Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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En mor de la verdad, el medioevo - esa época de gran racionalidad y buen sentido en el contexto histórico.

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Ortega decía que Castilla hizo a España y Castilla la deshizo. Sánchez Albornoz dijo que Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla. Julián Marías dice que Castilla se hizo España. ¿Con qué frase se queda usted? ¿Cuál cree que define mejor el proceso histórico de Castilla y España?

Con Sánchez Albornoz... como casi siempre. Dr.C.VIDAL.2005.07.12

 

Unknown - Ottonian, about 1030–1040
Tempera colors, gold leaf, and ink on parchment
9 1/8 x 6 5/16 in. - MS. LUDWIG VII 1, FOL. 28v

 

"Señor, quiero comprender algo de la verdad que mi corazón cree y ama, por ello no quiero comprender para creer, sino que creo para poder comprender

"Haz, te lo ruego, Señor que yo sienta con el corazón lo que toco con la inteligencia"

(San Anselmo - Nació el año 1033 en Aosta (Piamonte). Ingresó en el monasterio benedictino de Le Bec, en Normandía, y enseñó teología a sus hermanos de Orden, mientras adelantaba admirablemente por el camino de la perfección. Trasladado a Inglaterra, fue elegido obispo de Canterbury combatió valientemente por la libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro. Escribió importantes obras de teología. Murió el año 1109.

 

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Afirma Chesterton que «nadie puede entender la grandeza del siglo XIII sin parar mientes en que lo que entonces ocurrió fue un desarrollo de cosas nuevas producido por algo viviente. En ese sentido fue realmente más valiente y libre que lo que llamamos Renacimiento, que fue una resurrección de cosas viejas, descubiertas en algo sin vida. En ese sentido el medievalismo no fue un renacimiento, sino más bien un nacimiento. No moldeó sus templos sobre las tumbas ni invocó a los dioses muertos de Hades. Produjo una arquitectura tan nueva como la ingeniería moderna, y en verdad que aún está siendo la más moderna arquitectura. Sólo que en el Renacimiento fue seguido por la arquitectura más anticuada. En ese sentido el Renacimiento podía llamarse el Relapso. Dígase lo que se quiera del Gótico y el Evangelio, según Santo Tomás, ellos no fueron un relapso. Fue un gran empuje similar al esfuerzo titánico de la ingeniería gótica, y su fortaleza estaba en un Dios que hace nuevas todas las cosas» (Ib. 33).


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En el monasterio de Fécamp, en Normandía (hoy Francia), muere de san Guillermo, abad de San Benigno de Dijon, que al final de su vida dirigió con firmeza y prudencia a muchos monjes, distribuidos en cuarenta monasterios (año 1031).

 

En Souvigny, de Borgoña (hoy Francia), muere de san Odilón, abad de Cluny, que fue severo consigo mismo, pero dulce y misericordioso con los demás. Estableció treguas entre los que peleaban entre sí y, en tiempo de hambre, ayudó a los necesitados con todas sus fuerzas. Fue el primero en establecer en sus monasterios la Conmemoración de todos los fieles difuntos, fijándola para el día siguiente a la Solemnidad de todos los santos (año 1049).

 

 

Medioevo creador, luminoso y sonoro, cuyos inventos muchos empleamos aún día.  – Lustros antes del 1300 se inventa el clavicémbalo (clavecín): Instrumento musical que consiste en una caja prismática de madera, más estrecha por la parte superior, donde está abierta, y sobre la cual se extienden muchas hileras de cuerdas metálicas que se tocan con un macillo, con un plectro, con uñas de marfil o con las de las manos. Se utilizó hasta finales del 1700 cuando aparece y se impone el piano (forte). El clavecín es muy sensible a la humedad y a las variantes de temperaturas, pudiendo afectar su sonido diáfano y dulce. Su antepasado primero fue ideado por Pitágoras.

En el 1200 los anteojos –sin patillas- fueron inventados. El abotonarse la camisa, antes no existían los botones. El utilizar las gavetas (cajones corredizos) para preservar documentos, guardar ropas, etc. El empleo de la bandera y el utilizo del libro, es decir, el hojear un libro es obra del medioevo; así a la vez el concepto de hemeroteca. El tenedor otro invento medieval. El sentarse a la mesa para consumir los alimentos que ya mencionó GIOVANNI BOCACCIO (escritor Italiano nacido en la Toscana,(1313-1375): habló de las delicias de la pasta (masa), ora el macheroni, ora el raviol, ora el queso Parmiggiano.

La Comuna o Consejo municipal iniciaron en el medioevo conjuntamente con el empleo de los apellidos para facilitar la identificación de las personas. También la Universidad fundadas y auspiciadas por la Iglesia, entre ellas La Soborna de Paris, Salamanca, etc. El banco para las transacciones monetarias o comercios de monedas y valores de curso legal. El juego de ajedrez proveniente desde India o Persia se jugaba en Europa, y no fue traído por los árabes. El juego de los niños de hacer castillos en la arena, pues eran y son fortificaciones de típicas arquitecturas medievales.

Dejando tantas otras creaciones sin mencionar, quepa resaltar una: las maravillas en piedra que son las luminosas Catedrales góticas sembradas por toda la Europa cristiana; testimonio en rocas talladas y que hoy siguen sudando el antaño fervor de tan augustos siglos.

 

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Europa - En plena Edad Media, en torno al 1050ca. es cuando inicia, como fruto de lo que venía sembrado siglos atrás –especialmente por la Iglesia-, una era de vida fresca y vigorosa. La época de las Cruzadas en defensa de los ataques, devastaciones, asesinatos y ocupaciones mahometanas contra los cristianos (Tierra Santa incluida), la del alzamiento de las ciudades de los primeros estados burocráticos de Occidente. Se vio la culminación del Arte Románico y el comienzo del Gótico; la emergencia de la literatura vernácula con elevadísimo cultivo y talento del escribir; la intensificación de los clásicos latinos y la poesía latina además del Derecho Romano que básicamente a nuestros días rige.

Gracias a los monasterios cristianos y el estudio secular de todos los filósofos griegos, quepa mencionar a Sócrates, Platón y, de modo prominente, Aristóteles, florece la filosofía griega. Roma acude al conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano.

Y la Iglesia aporta la filosofía (diálogo libre entre fe y razón) –como la vibración de dos cuerdas musicales- a la Academia. El saber filosófico eclesiástico (del lat. ecclesiastĭcus, y este del gr. ἐκκλησιαστικός), fue elaborado en el silencio de la fe y el dialogar de la razón, mas, dentro de los monasterios cristianos  de Oriente y Occidente, alcanzando su ilustración en las primeras Universidades fundadas por diligencia pontificia. Europa cristiana no desprecia los aportes del saber oriental (chinos, hindúes, persas, y sus adiciones árabes), el todo siendo criticado, investigado y estudiado libremente en la Universidad medieval. Sólo el conocimiento comprobado, verificado y exacto –como en nuestros días sucede- es aceptado entonces unánimemente. Así el siglo XII deja su firma en una educación superior, en la filosofía escolástica, los sistemas jurídicos europeos, en la arquitectura magnífica y la esbeltez de la escultura, en la manifestación litúrgica (del gr. λειτουργικός) , en la poesía latina y vernácula, etc. Como en toda nueva primavera, cubierta de flores estaba Europa y, a pesar de las espinas, no menos bellos son los cultivos: espigas, Universidades, bibliotecas y escuelas, precaver la enfermedad y, lirios blancos, fomentos de virtud. ¿Acaso el peor enemigo de toda civilización no es la ignorancia, y esta no conlleva a la degradación moral y al relativismo?
 

 

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En Gablonné, en Bohemia (hoy Chequia), santa Zdislava, madre de familia, que prestó consuelo a los afligidos ( año 1252).

 

En Gualdo Cattaneo, de la Umbría (hoy Italia), beato Hugolino, que vivió como anacoreta (s. XIV).

 

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En Forlí, en la región de Emilia (hoy Italia), beato Marcolino Amanni, presbítero de la Orden de Predicadores, que dedicó con gran simplicidad toda su vida, en el silencio y la soledad, al servicio de los pobres y de los niños (año 1397).

 

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Medioevo: un jeme es la medida que establece la distancia entre el dedo índice y el pulgar, separados todo lo posible. Así es en las Vegas Bajas del Guadiana y en toda tierra de garbanzos. No se debe confundir con el palmo, la distancia entre el meñique y el pulgar, con la mano abierta todo lo posible. Aproximadamente, un jeme = 17 cm., un palmo = 22 cm. Antes de esa gran invención que fue el metro, la gente se entendía con mediciones corporales como pulgadas (la falangeta del dedo gordo), jemes, palmos, pies, codos, pasos (yardas). Una legua = 5,5 kilómetros, 6.000 pasos o 20.000 pies. Es la distancia que recorre caminando un hombre en una hora. Cinco leguas es lo que se recorre usualmente en una jornada. Por esa razón es la distancia convencional entre dos ciudades. Por ejemplo, entre Medina del Campo y Tordesillas, entre Tordesillas y Toro, entre Toro y Zamora, etc.

 

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Al portal del medioevo - San Agustín (345-403) obispo de Hipona- África, doctor de la Iglesia Católica - Sermón 155,6

 

La nueva ley “escrito no sobre tablas de piedra sino...sobre los corazones” (cf 2Cor 3,3) -

      Dios bajó sobre el monte Sinaí en medio del fuego, tal como está escrito, llenando de estupor al pueblo que se mantenía al pie del monte. Dios, escribiendo la ley sobre la piedra y no en los corazones. Al contrario, cuando el Espíritu Santo descendía sobre la tierra, los discípulos estaban todos juntos en un mismo lugar, y en lugar de espantarlos desde lo alto de una montaña, entró en la casa donde estaban reunidos (Ac 2,1) Un ruido bajó del cielo como el ruido de un viento recio, pero este ruido no espantaba a nadie.

        Habéis oído el ruido, veis el fuego, porque en la montaña, se podía distinguir también estos dos fenómenos: el ruido y el fuego. En el monte Sinaí el humo rodeó el fuego; aquí, en cambio, el fuego es de una claridad brillante: “Vieron, dice la Escritura, como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos”. (cf Ac 2,3ss) ¿Es un fuego que provoca el espanto? De ninguna manera: “y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo los movía a expresarse.” (Ac 2,4) ¡Escuchad esta lengua que habla y comprenderéis que es el Espíritu Santo quien escribe, no sobre piedra sino en el corazón. Así pues, la ley del espíritu de vida, escrita en el corazón y no sobre piedra, la ley del espíritu de vida que anima a Jesucristo en el que la Pascua ha sido celebrado en toda verdad, os ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.

 

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L. Genicot escribiría a mediados del siglo XX: “Con sus palacios y sus casas comunales, sus lonjas y sus talleres, sus escuelas y sus universidades, sus catedrales y sus colegiatas {las ciudades} constituirán los focos principales de la civilización en el sentido más amplio de la palabra durante este período que va del 1125 ó 1150 al 1250 ó 1300 y que marcará el apogeo de a Edad Media. Al concentrar en su suelo todas las energías y todos los talentos permitirán que la Edad Media se realice plenamente.

Ref.:L. Genicot: El espíritu de la Edad Media, Barcelona, España, 1990 (reimpresión de la edición de 1961), p. 177

Así la Iglesia daba a Europa la base del progreso del Occidente cristiano.

 

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En la Edad Media los dioses africanos no molestaron a los ateos, ni en el  2011...

 

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CÓDICE AUREO

El mundo científico considera al Códice Aureo como el más importante manuscrito alemán que se conserva, incluso se ha llegado a decir que constituye el "non plus ultra" del lujoso arte librístico medieval. Está escrito en letras de oro y contiene los cuatro Evangelios, los prefacios y epístola de San Jerónimo y los Cánones de Eusebio de Cesarea. Fue realizado entre los años 1043 y 1046, contiene 170 hojas de vitela fina y 58 miniaturas. El Códice Aureo manifiesta el estilo característico de la escuela alemana en tiempos de los Otones. Fue escrito en memoria de Conrado I y regalado a Felipe II por su tía la Reina María de Hungría.

CÓDICE ALBELDENSE

También conocido por Códice Vigilano por llamarse su copista Vigila. Se trata de un manuscrito mozárabe con influencias muy directas de fuentes bizantinas. Fue escrito en el año 974 al 976 en letra minúscula redonda visigoda, forma un grueso volumen en gran folio, con numerosas viñetas, muchas de ellas a página entera. Contiene la colección de Concilios orientales, Africanos, de la Galia y de España, 101 epístolas decretales de los Romanos Pontífices y el tratado "Varones Ilustres" de San Jerónimo. Fue regalado a Felipe II en el siglo XVI por el Conde de Buendía.


CÁNTIGAS DE SANTA MARÍA

Las Cántigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, es un códice importantísimo para conocer la vida y las costumbres medievales en la España de las tres religiones: cristiana, islámica y judaica. En sus miniaturas aparecen los muebles, arquitectura, armas, indumentaria civil, militar y religiosa de la época. Es un códice en pergamino a dos columnas, letra gótica francesa del siglo XIII, con 256 hojas y 1.257 miniaturas. Recoge 193 cántigas escritas en gallego (una de las lenguas españolas).

 

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Las Bibliotecas en Bizancio:

El libro en Bizancio gozó de gran estima y debido a ello dio lugar a la aparición de bibliotecas en las instituciones políticas, religiosas y educativas.

También existían bibliotecas privadas, pues había un gran número de personas cultas, aunque sólo se limitaban a un par de docenas de libros. Los estudios superiores se cursaban en la cristiana Constantinopla, pero en numerosos puntos de imperio se podía recibir una enseñanza elemental.

Los libros resultaban muy caros, debido a que la mano de obra era muy cara y a la escasez de materiales, por lo que en los monasterios borraban los textos antiguos para realizar los pergaminos.

La producción de los libros se limitaba a la copia por encargo, por lo que sólo los emperadores podían permitirse ese lujo. Los profesores y estudiantes copiaban personalmente los libros que precisaban, al igual que la iglesia en los monasterios.

Una biblioteca importante fue la del Obispo Focio, que fue patriarca de Constantinopla. Su biblioteca constaba de varios miles de libros. También destacaron por sus bibliotecas el obispo León el Matemático, el obispo de Cesarea Aretas y Eustacio, arzobispo de Tesalónica.

La biblioteca más importante fuera de la capital fue la del monasterio de San Juan de Patmos.

 

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Hilvanando los acontecimientos

 

Cristianismo y progreso


Ha dejado una huella inconfundible en el desarrollo de Occidente

WACO, Texas, sábado, 21 enero 2006 - La idea de que el éxito de Occidente ha dependido de haber superado las barreras religiosas para progresar es un «completo absurdo», afirma el autor de un nuevo libro.
Rodney Stark defiende esta tesis en «The Victory of Reason: How Christianity Led to Freedom, Capitalism, and Western Success» (Random House) (La Victoria de la Razón: Cómo el Cristianismo llevó a la Libertad, al Capitalismo y al Éxito de Occidente).
Stark, profesor de sociología en la Universidad Baylor, sostiene que, en contraste con otras creencias que acentúan el misterio y la intuición, la teología cristiana privilegia la razón. Este factor --no la geografía, ni un sistema agrícola más productivo, ni la reforma protestante-- está detrás del ascenso de Occidente, sostiene.
El autor observa que está visión está contraste con la postura de muchos intelectuales occidentales del siglo XX. Éstos han mantenido que Occidente se puso por delante de otras culturas precisamente por su capacidad de superar las barreras religiosas para progresar. El crédito que dan a la religión se limitaba a reconocer la aportación del protestantismo, como si los quince siglos anteriores de cristianismo tuvieran poca importancia, dice Stark.

En un capítulo sobre la unión entre razón y teología en el cristianismo, Stark presenta por qué discrepa con estos intelectuales. El ascenso de Occidente, mantiene, se ha basado en cuatro victorias primarias de la razón:

-- La fe en progreso dentro de la teología cristiana;

-- La transmisión de esta fe en progreso a las innovaciones técnicas y organizativas, muchas de ellas fomentadas por los monasterios;

-- La razón ha informado la teoría y práctica políticas, permitiendo la libertad personal;

-- La razón se aplicó al comercio, dando como resultado el desarrollo del capitalismo.

Un don de Dios
Desde los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia enseñaron que la razón era un don de Dios y el medio para aumentar la comprensión de la Escritura y la revelación. Las religiones orientales, por el contrario, carecieron de la figura de un Dios consciente y todo poderoso, que pudiera ser objeto de reflexión teológica.
El judaísmo y el Islam tenían el concepto de un Dios suficiente para sostener la teología. Pero dentro de estas religiones la tendencia fue hacia una postura construccionista que concebía la escritura como algo que entender y aplicar, no como la base para una investigación posterior.

El cristianismo considera a Dios un ser racional y el universo como creado por Él. De esta forma, a la comprensión humana le aguarda una estructura racional. Y para plantear el desafío estaban los teólogos de la Iglesia católica, que durante siglos se implicaron en un cuidadoso razonamiento que llevó al desarrollo de la doctrina cristiana. Pensadores de primer orden como Agustín y Tomás de Aquino, explica Stark, celebraban el uso de la razón como un medio para lograr penetrar en las intenciones divinas.
Así, cuando tuvo lugar la revolución científica en el siglo XVI, no fue una irrupción repentina del pensamiento secular. Más bien, surgió de siglos de progreso sistemático de los pensadores escolásticos medievales, y se sostuvo por una invención cristiana del siglo XII, las universidades.

Progreso medieval
Stark dedica un capítulo a derribar la idea de los «Tiempos Oscuros». Mucho antes de que tuvieran lugar el renacimiento y la ilustración, la ciencia y la tecnología europeas habían superado con mucho al resto del mundo. La idea de que la época medieval fue un periodo de estancamiento «es una caricatura creada por los intelectuales del siglo XVIII, antirreligiosos y amargamente anticatólicos», escribe Stark.
Fue en estos siglos cuando se desarrollaron la energía del agua y el viento de forma extensa, permitiendo avances enormes en la manufactura de bienes. Y los notables avances de la tecnología agrícola aumentaron los campos de cultivo que permitieron alimentar las ciudades.

Lejos de oponerse a tales avances técnicos, el cristianismo les dio la bienvenida y los promovió. Por el contrario, tanto el Imperio otomano como China se opusieron a la construcción de relojes mecánicos, por ejemplo. Tampoco la actividad económica tuvo que esperar al protestantismo para prosperar, afirma Stark. Las órdenes monásticas crearon una suerte de proto-capitalismo.
Estimulados por los aumentos de productividad debidos a los avances tecnológicos, los monasterios desviaron la tendencia a una economía de subsistencia hacia un sistema de especialización y comercio. A su vez, esto facilitó el aumento de la economía de moneda, como opuesta al trueque, y la creación del crédito y el préstamo de dinero.

Los monasterios también desarrollaron la ética del trabajo y el aprecio por el valor del esfuerzo económico - mucho antes de la llegada del protestantismo.
Además, los teólogos cristianos (es decir, católicos) redefinieron ideas relacionadas con la carga de intereses y los precios justos de los bienes -elementos esenciales para el desarrollo del capitalismo. Stark también dedica amplio espacio a subrayar el desarrollo del capitalismo en las ciudades estado italianas, que estimularon economías prósperas siglos antes la reforma.

Libertad e igualdad
Aunque las condiciones para el desarrollo del capitalismo han existido en algunos países, en ocasiones faltaba el elemento esencial de la libertad, impidiendo así el progreso económico. La libertad, sostiene Stark, es una victoria de la razón y fue apoyada por los teólogos cristianos que durante mucho tiempo teorizaron sobre la naturaleza de la igualdad y los derechos individuales. De hecho, el trabajo de los teóricos políticos seculares de tiempos posteriores, como John Locke, suelen basarse en ideas desarrollados por eruditos de la Iglesia.

El cristiano en general enseña el valor del individuo y pone de relieve la importancia de la responsabilidad personal en las decisiones morales. Unido a esto está el concento de voluntad libre. Esto era un cambio radical con respecto al pasado, algo evidente, por ejemplo, en la literatura. Stara sugiere comparar las tragedias griegas, donde los personajes son cautivos del destino, con Shakespeare, donde los protagonistas son claramente responsables de sus acciones.
Stark sostiene además que el nacimiento de la democracia en Europa occidental debe sus orígenes, no a la filosofía griega recuperada, sino a los ideales cristianos. El mundo clásico proporcionó ejemplos de democracia, pero éstos no se arraigaban en asumir la igual de todos los ciudadanos. Los ideales enseñados en el Nuevo Testamento, sin embargo, pusieron la base para afirmar la igualdad fundamental de todas las personas.

Los derechos de propiedad, otra condición previa vital para el capitalismo, también deben sus orígenes al cristianismo. Tanto la Biblia como los teólogos más importantes defienden la propiedad privada. Tomás de Aquino sostenía que el poseer propiedades es inherente a la naturaleza humana.
La enseñanza cristiana también contribuyó mucho al concepto de separación entre la iglesia y el estado, y a la limitación de los poderes del soberano sobre los ciudadanos. Estos dos factores permitieron a Occidente evitar un punto muerto del sistema político que condujera al uso arbitrario e ilimitado de la autoridad política, que obstaculiza el desarrollo de una economía moderna.

Razón y fe
Stark no reclama originalidad alguna por sus ideas. Precisa que historiadores eminentes como Henri Pirenne y Fernand Braudel establecieron hace mucho que los hechos históricos contradicen la noción de que la ética protestante del trabajo fue la fuerza que estuvo detrás del capitalismo.

Luego, en 1925, el conocido filósofo y matemático Alfred North Whitehead declaró que la ciencia surgió en Europa debido a la fe en la posibilidad de la ciencia, a su vez derivada de la teología medieval. Con todo, estas verdades se han visto oscurecidas por los mitos populares, afirma Stark.
Al concluir, Stark se pregunta si el cristianismo es irrelevante para la modernidad, ahora que la ciencia y el capitalismo se han establecido tan firmemente. Pero, se apresura a cuestionar, ¿si el cristianismo fuera irrelevante cómo podemos explicar su rápida expansión en muchos países?

Stark observa que en África están creciendo las denominaciones cristianas y, en muchas partes del mundo, las iglesias protestantes están convirtiendo a gran número de personas, o quizá de forma más precisa, cristianizando a muchos que previamente no habían practicado su religión. El cristianismo también está creciendo en China, a pesar de la oposición del gobierno.
«Para muchos no europeos, hacerse cristiano es intrínseco a ser moderno», afirma Stark. Razón y fe, al parecer, no están destinadas a oponerse. ZSI06012101 Zenit

 

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Los Reyes Sabios. Cultura y poder en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media

 

por Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.

Estudio que ofrece el panorama de la existencia y del desarrollo de un modelo ideológico coherente, el de la realeza sapiencial, que alcanzó gran relieve en los orígenes de Europa y, por consiguiente, de la civilización occidental


 

Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid y actualmente profesor de Historia en la Universidad CEU-San Pablo y vicerrector de Investigación en la misma, ha publicado un grueso volumen que es el fruto de su profunda dedicación a lo largo de diez años a un tema que él conoce en España como ningún otro y que, además de otros méritos, le ha valido también el reconocimiento en varios países europeos, especialmente el Reino Unido y Holanda. Originalmente fue el tema de su tesis doctoral, realizada bajo la dirección del profesor Carlos de Ayala Martínez, destacado medievalista de la Universidad Autónoma de Madrid, y después de su brillante defensa en diciembre de 1999 ha continuado profundizando en él hasta presentar como resultado este libro.

 

La obra consta de diecinueve capítulos, agrupados en seis partes: 1) Los orígenes del Ideal Sapiencial: el “Rey Filósofo” en la Antigüedad Clásica; 2) El Imperio Romano Cristiano y la tradición sapiencial de la Biblia y la Patrística; 3) Reyes bárbaros y Reyes sabios en el Occidente germánico (siglos V-VIII); 4) Carlomagno: el nuevo Rey David; 5) La hora de los obispos sabios: levitización y fractura del Imperio Carolingio; y 6) Los epígonos de la Realeza sapiencial carolingia en Inglaterra y Alemania.

 

El autor aborda uno de los aspectos más interesantes en la formación de Europa y los inicios de la civilización occidental: el desarrollo del arquetipo del “Rey Sabio”, en el cual confluyen elementos propios del helenismo, del romanismo, del germanismo y del cristianismo, es decir, de los componentes esenciales de esa nueva civilización.

 

Del helenismo, aparte de tener presente el ideal platónico del basileus philósophos y otros modelos o consideraciones de ciertos autores, es sin duda de gran interés el capítulo dedicado a la figura de Alejandro Magno, quien se convertiría en un paradigma no sólo para la Antigüedad Tardía, sino también para la Edad Media con la leyenda del Alexandre, el ciclo literario sapiencial que tanto éxito alcanzó. Asimismo, el autor logra exponer a la perfección el nacimiento del ideal sapiencial cristiano, fusión del “linaje cultural judeo-cristiano”, con fundamentales raíces veterotestamentarias sobre todo en torno al rey Salomón, y el linaje cultural grecorromano. En este lugar explica con gran acierto que, frente a algunas críticas injustas que en ocasiones se han lanzado, el cristianismo, o más concretamente el cristianismo católico, consigue una armonía entre la fe y la razón o la ciencia, por lo que pudo servir de puente entre los dos mencionados “linajes culturales”. Fruto de ello es, por ejemplo, la imagen de Constantino el Grande como emperador-filósofo romano-cristiano

 

El profesor Rodríguez de la Peña se ha fijado en algunas figuras regias de la época de los reinos germánicos que revelan cómo en esos tiempos −no pocas veces calificados de “oscuros”− hubo un ideal sapiencial encarnado en personajes como el ostrogodo Teodorico el Grande en Italia y el visigodo Sisebuto en España. El primero se rodeó en su corte de destacadas cabezas intelectuales del momento, como Casiodoro y Boecio. Con relación a la España visigótica, el autor no deja de considerar la exposición doctrinal de San Isidoro de Sevilla al respecto. Además tiene presente lo que se refiere a la Galia merovingia y a la nueva Inglaterra anglosajona, donde evidentemente sobresale lo que el monje benedictino San Beda el Venerable escribió acerca de la cuestión.

 

Por supuesto, Carlomagno ocupa un puesto de primer relieve, posiblemente el más elevado de todos, en la imagen medieval del “Rey Sabio”: a esto dedica el autor toda la cuarta parte de su trabajo. Alcuino de York se erige aquí en el teólogo que elabora un acabado pensamiento político cristiano sobre la monarquía sapiencial: el benedictino inglés de la corte de Aquisgrán no sólo fue el principal responsable de la asunción del título imperial por Carlomagno, sino que también se constituyó en la persona capaz de configurar toda una teoría sobre su función sacra al frente del poder temporal, como un verdadero “Rey Sabio” que reunía las mejores cualidades de los reyes del antiguo Israel, de los reyes-filósofos griegos y de los emperadores romanos. No en balde fue denominado por los suyos −y él mismo se hizo designar− como nuevo “David”, a la par que la capital de sus vastos dominios, Aquisgrán, recibía las calificaciones de “Nueva Atenas”, “Nueva Roma” y “Nueva Jerusalén”. En efecto, la Academia palatina de Aquisgrán se convertía en una “república de los filósofos”. El genio político de Alcuino y su clara conciencia de estar realizando un programa de apostolado sapiencial cristiano, como bien señala el profesor Rodríguez de la Peña, queda manifiesto de forma elocuente en el hecho de haber introducido un tema que haría fortuna en la tradición literaria medieval: la translatio studii o “traslación de los estudios” desde Grecia al Occidente carolingio, la cual venía a ser la otra cara de la translatio Imperii llevada a cabo en la Navidad del año 800, cuando la dignidad imperial fue traspasada de Roma a los francos por la autoridad del Papa al coronar emperador a Carlomagno.

 

Buena parte de la obra atiende, en efecto, al período carolingio: no sólo a la época del propio Carlomagno, sino también de manera muy importante a la herencia del mismo hasta ya consumada la fractura del Imperio. Esto es lo que se aborda en la quinta parte del libro: los tiempos de Luis el Piadoso y los de Carlos el Calvo, Luis el Germánico y Lotario. En fin, la sexta parte trata en dos capítulos acerca de los epígonos de la realeza sapiencial carolingia, por una parte en el ámbito anglosajón y por otra en el germánico-otónida, hasta concluir aquí centrándose en la sugerente figura del monje cluniacense Gerberto de Aurillac, quien sería elevado al trono pontificio con el nombre de Silvestre II. Desde nuestro punto de vista, resulta de gran interés el primero de los dos capítulos de esta última parte (el XVIII del conjunto del libro), donde el autor se acerca al renacimiento cultural conocido en Inglaterra bajo el rey Alfredo el Grande.

 

En conjunto, el voluminoso estudio del profesor Rodríguez de la Peña ofrece el panorama de la existencia y del desarrollo de un modelo ideológico coherente, el de la realeza sapiencial, que alcanzó gran relieve en los orígenes de Europa y, por consiguiente, de la civilización occidental. Es una obra que habrá de ser tenida en cuenta no sólo para los investigadores del pensamiento político altomedieval, sino también para todos aquellos que deseen aproximarse con cierta precisión y detalle al conocimiento de los fundamentos de Europa y del Occidente cristiano, de aquello que se entonces se identificaba con “la Cristiandad”.

RODRÍGUEZ DE LA PEÑA, Manuel Alejandro: Los Reyes Sabios. Cultura y poder en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media. Madrid, Actas, 2008; 893 págs.  -  Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.

 

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San Raimundo de Peñafort 1275

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica


Vivió entre sabios y santos. Tuvo la dicha de estar rodeado de hombres tan santos y sabios como San Alberto Magno, que fue su profesor, y San Pedro Nolasco el que dirigió su conciencia... En su tiempo vivían hombres que marcarán época como San Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Antonio de Padua...

Nació por el 1180, muy cerquita de Villafranca del Panadés -Cataluña-, y hechos los estudios en su pueblo, marchó a Barcelona para graduarse en leyes. A la vez que aprendía, enseñaba la moral y las virtudes a los demás y así, casi sin darse cuenta, formó escuela que después sería famosa en toda la ciudad Condal.

Marchó a Bolonia para ampliar estudios y se dedicó de lleno al estudio de las leyes en las que será un gran maestro. Ya había echado raíces en esta hermosa ciudad italiana cuando apareció su Obispo de Barcelona, D. Berenguer de Palou, para decirle: "Os necesito en Barcelona. Por favor, venid a ayudarme en la dirección de la diócesis y en la corrección de sus defectos. Quiero y necesito vuestra ayuda". Viendo que era la voluntad del Señor volvió a su tierra y pronto su fama se extendió como en Bolonia.
Todos acudían a él con sus dificultades y a todas partes llegaba su acción iluminadora y caritativa. Pero él se veía un tanto vacío y buscaba más tiempo para entregarse a la oración y a su trato íntimo con el Señor. Por ello cierto día apareció ante el P. Prior de los Dominicanos y le dijo "Padre, he visto en Bolonia el maravilloso ejemplo que me ha dado vuestro fundador el P. Domingo. Quiero seguir su vida. Admitidme y vestidme el hábito de vuestra Orden"... Era el Viernes Santo de 1222 cuando vestía el hábito dominicano.

Un día le llegó un joven con acento provenzal y le abrió su alma. Le vino a decir: "Padre mío, ya hace días que vengo siguiendo sus clases y tratando de imitar su vida pero necesito algo más. Vendí cuanto tenía y abandoné mi patria para entregarme a Dios, y desde Francia llegué hasta aquí buscando a los pobres y necesitados... pero aún quiero algo más. Quiero descubrir la voluntad del Señor respecto a mí. Necesito que Vd. me ayude a descubrirla...". Era el joven Pedro Nolasco quien venía de tan lejos. De aquel maravilloso encuentro saldría una gran amistad y una obra común: La fundación de la Orden de la Merced...

A sus 47 años dice un día al P. Provincial que se llamaba Sugerio: "Padre, écheme, por favor una buena penitencia por mis muchos pecados, sobre todo por los que cometí en Bolonia por mi soberbia". Y el P. Provincial le impuso el escribir una SUMA sobre Teología moral que aún hoy es una maravilla de precisión y seguridad y que tantos juristas durante siglos se aprovecharon de ella.

El Señor quería favorecer en aquellos momentos el gran apostolado de la redención de cautivos que tanto abundaban, inspiró a tres grandes hombres lo misma idea: Fundar la Orden de la Merced. Para ello se manifestó al rey Jaime I, a Pedro Nolasco y a nuestro Raimundo de Peñafort. A cada uno le manifestó lo que de ellos esperaba. Cada uno tuvo una gran misión en el nacimiento y desarrollo de esta Orden...

Raimundo, a pesar de huir de puestos honoríficos, fue encargado por los reyes y Papas de grandes misiones y embajadas y en todas salió airoso y con gran fruto. Huyó desde Palma hacia Barcelona, porque el rey no quería oír sus consejos, sobre su propio manto haciendo de barquichuela... Fue elegido Superior General de su Orden en la que tanto y tan bien trabajó... Recorrió varias naciones y países para predicar, con ardiente caridad, la fe en Jesucristo a judíos y moros... Fue el consejero de miles de personas y gran director de conciencias... Ya centenario murió el 6 de enero de 1275 y se le hicieron funerales como de persona regia. Otros Santos de hoy: Luciano, FéIix, Clero, Julián, Jenaro, Teodoro, Crispín.

 

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La brillantez de una santa medieval

SANTA CLARA DE ASÍS - fiesta 11 de agosto

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

Por SCTJM

 


Clara significa: "vida transparente"

"El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre" -Santa Clara. 

Nació en Asís, Italia, en 1193. Su padre Favarone Offeduccio era un caballero de los más ricos y poderosos de esa época. Su madre Ortolana, descendiente de familia noble y feudal, era una mujer muy cristiana, de ardiente piedad y de gran celo por el Señor.

Desde sus primeros años Clara se vio dotada de innumerables virtudes y aunque su ambiente familiar pedía otra cosa de ella, siempre desde pequeña fue asidua a la oración y mortificación. Siempre mostró gran desagrado por las cosas del mundo y gran amor y deseo por crecer cada día en su vida espiritual.

Su conversión hacia la vida de plena santidad se efectuó al oír un sermón de San Francisco de Asís. Cuando ella tenía 18 años San Francisco predicó en Asís los sermones de cuaresma y allí insistió en que para tener plena libertad para seguir a Jesucristo hay que librarse de las riquezas y bienes materiales.

Su llamada y su encuentro con San Francisco. Cofundadora de la orden.

Cuando su corazón comprendió la amargura, el odio, la enemistad y la codicia que movía a los hombres a la guerra comprendió que esta forma de vida eran como la espada afilada que un día traspasó el corazón de Jesús. No quiso tener nada que ver con eso, no quiso otro señor mas que el que dio la vida por todos, aquel que se entrega pobremente en la Eucaristía para alimentarnos diariamente. El que en la oscuridad es la Luz y que todo lo cambia y todo lo puede, aquel que es puro Amor.

Renace en ella un ardiente amor y un deseo de entregarse a Dios de una manera total y radical. Ya en ese entonces se oía de los Hermanos Menores, como se les llamaba a los seguidores de San Francisco. Clara sentía gran compasión y gran amor por ellos, aunque tenía prohibido verles y hablarles. Ella cuidaba de ellos y les proveía enviando a una de las criadas. Le llamaba mucho la atención como los frailes gastaban su tiempo y sus energías cuidando a los leprosos. Todo lo que ellos eran y hacían le llamaba mucho la atención y se sentía unida de corazón a ellos y a su visión.

En 1210 cuando Francisco predicaba en la Catedral, al oír las palabras que él decía "este es el tiempo favorable... es el momento... ha llegado el tiempo de dirigirme hacia El que me habla al corazón desde hace tiempo... es el tiempo de optar, de escoger... sintió una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior.

Durante todo el día y la noche, meditó en aquellas palabras que habían calado lo más profundo de su corazón. Tomó esa misma noche la decisión de comunicárselo a Francisco y de no dejar que ningún obstáculo la detuviera en responder al llamado del Señor, depositando en El toda su fuerza y entereza.

Clara sabía que el hecho de tomar esta determinación de seguir a Cristo y sobre todo de entregar su vida a la visión revelada a Francisco, iba a ser causa de gran oposición familiar, pues el solo hecho de la presencia de los Hermanos Menores en Asís estaba ya cuestionando la tradicional forma de vida y las costumbres que mantenían intocables los estratos sociales y sus privilegios. A los pobres les daba una esperanza de encontrar su dignidad, mientras que los ricos comprendían que el Evangelio bien vivido exponía por contraste sus egoísmos a la luz del día. Para Clara el reto era muy grande. Siendo la primera mujer en seguirle, su vinculación con Francisco podía ser mal entendida. 

Santa Clara se fuga de su casa el 18 de Marzo de 1212, un Domingo de Ramos, empezando así la gran aventura de su vocación. Se sobrepuso a los obstáculos y al miedo para darle una respuesta concreta al llamado que el Señor había puesto en su corazón. Llega a la humilde Capilla de la Porciúncula donde la esperaban Francisco y los demás Hermanos Menores y se consagra al Señor por manos de Francisco.

Días más tardes fue trasladada temporalmente, por seguridad, a las monjas Benedictinas, ya que su padre, al darse cuenta de su fuga, sale furioso en su búsqueda con la determinación de llevársela de vuelta al palacio. Pero la firme convicción de Clara, a pesar de sus cortos años de edad, obligan finalmente al Caballero Offeduccio a dejarla. Días más tardes, San Francisco, preocupado por su seguridad dispone trasladarla a otro monasterio de Benedictinas situado en San Angelo. Allí la sigue su hermana Inés, quien fue una de las mayores colaboradoras en la expansión de la Orden y la hija (si se puede decir así) predilecta de Santa Clara. Le sigue también su prima Pacífica.

San Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor había hablado a su corazón diciéndole, "Reconstruye mi Iglesia". Esas palabras del Señor habían llegado a lo más profundo de su ser y lo llevó al más grande anonadamiento y abandono en el Señor. Gracias a esa respuesta de amor, de su gran "Si" al Señor, había dado vida a una gran obra, que hoy vemos y conocemos como la Comunidad Franciscana, de la cual Santa Clara se inspiraría y formaría parte crucial, siendo cofundadora con San Francisco en la Orden de las Clarisas.

Cuando se trasladan las primeras Clarisas a San Damián, San Francisco pone al frente de la comunidad, como guía de Las Damas Pobres a Santa Clara. Al principio le costó aceptarlo pues por su gran humildad deseaba ser la última y ser la servidora, esclava de las esclavas del Señor. Pero acepta y con verdadero temor asume la carga que se le impone, entiende que es el medio de renunciar a su libertad y ser verdaderamente esclava. Así se convierte en la madre amorosa de sus hijas espirituales, siendo fiel custodia y prodigiosa sanadora de las enfermas.

Desde que fue nombrada Madre de la Orden, ella quiso ser ejemplo vivo de la visión que trasmitía, pidiendo siempre a sus hijas que todo lo que el Señor había revelado para la Orden se viviera en plenitud.

Siempre atenta a la necesidades de cada una de sus hijas y revelando su ternura y su atención de Madre, son recuerdos que aún después de tanto tiempo prevalecen y son el tesoro mas rico de las que hoy son sus hijas, Las Clarisas Pobres.

Sta. Clara acostumbraba tomar los trabajos mas difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una. Pendiente de los detalles más pequeños y siendo testimonio de ese corazón de madre y de esa verdadera respuesta al llamado y responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos.

Por el testimonio de las misma hermanas que convivieron con ella se sabe que muchas veces, cuando hacía mucho frío, se levantaba a abrigar a sus hijas y a las que eran mas delicadas les cedía su manta. A pesar de ello, Clara lloraba por sentir que no mortificaba suficiente su cuerpo.

Cuando hacía falta pan para sus hijas, ayunaba sonriente y si el sayal de alguna de las hermanas lucía más viejo ella lo cambiaba dándole el de ella. Su vida entera fue una completa dádiva de amor al servicio y a la mortificación. Su gran amor al Señor es un ejemplo que debe calar nuestros corazones, su gran firmeza y decisión por cumplir verdaderamente la voluntad de Dios para ella.

Tenía gran entusiasmo al ejercer toda clase de sacrificios y penitencias. Su gozo al sufrir por Cristo era algo muy evidente y es, precisamente esto, lo que la llevó a ser Santa Clara. Este fue el mayor ejemplo que dio a sus hijas.

Hay un detalle importante en el llamado de San Francisco y Santa Clara. Cuando el Señor ve que el mundo está tomando rumbos equivocados o completamente opuestos al Evangelio, levanta mujeres y hombres para que contrarresten y aplaquen los grandes males con grandes bienes. Es decir que podemos ver claramente en la Orden Franciscana, en su carisma, que cuando el mundo estaba siendo arrastrado por la opulencia, por la riqueza, las injusticias sociales etc., suscita en dos jóvenes de las mejores familias el amor valiente para abrazar el espíritu de pobreza, como para demostrar de una manera radical el verdadero camino a seguir que al mismo tiempo deja al descubierto la obra de Satanás, aplastándole la cabeza.  Ellos se convirtieron en signo de contradicción para el mundo y a la vez, fuente donde el Señor derrama su gracia para que otros reciban de ella.

El Señor en su gran sabiduría y siendo el buen Pastor que siempre cuida de su pueblo y de su salvación, nunca nos abandona y manda profetas que con sus palabras y sus vidas nos recuerdan la verdad y nos muestran el camino de regreso a El. Los santos nos revelan nuestros caminos torcidos y nos enseñan como rectificarlos.

Empiezan las renuncias.

De rodillas ante San Francisco, hizo Clara la promesa de renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y de dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia. El santo, como primer paso, tomó unas tijeras y le cortó su larga y hermosa cabellera, y le colocó en la cabeza un sencillo manto, y la envió a donde unas religiosas que vivían por allí cerca, a que se fuera preparando para ser una santa religiosa.

Para Santa Clara la humildad es pobreza de espíritu y esta pobreza se convierte en obediencia, en servicio y en deseos de darse sin límites a los demás.

La humildad brilló grandemente en Santa Clara y una de las mas grandes pruebas de su humildad fue su forma de vida en el convento, siempre sirviendo con sus enseñanzas, sus cuidados, su protección y su corrección. La responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos no la utilizó para imponer o para simplemente mandar en el nombre del Señor. Lo que ella mandaba a sus hijas lo cumplía primero ella misma con toda perfección. Se exigía mas de lo que pedía a sus hermanas.

Hacía los trabajos mas costosos y daba amor y protección a cada una de sus hijas. Buscaba como lavarle los pies a las que llegaban cansadas de mendigar el sustento diario. Lavaba a las enfermas y no había trabajo que ella despreciara pues todo lo hacía con sumo amor y con suprema humildad.

"En una ocasión, después de haberle lavado los pies a una de las hermanas, quiso besarlos. La hermana, resistiendo aquel acto de su fundadora, retiró el pie y accidentalmente golpeó el rostro a Clara. Pese al moretón y la sangre que había salido de su nariz, volvió a tomar con ternura el pie de la hermana y lo besó."

Con su gran pobreza manifestaba su anhelo de no poseer nada mas que al Señor. Y esto lo exigía a todas sus hijas. Para ella la Santa Pobreza era la reina de la casa. Rechazó toda posesión y renta, y su mayor anhelo era alcanzar de los Papas el privilegio de la pobreza, que por fin fue otorgado por el Papa Inocencio III.

Para Santa Clara la pobreza era el camino en donde uno podía alcanzar mas perfectamente esa unión con Cristo. Este amor por la pobreza nacía de la visión de Cristo pobre, de Cristo Redentor y Rey del mundo, nacido en el pesebre. Aquel que es el Rey y, sin embargo, no tuvo nada ni exigió nada terrenal para si y cuya única posesión era vivir la voluntad del Padre. La pobreza alcanzada en el pesebre y llevada a su cúlmen en la Cruz. Cristo pobre cuyo único deseo fue obedecer y amar.

Por eso la vida de Sta. Clara fue una constante lucha por despegarse de todo aquello que la apartaba del Amor y todo lo que le limitara su corazón de tener como único y gran amor al Señor y el deseo por la salvación de las almas.

La pobreza la conducía a un verdadero abandono en la Providencia de Dios. Ella, al igual que San Francisco, veía en la pobreza ese deseo de imitación total a Jesucristo. No como una gran exigencia opresiva sino como la manera y forma de vida que el Señor les pedía y la manera de mejor proyectar al mundo la verdadera imagen de Cristo y Su Evangelio.

Siguiendo las enseñanzas y ejemplos de su maestro San Francisco, quiso Santa Clara que sus conventos no tuvieran riquezas ni rentas de ninguna clase. Y, aunque muchas veces le ofrecieran regalos de bienes para asegurar el futuro de sus religiosas, no los quiso aceptar. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: "Santo padre: le suplico que me absuelva y me libere de todos mis pecados, pero no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo". A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: "Mi Padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros".

Mortificación de su cuerpo.

Si hay algo que sobresale en la vida de Santa Clara es su gran mortificación. Utilizaba debajo de su túnica, como prenda íntima, un áspero trozo de cuero de cerdo o de caballo. Su lecho era una cama compuesta de sarmientos cubiertos con paja, la que se vio obligada a cambiar por obediencia a Francisco, debido a su enfermedad.

Los ayunos. Siempre vivió una vida austera y comía tan poco que sorprendía hasta a sus propias hermanas. No se explicaban como podía sostener su cuerpo. Durante el tiempo de cuaresma, pasaba días sin probar bocado y los demás días los pasaba a pan y agua. Era exigente con ella misma y todo lo hacía llena de amor, regocijo y de una entrega total al amor que la consumía interiormente y su gran anhelo de vivir, servir y desear solamente a su amado Jesús.

Por su gran severidad en los ayunos, sus hermanas, preocupadas por su salud, informaron a San Francisco quien intervino con el Obispo ordenándole a comer, cuando menos diariamente, un pedazo de pan que no fuese menos de una onza y media.

Oración

Para Santa Clara la oración era la alegría, la vida; la fuente y manantial de todas las gracias, tanto para ella como para el mundo entero. La oración es el fin en la vida Religiosa y su profesión.

Ella acostumbraba pasar varias horas de la noche en oración para abrir su corazón al Señor y recoger en su silencio las palabras de amor del Señor. Muchas veces, en su tiempo de oración, se le podía encontrar cubierta de lágrimas al sentir el gran gozo de la adoración y de la presencia del Señor en la Eucaristía, o quizás movida por un gran dolor por los pecados, olvidos y por las ingratitudes propias y de los hombres.

Se postraba rostro en tierra ante el Señor y, al meditar la pasión las lágrimas brotaban de lo mas íntimo de su corazón. Muchas veces el silencio y soledad de su oración se vieron invadidos de grandes perturbaciones del demonio. Pero sus hermanas dan testimonio de que, cuando Clara salía del oratorio, su semblante irradiaba felicidad y sus palabras eran tan ardientes que movían y despertaban en ellas ese ardiente celo y encendido amor por el Señor.

Hizo fuertes sacrificios los cuarenta y dos años de su vida consagrada. Cuando le preguntaban si no se excedía, ella contestaba: Estos excesos son necesarios para la redención, "Sin el derramamiento de la Sangre de Jesús en la Cruz no habría Salvación". Ella añadía: "Hay unos que no rezan ni se sacrifican; hay muchos que sólo viven para la idolatría de los sentidos. Ha de haber compensación. Alguien debe rezar y sacrificarse por los que no lo hacen. Si no se estableciera ese equilibrio espiritual la tierra sería destrozada por el maligno". Santa Clara aportó de una manera generosa a este equilibrio.

Milagros de Santa Clara

 

 

La Eucaristía ante los sarracenos (MAHOMETANOS)

En 1241 los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Cuando se acercaban a atacar el convento que está en la falda de la loma, en el exterior de las murallas de Asís, las monjas se fueron a rezar muy asustadas y Santa Clara que era extraordinariamente devota al Santísimo Sacramento, tomó en sus manos la custodia con la hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes. Ellos experimentaron en ese momento tan terrible oleada de terror que huyeron despavoridos.

En otra ocasión los enemigos atacaban a la ciudad de Asís y querían destruirla. Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.

El milagro de la multiplicación de los panes.

Cuando solo tenían un pan para que comieran cincuenta hermanas, Santa Clara lo bendijo y, rezando todas un Padre Nuestro, partió el pan y envió la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la repartió a las hermanas. Aquel pan se multiplicó, dando a basto para que todas comieran. Santa Clara dijo: "Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?"

En una de las visitas del Papa al Convento, dándose las doce del día, Santa Clara invita a comer al Santo Padre pero el Papa no accedió. Entonces ella le pide que por favor bendiga los panes para que queden de recuerdo, pero el Papa respondió: "quiero que seas tu la que bendigas estos panes". Santa Clara le dice que sería como un irespeto muy grande de su parte hacer eso delante del Vicario de Cristo. El Papa, entonces, le ordena bajo el voto de obediencia que haga la señal de la Cruz. Ella bendijo los panes haciéndole la señal de la Cruz y al instante quedó la Cruz impresa sobre todos los panes.

Larga agonía.

Santa Clara estuvo enferma 27 años en el convento de San Damiano, soportando todos los sufrimientos de su enfermedad con paciencia heroica. En su lecho bordaba, hacía costuras y oraba sin cesar. El Sumo Pontífice la visitó dos veces y exclamó "Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado como la que tiene esta santa monjita".

Cardenales y obispos iban a visitarla y a pedirle sus consejos.

San Francisco ya había muerto pero tres de los discípulos preferidos del santo, Fray Junípero, Fray Angel y Fray León, le leyeron a Clara la Pasión de Jesús mientras ella agonizaba. La santa repetía: "Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan".

El 10 de agosto del año 1253 a los 60 años de edad y 41 años de ser religiosa, y dos días después de que su regla sea aprobada por el Papa, se fue al cielo a recibir su premio. En sus manos, estaba la regla bendita, por la que ella dio su vida.

En la Basílica de Sta. Clara encontramos su cuerpo incorrupto y muchas de sus reliquias.

En el convento de San Damiano, se recorren los pasillos que ella recorrió. Se entra al cuarto donde ella pasó muchos años de su vida acostada, se observa la ventana por donde veía a sus hijas. También se conservan el oratorio, la capilla, y la ventana por donde expulsó a los sarracenos con el poder de la Eucaristía.

Hoy las religiosas Clarisas son aproximadamente 18.000 en 1.248 conventos en el mundo.-SCTJM

 

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«El hombre de hoy necesita la fe, la esperanza y la caridad de Francisco; necesita la alegría de brota de la pobreza de espíritu, esto es, de una libertad interior». -Juan Pablo II, 11-II-03

 

 

 



SAN FRANCISCO DE ASIS - Nació en Asís (Italia), el año 1182. Después de una juventud disipada en diversiones, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa Sede. Inició también una Orden de religiosas y un grupo de penitentes que vivían en el mundo, así como la predicación entre los infieles. Murió el año 1226.

 

Un santo para todos

Ciertamente no existe ningún santo que sea tan popular como él tanto entre católicos como entre los protestantes y aun entre los no cristianos. San Francisco de Asís cautivó la imaginación de sus contemporáneos presentándoles la pobreza, la castidad y la obediencia con la pureza y fuerza de un testimonio radical. 

Llegó a ser conocido como el Pobre de Asís por su matrimonio con la Pobreza, su amor por los pajarillos y toda la naturaleza. Todo ello refleja un alma en la que Dios lo era todo sin división, un alma que se nutría de las verdades de la fe católica y que se había entregado enteramente, no sólo a Cristo, sino a Cristo crucificado.

 

Nacimiento y vida familiar de un caballero

Francisco nació en Asís, ciudad de Umbría, en el año 1182. Su padre, Pedro Bernardone, era comerciante. El nombre de su madre era Pica y algunos autores afirman que pertenecía a una noble familia de la Provenza. Tanto el padre como la madre de Francisco eran personas acomodadas. Pedro Bernardone comerciaba especialmente en Francia. Como se hallase en dicho país cuando nació su hijo, las gentes le apodaron "Francesco" (el francés), por más que en el bautismo recibió el nombre de Juan. En su juventud, Francisco era muy dado a las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo gastaba pródigamente, con ostentación. Ni los negocios de su padre, ni los estudios le interesaban mucho, sino el divertirse en cosas vanas que comúnmente se les llama "gozar de la vida". Sin embargo, no era de costumbres licenciosas y acostumbraba a ser muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios.

 

Hallazgo de un tesoro

Cuando Francisco tenía unos veinte años, estalló la discordia entre las ciudades de Perugia y Asís y en la guerra, el joven cayó prisionero de los peruginos. La prisión duró un año, y Francisco la soportó alegremente. Sin embargo, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo. La enfermedad, en la que el joven probó una vez más su paciencia, fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a combatir en el ejército de Galterío y Briena en el sur de Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un caballero mal vestido que había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio, Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Esa noche vio en sueños un espléndido palacio con salas colmadas de armas, sobre las cuales se hallaba grabado el signo de la cruz y le pareció oír una voz que le decía que esas armas le pertenecían a él y a sus soldados.

Francisco partió a Apulia con el alma ligera y la seguridad de triunfar, pero nunca llegó al frente de batalla. En Espoleto, ciudad del camino de Asís a Roma, cayó nuevamente enfermo y, durante la enfermedad, oyó una voz celestial que le exhortaba a "servir al amo y no al siervo". El joven obedeció. Al principio volvió a su antigua vida, aunque tomándola menos a la ligera. Las gentes, al verle ensimismado, le decían que estaba enamorado. "Sí", replicaba Francisco, "voy a casarme con una joven más bella y más noble que todas las que conocéis". Poco a poco, con la mucha oración, fue concibiendo el deseo de vender todos sus bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio.

Aunque ignoraba lo que tenía que hacer para ello, una serie de claras inspiraciones sobrenaturales le hizo comprender que la batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los instintos. Paseándose en cierta ocasión a caballo por la llanura de Asís, encontró a un leproso. Las llagas del mendigo aterrorizaron a Francisco; pero, en vez de huir, se acercó al leproso, que le tendía la mano para recibir una limosna.   Francisco comprendió que había llegado el momento de dar el paso al amor radical de Dios.  A pesar de su repulsa natural a los leproso, venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso. Aquello cambió su vida.  Fue un gesto movido por el Espíritu Santo, pidiéndole a Francisco una calidad de entrega, un "sí" que distingue a los santos de los mediocres. A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a los enfermos en los hospitales. Algunas veces regalaba a los pobres sus vestidos, otras, el dinero que llevaba.

 


San Antonio y San Francisco - pintura del 1317 Simone Martini

 

"Francisco, pues ya ves que está en ruinas"

En cierta ocasión, mientras oraba en la iglesia de San Damián en las afueras de Asís, el crucifijo, (hoy llamado Crucifijo de San Damián) le repitió tres veces: "Francisco, repara mi casa, pues ya ves que está en ruinas". El santo, viendo que la iglesia se hallaba en muy mal estado, creyó que el Señor quería que la reparase; así pues, partió inmediatamente, tomó una buena cantidad de vestidos de la tienda de su padre y los vendió junto con su caballo. En seguida llevó el dinero al pobre sacerdote que se encargaba de la iglesia de San Damián, y le pidió permiso de quedarse a vivir con él. El buen sacerdote consintió en que Francisco se quedase con él, pero se negó a aceptar el dinero. El joven lo depositó en el alféizar de la ventana. Pedro Bernardone, al enterarse de lo que había hecho su hijo, se dirigió indignado a San Damián. Pero Francisco había tenido buen cuidado de ocultarse.

 

Renuncia a la herencia de su padre

Al cabo de algunos días pasados en oración y ayuno, Francisco volvió a entrar en la población, pero estaba tan desfigurado y mal vestido, que las gentes se burlaban de él, tomándolo por loco. Pedro Bernardone, muy desconcertado por la conducta de su hijo, le condujo a su casa, le golpeó furiosamente (Francisco tenía entonces veinticinco años), le puso grillos en los pies y le encerró en una habitación. La madre de Francisco se encargó de ponerle en libertad cuando su marido se hallaba ausente y el joven retornó a San Damián. Su padre fue de nuevo a buscarle ahí, le golpeó en la cabeza y le conminó a volver inmediatamente a su casa o a renunciar a su herencia y pagarle el precio de los vestidos que le había tomado.

Su padre le obligó a comparecer ante el obispo Guido de Asís, quien exhortó al joven a devolver el dinero y a tener confianza en Dios: "Dios no desea que su Iglesia goce de bienes injustamente adquiridos." Francisco obedeció a la letra la orden del obispo y añadió: "Los vestidos que llevo puestos pertenecen también a mi padre, de suerte que tengo que devolvérselos." Acto seguido se desnudó y entregó sus vestidos a su padre, diciéndole alegremente: "Hasta ahora tú has sido mi padre en la tierra. Pero en adelante podré decir: Padre nuestro, que estás en los cielos."´ Pedro Bernardone abandonó el palacio episcopal "temblando de indignación y profundamente lastimado." El obispo regaló a Francisco un viejo vestido de labrador, que pertenecía a uno de sus siervos. Francisco recibió la primera limosna de su vida con gran agradecimiento, trazó la señal de la cruz sobre el vestido con un trozo de tiza y se lo puso.

 

Llamado a la renuncia y a la negación

En seguida, partió en busca de un sitio conveniente para establecerse. Iba cantando alegremente las alabanzas divinas por el camino real, cuando se topó con unos bandoleros que le preguntaron quién era. El respondió: "Soy el heraldo del Gran Rey." Los bandoleros le golpearon y le arrojaron en un foso cubierto de nieve. Francisco prosiguió su camino cantando las divinas alabanzas. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo como si fuese un mendigo. Cuando llegó a Gubbio, una persona que le conocía, le llevó a su casa y le regaló una túnica, un cinturón y unas sandalias de peregrino. El atuendo era muy pobre pero decente. Francisco lo usó dos años, al cabo de los cuales volvió a San Damián.

Para reparar la iglesia, fue a pedir limosna en Asís, donde todos le habían conocido rico y, naturalmente, hubo de soportar las burlas y el desprecio de más de un mal intencionado. El mismo se encargó de transportar las piedras que hacían falta para reparar la iglesia y ayudó en el trabajo a los albañiles. Una vez terminadas las reparaciones en la iglesia de San Damián, Francisco emprendió un trabajo semejante en la antigua iglesia de San Pedro. Después, se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, que pertenecía a la abadía benedictina de Monte Subasio. Probablemente el nombre de la capillita aludía al hecho de que estaba construida en una reducida parcela de tierra.

La Porciúncula se hallaba en una llanura, a unos cuatro kilómetros de Asís y, en aquella época, estaba abandonada y casi en ruinas. La tranquilidad del sitio agradó a Francisco tanto como el título de Nuestra Señora de los Ángeles,  en cuyo honor había sido erigida la capilla. Francisco la reparó y fijó en ella su residencia. Ahí le mostró finalmente el cielo lo que esperaba de él, el día de la fiesta de San Matías del año 1209.

En aquella época, el evangelio de la misa de la fiesta decía: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado.. . Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente . . . No poseáis oro ... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo ... He aquí que os envío como corderos en medio de los lobos. . ." (Mat.10 , 7-19). Estas palabras penetraron hasta lo más profundo en el corazón de Francisco y éste, aplicándolas literalmente, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Tal fue el hábito que dio a sus hermanos un año más tarde: la túnica de lana burda de los pastores y campesinos de la región. Vestido en esa forma, empezó a exhortar a la penitencia con tal energía, que sus palabras hendían los corazones de sus oyentes. Cuando se topaba con alguien en el camino, le saludaba con estas palabras: "La paz del Señor sea contigo."

 

Dones extraordinarios

Dios le había concedido ya el don de profecía y el don de milagros. Cuando pedía limosna para reparar la iglesia de San Damián, acostumbraba decir: "Ayudadme a terminar esta iglesia. Un día habrá ahí un convento de religiosas en cuyo buen nombre se glorificarán el Señor y la universal Iglesia." La profecía se verificó cinco años más tarde en Santa Clara y sus religiosas. Un habitante de Espoleto sufría de un cáncer que le había desfigurado horriblemente el rostro. En cierta ocasión, al cruzarse con San Francisco, el hombre intentó arrojarse a sus pies, pero el santo se lo impidió y le besó en el rostro. El enfermo quedó instantáneamente curado. San Buenaventura comentaba a este propósito: "No sé si hay, que admirar más el beso o el milagro".

 

 

Nueva orden religiosa y visita al Papa.

Francisco tuvo pronto numerosos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos. El primer discípulo fue Bernardo de Quintavalle, un rico comerciante de Asís. Al principio Bernardo veía con curiosidad la evolución de Francisco y con frecuencia le invitaba a su casa, donde le tenía siempre preparado un lecho próximo al suyo. Bernardo se fingía dormido para observar cómo el siervo de Dios se levantaba calladamente y pasaba largo tiempo en oración, repitiendo estas palabras: "Deus meus et omnia" (Mi Dios y mi todo). Al fin, comprendió que Francisco era "verdaderamente un hombre de Dios" y en seguida le suplicó que le admitiese corno discípulo. Desde entonces, juntos asistían a misa y estudiaban la Sagrada Escritura para conocer la voluntad de Dios. Como las indicaciones de la Biblia concordaban con sus propósitos, Bernardo vendió cuanto tenía y repartió el producto entre los pobres.

Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís, pidió también a Francisco que le admitiese como discípulo y el santo les "concedió el hábito" a los dos juntos, el 16 de abril de 1209. El tercer compañero de San Francisco fue el hermano Gil, famoso por su gran sencillez y sabiduría espiritual.

En 1210, cuando el grupo contaba ya con doce miembros, Francisco redactó una regla breve e informal que consistía principalmente en los consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Con ella se fueron a Roma a presentarla para aprobación del Sumo Pontífice. Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas que la gente les daba.

En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un cardenal dijo: "No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula.

Inocencio III se mostró adverso al principio. Por otra parte, muchos cardenales opinaban que las órdenes religiosas ya existentes necesitaban de reforma, no de multiplicación y que la nueva manera de concebir la pobreza era impracticable.

El cardenal Juan Colonna alegó en favor de Francisco que su regla expresaba los mismos consejos con que el Evangelio exhortaba a la perfección. Más tarde, el Papa relató a su sobrino, quien a su vez lo comunicó a San Buenaventura, que había visto en sueños una palmera que crecía rápidamente y después, había visto a Francisco sosteniendo con su cuerpo la basílica de Letrán que estaba a punto de derrumbarse. Cinco años después, el mismo Pontífice tendría un sueño semejante a propósito de Santo Domingo. Inocencio III mandó, pues, llamar a Francisco y aprobó verbalmente su regla; en seguida le impuso la tonsura, así corno a sus compañeros y les dio por misión predicar la penitencia.


La Porciúncula

San Francisco y sus compañeros se trasladaron provisionalmente a una cabaña de Rivo Torto, en las afueras de Asís, de donde salían a predicar por toda la región. Poco después, tuvieron dificultades con un campesino que reclamaba la cabaña para emplearla como establo de su asno. Francisco respondió: "Dios no nos ha llamado a preparar establos para los asnos", y acto seguido abandonó el lugar y partió a ver al abad de Monte Subasio. En 1212, el abad regaló a Francisco la capilla de la Porciúncula, a condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. El santo se negó a aceptar la propiedad de la capillita y sólo la admitió prestada. En prueba de que la Porciúncula continuaba como propiedad de los benedictinos, Francisco les enviaba cada año, a manera de recompensa por el préstamo, una cesta de pescados cogidos en el riachuelo vecino. Por su parte, los benedictinos correspondían enviándole un tonel de aceite. Tal costumbre existe todavía entre los franciscanos de Santa María de los Ángeles y los benedictinos de San Pedro de Asís.

Alrededor de la Porciúncula, los frailes construyeron varias cabañas primitivas, porque San Francisco no permitía que la orden en general y los conventos en particular, poseyesen bienes temporales. Había hecho de la pobreza el fundamento de su orden y su amor a la pobreza se manifestaba en su manera de vestirse, en los utensilios que empleaba y en cada uno de sus actos. Acostumbraba llamar a su cuerpo "el hermano asno", porque lo consideraba como hecho para transportar carga, para recibir golpes y para comer poco y mal. Cuando veía ocioso a algún fraile, le llamaba "hermano mosca" porque en vez de cooperar con los demás echaba a perder el trabajo de los otros y les resultaba molesto. Poco antes de morir, considerando que el hombre está obligado a tratar con caridad a su cuerpo, Francisco pidió perdón al suyo por haberlo tratado tal vez con demasiado rigor. El santo se había opuesto siempre a las austeridades indiscretas y exageradas. En cierta ocasión, viendo que un fraile había perdido el sueño a causa del excesivo ayuno, Francisco le llevó alimento y comió con él para que se sintiese menos mortificado.


Somete la carne a las espinas; Dios le otorga sabiduría.

Al principio de su conversión, viéndose atacado de violentas tentaciones de impureza, solía revolcarse desnudo sobre la nieve. Cierta vez en que la tentación fue todavía más violenta que de ordinario, el santo se disciplinó furiosamente; como ello no bastase para alejarla, acabó por revolcarse sobre las zarzas y los abrojos.

Su humildad no consistía simplemente en un desprecio sentimental de sí mismo, sino en la convicción de que "ante los ojos de Dios el hombre vale por lo que es y no más". Considerándose indigno del sacerdocio, Francisco sólo llegó a recibir el diaconado. Detestaba de todo corazón las singularidades. Así cuando le contaron que uno de los frailes era tan amante del silencio que sólo se confesaba por señas, respondió disgustado: "Eso no procede del espíritu de Dios sino del demonio; es una tentación y no un acto de virtud." Dios iluminaba la inteligencia de su siervo con una luz de sabiduría que no se encuentra en los libros. Cuando cierto fraile le pidió permiso de estudiar, Francisco le contestó que, si repetía con devoción el "Gloria Patri", llegaría a ser sabio a los ojos de Dios y él mismo era el mejor ejemplo de la sabiduría adquirida en esa forma.


La Naturaleza

Sus contemporáneos hablan con frecuencia del cariño de Francisco por los animales y del poder que tenía sobre ellos. Por ejemplo, es famosa la reprensión que dirigió a las golondrinas cuando iba a predicar en Alviano: ´Hermanas golondrinas: ahora me toca hablar a mí; vosotras ya habéis parloteado bastante." Famosas también son las anécdotas le los pajarillos que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Creador, del conejillo que no quería separarse de él en el Lago Trasimeno y del lobo de Gubbio amansado por el santo. Algunos autores consideran tales anécdotas como simples alegorías, en tanto que otros les atribuyen valor histórico.


Aventura de amor con Dios

Los primeros años de la orden en Santa María de los Ángeles fueron un período de entrenamiento en la pobreza y la caridad fraternas. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajó suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta; pero el fundador les había prohibido que aceptasen dinero. Estaban siempre prontos a servir a todo el mundo, particularmente a los leprosos y menesterosos.

San Francisco insistía en que llamasen a los leprosos "mis hermanos cristianos" y los enfermos no dejaban de apreciar esta profunda delicadeza. El número de los compañeros del santo continuaba en aumento, entre ellos se contaba el famoso "juglar de Dios", fray Junípero; a causa de la sencillez del hermanito Francisco solía repetir: "Quisiera tener todo un bosque de tales juníperos." En cierta ocasión en que el pueblo de Roma se había reunido para recibir a fray Junípero, sus compañeros le hallaron jugando apaciblemente con los niños fuera de las murallas de la ciudad. Santa Clara acostumbraba llamarle "el juguete de Dios".


Santa Clara,

Clara había partido de Asís para seguir a Francisco, en la primavera de 1212, después de oírle predicar. El santo consiguió establecer a Clara y sus compañeras en San Damián, y la comunidad de religiosas llegó pronto a ser, para los franciscanos, lo que las monjas de Prouille habían de ser para los dominicos: una muralla de fuerza femenina, un vergel escondido de oración que hacía fecundo el trabajo de los frailes.


Evangeliza a los mahometanos

En el otoño de ese año, Francisco, no contento con todo lo que había sufrido y trabajado por las almas en Italia, resolvió ir a evangelizar a los mahometanos. Así pues, se embarcó en Ancona con un compañero rumbo a Siria; pero una tempestad hizo naufragar la nave en la costa de Dalmacia. Como los frailes no tenían dinero para proseguir el viaje se vieron obligados a esconderse furtivamente en un navío para volver a Ancona. Después de predicar un año en el centro de Italia (el señor de Chiusi puso entonces a la disposición de los frailes un sitio de retiro en Monte Alvernia, en los Apeninos de Toscana), San Francisco decidió partir nuevamente a predicar a los mahometanos en Marruecos. Pero Dios tenía dispuesto que no llegase nunca a su destino: el santo cayó enfermo en España y, después, tuvo que retornar a Italia. Ahí se consagró apasionadamente a predicar el Evangelio a los cristianos.


La humildad y obediencia

San Francisco dio a su orden el nombre de "Frailes Menores" por humildad, pues quería que sus hermanos fuesen los siervos de todos y buscasen siempre los sitios más humildes. Con frecuencia exhortaba a sus compañeros al trabajo manual y, si bien les permitía pedir limosna, les tenía prohibido que aceptasen dinero. Pedir limosna no constituía para él una vergüenza, ya que era una manera de imitar la pobreza de Cristo. El santo no permitía que sus hermanos predicasen en una diócesis sin permiso expreso del obispo. Entre otras cosas, dispuso que "si alguno de los frailes se apartaba de la fe católica en obras o palabras y no se corregía, debería ser expulsado de la hermandad". Todas las ciudades querían tener el privilegio de albergar a los nuevos frailes, y las comunidades se multiplicaron en Umbría, Toscana, Lombardia y Ancona.


Crece la orden

Se cuenta que en 1216, Francisco solicitó del Papa Honorio III la indulgencia de la Porciúncula o "perdón de Asís". El año siguiente, conoció en Roma a Santo Domingo, quien había predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia en la época en que Francisco era "un gentilhombre de Asís". San Francisco tenía también la intención de ir a predicar en Francia. Pero, como el cardenal Ugolino (quien fue más tarde Papa con el nombre de Gregorio IX) le disuadiese de ello, envió en su lugar a los hermanos Pacífico y Agnelo. Este último había de introducir más tarde la orden de los frailes menores en Inglaterra. El sabio y bondadoso cardenal Ugolino ejerció una gran influencia en el desarrollo de la orden. Los compañeros de San Francisco eran ya tan numerosos, que se imponía forzosamente cierta forma de organización sistemática y de disciplina común. Así pues, se procedió a dividir a la orden en provincias, al frente de cada una de las cuales se puso a un ministro, "encargado del bien espiritual de los hermanos; si alguno de ellos llegaba a perderse por el mal ejemplo del ministro, éste tendría que responder de él ante Jesucristo." Los frailes habían cruzado ya los Alpes y tenían misiones en España, Alemania y Hungría.

El primer capítulo general se reunió, en la Porciúncula, en Pentecostés del año de 1217. En 1219, tuvo lugar el capítulo "de las esteras", así llamado por las cabañas que debieron construirse precipitadamente con esteras para albergar a los delegados. Se cuenta que se reunieron entonces cinco mil frailes. Nada tiene de extraño que en una comunidad tan numerosa, el espíritu del fundador se hubiese diluido un tanto. Los delegados encontraban que San Francisco se entregaba excesivamente a la aventura y exigían un espíritu más práctico. Es que así les parecía lo que en realidad era una gran confianza en Dios. El santo se indignó profundamente y replicó: "Hermanos míos, el Señor me llamó por el camino de la sencillez y la humildad y por ese camino persiste en conducirme, no sólo a mí sino a todos los que estén dispuestos a seguirme ... El Señor me dijo que deberíamos ser pobres y locos en este mundo y que ése y no otro sería el camino por el que nos llevaría. Quiera Dios confundir vuestra sabiduría y vuestra ciencia y haceros volver a vuestra primitiva vocación, aunque sea contra vuestra voluntad y aunque la encontréis tan defectuosa."

Francisco les insistía en que amaran muchísimo a Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de recomendarles que cumplieran lo mas exactamente posible todo lo que manda el Santo Evangelio.


El mayor privilegio: no gozar de privilegio alguno

Recorría campos y pueblos invitando a la gente a amar más a Jesucristo, y repetía siempre: ´El Amor no es amado". Las gentes le escuchaban con especial cariño y se admiraban de lo mucho que sus palabras influían en los corazones para entusiasmarlos por Cristo y su Verdad.

A quienes le propusieron que pidiese al Papa permiso para que los frailes pudiesen predicar en todas partes sin autorización del obispo, Francisco repuso: "Cuando los obispos vean que vivís santamente y que no tenéis intenciones de atentar contra su autoridad, serán los primeros en rogaros que trabajéis por el bien de las almas que les han sido confiadas. Considerad como el mayor de los privilegios el no gozar de privilegio alguno. . ." Al terminar el capítulo, San Francisco envió a algunos frailes a la primera misión entre los infieles de Túnez y Marruecos y se reservó para sí la misión entre los sarracenos de Egipto y Siria. En 1215, durante el Concilio de Letrán, el Papa Inocencio III había predicado una nueva cruzada, pero tal cruzada se había reducido simplemente a reforzar el Reino Latino de oriente. Francisco quería blandir la espada de Dios.

San Francisco, se fue a Tierra Santa a visitar en devota peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y murió: Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya, los franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los Santos Lugares de Tierra Santa.


Misionero ante el Sultán

En junio de 1219, se embarcó en Ancona con doce frailes. La nave los condujo a Damieta, en la desembocadura del Nilo. Los cruzados habían puesto sitio a la ciudad, y Francisco sufrió mucho al ver el egoísmo y las costumbres disolutas de los soldados de la cruz. Consumido por el celo de la salvación de los sarracenos, decidió pasar al campo del enemigo, por más que los cruzados le dijeron que la cabeza de los cristianos estaba puesta a precio. Habiendo conseguido la autorización del legado pontificio, Francisco y el hermano Iluminado se aproximaron al campo enemigo, gritando: "¡Sultán, sultán!" Cuando los condujeron a la presencia de Malek-al-Kamil, Francisco declaró osadamente: "No son los hombres quienes me han enviado, sino Dios todopoderoso. Vengo a mostrarles, a ti y a tu pueblo, el camino de la salvación; vengo a anunciarles las verdades del Evangelio." El sultán quedó impresionado y rogó a Francisco que permaneciese con él. El santo replicó: "Si tú y tu pueblo estáis dispuestos a oír la palabra de Dios, con gusto me quedaré con vosotros. Y si todavía vaciláis entre Cristo y Mahoma, manda encender una hoguera; yo entraré en ella con vuestros sacerdotes y así veréis cuál es la verdadera fe." El sultán contestó que probablemente ninguno de los sacerdotes querría meterse en la hoguera y que no podía someterlos a esa prueba para no soliviantar al pueblo.

Cuentan que el Sultan llegó a decir: ¨si todos los cristianos fueran como él, entonces valdría la pena ser cristiano¨.  Pero el Sultán, Malek-al-Kamil, mandó a Francisco que volviese al campo de los cristianos.

Desalentado al ver el reducido éxito de su predicación entre los sarracenos y entre los cristianos, el santo pasó a visitar los Santos Lugares. Ahí recibió una carta en la que sus hermanos le pedían urgentemente que retornase a Italia.


La crisis del acomodamiento lleva a clarificar la regla

Durante la ausencia de Francisco, sus dos vicarios, Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles, habían introducido ciertas innovaciones que tendían a uniformar a los frailes menores con las otras órdenes religiosas y a encuadrar el espíritu franciscano en el rígido esquema de la observancia monástica y de las reglas ascéticas. Las religiosas de San Damián tenían ya una constitución propia, redactada por el cardenal Ugolino sobre la base de la regla de San Benito. Al llegar a Bolonia, Francisco tuvo la desagradable sorpresa de encontrar a sus hermanos hospedados en un espléndido convento. El santo se negó a poner los pies en él y vivió con los frailes predicadores. En seguida mandó llamar al guardián del convento franciscano, le reprendió severamente y le ordenó que los frailes abandonasen la casa. Tales acontecimientos tenían a los ojos del santo las proporciones de una verdadera traición: se trataba de una crisis de la que tendría que salir la orden sublimada o destruida.

San Francisco se trasladó a Roma donde consiguió que Honorio III nombrase al cardenal Ugolino protector y consejero de los franciscanos, ya que el purpurado había depositado una fe ciega en el fundador y poseía una gran experiencia en los asuntos de la Iglesia. Al mismo tiempo, Francisco se entregó ardientemente a la tarea de revisar la regla, para lo que convocó a un nuevo capítulo general que se reunió en la Porciúncula en 1221. El santo presentó a los delegados la regla revisada. Lo que se refería a la pobreza, la humildad y la libertad evangélica, características de la orden, quedaba intacto. Ello constituía una especie de reto del fundador a los disidentes y legalistas que, por debajo del agua, tramaban una verdadera revolución del espíritu franciscano. El jefe de la oposición era el hermano Elías de Cortona. El fundador había renunciado a la dirección de la orden, de suerte que su vicario, fray Elías, era prácticamente el ministro general. Sin embargo, no se atrevió a oponerse al fundador, a quien respetaba sinceramente. En realidad, la orden era ya demasiado grande, como lo dijo el propio San Francisco: "Si hubiese menos frailes menores, el mundo los vería menos y desearía que fuesen más."

Al cabo de dos años, durante los cuales hubo de luchar contra la corriente cada vez más fuerte que tendía a desarrollar la orden en una dirección que él no había previsto y que le parecía comprometer el espíritu franciscano, el santo emprendió una nueva revisión de la regla. Después la comunicó al hermano Elías para que éste la pasase a los ministros, pero el documento se extravió y el santo hubo de dictar nuevamente la revisión al hermano León, en medio del clamor de los frailes que afirmaban que la prohibición de poseer bienes en común era impracticable. La regla, tal como fue aprobada por Honorio III en 1223, representaba sustancialmente el espíritu y el modo de vida por el que había luchado San Francisco desde el momento en que se despojó de sus ricos vestidos ante el obispo de Asís.


La tercera orden

Unos dos años antes San Francisco y el cardenal Ugolino habían redactado una regla para la cofradía de laicos que se habían asociado a los frailes menores y que correspondía a lo que actualmente llamamos tercera orden, fincada en el espíritu de la "Carta a todos los cristianos", que Francisco había escrito en los primeros años de su conversión. La cofradía, formada por laicos entregados a la penitencia, que llevaban una vida muy diferente de la que se acostumbraba entonces, llegó a ser una gran fuerza religiosa en la Edad Media. En el derecho canónico actual, los terciarios de las diversas órdenes gozan todavía de un estatuto específicamente diferente del de los miembros de las cofradías y congregaciones marianas.


La representación del Nacimiento de Jesús

San Francisco pasó la Navidad de 1223 en Grecehio, en el valle de Rieti. Con tal ocasión, había dicho a su amigo, Juan da Vellita- "Quisiera hacer una especie de representación viviente del nacimiento de Jesús en Belén, para presenciar, por decirlo así, con los ojos del cuerpo la humildad de la Encarnación y verle recostado en el pesebre entre el buey y el asno." En efecto, el santo construyó entonces en la ermita una especie de cueva y los campesinos de los alrededores asistieron a la misa de media noche, en la que Francisco actuó corno diácono y predicó sobre el misterio de la Natividad.

Se le atribuye haber comenzado en aquella ocasión la tradición del "belén" o "nacimiento". Nos dice Tomas Celano en su biografía del santo: "La Encarnación era un componente clave en la espiritualidad de Francisco. Quería celebrar la Encarnación en forma especial. Quería hacer algo que ayudase a la gente a recordar al Cristo Niño y como nació en Belén."

San Francisco permaneció varios meses en el retiro de Grecehio, consagrado a la oración, pero ocultó celosamente a los ojos de los hombres las gracias especialísimas que Dios le comunicó en la contemplación. El hermano León, que era su secretario y confesor, afirmó que le había visto varias veces durante la oración elevarse tan alto sobre el suelo, que apenas podía alcanzarle los pies y, en ciertas ocasiones, ni siquiera eso.


Las Estigmas

Alrededor de la fiesta de la Asunción de 1224, el santo se retiró a Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. Llevó consigo al hermano León, pero prohibió que fuese alguien a visitarle hasta después de la fiesta de San Miguel. Ahí fue donde tuvo lugar, alrededor del día de la Santa Cruz de 1224, el milagro de los estigmas, del que hablamos el 17 de septiembre. Francisco trató de ocultar a los ojos de los hombres las señales de la Pasión del Señor que tenía impresas en el cuerpo; por ello, a partir de entonces llevaba siempre las manos dentro de las mangas del hábito y usaba medias y zapatos. Sin embargo, deseando el consejo de sus hermanos, comunicó lo sucedido al hermano Iluminado y algunos otros, pero añadió que le habían sido reveladas ciertas cosas que jamás descubriría a hombre alguno sobre la tierra.

En cierta ocasión en que se hallaba enfermo, alguien propuso que se le leyese un libro para distraerle. El santo respondió: "Nada me consuela tanto como la contemplación de la vida y Pasión del Señor. Aunque hubiese de vivir hasta el fin del mundo, con ese solo libro me bastaría." Francisco se había enamorado de la santa pobreza mientras contemplaba a Cristo crucificado y meditaba en la nueva crucifixión que sufría en la persona de los pobres.

El santo no despreciaba la ciencia, pero no la deseaba para sus discípulos. Los estudios sólo tenían razón de ser como medios para un fin y sólo podían aprovechar a los frailes menores, si no les impedían consagrar a la oración un tiempo todavía más largo y si les enseñaban más bien, a predicarse a sí mismos que a hablar a otros. Francisco aborrecía los estudios que alimentaban más la vanidad que la piedad, porque entibiaban la caridad y secaban el corazón. Sobre todo, temía que la señora Ciencia se convirtiese en rival de la dama Pobreza. Viendo con cuánta ansiedad acudían a las escuelas y buscaban los libros sus hermanos, Francisco exclamó en cierta ocasión: "Impulsados por el mal espíritu, mis pobres hermanos acabarán por abandonar el camino de la sencillez y de la pobreza."

Antes de salir de Monte Alvernia, el santo compuso el "Himno de alabanza al Altísimo". Poco después de la fiesta de San Miguel bajó finalmente al valle, marcado por los estigmas de la Pasión y curó a los enfermos que le salieron al paso.


La hermana muerte

Las calientísimas arenas del desierto de Egipto afectaron la vista de Francisco hasta el punto de estar casi completamente ciego. Los dos últimos años de la vida de Francisco fueron de grandes sufrimientos que parecía que la copa se había llenado y rebalsado. Fuertes dolores debido al deterioro de muchos de sus órganos (estómago, hígado y el bazo), consecuencias de la malaria contraida en Egipto. En los más terribles dolores, Francisco ofrecía a Dios todo como penitencia, pues se consideraba gran pecador y para la salvación de las almas. Era durante su enfermedad y dolor donde sentía la mayor necesidad de cantar.

Su salud iba empeorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaban y casi había perdido la vista. En el verano de 1225 estuvo tan enfermo, que el cardenal Ugolino y el hermano Elías le obligaron a ponerse en manos del médico del Papa en Rieti. El santo obedeció con sencillez. De camino a Rieti fue a visitar a Santa Clara en el convento de San Damián. Ahí, en medio de los más agudos sufrimientos físicos, escribió el "Cántico del hermano Sol" y lo adaptó a una tonada popular para que sus hermanos pudiesen cantarlo.

Después se trasladó a Monte Rainerio, donde se sometió al tratamiento brutal que el médico le había prescrito, pero la mejoría que ello le produjo fue sólo momentánea. Sus hermanos le llevaron entonces a Siena a consultar a otros médicos, pero para entonces el santo estaba moribundo. En el testamento que dictó para sus frailes, les recomendaba la caridad fraterna, los exhortaba a amar y observar la santa pobreza y a amar y honrar a la Iglesia. Poco antes de su muerte, dictó un nuevo testamento para recomendar a sus hermanos que observasen fielmente la regla y trabajasen manualmente, no por el deseo de lucro, sino para evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. "Si no nos pagan nuestro trabajo, acudamos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta". Cuando Francisco volvió a Asís, el obispo le hospedó en su propia casa. Francisco rogó a los médicos que le dijesen la verdad, y éstos confesaron que sólo le quedaban unas cuantas semanas de vida. "¡Bienvenida, hermana Muerte!", exclamó el santo y acto seguido, pidió que le trasportasen a la Porciúncula. Por el camino, cuando la comitiva se hallaba en la cumbre de una colina, desde la que se dominaba el panorama de Asís, pidió a los que portaban la camilla que se detuviesen un momento y entonces volvió sus ojos ciegos en dirección a la ciudad e imploró las bendiciones de Dios para ella y sus habitantes. Después mandó a los camilleros que se apresurasen a llevarle a la Porciúncula. Cuando sintió que la muerte se aproximaba, Francisco envió a un mensajero a Roma para llamar a la noble dama Giacoma di Settesoli, que había sido su protectora, para rogarle que trajese consigo algunos cirios y un sayal para amortajarle, así como una porción de un pastel que le gustaba mucho. Felizmente, la dama llegó a la Porciúncula antes de que el mensajero partiese. Francisco exclamó: "¡Bendito sea Dios que nos ha enviado a nuestra hermana Giacoma! La regla que prohibe la entrada a las mujeres no afecta a nuestra hermana Giacoma. Decidle que entre".


El santo envió un último mensaje a Santa Clara y a sus religiosas y pidió a sus hermanos que entonasen los versos del "Cántico del Sol" en los que alaba a la muerte. En seguida rogó que le trajesen un pan y lo repartió entre los presentes en señal de paz y de amor fraternal diciendo: "Yo he hecho cuanto estaba de mi parte, que Cristo os enseñe a hacer lo que está de la vuestra." Sus hermanos le tendieron por tierra y le cubrieron con un viejo hábito. Francisco exhortó a sus hermanos al amor de Dios, de la pobreza y del Evangelio, "por encima de todas las reglas", y bendijo a todos sus discípulos, tanto a los presentes como a los ausentes.

Murió el 3 de octubre de 1226, después de escuchar la lectura de la Pasión del Señor según San Juan. Francisco había pedido que le sepultasen en el cementerio de los criminales de Colle d´lnferno. En vez de hacerlo así, sus hermanos llevaron al día siguiente el cadáver en solemne procesión a la iglesia de San Jorge, en Asís. Ahí estuvo depositado hasta dos años después de la canonización. En 1230, fue secretamente trasladado a la gran basílica construida por el hermano Elías.

El cadáver desapareció de la vista de los hombres durante seis siglos, hasta que en 1818, tras cincuenta y dos días de búsqueda, fue descubierto bajo el altar mayor, a varios metros de profundidad. El santo no tenía más que cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años al morir. No podemos relatar aquí. ni siquiera en resumen, la azarosa y brillante historia de la orden que fundó, Digamos simplemente que sus tres ramas: la de los frailes menores, la de los frailes menores capuchinos y la de los frailes menores conventuales forman el instituto religioso más numeroso que existe actualmente en la Iglesia. Y, según la opinión del historiador David Knowles, al fundar ese instituto, San Francisco "contribuyó más que nadie a salvar a la Iglesia de la decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad Media."

¡San Francisco de Asís: pídele a Jesús que lo amemos tan intensamente como lo lograste amar tú.! 

Fuente Bibliográfica: 
Breve Síntesis tomada del Divino Oficio. El resto: VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER - TOMO IV.

 

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Aprendamos a negar de manera rotunda dos tópicos frecuentemente repetidos pero no por ello menos erróneos, el de que la Edad Media fue una era oscura y el de que las mujeres valiosas han necesitado del movimiento feminista para poder demostrarlo.

 



Dr. César Vidal - 

Aunque Hildegarda de Bingen es uno de los personajes más sugestivos de la plena Edad Media, puede decirse que su conocimiento fuera del ámbito estrictamente especializado apenas es cuestión de los últimos años. Para remate, esa popularización del personaje en buena medida, ha venido relacionada con el deseo de encontrar supuestos precursores de la New Age en todas las épocas y de hallar febrilmente mujeres notables en cualquier período histórico. Desde luego, es una pena que esos dos impulsos hayan sido los que han llevado a Hildegarda de Bingen a ocupar un espacio en la actualidad editorial pero, siquiera por una vez, puede hacerse abstracción de la dudosa causa dado lo sustancioso del resultado.

Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue, además de religiosa, una mujer de intereses casi universales. Mientras se ocupaba de tareas administrativo-espirituales, escribió tratados sobre plantas medicinales, la utilización de las piedras con fines terapéuticos e incluso sobre visiones que había experimentado y en las que, supuestamente, quedaba desvelado el porvenir más preocupante. Por añadidura, se carteaba con personajes de la relevancia del emperador Federico I Barbarroja o de san Bernardo de Claraval, sin excluir tampoco al propio papa Eugenio III. La presente obra –magníficamente editada en la Biblioteca Medieval de Siruela– constituye un acercamiento extraordinario a la vida y a la obra de esta mujer excepcional. Por un lado, incluye su primera biografía redactada por el monje Teodorico de Echternach y, por otro, una selección de su epistolario, de sus poesías y de sus melodías ya que lo cierto es que, a pesar de carecer de conocimientos musicales, Hildegarda fue una notable compositora.

El volumen incluye un CD con una selección de sus obras musicales cuya audición resultara especialmente grata para los amantes de la música clásica y medieval. En su conjunto, pues, nos hallamos ante un libro verdaderamente fuera de lo común que permite negar de manera rotunda dos tópicos frecuentemente repetidos pero no por ello menos erróneos, el de que la Edad Media fue una era oscura y el de que las mujeres valiosas han necesitado del movimiento feminista para poder demostrarlo.
 03.IV.2001

 

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"Afortunadamente, el cristianismo, a diferencia de las ideologías, tiene siempre una doctrina buena, cierta y definitiva que le permite rectificar los errores prácticos en los que pueden incurrir algunos de sus miembros: el Evangelio". Beatriz Comella.

 

Inquisición española y jurisdicción ordinaria.

Derechos procesal-penales

 

Situando las cosas en su contexto, y para sorpresa de muchos, no es descabellado afirmar que el tribunal de la Inquisición supuso un gran avance en materia de derechos procesal-penales en favor del imputado.

Por eso, no deja de ser interesante que, muy brevemente, y centrándonos en la Inquisición española (considerada la más terrible), mencionemos algunas diferencias entre dicho tribunal eclesiástico y aquellos de jurisdicción meramente civil:

1) En la Inquisición tiene gran valor el arrepentimiento del reo; por ejemplo, al hereje no reincidente y arrepentido, se le perdona la vida, lo que no ocurre en la jurisdicción civil.

“El Santo Oficio pretendía actuar como medicina del mal, de un modo similar mutatis mutandi al sacramento de la Penitencia”
(Comella Beatriz, La inquisición española, Rialp, Madrid, 1999, pp. 126 y 127).

2) Para tal arrepentimiento, existe en el Santo Oficio un período de gracia de 30-40 días, que suele extenderse a petición del imputado.

3) Los exámenes al prisionero tienen lugar únicamente en presencia de dos sacerdotes neutrales. Esto último para evitar cualquier tipo de arbitrariedad.

4) La defensa siempre está a cargo de un abogado. En el caso de España, esto también ocurre en la jurisdicción civil, pero no siempre en otros países, especialmente protestantes.

5) En delitos de jurisdicción común, los reos prefieren ser juzgados por la Inquisición; esto especialmente en delitos menores, ya que las penas resultan ser bastante más bajas; por ejemplo, en el caso de ilícitos tales como brujería, blasfemia, bigamia, etc.

6) En cuanto al cumplimiento de la condena, en la Inquisición, a diferencia de la jurisdicción ordinaria, prima la prisión domiciliaria y en recintos religiosos. En la Inquisición, la cárcel tiene una finalidad más bien preventiva.

 

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El concepto de Edad Media según José Marín

 

Destacado medievalista chileno, señala lo siguiente sobre el concepto de Edad Media:

No fue sino hasta al siglo XVII que el concepto de Edad Media adquirió categoría historiográfica, al ser utilizado por el filólogo e historiador alemán Cristóbal Keller (1638-1707), aunque expresiones similares se pueden encontrar ya desde mediados del siglo XV.

El término refleja un prejuicio muy difundido en la época del humanismo italiano de los siglos XV y XVI, que concebía los mil años que le precedían como una época oscura, en la cual campeó la barbarie, tiempos estériles durante los cuales la Humanidad se sumió en la ignorancia, en contraste con su propio momento histórico.

Es por ello que Giorgio Vasari (1511-1574) hablará de una Rinascità; este discípulo de Miguel Angel llegará a sostener que el arte clásico -el único que valía la pena para él- se agota en el siglo IV, para recomenzar, tímidamente, en el siglo XIII, cuando fue posible ver “tanta luz en tanta tiniebla”.

Sea desde una perspectiva estética (el arte medieval es bárbaro), sea desde una perspectiva filológica (el latín medieval es también bárbaro), la Edad Media aparecía como una época cuyo único mérito consistía en haber perdurado, obstinadamente, durante todo un milenio, como llegó a sostener Michelet (1798-1874) en la segunda edición de su Historia de Francia; sólo una interrupción entre el Mundo Antiguo y el Mundo Moderno, que retomaba aquellos fundamentos clásicos despreciando todo lo que el hombre había creado entre una etapa y otra.

Se impuso, así, el prejuicio del oscurantismo y la barbarie, con una fuerza tal que todavía hoy muchos siguen pensando de esa manera, y aun cuando entre los historiadores exista consenso respecto de que se trata de una visión errónea, el término Edad Media ha prevalecido como una convención al momento de periodificar la Historia.

Se podría decir que, en cierto modo, la Edad Media sí estaba sumida en la oscuridad; pero no porque fuese oscura en sí misma, sino por lo poco que de ella se sabía. Entre los siglos XVII y XIX comenzó una lenta pero progresiva valorización del Mundo Medieval, a medida que se publicaban grandes colecciones de fuentes y documentos (las Acta Sanctorum, la Monumenta Germaniae Historica, el Rerum Italicarum Scriptorum, el Corpus Scriptorum Historiae Byzantinae, o las Patrología Griega y Latina, entre otras).

En los últimos años los estudios históricos de la época que cubre desde el siglo V al XV han hecho progresos notables; aplicando nuevas metodologías de estudio y recurriendo a ciencias auxiliares de la historia (arqueología y filología, entre otras), los estudiosos Marc Bloch, Henri Pirenne, Louis Halphen, Georges Duby, Régine Pernoud, Jacques Le Goff, por nombrar algunos, y, en nuestro país, los trabajos de Héctor Herrera Cajas- han develado ante nuestros ojos un mundo enteramente nuevo, donde no solamente comparecen hechos de carácter político, sino también de índole social o económica, un mundo lleno de matices, aproximándose a la vida cotidiana y a la mentalidad de la época.

Hoy podemos comprender los tiempos medievales como una rica etapa histórica durante la cual se formó nuestra Civilización Cristiana Occidental a partir de diversos aportes culturales del Mundo Antiguo, del judeo-cristianismo y, por cierto, del Mundo Bárbaro (germanos, esteparios, musulmanes, etc.). 2006-05-25 Agradecemos a:

www.apologeticahistorica.blogspot.com

 

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GIOTTO -  1267   1337

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

 

 

 

Pintor y arquitecto italiano del que se tiene primeras informaciones en 1267, en relación con Vespignano. Murió en Florencia en 1337. Su juventud y su formación, debido a la gran fama y popularidad que le ha acompañado a lo largo de los siglos, se encuentra rodeada de leyendas. Se formó en el taller de Cimabue, autor que inicia el proceso de transformación de la pintura heredada de los bizantinos. Sus primeras obras reconocidas se sitúan en Roma o en Asís, donde conoció y le marcó la tendencia al clasicismo de la pintura que se desarrollaba en estas ciudades. Asimismo, fue un gran conocedor de la escultura románica y de la dinámica linealidad del gótico. Se puede decir que Giotto representa la suma y la superación de la cultura figurativa de la época medieval.

Giotto simboliza el nuevo gusto dantesco por los sentimientos humanos, realizando la renovación del lenguaje pictórico, así como Dante lo realiza en la poesía. Las leyes del deseo y el dolor están reproducidas plásticamente en sus composiciones, siguiendo el camino de investigación que estaba recorriendo Dante, que lo recordará con gran elogio en un terceto. Correspondiendo al entusiasmo de Dante por su pintura, Giotto, gran admirador del poeta, realizará su retrato en los frescos del palacio del Gobernador de Florencia. Los dos sentaron las bases que permiten la gran eclosión artística del Renacimiento italiano.

 

Entre 1290 y 1295, para algunos críticos, para otros una década antes, ejecuta las Escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, de la iglesia alta de San Francisco de Asís. De ellas se han identificado como seguras del artista, las Escenas de la Vida de Isaac o la del Lamento por Cristo muerto, que se caracterizan por su dramatismo y la compleja estructura compositiva. Un tiempo después realiza la gran Cruz de Santa María Novella en Florencia, con una visión cercana a la pintura de Nicola Pisano y Arnolfo di Cambio.

 

En Asís lleva a cabo también la serie de la Leyenda de San Francisco, fechada alrededor de 1296 e interrumpida en 1300, ya que el artista fue solicitado por el Papa Bonifacio VIII. Esta basílica, que comenzaron a decorar Prieto Cavallini y Cimabue, enriquecida más tarde con los frescos de Giotto, es, sin duda, el santuario de los orígenes de la pintura italiana del Renacimiento, un verdadero museo del arte trecentista. De planta de una sola nave, con ventanas altas, deja en sus vastos muros un espacio libre a los pintores. Cimabue, maestro de Giotto, había realizado veintiocho frescos en ella. Rompió con la tradición y se aventuró en un repertorio completamente original, al presentar las escenas más culminantes de la vida de San Francisco. A Giotto se le encargó representar el resto de escenas de su vida y formular en ellas la leyenda franciscana. Giotto concibe al santo como un campeón de la Iglesia, dejando claro su papel histórico. Las composiciones se caracterizan por la construcción dinámica de los espacios. La leyenda franciscana será reproducida por los discípulos de Giotto, tal y como la inventó el maestro, enajenado por su amor a la naturaleza, predicando a los pájaros o conversando en éxtasis con el mismo Dios.


De su estancia en Florencia en los primeros años del siglo XIV, muy productiva, solo se conservan algunos fragmentos de los frescos realizados para el palacio de Letrán, actualmente en la Basílica de esta ciudad, así como el Políptico de Badia, actualmente en los Uffizi de Florencia, o la Virgen en el trono de San Giorgio alla Costa. En este mismo período, pasa un tiempo en Rímini, donde su obra produce una gran influencia en los pintores locales. Realizó obras como el Crucifijo del templo Malatestiano.

De Rímini se traslada a Padua, donde se encuentra desde 1304, allí lleva a cabo los frescos de la capilla de Enrico Scrovegni all´Arena. En ellos se pierde parte de su dramatismo inicial y la forma se hace más suave y esfumada. En el magnífico conjunto de frescos, Giotto renueva la forma de representación de las escenas Evangélicas, con un programa iconográfico sobre la redención del hombre. En la zona más alta se plasman escenas de la vida de San Joaquín, Santa Ana y la Virgen. En el nivel medio Escenas de la vida de Cristo, mientras que en el zócalo se representan las Virtudes y los Vicios. En la pared de ingreso, realiza la gran composición del Juicio Universal.

El edificio de la capilla se caracteriza por su absoluta sencillez y simplicidad. De planta de paralelepípedo cubierta con bóveda de cañón, no presenta ningún tipo de molduración o recargamiento (si no fuera por los frescos, los muros se mostrarían desnudos e inarticulados). Este hecho y la absoluta sumisión de la arquitectura a la pintura han llevado a pensar que el edificio fue igualmente diseñado por Giotto. La iluminación de la capilla se realiza a través de sencillas y pequeñas ventanas, no se trata de la iluminación efectista del gótico, sino de una iluminación pensada para la visión de los frescos a ejecutar.

Toda la concordancia compositiva del edificio y la pintura, reforzada por la unidad temática de los frescos, y el encadenamiento y sentido narrativo del programa iconográfico, no invalida el que cada escena tenga un carácter propio e individualizado.

Posterior a su experiencia en Padua, Giotto realiza la Maestá de Ognissanti de Florencia, conservada en el Museo de los Uffizi. De 1310, aproximadamente, son los frescos de la capilla de la Magdalena de la iglesia inferior de Asís, diseñados por Giotto, pero realizados por sus discípulos. Después de una nueva y corta estancia en Padua, alrededor de 1317, donde realiza algunas obras hoy desaparecidas, vuelve a Florencia donde realiza las Historias de los dos San Juan en la capilla de Peruzzi de la iglesia de San Corce. A este período pertenece también el políptico de Raleigh y un conjunto de Escenas de Cristo, pequeñas tablas actualmente repartidas en varios museos del mundo.

Desde 1329 a 1333, Giotto trabaja con numerosos discípulos en Nápoles, con importantes interrupciones. Del conjunto de obras realizadas por él y sus discípulos, no se conserva ninguna en esta ciudad. En 1334, fue llamado a Florencia como arquitecto, donde realiza la base del campanario de la catedral y deja varios dibujos para los primeros relieves ejecutados por Andrea Pisano y su escuela. Hacia 1335 el artista se encuentra en Milán y aquí realiza con sus discípulos obras hoy desaparecidas, en el palacio de Azzone Visconti. 2004-01-17

 

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GIOTTO: "MUTÓ EL ARTE DE GRIEGO A LATINO"


 

 



En apenas 126 años, la Iglesia Católica pudo contemplar, por inspiración divina, y proclamó los Sagrados Misterios que nos han sido donados por la Revelación.

Me refiero a los primeros cuatro Concilios: el de Nicea, del año 325; el de Constantinopla, del 381; el de Efeso, del 431; y el de Calcedonia, del 451.

En el primero, celebrado bajo el Emperador Constantino y el Papa San Silvestre se afirmó la naturaleza divina de Jesús, consubstancial con la del Padre, condenando así a Arrio, que lo negaba.

En el segundo, bajo el Emperador Teodosio y el Papa Dámaso se proclamó la divinidad del Espíritu Santo, contra Macedonio.

En el tercero, bajo Teodosio el Joven y Celestino I se confirmó a María como Madre de Dios, contra Nestorio.

Y en el cuarto, celebrado bajo el Emperador Marciano y el Papa San león se proclamó las dos naturalezas de Jesús, la divina y la humana, negadas por Eutique.

Estos cuatro Misterios, que constituyen, inseparablemente, la Verdad y el fundamento de la Iglesia de Cristo, han sido a la vez la temática del arte cristiano, desde las catacumbas hasta las últimas pinturas de un Salvador Dalí convertido.

Un arte de casi dos mil años, cuyos comienzos y cuyo futuro fue autorizado por uno de los Concilios que siguieron a los cuatro ya recordados: el séptimo, y II de Nicea, celebrado en el año 787, en el cual el Papa Adriano I se pronunció a favor de las imágenes, especificando que se las podía venerar, pero no adorar.

Los artistas cristianos del siglo IV debieron preguntarse cómo representar a la Persona de Jesús, en quien se hallan unidas las naturalezas divina y humana.

A la dimensión divina se la llamó y se la llama Gloria. La Gloria de Cristo resucitado y de su Padre Eterno, que ha sido presentada en el arte con el color oro.

¿Por qué el oro?

La tradición bíblica nos enseña que la Voz de Yahvé se hizo oír por el pueblo elegido, junto con el resplandor del fuego. Fue una voz-luz; y una luz-voz, entonces, como la que habló “como llamas de fuego en medio de una zarza que ardía sin consumirse” (Ex. 3,2); o como la que habló en “el fuego devorador sobre la cumbre del monte” (Ex. 24,17); o como esa luz radiante que encendía al rostro de Moisés cuando éste había hablado con Yahvé, su Dios (Ex. 34,29).

Una Gloria que arde no sólo aquí, o allí, donde y cuando Yahvé habló a sus profetas. Sino la Gloria que vivifica a toda la Creación y en todos los tiempos.

Es lo que cantan en coro los Serafines: “Santo, Santo, Santo Yahvé Seboat: llena está toda la tierra de su Gloria” (Is. 6,3).

También el “Carro de Yahvé”, visto por Ezequiel, es “fuego fulgurante y resplandores en torno, y en el medio como el fulgor del electro, en medio del fuego” (Ez. 1,4).

Los primeros artistas cristianos, si no todos, muchos de ellos, se sintieron atraídos seguramente por estos fulgores de la Gloria; incendios divinos dentro de los cuales las formas concretas de la Creación pudieron aparecerles anuladas, o por lo menos muy disminuidas en su materialidad.

Lo cual explicaría por qué dentro de ese espacio metafísico propio del oro, el arte bizantino quiso poner a todas las figuras evangélicas, reduciéndolas a las dos dimensiones de la superficie en la cual se las representaba; casi a símbolos, según el significado griego de este término (
symboleo: yo me encuentro de pronto, yo me topo con; symbolikos: que alude, que anuncia por medio de signos).

Hubo otros artistas cristianos, también de los primeros siglos, que se sintieron atraídos, por el contrario, por la
naturaleza humana de Jesús, sin negar que es Dios verdadero.

Su estupor podríamos justificarlo con la pregunta: ¿Cómo puede Cristo, que comparte cual Hijo la Gloria del Padre, ser a la vez carne y huesos, y luego cadáver resucitado?

Claros son los textos evangélicos que se refieren a la Encarnación.

Clarísimo es aquel en que Jesús quiso referirse a su propio cuerpo humano, delante de sus discípulos, después de haber resucitado y antes de ascender a la residencia eterna del Padre. Narra San Lucas (24, 36-43); “El mismo se presentó en medio de ellos y les dijo: ‘Paz con vosotros’. Quedaron sobrecogidos y llenos de miedo; creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: ‘¿Por qué os turbáis y por qué dudáis en vuestros corazones? Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y ved. Un espíritu no tiene
carne y huesos. Como veis que yo tengo’. Y cuando esto dijo, les mostró las manos y los pies. Como siguiesen incrédulos por la alegría y admirados, añadió: ‘¿Tenéis aquí algo de comer?’. Y ellos le dieron un trozo de pez asado. El lo tomó y comió delante de todos”.

Mostrar manos y pies no bastaba: También un fantasma puede mostrarlos.

Jesús afirmó: “Tengo carne. Tengo huesos”. Y comió, como lo hace un cuerpo humano vivo. Volvería luego a su estado de Gloria Celeste que poseyó desde el día de su Resurrección. La comparación de las dos visiones cristológicas nos introduce al paralelismo de dos tendencias estéticas del arte cristiano, que se han mantenido separadas, e inclusive antagónicas, durante los 1.210 años que nos separan hoy de aquel II Concilio de Nicea del año 787.

Tendencias estéticas opuestas, porque sus raíces son las tradiciones artísticas griega y romana, ya diferentes antes del decreto con que Constantino I hizo oficial a la Iglesia Cristiana dentro del Imperio Romano en el año 313; y anteriores a la fundación de la Segunda Roma por él mismo en la frontera con el Oriente, en el 303.

Pues antes que el Evangelio fuera predicado en el área del Mar Egeo, los artistas griegos no se habían limitado a copiar las formas naturales, por considerarlas imperfectas.

Ellos creyeron adivinar, observando a las mismas, aquellas otras que sí eran perfectas. Formas únicas, prototipos eternos, sin defectos, anteriores a sus vulgares imitaciones en este mundo. Formas existentes en la esfera de las ideas, contempladas por nosotros antes de la vida mortal.

“Eramos admitidos a contemplar estas esencias perfectas, simples, llenas de calma y de beatitud, y las visiones que irradiaban en el seno de la más pura luz”, escribió Platón en su diálogo “Fedro”, que trata de la Belleza, haciéndole decir este recuerdo filosófico y nostálgico de un tiempo ido, a su maestro Sócrates.

Los griegos veían a cada forma natural, como el reflejo de la idea que le era anterior y eternamente existente.

Así, observando los cuerpos de los atletas en los estadios, contemplaban al prototipo de la forma humana, y se esforzaron en imitarlo. Sólo de este modo, creyeron, podían representar en el mármol a los dioses del Olympo cantados por Homero y por Hesíodo.

Y consideraron también prototipos a las estancias olímpicas, las que debían imitar al edificar los templos, residencias de los dioses en la tierra. Por esta imitación, una columna dórica deja de ser un poste, porque se convierte en símbolo, o forma en la cual se asoma “lo otro” existente metafísico, y así cualquier otro elemento arquitectónico.

En cambio, los pintores y los escultores latinos, que realizaron obras encargadas por el Estado o por la clientela de la Roma Imperial, junto con respetar a las formas marmóreas griegas como “exempla” insuperables, prefirieron estudiar a la naturaleza en su diversidad y temporalidad, para poder representarla con el mayor realismo posible. Si bien copiaron frecuentemente las esculturas y los detalles de la arquitectura griega, para disponer en el futuro de facsímiles y para vestir con dignidad los edificios públicos y privados, civiles y religiosos, consideraron a la variedad natural no como degeneración de prototipos, no como defectos e irregularidades, sino como caracteres concretos y únicos, irrepetibles y por lo tanto irrenunciables.

Así como la esencia del arte griego se puede verificar en las medidas y proporciones del “Doriforos” de Policleto, o en el Apolo del Templo de Zeus en Olympia, así también al arte latino se lo puede reconocer en los retratos esculpidos conservados en el Museo Capitolino de Roma, o en las figuras, paisajes y naturalezas muertas pintadas al fresco en las paredes de las casas de Pompeya.

Dentro de estas dos tradiciones artísticas, la griega y la romana, o latina, estéticamente opuestas, se introdujo con el Evangelio la temática cristiana junto con la constitución de la Iglesia.

El Misterio de las dos naturalezas de Jesús dio origen, según una y otra tradición precristianas, a dos representaciones de su figura, que ponían en mayor evidencia al Cristo
Dios Verdadero, o al Cristo Verdadero Hombre.

En el área cultural, donde fue privilegiada la esfera trascendente de las ideas incontaminadas por la realidad transitoria, se representó a Jesús Rey, sentado en el trono, juez de la Historia, monarca absoluto y definitivo. Jesús
Pantócrator (según las palabras griegas: Pantos: ciertamente, seguramente, sin dudas; Paniu: totalmente; Kratos: fuerza, potencia, victoria; y Kratius: fuerte, poderoso). Jesús omnipotente, entonces.

Y desde su figura se expandió el oro de su Gloria.

En el área cultural de la primera Roma, cuyo centro fue la ciudad trazada por el arado de Rómulo sobre el monte Palatino, y cuyo nuevo centro espiritual era el cuerpo de San Pedro enterrado en la colina Vaticana, se representó a Jesús presente “aquí y ahora”, porque, para ser el Salvador (Jesús en hebreo es
Yehosua: Yahvé salva), El ha sido “Dios con nosotros” (Emmanuel), como afirma San Mateo según el oráculo del profeta (Mt. 1, 23). Pienso que ha sido inevitable ver en primer plano a una o a otra de las dos naturalezas del Señor. Pues debieron producirse los dos estupores paralelos en las almas paganas griega y latina. Estupores simultáneos, que podríamos sintetizar en las exclamaciones siguientes: “¡Este Hombre es Dios!” y “¡Dios es este Hombre!”.

Porque “¡es Dios!” deben haber gritado en su interior Pedro, Santiago y su hermano Juan, cayendo los tres “rostro en tierra llenos de miedo”, cuando Jesús, en la cumbre del monte Tabor, “se transfiguró delante de ellos”, y “su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos blancos más que la nieve” (
Mt. 17, 1-6).

Como también deben haber exclamado “¡El se ha hecho como nosotros!”, los que ya creían, cuando Jesús “se echó a llorar” delante de María, la hermana de Lázaro, muerto hacía cuatro días, antes de resucitarlo (
Jn. 11, 33-36).

La iconografía cristiana bizantina no tardó en tipificar a los personajes evangélicos y en fijar las normas de representación del Señor en la Cruz o en el Trono, de María, de los Angeles y de los Santos. Todos estarían inmersos en el oro de la Gloria.

La producción artística bizantina, en consonancia con la griega del período clásico, repitió modelos que consideró prudentemente respetuosos respecto a los temas trascentes que se pretendía representar. Y favoreció a la vez al pueblo orante, que reconoció fácilmente a los personajes y a los episodios bíblicos que debían alimentar a su fe.

Es dable pensar, sin embargo, que esa normativa estética del arte cristiano-griego-bizantino, alejó en exceso a la Persona real del Señor, a su carne y a sus huesos, del tiempo presente de cada uno.

Y que la difusión de este lenguaje helénico en la península italiana debió encontrar resistencia de parte de una población igualmente cristiana, pero habituada al realismo del arte romano, como recordé más arriba.

Es justo afirmar que no fueron suficientes, junto con los íconos innumerables esparcidos por Europa, los mosaicos relumbrantes de oro de Ravena, Venecia y Sicilia para establecer el primado del arte bizantino en Italia.

No estaban olvidados en la península la pintura y la escultura romanas del período inmediatamente anterior a la primera evangelización.

Escultores de los monumentos imperiales, fieles a una tendencia general naturalista, ilustraron escenas bíblicas en las superficies anteriores de sarcófagos cristianos, así como pintores de villas patricias representaron episodios evangélicos en los muros de las catacumbas, con una técnica impresionista.

Se pudo continuar así la tradición del Arte Romano, en espera de artistas que, desoyendo los dogmas estéticos bizantinos, o ignorándolos, inauguraran un arte nuevo, inspirado por la visión, no excluyente desde luego, de Jesús verdadero Hombre.

Cuando el primero de dichos artistas apareció, es comprensible que suscitara la aprobación y el entusiasmo de poetas y de artistas italianos.

Ese artista fue Giotto di Bondone (1267-1337). Dante Alighieri afirmó que Cimabue creía ser el mejor pintor, hasta que Giotto, su discípulo, oscureció la fama del maestro superándolo con su arte nuevo (Purgatorio, XI, 94-96). El poeta escribió:
“e ora ha Giotto il grido” (verso 95), que literalmente debiéramos traducir con: “y ahora tiene Giotto el grito”; o, ¿por qué no?: “y ahora Giotto es quien grita”. Pues cuando algo nuevo irrumpe en una tradición, el contraste que se produce es como grito respecto a un susurro.

Contraste que ha de asombrar y extrañar.

De esto habló Francesco Petrarca en una de sus epístolas
de rebus familiaribus, escrita como testamento a Francisco de Carrara en 1343: “(te doy esta Virgen) ddel egregio pintor Giotto... cuya belleza los ignorantes no comprenden, y de las cual los maestros del arte se asombran. (Su) fama es grande entre los modernos”. La palabra moderno es empleada también por Cennino Cennini, cuando en 1390 escribió en su “Libro del Arte”: “Giotto mutó el arte de la pintura de griego en latín, y lo redujo a moderno; tuvo el arte más perfecto que jamás tuvo ninguno”.

Por moderna se entendía en Italia, en los siglos XIII y XIV, una obra realizada en el presente, en la cual el autor se expresara con sinceridad, olvidando la tradición que se suponía asimilada y depositada en su subconsciente.

La mutación de la pintura por parte de Giotto de griego en latín, no debiera ser comentada, dados los argumentos anteriores sobre el paralelismo, y a veces el antagonismo, del arte bizantino y del arte que bien podemos llamar románico.

(Es significativo que el poeta Petrarca, admirador de Giotto, naciera en 1304, el año en que el pintor iniciaba los frescos en la capilla de la familia Scrovegni en Padua, su máxima obra).En la bóveda y en las cuatro paredes de la capilla, Giotto pintó la “Historia de Cristo”.

El artista, nacido en la pequeña localidad de Colle, cerca del pueblo de Vespignano, era hijo de un humilde labrador. Desde niño ayudó a su padre en las labores del campo y cuidando las pocas ovejas de la familia.

El maestro Cimabue de Florencia lo encontró en uno de sus viajes por Toscana, en el momento en que el muchacho dibujaba del natural una de sus ovejas, con un carbón sobre una piedra.

La infancia transcurrida en contacto con la tierra cultivada, con las diversas formas naturales, debe haberle enseñado una belleza concreta que bien merecía ser representada como el ambiente irrenunciable de los episodios evangélicos.

El cielo pintado en la bóveda y muros de l capilla, que es fondo de cada escena, es el azul del mediodía, y su luz tiñe de un claroscuro lógico cara, manos y túnica de Jesús, dándoles el mismo relieve de los demás personajes, de las rocas, de los árboles y de las arquitecturas.

Inclusive los ángeles que emergen del cielo, como peces de la superficie del mar, comparten ese claroscuro preciso.

Pero Giotto no logra solamente representar formas palpables dentro del espacio tridimensional. Este propósito era menos importante que el de mover las figuras con los gestos que manifestasen los sentimientos de cada una.

De las composiciones, separadas unas de otras por franjas decorativas, destacan “La resurrección de Lázaro” y “La Piedad”.

En la primera, el cadáver todavía envuelto en las vendas, vuelve a entreabrir los párpados, mientras los presentes manifiestan estupor en actitudes diferentes.

En la segunda, María acerca el rostro al de su Hijo sin vida. El suyo y los de las mujeres presentes son desfigurados por el dolor. También los ángeles en el cielo sufren por la muerte del Señor: se precipitan desde sus alturas y vuelven a elevarse, como en vuelos de pájaros enloquecidos.

Sin el pintor hijo de Bondone el labrador, sin su espontánea y no premeditada restauración del arte latino antiguo, no habrían existido en el siglo XV el Masaccio de Santa María del Carmine, el Beato Angélico del Convento de San Marcos, el Andrea del Castagno de Santa Apollonia, el Ghirlandaio de Santa María Novella, todos de Florencia.

Tampoco habrían pintado en el siglo XVI Miguel Angel en la Sixtina y Rafael en las Estancias del Vaticano. Ni el Caravaggio romano. No habrían habido las pinturas de Tintoretto en la Scuola de San Rocco, ni la Asunción de la Virgan de Ticiano en Santa María Gloriosa dei Frari, en Venecia.

Sin referirnos a los siglos XVII (Bernini, Velásquez, Rembrandt) y XX (Rouault, Dalí), se nos hace inevitable constatar la persistente invariabilidad de la pintura bizantina, que repite en estos día los prototipos de hace 1.500 años.

¿Por qué los repite?

Es comprensible que en los primeros siglos hubo temor de confiar a las visiones personales de los artistas la representación de los hechos bíblicos, representación necesaria para acompañar el acto litúrgico o para suscitar la oración individual.

Los escultores y pintores recientemente convertidos al Cristianismo, bien sabían que no eran sacerdotes, ni teólogos, y por lo tanto aceptaron guiarse por normas establecidas previamente por la Jerarquía Eclesiástica.

Esas normas determinaron modelos, o tipos, que fueron repetidos durante siglos en el área mediterránea, hasta que los artistas italianos del siglo XIII se atrevieron a representar a los personajes evangélicos así como ellos los imaginaban.

Desde entonces, la competencia, a veces la rivalidad, entre artistas que con gusto firmaban sus obras, provocó una firme adhesión del público que seguía, paso a paso, el realismo creciente de las imágenes.

De modo que en Italia, el arte cristiano se volvió, cada vez más, una actividad de individuos, cuyas visiones particulares fueron respetadas también por el clero. Hasta que los Pontífices, imitando a Mecenas, el amigo de Octaviano y el protector de Virgilio, asumieron el papel de favorecer los talentos artísticos.

El episodio, no sabemos si histórico o legendario, del Papa Bonifacio VIII que mandó llamar a Giotto en 1295 para que realizara obrasen el Vaticano, encargando a sus embajadores que pidieran al pintor una muestra de su arte, será repetido muchas veces en los siglos posteriores por otros Pontífices.

Estos ejemplos nos muestran claramente cómo, en comparación con Bizancio, en la órbita de Roma la iconografía cristiana fue entregada a las iniciativas de artistas que o se demoraron en descartarlos esquemas estéticos fijados en un comienzo por la Jerarquía.

El ejemplo más polémico de dichas iniciativas, diría fuera de control, son los frescos pintados en la Capilla Sixtina por Miguel Angel: La bóveda, entre 1508 y 1512; y el “Juicio Final”, de 1534 a 1541.

Vuelvo a preguntar: ¿por qué la pintura bizantina repite hasta nuestros días los prototipos que fijó hace 1.500 años?

Porque la Iglesia griega ha creído y sigue creyendo que su misión consiste, en la esfera del arte, en salvar la iconografía cristiana de las alteraciones que la privarían del contenido necesario para transmitir el mensaje evangélico, incontaminado y completo. Sin embargo, niega a la vez la participación del artista cristiano, considerado como persona libre, que habiendo recibido el don de imaginar los hechos bíblicos dentro de su propia tradición y de su propio tiempo, está llamado a representarlos con un acto personal que equivale a la oración.

Y en este sentido, la historia de la pintura y de la escultura en el Occidente Cristiano es una secuencia de novedades artísticas imprevistas.

En el siglo XIII, por ejemplo, nadie habría podido imaginar las fisonomías, los gestos, el claroscuro de las cuatro figuras de la “Virgen de las Rocas” pintadas por Leonardo da Vinci en 1483.

Además los artistas más sobresalientes de los siglos XVIII y XIX abandonaron el tema cristiano, como si fuera una mitología antigua, demasiado distante de la realidad social de cada día.

Si la Iglesia Oriental se mantuvo al margen de este suceso, la Occidental lo asumió de inmediato, dándose cuenta también de que los pueblos europeos de la Era que fue llamada “moderna”, por su insaciable sed de novedades, estaban predispuestos a preferir los cambios en vez de respetar las tradiciones.

Y cuando decimos cambios, aludimos a las alteraciones, o a las deformaciones, como las que buscó Van Gogh en los últimos años del siglo pasado, según lo comunicó en una carta a su hermano Theo.

Debe decirse que hubo también temores infundados en buena parte del clero occidental, de quedar fuera del marco de intereses propios de las nuevas generaciones.

De allí que favoreciera a artistas de moda, ateos la mayoría de las veces, encargándoles arquitecturas, esculturas y pinturas destinadas a renovar (se dijo una vez
aggiornare) la imagen de la Iglesia en el mundo contemporáneo y a difundir en éste el mensaje evangélico.

Una actitud que fue aplaudida por la “intelectualidad” no cristiana, naturalmente, y por la juventud en general.

Una actitud que también privó a la mayoría de los orantes de imágenes comprensibles, que siguieran señalando los Sagrados Misterios, el de las dos naturalezas de Jesús principalmente.

Hoy es posible ver en Chile, como en otros países, las consecuencias de este trastorno, en el hecho de que los templos católicos se apuran en substituir las imágenes “modernas” con otras “bizantinas”. No digo neo-bizantinas, porque en este caso los artistas se obligan a copiar exactamente, ampliándolos, modelos de hace siglos.

En conclusión, estamos presenciando nuevamente el enfrentamiento de la tendencia casi bimilenaria griega-bizantina con otra contraria. Pero esta vez la contraria ya no es la que Giotto restauró con sus ciclos pictóricos en Florencia, Asís y Padua. Y que continuaron Masaccio, Botticelli, Leonardo, Rafael, Miguel Angel, Ticiano, Tintoretto, Greco, Caravaggio, para nombrar sólo algunos.

Tanto los artistas católicos, que llamaría, respetuosamente, “neobizantinos”, como los artistas católicos, que al parecer evitan el tema de lo trascendente, han descartado un arte dirigido al pueblo de Dios, a la inmensa mayoría orante no sofisticada, que acogería agradecida imágenes realizadas como actos de fe y como cantos de alabanza por artistas verdaderamente inspirados.

Sería suficiente mirar con atención las figuras de la Capilla Scrovegni, las Vírgenes y “La Deposición” de Botticelli, las mayólicas de Luca della Robbia, las celdas del convento de San Marcos en Florencia pintadas por Beato Angélico, la “Asunta” de Ticiano, los Cristos llameantes de El Greco, para advertir la posibilidad de un arte cristiano completo en su mensaje, que posibilite la contemplación de todos los misterios celebrados por la Iglesia Católica. A modo de ejemplo, decimos que Salvador Dalí, en los últimos años de su vida, sin renunciar a su propio lenguaje figurativo, ha inaugurado un camino que consideramos conectado con una variante estética del todo nueva y en la frontera con lo superior.

Giotto, sí, Giotto, dio los primeros pasos en dirección a esa frontera.

 

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GIOTTO - no contamos con excesivos datos fiables sobre la vida de Giotto di Bondone, ni la fecha de su nacimiento, ni cuáles fueron sus maestros, ni siquiera la datación exacta de muchas de sus obras. Lo que sí conocemos, por las crónicas de sus contemporáneos, es la gran revolución que supuso su nueva concepción artística, que se puede considerar como precursora de las innovaciones que cambiarán la marcha de la pintura occidental, desde el humanismo del Renacimiento hasta el siglo XX. Giotto nace hacia 1267 al norte de Florencia, en el valle de Mugello, en la aldea de Vicchio. Cuenta la leyenda que por allí pasó en la década de 1280, el gran maestro italiano Cimabue, que vió pintar a un pastor sobre una tabla a su rebaño. Cimabue decidió llevárselo con él y ejercitarlo en el arte de la pintura. Evidentemente, el pastor era Giotto y lo absolutamente asombroso es que tomara como maestra de la pintura a la Naturaleza, en un momento en el que el arte estaba dominado por la llamada "maniera greca", las líneas ondulantes y estilizadas de las figuras, los fondos de oro y la irrealidad y frialdad lejana de los personajes. Pero Giotto apuntaría, con este escrutamiento de la Naturaleza, una concepción nueva del arte de la pintura. Tras los años de aprendizaje en el taller de Cimabue, Giotto di Bondone llegó con el maestro a la recién construída basílica de San Francisco, en Asís. La orden franciscana era la más poderosa en la época y, con su iglesia, quería rendir un homenaje al santo fundador, que estaba enterrado en el propio templo, en la cripta de la basílica Inferior. Con la decoración al fresco de la basílica Superior, Giotto dió a la pintura el primer ciclo narrativo sobre la historia de un santo. Fue aquí, en Asís, en los últimos años del siglo XIII, cuando el maestro pudo dar muestras de su nueva concepción artística. Giotto figuró unas escenas en la que se consigue determinar un lugar concreto, un espacio verosímil en donde las figuras se insertan de forma natural.

Aunque, en cierta medida, su formulación espacial es bastante primitiva, su observación de la Naturaleza le lleva a crear un marco real, ya sea con arquitecturas, ya en un paisaje abierto, en donde transcurren los acontecimientos narrados. Además, Giotto individualiza a los personajes, que toman características y rasgos propios bien definidos: gestos, movimientos, expresión, algo que no ocurría desde la Edad Antigua. Será a partir de este momento, cuando Giotto empieza a ser considerado el gran maestro de su tiempo, rompiendo con el estilo decorativo bizantinizante que dominaba la pintura hasta ese momento. Giotto era llamado de todas las partes de Italia requerido por los personajes más poderosos, no sólo órdenes eclesiásticas, también mercaderes, banqueros y comercianes. Tanto al fresco como en tabla, Giotto renovó el lenguaje figurativo de toda su época. De los primeros años del Trecento, son algunas de las tablas más interesantes del maestro italiano. Algunos crucifijos y retablos con el motivo tradicional de la Maestà, esto es, la Virgen y el Niño rodeado de ángeles, son buenas muestras de su revolucionario estilo. Giotto rompía con la tradicional iconografía de Cristos y Madonas, hasta el momento con caracteres intemporales, para acercarlos a la realidad y cotidianeidad del hombre de su tiempo. Ambos temas tomaban unas connotaciones de tipo naturalista que fácilmente eran identificadas por el espectador: sus gestos, sus reacciones, sus poses, sus modelados, su corporeidad material..., en una palabra, Giotto dotaba de rasgos humanos y verosímiles a las figuras sagradas, acercando la Divinidad a la cotidianeidad de su tiempo y al espectador moderno. Tanto esta concepción expresiva como la creación de un espacio en profundidad serán los aspectos arquetípicos del arte de Giotto, que desarrollará convenientemente en los sucesivos encargos. Desde los frescos para la capilla Scrovegni de Padua, o la pintura mural de la capilla Peruzzi y Bardi, para la iglesia florentina de la Santa Croce, el maestro italiano da pruebas de la ruptura de su arte con respecto a las formulaciones anteriores, habriéndo las puertas hacia la modernidad del Renacimiento. La fama alcanzada por Giotto le llevó a contar con un gran taller, que le permitía abarcar los numerosos encargos que recibía. Incluso la organización de su obrador y la forma de llevar a cabo el trabajo son de un carácter también moderno. Pero para los historiadores resulta un problema, porque el conjunto de su obra se presenta muy desigual, no sabiendo a ciencia cierta qué obras son de mano de Giotto y cúales pertenecen a sus ayudantes.

Esto se manifiesta muy claramente en la decoración de la capilla de la Magdalena en la basílica Inferior de Asís, que se realizó entre 1316 y 1320, en donde lo único que podemos afirmar es que el maestro dió los modelos de las representaciones que, posiblemente, llevaron a cabo sus discípulos. Roma, Florencia, Asís, Padua, Rímini..., incluso el rey francés de Nápoles lo llamó a su corte, en 1328, refiriéndose al maestro italiano como "familiaris", lo que suponía un cambió definitivo en la consideración social del artista, anticipándose de nuevo al Renacimiento. Conquistada su posición social, el último encargo que recibió Giotto, hacia 1334, fue la dirección de los trabajos de la catedral de Florencia y de las obras urbanísticas de la ciudad, cosa que resultaba impensable para la mentalidad medieval del siglo XIV. el maestro era enterrado con honores en 1337. Todo ello da muestras de la labor y las conquistas que consiguiera en vida el maestro italiano, cuya paráfrasis más importante la encontramos en boca de Vasari, padre de la moderna historia del arte, que, en sus Vite de 1555, sitúa en la pintura de Giotto el nacimiento del arte italiano.

 

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GIOTTO - Fue el pintor italiano más importante del siglo XIV. Su concepción de la figura humana, que representó con líneas amplias y redondeadas -en lugar de la representación plana y bidimensional de los estilos gótico y bizantino- indica una preocupación por el naturalismo que significó un punto de inflexión en la evolución de la pintura occidental.

Giotto di Bondone nació en Colle di Vespignano, cerca de Florencia. Se sabe muy poco de sus comienzos, pero se cree que trabajó como aprendiz en Florencia antes de comenzar una carrera que le llevaría a Roma, Padua, Arezzo, Rímini, Asís y Nápoles.

Toda su obra es de temática religiosa. Hizo sobre todo retablos y frescos para diversas iglesias. Muy pocos de ellos se mantienen en buenas condiciones y la mayor parte han desaparecido por completo o han tenido que restaurarse casi en su totalidad. En estos casos no existe plena seguridad sobre su autoría, y es muy probable que sean trabajos de sus seguidores o aprendices. Una de sus primeras obras famosas es el gran conjunto de frescos que ilustra las vidas de la Virgen y de Cristo en la capilla de la Arena, de Padua, acabado posiblemente en 1305 o 1306. Sus escenas se alejan de la rígida estilización medieval para presentar la figura humana con formas amplias y redondeadas, que parecen basarse más en modelos que en arquetipos idealizados. Se opuso a los colores vivos y brillantes y a las líneas largas y elegantes propias del estilo bizantino y prefirió trabajar con una representación más serena y realista. Se centra en lo humano y en lo real más que en lo divino y lo ideal, planteamiento revolucionario en una época dominada por la religión. Los escenarios (tanto en esta serie como en las demás obras) son fondos poco profundos, como cajas arquitectónicas, un poco más abiertos que los fondos totalmente planos de las pinturas bizantina y gótica pero sin llegar todavía al pleno desarrollo de la perspectiva que se lleva a cabo en la pintura renacentista posterior.

Se cree que la Virgen y el niño entronizados (1310, Uffizi, Florencia) pertenece al mismo periodo que los frescos de Arena y es la única tabla atribuible a Giotto. En ella se nota la influencia del pintor florentino Cimabue en la composición y en el estilo, pero es única en cuanto a la humanización del rostro de la Virgen. Existen dos ciclos de frescos en la basílica de Santa Croce de Florencia, que representan la vida de san Francisco y las vidas de san Juan Bautista y san Juan Evangelista, que se le atribuyen como obras posteriores. Aunque están restauradas en gran parte, representan el estadio más avanzado de su estilo, en el que las figuras humanas aparecen agrupadas en posturas dinámicas, que reflejan movimiento.

Su obra se adelantó a su tiempo. La mayor parte de sus seguidores pintaron en una línea menos realista y más abiertamente decorativa. Habría de ser Masaccio, un siglo después, quien difundiera el estilo de Giotto, cuyo ejemplo fue crucial para el desarrollo de la pintura florentina posterior, y cuyo interés por la representación de la figura humana y del mundo visible se convirtió en una preocupación predominante durante el renacimiento florentino. Murió en 1337 en Florencia.

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¿POR QUÉ TODOS LOS MAPAS MEDIEVALES ESTÁN ORIENTADOS AL ESTE? - 

En la Edad Media, la representación del mundo se hacía por medio de los llamados mapas TO. A éstos hay que imaginárselos como si dibujáramos una gran T y desde sus tres esquinas trazáramos una línea que los uniera formando un círculo.

La línea horizontal simboliza la distancia entre el mar Negro y el Nilo, y la línea vertical representa el Meditarráneo. Los mapas estaban orientados al Este porque es por donde sale el sol y por ser la dirección en la que se encuentra el centro del judaísmo: ciudad santa de Jerusalén para judíos y cristianos.

 


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SIMONE MARTINI

Christ Returning to his Parents
1342 - Tempera on wood, 49,5 x 35 cm
Walker Art Gallery, Liverpool

 

 La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.

 

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Pedro deja su lago de Tiberíades para ir en pos de Jesús

 

La Iglesia es universal porque Cristo le ordenó ser global - católica – universal.

Siendo en el 64/67ca. crucificado S.Pedro en cruz invertida, primer obispo de Roma, somos historia ‘Italia-Roma-Vaticano’ bien documentados desde hace 2000 años:«Pero yo puedo mostrar los trofeos de los apóstoles. Pues si deseas ir al Vaticano o al camino de Ostia, verás los trofeos de aquellos que fundaron esta iglesia».

Fuente: Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesarea, tomo I. Editorial CLIE

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(Palestina, c. 265- id., 340) Escritor y prelado cristiano griego. Favorito del emperador Constantino, fue elegido obispo de Cesarea en 313 e intervino en las luchas entre ortodoxos y arrianos. Llevado por su espíritu conciliador, se enfrentó varias veces con Atanasio. Fundó la historiografía eclesiástica, fijó las bases de la cronología hasta 323 en su Crónica y escribió una historia del cristianismo hasta esa fecha. Es autor también de dos obras apologéticas: Preparación evangélica y Demostración evangélica.

 

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Pintura medioeval 1330 - SIMONE MARTINI - Italiano.

 

Sumándose a una teoría del escritor Vittorio Messori, el verdadero problema del cristiano no es ser una minoría "sino haber llegado a ser marginales, irrelevantes".
     
Aunque la llamada de Cristo a "ser sal de la tierra" sigue vigente para los cristianos, un conformismo seductor, dictado por la cultura dominante, nos ha domesticado y nos hemos vuelto sosos, apagados, invisibles, y tantas veces
inservibles.
     
Los cristianos, al igual que los demás, tienen derecho a participar activamente en la vida pública y en los debates culturales, económicos y políticos que les conciernen como ciudadanos, y tienen el derecho de ocupar puestos institucionales. Desgraciadamente en los últimos tiempos se van difundiendo en Europa ideas que ponen en peligro, bajo diversos aspectos, el efectivo ejercicio de la libertad religiosa.
     
Concientes de que no se trata de una tarea fácil, mencionemos como requisitos para cumplirla "
una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".
     
Porque, la transformación del mundo y de sus estructuras o pasa a través de las conciencias o se reduce a cambios superficiales y efímeros. Se necesita el coraje de una presencia visible e incisiva, el coraje de ser "signo de contradicción" en el mundo. Desgraciadamente, hoy, aumenta el número de los cristianos que viven por así decir un cristianismo "anagráfico" o condicional y limitativo. Son aquellos cuyo nombre duerme en el registro de los bautizados y basta. Y son aquellos que a menudo escuchamos decir: "Soy católico, pero...", "Soy creyente, pero... Frecuentemente nosotros los cristianos corremos tras los dictados de la cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quiénes somos".

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

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San Pablo, Obispo de la Iglesia Católica.


La acogida del MagisterioEl anuncio del Evangelio constituye el primer y fundamental compromiso de la Iglesia. Ciertamente, el testimonio de vida es la primera palabra con la que se anuncia el Evangelio; sin embargo, no es suficiente. El anuncio claro es necesario para mover el corazón a adherirse a la Buena Noticia de la salvación.
Un tema ya afrontado en otras ocasiones es el de la recepción de los documentos magisteriales por parte de los fieles católicos, desorientados con frecuencia, más que informados, a causa de las reacciones e interpretaciones inmediatas de los medios de comunicación.
En realidad, la recepción de un documento, más que un hecho mediático, debe considerarse, sobre todo, como un acontecimiento eclesial de acogida del Magisterio en la comunión. Se trata de una palabra autorizada que arroja luz sobre una verdad de fe o sobre algunos aspectos de la doctrina católica, contestados o mal interpretados por determinadas corrientes de pensamiento. Precisamente, en esta valencia doctrinal se encuentra el carácter profundamente pastoral del documento, cuya acogida se convierte, por tanto, en una ocasión propicia de formación, de catequesis y de evangelización.
Para que la recepción se convierta en un auténtico acontecimiento eclesial, conviene prever maneras oportunas de transmisión y de difusión del mismo documento, que permitan su pleno conocimiento, ante todo, por parte de los pastores de la Iglesia, como enseñanza que contribuye a formar la conciencia cristiana de los fieles ante los desafíos del mundo de hoy.
(6-II-2004)

 

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Lo que contamina al hombre - «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

En el pasaje del Evangelizo de este domingo Jesús corta de raíz la tendencia a dar más importancia a los gestos y a los ritos exteriores que a las disposiciones del corazón, el deseo de aparentar que se es -más que de serlo- bueno. En resumen, la hipocresía y el formalismo.

Pero podemos sacar hoy de esta página del Evangelio una enseñanza de orden no sólo individual, sino también social y colectivo. La distorsión que Jesús denunciaba de dar más importancia a la limpieza exterior que a la pureza del corazón se reproduce hoy a escala mundial.
Hay muchísima preocupación por la contaminación exterior y física de la atmósfera, del agua, por el agujero en el ozono; en cambio silencio casi absoluto sobre la contaminación interior y moral. Nos indignamos al ver imágenes de pájaros marinos que salen de aguas contaminadas por manchas de petróleo, cubiertos de alquitrán e incapaces de volar, pero no hacemos lo mismo por nuestros niños, precozmente viciados y apagados a causa del manto de malicia que ya se extiende sobre cada aspecto de la vida.

Que quede bien claro: no se trata de oponer entre sí los dos tipos de contaminación. La lucha contra la contaminación física y el cuidado de la higiene es una señal de progreso y de civilización al que no se puede renunciar a ningún precio. Jesús no dijo, en aquella ocasión, que no había que lavarse las manos o los jarros y todo lo demás; dijo que esto, por sí solo, no basta; no va a la raíz del mal.

Jesús lanza entonces el programa de una ecología del corazón. Tomemos alguna de las cosas «contaminantes» enumeradas por Jesús, la calumnia con el vicio a ella emparentado de decir maldades a costa del prójimo. ¿Queremos hacer de verdad una labor de saneamiento del corazón? Emprendamos un lucha sin cuartel contra nuestra costumbre de descender a los chismes, de hacer críticas, de participar en murmuraciones contra personas ausentes, de lanzar juicios a la ligera. Esto es un veneno dificilísimo de neutralizar, una vez difundido.

Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera adonde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí». «¡Imposible! -exclamó la mujer- Entretanto el viento las ha dispersado en todas direcciones». Es ahí donde quería llegar San Felipe. «Ya ves –le dijo- como es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca». 03.IX.2006

XXI Domingo del tiempo ordinario (B)
Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Santiago 1, 17-18.
21. 27; Marcos7, 1-8. 14-15. 21-23




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Recomendamos vivamente la siguiente lectura:

CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

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In Obsequio Jesu Christi.

Profeta Ezequiel: "Que formen una sola cosa en tu mano" (37, 17). 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).