Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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«Bona fides, sine ira et con studio», decía Tácito: «con buena fe, sin apasionamiento y con estudio»

 

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"La primera ley de la historia es no atreverse a mentir; la segunda, no temer decir la verdad" (León XIII)

 

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Somos hijos de la historia (y de la reflexión que brota de ella) y no podemos imaginar qué seremos si ella se hubiera realizado en una forma diferente.

 

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Aquellos que niegan las raíces cristianas de Europa no pecan contra la Iglesia, sino contra la Historia.

 

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"Una fe que no puede chocar con la historia tampoco tiene nada que decir a la historia" en el siglo: Joseph Ratzinger – S.S. Benedicto XVI. Pont.Max.

 

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Hay que ver, en primer lugar, las cosas en su contexto histórico: no podemos juzgar una cosa del siglo XVI con mentalidad del siglo XXI. Eso sería como reprocharle a un cirujano de la Edad Moderna, el que no aplicara técnicas del siglo XXI ante un determinado problema de salud.

 

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Si algo nos enseña la historia de Occidente, que se remonta a la Biblia y a Homero, es que la historia no se padece, sino que se hace, se construye; mejor dicho, la construimos.

 

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No olvidemos las lecciones de la historia, porque aunque nosotros callemos, las piedras hablarán.

 

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El 30 de Octubre de 1340, fuerzas cristianas de Castilla y Portugal derrotan a las musulmanas en la batalla del Salado, una de las más decisivas de la Reconquista.

 

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…para bien interpretar hechos históricos… 

 

Dice Polibio* que "...de la recíproca comparación y confrontación de los hechos se forma un juicio muy diverso del que se concibió viéndolos separados [...] cuanta ventaja hay del saber al simple oír, otro tanto supera la historia universal a las relaciones particulares". (Historias, III, 7).

 

* Polibio (Megalópolis, Grecia. Nace ca. 200 a. C. – fallece ca. 118 a. C.) fue un historiador griego. Es considerado uno de los historiadores más importantes, debido a que es el primero que escribe una historia universal.

 

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El historiador aborda cómo lo históricamente correcto ataca el racismo y la intolerancia en la Edad Media, el sexismo y el capitalismo bajo el Antiguo Régimen, el fascismo en el siglo XIX

El historiador Jean Sévillia parte de unos hechos y los estudia en su momento concreto, separando las causas de las consecuencias. Lo políticamente correcto no tiene nada que ver con este método cuando saca sus imágenes de la historia. Siguiendo el capricho de sus lemas, juega con las épocas y los lugares, resucitando un fenómeno desaparecido o proyectando en los siglos anteriores una realidad contemporánea. 

Juzgando la historia pasada en nombre del presente, lo históricamente correcto ataca el racismo y la intolerancia en la Edad Media, el sexismo y el capitalismo bajo el Antiguo Régimen, el fascismo en el siglo XIX. El hecho de que sus conceptos no signifiquen nada fuera de su contexto, poco importa: el anacronismo es rentable en los medios de comunicación. No es el mundo de la ciencia, sino de la conciencia; no es el reino del rigor, sino del clamor; no es la victoria de la crítica, sino de la dialéctica. 

Es también, y sobre todo, el triunfo del maniqueísmo. Mientras el historiador debe medir el peso sutil de los matices y las circunstancias, y recurrir a los campos complementarios de su saber (geografía, sociología, economía, demografía, religión, cultura), lo políticamente correcto borra la complejidad de la historia. Todo lo reduce al enfrentamiento binario del Bien y del Mal, pero un Bien y un Mal reinterpretados según la moral de hoy en día. A partir de entonces la historia constituye un campo de exorcismo permanente: cuanto más se anatematizan las fuerzas oscuras del pasado, más debe uno justificarse de no mantener con ellas ninguna solidaridad

Se demonizan así personajes, sociedades y épocas enteras. Sin embargo, no es más que una engañifa. No se apunta hacia ellos realmente: a través de ellos somos nosotros los que estamos en el punto de mira. 2010-04-10

 

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Si en verdad Europa aspira a defender sus principios y valores, deberá empezar por recuperar la fortaleza espiritual que impulsó su nacimiento. Hoy esos principios y valores son letra muerta, despojos zarandeados por el oleaje manso del relativismo.

Europa ha dejado de creer en su superioridad moral; y, paralelamente, ha desarrollado una suerte de apatía o desistimiento que la corrección política disfraza de «tolerancia» hacia otros valores y formas de vida.

Los terroristas islámicos, más atentos en el diagnóstico de la enfermedad que nos corroe, redoblan sus ataques porque saben que Europa se ha debilitado, porque saben que en su relativismo se esconde la semilla de la rendición. 2005.07

 

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Ahora bien, aunque los mismos cristianos en la Historia hayan cometido abusos, esos abusos no son el cristianismo. Se llega a ser cristiano cuando se descubre en Dios la fuente de la vida y a Cristo como el único Salvador. «Esto no significa de ninguna manera que despreciemos a las otras religiones ni que seamos soberbios de pensamiento». Y no duda el Papa en afirmar: «Necesitamos la verdad... Pero tenemos miedo de que la fe en la verdad comporte intolerancia». Por eso, «si este miedo, que tiene sus buenas razones históricas, nos asalta, es tiempo de contemplar a Jesús» hecho niño. Y al contemplarle -dijo-, se puede descubrir que «la verdad no se afirma mediante un poder externo, sino que es humilde y sólo es aceptada por el hombre a través de su fuerza interior: por el hecho de ser verdadera». Viena. 07/09-IX.2007- Benedicto PP. XVI. Obispo de Roma

 

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“...Hemos de llevar el pasado, sin faltar al recuerdo, a su propia situación de tiempo ya fenecido, evaluando lo más correctamente que podamos su influencia o herencia en el presente. Sólo así se construirá con cierta libertad el futuro, pero, para conseguirlo, hay que acabar con las falsificaciones de la Historia”. Miguel Ángel Ladero Quesada, de la Real Academia de la Historia - 2002.-

 

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Una hermosa indicación de Juan Pablo II hablando de la memoria histórica: La memoria se configura como un derecho que corresponde a cada grupo humano (sociedad, Iglesia, partidos y sindicatos) para profundizar en la propia identidad, pero es esencial que esa memoria no sea selectiva y sesgada, ni intente imponer a todos una visión uniforme, sino que se desarrolle a partir de una aproximación «abierta, objetiva y científica» a los hechos.

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…[…]… «Sí que reivindicó el derecho de cada colectivo, «la Iglesia católica, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica», a rememorar su historia para profundizar «en su identidad». Monseñor Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao-Esp. 2007.XI.

 

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Historiadores serios, responsables investigadores, sanos intelectuales deben estudiar la historia. La Iglesia universal está muy por encima de circunstancias coyunturales, y debe ser capaz de transmitir un mensaje de fe y de esperanza. La historia tiene que quedar en manos de los historiadores porque nadie tiene derecho a imponer una «verdad oficial», propia de los sistemas totalitarios. En el marco de la razón y el sentido común, el recuerdo de los antecesores -en este caso, de quienes dieron la vida por la fe ‘mártires de la Iglesia Católica’- refuerza la propia identidad y ayuda a comprender el complejo mundo en que vivimos. 2007-XI

 

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La materia de la historia

Los que creen que la historia es una ciencia ligan su destino al del documento. Los que, por el contrario, piensan que no es sino un relato se esfuerzan por delatar los fallos en el constructo generado por los otros. No obstante, todos hemos venido hasta ahora a coincidir en la idea de que la materia de la historia es el pasado. Contado desde el presente, pero siempre el pasado.

 

Y están lo que hacen del pasado recreándose constantemente en función de lo que ocurre hoy.

 

La idea de que la historia no es una sucesión de acontecimientos sino un relato la somete a las leyes de la narrativa. Un relato requiere un punto de vista, lo cual constituye una primera limitación: el punto de vista es el de un individuo, que las más veces da voz a un colectivo o revela a ese colectivo sus propias ignorancias, supliéndolas a su vez con ideología. Esto es tan aplicable a Cervantes como a Marcial Lafuente Estefanía. Y ese personaje, el narrador, trabaja siempre desde el irremediable presente.

 

El narrador selecciona los hechos en los que intenta poner un orden, muchas veces de buena fe y tras haber investigado y descubierto documentos, elevados, por el solo hecho de existir, a la categoría de prueba. Sánchez Albornoz y Menéndez Pidal, que mucho polemizaron sobre la importancia de la presencia musulmana en la Península, fueron incapaces de impedir que Américo Castro inventara todo lo que se le ocurriera al respecto, lo que bastó para que Juan Goytisolo y otros elaboraran una teoría arabizante de la historia española, es decir, del pasado español entre 711 y 1492. Blas Infante necesitó menos alforjas para ese mismo viaje, pero es que era un ideólogo en estado puro, sin disfraz de historiador.

 

Narrar es, en primera instancia, presentar determinados hechos en un cierto orden. Y ese orden es hijo del presente.

 

Allá por 1912 los señores Diels y Krantz, filólogos alemanes, publicaron los fragmentos de una serie de filósofos antiguos que habían sobrevivido a las injurias del tiempo, en griego clásico y en alemán. Llamaron "presocráticos" a esos pensadores. Juan David García Bacca hizo más tarde una edición en español de esos mismos fragmentos y conservó la denominación. Ahora bien, como se encarga de señalar Michel Onfray en su Contrahistoria de la filosofía (Anagrama, muy recomendable), resulta que una porción de esos autores de la Antigüedad clásica fueron posteriores a Sócrates. No obstante, por el momento, pese a la enorme obviedad de lo descubierto por Onfray, ninguna universidad conocida ha introducido modificación alguna en sus programas de historia de la filosofía. La inercia es más poderosa que la evidencia, y más poderosa que la inercia es la ideología, el pensamiento vulgar.

 

Al pensamiento vulgar se le pegan los lugares comunes como los pelos de gato a los pantalones negros. El español medio sabe desde la escuela que el acueducto de Segovia es una construcción romana, y no sólo es probable que lo haya visto decenas o centenares de veces en postales o en la televisión, ya que no en libros, sino que hasta es muy posible que lo haya contemplado en un viaje a la ciudad. Sin embargo, no protesta cuando se le dice –en la prensa, sin ir más lejos– que "los árabes" introdujeron la hidráulica y los sistemas de desagüe en España. Si se detuviera a considerar el asunto, tal vez empezara a sospechar que esa alteración en el orden de los acontecimientos no es un producto de la ciencia histórica que se ocupa del pasado, sino del relato político del presente, que nos quiere aliados a una civilización con la que tenemos tradicionales lazos de enemistad desde hace trece siglos.

  

El mismo relato político que dice que a esos mismos árabes les debe Occidente nada menos que el número cero; como si las milagrosas construcciones de Pitágoras o Euclides hubiesen podido sostenerse sin ese concepto. Noción falsa, la del legado del cero, que repiten sin ruborizarse unos cuantos intelectuales de nuestra época, algunos de ellos muy leídos.

 

¿Y para qué sirve decir que "los árabes" crearon el cero y los desagües? Primero, para dejar constancia de que son mucho más inteligentes que esos judíos que sólo se ocupan de vacunas y teorías de la relatividad. Segundo, para justificar a Hamás y a todos aquellos que ejerzan la judeofobia de modo sistemático. Así de sencillo. Porque es mucho más fácil darles la razón a los mejores, a los más bellos, a los más inteligentes. Todas ellas cosas (la superioridad, la belleza, la inteligencia colectivas) que se adquieren mediante currículum.

 

Los nazis dedicaron un ingente esfuerzo económico a la Anhenerbe, una institución dedicada a la investigación del pasado ario, es decir, a la invención del superhombre por la vía de un pasado que, hasta entonces, no había sido descubierto. Desde luego, Goebbels, Darré y compañía sabían perfectamente que los auténticos arios emigrados de la India eran los gitanos rumanos, pero ello no les impidió montar costosas expediciones científicas a Oriente en busca de los orígenes: pretendían recrear el presente. De igual manera se recreó el pasado judío, porque la inferioridad, la fealdad y la estupidez también se construyen con antecedentes.

…[…]…

Los viajes al pasado son distintos para cada generación intelectual, el paisaje varía de una temporada a otra. Y, como bien sabía Ray Bradbury al escribir "El sonido del trueno" (relato incluido en Las doradas manzanas del sol), la más leve alteración del pasado tiene enormes consecuencias sobre el presente. El batir de alas de una mariposa en la antigua Nínive da lugar a una guerra futura en América: la teoría del caos en lo temporal. El pasado está lleno de acontecimientos, pero más aún lleno de presente. Por Horacio Vázquez-Rial -  2009-01-14 – LD-es-

http://revista.libertaddigital.com/la-materia-de-la-historia-1276236058.html

 

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No sólo las sectas utilizan y auspician, porque necesitan la manipulación histórica. Las instituciones de la Iglesia ‘sin complejos’ están contra la desmemoria impuesta desde el poder de turno; el periodismo independiente cuando no fundamenta lo que escribe o dice, fomentando embustes y falacias. Deseando, con buena voluntad se puede, asombrosamente, resumir complicadísimos pasajes históricos con toda sencillez. Solo se requiere: amor a la verdad y objetividad histórica. Contra la manipulación histórica, el rigor de los que saben.

 

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«La dominante cultura cínica de la amnesia se mueve en la abstracción de prescindir sistemáticamente del pasado, de la realidad, de la Historia y de la tradición, lo que le confiere empero un falso carácter innovador. Es una cultura neutral en la que está ausente la imaginación creadora. Ésta se suple, justamente, con el olvido o el rechazo de la realidad y de la tradición, para que parezca nuevo todo lo que produce. Y eso explica los absurdos proyectos y programas educativos vigentes, que parten del supuesto de que toda la cultura anterior carece de valor y debe ser desechada. Trátase de una inane y pervertida reproducción de la eterna polémica entre los antiguos y los modernos en la que el Estado como tal no solía tomar parte y que, por ende, impulsaba la cultura».

 

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CONOCER LA HISTORIA DE LA IGLESIA

 

 

Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve también de arma tanto defensiva como ofensiva de quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal.

 

Por Alberto Dellacqua

Arvo Net 04/07/2005

 

 

Una de las novelas más interesantes del siglo XX es, sin duda, al menos para muchos lectores, la titulada «1984», escrita George Orwel en 1950. El autor, de ideología izquierdista, se dio cuenta no sólo de las barbaridades prácticas que cometía por aquel entonces el comunismo marxista, sino de las que podrían venir en un régimen como el que era y podía llegar a ser la Unión Soviética. En su novela - que tiene un complemento significativo en otra posterior, La rebelión en la granja-, el gobierno de la nación posee un llamado «Ministerio de la Verdad», que se encarga de toda la prensa escrita y de reescribir cada día toda la historia de la humanidad, por supuesto conforme a las conveniencias del momento político. Es normal que cada uno escriba y cuente la historia condicionado por sus ideas y perspectivas elegidas, sobre todo a la hora de interpretar los hechos. Pero los «Ministerios -orwelianos- de la Verdad» no sólo cambian la interpretación, distorsionan los hechos o los borran del mapa. Orwel, con su parábola, vio lo que siempre ha pasado en cierta medida, lo que pasó a grandes dosis en la Unión Soviética, y lo que sigue pasando hoy en diversos puntos del planeta. La mentira se ha instalado en muchos medios de comunicación al servicio de su propia economía o de alguna ideología de partido. Tenemos un ejemplo muy reciente en España: la manifestación a favor de la familia del 18 de junio. En las televisiones libres de presiones gubernamentales, se pudo ver una tupida masa de cerca de un millón de personas y seguramente más, pero la cifra que dieron los órganos oficiales fue increíblemente de ciento sesenta mil. Una diferencia sustancial. Pero una parte importante del país no pudo verlo, porque el «ministerio de la verdad» le tapó los ojos y la prensa pro gubernamental silenció la magnitud del acontecimiento, por cierto inédito hasta esa fecha. Es un simple ejemplo de lo sucedido en un país donde existe el derecho a la libertad de prensa. En la práctica hay medios libres, aunque hayan de abrirse paso con dificultades, y en ocasiones mantenerse con mucho esfuerzo; pero existen. ¿Qué estará sucediendo donde no está reconocida la libertad de expresión? ¿De qué se entera la ciudadanía? ¿Qué puede llegar a ser nuestro mismo país si va cuajando un monopolio fáctico progubernamental de la información? Es de esperar que el sentido común, la honradez, un mínimo de respeto a la dignidad de la persona, sea cual sea su ideología, su religión, etc., se impongan. La mayoría de los ciudadanos creemos en ello; debemos poner todos los medios legítimos para que así sea.

 

Este largo párrafo, con su ejemplo, me ha parecido oportuno para subrayar la importancia que tiene hoy el estudio riguroso de la Historia. No podemos permitir que nos la cambien. Pero también debemos hacer un esfuerzo por conocerla en verdad. No podemos entender bien lo que está pasando hoy si no sabemos lo que pasó ayer. La ignorancia del pasado tiene consecuencias enormes en la vida -social, económica, política, religiosa, personal, familiar-, del presente. Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve de arma tanto defensiva como ofensiva a quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino más bien en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal. Impera, como advierte con lucidez antigua y nueva el actual Papa Benedicto, la dictadura del relativismo, lo cual, deriva con frecuencia, por pura lógica, hacia el odio a la verdad de los hechos. Todos sabemos que los hechos son «tozudos». Por eso al relativista vehemente, al que interesa que la realidad no sea lo que es, se empeñe también en que los hechos sean de otra manera. Y si el sujeto es de natural agresivo, entonces agrederá a los hechos, los distorsionará, o, si puede, los aniquilará de la memoria histórica. Por eso la Iglesia, que a pesar de los pesares - flaquezas, errores y pecados de los hombres y de las mujeres que estamos en la tierra, dentro de la Iglesia - es fiel a la misión ineludible de conducir a los fieles a la Verdad que salva, de hecho, casi podríamos decir necesariamente, es objeto de ataques continuos. Si impera el relativismo, si no se tolera la verdad objetiva, es preciso acabar con la Iglesia, como han intentado -inútilmente por cierto- tantos, desde hace veinte siglos.

 

Como los medios a disposición de esas corrientes opuestas a la verdad objetiva son muchos y poderosos y la verdad sólo puede y debe imponerse por la fuerza de la misma verdad, sin violencias de ningún género, es preciso conocerla bien. Nos va en ello tanto la propia paz interior como la capacidad de razonar con los demás, para ayudarles a conocer y reconocer sin miedo la verdad de los hechos, cosa que siempre es mejor que la ignorancia y el error. También harían bien en interesarse en "lo que puede haber de verdad" en la interpretación que hace la Iglesia de los acontecimientos: lo que dice y entiende de sí misma, de sus cosas, de su historia. Es lo que suelen hacer las personas inteligentes cuando desean hacer uso de su razón para comprender a sus semejantes, sin lo cual poco se comprenderían a sí mismos. No somos ostras. Todo tiene que ver con todo.

  

El profesor José Orlandis, en su Introducción a su breve Historia de la Iglesia. Iniciación teológica (Ediciones Rialp, Madrid 2001), dice que «la historia del Cristianismo interesa al lector católico porque viene a ser como su historia de familia; pero ha de interesar tam­bién a cualquier persona culta, porque constituye una parte esen­cial de la historia de la humanidad en los dos últimos milenios, aquellos, precisamente, que han configurado de modo más deci­sivo nuestra civilización y forman la Era que llamamos cristiana.» Esta obra ha sido escrita pensando en todos esos lectores se ha incorporado a la Biblioteca de Iniciación Teológica esta breve «Historia de la Iglesia», elabo­rada con la intención de que su lectura resulte asequible a un pú­blico amplio, que difícilmente podría acceder a otro tipo de obra más extensa. Ha hecho falta no poco esfuerzo para intentar con­jugar la sencillez y la profundidad, de tal suerte que dejando de lado un sinfín de cuestiones y acontecimientos? la exposición se ciña a seguir fielmente aquello que cabría denominar sin impro­piedad el hilo conductor de la historia cristiana.

 

El libro lleva a la cabeza de cada uno de los capítulos un corto sumario que puede servir para orientar al lector sobre las principales cuestiones que allí van a examinarse. Esta «Historia de la Iglesia», por razón de su temática, es primordialmente un libro de historia religiosa; pero se ha tratado siempre de encuadrar esa historia en un contexto general y tener bien presente el momento social, cultural y político en que vivieron los cristianos de cada época: aquellos que, desde los orígenes hasta hoy, han integrado la Iglesia, el Pueblo de Dios que peregrina en la tierra a través de los tiempos. La tabla cronológica que figura al final del volumen podrá ayudar a situar los acontecimientos en el marco que les corresponde.

 

Todo libro se escribe con un determinado propósito: también éste. El propósito que ha tenido el autor ?y que se ha esforzado por alcanzar­es simple, pero no deja de ser ambicioso: que cualquier persona con el nivel cultural común a los hombres de hoy, al terminar la lectura de estas páginas, haya podido formarse una idea clara de cómo han sido y de lo que han representado veinte siglos de historia del Cristianismo.

 

José Orlandis, autor deHistoria de la Iglesia, Orlandis es autor de unos estudios magníficos de divulgación histórica, escritos con amenidad, con el rigor de un gran especialista y particularmente asequibles para los jóvenes. Se ha convertido justamente en un clásico de la divulgación histórica con su  Historia Breve del Cristianismo, La Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XX, La Historia antigua y medieval, La Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XX. Además cuenta con más de un centenar de libros, entre los cuales habría que mencionar varios de alta investigación.

 

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LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LA RESTAURACIÓN

 

La era revolucionaria, abierta en 1789, conmovió los fundamentos políticos y religiosos de Europa. La Revolución francesa, en sus momentos álgidos, trató de eliminar toda huella cristiana de la vida social. Dos papas fueron prisioneros de los gobiernos revolucionarios. Napoleón, restaurador de la Iglesia en Francia, asumió también la herencia del Galicanismo. La Restauración pretendió un retorno al Antiguo Régimen. Muchos católicos, impresionados por la experiencia sufrida, propugnaron una nueva «alianza entre el Trono y el Altar».

 

Por JOSÉ ORLANDIS

En - HISTORIA DE LA IGLESIA. Iniciación teológica.

Ediciones Rialp, 2001 - QUINTA PARTE: LA IGLESIA EN LA EDAD CONTEMPORÁNEA - Capítulo I

  

 

1. Durante el cuarto de siglo comprendido entre los años 1789 y 1815, Francia estuvo en el primer plano de la vida delmundo. Ese período, que corre desde la reunión de los Estados Generales hasta la caída del Imperio napoleónico, fue también trascendental para los destinos del Cristianismo y la Iglesia. Y Francia, que había desempeñado un papel preeminente en la gestación de la ideología revolucionaria, una vez estallada la Revolución siguió siendo protagonista de su historia. Tratemos de rehacer las líneas fundamentales de la época, desde el punto de vista cristiano, que es el que aquí interesa.

 

2. Es bien sabido ?aunque suene a paradoja? que la Revolución francesa comenzó con una solemne procesión; la presidió el rey Luis XVI, y los representantes de los tres estados, cirio en mano, acompañaron devotamente al Santísimo Sacramento. Esto sucedía el 4 de mayo de 1789, al abrirse los Estados Generales; pero, a las pocas semanas, el decorado había cambiado radicalmente y el proceso revolucionario avanzaba incontenible, tanto en el orden político como en el religioso. El 4 de agosto, en una memorable «sesión patriótica» de la Asamblea Nacional, el clero y la nobleza renunciaron a sus privilegios tradicionales. El 10 de octubre, a propuesta de Talleyrand, entonces obispo de Autun, la Asamblea Constituyente decretaba la secularización de todos los bienes eclesiásticos. Estos bienes acabaron pronto en manos particulares y constituyeron la base económica de la nueva burguesía francesa.

 

3. Desde 1790, el proceso revolucionario se radicalizó, adoptando una actitud cada vez más agresiva hacia la Iglesia. El 13 de febrero se decidió la supresión de los votos monásticos, y el 12 de julio la Asamblea aprobó la «Constitución civil del clero», que subvertía de raíz la organización eclesiástica. Surgía una Iglesia galicana, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma. La Asamblea exigió a los sacerdotes juramento de fidelidad a la Constitución política, dentro de la cual estaba incluida la mencionada «Constitución civil». El papa Pío VI prohibió el juramento y excomulgó a los sacerdotes que lo prestaron (12?1111791). Un cisma se abrió así entre curas «juramentados» y curas «no juramentados», que se convirtieron legalmente en individuos suspectos. La Asamblea Legislativa, que sucedió a la Constituyente, decretó el 27 de mayo de 1792 la deportación de los sacerdotes «no juramentados»; en septiembre, la Convención sustituyó a la Asamblea Legislativa y comenzaron las matanzas de sacerdotes. Abolida la Monarquía, se proclamó la República y Luis XVI fue ajusticiado el 21 de enero de 1793.

 

4. Los años 1793?1794 representaron la fase más trágica del período revolucionario. Bajo el Terror, la persecución anticatólica alcanzó su punto álgido. Muchos miles de víctimas murieron en el patíbulo y se intentó borrar de la vida francesa toda huella cristiana. Hasta el calendario fue sustituido por un calendario «republicano». La entronización de la «Diosa Razón» en la catedral de Notre?Dame (10?XI?1793) y la institución por Robespierre del culto al «Ser Supremo» fueron otros tantos episodios de la obra descristianizadora, que tuvo una de sus expresiones en el furor iconoclasta, que dejó una huella ?bien visible todavía hoy? en tantas viejas iglesias y catedrales de Francia. Los años siguientes registraron alternativas de distensión y renovada persecución religiosa. Ésta se recrudeció bajo el Directorio jacobino (1797?1799), cuando los franceses ocuparon Roma y se proclamó la República romana. El papa Pío VI, anciano y enfermo, fue deportado a Siena, Florencia y, finalmente, a Francia. El 29 de agosto de 1799, en la ciudadela de Valence?sur?Rhóne, falleció Pío VI a los ochenta y un años de edad. Algunos revolucionarios exaltados proclamaron a los cuatro vientos que había muerto el último papa de la Iglesia.

 

5. El 9 de noviembre de aquel mismo año, el golpe de Estado del 18 Brumario elevó a Napoleón Bonaparte a la magistratura de primer cónsul. Cuatro meses después ?el 14 de marzo de 1800? el Cónclave reunido en Venecia elegía al cardenal Chiaramonti como papa Pío VII. Dos grandes personalidades irrumpirían así en el escenario de la historia, de la que fueron principales forjadores durante los tres primeros lustros del siglo XIX. Napoleón, pragmático y realista, era consciente del arraigo de la fe cristiana en el pueblo francés, que no había logrado destruir la tormenta revolucionaria. Pío VII, por su parte, deseaba ardientemente la normalización de la vida de la Iglesia en Francia. Un nuevo Concordato sería el instrumento adecuado para regular las relaciones entre el Pontificado y la República francesa, que pronto se transformaría en Imperio. El Concordato se firmó el 17 de julio de 1801 y una de sus consecuencias fue la creación de un nuevo episcopado, tras la renuncia de los obispos «constitucionales» y también de los «legitimistas», que habían emigrado al extranjero. Por decisión unilateral y sin consultar a la Santa Sede, Napoleón promulgó, junto con el texto del Concordato, los «Setenta y siete Artículos orgánicos», que recogían el espíritu ?yen ocasiones la letra? de los viejos «Artículos» galicanos, impuestos por Luis XIV en 1682.

 

6. El Concordato tuvo, sin duda, consecuencias favorables para la Iglesia: permitió una restauración de la vida cristiana en Francia, favorecida por la renovación del sentimiento religioso, propia del primer Romanticismo, reacción apasionada contra el seco racionalismo de la Ilustración. «El genio del Cristianismo», de Chateaubriand (1802), refleja fielmente un tal estado de espíritu. El Concordato hizo también posible la apertura de seminarios sostenidos por el Estado y la consiguiente formación de un nuevo clero; el criterio de Napoleón fue en cambio muy restrictivo con respecto a las órdenes religiosas. Hay que advertir, por otra parte, que durante la época napoleónica tomó cuerpo en Francia un partido o un grupo de opinión claramente opuesto al Cristianismo y a la Iglesia, integrado por gentes de diversa extracción: propietarios de antiguos bienes eclesiásticos, funcionarios públicos, militares profesionales, intelectuales del Instituto de Francia y obreros del incipiente proletariado urbano. Estos sectores de opinión de signo anticristiano integraron una poderosa fuerza que se enfrentaría con la Iglesia a lo largo de todo el siglo XIX.

 

7. Llegó pronto la hora en que Napoleón intentó hacer de la Iglesia y del propio Pontificado instrumentos al servicio de sus intereses políticos, y entonces tropezó con la serena, pero resuelta, resistencia del Papa. El conflicto con Pío VII surgió cuando el emperador quiso que el Papa se uniera al bloqueo continental contra Inglaterra; decretado en noviembre de 1806. Ante la negativa del Pontífice, Napoleón reaccionó con violencia: los Estados Pontificios fueron anexionados y se de

 

claró a Roma segunda capital del Imperio. Pío VII, reducido a prisión, fue deportado a Savona (6?VII?1809) y, ante su negativa a sancionar los decretos de un pseudoconcilio reunido en París (1811), Napoleón ordenó su traslado a Francia, donde se le asignó como residencia el palacio de Fontainebleau. En 1814, Pío VII recuperó la libertad, y el 7 de junio de 1815 retornaba definitivamente a Roma. Once días más tarde ?el 18 de junio? un nuevo nombre se incorporaba a la historia universal: Waterloo.

 

8. La Restauración pretendió el retorno de Europa al Antiguo Régimen y ?si posible fuera? borrar de su historia el último cuarto de siglo. El Cristianismo y la Iglesia habían sufrido una prueba muy dura y llevaban la marca de las heridas causadas por obra de la Revolución. ¿Podrá acaso sorprender que esa Iglesia considerara la terminación del período revolucionario como el final de una pesadilla y saludase como una liberación la vuelta de los «buenos viejos tiempos»? La «alianza del Trono y el Altar», fundada en la creencia de que, apoyados el uno en el otro, se aseguraba su fortaleza, fue el ideal en que soñaron entonces muchos católicos. Pero, por suerte o por desgracia, la Restauración iba a ser efímera, y tras las tentativas del año 1820 en España y Portugal, Nápoles y Piamonte, a partir de 1830, el dinamismo de la burguesía puso de nuevo en marcha el proceso revolucionario.

 

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Papa Pío VII y Napoleón

 

Seis meses después de la derrota de Waterloo, el 12 de enero de 1816 se dictaba una ley, según la cual toda la familia de Napoleón debía se expulsada de Francia. Y un comprensible repudio se instaló en todas las Cortes de Europa, por lo que contrasta todavía más la actitud que mantuvo Pío VII hacia Napoleón, su antiguo carcelero; por eso el Papa Pío VII es hoy nuestro protagonista del día.

A pesar de que Napoleón le maltrató y le hizo sufrir, Pío VII siempre le reconoció que hubiera hecho posible la firma del Concordato de 1801. Napoleón fue confinado en Santa Elena hasta su muerte en 1821; cuando el Papa tuvo noticias de que reclamaba un sacerdote católico, Pío VII intervino para que le acompañara en su confinamiento el abate Vignoli, que como el desterrado también había nacido en Córcega. Tras la caída del Emperador, Pío VII también protegió en Roma a su madre, María Leticia, por lo que pudo instalarse en el palacio de Piazza Venecia, donde moriría en 1836. Además el Romano Pontífice acogió en Roma al tío de Napoleón, el cardenal Joseph Fesch (1763-1839) y a sus hermanos Luciano y Luis. Éste último había sido rey de Holanda y vivió en Roma con su hijo Luis Napoleón (1808-1873), que acabaría convirtiéndose en 1852 en emperador de Francia con el nombre de Napoleón III.

Sin duda Pío VII, a pesar de no ser muy conocido, es uno de los grandes personajes de la historia. Fue un gigante y por eso pudo plantarle cara a Napoleón, en defensa de los intereses de la Iglesia. Pío VII fue también un hombre de Dios. Todas estas cualidades hicieron posible que mantuviese una actitud muy diferente a la de los soberanos de su época, que les faltó tiempo para correr en ayuda del vencedor, cuando Napoleón era el amo de Europa, y poco después se envalentonaron, pisándole el rabo al león, cuando ya estaba muerto.

 

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CATOLICISMO Y LIBERALISMO

 

La Restauración se frustró y el siglo XIX fue el siglo del Liberalismo, ideología de la Revolución burguesa. ¿Sería posible llegar a un entendimiento entre Catolicismo y Liberalismo?¿Convenía a la Iglesia un régimen de simple libertad, sin la protección del Estado ni el reconocimiento de sus privilegios tradicionales? ¿Debían tener la verdad y el error los mismos derechos en la vida pública? Estos y otros interrogantes recibieron distintas respuestas por parte de los católicos de una época marcada, además, por el auge de los nacionalismos, que amenazaban directamente a los Estados de la Iglesia. El Pontificado de Pío IX cubrió toda una época.

 

Por JOSÉ ORLANDIS

en - HISTORIA DE LA IGLESIA. Iniciación teológica.

Ediciones Rialp, 2001 - QUINTA PARTE: LA IGLESIA EN LA EDAD CONTEMPORÁNEA - Capítulo II

 

1. La Restauración terminó en fracaso, y el siglo XIX pasó a la historia como el siglo del Liberalismo. La Revolución de 1830 puso fin al Antiguo Régimen en Francia; en España, su desaparición sobrevino tras la muerte de Fernando VII, en el reinado de Isabel Il. La Revolución de 1848 fue un violento seísmo que sacudió a la mayor parte de Europa y supuso un ulterior avance en la configuración de la nueva realidad social y política. La victoria del Liberalismo se dejó sentir en todos los órdenes de la vida. Aquí procede examinarla únicamente en aquellos aspectos que se relacionaron de modo más directo con el Cristianismo y la Iglesia.

 

2. El Liberalismo tenía una doctrina política y económica; pero se fundaba además en una ideología, que enlazaba con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII. Una concepción antropocéntrica del mundo y de la existencia constituía la base de esa ideología liberal. Para ella, los hombres no sólo serían libres

 

e iguales, sino también autónomos, es decir, desvinculados de la ley divina, que no era reconocida socialmente como norma suprema. La libertad de conciencia y pensamiento, de asociación y de prensa, serían derechos inalienables de las personas; y frente a la doctrina cristiana tradicional, según la cual el poder procede de Dios, el Liberalismo lo hacía derivar del pueblo, que sería fuente de toda legitimidad. Ninguna diferencia hacía la doctrina liberal entre la religión verdadera ?el Cristianismo? y las demás religiones. La religión era ?para el Liberalismo? asunto que incumbía tan sólo a la intimidad de las conciencias, y la Iglesia, separada del Estado ?«Iglesia libre en Estado libre»?,quedaría al margen de la vida pública y sujeta al derecho común, como cualquier otra asociación.

 

3. La ideología liberal contenía, sin duda, elementos de genuina raigambre cristiana, pero mezclados con otros de origen muy diverso, que favorecían la secularización de la vida social, el naturalismo religioso y, en última instancia, el ateísmo o la indiferencia. Es fácil de comprender que muchos cristianos rechazaran de plano una tal ideología y que, aleccionados por las recientes experiencias revolucionarias, se inclinaran en favor de las posturas tradicionalistas, que postulaban el respeto a los derechos de Dios y de la Iglesia en la vida social. Estos católicos antiliberales simpatizaban con los gobiernos contrarrevolucionarios que subsistían todavía en Europa, continuadores, al menos en parte, del Antiguo Régimen y que reconocían a la Iglesia un lugar de privilegio en la sociedad.

 

4. Hacia el año 1830 tomó cuerpo un grupo de «católicos liberales», formado en Francia en torno a la revista «L´avenir», bajo la dirección de Félicité de Lamennais. Frente a la postura tradicionalista, ampliamente mayoritaria entre el pueblo cristiano, estos católicos defendían una conciliación ?no tanto teórica como práctica? de la Iglesia con el Liberalismo, persuadidos de que éste era el signo de la hora presente del mundo, y la Iglesia no podía cumplir su misión específica en un determinado medio histórico sin estar en armonía con él. «Dios y libertad» fue el lema del Catolicismo liberal, y su sentido era que la aceptación y defensa de la libertad para todos y en todas sus formas constituía la mejor credencial para asegurar en la sociedad moderna el respeto a la autoridad de Dios y a los derechos de la Iglesia.

 

5. Los «católicos liberales» fueron inicialmente «ultramontanos», y en Francia rechazaban el Galicanismo; miraban «más allá de los montes», hacia Roma, y mostraban devoción al Papado, clave de arco de la Iglesia universal. Pero la respuesta de Roma fue contraria a las aspiraciones del Catolicismo liberal. La Encíclica Mirari vos de Gregorio XVI (15?VIII?1832) condenó el programa del grupo de «L´ Avenir» en varios de sus puntos fundamentales: la igualdad de trato a todas las creencias, que conducía ?afirmaba el Papa? al indiferentismo religioso; la separación completa entre Iglesia y Estado, la libertad de conciencia, las libertades ilimitadas de opinión y de prensa. La reprobación pontificia fue seguida por la defección de Lamennais, que abandonó el sacerdocio y la Iglesia. Muy distinta fue la reacción de sus principales colaboradores, que se mantuvieron fieles a la Iglesia: Lacordaire fue el restaurador de la Orden dominicana en Francia; otros, como Montalembert y Falloux, profesaron un liberalismo mitigado y defendieron con ahínco la libertad de enseñanza.

 

6. Cristianismo católico y Liberalismo se encontraron también en otro terreno, que se prestaba según los casos a afinidades o divergencias. La explosión de sentimientos nacionales, favorecida por la política liberal, promovió en distintos países de Europa la emancipación de poblaciones católicas, sometidas al dominio de príncipes de, otra confesión. Los liberales aplaudieron los reiterados alzamientos de la católica Polonia contra la opresión de la Rusia de los zares. La Revolución de 1830 dio

 

pie a una alianza entre católicos y liberales belgas, que lograron sustraer a Bélgica del dominio de la calvinista Monarquía holandesa y dotaron al nuevo reino de una Constitución liberal. O´Connell, en nombre de la libertad civil y religiosa, obtuvo sustanciales progresos en la emancipación del pueblo irlandés, bajo dominación británica, y en la propia Inglaterra las reformas liberales mejoraron la situación de los católicos, poniendo término a muchas viejas discriminaciones por motivos religiosos. Todas estas consecuencias beneficiosas que los movimientos nacionales de inspiración liberal tuvieron para diversos pueblos católicos, no podían, sin embargo, hacer olvidar los peligros que esos mismos movimientos entrañaban en otras partes de Europa, entre ellas en un territorio vinculado muy especialmente a la Sede Apostólica: la Península de Italia, enfebrecida por el «Risorgimento» y cuyo camino hacia la unidad nacional pasaba por la desaparición de los Estados Pontificios y la conversión de la Roma papal en la capital del Reino de los Saboya.

 

7. El cuadro histórico de la época del encuentro entre Cristianismo y Liberalismo quedaría incompleto si se hiciera abstracción de las actitudes intelectuales de signo antirreligioso, que están en la raíz de los ataques contra la concepción cristiana del hombre y del mundo, renovados con virulencia tras el período contrarrevolucionario. El Positivismo de Augusto Comte consideraba que, en la nueva era de la historia humana, superados definitivamente los estadios teológicos y metafísicos, el hombre se interesaba sobre todo por los fenómenos, por el «cómo» de las cosas y los hechos, y no por los estériles «¿por qué?» de otras edades. El Positivismo conducía al Cientifismo ?verdadera religión sin trascendencia?, que habría de suplantar al Cristianismo, desvelando todo misterio, «explicando» la realidad y deparando felicidad al hombre y progreso ilimitado a la humanidad. El Positivismo y el Idealismo del

gran filósofo alemán Hegel estarían en la base del materialismo de Feuerbach, tan próximo al Marxismo.

 

8. Todas estas doctrinas sirvieron de base a una ofensiva generalizada contra el Cristianismo en el terreno de la ciencia, y en particular de las ciencias naturales. Pero también el propio campo de las ciencias sagradas se transformó en palestra de lucha anticristiana. La crítica de la historicidad de la Sagrada Escritura o su vaciamiento de contenido sobrenatural llevaron a Strauss hasta la negación de la existencia de Cristo, y movieron a Ernesto Renan ?menos osado, pero más sutil? a escribir una célebre «Vida de Jesús», de un Jesús que no sería ya Dios, aunque fuera el más noble de los hijos de los hombres. Es evidente que el clima intelectual y político del tiempo de Pío IX estaba preñado de amenazas y deparó a la Iglesia no pocas desventuras en cuestiones temporales. Pero la renovada vitalidad cristiana que por entonces pudo también advertirse es buena prueba de que todos los tiempos son tiempos de Dios, a pesar de los hombres y de las propias apariencias externas.

 

9. Treinta y dos años ?desde 1846 a 1878? duró el pontificado de Pío IX, el más largo de la historia de los papas. Cuenta la fama que, en la ceremonia de la coronación, cuando el cardenal protodiácono pronunció la fórmula tradicional «Santo Padre, no alcanzarás los días de Pedro», Pío IX respondió con viveza: «esto no es de fe». Y, en efecto, los años del papado de Pío IX superaron con creces a los que suelen atribuirse al pontificado de San Pedro. Un período tan largo, en el corazón del siglo XIX, autoriza por tanto a hablar de la época de Pío IX como de un capítulo bien diferenciado de la historia cristiana. Un capítulo que comprende, precisamente, la transición desde las postrimerías del Antiguo Régimen a la consolidación del mundo liberal.

 

10. «Lo habíamos previsto todo, menos un Papa liberal.» Éstas son las palabras con que el príncipe de Metternich, primer ministro del Imperio austríaco y artífice de la Santa Alianza, había saludado la elección de Pío IX. Pero el «liberalismo» de Pío IX sería, en todo caso, una muestra más de las confusiones a que se prestaba un término tan ambiguo. El nuevo Papa era, en efecto, un hombre liberal, pero en el sentido de quien practica la virtud de la liberalidad, y no en el de secuaz de las doctrinas del Liberalismo. Pío IX era persona cordial, generosa, magnánima, que no vaciló en adoptar desde primera hora una serie de reformas progresivas en los Estados Pontificios: amnistía política, mejoras en las Administraciones públicas y hasta una Constitución y un gobierno con un primer ministro civil. Estas reformas levantaron en torno al Pontífice una inmensa oleada de popularidad. Pío IX fue aclamado por doquier, y los « neogüelfos» , como Gioberti o D´Azeglio ?católicos liberales nacionalistas?, pensaron que bajo su égida se haría realidad la unidad italiana auspiciada por el «Risorgimento».

 

11. Como era de prever, el equívoco no tardó en deshacerse. Pío IX ?italiano de corazón? rehusó, sin embargo, encabezar una liga nacional para hacer la «guerra santa» contra los austríacos, que dominaban el norte de la Península. Con rapidez vertiginosa, el clima popular se degradó y a las aclamaciones sucedieron las invectivas. En noviembre de 1848, Pelegrino Rossi, primer ministro pontificio, murió apuñalado a las puertas del Parlamento por los sicarios de la «Joven Italia». En febrero de 1849, Mazzini proclamó la República romana y el Papa hubo de huir disfrazado y refugiarse en Gaeta, plaza militar segura del vecino Reino de Nápoles. Cuando regresó a Roma, en abril de 1850, bajo la protección de las tropas francesas, Pío IX venía hondamente impresionado por las amargas experiencias sufridas. Desde entonces, el Liberalismo apareció ante sus ojos como un movimiento al que tenía el sagrado deber de oponerse, porque perseguía un ideal no cristiano, y en

Italia trataba, además, de arrebatar a la Santa Sede los Estados Pontificios.

 

12. Veinte años ?desde 1850 a 1870?duró la defensa ?y la agonía­del Poder temporal de los papas. Paso a paso, nuevos jirones de los Estados de la Iglesia fueron cayendo en manos del Reino piamontés, en trance de convertirse en Reino de Italia. En 1870, el estallido de la guerra franco?prusiana provocó la retirada de Roma de la guarnición francesa y, tras ella, la toma de la ciudad por los soldados de Víctor Manuel 11, que hicieron de la Urbe católica la capital de la nueva Italia. Entretanto, el Papa se recluía como voluntario prisionero en el Vaticano, rechazando la «ley de Garantías» que se le ofreció, y se abría una «cuestión romana», que tardó sesenta años en resolverse.

 

13. Es posible que muchos hombres de hoy, a la vista de la presente situación del Pontífice en el mundo, no terminen de comprender el empeño puesto por Pío IX en la defensa del Poder temporal. Pero la historia se falsea cuando no se acierta a contemplar los hechos desde el punto de vista de sus protagonistas. Pío IX defendió sus derechos hasta el final porque estos derechos eran para él un precioso legado que había recibido de sus predecesores en el Pontificado. Y, con mayor razón aún, porque aquellos Estados, con más de mil años de existencia, se consideraban entonces como condición indispensable para garantizar la independencia de los papas en el gobierno de la Iglesia universal.

 

14. La postura de la Iglesia ante los principios «liberalistas» fue fijada por Pío IX en la Encíclica Quanta cura, de 8 de diciembre de 1864. La Encíclica llevaba como anexo el Syllabus, relación de 80 proposiciones en que se resumían los «errores modernos», cada uno de los cuales era objeto de una expresa condena. El documento no encerraba novedades sustanciales,

 

ya que todos los errores habían sido denunciados previamente en anteriores textos del Magisterio. Lo nuevo era ahora la forma y el acento más rotundo que parecían tener aquellas proposiciones extraídas de sus anteriores contextos y puestas una tras otra, a manera de impresionante silabario. El Syllabus anatemizaba la absoluta autonomía de la razón, el naturalismo religioso, el indiferentismo, el materialismo, los ataques contra el matrimonio y la defensa del divorcio, etc. La última proposición del documento, que rechazaba el pretendido deber del romano pontífice de reconciliarse con el progreso y la «civilización moderna», hizo rasgarse las vestiduras a los críticos liberales y enardeció el entusiasmo de los católicos tradicionales.

 

15. El Pontificado de Pío IX, más allá de las contradicciones exteriores y los avatares de los tiempos, fue una época de claro florecimiento de la vida interna de la Iglesia. Las antiguas órdenes religiosas ?como los Benedictinos de dom Guéranguer; los Dominicos, impulsados por Lacordaire, y los jesuitas, restaurados por Pío VII? crecieron y se propagaron de modo considerable; y nacieron nuevas congregaciones religiosas, alguna de ellas tan importantes como los Salesianos de dom Bosco. El estado del clero mejoró también sensiblemente, como lo acreditaba el aumento de vocaciones sacerdotales y la renovada observancia disciplinar, manifestada visiblemente en la vuelta al uso generalizado del hábito eclesiástico. Entre este clero secular, el Cura de Ars, San Juan María Vianney, es un ejemplo de santidad heroica en la persona de un humilde párroco de aldea. Los simples fieles dieron igualmente vida a nuevas iniciativas apostólicas y benéficas, entre las que sobresalieron las «Conferencias de San Vicente», creadas por Federico Ozanam.

 

16. Un poderoso impulso espiritual animó, pues, a la Cristiandad del siglo XIX, a la misma hora en que los embates antirreligiosos azotaban los muros de la Iglesia. Este impulso suscitó en el seno del Anglicanismo una notable aventura religiosa ?el «Movimiento de Oxford»?, que condujo a los mejores espíritus, ansiosos de autenticidad cristiana, a sus genuinos orígenes, esto es, a las puertas de la Iglesia. Algunos de esos hombres no avanzaron más; pero otros dieron el paso decisivo y franquearon el umbral del Catolicismo: Henry Newman fue recibido en la Iglesia (1845), y tanto él como su compatriota Manning ?también converso­recibieron más tarde la púrpura cardenalicia. El impulso espiritual, que produjo en el seno de la Iglesia católica los abundantes frutos recordados más arriba, tuvo dos manifestaciones de singular importancia, que dan la medida de la profunda dimensión religiosa del pontificado de Pío IX: la definición del dogma de la Inmaculada Concepción (8?III?1854) ?seguida a los cuatro años por las apariciones de Lourdes? y la reunión del Concilio Vaticano I (1869?1870). Este concilio, pese a su brevedad, impuesta por las circunstancias políticas, aprobó dos resoluciones de excepcional importancia: el dogma de la infalibilidad pontificia y la Constitución Dei Filius, donde se formuló la doctrina de la Iglesia sobre la cuestión religiosa medular del siglo XIX: el problema de las relaciones entre la fe y la razón.

 

17. A la hora de hacer balance de la época de Pío IX, un observador pendiente tan sólo de los aspectos temporales y de los acontecimientos políticos consideraría, sin duda, que el saldo fue claramente negativo: el Papa perdió los Estados Pontificios, los cantones católicos suizos fueron vencidos por los protestantes en la guerra del «Sonderbund» (1847) y los últimos años de Pío IX se vieron ensombrecidos por la violencia anticlerical y los ataques del «Kulturkampf» de Bismarck contra los católicos alemanes. Y, sin embargo, considerados en su plena y auténtica dimensión, los tiempos de Pío IX fueron netamente positivos para el Cristianismo y la Iglesia, y abrieron

 

el período histórico del Pontificado moderno. Una importancia trascendental tuvo el fenómeno inédito del «acercamiento» entre el Papa y el pueblo de Dios, hecho posible por el desarrollo de las comunicaciones ?ferrocarriles, barcos a vapor? que facilitó el viaje a Roma a multitudes de católicos de toda procedencia. Gracias a ello, y a la rapidez en la transmisión de noticias mediante el telégrafo, el Papa dejó de ser un personaje remoto: se hizo próximo y asequible y sus mismos infortunios y desgracias le acercaron todavía más al corazón de los fieles. Se ha dicho, con razón, que Pío IX fue el primer Papa «querido» de la historia moderna. Por primera vez los católicos miraron y amaron al Papa como a un padre, y su litografía presidió como un retrato familiar los hogares cristianos de toda la tierra.

 

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Balance del siglo XX - y acción de la Iglesia en la Historia

 

El espíritu humano percibe ahora con mayor lucidez determinados aspectos del orden instituido por Dios en la obra de la creación, que pasaban más inadvertidos a la mentalidad colectiva de ayer y no le impresionaban tan vivamente como impresionan al hombre de hoy.

Por José Orlandis, - Catedrático de Historia

Arvo, 1.VII.2002

 

«El hombre de hoy proclama la Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II tiene una conciencia cada día mayor de la dignidad de la persona humana». Una dignidad que deriva del hecho mismo de ser persona y que se extiende, por tanto, a todos los hombres. Esta progresiva toma de conciencia ha de estimarse, sin duda, como un paso adelante y un avance de la humanidad en sentido coherente con los designios divinos. El espíritu humano percibe ahora con mayor lucidez determinados aspectos del orden instituido por Dios en la obra de la creación, que pasaban más inadvertidos a la mentalidad colectiva de ayer y no le impresionaban tan vivamente como impresionan al hombre de hoy.

 

Resulta evidente que a esta toma de conciencia ha contribuido en buena medida la experiencia de la historia más reciente, y en especial la vivida a lo largo del pasado siglo XX. El siglo se inició en Europa y en los demás países del Primer Mundo en un clima de optimismo, que era continuación del que había reinado durante la mayor parte del siglo XIX: un período de relativa paz, comenzado a raíz de la terminación en 1815 del ciclo de las guerras napoleónicas. Esa paz había coincidido con el triunfo del liberalismo en el plano político y económico, el progreso industrial y el auge de los imperialismos, que redujeron vastos espacios de los otros Continentes a colonias, dominios y protectorados de las grandes potencias europeas. El balance final del siglo XX ha resultado como es notorio mucho menos brillante que las expectativas que despertó en sus comienzos.

 

Es cierto que la última centuria del segundo milenio ha presenciado avances portentosos en diversos campos: el de la ciencia y la técnica, el de las comunicaciones, el de la medicina, que ha conseguido una notable prolongación en la duración de la vida humana. En ese tiempo se ha logrado una drástica reducción del analfabetismo e incluso en los países desarrollados un indudable crecimiento de los niveles de bienestar material del conjunto de la sociedad. Pero el siglo ha estado marcado por la impronta de dos grandes guerras, las mayores conocidas en la historia de la humanidad, y por dos revoluciones la rusa y la china que pretendieron crear un nuevo orden social, al precio de indecibles sufrimientos de sus pueblos. En las guerras, millones de combatientes perdieron la vida, y en la última la Segunda Guerra Mundial el mundo fue testigo de un fenómeno nuevo y cruel: las poblaciones civiles, lejos de quedar al margen de la contienda, fueron tal vez las más duramente castigadas. El caso más clamoroso lo constituyeron los campos de concentración y de exterminio creados por la Alemania nazi, donde fueron sacrificadas muchedumbres humanas: judíos, gitanos,, cristianos... Tampoco deben olvidarse los bombardeos masivos de la aviación aliada contra ciudades alemanas, que causaron decenas de miles de muertos en una sola noche; o las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Es, sin duda, bien comprensible que el hombre del final del siglo XX haya escarmentado de. los optimismos ingenuos de la «Belle époque», aunque haya sido a costa de pagar como precio el sacrificio de millones de víctimas inocentes.

 

LOS NUEVOS DESAFÍOS

 

La Iglesia de Cristo tiene larga experiencia en los combates sostenidos a lo largo de veinte siglos, en defensa de la libertad y la dignidad de la persona. Para la Iglesia, el fundamento inconmovible de la dignidad humana es que todo hombre, por el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, merece respeto, y ese fundamento se reafirma y refuerza tras la Redención operada por Jesucristo, que otorgó a todos cuantos le recibieron la potestad de llegar a ser hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, divinae naturae consortes (cfr. lo 1, 12 y 2 Petr 1, 4).

 

El siglo XXI y el tercer milenio de la Era cristiana habrán de afrontar desafíos inéditos, cuyo alcance resulta imposible adivinar. La defensa de la vida humana, la resistencia frente a posibles aberraciones de la ingeniería genética, la lucha contra la corrupción en la vida pública y las clamorosas desigualdades existentes entre los hombres, el esfuerzo por extender el acceso a los bienes de la cultura y un razonable bienestar a todos los pueblos de la tierra, estos y otros muchos campos más serán frentes abiertos a la generosa acción de los cristianos en el mundo. Pero desde ahora, la Iglesia ha de luchar con denuedo en la defensa de la persona, ante la ofensiva bien programada dirigida a degradar su dignidad hasta reducirla a un nivel infrahumano, un tenebroso designio que persiguen tenazmente fuerzas muy poderosas. Y es preciso darse cuenta de que está en juego la salvaguardia de la propia condición humana.

 

Esta misión en favor del hombre la Iglesia la ha venido cumpliendo desde los comienzos mismos de la Era cristiana. Es cierto que en tan dilatado espacio de tiempo ha habido miembros de la Iglesia que han cometido errores y tuvieron conductas públicas y privadas impropias del nombre de cristianos, y que esa incoherencia entre el Evangelio y su vida se dio incluso en jerarcas y pastores. La raíz de esos errores estuvo de ordinario en la contaminación de mentalidades y formas de cultura prevalentes en determinadas épocas y sociedades.

 

Tal fue el caso del impacto del régimen señorial de la Edad Media investiduras y patronatos incluidos en las estructuras eclesiásticas; o de la persecución inquisitorial de la herejía, cuando ésta era considerada el peor de los crímenes y se estimaba la unidad religiosa como el supremo bien de una comunidad política; o, todavía, el error del nepotismo, fruto de un desordenado extravío de los afectos familiares. Pero sería obstinación sectaria cerrar los ojos ante la evidencia: es indudable que ninguna institución ha hecho tanto a lo largo de los siglos en favor de la persona humana y de su dignidad, ninguna ha aportado tantos beneficios a las sociedades terrenas, como la Iglesia de Cristo; y eso durante dos milenios y en todos los lugares de la tierra a donde llegó su presencia y su acción apostólica. Y no se olvide por otra parte que el fin primordial de la Iglesia no es mejorar la condición del hombre en el mundo aunque a ello haya contribuido notablemente, sino abrirle el camino que ha de conducirle a la eterna bienaventuranza. Nadie como la Iglesia ha sembrado la paz, el bien y la belleza en el curso de la historia, ni está por tanto más cualificado que ella para asumir la defensa de la dignidad humana en el mundo del tercer milenio.

 

Precisamente por eso, ningún Poder de la tierra, sólo el Papa Juan Pablo II, ha tenido el valor de pedir perdón públicamente en la Jornada de Perdón del Año del Gran Jubileo del 2000 por los pecados y errores de quienes encarnaron a la Iglesia en las distintas épocas de la historia. «El actual primer Domingo de Cuaresma dijo el Vicario de Cristo en su homilía del 12 de marzo me ha parecido la ocasión apropiada para que la Iglesia, reunida espiritualmente alrededor del sucesor de Pedro, implore el perdón divino por las culpas de todos los creyentes. Perdonamos y pedimos perdón».

 

LA DEGRADACIÓN DEL AMOR

 

Parece existir como se dice más arriba una auténtica ofensiva contra la dignidad del hombre, sensiblemente acentuada en el último cuarto del siglo XX y que pone en juego todos los recursos que la amplia gama de los modernos medios de comunicación social ofrece. La meta no confesada, pero apenas disimulada, sería el rebajamiento de la persona hasta la imagen y el rango de aquel prototipo humano qué San Pablo denominó «hombre animal», al que ya antes se hizo referencia (1 Cor 2, 14). Y ya se han levantado voces en algún parlamento, pidiendo la concesión al chimpancé de derechos semejantes a aquellos de que goza la persona. Un paso obligado en este camino es la degradación de la sexualidad humana, que abre la puerta a una cadena de consecuencias perversas, la primera de las cuales es la descomposición de la familia, factor insustituible para la recta ordenación de la sociedad.

 

Preámbulo penoso de este proceso demoledor ha sido el envilecimiento del amor. El amor divino y el humano puede reducirse en fin de cuentas a una sola y noble realidad. «Dios es amor», escribió el apóstol San Juan (11º 4, 16), y puesto que el corazón es el foco del amor, el papa Juan Pablo 11 no dudó en llamar a Dios « el gran corazón». «Que os améis los unos a los otros» fue el mandamiento nuevo dado por Jesús a sus discípulos (1º 15, 12). El amor está radicado en el corazón del hombre, y desde un mismo corazón se proyecta hacia Dios y hacia el prójimo. El amor hacia el prójimo presenta una amplia gama de modalidades entre las que sobresalen el amor paternal, el amor filial, el amor conyugal y el amor de amistad.

 

La degradación del amor ha supuesto el envilecimiento del propio significado del término. Una expresión tan corriente como «hacer el amor» es ahora entendida por muchos en un sentido muy distinto del que se le atribuía hace sólo algunas décadas: el noviazgo, las relaciones entre un chico y una chica encaminadas a facilitar el mutuo conocimiento, y que se prolongaban durante un tiempo más o menos largo antes del matrimonio. En nuestros días, tanto en el lenguaje coloquial como en el de los medios de comunicación, «hacer el amor» con otra persona se interpreta casi siempre en un sentido meramente carnal de acción dirigida sobre todo a la consecución de una satisfacción fisiológica y sensual. Es, justamente, lo contrario del verdadero amor: « el amor hacia una persona ha escrito Juan Pablo 11 excluye la posibilidad de tratarla como objeto de placer». Y un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe resalta que la castidad « es una virtud que hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso con los demás» (Pers. hum., 12).

 

 

Roma - 98-99 d.Cristo.

  

EL CLIMA MORAL DE LA ANTIGÜEDAD PAGANA

 

El falseamiento del amor atenta de modo directo contra la dignidad de la persona y constituye un factor de distorsión de la vida social. La lectura del primer capítulo de la Carta a los Romanos, donde San Pablo trazó un cuadro tremendo de los vicios de la sociedad pagana, en los tiempos que fueron testigos de la primera expansión del Cristianismo, resulta todavía impresionante, no sólo como página de la historia del mundo de hace veinte siglos, sino también por las resonancias actuales «modernas» que aquellas páginas siguen teniendo.

 

«Dios escribió el Apóstol los abandonó a los malos deseos de sus corazones, a la impureza con que deshonran ellos sus propios cuerpos...; los entregó a pasiones deshonrosas, pues sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contrario a la naturaleza, y del mismo modo los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos. de unos por otros... Dios los entregó a un perverso sentir que les lleva a realizar acciones indignas, colmados de toda iniquidad, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidio, riñas, engaño, malignidad; chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados» (Rom 1, 24, 26, 30). Este era el espectáculo que ofrecía la sociedad pagana del siglo I, cuando el Cristianismo iniciaba su andadura, a contracorriente del ambiente dominante en un mundo, que tenía la misión de encauzar por caminos de salvación.

 

EL HECHO DIFERENCIAL CRISTIANO

 

Es cierto que la Roma de tiempos de Cristo trató de reaccionar frente a ciertos males muy extendidos con leyes en favor del matrimonio y la familia, como la Lex Julia de maritandis ordinibus. Es justo también reconocer que en el mundo gentil era posible encontrar personalidades fuera de lo común, capaces de resistir el clima dominante en un entorno. «Soy demás categoría escribió Lucio Anneo Séneca y nacido para algo más importante que para ser esclavo de mi cuerpo». Pero se trataba de casos excepcionales, de hombres eminentes que no se dejaban arrastrar por la conducta de las muchedumbres altas y bajas y eran capaces de dejarse guiar por las luces de la razón natural. Séneca no se olvidepudo incluso tener algún contacto con el Cristianismo, y hay razones suficientes para sospechar la existencia de una relación epistolar entre él y el Apóstol San Pablo. Pero fue el Cristianismo la doctrina de Jesucristo y la existencia real de los primeros cristianos la gran novedad que configuró el perfil de un hombre que, a los ojos de sus contemporáneos, era a la vez igual a ellos y, sin embargo, profundamente distinto: un hombre que, por otra parte, se presentaba ante los otros, no como un superhombre, sino como un ejemplo para todos.

 

En efecto, los discípulos de Cristo no estaban llamados a vivir al margen de la sociedad, como los miembros de la comunidad de « Qumran» o de la secta de los «esenios». El Señor había rogado por ellos al Padre: « no te pido que los saques del mundo sino que los guardes del maligno» (lo 17, 15). La tan conocida epístola a Diogneto ofrece una imagen fidedigna de hasta qué punto los discípulos habían cumplido la voluntad del Maestro, y la doctrina evangélica había ya generado, en los siglos II o in, un sorprendente fenómeno social. «Los cristianos dice la carta no se diferencian de los demás hombres ni por su país, ni por su lengua, ni por su modo de vivir; pues no habitan en ciudades propias, ni hablan un lenguaje insólito, ni llevan una vida extraña... Morando en ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le tocó en suerte, y siguiendo las costumbres de los naturales de cada lugar en el vestido y la comida, presentan ante los ojos de los demás un género de vida admirable y, a los ojos de todos, increíble».

 

Por lo que toca en concreto a la moral sexual; la epístola añadía estas palabras, no exentas de ironía: «Como todos, toman esposas y engendran hijos, pero no practican el aborto. Tienen en común la mesa, pero no el lecho».

 

EXIGENCIA Y MISERICORDIA

 

Las exigencias de Jesús sobre la moral personal de sus discípulos fueron severas y alcanzan también al fuero interno de la conciencia: «todo aquel que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio en su corazón», dijo el Maestro (Mt 5, 28). La doctrina de Cristo sobre el matrimonio y la continencia sorprendió a los Apóstoles por su rigor (cfr. Mt 19, 112). Los requisitos exigidos a las viudas « dedicadas a Dios» en las primeras comunidades cristianas casadas una sola vez (I Tim 910) o la necesidad, según el mismo San Pablo, de que los varones llamados al presbiterado y diaconado fueran maridos de una sola mujer constituyen una buena prueba del valor que el primer Cristianismo atribuyó a la castidad y la continencia (I Tim 3, 113; Tit 1, 59). La alabanza paulina de la virginidad (I Cor 7, 2528) suena con parecido acento que el «cántico nuevo» de que habla San Juan en el Apocalipsis (Apoc 14, 14).

 

La historia misma de la Iglesia es una hermosa epopeya que pone bien de manifiesto el auténtico heroísmo de una incontable multitud de discípulos de Cristo, que han encarnado en sus vidas las exigencias del Maestro. Esos cristianos que abrazaron la castidad «por amor del Reino de los Cielos» (Mt 19, 12) y cumplieron su compromiso de amor, los sacerdotes fieles a la ley del celibato eclesiástico siempre vigente en la Iglesia latina, a pesar de las flaquezas y errores de algunos son un ejemplo admirable de la más genuina dignidad humana. Lo mismo cabe decir de los esposos cristianos que, venciendo mil dificultades, fueron a la vez capaces de guardar continencia, cuando hizo falta, y de « no cegar las fuentes de la vida» en palabras del Beato Josemaría Escrivá, cumpliendo generosamente su misión de cooperadores de Dios en la obra de la Creación, engendrando hijos e hijas destinados a ser ciudadanos de las sociedades terrenas y, en la vida eterna, del Reino de Dios.

 

Las enseñanzas del Nuevo Testamento podrán parecer exageraciones en una época de la historia del Primer Mundo tan hedonista y sexualizada como la actual, en que se critica a la Iglesia por haber hecho en un pasado todavía reciente tanto hincapié sobre el sexto Mandamiento de la Ley de Dios. Pero, aunque así hubiera sido, no es menos cierto que ahora hay más riesgo de caer en el error opuesto, y que esa doctrina cristiana, que es preciso recordar, se integra de modo coherente en el conjunto del mensaje evangélico. Un mensaje impregnado a la vez de amor y piedad hacia los pecadores, en el que también se dice que los publicamos y meretrices precederán en el Reino de los cielos a los escribas y fariseos hipócritas (cfr. Mt 21, 31). Un mensaje en el que la misericordia de Jesús reluce cuando se dejó ungir por una pecadora arrepentida (cfr. Lc 7, 3650) y no condena a la mujer adúltera, aunque le manda que no peque más (cfr. lo 8, 3).

 

La limpieza en la conducta moral es, en consecuencia, requisito esencial de la dignidad del cristiano y, más todavía, de toda persona humana. Así lo proclamaba el papa San León Magno en su primer sermón sobre la Natividad del Señor, un texto que la liturgia invita a releer todos los años: «Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad y, hecho partícipe de la naturaleza divina, no caigas ya más en la vieja vileza. Acuérdate de quién es tu cabeza, y de qué cuerpo eres miembro».

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Extracto del libro de JOSÉ ORLANDIS, "La vida cristiana en el siglo XXI", Ed. Rialp, Madrid 2001.

 

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La paz internacional exige purificar la memoria; asegura S. S. JUAN PABLO II - MAGNO

 

 

 

 

 

A través del perdón, aclara en un mensaje a historiadores

 

CIUDAD DEL VATICANO, 31 octubre 2003 - Juan Pablo II está convencido de que tanto la paz requiere la purificación de la memoria de países y pueblos, a través del perdón. ??Constituye una «premisa indispensable para un orden internacional de paz», afirmó en un mensaje hecho público este martes a los participantes en un congreso organizado por el Pontificio Comité de Ciencias Históricas para conmemorar el centenario de la muerte del Papa León XIII. ??El Santo Padre afirma que quien investiga sobre las raíces de los conflictos descubre que «las consecuencias funestas» que eventos del pasado siguen estando presentes. ??«Con frecuencia --y esto hace que sea más compleja la situación--, estas memorias ´contaminadas´ se han convertido en puntos de cristalización de la identidad nacional, y en algunos casos, hasta de la identidad religiosa». ??«Por eso, hay que renunciar a toda instrumentalización de la verdad --explicó--. El amor de los historiadores por el proprio pueblo, por la propia comunidad religiosa, no debe entrar en conflicto con el rigor por la verdad elaborada científicamente. Es aquí donde inicia el proceso de la purificación de la memoria». ??«Este esfuerzo por purificar la propia memoria conlleva tanto para los individuos como para los pueblos el reconocimiento de los errores por los que es justo pedir perdón», aclaró. ??«Esto a veces exige mucha valentía y abnegación --reconoció el obispo de Roma--. Sin embargo, es la única vía a través de la cual grupos sociales y naciones, liberados del lastre de resentimientos antiguos, pueden unir sus fuerzas con lealtad fraterna y recíproca para crear un futuro mejor para todos». ??En su mensaje el pontífice confiesa que «como León XIII, también yo estoy personalmente convencido de que el esclarecimiento, mediante la ciencia, de la verdad plena sobre los 2000 años de historia de la Iglesia, la beneficia». ??Los historiadores, aclara, no pueden «ni acusadores ni jueces del pasado, sino que tienen que comprender con paciencia todas las cosas con la máxima profundidad y amplitud, para perfilar un marco histórico que se adhiera lo más posible a la verdad de los hechos». ZS03103107

 

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P: Di como fecha “fundacional” de España la muerte de Fernando el Católico. Al morir sin hijos. Juana I era la reina del conjunto llamado España. Me lo negaron, me dijeron de todo.... En su faceta de historiador....

¿Qué fecha pondría como la fundacional de España? ¿Cuál sugiere usted?

R: No es fácil. De entrada yo creo que la mayoría de las naciones tan antiguas como España no pueden señalar ese hecho como pueden hacerlo, por ejemplo, Estados Unidos o Argentina. Desde luego, la Hispania a la que se refirieron los romanos, San Pablo o Alfonso III de León fue muy anterior al s. XV.

P: ¿Cuándo apareció Hispania o España en el mundo?

R: Como mínimo estamos hablando del s. III a. de C. y eso sobre la base de que no aceptemos ese genérico en textos que pudieran incluirlo. Por ejemplo: el libro del profeta Jonás en torno al s. VIII a. de C.

Dr. César VIDAL-historiador, escritor, profesor y filósofo. 2002.10.01 L.D. ESP.

 

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¿HACIA DÓNDE CAMINA LA HISTORIA?

 

 

«La dominante cultura cínica de la amnesia se mueve en la abstracción de prescindir sistemáticamente del pasado, de la realidad, de la Historia y de la tradición, lo que le confiere empero un falso carácter innovador. Es una cultura neutral en la que está ausente la imaginación creadora. Ésta se suple, justamente, con el olvido o el rechazo de la realidad y de la tradición, para que parezca nuevo todo lo que produce. Y eso explica los absurdos proyectos y programas educativos vigentes, que parten del supuesto de que toda la cultura anterior carece de valor y debe ser desechada. Trátase de una inane y pervertida reproducción de la eterna polémica entre los antiguos y los modernos en la que el Estado como tal no solía tomar parte y que, por ende, impulsaba la cultura».
Otro de los habituales columnistas de verdades fundamentales es Joseph Miró i Ardèvol, que, en el diario La Vanguardia del lunes 14 de octubre, en un artículo titulado La sociedad del callejón sin salida, escribe: «Es una trágica paradoja que, en el momento de nuestra historia que disfrutamos de más posibilidades materiales, seamos más incapaces de construir una sociedad más amable, acogedora, benevolente. Por eso hay que decir basta, porque también en esto otro mundo es posible, otra cultura colectiva, otro proyecto social donde la libertad de ser y realizarse no excluya la existencia de fuertes vínculos, la asunción de responsabilidades para con los demás. Donde existan bienes constitutivos que se expresen en la cultura, las costumbres y las leyes».


El Concilio Vaticano II nos recordó una pregunta que tiene ya una respuesta: ¿hacia dónde camina la Historia?
Nov. 2002.

 

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Un libro histórico —como son los evangelios por ejemplo— merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico, verídico e íntegro. Es decir, cuándo el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (autenticidad), cuando el autor del libro conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad), y, por último, cuando ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad).

 

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NOTA

 

 

Los textos antiguos, máxime si se hallan atestiguados en varios autores, gozan de una presunción de veracidad, como se desprende de la larga y apasionante aventura de la transmisión de la literatura clásica. Quien alegue la falsedad de un texto así no tiene más remedio que probarla, si no quiere limitarse a opinar cual se opina del tiempo atmosférico.

 

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El Testimonium Flauianum aparece en el libro XVIII de las Antigüedades Judaicas del historiador hebreo romanizado del siglo I Flavio Josefo. El texto más antiguo que conservamos se lo debemos a Eusebio (Historia Eclesiástica, I, 11 y Demostración Evangélica, III, 3). Si a alguien le extraña este hecho, que recuerde que los mejores manuscritos que se conservan de César pertenecen a los siglos IX-X; los de las Vitae Caesarum duodecim de Suetonio no van más allá del siglo IX, y para los libros XI - XX de las Antigüedades Judaicas, sólo tenemos un manuscrito del siglo X, el Codex Vaticanus Palatinus 14.

 

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En el siglo primero no existía la imprenta. Los textos se copiaban a mano. Cuando aparece el primer escrito, las copias se obtienen copiando o dictando. Así, en el proceso de transmisión aparecen manuscritos con leves diferencias en su texto, debidas a errores en el proceso de transmisión.

 

    En el caso del Nuevo Testamento existen un gran número de estos manuscritos. La situación de los evangelios es mejor que la de otros textos de la antigüedad, y ello tanto por el gran número de manuscritos (4.000 por lo menos) como por los pocos años transcurridos desde que se escribieron y la fecha del manuscrito. La clara ventaja de la situación del Nuevo Testamento se aprecia con claridad si tenemos en cuenta los siguientes datos comparativos:

-Que más de 1200 años separan a Platón de los primeros manuscritos de sus obras que se han conservado.

-Que más de 1300 años separan a Tucidides  del más antiguo de los manuscritos conservado de s Historia de los Peloponesos.

-Que el   primer manuscrito de la Guerra de las Galias de Julio César es posterior en 950 años al a fecha de composición.

-Que el los manuscritos de Virgilio más antiguos que se conservan son 600 años posteriores a su autor.

 

    A diferencia de estos escritos antiguos,  en el caso de los Evangelios hay manuscritos completos del Nuevo Testamento del siglo IV. Y papiros incluso del siglo I o II.

 

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Moros decapitados

 

Por Juan Manuel de Prada
ABC, 23/10/2004

 

DE «chorrada» ha calificado el expeditivo José Antonio Labordeta esa iniciativa del presidente Marcelino Iglesias que amagaba con retirar del escudo de Aragón las cabezas de moro que ilustran uno de sus cuarteles. Hay algo, en efecto, de chusco en la propuesta de Iglesias, un fondo de memez blandengue y atildadita que provoca a un tiempo la hilaridad y el cabreo. Pecaríamos de ingenuidad, sin embargo, si pensáramos que tan rocambolesca ocurrencia obedece a un inofensivo prurito de corrección política o bobería institucional. Hace unos meses, también nos sorprendía el cabildo de la catedral de Santiago de Compostela con la no menos rocambolesca ocurrencia de retirar una talla de madera policromada que muestra al Apóstol titular de la diócesis repartiendo mandobles entre la morisma. En estas y parecidas iniciativas descubrimos un propósito de poner la Historia al servicio de las conveniencias coyunturales. Todo sea por no soliviantar los ánimos de las minorías.

Mañana quizá nos propongan una edición expurgada del Quijote, en la que desaparezca la historia del cautivo, que a fin de cuentas es una narración interpolada, y de paso las menciones orgullosas que Cervantes hace a la batalla de Lepanto. También, puestos en la faena del «maquillaje heráldico», podríamos probar a retirar las cadenas que figuran en el escudo de Navarra y que, si no me equivoco, conmemoran la victoria de las Navas de Tolosa. Y, para que ninguna minoría se sienta discriminada, podríamos remover de nuestra literatura cualquier mención antisemita, empezando por el episodio de los usureros Raquel y Vidas en el Cantar de Mío Cid; naturalmente, esta labor censoria se extendería a nuestra pintura barroca, que siempre pinta a los sayones judíos con rasgos malvados y deformes. Los enanos que retrató Velázquez deberían también ser retirados del Museo del Prado, pues nos recuerdan que hubo un tiempo oprobioso en el que nuestros reyes se solazaban con las minusvalías físicas ajenas. Y en esta labor desinfectante no podría faltar, desde luego, un concienzudo barrido de las obras completas de Quevedo, que siempre que podía hacía bromas a costa de bujarrones y sarasas. Tampoco vendría mal retirar de la circulación ese prescindible capitulejo del Lazarillo en el que el protagonista sirve a un amo ciego, que a mayores resulta severísimo y tacaño. Y, en fin, ahora que hemos vuelto al «corazón de Europa», convendría prohibir la publicación de ciertos Episodios Nacionales de Galdós en los que los ocupantes franceses no salen del todo bien parados.

De unos años a esta parte, se contempla sin escándalo, incluso con un cierto regocijo, la falsificación del pasado. El nacionalismo rampante inició esta labor mistificadora; la corrección política, que es el cáncer de las sociedades débiles, se suma ahora con alborozo al desbarajuste, aprovechándose de la confusión y la ignorancia imperantes. Pero quien falsea el pasado está adulterando el presente. Sin duda, nuestra Historia alberga muchos episodios que, vistos a la luz contemporánea, no promueven precisamente el orgullo, pero forman parte del barro del que estamos hechos. En la remoción de esos moros decapitados del escudo de Aragón, que conmemoran la toma de Huesca, se adivina, más allá del melindre oportunista, un intento de vaciar de contenido la Historia. Aunque muchos prefieran silenciarlo, Aragón -como Castilla- se forjó en el designio de ser un reino cristiano, y no musulmán. Y la Reconquista, con sus batallas contra el moro, fue el aglutinante de un deseo colectivo que a la larga acabaría fundando una idea llamada España. Quizá en la ocurrencia en apariencia banal de limpiar de moros decapitados un escudo heráldico subyazca cierta vergüenza de ser españoles.

 

 

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Santa + 362 mártir de la Iglesia

y esposa del mártir San Flaviano

 

Autor: Archidiócesis de Madrid

Mujer fuerte, cristiana de cuerpo entero. Esposa y madre de familia que tiene bien grabado en su alma el principio y fin de su estado y su función: ganar el cielo para ella y para los suyos. Sí, es como si la vida consistiera en un desbaratarse en el ámbito del Amor. Primero a su marido y a sus hijos, luego al prójimo restante y al mundo, todo en el amplio ámbito de Dios que da sentido a los amores, sanos y nobles, pero con minúscula. Y como el amor lleva a darse en búsqueda del bien de quien se ama, ahí la vemos dejando su casa en Sevilla y emigrando a la cabeza del Imperio con toda su familia a la búsqueda de un bienestar mejor. Porque era española y sevillana, de los de siempre, aún antes de que se llamaran andaluces o existiera la Giralda y antes de que fueran sus señales el toro, el albero, los palillos, el faralai y el ’`ozú ¡que caló!ª.

Su marido Flaviano, muere mártir en Roma. Por estar casada con un cristiano irreductible ella es condenada al destierro. A su vuelta el prefecto Aproniano la encarcela porque sigue aferrada a su principio de no sacrificar y casi enferma de hambre. El prefecto prepara las cosas para recasarla con un tal Fausto con la esperanza de que la obligue a cambiar; pero resulta el cazador casado, porque Dafrosa lo instruye en la fe cristiana, lo bautiza el presbítero Juan y acaba muriendo mártir. Como su cuerpo fue expuesto a los perros, por la noche lo recoge Dafrosa y le da sepultura cristiana. Esto la llevó definitivamente al martirio, el 4 de Enero del 362, cuando era ya único emperador Juliano.

Encantador relato que realza la entereza y la actuación, desde la feminidad, de esta mujer cristiana cabal ¿verdad? Se conocen los hechos -posiblemente agrandados en los siglos y en la distancia- por el historiador hagiógrafo hispalense Antonio Quintana quien a su vez los retoma de Pedro Julián. Cuando se narra la vida y muerte de Dafrosa se habla de toda una familia mártir - también se afirma que sus hijas Demetria y Bibiana murieron mártires en Roma, en el 362- cuya fuente impulsora es la madre, firme, fuerte y muy capaz.

Es curioso ver en la historia el papel de los aduladores del que manda. No fue precisamente el tiempo de Juliano uno de los que se caractericen por violenta persecución. El Apóstata sólo estuvo preocupado por la restauración en el Imperio del paganismo como religión oficial, al tiempo que mejoraba la administración e impulsaba la economía. Juliano no quiso mártires, sólo paganos. Pero, bien fuera por adulación, bien por odio a la fe, dicen que el prefecto Aproniano llevó esta familia a la muerte porque eran seguidores cabales del judío Cristo, el Señor.

 

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POR QUÉ TODOS LOS MAPAS MEDIEVALES ESTÁN ORIENTADOS AL ESTE?

 

 

 

En la Edad Media, la representación del mundo se hacía por medio de los llamados mapas TO. A éstos hay que imaginárselos como si dibujáramos una gran T y desde sus tres esquinas trazáramos una línea que los uniera formando un círculo.

La línea horizontal simboliza la distancia entre el mar Negro y el Nilo, y la línea vertical representa el Meditarráneo. Los mapas estaban orientados al Este porque es por donde sale el sol y por ser la dirección en la que se encuentra el centro del judaísmo: ciudad santa de Jerusalén para judíos y cristianos.

 

 

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«Una ciencia que haga referencia sólo a las traducciones de los textos latinos y griegos no merece el nombre de ciencia», S.S. Juan Pablo II. 04.2004 Vat.

 

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«Si la historia es maestra de vida, la Iglesia es maestra de vida cristiana». S.S. Juan Pablo II – 04.2004 Vat.

 

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«Son totalmente indispensables sólidos conocimientos de las lenguas latina y griega, sin los cuales se impide el acceso a las fuentes de la tradición eclesiástica. Sólo con su ayuda es posible también hoy redescubrir la riqueza de la experiencia de vida y de fe que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha venido acumulando en los dos mil años pasados» S.S. Juan Pablo II – 04.2004 Vat.

 

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“Todos los hombres conocen la utilidad de las cosas útiles. Pocos son aquellos que conocen la utilidad de las cosas fútiles. (Escuela filosófica taoista ‘Chuang-tzu’) Tzu en chino significa ‘maestro’. Siglo IV-III antes de Cristo.

 

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«El que no sirve para servir, no sirve para amar». La Madre Teresa lo afirmó y lo vivió.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original… Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”.

 

La fe es como una noche, una noche oscura, diseminada de estrellas. En efecto, San Juan de la Cruz - aquél gran místico de la cristiandad - justamente hablaba de la noche oscura de la fe en la vida espiritual. ¿No es verdad, sin embargo, que durante la noche se ve mucho más? Durante el día, es verdad, vemos con claridad, con más precisión (hasta podemos tocar las cosas, medirlas), a pesar de esto, vemos poco porque vemos lo que nos circunda ya que nuestro campo visivo es muy limitado. Durante la noche, también es verdad que vemos con menos claridad, sin precisión, sin embargo, podemos ver más plenamente, vemos más lejos y podemos ver las lejanas estrellas que están a miles de años luz, así podemos ver nuestra pequeña vida en el contexto del inmenso universo, en el contexto de la totalidad de la creación.

 

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Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

 

Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2010: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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La belleza de ser cristiano y la alegría de comunicarlo - «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicara los otros la amistad con Él» (Benedicto XVI,).

Dar razón de la belleza de Cristo en los escenarios del mundo contemporáneo.

2000 años en que la Iglesia-cuna de Cristo, muestra su belleza al mundo.

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 “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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In Obsequio Jesu Christi.

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Mahometanos - ¿Puede el Islam ser autocrítico? ¿Pueden sus líderes condenar y marginar a los extremistas, o está condenados los musulmanes a ser rehenes de las pasiones de aquellos que consideran el asesinato de inocentes un acto agradable a Dios? ¿Puede Occidente recuperar su compromiso con la razón y así ayudar a los reformadores del Islam? Estas son las grandes preguntas que el Papa Benedicto XVI ha puesto en la agenda del mundo. 2006.IX.

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Recomendamos: ‘GUIA POLÍTICAMENTE INCORRECTA DEL ISLAM’

(y de las cruzadas) - Autor: Robert SPENCER - Editorial: Ciudadela

 

Recomendamos vivamente un libro fundamental ‘Islam para adultos’ Autor: Antonio López Campillo. Prólogo del doctor César VIDAL -Editorial ‘Adhara publicaciones’.-

† Benedicto XVI: «Hay quien habiendo decidido que ‘Dios ha muerto’, se declara él mismo ‘dios’». 2008-X.05 †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).