Wednesday 8 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
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«El cristianismo no es un simple libro de cultura o una ideología, tampoco es un mero sistema de valores o de principios, por más elevados que sean».

«El cristianismo es una persona, una presencia, un rostro: Jesús, que da sentido y plenitud a la vida del hombre».

 

«En estos momentos más que nunca, en un mundo al que con frecuencia le falta luz y la valentía de nobles ideales, no es hora de avergonzarse del Evangelio»,

 

Llevad en la mano la Cruz de Cristo, en los labios, las palabras de la Vida. ¡En el corazón la gracia salvífica del Señor resucitado!

 

¡No tengas miedo! ¡Dios no se deja vencer en generosidad! S.S. Juan Pablo II – 2004.06.06 Berna - Suiza

 

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Homosexualidad adolescente y amista

 

Quien tiene una tendencia homosexual, pero no la lleva a la práctica, es relativamente fácil que consiga que esa tendencia no sea demasiado profunda o irreversible, mientras que la actuación práctica, indiscutiblemente refuerza la homosexualidad. Es precisamente éste uno de los motivos que induce a los legisladores responsables, en los que por supuesto no incluyo a los nuestros, a proteger la juventud de la corrupción desencadenada por los adultos, dictando contra los seductores sanciones.


La adolescencia es la época de las grandes amistades, a menudo muy pasionales, que con frecuencia no tienen nada que ver con la homosexualidad, pero que a veces desembocan en comportamientos homosexuales. No es infrecuente que los adolescentes tengan algún tipo de contacto homosexual, sin que ello condicione la orientación posterior, pues hay factores que pueden favorecer este tipo de conductas, como la  ausencia de personas del otro sexo en el ambiente en que se vive o el miedo a relacionarse con ellas;  si bien muy a menudo y con la evolución normal de sus relaciones con el otro sexo, estas manifestaciones homosexuales son transitorias y desaparecen por completo.

Tengamos cuidado en que por evitar las amistades particulares no vayamos a destruir la amistad, porque entonces impedimos un desarrollo afectivo normal y podemos provocar aquello mismo que tratamos de impedir, ya que el joven se encuentra en un período de relativa indiferenciación de su libido y puede bastar poco para que se incline del lado de la homosexualidad si las circunstancias lo favorecen. No hay que olvidar sin embargo que nuestra libertad nos posibilita sublimar los instintos y así en la amistad pueden entrar mis componentes homosexuales, que sublimados sirven para realizar uno de los más altos valores humanos.

No cabe duda de que los ambientes educativos demasiado cerrados, favorecen la eclosión de la homosexualidad, pues todo sistema que tienda a evitar una actividad sexual normal (no confundamos aquí sexualidad con genitalidad) favorece el surgir de salidas anormales. Por ello, hay que evitar la represión sexual, ya que si se niega la sexualidad, ésta se desvía, se camufla, se polariza sobre objetos a los que no corresponde su finalidad natural, porque el rechazo de lo sexual impide una comunicación normal con los demás. El culto de la pureza por la pureza lleva hacia la homosexualidad, porque no somos ángeles y el único sentido auténtico de la pureza es el de entrega hacia Dios y los demás.

Si en estos ambientes educativos hay amistades que pueden convertirse en demasiado particulares, conviene no romperlas brutalmente para no culpabilizar ni cristalizar lo que no pasó de pasajero. Los actos homosexuales esporádicos, realizados durante la adolescencia, frecuentemente no son más que una curiosidad malsana. Pero la prolongación de semejante comportamiento puede desembocar en la afirmación de una cierta ambivalencia que, de lo contrario, se hubiera superado fácilmente. Sobre todo puede provocarse una fijación homosexual en el adolescente seducido, cuando existe una predisposición latente, y no olvidemos que es relativamente elevado el porcentaje de homosexuales latentes o ambivalentes.

Quien tiene una tendencia homosexual, pero no la lleva a la práctica, es relativamente fácil que consiga que esa tendencia no sea demasiado profunda o irreversible, mientras que la actuación práctica, indiscutiblemente refuerza la homosexualidad. Es precisamente éste uno de los motivos que induce a los legisladores responsables, en los que por supuesto no incluyo a los nuestros, a proteger la juventud de la corrupción desencadenada por los adultos, dictando contra los seductores sanciones. 

A estos muchachos hay que presentarles alternativas mejores, como relaciones normales con muchachas, compañía ésta que indiscutiblemente crea problemas, pero problemas susceptibles de evolución dinámica, que bien orientada, lleva hacia la madurez psicosexual.

Tengamos en cuenta que la gran mayoría de las amistades no llevan hacia la homosexualidad y que como también sucede con la masturbación las eventuales prácticas homosexuales de la adolescencia cesan espontáneamente en la mayor parte de los casos con el pasar de los años y el surgir del normal atractivo heterosexual. Si se produce algún caso de homosexualidad, deben interrogarse también los educadores sobre los errores que han podido cometer y que han hecho posible la caída homosexual.

Es evidente que muchos homosexuales se sienten muy insatisfechos y que cuando se percatan de su homosexualidad, se sienten horrorizados y deprimidos. Viven preocupados por su difícil situación y sus consecuencias: aislamiento social, soledad, posible condena a una soltería permanente. A menudo se sienten infelices, inferiores e incluso desesperados. El estilo de vida homosexual supone una quiebra emocional que trae consigo grandes dosis de culpa, no sólo neurótica, sino auténtica culpa: por la promiscuidad sexual; por las constantes mentiras sobre sus relaciones amorosas que frecuentemente se rompen en semanas, e incluso, en días u horas, sentimiento de culpa que pesa enormemente sobre muchos de ellos.

Uno de los problemas de la homosexualidad es que dificulta la comunicación con los demás, lo que le hace más difícil el establecer en la adolescencia lazos de amistad con sus coetáneos; en consecuencia se ven aislados, incluso en medio de los demás. Por ello, con frecuencia son inmaduros afectivamente, aunque intelectual y socialmente pueden ser incluso brillantes. Necesitan de nosotros comprensión, afecto y amistad limpia, en realidad lo que todos necesitamos.


Pedro Trevijano, sacerdote 03.VIII.MMX

http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=6968


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Una ilusión más viva

Henrik Ibsen, dramaturgo noruego, de gran penetración psicológica y de una técnica teatral muy depurada, fue contratado como autor para el Teatro Nacional de Bergen y como director del Teatro Noruego de Cristiania. Cansado de la oposición que le hacían sus adversarios, se exilió a Italia y a Alemania. Ibsen escribía en «El pato salvaje»: «Guardémonos de barrer... las ilusiones».
   Entendemos por ilusión la alegría, el entusiasmo, el arranque, el brío, el empuje que uno experimenta en su interior, debido a la fe, a la esperanza… que nos llevan a la realización de un ideal, de una promesa, de un hecho….
   Constantino Virgil Gehorgiu, en su célebre novela «La hora 25» afirma: «Desde hace tiempo, me acomete una sensación igual, como la que experimenté a bordo de un submarino: el ambiente, la atmósfera se me ha hecho sofocante».
   Uno de los síntomas de ahogo ambiental suele ser la falta de una verdadera, sana y sólida ilusión.
   Un gran pedagogo y psicólogo ha escrito: «No os digo que viváis de ilusiones...
   Sí, os digo, que viváis con ilusiones».
   Un popular cantautor ha dicho recientemente: «Sigo componiendo e interpretando canciones con la misma ilusión de la primera vez».
   María Pérez Oliver ha escrito sobre quienes serán un signo dinámico en la Iglesia: «El futuro mejor será para aquello que tengan:
   a) Una identidad más clara;
   b) Una ilusión más viva y
   c) Un nuevo ardor que ofrezca respuesta a los retos más lacerantes de hoy».

Agradecemos AL autor J. M. ALIMBAU  -  2006.02.08-Esp.

 

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Familia o esclavitud - «Lo malo es que carecer de origen no es sinónimo de libertad, sino de falta de identidad. La gente sin historia ni tradición es terreno abonado para los proyectos del poder. Donde no hay memoria hay un vacío interesante para quien pretende definir qué es el hombre y para qué sirve… o a quién sirve. Por eso no se trata de elegir entre familia o libertad, sino entre familia o esclavitud». Cristina LÓPEZ SCHLICHTING – 2007.XII.

 

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Los niños y adolescentes tienen derecho a que se les estimule a apreciar los valores morales con conciencia recta y a abrazarlos con su adhesión personal, así como a conocer y amar más perfectamente a Dios. Por ello, ruega encarecidamente a todos los que gobiernan los pueblos o están al frente de la educación que se ocupen de que la juventud no se vea nunca privada de este sagrado derecho. Exhorta a los hijos de la Iglesia a que colaboren con generosidad en todo el campo de la educación, sobre todo con el fin de que los beneficios propios de la educación y la instrucción puedan extenderse cuanto antes a todos los lugares de la tierra.
Los padres, al haber dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por consiguiente, deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Esta tarea de la educación tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Corresponde, pues, a los padres crear en la familia un ambiente animado por el amor y la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. Por ello, la familia es la primera escuela de las virtudes sociales que todas las sociedades necesitan. Sobre todo, en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y el deber del sacramento del Matrimonio, es necesario que los hijos aprendan, ya desde la infancia, a comprender y venerar a Dios según la fe recibida en el Bautismo y a amar al prójimo. En ella encuentran la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Finalmente, por medio de la familia se introducen gradualmente en la sociedad civil y en el pueblo de Dios. Los padres deben darse cuenta de la gran importancia que la familia verdaderamente cristiana tiene para la vida y el progreso del mismo pueblo de Dios. Declaración, Gravissimum aducationis, 1 y 3 – VATICANO II


 

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La adolescencia

 

Por el Dr. Ángel García Prieto. De la sociedad Asturiana de Psiquiatría.


«Adolescencia» es un término que, etimológicamente, tiene al menos dos acepciones distintas que interesan para el propósito de describirla. Por un lado, del latín «adoleceré» que significa «crecer», y manifiesta el crecimiento corporal de la persona que, hasta su entrada en esta fase del desarrollo, era un niño. En ese crecimiento está implicado, por un lado, el cuerpo humano, con la puesta en marcha de todo un mecanismo hormonal muy complejo, que condiciona cambios hacia una morfología que va a variar la estructura exterior del cuerpo en crecimiento y en nuevas formas y funciones y en el que las hormonas sexuales tienen una actuación especialmente destacada. Por otro lado, «adolescencia», según otra perspectiva etimológica viene de «adolecer», que significa estar en carencia de algo. Y en este caso significaría estar en trance de poder conseguir algo, de lo que hasta ese momento se carece. Es, pues, un período de transición en el que, al que abandona la niñez, le falta algo que tiene que conseguir adquirir..
En efecto, las dos acepciones son buenas, porque la primera indica el conjunto de mutaciones biológicas que van a condicionar también una trasformación intelectual y un cambio emocional. Y, por otro lado, la segunda hace referencia a crecimiento personal de un ser humano del todo dependiente de sus mayores, como es el niño, que pasa a ser una persona con la autonomía suficiente para irse formando poco a poco en el ámbito del trabajo, de los afectos y de los conocimientos. De modo que las dos acepciones son muy válidas, complementarias e ilustrativas. Se podría decir que la adolescencia es, por un lado, un proceso de adaptación e integración a los cambios biológicos, intelectuales y afectivos, y a la vez la adquisición de la autonomía suficiente para afrontar la vida de adulto.

No es difícil que los chicos que se encuentran en esta tesitura puedan tener dificultades en alguno de sus aspectos. Y esas contrariedades se pueden manifestar – por ejemplo - en trastornos de la conducta afectiva, que denominamos depresión. En otras ocasiones va a haber una utilización patológica de drogas, o de alcohol, que es la sustancia de mayor consumo y más cercana a nosotros. Y de otra parte, también se pueden plantear problemas de la conducta alimentaria, muy frecuentes en esta época, sobre todo entre las chicas; o trastornos de ansiedad, obsesiones, fobias, etc.

Antes de comenzar a abordar algunos de estos trastornos de conducta o alteraciones en la vida afectiva que pueden presentar los adolescentes se hace necesario una descripción de esta etapa, aunque ya se haya visto de alguna manera, a través de la etimología del término, y aunque sea un tema más o menos conocido por todos .

La adolescencia es un período de la vida humana situada entre la infancia y la edad adulta, y cuyos límites concretos varían de unas personas a otras, cambian sobre todo según las latitudes geográficas y evolucionan con el paso del tiempo. Pues razones genéticas, climatológicas y sociales que ligan la alimentación, las condiciones sanitario-higiénicas, adelantan la aparición de la pubertad si son positivas. De todos modos siempre alrededor de los trece o los quince años comienza la adolescencia en los varones y entre los doce y los catorce en las mujeres. La finalización de la adolescencia no tiene, en cambio, una temporalidad pues, en definitiva, dejar de ser adolescente en los aspectos afectivos y de conocimiento requiere una cierta madurez que algunas personas, de manera patológica, a veces no llegan a poseer nunca.

La adolescencia se manifiesta en tres importante facetas humanas. Por un lado hay una maduración que supone un cambio cualitativo de la inteligencia, que consiste en el paso de lo que se llama el período de las «operaciones concretas» al de las «operaciones abstractas», utilizando términos de Piaget – famoso psicólogo de Ginebra del último tercio del siglo XX - por el que es capaz de crear intelectualmente unos conceptos universales y sacar consecuencias abstractas de la experiencia concreta que tiene en su entorno. Por otro lado, desde un punto de vista biológico se producen cambios, suficientemente conocidos, que se denominan como en su comienzo como «pubertad» – porque lo más llamativo es la aparición del vello del «pubis» – y es el crecimiento del sistema genitosexual. Esta circunstancia biológica condiciona el cambio en la experiencia afectiva que supone la experimentación de una necesidad de autonomía, la aparición de las primeras tendencias amorosas, la necesidad de romper con la infancia para el comienzo de la aventura de una nueva vida, lo que impone unas exigencias emocionales muy importantes que desde fuera se perciben como una época «crítica».

Decía Dante, en «El Convite», que la adolescencia es “acrecentamiento de vida y nuestra alma tiende al crecimiento y al hermoseamiento del cuerpo y de ahí los muchos y grandes cambios que operan en la persona”. Y efectivamente la adolescencia es un período crítico, lo que no supone prejuzgar esa crisis como algo negativo, tal como se vive una experiencia mala, sino que puede ser un cambio hacia lo positivo. De hecho, como ejemplo de expresividad acertada, se puede citar que en uno de los idiomas chinos – quizá el mandarín - el ideograma de crisis se escribe con dos dibujos, uno para «cambio» y otro de «esperanza». Es un buen modo de expresar y desear lo mejor para el adolescente, un cambio hacia una situación más rica, mejor, llena de esperanza.

Una anécdota ocurrida hace poco tiempo en la mañana de un domingo, puede servir para ilustrar lo que continúa. Aquella mañana, un matrimonio que observan a unos chicos al salir de una discoteca para dirigirse a sus coches y volver a su lugar de origen, decían: “Éstos meten miedo”. Se les veía con ojeras, enrojecidos, desaliñados, vasos rotos en la calle, arrancando los coches con estruendo y acelerones... y realmente producían una mala sensación que podía circundar el temor y la pena. Pero, a pesar de detalles y signos negativos hay que insistir en el tema la esperanza. Entre otras razones porque no se puede olvidar que en toda la historia ha habido jóvenes, y pesar de esas apariencias la evolución de la humanidad, en general, es siempre positiva. En este sentido, la siguiente cita que puede sorprender un poco: “Todos nuestros adolescentes actuales parecen amar el lujo, tienen malos modales, y desprecian a la autoridad, son irrespetuosos con los adultos y se pasan el tiempo vagando por las plazas y chismorreando entre ellos, son inclinados a contradecir a sus padres monopolizan la conversación cuando están en compañía, comen con glotonería y tiranizan a sus maestros”. Esta frase, que se puede atribuir a cualquiera de los ambientes que frecuentan los adolescentes de hoy, es de ni más ni menos que de Sócrates, lo que significa que tiene ya unos veinticinco siglos de antigüedad.

La historia se va repitiendo y los adolescentes siempre han sido unos rebeldes, que han creado problemas de comprensión entre los adultos. Problemas para ser tenidos en cuenta con comprensión, precisamente en el ámbito familiar porque esa época juvenil necesita de un especial ámbito en el que los chicos se sientan apoyados de una manera indirecta. Indirecta, porque es bien sabido que el adolescente aparentemente no quiere saber nada con sus padres, ni con sus tutores inmediatos y probablemente proyecta el ideal de identificación en personas a veces lejanas: artistas, deportistas o el anonimato del grupo - de ahí que se vea a los adolescentes amontonados en grupos y sin ningún, aparente, diálogo personal. Como se viene manifestando, el adolescente está sufriendo una crisis interior que le supone una ruptura muy grande, ya que tiene que perder una serie de situaciones vitales que eran positivas hasta entonces, y a cambio no gana absolutamente nada a corto plazo. Hasta entonces era feliz jugando con otros niños, con sus juguetes, sintiendo el cariño de sus padres, el beso por la noche cuando se duerme, los abrazos, aquellos adjetivos denominativos: “cielo”, “rey”, “precioso”, el baño de una mamá que le enjabona... y de repente desaparecen todas estas cosas y tiene que encaminarse hacia algo arduo que está por ver si podrá conseguir. Y eso, en la soledad de su encerramiento psicológico, es muy difícil y crea tensiones interiores, cambios de carácter, sensaciones de depresión, otros momentos de euforia, en ocasiones irritabilidad, respuestas muy desiguales en la dedicación y la eficacia al estudio y a sus amigos y aficiones....

Pasando a otro tema crucial para afrontar estas cuestiones, se puede leer un texto del profesor Seva, catedrático de Psiquiatría de Zaragoza, que dice: “Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”, lo que significa que el adolescente tiene que tomar de sus padres una herencia no sólo económica sino fundamentalmente de afectos, de valores, de virtudes familiares y sociales, y tiene que luchar por conseguirlas aunque se las hayan cedido. Para que haya una adolescencia enriquecedora tiene que existir siempre un toma y daca y algunas veces ocurre que los padres no son capaces de dar, saben ceder. El quid de una buena educación está en saber darle al adolescente lo que es preciso para realizar ese paso que supone la autonomía personal: libertad de decisión en tantas cosas de la vida cotidiana, en cuestiones de aficiones, gustos, orientaciones profesionales, horarios. Libertad que es difícil ceder cuando aún no se ha visto cómo se administra, como se acompaña de la correspondiente responsabilidad. En definitiva riesgo, un riesgo que como es lógico atemoriza a los padres, pero que es necesario arrostrar... A veces los padres llevados de un exceso de celo, de una falta confianza no saben hacerlo adecuadamente. Y ese es el quid de la cuestión: que el chico pueda tomar en el momento adecuado aquello que le han de ceder para hacerlo propio y responsabilizarse de ello

¿Qué hacer, pues, ante la adolescencia? Hay que pensar, primero, que todos hemos pasado por ella y ninguno de los que leen esto ha muerto en el intento. Luego, considerar que, desde un punto de vista histórico, todas las personas que están o han estado en el mundo han pasado por la adolescencia y la humanidad, como se ha visto antes, va a mejor de una manera progresiva. Y en tercer lugar se hace necesaria una actitud de generosidad hacia el chico, que no podría adquirir nada si los padres no son capaces de ceder, y eso es una actitud de generosidad propia del mismo hecho de ser padre. Los padres supieron dar algo de sí mismo para que ellos nacieran, lo siguieron haciendo en la infancia. Y en la adolescencia hay que dar todavía un poco más...


 

EL PREJUICIO DE EDIPO.

Nuestra cultura tiene muchas referencias del mito de Edipo, a través de la literatura en las obras de Esquilo Sófocles, Eurípides, Séneca, Corneille, Gide, Cocteau, o en la música de Mussorgsky, Mendelssonh, Strawinsky, etc.Pero sobre todo, son los seguidores de Freud quiénes han dado más vuelo al nombre del rey de Tebas, al popularizar el célebre y confuso complejo de Edipo, tan en boga las décadas pasadas, cuando el psicoanálisis hacía un furor que se va apagando poco a poco.

El complejo de Edipo podría sintetizarse mucho al describirlo cómo un trastorno de la afectividad y la conducta derivados de carencias por falta de autonomía e independencia emocional respecto a las figuras paternas; que con frecuencia se interpreta sobre todo en el ámbito de la madurez psicosexual. Se puede decir que Edipo no padeció el complejo de Edipo, o al menos no parece deducirse de lo que se ha descrito de este personaje. Aunque, en el drama del héroe de Tebas, haya símbolos que le sirvieran a Freud para bautizar con el nombre de Edipo dicho trastorno psíquico.

Edipo era hijo de los reyes de Tebas, Layo y Yocasta. El augurio predijo a Layo que un hijo suyo lo mataría, casándose con su madre. Por eso Layo lo llevó al monte Citerón y lo abandonó colgado de un árbol por los pies para librase de él. Sin embargo Edipo fue recogido por un pastor y cedido al rey Polibo, de Corinto, que no tenía hijos y lo adoptó. Ya adulto, Edipo comenzó a dudar de su verdadera identidad y acudió al oráculo de Delfos - ¡otra vez el oráculo! - para aclarar el misterio. La Pitia no le reveló el nombre de sus padres, tan sólo le advirtió que no volviese a su patria, pues su futuro estaba determinado a matar a su padre y casarse con su madre. Muy asustado, Edipo abandonó Corinto y se dirigía a Tebas, cuando en el camino fue atropellado por un carro muy veloz. Lleno de furor, Edipo entabló una pelea, en la que mató al conductor, un lacayo y al dueño, que no era otro que su verdadero padre, Layo – desconocido para Edipo.

Continuando Edipo su camino, encontró a la Esfinge, un monstruo con cuerpo de león y rostro de mujer, que tenía aterrorizada a la población de Tebas. La venció con su lógica, descifrando una adivinanza del malvado ser, y fue recibido triunfalmente en la ciudad, donde recibió el premio de su hazaña y se casó con Yocasta, su madre, pasando a ser rey. Los dos vivieron felices, ajenos al conocimiento de su relación natural y tuvieron cuatro hijos. Hasta que la fatalidad asoló la ciudad y Edipo recurrió de nuevo al oráculo, que acusó al asesino de Layo como culpable de la ira de los dioses contra Tebas. Un anciano servidor del palacio le reveló su verdadera identidad y Yocasta se ahorcó al conocer la verdad, a la vez que él mismo se arrancó los ojos y los tebanos le obligaron a abandonar la ciudad.

En esta leyenda tan dramática hay mucho prejuicio, facilitado por tanto oráculo. Quizá las cosas han cambiado y la perspectiva actual no es la misma que la del mundo griego, dominado por la idea determinista de la fatalidad, los tiempos cíclicos y, sobre todo, del acontecer ya predeterminado por los vaticinadores. Pero no hay que olvidar que las enseñanzas de la mitología tienen una validez perenne y, por lo tanto, deben interpretarse con los matices que pueda darle el tiempo en que se recrean. Así, ahora, me parece que en esta historia hay aprensiones, adquiridas por la creencia en lo que dicen los adivinos. Y son, precisamente estos temores concebidos de antemano, los que alteran la libertad, los que conducen por derroteros equivocados la conducta hasta el sarcasmo, hasta el drama...Como Edipo y Layo que, sin complejos, llevaron hasta la exasperación la fatalidad de sus prejuicios.

ESQUEMA SOBRE EL DESARROLLO PSICOSOCIAL EN LA ADOLESCENCIA:

Se puede hacer una clasificación evolutiva de tres fases, desde la primera adolescencia (entre los 12 y los 15 años, aproximadamente), a la adolescencia media (l5-18 años, aprox.) y la adolescencia tardía (18-21 años, aprox.).

1. Respecto a la identidad personal.

· Mayor conocimiento intelectual, mundo de fantasías, sentimientos y necesidad de intimidad.

· Vocación marcada por el idealismo que va evolucionando hacia intereses prácticos y realistas.

· Sentimientos de omnipotencia, que se van atemperando.

· Escaso control impulsivo, que evoluciona hacia las conductas de riesgo y llega a conseguir comprometerse y establecer límites.

· Delimitación de los valores éticos, religiosos, sexuales y sociales.

2. Respecto a la corporalidad.

· Desde la preocupación, rechazo e inseguridad de los cambios corporales, hasta la preocupación para hacerse más atractivo y la aceptación del cuerpo.

3. Respecto a las relaciones sociales

· Intensas relaciones con amigos del mismo sexo, al principio.

· Integración y aceptación de los valores de los demás, en la adolescencia media.

· Pérdida de importancia en el grupo, con una mayor tendencia a relaciones más personales e íntimas.


4. Respecto a la independencia.

· Desde una progresiva pérdida de interés en las refrencias de los padres, pasando por un rechazo total y una posterior de aceptación de consejos y valores familiares.

2004-I-04

 

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La ilusión constituye una manera de vivir de unas personas determinadas: son esos hombres y mujeres que, de una forma habitual, encuentran diariamente motivos para ilusionarse, para hacer de cada jornada laboral un día festivo.

        Se les suele llamar personas de temperamento alegre, y parte de esa alegría les viene por su capacidad de ilusionarse, ya sea por un paseo o por el color de unas flores, da igual, porque cada una de estas manifestaciones de júbilo responden a una de actitud básica de vivir su propia vida, de esa personas de chispeante, de refrescante juventud, que les lleva a encontrar, en lo que otro tal vez ve la monótona repetición de un acto, una ocasión para disfrutar de la vida.

        Todo el mundo quisiéramos hacer de nuestra vida una existencia ilusionada. La meta es difícil, pero al estar rodeada de un cierto hábito de magia y utopía se hace sumamente apetecible.

        La cita es larga, pero merece la pena. La ilusión  nos alienta a esforzarnos por vivir ilusionados, liberados de planteamientos ramplones, de cansancios vitales y de monótonos desencantos.

La ilusión está presente en los más variados ámbitos de nuestra vida, iluminándola y llenándola de alegría. Todos deseamos aprender de esas personas de vida ilusionada, de esas personas que han encontrado, a lo mejor sin saberlo ellas, el arte de vivir, y que lo manifiestan en el lenguaje vivo de sus ojos, en la frescura de su sonrisa, en esos olvidos de lo que para muchas personas constituye el tema central de sus conversaciones: enfermedades, accidentes, carestía de la vida, la ingratitud de los jóvenes... y una larga letanía de tonos oscuros y de tristes musicalidades, en esos olvidos —decíamos— que tanto se agradecen y que nos ayudan a abrir los ojos a espacios abiertos, refrescantes como la luz que los ilumina.

        Hace falta energía, grandeza de ánimo y finura de espíritu para hacer de la vida algo más que un producto a granel envuelto en papel de periódico (y a veces por la página de las esquelas). No siempre quizá lo consigamos, pero que debemos apostar por este tipo de vida me parece una exigencia de nuestra condición de hombres; eso sí, se sobreentiende, después de haber superado los falsos idealismos y los planteamientos inmaduros. 2005.01

 

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La adolescencia, una visión integral

 

Por Paulino Castells (*)


El autor, doctor en Pediatría, Neurología y Psiquiatría, escribe del adolescente que ve en su consulta. Por tanto, no al normal, sino al que tiene problemas -al vago, a la anoréxica, al que vomita a escondidas, al que delinque, al que sus padres le han encontrado papelinas en el bolsillo…- “A mí me traen estos personajes. Y de ellos voy a hablarles".


La semana pasada estuve en Logroño dando una conferencia. Al acabar mi charla, en el Centro Cultural de IberCaja, se levanta una señora y me dice: "Oiga, doctor, ha hablado usted de todo lo malo de la televisión y no ha hablado de lo que tiene de bueno". Cierto, porque el título era "Enganchados a las pantallas". Hablé del adolescente que se engancha a las pantallas, como refleja el título de un libro que escribí el año pasado, Enganchados a las pantallas, que he publicado con Ignacio de Bufarui. La señora tenía razón. Por eso, advierto de que lo que vaya decir es una pincelada del adolescente problemático, de sus problemas.

Hace un mes, aproximadamente, estaba en San Sebastián para dar otra conferencia. Me hospedé en el Hotel Londres -me gusta ver La Concha- y ahí me encontré con Javier Elzo, buen amigo y quizá la persona que hoy sabe más de adolescentes y de las relaciones de padres e hijos -su libro Silencio es una maravilla que hay que leer-. Estuvimos hablando en la cafetería -lo hicimos de una manera poco agradable, agobiante, porque cuando le dije "Dónde nos sentamos, Javier?", me contestó: "Donde tú quieras, pero que me vea el escolta"-.Javier me dijo que me iba a dar una cosa que había hecho con Eusebio Mejías, del Ministerio del Interior y de la Federación de Ayuda Antidrogas. Se trataba de un libro precioso, Hijos y padres. Comunicación y conflictos, del que contaré unas pinceladas.

De entrada, Elzo y Mejías nos dicen que el adolescente coincide con sus padres en la mayoría de cosas referentes a la familia: a la unión familiar, a la cooperación, al diálogo. Y también hablan de la buena salud de la familia española, como órgano que se percibe unido y que se valora positivamente: siete de cada diez familias lo dicen así. ¡Qué bueno para empezar! Porque el argumento social es que la cosa va mal a nivel de familias. No va tan mal, según parece, desde el punto de vista estadístico, al menos, no va tan mal. Y es bueno saberlo.

¿En qué incide la familia actual española en la problemática del adolescente, en esta visión integral que quiero darles? Hay algunos puntos importantes. Por ejemplo: nunca como ahora se ha hablado tanto de familia. Se habla de la familia en todos los foros, para bien o para mal, para denostarla o para ensalzarla. Se habla, se habla y se habla de la familia, sí, pero no se ponen remedios. Porque sigue existiendo una crisis importante a nivel social e institucional: el matrimonio, el edil personal de la conciencia, de los integrantes de la familia, y nadie pone remedio.

Anteayer tuve la suerte de escuchar una conferencia preciosa del cardenal Rouco Varela. Hablaba al grupo catalán de la familia, que dirige Daniel Arasa. El cardenal animó a los presentes. Señaló que la cosa va mal, pero que hay que tener paciencia, que mejorará la situación. Van a mejorar las cosas. Viendo a un príncipe de la Iglesia con esta moral y esta pasión, hablando de lo positivo y no de lo negativo, todos los asistentes salimos con una inyección de vitaminas maravillosa.

PROBLEMAS DE LA FAMILIA ACTUAL

Es verdad que la familia es importante y que han cambiado muchas cosas. Por ejemplo, el retraso de los jóvenes en la edad de ingreso en el mercado laboral, retraso de incorporación de la gente joven a una vida social plena dentro de la sociedad adulta. La mayoría de los jóvenes encuestados dice que ellos consideran la edad para salir de casa los 26 años. Y luego no lo cumplen. Las casas están llenas de jovencitos, ya adultos jóvenes, de treinta y treinta y pico años. Yo digo siempre que hasta los 25 años el hijo es hijo de la familia; y que a partir de los 25 es un "okupa" de la familia, aunque bendito "okupa" si es un buen "okupa".

Ante esta situación, a veces me preguntan si va a aumentar la inmadurez de nuestros jóvenes si tardan tanto en independizarse y no tienen responsabilidades. Es posible, pero yo creo en la sonrisa de esos padres, que están encantados con los hijos mayores en casa, porque son felices en la relación. Pero, claro, también es cierto que el chico o la chica crea problemas de relación cuando es un auténtico "okupa", un incordio de "okupa", un señorito que va a alimentarse allá, sin ningún tipo de responsabilidades, haciendo la vida de un adulto, platicando la maravilla de los anglosajones. Todo lo bueno de la convivencia matrimonial el fin de semana y el resto de la semana... Es la gran comodidad de estas generaciones.

Otro problema de la familia actual: se están desarrollando formas concretas de marginalidad social, que afecta específicamente a la condición juvenil. Hay una endogamia juvenil que se está replegando en muchos sectores: los grupos, la pandilla, los colegas. Hay una búsqueda de experiencias fuertes que todos conocemos: el botellón, las movidas... O esos otros jóvenes que se apuntan a organizaciones, paramilitares algunas de ellas: tribus urbanas, "okupas", ultras de fútbol. Peligroso entorno.

Otro factor sería la sustitución de las funciones de la familia y de la escuela por las que ejercen los medios de comunicación: internet, videojuegos... Se aborda muy bien este asunto en el estudio de Elzo. Es el grupo anómico de adolescentes. Anómicos llama el profesor de Sociología en Deusto a los que no ven claro quién manda en casa. En esa casa no hay normas fijas, y las opiniones de los chavales se acaban imponiendo. La anomia, en Psiquiatría y en Filosofía, indica falta de reglas, falta de cualquier tipo de límites a la persona. Los anómicos se autocalifican como los últimos de la clase, los más rezagados.

En la conclusión del estudio se ve que donde hay una inserción familiar correcta, hay una inserción escolar también correcta. Son como vasos comunicantes: inserción familiar correcta, inserción escolar correcta. Los chavales lo dicen: cuando mantienen buenas relaciones con sus progenitores, están bien en casa; en cambio, cuando las riendas las llevan los amigos y los medios de comunicación, nacen las malas o difíciles relaciones con sus progenitores. En este sentido, se podría decir: cuidado con el adolescente que no trae a casa a los amigos, cuidado con el que para poco en su casa, con el que no está a gusto en su casa. Es un magnífico test: ¿Trae su hijo los amigos a casa? Si la respuesta de los padres es un "no, nunca, no los conozco", peligroso asunto. Algo no va bien. El chico puede estar ya en la "cultura de los pares, de los iguales", para bien o para mal, con la máxima influencia de una adolescencia. En la adolescencia, ni padres ni educadores tenemos el poder de los amigos. Un amigo íntimo puede hacer cambiar a un hijo adolescente, para bien o para mal. Y contra eso poco se puede hacer.

Disponemos de algunos datos sobre la situación de la adolescencia. Por ejemplo: en el año 2000, sólo en la Comunidad de Madrid había 420 escuelas que tenían contratada vigilancia privada para evitar que se asaltaran sus instalaciones. Más: en 2000 hubo en España 25.000 detenidos menores de edad, de los cuales 1.206 eran menores de trece años; de esos 1.206, destacaban dos datos: 110 eran niñas y dos habían sido detenidos por homicidio. Hay más datos: por un lado, el 34% de los menores de quince años piensa que las ONG que luchan por la concordia y la tolerancia son bobadas; por otro, las tiendas de venta de artículos paramilitares han multiplicado por cinco sus ventas a menores de veinte años.

Martín Morales, de ABC, decía que no se podía creer que esta juventud, que acude solidaria a limpiar las playas de Galicia, Asturias y País Vasco, sea la misma que ensucia las ciudades con el botellón. ¿Es la misma juventud o hablamos de una juventud distinta? Quizá los datos aporten alguna luz: en las respuestas relacionadas con el altruismo, un 40% de los adolescentes señala estar preocupado por lo que ocurre en otros lugares del mundo -llámese Galicia o donde sea- y van allá, solidarios. Frente a eso, un escaso 23% dice hacer cosas para mejorar su barrio, su comunidad, su entorno próximo. EIzo señala que estamos ante una manifestación más de la solidaridad indolora y lejana, frente al desinterés por lo que sucede en el entorno inmediato de buena parte de la juventud.

Nuestros jóvenes, como los adultos, están protegidos en la isla de su privacidad. Mientras las cosas no molesten, hasta que el chapapote llegue a nuestras costas... Salimos del metro, vemos que roban a una viejita, damos un rodeo, porque para qué meternos, si no se ha metido conmigo... Buscamos excusa, nos justificamos, vamos tirando. Todo lo cual conduce a lo que el cardenal Rouco llamó individualismo al máximo exponente, que convierte a esta sociedad en una sociedad de solitarios, en una sociedad de egoístas, una sociedad integrada por individuos que se reúnen de vez en cuando para producir, practicar sexo, tener goce. Vamos a un mundo de gente solitaria, de gente aislada.

Los jóvenes de hoy están creciendo con más riqueza, con más derechos, con más libertad, con más conocimiento y con más posibilidades para realizarse, pero también con más pesimismo, con más desmoralización y con más hastío. Estas palabras son de otro amigo, Luis Rojas Marcos, que está en Nueva York y que vivió el descalabro de las Torres Gemelas. Luis no ejerce ya. Sería incapaz de ejercer. Le afectó tanto lo que pasó, que no puede. Ahora escribe, da conferencias. Pero no puede visitar, ha dejado de visitar.

Y él dice, entre otras cosas: ¿por qué?, ¿qué le pasa a esta juventud deprimida? La depresión es el cáncer, la pandemia del siglo XXI. Luis ofrece una cifra escalofriante: entre los nacidos en el mundo occidental después de 1955, el 6% padece un estado depresivo antes de cumplir veinticuatro años.

Nuestra juventud, condenada a la depresión. ¿Por qué? Pues por este individualismo feroz, por este estado continuo de frustración que ocasiona el desequilibrio entre aspiraciones y reales oportunidades. Y es que nunca como hoy ha habido una fractura tan abismal entre las legítimas aspiraciones de los jóvenes y las ofertas reales de la sociedad. De la sociedad, que no de las virtuales que ofrece la televisión, que engañan aún mucho más.

Y en esta frustración se crea la violencia. La frustración es la madre de todas las violencias, junto con la miseria. Hay un sentimiento de fracaso producido por la persecución obsesiva e inútil de ideales inalcanzables que promueve la sociedad. Como fijación física, en la mujer y en el hombre. La ortoexia, la obsesión por los alimentos sanos, conduce a las anorexias, a las bulimias. Y la digorexia, o síndrome de Adonis o de la musculación. Ideales basados en el crecimiento rápido del hombre y de la mujer.

LOS PROBLEMAS DEL ADOLESCENTE

Un estilo de vida carente de sentido religioso. Y lo dice Rojas Marcos, que es un agnóstico recalcitrante. Claro que lo dice. La transformación del modelo de familia, la doble carga de trabajo en el hogar que soportan las mujeres en esta magnífica conquista. La mujer sale de casa para trabajar. Bienvenido sea. Y facilitémosles las cosas para que así sea, pero también facilitemos la entrada del hombre a la casa, porque sale una y no entra el otro. Y el uno por el otro, la casa sin barrer: los chicos solos. A los hombres nos falta cultura doméstica. Hemos de reciclarnos, saber cambiar un pañal, estar junto a nuestros adolescentes en el día a día.

En el ámbito socio-familiar y funcional, ¿qué influye en la problemática del adolescente? Estas familias inestables, con problemas de desempleo, sin identidad y con un gran componente de amargura. Yo veo padres amargados en la consulta. Gente que me dice que no ha sabido hacer de padre, que no ha sabido cumplir, que por eso tiene el hijo o la hija que tiene, que ya da igual porque no tiene remedio. Padres y madres con cara de amargura, de tristeza. Y me dan mucha pena, porque muchas veces no es cierto lo que cuentan. Pienso que todo el mundo se aplica en ser un buen padre, una buena madre; y si algunas veces no conseguimos lo que aspirábamos, lo veremos en el medio o largo plazo porque hemos sembrado una semilla.

Una madre, viuda, que viene por el despacho tiene una hija revoltosa, un diablillo de dieciséis años que le pega unas broncas, que le manda a paseo, que le llama carroza. Una tirana. Y la madre le va dando consejos con todo el amor de madre. Y la madre siempre venía triste a llorarme. "Doctor, es que no me hace caso, no me hace caso". Y un día la madre me vino con la cara alegre, contenta. "¿Qué ha pasado?", le pregunté. "iAy!, doctor, no sabe lo que me ha pasado, qué alegría tengo en el cuerpo. Pues mire, el otro día no sé qué le aconsejé a mi hija, y ayer la pillé que estaba hablando por teléfono con una amiga y le estaba dando exactamente el consejo que yo le había dado a ella". Estaba feliz la madre. Pues esta historia es la realidad.

Disputas entre familias y entre parejas, separaciones, divorcios. Me interesa la pareja, me interesa el matrimonio, porque veo mucha amargura en los que se acercan a la consulta. Disfunción familiar. Familias que van a romperse o se están rompiendo, o va mal la pareja. Pienso en la pareja. Sobre mi último libro, En pareja, me han llegado a decir algunos presentadores de televisión que soy un provocador. Provocador porque defiendo un matrimonio para toda la vida, provocador porque eso no se lleva, porque no es políticamente correcto, porque son tiempos de brincacamas. Provocador porque apuesto por el amor para toda la vida, ese que los del hoy con uno, mañana con otro tildan de rollo.

Madres incapaces de entender las necesidades afectivas de los hijos, madres angustiadas, superadas por los acontecimientos, sin apoyo. Padres distantes, ausentes o violentos, incapaces de dar cariño, padres tránsfugas, ilusionarios. Padres que se sienten inseguros, que no saben hacer de padres; o culpables, que no hacen bien de padres; o ausentes y carentes de autoridad y límites, padres que se agarran al la escuela lo educará. Hay una monjita muy mona, de Pamplona ella, en un colegio de chicas en San Cugat. Ella me dice siempre lo mismo: "Doctor, cuando acabe la conferencia, por favor, diga a los padres que el colegio, que este colegio, no es ninguna compañía de seguros, que aquí no garantizamos educación a nadie; dígaselo, por favor". Yo, cada vez que doy una conferencia, lo digo. "Es que me traen niños aquí, y los padres me dicen: edúquelos, madre". Y eso no es. Porque el colegio sólo ayuda en la formación religiosa y humana, porque son los padres quienes han de educar a los hijos en casa.


 

En el citado libro de Elzo, encontramos una mina en este sentido: los maridos se quejan de las esposas por su exceso de permisividad con los hijos; las esposas responden que sus maridos están excesivamente despegados de los hijos.
Así las cosas, qué pasa en este conjunto de chavales. Estamos convirtiendo auténticos monstruitos. Tenemos hijos majetes aparentemente, que durante la semana son buenos estudiantes, trabajadores... y que el fin de semana se transforman. Unas transformaciones tremendas. Se visten... Y se ponen piercing. Son otros hasta el lunes, que vuelven a ser modositos estudiantes, respetuosos.

Esta dicotomía, esta esquizofrenia, puede ser peligrosa. Porque, por un lado, pedimos a los jóvenes que se porten bien, que estudien, que obedezcan las normas, que sean responsables; y, por otro lado, parece que les animamos a que gasten, a que desobedezcan, a que se tomen la vida como un juego. ¿En qué quedamos?

Y la comunicación entre padres e hijos, la tercera pata del ciclo de los cambios, que diría, acusa a la juventud. Primero es el dilema de permisividad y autoridad; el segundo es el debate sobre los roles de género: quién ayuda en casa. El término ayuda hay que suprimirlo. En las casas nadie ayuda a nadie, todo el mundo colabora, coparticipa, nadie ayuda. Todo el mundo comparte tareas.

CONDUCTAS DE DESINHIBICIÓN

Y el eje comunicación. Imagino que conocerán, por los medios de información, al simpatiquísimo Emilio Calatayud -el juez que pone las penas de "te castigo a aprender a leer". Otro buen amigo. Estuve en una mesa redonda con él en Granada, y en Granada la movida es espantosa. Me tocó pasar la noche de un viernes en la planta trece de un hotel y pensé que tenía quinientos energúmenos en la habitación, chillando toda la noche. Había una placita abajo, que era la de la movida. Y Emilio a veces lo que hace es que los coge... "Yo los cojo, les pongo un mono amarillo, bien llamativo, y el sábado los llevó al lugar de la movida a que recojan todos los trastos que hay por allá". ¡Tanta basura! Y les dice: "Si tú la has dejado, vas a recogerla toda". Emilio Calatayud dice una cosa muy interesante sobre los padres: como no saben cómo actuar, si ser autoritarios o no serIo, actúan haciéndose coleguillas del niño, coleguillas del adolescente; hablándoles de tú a tú, en plan de amistad, tal y cual. Y eso no es bueno. Porque los hijos quieren padres y los padres quieren hijos. Los hijos ya saben buscar amigos, coleguillas. No somos nosotros los padres los encomendados para esta función.

Jóvenes incapaces de controlar sus impulsos, que no toleran la mínima frustración a sus deseos, que viven en la inmediatez del día a día. El miedo a crecer y dejar el hogar paterno. El homo ludens -la vida es juego- y el homo videns, pegado a las pantallas. Por la consulta pasan más y más chavales tiranos, preñados de poder, manipuladores de la familia, que tienen a los padres acongojados totalmente. Chicos que, cuando los descubres, resulta que son sumamente inseguros. Prepotentes, pero por dentro inseguridad total. No tienen amigos, tienen problemas en la escuela. Y cuando descubres sus argucias, se sienten como un lobo. Pobres chavales. Porque, además, te vienen a decir: "Yo no quería tanto poder, me lo han dado, mis padres me lo han dado, yo no quería tanto poder, yo quería tener padres que me pusieran límites". Pero los padres no han puesto límites, han sido permisivos incluso en el consumo de drogas. Y esto día a día lo veo en la consulta.

Empiezo a notar que los jóvenes buscan unas conductas de desinhibición. Es decir, los jóvenes de hoy no son malos, prefieren ser buenos siempre; pero, si son malos, decir que estaban inhibidos, que habían tomado algo que les había quitado un poco la razón de la conciencia. Las drogas lo hacen, el alcohol lo hace. En estas movidas están hasta arriba de alcohol. ¿Y qué pasa? Pues que surgen situaciones de riesgo. En el plano sexual, por ejemplo. Excitados al máximo por el bombardeo continuo de los estímulos sexuales en los medios de comunicación, les indicamos sólo el consabido "póntelo, pónselo". No es suficiente. Porque se pone mal, porque se hace con prisas... De 32.000 embarazos no nacidos al año, de menos de veinte años, la mitad termina en aborto. Un aborto tardío, clandestino, en soledad. Niñas que jugaban con muñecas hace tres días y les toca perder la muñeca viva que llevaban dentro. ¿Y quién habla de abstinencia en los medios de comunicación? En los encuentros sexuales de las series o películas que ponen en televisión, el 97% es entre personas no casadas. El sexo en el matrimonio no interesa a nadie, debe ser que no es políticamente correcto.

¿Qué más? La violencia. Estamos también en una generación de españoles no educados en la fe, a estos chicos que nadie les ha hablado de fe. ¿Conocen una iglesia? Divorcio entre la iglesia y los jóvenes, menor transmisión de la fe a los hijos. ¿Quién transmite en la gran población española la fe? ¿Quién enseña a rezar a los hijos? Los abuelos, no los padres. La abuelita, que cuaja, además, estas jaculatorias que dice… Hijo mío, reza esto, aquellas cosas preciosas de la infancia. Muchos padres vienen a la consulta y me dicen: "Estoy tratando de dar a mi hijo o a mi hija todo lo que yo no tuve. Mire, yo me gano la vida, he pasado penurias muy serias y quiero darle todo lo mejor". Me parece magnífico. Y les digo: "Dele a su hijo todo lo que usted no tuvo, pero dele también todo lo que usted tuvo y que le enriqueció y que sus padres le dieron a usted. No corte la transmisión de valores, siga pasándolos, como aquel juego que decíamos de pequeños, ipásala, pásala, sigue pasándola! Dale lo nuevo, pero dale también lo que has tenido anteriormente".

El consumo es un elemento sociabilizador. A mí me gusta hablar de sociabilización, no de socialización, porque pienso que se socializa una fábrica, una empresa, pero socializar a un niño no me gusta, se sociabiliza a un niño.
Es una costumbre social tomar una copa. El joven necesita identificarse con el grupo de iguales. Para ir de marcha, para no sentirse descolgado... Y casi la mitad de los adolescentes de edades comprendidas entre los doce y los dieciséis años no cree que el alcohol sea una droga. Casi la mitad. Y de la cerveza no hablemos, porque es un refresco. El patrón nórdico, anglosajón, se impone en las movidas, en el botellón: hay que emborracharse como un loco. Y claro, se cogen unas embriagueces brutales, unos comas etílicos brutales.
Nuestros jóvenes cada vez van a beber más alcohol. Es más barato y accesible que cualquier otra sustancia, no precisa receta, es el mejor antidepresivo... Y entramos en el siglo XXI, en la era de la depresión.

i Se está perdiendo la cultura de la bebida! Cuesta que un joven aprenda a saborear un buen Rioja, un buen Ribera del Duero, una buena sidrina del año. Mejor emborracharse con calimocho o con lo que sea, hasta pillar ese grado de desinhibición en el que uno se encuentra tan bien.

Otra cosa que me preocupa en nuestros jóvenes: los mensajes que les damos, ese sistema de valores, esa doble moral. Porque hay una disociación entre valores ideales o finalistas y valores operativos o instrumentales. Valores ideales como el pacifismo, la tolerancia, el ecologismo, la lealtad, el altruismo... Y operativos, como el esfuerzo, la autorresponsabilidad, el compromiso, la participación, la abnegación, el sacrificio…¿Sacriqué? Pregunten a un chaval que defina qué es un sacrificio.

Vuelvo otra vez a Javier Elzo. Dice que hay que educar en valores, pero que no basta con insistir sobre valores finalistas o ideales, sino que la clave está en el día a día de los valores instrumentales u operativos, sin los cuales los primeros no pasan de ser un brindis al sol, eso sí, un brindis tan políticamente correcto en cuanto socialmente, inoperante e individualmente narcotizante, taxativo. Tiene toda la razón.

Otro error que cometemos es que encumbramos a los jóvenes. Hoy se vive una aceptación del modo de ser adolescente -"adultescente" lo llama Eduardo Verdú, "inhibismo" Indro MontaneIli, "enocracia" Julián Marías-, frente a la joventoncracia de antaño. Hoy, todo lo joven es bello y todo lo viejo es decrépito. Vivimos un cántico a la vida, a la juventud. ¿Y qué hacemos con los enfermos?, ¿dejarles agonizar, llenos de tubos, en las uvis? Qué feo que el nieto vea al abuelo moribundo, no, llevémosle a un sitio en que nadie lo vea. La muerte es fea, no hay que verla, no forma parte de la vida la muerte.

LA VIDA NOCTURNA Y EL OCIO ALTERNATIVO

Los jóvenes no asumen compromisos. ¿Qué chavala habla de su novio? Es el chico con quien salgo. No quieren comprometerse, parecen decir no a la vida matrimonial. Prefieren practicar. Y, cuando se buscan responsabilidades, parece que la diana está fuera de los padres, en las instituciones. La escuela tiene la culpa. Un 60% de los padres -lo apunta el estudio de Eusebio Mejías- pide más implicación de los educadores. Un 60%. Sólo un 1% pide mejores recursos educativos. ¿En qué quedamos? ¿La culpa es de los maestros? De la mayoría de los maestros no. Es como si los padres dijeran: mi familia no tiene conflictos; si los tiene, no los veo; y si los veo, los sitúo en el espacio doméstico, menos atemorizador; y si los veo y me angustian, lo achaco a circunstancias exteriores, no es mi culpa.

La supuesta bonanza del ocio nos ha tenido despistados y engañados. Creíamos que el ocio era algo mágico. Pero el ocio es un fenómeno social de doble dirección: positivo o negativo, según el ejercicio o libertad de la persona. La mercantilización del ocio ha convertido en sinónimos ocio y consumismo; ahora es obligatorio distinguir entre ocio y tiempo libre. La auténtica vivencia del ocio debe ser constructiva. Porque el aburrimiento, que implica ausencia de creatividad, hace mella en los adolescentes. Las actuales formas de ocio están vinculadas a valores centrales del hedonismo, de la inmediatez.

Y vale la pena mencionar un asunto que afecta a la Administración, a esa política de "reducción de daños" que -se supone que ideada con toda la buena voluntad- hace la Administración Pública: si los chicos salen por la noche, si los chicos arman jaleo, si los chicos conducen coches..., abramos locales, sitios donde aprendan a bailar, donde se entretengan con juegos de salón, donde practiquen el baloncesto o el ajedrez, donde puedan hacer lo que quieran y sin consumir alcohol.

Eso está bien pensado, pero no a medio y largo plazo: porque si sólo existe eso, se propicia la institucionalización de la vida nocturna de los jóvenes. España es el país más noctámbulo de la Unión Europea. Y no vale decir que es así porque somos un país mediterráneo, porque Italia, Grecia y demás países tan mediterráneos como nosotros no tienen este noctambulismo. Nuestros jóvenes consumen horas nocturnas innecesarias, y si les arreglamos la noche les estamos diciendo "es bueno que salgáis de noche, pero no hagáis tonterías".

El día que se descuelga en la vida diurna, el nocturno se encuentra separado, ha perdido el ritmo. El chaval vivía en un círculo, en una ciudad paralela, en una ciudad distinta a la nuestra. Sucede algo parecido a lo que pasa con la drogadicción: las drogas hacen daño por sí mismas, evidentemente, pero hacen mucho daño por el tiempo que estás consumiendo drogas. El problema del drogadicto, aparte de lo que cuesta su rehabilitación, es su reinserción social. Ha perdido su tiempo, fértil, sus años mozos. Dónde va a colocarse este chico que lleva cinco, diez, quince, veinte años enganchado a la droga.

Resalto esta idea para no caer en la tentación de la atractiva política de la reducción de daños o del ocio alternativo. El objetivo, por tanto, parece claro: hay que cambiar los hábitos de consumo de los jóvenes, lograr que disfruten su tiempo libre en horas diurnas. De ahí que sea necesario animar a la familia y a la escuela para que promocionen los hábitos saludables y las actividades lúdicas, diurnas, deportivas, culturales, lo que sea. Siempre lo digo: los que practican la barra gimnástica evitan siempre la barra de discotecas.

Yo tengo cuatro adolescentes, que ya salen de la adolescencia. Se nos hacen mayores. Y me digo: qué pena. Porque he disfrutado su adolescencia y porque es un tópico el "¡cuidado con la adolescencia!, ya verás cuando crezcan lo mal que lo pasarás!". Es falso. Si hay una etapa rica, fértil y maravillosa en la vida es la que se vive junto con los hijos adolescentes. Cuando llega a mi despacho un chico o una chica que le han pillado vomitando, que le han pillado tomando drogas... vienen los padres desesperados. "Haga algo, haga algo", me dicen. Y hablas con el chico, y le indicas que sus padres están preocupados. "¿Ahora están preocupados, doctor? ¿Dónde estaban antes? Los busqué y no los encontré. Ahora se preocupan. Que se fastidien".

Hay muchos padres que descubren a sus hijos adolescentes en el momento de crisis. Antes no sabían de su existencia. Pensaban que no pasaba nada: estudiaban, funcionaban, todo normal. Y llega la crisis. Y entonces "iay!, iay!, doctor".

Mis hijos también han salido por las noches, pero mi mujer y yo les decíamos "el sábado que viene es sábado cultural". Sábado cultural. Y nos íbamos a ver cosas de Gaudí. O a una pinacoteca, o a un museo. Lo hacíamos una vez al mes. Buscar atractivos diurnos. y cuando haya consumo de alcohol, procurar que sean actos experimentales y de corta duración, algunas noches de fin de semana y algunas fiestas. Y ofrecerles la alternativa de que pueden controlar sus impulsos.

Deberíamos desarrollar habilidades personales en los niños y adolescentes para que sepan hacer frente a la presión social y del grupo, que incita al voraz consumismo, al fenómeno social que llamamos "sociedad bulímica", que les obliga a ingerir cosas superfluas, que luego se vomitan, que no sirven para nada. Nos alimentamos sólo materialmente, nunca espiritualmente.

DIÁLOGO CON LOS JÓVENES

En esta sociedad tremendamente adictiva, hay que formar personas libres, personas que sepan decir "no". Y que nadie sea ingenuo: las drogas han venido para quedarse; no se van a ir, y quizá dentro de poco estarán todas legalizadas. Y hemos de formar jóvenes que sepan decir "no" a las "drogas", a cualquier tipo de presión social y de los medios. Si la educación en una familia y la educación en una escuela es fuerte, los medios sucumbirán. Hemos de formar chicas y chicos, y para eso quien tiene que mandar en casa es el padre, es la madre, y no la televisión o internet.

Termino ya. Lo hago con un artículo de Indro Montanelli, ese gran periodista que falleció hace un par de años. En el año 78, en plena efervescencia del movimiento juvenil contestatario en Europa, publicó un interesante artículo sobre el diálogo del mundo adulto con la juventud. Lo tituló "El diálogo con los jóvenes", y en él se puede leer: "Hemos sido nosotros, los mayores, y no los jóvenes, quienes hemos aceptado el enfoque que nos ha sido indicado por las modas sociológicas, según las cuales el hombre no es hijo ni de sus padres ni de sí mismo, de su propio carácter y su propia voluntad, sino que solamente es el fruto de determinadas estructuras sociales y la inocente víctima de deformaciones que estas estructuras pueden parecer. De modo que, según estas ideas, no debemos intervenir sobre el joven, sino sobre la sociedad; aquel no es más que un producto de esta, independientemente de sus méritos o sus defectos, ya sea que se convierta en un Premio Nobel, ya sea que acabe traficando en drogas. De esta gran idea se deriva la llamada sociedad permisiva, que preconiza un título para todos los universitarios, tanto para los inteligentes como para los burros, que practica la indulgencia con los delincuentes, que declara la guerra no sólo a los títulos de mérito, sino también al concepto mismo de mérito personal.

Y esta gran idea la hemos glosado los mayores, o por lo menos nosotros hemos permitido que otros la lanzaran para mantener el diálogo con los jóvenes. Los jóvenes, naturalmente, aceptaron tal idea como una fórmula para legitimar lo más fácil como lo más conveniente, pero los jóvenes no nos han correspondido con su rectitud sino con su rencor, porque se han dado cuenta de que les hemos tendido una trampa y por esto el diálogo se ha hecho más difícil. Que resultará que los únicos que consigan establecer el diálogo serán quienes, como mi padre, se han negado a claudicar de sus ideas frente a los hijos y han mantenido sus convicciones y principios, sin importarles los más mínimo ser por ello tratados de irracionales o de fascistas, como se trata hoy a cualquiera que se niegue a seguir la moda de las indulgencias plenarias. Yo no tengo inconveniente en hablar a los jóvenes, pero quiero hacerlo con mi lenguaje, no con el de ellos, y no les diré que son unas pobres víctimas de la sociedad y acreedores a la absolución, sea cual sea su conducta; al contrario, si les hablo, será para decirles que son responsables de todo lo que hacen y que, por tanto, están obligados a responder en todo momento de su conducta. Si les parece bien, así que me escuchen; si no, paciencia, mañana también ellos me darán la razón".

(*) Conferencia pronunciada en el último Congreso de la Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos de Centros de Enseñanza (FAPACE). El Congreso se tituló "La conducta adolescente en la sociedad de hoy" y se celebró en Asturias el 27, 28 de febrero y 1 de marzo de 2003.
Publicado en NUESTRO TIEMPO, Nº 592. Octubre de 2003

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Ideales - ¿Qué ideales?

 

La adolescencia es una época de contrastes. Por una parte se presenta lo noble; por otra, lo mezquino. Y ese debate no siempre se resuelve debidamente si la educación no es acertada.

Hay que inculcar un inconformismo natural ante lo mediocre. Es mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.

La vida está llena de opciones. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

A cierto personaje le llamó la atención un joven a quien veía todos los días tumbado en el césped. Entabló con él una conversación que fue, más o menos, así:

–¿Tú no estudias?, ¿no tienes ocupación? –¿Como cuál? –dijo el chico, entreabriendo un ojo. –Podrías estudiar. –¿Para qué? –Para ingresar más adelante en la universidad. –¿Para qué? –Para obtener un título y poder trabajar. –¿Para qué? –Para poder ganar mucho dinero. –¿Para qué? –Pues... para que puedas adquirir una buena casa, y muchas cosas más –contestó el buen hombre ya un poco perplejo. –¿Para qué? –Para que en tu vejez disfrutes de lo que tienes y descanses. –Pues eso es justo lo que estoy haciendo ahora: descansar.

A la gente joven no se le pueden hacer planteamientos como los que este personaje ofrecía a aquel chico. Con ideales de ese tipo es difícil dar sentido a la vida de nadie.

Lo propio de un adolescente correctamente educado es albergar en su cabeza la idea de que puede y debe llegar a ser una persona grande.

A veces, los cortos ideales de la gente que tienen alrededor les dan bastante motivo para pensar que ese nuevo mundo en el que entran no tiene nada de ilusionante. A eso se une que la etapa adolescente facilita un cierto aire desmitificador, como de persona que cree que ya lo ha visto y probado casi todo, y casi siempre con cierto desengaño, sin ideales, como muy pasota.

Miedo al desengaño

Pueden pasar por una fase en la que parece como si para ellos lo importante fuera sólo lo inmediato, y no se atreven a creer en nada más, porque tienen miedo a decepcionarse luego. Prefieren creer en poco y esperar en nada, porque así se sienten más seguros.

Cuando veamos que les sucede algo de esto, hay que procurar darles ánimos y respaldar su confianza en sí mismos, decirles que es mejor soñar un poco aunque luego a veces uno se equivoque. Tener esperanza, aunque a veces se vea defraudada. Apostar por algo en la vida, sin resignarse a que todo siga en la mediocridad.

Una época de contrastes

La adolescencia es una época de contrastes. La edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos. Por una parte se le presenta lo noble; por otra, lo mezquino. Y ese debate no siempre se resuelve debidamente si la educación no es acertada.

Es un tiempo de ilusiones, de proyectos, de posibilidades que se abren a cada paso. Chicos y chicas que dejan atrás la niñez como se abandona una camisa que se ha quedado pequeña. Ahora, para vestirse de nuevo, ya no les sirven sus sueños infantiles.

Rebeldía

La adolescencia es también un tiempo de rebeldías: frente a una autoridad que consideran injusta, frente a lo inauténtico, o lo poco coherente.

La rebeldía siempre es preferible al conformismo burgués, a la mediocridad triste y ramplona. No estar satisfecho del mundo en el que uno vive, y querer cambiarlo, debe verse –en principio– como algo digno de alabanza.

La rebeldía, que es necesaria, debe reunir ciertas condiciones, y quizá la primera sea saber contra qué nos rebelamos. Hay que rebelarse contra el mal, contra la injusticia, contra la mediocridad, sí. Pero también, y antes, contra lo que de malo, injusto y mediocre hay en uno mismo. No podemos ser como esos rebeldes de pacotilla que ni estudian, ni dan ni golpe, ni pueden ponerse a nadie como ejemplo de nada. Lo suyo más que rebeldía son ganas de incordiar.

Para destruir, para arrasar, para gritar de forma estéril, para estar diciendo siempre que todo esta mal, que no es esto... para eso no hace falta arte, ni ciencia, ni esfuerzo, ni cualidades.

La Historia está llena de ejemplos de rebeldes que cuando llegaron al poder se volvieron burgueses. Y de rebeldes que, al fracasar, se convirtieron en resentidos que sólo sabían hacer crítica destructiva. Es muy fácil decir que algo está mal y que hay que cambiarlo. Lo difícil –y lo que hace falta– es aportar ideas positivas y conseguir cambiarlo realmente.

Grandes ideales

Algunas deficiencias de la personalidad adolescente tienen su origen en la falta de magnanimidad. La magnanimidad es grandeza de ánimo, es un noble deseo de dedicar la propia vida a grandes ideales. Es virtud de personas que desean abandonar la transitada senda de la medianía y acometer empresas audaces en beneficio de todos. El hombre magnánimo está siempre dispuesto a ayudar, no se asusta ante las dificultades, se entrega sin reservas a aquello que cree que vale la pena.

El pusilánime, por el contrario, siempre piensa que todo está por encima de sus posibilidades. Es ése que espera sentado su oportunidad, que aguarda pacientemente tiempos mejores mientras se lamenta de lo difícil que está ahora todo. Es una desdicha convivir con pusilánimes: son aguafiestas permanentes, conformistas desalentadores. Todo lo que hacen tiene el regusto de la mediocridad, incluso la diversión. Por eso podría decirse que el vacío de ideales resulta la más amarga de las carencias.

El sopor de la mediocridad

Hay que inculcar en el adolescente un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta incomparablemente mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar, pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar. La vida está llena de opciones. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

Para pensar...

Tan importante como tener grandes ideales es aprender a traducir esos grandes proyectos a la dura realidad de cada jornada. Es preciso no caer en ingenuos idealismos que llevan a grandes frustraciones.

Hacer cualquier cosa seria en la vida hay mucho que trabajar, mucho que aprender, mucho que corregir. El genio se compone de un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración: de sudor, de trabajo.

A veces los problemas tiñen de negro el futuro, y parece que todo va a acabar mal, que ya no tiene sentido luchar más. Sería muy bonito tener luz para ver claro el camino todos los días, toda la vida, pero no siempre se tiene, y hay que seguir adelante.

Algunos abandonan su lucha simplemente porque no pueden lograr sus objetivos al cien por cien. Hay que ser realistas, y hacer ese poco que podemos, aunque parezca muy poco, y acabaremos consiguiendo mucho.

Otros quizá tendrían que temer menos al futuro y poner más coraje en el presente. Es mala política vivir demasiado mediatizado por el pasado o el futuro, tanto si es por amargura como si lo es por añoranza.

Y actuar...

Lo primero –y más importante de lo que parece– es reflexionar sobre qué principios y qué ideales deseamos para nosotros y nuestra familia. Luego, es preciso persuadirse de la importancia que esto tiene para nuestras vidas, y comprender que nadie podrá hacerlo en nuestro lugar. Como en las ideas no cabe la imposición, conviene hablar estas cosas en familia y ver el modo de ir avanzando. Quizá nos sorprendamos de que los demás son más razonables –y están más dispuestos a cambiar– de lo que pensábamos.

 

ALFONSO AGUILO. 2003-08-11

 

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Les ha retado: «No tengáis miedo a decir ¡! a Jesús, a encontrar vuestra alegría en hacer su voluntad, dándoos por completo en la búsqueda de la santidad y usando vuestros talentos al servicio de otros». Les ha iluminado y ensanchado los horizontes: «La Iglesia necesita vuestra fe, vuestro idealismo y vuestra generosidad». Les ha espoleado: «Sostened vuestra fe mediante la oración y alimentadla con los sacramentos». Les ha pellizcado en su orgullo propio de juventud: «La vida no es un simple acumular, y es mucho más que el simple éxito». Y les ha lanzado: «Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, podréis transformar las naciones». Ojalá que los jóvenes acojan estas perlas del Papa. Sydney-Australia, Benedicto PP. XVI – el 2008.VII.

 

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صلاته. فلتسدّد خطاكم مريمُ " إمرأة الافخارستيّا " وأمّ الحكمة، ولتنوّركم في خياراتكم وتعلّمكم محبّة الحقّ والخير والجمال، ولتقدكم جميعاً إلى ابنها، الوحيد الذي يمكنه أن يلبّي أخلص الانتظارات في عقل الإنسان وقلبه.

                  مع بَرَكَتي.

 

Que María, "mujer eucarística" y Madre de la Sabiduría, os ayude en vuestro caminar, ilumine vuestras decisiones y os enseñe a amar lo que es verdadero, bueno y bello. Que Ella os conduzca a su Hijo, el único que puede satisfacer las esperanzas más íntimas de la inteligencia y del corazón del hombre.

¡Con mi bendición! S. S. Juan Pablo II - 2004.

 

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Juventud e ideales

 

Cada vez es más frecuente observar gente joven que es capaz de concebir ideales, pero faltos de virtudes y disciplina, carecen de fuerza y energía suficientes para hacerlos realidad. Es preciso ayudarles a forjarlas, y a la vez flexibilizar sus ideales para que sean alcanzables. 

 

Por Jorge Peña Vial

La adolescencia es la edad filosófica por excelencia, la edad en la que uno se cuestiona el mundo, su significado y sentido, y en la que obstinadamente se intenta comprenderlo y clasificarlo. Leyendo, paseando, discutiendo con amigos. Es en la adolescencia cuando se vive el momento inaugural de la filosofía y las preguntas quemantes acerca de la verdad apremian y exigen una respuesta libre y desinteresada. Es la edad de la teoría, de la necesidad y búsqueda de un orden y un sentido en medio del caos exterior y de las turbulencias interiores. Es la edad cuando se vislumbra la propia vocación, término con el cual se designa una categoría fundamental de la vida personal.

No hay que concebir imaginativamente una persona ya existente y que adquiera después su vocación. La vocación precede más bien al hecho personal y concurre a su constitución. Responder a una tal llamada y llegar a ser una persona son aspectos de un mismo acontecimiento. En ese horizonte abierto a la totalidad, propio de la adolescencia, se atisba el papel que cada uno está llamado a vivir en el mundo y la sociedad. La vocación no se identifica con la conciencia que de ella podamos tener. Su primera presencia se produce bajo la forma de un impulso que se siente. Podemos fechar el descubrimiento pero no el origen de nuestra vocación. Este descubrimiento corresponde al momento en que nos identificamos con la inquietud sagrada de nuestra adolescencia. También en ese mismo instante interviene el primer gran peligro de traición. Podemos vivir en contra de nuestra vocación, pero ya nunca sin ella. Le pertenecemos de por vida y quizá sea ella quien aguarde, desnuda, al otro lado de la tumba.

Existe una atención ansiosa que precede a la vocación y una realización valerosa que la sigue. El ideal concebido imaginativamente por encima del tiempo debe realizarse ahora en el tiempo, en el día a día. En la juventud el sujeto ya se ha identificado con su yo ideal, pero la distancia entre ese ideal y las realizaciones efectivas es entonces máxima. Si en las fases sucesivas esa distancia no se acorta, si no hay suficientes logros de realización, si no se produce ese proceso de maduración que lleva a flexibilizar el ideal en contacto con la realidad y, recíprocamente, a una iluminación de la realidad por y a partir de ese ideal, entonces ese ideal paulatinamente será visto como inalcanzable o un típico sueño de juventud.

Cada vez es más frecuente observar gente joven que es capaz de concebir ideales, pero faltos de virtudes y disciplina, carecen de fuerza y energía suficientes para hacerlos realidad. No en vano la palabra virtud deriva de “vir”, que significa fuerza, energía. Caen prontamente en el desengaño y el escepticismo. Y así por un lado encontramos el fanático, aquel que absorto en la contemplación de ese ideal puro prefiere quemar la realidad antes que verlo contaminado y limitado por el esfuerzo de llevarlo a cabo, y por el otro, el cada vez más frecuente cínico desengañado que ante sucesivos fracasos definitivamente niega la posibilidad de cualquier ideal y lo considera mera utopía. Sin embargo la grandeza de un ideal -para no derivar en mera utopía- se mide por el grado de encarnación en la realidad. Sólo con lucha, con esfuerzo personal, con el asiduo cultivo de virtudes, venciéndose a sí mismos y renunciando a las gratificaciones inmediatas, sirviendo y pensando en los demás, los jóvenes tendrán esa fuerza transformadora de la realidad y serán auténticamente rebeldes.
2004-03-04 – www.arvo.net

 

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Por adolescencia se entiende, etimológicamente, la edad del crecimiento. Es la edad que sucede a la infancia y que comienza con los primeros signos de la pubertad. Mientras que la pubertad es esencialmente un fenómeno biológico, la adolescencia es un proceso psico-social, aunque estos dos hechos se entrecruzan e interactúan entre sí, Sobre la edad de aparición de la pubertad existe una gran variabilidad entre los individuos. La cronología media se situaría a los 1 1-12 años para las niñas, con la aparición de las primeras reglas, y a los 13 años para los niños con las primeras emisiones espermáticas. También los límites cronológicos de la adolescencia resultan difíciles de señalar con precisión: puede aceptarse la edad entre los 12 y los 19 años, aunque en la actualidad a una más pronta maduración física, debida a las mejores condiciones higiénicas y alimenticias, corresponde a veces un retraso en el desarrollo psicológico y social. Es posible reconocer una diversidad ulterior dentro de diferentes momentos de la adolescencia: «primera adolescencia´ (alrededor de los 12 y los 14- 15 años), «verdadera y propia adolescencia» (alrededor de los 15- 16 años hasta los 20).

 

En la adolescencia se asiste al desarrollo gradual de la personalidad, a través de modificaciones biológicas y psicológicas sumamente importantes.

Muchos órganos y sistemas corporales son objeto de transformaciones que conducen, mediante la aceleración más marcada del crecimiento del esqueleto y del desarrollo de los órganos y caracteres sexuales secundarios, a la plena madurez sexual. En paralelismo con la maduración física comienza un proceso de desarrollo mental y psicosocial, durante el cual el adolescente asume una mayor conciencia de la propia individualidad y, a través de nuevas identificaciones, pasa del estado de dependencia a la independencia psicológica y socio-económica.

Estos profundos cambios se llevan a cabo en medio de cierto desconcierto y contribuyen con otras causas a crear aquel sentido de incertidumbre y de desequilibrio que caracteriza a la llamada crisis de la pubertad o de la adolescencia, que hay que seguir con especial atención en el terreno educativo.

G. Cappelli

Bibl.: Z. Trenti, Adolescentes (catequesis de}, en DC, 19-22; G, Rodríguez, Adolescentes: experiencia humana y mensaje cristiano, Sígueme, Salamanca 1971; L. Montero, Psicologia evolutiva y educación en la fe, Ave María, Granada 6í981; P. Castelví, Psicologia del adolescente y del joven, Fac. Teológica, Barcelona 1980

 

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al caer el día se elevan al cielo las plegarias de los cristianos 

 

En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

316 Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

317 Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

318 Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

319 Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

320 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

321 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

322 Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

323 La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

324 La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

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“De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor”. S. S. Benedicto XVI. P.M. – MMV.XI.X.

 

“Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil luchar”.

 

Dios se manifiesta «como una persona que ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña en el camino de la historia y sufre por la infidelidad de su pueblo «a su amor misericordioso y paterno».

«El primer signo visible de esta caridad divina hay que buscarlo en la creación»: «los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas».

«Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de un pueblo, se da una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador»

«Existe, por tanto, un mensaje divino, grabado secretamente en la creación», signo de «la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo».

«De las obras creadas se llega a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia».


El Papa acabó su discurso, dejando a un lado sus papeles, comentó un pensamiento de san Basilio Magno, doctor de la Iglesia, obispo de Cesárea de Capadocia, quien constataba que algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la merced de la casualidad».

«Creo que las palabras de este padre del siglo IV son de una actualidad sorprendente», reconoció S. S. Benedicto XVI preguntándose: «¿Cuántos son estos "algunos" hoy?».

«Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de un guía y de orden».

«El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón adormecida y nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Al inicio la Palabra creadora --esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos-- es también Amor».

El Papa concluyó exhortando a dejarse «despertar por esta Palabra de Dios» e invitando a pedirle que «despeje nuestra mente para que podamos percibir el mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora y esta Sabiduría es amor y bondad».
S. S. Benedicto XVI. P.M. MMV.XI.X.

 

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Alabemos con las poéticas palabras del teólogo san Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia Católica, año 330+390:

 

« Gloria a Dios Padre y al Hijo,
Rey del universo.
Gloria al Espíritu,
digno de alabanza y santísimo.
La Trinidad es un solo Dios
que creó y llenó cada cosa:
el cielo de seres celestes
y la tierra de seres terrestres.
Llenó el mar, los ríos y las fuentes
de seres acuáticos,
vivificando cada cosa con su Espíritu,
para que cada criatura honre
a su sabio Creador,
causa única del vivir y del permanecer.
Que lo celebre siempre más que cualquier otra
la criatura racional
como gran Rey y Padre bueno ».

(9) Poemas dogmáticos, XXXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511

 

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gracias por venir a visitarnos

 

Recomendamos vivamente:

1º ‘Jesús, el Evangelio de Dios’ Edibesa - editorial. Es, sin lugar a dudas, una obra madura de un experimentado pastor y teólogo y un libro oportuno sobre Jesucristo, el protagonista de máxima trascendencia y de permanente actualidad. 2008.-

2º ‘María mujer, madre, amiga’ Edibesa – editorial - Monseñor Francisco Cerro Cháves, obispo de Coria-Cáceres-España escribió estas deliciosas 346 págs.2008

3º Jesús de Nazaret– al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’. 2007

Ser cristiano’- al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’- dedicó «a Romano Guardini, con gratitud y admiración». Editor: Desclée De Brouwer.

Juan Taulero (hacia 1300-1361), dominico  -  - Sermón 9  - Mujer, qué grande es tu fe»       «¡Ten compasión de mí, Hijo de David!». Es un grito de auxilio de una fuerza inmensa... Es un gemido que viene como de una profundidad sin fin. Sobrepasa en mucho la naturaleza, es el Espíritu Santo quien debe proferir este gemido en nosotros (Rm 8,26)... Pero Jesús le dice: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel»... Pero, ¿qué ha hecho ella al ser así perseguida? ... Ha penetrado de manera todavía más profunda en el abismo. Abajándose, humillándose, ha mantenido la confianza y ha dicho: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».      ¡Ojalá también vosotros llegarais a penetrar de manera tan veraz en el fondo de la verdad, no a través de sabios comentarios, de grandes palabras, o con los sentidos, sino desde el verdadero fondo de vosotros mismos! Ni Dios, ni ninguna criatura podrá apretaros, anonadaros, si permanecéis en la verdad, en confiada humildad. Os podrán hacer soportar afrentas, menosprecios, repulsas, pero permaneceréis firmes en la perseverancia, y os adentraréis todavía más profundamente, animados de entera confianza y veréis aumentar todavía más vuestro celo. Todo depende de eso, y el que llega a ese punto, éste sale vencedor. Estos y sólo estos caminos conducen, en verdad y sin parada intermedia, hasta Dios. Pero perseverar hasta ese alto grado de humildad, con perseverancia, con entera y verdadera certeza, como lo hizo esta pobre mujer, son pocos los que llegan a él. +





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