Thursday 24 April 2014 | Actualizada : 2014-04-18
 
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«Engrandecer a Dios significa darle espacio en el mundo, en la propia vida, dejarlo entrar en nuestro tiempo y en nuestras acciones. Ésta es la esencia más profunda de la verdadera plegaria. Donde Dios es grande, el hombre no se empequeñece, sino que también se vuelve grande y luminoso», S.S.Benedicto XVI. 2006-09-11-Baviera-Alemania.


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El término “sumisión” remite al hecho de que tanto el hombre como la mujer son dos pobrezas que se encuentran, y para que ese encuentro sea pleno no sirve de nada que reclamen a gritos uno del otro una lista de “derechos”. Rilke dice que “somos capacidades de amar frágiles y limitadas, con una necesidad de amor infinito”.

 

 

 

»Así, el otro nunca podrá colmar esa necesidad, porque es la resonancia interior de nuestro deseo de Dios. Al parecer, el desprestigiado término “sumisión” sólo sería aceptable en nuestro contexto social dentro de una perspectiva sadomasoquista.

 

 

 

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Hombre y mujer, justa igualdad

 

La ideología de género tiene unos objetivos tremendos, sutilmente jaleados y subvencionados, para desmentir el dato natural de una diferencia antropológica entre el hombre y la mujer que la cultura judeocristiana ha propuesto durante siglos.

07/02/13 6:45 PM | Imprimir | Enviar

 

Monseñor Jesús Sanz Montes

Arzobispo de Oviedo 07. II. MMXIII

 

Siempre debemos tener graduada la mirada para ver lo de cerca y para ver lo de lejos. Así sucede con el amor: cuando queremos amar tanto lo inmediato y cercano que nos cegamos para ver lo que está más a desmano, algo falla en nuestro modo de mirar. O sucede al revés si nos conmueven las grandes causas mundiales, pero somos incapaces de mirar a quién más a nuestra vera espera un gesto de amor concreto.

 

La comunidad cristiana esto lo vive de muchas maneras: amar al prójimo próximo y amar al prójimo lejano. Por poner dos cauces digamos estos, de los muchos otros que podríamos poner: la caridad más próxima la ejercemos a través de Cáritas, la caridad más remota a través de Manos Unidas. Gracias a Dios hay otras muchas realidades eclesiales que en el aquí o en el allá también encauzan nuestro amor solidario.

 

En febrero siempre tenemos una cita con la campaña de Manos Unidas, esa organización de la Iglesia que nació hace más de 50 años cuando unas mujeres llenas del amor a Dios y del amor a los hermanos, decidieron dar la batalla contra el hambre: el hambre de Dios, el hambre de pan y el hambre de cultura, como reza su motivación inicial. Y cada año se proponen un nuevo lema. Esta vez corresponde a este: «No hay justicia sin igualdad». Concretamente se refiere a la igualdad entre hombre y mujer.

 

No se trata de ponerse en la fila del oportunismo cultural y sumarse a la ideología de género que tanto daño está haciendo por la confusión nada inocente que propugna, como el Papa y los obispos no dejamos de recordar. La ideología de género tiene unos objetivos tremendos, sutilmente jaleados y subvencionados, para desmentir el dato natural de una diferencia antropológica entre el hombre y la mujer que la cultura judeocristiana ha propuesto durante siglos. Como toda ideología, peca de sectarismo, de insidia y de exclusión. Por eso no aceptamos ni el machismo ni el feminismo, pues es la misma reducción excluyente protagonizada por rivales que se cierran para entender que la condición masculina y la femenina son complementarias y no enemigas.

 

La vida no es un ciego brotar como si se tratase de un hongo anónimo en el bosque de la historia o una pretensión a la carta. La vida tiene una imagen que se asemeja a la Belleza de su Creador. Y entre todos los seres, sólo el humano goza de esa huella que nos constituye en icono viviente de Dios, con rostro, con entrañas, con palabra y corazón. Dios se hizo hombre en la encarnación, un hombre total y completo, igual en todo a nosotros menos en el pecado. No porque le faltase algo, sino porque nos quiso enseñar humanamente aquello que el pecado original nos arrebató.

 

La antropología nos habla de una reciprocidad sexuada: hombre y mujer. Y esto responde al proyecto de Dios: no es debilidad, confusión ni divertimento, sino la voluntad del Señor que con su Palabra creadora así nos creó. A diferencia de otras culturas en las que el hombre es quien hace dioses a su imagen, en la Biblia es Dios quien crea al hombre a su propia imagen: varón y mujer lo creó. La mujer es contemplada como ayuda adecuada y solidaria con el varón, como ser correspondiente con él, en una comunión de origen y destino. Para que haya justicia debe haber igualdad, sí, pero ésta no es la anulación de lo que nos distingue, sino la comunión en lo que nos complementa. Padre y madre, esposo y esposa, hombre y mujer. Sin esto se reniega de nuestra imagen asemejada con Dios, se destruye la familia en su fundamento y se corrompe la sociedad en una confusión de enormes consecuencias.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm, Arzobispo de Oviedo

http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=13935

 

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Según el Génesis 4, 1, aquel que conoce es e  varón, y la que es conocida es la mujer- esposa, como si la determinación específica de la mujer, a través del propio cuerpo y sexo, escondiese lo que constituye la profundidad misma de su feminidad. En cambio, el varón fue el primero que -después del pecado- sintió la vergüenza de su desnudez, y el primero que dijo: "He tenido miedo, porque estaba desnudo, y me escondí" (Gén 3, 10). Será necesario volver todavía por separado al estado de ánimo de ambos después de perder la inocencia originaria. Pero ya desde ahora es necesario constatar que en el "conocimiento", de que habla el Génesis 4, 1, el misterio de la feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo mediante la maternidad, como dice el texto: "la cual concibió y parió". La mujer está ante el hombre como madre, sujeto de la nueva vida humana que se concibe y se desarrolla en ella, y de ella nace al mundo. Así se revela también hasta el fondo el misterio de la masculinidad del hombre, es decir, el significado generador y "paterno" de su cuerpo

 

 

Se sabe que la forma más efectiva de agotar una realidad o una palabra es la de dilatarla y banalizarla, haciendo que abrace cosas diferentes y entre sí contradictorias. Esto ocurre si se equipara la pareja homosexual al matrimonio entre el hombre y la mujer. El sentido mismo de la palabra «matrimonio» -del latín, función de la madre (matris)- revela la insensatez de tal proyecto.

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No olvidemos que la igualdad tiene origen cristiano.   San Pablo afirma: No hay aquí judío, ni griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón o hembra: porque todos vosotros sois uno en  Cristo Jesús. Pero sucede que de la igualdad actual ha desaparecido su base fundamental: el amor, algo más que la justicia.

 

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Para dominarnos, nos quitan las referencias y valores del ‘papá y la mamá’.

Primero quieren separarnos del Dios-padre, luego expoliarnos de la María-madre…  Más tarde alejarnos del padre-papá para privarnos de la madre-mamá…  Habiéndonos quitado la paternidad divina y maternidad humana de María, llegan a destruirnos las referencias naturales de un ‘papá y una mamá’.   Así, destrozado el núcleo familiar, nos imponen el género que era para las cosas, mientras que el sexo ‘masculino y femenino’  lo aniquilan. Arrasado queda el sexo, esa obra magnífica y edificadora de Dios en la naturaleza humana. Acusaban a la Iglesia de despreciar la sexualidad, mientras que ellos ahora quieren anularnos el sexo y transformarnos en cosas-géneros-trapos… para mejor dominarnos… como un harapo ¡que la vida nada cuesta! proliferando las ‘carnicerías-aborteras’. O sea, con gran coherencia indican: alejar a Dios el Padre, ahuyentar a María la Madre, no existe el papá ni la mamá, todo les es igual. Mientras que Dios hizo al hombre libre, digno y sexuado*, ellos lo quieren esclavo, gregario, chacal y amorfo-?μορφος, huérfanos- ?ρφαν?ς privados de ‘Papá y Mamá’.- MMVIII

*«No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra...?» (Mt 19,4), y hace referencia al llamado primer relato de la creación del hombre, inserto en el ciclo de los siete días de la creación del mundo (Gen 1, 1-2.4).

 

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Según el texto del Gén 1, 26, la "llamada" a la existencia es al mismo tiempo transmisión de la imagen y semejanza divina. El hombre debe proceder a transmitir esta imagen, continuando así la obra de Dios. El relato de la generación de Set subraya este aspecto: "Adán tenía 130 años cuando engendró un hijo a su imagen y semejanza" (Gén 5, 3).

 

Dado que Adán y Eva eran imagen de Dios, Set hereda de sus padres esta semejanza para transmitirla a los otros.

 

Pero en la Sagrada Escritura toda vocación está unida a una misión; la llamada, pues, a la existencia es ya predestinación a la obra de Dios:

 

"Antes que te formara en el vientre te conocí, antes de que tú salieses del seno materno te consagré (Jer 1, 5; cf. también Is 44, 1; 49, 1. 5).

 

Dios es Aquel que no sólo llama a la existencia, sino que sostiene y desarrolla la vida desde el primer momento de la concepción:

 

"Tú eres quien me sacó del vientre, me tenías confiado en el pencho de mi madre; desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno Tú eres mi Dios" (Sal 22, 10. 11; cf. Sal 139, 13-15).

 

La atención del autor bíblico se centra en el hecho mismo del don de la vida. El interés por el modo en que esto sucede, es más bien secundario y sólo aparece en los libros posteriores (cf. Job 10, 8. 11; Mac 7, 22-23; Sab 7, 1-3). 

 

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La experiencia suele ser madre de muchas ciencias y estas se fortalecen en la prudencia.

 

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«El hombre es creado por Dios, está constituido con una verdad: una humanidad única diferenciada hombre-mujer. Tal «diferencia lleva a la unidad, a la comunión; no puede haber dominio de uno sobre otro, sino respeto a la dignidad de ambos en su singularidad e irrepetibilidad».

En la ideología de género la sexualidad no se acepta «propiamente como constitutiva del hombre» --recordó--, sino que «el ser humano sería el resultado del deseo de la elección», de manera que, «sea cual sea su sexo físico», la persona --sea mujer o varón-- «podría elegir su género» y modificar su opción cuando quisiera: homosexualidad, heterosexualidad, transexualismo, etcétera.

 

Advierte de que «el cambio cultural y social que el fenómeno conlleva es de gran alcance», dado que para esta ideología «no existe naturaleza, no existe verdad del hombre, solo libertad omnímoda».

En esta revolución cultural «el nexo individuo-familia-sociedad se pierde y la persona se reduce a individuo», y se constata, por lo tanto, «el cuestionamiento radical de la familia y de su verdad --el matrimonio entre un hombre y una mujer abierto a la vida-- y de toda la sociedad», recalca.

 

Este panorama reclama una relectura «Mulieris dignitatem», donde, como subrayaba el purpurado, el Papa Karol Wojtyla trazó las raíces antropológicas y teológicas de la verdad de la persona humana --hombre y mujer--.

Y el texto pontificio partía del libro del Génesis: el hombre --varón y mujer-- ha sido creado --no se ha hecho a sí mismo-- por Dios, es la «culminación de la creación que vio Dios que era buena», apunta el cardenal Cañizares; «el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona toda la obra de la creación; ambos son seres humanos en el mismo grado».

También la descripción bíblica «habla de la institución del matrimonio por parte de Dios, en el comienzo de la creación del hombre y de la mujer, como condición indispensable para la transmisión de la vida»; «se trata de una relación recíproca, del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre», insistió.

Por todo ello «ser hombre» y «ser mujer» son realidades «queridas por Dios»: «en su igualdad y en su diferencia, uno y otro tienen una común dignidad», aspecto en el que el cardenal Cañizares hizo especial hincapié.

La carta de Juan Pablo II fue altavoz del hecho de que hombre y mujer «son creados como personas a imagen de Dios Amor para vivir en comunión»; de ahí su reciprocidad y de ahí que la persona esté llamada también a existir para los demás, convirtiéndose en un don.

«No es que Dios haya hecho "incompletos"» al hombre y a la mujer --aclaró el purpurado español--, sino que los ha creado «para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser "ayuda" para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto masculino y femenino».

El amor, por lo tanto, es lo que define la verdad de la persona --hombre y mujer--, la esencia y el cometido de la familia; «por eso la familia recibe la misión de vivir, custodiar, revelar y comunicar el amor como reflejo vivo de Dios, que es amor», recordó el cardenal Antonio Cañizares.

«Una familia asentada en tan fiel atenimiento al otro, en tal comunión de amor de personas, rezuma cariño y crea la posibilidad de adentrarse con gozo en el mundo», reflexionó.

La consecuencia es de extrema importancia, porque así, en la familia «los hijos encuentran en el suelo de una realidad sólida y perciben que vivir es una posibilidad gozosa y una gracia --puntualizó--; no una desgracia o un azaroso destino». 2008

 

 

El genio femenino es la capacidad de ver con los ojos y con el corazón.

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¿En qué consiste este concepto de «generación» materno en la Iglesia?.

«Creo que la generación sea una de las experiencias fundamentales y características de la vida de la mujer, de la mujer que mete un hijo al mundo pero también de la mujer que no genera físicamente», ha dicho Bignardi, ex presidente nacional de la Acción Católica en Italia.

Esta pedagoga especifica que «la generación es antes que nada un dato del alma más que del cuerpo, y creo que pertenece antropológicamente a la existencia de la mujer».

«Vivir la propia identidad en la Iglesia, para la mujer, creo que significa contribuir a generar la Iglesia, a generarla naturalmente en sentido humano, la Iglesia está generada por el Espíritu --aclara--, pero humanamente la Iglesia necesita ser generada y creo que la mujer la puede generar en su maternidad, contribuir a hacer que la Iglesia sea realmente madre».

Lo que precisamente necesita el mundo es una «Iglesia madre», reconoce Bignardi: «Las personas de nuestro tiempo necesitan encontrar una Iglesia que acoge, una Iglesia que ofrece la libertad de la propia vida, que sabe perdonar y hace ver que siempre se puede volver a empezar. Creo que ésta es la labor más profunda de la mujer hoy en la Iglesia».

 

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Perla Piovera, de Argentina; Alicia Kostka, de Polonia; y Marianne Mertke, de Alemania; presentando sus contribuciones a este encuentro mundial desde la espiritualidad de Schoenstatt, movimiento apostólico de matriz mariana. 2008.II.

 

La mujer, imagen de Dios -

«A mí me fascina cómo el padre Kentenich lo presenta en su descripción de la mujer como imagen de Dios, y como todavía hoy está mucho más adelante de lo que dice la Iglesia --confiesa--. Cómo muestra concretamente a la mujer como imagen de Dios».

«La Iglesia en su doctrina se queda todavía en mostrar que la mujer como persona --como persona que ama, que piensa, que actúa-- refleja a Dios. El padre Kentenich es mucho más concreto mostrando como ella es reflejo, imagen de Dios como mujer, es decir, imagen de un Dios que también es Madre en su entrega desinteresada».

«Muy raras veces se encuentra esto en la teología de la mujer: el servir desinteresado como don natural de la mujer, como potencia de la mujer, es un reflejo de un Dios que nos sirve a nosotros, porque es fuerte y porque es amor».

Otra contribución del padre Kentenich, expresada por la teóloga polaca, «es el papel de la mujer en la salvación del hombre», algo que el fundado expresa a través de «la actitud de fiat, del sí».

«Si la mujer lo desarrolla en sí misma, puede también ayudar al hombre a llegar a esta actitud frente Dios. En una palabra, el padre Kentenich ha aportado mucho para que la mujer pueda estar orgullosa de ser mujer».

  

El padre Kentenich, «un feminista» positivo

Por este motivo Kostka, sonriendo, llega a definir al padre Kentenich de «feminista»: «Pero en el sentido más positivo. La mujer hasta el día de hoy se orienta en la escala de valores masculina, nos orientamos en el concepto masculino de la mujer, y lo hemos interiorizado sin darnos cuenta».

«Por ello no somos nosotros mismos, no somos lo que podemos ser según la idea de Dios, y como el hombre nos necesitaría. Esto lo dijo el padre Kentenich hace ya 70 años. Es un programa para la liberación de la mujer, la liberación de su orientación en la escala de valores masculina».

Marianne Mertke, miembro de la dirección internacional de la Federación de Mujeres, concuerda en que el padre Kentenich fue un feminista, y aclara que «no sólo ofreció una teoría, sino la aplicación a la vida»: «habla del ser, que es lo que puede orientar en un tiempo de un caos de definiciones escogidas al azar».

Mertke considera que la gran contribución que ofrece a través de su espiritualidad es la visión de «Maria como mujer, como orientación viva para todas las mujeres que buscan orientación».

Por su parte, Perla Piovera, de Mendoza, confiesa: «me parece que este congreso apunta a un desafío central de la vida del mundo de hoy, a cual la Iglesia debe responder. Como dice Juan Pablo II en la carta apostólica "Mulieris dignitatem", lo que se juega con este tema no solo es el problema de la mujer, sino el destino de la humanidad».

«Me parece que en eso Schoenstatt hace un aporte muy importante. No solamente en lo teórico, en el hablar de temas importantes, de profundizarlos; el padre Kentenich puso en el centro a la figura de Maria, y más todavía, la alianza con Maria».

No sólo teoría

De este modo, constata, «¡le da a la mujer de hoy no sólo una teoría, sino la vida! Posibilita que surja la imagen que Dios tuvo de lo femenino cuando creo al hombre y a la mujer».

La propuesta del fundador, indica, «no ha nacido de una teoría, sino de su encuentro con muchas mujeres de todas las edades y en todas las circunstancias de la vida, y con el encuentro con la mujer, que es Maria, que es el alma de su alma».

De este modo, reconoce, se entiende «lo que dijo proféticamente el padre Kentenich ya en los años veinte. Animó a la mujer a salir a trabajar, a la política, vio en el feminismo de esa época un signo de Dios. No se puede volver atrás».

«No podemos soñar con un cambio volviendo al pasado, sino que tenemos que trabajar para una formación de la mujer siendo mujer, para la época actual, y dar a la mujer el derecho de ser mujer», añade Piovera.

«En nuestra época donde se habla tanto de los derechos humanos, nos olvidamos de los derechos básicos. ¡Devolver a la mujer el derecho de ser mujer! No quiere decir que no trabaje, que no sea madre, sino que sea mujer. Ser mujer es una misión, dice el padre Kentenich. Parece locura. Uno es mujer, ¿qué hacer? Pero es verdad: hoy en día ser mujer es una misión».

 

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Para construir en común – ‘Hombre y mujer’

 

  

UN NUEVO LIBRO DE JUTTA BURGGRAF

Francisca R. Quiroga

Es evidente que, en cualquier época histórica, el mundo ha salido adelante gracias a la acción conjunta de hombres y mujeres. Pero también es verdad que el protagonismo correspondió durante siglos a los varones, y que muchas actividades humanas estaban vedadas a las mujeres. Hoy no. La vida, en todos los ámbitos está abierta a todos. Y este nuevo marco cambia también la situación de ellas y ellos frente a la vida en común. Así lo muestra Jutta Burggraf en su obra Mujer y hombre frente a los nuevos desafíos de la vida en común (EUNSA, Pamplona 1999).

La mujer ayer y hoy

Para entender la aparición del fenómeno feminista, hay que partir de la historia precedente. Una manera de hacerla es tomar como clave explicativa las humillaciones sufridas por la mujer. El material es abundante. La autora nos presenta algunas muestras, tomadas de la cultura alemana, muy significativas. Pero no se puede caer en una interpretación unilateral; porque es verdad también que la mujer ha sido honrada. En todo caso, interesa entender por qué las mujeres, en muchas épocas y en distintas culturas, han tenido que sufrir precisamente a causa de su condición femenina.

Se traza a continuación una breve historia del feminismo, resumiendo con originalidad y acierto, sus etapas y personajes más significativos. El feminismo igualitario de la primera mitad del siglo XX se alimenta en buena medida de los planteamientos de Simone de Beauvoir, que desembocan en el feminismo radical de los años setenta, propugnador de la supresión de las diferencias hombre-mujer, en pro del modelo masculino. Alice Schwarzer sería un exponente representativo.

Aparece más tarde —estamos en los años ochenta— el feminismo que acoge y subraya la diferencia. Se redescubre la maternidad. Entre las figuras de la nueva tendencia se destaca Barbara Sichtermann, que en 1987 escribía: «La posición del hombre en la sociedad sólo puede ser modelo para el sexo femenino hasta ciertos límites, primero porque el mundo masculino, tal y como funciona o no funciona, deja deseos sin realizar, y segundo, porque las mujeres emancipadas y equiparadas al hombre no son ni quieren ser cuasi-hombres».

Si el nuevo feminismo exalta la diferencia, hay que preguntarse seriamente en que consiste, partiendo de la base de que la distinción entre hombre y mujer no indica una relación de superioridad-inferioridad en ninguna dirección. Se pueden señalar algunas; pero de todas ellas destaca una, quizá porque es su raíz: sólo la mujer puede ser madre.

No hay que dar sin embargo demasiado peso a lo que es característico del hombre o de la mujer, porque la diferencia no resultaría nunca bien situada si no se viera en el contexto de las preguntas fundamentales que conciernen tanto al hombre como la mujer: ¿Quién soy yo? ¿Qué es el hombre? ¿De dónde vengo y adónde voy? ¿Cuál es el sentido de mi existencia? ¿Para qué y por qué vivo?

El amor matrimonial: un desafío

Los párrafos iniciales presentan una imagen del matrimonio chata y muy cercana: la hemos visto en innumerables parejas, reales y filmadas. La autora la comprende tan bien, que se podría pensar que la comparte; y puesto que no se trata de matrimonios rotos, sino de los que serían cristianos. Pero no es así: el ideal cristiano supera inmensamente esta visión tan pobre.

¿Se ha caído —o se ha subido — al plano de un idealismo místico-religioso? Las páginas siguientes demuestran una visión realista de la vida matrimonial; sus alegrías y sus dificultades, sus logros y sus fracasos. Jutta Burggraf no desconoce los problemas, pero no se deja atrapar por ellos, sino que ve y hace ver los recursos para superarlos. No da recetas, porque parte de la base de que para conseguir un matrimonio feliz, cuenta más lo que se es que lo que se hace. «En el matrimonio, el hombre y la mujer llegan a formar una unión existencial, de la que crece la necesidad de conservar la propia interioridad, de combatir el propio egoísmo, el despotismo y la desidia de corazón, para que el mal no trascienda al otro y lo contagie o contamine. Si existe disposición personal para mejorar uno mismo, generalmente, mejora la vida conyugal» (p. 54).

El enamoramiento es valorado, pero no se reduce a él el amor ni se lo considera una fase inexcusable. Lo que importa es poder afirmar con verdad Te_quiero_por_ser_el_que_eres (p. 57). En el apartado que se titula "El conocimiento del otro" se hace un análisis que pone de manifiesto cómo el amor no es ciego, sino que lleva a un conocimiento particularmente lúcido de la persona querida, iluminante incluso para ella misma.

Pertenecerse mutuamente; experimentar la seguridad que procede de compartir la vida con quien sabemos que nos conoce hasta al fondo y nos quiere tal como somos, de modo que no hay necesidad de aparentar ni de esforzarse por conservar su estima; saberse lo más importante para el otro: serían algunos de los ingredientes del verdadero amor conyugal.

"Dar y recibir" son esenciales al amor, por eso se pueden extender a una situaciones humanas diversas; pero por eso mismo pertenecen también al matrimonio. La donación no implica vaciarse de uno mismo: requiere y otorga riqueza interior e independencia. dependo de alguien por incapacidad de ser independiente, esa persona puede ser mi salvavidas, mi punto de apoyo, mi orgullo y mi hogar, pero ¡nuestra relación jamás podrá llamarse amor! (p. 64).

Es indudable que todo matrimonio ha de pasar por crisis. Lo que importa es entender su sentido; no rehuirlas ni tampoco ignorarlas, sino afrontarlas. «La realización mutua de nuestros sueños no es ningún elemento básico del matrimonio, sí, en cambio, la valentía de aceptar siempre de nuevo a una persona que con el paso del tiempo va actuando de una forma diferente a mis ideales. No es el matrimonio lo que debemos romper, especialmente cuando se nos presenta una crisis, sino nuestro sueños e ilusiones irreales» (p. 67).

El capítulo estás divido en varios apartados. Sus títulos, aunque son significativos, no llegan a expresar lo más valioso de su contenido. La autora vuelve del revés el refrán: nos da liebre_por_gato; porque leyéndolos no se adivina lo que realmente nos presentan: una visión del matrimonio cristiano: profunda, nueva y eterna, cercana y práctica (cfr. pp. 69-72).

La familia: atracción y exigencia

Parece que hoy encontramos más dificultades que en otras épocas para la buena marcha de la familia. La primera puede ser que el origen de la unión entre marido y mujer suele ser subjetivo: el enamoramiento; buen principio, pero que se puede revelar insuficiente cuando faltan por completo los motivos objetivos. Segunda: marido y mujer pasan muchas horas separados, fuera de casa; comparten gran parte de su vida con otros y otras distintos del propio marido o mujer, al que ven poco y no en el mejor momento: cuando llegan a casa agotados de cansancio. Tercera: la vida dura mucho más que antes, por lo cual también son mucho más largos los años de convivencia. Finalmente la imagen del matrimonio que dan algunas parejas, deja ver mucha mentira y egoísmo, disfrazados de formas jurídicas e institucionales honorables.

Para que marido y mujer sean felices hace falta que se quieran tal como son, con sus defectos, no con un cariño ideal que exige la perfección en el otro; que gocen cada uno de una justa autonomía; que sepan superar, perdonando, los momentos de crisis; que compartan experiencias positivas, relajantes; que sepan reír juntos.

Para que un matrimonio tenga éxito es preciso que no se cierre sobre sí mismo; ni siquiera uno sobre el otro, sino que esté abierto al amor y a la amistad; que esté abierto a los hijos. El amor incondicionado a otro requiere la experiencia de haber sido querido así: esto es el don más grande que los padres pueden hacer a sus hijos.

El matrimonio se convierte en familia cuando está abierto a otros, principalmente a los hijos. El matrimonio se degrada cuando se convierte en medio: para el placer o para la descendencia; se vive plenamente cuando es amor que se desborda en otras vidas. Hacerlas crecer exige dedicación: de atención, de cariño, de tiempo.

Es verdad que los hijos dan preocupaciones, pero lo es todavía más que son una fuente de felicidad inigualable. Ocuparse de ellos —y también de cuidar el espacio vital de la familia, de modo que sea un lugar a donde da gusto volver— es una tarea incomparable a cualquier otra.

Dejando sentado que el trabajo fuera de su casa será adecuado para muchas mujeres, se consideran los aspectos positivos del que se realiza en el propio hogar. En primer lugar porque es un cauce asequible para la tarea primordial de atender a los hijos; cosa que viene muy facilitada si no se tiene en la cabeza nada más importante que ellos. Después porque es un trabajo que facilita la libertad y la autonomía; también porque permite ejercitar numerosas habilidades en beneficio de crear un ambiente material en que reine el orden y la armonía. Como todo trabajo, tiene también sus riesgos: cerrarse en un pequeño horizonte, desinteresarse de lo que no sean problemas domésticos, convertirse en esclava de unos rendimientos concretos. Pero no es ni el trabajo fuera ni la dedicación a la familia lo que harán feliz, por sí mismos, a una mujer. Dependerá de cómo sea, de cómo los viva.

Paternidad y maternidad no son sólo roles sociales; pero también lo son; y en cada nuevo marco histórico hay que desarrollar las habilidades requeridas para desempeñarlos bien. Además son correlativos: no se da un cambio en uno que no implique una modificación en el otro. Por eso la imagen del padre está cambiando. No se trata sólo de que ayuden más en los trabajos de la casa, sino de que la nueva situación requiere profundizar en aspectos centrales de su misión: asumir sus responsabilidades como padres, no sacrificar los hijos a la carrera; en definitiva, aprender a tener respecto a la familia, una disposición de servicio libre y gustoso, que impulse a crecer, que dé a todos autonomía.
Agradecemos al autor - F
rancisca R. Quiroga - 1-XII-1999

 

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26. Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.

27. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Génesis Cap. 1.

 

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La constitución de la mujer es diferente respecto al varón

La teología del cuerpo, contenida en el libro del Génesis, es concisa y parca en palabras. Al mismo tiempo, encuentran allí expresión contenidos fundamentales, en cierto sentido primarios y definitivos. Se encuentran todos a su modo en ese "conocimiento" bíblico. La constitución de la mujer es diferente respecto al varón; más aún, hoy sabemos que es diferente hasta en sus determinaciones bio-fisiológicas más profundas. Se manifiesta exteriormente sólo en cierta medida, en la estructura y en la forma de su cuerpo. La maternidad manifiesta esta constitución interiormente, como particular potencialidad del organismo femenino, que con peculiaridad creadora sirve a la concepción y a la generación del ser humano, con el concurso del varón. El "conocimiento" condiciona la generación.

La generación es una perspectiva, que el varón y la mujer insertan en su recíproco conocimiento. Por lo cual éste sobrepasa los límites de sujeto-objeto, cual varón y mujer parecen ser mutuamente, dado que el "conocimiento" indica, por una parte, a aquel que "conoce", y por otra, a la que "es conocida" (o viceversa). En este "conocimiento" se encierra también la consumación del matrimonio, el específico consummatum; así se obtiene el logro de la "objetividad" del cuerpo, escondida en las potencialidades somáticas del varón y de la mujer, y a la vez el logro de la objetividad del varón que "es" este cuerpo. Mediante el cuerpo, la persona humana es "marido" y "mujer"; simultáneamente, en este particular acto de "conocimiento", realizado por la feminidad y masculinidad personales, parece alcanzarse también el descubrimiento de la "pura" subjetividad del don: es decir, la mutua realización de sí en el don.

Ciertamente, la procreación hace que "el varón y la mujer (su esposa)" se conozcan recíprocamente en el "tercero" que trae su origen de los dos. Por eso, ese "conocimiento" se convierte en un descubrimiento, a su manera, en una revelación del nuevo hombre, en el que ambos, varón y mujer, se reconocen también a sí mismos, su humanidad, su imagen viva. En todo esto que está determinado por ambos a través del cuerpo y del sexo, el "conocimiento" inscribe un contenido vivo y real. Por tanto, el "conocimiento" en sentido bíblico significa que la determinación "biológica" del hombre, por parte de su cuerpo y sexo, deja de ser algo pasivo, y alcanza un nivel y un contenido específicos para las personas autoconscientes y autodeterminantes: comporta, pues, una conciencia particular del significado del cuerpo humano, vinculada a la paternidad y a la maternidad.

Toda la constitución del cuerpo de la mujer, su aspecto particular, las cualidades que con la fuerza de un atractivo permanente están al comienzo del "conocimiento", de que habla el Génesis 4, 12 ("Adán se unió a Eva, su mujer"), están en unión estrecha con la maternidad. La Biblia (y después la liturgia) con la sencillez que le es característica, honra y alaba a lo largo de los siglos "el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron" (Lc 11, 2). Estas palabras constituyen un elogio de la maternidad, de la feminidad, del cuerpo femenino en su expresión típica del amor creador. Y son palabras que en el Evangelio se refieren a la Madre de Cristo, María, segunda Eva. En cambio, la primera mujer, en el momento en que se reveló por primera vez la madurez materna en su cuerpo, cuando "concibió y parió", dijo: "He alcanzado de Yahvé un varón" (Gén 4, 1).

Estas palabras expresan toda la profundidad teológica de la función de generar- procrear. El cuerpo de la mujer se convierte en el lugar de la concepción del nuevo hombre. En su seno el hombre concebido toma su propio aspecto humano, antes de venir al mundo. La homogeneidad somática del varón y de la mujer, que encontró expresión primera en las palabras: "Es carne de mi carne, y hueso de mis huesos" (Gén 2, 23), está confirmada a su vez por las palabras de la primera mujer-madre: "He alcanzado un varón". La primera mujer parturiente tiene plena conciencia del misterio de la creación, que se renueva en la generación humana. Tiene también plena conciencia de la participación humana, obra de ella y de su marido, puesto que dice: "He alcanzado de Yahvé un varón".

No puede haber confusión alguna entre las esferas de acción de las causas. Los primeros padres transmiten a todos los padres humanos -también después el pecado, juntamente, con el fruto del árbol del bien y del mal y como en el umbral de todas las experiencias "históricas"- la verdad fundamental acerca del nacimiento del hombre a imagen de Dios, según las leyes naturales. Este nuevo hombre nacido de la mujer-madre por obra del varón- padre reproduce cada vez la misma "imagen de Dios", de ese Dios que ha constituido la humanidad del primer hombre: "Creó Dios al hombre a imagen suya..., varón y mujer los creó" (Gén 1, 27).

Aunque existen profundas diferencias entre el estado de inocencia originaria y el estado pecaminoso heredado del hombre, esa "imagen de Dios" constituye una base de continuidad y de unidad. El "conocimiento" de que habla el Génesis 4, 1, es el acto que origina el ser, o sea, en unión con el Creador, establece un nuevo hombre en su existencia. El primer hombre, en su soledad trascendental, tomó posesión del mundo visible, creado para él, conociendo e imponiendo nombre a los seres vivientes (animalia). El mismo "hombre", como varón y mujer, al conocerse recíprocamente en esta específica comunidad-comunión de personas, en la que el varón y la mujer se unen tan estrechamente entre sí que se convierten en "una sola carne", constituye la humanidad, es decir, confirma y renueva la existencia del hombre como imagen de Dios. Cada vez ambos, varón y mujer, renuevan, por decirlo así, esta imagen del misterio de la creación y la transmiten "con la ayuda de Dios-Yahvé".

Las palabras del libro del Génesis, que son un testimonio del primer nacimiento del hombre sobre la tierra, encierran en sí, al mismo tiempo, todo lo que se puede y se debe decir de la dignidad de la generación humana.

 

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La definición objetiva del hombre

en el primer relato de la creación

 

1. El miércoles pasado comenzamos el ciclo de reflexiones sobre la respuesta que Cristo Señor dio a sus interlocutores acerca de la pregunta sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio. Los interlocutores fariseos, como recordamos, apelaron a la ley de Moisés; Cristo, en cambio, se remitió al "principio" citando las palabras del libro del Génesis.

El "principio" en este caso se refiere a lo que trata una de las primeras páginas del libro del Génesis. Si queremos hacer un análisis de esta realidad, debemos, sin duda, dirigirnos, ante todo, al texto. Efectivamente, las palabras pronunciadas por Cristo en la conversación con los fariseos, que nos relatan el capítulo 19 de San Mateo y el 10 de San Marcos, constituyen un pasaje que, a su vez, se encuadra en un contexto bien definido, sin el cual no pueden ser entendidas ni interpretadas justamente. Este contexto lo ofrecen las palabras: " No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra...?" (Mt 19,4), y hace referencia al llamado primer relato de la creación del hombre, inserto en el ciclo de los siete días de la creación del mundo (Gen 1, 1-2.4).

2. En cambio, el contexto más próximo a las otras palabras de Cristo, tomadas del Génesis 2,24, es el llamado segundo relato de la creación del hombre (Gen 2,5-25), pero indirectamente es todo el capítulo tercero del Génesis. El segundo relato de la creación del hombre forma una unidad conceptual y estilística con la descripción de la inocencia original, de la felicidad del hombre e incluso de su primera caída. Dado lo específico del contenido expresado en las palabras de Cristo, tomadas del Génesis 2,24, se podría incluir también en el contexto, al menos, la primera frase del capítulo cuarto del Génesis, que trata de la concepción y nacimiento del hombre de padres terrenos. Así intentamos hacer en el presente análisis.

 Desde el punto de vista de la crítica bíblica, es necesario recordar inmediatamente que el primer relato de la creación del hombre es cronológicamente posterior al segundo. El origen de este último es mucho más remoto. Este texto más antiguo se define ´yahvista´, porque para nombrar a Dios se sirve del término ´Yahvéh´. Es difícil no quedar impresionados por el hecho de que la imagen de Dios que presenta tiene rasgos antropológicos bastante relevantes (efectivamente, entre otras cosas leemos allí que "...formó Yahveh Dios al hombre del polvo de la tierra y le inspiró en el rostro aliento de vida": Gen 2,7). Respecto a la descripción, el primer relato, es decir, precisamente el considerado cronológicamente más reciente, es mucho más maduro, tanto por lo que se refiere a la imagen de Dios, como por la formulación de las verdades esenciales sobre el hombre. Este relato proviene de la tradición sacerdotal y al mismo tiempo ´elohista´ de ´Elohim´, término que emplea para nombrar a Dios.

3. Dado que en esta narración la creación del hombre como varón y hembra, a la que se refiere Jesús en su respuesta según Mt 19, está incluida en el ritmo de los siete días de la creación del mundo, se le puede atribuir sobre todo un carácter cosmológico; el hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gen 1,28); está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios ("Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó... ": Gen 1,27). En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una gradación precisa; en cambio, el hombre no es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ´Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza´ (Gen 1, 26).

4. El nivel de ese primer relato de la creación del hombre, aunque cronológicamente posterior, es, sobre todo, de carácter teológico. De esto es índice la definición del hombre sobre la base de su relación con Dios (´a imagen de Dios lo creó´), que incluye al mismo tiempo la afirmación de la imposibilidad absoluta de reducir el hombre al ´mundo´. Ya a la luz de las primeras frases de la Biblia, el hombre no puede ser comprendido ni explicado hasta el fondo con las categorías sacadas del ´mundo´, es decir, del conjunto visible de los cuerpos. A pesar de esto también el hombre es cuerpo. El Génesis 1, 27 constata que esta verdad acerca del hombre se refiere tanto al varón como a la hembra: ´Dios creó al hombre a su imagen..., varón y hembra los creó´. Es necesario reconocer que el primer relato es conciso, libre de cualquier huella de subjetivismo: contiene sólo el hecho objetivo y define la realidad objetiva, tanto cuando habla de la creación del hombre, varón y hembra, a imagen de Dios, como cuando añade poco después las palabras de la primera bendición; ´Y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad´ (Gen 1, 28).

5. El primer relato de la creación del hombre, que, como hemos constatado, es de índole teológica, esconde en sí una potente carga metafísica. No se olvide que precisamente este texto del libro del Génesis se ha convertido en la fuente de las más profundas inspiraciones para los pensadores que han intentado comprender el ´ser´ y El ´existir´ (Quizá sólo El capítulo tercero del libro del Éxodo pueda resistir la comparación con este texto). A pesar de algunas expresiones pormenorizadas y plásticas del pasaje, el hombre está definido allí, ante todo, en las dimensiones del ser y del existir (´es se´). Está definido de modo más metafísico que físico. Al misterio de su creación (´a imagen de Dios lo creó´) corresponde la perspectiva de la procreación (´procread y multiplicaos, y henchid la tierra´), de ese devenir en el mundo y en el tiempo, de ese ´fieri´ que está necesariamente unido a la situación metafísica de la creación del ser contingente (contingens). Precisamente en este contexto metafísico de la descripción del Génesis 1, es necesario entender la entidad del bien, esto es, el aspecto del valor. Efectivamente este aspecto vuelve en El ritmo de casi todos los días de la creación y alcanza su culmen después de la creación del hombre: ´Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho´ (Gen 1, 31). Por lo que se puede decir con certeza que El primer capítulo del Génesis ha formado un punto indiscutible de referencia y la base sólida para una metafísica e incluso para una antropología y una ética, según la cual ´ens et bonum convertuntur´. Sin duda todo esto tiene su significado también para la teología y sobre todo para la teología del cuerpo.

6. Al llegar aquí interrumpimos nuestras consideraciones. Dentro de una semana nos ocuparemos del segundo relato de la creación, es decir, del que, según los escrituristas, es más antiguo cronológicamente. La expresión "teología del cuerpo" que acabo de usar merece una explicación más exacta, pero la aplazamos para otro encuentro. Antes debemos tratar de profundizar en ese pasaje del libro del Génesis al que Cristo se remitió. Miércoles 12 de septiembre de 1979 - S. S. JUAN PABLO II – Magno – Pont. Max.

 

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Diálogo con Jesucristo sobre los

fundamentos del matrimonio

 

1. Desde hace algún tiempo están en curso los preparativos para la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en Roma en el otoño del próximo año. El tema del Sínodo: "De muneribus familiae christianae (Misión de la familia cristiana"), concentra nuestra atención sobre esta comunidad de vida humana y cristiana, que desde el principio es fundamental. Precisamente de esta expresión, "desde el principio", se sirvió el Señor Jesús en el coloquio sobre el matrimonio, referido en el Evangelio de San Mateo y en el de San Marcos. Queremos preguntarnos qué significa esta palabra: "principio". Queremos además aclarar por qué Cristo se remite al "principio" precisamente en esta circunstancia, y, por tanto, nos proponemos un análisis más preciso del correspondiente texto de la Sagrada Escritura.

2. Jesucristo se refirió dos veces al "principio" durante la conversación con los fariseos, que le presentaban la cuestión sobre la indisolubilidad del matrimonio. La conversación se desarrolló del modo siguiente:

"... Se le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle y le preguntaron: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa? El respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles El: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así" (Mt 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss).

Cristo no acepta la discusión al nivel en que sus interlocutores tratan de introducirla; en cierto sentido, no aprueba la dimensión que ellos han intentado dar al problema. Evita enzarzarse en las controversias jurídico-casuísticas; y, en cambio, se remite dos veces al principio". Procediendo así, hace clara referencia a las palabras correspondientes del libro del Génesis, que también sus interlocutores sabían de memoria. De esas palabras de la revelación más antigua, Cristo saca la conclusión y se cierra la conversación.

3. "Principio" significa, pues, aquello de que habla el libro del Génesis. Por tanto, Cristo cita al Génesis 1, 27 en forma resumida: "Al principio, el Creador los hizo varón y hembra", mientras que el pasaje original completo dice así textualmente: "Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y hembra". A continuación, el Maestro se remite al Génesis 2, 24: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne". Citando estas palabras casi "in extenso", por completo, Cristo les da un significado normativo todavía más explícito (dado que podría ser hipotético que en el libro del Génesis sonaran como afirmaciones de hecho "dejará... se unirá... vendrán a ser una sola carne"). El significado normativo es admisible en cuanto que Cristo no se limita sólo a la cita misma, sino que añade: "De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre". Ese "no lo separe" es determinante. A la luz de esta palabra de Cristo, el Génesis 2, 24 enuncia el principio de la unidad e indisolubilidad del matrimonio como el contenido mismo de la Palabra de Dios, expresada en la revelación más antigua.

4. Al llegar a este punto, se podría sostener que el problema está concluido, que las palabras de Jesús confirman la ley eterna formulada e instituida por Dios desde el "principio", como la creación del hombre. Incluso podría parecer que el Maestro, al confirmar esta ley primordial del Creador, no hace más que establecer exclusivamente su propio sentido normativo, remitiéndose a la autoridad misma del primer Legislador. Sin embargo, esa expresión significativa: "desde el principio", repetida dos veces, induce claramente a los interlocutores a reflexionar sobre el modo en que Dios ha plasmado al hombre en el misterio de la creación, como "varón y hembra", para entender correctamente el sentido normativo de las palabras del Génesis. Y esto es tan válido para los interlocutores de hoy, como lo fue para los de entonces. Por lo tanto, en el estudio presente, considerando todo esto, debemos meternos precisamente en la actitud de los interlocutores actuales de Cristo.

5. Durante las sucesivas reflexiones de los miércoles, en las audiencias generales, como interlocutores actuales de Cristo, intentaremos detenernos más largamente sobre las palabras de San Mateo (19, 3 y ss.). Para responder a la indicación que Cristo ha encerrado en ellas, trataremos de penetrar en ese "principio" al que se refirió de modo tan significativo, y así seguiremos de lejos el gran trabajo que sobre este tema precisamente emprenden ahora los participantes en el próximo Sínodo de los Obispos. Junto con ellos toman parte numerosos grupos de Pastores y de laicos que se sienten particularmente responsables de la misión que Cristo propone al matrimonio y a la familia cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra época, en el mundo contemporáneo.

El ciclo de reflexiones que comenzamos hoy, con intención de continuarlo durante los sucesivos encuentros de los miércoles, tiene como finalidad, entre otras cosas, acompañar, de lejos por así decirlo, los trabajos preparativos al Sínodo, pero no tocando directamente su tema, sino dirigiendo la atención a las raíces profundas de las que brota este tema. 05.sep. 1979 S. S. JUAN PABLO II – Magno – Pont. Max.

 

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I ‘Hombre y mujer los creó’ 

 

2331 ‘Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen... Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión’ (FC 11).

‘Dios creó el hombre a imagen suya... hombre y mujer los creó’ (Gn 1, 27). ‘Creced y multiplicaos’ (Gn 1, 28); ‘el día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó ‘Hombre’ en el día de su creación’ (Gn 5, 1-2).

2332 La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.

2333 Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

2334 ‘Creando al hombre «varón y mujer», Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer’ (FC 22; cf GS 49, 2). ‘El hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal’ (MD 6).

2335 Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios. La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: ‘El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne’ (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas (cf Gn 4, 1-2.25-26; 5, 1).

2336 Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: ‘Habéis oído que se dijo: «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’» (Mt 5, 27-28). El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (cf Mt 19, 6).

La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana.

Catecismo de la Iglesia Católica

 

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¡Libertad de religión, sí. Pero fundamental es el derecho a la libertad religiosa!.

El reconocimiento del derecho a la libertad religiosa, en su dimensión individual y social, privada y pública, como un derecho fundamental, constituye una base fundamental para la sociedad democrática.

 

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La verdadera religión no convive con la violencia sino con la razón y la libertad. “Una razón, sin religión, una cultura que se cierra a la trascendencia, como ocurre en Occidente, pierde el rastro de la verdad y se deteriora en perjuicio del hombre".
La fe que no reconoce la verdad de la razón, como ocurre en los diferentes fanatismos, se pervierte también en sus esencias religiosas, religión y razón se necesitan y se enriquecen mutuamente.
"Actuar contra la razón es también actuar contra Dios y negarse a reconocer a Dios es negar la fuerza más profunda de nuestra razón". "Mucha gente se esfuerza en presentar un mundo sin Dios, pero sin Dios no salen las cuentas".
En la actualidad "se da como una sordera espiritual que impide escuchar la palabra de Dios", hay "demasiadas voces" que aturden y hacen que se pierda la sintonía con Dios.
El mundo necesita a Dios y en Occidente hacen falta hombres que quieran asumir y continuar la misión salvadora de Jesús.

 

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La paridad real no se impone por ley
Una de las indiscutibles conquistas de las sociedades desarrolladas ha sido la de la igualdad de oportunidades para el hombre y para la mujer. Resulta paradójico que la sensibilidad social de las políticas de algunos gobiernos haya que llevarla a la práctica por medio de la ley, descuidando otros procesos básicos como son la educación y la propuesta de valores. Lo que no tenemos claro es qué significa la paridad en el conjunto de las políticas sociales en ciertos gobiernos. Si por paridad entendemos la eliminación de trabas legales, administrativas, sociales y culturales que impidan a las mujeres el ejercicio pleno de sus capacidades profesionales, bienvenida sea. La igual dignidad del hombre y de la mujer es una de las bases fundamentales para el progreso de la persona y de las sociedades. Pero si con el argumento de la paridad se esconde la imposición legal de una ideología de género, debemos encender las luces de alarma. Además, con esta imposición arbitraria de la paridad, que puede llevar a lo grotesco, no encontrarán respuesta los problemas de la mujer en el mundo profesional y familiar. La conciliación entre vida familiar y vida laboral, o el desarrollo de nuevas formas de trabajo que tengan presente el genio femenino, serían esfuerzos más fecundos que esta norma de inequívoco sabor ideológico. 2006.X.

 

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Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

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Juan Pablo II, P. P. (1978-2005) Ángelus del 6 de febrero 1994

 

“Y creó Dios a los hombres a su imagen;....varón y hembra los creó.” (Gn 1,27) -        Según sus designios eternos, Dios creó al hombre y a la mujer según su imagen. La Escritura dice: “a la imagen de Dios los creó”. Es, pues, importante entender en el libro del Génesis esta gran verdad: la imagen de si mismo que Dios colocó en el hombre pasa por la diversidad de los sexos. El hombre y la mujer que se unen en matrimonio reflejan la imagen de Dios y son, de alguna manera, la revelación de su amor. No únicamente del amor que Dios tiene por el ser humano, sino también de la misteriosa comunión que caracteriza la vida íntima de las tres personas divinas.
         Además, el mismo acto de procreación es una imagen de Dios que convierte la familia en un santuario de la vida. El apóstol Pablo dice que toda paternidad en la tierra viene de Dios. (Ef 3,15) Dios es la fuente original de la vida. Así se puede afirmar que la genealogía de toda persona ahonda sus raíces en la eternidad. Engendrando a un hijo, los padres actúan como colaboradores de Dios. ¡Que misión tan sublime! Por esto, no es nada extraño que Jesús haya querido elevar el matrimonio a la dignidad de sacramento, y que San Pablo hable del matrimonio como de un “gran misterio”, refiriéndolo a la relación de Cristo con su Iglesia.
(cf Ef 5,32)

 

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JUAN PABLO II – P.P.

 

Miércoles 12 de septiembre de 1979

 

Las primeras páginas del libro del Génesis

1. El miércoles pasado comenzamos el ciclo de reflexiones sobre la respuesta que Cristo Señor dio a sus interlocutores acerca de la pregunta sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio. Los interlocutores fariseos, como recordamos, apelaron a la ley de Moisés; Cristo, en cambio, se remitió al "principio" citando las palabras del libro del Génesis. El "principio" en este caso se refiere a lo que trata una de las primeras páginas del libro del Génesis. Si queremos hacer un análisis de esta realidad, debemos, sin duda, dirigirnos, ante todo, al texto. Efectivamente, las palabras pronunciadas por Cristo en la conversación con los fariseos, que nos relatan el capítulo 19 de San Mateo y el 10 de San Marcos, constituyen un pasaje que, a su vez, se encuadra en un contexto bien definido, sin el cual no pueden ser entendidas ni interpretadas justamente. Este contexto lo ofrecen las palabras: "¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra...?" (Mt 19, 4), y hace referencia al llamado primer relato de la creación del hombre, inserto en el ciclo de los siete días de la creación del mundo (Gén 1, 1-2. 4). En cambio, el contexto más próximo a las otras palabras de Cristo, tomadas del Génesis 2, 24, es el llamado segundo relato de la creación del hombre (Gén 2, 5-25), pero indirectamente es todo el capítulo tercero del Génesis. El segundo relato de la creación del hombre forma una unidad conceptual y estilística con la descripción de la inocencia original, de la felicidad del hombre e incluso de su primera caída. Dado lo específico del contenido expresado en las palabras de Cristo, tomadas del Génesis 2, 24, se podría incluir también en el contexto, al menos, la primera frase del capítulo cuarto del Génesis, que trata de la concepción y nacimiento del hombre de padres terrenos. Así intentamos hacer en el presente análisis.


2. Desde el punto de vista de la crítica bíblica, es necesario recordar inmediatamente que el primer relato de la creación del hombre es cronológicamente posterior al segundo. El origen de este último es mucho más remoto. Este texto más antiguo se define "yahvista", porque para nombrar a Dios se sirve del término "Yahvé". Es difícil no quedar impresionados por el hecho de que la imagen de Dios que presenta tiene rasgos antropomórficos bastante relevantes (efectivamente, entre otras cosas leemos allí que "formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra y le inspiró en el rostro aliento de vida": Gén 2, 7). Respecto a la descripción, el primer relato, es decir, precisamente el considerado cronológicamente más reciente, es mucho más maduro, tanto por lo que se refiere a la imagen de Dios, como por la formulación de las verdades esenciales sobre el hombre. Este relato proviene de la tradición sacerdotal y al mismo tiempo "elohista" de "Elohim", término que emplea para nombrar a Dios.


3. Dado que en esta narración la creación del hombre como varón y hembra, a la que se refiere Jesús en su respuesta según Mt 19, está incluida en el ritmo de los siete días de la creación del mundo, se le puede atribuir sobre todo un carácter cosmológico; el hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios ("Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó... ": Gén 1, 27). En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una gradación precisa [1]; en cambio, el hombre no es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza" (Gén 1, 26).


4. El nivel de ese primer relato de la creación del hombre, aunque cronológicamente posterior, es, sobre todo, de carácter teológico. De esto es índice la definición del hombre sobre la base de su relación con Dios ("a imagen de Dios lo creó"), que incluye al mismo tiempo la afirmación de la imposibilidad absoluta de reducir el hombre al "mundo". Ya a la luz de las primeras frases de la Biblia, el hombre no puede ser comprendido ni explicado hasta el fondo con las categorías sacadas del "mundo", es decir, del conjunto visible de los cuerpos. A pesar de esto también el hombre es cuerpo. El Génesis 1, 27 constata que esta verdad esencial acerca del hombre se refiere tanto al varón como a la hembra: "Dios creó al hombre a su imagen..., varón y hembra los creó"[2]. Es necesario reconocer que el primer relato es conciso, libre de cualquier huella de subjetivismo: contiene sólo el hecho objetivo y define la realidad objetiva, tanto cuando habla de la creación del hombre, varón y hembra, a imagen de Dios, como cuando añade poco después las palabras de la primera bendición; "Y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad"(Gén 1, 28).


5. El primer relato de la creación del hombre, que, como hemos constatado, es de índole teológica, esconde en sí una potente carga metafísica. No se olvide que precisamente este texto del libro del Génesis se ha convertido en la fuente de las más profundas inspiraciones para los pensadores que han intentado comprender el "ser" y El "existir". (Quizá sólo el capítulo tercero del libro del Éxodo pueda resistir la comparación con este texto)[3]. A pesar de algunas expresiones pormenorizadas y plásticas del pasaje, El hombre está definido allí, ante todo, en las dimensiones del ser y del existir ("esse"). Está definido de modo más metafísico que físico. Al misterio de su creación ("a imagen de Dios lo creó") corresponde la perspectiva de la procreación ("procread y multiplicaos, y henchid la tierra"), de ese devenir en el mundo y en el tiempo, de ese "fieri" que está necesariamente unido a la situación metafísica de la creación del ser contingente (contingens). Precisamente en este contexto metafísico de la descripción del Génesis 1, es necesario entender la entidad del bien, esto es, el aspecto del valor. Efectivamente este aspecto vuelve en el ritmo de casi todos los días de la creación y alcanza su culmen después de la creación del hombre: "Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho" (Gén 1, 31). Por lo que se puede decir con certeza que el primer capítulo del Génesis ha formado un punto indiscutible de referencia y la base sólida para una metafísica e incluso para una antropología y una ética, según la cual "ens et bonum convertuntur". Sin duda todo esto tiene su significado también para la teología y sobre todo para la teología del cuerpo.


6. Al llegar aquí interrumpimos nuestras consideraciones. Dentro de una semana nos ocuparemos del segundo relato de la creación, es decir, del que, según los escrituristas, es más antiguo cronológicamente. La expresión "teología del cuerpo" que acabo de usar merece una explicación más exacta, pero la aplazamos para otro encuentro. Antes debemos tratar de profundizar en ese pasaje del libro del Génesis, al que Cristo se remitió.

 

 
 

[1]. Al hablar de la materia inanimada, el autor bíblico emplea diferentes predicados, como "separó, "llamó", "hizo", "puso". En cambio, al hablar de los seres dotados de vida, usa los términos "creó" y "bendijo". Dios les ordena: "Procread y multiplicaos". Este mandato se refiere tanto a los animales com al hombre, indicando que les es común la corporalidad (cf. Gén 1, 22-28).

Sin embargo, la creación del hombre se distingue esencialmente en la descripción bíblica de las precedentes obras de Dios. No sólo va precedida de una introducción solemne, como si se tratara de una deliberación de Dios antes de este acto importante, sino que, sobre todo, la dignidad excepcional del hombre se pone de relieve por la "semejanza" con Dios, de quien es imagen.

Al crear la materia inanimada Dios "separaba"; a los animales les manda procrear ymultiplicarse; pero la diferencia del sexo está subrayada sólo respecto al hombre ("varón y hembra los creó"), bendiciendo al mismo tiempo su fecundidad, es decir, el vínculo de las personas (Gén 1, 27-28).

[2]. El texto original dice:

"Dios creó al hombre (ha-adam - sustantivo colectivo: ¿la "humanidad"?) / a su imagen; / a imagen de Dios los creó; / macho (zakar - masculino) y hembra (unequebah - femenino) los creó" (Gén 1, 27).

[3]. "Haec sublimis veritas": "Yo soy el que soy" (Ex 3, 14) es objeto de reflexión para muchos filósofos, comenzando por San Agustín, quien pensaba que Platón debía conocer este texto porque le parecía muy cercano a sus concepciones. La doctrina agustiniana de la divina "essentialitas" ejerció, mediante San Anselmo, un profundo influjo en la teología de Ricardo de San Víctor, de Alejandro de Alés y de San Buenaventura.

"Pour passer de cette interprétation philosophique du text de l´Exode á celle qu´allait saint Thomas il fallait nécessairement franchir la distance qui sépare ´l´être de l´essence´ de ´l´être de l´existence´. Las preuves thomistes de l´existence de Dieu l´ont franchie".

Diversa es la posición del maestro Eckhart, que, basándose en este texto, atribuye a Dios la "puritas essendi": "est aliquid altius ente..." (cf. E. Gilson, Le Thomisme, París 1944 (Vrin) págs. 122-127; E. Gilson, History of Christian Philosophy in the Middle Ages, London 1955 [Sheed and Ward]

 

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 Santa Hildegarda von Bingen (1098+1179)

 

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 


 

Es esta santa una de las mayores figuras femeninas de Occidente, y se puede apreciar en ella la realidad de los carismas del Espíritu Santo: la contemplación y la anunciación profética. 

A pesar de poseer una naturaleza tímida y enfermiza, aceptó la misión que le fue dada por Dios y exhortó al Papa, emperadores, reyes y clérigos a convertirse y rechazar las malas costumbres que habían aparecido sobre todo en las esferas religiosas.   

Escribió varias obras de espiritualidad  y de Teología, pero también tenía un gran conocimiento de plantas y hierbas medicinales y escribió dos libros sobre su naturaleza y su uso.  Diariamente llegaban a las puertas del convento personas necesitadas y enfermos graves para que Hildegarda los aconsejara o los curara con sus medicinas y sus oraciones.  El pueblo veía como una dádiva especial de amor de Dios el consejo personal y el auxilio dispensado por las manos de esta mujer, que también en su propio cuerpo sufría múltiples penas. 

 

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Noche rutilante – Talamillo del Tozo en España, iluminada en las luces del alba

y el pasaje de los meteoritos Leonida. Este esplendor de la naturaleza ha

sido visible a ojo desnudo.  2005-08-12 (Victor Fraile/Reuters)

 

 

El deseo de la contemplación de Dios


"Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: ´Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro.´
Y ahora. Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.
Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.
¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.
Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.
Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?
Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.
Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré."

Anselmo, obispo de Canterbury, Proslogion, 1.

 

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Jesucristo:
1. Hijo, no te muevan los dichos agudos y limados de los hombres; porque no consiste el reino de Dios en palabras, sino en virtud. Mira mis palabras, que encienden los corazones, y alumbran los entendimientos, provocan a compunción y traen muchas consolaciones. Nunca leas cosas para mostrarte más letrado o sabio. Estudia en mortificar los vicios; porque más te aprovechará esto que saber muchas cuestiones dificultosas.

2. Cuando hubieres acabado de leer y saber muchas cosas, te conviene venir a un solo principio. Yo soy el que enseño al hombre la ciencia, y doy más claro entendimiento a los pequeños que ningún hombre puede enseñar. Aquel a quien yo hablo, luego será sabio y aprovechará mucho en el espíritu. ¡Ay de aquellos que quieren aprender de los hombres curiosidades, y cuidan muy poco del camino de servirme a Mí! Tiempo vendrá cuando aparecerá el Maestro de los maestros, Cristo, Señor de los ángeles, a oír las lecciones de todos, esto es, a examinar la ciencia de cada uno. Y entonces escudriñará a Jerusalén con candelas, y serán descubiertos los secretos de las tinieblas, y callarán los argumentos de las lenguas.

3. Yo soy el que levanto en un instante al humilde entendimiento, para que entienda más razones de la verdad eterna, que si hubiese estudiado diez años en las Escuelas. Yo enseño sin ruido de palabras, sin confusión de pareceres, sin fausto de honra, sin alteración de argumentos. Yo soy el que enseño a despreciar lo terreno y a aborrecer lo presente, buscar lo eterno; huir de las honras, sufrir los estorbos, poner toda la esperanza en Mí, y fuera de Mí no desear nada, y amarme ardientemente sobre todas las cosas.

4. Y así uno, amándome entrañablemente aprendió cosas divinas, y hablaba maravillas. Más aprovechó con dejar todas las cosas que con estudiar sutilezas. Pero a unos hablo cosas comunes, a otros especiales. A unos me muestro dulcemente con señales y figuras, y a otros revelo misterios con mucha luz. Una cosa dicen los libros; mas no enseñan igualmente a todos: porque Yo soy doctor interior de la verdad, escudriñador del corazón, conocedor de los pensamientos, promovedor de las acciones, repartiendo a cada uno según juzgo ser digno.

Tomás de Kempis (1380+1471), el gran escritor y místico alemán, autor de uno de los libros de espiritualidad más traducidos y leídos de todos los tiempos –«La imitación de Cristo»–.

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs. 

 

 

 

¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

Gracias por visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Cinco libros sin imposturas ni ocultamientos:

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden - Dr. hist. César VIDAL -

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce.

 

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, al honor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

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Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

 

In Obsequio Jesu Christi.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).