Friday 30 July 2010 | Actualizada : 2010-07-26 
Inicio > Temas Católicos > Papado - 1º qué es; primado Papa, ministerio; infalibilidad papal; tiara Obispo
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El anillo del pescador que lleva Su Santidad es en oro, tallada la barca de San Pedro circundada con el nombre Benedicto XVI - 2005.

 

 

El Palio es en lana de cordero y oveja, en el cual están bordadas cinco cruces con tela raso de color rojo rubí, símbolo de las cinco llagas de Jesucristo. Se ajusta con tres alfileres grandes que recuerdan los tres clavos de la Cruz. El Palio proviene de una antiquísima tradición cristiana cuando en Roma el Obispo tomaba posesión de la diócesis ya en el siglo IV. El actual Palio es más grande de aquellos usados últimamente: 2,60 metros de largo por 11 centímetros de ancho. 2005.04

El palio de lana simboliza los cuidados del buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas en lugar de oprimirlas como «las ideologías de poder», que justifican la destrucción de lo que consideran opuesto al progreso».

 

Patriarca de Occidente - Título pontificio al que renunció S.S. Benedicto XVI. en 2005. Dicho título fue otorgado por el emperador Teodosio II al Papa León Magno en el año 450 y utilizado por los Papas durante quince siglos. Como en el abandono de la triple corona – tiara papal- Benedicto XVI ha recurrido a los hechos consumados, sin necesidad de comentario. Su escudo papal lleva una mitra de obispo en lugar de las tres coronas (tiara) incorporadas como símbolo del poder temporal, en el año 1130, de la autoridad espiritual, en 1301; y de la autoridad moral sobre los demás monarcas, en 1342. Quedan a la fecha de hoy ocho títulos tradicionales desde el Obispo de Roma al de Siervo de los siervos de Dios, introducido por S.S. Juan XXIII.

Tiara. (Del lat. tiāra, y este del gr. τιρα).1. f. Gorro alto, a veces ricamente adornado, que simbolizaba la realeza en el antiguo Egipto y otras monarquías orientales.

 

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...[...]...

…hay quien opina que es una falta de respeto llamar al Papa de Roma por ese nombre. Además, no logra entender cómo es que papa procede de padre. Don Benjamín cita algunas teorías que interpretan la voz Papa como un acróstico: Petri Apostoli Potestatem Accipiens (= el que recoge la potestad del Apóstol Pedro) o Petrus Apostolus Princeps Apostolorum (= el Apóstol Pedro, príncipe de los apóstoles). No me convence la idea de los acrósticos. Sospecho que es una elaboración ex post facto. La explicación es mucho más sencilla. Pa es una voz natural que se asocia en muchas lenguas al padre. Se entiende, puesto que los sonidos ma, pa y ta son los primeros que pronuncian los infantes de muchas culturas. De ahí mamá, papá y tata (= criada). Hay muchos hipocorísticos con esas sílabas básicas. No es ninguna falta de respeto que el Papa de Roma sea llamado así; al contrario, revela una gran ternura. También recibe el nombre de Pontífice (= el antiguo sacerdote a cargo de las obras públicas) y de Santo Padre.

 

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"Tu eres Pedro, y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia" "A te daré las llaves del reino de los cielos (Mt. 16, 18-19). ¿Qué significa esto? Leámos a Isaias 22, 21-22. "Le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda y le confiaré sus poderes. El será un padre para los habitantes de Jerusalen y para la casa de judá. Pondré en tus manos las llaves del palacio de David: cuando abra, nadie podrá cerrar; cuando cierre nadie podrá abrir". Lo que en definitiva nos dice la interpetación más sencilla y de sentido común de estos pasajes es que Jesús confiere a Pedro el poder de su Iglesia. Poder, no obstante, que debe compartir con la universalidad obispos (Mt. 18,18), y que debe tener como último sentido el servicio a los hermanos como si fuera el último (Mt. 23, 11).

 

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Toda la disputa seria inútil si el texto griego fuese traducido de modo correcto: Tu eres ROCA Y SOBRE ESTA MISMA ROCA edificaré MI IGLESIA . Traducir petros por piedra es falso. Piedra en griego es lithos y no podemos confundir una con otra.. Petros era la roca sobre la que se construían los edificios. De Simón o cognominado Petros diría Mateo que era PROTOS que significa propiamente el principal [o jefe] (Mt 16, 18)* y no el primero, como suele traducirse. Sobre roca como cimiento tenemos: Mt 7, 24** quien edifico sobre roca [epi petran] es el hombre sensato. A diferencia entre lithos e petros está clara em 1Ped 2, 8: Piedra de obstáculo ou impedimento [proskpmmatos] e roca de ofensa ou asechanza [skandalou]. Cristo es la piedra angular {akrogöniaios}del edificio que tiene por cimientos apóstoles e profetas. (EF 2, 20).Y esta piedra angular es la palabra con la que 1Ped 2, 6 se refiere a Cristo. Los cimientos no son la roca sobre la cual es edificado el edificio, ni la piedra del ángulo [literalmente del alto ángulo] que es el remate. Por lo que respecta a 1 Cor 3, 10-11 seria otra cuestión que aquí no cabe dilucidar. 2009.II.15

http://religionenlibertad.com/blog/index.php?blog=25&p=2709&more=1&c=1&tb=1&pb=1#more2709

*15 Dicit illis: “ Vos autem quem me esse dicitis? ”.
16 Respondens Simon Petrus dixit: “ Tu es Christus, Filius Dei vivi ”.
17 Respondens autem Iesus dixit ei: “ Beatus es, Simon Bariona, quia caro et sanguis non revelavit tibi sed Pater meus, qui in caelis est.
18 Et ego dico tibi: Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam; et portae inferi non praevalebunt adversum eam.
19 Tibi dabo claves regni caelorum; et quodcumque ligaveris super terram, erit ligatum in caelis, et quodcumque solveris super terram, erit solutum in caelis ”.

 

** 24 Omnis ergo, qui audit verba mea haec et facit ea, assimilabitur viro sapienti, qui aedificavit domum suam supra petram.
25 Et descendit pluvia, et venerunt flumina, et flaverunt venti et irruerunt in domum illam, et non cecidit; fundata enim erat supra petram.
26 Et omnis, qui audit verba mea haec et non facit ea, similis erit viro stulto, qui aedificavit domum suam supra arenam.

 

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Comisión católico-ortodoxa reconoce el primado del Papa, pero estudia su función - Según el informe de la Comisión teológica católico-ortodoxa

 

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 15 noviembre 2007-(ZENIT.org ).- Según la historia y la tradición eclesial, el obispo de Roma es considerado como el «primero» entre los patriarcas, tanto en las Iglesias de oriente como las de occidente, concluye un histórico documento firmado por representantes católicos y ortodoxos.

Sin embargo, sus prerrogativas y funciones que se derivan de este primado deben ser estudiadas mejor para poder ser compartidas por estas dos tradiciones cristianas.

El documento, publicado este jueves en Roma, Atenas, Estambul y Chipre, fue redactado en la reunión de la Comisión Mixta Internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa en conjunto que se celebró del 8 al 14 de octubre en Rávena (Italia).

La asamblea fue presidida por el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y por monseñor Ioannis, metropolita de Pérgamo (del patriarcado ecuménico de Constantinopla).

El encuentro respondió a esta pregunta: ¿existe una figura que desempeñe el primer lugar tanto para católicos como para ortodoxos, respetando la «igualdad sacramental» y la «misma dignidad» propia del obispo»?

La respuesta que ofrece el documento, dividido en 46 puntos, de diez páginas, puede resumirse así: católicos y ortodoxos concuerdan en el hecho de que el obispo de Roma, es decir el Papa para los católicos, es considerado el «protos», es decir, el primero entre los patriarcas de todo el mundo, pues Roma, según la expresión de san Ignacio de Antioquía, es la «Iglesia que preside en la caridad».

Sin embargo, según se desprende del documento, católicos y ortodoxos todavía no concuerdan en las «prerrogativas» de este primado, dado que, según afirma el documento, «existen diferencias en la comprensión tanto de la manera en la que debería ser ejercido, como en sus fundamentos según las Escrituras y la teología».

El documento constituye un paso para superar el «gran cisma» que separó a las Iglesias ortodoxas de Roma en el año 1054.

En la reunión se llegó a esta conclusión reflexionando sobre las «Consecuencias eclesiológicas y canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia. Comunión eclesial, conciliaridad y autoridad».

Los primeros responsables de la conciliaridad son los obispos, unidos en comunión, explican los expertos de la Comisión.

Los
obispos no sólo «deberían estar unidos entre sí en la fe, la caridad, la misión, la reconciliación», sino que «tienen en común las misma responsabilidad y el mismos servicio a la Iglesia».

La autoridad viene de Cristo, se «fundamenta sobre la Palabra de Dios», y a través de los apóstoles es «transmitida a los obispos y a sus sucesores». Su servicio, afirma el documento, es «un servicio de amor», pues «para los cristianos, gobernar es lo mismo que servir».

Tras estos presupuestos, el documento de Rávena analiza su aplicación en los diferentes niveles.

En el primer nivel, el «local», la Iglesia existe como «comunidad reunida por la Eucaristía» y es presidida directa o indirectamente por un obispo.

«Esta comunión es el marco en el que se ejerce toda autoridad eclesial», indica. En este nivel, el obispo es el «protos», el primero, el jefe de la comunidad.

El
segundo nivel es el «regional», en el que tiene lugar la comunión con «las demás Iglesias que profesan la misma fe apostólica y que comparten la misma estructura eclesial».

El punto 24 del documento cita un canon, aceptado tanto en Occidente como en Oriente, que establece cómo «los obispos de cada nación tienen que reconocer a quien es el primero entre ellos y considerarlo su cabeza», salvaguardando así la «concordia».

Luego está el nivel «universal» de la comunión entre las Iglesias de todo lugar y tiempo. La expresión de esta comunión son los concilios ecuménicos, desde los orígenes de la Iglesia, en los que se afrontaban cuestiones de primordial importancia los obispos de las cinco sedes apostólicas --Roma, Constantinopla, Alejandría y Jerusalén--, así como de las otras diócesis.

Y aquí, en los concilios ecuménicos, se reconoce el «papel activo» ejercido por el obispo de Roma, como la personalidad más ilustre entre los obispos de las sedes mayores.

Sin embargo, algunas de las dificultades entre católicos y ortodoxos han surgido en la definición de concilios «ecuménicos» dada por la Iglesia católica a concilios celebrados tras el gran cisma.

Por tanto, concluye la Comisión, «queda por estudiar de manera mas profunda la cuestión del papel del obispo de Roma en la comunión de todas las Iglesias».

Es decir, hay que analizar «la función específica del obispo de la “primera sede” según una eclesiología de “koinonia”», es decir, de comunión.

Al mismo tiempo queda por estudiar conjuntamente «la enseñanza sobre el primado universal de los Concilios Vaticano I y Vaticano II» para que pueda ser comprendido y vivido a la luz de la práctica eclesial del primer milenio», cuando la Iglesia no estaba separada.

 

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“El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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EN RELACIÓN A LOS TEXTOS DEL CARDENAL Joseph RATZINGER ANTES DE SER PONTÍFICE, - HOY: S.S. BENEDICTO XVI:

 

"La autoridad de aquellos textos no es la del Magisterio de la Iglesia, pero que quedan "reautorizados" ­que no "magisterializados"­ con la elección del cardenal como Papa", y que pueden "ayudar a comprender lo que está siendo ya su pontificado". 2005-06-14

 

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Presidir la Iglesia en el amor a Cristo:  ¿cómo no pensar, en el contexto de estas palabras, en la carta de san Ignacio a la Iglesia de Roma, a la que el santo mártir, que vino de Antioquía, primera sede de san Pedro, reconoce la "presidencia en el amor"? Su carta sigue diciendo que la Iglesia de Roma "está en la ley de Cristo"; aquí alude a las palabras de san Pablo en la carta a los Gálatas:  "Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo" (Ga 6, 2). Presidir en la caridad es ante todo preceder "en el amor de Cristo". Ahora bien, recordemos que el momento en el que a Pedro se le confiere definitivamente el primado después de la resurrección está relacionado con la pregunta repetida tres veces por el Señor:  "Simón de Juan, ¿me amas más que estos?" (Jn 21, 15 ss). Apacentar la grey de Cristo y amar al Señor es la misma cosa. Es el amor de Cristo el que guía a las ovejas por el recto camino y construye la Iglesia. No podemos dejar de pensar en el gran discurso con el que Pablo VI inauguró la segunda sesión del concilio Vaticano II. "Te, Christe, solum novimus", fueron las palabras determinantes de ese sermón. El Papa habló del mosaico de San Pablo extramuros, con la grandiosa figura del Pantocrátor y, postrado a sus pies, el Papa Honorio III, pequeño de estatura y casi insignificante ante la grandeza de Cristo. El Papa continuó: Esta escena se repite con plena realidad aquí, en nuestra asamblea. Esta fue su visión del Concilio, también su visión del primado: todos nosotros a los pies de Cristo, para ser siervos de Cristo, para servir al Evangelio: la esencia del cristianismo es Cristo, no una doctrina, sino una persona, y evangelizar es guiar a la amistad con Cristo, a la comunión de amor con el Señor, que es la verdadera luz de nuestra vida.

Presidir en la caridad significa -repitámoslo- preceder en el amor a Cristo. Pero el amor a Cristo implica el conocimiento de Cristo, la fe, e implica también la participación en el amor de Cristo: ayudarse mutuamente a llevar las cargas, como dice san Pablo. En su esencia íntima el primado no es un ejercicio de poder, sino "llevar las cargas de los demás", es responsabilidad del amor. El amor es precisamente lo contrario de la indiferencia hacia el otro, no puede admitir que en el otro se extinga el amor a Cristo, que se atenúen la amistad y el conocimiento del Señor, que "las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahoguen la Palabra" (Mt 13, 22). Finalmente, el amor a Cristo es amor a los pobres, a los que sufren. Sabemos bien cómo nuestros Papas estaban comprometidos con decisión contra la injusticia, en favor de los derechos de los oprimidos, de aquellos sin poder: el amor a Cristo no es algo individualista, sólo espiritual; concierne a la carne, concierne al mundo y debe transformar el mundo.

Por último, presidir en la caridad concierne a la Eucaristía, que es la presencia real del amor encarnado, presencia del cuerpo de Cristo ofrecido por nosotros. La Eucaristía crea la Iglesia, crea esta gran red de comunión que es el Cuerpo de Cristo, y así crea la caridad. Con este espíritu celebramos unidos a los vivos y a los difuntos la santa misa, el sacrificio de Cristo, del que brota el don de la caridad.

El amor sería ciego sin la verdad. Por eso, quien debe preceder en el amor recibe la promesa del Señor:  "Simón, Simón, he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca" (Lc 22, 32). El Señor ve que Satanás trata de "cribaros como trigo" (Lc 22, 31). Mientras que esta prueba atañe a todos los discípulos, Cristo ruega de modo especial "por ti", por la fe de Pedro, y en esta oración se basa la misión "confirma a tus hermanos". La fe de Pedro no viene de sus propias fuerzas; la indefectibilidad de la fe de Pedro está cimentada en la oración de Jesús, el Hijo de Dios:  "He rogado por ti, para que tu fe no desfallezca". Esta oración de Jesús es el fundamento seguro de la misión de Pedro por todos los siglos, y la oración después de la comunión puede decir acertamente que los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo I confirmaron "con valentía apostólica" a sus hermanos. En un tiempo en que vemos cómo Satanás "criba como trigo" a los discípulos de Cristo, la fe imperturbable de los Papas fue visiblemente la roca sobre la cual se apoya la Iglesia.

"Yo sé que está vivo mi Redentor", dice el texto de Job en la primera lectura de esta liturgia, lo dice en un momento de gran prueba; lo dice mientras Dios se esconde y parece ser su adversario. Cubierto por el velo del sufrimiento, sin conocer su nombre y su rostro, Job "sabe" que su Redentor vive, y esta certeza es su gran consuelo en medio de las tinieblas de la prueba. Jesucristo ha quitado el velo que cubría a Job el rostro de Dios. Sí, nuestro Redentor vive, y "todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen", dice san Pablo (2 Co 3, 18). Nuestro Redentor vive; tiene un rostro y un nombre: Jesucristo. Nuestros "ojos lo contemplarán". Los Papas difuntos nos dan esta certeza, y así nos guían "hacia la plena posesión de la verdad", confirmándonos en la fe en nuestro Redentor.
Amén. HOMILÍA DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER
EN NOMBRE DEL SANTO PADRE - Martes 28 de septiembre de 2004

 

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La esencia del cristianismo es Cristo, no una doctrina, sino una persona, y evangelizar es guiar a la amistad con Cristo, a la comunión de amor con el Señor, que es la verdadera luz de nuestra vida.

 

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El colegio episcopal

 

(Lectura:
evangelio de san Lucas, capítulo 6, versículos 12-16)

1. En la constitución Lumen gentium el concilio Vaticano II establece una analogía entre el colegio de los Apóstoles y el de los obispos unidos con el Romano Pontífice: «Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás Apóstoles forman un solo colegio apostólico, de igual manera se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles» (n. 22). Es la doctrina sobre la colegialidad del Episcopado en la Iglesia, que tiene su primer fundamento en el hecho de que Cristo nuestro Señor, al fundar su Iglesia, llamó a los Doce, constituyéndolos en Apóstoles y encargándoles la misión de la predicación del Evangelio y la del gobierno pastoral del pueblo cristiano, estableciendo así la estructura ministerial de la Iglesia. Los doce Apóstoles se nos presentan como un corpus y un collegium de personas unidas entre sí por la caridad de Cristo que los puso bajo la autoridad de Pedro, a quien dijo: «Tu eres Pedro (es decir, roca), y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» (Mt 16, 18). Pero aquel grupo originario, por haber recibido la misión de la evangelización que era preciso llevar a cabo hasta el fin de los tiempos, debía tener sucesores, que son precisamente los obispos. Según el Concilio, esa sucesión reproduce la estructura original del colegio de los Doce unidos entre sí por voluntad de Cristo bajo la autoridad de Pedro.

2. El Concilio no presenta esta doctrina como una novedad, salvo ―tal vez― en la formulación, sino como el contenido de una realidad histórica de aceptación y cumplimiento de la voluntad de Cristo, que conocemos por la Tradición.

a) «Ya según la más antigua disciplina ―dice―, los obispos esparcidos por todo el orbe comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma en el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz».

b) «También los concilios convocados para decidir en común las cosas más importantes, sometiendo la resolución al parecer de muchos, manifiestan la naturaleza y la forma colegial del orden episcopal, confirmada manifiestamente por los concilios ecuménicos celebrados a lo largo de los siglos».

c) La colegialidad «está indicada también por la costumbre, introducida de antiguo, de llamar a varios obispos para tomar parte en la elevación del nuevo elegido al ministerio del sumo sacerdocio. Uno es constituido miembro del cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la cabeza y con !os miembros del colegio» c.

3. El colegio ―leemos también― «en cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y universalidad del pueblo de Dios; y en cuanto agrupado bajo una sola cabeza, la unidad de la grey de Cristo» (Lumen gentium, 22). En unión con el Sucesor de Pedro, todo el colegio de los obispos ejercita la suprema autoridad en la Iglesia universal. En las catequesis siguientes trataremos del «ministerio petrino» en la Iglesia. Pero es preciso tenerlo presente también cuando se habla de la colegialidad del Episcopado.

Sin duda, según la Lumen gentium, «la potestad suprema sobre la Iglesia universal que posee este colegio se ejercita de modo solemne en el concilio ecuménico» (Lumen gentium, 22); pero añade que «es prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos» (Lumen gentium, 22). Un concilio no puede ser verdaderamente ecuménico, si no ha sido confirmado o, al menos, aceptado por el Romano Pontífice. Le faltaría el sello de la unidad garantizada por el Sucesor de Pedro. Cuando la unidad y la catolicidad quedan aseguradas, el concilio ecuménico puede también definir de modo infalible las verdades en el campo de la fe y de la moral. Históricamente, los concilios ecuménicos han desempeñado un papel muy importante y decisivo en la precisación, la definición y en el desarrollo de la doctrina: baste pensar en los concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia.

4. Además de por los concilios ecuménicos, «esta misma potestad colegial puede ser ejercida por los obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la cabeza del colegio los llame a una acción colegial o, por lo menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte libremente, para que sea un verdadero acto colegial (Lumen gentium, 22).

Los sínodos episcopales, instituidos después del concilio Vaticano II, tienen por finalidad realizar de forma más concreta la participación del colegio episcopal en el gobierno universal de la Iglesia. Estos sínodos estudian y discuten temas pastorales y doctrinales de notable importancia para la Iglesia universal; los frutos de sus trabajos, elaborados de acuerdo con la Sede Apostólica, se recogen en documentos que tienen una difusión universal. Los documentos publicados después de los últimos sínodos llevan expresamente la calificación de «postsinodales».

5. Dice, asimismo, el Concilio: «La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal» (Lumen gentium, 23). «Cada obispo representa a su Iglesia, y todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad» (Lumen gentium, 23).

Por este motivo, los obispos, «en cuanto miembros del colegio episcopal y como legítimos sucesores de los Apóstoles, todos y cada uno, en virtud de la institución y precepto de Cristo, están obligados a tener por la Iglesia universal aquella solicitud que, aunque no se ejerza por acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, en gran manera al desarrollo de la Iglesia universal» (Lumen gentium, 23). «Deben, pues, todos los obispos promover y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia, instruir a los fieles en el amor de todo el cuerpo místico de Cristo, especialmente de los miembros pobres, de los que sufren y de los que son perseguidos por la justicia (cf. Mt 5, 10); promover, en fin, toda actividad que sea común a toda la Iglesia, particularmente en orden a la dilatación de la fe y a la difusión de la luz de la verdad plena entre todos los hombres» (Lumen gentium, 23).

6. Al respecto, recuerda el Concilio que «la divina Providencia ha hecho que varias Iglesias fundadas en diversas regiones por los Apóstoles y sus sucesores, al correr de los tiempos, se hayan reunido en numerosos grupos estables, orgánicamente unidos, los cuales, quedando a salvo la unidad de la fe y la única constitución divina de la Iglesia universal, tienen una disciplina propia, unos ritos litúrgicos y un patrimonio teológico y espiritual propios. Entre las cuales, algunas, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales, como madres en la fe, engendraron a otras como hijas y han quedado unidas con ellas hasta nuestros días con vínculos más estrechos de caridad en la vida sacramental y mutua observancia de derechos y deberes» (Lumen gentium, 23).

7. Como se ve, el Concilio pone de relieve ―en el marco de la doctrina sobre la colegialidad del Episcopado― también la verdad fundamental de la mutua compenetración e integración de la realidad particular y la dimensión universal en la estructura de la Iglesia. Desde este punto de vista es preciso tomar en consideración también el papel de las Conferencias episcopales. La constitución conciliar sobre la Iglesia afirma: «Las Conferencias episcopales hoy en día pueden desarrollar una obra múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga una aplicación concreta» (Lumen gentium, 23).

De modo más detallado se pronuncia sobre este tema el decreto Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los obispos en la Iglesia. En este decreto leemos: «La Conferencia episcopal es como una junta en que los obispos de una nación o territorio ejercen conjuntamente su cargo pastoral para promover el mayor bien que la Iglesia procura a los hombres, señaladamente por las formas y modos de apostolado, adaptados en forma debida a las circunstancias del tiempo» (n. 38, 1).

De estos textos se sigue que las Conferencias episcopales pueden afrontar los problemas del territorio de su competencia, más allá de los límites de cada una de las diócesis, y proponer respuestas de orden pastoral y doctrinal. Pueden también emitir opiniones acerca de problemas que atañen a la Iglesia universal. Sobre todo pueden, con autoridad, salir al paso de las necesidades del desarrollo de la Iglesia según las exigencias y conveniencias de la mentalidad y cultura nacional. Pueden tomar decisiones que, con el consentimiento de los obispos miembros, tendrán gran influjo en las actividades pastorales.

8. Las Conferencias episcopales desempeñan su propia responsabilidad en el territorio de su competencia, pero sus decisiones repercuten, sin duda, en la Iglesia universal. El ministerio petrino del Obispo de Roma sigue siendo el garante de la sincronización de la actividad de las Conferencias con la vida y la enseñanza de la Iglesia universal. A este propósito, el decreto conciliar establece: «Las decisiones de la Conferencia de los obispos, si han sido legítimamente tomadas y por dos tercios al menos de los votos de los prelados que pertenecen a la Conferencia con voto deliberativo y reconocidas por la Sede apostólica, tendrán fuerza de obligar jurídicamente sólo en aquellos casos en los que o el derecho común lo prescribiese o lo estatuyere un mandato peculiar de la Sede Apostólica, dado motu proprio o a petición de la misma Conferencia» (Christus Dominus, n. 38, 4). El decreto, por último, establece: «Donde lo pidan circunstancias especiales, los obispos de varias naciones podrán constituir, con aprobación de la Sede Apostólica, una sola Conferencia» (Christus Dominus, n. 38, 5).

Algo similar puede suceder por lo que se refiere a los Consejos y a las Asambleas de obispos a nivel continental, como por ejemplo en el caso del Consejo de las Conferencias de América Latina (CELAM) o el de las Iglesias europeas (CCEE). Se trata de un amplio abanico de nuevas agrupaciones y organizaciones, con las que la única Iglesia trata de responder a instancias y problemas de orden espiritual y social del mundo actual. Signo de una Iglesia que vive, reflexiona y se compromete en el trabajo como apóstol del Evangelio en nuestro tiempo. En todo caso, la Iglesia siente la necesidad de presentarse, actuar y vivir en la fidelidad a las dos notas fundamentales de la comunidad cristiana de siempre y, en particular, del colegio apostólico: la unidad y la catolicidad. 07.10.1992

 

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El episcopado, orden sacramental

 

(Lectura:
1ra. carta de san Pedro, capítulo 5, versículos 1-4)

1. Reanudamos, después de una larga pausa, las catequesis acerca de la Iglesia, que habíamos interrumpido a comienzos de julio. Entonces estábamos hablando de los obispos en calidad de sucesores de los Apóstoles, y apuntábamos que dicha sucesión implica la participación en la misión y en los poderes conferidos por Jesús a los mismos Apóstoles.

Hablando de esto, el concilio Vaticano II puso de relieve el valor sacramental del episcopado, que refleja en sí el sacerdocio ministerial que los Apóstoles recibieron de Jesús mismo. De esta forma se especifica la naturaleza de la misión que los obispos desempeñan en la Iglesia.

2. En efecto, leemos en la constitución Lumen gentium que Jesucristo, «sentado a la diestra del Padre, no está ausente de la congregación de sus pontífices», sino que, principalmente a través de su servicio eximio:

a) en primer lugar «predica la palabra de Dios a todas las gentes» (Lumen gentium, 21). Así pues, Cristo glorioso, con su poder soberano de salvación, actúa mediante los obispos, cuyo ministerio de evangelización con razón es definido «excelso» (Lumen gentium, 21). La predicación del obispo no sólo prolonga la predicación evangélica de Cristo, sino que es predicación de Cristo mismo en su ministerio.

b) Además, por medio de los obispos (y de sus colaboradores), Cristo «administra continuamente los sacramentos de la fe a los creyentes, y por medio de su oficio paternal (cf. 1 Co 4, 15) va congregando nuevos miembros a su Cuerpo» (Lumen gentium, 21). Todos los sacramentos son administrados en nombre de Cristo. De modo particular, la paternidad espiritual, significada y actuada en el sacramento del bautismo, está vinculada a la regeneración que viene de Cristo.

c) Finalmente, Cristo, «por medio de su sabiduría y prudencia dirige y ordena al pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinar hacia la eterna felicidad» (Lumen gentium, 21). La sabiduría y la prudencia la ponen en práctica los obispos, pero vienen de Cristo que es quien, por medio de ellos, gobierna al pueblo de Dios.

3. Aquí conviene anotar que el Señor, cuando actúa por medio de los obispos, no quita los límites y las imperfecciones de su condición humana, tal como se manifiesta en su temperamento, su carácter, su comportamiento y su dependencia de fuerzas históricas de cultura y de vida. También en este aspecto podemos recurrir a las noticias que el evangelio nos refiere acerca de los Apóstoles elegidos por Jesús.

Eran hombres que, sin duda, tenían sus defectos. Durante la vida pública de Jesús, disputaban por conseguir el primer lugar y todos abandonaron a su Maestro cuando fue arrestado. Después de Pentecostés, con la gracia del Espíritu Santo, vivieron en la comunión de fe y caridad. Pero eso no quiere decir que hubieran desaparecido en ellos todos los límites propios de la condición humana. Como sabemos, Pablo reprochó a Pedro su comportamiento demasiado condescendiente hacia los que querían conservar en el cristianismo la observancia de la ley judaica (cf. Ga 2, 11-14). De Pablo mismo sabemos que no tenía un carácter fácil y que se produjo un gran enfrentamiento entre él y Bernabé (Hch 15, 39), aunque éste era «un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe» (Hch 11, 24).

Jesús conocía la imperfección de aquellos a quienes había elegido, y mantuvo su elección incluso cuando la imperfección se manifestó en formas graves. Jesús quiso actuar por medio de hombres imperfectos, y en ciertos momentos tal vez censurarles, porque por encima de sus debilidades debía triunfar la fuerza de la gracia, concedida por el Espíritu Santo. Puede suceder que, con sus imperfecciones, o incluso con sus culpas, también los obispos fallen en el cumplimiento de las exigencias de su misión o perjudiquen a la comunidad. Por ello, debemos orar por los obispos, para que se esfuercen siempre por imitar al buen Pastor. Y, de hecho, en muchos de ellos el rostro de Cristo pastor se ha manifestado y se manifiesta de forma evidente.

4. No es posible enumerar aquí a los obispos santos que han sido guías y forjadores de sus Iglesias en los tiempos antiguos y en todas las épocas sucesivas, incluidas las más recientes. Baste aludir a la grandeza espiritual de alguna figura eminente. Pensemos, por ejemplo, en el celo apostólico y el martirio de san Ignacio de Antioquía; en la sabiduría doctrinal y el ardor pastoral de san Ambrosio y de san Agustín; en el empeño de san Carlos Borromeo por la auténtica reforma de la Iglesia; en el magisterio espiritual y la lucha de san Francisco de Sales por la conversión de la fe católica; en la dedicación de san Alfonso María de Ligorio a la santificación del pueblo y a la dirección de las almas; en la irreprochable fidelidad de san Antonio María Gianelli al Evangelio y a la Iglesia. Y ¡cuántos otros pastores del pueblo de Dios, de todas las naciones y de todas las Iglesias del mundo, sería preciso recordar y celebrar! Contentémosnos con dirigir aquí un pensamiento de homenaje y gratitud a todos los obispos de ayer y de hoy que con su acción, su oración y su martirio (a menudo, del corazón, pero a veces también de su sangre) continúan el testimonio de los Apóstoles de Cristo.

Desde luego, a la grandeza del «ministerio excelso» recibido de Cristo como sucesores de los Apóstoles, corresponde su responsabilidad de «ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (cf. 1 Co 4, 1). Como administradores que disponen de los misterios de Dios para distribuirlos en nombre de Cristo, los obispos deben estar estrechamente unidos y firmemente fieles a su Maestro, que no ha dudado en confiarles a ellos, como a los Apóstoles, una misión decisiva para la vida de la Iglesia en todos los tiempos: la santificación del pueblo de Dios.

5. El concilio Vaticano II, después de haber afirmado la presencia activa de Cristo en el ministerio de los obispos, enseña la sacramentalidad del episcopado. Durante mucho tiempo este punto fue objeto de controversia doctrinal. El concilio de Trento había afirmado la superioridad de los obispos con respecto a los presbíteros: superioridad que se manifiesta en el poder que se les ha concedido de confirmar y de ordenar (DS, 1777). Pero no había afirmado la sacramentalidad de la ordenación episcopal.

Podemos, por consiguiente, constatar el progreso doctrinal que en este aspecto se ha producido gracias al último Concilio, que declara: «Enseña, pues, este santo Sínodo que en la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del orden, llamada, en la práctica litúrgica de la Iglesia y en la enseñanza de los Santos Padres, sumo sacerdocio, cumbre del ministerio sagrado» (Lumen gentium, 21).

6. Para hacer esta afirmación el Concilio se basa en la Tradición e indica los motivos para afirmar que la consagración episcopal es sacramental. En efecto, ésta les confiere la capacidad de «hacer las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice, y actuar en lugar suyo» (Lumen gentium, 21). Por otra parte, el rito litúrgico de la ordenación es sacramental: «por la imposición de las manos y las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y se imprime el sagrado carácter» (Lumen gentium, 21).

Ya en las cartas pastorales (cf. 1 Tm 4, 14) todo eso se consideraba como obra del sacramento que reciben los obispos y éstos, a su vez, transmiten a los presbíteros y diáconos: sobre esa base sacramental se forma la estructura jerárquica de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

7. El Concilio atribuye a los obispos el poder sacramental de «incorporar, por medio del sacramento del orden, nuevos elegidos al Cuerpo episcopal» (Lumen gentium, 21). Es la manifestación más elevada del poder jerárquico, en cuanto toca un elemento vital del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia: la constitución de jefes y pastores que prosigan y perpetúen la obra de los Apóstoles en unión con Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo.

Algo análogo se puede decir también con respecto a la ordenación de los presbíteros, reservada a los obispos sobre la base de la concepción tradicional, vinculada al Nuevo Testamento, que les atribuye a ellos, como sucesores de los Apóstoles, el poder de «imponer las manos» (cf. Hch 6, 6; 8, 19; 1 Tm 4, 14; 2 Tm 1, 6), para constituir en la Iglesia ministros de Cristo estrechamente unidos a los titulares de la misión jerárquica. Eso significa que la acción de los presbíteros brota de un todo único, sacramental, sacerdotal y jerárquico, dentro del cual está destinada a desarrollarse en comunión de caridad eclesial.

8. En la cima de esta comunión permanece el obispo, que ejerce el poder que le ha conferido la «plenitud» del sacramento del orden, plenitud recibida como un servicio de amor, y que es participación, según su modo propio, de la caridad derramada en la Iglesia por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5). Impulsado por la conciencia de esta caridad, el obispo, imitado por el presbítero, no actuará de modo individualista o absolutista, sino «en comunión jerárquica con la Cabeza y los miembros del Colegio» (Lumen gentium, 21). Es evidente que la comunión de los obispos, unidos entre sí y con el Papa, y proporcionalmente la de los presbíteros y los diáconos, manifiesta del modo más elevado la unidad de toda la Iglesia como comunidad de amor. 30.09.1992

 

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La devoción hacia el Santo Padre

no debe ser jamás a título personal.

 

Por Cynthia Caden

Con un Papa como este es fácil, pero ¿si su sucesor es como otros recientes pontífices?

El Augusto Pontífice no manda como los poderes terrenos, por causa de sus popularidades o el uso de la fuerza. El poder del Vicario de Cristo es el ejemplo más elocuente del origen del poder, que viene de Dios como el mismo Dios lo enseñó y proclamó durante su Vida en la tierra y así lo ha enseñado Su Iglesia desde entonces y por la eternidad.

Al Papa no se le ama por ser bello o feo, joven o viejo, sonriente o serio, viajero o sedentario. Al Papa se le ama por ser quien es. Se le ama y obedece por ser Cristo en la tierra y porque se ama a Cristo se ama al Papa y porque se obedece a Dios al Papa le obedecemos. Bajo los períodos más oscuros y durante los más luminosos de la historia humana de la Iglesia, esta obediencia amorosa al Papado ha mantenido la unión de la Iglesia.

Los gobiernos del mundo, a lo largo de la historia, han tenido en el Papado el modelo perfecto de perfecta organización terrena. Los poderes temporales han visto la necesidad no sólo del genio y las cualidades personales del gobernante, sino de un poder permanente incontestado, formado y sujeto en todo a la doctrina y leyes cristianas, con tal proyección en el tiempo que tanto lo delegado como lo que se ha de delegar se hunda en el terreno fértil de la historia. Es preciso - han visto - que las tareas del gobierno cuenten con tiempo ininterrumpido para ser realizadas, delegadas y continuadas por los monarcas.

La bondad de gobierno que el Papado inspira a las naciones temporales reside en la unidad y en la duración, milagrosamente vencedoras de un mundo presa del cambio y de la muerte; en el poder de un Jefe, en quien el amor por sus hijos se identifica y se confunde con el amor por sus sucesores.

Para el católico poco importa si el Papa está enfermo o viejo a la hora de besar con devoción sus mandatos. Todos los Papas atraviesan un período previo a la muerte en que sus facultades humanas se ven más o menos disminuidas, y no por ello han sido puestos de lado o escondidos, como la muerte y la vejez son expulsadas de las sociedades modernas. El católico rezará siempre por la salud temporal y sobretodo por la espiritual de su Augusto Pontífice.

Sea santo o pecador, de buena o mala doctrina, fiel o infiel a su misión, el Papa es el Vicario de Cristo. San Juan Bosco dio al respecto una lección bellísima bajo las tristes circunstancias que caracterizaron los oscuros y turbulentos primeros tiempos del gobierno de S.S. Pío IX. Primeramente cercano a los principios masónico-liberales - para luego convertirse en un paladín de la fe y la ortodoxia - a días de su elección causaba gran entusiasmo entre los enemigos de la Iglesia, que daban muestras públicas de una "devoción" al papado impensable en ellos. Se saludaban en plena vía pública y llenaban la prensa de la época con innumerables "¡Viva Pío IX!". Le calificaban como magnánimo, humanista, genial. Pero sus halagos no eran por lo bueno de su papado, sino por su cooperación a los planes contra la Iglesia que su filosofía personal no veía en su grado de mal.

San Juan Bosco, al ser consultado sobre la norma de comportamiento católico ante las aprensiones de los hijos de la Iglesia y el contentamiento de Sus enemigos, el santo de la infancia respondió diciendo que a sus discípulos aconsejaba responder el saludo liberal de "¡Viva Pío IX!" con un devoto "¡Viva el Papa!". Con ello remarcaba, entonces como ahora, que nuestro amor no tiene causas humanas ni nace de los afectos ni crece por simpatías naturales. Al Papa se le ama, obedece y sirve por ser Cristo mismo en la Tierra.

Como monarca, poco importa que esté enfermo, débil o mudo. Su mandato y poder permanece con su persona sagrada hasta el día en que Dios Nuestro Señor le llame al Tribunal de Su Justicia.

En unión con el Santo Padre, elevemos nuestras oraciones por el triunfo y exaltación de nuestra Santa Madre Iglesia, para bien y salud del mundo entero

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Cynthia Caden - editora@revistacristiandad.org -
2003-12-31

 

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PAPADO - ¿Qué es?

 

Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, 11 de abril de 2005


He leído hoy en el Evangelio una respuesta de Jesús a quienes le preguntaban «qué haremos para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28), qué hay que hacer, cómo hay que hacerlo, parece que inquieren. La respuesta es: «Esta es la obra de Dios, que creáis en quien Él ha enviado». Creer en el Enviado. Obviamente Jesús se refería a sí mismo, enviado por el Padre. Sólo con la fe en el Enviado del Padre se puede acertar en la obra de Dios. En estos días de «Sede vacante» podemos sin miedo proyectar estas palabras de Cristo a nuestra actitud ante el Cónclave en el que se va a elegir un nuevo Papa. Será el enviado de Dios para esta nueva etapa de la Iglesia en la que nos toca en suerte – en gracia - vivir. Coincide casi con el comienzo del siglo y del milenio. Juan Pablo II dejó las puertas abiertas de par en par. Ahora debe pasar el nuevo Sucesor de Pedro y renovar la orden: Duc in altum!, ¡mar adentro!.

Sucesor de Pedro. Un detalle que conviene no olvidar: el nuevo Papa, más que sucesor de Juan Pablo II, será Sucesor de Pedro. Hablando con rigor teológico, los Papas no se suceden tanto unos a otros como cada uno a Pedro –«El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles "(CEC 882: LG 23)" -; Pedro es el apóstol que recibió la misión de confirmar a sus hermanos en la fe. En cuestiones de fe y de moral, su palabra, en circunstancias muy bien definidas por la Teología y el Derecho de la Iglesia, vale más que la de todos los científicos y teólogos del mundo juntos. Pedro y sus sucesores reciben las llaves del Reino de Dios o Reino de los Cielos, incoado aquí en la tierra, en medio de nosotros, en el corazón de los fieles.

El primero de los papas llamado «Magno», san León, que paró los pies a Atila en las puertas Roma, nos ha dejado bellísima páginas de riqueza inestimable. Una de ellas dice así:

«Aunque nosotros, queridos hermanos, nos vemos débiles y agobiados cuando pensamos en las obligaciones de nuestro ministerio, hasta tal punto que, al querer actuar con entrega y energía, nos sentimos condicionados por nuestra fragilidad, sin embargo, contando con la constante protección del Sacerdote eterno y todopoderoso, semejante a nosotros, pero también igual al Padre, de aquel que quiso humillarse en su divinidad hasta tal punto que la unió a nuestra humanidad para elevar nuestra naturaleza a la dignidad divina, digna y piadosamente nos gozamos de su especial providencia, pues, aunque delegó en muchos pastores el cuidado de sus ovejas, sin embargo, continúa él mismo velando sobre su amada grey.

También nosotros recibimos alivio en nuestro ministerio apostólico de su especial y constante protección, y nunca nos vemos desprovistos de su ayuda. Es tal, en efecto, la solidez de los cimientos sobre los que se levanta el edificio de la Iglesia que, por muy grande que sea la mole del edificio que sostienen, no se resquebrajan. La firmeza de aquella fe del príncipe de los apóstoles, que mereció ser alabada por el Señor, es eterna. Y así como persiste lo que Pedro afirmó de Cristo, así permanece también lo que Cristo edificó sobre Pedro. Permanece, pues, lo que la Verdad dispuso, y el bienaventurado Pedro, firme en aquella solidez de piedra que le fue otorgada, no ha abandonado el timón de la Iglesia que el Señor le encomendara. Pedro ha sido colocado por encima de todo, de tal forma que en los mismos nombres que tiene podemos conocer hasta qué punto estaba unido a Cristo: él, en efecto, es llamado: piedra, fundamento, portero del reino de los cielos, árbitro de lo que hay que atar y desatar; por ello, hay que acatar en los cielos el fallo de las sentencias que él da en la tierra. Pedro sigue ahora cumpliendo con mayor plenitud y eficacia la misión que le fue encomendada, y, glorificado en Cristo y con Cristo, continúa ejerciendo los servicios que le fueron confiados. Si, pues, hacemos algo rectamente y lo ejecutamos con prudencia, si algo alcanzamos de la misericordia divina con nuestra oración cotidiana, es en virtud y por los méritos de aquel cuyo poder pervive en esta sede y cuya autoridad brilla en la misma. Todo ello es fruto, amados hermanos, de aquella confesión que, inspirada por el Padre en el corazón de Pedro, supera todas las incertidumbres de las opiniones humanas y alcanza la firmeza de la roca que no será nunca cuarteada por ninguna violencia. En toda la Iglesia, Pedro confiesa diariamente: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, y toda lengua que confiesa al Señor está guiada por el magisterio de esta confesión. (Sermón 3 en el aniversario de su consagración episcopal, 2-3: PL 54,145-146)

Catalina de Siena, la santa doctora de la Iglesia lo expresaba con una hipótesis absurda pero muy pedagógica: aunque el papa fuese «un demonio encarnado», yo debería someterme a su autoridad, puesto que es «el único que tiene las llaves de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo». Impresionante. Es fuerte. Dios no permitirá semejante pesadilla, aunque en otros tiempos permitió, para manifestar su misericordia y paciencia infinitas, y urgirnos a amar más y apoyar más a su Vicario en la tierra, que algunos papas no fueran de una pieza: mientras defendían la misma fe de Pedro (gran prodigio), su conducta dejaba mucho que desear. Catalina bien lo sabía y sufría y oraba y ayunaba y creía y amaba cada día más a la Iglesia y al Papa, fuese quien fuese, que en algunos momento no del todo bien se sabía. Estas cosas, lejos de hacernos dudar o tambalear en la fe y en el amor a Cristo, a su Iglesia y al Papa, como a Catalina, han de ponernos en pie, en vigilia y crecer en sentido de responsabilidad eclesial. Iglesia somos todos, oímos decir, con toda razón. Nada permite presagiar, al contrario, una elección desafortunada en el próximo Cónclave. Pero la Trinidad espera que todos los hijos de la Iglesia permanezcamos en vela hasta que el Cónclave termine. Que cada uno de nosotros, cuando oigamos el exultante «Habemus Papam!», podamos pensar con sinceridad: a este Papa –quien sea- lo he sacado yo adelante, es fruto de mi oración, de mis sacrificios y trabajos ofrecidos a la Trinidad por el Cónclave.

 

Estoy leyendo el reciente libro del prelado del Opus Dei Monseñor Echevarría, titulado Getsemaní. Es impresionante percibir cómo nos adentra en el drama del Huerto de los Olivos. Cómo los discípulos predilectos, los once que quedaban (Judas ya había consumado la traición) en lugar de velar y orar con Jesús que les reitera la necesidad de hacerlo, se ausentan, con ese modo peculiar de ausencia que es el sueño, la inconsciencia. Dejan a Jesús solo ante el enorme peso de la redención de la humanidad entera. No es extrapolar demasiado o salir por los cerros de Ubeda, decir sobre telón de fondo de Getsemaní, que ahora no podemos dejar solos a los Electores. No se encuentran en aquella angustiosa situación del Maestro, por supuesto. No tienen motivo de angustia, sino de serenidad, de paz y de esperanza gozosa en el Espíritu y en la rectitud de intención que les anima a todos. Van a ser instrumentos dóciles a la Gracia. Pero sobrecoge. Deben acertar. "Pronta, unánime y fructuosamente", les tiene dicho Juan Pablo II.

Con un toque de humorismo, el Patriarca de Venecia, Angelo Scola, afirmó ayer en su homilía que «el Espíritu Santo ha preparado ya desde hace tiempo su candidato, por lo que podemos tranquilizar a la Prensa: es cuestión tan sólo de esperar un poco». Sin duda. Pero no le interpretemos mal. La esperanza cristiana no es una «esperanza sedente» o «durmiente», es una esperanza activa, que va en busca de lo que ansía, que pide al Cielo lo que necesita, que clama sin parar, que urge al Amor, a la Misericordia, para que el don de Dios que se espera sea mejor aún que lo esperado.

Sucesor de Pedro, más que de Juan Pablo II. Lo cual no obsta, al contrario, para que el nuevo Papa, si gusta, se imponga el nombre y actúe como un perfecto Juan Pablo III. - 2005-04-12 Agradecemos a: www.arvo.net

 

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El misterio de la Santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: «Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios». Ahora bien, este reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: quienes la oyen con fidelidad y se agregan a la pequeña grey de Cristo, ésos recibieron el Reino; la semilla va después germinando poco a poco y crece hasta el tiempo de la siega. Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra: «Si expulso los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros». Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino a servir y a dar su vida para la redención de muchos. Mas como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó, se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre. Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el Reino consumado y, con todas sus fuerzas, espera y ansía unirse con su Rey en la gloria. Constitución Lumen gentium, 5 – VATICANO II

 

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El ministerio del sucesor de Pedro

 

Los días que vivimos nos hacen volver la vista, en primer lugar, al acontecimiento histórico del que la presencia del Papa es signo inevitable, a la historia a la que también nosotros pertenecemos: a la presencia y al obrar en el mundo de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, a su reunir y congregar a los hombres, comenzando por sus primeros discípulos, por la llamada de los doce apóstoles y especialmente de Pedro.
Los testimonios que nos transmite el Nuevo Testamento nos muestran cómo se guardó siempre –desde el principio mismo, e incluso tras la muerte de Pedro– la memoria de esta relación, de la misión singular dada por Jesús a Pedro en medio de los discípulos y de los apóstoles, como una riqueza dejada por Cristo a los suyos, para ayudarles a permanecer fieles en el tiempo a la verdad de la relación iniciada y fundamentada por Él mismo.
Así, le dice Jesús a Pedro: «Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos». Y, según la enseñanza de Mateo, tras la confesión de fe de Pedro, Jesús le promete las llaves de su Iglesia, con la autoridad de introducir o excluir de ella; pues de la verdad de la fe en Jesucristo pende el estar y vivir en la comunión con Él, en su Iglesia. De esta misma dinámica da testimonio el evangelio de Juan, cuando Cristo, habiendo restablecido misericordiosamente la relación con Pedro, que lo había negado tres veces durante la Pasión, le encomienda el cuidado, el pastoreo de sus ovejas: «Simón de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas».

La misión de Pedro

En todos los textos, la misión de Pedro tiene su fundamento en la gracia y la misericordia de Jesucristo y del Padre, que, venciendo los límites y pecados humanos, hacen posible la permanencia de Pedro en la verdadera fe, en el verdadero amor a Cristo.
Éste será el fundamento del ministerio del sucesor de Pedro, del Papa, a lo largo de los siglos, en toda la variedad de sus formas y concreciones históricas: es el testigo auténtico de la fe en medio del mundo, que, por gracia de Dios y a pesar del pecado humano, es salvaguardado por el Señor en la verdadera relación con Él, en la fe y el amor. En otras palabras, es el principio visible de la unidad de todos los fieles en la fe y en la comunión con Cristo.
Así, en su ministerio se hace transparente el cuidado y la atención permanente del Señor por los suyos: su presencia es signo visible de Jesucristo, que pastorea así, humana y visiblemente, a su Iglesia, para que permanezca verdaderamente unida a Él.
La conciencia eclesial del ministerio papal ha alcanzado su punto culminante en las enseñanzas dogmáticas del Concilio Vaticano I y en la Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, del Concilio Vaticano II.
A su luz, la teología contemporánea ha hecho un gran esfuerzo por comprender su ministerio y responder también a las inquietudes y problemas planteados por fieles de Iglesias o comunidades separadas. Aquí puede ser útil intentar recoger sintéticamente algunos frutos de este camino de reflexión, como una forma de profundizar algo más en los contenidos de la fe católica sobre el primado papal, teniendo presente aquellos aspectos que pueden estar más vivos en la conciencia actual de los cristianos.
La Constitución Lumen gentium resume sintéticamente el significado del ministerio papal, diciendo, en continuidad con el Vaticano I, que Jesucristo «instituyó en él para siempre el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión». Así pues, el Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, como todos los obispos, sucesores de los apóstoles, está al servicio del Evangelio de Jesucristo, para que se conserve «siempre vivo e íntegro en la Iglesia».
El Papa está llamado a cumplir esta misión según la modalidad propia del ministerio en la Iglesia de los sucesores de los apóstoles: es principio de unidad, pero de modo visible y secundario; ya que, evidentemente, no es él quien instituye por sí mismo la fe, los sacramentos o la unidad de la Iglesia, que son obra del único Señor y del único Espíritu. Por tanto, la comunión con el sucesor de Pedro es realmente criterio de la permanencia en la comunión jerárquica, en la Iglesia de Cristo, pero no porque sea él quien la constituye, sino porque es, de hecho, signo visible y objetivo de su presencia en la Historia.
Este hecho fundamental, que posibilita su particular ministerio en la Iglesia, no es ni podría ser fruto del poder del hombre llamado a tal misión; no es originado por su conciencia personal, por la perfección de su fe o por un ejercicio modélico, moralmente irreprensible, de sus responsabilidades como ministro. Pues ningún hombre –tampoco los apóstoles– ha sido llamado por Cristo para que se sitúe por encima de la Palabra de Dios y de la Iglesia, y determine en qué debe consistir la verdadera fe, sino para que acoja el Evangelio, participe gratuitamente en la comunión abierta por Cristo y dé testimonio suyo con la gracia del Espíritu. Esta anterioridad radical de Cristo se verifica igualmente en el caso del sucesor de Pedro: sólo el Espíritu, sin el cual nadie puede decir Jesús es el Señor, puede garantizar el mantenimiento de su testimonio en la verdad.
Por ello, puede concluirse legítimamente que sólo un don particular del Espíritu Santo puede hacer posible tal significado objetivo del ministerio petrino en su relación con la Iglesia universal. Este don no ha de ser indentificado con el fruto de ningún nuevo tipo o grado de sacramento; puede serlo, en cambio, con aquella peculiar asistencia del Espíritu –el carisma de la infalibilidad–, gracias a la cual el sucesor de Pedro, en el ejercicio de su ministerio, no se separará de la Iglesia universal. En efecto, gracias a este don, que asegura la permanencia del Papa en la verdad de la Tradición, el ministerio petrino puede ser para todo fiel signo visible de la presencia en la Historia de la Communio plena.
Por otra parte, esta particular asistencia del Espíritu califica la posición del obispo de Roma en la Iglesia de modo tal que la unidad con él es condición de la permanencia en la Communio; se hace posible así la comprensión de su peculiar autoridad o jurisdicción: para no separarse de la Communio plena, todos los fieles, entre los que se incluyen por supuesto los ministros ordenados, están llamados a vivir sus dones propios, su vocación y su misión, permaneciendo en unidad con el sucesor de Pedro.

El ministerio episcopal

En el caso particular del ministerio episcopal, la permanencia en unidad con el Papa significará también, en primer lugar, la garantía de que el ministro permanece en la unidad de la Iglesia, de cuya presencia en la Historia es principio visible el obispo de Roma.
En efecto, el ministerio episcopal, por su naturaleza sacramental, se encuentra al servicio de la presencia en la Historia de algo diferente y más grande de lo que el hombre puede construir solo, es decir, al servicio de la realidad de comunión del Cuerpo de Cristo. Ello no es posible, sin embargo, más que en la medida en que el ministro se encuentre realmente en dependencia de esta realidad cuya presencia afirma en la Historia. El ministerio papal, por ser criterio objetivo de la presencia de esta Iglesia, permite concretamente la existencia de tal relación de dependencia objetiva para con la Iglesia.
El ministerio papal no se substituye, pues, ni entra en competencia con el ministerio episcopal; al contrario, lo refuerza en su verdad, que es la de ser como un signo e instrumento al servicio de la manifestación en la historia de la obra de Cristo. Pues el obispo puede ser la cabeza de su Iglesia precisamente porque es signo de algo más que de sí mismo o de una interpretación humana cualquiera, es decir, porque es signo de la Iglesia universal, y ello es hecho posible justamente a través de la comunión con el Papa. En este sentido, puede comprenderse la discutida afirmación de la constitución Pastor aeternus, del Concilio Vaticano I, según la cual la dependencia del poder episcopal con respecto al primado papal, paradójicamente, no lo debilita, sino que lo refuerza y defiende.

Comunión y autoridad

Así entendida, la autoridad propia del sucesor de Pedro no existe nunca en la Iglesia como pura autoridad extrínseca, yuxtapuesta a su naturaleza sacramental, teniendo como único fundamento la relación de poder en la que uno es superior a otro y puede imponerle su voluntad. Aparece siempre, según su naturaleza, como principio visible de la unidad en la fe y en la comunión plena de la Iglesia; éste es el motivo por el que el cristiano puede responder con el «obsequio religioso de su inteligencia y voluntad».
Aunque los conflictos existirán siempre –y la Historia instruye sobre la dureza que pueden alcanzar dentro de la Iglesia–, las rupturas llegarán sólo cuando desaparezca completamente el horizonte de la comunión de la Iglesia como fundamento real de la relación. El reconocimiento de la autoridad del sucesor de Pedro no excluye, pues, posibles divergencias o debates; pero excluye que una interpretación personal de las cosas pueda ser punto de partida suficiente para instituir otro criterio objetivo de permanencia en la unidad de la Iglesia.
Lo normal no es, sin embargo, el conflicto extremo o la ruptura. En la vida cotidiana de la comunión, la autoridad propia del sucesor de Pedro es asumida en la Iglesia por su significado como principio de unidad en la fe y en la comunión, es decir con obsequio religioso, que, por supuesto, admite diversos grados, acordes a los diferentes modos de ejercicio de su autoridad por el ministro.
De este modo, partiendo del don que salvaguarda la objetividad de su permanencia en la unidad de la Iglesia, en el centro del ministerio petrino no se encuentra ninguna forma de poder humano, sino una particular gracia del Espíritu, que posibilita el cumplimiento de la misión del sucesor de Pedro. Pues, por un lado, el peculiar carisma de la infalibilidad no responde simplemente a una mera búsqueda humana de seguridad, típica de la Era Moderna, sino, más hondamente, a la necesidad de que la presencia de la obra divina en la Historia sea salvaguardada en su alteridad con respecto a la subjetividad humana. Y, por otra parte, el primado de jurisdicción no aparece simplemente como una cuestión de soberanía o de constitución monárquica o absolutista de la Iglesia, sino en referencia a la verdad de la presencia en la Historia de la comunión que proviene de Cristo.
Podría decirse, por tanto, que en el fundamento del ministerio petrino vige el principio contrario al absolutista, es decir, que veritas, non auctoritas facit legem: en este caso, la verdad de la permanencia del sucesor de Pedro en la comunión con Jesucristo. A partir de este rasgo fundamental, puede describirse la particular relación del Papa con la Iglesia: Pedro no se separará de la Iglesia, ni ésta de Cristo. Unido al sucesor de Pedro, el cristiano permanece en la unidad de la Iglesia de Cristo.
Se puede responder así, igualmente, a las objeciones que ven en el primado papal una forma de absolutismo, y no sólo recordando que, en general, está ligado a la Revelación, sino también que se encuentra vinculado a las formas queridas por Cristo para su transmisión histórica, de modo que ni la constitución ni la vida de la Iglesia son originadas por su poder o por su voluntad.
Por consiguiente, afirmar la permanencia del sucesor de Pedro en la verdad de la Iglesia no significa, tampoco jurisdiccionalmente, situarlo por encima de ésta, sino en ella. De hecho, es doctrina común que, por su ministerio, el Papa no está por encima de la Palabra de Dios, que se manifiesta en la regla de fe, en la enseñanza de los Concilios ecuménicos, incluso en el status generalis Ecclesiae. Por el contrario, en su ministerio da testimonio auténtico y sirve a la Palabra y los sacramentos, que provienen de Dios y son conservados y transmitidos por la Iglesia.
La Historia misma nos muestra que el significado para la Iglesia del ministerio papal no depende de que disponga de la teología más elaborada o de la política más eficaz, y ni siquiera de que haga un uso frecuente de su magisterio infalible; radica, más bien, en que la presencia del sucesor de Pedro es criterio objetivo y visible de la Comunión plena, de modo que los fieles pueden tener la certeza de que, unidos con él, permanecen en la verdadera fe, en la verdadera unidad que viene del Espíritu de Cristo.
Alfonso Carrasco – 2005.04.22 - España

 

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La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.

 

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Cristo cambia la vida. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la «metánoia» o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento. En los Evangelios, el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en «hacer camino» con Cristo; la segunda, en «caminar detrás» de Él, auténtico guía.

 

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La Iglesia es una, santa católica y apostólica porque Cristo así la fundó: Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, al que se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el Bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación. Para realizar esta misión, Cristo el Señor prometió a los Apóstoles el Espíritu Santo, y lo envió desde el cielo el día de Pentecostés, para que con su poder fueran sus testigos ante las naciones, los pueblos y los reyes hasta los extremos de la tierra. Esta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio que, en la Escritura, recibe significativamente el nombre de diaconía, o ministerio.
Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con sus ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada, que ejercen, sin embargo, únicamente para construir su rebaño en la verdad y santidad, recordando que el mayor debe hacerse como el menor y el superior como el servidor. Esta potestad, que desempeñan personalmente en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata. Su ejercicio, sin embargo, está regulado en último término por la suprema autoridad de la Iglesia, que puede ponerle ciertos límites con vistas al bien común de la Iglesia o de los fieles. En virtud de esta potestad, los obispos tienen el sagrado derecho y el deber ante Dios de dar leyes a sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo lo referente al culto y al apostolado.

Constitución Lumen gentium, 24. 27 – Concilio de la Iglesia – Vaticano II

 

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"La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que empieza a vivir, es decir, lo más inocente que en absoluto se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura. Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente". (Evangelium Vitae, nº58) de la Iglesia Católica.

 

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Todo el que busca la verdad, sea consciente o no, sigue un sendero que en último término lleva a Dios, que es la Verdad misma. S. S. Juan Pablo II (8-XI-2004)

 

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El Dios que es creador y que se expresa en su creación, da también a la acción humana dirección y medida», dijo el Papa S.S. Benedicto XVI. El sr. Kolakowski ha llamado la atención sobre el hecho de que la eliminación de la fe en Dios lo que hace en definitiva es quitar a la ética su fundamentación. Si ni el mundo ni el hombre vienen de una razón creadora, que se inscribe en la existencia del hombre, lo único que queda son las normas que se justificarán o se rechazarán según su utilidad. El Papa se pregunta si «una nueva clase de señores va a tener en sus manos la llave de la existencia de los hombres. Desaparece la inviolabilidad de la dignidad humana, porque ya no hay nada que sea bueno o malo por sí mismo». MMVI

 

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Juan Pablo II dijo que cuando la fe penetra verdaderamente en un pueblo, se hace cultura. A diferencia de la clásica, que no puede substraerse al influjo de lo trágico y de la moderna, que se mueve entre la nostalgia y la desesperanza, la Iglesia, donde está presente, engendra a la esperanza.
   Mientras el Partenón o las pirámides de Egipto las conservan los arqueólogos, las catedrales son sostenidas por la oración de los que acuden a ellas. Incluso nos tomamos la libertad de afear las paredes con el humo de las velas que encienden los devotos. Sin duda el tema está en el hombre y en todo lo que le atañe. Sin quererlo ni buscarlo, aunque haya sus excepciones, el catolicismo ha sido relegado al banquillo de los acusados. Los apologetas, algunos santos, esgrimieron los mejores argumentos, y los mártires agotaron los recursos de la defensa. Pasado ese choque inicial vinieron unos cuantos siglos en los que donde había un hombre se reconocía la Iglesia y, en ella, se encontraban todos. ¿Hubiera sido eso posible si san Benito no nos hubiera enseñado la importancia de poner las manos en el arado?

 

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P-¿Qué decir de Miguel Servet, como científico y también teólogo? ¿Y qué decir que Calvino autorizó la quema dictada por las autoridades protestantes?

 

R-Como dedicado a las ciencias del cuerpo humano, fue realmente notable en el conocimiento de la circulación sanguínea; todo lo contrario fue como teólogo, una calamidad por su incapacidad. Debido a sus herejías teológicas, el Tribunal de la Inquisición deseaba interrogarle y huye por varios países. La Inquisición protestante en Ginebra [hoy Suiza] le ubica y dicta sentencia a muerte en la hoguera, con la aprobación de Calvino. La ciudad a orillas del lago Leman que le vio arder, colocó una piedra con una placa en el mismo lugar. Europa aprendió que nunca se debe quemar a la gente por sus ideas, al menos mientras no nos impongan la ley mahometana de la ‘sharía’.

 

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P-¿Qué hay de verdad en que Lutero abogó por la expulsión y exterminio de los judíos?

 

R-La actitud de Lutero hacia los judíos fue muy cambiante. Inicialmente, compasiva o respetuosa, después muy negativa-odiosa. Lutero leyó un escrito judío en el que se acusaba a la Santísima Virgen María de ser una prostituta que había concebido a Jesús ejerciendo su oficio. En ese momento, Lutero redactó un escrito en el que abogaba por aplicar a los judíos –literalmente– un decreto de expulsión como el promulgado por los reyes católicos, cuyo ejemplo cita expresamente. Dado que Lutero carecía de poder político el elector de Sajonia –que era protestante y era su príncipe– no le hizo ni caso. Por otro lado, el escrito fue muy criticado por personas cercanas a Lutero como el propio Melanchthon que consideraba que el ejemplo español no podía seguirse bajo ningún concepto. Es de notar que si Lutero hubiera cultivado las virtudes de la prudencia y humildad, a ejemplo de los Reyes Católicos, probablemente no hubiera llegado a diatribas tan injuriosas contra los judíos, cosa igual nunca se oyó en boca de los Reyes Católicos. 

 

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P-Sobre la teoría de la guerra justa en el cristianismo… siendo los evangelios tajantes en lo que al pacifismo se refiere, ¿no cree que la defensa de la guerra, aunque sea defensiva, consiste en una desvirtuación de los Evangelios?

 

R-El nuevo Testamento no habla expresamente de ‘guerra justa o injusta’; sí da la clave para actuar en defensa de la verdad, defensa de la justicia, defensa de la verdadera paz. El Evangelio no es en nada tajante sobre el pacifismo, al contrario: considera bienaventurado al artesano de paz, no al pacifista. El artesano de la paz construye la pacificación con el perdón, procura la justicia, obra solo en la verdad. El pacifismo puede contener en su doctrina errores tan fatales como aceptación del comunismo, nazismo y otras hiervas que tanto mal hicieron en el siglo XX, por el hecho de ‘vivir en paz’… la paz de los cementerios como decían los romanos. En la historia de la Iglesia Católica durante 2000 años, hubo diversas tendencias solidamente defendidas, ya que la misma palabra ‘guerra’ va sujeta a cada contexto histórico, irremediablemente; y allí opera el libre albedrío con necesidad de la racionalidad y capacidad de autocontrol para escoger responsablemente. Y dentro de la Iglesia, sea por grupos marginales, sea por órdenes religiosas y otros, tuvieron posiciones a menudo opuestas. Basta ver el inicio del tercer milenio y política como cristianamente, nos encontramos con puntos de vistas diversos por corto o largo tiempo. MMVI

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 

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Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.

 

¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»

 

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«El cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano» - En un libro sagrado, muy querido para millones de creyentes, se lee que, en el comienzo de los tiempos, Dios creó el universo en todos sus maravillosos aspectos: el cielo, la tierra, el mar y, al final, creó al hombre como rey de este cosmos, confiándolo a sus cuidados. Es la narración del Génesis.

La visión de la Iglesia católica, y de la Santa Sede en particular, sobre los problemas que se debaten aquí, se inspira en esas páginas de la Biblia. Permítanme que, por un breve momento, recordemos estas páginas que pertenecen al patrimonio de la humanidad. Ellas nos dicen que el cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano, que ocupa un lugar central en el mundo, para que lo gobierne con sabiduría y responsabilidad, respetando el orden que Dios ha establecido en su creación (cf. Juan Pablo II Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 6).

 

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EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS   

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas. 

Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.   

“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).   

“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).   

 

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«Decálogo católico» sobre ética y ambiente

 

Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005  expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
 
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.

2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.

3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.

4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.

5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.

6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.

7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.

8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.

9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.

10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.

 

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Gracias por venir a visitarnos.

 

Recomendamos vivamente: Filología e historia de los textos cristianos.

Giovanni María Vian – Editorial Ediciones Cristiandad – 2006. Este libro dibuja por primera vez una historia general de los textos cristianos y de su significado en la historia de la cultura, desde los orígenes de la Biblia al sc. XX, pasando por la confrontación con el judaísmo y el helenismo, el nacimiento de la filología cristiana con Orígenes, Eusebio y Jerónimo, la Edad Media entre el Oriente bizantino y el Occidente latino, el esplendor del humanismo, la gran erudición entre los siglos XVI y XVIII, la relación problemática de la tradición cultural cristiana con la modernidad.

 

 

Recordemos siempre: hay un hecho relevante y es que el cristianismo nace en el "fracaso de la Cruz". A diferencia de otras religiones exitosas, Moisés o Mahoma, su fundador no disfrutó ni legisló sobre el amor y la guerra. Por eso el cristianismo no está ligado a una cultura como pueda estarlo el judaísmo o el islám.    


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