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Los niños y adolescentes tienen derecho a que se les estimule a apreciar los valores morales con conciencia recta y a abrazarlos con su adhesión personal, así como a conocer y amar más perfectamente a Dios. Por ello, ruega encarecidamente a todos los que gobiernan los pueblos o están al frente de la educación que se ocupen de que la juventud no se vea nunca privada de este sagrado derecho. Exhorta a los hijos de la Iglesia a que colaboren con generosidad en todo el campo de la educación, sobre todo con el fin de que los beneficios propios de la educación y la instrucción puedan extenderse cuanto antes a todos los lugares de la tierra. Los padres, al haber dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por consiguiente, deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Esta tarea de la educación tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Corresponde, pues, a los padres crear en la familia un ambiente animado por el amor y la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. Por ello, la familia es la primera escuela de las virtudes sociales que todas las sociedades necesitan. Sobre todo, en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y el deber del sacramento del Matrimonio, es necesario que los hijos aprendan, ya desde la infancia, a comprender y venerar a Dios según la fe recibida en el Bautismo y a amar al prójimo. En ella encuentran la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Finalmente, por medio de la familia se introducen gradualmente en la sociedad civil y en el pueblo de Dios. Los padres deben darse cuenta de la gran importancia que la familia verdaderamente cristiana tiene para la vida y el progreso del mismo pueblo de Dios. Declaración, Gravissimum aducationis, 1 y 3 – VATICANO II
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Una mentalidad de apatía.
06.VII-2002-Hace cien años, el 06 de julio de 1902, moría María Goretti, herida gravemente el día anterior por la ciega violencia de quien la había agredido. Mi venerado predecesor, el siervo de Dios Pío XII, la proclamó santa en 1950, proponiéndola a todos como modelo de valiente fidelidad a la vocación cristiana, hasta el sacrificio supremo de la vida.
He querido recordar este importante aniversario con un mensaje especial dirigido al obispo de Albano, subrayando la actualidad de esta mártir de la pureza, que espero sea más conocida por los adolescentes y los jóvenes.
Santa María Goretti es un ejemplo para las nuevas generaciones, amenazadas por una mentalidad de apatía, que no comprende la importancia de valores sobre los que jamás es lícito hacer componendas.
2. Aunque era pobre y carecía de instrucción escolar, María, que no había cumplido doce años, poseía una personalidad fuerte y madura, formada por la educación religiosa recibida en su familia. Esto le permitió no sólo defender su persona con castidad heroica, sino incluso perdonar a su asesino.
Su martirio recuerda que el ser humano no se realiza siguiendo los impulsos del placer, sino viviendo la propia vida con amor y responsabilidad.
Queridos jóvenes, sé bien cuán sensibles sois a estos ideales. A la espera de encontrarme con vosotros dentro de dos semanas en Toronto, quisiera repetiros hoy: no dejéis que la cultura del tener y del placer aletargue vuestra conciencia. Sed "centinelas" despiertos y vigilantes, para ser auténticos protagonistas de una nueva humanidad.
3. Nos dirigimos ahora a la Virgen, cuyo nombre llevaba santa María Goretti. Que la más pura entre las criaturas ayude a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, especialmente a los jóvenes, a redescubrir el valor de la castidad y a vivir las relaciones interpersonales en el respeto recíproco y en el amor sincero.
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La adopción no es un derecho: al niño hay que darle el pecho», leí en la siguiente pancarta con la que me encontré. La llevaba una mamá que, con la otra mano, conducía el carrito del bebé. El papá llevaba sobre sus hombros otra niña de pocos años. La siguiente pancarta que leí no era menos expresiva: «Uno más una = familia. Uno más uno = 2». Madrid, España: 2005.06.18.
Decir matrimonio homosexual, como, por ejemplo, decir círculo cuadrado, es un modo de decir nada. Nada no es objeto posible de derecho alguno. Tener un derecho a un imposible absoluto es no tenerlo. Y nadie puede decir que se niega a nadie derecho alguno cuando no se reconoce un derecho imposible. ¿Imposible? ¡Qué se lo ha creído usted! Nada es imposible al Poder. Mañana aprobamos una ley en la que se establezca: «El término círculo a partir de la presente Ley designa tanto las figuras que hasta ahora se denominaban círculos como las que hasta ahora se denominaban cuadrados». De este modo, si hasta ahora había quienes consideraban al círculo como figura perfecta, desde la presente ley esa perfección se extiende asimismo a los cuadrados, con lo cual se elimina la discriminación que éstos han sufrido durante siglos. Ésta es no sólo una ley de progreso, sino realmente histórica, la primera en reconocer la igualdad plena entre círculos y cuadrados. Como consecuencia del paso decisivo que supone para la Humanidad la Ley de Círculos Cuadrados, existen ahora dos clases de círculos: los círculos circulares y los círculos cuadrados. Es cierto, pues, que persiste una rebelde e incómoda diferencia. Para superarla, la Ley prohíbe hacer mención a la circunstancia cuadrada de ciertos círculos. Ya las autoridades, incluso, llevadas de su agudo sentido de la realidad y de su gran bondad, parecen dispuestas a hacer la vista gorda en los casos en que se deseche sistemáticamente la forma circular cuadrada para determinados objetos, como, por ejemplo, ruedas, aros, anillos, etc. En todo caso, esto no cabe duda, oponerse a la Ley de Círculos Cuadrados (como a la próxima de Esferas Cúbicas) es estar anclados en lo mismo de siempre, en una actitud irracional, faltos de creatividad, cerrados al progreso, empantanados en el pasado. Por fortuna, nuestros gobernantes, fieles a su misión pionera, felizmente blindadas sus mentes ante cualquier argumento, gracias a una sólida ausencia de toda formación (clásica), continuarán imperturbables en la línea que marca esta nueva Ley hasta desarrollar un programa que nos lleve, no ya a una Nueva Transición, sino, de Progreso en Progreso, a la definitiva orgiástica Implosión Final. Gonzalo de Berceo 2005-06-24
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¿QUÉ ES EL ABURRIMIENTO?
RAFAEL ALVIRA
Hay un hecho notable. Las grandes desgracias de la historia, guerras, hambres, epidemias, no dejan ningún lugar al aburrimiento. En cualquier peligro que se esté, en cualquier agobio que se sufra, todas las energías están movilizadas para vencer la adversidad. Sin tener que preguntarse nada, cada uno conoce claramente el fin de su acción y la razón de su esfuerzo. El porvenir asedia al presente. En esa terrible urgencia casi se olvida que se vive, de tanto vivir ardientemente.
Aparece así que vivir no llega a ser problema más que cuando ya no es problemático vivir. Sólo cuando se está liberado de las necesidades de la vida uno se descubre dominado por lo que la vida tiene de contingente: entonces aparece el aburrimiento. ¿Qué hacer de la vida, cuando el vivir ya no depende más que de uno mismo?
Es Nicolás Grimaldi el que nos ayuda a encuadrar con estas palabras las consideraciones que quiero presentar a continuación. Un poco más adelante, en su trabajo titulado “Ennui et modernicé” (“Cahiers de la société ligérienne de Philosophie”, Tours, 1978, pp. 42-43), nos dice que “en su Histoire de France, Michelet sitúa hacia finales del siglo XV el primer ataque de aburrimiento, y que todas las biografías de los duques de Borgoña nos muestran cómo rompen imprevisiblemente sus placeres y sus reuniones para recluirse extrañamente en la melancolía”.
Y todavía añade que, unos siglos después, ya en el XIX, “a pesar de la cautivante exhortación del señor Guizot (Primer Ministro) a enriquecerse, de todas partes iba a elevarse hacia (el rey) Luis-Felipe (de Orleáns) una insistente y punzante voz que, finalmente, acabaría por destronarle: Sire, la France s´ennuie. “Señor, Francia se aburre” (p. 45).
Estas pinceladas dibujan, incipiente pero clara y profundamente, algunos de los rasgos característicos de una enfermedad que es tanto más seria cuanto que no lo parece: el aburrimiento.
Cuando en la vida ya no hay problemas, es la vida misma la que se convierte en problema: ¿Qué hacer hoy? Tenemos, está a nuestra disposición, algo decisivo -el tiempo- que no queremos o no sabemos usar. Ahora bien, como el tiempo pasa, de hecho, no usarlo es un dispendio, una forma de “exceso” existencial. Por eso, tradicionalmente el aburrimiento se considera enfermedad de rico. Es Montesquieu el que nos lo dice: “Todos los príncipes se aburren: prueba de ello, es que se van a la caza”. Y Rousseau, en el Emilio, apostrofa: “El pueblo no se aburre: conduce una vida activa”. Por el contrario, “el gran azote de los ricos es el aburrimiento. En medio de muchas costosas diversiones, rodeados de tanta gente que se ocupa de hacerles la vida agradable, se aburren hasta la muerte”. (Emile, ou de I´éducation, IV libre, p. 438, ed. Richard).
Pero no es sólo el crecimiento de la riqueza el causante del problema. Los antiguos griegos conocían bien la “anía”, los latinos el “taedium”, y también los medievales desarrollaron una cuidadosa y profunda teoría acerca de él. Con todo, el aburrimiento es un fenómeno -como bien nos muestra Grimaldi- que se agudiza en los últimos siglos. Y, a mi juicio, la explicación está en que, en ellos, no sólo aumenta la riqueza, sino que, con el crecer de ella y de la instrucción, se disparan las posibilidades, los mundos posibles e imaginarios, pero no se desarrolla al mismo tiempo el arte supremo y más sencillo -es decir, más difícil- del espíritu, a saber, el diálogo.
Que precisamente la gente más instruida, ya que no educada, es la más capaz de aburrirse lo vio bien Nietzsche: “Los animales más finos y más activos son los primeros capaces de aburrimiento”, apunta. Y ello porque están más despiertos para lanzarse a muchos mundos posibles que buscamos poseer pero que, una vez alcanzados, nos decepcionan. Antes, A. Schopenhauer había repetido, en los Parerga y Paralipomena, el aforismo antiguo romano: “al pueblo, pan y circo”: El pan simboliza el objeto de los deseos de la gente. Una vez alcanzados, hay que darles el circo para que no se aburran. ¿Son la televisión o las discotecas el circo? En cualquier caso, lo que sugiere Nietzsche es que el aburrimiento popular es trivial y, por ello -así hubiera dicho Kierkegaard-, más grave, más difícil de curar. Algo parecido sucede con el aburrimiento juvenil: no es agudo, y a veces se sabe esconder bien, con la diversión y la actividad trepidante. Pero es tanto más serio cuanto menos se toma en serio.
La tesis que voy a sostener brevemente acerca del problema que nos ocupa -es ya el momento de decirlo- se expresa en el título de este escrito: el aburrimiento es una muerte social, y su causa una insuficiencia filosófica.
Generalmente se suele decir que se trata de una cierta muerte personal, una tristeza o tedio, pero espero mostrar que aquí se ve muy bien la verdad de la idea según la cual el hombre es un ser social, de manera que su muerte en cuanto persona (y no física) es idéntica con la muerte de la sociedad. Y la persona, en cuanto persona, muere de hecho exactamente por lo mismo que muere la sociedad: por la desaparición del diálogo. Ahora bien, el diálogo -como bien ha visto, por ejemplo, M. Heidegger- no es lo mismo que el parloteo o la verborrea. Dialogar -como ya he señalado- es un arte muy difícil, por su sencillez: su realización es el ejercicio mismo de la filosofía. Por eso, lo que quiero decir aquí se puede expresar también de la siguiente manera: alguien se aburre porque su filosofía se encuentra bajo mínimos.
Muchos responderán, en este momento, que es más bien por culpa de la filosofía por lo que nos aburrimos. Pero no, aquí la filosofía podría bien decir, como la vieja canción, “yo no soy esa que tú te imaginas”, o que te han hecho creer que soy. El que se aburre es alguien que rechaza, es decir, un crítico en un cierto sentido de esta palabra. Aburrirse significa no aceptar: abhorrere, aborrecer, o, en otras lenguas, in-odiare (ennui, noia, annoyance). Aburrirse es, así, no interesarse, no practicar el inter-esse, no estar metido dentro. Inicialmente, pues, y ese era el sentido clásico, el aburrimiento iba dirigido hacia fuera, a objetos, a personas. El problema está en que, tanto más los rechazamos, tanto más nos quedamos solos, con nosotros mismos, solos con nuestra propia vida. Pero hay dos soledades: la activa y la pasiva. La primera es sólo aparente: me separo momentáneamente para ponderar y calibrar aquello en lo que estoy interesado, aquello que me gusta. La segunda es la propia del aburrido y muestra un rasgo muy característico -aunque no aparente- de él, a saber, la debilidad. El aburrimiento es una forma de debilidad, como la melancolía romántica, que se diferencia de él sólo en que esta última pone en juego la imaginación. La imaginación del pasado -nostálgica- o la de un futuro que no es dibujo de un proyecto práctico, son muestras de huida de la dureza de lo real. Pero, ¿hacia dónde huir, entonces? No queda más que un sitio: hacia mí mismo.
Aparece así el yo particular, en el romanticismo en forma de tragedia interior, y en el aburrimiento en forma de percepción pura del tiempo. El aburrido es el que percibe el pasar del tiempo, en cuanto tal, como un vacío. Es la experiencia pura del tiempo, un tiempo que carece de cualidad, de color, sonido y sabor. Salta a la vista, pues, que lo que une al romántico y al aburrido -en sus diferentes modos de ser- es la inquietante presencia interior de la negación, del vacío, de la nada. Se trata de una estrechez o angostura -angustia- propia de la falta de recursos. Uno de los primeros que la tematizó en la Europa moderna fue Pascal, como es sabido. Pascal define el aburrimiento como “vivencia de la nada del ser”, y dice -no muy bien, a mi juicio- que pertenece a “la condition de I´homme”. Después de él -y quizá más a fondo que él- ha sido Kierkegaard el autor que más brillantemente ha profundizado en esta idea. Lo aburrido es lo vacío y carente de contenido, dice en El concepto de ironía (XIII, 386, La ironía según Fichte, final), y “una continuidad en la nada”. Es “una eternidad sin contenido, una felicidad sin gusto, una profundidad superficial, un hartazgo hambriento...”.
Si al rechazar lo otro no me encuentro a mí mismo, sino que me encuentro con el vacío, eso quiere decir que para encontrarme a mí mismo tengo que hacer justamente lo contrario: aceptar lo otro, o el otro, interesarme, tomarme en serio lo otro. Pero, para poder hacerlo debo llevar a cabo un trabajo, un verdadero trabajo, muy sencillo, o sea, muy difícil: cambiar el lugar de la negación. Si antes negaba, rechazaba, lo de fuera, ponía la negación más fuera (“me hastía todo”), ejercitando así el espíritu crítico en su forma más común, ahora he de poner la negación dentro, he de negarme a mí mismo, pues esa es la condición imprescindible para aceptar al otro. En la medida en que esa negación se suele llamar humildad, es también la causa de la maduración, de la madurez. El perpetuo crítico es -como es bien sabido- el perpetuo inmaduro.
Sólo si te vacías interiormente lo otro se destaca en su ser, en su existir ante ti. Aquí entramos en el punto más difícil. ¿Por qué nos aburrimos? Porque deseamos algo que pudiera llenar nuestras aspiraciones, nos diera la paz, el entretenimiento, la aventura feliz y perpetua, y todo ello en plenitud y sin esfuerzo. Pero, de antemano sabemos -en el fondo de nuestro corazón- que eso no es posible. Entonces nos dejamos caer, nos deprimimos, nos ponemos melancólicos, nos aburrimos. Ante este problema, ante la cantidad de veces que el deseo nos muestra su engaño o su futilidad, muchos han pensado que la culpa del aburrimiento es precisamente el deseo, y que, por ello, tendríamos que suprimirlo. Así, el budismo Zen o Schopenhauer.
Pero no me parece correcto. Es otra forma de cobardía. La valentía está en aprender a desear correctamente. Querer lo que podemos desear y desear lo que podemos querer. Para saber qué y cómo debemos desear, no tenemos que suprimir el deseo, sino suspenderlo momentáneamente. Se trata de una tarea que requiere esfuerzo y valentía, porque al principio yo soy mis deseos, mi yo está aparentemente identificado con ellos. (“Quiero esto o lo otro”). Pero debo olvidar ese yo para que el otro se destaque ante mí, no como me lo imagino, sino como es. En nuestros días, ha sido Robert Spaemann (en Glück und Wohlwollen) quizá el que mejor lo ha dicho: sólo si pensamos que el otro es un cierto absoluto, una cierta realidad exístencial podemos tomarnos en serio la relación con él. Es decir: podemos y debemos ironizar sobre los sucesos de este mundo, y también sobre nuestros deseos, pero no podemos ironizar sobre la persona, ni mía ni del otro. Ahora bien, ¿qué significa aceptar a otro como absoluto y, sin embargo, relacionarme con él? Significa dialogar.
Vemos así que el diálogo tiene su origen en el esfuerzo de autonegación y en el esfuerzo de dejarse maravillar por la realidad del otro ser. Es verdad que “en la variedad está el gusto”, pero eso es sólo una parte de la verdad. La parte accidental. El mayor gusto se obtiene en la constancia, en la repetición, por el fruto que ella trae. En un texto que Christoph Kuffner, autor vienés, escribe para Beethoven, y que éste colocó en su maravillosa Fantasía coral (op. 80), se lee: “Wenn sich Lieb’ und Kraft vermählen, lohnt dem Menschen Götter-Gunst”, es decir, “Cuando se unen el amor y la fuerza, el favor divino recompensa al hombre”.
El amor y la fuerza dan lugar a la palabra en el diálogo: tengo algo que decir, porque me he vencido -la fuerza de negarme y me he llenado de lo otro o del otro, que me entusiasma. Así, puedo responder. Ese responder es un activo dar a luz en la verdad. Es una novedad, una ocurrencia, pero no caprichosa, sino originada por el encuentro con lo real, con el ser del otro. En cuanto a la filosofía es el ejercicio del espíritu que me entrena para ver el ser, lo real, la filosofía es el instrumento universal básico para el diálogo, es decir, para la existencia de la sociedad, o sea, de la persona.
El ordenador es el instrumento universal básico para la información, o sea, para el poder, pues la información es poder. Pero la filosofía lo es para la sociedad, es decir, para la humanidad, para que el hombre sea hombre.
Vemos, pues, que no hay interioridad real sin el descubrimiento de la exterioridad real y su aceptación. El melancólico y el aburrido toman la pura apariencia, no se atreven con el peso de lo real, porque tienen mucho sentimiento, pero les falta amor. Según el famoso dicho de San Juan apóstol, en el amor no hay temor. Y tampoco hay soledad. Si bien es cierto que la unión completa no es posible en este mundo, son el diálogo y la esperanza los que convierten definitivamente el regalo, el don, en algo verdadero y, aunque no pueden quitar todo encerramiento accidental, apartan, sin embargo, toda soledad esencial.
Así, y para terminar, vemos que dejar de lado el aburrimiento significa abandonar todas esas secuelas suyas tan típicas y tan magistralmente descritas por Tomás de Aquino: evagatio mentis, verbositas, curiositas (afán inmoderado de novedades), importunitas (dispersión), inquietudo, instabilitas loci vel propositi.
Además, el torpor, o embotada indiferencia ante lo grande, la pusillanimitas, o espíritu pequeño, la maldad o la desesperación. En realidad, el aburrimiento es una desesperación encubierta. Para no aburrirse, en suma, hay que seguir los tres pasos adecuados de toda vida, sea profesional, deportiva, familiar, religiosa, etc. Antes de nada, hay un primer deseo que despierta nuestra atención. Pero enseguida vemos que lo deseado no nos llena, que su apariencia era engañosa en parte. Si por debilidad, debida a la excesiva juventud o al descuido -el descuido nos hace dejar de lado el entrenamiento que fortalece-, abandonamos el interés por lo deseado -ya que nos frustró-, caemos primero en el aburrimiento, y luego en la desesperación quizá.
Pero si, tras el primer deseo, ponemos la constancia, entonces realizamos el segundo momento: la studiositas. El esfuerzo del estudio, que -como el origen latino de la palabra indica- significa mirar algo con amor.
El que tiene deseo y añade estudio, el que tiene buena disposición y con esfuerzo adquiere escuela, oficio, ese está en condiciones de recibir el favor divino, de llegar al tercer momento: descubre infinitas novedades -tras pasar por la autonegación del estudio- en aquello que primero sólo era el brillo fugaz de un deseo inicial.
Consigue así, gracias a una filosofía verdadera, es decir, que se demuestra en la vida, y que es, por tanto, también práctica -filosofía práctica-, un diálogo, que le da la alegría permanente. No superamos de verdad el aburrimiento por la excitación de la guerra -que es una pseudofiesta-, ni por el frenesí -con eso sólo conseguimos un mal olvido-, sino por la verdadera fiesta del espíritu: estar con Dios, los hombres y la creación entera. 2000
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Alegría y cruz en el adolescente

¿Es el dolor piedra de toque de toda la estructura vital de la persona? En ese caso, la respuesta ante el problema del sufrimiento hará que la balanza de los sentimientos vitales se incline hacia la esperanza (la alegría de vivir) o hacia la tristeza (el desconcierto de lo absurdo). Vamos a ver algunos aspectos del contacto que la adolescencia y la juventud toman con él, en momentos particularmente importantes para descubrir el sentido de la vida. En definitiva, queremos acercarnos al misterio de la relación que tiene el sentido de la cruz con la alegría.
1. Incógnitas de juventud. Escribía una chica: "Tengo veintidós años, juventud y fuerza para vivir, pero en muchas ocasiones me siento indiferente y alejada de los demás. Río, pienso, disfruto y sufro pero no soy uno de ellos, tarde o temprano he de huir; no sé por qué pero encuentro una barrera, como un muro... trato de ser sociable pero vivo añorando mis largos paseos por la playa o por el camino, dejo de tocar con los pies en el suelo y me alejo de las personas. Me siento atada a las personas y ahogada por ellas al mismo tiempo, qué paradoja. Creo que no sé vivir. Necesito espacio, aprender a expresarme, vencer mi timidez día a día, pero una y otra vez meto la pata, pierdo las oportunidades, se pasa el tiempo... y quisiera saber la causa de la tristeza que a veces siento en mi interior, quisiera saber por qué esa indiferencia y vacío que me impide pensar, sentir, vivir; quiero saber si sé amar... pero no sé bien qué es lo que busco, y además, ¿por dónde empezar? ¿por dónde?"
La protagonista de estos pensamientos refleja bien, junto con una inseguridad que arranca de la adolescencia, una lucha por la vida, una apertura a la esperanza. Junto al "miedo a vivir" que se experimenta en el paso de la adolescencia a la juventud, tiene las tentaciones de refugiarse en uno mismo y en las fantasías, quizá imaginando una historia en la que nosotros somos los protagonistas incomprendidos y despreciados por el momento, "pero llegará el día que podremos demostrar el talento oculto, y un acto de servicio a los demás que podrá ser heroico, y entonces los demás reconocerán nuestros méritos..." ¡qué bien se está ahí, en estas fantasías! "¡Quién pudiera prolongar esos sueños!", pero el tiempo castiga...! y si uno se encierra en ese "éxtasis", no vive, en realidad se encierra en su torre de marfil, alejado del mundo y de los demás. Hay que bajar del éxtasis, salir del dulce sueño y tomar partido en la batalla de la vida.
2. ¿Por dónde empezar? Las preguntas de la chica "¿cómo, por dónde empezar? ¿y sé amar?" no pueden quedar sin respuesta: "empieza a amar, deberíamos decirle a esta persona necesitada de convicciones, ábrete a los demás, ayuda a alguien, no huyas, tira ese mundo que en realidad no es más que un engaño. Ese obstáculo que tanto te separa de los demás -convéncete- es imaginario, está sólo en tu cabeza. Mete la pata las veces que sea necesario y caliéntate al fuego de la esperanza, ríete de ti misma y no te congeles por el hielo del aburrimiento, el miedo al sufrimiento y a la acción, y no te pierdas más en ese mito irreal lleno de vanas complacencias..."
Aburrimiento y soledad en el joven. ¿Cómo se da en el joven esta soledad existencial y afectiva, ese aburrimiento? Si no tiene alguien con quien comunicarse de verdad, con quien confiar, la soledad que a la persona en lo más íntimo de su alma; y al parecer hoy día más: se crean unos problemas subjetivamente inmensos de incomprensiones, incomunicabilidad, aislamientos, individualismos, tristezas, ansias, angustias, sentirse abatidos, desánimos y depresiones... como la abulia, este mal que lleva a no conseguir hacer nada, no encontrar gusto a nada, esta insatisfacción que les lleva a exclamar "no encuentro sentido a la vida, tengo nauseas de todo, todo me es indiferente". En este contexto, hay formas de alienación que encuentran ahí campo de cultivo para su desarrollo: la publicidad fácil, el "escape" a través del alcohol, sexo o droga. Y cuando el erotismo prevalece sobre la persona, ésta pierde la alegría, se vuelve enseguida infeliz, con consecuencias desastrosas... a menos que no intervenga una particular fuerza que lo conmueva, le cree el "transfert", el entendrecimiento, el "desbloqueo afectivo". Y es que puede la persona caer por un deslizamiento ya descrito en esa infernal ruina afectiva; y reparar el mundo afectivo es difícil, porque la persona afectada, llevada por esa esterilidad va tras unos proyectos personales, ambiciones y pretensiones que le endurecen el corazón, le obstinan. Todo es motivo de descontento, y la desconfianza toma cuerpo como forma de esconder la incapacidad de resolver los problemas personales, y se quiere jugar a hacer el papel de víctima, y al mismo tiempo se hace de espectador ante su propio caso.
En su intimidad solitaria, el adolescente se experimenta a sí mismo, y a la medida que sus aspiraciones se hacen más realistas, menos utópicas, va madurando el carácter y su adaptación al medio, y un contacto social más estable y constante. Pero en muchas ocasiones aparece también el cuadro descrito de aburrimiento, acompañado a veces de un cierto sentimiento de inutilidad. Es necesario entonces experimentar que la vida es lucha, y que afrontando las cosas se vence, hay que vivir la propia vida y decidir lo que hay que hacer en cada momento, aun con riesgo de equivocarse; el aburrimiento está unido a la falta de un plan, a la carencia de un programa, a la ausencia de un proyecto. Es sinónimo de inseguridad, de desconfianza en sí mismo...
Este aburrimiento se esconde en muchos jóvenes bajo formas de activismo, situaciones divertidas o entretenidas, como formas de escape. En ellas no se busca la cosa en sí, sino el frenesí o excitación que la búsqueda comporta, y quizá va a la discoteca buscando un "algo" extraordinario, que nunca llega. Dice el prof. Polaino que en las situaciones divertidas el sujeto se vierte y escapa de los sentimientos de inutilidad, pero ya Kierkegaard advirtió que el aburrimiento mismo es una forma existencial de desesperación, de uno mismo, pues uno mismo es lo que aburre, al estar vacío. Es una forma análoga a las situaciones de frustración radical porque hagas lo que hagas no consigues realizarte a ti mismo, no hay auto-posesión, no se tiene a sí mismo, no hay capacidad de auto-donación por tanto y al no compartir hay experiencias de soledad. La diversión es un elemento importante del bienestar emocional, pero esa idea depende en gran medida de la educación de cada persona, de su cultura y sus ideales, valores y objetivos para la vida.
3. La soledad y la tristeza se evitan cuando hay un "tú". El hombre es, por naturaleza precisamente, un ser indigente, no acabado. No se realiza cuando está encorvado sobre sí mismo, como hemos visto, metido en sí (ensimismado) sino cuando está abierto al tú (entusiasmado). Imagen de Dios, que es comunión, sólo se realiza cuando se sale (cuando está en éxtasis, a imagen de Dios que se da de continuo). Entonces se funda un "nosotros". Y esto supone saber elegir compromisos con los demás, es estar dispuesto a asumir las responsabilidades que se desprenden de esta vinculación. Entonces también hay un mayor conocimiento de uno mismo, pues somos un proyecto de compañía, de cierta donación de uno mismo, de amistad, de amor. Se descubre entonces que la persona se autorealiza en la medida que contribuye a la realización de los demás, que nadie se autorealiza a sí mismo en solitario. La amistad supera el egoísmo utilitarista en las relaciones de unos con otros: no son amigos aquellas personas a las que "utilizamos" como compañía de diversión o únicamente para pasárnoslo bien y sólo cuando nos conviene; tales personas son, a lo sumo, "muletas afectivas" para nuestro entendimiento egoísta. Y la amistad es necesariamente otra cosa. De repente uno se da cuenta de que «alguien» ve las cosas igual que nosotros y se exclama: "¡Es bueno que existas!". Pero los amigos no se miran a los ojos, y a diferencia de los amantes apenas hablan de su amistad; su mirada está dirigida a las cosas que a los dos interesa (como decía F. Salinas Alonso, en "La amistad", en colección "Mundo Cristiano"). Un amigo es un tesoro.Y allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón, a decir de la Escritura. La amistad es una de las formas de manifestarse el amor, y como todas ellas, es algo que el hombre experimenta como maravilloso. Según Pieper, el amor consiste en aprobar y afirmar lo que ya estaba ahí. Amar algo o alguna persona es ponerse delante suya y decirle: "Es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo". Y necesito esta forma de amor. Necesitamos de amigos a pesar de que en los momentos bajos pensemos si no sería mejor, más hermoso, no necesitar de nadie; pero enseguida vemos que no es un sentimiento interesado. Que amar consiste más que en recibir, en dar, esto está muy enraizado en el joven. Y buscando la felicidad del amigo estoy encontrando la mía también. En esto consiste lo maravilloso del amor. No busco mi felicidad sino la del otro. Pero a la vez soy feliz yo también. «Todo amor verdadero carece de cálculo -dice San Bernardo- y sin embargo tiene un pago; incluso únicamente puede recibir ese pago si no lo ha incluido en sus cálculos. Quien, como pago del amor, sólo piensa en la alegría del amor, la recibe. Pero el que busca otra cosa que el amor .mismo, pierde el amor y también la alegría"
4. La compañía de Dios. Cuando estamos "sin hacer pie" en el mar de nuestra vida, desencantados e inseguros, no quedamos en la estacada pues en aquella contrariedad intuimos que hay algo, tenemos una experiencia que puede llegar a ser un cierto conocimiento vago por lo menos, algo aunque sea confuso, de que la vida nuestra está siendo sostenida, por Alguien que nos ama. Esto hace que por encima de la soledad esté la compañía, el descubrimiento de Dios en lo interior, “Dios es más interior a mí que lo más íntimo mío” (S. Agustín), y ese encuentro es siempre fecundo y es un tipo de comunicación único que desvanece toda soledad como la niebla con el sol. En el camino de la soledad a la comunión se pasa por un descubrimiento de la interioridad, cierta voz interior, y los que optan por la trascendencia oyen el eco de esa voz que lleva a zambullirse en la interioridad más íntima.
5. Jesús y la verdadera alegría. La persona humana tiene cuatro pasiones principales: alegría, dolor, esperanza y temor. La alegría no sólo es una virtud sino que podemos tomarla como una terrible pasión; y los desbarajustes que acontecen en la existencia del hombre se cometen por culpa de una alegría mal entendida. En palabras de Manzoni, "lo importante no es estar bien, sino hacer el bien; así acabaríamos por estar mucho mejor". Decía Mauriac que "es necesario restituir a los jóvenes el gusto de la felicidad", y esta tarea es cada día más urgente. Para ir no detrás de los señuelos falaces sino tras una felicidad verdadera, hemos de situarnos delante del Crucificado (me gustaron mucho unas consideraciones del congreso romano Potencia de Dios y salvación del hombre, sobre la Cruz, en 1985).
"La alegría es el secreto gigantesco del cristiano", decía Max Anselmi, una alegría no hecha de risas huecas y alcohol (evasión). "Es necesario restituir a los jóvenes el gusto de la felicidad" (Mauriac). ¿No será verdad que Cristo es quien hace posible nuestra alegría, la cual es un patrimonio de los cristianos?
Quizá tenemos clara esta experiencia: ante la alegría verdadera, todas las demás son sustitutivas, vagas, y nos despistan, no llenan (son "secundarias" que se revelan como ilusiones falaces). Este último sorbo del segundo milenio ha de ser una espera renovada, un adviento activo: cuando se ve al verdadero Cristo, estalla la alegría. No hay bastante con los consejos, es necesario el arrodillarse.
6. Para ayudar: más que consejos, invitarles a arrodillarse.
Al contemplar en la juventud tantos que buscan sin encontrar, impacientes ante angustias e incertidumbres, a tantos que no afrontan el misterio de la vida y se deja llevar por la dictadura de la mayoría... podemos exclamar con quien siente el peso de jóvenes que dependen de él: "¡pobre juventud! ¡qué pesado es llevar, en algunos momentos, el peso de los demás! Confidencias, palabras de aliento, buenos consejos, invitaciones al heroismo, que hay que encontrar a cualquier coste, todas ellas cosas que se conocen como verdaderas, pero que en aquel preciso momento el corazón no siente. Sería necesario poder no decir nada, invitarles a arrodillarse" (Mauriac, Sofferenze e felicità del cristiano, en Cinque voli dell´angoscia, Reggio Emilia 1979, p. 136). El profeta Isaías (66, 10.12) nos sugiere el modo de tener ese entrar en lo más profundo ante la grandeza de Dios, estar arrodillado es una situación de lucha, un tiempo de combate para conquistar la alegría, para hacer acopio de felicidad y una vez represada poder transmitirla a los demás, a quien tenga de ella necesidad, a todo el que nos la pida como agua de consuelo y de vida. "El cristiano, desde que es penetrado pla gracia, es una persona que comienza... que descubre en primer lugar la alegría de nacer... a la gracia, la alegría de un niño que entiende al mismo tiempo que es puro, que es querido, que ama, y que este amor, para ser saciado, tendrá la vida eterna" (Mauriac, ibid, pp. 132-133). Es verdad que no es completa esta felicidad aquí incoada, ya nos dijo San Pedro que por ahora nos encontraremos un poco afligidos (Carta 1, 1, 6 ss).
Pero seremos testimonios de este árbol de la vida por el que la alegría ha venido al mundo, que es la cruz. Hemos de reconducir la afectividad de tantas personas hacia el misterio de la cruz, enseñar a arrodillarse, a aprender a "descargar" ante Jesús crucificado toda esa carga... y con los Sacramentos, tocar a Jesús, quedarse curado. En esa soledad acompañada con Jesús, se reencuentra la alegría. Sí, la cruz es signo +, un signo positivo, de esperanza.
7. "Tú puedes": tiempo de ideales y de luchas. La cruz nos anima a ser optimistas, hijos de Dios, y nos lleva a habituarnos a hacer elecciones positivas, no desanimarse sabiendo que lo importante no es que todo salga a la primera, sino luchar, repetir los ejercicios. Esto sirve para las elecciones en las artes estéticas, que conviene cultivar (pintura, poesía, cuidado del cuerpo), y también el deporte (superación de metas cada vez más altas), todo esto nos ayuda a completar una personalidad armónicamente alegre (también la ecología, la educación, empeño en los estudios o en el trabajo, en la labor social donde podamos comprometernos...). Lo importante es tener intereses, valores, y el que no los tiene ha perdido la juventud.
Pero además, esta lucha ha de llevarse a lo espiritual, y donde hubo elecciones negativas ahora, en este combate que es situarse ante Jesús, surgen ahora elecciones positivas que las contrarresten y lleven al alma hacia un profundo sentido de los valores, un clima que comprende los variados niveles y ámbitos de vida y de actuar, que surgen de esta unión con Cristo, de ese renacer en Cristo, de estar "contentos en la esperanza" (Romanos, 12, 12), de la sabiduría de la Cruz: como decía V. Frankl, a) tener un ideal que resuma las ideas y proyectos, el sitio que ocupamos en la historia (ser Cristo, hijo de Dios y vivir como tal), b) capacidad de amar, estar realizado a nivel de afectos, de amistades y compañías (el Amor), c) capacidad de sacrificio, ese combate que es la cruz, esas opciones positivas que cuestan y que serán pequeñas menudencias que forjan nuestra voluntad en los detalles de servicio en la familia, en el trabajo y el descanso (lecturas y conversaciones, música y diversiones...).
8. La vida es una aventura emocionante. Todo esto es edificar en la alegría, en esa vida con sentido, esa aventura de encontrarse existiendo (Jesús Arellano acuña este término), en la que la cruz es la sal de cada plato: volviendo al afán de evasión de muchos, el joven ha de comprender que en realidad no hay que huir de la vida ordinaria para tener esa vida llena, sino vivir el "aquí y ahora: puedo autorealizarme al darme a mí mismo, al estar dispuesto a esa aventura de la vida. previene toda soledad porque es ella misma radical compañía.
Es Juan Pablo II quien nos recordaba: "tratad de conocer a Jesús de modo auténtico y global. Profundizad en su conocimiento para entrar en su amistad. Sólo el conocimiento de Jesús os puede dar la verdadera alegría, no la egoística y superficial; el conocimiento de Jesús es el que rompe la soledad, supera las tristezas y las incertidumbres, da el significado auténtico a la vida, refrena las pasiones, sublima los ideales, expande las energías hacia la caridad, ilumina las opciones decisivas". Así se lee en La imitación de Cristo: "Cuando está presente Jesús, todo es bueno y nada parece difícil; cuando Jesús está ausente, todo resulta gravoso. Cuando Jesús no habla interiormente, el consuelo no vale nada; en cambio, si Jesús dice una palabra tan sólo, se siente un gran consuelo... ¿qué puede darte el mundo sin Jesús? Estar sin Jesús es un infierno insoportable, y estar con Jesús es un dulce paraiso. Si Jesús está contigo no hay enemigo que pueda hacerte daño" (libro 1, capítulo 2, 1-2).
Llucià Pou Sabaté
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"Hacer ejercicios espirituales" - la duda sobre si se debe decir el verbo griego meletáo (como alguien sugiere) o meletán (como viene en el DRAE). En el primer caso se dice por la primera persona del singular del presente de indicativo y en el segundo se utiliza el infinitivo. Pueden defenderse ambas formas, que también se siguen para el latín. En español manejamos la forma del indicativo para los verbos en nuestra lengua. Se añade que el diccionario Griego-español de Florencia I. Sebastián Yarza, meletáo se ordena por esa entrada. Es un verbo curioso que comprende la acción de estudiar, pero en la dimensión de ejercitarse para un trabajo o un deporte. Quizá se acerca al sentido que tiene en español "preparar una oposición" o "hacer ejercicios espirituales".
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DIEZ DIAS DE EJERCICIOS
S U M A R I O Guía espiritual Consejos previos 1. La oración 2. El acompañamiento 3. El esfuerzo espiritual 4. El itinerario
Textos con miras a la oración de estos días
Dia 1º - designio de Dios y respuesta del hombre
(Principio y fundamento)
Plan del día: ¿por dónde comenzar? Para la oración de este día Discernimiento al fin de la jornada
1º etapa – llamada a la conversión
Dia 2º en las profundidades
Plan del día: la revelación del pecado La "meditación" Para la oración de este día Primeros pasos en el discernimiento Advertencias al fin de la jornada
Día 3º - orar a Jesús
Plan del día: Jesús Salvador Para la oración de este día Asimilación de esta oración. La repetición. El examen El sacramento de la penitencia Al fin de estos dos días: discernimiento
2º etapa- de la conversión a la misión
Plan del día: la contemplación del Reino La llamada de Jesús Para la oración de este día Discernimiento del fin del día
Día 5º - María, o la respuesta perfecta
Plan del día: los misterios... el de María La contemplación Para la oración de este día Afinamiento y simplificación de la oración El discernimiento en esta contemplación
Día 6º - el discernimiento: el estilo de Cristo Plan del día: la sabiduría de Cristo. La lucha entablada La oración para pedir "ser admitido" Para la oración de este día La regla para nuestra elección: los dos criterios (333)
Día 7º - educación para el discernimiento_ la elección Plan del día: manera de elegir Disposiciones para la elección ¿Cómo se hace la elección? Aplicaciones Para la oración de este día Al final de estos cuatro días
3º etapa – Cristo vivo en la Iglesia Plan para este día: en unión con Cristo Para la oración de este día
Día 9º - en las fuentes del ser y de la vida – la Pasión Plan para este día: sentido de la vida y de la muerte Oración ante la Pasión La dificultad: el muro Para la oración de este día
Día 10º - el hombre nuevo – Cristo resucitado Plan para este día: una transformación La oración ante Cristo resucitado El retorno al principio Para la oración de este día
El final de la experiencia 1. Balance e intercambio final 2. Conservación de la experiencia 3. La vida de discernimiento: el examen 4. La Contemplación para alcanzar amor [230-237] 5. Para esta contemplación
La renovación de la experiencia
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Guía espiritual
¿«Cómo reflejar en el papel la evolución de una vida», la de los ejercitantes y la de aquel que les acompaña? Esta era la pregunta que yo me hacía cuando, hace ahora unos diez años, publicaba este libro que ahora se me pide reeditar. ¿De qué se trata, en realidad? De ayudar a los demás a evolucionar, a vivir, a amar, a crecer en libertad para mejor entregarse a la gracia del Espíritu y, de ese modo, cumplir su misión en la Iglesia y entre los hombres. Este libro es de un carácter muy particular. No está destinado tanto a ser leído cuanto a ser practicado. Y practicado con la ayuda de una persona experimentada, a fin de evitar errores metodológicos. Es el itinerario de una experiencia; es una guía espiritual. No conviene buscar en él un desarrollo lógico, como si debiera ser leído de principio a fin. Hay que abrirlo según la necesidad del momento, para encontrar en él la animación del espíritu y algunos consejos apropiados. Su estilo pretende ser el de los «apotegmas» de los Padres del desierto: una serie de pensamientos, ya de por si condensados, que condensan a su vez una experiencia vital e invitan a acceder a una realidad siempre presente, pero de la que no solemos preocuparnos de ordinario. Una vez despertado tu espíritu, una vez recibido el consejo, cierra el libro, olvida lo que has leído y deja que la oración brote en tu corazón. El conjunto constituye un «retiro», como solemos denominar a esos días que nos tomamos de vez en cuando para recobrar el sentido de lo esencial. Pero, ¡cuidado!, no estereotipemos la experiencia. Si me preguntas: ¿«Qué tengo que hacer»?, me veo obligado a responderte: Descúbrelo tú mismo... Este libro puede ayudarte a ello». Un «retiro» no es una serie de ejercicios, fijados de antemano y de una vez por todas, que bastara con seguir fielmente para sacar de ellos el fruto esperado. Aun cuando se haga en grupo, requiere una creación personal: la de un ser que vive y que busca la voluntad del Espíritu. Quien se sirva de este libro aprenderá a presentarse por sí mismo delante de Dios, ya sea que haga el retiro con otros o lo haga solo y «en la vida corriente», como afortunadamente va siendo cada vez mas habitual. El hilo conductor de la experiencia lo constituyen los Ejercicios
Espirituales de san Ignacio de Loyola. Pero es preciso aclarar en que espíritu se toman los mencionados Ejercicios, cuyo fin consiste en conducir a la libertad espiritual a quien los hace. Los Ejercicios
contienen una serie de consejos y un «itinerario». Podríamos decir que son unas reglas para hallar la libertad. Es decir, que quien los considere como una especie de «grilletes» que impiden la libertad de movimiento, es que no los ha comprendido. Del mismo modo que el músico se somete a un método para permitir que brote la inspiración, así también quien se somete a la escuela de los Ejercicios recibe una serie de reglas y de consejos con el único fin de que pueda descubrir la libertad de servir y amar a Dios en todas las cosas. Y podré constatar que el camino seguido es bueno para esa libertad y esa paz que en ellos va detectando. Este hilo conductor querría aplicarlo yo especialmente a la Escritura. Desde que comencé mi actividad pastoral, siempre tuve presente el consejo que me dio un profesor de un seminario que hizo los Ejercicios conmigo. «Debería releer la Biblia con los ojos de un ejercitador de Treinta Días». y así lo he hecho. Y me ha servido de inestimable ayuda. He llegado a redactar un librito de cien páginas, Biblia y Ejercicios, que nunca he publicado, pero que me inspira continuamente. De hecho, no veo como podría encontrarme a gusto en unos Ejercicios sin esta constante referencia a la Palabra de Dios y sin tener en cuenta la gran Tradición espiritual de las Iglesias Oriental y Occidental que la comentan. Entre los frutos que los ejercitantes que he conocido en tantísimos años me dicen haber sacado de los Ejercicios, destacaría estos dos: la libertad para resituarse ante Dios, suceda lo que suceda, y el gusto de orar con la Escritura. Nada puede agradarme tanto, porque ello expresa lo que siempre he intentado al desempeñar mi ministerio. Llegará el día en que, tras haberse servido de estas páginas, el ejercitante ya no sienta la necesidad de recurrir a ellas. Le bastará con el libro de la Palabra de Dios, del que ya no podrá prescindir y en el que no dejará de descubrir el camino que le conduce a Dios.
A los catorce años de haberlo escrito, he releído este libro en orden a su reedición. Y he descubierto que conserva su valor tal como está. Lo único que he hecho ha sido rehacer las primeras páginas de consejos previos. Por lo que se refiere al resto, he mantenido la presentación en días o jornadas, con sus respectivas notas de orientación general, sus advertencias acerca de la oración, sus textos bíblicos para ayudar a la misma y, por ultimo, sus consejos referidos al discernimiento. Cuando publiqué estos «Diez Días» por primera vez, me preguntaba si no seria conveniente facilitar también las notas de las que me sirvo para dar los Ejercicios de Treinta Días. Hoy ya no me hago esta pregunta, porque la presente «Guía espiritual. puede servir perfectamente para ese fin. La materia es la misma. Lo único que difiere es el ritmo, que ha de ser ralentizado en orden a una asimilación más profunda. Para acabar, quisiera repetir lo que dice Ignacio al presentar su libro de los Ejercicios: todo esto no son más que ejercicios, ensayos, sugerencias, invitaciones a caminar y maneras diversas de disponerse a la acción del Espíritu «para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de la propia vida» [EE, 1]*. ........................ * En adelante, todas las citas que aparezcan entre [...] se referirán a la numeración del texto de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio.
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Consejos previos
En estas primeras páginas nos limitaremos a dar una serie de consejos previos que retornaremos y desarrollaremos a lo largo del libro. Pero conviene tener desde el principio una visión de conjunto de los mismos, porque constituyen el fundamento pedagógico de los Ejercicios. Tales consejos se refieren, a la vez, a la oración, a la ayuda que debe esperarse del ejercitador, al esfuerzo exigible al ejercitante y al itinerario que se propone. Es importante tomarlos como lo que realmente son: un simple medio para disponer el corazón. Lo esencial es la acción del Espíritu Santo, en la que el hombre no debe tratar de interferirse mediante un esfuerzo de la voluntad o de la mente. Tampoco bastaría con una enseñanza meramente externa. Nadie puede hacer por otro una experiencia del amor. El misterio del encuentro no deja de ser un secreto de cada uno. «Entra en tu cámara, dice Cristo, donde el Padre ve en lo secreto» Es la ley de todo amor, tanto del amor a Dios como del amor a otra persona. Cuando te dispongas a acogerlo, cierra tu puerta con llave, ama y haz lo que quieras. En suma: se trata de prepararnos a recibir algo que no procede de nosotros y sin lo cual, no obstante, la vida no es vida. ¿Quién puede vivir sin amar? ¿Qué cristiano puede vivir sin buscar a Dios y su voluntad? Y, sin embargo, no puedo proporcionarme a mi mismo aquello de lo que más imperiosamente tengo necesidad. Esta constatación es el punto de partida de toda la experiencia. ¡Ven, Señor, a colmar el deseo que Tú mismo has despertado en mi! Esta serie de consejos pretenden ponernos en el camino de las disposiciones que le abren a uno a la acción del Espíritu; de un modo particular, pretenden enseñarnos a aceptarnos a nosotros mismos. Lo cual dista mucho de la resignación pasiva. La aceptación de uno mismo se corresponde con la indiferencia exigida por san Ignacio para entrar en los Ejercicios. Ya iremos aclarando poco a poco su naturaleza. De momento, digamos al menos que es, a la vez, apertura al futuro, confianza en Dios, relativización de todas las cosas con respecto a lo esencial, y deseo de ser «campo de experiencia del Espíritu Santo» (Teilhard). No sé lo que resultará de todo ello, pero me ofrezco por entero, en la seguridad de que Dios está siempre conmigo... ________________________
1. LA ORACIÓN – ORAR / CONSEJOS: Lo importante en la oración es comenzar como es debido. «Antes de entrar en la oración, repose un poco el espíritu, asentándose o paseándose..., considerando a dónde voy y a qué» [239]. En estos primeros momentos, hay que apaciguar el cuerpo, concentrar el espíritu y abrir el corazón. Hay que hacer realidad el «Descálzate» dirigido a Moisés (Ex 3,5) y el «cerrar la puerta» del Sermón de la montaña (Mt 6,6). Muchos imaginan que el preparar la oración consiste en fijar un tema y concretar los puntos, como si se tratara de hacer a continuación una disertación según el plan previsto. De ese modo hacen de la oración una operación intelectual. Lo que conviene es, sencillamente, fijar la atención del espíritu en tal o cual punto, a fin de no quedarse en vaguedades. «Por dónde comenzar», dice con mucha frecuencia san Ignacio. De este modo el espíritu conserva la paz, sin andar «mariposeando» aquí y allá. A este objeto proponemos textos escriturísticos, no para que se tomen todos ellos, sino para que cada cual escoja el que más le convenga y no deje a su espíritu errar sin rumbo. Hay ejercitadores que quieren decirlo todo, con lo cual atiborran el espíritu y no dejan sitio al Espíritu Santo. Y hay ejercitantes que hacen lo mismo: desean que se les ofrezcan múltiples explicaciones, al objeto de asegurarse materia abundante o prevenir el aburrimiento. Unos y otros olvidan el objetivo de estos preparativos: dejar «que el mismo Criador y Señor se comunique a la su anima devota, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndole por la vía que mejor podrá servirle adelante» [EE, 15]. El cuerpo desempeña su propio papel en esta preparación. Su postura no es algo indiferente en relación a la calidad de la oración. No es preciso ser un ferviente partidario del «yoga» o del «zen» para experimentarlo. Basta con que nos fijemos en nuestro propio trabajo: éste nos resulta tanto mas fácil cuanto mas distendido está nuestro cuerpo. Por eso aconseja Ignacio «entrar en la oración, cuándo de rodillas, cuándo postrado en tierra, cuándo supino rostro arriba, cuándo asentado, cuándo en pie, andando siempre a buscar lo que quiero» [EE, 76]. Si una determinada postura me va bien, ¿por qué cambiarla? Una vez apaciguados el espíritu y el cuerpo, resulta posible la verdadera atención, la que puede ser duradera porque no fatiga. Hay motivos para preguntarse si todo marcha como es debido cuando entramos en la oración tensos y nerviosos. La tensión es señal, muchas veces, de que nos fiamos únicamente de nuestro propio esfuerzo y no sabemos de veras lo importante que es estar distendido para conseguir hallarse más presente. Es el momento de cambiar nuestro proceder. Cuando hemos conseguido serenar todo nuestro ser, conviene pedir a Dios lo que deseamos: el don de entender las cosas y el gusto interior que nos permite penetrar en ellas con el corazón. «¡Ojalá descendieras, Señor! ¡Ven, Señor, ven a visitarnos!»: esto es lo que, bajo diversas fórmulas, piden los orantes en la Biblia. En este sentido, las oraciones litúrgicas nos sirven de estupendo modelo. ¿Por qué no servirnos de ellas al principio de la oración? Esas oraciones despiertan y educan el deseo, y responden perfectamente a lo que observa Pablo: «EI Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26). Muchos de nuestros intentos de orar resultan vanos porque no dejamos que se exprese así el deseo en nuestros corazones. «Pedid y recibiréis», dice el Señor; pero inmediatamente antes había dicho: «Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre» (Jn 16,24).
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ORAr/LECTURA: Son muchos los que se sienten paralizados ante la idea de permanecer una hora en oración durante tres o cuatro veces al día. Por supuesto que es importante no lanzarse a la aventura sin haber caída en la cuenta de qué es lo que nos hace capaces de perseverar en la misma. Unos se imaginan la oración como un encuentro silencioso con Dios, y por ello desprecian los libros o las ideas que se les proponen; a otros les da miedo «abandonarse» y necesitan tener un libro a su alcance. Pero, en realidad, la oración es fruto de una tensión entre dos elementos opuestos que, poco a poco, van armonizándose: la lectura y la plegaria. Lectio et oratio, ha dicho siempre la Tradición. La lectura es necesaria; pero no cualquier lectura. Se nos ofrecen muchos libros que, según me temo, nos alejan de la oración o nos quitan las ganas de orar. De hecho, no conozco más que un libro plenamente apropiado: el de la Palabra de Dios. Y ello con tal de que no lo convirtamos en un objeto de estudio. La exégesis y la teología son útiles, pero únicamente para preparar el camino. Llegado el momento de orar, el libro ha de ser tomado como si de un sacramento se tratara. A través de las múltiples palabras y los diversos relatos, que son otros tantos signos sensibles de una realidad invisible, intento escuchar la única Palabra, la del Verbo, que, a través de su carne, me conduce a la Divinidad. No me detengo en el detalle más o menos curioso, sino que prescindo de esas cuestiones que excitan mi curiosidad. En la fe de mi corazón que desea y en la presencia del Dios a quien busco, recibo la palabra que debe alimentar mi oración. Leo, naturalmente; pero lo hago en la tranquilidad propia de un espíritu que está seguro de que Dios desea encontrarse con él. Leo el tiempo necesario para que mi ser quede penetrado de lo que leo y para poder repetírmelo a mi mismo sin esfuerzo. Cuando la palabra me ha agarrado suficientemente, entonces la oración sucede a la lectura. Al igual que esa joven que, en el pórtico norte de la catedral de Chartres, representa la vida contemplativa, también yo experimento la necesidad de cerrar el libro y «rumiar»a lo que he leído o, mejor, a imitación de María, meditar las cosas en mi corazón. Porque, como dice Ignacio, «no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» [EE, 2]. El salmista evoca frecuentemente ese momento en el que el orante, a lo largo de sus noches en vela, repite con deleite el nombre de Dios o un determinado pasaje de su Ley (Ps 62; 118; etcétera). Poco importa el nombre que haya que dar a esta oración: meditación, contemplación, aplicación de sentidos, modos de orar... Nos hallamos bajo la acción del Espíritu, que nos hace gustar la palabra para que se convierta en nuestra luz y nuestra fuerza. Verificamos lo que, en su Primera Carta, llama Juan «la unción del Santo» (1 Jn 2,20), por la que la palabra proferida en el exterior y recibida en la fe se nos transforma en interior, haciendo inútil toda enseñanza. Algo así es lo que acontece en ese paso de la lectura a la oración. Al mismo tiempo, la tensión entre ambos actos—la lectura y la oración—es lo que hace verdadero o no aquello que acontece. La Palabra es recibida como una norma objetiva, una regla de fe. La oración nos permite penetrar en ella de tal manera que se nos convierta en personal. Pasando sin cesar de una a otra, voy progresivamente descubriendo lo que el Espíritu realiza en mí, sin necesidad de correr el riesgo de fiarme de mis sentimientos o de mis interpretaciones subjetivas. Llegado el momento, ese sentido interior que el Espíritu forma en mi me permitirá conocer con certeza, gracias al «olfato» que en mi va desarrollando, hacia dónde me inclina la voluntad de Dios. De este modo, al despertar el sentimiento, la oración no me hace replegarme en mis estados anímicos. Si así lo hiciera, es señal de que no es una búsqueda de Dios. Gracias a esa constante transición de la lectura a la oración y de la oración a la palabra, hay en la verdadera oración algo denso, compacto, sólido, que permite acceder a la vida de fe y habitúa al ser humano a dejar de considerarse el centro y a juzgarlo todo según el superior criterio de la voluntad de Dios.
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Y del mismo modo que hay que comenzar como es debido, también hay que acabar debidamente, llegado el momento. San Ignacio habla, a este propósito, del «coloquio., que «se hace, propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su señora [EE, 54]. E! prototipo podría serlo la conversación de Moisés con Dios, a propósito de la cual se nos dice que «el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. (Ex 33,11). O mejor aún, la conversación de Jesús con su Padre, cuando se retiraba a orar al desierto. Es la oración del corazón. Al principio se invitaba al espíritu a apaciguarse, para que el corazón pudiera abrirse a la palabra y gustar a Dios; al final, se invita al corazón a apaciguarse igualmente en el sentimiento que Dios haya despertado en él. Es una conversación en la que cada cual habla o se calla, según prefiera, pero siempre desde un inmenso respeto por el amor. En este momento no hay reglas que valgan. Cada cual es para si mismo su propia ley; cada cual descubre el modo concreto en que Dios se le comunica. El lenguaje de la oración se convierte en el lenguaje de la libertad, del amor y de la relación. Y al final, viene el silencio en la oración, la admiración y el agradecimiento
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ORAr /PERSEVERANCIA: Hay una ley elemental en el arte de orar: la de la perseverancia. Dudo de que alguna vez lleguemos a saber lo que es la oración si no nos hemos decidido a pagar el precio exigido: perseverar en ella y volver sobre ella una y otra vez, sean cuales sean las dificultades que se encuentren en el camino. Y las dificultades las hay de todo tipo, y hasta pueden ser contrapuestas. Unas veces es el entusiasmo, que nos hace concebir proyectos ilusorios; otras veces, el aburrimiento y hasta la repugnancia, que nos impulsa a abandonar. Hay que pasar por toda esta serie de oscilaciones para llegar a establecerse en la solidez de la fe, que no se da a la oración por el dulzor que en ella pueda encontrar, sino porque Dios es Dios y uno desea encontrarlo. Lo esencial consiste en llegar a esta profundidad de fe. Todo lo demás—lecturas, proyectos de vida, discusiones, observaciones y notas—podrá ser útil, pero no deja de ser secundario. Yo me ofrezco a Dios «con grande ánimo y liberalidad, ...con todo mi querer y libertad» [EE, 5]. Me entrego a él «con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas. (Mc 12,30) y acepto estar ante El desarmado e indefenso, sin otra cosa que mi vida tal como es. Esta fidelidad es la traducción concreta de la certeza de que, si se lo pedimos, Dios puede transformar el pobre ser que somos cada uno de nosotros. Perseverar durante unos Ejercicios viene a significar, en la práctica, cuatro horas de oración diarias, e incluso cinco, si —conforme a una sugerencia de san Ignacio—el ejercitante experimenta el deseo de levantarse por la noche para orar. Semejante exigencia solo puede cumplirse si, además de lo ya dicho, añadimos que cada cual debe tener en cuenta sus posibilidades. Quien desee realizar inmediatamente este ideal corre el riesgo, si cuenta únicamente con sus propias fuerzas, de abandonar muy pronto el empeño, lleno de desanimo o de crispación. A lo que hay que aferrarse es a la dulzura del Espíritu. De ahí la flexibilidad del horario. Según Ignacio, es al objeto de que «el ánimo quede harto» por lo que hay que tratar de permanecer una hora entera en el ejercicio, «y antes más que menos» [EE, 12]. Ya se hagan los Ejercicios en grupo o individualmente, cada cual deberá ir descubriendo su propio ritmo. Y en este sentido, Dios, que «conoce mejor nuestra natura, ...da a sentir a cada uno lo que le conviene» [EE, 89]. La aceptación de la perseverancia le permite a uno pasar del plano intelectual al espiritual, de la enseñanza recibida a la experiencia realizada. Quien se contenta con escuchar una conferencia y reflexionar después sobre ella, se verá tentado a discutir mentalmente las ideas recibidas. De este modo, el provecho será indudablemente aparente o pasajero, porque lo que se hace es sacar adelante la propia verdad, en lugar de dejarse atraer por la verdad misma. Si nos tomamos el debido tiempo, no podremos quedarnos en esa fase, sino que será obligado que pasemos a Dios y nos remitamos a El. No nos dejemos acuciar por el deseo de saberlo todo de antemano, como si quisiéramos asegurarnos a todo riesgo. Nos basta con vivir plenamente el momento presente. Y es que sucede con la oración lo mismo que ocurre con la libertad: sólo conoceremos su naturaleza si nos ejercitamos en ella día tras día.
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2. EL ACOMPAÑAMIENTO - DIRECCION-ESPIRITUAL: Para que pueda proseguirse, semejante experiencia requiere el acompañamiento de otra persona, porque tal experiencia despierta necesariamente, en quien la emprende, una serie de diversos movimientos o «emociones» en los que, sobre todo al principio, resulta difícil reconocerse a sí mismo y se corre el riesgo, debido al efecto de sentimientos opuestos o a la ausencia de todo tipo de sentimientos, de incurrir en el desánimo o en la exaltación
inconsiderada. Hay que perseverar, pero no de cualquier manera. Un «consejero» resulta de inestimable ayuda para aprender, en los hechos mismos que se producen, la manera de actuar del Espíritu, que une suavidad y fuerza y que, deseoso de que alcancemos nuestro punto exacto de sazón, nos permite afincarnos en la paz y esperar de Dios el resultado de nuestros esfuerzos. Digamos, ante todo, con qué espíritu hay que aceptar Dicho
acompañamiento, aunque mejor seria llamarlo «diálogo espiritual», dado que supone una confianza recíproca. El acompañamiento responde a la necesidad de que tanto el ejercitados como el ejercitante «más se ayuden y se aprovechen» [EE, 22]. No hay uno que dirige y otro que se somete. Ambos, aunque desde diferentes puntos de vista, tratan de descubrir juntos la acción del Espíritu Santo. Y ello aun cuando los Ejercicios se hagan en grupo. El objetivo de los «puntos» no consiste en hacer una exposición doctrinal, aunque es verdad que hay una doctrina que subyace a todo el conjunto. Lo que pretenden los «puntos» es, a partir de la enseñanza impartida, embarcar al ejercitante en una experiencia e indicarle, en la medida de lo posible, los medios para llevarla a término. De una parte y de otra se requiere una determinada actitud. Jesús, que alertó acerca de la manera de escuchar, bien podría haberle dicho al ejercitador: «¡Cuidado con tu manera de hablar!» No hay que intentar decirlo todo, sino, a partir del texto en cuestión, insinuar una serie de sugerencias, de «puntos», de entre los que el ejercitante escogerá los que más le convengan. Se trata de decir pocas cosas, pero que sean sugerentes; y, sobre todo, se trata de respetar la objetividad de la Palabra de Dios. Lo cual no significa que el ejercitador deba adoptar una actitud fría e impersonal. Debe haber saboreado él mismo, personalmente, la palabra que propone. Creyendo firmemente que el Espíritu habita el corazón de los bautizados, deberá permitir que se transparente su vida más profunda, a fin de que, al contacto con ella, puedan otros despertarse. Pero no deberá extenderse en «elucubraciones», por muy brillantes que puedan ser, sino que habrá de remitirse al Espíritu, capaz de hacer que cada cual escuche la palabra apropiada. Y al mismo tiempo, aprovechando su experiencia, dará los consejos que considere útiles a medida que vayan avanzando los Ejercicios. Consejos que no dispensan del contacto personal, sino que permiten que éste sea más ágil y mas preciso. Esta enseñanza impartida en común tiene la ventaja no sólo de ahorrar tiempo, sino también de propiciar el que todos tengan acceso a unos puntos de vista que una conversación privada tal vez no permitiría abordar.
Pero, por otra parte, hay que hacerle ver al ejercitante que hay una buena y una mala manera de escuchar. La buena manera es la de la cuarta clase de terreno de la parábola del sembrador: un corazón despejado de obstáculos, abierto y sosegado, en el que las palabras escuchadas despierten una verdad ya poseída, pero que se hallaba como dormida. Mientras se escucha, no hay que empeñarse en retenerlo todo ni en tomar unos apuntes exhaustivos, sino en mantener el corazón dispuesto de tal manera que sea capaz de atrapar al vuelo lo que el Espíritu quiere hacerle oír. Se trata de una escucha silenciosa, distendida y sosegada, que se verá tanto más favorecida cuanto más distendida y fraterna sea la atmósfera del grupo. En suma, se trata de que cada uno de los que escuchan se establezca en un profundísimo silencio, a fin de que el corazón pueda dirigirse al corazón. Esta manera de actuar presupone el que, de una parte y de otra, se dé el convencimiento de que el verdadero maestro es el que habla al corazón, no a los oídos. Si no buscamos más que discutir o si nos mantenemos a la defensiva, como desconfiando el uno del otro, «¡cuántos se irán sin haber aprendido nada!» (san Agustín). En resumidas cuentas: aunque no haya diálogo verbal durante la exposición de los puntos., no por ello dejan de ser éstos el compartir mutuo de una verdad de la que todos somos discípulos. Yo, que hablo, te doy a ti lo que tengo y lo que soy. ¿Qué harás con ello? No lo sé. Me entrego a ti incondicionalmente, diciéndote lo que me ha sido inspirado. Por tu parte, ábrete sin reservas. A nadie le mueve La
curiosidad. Mantente humilde en tu esfuerzo de atención, evitando que la oscuridad te produzca crispación. El Señor suprimirá esa oscuridad a su debido tiempo, si se lo pides. Por lo general, parece que es suficiente con una sola exposición de «puntos» por día. Tal vez, el mejor momento es por la mañana, cuando el espíritu está fresco y dispuesto y la palabra escuchada tiene menos peligro de interferir el movimiento de la oración personal ya iniciada. Si se ve conveniente, unos cuantos minutos por la tarde permitirán reavivar la atención o anunciar el tema del día siguiente. Sea como sea, la distensión y el buen humor deberán marcar esos momentos.
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Además de los «puntos», está el contacto personal, el cual es obligado, como es obvio, cuando los Ejercicios se hacen individualmente, pero que es preciso propiciar también cuando se hacen en grupo. Podría discutirse interminablemente acerca de cual de las dos formas de hacer los Ejercicios (individualmente o en grupo) es preferible. La verdad es que una y otra forma tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Cada cual tendrá que ver lo que prefiere y optar en consecuencia, sin dejarse llevar por la «moda» del momento. ¿Cual es el objeto de este contacto personal? El mismo que el del «examen», del que hablaremos enseguida. ¿Por qué hablar de todo? Porque es sumamente importante que caigamos en la cuenta de la manera en que nos comportamos o, como dice Ignacio, «de las varias agitaciones y pensamientos que los varios espíritus le traen» [EE, 17], de las luces que se van recibiendo, de los obstáculos que se vea que alienan nuestra libertad. De cualquier modo, cada cual deberá saber sobre qué quiere hablar. El ejercitador debe mantenerse más bien a la expectativa; su papel consiste en «recibir» aquello que le es confiado y, si puede, reaccionar en consecuencia. Existe el riesgo de que algunos se sientan desconcertados por este silencio y preferirían que el ejercitador les preguntara cosas concretas. Semejante actitud debe ser reconocida como una señal de que existe algún obstáculo interior que convendría esclarecer, lo cual no hará sino que uno y otro (ejercitador y ejercitante) sean en lo sucesivo más libres. Esta manifestación de los pensamientos pertenece a una larga tradición que desborda los limites del cristianismo: la del «maestro espiritual». Una tradición que se funda en la ley de toda educación verdaderamente profunda: nadie se forma por sé solo. ¿Existe alguna norma acerca de la frecuencia de estos contactos? En algunos casos lo más conveniente será tener una serie de breves entrevistas, tal vez una cada día o, en todo caso, tanto más frecuentes cuanto menos experiencia tenga el ejercitante de este tipo de «acompañamiento». A otras personas, mas habituadas a ello, les resulta suficiente una conversación de vez en cuando. Lo que es cierto es que, si se celebran en el momento adecuado, estos encuentros sirven para evitar muchos errores, desalientos, pasos en falso y pérdida de tiempo. Y conviene añadir que es muy útil atenerse a la norma que uno se haya fijado al comienzo. A algunos puede resultarles fastidioso tener que mantener cotidianamente este diálogo que, en determinados días, les parece que no les supone provecho alguno. Pero, al igual que en la oración, también en este punto es preciso perseverar en la fe. * * * Hay ejercitantes que se preguntan si, cuando se hacen los Ejercicios en grupo, no resultarle útil mantener reuniones en las que se comparta y se dialogue en un clima de fraternidad. Por la experiencia personal que yo tengo al respecto, soy más bien contrario a este modo de proceder, sobre todo si los Ejercicios buscan un objetivo concreto, como es, por ejemplo, }a elección de «estado de vida». Por lo demás, tanto en este caso como en otros muchos, la experiencia comunicada por otros tiene el peligro de interferir y obstaculizar la propia dinámica personal, sobre todo cuando uno no está aun muy seguro de si mismo. De todos modos, ya sea que este diálogo se haga durante los Ejercicios—lo cual es preferible—o después de éstos, con los amigos o con la propia comunidad, parece conveniente hacer algunas observaciones al respecto. En primer lugar, es preciso que cuantos participen en el dialogo lo hagan espontáneamente; pero no conviene que haya «oyentes por libre» u observadores únicamente interesados en ver qué es lo que ocurre. Este dialogo ha de ser un ejercicio espiritual en el que, como en la oración, cada cual se compromete tal como es. Para «recibir» lo que dice el otro y comunicar los propios pensamientos, no estará de más que, antes de comenzar, se centre uno en el silencio de la oración. Un silencio fecundo, lleno de esa fe que tenemos en el Espíritu que inspira a unos y a otros. Esto es una condición ineludible para un buen dialogo. En segundo lugar, si a lo largo del diálogo siente alguien la necesidad de hacer una observación o una pregunta, deberá hacerla a partir del mencionado silencio, y no para oponerse o para discutir, sino para «recibir» mejor lo que dice el otro o para permitirle que se exprese mejor. Este tipo de dialogo no es para sacar conclusiones ni para hacer ningún balance. No se trata de juzgarse a si mismo ni a los demás, sino de aceptarse mutuamente, con la dinámica que el Espíritu suscita en cada cual. La finalidad de este dialogo no consiste en hacerse con un «capital» espiritual del que poder hacer uso en lo sucesivo, sino en aceptarnos tal como somos. Esta experiencia, que se hace por sí misma y que es incomunicable en el fondo, cambia nuestro modo de vivir nuestras relaciones ordinarias y nos sitúa en el plano de la fe. Al igual que ocurre tras la participación eucarística, la vida sigue siendo la misma, pero ya no se ven las cosas de la misma manera. Y añadamos un ultimo consejo: conviene que el grupo no exceda de siete u ocho personas. Un grupo más numeroso tiene el peligro de no permitir que todo el mundo se exprese cómoda y libremente. También puede suceder que los mas habituados a hablar monopolicen el uso de la palabra y que el diálogo, en lugar de ser una puesta en común, se convierta en una discusión ideológica. Si se hace, todo el mundo debe estar en situación de igualdad.
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Al concluir este apartado sobre el «acompañamiento», no estará de más subrayar la ayuda que este libro puede aportar a quien se vea inclinado a hacer sus Ejercicios totalmente a solas; sin nadie que le acompañe. Como es de suponer que tenga una suficiente experiencia de la vida espiritual, deberá conservar su libertad respecto de los consejos y, sobre todo, los textos que en este libro se proponen. Tiene una inmejorable oportunidad de escoger los que mas le atraigan. Personalmente, cuando yo he hecho los Ejercicios a solas, he recurrido al Éxodo, a los Salmos, a ciertos textos litúrgicos, a San Juan, al Cantar de los Cantares y a otros libros de la Escritura. En estos casos, el presente libro sirve únicamente de instrumento de verificación de la experiencia. La regla consiste en no ser esclavo de ninguna fórmula. «He dado unos Ejercicios del mismo modo que los da usted», me ha dicho más de uno, «y la cosa no ha funcionado...» «No me extraña nada», he respondido. «Es señal de que lo que yo le he dicho, y usted ha recibido de mi, no le ha servido para ser más usted mismo»
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3. EL ESFUERZO ESPIRITUAL - ESFUERZO-: Si hay una razón que justifique el «acompañamiento», es que la «aventura» que se propone en los Ejercicios no puede vivirse sin realizar un esfuerzo. Eso sí, no se trata de cualquier esfuerzo. Son muchos los que se dejan engañar por su misma generosidad. Imaginan que todo puede lograrse a base de voluntad y se lanzan a tumba abierta a la oración, pero sin haber sopesado previamente sus posibilidades y sin el más mínimo sentido del discernimiento. Ahora bien, precisamente las largas horas de oración y el absoluto silencio en que nos sumergimos hacen que en el espíritu surjan pensamientos o «mociones» de los que anteriormente no teníamos ni idea. La soledad desempeña aquí el papel de «reveladora». A partir de ella, toda nuestra «madeja» interior se desembrolla y se vuelve a embrollar. En nuestras confusiones y distracciones, en el despertar de nuestros deseos, ¿qué cosas son reacciones psicológicas y qué cosas son el inicio de una moción espiritual? Todo se da al mismo tiempo. Cada cual revela lo mas profundo de su propio ser, de lo cual no tenia la menor idea en su vida ordinaria. Muchos dicen: «hay que orar la propia vida» ¿Y qué es esa vida de la que pretenden hacer oración? ¿Significa ir a Dios el llevar a la oración las propias decepciones, las propias amarguras, las propias críticas y los propios juicios sobre los demás? Por alguna parte hay que empezar. Digamos, al menos, que orar la propia vida es ofrecerse, con toda la propia complejidad humana, para que Dios la purifique y la ilumine. O digamos, con san Ignacio, que es «pedir gracia a Dios nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina Majestad» [EE, 46]. Entonces comienza el verdadero esfuerzo espiritual. No basta con quedarse al nivel del acontecimiento o de la reacción provocada por éste. He de descender a lo más profundo de mí para captarme en mi capacidad de ser y de amar y, al mismo tiempo, he de pedir al Espíritu que penetre en esa mi profundidad y cree en ella una mirada y un corazón nuevos. Lo que de mí depende no es cambiar a voluntad, sino suplicar: «¡Crea en mi, oh Dios, un corazón puro!» La vida a la que yo aspiro es creación del Espíritu. Por eso, mediante un acto de verdadera libertad, debo entrar en ese lugar secreto del corazón en el que soy yo mismo, sin preocuparme de las miradas de los demás ni de las fórmulas que deba emplear, con la seguridad de que Dios ve en lo secreto y ha de darme el don del Espíritu. La generosidad—una de las palabras más equivocas del lenguaje espiritual—no consiste en provocar en uno mismo grandes sentimientos, aunque sea al servicio de las más nobles causas, sino en aceptar descender a lo más hondo de uno mismo para verse tal como uno es y presentarse al Señor, a fin de que El realice en uno su obra. Mi libertad, reconocida como el primer don que Dios me ha otorgado para permitirme ir a El, se ofrece a la gracia para quedar un poco más liberada gracias a ésta y, de ese modo, poder ofrecerse sucesivamente a nuevos progresos. Hay personas a las que este lenguaje les resulta un tanto curioso y extraño, y querrían que se les indicaran unos objetivos concretos y unas determinadas prácticas que realizar. Están esas personas habituadas a vivir según el pensamiento de otras, e ignoran este lenguaje de la libertad y la aceptación de sí. Sin embargo, únicamente en la medida en que una persona desarrolle su propia personalidad, sobre todo en el terreno de la relación y del amor, podrá ofrecer asidero a la gracia. Todo está enlazado: la presencia a uno mismo es condición para la presencia ante Dios, ante los demás y ante la vida. La preocupación por la vida espiritual no debe llevar a la huida o al desconocimiento de la naturaleza, so pena de originar los más graves desastres y desengaños. Esto es particularmente cierto respecto de la afectividad. El esfuerzo realizado en la oración supone y pone en movimiento dicha afectividad. Pero al amor no se accede del mismo modo que se accede al objeto de la ciencia, porque se dirige a una persona viva, a la que se conoce gracias a sucesivos acercamientos del corazón. Desde este punto de vista, es correcto afirmar que quien no entiende el lenguaje del amor humano difícilmente entenderá el lenguaje del amor de Dios. Las crisis de la vida religiosa tienen muchas veces su origen en el desequilibrio de una afectividad retardada o mal desarrollada.
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En suma, ¿cómo concebir el esfuerzo espiritual? Como huida de la autocomplacencia y del repliegue en uno mismo. El verdadero esfuerzo espiritual es aquel por el que una persona intenta salir de si para apegarse a otra. El placer que entonces acompaña al don de si o al encuentro con el otro es un placer bueno y querido por Dios. Pero, si trato de hacer renacer ese placer sin que haya ningún objeto que lo suscite, estaré cometiendo una impureza. Mi esfuerzo consistirá en aceptar las necesarias purificaciones que la vida o las dificultades de ésta le imponen a una afectividad aún vacilante. Y no trataré de eludirlas, porque a través de ellas voy llegando progresivamente a amar a Dios y al otro por si mismos. Al igual que sucede con el crecimiento en el amor, este esfuerzo nunca tiene término.
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EXAMEN DE CONCIENCIA: Para favorecer diariamente este esfuerzo y ayudar al dialogo espiritual que le sirve de garantía, nada más útil que esa experiencia que la tradición denomina examen de conciencia, cuya naturaleza hemos deformado o hemos malinterpretado con demasiada frecuencia. Por supuesto que para corregirse de un defecto o adquirir un habito, o simplemente para desarrollar la capacidad de atención, es bueno reservar, a lo largo del día, unos momentos para detenernos, serenarnos y tomar nota de nuestros avances y retrocesos. De este modo aprende la mente a concentrarse en un objeto y a garantizar la continuidad en medio de la dispersión de la vida. Pero no es preciso ser cristiano para actuar así. También ha habido paganos y sabios en la antigüedad que hicieron este tipo de examen de conciencia. Tal vez tengamos hoy una excesiva tendencia a desdeñar esta ascesis, porque pensamos que no es posible buscar a Dios desde una existencia disgregada y carente de consistencia. Dicho esto, el ejercicio en el que estamos pensando es otra cosa. Es un medio para mantenerse a disposición del Espíritu Santo a partir de lo que uno vive. Es algo relacionado con lo que más arriba llamábamos la «manifestación de los pensamientos en el dialogo espiritual». No se trata de analizar ni de replegarse sobre uno mismo—una especie de narcisismo espiritual—; tampoco se trata de un esfuerzo voluntarista de que no se nos pase nada por alto, debido al deseo de una perfección que nadie nos exige, más que nosotros mismos; se trata de una apertura de todo el ser al soplo de Dios, desde la certeza de que el Espíritu de Dios no deja de actuar en nosotros, como no dejó de actuar en Jesús, si nos esforzamos en prestarle atención. Se trata, pues, ante todo, de un reconocimiento cotidiano de la presencia de Dios en nosotros mediante su acción. Hablando del examen, Ignacio lo describe, en primer lugar, como una acción de gracias. Sólo después podré descubrir mis errores o mis defectos. Y este descubrimiento se convertirá en una ocasión de contar con la misericordia de Jesucristo, que es justicia de Dios para mis pecados y para los del mundo entero (1 Jn 2,2). Nos hallamos, pues, en las antípodas de lo que podría ser un ejercicio que condujera a la falta de confianza en uno mismo o al miedo de obrar. Lo que hace es situarnos en el centro mismo de una libertad que no deja de crecer delante de Dios. Aun en medio de la banalidad de lo cotidiano, experimentamos que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman. (Rm 8,28). La múltiple realidad en la que nos vemos sumergidos con el correr de los días se unifica cada vez más gracias a la intención de nuestro corazón, que se renueva y se purifica en el examen. Si en esta forma de oración que es el examen presto atención a mi vida concreta, no es sólo para descubrir los obstáculos que hay en ésta, sino también para determinar, de entre el abigarrado conjunto de mis pensamientos, cuáles provienen de mi y cuáles son inspirados por el buen o el mal espíritu. Concebido de este modo, el examen forma parte de esa obra de discernimiento que, como dice Pablo, «nos permite discernir, con un amor cada vez más abundante en conocimiento perfecto, lo que resulta más conveniente para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo» (cfr. Flp 1,9-10). Como veremos al final de este libro, este ejercicio cotidiano del examen conviene vincularlo estrechamente con la «contemplación para alcanzar amor», al objeto de que, «enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad» [EE, 233]. Ya no se trata únicamente de una contemplación global de las obras de Dios en el universo, en Jesucristo y en la Iglesia, sino de la aplicación de esta contemplación a la obra que realiza en mí para hacerme acceder a la dinámica del amor. Es en esta amplia perspectiva como conviene tomar buena nota, y de una manera muy precisa, de las luces recibidas y las mociones interiores que las acompañan ¿Por qué no adoptar, ya desde el comienzo de los Ejercicios, esta perspectiva interior respecto de las motivaciones profundas que me han movido a hacerlos? ¿Qué era lo que yo buscaba? Saber lo que quiero, y saber expresármelo a mí mismo y a un «testigo», puede ser objeto tanto de un examen inicial como de la primera entrevista con el ejercitador. De este modo adquiriré, para lo sucesivo, el hábito de hacerme consciente de cuanto acontece en mi oración y de cuanto la favorece: horario, fidelidad, atmósfera del día, etcétera. Todo se tiene en cuenta y nada queda excluido: nerviosismo, inquietudes, distracciones, gozo y paz, así como el estado de salud física. E igualmente deberé considerar los problemas que me preocupan, porque hay quienes los descartan a priori como un obstáculo, mientras que otros desean integrarlos en su oración. De hecho, el discernimiento se hace a partir de ellos, tras haberlos objetivado; y se refiere más a mi manera de reaccionar ante ellos que a la solución de los mismos. Al cabo de algunos días, si se releen las notas tomadas, se percibirá una dominante. Y si hay que tomar alguna decisión, el discernimiento ayuda a prepararla serenamente.
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La naturaleza de este examen, como la de la oración y la de todo cuanto se refiere a la vida espiritual, sólo se descubre gradualmente. Quien se apresura en exceso y cree haber comprendido inmediatamente de lo que se trata, corre el peligro de hallarse enseguida en un callejón sin salida o de incurrir en esos excesos de los que tan frecuentemente se acusa al examen: escrúpulos, narcisismo, intelectualización, mecanización de la vida espiritual... Nada de esto deberá temer quien no vea en el examen más que un medio para crecer en la libertad, en la autoconciencia y en la disponibilidad interior. Quien así lo vea podrá incluso, con absoluta confianza, aprovecharse de sus errores o de sus pasos en falso, llegará a descubrir progresivamente su propio método y se mantendrá espontáneamente fiel al mismo, porque se encontrará a sus anchas en él. Su misma acción se convertirá en una incesante y simple unión con Dios.
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4. EL ITINERARIO Antes de emprender la experiencia, digamos unas palabras acerca del «itinerario», que presentamos como un recorrido de sucesivas fases. Con ello no pretendemos hacer otra cosa que descubrir la manera en que Dios se da a conocer a su criatura. La Biblia no es sino la descripción de esa larga aventura a lo largo de la cual la humanidad es introducida en el conocimiento de Dios. Y el Éxodo es el ejemplo más llamativo. En el han descubierto los hombres de espíritu de todos los tiempos—judios y cristianos—la andadura del alma y de la humanidad hacia la Tierra Prometida. En la práctica, lo que descubrimos son los progresivos avances del bautizado en su crecimiento de fe en Jesucristo: purificación, iluminación y unión con Dios y con sus hermanos. Son las etapas que la liturgia de la Iglesia hace seguir al catecúmeno para iniciarlo en el misterio cristiano. Y no puede haber para nosotros otra andadura distinta de ésta, que es la que reemprendemos cada año a lo largo de la Cuaresma, en la que la Iglesia propone a sus fieles unos verdaderos Ejercicios Espirituales que les renueven en el espíritu del Bautismo y de Pascua. Los Ejercicios que proponemos no hacen sino condensar esta andadura en un tiempo más o menos limitado. Son cuatro semanas, cada una de las cuales, dice Ignacio, no ha de entenderse que «tenga de necesidad siete u ocho días en si». [EE, 4]. La duración de cada una queda a la discreción de los ejercitantes y del ejercitador, según los frutos que se vea que se recogen. Ninguna norma es absoluta a priori. La libertad del Espiritu—¡no la fantasía!—es la ley que rige el empleo del tiempo de que se dispone, tanto respecto de la materia propuesta como respecto de la manera de proceder. «Usted, que da tantos Ejercicios a lo largo del año, ¿cómo hace sus propios Ejercicios?., me preguntaron un día unos seminaristas africanos. Y mi respuesta fue: «De un modo muy distinto de como digo a los demás que los hagan. Con esta «salida de tono. pretendía dar a entender que la fidelidad inicial a la normativa proporcionada por los Ejercicios le permite a uno estructurarse espiritualmente y hacerse libre respecto del modo de llevar su vida, sin por ello temer incurrir en una falsa libertad. Quien se somete a su disciplina puede dejarse guiar por el Espíritu. Lo que es propio de los Ejercicios, e indudablemente marca la vida de quien los adopta como guía es el lenguaje de la elección, de la decisión y de la libertad. La siguiente nota de los Ejercicios revela el espíritu de su autor: «No... se engendre veneno para quitar la libertad... de manera que... las obras y libero arbitrio reciban detrimento alguno, o por nihilo se tengan» [EE, 369]. Lo que pretenden los Ejercicios es formar una libertad que se recibe de Dios, se desarrolla, se entrega y se elige para hacerse dócil al Espíritu Santo. Una libertad que se ejerce en la gracia, según la synergia, que dirían los griegos: acción común de Dios y del hombre. He ahí su más valioso beneficio, que volveremos a encontrar, a lo largo de nuestra vida, en los diversos Ejercicios que podamos hacer. Sin pretender jamás haber alcanzado esa meta, sabemos que el Espíritu no deja de renovar a quienes se confían a él para crecer, en la comunidad de toda la Iglesia, en Cristo Jesús.
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Textos con miras a la oración de estos días
1. LUGAR DE LA ORACIÓN: EL CORAZÓN (Mateo 6, 5-15) Retírate a un lugar escondido, solo conocido por ti. No pretendas hacer que te vean y representar un papel o repetir formulas aprendidas. Siéntate tal cual eres ante tu Padre, que te ve en el secreto de tu corazón. La oración es un acto de un ser libre, que sabe ocupar su sitio ante Dios y ante los demás.
2. ACTITUD DE QUIEN COMIENZA: LA ZARZA ARDIENDO (Éxodo 3, 1-20) Ante Dios que se te revela como fuego intocable, no pretendas darle vueltas, ni comprenderlo por ti mismo. Descálzate. A Dios no se le sorprende; él se revela, como dos personas se presentan mutuamente. Entonces le conocerás en su misterio, mas allá de todo lo que eres capaz de expresar, y por él serás revestido de tu misión. Ve a presentarte al Faraón. Yo seré palabra en tus labios.
3. FE EN LA SUPLICA (Lucas 11, 9-15) En esta actitud, podrás pedir lo que tu corazón desea. ¿Como va el Padre a negarte el Espíritu Bueno si tu se lo pides? Porque en nosotros, que no sabemos lo que hemos de pedir para orar bien, el Espíritu vierte gemidos inexpresables (Rm 8, 26-27). Pide el Espíritu y el creará en ti el deseo.
4. RUMIAR INTERIORMENTE LA PALABRA PD/RUMIARLA: El creyente recuerda la palabra y se la repite a si mismo: es la memoria del corazón, «escribe mis preceptos en las tablillas de tu corazón». (Prov 7, 3). «Yo no he olvidado tu palabra» (Sal 119-118). El la rumia dentro de si mismo para aprender la Sabiduría y hace de ella sus delicias: el corazón es lugar de inteligencia (todo el Sal 119-118) 32
Los ejercicios nos invitarán a recordar, a reflexionar, luego a aplicar la voluntad. Es el ritmo normal de la oración que se aprende en la escuela de la Escritura. En ella encontramos el gusto de las cosas. 5 ¿A QUIEN COMUNICA DIOS LA SABIDURÍA? A los que reconocen que él es su fuente (Bar 3 a 4, 4). A los que la piden: oración de Salomón pidiéndola (Sab 8, 7 a 9). A los pequeñuelos (Lc 10, 21-22). A los corazones que se abren: el sembrador (Lc 8, 4-15). A los que viven en el amor fraterno (Mt 5, 23-24; el Cenáculo: Hech 1, 12-14).
«Cuidado con vuestra manera de escuchar» (Lc 8,18). Los Ejercicios proponen una manera de disponerse a los dones de Dios.
JEAN LAPLACE- DIEZ DÍAS DE EJERCICIOS- Guía para una experiencia de la vida en el Espíritu Sal Terrae, Santander 1987. Págs. 9-32
http://www.mercaba.org/Fichas/ESPIRITUALIDAD/10_dias_ejercicios_02.htm
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La Madre Sofía en Belén 2004, nos contaba con dolor el drama de SUS niños. ¿Sabías que en la "Sharia" --ley musulmana-- todo hijo de musulmán es musulmán y NO puede darse en adopción a cristianos? ¿Sabías que en el Islam la filiación es biológica y la adopción no existe? ¿Sabías que los niños adoptados por musulmanes nunca serán considerados hijos, ni tiene derecho a heredar y que son tratados como sirvientes por las familias que los adoptan?. Era desgarrador escuchar a Madre Sofía, con lagrimas en los ojos, el no poder dar a estos niños en adopción a familias occidentales, donde serían tratados como hijos, pero sobre todo, como dignos hijos de Dios? P. Carlos E. García Llerena - sacerdote eudista- Roma, Marzo del 2005
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--Ante la búsqueda actual de espiritualidad, mucha gente recurre a la meditación trascendental. ¿Qué diferencia hay entre la meditación trascendental y la meditación cristiana?
--Cardenal Ratzinger: En pocas palabras, diría que lo esencial de la meditación trascendental es que el hombre se expropia del propio yo, se une con la universal esencia del mundo; por tanto, queda un poco despersonalizado. Por el contrario, en la meditación cristiana no pierdo mi personalidad, entro en una relación personal con la persona de Cristo, entro en relación con el «Tú» de Cristo, y de este modo este «yo» no se pierde, mantiene su identidad y responsabilidad. Al mismo tiempo se abre, entra en una unidad más profunda, que es la unidad del amor que no destruye. Por tanto, diría en pocas palabras, simplificando un poco, que la meditación trascendental es impersonal, y en este sentido «despersonalizante». Mientras que la meditación cristiana es «personalizante» y abre a una unidad profunda que nace del amor y no de la disolución del yo. Roma 2002.11.30
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transudadamente las sectas incitan al engaño
¿Qué es lo que más odian las sectas?: la Iglesia fundada por Jesucristo hace dos mil años ‘Una, Santa, Católica y Apostólica’. Y así se cumple el dicho evangélico de: "Por sus frutos los conoceréis". El tiempo, que suele ser tozudo, inapelable e inmisericorde, sin duda, ya da testimonio de ello.
La predicación de la Iglesia presenta, desde todos los puntos de vista, una inquebrantable solidez; permanece idéntica a sí misma y se beneficia del testimonio de los profetas, de los apóstoles y de todos sus discípulos, testimonio que engloba «el principio, el entremedio y el fin», la totalidad del designio de Dios ordenado infaliblemente a la salvación de los hombres y siendo el fundamento de nuestra fe. Desde entonces, esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la conservamos con sumo cuidado... Es a esta Iglesia a la que se le ha confiado el «don de Dios» (Jn 4,10) –como el aliento que había sido confiado a la primera obra que Dios había modelado, Adán (Gn 2,7)- a fin de que todos los miembros de la Iglesia puedan participar de ella y por ella ser vivificados. Es en ella que ha sido depositada la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, arras del don de incorruptibilidad, confirmación de nuestra fe y escalera de nuestra ascensión a Dios: «En la Iglesia, escribe san Pablo, Dios ha colocado a los apóstoles, a los profetas, a los que tienen encargo de enseñar» y a todo el resto, por la acción del Espíritu (1C 12, 28.11). San Ireneo de Lión (130ca. † 208ca), obispo, teólogo y mártir de la Iglesia Católica - Contra las herejías III, 24, 1-2
«Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos! Queridos jóvenes, ¡Id con confianza al encuentro de Jesús! y, como los nuevos santos, ¡no tengáis miedo de hablar de Él! pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino».
(Aeródromo de Cuatro Vientos, 3 de mayo de 2003).
«España evangelizada y evangelizadora, ese es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro País en el pasado y es el reto intrépido para el futuro». JUAN PABLO II MAGNO
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“Muchos escuchan más a gusto a los que dan testimonio, que a los que enseñan, y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio.” [Pablo VI]
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Mi oración, Dios mío, es esta:
«Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón. Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis pesares. Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles. Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni doblar mi rodilla al poder del insolente. Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la pequeñez cotidiana. Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza, enamorado, a tu voluntad.» Tagore.
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Chesterton: “Estoy orgulloso de verme atado por dogmas anticuados, como dicen mis amigos periodistas, porque sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado”.
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Pidamos a Dios que nunca, ni cristianos ni musulmanes, pongamos a Dios al servicio de nuestros intereses políticos o de clase. A Dios se le adora, se le da gracias y se le ama. El objetivo de la esperanza es Dios. Dios trabaja los corazones de los hombres, nos pide dar testimonio de su amor y lo ha hecho la Iglesia en distintas circunstancias.
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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
Gracias, Señor, por hacernos obreros de tu mies. Aquí tienes nuestro corazón y nuestras manos. ¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos:
"remar mar adentro", confiando en la palabra y en la presencia vivificante de Jesús,
a ejemplo de Pedro y Pablo. La Iglesia por Cristo fundada está segura en su Señor.
«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.
Y desde hace ininterrumpidamente más de dos mil años, anda la Barca guiada por Cristo. Sólo a su Iglesia le corresponde tal facto: la historia lo demuestra!
«Sin fe, no nos engañemos, ni hay cultura, ni hay unidad».
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‘La seguridad no es más que dejar que Dios vaya aclarando mis certezas’.
‘En realidad no importa cómo sirvamos a Dios, importa querer e intentar escucharle’.
HERMANA ROSARIO, Novicia de las Siervas de María-2003
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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario, construiríamos iglesias para destruir la fe.
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‘Creo que el error es concebir la fe como una mero acto intelectual, más que como obediencia, que eso sí es fe bíblica.’ J. C. SACK, Pbro.
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"A la sombra de la cruz, todas las amarguras desaparecen"
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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).
¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!
¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre del Salvador!
“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

Es vuestra visita la que nos honora y agradecemos.
Quepa claro: "hablamos no solo para comunicarnos, sino para distinguirnos". Por lo mismo, nos vestimos no solo para evitar el frío, sino para reafirmar nuestra personalidad. Publicamos porque creemos en la verdad y solo ella nos hace libres.
Pedimos disculpas por los errores que tantas veces cometemos. No son por mala voluntad, ni por ignorancia, sino por no saber. No está mal recordar que una cosa es la ignorancia (= no saber lo que a uno no se le alcanza) y la nescencia (= no saber lo que uno debería saber).
Dice un bello espiritual negro: ‘You can have all this world, but give me Jesus’ (‘puedes tener el mundo entero, pero dame a Jesús’).
Jesús misericordia : Kyrie eleison. Christe eleison. Kyrie eleison.
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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.
Recomendamos vivamente:
1º Título: ISLAMISTAS Y BUENISTAS (Editorial ‘Gota a Gota’), de KAREN JESPERSEN, ministra danesa de Bienestar e Igualdad, y RALF PITTELKOW, periodista del Jyllands Posten - La tradición liberal es mucho más fuerte en Occidente que en los países musulmanes. Tal como ocurrió con el nazismo, un aviso: “El nazismo ganó adeptos apelando a su identidad racial (los arios); el comunismo lo hizo apelando a su identidad social (el proletariado); y el islamismo apela a su identidad religiosa”. (...) la escasa libertad que existe en la mayor parte del mundo musulmán tiene un alto coste. - Según un debatido informe de la ONU de 2002, tres grandes déficit de las sociedades árabes obstaculizan el desarrollo económico: déficit de libertad, déficit de conocimientos y déficit de igualdad. De hecho, los dos últimos déficit surgen de la falta de libertad: la libertad de adquirir e intercambiar conocimientos, la libertad de pensar críticamente y la libertad de la mujer para decidir sobre su propia vida. MMVIII
2º Título: ‘LAS MUJERES Y JESÚS’
Henry Froment-Meurice - Monte Carmelo - Burgos 2007 - 172 páginas
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† Seguir a Jesús es apropiarnos de sus criterios, de sus actitudes y de su conducta, fieles en toda su doctrina, sirviendo a nuestro tiempo. †
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