Thursday 9 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
Inicio > Familia > Amor - 4º sexualidad, Dr. psiquiatra E. Rojas; M. Granados, hombre y mujer
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‘Hombre y mujer los creó’ - ‘Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen... Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión’ (FC 11).

‘Dios creó el hombre a imagen suya... hombre y mujer los creó’ (Gn 1, 27). ‘Creced y multiplicaos’ (Gn 1, 28); ‘el día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó ‘Hombre’ en el día de su creación’ (Gn 5, 1-2).

 

 

La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.

Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

‘Creando al hombre «varón y mujer», Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer’ (FC 22; cf GS 49, 2). ‘El hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal’ (MD 6).

Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios. La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: ‘El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne’ (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas (cf Gn 4, 1-2.25-26; 5, 1).

Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: ‘Habéis oído que se dijo: «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’» (Mt 5, 27-28). El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (cf Mt 19, 6).

La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana.

 

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AMOR Y SEXUALIDAD

 

ENRIQUE ROJAS

Catedrático de Psiquiatría

 

El amor es una de esas palabras cargadas de los más variados sentidos. Acometerla con un cierto rigor no es tarea fácil. De ella existe un auténtico abuso. En ella se dan cita un conjunto de significados que es preciso matizar. Hay razones de peso para abandonar la tarea, sobretodo si echamos una mirada a nuestro alrededor y vemos cómo es tratada en los grandes medios de comunicación social. El uso, abuso, falsificación, manipulación, adulteración y cosificación del término amor, ha ido conduciendo a una cierta ceremonia de desconcierto. Sinfonía léxica desorientada que forma una tupida red de contradicciones.

Tener las ideas poco claras en algo tan primordial como esto, es a la larga dramático y se paga con creces a la hora de la verdad. Desde la expresión francesa de hacer el amor, para referirnos a las relaciones sexuales, pasando por aquella otra de unidos senti-mentalmente cuando alguien inicia una nueva andadura, hasta llegar a la de nueva compañera afectiva, se mezclan hechos, conceptos, intenciones. Pero hay bastante trivialización en todo ello.

Durante décadas Occidente se ha preocupado al máximo por la educación intelectual y sus rendimientos. Pero el descuido en lo afectivo ha sido mayúsculo. A mí me arece que la mejor fórmula es buscar un amor inteligente, que decide integrar en la misma operación ambas esferas psicológicas: sentimientos y razones dándose luz recíprocamente. Algunos amores cuando llegan suelen ser bastante ciegos y cuando se van, demasiado lúcidos. Para que esto no ocurra hay que adentrarse en el estado de la cuestión, poniendo orden en la frondosidad de esta jungla terminológica. Aquí la ignorancia o la confusión va a ser dramática. Lo está siendo ya en estos momentos. Hay muchos tipos de amor, pero todos hilvanados por el mismo hilo que los enlaza. Decirle a alguien te amo, no es lo mismo que pensar te deseo o me siento atraído por ti. Sucesión de secuencias próximas y lejanas. Variedad de fenómenos, que van desde el enamoramiento, al amor ya establecido y de ahí a la convivencia. Trayecto clave, decisivo, terminante de lo carismático a lo institucional. Transitamos de la sorpresa que es descubrir e irse enamorando, para alcanzar una fórmula estable, duradera y persistente. Unas y otras engendran diversos estados de ánimo: sentirse absorbido, estar encantado, dudar, tener celos, desear físicamente, percibir las dificultades de entendimiento, decepcionarse, volverse a entusiasmar. Las fronteras entre unas y otras son movedizas. Cuando el animal tiene lo que necesita, se calma y deja de necesitar. El hombre es un animal en permanente descontento. Siempre quiere más. Por eso, el conocimiento de lo que es el amor le va llevando hacia lo mejor. Tira, empuja, se ve arrastrado por su fuerza y su belleza. Su menesterosidad es biográfica. El amor es lo más importante de la vida, su principal guión. Lo expresaría de forma más rotunda: yo necesito a alguien para compartir mi existencia. Algo frente a alguien. Pero vuelvo al origen del vocablo.

Amor deriva etimológicamente del latín amor – oris y también procede de amare, por un lado y cartas por otro. Amare es tomado del término etrusco amino: “genio de amor” y se aplica indistintamente a los animales y a los hombres, ya que tiene un significado muy amplio; quiere decir "“mar por inclinación, por simpatía"” pues nace de un movimiento interior. Su contrario es odi = odiar.

Cupido es el dios del amor en la concepción latina. Deriva de cúpere = desear con ansia, con pasión; también de cupidus = ansioso. Cupido es la personificación del amor.

El griego tiene la expresión Epws = eros, que era considerado el Dios del amor en el mundo antiguo. La raíz de Epws es erdh (del indoeuropeo): significa profundo, oscuro, misterioso, sombrío, abismal, subterráneo. Este significado primitivo se mantiene en “Erda”, personaje sombrío y misterioso de la obra de Wagner, El oro del Rhin.

En el mito griego, Epws tuvo originariamente una tremenda fuerza, capaz de unir los elementos constitutivos del mundo. Posteriormente el mito de Eros se restringió al mundo humano, significando la unión de los sexos. Se le representa plásticamente como un niño alado (rapidez) provisto de flechas.

Del eros griego pasamos al agape cristiano: convivir, compartir la vida con el amado. Ambas nos introducen en la psicología y la ética del amor. A pesar de esta variedad de concepciones, hay en el amor algo esencial y común en todos ellos: la inclinación, la tendencia a adherirse a algo bueno, tanto presente como ausente.

El amor es universalizado con palabras de absoluta resonancia: love en inglés, amour en francés, amore en italiano y Liebe en alemán, aunque este último idioma utiliza también la expresión Minne en el lenguaje vulgar, hoy de menos actualidad.

El perímetro del vocablo amor muestra una gran riqueza en castellano: querer, cariño, estima, predilección, enamoramiento, propensión, entusiasmo, arrebato, fervor, admiración, efusión, reverencia... En todas hay algo que se repite como una constante: tendencia basada en la elección hacia algo, que nos hace desear su compañía y su bien. Esta dimensión de tender hacia algo no es otra cosa que predilección: preferir, seleccionar, escoger entre muchas cosas una que es válida para esa persona.

Hay una diferencia que quiero subrayar ahora, la que se establece entre conocimiento y amor. El primero entraña la posesión intelectual mediante el estudio y análisis de sus componentes e intimidad. Por el segundo se tiende a la posesión real de aquello que se ama en el sentido de unirse de una forma auténtica y tangible. Amor y conocimiento son dos formas supremas de trascendencia, de superación de la mera individualidad que presupone el deseo de unión. La fórmula clásica tiene aquí toda la seguridad del mundo: no se puede amar lo que no se conoce. A medida que uno se adentra en el interior de otra persona y lo va descubriendo, se puede producir la atracción. La intimidad y sus recodos es un fértil campo de atracción magnética, que empuja al enamoramiento. Aprender a amar con la razón es recuperarse del primer deslumbramiento y otear el horizonte. Que no ocurra aquello de que deslumbra sin iluminar. El sentimentalismo puro ha pasado a la historia, lo mismo que el racionalismo a ultranza. Uno y otro tienen que entender y superar sus diferencias. Están condenados a convivir y deben llevarse bien. La educación occidental ha privilegiado la razón abstracta, como único camino para llegar lo más lejos posible, desdeñando la parcela afectiva. Ese modelo ha sido erróneo y ha traído grandes fracasos.

Realidades a las que podemos amar


El amor es una complicada realidad que hace referencia a múltiples objetos o aspectos de la vida. Podrían quedar ordenados del siguiente modo:

  1. Relación de amistad o simpatía que se produce hacia otra persona; ésta ha de ser de cierta intensidad, lo que supone un determinado nivel de entendimiento ideológico y funcional. El amor de amistad es uno de los mejores regalos de la vida, gracias a él podemos percibir la relación humana como próxima, cercana, llena de comprensión. Laín Entralgo la ha definido “como una peculiar relación amorosa que implica la donación de sí mismo y la confidencia: la amistad queda psicológicamente constituida por la sucesión de los actos de benevolencia, beneficencia y confidencia que dan su materia propia a la comunicación”. Vázquez de Prada en su Estudio sobre la amistad nos trae algunos ejemplos históricos: David y Jonatán, Cicerón y Atico, Goethe y Schiller; en todos ellos hay intimidad, confidencia, franqueza: porque la amistad es siempre vinculación amorosa.

 

  1. Amplísima gama de relaciones interpersonales: amor de los padres a los hijos y viceversa; amor a los familiares, a los vecinos, a los compañeros de trabajo, etc. En cada una de ellas la vibración amorosa será de intensidad distinta, según la cercanía o alejamiento que exista de la misma.


Referido a cosas u objetos inanimados: amor a los muebles antiguos, al arte medieval, al Renacimiento, a la literatura del Romanticismo, etc.

  1. El amor puede hacer mención también a temas ideales: amor a la justicia, al derecho, al bien, a la verdad, al orden, al rigor metodológico, etc. Aquí la palabra amor es más que nada una forma de hablar, aunque implica inclinación.

 

  1. También puede referirse a actividades o formas de vida: amor a la tradición, a la vida en contacto con la naturaleza, al trabajo bien hecho, amor a la riqueza, a las formas y estilos de vida clásicos, etc. Sobre gustos hay mucjas cosas escritas: cada una refleja una forma preferente de instalación en la realidad.

 

  1. Un apartado fundamental es el dedicado al amor al prójimo, entendido éste en su sentido etimológico y literal: a las personas que están cerca de nosotros y por tanto, al hecho de ser hombre, con todo lo que ello trae consigo.

 

  1. Un apartado con luz propia es el que se refiere al amor entre dos personas. El análisis del mismo nos ayuda a comprender y a clarificar el resto de usos amorosos. Es tal la grandeza, la riqueza de matices y la profundidad del amor humano, que nos revela las cualidades de cualquier otro tipo de amor.


Es ésta una vía de conocimiento primordial, ya que vibra toda la temática personal, que va desde lo físico a lo psicológico, pasando por lo espiritual y cultural. Sus entresijos y recovecos suelen ser interminables.

El enamoramiento tiene que ser el obligado punto de partida. El centro de la rueda desde donde parten los radios que harán que el carro funcione. Luego vendrán las dificultades de la travesía, pero ésa es ya la historia normal de cualquier recorrido. Francesco Alberoni en su libro Te amo (1996) habla del estado naciente, experiencia universal de encantamiento, en donde ve él todo el nacimiento de la cultura. Pretender apostar por un vínculo exclusivo y duradero es hacer y convertir ese amor en algo culto y consistente. Dicho de otro modo: es poner orden en ese sinnúmero de palabras que se arremolinan en torno al término amor: sentirse atraído, desear, querer, gustar, no poder olvidar, etc.

Es una empresa noble e intelectualmente provechosa huir de los tópicos del amor. Porque uno se pierde cuando llegan las dificultades, que inevitablemente irán pidiendo paso, como algo natural. Y que cuando uno mire por el espejo retrovisor, éste sea capaz de darnos una visión retrospectiva con fundamento. Ir diseñando el atlas personal de la geografía por donde hay que irse metiendo. En él se apilan todos los elementos habituales que vemos al movernos por la realidad: valles, collados, ríos secos y navegables, mares, paisajes serenos y encrespados. Todo eso misteriosamente apelmazado y disperso y a la vez, bien diferenciado.

El mundo del amor forma un complejo sistema de referentes, remitentes y preferentes que es menester que cada uno desvele, a su leal saber y entender: pero buscando la verdad sobre el hombre. Lo auténtico sobre lo que son, significan y conducen los sentimientos. Porque los mercaderes del templo venden el amor rebajado y cambiando su género. El amor afecta a toda mi ubicación: física, psicológica, profesional, social y cultural. Se cuela por sus entresijos y da vida o la quita. San Agustín decía requies nostra locus noster: nuestro descanso es nuestro lugar.

Extender el yo hacia el , para formar un nosotros. Queda asimilada la otra persona. Por eso enamorarse es enajenarse, hacerse ajeno, ampliarse, formar una unidad más espaciosa y profunda. El amor auténtico hace a la persona más completa.

  1. Por último está el amor a Dios. Para el creyente esta es una razón e ser primordial. Estamos viviendo en la sociedad actual un neopaganismo, con la aparición de dioses viejos mezclados con otros nuevos: el sexo, el dinero, el poder, el placer... tomados todos ellos en sentido radical; además: el relativismo, la permisividad, la ética indolora, el llamado new age, las normas morales a la carta, etc.


Pero el Dios judeo-cristiano es Alguien. El cristianismo no es una filosofía de vida, ni un conjunto de ideas personales y sociales que ayudan al ser humano a sobrellevar mejor las dificultades de la vida, sino que la esencia del cristianismo es una Persona, Jesucristo, que sirve de modelo de identidad. Punto de referencia que es capaz de iluminar con su esplendor todos los ámbitos del quehacer humano. También este amor debe ser personal, recíproco, amistoso, tejido de diálogo, en donde las diferencias se liman por la grandeza de Dios.

Hay que reconocer que todavía sigue latiendo esa especie de represión de la espiritualidad que surgió hace unos años, aunque parece que los vientos han cambiado de signo. El hombre se hace oceánico con la trascendencia, desamarrado de su propia estima, todo lo pone en Dios: pértiga audaz para dar el salto de sí mismo al otro.

La sexualidad debe ser un lenguaje de amor


Amor y sexualidad deben formar un binomio irrenunciable. La vida sexual tiene mucha importancia en la armonía de la pareja. Desconocer esto sería ignorar una de sus principales dimensiones. El amor humano, para que sea auténtico, debe hospedar en su seno tres ingredientes: el físico, el psicológico y el espiritual. El amor es el principal argumento. Alrededor de él giran y se mueven una serie de elementos decisivos de la vida, pero él constituye el auténtico gozne, eje diamantino y centro de operaciones desde el que las demás realidades cobran y reciben su sentido.

Es el modo de entender lo que es el amor lo que perfila nuestra vida. Por eso es básico tener ideas claras en este campo. El amor es el mejor compañero de viaje. Poner amor en las cosas pequeñas de cada día y en las personas con las que nos tropezamos a diario, es una forma sabia y poderosa de actuar. Pero siendo capaces de utilizar la palabra sin degradarla, llamándole al sexo, sexo; al encuentro epidérmico con el cuerpo de otro, instrumentalización sexual de esa persona; y nombrando al verdadero amor, como entrega y donación que procura la felicidad y un mayor grado de libertad.

El amor entre dos personas emerge de la atracción física en un principio. Del plano físico, va transitando al psicológico y de éste al espiritual. Travesía habitual que va descubriendo la personalidad del otro. El anzuelo del principio suele ser casi siempre físico. Lo he dicho en alguna otra ocasión: el hombre se enamora más por lo que ve, mientras que la mujer se enamora más por lo que oye[1]. A mi entender estos dos sentidos son los que llevan la delantera a todos los demás en esta operación de encantamiento. La vista y el opido actúan de árbitros para dictaminar el rumbo personal de los sentimientos, en la decisiva tarea de elegir y comprometerse.

Las relaciones entre amor y sexualidad no es que sean estrechas, sino que la una se entronca directamente en la otra. Y a su vez, en su seno vibran con fuerza todos y cada uno de los ingredientes que nutren lo mejor del ser humano: lo físico, lo psicológico, lo espiritual y lo cultural. Aquí, en el encuentro sexual, en ese momento lo que se destaca y toma el mando es la emoción placentera del goce del acto sexual, quedando algo relegadas las otras tres dimensiones, pero envolviéndolo todo. Por eso hay que volver a subrayar que la relación sexual es un acto íntimo de persona a persona, nunca de cuerpo a cuerpo. ¿Qué quiere decir esto? Sencillamente que cuando al otro se le trata sólo como ser físico, portador de un cuerpo, se ha escamoteado la grandeza y profundidad del mismo. Esto es lo que pasa hoy en algunas ocasiones.

Por una parte estamos anegados de sexo mediante una propaganda erótica continua. Es difícil si uno se deja llevar por esos derroteros ver la sexualidad con unos ojos limpios, sanos, normales. Permanentemente somos invitados al sexo por los medios de comunicación social. Y esta convocatoria se hace de forma divertida, epidérmica, como una liberación que planifica y conduce a la maduración de la personalidad. Todo ese mensaje, apretado, sintético, englobado y envuelto en sus mejores aderezos, lleva al que no tiene las ideas claras a pensar que ésa es la condición humana. Y nada más. Y eso es sustancialmente falso: reducir la sexualidad a un medio para utilizar al otro, sin más, la rebaja de rango, la envilece. La sexualidad desconectada del amor y de los sentimientos conduce a lo neurótico. Falsifica su verdadero sentido y, hablando y pregonando de libertad, se termina en una de las peores esclavitudes que puede padecer un sujeto: vivir con un tirano dentro que empuja y obliga al contacto sexual preindividual y anónimo.

El cuerpo es algo personal, particular, propio. Éste debe ser integrado en el conjunto de la personalidad. La sexualidad es un lenguaje cuyo idioma es el amor: por eso la relación sexual debe estar presidida por el amor a la otra persona, que es una entrega rica y diversa, que no sólo se produce en el terreno de la sexualidad. Amor personal comprometido, estable, que vincula a lo corporal, a lo psicológico y a lo espiritual. Dicho en términos más rotundos: el acto sexual auténtico, verdadero, es simultáneamente físico, psicológico y espiritual. Los tres participan directamente en esa sinfonía íntima, misteriosa, delicada y que culmina con la pasión de dos seres que se funden en un abrazo.

La verdad sobre el hombre existe. A pesar del relativismo y la permisividad. También esto vale para lo sexual. Muchas encuestas nos hablan de las relaciones sexuales de los jóvenes y nos ofrecen matices, ángulos y perspectivas diferentes. Pero no olvidemos lo siguiente: la sociología nos descubre comportamientos mayoritarios, qué está pasando en la sociedad en esos momentos y sobre ese tema concreto. La moral es el arte de vivir con dignidad y nos enseña cómo debemos actuar, que es lo mejor para el hombre a la larga. La sociología observa hechos y los ofrece estadísticamente. La moral fija ideales y conductas que hacen al ser humano más libre. La verdad no depende del consenso, ni de lo que diga la mayoría. Eso son opiniones. Las opiniones son como las estatuas de Dédalo, que están en permanente actitud de huida. Hoy se asoman con vigor y mañana se desvanecen. Cuando uno se apunta a las modas, en cuestiones esenciales, está perdido a la vuelta de la esquina.

 

 

Tres observaciones que no quiero dejar en el tintero:

  1. Hoy estamos asistiendo a una verdadera idolatría del sexo. Se ha instalado en el corazón de nuestra sociedad el sexo a todas horas, a impulsos de la pornografía y sus derivados. Cosificación degradante del sexo. Con una nota sui generis: trivializa el sexo y a la vez, lo convierte en religión.


El hombre banalizado, encanallado, trivial, insignificante para lo más grande, que reduce la sexualidad al placer genital de usar y dejar. Y nada más. Nos sumergimos, así, en la sexual performance: las marcas o retos sexuales.

  1. En el tema sexual bien se puede decir que vivimos en una sociedad neurótica[2]. Es la ceremonia de la confusión. Una sociedad que busca lo que escandaliza y fomenta lo que luego condena. Un botón de muestra: los anuncios en la prensa sobre sexo e incluso sobre sexo adolescente... y cuando éste salta a los medios de comunicación, éstos dan su voz de alarma, vociferando alborotados sobre lo que está sucediendo. Apoteosis de la disolución de los referentes. En el amor inteligente se usa la cabeza y el corazón a la vez, en conformidad con la realidad de lo que son las cosas humanas.

 

  1. ¿Dónde debe ubicarse la sexualidad? ¿En qué zona hay que situarla dentro de la geografía de lo humano? ¿Es una pieza suelta que debe ir y venir según su antojo y apetencias? Estas preguntas remiten a una respuesta: hay que trabajar una educación sexual en la que se integren todas las variables antes apuntadas. La sexualidad no es algo puramente biológico, un placer ligado al cuerpo, sino que mira a lo más íntimo de la persona. Por tanto hay que concluir con esta primera conclusión: la sexualidad es una pieza integradora de los planos físicos, psicológicos, espiritual y cultural. Visión del hombre completo. Si la vocación principal del hombre es el amor, toda la vida sexual debe vertebrarse en torno a él. Ahí debe situarse la sexualidad[3]. La sexualidad es un componente fundamental de la persona. La madurez de la personalidad consiste, entre otras cosas, en conocerla, saber para qué sirve y gobernarla, ser dueño de ella y no a la inversa. La sexualidad conyugal es la expresión directa de la donación de uno a otro, de una persona a otra. Relación singular personal e íntima.


La vida sexual en la pareja debe buscar su mejor acoplamiento a medida que pasa el tiempo. Cuando ésta funciona bien en general, también lo hace en esta parcela, en lo particular. La sexualidad del hombre es bastante más que sexo. Vehículo privado de acercamiento y comprensión, de goce compartido y de donación total. La visión de ella como un simple juguete para divertirse empobrece su sello. Es indudable que tiene en el orgasmo el placer del cuerpo en sus niveles más altos. Pero no debe quedarse ahí. ¿Por qué? Porque la sexualidad no es un objeto. Hay que tener una visión de la sexualidad en el conjunto de la persona. La maduración consiste precisamente en eso: llevarla a que se incruste en la persona global.

Cuando nos quedamos en el campo exclusivamente biológico, al no ser capaces de totalizar, éste no refleja las ricas y múltiples implicaciones e interdependencias que tiene. Es el arte de ensamblar. La mirada inteligente puesta sobre esta parcela. Reducir la sexualidad a bien de consumo parece penoso[4]. También esto cuenta para la continuidad matrimonial. La sexualidad inteligente es aquella en que, junto a la ternura, se mezclan la complicidad, el misterio, la delicadeza, la pasión y compartir todas las realidades que se tienen y se anuncian. Fórmula para el éxito en el buen entendimiento sexual. Certera combinación mezcla con arte y talento, en todo se ordena a la comunicación profunda y a la alegría del otro y a la propia.

Es un grave error de percepción hacer del placer sexual el mayor bien posible de la vida conyugal. Y también, lo contrario: minimizarlo, reducirlo al mínimo, posponerlo y dejarlo para momentos estelares es no haber comprendido cuáles son sus claves y resortes principales. Ni idolatría y utilitarismo por un lado, ni tampoco la otra cara de la moneda: espiritualismo decadente, limitando esta parcela de la geografía personal. Cuando esto no se entiende bien y se vive aun peor, el amor se convierte en una fusión de egoísmo unas veces y otras, en una concentración de ignorancias. Ni lo uno ni lo otro.

Se trata de ir consiguiendo un amor sexual y espiritual a la vez. Espiritualizar la sexualidad conyugal. Igual que la razón ofrece argumentos a la afectividad para hacerla a ésta más madura, hay que impregnar de idealismos y dulzuras y elevación el plano sexual. Se mantiene con frescura y lozanía siempre que un romanticismo lo envuelve. La persona es tratada no como objeto de placer, sino como objeto de amor. No servirse de ella como algo que se usa. Debe emerger siempre el valor de la otra persona como superior al valor del placer. Frente al principio de utilidad, la norma personalista. La sexualidad puede parecer fácilmente un bien, sólo por la fuerza del deseo. Pero en la sexualidad madura e inteligente este plano queda ampliamente rebasado. Quiero tu bien antes que el mío. Se imbrican así y se superponen dimensiones distintas, pero no excluyentes. Max Scheler y Pascal hablaron de logique du coeur. Por eso, ese amor que se esfuerza por mejorarse sí mismo, perfecciona y conduce a superarse a sí mismo dando salida a valores típicamente humanos: generosidad, donación, confidencia, capacidad para hacer la vida agradable al otro evitando el egoísmo y el pensar demasiado en uno mismo. La vida conyugal se hace más intensa y sus lazos más fuertes y rocosos. Recientemente Coleman ha hablado de inteligencia emocional, ensamblando afectividad e inteligencia.

 

Psicología conductista y cognitiva
La vida actual se ha psicologizado. Cualquier análisis de la realidad ofrece un ángulo psicológico. Esto es un componente moderno que no existía hace tan sólo un par de décadas. A todos nos interesa esta materia. De una parte para conocernos mejor y saber dónde están los resortes más importantes de la conducta. Por otra, para facilitarnos las relaciones con los demás, toda vez que la convivencia tiene unas reglas que pasan por saber a qué atenerse en el comportamiento interpersonal. En las últimas décadas las publicaciones de psicología se han multiplicado y, con ella, los denominados "libros de autoayuda".

En las últimas décadas se han desarrollado tres escuelas de gran importancia dentro de la psicología científica. El conductismo por un lado, la psicología cognitiva por otro y entre ambas se ha ido elevando el concepto moderno de aprendizaje, que toma influencias de una y otra. Se superan así las viejas concepciones de la psicología existencialista inspirada en el análisis fenomenológico-existencial que tuvo bastante predicamento hacia los años sesenta. Igualmente, el psicoanálisis ha perdido fuerza hoy tal y como lo concibiera su fundador, Sigmund Freud. De él se ha derivado una serie de escuelas con muchos matices y vertientes diversos.

El principio central sobre el que se basa el conductismo reside en considerar que nuestro comportamiento se mueve mediante relaciones estímulo-respuesta, que nuestra conducta es producto de nuestro condicionamiento. Fue Watson, hacia 1913, el que inició su despliegue, prescindiendo de dos puntos básicos que hasta ese momento habían tenido un relieve decisivo: la conciencia psicológica y la introspección. La persona se puede estudiar igual que el comportamiento animal, siguiendo unas reglas: la observación atenta y cuantificada de lo que se ve hacia fuera, hacia el exterior. La conducta es algo público que puede ser medida, pesada, cuantificada. Por este derrotero se pretendía controlar y predecir lo que puede un hombre hacer, según el tipo de estímulos a que sea sometido. Llevado esto al tema que nos ocupa, el de la vida de la pareja, quiere decir que sí se controlan las variables que entran en juego en esa comunicación. El conductismo pretendió equiparar la psicología como ciencia, a la física, con unas reglas relativamente bien establecidas. Éste sería el camino para mejorar muchos trastornos psíquicos: desde la falta de entendimiento de una pareja, hasta la tendencia a discutir, pasando por la dificultad para olvidar los agravios recibidos por el otro.

Pero las cosas no han resultado así. Es evidente que esta corriente de pensamiento ha tenido grandes aciertos, pero ha dejado de lado el tema de los procesos mentales, cuya incidencia e importancia es enorme: la conciencia, la introspección y los sentimientos. Sus raíces hay que buscarlas además de Watson, en Pavlov, Poincaré, Comte y posteriormente en Skinner
[5].

Éste diseñó el concepto de moldeamiento: mediante el control del binomio premios-castigos se puede regular la conducta. Esto es muy interesante para la vida conyugal, tanto que se podría formular la siguiente afirmación: la clave para que la conducta conyugal sea adecuada descansa sobre la noción de esfuerzo, que puede definirse de la siguiente manera: es aquel estímulo que incrementa la probabilidad de una respuesta. Hay refuerzos positivos y negativos: los primeros incrementan la frecuencia de una conducta; por ejemplo, si el marido al llegar a casa después de una jornada de trabajo le da un beso a su mujer y le dice -a pesar del cansancio- alguna palabra agradable, lo más probable es que ella reaccione de forma similar, y si el estímulo inicial del marido se sigue repitiendo en días sucesivos, se vuelve a dar un patrón similar de respuesta. Los segundos, los negativos, son aquellos estímulos que se eliminan después de que se ejecute una respuesta; por ejemplo: si tengo dolor de cabeza, tomo un analgésico y éste desaparece.

Los conceptos centrales del conductismo son: estímulo, respuesta, estímulo condicionado e incondicionado, respuesta condicionada e incondicionada, así con frecuencia, intensidad y duración de una respuesta. Desde esas premisas se dibuja todo el mapa de la conducta, según esta corriente psicológica. El amor de una pareja consiste fundamentalmente en un intercambio de refuerzos positivos, de recompensas actuales. Que los hechos positivos y gratificantes incrementan una mejoría en las relaciones afectivas, es algo de una evidencia notarial, que explica la teoría del refuerzo
[6]. Aquí entra de lleno el trabajo del psiquiatra o del psicólogo.

Para la psicología cognitiva nuestro cerebro funciona como un ordenador, que recibe información desde fuera (input), lo que es seguido de un procesamiento de la información, para culminar en una tercera etapa que es la resultante exterior (output). Hay aquí dos conceptos que es necesario matizar: estímulo nominal y funcional; en el primero, éste es igual para cualquier sujeto: una palabra, un gesto, una cara seria, una voz más alta que otra...; en el segundo, ese mensaje está matizado por el atributo que cada uno le da desde su particular circunstancia. Es clave el tratamiento interno que cada persona da a los datos que se van almacenando en ella
[7]. Es decir, que así como el ordenador normal se puede definir como un procesador general, ya que es una máquina y no tiene historia, el hombre es un procesador individual y específico, lo que significa que al tener una biografía, adopta distintas formas de archivar según su relación con el entorno próximo y lejano. Cuando una pareja discute por algo trivial, si no tienen cuidado, en vez de centrarse ésta en datos reales y concretos de ese hecho sobre el que han tropezado, tiende a salir información pasada negativa... que no aporta nada nuevo al momento y que va a distorsionar la posibilidad de un diálogo centrado en algo concreto.

Efectos más frecuentes en el procesamiento de la información conyugal

Los principales errores y defectos en el procesamiento de la información conyugal pueden ordenarse como se indica. No hay que olvidar que los principios sobre la organización del material recibido se codifican de diferente manera según las ocasiones y van desde la ordenación espacial, a la asociativa (asociación de ideas, conexión de conceptos similares, redes conceptuales), según la propia jerarquía de cada uno, por semejanza, reticular, etc. Estos errores son los siguientes:

  1. Tendencia a distorsionar el pasado: Suele ser bastante frecuente en parejas en conflicto. Pequeños hechos o medianos o de cierta envergadura, son almacenados en el interior de la memoria de forma incorrecta, con cargas pasionales negativas y peyorativas, lo que hace que no se puedan olvidar y esos contenidos estén siempre a punto de aflorar a través de la lista de agravios. En la psicoterapia el trabajo consiste en ayudar a esa persona a hacer otra lectura biográfica, más sana, fría y desapasionada, asumiendo las cargas psíquicas peores, para evitar la neurotización.
  2. Generalizaciones excesivas: Elaborar una regla general a través de hechos aislados. "Tú siempre tienes que llevar razón"; "nada mío te gusta"; "me corriges siempre que hablo en público"; "lo nuestro no funciona porque no te veo volcado hacia mí"... Hacer ver que esto es un trastorno psicológico, espigando hechos precisos y aquellos que se repiten más habitualmente, es trabajo de psicoterapia específico.
  3. Maximización y minimización: Evaluar la significación de hechos y circunstancias magnificando o, al revés, quitándole demasiada importancia. Aprender a valorar los acontecimientos en su cierta y justa medida indica madurez psicológica y una cabeza bien amueblada para enjuiciar lo que sucede.
  4. Adelantarse en negativo: Este apartado menciona el mecanismo psicológico de adelantar conclusiones a priori que son arbitrarias y que tienen el sesgo del pesimismo, sin que exista una evidencia rotunda y clara. "Mi marido nunca cambiará, se lo digo yo que lo conozco muy bien"; "la psicoterapia no va con él, él no responderá"; "lo nuestro irá a peor a pesar de que los dos hablemos con usted, doctor". Está rota la relación estímulo-respuesta por la inferencia de las ideas preconcebidas. Falla el concepto de respuesta.
  5. Abstracción selectiva: Así como en el apartado anterior se refería a la respuesta, éste alude al estímulo. Consiste en centrarse en un detalle extraído de su contexto, sin tomar en cuenta los pormenores y circunstancias que lo rodean y conceptualizar eso de forma negativa y rotunda. "Una vez me dijiste que yo, al no tener carrera universitaria, nunca llegaría a comprenderte...", dice la mujer, y comenta el marido: "sí, es cierto, pero te lo dije en un momento de enfado y estaba yo descontrolado y no debes tomármelo en cuenta". Apostilla ella: "sí, qué fácil es decir ahora que no te diste cuenta, pero hay cosas que no se olvidan y que son muy duras para una mujer con la sensibilidad que yo tengo". La capacidad del psicólogo o del psiquiatra para corregir esto y situar los papeles en la ubicación precisa, hará ir desmontando estos déficit en la interpretación de los sucesos.
  6. Pensamiento dicotómico: La forma de ver la realidad es maniquea: blanco-negro, bueno-malo, encantador-odioso. Se clasifican los criterios sobre las personas y sobre la propia pareja en dos categorías contrarias, opuestas, irreconciliables, antagónicas, imposibles de acercar porque están en polos diametralmente opuestos. La discrepancia está servida. Esto traduce un marcado apasionamiento y escasez de juicio reposado. Y esta forma de manejar el pensamiento se vuelve muy negativa, maniquea en definitiva. Y desde ella es difícil salir hacia delante. Situarse cada uno en las antípodas del otro pone de manifiesto un error de base, al formular posiciones extremas e irreconciliables. A esto le llamamos categorías absolutistas negativas.


Estos seis apartados reflejan falsos esquemas inconscientes desde los cuales se acrecienta la distancia entre los miembros de la pareja. El arte del psicoterapeuta consiste precisamente en hacerles ver este fallo y aproximar las posiciones.

El amor inteligente

El amor inteligente debe estar tejido de corazón y cabeza, pero unidos ambos por el puente de la espiritualidad. Necesita de unos sentimientos con una cierta madurez y al mismo tiempo, la participación de criterios lógico-racionales. El amor auténtico consiste en una pasión inteligente. Para entender mejor las pasiones hay que aplicar la inteligencia como capacidad para discriminar, separar, seleccionar, verse de cerca y de lejos, destacando unos planos en un momento dado y posponiendo otros. Ejercicio de contrastes presidido por un afán de síntesis y evaluación.

El corazón es el símbolo de los sentimientos en prácticamente todas las culturas. Las pasiones van mucho más allá que los cambios hormonales o las alteraciones bioquímicas. Sentimientos y razones: un amor con dos dimensiones, pero que aspira a la participación de la espiritualidad, que ofrece una visión más rica de ese amor
[8].

La mujer parece que prefiere al hombre solvente económicamente y los hombres buscan a las más jóvenes y atractivas. La persona superior busca algo más. El amor sufi[9] tuvo en el pensador árabe Ib-el-Arabí un gestor decisivo. De igual modo, el rabino Chiquitilla, nacido en Medinaceli, escribió un precioso libro titulado El misterio de la unión de David y Betsabé, en el que nos cuenta la leyenda de la búsqueda eterna de nuestra alma pareja, como camino para alcanzar la perfección
[10]. Esa fascinación amorosa, para que se haga consistente y sólida necesita ascender a planos donde la razón fría está mezclada con emociones bien estructuradas, en donde esa relación personal busca el bien del otro.

¿Qué debemos entender aquí por espiritualidad? La capacidad para mirar más allá de lo que se ve y se toca. Perspectiva que amplía el horizonte, lo dilata y ayuda a captar otros ángulos más sublimes, pero menos accesibles por el camino escueto de los argumentos. El pensamiento europeo tiene esto expresado en tres grandes libros, que recorren nuestra cultura y le dan peso y medida. Son el Corán para los árabes, el Pentateuco para los judíos y el Evangelio para los cristianos. Ahí encontramos las mejores respuestas sobre cómo debe ser entendido el amor trascendente. Hay algunos textos que pueden ser añadidos a éstos. Así, en el Talmud hebreo hay una sentencia que dice:

"El hombre fuerte es el que gobierna sus pasiones;
el hombre honrado es el que trata a todos con dignidad;
y el hombre sabio, aprende de todos con amor".


También en el Zohar o también llamado libro del esplendor, el judío puede beber en unas fuentes claras, en donde hay pensamientos excelentes que hacen al ser humano aspirar a lo mejor
[11].

San Juan de la Cruz lo dice de forma excelsa en sus Canciones entre el alma y el esposo:

En la interior bodega
de mi amado bebí y cuando salía,
por toda aquesta vega
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía

Y otro trozo espléndido que refleja bien a las claras, pero con poesía universal, la fenomenología sentimental:

Mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

El allí me enseñarás significa conocer la sabiduría y la ciencia del amor, en donde una persona se transforma en la otra, pero transida de visión sobrenatural. Uno se cambia mediante esa nueva óptica en un ser amoroso, capaz de perdonar
[12], de aceptar, asumir, corregirse, volver a empezar. La espiritualidad le da otra perspectiva al amor. Lo llena de capacidad de sacrificio y se apoya en los grandes ejemplos judeo-cristianos. Erich Fromm en El arte de amar dice que el hombre tiene miedo a amar por el pánico a no ser correspondido. El amor inteligente es tridimensional. Las columnas que lo sostienen son el sentimiento maduro y la razón ecuánime. Por encima y por debajo: el idealismo de la finura educada en la mirada sobrenatural, que pone desinterés, nobleza y romanticismo. Un amor hecho con materiales aristocráticos, distinguidos, ilustres. Es difícil de derribar y se hace compacto con el paso del tiempo, como una ciudad medieval amurallada.

 

 

Amor y espiritualidad

Sin espiritualidad el amor conyugal es difícil que se mantenga. Es elevarlo de nivel y transitarlo de lo natural a lo sobrenatural. Lo físico tiende a pasar y a degradarse en alguna medida. Con lo espiritual sucede justamente lo contrario: ayuda a superar las flaquezas personales y suavizar el desgaste de la convivencia. Si amar es querer envejecer juntos, hay que procurar las tres dimensiones. Ahí se convocan los tres grandes amores clásicos: de benevolencia, de concupiscencia y de amistad. El primero tiene en el desinterés y en la búsqueda del bien del otro su primera propuesta, pensando más en el otro y menos en sí mismo. Es el amor más puro. Gozar viendo al otro disfrutando y saboreando lo bueno de la vida. Te deseo lo mejor. Sentimientos complacientes, generosos, en donde uno se olvida de sí mismo para volcarse en el otro: amor magnánimo, amable, desprendido, noble, en donde la educación complaciente se hace dócil. Sería como decirle a la otra persona: guardo las formas contigo como cuando éramos novios, me esmero por tratarte como lo que quiero que seas para mí, apoyo y descanso
[13]. Hay que avanzar en esa línea mediante esbozos, tanteos, aprendizajes y por supuesto, la ilusión de llegar a formar una pareja bien conjugada, armónica. El amor consiste en un proyecto compartido de generosidad, donde cada vida intenta alumbrar a la otra. Pensar y ocuparse más del otro. La felicidad propia pasa por delante de la otra persona. Pasaje obligado que engrandece el verdadero amor. Ahí descansa la grandeza del amor conyugal y al mismo tiempo, también su dificultad. Esto debe quedar muy claro, porque las palabras adornan los hechos, pero la realidad tiene un fondo riguroso y notarial. Amor compartido benevolente que es capaz de crear en nosotros. El otro no como objeto de placer, sino como propósito de amor de calidad. Reciprocidad verdadera en donde uno apuesta por el otro y le dice que va a esforzarse por darle lo mejor que tiene. Es un amor moral, porque destila el arte de vivir con dignidad, usando la libertad del mejor modo. +Este era el punto a donde quería llegar.

Frente a la física del amor se eleva la metafísica: escuela de perfección bilateral, vinculada y subordinada a la alegría, al gozo y al sufrimiento compartidos.

El amor de concupiscencia tiene en el deseo sexual y en la atracción física su expresión más patente. Y tiene que ser así. Una atracción psicológica que no se acompañara de la física, estaría quebrada, sería incompleta y por tanto, no conduciría a la creación de un nosotros. La tendencia sexual pertenece a la esencia misma del amor humano. El impulso sexual se materializa del mejor modo a través del amor auténtico
[14]. No se reduce a la satisfacción de las tendencias biológicas, sino que engloba también a la psicológica y a las espirituales. Tiene, en el momento del acto sexual, la presidencia del ímpetu instintivo, pero dirigido a la persona, no a su cuerpo. En la conciencia psicológica de ese sujeto hay una idea clara: no se queda sólo en el mero goce, no se agota ahí, sino que va más allá, apunta hacia una cierta excelencia. Por eso, para que un amor sea verdadero, la persona tiene que buscar el bien del otro, no instrumentalizarlo; si no, se convertirá en una relación egoísta, que puede ser calificada de amor, pero que está muy lejos de su hondo significado. Hay ahí una frontera sedosa y lábil que si no se cuida, a la larga esas relaciones tienen un final desgraciado. Cuando esas personas se miran a la cara, de tú a tú, descubren la falsedad del fondo, aunque quieran con las palabras cambiar los hechos. El ser humano es capaz de mentirse a sí mismo, pero en todas las biografías emergen momentos de sinceridad, que se ponen de pie y ponen sobre la mesa la verdad íntima que anida en esas personas.

En tales situaciones el hombre que no quiere meterse en esa exploración personal, huye, se aleja, se sumerge en otras aguas y mediante este mecanismo de evasión evita enfrentarse con su realidad. En otras ocasiones flotan argumentos estadísticos, que apagan cualquier rectificación. Pero otras veces, la respuesta es dolorosa y la herida invita a cambiar, a rectificar, a tratarse a sí mismo y al otro como seres humanos. Hay, en ese continuum, un trasiego de posibilidades diversas.

La benevolencia es desinterés y completitud; la concupiscencia, impulso sexual; mientras que la amistad es confidencia, camaradería y complicidad. La amistad a secas es un amor sin sexo hecho de donación e intimidad. Pero en este tercer distrito hay una comunicación entrañable que es capaz de superar el propio yo, para construir un nosotros. Mediante él la naturaleza humana se realiza en su mejor modo y se perfecciona. De este modo se capta realmente que la sexualidad no da noticia del ser humano sólo por lo puramente físico, sino que tiene una honda huella psicológica y espiritual. Así se transita de la cultura de las cosas a la cultura de las personas. El otro deja de ser utilizado como cosa, como objeto para convertirse en persona, en ser humano de carne y hueso con toda la grandeza del mundo. Encuentro personal, privado, íntimo, secreto, misterioso. El amor personal integra a todo el individuo y lo capacita para vivir en la verdad de uno mismo y del nosotros. Con todas las limitaciones que se quiera, pero lleno de sentido.

Metafísica del amor

Yo la definiría como aquella operación psicológica que consigue que la relación entre dos personas vaya más allá de la experiencia personal compartida. Reconocer y profundizar en lo que hay de más alto y perfecto en los sentimientos. Elevarse por encima de los hechos objetivos, buscando lo eterno, lo perenne, aquello que se perpetúa por encima de los mil vaivenes que tiene la vida conyugal. La metafísica del amor persigue la trascendencia. Y ella se dirige como en una baliza hacia la espiritualidad. El amor espiritual tiene voz propia en el pensamiento musulmán, judío y cristiano. Son tres formas de captarlo. Para el mundo occidental la tradición judeo-cristiana tiene sus dos máximos exponentes. Vivirlo de acuerdo con unos principios que lo hacen más sólido y firme. Frente a las oleadas del postmodernismo que relativizan cualquier amor y lo hacen transeúnte, la espiritualidad descubre su grandeza y, también, sus exigencias.

Hay un texto del Evangelio que es aleccionador en este sentido: "Todo el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién es semejante. Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo (fodit in altum) y puso los cimientos sobre la roca (et posuit fundamentum supra petram). Al venir una inundación, el río irrumpió contra aquella casa y no pudo derribarla porque estaba bien edificada. El que escucha y no pone en práctica es semejante a un hombre que edificó su casa sobre tierra sin cimientos, irrumpió contra ella el río y se cayó enseguida y fue grande la ruina de aquella casa" (Lc 6, 46). La expresión latina tiene toda su fuerza en la frase fodit in altum: cavar profundamente, buscando echar raíces que se metan en las entrañas de la tierra, para que el edificio afectivo quede bien clavado.

Detrás de la trascendencia tejida de espiritualidad se descubre a Dios. Para el creyente, esta travesía es un itinerario de perfección, a pesar de las limitaciones propias de la condición humana. Hay una ilusión de llegar algún día a esa cima, en donde el amor humano se hace divino y viceversa. Yo me topo por esos senderos con el mejor amor. Lo humano y lo divino se entrecruzan
[15].

El amor se transforma en complicidad: compañerismo. Se mantiene la pasión y la ternura; se cuidan también la admiración y el intentar no defraudar al otro. Se muestran los lados positivo y negativo de la convivencia, pero tratando de corregir lo que interfiere el normal funcionamiento de la pareja.

Porque la vida es ser, no tener. Y el ser humano es una extraña sed, que busca algo auténtico que lo sacie. Para un psicoanalista la hermenéutica de esto es fácil: provenimos del medio líquido, que es el seno de nuestra madre. Buscamos retornar a ese clima. Es como pretender una armonía interior. La felicidad es estar en paz con uno mismo o tener unas ciertas dosis de serenidad, que dan un temple positivo a la existencia. Pero la paz tiene una raíz muy clara en este contexto: ser fiel a uno mismo y a la otra persona. Lo mío y lo de la otra persona. Las cosas no dan la felicidad, sino saber organizar bien la vida personal, en especial lo afectivo y lo profesional.

Stendhal en Ernestina o el nacimiento del amor nos recuerda que el amor se centra en el deseo y en la no realización del deseo. Necesita cercanía y distancia. El objeto deseado debe estar envuelto en misterio y lejanía, intimidad y retiro, algo reservado y abierto a la vez. Juegos de aproximación y distancia. Es esencial separar el bien del placer: vivir con toda su extensión el primero y asumir la naturaleza del segundo.

Porque el misterio en el amor tiene una enorme importancia: capacidad para soñar, sabiendo que su realidad limita. Por ejemplo: el sexo a la carta suele tener poco misterio y un exceso de pasión. También este campo de las relaciones íntimas tiene que verse envuelto por ese halo anigmático y cuidadoso. Ingeniería del trato y del contacto personal. El viejo aforismo "donde hay confianza da asco", estaría justamente en el otro extremo. Buscar siempre el mejor comportamiento es convertir el amor diario ordinario, en algo metafísico y extraordinario. Suena a excesivo. Y lo es en algún sentido, es cierto, pero muchos hacen eso en el campo profesional por ascender unos peldaños y encaramarse hacia una posición en el trabajo más positiva y ventajosa. ¿No se va a intentar hacer lo mismo en el ámbito de la vida matrimonial? Ésta es para mí la enorme sorpresa. Y queda justificada para muchos por el materialismo que a la larga se ha ido apoderando de todo lo relacionado con la vida de la pareja.

Las cosas pequeñas positivas y el trato delicado, son el combustible que hay que quemar para que arda con cierto vigor el amor conyugal. Así el fuego se aviva y su brillo ilumina esas dos vidas, con sus posibilidades y limitaciones. Por ahí deambula la espiritualidad comprometida. Aquella que se alarga más allá de la pura teoría.

Esto también lo vemos con fuerza en la Torah judía. Los cinco libros que integran el Pentateuco ofrecen también normas para llevar mejor el matrimonio. Los judíos ortodoxos rezan dos veces al día la Shemá, tres pasajes que recuerdan el sentido de la vida y del amor. Dos pertenecen al Deuteronomio (6, 4-9; 11, 13-21), el otro al Libro de los Números (15, 37-41). Y advierte del peligro de tomar las manifestaciones externas de devoción como un sustitutivo de la devoción interior. Igualmente en el Sefer Yetzirah, también llamado El libro de la creación, que es el libro más antiguo y misterioso de los textos cabalísticos. En él podemos encontrar pasajes de excelente talla sobre el matrimonio
[16].

El matrimonio y la familia forman un continuum estrechamente relacionado.

El valor del hogar es decisivo. Los padres, además de darse amor el uno al otro, tienen por delante la excelente tarea de educar a los hijos en lo mejor, trabajo clave, verdadera orfebrería pedagógica. Ellos son los encargados de llevar a cabo la educación sexual, que no es otra cosa que enseñarles el valor de los sentimientos y su orientación más adecuada.

Presentar el sexo y los sentimientos como un acto pasajero, circunstancial, sin consecuencias ni responsabilidad, es degradarlo, cosificarlo, convertirlo en algo simplemente trivial, de usar y tirar. La banalización del sexo y su reducción a lo meramente genital es un síntoma de inmadurez e incultura.

Estamos viviendo en las últimas décadas en todo el mundo (la aldea global de Mc Luhan) una disminución general de la cultura a favor de las informaciones de la televisión sobre todo y de las publicaciones tipo revistas, en sus más diversas fórmulas. Pero también la cultura llega al amor y lo enriquece y mejora. He comentado ya en otras páginas que es patético el analfabetismo sentimental en el que estamos inmersos, a lo que se añade la ceremonia confusa y pertinaz de las revistas del corazón, que una y otra vez alientan al brujuleo interesante de noticias frescas de rupturas, enlaces, enganches y salidas de la pista, que rompen la monotonía de los días y nos traen ese aire fresco de la novedad. Parece como si esas novedades nos sacaran de un cierto letargo y nos dieran alas para posarnos sobre la realidad de los acontecimientos y expresar, al filo de esas uniones caleidoscópicas, lo que opinamos sobre el asunto y cómo haríamos en cada caso.

La sexualidad como encuentro personal

Cuando la relación sexual es tan sólo contacto entre dos cuerpos que buscan el placer, no se puede hablar entonces de un auténtico encuentro personal, presidido por la afectividad. Será ésa una relación anónima, preindividual, que no apunta hacia la plenitud y al crecimiento de ambos, sino que se sumerge en la bóveda de la voluptuosidad dionisíaca de las sensaciones. A la larga, si ese contacto se mantiene, irá distanciando a esas dos personas, que se verán desnudas no sólo físicamente, sino sobre todo en sus formas de ser, quedando al descubierto la pobreza psicológica y espiritual de los dos.

En el animal el instinto sexual lleva a la búsqueda del placer por encima de todo. En el ser humano maduro deberán existir otras motivaciones más profundas, que sean capaces de dirigir y encauzar las pulsiones sexuales hacia la mejor configuración de uno mismo. Por eso, podemos afirmar que el animal se mueve regido por los instintos, mientras que el hombre posee tendencias que puede gobernar con su inteligencia y voluntad. Las diferencias son muy claras. Pero en una sociedad erotizada, que ha hecho del sexo un comercio estandarizado, lo sitúa a éste en un plano de igualdad con el animal, degradando la sexualidad a mero enlace corporal descomprometido, regido tan sólo por esas dos variables hoy en boga: hedonismo y permisividad, placer y campo abierto de experiencias cada vez más atrevidas: por esos derroteros muchas vidas se pierden en una nebulosa sin brújula, donde todo va a la deriva.

Tal es el caso de esos libros que exaltan el placer por sí mismo, sin más. Haroun Al-Makhzoumí en su libro Las fuentes del placer viene a ofrecernos una especie de Kamasutra árabe: buscar el máximo placer posible y ascender a la cima eroticosexual. Ésa es la aventura. En esas pasiones suele el hombre perderse a sí mismo, olvidarse de que es humano. No reparar en que la mujer es sobre todo un ser afectivo, que reclama ternura y consideración. La subida a esas cumbres del placer no llevará al hombre a la felicidad, que siempre es alegría consigo mismo por el esfuerzo personal en sacar lo mejor que tiene dentro de sí, poniéndolo al servicio de otra persona para hacerla feliz y por extensión, de la sociedad en la que vive, ayudándola a que alcance el mejor progreso posible.

Kamasutra fue escrito por Vatsyayana en el siglo V y consiste en un catálogo de posturas y de técnicas y preparaciones para la relación sexual. En él se utilizan símbolos que pretenden explicar la importancia de vivir el placer: el enlace de las lianas, la brisa que mece los árboles frondosos, el abrazo de la vegetación exuberante. La mujer es citada a perseguir el gozo al precio que sea. Y éste es el planteamiento de fondo de este tratado. ¿Consiste la felicidad fundamentalmente en el placer? En otra parte nos hemos ocupado con detalle de esa cuestión. Pero ahora podemos decir, aunque sea muy someramente, que reducir la felicidad al placer, es tener del hombre una visión estrecha, con escasas perspectivas y a la vez, olvidarse de su grandeza y de su destino. El hombre es un ser sediento de amor. Eso es lo que busca a toda costa. Aunque muchas veces se conforme con sucedáneos.

En la mitología griega Eros es el dios del amor. Emerge después del Caos primitivo. Gracias a él se unen la Noche y el Día, llegando a ser una de las fuerzas fundamentales de la tierra, que asegura la continuidad de las especies. En el mundo romano se le asimilaba al dios Cupido. Platón en su libro El Banquete explica su nacimiento, hijo de Poros (el Recurso) y Penia (la Pobreza), intermediario entre los dioses y los hombres. Es siempre una fuerza insatisfecha que consigue lo que se propone. En la época alejandrina es representado como un niño alado que lleva una antorcha, y en su espalda flechas con las que inflama los corazones. En épocas más tardías aparece en formas escultóricas dedicada a juegos infantiles, inocentes, aunque es un dios poderoso, capaz de producir heridas difíciles de curar.

Para los griegos Afrodita es la diosa de la belleza, del amor y del matrimonio. Es un mito de procedencia oriental. Y simboliza el atractivo sexual que conduce al placer. Fue considerada como un principio disolvente, menos arraigada que el sentimiento. Afrodita despierta con su belleza la discordia de los dioses. Infundiendo amores y pretensiones amorosas.

En el placer se vive una experiencia de expansión del cuerpo, como de dilatación, como si sus límites se ampliaran estirándose al máximo. Hombre y mujer vibran físicamente. Pero la unión va más allá. Éxtasis deleitoso y embriagador. Es el clímax sexual. Decir que la sexualidad es la única participante sería ver sólo una vertiente del acto sexual. Cuando no se es capaz de captar los otros planos, pueden iniciarse con el tiempo desajustes en la relación íntima y a la vez, una degradación que la termina convirtiendo en algo puramente físico, carnal, del cuerpo, dándole la espalda a otros ingredientes decisivos.

La sexualidad no es algo externo, sino que incide en el núcleo más íntimo de la persona, de ahí la necesidad de que el tema sea abordado con esa triple visión: física, psicológica y espiritual. Así la relación de pareja se hace encuentro de personas y no de cuerpos. Y todo cobra un relieve nuevo.

El cuerpo es un vehículo de amor. Y en el acto sexual lo es también apasionado y sosegado, lleno de emoción y sereno. Por eso la relación sexual es tan comprometida: implica, vincula, une y por supuesto, responsabiliza. En el sexo sin amor no hay responsabilidad, sino simple juego divertido con el cuerpo del otro, como cosa. En el amor sólido se ensamblan amor y responsabilidad. Así se alcanza esa pretensión excelsa: integrar la sexualidad en la persona. Cuando el amor deja de ser auténtico para hacerse egoísta e impersonal, la primera víctima del mismo es la persona y en consecuencia, esa pareja, cuya vulnerabilidad se hace cada vez más patente. Es un sexo que se vuelve mentira y que niega lo mejor del hombre. A la larga, se desliza hacia la esclavitud y se va a colar por algún vericueto que le lleva a ser prisionero de una tiranía despótica cada vez más distante del amor real, puro, genuino, verdadero.



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[1] Véase mi libro El amor inteligente, Ed. Temas de Hoy, Madrid, 1997.
[2] Una sociedad de progreso material, pero sin rumbo, perdida, sin tener unas bases sólidas y aturdida por mensajes contrapuestos.
[3] En la cultura el orgasmo es tomado como unidad básica, como experiencia cumbre para cogerle este pulso positivo a la vida. Urge una auténtica educación sexual que ponga las cosas en su sitio, al menos para los que quieran tener las ideas claras sobre un asunto tan central. La relación sexual se hace verdaderamente humana cuando es de persona a persona. Pervertir el significado de la sexualidad es llevar al ser humano al vacío, a la esclavitud y a la desintegración. Al primero, porque lo que llena de verdad es lo que mejora y perfecciona a medio-largo plazo. Al segundo, porque no se le puede hablar a un esclavo de libertad. Al tercero, porque sin armonía afectiva el hombre se rompe y salta por los aires a merced de su parte más animal, que ahora dirige sus pasos hacia una patología de sus significados profundos. Cada época tiene sus neurosis y cada tiempo sus psicoterapias.
[4] Las ofertas de entretenimiento sexual en la televisión y en el cine carecen de unos mínimos criterios racionales. Es la vulgaridad sobre el tapete. Pasarlo bien sin restricciones. Ésa es la visión de la felicidad. Yo quiero hacer una enmienda a la totalidad: no eres más libre cuando haces lo que te apetece, sino cuando eliges aquello que te hace más persona.
[5] Skinner en su obra Walden Two creía que se podía encontrar la felicidad siguiendo estos principios, haciendo que la gente mejorara su forma de funcionar. En este libro se pueden ver, junto a elementos científicos, visiones demasiado simplistas, que recuerdan al libro de Aldous Huxley, Un mundo feliz, o 1984 de Orwell. Son tres libros conductistas.
[6] La premisa de toda terapia cognitiva es ésta: descubrir errores y distorsiones en la atribución de estímulos externos, internos y biográficos. A eso se llama hábito de deformar: torcer, arquear, deteriorar y rizar lo recibido.
[7] Toda terapia conductista conyugal está orientada a favorecer en positivo la tupida red de aprendizajes positivos con el otro. El aumento de los refuerzos positivos de hechos, lenguaje verbal y no verbal. La ciencia de las relaciones conyugales tiene aquí un fuerte bastión, que se complementa con la psicología cognitiva.
La complejidad de estos intercambios tiene un puente, que es el arte de saber almacenar y codificar de forma correcta las cosas que el otro hace, dice o expresa con sus gestos.
[8] Es curioso que la mayoría de las agencias matrimoniales buscan este equilibrio como reclamo de sus clientes. Razonable intercambio de vertientes que se adentran la una en la otra. Hay falta espiritualidad y las consecuencias de ello las tenemos ya sobre la mesa: el materialismo en los sentimientos ha llegado a un cierto reduccionismo de pensar, en que casi todo es sexo. Niego la premisa mayor. ¿Por qué? : porque los hechos estadísticos me dan la razón. Los amores trascendentes tienen una permanencia demostrada.
[9] También culto al amor distante y sobreestimación de la dama escogida.
[10] Incluso los agnósticos más recalcitrantes se dan cuenta que el amor debe tener otra dimensión. Los amores planos, sin verticalidad, sin preocupación por los demás, terminan en el solipsismo de una egolatría más o menos camuflada.
En los últimos días de su vida, Mitterrand le contaba a Elie Wiesel, judíuo practicante, el efecto que le había hecho leer el libro Historia de un alma de Teresa de Lisieux, porque "esa mujer sabía lo que era el amor de verdad, como lo más auténtico que hay en el hombre, la espiritualidad".
[11] Julián Marías en su libro Tratado de lo mejor (Alianza Ed. Madrid, 1995), dice que la desorientación moral de nuestra época conduce a no saber a qué atenerse, porque todo es discutible. Yo, en mi libro El hombre light (Ed. Temas de Hoy, Madrid 1997) he hablado de los dos grandes disolventes de la conducta moral: el hedonismo y el relativismo. Se desdibuja el horizonte de las normas éticas y se aterriza en sus dos descendientes más directos: permisividad y materialismo. Con ellos allado no se puede llegar muy lejos en la estabilidad conyugal.
Hay que pasar del utilitarismo humano (en donde lo sexual es mercancía de trato) a la cultura del amor responsable. No hay libertad sin responsabilidad. El amor y la sexualidad miran a la zona más íntima de la persona, la respetan y favorecen su mejor edificación.
[12] Ser el primero en perdonar. Adelantarse para ir en busca del otro. Esa actitud rezuma trascendencia. Perdonar, palabra mágica, que sana. Cuidar el amor requiere una actitud positiva y una atención de arqueólogo. A la larga es una gran inversión. El perdón es uno de los más grandes actos de amor que existen: darlo y recibirlo: ida y vuelta; suma y resta; donación y aceptación de los propios fallos y limitaciones.
[13] Quizá alguno se sonría al leer estas expresiones. Sabe muy poco de lo que es el verdadero amor, el que va a él casi sin ideales, entrando en una especie de pragmatismo racionalista, con un fondo escéptico. Recomiendo a esos tales abstenerse de sumergirse en la vida conyugal, ya que su pronóstico de estabilidad y duración será escaso.
Leon Tolstoi en su libro La novela del matrimonio (Ed. Del Bronce. Madrid, 1996), llena de recursos estilísticos, sitúa a la boda de los protagonistas como el comienzo de la verdad de cada uno. Tiene un fino tacto en la descripción magistral de los matices afectivos. Uno y otro van descubriendo cómo hay que entenderse, abriéndose paso el uno en el otro, a través de la comprensión, el diálogo y el juego de cesiones recíprocas.
[14] Existe una diferencia, siguiendo estos términos clásicos, entre el amor de concupiscencia y la concupiscencia misma. En la primera se busca a la otra persona y se la trata como a tal, hay un encuentro misterioso, repleto de grandeza y entrega, donde uno queda comprometido. En el segundo, la pasión sexual pide paso y si no se la sabe encauzar bien, sólo busca al otro para apagar su sed de sexualidad: carácter utilitario, usar al otro.
La erotización y sexualización de la televisión especialmente y del cine, tienden a animalizar al hombre. Sexo sin amor a todas horas. Camino seguro para no entender, después, nada de nada de lo que realmente es el amor verdadero. Esto proyecta una cierta luz sobre la degradación del primer medio y comunicación social, con sus tres grandes temas: la grosería del sexo por doquier, la violencia y los shows epidérmicos que atontan y narcotizan. El propósito de la eficacia y del ganar audiencia llevan a consumir y le dan sal gorda y mercancías sin valor.
[15] Hay una pregunta que me hago de las parejas jóvenes: una vez casados, ¿quién va as seguir siendo el novio? La magia, la fantasía, el saber sorprender al otro con algo agradable, el cultivo de la ternura y los mejores modales, pero para eso tiene uno que estar bien consigo mismo o tener un cierto equilibrio personal. Un amor con esperanza. De él se puede esperar lo mejor. La esperanza es la victoria sobre el pesimismo. Igual que la verdadera filosofía se reduce al arte de pensar, el amor auténtico le da sentido a la vida y tiene sabor imperecedero, capaz de sortear las dificultades de la convivencia por complicada que ésta sea.
[16] La tradición antigua atribuye este libro al patriarca Abraham. Textos cabalísticos como el Zohar (también llamado Libro del esplendor) y Raziel, apuntan hacia esa autoría.
A los interesados en estas líneas les recomiendo de Elie Wiesel, Célébration talmudique: portraits et légendes (Ed. Seuil. París, 1991), y de Shimon Halevi, La Cábala (Ed. Debate, Madrid, 1994).

 

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Amor y sexualidad

 

Por Tomás Melendo Granados

 

Gracias al ejercicio de la sexualidad, los padres se introducen dentro de la potencia creativa de Dios, con todo lo que eso lleva consigo... El término de la acción de unos y Otro es justamente la persona.


1. La grandeza de la sexualidad humana


Desde hace ya bastante tiempo, cuando comencé a ocuparme de estos temas, he sentido una inclinación irresistible a unir a la palabra «sexualidad» a algún término fuertemente ponderativo, hablando así de la grandeza, de la maravilla, de la sublimidad… de la sexualidad humana.

Y, en efecto, lejos de esas visiones empobrecedoras que pretenden reducirla a mera genitalidad o a sentimentalismo difuso o apasionado, lejos también de las aberraciones que propenden a animalizarla mediante representaciones gráficas de varones o mujeres con denigrantes y provocadoras posturas infrahumanas, la caracterización fundamental de la sexualidad, desde el punto de vista que ahora nos ocupa, puede realizarse mediante dos afirmaciones. a) Por un lado, se configura como una participación inefable en el poder creador e infinitamente amoroso de Dios: algo, por tanto, que nos asemeja a Él y nos torna más amables y más amantes. b) Por otro, compone un medio privilegiado, tal vez el más específico, para despertar, instaurar, acrecer, consolidar, madurar y hacer fructificar el amor entre un varón y una mujer precisamente en cuanto tales, en cuanto sexuados.

Pero, nótese bien, no es que una caracterización preceda a la otra ni, mucho menos, que se sitúe al margen de ella o simplemente se le yuxtaponga. Ni siquiera que estén coordinadas. Muy al contrario. Existe una íntima conexión entre la sexualidad como participación en el infinito amor creador de Dios y su condición de medio para instaurar relaciones de amor entre varón y mujer. Y si hubiera que instaurar alguna prioridad, en cierto modo ésta correspondería a lo señalado en segundo término: es decir, la sexualidad puede configurarse como trasunto del inefable Amor de Dios —que crea al ser humano para encaminarlo hacia la dicha sin fin en el interior de Su propia vida felicísima— porque es capaz de establecerse como acto y expresión maravillosos del amor humano. Y no a la inversa.

Me interesa subrayar este extremo porque con cierta frecuencia se ha pretendido hacer pasar por visión tradicional-católica de la sexualidad la que la reduce a mero instrumento de procreación. Y no es así. Sin duda, como veremos, frente a cierta mentalidad difundida en nuestros días, contribuir a la venida al mundo de una nueva persona constituye una de las más grandes maravillas que el varón y la mujer pueden realizar. Pero semejante posibilidad, si no quiere resultar prostituida, se apoya, como estamos sugiriendo, en la capacidad que la sexualidad otorga de instaurar entre ambos una primorosa y sublime relación de amor. Veamos por qué.

Aunque tal vez se quedara un poco corto, el viejo Kant acertó al sostener que ningún ser humano debe nunca ser tratado como simple medio, sino, siempre, también como fin. En términos más cercanos quiere esto decir que la única actitud definitivamente adecuada respecto a una persona, a cualquiera, es la de amarla, buscando su bien. A ello he apuntado tantas veces al sostener que todo hombre es término de amor. En las circunstancias que fueren, si no lo amo, si no persigo su bien de manera decidida, estoy atentando contra él, mancillando su dignidad. Siempre.

Con todo, existen momentos en una biografía donde esa exigencia se torna más perentoria e implacable. Por ejemplo, cuando el cónyuge, un hijo o un amigo vuelven a uno, arrepentidos por la injuria más o menos grave que le hayan podido infligir. En esa coyuntura, más cuanto mayores fueran la afrenta y el arrepentimiento, nuestro amor hacia quien viene a nosotros debe alcanzar cotas que rozan con lo infinito: ante un alma compungida que se acerca en busca de perdón, deberíamos incrementar nuestro amor hasta el punto de que, con un deje de metáfora que no aleja sin embargo de la auténtica disposición interior, la única actitud coherente sería la de acogerla de rodillas. Algo muy similar ocurre, por ejemplificar con situaciones dispares, en las cercanías de la muerte o en el momento de contraer matrimonio: resultaría vil y canallesco que en tales circunstancias nuestra conducta incluyera algún móvil distinto que el del más acendrado amor. Y algo parecido podría sostenerse de casos análogos. Pero si existe algún instante en que las disposiciones amorosas han de llevarse al extremo, este es precisamente el de la concepción, condición de condiciones de todo desarrollo humano, justo por estar situada en su mismo inicio. De ahí que cualquier modo de dar entrada al mundo a un hombre que no sea el explícito y directísimo acto de amor entre un varón y una mujer constituya, con independencia absoluta de las intenciones subjetivas y de la imputabilidad de la acción, una afrenta grave contra la dignidad de la persona a la que se va a otorgar la vida.

A la misma conclusión cabe llegar desde un punto de vista complementario. Lo decisivo en la irrupción al mundo de una persona humana es el infinito Acto de Amor con el que Dios, volcándose absolutamente sobre ella, le confiere el ser. Ese, cabría decir, es el «texto» con que se escribe la concepción de una nueva vida personal. Pues bien, el único «contexto» proporcionado a ese Amor sin fronteras es justo un también delicado acto de amor entre los hombres: a saber, el que dentro del matrimonio llevan a término un varón y una mujer cuando se entregan en una unión abierta a la fecundidad. Cualquier otro procedimiento instaura una ruptura insalvable y desgarradora entre «texto» y «contexto», por seguir con la imagen utilizada, y, por ese motivo, atentan contra la nobleza de quien se pretende engendrar.

Y de ahí la barbaridad de las tácticas que aspiran a sustituir la maravillosa expresión del amor sexual entre varón y mujer por un acto de dominio técnico sobre la persona que ha de ser procreada. Pero de ahí también que, aunque cualquiera de estas prácticas se opongan materialmente a la grandeza de quien va a ser concebido, la dignidad de esa persona queda radical y absolutamente salvada —¡plenamente intacta!— por el inconmensurable Amor de Dios en virtud del cual siempre (fecundación artificial homóloga o heteróloga, cualquier otro procedimiento de instrumentación genética, eventual clonación…) entra en el banquete de la existencia. Ese Amor divino —el «texto», como lo hemos llamado— sana de raíz las circunstancias y disposiciones más adversas, y la persona surgida por los medios menos convenientes posee una dignidad absoluta… como fruto inmediato de la amorosa acción divina creadora. Se entiende entonces que San Agustín, en uno de los más entrañables momentos de sus Confesiones, elevando su corazón a Dios, le dé gracias sincerísimas por su hijo Adeodato, surgido como se sabe de una relación extramatrimonial «en la que yo —confiesa el santo— no puse sino el pecado».

Pero hay más. Incluso en relación a Dios podría afirmarse que en la creación de cualquier persona humana el Amor precede en cierto modo a su poder infinito, que es el Amor el que «pone en marcha» tal Poder. Dios crea porque ama, porque quiere comunicar su bien, en una medida inimaginable, a esas realidades a las que pretende conducir hacia una plenitud y una felicidad sin límites. Por eso, al asociar a los hombres al surgimiento de lo que representa el fin de su obra creadora —el incremento del número de personas destinadas a gozar de Él por toda la eternidad—, la sexualidad se relaciona más directa e íntimamente (antes, por decirlo de algún modo) con el Amor que con la procreación (aun cuando la manera de expresarnos sea muy imperfecta y necesariamente traicione la simplicidad de la Vida y del Obrar divinos). Y algo similar hay que afirmar respecto a la actividad humana. En contra de una opinión muy extendida en otros tiempos y de la que todavía quedan residuos, la sexualidad entre los hombres se liga de manera inmediata y formal a la posibilidad de establecer entre ellos relaciones auténticas de amor. Y como todo amor es fecundo, efusivo, creativo…, y como aquel que pone en juego las dimensiones genésicas goza de una fecundidad peculiar, capaz de introducir en el mundo un nuevo ser humano…, la procreación es la consecuencia natural y al tiempo gratuita del amor intersexuado, más que un objetivo que se busque de forma expresa (aunque de ningún modo pueda lícitamente rechazarse).

Por eso, la categoría constitutiva y la calidad existencial de la sexualidad y de su ejercicio se encuentra determinada por la relación que, en sí misma y en cada acto concreto, instaure con el amor (humano y, a través de él pero como incluido en su misma naturaleza, con el divino). Dentro de este contexto, en el que vemos que la sexualidad, profundamente considerada, «se resuelve» por completo en amor, pretendo apuntar dos o tres detalles en los que la relación amor-sexualidad se pone particularmente de manifiesto.

2. La unión conyugal, manifestación específica del amor intersexuado

El núcleo de lo que pretendo insinuar ahora podría resumirse como sigue: la fusión conyugal de los cuerpos —cuando derivada de un amor voluntario auténtico— constituye la más adecuada exteriorización visible de la unión y del amor unitivo de esos espíritus encarnados que son el varón y la mujer. Con otras palabras: dentro del «lenguaje amoroso del cuerpo», el abrazo conyugal íntimo compone una privilegiada «palabra» de amor, tal vez la más conforme con la naturaleza espíritu-corpórea y sexuada, de dos sujetos humanos.

Para entender mínimamente este aserto es preciso recordar la unidad intimísima que en el hombre forman el alma y el cuerpo, el carácter estrictamente personal de este último y la necesidad de que el amor, que en fin de cuentas radica en la voluntad y de ella dimana, se manifieste y complete a través de los sentimientos y de los gestos que «encarnan» ese amor. Entre los hombres, ningún amor es pleno si no va acompañado de cariño, ternura, compasión, consuelo…, así como de miradas afectuosas y comprensivas y, cuando sea el caso, de abrazos, caricias, besos, etc. Estos y otros gestos similares resultan necesarios no sólo para expresar, sino para completar e incrementar el amor.

Pero no todos gozan de la misma capacidad de llevarlo a cabo. Parece obvio que, por muy recta y sincera que sea la intención de agradar de quienes las ponen por obra, ni la palabra grosera o la frase irónica ni el puntapié o la patada en la espinilla son instrumentos adecuados para exteriorizar e incrementar el cariño entre dos personas.

¿Cuáles son, entonces, los más pertinentes? Si tenemos en cuenta que la esencia del amor, el objetivo que buscan los que se quieren, es el de establecer la más estrecha unidad recíproca posible —«fundirse uno en el otro»—, y si recordamos también que la unión más plena es la que llevan a término los seres vivos, cabría formular esta especie de ley general: las acciones con las que los hombres intentan manifestar y acrecer su cariño resultarán más eficaces en la medida en que mejor realicen, en el ámbito corpóreo, esa unidad viva que anhelan sus respectivos espíritus.

Desde esta perspectiva, el apretón de manos representa en nuestra cultura un medio excelente para acercar a las personas. Cada vez que realizamos con sinceridad ese gesto: a) mi mano se adelanta, manifestando mis disposiciones de unirme con mi interlocutor; b) además, se muestra disponible para ser envuelta por la mano del amigo; c) simultáneamente, rodea y se funde con la de la persona a la que saludo de manera más o menos intensa y vigorosa, a tenor precisamente de la intencionalidad de mi espíritu. Es decir, realiza en el plano corpóreo la fusión que pretende la totalidad de la persona. Por eso, un buen apretón de manos, efusivo y no rutinario, constituye por sí sólo una instrumento eficacísimo para iniciar una amistad o para consolidar la que ya estaba incoada.

Con una condición, sin embargo: que se trate de un gesto sincero, capaz de transmitir, mediante el ardor entrañable del contacto entre las manos, la vida que late en los corazones de quienes se saludan. En caso contrario, como tantas veces hemos experimentado, semejante acción no produce efecto alguno e incluso, cuando advertimos un cierto fingimiento o simulación o una segunda intención oculta, puede llegar e generar el sentimiento contrario: repulsa y repugnancia.

Pues bien: la cuestión es todavía más clara en el abrazo. En él, como escribe Barbotin, «mis brazos se tienden hacia adelante y se abren para prolongar mi lugar corporal; ofrezco un espacio vivo que es mío, que soy yo, donde el otro está invitado a entrar. El abrazo, cuyo significado culmina en la unión conyugal, expresa la intención esencial del amor: coincidir con el otro, crear entre ambos una nueva unidad». Y, al manifestarla, añado yo, inevitablemente la «realiza»: la aumenta, la consolida.

La pregunta clave es ahora la que sigue: ¿por qué, como sostiene el autor citado, «la significación del abrazo culmina en la unión conyugal». Para contestarla conviene recordar algo ya insinuado. A saber: a) que el amor es una cierta vis unitiva, una fuerza que origina comunión o identificación… entre seres vivos y difusivos; y b) que los gestos corporales serán manifestativos de ese afecto en la medida en que realicen la compenetración física viva y abierta a la fecundidad.

Como consecuencia, la cópula es capaz de representar en proporción sublime la personal unión amorosa por tres motivos: 1) El primero, porque en ninguna otra manifestación sensible del cariño la penetración recíproca de los cuerpos es más interna, alcanzando tan íntima profundidad: te doy lo más mío que poseo, lo que jamás daré a otro u otra. 2) Después, porque en ninguna otra ocasión el espacio personal compartido es tan vivo, tan inmediatamente en contacto con las fuentes de la vida. 3) Por fin, porque jamás como en el caso que estamos considerando, las «porciones del propio cuerpo» puestas en contacto —los gérmenes vitales— pueden llegar a compenetrarse tan entrañablemente, y a identificarse, hasta el punto de fundirse en una sola realidad viva, que sintetiza en un único sujeto —el hijo— el espíritu vital de los padres.

¿Cabe acaso una mayor «coincidencia con el otro»?, ¿es pensable un modo más hondo y sublime de «crear una nueva unidad»? ¿Se entiende, entonces, por qué, en cuanto máxima expresión de la donación comunicativa, las relaciones conyugales no desprovistas artificialmente de su significado natural «realizan» un progresivo incremento del amor entre los esposos?

¿Se comprende también por qué me atrevía a afirmar que, siempre que se configure como manifestación auténtica de un amor auténtico, el abrazo conyugal compone el instrumento más adecuado —¡no el mayor!— para incrementar el amor entre un varón y una mujer precisamente en cuanto tales?

3. «Bañarse» en el Amor de todo un Dios

Parece obvio que otro de los títulos de sublimidad de la sexualidad humana deriva de su condición de único medio adecuado —dentro del matrimonio— para dar vida a un ser humano. Si la persona es lo más grandioso que existe en el universo, traer una nueva persona al mundo constituye, en el ámbito natural, lo más excelso que un varón y una mujer pueden llevar a cabo: en cada acto de unión nupcial están abriendo la posibilidad de una dicha infinita, poniendo las condiciones para que «alguien» —el futuro hijo— se convierta en un felicísimo interlocutor del Amor divino por toda la eternidad.

De ahí que aunque los padres no hayan nunca reflexionado de forma expresa sobre la sublimidad aparejada a la condición personal del hijo, sí que suelen tener conciencia de que han puesto por obra algo muy grande y —de forma implícita— de que en todo el proceso ha intervenido Algo-Alguien que está muy por encima de ellos. O, por expresarlo con la terminología de Pascal, intuyen o al menos entrevén que la unión íntima entre marido y mujer representa uno de los momentos más claros en los que el hombre es mucho más que hombre.

Ciertamente, no estamos ante algo universal ni ante una especie de ley matemática. La percepción de cuanto acabo de esbozar depende en buena manera de la finura humana de quienes conciben al hijo y no es necesariamente proporcional a la «formación» ni, mucho menos, al «rango social» de los protagonistas. Por eso encontramos manifestaciones del hecho en gentes de muy diverso origen y condición.

Luis Chamizo, por ejemplo, pone en boca de un campesino a quien el parto de su mujer ha sorprendido en medio del campo, mientras andaban en busca de un médico que la atendiera, y cuyo hijo ha nacido, por tanto, sin ayuda alguna: «Toíto lleno de tierra / le levanté del suelo; / le miré mu despacio, mu despacio, / con una miaja de respecto. / Era un hijo, ¡mi hijo!, / hijo de dambos, hijo nuestro… […] Icen que la nacencia es una cosa / que miran los señores en el pueblo: / pos pa mí que mi hijo / la tié mejor que ellos, / que Dios jizo en presona con mi Juana / de comadre y de méico. […] Dos salimos del chozo; / tres golvimos al pueblo. / Jizo Dios un milagro en el camino: / ¡no podía por menos!».

De manera similar, aunque con un estilo muy distinto, un poeta que no se caracteriza precisamente por la viveza de su fe, no puede evitar el dejar constancia de que Algo inefable ha estado presente en la generación del hijo. Escribe, en efecto, Pablo Neruda: «Ay, hijo, sabes, sabes / de dónde vienes? // […] Como una gran tormenta / sacudimos nosotros / el árbol de la vida / hasta las más ocultas / fibras de las raíces / y apareces ahora / cantando en el follaje, / en la más alta rama / que contigo alcanzamos». Las referencias a las más ocultas fibras y a la más alta rama dejan suponer, por una parte, un Origen trascendente al ser humano y, por otra, un enriquecimiento —¡la más alta rama!— que muy pocas entre las restantes actividades del hombre consiguen proporcionar;

Las alusiones al Origen resultan ya del todo explícitas —y como algo más que alusiones— en estos versos complementarios, de Alfonso Albala y Miguel D’Ors, respectivamente: «Y sigue siendo esposa: / alta mar en su pecho, / baja mar en su vientre / sazonado de Dios, / sazonado de madre hacia mis brazos». O: «ser madre es lo que nunca se termina, / lo que parece Dios de tan tan madre».

Prescindiendo ahora del lenguaje poético, con términos estrictamente intelectuales lo expresa Jean Guitton: «Lo que sin duda llamaría la atención de un observador extraño al hombre, si existiera algún Micromegas venido de un planeta sin amor, sería sin duda la desproporción entre la relación del hombre y la mujer y los efectos de esta relación […]. Platón lo vio claramente, y Proust aún más. Pero cuando un fenómeno no guarda proporción con el antecedente que lo produce, cuando un polvorín salta a causa de una chispa, o cuando un imperio se disloca por el lunar de un rostro, ello prueba que el antecedente no tiene dignidad de causa, sino que es el instrumento que pone en movimiento una fuerza latente, cuya existencia la razón debe suponer a fin de explicar la magnitud del efecto».

Esa «fuerza latente» es la que prácticamente todas las culturas a lo largo de la historia han descubierto ligada a la sexualidad. De ahí que en la mayoría de ellas la relación varón-mujer, aunque no siempre interpretada de la manera más correcta, se encontrara ungida por el nimbo de lo sagrado. De ahí que las bodas, además de algo íntimo y personal, se hayan vivido a lo largo de los siglos como un fausto acontecimiento religioso-social. Y de ahí también el triste y tan profundo significado que acompaña al hecho de que en nuestros tiempos las relaciones sexuales se hayan visto sometidas a un tan intenso proceso de desacralización, hasta transformarlas en algo trivial e intrascendente.

Todo lo contrario de lo que expresan los testimonios antes aducidos y otros muchos que cabría traer a colación y que la fe cristiana y la filosofía acorde con ella resumen en una verdad radical: la creación inmediata de cada alma humana por el infinito Amor de Dios. Cuestión que nos acerca de nuevo a la intimísima relación que enlaza, entre los hombres, amor y sexualidad. Pues, en efecto, el perfeccionamiento del amor que lleva consigo la procreación como resultado de la unión sexual se encuentra estrechamente ligado al hecho de que el hijo es persona, dotada de un alma inmortal que sólo puede «entrar» en este mundo como efecto de un acto creador de Dios; y, como consecuencia, que en la unión íntima fecunda, los cónyuges se han hecho partícipes del Amor creador del Absoluto, de una acción formal y exclusivamente creadora, singularísima, en la que Dios se expresa plenamente como Dios, en cuanto Amor-creador. ¿Cómo no habría de acrecerse el amor entre los miembros del matrimonio una vez que se ha constituido en una especie de prolongación participada del Amor del Absoluto, que se ha «bañado» en ese Amor sin fronteras?

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Me interesa mucho dejar claro que no me estoy moviendo en el terreno de la metáfora. Los padres cooperan real e íntimamente con Dios en la venida al mundo de cada nuevo ser humano. Son, en este sentido, pro-creadores o incluso, según luego veremos, co-creadores. Pues no es que ellos se limiten a engendrar el cuerpo, mientras que Dios crea el alma. Aunque tales afirmaciones resulten correctas, más lo es decir que tanto los padres como Dios —aunque de manera y con intensidad distintas— dan origen a toda la persona del hijo: los padres, a través del cuerpo, y Dios directamente, otorgando el ser con el alma. Por eso la Virgen Santísima es verdadera Madre de Dios (en su Segunda Persona y según la Humanidad) y no simplemente «del cuerpo» de Jesucristo.

Desde el punto de vista filosófico, y referido ya a cualquier sujeto humano, el asunto puede entreverse con sólo reflexionar en que el cuerpo y el alma, si se consideran aislados, constituyen una abstracción. Tal como Dios ha establecido las cosas, no puede «hacerse» un cuerpo humano sin que allí haya alma (entonces no sería humano); ni tampoco Él puede crear un alma sino en el cuerpo correspondiente. Para empezar a ser —lo mismo que para desarrollar todas sus operaciones, explicaba Tomás de Aquino—, el alma humana necesita del cuerpo.

Estamos, vale la pena repetirlo, ante una persona: ante una conjunción intimísima, y no una mera yuxtaposición, de alma y cuerpo. Esa misma y única persona, como ya he apuntado, Dios la crea y los padres la engendran. El término de la acción de unos y Otro es justamente la persona. Aunque la acción divina es infinitamente más directa y constitutiva, los padres no se limitan a generar el cuerpo: alcanzan a través de él a la persona toda.

No estamos, pues, ante actividades independientes ni yuxtapuestas ni siquiera coordinadas. Dios siempre está presente en el actuar de las criaturas, pero en este caso el obrar divino es formalmente creador. De ahí que quepa afirmar que, en un cierto sentido, la virtud creadora de Dios se introduce «en» el mismo proceso biológico-personal origen del nuevo vástago; y en otro, todavía más definitivo, que es la fecundidad onto-génica de los padres la que se establece «dentro» del acto creador de Dios.

Por eso la generación de los hijos no es simplemente tal, sino estricta pro-creación, por cuanto actúa a favor de ésta y «da entrada» a Dios en el universo humano de una manera peculiarísima: justo como Creador. Y por eso los padres pueden calificarse rigurosamente como co-creadores, puesto que lo suyo es, participadamente, una co-operación con el acto inaugural del Absoluto.

Las consecuencias de todo ello, que simplemente he apuntado, no pueden encarecerse en exceso. Me limito a señalar dos de particular relevancia. Antes que nada, que el fruto de la unión conyugal fecunda no es un simple ejemplar de la especie humana, sino una imagen singular e irrepetible —¡única!— del Dios tres veces uno, directamente relacionada con Él y a Él referida. Lo que implica a su vez que la verdad más radical del hijo no es ser «de los padres», sino su directo e inmediato nexo con el Creador: su constituirse como «alguien delante de Dios y para siempre», según la acertada expresión de Cardona, inspirada en Kierkegaard.

En segundo término, me gustaría insistir en que, gracias al ejercicio de la sexualidad, los padres se introducen dentro de la potencia creativa de Dios, con todo lo que eso lleva consigo y que empieza a vislumbrarse en cuanto consideremos la simplicidad divina. Pues, en virtud de ella, el Acto con el que Dios da el ser a cada nueva criatura es numéricamente idéntico a aquel con el que instituye el universo entero… e idéntico a su vez al mismísimo Ser divino… que es su Amor infinito.

Por todo ello, y por mucho más, no puede sorprender la alta estima en que los santos han tenido el amor conyugal. San Josemaría Escrivá, por referirme a una persona íntimamente ligada a la Universidad que nos acoge, no sólo insistía y se recreaba en la expresión paulina que califica el matrimonio como sacramentum magnum. Sino que repetía una y otra vez que el amor de sus padres, como el de todos los esposos que actúan con rectitud, él lo bendecía con las dos manos… por la sencilla razón de que no tenía cuatro. Y no dudaba en asimilar el lecho matrimonial a un altar.

¿Por qué esta última y tan audaz comparación? Estimo que en ella late una verdad teológica fuertemente arraigada; a saber: que justo en la unión íntima entre cristianos ligados en matrimonio se renueva de una manera muy particular el sacramento, con las gracias que lleva adjuntas. Pero como filósofo me gusta pensar —tal vez sin fundamento— que con esa afirmación apuntaba también a la especial presencia de Dios en el mundo que acompaña a la unión matrimonial fecunda: una presencia que, si sería exagerado calificar de cuasi sacramental, debe sin embargo preservar su singularidad única, «especialmente divina», distinta a las restantes en el ámbito natural: es formalmente creadora de personas.

También ahora son muchos los poetas que han sabido exponer ese vigor universal, cósmico, al que se encuentra aparejado el trato conyugal íntimo, justamente en virtud de su potencialidad creadora. Y, así, Rafael Morales, refiriéndolo al propio hijo, exclama: «Rama del beso tú, que, leve y pura, / tienes raíz en la pasión amante, / en una humana y sideral locura. // Tibia luna rosada y palpitante, / dulce vuelo parado en la hermosura / que ha surgido del cielo de un instante». De una manera velada, propia del lenguaje poético, estos versos sugieren la introducción de la actividad humana en una Acción con la que se encuentra ligado, como a su Origen, el entero cosmos: cielos y tierras, según apuntaba antes.

Algo similar expone Víctor Hugo: «Cuando se aproximan dos bocas consagradas por el amor es imposible que por encima de ese beso inefable no se produzca un estremecimiento en el inmenso misterio de las estrellas».

Pero también lo experimentan, y de manera más clara cuanto más crece su afecto, los esposos que llevan a término cumplida y amorosamente la unión conyugal. Se advierten entonces ligados a la Fuente del cosmos, con la que de algún modo se identifican, y, con Ella y por Ella, al universo todo y al conjunto de la humanidad.

Apoyado en expresiones explícitas del Romano Pontífice, lo expuso hace ya algunos años Cormac Burke: «Una falta de auténtica conciencia sexual caracteriza el acto si la intensidad del placer no sirve para despertar una comprensión plenamente consciente de la grandeza de la experiencia conyugal: me estoy entregando —entrego mi capacidad creativa, mi potencia vital— no sólo a otra persona, sino a la creación entera: a la historia, a la humanidad, a los planes de Dios. En cada acto de unión conyugal, enseña Juan Pablo II, “se renueva, en un cierto modo, el misterio de la creación en toda su original profundidad y fuerza vital”».

Y añade, y con ello concluimos: «La vitalidad de sensación en el acto sexual debe corresponder a una vitalidad de significación […]. La misma explosión de placer que comporta el acto sugiere la grandeza de la creatividad sexual. En cada acto conyugal debería haber algo de la magnificencia —de la envergadura y del poder— de la Creación de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina de Roma…».

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(*) Nótese que en esta conferencia de nuestro colaborador, el profesor Tomás Melendo Granados, catedrático de Metafísica de la Universidad de Murcia, propone unas sólidas y sugerentes bases intelectuales para la comprensión profunda de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, sobre la indisociabilidad del significado unitivo y del significado procreativo del acto conyugal (Cfr. Encíclica Humanae vitae, de Pablo VI y Enc. Familiares consortio, de Juan Pablo II, entre otras muchos documentos pontificios).
N. de la R. de Arvo Net.

www.arvo.net  2003-10-10

 

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Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo – Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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"Yo creo en el testimonio  de un hombre que se deja degollar  por la verdad de lo que atestigua". PASCAL, sacerdote y científico.

 

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“La verdadera sabiduría, entonces consiste en obras, no en grandes talentos que el mundo admira; pues los sabios en la estima del mundo… son necedad que hacen nada de la voluntad de Dios, y no saben como controlar sus pasiones" Sta. Brígida.

 

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«La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad». JUAN PABLO MAGNO. 2004.

 

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Decía con razón el filósofo Xavier Zubiri que Europa se construye sobre la base de cuatro fundamentos: la filosofía griega, el Derecho romano, la religión cristiana y la ciencia moderna.

 

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Periandro de Corinto, (hijo de) Cípselo, dijo:  1.      La tenacidad (lo es) todo. 2. Bella (es) la tranquilidad. 3. Insegura (es) la precipitación. 4. La ganancia (es) vergonzosa. 5. La democracia (es) mejor que la tiranía. 6. Los placeres (son) mortales, pero las virtudes inmortales. 7. Habiendo obtenido fortuna sé comedido, pero habiendo fracasado, sensato. 8. Mejor morir no teniendo medios que, viviendo, pasar necesidad. 9. Hazte a ti mismo tan digno como tus padres. 10. Mientras viva sé alabado, pero al morir sé tenido por feliz. 11. Sé el mismo con los amigos afortunados y con los infortunados. 12. Lo que reconozcas de buen grado, manténlo, pues (es) pesado transgredirlo. 13. No practiques la revelación de palabras secretas. 14. Insulta en la idea de que serás pronto amigo. 15. Sírvete de las leyes antiguas, pero de los alimentos frescos. 15. No castigues sólo a los que se equivocan, sino impídeselo también a los que tienen la intención.16. Oculta que eres desgraciado, para que no alegres a tus rivales.

 

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«Vencerse a sí mismo un hombre es tan gran hazaña que sólo el que es grande puede atreverse a ejecutarla» Calderón de la Barca "La hija del aire"

 

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"No sigas a la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad" SAN ATANASIO + año 373

 

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“La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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‘Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios’. Cardenal  Ratzinger.

 

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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.

 

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San Ambrosio (hacia 340-397), obispo de Milán y doctor de la Iglesia Católica  - Homilía 20 sobre el salmo 118; CSEL 62, 467s 

 

Pronunciarse a favor de Cristo delante de los hombres - Cada día puedes dar testimonio de Cristo. Estabas tentado por el espíritu de impureza; pero... has creído mejor no ensuciar la castidad del espíritu y del cuerpo: entonces, tú eres mártir, testigo de Cristo... Estabas tentado por el espíritu de orgullo; pero viendo al pobre e indigente, te ha movido un tierna compasión, y has preferido la humildad a la arrogancia; tú eres testigo de Cristo. Mejor aún: no has dado testimonio con tu palabra sino con tu acción.
¿Cuál es el testimonio más seguro? «Todo aquel que confiesa que Jesucristo ha venido en carne» (1Jn 4,2) y que observa los preceptos del Evangelio... ¡Cuántos son cada día esos mártires de Cristo, escondidos, que confiesan al Señor Jesús! El apóstol Pablo ha conocido esta clase de martirio y da un testimonio de fe a Cristo cuando dice: «El objeto de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia» (2Co 1,12) Porque ¡cuántos son los que han confesado la fe exteriormente pero la han negado interiormente!... Sé, pues, fiel y valiente en las persecuciones interiores para, así, triunfar en la exteriores. Igualmente ocurre con las persecuciones de dentro, las hay «de reyes y de gobernantes», jueces de un poder temible.  

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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Carta I de San Pablo a los Corintios 15,1-8. - Hermanos, les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano. Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado-Autor: Francisco Varo-Editorial: Planeta Testimonio-


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