Saturday 1 November 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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El animismo no es una religión estructurada como tal, sino un sentimiento religioso, común a varias formas de creencia (sobre todo, africanas).

 

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Quisiera que me recomendara bibliografía para conocer el dominio romano sobre el norte de África y el cristianismo africano.

 

La monografía de Elizabeth Isichei sobre el cristianismo africano es de lo mejor que se me ocurre. Por otro lado, tenga en cuenta que cualquier referencia al cristianismo en esa parte del mundo exige detenerse en Agustín o Tertuliano... que no es poco.

Este diálogo con César Vidal tuvo lugar entre las 17:00 y las 18:00 del martes 22 de mayo 2007. Esp.

 

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Reconvertir las religiones en una fuerza de paz y respeto mutuos, según el mandato evangélico; señalar y separar los elementos fundamentalistas que provocan conflicto y división entre los hombres’ debe ser una de las prioridades de las cúpulas religiosas. Los fanatismos y las reacciones violentas dentro de la sociedad actual no tienen un origen religioso de manera exclusiva, aunque se sigan presentando con fundamentos de este tipo. En concreto, los grupos islamistas de la línea de Ben Laden y Al Qaeda concitan entre –por desgracia no todos los representantes musulmanes- una descalificación absoluta, sincera y total. La simplificación que representa asociar ‘terrorismo a una religión’ no es justa, a pesar que algunos islamistas tienden a maquillarse de motivaciones mahometanas recurriendo a falsificar la historia hasta el absurdo. MMVI


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Fundamentalismo: Quien sea que medite un segundo en el término encontrará que nada más elogiable será el desear sujetarse a los principios, a los fundamentos que dan forma a un pensamiento o creencia. Por ejemplo, un fundamentalista cristiano sería quien tome como base de vida los principios y fundamentos de la doctrina cristiana. Los santos han hecho de estos principios un fundamento tal de sus vidas que nada en ellas era ajeno o contrario al cristianismo, Y aun éstos llevaron sus fundamentos a grado heroico en aquellas hijas de los principios firmes que son las virtudes. Lamentablemente los medios de comunicación y los productores de opinión pública han hecho del término una horrible acusación y un sinónimo de ruindad y maldad.

 

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A inicios del siglo VIII, España era un crisol de las culturas clásica, cristiana y germánica, y se hallaba situada a la cabeza de Occidente.
La invasión islámica aniquiló totalmente esa cultura e implicó un trastorno social sin precedentes.

 

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“Falta coraje en el islam para decir que la raíz de la violencia está en unir política y religión” Samir Khalil / Jesuita egipcio, doctor teólgo e islamólogo. 2005

 

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Tendencias musulmanas: sunitas, chiítas, ibadis, ismaelitas, jaafaris y las tradiciones salafita y sufí, marcarían también un acontecimiento histórico en cuanto a una posible unidad islámica.

 

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2006 Obispos de África del Sur curanderos, brujería . «Lo que es aún más preocupante» se afirma en el documento «es el hecho que algunos sacerdotes y religiosos (además de laicos profesionales: maestros, médicos, enfermeros…) buscan convertirse en adivinos y curanderos».
Por este motivo los obispos han decidido difundir la carta pastoral para explicar una vez más las enseñanzas de la Iglesia católica y poner en evidencia los elementos culturales que contradicen el mensaje del Evangelio.

«Los sacerdotes actúan en la persona de Cristo y no en las personas de los espíritus de sus antepasados. Ellos reciben autoridad y poder de la Iglesia y no a través de un ritual para convertirse en adivino --curandero--. La afirmación de actuar a través de una doble fuente de poder y autoridad confunde a los cristianos y debilita la imagen del sacerdote porque una contradice a la otra».

En el sur de África es común que personas en dificultad, en particular los enfermos, recurran a las prácticas de la religión ancestral [silgo XXI].

«En este contexto --reconocen los obispos--, el sacramento de los enfermos empalidece hasta convertirse en algo insignificante a los ojos de los que sufren, porque la fe en Jesucristo no desempeña ningún papel. Esta práctica y estas creencias contradicen así las enseñanzas de la Iglesia sobre la curación».
Los Obispos recuerdan en cambio que «el Señor ha siempre mostrado una gran atención y cuidado por el bienestar corporal y espiritual de los enfermos. Esto se evidencia en el Evangelio y sobre todo en el sacramento de la unción de los enfermos».

Por lo que se refiere al culto de los antepasados, la carta pastoral de la Conferencia Episcopal de África del Sur, recuerda que «la creencia que los antepasados están dotados de poderes sobrenaturales se acerca a la idolatría».
«Es Dios y solamente Dios quien es omnipotente, mientras que los antepasados son sus creaturas. Ellos pueden ayudarnos solamente intercediendo por nosotros. Cuando nos dirigimos a los antepasados o santos, debemos usar la frase "ruega por nosotros" y no "haz esto por nosotros"».

«Toda forma de adivinación debe ser rechazada» continúa diciendo el documento. «Consultar horóscopos, astrólogos, lectura de la mano, recurrir a los mediums, son prácticas que esconden el deseo de poder sobre el tiempo, la historia y, por último, sobre los seres humanos. Un comportamiento correcto cristiano consiste, en cambio, en ponerse en las manos de la Providencia».
Los obispos ponen en guardia a los fieles contra la magia, simonía, medicinas mágicas, y concluyen su reflexión recordando el significado cristiano de la vida después de la muerte y la importancia de la oración por los propios difuntos que están aún en el Purgatorio.

 

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Aparte de la Biblia, ¿existen fuentes históricas que corroboren que los israelíes estuvieron en Egipto? ¿Qué fuentes son esas? ¿Qué datos confirman?

La Historia de Egipto de Manetón –existe traducción española en Alianza Editorial– que, obviamente, presenta la visión egipcia, pero que confirma, por ejemplo, el Éxodo o la figura de Moisés. Indirectamente hay más a los que hago referencia en el apéndice de El escriba del faraón.

Este diálogo con César Vidal tuvo lugar entre las 17:00 y las 18:00 del martes 22 de mayo 2007. Esp.

 

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El animismo

 

>> Animismo: En el siglo XXI sobreviven aún las religiones tradicionales.

Los grupos animistas son mayoritarios en gran parte de África

El animismo no es una religión estructurada como tal, sino un sentimiento religioso, común a varias formas de creencia (sobre todo, africanas), según el cual están dotados de alma no sólo los hombres, sino también los animales, vegetales y hasta los objetos inanimados. Esta presencia del alma corresponde a cada cosa o ser por sí al margen de la reencarnación de las almas. El animismo está ligado a las religiones tradicionales, que son las formas de creencia más extendidas en África. Puede afirmarse que un africano es animista si él o sus antepasados no se han convertido a otra religión.

El animismo es compatible con la creencia en un deus otiosus, divinidad lejana, que no influye ni en la vida de los individuos, ni en la historia de los pueblos. Esa lejanía e inactividad divina queda suplida por los espíritus, sobre todo de los antepasados, así como por el trato frecuente con ellos para pedirles ayuda, consejo, favores, etc., y para protegerse de su poder maléfico.

En las religiones tradicionales africanas, a pesar de profundas divergencias exis tentes entre ellas, hay algunos elementos comunes. Según Juan González Núñez, misionero comboniano, los elementos principales son: 1) El Ser Supremo; 2) el mundo de los espíritus; 3) los antepasados; 4) los especialistas sagrados; 5) unidad entre religión y vida; 6) ética comunitaria.

Un ser supremo

En la casi totalidad de los pueblos africanos se encuentra la creencia en un Ser Supremo. Opinan que su existencia es de evidencia inmediata y no necesita demostración. González Núñez, en el capítulo dedicado a las religiones tradicionales africanas en el libro Pluralismo religioso (III), asegura que a este Ser Supremo se le conceden una serie de atributos enunciados muchas veces no de forma abstracta, sino visualizados en acciones concretas. Dios es el que moldea los niños en el vientre de su madre, dicen los baganda; o el que sopla o el que cae, dicen los tonga, refiriéndose a que Él hace soplar al viento y caer la lluvia.

También los nombres con que se le mencionan expresan atributos. Para los ngombe, es «el que dura por siempre en la selva» (la selva simboliza la eternidad). Los ila y los baluba vinculan su naturaleza eterna con la aparentemente interminable duración del sol y lo denominan «El de los muchos soles». Los zulúes lo llaman «El que es más grande de todos» o también «El que vino a la existencia por sí mismo». Los lunda dicen que el nombre verdadero de Dios no se puede saber porque es demasiado alto para nosotros y lo llaman por eso «El desconocido»; y los ngombe, «El inexplicable».
La creencia en la existencia de Dios no implica necesariamente que ocupe un lugar central en la religiosidad y en el culto. Muchas tribus creen que Dios es demasiado grande y lejano. Después de la creación se retiró al cielo, cediendo la relación con el mundo a los espíritus intermedios o a los antepasados, que son los que verdaderamente intervienen en los asuntos humanos, y a quienes los hombres ofrecen culto. Sin embargo, también hay ejemplos de un culto regular tributado directamente a Dios; se le dirigen plegarias y sacrificios, y hay personas consagradas a su servicio.

 

El mundo de los espíritus

Aparte de creer en el Ser Supremo, gran parte de los pueblos africanos tienen fe en la existencia de divinidades menores y espíritus de diversas categorías, que pueblan el mundo y pululan por todos los rincones. Se distinguen dos catego rías principales:

— Divinidades asociadas a Dios: O bien son personificación de las actividades y manifestaciones de Dios, o bien son creadas por él para que le sirvan de intermediarios.

— Los espíritus comunes: Ocupan un puesto intermedio entre las divinidades y el hombre y habitan en los lugares más insospechados. Los árboles, las rocas, los ríos, los animales... Se pueden aparecer a los hombres, e incluso entrar dentro de ellos y poseerlos, bien sea para hablar a través de ellos, bien para causarles enfermedades u otros daños.

Hay espíritus protectores de un clan, de un poblado o de una familia. Pero, en general, la gente les teme como impredecibles y por eso les ofrecen sacrificios y actos de culto, para tenerles alejados de los asuntos humanos.

Su origen no es fácil de determinar. Para algunos pueblos, los espíritus vinieron a la existencia por sí mismos y han continuado reproduciéndose y aumentando en número. Otros son seres humanos que murieron y no pudieron acceder a la categoría de antepasados. Incluso pueden ser animales que se han convertido en espíritus.

Hay, finalmente, una ínfima categoría de espíritus, llamados fetiches. Éstos son los que dan poder a los hechiceros, en cuyos instrumentos mágicos habitan.

Para algunas tribus, hay antepasados que se han convertido en divinidades o en espíritus, pero, en general, los antepasados son una categoría distinta. Y de suma importancia, pues los muertos siguen viviendo de alguna manera en medio de los vivos. Son los mejores intercesores ante Dios; se interesan por los asuntos de la familia y pueden avisar sobre los peligros inminentes. Son también los guardianes de las tradiciones. Quebrantar una de ellas es una ofensa que puede ser castigada por los antepasados.

Frente a los muertos, hay en África un sentimiento ambivalente. Por una parte se quiere su cercanía; pero, por otra, se los teme, y sus visitas no son particularmente agradables. Las comidas y libaciones que se les ofrecen son a la vez actos de acogida y formas de decir que dejen en paz a los vivos. La gente tiene particular cuidado en observar las normas referentes a los entierros; de lo contrario, los muertos vendrían a vengar el agravio mediante una enfermedad o una desgracia.

Intervenciones benéficas o maléficas que unos pueblos atribuyen a los espíritus, otros las atribuyen a los antepasados. Con todo, hay ciertos campos en los que se piensa que intervienen de una manera preferente. Estando como están interesados en la perpetuación de su linaje, se supone que ellos no son los causantes del terrible baldón de la esterilidad sino, por el contrario, los que dan la fertilidad. Las mujeres estériles acuden frecuentemente a ellos. También se piensa que ayudan a su tribu en tiempos de guerra.

Todas las religiones tradicionales africanas tienen especialistas que desempeñan las funciones sagradas. Así, están el curandero, principal figura religiosa, que defiende al poblado de los males y es médico tanto del cuerpo como del alma; el adivino; el herborista; el médico de brujos, especialista en descubrir y contrarrestar los maleficios provocados por brujos y hechiceros; sacerdotes y médiums; hechiceros, que conscientemente manipula las fuerzas sobrenaturales para causar daño a los demás (magia negra) y el brujo –que suele ser mujer–, portador inconsciente de poderes maléficos y hace daño, aun sin saberlo, con su simple presencia o su mirada. Si se les descubre, tanto al brujo como al hechicero, serán castigados, expulsados, o incluso eliminados.

Unidad entre religión y vida

Todos los miembros de la tribu participan de una única vida que viene de Dios a través de un antepasado común. El grado de participación vital determina la jerarquía de los seres y el rango social. El más cercano a la fuente de la vida tiene más poder y es más estimado. La preocupación principal de todos es no interrumpir el circuito vital y permanecer unidos a las fuentes.

Cuando alguien llega a ser jefe –sea por sucesión o por designación de los ancianos–, se da en él un crecimiento de la potencia vital que lo eleva al rango de intermediario, o de canal entre las fuerzas de los antepasados y su descendencia. Sufre un cambio sustancial, pues todas las energías que vienen de Dios a través de los antepasados se concentran en él reforzando su ser, a fin de que pueda transmitir esa fuerza no solo a los hombres, sino a los animales y a los campos para que den sus frutos.

Ética comunitaria

La ética subsiguiente a esta filosofía es profundamente vitalista. Serán buenos los actos que favorezcan la vida del grupo, la protejan o la aumenten. En cambio, los actos que perjudican la vida de los individuos o de la comunidad son malos. Pero los términos de la proposición se pueden invertir para afirmar que todo lo que es bueno –entendiendo por tal lo que está refrendado por las normas vigentes en la tribu– favorece la vida del grupo, mientras que la transgresión de esas normas acarrea desgracias y debilita la vida. El olvido de los antepasados, la falta de respeto a los ancianos, el quebrantamiento de las tradiciones, la violación de un tabú sexual, pueden desencadenar enfermedades o causar la esterilidad de las mujeres, los animales o los campos.

Todos los actos quedan así encuadrados dentro de una dimensión moral que es, al mismo tiempo, religiosa. En cada decisión que toma, el hombre está siempre llamando en cuestión a Dios como fuente última de la vida y comprometiendo el equilibrio, tanto de la comunidad humana como del mundo material que lo circunda.

 

 

AMÉRICA: RELIGIONES PRECOLOMBINAS Y AFROAMERICANAS

No sólo en África hay religiones tradicionales, también en América han existido, y perviven de algún modo. Hoy en día son minoritarias, pero mantienen su influencia en el Caribe (Haití, Cuba) y en Brasil. En la obra Pluralismo religioso (III), Francisco Sampedro las divide en dos tipos: precolombinas y afroamericanas.

PRECOLOMBINAS. Se extinguieron prácticamente con la llegada de los españoles. Estas religiones -aztecas, incas, mayas…- coincidían en elementos como el culto al dios supremo y la sacralización de los jefes. También era común la crueldad de sus ritos y sacrificios; el amor a la tierra como don de Dios; el sentido festivo de toda conmemoración; el sentido de familia y respeto a la sabiduría de los ancianos. En algunos lugares (sobre todo, en Sudamérica), era frecuente que la divinidad fuese femenina, con una relación tierra-mujer-fecundidad-divinidad. Asimismo, es de gran importancia la fe en una vida posterior a la terrena (incluyendo la reencarnación en animales).

CULTOS AFROAMERICANOS. Traídos al Nuevo Mundo por los esclavos negros africanos, por lo general, en estos cultos predomina el animismo sobre el teísmo, y va unido a rituales mágicos y funerarios. Hay ritos de iniciación y es importante el grupo (hermandad o sectas), con una jerarquía clara. La superstición es frecuente.

Los esclavos que llevaron su religión a América no eran sacerdotes y, de ahí, que empezasen a adoptar otros elementos, como la moral cristiana -con desorientaciones: a veces llegan al sacrificio humano-, filosofías orientales, ocultismo… Este sincretismo es evidente en los principales cultos que, sobre todo, se extienden aún en Brasil: la umbanda (animismo africano más catolicismo y espiritismo); quimbanda (donde predomina lo sangriento); candomblé; macumba; el vudú, extendido por el Caribe. J.MªN.

PERVIVENCIA DE LAS RELIGIONES TRADICIONALES

El número de seguidores de las religiones tradicionales africanas es todavía, en los comienzos del siglo XXI, considerable: unos doscientos millones en todo el continente, lo que representa el 31% de la población (los católicos no pasan del 12%). En algunas naciones como Zimbabwe (77%), Liberia (76%), Mozambique (74%), República Centroafricana (70%)... es la creencia mayoritaria. Pero las cifras tienen siempre un valor relativo. Porque es predominantemente en el campo, entre la gente no expuesta a la influencia de la educación moderna, donde se encuentra el mayor número de adeptos. Los habitantes de las ciudades, los intelectuales o la juventud prefieren las iglesias cristianas, el Islam o simplemente la increencia.

Ni que decir tiene que resulta de todo punto excepcional encontrar en Europa un africano que se declare seguidor de las religiones tradicionales, y más excepcional, encontrar alguna forma de culto organizado.
J.A. Jesús Azcárate, Revista Palabra, nº 447-448, VIII-IX.01

 

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El corán establece claramente una discriminación entre los musulmanes,

que deben dominar, y los no musulmanes, que deben someterse»…

Lo más chocante es el delirio paranoico contra los judíos. El odio contra los judíos está presente en todo el Corán: “Malditos sean, allá donde se encuentren, serán cogidos y caerán en la matanza”» (Sura XXXIII, 61).

 

Por ley mahometana, todos los seguidores de Mahoma

que se conviertan al cristianismo u otra religión,

deben ser condenados a muerte, ¡obligatoriamente!

 

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“«Dios, creador y padre de todos, pedirá cuentas, severamente, a quien, en su nombre, derrama sangre de hermanos. Dios castigará a quien mata en su nombre”. S. S. Benedicto P.P. XVI- 03.MMVI.

 

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¿QUÉ CULTURA?: IGLESIA

EN DEFENSA ‘LA CULTURA Y VIDA’

 

La anti-cultura de la muerte - Pero si toda cultura tiene su dignidad, no por ello todo valor cultural es intocable. No podemos olvidar que toda cultura, en cuanto realidad humana, está marcada por el pecado. Si cultura es, según Juan Pablo II, «aquello por lo que el hombre en cuanto hombre se hace más hombre»*, es evidente que muchos elementos que llamamos culturales son en realidad anti-culturales. Por la misma razón, es un contrasentido hablar de «cultura de la muerte» o «cultura de la violencia», cuando en realidad se debería hablar de «anti-cultura de la muerte». En las culturas hay muchos antivalores, estructuras de pecado y situaciones de injusticia y de alienación que no merecen ser ni protegidas ni conservadas, por mucho que pertenezcan al patrimonio ancestral de un pueblo. La lista es interminable: clitoridectomia, poligamia, sacrificios humanos, discriminación de la mujer, aborto, abandono de los recién nacidos, privación de libertad religiosa, hasta la mayor de las alienaciones que es la privación de Dios. Al igual que acontece en el encuentro entre el hombre y la Palabra de Dios, también las culturas tienen que experimentar una metanoia, una conversión. Tienen que ser purificadas por la Palabra de Dios, que es viva y eficaz y penetra hasta los tuétanos, hasta la juntura entre los huesos. Y así como la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona, el Evangelio, en su encuentro con una cultura, ya sea una cultura de la selva amazónica, una de las milenarias culturas asiáticas o nuestra cultura secularizada occidental, las purifica sin destruirlas, las sana y las conduce a dar lo mejor de sí mismas.

Dignidad de las culturas, diálogo entre ellas y superación de los elementos contrarios a la dignidad del hombre, son los puntos en torno a los que se debe construir la auténtica multiculturalidad, igualmente distante de la unificación y de la exasperación de la diversidad. Por ello la cuestión del diálogo intercultural no se puede separar de la cuestión de la verdad y de la capacidad del hombre para hallarla. Un diálogo constructivo entre culturas y civilizaciones sólo es posible sobre la base de una búsqueda común de la verdad y de la convicción que ésta puede darse con validez absoluta en nuestras categorías humanas. En caso contrario, permaneceríamos prisioneros del relativismo cultural que niega la posibilidad de superar los propios confines culturales y de acceder a la verdad, que sería entonces únicamente presentida asintóticamente tras las diversas culturas, sin poder ser nunca alcanzada. Sólo que con ello habríamos acabado con toda forma posible de auténtico diálogo entre culturas. El Choque de civilizaciones, está servido.

* Juan Pablo II, Carta autógrafa al Card. Agostino Casaroli con la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura (20 mayo 1982), AAS (1982) 684.

 

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5.- El primer reino cristiano de África: el Congo.

 

Al comienzo de Agosto de 1483 Diogo Câo desembarca en la desembocadura del río Zaire, que llamó río Poderoso. Iniciaba la primera evangelización de aquel reino. En 1490 partía la primera expedición misional.

Con el rey Afonso (1506-43), se produce el verdadero apostolado. Leía la Sagrada Escritura, predicaba, oraba. Coherente con la nueva fe hacía quemar a los ídolos y a los idolatras. Su fe fue duramente probada. Un sacerdote trató de matarlo. Los portugueses no le ahorraron humillaciones. El rey de Portugal estaba particularmente interesado en los esclavos, el cobre y el marfil. Fue desolador el panorama de los evangelizadores, muchos de ellos sólo fueron a África para enriquecerse y vivir de manera desbocada. Para superar este obstáculo el rey Afonso mandó a Portugal a un grupo de jóvenes para que se preparasen al sacerdocio. Entre ellos estaba su hijo Enrique, para el que quería la erección de una diócesis en el Congo. Pero la Santa Sede, bajo la presión de Portugal, no lo concede, limitándose, después de haber erigido la diócesis de Funchal (Madeira), a elevarlo al cargo episcopal, pero sólo como auxiliar. En 1534 se creó la diócesis de Santo Tomé, lo que entristeció al rey del Congo. Enrique muere seguido poco después por su padre. En 1596 se erigió la diócesis de San Salvador, sufragánea de Lisboa. Las misiones no obstante no consiguieron desarrollarse por varias razones:

1-  Faltaban los misioneros, siendo pocos en número y en calidad.

2-  El patronato, los conflictos entre las potencia europeas hicieron inestable la situación. Letales fueron las malas costumbres de los blancos.

3-  Los misioneros no estaban preparados: no conocían el país, el clima la geografía, las condiciones higiénico ambientales. No tenían nociones de la problemática de la inculturación, lo cual es explicable. Mucho menos se esforzaban en intentar comprender la situación peculiar en la cual eran .mandados.. Muchos se limitaban a aprender el portugués confesando y predicando por medio de interprete. Actuaban con un celo ciego a la par de su entusiasmo. Eran grandes bautizadores y destructores feroces de todo lo que sabía a idolatría.

4-  Entre 1483 y 1835 no se abrió ningún seminario. Se formaron excelentes catequistas pero no se tiene el coraje de ir más allá. Mejor un mal cura blanco que un buen cura de color. Estas son las razones del fracaso de la primera evangelización del Congo.

 

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CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA - LUMEN GENTIUM

SOBRE LA IGLESIA - EL PUEBLO DE DIOS

 

Nueva Alianza y nuevo Pueblo

9. En todo tiempo y en todo pueblo son adeptos a Dios los que le temen y practican la justicia (cf. Act., 10,35). Quiso, sin embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo que le conociera en la verdad y le sirviera santamente. Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció una alianza, y a quien instruyo gradualmente manifestándole a Sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y figura de la nueva alianza, perfecta que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne. "He aquí que llega el tiempo -dice el Señor-, y haré una nueva alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá. Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos, y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán", afirma el Señor (Jr., 31,31-34). Nueva alianza que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1Cor., 11,25), convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles que se condensara en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un nuevo Pueblo de Dios. Pues los que creen en Cristo, renacidos de germen no corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios vivo (cf. 1Pe., 1,23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn., 3,5-6), son hechos por fin "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición ... que en un tiempo no era pueblo, y ahora pueblo de Dios" (Pe., 2,9-10).

Ese pueblo mesiánico tiene por Cabeza a Cristo, "que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación" (Rom., 4,25), y habiendo conseguido un nombre que está sobre todo nombre, reina ahora gloriosamente en los cielos. Tienen por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar, como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn., 13,34). Tienen últimamente como fin la dilatación del Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que sea consumado por El mismo al fin de los tiempos cuanto se manifieste Cristo, nuestra vida (cf. Col., 3,4) , y "la misma criatura será libertad de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios" (Rom., 8,21). Aquel pueblo mesiánico, por tanto, aunque de momento no contenga a todos los hombres, y muchas veces aparezca como una pequeña grey es, sin embargo, el germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano. Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, es empleado también por El como instrumento de la redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt., 5,13-16).

Así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado alguna vez Iglesia (cf. 2Esdr., 13,1; Núm., 20,4; Deut., 23, 1ss), así el nuevo Israel que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y permanente (cf. Hebr., 13,14) se llama también Iglesia de Cristo (cf. Mt., 16,18), porque El la adquirió con su sangre (cf. Act., 20,28), la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social. La congregación de todos los creyentes que miran a Jesús como autor de la salvación, y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera, para todos y cada uno. Rebosando todos los límites de tiempos y de lugares, entra en la historia humana con la obligación de extenderse a todas las naciones. Caminando, pues, la Iglesia a través de peligros y de tribulaciones, de tal forma se ve confortada por al fuerza de la gracia de Dios que el Señor le prometió, que en la debilidad de la carne no pierde su fidelidad absoluta, sino que persevera siendo digna esposa de su Señor, y no deja de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso.

El sacerdocio común

10. Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hebr., 5,1-5), a su nuevo pueblo "lo hizo Reino de sacerdotes para Dios, su Padre" (cf. Ap., 1,6; 5,9-10). Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable (cf. 1Pe., 2,4-10). Por ello, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios (cf. Act., 2,42.47), han de ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rom., 12,1), han de dar testimonio de Cristo en todo lugar, y a quien se la pidiere, han de dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna (cf. 1Pe., 3,15).

El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante.

Ejercicio del sacerdocio común en los sacramentos

11. La condición sagrada y orgánicamente constituida de la comunidad sacerdotal se actualiza tanto por los sacramentos como por las virtudes. Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana y, regenerados como hijos de Dios, tienen el deber de confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia. Por el sacramento de la confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo, y de esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con su palabra y sus obras, como verdaderos testigos de Cristo. Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella; y así, tanto por la oblación como por la sagrada comunión, todos toman parte activa en la acción litúrgica, no confusamente, sino cada uno según su condición. Pero una vez saciados con el cuerpo de Cristo en la asamblea sagrada, manifiestan concretamente la unidad del pueblo de Dios aptamente significada y maravillosamente producida por este augustísimo sacramento.

Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen el perdón de la ofensa hecha a Dios por la misericordia de Este, y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que,pecando, ofendieron, la cual, con caridad, con ejemplos y con oraciones, les ayuda en su conversión. La Iglesia entera encomienda al Señor, paciente y glorificado, a los que sufren, con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, para que los alivie y los salva (cf. Sant., 5,14-16); más aún, los exhorta a que uniéndose libremente a la pasión y a la muerte de Cristo (Rom., 8,17; Col., 1 24; 2Tim., 2,11-12; 1Pe., 4,13), contribuyan al bien del Pueblo de Dios. Además, aquellos que entre los fieles se distinguen por el orden sagrado, quedan destinados en el nombre de Cristo para apacentar la Iglesia con la palabra y con la gracia de Dios. Por fin, los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef., 5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos, y, por tanto, tienen en su condición y estado de vida su propia gracia en el Pueblo de Dios (cf. 1Cor., 7,7). Pues de esta unión conyugal procede la familia, en que nacen los nuevos ciudadanos de la sociedad humana, que por la gracia del Espíritu Santo quedan constituidos por el bautismo en hijos de Dios para perpetuar el Pueblo de Dios en el correr de los tiempos. En esta como Iglesia doméstica, los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada. Los fieles todos, de cualquier condición y estado que sean, fortalecidos por tantos y tan poderosos medios, son llamados por Dios cada uno por su camino a la perfección de la santidad por la que el mismo Padre es perfecto.

Sentido de la fe y de los carismas en el Pueblo de Dios

12. El pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio, sobre todo por la vida de fe y de caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de la alabanza, el fruto de los labios que bendicen su nombre (cf. Hebr., 13,15). La universalidad de los fieles que tiene la unción del Santo (cf. 1Jn., 2,20-17) no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando "desde el Obispo hasta los últimos fieles seglares" manifiestan el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres. Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1Tes., 2,13), se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (cf. Jds., 3), penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.

Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al Pueblo de Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que "distribuye sus dones a cada uno según quiere" (1Cor., 12,11), reparte entre los fieles de cualquier condición incluso gracias especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas palabras: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad" (1Cor., 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos apostólicos, sino que el juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1Tes., 5,19-21).

Universalidad y catolicidad
del único Pueblo de Dios

13. Todos los hombres son llamados a formar parte del Pueblo de Dios. Por lo cual este Pueblo, siendo uno y único, ha de abarcar el mundo entero y todos los tiempos para cumplir los designios de la voluntad de Dios, que creó en el principio una sola naturaleza humana y determinó congregar en un conjunto a todos sus hijos, que estaban dispersos (cf. Jn., 11,52). Para ello envió Dios a su Hijo a quien constituyó heredero universal (cf. Hebr., 1,2), para que fuera Maestro, Rey y Sacerdote nuestro, Cabeza del nuevo y universal pueblo de los hijos de Dios. Para ello, por fin, envió al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, que es para toda la Iglesia, y para todos y cada uno de los creyentes, principio de asociación y de unidad en la doctrina de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 2,42).

Así, pues, de todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por la haz de la tierra comunican en el Espíritu Santo con los demás, y así "el que habita en Roma sabe que los indios son también sus miembros". Pero como el Reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn., 18,36), la Iglesia, o Pueblo de Dios, introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún bien temporal, sino al contrario, todas las facultades, riquezas y costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen de bueno, las favorece y asume; pero al recibirlas las purifica, las fortalece y las eleva. Pues sabe muy bien que debe asociarse a aquel Rey, a quien fueron dadas en heredad todas las naciones (cf. Sal., 2,8) y a cuya ciudad llevan dones y obsequios (cf. Sal., 71 [72], 10; Is., 60,4-7; Ap., 21,24). Este carácter de universalidad, que distingue al Pueblo de Dios, es un don del mismo Señor por el que la Iglesia católica tiende eficaz y constantemente a recapitular la Humanidad entera con todos sus bienes, bajo Cristo como Cabeza en la unidad de su Espíritu.

En virtud de esta catolicidad cada una de las partes presenta sus dones a las otras partes y a toda la Iglesia, de suerte que el todo y cada uno de sus elementos se aumentan con todos lo que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo congrega gentes de diversos pueblos, sino que en sí mismo está integrado de diversos elementos, Porque hay diversidad entre sus miembros, ya según los oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos; ya según la condición y ordenación de vida, pues muchos en el estado religioso tendiendo a la santidad por el camino más arduo estimulan con su ejemplo a los hermanos. Además, en la comunión eclesiástica existen Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro, que preside todo el conjunto de la caridad, defiende las legítimas variedades y al mismo tiempo procura que estas particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen en ella. De aquí dimanan finalmente entre las diversas partes de la Iglesia los vínculos de íntima comunicación de riquezas espirituales, operarios apostólicos y ayudas materiales. Los miembros del Pueblo de Dios están llamados a la comunicación de bienes, y a cada una de las Iglesias pueden aplicarse estas palabras del Apóstol: "El don que cada uno haya recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios" (1Pe., 4,10).

Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan, tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios.

Los fieles católicos

14. El sagrado Concilio pone ante todo su atención en los fieles católicos y enseña, fundado en la Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrina es necesaria para la Salvación. Pues solamente Cristo es el Mediador y el camino de la salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y El, inculcando con palabras concretas la necesidad de la fe y del bautismo (cf. Mc., 16,16; Jn., 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como puerta obligada. Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, rehusaran entrar o no quisieran permanecer en ella.

A la sociedad de la Iglesia se incorporan plenamente los que, poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos. Sin embargo, no alcanza la salvación, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien no perseverando en la caridad permanece en el seno de la Iglesia "en cuerpo", pero no "en corazón". No olviden, con todo, los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo: y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad.

Los catecúmenos que, por la moción del Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, se unen a ella por este mismo deseo; y la madre Iglesia los abraza ya amorosa y solícitamente como a hijos.

Vínculos de la Iglesia con los cristianos no católicos

15. La Iglesia se siente unida por varios vínculos con todos lo que se honran con el nombre de cristianos, por estar bautizados, aunque no profesan íntegramente la fe, o no conservan la unidad de comunión bajo el Sucesor de Pedro. Pues conservan la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, y manifiestan celo apostólico, creen con amor en Dios Padre todopoderoso, y en el hijo de Dios Salvador, están marcados con el bautismo, con el que se unen a Cristo, e incluso reconocen y reciben en sus propias Iglesias o comunidades eclesiales otros sacramentos. Muchos de ellos tienen episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen Madre de Dios. Hay que contar también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales; más aún, cierta unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos su virtud santificante por medio de dones y de gracias, y a algunos de ellos les dio la fortaleza del martirio. De esta forma el Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo el deseo y la colaboración para que todos se unan en paz en un rebaño y bajo un solo Pastor, como Cristo determinó. Para cuya consecución la madre Iglesia no cesa de orar, de esperar y de trabajar, y exhorta a todos sus hijos a la santificación y renovación para que la señal de Cristo resplandezca con mayores claridades sobre el rostro de la Iglesia.

Los no cristianos

16. Por fin, los que todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados al Pueblo de Dios por varias razones. En primer lugar, por cierto, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne (cf. Rom., 9,4-5); pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres; porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf. Rom., 11,28-29). Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que confesando profesar la fe de Abraham adoran con nosotros a un solo Dios, misericordiosos, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Act., 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim., 2,4). Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tenga la vida. pero con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la mentira sirviendo a la criatura en lugar del Criador (cf. Rom., 1,24-25), o viviendo y muriendo sin Dios en este mundo están expuestos a una horrible desesperación. Por lo cual la Iglesia, recordando el mandato del Señor: "Predicad el Evangelio a toda criatura (cf. Mc., 16,16), fomenta encarecidamente las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos.

Carácter misionero de la Iglesia

17. Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles (cf. Jn., 20,21), diciendo: "Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt., 28,19-20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra (cf. Act., 1,8). De aquí que haga suyas las palabras del Apóstol: " ¡Ay de mí si no evangelizara! " (1Cor., 9,16), por lo que se preocupa incansablemente de enviar evangelizadores hasta que queden plenamente establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen la obra evangelizadora. Por eso se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo. predicando el Evangelio, mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y de la idolatría y los incorpora a Cristo, para que crezcan hasta la plenitud por la caridad hacia El. Con su obra consigue que todo lo bueno que haya depositado en la mente y en el corazón de estos hombres, en los ritos y en las culturas de estos pueblos, no solamente no desaparezca, sino que cobre vigor y se eleve y se perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre. Sobre todos los discípulos de Cristo pesa la obligación de propagar la fe según su propia condición de vida. Pero aunque cualquiera puede bautizar a los creyentes, es, no obstante, propio del sacerdote el consumar la edificación del Cuerpo de Cristo por el sacrificio eucarístico, realizando las palabras de Dios dichas por el profeta: "Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura" (Mal., 1,11). Así, pues ora y trabaja a un tiempo la Iglesia, para que la totalidad del mundo se incorpore al Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda todo honor y gloria al Creador y Padre universal.

Roma, en San Pedro, 21 de noviembre de 1964.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia Católica

 

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Mahoma guerrero y sus crímenes. - No obstante, hay que reconocer que en la historiografía musulmana y en el propio Corán quedan testimonios de episodios de violencia liderados por el propio profeta o convalidados posteriormente por una revelación. Por citar sólo dos incidentes resumiré los siguientes. La batalla de Badr en marzo de 624, en la que una emboscada de Mahoma a la caravana de Abû Sufyân, acabó con una victoria de 300 musulmanes sobre 1.000 mequíes que acudieron en auxilio de la caravana, de los que 70 murieron en lucha y otros tantos cayeron prisioneros.

Este episodio es presentado en el Corán como una victoria que Dios concedió a sus fieles: "No erais vosotros quienes les mataban, era Dios quien les mataba" (Corán 8,17). La victoria es presentada como prueba de la verdad de la revelación coránica. La batalla del foso en abril de 627 fue iniciada por los mequíes con objeto de acabar con dos años de guerra de guerrillas. En torno a 10.000 guerreros se dirigieron contra Medina. Una trinchera ante la ciudad detuvo a los confederados mientras Mahoma negociaba secreta y exitosamente con algunas de las tribus de la confederación mecana en medio de diversos combates aislados, hasta que consiguió sobornarlas.

Una tempestad cayó sobre el campamento mecano y provocó el retorno de los confederados a la Meca. Impulsado por esta victoria a medias, Mahoma atacó a la última tribu judía de Medina, los Banû Qurayza, que había pactado con los mequíes. Puestos ante la alternativa de conversión o muerte, solo cuatro se convirtieron al islam, mientras entre 600 y 900 hombres fueron decapitados, siendo las mujeres y los niños reducidos a la esclavitud (Cfr. Corán 32,26).

 

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En el siglo VII los musulmanes invadieron a griegos, romanos, godos, judíos, iranios, indios. Los consideraban decadentes, como ahora a nosotros. Traían una cultura cerrada y dogmática, una teocracia de guerreros que, si morían, iban al paraíso. 2004.

 

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846 d.C. Los mahometanos (musulmanes-sarracenos)  llegan a Ostia, remontan el Tiber y – tras cometer crímenes horrendos- saquean los tesoros de las basílicas extramuros, incluida San Pedro, profanando uno de los lugares más santos del cristianismo. Posteriormente en el siglo XI saquearon, profanaron, destruyeron e incendiaron el lugar más santo para los cristianos: el calvario de Jerusalén donde Cristo había sido fue enterrado, además robaron las pocas reliquias restantes.

 

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902: los árabes invaden Sicilia; persiguen y aniquilan a los cristianos.

 

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Mahoma el profeta, en Medina hubo de constituir y estructurar una comunidad y un estado. Se encontró, en palabras de un predicador musulmán, siendo el que está delante en la mezquita (al-Imâm fî-l-masyid) gobernante de los musulmanes (hakim al-muslimûn) y jefe en la batalla (qâ´id fî-l-ma´araka). Es decir, líder religioso, jefe político y caudillo militar. Esto ha marcado la cristalización del derecho islámico en las cuatro escuelas jurídicas islámicas.

 

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Maimónides - Nació en Córdoba en 1135 y falleció en Fustat (Egipto) en 1204. En 1148 la invasión almohade entran en Córdoba y los judíos abandonan la ciudad ante las masacres y órdenes de conversiones forzosas al Islam en un ambiente de intolerancias, torturas y vejaciones.

 

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P: Se habla mucho de las tres culturas y de la convivencia que había entre ellas. ¿No es cierto que los musulmanes persiguieron vivamente a los judíos y en concreto los judíos de Lucena fueron exterminados por los almorávides?.

 

R: Me veo obligado a remitirle a mi "España frente al islam" {editóse 02.2004}. Desde luego, le adelanto que el islam llevó a cabo un verdadero genocidio con los cristianos mozárabes e hizo la vida bien difícil a los judíos forzándolos a apostatar bajo pena de muerte como fue el caso de Maimónides que tuvo que exiliarse.

César VIDAL. L.D. 2003-12-23.


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P: Me gustaría saber qué significado tiene para la mujer musulmana llevar el hiyab. ¿Es una cuestión de pudor simplemente o hay algo más? ¿Su respuesta se basa en algún texto?

 

R: Fundamentalmente es una manifestación de sumisión al varón. Piense que, por ejemplo, en la sura 4 del Corán no sólo se establecen medidas discriminatorias hacia la mujer –la mitad de la herencia, un testimonio que vale la mitad, etc.– sino que además se hacen referencias a cuestiones más cotidianas como la permisividad de golpear a la esposa, etc.  2003-12-16. L.D. ESP.

 

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Todas las acciones de terroristas islamistas degradan y corrompen el débil tejido en el que se basa la civilización; el que diferencia civiles de militares, iglesias y campos de batalla.

 

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La fe tiene necesidad de la razón para no caer en la superstición.

La razón tiene necesidad de la fe para no caer en la desesperación. Juan Pablo II

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

“Alabamos a Dios por quienes cultivan las ciencia y la tecnología, ofreciendo una inmensa cantidad de  bienes y valores culturales…

Sin embargo, la ciencia y la tecnología no tienen respuestas a los grandes interrogantes de la vida humana… estas sólo pueden venir de un razón y ética integrales iluminadas por la revelación de Dios.

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).