Friday 28 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 1º digresiones históricas contra España católica 1934, Azaña

Debemos recordar que el marxismo español siempre fue un poco de pandereta, de nulo rigor crítico e incapaz de aportar nada a su propia doctrina. Y la historiografía, desde luego, no constituyó una excepción.

 

+++

 

La unidad siempre es un bien y la división un mal. No en vano, Jesús, en su despedida, pidió al Padre el don de la unidad para sus seguidores, a fin de que el mundo creyera. En cambio, el demonio es conocido como el «señor de la división».

 

+++


 

 

En una sociedad como la nuestra, en la que predomina la pérdida de la memoria, o su utilización para los propios fines, es necesario que ustedes nos recuerden la historia: la vida, la riqueza, la humanidad, la plasmación y entrega de lo mejor de los que nos han precedido. En Toledo, se creó la España con la unidad de godos y romanos, arrianos y católicos, la unidad del espíritu, la unidad de todos los pueblos. Toledo es el lugar donde se acrisola lo que ha caracterizado a la Edad Media: el alma de pueblo que, relegado a un reducto, trata de recuperar su identidad luchando por la fe y las raíces cristianas que lo sustentan». MMVI.

-.-

La Edad Media no es, como pensaron los renacentistas y se ha extendido hasta hoy, un período oscuro dedicado únicamente a la Reconquista. La cristiandad mediterránea estaba, sí, ruralizada, después de que la invasión islámica cortara en gran medida las comunicaciones por el Mediterráneo. Y, ya en el siglo XIII, en este ámbito, se estaba produciendo una pequeña revolución, gracias a las novedades técnicas propias o tomadas de la antigüedad o de los invasores musulmanes.

Sin embargo, también estaba renaciendo la vida urbana y artesanal en los burgos, facilitada por la especialización del trabajo. Junto a las acciones bélicas, se encuentra a los clérigos, dedicados a la oración, y al estudio y transmisión del saber intelectual. Un conocimiento del que Castilla, por su situación entre el Islam y Europa, se convierte en transmisora hacia el norte. También fue su beneficiaria. Por ejemplo, el modelo de corte de Alfonso X, como lugar de apoyo a la ciencia y la investigación, es originario de las cortes califales.


La principal vía de comunicación son los caminos, en los que se encuentran desde los miembros de la corte hasta los juglares, pasando por mercaderes, peregrinos, frailes y estudiantes, todos portadores de noticias de tierras lejanas. Además, gracias a las innovaciones en navegación, Europa alcanzó la superioridad sobre los otros pueblos.

Sin embargo, todas esas novedades de la agricultura, el conocimiento, la artesanía y la navegación no aparecen descritas en códices, anales y crónicas. Su origen permanece oscuro, tanto respecto a la fecha como a los inventores y difusores. Sólo se puede saber algo de ellas si alguna se conservó, o gracias a la información que plasmaron, sin ser conscientes de ello, los autores de distintos elementos decorativos, como las miniaturas de los códices.

Don Gonzalo Menéndez-Pidal, interpretando miles de fotografías de miniaturas de los códices alfonsíes, describió en su día, hasta un grado de detalle asombroso, multitud de facetas de la vida cotidiana del siglo XIII: la arquitectura, la vestimenta, la ciencia y los estudios, la vida religiosa, el arte, los distintos oficios, los juegos, la caza, la guerra, la naturaleza...Toda una obra de arte que refuta el error, tan extendido, de que, sin textos, no hay historia; y nos acerca, así, a una porción de la intrahistoria de la Baja Edad Media en España.

María Martínez López - 2006-06-16’alfayomega.es

 

+++

 

Una hermosa indicación de Juan Pablo II hablando de la memoria histórica: La memoria se configura como un derecho que corresponde a cada grupo humano (sociedad, Iglesia, partidos y sindicatos) para profundizar en la propia identidad, pero es esencial que esa memoria no sea selectiva y sesgada, ni intente imponer a todos una visión uniforme, sino que se desarrolle a partir de una aproximación «abierta, objetiva y científica» a los hechos.

-.-

…[…]… «Sí que reivindicó el derecho de cada colectivo, «la Iglesia católica, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica», a rememorar su historia para profundizar «en su identidad». Monseñor Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao-Esp. 2007.XI.

 

+++

 
En síntesis, puede decirse que las fuerzas de la República acabaron (la mayor parte, durante las dos primeras semanas del comienzo de la guerra) con 500 iglesias, lo que quiere decir que desaparecieron, incendiadas o arrasadas por dentro, todas las iglesias de la diócesis de Barcelona. Todas, menos diez, entre las que se encuentran la abadía de Montserrat y la catedral). Fueron incendiados 464 retablos: más de dos kilómetros de obras de arte, si fueran expuestos todos juntos, así como pinturas, esculturas, piezas de orfebrería y órganos, entre los que se encontraban el de Santa María, uno de los más importantes de Europa.


+++


¿de que los franquistas no mataron a los curas nacionalistas vascos? Existe una lista de 15 curas vascos asesinados por las tropas rebeldes o nacionales. Aunque, aun así, el número de esas ejecuciones es mucho menor que el de los miles de clérigos asesinados por los republicanos o rojos durante la guerra civil. Definitivamente fue una guerra civil.

 

+++

 

...el saqueo, robo, profanación e incendio (Bibliotecas antiquísimas incluidas) del patrimonio artístico cultural español e internacional, ‘patrimonio de la humanidad’ para siempre desaparecido por las hordas fascistas comunistas…

 

La Historia como fue

 

                        En 1936, tan pleno de legalidad según se nos cuenta ahora, el clima de preguerra era evidente.

 

Juan Van-Halen

 

Se han cumplido 75 años del inicio de la Guerra Civil. Los historiadores Alfonso Bullón de Mendoza y Luis Togores, autores de relevantes obras sobre aquel periodo, y Bullón, además, biógrafo riguroso de José Calvo Sotelo, han preparado una serie televisiva documental sobre la guerra, cuyo primer capítulo trata del asesinato del líder parlamentario derechista el 13 de julio de 1936, que fue la chispa que quemó muchas indecisiones, entre ellas la del propio Franco, que hasta entonces no se había comprometido con los conspiradores.

 

La llamada Memoria Histórica ha reavivado enfrentamientos que los españoles habíamos superado en la Transición. Resulta comprensible que haya quien no se conforme con una versión de parte y resucite otra memoria histórica. La Historia está en los documentos y la escriben los historiadores, no los políticos.

 

Por ejemplo, en el Diario de Sesiones del Congreso se recoge la intervención del líder de la CEDA y ex ministro, José María Gil-Robles, en la tumultuosa sesión del día 16 de junio de 1936. El diputado hizo un balance de la situación desde el 16 de febrero hasta el 15 de junio. Los datos hasta el 14 de mayo, tres meses: “Atentados contra iglesias: iglesias totalmente destruidas, 160; asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto, etc., 251. Atentados personales: muertos, 269; heridos de diferente gravedad, 1.287; agresiones personales frustradas o cuyas circunstancias no constan, 215. Atracos: atracos consumados, 138; tentativas de atraco, 23. Centros particulares: centros de Acción Católica, políticos, públicos o particulares destruidos, 69; asaltados, 312. Conflictos sociales: huelgas generales, 113; huelgas parciales, 228. Periódicos: periódicos destruidos, 10; asaltos a periódicos, intentos y destrozos, 33. Varios: bombas estalladas y petardos, 146; ídem, ídem, sin explotar halladas, 78”. Y desde el 14 de mayo al 15 de junio, un mes: “Atentados contra iglesias: iglesias totalmente destruidas, 36, asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto, etc., 34. Atentados: muertos en atentados personales, 65; heridos de diferente gravedad, 230. Atracos: atracos consumados, 24. Centros particulares: centros políticos, públicos, particulares destruidos, 9; asaltos, invasiones e incautaciones, 46. Conflictos sociales: huelgas generales, 79; huelgas parciales, 92. Clausuras: centros clausurados, 7. Varios: bombas halladas y estalladas, petardos y líquidos inflamables, 47”. Las cifras se refieren, obviamente, a hechos con motivación política.

 

En la primavera y el verano de 1936, tan plenos de legalidad según se nos cuenta ahora, el clima de preguerra era evidente. El Liberal de Bilbao, periódico de Indalecio Prieto, editorializaba el 14 de julio de 1936, el día después del asesinato de Calvo Sotelo: “Si la reacción sueña con un golpe de Estado incruento, como el de 1923, se equivoca de medio a medio. Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel”.

 

El 1 de julio de 1936, el diputado socialista Ángel Galarza amenazó al dirigente derechista José Calvo Sotelo: “Pensando en Su Señoría, encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”. La diputada comunista Dolores Ibárruri gritó dirigiéndose a los escaños de la derecha: “Hay que arrastrarlos”.

 

Calvo Sotelo fue asesinado pocos días después por fuerzas uniformadas del Gobierno a las que acompañaban activistas del PSOE; uno de ellos, Victoriano Luis Cuenca, fue quien disparó dos veces en la nuca al diputado y ex ministro.

 

De Francisco Largo Caballero, secretario general de la UGT y más tarde presidente del Gobierno, se conservan frases relevantes. Entre ellas: “Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia” (Murcia, 1933). ”Si triunfan las derechas tendremos que ir a la guerra civil declarada” (19 de enero de 1936, Alicante). “La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución” (Linares, 20 de enero de 1936). “La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas... Estamos ya hartos de ensayos de democracia; que se implante en el país nuestra democracia” (Cine Europa, 10 de febrero de 1936). “Cuando el Frente Popular se derrumbe, como se derrumbará sin duda, el triunfo del proletariado será indiscutible. Entonces estableceremos la dictadura del proletariado, lo que quiere decir la represión de las clases capitalistas y burguesas” (El Socialista, 26 de mayo de 1936).

 

La Historia como fue, no como nos la cuentan algunos.

 

* Académico correspondiente de la Historia, y de Bellas Artes de San Fernando.

http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/opinion/opinion/historia-20110718   18. VII. MMXI

 

+++


El final del Gobierno de Azaña

La supervivencia del reorganizado Gobierno de Azaña dependía vez más del apoyo menguante de los radicalsocialistas. En un crítico congreso del Partido Radical Socialista celebrado en junio, una de sus principales figuras, Félix Gordón Ordás, se refirió en público a Azaña como «dictador», aunque, por el momento, el partido todavía apoyaba a su Gobierno. Finalmente, los radicalsocialistas se escindieron en tres partidos diferentes: la izquierda, el centro y la derecha, y lo mismo ocurrió con el diminuto Partido Republicano Federal. Los socialistas insistían en el avance a toda máquina, pero el Partido Radical presionaba a favor de la dimisión del gobierno y los propios republicanos de izquierda parecían tener más dudas. En la votación para elegir de manera general a los quince miembros del nuevo Tribunal de Garantías Constitucionales en septiembre, los partidos republicanos sólo obtuvieron un tercio de los puestos y, de la misma forma, los conservadores vencieron en las nuevas elecciones a colegios profesionales claves, tales como el Colegio de Abogados, la Academia de Jurisprudencia y el Colegio de Médicos.


Ni los republicanos de izquierda ni los socialistas deseaban abandonar la coalición, ya que el resultado inevitable sería un gobierno más conservador y/o nuevas elecciones, cuyo resultado, probablemente, debilitaría a la izquierda. Por tanto, el gobierno solicitó y obtuvo un voto de confianza en las Cortes, aunque muchos radicalsocialistas estuvieron a punto de retirársela. Pese a la reafirmación de una mayoría suficiente, al menos temporal, Alcalá Zamora decidió interferir cuando, según era costumbre, debería haberse abstenido de actuar. El 7 de septiembre pidió la dimisión del gobierno y autorizó al jefe del Pando Radical, Lerroux, a formar una coalición puramente republicana, lo que fue capaz de hacer en cinco días, provocando el anuncio por parte de la comisión ejecutiva socialista de una ruptura total con los partidos republicanos.


El Gobierno republicano puro de Lerroux sólo duró tres semanas. Cuando, el 2 de octubre, el nuevo presidente compareció por primera vez ante el Parlamento quedó claro que lo que había obtenido de Alcalá Zamora era más una promesa de celebrar nuevas elecciones que un gobierno regular. A renglón seguido, Acción Republicana retiró su confianza, lo que supuso la inmediata caída del nuevo gobierno. El partido de Azaña había estado dispuesto a prestar su apoyo a una amplia coalición de Gobierno encabezada por Lerroux, pero no aceptaría que éste ocupara la presidencia hasta las nuevas elecciones. Más espectacularmente, Prieto declaró en la misma sesión de las Cortes: «Yo declaro, en nombre del grupo parlamentario socialista, absolutamente seguro de... interpretar el criterio del Partido Socialista Obrero Español, que la colaboración del Partido Socialista en gobiernos republicanos cualesquiera que sean sus características, su matiz y su tendencia, ha concluido definitivamente»; una ruptura que calificó de «indestructible e inviolable». La estrategia de Azaña había seguido su camino y ya no era factible ni siquiera una coalición republicana pura, debido a la insistencia de los radicales en celebrar elecciones. Se habían intentado las tres fórmulas -la gran alianza de 1931, la alianza de republicanos de izquierda y socialistas entre 1932 y 1933 y, ahora, la alianza puramente republicana- y ninguna había resultado viable. En una tentativa final, Azaña instó de nuevo la formación de una gran alianza que ejerciera la presidencia hasta las elecciones, pero ya no fue posible. Tras el veto a Lerroux, Alcalá Zamora nombró un gobierno interino presidido por Diego Martínez Barrio, el más liberal de los líderes radicales, hasta que se convocaran elecciones. Martínez Barrio intentó convertir esta situación en una alianza republicana pura pero Azaña sólo tomaría parte en ella si los socialistas también lo hacían, lo que resultaba imposible.


La alternativa más simple podría haber consistido en una extensa coalición de republicanos puros centristas, que continuara gobernando durante un tiempo sobre la base del Parlamento existente. No hay certeza de que una coalición centrista hubiese pervivido, pero hubiera resultado muy recomendable, al introducir políticas más moderadas e intentar la conciliación de la opinión pública católica y conservadora. Esta opción hubiera sido muy complicada, al requerir abundante tacto y cooperación. Quizá sobrepasase la capacidad de los políticos republicanos de clase media, ambiciosos, vanos y sumamente personalistas y que, en cierto modo, exhibieron, de forma exagerada, más los vicios tradicionales de la política española decimonónica que las nuevas políticas que invocaban con retórica regularidad. Pese a sus pocas posibilidades de éxito, tal alternativa pudo haber sido la mejor posibilidad de consolidar un sistema democrático-liberal durante la década de la depresión.


Como observa Ángel Alcalá, uno de los rasgos sorprendentes del nuevo régimen era la forma en que reprodujo con rapidez las debilidades más evidentes del antiguo sistema monárquico, demostrando que, en realidad, el problema no era la elección entre monarquía y república, sino la cultura política española a principios del siglo XX, que resultaba ser insoluble. De la misma forma en que la izquierda obrera revolucionaria había presionado a la monarquía, intentaba ahora múltiples insurrecciones violentas contra la República. Tal y como la antigua «izquierda dinástica» había pretendido apaciguar a aquellos republicanos que rechazaban el sistema establecido, la izquierda republicana prefería ahora gobernar con los socialistas quienes se habían negado a aceptar una República democrática como modelo definitivo. Mientras que el antiguo sistema se había visto amenazado por la extrema izquierda, el nuevo lo estaba siendo, mediante la subversión y la violencia, tanto por la extrema derecha como por la extrema izquierda. Si los partidos monárquicos habían estado demasiado divididos internamente para gobernar, éste parecía ser ahora el caso de los partidos republicanos. En 1917, los socialistas intentaron convocar una huelga general revolucionaria contra la monarquía; en 1934, intentarían otra contra la República.


Más tarde, durante la Guerra Civil, Azaña escribiría que «la discordia interna de la clase media y, en general, de la burguesía, fue el verdadero origen de la guerra civil» y, en gran medida, tenía razón. Las clases medias se estaban fragmentando en una derecha católica, un centro liberal y una izquierda republicana. Lo que Azaña no añadió, con su típico enfoque autojustificativo, fue que las principales fuerzas de la derecha católica y del centro liberal estaban dispuestas a colaborar en una coalición de centro-derecha, mientras que, después de 1933, los republicanos de izquierda de Azaña tenderían de modo creciente a rechazar una coalición de centro-izquierda hasta que, en 1935, sólo estuvieron dispuestos a aliarse con la izquierda revolucionaria, iniciando así la subversión del propio sistema a cuya creación tanto habían contribuido. Al final, la brecha abierta entre los republicanos liberales y de izquierda resultaría insuperable. La creciente escisión en los partidos republicanos, donde sólo los liberales querían aceptar la lógica y las normas de un sistema liberal y democrático, puso en duda el futuro del nuevo régimen. Si todos los partidos republicanos no aceptaban su propio sistema, cuánto menos podía esperarse de los partidos no republicanos.

De "EL COLAPSO DE LA REPÚBLICA" de Stanley G. Payne...

 



Azaña. Nota en LD sobre el fallecimiento de Jordi Dauder: Dauder da vida a un hombre que también destacó por sus dotes literarias, su oratoria y textos periodísticos, y que vio cómo el sistema democrático que encabezaba se venía abajo por el alzamiento militar de los golpistas liderados por Francisco Franco. Asombrosa ignorancia, a estas alturas. Azaña nunca fue un demócrata: creía que la democracia consistía en que mandase él para acometer su “programa de demoliciones” (demoler la cultura cristiana y la tradición española para sustituirlas con una amalgama ideológica en extremo confusa) en compañía de los partidos obreristas más demagógicos, a quienes ilusamente creí poder dirigir, propugnó golpes de estado cuando perdió las elecciones y se alió con los promotores de la guerra civil en el 34,  para formar el Frente Popular, que aniquiló la legalidad republicana y dio lugar a la justificadísima rebelión de Franco. Fue uno de los grandes responsables de la guerra civil. Su pensamiento político consiste en una serie de tópicos y caricaturas, vagos y sin apenas sustancia. La veneración que ha suscitado en parte de la izquierda y de la derecha solo revela el ínfimo nivel del análisis histórico y político en España. Como escritor y ensayista  fue mediocre, aunque su estilo fuera muy bueno, lo mismo que su oratoria. Para mi gusto, lo mejor de él son sus diarios, que exponen tan a lo crudo la realidad de aquella república y sus gentes (exceptuándose él mismo, claro), y El jardín de los frailes. Su Velada en Benicarló tiene valor como retrato de lo que pasaba y al mismo tiempo es tramposa, olvidando que él fue uno de los mayores culpables de todo lo que ocurría.  

17 de Septiembre de 2011 - 19:47:28 - Pío Moa libertaddigital.es

 

+++

 

‘AZAÑA’ La hipocresía

 

POR PIO MOA. Historiador, escritor

Bajo su brillantez literaria, el pensamiento político azañista es primario y retórico. Por eso identifica al Frente Popular con la república, y habla de esta como de una exclusiva propiedad de la izquierda.

 

En un programa de Carlos Cuesta de VEO7, Roberto Santamaría citó esta frase de Azaña: "Aunque hubiesen sido ciertos todos los males que se cargaban a la República no hacía falta la guerra. Era inútil para remediar aquellos males. Los agravaba todos, añadiéndoles los que resultan de tanto destrozo". La falta de tiempo me impidió aclarar un poco la desvergüenza azañista, y voy a hacerlo aquí.

Los escritos de Azaña sobre la república y la guerra son a la vez un ejercicio de lucidez sobre el personal republicano, y de ceguera autojustificativa sobre sí mismo, en la que escala cumbres de hipocresía y demagogia.

Azaña empezó su carrera republicana preparando, en el Pacto de San Sebastián, un golpe militar para liquidar la monarquía. Poco antes se había mofado en el Ateneo de la posibilidad de graves violencias: "Si agitan el fantasma del caos social, me río", "No seré yo quien siembre desde esta tribuna la moderación". Intentó, pues, el golpe militar y la violencia social para lograr sus fines, consistentes en una peligrosa y demagógica "vasta empresa de demoliciones". Demoler, concretamente, las tradiciones españolas y católicas. Casi nada.

Ya en la república, al perder las elecciones promovió dos golpes de estado, el primero una intriga por arriba, el segundo un ataque desde abajo apoyándose en los socialistas y los nacionalistas catalanes, como he documentado en Los orígenes de la guerra civil. Pese a sus falsas excusas, estuvo complicado en la insurrección de octubre del 34, planteada textualmente como guerra, y posteriormente la justificó: cualquier medio le parecía bien para derrocar a las derechas votadas democráticamente, como antes a la monarquía.

Azaña realiza un ejercicio de ilusionismo al equiparar la república, que él quiso asaltar en tres ocasiones, con el Frente Popular, obra de él en gran parte y que acabó de destruir la legalidad republicana. Destrucción en la que él participó de modo activo, con manejos ilegales como la revisión de actas, la destitución de Alcalá-Zamora (pese a que esta tuvo mucho de justicia poética) o la liquidación de la independencia judicial; y pasiva por su consentimiento, colaboración de hecho, al sangriento proceso revolucionario en marcha. Estos son hechos indiscutibles y el propio Azaña los deja traslucir bastante bien en sus escritos.

Bajo su brillantez literaria, el pensamiento político azañista es primario y retórico. Por eso identifica al Frente Popular con la república, y habla de esta como de una exclusiva propiedad de la izquierda. Tampoco entiende que en una sociedad compleja la ley y la limitación del poder son claves para mantener la paz social. Él fue uno de los principales responsables de la rotura de todos los frenos y de que "nada nos fuese común a los españoles"... para después, cuando le iba mal la contienda, quejarse de que esta "agravaba los males". La guerra no agravó ningún mal: permitió cortar el proceso revolucionario y mantener la unidad nacional, aunque el coste fuera alto por la resistencia de quienes habían provocado el conflicto. Bajo frases tan hipócritas solo hay una idea: la violencia es mala si perjudica a la izquierda, recomendable en caso contrario.

La misma doblez resalta en su llamamiento a la "paz, piedad, perdón"... cuando su derrota era segura. No se le había ocurrido cuando las izquierdas parecían ganar y masacraban con saña a los "fascistas" o llevaban a cabo aquella "empresa de demoliciones" mediante un verdadero genocidio. Los hagiógrafos de Azaña revelan ignorancia o comparten su hipocresía. – IX. MMXI

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/la-hiprocresia-61199/

 

+++


 

Historiadores serios, responsables investigadores, sanos intelectuales deben estudiar la historia. La Iglesia universal está muy por encima de circunstancias coyunturales, y debe ser capaz de transmitir un mensaje de fe y de esperanza. La historia tiene que quedar en manos de los historiadores porque nadie tiene derecho a imponer una «verdad oficial», propia de los sistemas totalitarios. En el marco de la razón y el sentido común, el recuerdo de los antecesores -en este caso, de quienes dieron la vida por la fe ‘mártires de la Iglesia Católica’- refuerza la propia identidad y ayuda a comprender el complejo mundo en que vivimos. 2007-XI

 

+++

Rogad, pues, al Dueño  de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38).

 

La memoria no se opone a la historia. Esto es evidente. Son dos géneros distintos. Primero es la memoria y luego, la historia. La memoria, que radica en la persona, es recuerdo de una familia, una comunidad, una nación o un pueblo y tiene un fuerte componente afectivo y, por lo mismo, es selectiva. En consecuencia, las memorias no siempre coinciden, porque cada grupo social evoca unos sucesos según su origen y su identidad. La historia, en cambio, es una elaboración científica posterior.

 

+++

 

Pío MOA. La mayor contribución de Moa han sido sus investigaciones sobre el periodo que va de 1933 a 1936. Ha efectuado un análisis realmente original y ha llegado a conclusiones que no han sido todavía refutadas. Le han denunciado, le han vetado pero no han logrado rebatir con pruebas las tesis de Moa sobre la República. 2007-

 

+++

 

Sepamos honorar con un cordial agradecimiento a esos hermanos nuestros en la fe,  que supieron ofrecer heroicamente sus vidas por defender los valores cristianos, los mismos que nosotros profesamos ahora, y morir perdonando a los mismos que les asesinaban con el grito de ¡Viva Cristo Rey¡, en sus bocas y corazones. Era en la España republicana desde el 1931-1939.

 

+++

 

Si la persecución religiosa en la época deutero-republicana llegó a tener el volumen que tuvo o incluso "caracteres de auténtico genocidio", como realmente dice Martín Rubio en ‘La cruz, el perdón y la gloria’, no fue por mero azar. Éste, indudablemente, cumple su papel, pero la historia la hacen ante todo los hombres con el ejercicio de su libertad.

-.-

Una sociedad de veras libre lo es si sus miembros lo son de veras. Y, entre otras cosas, lo son si hay libertad religiosa. Este problema, sobre el que el recuerdo del pasado histórico proyecta mucha luz, pone de manifiesto que una de las deficiencias que llevan a nuestra sociedad a un constante problematismo es el no clarificar los presupuestos sobre los que se sustenta. Dos de ellos son: qué se entiende por espacio público y quién es el sujeto de los derechos. Es de agradecer que se diga que la religión no desaparece en una sociedad libre. Pero, si lo hace del espacio público, que es el propiamente social y del que no tiene el monopolio el Estado, probablemente su permanencia lo sea por el fulgor de su ausencia.

 

+++

 

1290 - esplendor del medioevo

 

ESPAÑA CON ALTA CULTURA

Serafín Banjul: …

España* dispone de uno de los mayores patrimonios artísticos del planeta; en Europa sólo Italia* aventaja a nuestro país. Igualmente, el caudal de archivos, museos y grandes bibliotecas –ay, por lo general antiguas– es enorme. Una historia larga, una afluencia y enraizamiento de culturas distintas y un poder imperial, que fue hegemónico durante bastante tiempo, han dotado a nuestras tierras de una riqueza artística que se nos antoja inagotable, no deja de sorprendernos y, en todo caso, constituye un testimonio incomodísimo de la grandeza pasada para quienes, ahora mismo, intentan arrasar y desmontar la nación.

*[Italia y España – dos países de raíces profundamente católicas con mayor patrimonio de la humanidad, Italia primero en el mundo-según la UNESCO.]

 

…Con todo, amigo lector, sálgase de las carreteras principales y aun secundarias, atrévase a maltratar la suspensión de su auto o a quedarse sin taller de reparaciones y obtendrá como premio el prodigio de las ermitas románicas de Lugo y Orense, de la plateresca y renacentista Baeza o del gótico abrumador y aéreo en cualquier poblacho del siglo XV y no se me enojen los de Colmenar Viejo si cito su pueblo como ejemplo. Toda nuestra geografía rebosa de semejantes prendas y lo mismo puede decirse de los archivos antiguos. Pero nuestro objetivo no es escribir un folleto turístico ni uno de esos panegíricos hueros de exaltación patriótica que tanto nos aburren, tan sólo recordar que si todo eso existe es porque aquí hubo un país que –a veces pienso– muchos españoles actuales no se merecen… MMV.XI.XIII

 

+++

 

TODAS LAS ESCUELAS SON PÚBLICAS, ESTÁN LAS ESTATALES Y LAS NO ESTATALES. SIEMPRE Y CUANDO LAS NO ESTATALES ESTÉN ABIERTAS A TODOS LOS CIUDADANOS. EN ESTA CATEGORÍA NO ENTRAN LAS ‘ESCUELAS ISLÁMICAS’ O MADRAZAS DONDE, POR RACISMO RELIGIOSO, SON EXCLUSIVAS A TOTAL PRIVILEGIO DE LOS MAHOMETANOS. SE ENTIENDE POR ESCUELA: establecimiento público donde se da a los niños la instrucción primaria.

 

+++

 

P: ¿A partir de qué fecha considera usted que existe España?

 

R: Como entidad política desde Roma, sin ninguna duda. Como nación con conciencia de tal desde los visigodos. Está en las fuentes.

 

P: Cuando utilizo la expresión Hispanoamérica al hablar con un progre parece que le chirrían los oídos. ¿Podría explicarnos cuales son las diferencias entre Hispanoamérica, Iberoamérica y Latinoamérica?

 

R: Latinoamérica es un término acuñado por los franceses para evitar la referencia a España y que no nos olvidemos de Haití (ejemplo del dominio colonial francés, dicho sea de paso). Tanto Iberoamérica como Hispanoamérica me parecen correctos.

Este diálogo con el Dr.César Vidal tuvo lugar entre las 17.00 y las 18.00 del martes 31 de octubre 2006

 

+++

 

 

Misión de conservar íntegro el depósito de la FE


Conscientes
de haber recibido por la imposición de manos la misión de conservar íntegro el depósito de la fe (cf. 1 Tm 6, 20) y atentos a la voz de tantos fieles que se sienten zarandeados por cualquier viento de doctrina (Ef 4, 14), hablando con una sola voz en comunión con el Sucesor de Pedro, como testigos de la Verdad divina y católica, queremos ofrecer una palabra de orientación y discernimiento ante determinados planteamientos doctrinales, extendidos dentro de la Iglesia, y que han encontrado una difundida acogida también en España, perturbando la vida eclesial y la fe de los sencillos.

Nos mueve a ello, únicamente, la solicitud pastoral. Estamos convencidos de que la nueva evangelización no podrá llevarse a cabo sin la ayuda de una sana y honda teología, en la que refuljan el espíritu de fe y la pertenencia eclesial. Para velar por la comunión real en la fe y en la caridad, nuestra misión magisterial, sin coartar la legítima autonomía de la reflexión teológica, debe custodiar su fidelidad a la Palabra de Dios escrita y transmitida. El anuncio del Evangelio será mediocre mientras pervivan y se propaguen enseñanzas que dañan la unidad e integridad de la fe, la comunión de la Iglesia y proyecten dudas y ambigüedades respecto a la vida cristiana.

 

+++

 

 

El texto cristiano más antiguo de la península

Ibérica es traducido a nueve idiomas


L. R. R.

Barcelona-ESPAÑA- El documento cristiano más antiguo de la península Ibérica ya está al alcance de casi todos. Se trata de las auténticas «Actas del martirio de los santos Fructuoso, obispo, y Augurio y Eulogio, diáconos», que fueron originariamente escritas en latín y que ya han sido traducidas a nueve idiomas modernos -desde el francés e inglés hasta el árabe y el turco-.
   Esta labor se ha realizado gracias al proyecto de la Asociación Cultural San Fructuoso que ha contado además con el apoyo del arzobispo metropolitano de Tarragona, monseñor Jaume Pujol Balcells.
   Cabezas visibles. Los documentos relatan los pormenores de la detención, juicio y muerte de estos tres santos mártires tarraconenses,
que fueron sacrificados en el año 259, durante la persecución decretada por el emperador romano Valeriano. Bajo su imperio sucumbieron también las principales cabezas visibles de la Iglesia católica de aquellos primeros siglos, como fue el caso de los papas san Esteban I y san Sixto II o el obispo de Cartago san Cipriano.
   Además del latín y las traducciones al español y al catalán, las actas cuentan incluso con versiones en los idiomas francés, inglés, italiano, rumano, turco, árabe y amazig (bereber).
   Pero la labor de traducción no se queda ahí solamente, puesto que está previsto que las actas estén pronto disponibles en otros tantos idiomas como el alemán, el húngaro, el polaco, el chino, el ruso y el griego moderno. Efe – LR.ESP. 2006

 

+++

 

 



DIGRESIONES HISTÓRICAS

 

Un nacionalismo español

 

Por Pío Moa

 

En España no se produjo una elaboración nacionalista algo sistemática, al estilo de las intentadas por los nacionalistas vascos y catalanes. La razón es que la existencia de España se daba por un hecho obvio, opuesto sólo a otras naciones europeas, y su obviedad no exigía construcciones teóricas más allá de la defensa del “honor de la patria” frente a los ataques de franceses o ingleses.

 


Aun en ese terreno el nacionalismo español, si así se le puede llamar, fue mucho menos extremista que el inglés o el francés, y, como observa W. Maltby, nunca fabricó contra esas naciones acusaciones comparables a las que ellas difundieron contra España en la Leyenda Negra.

Pero a finales del siglo XIX tomó forma un tipo de nacionalismo español ante el reto del desastre del 98, y, secundariamente, de la crítica de los nacionalismos vasco y catalán. De éstos, el segundo simplemente negaba la existencia de una nación llamada España, mientras que el primero la admitía, pero como ajena y enemiga de “Euzkadi” (palabreja inventada por Arana y sin sentido en vascuence). Los teóricos de esos nacionalismos, Arana y Prat de la Riba, se aplicaron a demostrar que los vascos y los catalanes constituían naciones y a exaltar sin tasa cuanto pudiera llenar a sus paisanos de orgullo desmedido y hundir el prestigio hispano. De paso, la historia anterior de vascos y catalanes quedaría reducida a una miseria bajo el yugo infame de España o de “Castilla”, fomentando un victimismo tan desmesurado como aquel orgullo. Nacionalismos ambos realmente exacerbados y excluyentes.

 

El nacionalismo español que surge por aquellos años bajo el nombre genérico de “regeneracionismo” recuerda a estos dos, como ya señalé en otro trabajo, por su ataque feroz al pasado español, visto como una suma de errores y miserias, como una “anormalidad” o una “enfermedad”; por el ataque no menos furioso al régimen liberal de la Restauración; y por un europeísmo vago y desigual, pero a veces vehemente.

 

El regeneracionismo fue más un estado de espíritu que una doctrina, y no originó un movimiento homogéneo, aunque influyera en diversos partidos, de izquierda y de derecha. Uno de ellos sería la Unión Patriótica, de Primo de Rivera, para la cual José Pemartín y José María Pemán elaboraron algo parecido a una doctrina nacionalista.

 

Esta doctrina recogía de Costa la idea del “cirujano de hierro” que, ante la incapacidad de la política parlamentaria, reconduciría al país a la prosperidad y la grandeza por medios autoritarios. Sin embargo difería del regeneracionismo en considerar a España no una nación frustrada o plagada de vilezas, sino una nación con un gran pasado, fundamental en el devenir de la humanidad, de Europa y América especialmente, aunque con períodos de profunda decadencia, como el de Carlos II o la más próxima Restauración, o al menos los últimos treinta años de ella. Por otra parte, unía la nación española al catolicismo: si en el pasado glorioso habían ido juntas nación y religión, revitalizar la alianza garantizaría el resurgir hispano. Otro punto más: la monarquía también era declarada consustancial con el ser nacional.

 

Esta construcción teórica tiene un aire arcaizante, y ha sido objeto de burlas y ataques, tanto desde los nacionalismos balcanizantes como desde ideas republicanas o revolucionarias, que, sin embargo, han solido ser mucho más primarios en sus teorizaciones. Las de Arana o Prat de la Riba llegan a ser realmente simples. Por otra parte, algunas ideas expuestas por Pemán, sin ser originales no dejan de tener interés.

 

Según él, “o se admite que el hombre es sociable por naturaleza y, por tanto, que la sociedad es un hecho natural (teoría tradicional cristiana), o se admite que el hombre no es sociable por naturaleza y, por tanto, que la sociedad es un hecho artificial (teoría del paco social de Rousseau)”. En el primer caso habría algo esencial en la sociedad, por debajo de sus aspectos cambiantes. En el segundo, la sociedad puede concebirse arbitrariamente, según “la amplitud y variedad de las voluntades que pactan”.

 

La nación, como sociedad, es natural: “No es un agregado amorfo de individuos cuya organización depende de nosotros. No; la Patria es un ser natural, una criatura con una forma propia (…) no una mole, sino un organismo; no un simple agregado de individuos, sino un agregado de Sociedades subalternas que son otros tantos seres vivos con su correspondiente inmanencia vital”.

 

En este sentido opone el patriotismo al nacionalismo, el cual recibe una dura crítica: “el individualismo del siglo pasado pasó un rodillo nivelador sobre la sociedad, destruyó todo lo que era perfil y estructura de ella —municipio, clase, corporación, gremio— y no dejó más que un conjunto amorfo y desorganizado de individuos que se decían soberanos” (p. 28). De ahí que, “concebida la Sociedad-Nación como un producto contractual de las soberanas voluntades individuales que la forman, se supone que esas voluntades, al pactar, transmiten su soberanía a la Sociedad Nación, quedando ésta, en consecuencia, investida de un poder absoluto. Desaparecen, por tanto, todos los límites y contenciones de la Nación; por abajo desaparecen todas esas contenciones orgánicas formadas por las sociedades inferiores y autónomas que la Nación comprende; por arriba desaparecen todas las contenciones espirituales de la Iglesia y todas las contenciones internacionales del orden mundial y humano de que la Nación forma parte. El nacionalismo es, en definitiva la deificación de la Nación”. Resultado de tales excesos habría sido la I Guerra Mundial.

 

También los nacionalismos de Arana y de Prat de la Riba se decían informados por el catolicismo. Pero Arana ve en la nación vasca algo más o menos divino, y él mismo sería considerado por muchos seguidores como “el Jesús vasco”. Y los catalanes proclamaban en sus folletos de adoctrinamiento masivo que su doctrina “tiene por Dios a la Patria”. Debe admitirse que el nacionalismo español al estilo primorriverista era mucho más razonable o, si se prefiere, menos mesiánico que los otros dos, o que los surgidos en Galicia, Andalucía y otras regiones.

 

La crítica se extiende al estado. Si la nación es una sociedad natural, el estado no pasa de ser “la organización jurídica de la Nación”, dedicada a “tutelar, completar y armonizar” la vida de las también naturales sociedades intermedias (desde la familia al municipio, la región, el sindicato, etc.), “sin invadirlas ni ahogarlas”. Pero el individualismo aboca a lo contrario. Los individuos, indefensos a causa de la destrucción de las sociedades intermedias, debían confiarlo todo al estado como supuesta concreción de su voluntad contractual. Y “el Estado, como un dios, lo invadió todo”, y convirtió todo en política”. De aquí nació el Municipio político, la enseñanza oficial, la Universidad centralizada, etc. Hasta la familia quedaría politizada.

 

Pemán ve ahí una seria desviación: “El estatismo es una tesis brillante y peligrosa en estos días en que los hombres están hambrientos de orden y autoridad” (55), pero opuesta a “la tesis social cristiana”, según la cual “la sociedad es para el individuo, no el individuo para la sociedad”. El estatismo amenazaría “una de las mayores conquistas cristianas [que] fue la conquista de la dignidad humana”. Algunas aspiraciones del socialismo podrían realizarse, pero sólo “en el marco de la propiedad y el orden racionalmente utilizados”.

 

La crítica atañe a nacionalismos del tipo del vasco o el catalán, así como al socialismo, cuya raíz encuentra en el individualismo liberal. Sin embargo, los pensadores liberales también habían previsto el peligro de una democracia degenerada en despotismo bajo la protección omnímoda de un estado en apariencia benévolo. Ese peligro podía salvarse mediante la vertebración social en una multitud de asociaciones particulares, desde las cuales los individuos pudieran defender sus intereses. Según Pemán, son estas libertades individuales las que empujan al nacionalismo extremo y al despotismo, al arrasar las “sociedades intermedias”. Pero éstas no sólo no quedan arrasadas, aunque puedan cambiar en muchos aspectos, sino que, por el contrario, las libertades multiplican todo tipo de nuevas sociedades culturales, comerciales, políticas, recreativas etc., que vertebran la sociedad de modo mucho más complejo y efectivo que las tradicionales del Antiguo Régimen a las que, con ciertas modernizaciones, parecían adherirse estos críticos de la Restauración.

 

Ciertamente el nacionalismo primorriverista, luego prolongado en el franquismo, nos parece hoy arcaico, pero vale la pena señalar que, incluso como versión extrema de un nacionalismo español, al que tanto atacan los Pujol, Arzallus y compañía, resulta mucho más moderado y menos totalitario que el que éstos profesan.

2003-XII-05

  

 

 

 INQUISICIÓN DE IZQUIERDA - SIGLO XX -

De cartas y destrucción de libros

 

Pío Moa

 

Durante la guerra civil esa furia contra la cultura (“burguesa” o “reaccionaria”) alcanzó un verdadero paroxismo con la devastación de cientos de bibliotecas, a veces valiosísimas, guardadas en domicilios privados, monasterios, edificios públicos, etc

 

En los últimos años he tenido que trabajar tan intensamente (a veces me he sentido realmente agotado), que he reducido al mínimo mi vida social y me ha sido imposible contestar al gran número de cartas enviadas por lectores. Había en ellas de todo, desde maldiciones explícitas (pocas) hasta palabras de ánimo (la mayoría), libros y numerosas aportaciones de datos o conocimientos que me han venido muy bien. No obstante, ya digo, la falta de tiempo me ha impedido corresponder en la gran mayoría de los casos, y ello, unido a veces a mi mala memoria para nombres y caras, me ha hecho quedar bastante mal con muchas personas. Pido disculpas y espero que, si me leen aquí, sepan comprender el problema.

 

En los últimos días he revisado estas cartas, que suponen ya un montón considerable, y entre ellas encuentro una comunicación enviada por Gonzalo Fernández de la Mora poco antes de su muerte, con membrete de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que merece la pena reproducir:

 

“Como ampliación de nuestra reciente charla sobre la destrucción por el Gobierno socialista de los fondos de publicaciones de Editora Nacional, Instituto de Estudios Políticos, Instituto de Cultura Hispánica, Secretaría General del Movimiento, Sindicatos, etc., le adjunto fotocopia del artículo del ex director general de Archivos, José Antonio García Noblejas, donde se refiere a destrucciones de documentos durante la guerra civil.

 

“Natalio Rivas, en su biografía del ministro López Ballesteros, narra la destrucción de más de un millón de legajos del Ministerio de Hacienda entre 1936 y 1939.

 

 “Personalmente he sido testigo del envío a papel de los fondos del Instituto de Estudios Políticos donde pude adquirir, la víspera de la destrucción una remanente decena de ejemplares de mi libro La partitocracia.

 

“La experiencia con mi libro El Estado de obras fue aún peor, pues mis cartas no fueron contestadas, mis gestiones tropezaron con un muro de silencio y no pude adquirir el resto de la edición que, como toda la serie Doncel, fue reducida a pasta de papel.

 

“Al lado de este masivo holocausto intelectual, las tachaduras a que condenaba nuestra Inquisición resultan nimias”

 

Creo que el documento merece la pena ser conocido. Como se recordará, en 1931, apenas estrenada la república, fueron quemadas importantes bibliotecas, y en la revuelta de 1934 sufrieron el mismo destino otras como la de la universidad de Oviedo o la de un palacio, por entonces muy conocido, de Portugalete, importante museo artístico además. Y durante la guerra civil esa furia contra la cultura (“burguesa” o “reaccionaria”) alcanzó un verdadero paroxismo con la devastación de cientos de bibliotecas, a veces valiosísimas, guardadas en domicilios privados, monasterios, edificios públicos, etc. Alberti dedicó algún poema a aquel “deporte” tan definitorio.

 

Seguramente las autoridades socialistas actuales estarán en condiciones de desmentir esta información de Fernández de la Mora, o de corroborarla. En este último caso debe reconocerse que la afición de nuestra izquierda a destruir libros no ha cesado en la democracia actual. 2005.03.14 LD. ESPAÑA

 

+++


"Yo no quiero la vida más que para imitar lo más posible la de Cristo."

Santa Maravillas de Jesús - española

 

+++

numismática hispánica

 


 

1934 - Fabulaciones de Santos Juliá – 1º

 

Pío Moa, historiador

 

Al señor Juliá le pasa conmigo lo que a Aznar con el catalán: habla mucho de mí en la intimidad, generalmente infamias, pero en público evita citarme. Sabia política, porque de otro modo me haría publicidad, al contar él con tantos lectores y yo con tan pocos. Como a mí, por razones obvias, me conviene lo contrario, le mencionaré extensamente.

 

Hace unos días el señor Juliá fue entrevistado en La Vanguardia por un oficioso periodista (preguntas embarazosas, ni por asomo), el cual, entre otras cosas, le plantea, nótese la delicadeza: “Hay quien dice que la Guerra Civil empezó en 1934”. Respuesta de nuestro buen historiador: “Es una burda mixtificación: fueron sólo insurrecciones aplastadas por las fuerzas del Estado. Una guerra civil se origina si un ejército se divide y toma territorio, y eso sólo sucederá con el levantamiento militar de 1936”.

 

¿De veras? En 1934 el ejército estaba dividido, y parte de él colaboró en la intentona, -aunque sin mucho ánimo, esa es otra cuestión-, y numerosos oficiales y jefes fueron luego juzgados por ello. Barcelona fue tomada por los rebeldes durante un día, participando la Guardia de Asalto, oficiales de aviación y otros. Varias poblaciones catalanas y de otras regiones estuvieron algunos días en poder de los guerracivilistas, y, sobre todo, más de la mitad de Asturias cayó en poder de ellos durante dos semanas. Vencerlos exigió el empleo de las escasas fuerzas entrenadas con las que contaba la república, además de sofocar con rapidez los conatos de rebelión en alguna base aérea, algún barco y otros cuarteles. Si todo fracasó fue porque los obreros en general y la población catalana en particular, prefirieron mantenerse en la legalidad. Con todo, en sólo quince días se produjeron enormes destrozos y casi 1.400 muertos en 16 provincias, más que en cualquier período igual de la guerra de Irak, por ejemplo.

 

Esto en cuanto a los datos. En cuanto a la teoría, el señor Juliá no parece más agudo. Una insurrección puede concebirse como un golpe rápido o como una guerra civil. La del 34 fue concebida por el PSOE y la Esquerra como guerra civil en toda regla, y la de 1936 como un golpe rápido, aunque fracasase como tal y derivase en guerra. Además, muchas guerras civiles se han originado sin división del ejército, y en algunos casos el terrorismo constituye una forma de guerra sin ocupación de territorios.

 

Pero esto es hoy casi anecdótico, pues creo que ya será difícil borrar la historia con argucias de este jaez. Mayor interés tiene su visión general de las “dos Españas”, cuya raíz encuentra el señor Juliá en el contraste entre los Austrias y los Borbones, llegados estos últimos, afirma, como “portadores del liberalismo, la Ilustración, la razón…” (Y comenta el oficioso entrevistador con finísima ironía: “De todos los males, vamos”).

 

Nuevamente debemos hacer serias objeciones. Desde el punto de vista intelectual, la Ilustración borbónica en España tuvo poca relevancia comparada con las de Inglaterra, Alemania o Francia; pero también resultó muy inferior al nivel de creación cultural alcanzado en la España anterior. Bajo los Austrias, aparte de cuanto pueda decirse en torno a la literatura, pintura, música, navegación, etc., surgió en España un pensamiento político y económico muy notable, predemocrático o precursor de desarrollos liberales ulteriores, y muy influyente en Europa. Con los Borbones no hubo nada semejante, y la influencia intelectual hispana en el mundo decayó a casi nada. Lo que trajeron los Borbones fue la monarquía absoluta en contraste con la autoritaria de los Austrias, ésta más liberal y descentralizada (suponiendo una virtud lo último, que no siempre lo es). Y la ideología borbónica fue el despotismo ilustrado, mucho más preocupado por la felicidad de los súbditos que por su libertad, y por tanto muy alejada del liberalismo. No quiero con esto descalificar el siglo XVIII borbónico, como algunos hacen con los XVI-XVII de los Austrias, pues no se lo puede juzgar sólo por estos rasgos, si la palabra juzgar viene al caso. Sólo quiero indicar que la apreciación global hecha por el señor Juliá concuerda mal con los hechos conocidos.

 

De ese error de base derivan otros cuando examina el siglo XIX, entendido por él como un enfrentamiento entre la “visión católica y la liberal”. Tampoco aquí puede acusársele de elaborar un enfoque, digamos, sofisticado. Cabe observar que numerosos liberales, probablemente la mayoría, se consideraban católicos. Y que el tradicionalismo – término aquí más adecuado que el de catolicismo— perdió la I Guerra carlista, quedando como un mar de fondo en algunas regiones, pero sin volver a intervenir de forma decisiva en la política española, aunque protagonizara otras dos guerras civiles, una menor y otra casi insignificante.

 

La historia política del siglo XIX español fue ante todo la de la pugna, a menudo violenta, entre dos corrientes liberales, o que así se llamaban: la moderada y la exaltada. Esta última se distinguió desde el primer momento por un jacobinismo comecuras, un estilo violento y panfletario y una más que llamativa infecundidad intelectual, por los pronunciamientos militares (la mayoría de ellos proviene de esa tendencia), y por un fuerte componente masónico. Cada uno de estos rasgos merecería estudio aparte, pero baste señalar aquí que las etapas de estabilidad y progreso del siglo XIX coinciden, en general, con el liberalismo moderado, y las de convulsión, asonada y violencia, con el liberalismo exaltado, cuyo mayor logro consistió en la demencial I República. Nadie puede seriamente incluir bajo el mismo título de “liberalismo” a los botarates de la I República y a los brillantes organizadores de la Restauración. Pero el señor Juliá lo hace con la mayor osadía, oponiendo a todos ellos “el catolicismo”, nada menos. Supongo que no pretendía hilar demasiado fino. En todo caso nadie le acusará de hacerlo.

 

Esta serie de errores, apoyados unos en otros, llevará a nuestro ilustre historiador a presentarnos una pintoresca interpretación de Azaña, la república y el franquismo, cuyo examen dejo para un próximo artículo.

-.-

 

 

Fabulaciones de Santos Juliá (y 2)

 

Pío Moa

 

Los elementales desenfoques del señor Juliá sobre los Borbones, los Austrias y el siglo XIX, resultan minucias al lado de sus chocantes opiniones sobre el XX. Azaña, cree él, planteó “la visión más certera de España con mucha distancia de todos”, pues “anticipó en los años treinta una visión de España que cuajaría medio siglo después”. Esa visión consistiría en “fortalecer la democracia, con el Parlamento como centro de decisiones y con la incorporación de los obreros y clases subalternas”.

 

Entristece un poco constatar cómo un intelectual puntero de la izquierda y supuestamente experto en Azaña, manifiesta en tal grado no sé su ignorancia o su falta de sentido crítico. El líder republicano de ningún modo aspiró a fortalecer la democracia. Definió la república como un régimen “para todos los españoles, pero gobernada por los republicanos”, es decir, gobernada por sus afines, una concepción próxima al despotismo (más o menos) ilustrado. Lo repitió varias veces, y cuando volvió a gobernar, en 1936, anunció que “el poder no saldrá más de nuestras manos”. Todo un “fortalecimiento” de la democracia.

 

Por supuesto, podría haberse tratado de frases sin consecuencias, corrientes en los políticos, al estilo de esas ocasionales expresiones antiparlamentarias de Gil-Robles, que siempre se le echan en cara pese a no haberse acompañado de hechos. Pero en el caso de Azaña los hechos se correspondieron con esas palabras, y fueron las frases en que también se proclamaba demócrata y liberal las que apenas surtieron efecto. Entre otras muchas cosas propició una Constitución no laica, sino anticatólica, hostil a los sentimientos y creencias de la mayoría, que vulneraba las libertades de conciencia, expresión, y asociación, y reducía a los religiosos a ciudadanos de segunda. Redujo luego a poca cosa las libertades constitucionales mediante la Ley de Defensa de la República, que permitía la detención y la deportación sin acusación, el cierre arbitrario de periódicos y otras medidas igual de democráticas. Ley aplicada por él ampliamente contra las derechas y contra los anarquistas. Su concepción despótica le llevó a intentar reiteradamente el golpe de estado cuando las derechas ganaron democráticamente las elecciones, en 1933. Le llevó luego a aliarse, en el Frente Popular, con fuerzas revolucionarias declaradamente resueltas a imponer la llamada “dictadura del proletariado”, es decir, de ellas mismas. Y en 1936, al volver al gobierno de forma anómala, Azaña se aplicó, junto con su amigo Prieto a ampliar su poder ilegítimamente mediante una arbitraria revisión de actas, la no menos ilegítima destitución de Alcalá Zamora, el ataque sistemático a la independencia de los jueces, etc., mientras la ley la imponían desde la calle sus aliados revolucionarios y él se negaba a cumplir y hacer cumplir la Constitución.

 

Tampoco procuró Azaña “la integración de los obreros y clases subalternas”. Su actitud hacia ellas fue paternalista y utilitaria, él mismo la explicó claramente: aspiraba a situar a los republicanos como cabeza, o “inteligencia”, dirigiendo a los “brazos” constituidos por “los gruesos batallones populares en la bárbara robustez de su instinto”. Los obreros debían servir de instrumentos en el “programa de demoliciones” diseñado por la “inteligencia”. Él mismo fue víctima de esa ilusión manipuladora que le arrastró a jugar al aprendiz de brujo: durante el primer bienio no serían los católicos quienes llevaran a su gobierno a la crisis, como el señor Juliá viene a indicar, sino los “gruesos batallones populares” anarquistas. Y, al no haber aprendido la lección, volvió a ocurrir algo semejante en 1936: los anarquistas, los socialistas y otros acosaron a su gobierno, manteniéndolo en crisis permanente.

 

Estos hechos y otros muchos por el estilo, los ignora al parecer el señor Juliá, o pretende que se ignoren, o no le dicen nada a él sobre el democratismo de su ídolo. Pero si el programa de la transición de los años 70 se hubiera parecido al azañista, como él asegura, hay pocas dudas de que la democracia habría vuelto a naufragar en España hace ya bastantes años.

 

Más sorprende el señor Juliá al atribuir el fracaso de Azaña a “un gran error: no contó con la reacción del mundo católico, muy violenta”. Esto ya cae en el ámbito de la caradura. Cuando Azaña, apenas llegada la república, amparó desde el gobierno la oleada de incendios de iglesias, bibliotecas, obras de arte y centros de enseñanza por el único delito de ser católicos, ¿con qué violencia respondieron los agredidos? Con ninguna. Cuando impuso por rodillo, no por consenso, una Constitución anticristiana, la violencia de los afectados consistió en anunciar su propósito de reformarla dentro de la legalidad, si ganaba las elecciones (lo cual ni siquiera llegó a cumplir). Cuando, tras ganar la derecha las elecciones, él intrigó para invalidarlas y convocar nuevos comicios con “garantías” de triunfo izquierdista, la derecha católica reaccionó con tal violencia que… se mantuvo fuera del gobierno, pese a tener derecho a encabezarlo. Después de que el partido azañista expresara su solidaridad con los revolucionarios en octubre de 1934, anunciando su disposición a recurrir a “todos los medios” contra las instituciones republicanas, la derecha ni siquiera disolvió a su partido autodeclarado faccioso, y prefirió olvidar sus amenazas. Cuando Azaña volvió al poder en el 36, aliado con los elementos más extremistas y violentos de la época, las derechas católicas le apoyaron con la esperanza de que, por su propio interés de “burgués”, frenase la revolución y el caos social…

 

En fin, ¿de qué reacción violenta habla este historiador? Cuando por fin se sublevaron las derechas en julio del 36 contra un proceso revolucionario alentado de hecho por el propio Azaña, ya se habían rebelado sangrientamente contra el régimen los anarquistas, el pequeño sector derechista de Sanjurjo, los socialistas, los comunistas, los nacionalistas catalanes y algunos otros, procurando en todos los casos el aplastamiento de los católicos.

 

Leer a estas alturas unas fabulaciones tan groseras deja a cualquiera boquiabierto. Azaña, que, pese a sus enormes defectos como político, no dejaba de mostrar una inteligencia aguda en muchas apreciaciones, era el primero en deplorar la falta de “chaveta” de los republicanos en general, su incapacidad para utilizar adecuadamente esa Razón que siempre invocaban retóricamente. Me pregunto qué diría hoy si leyese al señor Juliá.

L.D. ESP. 2005.08.24

 

+++

 

LOS GRANDES SANTOS ESPAÑOLES

 

 

 

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ PUCHE Sacerdote y escritor/

 

Aunque Isidro Labrador -cuya festividad celebramos hoy- sea muy querido en Madrid, los santos más invocados en España suelen ser extranjeros: Fermín (francés) en Pamplona, Juan de Dios (portugués) en Granada, Antonio de Padua (portugués), Martín de Porres (peruano) o Judas Tadeo (galileo). España ha sido pródiga en santos con inmensa influencia en la vida eclesial y cultural, especialmente en el transcurso del segundo milenio.

Entre ellos, santo Domingo de Guzmán, el primer español que fundó una orden religiosa (predicadores o dominicos), de enorme influencia en la predicación del Evangelio y en la cultura, y patrón de Burgos. O san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, la mayor organización eclesial al servicio de la evangelización y la cultura. Es patrón del País Vasco.

O santa Teresa de Jesús, patrona de Ávila, intrépida reformadora de la Orden del Carmen y maestra de espiritualidad. San José de Calasanz, fundador de la primera orden exclusivamente dedicada a la enseñanza. Santa Ángela de la Cruz, prodigioso ejemplo de caridad y pobreza, que fue canonizada por Juan Pablo II en su última visita a España (05.2003). San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.

Santos históricos: san Isidoro de Sevilla, padre de la Iglesia y autor de las «Etimologías». San Fernando, el rey que supo conjugar los deberes de la realeza con la fe cristiana. San Vicente Ferrer, dominico, patrón de la Comunidad Valenciana, uno de los mayores predicadores de la Edad Media, intervino en asuntos papales y políticos. San Juan de la Cruz, maestro de la más alta mística cristiana. O San Francisco Javier, jesuita, patrón de las Misiones y de Navarra, el misionero más importante de la historia. Y tantos otros. 
2004-05-15

 

+++

 

 

Por qué yerra Fontana

 

Pío Moa

 

Recientemente el señor Josep Fontana hizo en El mundo dos afirmaciones realmente curiosas: Gil-Robles habría estado muy cerca de iniciar la guerra civil, y mantener que la contienda empezó en el 34 “es una tesis franquista”.

 

Explica el señor Fontana: “La Guerra Civil estuvo a punto de empezar la misma noche de las elecciones de febrero de 1936, cuando Gil Robles incita al entonces jefe del Gobierno a anular los comicios y a permanecer en el cargo ofreciéndole el apoyo de la derecha y del Ejército. Al día siguiente Franco se entrevista con el presidente del Gobierno para intentar convencerle de que declare el estado de Guerra con el único objetivo de impedir que se respete el resultado de las elecciones”.

 

¡Vaya casualidad! Lo mismo hicieron Azaña y otros izquierdistas cuando las derechas ganaron las elecciones en 1933. ¿Por qué no dice entonces el señor Fontana que en 1933 Azaña y los suyos estuvieron a punto de empezar la guerra civil? Quizá considere legítimo el intento golpista de Azaña, o en todo caso debería de aclararlo.

 

Tiene interés establecer quién empezó la carrera golpista contra las elecciones, y en este caso queda bastante claro. Pero además hay profundas diferencias entre las actitudes de Azaña y las de Gil-Robles o Franco. Las elecciones de 1933 fueron básicamente normales, aunque hubo seis o siete asesinatos, todos ellos perpetrados por las izquierdas contra derechistas. Éstos esperaron a conocer los datos oficiales y en ningún momento, antes o después de su victoria, se lanzaron a la calle a cometer violencia o a imponer medidas políticas. Fueron elecciones evidentemente válidas, las más válidas de la república por su carácter normal y legal, organizadas además por un gobierno de centro izquierda. Y sin embargo las izquierdas rechazaron desde el primer momento los resultados. Se pusieron “en pie de guerra”, como anunciaba el periódico de Companys. Y no quedaron en palabras, como sabemos hoy con detalle: planificaron, textualmente, la guerra civil, que estallaría en octubre de 1934, aunque fracasara a las dos semanas.

 

Por el contrario, las elecciones de 1936 fueron muy anormales, como por fuerza ha de saber, aunque lo calle, el señor Fontana. Lo fueron tanto por el odio desenfrenado y la violencia que las presidieron como porque, sin esperar al recuento efectivo de los votos, las izquierdas se lanzaron a la calle, a imponer desde ella la ley, exigiendo la libertad de los presos golpistas del 34, asediando sedes de la derecha y ejerciendo una coacción que perturbaba un escrutinio imparcial. Diversos gobernadores civiles se inhibieron y algunos simplemente escaparon, desapareciendo de hecho la legalidad en diversas provincias. Todo ello lo explica muy bien no sólo Gil- Robles, sino también el jefe del gobierno en esos momentos, Portela Valladares, y el mismo Azaña. Portela, presa de pánico, dimitió y salió prácticamente a escape antes de la segunda vuelta de las elecciones, que él debía presidir legalmente, mientras crecían los motines y tiroteos. De hecho la izquierda actuaba, ya en la noche electoral, de una manera golpista y revolucionaria. Pero el señor Fontana parece considerar legítimas estas conductas… cuando las practica la izquierda, obviamente.

 

Los resultados oficiales, hecho llamativo, nunca se hicieron públicos, dando lugar durante muchos años a especulaciones de los historiadores, divergentes hasta en un millón de votos. Hoy suele considerarse que hubo empate en votos, aunque las izquierdas obtuvieran más escaños, en estas circunstancias anómalas.

 

Por lo tanto, aun si Gil-Robles y Franco hubieran querido invalidar aquellas elecciones, se trataba de una situación absolutamente distinta de la de 1933. Y aun así, contra lo que cree el señor Fontana, no está claro que Franco o Gil-Robles quisieran arrebatar a las izquierdas una victoria por lo demás incierta en aquellas horas –como había intentado Azaña arrebatarla a la derecha en 1933—. La declaración del estado de guerra podría interpretarse como un intento golpista, pero en principio era legal, y fue firmada por el presidente Alcalá-Zamora, aunque no llegara a aplicarse. Sí fue aplicado el estado de alarma, que restringía severamente los derechos ciudadanos y establecía la censura de prensa, medida mantenida luego indefinidamente por la izquierda, en su propio beneficio.

 

Las declaraciones de Franco y de Gil-Robles no indican un intento de golpe, sino más bien de impedir el rápido desmoronamiento de la legalidad. Portela, en cambio, dice que Gil-Robles le habría incitado a actuar como dictador, y ante su negativa, le habría insistido:

 

“-¿Qué juicio forma usted del porvenir (…)?

- Resueltamente soy pesimista –le dije-. Lo más probable, según muchas veces he anunciado al país, es que nos encontremos en vísperas de una nueva guerra civil.

- Si usted piensa así –arguyó entonces Gil-Robles— (…) ¿Va usted a dejar que lleguemos a ese terrible evento, que a usted es posible evitar con sólo mantenerse en el Gobierno? (…)

- No insista usted –le repliqué-. El daño está hecho, y no por mi culpa (…) A otros incumbe ahora esa tarea”.

 

Franco da esta versión: tras incitar a Portela a cortar el paso al proceso revolucionario, declarando el estado de guerra, el político habría replicado: “¿Por qué el Ejército no toma la responsabilidad de esa decisión?” Y el militar habría dicho: “Porque carece de la unidad necesaria, y porque es al Gobierno a quien compete defender la sociedad”.

 

Entenderemos mejor la situación si recordamos que las izquierdas a punto de llegar al poder en febrero del 36 eran las mismas que en 1934 se habían alzado contra, o roto con, la legalidad republicana. La preocupación, el miedo y hasta el pánico de las derechas, aunque justificados por tal precedente, podrían ser excesivos, pues desde 1934 aquellas izquierdas quizá habían rectificado sus posiciones. Por desgracia, los hechos demostrarían que no habían rectificado en nada esencial. Franco empezó, por primera vez, a conspirar para derrocar al Frente Popular si éste continuaba su trayectoria revolucionaria. Hoy, a la vista de la abrumadora documentación existente, ningún historiador serio puede dudar que las elecciones abrieron un nuevo proceso revolucionario en España. A mediados del mes próximo publicaré un libro a este respecto, y ya veremos si el señor Fontana, u otros como él, son capaces de refutarlo de otra manera que con ataques personales. 2005-08-28

-.-

 

 

Por qué yerra Fontana ( y 2)

Pío Moa

 

Vimos en el artículo anterior que, contra lo dicho por el señor Fontana, ni Gil-Robles ni Franco estuvieron a punto de provocar la contienda civil con sus propuestas de aplicar el estado de guerra ante las coacciones y violencias callejeras de las izquierdas desde la noche de las elecciones del 36. Ni queda claro que aspirasen a modificar los resultados electorales, todavía desconocidos entonces. Azaña, por contra, sí había intentado anular en 1933 el indudable, pacífico y nada intimidatorio triunfo de la derecha en las urnas.

Vamos ahora con la segunda afirmación, según la cual “es franquista” sostener que la guerra empezó en el 34. La misma gracia ha hecho Juan Pablo Fusi, a quien tenía por más serio: “La tesis oficial del franquismo, que siempre sostuvo que la revolución de octubre de 1934 había deslegitimado a la República”. Estas coincidencias, ya lo he explicado en otra ocasión, no son casuales, y responden al instinto de las izquierdas para eludir el debate racional y convertirlo en campaña de propaganda. A base, siempre, de un muy escaso respeto por la verdad.

Los franquistas, que yo sepa, nunca han sostenido esa tesis “oficial”. Han señalado, desde luego, el caos aportado por las izquierdas a la república y culminado en 1934, pero han justificado su alzamiento del 36, ante todo, como respuesta al proceso revolucionario abierto por el Frente Popular desde febrero de ese mismo año. La idea del comienzo de la guerra en 1934 la expresó, por ejemplo, Gerald Brenan (“La primera batalla de la guerra civil”), y Salvador de Madariaga señaló que, con la insurrección de octubre, la izquierda perdía cualquier autoridad moral para condenar el posterior levantamiento derechista. Tal vez Brenan y Madariaga representen la versión “oficial”, del franquismo en la peculiar historiografía de estos señores. Después de leer sus extravagancias de estos años últimos, ya no se asombra uno de nada. La idea de que en el 34 empezó la guerra civil no es mía, y pocos franquistas la han sostenido. Lo que yo he aportado es, entre otras cosas, la documentación probatoria de la tesis. Documentos de la izquierda casi todos, contra lo que ciertos historiadores profesionales pregonan (dicen que copio a Arrarás, los muy... profesionales).

Y esa documentación demuestra que la Esquerra se declaró “en pie de guerra” cuando la derecha ganó en las urnas del 33, y que el PSOE, tras marginar al prudente Besteiro, organizó a conciencia la guerra civil, en sus propias palabras. Estos dos partidos, más la izquierda azañista, los comunistas y el PNV, crearon sistemáticamente, a lo largo de 1934, un clima de desestabilización y golpismo, culminado en la insurrección de octubre, auténtica guerra civil con un balance de 1.400 muertos en 26 provincias (no sólo en Asturias), y devastaciones de todo tipo, desde artísticas a industriales. Éstos son los hechos, olvidados tan a gusto por los supuestos recuperadores de la memoria histórica. Aquella insurrección, ya lo he dicho, pudo haber quedado en un suceso brutal, pero aislado, si sus promotores hubieran rectificado; pero no rectificaron en nada esencial, y en cuanto tuvieron ocasión, desde la propia noche de las elecciones de febrero del 36, volvieron a impulsar un proceso revolucionario.

Ante los datos ineludibles, el señor Fontana sale del paso con estas palabras: “Bueno, si no empezó en julio de 1936, tampoco lo hizo en octubre del 34, sino en 1932, con el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. ¿Por qué quedarse en el 34?”. Pues se lo voy a explicar, una vez más: porque el golpe de Sanjurjo no provino de toda la derecha, sino de un sector marginal de ella, y por eso fue liquidado con la mayor facilidad (recordemos de paso que Sanjurjo había colaborado más que Azaña y muchos otros a la llegada de la república). Si el señor Fontana quiere buscar un paralelo a la sanjurjada puede encontrarlo en las insurrecciones anarquistas, emprendidas antes que la de Sanjurjo y mucho más sangrientas, pero que tampoco reflejaban entonces la actitud del grueso de la izquierda, sino sólo de un sector de ella. La insurrección del 34, en cambio, abarcó de un modo u otro a toda la izquierda, con excepciones contadísimas. La diferencia es crucial: cuando el grueso de la oposición se alza contra las elecciones y normas democráticas, y no rectifica luego, la convivencia democrática se vuelve imposible. Si el señor Fontana no consigue ver estas diferencias, hay para preguntarse qué clases habrá dado en la universidad.

Comete este historiador muchos otros errores, como olvidar el golpismo de Azaña o trazar una versión rosácea del también golpista Companys, hablar de “los catalanes” y “los vascos” cuando en realidad se refiere a los nacionalistas, que representaban a los vascos y os catalanes tanto como los comunistas o los socialistas a los obreros, es decir, representaban una calamidad para todos ellos.

Se haría muy largo extenderse sobre tales enredos, que tanto han degradado la universidad. Abreviaremos yendo a la raíz de ellos: las concepciones marxistas del señor Fontana, prevalecientes en la historiografía española durante treinta años. Esa ideología, lo he explicado en varias ocasiones, no sólo es antidemocrática, sino falsa de raíz, y por tanto sólo puede producir una descomunal acumulación de enredos y malentendidos, verdaderas bibliotecas para nada.

Y el marxismo español ha resultado especialmente estéril. Observemos aquí su “metodología”: no le preocupa lo más mínimo qué pueda haber de cierto o falso en la tesis del comienzo de la guerra en el 34. Lo que preocupa a esas “autoridades” es colocar a la tesis la etiqueta más eficaz para desacreditarla, con un criterio exclusivamente propagandístico. Vieja táctica, como ha recordado hace unos días Pablo Molina: ya en los años 40 la dirección del Partido Comunista soviético instruía así a los suyos: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». Fácilmente se reconocerá en esta receta la actitud de tantos presuntos intelectuales y periodistas hacia mi modesta persona.

A decir verdad, esas instrucciones apenas eran necesarias, pues derivan con férrea lógica de las doctrinas marxistas, para las cuales la verdad carece de valor. La historia, aseguran, consiste en el desarrollo de la lucha de clases, y lo importante, lo verdadero, es identificarse con lo que llaman intereses del proletariado o del pueblo. No hay otra verdad. La historiografía se convierte en lucha ideológica, en propaganda, vamos, contra los “intereses burgueses”. Su verdad se mide por su eficacia en esa lucha. Así, da igual si la tesis sobre el año 1934 es veraz o no: a estos cerriles señores les suena a “reaccionaria”, y por tanto debe ser rápidamente etiquetada y desacreditada. Y da igual también que en nombre de esos quiméricos “intereses populares” los propios marxistas se hayan asesinado entre sí a mansalva, y se hayan tratado de “socialfascistas” y de agentes del nazismo. En cuanto al marxismo español, su especial tosquedad le blinda contra la experiencia histórica.

No quiero decir que Fusi, o muchos otros de quienes así obran, sean marxistas. Pero en la base de sus actitudes están las simplificaciones y la deshonestidad intelectual de esta ideología, tan extendida en versiones más o menos diluidas. Hasta gran parte de la derecha universitaria, baste pensar en Tusell, reverenció cómicamente a los agresivos y dominantes seguidores de Tuñón, Pierre Vilar y compañía. Pero su hegemonía, devastadora hegemonía, toca a su fin. Sólo hay que ver su forma simplona de huir, de defenderse contra un debate racional. L.D. 2005-08-31 –ESP.

 

Vimos en el artículo anterior que, contra lo dicho por el señor Fontana, ni Gil-Robles ni Franco estuvieron a punto de provocar la contienda civil con sus propuestas de aplicar el estado de guerra ante las coacciones y violencias callejeras de las izquierdas desde la noche de las elecciones del 36. Ni queda claro que aspirasen a modificar los resultados electorales, todavía desconocidos entonces. Azaña, por contra, sí había intentado anular en 1933 el indudable, pacífico y nada intimidatorio triunfo de la derecha en las urnas.

Vamos ahora con la segunda afirmación, según la cual “es franquista” sostener que la guerra empezó en el 34. La misma gracia ha hecho Juan Pablo Fusi, a quien tenía por más serio: “La tesis oficial del franquismo, que siempre sostuvo que la revolución de octubre de 1934 había deslegitimado a la República”. Estas coincidencias, ya lo he explicado en otra ocasión, no son casuales, y responden al instinto de las izquierdas para eludir el debate racional y convertirlo en campaña de propaganda. A base, siempre, de un muy escaso respeto por la verdad.


Los franquistas, que yo sepa, nunca han sostenido esa tesis “oficial”. Han señalado, desde luego, el caos aportado por las izquierdas a la república y culminado en 1934, pero han justificado su alzamiento del 36, ante todo, como respuesta al proceso revolucionario abierto por el Frente Popular desde febrero de ese mismo año. La idea del comienzo de la guerra en 1934 la expresó, por ejemplo, Gerald Brenan (“La primera batalla de la guerra civil”), y Salvador de Madariaga señaló que, con la insurrección de octubre, la izquierda perdía cualquier autoridad moral para condenar el posterior levantamiento derechista. Tal vez Brenan y Madariaga representen la versión “oficial”, del franquismo en la peculiar historiografía de estos señores. Después de leer sus extravagancias de estos años últimos, ya no se asombra uno de nada. La idea de que en el 34 empezó la guerra civil no es mía, y pocos franquistas la han sostenido. Lo que yo he aportado es, entre otras cosas, la documentación probatoria de la tesis. Documentos de la izquierda casi todos, contra lo que ciertos historiadores profesionales pregonan (dicen que copio a Arrarás, los muy... profesionales).

Y esa documentación demuestra que la Esquerra se declaró “en pie de guerra” cuando la derecha ganó en las urnas del 33, y que el PSOE, tras marginar al prudente Besteiro, organizó a conciencia la guerra civil, en sus propias palabras. Estos dos partidos, más la izquierda azañista, los comunistas y el PNV, crearon sistemáticamente, a lo largo de 1934, un clima de desestabilización y golpismo, culminado en la insurrección de octubre, auténtica guerra civil con un balance de 1.400 muertos en 26 provincias (no sólo en Asturias), y devastaciones de todo tipo, desde artísticas a industriales. Éstos son los hechos, olvidados tan a gusto por los supuestos recuperadores de la memoria histórica. Aquella insurrección, ya lo he dicho, pudo haber quedado en un suceso brutal, pero aislado, si sus promotores hubieran rectificado; pero no rectificaron en nada esencial, y en cuanto tuvieron ocasión, desde la propia noche de las elecciones de febrero del 36, volvieron a impulsar un proceso revolucionario.


Ante los datos ineludibles, el señor Fontana sale del paso con estas palabras: “Bueno, si no empezó en julio de 1936, tampoco lo hizo en octubre del 34, sino en 1932, con el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. ¿Por qué quedarse en el 34?”. Pues se lo voy a explicar, una vez más: porque el golpe de Sanjurjo no provino de toda la derecha, sino de un sector marginal de ella, y por eso fue liquidado con la mayor facilidad (recordemos de paso que Sanjurjo había colaborado más que Azaña y muchos otros a la llegada de la república). Si el señor Fontana quiere buscar un paralelo a la sanjurjada puede encontrarlo en las insurrecciones anarquistas, emprendidas antes que la de Sanjurjo y mucho más sangrientas, pero que tampoco reflejaban entonces la actitud del grueso de la izquierda, sino sólo de un sector de ella. La insurrección del 34, en cambio, abarcó de un modo u otro a toda la izquierda, con excepciones contadísimas. La diferencia es crucial: cuando el grueso de la oposición se alza contra las elecciones y normas democráticas, y no rectifica luego, la convivencia democrática se vuelve imposible. Si el señor Fontana no consigue ver estas diferencias, hay para preguntarse qué clases habrá dado en la universidad.

Comete este historiador muchos otros errores, como olvidar el golpismo de Azaña o trazar una versión rosácea del también golpista Companys, hablar de “los catalanes” y “los vascos” cuando en realidad se refiere a los nacionalistas, que representaban a los vascos y os catalanes tanto como los comunistas o los socialistas a los obreros, es decir, representaban una calamidad para todos ellos.

Se haría muy largo extenderse sobre tales enredos, que tanto han degradado la universidad. Abreviaremos yendo a la raíz de ellos: las concepciones marxistas del señor Fontana, prevalecientes en la historiografía española durante treinta años. Esa ideología, lo he explicado en varias ocasiones, no sólo es antidemocrática, sino falsa de raíz, y por tanto sólo puede producir una descomunal acumulación de enredos y malentendidos, verdaderas bibliotecas para nada.


Y el marxismo español ha resultado especialmente estéril. Observemos aquí su “metodología”: no le preocupa lo más mínimo qué pueda haber de cierto o falso en la tesis del comienzo de la guerra en el 34. Lo que preocupa a esas “autoridades” es colocar a la tesis la etiqueta más eficaz para desacreditarla, con un criterio exclusivamente propagandístico. Vieja táctica, como ha recordado hace unos días Pablo Molina: ya en los años 40 la dirección del Partido Comunista soviético instruía así a los suyos: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». Fácilmente se reconocerá en esta receta la actitud de tantos presuntos intelectuales y periodistas hacia mi modesta persona.


A decir verdad, esas instrucciones apenas eran necesarias, pues derivan con férrea lógica de las doctrinas marxistas, para las cuales la verdad carece de valor. La historia, aseguran, consiste en el desarrollo de la lucha de clases, y lo importante, lo verdadero, es identificarse con lo que llaman intereses del proletariado o del pueblo. No hay otra verdad. La historiografía se convierte en lucha ideológica, en propaganda, vamos, contra los “intereses burgueses”. Su verdad se mide por su eficacia en esa lucha. Así, da igual si la tesis sobre el año 1934 es veraz o no: a estos cerriles señores les suena a “reaccionaria”, y por tanto debe ser rápidamente etiquetada y desacreditada. Y da igual también que en nombre de esos quiméricos “intereses populares” los propios marxistas se hayan asesinado entre sí a mansalva, y se hayan tratado de “socialfascistas” y de agentes del nazismo. En cuanto al marxismo español, su especial tosquedad le blinda contra la experiencia histórica.

No quiero decir que Fusi, o muchos otros de quienes así obran, sean marxistas. Pero en la base de sus actitudes están las simplificaciones y la deshonestidad intelectual de esta ideología, tan extendida en versiones más o menos diluidas. Hasta gran parte de la derecha universitaria, baste pensar en Tusell, reverenció cómicamente a los agresivos y dominantes seguidores de Tuñón, Pierre Vilar y compañía. Pero su hegemonía, devastadora hegemonía, toca a su fin. Sólo hay que ver su forma simplona de huir, de defenderse contra un debate racional.

 

+++

el cristiano construye la paz, no es pacifista, es pacificador y fermento de paz

 

‘Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios’. Cardenal  Ratzinger.

 

+++

 

“Nunca se puede matar a una persona para que otra pueda vivir mejor”. Crear vida para después matarla es una “aberración”

 

+++


 

De la diversidad de dones en la Iglesia

 

"Nunca se cansa el alma enamorada de mi verdad de ser útil a todo el mundo en general y en particular, en lo poco y en lo mucho según la disposición del que recibe y del ardiente deseo del que da. Pues éste ha hecho el bien a los demás por el amor unitivo que me tiene a mí y por ello ama a los demás, extendiendo su afecto a la salvación de todo el mundo, socorriendo su necesidad. Se las ingenia, pues se ha hecho bien a si mismo en engendrar la virtud en él, de donde ha conseguido la vida de la gracia, para fijar sus ojos en las necesidades del prójimo en particular. Del mismo modo que, como se dijo, en general se ama a toda criatura racional con el afecto de caridad, así se socorre también en particular a quienes se hallan más cercanos de acuerdo con las diversas gracias que yo le he concedido administrar; (1 Co 12, 4-6) unos, en la enseñanza con la palabra, aconsejando con franqueza y sin respeto alguno; otros con el ejemplo de vida, y esto es lo que todos deben hacer: edificar al prójimo con buena, santa y honesta vida. 

Estas y otras muchas otras virtudes que no podrías enumerar son las que se engendran en el amor al prójimo. ¿Y por qué yo las he distribuido tan diversamente que no las he dado todas a uno solo, sino que a uno le doy una y a otro otra diversa? Aun suponiendo que nadie puede tener una sola sin tenerlas todas, puesto que todas están unidas entre sí, no obs­tante, muchas veces doy una virtud como principio de todas las demás. 

Y así a uno le daré principalmente la caridad; a otro la justicia; a quién la humildad; a quién la fe viva; a otros la prudencia, la templanza, la paciencia, o a otros la fortaleza. Y así, muchos dones y gracias tanto de virtud como de otras cosas espirituales y corporales, y digo corporales refiriéndome a las cosas necesarias a la vida del hombre, todas las he dado con tanta dife­rencia y no las he puesto todas en uno, para que así estéis por fuerza obligados a ejercer la caridad unos para otros, aunque bien habría podido proveer a los hombres de todo lo que necesitaban tanto en el alma cuanto en el cuerpo; pero quise que uno tuviera ne­cesidad del otro y así fuesen administradores míos en administrar las gracias y dones que han recibido de mí. Así que, quiera o no el hombre, no puede menos de ejercer forzosamente el acto de la caridad. Es cierto, empero, que si no la ejerce y no la da por amor de mí, ese acto de caridad no tiene valor en cuanto a gracia. 

Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen y doctora (c.7, ed. G. Cavallini Roma, 1968, p. 8-19).  

 

+++

 

 

San Cesáreo de Arles (470-543), monje y obispo de la Iglesia Católica
Sermón 166 

 

«El Reino de Dios... es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» -     ¿Cuál es, hermanos, el verdadero gozo sino el Reino de los cielos? Y ¿qué es el Reino de los cielos, sino Cristo Nuestro Señor? Sé que todos los hombres quieren poseer un verdadero gozo. Pero, se engaña el que quiere ser feliz con sus cosechas sin cultivar su campo; se equivoca el que quiere recoger frutos sin plantar árboles. No se puede poseer el verdadero gozo sin la justicia y la paz... Mientras tanto, respetando la justicia y poseyendo la paz, nos fatigamos durante un corto espacio de tiempo como absorbidos sobre un buen trabajo. Pero después, tendremos un gozo sin fin al final de este trabajo.
       Escucha qué es lo que el apóstol Pablo dice de Cristo: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14)... Y el Señor, hablando con sus discípulos, les dice: «Volveré a veros y vuestro corazón se regocijará, y vuestro gozo nadie os lo podrá quitar» ¿Qué es este gozo que nadie os podrá arrebatar sino él mismo, vuestro Señor, que nadie os podrá quitar?.
       Examinad, hermanos, vuestra conciencia; si en ella reina la justicia, si queréis, deseáis y anheláis para todos la misma cosa que para vosotros, sabed que el Reino de los cielos, es decir, Cristo el Señor, permanece en vosotros.

 

+++

la barca de la Iglesia triunfará…, portae inferi non praevalehunt) (Matth. 16,18) las puertas del infierno no prevalecerán, le dijo Cristo a su Iglesia Católica

 

"El relativismo es una auténtica dictadura que no conoce nada como definitivo, y deja como última medida ´el falso yo´ y sus pasiones"

 

+++

 

«Cristo no busca conformistas cansados, sino testigos de la fe valiente de quien arde del fuego de su amor».

 

+++ 

 

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

Preguntaba el monje: "Todas estas montañas y pájaros, y estos ríos y la tierra

y las estrellas… ¿de dónde vienen?".

Y preguntó el maestro: "Y de dónde viene tu pregunta?":¡Busca en tu interior!

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado

la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

En el ‘Magnificat’ María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras: «Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.

 

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!

 

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.


Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2007: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

-.-

La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios.

“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo-global-universalidad-catolicidad. Por el camino de cada día, vivamos el Evangelio que la Iglesia propone.

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

-.-

Dones y frutos del Espíritu Santo - La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10).
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17)

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).

-.-

Recomendamos vivamente la siguiente lectura:

CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

-.-

In Obsequio Jesu Christi.

"En caso de hallar un documento en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por E-Mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo documentos fieles al Magisterio".

"La señal de Dios es que Él se hace pequeño, se convierte en niño" †

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).