Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
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Del comentario de Orígenes, presbítero de la Iglesia Católica - sobre el evangelio de san Juan - (Tomo 10, 20: PG 14, 3 70-3 7 1).    Cristo hablaba del templo de su cuerpo -  Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Los amadores de su propio cuerpo y de los bienes materiales -se deja entender que hablamos aquí de los judíos-, los que no aguantaban que Cristo hubiera expulsado a los que convertían en mercado la casa de su Padre, exigen que les muestre un signo para obrar como obra. Así podrán juzgar si obra bien o no el Hijo de Dios, a quien se niegan a recibir. El Salvador, como si hablara en re ad del templo, pero hablando de su propio cuerpo, a la pregunta: ¿Qué signos nos muestras para obrar así?, responde: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

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Sin embargo, creo que ambos, el templo y el cuerpo de Jesús, según una interpretación unitaria, pueden considerarse figuras de la Iglesia, ya que ésta se halla construida de piedras vivas, hecha templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, construido sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular el mismo Cristo Jesús que, a su vez, también es templo. En cambio, si tenemos en cuenta aquel otro pasaje: Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro, parece que la unión y conveniente disposición de las piedras en el templo se destruye y descoyunta, como sugiere el salmo veintiuno, al decir en nombre de Cristo: Tengo los huesos descoyuntados. Descoyuntados por los continuos golpes de las persecuciones y tribulaciones, y por la guerra que levantan los que rasgan la unidad del templo; pero el templo será restaurado, y el cuerpo resucitará el día tercero; tercero, porque viene después del amenazante día de la maldad, y del día de la consumación que lo seguirá.

Porque llegará ciertamente un tercer día, y en él nacerá un cielo nuevo y una tierra nueva, cuando estos huesos, es decir, la casa toda de Israel, resucitarán en aquel solemne y gran domingo en el que la muerte será definitivamente aniquilada. Por ello, podernos afirmar que la resurrección de Cristo, que pone fin a su cruz y a su muerte, contiene y encierra ya en sí la resurrección de todos los que formamos el cuerpo de Cristo. Pues, de la misma forma que el cuerpo visible de Cristo, después de crucificado y sepultado, resucitó, así también acontecerá con el cuerpo total de Cristo formado por todos sus santos: crucificado y muerto con Cristo, resucitará también como él. Cada uno de los santos dice, pues, como Pablo: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Por ello, de cada uno de los cristianos puede no sólo afirmarse que ha sido crucificado con Cristo para el mundo, sino también que con Cristo ha sido sepultado, pues, si por nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo, como dice san Pablo, con él también resucitaremos, añade, como para insinuarnos ya las arras de nuestra futura resurrección.

 

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Odas de Salomón (texto cristiano hebreo, principio del s. II) No 30

 

El agua del bautismo nos sana y nos da la vida verdadera - Sacad agua de la fuente del Salvador, porque ella está abierta para vosotros. (cf Is 12,3).
Venid, todos los sedientos (Is 51,1) a por agua, recibid el agua que apaga la sed.
Descansad en la fuente del Señor, fuente pura y transparente; ella apacigua vuestras almas.
Sus aguas son dulces más que la miel, no le iguala el néctar de las abejas, brota de la boca del Señor, del corazón del Señor. (cf Jn 7,38)
Se derrama, eterna e invisible. Antes de manifestarse, nadie la había visto.
¡Dichosos los que bebieron en esta fuente y han apagado su sed!

 

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Primeros mártires de la Iglesia Católica en Roma

 

Nada sabemos de sus nombres, salvo que los apóstoles Pedro y Pablo encabezaron este ejército de los primeros mártires romanos, víctimas en el año 64 de la persecución de Nerón tras el incendio de Roma. A veces me he preguntado si estaría entre ellos una ilustre dama romana, Pomponia Graecina, esposa de Aulo Plaucio, gobernador de Britania. Antiguas leyendas incluso hacen de Pomponia una princesa britana y la relacionan con los orígenes del cristianismo en las Islas Británicas. Pero no parece probable que aquella mujer se contara entre los mártires de la primera persecución contra los cristianos. Sin embargo, hay indicios escritos y arqueológicos que permiten asegurar que hacia el año 57 ó 58, Pomponia dio también testimonio, aunque incruento, de su fe cristiana. Los Anales de Tácito (XIII, 32) aseguran que fue acusada de “superstición extranjera”, algo que podría hacer referencia a su condición de cristiana. Se constituyó un tribunal doméstico, presidido por su marido, y que finalmente proclamó la inocencia de la esposa, tras una indagación sobre su vida y su fama. Con todo, Tácito atribuye a Pomponia el carácter de “una persona afligida”, alguien que durante cuarenta años llevó luto por el asesinato de Julia, una víctima más entre los miembros de una familia imperial, diezmada por las ejecuciones o envenenamientos que el círculo del poder disponía de forma arbitraria. Acaso esa aflicción no procediera de una mera tristeza humana sino del deseo de mantenerse al margen de una sociedad marcada por el crimen y la corrupción. Quizás la tristeza que Tácito ve en Pomponia no fuera tal sino un aire de seriedad, una expresión de desaprobación por un ambiente en el que no se respira a gusto, pero en el que hay que estar necesariamente en función de las obligaciones familiares y sociales. Habría que pensar que Pomponia no borraría por completo su afabilidad femenina y su “saber estar”, pese a algunas apariencias externas. En el cristiano no puede caber la tristeza. Las únicas lágrimas que puede derramar son las del amor, como las que derramó Cristo a la vista de Jerusalén. Pero cuando alrededor de alguien, se extienden las risas maliciosas, las alusiones de dudoso gusto y, en general, todas las dimensiones de las lenguas desatadas, es comprensible que pueda adoptar una expresión de seriedad. Sea como fuere, Pomponia padeció en su fama y en su ánimo por seguir a Cristo. Como en todas las épocas, los cristianos que están en el mundo, pero no son del mundo, son señalados con el dedo, tachados de locos o etiquetados con calumnias.

 

Pomponia Graecina es también un personaje secundario de la célebre novela Quo Vadis de Henryk Sienckewicz. La matrona romana acoge en su casa y educa en la fe cristiana a Ligia, la hija del rey de los ligios reducida a la esclavitud. El novelista polaco presenta a Pomponia como un modelo de virtud femenina en una sociedad corrompida. En las páginas de su obra se trasluce que ha leído a Tácito, sobre todo cuando describe la persecución neroniana, cuando “se empezó a detener abiertamente a los que confesaban su fe” (Anales XV, 44). Tácito no expresa la menor simpatía por los cristianos, tal y como demuestran los calificativos que aparecen en el muchas veces citado pasaje: “ignominias”, “execrable superstición”, “atrocidades y vergüenzas”, “odio al género humano”, “culpables”, “merecedores del máximo castigo”... Lo de menos es que fuera verdad o mentira que los cristianos hubieran incendiado Roma, el odio se había desatado y todos tenían que morir. Poco más de treinta años después de la crucifixión de Cristo, se cumplía el pronóstico del Maestro de que sus seguidores serían también perseguidos y de que serían odiados por su causa. Tácito especifica claramente los géneros de muerte que se aplicaron a los cristianos: “A su suplicio se unió el escarnio, de manera que perecían desgarrados por los perros tras haberlos hecho cubrirse con pieles de fieras, o bien clavados en cruces, al caer el día, eran quemados de manera que sirvieran como iluminación durante la noche”.

 

Juan Pablo II reflexionó sobre aquellos primeros mártires de la Iglesia romana con motivo del preestreno de un film polaco, que pudo ver en la tarde del 30 de agosto de 2001. Se trataba de la quinta versión cinematográfica de Quo Vadis, adaptado y dirigido por Jerzy Kawalerowicz, uno de los más importantes directores de la cinematografía polaca desde la década de 1960. Me sorprendió que Kawalerowicz dirigiera esta película, dados sus antecedentes: realizó Madre Juana de los Ángeles, escandalosa crónica de un supuesto caso de posesión demoníaca en un convento francés del siglo XVII, y también fue autor de Faraón, una superproducción en la que presentaba a un desconocido faraón, Ramsés XIII, como un gobernante manipulado por los sacerdotes de Amón. Detrás de esta historia algunos críticos veían una referencia a la Iglesia católica en sus relaciones con el Estado polaco. Pero en Polonia han cambiado muchas cosas. El hoy octogenario Kawalerowicz se hacía, con ocasión del lanzamiento de su película, esta pregunta: Quo vadis, homo?, ¿Hacia dónde va el hombre contemporáneo? Tras la proyección de Quo Vadis, el Papa matizaba la misma pregunta: “¿Vas al encuentro de Cristo o sigues otros caminos que te llevan lejos de él y de ti mismo?”. El recuerdo de los primeros mártires romanos era para Juan Pablo II mucho más que un dato histórico. De allí surge una reflexión enteramente actual, una llamada para los cristianos de hoy de tiempos futuros: “Es necesario recordar el drama que experimentaron en su alma, en el que se confrontaron el temor humano y la valentía sobrehumana, el deseo de vivir y la voluntad de ser fieles hasta la muerte, el sentido de la soledad ante el odio inmutable y, al mismo tiempo, la experiencia de la fuerza que proviene de la cercana e invisible presencia de Dios y de la fe común de la Iglesia naciente. Es preciso recordar aquel drama para que surja la pregunta: ¿algo de ese drama se verifica en mí?”. Estas palabras del Papa nos recuerdan que, tarde o temprano, los cristianos son llamados a ser mártires, es decir testigos. Pocos serán los que derramarán su sangre, al menos en los países del mundo desarrollado. La mayoría experimentarán, en cambio, la incomprensión, el ridículo o el odio. Tendrán que pedirle a Cristo la fortaleza suficiente para no negarle delante de los hombres.

  

Es necesario orar sin interrupción para que el Señor se digne salvarnos, introduciéndonos en la gloria por los siglos de los siglos. Amen (1Tes. 5, 17, 2Tim. 4, 18).

 

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Martirio - En el camino de la historia, con frecuencia oscuro para la Iglesia, los mártires son la gran luz que refleja mejor a Aquel hacia quien ella "continúa su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (Lumen gentium, 8), nuestro Señor Jesucristo.

 

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LOS MÁRTIRES - A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron sus vidas por Dios el pueblo comenzó a llamarles mártires porque no tuvieron ninguna implicación política ni hicieron la guerra contra nadie. Por ello, no se les puede considerar caídos en acciones bélicas, ni víctimas de la represión ideológica, sino mártires de la fe.

 

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Tradición y Biblia - Escritura de la Iglesia Católica, años 35 d.C. El testimonio más antiguo de la resurrección es el de Pablo, y dice así: «Os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago, y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara» (1 Corintios 15, 3-8). La fecha en la que se escribieron estas palabras es el 56 o 57 d.C. El núcleo central del texto, sin embargo, está constituido por un credo anterior que San Pablo dice haber recibido él mismo de otros. Teniendo en cuenta que Pablo conoció tales fórmulas inmediatamente después de su conversión, podemos situarlas en torno al año 35 d.C., eso es, unos cinco o seis años después de la muerte de Cristo. Testimonio, por lo tanto, de raro valor histórico. 
 

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Los Padres Apostólicos

Este nombre está reservado en la Iglesia para aquellos varones insignes, eminentes en ciencia y santidad, que, aunque no pertenecieron al Colegio Apostólico, convivieron con los Apóstoles o pertenecieron a su tiempo.

Uno de los padres apostólicos es Bernabé, compañero de San Pablo. Otro es Clemente, el gran obispo de Roma, tercer sucesor de San Pedro. También lo fueron Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna, mártires y otros.

Los Santos Padres

Se dan en ellos estas cualidades:

La Santidad de vida, reconocida por la Iglesia.
Ciencia eminente en comunión con la Iglesia.
Vivieron en los primeros siglos de la Iglesia.

Los cuatro grandes santos padres de la Iglesia de Occidente son: san Ambrosio de Milán, san Jerónimo, san Agustín, san Gregorio Magno. Los cuatro egregios santos padres de la Iglesia de Oriente son: san Atanasio, san Basilio, san Juan Crisóstomo, y san Gregorio Nacianceno.

 

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Misión de conservar íntegro

el depósito de la FE


Conscientes
de haber recibido por la imposición de manos la misión de conservar íntegro el depósito de la fe (cf. 1 Tm 6, 20) y atentos a la voz de tantos fieles que se sienten zarandeados por cualquier viento de doctrina (Ef 4, 14), hablando con una sola voz en comunión con el Sucesor de Pedro, como testigos de la Verdad divina y católica, queremos ofrecer una palabra de orientación y discernimiento ante determinados planteamientos doctrinales, extendidos dentro de la Iglesia, y que han encontrado una difundida acogida también en España, perturbando la vida eclesial y la fe de los sencillos.

Nos mueve a ello, únicamente, la solicitud pastoral. Estamos convencidos de que la nueva evangelización no podrá llevarse a cabo sin la ayuda de una sana y honda teología, en la que refuljan el espíritu de fe y la pertenencia eclesial. Para velar por la comunión real en la fe y en la caridad, nuestra misión magisterial, sin coartar la legítima autonomía de la reflexión teológica, debe custodiar su fidelidad a la Palabra de Dios escrita y transmitida. El anuncio del Evangelio será mediocre mientras pervivan y se propaguen enseñanzas que dañan la unidad e integridad de la fe, la comunión de la Iglesia y proyecten dudas y ambigüedades respecto a la vida cristiana.

 

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El texto cristiano más antiguo de la península

Ibérica es traducido a nueve idiomas


L. R. R.

Barcelona-ESPAÑA- El documento cristiano más antiguo de la península Ibérica ya está al alcance de casi todos. Se trata de las auténticas «Actas del martirio de los santos Fructuoso, obispo, y Augurio y Eulogio, diáconos», que fueron originariamente escritas en latín y que ya han sido traducidas a nueve idiomas modernos -desde el francés e inglés hasta el árabe y el turco-.
   Esta labor se ha realizado gracias al proyecto de la Asociación Cultural San Fructuoso que ha contado además con el apoyo del arzobispo metropolitano de Tarragona, monseñor Jaume Pujol Balcells.
   Cabezas visibles. Los documentos relatan los pormenores de la detención, juicio y muerte de estos tres santos mártires tarraconenses, que fueron sacrificados en el año 259, durante la persecución decretada por el emperador romano Valeriano. Bajo su imperio sucumbieron también las principales cabezas visibles de la Iglesia católica de aquellos primeros siglos, como fue el caso de los papas san Esteban I y san Sixto II o el obispo de Cartago san Cipriano.
   Además del latín y las traducciones al español y al catalán, las actas cuentan incluso con versiones en los idiomas francés, inglés, italiano, rumano, turco, árabe y amazig (bereber).
   Pero la labor de traducción no se queda ahí solamente, puesto que está previsto que las actas estén pronto disponibles en otros tantos idiomas como el alemán, el húngaro, el polaco, el chino, el ruso y el griego moderno. Efe – LR.ESP. 2006

 

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Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, "porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo" (Hugo de San Víctor, De arca Noe 2,8: PL 176, 642; cf. Ibid., 2,9: PL 176, 642-643).

135 "La sagrada Escritura contiene la palabra de Dios y, en cuanto inspirada, es realmente palabra de Dios" (DV 24).

136 Dios es el Autor de la Sagrada Escritura porque inspira a sus autores humanos: actúa en ellos y por ellos. Da así la seguridad de que sus escritos enseñan sin error la verdad salvífica (cf. DV 11).

137 La interpretación de las Escrituras inspiradas debe estar sobre todo atenta a lo que Dios quiere revelar por medio de los autores sagrados para nuestra salvación. Lo que viene del Espíritu sólo es plenamente percibido por la acción del Espíritu (Cf Orígenes, hom. in Ex. 4,5).

138 La Iglesia recibe y venera como inspirados los cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento y los veintisiete del Nuevo.

139 Los cuatro evangelios ocupan un lugar central, pues su centro es Cristo Jesús.

140 La unidad de los dos Testamentos se deriva de la unidad del plan de Dios y de su Revelación. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo mientras que éste da cumplimiento al Antiguo; los dos se esclarecen mutuamente; los dos son verdadera Palabra de Dios.

141 "La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo" (DV 21): aquellas y éste alimentan y rigen toda la vida cristiana. "Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero" (Sal 119,105; Is 50,4).

 

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Evangelio según San Marcos.

P: ¿Por qué San Marcos escribió el Evangelio?

R: En la investigación –autor, lugar y fecha de composición- los tres conceptos van unidos, al menos en el caso de Marcos. San Marcos, que no es del grupo de los apóstoles, sino discípulo de los apóstoles, escribe el Evangelio a petición de la Iglesia, após el momento de la muerte -en Roma (crucificado cabeza abajo)- de Pedro, para preservar la predicación del apóstol. Entonces, vemos como la Iglesia Católica iba inscribiendo sus primeros pasos, lo que componen hoy parte de la Escritura. El testimonio mas antiguo que tenemos –entre otros-, es el de Papías de Hierápolis (años 60-130), dice así: «Marcos, que fue intérprete de Pedro, puso cuidadosamente por escrito, aunque sin orden, lo que recordaba de lo que el Señor había dicho y hecho. Porque él no había oído al Señor ni lo había seguido, sino, como dije, a Pedro más tarde, el cual impartía sus enseñanzas según las necesidades y no como quien hace una composición de las sentencias del Señor, pero de suerte que Marcos en nada se equivocó al escribir algunas cosas tal como las recordaba» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 3,39,14-15). El texto de Marcos se compuso en Roma, poco antes del año 70; esta apreciación no ha cambiado mucho en la investigación moderna.

[La presenza di Pietro a Roma è sostenuta dalla maggioranza degli specialisti, tra cui i più grandi storici protestanti dell´Ottocento e del Novecento. Ireneo di Lione attesta la presenza di Pietro ed il suo martirio nella capitale dell´Impero. Il grande storico Eusebio afferma, forse sulla base di un testo di Origene andato perduto, che Pietro fu crocifisso a testa in giù secondo la richiesta dello stesso apostolo (Storia ecclesiastica II, 25, 5-8 e III, 1, 2-3).
Il primo degli apostoli fu ucciso sotto Nerone probabilmente nel 67 d.C.].-

 

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La necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio.
Al inicio del tercer milenio, la Iglesia que camina en España está llamada a vivir una nueva primavera de cristianismo, pues ha sido bañada y fecundada con la sangre de
tantos mártires. Sanguis martyrum, semen christianorum! ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos! (TERTULIANO, Apol., 50,13: CCL 1,171). Esta expresión, acuñada durante las persecuciones de los primeros siglos, debe hoy llenar de esperanza vuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización. Contáis para ello con la ayuda inigualable de vuestros mártires. Acordaos de su valor, "fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre" (Hb 13,7-8).

Que María, Reina de los mártires, nos ayude a escuchar e imitar a su Hijo. A Ella, que acompañó a su divino Hijo durante su existencia terrena y permaneció fiel a los pies de la Cruz, le pedimos que nos enseñe a ser fieles a Cristo en todo momento, sin decaer ante las dificultades; nos conceda la misma fuerza con que los mártires confesaron su fe - S.S. Juan Pablo II – Magno, 11.III. MMI

 

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La secularización contemporánea va acompañada de una fragmentación y de un empobrecimiento de la vida interior espiritual del hombre. Así la secularización debilita aún más la comunión espiritual entre los cristianos. Por eso, juntos debemos unir hoy la búsqueda de la santidad de la vida cristiana con la realización de la unidad cristiana. Bajo esta luz y desde esta perspectiva del ecumenismo de la santidad, que nos han demostrado los mártires y los confesores de la fe del siglo XX, es preciso que nosotros, como pastores de la Iglesia, primeros responsables de la unidad de la fe y de la vida cristiana, guiemos ahora, en el siglo XXI, al clero y a nuestros fieles, y sobre todo a los jóvenes de las escuelas de teología que forman a los sacerdotes y misioneros.

 

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"El Señor Jesucristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa" (Flp 3,21). Estas palabras de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura de la liturgia de hoy, nos recuerdan que nuestra verdadera patria está en el cielo y que Jesús transfigurará nuestro cuerpo mortal en un cuerpo glorioso como el suyo. El Apóstol comenta así el misterio de la Transfiguración del Señor que la Iglesia proclama en este segundo domingo de Cuaresma. En efecto, Jesús quiso dar un signo y una profecía de su Resurrección gloriosa, en la cual nosotros estamos llamados también a participar. Lo que se ha realizado en Jesús, nuestra Cabeza, tiene que completarse también en nosotros, que somos su Cuerpo.
Éste es un gran misterio para la vida de la Iglesia, pues no se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte. La vida de los santos y el
testimonio de los mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.
Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres "transfigurados"? La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.

 

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Debe observarse la antigua tradición de colocar bajo el altar fijo reliquias de Mártires o de otros Santos, según las normas litúrgicas.

 

Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: ´¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?´ (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

 

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En todos los mártires, la Iglesia ha encontrado siempre una semilla de vida. Tanto es así, que podemos afirmar que las comunidades de los primeros tiempos se fraguaron en la sangre de los mártires. Pero el martirio no es una realidad perteneciente al pasado, sino también una realidad del tiempo actual. Por ello, he escrito en la reciente Carta apostólica ¿no lo será también para el siglo y milenio que estamos iniciando? (cf. Novo millennio Ineunte, 41).

 

En efecto, es una realidad constatada que en nuestro tiempo han vuelto los mártires. Y si bien es cierto que los tiempos han cambiado, también lo es que cada día surge la posibilidad de seguir padeciendo sufrimientos por amor de Cristo. El horizonte que se presenta delante de nosotros es, pues, amplio y apasionante. Los cristianos siempre y en todo lugar han de estar dispuestos a difundir la luz de la vida, que es Cristo, incluso hasta el derramamiento de sangre (cf. Dignitatis humamae, 14). Debemos estar dispuestos a seguir las huellas de los mártires y a vivir, como ellos, la santidad plenamente con Él, por Él y en Él.

La herencia de estos valientes testigos de la fe, "archivos de la Verdad escritos con letras de sangre" (Catecismo de la Iglesia católica, 2474), nos ha legado un patrimonio que habla con una voz más fuerte que la de la indiferencia vergonzante. Es la voz que reclama la urgente presencia en la vida pública. Una presencia viva y serena que con la meridiana transparencia del Evangelio nos llevará a presentar con naturalidad, pero también con firmeza su siempre actual radicalidad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Se trata, pues, de un legado cuyo lenguaje es el del testimonio. Que este patrimonio siga produciendo frutos abundantes a través de vuestras vidas y compromiso y ponga de manifiesto la extraordinaria presencia del Misterio de Dios que, actuando siempre y en todo lugar, nos llama a la reconciliación y a la vida nueva en Cristo.

 

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Los mártires son los testigos privilegiados de la realeza de Cristo. En ellos había una conciencia clara de que el reinado de amor de Cristo debía ser instaurado, aun a costa de su propia vida. Igualmente, la fe de los mártires es una fe probada, como atestigua la sangre que por ella han derramado (San Agustín, Sermón 329). Ellos, junto con todos los santos, son los benditos que han de tomar posesión del Reino preparado para ellos, desde la creación del mundo (cf. Mt 25, 34).

 

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Nuestros mártires deben ser también para nosotros un modelo de amor incondicional a Dios y al prójimo. El ejemplo de su vida e intercesión deben ayudarnos a vivir generosamente nuestra vida, de cara a los demás, recordándonos siempre de las palabras de Jesús:  "Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron" (Mt 25, 50).

La caridad que estamos llamados a vivir, el mandamiento nuevo (Jn 13, 34), supera todo límite impuesto por una lógica humana y egoísta. Se trata de una caridad que se traduce en unidad, respeto, servicio, ayuda eficaz y efectiva al necesitado; de una caridad vivida, muchas veces, de manera heroica, dentro de la misma familia y fuera de ella; de una caridad que, a ejemplo de Cristo y de sus mártires, está siempre dispuesta a perdonar.

 

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Mártires y transfiguración - Lo que se ha realizado en Jesús, nuestra Cabeza, tiene que completarse también en nosotros, que somos su Cuerpo.

Éste es un gran misterio para la vida de la Iglesia, pues no se ha de pensar que la transfiguración se producirá sólo en el más allá, después de la muerte. La vida de los santos y el testimonio de los mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres "transfigurados"? La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.

 

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Mártires. Sanguis martyrum, semen christianorum! ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos! (Tertuliano, Apol., 50,13: CCL 1,171). Esta expresión, acuñada durante las persecuciones de los primeros siglos, debe hoy llenar de esperanza vuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización. Contáis para ello con la ayuda inigualable de vuestros mártires. Acordaos de su valor, "fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre" (Hb 13,7-8).

Que María, Reina de los mártires, nos ayude a escuchar e imitar a su Hijo. A Ella, que acompañó a su divino Hijo durante su existencia terrena y permaneció fiel a los pies de la Cruz, le pedimos que nos enseñe a ser fieles a Cristo en todo momento, sin decaer ante las dificultades; nos conceda la misma fuerza con que los mártires confesaron su fe.

 

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Primeros y principales autores cristianos

 

Son numerosísimos los escritores que confirman la fe cristiana, y muy abundantes también sus escritos, voy a hacer una recopilación de los primeros y principales autores cristianos conocidos, lógicamente exceptúo a los escritores del Nuevo testamento; Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pablo, Santiago, Pedro y Judas.

 

Desde la muerte de los apóstoles hasta la paz de la Iglesia en el año 313

          Los Padres Apostólicos( Hasta la mitad del siglo II)

 

  • La Didajé, enseñanzas griegas del siglo I.
  • San Clemente de Roma, después del año 96.
  • San Ignacio, Obispo de Antioquñia, martir en el año 110.
  • San Policarpo, Obispo de Esmirna, hacia el aó 130.
  • Epístola a Bernabé, autor desconocido, quizá de Alejandría, hacia el 138.
  • El Pastor, de Hermas, final siglo I o del II.
  • Segunda carta a los Corintios, falsamente atribuida a Clemente.

Apologistas Griegos

  • Epístola a Diogneto, de Cuadrato, año 123-124.
  • Apología a Adriano, de Arístides, de Atenas, año 123-124.
  • Apología de Aristón de Pella, año 140 y perdida.
  • Varias de San Justino Martir, era de Siquem, muere el 165.
  • Taciano el Sirio, Concordia de los cuatro evangelios, Diatessaron.
  • Milciades, perdidas.
  • Apolinaaar.
  • Atenágoras de Atenas, escrita en el 177.
  • Teófilo de Antioquia, nace cerca del Eúfrates, escrita hacía el 180.
  • Melitón de Sardes, escrita en el 170.
  • Hermias.

La literatura antiherética contra; gnósticos, maniqueos y montanistas. 

  • San Irineo de Lyon, nace en Asia, hacia el 150.

La escuela Alejandrina

  • Clemente de Alejandría (150-215).
  • Orígenes (185-253), De él es la célebre frase, “Fuera de la Iglesia no hay salvación”

Romanos

  • Minucio Felix, en Roma, año 197.
  • San Hipólito, en Roma, muere el año 235, “Del porque de la Encarnación”.
  • Novaciano, en Roma, el 253 se separa de la Iglesia.

En África.

  • Tertuliano, (-197-220), “Sobre el matrimonio”
  • San Cipriano, (-248-258)”No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como madre”

Otros

  • Hay muchas actas de los mártires (Proceso judicial)
  • Y también están los relatos de testigos, sobre los martirios.
  • Hay también leyendas y escritos apócrifos.

 

Escritos cristianos del año IV al V. ( 313 al 450)

 

          Orientales

 

  • Eusebio de Cesarea, Obispo, 313.
  • San Atanasio.
  • San Basilio el Grande, de Capadocia, nace en el 330.
  • San Gregorio Nacianzo. En Capadocia.
  • San Gregorio de Nisa, muere en el 390. Capadocia.
  • San Cirilo de Jerusalén, nace en el 315.
  • Apolinar de Laodicea, muere en el 390.
  • Dionisio de Tarso. Antioquía.
  • Teodoro de Mopsuestia, de Antioquía
  • Juan Crisóstomo, muere en el 407. Antioqueno.
  • Cirilo de Alejandría, muere en el 444.

 

Occidentales

 

  • San Hilario de Poitiers, Obispo año 350 de Poitiers.
  • San Ambrosio de Milan, nace en el 339
  • San Jerónimo, nace en el 346, en el 386 va a Belén, vive alló 30 años y muere.
  • San Agustín de Hipona, norte de África, nace en el 354 y muere en el 430.
  • San León Magno, nace en Roma, Papa del 440 al 461.

 

Autores menos importante Orientales son:

 

  • Afraat del 337 al 345, 23 tratados.
  • Efrén de Siria, nace en el 306
  • Tito de Bostra
  • Dídimo El Ciego, muere en el año 398.
  • Antiloquio de Iconio, muere en el 394.
  • Epifanio de Salamina, muere el año 403, nació en Judea en el 315
  • Silesio de Cirene, muere en el 413-414.
  • Hexiquio de Jerusalén, muere en el 450.
  • Teodoreto de Ciro, nace en Antioquia el 393 y muere en el 466.
  • Son Sócrates
  • Sozomena.

 

Occidentales que fueron Papas.

 

  • Julio, (337-352)
  • Liberio (352-366)
  • Dámaso nace en Hispania, (366-384)
  • Siriaco.
  • Anastasio.
  • Inocencio I.
  • Zósomo.
  • Celestino.
  • Sixto III.

 

Autores relacionados con la controversia Arriana.

 

  • Wulfudia, muere en el 383.
  • Maximio.
  • Julio Firmico Materno.
  • Osirio de Córdoba, muere en el 357, fue Obispo de Córdoba.
  • Eusebio de Vercelli, muere en el 371.
  • Lucífero de Cáller.
  • Mario Victoriano, muere en el 362.
  • Potamio de Lisboa.
  • Febadio de Agen.

 

Autores no relacionados con la controversia Arriana.

 

  • Optato de Milevi.
  • San Paciano de Barcelona, muere en el 392, Obispo de Barcelona.
  • El heresiarca Prisciliano , muere en el 385.
  • Rufino de Aguilera, muere en el 410.
  • Nicetas de Remeciana, muere en el 414.

 

Autores del tiempo de San Agustín

 

  • Mario Mercator, muere en el 431.
  • Juan Casiano.
  • San Vicente de Lerins, muere en el 450.
  • San pedro Crisólogo, muere en el 450.
  • San Próspero de Aquitania, muere en el 455.

 

Otros autores relacionados con Hispania.

 

  • Pablo Osorio.
  • Entropio.
  • Avito de Braga.
  • Consencio.
  • Santo Toribio de Astorga, muere en el 450.
  • Idacio, muere en el 470.

 

Escritores poetas.

 

  • Juvenco. Hispano, escribió hacia el 330.
  • Dámaso.
  • Ausenio de Burdeos, muere en el 394.
  • Aurelio Prudencio Clemente.
  • San Paulino de Nola.
  • Sedulio.
  • Merobandes.
  • Orencio, monje en Vasconia.

 

Padres posteriores al Concilio de Calcedonia (año 451) Entre los años 450 y 750, Coincide con la invasión bárbara y el Islam.

 

 

          Orientales.

 

  • Dionisio El Areopagita. (pseudo Dionisio) Hacía el año 500.
  • Severo de Antioquia, muere el 538, dejó 125 homilías y 4.000 cartas.
  • Juan Filópono, falleció en el 565.
  • Juan de Cesarea.
  • Juan el Escitópolis.
  • Leoncio de Bizancio, muere en el 544.
  • Hipacio (Obispo de Efeso).
  • Eulogio (Patriarca de Alejandría del 581 al 608, cuando falleció).
  • Emperador Justiniano I (527-565).
  • Eneas de Gaza, muerel el 518.
  • Procopio de Gaza, muere el 538.
  • San Juan Clímaco, muere en el 649, fue monje en el Sinaí.
  • San Sofronio de Damasco, muere en el 638. Patriarca de Jerusalén hasta un año después de la conquista de los musulmanes de Jerusalén.
  • San Máximo el confesor, nace el 580 en Constantinopla.
  • San German de Constantinopla, muere el 733.
  • San Andres de Creta, muere el 740.
  • San Juan Damasceno, nace el 675.

 

Occidentales. 

 

·         ·        Gelasio, Papa del 492 al 496.

·         ·        Vigilio, Papa del 537 al 555.

·         ·        San Gregorio El Grande, Papa del 590 al 604. Es el origen del canon romano de la Santa Misa.

·         ·        San fausto de Reiz, muere entre el 490 y el 500.

·         ·        Genadio de Marsella, muere el 500.

·         ·        Avito de Viena.

·         ·        Enodio, muere el 521.

·         ·        Boecio, muere el 524.

·         ·        San Fulgencio de Ruspe, muere el 533.

·         ·        San Cesáreo (Obispo de Arles del 502 al 542).

·         ·        Dionisio el Exiguo, nace en la desembocadura del Danubio, monje en Roma del 500 al 545, fijó la fecha del nacimiento de Cristo, en el 754 de la fundación de Roma, tuvo un error de cuatro años de más que se conserva hasta hoy.

·         ·        San Benito de Nursia, muere el 547, fundó el monasterio de Montecasino (La obra principal ; Regla de San Benito).

·         ·        Casiodoro, muere en el 583.

·         ·        San Gregorio de Tours, nace el 538.

·         ·        San Justo de Urgel (Obiospo del 531 al 549 en Urgel)-

·         ·        Abringio de Beja.

·         ·        San Martín de Braga, muere en el 589.

·         ·        San Leandro de Sevilla, muere en el 600.

·         ·        Estropio de Valencia, muere en el 610.

·         ·        Liciriano de Cartagena, muere en el 621.

·         ·        San Isidoro de Sevilla, muere en el 636, hermano de San Leandro, contemporáneo de Mahoma, le sobrevivió cuatro años.

·         ·        San Braulio de Zaragoza, muere en el 651.

·         ·        San Eugenio de Toledo, muere en el 657.

·         ·        San Fructuoso de Braga, muere el 665.

·         ·        San Ildefonso de Toledo, muere el 667.

·         ·        Tajón, Obispo de Zaragoza, muere el 693.

·         ·        San Julián de Toledo, muere el 683.

·         ·        Sidonio Apolimar, nace el 432 en Lyón.

·         ·        Venancio Fortunato, nace el 530, compuso el Pange lingua.

·         ·        San Juan Damasceno, dl 675 al 750.

·         ·        San Beda El Venerable, del 673 al 735.

 

  

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TERTULIANO †  225 ca. textos  (no es Padre de la Iglesia)

 

Los datos biográficos que conocemos de Quinto Septimio Florencio Tertuliano nos han llegado a través de San Jerónimo. Sabemos que pasó la mayor parte de su vida en Cartago, donde nació hacia el año 155. Se convirtió hacia el año 193, quizá durante sus años en Roma, donde se dedicaba al ejercicio de la abogacía. Desde entonces puso al servicio de la Iglesia su formación jurídica y una notable habilidad retórica. Fue el primero en emplear la lengua latina en la exposición teológica. Lamentablemente, al final de su vida, cayó en los errores del montanismo, una herejía de corte rigorista. Por esta razón no se le cuenta en el número de los Padres, aunque tiene gran importancia en la historia de la Iglesia. Murió en torno al año 225.

En su época católica defendió con eficacia la fe frente a los paganos y frente a diversas herejías, y escribió obras teológicas y de carácter disciplinar y moral. Quizá el libro más conocido sea el Apologético: un valiente escrito dirigido a los gobernadores de las provincias romanas, para mostrarles la rectitud de vida de los cristianos, totalmente ajenos a los delitos que se les atribuían. Ya en una obra precedente, A los gentiles, había hecho otra enérgica defensa del cristianismo, dirigiéndose al mundo pagano en general. En el Apologético sigue un programa mejor delineado y más sistemático. Se propone presentar a los cristianos como ciudadanos comunes, como cualesquiera otros, cumplidores ejemplares de todas sus obligaciones cívicas, interesados por la cosa pública como el que más, dignos de todo el aprecio que los gobernantes deben tener por los súbditos buenos y leales.

De gran importancia son otros dos tratados: uno acerca de la oración, y otro sobre la penitencia, de los que a continuación se recogen algunos párrafos. El tratado Sobre la oración es el primero que aborda este tema en la literatura cristiana. En Sobre la penitencia es testigo de la práctica penitencial de la Iglesia y de la necesidad de confesar los pecados cometidos después del Bautismo. LOARTE

 

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¡Mirad cómo se aman! (Apologético 39)

Habiendo refutado las perversidades que se atribuyen [al cristianismo], mostraré ahora sus excelencias. Somos un cuerpo unido por una común profesión religiosa, por una disciplina divina y por una comunión de esperanza. Nos reunimos en asamblea o congregación con el fin de recurrir a Dios como una fuerza organizada. Esta fuerza es agradable a Dios. Oramos hasta por los emperadores, por sus ministros y autoridades, por el bienestar temporal, por la paz general (...).

Aunque tenemos una especie de caja, sus ingresos no provienen de cuotas fijas, como si con ello se pusiera un precio a la religión, sino que cada uno, si quiere o si puede, aporta una pequeña cantidad el día señalado de cada mes, o cuando desea. En esto no hay coacción alguna, sino que las aportaciones son voluntarias, y constituyen como un fondo de caridad. En efecto, no se gasta en banquetes, bebidas, o en despilfarros mundanos, sino en alimentar o enterrar a los pobres; en ayudar a los niños y niñas que han perdido a sus padres y sus fortunas, a los ancianos confinados en sus casas, a los náufragos, a los que trabajan en las minas o están desterrados en islas o prisiones. Éstos reciben pensión a causa de su fe, si sufren como seguidores de Dios.

Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros lo que nos atrae el odio de algunos que dicen: mirad cómo se aman, mientras ellos se odian entre sí. Mira cómo están dispuestos a morir el uno por el otro, mientras ellos están dispuestos, más bien, a matarse unos a otros. El hecho de que nos llamemos hermanos lo toman como una infamia, sólo porque entre ellos, a mi entender, todo nombre de parentesco se usa con falsedad afectada. Sin embargo, somos incluso hermanos vuestros en cuanto hijos de una misma naturaleza, aunque vosotros seáis poco hombres, pues sois tan malos hermanos. Con cuánta mayor razón se llaman y son verdaderamente hermanos los que reconocen a un único Dios como Padre, los que bebieron un mismo Espíritu de santificación, los que de un mismo seno de ignorancia salieron a una misma luz de verdad (...), los que compartimos nuestras mentes y nuestras vidas, los que no vacilamos en comunicar todas las cosas. Todas las cosas son comunes entre nosotros, excepto las mujeres: en esta sola cosa en que los demás practican tal consorcio, nosotros renunciamos a todo consorcio (...).

¿Qué tiene de extraño, pues, que tan gran amor se exprese en un convite? Digo esto, porque andáis por ahí chismorreando acerca de nuestras modestas cenas, diciendo que son no sólo infames y criminales, sino también opíparas 1 (...). Pero su mismo nombre muestra lo que son nuestras cenas, pues se llaman ágapes, que en griego significa amor. En ellas, todo se gasta en nombre y en beneficio de la caridad, ya que con tales refrigerios ayudamos a los indigentes de toda suerte, no a los jactanciosos parásitos que se dan entre vosotros (...). Considerad el orden que en ellas se sigue, para que veáis su carácter religioso: no se admite nada vil o contrario a la templanza. Nadie se sienta a la mesa sin haber antes gustado una oración a Dios. Se alimentan teniendo presente que incluso durante la noche han de adorar a Dios, y hablan teniendo presente que les oye su Señor (...).

El convite termina con la oración, como comenzó. De allí nos alejamos, no para unirnos a grupos de bandidos, ni para andar vagabundeando, ni para cometer obscenidades, sino en busca del mismo cuidado de la modestia y de la pureza, como quienes han cenado más disciplina que alimento. ........................

1. El ágape era una comida de fraternidad que precedía a la celebración de la Eucaristía, por un motivo de caridad con los más pobres. Posteriormente, esa costumbre dio lugar a las instituciones de beneficencia de la Iglesia. La calumnia de que eran objeto los cristianos no se limitaba a una supuesta glotonería, sino que también llegaba a imputarles conductas licenciosas e incluso antropofágicas.

 

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IGLESIA Y JESÚS- La Iglesia y Jesús son inseparable- No podemos encontrar a Jesús sin la realidad que Él creó y en la que se comunica. Entre Cristo y la Iglesia no hay contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Por tanto, no puede conciliarse con las intenciones de Cristo un eslogan que hace unos años estaba de moda: -Jesús sí; Iglesia no-”.
El pontífice Benedicto XVI  basó su meditación en el primer capítulo del Evangelio según san Marcos en el que se presenta el llamamiento de Jesús a los doce apóstoles. “La Iglesia -aclaró- comenzó a constituirse cuando unos pescadores de Galilea encontraron a Jesús, se dejaron conquistar por su mirada, por su voz, por su invitación cálida y fuerte: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres»”. “Precisamente, la luz de ese Rostro se refleja en el rostro de la Iglesia, a pesar de los límites y de las sombras de nuestra humanidad frágil y pecadora”.
”El Jesús individualista es un Jesús de fantasía-añadió-. No podemos encontrar a Jesús sin la realidad que Él creó y en la que se comunica, la Iglesia”.
”Entre el Hijo de Dios, hecho carne y su Iglesia, se da una continuidad profunda, inseparable y misteriosa, en virtud de la cual Cristo se hace presente hoy en su pueblo. Por este motivo, Jesús siempre es nuestro contemporáneo, contemporáneo en la Iglesia, construida sobre el fundamento de los apóstoles, está vivo en la sucesión de los apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que Él mismo siempre se nos da, es el motivo de nuestra alegría.
Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene” concluyó el Santo Padre una intervención en la que en varios momentos dejó a un lado los papeles para explicar mejor su pensamiento.
CIUDAD DEL VATICANO- Benedicto XVI comenzó en la audiencia general de este miércoles un nuevo ciclo de catequesis dedicado a explicar. 2006-03-15

 

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última luz del día y la oración se eleva a Dios

 

Por qué confesar los pecados (Sobre la penitencia Vlll, 4—X)

¿Qué pretenden las parábolas del Evangelio? ¿Qué nos enseñan? Una mujer perdió una dracma, e inmediatamente se puso a buscarla; en cuanto la encontró, invitó a sus amigas para que se alegraran con ella. ¿No es como la imagen de un pecador que vuelve a la gracia divina? Se extravía la oveja de un pastor, y el rebaño entero no le es más querido que esa única oveja: sale en su busca, la prefiere sobre todas las demás y, cuando la encuentra, la conduce al aprisco llevándola sobre sus hombros, porque estaba rendida de tanto errar.

Recordaré también a aquel padre bueno y paciente que recibe a su hijo pródigo, y lo acoge con cariño a pesar de que el muchacho, con su despilfarro, se arruinó. Pero estaba arrepentido, y el padre mata un ternero cebado y, con la alegría de un convite, da rienda suelta a su gozo. ¿Por qué? Porque había recuperado al hijo perdido. Lo sentía dentro de sí mismo como la prenda más querida, precisamente porque lo había vuelta a ganar.

¿Quién es para nosotros ese padre? Dios mismo. Nadie es tan padre nuestro como El, nadie manifiesta tanta piedad hacia nosotros. Él te acogerá como hijo suyo, aun cuando hayas dilapidado a manos llenas todo lo que habías recibido. Aunque vuelvas desnudo, te recibirá, precisamente porque has vuelto. Y sentirá más alegría con tu retorno que con el buen comportamiento de su otro hijo. A condición, claro está, de que tu arrepentimiento sea sincero: es decir, de que proceda de lo íntimo de tu corazón; de que estés dispuesto a reconocer el hambre que te aflige y la abundancia de que gozan alegremente los siervos de tu padre. A condición de que abandones la piara inmunda de puercos, vuelvas a tu padre y—aunque él se sienta justamente indignado—le digas: he pecado, padre mío; ya no merezco ser llamado hijo tuyo. El reconocimiento de las propias culpas levanta y ennoblece al pecador, mientras el que intenta disimularlas, las agrava. En la confesión de los pecados se halla implícito el reconocimiento de las faltas y la verdadera contrición; si las disimulas, es señal de obstinación culpable.

El procedimiento para beneficiarse de este segundo perdón es más difícil que el del primero, que se obtiene en el Bautismo. Las pruebas que han de ofrecerse son más exigentes. No basta ya hacer un íntimo examen de conciencia; es preciso expresar el arrepentimiento con un rito claro y manifiesto. Este rito en griego se llama exomologesis, y consiste en confesar sinceramente al Señor las culpas que hemos cometido; no porque Él las ignore, sino porque declarándolas se satisface a la justicia divina. De la confesión oral procede la penitencia, y la penitencia mitiga la justa ira del Señor hacia el que ha pecado.

: La exomologesis [rito de la Penitencia] comprende todo el proceso por el que el hombre se abate y se humilla ante la majestad de Dios, hasta el punto de conducirse de modo capaz de atraer sobre sí la piedad y misericordia divinas (...). Se propone avalorar las oraciones que dirigimos al Señor, con la aspereza del ayuno; removerse con lágrimas día y noche; invocar a Dios con todo el ardor de nuestra fe; arrodillarse a los pies del sacerdote... La Penitencia levanta al hombre precisamente cuando lo abate y lo postra en tierra; lo ilumina con una luz resplandeciente, cuando le mueve a reconocerse pobre y desvalido; lo justifica cuando le acusa; lo absuelve cuando le condena. Créeme: cuanto más severo seas contigo mismo, más perdonará y excusará Dios tus culpas. Sin embargo, estoy persuadido de que muchos evitan o difieren de un día para otro la Penitencia, como si este rito les pusiese en evidencia delante de los demás. De este modo demuestran que les preocupa más la estima de los hombres que la propia salvación. Se les puede comparar al enfermo que contrae un mal vergonzante y, movido por un falso pudor, evita que el médico conozca su verdadero estado, y acaba muriendo (...). Pero, dime, tú que muestras ahora tanto recato y tanta vergüenza: cuando se trataba de pecar tenías la frente alta y soberbia, y ahora, cuando es momento de calmar la justa indignación del Señor, ¿tiemblas? No reconozco ningún mérito ni al pudor ni a la timidez, si produce más daño que beneficio. Y es precisamente este falso sentido del pudor el que mueve a algunos hombres como a pensar: no te preocupes; es mejor que me pierda yo, con tal de que mi estimación quede a salvo.

Es verdad que, al reconocer las propias culpas, podría uno exponerse a un grave riesgo, si, por ejemplo, lo hiciese ante una persona pronta a insultarnos o a burlarse de nosotros, o cuando alguien esperase la ruina del otro para levantarse sobre la desgracia ajena, pisoteando lo que ya está caído. Pero estas cosas no pueden suceder entre hermanos, entre quienes participan de una misma esperanza, entre los que tienen de común el temor y la alegría, el dolor y los sentimientos. Si todos poseen un mismo espíritu, que procede del mismo Dios y Padre, ¿por qué te crees diferente de ellos?, ¿por qué huyes de los que están sujetos, igual que tú, a las mismas caídas y errores, como si ellos fuesen espectadores de tus luchas, prontos sólo al aplauso, y no en cambio gente muy cercana a ti, compañeros de tus mismas fatigas?

El cuerpo no permanece impasible ante el sufrimiento de uno de sus miembros; necesariamente se duele con él, y busca un remedio. Allí donde están uno o dos fieles, allí se encuentra la Iglesia, y la Iglesia se identifica con Cristo. Por eso, cuando tú tiendes las manos hacia tu hermano, estás tocando a Cristo, estás abrazando a Cristo, estás implorando a Cristo. Y cuando tus hermanos derraman lágrimas por ti, es Cristo quien sufre, es Cristo quien por ti suplica a su Padre, obteniendo fácilmente lo que como Hijo pide.

Vamos a decirlo francamente: si conservas ocultos tus pecados, ¿piensas obtener un gran beneficio?, ¿crees acaso que quedará a salvo tu honorabilidad? No. Aunque logremos ocultar nuestras faltas, en cuanto esto es posible al hombre, no las podremos esconder a los ojos de Dios. ¿Y vamos a comparar la estima de los hombres con la certeza de que Dios conoce nuestros pecados? ¿Qué es preferible: condenarse, ocultando las miserias a los ojos humanos, o reconocer sinceramente nuestras propias culpas?

Alguno podrá decir: ¡pero es muy costoso admitir los propios pecados, y confesarlos! Sí, pero del reconocimiento de la enfermedad procede la curación. Por otra parte, cuando se trata de arrepentirse, no hay que hablar tanto de lo que cuesta, sino de la luz y la salvación que ese acto de penitencia consigue para nuestro espíritu. Es muy doloroso, par ejemplo, ser quemado con un cauterio, o experimentar la acción de algunas medicinas; sin embargo, todos estos remedios se usan, aunque nuestro pobre cuerpo padezca, y su acción dolorosa se justifica en orden a la curación de la enfermedad. Cualquiera acepta de buen grado el mal presente, con la esperanza de un bien mayor de que gozaremos en un momento futuro.

 

 

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(Sobre la oración, 28-29) La eficacia de la oración 

Esta es la hostia espiritual que destruyó los antiguos sacrificios. ¿A mí qué la muchedumbre de vuestros sacrificios?, dijo. Harto estoy de los holocaustos de carneros y de la grasa de corderos; no quiero sangre de toros ni de machos cabríos. ¿Quién ha pedido esto a vuestras manos? (Is 1, 11). Lo que ha exigido Dios, lo enseña el Evangelio. Vendrá la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, dijo. Pues Dios es espíritu (Jn 4, 23 ss) y, por consiguiente, exige adoradores de ese tipo.

Nosotros somos verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes, que al orar con el espíritu, sacrificamos con el espíritu la oración como hostia propia y aceptable a Dios, es decir, la que exigió y proveyó para sí. Ésta, ofrecida de todo corazón, apacentada por la fe, cuidada por la verdad, íntegra por la inocencia, limpia por la castidad, coronada por la caridad, debemos conducirla al altar de Dios con la pompa de las buenas obras, entre salmos e himnos, para que impetre de Dios todo lo que conviene.

¿Qué negará Dios a la oración que proviene del espíritu y de la verdad, si es Él quien la exige? Leemos y oímos y creemos: ¡cuántas pruebas de su eficacia! La antigua oración ciertamente libraba de los fuegos, de las bestias y del hambre; sin embargo, no había recibido de Cristo la forma. Pues ¡con cuánta más eficacia opera la oración cristiana! No coloca al ángel del rocío en medio de llamas, ni obstruye la boca a los leones, ni proporciona la comida de los campesinos a los hambrientos, no desvía ninguna sensación de las pasiones aun cuando se haya concedido la gracia, sino que instruye a los que padecen, sienten y se duelen con sufrimientos, y con la virtud amplía la gracia para que la fe, al comprender por qué se sufre en nombre de Dios, sepa qué es lo que se consigue del Señor.

ORA/EFECTOS: Pero también antes la oración imponía plagas, dispersaba ejércitos enemigos, impedía la utilidad de las lluvias. Ahora, en cambio, la oración aleja toda la ira de la justicia de Dios, está alerta por los enemigos, suplica por los peregrinos. ¿Qué tiene de admirable que sepa alejar aguas celestes la que también fue capaz de impetrar fuegos? Sólo la oración vence a Dios; pero Cristo quiso que ella no obrara nada malo y le confirió toda la fuerza del bien. Así, pues, ella no sabe nada más que alejar las almas de los difuntos del camino mismo de la muerte, corregir a los débiles, curar a los enfermos, expiar a los endemoniados, abrir las cerraduras de la cárcel, desatar las cadenas de los inocentes. Ella misma disminuye los delitos, repele las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, deleita a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las agitaciones, obstaculiza a los ladrones, alimenta a los pobres, gobierna a los ricos, levanta a los caídos, apoya a los que se están cayendo, sostiene a los que están en pie.

La oración es el muro de la fe, nuestras armas y nuestras lanzas contra el enemigo que nos observa por todas partes. Por tanto, nunca caminemos inermes. De día acordémonos de la guardia; por la noche, de la vigilia. Bajo las armas de la oración custodiemos el estandarte de nuestro emperador; esperemos la trompeta de los ángeles con la oración. Oran también todos los ángeles, ora toda criatura, oran y doblan las rodillas los ganados y las fieras y, saliendo de los establos y grutas, miran hacia el cielo no con ociosa boca, haciendo vibrar su aliento según su costumbre. También las aves entonces, levantándose, se erigen hacia el cielo y abren la cruz de sus alas en vez de las manos y dicen algo que parece oración.

¿Qué más se puede decir del deber de la oración? También oró el Señor mismo, para quien sea el honor y la virtud en los siglos de los siglos.

 

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Felicidad del matrimonio cristiano (A la mujer, 9)

¿Cómo podré expresar la felicidad de aquel matrimonio que ha sido contraído ante la Iglesia, reforzado por la oblación eucarística, sellado por la bendición, anunciado por los ángeles y ratificado por el Padre? Porque, en efecto, tampoco en la tierra los hijos se casan recta y justamente sin el consentimiento del padre. ¡Qué yugo el que une a dos fieles en una sola esperanza, en la misma observancia, en idéntica servidumbre! Son como hermanos y colaboradores, no hay distinción entre carne y espíritu. Más aún, son verdaderamente dos en una sola carne, y donde la carne es única, único es el espíritu. Juntos rezan, juntos se arrodillan, juntos practican el ayuno. Uno enseña al otro, uno honra al otro, uno sostiene al otro.

Unidos en la Iglesia de Dios, se encuentran también unidos en el banquete divino, unidos en las angustias, en las persecuciones, en los gozos. Ninguno tiene secretos con el otro, ninguno esquiva al otro, ninguno es gravoso para el otro. Libremente hacen visitas a los necesitados y sostienen a los indigentes. Las limosnas que reparten, no les son reprochadas por el otro; los sacrificios que cumplen no se les echan en cara, ni se les ponen dificultades para servir a Dios cada día con diligencia. No hacen furtivamente la señal de la cruz, ni las acciones de gracias son temerosas ni las bendiciones han de permanecer mudas. El canto de los salmos y de los himnos resuena a dos voces, y los dos entablan una competencia para cantar mejor a su Dios. Al ver y oír esto, Cristo se llena de gozo y envía sobre ellos su paz.

 

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Iglesia evangélica - Evangelización para la dignidad de la persona. - En Santo Toribio descubrimos el valeroso defensor o promotor de la dignidad de la persona. Frente a intentos de recortar la acción de la Iglesia en el anuncio de su mensaje de salvación, supo defender con valentía la libertad eclesiástica.

El fue un auténtico precursor de la liberación cristiana en vuestro país. Desde su plena fidelidad al Evangelio, denunció los abusos de los sistemas injustos aplicados al indígena; no por miras políticas nί por móviles ideológicos, sino porque descubría en ellos serios obstáculos a la evangelización, por fidelidad a Cristo y por amor a los más pequeños e indefensos.

Así se hizo el solícito y generoso servidor del indígena, del negro, del marginado. E supo ser a la vez un respetuoso promotor de los valores culturales aborígenes, predicando en las lenguas nativas y haciendo publicar el primer libro en Sudamérica: el catecismo único en lengua española, quechua y aymara.

Es éste un válido ejemplo al que habéis de mirar con frecuencia, queridos hermanos, sobre todo en un momento en el que la nueva evangelización ha de prestar gran atención a la dignidad de la persona, a sus derechos y justas aspiraciones. Febrero 02 del 1985 – S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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La Iglesia, consciente de su misión en el mundo, no cesa de proclamar el amor misericordioso de Cristo, que sigue dirigiendo su mirada conmovida hacia los hombres y los pueblos de todos los tiempos.

 

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La Iglesia católica no es de los hombres, es de Dios y aquí es donde duele: representa la belleza, la verdad, la bondad, la trascendencia de Dios y, aunque está hecha por hombres, no ha sucumbido en estos más de veinte siglos. A los hombres, lo que les ofrece es una versión moral de la existencia y un conjunto de senderos con norte claro para no desorientarse. ¿Por qué? Porque –queramos reconocerlo o no– el suceso de la manzanita de Eva ha dejado herida –no muerta– la naturaleza del hombre. Quizá sea éste el origen de los ataques a la Iglesia católica y a sus instituciones: no querer aceptar que el hombre debe ser sanado con un tratamiento eficaz –por cierto, muy radical, porque afecta a la totalidad del ser humano–, y recetado por los representantes de Dios en la tierra. Y en esa receta mágica se contempla cómo vivir con dignidad, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; cómo ser feliz a través de la familia; cómo entender que es más importante ser que hacer o tener; o cómo morir con dignidad de hijo de Dios, entre otras numerosas afirmaciones o vibraciones positivas.
¿Por qué es tan difícil conseguir una convivencia pacífica, basada en el respeto a la libertad de las conciencias, que no es lo mismo que libertad de conciencia? Porque el cristianismo va a la raíz de las cosas, no postula soluciones aguadas, ni banaliza los problemas, ni, mucho menos, trivializa la verdad... Al contrario, ofrece alternativas exigentes, pero basadas en el amor que Dios nos tiene, y con el que podemos afrontar todo aquello que nos parezca un escollo u obstáculo insalvable. Por eso, existen minorías minoritarias incapaces de asumir esta realidad, y, en lugar de respetarla o pasar olímpicamente, se revuelcan, atacan, buscan cómplices, y hacen daño. Lo mejor es ignorarlas, no hacerles propaganda, no colaborar con la mentira y dejar que transcurra el tiempo, ése que coloca las cosas y personas en su sitio.

 

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Pedro oye al Señor y sale a la pesca de hombres, confiando en Cristo

 

La Iglesia está extendida por los cinco continentes; pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón de Cristo. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a nuevos ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe y obediencia rendida al Magisterio de la Iglesia. Desde hace dos mil años, Jesucristo quiso construir su Iglesia sobre una piedra: Pedro, y el Sucesor de San Pedro en la cátedra de Roma es el Vicario de Cristo en la tierra. Hemos de dar gracias a Dios porque ha querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que la gobierne en su nombre. En estos días hemos de incrementar nuestra plegaria por el Romano Pontífice y esmerarnos en el cumplimiento de cuanto disponga.
San Pablo, a quien el Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas, escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince días”. (I,18).

 

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Iglesia – “Cada cual mira a la Iglesia según el estado de su propio corazón: Unos ven en la Iglesia solo pecadores y la condenan. Otros miran a sus santos con la esperanza de llegar a ser como ellos. Prefiero mirar a los santos, sabiendo que, de pecadores que eran, Cristo los transformó en hombres nuevos. Esa es la grandeza incomparable de la Iglesia”. Pbro. Jordi Rivero

 

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Iglesia - San Agustín a sus fieles: «Los santos mismos no están libres de pecados diarios. La Iglesia entera dice: Perdónanos nuestros pecados. Tiene, pues, manchas y arrugas (Ef 5,27). Pero por la confesión se alisan las arrugas, por la confesión se lavan las manchas. La Iglesia está en oración para ser purificada por la confesión, y estará así mientras vivieren hombres sobre la tierra» (Sermo 181, 5,7 en PL 38, 982)

 

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Historia e Iglesia - Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.

Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!

Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete».

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Un renacimiento espiritual capaz de acabar con la degeneración de las sectas. no será posible más que apoyándose sobre este axioma de la fe que salva; enseñada por la Iglesia ininterrumpidamente desde hace 2000 años… Cuando este desaparece, no hay orden ni autoridad y aparecen doctrinas burlonas o engañosas, o sea: las sectas, un poco al gusto de todos

 

La Iglesia "...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido". Juan Pablo II, discurso del 1 de Septiembre 1999

 

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La Iglesia llama a todos a encarnar la fe en la propia vida, como el mejor camino para el desarrollo integral del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y para alcanzar la verdadera libertad, que incluye el reconocimiento de los derechos humanos y la justicia social. A este respecto, los laicos católicos, salvaguardando su propia identidad para poder ser "sal y fermento" en medio de la sociedad de la que forman parte, tienen el deber y el derecho de participar en el debate público en igualdad de oportunidades y en actitud de diálogo y reconciliación. Asimismo, el bien de una nación debe ser fomentado y procurado por los propios ciudadanos a través de medios pacíficos y graduales. De este modo cada persona, gozando de libertad de expresión, capacidad de iniciativa y de propuesta en el seno de la sociedad civil y de la adecuada libertad de asociación, podrá colaborar eficazmente en la búsqueda del bien común.

 

La Iglesia, inmersa en la sociedad, no busca ninguna forma de poder político para desarrollar su misión, sino que quiere ser germen fecundo de bien común al hacerse presente en las estructuras sociales. Mira en primer lugar a la persona humana y a la comunidad en la que vive, sabiendo que su primer camino es el hombre concreto en medio de sus necesidades y aspiraciones. Todo lo que la Iglesia reclama para sí lo pone al servicio del hombre y de la sociedad. En efecto, Cristo le encargó llevar su mensaje a todos los pueblos, para lo cual necesita un espacio de libertad y los medios suficientes. Defendiendo su propia libertad, la Iglesia defiende la de cada persona, la de las familias, la de las diversas organizaciones sociales, realidades vivas, que tienen derecho a un ámbito propio de autonomía y soberanía (cf. Centesimus annus, 45). En este sentido, "el cristiano y las comunidades cristianas viven profundamente insertados en la vida de sus pueblos respectivos y son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su patria, a su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la libertad que Cristo ha traído... La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder político o económico; no buscando la gloria o los bienes materiales; usando sus bienes para el servicio de los más pobres e imitando la sencillez de la vida de Cristo" (Redemptoris missio, 43). Esta es una continua y permanente enseñanza del Magisterio social, de la así llamada Doctrina social de la Iglesia.

 

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la creación es simplicidad y orden que alaba a su Creador


Por muy bajo que caigamos ¡no desesperemos nunca! La bondad de Dios está por encima de todo mal posible. “Aunque vuestros pecados como la escarlata, quedarán blancos como la nieve.” (cf Is 1,18) No hay ningún momento en nuestra vida en que no fuera posible empezar una existencia nueva...separada como por un muro de nuestras infidelidades pasadas.


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Bartholomew Kiely (teólogo jesuita) afirma que hoy muchos “desean que se reconozcan entre los derechos fundamentales del hombre la contracepción, el aborto, la eutanasia y el suicidio. El contenido de estos derechos es perverso porque no respeta el objeto de las acciones humanas, sino que intenta justificar la acción con independencia del fin (la muerte de un ser humano)”. 28.11.2003. Murcia. Esp.

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La conciencia debe estar informada, formada y disciplinada por valores auténticos.


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Mientras hablamos de la Segunda Venida de Cristo la mitad del mundo nunca ha escuchado de la Primera – Oswald J. SMITH


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“La enfermedad depresiva puede ser un camino para descubrir otros aspectos de uno mismo y nuevas formas de encuentro con Dios”


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Un día un mendigo acudió a la Madre Teresa y le dijo: "Todo el mundo te da algo, yo también quiero darte algo". Y le regaló dos piastras. Dice Madre Teresa: "Si aceptaba el dinero, él no tendría para comer, pero si no lo hubiese aceptado lo habría hecho infeliz. Y acepté. Sentí en mí que ese regalo tenía más valor que el premio Nobel, pues él había dado todo lo que tenía. Vi en su cara la alegría de dar."


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«La ética, sin un fundamento sólido y universal, dejaría de ser lo que es»

 

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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.


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¡Gloria al Señor, Rey de Reyes, fundamento de la Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre del Salvador!


“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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«Quien reza no tiene miedo; quien reza nunca está solo; quien reza se salva». Así, el pasado mes de Julio 2010, durante una audiencia general del miércoles, S. S. el papa Benedicto XVI repitió para los fieles presentes en la plaza de San Pedro y para toda la Iglesia.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).