La Vida
La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es belleza, admírala.
La vida es beatitud, saboréala.
La vida es un sueño, hazlo realidad.
La vida es un reto, afróntalo.
La vida es un juego, juégalo.
La vida es preciosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es un misterio, descúbrelo.
La vida es promesa, cúmplela.
La vida es amor, gózalo.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es una tragedia, domínala.
La vida es aventura, vívela.
La vida es felicidad, merécela.
La vida es vida, defiéndela.
Beata Madre Teresa de Calcuta
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«Aunque camine por un valle oscuro...» (I)
«Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts 4, 3). Reflexiones sobre la santidad cristiana a la luz de la experiencia de Madre Teresa de Calcuta», es el tema de las meditaciones que el Predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa, ofm cap, ofrece este Adviento a Juan Pablo II y sus colaboradores en la Curia romana, quienes se preparan para la celebración de la Navidad.
Ciudad del Vaticano, 12 diciembre 2003..
Segunda meditación de Adviento, diciembre de 2003
Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas:
Un día, Francisco de Asís exclamó: «Carlo emperador, Orlando y Oliviero, todos los paladines y bravos guerreros que fueron valientes en los combates, persiguiendo a los infieles con mucho sudor y fatiga hasta la muerte, lograron sobre ellos una gloriosa y memorable victoria, y por último estos santos mártires cayeron en batalla por la fe de Cristo. Pero hay muchos que, sólo narrando sus gestas, quieren recibir honor y gloria de los hombres» [1].
En una de sus Admoniciones, el santo explicó lo que había querido decir con aquellas palabras: «Es una gran vergüenza para nosotros, siervos del Señor, el hecho de que los santos actuaron con los hechos y nosotros, relatando y predicando las cosas que ellos hicieron, queramos recibir honor y gloria» [2]. Estas palabras me vienen a la memoria como una austera señal en el momento en que me dispongo a ofrecer la segunda meditación sobre la santidad de Madre Teresa de Calcuta.
1. En la oscuridad de la noche
¿Qué ocurrió después de que Madre Teresa diera su «sí» a la inspiración divina que la llamaba a dejar todo para ponerse al servicio de los más pobres entre los pobres? El mundo ha conocido bien lo que sucedió en torno a ella –la llegada de las primeras compañeras, la aprobación eclesiástica, el vertiginoso desarrollo de sus actividades caritativas--, pero hasta su muerte, nadie ha sabido lo sucedió dentro de ella.
Lo han revelado los diarios personales y las cartas a su director espiritual, hechas públicas con ocasión del proceso de beatificación: «Con el inicio de su nueva vida al servicio de los pobres, una opresiva oscuridad vino sobre ella» [3]. Bastan algunos breves fragmentos para dar una idea de la densidad de las tinieblas en las que se encontró:
«Hay tanta contradicción en mi alma, un profundo anhelo de Dios, tan profundo que hace daño, un sufrimiento continuo –y con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin entusiasmo... El cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío» [4].
No ha sido difícil reconocer inmediatamente en esta experiencia de Madre Teresa un caso clásico de lo que los estudiosos de la mística, detrás de San Juan de la Cruz, suelen llamar la noche oscura del espíritu. Taulero hace una descripción impresionante de esta etapa de la vida espiritual:
«Entonces somos abandonados de tal forma que ya no tenemos conocimiento de Dios y caemos en tal angustia que ya no sabemos si hemos estados en el camino justo, ni sabemos ya si Dios existe o no, o si nosotros mismos estamos vivos o muertos. De suerte que sobre nosotros cae un dolor tan extraño que nos parece que todo el mundo en su extensión nos oprime. Ya no tenemos ninguna experiencia ni conocimiento de Dios, e incluso todo lo demás nos parece repugnante, de forma que nos parece estar prisioneros entre dos muros» [5].
Todo permite pensar que esta oscuridad acompañó a Madre Teresa hasta la muerte [6], con un breve paréntesis en 1958, durante el cual pudo escribir gozosa: «Hoy mi alma está llena de amor, de alegría indecible y de una ininterrumpida unión de amor» [7]. Si a partir de cierto momento ya no habla casi de ello, no es porque la noche se haya terminado, sino porque ella se ha adaptado a vivir en ésta. No sólo la ha aceptado, sino que reconoce la gracia extraordinaria que encierra para ella.
«He comenzado a amar mi oscuridad, porque creo que ésta es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del sufrimiento en que Jesús vivió en la tierra» [8].
La flor más perfumada de la noche de Madre Teresa es su silencio sobre ésta. Tenía miedo, al hablar de ello, de hacerse notar. Las personas más cercanas a ella no sospecharon nada, hasta el final, de este tormento interior de la Madre. Por orden suya, el director espiritual tuvo que destruir todas sus cartas y si algunas se salvaron es porque él, con permiso de ella, hizo una copia para el arzobispo y futuro cardenal T. Picachy, las cuales se encontraron tras su muerte. El arzobispo, afortunadamente, rechazó la petición que le hizo también a él Madre Teresa de destruirlas.
El peligro más insidioso para el alma en la noche oscura del espíritu es el de... percatarse de que se trata, precisamente, de la noche oscura, de aquello que los grandes místicos vivieron antes de ella y, por lo tanto, formar parte de un círculo de almas elegidas. Con la gracia de Dios, Madre Teresa evitó este riesgo escondiendo a todos su tormento bajo una eterna sonrisa.
«Todo el tiempo sonriendo, dicen de mí las hermanas y la gente. Piensan que mi interior está lleno de fe, confianza y amor... ¡Si sólo supieran cómo mi apariencia gozosa no es sino un manto con el que cubro vacío y miseria!» [9]
Los Padres del desierto dicen: «Por grandes que sean tus penas, tu victoria sobre ellas están en el silencio» [10]. Madre Teresa lo puso en práctica de forma heroica.
2. Madre Teresa de Calcuta y Padre Pío de Pietrelcina
Con ocasión de la canonización de Padre Pío de Pietrelcina, los observadores laicos expresaron el parecer de que la del místico Padre Pío era una santidad arcaica, a diferencia de la de Madre Teresa, la santa de la caridad, que sería una santidad moderna. Ahora descubrimos que también Madre Teresa era una mística (que Padre Pío era también un santo de la caridad bastaba para demostrarlo la obra que él realizó en el «alivio del sufrimiento»).
El error es contraponer estos dos rasgos de la santidad cristiana que vemos, al contrario, con frecuencia unidos admirablemente, esto es, altísima contemplación y intensísima acción. Santa Catalina de Génova, considerada como una de las cimas de la mística, fue desde Pío XII proclamada patrona de los hospitales en Italia por su obra y la de sus discípulos a favor de los enfermos y de los incurables, que recuerda de cerca la de la Madre Teresa en nuestros días.
En un bello artículo, escrito con ocasión de la beatificación, un autor indio define a Madre Teresa como «una hermana para Gandhi» [11]. Ciertamente muchos rasgos reúnen a las dos grandes almas, los dos Mahatma, de la India moderna, pero es aún más justo, creo, ver en Madre Teresa «una hermana para Padre Pío». Les une no sólo la misma veneración de la Iglesia, sino también un mismo ciclón de gloria de parte de la opinión pública mundial. Una se distinguió sobre todo en las obras de misericordia corporales, el otro en las obras de misericordia espirituales. Pero fue precisamente Madre Teresa la que recordó al mundo de hoy que la pobreza peor no es la de los pobres de cosas, sino la de los pobres de Dios, de humanidad y de amor, la pobreza, en suma, del pecado.
El rasgo que más acerca a estos dos santos es, tal vez, precisamente la larga noche oscura en la que vivieron toda la vida. Siempre recordaré la impresión que tuve al leer, en el coro de San Giovanni Rotondo, donde está expuesto en un marco, el relato con el que Padre Pío describía a su padre espiritual el hecho de los estigmas. Él terminaba haciendo suyas las palabras del salmo que dice: «Señor, no me corrijas en tu enojo, en tu furor no me castigues» (Sal 38, 2). Estaba convencido, y esta convicción le acompañó toda la vida, de que los estigmas no eran un signo de predilección y de aceptación de parte de Dios, sino, al contrario, de su rechazo y del justo castigo divino por sus pecados. Fue aquello lo que me abrió los ojos sobre la estatura mística de este hermano mío del que, hasta entonces, me había interesado poco.
Para irradiar luz, estas dos almas tuvieron que pasar la vida en la oscuridad, convencidas, además, de «engañar a la gente». San Gregorio Magno dice que la característica de los hombres superiores es que «en el dolor de la propia tribulación, no descuidan la conveniencia de los demás; y mientras soportan con paciencia las adversidades que les golpean, piensan en enseñar a los demás lo necesario, semejantes en ello a ciertos grandes médicos que, afectados ellos mismos, olvidan sus heridas para atender a los demás» [12]. Esta señal resplandece en grado eminente en la vida de Madre Teresa y de Padre Pío.
3. No sólo purificación
¿Por qué este extraño fenómeno de una noche del espíritu que dura prácticamente toda la vida? Aquí hay algo nuevo respecto a lo que vivieron y explicaron los maestros del pasado, incluido San Juan de la Cruz. Esta noche oscura no se explica con la única idea tradicional de la purificación pasiva, la llamada vía purgativa, que prepara a la vía iluminativa y a la unitiva. Madre Teresa estaba convencida de que se trataba precisamente de esto en su caso; pensaba que su «yo» era particularmente duro de vencer, si Dios se veía obligado a tenerla durante tan largo tiempo en ese estado.
Pero esto no era cierto. La interminable noche de algunos santos modernos es el medio de protección inventado por Dios para los santos de hoy que viven y trabajan constantemente bajo los focos de los medios. Es el traje de amianto para quien debe ir entre las llamas; es el aislante que impide a la corriente eléctrica salir, provocando cortocircuitos...
San Pablo decía: «Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne» (2 Co 12,7). La espina en la carne, que era el silencio de Dios, se reveló eficacísima para Madre Teresa: la preservó de todo arrobamiento en medio de todo lo que el mundo decía de ella, también en el momento de recoger el premio Nobel de la paz. «El dolor interior que siento –decía— es tan grande que no me afecta nada toda la publicidad y el hablar de la gente».
También esto une a Madre Teresa y a Padre Pío. Un día, Padre Pío, mirando por la ventana a la multitud reunida en la plaza, preguntó maravillado al hermano que tenía al lado: «¿Por qué han venido todos éstos?», y a la respuesta: «Por usted, Padre», se retiró rápidamente suspirando: «Si sólo supieran...».
Pero existe una razón aún mas profunda que explica estas noches que se prolongan durante toda una vida: la imitación de Cristo, la participación en la oscura noche del espíritu que envolvió a Jesús en Getsemaní y en la que murió en el Calvario, gritando: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». En la carta apostólica Novo millennio ineunte, a propósito del «rostro doliente» de Cristo, el Papa escribe:
«Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la «teología vivida» de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han tenido de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como «noche oscura». Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor». [13]
La carta cita la experiencia de Santa Catalina de Siena y de Teresa del Niño Jesús; ahora sabemos que se podría citar también el ejemplo de Madre Teresa. Ella llegó a ver cada vez más claramente su prueba como una respuesta a su deseo de compartir el «Sitio» de Jesús en la cruz:
«Si la pena y el sufrimiento, mi oscuridad y separación te da una gota de consolación, Jesús mío, haz de mí lo que quieras... Imprime en mi alma y vida el sufrimiento de tu corazón. Quiero saciar tu sed con cada gota de sangre que puedas hallar en mí. No te preocupes de volver pronto; estoy dispuesta a esperarte toda la eternidad» [14].
Sería un gran error pensar que la vida de estas personas sea toda sombrío sufrimiento. La Novo millennio ineunte, hemos oído, habla de una «paradójica confluencia de felicidad y dolor». En el fondo del alma, estas personas gozan de una paz y alegría desconocidas para el resto de los hombres, derivadas de la certeza, más fuerte que la duda, de estar en la voluntad de Dios. Santa Catalina de Génova compara el sufrimiento de las almas en este estado al del Purgatorio, y dice que éste «es tan grande que sólo es comparable al del infierno», pero que existe en ellas una «grandísima alegría» que sólo se puede comparar a la de los santos en el Paraíso [15].
La alegría y la serenidad que emanaban del rostro de Madre Teresa no eran una máscara, sino el reflejo de la unión profunda con Dios, en quien vivía su alma. Era ella la que se «engañaba» sobre sí misma, no la gente.
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[1] Leyenda Perusina, 72 (Fuentes Franciscanas, n. 1626)
[2] Admoniciones, VI (FF, n. 155).
[3] Fr. Joseph Neuner, S.J., On Mother Teresa’s Charism, “Review for Religious”, Sept- Oct. 2001, vol. 60, n.5 [En adelante abreviado: JN] (Los documentos citados en esta predicación me los ha puesto amablemente a disposición la Postulación general de la Causa de Madre Teresa).
[4] “There is so much contradiction in my soul, such deeplonging for God, so deep that it is painful, a suffering continual - yet not wanted by God, repulsed, empty, no faith, no love, no zeal.... Heaven means nothing to me, it looks like an empty Place” (JN)
[5] Juan Taulero, Homilía 40 ( ed. G. Hofmann, Johannes Tauler, Predigten, Friburgo en Br. 1961, p.305).
[6] Cf. Fr. A. Huart, S.J., Mother Teresa: Joy in the Night, “Review for Religious”, Sept.-Oct. 2001. vol. 60, n.5 [En adelante abreviado AH].
[7] “Today my soul is filled with love, with joy untold, with an unbroken union of love” (JN)
[8] “I have begun to love my darkness for I believe now that it is a part, a very small part, of Jesus’ darkness and pain on earth” (JN).
[9] “The whole time smiling - Sisters and people pass such remarks - they think my faith, trust, and love are filling my very being… Could they but know - and how my cheerfulness is the cloak by which I cover the emptiness and misery” (AH).
[10] Apophtegmata Patrum, Poemen 37 (PG 65, 332).
[11] G. Varangalakudy, A sister for Gandhi, “The Tablett”, 11 octubre 2003, p. 12.
[12] S. Gregorio Magno, Moralia in Job, I,3,40 (PL 75, 619).
[13] NMI, 27
[14] “If my pain and suffering, my darkness and separation give you a drop of consolation, my own Jesus, do with me as you wish… Imprint on my soul and life the suffering of your heart.... I want to satiate your thirst with every single drop of blood that you can find in me.... Please do not take the trouble to return soon. I am ready to wait for you for all eternity” (JN).
[15] Cf. S. Caterina da Genova, Trattato del Purgatorio, 4 (ed. Cassiano Carpaneto da Langasco, Sommersa nella fontana dell’amore. Santa Caterina Fieschi Adorno, vol. 2, Le opere, p. 96; cf. también vol. 1. La vita, pp. 49 s.
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En 1961, la Madre Teresa le respondió en una carta: “No puedo expresar en palabras la gratitud que le debo. Por primera vez en años he llegado a amar la oscuridad y ahora creo que es una parte muy pequeña del dolor de Jesús en la Tierra”. Más tarde añadiría: “Acepto no con mis sentimientos, sino con la voluntad, la voluntad de Dios”, según los extractos de la revista Time, primera en dar a conocer el contenido de “Come Be My Light”.
Para muchos estadounidenses, estas revelaciones han supuesto un auténtico “shock”, que luego ha pasado a tener mucho sentido. Jim Towey, el asesor legal de la Madre Teresa desde 1985 hasta su muerte, que ha trabajado también para la Casa Blanca en temas de fe, ha declarado que los escépticos siempre van a decir lo que quieran”. “Pero la realidad es que cualquier persona con fe tiene dudas”. Para Towey, los tormentos de la Madre Teresa van a demostrar que la “fe no es cuestión de sentir, sino de voluntad”. 2007-IX-05 Décimo aniversario de su muerte.
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«El que no sirve para servir, no sirve para amar». La Madre Teresa lo afirmó y lo vivió.
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Más de 45.000 moribundos
La ingente labor de la Madre Teresa y de sus Misioneras de la Caridad logró rescatar de las calles a más de 45.000 moribundos en vida de la religiosa. «De ellas, 19.000 han muerto rodeadas de amor», afirmaba. Y le gustaba referir una anécdota: «Una vez recogí a un hombre en un desagüe abierto en Calcuta. Había visto que algo se movía en el agua. Al quitar la suciedad, me di cuenta de que era un hombre. Lo llevé a nuestra casa para moribundos. Tenemos un lugar para personas en esta situación. Así que llevé a aquel hombre a nuestra casa. No blasfemó; no gritó. Su cuerpo estaba totalmente cubierto de gusanos. Lo único que dijo fue: “He vivido toda mi vida en las calles como un animal. Y ahora voy a morir como un ángel: amado y atendido”. Después de tres o cuatro horas, murió con la sonrisa en los labios. Ésta es la grandeza de nuestra gente».
Su fuente, la oración
No era el mero activismo lo que movía a la religiosa albanesa. La Madre Teresa vivía sumida en la oración y enraizada en los sacramentos: «La misa es el alimento espiritual que me sustenta y sin el cual no podría vivir un solo día o una sola hora de mi vida», confesaba en uno de sus escritos. E insistía en la necesidad de hacer silencio para oír a Dios en la oración: «La cosa más importante no es lo que decimos nosotros, sino lo que Dios nos dice a nosotros. Jesús está siempre allí, esperándonos. En el silencio, nosotros escuchamos su voz».
A pesar de la noche oscura que ensombreció muchos años de su vida, la fundadora de las Misioneras de la Caridad no cesaba de hablar de la alegría: «Es el mejor modo de predicar el cristianismo. Al ver la felicidad en nuestros ojos, tomarán conciencia de su condición de hijos de Dios. Pero para eso debemos estar convencidos». Y, con esa alegría, se entregó a Dios y a los demás sin reserva: «No puedo parar de trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar».
A las numerosas jóvenes que comenzaron a unirse a la congregación que fundó en 1948 (la de más rápido crecimiento de la Iglesia), les solía repetir que «tu vocación consiste en pertenecer a Jesús. Tu servicio a los leprosos es sólo tu forma concreta de expresar tu amor a Jesús». La religiosa albanesa solía rememorar aquellos primeros años de fundación: el 10 de septiembre de 1946, durante un viaje de Calcuta a Darjeeling para realizar su retiro anual, la Madre Teresa recibió su «inspiración», una «llamada dentro de la llamada». Ese día, de una manera que nunca alcanzaría a explicar plenamente, «la sed de amor y de almas se apoderó de mi corazón y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de mi vida». Durante las sucesivas semanas y meses, mediante locuciones interiores e, incluso, visiones, Jesús le reveló el deseo de su corazón de encontrar «víctimas de amor» que «irradiasen a las almas su amor». «Ven y sé mi luz -Jesús le inspiró-. No puedo ir solo». Le reveló su dolor por el olvido de los pobres, su pena por la ignorancia que tenían de Él y el deseo de ser amado por ellos. Eran los primeros pasos de las Misioneras de la Caridad.
Su meta: la santidad
La Madre Teresa, además, bajó la santidad para ponerla al alcance de cualquiera: «Ser santo no significa realizar cosas extraordinarias, descifrar misterios, sino únicamente un aceptar incondicional, dado que me he entregado por completo a Dios, porque le pertenezco por entero». Y proseguía: «Ustedes deben permitir que el Padre sea un jardinero, que corta y poda. Si sienten que son podados, no se preocupen. Él tiene sus motivos para hacerlo. Ustedes deben dejar que lo haga». En la línea de los grandes místicos, ponía una rúbrica a su vida: «“Seré santo” quiere decir: me despojaré de todo cuanto no es Dios. Despojaré mi corazón y lo vaciaré de toda cosa creada; viviré en la pobreza y en el desprendimiento. Renunciaré a mi voluntad, a mis inclinaciones, a mis sueños y a mis fantasías y me convertiré en un esclavo voluntario de Dios».
Juan Pablo II la beatificó apenas seis años después de su muerte, en octubre de 2003, ante miles de personas.
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Cuando el mundo ya está hastiado de la esclavitud del materialismo,
la pobreza de la Madre Teresa surge como auténtica libertad.
Teresa de Calcuta, una historia de fe
LA historia personal de la Madre Teresa de Calcuta, de cuyo fallecimiento se cumplirá el próximo miércoles el décimo aniversario, es un modelo de fidelidad a la Iglesia Católica y de entrega absoluta a los más pobres. Su muerte provocó el clamor de los creyentes por su santificación inmediata, proceso abierto por El Vaticano y en el que, según los responsables del mismo, no influirá la próxima publicación de un libro que refleja la intensa lucha interna de Teresa de Calcuta por su fe y por su relación con Dios. La obra recopila cartas personales en las que la futura santa vuelca la ansiedad que otros muchos santos, doctores de la Iglesia, han experimentado precisamente por su cercanía a Dios y no por su lejanía. Teresa de Calcuta no dejó nunca de tener fe, pero la propia manera en que la vivía, sin beatería ni complacencias y rodeada de pobreza ilimitada, enfermedades y dolor, transformó su vida interior en un intento imposible de aprehender totalmente a Cristo. Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz muestran también pensamientos y reflexiones que se desnaturalizarían si fueran extraídos de la relación mística con Dios, pues también es misticismo lo que la Madre Teresa de Calcuta muestra en sus preguntas, a veces agónicas, sobre Dios.
A la vista de estas cartas, la tentación es mucha para quienes quieran secularizar la santidad de Teresa de Calcuta y arrebatar a la Iglesia Católica su inmenso poder ejemplarizante. Sin embargo, por más empeño que pongan en la empresa, Teresa de Calcuta representa la síntesis perfecta de fidelidad a la Iglesia, respeto a la ortodoxia litúrgica y dedicación sin reservas a los desahuciados de la tierra.
El entendimiento de su persona escapa a los esquemas reduccionistas que imperan en las opiniones públicas actuales cuando se enfrentan a personalidades extraordinarias. Sin su fe combativa y sin su inserción en la Iglesia, la figura de Teresa de Calcuta no sería comprensible en toda su dimensión, y gracias a una y otra condición se convirtió en una figura distintiva del siglo XX, que además confluyó con el imponente papado de Juan Pablo II, protagonizando ambos uno de los períodos más fructíferos de la historia de la Iglesia Católica. Cada uno de ellos lleva asociada la lucha contra las peores injusticias del siglo pasado, la opresión del comunismo y el abandono de los pobres. Por eso, sus nombres significan históricamente, al unísono, libertad y dignidad para millones de seres humanos. El legado de Teresa de Calcuta es fecundo en obras y en vocaciones. Es la prueba de la universalidad y de la inmensa riqueza interior de la Iglesia Católica, a veces velada por la superposición de otras imágenes menos auténticas y menos reveladoras de su misión evangélica. También ella es la demostración de que en la lucha contra la explotación femenina y el aborto, y en la dedicación a los pobres, los leprosos, los enfermos de SIDA -a estos últimos, mucho antes de que comenzara la moda de los conciertos multitudinarios y el reclutamiento de famosos para las campañas de donaciones-, la Iglesia Católica es y debe seguir siendo la primera puerta a la que llamen los necesitados.
El debate sobre el futuro del mundo está dominado por tópicos recurrentes acerca de la globalización, el cambio climático o los movimientos migratorios. Se acumulan diagnósticos al respecto, altamente rentables para muchos de sus autores, y propuestas bienintencionadas para remediar sus males. Pero falta la voluntad de transformación y de acción que encarnaba Teresa de Calcuta, contrapunto imbatible a la deshumanización que causan la pobreza, las desigualdades, la ignorancia y las ideologías utilitaristas que priman los resultados sobre el hombre. No estaban exentos de hipocresía quienes, sin hacer nada coherente con sus protestas, criticaban a la Madre Teresa por limitarse a paliar la pobreza, pero no a combatir sus causas. El ejemplo personal de esta frágil religiosa albanesa perdura, sin embargo, de manera tangible y seguirá marcando el camino para la Iglesia de los pobres. († 05.IX.2007, décimo aniversario de la presencia en los cielos de ‘Madre Teresa de Calcuta’).
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«Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts 4, 3).
Reflexiones sobre la santidad cristiana a la luz de la experiencia de Madre Teresa de Calcuta», es el tema de las meditaciones que el Predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa, ofm cap, ofrece este Adviento a Juan Pablo II y sus colaboradores en la Curia romana, quienes se preparan para la celebración de la Navidad. Texto íntegro predicado en la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico Vaticano en presencia del Santo Padre.
Ciudad del Vaticano, 07 diciembre 2003 (ZENIT.org).
Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas:
3. Las buenas inspiraciones
Pero ahora debemos acordarnos de la máxima de los antiguos a propósito del culto a los santos: «Imitari non pigeat quod celebrare delectat»: no debemos dejar de imitar lo que nos agrada celebrar [5]. El caso de Madre Teresa nos recuerda una cosa esencial para nuestra santificación: la importancia de obedecer las inspiraciones. Esto no es algo que se deba practicar una sola vez en la vida. A la primera, decisiva llamada de Dios, le siguen muchas otras invitaciones discretas que llamamos las buenas inspiraciones. De la docilidad a éstas depende todo nuestro progreso espiritual.
Se entiende fácilmente por qué la fidelidad a las inspiraciones es el camino más breve y más seguro a la santidad. Esta no es obra del hombre; no basta por ello tener un programa de perfección bien claro para poder llevarlo a cabo progresivamente. No existe un modelo de perfección idéntico para todos. Dios no hace santos en serie, no ama la clonación. Cada santo es una invención inédita del Espíritu. Dios puede pedir a un santo lo opuesto de lo que pide a otro. ¿Qué hay de común, para seguir en tiempos próximos a nosotros, entre Escrivá de Balaguer y Madre Teresa? Sin embargo, los dos son santos para la Iglesia.
No sabemos por lo tanto desde el principio cuál es en concreto la santidad que Dios quiere de cada uno de nosotros; sólo Dios la conoce y nos la desvela según avanza el camino. Con ello consigue que para alcanzar la santidad el hombre no pueda limitarse a seguir las reglas generales que valen para todos. Debe entender lo que Dios le pide a él y solamente a él. Pensemos en qué habría ocurrido si José de Nazareth se hubiera limitado a seguir fielmente las reglas de santidad entonces conocidas, o si Madre Teresa se hubiera obstinad en observar las reglas canónicas vigentes en los institutos religiosos. Lo que Dios quiere en particular de cada uno se descubre a través de los acontecimientos de la vida, de la palabra de la Escritura, de la orientación del director espiritual; pero el medio principal y ordinario son precisamente las inspiraciones de la gracia. Estas son las solicitudes interiores del Espíritu en lo profundo del corazón a través de las cuales Dios no sólo da a conocer lo que pide, sino que al mismo tiempo comunica la fuerza necesaria para realizarlo si la persona acepta.
Las buenas inspiraciones tienen algo en común con la inspiración bíblica, dejando a un lado naturalmente la autoridad y el alcance que son esencialmente diferentes. «Dios dijo a Abraham...», «el Señor habló a Moisés»: este hablar del Señor no era, desde el punto de vista de la fenomenología, distinto del que sucede en las inspiraciones de la gracia. La voz de Dios, incluso en el Sinaí, no resonaba en el exterior, sino dentro del corazón en forma de claridad, de impulsos, originados por el Espíritu Santo. Los Diez Mandamientos no fueron grabados por el dedo de Dios en piedra, sino en el corazón de Moisés, quien después los grabó en piedra. «Hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios»(2 P 1, 21); eran ellos los que hablaban, pero movidos por el Espíritu Santo; repetían con la boca lo que oían en el corazón.
Toda fidelidad a una inspiración es recompensada por inspiraciones cada vez más frecuentes y más fuertes. Es como si el alma se entrenara para llegar a una percepción cada vez más clara de la voluntad de Dios y a una mayor facilidad para cumplirla.
4. El discernimiento de los espíritus
El problema más delicado respecto a las inspiraciones ha sido siempre el de discernir las que vienen del Espíritu de Dios de las que vienen del espíritu del mundo, de las propias pasiones o del espíritu maligno.
El tema del discernimiento de los espíritus ha sufrido en los siglos una notable evolución. Al principio, se concebía como el carisma que servía para distinguir, entre las palabras, oraciones y profecías pronunciadas en la asamblea, cuáles procedían del Espíritu de Dios y cuáles no. A continuación, ello sirvió sobre todo para discernir las propias inspiraciones y para guiar las propias elecciones. La evolución no es arbitraria; se trata de hecho del mismo don, si bien aplicado a objetos diferentes.
Existen criterios de discernimiento que podríamos llamar objetivos. En el terreno doctrinal, éstos se resumen para Pablo en el reconocimiento de Cristo como Señor: «Nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: “¡Anatema es Jesús!”; y nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor! sino con el Espíritu Santo”» (1 Cor 12, 3); para Juan se resumen en la fe en Cristo y en su encarnación: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. Podréis reconocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios» (1 Jn 4, 1-3).
En el terreno moral, un criterio fundamental viene de la coherencia del Espíritu de Dios consigo mismo. Este no puede pedir algo que sea contrario a la voluntad divina, como se expresa en la Escritura, en la enseñanza de la Iglesia y en los deberes del propio estado. Una inspiración divina jamás pedirá realizar actos que la Iglesia considera inmorales, por muchos aparentes argumentos contrarios a la carne que sea capaz de sugerir en estos casos; por ejemplo, que Dios es amor y por ello todo lo que se hace por amor es de Dios.
Si un religioso desobedece a sus superiores, aún con un objetivo loable, ciertamente no sería una inspiración de la gracia, porque la primera inspiración que Dios manda es precisamente la de obedecer. Madre Teresa esperó pacientemente a que la autoridad eclesiástica reconociera su inspiración antes de ponerla por obra.
A veces, sin embargo, estos criterios objetivos no bastan porque la elección no es entre el bien y el mal, sino entre un bien y otro bien, y se trata de ver qué es lo que Dios quiere en una circunstancia precisa. Fue sobre todo para responder a esta exigencia que San Ignacio de Loyola desarrolló su doctrina sobre el discernimiento.
Él invita a observar las intenciones (los «espíritus») que están detrás de una elección y las reacciones que ésta provoca [6]. Se sabe que lo que viene del Espíritu Santo lleva consigo alegría, paz, tranquilidad, dulzura, sencillez, luz. Lo que proviene del espíritu del mal, en cambio, lleva consigo tristeza, turbación, agitación, inquietud, confusión, tinieblas. El Apóstol lo aclara contraponiendo entre sí los frutos de la carne (enemistades, discordia, celos, disensiones, divisiones, envidias) y los frutos del Espíritu, que son sin embargo amor, alegría, paz... (Cf. Gal 5, 19-22).
En la práctica las cosas, es verdad, son más complejas. Una inspiración puede venir de Dios y, pese a ello, causar una gran turbación. Pero esto no se debe a la inspiración, que es dulce y pacífica como todo lo que proviene de Dios; nace más bien de la resistencia a la inspiración. También un río sereno, si encuentra obstáculos, provoca remolinos. Si la inspiración es acogida, el corazón se encuentra inmediatamente en una paz profunda. Dios recompensa cada pequeña victoria en este campo, haciendo sentir al alma su aprobación, que es la alegría más pura que existe en el mundo.
5. Dejarse guiar por el Espíritu
El fruto concreto de esta meditación debe ser una renovada decisión a confiarnos en todo y para todo a la guía interior del Espíritu Santo, como en un tipo de «dirección espiritual». Si acoger las inspiraciones es importante para todo cristiano, es vital para quien tiene tareas de gobierno en la Iglesia. Sólo así se permite al Espíritu de Cristo que guíe Él mismo su Iglesia a través de sus representantes humanos. No es necesario que en una nave todos los pasajeros estén con la oreja pegada a la radio de a bordo para recibir indicaciones sobre la ruta, eventuales icebergs y las condiciones meteorológicas, pero es indispensable que lo estén los encargados. De una «inspiración divina» valientemente acogida por el Papa Juan XXIII nació el Concilio Vaticano II y nacieron en tiempos más cercanos a nosotros muchos otros gestos proféticos.
Es esta necesidad de la guía del Espíritu Santo lo que ha inspirado las palabras del Veni Creator: Ductore sic te praevio vitemus omne noxium: «contigo como guía evitaremos todo mal». En su Tríptico Romano, el Santo Padre retoma esta palabra cuando, hablando del momento de elegir al sucesor de Pedro, pone en la boca de los presentes la oración: «Tú que penetras todo --¡indica!».
Debemos abandonarnos todos al Maestro interior que nos habla sin ruido de palabras. Como buenos actores, debemos tener el oído atento, en las grandes y en las pequeñas ocasiones, a las voz de este apuntador escondido, para recitar fielmente nuestra parte en la escena de la vida.
Es más fácil de lo que se piensa, porque Él nos habla dentro, nos enseña cada cosa, nos instruye sobre todo. «Y en cuanto a vosotros –nos asegura Juan--, la unción que de Él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe; su unción os enseña acerca de todas las cosas, y es verdadera y no mentirosa» (1 Jn 2, 27). Basta a veces con una simple ojeada interior, un movimiento del corazón, un instante de recogimiento y de oración. Con las palabras de una conocidísima oración litúrgica pedimos a Dios, por intercesión de la Beata Teresa de Calcuta, el don de reconocer y seguir sus inspiraciones divinas como las siguió ella: «Actiones nostras, quesumus Domine, aspirando preveni et adjuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat et per te cepta finiatur» [7]. «Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que toda nuestra actividad tenga en ti su inicio y en ti su cumplimiento. Por Cristo Nuestro Señor».
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5 Florilegium Frisingense, n.371 (CCL, 108D):
6 Cf. S. Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, cuarta semana (ed. BAC, Madrid 1963, pp. 262 ss).
7 Oración del jueves después de Ceniza.
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¿Cuánto habrá pasado desde que por primera vez un hombre opinó de distinta manera a otro y argumentó? Aunque hoy día más interesante sería ¿cuánto queda hasta que esto deje de suceder? ¿Por qué tantos gobiernos detestan la filosofía?
¿No será para mejor dominar al hombre bajo un neo-totalitarismo? 2005.
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Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholastic’s.
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“Jamás lo antiguo por antiguo ha sido bueno, como lo nuevo por nuevo, mejor.” S.S. Benedicto XVI.
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“Omnia instaurare in Christo”
Predicación y fidelidad de la Iglesia Católica a la revelación de Cristo: “No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)
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"No nos van a callar ni vamos a callar: Cristo es el Mesías, el Redentor"
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Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto.
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No hay vida humana sin libertad, se entiende no sin una absoluta sino sin cierta dosis, mayor o menor, de ella. Sí cabe vida humana sin libertad política. Defender la libertad, amarla, tomársela no es sólo un asunto político. Pero existe otra forma de corromper la libertad aún más peligrosa y consiste, cosa bastante usual, en entenderla como ausencia de normas o ideales, e incluso como pura insumisión. En una de sus versiones, se pretende que sólo la inexistencia de la verdad en sentido religioso o moral permitiría la libertad. Según esta paradójica pretensión, y en contra de la idea cristiana, sería la verdad lo que nos haría siervos. En suma, que la libertad vendría a ser el ilimitado derecho a hacer nuestra real gana, por utilizar la hispánica expresión.
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La Oración debe ir acompañada de obras - "Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a tí; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieres loar mucho a una persona te alegres más mucho que si te loasen a tí. Esto, a la verdad, fácil es, que si hay humildad, antes tendrá pena de verse loar. Mas esta alegría de que se entiendan las virtudes de las hermanas es gran cosa, y cuando viéremos alguna falta en alguna, sentirla como si fuera en nosotras y encubrirla.
Mucho he dicho en otras partes (Camino de la Perfección 6.4/ 7) de esto, porque veo, hermanas, que si hubiese en ello quiebra vamos perdidas. Plega al Señor nunca la haya, que como esto sea, yo os digo que no dejéis de alcanzar de Su Majestad la unión que queda dicha. Cuando os viéreis faltas en esto, aunque tengáis devoción y regalos, que os parezca habéis llegado ahí, y alguna suspensioncilla en la oración de quietud (que algunas luego les parecerá que está todo hecho), creedme que no habéis llegado a unión, y pedid a nuestro Señor que os dé con perfección este amor del prójimo, y dejad hacer a Su Majestad, que El os dará más que sepáis desear, como vosotras os esforcéis y procuréis en todo lo que pudiereis esto; y forzar vuestra voluntad para que se haga en todo la de las hermanas, aunque perdáis de vuestro derecho, y olvidar vuestro bien por el suyo, aunque más contradicción os haga el natural; y procurar tomar trabajo por quitarle al prójimo, cuando se ofreciere. No penséis que no ha de costar algo y que os lo habéis de hallar hecho. Mirad lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte, la murió tan penosa como muerte de cruz."
Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia: Castillo interior, Moradas V,3.11
Oración: Señor Dios, Tú nos has hecho ver, a través del ejemplo de santa Teresa de Jesús, cuánto te agrada la oración humilde y la caridad operante; concédenos servirte con una oración fervorosa y una solicitud llena de amor hacia nuestros hermanos de cualquier raza y continente. Te lo pedimos por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
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La Iglesia, desde el inicio, es católica,
esta es su esencia más profunda, dice Pablo.
El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005
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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.
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¡Que tu conducta nunca dé motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!
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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

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VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.
[Nuestra finalidad primaria es dar una ayuda al catequista falto de tiempo].