Thursday 9 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
Inicio > Apologética > Alma - 1º reflexión catequética; ánima, espíritu, sustancia, esencia, psique
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La oración es luz del alma - "El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

 

 

Pues conviene que elevemos la mente a Dios no sólo cuando meditamos en el tiempo de la oración, sino también que combinemos el anhelo y el recuerdo de Dios con la atención a otras ocupaciones, lo mismo en medio del cuidado de los pobres que en las útiles tareas de la munificencia; de tal manera que todas las cosas se conviertan como en un alimento dulcísimo para el Señor y se hallen como condimentadas con la sal del amor de Dios. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo, que abrace a Dios con inefables abrazos apeteciendo, igual que el niño que llora y llama a su madre, la divina leche: expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, ensancha el alma y tranquiliza su afectividad. Y me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras. La oración es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: "Porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables".

Cuando Dios otorga a alguien el don de semejante súplica, ello significa una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien le saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad, hazte resplandeciente con la luz de la justicia; adorna tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, por la oración a fin de preparar a Dios una casa perfecta, y poderle recibir como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por su gracia, es como si poseyeras su misma imagen colocada en el templo del alma".

De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)

 

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Sobre el alma

 

Carlos Valverde

 

Claro que existe el alma! Pero es un ser inmaterial, y fundida con el cuerpo forma la maravilla que es la persona. Basta reflexionar sin prejuicios para entenderlo. Según la física actual, la materia se define por sus cuatro fuerzas: la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil. Ninguna de las cuatro explica la formación de nuestros conceptos y nuestros principios abstractos, inmateriales. Por ejemplo, ¿qué hay de material en el concepto de justicia: Dar a cada uno lo suyo? ¿Qué hay de material en la definición de ley como un precepto común, justo y estable, suficientemente promulgado? ¿Qué hay de material en el concepto de sociedad civil? Los ejemplos son innumerables, porque continuamente, en la ciencia y en el lenguaje ordinario, estamos utilizando conceptos abstractos, universales, no materiales (lo material siempre es singular). Si esos conceptos fuesen cerebrales serían materiales, y por lo mismo extensos, mensurables y ponderables. ¿Se puede medir o pesar el concepto de justicia, o el de ley, o el de sociedad, o el principio de contradicción?

Ahora bien, si las personas somos capaces de hacer actos inmateriales, es que tenemos en nosotros un componente inmaterial, o mejor, que nosotros como personas estamos formados por un componente inmaterial que llamamos alma o espíritu. El efecto siempre es proporcionado a la causa, y la causa da lo que tiene. Si el efecto es inmaterial es que hay una causa inmaterial. Todavía: la materia está siempre sometida a leyes necesarias, físicas, químicas, biológicas. Lo material no puede deliberar reflejamente y decidir por una opción, pudiendo elegir otra, actúa por necesidad. Pero nosotros, personas, en muchas situaciones somos libres. Podemos elegir refleja y libremente entre ir esta tarde al teatro, o dar un paseo, o visitar a unos amigos. ¿Aqué, si no, tantas exigencias de libertad? La libertad ciertamente no reside en lo material. Aún más: el genoma humano, según los científico, orgánicamente es igual al de algunos antropoides hasta en un 98%. ¡Qué salto increíble en lo cultural! Las bibliotecas, los laboratorios, la medicina, la arquitectura, la pintura, la poesía, la ciencia, el derecho, en suma: el progreso. ¿Se puede pensar que todo eso es efecto de emisión de positro n e s? Hace falta demasiada fe para creerlo. Lo único razonable es aceptar la existencia de un principio que ,por ser inmaterial, no sólo conoce, sino conoce que conoce, por eso rectifica, por eso progresa.

Pero los animales, que son sólo materia, no progresan por sí mismos. Otra cosa es que, puesto que alma y cuerpo están fundidos en una sola naturaleza, una deficiencia en la materia, y más concretamente en el cerebro o en los genes, pueda obstaculizar o alterar las funciones de la persona, como de hecho sucede. Nos crea una no pequeña confusión querer imaginar el alma. Pero el alma no tiene imagen porque no es extensa. Entendemos perfectamente su existencia, no podemos imaginar su forma porque no la tiene. ¿ Y bien, dónde está el alma? El alma no está, es, fundida con el cuerpo, la persona. Cuando vemos una persona, no vemos un cuerpo, vemos una persona, toda cuerpo, toda alma, una sola naturaleza. El alma se expresa a través del cuerpo. El rostro humano habla mucho del alma, en la mirada, en la sonrisa, en el gesto, en la palabra. Los seres sólo materiales no sonríen, no hablan, no hacen gestos de admiración, de odio, tienen signos pero no crean símbolos. San Bernardo pedía a los universitarios de París que tuviesen compasión de sus almas. Hoy hay que rogar a los científicos que se mantengan dentro de los límites de lo empírico y que no pretendan suprimir el alma del hombre. Su método experimental no es apto para investigar las realidades no-materiales del pensamiento y la libertad. Si no somos alma, somos sólo cuerpo. Como los animales. Entonces se podrá tratar a las personas como animales. El materialismo nazi y marxista fueron consecuentes, trataron a las personas como animales. El materialismo capitalista, ¿no nos trata, frecuentemente, como máquinas de consumir y de producir? La dignidad de la persona sólo se fundamenta definitivamente si se admite el alma o espíritu. Quedan muchas cuestiones pendientes. Se vienen estudiando por mentes poderosas desde hace muchos siglos. Este hecho debe hacernos cautos, al menos para no lanzar afirmaciones imprudentes, que pueden provenir de la ignorancia.

Carlos Valverde- Avvenire-Alfa y Omega, Etapa II - Número 293, 7.II.2002

 

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El hombre, imagen de Dios, es un ser espiritual y corporal

 

1. El hombre creado a imagen de Dios es un ser al mismo tiempo corporal y espiritual, es decir, un ser que, desde un punto de vista, está vinculado al mundo exterior y, desde otro, lo transciende. En cuanto espíritu, además de cuerpo es persona. Esta verdad sobre el hombre es objeto de nuestra fe, como lo es la verdad bíblica sobre la constitución a "imagen y semejanza" de Dios; y es una verdad que presenta constantemente a lo largo de los siglos el Magisterio de la Iglesia.

La verdad sobre el hombre no cesa de ser en la historia objeto de análisis intelectual, no sólo en el ámbito de la filosofía, sino también en el de las muchas ciencias humanas: en una palabra, objeto de la antropología.

2. Que el hombre sea espíritu encarnado, si se quiere, cuerpo informado por un espíritu inmortal, se deduce ya, de algún modo, de la descripción de la creación contenida en el libro del Génesis y en particular de la narración "jahvista", que emplea, por así decir, una "escenografía" e imágenes antropomórficas. Leemos que "modeló Yahvé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado" (Gen 2, 7). La continuación del texto bíblico nos permite comprender claramente que el hombre, creado de esta forma, se distingue de todo el mundo visible, y en particular del mundo de los animales. El "aliento de vida" hizo al hombre capaz de conocer estos seres, imponerles el nombre y reconocerse distinto de ellos (Cfr. Gen 2, 18-20). Si bien en la descripción "jahvista" no se habla del "alma", sin embargo es fácil deducir de allí que la vida dada al hombre en el momento de la creación es de tal naturaleza que transciende la simple dimensión corporal (la propia de los animales). Ella toca, más allá de la materialidad, la dimensión del espíritu, en la cual está el fundamento esencial de esa "imagen de Dios", que Génesis 1, 27, ve en el hombre.

3. El hombre es una unidad: es alguien que es uno consigo mismo. Pero en esta unidad está contenida una dualidad. La Sagrada Escritura presenta tanto la unidad (la persona) como la dualidad (el alma y cuerpo). Piénsese en el libro del Sirácida, que dice por ejemplo: "El Señor formó al hombre de la tierra. Y de nuevo le hará volver a ella", y más adelante: "Le dio capacidad de elección, lengua, ojos, oídos y corazón para entender. Llenóle de ciencia e inteligencia y le dio a conocer el bien y el mal" (17, 1-2, 5-6).

Particularmente significativo es, desde este punto de vista, el Salmo 8, que exalta la obra maestra humana, dirigiéndose a Dios con las siguientes palabras: "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies" (vv. 5-7).

4. Se subraya a menudo que la tradición bíblica pone de relieve sobre todo la unidad personal del hombre, sirviéndose del término "cuerpo" para designar al hombre entero (Cfr., por ejemplo, Sal 144/145, 21; Jl 3; Is 66, 23; Jn 1, 14). La observación es exacta. Pero esto no quita que en la tradición bíblica esté también presente, a veces de modo muy claro, la dualidad del hombre. Esta tradición se refleja en las palabras de Cristo: "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y el alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehena" (Mt 10, 28).

5. Las fuentes bíblicas autorizan a ver el hombre como unidad personal y al mismo tiempo como dualidad de alma y cuerpo: concepto que ha hallado expresión en toda la Tradición y en la enseñanza de la Iglesia. Esta enseñanza ha hecho suyas no sólo las fuentes bíblicas, sino también las interpretaciones teológicas que se han dado de ellas desarrollando los análisis realizados por ciertas escuelas (Aristóteles) de la filosofía griega. Ha sido un lento trabajo de reflexión, que ha culminado principalmente —bajo la influencia de Santo Tomás de Aquino— en las afirmaciones del Concilio de Viena (1312), donde se llama al alma "forma" del cuerpo: "forma corporis humani per se et essentialiter". La "forma", como factor que determina la sustancia de ser "hombre", es de naturaleza espiritual. Y dicha "forma" espiritual, el alma, es inmortal. Es lo que recordó más tarde el Concilio Lateranense V (1513): el alma es inmortal, diversamente del cuerpo que está sometido a la muerte (cf. DS 1440). La escuela tomista subraya al mismo tiempo que, en virtud de la unión substancial del cuerpo y del alma, esta última, incluso después de la muerte, no cesa de "aspirar" a unirse al cuerpo. Lo que halla confirmación en la verdad revelada sobre la resurrección del cuerpo.

6. Si bien la terminología filosófica utilizada para expresar la unidad y la complejidad (dualidad) del hombre, es a veces objeto de crítica, queda fuera de duda que la doctrina sobre la unidad de la persona humana y al mismo tiempo sobre la dualidad espiritual-corporal del hombre está plenamente arraigada en la Sagrada Escritura y en la Tradición. A pesar de que se manifieste a menudo la convicción de que el hombre es "imagen de Dios" gracias al alma, no está ausente en la doctrina tradicional la convicción de que también el cuerpo participa a su modo, de la dignidad de la "imagen de Dios", lo mismo que participa de la dignidad de la persona.

7. En los tiempos modernos la teoría de la evolución ha levantado una dificultad particular contra la doctrina revelada sobre la creación del hombre como ser compuesto de alma y cuerpo. Muchos especialistas en ciencias naturales que, con sus métodos propios, estudian el problema del comienzo de la vida humana en la tierra, sostienen —contra otros colegas suyos— la existencia no sólo de un vínculo del hombre con la misma naturaleza, sino incluso su derivación de especies animales superiores. Este problema, que ha ocupado a los científicos desde el siglo pasado, afecta a varios estratos de la opinión pública.

La respuesta del Magisterio se ofreció en la Encíclica, "Humani generis" de Pío XII en el año 1950. Leemos en ella: "El Magisterio de la Iglesia no prohíbe que se trate en las investigaciones y disputas de los entendidos en uno y otro campo, la doctrina del "evolucionismo", en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y pre-existente, pues las almas nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente por Dios..." (DS 3896).

Por tanto se puede decir que, desde el punto de vista de la doctrina de la fe, no se ve dificultad en explicar el origen del hombre, en cuanto al cuerpo, mediante la hipótesis del evolucionismo. Sin embargo, hay que añadir que la hipótesis propone sólo una probabilidad, no una certeza científica. La doctrina de la fe, en cambio, afirma invariablemente que el alma espiritual del hombre ha sido creada directamente por Dios. Es decir, según la hipótesis a la que hemos aludido, es posible que el cuerpo humano, siguiendo el orden impreso por el Creador en las energías de la vida, haya sido gradualmente preparado en las formas de seres vivientes anteriores. Pero el alma humana, de la que depende en definitiva la humanidad del hombre, por ser espiritual, no puede serlo de la materia.

8. Una hermosa síntesis de la creación arriba expuesta se halla en el Concilio Vaticano II: "En la unidad de cuerpo y alma —se dice allí—, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima" (Gaudium et spes 14). Y más adelante añade: "No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como una partícula de la naturaleza... Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero" (Ib.). He aquí, pues, cómo se puede expresar con un lenguaje más cercano a la mentalidad contemporánea, la misma verdad sobre la unidad y dualidad (la complejidad) de la naturaleza humana. 16.IV.1986

 

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La búsqueda, más allá del alma, de lo inmutable

"Pregunta a la hermosura de la tierra, pregunta a la hermosura del mar, pregunta a la hermosura del aire dilatado y difuso, pregunta a la hermosura del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire: a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y los invisibles, que lo gobiernan. Pregúntales. Todos te responderán: «Contempla nuestra belleza.» Su hermosura es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la belleza inmutable? Ya en el hombre mismo, para poder conocer y comprender a Dios, creador del universo entero; en el mismo hombre, repito, se hizo la pregunta a ambos componentes, al cuerpo y al alma. Preguntaban a lo que ellos mismos eran: al cuerpo que veían y al alma que no veían, pero sin la cual no podían ver aquél. Veían, en efecto, mediante el ojo, pero el que ve a través de esas ventanas estaba dentro. De esta manera, cuando se marcha quien la habita, la casa se derrumba; cuando se aleja el principio rector, cae lo regido, y por eso recibe el nombre de cadáver. ¿No están, acaso, intactos los ojos? Aunque estén abiertos, nada ven. Los oídos siguen ahí, pero se ausentó el que oía; la lengua permanece, pero se alejó el músico que la movía. Preguntaron, pues, a estas dos cosas, al cuerpo, que se ve, y al alma, que no se ve, y descubrieron que es mejor lo que no se ve que lo que se ve; que es superior el alma, que queda oculta, e inferior la carne, visible. Vieron ambas cosas, las analizaron, discutieron sobre ellas, y advirtieron que, en el hombre, una y otra eran mudables. Al cuerpo lo hace mudable la edad, la enfermedad, los alimentos; el descanso y el cansancio, la vida y la muerte. A continuación se ocuparon del alma que habían reconocido ser ciertamente superior, y que les cau­saba admiración a pesar de ser invisible; advirtieron que también ella era mutable, que ahora quiere y luego no, que ahora sabe y luego ignora, que ahora se acuerda y luego se olvida, que ahora tiene miedo y luego es atrevida, que ahora progresa en la sabiduría y luego se hunde en la necedad. Al verla mutable, la trascendieron también a ella y buscaron algo inmutable. De esta manera, por las cosas hechas llegaron a Dios, que las hizo."

San Agustín, Homilía 241: 2 – 3. Pascua, (¿411 A.D.?)

 

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Orígenes (hacia 185-253) presbítero, teólogo de la Iglesia Católica
Homilía sobre Josué, 5,2

 

“Limpiad primero por dentro el vaso...” (Mt 23,26)      Salgamos al combate con Josué; tomemos la ciudad más grande del mundo, -la malicia-, y destruyamos las murallas orgullosas del pecado. ¿Mirarías tú a tu alrededor para averiguar qué camino hay que tomar, qué campo de batalla hay que escoger? Seguramente mis palabras te resultan extrañas. Sin embargo, son verdaderas. ¡Limita tu búsqueda a ti solo! El combate que tienes que sostener se realiza en tu interior. En tu interior está el edificio de la malicia que hay que destruir. Tu enemigo sale del fondo de tu corazón.
       No soy yo quien lo dice, sino Cristo, ¡escúchalo! “Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las injurias.” (Mt 15,19) ¿Te das bien cuenta de la envergadura del ejército enemigo que avanza contra ti desde el fondo de tu corazón? Estos son nuestros enemigos a eliminar en primera línea. Si somos capaces de derrocar sus murallas y exterminar a todos, hasta que no quede ninguno para contarlo, nadie para recuperar fuerzas (cf Jos 11,14), si no queda ni uno solo para ocupar nuestro pensamiento, entonces Jesús nos dará el gran reposo.

 

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San Bernardo, el abad de Claraval.

 

Toda alma, aunque esté cargada de pecados, presa en las redes de los vicios, acechada por la seducción, cautiva en el exilio, encarcelada en el cuerpo, pegada al fango, hundida en el barro, retenida en los miembros, atada a las preocupaciones, dispersa por el trabajo, oprimida por los miedos, afligida por el dolor, errante tras el error, inquieta por la angustia, desazonada por las sospechas y extrajera en tierra hostil (...); esa alma, repito, puede volverse sobre sí misma, a pesar de hallarse tan condenada y desesperada, y no sólo se aliviará con la esperanza del perdón y de la misericordia, sino que también podrá aspirar tranquila a las bodas del Verbo.  No temerá iniciar una alianza de comunión con Dios, no sentirá pudor alguno para llevar el yugo del amor a una con el Rey de los ángeles.  ¿A qué no podrá aspirar con seguridad ante él si se contempla embellecida con su imagen y luminosa con su semejanza?  ¿Porqué puede temer a la majestad, si su origen le infunde confianza? Lo único que debe hacer es procurar conservar la nobleza de su condición con la honestidad de vida.  Es más, esfuércese por embellecer y hermosear con el digno adorno de sus costumbres y afectos la gloria celestial impresa en ella por sus orígenes (SC 83:1).

 

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 El alma

 

La negación de la realidad del alma y su reducción al cuerpo ya eran teorizadas por importantes escuelas filosóficas de la antigüedad.

 

Entre los científicos de nuestra época, no faltan quienes creen que pueden reducir nuestra inteligencia y nuestra libertad al funcionamiento del cerebro. Sin embargo, un análisis riguroso de las características de nuestra inteligencia y de nuestra libertad, de sus maneras de actuar y de los resultados que alcanza, puede mostrar los problemas que implica su reducción al cerebro. La debilitación del interés por el alma está ligada a la cerrazón en lo relativo, en lo que se puede experimentar. Su significado es el de la negación de la existencia de una realidad que no sea la naturaleza, lo que no deja espacio ni para el alma espiritual ni para la existencia de Dios.


Ante esta situación, hoy vale la pena interrogarse sobre la muerte, pues, a pesar de que sigue siendo obviamente un dato absolutamente seguro, ha sido sumamente marginada de nuestra experiencia concreta. Algunas corrientes, como las teologías de la liberación, han subrayado más el futuro que hay que construir en la Historia, y no tanto el futuro que hay que esperar, como don, tras la muerte. Precisamente, esto exige ahora un nuevo esfuerzo al pensamiento teológico para demostrar que es creíble la vida después de la muerte, de manera que la promesa de la vida eterna no parezca algo ajeno y, al final, incompatible con nuestra realidad concreta.


A decir verdad, la teología del siglo XX ha insistido mucho en la escatología, que no se limita a la cuestión de la muerte y a las realidades que están después de la muerte. El sentido y los motivos de la debilitación de la esperanza en la inmortalidad se comprenden mejor a la luz de un fenómeno que, desde hace tiempo, ha llamado la atención de algunos pensadores: la pérdida de confianza en la salvación que viene de Dios, en la Redención y en la gracia, fenómeno que, por primera vez, parece darse en los países europeos.

Cardenal + Camillo Ruini - en Avvenire - 2004-01-26

 

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Inmortalidad del alma

 

Por Antonio Millán-Puelles (*)

Es un hecho que el hombre muere. Nuestra vida está afectada por el tiempo en un doble sentido: a) como algo que, precisamente mientras dura, va dejando de ser en cada instante que pasa; b) como algo a lo que le llega, en definitiva, un instante en el que se acaba por completo como vivir material. La experiencia da testimonio de ambas cosas, pero no alcanza a más. El hecho de que el vivir sensitivo y vegetativo dejen realmente de darse en un individuo humano no demuestra que con la muerte se extinga la totalidad de su ser. Para llegar a semejante conclusión haría falta que el hombre se redujese, en su ser esencial, a ese cuerpo que él mismo tiene como suyo en la acepción más íntima y rigurosa de lo considerado como propio. ¿Pero es cierto que el hombre se reduce a ese cuerpo?

Un cuerpo humano es, en cada uno de los casos, el que algún hombre tiene como suyo en el más propio e íntimo sentido. Lo que un hombre tiene así como su cuerpo no le es exterior en forma alguna, ni siquiera en el modo de serle lo más cercano. En efecto, para que un cuerpo se encuentre cerca de mí, es enteramente indispensable que, de alguna manera, también yo mismo sea un cuerpo, ya que tan sólo en relación a un ser corpóreo puede otro ser corpóreo estar cerca (o incluso en la situación a la que se da el nombre de contacto). Pero, además, cada hombre se siente y vive a sí mismo como un ser material en el que influyen otros seres materiales y que también actúa sobre algunos de ellos. Mi cuerpo no me protege del calor o del frío que de otros cuerpos le llegan. Ese calor o ese frío no se quedan en él, sino que me afectan a mí (yo los siento realmente), y esto, evidentemente, no sería posible si yo fuese incorpóreo, ni si el cuerpo al que ante todo llamo mío me perteneciera únicamente como el traje que llevo puesto. Y los signos que voy trazando en un papel los trazo, sin duda, yo, aunque sea solamente una parte de mi organismo lo que de un modo inmediato actúa sobre el instrumento que los traza. Esa parte de mi organismo es mía en una acepción irreductiblemente diferente de aquella según la cual ese instrumento es mío. El bolígrafo, la pluma o cualquier otra cosa que yo use para escribir, empleando también mi mano, son puros y simples instrumentos, mientras que, en cambio, mi mano es efectivamente sentida y vivida por mí como una parte integrante de mi ser.

Ahora bien, el hecho de que no sólo un cierto miembro de mi propio organismo, sino también todo éste en su integridad, sea vivido por mí como algo que yo realmente soy, no es una prueba de que todo mi ser consista en él. Por lo pronto, no solamente soy un cuerpo, sino que también sé que lo soy. Este conocimiento que poseo de mi propia índole corpórea es un hecho intelectual, no una noticia sensible. Los sentidos no bastan para que el sujeto que los tiene se represente algo universal –supraindividual– como lo es el ser-cuerpo. El hombre necesita los sentidos para llegar a adquirir esta noción, y no solamente para ella, sino para todas las demás; pero no son los sentidos, sino el entendimiento, la facultad que las capta (véase «Entendimiento»). Y otro tanto sucede con las voliciones, incluidas las que tienen por objeto alguna entidad corpórea. También nuestra potencia volitiva es –como el entendimiento– una facultad espiritual o inorgánica (véase «Voluntad»). Por consiguiente, no sólo tenemos cuerpo, sino también espíritu; y, así como en cierta forma somos realmente el cuerpo que en calidad de nuestro, en la acepción más esencial e íntima, sentimos, así también en cierta forma somos el espíritu que tenemos y por virtud del cual estamos capacitados para todos nuestros actos de entender y para todas las voliciones realizables por nuestra potencia volitiva. (El entendimiento y la voluntad son dos sub-energías o sub-principios del espíritu humano: véase «Voluntad».)

Porque somos también espíritu, sólo podemos ser «en cierta forma» el cuerpo que como íntimo tenemos; y, a la inversa, porque así somos nuestro cuerpo, también únicamente «en cierta forma» podemos ser nuestro espíritu. Y, sin embargo, ningún hombre se constituye a la manera de una pareja de seres. Cada yo humano tiene experiencia de sí como un ser individual, no como una suma o colección, por más que ciertamente reconozca la diversidad de las potencias orgánicas e inorgánicas existentes en él, de tal modo que ha de admitirse en nuestro ser una esencial y fundamental dualidad. ¿Cómo es ello posible, si cada hombre es efectivamente un individuo? ¿Cómo pueden unirse hasta ese punto dos realidades esencialmente distintas, sin que ninguna de ellas se comporte de una manera adjetiva?

La teoría hilemórfica –véase «Hilemorfismo»– es la única que resuelve este problema en la integridad de su sentido (sin anular ni disminuir ninguno de los aspectos que intervienen en él). Como todos los cuerpos, también el del hombre consta de materia prima y forma sustancial, las cuales integran conjuntamente, en cada caso, un ser individual, una unidad esencial y sustancial completa, un solo ser. Ello se explica en virtud de que la materia prima es sólo aquello que todos los individuos corpóreos tienen primaria y radicalmente en común, y porque, a su vez, lo así común no se da nunca aislado, sino unido (en cada individuo corpóreo) con lo esencialmente propio de él. Cada cuerpo es, así, en primer lugar, materia prima determinada o informada por la forma sustancial correspondiente. Por tanto, ésta ha de consistir en un factor esencialmente distinto de la materia prima. De lo contrario, todos los seres corpóreos, al tener en común una materia prima esencialmente idéntica de suyo, habrían de identificarse esencialmente. Así, pues, la forma sustancial o, dicho con otros términos, ese principio o factor primordialmente determinante de la materia prima en cada cuerpo, ha de ser algo a lo que ésta, en cada caso, esté unida de un modo radical o primordial: sólo así puede cada cuerpo ser realmente un verdadero individuo.

En los cuerpos que tienen vida, la respectiva forma sustancial es lo que se conoce con el nombre de alma. Este término viene de la palabra anima, empleada en latín para significar lo que de un modo intrínseco vivifica –hace vivir– a un cuerpo. No se trata, por consiguiente, de ninguna entidad extraña o misteriosa, sino, tan sólo, de la especial forma sustancial que en cada uno de los cuerpos vivos se comporta como el principio radicalmente animador o vivificante de la materia prima que poseen. Y, por su parte, la necesidad de que, en cada uno de estos cuerpos, exista esa especial forma sustancial, se deduce, con plena lógica, de la diferencia entre ellos y los seres corpóreos que no viven. En suma, lo designado con el nombre de alma es la forma sustancial propia de los cuerpos vivientes: lo que de un modo intrínseco y radical hace posible que el vivir se dé en ellos. Y, en consecuencia, la expresión «alma humana» significa la forma sustancial propia del hombre, aquello a lo que la materia prima ha de encontrarse primordialmente unida para que nuestro modo de vivir, aunque coincida en algo con el de los restantes animales, se distinga, no obstante, del que es propio de ellos.

De esto último se desprende, a la vista de todo lo anterior, que el alma humana es espíritu, ya que en éste consiste lo que distingue al hombre de los otros seres materiales, incluso de los que son cuerpos vivientes. Para afirmar otra cosa, sería preciso admitir que, además del espíritu, hay también en el hombre un alma de carácter sensorial, como la de los otros animales, y un alma vegetativa, como la de las plantas, ya que el vivir del hombre no es espiritual únicamente, sino también sensitivo y vegetativo. Y como quiera que lo que se designa con el nombre de alma es, en cada uno de los casos, la forma sustancial que vivifica o anima al cuerpo en el que se da, si el hombre poseyese esas tres almas contaría con tres formas sustanciales y entonces no sería realmente un individuo, sino tres, puesto que toda forma sustancial constituye, en unión con la materia prima, un individuo corpóreo, un cuerpo único, es decir, una unidad sustancial, de índole material, ya que en ella hay materia, pero no susceptible de recibir otras formas que las meramente accidentales.

El espíritu humano es, por tanto, un principio inmaterial de actividad, cuyas operaciones propias –las que sólo a él le pertenecen– consisten en las intelecciones y en las voliciones, pero que, unido a la materia prima existente en el hombre, cumple también la función del más originario principio intrínseco activo de nuestras operaciones sensitivas y de nuestro vivir vegetativo (al que pertenecen la nutrición, el crecimiento y la reproducción, sin excluir tampoco ninguna de las demás operaciones que se dan en los otros cuerpos, ya que el vivir de tipo vegetativo es el de un ser material). De todo ello es capaz el espíritu humano, aunque no por sí solo, sino en tanto que unido a la materia prima, es decir, en cuanto forma sustancial de nuestro cuerpo. Y así el hombre consiste en la unidad sustancial de la materia prima, que en él hay, con el espíritu que originariamente hace posibles nuestras más propias y específicas operaciones. Somos cuerpo y espíritu en sustancial unidad, sin que ello quiera decir que nuestro cuerpo sea espíritu, ni que nuestro espíritu sea cuerpo. El cuerpo propio del hombre es, evidentemente, una realidad material y, por tanto, no cabe, en manera alguna, que consista en espíritu; y éste es una realidad inmaterial y, por ende, no puede consistir en ningún cuerpo, ni siquiera en el cuerpo humano, aunque de él necesita como de un requisito indispensable para poder actuar como un principio de nuestras operaciones de carácter orgánico.

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Como acaba de comprobarse, la teoría hilemórfica permite la explicación de la unidad sustancial del ser humano sin negar la irreductible diferencia entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Tanto esta diferencia como esa unidad sustancial deben ser afirmadas para poder entender a cada hombre como algo que, no consistiendo sólo en cuerpo, ni en espíritu únicamente, es, sin embargo, un efectivo ser individual –un único y mismo ser–, de acuerdo con la manera en que todo yo humano se percibe a sí propio en su correspondiente autoconciencia.

Frente a la antropología derivada de la concepción hilemórfica, las demás interpretaciones del modo humano de ser resultan insuficientes por una de estas dos cosas: o bien por ser un monismo absolutamente incompatible con la esencial diferencia entre el espíritu y el cuerpo que tenemos y que también en cierta forma somos (según ya se explicó), o bien por constituir un dualismo enteramente inconciliable con la unidad sustancial de nuestro ser.

Dentro de las teorías que están en el primer caso hay que distinguir el monismo espiritualista, el materialista y el neutro.

El monismo espiritualista tiene como su principal representante, en la Antigüedad, a Platón y, en la época moderna, por un lado a Descartes y por otro a Berkeley, si bien debe advertirse que Platón y Descartes admiten una efectiva, aunque meramente accidental, unidad entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu, cosa que no acepta, en cambio, Berkeley, con lo cual el monismo sustentado por éste es el único puramente espiritualista. Tal como en un denso estudio monográfico, De Platonis doctrina circa animam (Roma, 1932), ha probado Souilhé, el cuerpo humano es, según Platón, respecto al hombre, como el instrumento al artista y como la nave al piloto. El sentido de estas metáforas estriba, indudablemente, en el pensamiento de que el hombre consiste, de una manera exclusiva, en su alma espiritual; pero ya que el artista tiene necesidad del instrumento para realizar su cometido, y como también el piloto se ha de servir de la nave para llevar a cabo su tarea, esas mismas metáforas platónicas conducen lógicamente a tener que pensar que el hombre, para comportarse como hombre, está a su vez sometido a la necesidad de usar su cuerpo. ¿Cómo puede entonces afirmarse una unión pura y simplemente accidental entre el hombre y el cuerpo humano? ¿Cabe admitir que esta unión es necesariamente accidental y sostener, sin embargo, la necesidad de que se dé para que el hombre actúe como hombre? Ciertamente, esa necesidad no es afirmada por el mismo Platón, pero las metáforas que él hace nos conducen a ella; y en cualquier caso, la teoría a la que sirven está en clara contradicción con el hecho innegable de que nos vivimos en cierta forma como cuerpos.

También está en contradicción con ese hecho la antropología de Descartes por sostener que somos «una sustancia cuya esencia y naturaleza entera consiste en el pensamiento y que para existir no necesita de lugar alguno ni depende de ninguna cosa material» (Discurso del Método, IV). Esta teoría de Descartes procede directamente del principio «pienso, luego soy». Si mi ser se hace presente en mi pensar, he de inferir –en ello estriba el razonamiento cartesiano– que yo soy solamente una cosa que piensa. El defecto –o, si se prefiere, el exceso, el abuso– que en esta inferencia hay consiste precisamente en la omisión de la posibilidad de que el sujeto pensante sea un sujeto también corpóreo (aunque no siempre lo piense y aunque no pueda ser su índole de cuerpo lo que le permite pensar). Porque una cosa es que un cuerpo, en cuanto tal, no piense, y otra es que el pensar no pueda darse en un ser espiritual a la vez que corpóreo.

El monismo antropológico de Berkeley (cfr. Three Dialog. betw. Hylas and Philonous) cae de lleno también bajo las objeciones formuladas contra las teorías de Platón y Descartes, aunque, por ser un monismo puramente espiritualista, está libre de las dificultades de la tesis de la unión simplemente accidental entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu. En realidad, la antropología de Berkeley no es más que una aplicación del «idealismo acosmístico» del filósofo inglés, para quien todas las cosas materiales se reducen a meras ilusiones (véase «Certeza»).

El monismo materialista, entre cuyos principales defensores se encuentran Gassendi (cfr. Exerc. paradox.) y Hobbes (cfr. Elem. philos., De corp.), supone la reducción de la actividad intelectual a las operaciones sensitivas. Este reduccionismo es contradictorio de suyo, aunque no lo parezca de una manera inmediata. La tesis según la cual no conocemos otra clase de objetos que los sensorialmente percibidos no es percibido a su vez sensorialmente. Lo que captamos con nuestros sentidos son los signos usados para expresarla, y estos signos no son lo significado por ellos. En general, todas las teorías materialistas adolecen de un dogmatismo tan vehemente como ingenuo y sin fundamento, y en verdad no cabe sostenerlo si se reflexiona sobre él.

Por su parte, el monismo neutro sostiene que el ser humano no es ni espiritual ni material, sino una tercera cosa, una cierta sustancia indiferenciada en sí misma y de la que el espíritu y el cuerpo son aspectos –fenómenos– parciales o relativos. En ello estriba la tesis fundamental del pensamiento antropológico de Bertrand Russell, aunque su origen se encuentra en Spinoza, para quien sólo existe una sustancia, aquella en la que realmente Dios consiste, de tal modo y manera que lo espiritual y lo corpóreo son únicamente perspectivas de esa sustancia ultraespiritual y ultracorpórea. La teología de Spinoza constituye, evidentemente, un panteísmo, cuya crítica no corresponde a este lugar. Ello no obstante, para los efectos que aquí importan, es suficiente advertir la imposibilidad de esa sustancia neutra, no solamente en el caso de Dios, ni tampoco únicamente en el del hombre, sino en general o en absoluto, porque todo lo que en sí mismo no es corpóreo es de suyo un ser inmaterial, y no cabe término medio entre éste y lo material.

A las diversas clases de monismo hasta aquí consideradas debe añadirse otra, surgida como una peculiar derivación del pensamiento antropológico de Descartes y que ofrece, a su vez, varias inflexiones. Todas ellas mantienen que no hay, propiamente hablando, unión alguna, ni siquiera la meramente accidental, entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu, sino tan sólo una «correspondencia» de las operaciones respectivas. La base de esta doctrina consiste, por un lado, en la concepción del cuerpo y del espíritu humanos como sustancias completas (según lógicamente se desprende de la teoría cartesiana que considera al hombre como un ser cuya índole estriba sólo en ser-pensante) y, por otro lado, en la imposibilidad de una influencia recíproca entre estas sustancias. Así, para Malebranche (cfr. Entr. sur la Métaphys., t. 13), la correspondencia o armonía entre las operaciones que atribuimos al cuerpo y las que vinculamos al espíritu se debe, en definitiva, a que Dios la quiere y la produce, de tal suerte, que El es, en realidad, la única sustancia operativa, y ello, a su vez, de tal modo, que con «ocasión» de cada uno de los acontecimientos que provoca en el cuerpo del hombre, hace que se dé en el alma espiritual de éste lo que en ella se nos presenta como coordinado con aquél. Para Leibniz (cfr. Systéme nouveau ... ), en cambio, se trata de una «armonía preestablecida» por Dios, no en cada caso, sino de una manera universal, es decir, de una vez por todas.

La primera de las dos partes de la argumentación en la que Leibniz y Malebranche se apoyan –a saber, la tesis según la cual nuestro cuerpo y nuestro espíritu son sustancias completas– resulta contradictoria con el hecho de la unidad individual de cada hombre, atestiguada por la autoconciencia. Y en lo concerniente a la segunda parte de la argumentación –la imposibilidad de la influencia del cuerpo sobre el espíritu y del espíritu sobre el cuerpo– procede hacer una distinción imprescindible. El influjo del cuerpo en el espíritu es imposible como actuación directa o inmediata y en la forma como el agente determina un efecto en el paciente. Las razones con las que esto se demuestra son detenidamente examinadas en el estudio de la relación entre la voluntad y el apetito sensible (véase «Voluntad»). Por el contrario, la influencia del espíritu en el cuerpo es posible porque éste se constituye como resultado de que en el hombre la materia prima queda actualizada por esa especial forma sustancial en la que el espíritu consiste, sin que se pueda, en cambio, sostener que, en cuanto unido a la materia prima, nuestro espíritu quede también determinado por ésta, dado que el modo en que la materia prima se comporta es enteramente pasivo. Toda la actividad intrínsecamente atribuible al compuesto hilemórfico resulta de su forma sustancial (véase «Hilemorfismo»).

Por lo demás, las actividades corpóreas imperadas por la potencia volitiva son otras tantas pruebas del influjo que en nuestro cuerpo ejerce efectivamente nuestro espíritu (véanse «Voluntad» y «Libertad», sobre todo los puntos concernientes a la distinción entre las actividades imperadas y las elícitas). Sin embargo, nada de ello se opone a que las operaciones del espíritu humano estén condicionadas, de una manera extrínseca e indirecta, por nuestro propio cuerpo, según cabe efectivamente comprobar al estudiar la génesis del conocimiento intelectivo en el caso del hombre. La mediación de nuestro organismo físico en nuestra actividad intelectiva no consiste precisamente en que éste actúe sobre el entendimiento, sino en que los objetos sensorialmente captados son un material indispensable para que se dé la intelección, de tal modo, por consiguiente, que nuestro entendimiento no funciona si nuestros sentidos –que son potencias orgánicas– no le brindan ese material (véase «Entendimiento»). Y, finalmente, como todas las voliciones requieren la actividad de la facultad de entender, también hay que admitir la mediación extrínseca e indirecta de las voliciones humanas por lo que hace de requisito imprescindible para el conocimiento intelectivo, es decir, el conocimiento sensorial y, en consecuencia, el cuerpo, ya que éste, a su vez, es necesario para el funcionamiento de nuestras potencias sensoriales.

La teoría del «paralelismo psico-físico», que tiene en D. Hartley su más destacado promotor (cfr. Observation on man, his frame, his duty and his expectations, Londres, 1741), guarda una evidente semejanza con la que afirma la correspondencia entre los hechos corpóreos y los espirituales. Correspondencia y paralelismo son, sin duda, nociones equivalentes. Hay, sin embargo, una importante –esencial– diferencia entre las dos teorías. La teoría que mantiene la correspondencia lo hace sobre la base de admitir que el espíritu y el cuerpo son sustancias, mientras que la teoría del paralelismo psicofísico no admite nada sustancial en nuestro ser. Tanto los hechos psíquicos como los hechos físicos se dan, según esta concepción, sin ningún género de sujeto o de sustrato al que hubiera que referirlos. Todos quedan interpretados como acontecimientos que no dependen, en ningún sentido, de nada distinto de ellos. La ventaja que, en comparación con las teorías de Malebranche y de Leibniz, tiene, sin duda, esta hipótesis, es que, por no admitir dos sustancias completas en el hombre, tampoco hace, en principio, imposible la unidad sustancial de nuestro ser. Mas como quiera que el paralelismo psicofísico, además de negar que en el hombre existan dos sustancias, también rechaza que el hombre sea sustancia alguna, nos ofrece dos series de fenómenos paralelos que han de pensarse como desprovistos de la radical unidad que, en cambio, se hace indispensable atribuirles si se considera a esos fenómenos como hechos pertenecientes a un mismo ser sustantivo. Por consiguiente, todos esos fenómenos han de ser acontecimientos que realmente no le acontecen a ninguna entidad, hechos sin ningún vínculo con algo en lo que se den y a lo cual pertenezcan como a cada sujeto pertenecen sus propias actividades (y no solamente ellas, sino todo cuanto le ocurre a ese mismo sujeto). Así, pues, la teoría del paralelismo psicofísico se opone a la unidad del ser humano, suplantándola por dos series de fenómenos cuya atribución a un mismo ser carece de toda base.

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Consideremos ahora en qué consiste la muerte, a la luz de la antropología fundamentada en la concepción hilemórfica. Según esta concepción, la forma sustancial determinante de la materia prima que hay en nuestro ser es precisamente lo que hace que nuestro cuerpo sea humano. La experiencia da testimonio de que llega un momento en el cual éste pierde sus actividades sensitivas y también las vegetativas. Pues bien, si la forma sustancial del cuerpo humano no fuese sino el principio de esas actividades, la muerte consistiría, indudablemente, en la extinción de la forma sustancial de nuestro ser, pues no cabe que éste permanezca sin que el cuerpo que la posee no esté viviendo. Pero la forma sustancial del cuerpo humano es algo más que un principio de nuestra conducta sensitiva y vegetativa. Ya hemos aclarado anteriormente que el más radical de los principios intrínsecos activos de esos modos de vida es, en el hombre, el espíritu o, dicho de otra manera, el alma humana en cuanto espiritual, en el sentido de inmaterial o inorgánica, aunque valiéndose de nuestro propio cuerpo. Y también se ha mostrado antes que no es nuestro espíritu lo que se comporta de una manera pasiva respecto de nuestro cuerpo, sino que es nuestro cuerpo lo que de un modo pasivo se comporta respecto de nuestro espíritu. En consecuencia, éste no ha de estar unido a nuestro cuerpo nada más que para que se lleven a cabo las operaciones peculiares de la vida vegetativa y sensitiva, las cuales no son las propias del espíritu humano, aunque dependan de él. Es nuestro cuerpo lo que tiene necesidad de nuestro espíritu para poder vivir con esos únicos modos o maneras de vida que en un cuerpo se pueden dar. Pero en el espíritu se da, como algo que sólo a él le pertenece, otra forma de vida: la existente en las operaciones peculiares del entendimiento y de la voluntad.

Ciertamente, es indispensable que el espíritu anime a la materia para que el hombre exista y, por tanto, para que éste realice las actividades de sus potencias intelectiva y volitiva. Mas de aquí no se sigue que estas actividades no pueda realizarlas el espíritu nada más que en cuanto unido a la materia. Lo único que se infiere es que no puede cumplirlas tal como las lleva a cabo cuando, existiendo en el hombre, su actividad está condicionada, de una manera extrínseca e indirecta, por un organismo físico. Ese carácter extrínseco e indirecto del condicionamiento material de nuestros actos espirituales sólo puede deberse a que la unión del espíritu con la materia, aunque es enteramente imprescindible para la existencia y la actividad del hombre, no constituye, sin embargo, un requisito para la existencia del espíritu ni para que éste ejecute sus propias operaciones. Porque a un espíritu no unido con la materia no le, falta nada esencial. La materia no es ninguna parte física de él, ni tampoco ninguno de sus aspectos. El espíritu no es materia en modo alguno, aunque puede informarla o animarla y aunque ello resulte necesario para el ser y el obrar del hombre.

De esta suerte, no por el hecho de que el hombre muera se extingue también su espíritu. La muerte es la corrupción del cuerpo humano, pero el espíritu no puede corromperse, porque no tiene partes. Podría, no obstante, extinguirse si de un modo esencial dependiese del cuerpo, es decir, si tuviese necesidad de la materia para ser lo que es. Pero no se encuentra en ese caso, por no ser material. Incluso cuando está unido a la materia –que es, ni más ni menos, lo que ocurre en el caso del hombre–, el espíritu sigue siendo inmaterial. Y no cabe que en el hombre esté bajo el «influjo» –si esta palabra se toma en su acepción más estricta– de la materia, a la cual anima o vivifica. En tanto que forma sustancial y como ya se ha explicado, el espíritu se comporta, respecto de la materia, de una manera activa, no de un modo pasivo. Así, pues, para hablar de un influjo de la materia en el espíritu, se ha de dar a la voz «influjo» la exclusiva acepción de un puro y simple condicionamiento que, como ya se ha aclarado, sólo acontece de una manera extrínseca e indirecta, con lo cual queda dicho que ese condicionamiento es necesario tan sólo para que el espíritu funcione en su estado de unión con la materia, sin que a su vez ese estado haya de ser en él una necesidad inseparable de su índole misma. En consecuencia, la separación del espíritu respecto del cuerpo humano es la muerte del cuerpo o, dicho más cabalmente, la del hombre. El hombre muere al quedarse sin el espíritu que lo vivificaba o animaba no sólo con un vivir sensitivo y vegetativo, sino también con otro evidentemente superior por su índole inmaterial.

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Aunque por. incorruptible es inmortal, el espíritu no pervive por sí solo. Sin el concurso de Dios, ningún ente finito permanece en el ser (véase «Concurso»). Por consiguiente, aunque la muerte del hombre no implica en manera alguna la extinción del espíritu, tampoco puede éste permanecer en el ser en virtud de una cierta inercia existencial, de tal modo que el seguir siendo no lo debiese a Dios. Aun en el caso de que pudiera haber esa especie de inercia, el espíritu la tendría como algo que Dios le habría conferido al implantarle en el ser, con lo cual, en definitiva, se la debería a Dios y no a sí mismo. En ningún caso puede ser la pervivencia del espíritu algo impuesto por éste, como una necesidad, al ser de Dios. Sin embargo, Dios no pierde su Libertad, antes por el contrario, es coherente con ella al hacer que perviva un ser al que El ha dotado de una necesidad natural de seguir siendo. (Esta necesidad es natural en el doble sentido de no oponerse a la índole propia del espíritu y de que éste la tiene como algo de suyo inseparable de la naturaleza que Dios ha querido conferirle.)

La inmortalidad de nuestro espíritu puede plantearnos el problema de cómo cabe que, a pesar de ella, el hombre sea una unidad sustancial. ¿No se habrá de afirmar, por el contrario, que la unión de nuestra materia y nuestro espíritu es exclusivamente accidental? Si de esta suerte se pretende decir que al espíritu no le hace ninguna falta el estar unido a la materia, la afirmación de esa unidad accidental es perfectamente legítima. Pero entonces, ¿cómo puede el espíritu unirse sustancialmente a la materia?

El único modo en el que cabe que el espíritu esté unido a la materia es que se comporte como la forma sustancial del cuerpo humano. Ello puede ocurrir sin que el espíritu pierda su índole inmaterial. Por tanto, el espíritu existente en el hombre no agota todo su ser en actuar de ese modo. Se trata, sencillamente, de que también puede actuar así. No tiene necesidad de unirse sustancialmente a la materia, pero puede encontrarse en esa efectiva situación. Y cuando ésta se da, nuestro espíritu se comporta como sustancia incompleta respecto del ser específico del hombre (ratione speciei), aunque es, sin embargo, una sustancia completa en el sentido de no carecer de nada necesario para poder subsistir (ratione subsistentiae).

A esto debe añadirse que el espíritu humano surge sin depender de la materia, ya que de suyo no es ningún ser material. Por tanto, la aparición de todo espíritu humano es un efecto del Poder Creador de Dios. Sólo Dios puede producir una sustancia sin tener que valerse para ello de ninguna materia. Y si el hombre es también efecto de unos seres humanos –sus padres–, ello se explica por la diferencia entre el «hombre» y su «espíritu».

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La resurrección del cuerpo humano es uno de los dogmas de la fe cristiana. El saber filosófico no tiene capacidad para dar una prueba de este dogma de fe, pero puede, no obstante, demostrar que la resurrección de nuestro cuerpo no es ningún imposible. En efecto, por una parte, esa resurrección no contradice a la índole propia del espíritu y, por otro lado, tampoco es contradictoria con la Omnipotencia divina.

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(*) En Léxico Filosófico, ed. Rialp, 1984.
En palabras del propio autor, este libro "se denomina filosófico porque tiene la pretensión de que los lectores filosofen al hacer uso de él". La intención divulgadora está presente en todas sus páginas. El libro será de especial utilidad para quienes enseñan o estudian Filosofía.

Cód.: 123011 ISBN: 84321-3416.3 -15,5X23,0 cms. 648 págs. Rústica 

 

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El alma

 

Con las grandes palabras, especialmente si tienen mucho uso, hay que tener cuidado. Porque a medida que pasan de boca a boca y de mente a mente, se confunden, pierden sus conexiones con la realidad y flotan en el mundo de las ideas como globos a la deriva. Sugieren demasiadas cosas a la vez. Para trabajar con las grandes palabras, hay que anclarlas en la realidad: acudir a los lugares originales de donde procede su sentido.

 

Por Juan Luis Lorda


La palabra alma es una palabra enorme, un globo gigantesco. Muy venerable, porque está relacionada con lo más sublime. Pero también pintoresca, cuando la mentalidad popular se la representa como un duende dentro del hombre. Una cultura tan científica como la nuestra no está para duendes. “Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem” (Ockham: “no hay por qué admitir más cosas que las necesarias”). Chesterton o Tolkien protestarían al unísono, y defenderían también la necesidad de los duendes, precisamente para contrarrestar una visión exclusivamente científica del mundo. Pero yo me voy a limitar a defender la existencia del alma.

Si comenzamos preguntando por lo que evoca la palabra, flotaremos. Tenemos que tomar tierra y relacionar la palabra con la realidad. En su origen, la palabra “alma” está relacionada con tres experiencias humanas muy importantes. La primera es el misterio de la vida y la diferencia entre la vida y la muerte. La segunda es la pregunta por el más allá, y en concreto por la supervivencia personal. La tercera se refiere a lo característico del espíritu humano, a la vida de la inteligencia y al ejercicio de la libertad y de la creatividad. No se trata de duendes.

La vida tiene una maravillosa riqueza de propiedades. Hay muchos cuentos donde los protagonistas se suben a una roca y resulta ser un elefante o creen llegar a una isla y se encuentran sobre el caparazón de una tortuga. Desde luego, en los cuentos y en la realidad, hay mucha diferencia entre subirse a un montón de tierra o a un elefante. El elefante o la tortuga pueden hacer cosas que no cabe esperar de la montaña o la isla.

El niño que está entusiasmado con su perrito se llevará un disgusto terrible si se le muere: se acabaron los juegos, se acabó el correr, se acabó esa mirada y los saltos de alegría cuando vuelve a casa. Al tocar el cuerpo frío del animal, notará la diferencia. Se asomará a la tragedia de la muerte, a esa amenaza tan tremenda para lo vivo. El cuerpo inmóvil que tiene delante, parece el mismo, pero ya no es el mismo. Ha dejado de estar animado: ha perdido la vida. En este primer sentido, alma es lo mismo que animación. Todo lo vivo está “animado”. Es lo que se ve a simple vista.

Como vivimos en una sociedad ilustrada por los conocimientos científicos, ya no podemos quedarnos con lo que se ve a simple vista. Sabemos mucho más sobre la realidad. Esto es una ventaja, pero también un inconveniente. Desde luego, saber más, es siempre una ventaja. El inconveniente consiste en que el conocimiento de los detalles puede impedirnos la visión de conjunto. Los árboles pueden ocultarnos el bosque: el bosque sólo se ve a simple vista, sin análisis.


LA MATERIA

La mentalidad científica moderna es, en mucha parte, “constructivista”, perdón por la palabra. Es decir, entiende que explicar una cosa es lo mismo que decir cómo está hecha, cuáles son sus componentes y como se combinan. Desde luego una gran parte de la ciencia moderna, la química, la física atómica y la biología, han progresado a base de analizar los compuestos y encontrar los elementos y su estructura. Esto lleva a que muchas personas con mentalidad científica al ver la realidad, piensen siempre en su composición. Ven un mineral y recuerdan de qué está compuesto. Ven un árbol y recuerdan sus estructuras. Y lo mismo al ver un perro o una persona. Hoy sabemos que, con diferentes grados de complejidad, todo está compuesto de los mismos elementos de la tabla periódica que puso en orden, hace más de cien años, Mendeleiev (+ 1907).

Cuando una persona con mentalidad científica ve que muere un animal o una persona, piensa en las alteraciones orgánicas que se han producido y que hacen imposible la vida. Tiene razón: para explicar la muerte basta fijarse en la alteración de los componentes orgánicos. El problema es que, cuando ven un ser vivo o a una persona piensan que está vivo sólo porque está construido con estos componentes. Y lo ven como si fuera una enorme estructura bioquímica que funciona ordenadamente. Muchos dirán que, “en el fondo”, es una aglomeración de materiales que funciona gracias a las propiedades físicas y químicas de sus elementos. Y aquí no tienen razón. O, por decirlo mejor, tienen sólo una parte pequeña de razón. Porque esta explicación es muy reductiva: oculta el misterio de la vida. Es como si dijéramos que El Quijote es un conjunto ordenado de letras o una casa un conjunto ordenado de materiales de construcción. Es verdad, pero ocultamos mucha más verdad de la que decimos.

Ningún materialista aceptaría de buen humor que le cambiaran a su hijo por un cubo de agua y un saquito de polvo. Y, sin embargo, es verdad que, desde el punto de vista de los materiales, el hijo es, “en el fondo”, como toda la materia viva, 80 por ciento de agua y unos pocos kilos de calcio, carbono y otros elementos químicos. Si fuera consecuente con lo que piensa, tendría que aceptar el cambio sin pestañear. Pero algo nos dice que no aceptaría. Y hace bien. Quizá defienda en teoría que es lo mismo, pero no se atreverá a vivir como si fuera lo mismo. Sólo unos pocos canallas en la historia han sido capaces de ser consecuentes hasta el final. Los demás se han sentido paralizados por sus sentimientos humanitarios, por su intuición espontánea sobre las cosas. Es que algo no cuadra. Quizá los árboles nos ocultan el bosque.


LA FORMA

¿Por qué la materia organizada y en funcionamiento es más que la materia suelta? Plantearse la pregunta así, honradamente, ya es un gran paso, casi una voltereta, porque nos puede llevar a ver las cosas al revés. Pero es la única manera de defender que el hijo “es más” que el cubo de agua y el saquito de polvo.

Bien mirado, es asombroso que la naturaleza resulte ser como un inmenso juego de construcción, con tanta complejidad y con tantísimas propiedades. Esto lo entienden mejor los aficionados a las arquitecturas y los mecanos. Hay muchos juegos de construcción muy buenos. Y se pueden hacer muchas cosas con piezas simples. Aunque, desde luego, no tantas cosas como las que hace la naturaleza. No se vende ningún juego con unas piezas tan polivalentes, capaces de formar tan sorprendentes estructuras.

No existe un juego que permita construir un perro ni nada parecido. Hay mecanos que permiten construir coches. Te dan las piezas y los planos para ponerlas en su sitio. Si tienes imaginación, puedes construir también cosas que no están previstas en los juegos de construcción: palacios estupendos o mecanismos curiosos. Caben variantes sin límite, infinitas. Sólo estás limitado por las posibilidades de las piezas. Pero ningún juego de arquitectura permite construir, por ejemplo, un motor de explosión. Las piezas no tienen las propiedades mecánicas y térmicas necesarias.

Si tuviéramos piezas de metales muy resistentes y con la forma adecuada, podríamos acoplarlas y hacer un motor de explosión. Pero sólo si tienen la forma adecuada. No sirve cualquier pieza. Para hacer un motor de explosión, primero necesitamos la idea del motor de explosión y luego, con poca libertad, podemos hacer las piezas. Lo curioso es que aquí vamos en sentido contrario que el análisis científico normal. No explicamos el motor por las piezas que lo componen, sino al revés: las características de las piezas se explican porque las necesitamos para el motor. Lo que manda es la idea del motor.

Sería ridículo explicar el motor de explosión diciendo que es una acumulación de piezas. Antes que nada, el motor es una idea. Podemos hacer las piezas con distintas formas y materiales, pero tenemos que respetar la idea. Se da la curiosa circunstancia de que las propiedades del motor de explosión son propiedades de la idea del motor, no de las piezas. Las piezas sueltas no tienen esas propiedades: si alguien las viera sueltas, no podría deducir las propiedades del motor. Sólo cuando están unidas según la idea del motor, tienen las propiedades del motor. El motor tiene más propiedades que las piezas.

Las personas con mentalidad exclusivamente científica están acostumbradas a explicar la vida por sus elementos. Y dicen que todo es, en el fondo, una combinación de piezas elementales con propiedades elementales. Todo lo de arriba se explica por lo de abajo; y, en el fondo, se reduce a lo de abajo. Lo verdaderamente real es lo de abajo. . Esto lo dicen científicos serios (S. W. Hawking, S. Weinberg, F. Crick) y también otros (C. Sagan, E. O. Wilson, R. Dawkins) que se dedican a la divulgación de la ciencia y a la extrapolación (a veces incontrolada) de los conocimientos. Pero es un reduccionismo, tan grande como explicar una casa sólo por sus ladrillos o El Quijote por sus letras.

Es más: pudiera ser muy bien que el mundo se explicara al revés, como el motor. Que las características de las piezas elementales se expliquen por las ideas superiores. Puede ser que haya que comprender los elementos de la materia como las piezas de algo superior, que tiene muchas más propiedades que las piezas. Si no, no se puede justificar la extraordinaria capacidad y polivalencia de este juego de construcción.

Es interesante notar que las ideas, las formas tienen propiedades (el motor de explosión). Aprovechan las propiedades de sus componentes, pero se comportan como un conjunto que tiene más propiedades que sus componentes. En la misteriosa diferencia entre lo vivo y lo muerto, sucede esto, con un nivel de complejidad fabuloso. Lo vivo, con todo el organismo en su sitio, tiene muchas más propiedades y muy superiores a lo no vivo. A esto, se le llama, a veces, emergentismo (M. Bunge): aunque la palabra sugiere una dirección de abajo arriba.

Quizá haya que dar la vuelta. Quizá sea más sensato pensar que los elementos de la materia son, en realidad, las piezas de lo vivo. Si la idea de lo vivo no estuviera de alguna forma prevista en el juego de construcción, ¿cómo se va a producir ese enorme salto hacia arriba? En los juegos de construcción, nunca se producen estos saltos de calidad. Y menos por casualidad. Si metiéramos millones de piezas de arquitectura, en una hormigonera y dieran vueltas durante miles años, se produciría de vez en cuando un trozo de pared, pero nunca un castillo y mucho menos un caballo. Por más vueltas que demos. Y si metiéramos canicas, nunca se produciría nada. No hay problema en admitir que la forma de un montón de tierra se ha producido por casualidad. Pero parece absurdo decir que la forma de los seres vivos se ha producido por casualidad. Las formas superiores tienen que estar previstas de alguna manera en el juego; tienen que ser posibles. ¿No habrá que pensar el mundo desde arriba en lugar de pensarlo desde abajo?


EL ESPÍRITU

Los seres vivos son seres animados. Y con esto se expresa toda su capacidad de obrar, de moverse, de conservarse en unas condiciones, de protegerse del medio, de alimentarse y de reproducirse. Hay un salto enorme entre las propiedades de lo vivo y lo que no está vivo. No sólo de orden de complejidad, de cantidad de materiales puestos en su sitio. Es que, además, hay “ideas nuevas”, formas superiores, con propiedades nuevas. A medida que subimos por la escala de la vida, nos encontramos con una conducta cada vez más compleja e interesante. Una conducta que no se explica por las piezas, que siempre son las mismas, sino por las formas que integran las piezas.

Y llega un momento en que nos encontramos con otro salto. El nuestro. Cuando escalamos la vida orgánica, en el nivel más alto nos encontramos con la conciencia. Y entramos en un terreno increíble. Estamos acostumbrados. Ese es el problema. Vivimos ahí y todo lo contemplamos desde ahí. Nuestra conciencia tiene propiedades completamente sorprendentes, pero no nos llaman la atención, porque estamos acostumbrados a ellas.

En la conciencia, se dan tres propiedades concatenadas: la inteligencia, la libertad y la causalidad espiritual o creatividad. Nuestro yo tiene las tres propiedades a la vez. La inteligencia es la capacidad de conocer y pensar con ideas abstractas. La libertad (voluntad) es la capacidad de diseñar la conducta concreta al pensarla en abstracto. La causalidad espiritual o creatividad es un efecto de todo esto. Por el dominio que tenemos sobre nuestra inteligencia y nuestro cuerpo, podemos intervenir en el mundo físico. Nos movemos en él, cambiamos las cosas de sitio, manejamos herramientas y construimos. Con esas propiedades, el ser humano ha transformado la superficie del planeta. Todo lo que vemos alrededor, todo lo que es la cultura humana, ha nacido de ideas manejadas por nuestra conciencia y ejecutadas moviendo nuestras manos (y herramientas) con un plan diseñado libremente.

Nos parece normal. Pero, si lo pensamos científicamente, es extraordinario. Nuestra capacidad de formar, transmitir y manejar ideas es un misterio. También lo es nuestra capacidad de concretar previendo y diseñando nuestra conducta (libertad). Y también lo es nuestra capacidad operativa: es decir, que la conciencia mueva la materia, empezando por nuestro propio cuerpo y nuestras manos. Si hemos estudiado física, sabremos que, después de un esfuerzo de investigación gigantesco, hemos llegado a la conclusión de que todo lo que sucede en el universo se debe a la acción de cuatro fuerzas elementales. Pues bien, además de las cuatro fuerzas, está nuestra conciencia que es capaz de mover un cuerpo, el nuestro, y, a través de él, con herramientas, todo lo demás.

EL SUJETO

Hoy somos más conscientes de lo misterioso que es todo esto cuando queremos hacer ordenadores que imiten la conducta humana. Nos tropezamos con que los ordenadores no pueden formar ideas ni entienden las palabras (inteligencia), y no son capaces de decidir una conducta concreta a partir de ideas abstractas (libertad). En cambio, son capaces de mover cosas. Un programa de ordenador, que es algo así como un poco de inteligencia condensada (ideas, formas), es capaz de obrar, siguiendo un proceso. Por supuesto que obra de una manera muy rudimentaria y sin creatividad. Tampoco tienen las delicadas relaciones con el cuerpo que nosotros tenemos: no tienen emociones. Y desde luego no tienen sentido estético; no tienen sentido del humor; no tienen sentido de la justicia; y no pueden amar al prójimo como a uno mismo. Esto son sólo propiedades de nuestra conciencia.

Un ordenador es sólo un procesador de programas. Los ordenadores siguen procesos, pero no “entienden” las ideas ni las palabras, sólo las usan. No hay un “yo” que entienda. No hay un yo que forme ideas, que obtenga analogías, que pase de lo concreto a lo abstracto ni de lo abstracto a lo concreto. No hay un yo que entienda y piense en abstracto, que obtenga analogías y las cambie de plano. No pueden aprender en abstracto y usar lo que ha aprendido en otro contexto, de manera analógica. Y, como no manejan ideas en abstracto, tampoco pueden concretar pensando (libertad): no pueden decidir, no pueden ser creativos, no pueden enfrentarse a problemas nuevos. Son un conjunto de piezas montadas, con una idea de construcción y algunas ideas prestadas de funcionamiento. Son capaces de ejecutar procesos pensados por otros. Pero no hay un sujeto, no hay un protagonista, no hay un yo que sepa lo que está haciendo.

En cambio, cada uno de nosotros somos un sujeto. Nuestras operaciones espirituales, la inteligencia, la libertad y la causalidad espiritual tienen un sujeto y nos convierten en sujetos. Obramos como un sujeto. Es un modo peculiar y distinto de estar en el mundo. Seres que piensan, que entienden, que extraen experiencia y conocimiento, y que pueden obrar abriendo caminos. Por eso, cada hombre es una singularidad en el mundo, que no está explicado por su entorno y que no se puede reducir a sus piezas. Es un centro de operaciones en el universo, creativo y autónomo, con un universo mental dentro de la cabeza. Un universo mental capaz de transformar el mundo físico con ideas y acciones.

La filosofía griega, desde Platón, ya se dio cuenta de este argumento: el sujeto humano hace operaciones inmateriales y, por tanto, no es material. El proceso de formación y uso de las nociones abstractas (ideas) no es material; el uso de la libertad, que permite trazar un camino concreto pensando en abstracto no es material y contradice el determinismo de la materia; la causalidad de la conciencia, que opera libremente sobre el cuerpo, no es material. El comportamiento inmaterial, nos señala que el sujeto es inmaterial. En los demás seres vivos, no hay sujeto, no hay espíritu, sólo hay una forma con propiedades espectaculares, una forma que se desvanece cuando se corrompe el cuerpo (aunque la idea permanece, porque se puede repetir). Pero el ser humano no es sólo una idea, una estructura repetible, sino un sujeto inmaterial y autónomo. Y como es inmaterial, no se puede corromper, tiene que ser inmortal. Este es el argumento clásico de la espiritualidad humana que han usado todos los espiritualistas, desde Platón hasta Bergson, pasando por Santo Tomás de Aquino o Descartes.

Combinando elementos de las filosofías de Platón y Aristóteles, Santo Tomás dedujo que el alma es, a la vez, el sujeto espiritual (Platón) y la forma del cuerpo (Aristóteles). Es una fórmula feliz, aunque, para entenderla bien, hay que hacerse una idea de lo que significa el sujeto espiritual en Platón y de lo que significa la forma en Aristóteles. Otros pensadores modernos han recurrido a algunas analogías más o menos felices, para señalar la diferencia entre alma y cerebro. Eccles y Popper, decían que es como el piano y el pianista. Pero es sólo un ejemplo. El piano puede ser una prolongación del cuerpo, pero no es el cuerpo. Todas las analogías son defectuosas porque el caso de la relación del alma y el cuerpo es único. Tenemos una forma con un nivel de unidad y de estructura tal, que tiene la propiedad de ser un sujeto; es una idea como el “motor de explosión”, pero con tal categoría que es una persona.

La tradición filosófica entronca la idea del sujeto humano espiritual -la persona- con una aspiración permanente y espontánea de la humanidad, la supervivencia tras la muerte: es la tercera raíz de lo que entendemos por alma. La idea de un más allá, donde las personas perviven es una aspiración que nos encontramos por todas partes y se expresa en todas las culturas, aunque de distinta manera. Muchas culturas y muchas religiones afirman que el sujeto humano permanece tras la muerte de algún modo. Y a lo que permanece, al sujeto, le llaman “alma”.

Es muy difícil pensarse como no existiendo. Esto lo sabía muy bien Unamuno, que no dejaba de pensar en ello. Es muy difícil pensar que las personas que uno ha querido son nada cuando mueren. Que esos sujetos libres y únicos, que hemos querido tanto desaparecen sin más. ¿Cómo he podido querer tanto a un poco de agua y polvo? ¿Por qué no me da lo mismo que otro poco de agua y polvo? El más allá es una cuestión oscura, porque no sabemos cómo pueda ser, pero el deseo de pervivir y el amor a las personas más allá de la muerte son tendencias claras.

LA PERSONA DESDE LA FE CRISTIANA

El mensaje cristiano no es filosofía. Pero entronca directamente con las aspiraciones personales de supervivencia y con las convicciones del amor. También con las otras raíces que han dado sentido a la palabra alma.

Para la fe cristiana, Dios, que es un ser espiritual, ha creado el mundo. Y lo ha organizado de arriba abajo, con todas sus propiedades que se despliegan en la historia del cosmos. Por eso, porque procede de una inteligencia creadora, el mundo está tan lleno de inteligencia y de altas propiedades. Por eso, el juego de construcción es tan maravilloso y capaz de tantas cosas.

Además, el mundo visible y material está ordenado al hombre, que es su cumbre, y, probablemente, la clave de todas sus propiedades. En el ámbito de la filosofía de las ciencias, se llama “principio antrópico”, a esta idea: a pensar que el mundo se explica porque está ordenado al hombre: las curiosas características de la materia, la sorprendente historia de la evolución, la existencia misma de la tierra (que es un sistema bien curioso). Pero la Biblia lo da por supuesto desde sus primeras páginas: el hombre es la cima del mundo visible, y todo está ordenado a él.

Pero es una cima que supera lo que tiene debajo, porque el hombre ha sido hecho “a imagen de Dios”. Esta expresión aparece en el primer relato de la creación, en las primeras páginas de la Biblia, y es muy importante en la tradición judía y cristiana. Indica que el hombre se parece a Dios y refleja su imagen sobre el mundo. A semejanza de Dios, el hombre es un sujeto, un ser inteligente, capaz de obrar creativamente.

El ser humano tiene algo de divino. El segundo relato de la creación, lo expresa con una imagen: Dios introduce su aliento y espíritu en el hombre. El hombre no sólo viene de abajo. Viene también de arriba, del espíritu de Dios. Aunque tenga materia, no se explica por la combinación aleatoria de las fuerzas de la materia. Tiene algo que viene de Dios y refleja lo que es Dios.

Pero además, Dios lo ha creado con un fin eterno. El ser humano ha sido creado para conocer y amar a Dios por toda la eternidad. Ha sido preparado para ese destino. Dios ha hecho al hombre capaz de conocer y amar, y de durar eternamente. Este es el argumento religioso para fundamentar y entender que el hombre es un sujeto espiritual (destinado a conocer y amar) y que es inmortal (destinado a durar para siempre).

A la religión no le asusta pensar en un sujeto espiritual, no le asusta pensar en una existencia que no es material, porque cree que Dios es un ser espiritual. La idea de persona, que es una idea cristiana, expresa la dignidad de un sujeto espiritual. La calidad de un ser que no se explica por las analogías y las propiedades de la materia. Ni su ser ni su obrar se pueden expresar con el vocabulario que se utiliza para la materia.

Al mismo tiempo, el hombre es un ser corporal. Esto no es un añadido. Es su modo de ser, pertenece a su forma, a su idea, tal como Dios la ha querido. Sabemos por experiencia que, para que el espíritu pueda expresarse en el cuerpo, el cuerpo tiene que estar en condiciones. Es preciso que la base orgánica se haya desarrollado. Si el cerebro no se ha constituido bien, la conciencia no puede expresarse, no puede abrirse al mundo. Porque el funcionamiento normal del hombre es una conciencia con un cuerpo; y el cuerpo sitúa a la persona en el mundo, y sirve de expresión e instrumento a la conciencia. La fe cristiana cree que el sujeto espiritual permanece tras la muerte, privado de su cuerpo, pero cree también que su perfección es con el cuerpo, y la alcanzará al final, en la resurrección. Tiene su modelo en la resurrección de Cristo.

Creemos que en todo ser humano, desde su origen, hay un sujeto espiritual, aunque todavía no se pueda expresar. Pero hay más. La experiencia nos enseña que para que la conciencia comience a funcionar, necesita ser hablada. Necesita ser estimulada por la palabra, despertada por la palabra, por así decir, o por lo menos por el signo (como el caso de Hellen Keller). Esto lo vemos al observar cómo se desarrollan los niños, y, por contraste, nos lo confirma la triste experiencia de los llamados “niños salvajes” (Enfants sauvages, Feral Children); niños que no han sido criados en un ambiente humano. Sin una relación humana, la conciencia humana no se puede desplegar (o lo hace muy rudimentariamente). Esto es asombroso. Es una manifestación de que el espíritu humano es relacional. La tradición de pensamiento cristiano ve en esto una huella de que el hombre es un ser para la relación: procede de la relación con Dios y está destinado a la relación con Dios.

Para el cristianismo, es un asunto muy serio. La relación humana tiene su perfección en el amor. La moral cristiana se resume en amar a Dios sobre todas las cosas; y a los demás como hijos de Dios. Cada persona humana aspira en lo más hondo a amar y a ser amada, y no le parece que hay mejor bien que éste.

Cuando se entiende el valor de cada persona, se entiende que merece ser amada. Juan Pablo II le llama a esto la “norma personalista”. Muchos pensadores cristianos (Marcel, Pieper) se han dado cuenta de que todo amor encierra un deseo de eternidad. Amar es decir “no morirás”. En los hombres es sólo un deseo. Pero en Dios es una promesa que crea la realidad. El amor personal de Dios es lo que nos convierte en sujetos para siempre. Este es el fundamento personal del peculiar modo de ser del hombre: un sujeto delante de Dios: un tú creado para siempre por un Yo que es todopoderoso y eterno (Buber).

Hay que terminar. Nos hemos acercado a las experiencias que enraízan la palabra “alma” y nos habremos dado cuenta de que estamos hablando de algo muy serio. La palabra “alma” encierra el misterio de la vida y sus sorprendentes propiedades; el misterio del más allá y las aspiraciones humanas más profundas; y el misterio de la conciencia humana, de la inteligencia y la libertad. La palabra “alma” indica también a la persona, al ser espiritual, querido por Dios y constituido, por su amor, como un interlocutor para siempre. El alma humana no es un duende, ni una cosa que esté en el hombre, ni una parte del hombre. Es el sujeto espiritual, con su forma y sus propiedades, la persona querida por Dios. Todo esto es lo que lleva dentro la palabra alma.

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Juan Luis Lorda es profesor de Antropología cristiana, doctor en Teología e ingeniero industrial. El artículo ha sido publicado originalmente en “Nuestro Tiempo” n. 603 (setiembre 2004) 101-108.

 

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El Alma: 1. Señor, ayúdame en la tribulación, porque es vana la seguridad del hombre. ¿Cuántas veces no hallé fidelidad donde pensé que la había? ¿Cuántas veces también la hallé donde menos lo esperaba? Por eso es vana la esperanza en los hombres; mas la salud de los justos está en Ti, mi Dios. Bendito seas, Señor, Dios mío, en todas las cosas que nos sucedan. Flacos somos y mudables: presto somos engañados, y nos mudamos.

 

2. ¿Qué hombre hay que se pueda guardar con tanta cautela y discreción en todo, que alguna vez no caiga el algún engaño o perplejidad? Mas el que te busca a Ti, Señor, y te busca con sencillo corazón, no resbala tan fácilmente. Y si cayere en alguna tribulación, de cualquier manera que estuviere en ella enlazado, presto será librado por Ti, o consolado; porque no desamparas para siempre al que en Ti espera. Raro es el fiel amigo que persevera en todos los trabajos de su amigo. Tú, Señor, Tú solo eres fidelísimo en todo, y fuera de Ti no hay otro semejante.

 

3. ¡Oh, cuán bien lo entendía aquella alma santa que dijo: ¡Mi alma está asegurada y fundada en Jesucristo! Si yo estuviese así, no me acongojaría tan presto el temor humano, ni me moverían las palabras injuriosas. ¿Quién puede preverlo todo? ¿Quién es capaz de precaver los males venideros? Si lo que hemos previsto con tiempo nos daña muchas veces, ¿qué hará lo no prevenido sino perjudicarnos gravemente? Pues ¿por qué, miserable de mí, no me previne mejor? ¿Por qué creí de ligero a otros? Pero somos hombres, y hombres flacos y frágiles, aunque por muchos seamos estimados y llamados ángeles. Señor, ¿a quién creeré, a quién sino a Ti? Eres la verdad, que no puede engañar ni ser engañada. El hombre, al contrario, es falaz, flaco y resbaladizo, especialmente en palabras; de modo que con muy gran dificultad se debe creer lo que parece recto a la primera vista.

4. Cuán prudentemente nos avisaste que nos guardásemos de los hombres: que los amigos del hombre son los de su casa, y que no diésemos crédito al que nos dijese: A Cristo míralo aquí o míralo allí. He escarmentado en mí mismo: ¡ojalá sea para mi mayor cautela, y no para continuar con mi imprudencia! Cuidado, me dice uno, cuidado, reserva lo que te digo. Y mientras yo lo callo, y creo que está oculto, él no pudo callar el secreto que me confió, sino que me descubrió a mí y a sí mismo, y se marchó. Defiéndeme, Señor, de aquestas ficciones, y de hombres tan indiscretos, para que nunca caiga en sus manos ni yo incurra en semejantes cosas. Pon en mi boca las palabras verdaderas y fieles, y desvía lejos de mí las lenguas astutas. De lo que no puedo sufrir, me debo guardar mucho.

5. ¡Oh, cuán bueno y de cuánta paz es callar de otros, y no creerlo todo fácilmente, ni hablarlo después con ligereza: descubrirse a pocos, buscarte siempre a Ti, que miras al corazón, y no moverse por cualquier viento de palabras, sino desear que todas las cosas interiores y exteriores se acaben y perfecciones según el beneplácito de tu voluntad! ¡Cuán seguro es para conservar la gracia celestial huir la vana apariencia, y no codiciar las cosas visibles que causen admiración, sino seguir con toda diligencia las cosas que dan fervor y enmienda de vida! ¡A cuántos ha dañado la virtud descubierta y alabada antes de tiempo! ¡Cuán provechosa fue siempre la gracia guardada en silencio en esta vida frágil, que toda es malicia y tentación! KEMPIS.

 

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“No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)

 

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‘Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios’. Cardenal  Ratzinger.

 

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“Nunca se puede matar a una persona para que otra pueda vivir mejor”. Crear vida para después matarla es una “aberración”.

 

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El Señor no es indiferente, como un emperador impasible y aislado, a las vicisitudes humanas”. Es más, su mirada es fuente de acción, porque interviene y derriba los imperios arrogantes y opresivos, abate a los orgullosos que le desafían, juzga a los que perpetran el mal”.Dios se hace presente en la historia, poniéndose de la parte de los justos y de las víctimas. S. S. JUAN PABLO II – Magno - 2003-12-10

 

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La gran pasión de nuestro tiempo es la utilidad. Todo vale si es útil. He ahí la máxima moral dominante. La utilidad ha situado su trono en medio de la cultura europea y la ha empapado de afán codicioso. 2003.

 

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La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión {la Iglesia Católica fundada por Jesucristo-Dios nuestro}

 

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«La Historia ¬afirmaba Voltaire¬ está con frecuencia desfigurada por la fábula, hasta que alguna vez son derribados los monumentos erigidos para perpetuar la mentira».

 

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El mayor extravío de la mente humana es creer algo porque uno desee que sea así. Pasteur

 

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El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia.  Alexander Kuprin

 

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Hay toda la diferencia del mundo entre que pongamos la verdad en primer lugar o en el segundo.  Whateley

 

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Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Se multiplican los diagnósticos desesperados (algunos inciertos, otros faltos de lócica o exagerados ciertamente), sobre el estado de la tierra: "un hormiguero que se resquebraja", "un planeta que agoniza"... La ciencia describe cada vez con más detalles el posible escenario de la disolución final del cosmos. Se enfriarán la tierra y los demás planetas; se enfriarán el sol y las demás estrellas; se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... Un día, la expansión se agotará y comenzará la contracción; al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Se producirá entonces el "Big Crunch", o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión, o "Big Bang", de hace quince mil millones de años.
Nadie sabe si las cosas sucederán realmente así o de otro modo. Pero la fe nos asegura que, aunque fuese así, ese no sería el final total. Dios no ha reconciliado consigo al mundo para luego abandonarlo a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para luego retirarse, él solo, a su cielo, en el momento en que llegue ese fin. "Te he amado con un amor eterno", dijo Dios al hombre en la Biblia (Jr 31, 3) y las promesas de "amor eterno" de Dios no son como las del hombre.

 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Dominus illuminatio mea - "The Lord is my light"
El Señor es mi luz, Salmo 27.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º Título: ‘Biblia y ciencia de la fe’ La Palabra de Dios fecunda.

Autor: Carlos Granados-Agustín Jiménez (eds.)- Editorial: Ediciones Encuentro

LA EXPERIENCIA DE DIOSAutor: José Morales – Editorial: Rialp - Madrid –Esp. 255 paginas - “Es probablemente cierto que la experiencia es el elemento más radical del fenómeno religioso, pero este fenómeno no es vivido en estado puro por ningún sujeto, sino que se inscribe en el interior de un hecho religioso que comporta toda una serie de mediaciones que influyen en la experiencia que cada sujeto pueda hacer”.

3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 –

Grüss Gott. Salve, oh Dios.


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