Thursday 27 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Si Cristo es el día que no conoce ocaso, María es su aurora resplandeciente de belleza.
María, elegida para ser la Madre del Verbo encarnado, es al mismo tiempo la primicia de su obra redentora.
La gracia de Cristo Redentor actuó anticipadamente en ella, preservándola del pecado original y de todo contagio de culpa.
Por eso, María es la "llena de gracia" (Lc 1, 28), como afirma el ángel cuando le lleva el anuncio de su maternidad divina. La mente humana no puede pretender comprender un prodigio y un misterio tan grandes. La fe nos revela que la Inmaculada Concepción de la Virgen es prenda de salvación para toda criatura humana, peregrina en la tierra. La fe nos recuerda también que, en virtud de su singularísima condición, María es nuestro apoyo inquebrantable en la dura lucha contra el pecado y sus consecuencias.

 

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Inmaculada Concepción. Anónimo toledano (siglo XVIII). Parroquia de la Asunción, Lezuza - España

 

«María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente». Palabra del Papa Juan Pablo II, con una carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podrían revolucionar un corazón abierto.

 

 

Concebir a Cristo

 

Por Antonio Orozco-Delclós

 

Parecen, éstas, palabras «inocentes» - «María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente»- y, sin embargo, llevan dentro un carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podría causar un encendimiento de amor en un corazón abierto.

 

El pasado día 7 de diciembre, víspera de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, antes de rezar el Angelus, desde la ventana de su estudio que da a la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II habló del significado del Adviento y pidió a María Inmaculada, que «nos ayude a preparar bien ‘el camino del Señor’, dentro de nosotros y en el mundo». El horizonte del Papa, como el de cualquier fiel cristiano no puede ser otro que éste: «el mundo».

«La entera liturgia de Adviento –añadía el Pontífice- hace eco al Precursor (San Juan Bautista), invitándonos a salir al encuentro de Cristo que viene a salvarnos. Nos preparamos a recordar el nacimiento que tuvo lugar en Belén, hace unos dos mil años; renovamos nuestra fe en su regreso glorioso al final de los tiempos. Nos disponemos al mismo tiempo a reconocerlo presente entre nosotros: El nos visita efectivamente también en las personas y en los acontecimientos cotidianos». La vida ordinaria es el lugar habitual de encuentro con Cristo. «Nuestro modelo y guía –agregó el Papa- en este itinerario característico del Adviento es María, mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente. En Ella, preservada inmaculada de todo pecado y llena de gracia, Dios ha encontrado la ‘tierra buena’ en la que ha depositado la semilla de la nueva humanidad».

Parecen, éstas, palabras «inocentes» - «María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente»- y, sin embargo, llevan dentro un carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podría causar un encendimiento de amor en un corazón abierto.

No siempre concedemos su valor a lo que tenemos, a lo que hay en nuestra mente -«sólo» en nuestra mente-, como si no tuviera consistencia alguna, como si los pensamientos, intuiciones y conceptos tuviesen una existencia ideal no sólo en el sentido incorpóreo o inmaterial, sino también en el sentido de inconsistente, inoperante o transitorio y caduco, de cosa que va y viene, que pasa y se va sin dejar apenas un recuerdo cada día más diluido en el archivo oscuro de la memoria. Quizá el temor de creer –como ciertamente ha sucedido y sucede en la historia del pensamiento- que nuestra mente “crea” la realidad, como si las cosas existieran sólo en la medida en que las conozco y en tanto en cuanto son pensadas, nada más. No, mi pensamiento no crea el mundo, ni a sus pobladores, ni a Dios. Pero conoce, descubre, y vive y crece conociendo y descubriendo. Y conociendo, ama. Y conociendo y amando la persona crece, se enriquece, va siendo «más».

Nuestro crecimiento como personas gravita y en cierto modo determina nuestra vida cotidiana, nuestra vigilia y nuestro sueño, nuestro trabajo y nuestro descanso. Nuestros heroísmos y nuestras vilezas, dependen de lo que conocemos. Ojos que no ven corazón que no siente. No siempre hacemos lo que sabemos bueno y evitamos lo que sabemos malo. A veces, como acontecía al apóstol Pablo «no hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero». Pero si tengo la mente poblada de ideas buenas, de conceptos adecuados a la verdad, la bondad y la belleza, podré elegir y hacer la verdad, lo bueno y lo bello. De lo contrario, no. Si tengo juicios equivocados o confusos, si no sé distinguir el bien del mal, mi conducta, mi vida, podrá irá de mal en peor.

El saber no da por sí solo la virtud (la fortaleza de espíritu, el dominio de sí, la libertad de escoger lo que realmente quiero), pero la facilita. De ahí la importancia de «poblar» bien, de «amueblar» bien, de «formar» bien nuestra cabeza, es decir nuestra «mente» (mens sive animus). Sólo así podré enfilar el camino de la verdad, del bien y de la belleza, en una palabra, de la sabiduría.

De lo que haya en mi mente, depende lo hay en mi corazón, en mis manos, a mi alrededor, en «mi vida». Hay un camino que es verdad y vida, uno solo, muy ancho, polifacético y multiforme, pero uno sólo: Cristo. Él es a la vez Camino, Verdad y Vida: Dios y hombre verdadero. Y, antes de hacerse hombre, envió un ángel a la Virgen María para anunciarle que había sido escogida para ser Madre virginal de Dios Hijo, que en Ella se haría «carne». Es decir, algo «increíble». Pero la Virgen creyó. Acogió en su mente la palabra de Dios que a la vez era el anuncio de que el «Logos» («Palabra» y «Razón», Persona Segunda de la Trinidad) iba a encarnarse en su seno. Por la fe colosal de su capacidad inmensa de recibir con toda humildad, concibe en su mente al «Logos» divino, entiende y concibe mentalmente el misterio de la Encarnación del Verbo. Y por haberlo concebido así en su mente es mucho más bienaventurada que por haberlo engendrado físicamente.

¿No es grandioso esto? ¿No es para detenerse a pensar? Decía que éste no es un pensamiento inventado por Juan Pablo II, contiene una carga de siglos. Tenemos testimonios de que ya en el siglo III se tenía esta idea. Concretamente, Orígenes (185– 254), considerado Padre de la Iglesia, afirma que «El Señor abre en el seno maternal del alma [cristiana], para que sea engendrado el Logos de Dios, y así el alma se haga Madre de Cristo" (Selecta in Genesim, PG 12, 124 C). «¿O no sabes - pregunta Orígenes, como cosa que hubiera de tenerse por sabida - que de la semilla de la palabra de Dios que se siembra nace Cristo en los corazones de los oyentes?" (Homilía sobre el Levítico, 12,1 7). Es una doctrina que de Orígenes pasó por muchos caminos y variantes - San Máximo Confesor, San Agustín, Juan Escoto Eurígena - hasta la mística alemana (cfr. Schmaus, Teología dogmática, t. V, p. 74)".

San Gregorio Nacianceno (330-390) asegura que «cada alma lleva en sí como en un seno materno a Cristo. Si ella no se transforma por una santa vida, no puede llamarse Madre de Cristo. Pero cada vez que tú recibes en ti la palabra de Cristo, y le das forma en tu interior, modelándola en ti como en un seno materno por la meditación, tú puedes llamarte Madre de Cristo" (Sobre el ciego y Zaqueo, 4: PG 59, 605). Otro de los grandes Padres, San Gregorio de Niza, enseñará en resumidas cuentas que «el alma virgen concibe al Verbo y lo entrega al mundo».

En una de una las lecciones de la Liturgia de las Horas, se afirma que «también se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda (análogamente, como María y la Iglesia). Todo lo cual, la misma Sabiduría de Dios, que es Palabra del Padre, lo dice universalmente de la Iglesia, de modo especial de la Virgen María, e individualmente de cada fiel. Por eso dice: Habitaré en la heredad del Señor. La heredad del Señor en su significado universal es la Iglesia, en su significado especial es la virgen María y en su significa individual es también cada alma fiel. Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos» (Beato Isaac, Sermón 51: PL 194, 1862-1863.
1865). Y en otro lugar recoge un texto de San Ambrosio, en el que, al referirse a las palabras de Isabel a María, «dichosa tú que has creído», dice: «Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y proclama sus obras. Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espírítu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando integra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios. / El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María, la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor" (San Ambrosio, Comentario sobre el Evangelio de San Lucas, libro 2, 19, 22-23. 26-27: CCL 14, 39-42; LIT HOR, 21 lect. del 21 de dic.; el texto subrayado lo cita San Josemaría Escrivá en Amigos de Dios, n. 281)

Así, pues, la mente del cristiano es capaz, con la gracia de Dios, por obra del Espíritu Santo, de formar, concebir -«engendrar»- espiritualmente a Cristo en su seno. Es un prodigio que obra el Espíritu en el alma en gracia, enamorada de Dios, que lo asemeja a la Virgen María.

Por eso es tan importante «formar» a Cristo –Verdad, Bondad, Vida, Belleza…- en nuestra mente, para que nuestra vida se conforme con la suya. Tener una idea clara, un concepto claro de Cristo, tener en la mente una imagen cada vez más adecuada de Cristo es vital para el cristiano y para el mundo.

Santo Tomás de Aquino se fija en otra dimensión del misterio que consideramos. Dice que Cristo «tenía una generación eterna y otra temporal, y antepone la eterna a la temporal… Aquellos que hacen la voluntad de mi Padre le alcanzan según la generación celestial (... ). Todo fiel que hace la voluntad del Padre, esto es, que sencillamente le obedece, es hermano de Cristo, porque es semejante a Aquel que cumplió la voluntad del Padre. Pero quien no sólo obedece, sino que convierte a otros, engendra a Cristo en ellos, y de esta manera llega a ser como la Madre de Cristo" (Tomas de A., Comentario sobre S. Mateo, 12, 49-50). La fe, unida a la pureza, a la piedad, a la caridad, nos hace hermanos, padres y madres de Cristo. Tiene más miga de lo que parece lo que decía Jesús muy cerca de su Madre: «quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 50).

Realmente, - Dios es es magnífico, ¡es sorprendente!. Nos lleva de asombro en asombro. El mundo sobrenatural de la gracia desconcierta a nuestros pobres esquemas humanos. Y así, en la Sagrada Escritura, se llama a Cristo "Padre" (San Pablo), se le llama "Hermano"- Primogénito entre muchos hermanos - y se le llama también Hijo: Puer natus est nobis, nos ha nacido un hijo... !, como cantaremos en Navidad.

Es preciso no caer en la tentación de pensar que es excesivo todo esto. Es excesivo según las medidas humanas, pero Dios es mucho más grande y generoso de lo que podemos soñar. Sólo nos pide para obrar grandes prodigios una fe viva, coherente y consecuente, una fe con obras.

Por lo demás, de manera semejante a como la Virgen y San José, no necesitaron otro Hijo, porque en Cristo hallaban tanto la plenitud del cariño filial, como la plenitud de su propia paternidad o maternidad, así tampoco, ningún hombre, ninguna mujer cristiana, necesitan en rigor más hijos que el Hijo de Dios que se hace también Hijo suyo. De ahí que la virginidad y el celibato apostólicos son valores completos que no requieren para plenificar la persona, de la paternidad o la maternidad de la sangre.

Dios nunca deja de sorprendernos, y a quienes sacrifican las tendencias naturales de la sangre, da una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas de las playas. El celibato apostólico capacita para engendrar la vida de Cristo en muchísimas almas. Por eso San José podía llamarse perfectamente y de modo eminente «padre de Jesús», y a Jesús. «hijo de José», «hijo del artesano, del carpintero…». Por lo mismo, dice San Agustín: «A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe o mas que a otro alguno». Y añade: «¿cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad (... ) El Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era el Hijo de Dios» (Sermo 51, 20: PL 38, 351).

Como advierte Fray Luis de León, «Tiene nombre de Hijo Cristo, porque el Hijo nace y porque le es a Cristo tan propio y, como si dijésemos, tan de su gusto el nacer que sólo El nace por cinco diferentes maneras, todas maravillosas y singulares. Nace, según la divinidad eternamente del Padre. Nació de la Madre virgen, según la naturaleza humana, temporalmente. El resucitar, después de muerto, a nueva y gloriosa vida para más no morir, fue otro nacer. Nace en cierta manera en la hostia, cuantas veces en el altar los sacerdotes consagran aquel pan en su cuerpo. Y, últimamente, nace y crece en nosotros mismos... » (En Los nombres de Cristo)

Cuando María entra en casa de Isabel, ésta, inspirada por el Espíritu Santo, exclama: «Dichosa tú que has creído. ¡Bendito el fruto de tu vientre!». En el Ave María, añadimos, con un acto de fe: «¡Jesús!». A cada cristiano que viva a fondo su fe en Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, nacido de María Virgen, habremos de decir: «¡Dichoso tú que has creído!
¡Bendito el fruto de tu mente: Jesús!

 

 

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10 de diciembre 2003
© Antonio Orozco. ESCRITOS ARVO 1980-2003.

 

 

 

 

San Bernardo (1091-1153) abad cisterciense, doctor de la Iglesia
Homilía 4, sobre el “missus est”.

 

“No temas, María...”. - Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no era por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia. Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librado si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida...

No tardes, Virgen María, da tu respuesta. Señora Nuestra, pronuncia esta palabra que la tierra, los abismos y los cielos esperan. Mira: el rey y señor del universo desea tu belleza, desea no con menos ardor tu respuesta. Ha querido suspender a tu respuesta la salvación del mundo . Has encontrado gracia ante de él con tu silencio; ahora él prefiere tu palabra. El mismo, desde las alturas te llama: “Levántate, amada mía, preciosa mía, ven...déjame oír tu voz” (Cant 2,13-14) Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna...

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

“Aquí está la esclava del Señor, -dice la Virgen- hágase en mí según tu palabra.” (Lc 1,38)

 

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miniatura del 1490 - 1500ca.

 

María, antes de concebir corporalmente, concibió en su espíritu

 

De los sermones de San León Magno, papa

  

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.

 

Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condi­ción de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.

 

Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola perso­na, la majestad asume la humildad, el poder la debili­dad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verda­dero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condi­ción. Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.

  

Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a noso­tros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, si no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.

  

Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?

  

Oración

 

Te suplicamos, Señor, que la poderosa intercesión de la Virgen María, en su advocación del monte Carmelo, nos ayude y nos haga llegar hasta Cristo, monte de salvació­n. Que vive y reina contigo.+++

 

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Colocarnos en aquel momento de la historia del mundo: cuando el Verbo se hizo carne. Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre. La historia de la salvación llega a su culmen, y al mismo tiempo comienza en su forma definitiva, cuando la Virgen de Nazaret acepta el anuncio del Ángel y pronuncia las Palabras: "Fiat mihi secundum verbum tuum: Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Se puede decir que en aquel momento fue concebida la Iglesia. Volvemos así al comienzo del misterio. Y en él abrazamos una vez más todo el contenido de la solemnidad de hoy. En él abrazamos todo el pasado de la cristiandad y de la Iglesia, la cual aquí, en Roma, ha encontrado su centro. En él tratamos de abrazar todo el futuro del pontificado, del Pueblo de Dios y de toda la familia humana, porque la familia tiene su comienzo en la voluntad del Padre, pero siempre es concebida con el corazón de la Madre. Con esta fe y esta esperanza, recemos.

 

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Georgia - miniatura el 1000 ca.

 

En la argumentación teológica, los textos de los. Doctores de la Iglesia, si no son al mismo tiempo Padres de la Iglesia, suelen ser citados entre los de los teólogos, si bien su consensus o uniformidad dogmática adquiere un valor mayor cualificado en virtud de la declaración de la Iglesia. Sin embargo, se han de tener siempre en cuenta el estado de la teología en su tiempo y la posible ‘progresión’ del dogma  tanto para interpretarlos fielmente como para juzgar con objetividad su doctrina. Por eso a veces, como en lo que respecta a la Inmaculada Concepción de María, la doctrina negativa de algunos grandes Doctores de la Iglesia (S. Bernardo, S. Buenaventura, S. Tomás) ya no puede ser mantenida hoy sin caer en herejía.

 

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"Alégrate, María, llena de gracia,

el Señor está contigo" (Lc 1, 28).


Con estas palabras del arcángel Gabriel, nos dirigimos a la Virgen María muchas veces al día. Las repetimos hoy con ferviente alegría, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, recordando el 8 de diciembre de 1854, cuando el beato Pío IX proclamó este admirable dogma de la fe católica precisamente en esta basílica vaticana.

Saludo cordialmente a cuantos han venido hoy aquí, en particular a los representantes de las Sociedades mariológicas nacionales, que han participado en el Congreso mariológico y mariano internacional, organizado por la Academia mariana pontificia.

Amadísimos hermanos y hermanas, os saludo también a todos vosotros aquí presentes, que habéis venido a rendir homenaje filial a la Virgen Inmaculada. De modo especial, saludo al señor cardenal Camillo Ruini, al que renuevo mi más cordial felicitación por su jubileo sacerdotal, expresándole toda mi gratitud por el servicio que, con generosa entrega, ha prestado y sigue prestando a la Iglesia como mi vicario general para la diócesis de Roma y como presidente de la Conferencia episcopal italiana.

2. ¡Cuán grande es el misterio de la Inmaculada Concepción, que nos presenta la liturgia de hoy!
Un misterio que no cesa de atraer la contemplación de los creyentes e inspira la reflexión de los teólogos. El tema del Congreso que acabo de recordar -"María de Nazaret acoge al Hijo de Dios en la historia"- ha favorecido una profundización de la doctrina de la concepción inmaculada de María como presupuesto para la acogida en su seno virginal del Verbo de Dios encarnado, Salvador del género humano.

"Llena de gracia",  "6gP"D4JTµXel nombre con el que Dios, a través de su mensajero, quiso calificar a la Virgen. De este modo la pensó y vio desde siempre, ab aeterno.

3. En el himno de la carta a los Efesios, que se acaba de proclamar, el Apóstol alaba a Dios Padre porque "nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales" (Ef 1, 3).
¡Con qué especialísima bendición Dios se ha dirigido a María desde el inicio de los tiempos! ¡Verdaderamente bendita, María, entre todas las mujeres! (cf. Lc, 1, 42).

El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada ante él por el amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5).

4. La predestinación de María, como la de cada uno de nosotros, está relacionada con la predestinación del Hijo. Cristo es la "estirpe" que "pisaría la cabeza" de la antigua serpiente, según el libro del Génesis (cf. Gn 3, 15); es el Cordero "sin mancha" (cf. Ex 12, 5; 1 P 1, 19), inmolado para redimir a la humanidad del pecado.

En previsión de la muerte salvífica de él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de todo otro pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. Así, la Inmaculada es signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a Satanás en virtud de la sangre del Cordero (cf. Ap 12, 11).

5. Contemplamos hoy a la humilde joven de Nazaret, santa e inmaculada ante Dios por el amor (cf. Ef 1, 4), el "amor" que, en su fuente originaria, es Dios mismo, uno y trino.

¡La Inmaculada Concepción de la Madre del Redentor es obra sublime de la santísima Trinidad! Pío IX, en la bula Ineffabilis Deus, recuerda que el Omnipotente estableció "con el mismo decreto el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría" (Pii IX Pontificis Maximi Acta, Pars prima, p. 559).

El "sí" de la Virgen al anuncio del ángel se sitúa en lo concreto de nuestra condición terrena, como humilde obsequio a la voluntad divina de salvar a la humanidad, no de la historia, sino en la historia. En efecto, preservada inmune de toda mancha de pecado original, la "nueva Eva" se benefició de modo singular de la obra de Cristo como perfectísimo Mediador y Redentor. Ella, la primera redimida por su Hijo, partícipe en plenitud de su santidad, ya es lo que toda la Iglesia desea y espera ser. Es el icono escatológico de la Iglesia.

6. Por eso la Inmaculada, que es "comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura" (Prefacio), precede siempre al pueblo de Dios en la peregrinación de la fe hacia el reino de los cielos (cf. 
Lumen gentium, 58; Redemptoris Mater, 2).

En la concepción inmaculada de María la Iglesia ve proyectarse, anticipada en su miembro más noble, la gracia salvadora de la Pascua.

En el acontecimiento de la Encarnación encuentra indisolublemente unidos al Hijo y a la Madre:  "Al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer "fiat" de la nueva alianza, prefigura su condición de esposa y madre" (
Redemptoris Mater, 1).

7. A ti, Virgen inmaculada, predestinada por Dios sobre toda otra criatura como abogada de gracia y modelo de santidad para su pueblo, te renuevo hoy, de modo especial, la consagración de toda la Iglesia.

Guía
tú a sus hijos en la peregrinación de la fe, haciéndolos cada vez más obedientes y fieles a la palabra de Dios
.

Acompaña tú a todos los cristianos por el camino de la conversión y de la santidad, en la lucha contra el pecado y en la búsqueda de la verdadera belleza, que es siempre huella y reflejo de la Belleza divina.

Obtén tú, una vez más, paz y salvación para todas las gentes. El Padre eterno, que te escogió para ser la Madre inmaculada del Redentor, renueve también en nuestro tiempo, por medio de ti, las maravillas de su amor misericordioso.
Amén.

 

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El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. En efecto, ante Él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia. Él es « el que vive » (Ap 1, 18), « Aquél que es, que era y que va a venir » (Ap 1, 4). Ante Él debe doblarse toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua debe proclamar que Él es el Señor (cf. Flp 2, 10-11). Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida.(1)

Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre, a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. La encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana.

 

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“Él ha dado el fruto abundante”

 

San Amadeo de Lausana, Suiza (1108- 1159), cisterciense, después obispo. Homilía VI; SC 72


El ha caído en tierra y ha muerto y ha dado mucho fruto (Jn 12,24). Se ha dejado caer como una semilla para recolectar en la siega al género humano. ¡Dichoso el seno de María donde la misma semilla ha tomado raíz! Dichosa ella a quien se ha dicho: “Tu seno es como un montón de trigo, rodeado de licor”(Ct 7, 3). ¿No es como un montón de trigo, el seno de la Virgen, dilatado bajo la acción del que ha caído en él, y dónde ha levantado toda la siega de los rescatados? Si, nosotros mismos muertos al pecado, renacemos en Cristo en la fuente bautismal por el baño de la regeneración, a fin de vivir en el que ha muerto por todos. También el apóstol dice: “Vosotros todos que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo”(Gal 3, 27). De un solo grano vienen por tanto numerosas cosechas, de un grano salido del seno de la Virgen María.

El es llamado “montón” de trigo, no tanto a causa del nombre de los rescatados, sino a causa de la fuerza de esta semilla, por la eficacia del sembrador, más bien que por la abundancia de aquellos que cosechan. ¡Es tú Hijo, María! El es el que por ti ha resucitado de los muertos y en tu carne ha subido por encima de los cielos, para llenar todas las cosas. Tú estás en posesión de la alegría, oh Bienaventurada; tú has recibido en herencia el objeto de tu deseo, la corona de tu cabeza... Alégrate y sé dichosa, pues ha resucitado el que es tu gloria. Tú te alegras de su concepción, Tú has sido afligida en su Pasión. Tú te alegras de su resurrección ahora. Nadie te quitará tu alegría, pues Cristo resucitado no muere más, la muerte no tiene dominio sobre Él (Rm 6, 9).

 

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Mención de la Virgen María en un exorcismo

 

En la instrucción de la beatificación de San Francisco de Sales, declaró como testigo una de las religiosas que le conoció en el primer monasterio de la Visitación de Annecy. Refirió que en una ocasión llevaron ante el obispo de Ginebra (Monseñor Carlos Augusto de Sales, sobrino y sucesor de San Francisco en la sede episcopal) a un hombre joven que, desde hacía cinco años, estaba poseído por el demonio, con el fin de practicarle un exorcismo. Los interrogatorios al poseso se hicieron junto a los restos mortales de San Francisco. Durante una de las sesiones, el demonio exclamó lleno de furia: "¿Por qué he de salir?". Estaba presente una religiosa de las Madres de la Visitación, que al oírle, asustada quizá por el furor demoníaco de la exclamación, invocó a la Virgen: "¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros...". Al oír esas palabras -prosiguió la monja en su declaración- el demonio gritó más fuerte: "¡María, María! ¡Para mí no hay María! ¡No pronunciéis ese nombre, que me hace estremecer! ¡Si hubiera una María para mí, como la que hay para vosotros, yo no sería lo que soy! Pero para mí no hay María". Sobrecogidos por la escena, algunos de los que estaban presentes rompieron a llorar. El demonio continuó: "¡Si yo tuviese un instante de los muchos que vosotros perdéis…! ¡Un solo instante y una María, y yo no sería un demonio!". (Tomado de Federico Suárez, "La pasión de Nuestro Señor Jesucristo", pág. 219-221).

 

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La solemnidad de la Inmaculada Concepción tiene como telón de fondo el cuadro bíblico de la Anunciación, en la que resuena el arcano saludo del ángel: «Dios te salve, llena de gracia; el Señor está contigo» (Lc 1, 28).

«Llena de gracia». María, como Dios la pensó y quiso desde siempre en su inescrutable designio, es una criatura totalmente colmada del amor divino, toda bondad, toda belleza y toda santidad.

2. «El hombre mira las apariencias; el Señor mira el corazón» (1 S 16, 7). Y el corazón de María está totalmente orientado hacia el cumplimiento de la voluntad divina. Por esto, la Virgen es el modelo de la espera y de la esperanza cristiana.

Contemplando la escena bíblica de la Anunciación, comprendemos por qué el mensaje divino no encuentra a María impreparada, sino, por el contrario, ain vigilante en la espera, recogida en un silencio profundo, en el que resuenan las promesas de los profetas de Israel, especialmente el famoso oráculo mesiánico de Isaías: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 14).

En su corazón no hay ni sombra de egoísmo: no desea nada para sí, sino sólo la gloria de Dios y la salvación de los hombres. El mismo privilegio de ser preservada del pecado original no constituye para ella un título de gloria, sino de servicio total a la misión redentora de su Hijo.

 

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Contemplamos hoy a la humilde joven de Nazaret preservada, con privilegio extraordinario e inefable, del contagio del pecado original y de toda culpa, para poder ser digna morada del Verbo encarnado.

En María, nueva Eva, Madre del nuevo Adán, el originario y admirable designio de amor del Padre se restablece de modo más admirable aún. Por eso, la Iglesia aclama con gratitud:  "Por ti, Virgen inmaculada, hemos recobrado la vida que habíamos perdido, ya que diste a luz para el mundo al Salvador que habías recibido del cielo" (Liturgia de la Horas, memoria de Santa María en sábado, antífona del Benedictus).

2. La liturgia de hoy nos vuelve a proponer el relato evangélico de la Anunciación. La Virgen, respondiendo al ángel, proclama:  "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). María manifiesta su consentimiento total de mente y de corazón a la divina y arcana voluntad, y se dispone a acoger, primero en la fe y después en su seno virginal, al Hijo de Dios.
"He aquí". Su pronta adhesión a la voluntad divina constituye un modelo para todos nosotros, creyentes, a fin de que tanto en los grandes acontecimientos como en los hechos ordinarios nos encomendemos totalmente al Señor.

Con el testimonio de su vida, María nos anima a creer en el cumplimiento de las promesas divinas. Nos invita al espíritu de humildad, actitud interior propia de la criatura hacia su Creador; nos exhorta a poner nuestra esperanza segura en Cristo, que realiza plenamente el designio salvífico, incluso cuando los acontecimientos parecen oscuros y son difíciles de aceptar. Como Estrella resplandeciente, María guía nuestros pasos hacia el encuentro con el Señor que viene.

 

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La Inmaculada Concepción - Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:

... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).

Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"), la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

 

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La maternidad divina de María

 

Llamada en los Evangelios "la Madre de Jesús"(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios ["Theotokos"] (cf. DS 251).

La virginidad de María

Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, ...Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato ... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente" (Smyrn. 1-2).

Los relatos evangélicos (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38) presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas (cf. Lc 1, 34): "Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo" (Is 7, 14 según la traducción griega de Mt 1, 23).

A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32, 69; entre otros); no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo que reúne entre sí los misterios" (DS 3016), dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios" (Eph. 19, 1;cf. 1 Co 2, 8).

María, la "siempre Virgen"

La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de disminuir consagró la integridad virginal" de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como ", la "siempre-virgen" (cf. LG 52).

A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cf. Mc 3, 31-55; 6, 3; 1 Co 9, 5; Ga 1, 19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús" (Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cf. Mt 27, 56) que se designa de manera significativa como "la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cf. Gn 13, 8; 14, 16;29, 15; etc.).

Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende (cf. Jn 19, 26-27; Ap 12, 17) a todos los hombres a los cuales, El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre" (LG 63).

La maternidad virginal de María en el designio de Dios

La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres.

La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios (cf. Lc 2, 48-49). "La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre ...; consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestras humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas" (Cc. Friul en el año 796: DS 619).

Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque El es el Nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45) que inaugura la nueva creación: "El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" (1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu sin medida" (Jn 3, 34). De "su plenitud", cabeza de la humanidad redimida (cf Col 1, 18), "hemos recibido todos gracia por gracia" (Jn 1, 16).

Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe "¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34;cf. Jn 3, 9). La participación en la vida divina no nace "de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios (cf. 2 Co 11, 2) se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.

María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe "no adulterada por duda alguna" (LG 63) y de su entrega total a la voluntad de Dios (cf. 1 Co 7, 34-35). Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo" (S. Agustín, virg. 3).

María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia (cf. LG 63): "La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo" (LG 64).

 

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La devoción mariana en la primitiva Iglesia

 

Lucas F. Mateo-Seco

Sumario

 

1. Introducción.- 2. Visión general de los testimonios históricos: a) Los primeros testimonios patrísticos; b) La edad de oro de la Patrística; c) Tras el Concilio de Éfeso.- 3. El Sub tuum praesidium y el himno "Akathistos".- 4. Las primeras fiestas marianas: Los primeros sermones marianos; a) Homilía de Proclo de Cízico o de Constantinopla; b) Los sermones de Teodoto de Ancira y Acacio de Melitene; c) El Sermón de san Cirilo; d) Los sermones de Pablo de Emesa en Alejandría.

 

1. Introducción


Sobre el tema propuesto a nuestro estudio --la devoción a Santa María en los siete primeros siglos de la vida de Iglesia--, existe una documentación espléndida, amplísima y solvente. Baste recordar que se le han dedicado a este asunto dos Congresos Mariológicos Internacionales, el celebrado en Lisboa en 1967 y el celebrado en Croacia en 1971. Las actas de ambos congresos ocupan diez volúmenes(1). El estudioso encuentra, pues, a su disposición un magnífico material para reflexionar sobre él. Súmase a esto la afluencia de datos que encontramos en los grandes enquiridions marianos y los artículos de las grandes enciclopedias(2).

Por nuestra parte, intentaremos dar una visión lo más concreta y amplia posible de culto y devoción a Santa María en los fecundos siete primeros siglos de la vida de la Iglesia, presentando cuatro muestras significativas para deducir de ellas cómo fue la devoción a Santa María en este extenso período.

Las cuatro muestras elegidas son las siguientes:

1ª) Una visión general de los testimonios históricos de la devoción a la Virgen;

2ª) Análisis de dos de las oraciones más universales, el Sub tuum praesidium y el himno akathistos;

3ª) Una visión general del nacimiento de las primeras fiestas marianas;

4ª) Análisis de algunos de los primeros sermones marianos que se conservan y con los cuales se alimentaba la piedad popular.


2. Visión general de los testimonios históricos


Ya en los Evangelios la figura de la Virgen, discretamente presente, está rodeada de veneración. En estos pasajes, sobre todo en los relatos lucanos de la infancia del Señor y en la narración joánica de la presencia de Santa María al pie de la Cruz, se manifiesta una gran veneración hacia la Madre de Jesús y se encuentra descrita ya y como en germen, la veneración que le profesará el pueblo cristiano a lo largo de los siglos.

 

a) Los primeros testimonios patrísticos


Los testimonios patrísticos sobre la Virgen comienzan ya en el mismo San Ignacio de Antioquía (+ ca. 110). Ignacio considera a Santa María en su carácter de Madre de Jesús y en el papel que su maternidad juega en la historia de la salvación. Esta maternidad es realzada, sobre todo, en la realidad de su facticidad frente a los gnósticos. Son conmovedores los textos en que Ignacio insiste en que Jesús ha nacido de (ex) Dios y de María(3).

Desde un primer momento la Virgen aparece cercana no sólo por su maternidad sobre el Señor, sino también por su intervención en la historia de la salvación. Buen testimonio de ellos es San Justino (+ 165). San Justino es el primero en dar testimonio del paralelismo Eva-María, de forma que la maternidad de Santa María sobre los creyentes comienza a abrirse camino en forma explícita en la conciencia de los cristianos(4). Ireneo de Lyón otorga forma extensa a este paralelismo, insistiendo en que Santa María es causa de salvación para sí misma y para todo el género humano(5). Ireneo llama también a María abogada de Eva(6). Los mariólogos advierten con razón que estos textos ireneanos son de gran importancia(7). Tienen importancia desde el punto de la doctrina mariológica, y son de suma relevancia en el tema que estamos tratando. Estos textos y muchos otros del mismo tenor se encuentran en la base de la piedad cristiana hacia Santa María a la que comienza a acudir con confianza, precisamente por su característica de abogada e intercesora.


En este itinerario del apoyo teológico a la piedad popular hacia Santa María destaca Orígenes con rasgos propios (+ 253); su teología rodea de cariño y devoción a Santa María y ha atraído la atención de grandes mariólogos(8). Orígenes otorga gran importancia a la virginidad de Santa María y la presenta a las vírgenes como modelo a seguir. Ella recibió al Verbo en su seno; nosotros debemos recibir al Verbo en nuestra alma. Precisamente al presentar al evangelista San Juan como ejemplo de penetración espiritual de la Escritura, Orígenes afirma que sólo puede captar el sentido espiritual de la Escritura aquél que, como Juan, ha reposado su cabeza sobre el pecho de Jesús, aquél que, como Juan, ha recibido a María como Madre(9). Orígenes entiende que Juan recibe a María como Madre, por su parecido con Jesús; de ahí que entienda también que todo hombre que se asemeja a Cristo se convierte en hijo de María.


Se trata de expresiones mariológicas que merecen una gran atención a la hora de pensar en la devoción a María en los primeros siglos. Laa imagen que llega de Ella a los primeros cristianos a través de los Padres es la de una mujer sencilla y santa, Madre de Jesús, fuertemente implicada en la historia de la salvación, abogada incluso de Eva, ejemplo para las vírgenes, Madre de Cristo y de quienes se asimilan a él. Todo esto insinúa que ya a mediados del siglo III, al menos en Alejandría, se encontraba extendida la devoción a Santa María y la costumbre de invocarla con el título de Theotokos.


El testimonio más impresionante se encuentra en la oración Sub tuum praesidium, que consideraremos inmediatamente. El historiador Sócrates ofrece un dato verdaderamente interesante en torno a Orígenes. Según Sócrates, Orígenes habría explicado el significado del título Theotokos en su primer tomo de comentarios a la Carta de San Pablo a los Romanos(10). Se trata de un título mariano bien preciso y que será como una bandera discutida en los aledaños de Éfeso. Parece ser que Orígenes se habría sentido en la necesidad de explicar bien este título, por la gran difusión que había adquirido entre el pueblo cristiano la costumbre de invocar a Santa María como Madre de Dios.


Los escritos apócrifos recogen un amplio panorama de creencias populares y, sobre todo, constituyen un testimonio de la piedad popular de grandes sectores cristianos. Son notables las descripciones de la virginidad de Santa María en la Ascensión de Isaías (siglo I), Las Odas de Salomón (siglo II) y Los oráculos sibilinos (siglos II-III). Todos ellos destacan la virginidad de Santa María. El Protoevangelio de Santiago habla ya de la vida de oración y de la santidad de la Virgen. La Asunción de María es largamente tratada en el Transitus Mariae (siglos III-IV)(11). Recientemente se ha mostrado cómo el influjo de este apócrifo llega hasta la escinificación del misterio de Elche(12).

 

b) La edad de oro de la Patrística


A partir del siglo IV se comienzan a encontrar ya testimonios de panegíricos que exaltan, sobre todo, la maternidad de Santa María. Por esta fechas, como veremos inmediatamente, comienzan los testimonios en torno a las festividades marianas en los diversos ritos. Comienzan también los testimonios de la invocación a Santa María. San Gregorio de Nacianzo cuenta que una virgen invoca a Santa María en el trance de perder su virginidad, y es auxiliada(13). San Gregorio de Nisa habla con naturalidad de una aparición de la Virgen a San Gregorio Taumaturgo (+ 270)(14).

Dos son los títulos marianos que se destacan en este claro movimiento espiritual: Virgen y Madre. El título de Madre invita a refugiarse en su misericordia inagotable, como se expresa en el Sub tuum praesidium. Juliano el Apóstata reprocha a los cristianos el que estén constantemente invocando a María como Theotokos(15). El título de Virgen invita a las vírgenes a tomarla como modelo. La piedad mariana recibe un fortísimo impulso con el florecimiento espiritual del siglo IV y, especialmente, con la vida monacal. San Atanasio pone en boca de su predecesor Alejandro de Alejandría (+ 328) esta exhortación a las vírgenes: «Tenéis, además, el estilo de vida de María, que es modelo e imagen de la vida propia de los cielos»(16).

Tras Nicea (a. 325) con su definición de la consustancialidad del Verbo con el Padre, se destaca aún más la dignidad de la Maternidad de Santa María. El pueblo cristiano la invoca como intercesora y como Theotokos llena de misericordia. El misterio de Cristo aparece cada vez más relacionado indisolublemente con el misterio de Santa María. La unidad de Cristo se refleja en la firmeza con que se confiesa la Theotokos. Esto explica la honda conmoción que sienten los ambientes monacales alejandrinos cuando llega la noticia de que Nestorio niega que Santa María sea Madre de Dios(17).

Entre los Padres orientales destaca por sLi influencia San Efrén (+ 473) y sus hermosos himnos dedicados a la Santa Madre de Dios. Se trata, quizás, del teólogo que más ha llegado a amplios sectores populares precisamente por influencia de sus himnos en la liturgia. Todo el Oriente vibra en este siglo con la devoción a Santa María. La mariología alcanza un gran esplendor. Baste recordar a los tres grandes Capadocios, a Cirilo de Jerusalén (+ 38) o a Epifanio de Salamina (+ 403).

Menos generosos en elogios y en alabanzas a Santa María se muestran los antioquenos. Destaca entre ellos San Juan Cristóstomo (+ 407) en el que encontramos expuesto con fuerza el paralelismo Eva-María y la maternidad virginal, aunque nunca utilice el término theotokos.


Entre los latinos destacan fundamentalmente San Ambrosio (+ 397), San Jerónimo (+ 419) y San Agustín (+ 430). También aquí se encuentra un gran desarrollo de la doctrina mariana en todos sus temas claves y de una forma simétrica al Oriente. Ambrosio subraya como Atanasio la importancia de la virginidad de Santa María para la espiritualidad cristiana y, en especial, para la espiritualidad monacal; San Jerónimo la presenta como ejemplo de virtud y llama madre especialmente de las vírgenes(18); San Agustín destaca la santidad personal de María y su relación con la Iglesia. Puede decirse que desde Nicea hasta Éfeso la devoción a Santa María se encuentra en aumento y extensión constante. La reacción del pueblo cristiano ante la negación nestoriana de la maternidad divina es buena prueba de la sensibilidad ya existente en torno a las cosas que miran a la veneración de la Santa Madre de Dios.


c) Tras el Concilio de Éfeso


El escándalo que conduce a Éfeso es bien conocido, así como los acontecimientos traumáticos que le acompañan. El escándalo comienza en Constantinopla el a. 428 con ocasión de un Sermón de Proclo en honor de Santa María en el que la aclama como Theotokos y con la reacción de Nestorio rechazando este título mariano. Con respecto a la devoción mariana son bien elocuentes tanto la correspondencia que se cruza entre los principales actores, como los sermones. Basta repasar las actas del Concilio de Éfeso y los Sermones allí pronunciados para palpar cómo el pueblo estaba implicado en estas disputas teológicas y cómo sentía que con la negación de la Theotokos se estaba lesionando la principal razón de su devoción a Santa María.


La cuestión central de Efeso no era mariológica, sino cristológica: la unidad de Cristo. En el terreno mariológico, el Concilio de Éfeso no ha añadido nada a lo que ya se creía universalmente por el pueblo cristiano: que santa María es Madre de Dios. Sin embargo, la solemne afirmación de la maternidad de Santa María hecha por Éfeso no sólo reafirmaba la unidad de Cristo, sino que abría una nueva etapa en la piedad mariana y en los perfiles más característicos de la vida cristiana. En efecto, desde la conciencia refleja de la dignidad maternal de Santa María, el pueblo cristiano --incluidos los obispos-- captaron mejor no sólo el honor que se debe a María, sino su papel único en la historia de la salvación y su excelso poder de intercesión. Como observa Toniolo citando las homilías de Proclo y de Basilio de Seleucia, se llegó así a formular con conciencia refleja el carácter de un culto de hiperdulía a la Virgen, tras comprender su dignidad y su singular poder como Madre de Dios(19).


Los cristianos de Constantinopla, Alejandría y Éfeso vivieron estos acontecimientos con un gran fervor, como se desprende de los sermones y de la correspondencia epistolar que se cruza entre los principales actores. Es posible que ya al final de estos sucesos, hombres de Iglesia como Proclo, Pablo de Emesa o Cirilo tuviesen algún atisbo de la importancia que su lucha teológica iba a tener en el desarrollo ulterior de la Iglesia y en la piedad popular mariana. Se comprende su alegría exultante al final del Concilio. Su espíritu sigue estando presente aún entre nosotros que nos encontramos al final ya al comienzo del tercer milenio.


Tras Éfeso, la devoción a Santa María crece por la liturgia que comienza a llenarse de fiestas marianas, las iglesias dedicadas a Santa María y a su maternidad y las homilías marianas. En cada uno de estos campos la abundancia de datos es enorme. Tras Éfeso, el entusiasmo de los oradores de Constantinopla no tiene límites. Ellos exaltan la maternidad divina. También exaltan la virginidad de Santa María, su poder de intercesión, su realeza, su mediación. Es la época del surgimiento del himno Akathistos --a finales del s. V o principios del VI-- y de las grandes homilías marianas como las de Germán de Constantinopla (+ 733). Con San Juan Damasceno (+749) en Oriente e Ildefonso de Toledo (+ 667) en Occidente la devoción a Santa María se manifiesta ya incluso como consagración a Santa María. También en Occidente se vive con fervor la devoción a Santa María. Citemos como nombres gloriosos y cercanos a San Leandro de Sevilla (+ 599) que insiste en Santa María como cumbre y modelo de la virginidad, o a San Isidoro de Sevilla y su influencia en la liturgia mozárabe(20), o San Ildefonso de Toledo y su doctrina en torno al "servicio" a Santa María, es decir, el esbozo de 1as grandes líneas de la esclavitud mariana(21).


3. La oración «Sub tuum praesidium» y el himno «akathistos»


La oración Sub tuum praesidium es un testimonio entrañable, quizás el más antiguo y el más importante en torno a la devoción a Santa María. Me refiero a la oración «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios ...». Se trata de un tropario (himno bizantino) que llega hasta nosotros lleno de juventud. Es quizás el texto más antiguo en que se llama Theotokos a la Virgen, e indiscutiblemente es la primera vez que este término aparece en un contexto oracional e invocativo.

G. Giamberardini en un documentado estudio ha mostrado la presencia del tropario en los más diversos ritos y las diversas variantes que encuentra, incluso en la liturgia latina(22). La universalidad de esta antífona hace pensar que ya a mediados del siglo III era usual invocar a Santa María como Theotokos, y que los teólogos, como Orígenes, comenzaron a prestarle atención, precisamente por la importancia que iba adquiriendo en la piedad popular. Simultáneamente esta invocación habría sido introducida en la liturgia.


En el rito romano, su presencia está ya testimoniada en el Liber Responsalis, atribuido a San Gregorio Magno y es copiado en el siglo IX en la siguiente forma: "Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix". Algunos manuscritos de los siglos X y XI, presentan unas deliciosas variantes de esta oración, manteniendo intacta la expresión Santa Dei Genitrix, en estricta fidelidad a la Theotokos del texto griego. Helas aquí:

«Sub tuis visceribus confugimus, Dei Genitrix, semper Virgo Maria" ; " Sub tuis visceribus confugio, Sancta Dei Genitrix"; "Sub tuis visceribus confugimus, Sancta Dei Genitrix"»(23).

Y en el rito ambrosiano: «"Sub tuam misericordiam confugimus, Dei Genitrix"»(24).


Se trata de traducciones fidelísimas del texto griego, tal y como aparece en el rito bizantino, en el que se utiliza la palabra griega eysplagknían, para referirse a las entrañas misericordiosas de la Madre de Dios(25). La consideración de la inmensa capacidad de las entrañas maternales de la Madre de Dios está en la base de la piedad popular que tanta importancia dio al título Theotokos para designar a la Madre de Jesús. Y quizás como lo más importante sea el hecho de que el testimonio del Sub tuum praesidium levanta en el mariólogo la sospecha de que el título Theotokos se origina a mediados del siglo III en la piedad popular como invocación a las entrañas maternales de Aquella que llevó en su seno a Dios y que, por esta razón, debe estar dotada de unas entrañas maternalmente inagotables. Esta vez, quizás, la piedad popular fue por delante de la Teología. Al menos, es muy verosimil que así fuese.


Esa piedad popular alcanza una de sus manifestaciones más hermosas en el himno Akathistos. Como su propio nombre indica es el himno que se canta de pie. Con este nombre de repertorio que sustituyó al título original la iglesia de oriente quiso hacer suyo este himno considerándolo como expresión privilegiada de su piedad mariana y cantándolo entero de pie en señal externa de atención reverente (26). Es un himno de acción de gracias, que en el rito bizantino tiene su fiesta propia.

He aquí cómo describe el Sinaxario esta fiesta de acción de gracias: «Celebramos esta fiesta en recuerdo de las prodigiosas intervenciones de la inmaculada madre de Dios. Este himno fue llamado Akáthistos como privado de espacio para sentarse, ya que todo el pueblo estuvo toda la noche entera cantando en pie este himno a la madre de Dios; y mientras que en todas las demás estrofas se acostumbra a estar sentados, en ésta de la madre divina todos nos ponemos de pie para escucharla»(27).


El himno está dividido en dos partes. La primera, estancias 1-12, está dedicada al misterio de Cristo; la segunda, estancias 13-24 propone la teología antigua en torno a Santa María: las seis primeras estancias (13-18) de esta parte la contemplan sumergida en el misterio de Cristo, mientras que las seis últimas la celebran presente en el misterio de la Iglesia. He aquí algún ejemplo del estilo y fervor del canto, tomada de la parte final:

«Ensalzando tu parto, el universo te canta como templo viviente, oh Theotokos. Ave, oh tienda del Verbo de Dios. Ave, tú, arca dorada por el Espíritu. Ave tú, noble honor de los sacerdotes. Ave, tú eres para la Iglesia como torre esbelta. Ave, por ti levantamos trofeos; ave, por ti caen vencidos los enemigos. Ave tú, medicina de mis miembros; ave, salvación de mi alma. Ave esposa inviolada. Oh Madre que debe ser alabada con toda clase de alabanzas, que diste a luz al Verbo más santo que todos los santos, al recibir ahora esta ofrenda, líbranos a todos de toda calamidad, y redime del suplicio futuro a los que te aclaman. Aleluia»(28).


El Akáthistos es calificado con justicia como el himno más hermoso de toda la Antigüedad y como la primera síntesis de la doctrina mariana. En él piedad popular y doctrina teológica encuentran una magnífica armonía.


4. Las primeras fiestas marianas: los primeros sermones marianos


De entre estos sermones que alimentan la piedad popular he elegido algunos significativos. En ellos se refleja cómo era la piedad popular; se refleja, sobre todo, en qué forma se dirigían los pastores a sus fieles para ser entendidos por ellos. He elegido un sermón típico de finales del siglo IV o principios del siglo V, y tres sermones pronunciados durante el concilio de Éfeso.


El "Sermo de Annuntiatione Domini"


Este Sermón está colocado en la edición de Migne entre los que se atribuyen a san Juan Crisóstomo. René Laurentin opina que puede atribuirse a Gregorio de Nisa(29). La misma crítica interna muestra convincentemente su coincidencia con puntos personalísimos de la teología nisena. S. Alvarez Campos lo ofrece entre los ssermones nisenos, aunque advirtiendo que puede ser interpolado(30). El P. Aldama también lo atribuye al Niseno, y se da como probable fecha de la predicación los años 370-378, quizás un domingo anterior a la fiesta de Navidad(31). A nosotros nos interesa, sobre todo, su estilo literario, como exponente de los rasgos humanos de la piedad popular mariana de esos años.

La estructura del sermón es sencilla y bien fácil de seguir. Todo el sermón no es más que parafrasear el relato lucano de la anunciación. He aquí unos ejemplos:

«En el mes sexto tras la concepción del Precursor es enviado Gabriel por el Verbo, "Sol de Justicia", a anunciar a Santa María el misterio de la Encarnación: "Ve --dice el Verbo a Gabriel-- a la ciudad de Galilea, a Nazaret, a la virgen María, a la que está casa con el obrero José (téktoni), pues, que soy obrero (tekton) de toda criatura, me he desposado esta virgen para la salvación de los hombres. Anúnciale a Ella mi venida sin tumulto, no sea que se turbe, si no lo sabe por carecer de anuncio. Enséñale a Ella mi amor al hombre, por el cual quiero salir de Ella al mundo como hombre, para que, al conocer previamente el designio divino, no se turbe al observar su gravidez (...) Realiza ya tu misión, pues me encontrarás ya allí donde te envío; allí te precederé, permaneciendo aquí.


"Yo marcho hacia Ella ante ti y contigo. Lleva tú el anuncio de mi venida y yo, presente invisiblemente, sellaré tu anuncio con los hechos. Pues quiero renovar al género humano en el seno virginal; quiero en forma atemperada al hombre amasar de nuevo la imagen que modelé; quiero curar con una nueva modelación la vieja imagen hecha pedazos. Modelé de tierra virgen al primer hombre a quien el diablo, agarrándolo, lo arrastró y lo hundió como enemigo y pateó mi imagen caída. Quiero ahora hacerme para mí de tierra virgen un nuevo Adán para que la naturaleza se defienda a sí misma en forma congruente, y sea coronada con justicia por aquel que la abatió, y el enemigo sea avergonzado razonablemente»(32).


El texto citado, a pesar de su aparente ingenuidad, entraña un gran pensamiento teológico enraizado en la gran tradición mariológica. Resuena en estos párrafos la teología ireneana del nuevo Adán, hecho de tierra virgen --el seno de Santa María--, como el primer Adán fue modelado de la tierra virgen. Resuenan la imagen de Dios deteriorada por la instigación del diablo y restaurada por la misma humanidad de la que ya forma parte el Verbo en cuanto hombre.

El Sermón, delicioso, es una buena muestra de cómo se explicaba al pueblo la mariología en forma narrativa. Me refiero a que esta teología se le hacía llegar llanamente, parafraseando los textos de la Escritura en una exégesis, ingenua en apariencia, pero conocedora de la tradición en el fondo. Todo el sermón es así. Merece la pena meditarlo. Sólo citaré un trozo más: la forma en que se comenta el saludo del ángel a Santa María:


«Llega, pues, a la Virgen María el ángel, y entrando a Ella, le dice: Dios te salve llena de gracia (Lc 1,28). Llamó señora a la que era consierva suya, como quien era ya Madre del Señor. Dios te salve, llena de gracia. Tu primera madre, Eva, por haber transgredido el mandato, recibió el castigo de dar a luz con dolor; a ti te corresponde, en cambio, el saludo de la alegría. Ella engendró a Caín habiendo engendrado la envidia y el homicidio; tú engendrarás un hijo, que dará la vida y la incorrupción a todos (...) Alégrate, y pisa la cabeza de la serpiente (cf. Gn 3,15). Dios te salve, llena de gracia...»(33).


Homilía de Proclo de Cízico o de Constantinopla


Proclo fue el segundo sucesor de Nestorio en la sede de Constantinopla en el año 434. En el 426 había sido consagrado obispo de Cízico, pero no pudo tomar posesión de su sede. La homilía que nos ocupa fue pronunciada ante Nestorio en la Gran Iglesia de Constantinopla entre los años 428-429(34). Es una homilía sobria y de una magnífica construcción teológica. El orden lógico y la visión de conjunto de la unidad entre la mariología y la cristología la convierten en la homilía más perfecta de las implicadas en estos acontecimientos que llevan al Concilio de Éfeso, incluso más perfecta que las que se pronuncian en el mismo Concilio(35). No es extraño. Proclo es ya por estas fechas predicador afamado de Constantinopla, y Constantinopla está acostumbrada a una tradición de grandes oradores sagrados, entre ellos nada menos que San Gregorio de Nisa y San Juan Crisóstomo, que le han precedido. Los párrafos de Proclo son floridos y cadenciosos; la construcción de la homilía, sin embargo, es lineal y sencilla en una síntesis perfecta de mariología, cristología y soteriología. Las metáforas y las comparaciones que utiliza son ya conocidas en su mayor parte, pues vienen siendo usadas desde los siglos anteriores. He aquí algunos párrafos significativos:


Introducción: Celebramos la fiesta de la virginidad maternal. Esta maternidad es glorificación del género femenino. La gracia de Dios es más grande que el pecado. Esta gracia consiste en que el Verbo se ha hecho verdaderamente hombre:

«La fiesta virginal nos invita a cantar alabanzas. Y hay razón para ello: el tema de esta fiesta es la castidad. Se realiza una glorificación de las mujeres y una gloria del sexo por el hecho de que María es, al mismo tiempo, virgen y madre. Esta unión de maternidad y virginidad es digna de ser amada (...) Que se levante la naturaleza y sean honradas las mujeres; que dance la humanidad y sean glorificadas las vírgenes, pues allí donde se multiplicó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Hemos sido convocados por Santa María, tesoro sin mancilla de la virginidad, paraíso espiritual del segundo Adán, taller de la unidad de las dos naturalezas, pregón de la reconciliación salvadora, cámara nupcial donde el Verbo se ha desposarlo con la naturaleza humana, zarza viva de la naturaleza que el fuego del alumbramiento no ha consumido, nube verdaderamente clara que ha llevado sobre su cuerpo a Aquél que se asienta sobre los querubines, vellocino purísimo humedecido por el rocío celestial con el que el pastor ha revestido al rebaño, aquella que es esclava y madre, virgen y cielo, el único puente entre Dios y los hombres, el bastidor admirable de la economía sobre el cual fue tejida inefablemente la túnica de la unión, túnica cuyo tejedor fue el Espíritu Santo, cuya hilandera fue el poder que la cubrió con su sombra desde las alturas, cuya lana fue el antiguo vellón de Adán, cuyo cañamazo fue la carne impoluta surgida de la Virgen, cuya lanzadera fue la gracia inmensa de Aquél que lleva nuestra humanidad, cuyo hacedor es el Verbo que está en la Virgen por medio del oído (...) Aquél a quien no contienen 1os cielos, no ha desdeñado la estrechez de un vientre»(36).


El lenguaje y el estilo de esta homilía recuerdan, como es natural, las homilías marianas de Gregorio de Nisa o de San Juan Crisóstomo. El pueblo de Constantinopla está acostumbrado a esta oratoria florida, pero de nervio arquitectónico claro, en las que las imágenes y comparaciones están al servicio de las ideas que se desarrollan. Nótese, p.e., la precisión con que se describe el misterio de la encarnación en el seno de María: la unión de las dos naturalezas de Cristo es descrita como un tejido cuyo tejedor es el Espíritu, cuya lana procede del antiguo vellón de Adán, cuyo cañamazo fue la carne de la Virgen, cuya lanzadera fue la gracia, cuyo artífice es el mismo Verbo.


Naturaleza de la maternidad virginal: Viene ahora la afirmación de la unidad de Cristo expresada también en diversas imágenes, que llevan como de la mano al paralelismo Cristo-Adán y a mostrar las razones que existen para que esta maternidad sea virginal:

«El ha sido engendrado de mujer ni como simplemente Dios, ni como simplemente hombre. Aquél que ha sido engendrado, ha mostrado como puerta de la salvación a aquella que en otro tiempo fue la puerta del pecado. Donde la serpiente había infundido su veneno mediante la desobediencia, el Verbo, habiendo entrado en su templo mediante la obediencia, le ha dado la vida. Allí donde emergió Caín el primer discípulo de la falta, allí, sin semilla, ha germinado Cristo, redentor de nuestra raza. El Dios amante del hombre no se ha ruborizado de nacer de una mujer (...) El no se manchó por habitar en las entrañas que El mismo había fabricado sin ignominia»(37).


La argumentación para defender una auténtica generación sexual de Dios es la misma que ya utilizó Gregorio de Nisa: el sexo está diseñado por Dios y, por tanto, no es indigno de recibir a Dios. La generación de Jesús es sexual, pero virginal.


Dignidad de la generación humana: Proclo sigue utilizando imágenes cada vez más expresivas de la fuerza con que es necesario afirmar que Dios ha sido engendrado y ha sido dado a luz. Esta generación forma parte del camino elegido por Dios para la salvación y muestra, a su vez, la dignidad de 1a generación humana:

«Si Cristo no hubiese sido engendrado por una mujer, no habría muerto. Si no hubiese muerto, no habría reducido a la impotencia por su muerte a aquél que tiene el poder de la muerte, es decir, al diablo (Hebr 2, 14). No hay ningún desdoro para un arquitecto en habitar la casa que él ha construido (...); no hay mancilla en el sin mancilla, si surge del vientre de una virgen: El mismo había formado este vientre sin mancilla, y El ha pasado a través de él, sin contraer mancilla alguna»(38).


Proclo vuelve sobre el tema en esos cadenciosos párrafos que harían las delicias de su auditorio de Constantinopla:

«¡Oh vientre en el cual se ha compuesto el registro de la común libertad! ¡Oh matriz en la cual se ha forjado el arma contra la muerte! ¡Oh surco en el que el agricultor de la naturaleza, Cristo, ha crecido sin semilla, como una espiga de trigo! ¡Oh templo en el que Dios ha llegado a ser gran sacerdote, no porque haya cambiado su naturaleza, sino porque se ha revestido, por misericordia, de aquél que es gran sacerdote según el orden de Melquisedeq (Hebr 6, 20)!»(39).


He aquí unidas maternidad divina, cristología y soteriología (doctrina de la salvación). Las ideas son sencillas y las imágenes floridas. Dios se ha hecho hombre; su generación y alumbramiento son verdadera generación y verdadero alumbramiento. Poco más se puede decir. El resto es intentar que el alma profundice en este abismo de misericordia mediante imágenes y metáforas que ayuden a saborear la verdad que nos trasciende. Y para ello nada mejor que utilizar la paradoja, porque el hecho de la encarnación es en sí paradójico.


La Theotokos: Proclo entra en la peroración de su sermón con una sola idea: mostrar que sólo pudo salvarnos alguien que fuera al mismo tiempo Dios y hombre. O Cristo es uno, o no pudo salvarnos. Es la misma argumentación que ya utilizó San Atanasio para defender la fe de Nicea: Lo que no fue tomado, no fue curado. Si el Verbo no hubiese tomado sobre sí a la naturaleza humana con toda radicalidad, no habría salvado al género humano. Y por esta razón, Santa María es Madre de Dios. He aquí algunas de sus frases:

«Un simple hombre no podía salvar; un simple Dios no podría sufrir (...) Siendo Dios se hizo hombre; por aquello que El era nos ha salvado; por aquello que ha llegado a ser, ha sufrido (...) El ha destruido la sentencia que nos condenaba a las espinas, porque ha sido coronado de espinas. Es el mismo Cristo el que ha estado en el seno del Padre y en el vientre de la Virgen, el que ha estado en los brazos de su madre y en las alas de los vientos, el que es adorado por los ángeles y el que come con los publicanos. Los serafines no osan mirarle cara a cara, y Pilato lo somete a interrogatorio»(40).


Los sermones de Teodoto de Ancira y Acacio de Melitene


En la misma línea de Proclo, aunque quizás con menos perfección literaria, encontramos los tres sermones de Teodoto de Ancira(41); el primero pronunciado en Éfeso en la Iglesia de San Juan Evangelista, y los otros dos leídos en el Concilio(42). El primero está centrado en la unidad de Cristo como fundamento imprescindible de la soteriología cristiana; el segundo alude con insistencia a la maternidad virginal utilizando las imágenes y la argumentación que eran ya tradicionales, como la zarza que arde sin consumirse, o la consideración de que el Autor de la inmortalidad no sólo no corrompió a su Madre, sino que le regaló la incorrupción; el tercero, pronunciado un día de Navidad, es el más florido de todos. He aquí una muestra:

En el exordio:

«Ilustre y prodigiosa es la ocasión de esta fiesta: ilustre, porque ella ha traído la salvación a los hombres; prodigiosa, porque ha vencido las leyes de la naturaleza. Pues, la naturaleza no conoce una virgen después de dar a luz, pero la gracia muestra a una madre, que ha permanecido virgen;1a gracia ha convertido a una mujer en madre y, sin embargo, no ha dañado su virginidad. La gracia ha conservado la virginidad. ¡Oh tierra que; sin semilla, hace brotar el fruto de la salvación! ¡Oh virgen que sobrepasa al mismo paraíso del Edén! Este paraíso ha producido toda clase de plantas, que surgían de la tierra virgen, pero esta Virgen es superior a esa tierra. Pues ella no ha hecho brotar árboles frutales, sino la vara de Jesé que trae a los hombres un fruto salvador. Esa tierra era virgen y María también es virgen, pero Dios encomendó a esa tierra el dar árboles, mientras que el mismo Creador se convirtió en fruto de esta Virgen según la carne. Ni la tierra ha recibido vástagos antes de producir los árboles, ni la Virgen ha perdido su virginidad por el hecho del alumbramiento. La Virgen es más ilustre que el paraíso, pues éste ha sido un campo cultivado por Dios, mientras que Ella ha producido a Dios según la carne, cuanto El eligió unirse a la naturaleza humana»(43).


El tema de Adán hecho de tierra virgen y el nuevo Adán hecho también de tierra virgen tiene una gran importancia en la teología ireneana(44). Son imágenes y argumentaciones que se han venido repitiendo desde entonces. Aquí radica una de las causas de la grandeza de la patrística griega, especialmente en los sermones: no se intenta un gran originalidad. Se intenta ante todo llegar al pueblo, hablándole de lo que ya le es familiar. El tiempo y la piedad van adensando ideas e imágenes, como sólo puede hacerlo una decantación de siglos. Un buen ejemplo es la forma en que Teodoto utiliza el argumento tan habitual de que el incorruptible no iba a corromper a su Madre:

«El ha sido concebido como hombre, y como Dios-Verbo ha conservado la virginidad. Pues si nuestro verbo, una vez concebido no corrompe el pensamiento, tampoco el Verbo esencial y sustancial de Dios, una vez concebido, ha corrompido la virginidad»(45).


El sermón de Acacio(46) pronunciado en Éfeso es mucho más breve, pero no menos enjundioso. He aquí este argumento magníficamente elegido para conmover al pueblo de Efeso:

«Yo no privo a la Virgen Madre de Dios del honor con que la ha adornado su servicio a la economía de la salvación. Sería absurdo que se glorificase a la cruz ignominiosa que lleva a Cristo, y a los altares de Cristo; que la cruz brillase en el frontispicio de los templos y, en cambio, que se privase de la dignidad de Madre de Dios a aquella que acogió a la divinidad para un beneficio tan grande. La Santa Virgen es, pues, Madre de Dios; pues el que ha nacido de ella es Dios. El no ha comenzado a existir a partir de su concepción; ha comenzado a ser hombre a partir de la concepción»(47).


El sermón de San Cirilo


De los sermones pronunciados en Efeso, ninguno tan hermoso como el breve sermón de San Cirilo que consta en las Actas como el documento 80. Es el mismo que se lee en el oficio de lecturas de la festa de la Virgen de las Nieves. Está editado en PG 77, 991-996. El sermón tiene lugar en la iglesia de Santa María. Nos centraremos en este sermón analizando su argumentación y citando sus expresiones más hermosas, que, dada su claridad, necesitan de poca explicación. También Cirilo sabe utilizar un espléndido lenguaje y una construcción teológica, sencilla y coherente, envuelta en el rico lenguaje oriental. Y sabe llegar al corazón de sus oyentes:

«Tengo ante mis ojos una brillante asamblea: todos los santos se han reunido aquí con fervor, llamados por Santa María Madre de Dios, siempre virgen. Yo estaba lleno de pena, pero la presencia de los santos Padres ha cambiado esta tristeza en gozo. Se cumple ahora en nosotros esta dulce palabra del salmista David: ¡Cuán bueno y cuán gozoso el que los hermanos convivan unidos! (Sal 132,1).

»Te saludamos, santa y misteriosa Trinidad, que nos has convocado a la Iglesia de María Madre de Dios. Te saludamos, María, Madre de Dios, augusto tesoro de toda la tierra habitada, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la ortodoxia, templo indestructible, receptáculo de Aquél que no puede ser contenido, madre y virgen (...)

»Dios te salve a Ti, que has contenido en tu santa matriz virginal a Aquél a quien nada puede abarcarle; a Ti por quien la santa Trinidad es glorificada y adorada en toda la tierra; a Ti por quien se alegran los cielos; por quien exultan los ángeles y los arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador ha caído del cielo; por quien la creación caída es elevada al cielo; por quien ha llegado al conocimiento de la verdad toda la creación esclavizada a los ídolos; por quien se ha dado el santo bautismo a 1os creyentes (...) por quien el Hijo único de Dios ha brillado como una luz para aquellos que vivían en las tinieblas y en las sombras de la muerte (Lc 1,79)»(48).

 

Los sermones de Pablo de Emesa en Alejandría


Entre los textos postconciliares merecen atención dos sermones de Pablo de Emesa, breves, pero que describen cuál es el ambiente popular de aquellos años(49). El primero fue pronunciado el día 25 de diciembre del año 432, ante el mismo Cirilo. Se respira un ambiente de triunfo y de fervor popular:

«Es oportuno exhortar hoy vuestra Reverencia, dice dirigiéndose a Cirilo, a formar un coro sagrado con nosotros y a cantar con los santos ángeles: Gloria a Dios en cl cielo y paz sobre la tierra, bendición divina a los hombres (cfr Lc 2,14). Pues nos ha nacido un niño en el que tiene su esperanza toda la creación visible e invisible. Hoy se cumple el embarazo prodigioso y tienen fin las molestias del embarazo de la Virgen que no ha conocido esposo. ¡Oh maravilla! La Virgen da a luz y permanece virgen. Ella se convierte en madre, pero no le sucede exactamente lo mismo que a las otras madres. La Virgen ha dado a luz como es lo natural en las madres, pero permaneciendo virgen, como no sucede en quienes dan a luz. El profeta Isaías ya había visto de antemano el milagro cuando exclama: He aquí que la virgen está en cinta y va a dar a luz un hijo y se le dará por nombre Emmanuel (Is 7,14). El evangelista interpreta este nombre al decir que se traduce Dios con nosotros (Mt 1, 23).

»El pueblo grita: !Esta es nuestra fe! !Don de Dios, ortodoxo Cirilo! !Esto es lo que queríamos oír! ¡anatema a quien nos hable así!

»El obispo Pablo prosigue: ¡Anatema fuera de la Iglesia a quien no dice esto, a quien no

piensa esto, a quien no tiene estos sentimientos! "María, Madre de Dios, ha, pues, dado a luz al

Enmanuel. El Enmanuel, es decir, el Dios encarnado. Pues Dios Verbo, engendrado por el Padre

antes de todos los siglos de modo inefable y por encima de todo conocimiento, ha sido engendrado en estos últimos días por una mujer. En efecto, habiendo asumido completamente nuestra naturaleza, habiéndose apropiado desde el comienzo de la concepción las cualidades humanas, y habiéndose fabricado nuestro cuerpo como templo, ha salido de la Madre de Dios, como Dios perfecto y al mismo tiempo hombre perfecto. El concurso de las dos naturalezas, es decir de la deidad y de la humanidad, ha constituido para nosotros un solo Hijo, un solo Cristo, un solo Señor.

»El pueblo grita: ¡Bienvenido, obispo ortodoxo! Digno entre los dignos. Los cristianos dicen: Don de Dios, ortodoxo Cirilo.

»El obispo Pablo dice: Yo también sabía, amados míos, que había venido a visitar a un padre, a un ortodoxo»(50).


El ambiente está perfectamente reflejado. Idéntico ambiente festivo encontramos en el segundo sermón de Pablo de Emesa, pronutciado el 6 Tibi (1 de enero) del 433. Es una descripción sucinta y clara de la doctrina ciriliana sobre la encarnación. Al final, exclama Pablo:

«Os hemos presentado una doctrina que es vuestra doctrina. Es la doctrina de vuestro padre. Es vuestro tesoro ancestral, la enseñanza del bienaventurado Atanasio, la enseñanza del gran Teófilo, esas columnas de la ortodoxia. Pero ya que habéis soportado mis balbuceos con paciencia, oid ahora la sabiduría de vuestro padre. Habéis oído la flauta del campesino; oíd también la trompeta con toda su fuerza.

»El pueblo grita: ¡Hijo de Teófilo y de Atanasio, escuchamos la sabiduría de Cirilo!»(51).


El ciclo de sermones en torno a Éfeso se cierra en un claro ambiente de euforia. La afirmación de la maternidad de Santa María no sólo reafirmaba la unidad de Cristo, sino que abría una nueva etapa en la piedad mariana y en los perfiles más característicos de la vida cristiana. En efecto, desde la conciencia refleja de la dignidad maternal de Santa María, el pueblo cristiano --incluidos los obispos-- captaron mejor no sólo el honor que se debe a María, sino su papel único en la historia de la salvación y su excelso poder de intercesión. Como observa Toniolo citando las homilía de Proclo y de Basilio de Seleucia, se llegó así a expresar un culto de hiperdulía a la Virgen, tras comprender su dignidad y su singular poder intercesor como Madre de Dios(52).

***

 

Al finalizar nuestro recorrido por algunos de los hitos de la historia de la piedad cristiana hacia la Madre de Jesús dos consideraciones se sobreponen a las demás.

La primera es que esta historia está hecha de amor y de fidelidad y que merece la pena esforzarse por conocerla mejor.

La segunda es, ya en el comienzo del tercer milenio, la admiración ante una realidad que se impone por sí misma: la piedad mariana de nuestras tierras y de nuestra época coincide bastante con el ambiente mariano que vivieron los cristianos de los primeros siglos. La identidad de espíritu es evidente y sugiere la intervención del Espíritu Santo que guía a la Iglesia, mueve el corazón de los fieles y hace que sintamos que la Iglesia es nuestro hogar también, o quizás mejor, especialmente, en la época de los Padres.

 

 

Notas

1. Pontificia Academia Mariana Internationalis, De primordis cultus mariarni: Acta Congressus Mariologici-mariani Internationalis in Lusitania anno 1967, Roma 1970 (6 vols.); De cultu mariano saeculis VI-XI: Acta Congressus Mariologici-mariani Internationalis in Croatia anno 1971 celebrato, Roma 1972 (4 vols.).

2. Cfr p.e., D. Fernández, La spiritualité Mariale chez les Pères de l´Église, en "Dictionnaire de Spiritualité", 423-440; L. Gambero, Culto, en "Nuevo Diccionario de Mariología", Madrid 1988, 534-554.

3. Cfr p.e., San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios, 7,2; 18,2;19,1; Carta a los Esmirniotas, 1,1.

4. Cfr San Justino, Diálogo con Trifón, 87,2; 100,4-6.

5. San Ireneo, Adversus haereses, III, 22, 4.

6. San Ireneo, Adversus haereses, V,19, 1.

7. Cfr p.e., M. Jourjon, Marie avocate d´Eva selon saint Irénée, en De primordis cultus mariani, cit., t. 2, 143- 148; D. Fernández, La spiriturilité Mariale chez Pères de l´Église, cit., 424.

8. Cfr p.e., C. Vaggagini, Maria nelle opere di Origene, Roma 1942; H. Crouzel, La mariologia di Origene, Milán 1968.

9. Orígenes, In Joannem 1, 4, GCS 4, p. 8.

10. Esta noticia de Sócrates sugiere a G. Giamberardini que el título Theotokos era ya corriente en Egipto en la época de Orígenes; y que éste se vio en la necesidad de precisar en qué sentido se llama a Santa María Theotokos. Cfr G. Giamberardini, Il "Sub tuum praesidium" e il titolo Theotokos nella tradizione egiziana, en "Marianum" 31 (1969) 350-351; A.M. Malo, La plus ancienne prière à notre Dame, en De primordis cultus mariani, cit., t. 2, 475-485.

11. Cfr Bagatti, Transitus Mariae, en "Marianum" 32 (1970) 279-287.

12. Cfr G. Aranda.

13. Cfr San Gregorio de Nacianzo, Oratio 24,10-11; PG 35,1180-1181.

14. Cfr San Gregorio de Nisa, De vita beati Gregorii, PG 46, 912.

15. Cfr San Cirilo de Alejandría, Contra Julianum, 8, PG 76, 901.

16. San Atanasio, Carta a las vírgenes, CSCO 151, 72 y 76.

17. He estudiado este asunto en La Maternidad divina de María. La lección de Éfeso, en "Estudios Marianos" y en el título de "Madre de Dios" en los autores preefesinos, ponencia presentada en la Semana de Estudios Marianos celebrada en Huelva (Septiembre de 2001).

18. San Jerónimo, Epístola 22, 8; Adversus Jovinianum,1,31.

19. Cfr E. Toniolo, Padres de la Iglesia, en S. de Fìores y S. Meo (eds.), "Nuevo Diccionario de Mariología", Madrid 1988,1541.

20. Cfr I. Bengoechea, Doctrina y culto mariano en San Isidoro de Sevilla, en De cultu mariano saeculis VI-Xl, cit., t. 3, 161-195; G. Gironés, La Virgen en la liturgia mozárabe, en "Anales del Seminario de Valencia", 4, 1964.

21. Cfr J.M. Cascante, Doctrina mariana de San Ildefonso de Toledo, Barcelona 1958; La devoción y el culto a María en los escritos de san Ildefonso, en De cultu mariano saeculis VI-XI, cit., t. 3, 223-248.

22. Cfr G. Giamberardini, Il "Sub tuúm praesidium" e il titolo "Theotokos" nella tradizione egiziana, en "Marianum" 31 (1969), 350-358.

23. Ms. Reising, Ms. Nonantola, Ms. Marturi. Cfr G. Giamberardini, Il "Sub tuum praesidium" e il titolo "Theotokos" nella tradizione egiziana, cit., 333-335

24. Ibid, 336.

25. Ibid, 337.

26. Cfr E. Toniolo, Akáthistos, en S. de Fiores y S. Meo (eds.), "Nuevo Diccionario de Mariología", cit., 64-74. Cfr también Id., L´Inno acatisto, monumento di teologia e di culto mariano nella chiesa bizantina, en De cultu mariani saeculis VI-XI, cit., t. 4, 1-39; I. Ortiz de Urbina, En los albores de la devoción mariana: Akáthistos, en "Estudios Marianos" 35 (1970) 920; J. Castellano, Akáthistos. Canto litúrgico mariano, Roma 1979; A. Molina, María, Madre de la Reconciliación, en el himno Akáthistos, en "Estudios Marianos" 50 (1985) 111-138.

27. Cfr J.M. Quercii, In hymnum Acathistum, PG 92,1354.

28. G. Pisidas, Hymnus Acathistus, PG 2,1346.

29. Cfr R. Laurentin, Table rectifìcative des pièces authentiques ou discutiès contenues dans les deux Patrologies de Migne, en Court Traité de Théologie Mariale, París 1953,163.

30. Cfr S. Alvarez Campos, Corpus Marianum Patristicum II, Burgos 1970, nn. 923-933. He estudiado este Sermón en La mariología de san Gregorio de Nisa, en Scr Th 10 (1978) 409-46. El texto de este Sermón aún no ha aparecido en la Edición de W. Jaeger, Gregorii Nisseni Opera.

31. J.A. De Aldama, Repertorium pseudochrisostomicum, París 1965, 77-78.

32. Sermo de Annuntiatione, PG 62, 762.

33. Ibid, 766.

34. Proclo no tomó parte activa en el Concilio de Éfeso, pero ayudó a que su doctrina fuese recibida en Constantinopla. Es el Patriarca que mandó traer a Constantinopla los restos de San Juan Crisóstomo en el año 438. Muere en el 446 (Cfr J. Quasten, Patrología II, 1962, 545).

35. Cfr PG 65, 679-692; J.D. Mansi, 4, 577-588. Existen también traducciones siríaca, armenia y etiópica (cfr J. Quasten, Patrología II, cit., 546). Sobre su autenticidad, cfr R. Laurentin, Court traité de théologie mariale, París 1953, 161-163.

36. Homilía de Proclo de Cízico, nº 1. Cfr A.J. Festugière, Ephèse et Chalcédoine. Actes de Conciles, Beauchesne, París 1982, 154. Cfr E. Schwartz, Acta Conciliorum Oecumenicorum. Concilium Ephesinum, I, Berlín 1927, I, 1, 103. La imagen que utiliza Proclo es muy rica: El Verbo está en el seno de 1a Virgen, porque Ella atendió al mensaje del ángel, es decir, porque le engendró al recibirle por la fe.

37. Homilía de Proclo de Cízico, n. 2. Cfr J. Festugière, o. c.,155. Cfr E. Schwartz, o.c., I, l,104.

38. Ibidem, nº 3.

39. Ibid, nº 3.

40. Ibidem, nº 9.

41. Teodoto de Ancira fue primero amigo de Nestorio, y después su decidido adversario en Éfeso. Murió antes del 446. Cfr A. de Nicola, Dizionario Patristi e di Antichità Cristiane II, Roma 1984, 3399.

42. Cfr A.J. Festugière, o. c., 267-294;. Cfr E. Schwartz, o.c., I, 2, 71-90.

43. Tercer.sermón de Teodoto de Ancira, n.1. Cfr A. . Festugière, o. c., 281;. Cfr E. Schwartz, o.c., I, 2, 80.

44. Cfr p.e., San Ireneo, Adversus Haereses, 3, 21, 10-22; 1. Cfr A. Orbe, Antropología de San Ireneo, Madrid 1969, 84-89.

45. Ibid, nº 2.

46. Acacio fue elegido obispo de Melitene antes del 430. Fue un apasionado adversario de Nestorio. Murió en torno al 438. Cfr D. Stiernon, Acacio de Melitene, en Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane I, Roma 1983, 23.

47. Sermón de Acacio de Melitene. Cfr A.J. Festugière, o.c., 297; Cfr E. Schwartz, o.c., l, 2, 91.

48. Cirilo contra Nestorio cuando los siete se reunieron en Santa María, Cfr A.J. Festugière, o. c., 311-312;. Cfr E. Schwartz, o.c., I, 2,102.

49. Pablo fue obispo de Emesa después del 410. Tuvo parte muy activa en Éfeso y en los acontecimientos que le siguieron. Murió entre el 43 y el 455.

50. Primer.sermón de Pahlo de Emesa en Alejandría. Cfr A.J. Feshzgière, o. c., 477-479;. Cfr E. Schwartz, o.c., I, 4,9-11.

51. Segundo sermón de Pablo de Emesa en Alejandría, Cfr A.J. Festugière, o. c., 483;. E. Schwartz, o.c., I, 4,14.

52. Cfr E. Toniolo, Padres de la Iglesia, en S. de Fiores y S. Meo (eds.), "Nuevo Diccionario de Mariología", Madrid 1988,1541.

Gentileza de www.almudi.org para la  BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL – MMIII-IX.XXII

 

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La Santísima Virgen María, Reina


María, Reina.
Mucho se ha escrito referente a la Santísima Virgen y siempre se la ha reconocido como Reina.
La Iglesia la proclama Reina doce veces: Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los apóstoles, de los confesores, de las vírgenes, de los mártires, de todos los santos, del Santísimo Rosario, de la paz, concebida sin pecado original y llevada a los cielos.
La Virgen de Guadalupe tiene el título de emperatriz.
También los santos hablan de ella como Reina:
San Atanasio: Si el Hijo es Rey, la madre debe ser llamada Reina y estimada como tal, opinión que comparte San Ruperto.
San Bernardino: Por haber dado su consentimiento para ser Madre del Redentor, mereció ser constituida Reina del mundo y de todas las criaturas.-

María es llamada Reina de Misericordia pues su labor es ejercer la compasión y alcanzar el perdón de Dios para los hombres. Pareciera que tiene el encargo de repartir los tesoros de la misericordia de Dios.

Oración

Señor, Dios nuestro, que nos has dado como madre y como reina a la Madre de tu Hijo, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria que tienes preparada a tus hijos en el reino de los cielos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo .-

 

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Un signo de esperanza


Miguel de SANTIAGO

Hace un año, Juan Pablo II, pese a los achaques de salud, no quiso faltar a la cita anual ante el monumento a la Inmaculada Concepción que se yergue en la Plaza de España de la Ciudad Eterna. Suya fue la decisión de que se celebrara en la Iglesia universal un Año Mariano y el 8 de diciembre de 2004, justamente cuando se cumplían los 150 años de la proclamación del dogma por el Papa Pío IX, se abría ese tiempo de gracia. Y en la mayoría de las diócesis españolas se han ido sucediendo exposiciones y otras iniciativas culturales y religiosas con las que se ha querido llevar a cabo una catequesis sobre María, la elegida de Dios y modelo de virtudes, y también mantener viva la llama del amor y la devoción a la que es Madre de Dios y Madre nuestra. Entre todas estas iniciativas ha destacado, sin duda, la magna exposición en la catedral de la Almudena de Madrid y la peregrinación a la basílica del Pilar de Zaragoza. Con razón Juan Pablo II reconoció a España, ya en su primer viaje apostólico del año 1982, como «tierra de María», sabedor del papel que jugó nuestra patria a lo largo de los siglos para solicitar al Santo Padre la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.
   Mucho antes de que se definiera el dogma, el pueblo celebraba la fiesta de la Inmaculada Concepción de María y vivía un intenso espíritu inmaculista. La fe del pueblo cristiano, puesta en evidencia tras la consulta a los obispos de todo el orbe católico, le llevó al Papa Pío IX a proclamar el 8 de diciembre de 1854, mediante la bula «Ineffabilis Deus», «que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano».
   Juan Pablo II alabó, desde los comienzos de su pontificado, el amor mariano de España como «fermento de catolicidad», ya que impulsó «a una devoción firme y a la defensa intrépida de las grandezas de María, sobre todo en su Inmaculada Concepción». La historia confirma que hubo pueblos, instituciones, cofradías, que hicieron voto y juramento «hasta dar la vida por ello». ¿Seríamos capaces hoy, en estos tiempos recios que nos ha tocado vivir, en los que predomina un ambiente laicista y leyes agresivas pretenden socavar los valores religiosos, de defender nuestras convicciones más profundas con el mismo o parecido entusiasmo que lo hicieron nuestros antepasados?
   Quisieron los Pontífices frenar el materialismo imperante con la proclamación del dogma de la Inmaculada. Y lo hizo la Iglesia en un contexto histórico de ensalzamiento desmedido del progreso científico y técnico y del poder del hombre y cuando aún perduraban los ecos de la Revolución Francesa tratando de construir un mundo al margen de toda instancia moral y transcendente. Hoy, como hace ciento cincuenta años, vuelve a detectarse la pérdida de la conciencia de pecado y de su significado destructor para el hombre. La Virgen María nos da ejemplo de una vida sin mancha y de entrega al Señor, nos alienta en la peregrinación que estamos haciendo en una historia concreta de mentiras, envidias, divisiones, odios, guerras y otras mil y una injusticias, nos anima a recuperar la alegría perdida por haber conformado la vida al margen de Dios, nos da su protección materna ayudándonos a descubrir el valor de la pureza y el amor verdadero y es, en definitiva, signo luminoso de la esperanza que se verá colmada en Cristo Jesús. MMV.XII.VII – L.R. ESP.

 

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MARÍA, CONSUELO DEL MORTAL

 

María cuya frente
Baña la aurora eterna,
Cual sol resplandeciente,
Consuelo del mortal;

A todo el que te implora
Con voz humilde y tierna,
Muestra por fin, Señora,
La patria celestial.

María, cuyo seno
Del Verbo fue morada;
Edén por gracia lleno
Del más divino amor:

Pues miras el quebranto
Del alma conturbada,
Preste tu excelso manto
Refugio al pecador.

María poderosa,
Reina del cielo y tierra,
Que huellas victoriosa
La frente de Luzbel;

Por Dios que hacerte pudo
Vencer en cruda guerra,
Sé del cristiano escudo,
Imán del pecho infiel.

Cual siervo de tu nombre
Lucero de los mares
Así se humilla el hombre
Buscando vida y luz.

Y al fin de polo a polo
Del mundo en los altares
Reine doquier tan solo
La gloria de la Cruz.

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Antonio Arnao

 

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Por principio, somos opuestos tanto al aborto como a la pena de muerte, aunque reconocemos que nos parece ‘evidentemente’ más desvalido un ser humano inocente en el seno materno que un asesino múltiple o un terrorista.

 

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¿Son necesarios los dogmas?

—¿Y es necesario que la Iglesia tenga dogmas, una autoridad y un Magisterio? ¿No bastaría que cada uno procurara vivir lo que dijo Jesucristo y lo que viene recogido en la Biblia?

Esa es, en síntesis, la tesis protestante de la sola Scriptura. Sin embargo, si se trata de vivir lo que dice la Sagrada Escritura, habría que decir que en ella se lee con claridad que Jesucristo fundó la Iglesia (por ejemplo, en Mt 16, 16-19; Mt 18, 18; etc.). Y puestos a dar algunas otras razones de orden práctico, cabe añadir que ese planteamiento ha hecho que desde tiempos de Lutero hayan surgido más de 25.000 denominaciones protestantes diferentes, y actualmente surgen una media de cinco nuevas cada semana, en un proceso progresivo de desconcierto y atomización. Una Sagrada Escritura sin Iglesia sería parecido —salvando de nuevo las limitaciones de la comparación— a un país que promulgara una Constitución, pero sin prever un gobierno, un congreso legislativo y un sistema judicial, necesarios para aplicar e interpretar la Constitución. Y si hacer eso es imprescindible para gobernar un país, también lo es para gobernar una Iglesia que abarca el mundo entero. Por eso es de lo más lógico que Jesucristo nos haya dejado su Iglesia, dotada de una jerarquía, con el Papa, los obispos, los Concilios, etc., todo ello necesario para aplicar e interpretar la Escritura..

‘La exigencia de la fe católica’

Publicado en Arvo Net, 2003-04-29

 

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La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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"El cristianismo no teme a la cultura sino a la media cultura. Teme la superficialidad, los eslóganes, las críticas de oídas; pero quien puede hacer la ´crítica de la cultura´ puede volverlo a descubrir o seguir siendo fiel" JEAN GUITTON –filósofo fr.

 

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“No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)

 

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‘Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios’. Cardenal  Ratzinger.

 

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El Señor no es indiferente, como un emperador impasible y aislado, a las vicisitudes humanas”.

“Es más, su mirada es fuente de acción, porque interviene y derriba los imperios arrogantes y opresivos, abate a los orgullosos que le desafían, juzga a los que perpetran el mal”.

 

Dios se hace presente en la historia, poniéndose de la parte de los justos y de las víctimas. S. S. JUAN PABLO II – Magno - 2003-12-10

 

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Si eres cristiano se tiene que ver tu fe. 

 

La comunidad cristiana de Roma está estrechamente ligada a Pedro, pero ciertamente este apóstol no es su fundador. Generalmente se suele fechar la llegada de Pedro en el año 42, siendo su ‘primer Obispo’. Muere mártir de la Iglesia católica en el 64ca. en cruz invertida crucificado; fue  enterrado en el pequeño cementerio pagano-cristiano encontrado sobre el montículo vaticano.

 

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«Cristo no busca conformistas cansados, sino testigos de la fe valiente de quien arde del fuego de su amor».

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

En el Magnificat María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras: «Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.

 

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!

 

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Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Por la gracia de Dios, en el año del Señor 2007: Anno Domini

"In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios.

“El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo-global-universalidad-catolicidad. Por el camino de cada día, vivamos el Evangelio que la Iglesia propone.

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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Dones y frutos del Espíritu Santo - La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10).
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17)

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).

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Recomendamos vivamente:

 

CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

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In Obsequio Jesu Christi.+

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).