Tuesday 2 September 2014 | Actualizada : 2014-08-20
 
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Cristo, el hombre del dolor - Isaías: Siervo de Jahvéh (Is cap. 42-53).
Agonía de Cristo en el Getsemaní: la tragedia humana universal, en primera visión tridimensional; desde Adán, Abel... hasta el suspiro del último hombre; exudación de sangre: fenómeno que los médicos denominan hematidrosis, unido a graves alteraciones del sistema nervioso: "Triste está mi alma, hasta la muerte...".
Desde que nace, Cristo no deseó nada más sino morir por amor del hombre: "Debo recibir un bautismo; estoy angustiado hasta que no lo reciba...".

 

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Terencio, y después, Séneca, Cicerón y tantos otros habían recordado melancólicamente: “senectus ipsa est morbus”, la vejez misma es una enfermedad.

 

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“La Iglesia renueva cada día, contra el espíritu de este mundo, una lucha que no es otra cosa que la lucha por el alma de este mundo. Si de hecho, por un lado, en él están presentes el Evangelio y la evangelización, por el otro hay una poderosa antievangelización, que dispone de medios y de programas, y se opone con gran fuerza al Evangelio y a la evangelización.
La lucha por el alma del mundo contemporáneo es enorme allí donde el espíritu de este mundo parece más poderoso. En este sentido, la "Redemptoris Missio" habla de modernos areópagos, es decir, de nuevos púlpitos. Estos areópagos son hoy el mundo de la ciencia, de la cultura, de los medios de comunicación; son los ambientes en que se crean las elites intelectuales, los ambientes de los escritores y de los artistas”. S.S. Juan Pablo II en su libro "Cruzando el Umbral de la Esperanza"

La cultura es el areópago moderno, el campo de batalla por el alma del mundo.

 

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Domingo IV de Cuaresma – Ciclo A (Juan 9, 1-41) – 02 de marzo de 2008

“Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre?”

 

El diagnóstico que nos acaban de dar es fatal; la enfermedad apareció de repente y no hubo tiempo de prevenirla. Fue un accidente horrible; nadie esperaba que muriera tan joven. En el cruce de balas lo hirieron y quedó parapléjico; le espera una vida entera de sufrimiento. La ecografía dice que el niño va a nacer con una deficiencia grave; será una carga pesada de llevar para toda la familia. Noticias como estas no se las desea uno a nadie. Pero llegan muchas veces. Y siempre, sin avisar. El dolor en este mundo es muy grande y toca, más tarde o más temprano, a nuestra puerta, y entra sin pedir permiso.

 

“Cuando le pasan cosas malas a la gente buena” es el título de un libro escrito por un rabino norteamericano que vio nacer a uno de sus hijos con una penosa enfermedad, que lo acompañó hasta su muerte, a los catorce años; murió sin saber por qué él y sus padres, habían tenido que sufrir tanto. Desde luego, este libro no logra explicar del todo el origen del mal en el mundo, pero sí nos ayuda a entender algunas de las situaciones que viven aquellas personas que han sufrido injustamente. Es un buen intento por darle un sentido al dolor del inocente.

 

Los discípulos, viendo al ciego de nacimiento, le preguntan a Jesús: “¿Por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres, o por su propio pecado?”. Esta pregunta aparece siempre ante el dolor y el sufrimiento del inocente. Buscamos la culpa en alguien. Buscamos alguna explicación, algún sentido al dolor, porque no nos cabe en la cabeza que no haya una causa que lo explique. Pero siempre, las explicaciones y los razonamientos que hacemos se quedan cortos. El sufrimiento desborda nuestros intentos por entenderlo y explicarlo. Eso ha pasado recientemente con la tragedia del sudeste asiático y en muchos otros sucesos que dejan al descubierto nuestra propia contingencia.

 

La respuesta que da Jesús puede decirnos algo, aunque hay que reconocer que el misterio sigue allí, sin aclararse plenamente: “Ni por su propio pecado ni por el de sus padres; fue más bien para que en él se demuestre lo que Dios puede hacer. Mientras es de día, tenemos que hacer el trabajo del que me envió; pues viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo”. ¿Qué culpa puede tener el niño al nacer? ¿Por qué iba a cargar el niño con el pecado de sus padres? Sin embargo, esta es la explicación que le damos muchas veces, al dolor. Necesitamos un chivo expiatorio y lo buscamos en otros o en nosotros mismos. Tratamos de entender el origen del mal en algún comportamiento nuestro.

 

El dolor y el sufrimiento no se pueden explicar. Tal vez lo peor que podemos hacer es buscar culpables o culparnos a nosotros mismos. El dolor es una pregunta que nos lanza la vida y que nos abre a lo que Dios puede hacer en nosotros y, a través nuestro, en los demás. El Señor nos invita a ser una luz para aquellos que transitan por el camino del dolor, como lo fue él para aquel ciego que recuperó la vista después de bañarse en el estanque de Siloé. “Después de haber dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y se lo untó al ciego en los ojos. Luego le dijo: – Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa ‘enviado’)”.

* Sacerdote jesuita, Director del Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios (CIRE) 2008.II.

 

Frente al dolor causado por el malvado,

aprendamos a perdonar

 

San Silvano (1886-1938), monje ortodoxo
Escritos espirituales –

 

“No replicar al malvado”. -      Hay hombres que desean a sus enemigos y a los enemigos de la Iglesia las penas y tormentos del fuego eterno. Pensando así dan a entender que no conocen el amor de Dios. Quien tiene el amor y la humildad de Cristo llora y ora por todo el mundo.
     Señor, igual que tu has orado por tus enemigos, enséñanos, igualmente, por tu Espíritu a amarlos y a orar con lágrimas por ellos. . Pero ¡esto es bien difícil para nosotros, que somos pecadores, si tu gracia no está en nosotros!...
Si la gracia del Espíritu Santo habita en el corazón de un hombre, aunque sea en una ínfima medida, este hombre llora por todos los hombres; y se compadece aún más de los que no conocen a Dios o que se resisten a él. Ora por ellos día y noche para que se conviertan y reconozcan a Dios. Cristo oraba así por los que le crucificaban: “Padre, perdónales, no saben lo que se hacen” (Lc 23,34). Esteban, igualmente, oraba por sus perseguidores para que Dios no les tuviera en cuenta ese pecado… (Hech 7,60). Debemos orar por nuestros enemigos si queremos conservar la gracia, porque el que no se compadece del pecador, no tiene en él la gracia del Espíritu Santo. Alabanza y gloria a Dios y a su gran misericordia, porque nos ha concedido, a nosotros que también somos hombres, la gracia del Espíritu Santo.

 

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El enigma del sufrimiento

Así comienza el Papa a tratar el problema del sufrimiento. No esconde que se trata de algo complejo y enigmático, intangible, y que se debe tratar con todo respeto, con toda compasión y aun con temor; pero ello no excusa de tratar de comprenderlo, pues sólo así se podrá superar. Da a continuación un primer abordaje para determinar el campo, hablando de la extensión del sufrimiento y de su sujeto, anotando ya desde un principio que una no comprensión del sufrimiento puede conducir incluso a renegar de Dios.

Dice el Papa:  el sufrimiento va más allá de la enfermedad, pues existe el sufrimiento físico y el espiritual. Además del sufrimiento individual, está el sufrimiento colectivo, que se da debido a los errores y transgresiones de los humanos, en especial en las guerras. Hay tiempos en que este sufrimiento colectivo aumenta. El sufrimiento tiene un sujeto y es el individuo quien lo sufre. Sin embargo, no permanece encerrado en el individuo, sino que genera solidaridad con las demás personas que también sufren; ya que el único en tener una conciencia especial de ello es el hombre y todo hombre. El sufrimiento entraña así solidaridad. Es difícil precisar la causa del sufrimiento, o del mal que va junto al sufrimiento. El hombre se la pregunta a Dios y con frecuencia reniega de él, porque piensa no encontrar dicha causa.

Primero se necesita situar el enigma en su justa dimensión y empezar a buscar su causa. El sufrimiento, dice el Papa, consiste en la experiencia de la privación del bien. La privación del bien es el mal. La causa del sufrimiento es así un mal; por tanto, sufrimiento y mal no se identifican. Con respecto al mal, este es privación, no tiene en sí entidad positiva y así no puede tener causa o principio positivos; su origen es una mera privación. Hay tantos males cuantas carencias; genera dolor, tristeza, abatimiento, desilusión, y hasta desesperación, según la intensidad del mal; existe en dispersión, pero a la vez entraña solidaridad. Siendo su principio la privación, se impone la pregunta:  ¿por qué hubo esta privación, quién la causó?

Para responder, abandona el Papa ya el terreno del enigma y se pasa al del misterio. No trata de hacerlo con la oscuridad nebulosa de un mito, sino que entra de lleno en el núcleo de la fe cristiana. Dentro de la fe cristiana, el misterio no es oscuridad sino claridad deslumbrante. Nos ayuda a comprenderlo un poco su raíz etimológica; viene del griego "muo" o "muein", que significa cerrar los ojos. No en el sentido de proceder a ciegas, sino en el de cerrar los ojos, que se origina cuando viene un encandilamiento, como por ejemplo cuando se mira directamente el sol. Sólo a la luz que encandila, sólo en el exceso de luminosidad, que no permite ver de frente, podemos atisbar qué es el misterio del sufrimiento. Además, el misterio cristiano no es sólo algo que se contempla, sino que se experimenta. Sólo en la experiencia del misterio puede adentrarse en su comprensión. Sólo viviendo el misterio del sufrimiento cristiano se puede comprender un poco qué significa el sufrimiento, y, como ha dicho anteriormente el Papa, trascenderlo y superarlo. ...[...]... MM.

 

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¿Por qué Dios me abandona?

 


 

Responde el P. Miguel Ángel Fuentes

Hola tengo 23 años. Soy una persona que en esto de la fe ha tenido unos baches bastante grandes, en parte, traídos del hecho de que perdí a mi padre cuando tenía 10 años de una manera a mi entender totalmente injusta para él.
La cosa es que en esta etapa de mi vida me siento bastante triste. Como me suele pasar en estos casos recurre a rezar y a la Iglesia pidiendo ayuda porque me encuentro realmente sin ilusión en la vida desde que mi primer y único novio me dejara hace 5 meses. Siempre he tratado de ser buena gente y ayudar en cuanto se me pida y he tratado de vivir de la manera más honesta posible. Mi única ilusión en la vida es encontrar a alguien que me quiera y me cuide (y viceversa) y poder formar una gran familia. Sé que Dios me ha dado muchas cosas pero no me ha dado lo que yo más quiero que es el amor de una persona por mí, pido y pido y rezo y rezo porque me lo conceda pero ... no lo veo posible y eso hace que dude de que realmente Dios me quiera y me cuide porque estoy sola y todo me sale al revés.
¿Por qué Dios no podría darme ese o que quiero y anhelo por una vez? creo que he sufrido tanto en mi vida que necesito que me dé por fin algo que me haga feliz por primera vez en mi vida.

-.-

 

Estimada L.

 

No conocemos los tiempos de Dios ni cuando ha de darnos lo que le pedimos. Pero jamás podemos decir que Dios no cuida de nosotros o que Dios no nos quiera. Todo lo contrario: somos el fruto del amor de Dios. Si Dios no nos amara, simplemente no existiríamos. Y no debes olvidar que Jesucristo ha muerto en la Cruz por ti; ¿cómo puedes decir que no te ama quien ha dado por ti su propia vida? Lo que tú no serías capaz de hacer por un amigo (o tal vez sólo lo harías por un amigo, si eres realmente generosa) Él lo hizo por ti cuando eras su "enemiga", como dice San Pablo (porque lo hizo para perdonarnos los pecados y por el pecado éramos enemigos de Dios).

 

Dios nunca nos abandona, incluso en medio de nuestro dolor.

 

Quiero que leas un hermoso testimonio escrito por un hombre joven, casado y padre de un hijo adoptado; enfermo de cáncer, sigue confiando en el inmenso amor y sabiduría de Dios. Éstas son sus palabras:

  

"Me llamo Alfonso Cervantes Pavón y tengo 40 años de edad. Estoy casado con Isabel Oviedo y llevamos 14 años de matrimonio. Hace un año y medio adoptamos a un niño pequeño. Dios, en el vínculo matrimonial, no nos había concedido hasta ese momento ninguno. Ya está cercano a los tres años de edad (los cumple el 18 de julio). Se llama Ángel (ciertamente es un ángel para nosotros) y padece retraso psicomotor, como consecuencia de una encefalopatía prenatal. Quiero contar, a través de estas líneas, mi experiencia de cómo el Señor ha acontecido en mi vida. Lo conocí hace ya muchos años, cuando empecé este Camino de gestación en la fe que es el Camino Neocatecumenal. En la Iglesia, Él se ha revelado como un Padre que me cuida, guía mi vida y me ofrece diariamente la salvación y el perdón de mis pecados. En el entorno familiar, he tenido los problemas típicos de convivencia de todos los matrimonios, pero siempre con el perdón del Señor como respuesta a nuestras debilidades. En el aspecto laboral, he alternado tiempos de trabajo como albañil, tubero, operario en la construcción de barcos..., pasando también por momentos de desempleo.

 

Especialmente significativos, aquellos tiempos que vienen a mi memoria ahora de forma especial. Trabajaba por aquel entonces como operario en la construcción de un barco. Inesperadamente, y sin estar éste finalizado, sufrí un despido que, ciertamente, no esperaba. Aquellas fechas, mi parroquia, mi segunda casa necesitaba mano de obra para finalizar la fase de construcción de los salones de Catequesis. El complejo parroquial se ha terminado a base de donaciones y de personas que han trabajado sin recibir ninguna compensación material a cambio. En contra, espiritualmente, todos los que hemos echado alguna peonada hemos recibido bendiciones de Dios, el ciento por uno, porque Dios nos ha bendecido con la fe, algo que hoy se me revela más valioso que todo aquello que la sociedad me puede ofrecer, incluida la salud.

 

Nunca Dios me ha abandonado, y menos ahora. A principios de diciembre de 2001, acudí al médico por padecer un fuerte dolor pectoral. Con el paso de los días, observaba cómo el cuadro clínico se iba agravando, al aumentar el dolor y por la aparición de fiebre intermitente. En la tarde del día de Navidad, quedé ingresado en el Hospital Universitario Puerta del Mar de Cádiz. Querían realizarme algunas pruebas. Se pensó en la posibilidad de una hepatitis C, de una inflamación hepática, o alguna enfermedad parecida; al cabo de unos días y sin mejoría aparente, recibí el alta médica en espera de resultados de unas pruebas médicas. Fueron pasando los días y continuaba sin experimentar mejoría alguna. Una tarde del mes de febrero, tras recibir la visita del padre Emilio, el párroco de San José Artesano, y algunos miembros de mi Comunidad Neocatecumenal, mi mujer, en contra de la voluntad de los médicos, me reveló la verdad: «Tienes un cáncer de hígado», me dijo entre lágrimas. Una enfermedad de mal pronóstico, e irreversible por lo avanzado de su estado. No había solución.

 

En aquel momento ocurrió algo sorprendente y trascendental: tras recibir la noticia de mi enfermedad, no me asusté. El Espíritu Santo, sin duda, nos asistió a mi mujer y a mí, y nos acompañó durante aquella tarde. Experimenté una paz interior que no se puede describir ni explicar.

 

Con esto quiero decir que Dios realmente asiste en los momentos trascendentales de la vida. Sin duda, el Señor me paraba los pies. Van pasando lentamente los días desde mi lecho. Ya apenas me levanto. He salido de casa algunos sábados para acudir a la Eucaristía en la parroquia. Solamente incorporarme del lecho me produce el mismo cansancio que a vosotros un día entero de trabajo. Pero, como dice el Salmo, ´El Señor está conmigo todos los días´. Él me asiste en mis dolores. Hace un par de semanas me han reforzado el tratamiento contra el dolor, para tener una mejor calidad de vida. Pero realmente lo que me hace sufrir son aquellas personas cercanas a mi familia que de alguna forma se han separado de Dios, han abandonado la fe, buscan, sin duda, la felicidad en otras cosas... Ruego al Señor por ellas.

 

Tengo muy claro que no soy yo, es Dios quien lleva mi enfermedad. Esta situación me supera, y ha redimensionado mi vida. Personalmente, no tendría fuerzas para llevarla adelante sin su ayuda. La garantía de que Él existe es que esta fuerza que actúa en mí es espiritual. Esto no lo puede explicar ni la ciencia ni la sabiduría humana, porque esta fuerza viene de Dios.

 

Espero y le pido constantemente no dudar de su amor, para que no salga de mis labios la siguiente pregunta: «¿Por qué a mí?»; deseo con todo mi corazón resistir a las acechanzas del demonio, que quiere que yo juzgue a Dios. Para gloria de Dios, no lo ha conseguido. Me siento asistido por todos los que me rodean, no sólo con su presencia, sino sobre todo por medio de la oración.

 

Todos los días recibo a Jesucristo en la Comunión y esto me mantiene vivo, me da fuerzas para dar una palabra de ánimo a quien lo necesita. Es Dios quien viene a mí; me visita, de igual forma que visitó a la Virgen María. También siento la presencia de Ella, mi Madre del Cielo, que escondida, en lo oculto, también intercede por mí.

 

Sé que me muero, no sé exactamente cuándo Dios me querrá llevar, pero tengo la garantía de que la muerte es precisamente un nacer a la Vida Eterna. Es el paso necesario para llegar a la presencia del Padre. Sé que en esta vida que se acaba –y que aquellos que me visitan y no creen en Dios lamentan como si hubiera recaído sobre mí una maldición– es necesario pasar por este trance, dar el salto a lo mejor, a lo definitivo, a lo verdadero: la Vida Eterna, la presencia del Padre.

Alfonso Cervantes (tomado de:

 

http://www.mercaba.org/FICHAS/AlfaOmega/309/ante _la_enfermedad.htm)

 

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El problema del dolor

 

Por José Ramón Ayllón

Los hombres mueren y no son felices.
Albert Camus

 

Universal, incomprensible e inevitable
Tres respuestas: Caos, Destino, Providencia
La Providencia y el dolor - Albert Camus y Karol Wojtyla

El misterio envuelve cuestiones como el origen y el fin del universo, la estructura última de la materia, la diversificación de las especies, y tantas otras. El dolor, además de misterio, es un problema. Porque nos afecta muy directamente: puede incordiarnos a diario y llega a presentarse insoportable y trágico en ciertas ocasiones. Es el problema más grave de la humanidad, la realidad humana más desconcertante, pues en su descripción figuran tres adjetivos abrumadores: universal, inevitable e incomprensible.

La primera vez que me asomé con curiosidad intelectual al tema del dolor, lo hice después de leer unos versos de Blas de Otero:

Quiero encontrar, ando buscando la causa del sufrimiento.
La causa a secas del sufrimiento a veces
mojado en sangre, en lágrimas y en seco
muchas más. La causa de las causas de las cosas
horribles que nos pasan a los hombres.
No a Juan de Yepes, a Blas de Otero, a Leon
Bloy, a César Vallejo, no, no busco eso,
qué va, ando buscando únicamente
la causa del sufrimiento
(del sufrimiento a secas),
la causa a secas del sufrimiento a veces...
Y siempre vuelta a empezar.

En estos versos aparece ya ese carácter inevitable e incomprensible del dolor, pues se presenta ante nosotros como una evidencia imposible de explicar: constatamos que existe, pero no sabemos por qué. "La causa de esta angustia no consigo / ni vagamente comprender siquiera", escribió Antonio Machado.

Solemos distinguir entre el dolor físico y el sufrimiento anímico. El sufrimiento es la resonancia emocional que nos causan ciertos hechos de índole fisiológica o psicológica. Así, el dolor del cuerpo se suele transformar en sufrimiento -dolor del alma- cuando su origen es desconocido, cuando es abrumador, cuando no parece controlable, cuando se considera espantoso. Ya hemos dicho que la causa del sufrimiento -dolor del alma- no es sólo el dolor físico. Así lo vemos en este vigoroso párrafo escrito en el siglo IV:

Me hice íntimo amigo de un antiguo compañero de estudios. Los dos éramos jóvenes. Pero he aquí que le dio una fuerte calentura y murió. Durante un año, su amistad había sido para mí lo más agradable de la vida, así que la vida se me hizo inaguantable: la ciudad, mi casa y todo lo que me traía su recuerdo era para mí un continuo tormento. Le buscaba por todas partes y ya no estaba. Sólo llorar me consolaba. Era yo entonces un miserable prisionero del amor, y me sentía despedazar por ese amor perdido. Así vivía yo, y lloraba de amargura y descansaba en la amargura (...). Me maravillaba que, muerto aquél a quien tanto había querido, siguiera yo viviendo. Bien dijo el poeta Horacio que su amigo era la mitad de su alma, porque yo sentí también que su alma y la mía no eran más que una en dos cuerpos (San Agustín, Confesiones).

No me atrevo a decir que el sufrimiento humano esté bien repartido, porque sería un agravio a las víctimas innumerables de la esclavitud, del holocausto judío, del Gulag soviético y de múltiples patologías. Pero ya he dicho que nadie se libra de él. Entre otras cosas porque al final, como escribió Blas de Otero siguiendo a Jorge Manrique: "La muerte siempre presente nos acompaña, y al fin nos hace a todos iguales". Ni los ricos, ni los poderosos, ni los famosos se libran del zarpazo del sufrimiento. Ni los dueños del mundo. Felipe II, el rey que murió en 1598, empezó a convertirse en un inválido seis años antes, cuando la gota fue impidiendo progresivamente sus movimientos. Nos lo cuenta su capellán, Fray Antonio Cervera de la Torre, en el libro donde narra la muerte del monarca. La gota afligió a Felipe II durante catorce años, y los siete últimos le debilitó y ocasionó dolores agudísimos. Los dos años y medio finales, la enfermedad no le dejó sino el pellejo y los huesos, y tan sin fuerzas que le fue forzoso andar en una silla e ir como si le llevaran a enterrar cada día. A esto se sumó un principio de hidropesía que le hinchó el vientre, los muslos y las piernas, bastando este rabioso accidente para descomponer al hombre más asentado del mundo. Se le hicieron llagas en los dedos de manos y pies, que le atormentaban especialmente cuando las curaban. Los últimos dos meses no le fue posible dejar la cama ni cambiar de postura, de forma que ni se le pudo mudar la ropa que tenía debajo, ni menearle o levantarle un poco para limpiarle los excrementos de la necesidad natural. Y así se convirtió aquella cámara real en poco menos que muladar podrido, y digo poco, porque no era sino harto peor.

 

 



Tres respuestas: Caos, Destino, Providencia

El carácter misterioso del dolor aumenta el desconcierto que nos produce. Nadie decide el día de su nacimiento, y casi nadie el de su muerte. Tampoco escogemos nuestras enfermedades e infortunios. Nacer, morir y sufrir, por ser realidades fundamentales que escapan a nuestra voluntad, plantean dos preguntas radicales: ¿Quién mueve los hilos de nuestra existencia?, ¿quién mueve los hilos del dolor? Parece que sólo caben tres posibles respuestas, conocidas desde antiguo: Caos ciego, Destino inmutable o Providencia buena.

El caos como explicación -en realidad, como negación de toda explicación- ha tenido pocos defensores. Uno de los más famosos, Nietzsche, tiene buena pluma y mala vista cuando escribe: "He encontrado en las cosas esta feliz certidumbre: prefieren danzar con los pies del azar". Desconozco si Nietzsche leyó Las nubes, la famosa comedia en la que Aristófanes se burla de la educación de los sofistas, que niegan la divinidad y la sustituyen por el caos. Al discípulo se le hace prometer "no reconocer ya más dioses que las tres divinidades que nosotros veneramos: el caos, las nubes y la lengua". El maestro sofista asegura que ya no existe Zeus. Y, cuando el asombrado alumno pregunta quién reina entonces, la respuesta es tajante: "Reina el Torbellino, que ha expulsado a Zeus".

¿De veras nos gobierna el caos? La danza de las cosas parece demasiado bella y compleja para ser efecto del azar. )Cómo saben las estaciones que deben cambiar de camisa? ¿Y cómo saben las raíces que deben subir a la luz? Es claro que sobre la realidad impera una ley no humana, y que las leyes físicas y biológicas están muy por encima de la alta tecnología. Son programas de precisión que repiten una actividad incansable e inexorable. Por ello, no es muy aventurado sospechar, como Borges, que "Algo que ciertamente no se nombra / con la palabra azar, rige estas cosas". Pero, ¿qué significa ese "algo"? Sólo puede significar dos cosas: Destino o Providencia.

Homero no supo a qué carta quedarse y jugó las dos: las Hilanderas -personificación del Destino- tejen las líneas maestras de nuestra vida. Los dioses, sometidos a las Hilanderas, sólo pueden obrar dentro de los límites del Destino. Así, puesto que el regreso de Ulises estaba decidido por el Destino, los dioses no pudieron acabar con él, y sólo les estuvo permitido alargar ese regreso durante muchos años y sembrarlo de penalidades.

Después de Homero, los que apuestan por el Destino integran la postura deísta, representada por el estoicismo antiguo y la Ilustración moderna. Atribuyen la aparición del cosmos a una ley universal impersonal. "Creo", dice Einstein, "en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía de todo lo que existe, pero no en un Dios que se preocupa del destino y las acciones de los hombres". Karl Sagan, uno de los últimos defensores de esta Divinidad impersonal, piensa que "la idea de que Dios es un varón blanco y descomunal, con barba blanca, que se sienta en el cielo y controla el vuelo de cada gorrión, es ridícula. Pero si por Dios entendemos el conjunto de leyes físicas que gobiernan el universo, no hay duda de que existe". Sagan es un excelente divulgador, pero en este caso, además de tomar el símbolo por lo simbolizado -el rábano por las hojas- deja sin explicar cómo es posible un conjunto de leyes sin un legislador.

El pensamiento antiguo occidental se decantó, en general, hacia la Providencia. Casi todos los clásicos grecolatinos, con más o menos reservas y matices, apuestan por una Suprema Inteligencia interesada en los asuntos humanos. Piensan así Heráclito y Parménides, Anaxágoras, Sócrates, Platón y Aristóteles, Cicerón y Séneca. No existen reservas en Sócrates y Platón. Aristóteles es más indeciso, pero se le escapa una declaración sorprendente. En la Ética a Nicómaco, al señalar que la felicidad no depende enteramente del esfuerzo humano y requiere cierta buena suerte, añade: "En este sentido, si algo es un don divino, más debe serlo la felicidad, puesto que es la mejor de las cosas humanas".

Sin desconocer que Séneca ha repetido la doctrina estoica sobre la inmanencia de Dios en el mundo, hay que señalar el esfuerzo del filósofo por superar el dogma estoico y proclamar sin titubeos la existencia de un Dios trascendente y personal: de Él dirá que es nuestro creador y padre, que determinó nuestros derechos en la vida, a quien nada se oculta y cuyo propósito es la bondad.


La Providencia y el dolor

No es fácil compaginar la Providencia con el sufrimiento que la propia naturaleza física causa al hombre. Sin embargo se piensa desde Platón que la naturaleza ofrece suficiente armonía como para no dudar de la Divinidad. Para los griegos, el orden del mundo prueba que se halla regulado por Dios, y su desorden demuestra que Dios es más grande que sus propias leyes. Pero el hombre que sufre no tiene la cabeza clara para pensar así. Se nos dice que el dolor es una sensación desagradable, una emoción contraria al placer, una voz de alarma del organismo enfermo, un reflejo de protección. Todo eso es verdad, pero no explica la existencia del dolor, ni el agobio íntimo del que sufre. Tampoco sabemos si es una venganza siniestra, como la caja de Pandora, o quizá la gran oportunidad de mostrar lo mejor de uno mismo, como intuyó C. S. Lewis. Sobre dicha intuición escribió The problem of pain, donde nos dice que el dolor, la injusticia y el error son tres tipos de males con una curiosa diferencia. La injusticia y el error pueden ser ignorados por el que vive dentro de ellos. El dolor, en cambio, no puede ser ignorado, es un mal desenmascarado, inequívoco: toda persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre. Y es que Dios -dice Lewis- "nos habla por medio de la conciencia, y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono para despertar a un mundo sordo".

Lewis explica que un hombre satisfecho en su injusticia no siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien. Por eso "el dolor es la única oportunidad que el hombre injusto tiene de corregirse: porque quita el velo de la apariencia e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde".

El dolor causado por el propio hombre es sin duda el más fácil de comprender, porque lo experimentamos como posibilidad constante de la libertad. Una queja de Zeus en la Odisea pone de manifiesto la exclusiva responsabilidad humana en muchos males: "¡Ay, cómo culpan los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde". Estas palabras de Zeus se anticiparán siempre a la historia, pues son los hombres quienes han inventado los potros de tortura, la esclavitud, los látigos, los cañones y las bombas.

La responsabilidad humana en el sufrimiento humano es abrumadora. No sólo la naturaleza se arma contra el hombre y le destruye; sabemos que también el hombre se arma contra el hombre y se convierte en carne de cañón, carne de la carnicería de Auschwitz, carne de feto abortivo, carne desintegrada en Hirosima, carne que muere en las guerras y guerrillas constantes, carne aplastada en las sistemáticas persecuciones de los grandes imperios. Hobbes se quedó corto: por desgracia, el hombre ha demostrado ser, cuando se lo ha propuesto, mucho peor que lobo para el hombre.

La existencia del dolor, y en concreto el sufrimiento de los inocentes, es el gran argumento del ateísmo. Elie Wiesel era un adolescente judío que llegó una noche, en un vagón de ganado, a un campo de exterminio:

No lejos de nosotros, de un foso subían llamas gigantescas. Estaban quemando algo. Un camión se acercó al foso y descargó su carga: ¡eran niños! Sí, lo vi con mis propios ojos. No podía creerlo. Tenía que ser una pesadilla. Me mordí los labios para comprobar que estaba vivo y despierto. ¿Cómo era posible que se quemara a hombres, a niños, y que el mundo callara? No podía ser verdad. Jamás olvidaré esa primera noche en el campo, que hizo de mi vida una larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda y las caras de los niños que vi convertirse en humo. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y que dieron a mis sueños el rostro del desierto. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir.

Aquel muchacho judío no pudo entender el silencio del Dios en el que creía, del Señor del Universo, del Todopoderoso y Eterno. Tampoco pudo entender la plegaria sabática de los demás prisioneros. "Todas mis fibras se rebelaban. )Alabaría yo a Dios porque había hecho quemar a millares de niños en las fosas? )Porque hacía funcionar seis crematorios noche y día? ¿Porque en su omnipotencia había creado Auschwitz, Birkenau, Buna y tantas fábricas de la muerte?".

Me parece oportuno recordar la protesta de Zeus, pues no es decente echar sobre Dios la responsabilidad de nuestros crímenes, pero nos gustaría preguntarle por qué ha concedido a los hombres la enorme libertad de torturar a sus semejantes. Nos gustaría preguntar, como Shakespeare, por qué el alma humana, que a veces lleva tanta belleza, tanta bondad, tanta savia de nobleza, puede ser el nido de los instintos más deshumanizados. Quizá sirva como respuesta la que ofrece Jean-Marie Lustiger, otro muchacho judío con una historia similar:

Yo tenía la sensación de que nos hundíamos en un abismo infernal, en una injusticia monstruosa. Hay en la experiencia humana abismos de maldad que la razón no puede ni siquiera calificar. Bruscos virajes hacia lo irracional, donde las causas no están en proporción con los efectos. Y los hombres que encarnan esa maldad parecen pobres actores, porque el mal que sale de ellos les excede infinitamente. Son peleles, títeres insignificantes de un mal absoluto que los desborda. Y el rostro que se oculta tras el suyo es el de Satán. Sólo así se explica que una civilización que desea la razón y la justicia caiga en todo lo contrario: en la aniquilación y en el absurdo absoluto.

Los dos adolescentes -Elie Wiesel y Jean-Marie Lustiger- se salvaron de la barbarie nazi. El primero era un judío creyente que perdió su fe. El segundo era un adolescente ateo que llegó a la conclusión de que sólo Dios puede explicar el absurdo del mal. Medio siglo después, Wiesel es Premio Nobel de la Paz, y Lustiger arzobispo de París.

Desde antiguo, la extensión e intensidad del dolor humano ha hecho intuir, junto a un Dios bueno, la existencia de un principio maligno con poderes sobrehumanos. Pero si el Dios bueno es todopoderoso, Él aparece como último responsable del triunfo del dolor, al menos por no impedirlo. Por eso, sumergida tantas veces en el horror, la historia humana se convierte a veces en el juicio a Dios, en su acusación por parte del hombre. Hay épocas en las que la opinión pública sienta a Dios en el banquillo. Sucedió en el siglo de Voltaire, y ha sucedido a lo largo de todo el siglo XX. Me gustaría exponer las conclusiones opuestas de otro premio Nobel y otro obispo, testigos privilegiados de este proceso a Dios: el novelista Albert Camus y el Papa Juan Pablo II.


Albert Camus y Karol Wojtyla

"Bajo el sol de la mañana", escribió Camus, "una gran dicha se balancea en el espacio. Bien pobres son los que tienen necesidad de mitos". Y también: "Si hay un pecado contra la vida, no es quizá tanto desesperar de ella como esperar otra vida". Los biógrafos de Camus atribuyen su profunda incredulidad a una herida que nunca cicatrizó, producida en la adolescencia por el zarpazo del mal. Vivía en Argel. Tenía quince o dieciséis años y paseaba con un amigo a la orilla del mar. Se encontraron con un revuelo de gente. En el suelo yacía el cadáver de un niño árabe, aplastado por un autobús. La madre daba alaridos y el padre callaba. Camus, después de unos momentos, mostró a su amigo el cielo azul, señaló luego el cadáver y dijo: "Mira, el cielo no responde".

Años más tarde, Camus sufrió en sus carnes el choque brutal de la enfermedad grave. Un hedonista apasionado del mar y del sol se descubre enfermo. El absurdo se instala en una vida que sólo quería cantar. Y entonces es cuando hace decir a Calígula esa "verdad muy sencilla y muy clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar... Los hombres mueren y no son felices".

Camus se esfuerza en compaginar el sinsentido de la vida con el hedonismo. Su solución voluntarista se resume en una línea: "Es preciso imaginarse a Sísifo dichoso". La peste es un nuevo intento de hacer posible la vida dichosa en un mundo sumergido en el absurdo y con la muerte como telón de fondo. Más que una novela, La peste es la radiografía de la generación que ha vivido la Segunda Guerra Mundial. Camus ya no habla de su sufrimiento, sino de esa inmensa ola de dolor que sumergió al mundo a partir de 1939. En La peste habla el dolor del mundo, no el dolor de Camus.

Al final de la novela, el autor nos recuerda que las guerras, las enfermedades, el sufrimiento de los inocentes, la maldad del hombre hacia el hombre sólo conocen treguas inciertas, tras las cuales reaundarán su ciclo de pesadilla. Éstas son sus palabras:

Escuchando los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux recordaba que esta alegría estaba siempre amenazada. Porque sabía lo que esta multitud alegre ignoraba, y que puede leerse en los libros: que el bacilo de la peste -léase "el mal"- no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenas de años dormido en los muebles y en la ropa, que espera pacientemente en las habitaciones, en los sótanos, en los baúles, en los pañuelos y en los papeles, y que quizá llegaría un día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertaría otra vez a sus ratas y las enviaría a morir en una ciudad dichosa.

El Papa Juan Pablo II -Karol Wojtyla- ha resumido en su carta Salvifici doloris el sentido cristiano del dolor, afirmando en su inicio que la Biblia es un gran tratado sobre el sufrimiento. Hay en el Antiguo Testamento enfermedades y guerras, muerte de los propios hijos, deportación y esclavitud, persecución, hostilidad, escarnio y humillación, soledad y abandono, infidelidad e ingratitud, así como remordimiento de conciencia. Pero si el sufrimiento es inevitable, también es inevitable preguntarse por qué.

Los amigos de Job interpretan su desgracia como un castigo por pecados cometidos. Sin embargo, Dios reprocha esa interpretación y reconoce que Job no es culpable. Estamos ante el escándalo del sufrimiento de un inocente, escándalo que Dios provoca para demostrar la santidad de Job, pues el sufrimiento tiene en Job carácter de prueba. Recuerda el Papa que la última palabra no es el libro de Job sino la respuesta que Dios da al hombre en la cruz de Jesucristo. "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna". Estas palabras de Cristo a Nicodemo indican que el hombre será salvado mediante el propio sufrimiento de Cristo. El sufrimiento, vinculado misteriosamente al pecado original y a los pecados personales de los hombres, es padecido misteriosamente por el mismo Dios. Repito de intento el adverbio "misteriosamente" porque es la misma Iglesia Católica quien reconoce la profundidad de una explicación que, a fin de cuentas, exige un acto de fe.

Jesucristo, además de declarar bienaventuradas a muchas personas probadas por diversos sufrimientos, pasó por Palestina curando enfermedades y consolando a gentes afligidas. Él mismo sufrió en sus carnes la fatiga, el hambre, la sed, la incomprensión, el odio y la tortura de la Pasión. Particularmente conmovedora es la profecía en la que Isaías describe la Pasión de Cristo:

No hay en Él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro (...). Pero fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. Nuestro castigo cayó sobre Él y en sus llagas hemos sido curados.

De todas las respuestas al misterio del sufrimiento, ésta que San Pablo llamará "la doctrina de la Cruz" es la más radical. Porque nos dice que, si la Pasión de Cristo es el precio de la Redención, el sufrimiento humano es la colaboración del hombre en su misma redención. Por eso la Iglesia considera el sufrimiento un bien ante el cual se inclina con veneración, con la profundidad de su fe en la Redención.

Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento: Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz cada día... Varias veces anuncia a sus discípulos que encontrarán odio y persecuciones por su nombre, al mismo tiempo que se revela como Señor de la Historia: En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo. Si el sufrimiento puede hundir y aplastar, también es cierto que puede acrisolar el corazón humano y acercarlo a Dios. Al sufrimiento deben su profunda conversión, entre otros muchos, santos como Ignacio de Loyola o Francisco de Asís, porque entendieron que Cristo, al morir en la cruz, ha tocado y regenerado las raíces mismas del mal. En cualquier caso, aunque la respuesta de Cristo en la cruz es inequívoca, puede ser desconocida por muchos, o puede necesitar mucho tiempo para ser percibida y aceptada interiormente.

En la parábola del buen samaritano, Jesucristo nos dice que nadie debe ser indiferente ante el dolor ajeno. Que no podemos pasar de largo, sino pararnos junto al que sufre, y no con curiosidad sino con disponibilidad. El buen samaritano no sólo se conmueve, sino que ofrece su ayuda. Encontramos aquí uno de los rasgos esenciales de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y de la antropología cristiana: la dignidad del hombre se realiza en la entrega afectiva y efectiva a los demás. En este sentido, Juan Pablo II llega a decir que parte del sentido del sufrimiento consiste en ser despertador de un amor compasivo y desinteresado hacia el prójimo sufriente. Y añade que las instituciones sanitarias, siendo indispensables, no pueden sustituir al corazón humano, pues no pueden compadecerse y amar.

Por esta parábola entendemos que el Cristianismo es la negación de cualquier pasividad ante el sufrimiento. Y nos reafirmamos en esta apreciación al escuchar el agradecimiento de Cristo "porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber. Estuve preso y vinisteis a verme", pues "cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos pequeños, a Mí me lo hicisteis". Cito las palabras finales de la carta Salvifici doloris:

El sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer que nazcan obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la civilización del amor (...). Las palabras de Cristo sobre el Juicio Final permiten comprender esto con toda la sencillez y claridad evangélica (...). Cristo ha enseñado al hombre al mismo tiempo a convertir su sufrimiento en un bien y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento.

Ponía Camus como ejemplo de amistad verdadera la de "un hombre cuyo amigo había sido encarcelado y todas las noches se acostaba en el suelo de su habitación para no gozar de una comodidad arrebatada a aquel a quien amaba". Y añadía el novelista que la gran cuestión para los hombres que sufrimos es la misma: "¿Quién se acostará en el suelo por nosotros?". Sin proponérselo explícitamente, Juan Pablo II responde a Camus con la tortura de Cristo clavado en la cruz: "Si no hubiera existido esa agonía en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar" (Cruzando el umbral de la Esperanza).

 

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«No es Dios de muertos, sino de vivos» -   El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí lleva, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre; la prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano.
     Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a causa del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a Él con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado  el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera. Concilio Vaticano II - Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual «Gaudium et spes», § 18

 

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Escuela ´cuzqueña´ Perú.

 

CUANDO el médico le diagnosticó el cáncer que nos la acaba de arrebatar, cuando sabía que sus días estaban contados, María Ángeles de Armas escribió un poema de una belleza teresiana y frugal que tituló «En las manos de Dios»:

«Una inmensa serenidad / has sembrado en mi corazón, / voy por la senda de tu paz: / gracias, Señor. // Si Tú permites que hasta mí / llegue la dulce revelación / de que me llamas para sufrir: / gracias, Señor. // Si en mi camino has de sembrar / sólo tristeza y desolación / y mis rosas espinas dan: gracias, Señor. // Y si quieres que yo te dé / la vida que tu Amor me dio, / aquí la tienes, tuya es: / gracias, Señor. // Una inmensa serenidad / has sembrado en mi corazón, / voy por la senda de tu paz: / gracias, Señor». 2006-11-25 ‘ABC’ ESP.

 

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Jean-Pierre de Caussade (1675-1751), jesuita
‘Abandono en la Providencia divina’.

 

“¡Es el Señor!” -      En las manos de Dios todas las criaturas son vivas; es cierto que los sentidos no perciben más que la acción de la criatura, pero la fe cree en la acción divina sobre todo. Ve que Jesucristo vive en todo y opera a lo largo de todos los siglos, que el más mínimo instante y el más pequeño de los átomos encierran una porción de esta vida escondida y de esta acción misteriosa. La acción de las criaturas es un velo que encubre los profundos misterios de la acción divina.
     Después de su Resurrección, Jesucristo, en sus apariciones, sorprendía a sus discípulos, se presentaba a ellos bajo figuras que le disfrazaban, y tan pronto como se daba a conocer, desaparecía. Este mismo Jesús que está siempre viviente y operante, todavía sorprende a las almas que no tiene la fe suficientemente pura ni profunda. No hay ningún momento en el que Dios no se presente debajo de alguna pena, de alguna obligación o de algún deber. Todo lo que se realiza en nosotros, alrededor de nosotros y a través de nosotros, encierra y esconde su acción divina que, aunque invisible, hace que siempre nos veamos sorprendidos y que no conozcamos su operación más que cuando ella ya no subsiste.
     Si perforáramos el velo y si estuviéramos vigilantes y atentos, Dios se nos revelaría sin cesar y gozaríamos de su acción en todo lo que nos acontece. Frente a cada acontecimiento diríamos: “¡Es el Señor!”. Y en todas las circunstancias encontraríamos que recibimos un don de Dios, que las criaturas no son más que débiles instrumentos, que nada nos faltaría, y que el constante cuidado de Dios hacia nosotros le lleva a darnos lo que nos conviene.

 

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Para superar adversidades

 

Un preso escribió en la pared de una celda de la Torre de Londres: «No es la adversidad lo que nos destruye y mata... Es la impaciencia con que soportamos la adversidad la que nos destruye y mata».
   Los forjadores de voluntades suelen afirmar: «No será una persona completa aquella que no haya pasado por las lágrimas de una muerte, por una enfermedad grave, por el fracaso...».
   No hemos de dejarnos abatir, ni arrastrar, ni sucumbir ¬interiormente¬ por las adversidades que nos haya tocado vivir...
   Nunca vayamos a dormir con la atención puesta en el fracaso ni obnubilados por la decepción y mucho menos invadidos por la amargura que destruye.
   Repetirse una y mil veces que el fracaso, la adversidad... no son el fin de nada. Sí que pueden ser el inicio de algo útil, provechoso, bueno, grande.
   Ante toda contrariedad, adversidad, humillación, saber levantar los ojos al cielo y decirle ¬de todo corazón¬ al Padre, como Jesús: «Hágase tu voluntad», y repetirlo varias veces. La paz, la quietud, no tardarán en llegar a nuestro interior.
   Intentemos sonreír aunque tengamos ganas de llorar. Riámonos de nosotros mismos. Hagamos frente a la prueba con buen tino y mejor ánimo.
   Santa Teresa de Jesús decía: «También hace mártir la verdadera paciencia en las adversidades»; y Tomás de Kempis: «¿Con qué coronará tu paciencia si ninguna adversidad se te presenta?». 2003-11-13 - J. M. ALIMBAU

 

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Rabindranath Tagore (1861-1941)

 

Poeta hindú.

Agradece a la llama su luz, pero no olvides el pie del candil que, constante y paciente, la sostiene en la sombra.

Cada niño, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios no ha perdido todavía la esperanza en los hombres.

El canal se complace pensando que los ríos no existen sino para traerle agua.

El mundo amó al hombre cuando sonrió. El mundo le tuvo miedo cuando se rió.

El placer es frágil como una gota de rocío, mientras ríe muere.

El que se ocupa demasiado de hacer el bien, no tiene tiempo de ser bueno.

En el amor no hay adioses, sino eternas bienvenidas.

Engarza en oro las alas del pájaro y nunca más volará al cielo.

Es muy simple ser feliz, pero es muy difícil ser simple.

La desdicha es grande, pero el hombre es aún más grande que la desdicha.

La tierra es insultada, y ofrece sus flores como respuesta.

Los hombres son crueles, pero el hombre es bueno.

Si de noche lloras porque no puedes ver el Sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.

Si le cierras la puerta a todos los errores, la verdad quedará afuera.

Una broma es un epigrama sobre la muerte de un sentimiento.

Una mente toda lógica es como un cuchillo todo hojilla. Hace sangrar la mano que lo usa.

 

 

 

Sobre la adversidad

 

Desde siempre se ha dicho: «Es propio de las personas prudentes... precaverse de las adversidades antes de que vengan. Y es propio de las personas fuertes tolerarlas cuando ha venido.» Así lo formulaba Pítaco, uno de los Siete Sabios de Grecia.
   –Demetrio de Falerón, orador y estadista griego, que gobernó Atenas y fue uno de los que aconsejó a Ptolomeo I la fundación de la biblioteca de Alejandría afirmaba: «La mayor desgracia... es no haber conocido jamás la adversidad».
   –Publio Virgilio Marón, poeta latino autor de «La Eneida» enseñaba: «No te inclines ante la contrariedad, ante la adversidad; más bien oponte audazmente a ellas».
   –Marco Aurelio, emperador y filósofo romano escribió en sus pensamientos: «Acuérdate en adelante cada vez que algo o alguien te contriste, te aflija... de recurrir a esta máxima “la adversidad no es una desgracia, antes bien sufrirla con grandeza de ánimo–de ánima es un dicha”».
   –«La adversidad... mejora al corazón», dice un proverbio bíblico.
   –Tomas de Kempis (1379-1471) monje y escritor alemán, autor de «La imitación de Cristo» escribe: «Hijo, más me agrada la humildad y la paciencia en la contrariedad y en la adversidad... que mucho consuelo y devoción en la prosperidad».
   –Los actuales expertos en Educación afirman que: «Es preciso educar a nuestros niños y jóvenes... también en la contrariedad y la adversidad».

2004-10-13 - José María ALIMBAU

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Las costumbres cambian, es cierto, igual que cambian las modas. Pero el bien y el mal son fácilmente discernibles. Hay verdades que no dependen del valor subjetivo que les demos y que serán verdades siempre y a pesar de los nuevos inquisidores, la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

 

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HOY pocos son los que se atreven a decir lo que está bien o lo que está mal. Aquello de que nada es verdad ni es mentira, sino que todo depende del color del cristal con que se mira, ha quedado elevado a categoría absoluta. Lo importante ya no es lo que miramos, sino el color del cristal a través del cual miramos. Lo importante ya no es la verdad, sino el valor que le demos a esa verdad.

 

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Nuestra sociedad no es una excepción en este sentido. Hoy la incontinencia sexual y la obsesión en este campo son aplaudidas ("es un latin lover; se lo tira todo"), las drogas son cada vez mejor vistas ("se mete de todo y va siempre a muerte") y, cómo no, la homosexualidad ha pasado a ser una orientación sexual incluso más recomendable que otras ("los gays son más modernos, sensibles y comprensivos que los demás tíos").

No obstante, la aceptación social y el reconocimiento político no hacen que el alcohol deje de matar, que las mujeres sigan siendo seres humanos o que los niños sigan necesitando un padre y una madre para garantizar un óptimo desarrollo. Es una lástima que sólo el tiempo sea capaz de desautorizar a los que, incapaces de desafiar a lo "políticamente correcto", toman la cultura como algo que está por encima de la naturaleza y la salud. 2005-06-30

 

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¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»

 

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Y una media mentira puede ser más dañina que una mentira entera, aunque sólo sea porque tiene más capacidad de seducción.

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Joseph Ratzinger, "Fe, verdad, tolerancia", Alfa y Omega, 11.IX.2003

Nuevo libro del cardenal Ratzinger Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

 

En un mundo globalizado, multicultural, el diálogo entre las religiones se ha convertido en el punto más candente para la teología», reconocía el cardenal Joseph Ratzinger en su última visita a España, hablando desde la Universidad Católica San Antonio, de Murcia. En el nuevo contexto, se ha extendido la opinión, según la cual, todas las religiones no son más que variaciones de un único e idéntico tema, que asume formas diferentes según la cultura y la historia. Surge entonces la pregunta: ¿es posible proponer hoy el cristianismo como verdad, como camino de salvación? ¿No constituye un gesto de arrogancia intolerante? Las religiones, ¿son todas iguales?

Quienes conocen al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, su espíritu inquieto y su disponibilidad para afrontar sin tapujos los interrogantes que afectan más de lleno a nuestros contemporáneos, han visto en su último libro su contribución personal y lógica al debate.

En realidad Fe, verdad, tolerancia - El cristianismo y las religiones del mundo, volumen de algo menos de 300 páginas, que acaba de publicarse en italiano (Fede, verità, tolleranza - Il cristianesimo e le religioni del mondo, editorial Cantagalli), es una colección reeditada de conferencias que el cardenal bávaro ha ido pronunciando sobre el argumento en la última década. Con una excepción: la primera contribución constituye un artículo publicado en 1964, en el que, tras hacer un estudio fenomenológico de las religiones, presenta con un lenguaje sorprendentemente actual la diferencia específica del cristianismo.

En el fondo, el libro no hace más que responder a los interrogantes más comunes que se plantea toda aquella persona que hoy día es capaz de trascender los condicionamientos de la sociedad consumista y tecnicista. He aquí algunos de ellos y, en pinceladas, las respuestas que ofrece Ratzinger:

La diferencia cristiana

El cristianismo, ¿no es en el fondo una religión como cualquier otra? ¿No es más que una visión de Dios a la europea? Recordando que el cristianismo no nació en Europa, ni está ligado exclusivamente a Europa, el cardenal comienza demostrando cómo en realidad el cristianismo se diferencia radicalmente del resto de las religiones. De hecho, aclara que no todas las religiones son iguales (ni mucho menos). En el fondo, esta afirmación surge de la ignorancia de quien desconoce de la manera más elemental qué era la religión de los antiguos aztecas, el voodoo, el budismo, el hinduismo, o las religiones monoteístas.

En el monoteísmo (en particular el judaísmo y el cristianismo) –demuestra–, Dios aparece como persona, en contraposición a las religiones asiáticas (místicas), en las que se anula la diferencia entre los seres. En el monoteísmo el fundamento es el tú de Dios y el yo de la criatura, que crea una relación personal, única e irrepetible. En las primeras, el único camino posible es el de la búsqueda interior, el de los iniciados. En el segundo, Dios se revela. En las primeras, sólo los iniciados alcanzan la experiencia de lo divino. El resto reciben la religión de segunda mano. En el judaísmo y el cristianismo el encuentro con Dios es de primera mano.

«Para la fe cristiana –concluye–, la historia de las religiones no es el cíclico retorno de lo que siempre es igual, de lo que nunca llega a la verdad, que permanece fuera de la Historia. Quien es cristiano considera que la historia de las religiones es una historia real, una senda cuya dirección significa progreso, y cuyo camino significa esperanza. Éste debe desempeñar su servicio como quien espera, sabe imperturbablemente que el final de la Historia, si bien está atravesado por todos los fracasos y contiendas de los hombres, se realiza».

Pluralismo religioso

Si no todas las religiones son iguales, entonces surge la pregunta: ¿cuál es la relación entre el cristianismo y el resto de las religiones con las que convive? Tres respuestas se han dado a este interrogante, como recoge Ratzinger.

Ante todo, destaca el exclusivismo, según el cual sólo la fe cristiana puede salvar: las religiones no serían caminos de salvación. Ahora bien –aclara Ratzinger–, exponentes de esta respuesta distinguen entre religión y fe, y conciben únicamente el cristianismo como fe, dejando a un lado la religión, es decir, las manifestaciones externas de la relación con Dios. «Desde mi punto de vista –explica en el libro–, el concepto de un cristianismo sin religión es contradictorio e irreal. La fe debe expresarse también como religión y en la religión, aunque obviamente no puede quedar reducida a ésta».

Otra respuesta para explicar la relación entre el cristianismo y las religiones es el inclusivismo, según el cual el cristianismo estaría presente en todas las religiones, o viceversa, todas las religiones, sin saberlo, estarían orientadas hacia el mismo. Según esta visión, Cristo es el único salvador. Ahora bien, reconoce en las religiones un valor de salvación, en la medida en que es tomado en préstamo de Cristo. Esta visión justifica la misión, aunque de manera menos radical que la primera, pues Cristo sería quien purifica las religiones y las lleva a alcanzar su más íntima aspiración.

Por último, se da la respuesta pluralista, sumamente actual, según la cual la diversidad de religiones ha sido querida por el mismo Dios. Todos son caminos de salvación, aunque ciertamente el de Cristo desempeña un papel privilegiado (no exclusivo).

Ratzinger considera que estas respuestas a la pregunta por la relación entre cristianismo y religiones constituyen un camino equivocado. En realidad –explica–, se basan en una comprensión superficial de las religiones, «que en realidad no conducen ni mucho menos al hombre hacia la misma dirección y que, incluso en sí mismas, no son uniformes». Pone, como ejemplo, el Islam, en el que conviven «formas destructivas y otras en las que nos parece reconocer una cierta cercanía al misterio de Cristo». Además, «¿debemos encontrar una teoría sobre el modo en que Dios salva sin dañar la unicidad de Cristo?», pregunta. El hombre, «¿no debe ponerse en búsqueda, empeñarse por tener una conciencia purificada y de este modo acercarse –¡al menos esto!– a las formas más puras de religión?»

El dogma del relativismo

En el nuevo mundo sin dogmas, hay un dogma que se impone, el del relativismo, según el cual todas las opiniones son verdaderas (aunque sean contrapuestas) y, por tanto, todas las religiones son verdaderas (o lo que es lo mismo, si se es lógico, todas son falsas). «Este relativismo, que hoy, como sentimiento fundamental de la persona iluminada se extiende ampliamente incluso dentro de la teología, es el problema más grande de nuestra época», considera Ratzinger. Desde esta perspectiva, la época moderna sería la del fin de las religiones.

«Las religiones, en un mundo históricamente en movimiento, no pueden quedarse simplemente como eran o son. La fe cristiana lleva consigo la herencia de las religiones y, al mismo tiempo, la abre al Logos. La auténtica razón podría conferirle a su más profunda naturaleza una nueva consistencia y, al mismo tiempo, hacer posible esa auténtica síntesis entre racionalidad técnica y religión, que puede lograrse no huyendo en lo irracional, sino sólo a través de la apertura de la razón en toda su auténtica extensión».

Según el cardenal, aquí se encuentran «las grandes tareas del momento histórico presente. Sin duda, la misión cristiana debe comprender las religiones y acogerlas de manera más profunda de lo que ha hecho hasta ahora, pero las religiones, para que siga viviendo lo mejor de ellas, tienen necesidad a su vez de reconocer su carácter de Adviento, que les refiere a Cristo. En este sentido, si seguimos las huellas interculturales en la búsqueda de la verdad, una y común, tendrá lugar algo inesperado».

Esto –explica– ilustra mejor el desafío lanzado por Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio. Citando un artículo publicado por el semanario alemán Die Zeit –en general, alejado de la Iglesia–, el cardenal explica que sin teología y metafísica, el pensamiento se ha hecho «no sólo más libre, sino también más restringido», es más, habla de «abobamiento por incredulidad o falta de fe». Y afirma: «En el momento en que la razón se ha alejado de las cuestiones últimas, se ha hecho indiferente y aburrida, se ha convertido en incapaz de afrontar las cuestiones vitales del bien y del mal, de la muerte y la inmortalidad».

Inculturación

¿Cómo anunciar el cristianismo a personas de cultura en los que éste no ha echado raíces? Éste es otro de los grandes debates de la teología contemporánea. Con frecuencia, se responde a esta pregunta con el confuso término de inculturación. En realidad –constata el cardenal Ratzinger–, «no existe una fe sin cultura y, a excepción de la moderna civilización técnica, no existe una cultura sin religión. Pero sobre todo no se logra comprender cómo dos organismos, en sí mismos totalmente extraños, pueden en un determinado momento convertirse en una totalidad vital, en un trasplante que les mutila a los dos». Ratzinger propone más bien hablar de encuentro de las culturas. «Cuanto más es conforme una cultura a la naturaleza humana, cuanto más elevada es, más aspirará a la verdad, que hasta un cierto momento le había sido cerrada, será capaz de asimilar esa verdad y de ensimismarse en ella». Y añade: «Esto no significa uniformidad; por el contrario, sólo cuando tiene lugar la oposición puede convertirse en complementariedad». Con toda claridad, se expresa así el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: «Ésta es la gran pretensión con la que entró en el mundo la fe cristiana: implica la obligación moral de poner a todos los pueblos en la escuela de Cristo, dado que Él es la verdad en persona y por ello el camino para ser hombres».

Jesús Colina. Roma - Revista Alfa y Omega, Nº 367/11-IX-2003

 

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“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

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Cada día se producen 250 defunciones por aborto en España convirtiéndose en la principal causa de mortalidad en dicho país.

Y es que cuando la principal causa de mortalidad es el aborto, leer escritos de ciudadanos preocupados, exigiendo responsabilidades, por que un perro cachorro ha sido atropellado por un coche, es para ponerse a temblar. ¿Qué está fallando en nuestra sociedad que estamos perdiendo la sensibilidad por la dignidad humana? Estoy en contra del maltrato a los animales, no obstante, no preocuparse por la principal causa de mortalidad humana y si por la muerte de un perro abandonado, demuestra que estamos invirtiendo los valores.  MMVI.

 

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¿Cuántos mosquitos has matado hoy?

¿Cuántos insectos –en las últimas 24 horas- han muerto por utilizar tu automóvil?

¿Cuántos perros, gatos han muerto hoy a causa del ferrocarril?

¿Cuántos pájaros han muerto hoy en las turbinas del avión?

¿Y los animales muertos electrocutados en los cables eléctricos extendidos para  favorecernos con energía y luz?

 

¡Defendamos la vida humana, respetemos la naturaleza pero no invirtamos los valores! Primero el ‘hombre’ y su libertad para el bien, usando la razón. 

 

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También la transfiguración sucede en la contemplación de la creación. Dios ha escrito dos libros: uno es la Escritura, el otro la creación. Uno está hecho de letras y palabras, el otro de cosas. No todos conocen y pueden leer el libro de la Escritura, pero todos, también los iletrados, pueden leer el libro que es la creación. Está abierto de par en par a los ojos de todos.

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Grandeza del Señor y dignidad del hombre - 1. "El hombre (...) se nos revela como el centro de esta empresa. Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo, sino en su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su dignidad, su espíritu, su vida" (Ángelus del 13 de julio de 1969:  L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de julio de 1969, p. 2).

Con estas palabras, en julio de 1969, Pablo VI entregaba a los astronautas norteamericanos a punto de partir hacia la luna el texto del salmo 8, que acaba de resonar aquí, para que entrara en los espacios cósmicos.

En efecto, este himno es una celebración del hombre, una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, una "caña" frágil, para usar una famosa imagen del gran filósofo Blas Pascal (Pensamientos, n. 264). Y, sin embargo, se trata de una "caña pensante" que puede comprender la creación, en cuanto señor de todo lo creado, "coronado" por Dios mismo (cf. Sal 8, 6). Como sucede a menudo en los himnos que exaltan al Creador, el salmo 8 comienza y termina con una solemne antífona dirigida al Señor, cuya magnificencia se manifiesta en todo el universo:  "¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (vv. 2. 10).

2. El cuerpo del canto parece suponer una atmósfera nocturna, con la luna y las estrellas encendidas en el cielo. La primera estrofa del himno (cf. vv. 2-5) está dominada por una confrontación entre Dios, el hombre y el cosmos. En la escena aparece ante todo el Señor, cuya gloria cantan los cielos, pero también los labios de la humanidad. La alabanza que brota espontáneamente de la boca de los niños anula y confunde los discursos presuntuosos de los que niegan a Dios (cf. v. 3). A  estos se les califica de "adversarios", "enemigos" y "rebeldes",  porque  creen  erróneamente que con  su  razón y su acción pueden desafiar y enfrentarse al Creador (cf. Sal 13, 1).

Inmediatamente después se abre el sugestivo escenario de una noche estrellada. Ante ese horizonte infinito, surge la eterna pregunta:  "¿Qué es el hombre?" (Sal 8, 5). La respuesta primera e inmediata habla de nulidad, tanto en relación con la inmensidad de los cielos como, sobre todo, con respecto a la majestad del Creador. En efecto, el cielo, dice el salmista, es "tuyo", "has creado" la luna y las estrellas, que son "obra de tus dedos" (cf. v. 4). Es hermosa esa expresión, que se usa en vez de la más común:  "obra de tus manos" (cf. v. 7):  Dios ha creado estas realidades colosales con la facilidad y la finura de un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las cuerdas.

3. Por eso, la primera reacción es de asombro:  ¿cómo puede Dios "acordarse" y "cuidar" (cf. v. 5) de esta criatura tan frágil y pequeña? Pero he aquí la gran sorpresa:  al hombre, criatura débil, Dios le ha dado una dignidad estupenda:  lo ha hecho poco inferior a los ángeles o, como puede traducirse también el original hebreo, poco inferior a un dios (cf. v. 6).

Entramos, así, en la segunda estrofa del Salmo (cf. vv. 6-10). El hombre es considerado como el lugarteniente regio del mismo Creador. En efecto, Dios lo ha "coronado" como un virrey, destinándolo a un señorío universal:  "Todo lo sometiste bajo sus pies", y el adjetivo "todo" resuena mientras desfilan las diversas criaturas (cf. vv. 7-9). Pero este dominio no se conquista con la capacidad humana, realidad frágil y limitada, ni se obtiene con una victoria sobre Dios, como pretendía el mito griego de Prometeo. Es un dominio que Dios regala:  a las manos frágiles y a menudo egoístas del hombre se confía todo el horizonte de las criaturas, para que conserve su armonía y su belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades.

Como declara la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, "el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por él señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios" (n. 12).

4. Por desgracia, el dominio del hombre, afirmado en el salmo 8, puede ser mal entendido y deformado por el hombre egoísta, que con frecuencia ha actuado más como un tirano loco que como un gobernador sabio e inteligente. El libro de la Sabiduría pone en guardia contra este tipo de desviaciones, cuando precisa que Dios "formó al hombre para que dominase sobre los seres creados (...) y administrase el mundo con santidad y justicia" (Sb 9, 2-3). También Job, aunque en un contexto diverso, recurre a este salmo para recordar sobre todo la debilidad humana, que no merecería tanta atención por parte de Dios:  "¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas?" (Jb 7, 17-18). La historia documenta el mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones ambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.

A diferencia de los seres humanos que humillan a sus semejantes y la creación, Cristo se presenta como el hombre perfecto, "coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios experimentó la muerte para bien de todos" (Hb 2, 9). Reina sobre el  universo con el dominio de paz y de amor que prepara el nuevo mundo, los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 P 3, 13). Más aún, su autoridad regia -como sugiere el autor de la carta a los Hebreos aplicándole el salmo 8- se ejerce a través de la entrega suprema de sí en la muerte "para bien de todos".

Cristo no es un soberano que exige que le sirvan, sino que sirve y se consagra a los demás:  "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 45). De este modo, recapitula en sí "lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).
Desde esta perspectiva cristológica, el salmo 8 revela toda la fuerza de su mensaje y de su esperanza, invitándonos a ejercer nuestra soberanía sobre la creación no con el dominio, sino con el amor. 26.VI.MMII

 

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VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

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Recomendamos: “INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO”*, por Joseph RATZINGER, al día S. S. Benedicto XVI. ¿Qué es el cristianismo? Responder a esta pregunta constituye el objetivo fundamental de este libro. Para ello, nada mejor que centrarse en uno de sus textos fundamentales, el credo, en el que la comunidad cristiana ha sintetizado su fe y a través del cual la proclama cada vez que lo recita. Siendo un texto que se quedó fijado en los albores del cristianismo, se hace necesario, por una parte, entender bien qué se quiso decir y cuáles fueron el contexto y el trasfondo en los que nace. Pero, por otra parte, por ser expresión viva de la fe, ha de ser sometido a una constante reinterpretación, para que sus fórmulas sean inteligibles a los creyentes de cada momento histórico. El equilibrio entre la fidelidad a algo recibido en el seno de la Iglesia y la actualización de su contenido es una exigencia que atañe no sólo a la teología, sino a la vida de la fe de todo creyente. Joseph Ratzinger ha sabido responder a este reto, prestando especial atención a los problemas que la cultura moderna ha planteado a la fe. *Ed. SIGUEME.

Recomendamos: “DIOS Y EL MUNDO Joseph Ratzinger. Ed. Galaxia Gutemberg-

¡Laudetur Iesus Christus!

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).