Y he aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con un amor infinito, esto es, en el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une.
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“Las palabras que no dan la luz de Cristo, agrandan la oscuridad”.
(Beata Teresa de Calcuta).
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El amor matrimonial
Card. Ricardo M.ª CARLES- Barcelona, ESPAÑA
El amor que no asciende cae, como la llama que no arde hacia el sol ascendiendo, quema hacia abajo para destruir; si el amor no sube al cielo, cae al infierno. Hace siglos dijo Eurípides -que no tenía fe- que «no es amante el que no ama para siempre».
Muchos hechos de hoy contradicen esta afirmación. Ha escrito una poetisa: «No, es lo que te digo hoy. Los colores a la luz de una vela no son los mismos bajo el sol». Thomas Moore, siguiendo la misma idea, escribió: «¡Ay! Qué ligera causa puede provocar la discordia entre amantes corazones. Corazones que habían resistido las olas tempestuosas son abatidos sin embargo en una hora soleada, como barcos hundidos en el mar, cuando el cielo era todo tranquilidad».
¿Es acaso una esperanza loca o un deseo no cuerdo aspirar a un amor para siempre? El corazón humano fue hecho para Dios. Por eso el corazón busca correctamente lo infinito -el «para siempre»-, pero se equivoca al tratar de que su compañero finito sustituya lo infinito.
Cuando los cónyuges se saben escogidos por Dios para el mutuo perfeccionamiento y santificación, el matrimonio se convierte en una vocación en la que debe estar presente Dios en todas las circunstancias del amor. De esta manera, el sueño de eterna felicidad de los novios se convierte en realidad, no sólo en ellos, sino a través de ellos; ahora se aman no como ellos soñaron, sino como Dios lo soñó.
Porque la eternidad está en el alma y todo el materialismo del mundo -que ahora tan insistentemente desfigura todo el ámbito del amor- no podrá desarraigarla. La tragedia de las psicologías materialistas de nuestros días es pretender que una función del cuerpo satisfaga las aspiraciones infinitas del alma. Es como querer poner todas las palabras de un libro en la tapa.
La necesidad de Dios nunca desaparece. Los que niegan la existencia del agua siguen sedientos, y los que niegan a Dios lo siguen deseando en su ansia de esa belleza, amor y paz que sólo Él es. En el amor cristiano verdadero, el marido y la mujer se unen a Dios a través de su propio amor. Sin Dios, lo infinito se busca en lo finito del compañero, lo cual es tanto como querer apoyar un precioso capitel de amor sobre un frágil tallo. MMVI.III –
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AMOR CONYUGAL E INDISOLUBILIDAD MATRIMONIAL
CORMAC BURKE No hay período histórico sin sus crisis específicas. En mi opinión, una de las más relevantes del día de hoy, y una de las más singulares, es la creciente división entre el hombre y la mujer. La relación entre los dos sexos se está caracterizando cada vez más por sospechas, tensiones, roces y hasta antagonismos. La idea de que el hombre y la mujer han sido hechos el uno para el otro y, en particular, para aquella peculiar unión llamada matrimonio -idea que nos ha sido transmitida a través de los siglos- corre un serio peligro. Efectivamente, hoy se instauran o se intentan uniones -en cierta manera matrimoniales o cuasi matrimoniales- que no suelen durar. Al menos en los países occidentales, la gente es profundamente escéptica frente a cualquier relación permanente entre marido y mujer. Ya no se cree que valga la pena establecer tal relación o que la misma pueda ser mantenida establemente durante toda la vida. Esta desconfianza en el matrimonio, que deja traslucir un pesimismo frente a la posibilidad de encontrar un amor feliz y duradero en la propia vida, es una crisis de máxima importancia para toda la humanidad. Del mismo modo, no pocos católicos han sido inducidos gradualmente a pensar que el matrimonio abierto a la posibilidad del divorcio es mejor que un matrimonio indisoluble. Este es un hecho que necesariamente da que pensar. En términos teológicos, podría ser visto como una tentación contra la fe, puesto que la indisolubilidad es un dogma definido. Como tal, no es una tentación de hace poco; sin embargo, no se trata de un caso sorprendente si recordamos la reacción que suscitó Jesús cuando insistió en que, según el plan original de Dios, el vínculo matrimonial es indisoluble: siendo así las cosas, pensaron los propios apóstoles, es mejor entonces no casarse (véase Mateo 19, 10). Pero se equivocaban. Así están las cosas, y casarse es algo bueno, un gran bien. Esta desconfianza en el valor de la indisolubilidad tiene consecuencias antropológicas no menos graves, que se reflejan en la idea de que la fidelidad como un compromiso duradero, debido a que ha sido aceptado libremente, está fuera de toda expectativa razonable: tal fidelidad es algo que se sitúa más allá de la naturaleza humana, es algo de lo que la gente común no es capaz. Esta opinión, al difundirse, crea una mentalidad hostil a toda modalidad de compromiso permanente, incluidos el sacerdocio y la vida religiosa, amén del matrimonio. La opinión de que la "indisolubilidad es un peso injusto" a la que se debe buscar un remedio, produce efectos nefastos tanto en el pueblo cristiano como en sus pastores. Quienes se preparan para el matrimonio lo hacen con menos seriedad; después de haberse casado, se esfuerzan menos por preservar su unión tan pronto como comienzan a surgir tensiones. En lo que se refiere a los pastores y a los consultores matrimoniales, es fácil que, en el transcurso de la instrucción prematrimonial, den menos importancia a preparar a los futuros esposos para superar las dificultades que se interpondrán en su camino, y tal vez no ejerzan tampoco una acción de apoyo lo suficientemente positiva a favor de los esposos que efectivamente deban hacer frente a momentos difíciles. Surge un verdadero y grave problema cuando la "solución" ofrecida a las situaciones matrimoniales difíciles no es: "¡Ten valor! Trata de superarlas rezando y confiando en la gracia", sino, cada vez más: "Encuentra una vía de escape, una solución ´de buena fe´, una nulidad". Las cosas irán de mal en peor si no revaloramos la indisolubilidad del matrimonio. Este es un punto central para la reflexión y responsabilidad pastorales, tal como lo es especialmente para la formación de los sacerdotes y asesores matrimoniales. Dos antropologías El Concilio Vaticano II ha tratado de ofrecer una visión renovada del matrimonio, del amor y de la entrega conyugal. ¿A qué se debe que esta nueva visión parezca haber sido llevada a la práctica muy pocas veces? A mi juicio, una razón radica en el hecho de que la reflexión postconciliar sobre el matrimonio no siempre ha comprendido la antropología cristiana sometida al pensamiento conciliar sobre las realidades humanas, con particular énfasis en la alianza conyugal. De esto se sigue que gran parte del modo de entender y de presentar el matrimonio ha estado penetrado -aunque sea inconscientemente- por la antropología secular dominante en el mundo occidental. La "antropología secular" a que me refiero es una visión del hombre que se basa en una concepción individualista de la vida, en la cual se atribuye la clave para la realización humana al propio "yo": identificación del yo, afirmación del yo, preocupación por el yo. La crisis actual que afecta a la indisolubilidad -la tendencia a verla como un "antivalor"- se explica principalmente por este individualismo, tan tenazmente presente tanto fuera como dentro de la Iglesia. El individualismo hace que el matrimonio sea considerado desde un punto de vista fundamentalmente egocéntrico, y nos hace pensar que no debemos dar, sino recibir, guiados por un solo criterio: "esta unión, este vínculo, esta sistematización, ¿me hará feliz a mí?". El matrimonio se convierte, entonces, en el mejor de los casos, en una tentativa de buscar un acuerdo entre dos individuos, cada uno de los cuales se preocupa de su propio interés, en lugar de ser una tarea en común mediante la cual dos personas desean construir juntas un hogar en el cual convivir ellas con sus hijos. Personalismo conyugal Cuando hablo de la antropología peculiar del Concilio Vaticano II me refiero a aquel personalismo cristiano tan presente en el pensamiento conciliar, especialmente en la encíclica Gaudium et Spes. Vigorosamente desarrollado por Juan Pablo II, este personalismo sigue siendo la clave para una comprensión más cabal de la vida cristiana, y del matrimonio en particular. Lo esencial del verdadero personalismo está expresado en el número 24 de la Gaudium et Spes: "el hombre (…) no puede realizarse plenamente si no es a través de una entrega sincera de sí mismo". Podemos "realizarnos" o conducir a plenitud nuestro yo, solamente dándonos. Este es un programa evangélico -perder la propia vida para salvarla- en contraste irreductible con la receta de vida que suele ofrecer la psicología contemporánea: buscarse a sí mismo, encontrarse a sí mismo, comprender la propia identidad, preocuparse de sí mismo, aferrarse al propio yo sin dejarlo escapar. El matrimonio representa la forma más específica y natural de entrega personal para la cual fueron hechos el hombre y la mujer. Como dice también la Gaudium et Spes, "la unión de ellos constituye la primera forma de comunión de personas" (n. 12). Importantes documentos del Magisterio han seguido presentando el matrimonio desde una perspectiva personalista. La revisión de las leyes de la Iglesia -hecho que puede sorprender a alguien- ha contribuido notablemente a un análisis personalista del matrimonio. Dos cánones del nuevo Código de derecho canónico, promulgado en 1983, merecen especial atención. El canon 1057, en el número dos, dice: "el consenso matrimonial es el acto de la voluntad con el cual el hombre y la mujer, por intermedio de un pacto irrevocable, se dan y se aceptan recíprocamente a sí mismos para constituir el matrimonio". Así, por lo tanto, el objeto mismo del consenso conyugal es presentado en términos de entrega recíproca, lo cual destaca el absoluto contraste con la expresión "ius in corpus", con la cual el códice de 1917 expresaba el mismo objeto. El hombre se entrega como hombre y esposo, la mujer como mujer y esposa; cada uno recibe al otro como cónyuge. Se podría preguntar si la potencialidad y el alcance de esta nueva formulación han sido adecuadamente apreciados, en particular cuando se trata de la formación de los seminaristas y de los asesores matrimoniales, al igual que en el trabajo de los tribunales eclesiásticos relativo a las causas matrimoniales. El personalismo conyugal se vincula a otro canon importante, el 1055, sobre todo en los puntos donde aquél habla de los fines del matrimonio. "El pacto matrimonial, con el cual el hombre y la mujer establecen entre ellos la comunidad de toda la vida (está) por su naturaleza ordenado al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de los hijos". Me parece extraordinariamente significativo que el Magisterio contemporáneo haya elegido la expresión "bien de los cónyuges" para enunciar uno de los fines del matrimonio. Hay que hacer notar que no es presentado como un fin personalista, en contraste con el fin institucional, que sería la procreación. El bien de los cónyuges es un fin institucional, tal como lo es la procreación. Esto queda de manifiesto cuando nos remitimos a la doble narración que el libro del Génesis hace sobre la creación del hombre y de la mujer. El primer relato, "Dios creó al hombre a su imagen; a la imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó.

Dios los bendijo y les dijo: ´creced y multiplicaos´ " (Génesis 1, 27-28), es claramente procreacional, mientras que el segundo, "y el Señor les dijo: ´No es bueno que el hombre esté solo: le quiero hacer una compañera que sea su igual´ " (Génesis 2, 18), es manifiestamente personalista. Sin embargo, aunque se trate evidentemente de dos fines distintos, no hay para qué exagerar su contraste, ya que ambos son fines institucionales. En lugar de establecer entre ellos una jerarquía, lo que cuenta es comprender y subrayar su inseparabilidad. En vista de que por razones de espacio no podemos explayarnos sobre el valor personalista de la procreación, examinemos brevemente la noción del "bien de los cónyuges" también a la luz de la indisolubilidad. El "bien de los cónyuges" Dios habría podido crear al género humano según el modelo "unisex" -no sexuado-, previendo, para la continuación de éste en el tiempo, una modalidad de reproducción diferente de la sexual. El libro del Génesis parece aclarar que, en tal caso, la creación habría sido menos buena: "No es bueno que el hombre -o la mujer- esté solo". En consecuencia, la sexualidad aparece en la Biblia como parte de un plan para la realización de las personas, como un factor orientado a contribuir al perfeccionamiento del ser humano. Aquí se nos presenta un dato antropológico fundamental: la persona humana no es autosuficiente, necesita a los demás, y tiene necesidades específicas de un "otro", de un compañero, de un cónyuge. Toda persona humana, al tomar conciencia de su propia contingencia, desea ser amada: ser, en cierto sentido, única para los ojos de otro. Cada uno de nosotros, si no encuentra a nadie que lo ame, sufre un síndrome de abandono, se siente sin valor. Pero hay algo más: no basta con ser amado; es necesario amar. Una persona amada no es feliz si es incapaz de amar. Aprender a amar es una necesidad humana tan fundamental como lo es aquélla de saberse amado; sólo así es posible liberarse de la compasión por uno mismo, del autoaislamiento, o de ambas situaciones. Para aprender a amar es necesario salir de uno mismo mediante un esfuerzo constante -tanto en las buenas como en las malas- en busca de otro, de los demás. Lo que hay que aprender no es un amor efímero, pasajero, sino un amor comprometido. Todos sentimos necesidad de un compromiso de amor; así es el sacerdocio o una vida entregada completamente a Dios; y así también es el matrimonio, entrega a la que Dios llama a la gran mayoría de las personas. Vincular a los cónyuges a un aprendizaje continuo del amor fue la finalidad original del matrimonio, confirmada por el Señor (véase Mateo 19, 8 y siguientes). El compromiso matrimonial es por su naturaleza exigente. Esto se deduce de las palabras con las cuales los esposos se expresan su recíproca aceptación mediante un "consenso personal irrevocable", cuando cada uno promete aceptar al otro "en las buenas y en las malas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad (…) por todos los días de la vida". Aunque este compromiso sea sin duda exigente, es profundamente natural y atractivo. El amor auténtico es -quiere ser- sincero cuando afirma: "Te amaré por siempre". Por esto es necesario, entre otras cosas, destacar que en la educación de los jóvenes hay que subrayar cada vez más el hecho de que los seres humanos, a diferencia de los animales, han sido creados no sólo con un instinto sexual, sino también con un instinto conyugal. Instinto sexual e instinto conyugal El instinto sexual es natural; se desarrolla por sí mismo rápidamente hasta volverse perceptible. Necesita, más que desarrollo, control; muchas veces es más intenso hacia una persona específica, pero normalmente no se limita a una sola. También el instinto conyugal es natural; pero se manifiesta más lentamente y necesita ser desarrollado. Casi no tiene necesidad de control y generalmente se limita a una sola persona. El instinto conyugal atrae al hombre y a la mujer a un compromiso por medio del cual desean libremente asumir un vínculo permanente en una asociación o alianza de amor, y ser fieles a ese compromiso libremente asumido. La frustración sexual, hoy tan generalizada, es una frustración sobre todo en el ámbito conyugal o conyugable de la sexualidad. A medida de que el instinto conyugal va siendo comprendido, y en la medida en que se desarrolla y madura, tiende a volver notablemente más fácil el control sexual, y determina una actitud de respeto hacia la sexualidad. Es normal que el matrimonio se presente como un "ideal" para una pareja de enamorados: cada uno ve al otro como posible compañero para toda la vida, como padre o madre de los futuros hijos, como aquel que puede ser absolutamente único en la propia vida. Son estas verdades primarias de la sexualidad conyugal las que el mundo moderno parece ya no saber comprender; a esto se debe la gradual pérdida de estimación recíproca entre los dos sexos. Todo esto, mientras encuentra aplicación recíproca en la relación sexual, se refiere de manera particular al hombre en su relación con la mujer. Si no hay nada que induzca al hombre a respetar más a la mujer que la maternidad (actual o potencial), hay que buscar la causa de esto en el hecho de que la maternidad eleva a la mujer por encima de la categoría de objeto que se quiere poseer, colocándola en aquélla de sujeto que hay que respetar. Amor y defectos Es fácil amar a las personas "buenas". El programa del cristianismo consiste en que aprendamos a amar también a los "malos", vale decir, a aquellos que tienen defectos: dicho de otro modo, a todas las personas. En nuestro caso, el programa completo consiste en que quien contrae libremente el compromiso conyugal de vida y amor con otra persona (sin duda porque ve en ella una singular bondad) debe estar preparado para mantenerse fiel a esa alianza, aun cuando algunas consideraciones objetivas o subjetivas más tarde la induzcan a pensar que el otro ha perdido toda bondad particular, y resulta más bien poseedor de una larga lista de defectos. Aunque el descubrimiento recíproco de defectos sea inevitable en el matrimonio, esto no es incompatible con la realización del bien de los esposos. Al contrario, es posible afirmar que la experiencia de los defectos del otro es esencial para que la vida conyugal alcance el verdadero ideal divino del "bien de los cónyuges". La inevitable desaparición de amor romántico inicial -fácil y sin esfuerzo- pone a todo cónyuge frente a la tarea de aprender a amar al otro tal como es realmente. Es entonces cuando se crece como persona. En esto radica la seriedad y belleza del desafío asumido en el matrimonio. Y esto es una cuestión central, que los educadores y asesores matrimoniales deben entender y explicar en profundidad. El aspecto "romántico" de una relación casi siempre desaparece; pero no por eso el amor tiene que morir. El amor está destinado a madurar, y puede acrecentarse si la disposición al sacrificio presente en los primeros tiempos de la autoentrega matrimonial está todavía viva o puede ser activada. El hecho de que el verdadero amor esté dispuesto al sacrificio es el argumento que en la prédica pastoral debería quizás tener mayor resonancia. Como dice Juan Pablo II: "Es propio del corazón humano aceptar exigencias, incluso difíciles, en nombre del amor por un ideal y sobre todo en nombre del amor a una persona". La naturaleza humana es mezcla y separación entre tendencias buenas y malas. ¿Recurrimos lo suficiente a las tendencias buenas? ¿O tal vez cedemos a la tentación de pensar que las malas son más fuertes? Es necesario robustecer nuestra fe no sólo en Dios, sino también en la bondad de lo creado, recordando las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino: "bonum est potentius quam malum", el bien es más poderoso que el mal y cala más hondo en nuestra naturaleza. También la Veritatis splendor se mueve en la línea de este principio. De hecho, la encíclica, para presentar el esplendor y la atracción de la verdad, parte de nuestra hambre y sed naturales del bien. Las tendencias contrarias pueden ser naturales. Frente al peligro, es natural sentir la tentación de la cobardía y el deseo de huir. Pero también es natural querer ser valiente y afrontar el peligro. Una madre o un padre puede tener la tendencia natural al egoísmo, pero tiene, sin embargo, la tendencia no menos natural a preocuparse de sus propios hijos: un instinto materno o paterno. Análogamente, aunque sea natural que surjan fricciones entre los cónyuges, es también natural que ellos sean capaces de preservar su amor del peligro que emana de estas fricciones. El instinto conyugal del que hemos hablado los insta a ser fieles; por el contrario, aquel que no quiere luchar por la fidelidad no podrá evitar la persuasión de haber actuado de mala gana, de manera calculadora y egoísta. Complementando lo anterior, podemos agregar que hay muy poco de natural y de inevitable en el hecho de que dos personas, después de haberse considerado por un tiempo absolutamente únicas la una para la otra, después de cinco o más años terminen por no ser ya capaces de soportarse. "Mi amor por él (o por ella) ha muerto"… Si esto ha ocurrido, se ha tratado de una muerte gradual que muchas veces hubiera sido posible evitar con el buen consejo de los familiares, de los amigos y de los sacerdotes. ¿Entregarse a prueba? No es bueno que el hombre esté solo, tal como no es bueno que se entregue "a medias". A esto se debe la naturaleza radicalmente insatisfactoria y frustrante de los vínculos "cuasi conyugales" donde no existe un compromiso de vinculación. No me refiero aquí a la simple promiscuidad, sino a las parejas que buscan algún tipo de relación semiconyugal en la cual haya cierto sentido de pertenencia recíproca, aunque no definitiva, dejando siempre abierta una vía de escape. Una relación de este tipo se sitúa tan por debajo del matrimonio que los que "hacen la prueba" probablemente no se casarán nunca o si se casan es muy difícil que su matrimonio pueda durar. Se tratan con una reciprocidad demasiado débil. En definitiva cada uno de los partners no va más allá de la proyección del propio "yo"; no hay una proyección compartida. El "yo" -en lugar del "nosotros"- sigue siendo el punto de referencia, de centralización, para ambos. La otra persona siempre será un compañero o una compañera "de prueba". No se dan, sino que cada uno presta al otro, da sólo parcialmente. Raras veces pueden liberarse después de la convicción de que "nunca he conocido a nadie por el cual valiera la pena entregarse"; o bien "nunca he sido capaz de entregarme": o quizás, más simplemente: "nunca he sido aceptado; nunca nadie me ha considerado digno de aceptación incondicional". Quien no ama, no puede encontrar amor; quien no se da a sí mismo, no puede encontrarse. La vía de entrega parcial es la vía de la autofrustración.
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Amor, fidelidad e indisolubilidad
La aspiración de amar fiel e incondicionalmente y ser amado de la misma manera es uno de los mayores deseos de nuestro corazón
Actualizado 4 agosto 2010
Actualmente bastante gente piensa que si el compromiso matrimonial ha sido hecho por dos personas libres, esas mismas personas mantienen su libertad de romper su relación cuando lo consideren oportuno. Y sin embargo nos damos cuenta que la aspiración de amar fiel e incondicionalmente y ser amado de la misma manera es uno de los mayores deseos de nuestro corazón. Amar es más que un enamoramiento, es una decisión de la persona entera. Entregar la propia vida a otra persona es la expresión máxima de libertad y amor, si bien este amor pleno exige una madurez que permite la donación de sí mismo con un amor a la vez corpóreo y espiritual. Sólo un amor total, decidido a no hacer elecciones incompatibles con esta decisión y en el que se intenta evitar todo cuanto pueda llevar a una situación de ruptura, adquiere la nota de seriedad. “El amor no pasa nunca”(1 Cor 13,8). Quien es incapaz de concebir el amor para toda la vida, es incapaz de amar de verdad un solo día. El verdadero amor es el representado por una unión estable, definitiva y fecunda, sin límites ni fechas. Uno se mantiene fiel al otro pase lo que pase. Por ello la desaparición del mutuo afecto conyugal no supone la disolución del matrimonio, sino que remite a ese amor anterior que proviene de Dios y del que el amor conyugal es manifestación y del que recibe su fuerza.
El amor implica un esfuerzo diario, para que a pesar de las dificultades que siempre han existido o las nuevas originadas por los cambios sociales actuales, como la emancipación y el trabajo fuera de casa de la mujer, se mantenga una relación profunda e íntima que sabe de respeto al otro y que está dispuesto en los momentos difíciles al perdón y a la reconciliación. El amor es un ocuparse y un preocuparse por el otro, ansía su bien y está dispuesto al sacrificio. El amor es un trabajo en el que hay que empeñarse, abarca la existencia entera y tiende a lo eterno. Para ello es importante una actitud de alerta frente a la rutina y que la pareja encuentre tiempo para su dedicación mutua, para el cara a cara, solos, del uno con el otro.
El ser humano es capaz de compromiso permanente y de hecho millones de matrimonios, incluso podemos afirmar la gran mayoría, son fieles y perseverantes hasta la muerte. Tal actitud es un signo de esa solidaridad que el hombre es capaz de mostrar a un semejante. El amor necesita duración porque sólo así tendrá la oportunidad de desarrollarse transformándose debidamente de acuerdo con las circunstancias cambiantes de la vida. Por una parte, se necesita toda la vida para realizar la vocación personal de cada uno y para trabajar mutuamente en la realización común. Por otra, el hijo necesita durante largo tiempo situaciones estables. Esta necesidad no proviene tanto de los cuidados físicos que pueden fácilmente ser asumidos por otras personas, sino de la formación de su personalidad que exigen un padre y una madre y una situación familiar estable. Y no olvidemos que incluso en los fracasos matrimoniales son muchos los que, pese a todo, deciden seguir siendo fieles al vínculo matrimonial. Finalmente en el matrimonio cristiano, la fidelidad humana se convierte en una señal de nuestra fidelidad a Dios, fidelidad que participa de la fidelidad de Dios hacia nosotros y se manifiesta en el sacramento del matrimonio por la indisolubilidad.
http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=10111
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Evangelio según San Juan (3,16-18)
En aquel tiempo Jesús dijo a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».
La fuente del amor
En la liturgia del día la segunda lectura, de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, es la que más directamente evoca el misterio de la Santísima Trinidad: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros». Pero ¿por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que existe Dios, para añadirnos también el enigma de que él es «uno y trino»? Hay hoy día algunos a los que no les disgustaría dejar aparte la Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y musulmanes, que profesan la fe en un Dios rígidamente único.
¡Los cristianos creen que Dios es trino porque creen que Dios es amor! Es la revelación de Dios como amor, hecha por Jesús, la que ha obligado a admitir la Trinidad. No es una invención humana. Dios es amor, dice la Biblia. Así que está claro que si es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, no dirigido a alguien. Entonces nos preguntamos: ¿a quién ama Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ama a los hombres. Pero los hombres existen desde hace algunos millones de años, no más. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios? No puede de hecho haber comenzado a ser amor en cierto punto del tiempo, porque Dios no puede cambiar. Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.
Y he aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con un amor infinito, esto es, en el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une.
El Dios de la revelación cristiana es uno y trino porque es comunión de amor. La teología se ha servido del término «naturaleza» o «sustancia» para indicar en Dios la unidad, y del término «persona» para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es una regresión, un compromiso entre monoteísmo y politeísmo. Es un paso adelante que sólo Dios mismo podía hacer que diera la mente humana.
Pasemos ahora a algunas consideraciones prácticas. La Trinidad es el modelo de toda comunidad humana, desde la más sencilla y elemental, que es la familia, a la Iglesia universal. Muestra cómo el amor crea la unidad en la diversidad: unidad de intenciones, de pensamiento, de voluntad; diversidad de sujetos, de características y, en el ámbito humano, de sexo. Y vemos precisamente qué puede aprender una familia del modelo trinitario.
Si leemos con atención el Nuevo Testamento, observamos una especie de regla. Cada una de las tres personas divinas no habla de sí, sino de la otra; no atrae la atención sobre sí, sino sobre la otra. Cada vez que el Padre habla en el Evangelio lo hace siempre para revelar algo del Hijo. Jesús, a su vez, no hace sino hablar del Padre. El Espíritu Santo, cuando llega al corazón de un creyente, no enseña a decir su nombre, que en hebreo es «Rûah», sino que enseña a decir «Abbà», que es el nombre del Padre.
Intentemos pensar qué produciría este estilo si se transfiriera a la vida de una familia. El padre, que no se preocupa tanto de afirmar su autoridad como la de la madre; la madre, que antes de enseñar al niño a decir «mamá» le enseña a decir «papá». Si este estilo fuera imitado en nuestras familias y comunidades, se convertirían verdaderamente en un reflejo de la Trinidad en la Tierra, lugares donde la ley que rige todo es el amor. ZS05052002
[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]
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Amar y alabar.
1. Preguntar por el sentido: 1). Respuestas desde la fe; 2). Primeras clarificaciones.- 2. ¿Quién es Dios?: 1). El amor de Dios según el Antiguo Testamento; 2). La “humildad” de Dios según el Nuevo Testamento.- 3. ¿A qué está llamado el hombre?: 1). Acoger la propia debilidad; 2). Abrir el corazón a la gracia; 3). Perdonar al enemigo; 4). Confiar en Dios.- 4. Un nuevo estilo de vida: 1). Servir a los hombres; 2.) Alabar a Dios.- 5. Reflexiones finales.
Por Jutta Burggraf (*)
Hace tan sólo unas décadas, Albert Camus podía sintetizar la postura existencial de su generación con una simple afirmación: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. La decisión sobre si vale la pena vivir o no... es la más urgente de todas las cuestiones” [1].
En nuestro mundo de continuas distracciones, este problema radical ya no es planteable. Si alguien lanzara una tesis semejante, encontraría probablemente unas respuestas similares a las siguientes: ¿no basta dejarse llevar por las situaciones que van y vienen, y vivir simplemente - de un desayuno a otro, de un telediario al próximo, de un fin de semana al siguiente? El día a día es ya suficientemente complicado, el estrés es crónico y nuestras fuerzas son limitadas.
1. Preguntar por el sentido
Según un estilo de vida ampliamente difundido se trata, consciente o inconscientemente, de evitar “llegar hasta el final”, impedir que nuestros pensamientos alcancen esa peligrosa dimensión que pondría en tela de juicio nuestra comodidad. En otras palabras, estamos en la tierra para disfrutar al máximo. Pero, por otra parte, nos resulta evidente que estamos muy lejos de lograrlo. Tarde o temprano llegarán el aburrimiento, la enfermedad, sufriremos el fracaso o el rechazo. Las frustraciones están programadas. “El drama consiste en que nunca podemos emborracharnos suficientemente,” confiesa André Gide en su diario [2]. Es digno de considerar que justamente aquellos que buscan el placer inmediato, no raras veces muestran la incapacidad de alegrarse, llevan en sí el hastío de la propia vida.
Otros piensan que han nacido para trabajar, para contribuir con sus talentos prácticos, artísticos, intelectuales o sociales al bienestar de su familia y al progreso del mundo; o para conseguir simplemente estimación, aplauso y éxito. Nuestras sociedades de competitividad se centran, de hecho, en el desarrollo y el progreso, y nos invitan a considerar la vida como una carrera que hay que ganar.
Pero al final llegamos al mismo dilema. ¿Qué pasa cuando nos confirman la invalidez laboral, cuando nos convertimos en una carga para los demás? Entonces se acaban el trabajo y el aplauso, no la vida; y nos movemos en el vacío.
Podemos descubrir, al menos en ciertas situaciones límites, que no conviene reprimir la pregunta por el sentido último de la propia existencia. Tal actitud no puede engendrar más que resignación o amargura, a no ser que alguien consiga vivir de un modo extremadamente superficial. ¿Por qué levantarme cada mañana, si algún día se acaba todo? ¿Por qué construir una casa y fundar una familia, si en doscientos años ya no existen ni la casa ni mi familia? “Debo basarme en una verdad indiscutible; sólo entonces puedo llegar a ser feliz,” afirma el mismo Nietzsche [3].
Si el último sentido de la vida no se encuentra más allá de nosotros, en la eternidad, no puede satisfacernos plenamente: todos nuestros esfuerzos serían en el fondo absurdos. Un filósofo conocido lo expresa con sencillez: “Sólo si creo en Dios, estoy plenamente seguro de que mi vida de hecho tiene sentido” [4]
1. Respuestas desde la fe
La fe cristiana responde de un modo rotundo y solemne a nuestras preguntas más profundas: “Como la creación procede totalmente de Dios, existe también... totalmente para Él, para su gloria y para su honra. El primer sentido de la creación es la gloria de Dios” [5]. El mundo entero es una alabanza del Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” [6].
Podemos encontrar esta afirmación también en otras religiones. “No has visto que se prosternan ante Dios todos los que están en los cielos y todos los que se encuentran en la tierra, y el sol, y la luna, y las estrellas, y las montañas, y los árboles, y los animales? – pregunta el Corán-. ¿No has visto que todo lo que existe en los cielos y en la tierra celebra las alabanzas de Dios, y también los pájaros al extender sus alas? Cada uno conoce su oración y su alabanza” [7]. Y Tagore exclama. “¡Cómo cantas, Señor, en los pájaros, cómo alumbra tu aurora el latido de nuestros corazones, cómo todo es un rumor que canta tu grandeza!” [8].
De todas las criaturas visibles, sólo el hombre es capaz de darse cuenta de lo que Dios ha hecho por él [9]: “Tú has formado mis entrañas, me has plasmado en el vientre de mi madre... No se te ocultaban mis huesos cuando en secreto iba yo siendo hecho, cuando era formado en lo profundo de la tierra” [10]. Este descubrimiento puede moverle a unirse al coro de la naturaleza y responder con agradecimiento y alabanza a la generosidad del Creador.
Pero cabe también otra posibilidad: cerrar los ojos a los dones recibidos. A este respecto, Péguy hace decir a Dios: “Yo brillo de tal manera en mi creación, en el sol, en la luna, en las estrellas..., en la faz de la tierra y en la faz de las aguas..., en la luz y en las tinieblas, en el pan y en el vino, en el corazón del hombre que es lo más profundo que hay en el mundo..., yo brillo de tal manera en la creación que para no verme sería necesario que estas pobres personas fueran ciegas” [11]. Ratzinger es todavía más explícito: “El hombre puede ver la verdad de Dios en el fondo de su ser creatural… Sólo se deja de ver cuando no se la quiere ver, es decir, porque no se la quiere ver… El que la lámpara de señales no centellee, es consecuencia de haber apartado voluntariamente la mirada de lo que no queremos ver” [12] .
Distanciarse de Dios lleva a una vida humanamente empobrecida [13]. Guardini advierte que podemos enfermar espiritualmente, cuando nos engañamos a nosotros mismos en el tratamiento de la verdad. Pero también podemos sanar: cuando nos abrimos a la grandeza de Dios, actuamos en armonía con nuestra naturaleza espiritual y establecemos una correcta relación con la verdad. Entonces “crecemos” interiormente; la mirada se aclara, el espíritu se renueva, el corazón se purifica y se dilata [14]. Estaremos en condiciones para llenar nuestra vida de contenido.
Cuando miramos a Dios, recibimos de Él el porqué de la existencia. Entonces comprendemos que también nosotros estamos llamados a alabarle, no sólo ontológicamente como el resto de la creación visible, sino consciente y libremente: somos capaces de expresarle la admiración y el asombro por todo lo que Él es y por todo lo que Él ha hecho por nosotros. “Dios y Señor nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Has exaltado tu majestad sobre los cielos” [15].
Dar gloria a Dios es reconocer su bondad y contarla a los demás [16]. “También nosotros, llenos de alegría..., aclamamos tu nombre cantando” [17].
2. Primeras clarificaciones
Estos planteamientos, por hermosos que sean, no parecen ser, a primera vista, un programa real de actuación para el hombre moderno, sino más bien una mera teoría, elaborada en otros tiempos y para otro tipo de personas, sin conexión alguna con nuestra vida cotidiana. En efecto, cuando nos detenemos a considerarlos en serio, surgen interrogantes de envergadura.
¿Egoísmo divino?
¿Para qué quiere Dios mi alabanza? ¿Qué obtiene con que yo le diga que es grande y maravilloso? ¿No aparece Dios aquí como un ser egoísta y narcisista que nos ha creado únicamente para demostrar su propia gloria, tal como le presentó Kant en el siglo XVIII? [18].
Es evidente que un Dios infinito no necesita nada de sus criaturas [19]. El silencio del hombre no puede oscurecer en absoluto su gloria que, en realidad, no es otra cosa que Él mismo, en cuanto que su ser es luz, belleza, esplendor y, sobre todo, amor. La palabra hebrea kabod (“gloria”) es el peso de Dios que se derrama y comunica. Es la bondad inmensa que se manifiesta en el rostro de Cristo [20]. Nosotros damos gloria a Dios cuando participamos de esta bondad. Así es como entendemos que Dios nos ha creado para su gloria: nos ha creado para que entremos en su vida de amor [21], para que seamos sumamente felices [22].
Dios no quiere demostrar su gloria, sino mostrárnosla para hacernos partícipes de ella. Ha encaminado la creación libremente y por amor hacia nuestra felicidad. Ésta, que tanto deseamos, nunca la alcanzaremos de modo pleno, si la buscamos en la posesión o en el placer, sino precisamente a través de una relación amorosa con nuestro Creador.
Cuando Dios “bendice” al hombre, le colma de sus dones. Cuando el hombre “bendice” a Dios, le reconoce digno de adoración, dice bien de Él. De esta forma, la bendición descendente de Dios hacia nosotros produce una bendición ascendente de nosotros hacia Dios. Nuestra alabanza es eco y respuesta al amor divino; conduce a un encuentro de amistad entre Dios y nosotros.
El sentido de la vida consiste en este encuentro, en la comunicación y la amistad con Dios [23], que se expresan “mediante la fiesta y la celebración, el agradecimiento y la bendición” [24].
¿Alabar en la tribulación?
¿Pero cómo es posible alabar a Dios en el mundo que nos rodea? ¿Qué le podemos decir de bueno, cuando lo que contemplamos es casi todo malo? ¿Cómo darle gracias en medio del sufrimiento y del dolor?
Efectivamente, la alabanza no se funda en una actitud ingenua. No nos lleva a cerrar los ojos ante enfermedades, injusticias, conflictos y guerras. Tampoco nos hace comprender todo lo que pasa en nuestra vida. Pero sí conduce a mirar las situaciones desde otra perspectiva. Su secreto consiste en comprender que el mal tiene su origen en nosotros, no en el Creador, y que –a pesar de ello- no hay ninguna situación, por adversa y penosa que sea, que no esté envuelta por el amor de Dios.
Según la fe cristiana, “Jesús es el Señor” [25]. Es Él quien guía la historia y la vida de cada hombre hacia un bien que muchas veces nos trasciende. Quien está convencido de esa verdad, ya no quiere vivir con la queja a flor de labio, ni con la amargura en el corazón, como si Dios no supiera llevar bien los asuntos de su vida. Descubre el gozo de vivir como hijo en la casa de su Padre, y adquiere fuerzas para colaborar en la superación de los problemas que se le presenten [26]. En otras palabras, la alabanza es el estilo de vida de los que creen.
Entonces, ¿quién es Dios en realidad? ¿Y a qué llama al hombre en concreto? [27].
2. ¿Quién es Dios?
Dios se nos ha manifestado en la plenitud de los tiempos como Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Trinidad es, de alguna manera, la “vida interior”, la misma “intimidad” divina; es un misterio de comunión profunda, un misterio de donación mutua y constante. Nos hace vislumbrar –aunque sólo de lejos- lo que quiere decir que “Dios es Amor” [28].
Que Dios, desde la eternidad, es en sí vida y amor significa su bienaventuranza plena y es, para nosotros, en medio del dolor y de la muerte, el fundamento de nuestra esperanza: la realidad más profunda de nuestro mundo y la raíz de nuestra existencia es el amor divino, un derroche de vida y de felicidad.
1. El amor de Dios según el Antiguo Testamento
Yahveh aparece majestuoso y lleno de poder en el Antiguo Testamento. Es el Creador y el Rey, grande por encima de toda medida [29]. Lo asombroso es que este Dios tan inmenso y fascinante se preocupa de lo que es minúsculo y parece insignificante [30]. Declara al hombre su gran amor: “No temas, que yo... te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán... Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero” [31].
No es sólo en los acontecimientos importantes, sino también en la vida diaria donde el pueblo elegido descubre la presencia de Yahveh, su amor y su ternura, su perdón y su fidelidad. Dios está cerca de los hombres, se hace accesible a ellos; les sale al encuentro, les salva y protege, los guía y les colma de innumerables bienes [32]. “¿Puede acaso una mujer olvidarse del hijo que cría, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella lo olvidara, yo no me olvidaría de ti. Mira, en la palma de mis manos te tengo tatuado” [33].
Mientras Israel se aparta con frecuencia del camino recto, Dios se muestra clemente y fiel [34]. Acoge al pueblo en su debilidad y le perdona su culpa. “Vacilarán los montes, las colinas se conmoverán, pero mi bondad hacia ti no desaparecerá,... dice Yahveh, el que de ti se compadece” [35].
El hombre no suscita ni merece la misericordia divina. El amor de Yahveh es anterior a su existencia, y es lo único seguro que existe. “Más grande que los cielos es tu amor, más alta que las nubes es tu fidelidad” [36].
2. La “humildad” de Dios según el Nuevo Testamento
Dios nos manifiesta en el Nuevo Testamento que su entrega a los hombres no tiene límites [37]. Está dispuesto a compartir nuestras necesidades y nuestros sufrimientos. Por eso oculta la gloria de su divinidad y se hace presente en Jesucristo [38]. Toma libremente el camino descendente para sanarnos en lo más hondo de nuestro ser y atraernos al corazón de su amor trinitario.
Dios de los pequeños
Isaías había anunciado ya la ternura del Mesías: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha que se extingue” [39]. Su misión consistirá en “llevar la Buena Nueva a los pobres, curar los corazones oprimidos, anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a los presos” [40].
Jesucristo ofrece a todos los hombres el don de una nueva vida, que consiste esencialmente en una nueva amistad con Dios [41]. No excluye a nadie, por pobre y pequeño que sea. Se muestra cercano a los afligidos y abatidos, a los enfermos e ignorantes, a los marginados y condenados: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” [42]. Los débiles y despreciados de toda clase descubren en Jesús una felicidad inesperada. Se ha acabado el tiempo de la soledad, de la vergüenza y de la humillación. Sienten cómo son acogidos, cómo se les devuelve una dignidad en la que ya no creían.
Jesús se hace amigo de los niños y de los pobres, e incluso se identifica con ellos [43]. El niño simboliza a todos los que no pueden desenvolverse solos, el pobre representa a los que tienen “hambre y sed”, los que están encarcelados o en una tierra extranjera. “Cuánto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” [44]. Es un misterio sobrecogedor que el mismo Dios -la grandeza, la belleza y el poder absoluto- se oculte en el más pequeño, en el más débil, en el que sufre más.
Los hombres solemos admirar a una persona importante y grande, pero también la tememos. Ordinariamente es más fácil amar a alguien que es débil y que nos necesita. Quizá sea esta una de las razones por las que Jesucristo se hace pequeño y vulnerable: quiere entrar en comunión con nosotros. Nos enseña así que la lógica del amor es distinta de la de la razón o del poder: amar es ponerse al alcance del otro [45].
Dios del perdón
En su paso por la tierra, Jesucristo perdona los pecados a los que se arrepienten de ellos; al mismo tiempo nos revela la alegría de Dios al perdonar; nos muestra a un Dios que se “conmueve” ante nuestro destino. La parábola de la oveja extraviada, por ejemplo, nos da a conocer la felicidad del pastor que recupera su pequeño animal; no dice nada sobre el “estado anímico” de la oveja: cuando el pastor la encuentra, se la coloca, rebosante de alegría, sobre los hombros [46].
En la narración de la mujer pobre que ha perdido una moneda, Jesús nos lleva de nuevo más allá de la escena cotidiana. El desvalimiento y la angustia de esta pobre mujer son una imagen de otro dolor, en este caso infinito: el “dolor” del mismo Dios en su búsqueda del hombre perdido. A través de la protagonista de la parábola, Jesús nos habla de Dios que está removiendo cielo y tierra para encontrar lo que está perdido. Y la alegría de la mujer al encontrar su moneda es la felicidad de Dios por haber encontrado al hombre desviado [47].
La historia del hijo pródigo expresa el mismo hecho con la máxima claridad. Cuando el padre ve a su hijo volver a él -descamisado, delgado y mugriento-, corre a abrazarle, sin juzgarle, sin hacerle reproches, sin ni siquiera decirle “te perdono”. El padre sólo tiene un deseo: recuperar a su hijo, vivir en comunión con él. Este deseo es más fuerte que las heridas que el joven le ha provocado [48].
Así ama Dios a los hombres. Baja del cielo para liberarles de su culpa y su miseria. No es nuestro amor la causa y la medida del perdón divino. Es el amor misericordioso y absolutamente gratuito de Dios el que, por el contrario, tiende a provocar nuestro amor contrito y agradecido [49].
Dios-siervo
Cuando Jesucristo comienza su ministerio público, Juan el Bautista declara que no es digno de ponerse de rodillas ante Él para desatarle la correa de sus sandalias [50]. Más tarde, una mujer pecadora lava con sus lágrimas los pies del Mesías [51], y María de Betania los unge con un valioso perfume [52]. Estos gestos, por pequeños que sean, parecen adecuados en el trato con un Dios que se ha hecho hombre, ya que expresan mucho respeto y un gran amor.
Sin embargo, poco antes de la pasión vemos a Jesús arrodillado ante los apóstoles lavando sus pies [53]. En lugar de servir al maestro, es ahora el maestro quien sirve a sus discípulos. De esta manera les da a entender que el Reino prometido ya ha llegado -el Reino en el que el mismo Señor “se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá” [54].
Estamos de nuevo en esta lógica de amor de un Dios que desciende, y desciende a lo más bajo. Un Dios que se humilla [55]. Nos encontramos ante un Dios que se hace pequeño y pobre, que ocupa el último puesto, el puesto del niño o del esclavo. En la cultura judaica de aquel tiempo, era normalmente el esclavo el que lavaba los pies a su señor. “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” [56].
Jesús nos ha prestado el máximo servicio con su muerte en la cruz. Allí escuchamos la última palabra del amor, si es que puede tenerla el amor. Que Dios se haya revelado definitivamente en un crucificado es algo que contradice todas las expectativas humanas. Es “escándalo para los judíos, locura para los gentiles” [57]. Dios pobre, se pone de rodillas como un simple criado, se deja atacar e injuriar, ya crucificado. Es un escándalo. Es nuestro mundo al revés. Y es un mensaje de amor.
Jesús revela a un Dios que se oculta en la pequeñez, desciende a la debilidad completa y se deja vencer [58]. Su descenso se inicia cuando toma la naturaleza humana, se manifiesta claramente en el lavatorio de los pies y culmina en la pasión y la muerte. “Hemos visto su gloria,” exclama San Juan, refiriéndose principalmente a la gloria de la cruz [59]. La “gloria de Dios” es el amor.
Un Dios que se pone de rodillas y sirve a los hombres “hasta el fin” [60] es, realmente, muy diferente a ese Dios legislador, severo, pronto a condenar –e incluso “egoísta”-, tal como algunos le han visto a través de los siglos.
3. ¿A qué está llamado el hombre?
En una ocasión, Jesucristo muestra un denario a la gente diciendo: “Dad al emperador lo que es del emperador, y a Dios lo que es de Dios” [61]. La moneda que lleva acuñada la imagen de Augusto, pertenece al César, pero el hombre, que es imagen de Dios, pertenece a Dios. Hay en cada persona una parte que no es de la competencia de las autoridades humanas, una dimensión de trascendencia de la que ningún poder humano puede disponer. En cuanto imagen divina, el hombre está directamente vinculado a Dios, que le invita a entrar en su Reino.
El Reino de Dios no es una estructura social o política. Es Dios mismo, y la vida con Él nos es presentada como un banquete copioso, es decir, una comunidad en alegría. “Yo dispongo un Reino para vosotros, para que comáis y bebáis en mi mesa en mi Reino” [62]. Allí hay comunión, hay amistad y donación mutua. Y se nos manifiesta de nuevo que lo más importante no son el saber ni el poder, sino el amor que mueve a poner todo saber y poder al servicio de los demás.
Como Dios es un profundo misterio de comunión, el hombre –su imagen- está llamado a realizarse en la comunión [63]. En otras palabras, tiene que hacerse cada vez más capaz para el amor, la entrega y la amistad, tiene que preocuparse cada vez más por la suerte de los demás y compartir con ellos los altibajos de la vida. Eso no es algo casual, decorativo y, al fin y al cabo, superfluo para la persona, sino que es absolutamente imprescindible para el despliegue de los dones que ha recibido de su Creador, y para su propia felicidad [64].
El hombre está llamado a transparentar la gloria, la bondad y el amor de Dios en el mundo que le rodea. Tiene, efectivamente, una tarea muy grande por cumplir. Pero no se encuentra solo ante ella. Porque Jesucristo no sólo le desvela el último sentido de su existencia; al mismo tiempo le invita a recorrer con Él el camino que conduce hacia su plena realización.
1. Acoger la propia debilidad
Se ha dicho a veces con San Agustín que Dios está más cerca de mí que yo de mí mismo [65]. Es también más leal conmigo que yo conmigo mismo. En ocasiones, no somos leales con nosotros mismos, no somos auténticos o verdaderos. No queremos vernos como realmente somos. En nuestra cultura aprendemos pronto a ser “fuertes” y a “defendernos” en la selva de la vida. La vulnerabilidad es peligrosa y por tanto prohibida. Tendemos a esconder sutilmente nuestras sombras y nuestros miedos, nuestras necesidades y debilidades. Algunos consiguen con este comportamiento un determinado reconocimiento social, pero pagan por ello un gran precio: niegan su propia humanidad, y renuncian a una vida en libertad.
Un “rico” –en el sentido más amplio de la palabra- se siente satisfecho de sí mismo, y no reconoce su necesidad de amor, su necesidad del otro. El fariseo del Evangelio, por ejemplo, se siente tan perfecto que todos deben saberlo. Es un hombre que hace de la salvación un negocio de compraventa: tantas obras realizadas, tanto capital acumulado, tanto derecho a la salvación. Sus relaciones con Dios son de haber y debe, de ganancias y de deudas. Considera la observancia de la ley como un fin en sí. No sabe alabar, porque no mira a Dios, sino hacia sus propias obras. Y no comprende que es más importante tener un corazón misericordioso que observar escrupulosamente un reglamento [66].
Jesús sabe que la tentación de los hombres será siempre la de imitar a los “reyes de las naciones” [67]. El peligro estriba en dejarse seducir por lo que es grande, por el poder y las riquezas, por la adquisición de éxito y de admiración, de placeres y privilegios. Pero si buscamos estas cosas de un modo compulsivo, no sólo nos apartamos de Dios –creando nuevos dioses-, sino que también nos alejamos de nosotros mismos, porque deformamos nuestra naturaleza y rechazamos ser aquellos que Dios ha querido desde siempre.
Si una persona se esconde detrás de una muralla gruesa y cierra su apertura a la trascendencia, no está ni en contacto consigo mismo, ni tampoco le será posible abrirse a un mundo superior. Para lograrlo, es indispensable “desarmarse”, aceptar que soy vulnerable, reconocer los propios bloqueos, fisuras y deficiencias y renunciar, finalmente, a las seguridades humanas. La ayuda de Dios no nos faltará en esa empresa. Dios quiere mostrar su fuerza justamente en la flaqueza del hombre [68]; por eso suele escoger lo que es débil e insignificante ante los ojos del mundo [69].
Jesús toca ese misterio en la parábola del banquete nupcial que un rey ofrece para su hijo. Los que gozan de reputación en la sociedad, gente sin duda virtuosa y religiosa, rechazan su invitación. Tienen otras cosas que hacer; están demasiado ocupadas. Los pobres, en cambio, los lisiados y tullidos están disponibles; vienen y llenan la sala [70]. Aquí vemos de nuevo que se ha invertido el orden de cosas. Los pequeños son los que se acercan más a Dios. Los excluidos son los elegidos.
Un viejo proverbio dice: “El éxito no es un nombre divino.” Jesús, de rodillas ante sus discípulos, manifiesta que para entrar en su Reino hace falta humildad y tener el corazón de un niño. ¿Es posible crecer hacia una nueva libertad si no somos conscientes de nuestra falta de libertad? ¿Podemos desear ver, si no nos damos cuenta de que somos ciegos? El mismo Dios invita a cada uno de nosotros, rico o pobre, a recorrer este camino de descenso; nos llama a todos a la sencillez. Quien no salga de la suficiencia y acepte la propia indigencia, “quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” [71].
La verdadera alabanza de Dios pasa por el camino de la infancia, de la pobreza interior, del desprendimiento [72]. Pasa por un camino que nos libera de tantas ataduras superfluas.
2. Abrir el corazón a la gracia
Es famoso el “lamento” de Dios que recoge el libro del profeta Isaías: “Este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios..., y su culto a mí es precepto humano y rutina [73]. Dios no nos pide sólo obras exteriores; en primer lugar quiere entrar en nuestro corazón [74].
El corazón era, para los israelitas, el centro íntimo de la persona, allí donde se traman los planes y proyectos y donde se decide la vida entera del hombre. Es el fondo mismo de nuestro ser, ese lugar profundo y misterioso donde siempre podemos ser más verdaderos y más capaces de amar, más fieles y llenos de vida. Allí se esconde el último secreto de nuestra libertad interior: podemos acoger o rechazar el amor que Dios nos ofrece.
Para vencer el mal, hace falta “convertirnos”, abrirnos desde lo más hondo a la gracia divina. Ésta cambia la misma raíz de nuestro ser y –en la medida en que no ponemos obstáculos- nos modela y poda hasta transformarnos, poco a poco, en quienes Dios ha querido al crearnos. La obra de la gracia es, ordinariamente, muy discreta y nada espectacular. Jesús presenta su Reino como una realidad oculta en el corazón humano, como un acontecimiento que ocurre en medio de nuestras experiencias más normales y cotidianas.
La conversión forma el comienzo de una nueva vida en Cristo [75]. Nos abre los ojos ante los muchos dones que nos han sido otorgados. Con esta nueva mirada es sencillamente imposible considerar a Dios como un tirano “egoísta” que infunde temor; se descubre, al contrario, que es Amor infinito, Amor generoso y eterno.
El hijo pródigo de la parábola de Jesucristo conocía muy poco el corazón de su padre. Pero cuando vuelve a casa, después de haber malbaratado su herencia, y ve que este señor ya mayor corre hacia su encuentro, entonces se da cuenta de lo que él significa verdaderamente para su padre, y lo que nunca ha dejado de ser para él, ni siquiera en su degradación más profunda. En este momento aprende a decir “padre” de una manera absolutamente nueva, con la alegría de un hijo que se sabe amado: comprende, por fin, que hay alguien en el mundo que le quiere de verdad, que sigue cada uno de sus pasos y le espera siempre; hay alguien que confía en él, pase lo que pase, alguien para quien él es muy importante. Esto es, probablemente, lo esencial de la conversión evangélica: aprender a llamar “Padre” a Dios, descubrir la inmensidad de su amor misericordioso.
Nuestro corazón de piedra, lleno de miedos y de bloqueos, debe ser transformado en un corazón de carne, vulnerable, compasivo, abierto a los demás [76]. En la medida en que la gracia divina opera este milagro, podemos alabar a Dios “con todo el corazón”, es decir, con todas nuestras capacidades, con la inteligencia, la voluntad y el rico mundo de los sentimientos, con la memoria y la imaginación, y hasta con los pensamientos y deseos más ocultos.
3. Perdonar al enemigo
Jesucristo llama a sus discípulos a una actitud enteramente nueva. Es también nueva su invitación a perdonar setenta veces siete, a hacer el bien a los que nos odian, a ser mansos y no violentos [77]. Lo esencial del mensaje cristiano es el amor a los enemigos [78]. Es algo tan extraño, hablando tan sólo desde el punto de vista terreno, como la identificación de Dios con los pobres y marginados.
El “enemigo” del que habla el Evangelio no sólo existe en la guerra. Está muy cerca de nosotros. Es aquel que ha pasado de largo ante nuestras necesidades, que nos ha hecho algún daño o que amenaza nuestra libertad. Es aquel de quien huimos y con el que no nos queremos comunicar.
A lo largo de la vida, todos recibimos heridas que nos van marcando. Podemos esconderlas y sepultarlas en lo más profundo de nuestro ser, detrás de barreras que levantamos para protegernos. Pero tal actitud no lleva ni a la realización, ni a la felicidad. El odio es como una gangrena que nos carcome. La venganza y el rencor envenenan la vida. Hacen que las heridas se infecten en nuestro interior, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas.”
Sólo en el perdón brota nueva vida. La palabra griega para perdonar, aphíemi, significa liberar, desatar; es saldar la deuda o el castigo. Estamos invitados a liberarnos de las heridas del pasado, que a menudo dominan nuestras actuaciones y nos separan de los demás. En esta tarea, los “enemigos” son nuestros mejores maestros, porque su presencia es un reto que nos impulsa a ahondar, y nos dan así la oportunidad de conocernos y de mejorar.
En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, “porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado” [79]. La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubría que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser libre.
El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus heridas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con un corazón abierto. A veces hace falta comprender que en los que nos han hecho daño hay bloqueos que les impiden admitir su culpabilidad. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás. Ningún hombre está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.
En 1994, un monje trapense llamado Christian fue asesinado en Argelia junto a otros monjes que habían rechazado dejar su monasterio, situado en una región peligrosa. Christian dejó a su familia una carta para que la leyeran después de su muerte, en la que daba gracias a todos los que había conocido: “En este gracias por supuesto os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy... Y también a ti, amigo de última hora, que no habrás sabido lo que hiciste. Sí, también por ti digo ese gracias y ese adiós cara a cara contigo. Que se nos conceda volvernos a ver, ladrones felices, en el paraíso, si le place a Dios nuestro Padre” [80].
Con el perdón se inicia un proceso que nos conduce a aceptar e incluso amar a los que nos han herido. Ésta es la última etapa de la liberación interior.
4. Confiar en Dios
Según nos cuenta el Evangelio, Jesucristo pide al joven rico que se deshaga de sus bienes. Su actitud, sin embargo, tiene poco que ver con la de un maestro espiritual que da este consejo a su discípulo, con el objeto de facilitarle el acceso a la libertad de espíritu. La exigencia de Jesús tiene otro sentido. Lo que espera de aquel joven es, en realidad, la confianza incondicional en su Persona. Le pide que lo deje todo para seguirle a Él, para unirse a Él [81].
El Señor no promete a sus discípulos una vida cómoda y fácil. Les anuncia, por el contrario, que tendrán que aguantar hambre y sed, calor y frío, incomprensiones y persecuciones. Les llama hacia la cruz. ¿Pero es posible alabar a Dios en medio de una vida llena de adversidades?
Una mirada al Antiguo Testamento nos da la respuesta. Israel lloró, se estremeció y se rebeló ante Dios. El libro de los Salmos es el mejor exponente de todas sus quejas y amarguras. Sin embargo, el título hebreo de este libro puede sorprender no poco: es Tehillim, que significa “oraciones de alabanza” [82]. Es decir, todo lo que está escrito en él, incluidos los gritos de dolor, son –en última instancia- un himno de alabanza a Dios. Más allá de sus lamentos, Israel creyó en la bondad de Yahveh.
Tampoco hoy nos es posible comprender el dolor. Pero a la luz de la pasión, muerte y resurrección de Cristo podemos aceptarlo en la seguridad de que tiene un sentido escondido a nuestra mirada. Dios nos invita a poner nuestra vida en sus manos. Hace suyas todas nuestras preocupaciones. Y nos enseña que las quejas y murmuraciones no son más que actos de rebeldía contra Él; son como acusarle de administrar mal los negocios de nuestra vida. “Un cierto tono de queja se encuentra en contradicción con la esencia del amor. El amante acepta gustoso el sacrificio y no echa en cara al amado lo que él le pide. Desde el fondo de su ser, dice alegremente que sí a ese dolor, saluda la cruz que le une con Cristo” [83].
La fe no nos permite hacernos insensibles o cerrar los ojos ante el misterio del mal. Nos ayuda, en cambio, a descubrir el rostro de Cristo en todas las situaciones. Este rostro, lleno de amor, tiene las huellas de la pasión. Dios llama a sus amigos a la cruz. La afirmación cristiana del mundo, por tanto, no tiene nada que ver con un optimismo barato. Puede realizarse con lágrimas. La felicidad que nos produce la vida con Cristo, “es verdadera y grande, pero se funda en el dolor” [84].
También los momentos oscuros pueden ser una fuente de alabanza: el dolor, la congoja, los apuros económicos, la sonrisa que nos han negado, la palabra que no hemos recibido, la injusticia que hemos sufrido, la derrota. La alabanza no puede estar a expensas de los gustos o disgustos, de las ganas o desganas. Brota de lo íntimo del corazón y no depende del vaivén de las emociones. San Francisco de Asís compuso su famoso Himno al sol para honrar a Dios estando enfermo en San Damiano: “Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor, tuyas son la alabanza, la gloria y el honor; tan sólo tú eres digno de toda bendición, y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención...” [85].
Estamos llamados a alabar a Dios también en las circunstancias difíciles de nuestra vida y mostrarle nuestra confianza precisamente en ellas. “Aunque pequemos somos tuyos, pues reconocemos tu poder. Pero no pecaremos porque sabemos que te pertenecemos” [86].
El poder transformador de la gracia divina actúa a veces con mayor fuerza allí donde Dios parece estar más escondido: en la experiencia del sufrimiento, de la humillación, en el fracaso y abandono, y en la muerte. Una escritora influyente afirma que no sólo el claro día, sino también la noche oscura tiene sus milagros. ”Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación” [87].
En todas las circunstancias gozosas o dolorosas puede brotar la alabanza que, en el fondo, no es otra cosa que un compromiso de amor con Dios.
4. Un nuevo estilo de vida
Dar gloria a Dios no es simplemente una forma de hablar, sino una forma de vivir. Dios nos llama a un estilo de vida completamente nuevo: nos invita a entrar en su Reino, no sólo después de la muerte, sino aquí y ahora. Para quien ha comprendido esto, la unión con Cristo llega a ser más importante que cualquier otra cosa [88]. Una pequeña anécdota lo ilustra de un modo gráfico: en una ocasión, preguntaron a un párroco por uno de sus feligreses: “¿Quién es el señor que acaba de salir de la iglesia?” Y el párroco contestó: “Es uno de mis ancianos que vive en comunión con Dios y que, además, hace zapatos” [89].
Vivir con Dios es una experiencia liberadora; es como si una persona hubiera atravesado el Mar Rojo, haciendo el paso de la esclavitud a la libertad [90]. Tiene ahora una nueva conciencia de sí misma, siente un gran alivio y un amor que corresponde a los deseos más profundos de su corazón. El hombre no se contenta con soluciones pasajeras. No quiere vivir cien años, sino para siempre. No quiere ser un poco feliz, sino plenamente. El único camino para lograrlo es la comunión con Cristo: “¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz” [91].
Una persona libre, por fin, sabe liberar también a los demás. Despierta la vida de los que le han sido confiados, y ayuda a cada uno a crecer según su propio ritmo.
1. Servir a los hombres
No es verdad que la fe en la vida eterna haga insignificante la vida terrena. Por el contrario, sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida sobre la tierra es grande y su valor inmenso [92].
Si Jesucristo lava los pies a sus discípulos, éstos serán entonces llamados a ser pequeños, a ir en ayuda a los demás, pero no prestarán esta ayuda desde arriba, sino desde abajo [93]. “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?... para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” [94]. Es la única vez que el Hijo de Dios se pone de ejemplo. Desea que sus seguidores vivan constantemente en una actitud interior de servicio; que cada uno lave los pies a los otros, también a las personas que le hayan hecho algún daño. No somos nosotros los que hemos de juzgar o condenar. Cada persona es importante y sagrada, sean cuales fuesen sus deficiencias y errores, su fragilidad y su vida pasada.
Amar no consiste simplemente en hacer cosas para alguien, sino en confiar en la vida que hay en él. Consiste en comprender al otro con sus reacciones más o menos oportunas, sus miedos y sus esperanzas. Es hacerle descubrir que es único y es digno de atención, es ayudarle a aceptar su propio valor, su propia belleza, la luz oculta en él, el sentido de su existencia. Y consiste en manifestar al otro la alegría de estar a su lado.
Si una persona experimenta que es amada por lo que es, sin necesidad alguna de mostrarse competente o interesante, se siente segura en presencia del otro; desaparecen las máscaras y las barreras tras las que se ha escondido. Ya no hace falta ni demostrar ni retener nada; ya no hace falta protegerse. Cuando alguien adquiere la libertad de ser él mismo, se vuelve acogedor y amable. Surge en él una vida nueva que le hace madurar y crecer [95]. Entonces también él puede abrirse a Dios y entender que hemos sido creados para participar en su gloria. La alabanza que brota de su corazón es “salud que se puede escuchar” [96].
2. Alabar a Dios
Aquellos cuyos ojos han sido abiertos por la gracia, encuentran en su vida miles de motivos y de ocasiones para alabar y glorificar a Dios. Chesterton afirma que siempre tenía la “convicción casi mística” de que se encuentra un milagro en el fondo de todo lo que existe. Cada cosa tiene un sello divino, y quien lo descubre, es feliz y da gracias al Creador [97]. “A Yahveh mientras viva cantaré, mientras exista entonaré salmos a mi Dios” [98]. Toda la existencia puede convertirse en una canción de alabanza para el Señor. Estamos invitados a vivir cantando.
Dar gloria a Dios es nuestra vocación en la tierra y, en cuanto tal, nos compromete por entero [99]. “Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar,” exhorta San Agustín [100]. Cuando alabamos a Dios, se unifican todas nuestras capacidades y se nos devuelven la armonía y el equilibrio rotos por el pecado. Descubrimos el amor divino en el fondo de nuestro ser. “Cada respiración, cada latido del corazón, cada sístole y cada diástole, cada leucocito, cada glóbulo rojo es un gesto de amor de Dios, un beneficio que de él hemos recibido” [101].
La alabanza no es algo que sucede sólo en el corazón, en la pura interioridad del hombre, sino que se manifiesta hacia fuera. El que ha recibido una gracia, sale al encuentro de los demás para contarles lo que ha pasado en su vida. “Anunciaré tu nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea” [102].
En los textos bíblicos, la alabanza se resume con frecuencia en una sola palabra: aleluya, que significa sencillamente “alabad al Señor” [103]. El que pronuncia el aleluya, invita a los otros a la alabanza. “Alabad al Señor todas las naciones” [104]. Nadie puede quedar al margen de la gloria divina. En el Antiguo Testamento son asociados a la alabanza, además, todos los instrumentos musicales conocidos en la vida del pueblo elegido: cítaras, arpas, tambores, címbalos, tímpanos, trompetas, flautas y platillos [105].
Dios merece una alabanza infinita, porque infinitas son su bondad y su gracia. Pero el hombre es limitado. Compensa su fragilidad convocando a toda la creación para formar con él un coro que celebre la grandeza de Dios. Asocia a su clamor los ríos, montes y valles, la estepa y el desierto y todos los animales del cielo y de la tierra. “Criaturas todas, alabad al Señor” [106].
Todo está hecho para la gloria de Dios. “El universo entero está ordenado hacia un Tú” [107]. Puede considerarse como un hermoso poema al que el hombre pone música y ritmo convirtiendo de este modo el mundo entero en un clamor de gloria para celebrar la grandeza de su Creador [108].
5. Reflexión final
Estamos llamados a vivir en íntima comunión con Dios y con los demás hombres, y a convertir así toda nuestra existencia en una alabanza al Creador. De este modo podemos anticipar la realidad del Reino de Dios. En otras palabras, nuestra vida tiene la seriedad de un “ensayo general” de lo que haremos por toda la eternidad: transparentar el amor, la bondad y la misericordia divinas [109].
No se trata de una relación externa entre la tierra y el cielo, tal como un niño puede entender las enseñanzas religiosas: si cumples la voluntad de Dios en este mundo, recibirás un premio en el otro. Hay más bien una conexión interna y necesaria entre nuestra actuación aquí y allá. Si una persona no llegara a ser “alabanza de su gloria” [110], sería un cuerpo extraño en el cielo.
Conviene estar preparados para la “representación final” cuando se realice plenamente el plan creador de Dios [111]. Lo que vamos a hacer después de nuestra vida no debería cogernos por sorpresa. Por eso es tan importante darnos cuenta de que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento. Dar gloria al Señor en la tierra es descubrir y comunicar, aquí y ahora, la felicidad del cielo: “alabamos tu nombre por siempre, ahora y en la eternidad” [112].

Notas
[1] A. Camus, Das Frühwerk, Düsseldorf 1967, pp.397s.
[2] A. Gide, Journal 1889-1939, París 1948, p.89.
[3] Cfr. F. Nietzsche, Die Unschuld des Werdens (póstumo), Leipzig 1930, p.84.
[4] Cfr. L. Wittgenstein, Tagebücher 1914-1916, en Schriften I, Frankfurt 1960, pp.166s. Wittgenstein tenía una cierta visión mística acerca del sentido de la vida.
[5] Conferencia Episcopal Alemana, Catecismo Católico para Adultos. La fe de la Iglesia (=CCA), Madrid 31990, p.103. “El fin de la creación es... la glorificación de Dios.” Ibid., p.99.
[6] Sal 19,2.
[7] El Corán, edición integral español-árabe, Barcelona 1980, XIII,13 y XXIV,41.
[8] R. Tagore, The Religion of Man, New York 1931. Cfr. también el Te Deum de G. von Le Fort, Himnos a la Iglesia, Madrid, 21995, pp.69s.
[9] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (=GS) 12.
[10] Sal 139, 13.15.
[11] J.A. Murias, Tiempo y eternidad en Charles Péguy, Buenos Aires 2000.
[12] J. Ratzinger, Verdad, valores, poder, Madrid 1995, p.53.
[13] Cfr. Rm 1,23-32.
[14] Cfr. R. Guardini, Der Herr, Mainz-Paderborn 16-1997, pp.609s.
[15] Sal 8,2.
[16] Cfr. X. Léon-Dufour, Vocabulario de teología bíblica, Barcelona 182001.
[17] Liturgia de la Eucaristía, Canon IV.
[18] Cfr. R. Garrigou-Lagrange, De Deo Trino et Creatore, Torino 1951, pp.237-240.
[19] “Aunque la gloria de Dios es el sentido primordial de la creación, esto no quiere dar a entender que Dios sea un ser egoísta y narcisista.” CCA, p.104.
[20] Cfr. Jn 1,14. 2 Co 4,6.
[21] “Sólo el hombre está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Por este fin ha sido creado.” Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia católica (=CCE), Madrid 1992, n.356.
[22] “Dios nos llama a su propia bienaventuranza.” CCE, n.1719.
[23] CCA, p.40: La fe es “encuentro, comunicación y amistad con Dios. Pero esto significa la plenitud de sentido de la vida humana.”
[24] CCA, p.104.
[25] Rm 10,9.
[26] Cfr. Ex 15,1-21.
[27] Aunque destaco en las reflexiones siguientes la importancia del amor, no es mi intención oponer amor y razón; ambos están íntimamente unidos: no se trata de separar la labor teológica del amor, ni la espiritualidad del aprecio por la inteligencia.
[28] 1 Jn 4,8.16.
[29] Cfr. Sal 8,2; 72,18-19; 104,1-2; 113,1-6; 148,13.
[30] Cfr. Sal 8,4-5; 51,3; 86,5; 103,8-9.
[31] Is 43,1-4.
[32] Cfr. Sal 36,6-8; 103,1-14; 145,1.7-9.
[33] Is 49,15-16. Cfr. Mi 7,18-19.
[34] Cfr. Ex 34,6-7. Ne 9,17. Jr 31,20. Sal 103,3-4.8-14. Is 41,9-10; 43,3-4.
[35] Is 54,10. Cfr. Os 11,9.
[36] Sal 57,11; 117,2.
[37] Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater 9: “El donarse salvífico que Dios hace de sí mismo y de su vida en cierto modo a toda la creación, alcanza en el misterio de la Encarnación uno de sus vértices.”
[38] Cfr. Flp 2,6-8.
[39] Is 42,2-3.
[40] Is 61,1-3. Lc 4,18.
[41] Cfr. Jn 10,10.
[42] Mt 11,28.
[43] Cfr. Lc 9,48.
[44] Mt 25,40.
[45] La lógica del amor es distinta de la de la razón o del poder, aunque no se opone, en principio, a la razón o al poder.
[46] Cfr. Lc 15,3-7.
[47] Cfr. Lc 15,8-10.
[48] Cfr. Lc 15, 11-24.
[49] Cfr. Ef 2,8.
[50] Cfr. Mc 1,17.
[51] Cfr. Lc 7,36.
[52] Cfr. Jn 12,3.
[53] Cfr. Jn 13,4-5.
[54] Lc 12,36-37.
[55] Cfr. Flp 2,6-11.
[56] Lc 12,25-27.
[57] 1 Co 1,23.
[58] Es el descenso de Dios por amor al hombre (kenosis) en la pasión de Jesús lo que comienza a exaltar a Jesús (cfr. Jn 12,32). De este modo se cumple en Jesús la paradoja que se cumple en todo amor auténtico: es la entrega y el empequeñecerse a sí mismo por el bien del otro, lo que más engrandece a una persona.
[59] Jn 1,14.
[60] Jn 15,13.
[61] Mc 12,14-17.
[62] Lc 22,29.
[63] “La imagen divina está presente en cada hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unión de las Personas divinas entre sí.” CCE, n.1702.
[64] Cfr. GS 24. J. Morales, El misterio de la creación, Pamplona 22002, pp.170-174.
[65] Cfr. San Agustín, Confesiones III,6.
[66] Para profundizar más en el tema cfr. J. Morales,Jesús de Nazaret, Madrid 2003, pp.195-198.
[67] Lc 22,25.
[68] Cfr. 2 Co 12,9.
[69] Cfr. 1 Co 1,27.
[70] Cfr. Mt 22,1-14. Lc 14,15-24.
[71] Mc 10,14-15. Cfr. Mt 18,1-4.
[72] Cfr. Sal 8,3.
[73] Is 29,13.
[74] Cfr. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos IV, Madrid 1968, p. 497s.
[75] Cfr. Mc 1,15.
[76] Cfr. Ez 36,26-27.
[77] Cfr. Mt 18,21-33.
[78] Cfr. Lc 6,27-28.
[79] P. Raybon, My First White Friend, New York 1996, p.4s.
[80] Ch. De Chergé, Testament spirituel (1994), en B. Chenu, L’invincible espérance, Paris 1997, p.221.
[81] Cfr. Mc 10, 17-22.
[82] Cfr. la introducción a los Salmos, en Sagrada Biblia. Antiguo Testamento III, EUNSA, Pamplona 2001, p.163.
[83] J. Arquer, Die charismathische Ehelosigkeit und ihre Bedeutung für die Gesamtkirche, en M. Müller (ed.), Kirche und Sex, Aachen 1994, p. 265.
[84] J. Pieper, Glück und Kontemplation, München 21957, p.112.
[85] San Francisco de Asís, en CCA, p.104.
[86] Sb 15,2.
[87] G. von Le Fort, Unser Weg durch die Nacht, en Die Krone der Frau, Zürich 1950, pp.90s.
[88] Cfr. Ga 2,19-20. Rm 6,3-10.
[89] Cfr. The Interpreter’s Bible. A Commentary in Twelve Volumes XI, New York 1955, p.266.
[90] Cfr. Mt 17,26.
[91] San Agustín, Confesiones X,20. Cfr. CCE, n.1718.
[92] CCE, n.2820: “La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz.” Cfr. GS 22; 32; 39.
[93] Quien asume esta actitud en unión con Cristo, da gloria a Dios por, con y en Cristo, precisamente con el mismo movimiento por el que se entrega a sus hermanos.
[94] Jn 13,12-17.
[95] Cfr. Bar 2,18. Mc 12,27. San Ireneo, Adversus haereses, IV,20,7.
[96] C.S. Lewis, en A. Grün, 50 Engel für die Seele, Freiburg-Basel-Wien 2002, p.153.
[97] Cfr. M. Ward, Gilbert Keith Chesterton, London-New York 1943.
[98] Sal 104,33. Cfr. Sal 2,19; 27,6; 30,5.31; 41,14; 42,10; 47,7; 68,20.33; 96,1-2; 113,3; 146,2. Tb 8,5; 12,8.
[99] Cfr. 1 Co 6,20.
[100] San Agustín, Sermón 34,1-3.5-6; 41,424-426.
[101] V. Borragán Mata, Nacidos para alabar, Madrid 2002, p.157.
[102] Sal 22,23. Cfr. Sal 35,18; 109,30; 135,19; 12,6-7.
[103] En el término aleluya se unen dos palabras hebreas: alelú, que es la tercera persona plural del imperativo del verbo hallel (alabar); y Yah, que es una abreviación del nombre de Dios, Yahveh; significa, pues, literalmente “alabad a Yahveh”. Cfr. P. Drijvers, Los salmos. Introducción a su contenido espiritual y doctrinal, Barcelona 1962, p.76. U. Neri, Aleluya. Interpretaciones hebreas del Hallel de Pascua, Bilbao 1989.
[104] Sal 117,1. Cfr. Sal 66,1; 148,11-13. Dn 3,82.
[105] Cfr. Sal 33,2; 43,4; 71,22; 150,3-5.
[106] Dn 3,57-81. Cfr. Sal 69,35; 103,22; 145,21; 148; 150,6. Tb 3,11
[107] V. Borragán Mata, Nacidos para alabar, cit., p.69.
[108] Cfr. L. Alonso Schökel, Treinta salmos. Poesía y oración, Madrid 1981, pp.441-450.
[109] “La creación no es una realidad fija y cerrada, sino un acontecimiento abierto al futuro del hombre, que es el mismo Dios.” CCA, p.99.
[110] Ef 1,14.
[111] Cfr. Ap 4,1-11; 5,11-14; 7,9-16; 19,1-7.
[112] Himno Te Deum.
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SCRIPTA THEOLOGICA 36(2004/1) 149-170
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Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. Ahora, en esta etapa final, ha hablado por el Hijo. Pues envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre; Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna. La economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor.
Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos, gusto en aceptar y creer la verdad. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones.
Constitución Dei Verbum, 4-5 – VATICANO II
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Esta es la fe de los católicos: así enseña el Señor:
Epístola de Santiago 3,13-18. - El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanaglorien ni falten a la verdad. Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y demoníaca. Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.
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LA IGLESIA ESPOSA DE CRISTO
¿POR QUÉ PERMANEZCO EN LA IGLESIA?
Cardenal + Joseph RATZINGER, AL SIGLO S. S. Benedicto PP XVI
"...Los límites impuestos necesariamente por una conferencia y el carácter especial del tema que se me ha ofrecido, pienso que son suficientes para comprender que no pretendo exponer aquí exhaustivamente las razones objetivas que fundan la existencia de la iglesia. En las páginas que siguen me he limitado a recoger como en un mosaico algunas reflexiones que pueden ser útiles para iluminar una elección, que en último término sólo puede ser personal, así como para clarificar algún aspecto de su derecho objetivo..."
Existen hoy muchos y opuestos motivos para no permanecer en la iglesia. En nuestros días están tentados de volver la espalda a la iglesia no sólo aquellos a quienes se les ha hecho extraña la fe de ésta, a quienes aparece demasiado retrógrada, demasiado medieval, demasiado hostil al mundo y a la vida, sino también aquellos que amaron la imagen histórica de la iglesia, su liturgia, su independencia de las modas pasajeras, el reflejo de lo eterno visible en su rostro.
Estos tienen la impresión de que la iglesia está a punto de traicionar su
especificidad, de venderse a la moda del tiempo y de este modo perder
su alma. Están desilusionados como el amante traicionado y por eso piensan seriamente en volverle la espalda.
Por otra parte también existen motivos contradictorios para permanecer en la iglesia. Permanecen en ella no sólo los que creen firmemente en su misión o quienes no quieren abandonar una antigua y entrañable costumbre aunque hagan poco uso de ella, sino sobre todo y especialmente quienes rechazan toda su realidad histórica y
combaten abiertamente el contenido que sus ministros tratan de darle y de conservar. A pesar de querer eliminar lo que la iglesia fue y es, no intentan salir fuera de ella, porque esperan trasformarla en lo que a su juicio debe ser.
1. Reflexiones preliminares sobre la situación de la Iglesia.
CONFUSIONISMO: De todo esto resulta que la iglesia se encuentra en una situación de confusionismo, en la que los motivos a favor o en contra no sólo se entremezclan de la manera más extraña, sino que parece imposible llegar a un entendimiento. Reina la desconfianza sobre todo porque el permanecer en la Iglesia no tiene ya el carácter claro e inequívoco de antes y nadie cree en la sinceridad de los demás. Las palabras llenas de esperanza de Romano Guardini en 1921 -un
acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la iglesia despierta en las almas-, aparecen anacrónicas. Al contrario, hoy habría que cambiar la frase de este modo: un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la iglesia se apaga en las almas y se disgrega en las comunidades. En medio de un mundo que tiende a la unidad, la iglesia se dispersa en resentimientos nacionalistas, en la exaltación de lo
propio y en la denigración de lo ajeno. Entre los defensores de la secularidad y la reacción de quienes están demasiado apegados al pasado y a lo externo, entre el desprecio de la tradición y la fidelidad exagerada a la letra parece que no existe ninguna posibilidad de equilibrio; la opinión pública asigna inexorablemente a cada uno su propio puesto; tiene necesidad de posiciones claras y precisas y no puede entretenerse en ninguna clase de matices: quien no está a favor del progreso está contra él; o se es conservador o progresista. Gracias a Dios, la realidad es distinta: entre estos dos extremos existen también hoy creyentes silenciosos y casi sin voz, quienes con toda sencillez realizan la verdadera misión de la Iglesia incluso en este momento de fusión: la adoración y la paciencia de la vida cotidiana, la palabra de
Dios. Sin embargo, en la imagen que se tiene de la iglesia éstos no tienen sitio; esa verdadera iglesia no es invisible, pero está profundamente escondida a las maniobras de los hombres.
De este modo queda esbozada una primera indicación sobre el contexto en donde se sitúa la pregunta: ¿por que permanezco en la iglesia? Para dar una respuesta adecuada debemos analizar en primer lugar ese contexto, en el que la palabra «hoy» entra de lleno en el tema, y posteriormente profundizar en los motivos de la situación actual.
¿Cómo se ha podido llegar a una tan extraña situación de confusión en el momento en que se esperaba un nuevo pentecostés? ¿Cómo ha sido posible que precisamente cuando el concilio parecía recoger los frutos maduros de los últimos decenios, esta plenitud haya dado paso de repente a un vacío desconcertante? ¿Qué ha sucedido para que del gran impulso hacia la unidad haya surgido la disgregación? Quisiera intentar responder recurriendo en principio a una comparación que puede hacernos descubrir cuál es nuestra tarea y, al mismo tiempo, dejar entrever los motivos que hacen posible un sí o un no. Parece como si en nuestro esfuerzo por llegar a una comprensión de la iglesia, siguiendo las huellas del concilio que ha luchado denodadamente por ello, nos hubiéramos acercado tanto a la iglesia, que ya no fuéramos capaces de verla en su conjunto; como si los primeros edificios nos impidieran ver la ciudad y los primeros árboles nos estorbaran para abarcar con nuestra mirada todo el bosque. La situación a la que nos ha llevado la ciencia a propósito de muchos aspectos de la realidad, se repite también ahora con la iglesia. Vemos los detalles tan cercana y minuciosamente que no somos capaces de contemplar el todo. Lo que hemos ganado en precisión lo hemos perdido en verdad. Cuando observamos al microscopio un trozo de árbol, lo que vemos es sin duda exacto, pero podría a la vez esconderse la verdad si se olvidase que un detalle no es sólo un detalle, sino que existe en un todo, que aunque no sea visible al microscopio, es igualmente verdadero, incluso más verdadero que el detalle tomado aisladamente.
REFORMAS Pero dejemos a un lado las comparaciones. La perspectiva contemporánea ha determinado nuestra mirada sobre la iglesia, de tal modo que hoy prácticamente sólo vemos la iglesia desde el punto de vista de la eficacia, preocupados por descubrir qué es lo que podemos hacer con ella. Los prolongados esfuerzos por reformar a la iglesia han hecho olvidar todo lo demás.
Para nosotros hoy no es nada más que una organización que se puede trasformar y nuestro gran problema es el de determinar cuáles son los cambios que la hagan «más eficaz» para los objetivos particulares que cada uno se propone. Planteando de esta manera la cuestión, el concepto de reforma ha sufrido en la conciencia colectiva profundas degeneraciones, que lo han privado de su núcleo central. Pues reforma, en su significado original, es un proceso espiritual, totalmente cercano al cambio de vida y a la conversión, que entra de lleno en el corazón del fenómeno cristiano: Solamente a través de la conversión se llega a ser cristianos; esto vale tanto para la vida particular de cada uno como para la historia de toda la iglesia. Esta vive como iglesia en la medida en que renueva sin cesar su conversión al Señor, al evitar cerrarse en sí misma y en sus propias costumbres más queridas, tan fácilmente contrarias a la verdad. Cuando la reforma es arrancada de este contexto, del esfuerzo y el deseo de conversión, cuando se espera la salvación solamente del cambio de los demás, de la trasformación de las estructuras, de formas siempre nuevas de adaptación a los tiempos, quizá se llegue de momento a cierta utilidad inmediata, pero en el conjunto la reforma se convierte en una caricatura de sí misma, capaz de cambiar únicamente las realidades secundarias y menos
importantes de la iglesia. No es de extrañarse por tanto que la misma iglesia aparezca en definitiva como algo secundario. Todo esto nos ayuda a entender la paradoja que surge de los intentos de renovación propios de nuestra época: los esfuerzos para suavizar la rigidez de las estructuras, para corregir las formas del aparato eclesiástico provenientes de la edad media o más aún de los tiempos del absolutismo, para liberar a la iglesia de tales interferencias y capacitarla para un servicio más simple y más conforme con el espíritu del evangelio, han conducido en realidad a una sobrevaloración del elemento institucional de la iglesia sin precedentes en su historia. Las instituciones y los aparatos eclesiásticos son sin duda objeto de una crítica radical como jamás existió, pero también absorben la atención
con una exclusividad más acentuada que antes, de tal manera que para muchos la iglesia queda reducida a esa realidad institucional. La pregunta sobre la iglesia se plantea en términos de organización. No se quiere que un mecanismo tan bien montado quede infructuoso, pero se le encuentra desde muchos puntos de vista inadecuados para conseguir los objetivos que se le asignan.
Detrás de todo eso se perfila el problema central de la crisis de la fe.
Por su radio de acción la iglesia ejerce sociológicamente su influencia más allá del círculo de sus fieles, y la institucionalización de esta situación falsa la aliena profundamente en su verdadera naturaleza. La publicidad derivada del concilio y la perspectiva de un posible acercamiento entre creyentes y no creyentes, que ha dado fatalmente la impresión de realidad, ha radicalizado al máximo esta alienación.
Muchas veces el concilio fue aplaudido también por aquellos que no tenían intención de llegar a ser creyentes en el sentido de la tradición cristiana, pero que saludaron este «progreso» de la iglesia como una confirmación de sus propias opciones y de los caminos recorridos por ellos. Al mismo tiempo hay que reconocer que dentro de la iglesia la fe ha entrado en una agitada fase de efervescencia. El problema de la mediación histórica sitúa el antiguo credo en una luz incierta y ambigua, con la que las verdades pierden sus propios contornos; por otra parte las objeciones de las ciencias naturales y más aún de la concepción moderna del mundo avivan este proceso. Los límites entre la interpretación y la negación de las verdades principales se hacen cada vez más difíciles de reconocer. Por ejemplo ¿qué es lo que significa realmente «resucitado de entre los muertos»? ¿Quiénes son los que creen, interpretan o niegan? Y mientras se discute hasta dónde pueden llegar los límites de la interpretación, se hace cada vez más borroso el rostro de Dios. La «muerte de Dios» es un proceso totalmente real, que se instala hoy en el mismo corazón de la iglesia. Dios muere en la cristiandad, así al menos parece. De hecho allí donde la resurrección se convierte en un acontecimiento de una misión vívida en una imagen superada, Dios no actúa ya. ¿Pero Dios actúa verdaderamente? Esta es la pregunta que surge de inmediato. Mas ¿puede haber alguien tan reaccionario que acepte literalmente la afirmación «él ha resucitado»? De este modo lo que para uno sólo es progreso, es para otro increencia y lo que antes era inconcebible, es hoy algo normal; personas que desde hace tiempo habían abandonado el credo de la iglesia, se consideran de buena fe como auténticos cristianos progresistas. Según éstos el único criterio para juzgar a la iglesia es su eficiencia. Queda, sin embargo, por establecer cuál sea la verdadera eficiencia y para qué objetivos se deba usar. ¿Para criticar la sociedad, para ayudar al desarrollo, para fomentar la revolución? ¿O quizá para celebraciones comunitarias? De cualquier forma hay que comenzar
desde los cimientos, porque inicialmente la iglesia no había sido concebida para esto y efectivamente en su forma actual no está preparada para esos objetivos. Y de este modo aumenta el malestar tanto en los creyentes como en los no creyentes. El derecho de ciudadanía que la incredulidad ha adquirido en la iglesia hace la situación cada vez más insoportable tanto para unos como para otros. Especialmente trágico es el hecho de que todo esto haya situado el programa de reforma en una ambigüedad extraordinariamente equívoca y para muchos insoluble.
Naturalmente se puede objetar que no todo el panorama se presenta con nubarrones tan negros. En los últimos años han nacido y madurado muchas realidades positivas que no es justo silenciar: la nueva liturgia más accesible al pueblo, la sensibilidad para los problemas sociales, el mejor entendimiento entre los cristianos separados, la disminución del miedo debido a una falsa concepción literal de la fe y muchas otras cosas más. Esto sin duda es verdadero y no se puede minimizar; pero no refleja exactamente la atmósfera general de la iglesia. Al contrario, también todo esto ha sido inficcionado por la ambigüedad debida a la desaparición de los límites precisos entre fe e incredulidad. Solamente al principio pareció que la consecuencia de esta desaparición pudiera ser considerada como algo liberador. Hoy es claro que de semejante proceso, a pesar de todos los signos de esperanza, en vez de una iglesia moderna ha surgido una profundamente desgarrada y problematizada. Hemos de admitirlo sin restricciones: el Vaticano I había descrito la iglesia como el signum
levatum in nationes, como el estandarte escatológico visible desde lejos que convocaba y reunía a los hombres. Según el concilio de 1870 ella era el signo esperado por Isaías (11, 12), la señal que incluso desde lejos todos podían reconocer y que a todos indicaba claramente el camino a recorrer. Con su maravillosa porpagación, su eminente santidad, su fecundidad para todo lo bueno y su profunda estabilidad, ella representaba el verdadero milagro del cristianismo, la mejor prueba de su credibilidad ante la historia(1). Hoy parece verdadero todo lo contrario: no una comunidad maravillosamente difundida, sino una asociación estancada, que no ha sido capaz de superar realmente los confines del espíritu europeo y medieval; no ya una profunda santidad, sino un conjunto de debilidades humanas, una historia vergonzosa y humillante, en la que no ha faltado ningún escándalo, desde la persecución de herejes y procesos contra las brujas, desde la persecución de los judíos y el servilismo de las conciencias hasta el autodogmatismo y la resistencia contra la evidencia científica, de tal modo que quien pertenece a esa historia no puede hacer otra cosa que cubrirse vergonzosamente la cara; finalmente no ya una estabilidad indestructible, sino condescendencia con todas las corrientes de la historia, con el colonialismo, el nacionalismo y recientemente los intentos de hacer las paces con el marxismo y hasta de identificarse con él... De este modo la iglesia no aparece ya como el signo que invita a la fe, sino precisamente como el obstáculo principal para su aceptación. Da la impresión de que la verdadera teología consiste sólo en quitarle a la iglesia sus predicados teológicos, para considerarla y tratarla bajo un aspecto puramente político. No se la mira ya como una realidad de fe, sino como una organización de creyentes, puramente casual y poco accesible, que hay que remodelar lo antes posible según los más modernos criterios de la sociología. «La confianza es buena, el control mejor», tal es el eslogan que después de tantas desilusiones se prefiere adoptar en relación con la estructura eclesiástica. El principio sacramental no es ya suficientemente claro, solamente el control democrático aparece digno de fe(2): en definitiva el Espíritu santo es totalmente inaferrable. Quien no tiene miedo de mirar al pasado sabe muy bien que las humillaciones de la historia se derivan precisamente de que en un momento determinado el hombre creyó deber asumir los plenos poderes y considerar como única y verdadera realidad solamente sus propias empresas.
2. La naturaleza de la Iglesia simbolizada en una imagen
PERTENENCIA - CRISIS - LUNA: Una iglesia que contra toda su historia y su naturaleza sea considerada únicamente desde un punto de vista político, no tiene ningún sentido y la decisión de permanecer en ella, si es puramente política, no es leal, aunque se presente como tal. Ante la situación presente ¿cómo se puede justificar la permanencia en la iglesia? En otros términos: la opción por la iglesia para que tenga sentido tiene que ser espiritual. ¿Pero en qué puede apoyarse una opción espiritual? Quisiera dar una primera respuesta utilizando una imagen y volviendo a los términos que usamos al principio para describir la situación. Hemos dicho que en nuestros estudios nos hemos acercado tanto a la iglesia que no somos capaces de verla en su conjunto. Vamos a profundizar este pensamiento tomando una imagen con la que los padres nutrieron su meditación simbólica sobre el mundo y sobre la iglesia. Los padres decían que en el mundo cósmico la luna era la imagen de lo que la iglesia representaba para la salvación del mundo espiritual. Tomaban así un antiguo simbolismo constantemente presente en la historia de las religiones -los padres no hablaron nunca de «teología de las religiones», pero la han actuado concretamente- en el que la luna era el símbolo de la fecundidad y de la fragilidad, de la muerte y de la caducidad de las cosas, pero también de la esperanza en el renacimiento y en la resurrección, era la imagen «patética y al mismo tiempo consoladora» (3) de la existencia humana. El simbolismo lunar y el telúrico se mezclan frecuentemente. Por su fugacidad y por su reaparición la luna representa el mundo de los hombres, el mundo terreno caracterizado por la necesidad de recibir y
por su indigencia, y que obtiene su propia fecundidad de otro, es decir, del sol. De este modo el simbolismo se convierte en símbolo del hombre y de la naturaleza humana, como se manifiesta en la mujer que concibe y es fecunda en virtud del semen que recibe.
Los padres han aplicado el simbolismo de la luna a la iglesia sobre todo por dos razones: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería obscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro (4). Es obscuridad y luz al mismo tiempo. Aunque por sí misma es obscuridad, da luz en virtud de otro de quien refleja la luz. Precisamente por esto simboliza la iglesia, que resplandece aunque de por sí sea obscura; no es luminosa en virtud de la propia luz, sino del verdadero
sol, Jesucristo, de tal modo que siendo solamente tierra -también la luna solamente es otra tierra- está en grado de iluminar la noche de nuestra lejanía de Dios: «la luna narra el misterio de Cristo»(5).
Mas no hemos de forzar los símbolos; su eficacia está en la inmediatez plástica que no se puede encuadrar en esquemas lógicos. Sin embargo en esta época nuestra de viajes lunares surge espontáneamente profundizar esta comparación, que confrontando el pensamiento físico con el simbólico evidencia mejor nuestra situación específica respecto a la realidad de la iglesia. La sonda lunar y los astronautas descubren la luna únicamente como una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma sólo desierto, arena y rocas. Sin embargo, aunque no por ella, por otro y en función de otro, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales. Es lo que no es en sí misma. Pero esto otro, que no es suyo, también es realidad suya. Existe la verdad física y la simbólico-poética que no se excluyen mutuamente. Este es el momento de plantearnos la pregunta: ¿no es ésta una imagen exacta de la iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. Todo esto es suyo, pero no se representa aún su realidad específica. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor: lo que no es suyo es verdaderamente suyo, su realidad más profunda, más aún su naturaleza es precisamente la de no valer por sí misma sino sólo por lo que en ella no es suyo; existe en una expropiación continua; tiene una luz que no es suya y sin embargo constituye toda su esencia. Ella es luna -mysterium lunae- y como tal interesa a los creyentes porque precisamente así exige una constante opción espiritual.
Como el significado contenido en esta imagen me parece de una importancia decisiva, antes de traducirlo en afirmaciones de principio, prefiero clarificarlo mejor con otra observación. Después de la utilización de la lengua propia en la liturgia de la misa, antes de la última reforma, encontraba siempre una dificultad ante un texto que me parece esclarecedor para lo que estamos tratando. En la traducción del
suscipiat se dice: «El Señor reciba de tus manos este sacrificio... para nuestro bien y el de toda su santa iglesia». Siempre estuve tentado de decir «y el de toda nuestra santa iglesia». Reaparece aquí todo el problema y el cambio obrado en este último período. En lugar de su iglesia hemos colocado la nuestra, y con ella miles de iglesias; cada uno la suya. Las iglesias se han convertido en empresas nuestras, de las que nos enorgullecemos o nos avergonzamos, pequeñas e innumerables propiedades privadas, puestas una junto a otra, iglesias solamente nuestras, obra y propiedad nuestra, que nosotros
conservamos o trasformamos a placer. Detrás de «nuestra iglesia» o también de «vuestra iglesia» ha desaparecido «su iglesia». Pero ésta es la única que realmente interesa; si ésta no existe ya, también la «nuestra» debe desaparecer. Si fuese solamente nuestra, la iglesia sería un castillo en la arena.
3. ¿Por qué permanezco en la iglesia?
En lo ya expuesto está implícita la respuesta al interrogante que nos hemos planteado al principio: yo estoy en la iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de «nuestra iglesia» vive «su iglesia» y no puedo estar cerca de él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino «suya».
I-NO - SI: En términos muy concretos: es la iglesia la que no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora. ·Lubac-Henri-de ha expresado de este modo esta verdad: «Incluso los que la (iglesia) desprecian, si todavía admiten a Jesús, ¿saben de quién lo reciben? ... Jesús está vivo para nosotros. Pero ¿en medio de qué arenas movedizas se habría perdido, no ya su memoria y su nombre, sino su influencia viva, la acción de su evangelio y la fe en su persona divina, sin la continuidad visible de su iglesia?... ‘Sin la iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula’. ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo?»(6).
El primer y más elemental principio que hemos de establecer es que cualquiera que sea o haya sido el grado de infidelidad de la iglesia, así como es verdad que ésta tiene continuadamente necesidad de confrontarse con Cristo, también es cierto que entre Cristo y la iglesia no hay ningún contraste decisivo. Por medio de la iglesia él, superando las distancias de la historia, se hace vivo, nos habla y permanece en medio de nosotros como maestro y Señor, como hermano que nos reúne en fraternidad. Dándonos a Jesucristo, haciéndolo vivo y presente en medio de nosotros, regenerándolo continuamente en la fe y en la oración de los hombres, la iglesia da a la humanidad una luz, un apoyo y una norma sin los que no podríamos entender el mundo. Quien desea la presencia de Cristo en la humanidad, no la puede encontrar contra la iglesia, sino solamente en ella.
Todo lo dicho nos lleva a la conclusión de que si yo estoy en la iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano. No se puede creer en solitario. La fe sólo es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Su verdadero modelo es la realidad de pentecostés, el milagro de compresión que se establece entre los hombres de procedencia y de historia diversas. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención, sino sólo si existe alguien que me comunica esta capacidad, que no está en mi poder sino que me precede y me trasciende. Una fe que fuese fruto de mi invención sería un contrasentido, porque me podría decir y garantizar solamente lo que yo ya soy y sé, pero no podría nunca superar los límites de mi yo. Por eso una iglesia, una comunidad que se hiciese a si misma, que estuviese fundada sólo sobre la propia gracia, sería una contrasentido. La fe exige una comunidad que tenga poder y sea superior a mí y no una creación mía ni el instrumento de mis
propios deseos.
Todo esto se puede formular también desde un punto de vista más histórico: o Jesús fue un ser superior al hombre, dotado de un poder que no era fruto del propio arbitrio, sino capaz de extenderse a todos los siglos, o no tuvo tal poder ni pudo por tanto dejarlo en herencia a los demás. En tal caso yo estaría al arbitrio de mis reconstrucciones
mentales y él no sería nada más que un gran fundador, que se hace
presente a través de un pensamiento renovado. Si en cambio Jesús es algo más, él no depende de mis reconstrucciones mentales sino que su poder es válido todavía hoy.
Pero volvamos al pensamiento anterior según el cual solamente se puede ser cristiano dentro de la iglesia, no fuera ni junto a ella. No tengamos miedo de plantearnos con toda objetividad esta pregunta patética: ¿qué sería el mundo sin Cristo? ¿Sin un Dios que habla y se manifiesta, que conoce al hombre y a quien el hombre puede conocer? La respuesta nos la dan clara y nítida quienes con tenacidad enconada tratan de construir efectivamente un mundo sin Dios. Sus esfuerzos se reducen a un experimento absurdo, sin perspectivas ni criterios de acción. Aunque en su larga historia el cristianismo haya concretamente faltado -y siempre lo ha hecho de modo desconcertante- al mensaje contenido en él, no ha dejado jamás de proclamar los criterios de justicia y de amor, frecuentemente contra la misma iglesia y no obstante jamás sin el secreto poder que hay depositado en ella.
En otros términos: yo permanezco en la iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo. Este vive de la fe aun allí donde no la comparte. De hecho donde ya no hay Dios -y un Dios que calla no es Dios- no existe tampoco la verdad que es anterior al mundo y al hombre. Pero en un mundo sin verdad no se puede vivir por mucho tiempo. Donde se renuncia a la verdad, se continúa viviendo porque ésta aún no se ha apagado totalmente, como la luz del sol continúa aún brillando por algún tiempo, antes de que la noche cerrada cubra el mundo.
INTENTOS - FALLIDOS: El mismo pensamiento puede ser expresado de otro modo: yo permanezco en la iglesia porque solamente la fe de la iglesia salva al hombre. Puede parecer una frase muy tradicional, dogmática e irreal, pero en cambio es totalmente objetiva y realista. En nuestro mundo lleno de inhibiciones y de frustraciones el deseo de salvación ha reaparecido en toda su primordial vehemencia. Los esfuerzos de Freud y de C. G. Jung no son otra cosa que intentos de salvar a quienes se sienten irredentos. Partiendo de otras premisas, Marcuse, Adorno, Habermas, continúan a su modo buscando y anunciando la salvación. También el problema de Marx es en el fondo un problema de salvación. Cuanto más libre, clarificado y poderoso se convierta el hombre, tanto más le atormentará el deseo de salvación y tanto más esclavizado se encontrará. Marx, Freud, Marcuse, tienen todos en común la búsqueda de la salvación, la aspiración hacia un mundo sin dolor, enfermedad y miseria. El gran ideal de nuestra generación es uno sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia; a esto apuntan las turbulentas explosiones de los jóvenes y el resentimiento de los viejos al ver que la tiranía, la injusticia y el dolor continúan como siempre. La lucha contra el dolor y la injusticia brota de un impulso fundamentalmente cristiano, pero el pensar que a través de las reformas sociales y la eliminación del dominio y del ordenamiento jurídico se puede conseguir aquí y ahora un mundo libre de dolor, es una doctrina errónea, profundamente desconocedora de la naturaleza humana. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. El sufrimiento no es el único peso que el hombre ha de descargarse de las espaldas. Quien piensa así, tiene que refugiarse en el mundo ilusorio de los estupefacientes, para encontrarse después más abatido y en contraste con la realidad. Sólo soportándose a sí mismo y liberándose de la tiranía del propio egoísmo, el hombre se encuentra a sí mismo, su propia verdad, su propia alegría y su propia felicidad. La crisis de nuestro tiempo depende principalmente del hecho de que se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los
compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es. Un hombre que sea privado de toda fatiga y trasportado a la tierra prometida de sus sueños, pierde su autenticidad y su mismídad. En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos del mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso. La esperanza del cristianismo y la suerte de la fe dependen de algo muy simple, de su capacidad de decir la verdad. La suerte de la fe es la suerte de la verdad; ésta puede ser oscurecida y pisoteada, pero jamás destruida.
Llegamos al último punto. Un hombre ve únicamente en la medida en que ama. Ciertamente existe también la clarividencia de la negación y del odio. Sin embargo éstos solamente pueden ver lo que entra dentro de sus perspectivas: lo negativo. Sin duda pueden preservar al amor de una ceguera que les haga olvidar sus límites y los peligros que corre, pero no son capaces de construir algo positivo. Sin una cierta cantidad de amor no se encuentra nada. Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la iglesia y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe. Quien osa arriesgarse no tiene necesidad de esconder ninguna de las debilidades de la iglesia, porque descubre que ésta no se reduce solamente a ellas; descubre que junto a la historia de los escándalos existe también la de la fe fuerte e intrépida, que ha dado sus frutos a través de todos los siglos en grandes figuras como Agustín, Francisco de Asís, el dominico Bartolomé de las Casas con su apasionada lucha por los indios, Vicente de Paúl, Juan XXIII. Quien afronta este riesgo del amor descubre que la iglesia ha proyectado en la historia un haz de luz tal que no puede ser apagado. También la belleza surgida bajo el impulso de su mensaje, y que vemos plasmada aún hoy en incomparables obras de arte, se convierte para él en un testimonio de verdad: lo que se traduce en expresiones tan nobles no puede ser solamente tinieblas. La belleza de las grandes catedrales, la
belleza de la música nacida al calor de la fe, la magnificencia de la liturgia eclesiástica, principalmente la realidad de la fiesta que no la puede hacer uno mismo sino sólo acoger(7), la organización del año litúrgico, en el que se funden en un conjunto el ayer y el hoy, el tiempo y la eternidad, todas estas cosas no son, a mi juicio, algo casual. La belleza es el resplandor de la verdad, ha dicho Tomás de Aquino, y podríamos añadir que la ofensa a la belleza es la autoironía de la verdad perdida. Las expresiones en que la fe ha sabido darse a lo largo de la historia, son testimonio y confirmación de su verdad.
Me permito aún añadir una observación, aunque pueda parecer muy subjetiva. Si se tienen los ojos abiertos, también hoy se pueden encontrar personas que son un testimonio viviente de la fuerza liberadora de la fe cristiana. Y no es una vergüenza ser y permanecer cristianos en virtud de estos hombres, que viviendo un cristianismo auténtico, nos lo hacen digno de fe y de amor. A fin de cuentas el hombre es víctima de una ilusión cuando pretende hacer de sí una especie de sujeto trascendental que considera válido únicamente lo que no es fortuito. Ciertamente es un deber reflexionar sobre semejantes experiencias, examinar su grado de responsabilidad,
purificarlo y darle una nueva plenitud. Pero en el curso de este proceso necesario de objetivación ¿no figura acaso como una prueba relevante en favor del cristianismo el hecho de que haga más humanos a los hombres en el mismo momento en que los une a Dios? ¿Este elemento subjetivo no es también al mismo tiempo un dato objetivo del cual no hemos de avergonzarnos ante nadie?
Concluyamos con una última observación. Cuando, como aquí, se afirma que sin el amor no se puede ver y por tanto para conocer la iglesia es también necesario amarla, muchos se inquietan. ¿El amor no es acaso lo contrario de la crítica? ¿No es quizá ésta la excusa a la que cuantos tienen el poder en la mano recurren gustosamente para eliminar la crítica y mantener a su favor la situación de hecho? ¿Se ayuda más a los hombres tratando de tranquilizarles y de paliar la realidad, o quizás interviniendo a su favor contra las injusticias habituales o contra el predominio de las estructuras? Se trata ciertamente de cuestiones muy importantes, pero no podemos ahora tratarlas. Una cosa es sin embargo cierta, que el amor no es estático ni acrítico. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucederá de distinto modo en la iglesia? Basta con mirar la historia reciente: durante la renovación litúrgica y teológica de la primera mitad de este siglo ha madurado un verdadero movimiento de reforma que ha llevado a trasformaciones positivas. Esto solamente fue posible porque surgieron hombres con el don del discernimiento, que amaron la iglesia con corazón atento y vigilante, con espíritu crítico, y dispuestos a sufrir por ella. Si hoy no somos capaces de realizar algo es porque estamos demasiado ocupados en afirmarnos sólo a nosotros mismos. No valdría la pena permanecer en una iglesia que, para ser acogedora y digna de ser habitada, tuviera necesidad de ser hecha por nosotros; sería un contrasentido.
Permanecer en la iglesia porque ella es en sí misma digna de permanecer en el mundo, digna de ser amada y trasformada por el amor en lo que debe ser, es el camino que también hoy nos enseña la responsabilidad de la fe.Ratzinger-Joseph Cardenal de la Iglesia católica-
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(1) Denzinger-Schonmetzer, Enchiridion symbolorum, Freiburg 1963, n. 3013 s.
(2) En esta exigencia se esconden ciertamente elementos justificables y en muchos aspectos conci- liables con el carácter sacramental de la jerarquía eclesiástica. Todo esto es expuesto con las debidas distinciones y clarificaciones en J. Ratzinger-H. Maier, Democracia en la iglesia, Madrid 1972.
(3) M. Eliade, Die Religionen und das Heilige, Salzburg 1954, 215; cf. también el capítulo «Mond und Mondmystik», 180-216.
(4) Cf. H. Rahner, Griechische Mythen in christlicher Deutung, Darmstadt 1957, 200-224; Id., Symbole der Kirche, Salzburg 1964, 89-173. Es interesante la observación según la cual la ciencia antigua discutió ampliamente si la luna tenía o no luz propia. Los padres sostuvieron la tesis negativa, más tarde común, y la interpretaban en un sentido teológico-simbólico (cf. especialmente la página 100).
(5) Ambrosio, Exameron IV 8, 23: CSEL 32, 1, página 137, Z 27 s.; H. Rahner, Griechische Mythen, 201.
(6) H. de Lubac, Paradoja y misterio de la iglesia, Salamanca 1967, 20 s.; cf. 16 s.
(7) Cf. sobre este tema especialmente J. Pieper, Musse und Kult, München 1948.
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es un gozo zambullirse en la belleza de tu obra, oh Señor
San Pedro Damián (1007-1072), ermitaño, después obispo, doctor de la Iglesia
Sermón 9; PL 144, 549-553
Dejarlo todo para seguir a Cristo - En verdad es una gran cosa «dejarlo todo», pero hay una cosa todavía más grande que es «seguir a Cristo» porque, tal como nos lo enseñan los libros, son muchos los que lo han dejado todo pero no han seguido a Cristo. Seguir a Cristo es nuestra tarea, nuestro trabajo, en esto consiste lo esencial de la salvación del hombre, pero no podemos seguir a Cristo si no abandonamos todo lo que nos impide seguirle. Porque «sale contento como un héroe» (sal 18,6), y nadie puede seguirle si lleva una pesada carga.
«He aquí, dice Pedro, que nosotros lo hemos dejado todo», no solamente los bienes de este mundo sino también los deseos de nuestra alma. Porque no lo ha dejado todo el que sigue atado aunque sólo sea a sí mismo. Más aún, de nada sirve haber dejado todo lo demás a excepción de sí mismo, porque no hay carga más pesada para el hombre que su propio yo. ¿Qué tirano hay más cruel, amo más despiadado para el hombre que su voluntad propia?... Por consiguiente, es preciso que abandonemos nuestras posesiones y nuestra voluntad propia si queremos seguir a aquel que no tenía «donde reclinar la cabeza» (Lc 9,58), y que ha venido «no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado» (Jn 6,38).
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“Cuando Pedro, lleno de audacia, anda sobre el mar, sus pasos tiemblan, pero su afecto se refuerza...; sus pies se hunden, pero él se coge a la mano de Cristo. La fe le sostiene cuando percibe que las olas se abren; turbado por la tempestad, se asegura en su amor por el Salvador. Pedro camina sobre el mar movido más por su afecto que por sus pies... No mira donde pondrá sus pies; no ve más que el rastro de los pasos de aquel que ama. Desde la barca, donde estaba seguro, ha visto a su Maestro y, guiado por su amor, se pone en el mar. Ya no ve el mar, ve tan sólo a Jesús. San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia”. Sermón que se le atribuye, Apéndice nº 192; PL 39, 2100 †

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-
“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).
Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.
¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!
¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!
El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.
«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.
¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»
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Señor Jesús, queremos recoger la lección de S. Francisco que aprendió de la Iglesia.
Como él queremos verte en tus obras y a través de ellas llegar a Ti.
Que todo el universo sea para nosotros un cántico de alabanza en tu honor.
Que a través de nuestras buenas obras, los demás también Te glorifiquen y juntos construyamos esa fraternidad universal, de la cual el mundo entero está necesitado. AMÉN.
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Se multiplican los diagnósticos desesperados sobre el estado de la tierra: "un hormiguero que se resquebraja", "un planeta que agoniza"... La ciencia describe cada vez con más detalles el posible escenario de la disolución final del cosmos. Se enfriarán la tierra y los demás planetas; se enfriarán el sol y las demás estrellas; se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... Un día, la expansión se agotará y comenzará la contracción; al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Se producirá entonces el "Big Crunch", o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión, o "Big Bang", de hace quince mil millones de años.
Nadie sabe si las cosas sucederán realmente así o de otro modo. Pero la fe nos asegura que, aunque fuese así, ese no sería el final total. Dios no ha reconciliado consigo al mundo para luego abandonarlo a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para luego retirarse, él solo, a su cielo, en el momento en que llegue ese fin. "Te he amado con un amor eterno", dijo Dios al hombre en la Biblia (Jr 31, 3) y las promesas de "amor eterno" de Dios no son como las del hombre.
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«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»
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‘Si la técnica no se reconcilia con la naturaleza, ésta se rebelará’ 12 nov.2000 S. S. Juan Pablo II - Magno
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Crisis ecológica y crisis moral - La crisis ecológica contemporánea es un aspecto preocupante de una más profunda crisis moral y es efecto de una equivocada concepción de un desarrollo desmedido que no tiene en cuenta el ambiente natural, sus límites, sus leyes y su armonía, especialmente en cuanto se refiere al uso-abuso del progreso científico-tecnológico. La tierra sufre a causa del egoísmo del hombre.
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San Pedro Crisólogo (380 ca. 450 ca.) en el Segundo discurso sobre el ayuno: "Son grandes las obras del Señor". Pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la creación, este poder, es superado por la grandeza de la misericordia. En efecto, el profeta dijo:”Son grandes las obras de Dios"; y en otro pasaje añade:”Su misericordia es superior a todas sus obras". La misericordia, hermanos, llena el cielo y llena la tierra. (...) Precisamente por eso, la grande, generosa y única misericordia de Cristo, que reservó cualquier juicio para el último día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia. (...) Precisamente por eso, confía plenamente en la misericordia el profeta que no confiaba en su propia justicia: "Misericordia, Dios mío —dice— por tu bondad" (Sal 50, 3)" (42, 4-5: Discursos 1-62 bis, Scrittori dell area santambrosiana, 1, Milán-Roma 1996, pp. 299. 301).
Así decimos también nosotros al Señor: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad".
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«El cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano» - En un libro sagrado, muy querido para millones de creyentes, se lee que, en el comienzo de los tiempos, Dios creó el universo en todos sus maravillosos aspectos: el cielo, la tierra, el mar y, al final, creó al hombre como rey de este cosmos, confiándolo a sus cuidados. Es la narración del Génesis.
La visión de la Iglesia católica, y de la Santa Sede en particular, sobre los problemas que se debaten aquí, se inspira en esas páginas de la Biblia. Permítanme que, por un breve momento, recordemos estas páginas que pertenecen al patrimonio de la humanidad. Ellas nos dicen que el cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano, que ocupa un lugar central en el mundo, para que lo gobierne con sabiduría y responsabilidad, respetando el orden que Dios ha establecido en su creación (cf. Juan Pablo II Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 6).
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EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS
“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).
El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas.
Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.
“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).
“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).
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«Decálogo católico» sobre ética y ambiente
Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005 expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.
2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.
3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.
4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.
5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.
6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.
7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.
8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.
9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.
10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.
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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!
¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!
“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
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San Juan de la Cruz (1542 †1591), carmelita descalzo, doctor de la Iglesia
Avisos y máximas 169-175 - Ven, sígueme -
Cuanto más te separes de las cosas de la tierra, más te acercarás a las del cielo y más encontrarás las riquezas de Dios.
El que sabrá morir a todo, encontrará vida en todo.
Apártate del mal, haz el bien, busca la paz (Sl 33,14).
El que se queja o murmura no es nada perfecto, ni tan sólo buen cristiano.
Es humilde el que se esconde en su propia nada y sabe abandonarse a Dios.
Es pacífico el que sabe soportar al prójimo y soportarse a sí mismo.
Si quieres ser perfecto, vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, después vuélvete hacia Cristo para obtener de él la suavidad y la humildad, y síguele hasta el Calvario y el sepulcro. †