Sunday 31 August 2014 | Actualizada : 2014-08-20
 
Inicio > Ciencia y Fe > Biología - 1º epistemología evolucionista; Dios creador y vida humana;

Antes de proponeros algunas reflexiones más específicas sobre el tema del origen de la vida y de la evolución, quisiera recordaros que el Magisterio de la Iglesia ya ha sido llamado a pronunciarse sobre estas materias, en el ámbito de su propia competencia. Deseo citar aquí dos intervenciones.

 

 

En su encíclica Humani generis (1950), mi predecesor Pío XII ya había afirmado que no había oposición entre la evolución y la doctrina de la fe sobre el hombre y su vocación, con tal de no perder de vista algunos puntos firmes (cf. AAS 42 [1950], pp. 575-576).

Por mi parte, cuando recibí el 31 de octubre de 1992 a los participantes en la asamblea plenaria de vuestra Academia, tuve la ocasión, a propósito de Galileo, de atraer la atención hacia la necesidad de una hermenéutica rigurosa para la interpretación correcta de la Palabra inspirada. Conviene delimitar bien el sentido propio de la Escritura, descartando interpretaciones indebidas que le hacen decir lo que no tiene intención de decir. Para delimitar bien el campo de su objeto propio, el exégeta y el teólogo deben mantenerse informados acerca de los resultados a los que llegan las ciencias de la naturaleza (cf. AAS 85 [1993], pp. 764-772, Discurso a la Pontificia Comisión Bíblica, 23 de abril de 1993, anunciando el documento sobre La interpretación de la Biblia en la Iglesia: AAS 86 [1994], pp. 232-243).

4. Teniendo en cuenta el estado de las investigaciones científicas de esa época y también las exigencias propias de la teología, la encíclica Humani generis consideraba la doctrina del «evolucionismo» como una hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profundas, al igual que la hipótesis opuesta. Pío XII añadía dos condiciones de orden metodológico: que no se adoptara esta opinión como si se tratara de una doctrina cierta y demostrada, y como si se pudiera hacer totalmente abstracción de la Revelación a propósito de las cuestiones que esa doctrina plantea. Enunciaba igualmente la condición necesaria para que esa opinión fuera compatible con la fe cristiana; sobre este aspecto volveré más adelante.

Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría.

¿Cuál es el alcance de dicha teoría? Abordar esta cuestión significa entrar en el campo de la epistemología. Una teoría es una elaboración metacientífica, diferente de los resultados de la observación, pero que es homogénea con ellos. Gracias a ella, una serie de datos y de hechos independientes entre sí pueden relacionarse e interpretarse en una explicación unitaria. La teoría prueba su validez en la medida en que puede verificarse, se mide constantemente por el nivel de los hechos; cuando carece de ellos, manifiesta sus límites y su inadaptación. Entonces, es necesario reformularla.

Además, la elaboración de una teoría como la de la evolución, que obedece a la exigencia de homogeneidad con los datos de la observación, toma ciertas nociones de la filosofía de la naturaleza.

Y, a decir verdad, más que de la teoría de la evolución, conviene hablar de las teorías de la evolución. Esta pluralidad afecta, por una parte, a la diversidad de las explicaciones que se han propuesto con respecto al mecanismo de la evolución, y, por otra, a las diversas filosofías a las que se refiere. Existen también lecturas materialistas y reduccionistas, al igual que lecturas espiritualistas. Aquí el juicio compete propiamente a la filosofía y, luego, a la teología.

5. El Magisterio de la Iglesia está interesado directamente en la cuestión de la evolución, porque influye en la concepción del hombre, acerca del cual la Revelación nos enseña que fue creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 28-29). La constitución conciliar Gaudium et spes ha expuesto magníficamente esta doctrina, que es uno de los ejes del pensamiento cristiano. Ha recordado que el hombre es «la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» (n. 24). En otras palabras, el hombre no debería subordinarse, como simple medio o mero instrumento, ni a la especie ni a la sociedad; tiene valor por sí mismo. Es una persona. Por su inteligencia y su voluntad, es capaz de entrar en relación de comunión, de solidaridad y de entrega de sí con sus semejantes. Santo Tomás observa que la semejanza del hombre con Dios reside especialmente en su inteligencia especulativa, porque su relación con el objeto de su conocimiento se asemeja a la relación que Dios tiene con su obra (cf. Summa Theol., I-II, q. 3, a. 5, ad 1). Pero, más aún, el hombre está llamado a entrar en una relación de conocimiento y de amor con Dios mismo, relación que encontrará su plena realización más allá del tiempo, en la eternidad. En el misterio de Cristo resucitado se nos ha revelado toda la profundidad y toda la grandeza de esta vocación (cf. Gaudium et spes, 22). En virtud de su alma espiritual, toda la persona, incluyendo su cuerpo, posee esa dignidad. Pío XII había destacado este punto esencial: el cuerpo humano tiene su origen en la materia viva que existe antes que él, pero el alma espiritual es creada inmediatamente por Dios («animas enim a Deo immediate creari catholica fides nos retinere iubet»: encíclica Humani generis: AAS 42 [1950], p. 575).

En consecuencia, las teorías de la evolución que, en función de las filosofías en las que se inspiran, consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre. Por otra parte, esas teorías son incapaces de fundar la dignidad de la persona.

6. Así pues, refiriéndonos al hombre, podríamos decir que nos encontramos ante una diferencia de orden ontológico, ante un salto ontológico. Pero, plantear esta discontinuidad ontológica, ¿no significa afrontar la continuidad física, que parece ser el hilo conductor de las investigaciones sobre la evolución, y esto en el plano de la física y la química? La consideración del método utilizado en los diversos campos del saber permite poner de acuerdo dos puntos de vista, que parecerían irreconciliables. Las ciencias de la observación describen y miden cada vez con mayor precisión las múltiples manifestaciones de la vida y las inscriben en la línea del tiempo. El momento del paso a lo espiritual no es objeto de una observación de este tipo que, sin embargo, a nivel experimental, puede descubrir una serie de signos muy valiosos del carácter específico del ser humano. Pero la experiencia del saber metafísico, la de la conciencia de sí y de su índole reflexiva, la de la conciencia moral, la de la libertad o, incluso, la experiencia estética y religiosa competen al análisis y de la reflexión filosóficas, mientras que la teología deduce el sentido último según los designios del Creador. 22.X.1996

 

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La libertad de pensamiento y de expresión constituye la gran conquista occidental, que hoy día es patrimonio del mundo entero. Todo intento de constreñir ese pensamiento que se atiene exclusivamente a la evidencia supone un atentado contra la dignidad de la persona humana. Confundir la enseñanza con el adoctrinamiento y la información con la propaganda implica un retroceso en lo que constituye la base de nuestra civilización. Donde está el espíritu, allí se encuentra la libertad.

 

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El Evangelio tiene una sintonía intrínseca con los valores inscritos en la naturaleza humana. La dignidad del hombre no se identifica con los genes de su ADN y no disminuye por la posible presencia de diferencias físicas o de defectos congénitos

 

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La casualidad ha podido tener un papel en la aparición de las formas superiores de la vida, pero no las explica; puede dar ocasión a que se manifiesten las leyes y las estructuras del mundo, pero no explica sus leyes y estructuras.

 

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La teología pertenece correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de las ciencias, no solo como una disciplina histórica y ciencia humana, sino precisamente como teología, como una profundización en la racionalidad de la fe.

 

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Todo aquello en lo que –los griegos- ponían las manos y la mente parecía salir transfigurado: la literatura, el arte, la historia, la filosofía... Pero en la sublime dignidad de sus obras, nada podía contaminarse de utilidad. 

www.arvo.net

 

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Aborto y nazismo - El presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Antonio Mª Rouco Varela, recurrió a las palabras de Julián Marías para expresar su preocupación no sólo por el aborto en sí como por la “aceptación social” del mismo. El cardenal Rouco recordó que el derecho a la vida es un principio que debe estar por encima y no debe ser sometido a las mayorías. “Cuando no se respeta el derecho a nacer, se abre la posibilidad de intervenir sobre la vida en cualquier momento”. Y puso como ejemplo la Alemania nazi, que antes de la Solución Final se aprobó la eliminación de los discapacitados. Tras el argumento moral e histórico, el cardenal remató con un argumento científico: “Existe la certeza científica de que después de la concepción hay un tercer ser”.

 

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EL  ORIGEN  DE  LA  VIDA.
ASOMBR
O   Y   MISTERIO

 

Por Luis Fernández Cuervo

Arvo Net, 13.12.2007

 

“Para los que creen en Dios” –escribí en mi artículo anterior- “la vida es un misterio lleno de bondad y de belleza, que exige respeto, cuidado, contemplación, asombro y agradecimiento.” Y lo repito como introducción a lo que quiero escribir hoy.

         Las ciencias que se ocupan de los seres vivos, avanzan cada día con nuevos y asombrosos conocimientos. De pronto, algunos consiguen algo inesperado y cantan victoria anticipadamente. Después, ya más serenos, reflexionan y los más sensatos y humildes de los científicos declaran que el origen de la vida sigue siendo un misterio. Incluso se agranda, se hace más insondable.

         En 1953, dos científicos, Harold Urey y Stanley Miller, lograron, por primera vez en el mundo, sintetizar aminoácidos en unas condiciones que, según ellos, se asemejaban a los de una Tierra muy primitiva. Como los aminoácidos son unos componentes esenciales de los seres vivos, se creyó  que ya se estaba cerca de entender como comenzó la vida e incluso, mÁs adelante, como fabricarla.  En 1991, el mismo Millar decía: “el origen de la vida ha resultado más complicado de lo que yo y muchos otros suponíamos.”  Otro famoso científico, Paul Davies, en su libro El quinto milagro (Edit. Crítica, Barcelona España, 2000), declara: “Muchos científicos que trabajan en este campo creen en confianza que los problemas mayores de la biogénesis han sido básicamente resueltos. Varios libros recientes transmiten el mensaje confiado de que el origen de la vida no es, después de todo, tan misterioso. Sin embargo yo pienso que están equivocados. Tras haber pasado un año o dos investigando en este campo, ahora soy de la opinión de que sigue habiendo una enorme laguna en nuestro conocimiento.”

         Parte del antiguo optimismo de creer estar muy cerca de la solución, a partir del experimento de Urey y Miller, se basaba en aceptar, sin crítica, cómo suponían, estos científicos, que estaba la Tierra cuando apareció en ella la vida. Pero hoy no se ponen de acuerdo los científicos en como eran las condiciones terrestres cuando surgió aquí la vida. Hay geofísicos que piensan que la atmósfera terrestre primitiva era medianamente oxidante y abundante en dióxido de carbono, nitrógeno y agua, ambiente muy distinto a las simulaciones de laboratorio. Además hay otros que plantean la hipótesis de que la vida, en formas muy sencillas, no surgió en nuestro planeta, sino que vino sembrada desde fuera, del espacio, hipótesis muy criticada por la mayoría. El caso es que el misterio sigue y se agranda.

         Por eso, cuando le preguntaron en el año 2003 a Christian de Duve (premio  Nobel de Medicina en 1974) en qué punto estaban los científicos para comprender el origen de la vida, contestó: “No estamos en ningún punto, no sabemos nada”. En la misma línea, John Horgan, respondía que la solución al origen de la vida “parece estar más lejos que nunca. La bacteria más elemental es tan condenadamente complicada, desde el punto de vista químico, que resulta casi imposible imaginar cómo ha surgido”.

         No sólo no sabemos cuándo ni cómo se originó la vida en la Tierra, sino que tampoco se sabe, desde el punto de vista de ciencias experimentales, qué es la vida. Por eso cuando a Werner Arber, premio Nobel de medicina en 1978, le preguntaron en el 2000 qué era la vida, dijo:”No puedo contestar a esa pregunta. No entiendo como todas esas moléculas han podido juntarse para formar esos organismos unicelulares o multicelulares inicialmente. Simplemente no lo comprendo. Como científico debo ser honesto, por lo que debo confesar que estoy lejos de entender completamente lo que es la vida.”

         Pienso –no se me ofendan los científicos- que los buenos poetas y los enamorados están más cerca, intuitivamente, de saber algo de la vida. Y desde luego los Santos, esos si que saben, e incluso saborean, lo que es la Vida, así, con mayúscula. Luis Fernández Cuervo - luchofcuervo@gmail.com

 

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La Iglesia afronta hoy enormes desafíos, que ponen a prueba la confianza y el entusiasmo de los heraldos. Y no se trata sólo de problemas "cuantitativos", debidos al hecho de que los cristianos constituyen una minoría, mientras el proceso de secularización sigue erosionando la tradición cristiana incluso en países de antigua evangelización. Los problemas más graves derivan de una transformación general del horizonte cultural, dominado por el primado de las ciencias experimentales inspiradas en los criterios de la epistemología científica. El mundo moderno, incluso cuando se muestra sensible a la dimensión religiosa y parece redescubrirla, acepta a lo sumo la imagen de Dios creador, mientras que le resulta difícil aceptar -como sucedió con los oyentes de san Pablo en el areópago de Atenas (cf. Hch 17, 32-34)- el scandalum crucis (cf. 1 Co 1, 23), el "escándalo" de un Dios que por amor entra en nuestra historia y se hace hombre, muriendo y resucitando por nosotros. Es fácil intuir el desafío que esto implica para las escuelas y las universidades católicas, así como para los centros de formación filosófica y teológica de los candidatos al sacerdocio, lugares en los que es preciso impartir una preparación cultural que esté a la altura del momento cultural actual.

 

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Epistemología evolucionista

 

 

por Mariano Artigas

Desde su nacimiento sistemático en el siglo XVII, la ciencia moderna se convirtió en una fuente de perplejidades. Kepler y Galileo estaban convencidos de que la naturaleza es como un libro escrito en lenguaje matemático. Pero el afianzamiento de la física de Newton llevó con razón a dudar de que esa fuese toda la historia. ¿Cómo explicar que unas construcciones teóricas, altamente abstractas y muy sofisticadas, se pudieran aplicar con éxito al mundo real? Esta pregunta se convirtió en un rompecabezas que proporcionó a los filósofos material abundante para sus especulaciones.


Filosofías justificacionistas

René Descartes, en los albores de la ciencia moderna, había establecido que sólo un conocimiento demostrable según el modelo de las matemáticas podría ser considerado como verdadera ciencia. Convencido de que esa ciencia existe, afirmó que sus bases deberían ser verdades evidentes acerca de las cuales no pudieran plantearse dudas.

En el siglo XVIII, el empirismo inglés, llevado hasta sus últimas consecuencias por David Hume, afirmó que la validez de los enunciados universales no puede ser demostrada recurriendo a la experiencia, ya que ésta sólo proporciona datos concretos, y ningún proceso lógico permite pasar desde los datos particulares a las afirmaciones generales. La situación resultaba paradójica. En efecto, a pesar del indudable éxito de la ciencia, no sería posible afirmar que sus leyes proporcionan un conocimiento auténtico acerca de la realidad. Justamente cuando comenzaba a afianzarse la ciencia experimental, sus fundamentos parecían venirse abajo.

En su Crítica de la razón pura de 1781, Kant intentó salvar la contradicción. Estaba convencido, como Descartes, de la necesidad de demostrar todo conocimiento que se presentase como científico, estableciendo unas bases ciertas. También creía que la física de Newton era ciencia verdadera y definitiva. Sin embargo, recibió el impacto de Hume y concluyó, como él, que la inducción a partir de la experiencia no es válida. Considerando que el escepticismo era inadmisible, encontró una solución bastante ingeniosa: puesto que los principios básicos de la ciencia no podían ser suministrados por la experiencia, tendría que admitirse que son proporcionados por el científico. En otras palabras, admitió que el conocimiento humano se basa en un conjunto de conceptos y leyes que serían a priori, o sea, independientes de la experiencia, y que proporcionarían el decorado donde se colocarían los datos de la experiencia. Esto implicaba que esos conceptos estaban presentes en cualquier persona y que, al aplicarlos correctamente a la experiencia, se obtenían precisamente las leyes fundamentales de la física newtoniana.

El convencionalismo

A finales del siglo XIX y principios del XX, la formulación de las geometrías no euclídeas y de la teoría de la relatividad mostró que la física newtoniana no tenía la validez universal que se Kant le atribuía. Además, el problema de la inducción seguía siendo como un fantasma que impedía atribuir certeza a las afirmaciones de la ciencia experimental.

En esas circunstancias, el conocido físico Henri Poincaré concluyó que, en realidad, las leyes científicas no son ni verdaderas ni falsas. Serían simplemente convenciones o estipulaciones que vendrían avaladas por sus consecuencias. Esta solución iba de acuerdo con el espíritu del positivismo de la época, que renunciaba a conocer las causas verdaderas de los hechos y afirmaba que la ciencia debe limitarse a establecer relaciones entre los fenómenos observables, calificando cualquier pretensión ulterior como metafísica imposible.

Tales ideas seguían admitiendo la concepción justificacionista de la ciencia. El convencionalismo era una consecuencia natural si se pensaba que la verdadera ciencia debería ser justificada mediante demostraciones estrictas, y que la experiencia no permite formular pruebas de ese género. Además, una vez sabido que la física newtoniana sólo era una ciencia parcial y que su valor no era definitivo, no parecía existir ningún obstáculo para sostener las ideas convencionalistas.

El racionalismo crítico

En 1934, Karl Popper publicó su primer libro, en el que afirmaba que nunca pueden justificarse las teorías y que, sin embargo, el conocimiento puede aumentar mediante el examen crítico de las mismas. El procedimiento sería el siguiente: si bien la experiencia no permite demostrar la verdad de ninguna teoría, una teoría que contradiga a la experiencia debe ser falsa. Por tanto, nunca podríamos estar ciertos de alcanzar la verdad, pero en ocasiones podríamos detectar el error. El conocimiento progresaría gracias a la detección de errores y a la consiguiente formulación de nuevas teorías mejoradas. Pero las teorías siempre serían hipótesis o conjeturas que jamás alcanzarán la condición de verdades ciertas demostradas. Todo conocimiento sería conjetural, aunque pudiera ser progresivo.

El esquema básico del aumento del conocimiento seguiría, según Popper, el método de ensayo y eliminación de error. Las teorías no provendrían de la experiencia ni serían demostradas mediante ella. Así, Popper se sitúa en la línea de Kant. Sin embargo, a diferencia de éste, afirma que las teorías son creaciones libres que pueden modificarse, y no se basan en categorías fijas e inmutables.

En sucesivos trabajos, Popper estableció un paralelismo entre el progreso del conocimiento y la evolución biológica darwiniana. Ambos procesos seguirían el mismo esquema básico de ensayo y eliminación de error, con la diferencia de que, en la evolución, lo que surge y muere son los seres vivos, mientras que en la ciencia se trata de las teorías. En los dos casos se daría un proceso similar de surgimiento de nuevas estructuras, selección que eliminaría las menos adaptadas, y supervivencia provisional de las más competitivas.

 

 

Filosofía y biología

Hasta bien entrado el siglo XX, la filosofía de la ciencia se había centrado de modo preferente en la física, la ciencia más exacta y con mayor éxito. Sin embargo, la biología ocupaba un terreno cada vez mayor en la investigación.

En dos trabajos publicados en 1941 y 1943, Konrad Lorenz recogió la teoría kantiana de las formas y categorías a priori como condición de posibilidad de la experiencia, e intentó explicar cómo surgen esas estructuras en el proceso evolutivo de mutación, selección y adaptación. Afirmó que todos los vivientes poseen estructuras innatas de conocimiento, que son un resultado del proceso evolutivo y actúan como disposiciones heredadas que hacen posible la utilización de información y la adaptación. Como las estructuras kantianas, serían condiciones a priori del conocimiento; sin embargo, al ser productos de la evolución, no serían inmutables sino cambiantes. Además, el proceso evolutivo vendría equiparado al proceso de aumento del conocimiento, en cuanto que en ambos casos se trataría de la aparición de nuevas entidades sometidas a selección, eliminación y adaptación: los dos procesos seguirían el camino común de formulación tentativa y selección adaptativa.

Tal concepción es muy semejante al esquema básico de ensayo y eliminación de error utilizado por Karl Popper. En 1974, Donald Campbell desarrolló ese esquema desde una perspectiva biológica, utilizando por vez primera el título de Epistemología evolucionista . Las ideas de Lorenz, Popper y Campbell fueron sistematizadas por Gerhard Vollmer desde 1975. El resultado es una perspectiva que desplaza la epistemología desde enfoques casi exclusivamente centrados en la física hacia otros en los que la biología ocupa un lugar central.

La Epistemología evolucionista

La Epistemología evolucionista se presenta como una perspectiva que pretende ser el avance más importante en la filosofía de la ciencia desde el siglo XVIII. Existe ya una abundante bibliografía sobre el tema, tanto favorable como crítica. La obra editada por Gerard Radnitzky y W.W. Bartley III recoge cuatro escritos de Karl Popper y Donald Campbell, que proporcionan los fundamentos de la teoría, junto con otros catorce que amplían los horizontes y responden a las críticas.

La idea central de la Epistemología evolucionista consiste en abordar los problemas de la teoría del conocimiento bajo la perspectiva de la evolución biológica. En concreto, a la pregunta original sobre la validez del conocimiento se responde recurriendo a la biología: se dice que nuestro conocimiento corresponde a la realidad porque somos seres vivientes descendientes de otros que, a lo largo del proceso de la evolución, han sobrevivido debido a que habían desarrollado capacidades de percepción y aprendizaje adaptadas al entorno. De este modo, los interrogantes filosóficos antiguos reciben una respuesta que se presenta como científica. En este sentido, Vollmer afirma que "después de todo, la ciencia es filosofía con nuevos medios".

Desde luego, no hay dificultad en admitir que algunos problemas, considerados antes como filosóficos de un modo confuso, más tarde han sido abordados con éxito por la ciencia experimental. Basta pensar en las teorías antiguas acerca de la naturaleza de los astros o la composición de la materia. Tampoco es difícil reconocer que la ciencia experimental y la filosofía están más próximas de lo que a primera vista pudiera parecer, puesto que ambas buscan y obtienen un conocimiento de la realidad recurriendo a la experiencia y a los razonamientos lógicos. Incluso parece deseable que se restablezca la unión entre ambas perspectivas, dado que la fragmentación del saber en mundos incomunicados es una de las causas principales de las crisis de la cultura actual. Sin embargo, mayores problemas surgen si nos preguntamos por la validez del esquema básico de la Epistemología evolucionista.

Emergencia y persona humana

En efecto, para explicar el valor del conocimiento, ¿basta suponer que nuestras capacidades son el resultado de un proceso de selección y adaptación?, ¿permitiría ese proceso dar razón de la inteligencia, a la que se asocia la capacidad de formular teorías y someterlas a crítica racional?

Limitándonos al caso del hombre, los intentos de explicar nuestras capacidades intelectuales mediante la simple evolución encuentran grandes dificultades. Rosaria Egidi estudia el tema de la emergencia, advirtiendo que no se ocupa de los problemas ontológicos, y le dedica sólo cuatro páginas. Karl Popper intenta explicar cómo surgiría la mente humana en el proceso evolutivo, reconociendo que hay pocos elementos disponibles y que debe contentarse con formular conjeturas muy hipotéticas. No puede menos de ser así, porque las capacidades humanas superan ampliamente el nivel de lo material. Popper lo reconoce y, sin embargo, no da el paso que sería lógico: admitir la existencia del espíritu como algo que remite a algo situado más allá de la naturaleza y que no puede ser más que un Dios personal creador.

Quizá ese paso parezca poco científico a algunos defensores de la Epistemología Evolucionista. Sin embargo, si se pretende estudiar al hombre con todo rigor, resulta inevitable. Desde luego, se trata de un paso que trasciende los límites de la ciencia experimental. Pero ello no autoriza a pretender explicar la persona humana prescindiendo de las realidades espirituales, como si esto fuese una consecuencia del rigor científico. El rigor exige más bien que, cuando se llega a las fronteras del método que se utiliza, no se traspasen esos límites.

El pan-criticismo

Otra importante dificultad se cierne sobre la Epistemología Evolucionista, y es la siguiente: ¿es posible afirmar que todo conocimiento es conjetural y continuar hablando acerca de la verdad y del progreso del conocimiento?

Esta dificultad acompaña a la filosofía de Karl Popper desde sus inicios. Hacia 1960, W.W. Bartley propuso una solución a la que denominó racionalismo crítico comprehensivo y, más recientemente, pancriticismo. Consiste en mostrar que no hay contradicción en afirmar el carácter hipotético de todo conocimiento si además se admite que esa misma tesis es hipotética. En definitiva, se subraya que, desde el momento en que no se pretende justificar el valor definitivo de ningún conocimiento, nada impide razonar siempre de modo hipotético.

Los argumentos de Bartley no son admitidos siquiera por todos los popperianos. Sin duda, éstos dan pruebas de una gran capacidad argumentativa, y esgrimen razonamientos llenos de sutilezas. Pero las dificultades que encuentran son notables, y más todavía cuando lo que se discute es si todo, incluídos los criterios más básicos de nuestro conocimiento, puede ser sometido a crítica e incluso debe serlo.

La filosofía de Popper y sus seguidores se sitúa, de modo principal, en las coordenadas del racionalismo y del empirismo. Estas posturas tienen serios defectos que son hábilmente puestos de manifiesto por el popperianismo. Pero eso no basta. Para sostener una teoría realista acerca de la verdad, hace falta abordar con seriedad las dimensiones metafísicas, y este tipo de temas suele quedar tratado de modo fragmentario e insuficiente en la perspectiva popperiana. La epistemología popperiana tiene interesantes aciertos metodológicos y proporciona instrumentos valiosos para el análisis de algunas cuestiones de la filosofía de la ciencia, pero plantea serias dificultades si se pretende construir sobre esa base una entera filosofía, y eso es lo que parecen intentar Popper y sus seguidores ortodoxos.

Una vez más, la epistemología popperiana muestra sus virtualidades y sus limitaciones. Proporciona perspectivas provocativas e interesantes, expuestas en un estilo directo y comprensible, pero su

validez parece más limitada de lo que algunos de sus defensores pretenden.

 

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* EVOLUTIONARY EPISTEMOLOGY, RATIONALITY, AND THE SOCIOLOGY OF KNOWLEDGE, editado por Gerard Radnitzky y W.W. Bartley III. Open Court, La Salle (Illinois) 1987.

Publicado en Nuestro Tiempo - www.arvo.net

 

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El primer viaje de la vida

del engendrado en la madre

 

"La biología humana pone de manifiesto que la relación a Dios esta inscrita en la biología de cada persona y en la estructura misma de la transmisión de la vida. La biología humana muestra que la vida de cada hombre tiene además del dinamismo biológico un dinamismo biográfico, que hace que su existencia no venga ni dictada por la biología, ni un-resuelta por ella. El entrelazamiento  nudo gordiano que no se puede  de la vida personal, vida como tarea, y la vida en su dimensión-deshacer biológica; sólo se separan al cortar la vida temporal y terrena. No son dos vidas autónomas ni se trata de una doble vida. O dicho de otra forma, no existe propiamente una vida animal del hombre, porque el cuerpo del hombre es siempre un cuerpo humano."

 

Por Natalia López Moratalla
1. La palabra creadora de Dios.

Como narra el Génesis, Dios crea mediante su palabra. El Creador, “manda su mensaje a la tierra” (Génesis 1,3) y su obra se realiza. Por indicación de la palabra divina - “¡Háganse!”- existen todas las criaturas. La creación es otro “libro” sagrado que nos habla de Dios , un artífice solitario, a quién nadie le ha sugerido su inmenso proyecto, ni nadie le ha podido ayudar. “Él envía sus órdenes a la tierra y su palabra corre velozmente” , y la naturaleza obedece sin saber que obedece. La palabra de Dios está en la raíz del ciclo de las estaciones y del flujo de la vida en y a través de las diferentes especies.

La palabra divina -“¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza!”- llama a la existencia a cada uno de los hombres. Le dona el ser y el existir a cada uno invitándole a conocerle y amarle libremente. Por indicación de esa llamada a existir en comunión con Él y con los demás hombres, cada ser humano es dotado de libertad y de este modo capacitado para responder a la llamada de amor que le pone en la existencia. Dios Creador y Padre de cada uno de los hombres otorga, a cada uno, el regalo de un vivir liberado del automatismo biológico y abierto a los demás y al mundo. Esa apertura es ley natural del hombre.

Cada ser humano, hijo de Dios e hijo de sus padres, tiene un origen que no está sumergido en los procesos naturales de la fisiología de la reproducción. En efecto, por indicación de la Palabra divina que pone en la existencia a cada hombre, dar vida a un hombre es procrear con Dios, que confía a los padres el regalo de la vida del hijo. Dios hace partícipes a los padres en la mediación de su Palabra creadora en tanto que delega en ellos la concepción del hijo -“¡Creced y multiplicaos, henchid la tierra!”-. Dios confía a los padres la concepción del hijo. La generación de cada hombre es la plenitud de la obra creadora. Creación a Su imagen y semejanza, para la que el Creador ha querido contar con el amor entre un hombre y una mujer que les convierte en padres. Cooperan con el Creador dando vida al hijo y así contribuyen a la transmisión de aquella imagen y semejanza divina de la que es portador todo ser humano.

La biología humana pone de manifiesto que la relación a Dios esta inscrita en la biología de cada persona y en la estructura misma de la transmisión de la vida. La biología humana muestra que la vida de cada hombre tiene además del dinamismo biológico un dinamismo biográfico, que hace que su existencia no venga ni dictada por la biología, ni resuelta por ella. El entrelazamiento -un nudo gordiano que no se puede deshacer- de la vida personal, vida como tarea, y la vida en su dimensión biológica; sólo se separan al cortar la vida temporal y terrena. No son dos vidas autónomas ni se trata de una doble vida. O dicho de otra forma, no existe propiamente una vida animal del hombre, porque el cuerpo del hombre es siempre un cuerpo humano.

Por ello, también la transmisión de la vida humana es un nudo gordiano que no se puede deshacer, que entrelaza la alianza del Amor creador de Dios y la expresión corporal del amor de los padres con la fecundidad de engendrar al hijo.

2. Transmisión de la vida.

¿Qué transmiten los progenitores al transmitir la vida?

En el proyecto del Creador está que a los seres vivos, a diferencia de los seres inertes, la palabra les pertenece: se constituyen como individuos desde un material de partida, el DNA, que es un material informativo. El genoma que heredan, el material de partida para constituirse como individuo y vivir, contiene un mensaje escrito como secuencia de nucleótidos del DNA en un soporte material que son las moléculas de doble hebra de DNA empaquetadas formando los cromosomas. El orden o secuencia de nucleótidos del DNA en cada uno de los cromosomas supone un primer nivel de información genética o mensaje genético. Las dos copias de esos cromosomas, una procedente del padre y otra de la madre, constituyen el patrimonio o dotación genética propia de cada especie.

El texto genético –el contenido inmaterial del mensaje- “dice” pertenencia a la especie, y “dice” identidad biológica concreta del individuo que ha heredado ese material concreto de unos progenitores concretos. La información genética que se transmite en la reproducción, el genoma compuesto por el aporte paterno y el materno, es como el texto hablado y la partitura musical de una obra. Una obra escrita de la que se hacen copias y a la que se da vida cada vez que se canta y se toca. Cada vez que se emite, cada puesta en escena, es una representación diferente y única en el tiempo y en el espacio, y diferente y única también, porque la realización depende de los artistas que le dan vida, pero es siempre la misma obra.

En términos biológicos cada puesta en escena de un mismo texto, escrito en palabras y en notas musicales, es un individuo de la misma especie. El texto genético no sólo se emite con un lenguaje que expresa o dice algo que significa función y se describe a través de un sistema de signos, el código genético. Es el lenguaje de un individuo: un sí mismo que posee el texto y que lo encarna; es decir el texto se traduce a cuerpo vivo. Por ello, transmitir la vida, reproducirse, o dar vida a un nuevo individuo, es más que aportar el patrimonio de la especie aportando el material genético que contiene esa información genética de primer nivel. Transmitir vida, el proceso de fecundación, es aportar ese material informativo en una configuración y en estado tal de activación que permita que ese texto se constituya en individuo cigoto. La obra preparada para iniciar la emisión desde la primera palabra y la primera nota musical.

¿Cómo se genera cada nuevo individuo?

El proceso constituyente de cada individuo, el proceso de fecundación mutua de los gametos de los progenitores, hace que comience a existir un nuevo viviente: dice su primera palabra, y después la segunda, y las demás, a lo largo del tiempo de esa vida y del espacio de ese organismo en formación y crecimiento. Es decir, en la reproducción se transmite el texto escrito, y como consecuencia del proceso de fecundación se actualiza la emisión del mensaje; se representa la obra poniendo en escena, en la realidad, el primer acto.

Las palabras, los genes, de ese texto escrito en soporte material, los cromosomas, se van “diciendo” ordenadamente. Cada palabra del texto se traduce a proteínas, que tiene cada una su propia función. La función propia de cada proteína es el contenido informativo de cada gen, ya que la secuencia de nucleótidos del DNA se traduce a secuencia de aminoácidos de la proteína. La coherencia de la palabra genética se manifiesta en el hecho de que la proteína tiene una función que depende de su estructura espacial y ésta depende a su vez de la secuencia de aminoácidos: secuencia que es traducción de la secuencia de nucleótidos.

Con la aparición de proteínas la información recibida de los progenitores se amplifica y retroalimenta. Toda vida es dinamismo. Con el fluir de la vida de cada individuo, se genera una información -información “epigenética”-, que no está escrita en los genes sino que aparece con el desarrollo. Esa nueva información se debe a que aparecen moléculas, fundamentalmente proteínas, que dan instrucciones para “leer” los mensajes escritos en los genes de forma secuencial y armónica, en función de la unidad del organismo como un todo.

Las proteínas -aparecidas en un tiempo concreto y en una parte concreta del organismo- dan las instrucciones para que los genes se expresen a través de interacciones especificas y precisas de algunas de sus regiones, con zonas concretas del DNA de los diferentes cromosomas. Además de la aparición sucesiva de moléculas, ocurren cambios sucesivos, tanto en la estructura del DNA, que puede estar más o menos compactado, como en la composición química (un proceso de metilación o introducción de un grupo químico de una de las bases del DNA, la citosina) del material genético que contiene el texto. Las instrucciones se “dan” mediante el diálogo molecular DNA-proteína ya que ambas son capaces de reconocerse con gran precisión e interaccionar de modo específico. El diálogo se interrumpe si hay modificaciones químicas del DNA por metilación, ya que la incorporación de grupos metilo a una base citosina situada en la zona de interacción silencia la expresión del gen, pues así impide que ese gen sea reconocido por la proteína que activa su expresión.

La armonización de la expresión de los genes es un segundo nivel de información. Es un programa, es decir, una sucesión ordenada de mensajes en tiempo y espacio corporal, que permite el crecimiento unitario del individuo como un todo orgánico, sin romper su unidad. Lo que la biología clásica denominó principio vital o alma (alma vegetal o alma animal). El programa de cada animal concreto es uno, único, y no se hereda, sino que se genera desde el material genético recibido, con un inicio y un final. La emisión total del mensaje dura un tiempo, que es la existencia de ese individuo. En cada momento, o etapa de la vida, se expresan unos genes y otros se silencian; es decir, se emite una parte del mensaje que construye una parte del cuerpo: hueso, páncreas, cerebro, etc.

El programa de desarrollo, segundo nivel de información de un animal concreto, no está contenido, sino sólo posibilitado, en el texto escrito en los cromosomas heredados de los progenitores: no se hereda, sino que se genera en su concepción. Es único y propio de cada individuo y por ello, en cada una de las etapas a lo largo de la vida, está todo, y es el mismo individuo, que tiene actualizadas aquellas potencialidades que corresponden a esa edad. La actualización de potencialidades a lo largo de la existencia hace posible que sea el mismo y no esté nunca lo mismo. Con cada órgano o tejido aparecen nuevas funciones y operaciones de las que siempre es beneficiario el individuo. Todo lo que aparece con el desarrollo, maduración y envejecimiento, hace autorreferencia al texto inicial, ya que esta herencia aporta permanentemente la identidad biológica al todo unitario que es el viviente.


2. En la fecundación se genera el cigoto que es un individuo de la especie en el estado más incipiente .

El proceso de la fecundación se inicia con el reconocimiento específico e interacción de los gametos de los progenitores. La fecundación consiste, en primer lugar, en reunir el patrimonio de la especie precisamente por aportar cada progenitor un miembro de cada uno de los pares de cromosomas. Es un diálogo molecular de los gametos, a través del cual se intercambian las señales necesarias para que se activen mutuamente en etapas sucesivas, y así se hace posible que la dotación paterna quede incorporada en el óvulo. Para ello es esencial que ambos gametos se encuentren en un estado de represión (o silenciamiento de la expresión genética), y que este bloqueo sea de tal naturaleza que la represión de cada uno sea eliminada por el otro. Esto es, que se activen mutuamente y pongan en marcha los mecanismos moleculares derivados de la interacción o diálogo entre ambas células.

Cuando los receptores de la membrana del espermio activado interaccionan con la membrana del óvulo se produce la señal clave que va a coordinar todos los procesos para iniciar la vida del concebido. La señal química consiste en una elevación de los niveles de iones calcio en la zona del óvulo por la que ha penetrado el espermio, y estos iones se difunden desde el punto de entrada al resto del gameto materno. Esta señal regula de forma acompasada los diferentes eventos que dan lugar a la generación del cigoto.

El gameto espermio tiene un tamaño pequeño y su DNA está compactado. Tras incorporase al óvulo, el DNA del pronúcleo paterno cambia de estructura y se expande, gracias a los factores que encuentra en el citoplasma del óvulo. Los pronúcleos de ambos progenitores se sitúan en el centro del óvulo, reúnen la dotación genética y se reorganizan en lo que ya es el cigoto. Posteriormente se reparte la herencia genética y todo el contenido celular del cigoto. Esta primera división celular del cigoto, embrión unicelular, permite su paso al estado de embrión de dos células.

Durante este tiempo tienen lugar, además, dos procesos fundamentales que definen al cigoto como organismo, o cuerpo; es decir, una realidad que es mucho más que la mera suma de los materiales aportados por los progenitores para su concepción. Uno de los procesos es el cambio de la impronta parental de cada uno de los cromosomas paternos y maternos. La impronta parental (cuántas y cuáles de las Citosinas del DNA están metiladas) son unas etiquetas o marcas de origen, diferentes por tanto en el material genético aportado por cada progenitor. Durante el proceso de la fecundación, la impronta parental de cada gameto cambia para dar así paso a la impronta propia del cigoto. Así asegura la naturaleza que los animales superiores sean necesariamente hijos de un padre y de una madre ya que se exige que el texto de cada cigoto se confeccione con sus marcas propias, su impronta genética, a partir de las marcas que hereda de la impronta paterna y materna.

Por otra parte, a lo largo del desarrollo, las marcas químicas que silencian genes van cambiando; aparecen de esta manera órganos distintos por diferenciación de células: expresión o silenciamiento diferencial de una misma dotación genética heredada en la concepción. Cada tipo de células tiene su núcleo con un etiquetado propio, y también los gametos masculinos o femeninos, según el sexo del individuo. Este proceso es muy complejo en primates; de ahí una de las dificultades para poder llegar a clonar un individuo primate. Tomar un núcleo de una célula somática y transferirla a un óvulo al que se le quita el suyo es fácil. Pero lograr que esta célula se convierta en un verdadero cigoto capaz de desarrollarse a organismo sólo se ha conseguido en algunas especies de mamíferos, no en primates. Supone una barrera natural a la reproducción asexual, o clonación, que no se da de forma natural en las especies de mamíferos .

El otro proceso que ocurre durante la fecundación es el fenómeno de polarización: una distribución asimétrica de los componentes intracelulares heredados del óvulo maduro. La localización excéntrica del núcleo en el óvulo permite la existencia de un polo que hereda el cigoto y amplia. En efecto, dicho polo determinará con la fecundación un plano, que pasa por este polo y por otro polo creado precisamente pon el punto de entrada del espermatozoide, donde la elevación de los niveles intracelulares de calcio es máxima. La célula con el fenotipo cigoto está dotada de una organización celular que la constituye en una realidad propia y diferente de la realidad de los gametos, o materiales biológicos de partida; y es el cambio de los niveles de calcio en el del medio intracelular lo que coordina armónicamente la constitución de la realidad nueva o cigoto.

Se origina nueva información con la asimetría o polarización del cigoto. Por ello puede afirmarse que la célula con fenotipo cigoto es un viviente y no simplemente una célula viva. Es la única realidad unicelular totipotente naturalmente capaz de desarrollarse a organismo completo. En efecto la primera división da lugar a la aparición de dos células (a las que se denomina blastómeros) sorprendentemente desiguales y con destino diferente en el embrión. La que hereda el punto de entrada del espermio se divide antes que la otra, lo hace ecuatorialmente, y dará lugar a las células de la masa interna del blastocisto, el embrión de cinco días. Por el contrario, el otro blastómero se divide más tarde y su progenie dará origen al trofoblasto o capa externa del embrión de pocos días.

Los blastómeros, originados en la primera división, no sólo son desiguales entre sí, sino que además lo son respecto al cigoto del que proceden: poseen en su membrana componentes moleculares, “pegamentos”, a través de los que las dos células interaccionan específicamente, constituyendo una unidad orgánica bicelular. La interacción o diálogo célula-célula da lugar a la activación de los caminos de señalización intracelulares modificando el estado del genoma: informan a cada de las células de su identidad como parte de un todo bicelular. Este plano de división del cigoto determina el eje dorsoventral del embrión y su perpendicular el eje cabeza-cola.

La autoorganización asimétrica (inicialmente de dos células desiguales, después de tres, y después de cuatro también desiguales, dos a dos) se mantiene a lo largo del desarrollo preimplantatorio al implicar interacciones específicas entre las células, y con ello expresión de genes diferentes en las células en función de la posición que ocupan en el embrión temprano. No es el embrión temprano, por tanto, un tejido homogéneo e indiferenciado sin individualidad propia. Además de "pegamentos", específicos de las diferentes etapas, las células poseen una historia espacial y temporal como células diferentes de un único organismo. “Se saben” formando parte de un viviente concreto con un tiempo concreto de desarrollo: cada uno “guarda memoria” de esa primera división celular, que ocurre en el primer día de nuestra existencia.

Es decir, el cigoto es un individuo por poseer la capacidad de iniciar la emisión de un programa, o sucesión ordenada de mensajes genéticos. Cada individuo es uno y único en cuanto que su existencia es una emisión particular del mensaje genético, y es diferente y único no sólo por la combinación “única” de genes que hereda de sus progenitores, sino también porque las fluctuaciones del medio, a lo largo del tiempo de la vida, permiten diferencias en el fenotipo, que incluso hacen genéticamente diferentes a los gemelos con idéntico patrimonio genético .

En resumen, son las divisiones asimétricas y la organización polarizada según un eje del viviente cigoto, lo que permite un crecimiento diferencial y ordenado en el que las multiplicaciones celulares se acompañan de diferenciación celular. Por el contrario, una célula sin el fenotipo propio del cigoto origina al dividirse dos células que pueden seguir creciendo, con o sin interacciones entre ellas, de las que no emerge información para autoconstituirse en una conformación de un todo, con realidad propia e individual. El cigoto posee más información que el genoma constituido por la fusión de los pronúcleos de los gametos de sus progenitores; en este sentido se afirma que tiene realidad de viviente de su especie; realidad que no se confunde con la de una célula viva en un medio que le permite crecer, ni con un conjunto de células vivas.

 

 

4. La transmisión de la vida animal en la reproducción.

El texto confeccionado en la concepción se traduce en cuerpo vivo, es lenguaje real encarnado. El mensaje genético no describe un individuo, sino que es el individuo. De acuerdo con el contenido de su mensaje el viviente que se constituye tiene diferente nivel de operatividad. Los animales superiores poseen una operatividad intensa: tendencias, modos de comportamiento, etc. que están ligados y son paralelos al desarrollo y maduración de su sistema nervioso. La información heredada aporta al animal una disposición a aprender a vivir y les capacita para adquirir un conocimiento y dar respuestas instintivas: respuestas o modos de comportamiento que son automatismos dirigidos desde la unidad funcional. Son capaces de procesar información que les llega de fuera.

El animal está encerrado en el espacio vital de su nicho ecológico, puesto que los estímulos -desencadenantes de una respuesta en tanto tienen significación biológica-, provocan comportamientos que son específicos de la especie. En el entorno propio de la especie tiene la vida resuelta, por estar perfectamente adaptado, o especializado, a vivir en ese medio ambiente. Toda la zoología muestra un vivir del animal con un dinamismo cerrado en el automatismo de las leyes biológicas y encerrado en su nicho ecológico (Esquema 1).

Los animales se reproducen perpetuando la especie y siguiendo las leyes que rigen la generación. Tales leyes marcan la coincidencia del tiempo de fertilidad con el tiempo de celo en que el instinto reproductor se desencadena por cambios físicos y fisiológicos del macho y de la hembra. Este acoplamiento del instinto con la fertilidad permite que el número de descendientes que puede dejar cada individuo sea el óptimo para asegurar el recambio de las generaciones, y hacen posible que la vida de cada uno se adapte al entorno y se especialice precisamente en función de dejar descendencia. No les ha sido dada otra misión que vivir y transmitir vida; por ello no hay una razón biológica para que la vida de cada individuo dure más tiempo que el que dura su etapa fértil. Toda la zoología muestra un vivir del animal con un dinamismo cerrado en el automatismo de las leyes biológicas que a su vez le encierra en su nicho ecológico. La biología dicta la vida a todo animal no-humano.

4. El carácter personal del cigoto humano: cuerpo del viviente humano.

La biología muestra, sin lugar a duda, que el embrión humano, desde su estado inicial de cigoto, es un individuo de la especie humana, como es individuo todo cigoto de cualquier otra especie no-humana. La cuestión se plantea con tintes polémicos en el caso del viviente humano por el hecho de que la operatividad más específicamente humana requiere un largo periodo de tiempo de maduración del cerebro, incluso años después del nacimiento. Ahora bien, la biología muestra un plus de complejidad del cuerpo humano. El cuerpo de cada hombre está abierto a más posibilidades que las que la biología ofrece, a pesar de que su patrimonio genético posee muy pocos genes nuevos con respecto a los animales más próximos.

La dinámica de la génesis de un mamífero es aplicable a la génesis de cada ser humano. Sin embargo, es insuficiente para dar cuenta de la génesis de cada “quién”, del carácter personal de cada hombre. En los hombres nos encontramos con un a priori radicalmente distinto: cada viviente humano es capaz de novedad radical. Posee una realidad especifica y distinta de la de los animales; la vida humana es diferente de la vida zoológica.

El cuerpo del hombre muestra rasgos morfológicos peculiares. Entre ellos se puede destacar un cráneo de gran tamaño al término de la gestación, y un canal del parto en la pelvis materna muy estrecho en proporción al cráneo del hijo. El tamaño del canal se debe a la forma de la cadera exigida por la necesidad de sujetar la musculatura que mantiene la posición erecta del Homo sapiens. La criatura humana nace siempre en un parto prematuro, sin acabar, y necesitada de un “acabado” en la familia. Más aún, la construcción y maduración del cerebro de cada hombre no está cerrada, sino abierta a las relaciones interpersonales y a la propia conducta. Tiene una enorme plasticidad neuronal y por todo ello necesitado para ser viable y para alcanzar la plenitud humana de atención y relación con los demás.

Cada hombre es un ser inespecializado, más desprogramado que el animal, y por ello no está estrictamente sometido a las condiciones materiales. El actuar humano no es instintivo y automático aún en las tendencias naturales más pegadas a la vida biológica. El hombre puede tener motivos para no seguir una inclinación, como por ejemplo satisfacer el hambre; el hambre, aunque su satisfacción está en función de la conservación de la vida, no obliga necesariamente a comer, ni a comer algo predeterminado. Puede privarse voluntariamente e incluso, si tiene para ello motivo suficiente, puede hacer huelga de hambre; puede voluntariamente envenenarse. La inclinación, como todo hecho natural, no es neutro sino que hace referencia a la persona y por ello, en cuanto acto humano, se presenta en un contexto cultural y de relación interpersonal: “invitar a”, “comer con”. El hombre no cambia el fin natural de la inclinación, sino que lo abre a la relación personal, y así se libera del automatismo regido por el instinto de satisfacer el hambre.

Posee una operatividad creativa que sobrepasa todo aquello que los más sofisticados procesamientos de información neuronal podrían hacer surgir. El viviente humano está abierto y no está nunca terminado. La existencia de cada uno, la emisión del programa genético del hombre está indeterminado o desprogramado, en tanto que está abierto a incorporar a la emisión del programa la información que procede de su capacidad de relación con el mundo y los demás. Cada hombre interacciona con el medio de modo inconsciente, pero irreversible al principio de su vida, y de modo consciente, responsable y en relación interpersonal, después. Y ambos modos de interacción dejan huella en el sujeto, tanto a nivel genético como de la configuración orgánica.

Ese plus de realidad de cada hombre, distinta de la de los animales, se manifiesta como brechas, o aperturas, en el ciclo vital intereses-conducta, que le permiten abrirse “más allá del nicho ecológico” (Esquema 2). Tiene “mundo”, en cuanto que se relaciona con los demás y se hace cargo de la realidad y no sólo en función de su situación biológica. Aparece liberado del automatismo biológico y capaz de técnica, educación y cultura, con lo que soluciona los problemas vitales que la biología no le resuelve. Cada uno se agranda o se estrecha a sí mismo estas brechas o aperturas; por ello, los hombres no están nunca terminados. Las brechas se abren sin límite con los hábitos. La vida de cada hombre es trabajo, tarea a realizar y por tanto empresa moral.

¿Cómo puede la génesis de cada hombre -su construcción y desarrollo, y la maduración de su cuerpo- estar desprogramada y abierta respecto al fin biológico? La respuesta la encontramos en el hecho que manifiesta la biología humana: la vida de cada hombre tiene además del dinamismo biológico un dinamismo propio, o biográfico, que hace que su existencia no esté ni dictada por la biología, ni resuelta por ella. El entrelazamiento de la vida personal y la vida en su dimensión biológica es un nudo gordiano, que no se puede deshacer. Esa apertura del vivir de cada hombre y esas características corporales que lo posibilitan son los presupuestos biológicos, y no las causas de la libertad. Porque es libre puede liberarse del automatismo cerrado de la biología. El núcleo personal es libertad: en su origen mismo se le ha donado el ser en propiedad por ello el viviente humano es un "quien” que dispone en propiedad de la naturaleza humana común a todos los hombres. La inteligencia y la voluntad son las ventanas por donde manifiesta quién es. El dinamismo de la vida en cuanto “yo” procede del viviente con carácter personal y crece por los hábitos intelectuales y virtudes morales. Es así el modo en que se refuerza, potencia, eleva, inspira, insufla libertad, amor al dinamismo de la vida recibida de los padres. No son dos vidas autónomas ni se trata de una doble vida.

Ese vivir mas o “plus” de la vida de cada hombre no es un segundo principio de vida. Obviamente, la información para la construcción de un organismo que es cuerpo humano está contenida en el mensaje genético que cada viviente humano recibe de sus progenitores. El cigoto humano tiene carácter personal porque es un cuerpo de hombre. Y el cuerpo del hombre es siempre un cuerpo humano: abierto y no cerrado en su biología, con "pobreza" de especialización e indeterminación biológica y por ello potenciado por el dinamismo de la propia libertad. Es el carácter personal de cada individuo lo que potencia con libertad su principio vital; desprograma, abre la existencia con respecto al mero fin de la vida biológica. En la concepción de cada cigoto el principio de vida generado desde la dotación genética heredada de los padres queda liberado del automatismo biológico. Obviamente, las manifestaciones de la persona sólo pueden hacerse explícitas a un determinado y gradual nivel de desarrollo y maduración corporal, pero cada cigoto humano se desarrolla como hombre y no a hombre.

Lo específico humano es por tanto inherente, ligado a la vida recibida de sus progenitores y no mera información que emerge del desarrollo. Las notas descritas por la biología que describen el carácter de persona, y con ello el fundamento de la dignidad humana, no es otorgado por las acciones del sujeto, sino que es algo previo a éstas. Algo que le es dado con su concepción. Por tanto, en cuanto se inicia un viviente humano -se inicia la emisión de un nuevo mensaje genético humano- existe un ser personal. Con independencia de las creencias religiosas, la biología humana, como ciencia, reconoce la presencia en los individuos de la especie Homo sapiens de un dinamismo vital abierto y desprogramado y propio de los individuos de esa especie. Sea cual sea el origen de esa inespecialización e indeterminación biológica de los humanos (que no le compete a la ciencia biológica esclarecer), la ciencia biológica humana aporta al progreso científico un imperativo ético bien preciso: cualquier manipulación biológica, por noble que sea el fin que persigue, ha de ser de tal naturaleza que ningún ser humano sea tratado exclusivamente como medio, como esclavo, porque pertenece a cada ser humano determinarse a sí mismo. Porque el ser humano no sólo decide, sino que se decide.

5. El carácter personal de la transmisión de la vida humana.

La “libertad” de la naturaleza humana, la indeterminación frente al automatismo del instinto animal, muestra la radical diferencia de la transmisión de la vida humana frente a la reproducción zoológica en función de la especie. En efecto, la biología humana muestra la liberación del automatismo biológico del engendrar humano. La transmisión de la vida humana no está en función de la especie. Ni ajustada por el instinto, ni reducida a los individuos mejor dotados por la biología, ni pautada por selección natural a la adaptación al entorno.

Un varón y una mujer se hacen potencialmente fecundos, una caro, en la expresión propia del amor sexuado. El acto de unión corporal, que permite engendrar, coincide plenamente con el gesto natural de expresar el amor especifico y propio entre un varón y una mujer. No tienen que añadir nada al gesto corporal que expresa el amor sexuado -y por el que se manifiesta y consuma plenamente la entrega de la propia intimidad- para que éste sea fecundo: es un “nudo gordiano” atado por la naturaleza, y por ello no desatable si no es cortándolo violentando la naturaleza. La biología propia de un ser no cerrado en el automatismo de la vida zoológica hace inseparable de suyo lo unitivo y procreativo del engendrar humano, al liberarle del determinismo animal encerrado en el mero fin reproductor.

En el hombre el gesto unitivo no está cerrado como fin en sí mismo de transmitir vida sino que está abierto a una relación interpersonal libre que a su vez le abre a la impredecible historia de la relación paterno-filial. Un acto cuyo efecto no es el resultado ni de un simple mecanismo biológico, ni de una imposición de la voluntad. El hijo es un don a un varón y una mujer que dan vida al dar su vida, al entregarse y recibirse mutuamente.

Porque naturalmente se da esa coincidencia intrínseca, la ciencia muestra la realidad de una biología del engendrar humano no encerrada en el fin reproductor (Esquema 3). En efecto, en el animal se asegura la reproducción en función de dar descendientes que mantengan la especie, mediante el determinismo biológico temporal de la “época de celo” con el tiempo fértil de la hembra. Por el contrario, en los hombres la atracción hacia la persona del otro sexo está liberada de ese determinismo biológico que acopla en el tiempo instinto reproductor con fertilidad.

El tiempo de fertilidad humana femenina es corto en relación con el número de años vivido. Sólo para un viviente capaz de amar y entregarse tiene sentido que la vida en relación familiar, de amistad, profesional, etc., se prolongue más allá de la edad fértil. Signo de un viviente con misión personal, propia, que no vive y se reproduce encerrado en la obligación de vivir para mantener la especie. Es la lógica biológica propia de la condición de la maternidad, la que exige edad suficiente para el uso de razón a fin de educar a los hijos, y juventud suficiente para una vida familiar de los hijos necesariamente larga, puesto que la criatura humana nace más inacabada y más prematura que ninguna otra.

Los rasgos de la corporalidad sexuada son específicamente humanos. La peculiar menstruación femenina tiene sentido en razón del peculiar significado de la sexualidad humana, abierto y liberador del automatismo zoológico. Es el único signo externo percibible del ciclo femenino de fertilidad, a diferencia de los animales en que el tiempo de la fertilidad es advertida por cambios físicos y de comportamiento que marcan el reclamo instintivo. Es un signo oculto para el automatismo biológico y sólo racionalmente puede ser buscado y conocido, haciendo de la paternidad-maternidad un proyecto personal. La capacidad procreativa de una persona tiene poco que ver con la situación física en cuanto adaptación biológica a un entorno. La fuerza de la selección natural ha estabilizado en los animales un número optimo de descendientes para asegurar la especie que equilibra, en su entorno, una suficiente variabilidad genética con un ahorro de alimentos y atención de las crías en desarrollo. A cada hombre no le viene dado por la biología una tasa de natalidad. La familia es proyecto personal de uno y una.

Esa desprogramación natural, que permite la apertura personal a la reacción paterno-filial, es coherente y signo de que Dios confía a los progenitores cada criatura humana, que es hijo de Dios e hijo de los padres. El hijo es un don y fruto de la entrega amorosa –no de un instinto automático- y así sólo Dios puede dar cuenta de por qué “éste” y no cualquier otro de los posibles hermanos. Es decir Dios da cuenta de la llamada a la existencia de cada una de las personas y con ello queda enraizada de manera radical la dignidad de cada uno de los hombres. Se puede ofender a un hombre en su dignidad, pero nadie se la puede arrancar.

La grandeza que encierra el origen de cada hombre (por Amor de Dios y en el amor de los padres) exige no cortar el nudo gordiano cerrando el amor personal a la vida, o generando el hijo sin engendrar. Esa coincidencia natural indica que el ámbito plenamente digno de ser origen de un ser humano es la intimidad de la una caro de sus progenitores, con todos sus factores de imprevisibilidad y azar. Ser engendrado es un derecho y no es un objetivo neutro para el concebido. No basta ser producido a partir de los gametos donados por los padres. De ahí la gravedad del sustituir el engendrar humano por un proceso técnico a partir de los gametos de un varón y una mujer.

El único ámbito digno de ser origen de un ser humano es la intimidad de la una caro. Los cuerpos personales de los padres son los autores del cuerpo vivo del hijo. La una caro crea el ámbito de intimidad donde se confecciona el don de una vida personal, que incluye la vida biológica pero que es mucho más. Podemos afirmar que la coincidencia natural hace que la una caro sea el espacio procreador que forma parte crucial de la identidad del hombre y que incluye la identidad biológica heredada sin condiciones. De ahí también la fuerza de las relaciones familiares: ser hermanos es más que compartir una única herencia genética. La fuerza del lazo de la fraternidad es participar en el mismo origen, proceder de una misma una caro.

6. El primer viaje de la vida en la madre.

Ser engendrado en la madre y comenzar la vida en el seno materno no es indiferente para la vida del hijo. El “encendido” de la vida del hijo está ligado al reconocimiento y activación mutua de los gametos de los padres que maduran y se preparan en la madre e inician el diálogo molecular natural y fecundo. Y de inmediato y a lo largo de la primera semana, el hijo recién concebido realiza el primer viaje de la vida desde el lugar natural de la concepción al útero materno. Madre e hijo se preparan a través de un intimo diálogo molecular para la peculiar vida en simbiosis de la gestación que le permite anidar en ella: ocupar su primera habitación en el mundo.

Este diálogo molecular alimenta y orienta el crecimiento del cuerpo del hijo y permite que sea acogido en el hábitat materno y tolerado inmunológicamente por ella. El embrión envía señales que son respondidas por la madre produciendo moléculas que instan a crecer y orientan el desarrollo. El hijo crece y se desarrolla siguiendo la información genética de su propio genoma, pero requiere de la madre no sólo los nutrientes, sino también algunos de los factores necesarios para que se expresen, de forma regulada, sus propios genes. Para ello el feto ejerce efectos profundos en la fisiología materna a través de las hormonas que fabrica éste, o más tarde en su placenta, y que pasan a la circulación de la madre.

En los cuatro o cinco primeros días de vida, mientras el embrión se mueve a lo largo del oviducto hacia el útero se expande dentro de la zona pelúcida. Durante esta etapa, la zona pelúcida evita que se adhiera a la pared del oviducto. Cuando el embrión llega al útero, debe “eclosionar” de la zona de modo que pueda adherirse a la pared uterina; y no lo hace de cualquier manera. En esos días de viaje preparan la primera “cuna”. En el útero aparecen proteínas que son receptores que reciben al embrión por su dorso por interacción específica con componentes de éste.

Tan pronto como se adhiere al epitelio del endométrio uterino, la capa más externa del embrión comienza a proliferar rápidamente y unas extensiones invaden el tejido materno en busca de alimento. La madre recibe al hijo sin que este suponga señal de peligro. En el diálogo molecular de ambos durante el viaje se realiza el fenómeno de la tolerancia materna a la mitad del hijo que no es de ella sino del padre. En la fecundación natural no hay un rechazo del embrión, como si este fuera para la madre un simple injerto, pero tampoco como si se tratara de una parte del cuerpo materno. El hijo se presenta, presentando a su padre y toda una red de sustancias actúa localmente para mantener la tolerancia inmunológica de la madre para el niño que gesta; y cada embarazo sucesivo favorece la tolerancia inmunitaria de la madre hacia lo paterno de los tejidos del hijo.

Cuando se genera in vitro y luego se transfiere al útero el embrión no hace este recorrido en la madre. Precisamente, la imposibilidad de diálogo molecular del embrión con la madre, en esos primeros días de vida impide la acogida materna y la preparación del embrión para ser capaz de inducir la tolerancia materna. Hacen del hijo un injerto extraño a la madre, y la respuesta defensiva de ésta causa su rechazo. De ahí la difícil anidación del embrión generado in vitro y transferido a la madre uterina, que no le ha engendrado.

En el encuentro con la madre, en diálogo molecular acompasado al ritmo de la vida materna, se prepara para el último terminado de cada hombre, la “urdimbre afectiva”, que le dota para asimilar y asumir la vida personal abierta y libre.

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Natalia López Moratalla - Catedrática de Biología
Directora de la sección de Biología humana y Antropología humana de Arvo Net.

Agradecemos a la fuente: www.arvo.net 

 

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Paternidad-maternidad en la promoción

de la cultura de la vida

 

Dios a los padres les confía la vida, les confía engendrar. Toda criatura humana, hijo de Dios e hijo de sus padres, tiene derecho a la vida y derecho a ser concebida y nacer humanamente como fruto de un acto de amor signo de la donación reciproca personal, « de acuerdo con las leyes inscritas en sus personas y en su unión

»” (DV5).

 

Natalia López Moratalla

Catedrática de Biología

Consultas en Arvo Net

Arvo Net, 21 de abril de 2005

1. El sentido humano de la patermidad-maternidad.

 

 

La promoción de la cultura de la vida requiere recuperar el sentido de la condición

filial, de criatura amada por sí misma por Dios Creador y Padre. «Es esencial que el

hombre reconozca la evidencia original de su condición de criatura que recibe de

Dios el ser y la vida como don y tarea » (EV96). La vida humana es, por ello, algo

sagrado y la veneración hacia el Autor y Fuente de la vida se extiende también a la

mediación de su Palabra creadora (« ¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y

semejanza¡ ») con los progenitores. En efecto, Dios hace participes a los padres en

la creación del hijo en la medida en que delega en ellos la concepción(«¡Creced y

multiplicaros…! »). Dios les confía la vida, les confía engendrar. Toda criatura

humana, hijo de Dios e hijo de sus padres, tiene derecho a la vida y derecho a ser

concebida y nacer humanamente como fruto de un acto de amor signo de la

donación reciproca personal, « de acuerdo con las leyes inscritas en sus personas y

en su unión »” (DV5).

« Cuando se niega a Dios… se acaba fácilmente por negar o comprometer también

la dignidad de la persona humana y el carácter inviolable de su vida » (EV96). Hay

una estrecha relación entre el olvido de Dios y la perdida del profundo sentido de la

paternidad-maternidad humanas. Y, a su vez cuando la paternidad humana está

amenazada con experimentarse sólo como un fenómeno biológico, sin su dimensión

humana y espiritual, toda afirmación sobre Dios Padre queda vacía de contenido y

significado1.

Dios mismo ha querido manifestarse como Padre de quién “toma nombre toda

paternidad en los cielos y en la tierra”.« La paternidad humana ofrece una

anticipación de lo que es el padre y madre en el seno de la familia: el signo de la

paternidad de Dios » (CIC n.239). Dios trasciende la paternidad-maternidad

humanas ya que nadie es Padre como lo es Dios. « Pero el lenguaje de la fe se sirve

así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros

representantes de Dios para el hombre » (CIC n.239). Ciertamente, la paternidad

y maternidad humanas hunden sus raíces en la biología pero superan la biología.

De hecho, en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona.

Es decir, en la paternidad y maternidad humanas está presente Dios mismo, de un

modo diverso de cómo lo está en cualquier otra generación sobre la tierra. Tienen

1 Cfr declaraciones del Cardenal J. Ratzinger en Zenit, ZS 00031501).

2

en sí mismas, de manera esencial y exclusiva, una semejanza con Dios, sobre la

que se funda la familia humana entendida como comunidad de vida humana, como

comunidad de personas.

Esa comunidad personal, de amor entre un hombre y una mujer en orden a la

procreación, crea la institución del matrimonio, que es natural; es decir, invento de

Dios. En el proyecto original de Dios la paternidad y maternidad humanas están al

servicio de la vida engendrada. La entrega mutua y el amor mutuo de los cónyuges

no se reduce a las meras relaciones sexuales, ni está al servicio exclusivo de las

aspiraciones de bienestar individual de ambos, sino que se traduce en procreación y

educación de los hijos. La familia tutela los derechos inalienables de la persona: el

derecho a la vida y el derecho a ser engendrado en la entrega personal de los

padres. Y de esa forma la familia, según el designio de Dios es el «santuario de la

vida » (EV6).

La cuestión de la autonomía del hombre

La cultura de la vida ha de superar la actitud de quienes mantienen una fuerte

resistencia a admitir que la medida de la racionalidad del universo no es la

inteligencia humana y menos aún la racionalidad técnica, empobrecida a su vez al

reducirse a sí misma a lo que es demostrable por medio de la experimentación

científica. El prestigio de la ciencia y la técnica derivada de ella lleva a poner la

confianza exclusivamente en esta forma de raciocinio que tiene necesariamente que

descomponer la realidad para analizarla y después crecomponer lo diseccionado.

Es, precisamente, en ese volver a componer donde cabe el peligro de reformular el

proyecto original, cambiar el sentido propio, es decir vaciarlo de sentido.

Lo común de las afirmaciones a favor del aborto, de la eutanasia, de la fecundación

artificial, de la creación y destrucción de embriones humanos, o de la clonación

humana, es la pasión de dominar “técnicamente” la vida y la muerte. Y su raíz la

pasión de autoarfirmación característica del hombre autónomo, que se revela

contra el hecho de deberle a alguien la existencia, de ser criatura, de ser hijo. La

lógica de la autonomía lleva a que si el hijo reniega de ser hijo (“yo no he pedido

nacer”), el padre reniega del hijo hasta el límite de disponer de su vida y de su

concepción2.

Desde la perspectiva de la autonomía del hombre el mundo natural es un mundo

irracional, sin significados y sin sentido. Por ello dejarían de existir derechos

humanos universales arraigados en la naturaleza humana que digan algo

importante y esencial sobre la vida verdadera de todos y cada uno de los hombres.

Al querer convertirse en dador de sentido a la realidad creada es un factor clave de

la violencia de la cultura de la muerte. Al hombre, creado a imagen de Dios, no le

viene dado en forma de instintos cómo vivir. Si pierde su instinto específico, la ley

natural, que es luz de la inteligencia de cómo es, y por tanto de cómo vivir,

degenera realmente a fuerza destructora ciega. Por el contrario, si atiende a la

verdad de la realidad misma es capaz de comprender la realidad sobre sí mismo y,

por ello, conocer la verdad acerca de qué comportamientos son acordes y cuáles

por el contrario le hacen inhumano.

La alianza con el poder de la técnica

La crisis de la paternidad y de la maternidad que vivimos, y que amenaza al

hombre en el fondo de su humanidad, está íntimamente ligada al poder

2 < Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se

dispone a la eliminación del otro cuando no reconoce ni respeta su vinculo constitutivo con la verdad>

(EV19).

3

tecnológico. La farmacología de la reproducción al servicio de la revolución sexual

de los años sesenta debilitó la intima relación paternidad-filiación y esa fractura ha

alcanzando las cotas que predijera Pablo VI en su profética encíclica Humanae

Vitae. Después, una visión pobre y pragmática, deslumbrada con el poder que

otorga una tecnología poderosa, llevó a arrogarse el sustituir personalmente a

quienes tienen algún problema de esterilidad, en vez de ayudarles a engendrar

curándoles.

Si bien es imposible no ser hijo de nadie y no deber la vida a otro, sí es posible,

con la intervención técnica sobre la fisiología de la reproducción, la anticoncepción,

la producción en el laboratorio de hijos de donantes de gametos, detener la vida

incipiente por congelación, etc. El misterio del comienzo de la vida de una criatura

humana se redujo en el pensamiento y en la práctica a manipular el proceso

fisiológico de la reproducción, como una mera opción.

De las pérdidas consentidas de vidas humanas y la producción en exceso de

embriones para seleccionar, se ha pasado a querer ignorar la problemática humana

de los hijos de padres anónimos, o de los buscados en beneficio de terceros. Es

decir, es posible disponer del hijo reinventando el proyecto original de la

paternidad-maternidad3.

El “individuo autónomo” crea su propia ética; y esa ética decidió que aquello que la

tecnología científica fuera capaz de hacer para “otorgar la felicidad de la

paternidad”, no sólo era de suyo lícito, sino que tenía obligación de hacerse. Y esta

suprarresponsabilidad llevó años después a proponer que hay obligación moral de

investigar con los embriones humanos producidos in vitro, porque es una

posibilidad de dar salud a otros en un futuro. Más aún, se pretende que sea

obligación generar copias humanas, sin padre ni madre, mediante la tecnología de

la clonación, si esto ofrece alguna ventaja a la investigación biotecnológica. La

intervención es siempre ambivalente y por ello, no es autónoma como guía. Más

aún, la mentalidad intervencionista trata continuamente de aumentar la distancia

entre lo naturalmente dado y lo artificialmente realizable, imponiendo a la realidad

sus propios proyectos no naturales.

Toda la carga moral recae así en el fin de la acción, en la intención, pero no en lo

que se hace; y, con ello, la moral se reduce a la técnica. La racionalidad técnica

sobrepone, o impone, los propios fines sin reconocer el carácter y significado propio

del hecho natural, previo a la propia intencionalidad; sin reconocer el carácter y

significado moral de la acción en sí misma, independiente de toda posterior

intencionalidad. Así, la aventura del espíritu que culmina en la civilización técnica

pretende una ética no limitada en sus juicios por alguna finalidad natural.

El eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona.

La cultura de la vida ha de recuperar la confianza en el conocimiento que aporta la

Revelación y la Encarnación del Verbo sobre el proyecto del Amor Creador de Dios

hacia los hombres.

El proyecto de Dios resuena (« tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón

del hombre » (EV2), y le hace capaz de conocer el derecho a que la vida y el origen

de cada hombre sea respetado en todo su valor, como bien primario. El reto es

3 <El resultado al que se llega es dramático:si es muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamiemtos tan graves, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida

humana> (EV4).

4

mostrar aquello que las cosas son en relación con el plan de Dios, superando el

déficit de inculturación de la fe cristiana que existe en la sociedad tecnológica

actual, que se caracteriza, precisamente por su pretensión de que nadie ponga un

límite intrínseco a la investigación médica y científica.

No obstante, toda persona es capaz de percibir el misterio mismo del hombre: la

desproporción entre la acción que permite la fusión de los gametos de sus

progenitores y el fruto, que es nada menos que un hombre dotado de inteligencia,

libertad, capacidad de amar, de relaciones personales, de heroísmo y miseria.

Ciertamente, la percepción de la grandeza del hombre está en muchos anestesiada

por la llamada “medicina del deseo” con sus pretensiones de desmontar la vida y

montarla de nuevo. No obstante, hace falta una buena dosis de ceguera para

traspasar la última frontera y querer hacerse a sí mismo dueño de la vida y de la

muerte. Por ello el proceso, que trata de re-inventar la verdad del hombre, no es

irreversible. Es posible una ciencia no cerrada en sí misma sino abierta a lo que la

realidad dice. Es posible dar cuenta de la dimensión propiamente humana del

cuerpo, que es justamente una dimensión inalcanzable por la consideración

meramente científico-positiva.

La argumentación moral exige descubrir, con rigor científico, el significado natural

del hecho biológico de la transmisión de la vida, sin confundirlo con el que quiera

dársele en las posibles manipulaciones biotecnológicas; y así poder el hecho

biológico en relación el sentido propio que tiene en la unidad del ser humano. Sólo

entonces aparece el significado natural humano escrito en su biología: dotado de

libertad y de este modo abierto y capacitado para responder. Esa apertura, o

liberación del encerramiento en lo biológico, es ley natural del hombre.

La valoración de la intervención técnica en la biología humana exige poder dar

cuenta de que el actuar humano no es simplemente instintivo o automático, sino

libre. La corporalidad humana tiene en todos sus aspectos una indeterminación de

lo puramente automático que hace que el cuerpo del hombre sea siempre un

cuerpo humano, nunca un cuerpo a secas. Por eso en el hombre no vale como

referencia simplemente la ley de la naturaleza, si esta es considerada al modo de

las determinaciones que observamos en los animales como «racionalidad

inconsciente». El cuerpo humano, que es objeto de la biología, escapa a esas

determinaciones, ya que ni es pura biología ni es materialidad conducida por el

espíritu. La afirmación de la unidad del compuesto humano (materia-espíritu,

cuerpo-alma) encuentra una manifestación experimental en la deficiencia que tiene

el hombre en el campo instintivo y, en general, en la debilidad biológica del

hombre. Esta debilidad es compensada por la razón, un elemento radicalmente

novedoso en el mundo de la vida.

2. La biología humana y la ley natural del hombre: presupuestos biológicos

del don de la libertad.

La biología humana es capaz de mostrar que cada ser humano tiene un origen que

no está sumergido en los procesos naturales de la fisiología de la reproducción,

abriendo al misterio y ayudando a leer lo que está escrito en el corazón humano. En

efecto, la biología humana pone de manifiesto que la relación a Dios esta inscrita en

la biología de cada persona y en la estructura misma de la transmisión de la vida.

Se trata, por tanto, de buscar el significado natural del hecho biológico.

La pobreza instintiva o biológica del hombre

El cuerpo del hombre muestra rasgos morfológicos y funcionales muy peculiares. En

primer lugar, la criatura humana nace siempre en un parto prematuro, sin acabar,

y necesitada de un “acabado” en la familia. Más aún, la construcción y maduración

5

del cerebro de cada hombre no está cerrada, sino abierta a las relaciones

interpersonales y a la propia conducta. Tiene una enorme plasticidad neuronal. Por

todo ello está necesitado para ser viable y para alcanzar la plenitud humana de

atención y relación con los demás. Cada uno de los hombres es un ser

inespecializado, más desprogramado que el animal, y por ello no está estrictamente

sometido a las condiciones materiales. El actuar humano no es instintivo y

automático aún en las tendencias naturales más pegadas a la vida biológica. El

viviente humano está abierto y no está nunca terminado. Ese plus de realidad de

cada hombre, distinta de la de los animales, se manifiesta como brechas, o

aperturas, en el ciclo vital intereses-conducta, que le permiten abrirse “más allá del

nicho ecológico”. Se hace cargo de la realidad y no sólo en función de su situación

biológica.

Aparece liberado del automatismo biológico y capaz de técnica, educación y cultura,

con lo que soluciona los problemas vitales que la biología no le resuelve. Cada uno

se agranda o se estrecha a sí mismo estas brechas o aperturas; por ello, los

hombres no están nunca terminados. Las brechas se abren sin límite con los

hábitos. La vida de cada hombre es trabajo, tarea a realizar y por tanto empresa

moral. La biología humana muestra, por tanto, que la vida de cada hombre tiene

además del dinamismo biológico un dinamismo propio, o biográfico, que hace que

su existencia no esté ni dictada por la biología, ni resuelta por ella.

El entrelazamiento de la vida personal y la vida en su dimensión biológica es un

nudo gordiano, que no se puede deshacer. No son dos vidas autónomas, ni se trata

tampoco de una doble vida. Las características corporales que posibilitan el vivir de

cada hombre son los presupuestos biológicos, y no las causas de la libertad. Porque

es libre puede liberarse del automatismo cerrado de la biología; de forma que no

existe propiamente una vida animal del hombre, porque el cuerpo del hombre es

siempre un cuerpo humano. De ahí que el cuerpo humano tenga una racionalidad

propia, una referencia al carácter personal4.

¿Qué transmiten los progenitores al transmitir la vida humana?

Los progenitores transmiten una información genética; un lenguaje o secuencia de

los sillares del DNA de los cromosomas que, a su vez, crea o “dicta” estructuras

orgánicas ordenadas y progresivamente más complejas en el desarrollo individual.

Los progenitores aportan el sustrato material en que está escrito ese mensaje

genético. Cada uno de ellos aporta, como material propio, una mitad no idéntica de

cromosomas y que juntas constituyen una versión completa del patrimonio genético

heredado por el nuevo individuo de la especie. El patrimonio genético heredado de

los progenitores, de uno y una, es la base de la identidad biológica de cada

individuo de una especie.

Desde ese sustrato material de la información genética se constituye un nuevo

individuo, en el proceso de fecundación de los gametos. El mensaje genético

contenido en el soporte material comienza a emitirse (es decir, a expresarse la

información de los genes) de manera unitaria armónica y coordinadamente. Se

inicia así la existencia del nuevo individuo con la emisión del programa (sucesión

ordenada de mensajes) que mantiene la unidad del viviente porque permite la

diferenciación armónica y sincronizada de las diversas partes del cuerpo. Es el

principio vital de cada viviente, o alma, en la Biología clásica. Ahora bien, lo que se

transmite de padres a hijos no es el principio vital sino la información genética

contenida en los cromosomas de los gametos. Con la concepción hay un encendido,

4 En el punto 23 la EV señala como manifestación del eclipse de Dios que <el cuerpo ya no se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones con los demás, con Dios y con el mundo>

6

una puesta en acto, un arranque de la expresión de la información de los genes, un

comienzo de la vida de un nuevo individuo.

El cigoto, el recién concebido, es un organismo, un cuerpo: el recién concebido es

todo el individuo, con las características propias de su tiempo cero de vida y capaz

de desarrollarse por completo.

La vida humana, transmiten los progenitores, tiene un comienzo en el tiempo con la

actualización de la expresión del mensaje genético heredado y ese patrimonio porta

la información necesaria para constituir un cuerpo que es humano. Por ello, el

origen de cada hombre plantea la cuestión de que cada uno es capaz de novedad

radical, cada uno posee una realidad especifica y distinta de la de los animales. Y a

su vez, la operatividad más específicamente humana requiere un largo periodo de

tiempo de maduración del cerebro, incluso años después del nacimiento, para

aparecer en plenitud. Ese elemento nuevo, no presente en los animales, la

relacionabilidad o apertura, que no es simplemente más información genética. Se

trata, por tanto, de rastrear el significado de la vida, del hecho biológico peculiar

del cuerpo humano: abierto a más posibilidades que las que la biología ofrece, a

pesar de que su patrimonio genético posee muy pocos genes nuevos con respecto a

los animales más próximos. Las facultades específicamente humanas como el

habla, el conocimiento intelectual, la voluntad y la capacidad de amar, son

facultades no ligadas directamente a un órgano, ya que están abiertas a

desarrollarse mediante hábitos y no por el simple desarrollo corporal. Por tanto,

cada hombre posee otro tipo de información que es suya, personal y no igual para

cada uno de los individuos.

En cada hombre existen, por tanto, dos dinamismos constituyentes distintos: el

propio de su naturaleza biológica, que se rige por las leyes de la biología, y el

propio de su libertad personal que no crece paralelo al desarrollo corporal. La vida

humana que le transmiten los progenitores aporta la información capaz de

constituir un cuerpo que es indeterminado e inespecializado, y cuyo dinamismo está

abierto a la relación con el mundo y con los demás. Esto es, el principio vital de

cada uno aparece potenciado con libertad; ese plus, el carácter personal,

indetermina la vida biológica convirtiéndola en biografía personal. No es un

segundo principio de vida: es inherente. No es, sin más, información genética, sino

que indetermina la información genética de cada viviente humano. No es “otro”

principio vital que le viene con el tiempo, sino potenciación del principio de vida

generado desde el material genético transmitido por sus padres, con la constitución

misma del patrimonio genético. Por ello, el carácter personal no emerge con el

desarrollo corporal.

Obviamente no existe una “propiedad biológica” que explique la apertura libre,

intelectual y amorosa de los seres humanos hacia otros seres. Quienes no aceptan

una intervención de Dios, que crea a cada hombre otorgando el ser personal a cada

concebido humano, han de admitir que sobreviene algo que no está contenido

directamente en la información genética. Es decir, si el plus del ser personal tuviera

necesariamente que emerger de la configuración de los materiales, la apertura

personal, el psiquismo humano, la vida del espíritu que de hecho se da en los seres

humanos, no tiene explicación. Como no tiene explicación una transmisión de vida

humana que fuese mera reproducción, ya que a diferencia de los demás seres los

humanos no reproducen íntegramente su naturaleza en nuevos ejemplares de su

especie. Ese plus de cada hombre, que se manifiesta como brechas o aperturas en

su ciclo vital intereses-conducta, le permite abrirse “más allá del nicho”, y hacerse

cargo de la realidad en sí misma y no en cuanto su propia biología. De esta forma

la Biología humana abre la puesta al misterio del origen de cada hombre,

planteando la cuestión de la fuente de la que procede esa novedad radical, el

7

carácter personal, que no emerge con el desarrollo de ese cuerpo que tuvo su

comienzo en el tiempo con la fecundación de los gametos de los padres.

3. La transmisión de la vida humana y su carácter personal.

La biología humana también muestra cómo el engendrar humano está liberado del

automatismo biológico de la reproducción animal. La transmisión de la vida humana

no está en función de la especie; ni ajustada por el instinto, ni reducida a los

individuos mejor dotados por la biología, ni pautada por selección natural a la

adaptación al entorno. Un varón y una mujer se hacen potencialmente fecundos,

una caro, en la expresión propia del amor sexuado. El acto de unión corporal, que

permite engendrar, coincide plenamente con el gesto natural de expresar el amor

especifico y propio entre un varón y una mujer. No tienen que añadir nada al gesto

corporal que expresa el amor sexuado −y por el que se manifiesta y consuma

plenamente la entrega de la propia intimidad− para que éste sea fecundo. Puesto

que de forma natural, y no meramente cultural, se da esa coincidencia intrínseca, la

ciencia muestra la realidad de una biología del engendrar humano no encerrada en

el fin reproductor. La transmisión de la vida biológica no es una necesidad de la

persona.

No existe en los seres humanos el determinismo biológico temporal que acopla la

“época de celo” con el tiempo fértil de la hembra. A diferencia con los animales, en

los hombres la atracción hacia la persona del otro sexo está liberada de ese

determinismo que acopla en el tiempo instinto reproductor con fertilidad; y a

diferencia de los animales los tiempos de la fertilidad no es advertida por cambios

físicos o de comportamiento que marcan el reclamo instintivo (color de plumaje,

olor, sonido, etc.). El tiempo de fertilidad humana femenina es corto en relación

con el número de años vivido. Signo de un viviente con misión personal, propia,

que no vive y se reproduce encerrado en la obligación de vivir para mantener la

especie y signo de la condición personal de la maternidad humana, que exige edad

suficiente para el uso de razón a fin de educar a los hijos, y juventud suficiente

para una vida familiar de los hijos necesariamente larga, puesto que la criatura

humana nace más inacabada y más prematura que ninguna otra. Más aún, la

peculiar menstruación femenina tiene sentido en razón del peculiar significado de la

sexualidad humana, abierto y liberador del automatismo zoológico. Es el único

signo externo percibible del ciclo femenino de fertilidad, a diferencia de los animales

en que el tiempo de la fertilidad es advertida por cambios físicos y de

comportamiento que marcan el reclamo instintivo. Es un signo oculto para el

automatismo biológico y sólo racionalmente puede ser buscado y conocido,

haciendo de la paternidad-maternidad un proyecto personal de uno y una.

La “libertad” de la naturaleza humana, la indeterminación frente al automatismo del

instinto animal, muestra la radical diferencia de la transmisión de la vida humana

frente a la reproducción zoológica en función de la especie. La dimensión corporal,

abierta y relacional, es elemento constitutivo de la personalidad humana y por

tanto signo de la presencia de la persona. En el hombre el gesto unitivo no está

cerrado como fin en sí mismo de transmitir vida sino que está abierto a una

relación interpersonal libre entre un hombre y una mujer, que a su vez les abre a la

impredecible historia de la relación paterno-filial.

4. Origen y comienzo de cada persona: paternidad-maternidad humanas.

La mirada atenta, desde la biología, a la realidad humana pone de manifiesto lo que

conocemos por el dogma cristiano de la creación individual y explícita de cada alma

nos dice que cada persona, que evidentemente es engendrada por sus padres y

aparece en un momento singular y concreto de comienzo, es al mismo tiempo

creada por parte de Dios. El origen de cada uno involucra de modo explícito la

8

fuerza creadora del mismo Dios, que otorga el carácter personal, al llamarle a la

existencia a vivir en relación con Él. La relacionabilidad es el elemento esencial del

ser personal. Y a su vez, la vida del hombre es espacio para responder personal e

insustituiblemente a la llamada que le puso en la existencia.

La creación es algo exclusivo de Dios y por ello la paternidad-maternidad es una

participación en el acto por el que Dios crea el alma de cada persona que llama a la

existencia. No es simplemente participar en el poder creador de Dios; lo que Dios

da a participar a los padres humanos es el poder del Amor creador, propio y

exclusivo de Dios, que llama a la existencia a esa persona singular que es el hijo.

La paternidad-maternidad es con-creación que causa el hijo, ya que el mismo

sujeto que es engendrado es creado directamente por parte de Dios: el término del

engendrar de los padres y de la donación del ser por Dios es la persona del hijo. La

paternidad-maternidad es una dimensión personal mucho más allá de una mera

capacidad biológica.

En efecto, el impulso de unidad que aparece entre un varón y una mujer que se

aman, los conduce hacia la unidad peculiar de la una caro. La coincidencia del gesto

de expresión natural del amor sexuado con el gesto que les hace potencialmente

fecundos, esa unidad, es reflejo de la Causa final de la criatura que es concebida.

Esto posee una significación intensa: es ley natural del hombre. Los procesos que

tienen lugar en la unión sexual de una varón y una mujer, no pueden ser

contemplados con independencia del amor que es el impulso natural de esa unión.

La eficiencia que se origina es esencialmente dependiente de la unión, que es por sí

misma, bondad, finalidad, telos para la criatura que es concebida.

Dios lo causa todo, es Causa incausada. Como fruto de la causalidad final aparecen

los aspectos de causalidad eficiente en el mundo. No existen demiurgos eficientes

que actúen al margen de la causalidad de Dios. Y sin embargo, a los padres

humanos, siendo primaria y fundamentalmente causa eficiente, les confía

engendrar el hijo participando de esta forma de creación que es exclusiva de Dios.

Esa unidad genera en sí misma una eficiencia procreadora: con-crean al

engendrar.  Los padres, que están en el principio de la existencia del nuevo ser

humano, se asemejan efectivamente, de un modo particularmente perfecto, al Dios

creador. Esta singular composición de la causalidad creadora de Dios y la facultad

generativa de los padres arroja una luz intensa sobre la naturaleza misma del acto

en el que los padres engendran.

La sexualidad es dimensión humana y está en un ámbito de una notable

determinación fisiológica y corporal, pues la ordenación a la fecundidad determina

muy exactamente cuál debe ser la conducta que la haga posible. En este sentido se

afirma que la sexualidad es un ámbito menos cultural que otros, donde las pautas

de conducta son mucho más variables. Así, por ejemplo, el modo de vestirse, o de

mostrar en los gestos la situación de fiesta, es muy variable de unas culturas a

otras. Pero el modo de expresar el afecto sexuado, es siempre y en todos los

lugares, aquel modo que hace posible la generación. Y al tiempo, por ser dimensión

de la persona la paternidad-maternidad no es sólo biológica y toda paternidad-maternidad

está de suyo al servicio de la vida. Es un acto personal cuyo efecto no

es el resultado ni de un simple mecanismo biológico, ni de una imposición de la

voluntad. Es un nudo gordiano que no se puede deshacer, que entrelaza la alianza

del Amor creador de Dios y la expresión corporal del amor de los padres con la

fecundidad de engendrar al hijo.

El derecho a ser engendrado y el derecho a la vida

Es ley natural escrita en el corazón del hombre el precepto del Señor de la vida “no

matarás”. Un ser libre, capaz de entregar su vida, no puede ser tratado sólo como

9

medio ni se le puede arrancar la vida. Sin embargo, el valor absoluto de la vida

humana incipiente, el respeto incondicional a la vida humana desde la concepción

ha sufrido en los últimos decenios el embate más duro de la historia justamente por

negar el carácter con-creador del engendrar humano. La promoción de la cultura de

la vida, especialmente de la vida naciente, exige recuperar la verdad de la

paternidad-maternidad, la verdad de la vinculación que existe entre lo unitivo y lo

procreador. La coincidencia natural indica que el ámbito plenamente digno de ser

origen de un ser humano es la intimidad de la una caro de sus progenitores, con

todos sus factores de imprevisibilidad y azar. O dicho de otra forma, es un derecho

de cada persona humana ser engendrado en el amor de sus padres.

El hombre autónomo, con su disenso de la HV, decidió abrir un espacio

asignificativo entre la unión corporal de los padres y la concepción del hijo persona.

Es decir, decidió que el origen en Dios de cada hombre es separable del comienzo

de la vida biológica. Con ello dejó de considerar sacra la transmisión de la vida

humana: no es una capacidad humana, sino un proceso biológico, manipulable. El

hecho biológico necesario –el inicio de un nuevo individuo de la especie humana- es

diferente del desarrollo temporal suficiente para alcanzar el carácter de persona. La

“libertad sexual” tuvo como precio el desprecio a la institución natural del

matrimonio como ámbito de la procreación y el desprecio de la vida del concebido.

De aquí que hacer resplandecer la verdad de la paternidad-maternidad sea de

forma directa promocionar la cultura de la vida. Es la alianza entre Dios y los

padres, lo que nos lleva a reconocer que los padres deben vivir una entrega mutua

completa, que refleje adecuadamente, con el lenguaje del cuerpo sexuado, la

comunión divina. El vínculo interpersonal de la una caro hace que la perspectiva de

la fecundidad sea el fin primario del matrimonio y al mismo tiempo la

complementariedad y la mutua felicidad no queden en una penumbra. Justamente

la nueva formulación del mismo principio (el fin primario es la prole) ha sido la

afirmación de la inseparabilidad moral de los aspectos unitivo y procreador del acto

conyugal. Este principio, que fue aducido por el Magisterio de la Iglesia en la

Humanæ Vitæ, y ha sido expresado de nuevo como principio de referencia, para

dar un juicio moral sobre las nuevas técnicas de fecundación artificial humana, en

la Donum Vitae.

En este principio se fundamentan las exigencias morales de la transmisión de la

vida humana por lo que es necesario conocer bien su significado. La rectitud de la

procreación implica de una parte, en el orden meramente físico o fisiológico, el

respeto a la ley propia del acto que debe ser abierto a la vida, por su significado

natural. De otra, ese acto tan cargado de sentido humano, no puede realizarse, de

acuerdo con la dignidad del hombre, sin asumir el sentido procreador que tiene. Si

se mira el proceso de la procreación con la mirada analítica de la ciencia positiva

que aísla los fenómenos y considera los actos en su complejidad y separabilidad

fisiológica y corporal, entonces sería muy difícil afirmar con seriedad que la persona

nace como fruto del amor de sus padres. Habría que decir que el amor de los

padres sólo ha sido origen de la unión corporal mientras que lo que acontece

después sería mero desarrollo automático de la situación creada por la una caro. No

es difícil esta reducción, puesto que hay un espacio entre la unión corporal y la

fecundación. Respecto a esta situación intermedia en la que ya no está la unión de

los padres, y todavía no está el hijo, la respuesta mecanicista diría que sólo están

los gametos dispuestos para la concepción. Si ésta fuera la respuesta decisiva,

habría que reconocer que la nueva vida que va a ser concebida es consecuencia de

unas células germinales que son «humanas», pero que de ninguna manera se

puede considerar que hay relación interpersonal. Pero en ese estado intermedio se

conserva la entrega mutua de los padres, es decir, que en el proceso fisiológico

intermedio está aún presente la entrega mutua de los padres. Está en marcha la

causalidad propia de la generación: está el hijo presente in causa. La afirmación de

10

que el hijo es fruto del amor de los padres, implica que en la entrega de los padres

a la fecundación y concepción del nuevo ser humano hay una continuidad que no

debe romperse.

Cada uno es llamado a la existencia en el amor de los padres.

Los animales reciben la naturaleza dotada de los instintos, que garantizan el

despliegue de las capacidades activas en el sentido de la propia finalidad. Pero el

ser humano es persona, titular de la vida recibida. Esto es, posee en propiedad la

naturaleza humana común a todos los hombres; no tiene instintos, ni está dotado

de pautas de acción que le vengan simplemente por la influencia externa.

La singularidad de la persona se debe a que su generación está unida a una

llamada creadora por parte de Dios. La relación personal de los padres en el

engendrar forma parte crucial de la identidad del hombre e incluye la identidad

biológica heredada sin condiciones. Porque son los cuerpos personales de los

padres los autores del cuerpo vivo del hijo, en la unidad de la carne se confecciona

el don de una vida personal, que incluye la vida biológica, pero que es mucho más.

Puede decirse que la estructura informativa que aportan los padres en la

concepción, el patrimonio genético, es como el precipitado material de la llamada

creadora a ese ser humano en concreto. Por ello la dotación genética es signo de la

presencia de la persona. Y por ello el criterio para determinar la identidad de un ser

humano es un criterio externo: la identidad del cuerpo como existencia continua en

el espacio y el tiempo.

La relación del hijo engendrado con los padres es análoga a la relación con Dios:

fruto de amores personales. Por constituir una alianza tan absolutamente singular

con Dios, participan, en la mirada del hijo, del carácter de aquello que no es

elegible ni pagable. De aquello de lo que un hijo no puede pedir cuenta. Es Dios

quien llama a la existencia a esa persona concreta y singular y encarga a los padres

engendrarla. Un hijo no puede pedir cuenta a sus padres de su existencia. Sólo Dios

puede dar cuenta de porqué ese hijo y no cualquier otro de los posibles hermanos.

Por todo ello, ser engendrado en la libertad de la naturaleza es un derecho y no

algo neutro para el concebido. Al origen de un hombre no le basta ser producido a

partir de los gametos donados por los padres. El sentido de la unión sexual no debe

ser descrito en términos de eficiencia, sino en términos de unión, de entrega

mutua.

Esta cuestión es de especial importancia en un mundo en el que la eficiencia es

independiente de la finalidad natural. En la procreación artificial las causas

eficientes serían los procesos técnicos. Demiurgos que, por ser pura eficiencia, son

esencialmente distintos de la causa final, es decir, del bien. Es precisamente frente

a este riesgo de la primacía de la eficiencia respecto de la finalidad, donde nos sitúa

la argumentación del Magisterio cuando apela a la inseparabilidad de los aspectos

unitivo (que es el aspecto de unidad, de bien, de causa final) y procreador (que es

el aspecto de eficiencia).

De ahí la gravedad tanto de cerrar la una caro a la vida, como de sustituir el

engendrar humano por un proceso técnico a partir de los gametos de un varón y

una mujer. Esto supone pretender vivir el amor personal y al margen de ese amor

producir el efecto de un hijo; y además habría que confiar la eficiencia a alguien

capaz de conseguirla técnicamente. La intervención técnica que se rige

exclusivamente por las normas de la causalidad eficiente, es decir, por las leyes

bio-fisiológicas es algo esencialmente desordenado, porque la dimensión de

eficiencia que el engendrar humano conlleva es algo dependiente de la unión. En

cambio, es lícita la intervención técnica cuando se trata de una ayuda al acto en su

propia naturaleza: en su unidad natural de significación. Para distinguir si la

11

intervención técnica es una ayuda o una manipulación, debe tenerse siempre en

cuenta en qué medida es involucrada la persona en esos procesos.

La paternidad responsable

La responsabilidad se refiere a la capacidad de asumir las consecuencias que se

siguen de las acciones propias. La palabra “responsable” ha venido a ocupar el

puesto, en el ámbito del discurso ético de una concepción de la moral muy

determinada, que ocupaba la palabra «bueno». Entonces con el calificativo de

responsable, se da a entender que la moralidad de las acciones se deriva

fundamentalmente de las consecuencias de los propios actos. La actuación buena

será aquella en la que el sujeto tiene adecuadamente en cuentas las consecuencias

de su acción, cuando es responsable, cuando es capaz de asumir las consecuencias

de sus actos.

Pero no es todo o, al menos, no es la referencia moral fundamental. La referencia

moral fundamental es la ley de Dios, el proyecto de Dios o el sentido natural del

acto mismo en su referencia a la persona. Cuando se habla de paternidad

responsable se trata de plantear como presupuestos dos convicciones

fundamentales. La primera es que el hombre y el mundo son creación de Dios y por

ello sus acciones están cargadas de sentido por la fuerza significativa de la

naturaleza. La segunda es que los efectos de las acciones humanas sobre el mundo

dependen en cierto modo del hombre, pero en definitiva están en las manos de

Dios, de forma que no toda la responsabilidad de cada una de las consecuencias de

sus actos recae sobre el hombre. Los hijos son hijos de Dios, más que hijos de sus

padres: aunque hayan sido engendrado por ellos, son, sobre todo, de Dios. Los

hijos son consecuencia de la actividad generativa por parte de los padres, pero la

persona humana no puede retrotraerse sencillamente al proceso fisiológico en que

fue generada.

El uso «responsable» del matrimonio, significa usar del matrimonio de forma que se

haga justicia a la naturaleza de ese acto humano. Es justamente el conocimiento

racional de la fertilidad natural de la mujer lo que permite la paternidad como fruto

responsable del respeto a la ley propia del acto y no únicamente de la finalidad que

se pretenda. Como partícipes de una fuerza superior, la persona del hijo que ha

sido concebido y dado a luz, es más un don que el simple fruto de un proceso

natural. Los propios hijos no son una posesión.

La energía vital de la paternidad-maternidad humana no radica en una suficiente

dotación orgánica y biológica, y menos aún es asunto de recursos económicos. La

vida de comunión entre el padre y la madre es la que han de poseer con la

suficiente plenitud, ya que es la fuente de vida que deberían transmitir. Esa unidad

de amor origina una energía vital singularísima. La intensidad como fuerza de

cohesión no es ni del padre solo, ni de la madre sola, ni tampoco se puede atribuir

a la suma de los dos. Es la vida común la que es fuerte para unificar: una fuerza

que emana de un único principio. Ser hermanos no es sólo ni principalmente

compartir el patrimonio genético heredado de los mismos progenitores, sino tener

el origen en la misma fuerza vital de una misma una caro. Por eso, los lazos

familiares pueden ser adoptados desde la fuente de vida de una comunión de amor.

Quienes realizan ese acto, asumiendo su sentido antropológico de donación, se

convierten por eso mismo en personas entregadas la una a la otra. Por esto el

sentido del acto conyugal es principio de una situación entre dos personas que, a

partir de ese momento se pertenecen mutuamente, son matrimonio. Por esto se

dice que el matrimonio es una institución «natural», es decir, basada en el alcance

específico de la una caro.

5. La maternidad y la paternidad al servicio de la vida engendrada.

12

La respuesta a la llamada de Dios a la existencia

La realidad personal tiene un carácter itinerante ya que la vida recibida es don y es

tarea. El designio de Dios al llamar a un hombre a la existencia no se cumple sin

más con su concepción y su desarrollo. Toda criatura humana tiene que responder

a la llamada; le compete aceptar su propia creación. Desde la visión mecanicista la

persona no es más que un mecanismo sofisticado, en el cual se pueden inducir

determinadas influencias para completar la deficiencia que tiene en su origen. Y así,

se supone que con el desarrollo corporal, y las relaciones culturales y sociales,

emerge la autoconciencia. Sin embargo, la subjetividad tiene una forma de nacer a

la conciencia, que es la forma de la respuesta. La persona humana es creada por

una llamada, es decir, se constituye como respuesta a una llamada, y por tanto se

constituye como tensión hacia un fin que ha de ser asumido personalmente.

Pero la conciencia despierta, no emerge. El despertar de la conciencia personal se

da en el reconocimiento, por parte del niño, de la mirada amorosa maternal-paternal

y su respuesta con la felicidad radical de la primera sonrisa, como han

descrito los poetas. La primera manifestación de la conciencia humana, su

despertar, tiene la forma de respuesta, sonrisa, a la llamada de un mirarle con

cariño. Lo primero que conoce es la otra persona, la mirada que le afirma, y es en

ese reconocimiento como despierta a la vida consciente. La conciencia de la

subjetividad, del yo, se despertara más tarde. Pero lo que se quiere expresar con

“yo nací tal día” o “mi madre supo que yo estaba en camino en tal momento” es

que la existencia de mi persona se retrotrae hasta ese origen aunque no pueda

recordarlo.

Ciertamente las neurociencias dan buena cuenta de la necesidad de ese modo de

acogida maternal y familiar, en las primeras etapas de la vida, para el desarrollo

cerebral y la armonización de la vida intelectual y afectiva. El desarrollo psico-fisico,

el aprendizaje, etc., requieren un ámbito de relaciones personales de textura

familiar, sin el que el niño sufre retrasos en su desarrollo personal. Esta peculiar

fisiología, indeterminada en su acontecer biológico y abierta a la acogida familiar,

es muy significativa. El despertar de la conciencia personal en el reconocimiento del

amor supone que el niño se reconoce a sí mismo como fundamentado en el amor;

percibe que ha entrado en el mundo como fruto de un amor, es decir, que ha

recibido la existencia de un modo absolutamente gratuito: el amor de Dios a él y la

alianza de Dios con el amor de sus padres.

Lo amorosamente gratuito es la propia existencia: el regalo esencial es el ser

mismo. Esto es lo que permite a la persona encontrarse en un mundo

esencialmente favorable, afirmativo, que es lo que necesita para vivir

personalmente. La mirada amorosa maternal-paternal es símbolo real del acto

creador de Amor divino, aliado con el amor humano, que despierta la conciencia y

aporta la confianza en que el mundo, el fundamento de su existencia, está cargado

de sentido, de bondad, de armonía. Tras ese despertar del hijo a la conciencia,

respondiendo a su amor, a los padres corresponde transferir la respuesta del hijo a

ellos hacia el amor de Dios Padre, “de quien toma nombre toda paternidad” que le

llama a la existencia y del que ellos son signo. La familia es Santuario de la vida.

5. La acogida de la vida engendrada.

Hasta ahora hemos considerado la paternidad-maternidad en cuanto simétricas; es

decir en cuanto que como personas humanas los dos, el padre y la madre, son de

la misma condición. Ahora bien, en cuanto esposo y esposa, la relación es

asimétrica. La unión sexual es unión asimétrica de dos polos distintos. El polo

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masculino y el polo femenino tienen un significado propio personal más allá, pero

no separable, del significado natural en la constitución de la unidad fecunda.

Es patente que respecto a la biología y a la fecundidad, es decir, respecto a los

hijos la posición del padre es radicalmente diferente de la posición de la madre. En

el cuerpo femenino se preparan y capacitan las células germinales del varón, se

realiza la mutua activación de los gametos y la concepción del hijo. La estructura

del cuerpo del hijo es trazada justamente en el gameto materno por el punto de

entrada del gameto paterno. Y la dotación genética que recibe de cada uno tiene

una impronta parental propia y especifica de cada progenitor y que cada hijo usa

selectivamente para autoconstruir su propio cuerpo personal, como varón o mujer.

El recién concebido requiere el entorno bien preciso de la madre para que se

establezca entre ambos el diálogo molecular que acompasa la vida del hijo con su

propio ritmo. Gracias a ese diálogo el hijo recorre el camino hacia el útero materno

mientras crece y ordena su cuerpo según los ejes (dorsoventral y cabeza-pies),

establecidos en su concepción.

Un aspecto esencial de tal diálogo es el que se dirige a establecer una

complementariedad molecular entre el dorso del hijo y una zona “acolchada” en el

útero donde anidar sin peligro de desorientarse. La radical perversidad de los

anticonceptivos abortivos se percibe desde su propio mecanismo de actuación:

cambiar las señales, manipular la comunicación con la madre de forma que cambia

la “torre de control” y el hijo se estrelle, muera y sea expulsado al exterior, sin

molestar a la madre y sin que el padre haya llegado a sentirse comprometido con la

vida que engendró. El seno materno insta al hijo a seguir viviendo, al aportarle las

moléculas que son señales para su supervivencia; estas señales impiden que partes

de su cuerpo entren en “apoptosis”, o muerte celular programada, que une muerte

y vida a lo largo de la existencia.

El otro aspecto esencial que se consigue a lo largo de ese primer viaje del hijo en la

madre es inducir en ella la tolerancia inmunológica hacia esa mitad del hijo que no

es la suya, sino la del padre. El hijo presenta a la madre esa mitad de sí que es

herencia de su padre y aprende a hacerlo “sin señal de peligro”. No despierta el

sistema de defensa materno, sino pide tolerancia para anidar, hacer su nido, en ella

y establecer durante la gestación una vida en perfecta simbiosis. La afirmación proabortista

de que la mujer tiene derecho a disponer de su cuerpo es siempre

recurrente; pero incluso la maternidad meramente biológica expresa en sí misma

algo muy distinto. El hijo está tan íntimamente unido a la madre que forma con ella

un único ámbito de vida; sin embargo no se disuelve en ella. El hijo, que su cuerpo

acoge y vive de ella, es un hombre en desarrollo sometido a la ley de su propio ser

personal. Ser padres no es meramente “producir vida” sino “dar vida a un hombre”.

Ninguno es dueño de esa vida; la persona del hijo es el titular de esa vida naciente

que está confiada a la custodia de los padres.

El hijo transfiere células propias a la madre durante la gestación; de esta forma

cada madre guarda en su cuerpo para siempre memoria de cada hijo. Y con ello

memoria del padre de sus hijos: memoria de la una caro5.

El sentido humano del diálogo materno-filial

El dialogo que se establece entre madre e hijo es intimo profundo y misterioso.

Ciertamente en primera instancia es molecular pero, dada la situación biológica

5 Es posible pensar que este guardar memoria biológica de los hijos propio de la maternidad, sea de alguna forma signo natural de la memoria de los hijos de Dios, del cuerpo místico de Cristo que, como expresa Juan Pablo II en “Memoria e identidad”, guarda María Madre y la Iglesia Madre (pags. 178 y ss,

Ed. la esfera de los libros, 2005).

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primordial de la criatura humana de carencia biológica, ese dialogo tiene un sentido

personal. En efecto, predispone al hijo para el primer encuentro, que es afectivo, y

del que partira después su relación con los demás y lo demás; prepara la vida del

hijo a la apertura que hace humano al hombre. Como para todo ser vivo, la

existencia de cada persona arranca con la puesta en marcha de un programa de

expresión de la información genética aportada por los padres. Un principio vital

que, para cada ser humano, es potenciado en su mismo origen con el don de la

libertad que le capacita para responder a la llamada que le pone en la existencia.

Nunca acabado y siempre abierto, liberado de quedar encerrado en el determinismo

automático de lo meramente biológico, necesita las relaciones interpersonales para

crecer como hombre. Ese encuentro inicial y afectivo con la madre “ofrece, como

peculiaridad, la de preparar al ser vivo para un “último terminado” (“urdimbre”)

que le permite asimilar, incorporar, unas estructuras formales del ambiente a las

estructuras organizadas por la herencia, le dotan de una máxima capacidad de

adaptación dentro de su mundo peculiar”6. Una urdimbre que en el caso humano le

permite la vida personal, biográfica, creativa y cultural.

La biología humana aporta también este aspecto profundamente significativo del

carácter personal de la maternidad. Precisamente en razón de su implicación más

directa que la del varón con la transmisión de la vida, lo específico de la maternidad

es ser la primera habitación y atender a las primeras y perentorias necesidades de

la persona. La gestación de la vida engendrada es una unidad de sentido biológico y

de sentido personal. Es una afrenta al hijo producido in vitro detener su vida en el

frío, por muy poderosas que pudieran parecer las razones para hacerlo, incluso en

el caso de que pudiera asegurarse que la congelación no le daña físicamente. El

tiempo de la existencia es propio de la persona: es el tiempo dado por el Creador

para responder a la llamada, una llamada hecha en un momento histórico concreto

y que conlleva una con-vivencia y unas relaciones con otras personas.

La experiencia de los padres que abandonan los hijos, “congelados” a la espera de

que puedan encajar, o no, en el proyecto procreador que se han trazado, es una

trágica manifestación de hasta qué punto estas técnicas de reproducción artificial

debilitan la fuerza natural de la relación paterno-filial. También son trágicas las

realidades que se expresan con los términos “madres de alquiler”, “adopción

prenatal”, etc. El seno materno es la primera habitación habitable en el mundo

físico. Habitable o humanizado porque es acogida. Después de nacer, con rostro

visible para todos los demás, los encuentros con el padre le enseñan el camino para

vivir su vida, dominando y sometiendo el mundo según el designio de Dios. Un

designio que marca como ley natural que sólo se humaniza cada uno cuando se es

capaz de arriesgarse por el bien del otro. La Humanidad sobrevive descubriendo en

el débil la ocasión para crecer en humanidad; la oportunidad para darse que es la

respuesta propia del hombre. De ahí que la promoción de la cultura de al vida

requiera recuperar la grandeza del hombre, hijo de Dios, e hijo de sus padres.

 

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Ante la proliferación de "personalidades frágiles, fragmentadas, incoherentes" generadas por el pensamiento débil, propongamos un cristiano caracterizado por "una identidad clara y firme".
     
En la actual sociedad pluralista toda expresión explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o integrismo. Por ello, la fe se convierte en un hecho rigurosamente confinado a la esfera de la vida privada.
     

Es nuestro derecho y deber encontrar modos de defender y reforzar nuestra identidad católica en la sociedad post-moderna que quiere hacemos "invisibles" en cuanto cristianos, porque somos incómodos. Hoy más que nunca se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión.
     
Hace falta pues redescubrir la esencia del cristianismo: el encuentro personal con Jesucristo. Redescubrir el cristianismo como un acontecimiento real que ocurre hoy en nuestra vida, como ocurrió en la vida de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco un simple código ético. El cristianismo es una Persona, la persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la propia vida. Porque sólo este encuentro cambia realmente la existencia de las personas y da el sentido último y definitivo a nuestro destino.
     
 Ha llegado el momento de liberamos de nuestros complejos de inferioridad respecto al mundo así llamado laico, para ser atrevidamente nosotros mismos, discípulos de Cristo. ¡Debemos reapropiamos el significado de nuestra identidad y estar orgullosos de ella! Hace falta por tanto remontar hasta el Bautismo y al cometido que este sacramento tiene en la vida del cristiano. Todo el patrimonio genético, por así decir, del cristiano se contiene en este sacramento.
     
La segunda peculiaridad que debería caracterizar al cristiano sería como, la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad; la audacia de ser verdaderamente «levadura evangélica», «sal y luz» del mundo.

 

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Cultura del aborto


 

Es necesario contraponer la lucha heroica por la libertad del espíritu, es decir, por la verdad que desenmascara la mentira. La verdad significa siempre que el espíritu determina la sociedad, mientras la mentira significa que es la sociedad la que determina el espíritu. El mundo está completamente lleno de mentiras. La mentira llega hasta tal punto que corroe las ideas humanas más sublimes. En un mundo en el que todo está relativizado, es imposible vencer a la mentira. La fe en la victoria sobre la mentira presupone la fe en la existencia de una fuerza que se eleva por encima del mundo, es decir, Dios. Aunque todo el mundo está contaminado por la mentira, existe, no obstante, la verdad pura, libre de cualquier mancha.

 

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LA LOCALIZACIÓN DEL MAL

Aunque los conceptos del bien y el mal no encajan mucho en la ciencia, bañan de tal modo la condición humana que parece imposible escapar de ellos. Pero el bien y el mal constituyen el tormento de la vida, dada la dificultad de localizarlos, la imposibilidad de prever con amplitud y precisión la consecuencia de nuestros actos, la frecuencia con que el bien se transforma en mal y viceversa. La religión cristiana y otras atribuyen el mal a la propia naturaleza humana (el pecado original), por lo que nadie estaría libre de él, libre de culpa, en mayor o menor proporción. Pero las ideologías, en especial las ateas ciencistas, suponen haber superado esa presunción: ellas son capaces de localizar las fuentes del mal, y, por tanto, permiten secarlas. Consiguen cumplir, por fin, la promesa de Satán: dominaréis la ciencia del bien y del mal, y seréis como dioses. El marxismo localiza el mal en la burguesía; el nazismo en los judíos, por ejemplo. Por fin se hace posible aplastar definitivamente el mal en sus portadores, y la historia humana se abre a nuevos y prodigiosos horizontes.

Si hemos de buscar una causa del extraordinario poder de sugestión de esas ideologías, creo que lo encontraremos en esa capacidad para identificar y localizar el mal. Hazaña, por así llamarla, que libera de la culpa, proporciona un enorme descanso moral y aporta una sensación de poder muy satisfactoria.

22 de Febrero de 2007 – L.D.ESP. 11:05:03 - Pío Moa

 

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Salmo - Cap.104 - Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad
7  al increparlas tú, emprenden la huída, se precipitan al oír tu trueno,
8  y saltan por los montes, descienden por los valles, hasta el lugar que tú les asignaste;
9  un término les pones que no crucen, por que no vuelvan a cubrir la tierra.
10  Haces manar las fuentes en los valles, entre los montes se deslizan;
11  a todas las bestias de los campos abrevan, en ellas su sed apagan los onagros;
12  sobre ellas habitan las aves de los cielos, dejan oír su voz entre la fronda.

 

 

Es vuestra visita la que nos honora y agradecemos.

Quepa claro: "hablamos no solo para comunicarnos, sino para distinguirnos". Por lo mismo, nos vestimos no solo para evitar el frío, sino para reafirmar nuestra personalidad. Publicamos porque creemos en la verdad y solo ella nos hace libres.

Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).

Dice un bello espiritual negro: ‘You can have all this world, but give me Jesus’ (‘puedes tener el mundo entero, pero dame a Jesús’).

Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título:ISLAMISTAS Y BUENISTAS’ (Editorial ‘Gota a Gota’), de KAREN JESPERSEN, ministra danesa de Bienestar e Igualdad, y RALF PITTELKOW, periodista del Jyllands Posten - La tradición liberal es mucho más fuerte en Occidente que en los países musulmanes.  Tal como ocurrió con el nazismo, un aviso: “El nazismo ganó adeptos apelando a su identidad racial (los arios); el comunismo lo hizo apelando a su identidad social (el proletariado); y el islamismo apela a su identidad religiosa”. (...)  la escasa libertad que existe en la mayor parte del mundo musulmán tiene un alto coste. - Según un debatido informe de la ONU de 2002, tres grandes déficit de las sociedades árabes obstaculizan el desarrollo económico: déficit de libertad, déficit de conocimientos y déficit de igualdad. De hecho, los dos últimos déficit surgen de la falta de libertad: la libertad de adquirir e intercambiar conocimientos, la libertad de pensar críticamente y la libertad de la mujer para decidir sobre su propia vida. MMVIII

 

2º Título: Recomendamos vivamente:  ‘Pablo de Tarso’ - Ciudadano del Imperio.
Ediciones Palabra.   (Libro novedad) - Autor: Paul Dreyfus. - Páginas: 446
ISBN: 978-84-9840-151-6 - 2008

Es una de las más sugestivas biografías del Apóstol de los gentiles. El libro se lee con pasión porque está escrito con pasión, al modo de un insuperable reportaje periodístico; pero al mismo tiempo, tiene toda la seriedad de una minuciosa investigación histórica, y un relato lleno de vida que interpela con fuerza al lector y que hasta al más encallecido opositor le pone delante un personaje de gigantesca personalidad, que ocupa un lugar privilegiado en la historia del mundo occidental. Sin él, la que llamamos civilización cristiana habría tomado rumbos muy diferentes. El autor no pretende demostrar nada, sino mostrar; no trata de "probar nada", sino darlo "a probar".

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Seguir a Jesús es apropiarnos de sus criterios, de sus actitudes y de su conducta, fieles en toda su doctrina, sirviendo a nuestro tiempo.

 

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, a la dignidad-mérito-honra-respetabilidad-pundonor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto- categoría y URL- para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. ‘CDV’.-

“CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Este sitio web ‘CDV’ no pretende ser un campo en el que eruditos intelectuales, ya desde los ámbitos de la teología y la filosofía, señalen el camino para descubrir a Cristo. Sí tiene como objeto mostrar desde un punto de vista elemental, respetuoso y claro, el hermoso rostro del Salvador. Poner en el tapete los problemas del hombre de hoy, de una sociedad cada vez más individualista y volcada en el consumismo. Y todo ello con un lenguaje comprensible, claro y atractivo.

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente, y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

Contigo, Señor, todos seremos compasivos y disfrutaremos de tu Amor.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).