Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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…del fingimiento entre ecologistas, grupos homosexuales y lésbicos, hipocresías, alianzas y colaboración entre negociantes y feministas…

 

 

Matan niños, les da por igual, tengan semanas o siete, ocho, nueve meses, imitando a Stalin y Hitler, Pol-Pot o Saddam Hussein, entre otros…

 

Quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio.

Luego recuerdan a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones contra el cambio climático: simulacros de fingida humanidad en una época que había dejado de ser humana. 2007

 

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«La razón sin Dios y la ciencia sin ética no redimen al hombre». Benedicto PP. XVI. - 2007.XI.

 

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CONCOMITANCIAS - Julio 2009

Observen estos fenómenos sociales, políticos e ideológicos, tan extendidos en nuestra sociedad:

*Fracaso escolar
*Expansión de la droga y el alcohol, fundamentalmente entre la juventud 
*Divorcio masivo
*Aborto masivo
*Aumento de la delincuencia
*Extensión de la pederastia
*Telebasura y  trivialización del sexo
*Violencia doméstica
*Homosexualismo militante
*Feminismo
*Ecologismo radical
*Corrupción de los políticos
*Separatismo o simpatías o pasividad ante él
*Terrorismo o colaboración con él o pasividad ante él
* “Muerte de Montesquieu”, es decir, liquidación de la independencia judicial
*Ignorancia de España mezclada con aversión o indiferencia hacia su historia y unidad
*Simpatía, pasividad o indiferencia por el islamismo y su penetración social
*Aversión a Israel y simpatía por el terrorismo musulmán
*Aversión a la democracia useña
*Simpatía más o menos explícita por el régimen de Castro y por el mito de Che Guevara
*Simpatía por el Frente Popular español durante la guerra civil
*Aversión a la Iglesia y, en general, al cristianismo
*Simpatía, en general, por las dictaduras y totalitarismos de izquierda
*Odio más o menos visceral al franquismo

Podríamos alargarnos con algunas tendencias más, pero creo que es suficiente: se trata de  hechos concomitantes. Concomitancia, explica la RAE, es la “acción y efecto de acompañar una cosa a otra, u obrar juntamente con ella”. Tales tendencias coinciden hoy en muchísimas personas, si bien no en todas del mismo modo o con la misma intensidad. Conforman lo que se ha dado en llamar, vagamente, “ideología progre”, aunque ella suela echar sobre los contrarios la culpa de algunos efectos de sus modos de pensar, como la pederastia o la violencia doméstica. Esta ideología se identifica mayormente  con las izquierdas,  pero está  muy extendida también en la derecha, y tópicos del feminismo o del ecologismo se han hecho casi universales. Hay aspectos, como el odio a Israel y el apoyo al terrorismo islámico, compartidos por la izquierda y la extrema derecha. La antaño extendidísima complacencia con el TNV (terrorismo nacionalista vasco) ha decaído mucho, pero, paradójicamente, la colaboración de los políticos con él ha llegado a extremos nunca antes vistos.

Estas ideologías vienen en gran parte del marxismo o siguen su método, aunque sin la coherencia de aquella doctrina: como trozos del Muro de Berlín llevados a todas partes y que intentan reconstruirse sobre el viejo  modelo, con variadas formas y demagogias. Pues, aunque sorprenda, la caída del Muro nunca suscitó la menor reflexión crítica o autocrítica un poco seria en los marxistas, y menos en los españoles, cuya capacidad teorizadora siempre tendió a cero. Lo mismo entre la vasta tierra intermedia de los compañeros de viaje, simpatizantes o respetuosos del marxismo. Todos ellos, desconcertados, han perdido, como digo, la antigua coherencia doctrinal y analítica, pero han aumentado su componente histérico y obran juntos en la tarea de destruir los elementos de la civilización occidental, de modo especialmente virulento en España. 


 

FEMINISMO EXACERBADO - Es posible que en el intento de “hacer bien las cosas” y en una “recta justicia”, hayamos extremado en la sociedad el ser mujer en contraposición al ser hombres, sin aprender antes, en la escuela de la vida, el ser personas.

 

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El apóstol san Pablo, escribiendo a los cristianos de Galacia, en la actual Turquía, dice:  «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para vivir según la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Ga 5, 13). Vivir según la carne significa seguir la tendencia egoísta de la naturaleza humana. En cambio, vivir según el Espíritu significa dejarse guiar en las intenciones y en las obras por el amor de Dios, que Cristo nos ha dado.

Por tanto, la libertad cristiana no es en absoluto arbitrariedad; es seguimiento de Cristo en la entrega de sí hasta el sacrificio de la cruz. Puede parecer una paradoja, pero el Señor vivió el culmen de su libertad en la cruz, como cumbre del amor. Cuando en el Calvario le gritaban:  «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz», demostró su libertad de Hijo precisamente permaneciendo en aquel patíbulo para cumplir a fondo la voluntad misericordiosa del Padre.

Muchos otros testigos de la verdad han compartido esta experiencia:  hombres y mujeres que demostraron que seguían siendo libres incluso en la celda de una cárcel, a pesar de las amenazas de tortura. «La verdad os hará libres». Quien pertenece a la verdad, jamás será esclavo de algún poder, sino que siempre sabrá servir libremente a los hermanos.

Contemplemos a María santísima. La Virgen, humilde esclava del Señor, es modelo de persona espiritual, plenamente libre por ser inmaculada, inmune de pecado y toda santa, dedicada al servicio de Dios y del prójimo. Que ella, con su solicitud materna, nos ayude a seguir a Jesús, para conocer la verdad y vivir la libertad en el amor.

 

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La pregunta que se nos viene a la cabeza es ¿Por qué somos tan reacios a buscar el bien común, que es bien para nosotros mismo y los que nos rodean?

 

 Parecería que el consumo desmedido no tiene incidencia en nuestro entorno humano y ambiental, pero esto es una mentira tremenda. Una mentira que se esconde detrás del marketing que nos acucia a comprar para sentirnos vivos. Comprar para llenar el vacío de sentido que cargamos en nuestro interior. Comprar para llenar el vacío que el egoismo crea en nosotros.

¿Por qué tanta ceguera al bien común? San Agustín nos ayuda indicando un elemento muy interesante. Pensemos en el mandamiento de Cristo “Amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”. Si no lo amamos buscando el bien común, lo que evidenciamos es que no nos amamos a nosotros mismos correctamente. 

 

Examina primero si ya sabes amarte a ti mismo; cuando esto sea, te dejaré amar al prójimo como a ti mismo. Pero si aún no sabes amarte a ti mismo, no engañes al prójimo como a ti mismo te estas engañando. (San Agustín, Sermón 128, 5) 

 

¿Cómo nos amamos a nosotros mismos? ¿Nos centramos en nuestro egoísmo o en todo aquello que Dios nos ha dado? Somos imagen y semejanza de Dios, por lo que podemos ver esa misma imagen y semejanza en las demás personas. Saber que portamos un reflejo de Dios nos enseña a ver en los demás ese mismo reflejo y amarlos, no por sus defectos y limitaciones, sino por ese reflejo que portan consigo. 

 

Si amas la maldad, no te amas a ti; y testigo el salmo: “Quien ama la iniquidad aborrece a su alma”. Y si aborreces a tu alma, ¿qué te aprovecha el amar a tu carne? Aborreciendo a tu alma y amando a tu carne, resucitará tu carne, para tormento de ambos. (San Agustín, Sermón 128, 5) 

 

El egoísmo nunca es amor a si mismo, sino maldad y vacio atesorado dentro de nosotros. El verdadero amor es plenitud y Verdad, por lo que sólo puede provenir de Dios. Por eso San Agustín indica que si damos más valor al egoísmo (carne) lo que parece que resucitará es justo aquello que nos vacía y corrompe.

El bien común implica amor por los demás y por ello mismo, darnos el valor y dignidad que como hijos de Dios tenemos.

JUNIO 2013

 

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La familia es imprescindible para los seres humanos y es por eso que la Iglesia la protege de mil maneras.  Es importante hacer oír nuestras voces en el ambiente internacional para decir que la familia no es un invento de la Iglesia católica, sino que la Iglesia la protege porque es anterior a la sociedad, del Estado y no puede «pasar de moda», porque radica en la naturaleza misma del ser humano.  También hay que destacar la importancia de enseñar nuevamente y de forma eficaz, las virtudes universales que son fundamentales para el bienestar de las personas, la estabilidad de las familias, y el buen funcionamiento de las sociedades.  Éstas han sido obviadas por la cultura del egoísmo y negadas convincentemente por los medios de comunicación.  Es urgente volverlos a descubrir, entendiéndolos en su esencia y en su práctica.

 

Tenemos que hacer conocer las cifras ya reconocidas que muestran que, la ausencia de matrimonio y del padre en el hogar es la gran causa de la pobreza, la delincuencia y todos los males sociales.   Esto seria importantísimo.

 

-La mentalidad vigente, que separa sexualidad de procreación, ha servido para difundir la maternidad como un dato meramente cultural y opresor, del que tiene que liberarse la mujer, deseando un «cuerpo perfecto» como nueva utopía. ¿Considera que hay alternativas a esta visión?

 

-Dra. Christine de Vollmer: Como sabemos, la «ideología feminista» no representa a las mujeres. Las feministas originales, hace un siglo, sí, porque defendían a la mujer y entendían que la maternidad es de importancia capital para las sociedades. Hoy día, la ciencia nos comprueba cómo para los bebés la presencia de la madre en los primeros dos años es imprescindible para su formación neurológica y por tanto emocional.  En los próximos años veremos un trágico aumento de problemas psicológicos, emocionales y sociales por la obligatoriedad de que la madre salga a ganarse la vida.  Veremos también un continuo aumento de la pobreza y de crímenes violentos, debido a la falta de padres en el hogar.  Esto es un hecho comprobado científicamente y no puede ser evitado por un discurso ideológico. 2008.I.

 

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«Falacia profunda»

 

El Papa refuta a Simone de Beauvoir en su más duro discurso contra la ideología de género


 

En su alocución navideña ante la Curia recordó también los límites del diálogo interreligioso y la naturaleza del kerigma o «primer anuncio».

 

Actualizado 22 diciembre 2012        

ReL          

 

Este viernes Benedicto XVI congregó en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano a los cardenales y a los miembros de la Curia romana y del gobierno del Vaticano, para el tradicional discurso de felicitación navideña y de recordatorio de los principales hilos conductores del año vencido.

 

El Papa recordó con especial cariño sus viajes a México y Cuba, y se detuvo con detalle en tres hitos de 2012: la Fiesta de la Familia de Milán, la visita al Líbano y el Sínodo sobre la Nueva Evangelización y la apertura del Año de la Fe.

 

Diálogo interreligioso y anuncio

En cuanto al diálogo interreligioso que caracterizó su estancia en Beirut, recordó que "no se dirige a la conversión, sino más bien a la comprensión", pero matizó: "Comprender implica siempre un deseo de acercarse también a la verdad. De este modo, ambas partes, acercándose paso a paso a la verdad, avanzan y están en camino hacia modos de compartir más amplios, que se fundan en la unidad de la verdad. Por lo que se refiere al permanecer fieles a la propia identidad, sería demasiado poco que el cristiano, al decidir mantener su identidad, interrumpiese por su propia cuenta, por decirlo así, el camino hacia la verdad. Si así fuera, su ser cristiano sería algo arbitrario, una opción simplemente fáctica. De esta manera, pondría de manifiesto que él no tiene en cuenta que en la religión se está tratando con la verdad".

 

Anticipó asimismo que el documento postsinodal versará ampliamente sobre "el anuncio", esto es, "el kerigma, que toma su fuerza de la convicción interior del que anuncia" y "es eficaz allí donde en el hombre existe la disponibilidad dócil para la cercanía de Dios".

 

La "falacia profunda" de la ideología de género

Pero la parte más contundente de su discurso había sido antes su extensa y completa exposición y refutacion de la ideología de género, la más contundente en sus siete años y medio de pontificado.

 

"El atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda", empezó, pues "está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres".

  

Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, una pareja de gurús de la progresía en la preparación del terreno para mayo del 68. Benedicto XVI citó la frase de Simone de Beauvoir "Mujer no se nace, se hace" para fulminar con contundencia argumental "lo que hoy se presenta bajo el lema «gender [género]» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía".

 

"La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente", continuó: "El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho prestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear".

 

Seguidamente el Papa recordó que esto va contra las mismas Sagradas Escrituras: "Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen".

 

Las consecuencias son inmediatas: "El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente".

 

La familia resulta así la gran perjudicada: "Si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad prestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir".

 

Por último, sentenció Benedicto XVI, "allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre".

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=26651

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Entre todas estas ocasiones, se han tocado temas fundamentales de nuestro momento histórico: la familia (Milán), el servicio a la paz en el mundo y el diálogo interreligioso (Líbano), así como el anuncio del mensaje de Jesucristo en nuestro tiempo a quienes aún no lo han encontrado, y a tantos que lo conocen sólo desde fuera y precisamente por eso, no lo re-conocen. De entre estas grandes temáticas, quisiera reflexionar un poco más en detalle especialmente sobre el tema de la familia y sobre la naturaleza del diálogo, añadiendo después también una breve observación sobre el tema de la Nueva Evangelización.

La gran alegría con la que se han reunido en Milán familias de todo el mundo ha puesto de manifiesto que, a pesar de las impresiones contrarias, la familia es fuerte y viva también hoy. Sin embargo, es innegable la crisis que la amenaza en sus fundamentos, especialmente en el mundo occidental. Me ha llamado la atención que en el Sínodo se haya subrayado repetidamente la importancia de la familia para la transmisión de la fe como lugar auténtico en el que se transmiten las formas fundamentales del ser persona humana. Se aprenden viviéndolas y también sufriéndolas juntos. Así se ha hecho patente que en el tema de la familia no se trata únicamente de una determinada forma social, sino de la cuestión del hombre mismo; de la cuestión sobre qué es el hombre y sobre lo que es preciso hacer para ser hombres del modo justo. Los desafíos en este contexto son complejos. Tenemos en primer lugar la cuestión sobre la capacidad del hombre de comprometerse, o bien de su carencia de compromisos. ¿Puede el hombre comprometerse para toda la vida? ¿Corresponde esto a su naturaleza? ¿Acaso no contrasta con su libertad y las dimensiones de su autorrealización? El hombre, ¿llega a ser sí mismo permaneciendo autónomo y entrando en contacto con el otro solamente a través de relaciones que puede interrumpir en cualquier momento? Un vínculo para toda la vida ¿está en conflicto con la libertad? El compromiso, ¿merece también que se sufra por él? El rechazo de la vinculación humana, que se difunde cada vez más a causa de una errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también por eludir el soportar pacientemente el sufrimiento, significa que el hombre permanece encerrado en sí mismo y, en última instancia, conserva el propio «yo» para sí mismo, no lo supera verdaderamente. Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana. Con el rechazo de estos lazos desaparecen también las figuras fundamentales de la existencia humana: el padre, la madre, el hijo; decaen dimensiones esenciales de la experiencia de ser persona humana.

 

El gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, en un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor, ha mostrado que el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda. Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres. Cita una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» (“On ne naît pas femme, on le devient”). En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear. Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente. Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre.

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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI 
A LA CURIA ROMANA CON MOTIVO 
DE LAS FELICITACIONES DE NAVIDAD

Sala Clementina
Viernes 21 de diciembre de 2012

 

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«El sol sale en las alturas del Señor; la belleza de la mujer buena está en el adorno de su casa». Son palabras antiguas, pero que no pasan, porque están llenas de sabiduría verdadera. Corresponden al libro del Eclesiástico, casi dos siglos anterior a Cristo, y, sin embargo, hoy siguen siendo tan fascinantes como realistas, si no más, para quien sabe reconocer, sobre cualquier otra consideración, la prioridad de la vida misma, es decir, de la familia, de aquello que al ser humano le permite saber realmente quién es, y por qué y para qué vive, pues es amado por sí mismo. La auténtica belleza de la mujer, en efecto, trasciende los límites de su figura abrazando hasta el último rincón de su hogar, y con ello, en definitiva, traspasando sus muros para embellecer a la sociedad entera.
Por mucho que se empeñe en menospreciar o minusvalorar al
ama de casa, esta sociedad nuestra no podría mantener sin ella, ni siquiera mínimamente, su condición humana. Y es preciso subrayar que no es la incorporación de la mujer al mundo laboral, y a puestos de responsabilidad en los distintos ámbitos de la vida social, lo que produce la deshumanización galopante de la sociedad; ¡todo lo contrario! ¡La produce, precisamente, la merma del genio femenino, merma que lleva consigo la marginación de su condición de madre y de esposa!


Lo decíamos recientemente en estas páginas, a propósito de la integración de vida familiar y trabajo: «La función materna y familiar trasciende los muros del hogar, precisamente porque en esos muros sagrados del amor auténtico la mujer está en el centro. Sin esta función materna y familiar, las demás funciones públicas nacen desintegradas, y la vida social y cultural no puede crecer humanamente». No se trata, pues, de que la mujer permanezca encerrada, sino de todo lo contrario, ¡de que salga, y en toda su plenitud, sin perder un ápice de ese
genio femenino que constituye la prioridad insustituible del adorno de su casa, la belleza inigualable que es la familia! Y así sucede, y sucederá siempre, en un verdadero hogar, como viña fecunda.
«Te doy gracias, mujer-madre –decía el gran Papa Juan Pablo II, hace ahora diez años, en su Carta a las mujeres–, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida». El Papa sigue dando las gracias a la mujer-hija, hermana, trabajadora, consagrada, esposa..., por su aportación inagotable «al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social», con la riqueza de su «sensibilidad, intuición, generosidad y constancia», con su «concepción de la vida siempre abierta al sentido del misterio», con «la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad». Y completa este hermoso recorrido por los distintos entresijos de la vida dando las gracias a la mujer «¡por el hecho mismo de ser mujer!», recapitulando así las razones de tanta gratitud: «Con la intuición propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas».
No es fácil superar esta descripción de la que bien puede considerarse, siguiendo la expresión de la Sagrada Escritura, verdadero sol que ilumina la vida. En esta hora de la Historia, en todo el mundo, y particularmente en España, es más que necesario, ciertamente, que la mujer viva sin complejos, con toda sencillez, y en toda su hermosura, la grandeza única de su vocación. Va en ello la vida de la Humanidad, y antes que nada la propia vida de la mujer.

 

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El habitar y las funciones humanas

de la feminidad y la masculinidad

 

Por Ignacio Falgueras
Catedrático de Filosofía
Universidad de Málaga


La distinción hombre-mujer no es una distinción esencial dentro del orden de lo humano, pero tampoco es una mera diferencia biológica, es decir, restringida a un área parcial de nuestro ser que no afecta a lo propiamente humano del hombre: todo cuanto hacemos los seres humanos está afectado por dicha distinción de una u otra manera. Por ello, si se quiere hablar con cierta exactitud, ha de afirmarse que la distinción hombre-mujer es una propiedad de la naturaleza humana, que deriva de su condición biológica, pero que irnpregna todo lo humano, y tiene un sentido humano.


Precisamente porque la distinción hombre-mujer no es una distinción esencial pero sí propia del ser humano, el título de esta conferencia prefiere hablar de «feminidad» mejor que de «mujer» y de «masculinidad» mejor que de «hombre», es decir: prefiere utilizar sustantivos abstractos útiles para indicar propiedades, mejor que sustantivos concretos, los cuales podrían sugerir una diferencia esencial entre ellos. Lo nuclear en el hombre es la persona. Hombre y mujer son ante todo y sobre todo personas, seres responsables ante la llamada de la ultimidad, y en cuanto tales igualmente humanos.


El objetivo de esta conferencia es el de esclarecer el sentido humano, que no meramente biológico, de la distinción feminidad-masculinidad. A ese fin se articulará en tres partes: la primera estudiará el habitar del hombre en el mundo, o lo que es igual, el sentido de la existencia humana sobre la tierra; la segunda definirá el modo femenino y masculino del habitar, sus diferencias y funciones; la tercera subrayará la unidad funcional de ambas.

1. El habitar humano

Habitar no es guarecerse. El animal se guarece, el hombre habita.

Guarecerse es defenderse, o sea: estar a la defensiva, desarrollar una actividad subordinada o sometida al entorno. En este sentido, aunque tanto la vida vegetal como la animal convierten al mundo físico en medio ambiente, lo hacen sólo por integración en o adaptación a las circunstancias físicas concretas. De manera que, para la vida meramente biológica vivir es vivir en un lugar geográfico determinado, en un hábitat concreto.
La ley de la vida meramente biológica es la adaptación. Para que se pueda dar la vida y la adaptación se requiere previamente que las circunstancias físicas no la imposibiliten. Dicho más concretamente se requiere una cierta estabilización frecuencial de la entropía o, con otras palabras, una cierta vigencia de la probabilidad en el orden físico. Pero eso no es suficiente. La razón de la vida está en ella misma: es el ser vivo el que activamente selecciona los estímulos externos, los convierte en información, y ajusta su actividad a ellos, llegando incluso a configurarse biológicamente en función de aquéllos. Todas las formas del bios vegetal y animal no son más que el resultado de esa activa adaptación al perimundo o mundo circundante. Por ello, tanto la morfología como la conducta vegetal y animal son relativas a un entorno geográfico, a un hábitat, Ahora bien como el hábitat es siempre éste o aquél, es siempre particular y circunstanciado, la vida vegetal y animal es una vida circunstanciada y particularizada. A mi juicio, la circunstancia no es un atributo del yo -como equivocadamente pretende Ortega-, sino un atributo del bios vegetal y animal.

En resumidas cuentas, la vida vegetal y animal, aunque ella misma no sea física o entrópica, no sólo cuenta con la entropía para nutrirse de ella, sino también para adaptarse y someterse a ella de modo que le sea posible mantener su unidad antientrópica. El organismo meramente biológico, es decir, el organismo vegetal y animal, se integra por entero en el mundo circundante, hasta tal punto que puede decirse que «la obra» o producto del animal es su propio organismo, fruto de su adaptación a la entropía estabilizada del mundo físico. Guarecerse, como forma de vida, significa, pues, vivir en un lugar o hábitat concreto mediante la adaptación del organismo biológico al perimundo físico. La vida biológica se nutre de lo físico y se adapta a lo físico: su "soporte y su límite es el mundo físico, quedando abarcada por él.

El hombre, en cambio, no vive así. Ante todo, el hombre no está adaptado ni genética ni morfológicamente. El hombre no nace con un código de conducta prefijado que le permita interpretar inmediatamente los estímulos externos y darles una respuesta adecuada: carece de instintos. En cuanto a la morfología, el organismo humano es un organismo de mamífero superior no evolucionado o adaptado, y que, en vez de especializarse en algo conserva todas las posibilidades de dicho tipo de organismos como tales posibilidades, a la par que potencia el desarrollo del medio interno o sistema nervioso central .

Dicho esto, ha de añadirse sin dilación que tampoco necesitaría el organismo humano especializarse en nada, ya que el hombre es un ser libre e inteligente, es decir, capaz de adaptar el entorno a sí mismo, en vez de adaptarse él al entorno. Lo propio, por tanto, del hombre es dominar el mundo físico; el hombre es dueño o señor del mundo en cuanto que puede y sabe disponer de él.

En consecuencia, ni el hombre se somete al mundo para encontrar en él su guarida, ni el mundo abarca al hombre como su fundamento y límite. A la especial relación que guarda el hombre con el mundo la llamo habitación. Habitar en el mundo quiere decir: tener el mundo a disposición como medio para los propios fines. El que habita es siempre superior a lo habitado por él, no al revés, lo mismo que el que pone los fines es superior al que los recibe. En este sentido, para habitar se requiere ser dueño del mundo, no de esta o aquella circunstancias particulares, no de un lugar u otro, sino que se requiere ser dueño de lo universal del mundo, de su esencia. En pocas palabras y formalmente hablando: habitar el mundo es asociarlo al propio proyecto humano. uncirlo como medio a nuestro destino, y así otorgarle una elevación y dignidad racionales que él no tiene.

Como vemos, habitar no es ni guarecerse ni pertenecer al mundo sino dominarlo. Y precisamente porque el hombre no pertenece al mundo puede pensar su habitar corno una pura denominación extrínseca, es decir, como una relación meramente externa o fáctica, según sugiere el léxico corriente en el que se entiende de ordinario por habitar el vivir de hecho en un lugar. Para una planta o animal el lugar en que vive no es indiferente o extrínseco, para un humano sí, porque el ser humano no se guarece en el hábitat, antes bien lo somete y dispone de él como señor.

Sin embargo, conviene advertir que la falta de adaptación genética al entorno hace que el hombre nazca con una absoluta carencia de información previa y de códigos de conducta respecto al entorno. El hombre no nace ambientado, no nace en una circunstancia mundana; es un extraño para el entorno y, a su vez, el entorno es extraño para él. De ahí que la actitud primera y más elemental del ser humano ante el mundo sea la del extrañamiento, la de la sorpresa o admiración, que luego se transforma en investigación. No sólo el inicio de la filosofía, sino el inicio mismo del saber humano es el extrañamiento y la admiración. El hombre es, según lo que vengo diciendo, un extraño en el mundo y un ser que se extraña del mundo, y por esa razón el mundo físico ni es su guarida ni puede ser su morada. No es que exista enfrentamiento u oposición esencial entre hombres y mundo, simplemente que entre ellos hay una diferencia irreductible, de acuerdo con la cual el hombre puede estar en el mundo pero no ser del mundo.

De cuanto acabo de decir resulta patente que el mundo no es de suyo habitable para el hombre y que, por tanto, antes de habitarlo ha de ser hecho habitable por el hombre. Es ésta otra diferencia drástica con el bios animal y vegetal. Este tiene prefijado genéticamente un entorno físico en el que vivir, respecto del cual dispone de información y adecuación previas, es decir: cuenta con un mundo en el que guarecerse y anidar. El hombre, por el contrario, ha de hacerlo todo por sí mismo, la posibilidad de la habitación y su realidad dependen por entero de él. Habitar es una tarea enteramente humana; o sea, condicionada ex integro por nuestra libre operatividad. Es, por consiguiente, el hombre mismo el que aporta el proyecto de vida humano y el modo en que el mundo puede ser asociado a dicho proyecto. El hombre habita el mundo operativamente, esto es, mediante su trabajo.

La diferencia que acabo de establecer entre hombre y animal permite discernir dos dimensiones en la operatividad humana: hacer habitable el mundo y someterlo. Esta distinción es el eje central sobre el que gira el planteamiento íntegro de todo cuanto voy a exponer a continuación y, en consecuencia, merece ser objeto de una consideración suficientemente amplia.

La diferencia entre hombre y mundo es, por las múltiples razones antes aducidas, una diferencia irreductible que conlleva una neta superioridad por parte del hombre, y ello implica que si se ha de establecer una relación entre tales diferentes, el único que está en condiciones de salvar la diferencia entre ambos es el hombre mismo. En este sentido, hacer habitable equivale a encontrar el modo de que el proyecto humano pase por la mediación de un mundo que no es, de entrada, humano. Hacer habitable es, siguiendo la lógica de lo dicho, humanizar el mundo físico o convertir lo temporal-efectivo mundano en medio para lo eterno-destinal humano. La dificultad del tránsito es grande por cuanto el mundo tiene una naturaleza distinta e inferior al hombre, y éste, como extraño al mundo, carece inicialmente de interés humano por el mundo.

Hacer habitable el mundo es acercarlo al hombre para que posteriormente éste lo asocie a sus fines propios. Pero, insisto, ambas tareas las realiza el hombre. Por ello ha de afirmarse que, ante todo, hacer habitable el mundo es morar, o sea: detenerse o demorarse en lo temporal-efectivo del mundo de manera que la consecución del destino humano se vincule a él como el fin se vincula a los medios.

Ciertamente, para acercar el mundo al hombre hay que tenerlo en cuenta y procurar unir de modo armonioso a las posibilidades de su naturaleza los fines y proyectos humanos, razón por la cual hacer habitable es también guardar y salvaguardar la realidad y la naturaleza mundanas ante el posible ataque de nuestros fines y proyectos. El morar humano es, pues, a la vez un guardar el mundo.

Ahora bien, el morar que guarda ha de ser puesto por obra mediante iniciativa propia del hombre por lo que no puede decirse que el hombre more directa e inmediatamente en el mundo, sino mediante sus obras: el hombre mora en sus obras y mediante ellas en el mundo. El mundo humano no es el mero mundo físico, sino el mundo físico humanizado por la operatividad en su primera función, la de hacerlo habitable.

La segunda dimensión o función del trabajo humano es la de someter el mundo o disponer de él como medio para nuestros fines. En rigor, esta función es la directamente dominante, mientras que la función del morar que guarda lo es sólo indirectamente. Someter el mundo significa realizar en él y por su medio nuestros fines y destino. De suyo, puesto que el destino humano es lo infinito y eterno, el sometimiento eleva al mundo a una dignidad superior a la que le corresponde naturalmente. Pero sólo cuando el hombre se ha demorado adecuadamente y se ha cuidado de establecer la vinculación del mundo a sus propios fines con íntegro respeto o guarda de la naturaleza mundana, sólo entonces esa elevación de dignidad estará acompañada de un efectivo desarrollo, promoción o cultivo del mundo dentro del ámbito mismo de lo mundano. El sentido preciso de la segunda función del habitar humano es la mejora del mundo y del hombre.

Guardar y cultivar, morar y someter, hacer habitable y perfeccionar son las dos funciones que integran el habitar humano en el mundo, el cual resulta ser así una actividad compleja y analizable, aunque ciertamente unitaria. A este respecto es conveniente subrayar, ahora, la unidad de ambas funciones poniendo el acento en la articulación de las mismas:


1. Sin el morar que guarda no cabe cultivo o perfeccionamiento del mundo. Si no se encuentra el modo de hacer viable el proyecto humano en el mundo y si no se descubre el modo de interesarse humanamente por el mundo, el dominio del hombre no alcanza a ser nunca un cultivo, sino mero juego y entretenimiento.

2. Pero si no se cultiva o mejora el mundo con el trabajo humano, entonces se pierde la superioridad efectiva del proyecto humano: la guarda se toma obsesión, la morada demora, la habitación cárcel.

3. La relación entre el morar que guarda y el someter que mejora es la misma que hay entre lo posible y lo efectivo. Lo efectivo supone y confirma a lo posible, lo posible abre el camino hacia lo efectivo, pero no lo alcanza por sí mismo. Ni lo efectivo hace posible a lo posible, ni lo posible hace efectivo a lo efectivo; pero sin posibilidad no hay efectividad, y sin efectividad la posibilidad es vacua futuribilidad.


Permítanseme algunas precisiones más. Morar supone detener la atención y el interés en el tiempo físico para adaptarlo al proyecto humano y hacer, así, viable la posibilidad de éste. Pero ello implica que ha de prepararse el proyecto humano para su temporalización sin que sufra menoscabo su carácter supratemporal. El morar lleva consigo, por tanto, una previa distribución temporal del proyecto humano, una flexibilización de sus fines tal que, sin perder su unidad y superioridad, quede distendido en fases realizables temporalmente. Por su parte, el sometimiento tiene puesta la mira en los fines humanos al margen de la consideración de la naturaleza mundana: en sí mismo el sometimiento es supeditación del interés por el mundo y afirmación de la propia superioridad sobre él. Para que el morar no conlleve una pérdida de la unidad y superioridad del hombre, y el sometimiento alcance a ser una mejora de sí y del mundo, es preciso que ambas funciones se realicen armónicamente.

Pues bien, el modo más elemental y natural de morar por parte del hombre es la familia: el hombre mora en el mundo familiarmente. La familia es aquella comunidad estable que tiene como tarea el amor generoso en la forma de una mutua entrega para la transmisión de la vida y para la educación de la prole. Ella ofrece la posibilidad más sencilla de un proyecto humano en el mundo: el amor fecundo. La procreación, nutrición y desarrollo humano de los propios hijos, es decir, de otros seres humanos, son el incentivo más elemental para interesarse por el mundo físico. Obviamente es éste también el modo más simple de guardar y de humanizar el universo físico. Más bien que pura tendencia biológica, la familia es toda ella fruto de la libertad operativo humana, es obra del hombre, y por eso es ella también la célula y el inicio de la sociedad. La sociedad nace de la prolongación del interés familiar. El hombre mora en familia, y sólo derivadamente en sociedad.

En cuanto al modo más elemental de sometimiento del mundo por el hombre, hay que decir que se da en el lenguaje. En realidad, someter es ordenar el tiempo físico desde los fines humanos, y el lenguaje es la producción de una cadena fónica, organizada desde la unidad del concepto mediante un esquema imaginativo. Adán sometía al mundo simplemente poniendo nombres; nosotros, que hemos perdido la eficacia de la palabra de Adán, prolongamos nuestro lenguaje en la producción de artefactos. El artefacto lleva el esquema lingüístico hasta la entraña de los procesos físicos, aportando así aquella efectividad de que carece nuestra palabra. Pero, debido a ello, el artefacto pierde la neutralidad física de la palabra, y modifica y perturba la naturaleza al someterla; y tanto más perturbador será cuanto más efectivo sea su sometimiento. El progreso técnico va acompañado necesariamente de un gasto inevitable. Al ser una ordenación que conlleva intrínsecamente una perturbación, la operatividad humana tiene que gastar tiempo y energías en eliminar ese efecto negativo, so pena de dañar irreparablemente las condiciones actuales del mundo físico. Por ello el progreso técnico no es necesariamente
ni un pefeccionamiento del mundo ni un perfeccionamiento del hombre.

2. La diferencia entre lo masculino y lo femenino

Una vez fijado el sentido y las funciones del habitar humano en el mundo cabe acometer el estudio de la diferencia entre lo masculino y lo femenino. Como ya sugería yo al principio de esta conferencia, es ésta una distinción funciona], no esencial, dentro del orden de lo humano, y que mantiene estrecha relación con el habitar y su dualidad de dimensiones. Entiendo, en efecto, que la función moradora y de guarda corresponde a lo femenino, mientras que la función de sometimiento y cultivo corresponde a lo masculino del ser humano. En otras palabras: lo femenino es hacer habitable el mundo, lo masculino someterlo.

Hago hincapié de nuevo en que no me refiero aquí al hombre y a la mujer, sino a lo masculino y a lo femenino, y no porque haya mujeres que piensan y obran masculinamente y varones que hacen lo opuesto, sino porque en realidad estoy hablando de dos funciones humanas y no de personas.

Bien entendido esto, sostengo que la esencia de la feminidad es hacer habitable el mundo por estas tres razones:

1.
Porque la feminidad tiene connaturalmente el sentido del morar. No en vano el seno materno es la primera morada o habitáculo para el ser humano. El feto humano es más ajeno e inadaptado al mundo circundante que el propio hombre adulto, y no sólo por razones biológicas -ya que no puede sobrevivir fuera del seno materno-, sino también por razones humanas, dado que su desorientación en el mundo físico, inhóspito e inhumano de suyo, es completa. Es función de la maternidad transmitir la primera información humanizada del mundo al feto. A través del torrente sanguíneo llegan a éste las primeras emociones (tranquilidad, alegría, serenidad, sobresalto, miedo, tristeza, angustia etc.). Se puede decir que la base afectiva del temperamento de cada ser humano se ha ido formando ya en el útero materno. El feto recibe información de cómo se le acoge y se le estima. La primera acogida humana al nuevo ser es, según esto, la que le proporciona lo femenino. Por ello es tan importante la relación prenatal madre-hijo, y tan infame el crimen del aborto: negarle su hogar al más grande desamparado.

2. Porque ella encarna en sí misma el interés por el mundo. La feminidad está naturalmente dotada para captar lo concreto y el modo como el proyecto destinal humano se puede cumplir en lo concreto del mundo.


"Dios ha enviado a la mujer (entiéndase: a la feminidad) para que ame este mundo, que está hecho de cosas y hechos triviales", decía Rabindranaz Tagore


El interés por lo concreto está acompañado en ella de una finísima inteligencia para todo lo singular. Eso que se suele llamar intuición femenina es lo que, con más rigor creo, llamaría inteligencia para lo concreto; para lo concreto humano, por su función de acogimiento maternal, tanto como para lo concreto del mundo, por su capacidad de ordenación de lo singular. De esta dotación natural para ordenar y organizar lo concreto nace su interés por el adorno, la belleza y la decoración, tareas cuyo fin es el de humanizar el universo físico. La inteligencia femenina ejerce su dominio o superioridad sobre el mundo para hacerlo habitable al ser humano, no para someterlo. Su dominio es, pues, respetuoso y lleno de amor por lo natural.

3.
Porque ella atrae e interesa a lo masculino hacia la morada, es decir, hacia el compromiso con la vida en el mundo. Por decirlo con terminología kierkegaardiana: la feminidad incita al salto del estadio estético al estadio ético. El quehacer masculino resultaría pura denominación extrínseca para el hombre, si lo femenino no le hiciera interesarse por el morar. Antes de conocer a su mujer, Adán no hizo más que poner nombres a los animales, cosa muy buena para los animales, pero poco significativa para él; podríamos decir que el mundo le aburría, que carecía de interés para él. Es la feminidad lo que fija y asienta la afectividad masculina, la que da seriedad al puro jugar masculino. El fallo del D. Juan está en no dejarse fijar por la feminidad y ello denota falta de masculinidad, como con acierto hizo notar Marañón. El puro inteligir abstracto y el mero producir lúdico de la masculinidad resulta, gracias a lo femenino, incitado e interesado por la guarda y el cultivo del mundo. Por ello se dice, y con razón, que detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer. Es sumamente significativo el grito de alegría de Adán al conocer a la mujer, así como el nombre que inmediatamente lo puso, el de Ishsha, esto es: humana.

En segundo lugar, sostengo que la esencia de la masculinidad es el sometimiento del mundo por el sometimiento, y esto también por tres razones:

1.
Porque el hombre posee connaturalmente el sentido de la mediación. Lo masculino del ser humano es lo productor tanto del medio de fecundación como de los medios en general. Producir medios es, pues, la función propia de la masculinidad.

Como productor de medios, lo masculino del ser humano posee el sentido del artefacto y la habilidad para producir medios instrumentales. Ahora bien, el artefacto o medio instrumental producido en sí mismo una síntesis o acumulación unitaria de propiedades abstractas. Por ejemplo: duro y afilado permite cortar, ligero y alargado constituye lo lanzable. Si se reúnen todas esas características abstractas, tendremos una lanza, independientemente de los materiales que se usen en su confección. El modo de la síntesis de esas propiedades dependerá, en cambio, de los materiales que se usen, v. gr: si se hace de piedra y madera, la síntesis se obtendrá mediante una unión a presión o mediante cuerda; si se hace de metal, puede ser obtenida mediante una soldadura, etc. Es decir, la síntesis instrumental es siempre concreta. En cambio, las propiedades -como dije- han de ser captadas en abstracto. El tipo de inteligencia que se requiere para la producción de artefactos es, según esto, sintética para lo concreto y analítica para lo abstracto, justamente lo inverso de la inteligencia femenina, la cual -como sugerí antes- es sintética para lo abstracto y analítica para lo concreto .

La misma producción del artefacto como síntesis concreta y novedosa de propiedades abstractas implica ya en sí misma un dominio como sometimiento u ordenación a un fin externo, que no tiene en cuenta la naturaleza integra de los materiales. De este modo, el instrumento no nace habitable el mundo, simplemente lo convierte en medio. En y mediante el artefacto, el mundo queda a disposición de fines humanos extrínsecos.

2.
Porque lo masculino del ser humano se interesa por las organizaciones comunes. Por organización entiendo, en general, la articulación compleja de lo abstracto capaz de actuar unitariamente en lo concreto, justo lo inverso del adorno que sería, más bien, la articulación compleja de lo concreto capaz de actuar unitariamente en lo abstracto. Pondré un ejemplo de cada uno: la ONU es una articulación compleja de naciones (o entidades abstractas) capaz, sin embargo, de actuar en lo concreto como un sujeto; un bouquet, en cambio, es una articulación compleja de flores concretas que pueden simbolizar algo en abstracto (lkewana). Las organizaciones como articulaciones muy complejas de lo abstracto que pueden actuar en lo concreto permiten un mayor y mejor sometimiento del mundo, por todo lo cual -entiendo- tienen que ver directamente con el tipo de inteligencia masculino.

Ante todo, la masculinidad se interesa en la organización abstracta de los medios producidos por ella misma. los medios son muchos y heterogéneos por lo cual están necesitadas de organización. Pero, por otra parte, al ser los artefactos medios
para el disponer humano, también ha de organizarse el disponer de los medios. Y tanto la organización de los medios como la organización del disponer han de ser hechas en común, o sea: de común acuerdo entre seres libres. Por su parte, la organización común del disponer origina las comunidades políticas.

No afirmo en manera alguna que la feminidad no se interesa por este tipo de organizaciones, sino que su modo de interesarse por ellas es distinto: la feminidad se interesa por el morar que resulta de tales organizaciones, no por la constitución y articulación de las mismas. Esto último es propio de la masculinidad.

3.
Porque lo masculino aporta de suyo el sentido del progreso e interesa y asocia a lo femenino en él. Los medios o productos humanos tienen como característica abrir posibilidades, o lo que es igual, mediar para otros medios. Por ejemplo: si a la idea de barco se le añade la idea de vela, el producto resultante (barco de vela) abre la posibilidad de un transporte rápido y voluminoso de mercancías, lo cual permite el desarrollo de emporios comerciales y con ellos la idea del capitalismo, etc. Ahora bien, tales posibilidades generadas desde otras posibilidades son también abstractas y han de ser sintetizadas con las ya producidas para que abran nuevas posibilidades. Lo masculino del ser humano, que lleva en sí la tendencia a la mediación, aporta de este modo el sentido del progreso técnico. Es claro que los resultados de este progreso interesan también a lo femenino, pero para lo femenino del ser humano progresar no significa lo mismo que para lo masculino, es decir, lo que interesa a la feminidad no es el puro progreso técnico, sino la Mejora humana y del mundo. Lo femenino modera y humaniza el progreso, de manera que si la feminidad es abierta a lo universal o ilimitado por la masculinidad, ella a su vez otorga a lo masculino el sentido del progreso como mejora o cultivo.

Con ello nos estamos ya adentrando en el terreno de la tercera parte de este trabajo, a saber: la unidad funcional de ambas dimensiones de lo humano.

3.
La unidad funcional de las dos dimensiones del habitar.

El sentido de la existencia humana en el mundo es habitarlo. La masculinidad y la feminidad, según se ha propuesto en las consideraciones precedentes, son funciones diferenciadas que integran el habitar humano en el mundo. Ellas tienen como cometido propio hacer habitable o humano el mundo y convertirlo en medio para los fines humanos, respectivamente.

De suyo, pues, entre la feminidad y la masculinidad no hay una separación dialéctica o negativa ni tampoco una oposición de complementarios. En la naturaleza humana no se da ni lo masculino puro ni lo femenino puro, sino la mezcla de ambos con preponderancia, y sólo con preponderancia, de lo uno o de lo otro, de acuerdo con los datos de la biología actual. Ello es indicio de que, biológicamente incluso, la diferencia entre ambos sexos es tan solo una diferencia funcional en orden a la consecución de un fin. En el plano del habitar humano, difícilmente podría considerarse esa diferencia como algo más que una diferencia funcional, puesto que, tal como se adelantó desde el principio, masculinidad y feminidad son propiedades de lo humano que derivan de su naturaleza biológica, y ésta, como acabo de decir, las recoge como diferencias funcionales.

Por haberlo entendido así, he cuidado reiteradamente a lo largo de la conferencia de aclarar que no me refería al varón o a la mujer, sino a la masculinidad y a la feminidad . Y espero que ahora este cuidado sea comprendido: tanto en el varón corno en la mujer hay masculinidad y feminidad, sólo que en proporciones diferentes.

Por haberlo entendido así, recalqué también la relatividad funcional del cultivo y de la guarda, y asimismo especifiqué que el morar humano era familiar y que el cultivo era prirnordialmente lingüístico. Ni la familia ni el lenguaje son exclusivamente masculinos o femeninos. Es cierto que la feminidad posee el sentido, el interés y el estímulo para la familia, pero no puede haber familia sin masculinidad; y supuesto que la hubiera, la familia sin la aportación humana de lo masculino decaería en camada o guarida. Mora, pues, el ser humano por la función femenina, pero no sin la masculina, ya que morar en este mundo no es el destino del hombre: moramos en nuestras obras, que siempre nos acompañarán. De otro lado, el lenguaje en su uso productivo es masculino, pero sin la feminidad no sería humano: la invención lingüística para ser productiva se tiene que integrar en la tradición . Y es que la guarda es la medida del progreso y de la mejora.

En esta misma línea, las indicaciones hechas en la parte segunda de esta conferencia nos permiten redondear por mera prolongación de sus sugerencias la mutua aportación activa de la masculinidad y de la feminidad en su referencia funcional. Si a lo femenino, en efecto, le corresponde el morar, ataviar e interesar por lo concreto, la masculinidad lo perfecciona haciendo el morar fecundo, abriendo el adorno a lo universal y elevando el interés por el mundo hacia lo inagotable o infinito. En cambio, si la masculinidad aporta el producir, el organizar y el progresar, la feminidad lo perfecciona procurando que el producir sea útil para el hombre y para el mundo, el organizar sea justo y humano y el progresar sea ético.

Es, consecuentemente, la integración armónica de las funciones masculinas y femenina lo que hace verdaderamente humano el habitar del hombre en el mundo, o lo que es igual, sin una u otra de esas funciones nuestra existencia mundana carecería de sentido humano.

Pero al mismo tiempo que sostengo la absoluta necesidad de un equilibrio funcional entre lo masculino y lo femenino para el habitar humano, tengo que admitir que, dada la libertad de hombre y mujer, el sentido de la masculinidad y de la feminidad puede ser alterado. Eva lo hizo cuando interesó a Adán en la desobediencia, es decir: contra la guarda, y Adán cuando comió del fruto prohibido, es decir, cuando se propuso como meta un conocimiento limitado y limitante, cuando negó en la práctica su apertura a lo infinito.

Si se desvinculan las funciones de la masculinidad y de la feminidad del fin respecto del que son funciones, esto es, del habitar en el mundo, su sentido respectivo cambia. He aquí algunas consecuencias:

1. Al abandonar la referencia común de ambos al habitar como a su fin, su equilibrio respectivo se pierde y lo que es una preponderancia funcional pasa a ser entendido ahora como una determinación esencial: se cree ser esencialmente masculino o femenino.

2. La diferencia funcional masculino-femenino viene a ser entendida cual oposición o repartición excluyente del ser humano.

3. La feminidad, que era una función donal -en cuanto que otorgaba a lo masculino la habitabilidad del mundo y el interés- se convierte ahora en una carencia, la carencia de masculinidad. Lo femenino se siente necesitado e intenta poseer lo masculino. Esta relación necesitante puede encontrar muchos cauces concretos, pero en abstracto podría señalar dos: la intriga, o utilización de su inteligencia para lo concreto con el fin de poseer indirectamente la masculinidad; y la imitación, o sea la suplantación de la masculinidad.

4.Otro tanto ocurre con la masculinidad. Cuando lo masculino desvía del mundo su interés por la producción y lo dirige hacia la feminidad, la convierte en medio u objeto y pretende de este modo dominarla.

5.En realidad con ello lo único que se consigue es eliminar la diferencia funcional entre ambos y, por tanto, la viabilidad del habitar. La masculinidad imitada o poseída mediante la intriga es una masculinidad incapaz de someter el mundo; la feminidad objetivada y poseída como objeto es una feminidad vacía, sin estímulo para interesar por el mundo y por la vida humana.

Por desgracia, las tensiones no armónicas entre lo masculino y lo femenino predominan en la historia y en las instituciones. Hoy, por ejemplo, son especialmente visibles porque la cultura occidental, al menos desde el s. XVII, es exclusivamente masculinista. Mientras que la cultura medieval era una cultura equilibrada, en la que el progreso y la guarda se compensaban hasta el punto de que los seres humanos durante ese período de la historia ejercieron su pensamiento como el intento de rescate de cuanto hubiera de verdadero y de bueno en el mundo antiguo, la cultura moderna es descompensadamente masculinista. Para empezar, rechaza todo lo anteriormente sabido como si de un prejuicio se tratara; pero, además, el saber moderno se propone como objetivo, por el lado de la ciencia,
vencer y someter al mundo, y, por el lado de la filosofía, concretar lo universal, o sea, anular la diferencia ente lo masculino y lo femenino. Se sobrevalora el progreso técnico sin cuidar la ecología, se pretende que el mero progreso abstracto del saber y de la ciencia traerá consigo el progreso ético y humano. No es de extrañar el movimiento feminista tan acre, aunque también tan desorientado, ya que, si bien tiene razones para protestar, da por buenos indiscernidamente los valores de la cultura moderna y sólo pretende desfeminizarse.

Pero por encima de las circunstancias históricas, los cristianos sabemos que las relaciones masculinidad-feminidad son dificultosas como consecuencia del pecado original. De ser, varón y mujer, una sola carne es decir: una unidad armónica de proyecto humano en el mundo, hemos pasado, después del pecado, a mantener una relación de necesidad y dominio, es decir, de ruptura y oposición. Lo explicaré con más detalle.

Ante todo, la función materna] de la feminidad ha quedado resentida. A lo femenino le resulta doloroso y dificultoso ser madre. No es que haya perdido la función, sino la facilidad, y el agrado en ocasiones, o sea: la congruencia entre la función y su ejecución. El ser morada y el morar le resultan dificultosos al ser humano. El morar en concreto cae fácilmente en la rutina y en el vacío de sentido del eterno retorno. La guarda y el adorno se vuelven constante restauración y reposición , es decir, carecen de sentido abierto. Por último, el interés por lo concreto del mundo, al convertirse en tarea eternamente retornante, merma y se trueca fácilmente en interés por la masculinidad, de la que carece ahora.

Por su parte, lo masculino pierde también la congruencia y facilidad para someter el mundo. El trabajo se le vuelve penoso y sus resultados exiguos e insuficientes. El interés por el sometimiento del inundo, al volverse dificultoso éste, se vierte en interés por dominar a la feminidad: la relación con lo femenino se trueca así en utilización como medio para la propia satisfacción.

La diferencia de funciones da lugar en definitiva a una confrontación de fuerzas entre lo masculino y lo femenino, e incluso entre unas personas y otras. De dueño del mundo, el ser humano se transforma en un dominador de otros seres humanos, y la tarea de habitar el mundo es sustituida por el afán de poder. El poder no es masculino ni femenino, es neutra voluntad arbitraria.

Detrás de ello hay una clara pérdida del sentido de la existencia humana y de la orientación final o destino del hombre, o sea: está presente la muerte. Si el horizonte es la muerte, el hombre no tiene futuro y su habitar en este mundo es encarcelamiento: todo nuestro hacer está condenado a ser vanidad de vanidades y sólo vanidad. Es natural que en estas condiciones el interés femenino por lo concreto del mundo y el masculino por la mediación y el progreso se conviertan en puro pasatiempo o juego, en confrontación banal cuyo único resultado final es la satisfacción de imponer el propio capricho.

Pero también sabemos los cristianos que, entre un Viernes Santo y un Domingo de Resurrección, el futuro nos ha sido devuelto y de manera sobreabundante. En virtud de ello, la muerte ya no es fracaso y clausura del habitar, sino supremo don y apertura, de manera que nuestra existencia en el mundo ha vuelto a tener sentido, y un sentido incluso superior. La masculinidad y feminidad originarias han recuperado igualmente su sentido funcional y han ganado la posibilidad de una armonía más amplia y profunda.

Con todo, la naturaleza de la distinción masculino-femenino sigue siendo la misma y sus funciones también. El fin de la masculinidad no es la feminidad, ni viceversa, pero tampoco lo es respectivamente el dominio del uno sobre el otro, sino realizar el habitar humano en el mundo. Para poder alcanzar este fin y evitar los escollos que lo impiden, se requiere según se sigue de las consideraciones precedentes, al menos estas tres condiciones:


1. Dejar de entender a ambas como determinaciones esenciales y opuestas, suprimiendo así todo enfrentamiento mutuo y los consiguientes intentos de anulación de alguna de ellas o de ambas a la vez.

2. Equilibrar nuestro comportamiento de modo que no desconsidere en su actuación la necesidad de la otra función, antes bien la posibilite y favorezca, pues sin ella es imposible realizar adecuadamente la tarea de la habitación

3. Mantener, tanto dentro de la familia como fuera de ella, esa diferencia en cuanto que diferencia funcional, y llevarla hasta sus últimas consecuencias. La masculinidad y la feminidad que se afirman como funciones del habitar humano no sólo no se excluyen ni merman entre sí, sino que incluso incitan y fomentan el desarrollo dela actividad co-armónica, por mucho que se afirmen en su propia línea.



En nuestros días es especialmente urgente revigorizar la función femenina del ser humano y, con ella, defender la condición familiar de nuestro morar en el mundo. Y el único modo de hacerlo de forma adecuada es educando masculina o femeninamente, según la condición natural de cada persona, y dando ejemplo de vida familiar. Un mundo sin feminidad es un mundo imposible de habitar en humano, un mundo donde sólo hay derechos, pero falta la justicia, un mundo donde puede haber progresos, pero no mejoras, donde quizás haya mucha organización, pero falta la amabilidad. Es sorprendente que, siendo precisamente ese nuestro mundo no hayamos caído todavía en la cuenta de que la raíz de sus defectos estriba en su constante negación de la feminidad y de la familia.

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Conferencia pronunciada en el Club Adara de Granada el 21-4-1983 y publicada con retoques en la revista Philosophica (Universidad Católica de Valparaíso-Chile) 11 (1988) 187-199. Facilitada por el autor a este Sitio.

2003 Nov. Fuente: www.arvo.net

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Rescatemos el vocablo Matrimonio

 

El matrimonio se revuelve molesto en la cuna de su etimología y protesta enérgicamente contra la unión físico-sexual-sentimental de los homosexuales, sean hombres o mujeres:
«¡Yo no soy eso!, porque soy, por una parte,
munus (masculino), y, por otra, matris (femenino). Munus: oficio, ocupación empleo, profesión… Matris: de la madre; con de de pertenencia, posesión…, de donde se desprende mi nombre completo y usual de matris-munus = matri-monio».
En la construcción gramatical latina, como signo de elegancia lingüística y buen decir, se suele anteponer el genitivo al nominativo. En este caso, se leería y diría: «
De la madre, el oficio… resalta o resulta ser el básico en la unión conyugal…», en lugar de leer y oir: «El oficio de la madre... resalta o resulta ser básico en la unión conyugal...» Es más de estilo clásico y rítmico decir: «De la madre, el oficio, etc.», que decir: «El oficio de la madre, etc.», rememorando aquello de: Del salón en un ángulo oscuro… (más bonito y poético), que: En un ángulo oscuro del salón... (más prosaico y ordinario). Son detalles.
Dos son las
madres del idioma español o castellano: el griego y el latín. En términos generales, todas las palabras referentes a la ciencia proceden del griego: por ejemplo, geología, optometría, fisiatra, ginecólogo… Las restantes, también en general, son originarias del latín, o engendro de ambos: por ejemplo, la moderna cosmonauta (kosmos-nauta). Del latín procede la palabra matrimonio, en sus dos elementos: munus, matris/matris, munus = Matrimonio.
Por lo tanto, en el caso de la unión de
dos varones, la palabra matrimonio = el oficio de la madre, no tiene sentido; el concepto básico que le corresponde de alma mater = nutricia, a través de las mammas que otorga la naturaleza femenina, repugna físicamente aplicarlo al varón.
Igualmente carece de sentido llamar
matrimonio a la unión de dos mujeres, porque no hay madre sin padre; es decir, para que una mujer quede constituída en madre, es necesaria la intervención de un varón, función fisiológica imposible de realizar por ley natural entre dos mujeres; de donde repugna aplicar a esta unión del nombre de matrimonio.
Así que, señores y señoras homosexuales, señoras y señores letrados, alcaldes y otros funcionarios laicos, vayan buscando otro nombre para definir la unión
físico-sexual-sentimental entre dos hombres o entre dos mujeres, porque la palabra matrimonio no les vale, so pena de pasar por unos ignorantes de tomo y lomo en cuanto al conocimiento y al empleo del idioma español.
Francisco Arenas - 2004-04-17

 

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EL FEMINISMO, ¿DESTRUYE LA FAMILIA?

 

JUTTA BURGGRAF

1. Introducción
Hace poco, leía un artículo en que, con gran profusión de palabras, se pretendía explicar, por qué el feminismo destruye la familia. Quedé un poco sorprendida y comencé a pensar en ello. ¿Realmente destruye el feminismo la familia? Sin querer, recordé un suceso que me ocurrió hace algún tiempo en Sudamérica. En Santiago de Chile, me habían dicho que una persona, conocida como una enérgica feminista, quería discutir conmigo acerca del tema de la mujer. Se trataba de la fundadora y rectora de una universidad privada. Habíamos concertado una cita. Me preparé para una intensa discusión y, luego de unos días, acudí al encuentro con un cierto ánimo de ir a la ofensiva. Cuando entré al Rectorado, me sorprendió ver que en la muralla colgaba una imagen grande de la Virgen. La rectora era una señora muy amable y bien arreglada. “Yo trabajo, con todas mis fuerzas, para que las mujeres puedan estudiar y obtengan puestos de trabajo”, me dijo. “Sueño con un sueldo para las dueñas de casa y con la supresión de la pornografía. Me llaman feminista, porque devuelvo todas las cartas que recibo, dirigidas al Rector; porque esta Universidad no tiene un rector, sino una Rectora”. Y, entonces, señaló, sonriendo: “Y no tengo nada contra los hombres. Estoy casada hace mucho tiempo y quiero a mi marido más que hace treinta años”.


Es evidente que un feminismo
así no destruye la familia. Pienso, incluso que es extremadamente favorable para la comunión de los esposos y para la familia misma, ya que devuelve a la mujer la dignidad que, en ciertas épocas y culturas, y parcialmente en la actualidad, le ha sido y le es negada. Sí, esto ocurre también hoy, no es ideología, ni exageración. No necesitamos pensar en las mujeres cubiertas por un velo, como en Arabia Saudita, ni al pueblo africano de los Lyélas, que consideran a las mujeres como la parte más importante de la herencia. Por ejemplo, una de las fórmulas con que un hombre constituye a su hijo mayor como su heredero dice: “Te entrego mi tierra y mis mujeres”
[1]. No podemos tampoco juzgar con altanería el rapto de las novias de la aguerrida Esparta [2] , ni lamentarnos de la llamada oscura Edad Media, que, por cierto, no fue una época tan hostil para la mujer [3]. Como se ha dicho, no necesitamos ir tan lejos. Basta mirar a Europa ¿Se respeta a la mujer en la sociedad, en las familias? También hoy día se la considera, en innumerables avisos publicitarios, en el cine, en revistas del corazón y en conversaciones de sobremesa, como un ser no muy capaz intelectualmente, como un elemento de decoración y de exhibición, como mero objeto de deseo masculino.
Su dedicación a su casa y su familia no es ni se valora, ni se apoya como se debía. ¿No ocurre con cierta frecuencia que un
hijo, sólo porque es varón, después de un suculento almuerzo dominical, se siente frente al televisor junto a su padre, mientras las hijas “desaparecen”, junto con su madre en dirección a la cocina? ¿O que una joven madre, que trabaja fuera de la casa, se las tenga que arreglar sola con las labores domésticas y más encima sea enjuiciada, pues no se preocuparía lo suficiente de su marido -que trabaja a tiempo parcial- y de sus hijos y que además sea criticada por no tener la casa limpia? ¡Cuántas mujeres casadas, que carecen de ingresos propios deben mendigar de sus maridos un poco de dinero y no tienen acceso a la cuenta bancaria, ni participación en las decisiones pecuniarias de la propia familia! Concedo que estas cuestiones pueden ser superficiales; sin embargo, demuestran cuánta -o cuán poca- comprensión y cariño reciben las mujeres, a menudo, en una situación difícil.


Existe pues una promoción de la mujer que es absolutamente razonable y conveniente. Su finalidad consiste en que los derechos humanos no sólo sean derechos de los varones, sino que ambos, tanto el hombre, como la mujer, sean aceptados en su ser-persona. También se esfuerza por considerar a cada ser humano en su propia individualidad, sin colocar ningún cliché a nadie. Y esto es válido
en todo sentido. Hoy en día nadie duda que la mujer puede dominar la técnica más complicada. Pero ello no significa que todas las mujeres deban ser técnicas y que gocen con las computadoras. Según un nuevo dogma: “La mujer emancipada es gerente de empresa, arquitecto o empleada en una oficina; de todas maneras, trabaja fuera de la casa”. Sin embargo, si la emancipación es entendida como un proceso de madurez conseguido, ¿por qué la mujer “emancipada” no puede ser madre de una familia numerosa? Cuando una mujer prefiere preparar un pastel, tejer chalecos, jugar con los niños y procura hacer de su casa un hogar agradable, no quiere decir que ella se haya resignado a asumir el rol que se le asignó en el s. XIX. Significa simplemente que, para ella, estas actividades son más importantes que para quienes la critican. En principio, no se trata de lo que una persona hace, sino de cómo lo hace.
Ni el trabajo fuera de la casa, ni la familia son, en sí, soluciones a problemas personales o sociales; ambos conllevan ventajas y riesgos. Así, es posible que una mujer profesional, debido a la creciente especialización de su trabajo, se le vaya empequeñeciendo su campo de acción, mientras que una dueña de casa, al tener que enfrentarse a los más diversos trabajos, adquiera una visión más amplia. En su vida profesional, la mujer está expuesta a los mismos riesgos que el hombre -deseo desmedido de hacer carrera, afán exclusivo de poder...-, incluso más que él, pues le pone a prueba y enjuicia más duramente.
No quiero, de ninguna manera proponer que la mujer debe volver a ocuparse exclusivamente de las tareas del hogar. Pienso solamente que se debe dar, a cada mujer, la posibilidad de decidir libremente lo que ella considera como bueno, sin iniciar permanentemente nuevas polémicas.
Se ha discutido mucho acerca de si las mujeres son diferentes a los hombres y en qué lo son. Primero, hay que considerar que cada ser humano es distinto de los otros. Cada uno debe tener la oportunidad de desarrollarse libremente, de ser feliz y de hacer feliz a los demás -por diferentes caminos, da lo mismo en qué estado o profesión-. Desde una perspectiva histórica y social, algunas veces, a las mujeres esto les ha sido más difícil que a los hombres. Es por ello, que se les debe ayudar más a vivir de acuerdo con su convicción personal. Esta es la finalidad de un feminismo que podemos denominar “auténtico”, “razonable” o “libertario”. Puesto que pretendo unir la verdadera promoción de la mujer con mi fe cristiana, me gustaría hablar de “feminismo cristiano”. A este tema nos referiremos más adelante.

2. El feminismo radical

Estamos casi en nuestro tema. Como se ha mencionado, existe otro tipo de feminismo, que se ha extendido mucho en los países occidentales, es denominado, con frecuencia, feminismo “radical” o “extremo”. Me parece que este tipo de feminismo, por lo menos como se presenta a sí mismo, ha sobrepasado su momento culminante. Su enorme influencia ha tenido un devastador efecto, que se deja ver en todos los ámbitos. Todos conocemos lo que se ha dicho acerca del “mito de la maternidad”, que debe ser destruido o del macho, que la mujer debe desterrar. En algunas de sus afirmaciones, las feministas han traspasado con mucho el límite de lo absurdo.
La filósofa francesa Simone de Beauvoir es considerada la precursora del feminismo de nuestro siglo, cuya influencia apenas puede superarse
[4]. Su monografía “Le Deuxiéme Sexe” (“El otro sexo”), publicado por primera vez en 1949) es denominada con frecuencia la “biblia del feminismo” [5]. En ella, Simone de Beauvoir postula, por primera vez, con gran agudeza intelectual, la igualdad de los sexos y, con ello, da un nuevo impulso al movimiento feminista en el mundo occidental, el que, hace ya tiempo, va mucho más allá de pretender la simple mejora de la situación jurídica de la mujer y una mayor posibilidad de acceder a la formación escolar, universitaria y profesional.
En aquella obra, la filósofa comienza esbozando su propia posición ideológica. “Nuestra perspectiva es la de la ética existencialista”
6], declara. Y continúa “Esla de Heidegger, Merleau-Ponty y Sartre” [7] (su conviviente). El “existencialismo”, tomado del título de un libro de Sartre, es una negación consciente de toda reflexión que parta de la esencia o naturaleza. No hay “una naturaleza humana -dice Sartre- pues no hay Dios que la hubiese podido diseñar” [8]. Sartre se refiere a la libertad creadora del hombre, que le capacita para hacer de sí mismo lo que él quiere y que no es limitada por ninguna “esencia” o “naturaleza”[9].
Simone de Beauvoir intenta traspasar el existencialismo ateo
[10] de Sartre a la existencia femenina [11]. Para ella, el hombre tampoco es un “ser dado” o una “realidad fija”, sino “una idea histórica”, “una continua transformación”, que hace de la persona lo que ella es [12]. En consecuencia, en la ética de Beauvoir, toda forma de “quietud” o “pasividad” sólo puede considerarse como un gran mal [13]. Sin embargo, es precisamente esa la actitud a la cual los hombres han obligado continuamente a las mujeres.
Ya desde los nómades, el mundo ha pertenecido al varón
[14], dice Beauvoir, pues éste ha sabido influir en el mundo con ocupaciones que iban “más allá de su ser animal”. Para cazar y pescar, construyó utensilios, se puso metas y abrió caminos. Continuamente se superó y emprendió el camino hacia el futuro [15]. Añade: el privilegio del varón consiste en que “su vocación como persona con destino no contrasta con su ser varón” [16]. Sin embargo, en la mujer sucede algo distinto. Hasta hoy, a las mujeres se les ha impedido intervenir de manera creativa en la sociedad. Las mujeres han sido “aisladas” y ahora se encuentran marginadas [17]. Permanecen toda su vida encerradas y la culpa de todo, la tienen el matrimonio tradicional (con la división del trabajo según el sexo) y, sobre todo, la maternidad.
En toda la obra de Beauvoir está presente un tema dominante: la de quitar todo valor al matrimonio y la familia. A este respecto, señala que, “sin duda alguna, dar a luz y amamantar no son actividades sino funciones naturales y no está en juego ningún proyecto personal. Por eso, la mujer no puede encontrar en ello ninguna razón para una alegre afirmación de su existencia”
[18]. Durante siglos, la mujer se ha contentado con llevar una “vida relativa”, dedicada al marido y a los hijos. “En realidad -continúa-, para el hombre, ella es sólo una distracción, un objeto, un bien poco importante. El varón es el sentido y la justificación de su existencia” [19]. El varón, por su parte, ha consolidado su supremacía a través de la creación de mitos e instituciones.
Por medio de muchos ejemplos de la literatura y la cultura, Beauvoir analiza el mito de la mujer, tal y como lo han inventado los varones para sus propósitos y concluye que “es tan irrisorio contradictorio y confuso que no se halla unidad alguna: como Dalila y Judit, Aspacia y Lucrecia, Pandora y Atena, la mujer es siempre la tentadora Eva y la Virgen María a la vez. Es ídolo y esclava, fuente de vida y puerta de los infiernos; es el silencioso original de la misma verdad, al mismo tiempo falsa, locuaz, mentirosa; es bruja y terapeuta; es presa del varón y su perdición; es todo lo que él no es y desea poseer, su negación y su fundamento existencial”
[20], es, precisamente, el “otro” sexo.
Beauvoir se opone a todas estas afirmaciones, pues señala que las mujeres no son ni ángeles, ni demonios, ni esfinges, sino seres humanos dotados de razón 
[21]. Su proximidad a la naturaleza -que significa una limitación radical de su potencial humano- es exigida y también temida por el hombre. Aunque las mujeres no pueden negar, ni ignorar su propio cuerpo, éste no determina para nada su libertad existencial. Indudablemente, en la filosofía de S. de Beauvoir, hay razonamientos acertados; que, sin embargo, dan lugar a un gran empobrecimiento ideológico. Ello se aprecia claramente si consideramos su conocido aforismo, “No naces mujer, te hacen mujer” [22], completado más tarde por la lógica conclusión “¡No se nace varón, te hacen varón! Y tampoco la condición de varón es una realidad dada desde un principio” [23].
La “mujer constituye para Beauvoir un “producto de la civilización”
[24]. Ella “no es la víctima de un destino misterioso e ineludible” [25] , sino la de una situación muy concreta y corregible, en la cual el “mito de la maternidad” siempre ha servido a los varones como pretexto para motivar a las mujeres a realizar sus quehaceres domésticos [26]. La mujer, por su parte, se ha resignado durante mucho tiempo ante su situación. “Al no querer que una parte de sí se ha convertido en negación, suciedad y malignidad el ama de casa maniática se encoleriza contra el polvo y exige un destino que a ella misma le exaspera” [27]. En su desesperación intenta inútilmente introducir al hombre en la cárcel de su pequeño mundo, bien como madre, esposa, amante “permanente”, parásita [28] o carcelera [29]. El hombre trata a la mujer como su esclava y la persuade a la vez de que sea su reina [30]. Hoy, sin embargo, la lucha se muestra de otra manera, “en lugar de que la mujer pretenda llevarse al hombre a su cárcel, lo que hará es intentar salir de ella. Ya no pretende penetrar en la región de la inmanencia [31]. El hombre hace bien en ayudar en la emancipación de la mujer, pues librándola a ella, se libera él mismo [32].
¿Cómo tienen que ser la emancipación? Para Simone de Beauvoir, no cabe duda que las “cadenas” o “ataduras de la naturaleza deben ser rotas”. La filósofa existencialista traza una ética radical
[33], que intenta desenmascarar el matrimonio [34], la maternidad [35], la prohibición del aborto [36] y del divorcio [37], como “medidas coercitivas de las sociedades patriarcales” [38], que dejan a las mujeres en dependencia de los varones. Según sus propias palabras, “las mujeres han decidido protegerse de la maternidad y del matrimonio” [39]. “lamento la esclavitud que se impone a la mujer con los hijos... Como otras muchas feministas, también estoy a favor de que se suprima la familia” [40] dice explícitamente. Además, simpatiza con la inseminación artificial [41], las relaciones lesbianas [42] y la eutanasia [43]. Para la filósofa existencialista, el remedio para salir de la dependencia es la actividad profesional de la mujer [44], con la cual se puede alcanzar “una plena igualdad económica y social” [45] entre los dos sexos.
Aunque todas parten de sus principios, algunas de las feministas actuales superan con mucho determinados aspectos de las exigencias de Beauvoir. En su obra mundialmente conocida, “The Feminin Mystique”
[46], Betty Friedan -fundadora del movimiento feminista americano de los años sesenta- critica con gran vehemencia el que la mujer se vea obligada a “la realización de su feminidad” [47] únicamente en el matrimonio, en la familia y en el trabajo doméstico y que se le impida desarrollarse intelectualmente [48].
De la misma manera, la americana Kate Milled, en su libro “Sexual Politics”
[49], recurre lo señalado en “Le Deuxième Sexe”: “La mujer aún es indispensable para la concepción, la gestación y el nacimiento de un niño, pero no tiene otra atadura u obligación especial con respecto a él”. Finalmente, el objetivo del feminismo de Shulamith Firestone -la más radical de este grupo- es destruir todas las estructuras más importantes de la sociedad [50]. En “The Dialectic Sex”, propone liberar a la mujer de la “tiranía de la procreación” [51], a cualquier precio. “Lo quiero decir muy claramente: el embarazo es una barbaridad” [52], señala.
La periodista Alice Schwarzer es una de las pocas figuras sobresalientes del feminismo alemán. Después de su larga estancia en París, comenzó su labor, organizando, a principios de los años setenta, la campaña pro-aborto en Alemania
[53]. En 1975, lanzó un bestseller [54] al mercado y se destacó, finalmente, como editora de la primera revista feminista, “Emma”, hasta hoy, muy difundida. Su lenguaje frívolo, la exposición de problemas humanos, la eliminación de los tabúes relativos a las normas morales, junto con algunas hipótesis racionales, no constituye una mezcla nueva; no obstante, aplicada exclusivamente a la cuestión femenina, se transforma en un asunto de carácter político.
Aunque Alice Schwarzer subraya una y otra vez su admiración por Simone de Beauvoir
[55] -a la que conoció en París personalmente-, es aún más radical en la aplicación de las ideas feministas. Difunde las tesis contenidas en “Le Deuxième Sexe” y las planteadas por el movimiento feminista norteamericano. Más, en último término, para ella no se trata de la cuestión teórica de la igualdad de los sexos, sino de qué modo la mujer, siendo más valiosa y digna de ser amada que el hombre, puede huir del dominio masculino. Según A. Schwarzer, el poder masculino es el único factor que condiciona actualmente la relación hombre-mujer, y sólo puede ser destruido por un poder femenino [56]. El varón es, para ella, el enemigo al que reprocha una lista de pecados. La autora expresa: “Por eso, todo intento de una liberación de la mujer tendrá que dirigirse contra los privilegios del varón, tanto a nivel colectivo, como a nivel personal. Eso quiere decir que hay que luchar también contra el propio marido” [57]. Llama a todas las mujeres para que manifiesten su poder y se nieguen a sus maridos, rehúsen “la heterosexualidad” que ha pasado a ser “un dogma” [58] y se interesen por la bi- y la homosexualidad. En suma, Schwarzer concibe el poder sexual como un poder político, intenta iniciar una revolución en las relaciones hombre-mujer, de la cual surgirá una mujer liberada del poder masculino. Esta mujer podrá actuar positivamente en la sociedad.
A. Schwarzer crítica la “ideología del hijo propio” y lucha contra todos los lazos existentes entre madre e hijo. Según ella, tales lazos sirven únicamente para proteger los últimos baluartes de una sociedad para varones
[59]. La tarea educativa debe realizarse, en gran parte, por el colectivo; el trabajo doméstico tiene que ser industrializado. Eso significa que debe existir un número suficiente de guarderías y de jardines infantiles, abiertas durante las veinticuatro horas y donde trabajen mujeres y varones [60].
Para la feminista norteamericana Mary Daly, todo lo masculino es objeto del juicio más despiadado, casi de la maldición universal. En su exitoso libro, aparecido en 1978
[61], la autora pasa revista a todas las atrocidades que los hombres han cometido contra las mujeres, desde el comienzo de los tiempos. Contrasta la maldad masculina, “contaminante”, “ponzoñosa” y “destructora”, la autora contrapone la “pureza elemental” de las mujeres. M. Daly exagera tanto las ideas de “Le Deuxième Sexe”, que realmente no se las puede tomar en serio.
Desde hace algún tiempo, el intento de liberarse de las “cadenas de la naturaleza” no es la única preocupación del feminismo radical. Desde ciertos ambientes ecologistas y desde el llamado “feminismo cultural” de Norteamérica han surgido nuevas tendencias. Mientras un grupo de las feministas continúa negando las diferencias fundamentales entre mujeres y hombres, otro grupo ha comenzado a “celebrarlas”. Actualmente, dentro del feminismo, se plantea cada día con más fuerza, que la identificación de lo femenino con la naturaleza, la corporeidad, la sensibilidad y la voluptuosidad, no es un “maldito prejuicio masculino”. Por el contrario, todo lo emocional, vital y sensual ha pasado a ser la esperanza para un futuro mejor. Después de que la racionalidad y el despotismo masculinos han conducido a la humanidad al borde del desastre ecológico y la han expuesto al peligro de la destrucción nuclear, ha llegado la hora de la mujer. La salvación se puede esperar solamente de lo ilógico, de lo instintivo, de lo afable y apacible, tal como se encuentra encarnado en la mujer
[62].
Después de que, durante décadas, el deseo de tener hijos fue reprimido y negado, ahora es redescubierto, por grupos feministas
[63] como una “necesidad femenina” pura [64]. Esto puede ser una reacción al esfuerzo de la emancipación entendida, con demasiada frecuencia, como una acomodación a los valores masculinos y a la competitividad.
Por supuesto, el deseo de tener hijos no significa un retorno al matrimonio y a la familia burgueses. Las feministas se interesan poco por la realidad social de las mujeres, lo que les preocupa son la vida de la mujer, el cuerpo femenino y las experiencias de dar a luz y de amamantar. “Son las mujeres las que tendrán que liberar la tierra y lo harán, porque viven en una mayor armonía con la naturaleza”
[65], esta es la más conocida de las tesis propuestas. A ella se opone ahora, con renovado ímpetu, la teoría igualitaria, que continúa la línea de pensamiento inaugurada por Simone de Beauvoir [66]. Así llegamos otra vez al comienzo de nuestra reflexiones.

3. Las familias patchwork

Cuando se leen los manifiestos feministas, se podría concluir lisa y llanamente que el feminismo radical destruye la familia. ¡Ese es su objetivo declarado! Sin embargo, las cosas no son tan simples como parecen. También hay que matizar esta afirmación.
Si miramos a nuestro alrededor, podemos comprobar que la vida familia existe. Por ejemplo, tres cuartos de los europeos pasan sus vacaciones en familia, incluso con frecuencia, varias generaciones juntas, en las combinaciones más variadas. Al observar los campings y otros lugares de vacaciones, esto queda muy claro. Pese a todas las advertencias de Simone de Beauvoir y de Alice Schwarzer, pese al deseo creciente de hacer carrera y de ganar dinero, vemos, en todas partes, como las parejas forman una familia y traen niños al mundo. A pesar que, según dicen, para “autorrealizarse”, es más fácil permanecer solo, la
mayoría de las personas insisten en reunirse alrededor de una familia.
Incluso, conocidas feministas han comenzado a alabar a la familia. La argentina Ester Vilar, señala que, si existiera completa igualdad, la mujer saldría por la noche, menos que el hombre. Esto no le parece nada mal, pues “que una persona sea mucho más feliz tomándose una cerveza en un bar lleno e humo que velando el sueño de su hijo pequeño en un hogar tranquilo, aún está por demostrar”
[67]. Y Christiane Collange, una de las más connotadas feministas francesas sorprende al decir: “Me dan pena las mujeres que no saben la tranquilidad que da quedarse una tarde en la casa, sin hacer nada y disfrutando a su hijo. No hay ninguna otra sociedad que nos brinde tanta alegría de vivir, como la familia” [68].
La feminista de Berlín Barbara Sichtermann opina que la mujer no debe continuar orientándose de acuerdo al varón, como ha sido hasta ahora la política de la emancipación, que ha puesto al varón como ideal. Sin embargo, iguales derechos para ambos sexos es algo tan indispensable como insuficiente. “La posición del varón en la sociedad sólo puede... ser, dentro de ciertos límites, un modelo para el sexo femenino; primero, porque el mundo de los hombres, tal como funciona -o como no funciona- deja mucho que desear; segundo, porque las mujeres emancipadas no son semi-varones, ni quieren serlo”
[69].
Es interesante que Sichtermann ponga de relieve la disposición de las mujeres de estar-ahí-para-otros. Señala que se trata de “una virtud clásica femenina”, cuyo exceso debe evitarse; pero “cuya esencia debe ser guardada y propagada”
[70].
Sichtermann exige que “el cuidar de otros”, sea apreciada en todo su valor, precisamente cuando no es remunerado. “Nuestra civilización ha creado un clima ético en el que todo el que hace algo gratis, es considerado un tonto. Aún así, sería errado suponer que el respeto por la víctima se ha extinguido completamente. Sólo que carece de un lenguaje... Todo esto es un problema cultural y psicológico social, que sólo puede ser resuelto donde ha comenzado: no mediante transformaciones del mercado laboral, ni del estado, sino en las relaciones interpersonales, que se sustraen, tanto a las reglas que rigen el mercado, como a las que rigen el estado”
[71].
El trabajo doméstico es uno de los campos en que ese ser-para-otros, esa preocupación por las necesidades inmediatas, tiene mayor relevancia. Sichtermann no se refiere a su efecto “limitante”, “opresivo” o “enfermante”, sino que lo presenta como una alternativa frente a la vida profesional agotadora y programada. Se trata de un ámbito que se puede organizar como una quiera, señala -junto con los tradicionales defensores de la familia- aquí se puede ser, simplemente un ser humano
[72]. Después de todo, todo ser humano anhela tener una “vida personal no económica”, una vida privada. Este deseo se puede reprimir temporalmente, pero nunca se extingue por completo. Por lo demás, las mujeres han adquirido suficiente experiencia fuera del hogar, como para poder admitir, con sinceridad, que la exclusiva vida profesional no aporta, por sí solo, la felicidad. “Las dueñas de casa hacen muy bien cuando se niegan a acudir a la fábrica; ciertamente lo pagan con su dependencia del marido, pero ésta es siempre mejor que la dependencia de un jefe” [73].
Puede ser -continúa Sichtermann en tono provocativo- que las mujeres dependan del sueldo de su marido. Pero, por otra parte, los hombres dependen de sus mujeres, en un sentido mucho más profundo, precisamente, porque todo ser humano necesita un hogar, cuya creación se le ha asignado, durante siglos, a la mujer
[74]. La protección de ese hogar debe ser tomada en cuenta por la política feminista, tanto como “el deseo, igualmente fuerte en ambos sexos, de reconocimiento profesional” [75].


Hasta aquí el debate sobre la emancipación. Hoy en día, en amplios sectores de la sociedad, no solamente se habla de una “nueva maternidad”, sino también una vida familiar agradable, seguridad y apoyo moral. Sin embargo, esa familia que anhela el movimiento feminista, nada tiene que ver con la tradición y mucho menos con el Cristianismo. Comúnmente, es denominada “familia-patchwork” o “familia de remiendos, de parches”. la imagen de una colcha hecha de trozos de telas muy diversas, es el ejemplo perfecto de esta nueva comunidad de personas, en que se reúnen padres e hijos de familias anteriores. Cuando una familia ya “no funciona más”, se va cada uno por su lado, los padres se separan, se llevan a algunos hijos consigo e intentan con otra pareja, un nuevo
patchwork. Los remiendos se pueden separar y coser nuevamente, en un modelo diferente, cuando y como se desee.
Nos referimos a un tema muy doloroso y que, por tanto, no se puede tratar superficialmente. Cada uno conoce muchos casos parecidos. Todos sabemos cuánta penuria -de la que se prefiere no hablar-, cuánto sufrimiento se oculta en una situación como la descrita. ¿Quién puede dejar al padre o a la madre de sus hijos, después de años de vida en común, sin experimentar una ruptura en su vida, sin sentirse fracasado, sin dudas, ni remordimientos? Es bien sabido que quienes más sufren son los hijos. Hay que pensar en qué conflicto permanente se encuentran, cuando tienen que elegir entre sus padres “biológicos” y los “escogidos”. Hace poco, me contó una conocida mía: “Mi hijo vive con su tercera mujer. Hasta ahora, todas sus relaciones sólo han durado unos cuantos años. De su primera señora, tiene sólo una hija pequeña. La segunda trajo dos niños al matrimonio, de los cuales, él se preocupó como un verdadero padre. A veces, tenía la sensación de que mi hijo los quería más que a su propia hija. Mis dos nietas políticas estaban muy tristes cuando mi hijo y mi nuera se separaron. El ya tiene una guagua de su actual polola y quieren casarse pronto. Esto significa que pronto tendré tres nueras y un solo hijo”.


No nos corresponde juzgar a nadie. Nadie tiene derecho a hacerlo y, como espectador, se puede ser muy duro y caer, fácilmente en la altanería. Únicamente, queremos conocer el motivo del cambio de valores, que se viene observando en las últimas décadas. ¿No es cierto que
el feminismo radical ha jugado un papel decisivo en la destrucción de la familia burguesa y tradicional? Yo diría que sí. Este ha sido uno de sus objetivos declarados y lo ha logrado en amplios sectores de la sociedad. Por una parte, ha llevado la lucha de clases dentro a la relación entre el hombre y la mujer; por otra parte, ha creado un nuevo concepto de familia abierta y ha tildado al “antiguo” como ridículo. En una ley finesa, se define la familia como “el grupo de personas que utiliza el mismo refrigerador” 
[76]. El desprecio por todas las formas tradicionales de vida queda de manifiesto en un informe de Christiane Collange: “¿La familia unida, en armonía, sin divorcios, ni separaciones, de la se nos habla continuamente para que nos avergoncemos de nuestra vida sin ataduras? ¿Cuánta frustración y fracaso se esconde detrás de la respetable fachada? ¡Cuánta mentira y traición en nombre de la indisolubilidad del matrimonio! No añoro la época de los padres (hombres) ´estrictos pero justos´, ni los de las santas mujeres de mirada triste. Prefiero los padres (hombres) de hoy, que no son ni tan gallinas, como se piensa, ni tan gallitos como antes. También me gustan nuestras supermadres, que siempre tienen prisa, pero se sienten bien en su piel. Prefiero los jeans de fines de siglo, que el cuello de encaje de sus comienzos” [77]. ¡Por cierto, yo también los prefiero!


Es evidente que no se trata de volver a la familia burguesa. Esto sería hacer muy poco y no respondería a las inquietudes de nuestros contemporáneos. ¡No se puede responder a los desafíos actuales con provincianismo! Hemos de demostrar que es mucho más atractivo que un hombre y una mujer se amen y sean un apoyo el uno para el otro, a que se combatan e intenten vencer al otro. Asimismo, hemos de mostrar que el matrimonio, como
comunión indisoluble, es la mejor garantía para la felicidad de una familia. Pienso que el testimonio de los cristianos es especialmente importante en este punto, no porque ellos sean mejores que los demás, sino porque en su fe encuentran el apoyo y la ayuda necesarios para superar los obstáculos de nuestro tiempo.
A continuación, pretendo resumir esquemáticamente, qué respuestas puede ofrecer un feminismo de orientación cristiana, para las situaciones mencionadas.

4. El feminismo cristiano

Hay que hacer una observación previa: Todo cristiano -hombre o mujer- debe ser hoy más consciente de que no es posible vivir coherentemente dejándose llevar por todo lo que nos rodea, lo que se nos exige y lo que se nos ofrece. En esta tensión en que vivimos, entre valores, valores aparentes y contravalores, resulta fácil perder la orientación. Por ello, necesitamos guardar una distancia reflexiva, para descubrir una dimensión más profunda de la vida, y tener la valentía de contradecir el espíritu de nuestra época. A lo largo de la historia, los cristianos nunca se han rendido, ni siquiera cuando han ocupado posiciones aparentemente perdidas. A pesar de todas las afirmaciones contrarias, el mensaje cristiano sigue siendo hoy día atractivo y, desde esta perspectiva, la mujer puede hacer un enfoque muy actual de su situación, que le ayude a adoptar sus decisiones existenciales.
Pienso que,
precisamente, cuando se tiene una motivación cristiana, se puede trabajar por una promoción de la mujer, llena de sentido, pues la “emancipación”, entendida como libertad, independencia y madurez interior se alcanza por la fe en Cristo. El nos libera de prejuicios y clichés, de tradiciones represivas, de costumbres y formas de vida que se han hecho muy estrechas. Pero, sobre todo, nos libera del pecado y de la culpa, que nos pueden llegar a corroer y que pueden destruir mucho más que los acontecimientos externos. A El le podemos confiar todas las cargas que nos hacen sufrir y nos apesadumbran interiormente, que nos desmoralizan y nos desaniman. Sabemos que somos aceptados y amados por El, pese a todas nuestras debilidades, errores y limitaciones. De El recibimos siempre la fuerza para recomenzar y la gracia para ser osados ante las dificultades.

4. 1. Aceptarse a uno mismo

Una persona que se sabe querida sin reservas por su Padre Dios, puede aceptarse a sí misma. Tal vez la falta de aceptación propia sea el problema principal del feminismo, también en su modalidad de la
nueva maternidad. Porque si yo me acepto a mí misma, también debo aceptar mis limitaciones, debilidades y los errores que cometo. Además, tengo que aceptar que no toda la bienaventuranza del mundo proviene de mí. En lo que concierne a la ideología de la igualdad, esto es aún más claro. El querer-ser-como-el-hombre ha conducido a muchas mujeres a grandes tensiones y a la frustración, incluso hasta a enfermar psíquicamente, pues sólo puede tener una personalidad equilibrada, quien vive en paz con su propio cuerpo.
Normalmente, para los cristianos no resulta difícil responder afirmativamente a su corporeidad, puesto que, para ellos, no existe la casualidad o el destino ciego, sino la sabia -aunque no siempre comprensible- y bondadosa Providencia Divina. El manifestó Su voluntad cuando creó al hombre y a la mujer. Dios inventó la naturaleza humana de un modo maravilloso, en sus dos facetas y dio a cada sexo abundancia de talentos y cualidades. Quien acepta esto, puede estar tranquilo, pues comprende que una rebelión contra su propia naturaleza es, en realidad, una rebelión contra el Creador.
La propia liberación de la mujer no puede reducirse a una mera equiparación con el hombre. Tenemos que aspirar a algo mucho más valioso y beneficioso; pero también más arduo: la aceptación de la mujer en su propia manera de ser, en su ser mujer, único e irrepetible. La finalidad de la emancipación es sustraerse a la manipulación, no convertirse en un producto, sino ser un original. Poco ayuda entender la emancipación siguiendo los modelos que nos presenta la literatura feminista; pero, sin la disposición a enfrentarse consigo misma; o interpretando las propias debilidades como represión. Precisamente, la resistencia a tales tendencias garantiza la propia libertad. La verdadera promoción de la mujer no la libera de su propia identidad de su propio ser, sino que la conduce a él.
¿Qué significa ser “hombre” o ser “mujer”? ¿En qué se diferencian los dos sexos? En la historia de la humanidad, no se han planteado sobre este materia sólo ideas sensatas y constructivas. Actualmente, es frecuente burlarse de los hombres, atribuyéndoles características, que no son más que prejuicios superficiales. Otras veces -con bastante más frecuencia-, son las mujeres a quienes se les atribuye ciertos clichés y se humilla, en la teoría y en la práctica. La verdad es que cada sexo tiene rasgos que le caracterizan; cada uno es superior al otro, en un determinado ámbito. Naturalmente, el hombre y la mujer no se diferencian en el grado de sus cualidades intelectuales o morales; pero, sí, en un aspecto ontológico elemental, como es la posibilidad de ser padre o madre y en aquellas capacidades que de ello se derivan. Es sorprendente que un hecho tan simple como éste, haya causado tantos extravíos y confusiones.

4. 2. La maternidad como regalo

Como madre, la mujer es llamada a ser “lugar” donde se efectúa el acto de la Creación divina, pues cuando surge una nueva vida, los padres cooperan, de un modo increíble con Dios. El nuevo ser humano es confiado a la mujer antes que al hombre, para que ella -primero dentro de sí- lo acoja, lo proteja y alimente. Es verdad que el embarazo no está exento de esfuerzo y agotamiento; sin embargo, ¿no demuestra una predilección especial hacia la mujer que ella pueda experimentar el amor creador de Dios incluso en lo más íntimo de su misma corporeidad? Sólo desde una perspectiva muy superficial y en la cual se ha perdido el sentido de lo esencial, se puede sostener que la maternidad disminuye o perjudica a la mujer, que, como madre, la mujer es inferior o tiene desventajas. Desde un punto de vista cristiano, al contrario, se puede decir que, debido a su maternidad, a la mujer corresponde una “precedencia específica sobre el hombre”
[78], como ha señalado el Papa Juan Pablo II.
No por eso, la mujer debe quedar “encerrada en la casa”, “condenada a un trabajo de esclavos”, aunque algunos grupos feministas lo dan por demostrado. Es cierto que a bastantes mujeres, el nacimiento de un hijo les supone una carga, en parte por la poca comprensión de los demás y, en parte, debido a estructuras sociales injustas. Sin embargo, estas últimas son
consecuencias del pecado, no circunstancias que necesariamente acompañen la maternidad. No pueden ser motivo para negar la vida a un nuevo ser humano, sino que esas estructuras injustas deben desaparecer. Este es, en todas las sociedades, uno de los desafíos más urgente para los cristianos.
Cuando una mujer acepta ser madre, puede seguir a Cristo, de una manera que no es espectacular, pero sí muy íntima. Ella da testimonio de “la bondad y la amistad de Dios con los hombres”
[79], forma un hogar, transmite valores culturales y religiosos. En esta labor, se dará cuenta de que a Cristo se le encuentra en la cruz, a la vez que reconocerá que, desde su lugar, está llamada a trabajar activamente en la expansión del Reino de Dios. De ninguna manera, es deseable que viva “encerrada” entre cuatro paredes. Dependiendo de las circunstancias familiares y de su situación personal, puede incluso ser su deber, colaborar en la sociedad también a través de su labor profesional y que su casa esté abierta a muchas otras personas. Evidentemente, la primera y principal ocupación y preocupación de los padres es el bienestar de la propia familia.
La maternidad no puede ser reducida a su aspecto físico. En un sentido espiritual, todas las mujeres están llamadas, de alguna manera, a ser madres. ¿Qué es sino salir del anonimato, escuchar abiertamente a los demás, compartir sus deseos y preocupaciones y, con frecuencia, hecerles receptivos a la gracia de Dios? Los pensadores cristianos se han referido muchas veces a esta maternidad espiritual, que tiene muy poco que ver con la idea protectora, sensiblera y blandengue, que tanto alaba un sector del feminismo radical. La maternidad espiritual difiere con mucho de aquella visión biológico-materialista. Al contrario, caracteriza una capacidad especial de amar que tiene la mujer, que consiste en descubrir y fomentar lo individual en la masa
[80]. Como dice Juan Pablo II, a la mujer, “Dios ha confiado al hombre, de un modo especial a la mujer” [81]. La maternidad espiritual no sólo expresa cualidades del corazón, sino también del entendimiento y no sólo exige una constitución natural, sino también formación.. Se refiere a la mujer dotada de espíritu, y no a aquella caricatura que, en el fondo, sólo gira alrededor de las propias necesidades corporales.
A una sencilla, normalmente no le cuesta acercarse a los demás. Su sentido de lo concreto, de la realidad y su sensibilidad ante las necesidades espirituales de los demás, le pueden ser de gran utilidad. Tiene un gran talento para la solidaridad y la amistad, así como para transmitir la fe de un modo práctico y concreto, que ha recibido de su Creador. ¿Por qué ha de negar estas cualidades, en vez de ser agradecida y hacer así la vida más amable y agradable a los ojos de Dios? Edith Stein da qué pensar, al escribir: “Cuando alguien se da cuenta de que, en su lugar de trabajo -allí donde cada uno se encuentra en peligro de convertirse en una máquina-, se espera de él cooperación y disponibilidad, conservará algo vivo en su corazón, o despertará a algo que, de otra forma, se atrofiaría”
[82].
Aquí se ve con claridad cuánto bien puede hacer un cristiano en medio del mundo. Contribuir a formar un ambiente, en el que las personas se sientan a gusto es una tarea que vale la pena. La mujer -precisamente por ser cristiana- tiene el papel decisivo de dar testimonio del amor de Dios, a cada persona en particular. A ella se le pide que transmita a los demás, la firme convicción de Dios toma en serio a cada uno y que su vida es muy valiosa.

4. 3. El matrimonio como vocación divina

Con la luz de la fe, no sólo se reconoce uno a sí mismo y también reconoce la posibilidad de la propia maternidad o de la propia paternidad, sino que también se ve el matrimonio desde una perspectiva más profunda, que es la que Dios ha querido desde un principio. Como una comunidad de vida y de amor entre un hombre y una mujer. En la Nueva Alianza es todavía más, es sacramento de gracia, vocación divina, en suma, un camino concreto para seguir a Jesucristo.
El hombre y la mujer se complementan entre sí y tienen mucho que darse recíprocamente. Espiritual e intelectualmente, un hombre nunca puede ser “complementado” por otro hombre en la medida en que lo es con la mujer y lo mismo ocurre en el caso de la mujer. Pero la “ayuda” mutua sólo se hará realidad fructífera si, tanto el hombre, como la mujer están unidos a Dios. En el momento en que Adán y Eva comían del fruto prohibido, pensaban estar muy unidos, pues estaban comiendo del mismo árbol. No obstante, en realidad se abrió un foso entre ellos, pues cometer un pecado en común es quizás el mayor abismo que puede existir entre los hombres. Si cuando los amantes pecan conjuntamente, se dieran cuenta que ello supone una auténtica ruptura en su amor, se asustarían de su propio pecado. El amor verdadero y la verdadera vida en común sólo puede existir cuando Dios está presente
[83]. En las sociedades secularizadas, está casi programado que se den tensiones entre los sexos, que no conducen a ninguna parte.
La escritora alemana Ida Friederike Görres, señalaba, hace algunos años: “Hace ya tiempo que tengo claro que el matrimonio está pasando desde el Antiguo testamento al Nuevo Testamento. Esto significa que, está transformándose de ser sólo o especialmente una institución jurídica, social, económica y moral, al ámbito de las decisión espiritual. Quizás no sea
sólo una señal negativa que hoy se rompan tantos matrimonios. Quizás, esto quiere decir que muchas personas no aceptan más el matrimonio en esa forma corrupta, y no están dispuestas y vivirlo de ese modo”
[84].
Precisamente en estas nuevas circunstancias, las parejas cristianas están llamadas a ser un ejemplo del atractivo del amor y de la fidelidad conyugales. También en épocas de crisis e incomprensión, los cónyuges tienen que aceptar el desafío de mantenerse unidos. Todo matrimonio (incluido el matrimonio cristiano) pasa por momentos duros. Se experimenta monotonía, la trivialidad de lo cotidiano, el descontento y la insatisfacción profesional; se ve cómo los planes se estropean y que los hijos son muy distintos a como se los deseaba. Y, con los años, se tiene, no rara vez, la sensación de que se es deudor de muchas deudas impagas.


Cuanto más se pone en tela de juicio la imagen clásica de la mujer, más fácil resulta que surjan conflictos del tipo ¿quién tiene que lavar los platos? ¿quién debe limpiar? ¿quién va de compras?, en fin. Tan necesario es pensar quién hará el trabajo de la casa, como absurdo es estar siempre discutiendo por ello.
Creo que para cada hombre y para cada mujer, más que cada tarea particular, son más importantes su buena disposición hacia la familia, un amor sincero entre ellos y hacia sus hijos, que siempre se manifiesta de modo diverso e individual; pero siempre con la disponibilidad de querer llevar en común las preocupaciones del hogar. Es un callejón sin salida pensar que hombre y mujer, padres e hijos deban “emanciparse” unos de otros. Sería mucho mejor que juntos redescubrieran la belleza de estar ahí para los otros, libremente y por amor. Entonces, ya no se piensa que los propios derechos vayan a salir perjudicados, ni tampoco se exige de los demás lo que uno mismo no quiere dar.
Cuando un hombre y una mujer están dispuestos a sacrificarse por su matrimonio y por su familia, es cuando el amor madura. Esta madurez del amor puede conllevar situaciones muy diversas e incluso contradictorias. Para una mujer puede ser un sacrificio quedarse en la casa, por sus hijos, sin trabajar fuera; para otra, puede ser heroico conjugar el trabajo dentro y fuera de casa, por el bien de su familia. No hay recetas fijas que indiquen cómo ha de ser la vida diaria en cada familia concreta, así como tampoco es adecuado juzgar desde fuera cada situación concreta.
Las posibilidades de cada uno son muy distintas: lo que a una persona le resulta muy sencillo, a otra le supera. También las necesidades de los hijos son diferentes, uno sólo puede requerir más energías de los padres que varios juntos. Como dice la citada I. F. Görres, el matrimonio “ya no es más patria y puerto”, sino que llega a ser una verdadera
aventura mística, cuando se lo vive en su profunda dimensión espiritual. Así, añade, es la traducción del gran mandamiento cristiano del amor, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, a un tamaño apto para los seres humanos 
[85].
El matrimonio se vive como una comunión corporal, psíquica y espiritual del ser humano; y en todos los planos, significa, para los cónyuges, una unión entrañable
[86]. Por ello, está abierto a nuevas vidas, pues el otro es aceptado en la totalidad de su persona, esto es, también en su fertilidad y en su posible paternidad o maternidad. Sin embargo, si la unión sexual se entendiera únicamente como la procreación de descendientes, se utilizaría y denigraría al cónyuge como un simple medio, se abusaría de él. Asimismo, frecuentemente, se olvida que, si se considera a la pareja tan sólo como objeto de placer, también se la convierte en un objeto. Si en el amor matrimonial se encuentran integrados, tanto el deseo de tener hijos, como la búsqueda de la unión sexual, se puede considerar que la relación entre los cónyuges ha sido lograda. Precisamente, con la aceptación de nuevas personas, que amplían la familia, la comunión de los cónyuges es confirmada y afirmada.

5. 4. La búsqueda de la santidad

Realizarse plenamente a sí mismo, someterse a lo que para toda persona es posible y realizable y, para un cristiano, todavía más: a lo que él, en su concreta situación de vida, descubre como
voluntad divina.
En este punto, tocamos la dimensión más profunda del desarrollo personal. Cuando el hombre y la mujer sean capaces de superar la resistencia a la entrega, que se percibe en nuestra sociedad, en todos los planos; cuando estén dispuestos a abandonarse de nuevo al amor de Dios, entonces serán verdaderamente libres. Y esa libertad es fruto de estar desprendidos de sí, de estar
redimidos.
La filósofa francesa Simone Weil percibió la tragedia del hombre moderno. Aunque nunca se declaró creyente, juzgó con criterios cristianos, al analizar las sociedades occidentales, y mencionó un remedio sorprendente, la unión personal con Dios: “Lo que hace falta en el mundo, lo que nuestro presente necesita, es una santidad nueva, una santidad que nunca existió. Esta es, al menos hoy, una súplica permitida, porque es una súplica necesaria. Creo que es... la primera súplica que debe ser expresada, hoy, cada día, a cada hora, como un niño hambriento que mendiga pan sin cansancio. El mundo necesita santos con genio, tal como una ciudad infectada por la peste necesita de médicos. Donde hay necesidad, también hay obligación”
[87].


Las promesas y exigencias del cristianismo incumben a ambos sexos en igual medida. Sin embargo, podemos preguntarnos, ¿qué significa concretamente para la mujer de hoy, vivir según la fe? Que encuentre su apoyo para desempeñar bien las exigencias, muchas veces exageradas que suponen su dedicación a la familia y a la profesión, en una profunda vida de oración. Que vuelva a descubrir el sentido del sacrificio, del esfuerzo no reconocido, del trabajo callado y aparentemente sin brillo y que también se lo haga descubrir de nuevo al hombre. Y esto no como exigencia de una ideología de tiempos pasados, sino como un desafío de su vida cristiana viva, que sigue teniendo valor para ambos sexos, en las más variadas condiciones de la vida moderna.
En todas las exigencias, protestas y discusiones, los cristianos olvidan con facilidad que Cristo vence
en la cruz y no luchando contra ella, y que no triunfó sino hasta después de morir y ser sepultado. Esto no significa que no haya que defender activamente la paz y la justicia; pero sí tener en cuenta que la vida, también cuando el dolor es inseparable, no deja estar llena de sentido. Si tenemos fe, tendremos siempre esperanza, pues “¿quién podrá vencer a aquél cuyo triunfo presupone el fracaso?”
[88].
Permítanme unas últimas palabras: seguramente, las cuestiones sobre un modelo de mujer propio, no se resuelven con la determinación de conceptos abstractos. Basta una mirada cariñosa y deseosa de descubrir a la “mujer” de la Sagrada Escritura, a María. Cuando la vida nos demuestra lo bajo que, a veces, puede caer la mujer, María nos muestra hasta donde puede llegar, en Cristo y por el. La Madre de Cristo, con toda la predilección que supone, seguía siendo una persona que tenía que luchar y sufrir como nosotros. Ella ha sabido llevar con dignidad la pobreza, el dolor, el desprecio y el exilio.
Si aprendemos de María a vivir de la fe en toda su dimensión, nuestra sociedad podría cambiar mucho. Un sinnúmero de problemas se resolverían más fácilmente, otros se compartirían. Así como el pecado rasga el lazo que une los dos sexos, así la gracia posibilita que vuelva a existir armonía entre ellos. Su relación es tanto más bella, cuanto mayor sea su cercanía a Dios. Como cristianos, hombre y mujer, se pueden querer mutuamente como son y disfrutar juntos, y son capaces de convivir en igualdad, de un modo responsabl
e para el futuro del mundo. Cuanto más cristiano sea este mundo, será también más humano, y más se respetará la dignidad y libertad de cada persona.

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[1]Cfr. G. Völker y K. von Welck (editores), Die Braut II. Zur Rolle der Frau im Kulturvergleich, Colonia, 1985, pp. 536 - 545.
[2] Cfr. Völker y von Welck, ob. cit., pp. 224 - 231.
[3] Cfr. E. Ennen, Frauen im Mittelalter, 4a. edición, München, 1991.
[4] Cfr. K. Bieber, Simone de Beauvoir, Bonn, 1979, p. 80.
[5]
Cfr. C. Wagner, Simone de Beauvoir Wegs zun Feminismus, Rheinfelden, 1984, pp. 1 y 89.
[6] S. de Beauvoir, Das andere Geschlecht. Sitte und Sexus der Frau, Hamburgo, 1951, p. 21.
[7] Beauvoir, ob. cit., p. 49.
[8] J. P: Sarte, Ist der Existentialismus ein Humanismus?, Zürich, 1974, p. 14.
[9] Sartre, ob. cit., p. 14.
[10] La confesión de ser atea en: cfr. Beauvoir, Die Zeremonie des Abschieds und Gespräche mit Jean Paul Sartre. August - September 1974, Reinbek, 1983, p. 565 y sgtes.
[11] Cfr. ver C. Zehl Romero, Simone de Beauvoir in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten, Reinbek, 1978, pp. 120 - 127.
[12] Beauvoir, Das andere... cit., p. 49.
[13] Beauvoir, Das andere... cit., p. 21.
[14] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 73.
[15] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 75.
[16] Beauvoir, Das andere... cit., p. 684.
[17] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 455.
[18]
Beauvoir, Das andere... cit., p. 71.
[19] Beauvoir, Das andere... cit., p. 719.
[20] Beauvoir, Das andere... cit., p. 165 y sgte.
[21] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 258.
[22] Beauvoir, Das andere... cit., p. 285.
[23] S. de Beauvoir, Alles in Allem, Reinbek, 1974, p. 455.
[24] Beauvoir, Das andere... cit., p. 722.
[25] Beauvoir, Das andere... cit., p. 724.
[26] Cfr. S. de Beauvoir, Über den Kampf für die Befreiung der Frau, Interview von Alice Schwarzer, Kursbuch 35, 1974, p. 62.
[27] Beauvoir, Das andere... cit., p. 461.
[28]
Beauvoir, Das andere... cit., p. 721.
[29] Beauvoir, Das andere... cit., p. 751.
[30] Beauvoir, Das andere... cit., p. 718.
[31] Beauvoir, Das andere... cit., p. 751.
[32] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 502 y 717.
[33] Una resumida exposición de esta ética, también llamada "nueva moral", se encuentra en K. Lüthi, Gottes neue Eva, Stuttgart - Berlín, 1978, pp. 67 - 126. Ver también la feminsta Elisabeth Badinter, Die Mutterliebe. Geschichte eines Gefühls vom 17. Jh. bis heute, München, 1981, p. 267: "De la contradicción entre los deseos de las mujeres y los valores dominantes sólo pueden surgir nuevos modos de actuar que posiblemente transformarán la sociedad mucho más profundamente que todo cambio económico que sea de esperar".
[34] Cfr. p. ejm. Beauvoir, Das andere... cit., p. 209; cfr. pp. 500, 697 y 721.
[35] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p.689.
[36] Cfr. p. ejm. Beauvoir, Das andere... cit., p. 504.
[37] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p.70.
[38] Beauvoir, Das andere... cit., p.70.
[39] S. de Beauvoir, entrevista con Alice Schwarzer en: Der Spiegel 15, 1976, p. 195; cfr. también Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463.
[40]
Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463.
[41] Beauvoir, Das andere... cit., p. 697.
[42] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 409 y sgtes.
[43] Cfr. S. de Beauvoir, Ein sanfter Tod, Hamburgo, 1965, pp. 63 y sgte; Das Alter, Reinbek, 1972, p. 383; Alles... cit., p. 105.
[44]
Años más tarde, Beauvoir insiste en que la liberación de la mujer empiece por la emancipación económica, cfr. Beauvoir, Über den Kampf... cit., pp. 65 y 66.
[45] Beauvoir, Das andere... cit., p. 679 y Über den Kampf.. cit., p. 462.
[46] B. Friedan, The feminin Mystique, 1963. Der Weiblichkeitswann, Hamburgo, 1966.
[47] Friedan, ob. cit., p. 33.
[48] Friedan, ob. cit., p. 52.
[49] K. Millet, Sexual Politics, 1969. Sexus und Herrschaft. Die Tyrannei des Mannes in unserer Gesellschaft, München, 1971.
[50] Cfr. S. Firestone, The Dialectic Sex, 1970; en alemán: Frauenbefreiung und sexuelle Revolution, Frankfurt a. M., 1976, p. 41; cfr. también Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463.
[51] Firestone, ob. cit., p. 191.
[52] Firestone, ob. cit., p. 191.
[53] Ver A. Schwarzer, Frauen gegen den § 218, 2, Frankfurt a. M., 1971.
[54] A. Schwarzer, Der kleine Unterschied und seine großen Folgen, Frankfurt a. M., 1975.
[55] Cfr. A. Schwarzer (editora), Simone de Beauvoir heute, Reinbek, 1983, pp. 9, 14 y 96.
[56] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 206 y sgte.
[57] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 208 y sgte.
[58] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 200.
[59] Cfr. revista Emma, septiembre de 1978.
[60] Cfr. Schwarzer (editora), Frauenarbeit-Frauenbefreiung, Frankfurt a. M., 1973, p. 27.
[61] Cfr. M. Daly, Gyn/Ecology; en alemán, Gyn/Ökologie, München, 1982.
[62] Cfr. R. Garaudy, Der letzte Ausweg.
Feminisierung der Gesellschaft.
[63] El hecho de que la actitud frente a la maternidad divide al movimiento feminista, se muestra en una conversación entre Simone de Beauvoir y Betty Friedan. Esta última senala: "Now, I think we do disagree. I think that maternity is more than a myth, although there has been a kind of false sancity attached to it". Cfr. Sex, Society and the Female Dilemma. A Dialog between Simone de Beauvoir an Betty Friedan, en: Saturday Review (14 de junio de 1975), p. 20.
[64] B. Sichtermann, Weiblichkeit. Zur Politik des Privaten, Berlín, 1983, p. 27. Cfr. también p. 32.
[65] Cfr. L. Caldecott und S. Leland (editores), Reclaim the Earth, Londres, 1983, p. 1.
[66] Cfr. p. ejm. L. Segal, Ist die Zukunft weiblich?, Frankfurt a. M., 1989.
[67]
E. Vilar, Das Ende der Dressur, München, 1977, p. 194.
[68] C. Collange, citada en E. Motschmann, Offen gefragt, offen geantwortet, Berlín, 1988, p. 70.
[69] B. Sichtermann, FrauenArbeit, Über wechselnde Tätigkeiten und die Ökonomie der Emanzipation, Berlín, 1987, p. 50.
[70]
B. Sichtermann, ob. cit., p. 9.
[71] B. Sichtermann, ob. cit., p. 57 y siguiente.
[72] Cfr. B. Sichtermann, ob. cit., p. 22.
[73] B. Sichtermann, ob. cit., p. 13.
[74] B. Sichtermann, ob. cit., p. 57.
[75] B. Sichtermann, ob. cit., p. 54.
[76] Cfr. F. Geinoz, Wenn die Bevölkerungsfrage Familienwerte erstickt, en Familie und Erziehung 16 (1994), n° 3, p. 4.
[77] C. Collange, Die Wunschfamilie, Düsseldorf-Viena, 1993, p. 226.
[78] Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris dignitatem, 1985, N° 19.
[79] Tito 3,4.
[80] Cfr. sobre este punto J. Angst y C. Ernst, Geschlechtsunterschiede in der Psychiatrie, en: Weibliche Identität im Wandel. Vorträge im Wintersemester 1989/90, Heidelberg, 1990, pp. 69 - 84.
[81] Juan Pablo II, ob. cit., N° 30.
[82] Edith Stein, Die Frau, Ihre Aufgabe nach Natur und Gnade, Friburgo, 1959, p. 8.
[83] Cfr. A. Jourdain von Hildebrandt, Feminismus und Feminität, (manuscrito de una conferencia, sin publicar, sin fecha).
[84] I. F. Görres, Zwischen den Zeiten, Friburgo, 1960, p. 15.
[85] Cfr. I. F. Görres, ob. cit., pp. 413 y sgte.
[86]
Cfr. N. y R: Martin, Johannes Paul II: Die Familie. Zukunft der Menschheit, Vallendar, 1985, p. 324.
[87] S. Weil, citada por G. Siegmund, Die Stellung der Frau in der Welt von heute, Stein am Rhein, 1981, p. 95.
[88] G. v. Le Fort, Der Kranz der Engel, 6a. edición, München, 1953, p. 302.

2000.

 

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San Agustín (345-430) obispo de Hipona y doctor de la Iglesia
Carta a Proba sobre la oración, 9-10

 

“Pasó la noche en oración” (Lc 6,12)      Cuando el apóstol dice: Vuestras peticiones sean presentadas a Dios, no hay que entender estas palabras como si se tratara de descubrir a Dios nuestras peticiones, pues él continuamente las conoce, aun antes de que se las formulemos; estas palabras significan, más bien, que debemos descubrir nuestras peticiones a nosotros mismos en presencia de Dios, perseverando en la oración, sin mostrarlas ante los hombres por vanagloria de nuestras plegarias....
      Ni hay que decir, como algunos piensa, que orar largamente sea lo mismo que orar con vana palabrería. Una cosa, en efecto, son las muchas palabras y otra cosa el afecto perseverante y continuado...Pues del mismo Señor está escrito que pasaba la noche en oración y que oró largamente; (Lc 6,12) con lo cual, ¿qué hizo sino darnos ejemplo, al orar oportunamente en el tiempo, aquel mismo que, con el Padre, oye nuestra oración en la eternidad?.
     Se dice que los monjes de Egipto hacen frecuentes oraciones, pero muy cortas, a manera de jaculatorias brevísimas, para que así la atención, que es tan sumamente necesaria en la oración, se mantenga vigilante y despierta y no se fatigue ni se embote con la prolijidad de las palabras....Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de aquel que nos escucha. Porque, con frecuencia, la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales.

 

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El Misterio eucarístico -sacrificio, presencia, banquete- no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de salvación y comunión jerárquicamente estructurada.
Ecclesia de Eucharistia, n. 61

 

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TONY ANATRELLA: ‘LA DIFERENCIA PROHIBIDA. Encuentro (Madrid), 2008, 335 páginas. - Profesor de las Facultades Libres de Filosofía y de Psicología de París (IPC), Anatrella, consultor de los consejos Pontificio para la Familia y Pontificio para la Pastoral de la Salud, es un cercano colaborador de Benedicto XVI (como antes lo fue de Juan Pablo II). Hablamos, pues, de una persona con una trayectoria de ésas que hielan la sangre del izquierdismo español, lo que ya representa toda una garantía para el lector liberal.

"Al multiplicar los grupos minoritarios mediante ficciones identitarias, parece que nuestra sociedad tolera la diferencia cuando lo que hace es negarla", escribe Anatrella, para a continuación sostener que tal política contiene el germen innumerables problemas. Determinados comportamientos y patologías psíquicas son producto directo de unas políticas basadas en las mamarrachadas sesentayochistas.

Anatrella aborda aquí cuestiones psicológicas de primer orden –como las relacionadas con la desestabilización y crisis de la familia, la corrupción de la educación y el sexo– desde la prohibición de la diferencia en nombre de la... diferencia y desde la conciencia psicológica, afectiva y moral del individuo que vive, y padece, la sociedad contemporánea.

En relación a la familia, más vale no llamarse a engaño. Como afirma nuestro autor, padre escamoteado, familia desestabilizada. Para Anatrella, uno de los rasgos que caracterizan a la sociedad actual es la ausencia del padre. No se refiere a la ausencia física, sino a la moral y psíquica.

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

Es vuestra visita la que nos honora y agradecemos.


Quepa claro: "hablamos no solo para comunicarnos, sino para distinguirnos". Por lo mismo, nos vestimos no solo para evitar el frío, sino para reafirmar nuestra personalidad. Publicamos porque creemos en la verdad y solo ella nos hace libres.

Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).

 ‘Apud Dominum misericordia et copiosa apud Eum redemptio’

Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.

¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título: LA BIBLIA COMENTADA POR LOS PADRES DE LA IGLESIA
Antiguo Testamento
10:Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los cantares
J. Robert Wright (encargado del volumen)Ciudad Nueva Madrid 2008-533 páginas

2º Título: Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

3º Título: Cristo y el tiempo’ - La Historia, como historia de la salvación -
Autor: Oscar Cullmann - Editorial: Cristiandad -

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, a la dignidad-mérito-honra-respetabilidad-pundonor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).