Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Ecología - 1º WWF-Adena y sus leyendas negras; ecologismo no terrorismo

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

 

La libertad tiene una enorme capacidad de modificación del entorno mundano del hombre. No obstante, mientras esa capacidad estaba poco desarrollada técnicamente, la interferencia del hombre en los procesos naturales resultaba irrelevante, y la naturaleza, contemplada en su imponente grandeza y fuerza material, aparecía como el ámbito en que el hombre nacía, vivía y moría, recibiendo de ella inexorablemente beneficios o dolores, según el curso de las fuerzas naturales. La potencia física de la naturaleza se presentaba a los ojos de la pequeña y vulnerable criatura humana como muy superior, y, por tanto, objeto de veneración.

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ECOLOGÍA - Del griego oikos y logos (discurso sobre la casa, sobre el ambiente), indica genéricamente el estudio de las leyes que caracterizan a las mutuas relaciones entre los diversos organismos vivientes. De manera especial, el término indica el estudio de las condiciones en que se desarrolla la vida del hombre, tanto en su relación con los demás hombres como en su relación con los seres infrahumanos del propio ambiente.

 

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‘Si la técnica no se reconcilia con  la naturaleza, ésta se rebelará’ 12 NOV. 2000 S. S. Juan Pablo II - Magno

 

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«La razón sin Dios y la ciencia sin ética no redimen al hombre». Benedicto PP. XVI.

2007.XI.

 

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La degradación del Nobel de la Paz

Termino con una pregunta para el Premio Nobel de la Paz: ¿por qué el mayor calentamiento de la edad moderna, bastante moderado por cierto, ocurrió antes de 1940 (el año 1938 fue el más caluroso) y por qué no ha habido calentamiento en los últimos 9 años? - Dennis T. Avery – L.D. Esp. 2007-XI-07

 

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…del fingimiento entre ecologistas, grupos homosexuales y lésbicos, hipocresías, alianzas y colaboración entre negociantes y feministas…

 

Matan niños, les da por igual, tengan semanas o siete, ocho, nueve meses, imitando a Stalin y Hitler, Pol-Pot o Saddam Hussein, entre otros…

 

Quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio.

Luego recuerdan a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones contra el cambio climático: simulacros de fingida humanidad en una época que había dejado de ser humana. 2007

 

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ECOLOGISMO - La Creación en espera

 

 El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.


En la segunda lectura, del Apóstol Pablo, leemos: «La creación... fue sometida a la caducidad –no espontáneamente, sino por aquel que la sometió- en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios... La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto».
Este texto famoso nos habla de una solidaridad, en el bien y en el mal, entre el hombre y la creación. Juntos gimen, juntos esperan; el gemido del hombre es fruto de la corrupción de su libertad, el de la creación es participación en el destino del hombre. Estamos ante el texto de la Escritura más cercano a lo que hoy se entiende por ecología y protección de la creación, y es este el tema al que queremos dedicar nuestra reflexión, para intentar sacar a la luz el fundamento bíblico.
Hay dos formas de hablar de ecología y de respeto de la creación: una a partir del hombre y otra a partir de Dios. La primera tiene en el centro al hombre. En este caso, no hay tanta preocupación de las cosas por sí mismas, como en función del hombre: por el daño irreparable que el agotamiento, o la contaminación, del aire, del agua y la desaparición de ciertas especies animales ocasionarían a la vida humana en el planeta. Es un ecologismo que se puede resumir en el lema: «Salvemos la naturaleza y la naturaleza nos salvará a nosotros».
Este ecologismo es bueno, pero muy precario. Los intereses humanos varían, de hecho, de nación en nación, de un hemisferio a otro, y es difícil que se pongan todos de acuerdo. Se ha visto a propósito del famoso agujero en el ozono. Ahora nos hemos percatado de que ciertos gases perjudican el ozono y querríamos poner un límite a refrigeradores, aerosoles y cosas por el estilo en las que tales gases se emplean. Pero en los países en vías de desarrollo, que sólo ahora llegan a dotarse de estas comodidades, nos responden justamente que es demasiado cómodo exigir de ellos estas renuncias, cuando nosotros desde hace tiempo nos hemos puesto a salvo.
Por esto es necesario encontrar en el ecologismo un fundamento más sólido. Y éste sólo puede ser de naturaleza religiosa. La fe nos enseña que debemos respetar la creación no sólo por intereses egoístas, para no dañarnos a nosotros mismos, sino porque la creación no es nuestra. Es verdad que al principio Dios dijo al hombre que «dominara» la tierra, pero en dependencia de él, de su voluntad; como administrador, no como amo absoluto. Él ordena «labrar y cuidar» el jardín (Gn 2,15); el hombre es por lo tanto custodio, no dueño de la tierra. Entre él y las cosas hay más una relación de solidaridad y de fraternidad que de dominio. Había comprendido bien todo esto San Francisco de Asís que llamaba hermano o hermana a todas las criaturas: el sol, la luna, las flores, la tierra, el agua.
Estamos en pleno verano, tiempo de vacaciones. Lo que estamos diciendo nos puede ayudar a pasar las vacaciones más bellas y más sanas. El mejor modo de volver a templar el cuerpo y el espíritu no es pasar los días arrimados unos a otros en las playas y luego la noche apretados en locales y discotecas, continuando así, en otro entorno, la misma vida artificial y caótica que se lleva el resto del año. Debemos más bien buscar el contacto con la naturaleza, momentos en que nos sintamos en sintonía profunda con ella y con las cosas. Es increíble el poder que tiene el contacto con la naturaleza para ayudarnos a reencontrarnos a nosotros mismos y nuestro equilibrio interior. El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios. 2005-07-10

 

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Carta a un ecologista que no come marisco

 

Por Jorge Alcalde

Dice WWF-Adena, al más puro estilo ecologista, que la situación de nuestro mar un año después del derrame del Prestige es mucho más grave de lo que los científicos y autoridades han venido sosteniendo. No le voy a engañar: no me lo he creído. Como tampoco suelo creerme a pies juntillas otras notas, afirmaciones, llamamientos o documentos que emite la citada organización de "protección de la naturaleza".

 

Estimado señor Walmsley: este diario se ha hecho eco del informe que la entidad a la que pertenece, WWF, ha emitido con estrépito sobre el estado de la fauna comercial en la costa gallega. Dice el informe, al más puro estilo ecologista, que la situación de nuestro mar un año después del derrame del Prestige es mucho más grave de lo que los científicos y autoridades han venido sosteniendo. No le voy a engañar: no me lo he creído. Como tampoco suelo creerme a pies juntillas otras notas, afirmaciones, llamamientos o documentos que emite la citada organización de "protección de la naturaleza". Y no lo hago porque le tenga una grima especial a las siglas, sino porque me parece sano cuestionarse siempre las afirmaciones catastrofistas y de tinte dogmático, vengan de donde vengan. Aún recuerdo los días en los que WWF aseguraba que los incendios de 1997 en Indonesia iban a suponer una "catástrofe planetaria". En realidad, aquellos fuegos no prendieron ni el uno por 100 de la masa forestal indonesia y ni siquiera estuvieron entre los más graves acaecidos en la zona. O aquella otra ocasión de 1995 en la que WWF advertía de un aumento dramático en la masa deforestada planetaria cuando la ONU detectaba que, en realidad, entre 1990 y 1995 la deforestación había descendido en intensidad de un 0,34 a un 0,32 por 100.

 

No es eso, no, lo que más me preocupa de lo leído en el informe. Lo más llamativo para este modesto lector es su afirmación rotunda de que "personalmente no comería marisco español y advertiría a los turistas que no lo hicieran". Obviaré reseñar su supina ignorancia sobre las peculiaridades del litoral español, la diversidad de costas y mares en las que se pesca marisco, la disparidad de técnicas y la abundancia de controles sanitarios de última generación que se aplican. Obviaré incluso su desfachatez al olvidar a los cientos de miles de españoles que ya comen marisco español a diario sin haber sufrido intoxicación alguna. De todo ello, seguro que se dará merecida cuenta en la prensa española durante las próximas jornadas.

 

Sólo querría comentarle, don Simon, algunos aspectos que no acabo de entender de su mensaje. Nos dice usted, a través del periódico británico The Guardian: "después del desastre del Braer en Shetland (1993) parte de la industria marisquera fue clausurada durante siete años. La contaminación en España es mucho peor, pero la captura se reabrió tras dos meses". ¿Qué entiende usted, exactamente, por "peor"? El petrolero Braer depositó de una sola vez en el mar 85.000 toneladas de crudo ligero. El Prestige, tras un año de su hundimiento, no ha derramado ni el 80 por 100 de su carga completa que constaba de 77.000 toneladas de fuel. ¿Tiene usted algún modo especial de hacer las cuentas que se nos escapa al resto de los mortales?

 

 

 

Pero la cosa no queda ahí, querido apocalíptico. Sería de gran interés para los españoles que leemos aterrados sus predicciones y consejos que nos dijera si está de acuerdo o no con la siguiente afirmación:

 

"El del Prestige ha sido, sin duda, un gran desastre. Pero las bacterias marinas seguro que ayudarán a dispersar el fuel con mayor rapidez que en el caso del Exxon Valdez en Alaska o el Erika en Francia. Además, la distancia de la costa a la que se ha hundido el barco nos permite albergar esperanzas de que se produzca una dispersión natural del vertido más rápida que en otras ocasiones".

 

Saco del cajón estas declaraciones porque las hizo hace menos de un año Sian Pullen, que curiosamente era entonces la responsable del Programa Europeo Marino de la organización a la que usted pertenece: WWF. ¿A quién debemos creer? ¿Cuál de los dos mensajes es el que apoya oficialmente su entidad ecologista?

 

 

 La incoherencia aparente no deja de ser preocupante, aunque no es tan grave como la incoherencia manifiesta que se desprende de otra de sus afirmaciones, estimado experto. Fue usted, o alguien con el mismo nombre y cargo, el que advirtió a la revista New Scientist que "la cantidad de petróleo vertido por el Prestige es mayor que la que derramó el Exxon Valdez, y además es más peligrosa debido a la mayor temperatura de las aguas gallegas".

 

Siento tener que acudir de nuevo a su ¿jefa?, la doctora Pullen. Fue ella la que me enseñó que "la degradación natural del fuel derramado es más lenta en las aguas frías que en las cálidas. Por eso, en el caso del Prestige la posible biorremediación será más eficaz que en las gélidas costas de Alaska". La realidad es que en aguas más templadas resulta más sencilla la evaporación de los compuestos volátiles del vertido y su subsiguiente descomposición en la atmósfera mediante fotooxidación. ¿Por qué no menciona este dato, también, señor Walmsley?

 

No quiero cansarle, porque estoy seguro de que estará muy atareado tratando de convencer a todos los que le escuchan de que no coman marisco español. Sólo le pediré un esfuerzo más. Un reciente informe de su querida y prestigiosa organización, WWF, alertaba de que "cada día más de 300 tanques de fuel cruzan el Mediterráneo. Este volumen tan elevado supone un grave riesgo de que sucedan accidentes y vertidos pero, más preocupante aún es el hecho de que cada jornada se pierden 2.600 toneladas de fuel en el Mediterráneo debido al limpiado irregular y deliberado de los tanques en alta mar". La nota terminaba con un eslogan contundente: "Estos datos suponen que el Mediterráneo sufre el equivalente a 15 Prestiges cada año". Estamos a la espera de su próximo anuncio para dejar de consumir pescado y marisco también en el Levante español, la costa francesa, Italia, Grecia, Marruecos, Argelia, Chipre...

2003-11-08 – LA REVISTA DE LIBERTAD DIGITAL. ESP.

 

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Fundamentos éticos de la relación

del hombre con la naturaleza

 

La libertad tiene una enorme capacidad de modificación del entorno mundano del hombre. No obstante, mientras esa capacidad estaba poco desarrollada técnicamente, la interferencia del hombre en los procesos naturales resultaba irrelevante, y la naturaleza, contemplada en su imponente grandeza y fuerza material, aparecía como el ámbito en que el hombre nacía, vivía y moría, recibiendo de ella inexorablemente beneficios o dolores, según el curso de las fuerzas naturales. La potencia física de la naturaleza se presentaba a los ojos de la pequeña y vulnerable criatura humana como muy superior, y, por tanto, objeto de veneración.

 

por A. Ruiz Retegui (*)

LA RELACIÓN DEL HOMBRE CON EL MUNDO

La condición material del hombre, estrechamente unida con su pluralidad y con su carácter sexuado, es a la vez principio de su mundanidad. La vida humana en su dependencia del cuerpo se encuentra en un entorno material en el que esa vida es posible, y fuera de ese entorno no es siquiera concebible. Aunque el cuerpo humano es una unidad bien definida, su funcionamiento incluye necesariamente elementos externos. El hombre, si es esencialmente corporal es esencialmente mundano, es un ser en el mundo. Por tanto, la creación del hombre en su condición plural sexuada, corporal, supone la constitución de un mundo en el que esa vida es posible.

El mundo, y toda la multiplicidad de procesos y de criaturas que se dan en él, han sido queridos en un único designio de creación, al servicio del hombre; sólo al hombre lo encontramos absolutamente valioso, querido por sí mismo. El mundo es un mundo para el hombre, porque el hombre es un ser en el mundo. En este sentido, la relación entre el hombre y el mundo es necesaria; sin relacionarse y "metabolizar" con el mundo el hombre no puede ejercer su existencia.

La relación del hombre con el mundo será constituida por intercambios naturales, que pueden ser estudiados como cualquier otro tipo de relación material y fisiológica, regulada por las leyes científicas naturales (las leyes de la gravedad, de la tensión superficial, de la presión osmótica o de los gases..., y, en general, todas las leyes de la Física y de la Fisiología rigen tanto para el cuerpo humano como para los demás cuerpos del mundo). Pero entre el hombre y el mundo se dan también otras influencias que de ninguna manera son reducibles a los intercambios fisiológicos o a las influencias físicas, aunque se desarrollen a través de éstas. En el curso del funcionamiento natural del mundo, el hombre es un factor de novedad. Sin el hombre, el mundo sería puro despliegue de causas y efectos naturales. El hombre da lugar a "comienzos", es decir a procesos o acciones que no pueden reducirse a desarrollo natural de la situación previa: la relación entre el hombre y el mundo es libre.

La libertad del hombre, en su relación con el mundo, se manifiesta de un modo patente en la construcción de artificios, en los que la forma o estructura no se deriva de la materia que los constituyen, ni del obrar, sino del pensamiento humano. El conocimiento espontáneo distingue lo natural de lo artificial, porque implícitamente advierte en éste una configuración que no se copertenece con la materia en la que está, sino que es inducida desde fuera. De este modo, los artificios no son resultado de las fuerzas naturales, sino de la inteligencia encarnada del hombre que puede influir, por medio principalmente de las manos, en el mundo.

La libertad tiene una enorme capacidad de modificación del entorno mundano del hombre. No obstante, mientras esa capacidad estaba poco desarrollada técnicamente, la interferencia del hombre en los procesos naturales resultaba irrelevante, y la naturaleza, contemplada en su imponente grandeza y fuerza material, aparecía como el ámbito en que el hombre nacía, vivía y moría, recibiendo de ella inexorablemente beneficios o dolores, según el curso de las fuerzas naturales. La potencia física de la naturaleza se presentaba a los ojos de la pequeña y vulnerable criatura humana como muy superior, y, por tanto, objeto de veneración. Las manifestaciones más directas de las fuerzas de la naturaleza -sol, lluvia, fuego, fecundidad, etc.- han sido divinizadas en muchas culturas; mediante la magia se buscaba su favor. Incluso, cuando se aceptaba a un creador supremo de todo, de la naturaleza y del hombre, las más importantes manifestaciones de la naturaleza eran contempladas con un cierto carácter teofánico, o de manifestación sensible de la infinitud divina. En ese ámbito, la actitud más noble del hombre era conocer la naturaleza, el ideal era el “homo sapiens”. El desarrollo progresivo de la técnica ha permitido al hombre dominar cada vez más las fuerzas naturales, y configurar ámbitos más según sus proyectos y menos según los condicionamientos que la naturaleza suponía. El resultado es que el "mundo", como entorno de la vida del hombre, ya no remite tanto a una naturaleza superior o a un creador divino, cuanto al hombre mismo en su libertad. No habla tanto de Dios, cuanto del mismo hombre y su capacidad de manipulación libre. Ese "mundo" habla, y es entendido por el hombre, en los términos de la ciencia positiva y de la utilidad práctica. En él el hombre se siente llamado o impulsado, no tanto al conocimiento de verdades y significados inscritos en la misma naturaleza de las cosas, cuanto a transformar el mundo, es decir, no tanto “homo sapiens”, cuanto “homo faber”. Como se ha explicado antes, la ciencia positiva experimental encontró un método y ese método indujo una forma de mirar el mundo. La búsqueda de las "leyes naturales" no era una búsqueda de conocimiento sobre la realidad de las cosas, sino sobre las regularidades universales de comportamiento. El universo entero, sometido a las mismas leyes científicas, se hizo a la vez opaco en cuestiones de sentido, y plenamente disponible para la manipulación humana. La Ciencia abdicó definitivamente de su antigua pretensión de sabiduría y renunció a conocer el valor de las cosas en sí mismas: se hizo un conocimiento esencialmente instrumental, no podía pronunciarse sobre cuestiones de finalidad. Las finalidades pasaron a ser asunto de la voluntad incondicionada. Con el universo y lo que en él se contiene el hombre puede hacer lo que quiera. El mundo no tiene sentido ni más valor en sí mismo que el de un conjunto de materiales dotado de unas propiedades bien conocidas o concebibles científicamente con los que el hombre ha de construir a su antojo. La naturaleza no es objeto de contemplación ni de veneración, sino de explotación como se explota una mina de hierro. Se trata de saber para prever, y de prever para poder.

No obstante, ha sido el desarrollo de la técnica que ha acompañado el formidable progreso de las ciencias positivas lo que ha cuestionado su validez. Ese desarrollo, por una parte ha mejorado la condición humana en el mundo, le ha hecho más seguro y confortable. Pero la técnica de suyo no tiene límites y, mientras sus primeros progresos producían un paralelo mejoramiento de las condiciones humanas, enseguida se hizo patente que progreso tecnológico y mejoramiento de las condiciones humanas no se identifican. El alto desarrollo de la técnica ha dado lugar a fenómenos nuevos, no previstos en los inicios entusiastas de la Ciencia moderna: la ruptura de los ámbitos naturales, el peligro del agotamiento de los recursos, las diversas contaminaciones químicas, radiológicas, nucleares, etc., constituyen como una queja de la naturaleza ante una agresión que no es seguro que la técnica vaya a poder subsanar. En el hombre mismo ha surgido un miedo nuevo, que es consecuencia directa del desarrollo técnico: la inseguridad ante las posibilidades de dominio y de invasión de los ámbitos más estrictamente personales puestas al alcance de casi cualquier poder fáctico. Las terribles posibilidades destructivas de armas nuevas que han cambiado radicalmente la idea de la guerra, la posibilidad de influencia en las personas mediante los conocimientos de los mecanismos psicológicos del hombre y de los medios de comunicación, hacen que nunca como ahora el hombre haya sido sujeto potencial de un poder totalitario. Si en tiempos antiguos los príncipes tenían un poder teóricamente ilimitado, las limitaciones materiales les impedían extenderlo a círculos demasiado amplios. Ese poder se da ahora potencialmente eficaz mediante el desarrollo tecnológico. El hombre siente miedo de su propio poder; son los científicos, los más conscientes del poder potencial que van generando, los máximos protagonistas del debate ético. El hombre se siente urgido angustiosamente a dominar su propio dominio; ha comprobado que el alcance de este dominio ha de tener una regulación ética, medida por la dignidad de la persona y la verdad de las cosas. La racionalidad sin límites es ambigua: capaz de lo bueno y de lo malo, de humanizar al hombre y de violar agresivamente su dignidad. La misma Ciencia sirve para construir cámaras de gas o un hospital, para cirugía intrauterina o para el aborto, para construir un avión o la bomba atómica. Se tratará ahora de mostrar los elementos que han de ser tenidos en cuenta para la elaboración de la norma deontológica que guíe el dominio técnico. Se tratará de criterios de fondo que tendrán el carácter de un conocimiento de la verdad de las relaciones del hombre con el mundo, y del mundo con el hombre, para que la libertad humana no violente realidades objetivas. Para mayor claridad, expondré cada uno de los aspectos de esa verdad que me parecen relevantes, y tras explicar el contenido de cada uno de ellos, trataré de derivar algunas consecuencias prácticas.

b) CRITERIOS ÉTICOS DEL DOMINIO TÉCNICO DE LA NATURALEZA
La naturaleza no es producto de la acción humana

El hombre la encuentra como dada, previa a toda intervención suya. Esto implica que la inteligencia del hombre no es la medida de la realidad natural, sino que debe adecuar su conocimiento a una realidad que le trasciende, porque su verdad está medida, como explicamos al hablar de la creación, por la Sabiduría Creadora. Nosotros no podemos agotar la verdad de las cosas porque no podemos asistir al acto de la inteligencia divina que mide y constituye los seres naturales. Por ello, las realidades naturales tendrán siempre algo de misteriosas, y en este sentido es propio de una recta relación con la naturaleza un cierto componente de contemplación atenta. El conocimiento que el hombre puede alcanzar de la naturaleza no puede nunca llegar a ser como el que tiene de aquello que es producto exclusivo de la propia inteligencia. Esto no debe ser irritante ni causa de desánimo para la actividad científica y cognoscitiva en general, sino estímulo para conocer siempre mejor y, a la vez, para reconocer que el creador del mundo es Dios y no el hombre, para sentirse administrador solícito y cuidadoso, y no dominador absoluto.

Este carácter del mundo, no plenamente inteligible por el hombre puede ser fuente de dos tentaciones estrechamente relacionadas.

El escepticismo, que consiste en el rechazo o invalidación subjetiva de todo conocimiento que no sea plenamente dominable por la razón humana. Las cuestiones más importantes, como el mismo hombre, el sentido de su vida, de su actividad, el amor, la felicidad, a pesar de no ser plenamente agotables por su conocimiento exacto, son reales y cognoscibles. Como es evidente, ante esas realidades la actitud ha de ser cierta humildad intelectual y valorar el conocimiento contemplativo, no científico, aunque no tenga las características tan satisfactorias de la validez impositiva de conocimiento exacto. El que el conocimiento de esas realidades pueda ser atacado o puesto en duda no es una muestra apodíctica de invalidez. Especialmente, cuando se tratan "objetos" que poseen una dignidad particular, como la persona humana, o incluso los animales dotados de vida, esa dimensión contemplativa debe estar presente. Ciertamente un físico puede decir que el tiempo es "lo que miden los relojes", pero eso lo hará sólo en cuanto físico; ese mismo físico, en cuanto persona humana, debe ser consciente, y no olvidar del todo que el tiempo es una dimensión mundana altamente misteriosa.

El cientifismo, que lleva a considerar que toda la realidad consiste en lo explicado o alcanzado por la Ciencia, sin que sea posible adquirir más conocimiento verdadero que el científico-positivo. En particular, hay que evitar esta tentación cuando se tratan cuestiones que de suyo se sustraen a la consideración del método científico, que en sí mismo consigue un alto nivel de exactitud a costa de reducir su campo de observación a lo fenoménico experimentable. Por esto, aplicar indiscriminadamente el método científico conduce, no a tener un conocimiento más exacto y preciso de todas las realidades, sino a reducir las realidades que se estudian a sujetos de comportamientos regulares, según leyes expresables en términos matemáticos. Esta transformación del objeto de estudio, a causa del método científico, es especialmente patente en áreas de conocimiento propiamente humanas. Es un "lugar común" decir que en los modernos tratados de antropología científica el gran olvidado es el hombre. Análogamente, la ética o estudio del comportamiento humano según la verdad del hombre que busca la cualidad de bueno o malo, se ha transformado en los ámbitos cientifistas en "ciencia de las costumbres", donde ya no se busca la bondad o malicia de los comportamientos, sino criterios cuantitativos, estadísticos, tendenciales, etc., en los que los calificativos pasan a ser "mayoritario", "dominante", "integrado", etc; es decir calificativos que de suyo son ajenos a la cualificación moral y se reducen a criterios cuantitativos. No obstante, la inevitable dimensión moral del hombre hace que, aunque el calificativo ético "sea expulsado por la puerta, vuelva a entrar por la ventana", y esos criterios pasen a ser equivalentes en la práctica a "bueno" o "malo". Se identificará "bueno" con "mayoritario", o "dominante", o "integrado", etc., y "malo" con "contrario". Pero para esta identificación no hay ninguna justificación científica. Lo más que puede pretender el científico es dar cuenta de los "valores" socialmente vigentes en los diversos grupos sociales, pero el verdadero valor de esos valores, es decir de su autenticidad o dignidad intrínseca no puede dar ninguna explicación, y por esto la ética científica no tiene capacidad para pronunciarse sobre el valor de los hechos. Las pasiones y los ideales tradicionalmente considerados heroicos y buenos, y los tradicionalmente considerados mezquinos se consideran igualmente significativos en la química del comportamiento, en el conocimiento del "material humano" con el que el derecho positivista trata de edificar racionalmente la sociedad. El Derecho se ha separado completamente de la Etica y ya sólo debe tener en cuenta las fuerzas y propiedades del material humano para proponerse cualquier objetivo.


La naturaleza es para el hombre

La perspectiva radical que nos ofrece la consideración del mundo como criatura nos dice, como ya hemos visto, que la naturaleza ha sido creada en el acto de la creación del hombre, pues no ha sido querida por sí misma, sino en función del hombre. Lógicamente esto no quiere decir que hasta que no apareció el hombre no había nada. Sabemos con seguridad científica que durante millones de años el mundo ha existido sin el hombre; la aparición del hombre es relativamente tardía. Pero desde el principio el mundo ha sido querido por Dios como mundo del y para el hombre, por lo tanto, el mundo era creado en vista al hombre y formando unidad con la creación del hombre.

Por lo tanto, el mundo no tiene valor absoluto y no puede ser entendido plenamente en sí mismo, pues la Sabiduría Creadora no lo ha entendido por sí mismo. Esto quiere decir que todos los valores y bienes del mundo son valores y bienes en relación al hombre. El mundo es, en este sentido, un mundo esencialmente humano, un mundo no cualquiera, un mundo con una unidad y armonía no cualquiera, sino centrada en el hombre. Es, pues, en relación al hombre como los valores del mundo cobran un carácter objetivo y real. Esto hay que tenerlo, en cuenta porque nuestro modo de conocer parte del conocimiento de las individualidades, y sólo por un proceso racional alcanza a detectar las implicaciones de orden y unidad. A nosotros el mundo nos parece primariamente un conjunto de individualidades, de criaturas concretas que luego se interrelacionan. La razón de unidad del mundo la entendemos como unidad de composición, y por eso tendemos a dar más importancia y a considerar como fundamental el carácter de cosas en sí, es decir, de substancialidad, de las criaturas, frente a su carácter de relación. Pero la perspectiva más radical nos advierte que la unidad tiene prioridad de naturaleza respecto a cada una de las partes, pues, como señala la tradición cristiana, el bien de cada criatura depende del bien del conjunto, que es superior; y este bien del conjunto no es una globalidad anónima o colectiva, sino el bien de la persona.

La naturaleza es, pues, "para" el hombre. Tenemos que ver el significado práctico de ese "para". Lo dicho en el párrafo anterior nos advierte que los seres naturales no son materiales neutros ofrecidos a la capacidad manipuladora del hombre. Si entendiéramos que el mundo es para el hombre porque el hombre puede dominarlo no estaríamos dando cuenta de la ordenación intrínseca del mundo al hombre, es decir, no estaríamos diciendo nada del mundo, sino que hablaríamos exclusivamente del hombre. Más bien esa ordenación del mundo al hombre es la que permite situar el alcance y la naturaleza del dominio del hombre. Es decir, el hombre en su señorío sobre el mundo debe tener en cuenta los valores objetivos, los significados propios de las cosas, y no considerarlos como materiales neutros, dotados de las propiedades que alcanza y describe la Ciencia. Valores como la vida, la belleza, etc., no deben ser desconsiderados en la actividad dominadora del hombre. Por más que esos valores no sean estrictamente expresables en términos científicos, no deben ser considerados vacíos o insignificantes. La actitud atenta y contemplativa por parte de las personas que se dedican a la Ciencia y de ese modo posibilitan y desarrollan la capacidad técnica de dominación hará que se evite que la dominación no destruya los valores objetivos, sino que los respete y los desarrolle según su propio valor. No se trata de que la dominación del hombre sobre el mundo sea un puro servicio a esos valores como si fueran absolutos. No son absolutos, pero son reales. El hombre no tratará la vida animal o vegetal como si efectivamente fueran absolutamente valiosas, no se postrará ante esos valores, sino que efectivamente los tendrá como entregados, para su bien. El hombre debe beneficiarse de los recursos naturales, pero sin despreciar ni maltratar los valores objetivos que en él se encuentran. Los clásicos expresaron este equilibrio en términos de simbiosis. Platón puso el ejemplo del pastor, cuyo arte no está definido por la existencia de los mamíferos, sino por la naturaleza de las ovejas. El pastor, en cuanto tal, busca el bien de las ovejas, aunque luego las trasquile, las ordeñe y acabe matándolas para comerlas. Pero el beneficio humano está en relación con el bien propio de las ovejas. Un ejemplo al contrario, bastante ilustrativo, lo constituyen las granjas donde todo el trato con los animales viene definido por el aprovechamiento humano: a las gallinas se las tiene encerradas y se les sacan los ojos para que únicamente engorden y pongan huevos. Sólo cuando se pierde el sentido del valor objetivo pero relativo de los animales y del mundo se cae en los dos extremos: por una parte veneración crispada de la vida animal como si fuera un bien absoluto, y por otra parte, aprovechamiento de todo el material que ofrece el mundo, sin tener presente más valor que el que se propone el hombre. No importa entonces nada el animal en sí mismo, ni su vida, ni su dolor, ni la decadencia o extinción de las especies. El animal tendría sus propiedades científicas como el hierro tiene las suyas.

La "ley" de la relación del hombre con el mundo

No es sólo racional, sino natural.- En realidad se trata de una consecuencia de lo anterior. Por ley racional expresamos el ordenamiento que establece la razón movida exclusivamente por los fines que se propone, y, por tanto, como única configuradora de valores. La ley racional sería entonces la que desconoce significados y valores naturales y no ve en la naturaleza más que material disponible para cualquier fin arbitrario. La ley racional sólo tiene en cuenta las propiedades "científicas" de los cuerpos, como el técnico tiene en cuenta las propiedades del hierro o del cemento en orden a construir lo que quiera, y ordena esas propiedades para alcanzar sus productos.

La ley natural es la que ordena las cosas teniendo en cuenta los significados propios y los valores que se encuentran en el mundo. No los ignora, pero tampoco se siente creadora exclusiva de sentido. Esa ordenación no considera el mundo como un espacio homogéneo totalmente disponible, sino que reconoce espacios o puntos que tienen particular densidad de bien y de valor, y de este modo no es una ley de destrucción exclusivamente humana del entorno del hombre.

La ley natural tiene en cuenta que la unidad del mundo en el hombre no es constituida por la razón humana sino por la Sabiduría creadora. El ámbito humano no es el artificial mundo de la ciencia-ficción, sino un ámbito que el hombre ha recibido y que debe gobernar sabiamente, no sólo técnicamente. Por eso la ley natural presenta serias reservas ante la posibilidad de desencadenar en la tierra -como ámbito próximo del hombre- procesos que solo tienen lugar en puntos alejados del universo. Las reacciones nucleares, por ejemplo, son naturales en el sol y en las estrellas, pero no en la tierra, y no sabemos si podrían llegar a destruirla, no sólo en la utilización militar, que es claro que sí, sino en la utilización supuestamente pacífica.

El hombre no es el responsable del bien del mundo o del universo.- Una de las consecuencias más evidentes de la consideración científica del mundo es verlo como sujeto homogéneo de leyes universalmente válidas, y, por lo tanto, como campo de dominio, al menos potencial, por parte del hombre: todo es experimentable y todo es manipulable. Por tanto, está bajo el gobierno absoluto del hombre, y el hombre se siente en consecuencia responsable del orden del mundo y del universo. Pero esto no tiene en cuenta la realidad de las cosas. El orden del mundo no ha sido establecido por la razón humana, y, por tanto, tampoco puede llegar a dominarle totalmente; tiene un cierto carácter de misterio ante el que la actitud debe ser primariamente contemplativa, es decir, reconocedora de algo que se encuentra pero que no puede agotar. El reduccionismo propio de la experimentación científica puede alcanzar algunas leyes de comportamiento de la naturaleza, pero debe cuidarse de pensar que el orden del universo está expresado adecuada y exhaustivamente en esas leyes. Incluso, desde el punto de vista estrictamente científico esas leyes universales han sufrido notables correcciones: al entusiasta cientifismo del siglo XIX que pretendía haber agotado prácticamente la Mecánica, siguió la sorprendente corrección relativista, y pocos años más tarde la perspectiva nueva de la segunda generación de la Mecánica cuántica, que ya reconocía el alto grado de no determinación que se encuentra incluso, en los procesos materiales del microcosmos. Pero sin necesidad de recurrir a esas experiencias, y manteniéndonos en el ámbito de una consideración general, el orden del universo se presenta tan extraordinariamente preciso y delicado que la irrupción técnica indiscriminada resulta amenazante. A la arrogancia ha seguido el miedo. La única garantía que puede tener el hombre de que su acción sobre la naturaleza no vaya a resultar destructiva no está en una planificación racional cada vez más omniabarcante, sino en un respeto, lo más cuidadoso posible, de los significados naturales de los valores y de los procesos propios naturales, sin tratar de someterlos a su utilidad indiscriminada. A veces podrá acaecer que, aun con ese respeto, la naturaleza resulta amenazante, pero eso ya no depende de nosotros, sino de Dios.

 


"Situación" del hombre en el mundo

La ciencia moderna ha situado al hombre en una perspectiva respecto al mundo desde la que, podríamos decir, lo mira desde fuera, como un todo. Hubo un tiempo en que el mundo se concebía como una superficie de tierra, apoyada sobre el agua por medio de unas columnas y cubierta por la bóveda del cielo que lo separaba de las aguas superiores. En esta representación hay algo esencial: su carácter parcial. No es una representación de la totalidad, pues ese esquema no decía nada sobre cómo se apoyaban las columnas del mundo sobre el agua, ni sobre dónde estaba contenida esa agua. Era una representación de lo que el hombre ve "desde su situación" en el mundo. La transformación de la perspectiva tendrá lugar cuando la física de lugares propios se transforme en una física de leyes universales. En esta transformación, verdadera clave del pensamiento moderno, tiene una importancia capital la construcción del telescopio por Galileo. Este cambio de perspectiva de la Ciencia no coincide con la perspectiva natural del hombre, que aunque sabe que la tierra gira alrededor del sol, sigue viendo que el sol "sale" por la mañana y se "pone" por la tarde. Es decir, en la vida real del hombre, en un ámbito propio mundano, la perspectiva científica, que considera el espacio infinito y homogéneo, no es la que orienta su conducta. No obstante tiene una notable influencia en los juicios y valoraciones. Especialmente puede afirmarse que el cientifismo ha originado una perspectiva "objetiva". Antes de la modernidad, este conocimiento objetivo, como característica propia del conocimiento humano, estaba presente en el saber humano de las cosas; sin embargo, el universo como tal no era materia de conocimiento objetivo.

La no-objetividad del universo en su conjunto ha sido expresada a lo largo de la historia del pensamiento humano de formas diversas, pero siempre señalando que el hombre se encuentra en su perspectiva propia con unos límites que no puede traspasar. El Ulises de Dante traspasó las columnas de Hércules del estrecho de Gibraltar y llegó en su osadía a visitar el monte del Purgatorio, pero la profundidad del agua le impidió alcanzarlo y lo hundió en el infierno. Este mito no significa que Dante pensara que el mundo tiene fronteras geográficas con la trascendencia sobrenatural. No se trata de una descripción morfológica del mundo, sino de mostrar el pecado, de buscar un conocimiento completo -como en la descripción bíblica del Paraíso donde, la mujer sucumbe a la tentación de buscar un conocimiento divino: seréis como dioses. De este modo, el genio de Dante da un juicio anticipado de lo que ya es inminente. Ya entonces la incipiente ciencia positiva hacía presagiar que el hombre pudiera situarse en una perspectiva universal con la pretensión de dominar el mundo en su totalidad -al menos potencialmente-, del mismo modo como dominaba los "objetos" con que trataba. El nuevo Ulises no fue Colón, ni tampoco Galileo o Newton, sino quienes deslumbrados por la nueva ciencia quisieron hacer de la perspectiva alcanzada por la Ciencia, la perspectiva humana universal: trasformar la Ciencia en sabiduría. Colón hizo anacrónico el mito de Dante, pero quien se situó -no científicamente sino filosóficamente- en ese punto extracósmico desde el que se conoce el mundo como un objeto, fue sobre todo Hobbes. El se jactaba de haber descubierto un nuevo continente intelectual, pero falta comprobar que ese continente, situado más allá de las columnas de Hércules del pensamiento, era habitable por el hombre, o si la profundidad del agua -más bien, la profundidad del ser- no convertirían esa situación en un infierno para el hombre. Tal es el diagnóstico de Dante sobre la situación del hombre cuando hace de la perspectiva científica su perspectiva vital y omnicomprehensiva. Ciertamente puede ser difícil armonizar el conocimiento obtenido por la Ciencia y el conocimiento "situacionado" del hombre en su propio ámbito mundano, pero la defensa del "propio lugar", del "propio entorno" resulta una exigencia frente a la perspectiva cientifista. Sin tener en cuenta la situación propia del hombre como criatura esencialmente mundana, resultan ininteligibles e irracionales las actuales defensas del medio ambiente, de la propia tierra, y la afirmación de que "lo pequeño es hermoso".

"Compromiso" del hombre en su entorno vital

No sólo encontramos límites al conocimiento objetivo cuando se refiere al universo en su totalidad. También el conocimiento de las cosas y personas singulares tienen características que exceden las del conocimiento objetivo. El verdadero "mundo" del hombre es en realidad una mezcla de lo que los antropólogos y etólogos llaman perimundo -medio, um-welt- y mundo -welt-. De hecho, junto a la abundante literatura sobre el conocimiento objetivo, la Antropología contemporánea ha desarrollado una amplia fenomenología de la distinción entre la calle y el hogar. Ambos temas -el conocimiento objetivo y esa distinción- están estrechamente relacionados y llamados a complementarse. En el hogar, el hombre se encuentra como en su medio -um-welt- propio. La actitud "en casa" no es solamente objetiva, ante lo "propio" la persona tiene una conducta que no es el distanciamiento del conocimiento objetivo, sino un "compromiso" con las realidades de su hogar. Esta situación no puede equipararse con la del animal en su um-welt, pero la doctrina clásica de las pasiones del hombre apunta un intercambio casi metabólico con la realidad. La frecuente afirmación de los fenomenólogos que el amor no es ciego, sino extraordinariamente lúcido, expresa que el conocimiento objetivo, para ser pleno, se compone con una cierta simpatía por lo conocido. La pretensión de un puro conocimiento objetivo, que no se compadece con la realidad ni con la condición humana, es la pretensión de un hombre desarraigado sin hogar y sin fe, sin hogar ni patria. Esta es la imagen de lo que se expresa habitualmente con un cierto sentido de la palabra "intelectual" en el sentido de distanciamiento crítico, contra el que ya se manifestó J.J. Rousseau con acierto en su Primer Discurso, presentándolo como independiente, apátrida y cosmopolita.

El cientificismo engendra totalitarismo

Hemos señalado ya que el descubrimiento de la universalidad de las leyes científico-positivas hace que la Ciencia tienda a considerar el mundo homogéneo, sin lugares privilegiados ni diferenciados, sino medido en todos sus puntos por las mismas leyes. Cuando esa perspectiva se extiende al campo de lo humano y particularmente a la Etica, también el espacio humano y la humanidad se hacen homogéneos, medidas inmediatamente por las mismas normas éticas. Entonces si cada hombre ha de medir su acción por la justicia, por ejemplo, y la justicia lo mide todo, quiere decirse que cada hombre ha de preocuparse por todo. Pero esto significa, de nuevo, adoptar -o tratar de adoptar- la perspectiva de Dios universalmente providente. Este es el principio del totalitarismo: la responsabilidad universal.

Nos encontraríamos en la perspectiva del conocimiento objetivo puro, la perspectiva del intelectual puro, que todo lo juzga, todo lo critica y no está comprometido con nada, sin más referencias que las leyes universales. Esto supone corromper, por hipertrofia, lo que tiene de peculiar el conocimiento humano, y, por tanto, viciarlo en su núcleo más propio. Lo humano no es juzgar sólo desde la justicia -o desde cualquier otro valor moral universal-, sino desde la justicia y lo propio como dos referencias heterogéneas e inseparables.

La moral cristiana evitó este peligro, señalando que el hombre no es responsable de toda justicia o, en general, del bien universal; no es responsable directo de la instauración del bien en el mundo, sino en la medida en que desde su situación propia colabora con el plan de Dios para él. El concepto de misión personal estaba incluido en la visión de un universo ordenado y finalizado en el que el hombre está siempre situado -en su tiempo, en su ámbito humano, etc.- y con una responsabilidad delimitada por esa situación.

Tomás de Aquino puso un ejemplo clásico: es deber del gobernante detener y castigar al delincuente, pero es deber de su mujer esconderlo y liberarlo de esa pretensión de la policía. A la pregunta de si no es deber de cada hombre querer lo que Dios quiere, responde que no, porque eso no lo sabemos hasta que sucede. Cada hombre, debe querer lo que Dios quiere que él -el hombre- quiera. Así la mujer tiene la responsabilidad del bien privado familiar, el gobernante tiene la responsabilidad del bien de la cosa pública y sólo a Dios compete el bien del universo.
(*) Publicado en

Deontología Biológica

(Pamplona: Facultad de Ciencias, Universidad de Navarra, 1987), Capítulo 14.
Edición autorizada de arvo.net

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

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Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.

 

¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»

 

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Señor Jesús, queremos recoger la lección de S. Francisco que aprendió de la Iglesia.
Como él queremos verte en tus obras y a través de ellas llegar a Ti.
Que todo el universo sea para nosotros un cántico de alabanza en tu honor.
Que a través de nuestras buenas obras, los demás también Te glorifiquen y juntos construyamos esa fraternidad universal, de la cual el mundo entero está necesitado. AMÉN.

 

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«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»

 

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«Decálogo católico» sobre ética y ambiente

 

Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005  expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
 
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.

2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.

3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.

4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.

5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.

6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.

7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.

8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.

9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.

10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.

 

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En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

316 Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

317 Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

318 Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

319 Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

320 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

321 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

322 Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

323 La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

324 La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

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“De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor”. S. S. Benedicto XVI. P.M. – MMV.XI.X.

 

“Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil luchar”.

 

Dios se manifiesta «como una persona que ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña en el camino de la historia y sufre por la infidelidad de su pueblo «a su amor misericordioso y paterno».

«El primer signo visible de esta caridad divina hay que buscarlo en la creación»: «los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas».

«Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de un pueblo, se da una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador»

«Existe, por tanto, un mensaje divino, grabado secretamente en la creación», signo de «la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo».

«De las obras creadas se llega a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia».


El Papa acabó su discurso, dejando a un lado sus papeles, comentó un pensamiento de san Basilio Magno, doctor de la Iglesia, obispo de Cesárea de Capadocia, quien constataba que algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la merced de la casualidad».

«Creo que las palabras de este padre del siglo IV son de una actualidad sorprendente», reconoció S. S. Benedicto XVI preguntándose: «¿Cuántos son estos "algunos" hoy?».

«Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de un guía y de orden».

«El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón adormecida y nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Al inicio la Palabra creadora --esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos-- es también Amor».

El Papa concluyó exhortando a dejarse «despertar por esta Palabra de Dios» e invitando a pedirle que «despeje nuestra mente para que podamos percibir el mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora y esta Sabiduría es amor y bondad». S. S. Benedicto XVI. P.M. MMV.XI.X.

 

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El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días". El texto sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios, en el séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2, 1-3). Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:

346 En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte el hombre deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la creación.

347 La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1, 14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas.

348 El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de creación.

349 El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración después de la primera lectura).

 

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Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

 

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La obra maestra de la Creación, el ser humano. Dios le presta una particular atención ya desde su primer momento de vida, cuando le “tejía en el seno materno”, como dice el salmista. Ya entonces, Dios se fija en él con amor para completar su designio en esta obra prodigiosa que es el hombre. De cada uno conoce todo, su pasado y su futuro, sin descuidar nada ni a nadie. Por eso, como decía san Gregorio Magno, por pequeños e informes que sean, no se apartan del amor a Dios y al prójimo según sus posibilidades, contribuyendo a su modo a la edificación de la Iglesia. Este es, pues, un mensaje de esperanza, que se dirige también a los que aún son débiles en la vida espiritual. S. S. Benedicto P.P. XVI – MMV.XII.XXVIII

 

El creyente es animado a ver la gloria de Dios en el mundo creado, una gloria que eleva una naturaleza que ha sido redimida. Además, el cristianismo, tanto en la teología oriental como occidental, anima a la humanidad a encontrar el amor y la bondad de Dios en el orden creado.

Esta visión, no obstante, no lleva a una suerte de optimismo fácil sobre la naturaleza y la economía de la vida y la muerte. El cristiano contemplaría el mundo con ojos imbuidos de amor. Esta visión va más allá de la elaborada máquina de los deístas o de la visión mecanicista de la modernidad. Un cristiano ve el mundo en su belleza y terror, y en su primera y última verdad: no sólo naturaleza, sino creación.

En cuanto al mal y al sufrimiento, que también producen las catástrofes como los sucesos infaustos de la naturaleza, el pensamiento cristiano da otra dimensión a estos acontecimientos. Dios puede hacerlos ocasiones para cumplir sus fines buenos, aunque no sean en sí bienes morales. Además, el Evangelio enseña que Dios no puede ser derrotado y que la victoria sobre el mal y la muerte ya ha sido ganada. Pero es una victoria que no ha alcanzado su cumplimiento, debemos esperar hasta la venida final de Dios.

Para los cristianos que realmente tienen fe en esta promesa, la realidad de la muerte y el sufrimiento no debería presentarse como un obstáculo insuperable. Es, de hecho, mucho más que una piedra de tropiezo para un optimismo superficial o un fatalismo pagano. Los creyentes cristianos, por el contrario, abrazan la esperanza en la victoria final de Dios.

 

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El respeto de la integridad de la creación

Catecismo de la Iglesia Católica

 

2415 El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38).

2416 Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

2417 Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas moralmente aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.

2418 Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.

 

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Consecuencias ambientales

21. Las desigualdades en la distribución de la propiedad de las tierras desencadenan un proceso de degradación del medio ambiente difícilmente reversible,(15) a lo que se añade el deterioro del suelo, la disminución de su fertilidad, el riesgo de inundaciones, la disminución de la capa freática, el aterramiento de los ríos y de los lagos y otros problemas ecológicos.

A menudo se fomenta, con facilidades fiscales y de crédito, la deforestación de amplios territorios para dejar sitio a la cría extensiva del ganado, a las actividades mineras o el manufacturado de las maderas, pero sin prever planes de rehabilitación del medio ambiente y si están previstos no se aplican.

La pobreza también está vinculada al deterioro medio ambiental en un círculo vicioso cuando los pequeños agricultores, expropiados del latifundio, y los pobres sin tierra, en busca de nuevas tierras, se ven obligados a ocupar las tierras estructuralmente frágiles, como por ejemplo los terrenos pendientes y a erosionar el patrimonio forestal para poder cultivar.

 

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El mensaje biblico - El cuidado de la creación

22. La primera página de la Biblia relata la creación del mundo y de la persona humana: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra los creó » (Gn 1, 27). Palabras solemnes expresan la tarea que Dios les confía: « Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra » (Gn 1, 28).

La primera tarea que Dios les encomienda —es evidente que se trata de una tarea fundamental— se refiere a la actitud que deben tener con la tierra y con todos los seres vivientes. « Henchir » y « dominar » son dos verbos que se pueden malentender con facilidad e incluso pueden parecer una justificación de ese dominio despótico y desenfrenado que no se preocupa por la tierra y por sus frutos y hace estragos con ella a su propio favor. En realidad « henchir » y « dominar » son verbos que, en el lenguaje bíblico, sirven para describir la dominación del rey sabio que se preocupa por el bienestar de todos sus súbditos.

 

El hombre y la mujer tienen que cuidar la creación, para que ésta les sirva y para que esté a disposición de todos y no sólo de algunos.

23. La naturaleza profunda de la creación es la de ser un don de Dios, un don para todos, y Dios quiere que se quede así. Por eso la primera orden que Dios da es la de conservar la tierra respetando su naturaleza de don y bendición, y de no transformarla en instrumento de poder o motivo de conflictos.

El derecho-deber de la persona humana de dominar la tierra nace del hecho de ser imagen de Dios: corresponde a todos y no sólo a algunos la responsabilidad de la creación. En Egipto y en Babilonia este privilegio era sólo de algunos. En la Biblia, en cambio, el dominio pertenece a la persona humana por ser tal y, por lo tanto a todos. Es más, es la humanidad conjuntamente la que se debe sentir responsable de la creación.

Dios deja al hombre en el jardín para que lo labre y lo cuide (cf. Gn 2, 15) y para que se alimente de sus frutos. En Egipto y en Babilonia el trabajo es una dura necesidad impuesta a los hombres en beneficio de los dioses: en realidad, en beneficio del rey, de los funcionarios, de los sacerdotes y de los terratenientes. En la narración bíblica, en cambio, el trabajo es algo para la realización de la persona humana.

 

La tierra es de Dios quien la ofrece a todos sus hijos

24. El israelita tiene el derecho de propiedad de la tierra, que la ley protege de muchas formas. El Decálogo prescribe: « no codiciarás la casa de tu prójimo, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo » (Dt 5, 21).

Se puede decir que el israelita se siente verdaderamente libre y plenamente israelita sólo cuando posee su parcela de tierra. Pero la tierra es de Dios, insiste el Antiguo Testamento, y Dios la ha dado en herencia a todos los hijos de Israel. Se debe por lo tanto repartir entre todas las tribus, clanes y familias. Y el hombre no es el verdadero dueño de su tierra sino que es más bien un administrador. El dueño es Dios. Se lee en el Levítico: « La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes » (25, 23).

En Egipto la tierra pertenecía al faraón y los campesinos eran sus esclavos y de su propiedad. En Babilonia había una estructura feudal: el rey entregaba las tierras a cambio de servicios y de fidelidad. No hay nada parecido en Israel. La tierra es de Dios que la ofrece a todos sus hijos.

 

25. De ahí derivan varias consecuencias. Por un lado, nadie tiene el derecho de quitar la tierra a la persona que la cultiva, en caso contrario se viola un derecho divino; ni siquiera el rey puede hacerlo.(16) Por otro lado, se prohibe toda forma de posesión absoluta y arbitraria a propio favor: no se puede hacer lo que se quiere con los bienes que Dios ha dado para todos.

Sobre esta base la legislación ha ido añadiendo, impulsada siempre por situaciones concretas, muchas restricciones al derecho de propiedad. Algunos ejemplos: la prohibición de recoger los frutos de un árbol durante los cuatro primeros años (cf. Lv 19, 23-25), la invitación a no cosechar la miés hasta el borde del campo y la prohibición de recoger los frutos y las espigas olvidados o caídos, porque pertenecen a los pobres (cf. Lv 19, 9-10; 23, 22; Dt 24, 19-22).

A la luz de esta visión de la propiedad se entiende la severidad del juicio moral expresado por la Biblia sobre los abusos de los ricos, que obligan a los pobres y a los campesinos a ceder sus fundos familiares. Los Profetas son los que más condenan estos abusos. « ¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo con campo anexionáis! » grita Isaías (5, 8). Y su contemporáneo Miqueas añade: « Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad » (2, 2).

 

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De la carta de san Clemente primero, Pont. Papa [años 88-97ca.Roma], a los Corintios - (Caps. 19, 2-20, 12: Funk 1, 87-89)

 

Dios ha creado el mundo con orden y sabiduría
y con sus dones lo enriquece

 

No perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y
tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus criaturas.

Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas que de él han recibido; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin transgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.

Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad donde Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.

Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca; las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hacen brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aún los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.

Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus criaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.

 

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De los sermones de san Atanasio, obispo de la Iglesia Católica [años 295-373], contra los arrianos - (Sermón 2, 78. 79: PG 26, 311. 314)

 

Las obras de la creación, reflejo de la Sabiduría eterna

 

En nosotros y en todos los seres hay una imagen creada de la Sabiduría eterna. Por ello, no sin razón, el que es la verdadera Sabiduría de quien todo procede, contemplando en las criaturas como una imagen de su propio ser, exclama: El Señor me estableció al comienzo de sus obras. En efecto, el Señor considera toda la sabiduría que hay y se manifiesta en nosotros como algo que pertenece a su propio ser.

Pero esto no porque el Creador de todas las cosas sea él mismo creado, sino porque él contempla en sus criaturas como una imagen creada de su propio ser. Ésta es la razón por la que afirmó también el Señor: El que os recibe a vosotros me recibe a mí, pues, aunque él no forma parte de la creación, sin embargo, en las obras de sus rnanos hay como una impronta y una imagen de su mismo ser, y por ello, como si se tratara de sí mismo, afirma: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras.

Por esta razón precisamente, la impronta de la sabiduría divina ha quedado impresa en las obras de la creación para que el mundo, reconociendo en esta sabiduría al Verbo, su Creador, llegue por él al conocimiento del Padre. Es esto lo que enseña el apóstol san Pablo: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles son visibles para la mente que penetra en sus obras. Por esto, el Verbo, en cuanto tal, de ninguna manera es criatura, sino el arquetipo de aquella sabiduría de la cual se afirma que existe y que está realmente en nosotros.

Los que no quieren admitir lo que decimos deben responder a esta pregunta: ¿existe o no alguna clase de sabiduría en las criaturas? Si nos dicen que no existe, ¿por qué arguye san Pablo diciendo que, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría? Y, si no existe ninguna sabiduría en las criaturas, ¿cómo es que la Escritura alude a tan gran número de sabios? Pues en ella se afirma: El sabio es cauto y se aparta del mal y con sabiduría se construye una casa.

Y dice también el Eclesiastés: La sabiduría serena el rostro del hombre; y el mismo autor increpa a los temerarios con estas palabras: No preguntes: «,,Por qué los, tiempos pasados eran mejores que los de ahora?» Eso no lo pregunta un sabio.

Que exista la sabiduría en las cosas creadas queda patente también por las palabras del hijo de Sira: La derramó sobre todas sus obras, la repartió entre los vivientes, según su generosidad se la regaló a los que lo temen; pero esta efusión de sabiduría no se refiere, en manera alguna, al que es la misma Sabiduría por naturaleza, el cual existe en sí mismo y es el Unigénito, sino más bien a aquella sabiduría que aparece como su reflejo en las obras de la creación. ¿Por qué, pues, vamos a pensar que es imposible que la misma Sabiduría creadora, cuyos reflejos constituyen la sabiduría y la ciencia derramadas en, la creación, diga de sí misma: El Señor me estableció al comienzo de sus obras? No hay que decir, sin embargo, que la sabiduría que hay en el mundo sea creadora; ella, por el contrario, ha sido creada, según aquello del salmo: El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos.

 

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¿Dedico algunos minutos a contemplar lo bello en la naturaleza?. ¿La reconozco como obra amorosa del Creador?. ¿Yo mismo me reconozco como obra del corazón y de las manos de Dios?. ¿Le doy gracias a Dios?. ¿Cuántas veces elevo mi corazón a Dios con jaculatorias de loas y gratitud?

 

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En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

 

Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

 

Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

 

Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

 

Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

 

 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

 

 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

 

Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

 

La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

 

La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

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La comunicación de la fe se dirige “no sólo a los que escuchan al mensajero, sino también a los que lo ignoran o rechazan”.

 

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Cristo vive en su Iglesia - "No hay duda, amadísimos hermanos, que el Hijo de Dios, habiendo tomado la naturaleza humana, se unió a ella tan íntimamente, que no sólo en aquel hombre que es el primogénito de toda creatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo y único Cristo; y, del mismo modo que no puede separarse la cabeza de los miembros, así tampoco los miembros pueden separarse de la cabeza.

Aunque no pertenece a la vida presente, sino a la eterna, el que Dios sea todo en todos, sin embargo, ya ahora, él habita de manera inseparable en su templo, que es la Iglesia, tal como prometió él mismo con estas palabras: Mirad, yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo. Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocernos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes.

Él mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, una multitud innumerable de hijos sea engendrada para Dios, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre, ni del deseo carnal, ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abrahán por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe. Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.

Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso, que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar la propia vida por sus ovejas.

Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participan en sus sufrimientos. Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona. La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado.

"De los Sermones de San León Magno, papa (Sermón 12, Sobre la pasión del Señor, 3, 6-7; PL 54, 355-357)

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

Comentando la creación del hombre, ‘Gregorio De Nisa’ (doctor de la Iglesia del siglo IV) subraya que Dios, «el mejor de los artistas, forja nuestra naturaleza de manera que sea capaz del ejercicio de la realeza. A causa de la superioridad del alma, y gracias a la misma conformación del cuerpo, hace que el hombre sea realmente idóneo para desempeñar el poder regio» («De hominis opificio» 4: PG 44,136B).

Pero vemos cómo el hombre, en la red de los pecados, con frecuencia abusa de la creación y no ejerce la verdadera realeza. Por este motivo, para desempeñar una verdadera responsabilidad ante las criaturas, tiene que ser penetrado por Dios y vivir en su luz. El hombre, de hecho, es un reflejo de esa belleza original que es Dios: «Todo lo que creó Dios era óptimo», escribe el santo obispo. Y añade: «Lo testimonia la narración de la creación (Cf. Génesis 1, 31). Entre las cosas óptimas también se encontraba el hombre, dotado de una belleza muy superior a la de todas las cosas bellas. ¿Qué otra cosa podía ser tan bella como la que era semejante a la belleza pura e incorruptible?... Reflejo e imagen de la vida eterna, él era realmente bello, es más, bellísimo, con el signo radiante de la vida en su rostro» («Homilia in Canticum» 12: PG 44,1020C).


 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).