Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Esclavitud - 7º doctrina, catecismo secuestro; fraile Bartolomé de Casas

Confucio decía: “Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío”. Cuánto bien hacen los padres a los hijos cuando ponen esta sencilla máxima en práctica. Y cuanto daño les hacemos cuando les damos todo en bandeja de plata y sin condiciones.

[Esto es educar a ser libres y responsables, a no ser esclavos y humillados].

 

 

El Renacimiento y la Reforma han configurado el individuo occidental moderno, que no se siente agobiado por cargas externas, como la autoridad meramente extrínseca y la tradición. Hay muchos que sienten cada vez menos la necesidad de «pertenecer» a las instituciones (pese a lo cual, la soledad sigue siendo en gran medida un azote de la vida moderna), y no se inclinan a dar a las opiniones «oficiales» mayor valor que a las suyas propias. Con este culto a la humanidad, la religión se interioriza, de manera que se va preparando el terreno para una celebración de la sacralidad del yo; en el plano histórico, se cultiva el caldo del relativismo atenuando las responsabilidades importantes. Lo que importa señalar aquí y ahora es que, en ciertas prácticas de algunos grupos protestantes y la masonería en general, gustan recurrir constantemente a la mentira, a la desfiguración de los hechos quitándoles del contexto, o insisten recurrir llana y repetitivamente «sin vergüenza alguna» a las conocidas ‘leyendas negras’.

 

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Renacimiento - La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval.

La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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Un leal e íntegro historiador, siempre reivindica, por ejemplo, a España como “la voz de la cultura romana en Europa, el vehículo de transmisión de las raíces cristianas, el ser frontera con el Islam, el descubrimiento del derecho de gentes, ser uno de los primeros países de Europa que suprimió la servidumbre o la creación de las Cortes”. Se trata de “hitos que dejan bien clara la capital importancia que ha tenido España, portadora de unos valores profundos y un quehacer único, que han contribuido decisivamente a la grandeza de Europa y del mundo occidental”.

 

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Hieródulo,  la.(Del gr. ερδουλος, esclavo sagrado).1. m. y f. En la antigua Grecia, esclavo dedicado al servicio de una divinidad.

 

 

Reina Santa Batilde (634? †680) [ó Bathilde].

Esposa de Clovis II, Rey de Francia, momento y lugar de nacimiento desconocido; fallecida en enero de 680. De acuerdo con algunas crónicas vino desde Inglaterra y era una descendiente de los reyes Anglo-Sajones, pero esta es una afirmación dudosa. Es cierto que fue una esclava al servicio de la esposa de Erchinoald, alcalde del palacio de Neustria. Las inusuales cualidades mentales y sus virtudes inspiraron la confianza de su amo, quien puso a su cargo muchos de los asuntos domésticos, y, después de la muerte de su esposa, deseó desposarla. Entonces la joven chica huyó y no volvió hasta que Erchinoald se hubo casado nuevamente. Aproximadamente en esa época Clovis II la conoció en la casa del alcalde del palacio y fue impresionado por su belleza, su gracia y por los buenos informes que tenía de ella. La liberó y se casó con ella en 649. Esta repentina elevación no disminuyó las virtudes de Batilde sino que le dio nuevo lustre. Su humildad, espíritu de oración, y la generosidad de su gran corazón hacia los pobres fueron particularmente destacables.

Siete años después de su matrimonio, Clovis II murió en 656, dejando a Batilde con tres hijos, Clotario, Childerico y Tierry. Una asamblea de los principales nobles proclamó a Clotario III, de cinco años de edad, rey bajo la regencia de su madre, Batilde. Ayudada por la autoridad y el consejo de Erchinoaldo y los santos obispos, Eloi (Eligio) de Noyon, Ouen de Rouen, Leéger de Autun, y Chrodebert de París, la reina pudo llevar a cabo útiles reformas. Abolió el desgraciado comercio de esclavos cristianos, y firmemente reprimió la simonía entre el clero.

 

También lideró la senda de la fundación de instituciones de caridad y religiosas, tales como hospitales y monasterios. A través de su generosidad fue fundada la Abadía de Corbey para hombres y la Abadía de Chilles cerca de París para mujeres. Alrededor de esta época fueron establecidas las famosas Abadías de Jumièges,.Jouarre y Luxeuil, muy probablemente, en gran parte, a través de la generosidad de Batilde. Bertilde, la primera Abadesa de Chilles, quien es honrada como una santa, vino desde Jouarre. La reina deseaba renunciar a su posición y entrar a la vida religiosa, pero sus obligaciones la mantuvieron en la corte. Erchinoaldo murió en 659 y fue sucedido por Ebroin.

No obstante la ambición del nuevo alcalde del palacio, la reina tuvo la capacidad de mantener su autoridad y usarla para beneficio del reino. Después de que sus hijos fueron establecidos en sus respectivos territorios, Childerico IV en Austrasia y Thierry en Burgundia, volvió a su deseo de una vida recluida y se retiró a su favorita; la Abadía de Chilles cerca de París.

Al entrar en la abadía, depositó la insignia de realeza y deseó ser la más baja en el rango entre las internas. Fue su placer tomar su posición detrás de las novicias y servir al pobre y al enfermo con sus propias manos. La oración y los trabajos manuales ocuparon su tiempo, y no deseó ninguna alusión a la grandeza de su antigua posición. De esta manera pasó quince años de retiro. A comienzos del año 680 tuvo el presentimiento de la proximidad de la muerte e hizo la preparación religiosa para la misma. Antes
de su propio fin, aconteció el de Radegonde, un niño al que había sostenido en la pila bautismal y había entrenado en la virtud Cristiana. Fue enterrada en la Abadía de Chilles y canonizada por el Papa Nicolás I. El martirologio Romano ubica su fiesta el 26 de enero, y en Francia es celebrada el 30 de enero.

Acta SS., II; DUBOIS, Histoire ecclésiastique de Paris, 198; BINET, La vie excellente de Sainte Bathilde (Paris, 1624); CORBLET, Hagiographie du diocèse d´Amiens (1874); DES ESSARTS, Sainte Bathilde in Correspondant (1873), XXXII, 227-246; DRIOUS, La reine Bathilde (Limoges, 1865); GREÉCY en Revue archéologique (1865), XII, 603-610.

A. FOURNET
Trascrito por Steven Fanning
Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi

 

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QUE nuestra época padece una hipertrofia ideológica no creo que sea asunto que requiera mayor elucidación. Asuntos que afectan intrínsecamente a lo que es constitutivo de un meollo irrenunciable de humanidad son devorados por la ideología; y así se llega al agostamiento de lo humano. Durante siglos, la esclavitud fue aceptada sin empacho, hasta el extremo de que el funcionamiento mismo de la sociedad era inconcebible sin la existencia de la esclavitud: el orden social y económico, las instituciones jurídicas demandaban hombres esclavizados que garantizasen la prosperidad de los «hombres libres»; sin embargo, aquella sociedad era constitutivamente inhumana. Y para desembarazarse de aquella gangrena que devoraba su humanidad, la sociedad hubo de renunciar a las ventajas de las que disfrutaba, hubo de abolir una serie de instituciones jurídicas que reducían a una porción nada desdeñable de seres humanos a la condición literal de objetos sobre los que existía un «derecho» de libre disposición. Desembarazarse de aquella gangrena tan beneficiosa no fue una cuestión sencilla: los hombres que habían aceptado que otros hombres fuesen meras máquinas adiestradas para la obtención de un rédito tuvieron que aprender a mirarlos con una mirada prístina, tuvieron que volver a descubrir en ellos su dignidad intrínseca de hijos de Dios. Fue un proceso que no sobrevino de la noche a la mañana, sino que se alargó durante miles de años. Pero si finalmente tal proceso se impuso fue porque la sociedad comprendió que su misma supervivencia dependía de su capacidad para despojarse de las anteojeras con que la ideología había estrechado el horizonte humano. Al despojarse de esas anteojeras, el entero orden sobre el que la sociedad vieja se asentaba se iba a desmoronar; pero hubo hombres que entendieron que había un meollo irrenunciable de humanidad sobre el que ninguna ideología podía prevalecer. MMVIII.

 

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DISCERNIR - A todos se les pide el saber cultivar un atento discernimiento y una constante vigilancia, madurando una sana capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de tantos medios de comunicación que no cesan de inventar, suponer o repetir ‘leyendas negras’, difamaciones o mentiras históricas… mienten sabiendo de mentir.

Los que escuchan no deben ser obligados a imposiciones ni compromisos, engaño o manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto moral “El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado” (Mt 12, 35-37).

 

“Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. […]No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen” (Ef 4, 25.29).

 

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Fray Bartolomé de las Casas emprendió su misión convencido de que los indios también tenían alma como él mismo y de que procurar remedio a sus penurias era una encomienda divina. Las orgías solidarias ‘del progre’ parten de la premisa contraria: «Puesto que yo no tengo alma, tampoco pueden tenerla los pobres; habré, pues, de arrastrarlos a mi vida desalmada». Este propósito de arrastrarlos a su propia vida, que es la «vida digna» de los cadáveres plastificados y expuestos en la vitrina de la atención mediática, es el último recurso que le queda ‘al progre’ cuando le han fallado los otros recursos más aseados que practica. 2007

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Fue Fray Bartolomé de Las Casas, el religioso dominico, pese a lo que se ha afirmado, se convirtió en enemigo de la esclavitud y en protector de los negros..

Hace cuatro siglos y medio se sustanciaba en el Consejo de Indias el caso del negro Pedro Carmona, que había sido liberado y bien dotado por su dueño, pero privado de sus documentos y vendido como esclavo junto con su esposa. Tras múltiples avatares, ventas y prisiones, el negro Carmona logró alcanzar España y lograr la libertad. ¿Quién pudo ser el abogado de aquel esclavo para que consiguiera que su caso fuese juzgado por numerosos tribunales hasta llegar al propio Consejo de Indias? Fue Fray Bartolomé de Las Casas, que en el asunto implicó su influencia e, incluso, su hacienda.

Su lucha por Carmona no concuerda con la visión generalizada de un Las Casas defensor de los indios y exclavizador de los negros. Es un hecho cierto –y lo confiesa el propio Las Casas en su “Historia de las Indias” –, que, en determinado momento, el de la instalación de la producción de azúcar en la isla Hispaniola (que hoy se reparten en igual proporción haitianos y dominicanos), el defensor de los indios, a petición de los vecinos españoles, dada cierta ascendencia que él había adquirido ante los medios cortesanos y ante el propio emperador Carlos V, solicitó a éste el permiso para la importación de hombres negros esclavos a la Isla (aunque él no fue ni el único ni el primero en hacerlo).

Pero, en contra de lo que se ha afirmado, el dominico llegó a cambiar de parecer tiempo después y se convirtió en enemigo de la esclavitud y en protector de los negros.

 

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La mentira ocurre que suele confundirse con la ignorancia, pero siempre es negación de la verdad. «No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. …y la burla de la inteligencia». Así, instruir a través de las escuelas, institutos educativos, universidades que a docenas creó, sin descuidar la parte sanitaria, las instituciones de la Iglesia realizaron una tarea de incalculable valor para preservar y magnificar la cultura universal. ¡La huella es indeleble en la civilización europea, evidentemente!

 

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«Y ya se hizo evidente
que hubo en ocurrencia tal,
reflexión en el cristal
y falta de ella en la gente».
Fray Benito Jerónimo Feijoo (nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 08 de octubre de 1676 - España.

«Los ignorantes por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones?» Fray Benito Jerónimo Feijóo (Esp.1676 † 1764).

 

”Busco la verdad en sí misma.. . no pretendo ser creído sobre mi palabra, sino sobre mi prueba. Mis razones se han de examinar, no mis méritos”. Fray Benito Jerónimo Feijóo (monje benedictino español: 1676 † 1764).

 

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Sólo apegado a la eterna lozanía de la verdad: Jesucristo.

Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 8 de octubre de 1676, y murió en Oviedo el 26 de septiembre de 1764. A los catorce años entró en la orden benedictina, y fue tan recta su vida y tan segura su vocación, que confesaba en su ancianidad no haber sentido un solo minuto de hastío o desabrimiento en el claustro.

Caritativo con extremo, justo, abierto, jovial, sincerísimo, las prendas del corazón no desmayaban ante las excelencias del entendimiento. Desdeñador de la corte, encerrado en su colegio de Oviedo, fueron los honores a buscarle. Fernando VI le nombró consejero real y Carlos III le obsequió con las “Antigüedades de Herculano”. Su fama desbordó las fronteras, llegó a Europa, América y hasta las colonias asiáticas. Y el gran Benedicto XIV -saludado por Voltaire como el hombre más sabio de su siglo- honró al monje polígrafo citándolo dos veces en sus bulas.
Feijoo es de aquellos incorruptibles amadores de la verdad, pensadores positivamente libres y fuertes, igualmente desdeñosos de la novelería y de la rutina, ni miedosos de lo nuevo por lo nuevo ni enemigos de lo viejo por lo viejo: sólo apegados a la eterna lozanía de la verdad. Lúcida la razón para ver lo justo, ardiente la voluntad para abrazarlo, intrépida la lengua para decirlo. Pero sin alharacas ni intemperancias: con la serena macicez , con el ímpetu consciente del que no quiere hacer ruido sino hacer bien; del que intenta reformas constructivas y no estériles subversiones.

Y el estilo, a la par sobrio y fértil, preciso y suelto, docto y vivaz, repartiendo sustancia en breves párrafos sin cosa amazacotada ni indigesta, redondea el hechizo de este hombre cabal.


Tratando incesantemente nuestro benedictino tan graves e infinitos asuntos; batallando contra todo abuso, preocupación y corruptela; hiriendo tantos intereses y susceptibilidades, tuvo lógicamente que padecer de la Inquisición una censura.

 

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P: ¿A partir de qué fecha considera usted que existe España?

 

R: Como entidad política desde Roma, sin ninguna duda. Como nación con conciencia de tal desde los visigodos. Está en las fuentes.

 

P: Cuando utilizo la expresión Hispanoamérica al hablar con un progre parece que le chirrían los oídos. ¿Podría explicarnos cuales son las diferencias entre Hispanoamérica, Iberoamérica y Latinoamérica?

 

R: Latinoamérica es un término acuñado por los franceses para evitar la referencia a España y que no nos olvidemos de Haití (ejemplo del dominio colonial francés, dicho sea de paso). Tanto Iberoamérica como Hispanoamérica me parecen correctos.

Este diálogo con el Dr.César Vidal tuvo lugar entre las 17.00 y las 18.00 del martes 31 de octubre 2006

 

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En el libro que Antonio Rumeu (doctor en historia) dedicó al Tratado de Tordesillas (1494-1497), estudió la rivalidad marítima entre Castilla y Portugal por el dominio del Atlántico, para el que resultaba necesaria la soberanía sobre las islas Canarias, como avanzada que eran en las navegaciones transoceánicas.

Entre las obras de Antonio Rumeu, destacan las que dedicó a la historia de las islas Canarias, ya que las acciones de la Corona en el archipiélago constituyeron el antecedente y hasta el ámbito de experimentación de las actuaciones en América, desde los primeros años del descubrimiento. Así, en sus libros El Obispado de Telde (Madrid, 1960) y La política indigenista de Isabel la Católica (Madrid, 1969), estudió la evolución en el trato que se dio a los indígenas, condicionado por las acciones misionales desde mediados del siglo XIV, en las que son de destacar las de catalanes y mallorquines que, conjuntamente, se fundaron en el respeto a la libertad de los aborígenes.

La evangelización en las islas de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro permitió que, hacia 1420-1425, estuviesen cristianizados todos los nativos. Comenzaba por entonces la predicación del Evangelio en las islas de la Gomera y de Gran Canaria. El Papa Eugenio IV, en la Bula Regimini gregis (1434), proclamó la libertad de los aborígenes en los territorios en los que se evangelizaba. Juan II de Castilla respaldó con su autoridad el mandato pontificio. La Reina Isabel, al ceñir la Corona, reafirmó las actitudes de sus antecesores respecto a la libertad de los aborígenes canarios. Así, el 29 de septiembre de 1477, al recibir la noticia de que había quienes traían esclavos de Canarias, mandó que se les tuviese libres y prohibió que se vendiesen y repartiesen. La Reina aceptó y aplicó, «como artículo de fe», la doctrina pontificia sobre la libertad de los indígenas.

La acción liberadora de la Corona en las islas Canarias prosiguió en América, como muestra la Real Cédula de 2 de diciembre de 1501, por la que los Reyes Católicos mandaron encarcelar al mercader Cristóbal Guerra por haber maltratado y vendido en Andalucía a indios que había traído como esclavos. Además de la prisión, el mercader tuvo que devolver el dinero recibido por la venta. Los indios fueron puestos en libertad y devueltos a sus comunidades.

La experiencia que se tuvo en la colonización y cristianización de las islas Canarias sirvió de fundamento al principio rector formulado por la Reina Isabel en el Codicilo de su testamento, al mandar que en las Indias y Tierra firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, fuesen cristianizados sus habitantes y que no se consintiese que los indios «vecinos y moradores» recibiesen «agravio alguno en sus personas ni bienes», y que fuesen «bien y justamente tratados». ‘ABC’ 2006-06.29 – Esp.

 

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ESCLAVITUD – - Corría el año 414 a.C. cuando el dramaturgo griego Sófocles terminó la redacción de una tragedia titulada Tereo. El argumento de la obra giraba en torno a la vida del rey tracio de ese nombre y causó, sin duda, un enorme impacto en los atenienses que llegaron a contemplarla. Desgraciadamente, esta tragedia no ha llegado hasta nosotros. De su contenido tan sólo se salvaron algunos fragmentos, que nos permiten hacernos una idea de su calidad. Entre ellos se encuentra uno especialmente oportuno para nuestra época, tan entregada a relativismos de todo tipo. Se trata, precisamente, de aquel que afirma: “No tengas miedo. Si hablas la verdad, nunca te desmoronarás”.

 

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Esqueleto atado con grilletes y cadenas - sc.

es anterior al siglo XVI y posterior al XIII,

 

Evolución histórica - 1.

Sobre la prohibición del secuestro


La tradición judía ha mantenido el convencimiento pleno de que el séptimo mandamiento prohíbe de un modo muy especial el secuestro. En la «Mekhilta», que contiene la tradición exegética judía acerca del libro del Éxodo, se pregunta si realmente este mandamiento se pronunciaba en contra del secuestro, a lo que se responde de forma claramente afirmativa. 
Y lo cierto es que, además, se argumenta de un modo poco habitual: En /Ex/20/13-15 se habla de tres mandamientos, «en dos de los cuales (asesinato y adulterio) es evidente que su infracción se castiga con la muerte, mientras que en el otro (robo) no está tan claro el asunto. Debemos, pues, aclarar este último a partir de aquellos, cuya infracción es sancionada por el tribunal con la pena de muerte. Consiguientemente, también el otro parece que debería ser un mandamiento cuya violación habría de ser sancionada con una pena equivalente». Sin embargo, resulta que el robo corriente, a diferencia del secuestro, no se castigaba en realidad con la muerte (Ex 21, 16). «Por lo tanto, se trata aquí, en Ex 20, 15, de la prohibición del secuestro; y la prohibición que aparece en /Lv/19/11 sólo puede referirse al robo de dinero».
En la tradición cristiana fue progresivamente ignorándose este aspecto del séptimo mandamiento, hasta el punto de que en el campo de influencia de la fe cristiana siguió practicándose siempre tanto el secuestro como el tráfico con personas, no sin que hubiera cristianos que expresaran su protesta, si bien ésta no resultó nunca demasiado efectiva. 
Una forma muy frecuente de secuestro fue la piratería, que durante siglos -y a pesar de que hoy se considere un tema interesante casi exclusivamente para libros de aventuras- constituyó una verdadera plaga internacional. En el Tercer Reich se practicaba, como una forma de secuestro, el arresto en masa de familiares o miembros de un clan. Por entonces se empleaba como un recurso la toma de rehenes y la muerte de los mismos. (Aún recuerdo con horror cómo, siendo yo un soldado de dieciocho años, tuve que presenciar el fusilamiento de una mujer que se negó a declarar dónde se escondía su marido, que era partisano). 
Tan antigua como la piratería es la esclavitud. A decir verdad, la Iglesia ha intentado constantemente suavizar la esclavitud. Pero también ha habido quienes, como San Agustín, han tratado de explicarla teológicamente, entendiéndola como consecuencia del pecado original. Es verdad que, a partir de Constantino, se prohibió muchas veces la posesión de esclavos cristianos y especialmente el venderlos a no-cristianos, y fueron diversos los Sínodos que se pronunciaron en contra del tráfico humano. Pero también es cierto, por otra parte, que hubo Papas y Monasterios que conservaron durante un tiempo sus esclavos. Ya sabemos que en 1537 el Papa Paulo III realizó el significativo gesto de publicar la Bula Sublimis Deus, en la que ponía de relieve la libertad de todos los hombres y prohibía la esclavitud. Pero unos pocos años más tarde, en 1548, el mismo Papa volvió a ratificar el derecho a poseer esclavos, incluso para los representantes oficiales de la Iglesia. 
Precisamente por aquella época se había incrementado enormemente la práctica de la esclavitud por parte de los cristianos. La opinión de que la esclavitud y el comercio de esclavos no eran pecaminosos fue defendida por los teólogos hasta el siglo XIX, invocando el derecho natural. Sólo en 1888 León XIII condenó la esclavitud con toda claridad e hizo un llamamiento en favor de su abolición.
Las iglesias de la Reforma no se comportaron de un modo esencialmente distinto al de la Iglesia Católica. Únicamente los cuáqueros, los metodistas y los puritanos nacieron con el fin de combatir la esclavitud. 
El fracaso de la Iglesia Católica en este terreno repercutió de manera especialmente devastadora en Latinoamérica. A raíz del descubrimiento de ésta por los españoles el Papa Julio II había concedido a los reyes de España el patronato universal sobre toda América, que fue cimentado por los solícitos teólogos mediante la teoría del vicariato, según la cual los reyes de España, en razón de las declaraciones papales, eran representantes del propio Papa. Del mismo modo que Cristo había hecho a Pedro su representante en la tierra, así también el Papa había hecho al rey de España soberano de América. Y se llegó aún más lejos, nombrando al rey de España «Vicario de Cristo». La así llamada «misión» y la colonización quedaban, pues, estrechamente vinculadas y fueron la causa de múltiples actos de inhumanidad realizados en nombre de Dios. 
El fraile dominico
Bartolomé de Casas (1474-1566) puso todo su empeño en la lucha en favor de los derechos humanos de los indios, consiguiendo en 1542 que se promulgara en España una ley por la que se prohibía la esclavitud de los indios y otras inhumanidades de los descubridores españoles en Latinoamérica. Las Casas siguió siendo hasta su muerte, un activo portavoz de la libertad y los derechos de los indios. Resistiendo todo tipo de presiones por parte de los misioneros, reivindicó el derecho de los indios a ser libres para abrazar la fe. Sin embargo -y aquí radica lo verdaderamente trágico de su vida y su obra-, para proteger a los indios abogó por la importación de esclavos negros de África. 

Posteriormente, Las Casas lamentará profundamente este error, cuyas consecuencias no supo ver en principio. Pero entretanto ya se había puesto en marcha un verdadero alud. 
Los católicos en Latinoamérica adoptaron la praxis de los inmigrantes norteamericanos, en su mayoría protestantes. Lo cual sigue suponiendo actualmente graves problemas como es el de los mestizos en Latinoamérica y el problema racial en los Estados Unidos. 

Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que un hombre lograra tener éxito en sus protestas contra la esclavitud. Nos referimos a William Wilberforce (1759-1833), un político inglés que a los 26 años se hizo cristiano, integrándose en la rama evangélica de la iglesia anglicana. Movido por su fe, se consagró incansablemente a trabajar por la abolición de la esclavitud. A pesar de su delicada salud y de las enormes dificultades, este hombre no dejó de luchar por la abolición de la esclavitud... y tuvo éxito en su empeño. 
Pero tampoco Wilberforce -vistas las cosas en conjunto- pasa de ser, desgraciadamente, una excepción. En la cuestión de la esclavitud, la Iglesia ha estado constantemente expuesta a la tentación, debido a su estrecha relación con los ricos y poderosos. En lugar de combatir la esclavitud, los teólogos emplearon toda clase de argucias para justificarla. 
La teología había olvidado la acción liberadora de Yahvé y se había convertido en cómplice y garante del «orden» social establecido. 

Agradecemos al autor – Mercaba.org – MMVI.

 

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Como no se puede negar la evidencia, lo que hay que hacer es intentar comprenderla. La mentalidad de Colón en aquellos sus primeros viajes a las Indias no se diferenciaba demasiado de la del común de las gentes de la época, y esa mentalidad, con la sola excepción de la Iglesia católica, era favorable a la esclavitud como institución social. Incluso santos tan grandes y doctos como San Buenaventura y Santo Tomás denuncian la naturaleza odiosa de la esclavitud, pero entienden que para crímenes odiosos puede ser pena adecuada. Lo cual no deja de ser lógico en el contexto de aquellos tiempos.


Pero como los indios no eran criminales, no existía título legal para hacerlos esclavos; por eso la reina Católica, en cuanto se asesoró debidamente, entre otros por el cardenal Cisneros, prohibió la venta de indios y ordenó, bajo severísimas penas, devolver todos los indios que trajera a España el almirante Colón. Esto ocurría en 1495, y desde ese momento comienza un apasionado debate entre la Corona, urgida por la Iglesia, y los encomenderos de Indias, urgidos por la concupiscencia humana.

ARVO NET. 2002.

 

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1416 – La Iglesia Católica auspició abolición de la esclavitud - Croacia

 

El Pontífice en la homilía rindió homenaje a la tradición de libertad y de justicia de esta república marinera en los siglos XV y XVI, que después pasó al imperio austriaco, y que ya en 1416, antes que muchos Estados, abolió la esclavitud.

S. S. JUAN PABLO II – CROACIA. 2003-06-06

  

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América: «El lamento de los misioneros

provocó leyes a favor de los indios»

 

Entrevista a José Sánchez Adalid, autor de un libro sobre las reducciones jesuíticas

MADRID, 3 junio 2003 (-VERITAS).- El éxito sorprendió a José Sánchez Adalid, sacerdote de la diócesis de Mérida-Badajoz, con «El Mozárabe», de la que ya van seis ediciones. Sus obras son leídas en Latinoamérica, alguna ha sido traducida al griego y otras esperan próximamente ser traducidas al italiano.

El autor, presentó este lunes en Madrid su última novela histórica «La tierra sin mal» (Ediciones B), situada en el ambiente de las misiones jesuíticas del
siglo XVII, de la que habla en esta entrevista concedida a la Agencia Veritas.

--¿Cómo se gestó «La tierra sin mal»?

--José Sánchez Adalid: Me enteré de la existencia de un personaje extremeño,
el hidalgo Tomás Llera, que había viajado a Paraguay buscando fortuna. Me gusta seguir a los personajes históricos a través de la documentación. Descubrí también la organización de las fundaciones de los jesuitas para librar a los indios de las reparticiones y las encomiendas. Decidí entonces viajar a Paraguay para documentarme.

--¿Hubo alguna sorpresa en los documentos que ha utilizado?

--José Sánchez Adalid: Si, varias. Encontré por ejemplo las «Ordenanzas de Alfaro» destinadas a sustraer a la población indígena de la servidumbre a cualquier encomendero, o una condena de la esclavitud formulada por el papa Pablo III.

La «Utopía» de Tomás Moro era el proyecto de los jesuitas, un mundo en paz, una democracia perfecta, totalmente participativa. Los indios entraron amablemente en el sistema que proponían los jesuitas.

La aventura que narra la novela enfrenta a Enrique Madrigal, el jesuita que encarna al misionero utópico que confía en un mundo armónico, con el hidalgo
que sólo busca enriquecerse. Son dos hombres totalmente opuestos. La novela
es la historia de ilusiones enfrentadas, de ambiciones totalmente opuestas.

--¿Trata de transmitir algún mensaje con sus novelas?

--José Sánchez Adalid: En primer lugar trato de divertir, que el lector viva una aventura que le lleve a conocer otros países, otras historias. Pero siempre está presente el fondo filosófico y humanista; siempre intento transmitir que la vida tiene sentido tanto en los momentos alegres como en los difíciles, todo tiene un sentido, nada sucede porque sí. Procuro destacar las grandes ilusiones de los hombres que dan su vida por los demás.

--¿Cómo aparecen los misioneros que trabajaron en América en la documentación que ha manejado?

--José Sánchez Adalid: Hay una posición inequívoca de los misioneros para evitar el sistema de esclavitud; se recoge «el lamento misionero» en cartas llenas de dolorosas lamentaciones, por ejemplo, las del padre Silva que describen algunas persecuciones violentas, o en escritos del padre Montesinos o de santo Toribio de Mogrovejo.

Si no hubiera hablado la Iglesia, nadie habría hablado. Gracias a ello, los reyes dieron el visto bueno a toda una legislación que cambió la suerte de los indios. No niego que hubiera una iglesia acomodaticia, pero sin duda también existió la Iglesia de compromiso.

--¿Cuándo descubrió su «vocación literaria»?

--José Sánchez Adalid: Empecé a escribir como «hobby», sin grandes aspiraciones literarias porque yo vivo integrado en mi parroquia; pero sobre todo después de «El Mozárabe» mi obra ha tenido un efecto en los lectores sin que se haya hecho ninguna difusión hasta ahora. Yo creo que los lectores están cansados de argumentos situacionales que se parecen unos a otros. Hay cierto existencialismo «pasado de rosca» tanto en la literatura como en el cine. Yo escribo aventuras que son ágiles de leer, entretenidas, al lector le gustan y uno se lo comunica a otro, en Latinoamérica son muy leídas.

--¿Por qué su preferencia por la novela histórica?

--José Sánchez Adalid: El pasado es un espejo del presente. Podemos descubrir muchas cosas a través del pasado. Las grandes ilusiones y temores han cambiado poco: la muerte, el más allá, las grandes preguntas filosóficas sobre el sentido de la vida del hombre... Las épocas pasadas nos hablan mucho de nosotros mismos. Además, el pasado es una constante fuente de inspiración.  ZS03060312

 

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San Roque de Santa Cruz y Compañeros Mártires; nacido en Asunción, Paraguay, en 1576. Desde joven demostró una gran piedad ya que a los 14 años dirigió una procesión por el bosque en honor a la Eucaristía.- Fue ordenado sacerdote a la edad de 22 años y poco después nombrado párroco de la catedral de Asunción por el Obispo Martín Ignacio de Loyola.-


El 9 de mayo de 1609 San Roque entró en la Compañía de Jesús y dos años mas tarde fue nombrado superior de la primera Reducción de Paraguay, San Ignacio Guazú. El deseo de llevar el evangelio a todo el mundo lo animaba a seguir adelante. El 22 de marzo de 1615 fundó una reducción en Itapúa (actual ciudad de Argentina de Posadas) la cual pronto se trasladó a la otra orilla del río, en lo que es hoy Encarnación, Paraguay.-


Gran amante de la Virgen María. Con ella conquistaba corazones para Cristo. Por eso le llamaba "conquistadora".Se cuenta que muchas veces con solo levantar el cuadro de la imagen de nuestra Señora, los indios admiraban la belleza de María y sin pronunciar palabras se convertían.-

El 15 de noviembre de 1628, celebró la Santa Misa cerca de Caaró (hoy día en Brasil), donde se planeaba una nueva reducción. Allí fue asesinado por un cacique llamado Nezú. Los asaltantes quemaron su cuerpo pero, milagrosamente, quedó intacto el corazón. Para gran asombro de los asesinos, el corazón del santo les habló haciéndoles ver lo que habían hecho e invitándoles al arrepentimiento. Este corazón tan lleno del amor divino para todos los hombres, se mantuvo incorrupto. Cinco años mas tarde fue llevado a Roma junto con el instrumento del martirio: un hacha de piedra.-

El corazón de San Roque y el hacha fueron trasladado a Paraguay en 1960 tras una breve estancia en Argentina. Ahora están expuestos en la Capilla de los Mártires en el colegio de Cristo Rey, Asunción, Paraguay. En la misma capilla hay una placa con los nombres de 23 misioneros jesuitas martirizados en la región.-

Es de notar que ninguno murió a manos de los indios guaraníes de las Reducciones sino por miembros de otras tribus que no les conocían o de los "paulistas". Estos últimos eran cazadores de esclavos procedentes de San Paulo, Brasil, que tenían a los Padres o sacerdotes por enemigos por su defensa de los indios.

En 1931 Roque de Santa Cruz y sus dos compañeros mártires, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, fueron beatificados. San Roque fue canonizado por Su Santidad Juan Pablo II en su visita al Paraguay, en la ciudad de Asunción, Mayo de 1988.

 

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Estabilidad

 

Por JULIÁN MARÍAS, de la Real Academia Española - filósofo

 

DESPUÉS del complejo, dramático y tumultuoso año 1870, Europa entró en una larguísima fase de relativa estabilidad, que duró casi medio siglo, hasta la Gran Guerra de 1914-1918. Rara vez se ha mantenido tal grado de normalidad, convivencia pacífica, usos comunes, vigencias arraigadas durante tanto tiempo.

Un factor de estabilidad fue Inglaterra, que llevaba muchos decenios de continuidad bajo la Reina Victoria, con incesante avance de la colonización, en general pacífica, con la excepción a fines del siglo XIX de la guerra de los Boers en el Transvaal, que conmovió por un momento al mundo. Se decía Inglaterra, más que Gran Bretaña; ahora suele decirse Reino Unido (de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, habría que decir). Los mapas se iban llenando de puntos y manchas rojas, señales de la colonización inglesa en todos los hemisferios.

Fue el momento de la consolidación de la colonización europea en África, en la segunda mitad del siglo XIX y que perduró hasta 1960. África había sido siempre un continente mal conocido; recuérdense las expediciones de Livingstones, Stanley y tantos otros buscando las Fuentes del Nilo o los Grandes Lagos. Se hablaba del «África tenebrosa», y así lo era: primitivismo, luchas incesantes, caza de esclavos que se vendían a los árabes y luego a los europeos, conmociones. A la antigua colonización portuguesa en Angola y Mozambique y la mínima española en Guinea siguieron el Congo Belga, las colonias francesas e inglesas y las hoy olvidadas alemanas en África occidental y oriental, que perdió Alemania después de la Primera Guerra Mundial.

La colonización europea fue con frecuencia egoísta, explotadora, pero hizo habitable durante un siglo escaso el inmenso continente. Carreteras, ferrocarriles, telégrafos y teléfonos, hospitales, escuelas; y sobre todo cesaron las habituales matanzas, que han «reverdecido» con extraña frecuencia en los últimos decenios.

En esa época de bastante paz -no se olvide la guerra ruso-japonesa y otros episodios menores- se produjo un gran desarrollo técnico, científico y económico de Europa; se elevó el nivel de vida, se extendió la democracia, hasta llegar en varios países, incluso en España, al sufragio universal, por supuesto masculino. Se fueron acentuando las diferencias entre las diversas naciones, que a pesar de todo convivían; fueron naciendo rivalidades económicas o de prestigio y poder, lo que creó el clima que hizo posible la desastrosa ruptura de 1914. Se habían ido estableciendo diversas alianzas, con el fin de asegurar distintas hegemonías parciales, que resultaron funestas, porque fueron lo que desencadenó con poco motivo la Gran Guerra.

Esta, como casi todos los grandes males que sobrevienen a la humanidad, fue una inmensa exageración. El doble asesinato de los Príncipes austro-húngaros en Sarajevo hubiera podido ser un simple crimen, un penoso incidente sin más consecuencias. Llevó a una guerra de cuatro años, naval, por primera vez aérea y sobre todo de trincheras, que costó millones de muertos.

Reclamaciones de una nación a otra, pretensión de intervención en las investigaciones, orgullos nacionales, invocación de las alianzas, todo ello fue enlazándose, multiplicando los equívocos, las sinrazones, hasta llegar a uno de los desastres máximos de la historia europea. La intervención del Japón y finalmente de los Estados Unidos hizo que la llamada Guerra Europea se convirtiera en la Primera Guerra Mundial.

A aquella larga estabilidad siguió un afán de transformaciones cuyo balance deja perplejo al que tiende la mirada por la historia del último siglo. Desapareció la Monarquía en lugares en que estaba sólidamente asentada. Se produjo la desmembración del Imperio Austro-Húngaro, obra de gran sabiduría, que había mantenido la cohesión en una gran zona de Europa en que había sido problemático el proceso de nacionalización, iniciado en España y Portugal a fines del siglo XV, seguido de cerca por Francia e Inglaterra, luego por Prusia, Suecia y hasta el nacimiento de algo así como una nación en Rusia. La fragmentación de la antigua unidad centrada en Viena, con otro elemento en Budapest -faltó haber añadido a lo germánico y lo magiar el elemento eslavo, cuyo centro hubiera debido ser Praga-, hizo que toda esa parte de Europa se llenara de «naciones», por supuesto Repúblicas, que han sido problemas constantes desde entonces.

Se desmembró igualmente el Imperio Otomano, defectuoso y lleno de problemas, ciertamente, pero si se compara aquel mapa con los resultados las pérdidas parecen aterradoras.

El afán de transformación ha sido desde entonces incontenible. Se buscaron defensas, garantías, asociaciones de todo tipo, con frecuencia inestables y sin criterios claros. Conviene no olvidar que en el plazo de muy pocos años, entre 1918 y 1939, se produjo nada menos que la segunda y gigantesca Guerra Mundial, y que se pudo llamar período de «entre guerras» a lo que medió entre ambos desastres.

¿Quiere esto decir que la estabilidad de los tres cuartos de siglo fue engañosa, mera apariencia? No, fue real, creadora, lo que debió ser el punto de partida para seguir adelante. Fue petulante, vanidosa, en algún sentido frívola. Faltó la cautela, la previsión de los riesgos, de las consecuencias de lo que parecía inofensivo o deseable. En suma, falta de un ejercicio suficiente de la inteligencia, una acumulación de errores que hoy parecen evidentes. ¿No lo eran entonces? Creo que sí; si se mira bien, se ve que algunas cabezas claras se dieron cuenta; otras, eminentes, no. La mayor parte de las primeras no tenían el mundo en sus manos, no podían apenas influir. Y esto lleva a pensar en una cuestión delicada: ¿en manos de quién están las cosas decisivas? ¿De quién se puede uno fiar? ¿Hay algún medio de que se cuente en la vida colectiva con lo responsable, lo que puede ser clarividente?

Desde casi un año el mundo ha entrado en una fase inquietante. Sería el momento de exigir claridad, rigor en el pensamiento. El error es lo más peligroso de todo. ABC.XV. VIII. MMII

 

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1599 - Los cristianos de Malabar adhieren a Iglesia católica. Los suecos deponen al rey Segismundo III, paladín de la contrarreforma. Se estima en 900 mil el número de esclavos negros en América, la mayor parte en el Caribe y Brasil.

 

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1619 - Primeros esclavos negros en América del Norte (Virginia); provenientes desde África y eran embarcadores por mercaderes mahometanos que a la vez, otros enviaban para tierras árabes.

 

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1902   - EN JULIO DE 1902 SE INAUGURA EN PARÍS LA CONFERENCIA INTERNACIONAL PARA LA REPRESIÓN DE LA TRATA DE BLANCAS; UNA FORMA DE ESCLAVITUD QUE EN JULIO DEL 2002 NO SÓLO NO HA DISMINUIDO, SINO QUE SE ACENTÚA PARTICULARMENTE A TRAVÉS DE REDES MAFIOSAS DE ORÍGENES EN PAÍSES «TAMBIÉN MUSULMANES». A EJEMPLO, EL ROBO DE ADOLESCENTES CRISTIANOS - ORGANIZADO PÚBLICAMENTE POR EL GOBIERNO SUDANÉS MUSULMÁN, EN EL SUR DE SUDÁN-ÁFRICA, PARA SER VENDIDOS COMO ESCLAVOS A OTROS PAÍSES MUSULMANES: OMÁN, ARABIA SAUDITA, ETC. TAL COMERCIO HA ALCANZADO REALMENTE PROPORCIONES RUINES E INIMAGINABLES, SEGÚN LAS MISMAS AUTORIDADES ECLESIÁSTICAS CATÓLICAS, CIVILES DE LAS NACIONES UNIDAS EN EL 2002, Y CONFIRMADO POR OTRAS ORGANIZACIONES NO GOBERNATIVAS.  EL SILENCIO Y CONSENTIMIENTO DE LOS PAÍSES ISLÁMICOS ES REPROBABLE.  ES CONOCIDO QUE EL ORIGEN DE ESTE MAL PROVIENE DE COSTUMBRES MERCANTILES EN SUDÁN COMO EN ÁFRICA EN GENERAL DESDE HACE VARIOS SIGLOS. TALES CONDUCTAS, CON LA SERVIL COMPLICIDAD DE NEGROS AFRICANOS MAHOMETANOS, FOMENTARON EL ENVÍO DE ESCLAVOS NO SOLO HACIA ARABIA, IRÁN E INDIA, ETC. VIEJOS COMPRADORES, SINO TAMBIÉN HACIA AMÉRICA.-

 

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1960 – 2003 - EN ARABIA SAUDITA HASTA LOS AÑOS 1960 Y MÁS, PRACTICÁBASE LA ESCLAVITUD. SIENDO YA EL 2003, EN SUDAN TOLERASE AUN TAL PRÁCTICA Y VENDEN A LOS NIÑOS CRISTIANOS –PARTICULARMENTE SI SON NIÑAS- A LOS RICOS DEL GOLFO PÉRSICO Y GRAN CLIENTE DEL ABYECTO Y DESPRECIABLE MERCADO, ES “ARABIA SAUDITA” LA PROTECTORA DEL ISLAM.

 

(Una razón histórica que enfrenta culturalmente a árabes y negros, considerados éstos "esclavos" por los islámicos.)

 

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Algunas notas sobre la esclavitud en América.

 

El artículo hace una introducción sobre la doctrina y la práctica de la esclavitud, habla sobre la diferencia en la esclavitud de indios y los negros, sobre el tráfico negrero y el número de esclavos negros en América así como de las condiciones de vida de la población negra

Doctrina de la esclavitud

Los pensadores paganos de la antigüedad, siguiendo a Aristóteles (Política I, 2 y 5), estiman que la esclavitud es de derecho natural, es decir, conforme a la natura del hombre. Sin embargo la Iglesia antigua, fiel a la Biblia, se preocupa principalmente de liberar al hombre de la esclavitud del pecado, que hace al hombre esclavo de sus pasiones y del demonio (Jn 8,32.44; 1Jn 3,8; Rm 6,16; 2Pe 2,19), y de afirmar que es igual en Cristo la dignidad de quienes son esclavos o libres en la sociedad civil (1Pe 2,18-19; 1Cor 7,20-24; Gál 3,26-28).

En las celebraciones litúrgicas no se separan libres y esclavos; el matrimonio de los esclavos es tenido por válido; los esclavos tienen acceso a los cargos de la Iglesia; el Papa San Calixto, por ejemplo, había sido esclavo.

La Iglesia pretende así dos cosas: primera, que todos los hombres -todos ellos espiritualmente esclavos, tanto los esclavos como los libres-, vengan a ser en Cristo espiritualmente libres; y segunda, que el esclavo social sea tratado con toda caridad, «como a hermano muy amado» (Flm 16).

Pronto estos ideales obtuvieron realización histórica, y a partir del siglo IV, gracias a la Iglesia, se fue generalizando cada vez más la manumisión de esclavos. De este modo, al prevalecer el cristianismo sobre el paganismo antiguo, se produjo un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad, la desaparición de la esclavitud en el milenio medieval cristiano, un dato impresionante muchas veces ignorado.

Régine Pernaud dedica el capítulo V de su libro ¿Qué es la Edad Media? a demostrar la afirmación precedente. «La esclavitud es, probablemente, el hecho que más profundamente marca la civilización de las sociedades antiguas. Sin embargo, cuando se analizan los manuales de historia, se observa con sorpresa la discreción con que tal hecho se evoca; y la sorpresa aumenta al ver la extraña reserva con que se trata la desaparición de la esclavitud al comienzo de la Edad Media y más aún su brusca reaparición a principios del siglo XVI... Si uno se entretiene, como yo lo he hecho, en revisar los manuales escolares de las clases secundarias, se comprueba que ninguno de ellos señala la desaparición progresiva de la esclavitud a partir del siglo IV. Evocan con dureza la servidumbre medieval, pero silencian por completo -lo que resulta paradójico- la reaparición de la esclavitud en la Edad Moderna» (125), cuando el paganismo incipiente del Renacimiento va desmoronando la cristiandad medieval. En línea con tal actitud, «traducen la palabra siervo -servus- por esclavo. Contradicen formalmente la historia del derecho y de las costumbres que evocan, pero se quedan tan tranquilos... La realidad es que no hay punto de comparación entre el servus antiguo, el esclavo, y el servus medieval, el siervo, ya que el primero era una cosa y el segundo un hombre» (126-127).

En este sentido advierte José Luis Cortés López, refiriéndose a los términos siervo-cautivo-esclavo, que «estas tres palabras que hoy día pueden parecer sinónimas, debieron tener acepciones diferentes, pero en los documentos no aparecen bien delimitadas por lo que pueden originar errores de interpretación» (La esclavitud...16). Por lo que a los autores escolásticos se refiere, cuando ellos hablan de la condición del servus, hay que entender en principio que están hablando de los siervos medievales, no de los esclavos del mundo pagano antiguo o contemporáneo. Es significativo en esto que precisamente «la palabra esclavo se va imponiendo abrumadoramente y en gran cantidad de documentos del siglo XVI» (18). Predominó desde entonces el término esclavos porque eran conscientes de que se trataba de una categoría distinta de los siervos medievales.

Por lo que a la doctrina se refiere, los teólogos y juristas cristianos, y entre ellos Santo Tomás, estiman que la servidumbre «no podía existir en el estado de inocencia» (STh I,96,4), como tampoco existía el vestido. La servidumbre, servitus, «no fue impuesta por la naturaleza, sino por la razón natural para utilidad de la vida humana. Y así no se mudó la ley natural sino por adición» (I-II,94, 5 ad3m), como sucedió con el vestido. Por eso «la servidumbre, que pertenece al derecho de gentes, es natural en el segundo sentido, no en el primero» (II-II,57, 3 ad2m; +S. Buenaventura, S. Antonino de Florencia, Vitoria, Báñez, Sánchez, Lessio, Suárez, etc.).

En algunas circunstancias la servidumbre puede ser incluso «no sólo lícita, sino también fruto de la misericordia», como cuando ella conmuta una pena de muerte o por ella se libra a la persona de una opresión mayor (Domingo de Soto, Iustitia et iure IV,2,2). Este aspecto penal de la servidumbre es claro en Santo Tomás, para el que «la servidumbre es una cierta pena determinada, que pertenece al derecho positivo, pero procede del natural» (In IV Sent. lib.IV, dist. 36, 1 ad3m).

Las principales causas legítimas de la servidumbre o de la esclavitud eran la guerra, la sentencia penal y la compraventa, y todavía en 1698 estas tres -iure belli, condemnatione et emptione- eran consideradas como lícitas en la Sorbona (+Cortés López, 38).

La guerra, siempre, claro está, que fuera justa, podía y solía producir esclavos lícitos, pues mediante ella los prisioneros, por un tiempo o para siempre, quedaban cautivos bajo el dominio del vencedor, y como sucede hoy en las cárceles, despojados de importantes libertades civiles.

La sentencia penal por graves delitos también podía reducir a esclavitud lícitamente, viniendo a ser entonces una pena semejante a la cárcel perpetua, aunque normalmente mucho más benigna.

La compraventa podía, en fin, dar lícito origen a esclavos, siempre que se cumplieran ciertas exigencias: mayoría de edad del vendido, beneficio real para él, etc.

Ésta venía a ser la mentalidad europea sobre la esclavitud que tenían los laicos y religiosos en las Indias del siglo XVI, y aún duró mucho tiempo. Y era ésta también la mentalidad de los indios de América. Ellos también tenían esclavos por compra, por castigo penal o por guerra -aunque en muchas zonas lo más común era que los prisioneros de guerra fuesen sacrificados-. Y así en los mercados indígenas los esclavos eran comprados normalmente para el servicio o para ser sacrificados y comidos (F. Hernández, Antigüedades de México, cp.11.). Bernardino de Sahagún precisa que en el tianguis azteca, concretamente, el traficante de esclavos era el «mayor y principal de todos los mercaderes» (Historia X,16).

Práctica de la esclavitud

Por lo que se refiere a la práctica histórica, hallamos en la antigüedad la esclavitud en todas las culturas, aunque con modalidades muy diversas. Las mismas fronteras verbales entre las palabras siervos, cautivos y esclavos son bastante difusas. El imperio romano en su apogeo tenía 2 o 3 millones de esclavos, es decir, éstos eran un 35 o 40 % de su población (Klein, La esclavitud... 15).

En la Europa cristiana medieval la esclavitud declina hasta casi desaparecer en muchos lugares. Pero reaparece poco a poco en la Europa renacentista, en Italia, durante los siglos XIII al XV, por sus relaciones comerciales con Oriente, y en Portugal, desde mediados del XV, por su comercio con África. En ciertas familias ricas de la aristocracia o del comercio tener un esclavo -un eslavo blanco oriental o uno negro africano- contribuye no sólo a prestar unos servicios domésticos, sino sobre todo a dar una nota exótica de distinción.

Europa, a partir del XVI, admite sin mayores problemas el crecimiento de la esclavitud, que se multiplica después más y más. Entonces la esclavitud, más o menos como hoy el aborto, llega a verse como un mal admisible y justificable.

«La esclavitud del negro como institución -afirma Enriqueta Vila Villar- era, en esta época, un hecho admitido por todos. Los teólogos y la iglesia en general mantuvieron diferentes tendencias: algunos cerraron los ojos ante ella y se abstuvieron de ningún comentario; otros se preocuparon de denunciar la violencia de la trata, y otros se detuvieron a hacer un inventario de las ventajas y los inconvenientes, llegando a reconocer la necesidad de mantener el «statu quo» establecido. Entre los primeros se podría citar al padre Vitoria(*); entre los segundos a Tomás de Mercado, Alonso de Sandoval, Bartolomé de Albornoz y el jesuita Luis de Molina, por destacar los más conocidos; y entre los terceros al también jesuita padre Vieira, que consideraba indispensable la esclavitud como único medio de mantener [en Brasil] la economía del azúcar y los intereses de la propia Compañía. Aunque este último, después de un profundo estudio, condena los métodos empleados en el tráfico negrero» (Hispanoamérica y el comercio de esclavos 4).

El sevillano dominico Tomás de Mercado (+1575), profesor en la universidad de México, considera que «la venta y compra de negros en Cabo Verde es de suyo lícita y justa», pero «supuesta la fama que en ello hay y aun la realidad de verdad que pasa, es pecado mortal y viven en mal estado y gran peligro los mercaderes de gradas que tratan de sacar negros de Cabo Verde» (Suma de tratados y contratos II,21). Lo mismo piensa el padre Las Casas, que estima que «de cien mil no se cree ser diez legítimamente hechos esclavos» (Historia de las Indias I,27).

Ésta es también una convicción popular bastante generalizada en esa época. Don Quijote dice liberar a los galeotes «porque me parece duro hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres» (I,22). Y, como ocurre siempre, los cristianos mejores son los que menos toleran los males de su siglo, aunque estén muy generalizados. Así, por ejemplo, el padre de Santa Teresa, según ella misma cuenta: «Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos, y aún con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piedad. Y estando una vez en casa una -de un su hermano- la regalaba como a sus hijos; decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piedad» (Vida 1,2).

En un discurso histórico en la isla senegalesa de Gore (22-2-1992), Juan Pablo II lamentaba profundamente que «personas bautizadas» hubiesen tomado parte en el «escandaloso comercio» de la esclavitud, y recordaba que ya Pío II en 1462 había condenado su práctica, como también la condenaron posteriormente varios Papa: Pablo III (1537), Urbano VIII (1639) o Benedicto XIV (1741). Tras una intervención de Pío VII, publicó Gregorio XVI una encíclica contra la esclavitud en 1837. Llegaron los Papas en ocasiones a imponer la excomunión a quienes tuvieren esclavos, pero muchos católicos resistieron medida tan radical, alegando que ello produciría el retraso de las naciones católicas, ya que las protestantes no tenían ese impedimento.

Durante tres siglos y medio, 10 o 15 millones de negros africanos fueron trasladados forzosamente a América como esclavos (Klein 25)... ¿Cómo pudo resistir la conciencia cristiana un crimen histórico tan horrible? Lo toleró sin perder por eso el sueño. La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval.

La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

Un estudio de la Universidad Católica de Roma afirma en 1997 que cada año el aborto legal acaba con la vida de cuarenta millones de niños en todo el mundo -100.000 al día-, y que en algunos países el número de abortos llega a triplicar el de los nacimientos. La mayoría de las civilizadas conciencias actuales toleran estas matanzas con toda paz. Incluso se indignan con quienes pugnan por detenerlas.

La esclavitud de indios en América

En los primeros años de la conquista de América, «los españoles legitimaban la esclavitud del mismo modo que lo hacían los indígenas. En el caso español se trataba de una institución practicada por todos los europeos y los musulmanes entre sí y con los africanos, y desde luego representaba un derecho de guerra reconocido universalmente y que sólo la Corona interrumpió con los indios americanos cuando dispuso prohibirla» (Esteva Fabregat, La Corona española y el indio americano 175-176).

Hernán Cortés, por ejemplo, cuando se disponía a conquistar la región de Tepeaca, después de la Noche Triste, le escribía a Carlos I con toda naturalidad: «Hice ciertos esclavos, de que se dio el quinto a los oficiales reales»... De ellos se ayudaban los conquistadores como guías, porteadores y constructores, y a veces incluso como fieles guerreros aliados. El problema moral de conciencia por entonces -como en los tiempos de San Pablo- no se planteaba, en modo alguno, sobre el tener esclavos, sino sobre el trato bueno o malo que a los esclavos se daba.

Así las cosas, «si los indios coincidían con los combatientes españoles en cuanto a considerar legítimo el derecho a tener esclavos a los que les hacían la guerra, la Iglesia y la Corona tuvieron que empeñarse no sólo en una lucha ideológica con los diversos grupos y culturas indígenas, sino que también se vieron obligados a convencer a sus propios españoles acerca de que el indio debía ser una excepción en lo que atañe a esclavitudes y servidumbres. Ambos, indios y españoles, tuvieron que ser reeducados en función de la confluencia de una nueva ética: la que se fundaba en el cristianismo y en la igualdad de trato entre cristianos» (Esteva 167).

En este sentido, «lo que aprendieron [los indios] de los españoles fue precisamente el protestar contra la esclavitud y el tener derecho a ejercer legalmente acciones contra los esclavistas» (168). Y éste, como veremos, fue ante todo mérito de la Iglesia y de la Corona.

Como es natural, el empeño por cambiar la mentalidad de indios y españoles sobre la esclavitud de los naturales de las Indias hubo de prolongarse durante varios decenios, pero se comenzó desde el principio. En efecto, los Reyes Católicos iniciaron el antiesclavismo de los indios cuando Colón, al regreso de su segundo viaje (1496), trajo a España como esclavos 300 indios de La Española, y le obligaron a regresarlos de inmediato, y como hombres libres.

Alertados así sobre el problema, los Reyes dieron en 1501 rigurosas instrucciones al comendador Nicolás de Ovando, en las que insistían en que los indios fuesen tratados no como esclavos, sino como hombres libres, vasallos de la Corona. Recordaremos aquí brevemente las acciones principales de la Iglesia y la Corona para la liberación de los indios.

Por parte de la Iglesia, el combate contra la esclavización de los indios vino exigida tanto por misioneros como por teólogos y juristas. La licitud de la esclavitud, según hemos visto, estaba por entonces íntimamente relacionada con la cuestión gravísima de la guerra justa, y ésta con el problema de los títulos lícitos de conquista, como ya vimos brevemente más arriba (53-56). Pero, en referencia directa a la esclavitud de los indios, hemos de recordar, por ejemplo, el sermón de Montesinos (1511), la enseñanza del catedrático salmantino Matías de Paz (1513), la carta de fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, al virrey Mendoza; la carta de los franciscanos de México al Rey, firmada por Jacobo de Tastera, Motolinía, Andrés de Olmos y otros; las intervenciones de Las Casas; las tesis de la Escuela de Salamanca, encabezada en esta cuestión por Diego de Covarrubias y Leyva, contra Sepúlveda, apoyadas por Soto, Cano, Mercado, Mancio, Guevara, Alonso de Veracruz (+Pereña 95-104); y poco más tarde las irrefutables argumentaciones del jesuita José de Acosta, apoyadas en buena medida en Covarrubias.

Por parte del Estado, recordaremos primero las numerosas y tempranas intervenciones antiesclavistas de altos funcionarios reales, algunas de las cuales ya hemos referido más arriba (45-47). Núñez de Balboa, por ejemplo, en 1513, escribe al Rey desde el Darién, quejándose del mal trato que Nicuesa y Hojeda dan a los indios, «que les parece ser señores de la tierra», y que una vez que se hacen con los indios «los tienen por esclavos» (Céspedes, Textos 53-54). En 1525, a los cuatro años de la conquista de México, don Rodrigo de Albornoz, contador de la Nueva España, escribe también al Rey, denunciando que con la costumbre de hacer esclavos «se hace mucho estrago en la tierra y se perderá la gente de ella y los que pudieran venir a la fe y dominio de V. M., si no lo mandare remediar luego y que en ninguna manera se haga sin mucha causa, porque es gran cargo de conciencia» (+Castañeda 65-66). Unos diez años más tarde, don Vasco de Quiroga, oidor real en México, refuta uno tras otro con gran fuerza persuasiva todos los posibles supuestos legítimos de esclavización de los indios, en aquella Información en derecho de la que ya dimos noticia (208-209). «Naturalmente, estos autores no intentan negar el derecho de cautiverio, fruto de la guerra, sino conseguir una excepción con los indios americanos» (Castañeda 66; +68-88, 125-136).

La Corona hispana, atendiendo estas voces, prohíbe desde el principio la esclavización de los indios en reiteradas Cédulas y Leyes reales (1523, 1526, 1528, 1530, 1534, Leyes Nuevas 1542, 1543, 1548, 1550, 1553, 1556, 1568, etc.), o la autoriza solamente en casos extremos, acerca de indios que causan estragos o se alzan traicionando paces -caribes, araucanos, chiriguanos-. En 1530, por ejemplo, en la Instrucción de la Segunda Audiencia de México, el Rey prohíbe la esclavitud en absoluto, proceda ésta de guerra, «aunque sea justa y mandada hacer por Nos», o de rescates (+Castañeda 59-60).

Pero también llegaban al Rey informaciones y solicitudes favorables a la esclavitud de los indios, formuladas no sólo por conquistadores y encomenderos, sino también por religiosos dominicos y franciscanos, que, al menos en algunos lugares especialmente bárbaros, «aconsejaron la servidumbre de los indios», contra la primera idea de los Reyes Católicos (López de Gómara, Historia gral. I,290).

Pedro Mártir de Anglería, en una carta de 1525 al arzobispo de Cosenza, refiere: «El derecho natural y el canónico mandan que todo el linaje humano sea libre; mas el derecho romano admite una distinción, y el uso contrario ha quedado establecido. Una larga experiencia, en efecto, ha demostrado la necesidad de que sean esclavos, y no libres, aquellos que por naturaleza son propensos a vicios abominables y que faltos de guías y tutores vuelven a sus errores impúdicos. Hemos llamado a nuestro Consejo de Indias a los bicolores frailes Dominicos y a los descalzos Franciscanos, que han residido largo tiempo en aquellos países, y les hemos preguntado su madura opinión sobre este extremo. Todos, de acuerdo, convinieron en que no había nada más peligroso que dejarlos en libertad» (+Cortés 38).

Los españoles de Indias aducían contra la prohibición de la esclavitud «varias razones, y al parecer, de peso: que los hombres de armas, no viendo provecho en conservar la vida de sus prisioneros, los matarían; que siendo el sistema de hueste el usual de la conquista, y siendo los esclavos parte fundamental y a veces única del botín, nadie querría embarcarse en nuevas guerras contra los indios; que si impedían los rescates se cerraban las posibilidades de que muchos indios conocieran el cristianismo y abandonaran la idolatría; que los indios, viendo que sus rebeliones no podían ser castigadas con el cautiverio, se estaban volviendo ya de hecho incontrolables» (Castañeda 60). Todas estas presiones teóricas y prácticas explican que la Corona española, a los comienzos, quebrase en algún momento su continua legislación antiesclavista, como cuando en 1534 autoriza de nuevo el Rey, bajo estrictas condiciones, la esclavitud de guerra o de rescate.

Pero inmediatamente vienen las reacciones antiesclavistas, y entre ellas quizá la más fuerte la del oficial real don Vasco de Quiroga: «Diré lo que siento, con el acatamiento que debo, que la nueva provisión revocatoria de aquella santa y bendita primera [1530] que, a mi ver por gracia e inspiración del Espíritu Santo, tan justa y católicamente se había dado y proveído, allá y acá pregonado y guardado sin querella de nadie, que yo acá sepa»... (+Castañeda 118). Las Leyes Nuevas de 1542, y las que siguen a la gran disputa académica de 1550 entre Las Casas y Ginés de Sepúlveda, reafirmaron definitivamente la tradición antiesclavista de la Iglesia y la Corona. Así en 1553 ordena el Rey «universalmente la libertad de todos los indios, de cualquier calidad que sean», y encarga a los Fiscales proceder en esto con energía, «de forma que ningún indio ni india deje de conseguir y conservar su libertad».

Por lo demás, «la persecución de que se hizo objeto a quienes practicaban la esclavitud de los indios se fue generalizando a medida que se acentuaba el papel de la Iglesia en Indias, y a medida también que la Corona española aumentaba sus controles funcionarios sobre los españoles» (Esteva 184). Esta persecución comenzó muy pronto, y no eximió tampoco a los poderosos, como vimos ya en el caso de Colón, o podemos verlo en el de Hernán Cortés, que en el juicio de residencia de 1548, fue acusado de tener trabajando en sus tierras indios esclavos de guerra o rescate, a los que se dio libertad.

1492, 1550... En aquel dramático encuentro de indios y españoles, es evidente que los indios, mucho más primitivos y subdesarrollados, en un marco de vida moderna absolutamente nuevo para ellos, vinieron a ser el proletariado de la nueva sociedad que se fue desarrollando, con todo los sufrimientos que tal condición social implicaba entonces -no mayor, probablemente, a los que, por ejemplo, se daban en el XIX durante la revolución industrial entre los mismos ingleses, o a los que en el XX se experimentan en los suburbios y lugares más deprimidos de América-.

La esclavitud, en las Indias hispanas, desde el comienzo, cedió el paso a la encomienda, con el repartimiento de indios, y ésta institución no tardó mucho en verse sustituida por el régimen de las reducciones en pueblos. En todo caso, es preciso reconocer que, ya desde 1500, al abolir la esclavitud de los indios, «la Corona española se adelantaba varios siglos a la abolición de la esclavitud en el mundo» (Pereña, Carta Magna de los Indios 106).

La esclavitud de negros en América

Aunque hubo algunos momentos de vacilaciones, como hemos visto, la actitud antiesclavista de la Iglesia y la Corona en relación a los indios fue firme y clara. En cambio, la importación de esclavos negros a las Indias constituyó un problema moral y legal diferente. Si su presencia, más o menos difundida por toda Europa, no suscitaba problemas de conciencia, tampoco se veían dificultades morales para permitir su paso a América, donde estuvieron presentes desde el primer momento, aunque en modalidades muy diferentes, que ahora simplificaremos en tres tipos.

1. Esclavos-conquistadores. Los negros esclavos fueron casi siempre compañeros de aventura de los descubridores y conquistadores -Ovando, Cortés, Pizarro, Núñez Cabeza de Vaca, etc.-, desempeñando a veces funciones relevantes. En las Instrucciones dadas en 1501 por los Reyes Católicos al gobernador Nicolás de Ovando, se prohibía el paso a las Indias de judíos y moros, pero se autorizaba el ingreso de negros esclavos, con tal de que fuesen nacidos en poder de cristianos.

El historiador chileno Rolando Mellafe hace notar que estos esclavos «se sentían también conquistadores, y de hecho lo eran», y «muchos de ellos obtuvieron su libertad por este hecho, otros alcanzaron a adquirir hasta la jerarquía de conquistadores y pudieron a su vez poseer esclavos» (La esclavitud... 25), con los que no solían ser demasiado clementes. Muy pronto las leyes de la Corona hubieron de proteger a los indios de posibles abusos de los negros. En todo caso, «la aceptación social de estos esclavos llegó hasta el matrimonio de conquistadores o hijos de ellos con esclavas mulatas y negras, y de negros con hijas mestizas de conquistadores. De este modo, estos grupos, que podríamos llamar esclavos-conquistadores, se enriquecieron a través de granjerías económicas, encomiendas de indios, etc., y pasaron a constituir puntos troncales importantes de la aristocracia señorial indiana, y se diferenciaron claramente de los demás esclavos negros, que después llegaron en forma masiva, como mano de obra» (26).

2. Esclavos-criados. Por otra parte, «permisos para pasar a las Indias con un número de esclavos que fluctuaba entre tres y ocho se les dio a casi todos los funcionarios nombrados por el Consejo [de Indias] en el siglo XVI: virreyes, gobernadores, oidores, contadores, fundidores, así como a las dignidades eclesiásticas y hasta los simples párrocos» (22). Estos negros de que hablamos ahora venían a ser criados, hombres a veces de mucha confianza de sus señores. El arzobispado de Sevilla, por ejemplo, tenía un gran número de estos esclavos, y también los tenían en las Indias los religiosos, a veces en gran número, como los jesuitas.

Cuando el obispo Mogrovejo parte en 1580 para Lima con veintidós familiares y colaboradores, «iban también por especial licencia real seis fieles criados de raza negra. En bien de estos servidores hizo don Toribio dos solicitudes al Rey antes de partir: una para el uso de «armas ordinarias dobladas»; otra, para que en el Perú se les concediesen «tierras y solares en que puedan labrar y edificar». A ambas accedió el Monarca» (Rodríguez Valencia I,154). Dando a los esclavos buen trato, no había escrúpulo de conciencia en tenerlos. San Martín de Porres, por ejemplo, con un donativo que recibió, «compró un negro para el lavadero del convento». Y San Pedro Claver tuvo en Cartagena esclavos negros a su servicio como intérpretes.

3. Esclavos-mano de obra. Otra muy distinta, y mucho más dura, fue la situación de los negros llevados a las Indias, y en primer lugar a las Antillas, como mano de obra. Estas Islas fueron a los comienzos la base fundamental de los descubrimientos y conquistas, de tal modo que los indígenas antillanos, poco numerosos y primitivos, se vieron obligados a trabajos enormes y urgentes, siendo así que, a diferencia de los indios de los grandes imperios de México o del Perú, ellos no estaban habituados de ningún modo al trabajo organizado y persistente.

Esfuerzos tan agotadores, unidos a las epidemias y a la violencia de los comienzos anárquicos, acabaron prácticamente en las Islas con lo población india. Y fue preciso entonces pensar en la importación de negros africanos, que viniesen a complementar, y en muchos casos a sustituir, la mano de obra indígena. Los negros, en efecto, resistían las epidemias de origen europeo, pues pertenecían al mismo medio endémico, y poco a poco, a requerimiento de funcionarios y pobladores, fueron trayéndose a todas las zonas de las Indias hispanas, aunque en proporciones muy diversas.

El tráfico negrero

«Convencido el gobierno español de que el comercio de negros no debía dejarse librado a la mera iniciativa privada, casi desde el primer momento lo despojó de toda libertad, sujetándolo a un rígido control en provecho del Real Tesoro y a una estricta vigilancia de la cantidad y calidad de los esclavos introducidos en las Indias» (Elena F.S. de Studer, La trata...48). La Corona española percibía, pues, por cada pieza que permitía introducir en América un impuesto, señalado en las licencias o asientos que establecía con personas o Compañías traficantes. Este tráfico requería en sus organizadores -casi nunca españoles- grandes medios de capital, barcos y personas, así como posesiones o contactos en el África, y fue asumido por personas o compañías de diversas nacionalidades, según las vicisitudes económicas y políticas de Europa.

En efecto, «no hubo potencia de la Europa occidental -señala Klein- que no participara en alguna medida en el tráfico negrero; cuatro, empero, preponderaron en él. Del principio al final hubo portugueses, quienes fueron los que mayor cantidad de esclavos transportaron. Los ingleses dominaron la trata durante el siglo XVIII. En tercer lugar se sitúan, también en el XVIII, los holandeses, y luego los franceses. A la cola figuran, por períodos más o menos cortos, daneses, suecos, alemanes y norteamericanos, pero nunca los españoles» (94); casi nunca, para ser más exactos.

Los puertos de Cartagena y Veracruz son autorizados por la Corona para recibir esclavos africanos; pero el permiso poco a poco se va ampliando a otros puertos, hasta que en 1789 decreta Carlos III la total libertad del comercio negrero; y hacia 1804 todos los puertos importantes de Hispanoamérica gozan de una completa libertad de comercio de esclavos negros.

Número de esclavos negros en América

Durante los siglos en que la esclavitud estuvo vigente, 10 o 15 millones de negros africanos fueron trasladados a América como esclavos. Al principio se importaron esclavos en cantidades muy reducidas, pero después, a medida que avanzaba la secularización de Europa y se relajaba su espíritu cristiano y su conciencia moral, y a medida también que el desarrollo de los pueblos acrecentaba la necesidad de mano de obra, el número creció enormemente.

En los siglos XVI y XVII Brasil importó entre 500.000 y 600.000 esclavos negros; el Caribe no ibérico más de 450.000; la América hispana entre 350.000 y 400.000; y las incipientes colonias de Francia e Inglaterra 30.000 (Klein 43).

En los siglos XVIII y XIX se acrecienta muchísimo la importación de negros en América. «Cuatro quintos del total de esclavos africanos llegados al Nuevo Mundo, fueron transportados en siglo y medio, entre 1700 y mediados del siglo XIX» (94). A medida que van creciendo las estructuras productivas de las naciones de América, y también a medida que el espíritu de la Ilustración liberal y capitalista las va impregnando, se multiplica terriblemente la cantidad de esclavos negros, sobre todo en el Caribe, Brasil y los Estados Unidos. En algunas de estas regiones las importaciones son tan masivas que llegan a tener una población mayoritariamente negra.

A fines del XVIII, por ejemplo, en los Estados Unidos, la mitad de la población de Maryland, Virginia, Carolinas y Georgia es negra; y aún más, dos tercios, en Carolina del Sur (L. A. Sánchez, Breve historia... 217, 227-228). En 1768 en la colonia británica de Jamaica hay 167.000 negros por 18.000 blancos, es decir, diez negros por un blanco (Klein 44). Describiremos este proceso con ayuda de dos cuadros (Klein 173-175).

1. Población negra en América a fines del siglo XVIII

Región esclavos libres total

-Brasil 1.000.000 399.000 1.399.000

-Caribe no ibérico, Colonias: 1.085.000

francesas 575.000 30.000

inglesa 467.000 13.000

-Estados Unidos 575.420 32.000 607.420

-América Hispana *271.000 650.000 921.000

Totales: 2.888.420 1.124.000 4.012.000

*Esclavos en México y América central, 19.000; Panamá, 4.000; Nueva Granada, 54.000; Venezuela, 64.000; Ecuador, 8.000; Perú, 89.000; Chile, 12.000; Río de la Plata, 21.000.

2. Población negra en América entre 1860 y 1872

Región esclavos libres total

-Estados Unidos (1860)

3.953.696 *488.134 4.441.830

-Brasil (1872)

1.510.806 4.245.428 5.756.234

Caribe hispano

-Cuba (1861)

370.553 232.493 603.046

-Puerto Rico (1860)

41.738 241.037 282.775

Totales: 5.876.793 5.207.092 11.083.885

*De estos negros libertos, 261.918 residían en los estados esclavistas del sur. Y en esos años (1860) los Estados Unidos tenían 31 millones de habitantes (+C. Pereyra, La obra... 269).

Estos cuadros estadísticos de la esclavitud negra en América explican no poco algunas cuestiones comparativas, pues las enormes diferencias cuantitativas que se aprecian de unas a otras regiones proceden y al mismo tiempo causan ciertas diferencias cualitativas.

La esclavitud en América fue abolida a lo largo del siglo XIX, aunque se mantuvo de hecho en ocasiones después de las prohibiciones legales, al ser éstas bastante tiempo ineficaces.

«Chile y México destacan por haber declarado la emancipación plena desde el primer momento. Chile liberó a sus 4.000 esclavos incondicionalmente en 1823; fue, al parecer, la primera república americana en hacerlo. México, que antes de su independencia conservaba 3.000 esclavos, emancipó a todos a principios de la década de 1830» (Klein 160). Estados Unidos liberó a los esclavos en 1863. Y en 1888 Brasil «decretó la emancipación inmediata y sin compensación de todos los esclavos. Caía así el más vasto régimen esclavista sobreviviente. Con él terminó la esclavitud americana» (163).

Suavización hispana de la esclavitud negra

En opinión de Vila Villar, «»sorprende ver -escribe Jaramillo Uribe- la situación de inferioridad en que se encontraba el negro ante la legislación colonial, especialmente cuando se le compara con la que tuvo el indígena». En efecto, a partir de la aplicación de las Leyes Nuevas y la consiguiente política de protección al indio se cargaron sobre el negro las tareas más duras. En toda la legislación indiana de los siglos XVI y XVII apenas algunas normas humanitarias aparecen al lado de las disposiciones penales más duras. Lo cual contribuyó a crear una mentalidad de represión continua conseguida mediante una conducta de crueldad, tortura y malos tratos» (Hispanoamérica... 237).

El profesor Kamen, en cambio, afirma que «no se puede dudar que la legislación española para los negros, como para los indios, era la más progresista del mundo en aquella época» (+Cortés López 188). En realidad, como señala Elena F.S. de Studer, «no existió un cuerpo legal que reglamentara la situación del esclavo hasta la R. C. de 31 de mayo de 1789, que vino a constituir el Code Noir de la monarquía española. Al implantarse la esclavitud en América, las relaciones entre el amo y el esclavo se rigieron por Las Siete Partidas, título XXI» (333).

La esclavitud negra fue en el mundo hispano más suave que en otras zonas de América. Es ésta, al menos, la opinión de autores importantes. El cubano José Antonio Saco, en su monumental Historia de la esclavitud desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, después de treinta años de investigación sobre el tema, llegó a concluir que «la crueldad no fue el signo distintivo de la esclavitud de los negros en las posesiones españolas, sobre todo en ciertos países del continente» (+Tardieu, Le destin des noirs...317).

Ésta fue también la opinión del brasileño Gilberto Freyre, reafirmada por Frank Tannenbaum en su libro Slave and Citizen: the Negro in the Americas (1947), y compartida también por Elsa Goveia y Herbert S. Klein (+Tardieu 315-320), y más recientemente, en su estudio sobre Los africanos en la sociedad de la América española colonial, por Frederick P. Bowser (AV, Hª de América Latina 138-156).

Ciertamente, fueron grandes las diferencias en el trato de los esclavos negros según épocas y zonas. Elena F. S. de Studer, estudiando La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII, afirma: «El trato que los negros recibieron en estas regiones fue humano y benévolo. Los cronistas y viajeros están de acuerdo en afirmar que los esclavos porteños eran considerados por sus amos con bastante familiaridad, recibiendo muchos de ellos no sólo el apellido sino hasta la libertad y bienes. Su suerte no difirió, en general, de la de los blancos pobres. La mayoría murió sin haber recibido un solo azote, no sabían de tormentos, se les cuidó durante la enfermedad, y como el alimento principal, la carne, era muy barata, y se les vestía con las telas que ellos mismos fabricaban, siendo muy raro el que trajera zapatos, se mantenían con facilidad. Hubo, sin duda, excepciones, pero si alguna vez fueron maltratados, intervenía la autoridad y el esclavo era vendido a un amo más humano» (331-332).

Las causas de esta menor dureza de la esclavitud negra en Hispanoamérica son bastante claras:

-La condición religiosa católica, común a blancos, negros o indios, contribuye también, sin duda, a suavizar el horror inherente a la esclavitud, fomentando el respeto a la dignidad personal del esclavo. «El Estado y la Iglesia reconocían la esclavitud como nada más que una desafortunada condición secular. El esclavo era un ser humano que poseía un alma, igual que cualquier persona libre ante los ojos de Dios» (Bowser 147). Las cofradías religiosas de negros tuvieron gran importancia en la América española, como las irmandades en el Brasil. Por el contrario, la esclavitud negra de América fue muchísimo más dura donde apenas hubo empeño por evangelizar a los africanos.

-La liberación de esclavos era muy recomendada por la Iglesia católica. Ermila Troconis de Veracoechea, estudiando la esclavitud negra en Venezuela, dice que «era una modalidad muy común de muchos amos libertar a sus esclavos [por testamento] en el momento de su muerte; este sistema de manumisión la hacía el testador con el fin de sentirse exento de cargos de conciencia y morir así en paz y sin remordimientos» (XXXIV).

En efecto, la frecuencia de la manumisión en los esclavos de la América española queda reflejada en los documentos notariales, en los testamentos, y hemos tenido muestra patente de ella en los dos cuadros estadísticos más arriba transcritos, que consignan la proporción entre los negros esclavos y libres de América según las regiones. Este es un dato de mucha importancia, pues puede establecerse como regla general, por razones obvias, que el trato peor de los esclavos se dio en América donde los negros esclavos eran muchos más que los libres, y el mejor donde los negros libres eran muchos más que los esclavos.

Bowser, por ejemplo, nos informa de que en el período comprendido entre 1524 y 1650, fueron liberados incondicionalmente en Lima un 33’8 % de esclavos africanos, en la ciudad de México un 40’4 %; y en la zona de Michoacán, entre 1649 y 1800, un 64’4 % (146).

-La adquisición de la libertad, por otra parte, no era obstruida legalmente por condiciones casi insuperables, pues ya desde las Siete Partidas medievales venía favorecida en la legislación hispana.

Y así vemos, con los mismos datos de Bowster que acabamos de citar, que el resto de negros esclavos compró por sí mismo la libertad, o fue comprada por un tercero, en Lima un 39’8 %, en México el 31’3 %, y en Michoacán el 34 % (153-154). Y téngase en cuenta que las ciudades de Lima y México tenían por esos años las mayores concentraciones de negros del hemisferio occidental (146).

-Los prejuicios sociales y raciales en el mundo hispánico, al ser éste católico, fueron y son siempre mínimos, al menos en relación a otros marcos culturales. Estima Bowser que «las investigaciones de otros estudiosos parecen confirmar la afirmación de Tannenbaum de que los latinoamericanos aceptaban de buena gana la presencia de negros libres, para asimilarlos a una sociedad más tolerante (aunque en sus niveles más bajos) e incluso otorgarles cierto respeto como artesanos o como oficiales de la milicia. No hubo linchamientos en Hispanoamérica, y la ruidosa oposición a los negros libres que prevaleció en el sur de los Estados Unidos no llegó, ni mucho menos, a un extremo parecido, aunque eso no niega una gran dosis de sutiles prejuicios» (154).

A este propósito transcribe Madariaga las impresiones escritas por un observador inglés en el Buenos Aires de 1806: «Entre los rasgos más estimables del carácter criollo ninguno sobresale más que su conducta para con sus esclavos [negros]. Testigos con frecuencia del duro trato que a estos semejantes nuestros se da en las Antillas inglesas, de la total indiferencia para con su instrucción religiosa que allí se observa, les llamó al instante la atención el contraste entre nuestros estancieros y estos sudamericanos» (Auge 419). Y añade Madariaga: «Por muy cruel que haya sido un español con un indio o con un negro, jamás le infirió insulto o maltrato alguno que no hubiera sido capaz de inferir a otro español en circunstancias análogas» (424).

Fuera del mundo hispano-católico, el trato del indio o del esclavo negro tuvo una dureza mucho mayor; pero además con una diferencia no sólo cuantitativa, sino cualitativa.

El mismo Madariaga da referencia de cómo en 1830, en las Indias occidentales holandesas, el gobernador de Surinam ordenó en una pragmática «que ningún negro fumara, cantara o silbara en las calles de Paramaribo; que al acercarse un blanco a cinco varas todo negro se descubriera; que no se permitiera a ninguna negra llevar ropa alguna por encima de la cintura, que era menester que llevasen los pechos al aire, y sólo se les toleraba una enagua de la cintura a la rodilla» (424). El capitán Alexander, que publica en 1833 sus impresiones tras un largo viaje por América, describe en términos patéticos la pena de azotes con látigo que podían sufrir los esclavos negros en la América holandesa, en tanto que «un inspector holandés lo contempla todo fumando su pipa con tranquilidad. Cualquiera [allí] puede mandar un negro a la cárcel y hacer que le den ciento cincuenta azotes mediante pago de un peso» (107).

Y en las Antillas británicas o en los Estados Unidos el desprecio racial no fue menor. James Grahame, en su historia de los Estados Unidos y de las colonias británicas, habla en 1836 de indios y negros, quizá influido por las recientes tesis de Darwin, llamándoles «las dos razas degeneradas» (Madariaga 425).

De Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos y liberador de los negros (1863), cuenta Julien Green que en su momento «apoyaba la vieja idea humanitaria de Henry Clay de enviar a Liberia a toda la gente de color para devolverles la libertad, sus costumbres y su tierra de origen». En un discurso en Charleston, Illinois, decía en 1858: «No soy partidario -nunca lo he sido, bajo ningún concepto- de la igualdad social y política entre la raza blanca y la raza negra... Existe una diferencia física entre ellas que les impedirá, siempre, vivir juntas en igualdad social y política. Existe naturalmente una situación de superioridad e inferioridad, y mi opinión es asignar la posición de superioridad a la raza blanca» (Las estrellas del Sur, 477, 519).

Una mentalidad como la de este distinguido antiesclavista ha sido y es completamente ajena a la propia del mundo hispano-católico americano.

-Por último, la profusión del mestizaje entre blancos y negros, característica de las Indias hispanas desde un comienzo -el caso por ejemplo de los padres de San Martín de Porres-, es a un tiempo efecto de la ausencia de prejuicios raciales y sociales, y causa de que éstos no se produzcan o se den con más suavidad. «Esta mezcla ha traído como consecuencia la ventaja de la falta de prejuicios raciales en los países hispanoamericanos, lo cual bien podría calificarse de herencia cultural de los primeros españoles conquistadores» (Troconis XIX).

La realidad es que en el mundo católico hispano-lusitano, nunca llegó a formarse un abismo infranqueable entre los hombres blancos y los de color. Mientras que, por ejemplo, en los Estados Unidos o en Sudáfrica la diferencia entre negro y blanco ha sido neta y abismal, en la zona iberoamericana, incluso en el campo terminológico, había una «escala resbaladiza» -mulatos, tercerones, cuarterones, quinterones, zambos o zambahigos, pardos o morenos, castizos, chinos, cambujos, salta-atrás, chamizos, coyotes, lobos, etc., etc.-, por la cual siempre era posible subir o bajar.

José María Iraburu. (Gratis Datae)PUBLICADO EN «ARBIL»REVISTA

NOTA: FRANCISCO DE VITORIA, SACERDOTE CATÓLICO - DOMINICO, CONSIDERADO EL FUNDADOR DEL DERECHO INTERNACIONAL, MUERE EN SALAMANCA EL 12 DE AGOSTO DEL AÑO 1546.

 

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LA LIBERTAD DEL HOMBRE

 

1730 Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. “Quiso Dios ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (Si 15,14.), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a El, llegue libremente a la plena y feliz perfección”(GS 17):

El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos. (S. Ireneo, haer. 4, 4, 3).

I  Libertad y responsabilidad

1731 La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

1732 Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.

1733 En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a “la esclavitud del pecado”(cf Rm 6, 17).

1734 La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que éstos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos.

1735 La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales.

1736 Todo acto directamente querido es imputable a su autor:

Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: ‘¿Qué has hecho?’ (Gn 3,13). Igualmente a Caín (cf Gn 4, 10). Así también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte de éste (cf 2 S 12, 7-15).
Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer, por ejemplo, un accidente provocado por la ignorancia del código de la circulación.

1737 Un efecto puede ser tolerado sin ser querido por el que actúa, por ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro. Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez.

1738 La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en materia moral y religiosa (cf DH 2). Este derecho debe ser reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del orden público (cf DH 7).

II. La libertad humana en la economía de la salvación

1739 Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo esclavo del pecado. Esta primera alienación engendró una multitud de alienaciones. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

1740 Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre ‘sujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales’ (CDF, instr. "Libertatis conscientia" 13). Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina

1741 Liberación y salvación. Por su Cruz gloriosa, Cristo obtuvo la salvación para todos los hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. ‘Para ser libres nos libertó Cristo’ (Ga 5,1). En El participamos de ‘la verdad que nos hace libres’ (Jn 8,32). El Espíritu Santo nos ha sido dado, y, como enseña el apóstol, ‘donde está el Espíritu, allí está la libertad’ (2 Co 3,17). Ya desde ahora nos gloriamos de la ‘libertad de los hijos de Dios’ (Rm 8,21).

1742 Libertad y gracia. La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a  medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones del mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. (MR, colecta del domingo 32)

Resumen

1743 Dios ha querido ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (Si 15,14). Para que pueda adherirse libremente a su Creador y llegar así a la bienaventurada perfección (cf GS 17, 1).

1744 La libertad es el poder de obrar o de no obrar y de ejecutar así, por sí mismo, acciones deliberadas. La libertad alcanza su perfección, cuando está ordenada a Dios, el supremo Bien.

1745 La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Hace al ser humano responsable de los actos de que es autor voluntario. Es propio del hombre actuar deliberadamente.

1746 La imputabilidad o la responsabilidad de una acción puede quedar disminuida o incluso anulada por la ignorancia, la violencia, el temor y otros factores psíquicos o sociales.

1747 El derecho al ejercicio de la libertad, especialmente en materia religiosa y moral, es una exigencia inseparable de la dignidad del hombre. Pero el ejercicio de la libertad no implica el pretendido derecho de decir o de hacer cualquier cosa.

1748 “Para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1).

 

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REFORMA Y CARIDAD

 

1.- Los pobres: una presencia que crea problema.

1.1.- Las fuentes:

En los tratados de historia de la Iglesia tradicionales, se habla poco de los pobres. O mejor, se habla de algunos .pobres., como s. Francisco, de los problemas de la pobreza, pero sólo en cuanto que algunas actitudes crearon problemas de tipo doctrinal, como las luchas de los espirituales y de los fraticelli. La masa de los pobres es ignorada. Son la mayoría, pero no existen. En los últimos decenios se ha tratado mucho de ellos, la bibliografía es muy abundante. A través de estas obras deberemos llegar a sus .archivos., a las fuentes donde se habla de ellos, y donde, con suerte, se puede encontrar incluso su propia voz. Se habla de ellos en las crónicas. Son importantes los instrumentos legales, los testamentos, las descripciones hagiográficas ( el pobre está siempre unido al santo), los ciclos pictóricos, los estatutos de las confraternidades.

1.2.- Palabras para una definición:

Para definir quienes son los pobres, Miguel Mollat, ha intentado una aproximación lingüística a la pobreza y a los pobres. Pobre deriva del latín Pau = poco y Per de = parecer = producir. Por tanto, es uno que produce poco.

1.3.- Juicio sobre la pobreza en diversas épocas:

1.3.1.- Filológicamente:

El Evangelio ha transformado la realidad doliente de la pobreza en una llamada y en un valor: es una llamada, un grito, que exige como respuesta la caridad; es un valor que implica la acción sea personal, o comunitaria. La respuesta se manifiesta en una búsqueda y en una catequesis de la .comunión de los bienes. y en la activación de las palabras que la describen como ágape, diaconía, limosna.

1.3.2.- En la primera Edad Media:

Al menos hasta el final del XII, los pobres eran esencialmente los peregrinos que había que hospedar y los campesinos que había que saciar y defender, huérfanos y viudas, algunos descuidados, pero todos en un ámbito bastante restringido. Los pobres estaban definidos como pauperes Dei o Christi. Los canónigos carolingios incluían a los pobres en un orden protegido por la ley y tutelado por el soberano y la Iglesia. De San Cesario en adelante el término pauperes Christi se referirá a los monjes que con las oraciones y los ayunos acumulaban tesoros en el cielo. Como los demás pobres, el pauper iustus, el monje, tiene derecho a la tutela del soberano y además obtiene los .superna regna.. La pobreza llega a ser por tanto una condición de secuela. Los indigentes a su vez son llamados pauperes cum Lazaro... éstos son membra Christi, están a la puerta del paraíso y llegan a ser janitores caelorum. Por ello la limosna extingue el pecado y el pobre intercede por el benefactor.

1.3.3.- Los siglos XII y XIII:

Se produce el renacimiento de las ciudades, la mejora de las comunicaciones, causado por el desarrollo de las manufacturas y del comercio. Al mismo tiempo se agudizan el debate sobre la pobreza, los pobres comienzan a crear problemas de orden público, de afirmación social. Aumenta el número de las reivindicaciones y disminuye el deseo de cumplirlas, desde el momento en que los pobres habían llegado a ser una presencia inquietante.

La tutela del pobre en el periodo anterior estaba unida a los monasterios y a los caballeros. Los primeros ofrecían el pan y el vestido, los segundos la espada y el hospedaje. Con la rápida transformación económica y con la aparición de la moneda y de la banca, la suerte de los pobres, se unió al hermano y al comerciante o banquero. El movimiento mendicante evitó la deriva del movimiento de los pobres, que en un primer momento se estaba rebelando a la Iglesia. Durante una buena parte del XIII, la situación permanece tranquila, también porque se produjo una unión favorable. Son .los años felices. de Luis IX, rey de Francia, y de Alfonso X, el Sabio, de Castilla. Educaron a la cristiandad para considerar con favor a los pobres en la línea de la solidaridad. Se produjo la .Revolución de la caridad., como afirma A. Vauchez.

Entre finales del XIII y el XIV, surge un periodo trágico de 34 años de carestía. Triunfó en este momento la iconografía del .triunfo de la muerte.. Fue causado por una serie de inviernos fríos y la peste, el hambre y la guerra. La población europea cayó en un siglo entre un 30-35%. Hubo abandono del campo y la masa doliente de estos pobres fue expulsada en busca de pan y esperanza. En las ciudades disminuyó la producción y el comercio, reduciéndose el bienestar que se había conseguido en la época precedente, a pesar de aumentarse la demanda, no se produjo un aumento del salario y los estados impidieron la ocupación laboral de los hombres válidos. No hubo un boom económico. Los desórdenes europeos comenzaron en Francia meridional, pero las revueltas no tuvieron ninguna unidad entre ellas, lo cual es seguramente más grave. No había ninguna mente detrás de este movimiento que lo guiase y condujese.

Estaban implicadas también otras categorías de personas, pero fue inevitable la implicación de los pobres, antes de los asalariados, los cuales habían perdido el trabajo o la poca prosperidad que habían sido capaces de alcanzar, y después los más miserables. Naturalmente la chusma de la sociedad no se mantuvo al margen. Los detenidos en libertad se pusieron en primer plano. Los vagabundos se dejaron manejar en este tumulto, por lo que fue fácil concluir que los pobres eran así porque eran malos. El pobre, imagen de Cristo, llega a ser así un delincuente. Además, con las contaminaciones de los elementos heréticos (hussitas o lollardos) fue fácil cargar a este movimiento de un posterior motivo de alarma, para el cual los hombres de Iglesia fueron particularmente sensibles: el pobre no sólo es un delincuente sino también un herético. En último término una criatura diabólica.

Se empieza a distinguir entre verdaderos y falsos pobres. Los primeros eran las personas dóciles, dulces, que no provocaban disturbios, que no vivían de violencia, que no fingían estar ciegos o cojos, que no utilizaban a los niños cojos a propósito para provocar emociones.

Una categoría de pobres particularmente incomoda era la de los vagabundos, porque eran desconocidos, sin trabajo, criminales, delincuentes potenciales, posibles portadores de epidemias. La hostilidad hacia ellos crecía en proporción a su número, llegaban a ser temibles cuando eran numerosos o iban en grupos. Los tipos de vagabundos respondían a los de la pobreza:

mala conducta;

ociosos;

expulsados para no adquirir una tierra;

incapaces de pagar un alquiler;

desocupados;

fugitivos.

 

Es claro que ante esta cuestión era difícil presentar a Cristo en la figura del mendicante. Ante los hombres válidos y bien pensantes parecían que su pobreza era por su propia culpa. De aquí la condena de la sociedad. Eran pobres porque no trabajaban, porque no deseaban trabajar. Preferían el ocio, y por tanto robaban, incendiaban, disturbaban, y ponían en peligro la paz de la sociedad.

Las revueltas, donde los pobres estaban siempre inmersos, venían interpretadas como gestos que iban contra la voluntad de Dios, y la mendicidad de los hombres válidos era tomada como contraria a la ley natural. La misma disposición moral que justificaba el hurto en caso de necesidad, no resistió el aumento del número de los pobres, así a los ladrones los castigos debían ser aún más ejemplares.

A partir de la mitad del 300 comenzaron los procedimientos represivos. En toda Europa las leyes se endurecen contra los desempleados y vagabundos. Se prohibía dar limosnas. Poco a poco se fue creando la idea de que un hombre vale aquello que produce, por esto los pobres sin trabajo podían ser equiparados a los delincuentes. El pobre no era Cristo, sino un malvado, digno de ser abandonado a los rigores de las leyes. Con el Humanismo se afirmaba un concepto más sutil: el hombre verdadero no es el pobre, sino el rico, aquel que produce, aquel que posee, aquel que puede gozar de los beneficios de la naturaleza. La alabanza de la pobreza se concluye en dos siglos, girando hacia las riquezas.

1.4.- El juicio de los pobres:

Con la explosión de las nuevas leyes en toda Europa contra los pobres en general, el clamor de éstos llega a estar amenazado. Este clamor se transformará en cólera.

2.- Las obras de misericordia: limosna.

La caridad llama a las obras. Los grandes predicadores de la época no dejaron de reclamar de sus oyentes el servicio de los pobres.

La preocupación por los demás llevó a mucha gente a hacer testamentos en favor de los pobres, en cuanto que se estaba convencidos que las limosnas cancelaban los pecados, las obras de caridad constituían casi un .pasaporte. para el cielo. Muchos de estos testamentos tenían destinatarios generales, no individuales. Son importantes las distribuciones funerarias, que conllevaban banquetes y que creaban las condiciones para una aglomeración llena de murmullos.

3.- Las obras de misericordia: los hospitales.

3.1.- Tipos de hospitales:

Fue una de las manifestaciones más importantes de la caridad cristiana. Cada ciudad pequeña o grande, tenía más de uno.

Más que un lugar de terapia, era un ambiente de .acogida., no estaba de suyo prevista la presencia de los médicos. Había hospitales grandes y pequeños. Algunos podían tener pocas camas, incluso dos o tres camas, y para él podía bastar también una sola cama. Como media solían tener unas treinta camas. Téngase en cuenta que en cada cama había por lo menos dos personas.

3.2.- Los hospitales-iglesias:

La estructura del hospital, como se ha realizado a lo largo de los siglos, ha sido la de una Iglesia. Las imágenes nos presentan un espacio, dividido en más naves muy altas, para facilitar la ventilación. En el centro o en un extremo estaba siempre el altar, de esta forma los enfermos podían observar la misa desde la cama. Es en el siglo XIII, cuando se construyeron hospitales monumentales en varias ciudades italianas, manteniendo la misma estructura.

La elección arquitectónica deriva del significado del hospital, que es sobre todo un lugar de encuentro con Dios. Si la medicina servía muy poco, mucho más servía por el contrario la pastoral de los enfermos. En algunos lugares los enfermos seguían el ritmo diario del oficio coral, participando con rezos sencillos. Si el enfermo agravaba su estado de salud se le confería la extremaunción. Una vez expirado, el cadáver era velado y dignamente sepultado.

3.3.- El personal de los hospitales:

En los pequeños hospitales no era necesario mucho personal. Podía bastar con un capellán y algunos hermanos o hermanas, cada uno de éstos tenía que atender a dos o tres camas, los cuales vivían según la regla. Junto a ellos estaban los .entregados., laicos que voluntariamente ofrecían su trabajo. La jornada empezaba a las cinco de la mañana, tras la oración y la misa, y una rápida colación, comenzaba el trabajo. Éste era interrumpido por las horas canónicas un poco abreviadas. La comida se acompañaba de la lectura. A las siete, tras las vísperas, terminaba la jornada. Dos veces a la semana se realizaba el capítulo de las culpas.

3.4.- Las órdenes hospitalarias:

Estos hermanos pertenecían o a una orden hospitalaria, o seguían reglas hospitalarias sin formar parte de una orden.

3.4.1.- Las órdenes hospitalarias:

n    Orden de San Juan de Jerusalén, fundada por el beato Gerardo en 1090. Con Raimundo de Puy, hacia 1136, se transforma en una .orden militar..

n    Orden Teutónico, fundado en 1190 por algunos ciudadanos alemanes de Brema y Lubecca, para los enfermos de Accon en Palestina. En 1198 se transforma en una orden de caballería.

n    Hospitalarios del Santo Espíritu, fundados por Guido de Montpelier, hacia 1175. Inocencio III, les confió el hospital del Santo Espíritu de Sassia, .el hospital de los papas.. Fundado junto a la escuela sajona, fundada en el 725 por el rey Ina, para los peregrinos sajones.

n    Hospitalarios laicos de San Antonio, para la cura de los enfermos del .fuego de San Antonio., hacia finales del XI. Se difundieron en toda la cristiandad. Fueron transformados en 1477 en una orden de canónigos y se unieron en 1616 a la orden de Malta.

n    Los Crogigeri o crociferi, se difundieron hasta llegar a tener 200 hospitales. Fueron fundados por la beata Inés de Bohemia y transformados en orden en 1237. La guerra hussita les causó graves pérdidas por lo que escogieron la cura pastoral.

3.4.2.- Los hermanos de los puentes:

Pequeñas comunidades de hermanos fundadas por San Bénézet ó, San Benito de Hermillón. Se empeñaron en la construcción y mantenimiento de los puentes, asegurando la cura pastoral de los viandantes. Estos hermanos tenían la conciencia de realizar una obra de misericordia, y por ello junto al puente construían el hospital, la Iglesia y el cementerio.

3.4.3.- Los hermanos de los montes:

En el siglo XI, fue fundado sobre el gran San Bernardo por San Bernardino de Mentone, un grupo de canónigos para el hospital de los pasos alpinos. Respondían a una necesidad auténtica ya que su refugio estaba puesto en un paso de vital importancia. Entraron en crisis por problemas relativos a la pobreza. Fueron reformados por el cardenal Juan Cervantes en 1438, el hospicio era rico, y se transforma en encomiendas.

3.4.4.- Los hermanos para la liberación de los esclavos:

Los Mercedarios fueron fundados en Barcelona por San Pedro Nolasco, en 1218. Su trabajo era la visita y liberación de los cristianos que eran esclavos y estaban en poder de los sarracenos, y de los más enemigos de la doctrina de Cristo, llegando incluso a dar la vida por ellos. La misma finalidad tendrán los Trinitarios, fundados por San Juan de Mata y San Félix de Valois.

4.- Montes de piedad y grano.

El préstamo a interés había encontrado siempre una seria oposición entre los canonistas y moralistas. Se consideraba que el dinero no podía crear fruto, no podía producir ninguna ventaja. Esta idea contrastaba con una ley del mercado, que intentaba tutelar el préstamo de dinero con un interés. Como quiera que el ganar en los préstamos no les estaba permitido a los cristianos, las comunidades italianas habían dado a los hebreos la posibilidad de ejercitar esta profesión. Pero tratándose de un mercado con poca oferta, los intereses eran muy altos. De todo ello se derivaron dos consecuencias: el odio hacia los hebreos y la ruina para los incautos que había solicitado un préstamo de dinero.

A mediados del 400 había nacido por tanto la idea de crear un Monte (un amontonar, un acumular dinero), para ir al encuentro de personas que tenían urgencias de dinero y que no querían caer en las manos de los usureros. Los franciscanos pensaron crear montes de piedad completamente gratuitos.

En 1488 se creó en Foligno un Monte de Grano, para socorrer la penuria de los campesinos, ya fuera por escasez o por mercancía. El monte les prestaba lo que necesitaban con la obligación de restituirlo en el periodo de recogida. Se sustraía a los campesinos de los usureros y a la vez se favorecía el desarrollo agrícola. La iniciativa no fue aprobada por todos. Este instituto, sin fines de lucro, fue combatido por los banqueros que lo consideraban una competencia desleal, y por los teólogos y canonistas más rigoristas, que no admitían el préstamo a interés, ni siquiera en el caso en el cual servía para cubrir los gastos de administración.

Los franciscanos encontraron opositores en los dominicos y en los agustinos, llegándose a debates públicos, como el de Florencia en 1473. La Constitución Inter multiplices de 1515 del Lateranense V, pone fin a las divergencias aprobando León X los Montes de Piedad y liberándoles de la acusación de usura, por lo que se extenderán por toda Europa.

Los montes ya sean de piedad como de grano, fueron un hecho religioso y moral. Así fueron promovidos desde el púlpito con ocasión de las predicaciones solemnes, siendo recogido el capital inicial por el propio predicador. El coraje de esos religiosos ha permitido abrir un camino a la libre circulación del dinero, a su inversión en obras productivas, a la actividad de las actuales bancas, a la creación de institutos de crédito con ventajas para los trabajadores, que se veían aliviados, aunque no del todo canceladas las antiguas condiciones de miseria.

El 600 fue el siglo del máximo desarrollo de los montes. Parecidas confraternidades laicas se pusieron al lado de las actividades de los montes. En tiempos más recientes, los montes de granos fueron suprimidos, mientras que los montes de piedad permanecieron, pero, como instituciones laicas.

 

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La lucha contra la esclavitud

  

César Vidal, "La lucha contra la esclavitud"

César Vidal Manzanares.  ‘doctor en historia antigua, doctor en filosofía, doctor en teología, licensiado en derecho’


La defensa de los indios contó con exponentes claros tanto en el seno del catolicismo como del protestantismo. No sucedió lo mismo, sin embargo, en relación con la esclavitud, otra de las grandes lacras que experimentaron un extraordinario desarrollo con ocasión del descubrimiento y colonización de nuevos mundos. De hecho, el mismo padre Las Casas llegó a considerar que la utilización de esclavos de origen africano podría paliar el triste destino de los indígenas americanos.

La lucha contra la esclavitud fue una causa que derivó de una cosmovisión bíblica, que se extendió a lo largo de varios siglos y que, de hecho, solo mucho después recibió el respaldo de ideologías distintas del cristianismo. Basta examinar las páginas de la Enciclopedia, el máximo monumento de la Ilustración, para percatarse de que los ilustrados no solo no eran contrarios a la esclavitud, sino que incluso la consideraban natural, dada la inferioridad racial de los esclavizados. Por ejemplo, en la voz "Negros, considerados como esclavos en las colonias de América", el texto dice:

Estos hombres negros, nacidos vigorosos y acostumbrados a una alimentación burda, encuentran en América dulzuras que les hacen la vida animal mucho mejor que en su país.

Desde luego, resulta más que dudoso que la esclavitud en las colonias americanas pudiera ser calificada de "dulzuras" y que la vida de los negros pudiera ser por definición calificada de animal, hasta el punto de que el hecho de ser esclavos la mejorara. Sin embargo, eso y no otra cosa afirma el citado artículo de la Enciclopedia, y no resulta mejor la descripción que aparece en relación con esta población negra:

Estos negros son idólatras, su lengua es difícil de pronunciar, saliendo la mayoría de los sonidos de la garganta con esfuerzo... Estos negros, se les llame como se les llame, hablan todos la misma lengua sobre poco más o menos.

Por si fuera poco, el ilustrado autor del artículo de la Enciclopedia indicaba que algunos negros logran superar sus defectos propios y se convierten en buenas personas cuya característica fundamental es, nada menos que, la sumisión a su dueño:

Los defectos de los negros no se encuentran extendidos de manera tan universal que no se encuentren muy buenos sujetos. Varios habitantes poseen familias enteras compuestas de gente muy honrada y muy unida a su amo.

Partiendo de esa base, no resulta extraño que se afirmara que encontrar negros buenos era un fruto más de la casualidad que de la probabilidad:

Si por azar se encuentra gente honrada entre los negros de Guinea, en su mayoría son durante todo el tiempo viciosos. En su mayor parte están inclinados al libertinaje, a la venganza, al robo y a la mentira.

Las consecuencias de semejante discurso no podían resultar más obvias. La esclavitud era censurable, pero los "salvajes" actuales habían caído tan por debajo del imaginario nivel en que se encontraba el "buen salvaje" primitivo que no cabía sino emprender su educación. Era obvio que unas razas eran superiores y otras claramente inferiores. Esa circunstancia obligaba a las primeras a dominar a las segundas por su bien. Que el resultado no podía sino ser positivo lo demostraba el que, hasta reducidos a la esclavitud, los negros se encontraran mejor bajo el dominio de un amo blanco en América que en libertad en África.

No resulta muy difícil imaginar lo que hubiera sido la suerte de estos desdichados si, frente a la visión de los conquistadores, al pensamiento ilustrado y, por supuesto, a las concepciones islámica y pagana de la esclavitud, no se hubiera alzado una recuperación del concepto bíblico acerca de esta institución. En realidad, basta con examinar lo que fue la trayectoria de la trata antes del movimiento emancipador.

El inicio de la trata se debió a los portugueses, que la comenzaron en 1444, y que unos quince años después importaban cada año poco menos de un millar de esclavos procedentes de diferentes puntos de la costa africana. Durante más de un siglo, Portugal monopolizó el comercio gracias a la colaboración indispensable de los comerciantes árabes –MUSULMANES del norte de África, que enviaban esclavos de África central a los mercados de Arabia, Irán y la India.

El descubrimiento de América llevó a otras naciones a sumarse a tan vergonzosa y denigrante institución. Como ya hemos indicado, incluso los defensores de los indígenas de América no encontraron censurable —en ocasiones les pareció un remedio— el recurrir a la esclavitud de los africanos. En 1517, por ejemplo, Carlos I estableció un sistema de concesiones a particulares para introducir y vender esclavos africanos en América. A finales de ese mismo siglo, Inglaterra comenzó a competir por el derecho a abastecer de esclavos a las colonias españolas, detentado hasta entonces por Portugal, Francia, Holanda y Dinamarca. De hecho, la Paz de Utrecht, que se tradujo para España en la pérdida del territorio español de Gibraltar, significó también que la British South Sea Company consiguiera el derecho exclusivo de suministro de esclavos a estas colonias. Pero para entonces hacía ya casi un siglo que habían llegado a las colonias inglesas de América del Norte los primeros esclavos africanos, y este tráfico se incrementaría sobremanera con el desarrollo del sistema de planificaciones.

Ni siquiera la Revolución americana de 1776 cambió la situación de los esclavos. El liberalismo había podido tomar de la fe cristiana algunos de sus principios políticos esenciales, pero no estaba dispuesto a disminuir sus beneficios por razones éticas. Si la Ilustración había justificado —sobre el papel, claro está— la esclavitud, la Constitución norteamericana sentenció el triste destino de los esclavos sancionando la existencia de la institución que los mantenía sometidos a tan lamentable estado. No era extraño si se tiene en cuenta que algunos de los Padres fundadores, como Thomas Jefferson, eran pingües propietarios de esclavos.

El enfrentamiento con la esclavitud surgió en el seno del cristianismo y por razones enraizadas directamente en las Escrituras. Durante el siglo XVII, los cuáqueros (...) y en el siglo siguiente, los metodistas (..), hombres como William Knibb (...) y William Wilberforce, un hombre piadoso que (...) en su calidad de miembro del Parlamento, se dedicó a tareas de profundo contenido social. Así, Wilberforce —al que se llegó a denominar la conciencia del primer ministro— fomentó la educación de los necesitados y, sobre todo, desarrolló una extraordinaria labor para lograr la erradicación de la esclavitud. No fue una tarea fácil, ya que chocaba con intereses económicos obvios, pero en 1807 consiguió la prohibición británica del comercio de esclavos y en 1833 se declaró la abolición de la esclavitud en la totalidad de los territorios británicos. El único país que se había adelantado a Inglaterra en la abolición de la trata había sido Dinamarca, en 1792, y también apelando directamente a los principios contenidos en la Biblia.

A lo largo del siglo XIX la emancipación de los esclavos se convirtió en una bandera utilizada en la lucha contra el poder colonial —México abolió la esclavitud en 1813; Venezuela y Colombia, en 182 l—, pero no siempre con convicción. La explicación de este comportamiento no podía ser más obvia: el proceso de abolición chocaba con los intereses de la burguesía. De hecho, Uruguay mantuvo la esclavitud hasta 1869; España, en Cuba, hasta 1886; y Brasil, hasta 1888. Cualquiera de estos procesos emancipatorios es dudoso incluso que hubiera comenzado sin los precedentes del mundo anglosajón, puesto que fue Inglaterra la que durante el Congreso de Viena instó a las otras potencias europeas a adoptar medidas similares a las aprobadas por su Parlamento.

A finales del siglo XX, y a pesar de la incorporación de normas antiesclavistas en la legislación internacional, la esclavitud sigue siendo una realidad fuera de Occidente y afecta a no menos de cien millones de personas. En algunos países islámicos y budistas incluso cuenta con una existencia legal. De no haber sido por la influencia del cristianismo, tal vez ese también sería el panorama en las sociedades occidentales. Sin embargo, el triunfo de la lucha contra la esclavitud durante el siglo XIX no significó que la causa de la libertad humana quedara salvada y asegurada para el siglo siguiente. En realidad, iba a enfrentarse durante este con los peores desafíos que había experimentado a lo largo de la Historia humana, y de nuevo el papel del cristianismo resultaría esencial.
Extracto de "El legado del cristianismo en la cultura occidental", Espasa, 2000, pp. 208-214.

 

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P: Ha dicho que los Reyes Católicos han sido los mejores monarcas que ha tenido España. De estas decisiones: ocupación de un continente entero que no nos pertenecía, asesinato de millones de indígenas, esclavización de otros tantos, imposición de nuestra cultura y religión, expulsión de los judíos, ¿cuál es que más le ha gustado?

R: El trato a los indígenas como súbditos y no como esclavos (a diferencia de otras potencias), la prohibición de la esclavitud de aquellos que habían sido reducidos a ese estado por Colón, la unificación de la cultura de casi todo un continente en el que las luchas tribales eran feroces, la inclusión de ese continente en la esfera occidental, la consumación victoriosa de la lucha secular contra el Islam... hay más pero me falta espacio.2003. 03.28 – CÉSAR VIDAL MANZANARES. 

 

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SUDAN ISLÁMICO, 2003-2006

LOS CRISTIANOS SON VENDIDOS

COMO ESCLAVOS, OTROS CRUCIFICADOS.

 

Sudan, ecatombe «imbavagliata»

 

Il vescovo Gassis: il grido inascoltato dei cristiani vittime della persecuzione

Da Milano Gianni Santamaria

«La guerra in Iraq? Giorno e notte i giornali e le televisioni hanno riversato nelle case di tutto il mondo occidentale ore e ore di trasmissioni. Ma chi ha parlato dei due milioni di morti del Sudan e dei suoi cinque milioni di profughi? Chi conosce lo sterminio e la violazione di diritti umani che nel mio Paese va avanti ormai da anni?». Usa parole severe, il vescovo Macram Max Gassis, pastore in esilio di El Obeid, sui Monti Nuba. È a Milano per l´incontro che i Centri culturali ambrosiani hanno organizzato per il 40° della Pacem in terris. E coglie l´occasione per andare dritto alla coscienza di un Occidente spesso superficiale, se non ipocrita, che fa valere la vita di un iracheno, più di quella altrettanto preziosa di un sudanese. «È proprio vero che l´interesse dell´opinione pubblica è legato solo alla questione della ricchezza?», incalza il vescovo. In un mondo sempre più villaggio globale, possono esistere «persone di serie A e di serie B?». Snocciola orrori da far rabbrividire: denuncia con nomi e luoghi precisi episodi di crocifissioni, parrocchie bombardate, bambini venduti schiavi. Tutte cose di cui nessuno parla.
Come se lo spiega questo silenzio?
I motivi sono vari. Il primo è la furbizia del regime di Khartoum. Quando arrivano i giornalisti gli fanno vedere quello che vogliono loro. Non li lasciano entrare nelle zone dove davvero si soffre. E poi anche il mondo cristiano non ha il coraggio di dire che ci sono davvero dei fondamentalisti islamici che perseguitano dei cristiani. A differenza di altre situazioni.
Quali?
Noi cristiani abbiamo levato la voce per difendere i dritti dei curdi, dei kossovari. Ma per il Sudan no. Non c´è stato un massiccio movimento per venire a vedere. Da noi, sui Monti Nuba, le persone sono venute con il contagocce. Vanno magari a parlare con altri. Mentre la Chiesa, presente con i suoi sacerdoti o catechisti, non viene avvicinata da alcuno. La mia porta è aperta per qualsiasi delegazio ne del mondo della comunicazione: venite a vedere la situazione. È vero, adesso è un po´ migliorata dopo il cessate-il-fuoco firmato a Ginevra nel gennaio 2002. C´è più apertura. Meno paura di essere bombardati o aggrediti da terra. Ma ci sono voluti cinque anni di appelli inascoltati alla Commissione diritti umani dell´Onu a Ginevra.
L´Occidente non parla di Sudan, anche perché ha la coscienza sporca, per esempio riguardo al petrolio?
Il petrolio è un problema che viene dopo. Sono entrati i canadesi, poi anche gli americani che hanno lasciato perché hanno visto che era un petrolio «maledetto». Intanto il regime del Nord si arma con i soldi che vengono dal petrolio del Sud.
Lei vive per lunghi periodi negli Stati Uniti e in Europa. Ciò non la facilita nel far conoscere la causa del suo popolo? O davvero si scontra con un "razzismo mediatico" per il quale le vicende del Sudan non importano a nessuno?
Ho la mia base a Nairobi, ma sono un po´ un globetrotter. E ho formato dei gruppi, soprattutto, in America, composti da avvocati specializzati nei diritti umani, per continuare la mia opera, mentre io sono in giro. C´è indifferenza. La Scrittura dice: poiché non sei né caldo né freddo, ma tiepido, ti ho vomitato. Mi pare che i media cerchino solo il sensazionalismo. Tanti morti in Burundi, tutti preziosi davanti agli occhi di Dio. Ma quanti sono morti in Sudan: due milioni e mezzo dall´89. E nessuno dice niente? Cinque milioni di profughi. Siamo diventati un peso per i Paesi vicini: Uganda, Kenya, Etiopia. E anche in Inghilterra. E nessuno dice niente?
Cosa si aspetta dall´Occidente?
Ho parlato anche con Magdaleine Albright e Colin Powell. A quest´ultimo ho detto che la pace a ogni costo significa fare un´ingiustizia alla gente che soffre. Adesso sono in corso i negoziati di pace. E io spero che l´Italia, che vi partecipa come gli Usa e la Norvegia, mantenga la sua posizione e contribuisca a far progredire la pace.
Da a fricano, secondo lei che Occidente è quello che dimentica una parte così sofferente dell´umanità?
L´ho detto, in Occidente giro Paesi dove è comune dirsi cristiani. Ci vuole più coraggio nel condividere il cammino di questi fratelli che percorrono la Via Crucis. Di farsi cirenei. Quello che noi vogliamo è solo pace e giustizia. Oggi si parla tanto di pace, ma non di quella che nasce dalla giustizia. Dovrebbe essere messo anche sulle bandiere appese ai balconi: pace e giustizia.

L’AVVENIRE. IT. 2003-05-12

 

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Justicia sin misericordia, es crueldad. Tomás de Aquino

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¿Por qué gran parte de la cúpula mahometana casi nunca denuncia las posibles – y muchas veces tan evidentes - actividades de terrorismo en las mezquitas italianas, españolas y del orbe?

 

¿Por qué hay tantos imanes al servicio del terrorismo islamista?

 

¿Qué tiene el islamismo tan atrayente al homicidio, terrorismo y crimen?

 

¿Qué hay en el trasfondo del islam tan fértil para atraer al desprecio de la propia vida y obsesionarse para matar la ajena en nombre de Dios?   

 

¿Qué nutre – detrás de las apariencias e intenciones – el islam para tener dificultades en condenar siempre y abiertamente el islamismo terrorista?

 

¿Por qué la clerecía islámica condena ‘a pena de muerte’ sin tapujos ni disfraces, a quien blasfema contra Dios o minimiza al señor Mahoma, o cuestiona al ambiguo Corán como libro iluminado, y no emana ‘fatwas’ contra quienes indiscriminada y bestialmente matan a seres humanos?

 

¡Buenos, caritativos y sinceros musulmanes – amantes de la vida, la paz y de la libertad – a menudo se muestran reticentes en denunciar y limpiar las mezquitas de las actividades terroríficas, tráficos no siempre lícitos y personas implicadas en obras impropias a un lugar de culto!

 

«Y quien calla consiente - o quien consiente, suele callar»

 

«Hay silencios que matan»

 

“Hoy no es aceptable para quien quiere participar verdaderamente en la sociedad de las Naciones en sentido pleno, y no sólo fingir que reconoce principios para después pensarse si éstos no son conformes al Corán.” 2006.

 

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Todas las acciones de terroristas islamistas degradan y corrompen el débil tejido en el que se basa la civilización; el que diferencia civiles de militares, iglesias y campos de batalla.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

 

Gracias por venir a visitarnos

¡Laudetur Iesus Christus!

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -  Editorial: CIUDADELA. 

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2º Recomendamos vivamente: ‘Inquisición’  historia crítica.

Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?. 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).