Thursday 9 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999). S.S. JUAN PABLO II

 

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Pilatos y la democracia

Es el escepticismo moral el que libera, engañosamente, la conciencia de Pilatos, y no la democracia

El relato es sencillo, conmovedor y maravilloso. Pertenece al capítulo XVIII del Evangelio de san Juan. De la casa de Caifás, es conducido Jesús al pretorio, ante Poncio Pilatos, quien, al no ver culpa en Él, pretende que sea juzgado según la ley de los judíos. Y se produce una memorable conversación entre Jesús y el poderoso gobernador romano. En ella, el Maestro afirma que es Rey, pero que su Reino no es de este mundo, y luego declara que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad. «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Entonces el gobernador romano pregunta: ¿qué es la verdad? Después apela al pueblo, y lo entrega para que lo crucifiquen después de lavarse, escépticamente, las manos.

La tesis de que la democracia se fundamenta en el relativismo moral es antigua. Al menos, se encuentra ya en el sofista Protágoras. Desde entonces ha reaparecido una y otra vez en el pensamiento occidental, hasta casi prevalecer en nuestros días. El gran jurista, pero pésimo pensador, Hans Kelsen, ha sido uno de sus más tenaces defensores. En su Esencia y valor de la democracia, comentando el inmortal pasaje, afirma que el plebiscito popular fue contrario a Jesús. Y concluye: «Quizás se objetará, objetarán los creyentes, los políticamente creyentes, que precisamente este ejemplo habla antes contra la democracia que a su favor. Y hay que admitir ese reproche; pero sólo bajo una condición: que los creyentes estén tan seguros de su verdad política —que llegado el caso también debe imponerse con la fuerza de la sangre— como lo estaba de la suya el Hijo de Dios». Difícil es equivocarse de manera más descomunal. El pasaje no habla de la democracia, sino de la verdad. Los creyentes, al menos los cristianos, no están seguros de su verdad política, sino de su verdad religiosa y moral. También se equivoca Kelsen al afirmar que Pilatos, como romano, estaba acostumbrado a pensar democráticamente, y que, por eso, apeló al pueblo. Ni Roma era ya una democracia, ni la apelación a los judíos era un plebiscito democrático. Lo que hace Pilatos es escudarse en el relativismo moral para quitarse problemas de encima y permitir la condena de Jesús. Lo que condena a Cristo no es la democracia sino, más bien, el relativismo moral. Acaso esto mismo ya prueba que no se trata de la misma cosa, ni de que uno sirva de fundamento a la otra. Por lo demás, Kelsen se refiere a Pilatos como a un hombre «de una cultura vieja, agotada, y por esto escéptica». El escepticismo es algo propio de una cultura decadente. También había afirmado un poco antes que «la democracia aprecia por igual la voluntad política de todos, como también respeta por igual todo credo político, toda opinión política, cuya expresión es la voluntad política». No; la democracia no respeta por igual todas las opiniones políticas, porque ella misma es una opinión política junto a otras, aunque más conforme a la dignidad y libertad humanas.

La raíz de su error se encuentra en la pretensión de que la democracia se fundamente en el relativismo moral. Si así fuera, carecería de fundamento consistente. Si la democracia encarna y asume valores, no puede fundamentarse en la inexistencia de valores. Un gran filósofo, Hegel, también se había referido, mucho más certeramente, al memorable pasaje evangélico en su Lógica. Al preguntar ¿qué es la verdad?, Pilatos lo hace como quien sabe a qué atenerse en este punto, como quien sabe que no hay conocimiento de la verdad. «Y así, este abandono de la indagación de la verdad que en todo tiempo ha sido mirado como señal de un espíritu vulgar y estrecho, es hoy considerado como el triunfo del talento. Antes, la impotencia de la razón iba acompañada de dolor y de tristeza. Pero pronto se ha visto a la indiferencia moral religiosa, seguida de cerca de un modo de conocer superficial y vulgar, que se arroga el nombre de conocimiento explicativo, reconocer, francamente y sin emoción, esa impotencia y cifrar su orgullo en el olvido completo de los intereses más elevados del espíritu». Nada es más falso que esa idea que pretende que nada podemos saber de lo eterno y absoluto. La dignidad del hombre radica en sentirse capaz de alcanzar las altas verdades. «La esencia oculta del universo no tiene fuerza que pueda resistir al amor a la verdad». ¿Qué es la verdad? Algo que puede ser alcanzado por la razón humana, si acierta a liberarse de la pereza y el prejuicio.

Ni la democracia se fundamenta en el relativismo moral, ni puede ella por sí misma determinar lo que es verdadero o falso. No hay estupidez comparable a la pretensión de excluir de la democracia a quienes pretenden conocer la verdad. Como si la democracia fuera un procedimiento para establecer verdades en el que la condición de la admisión fuera el reconocimiento de carecer de la verdad. Si nada es verdadero o falso en el orden moral, entonces no hay ninguna razón para oponerse a la condena de un inocente. Pero si la condena de un inocente es un mal absoluto, entonces no es lícito condenar a un inocente. Es el escepticismo moral el que libera, engañosamente, la conciencia de Pilatos, y no la democracia. VIII.2007

Dr. Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de La Coruña desde 1996. Se doctoró en Derecho en la Universidad Complutense de Madrid en 1983 y ha sido profesor de esa Universidad desde 1979 y profesor titular desde 1988 hasta 1996. Es profesor-investigador en el Instituto Universitario Ortega y Gasset de Madrid. Colaborador y columnista del diario ABC de Madrid. Colaborador de los programas de radio «La Mañana» y «La Linterna», de COPE.

Ha sido profesor de Filosofía de Bachillerato. Ha impartido Seminarios y dictado conferencias en varias Universidades e instituciones nacionales y extranjeras. Entre éstas, Piura (Perú), Católica de Chile, Wyoming, Católica de Quito, Cuenca (Ecuador), Méjico, Fundación Ortega y Gasset Argentina, Centro Cultural del ICI en Buenos Aires, New Europe College de Bucarest.

 

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...se lavan las manos, como Pilatos...

 

Todos los siglos, los nuevos fariseos y publicanos, los eternos Caifases y Pilatos presumen de haber acabado con la Iglesia; pero, de forma milagrosa,  todos los siglos resurge victoriosa y tan fuerte como en los primeros tiempos.  Mientras tanto, sus enemigos van cayendo unos tras otros en el basurero de la historia. La Iglesia se defiende con las mismas armas con que vencieron al Imperio Romano, con que hicieron caer al muro de Berlín y con las que han superado todas las adversidades: La verdad que libera, la oración que mueve montañas, los sacrificos agradables a Dios y el amor que vence al odio y todo lo purifica. Armas que ni las bombas atómicas han podido superar.

 

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Ninguno de los males que se pretende suprimir con el aborto es mayor que el mal que el aborto entraña en sí mismo.

 

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El contexto vital determina la mentalidad de las personas. No es lo mismo haber nacido en un país que en otro, en una cultura que en otra, en una situación política o en otra.

Cuando nos acercamos a personas que han nacido en otra cultura, o que vivieron hace mucho tiempo, la necesidad de conocer el contexto en que vivieron es aún mayor, porque el paso del tiempo y la distancia cultural nos separan de su mundo y nos hacen extraños a él.

 

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A la sentencia que contra Cristo dio Pilatos

 

Sor Juana Inés de la Cuz

 

Firma Pilatos la que juzga ajena
sentencia, y es la suya: ¡Oh caso fuerte!
¿Quién creerá que firmando ajena muerte,
el mismo juez en ella se condena?

La ambición, de sí tanto le enajena
que con el vil temor, ciego, no advierte
que carga sobre sí infausta suerte
quien al justo sentencia a injusta pena

¡Jueces del mundo, detened la mano!
¡Aún no firméis!, mirad si son violencias
las que os pueden mover de odio inhumano.

Examinad primero las conciencias:
mirad no haga el juez recto y soberano
que en la ajena, firméis vuestras sentencias.

 

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Pedro, primado de la Iglesia -

La voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un especial relieve dentro del Colegio Apostólico se manifiesta con numerosos indicios. Por otra parte, el mismo Pedro es consciente de esta posición particular que tiene. De este modo, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la muchedumbre tras el discurso sobre el Pan de vida, pregunta: «También vosotros queréis marcharos?», la respuesta de Pedro es perentoria: «Señor, ¿con quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna».

Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo, a mi vez, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Las tres metáforas a las que recurre Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que basará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca justo; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y seguirá siendo de Cristo. Es siempre la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Describe con imágenes plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término primado de jurisdicción.

(07-VI-2006)

 

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Vía Crucis, Felix Anton Scheffler - 1757
Iglesia de San Martín - Ischl, Seeon (diócesis de Múnich) – Alemania

 

Dijo Pilato: "¿Eres tú el rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de mí? Pilato contesto: ¿Soy yo judío por ventura? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo" (Jn 18, 33-36).

Estas palabras nos recuerdan sucesos pasados, que tuvieron lugar en la periferia lejana del gran Imperio romano. Pero que no carecen de significado. Sin duda resuenan también en ellas problemas de hoy, actuales. Al menos bajo ciertos aspectos. se podrían quizá encontrar en este diálogo los mismos debates que se dan hoy.

Cristo responde a la pregunta del juez y demuestra que es infundada la acusación contra Él. Él no propende al poder temporal.

Poco después será flagelado y coronado de espinas. Se burlarán de Él y le insultarán diciendo: "¡Salve, Rey de los judíos!" (Jn 19, 3). Jesús calla, como si con su silencio quisiera manifestar hasta el fondo lo que ya había respondido antes a Pilato.

2. Pero ésta no era aun la respuesta completa. Pilato se apercibía de ello. Y por esto le preguntó por segunda vez: "¿Luego tú eres rey?" (Jn 18, 37).

Pregunta extraña; extraña sobre todo después de lo que Cristo había declarado con tanta firmeza. Pero Pilato se daba cuenta de que la negación del acusado no lo agotaba todo: en el fondo de esta negación se escondía una afirmación. ¿Cuál? Y he aquí qué Cristo ayuda a Pilato-juez a encontrarla:

"Tú dices que soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo el que es de la verdad oye mi voz" (Jn 18, 37).

Debemos reflexionar bien todos sobre la negación y la afirmación de Cristo.

La afirmación de Jesús no pertenece al proceso que tuvo lugar hace tiempo en los territorios lejanos del Imperio romano, sino que está siempre en el centro de nuestra vida. Es actual. Deben reflexionar sobre ello tanto los que dan las leyes, como los que gobiernan los Estados y los que juzgan.

Sobre esta afirmación deben reflexionar todos los cristianos, todos los hombres, ya que el hombre es siempre un ciudadano y, en consecuencia, pertenece a una determinada comunidad política, económica, nacional, internacional.

3. "Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad", dice Cristo Rey ante el tribunal del gobernador juez, mientras esperaba la sentencia que se iba a dictaminar poco después.

A tal propósito escuchemos asimismo lo que dijo el Concilio Vaticano II: "La Iglesia, que por razón de su misión y su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana" (Gaudium et spes, 76).

Así piensa y así habla la Iglesia contemporánea.

La Iglesia quiere ser fiel a lo que dijo Cristo. Esta es su razón de ser.

A este respecto el pensamiento nos lleva a aquellos hermanos nuestros, que son procesados o quizá condenados a muerte ―si no muerte corporal, al menos muerte cívica― porque profesan su fe, porque son fieles a la verdad, porque defienden la verdadera justicia.

Hay que reconocer que tampoco en el mundo de hoy faltan desgraciadamente situaciones semejantes. En este día de Cristo Rey es necesario, por tanto, que se ponga de relieve la semejanza que quienes las padecen tienen con el mismo Cristo, procesado y condenado ante el tribunal de Pilato.

Recemos cada día: venga a nosotros tu reino.

 

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‘Jesús es llevado frente a Pilatos mientras este se lava las manos’

Miniatura/illustrazione da “Storie di San Gioacchino, di Sant’Anna,…”, Torino, Biblioteca Reale - Cristoforo de Predis (o Preda) - (Milano 1440/1445 - 1486) Italiano.

 

Señor,
¡qué fácil es condenar!
Qué fácil es tirar piedras:
las piedras del juicio y la calumnia,
las piedras de la indiferencia y del abandono.

Señor, tú has decidido ponerte
de parte de los vencidos,
de parte de los humillados y condenados.

Ayúdanos a no convertirnos jamás en verdugos
de los hermanos indefensos,
ayúdanos a tomar posturas valientes
para defender a los débiles,
ayúdanos a rechazar el
agua de Pilato

porque no limpia las manos,
sino que las mancha de sangre inocente.

 

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También en el encuentro con Herodes Antipas se repite una escena análoga: "Herodes, con su guardia, después de despreciarlo y burlarse de Él, le puso un espléndido vestido y lo remitió a Pilato" (Lc 23, 11).

Y ante Pilato, por tercera vez, Lucas hace notar: "Pilato dijo: Así que lo castigaré y lo soltaré" (Lc 23, 16).

2. San Marcos describe este castigo: "Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarlo, para crucificarlo" (Mc 15, 15).

La flagellatio romana, que realizaban algunos soldados provistos del flagellum o del flagrum ―tiras de cuero que llevaban al extremo unos nudos o cuerpos contundentes―, era el suplicio reservado a los esclavos y a los condenados a muerte. Sus efectos eran terribles: con frecuencia el que la sufría quedaba exánime bajo los golpes.

Jesús no quiso ahorrarse ni siquiera este atroz sufrimiento: lo afrontó por nosotros.

 

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VÍA CRUCIS ESCUELA VENECIANA – S. XVIII
CATEDRAL PADUA

 

¿Cómo se llegó a la muerte de Jesús de Nazaret? ¿Cómo se explica el hecho de que haya sido dado a la muerte por los representantes de su nación, que lo entregaron al "procurador" romano, cuyo nombre, transmitido por los Evangelios, figura también en los Símbolos de la fe? De momento, tratemos de recoger las circunstancias, que "humanamente" explican la muerte de Jesús. El Evangelista Marcos, describiendo el proceso de Jesús ante Poncio Pilato, anota que fue "entregado por envidia" y que Pilato era consciente de este hecho. "Se daba cuenta... de que los Sumos Sacerdotes se lo habían entregado por envidia" (Mc 15, 10). Preguntémonos: ¿por qué esta envidia? Podemos encontrar sus raíces en el resentimiento, no sólo hacia lo que Jesús enseñaba, sino por el modo en que lo hacía. Sí, según dice Marcos, enseñaba "como quien tiene autoridad y no como los escribas" (Mc 1, 22), esta circunstancia era, a los ojos de estos últimos, como una "amenaza" para su prestigio.

 

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Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26

Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. 

 

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Jesús es coronado de espinas.

Este hecho es atestiguado por los Evangelios, que, a pesar de no entretenerse en demasiados detalles, han subrayado, por otra parte, los gestos agresivos y de insensata diversión de los soldados de Pilato.

Los soldados ―escribe Marcos, a quien siguen Mateo y Juan― le llevaron dentro del palacio, es decir, al pretorio y llaman a toda la cohorte. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. Y se pusieron a saludarle: ´¡Salve, Rey de los judíos!´. Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante Él" (Mc 15, 16-19, cf. Mt 27, 27-30; Jn 19, 2-3).

Sólo Mateo añade un signo-mofa de realeza: primeramente ponen la caña en la mano derecha de Jesús, casi como un cetro real (Mt 27, 29); después se la cogen de las manos y con ella le golpean la cabeza (Mt 27, 30).

2. Estamos ante una imagen de dolor, que evoca todas las locuras homicidas, todos los sadismos de la historia. También Jesús ha querido estar en manos de la maldad, a menudo dramáticamente cruel, de los hombres.

Juan nos lleva a transformar nuestra contemplación en oración, adoradora y trepidante, ante el sufrimiento de Jesús, coronado de espinas: "Volvió ―escribe― a salir Pilato y les dijo: ´Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él´. Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: ´Aquí tenéis al hombre´ " (Jn 19, 4-5).

 

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Lectura del Evangelio según San Mateo 27,55.57-58; 17,22-23

C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran

 

Lectura del Evangelio según San Lucas. 23, 13-25

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes,
a las autoridades y al pueblo, les dijo:
Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo;
y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros,
y no he encontrado en este hombre
ninguna de las culpas que le imputáis;
ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido:
Ya veis que nada digno de muerte se le ha probado.
Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.
Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo:
"¡Fuera ése! ¡Suéltanos a Barrabás!."
A éste lo habían metido en la cárcel
por una revuelta en la ciudad y un homicidio.
Pilatos volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús.
Pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícalo, crucifícalo!".
Él les dijo por tercera vez:
Pues, ¿qué mal ha hecho éste?
No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte.
Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.
Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara;
e iba creciendo el griterío.
Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que pedían.
(al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio)
y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

 

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Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19). Los fariseos amenazaron de excomunión a los que le siguieran (cf. Jn 9, 22). A los que temían que "todos creerían en él; y vendrían los romanos y destruirían nuestro Lugar Santo y nuestra nación" (Jn 11, 48), el sumo sacerdote Caifás les propuso profetizando: "Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación" (Jn 11, 49-50). El Sanedrín declaró a Jesús "reo de muerte" (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2) lo que le pondrá en paralelo con Barrabás acusado de "sedición" (Lc 23, 19). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21).

Los Judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús

597 Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato) lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los Judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Y aún menos, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que significa una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6), se podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en el tiempo:

Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: "Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy...no se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura" (NA 4).

 

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SENTENCIA DE PILATO

 

 Sentencia dada de Poncio Pilato contra Nuestro Señor Jesu-Christo

 

«Copia hallada en la Ciudad de Aqüila, del Reyno de Nápoles, de la sentencia dada por Poncio Pilato, Presidente de la Judea en el año 18 [sic] de Tiberio César, Emperador de Roma, contra Jesu-Cristo, Hijo de Dios, y de María Virgen, sentenciándolo á muerte de Cruz en medio de dos Ladrones el día 25 de Marzo; hallada milagrosamente dentro de una hermosísima piedra, en la qual estaban dos cajitas, una de hierro, y dentro de ella otra de finísimo marfil, donde estaba inclusa la infrascripta sentencia en letra Hebrayca en carta pecora del modo siguiente:

 

El año XVIIIo. [sic] de Tiberio César, emperador Romano, y de todo el Mundo, Monarca invencible, en la Olympiada C.XXI., en la Cliade XXIV., y en la Creación del Mundo, según el numo. y computo de los Hebreos quatro vezes M. C. LXXXVII., y de la propagine del Romano Imperio L. XXIII., de la liveración de la servidumbre de Babilonia M. CC. XI.,: siendo Consules del Pueblo Romano Lucio Pisano y Mauricio Pisarico; Proconsules Lucio Balesna, publico Govern. de la Judea, y Quinto Flavio, so el regimiento y Govierno de Jerusalen, Presidente gratisimo Poncio Pilatos, regente de la baxa Galilea, y Herodes Antipa, Pontifices del Sumo Sacerdocio Annas, Cayfas, Alit Almael el Magr. del Templo, Roboan Ancabel, Franchino Centurion, y Consules Rom.os, y de la Ciudad de Jerusalen Quinto Cornelio Sublima, y Sexto Ponfilio Rufo,; en el mes de Marzo y en el día XXV. de él.

YO Poncio Pilatos, aqui Presidente Romano dentro del Palacio de la Archipresidencia Juzgo, condeno y sentencio á muerte a Jesus llamado de la Pleve Christo Nazareno, y de Patria Galileo, hombre sedicioso de la ley Moysena, contrario al grande Emp.or Tiberio Cesar; y determino, y pronuncio por esta, que su muerte sea en Cruz, y fixado con clavos á usanza de reos, porque aqui congregando, y juntando muchos hombre ricos, y pobres; no ha cesado de mover tumultos por toda la Judea, haciendose hijo de DIos, y Rey de Jerusalen, con amenazarles la ruina de esta Ciudad, y de su Sacro Templo, negando el Tributo al Cesar, y haviendo aun tenido el atrevimiento de entrar con ramos, y triumpho, y con parte de la Pleve dentro de la Ciudad de Jerusalen, y en el Sacro Templo. Y mando á mi primer Centurion Quinto Cornelio lleve publicamente por la Ciudad á Jesus Christo ligado, y azotado, y que sea vestido de purpura, y coronado de algunas espinas, con la propia Cruz en los hombros para que sea exemplo á todos los malhechores: y con él quiero sean llevados dos Ladrones homicidas, y saldrán por la P.ta sagrada, ahora Antoniana, y que lleve á Jesús al publico monte de Justicia llamado Calvario, donde crucificado, y muerto, quede el cuerpo en la Cruz, como espectáculo de todos los malvados; y que sobre la Cruz sea puesto el título en tres lenguas, y que en todsa tres (Hebrea, Griega, Latina) diga JESUS NAZAR. REX JUDAERUM.

Mandamos asi mismo, que ninguno de cualquier estado, ó calidad se atreva temerariamente á impedir la tal Justicia por mi mandada, administrada, y executada con todo rigor según los decretos, y Leyes Romanas, y Hebreas so pena de rebelion al Imperio Romano = Testigos de la nra. Sentencia: por los 12. Tribus de Israel Rabain Daniel, Rabain seg.12, Joannin Bonicar, Barbasu. Sabi Potuculam. Por los Fariseos Bulio, Simeon, Ronol, Rabani, Mondagul, Boncurfosu. Por el Sumo Sacerdocio Rabban, Nidos, Boncasado. Notarios de esta publicacion: por los Hebreos Nitanbarta; por el Juzgado, y Presidente de Roma Lucio Sextilio, Amasio Chlio.

 

(Copias sacadas del ms. titulado Libro de varias noticias y apuntaciones, que dejó escritas en Latín, Español, Francés e Italiano D. N. Guerra, Obispo de Segovia. Copiadas de su original en M. DCC. LXXXVI)». Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, B

 

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En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo (cf Jn 14, 30), el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados.

 

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Entre los Evangelios, el de Mateo es el que regularmente muestra el más alto grado de familiaridad con las técnicas judías de utilización de la Escritura. A menudo cita la Escritura a la manera de los pesharim de Qumrán; hace amplio uso de ellas para sus argumentaciones jurídicas o simbólicas de un modo que más tarde pasó a ser corriente en los escritos rabínicos. Más que los demás Evangelios, utiliza en sus relatos (evangelio de la infancia, episodio de la muerte de Judas, intervención de la mujer de Pilato) los procedimientos del midrás narrativo. El uso frecuente del estilo rabínico de argumentación, especialmente en las Cartas paulinas y en la Carta a los Hebreos, atestigua sin duda alguna que el Nuevo Testamento proviene de la matriz del judaísmo y está impregnado de la mentalidad de los comentadores judíos de la Biblia.

 

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Quien guarda mi palabra no sabra lo que es morir para siempre (Jn 8, 51).

Finalmente estuvo en el peligro de morir en la cruz, es decir: crucificado, y este modo de morir ya le agradó y lo aceptó. Viendo los judíos que no podían matarlo despeñándolo, apedreándolo ni envenenándolo, pensaron: «Que muera crucificado». Cristo predicaba entonces en la provincia de Galilea y sabiendo que los judíos le preparaban ya la cruz, dijo a sus discípulos: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados y lo condenarán a muerte (Mt 20, 18). De esta forma fue a la muerte de cruz no violentamente sino de buena gana y, una vez que Pilato pronunció la sentencia, no apeló ni se excusó sino que, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera.» (Jn 19, 17). ¿Por qué Jesús prefirió este género de muerte? Os responderé. Ya sabéis que todo mal, tanto de las almas, como es el pecado de ignorancia y las malas inclinaciones, cuanto el mal de los cuerpos, como la enfermedad, sufrimientos, trabajos y por último la muerte, todo procede del pecado de Adán y Eva. Cristo vino a reparar todos los males, tanto del alma como del cuerpo. Por eso dicen las antiguas historias de los griegos que el leño de la cruz era del mismo tronco del árbol del que Adán recibió el fruto. Así que cuando Cristo estuvo colgado en el árbol de la cruz es cuando el fruto fue devuelto al árbol y se repararon todos los males que se siguieron del pecado de Adán.

Esto se hizo mantenendo un orden: Cristo reparó primero los males del alma, instituyendo el bautismo mediante el cual se perdonan todos los pecados y además nos devolvió la ciencia perdida, declarándonos la gloria del paraíso. Y cuando vendrá de nuevo para el juicio universal, reparará entonces los males del cuerpo, porque resucitaremos impasibles e inmortales. Y esta es la razón por la que quiso Jesús morir en la cruz."

 

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"El Espíritu del Señor me ha enviado para anunciar a los cautivos la libertad... para dar libertad a los oprimidos" (Lc 4, 18). La buena noticia de Jesús va acompañada de un anuncio de libertad, apoyada sobre el sólido fundamento de la verdad: "Si se mantienen en mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libres" (Jn 8, 31-32). La verdad a la que se refiere Jesús no es sólo la comprensión intelectual de la realidad, sino la verdad sobre el hombre y su condición trascendente, sobre sus derechos y deberes, sobre su grandeza y sus límites. Es la misma verdad que Jesús proclamó con su vida, reafirmó ante Pilato y, con su silencio, ante Herodes; es la misma que lo llevó a la cruz salvadora y a su resurrección gloriosa.

 

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CARTA DE PILATO A HERODES

 

Pilato, gobernador de Jerusalén, saluda al tetrarca Herodes.

 

Nada bueno hice bajo tu instigación el día aquel en que los judíos presentaron a Jesús, el llamado Cristo. Pues de la misma manera que fue crucificado, así también ha resucitado al tercer día de entre los muertos, como acaban de anunciarme algunos, y entre ellos el centurión. Yo mismo he decidido enviar una expedición a Galilea y atestiguan haberle visto en su propio cuerpo y conservando el mismo semblante. Y ha llegado a dejarse ver de más de quinientas personas, con la misma voz e idénticas enseñanzas. Estos individuos han ido por ahí dando testimonio de ello, y, lejos de vacilar, han predicado su resurrección como fenómeno extraordinario y han anunciado un reino eterno, hasta el punto de que los cielos y la tierra parecían alegrarse de sus santas enseñanzas [de Jesus].

Y has de saber que Procla, mi mujer, dando crédito a las apariciones que tuvo de él cuando yo estaba a punto de mandarle crucificar por tu instigación, me dejó solo y se fue con diez soldados y Longino, el fiel centurión, para contemplar su semblante, como si se tratara de un gran espectáculo. Y le han visto sentado en un campo de cultivo, rodeado de una gran turba y enseñando las magnificencias del Padre; de manera que todos estaban fuera de sí y llenos de admiración, [pensando] si había resucitado de entre los muertos aquel que había padecido el tormento de la crucifixión.

Y, mientras todos estaban observándole con gran atención, divisó a éstos y se dirigió a ellos en estos términos: «¿Todavía no me creéis, Procla y Longinos? ¿No eres tú por ventura el que hiciste guardia durante mi pasión y vigilaste mi sepulcro? Y tú, mujer, ¿no eres la que enviaste a tu esposo una misiva acerca de mi? [...] el testamento de Dios que dispuso el padre. Yo, el que fui levantado y sufrí muchas cosas, vivificaré por medio de mi muerte, tan conocida para vosotros, toda la carne que ha perecido. Ahora, pues, sabed que no perecerá todo aquel que haya creído en Dios Padre y en mí, pues yo hice desaparecer los dolores de la muerte y traspasé al dragón de muchas cabezas. Y, en ocasión de mi futura venida, cada uno resucitará con el mismo cuerpo y alma que ahora tiene y bendecirá a mi Padre, al Padre de aquel que fue crucificado en la época de Poncio Pilato».

Al oírle decir tales cosas, tanto mi mujer, Procla, como el centurión que tuvo a su cargo la ejecución de Jesús, como los soldados que habían ido en su compañía, se pusieron a llorar llenos de aflicción, y vinieron a mí para referirme estas cosas. Yo, a mi vez, después de oírlas, se las referí a mis grandes comisarios y compañeros de milicia; estos, llenos de aflicción y ponderando el mal que habían hecho contra Jesús, se pusieron a llorar durante el día; y asimismo yo, compartiendo el dolor de mi mujer, estoy entregado al ayuno y duermo sobre la tierra. [...] y en esto vino el Señor y nos levantó del suelo a mí y a mi mujer; yo entonces fijé mi vista en él y vi que su cuerpo conservaba aún los cardenales. Y Él puso sus manos sobre mis hombros, diciendo: «Bienaventurado te llamarán todas las generaciones y los pueblos, porque en época tuya murió el Hijo del hombre y resucitó ya ahora va a subir a los cielos y se sentará en lo más alto. Y caerán en la cuenta todas las tribus de la tierra de que yo soy el que va a juzgar a los vivos y a los muertos en el último día».
 

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

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El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las naciones: « Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado » (Mc 16,15-16); « Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28,18-20; cf. también Lc 24,46-48; Jn 17,18; 20,21; Hch 1,8).

La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad. Es éste el contenido fundamental de la profesión de fe cristiana: « Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra [...]. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro ».

 

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En el Nuevo Testamento, Jesús entra en Jerusalén montado en el asno y de este modo se manifiesta a la multitud como príncipe de la paz. Ante Pilato afirma solemnemente que su reino no es de este mundo. Cristo es nuestra paz y, por él, somos reconciliados con Dios Padre. Él nos exige amarnos los unos a otros como Él y el Padre nos aman, para que nos reconciliemos con nuestros hermanos.

 

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CARTA DE HERODES A PILATO

 

Herodes, tetrarca de los galileos, saluda al gobernador de los judíos, Poncio Pilato.

 

Estoy sumido en no pequeña aflicción, conforme al dicho de las Sagradas Escrituras, por las cosas que paso a relatarte, así como pienso que tú a tu vez te afligirás al leerlas. Pues has de saber que mi hija Herodíades, a quien yo amaba ardientemente, ha perecido por estar jugando junto al agua cuando ésta desbordaba sobre las márgenes del río. Efectivamente, el agua la cubrió de repente hasta el cuello; su madre entonces la agarró de la cabeza para que no se la llevara la corriente, pero se desprendió ésta del tronco y fue lo único que mi esposa pudo recoger, pues lo restante del cuerpo fue arrastrado por la corriente. Mi mujer ahora aprieta, llorando, la cabeza sobre sus rodillas, y toda mi casa está sumida en una pena incesante.

Yo, por mi parte, me encuentro rodeado de muchos males a partir del momento en que supe que tú le habías despreciado [a Jesús]; y quiero ponerme en camino tan sólo para verle, adorarle y escuchar alguna palabra de sus labios, pues he perpetrado muchas maldades contra Él y contra Juan el Bautista; ciertamente estoy recibiendo con toda justicia mi merecido, pues mi padre derramó sobre la tierra mucha sangre de hijos ajenos a causa de Jesús, y yo, a mi vez, he degollado a Juan, el que le bautizó.

Justos son los juicios de Dios, porque cada cual recibe su recompensa en consonancia con sus deseos. Así, pues, ya que te es dado ver de nuevo a Jesús, lucha ahora por mí y dile en mi favor una palabra; porque a vosotros, los gentiles, os ha sido entregado el reino, conforme a lo que dijeron Cristo y los profetas.

Lesbónax, mi hijo, se encuentra en una necesidad extrema, presa de una enfermedad agotadora desde hace muchos días. Yo, a mi vez, me encuentro enfermo de gravedad, sometido al tormento de la hidropesía, hasta el punto de que salen gusanos de mi boca. Mi mujer ha llegado incluso a perder el ojo izquierdo por la desgracia que se ha cernido sobre mi casa. Justos son los juicios de Dios, por cuanto hemos ultrajado al ojo inocente. No hay paz para los sacerdotes, dice el Señor. La muerte hará presa en ellos y en el senado de los hijos de Israel, pues pusieron inicuamente sus manos sobre el justo Jesús. Todo esto ha venido a cumplirse en la consumación de los siglos; y así, las naciones van a recibir en herencia el reino de Dios, mientras que los hijos de la luz serán arrojados fuera por no haber observado lo que convenía en relación con el Señor y con su Hijo.

Por todo lo cual ciñe ahora tus lomos, asume tu autoridad judicial de noche y de día, unido a tu mujer en el recuerdo de Jesús, y será vuestro el reino, pues nosotros hemos hecho padecer al justo. Y si es que hay lugar para mis ruegos, ¡oh Pilato!, puesto que nacimos simultáneamente, da sepultura diligentemente a mi casa, pues preferimos ser sepultados por ti que no por los sacerdotes, a quienes en breve, según las escrituras de Jesús, les espera el juicio. Adiós.

Te he enviado los pendientes de mi mujer y mi propio anillo. Si es que te acuerdas, me lo devolverás en el último día. Ya van aflorando los gusanos a mi boca y con ello recibo el castigo de este mundo; pero temo más a la sentencia de allá, pues los módulos de justicia que me aplicará el Dios vivo serán por duplicado. Vamos desapareciendo fugazmente de esta vida a los pocos años de nacer, y de allí proviene el juicio eterno y la retribución de las acciones.

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

 

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Ave, Caesar, morituri te salutant (=“Dios te guarde, César, los que van a morir te saludan”).

 

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CARTA DE PILATO A CÉSAR

 

Relación de Pilato (Anaphora)

 

Relación del gobernador Pilato acerca de Nuestro Señor Jesucristo, enviada a César Augusto a Roma

 

En aquellos días que siguieron a la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo, en tiempo de Poncio Pilato, gobernador de Palestina y de Fenicia, se compusieron en Jerusalén estas memorias que refieren lo que hicieron los judíos contra el Señor. Pilato, pues, juntamente con su correspondencia particular, envió estas memorias al César, residente en Roma, después de escribir así:

«Al excelentísimo, piadosísimo, divinísimo y terriblísimo César Augusto, el gobernador de la provincia oriental, Pilato.

I. Excelencia: La relación que voy a haceros es causa de que me sienta cohibido por el temor y por el temblor. Pues habéis de saber que en esta provincia que gobierno, única entre las ciudades en cuanto al nombre de Jerusalén, el pueblo en masa de los judíos me entregó un hombre llamado Jesús, acusándole de muchos crímenes que no pudieron demostrar con la afluencia de las razones. Había entre ellos una facción enemiga suya porque Jesús les decía que el sábado no era día de descanso ni fiesta de guardar. Él, en efecto, obró muchas curaciones en tal día: devolvió la vista a los ciegos y la facultad de andar a los cojos; resucitó a los muertos; limpió a los leprosos; curó a los paralíticos, incapaces en absoluto de tener impulso corporal ni erección de nervios, sino sólo voz y articulaciones, dándoles fuerzas para andar y correr. Y extirpaba la enfermedad con sola su palabra. Otra nueva acción más portentosa, deconocida entre nuestros dioses: resucitó a un muerto de cuatro días con sólo dirigirle su palabra; y es de notar que el muerto tenía ya la sangre corrompida y estaba putrefacto a causa de los gusanos salidos de su cuerpo y depedía un hedor de perro. Viéndole, pues, yacente como estaba en el sepulcro, le mandó que echara a correr; y él, como si no tuviera lo más mínimo de cadáver, sino más bien como un esposo que sale de la cámara nupcial, así salió del sepulcro, rebosante de perfume.

II. Y a unos extranjeros, endemoniados a todas luces, que tenían su domicilio en los desiertos y comían sus propias carnes, portándose como bestias y reptiles, incluso a ellos les hizo honrados ciudadanos, les volvió cuerdos con su palabra y les preparó para ser sabios, poderosos y gloriosos, comensales de todos los que odiaban los espíritus inmundos y perniciosos que habitaban anteriormente en ellos, a quienes arrojó a lo profundo del mar.

III. Había, además, otro que tenía la mano seca. Mejor dicho, no sólo su mano, sino la mitad entera de su cuerpo estaba petrificada, de manera que no tenía figura de varón ni dilatación de músculos. E incluso a éste le curó con una palabra y le dejó sano.

IV. Y había otra mujer hemorroísa, cuyas articulaciones y venas estaban agotadas por el flujo de sangre, que no llevaba ya consigo ni cuerpo humano siquiera, que se asemejaba a un cadáver y que, finalmente, se había quedado sin voz. Tal era su gravedad, que ningún médico del territorio encontró manera de curarla y ni esperanza siquiera de vida le quedaba. Mas una vez que Jesús pasaba en secreto por allí, tomó fuerzas de la sombra de éste y tocó por detrás la orla de su vestido; inmediatamente sintió que una fuerza henchía su orquedades y, como si jamás hubiera estado enferma, empezó a correr ágilmente camino de su ciudad, Cafarnaúm, estando a punto de igualar la marcha de seis jornadas.

V. Y esto que acabo de relatar con toda circunspección, lo hizo Jesús en día de sábado. Obró, además, otros milagros mayores que éstos, de manera que he llegado a pensar que los portentos suyos son mayores que los que hacen los dioses venerados por nosotros.

VI. Este es, pues, aquel a quien Herodes, y Arquelao, y Filipo, Anás y Caifás, me entregaron en connivencia con todo el pueblo, haciéndome mucha fuerza para que lo juzgara. Y así, aun sin haber encontrado a su cargo causa alguna de delitos o malas acciones, mandé que le crucificaran después de someterle a la flagelación.

VII. Y mientras le crucificaban, sobrevinieron unas tinieblas que cubrieron toda la tierra, quedando obscurecido el sol a mediodía y apareciendo las estrellas, en las que no había resplandor; la luna cesó de brillar, como si estuviera teñida en sangre, y el mundo de los infiernos quedó absorvido; incluso lo que era llamado santuario desapareció, a la caída de éstos, de la vista de los mismos judíos; finalmente, por el eco de los truenos repetidos, se produjo una hendidura en la tierra.

VIII. Y, cuando todavía cundía este pánico, aparecieron algunos muertos que habían resucitado, como atestiguaron los mismos judíos, y dijeron ser Abrahán, Isaac, Jacob, los doce patriarcas, Moisés y Job, las primicias de los muertos, como ellos dicen, que fallecieron hace tres mil quinientos años. Y muchísimos de ellos, a los que yo pude ver también aparecidos corporalmente, se lamentaban a su vez a causa de los judíos: por la prevaricación que estaban cometiendo, por su perdición y por la de su ley.

IX. Duró el miedo del terremoto a partir de la hora sexta del viernes hasta la hora nona. Y, al llegar la tarde del primer día de la semana, se oyó un eco procedente del cielo, mientras éste adquiría un resplandor siete veces más vivo que todos los días. Y a la hora tercia de la noche apareció incluso el sol brillando más que nunca y embelleciendo todo el firmamento. Y de la misma manera que los relámpagos sobrevienen de repente en el invierno, así apareceiron súbitamente unos varones, excelsos por su vestidura y por su gloria, que daban voces semejantes al fragor de un enorme trueno, diciendo: «Jesús, el que fue crucificado acaba de resucitar. Levantaos del abismo los que estáis presos en los subterráneos del infierno». Y la hendidura de la tierra era tal, que parecía no había fondo, sino que dejaba ver los mismos fundamentos de la tierra, entre los gritos de los que estaban en el cielo y paseaban corporalmente en medio de los muertos que acababan de resucitar. Y aquel que dio vida a los muertos y encadenó al infierno decía: «Dad este encargo a mis discípulos: Él va delante de vosotros a Galilea; allí podréis verle».

X. Por toda aquella noche no cesó la luz de brillar. Y muchos de los judíos perecieron absorvidos por la hendidura de la tierra, de manera que al día siguiente no compareció gran parte de los que habían estado en contra de Jesús. Otros veían apariciones de resucitados, a quienes ninguno de nosotros había visto. Y en Jerusalén mismo no quedó ni una sola sinagoga de los judíos, pues todas desapareieron en aquel derrumbamiento.

XI. Así, pues, fuera de mí por aquel pánico y cohibido por un temblor horrible en extremo, he hecho a vuestra excelencia la relación escrita de lo que mis ojos vieron en aquellos momentos. Y, poniendo además en orden lo que hicieron los judíos contra Jesús, lo he remitido a vuestra divinidad, ¡oh Señor!»
 

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

 

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PADECIÓ BAJO PONCIO PILATO

FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO

 

PADECIÓ

 

La pasión de Cristo nos coloca ante Dios. Es una pasión querida por Dios. En su plan salvífico «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitado...». Ese es el pensar de Dios, que Pedro -y demás apóstoles (Mc 9,32)- «no entiende» (Mc 8,31.33). Pero Jesús, por tres veces, les anuncia su pasión:

 

Iban de camino a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y le seguían con miedo. Tomó otra vez a los doce y comenzó a decirles lo que iba a suceder: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de El, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará. (Mc 10,32-34p).

 

Lucas añadirá los insultos y salivazos... Todo ello para dar cumplimiento a lo anunciado por los profetas (Lc 18,31). Cristo va a la pasión siguiendo los designios del Padre, en obediencia a la voluntad del Padre: «Cristo, siendo Hijo, aprendió por experiencia, en sus padecimientos, a obedecer. Habiendo llegado así hasta la plena consumación, se convirtió en causa de salvación para todos los que le obedecen» (Heb 5,8- 10).

En su sangre se sella la alianza del creyente y Dios Padre: «Tomando una copa y, dadas las gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Y les dijo: Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14,23-24). «Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26,27-28; Lc 22,20).

Esto es lo que Pablo ha recibido de la tradición eclesial, que se remonta al mismo Señor:

 

Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado... después de cenar, tomó la copa, diciendo: Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebáis, hacedlo en memoria mía. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. (1 Cor 11,23-26).

 

En todos estos textos aparecen las palabras, grávidas de significado, «por vosotros», «por muchos», que expresan la entrega de Cristo a la pasión en rescate nuestro1. Marcos, en su relato de la pasión nos presenta a Jesús como el justo que sufre sin culpa la persecución de los hombres. En el salmo 22 Jesús encuentra el ritual de su ofrenda al Padre por los hombres. El es el Siervo de Yavé, tan desfigurado que no parecía hombre, sin apariencia ni presencia, despreciable y desecho de los hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, ante quien se vuelve el rostro. Carga sobre sí nuestros sufrimientos y dolores, azotado, herido de Dios y humillado. Herido, ciertamente, por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas, soportando El el castigo que nos trae la paz, pues con sus cardenales hemos sido nosotros curados. El tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores (Is 52,13-53,12). Pedro presenta la pasión de Cristo a los cristianos, como huellas luminosas por donde caminar:

Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. El no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando le insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga con justicia. Cargado con nuestros pecados subió al madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado. (1Pe 2,21-24)

En su pasión aparece el amor insondable de Dios, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros (Rom 8,32.39; Jn 3,16), para reconciliar en El al mundo consigo (2 Cor 5,18-19). Para esto vino el Hijo al mundo: «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos» (Mc 10,45). Cada cristiano puede decir con Pablo: El Hijo de Dios «me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20):

Los cristianos provienen de Jesucristo, que gustó la muerte en cruz según el gran designio salvífico de Dios... El misterio del cordero, ordenado sacrificar por Dios como Pascua (Ex 12,1-11), era figura de Cristo, con cuya sangre quienes creen en El ungen sus casas, es decir, a sí mismos...

Y el mismo Dios, que prohibió a Moisés hacer imágenes, le mandó, sin embargo, fabricar la serpiente de bronce y la puso como signo por el que se curaban quienes habían sido mordidos por las serpientes. Con ello, anunciaba Dios un gran misterio: la destrucción del poder de la serpiente -autora de la transgresión de Adán- y, a la vez, la salvación de quienes creen en Quien por este signo era figurado, es decir, en Aquel que iba a ser crucificado para librarnos de las mordeduras de la serpiente: idolatrías y demás iniquidades2.

La hora de la pasión es la hora de Cristo, la hora señalada por el Padre para la salvación de los hombres en la pasión de su Hijo:

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en El, sino que tengan vida eterna (Jn 3,16).

El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom 8,31).

Siendo la hora del Padre, es la hora de la glorificación del Hijo y de la salvación de los hombres (Jn 12,23.27-28). La pasión es la hora de pasar de este mundo al Padre y del amor a los hombres hasta el extremo (Jn 13,1). Por ello, la hora también de la glorificación del Padre en el Hijo (Jn 17,1). Con la entrega de su Hijo a la humanidad, Dios se manifiesta plenamente como Dios: Amor en plenitud. No cabe un amor mayor:

Cree, pues, que bajo Poncio Pilato fue crucificado y sepultado el Hijo de Dios. «Nadie tiene un amor más grande, que el que da la vida por los amigos» (Jn 15,13). ¿De veras es el amor más grande?

Si preguntamos al Apóstol, nos responderá: «Cristo murió por los impíos», y añade: «Cuando éramos sus enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rom 5,6-10). Luego en Cristo hallamos un amor mayor, pues dio la vida por sus enemigos, no por sus amigos.

¡No te ruborice, pues, la ignominia de la Cruz! ¡Todo un Dios no vaciló en tomarla por ti! «Préciate, como el Apóstol, de no saber más que a Jesucristo y éste crucificado» (1 Cor 2,2)3.

En la pasión Cristo lleva a cumplimiento todas las figuras del amor apasionado de Dios por los hombres:

Ya el Señor había dispuesto previamente y prefigurado sus sufrimiento en los patriarcas y en los profetas y en todo el pueblo...Si quieres que el misterio del Señor se te esclarezca, dirige tu mirada a Abel, similarmente matado; a Isaac, similarmente atado; a José, vendido; a Moisés, abandonado; a David perseguido; a los profetas, similarmente sufrientes a causa de Cristo; dirige tu mirada hacia la oveja inmolada en Egipto, hacia Quien hirió a Egipto y salvó a Israel por la sangre... ¡Con su espíritu inmortal mató a la muerte homicida! El es, en efecto, quien por haber sido conducido como un cordero e inmolado como una oveja (Is 23,7), nos libró de la servidumbre del mundo -como de la tierra de Egipto-, nos desató los lazos de la esclavitud del demonio -como de la mano del Faraón-, y selló nuestras almas con su propio espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su propia sangre. El es quien cubrió la muerte de vergüenza y quien enlutó al diablo, como Moisés al Faraón... El es la Pascua de nuestra salvación. El es quien soporta mucho en muchos:

Quien fue matado en Abel; atado en Isaac; siervo en Jacob; vendido en José; abandonado en Moisés; inmolado en el cordero; perseguido en David y deshonrado en los profetas... El es quien fue colgado en un madero, sepultado en la tierra. El es el cordero sin voz y degollado -nacido de María, la inocente cordera-, el elegido del rebaño, el arrastrado a la inmolación, el sacrificado al atardecer, el sepultado al anochecer. El es quien fue muerto en Jerusalén, porque curó a los cojos, limpió a los leprosos, llevó a la luz a los ciegos, resucitó a los muertos: ¡Por eso padeció!4.

 

2. FUE CRUCIFICADO

La cruz es la expresión de ese amor radical que se da plenamente, acontecimiento que es lo que hace y que hace lo que es; expresión de una vida que es ser para los demás.

Ya en el Nuevo Testamento, la cruz es considerada como el signo de salvación cristiana. Desde entonces la cruz es el símbolo cristiano por excelencia. Marcado con la cruz en el bautismo, el cristiano levanta la cruz en todo tiempo y lugar, como símbolo de su pertenencia a Cristo crucificado. La cruz, como confiesa Pablo, es el compendio, la fórmula abreviada de todo el Evangelio, símbolo auténtico de la vida cristiana, de modo que el cristiano no quiere «conocer cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,2):

Gloria de la Iglesia católica es toda acción de Cristo. ¡Pero la gloria de las glorias es la Cruz!, como decía Pablo: «¡En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gál 6,14)... La brillante corona de la cruz iluminó a los que estaban ciegos por la incredulidad, libró a los que estaban prisioneros del pecado y redimió a todos los hombres ...Pues, si por la culpa de un solo hombre reinó la muerte en el mundo, ¿cómo no iba a reinar la vida por la justicia de uno? (Rom 5,12-21; 1 Cor 15,21-49). Y si entonces nuestros padres fueron arrojados del paraíso por haber comido del árbol, ¿no entrarán ahora más fácilmente en el paraíso los creyentes, por medio del Árbol de Jesús?... Y si en tiempos de Moisés el cordero alejó al Exterminador (Ex 12,23), ¿no nos librará con más razón del pecado «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»? (Jn 1,29).

No nos avergoncemos, pues, de confesar al Crucificado. Que nuestros dedos graben su sello en la frente, como gesto de confianza. Y la señal de la cruz acompañe todo: sobre el pan que comemos y la bebida que bebemos, al entrar y al salir, antes de dormir, acostados y al levantarnos, al caminar y al reposar. La fuerza de la Cruz viene de Dios y es gratuita. Es señal de los fieles y terror de los demonios. Con ella los venció Cristo «exhibiéndolos públicamente, al incorporarlos a su cortejo triunfal» (Col 2,15). Por eso, cuando ven la Cruz recuerdan al Crucificado y temen a Quien «quebrantó la cabeza del dragón» (Sal 74,14). No desprecies, pues, tu sello por ser gratuito.

Toma la Cruz, más bien, como fundamento inconmovible y construye sobre ella el edificio de la fe5.

Este es también el escándalo del cristianismo. La cruz es signo de salvación y signo de contradicción, piedra de escándalo. Ante ella se define quienes están con Cristo y quienes contra Cristo. A cada paso nos encontramos con la cruz en la vida, como piedra, en que nos apoyamos, o como piedra, que nos aplasta: Cristo crucificado es la señal de contradicción, «puesto para caída y elevación de muchos» (Lc 2,34). Ante la cruz quedan al descubierto las intenciones del corazón (Lc 2, 35; Mt 2,1ss). Es inevitable «mirar al que traspasaron» (Jn 19, 37), «como escándalo y necedad» o «como fuerza y sabiduría de Dios»:

Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios...Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres (1 Cor 1,17-25).

La cruz es la manifestación suprema de un Amor que se despoja de sí mismo hasta el extremo. Es, pues, la expresión plena de la vida. Para el Evangelio de Juan, crucifixión, exaltación, elevación y glorificación aparecen unidos, como una única realidad inseparable (Jn 3,14; 12,34). En el momento de su muerte en cruz, Jesús pronuncia la palabra victoriosa: «Todo está cumplido» (Jn 19,30):

Cuando Cristo nuestro Señor hubo cumplido todo esto por nosotros, avanzó hacia la muerte y la recibió por medio de la Cruz. No en secreto. Su muerte fue manifiesta y conocida de todos, porque a todo el mundo debía ser proclamada por los bienaventurados apóstoles la resurrección de nuestro Señor (Lc 24,46-48p)....Convenía que su muerte fuera manifestada a todo el mundo, pues su resurrección era la abolición de la muerte (2 Tim 1,10)6.

En la cruz de Cristo, el mundo -con sus poderes y su Príncipe- han sido juzgados, condenados y echados fuera (Jn 12,31; 16,8-11). La cruz pone al descubierto el pecado y revela el amor. Por la cruz, Dios «destituyendo por medio de Cristo a los principados y potestades, los ofreció en espectáculo público y los llevó cautivos en su cortejo» (Col 2,15). La liturgia invitará a los cristianos a: «Mirar el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo»:

Adán, por las mordeduras del dragón apóstata (Gén 3,1-7), es decir, del diablo, pereció, arrastrándonos a todos al mal. Pero hemos sido salvados de un modo maravilloso: Mirando a la serpiente de bronce (Nu 21,9; Jn 3,14-15), es decir, a Cristo. ¿Cómo siendo El bueno por naturaleza pudo hacerse serpiente? Porque tomó nuestra carne, haciéndose como nosotros, que somos malos, como está escrito: «Se hizo a semejanza de la carne de pecado» (Rom 8,3) y también: «Fue contado entre los malhechores» (Is 53,12). Cristo es, pues, serpiente como a semejanza de pecado, porque se hizo hombre...

La serpiente de bronce era, pues, figura de Cristo exaltado en la Cruz gloriosa, como El mismo dijo a los judíos: «Cuando exaltéis al Hijo del hombre, entonces conoceréis que soy yo» (Jn 8,28). Que aquella figura se relaciona con este misterio, lo puedes aprender también de El, cuando dijo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser exaltado el Hijo del hombres (Jn 3,14). Por lo demás, la serpiente era de bronce a causa de la sonoridad y armonía del kerigma divino y evangélico: ¡No hay nadie sin haber oído los oráculos de Cristo, divulgados por todo el orbe, ante quien «toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre (Filp 2,10s)7.

Esta salvación, que nos engendra a la nueva vida, no se nos comunica sino bajo la forma de cruz. Sólo por la cruz seguimos a Cristo: «El que quiera venir conmigo, niéguese a si mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8,34). El bautismo nos incorporó a la muerte de Cristo, para seguirle con la cruz hasta la gloria, donde El está con sus llagas gloriosas (Rom 6,3-8):

Llevamos siempre y por todas partes en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente somos entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros y en vosotros, la vida. (2 Coi 4,10-12)

El primero en levantar, como Vencedor, el trofeo de la Cruz es Cristo. Después se lo entrega a los mártires, para que a su vez lo levanten ellos. Quien lleva la cruz, sigue a Cristo, como está escrito: «Toma tu cruz y sígueme» (Mc 8,34p)8.

Ante todo se ha de saber que la Cruz era un triunfo, -el insigne trofeo del triunfo-, pues el trofeo es el signo del enemigo vencido: «el Príncipe de este mundo» (Jn 12,31; 14,30; 16,11; 2 Cor 4,4)..., que enseñó a los hombres a desobedecer a Dios. De aquí que se escribiese contra nosotros la nota de cargo de nuestros pecados, retenida por él y sus potencias (Ef 6,12; 2,2). Cristo se la arrebató, privándolas del poder que tenían sobre nosotros. Así «canceló la nota de cargo que había contra nosotros y, clavándola en su Cruz, exhibió públicamente a los principados y potestades, triunfando de ellos en sí mismo» (Col 2,14-15) y, luego, transfirió ese poder a los hombres, como El mismo dijo a sus discípulos: «Os he dado poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigos (Lc 10,19). ¡Los que usaron mal del poder recibido fueron así sometidos por la Cruz de Cristo a los que en un tiempo les estaban sometidos!9.

Esta visión bíblica de la cruz supone una revolución en relación a todas las religiones no cristianas. En la religiosidad natural, la expiación significa el restablecimiento de la relación con Dios, rota por la culpa, mediante sacrificios y ofrendas de los hombres. La expiación nace de la conciencia del hombre de su propia culpa y del deseo de borrar el sentimiento de culpa, de superar la culpa mediante acciones expiatorias ofrecidas a la divinidad. La obra expiatoria con la que los hombres quieren pagar a la divinidad y aplacarla ocupa el centro de las religiones.

El Nuevo testamento nos ofrece una visión completamente distinta. No es el hombre quien se acerca a Dios y le ofrece un don para restablecer el equilibrio roto. Es Dios quien se acerca a los hombres para dispensarles un don. El «derecho violado», si querernos hablar así, se restablece por la iniciativa del amor de Dios, que por su misericordia justifica al impío y vivifica a los muertos. Su justicia es gracia, que hace justos a los pecadores. En Cristo «Dios reconcilia el mundo consigo mismo» (2 Cor 5,19). Dios no espera a que los pecadores vayan a El y paguen por su culpa. El sale a su encuentro y los reconcilia:

«Nuestro hombre viejo fue crucificado con El» (Rom 6,6). Si El no hubiese sido crucificado el mundo no habría sido redimido. La pena de su crucifixión es nuestra salvación... Por quienes claman «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!» (Jn 19,6; Mc 15,13; Lc 23,21), ruega al Padre: «¡Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen!» (Lc 23,34). Entre ellos estaba aquel frenético, antes Saulo y luego Pablo, primero soberbio y humilde después. Pero ¿qué le hizo el Médico? Derribó a un soberbio y levantó un creyente (He 9,1-8); derribó a un perseguidor y levantó a un apóstol (He 9,18-22)... En la Cruz hizo de un ladrón un confesor: Ved redimido a quien el diablo había hecho homicida. El ladrón confiesa (Lc 23,42s), cuando Pedro se turbaba; aquel reconoció cuando éste negó (Mt 26,69-75p). Pero ¿acaso porque el Señor adquirió a quien robaba, perdió a Pedro que negaba? ¡No! Obraba un misterio: mostró en Pedro que nadie puede presumir de justo, significando en el ladrón que no perece ningún impío convertido. ¡Tema el bueno, para no perecer por la soberbia! ¡No desespere el malvado por su mucha maldad! Gran precio ha sido dado por nosotros, pues hemos sido redimidos por la Sangre de Cristo! (1 Pe 1,18s)10.

Este es el misterio inaudito de la cruz. La reconciliación no parte de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo. No es la obra de reconciliación que el hombre ofrece al Dios airado, sino la expresión del amor entrañable de Dios que se vacía de sí mismo para salvar al hombre. Es su acercamiento a nosotros. La acción del hombre -el culto- es acción de gracias: Eucaristía (Heb 13,15). Es, en vez de ofrenda de dones, aceptación del don de Dios.

La carta a los Hebreos, relacionando la muerte de Jesús con la fiesta judía de Yom Kipur, nos dice que todo intento del hombre por reconciliarse con Dios mediante ritos y sacrificios, -de los que las religiones están llenas-, son ineficaces e inútiles (7,18), ya que Dios no busca toros ni machos cabríos, sino al hombre, como dicen ya los salmos:

 

No aceptaré un becerro de tu casa, 
ni un cabrito de tus rebaños; 
pues las fieras de la selva son mías, 
y hay miles de bestias en mis montes; 
en mi mano están todas las aves del cielo 
y todos los animales del campo.

Si tuviera hambre no te lo diría a ti; 
pues el orbe y cuanto lo llena es mío. 
¿Como yo acaso la carne de los toros? 
¿Bebo acaso la sangre de los carneros? 
Ofrece a Dios sacrificios de alabanza, 
cumple tus votos al Altísimo 
e invócame el día del peligro: 
yo te libraré, y tú me darás gloria. (Sal 50,9-15)

Por ello, Cristo, entrando en la presencia de Dios, no en un templo construido por manos humanas, sino en el cielo, con su muerte no ofreció cosas ni sangre de animales, sino que se ofreció a sí mismo (Heb 9,11 s). Jesucristo es víctima y sacerdote, realizando así la verdadera y definitiva liturgia de la reconciliación.

El culto cristiano no es otra cosa que la aceptación agradecida y exultante del amor absoluto, hasta el extremo (Jn 13,1), de Cristo, entregado a la muerte de cruz por nosotros. Nuestros intentos de justificación por nosotros mismos, con nuestras ofrendas y sacrificios, no son, en el fondo, más que excusas, que nos distancian de Dios y de los demás. Adán quiso justificarse, excusándose, echando la culpa a otro: a Eva y a Dios simultáneamente: «La mujer que Tú me diste por compañera, me dio del fruto...» (Gén 3,12). A Dios, en cambio, le agrada la confesión del propio pecado y la aceptación gratuita del amor de Cristo hacia nosotros, en lugar de la autojustificación que acusa. Acepta unirnos a El, haciendo nuestra su entrega a la cruz, para romper el protocolo de acusación contra nosotros (Sal 51,18-19; Filp 3,18-19; Col 2,14):

 

¡De aquí que no lloramos con gemidos los sufrimientos de Cristo, sino que los celebramos con alabanza continua! El Señor fue sepultado, a fin de que la tierra recibiese la bendición de su cuerpo, para consolación de los sepultados. Fue crucificado a fin de que como por un leño vino la muerte, por él nos fuese devuelta la vida. La muerte muere con la muerte. El infierno es destruido por la vida destrozada. Y por la semilla de aquel cuerpo sepultado en tierra, la sementera de los cuerpos humanos surge como mies viva"

 

 

Reco´giendo una idea de Jean Danielou, podemos decir que «entre el mundo pagano de la religiones y la fe cristiana no hay más que un paso: la cruz de Cristo. Para incorporar un pagano al cristianismo no hay otro camino que la tontería de la predicación de la cruz de Cristo, testimoniada por el apóstol «que lleva siempre en su cuerpo el morir de Jesús» (2Cor 4,10). Este morir -amor al mundo enemigo y extraño a este amor crucificado- es la pasión de Cristo, de la que nos llama a participar, distendidos con El en la cruz, hasta el Padre y hasta el último hombre, uniendo en un mismo punto el amor a Dios y a los hombres»12.

Lo que cuenta no es el dolor. ¿Cómo podría Dios complacerse en los tormentos de una criatura o de su propio Hijo? Lo que cuenta es la amplitud del amor. Sólo el amor da sentido al dolor. Si no fuese así, dirá J. Ratzinger, los verdugos serían los auténticos sacerdotes; quienes provocan los sufrimientos serían quienes habrían ofrecido el sacrificio. Pero no es esta la visión bíblica de la cruz. Es Cristo, y no sus verdugos, el Sacerdote, que con su amor unió los extremos separados del mundo: Dios y los hombres y éstos entre sí (Ef 2,11-22).

La cruz es revelación de esta distancia, salvada por el amor. Nos revela cómo es Dios y cómo son los hombres. Cristo, el Justo e inocente, manifestación del amor de Dios, crucificado por los hombres, deja al descubierto quién es el hombre: el que no soporta al justo, el que escarnece, azota y atormenta a quien le ama. Como injusto, el hombre necesita la injusticia de los demás para sentirse disculpado (Sab 2,10-20; Jr 11, 18-19; 15,10-11). El justo le da fastidio, porque con su vida es una denuncia de la propia maldad (Jn 8,39-47). El Justo crucificado es el espejo del hombre.

Pero la cruz revela también a Dios. En el abismo del mal humano, que condena a morir en cruz al Hijo, se manifiesta en toda su plenitud el abismo inagotable del amor del Padre, que entrega al Hijo por nosotros13:

Todo esto se realizó en la Cruz. Su figura se divide en cuatro partes, de modo que a partir del centro, -al que todo el conjunto converge-, se cuentan cuatro prolongaciones; y sabemos que quien se extendió sobre la cruz, es Aquel que abraza y une a Sí el universo, reuniendo mediante su persona a todos los seres en concordia y armonía. Toda la creación le mira y gira en torno a El. Gracias a El permanece compacta en sí misma. Por ello, conocemos a Dios por la audición de la Palabra y mirando a la Cruz. En ella conocemos «la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo (Ef 3,18)... ¡Este es el misterio, que sobre la cruz nos ha sido enseñado! (Filp 2,10)14.

El misterio del Hijo del Hombre y del Hijo de Dios nos muestra claramente que es El mismo quien reinando muere y muriendo reina... El lugar de la Cruz es tal que, colocado en el centro de la tierra y erigido en la cumbre del universo, ofrece igualmente a todos los paganos el medio de llegar al conocimiento de Dios (Is 2,2-3). En «el leño de la Cruz» están colgadas la salvación y la vida de todos. A su derecha y a su izquierda fueron crucificados dos ladrones (Mt 27,38), mostrando con ello que todo hombre es llamado al misterio de la pasión del Señor15.

 

3. MUERTO

La muerte en cruz era una maldición. Cristo se hizo maldito para librarnos de la maldición a nosotros, a quienes la ley condenaba a muerte: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose El mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: Maldito el que está colgado de un madero. Así, en Cristo Jesús, pudo llegar a los gentiles la bendición de Abraham» (Gál 3,13-14):

Pero, ¿por qué sufrió incluso la muerte de cruz? Porque, si el Señor vino a llevar la maldición que pesaba sobre nosotros, ¿cómo se habría hecho maldición sin sufrir la muerte de los malditos? Tal es, en efecto, la muerte en la cruz, como está escrito: «¡Maldito quien cuelga del leño! (Dt 21,23; Gál 3,13). Además, si la muerte del Señor es redención por todos y destruye «el muro de separación» (Ef 2,14) llamando a los gentiles, ¿cómo los habría llamado si no hubiese sido crucificado? Pues sólo en la cruz se muere con las manos extendidas. Convenía, pues, que el Señor sufriese esta muerte y extendiese las manos: con una se atraía al Pueblo antiguo (Rom 10,21; Is 65,2) y con la otra a los paganos, reuniendo así en El a los dos (Ef 2,16), como El mismo dijo: «Cuando haya sido elevado, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32)16.

«Era necesario», repite constantemente el Nuevo Testamento, que Cristo sufriera la muerte de malhechor (Lc 24,7.26.44; Mc 8,31). Es lo que Pablo, al convertirse, encuentra ya en las comunidades cristianas como confesión de fe: «Porque os transmití, en primer lugar, lo que yo a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (1 Cor 15,3):

Adán, recapitulando en sí a todo hombre, al desobedecer a Dios, murió -y nos dejó en herencia la muerte- el día en que comió, pues Dios le había dicho: «El día que comáis moriréis ciertamente» (Gén 2,17). Recapitulando en sí aquel día, el Señor murió el día anterior al sábado, en el que fue precisamente plasmado el hombre (Gén 1,26-31), para darle con su pasión la segunda creación, que tuvo lugar con su muerte. En efecto, el pecado cometido a causa del árbol (Gén 2,17) fue abolido con el árbol de la Cruz. Obedeciendo a Dios (Filp 2,8; Rom 2,18-19; 5,19; 14,15; 1 Cor 8,11), el Hijo del Hombre fue clavado en el árbol, destruyendo la ciencia del mal e introduciendo en el mundo la ciencia del bien, destruyendo «con la obediencia al Padre hasta la muerte» (Filp2,8) la desobediencia antigua, realizada por Adán en el árbol17.

Jesús muere como el Siervo de Dios, de cuya pasión y muerte dice Isaías que es un sufrimiento inocente, soportado con paciencia, voluntario, querido por Dios, en favor de muchos (Is 53,6-10). Al ser una vida con Dios y de Dios la que se entrega a la muerte, este morir es salvación nuestra:

Pues el Padre, para darnos la vida, envió a su Hijo para que nos redimiera (Jn 3,16;1Jn 4,9-10;Gál 4,4-5). Y este Hijo quiso ser y hacerse hombre, para hacernos hijos de Dios (Jn 1,12; Gál 4,4-6); se humilló, para levantar al pueblo caído por tierra; fue llagado, para curar nuestras llagas (Is 53,5); se redujo a esclavo, para librar a los que estaban en esclavitud (Heb 2,14-15); soportó la muerte, para dar la inmortalidad a los mortales (Rom 5,21; 6,4-11; 8,1-13)... En la pasión y en la señal de la cruz está toda fuerza y poder (Hab 3,3-5; Is 9,5; Ex 16,9-11). Todos los que lleven la frente marcada con esta señal de la cruz se salvarán (Apoc 22,13-14; Ez 9,4-6; Ex 12,13)18.

Como buen Pastor, Cristo «da su vida por las ovejas» (Jn 10,15). «Se entrega a sí mismo como rescate por todos» (1Tim 2, 6), «entregándose El por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso» (Gál 1,4), que «yace en poder del Maligno» (1Jn 5,19). El, que no conoció pecado, se hizo por nosotros pecado, para que en El fuéramos justicia de Dios (2Cor 5,21). En resumen, «El, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Este intercambio admirable suscitó la admiración constante de los padres. Según su confesión de fe, Jesucristo, como nuevo Adán, recapituló en sí a todo el género humano y lo unió de nuevo con Dios: «Por su infinito amor, El se hizo lo que somos, para transformarnos en lo que El es» (S. Ireneo).

No sólo buen Pastor, Jesús es también nuestro Cordero pascual inmolado (1 Cor 5,7), «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29), «rescatándonos de la conducta necia heredada de nuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, Cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1,18-19; 1 Cor 6,20):

A Jesús le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos» (Heb 2,9). Isaías, reconociendo al Dios hecho hombre en quien padeció en la carne, dijo: «Fue llevado como oveja al matadero y, como cordero inocente ante quien lo trasquila, no abrió su boca» (Is 53,7)19.

Los cristianos, por ello, han podido cantar:

Digno eres, Cordero degollado, de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes sobre la tierra. (Apoc 5,9-10)

Cristo se entrega a sí mismo en ofrenda al Padre por nosotros. Entra en la pasión con miedo y temblor en su cuerpo y en su espíritu, pero con obediencia filial al Padre. Sobre la cruz pide perdón por los que le matan. Y en medio del abandono, también divino, en un grito de confianza entregó su vida a Dios. Así murió. Por ello, su sacrificio es el cumplimiento definitivo de todos los otros sacrificios, que sólo eran prefiguraciones lejanas (Heb 9,9; 10,1) de este único sacrificio, ofrecido una vez para siempre:

Cristo se presentó como sumo Sacerdote de los bienes futuros y entró de una vez para siempre en el Santuario... Y entró no con sangre de machos cabríos y de toros, sino con su propia sangre, obteniendo para nosotros una redención eterna... Para eso es Mediador de una nueva alianza, para que mediante su muerte, ofrecida para remisión de las transgresiones... recibamos la herencia eterna prometida... Pues no entró Cristo en un Santuario levantado por mano de hombre, sino en el Cielo, para comparecer ahora ante la faz de Dios en favor nuestro... Y no necesita ofrecerse muchas veces, -como en los sacrificios antiguos-,sino que ahora, en la plenitud de los tiempos, se ha manifestado de una vez para siempre, para destruir el pecado mediante su propio sacrificio (Heb 9,11-28).

No son sacrificios lo que Dios quiere, sino la entrega filial que hace Jesús en obediencia al Padre:

Por eso Cristo, al entrar en el mundo, dice: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no te complaciste en holocaustos ni en sacrificios por el pecado; entonces Yo dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad... En virtud de esta voluntad, quedamos nosotros santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, ofrecida una vez para siempre (Heb 10,5-10).

Todos estos textos nos anuncian el amor salvífico de Dios, que Jesucristo, por su obediencia y entrega, aceptó en nuestro nombre, para reconciliarnos con Dios y romper las barreras que separaban a los hombres entre ellos. «Cristo es nuestra paz» (Ef 2,14). En El quedó definitivamente superado el abismo que, a causa del pecado, separaba al hombre de Dios, a los hombres entre sí y al hombre de sí mismo. La muerte de Cristo ha hecho de la cruz -con sus dos travesaños- el signo de la victoria sobre todos los poderes enemigos de Dios y del hombre.

La muerte de Jesús nos liberó de la esclavitud del pecado (Rom 7; Jn 8,34-36), del diablo (Jn 8,44; 1Jn 3,8), de los poderes del mundo (Gál 4,3; Col 2,20), de la ley (Rom 7,1; Gál 3,13; 4,5) y, sobre todo, de la muerte (Rom 8,2). ¡Asumió la muerte, para matar a la muerte! (1 Cor 15,26.54-57). Cristo obtuvo la victoria derrotando al diablo con las mismas armas con que él nos había vencido:

¿Has visto qué maravillosa victoria? ¿Has visto los resonantes éxitos de la cruz? Aprende cómo se produjo la victoria y aún quedarás más sorprendido. Cristo derrotó al diablo con aquellos mismos medios con los que éste había vencido. Lo venció con sus mismas armas. ¿Cómo? Escucha. Una virgen, un leño y la muerte fueron las contraseñas de nuestra derrota. Virgen era Eva, que todavía no había conocido varón; leño era el árbol y muerte era el castigo de Adán. Pero he aquí de nuevo que una Virgen, un leño y la muerte, los mismos que habían sido los distintivos de nuestra derrota, se convierten en distintivos de nuestra victoria. De hecho el puesto de Eva lo ocupa María; el puesto del leño de la ciencia del bien y del mal, el leño de la cruz; el puesto de la muerte de Adán, la muerte de Cristo. Ve, pues, que fue derrotado con los mismos medios con que había vencido. En torno al árbol el diablo venció a Adán; en torno a la cruz Cristo derrotó al diablo. Aquel leño enviaba a los infiernos, éste reclamaba de allí incluso a los que habían descendido a ellos... Estos son los grandes éxitos de la cruz20.

Y al destruir la muerte, surgió la vida. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació la Iglesia21. Por el agua del bautismo el cristiano es injertado en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, muriendo con El, siendo sepultado y resucitado con El (Rom 6,3-5). Y en la sangre de la Eucaristía proclamamos su muerte hasta que El vuelva (1 Cor 11, 26):

Si indagas por qué echó «sangre y agua del costados», y no de otro miembro, descubrirás que con ello se indica a la mujer: como la fuente del pecado y de la muerte provino de la primera mujer, costilla del primer Adán (Gén 2,22), también la fuente de la redención y de la vida mana de la costilla del segundo Adán22.

¡Suba nuestro Esposo al leño de su tálamo! Duerma, muriendo; se abra su costado y nazca la Iglesia Virgen, para que, como Eva fue formada del costado de Adán durmiente, se forme la Iglesia del costado de Cristo crucificado. Pues fue herido su costado y al instante «brotó sangre y agua» (Jn 19,34), los sacramentos gemelos de la Iglesia: el agua, en la que fue purificada la Esposa; la sangre, con la que fue dotada. En esta sangre, los santos mártires, amigos del Esposo, lavaron sus vestidos y los blanquearon (Ap 7,14;22,14); yendo como invitados a las nupcias del Cordero (Ap 19,7- 9),recibieron del Esposo el cáliz, bebiendo y brindando a su salud. Bebieron su sangre, derramando la suya por El... ¡Exulta, Iglesia Esposa, pues si no se hubiera hecho esto con Cristo, tú no habrías sido formada de El! El Vendido te redimió; el Matado te amó y, por que te amó tanto, quiso morir por ti. ¡Oh gran sacramento de este matrimonio!¡Oh que gran misterio el de este Esposo y esta Esposa! Nace la Esposa del Esposo y, apenas nacida, se le une; la Esposa lo desposa, cuando el Esposo muere; el Esposo se une a la Esposa, cuando es separado de los mortales; cuando El es exaltado sobre todos los cielos, entonces ella es fecundada sobre toda la tierra. ¿Qué es esto? ¿Quién es este Esposo, ausente y presente? ¿Quién es este Esposo ausente y latente, a quien la Esposa concibe por la fe y, sin acto matrimonial, diariamente da a luz a sus miembros? ¡Es el Rey de la gloria! (Sal 24,10)23.

 

4. Y SEPULTADO

Al confesar en el Credo la sepultura de Jesucristo -lo mismo que la mención de Poncio Pilato- estamos afirmando la realidad histórica de los acontecimientos. Sus padecimientos son reales, la cruz y la muerte no fueron aparentes. Por ello, la sepultura de Cristo está ya en la confesión de fe que Pablo ha recibido y que, a su vez, él transmite (1Cor 15,4) lo mismo que la muerte y la resurrección. Y San Ignacio de Antioquía, en un texto, ya citado en parte, dice:

Tapaos los oídos cuando alguien venga a hablaros fuera de Jesucristo, que desciende del linaje de David y es hijo de María; que nació verdaderamente y comió y bebió; fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato; fue verdaderamente crucificado y murió a la vista de los moradores del cielo, de la tierra y del infierno. En efecto, El fue verdaderamente clavado en la cruz bajo Poncio Pilato (Mt 27,1-66p) y el tetrarca Herodes (He 4,27; Lc 23,1-12), fruto de cuya bienaventurada pasión somos nosotros24.

Su insistencia en el verdaderamente quiere resaltar la realidad humana e histórica de Jesucristo en todos sus acontecimientos. La salvación cristiana sería sólo aparente si la historia de Jesús, con su pasión y muerte, no fueran reales. Esta es la razón de la presencia del nombre de Poncio Pilato en el Credo. «La historia de la salvación de que habla el Credo a modo de resumen se encuentra enraizada en la historia. Al confesar que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, se profesa que esos acontecimientos no tuvieron lugar no se sabe dónde ni cuándo sino en un sitio y lugar muy concretos. En la publicidad de la historia Jesús padeció, fue crucificado, murió y fue sepultado»25.

Que padeció bajo Poncio Pilato forma parte de casi todos los Símbolos de la fe antiguos, fieles al testimonio neotestamentario (Mt 27,15-56p; Jn 18,28-19,22; He 4,27; 13,28; 1 Tim 6,13), que nombrando al Procurador atestiguan la realidad histórica de la crucifixión y muerte de Cristo. La redención no es una ideología, sino un acontecimiento salvífico realizado en un lugar y tiempo histórico preciso:

Entre las verdades, que de modo claro han sido transmitidas por la predicación apostólica, figura el que Jesucristo nació y sufrió realmente, no en apariencia, y realmente murió con la muerte común a todos26.

Quienes transmitieron el Símbolo indicaron también con toda precisión el tiempo en que tuvieron lugar estos acontecimientos: «Bajo Poncio Pilato»; y esto para que no vacilase la tradición de los hechos27. Era necesario añadir el nombre del juez, para conocer las fechas28.

Tras haber dicho que «fue crucificado en tiempo de Poncio Pilato», añadieron que «fue sepultado» para enseñar que Cristo no murió simulada o aparentemente, sino que realmente murió de muerte humana. No sin motivo afirma Pablo que fue «sepultado» (1 Cor 15,3-4), sino para probar que realmente, según la ley de los hombres, murió y sufrió la muerte, como conviene a una naturaleza mortal29.

El nacimiento implica la muerte. Quien decidió formar parte de la humanidad, debía atravesar necesariamente los momentos propios de nuestra naturaleza... Aunque quizás expresemos con más exactitud el misterio diciendo que el nacimiento no fue la causa de su muerte, sino al contrario: a causa de la muerte, Dios aceptó el nacimiento. Nació no por la necesidad de vivir corporalmente, sino por el deseo de llamarnos de la muerte a la vida, para lo que se inclinó sobre nuestro cadáver, tendiendo la mano a quien yacía muerto, acercándose a la muerte hasta asumir el estado de cadáver y ofrecer a nuestra naturaleza -por medio del propio cuerpo- el principio de la resurrección30.

El Hijo de Dios no tuvo otra razón para nacer que la de poder ser clavado en la cruz. En el seno de la Virgen, en efecto, tomó la carne mortal, en la que realizó la economía de la pasión. Así, pues, si Cristo murió y fue sepultado, no fue esto una necesidad de su propia condición, sino redención de nuestra esclavitud; pues el Verbo se hizo carne para tomar del seno de la Virgen una naturaleza pasible... Por su poder se hizo humilde; por su poder se hizo pasible; por su poder se hizo mortal: para destruir el imperio del pecado y de la muerte31.

Jesús de Nazaret es un personaje histórico; No se pierde en las brumas de la mitología y de la leyenda. Jesús es un hombre de Israel, encuadrado en la historia de Israel, en un momento determinado (Lc 2,1; 3,1). El Evangelio nos da su historia; no es simplemente un sistema ideológico:

Jesús sufrió realmente por todos nosotros. ¡La cruz no fue una apariencia, pues entonces apariencia habría sido la redención! ¡Su muerte no fue una fantasía, pues en ese caso mera fábula hubiera sido la salvación! Sí, la pasión de Cristo fue real: realmente fue crucificado, sin que nos avergoncemos de ello ni lo neguemos, antes bien nos gloriamos en decirlo. ¡Confieso la Cruz, porque me consta la resurrección!

Si Jesús hubiera quedado colgado en ella, tal vez no la confesara, pero habiendo seguido la Resurrección a la Cruz, no me avergüenzo de confesarla32.

Todo en el cristianismo remite a una historia, a unos acontecimientos. Y por ser acontecimientos desde Dios para nuestra salvación se anuncian como buena noticia, y por ser únicos e irrepetibles se anuncian con autoridad, interpelando al corazón del que escucha, confesándolos con el testimonio del apóstol que los anuncia:

Confesar que Cristo fue crucificado significa decir que « estoy crucificado con Cristo» (Gál 2,19). Y también que «lejos de mí gloriarme sino es en la cruz de mi Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14). Porque «en cuanto al morir, de una vez murió al pecado» (Rom 6,10) y yo «estoy configurado a su muerte» (Filp 3,10). Así, su sepultura se extiende a los que se han configurado a su muerte «porque junto con El hemos sido sepultados por el bautismo» (Rom 6,4), destruyendo el cuerpo de pecado, pues el que está muerto está libre del pecado, para vivir una vida nueva: «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6,1-11)33.

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1. H. U. VON BALTHASAR, El misterio pascual, en Mysterium Salutis III/2, p. 143-265. A VANHOYE-I.DE LA POTTERIE-Ch. DUQUOC, La Passion selon les quatre Évangile, París 1981; R. BLAZQUEZ, Dios entregó a Jesús a la muerte, Communio 2 (1980) 18-29.

2. SAN JUSTINO, Dialogo 40,1-5;90,2-5;94,1-2;97,1-4.

3. SAN AGUSTIN, Sermo 215,5.

4. MELITON DE SARDES, Homilía sobre la Pascua 57-96.

5. SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis XIII.

6. TEODORO DE MOPSUESTIA, Homilia VI 11-VII 2.

7. SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Epistola 55.

8. SAN AMBROSIO, Expositio Ev. secundum Lucam X 29-62.

9. RUFINO DE AQUILEIA, Expositio Symboh 12-26.

10. SAN QUODVULTDEUS, Sermo I de Symbolo VI 4-20 y todo el V.

11. SAN MAXIMO TAUMATURGO, Homilia 83;SAN PEDRO CRISOLOGO, Sermo 57 y 59.

12. Cfr. J. DANIELOU, El misterio de la historia, San Sebastián 1963,440ss. 

13. Cfr. J. RATZINGER, O.c., p. 244-256.

14. SAN GREGORIO NISENO, Oratione Catech. 32,1-11. Cfr. J. DANIELOU, Le symbolisme cosmique de la Croix, La Maison Dieu 75 (1963) 23-36. 

15. SAN AMBROSIO, Expositio Ev. secundum Lucam X 97ss.

16. SAN ATANASIO, De Incarnatione Verbi 8-25.

17. SAN IRENEO, Adversus Haereses III 5,3;16,9;18,2-6.

18. SAN CIPRIANO, Los ídolos 13-14; Sobre las buenas obras 1; Testimonios II 13-23.

19 SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Epístola 55.

20. SAN JUAN CRISOSTOMO, De Coemeterio et de Cruce 2.

21. SAN AGUSTIN, Enarr. in Ps. 138,2.

22. RUFINO DE AQUILEIA, Expositio Symboli 12-26.

23. SAN QUODVULTDEUS, Sermo I de Symbolo VI 4-20.

24. SAN IGNACIO, A los Tralianos IX,1-2; SAN JUSTINO, 1 Apología 61,13. 

25. J. N. KELLY Primitivos Credos cristianos, Salamanca 1980, p. 182.

26. ORIGENES, Contra Celso, I, 54-55.

27. RUFINO DE AQUILEIA, Expos. Symboli 12-26. 

28. SAN AGUSTIN, De Fide et Symbolo V, 11. 

29. TEODORO DE MOPSUESTIA, Homilía VII, 2. 

30. SAN GREGORIO NISENO, Orat. Catech., 32,1-11. 

31. SAN LEON MAGNO, Homilía 48,1;67,5...

32. SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis XIII, 4. 

33. ORIGENES, Contra Celso II, 68.

EMILIANO JIMÉNEZ
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA
Ediciones EGA, Bilbao 1992, págs. 83-100

 

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SENTENCIA DE PILATO

 

(Epistola Tiberii ad Pilatum)

 

Esto es lo que contestó César Augusto a Poncio Pilato, gobernador de la provincia oriental. El mismo César añadió la sentencia de su puño y letra y se la envió con el mensajero Raab, a quien entregó, además, soldados en número de dos mil:

 

«Por cuanto tuviste la osadía de condenar a muerte a Jesús Nazareno de una manera violenta y totalmente inicua y, aun antes de dictar sentencia condenatoria, le pusiste en manos de los insaciables y furiosos judíos; por cuanto, además, no tuviste compasión de este justo, sino que, después de teñir la caña y de someterle a una horrible sentencia y al tormento de la fagelación, le entregaste, sin culpa alguna por su parte, al suplicio de la crucifixión, no sin antes haber aceptado presentes por su muerte; por cuanto, en fin, manifestaste, sí, compasión con los labios, pero le entregaste con el corazón a unos judíos sin ley; por todo esto, vas tú mismo a ser conducido a mi presencia, cargado de cadenas, para que presentes tus excusas y rindas cuentas de la vida que has entregado a la muerte sin motivo alguno. Pero ¡ay de tu dureza y desvergüenza! Desde que esto ha llegado a mis oídos, estoy sufriendo en el alma y siento que se desmenuzan mis entrañas. Pues ha venido a mi presencia una mujer, la cual se dice discípula de Él (es María Magdalena, de quien, según afirma, expulsó siete demonios), y atestigua que Jesús obraba portentosas curaciones, haciendo ver a los ciegos, andar a los cojos, oír a los sordos, limpiando a los leprosos, y que todas estas curaciones las verificaba con su sola palabra ¿Cómo has consentido que fuera crucificado sin motivo alguno? Porque, si no queríais aceptarlo como Dios, deberíais al menos haberos compadecido de Él como médico que es. Hasta la misma relación astuta que me ha llegado de tu parte, está reclamando tu castigo, ya que en ella se afirma que Éste era superior a todos los dioses que nosotros veneramos. ¿Cómo ha sido para entregarle a la muerte? Pues sábete que, así como tú le condenaste injustamente y le mandaste matar, de la misma manera yo te voy a ajusticiar ati con todo derecho; y no sólo a ti, sino también a todos tus consejeros y cómplices, de quienes recibiste el soborno de la muerte».

 

Entregóseles, pues, la carta a los emisarios y, juntamente con ella, la sentencia en que Augusto mandaba por escrito que pasaran por el filo de la espada a todo el pueblo de los judíos y trajeran a Pilato, preso como reo a Roma, y juntamente con él a los principales de entre los judíos (los que eran a la sazón gobernadores): a Arquelao, hijo del odiosísimo Herodes, y a su cómplice Filipo; al pontífice Caifás, y a Anás, su suegro, y a todos los principales de entre los judíos.

Así, pues, marchó Rachaab con los soldados e hizo  como le había sido ordenado, pasando por la espada a todos los varones de entre los judíos, mientras que las impuras mujeres de éstos quedaban expuestas a la violación de los paganos, con lo que brotó una ralea abominable, como engendro que era de Satanás. Después el emisario se hizo cargo de Pilato, de Arquelao y Filipo, de Anás y Caifás, y de todos los principales de entre los judíos, y cargándolos de cadenas, se puso con ellos camino de Roma. Y sucedió que, al pasar por cierta isla llamada Creta, Caifás perdió la vida de una manera violenta y miserable. Tomáronle, pues, para sepultarle, pero ni siquiera la tierra se dignó admitirle en su seno, sino que le arrojaba fuera. Cuando esto vieron los muchos que allí estaban, tomaron piedras con sus manos y las arrojaron sobre el cadáver, dejándole de esta manera sepultado.

Existía entre los reyes de la antigüedad la costumbre de que, si un reo de muerte contemplaba el rostro real, se veía libre de su condenación. César, pues, dio las órdenes oportunas para no dejarse ver por Pilato, de manera que no pudiera escapar de la muerte. Así, pues, lo metieron en una caverna, y allí lo dejaron, conforme a las órdenes del emperador.
Mandó asimismo que Anás fuera envuelto en una piel de buey; y, al secarse el cuero por el sol, quedó oprimido por él, saliéndosele las entrañas por la boca y perdiendo violentamente su vida miserable. A los demás presos judíos los ejecutó pasándolos a filo de espada. Mas a Arquelao, el hijo del odiosísimo Herodes, y a su cómplice Filipo los condenó a ser empalados.

Cierto día salió de caza el emperador e iba su persecución de una gacela. Ésta, al pasar por la boca de la caverna [donde estaba Pilato], se paró. Pilato estaba a punto de perecer a manos del César, e intentó fijar en él su mirada; pero, para que se realizara lo que estaba a punto de suceder, la gacela vino a ponerse frente a él; César entonces disparó una flecha con el fin de derribar al animal, pero el proyectil atravesó la entrada de la caverna y mató a Pilato. [Todos los que creéis que Cristo es el Dios verdadero y Salvador nuestro, glorificadle a Él y engrandecedle, pues le pertenece la alabanza, el honor y la adoración con su padre sin principio y su Espíritu consubstancial, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.]
 

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

 

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TRADICIÓN DE PILATO

 

(Paradosis)

 

I. Llegó a Roma la carta y fue leída al César en presencia de no pocas personas. Y todas quedaron atónitas al oír que, a causa del delito de Pilato, las tinieblas y el terremoto habían afectado a toda la tierra. Y, montando el César en cólera, envió soldados y ordenó que llevaran preso a Pilato.

II. Conducido que fue a Roma y enterado el César de que había llegado, se sentó éste en el templo de los dioses a la cabeza del senado, acompañado de todo el elemento militar y de la multitud que integraba sus fuerzas. Entonces dio órdenes de que avanzara delante de Pilato y quedara de pie. Y a continuación le dijo: «¿Por qué has tenido la osadía de hacer tales cosas, monstruo de impiedad, después de haber visto prodigios como los que hacía aquel hombre? Por atreverte a cometer tal villanía, has acarreado la ruina a todo el universo».

III. Mas Pilato replicó: «¡Oh emperador!, yo no soy culpable de esto; los incitadores y responsables son la turba de los judíos». César dijo: «¿Y quiénes son éstos?» Respondió Pilato: «Herodes, Arquelao, Filipo, Anás, Caifás y toda la turba de los judíos». Repuso César: «¿Y por qué secundaste tú el propósito de aquéllos?» Dijo Pilato: «Su nación es levantisca e insumisa; no se somete a tu imperio». A lo que replicó César: «Nada más entregártelo debiste ponerlo a buen seguro y enviármelo a mí y no dejarte persuadir por ellos a crucificar a un personaje como éste, que era justo y que hacía prodigios tan buenos como hacías constar en tu relación. Pues señales como éstas bien daban a conocer que Jesús era el Cristo, el rey de los judíos».

IV. Y nada más decir esto César, cuando mencionóel nombre de Cristo, toda la caterva de dioses se desplomó y quedó reducida a una especie de polvareda que ocupó el recinto en que estaba sentado el César acompañado del senado. Y todo el pueblo que estaba en presencia del César, quedó todo amedrentado al oír pronunciar el nombre y ante la caída de aquellos dioses, y, sobrecogidos de temor, se fue cada cual a su casa, llenos de admiración por lo ocurrido. Entonces mandó el César que Pilato fuera sometido a una segura vigilancia, de manera que él pudiera conocer la verdad de lo que concernía a Jesús.

V. Al día siguiente se sentó César en el Capitolio juntamente con el senado en pleno y se propuso de nuevo interrogar a Pilato. Dijo, pues, el César: «Di la verdad, monstruo de impiedad, pues, por la acción impía que llevaste a cabo contra Jesús, tu mala conducta ha venido a ponerse aquí de manifiesto por el hecho de que los dioses se hayan desplomado. Dime, pues, ¿quién es aquel crucificado, ya que su nombre ha traído la perdición incluso de todos los dioses?» Pilato respondió: «Efectivamente, lo que de Él se menciona es verdadero; yo mismo, al ver sus obras, llegué a persudirme de que aquel personaje era de mayor categoría que todos los dioses que nosotros veneramos». Preguntó entonces el César: «¿Cómo, pues, tuviste la osadía de hacer aquello contra Él, conociéndole como le conocías? ¿O es que maquinabas algún mal contra mi imperio?» Mas Pilato respondió: «Hice esto por la iniquidad y la sublevación de estos judíos si ley y sin Dios».

VI. Encolerizado entonces el César, se puso a deliberar con todo el senado y su ejército. Y mandó escribir un edicto contra los judíos concebido en estos términos: «A Liciano, gobernador de la provincia oriental, salud. He venido en conocimiento del hecho atrevido e ilegal que ha tenido lugar en nuestros tiempos por parte de los judíos que habitan en Jerusalén y las ciudades circunscritas, hasta el punto de que han obligado a Pilato a crucificar a cierto Dios llamado Jesús, crimen tan horrendo, que por él el universo, entenebrecido, iba a ser arrastrado a la ruina. Haz, pues, ánimo de presentarte a ellos con todoa tu premura, bien pertrechado de fuerzas, y declara la esclavitud por el presente edicto. Sé obediente a la consigna de atacarles y desparramarles por el mundo; redúcelos a servidumbre en todas las naciones y, después de expulsar de toda la Judea hasta la reliquia más insignificante de su raza, haz que no aparezca ni esto siquiera, llenos como están de maldad».

VII. Llegando este edicto al Oriente, Liciano obedeció al tenor terrible de la orden y dio al exterminio a la nación entera de los judíos; y a los que quedaron en Judea les echó a la diáspora de las naciones para ser esclavos, de manera que llegó a conocimiento del César lo que había hecho Liciano contra los judíos en Oriente, y le agradó.

VIII. Y el César se dispuso de nuevo a juzgar a Pilato. Luego mandó a un jefe llamado Albio que le cortara la cabeza, diciendo: «De la misma manera que éste levantó su mano contra aquel hombre justo llamado Cristo, de manera semejante caerá éste también sin remisión».

IX. Mas Pilato, cuando hubo llegado al lugar señalado, se puso a orar en silencio de esta manera: «Señor, no me pierdas en compañía de los perversos hebreos, pues yo no hubiera levantado mi mano contra ti si no hubiera sido por el pueblo de los inicuos judíos, pues se rebelaron contra mí; pero tú sabes que obré sin saber. Así, pues, no me pierdas por este pecado, sino sé benigno conmigo, ¡oh Señor!, y con tu sierva Procla, que está a mi lado en esta hora de mi muerte, a quien te dignaste designar como profetisa de tu futura crucifixión. No condenes también a ésta por mi pecado, sino perdónanos y cuéntanos entre la porción de tus escogidos».

X. Y he aquí que, depués de terminar Pilato su oración, vino una voz del cielo que decía: «Bienaventurado te llamarán las generaciones y patrias de las gentes, porque en tu tiempo se cumplieron todas estas cosas que habían sido dichas por los profetas acerca de mí; y tú has de aparecer como testigo en mi segunda venida, cuando vaya a juzgar a las doce tribus de Israel y a los que no han confesado mi nombre». Y sacudió el prefecto la cabeza de Pilato, y he aquí que un ángel del Señor la recibió. Y al ver Procla, su mujer, al ángel que venía para recibir la cabeza de él, rebosante de alegría, entregó también su espíritu al instante y fue sepultada juntamente con su marido.
 

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero, BAC

 

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EL EVANGELIO DE LA MUERTE DE PILATOS

 

Muerte de Pilatos, el que condenó a Jesús (Mors Pilati)

 

Misión de Volusiano en Jerusalén

I 1. Estando Tiberio César, emperador de los romanos, afectado de una grave dolencia y oyendo que había en Jerusalén un médico llamado Jesús, que curaba todas las enfermedades con su palabra, y no sabiendo que Pilatos y los judíos lo habían hecho perecer, dio esta orden a uno de los empleados de su casa, llamado Volusiano: Ve al otro lado del mar todo lo más pronto que puedas, y di a Pilatos, mi servidor y amigo, que me envíe aquí ese médico, para que me devuelva mi antigua salud.
2. Y Volusiano, oyendo la orden del emperador, partió en seguida, y fue a Pilatos, con arreglo a la orden que había recibido.
3. Y expuso a Pilatos la comisión que el César le había conferido, diciéndole: Tiberio, emperador de los romanos y tu señor, sabiendo que en esta ciudad hay un médico que sólo con su palabra cura las enfermedades, te pide que se lo envíes, para librarlo de sus dolencias.
4. Y Pilatos, al oirlo, quedó amedrentado, porque había hecho morir a Jesús, conforme al deseo de los judíos, y respondió al emisario, diciéndole: Ese hombre era un malhechor y un sediciosos que se atraía todo el pueblo a sí, por lo cual y en vista del consejo de los varones prudentes de la ciudad lo he hecho crucificar.
5. Y, volviendo el emisario a su casa, halló una mujer llamada Verónica, que había conocido a Jesús, y le dijo: ¡Oh mujer! ¿Y cómo los judíos han hecho morir a un médico que había en esta ciudad, y que curaba las enfermedades con sólo su palabra?
6. Y ella se puso a llorar, diciendo: ¡Ah, señor, era mi Dios y mi maestro aquel a quien Pilatos, por sugestión de los judíos, ha hecho prender, condenar y crucificar!
7. Y Volusiano, muy afligido, le dijo: Tengo un extremado dolor, porque no puedo cumplir las órdenes que mi emperador me ha dado.
8. Y Verónica le dijo: Como mi Señor iba de un sitio a otro predicando, y yo estaba desolada, al verme privada de su presencia, quise hacer pintar su imagen, a fin de que, cuantas veces sintiese el dolor de su ausencia, tuviese al menos el consuelo de su retrato.
9. Y, cuando yo llevaba al pintor un lienzo para hacerlo pintar, mi Señor me encontró, y me preguntó adónde iba. Y, el indicarle mi objeto, me pidió un paño, y me lo devolvió impreso con la imagen de su venerada figura. Y si tu emperador la mira con devoción, gozará de salud brevemente.
10. Y Volusiano le dijo: ¿Puedo adquirir esa imagen a precio de oro o de plata? Y ella contestó: No, ciertamente. Pero, por un sentimiento de piedad, partiré contigo, llevando esta imagen al César, para que la vea, y luego volveré.
11. Y Volusiano fue a Roma con Verónica, y dijo al emperador Tiberio: Hace tiempo que Pilatos y los judíos, por envidia, han condenado a Jesús a la muerte afrentosa de la cruz. Pero ha venido conmigo una matrona que trae consigo la imagen del mismo Jesús y, si tú la contemplas devotamente, gozarás el beneficio de la curación.
12. Y el César hizo extender telas de seda, y ordenó que se le llevase la imagen y, en cuanto la hubo mirado, volvió a su primitiva salud.

Castigo de Pilatos

II 1. Y Pilatos, por orden de Tiberio, fue preso y conducido a Roma. Y, sabiendo el César que había llegado a la ciudad, se llenó de furor contra él, y ordenó que se lo presentasen.
2. Y Pilatos había traído consigo la túnica de Jesús, y la llevaba sobre sí, cuando compareció ante el emperador.
3. Y apenas el emperador lo vio, se apaciguó toda su cólera, y se levantó al verlo, y no le dirigió ninguna palabra dura, y, si en su ausencia se había mostrado terrible y lleno de ira, en su presencia sólo mostró dulzura.
4. Y, cuando se lo hubieron llevado, de nuevo se enfureció contra él de un modo espantoso, diciendo que era muy desgraciado por no haber podido mostrarle la cólera que llenaba su corazón. Y lo hizo otra vez llamar, jurando que era merecedor de la muerte, e indigno de vivir sobre la tierra.
5. Y, cuando volvió a verlo, lo saludó, y desapareció toda su cólera. Y todos los presentes se asombraban, y también el emperador, de estar tan irritado contra Pilatos, cuando salía, y de no poder decirle nada amenazador, cuando estaba ante él.
6. Y, al fin, cediendo a un impulso divino, o acaso por consejo de algún cristiano, le hizo quitar su túnica, y al momento se sintió lleno de cólera contra él. Y, sorprendiéndole mucho al emperador todas estas cosas, se le dijo que aquella túnica había sido del Señor Jesús.
7. Y el emperador ordenó tener preso a Pilatos hasta resolver, con consejo de los prudentes, lo que convenía hacer con él.
8. Y, pocos días más tarde, se dictó una sentencia, que condenaba a Pilatos a una muerte muy ignominiosa. Y Pilatos, sabiéndolo, se mató con su propio cuchillo, y puso de este modo fin a su vida.
9. Y, sabedor el César de la muerte de Pilatos, dijo: En verdad que ha muerto de muerte bien ignominiosa, pues ni su propio cuchillo lo ha perdonado. Y el cuerpo de Pilatos, sujeto a una gran rueda de molino, fue lanzado al Tíber.
10. Y los espíritus malos e impuros, gozándose en aquel cuerpo impuro y malo, se agitaban en el agua, y producían tempestades, y truenos, y grandes trastornos en los aires, con lo que todo el pueblo era presa de pavor. Y los romanos retiraron del Tíber el cuerpo de Pilatos, y lo llevaron a Vienne y lo arrojaron al Ródano, porque Vienne significa camino de la gehhena, y era un sitio de exportación.
11. Y los espíritus malignos, reunidos en caterva, continuaron haciendo lo que en Roma. Y, no pudiendo los habitantes soportar el ser así atormentados por los demonios, alejaron de sí aquel motivo de maldición, y lo hicieron enterrar en el territorio y ciudad de Lausana.
12. Y, como los demonios no dejaban de inquietar a los habitantes, se lo alejó más y se lo arrojó en un estanque rodeado de montañas, donde, según los relatos, las maquinaciones de los diablos se manifiestan aún por el burbujear de las aguas.
 

Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Edmundo González Blanco

 

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Sutil farisaísmo: "Señor, yo te bendigo porque no soy como los demás..." 

Y como Pilato, se lavan las manos desinteresadamente.

 

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San Benito decía que un monasterio debe tener su puerta siempre abierta a los transeúntes, sobre todo para los que venían a decir cosas desagradables. 

 

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«Cristo es el criterio fundamental de verdad, porque Él es la Verdad. No olvidemos que Cristo dijo esto en un momento central de su vida, en el corazón de la realización del misterio pascual, trámite por el cual el Padre dará al hombre su amor que es el Espíritu Santo.
Cristo, siendo el Señor de la Iglesia –y la Iglesia ofreciendo esta verdad que es Cristo–, permite al hombre adherirse a esta verdad, en la cual se realiza en plenitud la libertad, siendo ésta un al amor de Dios. Así, la Iglesia es la instancia por excelencia de la verdadera libertad.»

 

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Permite, Dios mío, que mis sentidos se dilaten sin fin, en una salutación a Ti, y toquen este mundo a tus pies. Como una nube baja de julio, cargada de chubascos, permite que mi entendimiento se postre a tu puerta, en una salutación a Ti.
Que todas mis canciones unan su acento diverso en una sola corriente, y se derramen en el mar del silencio, en una salutación a Ti. Como una bandada de cigüeñas que vuelan, día y noche, nostálgicas de sus nidos de la montaña, permite, Dios mío, que toda mi vida emprenda su vuelo a su hogar eterno, en una salutación a Ti –

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

El resplandor de la belleza contemplada abre el alma al misterio de Dios. Ya el libro de la Sabiduría reprendía a los que "no fueron capaces de conocer por las cosas buenas que se ven a Aquel que es" (Sb 13, 1), pues por la admiración de su belleza tendrían que haberse elevado hasta su Autor (cf. Sb 13, 3). En efecto, "de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13, 5). La belleza posee una fuerza pedagógica para introducir eficazmente en el conocimiento de la verdad. En definitiva, conduce a Cristo, que es la Verdad. En efecto, cuando el amor y la búsqueda de la belleza nacen de una mirada de fe, se logra penetrar más a fondo en las cosas y entrar en contacto con Aquel que es la fuente de toda belleza.
El arte cristiano, en sus mejores expresiones, constituye una espléndida confirmación de esta intuición, presentándose como un homenaje de la belleza transfigurada, hecha eterna por la mirada de la fe.

 

 

Gracias por venir a visitarnos

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Recomendamos vivamente: ‘La verdad sobre El Código Da Vinci’.
José Antonio Ullate. LibrosLibres. Madrid, 2004.  189 pp. €13,95

 

Recomendamos vivamente: La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman
Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág.

Iglesia católica, sus casi 300 antes de Constantino - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos. 2006

Recomendamos vivamente: PATROLOGÍA –

Domingo RAMOS-LISSON. Editorial EUNSA-Es. 2006

Profesor de patrología e Historia de la Iglesia (edad antigua) en la Universidad de NAVARRA-España. La aportación de los Padres de la Iglesia a la historia del pensamiento que va gestando la humanidad a través de los siglos, representa un legado riquísimo que las nuevas generaciones deben conocer. La valoración de esta herencia es ya un motivo más que suficiente para iniciar la lectura de las obras patrísticas. La motivación se acrecienta si es lector es cristiano y tiene interés por conocer las raíces del mensaje de Jesús, puesto que los escritores cristianos de los primeros siglos de la Iglesia son órganos vivos de la transmisión de la fe revelada.

Fe custodiada fielmente por la Iglesia católica y sólo ella hace dos mil años, desde el mismo Pentecostés.

 

Recomendamos vivamente: Filología e historia de los textos cristianos.

Giovanni María Vian – Editorial Ediciones Cristiandad – 2006. Este libro dibuja por primera vez una historia general de los textos cristianos y de su significado en la historia de la cultura, desde los orígenes de la Biblia al sc. XX, pasando por la confrontación con el judaísmo y el helenismo, el nacimiento de la filología cristiana con Orígenes, Eusebio y Jerónimo, la Edad Media entre el Oriente bizantino y el Occidente latino, el esplendor del humanismo, la gran erudición entre los siglos XVI y XVIII, la relación problemática de la tradición cultural cristiana con la modernidad.


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