Saturday 29 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Casiodoro Magno Aurelio, fue un filósofo, pensador, monje y escritor latino, consultado por los reyes y gobernantes de su época. Nació en el año 468 D.C., en Squillace y murió después de 562. Fue ministro de Teodorico el Grande. En el año 538 se retiró y fundó una orden monacal, precursora de la de San Benito (benedictinos), consagrada sobre todo a la conservación y copia de manuscritos antiguos.

 

 

Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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Dentro de una línea que en los siglos pasados fue una constante en el ejercicio del pontificado, Juan Pablo II ha dado un paso entusiasta en la recuperación de esta tradición, al extremo de constituirse en un digno continuador de los grandes papas de la antigüedad medieval o renacentista, o de aquellos que, como Benedicto XIV, en los tiempos de la Ilustración, llevaron a su más alto nivel las expresiones de la cultura de su tiempo. En el caso del actual pontífice la atención dedicada a la cultura no sólo está marcada por el más alto rigor en el tratamiento del tema, sino por su enfoque desde el punto de vista pastoral y de la nueva evangelización.

 

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El evangelista Lucas narra que Jesús “dijo a Simón: ‘Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar’. Simón le respondió: ‘Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes’. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse... y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: ‘Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’... Jesús dijo a Simón: ‘No temas. Desde ahora serás pescador de hombres’. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron” (Lc 5, 4-8. 10-11).

 

La Comisión de expertos encargada de analizar un boceto de Miguel Ángel Buonarrotti para la construcción de la cúpula de la basílica de San Pedro, que fue hallado la semana pasada en el Vaticano, ha emitido su opinión positiva unánime sobre la autenticidad del manuscrito. Data de 1563, cuando Miguel Ángel, cercano a los 90 años, seguía tomando decisiones sobre la construcción de la cúpula. Es el último diseño conocido del artista. 2007-12-28

 

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A propósito de universidad (y de «oscurantismo»): habrá pues un motivo si, a principios del siglo XVII, cuando Galileo tenía unos cuarenta años y se hallaba en plena actividad investigadora, había en Europa 108 universidades -esta típica creación de la Edad Media católica-, algunas más en las Américas españolas y portuguesas y ninguna en territorios no cristianos. Y también habrá una razón si las obras matemáticas y geométricas de la antigüedad (principalmente la obra de Euclides), que han constituido la base fundamental para el desarrollo de la ciencia moderna, nos han llegado sólo gracias a las copias de monjes benedictinos y, una vez inventada la tipografía, gracias a libros impresos siempre por religiosos. Alguien ha señalado incluso que, precisamente a principios de este siglo XVII, un Gran Inquisidor de España creó en Salamanca la Facultad de Ciencias Naturales, donde se enseñaba, apoyándola, la teoría copernicana... Historia compleja, como se puede ver. Mucho más compleja de la que generalmente nos cuentan. Habrá que volver sobre ello. Vittorio MESSORI

 

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La historia del Libro no se completa sin los benedictinos


 

Así lo muestra una exposición de incunables y libros impresos

- La Iglesia católica fuente de cultura y civilización -

 

SUBIACO (Italia), 16 septiembre 2003.- La historia del libro no puede entenderse sin tener en cuenta la contribución que ofrecieron los monjes católicos benedictinos, demuestra una exposición que tiene lugar en el monasterio de Santa Escolástica en la localidad de Subiaco, cercana a Roma.
La muestra presenta hasta finales de diciembre una muestra sobre el «boom» de la escritura y la imprenta monásticas titulada «Museo del Libro» en la que se exponen manuscritos miniados, incunables y obras tipográficas de gran rareza.

La creación de la Biblioteca de Santa Escolástica se remonta al mismo San Benito (480-547), patriarca del monaquismo occidental, pues en su regla presupone la utilización de los libros para la lectura privada y comunitaria.

 

 

Pero los primeros libros se perdieron a causa de las devastaciones de los sarracenos (mahometanos) a mediados del siglo IX.

Una de las piezas más valiosas que se pueden contemplar es el famoso «Lattanzio sublacense», un incunable el 1465, considerado el primer escrito de este tipo realizado por dos monjes alemanes (Sweynheim y Pannartz) que trajeron a Italia el sistema de imprenta con caracteres móviles.
También existe un ejemplar raro del «De Civitate Dei» de san Agustín.


La Biblioteca, situada en un claustro románico del siglo XII, es una de las más ricas entre las bibliotecas de las once grandes abadías católicas de Italia.
En total contiene cien mil volúmenes, 3.780 pergaminos, 440 códices manuscritos, 250 incunables, una colección de salmos del siglo X y una explicación de la Biblia del siglo XI.
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Los hombres de la Iglesia son, desde siglos, custodios y favorecedores del ‘Patrimonio artístico como histórico de la humanidad’.

 

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Cuando la religiosidad abandona la senda de la razón, y se deja llevar por un miedo incontrolado, se convierte en superstición, fanatismo, profetismo... y violencia.  En favor de la razón, los tribunales de la Inquisición investigaron a los charlatanes-brujos, fantasmagóricos adivinos… Y como no se estudia un elefante con los ojos vendados ni se defiende de la pantera, el ciego…

 

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El hombre no sólo ve; contempla, y por lo tanto se sabe trascendente.

El hombre sabe, y sabe que sabe; reza, y sabe que reza.

 

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MONASTERIOS PRIMIGENIOS EUROPEOS. San Columbano 543 †615 incansable constructor de monasterios.

 

Benedicto XVI presenta la figura de san Columbano 543 †615 incansable constructor de monasterios.

 

Hoy quisiera hablar del santo abad Columbano, el irlandés más famoso de la Alta Edad Media: con razón puede ser llamado un santo "europeo", pues como monje, misionero y escritor trabajó en varios países de Europa occidental. Junto a los irlandeses de su época, era consciente de la unidad cultural de Europa. En una de sus cartas, escrita en torno al año 600, dirigida al Papa Gregorio Magno, se encuentra por primera vez la expresión "totius Europae - de toda Europa", en referencia a la presencia de la Iglesia en el continente (Cf. Epistula I,1).

Columbano había nacido en torno al año 543 en la provincia de Leinster, en el sudeste de Irlanda. Educado en su casa por óptimos maestros que le encaminaron en el estudio de las artes liberales, se encomendó después a la guía del abad Sinell de la comunidad de Cluain-Inis, en Irlanda del norte, donde pudo profundizar en el estudio de las Sagradas Escrituras.

Cuando tenía unos veinte años entró en el monasterio de Bangor, en el nordeste de la isla, donde era abad Comgall, un monje conocido por su virtud y su rigor ascético. En plena sintonía con su abad, Columbano practicó con celo la severa disciplina del monasterio llevando una vida de oración, ascesis y estudio. Allí fue ordenado sacerdote. La vida en Bangor y el ejemplo de abad influyeron en su concepción del monaquismo que Columbano maduró con el tiempo y difundió después en el transcurso de su vida.

A la edad de unos cincuenta años, siguiendo el ideal ascético típicamente irlandés de la "peregrinatio pro Christo", es decir, de hacerse peregrino por Cristo, Columbano dejó la isla para emprender con doce compañeros una obra misionera en el continente europeo. Debemos recordar que la migración de pueblos del norte y del este provocó un regreso al paganismo de regiones enteras que habían sido cristianizadas.

Alrededor del año 590 este pequeño grupo de misioneros desembarcó en la costa bretona. Acogidos con benevolencia por el rey de los francos de Austrasia (la actual Francia), sólo pidieron un pedazo de tierra sin cultivar. Se les entregó la antigua fortaleza romana de Annegray, en ruinas, recubierta por la vegetación. Acostumbrados a una vida de máxima renuncia, los monjes lograron levantar en pocos meses de las ruinas el primer monasterio. De este modo, la reevangelización comenzó a desarrollarse ante todo a través del testimonio de vida.

Con el cultivo de la tierra comenzaron también un nuevo cultivo de las almas. La fama de estos religiosos extranjeros que, viviendo de oración y en gran austeridad, construían casas y roturaban la tierra, se difundió rápidamente, atrayendo a peregrinos y penitentes. Sobre todo muchos jóvenes pedían ser acogidos en la comunidad monástica para vivir como ellos esta vida ejemplar que renovaba el cultivo de la tierra y de las almas. Pronto tuvieron que fundar un segundo monasterio. Fue construido a pocos kilómetros, en las ruinas de una antigua ciudad termal, Luxeuil. El monasterio se convertiría en centro de la irradiación monástica y misionera de la tradición irlandesa en el continente europeo. Se erigió un tercer monasterio en Fontaine, a una hora de camino hacia el norte.

En Luxeuil, Columbano vivió durante casi veinte años. Allí el santo escribió para sus seguidores la Regula monachorum --durante un cierto tiempo más difundida en Europa que la de san Benito--, perfilando la imagen ideal del monje. Es la única antigua regla monástica irlandés que hoy poseemos. Como complemento, redactó la Regula coenobialis, una especie de código penal para las infracciones de los monjes, con castigos más bien sorprendentes para la sensibilidad moderna, que sólo se pueden explicar con la mentalidad de aquel tiempo y ambiente. Con otra obra famosa, titulada De poenitentiarum misura taxanda, que también escribió en Luxeuil, Columbano introdujo en el continente la confesión privada y reiterada con la penitencia, que preveía una proporción entre la gravedad del pecado y la reparación impuesta por el confesor. Estas novedades suscitaron sospechas entre los obispos de la región, una sospecha que se convirtió en hostilidad cuando Columbano tuvo la valentía de reprenderles abiertamente por las costumbres de algunos de ellos.

Este contraste se manifestó con las disputa sobre la fecha de Pascua: Irlanda seguía la tradición oriental, a diferencia de la tradición romana. El monje irlandés fue convocado en el año 603 en Châlon-sur-Saôn para rendir cuentas ante un sínodo de sus costumbres sobre la penitencia y la Pascua. En vez de presentarse ante el sínodo, mandó una carta en la que minimizaba la cuestión, invitando a los padres sinodales a discutir no sólo sobre el problema de la fecha de Pascua, según él un problema pequeño, "sino también sobre todas las normas canónicas necesarias que son descuidadas por muchos, lo cual es más grave" (Cf. Epistula II,1). Al mismo tiempo, escribió al Papa Bonifacio IV --unos años antes ya se había dirigido al Papa Gregorio Magno (Cf. Epistula I)-- para defender la tradición irlandesa (Cf. Epistula III).

Dado que era intransigente en cuestiones morales, Columbano entró en conflicto también con la casa real, pues había reprendido duramente al rey Teodorico por sus relaciones de adulterio. Surgió una red de intrigas y maniobras a nivel personal, religioso y político que, en el año 610, provocó un decreto de expulsión de Luxeuil de Columbano y de todos los monjes de origen irlandés, que fueron condenados a un exilio definitivo. Les escoltaron hasta llegar al mar y fueron embarcados en una nave de la corte rumbo a Irlanda. Pero el barco encalló a poca distancia de la playa y el capitán, al ver en ello un signo del cielo, renunció a la empresa y, por miedo a ser maldecido por Dios, volvió con los monjes a tierra firme. Éstos, en vez de regresar a Luxeuil, decidieron comenzar una nueva obra de evangelización. Se embarcaron en el Rin y remontaron el río. Después de una primera etapa en Tuggen, en el lago de Zurich, se dirigieron a la región de Bregenz, en el lago de Costanza, para evangelizar a los alemanes.

Ahora bien, poco después, Columbano, a causa de problemas políticos, decidió atravesar los Alpes con la mayor parte de sus discípulos. Sólo se quedó un monje, llamado Gallus. De su monasterio se desarrollaría la famosa abadía de Sankt Gallen, en Suiza. Al llegar a Italia, Columbano fue recibido en la corte imperial longobarda, pero muy pronto tuvo que afrontar grandes dificultades: la vida de la Iglesia estaba lacerada por la herejía arriana, todavía mayoritaria entre los longobardos por un cisma que había separado a la mayor parte de las Iglesias de Italia del norte de la comunión con el obispo de Roma.

Columbano se integró con autoridad en este contexto, escribiendo un hermoso libelo contra el arrianismo y una carta a Bonifacio IV para convencerle a comprometerse decididamente en el restablecimiento de la unidad (Cf. Epistula V). Cuando el rey de los longobardos, en 612 ó 613, les entregó un terreno en Bobbio, en el valle de Trebbia, Columbano fundó un nuevo monasterio que luego se convertiría en un centro de cultura comparable al famoso de Montecasino. Allí acabó sus días: falleció el 23 de noviembre de 615 y en esa fecha es conmemorado por el rito romano hasta nuestros días.

El mensaje de san Columbano se concentra en un firme llamamiento a la conversión y al desapego de las cosas terrenas en vista de la herencia eterna. Con su vida ascética y su comportamiento sin compromisos frente a la corrupción de los poderosos, evoca la figura severa de san Juan Bautista. Su austeridad, sin embargo, nunca es un fin en sí misma, sino que no es más que un medio para abrirse libremente al amor de Dios y corresponder con todo el ser a los dones recibidos de El, reconstruyendo en sí la imagen de Dios y al mismo tiempo trabajando la tierra y renovando la sociedad humana.

Dice en sus Instructiones: "Si el hombre utiliza rectamente esas facultades que Dios ha concedido a su alma, entonces será semejante a Dios. Recordemos que debemos devolverle todos los dones que nos ha confiado cuando nos encontrábamos en la condición originaria. La manera de hacerlo nos la ha enseñado con sus mandamientos. El primero de ellos es el de amar al Señor con todo el corazón, pues Él, en primer lugar, nos ha amado, desde el inicio de los tiempos, antes aún de que viéramos la luz de este mundo" (Cf. Instructiones XI).

El santo irlandés encarnó realmente estas palabras en su vida. Hombre de gran cultura y rico de dones de gracia, ya sea como incansable constructor de monasterios, ya sea como predicador penitencial intransigente, dedicó todas sus energías a alimentar las raíces cristianas de la Europa que estaba naciendo. Con su energía espiritual, con su fe, con su amor a Dios y al prójimo se convirtió en uno de los padres de Europa: nos muestra hoy dónde están las raíces de las cuales puede renacer nuestra Europa.

Intervención durante la audiencia general miércoles, 11 junio 2008 – Benedicto XVI-Obispo de Roma.

 

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La escritura es sin duda la invención más importante de la historia humana, porque gracias a ella han podido acumularse y diversificarse los conocimientos, el arte, etc. En los milenios y decenas de milenios anteriores los hombres apenas si podían mantener los conocimientos, relatos y tradiciones adquiridas, estrechamente limitados por la memoria oral y expuestos por ello a continuas desvirtuaciones o variaciones puramente azarosas, incluso en pueblos cuyos sacerdotes cultivaron la memoria con especial asiduidad, como los celtas. ¡Cuántos relatos, creencias, sucesos, reflexiones y observaciones valiosas se habrán perdido a lo largo de ese largo tiempo!

Probablemente la escritura nació en los templos de las primeras civilizaciones, inventada por las castas sacerdotales, en un principio con propósitos conservadores: asegurar la permanencia y fidelidad de los ritos. Los documentos escritos más antiguos suelen tener carácter religioso. Y su aplicación al comercio pudo muy bien haber tenido el mismo origen, pues los templos solían ser también centros de comercio –a veces incluso sexual–. Asimismo encontraremos en ellos las primeras observaciones más o menos científicas sobre el cosmos, la naturaleza con fines económicos o medicinales, y unos principios de geometría necesarios para la construcción de grandes edificios.

En definitiva, los sacerdotes eran el único grupo social no excesivamente presionado por la necesidad de ganarse el pan o por las exigencias de la guerra o del poder, y podían dedicar tiempo a otras actividades, según el frado de su curiosidad espiritual. Todavía en tiempos tan recientes como nuestra alta Edad Media, la lectura era ignorada por las capas bajas de la población y a menudo desdeñada por las, digamos, clases políticas. La conservación de gran parte de la cultura clásica se debió a los clérigos, y asimismo las primeras escuelas.

15 de Diciembre de 2007 - 17:44:18 - Pío Moa –‘L.D.ESP.’

 

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Lo que el cristianismo le ha dado al mundo

 

por Josep Miró i Ardèvol

 

Si el cristianismo y con él, la Iglesia, hubieran visto abortado su desarrollo histórico o quedado reducidos a un pequeño grupo, el mundo sería distinto y mucho peor. He aquí algunos de los grandes cambios que el pensamiento cristiano ha introducido en la cultura europea y a través de ella, y también directamente, a lo largo y ancho del mundo:

 

La transmisión recreada y desarrollada de la cultura clásica greco-romana

 

Un sentido de la religión radicalmente distinto: el de la interioridad y la conciencia, por encima del rito externo

 

El concepto de laicidad; la autonomía de lo temporal, su desacralización

 

La desacralización de la naturaleza, la liberación del ser humano, de su sentido de dependencia misteriosa de ella. De este y del anterior punto surgen otras derivadas importantes, como estas:

 

El concepto de separación entre iglesia y estado, que no existe en otras culturas

 

El desarrollo del pensamiento científico a partir del momento en que la naturaleza deja de pertenecer al ámbito de lo sagrado

 

El desarrollo de las ciencias aplicadas y la técnica.

 

El sentido de la historia como avance, como progreso, heredado de la concepción mesiánica del judaísmo.

 

La trascendencia relacionada con la idea de un Dios personal, con la que el propio yo se relaciona.

 

La importancia de la razón. La Iglesia siempre lo ha subrayado de San Pablo a San Agustín y Santo Tomas, hasta llegar a la “Fides et ratio”

 

El concepto de democracia. En un libro todavía no superado a pesar de sus 40 años a cuestas, Joseph Needham, “La Gran Titulación” explica las diferencias del desarrollo científico y técnico entre Oriente y Occidente. Un elemento básico lo sitúa en la democracia, inimaginable en Oriente y que en Europa arranca y se extiende a partir de considerar a cada persona y a todas las personas –cosa que no hacía la concepción griega- como seres igualmente valiosos porque han sido creados por Dios, y se relacionan con El a través de la interioridad y la conciencia

 

El universalismo encarnado a su vez en cada identidad concreta.

Publicado en Forum Libertas. 2007

 

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¡COMUNISMO: El Gobierno del régimen comunista de Rumania saqueó, quemó, robo y destruyo millares de ‘todo tipo de obras de arte del milenario patrimonio cultural del país’, incluyendo soberbias obras del arte religioso pertenecientes a la Iglesia ortodoxa rumana, patrimonio de la historia de la humanidad. También el déspota régimen nacional-socialista comunista, confiscó en 1948 ciertos cuadros para exponerlos en el Museo Nacional de Bucarest. Entre ellos se cuentan piezas excepcionales como «La Crucifixión», de Antonello da Messina; «San Jerónimo», de Lorenzzo Lotto; dos retratos de «Donadores», de Hans Memling; «El hombre del gorro azul», de Jan van Eyck, y «La matanza de los inocentes», de Brueghel «el Viejo».

 

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IGLESIA año 1312 – UNIVERSIDAD VALENCIA

 

 

 

 

Un sarcófago gótico de piedra, correspondiente a un obispo de Valencia del siglo XIV, ha sido descubierto "en perfecto estado de conservación" a dos metros de profundidad bajo la Catedral de Valencia, según ha indicado hoy a la agencia AVAN el canónigo conservador de la Seo, Jaime Sancho. El sepulcro, que ha sido extraído hoy de su ubicación, pesa 3 toneladas y está lleno de relieves en piedra "de extraordinario interés artístico", ha confirmado Sancho. Según el escudo heráldico tallado en él, corresponde a Raimundo Gastón, que fue obispo de Valencia desde 1312 hasta su muerte en 1348.
     
     El sarcófago, que mide 1,70 metros de largo y 1 metro de alto, ha sido descubierto por un equipo de arqueólogos contratado por el cabildo de la Catedral para la realización de unas excavaciones. El sepulcro de piedra se encontraba en un habitáculo hasta ahora desconocido bajo la capilla de San José en la Seo en la que permaneció desde el siglo XIV. Sin embargo la capilla, fundada por el propio Raimundo Gastón, fue derribada en la reforma neoclásica de la Catedral en el siglo XVIII, cuyos promotores determinaron también la colocación de los sarcófagos bajo el suelo, donde fueron "depositados cuidadosamente" en estancias subterráneas.
     
     En el sepulcro, realizado todo él en piedra caliza, aparece sobre la tapa la estatua yacente del obispo Ramón de Gastón, vestido de pontifical con báculo, mitra y guantes. "El rostro de la imagen se conserva perfecto y es el mismo que aparece en su retrato pintado dos siglos después de la muerte del prelado por Juan de Juanes que se conserva en la sala capitular de la Seo, lo que hace suponer que la escultura del sarcófago sirvió de modelo para el retrato", asegura Sancho. La figura del obispo aparece de forma inclinada porque el sarcófago se diseñó para estar adosado a una pared. Presenta "innumerables coincidencias en el estilo de los relieves con el extraordinario sepulcro del cardenal Gil de Albornoz de la Catedral de Toledo, contemporáneo del prelado de Valencia, porque fueron obra muy posiblemente del mismo autor anónimo". El sarcófago encontrado ahora, al igual que el de Toledo, aparece repleto de relieves en piedra "de gran perfección hasta el punto que detrás de algunas columnas exentas talladas en las esquinas de la tumba, se puede introducir una mano".
     
     La piedra del sarcófago "se conserva intacta, gracias a que en el habitáculo se mantenía una humedad estable, al no estar situado sobre corrientes de agua subterráneas". Aunque el hallazgo del sepulcro se produjo el pasado día 12, no ha sido hasta hoy, lunes, cuando, tras haber sido eliminadas la adherencias, ha podido ser extraído utilizando un camión grúa que ha entrado en la Catedral de Valencia por la puerta de la Almoina. Un forense ha autentificado hoy los restos que contiene. Ramón de Gastón nació en Milá (Lleida) y fue canónigo de la Catedral de Valencia, cuyo cabildo le propuso como obispo al Papa, como era costumbre entonces.
Fundó el Estudio de Lectura Pública de Teología, origen de la Universitat de Valencia- Estudi General. Además, repobló con cristianos la localidad de Villar del Arzobispo. Coincidió en sus reinados con los monarcas Jaime II El Justo, fundador del mon asterio de la Valldigna, y Pedro IV el Ceremonioso.

2003-12-31 - España

 

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Bula de Fundación de la Universidad de París

 

 (1231)

 

 

 

Origen de la Universidad de París

 

La Universidad de París vio la luz casi al mismo tiempo que la Universidad de Bolonia pero con características muy diferentes. Desde fines del siglo XI encontramos en esa ciudad un florecimiento de escuelas privadas regenteadas por diversos maestros independientes. Junto a ellas existía la escuela catedralicia de Notre-Dame con maestros a lo largo del siglo XII de la talla de Pedro Lombardo, Pedro Comestor y Pedro el Chantre, que compusieron los manuales que habrían de usarse hasta finales de la Edad Media (1) Estas escuelas y sobre todo el singular crecimiento que tuvieron por la llegada de estudiantes de los lugares mas remotos serán el ámbito y el soporte de la nueva institución.

"El nacimiento de la Universidad de París se puede interpretar como un tipo de compomiso entre las partes implicadas (maestros, alumnos, autoridades civiles y religiosas). Permitió a los maestaros y en particular a los maestros en artes, reunisrse en una corporación autónoma, con certeza hacia 1208-10, dotarse de estatutos, reclutar a sus nuevos colegas y eludir el control directo y los abusos del canciller de Notre-Dame... Por otra parte, las autoridades eclesiásticas, junto con los mestros ya establecidos, en particular los maestros de teología, se beneficiaban de la institución de compendios obligatorios, curricula detallados, exámenes rigurosos y garantías válidas contra la proliferacón de nuesvas escuelas y la anárquica "confusión" de disciplinas... Este compromiso no se logró sin luchas, que duraron hasta 1231."

La bula de la creación de la Universidad que aquí presentamos proviene de la Cancillería del Papa Gregorio IX (1227-1241) y está fechada el 13 de abril de 1231.(3) El Papa establece los principales privilegios que darán la independencia jurisdiccional e intelectual a la Universidad. En este momento el término "Universitas" designa a un grupo de maestros que tienen lazos orgánicos y una común pertenencia. 

  

Gregorio, obispo, siervo de los siervos de Dios, a sus hijos dilectos, todos los maestros y estudiantes de París, salud y bendiciones apostólicas. 

París, madre de las ciencias, como otra Cariátide Sepher (4), ciudad de las letras, brilla con un destello precioso, grande sin duda pero que hace esperar más grandes cosas gracias a los que aprenden y a los que enseñan (...) Es por esto que no cabe duda que aquellos que en la dicha ciudad se esfuerzan de alguna manera por enturbiar una gracia tan gloriosa o aquellos que no se oponen claramente y con fuerza a los que la enturbian, desagadarán profundamente a Dios y a los hombres. 

Es por esto que, luego de haber considerado atentamente los problemas que nos han sido presentado en relación de la discordia que ha nacido allí por instigación del diablo y de los que obstaculizan gravemente los estudios, asistidos del consejo de nuestros hermanos, hemos pensado que es preferible resolver estos problemas con un reglamento sabio más que con una desición de caracter judicial.

De esta manera, en lo que concierne al estatuto de los estudiantes y las escuelas, hemos decidido que se apliquen las siguientes reglas:

·         Aquél que sea elegido como Canciller de París, deberá, desde el momento de su elección, jurar delante del obispo, o si él lo designa en el capítulo de Paris, en presencia de dos maestros convocados por él y que representen a la Universidad y a los estudiantes, que por la agrupación de la teología y los decretos, lealmente y según su conciencia, no dará la licencia para enseñar mas que a hombres dignos en función del lugar y del momento, según los estatutos de la ciudad, el honor y el renombre de las facultades, y que se la negará a los indignos, descartanto todos los prejuicios personales y de origen.

·         Antes de otorgar una licencia a quien quiera que sea, dentro de los tres meses a partir de la petición de la licencia, deberá hacerlo examinar con diligencia por todos los maestros en teología presentes en la ciudad y por otras personas honestas y cultivadas, mediante las cuales se pueda conocer el valor, sus ambiciones y otras cosas que haya que examinar en estas circumstancias

·         Luego de haberlo así examinado como conviene y parece oportuno y bajo el peso de su conciencia, le dará o negará al candidato la licencia requerida.

·         En cuando a los maestros en teología y en decretos, antes de que comienzen a enseñar, harán un juramento público de observar fielmente las cosas sobredichas. El canciller jurará también de no revelar en ningún caso las intenciones de los maestros en detrimento suyo; la libertad y el derecho de los canónigos de París permanecerán en su rigor inicial. 

·         Para los médicos, los artistas y los demás, el canciller prometerá examinar lealmente a los maestros y admitir a las personas dignas y excluir a las indignas.

·         En cuanto al resto, es verdad que el mal se desliza facilmente allí donde reina el desorden; os otrogamos el poder para establecer constituciones y reglamentos sabios sobre los métodos y los horarios de las clases, sobre las discusiones, sobre las festividades, las ceremonias funerarias, sobre los bachilleres, quién debe darles las lecciones, en qué horario y que autor escoger; sobre los impuestos de los abogados y la prohibición de ciertas casas; y el poder de castigar como se hace a quien se rebela contra las constituciones y reglamentos y expulsarlos (...).

·         Aquél que haya cometido un crimen y sea necesario encarcelarlo, será detenido en la prisión del obispo; le está prohibido al canciller tener una prisión particular. Prohibimos de la misma manera que un estudiante sea arrestado por una deuda ya que esto también está prohibido por los cánones regulares.

·         Ni el obispo, ni su oficial, ni el canciller, deberán dictar penas pecuniarias con el fin de levantar excomuniones o cualquier otra censura. El canciller no deberá exigir a los maestros a los cuales ha otrorgado la licencia ningún juramento, ninguna manera de sumisión u otra caución y no reclamará por este acuerdo ninguna suma de dinero u obligación, sino que se contentará con el juramento mencionado más arriba.

·         Prohibimos formalmente que los estudiantes porten armas y que la Universidad defienda a los que perjudican la paz del estudio. Aquellos que fingen ser estudiantes, sin asistir a las clases ni tener maestros no deberán gozar de los privilegios de los estudiantes (...)

·         Que nadie infrinja esta desición, constitución, concesión, defensa y prohibición y no ose oponerse a ella con audacia temeraria. Y si alguno lo osare y atentare contra ella, que sepa que atraerá sobre si la indignación de Dios todopoderoso y la del bienaventurado Pedro y Pablo apóstoles.

Dado en Letrán, a los dos días de abril, en el quinto año de nuestro pontificado.

 

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"Influencia del cristianismo en la cultura humana"´

 

Autor [Dr. César Vidal, es teólogo protestante. 2005]

La historia del cristianismo no pudo comenzar bajo peores auspicios. Entroncada de manera directa con la del judaísmo —de la que pretendía ser realización y cumplimiento—, desde el primer momento dejó de manifiesto una clara oposición con este. Jesús no solo predicaba una clara desviación del exclusivismo religioso de Israel llamando a los gentiles para que recibieran el mensaje del Reino del Dios (y anunciando además que muchos lo acogerían con mayor gusto que los judíos a los que estaba destinado), sino que además se manifestaba provocadoramente abierto en su actitud hacia las mujeres y, sobre todo, a los pecadores. En realidad, esta última actitud y sus propias pretensiones lo colocaron desde el principio en un camino que acabó desembocando en su ejecución.

Lejos de creer en la existencia de un grupo que podía ser mejor que otros y cuya afiliación garantizaba el paso a un mundo mejor, Jesús ofreció a sus contemporáneos una relación personal con Dios, una relación, por otra parte, de la que todos estaban necesitados, de la misma manera que un enfermo que requiere la ayuda urgente e imprescindible de un médico. El género humano —pecadores y supuestos justos, hombres y mujeres, judíos y gentiles— era semejante a una oveja perdida que no sabe cómo encontrar el camino para regresar al redil, a una moneda perdida que por sí misma no podrá volver al bolsillo de su dueña, como un hijo pródigo que disipó toda su fortuna y que precisa del perdón generoso de su padre para redimiese. Jesús insistía en que esa salvación era posible porque Dios en Él había salido al encuentro de la Humanidad y bastaba con que esta ahora no rechazara el ofrecimiento. Para aquellos que estuvieran dispuestos a vivir en la nueva relación de Pacto con Dios —un pacto basado en la muerte futura e ineludible de Jesús— se abriría la posibilidad de una nueva vida vivida de acuerdo con unas nuevas condiciones. No solo es que en ella sería posible encontrar la salvación, no solo es que en ella se podría descubrir un sentido que enlazaba con la eternidad, no solo es que en ella se viviría en una nueva comunidad sin barreras raciales, sociales o de género sexual, no solo es que en ella no se repetirían los patrones diabólicos del poder, es que además se encarnaría el ideal de amar al prójimo sin límites ni condiciones, un ideal digno del Dios que se encarnaba para morir en la cruz.

La predicación de Jesús era provocadora y sus afirmaciones de ser el Mesías, el Hijo del hombre e incluso el Hijo de Dios acabaron provocando una reacción combinada que lo llevó a la muerte. Durante la Pascua del año 30 d. C. sus adversarios debieron de respirar tranquilos convencidos de que aquel controvertido personaje dejaría de ser un peligro y una molestia... pero se equivocaron.

A los tres días, los mismos discípulos que lo habían abandonado durante su prendimiento, proceso y ejecución comenzaron a predicar la peregrina doctrina de que Jesús había resucitado y se les había aparecido. Por supuesto, ni las autoridades judías ni las romanas creyeron en aquella afirmación (¿no se habían ellas ocupado de arrancar de Jesús hasta el último hálito de vida?), pero no dejó de resultar preocupante cómo antiguos incrédulos (Santiago) o incluso enemigos (Pablo) se sumaban con fervor a la nueva fe que se negó encarnizadamente a morir.

En el curso de su primera década, el cristianismo —que ya recibía ese nombre de sus adversarios y tal vez en son de burla— había comenzado a dar pasos que evidenciaban la influencia de las enseñanzas de su maestro y fundador. Admitió gentiles en su seno, proporcionó a las mujeres un papel que jamás hubieran soñado en el judaísmo, organizó un sistema de asistencia social en Jerusalén (con prolongaciones en otras ciudades donde se había asentado), se mostró crítico hacia el poder político y extremó los valores contenidos en el judaísmo siguiendo el ejemplo de Jesús.

Antes de cumplir el primer cuarto de siglo de existencia, la nueva fe se había arraigado en Europa e incluso contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos y la misma capital, Roma.

Desde luego su avance no podía atribuirse a la simpatía del imperio. En realidad, el cristianismo era —si cabía— más molesto en sus pretensiones, en sus valores y en su conducta para la gentilidad que para el judaísmo. No solo eliminaba todas las barreras étnicas en un universo donde ser ciudadano romano era una ambición de muchos, sino que, además, desconfiaba del sistema imperial, daba una cabida extraordinaria a la mujer en su seno, sostenía un sentido finalista de la Historia y se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que no sentía la más mínima preocupación el imperio.

A pesar de las idealizaciones que a posteriori se puedan hacer del mismo, lo cierto es que el imperio romano era una firme encarnación del poder de los hombres sobre las mujeres, de los libres sobre los esclavos, de los romanos sobre los otros pueblos, de los fuertes sobre los débiles. No debe extrañarnos que Nietzsche lo considerara un paradigma de su filosofía del "superhombre" porque efectivamente así era.

Frente a ese imperio el cristianismo predicó a un Dios encarnado que había muerto en la cruz para la salvación del género humano, permitiendo a este alcanzar una vida nueva. En esta resultaba imposible mantener la discriminación que oprimía a las mujeres condenándolas a la muerte o al matrimonio impúber, el culto a la violencia que se manifestaba en los combates de gladiadores, la práctica de conductas inhumanas como el aborto o el infanticidio, la justificación de la infidelidad masculina y la deslealtad conyugal, la participación en la guerra, el abandono de los desamparados o la ausencia de esperanza.

A lo largo de tres siglos, el imperio desencadenó sobre los cristianos distintas persecuciones que cada vez fueron más violentas y que no solo no lograron su objetivo de exterminar a la nueva fe, sino que mostraron la incapacidad de alcanzarlo. Al final, el cristianismo se impuso no solo porque entregaba —el mismo Juliano el Apóstata lo reconoció— un amor que en absoluto podía nacer del seno del paganismo, sino también porque proporcionaba un sentido de la vida y una dignidad incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un mínimo de respeto. Constantino no le otorgó el triunfo. Más bien se limitó a reconocerlo —y, quizá, a intentar instrumentarlo— y a levantar acta de que el paganismo ya no se recuperaría del proceso de decadencia en que había entrado siglos atrás.

Nunca existió un imperio cristiano (a pesar de que el cristianismo fue declarado religión oficial durante un espacio breve de tiempo), pero sí es verdad que algunos de sus principios quedaron recogidos, en mayor o menor medida, en la legislación bajoimperial. Sin embargo, el gran aporte que el cristianismo proporcionaría a Roma no sería ese.

 

Unknown  - French, Paris or Sens, about 1170 - 1180
Tempera colors and gold leaf on parchment
17 7/16 x 11 7/16 in.
 - MS. LUDWIG XIV 2, FOL. 8V

 

A partir del siglo III la penetración de los bárbaros en el limes romano se hizo incontenible. Durante algunas décadas se pensó en la posibilidad de asimilarlos convirtiéndolos en aliados. Los resultados de esta política fueron efímeros. En el 476 el imperio romano de Occidente dejó formalmente de existir, aunque, en realidad, estaba enfermo de muerte desde mucho tiempo atrás. Pese a todo, aun con el efecto letal de aquellas invasiones, la cultura clásica no desapareció. El cristianismo —especialmente a través de los monasterios— la preservó. Pero no se limitaron a ello. También salvaguardaron valores cristianos en medio de un mundo que se había colapsado por completo y cuyo futuro era siempre incierto e inseguro. Así, al cultivo del arte se sumó el respeto y la práctica del trabajo del tipo que fuera, a la defensa de los débiles se unió la práctica de la caridad, al esfuerzo misionero se vinculó la asimilación y culturización de pueblos pujantes pero que, a medio plazo, también se rindieron como antaño el imperio al cristianismo.

En el siglo VIII, Occidente se vio acosado por una terrible y nueva amenaza, la del Islam, que aniquiló a su paso todas las sociedades que intentaron defender su libertad frente a él. Durante el siglo siguiente, el cristianismo proporcionó el entramado de una breve reconstrucción del imperio, ahora sobre principios como la preservación de la cultura clásica, la popularización de la educación, la promulgación de leyes sociales o la articulación del principio de legitimidad política. Sin embargo, se trató de una creación que vino a desplomarse ante el empuje de unas nuevas invasiones más letales que las sufridas durante los siglos III-V. Se produjo entonces una nueva Edad Oscura de consecuencias aún peores y Occidente quedó embotellado entre los asaltos islámicos en el sur —detenidos por los resistentes españoles que desangraron las aceifas islámicas llegadas al sur de Francia— y las incursiones bárbaras procedentes del norte (vikingos) y del este (magiares). En el curso de unas décadas, todos los logros de siglos anteriores desaparecieron convertidos en humo y cenizas. Una vez más, empero, el cristianismo se mostró mucho más vigoroso que sus enemigos. Cuando estos eran más fuertes, cuando no necesitaban pactar, cuando podían imponer su voluntad valiéndose solo de la espada, acabaron aceptando la enorme fuerza espiritual del cristianismo y lo asimilaron en sus territorios. Al llegar el año 1000, el cristianismo se extendía hasta el Volga.

Las sociedades nacidas de aquella aceptación del cristianismo en su seno no llegaron a incorporar todos los principios de la nueva fe en su existencia. De hecho, en buena medida eran reinos nuevos sustentados sobre el culto a la violencia necesaria para la conquista o para la simple defensa frente a las invasiones. Sin embargo, el cristianismo ejerció sobre ellos una influencia fecunda. La reforma del siglo XI volvió a sentar las bases de un principio de la legitimidad del poder alejado de la arbitrariedad guerrera de los bárbaros, buscó de nuevo la defensa y la asistencia de los débiles, y continuó un esfuerzo artístico y educativo que ya contaba con más de medio milenio de existencia. Además, dulcificó la violencia bárbara implantando las primeras normas del derecho de guerra —la Paz de Dios y la Tregua de Dios—, supo recibir la cultura de otros pueblos, creó un sistema de pensamiento como la Escolástica y, sobre todo, abrió las primeras universidades. Es cierto que el aumento del poder temporal de los papas acabó siendo nefasto para la institución, que durante el siglo XIV esta se desacreditó sobremanera con episodios como el Papado de Aviñón o el Gran Cisma de Occidente y que la Escolástica acabó convirtiéndose en un sistema muerto que frenaba más que alentaba el saber. Sin embargo, el cristianismo logró despegar de esas lamentables circunstancias y de esa manera abrió las puertas a la Modernidad.

En el curso de los siglos siguientes, el cristianismo alcanzó grandes logros artísticos, culturales y caritativos, así como el desarrollo económico, científico, educativo, cultural e incluso político. Causas como la defensa de los indígenas, la lucha contra la esclavitud, las primeras leyes sociales contemporáneas o la denuncia del totalitarismo no hubieran sido nunca iniciadas sin el impulso cristiano. No debe por ello sorprender que el siglo XX haya sido el que ha contemplado un número mayor de encarcelamientos, maltratos y ejecuciones de cristianos por encima de cualquier otro periodo de la Historia. Tanto los campos de exterminio de Hitler como el gulag soviético intentaron, aunque en vano, acabar con una fe a la que veían con razón como un oponente radical de sus respectivas cosmovisiones.

Sin duda, los aportes del cristianismo a la cultura occidental han sido grandiosos a lo largo de sus casi dos mil años de existencia. Sin embargo, solo podemos captar algo de su extraordinaria importancia cuando tratamos de imaginar lo que hubiera sido un mundo sin cristianismo u observamos los resultados obtenidos por otras culturas.

Un mundo que se hubiera limitado a continuar la herencia clásica no solo habría resultado en una sociedad despiadada, en la que los fuertes y los violentos se sabían protagonistas, sino que además habría perecido ante el empuje de los bárbaros en los siglos III-V sin dejar nada en pos de sí. Durante varios siglos, los reinos bárbaros hubieran combatido de manera infructuosa entre ellos para no poder sobrevivir al empuje conjunto de las segundas invasiones y del avance árabe, suponiendo que este se hubiera dado sin un Islam cuya existencia presupone por obligación la del cristianismo.

Durante los siglos de lo que ahora conocemos como Medievo, Europa hubiera sido albergue de oleada tras oleada de invasores, sin excluir a los mongoles contenidos por Rusia, de las que no hubiera surgido nada perdurable como no surgió en otros contextos. Ni la cultura clásica, ni la Escolástica, ni las universidades, ni el pensamiento científico habrían aparecido como no aparecieron en otras culturas. Además, sin los valores bíblicos se hubieran perpetuado —como así sucede en algunas naciones hasta el día de hoy— fenómenos como la esclavitud, la arbitrariedad del poder político, el anquilosamiento de la educación en manos de una escasa casta tradicional o la ausencia de desarrollo científico.

Basta echar un vistazo a las culturas informadas por el Islam, el budismo, el hinduismo o el animismo —donde siguen considerándose legítimas conductas degradantes para el ser humano— para percatarse de lo que podría haber sido un mundo sin la influencia civilizadora del cristianismo. Y aun así nuestro juicio no se corresponde con toda la dureza de lo que serían esas situaciones. A fin de cuentas, hoy día, hasta la sociedad más apartada puede beneficiarse de aspectos emanados de la influencia cristiana en la cultura occidental, desde el progreso científico a la persecución de un sistema de asistencia social, por citar solo dos ejemplos.

Incluso en el siglo XX, el olvido de principios de origen cristiano —un origen que suele olvidarse casi siempre— hubiera sumido a la Humanidad en una era de barbarie sin precedentes, bien a causa del triunfo del marxismo o del fascismo-nazismo. Pretender, pues, construir el futuro sin recurrir a sus principios solo puede interpretarse como una muestra fatal de terrible arrogancia, de profunda ignorancia o de crasa maldad. Hacerlo implicaría, además, correr el riesgo nada ficticio de ver la resurrección de formas de neopaganismo no inferiores en la gravedad de sus manifestaciones a las que ya conocemos históricamente.

Asimismo, el cristianismo no ha logrado a lo largo de casi dos mil años imponer sus puntos de vista de una manera total. En unas ocasiones esto se ha debido a su propio distanciamiento de la pureza original de su enseñanza —y debemos enfatizar el hecho de que cuanto más se ha acercado al mensaje bíblico mayores han sido sus resultados—. En otras, a que a vivencia de una ética tan elevada no puede esperarse del conjunto de una sociedad ni tampoco imponerse como se ha creído por error más de una vez. Con todo, su influencia humanizadora, civilizadora, no cuenta con paralelos de ningún tipo a lo largo de la Historia universal. Sin él, el devenir humano hubiera sido un fluir continuo de violencia y barbarie, de guerra y destrucción, de calamidades y sufrimiento. Con él, el gran drama de la condición humana se ha visto acompañado de progreso y justicia, de compasión y cultura.

Todas estas circunstancias, al fin y a la postre, hallan su explicación en las peculiares características del cristianismo como religión que le diferencian de manera ostensible de las otras. El filósofo español Manuel García Morente lo expresó de manera elocuente al describir su visión, repentina e inesperada, de Jesús: "Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás podría el hombre franquear... Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ese sí que lo entiendo y ese sí que me entiende" (El Hecho extraordinario). Juan lo había expresado de forma más sencilla veinte siglos antes al escribir que Dios había amado tanto al mundo que había enviado a Su Hijo para que el que en Él creyera no se perdiera, sino que tuviera vida eterna (Juan 3, 16). Lo que, por último, ha hecho diferente al cristianismo a lo largo de veinte siglos, lo que le ha convertido en base sólida y fecunda de desarrollo y progreso, de libertad y amparo de los desfavorecidos, de cultura y ciencia es la propia persona de Jesús. Precisamente por eso, el cristianismo no ha proporcionado solo sentido para la vida presente, sino que es también una garantía de esperanza futura.
Tomado de "El legado del cristianismo en la cultura occidental", Espasa, 2000, pp. 237-246.

 

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Le preguntaron un día al poeta francés Paul Valéry (1871-1945) ¿qué es Europa? Respondió con sólo tres palabras: Atenas, Roma, Jerusalén. Lo cual es muy cierto. Europa es hija de las culturas que tuvieron su centro creador en esas tres ciudades. La cultura griega separó la razón del mito religioso, creando la filosofía, la libertad del ciudadano y llevando a la Bellas Artes a una perfección en cierto modo inextinguible, pues vuelve a aparecer, de algún modo en el Renacimiento de los siglos XV y XVI, en el Neoclasicismo del siglo XVIII y sigue siendo inspiración para arquitectos y escultores de nuestros días.

El filósofo italiano Gianfranco Morra definía como el gran legado de Roma: “Conservar la herencia de Grecia, pero también algo original: la creación del Derecho y la organización del Estado. Los romanos dejan a Europa el derecho natural que, asumido y profundizado por la filosofía cristiana del Medioevo, constituirá el fundamento del liberalismo moderno y de la democracia. La teoría de los derechos naturales, el iusnaturalismo, constituye la especificidad de Europa. Ninguna otra civilización la ha enunciado. Pensemos en la islámica, donde falta por completo: no existe ley natural, sino sólo revelada, totalmente contenida en el Corán, texto a la vez religioso y político. Europa funda en los derechos naturales la distinción entre legalidad y legitimidad. Los derechos del hombre no proceden del Estado; los posee antes de formar parte del Estado, por su misma naturaleza”.

Más sorprendente es que de un pequeño pueblo, Israel, nómada primero y esclavo después, sin grandes desarrollos culturales, en comparación con los imperios con los que convive (Babilonia, Egipto, Roma) salga la idea y la fuerza religiosa de un Dios único, Creador, Providente y Misericordioso. Pero si con la Creación y la Alianza de la revelación hebrea Dios entra en el mundo, el cristianismo llegará más allá con un Dios hecho hombre y Salvador del hombre.

El historiador Federico Chabod, con la imparcialidad y frialdad científica del auténtico historiador, ha dicho: “No podemos no ser cristianos, aunque no sigamos las prácticas del culto, porque el cristianismo ha modelado nuestro modo de sentir y de pensar hasta extremos indelebles; la diferencia profunda que se da entre nosotros y los antiguos, entre nuestro modo de sentir la vida y el de un contemporáneo de Pericles o de Augusto, se debe a este gran hecho, el mayor hecho sin duda de la historia universal, que es el verbo cristiano”.

Algunos piensan, no sin razones que la cultura europea está en decadencia y puede llegar a desaparecer. No es imposible si se toma en el sentido estricto de europeo-occidental, pero en cambio no es posible si se refiere al fondo o núcleo esencial de la misma, el cristianismo, que primero fue judío, luego romano, bárbaro, feudal, europeo, americano y después africano y asiático. El cristianismo no está hecho para lograr una cultura propia, cerrada y perecedera, sino para ser la sal y la luz de cualquiera de las civilizaciones que vayan apareciendo y que quieran llevar en ellas algo de eternidad.

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*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
·Colaborador de Arvo Net. 2003-11-18

 

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HISTORIA: -SEGÚN una definición no menos acertada que otras, la historia es el conjunto de todos los hechos ocurridos en tiempos pasados.

Según otra más prolija, puede considerarse la historia, y es también definición que muchos historiadores consideran válida, como la narración y el estudio de los hechos del pasado, públicos y privados, pero trascendentes, merecedores de recuerdo, y su relación con el hombre civilizado y las sociedades humanas.

Pero algunos historiadores prefieren el término investigación a narración. Recogen la opinión de Volney: «La palabra historia parece haber sido empleada por los antiguos en una acepción muy diferente de la de los modernos; los griegos, sus autores, entendían por ella una persquisición, una investigación hecha con cuidado. Y en ese sentido la emplea Herodoto».

Hay otras definiciones del término historia, supongo que muchas, mas para entendernos en la divagación con que hoy pienso perder el tiempo, creo que con estas dos tenemos bastante.

Recientemente ha surgido de manera todavía imprecisa este otro término: retrohistoria, que algunos utilizan humorísticamente y otros, que lo toman más en serio, lo entienden como opuesto a la historia, pero en realidad no es así, sino que significa un modo diferente de describir o investigar -o quizás simplemente de ordenar para su estudio- los acontecimientos históricos.

La retrohistoria es opuesta a la historia, tal como a la historia se la ha entendido hasta ahora, pero no la niega ni la rechaza sino que la complementa. Y pretende dotarla de mayor eficacia. Esta es su intención y lo que impulsa a los historiadores partidarios de esta tendencia.

En la historia destaca, y esta es la voluntad del historiador, la narración (o investigación) de la sucesión de los hechos, de su encadenamiento desde el remoto ayer hasta el presente, sin adentrarse vanamente en las incógnitas del insondable futuro.

Aun siendo opuestas, en algo se asemejan la historia y la retrohistoria: en ambas se trabaja con materiales inexistentes. Inexistentes en el momento en que alguien se dispone a trabajar sobre ellos. No se diferencian en la calidad de dichos materiales sino en el orden en que se narra su aparición y su fugaz existencia.

Puede aceptarse la idea, sostenida por algunos comentaristas actuales, de que el concepto de retrohistoria ha surgido de la necesidad de estudiar no sólo los acontecimientos históricos sino, casi podría afirmarse que muy primordialmente, las respectivas causas de esos acontecimientos.

Poco importa al hombre conocer lo que ha sucedido o lo que está sucediendo, para bien o para mal, si desconoce el porqué del suceso, su causa. Al no conocerse las causas de los acontecimientos la historia pierde lo que puede tener para el ser humano de enseñanza provechosa y quedarse en mero entretenimiento.

Esta causa siempre necesariamente fue anterior al acontecimiento. El investigador histórico debe, por consiguiente, retroceder en el tiempo en vez de avanzar o de quedarse quieto o de saltarse varios siglos de un golpe o de embarcarse con Herbert George Wells en viajes al futuro. Pero he aquí que la causa suele ser al mismo tiempo un acontecimiento y, por lo tanto, el investigador histórico, si es consciente y riguroso, deberá investigar también la causa de este acontecimiento, retrocediendo, por lo tanto, en el tiempo histórico; y al proceder así sucesivamente se hallará inmerso en plena retrohistoria. Y para ello habrá utilizado un cambio radical de perspectiva.

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La Iglesia es la imagen y figura típica de Dios; también es la imagen del universo, constituido de sustancias visibles e invisibles; del mundo sensible puede ser solamente imagen, como es imagen simbólica del hombre y también imagen y tipo del alma, tomada en absoluto, en cuyo caso representa a la inteligencia mediante el santuario y a la razón mediante el templo, a la vez que lo unifica todo en el misterio del altar. Todo aquel que en verdad sepa iniciarse de manera sabia y clara, hará de su alma una Iglesia de Dios. En efecto, cada hombre es una Iglesia mística. San Máximo el Confesor  (580 - 662) Miembro de una conocida y rica familia de Constantinopla, emprendió una feliz carrera en la corte de Constantinopla, llegando a ser  secretario del emperador Heraclio.

 

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Todo aquel que ama a Dios es miembro vivo

de la Iglesia - Mélange (Oeuvres, IX, Pág. 328-331)


“Aquel que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9,40)


Todo aquel que ama a Dios es miembro vivo de la Iglesia, esté donde esté, bajo el cielo que esté y en el tiempo que viva...La Iglesia no es sólo la que vemos nosotros. No es sólo la construcción visible con su historia, su autenticidad, su jerarquía, sus virtudes y prodigios deslumbrantes. La Iglesia también está en la penumbra, en las sombras escondidas, en aquello que nadie recuerda ni tiene figura memorable; está en las santidades perdidas a los ojos humanos, pero patentes a los ojos de los ángeles...
Por todas partes donde esté presente el amor de Dios se encuentra Jesucristo. Allí donde está Jesús está la Iglesia. Y si bien es verdad que todo cristiano tiene que estar unido a la Iglesia, desde el momento que sabe de su existencia, es también cierto que la ignorancia invencible no le obliga a ello, ya que Jesucristo mismo lo gobernará sin intermediarios, él que es la cabeza y el único Maestro de los cristianos. La Iglesia se extiende, pues, hasta límites que ninguna mirada humana puede abarcar y los que nos reprochan la estrechez de la Iglesia, según su mirada, no tienen idea de la doble irradiación que existe en su naturaleza y que atrae las almas hacia si desde la salida del sol hasta su ocaso.

 

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Evangelio según San Lucas 9,46-50. - Entonces se les ocurrió preguntarse quién sería el más grande. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó a un niño y acercándolo, les dijo: "El que recibe a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el más pequeño de ustedes, ese es el más grande". Juan, dirigiéndose a Jesús, le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros". Pero Jesús le dijo: "No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes".
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

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Yo le tengo mucho miedo al sufijo ismo. Hay que ser de una nación, pero no nacionalista, de una raza, pero no racista. El ismo, normalmente, desfigura las cosas. Tiene un significado parecido al del sufijo itis, que quiere decir inflamación.

Julián MARÍAS, filósofo español - 2004-07-10 Alfa y Omega.

La ‘catolicidad’ la decretó Cristo, el ‘catolicismo’ va mucho del interés personal.

 

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Recristianizar una sociedad cada vez más pagana no será fácil. Y las sectas escondidas tras máscaras ‘pesudo-cristianas’, progresan en el carnaval de la ignorancia materialista, hedonista.

 

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Predicación y fidelidad de la Iglesia Católica a la revelación de Cristo: “No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)

 

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‘Pasarán las cosas, Oh Dios, pasarán las cosas y pasaré también yo; ¡Tú nunca pasarás, Tú -amor eterno- y contigo viviré sin extravíos, por siempre!’

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).


 

 


Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 


Cinco libros sin imposturas ni ocultamientos:

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden - Dr. hist. César VIDAL –

Ediciones `La esfera de los libros´.

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).