Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Europa - 5º cristianismo motor de progreso; guerra, perdón Justino y Platón

Durante los siglos medievales los monasterios trasmitieron la cultura de la antigüedad clásica. Si hoy conocemos -en parte- las obras de Platón, Aristóteles y otros muchos filósofos y escritores es por la labor nunca suficientemente reconocida de los monjes que se dedicaron a copiar, traducir y extraer enseñanzas de sus obras. Ningún área del conocimiento quedó fuera de su actividad: traducciones, retórica, gramática, botánica, medicina, aritmética, geometría, arquitectura, astronomía, música, agricultura, teología... ?Este periodo de la historia europea ha sido calificado de auténtico renacimiento . Baste pensar que fueron los hombres y mujeres de aquellos siglos quienes levantaron las monumentales catedrales de Europa, crearon las Universidades, y concibieron los métodos científicos que fundamentan nuestra civilización.

 

el diálogo entre la ciencia y la fe se enriqueció en los monasterios medievales y ofreció sus frutos, a la universidad favoreciendo el renacimiento y el progreso de toda Europa

 

No se trata de que cohabiten musulmanes y cristianos en un mismo territorio, sino si es posible una sociedad democrática con una numerosa población musulmana. Alfonso García Nuño.

 

 

La Europa occidental ha nacido de una matriz totalmente cristiana. Las herencias griega y romana, como factor gestante, pesan menos en la génesis de Occidente que la cristiana. Y sin embargo, hay una posición que destila algo así como vergüenza a la hora de presentar al cristianismo como factor generador de Occidente”.

 

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Universidad: un lugar dedicado a los estudios, a la ciencia, donde los jóvenes deben aprender a cuestionar todo, a poner todo en duda para así profundizar y saber escoger lo mejor, disciplinándose en el conocimiento y aplicarlo debidamente. Por ello la Iglesia católica –segura de la armonía entre fe y razón- ya en luminoso medioevo exalta las ciencias y funda la Universidad

 

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«La guerra no es un derecho y, si está dictada por la necesidad de defender al inocente, debe ser sometida a reglas precisas compatibles con la dignidad humana».  2007 Mensaje Vat.

 

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“A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la conciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su integridad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”.

VISITA AL PARLAMENTO FEDERAL

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Reichstagsgebäude, Berlín ?Jueves 22 de septiembre de 2011 - Alemania

 

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“La tentación de las democracias occidentales es nadar en el vacío, perder el horizonte de la verdad y, en consecuencia, pretender que aquellas decisiones y opciones finales a las que llega un determinado parlamento se conviertan en fuente de verdad, cuando muchas veces no es así”.

 

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“El gran problema de nuestro tiempo es que el hombre quiere experimentar la salvación y la plenitud pasando por encima de la verdad y queriendo realizarse a sí mismo a través de una libertad desconectada de esa verdad”. 2004

 

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1027, el 16 de mayo el obispo de Vic y abad de Ripoll, Oliba, preside un sínodo episcopal en Tolouges (Rosellón) que se suma al movimiento Paz y Tregua de Dios. Este movimiento imponía unas reglas de honor y caballería a la guerra. Un hecho sin precedentes en Europa porque trató de implantar cierta equidad, justicia y perdón, sobreponiéndose a la venganza, desquite y represalia, a pesar de la complejidad de aquellos siglos.

La civilización occidental nace de la superación del ojo por ojo, nace de un perdón que no significa debilidad, sino participación en la experiencia de un Dios que perdonó a quien lo acusaba y mataba injustamente y que ha vencido al mal. Un perdón que es positividad, reconstrucción, civilización, paz, trabajo, ciencia, progreso, democracia, tolerancia, posibilidad de ser siempre más grande que las circunstancias que nos oprimen.

 

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Para San Justino (del siglo II) decía que “lo bueno que tiene la filosofía griega, las diversas verdades enseñadas por Sócrates, Platón y Aristóteles, derivan del Logos” (Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades).

 

San Gregorio taumaturgo (213-275ca.): “Debemos escuchar con todas nuestras fuerzas todos los textos de los antiguos poetas o filósofos, para extraer de ellos los medios para profundizar, reforzar y de propagar el conocimiento de la verdad”.

 

San Clemente de Alejandría nacido en Atenas (150-215ca.) había tres testamentos: “el A.T., el N.T. y la filosofía griega” y agregaba casi provocando: “¿Quién es Platón, sino Moisés que habla en griego?” (Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades, La Sinagoga y la glesia primitiva, Gladius, Buenos Aires 2008, 146 y ssgtes).

 

La Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos.

 

 

Europa descansa sobre tres colinas: la Acrópolis, el Capitolio y el Gólgota. Como ha hecho notar Brandmuller, buena parte   de las catástrofes del siglo XX -desde los conflictos bélicos de la Primera Guerra Mundial a los campos de extermino del Tercer Reich y el Archipiélago Gulag- son el resultado de la ruptura de Europa con sus orígenes. Jerusalén representa la concepción de que la Humanidad y el mundo existen en relación con Dios, el Creador. Atenas representa la primacía del intelecto. Roma, la arquitectura jurídica que vertebra las grandes creaciones normativas. El olvido de estas elementales verdades recuerda aquellas palabras de Qinto Septimio Severo: «Hay dos clases de ceguera que se combinan fácilmente: la de aquellos que no ven lo que es y la de los que ven lo que no es».
La tradición judeo-cristiana ha aportado a Europa el básico patrimonio común de derechos fundamentales.
Los derechos del hombre no comienzan con la Revolución Francesa. Norberto Bobbio insiste en este punto, cuando afirma que el gran cambio en el reconocimiento del hombre como persona «tuvo inicio en Occidente con la concepción cristiana de la vida, según la cual todos los hombres son hermanos en cuanto hijos de Dios».

 

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"De la religión procede el objetivo de hombre; de la ciencia su poder para alcanzarlo. A veces la gente se pregunta si la religión y la ciencia no se oponen la una a la otra. Así es: en el sentido en que el pulgar y los otros dedos de mi mano se oponen entre sí. Una oposición por medio de la cual se pueden coger firmemente muchas cosas". Sir William Bragg:

 

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“Las doctrinas centrales del cristianismo fueron capaces de inspirar y sostener relaciones sociales y organizaciones atractivas, liberadoras y eficientes”. Fueron las doctrinas de la Iglesia las que permitieron que el cristianismo se encontrara “entre los movimientos de revitalización más formidables y de mayor éxito en la historia”. Con los cristianos aparece un Dios que, de hecho —algo nunca visto hasta entonces—, se preocupa por todos los seres humanos, que los ama con locura y que pide y espera de sus seguidores un amor semejante entre ellos y fuera de ellos, incluso a sus enemigos y a quienes no les entienden. La Buena Nueva del cristiano,  era dos veces buena y nueva, pues al dar a la humanidad un Dios amoroso y misericordioso daba también a los hombres y a las mujeres su auténtica humanidad.

 

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Algunos comentaristas hablan del Islam calificándolo de religión pacifista, cuando en realidad su extensión por el mundo no se efectuó mediante un proselitismo misionero pacífico, sino con guerras sangrientas; y su intransigencia hacia otras creencias, o la falta de ellas, es una realidad histórica que continúa en nuestros días, como puede comprobarse con sólo visitar cualquier país musulmán.

 

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"En español se expresó Carlos I (o V) ante el Papa y los embajadores franceses, uno de ello obispo. Al pedirle los embajadores que hablase en una lengua más inteligible, volvió la espalda a uno y contestó: "Señor obispo, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana". La célebre anécdota la cuenta Brantôme en su Bravuconadas de los españoles, publicada por la editorial Áltera, de Javier Ruiz Portella".

 

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¿Por qué el cristianismo decidió salvar el legado pagano, procedente de una cultura ‘enemiga’ que lo había perseguido con ferocidad? ¿Por qué los monjes medievales se dedicaron, con mimo y paciencia, a la salvaguarda de un acervo cultural que podría considerarse herético, o siquiera ‘extraño’? Gracias a aquellos amanuenses escrupulosos podemos hoy leer a Platón, a Virgilio, a Aristóteles, a Séneca, a tantos y tantos autores sin los cuales nuestra cultura resultaría ininteligible.

 

 Terracota helénica - 700 antes de Cristo

 

 CRÓNICA DE UN MILAGRO

 

Sin ese chispazo divino que alumbró a Justino, no sabríamos quién fue Platón

 

Siempre he pensado que el momento clave de la cultura occidental es aquel en que el cristianismo decide hacer suyos el pensamiento y la literatura grecolatinos. Generalmente las religiones, cuando alcanzan cierto grado de hegemonía, tienden a hacer tabla rasa de la tradición que les precede y a fundar una cultura nueva levantada con mimbres propios. ¿Por qué el cristianismo decidió salvar el legado pagano, procedente de una cultura ‘enemiga’ que lo había perseguido con ferocidad? ¿Por qué los monjes medievales se dedicaron, con mimo y paciencia, a la salvaguarda de un acervo cultural que podría considerarse herético, o siquiera ‘extraño’? Gracias a aquellos amanuenses escrupulosos podemos hoy leer a Platón, a Virgilio, a Aristóteles, a Séneca, a tantos y tantos autores sin los cuales nuestra cultura resultaría ininteligible. ¿Qué ocurrió en los albores del cristianismo para que este inmenso legado pagano no fuera condenado al fuego o a la incuria? San Pablo, al imponerse como tarea la extensión del mensaje evangélico a los gentiles, sentó sin duda los cimientos de esta fecunda fusión cultural; pero su clarividencia no basta para explicar el milagro. Como otros muchos cristianos de los primeros siglos, San Pablo es martirizado en Roma; lo más previsible hubiese sido que los cristianos, una vez alcanzado el poder, hubiesen borrado de la faz de la tierra y de la memoria de los hombres cualquier vestigio de aquel ingente legado que había anhelado su aniquilación. ¿Por qué el cristianismo, en lugar de arrasarlo, se encargó de su preservación y estudio?

He encontrado la respuesta en un libro extraordinario de inminente publicación,
Bibliotheca divina, del profesor italiano Givanni Maria Vian, un estudio divulgativo sobre la cultura cristiana, desde sus orígenes hasta la actualidad. El lector curioso podrá encontrarlo traducido al español en apenas un mes, en Ediciones Cristiandad. En el judaísmo helenístico floreció la teoría de los furta graecorum (literalmente ‘los robos de los griegos’), que enseguida los cristianos harían suya: según dicha teoría, los filósofos y poetas griegos habrían ‘tomado’ de Moisés y de los profetas todo lo relativo a la creación del mundo, al alma y a la vida después de la muerte. La teoría puede antojársenos hoy rocambolesca o improbable; pero en su día decretó la absolución de unos textos que, de lo contrario, habrían corrido una suerte aciaga. Esta teoría la complementaría luego San Justino, un filósofo nacido en Palestina, convertido en Éfeso y martirizado en Roma en torno al año 165. San Justino elaboraría la teoría de ‘las semillas del logos’. Para los estoicos, el logos era el principio racional que rige el mundo; para Justino, ese logos era el Verbo del prólogo del Evangelio de San Juan, existente ya antes de la creación. Según la teoría de Justino, estas ‘semillas del logos’ habrían germinado también entre los sabios paganos, que de este modo se incorporan a la tradición cristiana como depositarios previos de una Revelación que sólo alcanzaría su plenitud tras la llegada de Jesús. Así, por ejemplo, Justino considera que cuando Platón escribe en el Timeo que «la segunda potencia divina se extiende en el universo bajo la forma de la letra X» está, sin saberlo, prefigurando el Misterio de la Cruz. A partir de Justino, el cristianismo hace una relectura de los textos paganos. Así, por ejemplo, se sostiene que Virgilio, en su cuarta égloga, no está en realidad celebrando el natalicio del hijo de su amigo Cayo Asinio Polión, sino anticipando la llegada del Mesías. Y lo cierto es que, si leemos la deliciosa égloga virgiliana, nos causan pasmo y escalofrío sus similitudes y paralelismos con la profecía de Isaías. Luego, en la Edad Media, Dante elegiría a Virgilio como guía en su viaje de ultratumba, completando de este modo la ‘canonización’ del paganismo.

Se trata tan sólo de una nota a pie de página en el voluminoso libro de la Historia, pero sin ella la comprensión de nuestra cultura resultaría ininteligible. Sin ese chispazo divino que alumbró a Justino, hoy no sabríamos quiénes fueron Platón o Virgilio. Definitivamente, los milagros existen.

Juan Manuel DE PRADA. 2005-IX-11

 

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Oporto-Portugal, ciudad llamada ´la invicta´...

y las fuerzas napoleónicas no lograron invadirla. 

 

España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas

 

Concretamente, el tirano de Napoleón ordenó un gobierno tiránico. Lo impusieron las armas napoleónicas, cuyo ideal de acceso a la felicidad consistía básicamente en estuprar doncellas y desvalijar iglesias…*

 

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Así, por ejemplo, la derecha sostiene que con la Guerra de la Independencia (1808) surge España como «nación de ciudadanos» y no sé cuántas paparruchas más. Falso de toda falsedad. La idea de nación española se modeló de forma evolutiva desde el siglo VI, con la conversión de Recaredo a la fe católica, para cobrar contornos cada vez más nítidos durante la Reconquista, alcanzar su certeza constitutiva durante el reinado de los Reyes Católicos y hallar su expresión más acabada con la conquista y evangelización del Nuevo Mundo. Don Marcelino Menéndez Pelayo, que leyó más en un solo día de su vida que todos los representantes de nuestra patética derecha en todos los días de su desnortada vida, lo dejó escrito en el grandioso epílogo de su Historia de los heterodoxos españoles: «Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos con sus mártires y confesores, con el régimen admirable de sus concilios por ella fuimos nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. (...) España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas». Las palabras proféticas de don Marcelino ya se están cumpliendo, y nuestra derecha, al afirmar que con el Dos de Mayo se constituye la nación española no hace -amén de traicionar la verdad histórica y de renegar patéticamente de su genealogía- sino conceder argumentos a quienes desean despiezar España en cantones y reinos de taifas.

Y el Dos de Mayo no fue una rebelión ciudadana, sino una rebelión popular. Napoleón quería convertir a los españoles en ciudadanos (esto es, en muchedumbre colecticia sometida a sus leyes y exacciones); pero los españoles, con intuición genial, querían seguir siendo pueblo. El genio popular español entendió que los gabachos habían venido a destruir los cimientos de la patria española y a convertirnos otra vez en «presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso»; y se rebeló para defender la grandeza y la dignidad de España, concretadas en su fe y en su tradición. Ese pueblo que se rebeló en 1808 ya no existe, ahora sólo somos una patulea de ciudadanos descristianizados que han accedido al bienestar; y estas conmemoraciones no son sino unas exequias fúnebres que algunos, desde la izquierda, celebran con regocijado cinismo, mientras otros, desde la derecha, hacen de dóciles mamporreros. 2008.V.02 Juan Manuel de Prada.-

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* Tampoco Portugal logró salvarse; las hordas napoleónicas desbastaron, saquearon, robaron, profanaron, incendiaron, gran parte del patrimonio histórico cultural. En nombre de la ciudadanía, lo que no hicieron los siglos, en pocos meses la ignorancia en todo tiempo prepotente, logró perder para siempre, parte de historia y arte ‘patrimonio de la humanidad’. Las semillas del conocimiento, sembradas por los monjes y los cabildos eclesiásticos, una vez más actuó en aras de la civilización. El desastre fue con odio cainita hacia las iglesias, conventos y bibliotecas…. ¿Y eso por qué? Pues eran ellos los únicos reductos de vida intelectual en pleno resurgimiento de la barbarie. En otras palabras: contra el saber milenario protegido y enseñado por los hijos de la Iglesia, la devastación instantánea, impusieron siempre, los amigos de la decadencia, o llamados comúnmente –revolucionarios-. No se puede hacer una locura con la idea de alcanzar la cordura; haciendo un mal, el hombre nunca podrá alcanzar un bien.

 

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Mensaje evangélico y cultura helenística Siglos II y III , de Jean Daniélou* Ediciones Cristiandad; es un sólido análisis de Daniélou sobre los primeros pasos del Cristianismo por Europa Jean Daniélou nos ofrece un análisis sobre el momento en que el Cristianismo dio el salto decisivo de un ambiente geográfico-humano semítico al mundo helenístico y latino. Para este salto se requirió adaptar los modos, las formas y las maneras de transmitir el Mensaje cristiano desde las estructuras psicológicas semíticas, donde nació el Cristianismo, a unas estructuras mental-culturales totalmente distintas. Fue necesario construir un discurso misionero y nuevas formas apologéticas basadas en la exigencia racionalista del mundo greco-latino pero sin cambiar el Mensaje. Construida una nueva forma de presentar el Mensaje evangélico el siguiente paso fue organizar medios de propagación y difundir el mensaje cristiano, pero también hubo que rivalizar con el paganismo y la filosofía griega así como con las estructuras religioso-políticas romano-imperiales.

Nacimiento y expansión - Dos fueron las etapas de progresión del Cristianismo: la primera, de nacimiento e implantación en el mundo semítico; la segunda, de desarrollo y expansión del mundo semítico al greco-latino, de Oriente a Occidente caminando al encuentro con el racionalismo. Fue un proceso que duró unos 200 años y en los cuales también se produjeron fuertes debates entre filosofía greco-romana y la nueva teología cristiana así como problemas teológicos (sobre la Trinidad, la esencia de Jesucristo, la relación Padre-Hijo, la trascendencia de la persona humana, la relación entre Padre e Hijo y el ser humano, entre otras muchas cuestiones).

En este caminar del Cristianismo, Justino en su búsqueda de la Verdad dio el salto de la filosofía y teología greco-romana al Cristianismo y creó escuela en Roma. Su “Diálogo con Trifón” fue ejemplo de camino de conversión e itinerario espiritual ofrecido al mundo greco-latino. La vía catequética para difundir el Mensaje estaba señalada: “importa a los cristianos no desentenderse, sino animarse, a pesar de la muerte que amenaza a quienes enseñan o tan siquiera confiesan el nombre de Cristo, por todas partes y por todos los medios hay que enseñar y recibir la Palabra”.

 

¡Qué modernas suenan estas palabras, tan similares a la llamada de Juan Pablo II al compromiso de todos los cristianos en pos de la evangelización: “hay que dar testimonio de la Verdad, aun al precio de ser perseguido […] mantened y defended un orden de verdades y valores” (Juan Pablo II, “Levantaos, vamos” p.164-165).

 

Los primeros Padres - Poco después Ireneo (instruido por Policarpo, discípulo de San Juan El Evangelista) perfeccionó el método de evangelización con su “Exposición de la predicación apostólica” y lo puso en práctica en la Galia desafiando al paganismo, a las primeras herejías cristianas y a la propia Roma, siendo por ello martirizado.

Seguidamente Clemente de Alejandría, también perseguido por Roma, no cejó de hacer un llamamiento a todos los cristianos a obrar como cristianos no renunciando a este mundo sino actuando en él. Escribió el “Pedagogo” donde trató sobre cómo debían comportarse los cristianos conforme a los principios de la moral cristiana en sus vidas diarias consagradas a Cristo, ya en el matrimonio ya en el sacerdocio.

El resultado de todo ello fue la extensión y, al fin, común adhesión de los hombres del quebrantado Imperio Occidental a una nueva forma de entender a la persona, a la sociedad, al Estado. Se dio así cimiento común a Europa y a su, hasta entonces, variopinta sociedad. Este cimiento fue de tanta solidez que la disolución imperial fue política pero no cultural-mental ni espiritual. Esto posibilitó que Europa no desapareciese arrastrada por el derrumbe imperial sino que se rehiciese tomando nueva forma política en cinco naciones: Hispania, Francia, Britania, Germania e Italia que en el Concilio de Constanza (1412-1415) fueron reconocidas como herederos de Roma y, por lo tanto, este conjunto fue denominado como La Cristiandad y, por extensión, la Universitas Christiana. En este punto entra la segunda lectura propuesta.

 

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SI NO ES CRISTIANA, NO ES EUROPA

 

 

Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA. Catedrático de Filosofía del Derecho. Universidad de La Coruña/

 

 

EL cristianismo es una religión, un mensaje de salvación dirigido a todos los hombres. Ningún continente, región, pueblo, ideología o partido político, nadie en suma, puede apropiárselo sin injusticia. La vigencia del cristianismo, como la de toda religión, depende de la existencia de auténticos cristianos y, como consecuencia de ella, de su capacidad para impregnar las vidas personales y la vida colectiva. No hay una cultura cristiana sin cristianos, aunque pueda haber cultura cristiana sin que muchos de sus miembros lo sean. Quiero decir que existe una cultura cristiana, pero el cristianismo no es una mera cultura.

Quienes se atienen a lo más visible de la historia, a lo superficial, tienden a pensar que la clave de la difusión del cristianismo y, para quienes tienen fe, la obra de la Providencia, residió en su nacimiento en el ámbito universalista del Imperio Romano. Por mi parte, me permito apuntar otra clave, y otra interpretación de la Providencia. Europa es la síntesis entre la filosofía griega y la religión cristiana. Europa, es decir la Cristiandad, es imposible sin ambas. No soy, en absoluto, original al adherirme a esta primacía griega.
Husserl, por ejemplo, afirma que Europa tiene lugar y fecha de nacimiento: Grecia y los siglos VII y VI antes de Cristo. Éste es su origen remoto. Pero, sin el ingrediente cristiano, no habría surgido propiamente Europa sino sólo la Hélade. Nuestra civilización es el resultado de la síntesis entre Atenas y Jerusalén, y su misión, dar razón de lo Absoluto. Sea esto dicho sin demérito para el Derecho romano ni para la ciencia moderna, hija al cabo del pensar griego. La esencia de Europa se encuentra en la filosofía y el cristianismo. La muerte de la filosofía o del cristianismo sería la muerte de Europa.

Lo que me gustaría sugerir es que, si esto es cierto, y pienso que lo es, el cristianismo no constituye sólo una de las raíces espirituales de Europa, sino que es también parte de su esencia. Entonces, la posibilidad misma de una Europa no cristiana sería una contradicción en los términos. «Europa cristiana» vendría a ser una expresión tan obvia como «círculo redondo». Todo lo que nuestra civilización es y ha hecho en la historia es sencillamente ininteligible sin el cristianismo. Para bien y para mal, y creo que, en justo balance, más para bien. Podemos elegir el ámbito que queramos: político, social, cultural, incluso económico. Pensemos en lo más superficial y, por ello, fundamental para los superficiales: la política. Allí donde no anidó la semilla del cristianismo germina con dificultad, próxima a la imposibilidad, la democracia. Sin la idea de Dios y la creación del hombre a su imagen, la dignidad de éste se resquebraja y se reduce a la animalidad. Sin la común paternidad divina, la fraternidad entre los hombres es pura quimera. Y, sin fraternidad no son posibles la igualdad ni la solidaridad. Incluso la Ilustración no es sino un fruto tardío y extraviado de la idea de Dios. Suprimido el cristianismo, la cultura europea quedaría reducida casi a la nada.

La incultura y la ignorancia, es decir la barbarie, entienden otra cosa: que Europa sólo llega a ser lo que es cuando logra despojarse del cristianismo. Su desconocimiento de la Edad Media carece de límites. No les importa que todo lo que defienden como laicistas conversos se tambalee en cuanto se prescinde del cristianismo. En este sentido, Nietzsche fue un genial vidente. La muerte de Dios vuelve todo del revés. No queda en pie ni la moral cristiana, ni la dignidad del hombre, ni los derechos humanos, la democracia, el socialismo, el liberalismo y el anarquismo. Sólo quedan los valores vitales propios del superhombre, su jerarquía y su autoridad. Vano es el intento de quienes suprimen a Dios y pretenden apuntalar todo el edificio con sucedáneos como la razón o la justicia. El edificio, inexorablemente, se desmorona. Por eso, quizá Nietzsche sea la única alternativa seria al cristianismo. San Pablo afirmó que si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres. O Dios o el nihilismo. No hay alternativa. Otra cosa es que, como Max Scheler magistralmente demostró en El resentimiento en la moral, la crítica nietzscheana a la genealogía de la moral cristiana resulte equivocada.

Quienes se empeñan en esta tarea imposible de sustentar sus convicciones en el aire, sin su único fundamento posible, al menos deberían reconocer la inmensa labor social de la Iglesia en beneficio de los pobres y marginados. Pero nadie puede ver lo que no quiere ver. Sólo se fijan en los errores, y apenas les importa que sea precisamente la Iglesia la institución que más se ha empeñado en reconocerlos y pedir perdón por ellos, a pesar de que no se le reconozcan los muchos bienes que ha producido. Las mezquindades, agresiones e injusticias actuales no son sino síntomas de un mal mucho más hondo. Éste es el que debe ser tratado, más que aquellas. En España, cualquier estupidez compartida con otros pueblos adquiere proporciones ciclópeas. Toda politización del cristianismo fracasa necesariamente, tanto la de unos como la de los otros. Acaso el pasaje evangélico de la adúltera perdonada muestre el camino. Unos se obstinan en la lapidación; otros, se quedan con el perdón. Aquellos suelen olvidar la distinción entre la moral y el Derecho y propugnan una especie de «juridificación» de la moral. Éstos olvidan que Cristo, después de renunciar a condenar a la adúltera, le dijo: «Vete y no peques más». No declara, pues, abolidos el mal y el pecado. Por lo demás, sin la falta es imposible el perdón. También manipulan algunos su presencia entre prostitutas, publicanos y pecadores, pues no se trata de adhesión a su forma de vida ni de complacencia en su compañía, sino, por el contrario, de cumplir su misión de salvar a los pecadores. La Iglesia cumple su tarea, si no me equivoco, cuando condena el pecado y perdona al pecador arrepentido, no si insiste sobre todo en condenar jurídicamente al pecador ni si declara abolido el pecado.

La tragicomedia que vivimos es más obra de la ignorancia que de la maldad, aunque acaso ambas caminen, como enseñó Sócrates, de la mano. Lo que resulta más difícil de entender es el empeño, deliberado o no, de suscitar un problema donde no lo había. No hay en España una cuestión religiosa. La aconfesionalidad del Estado, que no el laicismo, está reconocida y garantizada por la Constitución y nunca ha sido puesta en entredicho, ni con los gobiernos de la UCD, ni con los del PSOE, ni con los del PP. La libertad de expresión de la Iglesia no se encuentra limitada por la conformidad forzosa con las propuestas legislativas del Gobierno. Criticar a la mayoría nunca es antidemocrático. Silenciar a las minorías sí que lo es. Es sólo cierto ingenuo y fatal adanismo, que parece haber invadido a los actuales gobernantes, el que les sugiere que todo está por estrenar: la democracia, la libertad y la aconfesionalidad del Estado. Incluso se diría que aspiran a estrenar una nueva Constitución. Sólo cabe esperar que lo que el Gobierno no rectifique por convicción, al menos lo haga por propio interés. España forma parte de Europa. Y ésta, si no es cristiana, no es Europa, sino que queda reducida a la condición geográfica de continente o a mero espacio para el libre comercio. ‘ABC’ 2004-12-09

 

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Marconi, hombre sencillo y profundamente católico.

 

El cristianismo, motor del progreso europeo 

 

 

 

Es claro que la Constitución de la Unión Europea debe estar de acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de Naciones Unidas. Por eso en la Constitución de la Unión Europea se debe tener en cuenta el artículo 18 de esta Declaración:


«Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia».


De aquí se sigue que la Unión Europea, como las Naciones Unidas, debe ser aconfesional, pero esto no quiere decir que esté contra la religión, sino que, muy al contrario, debe acoger las religiones de todos sus miembros, como las acoge en los nombres de las calles de todas sus ciudades. Y es que es una cosa patente que la persecución y prohibición de una religión es el mayor gesto contra la libertad y el amor, porque el mayor valor que puede tener un creyente es su religión. La historia de la religión en Europa es la historia de la libertad. En efecto, cuando el hombre es verdaderamente más libre se acerca y se une más a Dios. Y esto es tan cierto en el mismo cristianismo, que el camino hacia Dios es el camino de la libertad, pero de la libertad hacia el amor y el perdón, rechazando la violencia y el odio.


De todo esto se sigue, aunque se quiera ahora ocultar, que las raíces de Europa son bien cristianas, y que el peligro de todo ello está en el abuso de la especialización que hace al hombre ser ignorante, en ciencias o en letras, y ambas son importantes.

 

 

Podemos sentirnos muy contentos los europeos, porque en el bienestar actual hemos tenido gran parte con nuestros hombres de ciencia. En efecto, dicho pueblo científico tiene históricamente su origen en Europa, como la antigüedad lo tuvo en Roma. Su ciencia y cultura no es labor de uno solo, sino de gigantes como Newton, Leibniz, Descartes, Galileo, Kepler, R.Hooke, E. Halley y otros muchos más, como Isaac Barrow. Ellos forman también parte del grupo de gigantes en los que se basó Einstein para descubrir la Teoría de la Relatividad, en sus dos partes, Especial y General, lo que nos obliga a citar también a Riemann, Poincaré y von Neumann. Todo esto prueba que ello no es una labor de uno solo, sino de un grupo de gigantes hermanados, guiados por una mano invisible, que no es otra que la Divina Providencia. Así, este pueblo científico trabaja con un espíritu cristiano, aun sin ser todos cristianos, como enviados por la Divina Providencia, para remediar los males, en lugar de lamentarse de ello y no hacer nada para aliviar esos males, y, a imitación de Cristo, intenta convertir los males en bienes.


Como hemos visto son muchos los matemáticos que se han preocupado por la teología. Cauchy dijo en una ocasión: «Yo soy cristiano, es decir, yo creo en la divinidad de Jesucristo, al igual que Tycho-Brahe, Copérnico, Descartes, Newton, Fermat, Leibniz, Pascal, Euler, Guldin, Boscowich, Gerdil, y todos los grandes astrónomos, todos los grandes físicos, todos los grandes matemáticos de los siglos pasados. Yo soy católico como la mayor parte de ellos y, si se me pregunta la razón, yo la daré con mucho gusto: mis convicciones son el resultado, no de prejuicios de nacimiento, sino de un examen profundo».


No quiero terminar sin recordar a Robert Schuman, que buscaba un alma para Europa, es decir, una conciencia de sí misma y de sus responsabilidades. Decía: «Urge que nos demos cuenta de que Europa, a la larga, no puede limitarse a una estructura meramente económica, sino que es necesario que se convierta en una salvaguardia de todo lo que hace grande a nuestra civilización cristiana: la dignidad de la persona humana, la libertad y responsabilidad de la iniciativa individual y comunitaria, el despliegue de todas las energías morales de nuestros pueblos. Sólo una visión y una misión así será el complemento necesario que dará a Europa un alma, una nobleza espiritual y una auténtica conciencia común».


¿Tiene que ver con todo esto el proyecto de Constitución europea que acaba de ser aprobado en Salónica, y en cuyo Preámbulo –suicidamente– no aparece Dios, ni las ricas raíces cristianas de Europa?

Baltasar Rodríguez-Salinas – 2004. 01. Alfa y omega. Esp.

 

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El musulmán Saladino se apoderó de Jerusalén en 1187 y, desde entonces, la peregrinación a los Santos Lugares fue una empresa casi suicida para todos los cristianos y más aún para los cristianos negros que provenían desde Etiopía.

 

 

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El aporte de la Iglesia que hizo de nuestra civilización ‘grande y humanista’.

 

Lo cierto es que la Iglesia cultivó, preservó, estudió y enseñó las obras de los autores clásicos, que de otro modo habrían desaparecido.

 

El gran Alcuino – el teólogo y políglota que colaboró estrechamente con Carlomagno para restablecer el estudio y la erudición en la Europa central y occidental-, mencionaba entre los fondos de su biblioteca en York obras de Aristóteles, Cicerón, Lucano, Plinio, Estadio, Pompeyo Trogo y Virgilio. Alcuino cita en su correspondencia a otros autores clásicos como Ovidio, Horacio y Terencio,(Charles Montalembert, op.cit., p.45).

 

Sin embargo, Alcuino no era ni mucho menos el único que conocía y apreciaba a los antiguos maestros. Lupo (aprox.805-862), abad de Ferrières, cita también a Cicerón, Horacio, Marcial, Suetonio y Virgilio. Abbo de Fleury (aprox. 950-1004), abad del monasterio de Fleury, era un buen conocedor de Horacio, Salustio, Terencio y Virgilio. Desiderio, a quien se tiene por el principal de los abades de Montecassino tras el propio San Benito y quien en 1086 ocupó el trono papal con el nombre de Víctor III, supervisó personalmente la transcripción de Horacio y de Séneca, así como las de la obra de Cicerón ‘De Natura Deorum’, y los ‘Fastos’ de Ovidio,(Charles Montalembert, op.cit., p. 146; Raymund Webster, «Pope Blessed Victor III», Catholic enciclopedia, 2ª ed., 1913).-

 

Su amigo el arzobispo Alfano, que tambien fuera monje de Montecassino, poseía una fluidez similar con las obras de los escritores clásicos y citaba frecuentemente a Apuleyo, Aristóteles, Cicerón, Platón, Varro y Virgilio, además de imitar en sus propios versos a Ovidio y Horacio. Siendo Abad de Bec, San Anselmo recomendó a sus discípulos la lectura de Virgilio y otros autores clásicos, aunque instándolos a pasar por alto los pasajes moralmente reprobables,(Charles Montalembert, op.cit., p.146. Véase también, John Henry Cardinal Newman, op. Cit., pp.320-321).

 

El gran Gerberto de Aurillac, que escogió para su pontificado el nombre de Silvestre II, no se limitaba a la enseñanza de la lógica sino que animaba a sus alumnos a apreciar las obras de Horacio, Juvenal, Lucano, Persio, Terencio, Estadio y Virgilio. Sabemos que en lugares como Saint Alban’s y Paderborne se ofrecían conferencias sobre autores clásicos. Se conserva un ejercicio realizado por San Hildeberto, en el que se reúnen fragmentos de Cicerón, Horacio, Juvenal, Persio, Séneca, Terencio y otros; el gran historiador decimonónico John Henry Cardinal Newman, convertido del anglicanismo, sugiere que San Hildeberto se había aprendido a Horacio de memoria, (John Henry Cardinal Newman, op. Cit., pp.316-317).

Lo cierto es que la Iglesia cultivó, preservó, estudió y enseñó las obras de los autores clásicos, que de otro modo habrían desaparecido.

 

Algunos monasterios destacaron por sus conocimientos en determinadas ramas del saber. Así, los monjes de San Benigno de Dijon impartían conferencias de medicina, el monasterio de Saint-Gall* contaba con una escuela de pintura y grabado, y en ciertos monasterios alemanes se pronunciaban conferencias en griego, hebreo y árabe (John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 316-317).

 

Era frecuente que los monjes ampliaran estudios en alguna de las escuelas monásticas que se crearon durante el Renacimiento carolingio y en épocas sucesivas. Una vez dominadas las disciplinas que se impartían en su propia casa. Abbo de Fleury marchó a estudiar filosofía y astronomía a París y Reims; historias similares se cuentan del arzobispo de Rabán de Maguncia, San Wolfgang, y del Papa Silvestre II)[John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 319].

 

Montecassino, la casa madre de la Orden Benedictina, experimentó en el siglo XI un resurgimiento cultural calificado como el «acontecimiento más espectacular en la historia de la erudición latina del siglo XI» (John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 317-319).

Además del gran alcance de su empresa artística e intelectual, Montecassino recuperó el interés por los textos de la antigüedad clásica:

 

   …Se recuperaron de un plumazo textos que de otro modo se habrían perdido para siempre; al esfuerzo de este monasterio le debemos la conservación de los últimos ‘Anales e Historias’ de Tácito (Lámina XIV), ‘El asno de oro’ De Apuleyo, los ‘Diálogos’ de Séneca, ‘De lengua latina’ de Varro, ‘De aquis’ de Frontino y treinta y tantos versos de la sexta sátira de Juvenal que no figuraban en ningún otro manuscrito.

(John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 109-110).

 

La Iglesia, a través de sus monjes que ejercían la docencia, con mayor o menor grado de intensidad a lo largo de los siglos, fue cuna de la cultura en Europa. Una cultura progresiva que está la vanguardia de los derechos reconocidos hoy como universales.

* Uno de los documentos más importantes de toda la época medieval es el plano de Saint Gall que se conserva en la biblioteca de esta localidad suiza. Gracia a él podemos observar cómo los monjes realizaron el proyecto de un monasterio. El plano fue dibujado poco antes del año 829 en tinta roja sobre cinco hojas de pergamino, siendo encargado por el abad Gozberto. Con este plano podemos reconstruir idealmente el proyecto, que concebía el monasterio como una pequeña ciudad autosuficiente.
Las construcciones se organizaban alrededor de la gran iglesia abacial, diseñada con planta basilical, dos ábsides y dos torres a los pies. En el lado sur se ubicaría el claustro, centro de
la vida religiosa. En la zona este se encuentran los dormitorios; el refectorio en el sur y en el oste la bodega.
La
zona este del monasterio está ocupada por el convento de los novicios, el cementerio, la huerta con su respectiva casa, los gallineros y la casa del palafrenero. Otra iglesia enlaza el convento novicial con el hospital, a cuyo alrededor se localizan la cocina, los baños, la enfermería, la casa del médico y el huerto con las plantas medicinales.
En el norte encontramos la biblioteca, la casa del abad, la escuela y
la hospedería. En el ala oeste se ubican las caballerizas, la entrada principal, las viviendas de los siervos y los edificios de las granjas. En el sur se hallan la residencia de los peregrinos, un nuevo grupo de granjas, la cocina anexa a la panadería y la cervecería y tras estas estancias los molinos. Los dormitorios de los artesanos y otra granja completan el conjunto.
En estas pequeñas ciudades sagradas podemos apreciar normas de trazado urbanístico que habían sido abandonadas en las ciudades de
la época. A causa de la ambición del proyecto nunca se levantó este monasterio, pero sirvió como referencia para los arquitectos cistercienses del siglo XII.

 

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«El terrorismo religioso no conoce la autocontención del primigenio terrorismo político del XIX, cuyos supuestos mártires no querían pasar a la Historia como carniceros. Ahora se impone la barbarie sin límites. Y, traspasado el umbral donde la cólera anula la razón, parece cándido pretender que hay una camino de vuelta que debemos asfaltar sólo con buenas intenciones».

 

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Marconi al teléfono que vemos, era profundamente católico-

«Las denominadas conquistas democráticas, las mismas
liberté, egalité et fraternité, se fundamentan, en última instancia, en un solo hecho: la vida de un hombre no es en modo alguno, ni por ningún motivo, medible, mensurable, cuantificable. El terrorismo surge como la extrema consecuencia de una manera de entender al hombre como juez último de todas las cosas, que se arroga la potestad de pesar, de contabilizar a su favor la vida de los humildes, los miserables, los hombres sin rostro. Ningún palestino sin tierra, ninguna mujer chechena, ningún iraquí invadido puede arrogarse el derecho, con motivo de la injusticia sufrida, de disponer de la vida de otro: ninguna causa puede relativizar la vida de un hombre.
Ésta es la razón que puede romper la espiral de violencia, pero que, por desgracia, falla un poco en todos, si bien en modos diferentes. Así se inició la primera y la segunda guerra del Golfo, con el juicio contrario de la Iglesia y del Papa, provocando destrucción y muertos inocentes; se recorre el camino de una represión indiscriminada, sabiendo que muchos no culpables se verán golpeados y que se desencadenará una reacción aún más violenta.
La civilización occidental nace de la superación del
ojo por ojo, nace de un perdón que no significa debilidad, sino participación en la experiencia de un Dios que perdonó a quien lo acusaba y mataba injustamente y que ha vencido al mal. Un perdón que es positividad, reconstrucción, civilización, paz, trabajo, ciencia, progreso, democracia, tolerancia, posibilidad de ser siempre más grande que las circunstancias que nos oprimen. Desgraciadamente, no son suficientes los encuentros entre religiones, si permanecen en un nivel abstracto. (…)
La mujer chechena y el palestino en lucha, a los que ninguna reivindicación conseguida les devolverá el hijo o el amigo asesinado, deben encontrar hombres diferentes que, teniendo la experiencia del perdón, testimonien un modo más humano de tratar a la mujer, las cosas, el trabajo. Deben encontrar cristianos que dejen de hacer el juego a las ideologías y vivan auténticamente sus comunidades precursoras de paz; laicos que reconozcan y defiendan la inviolabilidad del hombre individual; hombres de Estado que amen a los pueblos como los padres de Europa; musulmanes profundamente movidos por su sentido religioso, que defiendan la sacralidad de la vida. Así lo han hecho los firmantes de la llamada de los musulmanes moderados italianos comentada en estos días por el ministro Pisanu y Magdi Allam (subdirector del
Corriere della Sera)». José Francisco Serrano 2004. 09

 

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Europa: comunidad de valores u ordenamiento jurídico

 

 

Muchos europeos confunden los valores con los derechos fundamentales. Ésta es la conclusión a la que llega el filósofo católico alemán Robert Spaemann. Para este catedrático, el peso que la sociedad europea otorga a sus valores supone un peligro, porque puede ocurrir que el Estado alegue estos valores para prohibir derechos a los hombres sin fundamento legal alguno. Recientemente, el profesor Robert Spaemann ha pronunciado una conferencia en el ciclo titulado Empresa y sociedad civil, organizado por la Fundación Iberdrola. Reproducimos, por su interés, el texto íntegro:

 

Nadie con aspiraciones intelectuales habla ya del bien y del mal. Hoy día todo el mundo habla de valores. Los partidos debaten sobre los valores fundamentales. Las Constituciones se conciben como ordenamientos de valores. Y en todas partes se discute si vivimos en una época de decadencia de valores o de transformación de valores. Las Iglesias se presentan a la sociedad, menos con el propósito de proclamar la voluntad de Dios y de dar testimonio de la resurrección de los muertos, que con la oferta de estabilizar la sociedad mediante la transmisión de valores y de dar a los jóvenes una orientación de valores. La OTAN, según el primer ministro inglés, ya no debe defender territorios, sino valores. Está llamada a proteger la comunidad de valores occidental y, desde hace poco, también a contribuir a su difusión combativa

El peligro de hablar de valores

El discurso sobre los valores lleva consigo una profunda ambigüedad. Remitirse a los valores, o es trivial, o peligroso. O mejor dicho: el discurso sobre los valores es trivial y peligroso a la vez. Es peligroso por su ambigüedad; es trivial en tanto en cuanto cualquier sociedad comparte determinadas valoraciones. El número de cosas que apreciamos y que aborrecemos en común, en las sociedades modernas y desarrolladas, ha descendido, en relación con formas de vida más antiguas. También puede expresarse positivamente el mismo hecho, diciendo que ha aumentado la diversidad de las formas de vida, de las convicciones y valoraciones.
En estas circunstancias, se habla de pluralismo, un concepto que posee más bien connotaciones positivas. Pero también en las sociedades pluralistas existe un contingente irrenunciable de aspectos comunes, un repertorio de asociaciones vinculado a conceptos públicamente importantes. La comunidad de asociaciones se fundamenta sobre una base común de recuerdos. En la familia existe el
¿Te acuerdas de…? que reune a todos en una conversación común. También las naciones poseen un patrimonio de esta índole. En él se basan, por ejemplo, las fiestas oficiales. Una sociedad radicalmente pluralista no puede celebrar fiestas comunes. Es una gran pérdida.
Hay que tomar conciencia: el pluralismo tiene un precio. Y el del pluralismo total es demasiado elevado. Destruiría cualquier cultura desarrollada y haría imposible la convivencia de los hombres. Existen, con todo, determinadas valoraciones cuya aceptación general resulta irrenunciable en una sociedad pluralista. A ellas pertenece la estimación de la tolerancia, es decir, de la disposición de respetar a los hombres y de no intervenir en la esfera de su libertad personal, incluso en el caso de que sus convicciones, valoraciones y formas de vida discrepen de las propias. Este respeto encuentra su expresión en el Derecho, en un ordenamiento jurídico liberal. Es el Derecho el que independiza, hasta cierto punto, al individuo del respeto voluntario y de la tolerancia, e incluso de la consciencia de sus conciudadanos, al obligarle a respetar esta esfera de libertad. Cualquier ordenamiento jurídico es un ordenamiento coercitivo. Sólo de este modo se puede garantizar la libertad de todos. Las leyes obligan a la obediencia también a aquellos que no están conformes. Suena desagradable, pero lo mismo puede expresarse diciendo que las leyes del Estado de Derecho no prescriben que uno esté de acuerdo con las valoraciones que constituyen su fundamento.


Al hablar del peligro del discurso sobre la comunidad de valores quisiera dirigir la mirada hacia la tendencia a sustituir paulatinamente, y cada vez más, el discurso sobre los derechos fundamentales por el discurso sobre los valores fundamentales. No me parece inocuo de ninguna manera. Es cierto –como dije al principio– que a la codificación de derechos y obligaciones, mediante una Constitución, subyacen valoraciones y estimaciones. Y es importante que, en una comunidad, se apoyen y se difundan públicamente tales valoraciones fundamentales.
No es apetecible la situación en la que se halla un país como Argelia. Allí la realización de la voluntad mayoritaria fue obstaculizada por una dictadura militar, precisamente porque esta voluntad mayoritaria no quiso una democracia occidental, sino el Derecho islámico. Sólo queda la elección entre dos dictaduras, una tradicional y democrática, y otra de minorías, emancipadora. Un parlamentarismo restringido a un derecho electoral general, y delimitado por derechos fundamentales, sólo puede existir si la mayoría del pueblo lo quiere así. Precisamente, esto puede ser fomentado por las instituciones jurídicas, pero no se puede garantizar. Si el Estado pretende garantizarlo, tiene que convertirse en lo que justamente debería excluir: en una dictadura de opiniones políticas, o, como se dice hoy eufemísticamente, en una
comunidad de valores.
Sin ninguna duda el Tercer Reich ha sido una
comunidad de valores. Se denominó comunidad popular. Los valores que en aquel entonces se consideraron supremos –nación, raza y salud– se colocaron, por supuesto, por encima del Derecho y del Estado, y, al igual que en los Estados marxistas, el Estado no era más que una agencia de valores supremos. Por este motivo, el partido que se había comprometido inmediatamente con estos valores, se hallaba siempre por encima del Estado. Ahora bien, ciertamente se producen con frecuencia situaciones en las que los ciudadanos se niegan a obedecer a una ley porque contradice sus convicciones con respecto a los derechos fundamentales del hombre. Pero existe un peligro allí donde el poder estatal –alegando valores más elevados– se considera legitimado para prohibir algo a los hombres sin fundamentación legal. A continuación enumeraré cinco ejemplos de este peligro:
1- Desde hace algunos años, se ha introducido un concepto en la esfera política que jurídicamente no tiene derecho de ciudadanía en ella: es el concepto de secta. Secta es una expresión negativamente connotada, con la cual las Iglesias cristianas tradicionales designan a comunidades cristianas menores que se han separado de estas Iglesias a causa del Credo o de la praxis religiosa. En el lenguaje del ordenamiento jurídico estatal este concepto carece de lugar. Cualquier agrupación de ciudadanos fundada sobre la base de convicciones comunes en tanto en cuanto no infrinja las leyes vigentes o fomente esta infracción debe ser indiferente para el Estado. Pero, desgraciadamente, esto ya no es el caso. Las sectas se someten a observación estatal, el Estado está advirtiendo contra ellas y sus socios son alejados en la medida de lo posible de cargos públicos. En las recientes apreciaciones políticas, las sectas son comunidades que se definen por convicciones comunes, convicciones que discrepan de las de la mayoría de los ciudadanos o de la clase política. El criterio para el carácter de secta es que hacen propaganda misionera en favor de su convicción, poseen una fuerte cohesión interna, y a menudo también una sólida estructura jerárquica, así como, a veces, una personalidad carismática el que las dirige.

La tolerancia y las sectas

Puesto que todos estos criterios son vagos y que hasta la fecha en los Estados liberales no está prohibido pertenecer a estas comunidades, la acogida en el catálogo de las sectas es una decisión discrecional de los detentores del monopolio de la interpretación pública. La persecución se realiza, por lo general, mediante una presión informal, sobre todo a través de la discriminación de sus socios. ¿Por qué un Estado puede estar en contra de las sectas? Sólo porque empieza a considerarse a sí mismo como comunidad, como comunidad de valores, como magna Iglesia que excluye a las comunidades de disidentes. El Presidente del Estado francés designó, no hace mucho, a la tolerancia como uno de los tres valores supremos que debe interiorizar cada ciudadano. La tolerancia frente a la alteridad es valiosa, porque vale la pena respetar el hecho de ser uno mismo, la identidad. Tolerancia significa admitir la alteridad étnica, cultural, sexual o de convicción. La tolerancia es un valor elevado porque se fundamenta en la dignidad humana del individuo. Puedo exigir respeto frente a mi convicción, también de aquel que la considera equivocada, porque el respeto no se dirige al contenido de mi convicción sino a mí mismo que me identifico con ella. Si el otro considera mala la convicción intentará disuadirme, si me quiere bien. Discutiremos, pero a la vez nos toleramos. La fundamentación de la tolerancia en la convicción de la dignidad de la persona constituye una fundamentación sólida. Ahora bien, allí donde la tolerancia se eleva a valor supremo, allí donde ella misma se coloca en el lugar de las convicciones que hay que respetar, se vuelve infundada y se anula a sí misma.


El postulado de respetar otras convicciones se convierte entonces en exigencia de no tener convicciones que hagan posible considerar equivocadas las opuestas; convicciones que uno no esté dispuesto a convertir en hipótesis disponibles. Por tanto, convicciones que uno intenta llevar a otros y con ayuda de las cuales uno intenta disuadir a otros de las suyas. Tener convicciones, entonces, ya se considera una intolerancia. El postulado de tolerancia se transforma en una dogmatización intolerante del relativismo como cosmovisión predominante, que convierte al hombre en un ser ilimitadamente disponible para cualquier tipo de imposiciones colectivas. La etiqueta que se acuña para denominar a las convicciones es la de
fundamentalismo. John Rawls, que ciertamente no es sospechoso de fundamentalismo, ha puesto de relieve recientemente que una frase como Fuera de la Iglesia, no hay salvación no tiene por qué oponerse de alguna manera a una sociedad liberal, mientras no se intente obligar a los hombres a su salvación mediante el brazo del Estado. Las Iglesias cristianas están mal orientadas si unen su crítica de las sectas a la del Estado y no protegen a esos grupos, incluso si consideran equivocadas sus convicciones. Si esas Iglesias siguen mermando su número como hasta la fecha, será, de todos modos, una cuestión de tiempo el que sean percibidas públicamente como sectas. En Hans Küng ya se puede leer ahora que la Iglesia católica es una gran secta y, si se adoptan los criterios mencionados, ni siquiera es equivocado. Ahora el brazo estatal empieza a dotarse de una religión civil. Las conquistas duramente adquiridas del Estado de Derecho liberal se vuelven a perder si el Estado se comprende como comunidad de valores; incluso cuando es una comunidad liberal de valores, que entiende el liberalismo como cosmovisión, en vez de como ordenamiento jurídico. La persecución de las sectas es un indicador bastante seguro del peligro inminente: el peligro del totalitarismo liberal.

El poder de las instituciones

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- Otro indicador se presenta cuando se recurre a las instituciones estatales para boicotear determinadas posturas políticas conformes con la Constitución. Así en Alemania –al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en Suiza– se intenta impedir una discusión pública sobre la cuestión de la inmigración calificando como indecentes las posturas restrictivas o el autoentendimiento étnico-cultural de la nación, y relacionándolos con la violencia contra los extranjeros. El autoentendimiento de un Estado no debe exponerse al riesgo de un discurso democrático. Hay que asumir, sin embargo, que esto ocurra en la polémica política. Y no se corre ningún riesgo si se realizan manifestaciones contra la derecha; pero es peligroso si el Estado y hasta el propio Presidente federal alemán organiza estas manifestaciones y les concede sus bendiciones. Además, es una declaración pública de la impotencia estatal. El instrumento del Estado contra la ilegalidad y la violencia –de autóctonos contra extranjeros y de extranjeros contra autóctonos– es la policía; está además la educación cívica, que debe inculcar el respeto de posturas derechistas e izquierdistas, así como el rechazo de la violencia, sea cual sea su justificación. El Estado como pacto contra la derecha: esto significa comunidad de valores en vez de Estado, y en esta situación deben sonar las campanas de alarma.


3- Finalmente, también es un indicio más la cuarentena que se impuso a Austria hace algunos años. Residencias de refugiados se incendiaron en Alemania; se persiguió a algunos inmigrantes en España; neonazis se manifestaron en Suecia: nada de esto ocurrió en Austria. Y las minorías en Francia no pueden ni soñar con el estatuto de minorías que tienen los eslovenos en el Land austriaco de Carintia. Pero esto no tenía importancia. No se trataba en modo alguno de derechos y su infracción, sino de valores y su articulación verbal. Era cuestión de politicalcorrectness. Se trataba de que no se suspendiera la pacífica formación del Gobierno en Viena por razón de algunos desaires verbales de un político comprometido de partido. En este caso, según el informe de tres sabios, el Derecho venció, afortunadamente, sobre la comunidad de valores, hecho que no impidió, por cierto, que el Gobierno federal alemán continuara todavía algún tiempo con la proscripción del vecino. Poner en juego las valoraciones comunes es válido mientras se trate de cuestiones de inmigración en un Estado, o de acogida en una federación de Estados. Puesto que no existe ninguna exigencia jurídica, ningún Estado tiene que justificar sus criterios de selección frente a los solicitantes. Se permite, por principio, cualquier marginación, sea por razones religiosas, por profesión, nacionalidad o fortuna. No existe derecho humano al derecho de ciudadanía en todos los países. En cambio, según la concepción jurídica europea, es inadmisible sustraer o restringir los derechos de ciudadanía por una de esas razones.


4- El cuarto ejemplo es la guerra de Kosovo. Ya dejó entrever lo que iba a suceder, y lo que de hecho sucedió, con la guerra de Iraq. Como es sabido, esta guerra se llevó a cabo en nombre de nuestros valores. Una guerra de intervención para impedir el destierro de todo un pueblo de su patria sirve sin duda a una causa justa. (Sin embargo, uno se extraña de que el ministro alemán de Asuntos Exteriores, sólo en el momento en el que se produjo este caso, descubrió que existen guerras de agresión a favor de una causa justa). Sin embargo, llevar a cabo una guerra de esta índole era incompatible con el Derecho internacional vigente, hecho al que remitieron, entre otros, Henry Kissinger y Helmut Schmidt.
El Derecho internacional reconoce exclusivamente la guerra de legítima defensa contra agresiones al propio territorio o al territorio de Estados aliados. Lo que da que pensar es que el nuevo estado de cosas no condujo a una revisión de la condena de la guerra de agresión por parte del Derecho internacional –a través de una definición precisa de reconocidas razones de justificación de una tal guerra–, ni tampoco a la rescisión de los Acuerdos contrarios en vigor hasta el momento. Los
valores de los que se trataba daban más bien autorización a aquellos que actuaban en su nombre para ignorar simplemente las normativas jurídicas vigentes. También aquí, el que actúa en nombre de la comunidad de valores se sitúa por encima de la ley. Hubo un tiempo en que esto se llamaba totalitarismo.


5- Mi último ejemplo es el más dramático. Se trata de la conferencia de la ministra alemana de justicia, Zypries, en octubre de 2003 en la Universidad Humboldt de Berlín, en la que abogó por una liberación del uso de embriones humanos producidos in vitro para fines de investigación. Su argumentación tenía la forma de una ponderación de valores. Para ella, tanto la existencia del embrión como la libertad de investigación son valores. Hay que ponderarlos y, como resultado de una tal ponderación, habría que dar la preferencia a la libertad de investigación. No quiero indagar aquí en los criterios de la ministra y tampoco en su definición de la persona, a la que, por cierto, no sólo pertenece la autoconsciencia actual –personas que duermen, lactantes y dementes geriátricos no serían personas según esta definición–, sino también en el propio hecho de ser reconocido. Lo que no está reconocido como persona no es persona. Lo que tiene que interesarnos en este orden de ideas es el hecho de que aquí se considera el derecho a la vida como valor, que debe ponderarse respecto de otro valor y que hay que sacrificar en determinadas circunstancias a este otro. En este caso triunfa, naturalmente, la libertad de investigación. Es un derecho fundamental incondicional. El especialista en Derecho Público Martin Kriele llamó la atención, ya hace muchos años, sobre el tema de los derechos incondicionados. La exigencia de respetar el derecho de los demás no es lo que los garantiza, porque de antemano está a un nivel inferior. El valor de la libertad del arte no tiene que medirse con el derecho de un hombre a que su coche no sea enterrado en hormigón. Y nunca en la historia de la constitución de la libertad de investigación se le ocurrió pensar a alguien que Galileo debía haber tenido el derecho de instalar, sin previa autorización del propietario, su telescopio para observar el cielo en tejados ajenos que tuvieran una ubicación más favorable; ni aunque la ponderación entre la libertad de la ciencia y el derecho a la propiedad condujera, en este caso, a una prelación de la libertad de la ciencia.


Sólo en la República federal alemana de los años setenta esto, de pronto, habría cambiado. Los artistas y científicos debían tener derecho a desfogar su individualismo autónomo sin tener que respetar los derechos de sus conciudadanos. Afortunadamente, esta nueva idea todavía no se ha trasladado al ámbito de la decisión responsable. Ésta presenta más bien el siguiente aspecto: el trompetista puede tocar donde y las veces que quiera, pero no a costa de nuestro descanso nocturno; el artista puede enterrar coches en hormigón, pero no el nuestro; el científico puede utilizar libros, microscopios y observatorios, pero no los de otras personas sin su autorización; y todo esto sin lugar a dudas. Pero si los sujetos que están en la base de todos los valores y todas las valoraciones se entienden ellos mismos como
valores, entonces su estatus jurídico se convierte en un objeto de ponderación y los criterios de esta ponderación se determinan por las valoraciones de aquellos que son capaces de salirse con la suya del modo más efectivo. Los más débiles fracasan.
A mi modo de ver, el discurso de la comunidad de valores es la expresión paradójica de un relativismo moral y político. Charles Péguy lo llamaba modernismo, y
modernismo significaba para él «no creer, lo que se cree». Lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo honrado y lo abyecto, todo esto sólo sería la expresión de valoraciones subjetivas, individuales o colectivas. Todos valoramos, pero los relativistas occidentales enseguida ponen sus valoraciones entre paréntesis. Y lo que permanece fuera de los paréntesis es precisamente el relativismo, que confunden con la tolerancia, y mediante este truco lo proclaman como valor supremo. Pero dado que a todo el que tiene determinadas convicciones que no está dispuesto a poner en juego se le considera intolerante, y puesto que con la intolerancia no parece haber tolerancia, el postulado de tolerancia se anula a sí mismo. Sólo es válido en un contexto relativista. Pero ¿qué significa entonces comunidad de valores? No es la comunidad no institucionalizable y oculta de aquellos que humildemente intentan conocer y hacer el bien, sino más bien la sociedad organizada de aquellos que presumen de haber encontrado la verdad; se podría decir que es una parodia de la Iglesia cristiana, pues la verdad que sostienen proclama paradójicamente que respecto del bien y del mal no existe la verdad.

Los valores no se inventan

Los derechos humanos son algo respecto de lo cual hemos creado un consenso. El intento de mover también a hombres de otras culturas a reconocerlos falla, precisamente, en este concepto de comunidad de valores. Pues, si nuestros valores son el resultado de nuestra historia y de nuestras opciones, entonces no hay ningún motivo –excepto los de política del poder– para obligar a otros a aceptar nuestras opciones, por ejemplo, que la dignidad humana debe concretarse en todas partes a través de las instituciones de las democracias parlamentarias y de los derechos humanos individualistas. Pero los valores en realidad nunca son algo a lo que optamos, sino algo que precede a las opciones y fundamenta estas opciones; por tanto, aquello en lo que creemos realmente. Aquello por lo que hemos optado y seguimos optando a causa de esta fe: eso es un ordenamiento jurídico.
La base de los valores de un ordenamiento jurídico moderno exige que los derechos de los ciudadanos, o de un grupo de ciudadanos, no dependa del hecho de que estos ciudadanos compartan esa base de valores y obedezcan las leyes, incluso si esta obediencia es simplemente la que se dispensa a un poder de ocupación extranjero para posibilitar que la vida siga en el propio país. Se obedece, pero no por pertenecer a su comunidad de valores, sino porque uno conoce el valor de la paz interna,
pax illis et nobis communis, como escribió san Agustín.
La futura Europa sólo podrá ser una comunidad jurídica en la que todos los ciudadanos de los países de tradición europea encuentren un techo común, si posibilita y protege comunidades con valoraciones comunes, pero renunciando ella misma a ser una comunidad de valores.

Robert Spaemann - 2004-IX-03

 

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«El poder trata de destruir a la Iglesia porque no la controla» - Que amar a Dios es un don y una tarea. Un don que se nos proporciona por el Espíritu Santo, a través principalmente de los Sacramentos y de la oración, y una tarea en la que hay que ejercitarse a través de las obras y del esfuerzo personal. “Estemos alerta, no renunciemos a nuestros derechos fundamentales y, en todo momento, demos con serenidad y confianza razones de nuestra esperanza en Cristo, sabiendo que todo lo podemos en Aquel que nos conforta".

 

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"La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño  de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 37-38).

 

“La fe y la razón son necesarias y complementarias en la búsqueda de la sabiduría.”

«La universidad no podía existir sin la facultad de Teología, ya que hubiera quedado incompleta». «La presencia de las ciencias teológicas entre los otros campos de reflexión universitaria posibilita un intercambio válido de pensamiento».
”La fe y la razón «se encuentran en la búsqueda de la sabiduría. Se sirven de diversos instrumentos y métodos, pero
se enriquecen mutuamente en el descubrimiento de las múltiples dimensiones de la verdad».” S. S. Juan Pablo II

a una delegación de la Universidad de Silesia, en Katowice (Polonia). 2005-01-13

 

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No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. S. S. Juan Pablo II

 

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El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

 

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. 2005.

 

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Catolicismo y unidad - Europa - España

Isabel fue, en verdad, una reina que profesó, a lo largo de toda su vida, con obras y palabras, la fe católica, hasta ese punto de la entrega de su persona a los suyos –su familia y sus reinos: su pueblo– que merece la calificación de heroica. Son conmovedoras las disposiciones últimas de su Testamento, legando todos sus bienes personales a los pobres y mandando que lo que fuese a gastarse en boato en sus exequias, que se diese a los pobres. Su conducta como reina estuvo inspirada en los ideales de justicia y de solidaridad, llevados a la práctica insobornable pero también misericordiosa y pacientemente: defendiendo siempre y con todo vigor a los más humildes. Lo atestiguan elocuentemente sus desvelos por la liberación de las gentes del campo en toda España.
La unidad de los reinos de España la aceptó y cuidó Isabel la Católica como un gran bien para todos: para su presente y su futuro. Un bien no solamente de naturaleza pragmática y utilitarista, a disposición de cualquiera, sino, sobre todo, de valor moral, humano y espiritual de la máxima importancia. ¿Cómo no van a ser los cristianos, máxime los situados en puestos de responsabilidad pública, los primeros en defender y promover el bien de la unidad de los pueblos y de las naciones, con el respeto exquisito a todas las legítimas diversidades, si los guía el mandamiento del amor mutuo que incluye los deberes de la justicia y de la solidaridad privada y pública, y aun los supera? Así lo enseñábamos los obispos en la Conferencia Episcopal Española no hace mucho tiempo.
Lo
católico ha brillado en ella, como reina, cuando promueve la evangelización de la América recién descubierta, con un fino sentido cristiano del valor inalienable de todo ser humano: persona, creatura e hijo de Dios siempre. Así mandaba en su Codicilo, que adjuntó a su Testamento, a su hija, la heredera, doña Juana, y a su marido don Felipe: «Que no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y prevean por manera que no se exceda en cosa alguna».
+ Antonio Mª Rouco Varela - En la Misa del V Centenario de Isabel la Católica (10-XII-04)Madrid - España

 

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la aurora y el ocaso del sol, momentos religiosos típicos en todos los pueblos, ya convertidos en sagrados en la tradición bíblica por la ofrenda matutina y vespertina del holocausto (cf. Ex 29, 38-39) y del incienso (cf. Ex 30, 6-8), representan para los cristianos, desde los primeros siglos, dos momentos especiales de oración.

 

1593-Enrique IV se convierte al catolicismo ("París bien vale una misa"): fin de las guerras de religión en Francia. Suecia adopta la confesión luterana de Augsburgo y establece el luteranismo como religión nacional. Los franciscanos comienzan sus misiones en Japón. Se funda la escuela que luego será la Universidad de Quito-Ecuador.

 

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¡Rememos mar adentro! Esa es nuestra respuesta como cristianos:

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea

 

«El mayor error de los cristianos del siglo XXI será dejar que el mundo se haga sin ellos, y, por tanto, sin Dios o contra Él. Y, el renunciar, abdicar o inhibirse ante una realidad presente, significa dejar el campo libre al mal, pero, además, no permite colaborar con el bien.»

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

 

‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidentales una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

 

Recomendamos vivamente:

Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

Recomendamos: ‘Desafíos cristianos de nuestro tiempo’, editado por Rialp. El autor, sacerdote, repasa algunos de los problemas más habituales a los que se enfrentan los cristianos hoy. Toca, por ejemplo, la cuestión del evolucionismo y el creacionismo para explicar de qué manera son complementarios, apoyándose en el magisterio de los distintos Papas. Otro tema de actualidad que no soslaya es la presencia del mal en el mundo. Y tampoco evita el cómo enfrentarse al dolor y a la muerte.  En opinión del autor, «la crisis del amor constituye el mar de fondo de las tormentas que agitan las aguas del Primer Mundo», y corresponde a los cristianos retomar el mandamiento nuevo del Señor. El laicismo intransigente en que vivimos anima a tomar ejemplo de los mártires y a hacernos presentes en la vida pública. +

 

La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más actual que nunca; y más precioso es aún el ejemplo de su amor a ella, inseparable de su amor a Cristo. "El misterio de la Iglesia – leemos en la encíclica "Ecclesiam suam" – no es mero objeto de conocimiento teológico, sino que debe ser un hecho vivido, del cual el alma fiel, aun antes que un claro concepto, puede tener una como connatural experiencia" (ib., p. 229, n. 178). Esto presupone una robusta vida interior, que es "el gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo propio de recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical e insustituible de su actividad religiosa y social, e inviolable defensa y renaciente energía en su difícil contacto con el mundo profano" (ib., p. 231, n. 179). Precisamente el cristiano abierto, la Iglesia abierta al mundo, tienen necesidad de una robusta vida interior. Benedicto PP XVI 2009

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).