Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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P: ¿Cuántos indígenas mataron a grosso modo los españoles después de la conquista de América? ¿Qué valoración hace de la conquista española de América?

 

R: 1. Es imposible de saber. Desde luego no fueron millones y tampoco se trató de matanzas sistemáticas. 2. Ecuánime. Tuvo cosas óptimas, buenas, regulares y malas.

 

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1492 – el 30 de Abril, los Reyes católicos expiden a favor de Colón los títulos de almirante, virrey y gobernador de las tierras que descubriese.

 

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La Intervención de los Papas en los comienzos de la evangelización de América

EL PATRONATO REGIO Y LA INTERVENCIÓN DE LOS PONTÍFICES

A las 11:19 PM, por Alberto Royo

 

La actitud de los primeros pontífices que tuvieron que intervenir en la organización episcopal americana puede quedar incompleta y erróneamente concebida si se urge demasiado el hecho, también cierto, pero con sus debidos límites, de la omnipresencia del patronato real (o patronato regio) en Indias. Dicho Patronato consistió en el conjunto de privilegios y facultades especiales que los Papas concedieron a los Reyes de España y Portugal a cambio de que estos apoyaran la evangelización y el establecimiento de la Iglesia Católica en América. Se derivó de las bulas papales otorgadas en beneficio de Portugal en sus rutas atlánticas, y de las llamadas Bulas Alejandrinas emitidas en 1493, inmediatamente después del Descubrimiento a petición de los Reyes Católicos. El patronato regio o indiano para la Corona Española, fue confirmado por el Papa Julio II en 1508.

Es evidente que el cúmulo de concesiones otorgadas por Alejandro VI a los Reyes Católicos desbordaba ampliamente los límites generales de un patronato ordinario, a pesar de carecer de la concesión típica de la presentación a los beneficios eclesiásticos. La citada bula Inter Caetera, del 3 y 4 de mayo de 1493, les mandaba, en virtud de santa obediencia, enviar a las tierras descubiertas a varones probos y temerosos de Dios, doctos, peritos y experimentados para instruir a los naturales y habitantes de ellas en la fe católica e imbuirlos en buenas costumbres, y esto poniendo en ello toda la diligencia debida. Esto adquiría toda su significación con la bula Eximiae devotionis, del mismo mes, reconociendo a España las mismas concesiones ya hechas a Portugal y que la bula comprende bajo los nombres de «libertades, inmunidades, exenciones, facultades, letras e indultos» (apostólicos); algo más tarde habla de gracias, prerrogativas y favores», y al fin se recogen otra vez todas estas expresiones.


Aunque algunos de los términos empleados en las bulas portuguesas parecen referirse a los derechos patronales, no conceden ese privilegio en forma explícita, y hubo que esperar unos años, cuando León X lo concedió a Portugal, que se benefició del ejemplo español y del tenaz empeño de Fernando el Católico en asegurar aquel patronato universal, que el no menos tenaz pontífice Julio II se resistía a conceder. Además de las facultades especiales concedidas a fray Bernal Boyl, primer delegado pontificio enviado a América a establecer y organizar su Iglesia, el punto definitivo de las concesiones de Alejandro VI se redondeó el 16 de noviembre de 1501 con la donación de los diezmos a los Reyes Católicos, con la obligación de fundar y dotar convenientemente a los eclesiásticos encargados de aquellas iglesias.


Hay que tener en cuenta que Roma no estaba preparada entonces para una acción continuada de sustentación, dirección y control de las misiones que iban a fundarse en los inmensos países nuevos abiertos a la evangelización. Las misiones habían sido atendidas esporádicamente, según se presentara la ocasión, y habían corrido a cargo principalmente de las órdenes religiosas o de los obispos de las zonas limítrofes con el paganismo. Esto se había ido haciendo más difícil con el avance del Islam por todo el oriente europeo y el occidente asiático. No se conocía aún nada parecido a las congregaciones romanas permanentes que establecerá más tarde Sixto V. Y se confiaba en una ampliación del cristianismo, de modo parecido a como se iba verificando en Granada, Canarias y otros territorios de reciente cristianización, sin intervenciones extraordinarias de Roma, aunque se contara con sus poderes y su vigilancia genérica.

Tampoco contaba con los recursos materiales necesarios para una obra tan inmensa. Tenía además que contar con la benevolencia y ayuda de los reyes para asegurar viajes regulares y baratos hacia tan lejanas tierras, y con cierta seguridad contra posibles ataques. La mentalidad misionera general se hallaba aún en sus comienzos. Por otra parte, la realidad eclesiástica del renacimiento italiano y de la posición de los Romanos Pontífices en los conflictos ítaloeuropeos de entonces, agravados pocos decenios más tarde con la ruptura religiosa y las guerras con los protestantes, disminuían aún más las posibilidades de una dirección pontificia eficiente en la marcha de las nuevas misiones.

No queremos decir con esto que Roma no hubiera podido llegar después de unos años a una capacidad suficiente para encargarse con éxito y con un sentido eclesiástico más completo y más apostólico de la dirección del apostolado misionero, como sucedió después con Propaganda Fide. Decimos que de momento no se encontraba en esa disposición y que agradecía el que soberanos católicos la suplieran con los resultados que pronto se vieron. Tampoco quiere esto decir que los Papas pensaran inhibirse del todo de la dirección de aquella empresa apostólica al conceder tantos favores a los reyes. Esperaban, sin duda, poder intervenir libremente cuando lo creyeran oportuno, a medida que se fueran estableciendo las nuevas iglesias, y efectivamente lo intentaron en repetidas ocasiones, aunque sin resultado por lo que hace al control permanente e inmediato.

Los Papas tenían conciencia de su poder y jurisdicción también en América, y no pensaban ceder en las cuestiones más eclesiásticas, aunque por el patronato ya concedido y la costumbre bastante general no se inmiscuyeran directamente en los asuntos diarios. Como, por otra parte, los reyes continuaron pidiendo siempre a Roma los permisos o poderes necesarios para las innovaciones, las confirmaciones de los concilios, las presentaciones de los nuevos obispos, las súplicas para las nuevas sedes, etc., los Papas estudiaron en cada caso las razones que hubiera para acceder a las diversas peticiones y rechazaron bastantes de ellas.

León X, bastante fácil en admitir las nuevas sedes episcopales pedidas, se negó a conceder la de Paria, pedida por Carlos V, y en varios de los documentos se pueden ver asomos de oposición a la práctica del patronato, tanto en lo que dice más o menos veladamente como en lo que omite. Intentó inútilmente enviar “colectores” a Indias, como unos nuncios menores, que, además de proveer a los recursos económicos de la Santa Sede, pudieran informarle más directamente.

Adriano VI, por su cargo de agente de Carlos V en España antes de la venida del rey, y luego como regente, conoció los asuntos de las Indias y trató de ellas en los Consejos. Por eso se esperaba mucho de su acción en esta parte, tanta más cuanto que su espíritu eclesiástico y reformador no hubiera permanecido ocioso ante sus problemas. Lo más sonado de su breve pontificado para América fue el famoso breve Exponi Nobis, acerca de los privilegios de los religiosos misioneros, con exención de los ordinarios de lugar. Autorizó diversas medidas y deseó tener noticias de allá.

Clemente VII, en dura y fatal lucha con Carlos V al principio, erigió numerosas sedes nuevas y parece conceder mucho a veces como en la erección de Méjico, mientras que se opone a la de Túmbez, en el Perú.

Paulo III erige varias sedes y, del mismo modo, los primeros arzobispados. Es más conocido ahora por su bula Sublimis Deus, cuyas peripecias tocamos en otra parte.

Julio III exigió aumento de las tasas de las Indias occidentales, que interpretan algunos como deseo de más recursos de Indias para el fausto de la Santa Sede. No sabemos su reacción ante las peticiones de algunos indígenas de representantes papales, interpretando, sin duda, más la mente de sus misioneros que la suya propia.

La rigidez de Paulo IV y sus luchas con España le privaron de la ocasión de intervenir con eficacia en Indias durante sus cuatro años de pontificado, mientras que su sucesor Pío IV erige muchas diócesis, concede diversas peticiones reales y se niega a otras.

El Papa misionero de esta época es Pío V, por su interés personal en favor de la labor misional de entrambas Indias. Establece la primera Congregación de Propaganda Fide y escribe cartas exhortatorias a diversos nuevos gobernadores o virreyes. Se opone a algunas peticiones de Felipe II, concede facultades para cambios de límites, sin abandonar del todo su facultad de intervenir. Su sucesor, Gregorio XIII, favorece del mismo modo las misiones, sin mostrarse, por lo demás, favorable a ciertas peticiones de la junta Magna. Se muestra equidistante entre una poco menos que entrega a los deseos del rey y una oposición intransigente. Durante su pontificado cristaliza definitivamente el sistema eclesiástico americano, en parte contra sus deseos.

La actividad demostrada por los Papas en asuntos americanos rara vez responde a una conciencia misional activa en este período, sin negarla en algún grado. Por eso, el aumento de la jerarquía eclesiástica y la fundación de nuevas misiones o centros diversos benéfico-docentes no llevan la impronta de una iniciativa romana, sino o local o española. En cambio, los Papas se muestran siempre dispuestos a toda iniciativa generosa propuesta por reyes, obispos y misioneros, ayudan a veces a ellas en las Indias occidentales y desean mayor comunicación con las iglesias ultramarinas. Generalmente son desprendidos y no buscan intereses materiales fuera de algunos momentos en que, por otra parte, una mayor contribución de las nuevas Iglesias a los gastos generales de la curia comenzaba ya a ser posible, y hubiera facilitado otros contactos más espirituales o eclesiásticos. Las noticias de Indias eran muy bien recibidas en Roma, lamentando sólo una escasez difícil de comprender.

Los episodios de oposición a medidas que parecían pasar los límites ya amplios de un patronato tendente a la absorción demuestran que los Pontífices continuaban siendo los rectores supremos de la Iglesia, no pensando en abdicar o disminuir lo que les restaba de facultades interventoras. 27.VI.MMX

http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1006271119-la-intervencion-de-los-papas#more8498


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Actualizado 4 noviembre 2009

De la evangelización española de América


 

 

            Recibo todos los días en mi correo la excelente publicación que en Argentina edita un buen amigo mío, Noticias de Fondo http://noticiasdefondo.blogspot.com/, la cual recomiendo a todos cuantos estén interesados por la realidad iberoamericana y quieran tener cabal conocimiento de ella.

 

            En la edición de ayer, se hace eco Noticias de Fondo de un artículo de Frank Bajak, periodista norteamericano dedicado a temas iberoamericanos, sobre el despertar de las poblaciones indígenas americanas en el que se realiza la siguiente afirmación:

 

            “Por toda América Latina, especialmente en los Andes, un despertar político empapa a indígenas acostumbrados a vivir como ciudadanos de segunda clase desde la conquista española”

 

            Afirmación que resalto por lo que de difundido tiene en lo que llamaría el “pensamiento global”, con similar aceptación tanto en el estrato popular del mismo, como en el que denominaría elitista o intelectual.

 

            No se trata de hacer aquí una defensa indiscriminada e integral de lo que fue la colonización española de América, que como es fácil de entender y pocos pueden negar, estuvo llena de dificultades y, por supuesto, de injusticias y discriminaciones, pero en la que también hubo páginas gloriosas como la de la evangelización que sirvió para, entre otras cosas, poner fin a los sacrificios humanos que eran moneda común en la región. Pero como no conviene descontextualizar la historia y sí, por el contrario, ponerla en su adecuada coyuntura, voy a aportar un dato suficientemente indicativo. En Méjico, uno de los países en los que la colonización española duró más, cabe establecer que la población es en un 10% indígena pura; blanca (apenas la mitad, por cierto, de origen español, el resto procedente de las migraciones europeas del s. XX) en un 30%; y lo que es verdaderamente significativo, en un 60% mestiza, esto es, producto de la fusión de las poblaciones blancas hispanas y las poblaciones autóctonas indígenas. Pues bien, en los Estados Unidos, colonizado como es bien sabido por los ingleses, la población indígena a duras penas asciende a un 1% y el mestizaje es prácticamente cero.

 

            Es obligado señalar que la posición del indio cuando se ventila la cuestión de la emancipación americana, -que es una cuestión que se dilucida principal, por no decir únicamente, entre criollos, esto es, entre españoles nacidos en América-, es más bien pro-corona que anti-corona. Para que nos entendamos, el indio americano se alineó en contra a la independencia de las nuevas repúblicas, lo que debe ser interpretado en el sentido de que confiaba más en la protección que recibía de la metrópolis, de la corona y de sus funcionarios, no digamos de las órdenes religiosas, franciscanos, jesuítas, dominicos, que de la que le ofrecían los españoles instalados en América que se preciaban de ser americanos como él.

 

            Vamos a celebrar en los próximos años, el bicentenario de la independencia de las distintas repúblicas americanas respecto de la metrópolis europea, España en este caso. Doscientos años pues, doscientos años ya, desde que las repúblicas americanas rigen sus destinos desde América, sin que la antigua metrópolis injiera ni pueda hacerlo en los gobiernos autóctonos, muchos de los cuales por cierto, han sido y son profundamente antiespañoles. Hora va siendo ya de que las emancipadas repúblicas se consideren a sí mismas mayores de edad y comiencen a asumir la responsabilidad de lo que en estos doscientos años han realizado. Venir a estas alturas con el cuento de que los indígenas son ciudadanos de segunda clase porque así lo establecieron los españoles, no es de recibo, y habla peor de quien hace la afirmación que de quien es objeto de la misma.

 

            No quiero terminar sin señalar que la animadversión –que, por cierto, convive en extraña armonía con un no menos cierto cariño y hasta admiración- por lo español detectable en los países americanos, es, a menudo, producto de unos planes de enseñanza destinados a explicar al elemento indígena, mayoritario en muchos de ellos frente al elemento blanco, que cuando unos españoles criollos decidieron independizarse de otros, lo hicieron para protegerle mejor, cuando la realidad certifica, y en eso el artículo de Bajak si le da al clavo en la cabeza, que el indio no ha mejorado su situación desde que los destinos americanos dejaron de estar regidos desde España.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=5258&mes=11&ano=2009

 

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Población en América: indígena y blanca


Con este pequeño post pretendo refutar, de algún modo, el conocido mito de que la Conquista española en América habría implicado un exterminio de la población indígena:

Según los cálculos de Rosenblat, podemos constatar la siguiente evolución demográfica entre los años 1650 y 1825:

· Población de América: Creció desde unos 10.459.000 habitantes a aproximadamente unos 21.619.000 (o sea, prácticamente el doble).

· Población indígena: Siempre constituyó un porcentaje considerable del total. Creció, en tales años, desde unas 3.950.000 personas (80, 5 % del total) a aproximadamente unas 6.830.600 (45 % del total).

Esta baja porcentual se explica porque los crecimientos mayores se dieron en los sectores blanco, negro y mestizo.

Pierre Chaunu explica el crecimiento de la población indígena en tres factores principales:

Ø Asimilación de la ganadería europea: La que en esta época constituyó un activo para la agricultura indígena.

Ø Aclimatación de los indígenas: A las enfermedades y a las medicinas importadas.

Ø Ruralización general de la vida: Tuvo el efecto de atenuar el impacto destructivo de las operaciones mineras.

· Población blanca: Creció desde unos 659.000 personas a aproximadamente unas 4.349.000. O sea, se multiplicó por seis, pero siguió siendo inferior a la indígena.

Mario Góngora explica el crecimiento de la población blanca en cuatro factores principales:

Ø Crecimiento natural.

Ø Mezcla de razas.

Ø Considerable inmigración en el siglo XVIII: Esta inmigración ya no estaba compuesta sólo de andaluces y extremeños, sino más bien de peninsulares venidos de los Reinos del norte (navarros, castellanos viejos, vascos, cántabros y asturianos) y de las islas Canarias. El primer grupo trajo consigo actitudes y costumbres distintas de las que habían modelado a la primera sociedad colonial.

Ø Asimilación biológica y legal de los indígenas, mestizos y mulatos al sector blanco: Los indígenas que habían escapado de su pueblo o encomienda y los mestizos de segunda generación que usaban vestuarios y apellidos españoles, eran ya catalogados como “españoles”, en un nivel de igualdad con los criollos.

FUENTE: Góngora, Mario, Estudios sobre la historia colonial de Hispanoamérica, Editorial Universitaria, Santiago,  1998. Chile

Nombre: Gonzalo Verbal - Universidad: Santiago, Chile - 2006-10-

www.apologeticahistorica.blogspot.com – X-MMVI


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Instituto de Historia - Universidad de los Andes

 

Ricardo Levene y el concepto de colonia

 

Gonzalo Verbal Stockmeyer

INTRODUCCIÓN

El historiador argentino Ricardo Levene (1885-1959) “se salió con la suya” en una sesión de 2 de octubre de 1948 de la Academia Nacional de la Historia de su país.


¿Qué sucedió?


Propuso, en su calidad de presidente de dicha entidad, que se sugiera a los autores de obras de Historia de América y de la Argentina que excusen la expresión “período colonial” y que la sustituyan por la de “período de la dominación y civilización española”. Lo hizo respetando la libertad de opinión y de ideas históricas, pero como un homenaje a la verdad histórica y resaltando que la “(...) investigación histórica moderna ha puesto en evidencia los altos valores de la civilización española y su transvasamiento en el Nuevo Mundo”.


El pensamiento de Levene queda claro, resumidamente, en la advertencia con que da comienzo a su famosa obra Las indias no eran colonias, publicada por vez primera en 1951. Nos permitimos transcribir el siguiente texto:


Las indias no eran colonias, según expresas disposiciones de las leyes:


Porque fueron incorporadas a la Corona de Castilla y León, conforme a la concesión pontificia y a las inspiraciones de los reyes católicos y no podían ser enajenadas;


Porque los naturales eran iguales en derecho a los españoles europeos y se consagró la legitimidad de los matrimonios entre ellos;


Porque los descendientes de los españoles europeos o criollos, y en general los beneméritos  de Indias, debían ser preferidos en la provisión de oficios;


Porque los Consejos de Castilla y de Indias eran iguales como altas potestades políticas;


Porque las instituciones provinciales o regionales de Indias ejercían la potestad legislativa;


Porque siendo de una Corona los reinos de Castilla y León y de Indias, las leyes y orden de gobierno de los unos y los otros debían ser los más semejantes que se puedan;


Porque en todos los casos que no estuviese decidido lo que se debía proveer por las Leyes de Indias, se guardarían las de Castilla conforme al orden de prelación de las Leyes de Toro;


Porque, en fin, se mandó excusar la palabra conquista como fuente de derecho, reemplazándola por la de población y pacificación.


Las anteriores palabras, que conforman una suerte de manifiesto, nos han de servir como punto de partida para describir la visión de fondo de nuestro historiador. Pero nuestro análisis crítico lo haremos a partir de una sola de estas afirmaciones -la que establece que “(...) los Consejos de Castilla y de Indias eran iguales como altas potestades políticas”- y, en primer lugar, desde el concepto mismo que Levene tiene de colonia (como sinónimo de factoría).


Utilizamos la referida obra como fuente primaria de nuestro ensayo. Pero nuestro análisis se servirá de otros autores, que se refieren directamente a Levene o que tratan la llamada “cuestión colonial”, o sea, el concepto de colonia como categoría histórica.   


Ante todo, digamos que el problema que Levene nos viene a plantear no es menor: es si los términos “colonia” y “período colonial” responden a la realidad de los dominios españoles en América entre los siglos XVI y XIX. Y no es menor, porque no se trata sólo de un asunto de nombres -de “palabras más, palabras menos”-, sino del significado profundo y real de la presencia hispana en el nuevo Mundo.


CONCEPTO DE COLONIAS


En un sentido muy general, puede decirse que una colonia es un “(...) conjunto de personas procedentes de un territorio que van a otro para establecerse en él”. Y, en una segunda acepción, que es el “(...) territorio o lugar donde se establecen estas personas”.


Naturalmente, y desde estos conceptos amplísimos, es posible distinguir varias tipologías coloniales. Algunas suponen una mayor asociación de los extranjeros o colonizadores con los aborígenes; otras, en cambio, se caracterizan por una escasa o casi nula asociación (mestizaje biológico y cultural) con los habitantes originarios. Ya veremos, brevemente, estas tipologías. 


Ricardo Levene identifica el concepto de colonia con la idea bien precisa de factoría, que no es otra cosa que un establecimiento de carácter económico-comercial, instalado en el país colonizado y ubicado generalmente en zonas costeras a manera de puertos. Y, por lo mismo, se trata de un modelo que no tiene intenciones de transvasamiento cultural y social. Forma parte de la llamada, por algunos autores, “colonia de encuadramiento” y que, históricamente, se ajusta a los casos de Inglaterra y Francia en Norteamérica, desarrollados desde el siglo XVII. Por su fin estrictamente económico, no se sustenta en instituciones públicas, sino en compañías o empresas con fines de lucro que invierten todo o parte de su capital con el objeto manifiesto de explotar recursos hasta que se acaben, pero no con la intención de instalarse en el nuevo territorio de un modo permanente y con un carácter asociativo con el indígena; en efecto, en este modelo el mestizaje no cabe, no es legalmente reconocido y tampoco socialmente impulsado. Además, el aborigen no es incorporado al sistema de trabajo, como sí lo es, por ejemplo, en el caso español mediante la institución de la encomienda.


Levene señala en el título del Capítulo III de su obra Las indias no eran colonias que las  “(...) palabras ‘colonia’ o ‘factoría’ no se mencionan en las recopilaciones de indias ni en la doctrina de los juristas de los siglos XVI y XVII”. Desarrollemos parte de su  argumentación y realicemos, luego, algunas consideraciones de orden crítico.


Lo que inmediatamente fluye del título trascrito es el enfoque jurídico-legalista con que se justifica una argumentación histórica. En efecto, Levene señala que “las indias no eran colonias” por no utilizarse dicho término en un determinado cuerpo legal (uno muy importante, en todo caso) y tampoco en la doctrina de los juristas de los siglos indicados, lo que también es una fuente válida del derecho en general y del indiano en particular. Nuestro historiador afirma que la “(...) historia de las Recopilaciones de esas leyes (...) se identifica con la historia misma de la dominación española (...)”. Con esto, intenta salvar una argumentación meramente legalista y vincularla con la realidad histórica propiamente tal, que podemos calificar de fáctica.


En el sentido anterior, pone como núcleo o punto inicial de tal proceso legal a la reina Isabel (1451-1504); señala que ella le imprimió un sello propio al naciente Derecho Indiano y que, de hecho, fue quien más promovió, en su tiempo, el florecimiento de dicha normativa especial.

Después, nuestro autor nos refiere la titánica obra del licenciado Juan de Ovando (?-1575), encargado de recopilar las leyes de Indias. Por cierto, en este trabajo, naturalmente breve y con un enfoque más bien histórico-político, no nos referiremos a la detallada evolución jurídica de la mencionada recopilación o del Derecho Indiano en general. Lo importante es que Levene quiere destacar que en ninguna parte de esta frondosa legislación se mira o califica a las Indias como colonias o factorías. Y esta línea argumentativa, que hemos calificado, no necesariamente en forma peyorativa, de “legalista”, es desarrollada a lo largo de toda la obra en comento. En tal sentido, hay que decir que logra demostrar que la denominación de colonias o factorías para las Indias aparece recién a fines del siglo XVIII en unas pocas disposiciones legales; por ejemplo, en la llamada “Real orden sobre comercio con colonias extranjeras” de 1795.


¿Qué decir, críticamente, de este primer argumento?


Ante todo, que Levene da en el clavo en el sentido de que, efectivamente, no es menor la circunstancia de que jamás, hasta fines del siglo XVIII, se utilicen los términos de colonia o factoría para referirse a la Indias. Ello revela, quiérase o no, que no hay una intención de parte de la Corona de perseguir un fin exclusivamente económico con la expansión o conquista; está, por cierto, el fin económico; por eso se crean instituciones acordes como la Casa de Contratación (nacida en 1503); pero, y esto queremos recalcar, no se trata de un fin sólo económico, sino que éste forma parte de un proceso mucho más amplio y complejo: también, que duda cabe, se proyecta en América un Estado misional: se transvasan, con ciertas particularidades, un conjunto de instituciones políticas y religiosas. Y las leyes de Indias, los ejemplos sobran, dan cuenta in extenso de la mencionada proyección institucional. 


En suma, creemos (y reiteramos) que si identificamos colonias con factorías, Levene tiene razón al decir que las indias no lo eran. Pero, habría que hacer a su planteamiento dos consideraciones. La primera es que el término colonia tiene un sentido más amplio que la idea simple y concreta de factoría; las factorías son sólo unas de las múltiples formas en que se puede materializar una colonia. De hecho, cabe distinguir, entre otras, las siguientes tipologías:


Colonia de encuadramiento: Se da, por ejemplo, en los casos de la presencia inglesa y francesa en Norteamérica. Tiene un único fin: establecerse en un lugar donde hay riquezas económicas para explotarlas hasta que se acaben. Se basa en compañías (empresas con fines de lucro) y no en instituciones públicas. No hay convivencia con el aborigen; más bien se le elimina cuando éste vive en tierras que se quieren explotar de una manera expedita. A este modelo o tipología corresponden las llamadas factorías.


Colonia de posición: Se trata de establecimientos más próximos. El fin no es tanto explotar riquezas económicas, sino ubicarse en lugares geopolíticamente estratégicos; por ejemplo, en islas, estrechos, etcétera. Tienen como finalidad, por ejemplo, controlar el tráfico comercial de un determinado espacio geográfico. Además, los habitantes de estas colonias se van rotando, precisamente para no sentirse comprometidos con las nuevas tierras y aborígenes.


Colonia de arraigamiento: Cabe distinguir dos tipos:


Colonia de arraigamiento y sustitución: Es el caso, por ejemplo, de Las Antillas. La población aborigen decrece y es sustituida por españoles. Además, se da una repoblación hecha con esclavos negros. También se presenta en el caso de islas deshabitadas; por ejemplo, corresponde al caso de los ingleses en Australia.


Colonia de arraigamiento y asociación: Corresponde, claramente, al caso español. Hay una intervención del Estado de promover la integración con la población aborigen: un mestizaje biológico y cultural. Importante es aclarar que esta asociación no es voluntaria para los indios, sino que impuesta como obligación; aunque ellos se benefician de nuevos productos (herramientas, animales, alimentos, bebidas y demás). Hay que resaltar que el término asociación se refiere al mestizaje, tanto de orden biológico como cultural. 


Recapitulando, digamos que si por colonia se entiende una mera factoría, tiene razón Levene al decir que las Indias no lo eran. En esto estamos plenamente de acuerdo. 


La segunda consideración, que ya hemos insinuado, y que está directamente vinculada a la anterior, es que su argumentación, si bien erudita, es estrictamente legal y poco entra a contrastar las innumerables normas legales que señala y analiza con la realidad propiamente histórica o fáctica. Poco hace referencia, verbigracia, a si tales leyes se cumplen o no y en qué medida. Este, creemos, es un error metodológico y que, en gran parte, se explica por la especialidad original de nuestro autor: la Historia del Derecho, especialmente Indiano. En nuestro país, crítica semejante realiza Sergio Villalobos al decir que “Levene, al igual que todos los hispanistas, se mantenía en el plano de lo jurídico y de las buenas intenciones de la política; pero prescindía por completo de la realidad americana, de la falta de cumplimiento de la ley o de su distorsión y de la trama compleja de abusos, intereses y negocios que caracterizaron la existencia colonial”. 


Sin embargo, y pese a las objeciones anteriores -en nuestro caso más bien de orden metodológico-, pensamos que la demostración jurídica o “legalista” de que la palabra colonia o factoría no aparece mencionada en las Leyes de Indias hasta muy tarde (fines del siglo XVIII), sí demuestra algo histórico-fáctico, algo que ya hemos dicho, y que lejos está de ser de poca monta; y es que la Corona no tuvo la intención de fundar colonias o simples factorías en el Nuevo Mundo, sino ciudades. En efecto, y tal como lo dice el historiador hispano Francisco Morales Padrón, para los españoles “(...) conquistar es poblar”. Y este poblamiento supone la fundación de ciudades y no de meras factorías. Hay que decir que por ciudad no sólo se entiende la materialidad de las calles, plazas y casas, sino que la comunidad humana o república. Esto último implica que la ciudad se da a si misma un gobierno propio de carácter municipal o local. Aquí aparece el Cabildo en cuanto se impone, naturalmente, como cabeza de la ciudad, cuyos miembros son los vecinos. En este sentido, el historiador penquista Leonardo Mazzei de Grazia afirma que “(...) todo el proceso de conquista se efectuó sobre la base del establecimiento de estos incipientes núcleos urbanos. Luego de la fundación, seguía la institucionalización de la ciudad, mediante la formación del Cabildo, y los miembros de la hueste se transformaban en residentes, teniendo la posibilidad de obtener premios por su participación y méritos, en particular la encomienda de indígenas”.


SEMEJANZA INSTITUCIONAL


Por la naturaleza y extensión de nuestro trabajo, no ahondaremos en todos y cada uno de los argumentos de Levene para demostrar que “las Indias no eran colonias”. Argumentos -insistimos- principalmente de orden jurídico. Nos centraremos, ahora, en uno solo:


Las Indias nos eran colonias (...):


Porque los Consejos de Castilla y de Indias eran iguales como altas potestades políticas (...). 


Ante todo, resaltemos el carácter original de la expansión española; esto ya lo hemos insinuado, pero ahora conviene precisarlo en mayor medida. Decimos original porque las cosas no se dieron del mismo modo en las tardías expansiones inglesa y francesa del siglo XVII. Nos referimos, puntualmente, al hecho de que la Indias se incorporaron a la Corona de Castilla y no al Reino de Castilla. Esto implica varias cosas. En primer lugar, que sólo pertenecían al rey y que únicamente tenían en común con Castilla la persona del monarca. Segundo, y como corolario de lo anterior, los reinos de Indias eran independientes de los otros reinos españoles. Por lo mismo, y como ya lo dijimos, llegaron a contar con sus propias instituciones, incluyendo las locales como el Cabildo. Esta independencia no se dio automáticamente, sino de un modo gradual.


Su culmen, claramente, es la creación en 1524 del Real y Supremo Consejo de Indias, órgano asesor del monarca en los asuntos americanos. Levene explica este importante hecho del siguiente modo: “(...) las Provincias de Indias se incorporaban a la Corona de Castilla y León, y no podían enajenarse, el Consejo de Indias se desprendía del Consejo de Castilla, con la misma jerarquía y dignidades, y a los españoles de la Península y de las Indias se les reconoció los mismos derechos”. El mismo Levene, en una nota al pie de página, nos dice que el rey Fernando reclamó en contra de lo dispuesto por la reina, pero que “Llegaron a un acuerdo el rey Fernando con sus hijos Juana y Felipe, por cuya virtud ‘la mitad de lo ganado’ le pertenecía en vida, pero a su muerte pasaría a los reyes de Castilla”.


El caso es que, para los efectos de las Indias, la segunda institución que podemos calificar de “suprema”, después del rey, es el Consejo de Indias. Y se trata de una institución, legal y fácticamente, muy relacionada con el monarca. ¿Por qué? Porque según la idea que se tiene de esa autoridad unipersonal, se entiende que éste sólo puede gobernar en justicia con el necesario apoyo de los entendidos. Y los consejos son la forma institucional en que se materializa esta idea; en otras palabras, son el camino en que se canaliza, institucionalmente, la colaboración de los entendidos en el desempeño de la función real.


El Consejo de Indias, como ya lo indicamos, fue establecido por Carlos V en 1524. Otro hito clave es la reorganización de este organismo acometida por Felipe II en 1571, fecha en que se dictan las ordenanzas definitivas del Consejo.


Como características esenciales de este organismo, podemos señalar y describir dos, que forman parte de su completa denominación:


Es real: Los es, precisamente, por ser el Consejo del monarca. Es el órgano asesor del rey para los asuntos americanos o de las Indias.


Es supremo: Lo es porque no hay otro consejo situado por encima al de Indias.


Orgánicamente, el Consejo de Indias está compuesto por una variedad de funcionarios: un presidente, consejeros y un fiscal, que representa el interés público. Además, cuenta con una gran cantidad de oficiales menores.


Interviene, por ejemplo, en todos los nombramientos reales. No nombra directamente, pero sí le propone nombres al rey para llenar los diversos cargos de la administración indiana. En segundo lugar, despacha toda la legislación para América, que conforma el llamado Derecho Indiano. Y, tercero, es el organismo encargado de estudiar los más diversos aspectos de la política de la Corona para con las Indias. La Casa de Contratación, órgano creado anteriormente (en 1503), y con un fin más bien de índole económico-comercial, pasó a depender del Consejo de Indias.  


En suma, concordamos con el argumento de Levene referido a la igualdad institucional de Castilla y las Indias. Sin embargo, y como se desprende del epígrafe, hemos optado por el término “semejanza”, para destacar el carácter peculiar de las Indias respecto de la España peninsular.

 

MODELOS CLÁSICOS


Le hemos hecho dos grandes objeciones a Levene. La primera es que asocia el amplio concepto de colonia con el muy restringido de factoría. Ya hemos visto que se admiten, a nivel conceptual, diversas modalidades coloniales y que las factorías son sólo una de ellas. Sin embargo, le reconocemos el mérito de demostrar que no fue intención, ni legal ni fáctica, de la Monarquía Hispana fundar factorías, sino ciudades. En consecuencia, si ha de admitirse la denominación de colonias ha de enmarcarse dentro de las llamadas de “arraigamiento y asociación”. 


Por otra parte, y considerando la naturaleza histórica de las Indias como transplantes permanentes de lo hispano, puede decirse que ellas pertenecen más bien al modelo romano y no al griego, si distinguimos los dos modelos coloniales históricamente clásicos. Describámoslos brevemente:


Modelo griego: Los habitantes de las polis griegas -de las polis ubicadas en el continente mismo, es decir, en la Península de los Balcanes- salen en busca de mejores horizontes económicos y fundan nuevas ciudades. Estas nuevas polis o “colonias griegas” se conocen como apoikias. Y una de las características centrales de este modelo colonial es que las vinculaciones entre la polis original y la nueva son de carácter cultural, económico, pero en ningún caso político. En otras palabras, puede decirse que, por regla general, las apoikias griegas gozan de plena autonomía política respecto de sus ciudades de origen y que, en suma, el transvasamiento de una polis a otra se centra en lo cultural y económico. Por estas mismas razones, autores como el español Francisco Javier Gómez Espelosín sostienen que, realidad, el caso griego no corresponde a una tipología propiamente colonial: “No parece que el calificativo de ‘colonización griega’ para denominar este fenómeno resulte del más adecuado”.


Modelo romano: Es muy diferente al caso griego. También supone la fundación de un nuevo orden, en este caso civitas, pero ésta queda, administrativamente, sometida a Roma. Desde el Senado se controla la política exterior y se imparten las grandes políticas coloniales. Además, en términos culturales, la romanidad -es decir, los valores de la civilización romana- se expanden de un modo consciente, voluntario. El trasvasije es mucho más elaborado: se trasplantan instituciones, el derecho, la lengua, la cultura y demás. Sin embargo, los romanos son tolerantes en materia religiosa y, por consiguiente, tienden a respetar las creencias y cultos locales. Incluso más: tienden, gradualmente, a recepcionar algunos ritos y creencias extranjeros, especialmente los orientales. El mismo culto al emperador tiene un origen netamente oriental, concretamente pérsico. 


Hecha la distinción anterior, claro, como ya se dijo, es que las Indias forman parte del segundo modelo, el romano. ¿Por qué? Básicamente, porque la expansión española se realiza de un modo consciente, voluntario, y bajo la tutela del Estado.


Es verdad que la vanguardia de la conquista es una empresa privada, particular; que son los propios conquistadores los que deben asociarse y recaudar los fondos económicos para llevar a cabo la tarea. Pero también es cierto que en la retaguardia viene el Estado y la Iglesia, con toda una estructura y cosmovisión, que le da nítidos rasgos de unidad a la expansión.


Además, no se puede desconocer que el carácter centralizado de la expansión se explica por las notorias transformaciones que ha experimentado el Estado español, el que ha pasado de un Estado medieval a uno moderno o de carácter absoluto. El historiador chileno Bernardino Bravo Lira explica que esta transformación se produce en dos ámbitos:

“Por una parte, se debilitan los poderes situados por encima del poder real y, por otra, éste se reafirma su superioridad respecto a los poderes situados por debajo de él”.


El poder estatal moderno se opone al medieval en donde la monarquía tiende a confundirse en una multiplicidad de poderes menores: señoriales, corporativos, locales, etcétera. En el caso español, un claro ejemplo de este cambio constitucional es la decadencia de las  asambleas estamentales, que en Castilla se llamaban Cortes. Estas asambleas estaban integradas por tres estamentos: el nobiliario, el eclesiástico y el de las ciudades o brazo común.


En cambio, a través del absolutismo el monarca se desliga de tales instituciones en virtud de las llamadas regalías, o sea, de las facultades o prerrogativas exclusivas del rey. El mismo Bravo Lira aclara que absoluto no es sinónimo de ilimitado y menos de arbitrario:


“No se refiere a la mayor o menor extensión del poder, sino al hecho de estar desligado de todo condicionamiento de tipo estamental. Es decir, se llama absoluto al poder que reside íntegramente, en plenitud, en el monarca, sin que tenga que compartirlo con otro, como eran en la Europa, como eran en la Europa del siglo XVI las Cortes en Castilla, Aragón y Portugal, los estados generales en Francia o el Parlamento en Inglaterra y Escocia”. 


En fin, queremos recalcar que el absolutismo del Estado español explica, en gran parte, el carácter más o menos centralizado de la expansión española en América. Y esto hace que, de una manera particular, dicha expansión se asemeje mucho más al modelo romano que al griego.


La distinción histórica anterior puede darle y no darle la razón a Levene. Ambas cosas en diversos sentidos: Se la da por el carácter más o menos centralizado de la expansión y asentamiento, cuestión que, claramente, se opone a la idea de colonia como factoría. Pero no se la da en los términos del chileno Mario Góngora, quien señala: “(…) la palabra colonia no tenía entonces un sentido meramente mercantil, por esta razón nosotros consideramos, a pesar de la enfática declaración de Ricardo Levene de que ‘las Indias no eran colonias’, que evidentemente lo eran, en el sentido que eran colonias para el asentamiento y, como aquellas de Roma, estaban relacionadas orgánicamente con las instituciones del país metropolitano y participaban en ellas”. Góngora agrega que la idea mercantil de colonia apareció en el siglo XVIII.      


CONCLUSIÓN

 

¿Cuál es nuestra postura?


Pensamos que todo depende de qué es lo que, específicamente, se entienda por colonias. Como ya hemos dicho, si por ellas entendemos factorías, hay que decir que las Indias no lo eran. Y, en tal sentido, Levene tiene razón. El problema es que el término admite connotaciones más amplias, tanto en términos conceptuales como históricos.


Sin embargo, optamos por no llamar colonias a las Indias y al período de presencia hispana en América entre los siglos XVI y XIX por los siguientes motivos fundamentales:


Por su carácter anacrónico: El término “colonias” no se usaba en la legislación de Indias y tampoco formaba parte de la vida práctica, social y política, del Nuevo Mundo. Las Indias eran parte de España, eran tierras españolas, vinculadas a la Corona de Castilla como bienes de realengo. La semejanza institucional entre las Indias y Castilla prueba tal aserto.


Por su tono peyorativo: Pensamos que si bien, conceptualmente, han de admitirse diversas modalidades o tipologías coloniales, en la práctica, la denominación de colonia supone un dominio negativo, forzado, incluso tiránico. Y en el caso de España, respecto a los habitantes de América, aquello no es exacto. Obviamente, la Conquista, como todo proceso de expansión política y militar, supuso el uso de la fuerza, en muchos casos en forma abusiva y extrema (esto no lo negamos); pero cosa muy distinta es afirmar que durante los tres siglos de la presencia española en América, sus habitantes se sintieron y vivieron políticamente oprimidos.


Por su amplitud conceptual: Precisamente por ser tan amplio el concepto de colonia, nos parece que no corresponde “meter en un mismo saco” la expansión y asentamiento españoles con, por ejemplo, el caso inglés en Norteamérica. Una misma denominación, para situaciones tan diversas, impide una correcta y precisa -verdadera, al fin y al cabo- exposición histórica de las diferencias, matices, particularidades, en suma.


Por su limitación conceptual: Pese a que el concepto de colonia es más amplio que el de factoría, no puede desconocerse que, en la práctica y de un modo habitual, se asocia el término colonia con una idea básicamente mercantil, con lo que se omite, para el caso de las Indias, otros aspectos de tanta o mayor importancia, especialmente político-territoriales, sociales-étnicos, relativos a la evangelización y demás.       


Aclárese que hablamos de amplitud y limitación conceptual, al mismo tiempo, en la medida en que lo hacemos desde ángulos distintos. En el primer caso, desde un prisma historiográfico especializado; y en el segundo, desde una visión socialmente instalada, permanente, y, en consecuencia, muy presente en un público general.  


Por otra parte, y con las salvedades ya reseñadas, no puede desconocerse el enorme valor de la obra en análisis de Ricardo Levene. Si bien se le puede criticar su óptica legalista e hispanista, no es menos cierto que sus razonamientos, que aquí hemos trazado muy someramente, han cooperado bastante a la comprensión de la naturaleza jurídica y también política de la expansión española en América. Su obra, sumada a otros aportes posteriores, ha ayudado a desmitificar el carácter de tal expansión y, sobre todo, a separar las aguas respecto de procesos realizados por otras potencias europeas.


Dijimos al comienzo que Levene “se salió con la suya”; lo dijimos porque logró imponer su proyecto de que se recomendara la no utilización de los términos “colonia” y “período colonial”. Pero las cosas no se le dieron en un ciento por ciento. Primero, porque contó con la oposición de uno de los miembros, el Dr. Ravignani, quien pidió una sesión especial, “(...) pues tendría muchas razones de índole legal y de práctica de gobierno en favor de su disconformidad con el cambio (...)”.


En segundo lugar, porque no logró imponer, en sustitución, la expresión “período de dominación y civilización española”, sino que se aprobó la más simple de “período hispánico”. ¿Es adecuada esta denominación? Resolver esta interrogante daría para otro escrito; pero sólo digamos que algunos, incluso autores que también pueden calificarse de hispanistas, como Bravo Lira, prefieren el término de “período indiano”. ¿Por qué? Porque expresa 1) el nombre históricamente dado a la América española, y 2) porque lo indiano representa el carácter inédito de la vida de estas tierras en cuanto fusión de lo hispano con lo indígena.       


Por último, no podemos dejar de mencionar la importante influencia de Levene en numerosos historiadores, como en el caso de Chile. Un ejemplo es el ya citado Bravo Lira; pero otro, más emblemático, es el de Jaime Eyzaguirre Gutiérrez, símbolo en nuestro país del hispanismo historiográfico. Un botón de muestra: en su famoso opúsculo Ideario y ruta de la emancipación chilena señala: “Ni las leyes ni en los tratadistas se dan a las primeras (las Indias) el calificativo de colonias, sino el de Monarquía Indiana, Reinos, Provincias o Estado de las Indias. Felipe II rubricó este concepto titulándose Hispaniorum et Indiarum rex”. 

 

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES

 

BRAVO LIRA, BERNARDINO, Historia de las instituciones políticas de Chile e Hispanoamérica, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1993.

 

COMELLAS, JOSÉ LUIS, “III. Descolonización”, en “Colonización”, en Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 6, Madrid, 1991.

 

DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA (RAE); en http://www.rae.es (al 03.06.2006).

 

EYZAGUIRRE, JAIME, Ideario y ruta de la emancipación chilena, Editorial Universitaria, Santiago, 12ª edición: 1983 (1ª edición: 1957).    

 

GÓMEZ ESPELOSÍN, FRANCISCO JAVIER, Introducción a la Grecia Antigua, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 51.

 

GÓNGORA, MARIO, Estudios sobre la Historia Colonia de Hispanoamérica, Editorial Universitaria, Santiago, 1998.

 

LEVENE, RICARDO, Las indias no eran colonias, Espasa-Calpe, Madrid, 3ª edición: 1973 (1ª edición: 1951).

 

LIRA PÉREZ, OSVALDO, Hispanidad y mestizaje, Editorial Covadonga, Santiago, 1985. 

 

MAZZEI DE GRAZIA, LEONARDO, Historia de Concepción. Conquista y Colonia, Municipalidad de Concepción – Universidad de Concepción, Concepción, 1995.

 

MORALES PADRÓN, FRANCISCO, Historia del descubrimiento y conquista de América, Editora Nacional, Madrid, 1981.

 

URBINA BURGOS, RODOLFO, Apuntes de Clases de la asignatura “América siglos XVI y XVII. Política, territorio y evangelización”, Instituto de Historia, Universidad de los Andes, Santiago, 2006 (tomados por el infrascrito).

 

VILLALOBOS, SERGIO, Historia del pueblo chileno, Editorial Zig-Zag, Santiago, 1ª edición: 1980 (2ª edición: 1983).


[1] Como se desprende de su obra, para Levene el término “dominación” tiene un sentido positivo: revela la circunstancia jurídica de que las Indias fueron incorporadas a la Corona de Castilla y León como bienes de realengo, es decir, como bienes propios del monarca.

[2] Cfr. LEVENE, RICARDO, Las indias no eran colonias, Espasa-Calpe, Madrid, 3ª edición: 1973 (1ª edición: 1951), pp. 153 y 154. La referida declaración aparece a manera de apéndice en esta obra.  

[3] Ibid., p. 153.

[4] Ibid., pp. 10 y 11.

[5] Diccionario Real Academia Española (RAE); en http://www.rae.es (al 03.06.06)

[6] Ibid.

[7] La religión protestante, en base a su teoría de la predestinación, no ve en los indios la posibilidad de salvación; y, en consecuencia, la evangelización de estas gentes se considera una práctica innecesaria. Esto como regla general, huelga decirlo.

[8] LEVENE, RICARDO, op. cit., p. 34.

[9] Ibid. 

[10] Cfr. Ibid., pp. 34 y 35.

[11] Cfr. Ibid., p. 82.

[12] Aunque a nivel doctrinal, y como lo demuestra el historiador chileno Mario Góngora, Solórzano utiliza el término “colonias “(…) en el sentido romano clásico de núcleos de asentamiento establecidos en otras tierras (…)” (GÓNGORA, MARIO, Estudios sobre la Historia Colonia de Hispanoamérica, Editorial Universitaria, Santiago, 1998, p. 93).

[13] Estas tipologías, sus nombres y significados esenciales, las hemos extraído de URBINA BURGOS, RODOLFO, Apuntes de Clases de la asignatura “América siglos XVI y XVII. Política, territorio y evangelización”, Instituto de Historia, Universidad de los Andes, Santiago, 2006. Estos apuntes han sido tomados por el infrascrito; por eso evitamos las comillas.    

[14] En conjunto, estas dos tipologías son enmarcadas por el historiador español José Luis Comellas bajo la denominación de “tipo funcional o anglosajón”. Enumera las siguientes características: “reducción al mínimo del aparato militar y administrativo, asentamientos de población metropolitana relativamente pequeños, estratégicamente situados en zonas costeras que dominan, o bien un amplio hinterland, o bien un espacio marítimo, o ambas cosas” (COMELLAS, JOSÉ LUIS, “III. Descolonización”, en “Colonización”, en Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 6, Madrid, 1991, p. 16).

[15] En la que se intentó en la época colombina un modelo de factoría, pero que no fue acorde con las aspiraciones de la Corona.

[16] Por eso no sorprende su lema de que “(…) sin Historia del Derecho no hay Historia de la Civilización” (LEVENE, RICARDO, op. cit., p. 9).

[17] VILLALOBOS, SERGIO, Historia del pueblo chileno, Editorial Zig-Zag, Santiago, 1ª edición: 1980 (2ª edición: 1983), p. 40.

[18] MORALES PADRÓN, FRANCISCO, Historia del descubrimiento y conquista de América, Editora Nacional, Madrid, 1981, p. 19.

[19] MAZZEI DE GRAZIA, LEONARDO, Historia de Concepción. Conquista y Colonia, Municipalidad de Concepción – Universidad de Concepción, Concepción, 1995, p. 9.

[20] LEVENE, RICARDO, op. cit., p. 10.

[21] Otro hito es la limitación de la vigencia de las leyes de Castilla en Indias desde 1614. “En 1614 se resolvió que ninguna ley de Castilla podía regir en América sin tener el pase de este Real y Supremo Consejo de Indias. Hasta esa fecha se había entendido que las leyes de Castilla se aplicaban en Indias. Desde 1614 la situación cambia y se produce una cierta separación de las legislaciones” (BRAVO LIRA, BERNARDINO, Historia de las instituciones políticas de Chile e Hispanoamérica, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1993, p. 50).

[22] LEVENE, RICARDO, op. cit., p. 19.

23] Ibid.

[24] La Casa de Contratación “(...) tenía a su cargo el tráfico entre España e Indias. No sólo el paso de mercaderías, sino también de personas, para impedir que fueran a Indias sujetos no católicos o de mala conducta, cuyo ejemplo pudiera perjudicar la labor evangelizadora de los indígenas. La Casa tenía, además, otras funciones, científicas, relativas a la exploración del Nuevo Mundo” (BRAVO LIRA, BERNARDINO, op. cit., p. 65). 

[25] GÓMEZ ESPELOSÍN, FRANCISCO JAVIER, Introducción a la Grecia Antigua, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 51.

[26] Una muy interesante analogía entre el modelo imperial romano y el español puede encontrarse en LIRA PÉREZ, OSVALDO, Hispanidad y mestizaje, Editorial Covadonga, Santiago, 1985, pp. 61-73.

[27] BRAVO LIRA, BERNARDINO, op. cit., p. 31.

[28] Ibid., p. 36. 

[29] GÓNGORA, MARIO, op. cit., p. 93.

[30] Cfr. Ibid.

[31] Ricardo Zorraquín Becú, Víctor Tau Anzoategui, ambos en Argentina; Bernardo Bravo Lira, en Chile. Estos nombres los damos a manera de ejemplo.

[32] LEVENE, RICARDO, op. cit., p. 156.

[33] EYZAGUIRRE, JAIME, Ideario y ruta de la emancipación chilena, Editorial Universitaria, Santiago, 12ª edición: 1983 (1ª edición: 1957), p. 23.

 

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«La razón es que la libertad religiosa encarna los valores trascendentales, que son los fundamentos de la fe y de nuestra humanidad: el carácter sagrado de la vida y la dignidad de la persona». También son los valores de la democracia. Cuando se violan, sea por regímenes teocráticos, comunistas, o por Gobiernos formalmente democráticos, entonces se debilita la libertad política general».

 

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El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. 2005.

 

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Quién, sino la Iglesia, a través de los monasterios, salvó la ciencia de los clásicos y la transmitió para el futuro; quién creó las universidades, sino la Iglesia; quién fue mecenas del arte y de la mejor cultura de Europa, sino la Iglesia; quién lo sigue siendo.


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Judíos y cristianos comparten un inmenso patrimonio espiritual, que deriva de la autorrevelación de Dios. Nuestras enseñanzas religiosas y nuestra experiencia espiritual exigen que venzamos el mal con el bien. Recordamos, pero no con deseo de venganza o como un incentivo al odio. Para nosotros, recordar significa orar por la paz y la justicia, y comprometernos por su causa. Sólo un mundo  en  paz, con justicia para todos, puede  evitar que se repitan los errores y los terribles crímenes del pasado.

Como Obispo de Roma y Sucesor del apóstol Pedro, aseguro al pueblo judío que la Iglesia católica, motivada por la ley evangélica de la verdad y el amor, y no por consideraciones políticas, se siente profundamente afligida por el odio, los actos de persecución y las manifestaciones de antisemitismo dirigidos contra los judíos por cristianos en todos los tiempos y lugares. La Iglesia rechaza cualquier forma de racismo como una negación de la imagen del Creador inherente a todo ser humano (cf. Gn 1, 26).


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Catolicismo y unidad

 

Isabel fue, en verdad, una reina que profesó, a lo largo de toda su vida, con obras y palabras, la fe católica, hasta ese punto de la entrega de su persona a los suyos –su familia y sus reinos: su pueblo– que merece la calificación de heroica. Son conmovedoras las disposiciones últimas de su Testamento, legando todos sus bienes personales a los pobres y mandando que lo que fuese a gastarse en boato en sus exequias, que se diese a los pobres. Su conducta como reina estuvo inspirada en los ideales de justicia y de solidaridad, llevados a la práctica insobornable pero también misericordiosa y pacientemente: defendiendo siempre y con todo vigor a los más humildes. Lo atestiguan elocuentemente sus desvelos por la liberación de las gentes del campo en toda España.
La unidad de los reinos de España la aceptó y cuidó Isabel la Católica como un gran bien para todos: para su presente y su futuro. Un bien no solamente de naturaleza pragmática y utilitarista, a disposición de cualquiera, sino, sobre todo, de valor moral, humano y espiritual de la máxima importancia. ¿Cómo no van a ser los cristianos, máxime los situados en puestos de responsabilidad pública, los primeros en defender y promover el bien de la unidad de los pueblos y de las naciones, con el respeto exquisito a todas las legítimas diversidades, si los guía el mandamiento del amor mutuo que incluye los deberes de la justicia y de la solidaridad privada y pública, y aun los supera? Así lo enseñábamos los obispos en la Conferencia Episcopal Española no hace mucho tiempo.
Lo católico ha brillado en ella, como reina, cuando promueve la evangelización de la América recién descubierta, con un fino sentido cristiano del valor inalienable de todo ser humano: persona, creatura e hijo de Dios siempre. Así mandaba en su Codicilo, que adjuntó a su Testamento, a su hija, la heredera, doña Juana, y a su marido don Felipe: «Que no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y prevean por manera que no se exceda en cosa alguna».

+ Antonio Mª Rouco Varela - En la Misa del V Centenario de Isabel la Católica (10-XII-2004)


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1480 - Los Reyes Católicos promulgan la primera ley reguladora del libro impreso. Por ella queda libre del pago de todo tipo de tributos la introducción en España de libros extranjeros.

 

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Isabel la Católica - La conquista de Granada, uno de los hechos más relevantes del reinado de Isabel necesita de algunas notas previas imprescindibles para comprender el tema en su totalidad: la primera es el hecho de que Granada era un Señorío musulmán dentro del reino de Castilla por el que los nasríes (nazaríes) tenían que pagar el correspondiente tributo, acudir a Cortes cuando fueran requeridos para ello y enviar tropas a los reyes cuando se lo pidieran. 

Sin embargo, hacia 1480 Granada se sublevó rompiendo el lazo de vasallaje con la corona. La segunda es que los turcos estaban presionando en todo el Mediterráneo Oriental y el Papa llamó a todos los reinos cristianos a la lucha para detenerlos. En tercer lugar desde Roma se dio a esta guerra el carácter de Cruzada, por lo que la reconquista fue emprendida como tal por los Reyes Católicos.


La guerra duró once largos años, entre 1481 y 1492 y lo primero que se hizo en ella fue conseguir establecer la seguridad del Mediterráneo ya que había sospechas de que había una connivencia entre los turcos y los musulmanes de Granada. 

Para ello se pactó con todos los reinos implicados a fin de conseguir su colaboración en este área, especialmente su neutralidad. Fue un trabajo llevado a cabo personalmente por Fernando, el gran diplomático del Renacimiento y, como Rey de Aragón y Sicilia, con muchos intereses comunes en esa parte del mundo. Así pacta con Francia, Génova, Venecia, el Vaticano y Egipto.

En 1481, Muley Hacén, Emir de Granada, había conquistado la ciudad de Zahara lo que dio pié a los monarcas españoles para iniciar una reconquista que iba a tener un enorme costo económico para las arcas reales: dos millones de maravedíes que se recaudaron de la Hermandad, del décimo del clero y con la ayuda recibida por tratarse de una Cruzada. 

En respuesta a la conquista de Zahara por parte de los musulmanes, el Marqués de Cádiz y Don Diego de Merlo, conquistaron Alama y se fortificaron en ella en 1482. 

Viendo los buenos resultados de esta forma de actuar, Fernando determinó que, a partir de entonces, todas las acciones de guerra tenían que seguir este modelo; es decir, conquistar una ciudad y asegurarla de forma que no fuera reconquistada con lo que se evitaban las batallas en campo abierto.


En Granada empieza a haber síntomas de una guerra civil al ser puesta en entredicho la política seguida por Muley Hacén por sus hijos Boabdil y Yusuf, que se pusieron al frente de una sublevación. 

Boabdil, partidario de pactar con Castilla quiso, con una acción de armas, conseguir prendas y rehenes que le sirvieran en caso de que se llegara a algún acuerdo. Atacó Lucena consiguiendo un gran botín aunque la plaza quedó en manos de los cristianos. 

Cuando regresaba a Granada le sorprendió el Conde de Cabra que lo hizo prisioner en 1483 y, en el mes de agosto, se firmó una tregua entre el musulmán y los Reyes Católicos. Por dicho acuerdo Boabdil pasaba a ser vasallo de Reino de Castilla con la obligación de pagar 12.000 doblas de oro anuales. Muley Hacén no estuvo en este pacto ni, por tanto, lo firmó con lo que Granada quedó dividida en dos mitades, una dominada por Muley y la otra por Boabdil.

En 1484 Fernando se pone al frente de la guerra, que es fundamentalmente de desgaste mediante el cerco económico (destrucción de la agricultura) y militar (conquista de las plazas más importantes). 

La primera en ser tomada fue Álora en la que se pactaron unas condiciones para la rendición de la población musulmana que serviría de modelo para las demás, a saber: concesión de las tres característica inherentes a la condición humana, libertad personal, propiedad de sus bienes y mantener su religión y culto, se les exigía que siguieran pagando el tributo a la corona, como hasta ese momento lo habían hecho. Los que no aceptasen esto, tenían libertad de marcharse del país con sus pertenencias.

Por parte de los musulmanes intervienen, a lo largo de la guerra, tres reyes: Muley Hacén hasta 1485, su hermano “El Zagal” hasta 1489 y, el hijo de Muley, Muhamad XII conocido como Boabdil que fue durante una parte de ella, aliado de los cristianos. 

En 1485 muere Muley y los cristianos conquistan Ronda, Loja e Ilora. “El Zagal” que le sucede es derrotado por Boabdil con ayuda de los castellanos. En 1487 se conquista Málaga, Vera, Mojacar, Mijas, Vélez Blanco , Vélez Rubio, Baza, Tabernas, Purchena, Guadix y Almería. El reino de Granada queda reducido, por tanto, a la capital, la Vega y las Alpujerras.


Granada está pasando por una grave crisis provocada por el hambre que se apodera de la ciudad por los muchos emigrantes que llegan a ella procedentes de las ciudades conquistadas por los Reyes Católicos, lo que hace muy difícil que Boabdil pueda defenderla. Los castellanos ponen cerco a la ciudad que no tiene más remedio que rendirse el 2 de enero de 1492. Con esto terminan ocho siglos de presencia política, militar, religiosa y cultural de los árabes en la península Ibérica en los que se produjo de todo, batallas ganadas y perdidas, conversiones y defecciones tanto de unos como de otros, matrimonios entre personas de distinta religión, (la reina Tula de Navarra era abuela de Almanzor) estilos artísticos nuevos, un gran avance cultural por ambas partes, etc. Demasiados siglos para tratarse solamente de una guerra.

2006-II-09- Agradecemos a: Rafael Osset y Manso de Zúñiga - Octubre 2004


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Palabras del arzobispo de Valladolid, en la embajada española ante la Santa Sede

Isabel la Católica y la evangelización de América

 


 

En la embajada de España ante la Santa Sede, en Roma, dentro del Ciclo, iniciado ya el año 2002, de Conferencias sobre la Reina Católica, el día 12 de noviembre pasado el arzobispo de Valladolid, monseñor Braulio Rodríguez Plaza, pronunció una interesante conferencia sobre la reina Isabel la Católica y la evangelización de América. He aquí un extracto de la misma:


Quiero recordar, desde el inicio de mi exposición, un hecho gozoso y evidente: el Continente americano está hoy iluminado y envuelto en la luz del Evangelio, y la fe cristiana es patrimonio de la inmensa mayoría de los habitantes de esta parte tan importante de nuestro mundo. Toda esta obra ingente debe atribuirse a la Providencia de Dios, pero el Señor actúa también por medio de personas concretas, y el nombre de Isabel de Castilla, la Reina Católica, ha de colocarse en un lugar destacadísimo. Como escribió bellamente León XIII, Isabel hizo surgir de las aguas del olvido todo un Nuevo Mundo, por obra del almirante Cristóbal Colón.
Desde el comienzo de su reinado se le presentó a la reina Isabel un anchuroso campo de apostolado con la evangelización de las Islas Canarias, recientemente incorporadas a su Corona por decisión del Papa Sixto IV, habiendo precedido el Tratado de Alcaçobas. Aquí comenzó su preocupación por la evangelización, su conquista para Dios, y aquí se ensayaron los mejores métodos de esta misión evangelizadora.
Muchos historiadores no tienen en cuenta un factor decisivo: la formación católica que, en el caso de Isabel, recibió la futura reina de Castilla. Es necesario colocarse dentro de esta situación para entender a la Reina Católica, su tiempo y, sobre todo, su gran obra de evangelización en América; una acción querida personalmente por ella y que, de algún modo, se inició previamente, como hemos ya reseñado, en la evangelización y organización eclesial de las Islas Canarias, y del reino de Granada recién conquistado. La evangelización del Nuevo Mundo es vivida por Isabel de Castilla como algo natural que surge de su fe. Nos conviene, pues, considerar cuanto se mueve en torno a esta gran empresa de llevar la fe cristiana a los habitantes de Indias.
El tema que me he propuesto exponer es considerar el papel que la reina de Castilla, Isabel, desempeñó en la evangelización de América. Hay que centrarse, pues, en su persona y su entorno. Ella estaba decidida a que aquellos habitantes, nuevos súbditos suyos, conocieran la fe católica, que hiciera de ellos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Aprovechó, sin duda, la coyuntura de las reformas llevadas a cabo de religiosos españoles, sobre todo de Franciscanos Menores, para plantear esa evangelización, y dispuso leyes y mandatos concretos que no se explican sin ese fin misionero.

Una acción que perdura

Una de las grandes cuestiones a valorar en una correcta interpretación del quehacer hispánico en Indias, incluso desde una óptica no confesional, pero objetivamente histórica, es el tema de la evangelización de sus naturales, en su doble acepción ético-religiosa y cultural, aspectos hondamente enlazados, de forma que el uno no se concibe sin el otro.
Es cierto que la vida de Isabel no duró tanto como el curso de la cristianización americana, obra de necesaria concienzuda lentitud. Pero el influjo de su acción duró siglos. Diré más: aún perdura. Y el secreto es Isabel de Castilla. La fuerza firme de Isabel imprimió tal pulso a su obra misionera, que su efectos fueron mucho más allá de la fecha temprana de su muerte.
Desde el inicio, la Corona mantuvo la tesis de que la empresa de Indias tendría su meta en el campo religioso. Descubrir y colonizar era ganar almas y salvarlas, era dar gloria a Dios y brillo a la Iglesia.
«Damos muchas gracias a Nuestro Señor por todo ello, porque esperamos que, con su ayuda, este negocio vuestro será causa que nuestra santa fe católica será mucho más acrecentada», escribieron los reyes a Colón el 16 de agosto de 1494. Y éste era el estribillo de sus pensamientos y deseos: que la presencia misma de los españoles invite a los indios a abrazar el cristianismo, «porque la conversión dellos podría atraer a los que habita en dicha tierra al conocimiento de Dios nuestro Señor, e a reducirlos a nuestra fe católica».
En la Instrucción… para la población de las islas y tierra firme descubiertas y por descubrir en las Indias, se da al Almirante esta norma:
«Que se conviertan a nuestra Santa Fe Católica y que a ellos y a los que han de estar en las dichas Indias sean administrados los sacramentos por los religiosos e clérigos que allá estén e fueren». 2003-nov. Alfa y omega.


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Pues bien, no es la Monarquía el garante de la unidad. Ninguna Monarquía ha garantizado la unidad de un país, nunca jamás. Lo que garantiza la unidad de un colectivo humano es la adhesión de la mayoría de sus miembros a los principios que dieron origen a ese país. En el caso de España, fue el Cristianismo el que mantuvo la unidad de la patria, porque fue el Cristianismo, en lucha con el Islam, quien forjó este Estado, plurinacional o no. En consecuencia, el abandono es esos principios cristianos sí que puede romper España. Los Reyes Católicos, tan denostados hoy, no suspiraban por una España unida, sino por una España cristiana. El testamento de Isabel la Católica no habla tampoco de una América unida, ni de un imperio iberoamericano, sino de una hispanidad cristiana, y por eso exige respeto a los indígenas, porque, argumenta la Católica, son hijos de Dios, tan hijos como los españoles (si sería reaccionaria, la individua, que hablaba de filiación divina. No sé donde vamos a parar...). HISPANIDAD DIG. ESP. 2004. 02


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El 11 de septiembre de 1766 Carlos III dispone la admisión de los indígenas americanos en las comunidades religiosas y su aceptación para cargos civiles.

 

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La dimensión americana [de España]

 

Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA

 

España sólo resulta inteligible en América y desde América. Ausente esta dimensión americana, resulta incompleta e ininteligible. En ocasiones se ha pensado, y el reproche no ha faltado desde la otra orilla del Atlántico, que el europeísmo de España, su participación en el proceso de la construcción política europea, se nutría del olvido de su dimensión americana. Pero no existe incompatibilidad ni contradicción entre las dos dimensiones, la europea y la americana.

España no se convierte al europeísmo, no redescubre una realidad que le fuese ajena. Siempre fue parte esencial de la civilización europea. Lo que sí es cierto es que en la hora de la crisis, España, o, al menos, sus minorías rectoras, consideró que los principios que gestaron la civilización europea eran el remedio para los males nacionales. Así, europeización y regeneración se convirtieron en términos equivalentes.

No es extraño que la concentración en la construcción europea haya podido ser entendida como un olvido de nuestra vocación americana, incluso como una traición a nuestros deberes históricos hacia las naciones hermanas, que nunca fueron consideradas como colonias sino como parte integrante de las Españas. Pero europeísmo y americanismo no son incompatibles. Por el contrario, la empresa americana forma parte esencial del ser europeo de España. Esa ha sido la obra histórica de España, la apertura de los pueblos americanos a los principios y valores de la civilización europea.

La pertenencia de nuestra nación a la Unión Europea ni impide ni dificulta la construcción de una Comunidad Iberoamericana de Naciones. Pero para que ésta sea viable quizá fuera necesario articularla en torno a la fidelidad a unos principios y valores compartidos, entre los que, sin duda, se encuentran el respeto a los derechos humanos y la adhesión a la democracia liberal. Quizá fuera necesario excluir a las naciones que no cumplan estos requisitos. De paso, se evitarían los tradicionales esperpentos del castrismo.

La intensificación de la emigración americana a España puede también contribuir a este acercamiento histórico. Con ella, cumple nuestra nación tanto un deber histórico y político como satisface su propio interés. Tampoco sería mala terapia la superación de resentimientos y de tergiversaciones históricas sobre la obra española en América, a los que tanto contribuye una buena parte de la izquierda española, en la que hubo mucho más que sólo errores y agravios. No parece que la empresa española en América haya sido ajena a la implantación americana de los ideales de la racionalidad filosófica y científica de raíz griega, de la dignidad del hombre de raíz cristiana y del principio del imperio de la ley de raíz romana. En cualquier caso, la dimensión americana de España ni es cosa del pasado ni es incompatible con la realidad europea de nuestra nación ni con su vocación europeísta. El filósofo Nietzsche, sumido ya en las nieblas de la locura pero sin perder la lucidez, oyendo a unos visitantes de su hermana hablar de España, mientras improvisaba al piano, dijo que los españoles quisimos ser demasiado. Malo sería que ahora nos conformáramos con ser demasiado poco. Europa es nuestra realidad; América, nuestro deber y nuestra vocación. 
2004.

 

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La triple gloria de la cruz - "Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Ga 2, 14). Esta frase está textualmente en la carta a los Gálatas y en ella se centrará nuestro sermón. Comencemos por la primera expresión que el mismo Cristo sufriendo en la cruz se aplica a sí mismo: Dios me libre. En la sagrada Escritura se afirma con claridad que Cristo estuvo muchas veces en peligro de muerte de parte de los judíos que por caminos diferentes intentaron darle muerte. Pero Cristo no quiso otro modo de morir que el de la cruz, ya que evitó los otros, huyendo o de otras formas. Se halló por primera vez en peligro de muerte cuando apenas acababa de nacer. Reinaba entonces Herodes, un extranjero que con el favor del emperador romano obtuvo el gobierno de los judíos. Cuando oyó de los reyes de oriente el nacimiento del rey de los judíos y de los rabinos supo el lugar de su nacimiento, Herodes envió soldados para que mataran a todos los niños de la ciudad de Belén y sus alrededores, y así lo llevaron a cabo. Pero el ángel del Señor se apareció a José diciéndole que huyera a Egipto con el niño y con su madre. Así escapó Cristo de la muerte y se cumplió la profecía del libro de Job: Apuñalaron a los mozos; sólo yo pude escapar (Jb 1, 15).

 

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La Iglesia es universal porque Cristo le ordenó ser global - católica – universal.

Siendo en el 64/67ca. crucificado S.Pedro en cruz invertida, primer obispo de Roma, somos historia ‘Italia-Roma-Vaticano’ bien documentados desde hace 2000 años:«Pero yo puedo mostrar los trofeos de los apóstoles. Pues si deseas ir al Vaticano o al camino de Ostia, verás los trofeos de aquellos que fundaron esta iglesia».Fuente: Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesarea, tomo I. Editorial CLIE

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(Palestina, c. 265- id., 340) Escritor y prelado cristiano griego. Favorito del emperador Constantino, fue elegido obispo de Cesarea en 313 e intervino en las luchas entre ortodoxos y arrianos. Llevado por su espíritu conciliador, se enfrentó varias veces con Atanasio. Fundó la historiografía eclesiástica, fijó las bases de la cronología hasta 323 en su Crónica y escribió una historia del cristianismo hasta esa fecha. Es autor también de dos obras apologéticas: Preparación evangélica y Demostración evangélica.

 

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Evangelio según San Mateo 11,16-19. - ¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: ´¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!´. Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: ´¡Ha perdido la cabeza!´. Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ´Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores´. Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras".

 

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“La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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Simón Pedro era -como la mayoría de los primeros discípulos del Señor- natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera nordeste del lago de Genesaret. Lo mismo que su padre Juan y su hermano Andrés, era pescador. Estaba casado, pues el Evangelio nos refiere cómo Jesús curó a su suegra, que vivía en Cafarnaúm. Pescador y príncipe de los apóstoles, primer papa y piedra sobre la cual se edifica la Iglesia. Éste es Pedro. Pedro dijo: «Señor, en tu palabra, echaré la red»

 

"El cristianismo no teme a la cultura sino a la media cultura. Teme la superficialidad, los eslóganes, las críticas de oídas; pero quien puede hacer la ´crítica de la cultura´ puede volverlo a descubrir o seguir siendo fiel" JEAN GUITTON –filósofo fr.

 

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Parecen, éstas, palabras «inocentes» - «María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente»- y, sin embargo, llevan dentro un carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podría causar un encendimiento de amor en un corazón abierto. S.S. Juan Pablo II – Magno – Vat. 2003-12-08

 

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cae el día y los cristianos a Dios elevan sus preces

 

A ti, Padre omnipotente,
origen del cosmos y del hombre,
por Cristo, el que vive,
Señor del tiempo y de la historia,
en el Espíritu que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

 

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El respeto de la integridad de la creación

Catecismo de la Iglesia Católica

 

2415 El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38).

2416 Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

2417 Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas moralmente aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.

2418 Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.

 

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Consecuencias ambientales

21. Las desigualdades en la distribución de la propiedad de las tierras desencadenan un proceso de degradación del medio ambiente difícilmente reversible,(15) a lo que se añade el deterioro del suelo, la disminución de su fertilidad, el riesgo de inundaciones, la disminución de la capa freática, el aterramiento de los ríos y de los lagos y otros problemas ecológicos.

A menudo se fomenta, con facilidades fiscales y de crédito, la deforestación de amplios territorios para dejar sitio a la cría extensiva del ganado, a las actividades mineras o el manufacturado de las maderas, pero sin prever planes de rehabilitación del medio ambiente y si están previstos no se aplican.

La pobreza también está vinculada al deterioro medio ambiental en un círculo vicioso cuando los pequeños agricultores, expropiados del latifundio, y los pobres sin tierra, en busca de nuevas tierras, se ven obligados a ocupar las tierras estructuralmente frágiles, como por ejemplo los terrenos pendientes y a erosionar el patrimonio forestal para poder cultivar.

 

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El mensaje biblico - El cuidado de la creación

22. La primera página de la Biblia relata la creación del mundo y de la persona humana: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra los creó » (Gn 1, 27). Palabras solemnes expresan la tarea que Dios les confía: « Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra » (Gn 1, 28).

La primera tarea que Dios les encomienda —es evidente que se trata de una tarea fundamental— se refiere a la actitud que deben tener con la tierra y con todos los seres vivientes. « Henchir » y « dominar » son dos verbos que se pueden malentender con facilidad e incluso pueden parecer una justificación de ese dominio despótico y desenfrenado que no se preocupa por la tierra y por sus frutos y hace estragos con ella a su propio favor. En realidad « henchir » y « dominar » son verbos que, en el lenguaje bíblico, sirven para describir la dominación del rey sabio que se preocupa por el bienestar de todos sus súbditos.

 

El hombre y la mujer tienen que cuidar la creación, para que ésta les sirva y para que esté a disposición de todos y no sólo de algunos.

23. La naturaleza profunda de la creación es la de ser un don de Dios, un don para todos, y Dios quiere que se quede así. Por eso la primera orden que Dios da es la de conservar la tierra respetando su naturaleza de don y bendición, y de no transformarla en instrumento de poder o motivo de conflictos.

El derecho-deber de la persona humana de dominar la tierra nace del hecho de ser imagen de Dios: corresponde a todos y no sólo a algunos la responsabilidad de la creación. En Egipto y en Babilonia este privilegio era sólo de algunos. En la Biblia, en cambio, el dominio pertenece a la persona humana por ser tal y, por lo tanto a todos. Es más, es la humanidad conjuntamente la que se debe sentir responsable de la creación.

Dios deja al hombre en el jardín para que lo labre y lo cuide (cf. Gn 2, 15) y para que se alimente de sus frutos. En Egipto y en Babilonia el trabajo es una dura necesidad impuesta a los hombres en beneficio de los dioses: en realidad, en beneficio del rey, de los funcionarios, de los sacerdotes y de los terratenientes. En la narración bíblica, en cambio, el trabajo es algo para la realización de la persona humana.

 

La tierra es de Dios quien la ofrece a todos sus hijos

24. El israelita tiene el derecho de propiedad de la tierra, que la ley protege de muchas formas. El Decálogo prescribe: « no codiciarás la casa de tu prójimo, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo » (Dt 5, 21).

Se puede decir que el israelita se siente verdaderamente libre y plenamente israelita sólo cuando posee su parcela de tierra. Pero la tierra es de Dios, insiste el Antiguo Testamento, y Dios la ha dado en herencia a todos los hijos de Israel. Se debe por lo tanto repartir entre todas las tribus, clanes y familias. Y el hombre no es el verdadero dueño de su tierra sino que es más bien un administrador. El dueño es Dios. Se lee en el Levítico: « La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes » (25, 23).

En Egipto la tierra pertenecía al faraón y los campesinos eran sus esclavos y de su propiedad. En Babilonia había una estructura feudal: el rey entregaba las tierras a cambio de servicios y de fidelidad. No hay nada parecido en Israel. La tierra es de Dios que la ofrece a todos sus hijos.

 

25. De ahí derivan varias consecuencias. Por un lado, nadie tiene el derecho de quitar la tierra a la persona que la cultiva, en caso contrario se viola un derecho divino; ni siquiera el rey puede hacerlo.(16) Por otro lado, se prohibe toda forma de posesión absoluta y arbitraria a propio favor: no se puede hacer lo que se quiere con los bienes que Dios ha dado para todos.

Sobre esta base la legislación ha ido añadiendo, impulsada siempre por situaciones concretas, muchas restricciones al derecho de propiedad. Algunos ejemplos: la prohibición de recoger los frutos de un árbol durante los cuatro primeros años (cf. Lv 19, 23-25), la invitación a no cosechar la miés hasta el borde del campo y la prohibición de recoger los frutos y las espigas olvidados o caídos, porque pertenecen a los pobres (cf. Lv 19, 9-10; 23, 22; Dt 24, 19-22).

A la luz de esta visión de la propiedad se entiende la severidad del juicio moral expresado por la Biblia sobre los abusos de los ricos, que obligan a los pobres y a los campesinos a ceder sus fundos familiares. Los Profetas son los que más condenan estos abusos. « ¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo con campo anexionáis! » grita Isaías (5, 8). Y su contemporáneo Miqueas añade: « Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad » (2, 2).


 

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Las sectas y su invasión del mundo hispánico: una guía  (2003) también por Manuel Guerra Gómez, editada por Eunsa. - Sinopsis. - Para visitar con provecho a una ciudad desconocida, aconsejan el uso de una Guía con su plano, la descripción de sus monumentos, etc. Esta obra pretende prestar un servicio similar con respecto a las sectas implantadas en el mundo hispano. Para no correr el riesgo de extraviarse entre las más de 20.000 sectas inventariadas hasta el momento, para poder recorrer sus nombres que cambian con frecuencia y para ni acumular más inseguridad e inquietud, se presenta esta Guía en el mercado. El autor trata de reflejar la realidad de cada secta con la mayor objetividad posible y de perfilar sus señales de identidad de acuerdo con los datos -no siempre completos- que facilitan su identificación

 

Recomendamos vivamente:

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 

Recomendamos vivamente: Cristóbal Colón y el descubrimiento de América

Autores: Florentino Perez-Embid / Charles Verlinden

Esta pequeña obra maestra es uno de los trabajos más certeros sobre la vida y personalidad de Colón, y sobre el descubrimiento de América. Ofrece un enfoque realista, preciso, completo y esclarecedor de todos esos importantes hechos históricos. Ediciones ‘RIALP’. 

 

San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), presbítero en Antioquia, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia - Homilías sobre san Mateo, 27,1  - «Curó a muchos enfermos» -      «Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él con su palabra expulsó los espíritus y curó todos los enfermos». ¿Te fijas que la fe de la multitud crece poco a poco? A pesar de lo avanzado de la hora no han querido abandonar al Señor; han pensado que el atardecer les permitía llevarle unos enfermos. Piensa en la cantidad de curaciones que los evangelistas no narran; no las cuentan todas una a una sino que en una sola frase nos muestran un océano infinito de milagros. Para que la grandeza del prodigio no nos arrastre hacia la incredulidad, para que no nos perturbe el pensar en una gran multitud aquejada de males tan diversos y curada en un momento, el evangelio trae el testimonio del profeta tan extraordinario y tan sorprendente como los mismos hechos: «Así es como debía cumplirse el oráculo del profeta Isaías: Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores» (53,4). No dice: «Ha destruido», sino: «Él soportó» y «aguantó», dando así a entender el profeta, según mi parecer, que habla más del pecado que de las enfermedades del cuerpo, lo cual está de acuerdo con lo que dice Juan Bautista: «Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).


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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).