocasión de hacerle cualquier servicio; contemple sus virtudes, y anímese a imitarlas con la gracia de Dios.

«Sea también devoto del santo ángel de su guarda y de San Ignacio, nuestro padre, ámele como hijo, venérele como a padre y ponga a ambos por intercesores para alcanzar lo que pidiere a Dios.

«Velar mucho y dormir poco; cuanto se ahorra de sueño se añade de vida y merecimientos.

«Estudiar con cuidado lo necesario y no lo supérfluo; la ciencia conveniente aprovecha, y la supérflua envanece.

«Busque en todas las cosas a Dios y le hallará y tendrá siempre a su lado».

Bajo la acción de la gracia de Dios, cumpliendo fielmente estas normas de vida, San Pedro Claver, convirtió y bautizó 300.000 esclavos negros en las Indias.

Claver a las Indias

Había en Sevilla una casa en la que se reunían los jesuitas que iban a partir a las Indias. Allí se juntó la expedición conducida por el padre Alonso Mejía, el cual dispuso que se ordenaran de subdiáconos los que ya tenían órdenes menores. El hermano Claver, con toda humildad, se excusó. Aún no le había mostrado claramente el Señor su vocación sacerdotal, ni siquiera a través del hermano Alonso. Este, según manifestó Claver poco antes de morir, le había comunicado claramente tres cosas: que él trabajaría con negros, en Nueva Granada, y concretamente en Cartagena. Pero, según parece, no más.

En abril de 1610, partió por fin la expedición, cuando Pedro Claver tenía treinta años, en uno de los 60 o 70 galeones que por entonces salían anualmente de Sevilla rumbo a las Indias. Cuando llegaron al puerto de Cartagena, la audiencia del Nuevo Reino de Granada comprendía Colombia y parte de Panamá, Venezuela y Ecuador, y un buen gobernador la presidía, don Juan de Borja, nieto de San Francisco. En el Colegio jesuita de Santa Fe de Bogotá, hasta 1613, Pedro Claver acabó sus estudios de teología, cobrando gran amistad con el profesor Antonio Agustín, que fue su padre espiritual hasta 1635.

Un año más, el de su tercera probación, en 1614, pasó Claver en el colegio que la Compañía tenía en Tunja, pequeña ciudad llena de encanto, sobria y ascética por entonces. Al noviciado jesuita que allí había legó antes de morir, como preciado tesoro, el cuaderno autógrafo de San Alonso. Y desde Tunja, en 1615, San Pedro Claver, a los treinta y cinco años, se dirigió por el camino de Honda, río de Magdalena y Mompox, a Cartagena, su destino final.

 

 

 Cartagena de Indias

En contraposición a Tunja, ciudad serena, y un poco triste, en la que predominaban los indígenas asimilados, Cartagena, el puerto fortificado que daba acceso a Nueva Granada, con sus muchos mestizos y negros, forasteros y comerciantes, era una ciudad revuelta y bulliciosa, en la que la caridad no podía ser ejercitada sino en forma heróica. Sumaba entonces Cartagena unos 2.000 españoles y 3 o 4.000 negros, muchos de ellos a la espera de ser vendidos y llevados a otros lugares. Por entonces, sólo en ella y en Veracruz estaba autorizada en América hispana la trata legal de negros.

El mismo Claver describe aquella ciudad: «Estos lugares son tan calurosos, que estando al presente en la mitad del invierno, se siente mayor calor que en la canícula. Los esclavos negros, en número de 1.400 en la ciudad, van casi desnudos. Los cuerpos humanos de continuo están bañados en sudor. Hay gran escasez de agua dulce, y la que se bebe es siempre caliente... Creo que en ninguna parte del mundo hay tantas moscas y mosquitos como en estas regiones; la mayor parte de los campos son pantanosos; el aire es poco propicio a la salud; los europeos se enferman aquí casi todos... No escribo esto apesadumbrado por haber venido, antes bendigoa Dios de haber secundado mi deseo de padecer algo por El. Sólo pretendo informaros de la calidad de estas partes del Nuevo Mundo.

«En cuanto a forasteros, ninguna ciudad de América, a lo que se dice, tiene tantos como ésta; es un emporio de casi todas las naciones, que de aquí pasan a negociar a Quito, Méjico, Perú y otros reinos; hay oro y plata. Pero la mercancía más en uso es la de los esclavos negros. Van los mercaderes a comprarlos a valiosísimos precios a las costas de Angola y Guinea; de allí los traen en naves bien sobrecargadas a este puerto, donde hacen las primeras ventas con increíble ganancia... A los esclavos que desembarcan por primera vez en Cartagena, gente sumamente ruda y miserable, acude la Compañía con toda caridad, pues para esto fue llamada acá en años pasados. Según muchos me dicen, yo será uno de los destinados a la obra de su catequización, y ya se trata de darme los intérpretes» (+Valtierra 63).

Padre Alonso de Sandoval (1576-1652)

La Providencia divina fue guiando la vida del padre Claver, y le acercó en cada momento la persona que necesitaba. Pues bien, lo que fue para él en Mallorca el hermano Alonso Rodríguez, como formador de su vida espiritual, eso fue el padre Alonso de Sandoval, para la orientación de su ministerio apostólico con los esclavos negros. En 1603 la Compañía de Jesús, con la ayuda de su buen amigo dominico Juan de Ladrada, Obispo de Cartagena, había iniciado en aquel puerto su presencia y servicio. Y el gran impulsor y organizador del apostolado con los esclavos negros fue el padre Alonso de Sandoval.

Su padre, contador de la Real Hacienda en Lima, tuvo doce hijos, de los que seis fueron religiosos. Alonso, nacido en Sevilla en 1576, ingresó en la Compañía de Jesús en Lima. Aunque muy inteligente, no obtuvo calificaciones demasiado altas, y a causa de su carácter algo fuerte y desabrido, y de la audacia de sus acciones apostólicas, se le negó siempre la profesión perpetua, aunque llegó a rector del Colegio de Cartagena en 1623.

Desde que el padre Sandoval fue asignado en 1605 a la joven fundación de Cartagena, hasta su muerte en 1652, casi toda su vida transcurre en este puerto, entregado en cuerpo y alma al servicio de los esclavos negros recién llegados o bozales, con una caridad y abnegación indecibles.

Alonso de Sandoval visitaba la cargazón de negros cuando llegaban los galeones, prestaba los primeros auxilios, averiguaba la lengua y procedencia de aquellos esclavos atemorizados, hacía unas catequesis de urgencia, bautizaba a los moribundos. Atendía después a los negros en las armazones, donde se formaba una verdadera Babel de lenguas diversas: angolas, congos, jolofos, biafaras, biojos, enau, carabali, etc. Sandoval llegó a distinguir más de setenta lenguas, y habló varios de los dialectos.

La Compañía, en esta situación, se vio obligada a comprar negros intérpretes, hasta dieciocho, algunos de los cuales, como el llamado Calepino, hablaba once lenguas diversas. El celo apostólico de Sandoval, su experiencia tan prolongada, su inteligencia y sentido práctico, quedaron expresados en una obra asombrosa, Naturaleza, policía sagrada i profana, costumbres i ritos, disciplina i catecismo evangélico de todos los etíopes, publicada en Sevilla en 1627, y conocida por el título De instauranda Aethiopum salute. Éste fue el maestro apostólico del padre Claver.

La Compañía de Jesús, que tan numerosos esclavos negros tuvo en América, mostró por ellos al mismo tiempo una muy especial solicitud. Con razón, pues, pudo el padre Sandoval, en el libro cuarto de la obra citada, tratar ampliamente De la gran estima que nuestra sagrada religión de la Compañía de Jesús siempre ha tenido, y caso que ha hecho del bien espiritual de los morenos, y de sus gloriosos empleos en la conversión de estas almas. Por lo demás, a nombres tan gloriosos como el de Sandoval o Claver, es preciso añadir el de otros jesuitas, como el del segoviano Diego de Avendaño (1594-1688), que pasó casi toda su larga vida en el Perú, desde 1610. Allí escribió la obra Thesaurus Indicus (1668), en defensa de los indios e impugnando con gran fuerza la esclavización de los negros (+Losada, 1-18).

Pedro Claver, sacerdote

El influjo de Sandoval sobre Claver fue, como el del Hermano Alonso, decisivo, para siempre. Y él fue también quien influyó para que Claver se ordenara, por fin, en 1616 sacerdote.

Pedro Claver, por otra parte, a la hora de su incorporación definitiva a la Compañía con la formulación de los cuatro votos, solicitó, por humildad, permanecer sin grado fijo. Pero no le aceptaron su petición, y en 1622, con mano firme, escribió la fórmula de su entrega personal, poniendo como introducción: «Amor, Jesús, María, José, Ignacio, Pedro, Alonso mío, Tomé, Lorenzo, Bartolomé [apóstoles de la raza negra], santos míos, patronos míos, maestros y abogados míos y de mis queridos negros, oídme». Seguía después la fórmula, y al final la firma: «Petrus Claver, ethiopum semper servus» (esclavo de los negros para siempre). Cuarenta años mantuvo la veracidad de esta firma.

Esclavo de los esclavos

Vivía Claver en un cuarto oscuro del Colegio de la Compañía, «el peor de todos», según un intérprete, pero que tenía la ventaja de quedar junto a la portería, lo que le permitía estar listo para el servicio a cualquier hora del día o de la noche. Para su ministerio de atención a los esclavos negros tenía la colaboración de varios intérpretes negros, Sacabuche, Sofo, Yolofo, Biafara, Maiolo, etc., y sobre todo la ayuda del hermano Nicolás, que estuvo con él veintidós años como amigo, colaborador y confidente, y que fue su primer biógrafo, pues su testimonio en el Proceso ocupa unas 180 páginas.

En los días más tranquilos, el padre Claver, acompañado de alguno de estos colaboradores, se echaba al hombro unas alforjas, y se iba a pedir limosna -dinero y ropas, frutas y medicinas- para sus pobres negros en las casas señoriales de la ciudad. Allí tuvo muchos amigos, lo que le permitió distribuir al paso del tiempo una enorme cantidad de limosnas.

San Padre Claver llegó a Cartagena de Indias en 1610, y trabajó con los esclavos negros hasta 1651, año de su última enfermedad. Y el tráfico de negros, por mandato de la Corona española, quedó suspendido entre los años 1640 y 1650. Calcula Angel Rosemblat que en 1650, en toda América, había unos 857.000 africanos, incluyendo en el número a los negros libres; y «según un detallado documento de la época -informa la profesora Vila Villar-, en toda la América española habría hacia 1640, 327.000 esclavos, repartidos de la forma siguiente: México (80.000), América Central (27.000), Colombia (44.000), Venezuela (12.000), Región Andina (147.500) y Antillas (16.000) (Hispanoamérica... 226-227).

La misma investigadora nos informa, en el apéndice 4º de su libro, acerca de los Navíos negreros llegados al puerto de Cartagena desde 1622 a 1640 -en 1633-1635 no llegó ninguno-. En este tiempo llegaron 119 barcos, es decir, unos 8 cada año, que trajeron del Africa 16.260 esclavos. Desembarcaron, pues, en Cartagena unos 1.084 negros cada año; y cada barco, como media, trajo 137 negros; el que más, 402, y el que menos, 44. Los traficantes eran todos por esos años portugueses, y los barcos traían su carga humana de Angola (76), Guinea (25), Cabo Verde (7), Santo Tomé (5) y Arda (2).

El padre Claver, era cosa sabida, tenía ofrecidas misas y penitencias a quienes le avisaran primero la llegada de algún galéon negrero. Entonces se despertaba en él un caudal impetuoso de caridad y como que se transfiguraba, según dicen, «se encendía y ponía rojo». Iba al puerto a toda prisa, entraba en el galeón, donde el olor era tan irresistible que los blancos, ni los mismos capitanes negreros, solían ser capaces de resistir un rato. El se quedaba allí horas y horas, y lo primero que hacía era abrazar a los esclavos negros, especialmente a los enfermos, acariciar a los niños, entregarles todo lo que para ese momento llevaba en una bolsa de piel colgada con una cuerda bajo el mateo: dulces, frutas, bizcochos.

En seguida, con ayuda de sus intérpretes, averiguaba sus procedencias y sus lenguas. Los negros, que llegaban enfermos y extenuados, después de meses de encierro y navegación, y que estaban aterrorizados ante un porvenir desconocido -muchos temían ser devorados-, quedaban asombrados y seducidos por la caridad extrema que les mostraba aquel hombre extraño, envuelto en su manteo negro.

Muchos de los esclavos procedentes del Africa morían en el viaje, generalmente a causa de la disentería, o a epidemias de viruela, sarampión u otras. «Una mejor información sobre las dietas alimenticias y la inoculación contra la viruela» hicieron bajar la tasa de defunción más tarde: «De un 20 por ciento antes de 1700, ésta cayó a un 5 por ciento entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX». Aun con esto, «las tasas de mortalidad, comparadas con las de otros viajeros contemporáneos, no dejan de ser elevadas. Los esclavos disponían, en efecto, a bordo de la mitad del espacio asignado a soldados, emigrantes y penados, y sus instalaciones sanitarias eran, por supuesto, las más rudimentarias» (Klein 95).

Catequesis y bautismos

En cuanto era posible, el padre Claver iniciaba la obra de evangelización y catequesis de aquel millar de negros que anualmente llegaban a Cartagena. Horas y horas, cuatro, seis, lo que fuera preciso, se dedicaba a hablarles de Cristo y de la redención, ayudándose de dibujos y estampas, con el auxilio de los intérpretes, que cada tanto tiempo, agotados y mareados por el ambiente asfixiante, habían de ser relevados, en tanto que él seguía en su ministerio, como ajeno completamente a la mera posibilidad del cansancio.

Sus palabras y gestos pretendían la máxima expresividad. Por ejemplo, para explicar la conversión del hombre viejo en un hombre nuevo, «les decía, según cuenta el hermano Nicolás, que de la misma manera que la serpiente muda de piel, así hay que mudar de vida y costumbres, despojándose de la gentilidad y sus vicios, y al decir estas palabras el padre Claver, colocando el Cristo en su seno, con las manos se cogía la piel desde la frente hasta la cintura como desgarrándose y como si quisiese arrancar la piel, y los moros hacían lo mismo... con tanto fervor que parecía que se despojaban verdaderamente de la piel y la revestían de la fe. Era el hombre nuevo».

Era muy riguroso en los exámenes que precedían al bautismo, dedicaba horas interminables al trato directo y personal, prestando especialísima atención a los enfermos más graves. Una vez administrado el bautismo, sigue contando el hermano Nicolás, y «acabada la instrucción, sacaba del seno un crucifijo de bronce que llevaba consigo y lo alzaba y explicaba la fuerza de la redención con fervor. Hacía que se pidiera perdón a Dios y él mismo se golpeaba el pecho con la izquierda, y los negros lo mismo: «Jesucristo, Hijo de Dios, tú eres mi Padre y mi Madre a los cuales tengo yo gran afecto, me duele en el alma de haberte ofendido», y repetía muchas veces: «Señor, yo te tengo gran amor, grande, grande»..., con golpes y lágrimas».

Las catequesis y pláticas con los negros solía tenerlas en «un cuarto bajo muy oscuro, húmedo, lleno de bancos, que estaba junto a la portería. Allí hacía sentar a los negros frente a un gran cuadro de Cristo. Delante había una mesa con una vela que aclaraba el cuarto, cuyo resplandor iluminaba el libro de imágenes, que tenía siempre, de la vida de Cristo [el del padre Ricci], e igualmente la figura de un alma condenada que traía del confesonario donde la tenía siempre fija». Tenía Claver, quizá por el recuerdo de su amado hermano Alonso, especial querencia hacia la portería, y siempre que podía -en Bogotá, en Tunja, y ya de sacerdote en Cartagena- se ofrecía al portero para suplirle durante la siesta. Allá se entretenía con negros y pobres, con esclavos y «prisioneros herejes» -ingleses, sobre todo, corsarios, contrabandistas, desertores o apresados-, enseñándoles oraciones, rezando con ellos, o dándoles de comer. En ocasiones señaladas, organizaba para toda esta pobre gente «banquetes espléndidos a la puerta del colegio, haciendo preparar la comida por algunos devotos, por ejemplo en casa de Isabel de Urbina o del capitán Andrés Blanquer».

El mismo San Pedro Claver nos ha dejado descritas, con rasgos vivísimos, sus actividades en cartas e informes diversos. Su mayor compasión suele expresarla cuando refiere actividades suyas en los armazones donde se acumulaban de mala manera los negros recién llegados. En una ocasión cuenta: «Después de haber gastado con ellos [con dos enfermos] muchas horas, salí a tomar un poco de aire, y luego me fueron a llamar, diciendo que uno de los dos enfermos se había muerto. Volví, y ya la habían sacado al patio. Quedé lastimado. Dije le metiesen dentro y estúveme con él, y quiso el Señor que al cabo de un rato volvió en sí, cobrando tanta mejoría que respondía mejor que los sanos. Bauticé a los dos solos con grandísimo gusto y agradecimiento a Dios».

El hermano Nicolás conoció un papel en el que el padre Claver, por escrito y ante Dios, se comprometía a consagrarse de por vida al servicio material y espiritual de los negros. Con tan apasionado amor les quería que, cuando la trata de negros cesó casi por completo al final de su vida, por la separación de Portugal y España, anduvo soñando con irse a misionar a las mismas costas de Africa, de donde habían venido los que él había conocido y amado.

En sus cuarenta años de servicio apostólico a los esclavos llegó a bautizar 300.000. La cifra parece increíble, pero es cierta. Cuenta el hermano Nicolás en el Proceso: «Yo le pregunté al padre unos años antes que muriese cuántos negros había bautizado en este tiempo que ejercitaba su ministerio, y me respondió que según su cuenta más de 300.000, y pareciéndome a mí muchos», comenzaron a hacer cuentas y cálculos, y «vine a conocer con realidad y certeza que el padre había dicho la verdad».

Enfermos y muertos

El padre Antonio Aristráin, historiador, dice: «No sabemos si en la historia de la Iglesia se hallan prodigios de caridad corporal como los que se cuentan de este santo varón». Cuando el padre Claver, tras diez horas de trabajo durísimo, después de haber agotado a varios intérpretes, regresaba extenuado a la portería, encontraba en ella a veces una nueva solicitación urgente, a la que siempre se mostraba dispuesto: «Precisamente llegáis en buena hora, tengo un rato perfectamente desocupado». Y allá se iba, vacilante, envuelto en su manteo raído, sacando fuerzas sólo de Cristo.

El manteo del padre Claver llegó a ser famoso, y de él se habla en el proceso más de trescientas veces. Con él envolvía a los enfermos mientras les arreglaba el catre, con él cubría a las negras cuando las confesaba, con él secaba el sudor de los enfermos... Cuenta un intérprete que hubo día en que fue necesario lavarlo siete veces. Aquel manteo, de color ya indefinido, que él vestía sin repugnancia alguna, envolviendo y cubriendo a los miserables, no era sino un signo gráfico de su amor sin medida.

Todo lo que San Pedro Claver pretendía era, precisamente, esto: manifestar y comunicar el amor de Cristo a los hombres. Para eso servía y limpiaba a los enfermos, los abrazaba y los llevaba en sus brazos. Para eso, barría las salas escoba en mano, hacía las camas, servía de comer, fregaba los platos, abrazaba a los apestados, y llegaba a besar -muchas veces lo hizo- las llegas de los leprosos. Sus colaboradores, a veces, se le echaban atrás, vencidos por la repugnancia, y el padre trataba de retenerles. A una intérprete biafara que en una ocasión se le echaba atrás, le dijo: «Magdalena, Magdalena, no se vaya, que éstos son nuestros prójimos redimidos con la sangre de Nuestro Señor Jesucristo».

El lugar preferido de Claver, donde tenía su querencia, era el hospital de San Lázaro, que acogía unos 70 leprosos. Para éstos guardaba los obsequios mejores que le hacían. A uno, especialmente repugnante, a quien nadie se le acercaba, le ponía sobre sus rodillas para confesarle. Con estos enfermos extremaba la expresión física de su cariño, y cuando trataba con ellos, los abrazaba siempre uno a uno. Eran los momentos en que su rostro, habitualmente triste, brillaba de alegría. Pocos días antes de morir, estando impedido de pies y manos, allá quiso ir, a San Lázaro, a despedirse de sus leprosos.

A los negros difuntos les conseguía mortaja y ataud, cirios y un entierro religioso digno, cosa que conmovía especialmente a los esclavos, que se veían tan abandonados. «Una pobre esclava llamada Magdalena, de la casta Brau, murió en tal pobreza que no tenía ni ataúd ni paño de difunto. Acudió Claver, recitó los responsos, extendió su manteo, tomo el cadáver y lo puso sobre él, asistiendo con una vela en la mano hasta el final de la ceremonia».

Presos y condenados a muerte

«Yo le acompañé muchas veces al padre Pedro Claver, cuenta el hermano Rodríguez, cuando iba a visitar, confesar y consolar a los encarcelados, lo cual hacía con gran devoción y caridad; les daba pláticas muy afectuosas exhortándoles a la paciencia y a la confesión, y allí, sentado en el altar, les confesaba. Luego ellos le hacían sus encargos, que él cumplía con fidelidad, pues tenía varios abogados amigos».

Su caridad con los presos se hacía extrema cuando alguno de ellos era condenado a muerte. En efecto, él iba por lo derecho, y tras dar un abrazo al sentenciado, le decía: «Hermano mío, se acerca el día de tu muerte, ánimo». Seguidamente, les ayudaba al arrepentimiento y la confesión, les exhortaba y animaba, y como atestigua el intérprete Sacabuche, «trataba con ellos días enteros». Les daba frutas, vino, alguna golosina, y con ello, algún libro para la buena muerte, sin olvidar unos cilicios, como todos los testigos cuentan: «Sufre, hermano, ahora que puedes merecer».

Cosa notable: condenados a muerte, preparándose a morir ceñidos de cilicios. Y cosa más notable: los sentenciados comprendían y recibían tan singular tratamiento. De hecho, era común que, en su último trance, en aquella hora dramática, todos querían recibir la atención de Claver, todos buscaban la confortación de su caridad, a la vez tan tierna y tan fuerte.

Para el entierro de un sentenciado a muerte, movilizaba Claver a sus amigos, conseguía limosnas, llamaba a músicos. La cárcel quedaba junto a la catedral, y en ésta se hacían los funerales. «Esos días el padre Claver movía toda la música de la catedral -cuenta Pedro Mercado, un sacerdote- y todos los instrumentos del colegio, pífanos, bajos, cornetas. Entre los intérpretes esclavos negros del santo había buenas voces... Fácil es comprender la estima y amor que estas delicadezas despertaban entre esos pobres, que lo habían perdido todo en vida y en muerte».

Amigo de sus amigos

San Pedro Claver suscitó desde joven muchas y profundas amistades. Fue muy querido de sus amigos porque supo quererles. Trató con mucho cariño, por ejemplo, a sus intérpretes, de los que llegó a tener ocho o diez. El sólo consiguió hablar con dificultad el angoleño. Algunos de sus intérpretes, como José Monzolo, uno de sus más fieles colaboradores, fueron atendidos por él cuando llegaron esclavos en un galeón negrero, enfermos y aterrorizados, y se vieron fascinados por su caridad.

Otro de ellos, Francisco Yolofo, contaba: «Cuando caían enfermos los llevaba a su cuarto, les daba la ropa de su cama y compraba para ellos las medicinas más costosas». Le querían también mucho los niños, todos los negros, los pobres y los presos. Los enfermos miserables y los leprosos de San Lázaro contaban los días que duraban sus ausencias.

En todo caso, cuatro personas tuvieron un lugar muy especial entre las amistades de Claver: San Alonso Rodríguez, el padre Alonso Sandoval, el hermano Nicolás González (¿1615-1684?), nacido en Plasencia, y muchos años sacristán en Cartagena; y doña Isabel de Urbina, muy relacionada con la Compañía, pues tenía dos hermanos y dos sobrinos jesuitas. Doña Isabel, sobre todo cuando quedó viuda, le ayudó mucho, y como aquellas mujeres del Evangelio que seguían a Jesús, ella «le servía de sus bienes» (Lc 8,3), que no eran escasos.

Trato con los ricos

En este sentido, llama la atención que incluso entre los ricos y poderosos tuviera el padre Claver tantos amigos, siendo así que sacudía con fuerza sus conciencias, denunciaba sus lujos, se permitía a veces ciertas ironías sobre sus disposiciones para recibir la absolución, y les urgía tanto a la justicia y a la limosna.

Su declarada y patente opción por los pobres se revelaba -con enojo y protestas de algunos ricos- en la confesión. Como cuenta el hermano Nicolás, «mientras había negros esclavos, en vano había que intentar confesarse con él; después de éstos venían los pobres y luego, a falta de unos y de otros, los niños de la escuela. Sentía mucho que otra gente, y más si era autoridad, se mezclase entre sus humildes penitentes; a los caballeros decía que les sobraban confesores, y a las señoras que era estrecho su confesonario para guardainfantes, que sólo era capaz para los pobres negros». Notemos que el guardainfantes era un traje aparatoso, por el cual las señoras fieles a la moda lograban asemejarse a una mesa camilla.

«Muchos dueños usaron con el padre -dice Fernández- de grandes demasías», o como señala Andrade: Claver «tuvo que lidiar con los amos de los negros...; le hacían la guerra por las caricias y regalos que les hacía, le decían oprobios, injurias y palabras afrentosas, motejándole de imprudente y que les echaba a perder, porque con sus favores tomaban alas y se hacían insolentes, y como a enemigo suyo le cerraban las puertas de sus casas y le despedían con desdén. Todo lo llevaba con paciencia, hasta recabar licencia de aquellos amos para enseñar el camino del cielo a sus esclavos».

Alguna vez, es cierto, le falló la paciencia en el trato con los señorones. Cuenta el hermano Nicolás que «un día de la semana de pasión de 1644 entró en la iglesia una señora con galas impropias del tiempo y con el famoso vestido guardainfante. Apenas la vio Pedro Claver, que estaba acomodando a los negros junto a su confesonario, se dirigió a ella y le dijo que debía respetar este tiempo santo, y ella entonces, dirigiéndose cerca de la capilla del Milagro, empezó a gritar diciendo que el padre la había ofendido en público y la había afrentado. Yo la consolé lo mejor que pude, y dirigiéndome al padre le dije que no debía entrometerse en eso y que por causa de él iba a quedar la iglesia vacía.

«El padre rector oyó el alboroto; era el padre Francisco Sarmiento; bajó a la iglesia, y en presencia de todo el pueblo reprendió severamente al padre, diciéndole que los religiosos no eran los reformadores de los hábitos de las mujeres y que para eso estaba el confesonario o el púlpito. El padre Claver calló todo el tiempo.

«Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, estando yo como sacristán haciendo oración en la sacristía, entró él y cayendo de rodillas me besó los pies, diciendo que estaba como Judas a los pies de Cristo, y yo procuré disculparme de lo que le había dicho, diciéndole que procedía de mi celo de que todos vinieran a la iglesia. El padre, sin decir palabra, se levantó y fue a su confesonario».

Al hermano Lamparte le hizo un día la confidencia de que «tenía sólo dos penitentes españolas que confesaba fijamente y que éstas le daban más trabajo que todos los negros de la ciudad».

Mártir del confesonario

El mismo martirio que el franciscano Motolinía refería un siglo antes en México, lo vivía el jesuita Claver en Cartagena. Ordinariamente, entraba en su confesonario de cinco a ocho de la mañana. Pero en cuaresma o grandes fiestas, «era tal la multitud de negros y negras que venían, que este testigo -el hermano Nicolás- no sabe cómo tenía fuerzas, cuerpo ni espíritu para tanto, y más con una vida austera y rigurosa». Por otra parte, «la iglesia es muy húmeda por estar cerca del mar y estrecha y muy caliente. Hay mucho zancudo [mosquito]. En ella estaba el padre Claver toda la mañana y la mayor parte de la tarde en su confesonario estrecho y caluroso. Los cilicios le acompañaban».

En cambio, atestiguó Zapata de Talavera, para los penitentes «en el confesonario tenía una canastilla con algunos regalos, y con sus manos los daba a algunos negros o negras más enfermos, en especial dátiles y rosmarino».

«Algunas veces, añade un testigo, le sucedió sentarse a confesar a las ocho de la noche y no dejarle levantar hasta las once del día siguiente, de cuyo trabajo le sobrevinieron algunas veces desmayos que le quebraron las fuerzas para poder decir misa. En estos casos permitía algo que él consideraba muy regalado: el hermano Nicolás le aplicaba un poco de vinagre para reconfortarle».

«Hubo una peste de viruelas -refiere el hermano Rodríguez-, el padre Claver visitaba a todos, cansaba a tres o cuatro hermanos, iba con uno y cuando no podía caminar llamaba a otro: era incansable, infatigable. Al entrar, después de horas de trabajo, decía al portero que le llamaran por la noche para las confesiones, porque él estaba listo, y que los otros padres estaban cansados de las fatigas del día y era justo que reposasen. Las llamadas eran frecuentes. Al punto estaba en la portería [tenía la celda al lado para eso] y se presentaba al portero diciéndole que ya estaba vestido y listo. Siempre llevaba al cuello dos cajas de vidrio con los óleos».

Oración y penitencia

Una vida así, llevada sin descanso durante cuarenta años, parece cosa increíble, no tiene explicación humana, es un milagro diariamente sostenido. Efectivamente, la vida de San Pedro Claver es una prodigiosa manifestación continuada del amor de Cristo a los hombres: Cristo estaba en Pedro amando a los hombres de modo sobrehumano, porque Pedro había muerto totalmente a sí mismo, y dejaba que Cristo se manifestara y actuara plenamente en él. Esa es la clave de Claver, como la de todos los santos.

San Pedro Claver podía realizar esa milagrosa entrega diaria de caridad no a pesar de las horas que pasaba cada día con Cristo en oración, sino precisamente por ello.

«Todos los días -dice el hermano Nicolás- tenía continuadas cinco horas enteras de oración antes de salir a los ministerios, porque tomaba un ligero sueño al principio de la noche, y de las doce a la una se levantaba a gozar, como él decía, del silencio y quietud que Dios le daba, cuando todos dormían, y se ponía en oración hincado de rodillas o postrado en el suelo... y perserveraba de esta manera en la oración hasta que la tenían todos en la comunidad, empezando a la una y acabando a las seis de la mañana». El mismo hermano informa que «a veces se iba al coro, con más frecuencia quedaba en su cuarto». Solía orar sobre los salmos o el evangelio, y cuando la meditación era sobre el evangelio, abría la Vita Christi del padre Ricci, y ponía sus ojos sobre la estampa que ilustraba el pasaje. Siete testigos del Proceso afirmaron haberle visto en éxtasis.

San Pedro Claver podía realizar esa milagrosa entrega diaria de caridad no a pesar de las grandes penitencias con que se castigaba, uniéndose a la pasión del Crucificado, sino precisamente por ello.

El hermano Pedro Lomparte afirmó que el padre Claver «tenía un cilicio por todo el cuerpo de la cintura para arriba, como un hombre armado, y esto aun enfermo». El hermano Nicolás dice lo mismo: «Tan estrecho era este cilicio como si amarrasen un fardo para llevarlo de viaje». Y añade: «Tenía tres clases de disciplinas, un verdadero museo, con cuerdas duras que terminaban en pedazos de hierro. No llevaba camisa; la sotana venía directamente sobre el cilicio, que cubría su cuerpo». Andrade refiere que «nunca usó colchón, ni sábanas, ni almohada para dormir. Su cama era una estera vieja tendida en el suelo, y por gran regalo una piel de vaca, y en los últimos años, a causa de la vejez y achaques, se quitó aun esto, durmiendo en el desnudo suelo y con un madero por cabecera, sin piel ni estera». En lo referente a comer, «tomaba de ordinario, cuenta el hermano Nicolás, al mediodía un plato de arroz, una sopa de pan bañada en agua o vino. A la noche, un poco de arroz; hubo días en que su alimento era sencillamente pan en agua».

Sólo un hombre tan extremadamente penitente podía acercarse a los esclavos negros, a los presos, a los apestados, a los sentenciados a muerte, para mostrarles el Crucifijo, para afirmarles el valor redentor de la Cruz, para asegurarles del amor de Cristo. El padre Claver, tan pobre y penitente, situado, por ejemplo, junto a un condenado a la horca, daba la figura de otro desgraciado.

Así nos lo describe el hermano Gónzález: «El reo estaba sentado sobre una silla vecina al palo en donde se le debía colgar. El padre Claver, allí muy cerca en el suelo, con su sombrero desteñido de puro viejo, caídas las alas, rota la badana del forro que le daba en la cara, los ojos profundos enmarcados en dos líneas oscuras de espesas cejas. Estaba más serio que de ordinario». Él era un miserable más entre los miserables, y éstos podían aceptar su consolación, porque le veían hermano en el dolor. Él era, como Jesucristo, «un hombre de dolores, acostumbrado al sufrimiento» (Is 53,3). Por eso precisamente era, como Cristo, «el Consolador» de todos los hombres (Is 40,1; Lc 2,25).

Incomprendido a veces

En la primera biografía de San Pedro Claver, escrita en 1657, tres años después de su muerte, se le describe como hombre «mediano de cuerpo, el rostro flaco, la barba medianamente poblada, entre negra y cana, los ojos grandes y melancólicos, la nariz afilada, el color trigueño y con las penitencias y malos tratamientos del cuerpo estaba amarillo, como de hombre muy penitente».

Envuelto el padre Claver en su famoso manteo, cubierto por algo que dicen fue un sombrero, calzado siempre con zapatos de desecho, colgada al hombro una bolsa con toda clase de socorros para los pobres, aquel santo espantajo, a veces un tanto desabrido con los ricos, que convertía su celda en almacén para pobres, con vino y todo, que metía en su cama negros enfermos, que apenas comía nunca en la primera mesa, que llenaba portería y templo con negros y miserables, aunque era generalmente estimado como santo, no siempre era comprendido y aprobado, ni siquiera por sus compañeros jesuitas.

En realidad, el padre Claver fue muy estimado como santo y como apóstol por sus compañeros y superiores. Y si no tuvo cargos de importancia dentro de la Compañía fue porque no valía para ello. Una vez que le hicieron ministro, se vio pronto que no sabía mandar, y que se abrumaba a sí mismo tomando cargas para descargar a los otros. Muchos años, eso sí, hasta su última enfermedad, fue maestro de novicios de los hermanos coadjutores, director espiritual de la casa y prefecto de la iglesia.

Era San Pedro Claver muy estimado, sí, por sus hermanos religiosos. Sin embargo, «juzgaban muchos -refiere el padre Andrade- que no procedía según las reglas de la prudencia... Las reprensiones ácidas con palabras muy mayores y de vivo sentimiento que llevó de algunos superiores fueron muchas y muy graves, no una, sino muchas veces... Muchos, tomando ocasión de su paciencia y mansedumbre, le despreciaron y trataron ignominiosamente, llamándole ignorante, simple, impertinente, sin letras ni prudencia y que no sabía gramática». El solía responder a estos chaparrones con el silencio, o a veces poniéndose de rodillas y pidiendo perdón. Pero no parecía verse demasiado afectado, pues, a no mediar la obediencia, él seguía a su aire, que era el del Espíritu Santo.

Pasión y muerte

Nueve jesuitas murieron en Cartagena durante la peste de 1651. A causa de ella, Sandoval y Claver quedaron casi paralíticos, recluídos en la enfermería. Sandoval murió en 1652, pero Claver aún tuvo dos años de purgatorio. Quedó hecho un guiñapo: «las facciones desencajadas; las fuerzas, débiles; el movimiento, torpe, una especie de estatua de la penitencia -dice un testigo- con honores de persona».

Pero a esos sufrimientos se añadieron otros, quizá peores. El padre Fernández, que en 1666 publicó su biografía, dice que el padre Claver «pasó aquellos últimos años de su vida en sumo desamparo, remate el más precioso de la cruz de Cristo. Menos dos señoras, doña Isabel y doña Jerónima de Urbina, que siempre le fueron devotísimas, le olvidaron los de afuera como si no hubieran conocido tal hombre».

La peste había dejado la Casa con muy pocos religiosos, y el muchacho bozal que le atendía en la enfermería «un día le dejaba sin bebida, otro sin pan, muchos sin ración». Además de eso, «le martirizaba cuando le vestía, desgobernándole a estirones, crujiéndole los brazos, dándole encuentros, manejándole con tanta crueldad como desprecio. Por otra parte estaba lleno de cilicios. Nunca le salió un ¡ay! ni una queja; antes decía: "Más merecen mis culpas"».

Tres años duró este calvario de inactividad, desamparo y sufrimientos. Un día de agosto de 1654, cuando ya tenía 74 años, le dijo al hermano Nicolás: «Ya se va acabando esto: en un día dedicado a la Virgen tengo que morir». El tuvo siempre, desde chico, una gran devoción a la Virgen, a la Moreneta, como buen catalán. Rezaba siempre aquel oficio breve de la Inmaculada que le dió San Alonso, hacía especiales penitencias en vísperas de las fiestas marianas, y se entretenía mucho en hacer rosarios con sus propias manos -hizo miles-, para repartirlos a todos, especialmente a sus negros, a los presos y enfermos. Finalmente, la Virgen, que ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, ese mismo año, el día 8 de setiembre, fiesta de su gloriosa Natividad, se llevó consigo a su hijo Pedro al descanso eterno.

El humillado fue ensalzado

Cuando se corrió en la ciudad la voz de que se moría el Santo, «empezó -cuenta el hermano Nicolás- la gran peregrinación ante el que ya no tenía sentido; la apoteosis al que murió creyéndose abandonado de todos». Caballeros y pobres, curas y religiosos de otras órdenes, todos querían tocarle, llevarse de él cabellos, un trozo de su camisa, lo que fuera: «le besan aun antes de morir las manos, los pies, tocándole rosarios». Dos pintores entraron primero para hacerle el retrato, pero en seguida, como dice el padre Juan de Arcos, rector del colegio, «la gente entraba y salía como a una estación de Jueves Santo; diluvios de niños y negros venían diciendo: "Vamos al Santo"»...

El gobernador don Pedro Zapata y el concejo de la ciudad solicitaron del capítulo, ya que la sede episcopal estaba vacante, que se iniciaran los informes sobre la vida y milagros -fueron éstos innumerables, en vida y ya muerto- del siervo de Dios. En 1657 se nombró al efecto la comisión. Con aprobación de Roma se inició el proceso en 1695. Se reconocieron las virtudes heróicas del padre Claver en 1747, fue beatificado en 1851, y canonizado en 1888.»»»»»»»

 

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Contexto histórico al momento de la invasión y ocupación mahometana en España.

 

  

LA IGLESIA FRANCA BAJO LOS MAYORDOMOS CAROLINGIOS

 

I. Introducción

En la Galia merovingia el palacio era el centro administrativo del reino. El funcionario encargado de gestionar el palacio era el mayordomo o .maestro de palacio.. Sin embargo, figuraba como el vértice de la administración del reino. Con el último rey de la dinastía merovingia[70] el mayordomo llega a controlar absolutamente todo.

Austrasia era el reino más extenso e independiente de la dinastía. Comprendía las regiones del Rhin .incluso más allá del Rhin hacia el este, sin saber precisar bien los dominios., la Mosela... Metz era la ciudad principal. En torno a ella, a Lietz y a Aquisgrán va desarrollándose la estirpe de los Carolingios. Representantes principales son Pipino el Medio (714), Carlos Marthel (741) y Pipino el Joven (768). Estos tres personajes tienen el mérito de haber reunificado el reino franco, con el fin de reorganizarlo internamente y acceder a una expansión hacia el exterior.

En la lucha por el poder la religión juega un papel decisivo. En los confines de Austrasia hay dos pueblos, frisones y sajones, que luchan por la independencia. Defendían no sólo su independencia política, sino también su religión. El hecho de reafirmarse contra el cristianismo era una manera de rechazar la amenaza que les suponía lo franco. En l consolidación franca vemos algo curioso en el enfoque de un cristianismo particular. Era importante que los Carolingios se sirvieran de extranjeros para renovar la Iglesia. Los anglosajones fueron privilegiados. Wilibrordo, en el 690, pasa a predicar a los frisones. Bonifacio irá a Assia y Turingia. Su misión era el primer paso para la reforma de la Iglesia franca, ligándola más a Roma.

II. Los misioneros anglosajones

La Iglesia anglosajona era de corte romano como ninguna otra en Occidente fuera de Roma. Difunde con su misión rasgos típicos de Roma en la Iglesia franca.

Los misioneros estuvieron muy ligados a la estirpe carolingia. Desde el principio los monjes anglosajones buscaron el nexo con la familia más potente de los francos, es decir, los Carolingios. La idea de arribar al continente deriva del monacato irlandés-escocés con su estilo de peregrinación. Elbert, sacerdote, fue uno de los primeros[71] en el 691. Los monjes ingleses tuvieron una gran conciencia de su cercanía nacional con el pueblo del continente que se había quedado en tierra, sin invadir la isla. En torno a Britania se acerca Elbert. Seguía el ideal monástico de la peregrinatio: si no tenía éxito sabía que tenía que seguir su camino, finalizando en Roma para venerar las reliquias sagradas.

La motivación misionera era más fuerte entre los sajones que entre los monjes irlandeses. Elbert transmite su ideal a Wilibrordo, el cual había sido educado en el monasterio de Ripon, fundación de san Wilfrido. Beda[72] cuenta cómo, con doce hombres, se acercó a Pipino el Medio, el cual los acogió con gran benevolencia y los envió a Frisia. A los que abrazasen la fe les concedería grandes beneficios. Es curioso notar cómo Wilibrordo no se presentó al rey de los frisios, sino al mayordomo franco. Esto nos muestra ya la orientación política. Se trata de una decisión muy amplia, la cual se abre al conquistador franco. Es, pues, una misión no independente de la política.

Un contrapeso a esta influencia política es la petición de una autorización a Roma, en el 692, al papa Sergio. También querían obtener alguna reliquia de los mártires. Por ello, también podemos hablar de una misión romana. En el 695 Wilibrordo va de nuevo a Roma, donde será consagrado obispo en el 701. Es nombrado arzobispo. Se trata de la primera vez que aparece esta dignidad sobre el continente .pues para las Islas Británicas ya había sido nombrado Agustín de Cantorbery.. Arzobispo pero no para un territorio, sino para un pueblo: lor frisones. Elegirá Utrecht como sede, una vez conquistada por los francos. Junto a la catedral construye un monasterio.

La alianza entre Iglesia y conquistadores francos exasperó a los frisones, por lo que en el 714, muerto Pipino, se produce una rebelión que expulsa a todos los misioneros. Sólo tras la conquista de Carlos Marthel pudo regresar Wilibrordo. El monasterio fundado por Wilibrordo en Echternach .actual Luxemburgo. en el 697 pasó en seguida (en el 706) al mundiburidium de Carlos: se trataba del paso a la dependencia total del señor feudal; a cambio recibían de él protección.

III. Winfrido-Bonifacio (672/75-754)

De Bonifacio tenemos dos grandes fuentes en su Vida, escrita por Wilibaldo, y sus Cartas, que constituyen un epistolario muy rico, único en su género en aquella época. Nace en torno al 672 ó 675. Hijo de un feudatario de Wessex, al sur de Inglaterra[73]. A los siete años es ofrecido al monsterio de Epternacum como oblato. Más tarde pasa a la abadía de Nursting, cerca de Westminster. Su formación y su vida son muy similares a los de Beda. Con 30 años es ordenado sacerdote, llegando a dirigir la escuela del monasterio; en este tiempo escribe alguna obra gramatical y de métrica[74] .no obstante, no es un estilo muy claro, distinguiéndose por ello del diáfano de Beda.. Con casi 40 años toma la decisión de emprender la peregrinatio, dirigiéndose a Utrecht en el 716. El rey frisón, Radbot, apenas había tomado el poder. Viendo que no se podía hacer gran cosa, regresa a Inglaterra y es elegido abad. Su obispo, Daniel, le muestra comprensión al oír sus objeciones para este cargo. En el 718 marcha definitivamente y se dirige a Roma. Gregorio II (715-731), no obstante su empeño en los asuntos italianos, le presta su apoyo. El 15 de mayo del 719 recibe del papa un nuevo nombre: Bonifacio .la elección de este nombre respondía al santo del día precedente.. A la vez le autorizaba a elegir un campo de misión entre los germanos. Es nombrado como co-ministro del papa en la evangelización, siendo simplemente obligado a observar el uso romano para la administración del bautismo. Con esto se iniciará la romanización de la liturgia franca, de grandes repercusiones incluso hasta nuestros días. A diferencia de Wilibrordo, Bonifacio ya nunca más llevará su nombre de pila, lo cual lo interpreta él mismo como una vinculación a Roma.

Vuelto de Roma se dirige a Frisia, junto a Wilibrordo, el cual tenía una gran experiencia de trabajo con los frisones; con él llegará a estar unos tres años. Ya había muerto Radbodo, por lo que se abre la posibilidad de trabajar entre los frisones. Su actuación va acompañada de destrucción de templos y signos paganos, así como construcción de lugares de culto cristianos. Las relaciones con Wilibrordo no aparecen del todo claras en las fuentes. Parece ser que Wilibrordo, en su vejez, quiso un sucesor, un hombre fiel que le ayudase en la misión. Para ello pensó en Bonifacio, a quien quería consagrar como obispo. Bonifacio se opuso con toda humildad, arguyendo que no tenía aún la edad canónica de 50 años. Posiblemente fue ésta la razón por la que Bonifacio se separó de Wilibrordo, dirigiéndose a Assia .en los confines del reino franco. en el 721.

Para los anglosajones no era difícil entender la lengua de los sajones y de los frisones. Nos cuenta Liudger, obispo de Münster, que en el monasterio femenino de Pfalzel encontró Bonifacio a un joven frisón leyendo un texto latino. Al preguntarle el santo si lo entendía, el joven respondió que no, por lo que Bonifacio, sin mayor dificultad, le tradujo ese texto latino a su lengua frisona.

Bonifacio toma como centro de operaciones para la misión el pequeño convento de Amöneburg. En el 722 marchará de nuevo a Roma, de tal manera que el papa, Gregorio II, lo consagra como obispo el 30 de noviembre. Bonifacio presta un juramento de fidelidad, tal y como lo hacían los obispos de la Italia sub-vicaria. Con este juramento reconocía al papa como su metropolita competente. En este juramento menciona al emperador León III; la razón es porque Italia formaba parte del Imperio bizantino. El juramento lo pronuncia ante la confesión de Pedro, comprometiéndose a mantener la fe en su pureza y no tener contacto con obispos que vivieran fuera de los cánones, bien por su vida o por su doctrina; es decir, que no estuvieran en comunión con al papa.

Gregorio II le da una serie de cartas, entre ellas una a Carlos Marthel[75]. Carlos ya es mayordomo de todo el reino franco, no sólo de Austrasia. Le conocemos bien por la famosa batalla de Poitiers (732), en la que derrota a los musulmanes y les corta el paso de los Pirineos. La carta que le lleva Bonifacio es la primera que recibe de Roma. El papa le hace una indicación muy genérica a Bonifacio sobre el territorio a evangelizar: a las gentes de la Germania y de la zona oriental del Rhin. No era una zona muy concreta, posiblemente por la ignorancia romana acerca de la distribución de aquellos pueblos. Sin embargo esta ambigüedad le vino muy bien a Carlos, el cual escribirá una carta a Bonifacio .y no al papa. como si fuese súbdito y enviado suyo.

En el 723 Bonifacio inicia su misión en Geismar, muy cerca de la frontera de los sajones. Muchos de los assianos convertidos recibieron la imposición de las manos. Otros, sin embargo, se opusieron a vivir íntegramente el mensaje evangélico. Algunos siguieron sacrificando al bosque o a los árboles. Otros hacían la aruspicina o la adivinación. Había quienes acudían a sortilegios o auspicios. También quienes despreciaban estas prácticas paganas. Ésta era la situación de aquel pueblo, con una presencia masiva de paganos y supersticiones.

En esta situación se dispone a cortar una encina de enorme importancia para aquel pueblo, la encina de Iove[76], en presencia de los paganos, los cuales le insultaron. Prodigiosamente, la encina se quebró en cuatro partes iguales, ante lo cual aquellos paganos se convirtieron y comenzaron a bendecir al Señor. Con esta madera Bonifacio empezó la construcción de un oratorio, dedicado a san Pedro. Era la primera iglesia en Fritzlar.

En lo que respecta al método de los misioneros, no importaba tanto la disputa intelectual cuanto más bien el valor para destruir vestigios paganos, intentando demostrar que el Dios cristiano era más fuerte que sus divinidades paganas[77].

La fama de san Bonifacio, más que por su actividad misionera, viene por su papel de reformador de la Iglesia franca. Es el personaje clave para entender la Iglesia latrina del siglo VIII. Bonifacio llegará a ser el prototipo de santos similares en el siglo VIII.

Después de los años 724-725 extiende su actividad de Assia a Turingia; no a Sajonia, región totalmente cerrada a los misioneros por no estar sometida al poder franco. Las condiciones de Turingia, sin embargo, eran diversas a las de Assia, pues contaba con una larga tradición cristiana, remontándose a tiempos del ostrogodo Teodorico (año 500), el cual había dado al rey de Turingia como esposa a una nieta suya. De todos modos, Bonifacio se siente urgido a misionar estas tierras cuando le llegan noticias de que algunos cristianos de Turingia venden esclavos a los paganos para ser inmolados; asimismo, se da el consumo de carne sacrificada a los dioses, junto con irregularidades matrimoniales, vida escandalosa de sacerdotes y obispos, etc. Gregorio II, ante la indignación que siente Bonifacio, le recomienda clemencia; sin embargo, Gregorio III será más severo.

Bonifacio se da cuenta de que el fondo de toda la problemática está en la desorganización de la Iglesia franca. ¿Qué actitud tomar con obispos como Milo de Tréveris o el de Lietz, que habían heredado el obispado de sus respectivos padres? El obispo de Maguncia había caído en una batalla militar... Un hijo de Carlos Marthel regentaba tres diócesis y dos abadías .eran fuentes de conspicuos ingresos.. Eran obispos sin sentido de su misión pastoral y espiritual. ¿Cómo reaccionar ante esta situación de decadencia?

En el 731 accede al papado Gregorio III. Al año siguiente envía, junto con una carta, el palio a Bonifacio, lo cual le daba derecho a erigir nuevas diócesis y consagrar obispos. De todos modos, esto no llegará a hacerlo durante los siguientes diez años, debido en gran parte a las trabas de Carlos Marthel, el cual se sentía contrariado en sus proyectos políticos por los misioneros anglosajones; tras la victoria sobre los musulmanes en Poitiers (732) llegará al ápice de su prestigio y de su poder y no sentía necesidad de los misioneros.

La erección de nuevas diócesis confiadas a obispos irlandeses se debía a que Bonifacio no encontraba hombres dignos del episcopado entre los francos. Esto provocó una gran oposición entre la Iglesia franca, pues suponía una disminución de su poder. Consideraron a los irlandeses como intrusos.

La elección de Bonifacio como arzobispo hizo una gran impresión en Inglaterra, de tal manera que pudo ganarse un buen grupo de colaboradores ingleses. También monjas, como el caso de su sobrina Lioba, la cual en el 735 es abadesa del monasterio femenino de Tanberbischofsheim[78], dedicándose a la educación de los niños.

Una de las grandes desilusiones de Bonifacio será la imposibilidad de llevar a cabo la misión entre los sajones, lo cual había sido su objetivo. Sin embargo, se le abre un nuevo campo de misión. En el 735 el duque Otilio asciende al gobierno de Baviera, ducado prácticamente independiente del reino franco. El duque busca el contacto directo con Roma para la misión, siendo respondido en una carta del papa. Bonifacio quería saber qué pretendía el papa en su carta al duque: ¿una iglesia local independiente de los francos pero directamente vinculada a Roma? En el 739 escribe una relación a Gregorio III sobre todos sus trabajos[79]. Esta relación no nos ha llegado, pero su contenido lo intuimos por la respuesta que le envía el papa, detallando cada uno de los puntos que Bonifacio relatase. Éste había realizado una reforma radical: de cinco obispos que había en el ducado sólo había aceptado la validez de uno, Vivilo de Passau. Erigió cuatro diócesis: Ratisbona, Frisinga, Salisburgo y Eichstätt, si bien ninguna con rango de sede metropolitana: todos los obispos estaban bajo la autoridad directa de Bonifacio, el cual no tenía sede fija, con el fin de gozar de mayor movilidad. Toda esta actividad encuentra grandes obstáculos en la intervención de los francos.

En lo que respecta a los sacerdotes, surge la duda acerca de la validez de su ordenación. El papa le aconseja conferir de nuevo ad cautelam la ordenación a quienes se tuviera duda de la validez de su presbiterado.

Por último habla del bautismo. Bonifacio había prometido en el 719 administrarlo según  el uso romano. Fue fiel a este juramento, teniendo un gran papel en el desarrollo ulterior de la liturgia romana entre los francos, lo cual ha llegado hasta nuestros días. La antigua liturgia galicana conocía tan sólo una unción después del bautismo, la cual era impartida por el sacerdote o por el diácono que hubiera administrado el sacramento. La liturgia romana, sin embargo, comportaba dos unciones: una primera post-bautismo impartida por el sacerdote oficiante y una segunda, que venía de la imposición de manos conferida por el obispo y que equivalía a la confirmación. En Roma, rodeada de pequeñas diócesis subvicarias no era difícil esta práctica. Sin embargo, sabemos por Beda que entre los francos muchos obispos no visitan diversos lugares alejados de sus diócesis, por lo que aquellos fieles se encuentran sin confirmar[80]. Tanto Wilibrordo como Bonifacio consagran ........o.o. .chorepíscopos., una especie de obispos auxiliares que podían colaborar en la administración del crisma. Se trata, pues, de una solución bastante convincente según el modelo romano. De todos modos, la extensión vastísima de algunas diócesis hacía casi imposible la relación pronta del obispo con sus fieles, por lo que se fue separando el rito del crisma con respecto al bautismo; había que esperar la llegada en visita del obispo para poder hacerse. En el desarrollo de esta práctica juega un papel muy importante san Bonifacio.

IV. La reforma bonifaciana (741-754)

El año 741 es una fecha clave por varias razones. En Constantinopla muere León III y le sustituye su hijo Constantino Coprónimos. En Roma muerte Gregorio III y le sucede el papa Zacarías. Asimismo muere Carlos Marthel, sustituyéndole sus dos hijos, Pipino y Carlomán. A Bonifacio se le abre una nueva coyuntura, bastante favorable por cierto: los nuevos dirigentes francos, educados en un monasterio, estaban abiertos a una reforma eclesiástica. Siente por primera vez una protección real por parte de estos mayordomos, dándose entre ellos una estrecha colaboración.

En el 741 Bonifacio erige nuevas diócesis en el territorio franco-oriental, en Turingia: Büraburg, Würzburg y Erfurt. Le informa al papa Zacarías de su nueva relación con los regentes francos, en especial con Carlomán. Sin embargo, a Zacarías, que era griego, no le pareció bien la carta de Bonifacio, expresando incluso sus dudas sobre la conveniencia de la erección de las nuevas diócesis. Recordaba el papa las prescripciones canónicas de no consagrar obispos en ciudades de poca importancia, con el fin de no devaluar el relieve del obispo, su dignidad. Sin embargo, donde predicaba san Bonifacio no había siquiera ciudades, sino pequeños poblados o castillos. Esto demuestra la dificultad de comprender esta situación para un papa procedente de Grecia, con una sensibilidad muy distinta. De todos modos, el papa no da marcha atrás, sino que confirma la actuación de Bonifacio.

El siguiente objetivo que se marca Bonifacio es el de la reforma de la Iglesia franca. Desde hacía 80 años no había tenido un sínodo. Las diócesis estaban en manos de laicos ávidos de poder o de clérigos adúlteros. Es así como pide la convocatoria de un sínodo a Roma. La reforma promovida por Carlomán .en Austrasia. y Pipino .en Neustria. fue iniciada en el sínodo celebrado entre los años 742 y 743 en un lugar desconocido. La primera datación que se da es el 21 de abril del 742, año «de la Encarnación del Señor». Se pudo esta fecha porque en ese momento no había rey ocupando el trono franco. Al inicio del 743 es elevado al trono un merovingio, Childerico III, por lo que la datación siguiente será a partir del reinado de este rey[81].

Por parte de los obispos francos la participación fue escasa; tan sólo asistieron 7. Faltaban obispos importantes como los de Maguncia y Tréveris. Carlomán da valor legal a las decisiones del sínodo.

¿Cuáles son las reformas? En primer lugar, el restablecimiento de la constitución eclesial normal, canónica, con el orden jerárquico de arzobispo, obispo, sínodos anuales y validez del Derecho canónico. Ésta era la estructura normal de una Iglesia al inicio del Medievo. En segundo lugar, la responsabilidad en la administración de una diócesis es del obispo solamente. Esto iba contra los señores feudales, que tenían responsabilidad en algunas iglesias. La medida significaba que los sacerdotes no podrían excusarse de la obediencia del obispo: todo sacerdote debería dar cuentas de su vida y actividades al obispo al inicio de cada cuaresma; todo Jueves Santo recibiría el crisma del obispo. Los bienes usurpados por los laicos a las iglesias debían ser restituido. En tercer lugar, se excluye a los clérigos que no vivieran canónicamente, en concreto los concubinarios[82]. Ningún clérigo podía llevar armas ni ir de caza; no debían habitar mujeres en sus casa ni podían vestirse como laicos. En conjunto, se puede decir que con esta medida se intentaba sacralizar la manera de vivir del sacerdote, lo cual influirá en la posterior reforma gregoriana. En cuarto lugar se establece una colaboración de los obispos con los funcionarios estatales contra las prácticas paganas y supresticiosas. Por último, los monjes y las monjas deberían adoptar la regla de san Benito.

Éste es el contenido del concilio Germánico. No todas las leyes eran nuevas .en especial lo concerniente al estado de vida de los sacerdotes.. Nuevas eran las amenazas de penas contra los clérigos lujuriosos y la restitución de bienes a la Iglesia. Una novedad formal es la promulgación de los decretos conciliares en forma de capitulares, lo cual es nuevo respecto a los sínodos merovingios. Los decretos de los sínodos francos en los siglos VI y VII recibían su autoridad de la firma de los obispos. Con Pipino y Carlomán deberán autentificarse y publicarse como capitualres, es decir, como disposiciones legislativas escritas y emanadas por los Carolingios. Sólo bajo Ludovico Pío se volverá a la forma antigua de rúbricas episcopales.

Bonifacio quería introducir sínodos anuales metropolitanos. Así, el siguiente sínodo austrásico .si bien se celebra en Neustria, en Les Estinnes, (Soissons)., es una constatación para Bonifacio de que debe actuar con cautela, por la fuerte oposición de los nobles francos para devolver los bienes usurpados a la Iglesia. Reafirma la doctrina y los cánones respecto al matrimonio .se prohibe, por ejemplo, el contraer nuevas nupcias viviendo el primer cónyuge.. En el códice donde se registra este sínodo[83] observamos un elenco de prácticas paganas[84], estando una parte de ellas mencionadas en el concilio Germánico. Los jefes civiles ayudarían a los obispos en la búsqueda de estas prácticas paganas.

V. El ocaso de san Bonifacio

El concilio Germánico supuso el culmen del influjo de Bonifacio. Pero a partir de él irá decayendo su influencia. Surgen grandes oposiciones. Entre los francos se da una tendencia de rechazo hacia el extranjero: Bonifacio, por ser extranjero, era considerado como indigno del episcopado franco. Sin embargo, éste era arzobispo, aunque sin sede fija. Quería llegar a ser arzobispo de Colonia, la diócesis más importante de Austrasia, con el fin de difundir su reforma. Pero falló este proyecto por la oposición franca, debiéndose contentar con ser obispo de Maguncia en el 745.

Tampoco iban bien las cosas en Baviera. Un sacerdote administraba el bautismo con una fórmula que Bonifacio consideraba como inválida. Virgilio de Lalszburgo, irlandés y en relaciones tensas con Bonifacio .que era anglosajón., eleva la pregunta a Roma. En el 746 el papa Zacarías responde y toma posiciones contra Bonifacio[85]: aquel sacerdote ignoraba la lengua latina y, además, no parecía ser reo de herejía. No sería, pues, preciso rebautizar de nuevo a aquellas gentes, sino simplemente imponerles las manos para purificarles.

En el 747 Carlomán, el sostenedor más firme de Bonifacio, abdica de mayordomo e ingresa en el monasterio de Montecasino como monje. A partir de este momento, Pipino, único regente, regulará las disposiciones eclesiásticas autónomamente, sin contar con Bonifacio. Éste comenzará a ocuparse de un nuevo proyecto: la fundación del monasterio de Fulda. Las fundaciones que había hecho hasta entonces se concebían como centros pastorales para la misión. Ahora, sin embargo, pretendía otra cosa. Le encarga la fundación de este monasterio a un amigo suyo que se había retirada como ermita hasta los confines de Assia, en Hersfeld. El 12 de marzo del 744 .día en que se celebraba a san Gregorio Magno. se fundaba este monasterio. En el 751 Bonifacio pide a Zacarías un privilegio para asegurar la incolumidad del monasterio. ¿Se trataba de una exención de la jursdicción episcopal, o más bien una protección para la existencia y bienes del monasterio? Parece que lo último es lo más verosímil. En esta carta habla Bonifacio de cuatro pueblos .assianos, bávaros, turingios y sajones., en cuyo centro se encontraba el monasterio, el cual elige para su futura sepultura.

En el 752 Bonifacio se ofrece al nuevo papa Esteban II para colaborar con Roma como siempre lo hubiera hecho, con empeño. Sin embargo, su estela va declinando: en el 753 Bonifacio no aparece en la relación de Pipino con el papa; el mayordomo había encontrado otro colaborador, Crodegango de Metz.

Bonifacio, durante un viaje para la imposición del crisma, el 5 de junio del 754, fue asesinado en Dokkum por unos paganos. La tradición refiere que el santo obispo intentó proteger su cabeza de la espada con un libro, el cual, conservado en nuestros días en la iglesia capitular de Fulda, tiene un golpe de espada en su cubierta.

VI. Balance de la obra bonifaciana

En primer lugar debemos observar cómo la reforma de sanBonifacio ha iniciado una nueva orientación para toda la Iglesia occidental: el definitivo nexo con Roma. La Iglesia franca era una iglesia nacional en el doble sentido: en el estar más bien aislada de Roma y en que el rey ejecutaba su supremacía .esto mediante dos derechos: el nombramiento de obispos y la convocatoria de concilios; el rey era el verdadero jefe de la Iglesia franca..

El objetivo de Bonifacio era el de someter al episcopado franco bajo la autoridad de Roma. Según esta intención debía ir el sometimiento a la liturgia romana, en vez de la galicana, la cual, por otra parte, presentaba una gran influencia oriental. Éste debía ser el primer signo de pertenencia a Roma. La nueva Iglesia franca, unida a Roma, recibía una conciencia de universalidad; se abrían sus horizontes a las necesidades de la Iglesia universal.

Otro objetivo de Bonifacio es la restauración de la organización metropolitana, en desuso con los merovingios. A la cabeza de esta Iglesia debía ir un arzobispo, cuyo símbolo de la autoridad recibida de Roma debía ser el palio. El arzobispo, según Bonifacio, era el mediador entre Roma y los demás obispos. Sólo podría llegar a esto mediante concesiones, pues los Carolingios no querían perder su influjo sobre la Iglesia franca.

Por obra de Bonifacio se produce también un acercamiento del clero diocesano al monacato. A esto colaboró el traslado al Continente del modelo anglosajón de monasterio-catedral como centro de la vida eclesial. El centro en las zonas de trabajo misionero era el monasterio. Sus colaboradores vivían de forma monástica. Las preferencias por este modelo monástico están en la búsqueda del carácter específico de la imagen del sacerdote en este primer medievo: presupuesto para una acción ritual, cultual, grata a Dios, era la abstinencia sexual. Entendían como inaceptable la unión de vida sexual y el culto. Si no aprobaba el matrimonio en los sacerdotes, con mucha más razón luchó contra el clero concubinario. La vida monástica ofrecía una mayor garantía para la vivencia del celibato en el clero.

Otro resultado de la obra bonifaciana es el de la cristianizacióin del pueblo, en particular del pueblo rural. Cada villa tenía su iglesia, la cual llegará a ser el centro de toda la vida pública. No es fácil valorar este hecho en la formación de la sociedad medieval. El cristianismo, que se había formado en la Antigüedad en el seno de las grandes ciudades y alrededor de los estamentos más cultivados, sin embargo en este tiempo llegará a ser una religión de todos. Todo niño era bautizado; todo adulto debía tener un mínimo de formación .en la que era indispensable aprender de memoria el padrenuestro y el credo.; la participación litúrgica del domingo se generaliza. Al final, eta forma rudimentaria de pastoral conduce a una sensibilización del pueblo hacia el ideal cristiano, así como la conciencia de que los contenidos de la fe estaban en ciertos libros. Sin embargo, no se llegó a dar el paso hacia una liturgia en la lengua del pueblo[86].

Un campo delicado de la pastoral era el de la legislación matrimonial, sobre todo lo concerniente a la indisolubilidad. Gregorio II envía a Bonifacio una respuesta a una serie de preguntas que éste le había formulado. En ella el papa permite contraer segundas nupcias en el caso de que la mujer esté enferma y no esté en condiciones de hacer el débito conyugal. Sin embargo, poco más tarde, el papa Zacarías no permitirá esta opción.

Se menciona también un tema importante para la economía: el diezmo. Para la Iglesia antigua era expresión de una justicia propia del Antiguo Testamento y esto se consideraba como insuficiente. En la Iglesia oriental no era aceptable el pago generalizado. En la segunda mitad del siglo VI empieza a generalizarse en Occidente el pago del diezmo, posiblemente en el sur de la Galia. El concilio Germánico habá decidido la restitución de los bienes eclesiásticos secuestrados por los laicos. Esto resultó imposible. En compensación, Pipino propuso dar el diezmo de manera obligatoria. Uno de los motivos principales de la dificultad de la evangelización entre los sajones fue el de la obligatoriedad del diezmo. Dos factores pudieron contribuir a esta obligación: el influjo creciente del Antiguo Testamento en el primer Medievo .sobre todo en la teología moral: el Antiguo Testamento fue considerado como regla para la conducta moral, al mismo nivel que el Nuevo Testamento.; y la recompensa por la administración de los servicios litúrgicos. El diezmo se pagaba al párroco, por lo que se precisaba de una distribución territorial previa .para evitar la confusión de darlo a otra parroquia.. Esto contribuyó a que la parroquia fuera la única entidad competente en la administración de los sacramentos. Nace así la obligación de asistir a la misa dominical en la propia parroquia, así como recibir los sacramentos en ella y no en otra[87].

 

 

[70]La dinastía merovingia se consideraba como sagrada, por sus antepasados míticos.

[71]Según nos cuenta Beda en su Historia, V, 9.

[72]O.c., V, 10.

[73]Hacemos hincapié en su procedencia del sur de Inglaterra, pues los monjes de los que hemos hablados venían del norte, habiendo grandes diferencias de estilo entre las dos regiones.

[74]CCL 133.

[75]Ep. 20.

[76]Iove es una trasposición de un culto germánico.

[77]Esto nos recuerda el motivo de la conversión de Clodoveo, al considerar el Dios cristiano como el más fuerte, garantía para el éxito en sus batallas.

[78]Vita Leobae, MGH SS XV, 119-137.

[79]Notemos que esta relación está escrita un año después del último viaje de Bonifacio a Roma, habiendo recibido del papa el nombramiento de Vicario suyo, legado, en la Germania.

[80]Es lo que le mueve a Beda a recomendar el aumento del número de diócesis.

[81]El texto del sínodo se encuentra en MGH Con. II, 1, pp. 2-4.

[82]Todo sacerdote concubinario sería metido en prisión por dos años; los monjes que vivieran en esta irregularidad tendrían un año de prisión y se les rasuraría toda la cabeza.

[83]Cod. Vat. Pal. Lat. 577.

[84]Llevan el título de Indiculus superstitionum et paganiarum .MGH Cap. I, 223..

[85]Ep. 68.

[86]Ninguno pensó en esto. Los últimos que había tenido una liturgia en lengua vernácula habían sido los arrianos. La aspiración de aquellos germanos era la de hablar y escribir latín como los romanos; era una cuestión de prestigio.

[87]Las órdenes mendicantes fueron cambiando esta mentalidad, granjeándose la oposición de los párrocos; en esta oposición no debemos olvidar las razones económicas.

 

 

 

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Unión de reinos. La monarquía de los Reyes Católicos amplió, en opinión de Luis Suárez, el modelo que la Corona de Aragón había establecido, y creó «una unión de reinos», entre los que se encontraban «todos los españoles, además de dos italianos». La base fundamental estaba en una división del poder en dos niveles, el mas alto, es decir, la soberanía, era único y correspondía a la Corona, con responsabilidades en diplomacia, guerra, justicia y economía. Otro nivel le correspondía a cada reino, porque cada uno de ellos conservaban sus cortes, sus fueros y su propia organización. Este sistema, subrayó Luis Suárez, «fue capaz de crear libertades porque, apoyándose en principios morales del cristianismo llegó a reconocer la existencia de derechos naturales en el hombre». La teoría y la doctrina «no siempre se aplica», dijo, pero fue «el sistema mediante el cual España no creo un imperio colonial sino una Unión de Reinos en donde México y Perú, más tarde Chile o Nueva Granada, aparecían como entidades políticas». 2004-04-13

 

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica,

esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

 

“El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres”. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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"Diccionario enciclopédico de las sectas", en su última edición (4ª) de 2005(1104 pgs.) El autor es el sacerdote, D. Manuel Guerra Gómez*. y la editorial la BAC - Sinopsis - ¿Qué es una secta? Uno de los méritos de esta obra consiste en haber formulado su definición tras exprimir las notas definitorias o comunes a las casi 1.500 (la mayoría implantadas en España e Iberoamérica) descritas en este diccionario y presumiblemente a todas las demás. El autor usa «secta» en su acepción técnica, no en la vulgar, que está cargada de connotaciones tan peyorativas que tiende a identificar acríticamente «secta» y «secta destructiva», a pesar de que estas últimas, es decir, las que «destruyen» a las personas o «dañan» gravemente su personalidad, no llegan al parecer al 10% del total. En esta obra aparecen dispuestas alfabéticamente las sectas religiosas, mágicas e ideológicas, las biografías de sus fundadores, así congo, en y desde las sectas mismas, las realidades y cuestiones más importantes de teología dogmática, morales, sociopolíticas, psicológicas, filosófico-vitales, y otros temas complementarios. Trata también de averiguar las causas de la existencia y proliferación de las sectas y de señalar sus remedios. Ayuda a descifrar las claves de las corrientes, generalmente subterráneas, del pensamiento, acciones y movimientos contemporáneos.

*Don MANUEL GUERRA GÓMEZ, catedrático en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, es Doctor en Filología Clásica y en Teología Patrística. Es conocedor de sánscrito, lengua de los libros religiosos del hinduismo, budismo y jinismo, que tanto han influido en las sectas, sobre todo en las de impronta oriental. Asimismo, es miembro de la International Association of Patristic Studies, de la Sociedad Española de Ciencias de la Religión y de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Ha publicado infinidad de artículos sobre temas filológico-teológicos y de historiografía religiosa, y 18 libros, entre los que cabe destacar por su cercanía con el tema de esta obra: "Los nuevos movimientos religiosos (Las sectas). Rasgos comunes y diferenciales" (Pamplona 1996) e "Historia de las religiones" (Madrid 1999).

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“Las sectas y su invasión del mundo hispánico”: una guía  (2003) por Manuel Guerra Gómez, editada por Eunsa. – Sinopsis - Para visitar con provecho a una ciudad desconocida, aconsejan el uso de una Guía con su plano, la descripción de sus monumentos, etc. Esta obra pretende prestar un servicio similar con respecto a las sectas implantadas en el mundo hispano. Para no correr el riesgo de extraviarse entre lasmás de 20.000 sectas inventariadas hasta el momento, para poder recorrer sus nombres que cambian con frecuencia y para ni acumular más inseguridad e inquietud, se presenta esta Guía en el mercado. El autor trata de reflejar la realidad de cada secta con la mayor objetividad posible y de perfilar sus señales de identidad de acuerdo con los datos -no siempre completos- que facilitan su identificación.

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“El complejo mundo de las sectas." de Julio de la Vega-Hozas Ramírez. Editorial:  Grafite Páginas  272 – Sinopsis - Este libro trata de ofrecer una información fiable y objetiva sobre el variado mundo de las sectas, de forma que el lector pueda hacerse una idea de lo que son, y tenga una información razonable y basada en los hechos acerca de las diversas cuestiones que se han planteado alrededor de la existencia, el crecimiento y la actividad de esas organizaciones conocidas como "sectas", así como de las reacciones en su contra.

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"Sectas Satánicas y fe cristiana". VV.AA. Editorial Palabra. –Sinopsis- Además de la reflexión doctrinal sobre el satanismo que, por encargo de la Doctrina de la Fe expone el actual cardenal de Venecia, Ángel Scola, este libro recoge una serie de estudios de varios expertos sobre el fenómeno de las sectas satánicas desde la perspectiva antropológica, psicológica, fenomenológica, legal y pastoral. En el prólogo, Julián García Hernando, Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para Relaciones Interconfesionales, señala que se trata de -un libro verdaderamente interesante para afrontar un tema sumamente actual-, y traza los rasgos generales en los que se debe enmarcar el fenómeno del satanismo.

 

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Las sectas conforman un laberinto peligroso como arriesgado problema psicológico.

Laberinto. (Del lat. labyrinthus, y este del gr. ??????????).1. m. Lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida.2. m. Cosa confusa y enredada.

 

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Evangelio según San Juan (3,16-18) -
En aquel tiempo Jesús dijo a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

La fuente del amor -
En la liturgia del día la segunda lectura, de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, es la que más directamente evoca el misterio de la Santísima Trinidad: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros». Pero ¿por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que existe Dios, para añadirnos también el enigma de que él es «uno y trino»? Hay hoy día algunos a los que no les disgustaría dejar aparte la Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y musulmanes, que profesan la fe en un Dios rígidamente único.

¡Los cristianos creen que Dios es trino porque creen que Dios es amor! Es la revelación de Dios como amor, hecha por Jesús, la que ha obligado a admitir la Trinidad. No es una invención humana. Dios es amor, dice la Biblia. Así que está claro que si es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, no dirigido a alguien. Entonces nos preguntamos: ¿a quién ama Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ama a los hombres. Pero los hombres existen desde hace algunos millones de años, no más. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios? No puede de hecho haber comenzado a ser amor en cierto punto del tiempo, porque Dios no puede cambiar. Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.

Y he aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con un amor infinito, esto es, en el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une.

El Dios de la revelación cristiana es uno y trino porque es comunión de amor. La teología se ha servido del término «naturaleza» o «sustancia» para indicar en Dios la unidad, y del término «persona» para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es una regresión, un compromiso entre monoteísmo y politeísmo. Es un paso adelante que sólo Dios mismo podía hacer que diera la mente humana.

Pasemos ahora a algunas consideraciones prácticas. La Trinidad es el modelo de toda comunidad humana, desde la más sencilla y elemental, que es la familia, a la Iglesia universal. Muestra cómo el amor crea la unidad en la diversidad: unidad de intenciones, de pensamiento, de voluntad; diversidad de sujetos, de características y, en el ámbito humano, de sexo. Y vemos precisamente qué puede aprender una familia del modelo trinitario.

Si leemos con atención el Nuevo Testamento, observamos una especie de regla. Cada una de las tres personas divinas no habla de sí, sino de la otra; no atrae la atención sobre sí, sino sobre la otra. Cada vez que el Padre habla en el Evangelio lo hace siempre para revelar algo del Hijo. Jesús, a su vez, no hace sino hablar del Padre. El Espíritu Santo, cuando llega al corazón de un creyente, no enseña a decir su nombre, que en hebreo es «Rûah», sino que enseña a decir «Abbà», que es el nombre del Padre.

Intentemos pensar qué produciría este estilo si se transfiriera a la vida de una familia. El padre, que no se preocupa tanto de afirmar su autoridad como la de la madre; la madre, que antes de enseñar al niño a decir «mamá» le enseña a decir «papá». Si este estilo fuera imitado en nuestras familias y comunidades, éstas se convertirían verdaderamente en un reflejo de la Trinidad en la Tierra, lugares donde la ley que rige todo es el amor. ZS05052002
[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]

 

 

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El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, « abandonado » por el Padre, él se « abandona » en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La co-presencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática.

 

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Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días.

Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección. ¡La Iglesia está viva!. Somos testigos de la presencia transfigurante de Dios. Estamos inmersos en el gran campo de la construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestación de la vida.

La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud.

El pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

“Maestro, por tu palabra echaré las redes”. Se le confió entonces la misión: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.

¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén. S. S. Benedicto XVI  - P.P.  2005.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

 

 

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Recomendamos vivamente:

1ª) LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

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“CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».+

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).