Friday 28 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Quedarse únicamente con el mundo circundante y desconocer otros mundos en los que entra la creación artística es mutilar seriamente la existencia humana. Pero no todo el mundo nace sabiendo de literatura, música o pintura, por eso es preciso hacer un esfuerzo serio para salir de nuestra pobreza y adornar nuestro espíritu con todos aquellos conocimientos que nos permiten disfrutar de la lectura de un libro de poemas, de un concierto o una exposición, tallas y monumentos, esculturas o arqueologías, cerca y lejos de nuestro lar.

 

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1480 - Los Reyes Católicos promulgan la primera ley reguladora del libro impreso. Por ella queda libre del pago de todo tipo de tributos la introducción en España de libros extranjeros.

 

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¿Qué me puedes comentar acerca de los argumentos históricos que utilizan los nacionalistas catalanes que, según ellos, dan solidez a la teoría que Cataluña es una nación?.

 

Que no dejan de ser una bobada y una invención. Ayer mismo en una de las entrevistas del especial que hicimos en Toledo se comentaba cómo en el concilio de Constanza* -décadas antes de los reyes católicos- se consideraba que España era una de las cinco naciones europeas y eso que todavía no se había reunificado.

Dr. César VIDAL:historiador,filósofo,teólogo protestante,abogado:2005-11-08-Esp.

* De Constanza. 1414-1418. (Alemania).

Papa Gregorio XII Contra el cisma de Martín V Occidente, Wiclef, Juan Huss y Jerónimo de Praga.

Fin del Cisma Occidental. Condénanse los errores de Wickleff sobre los Sacramentos y la constitución de la Iglesia, y también los errores de Juan Huss sobre la Iglesia invisible de los predestinados.

Magisterio del C.E de Constanza - XVI ecuménico (contra Wicleff, Hus, etc)

SESION VII (4 de mayo de 1415)

 

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El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. 2005.

 

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Carta de Colón - perteneciente a la Casa de Alba - Enero 2013 expuesta en Madrid Esp.


1493: Colón desembarca en Palos de Moguer tras descubrir América


El 15 de marzo de 1493 Cristóbal Colón desembarcaba en el puerto onubense de Palos, de regreso de su gran aventura transoceánica. Quiere un gran recibimiento y ha enviado cartas al escribano real, Luis de Santángel, al tesorero aragonés, Gabriel Sánchez, y a los propios Reyes Católicos. Colón, que demuestra dotes de avezado publicista, quiere manejar los tiempos con inteligencia. Primero, que suene la noticia y se divulgue. Después, que su presencia la magnifique. Las cartas de Colón lograron una divulgación inusitada, llegando a considerarse el primer noticiario en castellano que recorría el mundo.

Colón debe atravesar la Península para reunirse con los Reyes en Barcelona. Les lleva oro y perlas, especias, aves exóticas y siete indígenas como prueba palpable de su descubrimiento. Los Reyes le recibieron con todos los honores y le mandaron sentar frente a ellos, dignidad reservada para muy contados invitados. Colón jugó bien sus bazas. Hiló un relato vibrante del descubrimiento, mostró sus papagayos de colores, dio a probar especias picantes y, como colofón, presentó a los aborígenes, de quienes dijo eran pacíficos y susceptibles de ser cristianizados, cuestión que prendió la atención de la Reina Católica.

El 20 de mayo le concedieron escudo de armas para que su noble linaje pudiera perpetuarse. A sus hijos Diego y Hernando les dieron asilo en la corte como pajes del infante don Juan, y en las procesiones que dieron festejo al descubrimiento Colón cabalgó junto a los Reyes. Al almirante le otorgaron grandes privilegios, o más bien le confirmaron aquellos que se firmaron en las Capitulaciones de Santa Fe y que seguramente entonces no pensaban cumplir. Fue nombrado virrey con plena jurisdicción en las Indias, siendo el cargo hereditario y extensible a todo nuevo descubrimiento. Tantas mercedes en tan poco tiempo crearon ciertas suspicacias en la corte y con el tiempo se volverían contra Colón, que siendo un excelente marino y un temerario aventurero, quizás no reunía las mejores capacidades para gobernar un nuevo reino. De momento, Castilla preparaba una gran flota para que su almirante surcase de nuevos las aguas del Nuevo Mundo.


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La batalla de Lepanto se libró el 7 de octubre de 1571. La edad media quedaba ya lejana,  y se encontraba acomodadísima la Moderna. D. Miguel de Cervantes, el Manco de Lepanto participó de la lucha, allí perdió el brazo, efectivamente era él único personaje ignoto, en ese momento.


         Cristobal Colón había muerto  en el primer decenio del siglo XVI, y en la época de Lepanto, España estaba expandida por toda América y en muchos lugares del Nuevo Continente, consolidada plenamente  su presencia. Por tanto  Colón no era un personaje ignoto,  era un muerto ilustre.  Sus descendientes  gozaban del título de Almirantes de la Mar Océana. (Por cierto que en los años ochenta del siglo XX, la Eta [banda terrorista vasca] mató a D. Cristóbal Colón, Duque de Veragua, descendiente  directo del descubridor, y en 1936, en Paracuellos  y a las órdenes del comunista Carrillo, fue asesinado de mala manera el tío del anterior, que era  por supuesto, descendiente directo de Cristóbal Colón, y que al no haber tenido hijos dejó todos sus títulos  a su sobrino, antes mencionado y asesinado por la Eta terrorista. Por último una frivolidad, durante muchos años una de las mejores ganaderías de toros bravos en España, era la del Duque de Veragua. Los  toros veraguas eran conocidos en todo el mundo por su bravura y peligrosidad, había muchos dichos populares al respecto).

    Batalla de Lepanto en la que Francia actuó igual que ha hecho ahora [2003], (con Chirac en la guerra de Iraq), en contra de Occidente, traicionándolo y  ayudando  al turco. ¡No hay nada nuevo bajo el sol!

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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Historia - Al estudiar la historia, se suele hacer desde los prejuicios de la mentalidad actual, cosa que esteriliza la  labor principal del historiador. No podemos dar a conocer unos hechos del pasado sin antes reflejar el imaginario colectivo de la época donde tuvieron lugar.

 

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Historia - “La Iglesia es siempre joven y el futuro siempre pertenece a la Iglesia. Todos los otros regímenes que parecían muy fuertes han caído, ya no existen, sobrevive la Iglesia; siempre un nuevo nacimiento pertenece a las generaciones. Confianza, ésta es realmente la nave que lleva a puerto”. Cardenal Ratzinger 2001.

 

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la batalla de Lepanto

 

«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999). S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

 

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Confiemos en que el sentido común no deje de asistirnos a la hora de distinguir el blanco del negro y que la civilización se imponga, con las solas armas de la razón, a la barbarie. Porque la verdad, como el agua, sale siempre a flote; de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba ‘siempre triunfante’. Aunque le fastidie a muchos la verdad. Porque no resuelven sus dificultades o necedades, en ellos no esperamos.


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Batalla de Lepanto pintada en un fresco vaticano por Vasari

 

La España del siglo XVI

Un rasgo especial de España es el papel desempeñado por el catolicismo en su formación, o más bien reconstrucción nacional

En otros países, como Polonia o Irlanda, también ocurre, pero en ellos el opresor era otra variante del cristianismo, mientras aquí la diferencia con el adversario tenía mucho mayor calado, pues se trataba del Islam, dominador de gran parte del país durante cinco siglos, y de una parte menor dos siglos largos más. España se reconstruyó en una larga pugna con Al Andalus, desde mínimos núcleos de resistencia, y es el único país que, habiéndose islamizado en buena medida, volvió al cristianismo y a la cultura europea. Ello condicionó profunda y necesariamente la mentalidad popular, y marcó una fuerte peculiaridad con respecto al resto de Europa, ajena a tal experiencia, aunque beneficiaria de ella, pues la resistencia y reconquista españolas constituyeron una línea avanzada de defensa del continente.

Esto es bien sabido, pero suele prestarse menos atención a otro largo proceso histórico no menos crucial: la cima de la reconstrucción española, entre finales del siglo XV y principios del XVI, coincidió con una nueva ola de expansión islámica, esta vez de la mano del imperio otomano, que no ocultaba su designio de devolver España al Islam y convertir en pesebres para los caballos las aras del Vaticano. El Magreb se convirtió en una base de piratería e incursiones turco-berberiscas, mientras Italia y las posesiones hispanas en ella sufrían la constante presión del turco, dueño del mar. España volvió entonces a encontrarse en primera línea. La superpotencia otomana tenía fuerza bastante para extender sus brazos por el Mediterráneo y hacia el centro de Europa desde los conquistados Balcanes, y también esta segunda línea expansiva afectaba a España, por la alianza de los Habsburgos, y por una percepción del peligro mucho más aguda que en otros países. En 1521, ante el clamor de los húngaros por la amenaza turca, Lutero replicaba que oponerse a ella era contrariar los designios de Dios, que así castigaba los pecados de los cristianos. Tal idea sólo podía escandalizar a los españoles.

Esta lucha, sumamente ardua, empeoró con la escisión protestante y las consiguientes guerras entre europeos. También tomó entonces España sobre sí la defensa de lo que consideraba unidad cristiana, tanto en el terreno político y militar, como promoviendo la Reforma católica, culminada en Trento. La unidad cristiana le parecía una necesidad urgente frente a un islamismo a la ofensiva, pero no lo sentían de igual modo los "herejes", que sentían la amenaza otomana mucho más remota. Por ello los protestantes, sobre todo los holandeses y los ingleses, buscaron constantemente aliarse con Constantinopla para atacar juntos a la católica España, cuya lucha en dos frentes, agotadora de por sí, se complicaba en sumo grado.

Y por si fuera poco, también la católica y poderosa Francia siguió la misma estrategia, convirtiéndose en una plaga para el esfuerzo hispano. Cuando el rey francés Francisco I fue apresado en Pavía, en 1525, se las ingenió, desde Madrid, para mandar emisarios a Solimán el Magnífico e instarle a atacar a los Habsburgo. Al año siguiente, Solimán invadió Hungría y aniquiló literalmente al ejército húngaro, y tres años más tarde estaba ante Viena, por cuya salvación combatieron también los españoles. La alianza entre franceses, protestantes y turcos fue también visible en la guerra de las Alpujarras, o en la constante piratería y tráfico de cautivos desde las costas magrebíes, desde donde operaban corsarios ingleses y otros, o en los intentos de Guillermo de Orange por organizar ofensivas conjuntas y simultáneas. Francia cedió a los turcos bases en su costa mediterránea, para el saqueo de las costas y el comercio españoles, y el tráfico de esclavos cristianos. Serían las guerras de religión en Francia las que, paradójicamente, aliviaran aquella tremenda tensión para nuestro país. Como ha recordado César Vidal, España se vio prácticamente sola en Lepanto, cuya victoria cayó como una bomba en Francia y los países protestantes, los cuales se apresuraron a animar al turco a no desmayar en la guerra "contra los idólatras españoles", como expuso el embajador inglés.


Es fácil ver por qué franceses y protestantes actuaban así: temían que una potencia capaz de vencer a los otomanos lograse un poder absolutamente dominante en Europa. Para ellos, los turcos quedaban lejos y les convenía que España se desangrase en la lucha contra ellos. Sin embargo España difícilmente podía considerarse una auténtica superpotencia. Su población no pasaba de la mitad de la vecina Francia, con una administración mucho menos centralizada, y, en época de economía fundamentalmente agraria, tenía suelos peores y mucha menos agua que Francia, Inglaterra, Países Bajos o Alemania. Se ha calculado que las rentas de Carlos I solo sumaban la mitad de las del sultán de Constantinopla. Otra peligrosa debilidad era la presencia en su territorio de una quinta columna formada por una masa de población musulmana, añorante de Al Andalus, esperanzada en el poderío turco y presta a apoyar las incursiones berberiscas. España a duras penas lograba defender su litoral contra la permanente piratería turco-berberista y la frecuente inglesa, y en 1560, cuando una gran tormenta destrozó su flota cerca de Málaga, quedó desguarnecida y a merced de un ataque general por el Mediterráneo, aunque los otomanos no llegaron a aprovechar su magnífica oportunidad, quizá por no haberse percatado de ella.

Contra enemigos tan potentes y peligrosos, tenía la baza de su imperio ultramarino, conquistado en expediciones inverosímiles: de él extraía cuantiosos recursos financieros, pero con la obligada contrapartida de dispersar por medio mundo sus no muy nutridas fuerzas, como advertiría Richelieu. Y podía reclutar tropas y medios en Alemania, Italia, Flandes y otros lugares. Pero en conjunto la tarea le desbordaba necesariamente. Como dijo Nietzxche, España quiso demasiado.

Sorprende cómo un país con tales desventajas pudo sostener durante siglo y medio una lucha agotadora, de frente y por la espalda, por así decir, infligiendo a sus enemigos más reveses que los sufridos de ellos, y marcar los límites de la expansión otomana, francesa y protestante, creando de paso una brillante cultura. Pero eso fue ciertamente lo ocurrido. En cambio perdió muy pronto la batalla de la propaganda política, que en su forma moderna nació entonces, y nació en gran medida como propaganda antiespañola, consolidada en la llamada "Leyenda negra", compuesta de algunas verdades y muchas exageraciones. Y aunque España nunca fabricó una propaganda similar contra sus adversarios, la experiencia de aquel siglo y medio motivó en ella cierto desprecio y resentimiento hacia el norte de los Pirineos.

Rara vez se ha enfocado de este modo la historia de aquella época, y sin embargo los hechos y la lógica lo imponen. Para los españoles, la lucha contra la amenaza turca era natural y en cierto modo la continuación de la Reconquista. En cambio la guerra contra Francia y los protestantes le vino impuesta como una desagradable y costosa obligación. Probablemente todo esto, más la memoria de aquel tiempo de gloria, "el siglo de oro", contribuiría luego a que la Ilustración fuese recibida en España con desconfianza, máxime cuando el movimiento de "las luces" tomó en Francia un tinte abiertamente antiespañol, como una especie de desquite histórico.

MMVIII – PÍO MOA. www.conoze.com

 

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Este año se ha cumplido el V centenario de la muerte del almirante de las Indias Cristóbal Colón*. La hazaña de este marino genovés –fruto solo en parte de la casualidad: no sería justo pasar por alto el desarrollo científico que condujo a ella– cambió sin duda el rostro de la Historia; pero también el del hombre, que alcanzó, al fin, su tardía madurez. El descubrimiento del Nuevo Mundo reafirmó a Europa en su ascendiente mundial e hizo de la España unificada un norte al que miraban todas las brújulas.

América. En 1492, aquellas tierras materializaron la idea de Cipango (Japón); solo unos años más tarde cimentaban un imperio que se adentraba en el océano con la misma confianza con que lo haría al llamar a la puerta de un amigo.

En 1513, Vasco Núñez de Balboa descubría el mar del Sur que Magallanes rebautizaría como Pacífico por lo tranquilo de sus aguas; en 1521, culminaba la conquista del imperio azteca por Hernán Cortés (el hombre-dios al que los nativos identificaron con Quetzalcóatl); apenas diez años después, Pizarro iniciaba la del imperio inca.

Dejar constancia de la grandeza de aquellos hombres –hijos de una de las épocas más brillantes de nuestra Historia– resultaría un ejercicio superfluo si no fuera por el empeño que ponen sus críticos en rebajar sus méritos. No tan superfluo es, en cambio, registrar que la población indígena sufrió terribles excesos por parte de los conquistadores, como podemos leer en el célebre relato del padre Las Casas.

La América que legó al mundo los tesoros de los incas; la América de los virreinatos; la que, tras los movimientos independentistas de la primera mitad del siglo XIX, quiso volver a nuestros brazos; a la que acogió a los exiliados republicanos en 1939...

Y junto a esa América unida para siempre a nuestro destino, recordamos a los descubridores que buscaron El Dorado o la fuente de la eterna juventud, ignorando
que el rostro de la Historia, a partir de 1492, había madurado, borrando de un plumazo todas aquellas hermosas, y a menudo trágicas, utopías.  España 2006.

*Colón murió el 20 de mayo de 1506

 

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PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Todo lo que no se ganó en Lepanto

 

Por Fernando Díaz Villanueva

A mediados del siglo XVI, el rey de España era el monarca más poderoso de la Cristiandad. Sólo dos borrones ensombrecían su gloria: la revuelta de los protestantes en Centroeuropa y la amenazadora presencia del turco en el Mediterráneo. Lo de los luteranos era una inacabable sangría que terminó por costarnos un riñón. Con los alemanes se llegó a un medio acuerdo; los holandeses, sin embargo, eran mucho más tozudos, y hasta que no se salieron con la suya no pararon de incordiar.

 

En el Mediterráneo la cosa quedó en tablas, y dando gracias, porque el empate lo logramos en Lepanto. Una idolatrada batalla que, en palabras de Miguel de Cervantes, que se dejó el brazo en ella, fue "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". No fue para tanto, aunque es cierto que Lepanto es, con creces, nuestra plusmarca naval de todos los tiempos, que no es moco de pavo.

 

La batalla empezó a cocinarse unos años antes, frente a las costas de Almería. Tras la conquista de Granada, los Reyes Católicos no expulsaron a todos los musulmanes que vivían en España. Los dejaron tranquilos, a condición de que se convirtiesen al cristianismo, cosa que, naturalmente, no hicieron o hicieron a medias.

 

Esta comunidad de moriscos era especialmente numerosa en Andalucía y Levante. Se deslomaba a trabajar en el campo mientras soñaba con la vuelta del Califa y el fin de la indignante opresión cristiana. Sus primos del otro lado del Estrecho les insuflaban esperanzas en visitas relámpago de corsarios argelinos que no dejaban títere con cabeza. El más célebre de todos era un moro llamado Luchalí: infundía tanto pavor que las madres amedrentaban a los niños con sólo mentar su nombre. Al final, crecidos por el poderío que mostraban los piratas de Alá, se levantaron contra Felipe II, con tal virulencia que al rey le llevó dos años sofocar la revuelta.

 

Ese fue el primer compás; el segundo y definitivo tuvo lugar un año después de la rebelión de la Alpujarra. Los turcos andaban muy envalentonados: sus dominios se extendían desde el Tigris hasta el Danubio, y en el mar, al menos en el Mediterráneo, eran los amos. Durante décadas habían respetado a los venecianos, diligentes comerciantes con los que mantenían una próspera relación, hasta el punto de que les permitían disponer de bases de avituallamiento como la isla de Chipre. En 1569 el sultán Selim II decidió que ni eso: invadió Chipre, largó a los venecianos y puso sus ojos en el sur de Italia. Y hasta ahí llegaron porque Italia era una finca española.

 

Felipe II empezó a preocuparse en serio y se lo hizo saber al Papa Pío V, para que fuese tejiendo una Santa Liga que plantase cara a unos sarracenos que, a poco que se les dejase, se plantarían a las puertas de Roma como los nuevos bárbaros.

 

Pío V, que era muy beato, acogió con agrado la idea del Rey Católico y fue contactando, uno a uno, a todos los monarcas de la Cristiandad para que dejasen las rencillas a un lado y se uniesen en esta cruzada. Francia se negó porque con España no quería ir ni a cobrar; los príncipes alemanes se hicieron los suecos alegando que bastante tenían con lo suyo, y suecos, ingleses y demás bárbaros del norte se frotaron las manos fantaseando con el negro porvenir que le esperaba al herético catolicismo. Occidente, como siempre, muy unido.

 

A la vuelta de las gestiones papales sólo un estado se había comprometido en firme con la alianza: la República de Venecia, que, además de pesetera, aún respiraba por la herida de Chipre. Pío V, convencido de que la Providencia –y el oro de las Indias– ayudarían en el lance, envió un mandado a Madrid, donde Felipe II dispuso que la flota se reuniese a finales del verano de 1571 en Sicilia.

 

Deseo del rey fue que la flota la mandase uno de los suyos, tan suyo que se trataba de su propio hermanastro: Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I y gallardo general a quien, por causa de su bastardía, había criado, con el nombre de Jeromín, un mayordomo real en un caserío de Leganés. Juan de Austria era por entonces un joven y prometedor militar, pero mucha experiencia no tenía. Los venecianos enviaron a Sebastiano Veniero, un marino de raza, malhumorado y pendenciero. El Papa, que como promotor algo tenía que poner aparte de la bendición, contrató a un veterano mercenario llamado Marco Antonio Colonna. Las discrepancias entre Juan de Austria y Veniero no tardaron en aflorar. Al veneciano le sobraba carácter, y no llevó nada bien ponerse a las órdenes de un español barbilampiño.

 

Por suerte, Felipe II había enviado para asistir a su hermano lo mejor que tenía entonces la Armada Real. El legendario Andrea Doria y una cohorte de los más bravos capitanes españoles: los castellanos Álvaro de Bazán y Gil de Andrade o los catalanes Juan de Cardona y Luis de Requesens. A la flota no le faltó en esta ocasión ni estrategas navales de la talla de García de Toledo, perspicaz marino gracias al cual, siendo menor y peor dotada, nuestra Armada se impuso a la turca. Al ingenio de García de Toledo, se debió, por ejemplo, que las naves cristianas rompiesen con la tradición de usar el espolón de proa para acometer a los navíos enemigos.

 

El estratega español pensó, con muy buen tino, por cierto, que liberando la proa podían utilizarse sus cañones para barrer la cubierta del oponente. Idea de García de Toledo fue también llevar el combate lo más cerca posible de la costa, lo que causó numerosas bajas en el bando turco. Muchos marineros del Sultán, que no estaban por la labor de dejarse el pellejo en la refriega, se echaron al agua en pleno combate para ganar la costa a nado, una costa que les pertenecía. El golfo de Lepanto está en la actual Grecia, que por entonces era parte del Imperio Otomano.

 

La espectacular armada de la Santa Liga abandonó el puerto de Mesina en septiembre con idea de encontrarse con los turcos de Alí Pachá en aguas griegas. Navegaban juntos un total de 214 navíos, entre galeones y galeras. La dotación de combate no era desdeñable: más de 50.000 marineros y galeotes y 31.000 soldados de varias nacionalidades, pero sobre todo españoles. Nunca se había visto nada igual navegando al unísono por las aguas del Mare Nostrum.

 

El 7 de octubre las dos flotas se avistaron. Los turcos, precavidos como de costumbre, enviaron dos esquifes camuflados como barcas de pesca para conocer de primera mano los efectivos cristianos y decidirse al combate. Las noticias no podían ser mejores. Los exploradores informaron a Alí Pachá de que Juan de Austria tenía menos barcos, y de que, al ser de diferentes países, sus capitanes no se entenderían entre ellos.

 

El turco no se lo pensó dos veces. Disparó el cañón de su galera, la Sultana, invitando a Juan de Austria a la pelea. El español aceptó cortésmente el cañonazo, y lo devolvió a la vez que arriaba el estandarte de la Liga: la cruz de Cristo flanqueada por los escudos de los aliados. Los turcos se habían dispuesto en forma de media luna frente a la costa. La armada cristiana, que, según cuenta la leyenda, venía desde Italia formando un inmenso crucifijo, secundó la maniobra y se abrió hasta cubrir los extremos del enemigo.

 

De primeras no pintaba muy bien. Los turcos eran más, tenían más barcos y combatían en casa. Parecía un partido amañado, pero Juan de Austria no se acobardó. Dividió la flota en tres: una, al mando de Andrea Doria, para enfrentarse contra el moro Luchalí, el terror de la costa, que había sumado sus naves a las de Alí Pachá; otra, capitaneada por el veneciano Agostino Barbarigo, para detener al temible gobernador de Alejandría, Mohamed Siroco; y en el centro, el grueso de la armada, con Juan de Austria y los capitanes españoles, que no veían la hora de ajustar cuentas con el infiel, personificado en Alí Pacha y, muy especialmente, en su lugarteniente, el renegado Pertev, un antiguo cristiano convertido al Islam.

 

Barbarigo resistió como un valiente hasta que una flecha turca envenenada le atravesó un ojo y murió sobre cubierta. Siroco se las vio entonces muy felices, pero Álvaro de Bazán, advertido de la maniobra, envió a Martín de Padilla para que saliese al encuentro del egipcio. Padilla atacó con tal furia –española, naturalmente– que la galera de Siroco cedió y se fue al fondo del mar con su capitán.

 

Mientras el cadáver de Mohamed Siroco flotaba ensangrentado en las agitadas aguas del golfo, Andrea Doria, en inferioridad numérica, hubo de ceder al empuje de Luchalí. Álvaro de Bazán, que estaba en todo, acudió en su auxilio. El combate dio la vuelta: los españoles de éste se ensañaron con la tropa del argelino, y al moro cobarde no le quedó más remedio que replegarse y abandonar el campo de batalla. Doria trató de perseguir a Luchalí, pero desistió, pues la batalla no se había decidido todavía.

 

El moro había perdido más de la mitad de sus barcos, pero se llevó de premio, cargado de cadenas en el sollado de su galera, a un cautivo que con el tiempo daría mucho que leer: un joven soldado de fortuna, nacido en Alcalá de Henares y de nombre Cervantes. En el fragor de la batalla acababa de perder el brazo izquierdo; el derecho lo emplearía, y bien, en escribir las más delicadas páginas que se hayan escrito jamás en nuestra bella lengua castellana.

 

Con Siroco bajo el agua y Luchalí en desbandada, los protagonistas del acto final de la batalla serían, como en las películas, los comandantes de ambas flotas, el bueno y el malo peleando a cara de perro. No veo necesario remarcar que, en esta lid, el bueno era Juan de Austria y el malo, el turco traidor. Las dos galeras, la Real del español y la Sultana de Alí Pachá, se enzarzaron en una feroz jarana de cañonazos hasta que, conforme a lo que dictaban los manuales de guerra, la Sultana embistió al navío español. Y ahí es donde le estaban esperando los artilleros. Barrieron la cubierta una y otra vez, pero la Sultana era imposible de abordar. Los turcos contaban con un cuerpo de élite, los jenízaros, aguerridos soldados que se juramentaban ante Alá para dejarse la vida en el combate.

 

Álvaro de Bazán corrió en auxilio de la Real, pero ni con esas: los arqueros turcos rechazaban todos los intentos de abordaje. Entonces a Juan de Austria se le encendió la bombilla: mandó liberar a los galeotes que permanecían encadenados a los remos. Los galeotes eran delincuentes que purgaban su pena en galeras bogando de por vida. Para encender su furia, el almirante les prometió la libertad si salían victoriosos.

 

Mano de santo: como fieras corrupias, dejaron sus bancos para arrojarse con una daga entre los dientes contra el enemigo. En los barcos turcos se produjo entonces una revuelta. Los galeotes que empleaba el Sultán solían ser prisioneros de guerra cristianos que, al encontrarse cerca de sus hermanos de fe, hicieron de tripas corazón y se enfrentaron a sus verdugos.

 

El lado turco devino en un caos total y absoluto. Ni los jenízaros, ni los arcabuceros, ni la supuesta protección que Alá prestaba a los ejércitos de la Sublime Puerta pudieron evitar la hecatombe. Un galeote cristiano recién liberado se dirigió hacia un Alí Pachá que ya estaba preso de la desesperación y le decapitó con un hacha. Su cabeza enturbantada rodó por las tablas de cubierta marcando el fin definitivo de la batalla.

 

Ya no tenía sentido continuar. Los navíos turcos que seguían combatiendo se rindieron suplicando clemencia a los españoles. La hubo: Juan de Austria confiscó las naves enemigas y permitió a sus aliados venecianos que se llevasen cuanto quisiesen. Cosa que hicieron gustosos, empezando por las alhajas. Los hijos de Alí Pachá también cayeron en manos cristianas, pero Juan de Austria, que era un tanto desprendido, se los regaló al Papa para que pidiese rescate por ellos. Muy español: aquí, ya se sabe, con tal de quedar bien tiramos la casa por la ventana sin remilgos.

 

La victoria había sido completa. Los turcos habían perdido las tres cuartas partes de su flota, unos 225 navíos, y más de 25.000 hombres. A los cristianos, por el contrario, les había salido barato el lance: sólo 15 barcos y 8.000 hombres. Sin embargo, el bofetón propinado en la cara del sultán no sirvió de mucho. Juan de Austria se encargó personalmente de que el estandarte de Alí Pachá llegase a Madrid como prueba de la victoria.

 

Y nada más. A los pocos días cada uno volvió a su casa y la cosa terminó como había empezado. Es cierto que los turcos nunca se atrevieron a invadir Italia, pero no lo es menos que los piratas musulmanes siguieron haciendo de las suyas en los puertos cristianos. La gloria se desvaneció pronto. Francia, en su mezquindad habitual, siguió aliándose con el turco siempre que pudo, y el rey de España tuvo que atender otras urgencias, como, por ejemplo, mantener a salvo de los corsarios británicos el río de oro que llegaba de América, para poder gastárselo a placer en Flandes.

 

Al final, lo que no se ganó en Lepanto superó con creces a lo que se ganó. La gloria militar pura, sin contrapartidas materiales. Quijotesco a más no poder: normal que su héroe más recordado fuese Miguel de Cervantes, el inmortal manco de Lepanto, padre del no menos inmortal Don Quijote de la Mancha, obra cumbre de la literatura universal.

 

A la batalla de Lepanto le cupo, eso sí, el honor de ser la última gran batalla naval en el Mediterráneo, la última en que se despachaba algo importante entre dos potencias. Tuvo que ser en Grecia, entre Oriente y Occidente, entre la barbarie y la civilización; vamos, la historia de siempre. La partida se desplazó entonces a los grandes océanos, y ahí sigue. Aunque, claro, nosotros hace tiempo que la abandonamos. MMV.XI.XXVII – ESP. L.D.

 

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En Turquía, el respeto por las minorías religiosas «sigue siendo totalmente insatisfactorio», indica el informe 2005. Se niega de manera efectiva a los cristianos el acceso a los puestos institucionales civiles y militares, y es prácticamente imposible construir iglesias. Además, las confesiones no islámicas no tienen reconocimiento civil y no se les permite así poseer nada.
El 21 de junio del 2004, el primer ministro turco, Recep Tayyp Erdogan, recibió a los obispos católicos del país, que presentaron dos peticiones: reconocimiento jurídico para la iglesia, y la creación de un comité mixto para preparar y poner en práctica este estatus jurídico futuro.

 

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En el libro de Juan Eslava Galán acerca de los reyes católicos, expone su opinión en torno a que Isabel de Castilla debería haberse casado con el heredero portugués en lugar de con Fernando de Aragón, y así hubiésemos evitado los problemas que tenemos ahora al respecto, ya que la unión de Castilla con Portugal era más natural que con Aragón. ¿Qué opinión le merecen el comentario y el autor?

 

Me parece una especulación como otra cualquiera, pero

1. Isabel y Fernando eran familiares,

2. Creían en una reunificación española en la que Portugal no creía,

3. Preservaron las identidades de los reinos a diferencia de lo que hubiera hecho Portugal que deseaba someter a Castilla, etc.

Dr. César VIDAL, historiador, teólogo, filósofo, escritor: 2005-10-11- L.D.ESP.


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Catolicismo y unidad -  Isabel fue, en verdad, una reina que profesó, a lo largo de toda su vida, con obras y palabras, la fe católica, hasta ese punto de la entrega de su persona a los suyos –su familia y sus reinos: su pueblo– que merece la calificación de heroica. Son conmovedoras las disposiciones últimas de su Testamento, legando todos sus bienes personales a los pobres y mandando que lo que fuese a gastarse en boato en sus exequias, que se diese a los pobres. Su conducta como reina estuvo inspirada en los ideales de justicia y de solidaridad, llevados a la práctica insobornable pero también misericordiosa y pacientemente: defendiendo siempre y con todo vigor a los más humildes. Lo atestiguan elocuentemente sus desvelos por la liberación de las gentes del campo en toda España.

La unidad de los reinos de España la aceptó y cuidó Isabel la Católica como un gran bien para todos: para su presente y su futuro. Un bien no solamente de naturaleza pragmática y utilitarista, a disposición de cualquiera, sino, sobre todo, de valor moral, humano y espiritual de la máxima importancia. ¿Cómo no van a ser los cristianos, máxime los situados en puestos de responsabilidad pública, los primeros en defender y promover el bien de la unidad de los pueblos y de las naciones, con el respeto exquisito a todas las legítimas diversidades, si los guía el mandamiento del amor mutuo que incluye los deberes de la justicia y de la solidaridad privada y pública, y aun los supera? Así lo enseñábamos los obispos en la Conferencia Episcopal Española no hace mucho tiempo.
Lo católico ha brillado en ella, como reina, cuando promueve la evangelización de la América recién descubierta, con un fino sentido cristiano del valor inalienable de todo ser humano: persona, creatura e hijo de Dios siempre. Así mandaba en su Codicilo, que adjuntó a su Testamento, a su hija, la heredera, doña Juana, y a su marido don Felipe: «Que no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y prevean por manera que no se exceda en cosa alguna».
+ Antonio Mª Rouco Varela - En la Misa del V Centenario de Isabel la Católica (10-XII-2004)

 

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Tierras americanas.

 

En qué reside la grandeza de Isabel la Católica?¿Porqué ha sido históricamente odiada?

 

Era un personaje verdaderamente excepcional y eso fue algo reconocido de manera unánime por sus contemporáneos. 2. Históricamente no, desde hace cuatro días y especialmente por una izquierda ignorante y unos nacionalistas que no pueden perdonarle la reunificación de España.

Dr. César VIDAL, historiador, filósofo, teólogo y abogado. 2005-11-08-Esp.

 

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El Imperio donde el sol no tenía ocaso ‘el español’ no dedicó –durante siglos- ningún monumento al gran descubridor de América. Después de 400 años, precisamente el 1 de Junio de 1888, la Reina María Cristina inaugura en Barcelona el primer monumento erigido a Colón en España.

 

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Si el socialismo del siglo XX costó ciertamente no menos de cien millones de muertos, quién sabe cuántos costará el del XXI. Una o varias generaciones de latinoamericanos se ahogarán en ese viscoso torrente de saliva revolucionaria, en el que no faltará el componente racista del indigenismo. Progresivamente, cada vez será mayor la distancia técnica y económica que separará a grandes regiones latinoamericanas del primer mundo, acentuándose un proceso de descivilización que irá desgajando dolorosamente a esta región del tronco al que comenzó a pertenecer desde fines del siglo XV, gracias a España y a la labor intelectual de la Iglesia Católica. 2006-06-

 

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ISABEL LA CATÓLICA – 12 DE OCTUBRE

 

Hoy es el día del encuentro sincero. Con más latidos que palabras, el poeta nicaragüense, Rubén Darío, hijo de la nueva España, resume todo lo que significó el momento: «...Mientras el mundo aliente un sueño,/ mientras haya una viva pasión,/ un noble empeño,/ una imposible hazaña,/ una América oculta que hallar,/ vivirá España». (Del canto: «Al rey Óscar»).


   El tiempo no puede suprimir gratitudes vertidas, ni gratuidades donadas, que hicieron brotar vínculos de hermanamiento. La festividad será tanto más saludable, cuánto más nos escuchemos en mutua y recíproca confraternidad. Siempre será bueno estar todos con la madre patria, y todas las patrias con la madre, poblando y repoblando historias que nos unen y convivencias que nos ensamblan.
   Bienvenidas, pues, todas las ofrendas de luz y vida en este doce de octubre, en el que todo sabe a concordia y paz, y donde la España descubridora y conquistadora –según reza en un decreto– volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana.

 

En todo caso, la fecha puede servirnos en estos momentos, cuando el mundo es más chico que nunca, para comprender que esta tierra es de todos y que la construimos juntos, todas las razas y linajes, las diversas castas de hispanos con sus culturas de aquí y de allá. Nadie sobra.
   En suma, la celebración de un gozoso doce de octubre, debe encaminarnos a una mayor comprensión hacia las migraciones, desde un espíritu de entendimiento, con vista a esa fraternidad de la familia humana tan necesaria para convivir y vivir en armonía. En lugar de mantener la confusión de lenguas y el desprecio hacia algunas razas, celebraciones así han de ayudarnos, en definitiva, a descubrir, como los descubridores de antaño, esa innata voz común, inteligible para todos, y que no es otra que el lenguaje del amor.
   Hay que reconocerse en ese silabario de ternuras y enternecerse, hacerse más de la fiesta del hermano, al que tantas veces dejamos dormir en los soportales, a la intemperie, como si fuese una piedra en vez de un ser humano que ya es decir. Víctor Córcoba es escritor 2004-X-12

 

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“A algunos les escuece el tema de Isabel la Católica, porque logró la unidad de España. La reina Isabel fue una reina y mujer excepcional como no ha habido otra en la Historia, aunque hay un desconocimiento muy grande de esta figura. Muchos sólo se fijan en sus defectos, que los tuvo, sin embargo fueron muchos más sus aciertos"

 

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En casa estamos leyendo "Luces y sombras de la España imperial", de M. Fernández Álvarez, y nos hemos sorprendido de lo tarde que entró en España la Inquisición (cuando todo indicaba que era un invento castellano). Entonces, ¿quién, cómo, cuándo, dónde y por qué se inventa la Inquisición?

 

La primera ejecución por razones religiosas se dio ya muy avanzado el siglo IV, pero el sistema inquisitorial no surge hasta la plena Edad Media como una manera de combatir nuevas herejías en Francia. En España es tardía y no castellana, desde luego.

Don César VIDAL dr.en historia, y filosofía y teología, es abogado;2005-01-11 L.D.

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{… y todos los mártires de la Iglesia católica durante las persecuciones romanas…}

 

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Isabel «La Católica»: eslabón entre dos tiempos

 

Manuel Marín Campos
La obra de Isabel «la Católica», al frente de aquella España emergente del siglo XV, se definió caminando hacia el ideal del pensamiento político del Renacimiento. Isabel I «la Católica» vivió su juventud en la Edad Media. Cuando tomó Castilla, en 1474, a la muerte de su hermano Enrique IV «el Impotente», las estructuras medievales se encontraban recias y vigorosas. Dos años de vida contaba, en 1453, cuando Mohamed II de Turquía, se apoderó de Constantinopla. Este hecho produjo un éxodo de humanistas de Oriente, que terminó por modificar la vida y la sociedad de Occidente. En cambio... ¿qué diferencia más profunda existió entre el Estado, la sociedad, la cultura y la vida entre el reinado de Enrique IV «el Impotente» y el de Isabel I «la Católica»!
   Se advierte en la gobernación de esta gran mujer un viraje para encarar España con las doctrinas económicas del capitalismo que había estado emergiendo desde el siglo XIII con la alborada de la Revolución Comercial. También se advierte el latir de los movimientos culturales y científicos alumbrados por la alborada del Humanismo. Por último, se vislumbra la búsqueda de una influencia en Europa a través de una meditada política de matrimonios. Isabel I «la Católica», la más grande estadista florecida en la dinastía de los Trastámaras, ofreció a España, la estructura de un nuevo Estado, que labró sus cimientos a través de una unidad racial, de una unidad confesional y de una unidad territorial. Estos tres soportes para la creación y sostenimiento de un nuevo Estado, aunque se pueden encontrar huellas en el pensamiento de algún monarca castellano, tiene su más fuerte inspiración en la sensibilidad de Isabel I «la Católica» como una soberana que se encontraba identificada con la corriente que estaba marcando Europa dentro de las concepciones del moderno estado renacentista. Grandes monarcas medievales, como Sancho II «el Fuerte», Fernando III «el Santo», Alfonso X «el Sabio», Sancho IV «el Bravo» y Alfonso XI «el Justiciero», fueron soberanos que reinaron sobre una sociedad pluriracial, pluricultural y pluriconfesional. Estos reyes reinaron sobre judíos, árabes y castellanos; tres etnias con culturas distintas, razas variadas y religiones diferentes. Ello hacía tan compleja como difícil la labor de legislación de estos monarcas.
   Por ello, Isabel I «la Católica» acudió a la acción de fortificar la estructura interna del Estado y a simplificar la arquitectura de la sociedad para conseguir una armonía derivada de un equilibrio de poderes. Desembocó en este objetivo a través de tres hechos fundamentales; unidad política de un Estado autoritario para conseguir una estructura estatal que se desenvolviera desprovista de las grietas que se observan en algunos reinados medievales; imposición de la autoridad del soberano mediante la simplificación de los estamentos de una sociedad que no admitía ya la vieja arquitectura plurirracial y expansión territorial como arboladura para conseguir una nación moderna de acuerdo con las visiones del Renacimiento occidental. El nuevo estado que diseñó Isabel I «la Católica» condensaba más visiones del capitalismo que del feudalismo.


   Frente a la figura histórica de esta mujer que modernizó la estructura del Estado en una encrucijada de la vida europea, cabe preguntarse... ¿cómo era Isabel I «la Católica»...? Nació en 1451 en Madrigal de las Altas Torres, de Ávila, en el pontificado de aquel Nicolás V que encargó a Fray Angélico la decoración de una parte del Vaticano y falleció en 1504, en Medina del Campo, cuando regía la cristiandad Julio II, que proyectaba la colocación de la primera piedra de la basílica de San Pedro, de Roma. Fue el último pontífice del Renacimiento. Le sucedió León X; el más ilustre Papa de la reforma.
   Hernando del Pulgar la describió con estas palabras: «Era de mediana estatura, bien compuesta en su persona y en la proporción de sus miembros, muy blanca y rubia, los ojos verde-azules, el mirar gracioso y honesto, la reacciones del rostro bien puesta, la cara muy hermosa y alegre...». Münze, que la conoció en 1494, cuando contaba con 43 años, la retrató con estas palabras: «Era de estatura prócer y un tanto corpulenta, pero de rostro muy agraciado y aparentaba bastantes menos años de los que en realidad tenía...». Isabel I «la Católica» tenía plena conciencia de que se encontraba en los umbrales de una nueva época, donde los movimientos humanistas y las exploraciones geográficas terminarían por definir unos tiempos modernos, tanto en sus esencias como en sus formas. Tal vez contribuyeron a ello la presencia en la corte de humanistas, como Pedro Mártir de Anglería, Lucio Marinero Sículo, Beatriz Galindo «la Latina» y Antonio de Nebrija.
   

Mujer de recio carácter

Existe una frase acuñada que define la existencia de un carácter recio y fuerte; muy difícil de doblegar. Cuando se levantó la ciudad de Segovia, ratificó a un grupo de segovianos que le solicitó no entrase en ella, acompañada del Conde de Benavente y de Andrés de Cabrera: «Olvidáis que soy la reina de Castilla y no es mi costumbre someterme a condiciones impuestas por súbditos rebeldes».
   También dejó latente las dimensiones de su carácter en las instrucciones que pasó, en 1501, a Fray Nicolás de Ovando sobre el comportamiento y trato que se debían observar con los indios de La Española al imponerle: «... que fuesen tratados con mucho amor y dulzura sin consentir que nadie le hiciese agravio porque no fuesen impedidos en recibir nuestra santa fe y porque sus obras no aborrecieran a los cristianos».
   En el año 1475 se planteó a Isabel I «la Católica» la problemática de la renovación del nuevo estado que encarnaba; el encuadramiento de la figura de Fernando V de Aragón dentro de la nueva estructura estatal. Para ello, recurrió al dictamen de dos grandes hombres de la época: Alonso Carrillo de Acuña, arzobispo de Toledo, y Pedro González de Mendoza, obispo de Sigüenza. En aquella reunión alcanzaron unas conclusiones que contribuyeron a ofrecerle vida y forma al nuevo estado a través de aquel lema: «Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando».
   Ello dejó evidente que existían dos reyes con igualdad de poderes en las dos grandes vértebras que habían formado la España emergente de los Reyes Católicos. La España de los Reyes Católicos se extendió desde 1474 en que Isabel I «la Católica» recibió en Segovia la corona de Castilla, hasta 1516, en que falleció Fernando V «el Católico» en Madrigalejos. El segundo avance en la creación de este nuevo estado se encuentra en el proyecto isabelino de controlar la capacidad de mando y decisión de las órdenes militares. En 1478, la orden de Santiago, en 1487, la de Calatrava y en 1494, la de Alcántara, pasaron a quedar vinculadas en la figura de Fernando V «el Católico». Fue un paso decisivo hacia el robustecimiento de la musculatura del estado isabelino. En 1492, culminó la arquitectura del nuevo estado con la conquista de Granada y la expulsión de los judíos. Tanto los judíos como los árabes que no aceptaran el agua bautismal se verían obligados a ausentarse, definitivamente, de las tierras españolas.
   

Expansión española ultramarina

También en este año, tuvo lugar el descubrimiento de América por la expedición que mandaban Cristóbal Colón y Martín Alonso Pinzón. Trazaron aquellos modernos argonautas una poética singladura sobre las aguas tornasoladas del océano Atlántico. Con este hecho se inició la expansión de España y lo español por las tierras ultramarinas. El pontífice Alejando VI otorgó a España el Patronato de Indias. Las bulas alejandrinas ofrecieron una arboladura misionera a la actividad expansiva española por América. En el orden cultural, Isabel I «la Católica» sintió que ese Estado tenía que propulsar la expansión de la cultura occidental. Tres grandes universidades nacieron en este ciclo histórico. A las universidades florecidas en la Edad Media siguieron la de Zaragoza, creada en 1474; la de Mallorca, en 1483; la de Valencia, en 1500; y la de Alcalá de Henares, en 1502, que cerró este proceso.
    En 1474 comenzó a extenderse por las ciudades de España la imprenta como instrumento de expansión de la cultura occidental. Sevilla, Valencia y Alcalá de Henares contemplaron cómo la imprenta florecía en sus entrañas, con el sueño de servir a la cultura, a la civilización y al pensamiento. Destacaron humanistas tan brillantes como Hernando Alonso de Herrera, Antonio de Nebrija, Bartolomé Carranza de Miranda, Pedro Ciruelo, Fray Francisco Ramírez, Miguel Pardo, Demetrio Douckas, Hernán Núñez «el Comendador Griego» y Alonso de Zamora. En este ciclo histórico se escribieron el «Cancionero de Stuñiga», en 1458; «Coplas de Mingo Revulgo», en 1465; «Corbacho», en 1470, del Arcipreste de Talavera; «Coplas a la muerte de su padre», de Jorge Manrique, en 1476; «Libro de los claros varones de Castilla», de Hernán Pérez del Pulgar, en 1485; «Cárcel de amor», de Diego de San Pedro, en 1492, y «La Celestina», de Fernando de Rojas, en 1499, entre otras.
   En la vida de Isabel I «la Católica», Miguel Ángel labró en 1499 la imagen de «La Piedad», Pedro de Berruguete terminó, en 1500, el retablo de la Catedral de Oviedo, y Bramante terminó en 1502 el Templo de San Pedro en Montorio. Por esta capacidad para crear un estado de arboladura renacentista, gran latido de la España unificada, y por apoyar la iniciación de una expansión territorial sin precedentes en la historia occidental, merece ser comprendida Isabel I «la Católica» como una de las figuras históricas más grandes de Europa. De esta forma Isabel I «la Católica» fue eslabón de conexión entre el institucionalismo medieval y las visiones estatales renacentistas. l

2003-VIII-11 LA RAZÓN. ESP.

 

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En "El economista": CHRISTOFORO NO ERA CRISTÓBAL


 Pio Moa 

   Es curioso el éxito de la tesis del Colón genovés. El propio Menéndez Pidal la admite, tras demostrar que el castellano de Colón, pródigo en lusismos, apenas contiene en cambio italianismos. Ello obedece a la impresión psicológica de la célebre Raccolta ofrecida por Italia cuando el IV centenario del descubrimiento de América: unos 200 documentos referidos a un Domenico Colombo y su hijo Christoforo. Papeles sospechosamente abundantes y sin original ni copia legalizada muchos de ellos, aunque eso es lo de menos. Lo que demuestran en todo caso es que vivió en Génova, hasta los 23 ó 24 años, un Christoforo Colombo más o menos coetáneo de Colón, y que solo sale en siete documentos medianamente verificables, en calidad de pequeño comerciante lanero enredado en deudas y con amenazas de prisión por impago.

   De pronto, cosa de tres años después, aquel humilde lanero aparece en Portugal convertido en un experto navegante, diestro en cosmografía y cartas náuticas, de modales distinguidos, buen conocedor del latín y el castellano, que se codea con la aristocracia y el mismo rey, y se casa con una aristócrata local, algo inimaginable para un plebeyo. Suena improbable en extremo que se trate de la misma persona.

   Más improbable aún sabiendo que el Colón histórico siempre escribió en castellano o latín, que sus escasas palabras en italiano revelan ignorancia del idioma,  que no hablaba en italiano con sus hermanos, que escribía a los  genoveses en castellano y con falta al nombrar al patrón de la ciudad, que jamás se llamó ni le llamaron Colombo, ni se acordó de  sus presuntos y apurados parientes genoveses,  ni estos de él cuando le llegaron las riquezas y la fama...

   De las hipótesis sobre el origen de Colón, la genovista es de las más insostenibles. En noviembre saldrá un libro de Virginia Martínez Costa de Abaria que promete reabrir la nunca resuelta cuestión. 2007-X-11

 

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España, origen diseño catalán 1375 ca.


…del origen de Colón y falsedades catalanas…

“Son de sobra conocidos los problemas de Colón en el gobierno de las nuevas tierras, e ignorado el origen del descubridor.  Dado que él y los reyes no pusieron empeño en aclararlo, más bien al contrario,  se le han atribuido, de modo puramente especulativo,  las patrias más diversas, desde  Grecia a Noruega, o la condición de judío, siendo la versión más corriente la de su nacimiento genovés. Sin embargo esta atribución resulta tan difícil como las otras. Con motivo del IV Centenario del Descubrimiento, Italia ofreció una Raccolta  de unos 200 papeles sobre una familia Colombo de Génova, parte de ellos referidos a  un Cristoforo. Pero las fechas concuerdan mal, la propia abundancia de documentos despierta dudas y,  en fin, solo informan de que Cristóforo era, al menos hasta 1473, un pequeño comerciante lanero con deudas y amenazas de prisión por impago. Que estén tan documentados en Génova  estos pequeños sucesos y no haya, en cambio, referencias a la impresionante gesta posterior del supuesto Colombo, ya es bastante sospechoso; y tampoco la ciudad italiana pensó reivindicar la gloria de su ilustre y presunto hijo. Un reciente ensayo de María V. Martínez  Costa de Abaria, Cristóbal Colón y España, incide en las dificultades de la atribución genovesa.

Solo tres años después del último documento genovés, Colón aparece en Portugal como experto navegante, diestro en cosmografía y cartas náuticas, culto y erudito en algunos terrenos, conocedor del latín y aún más del castellano, de modales distinguidos,  codeándose con la nobleza y con el mismo rey, y casándose con una aristócrata local, algo muy poco imaginable para un plebeyo. Suena en extremo inverosímil que el humilde lanero genovés lograse de pronto tal transformación, por lo que difícilmente  puede tratarse de la misma persona. La inverosimilitud crece ante la ausencia de cualquier prueba de que la familia genovesa, que vivía con estrechez, le pidiera ayuda en los días de poder y riqueza del almirante; ni Colón se acordó de ellos cuando hizo testamento. Nunca utilizó el apellido Colombo, siempre empleó, o se le conoció por  Colom, Colón o Coloma. No escribió en italiano, salvo escasas palabras reveladoras de un mal conocimiento del idioma; ni hay indicio de que hablase en él con sus hermanos también supuestos genoveses. Sus cartas a Génova las redactó en castellano, y cuando menciona al patrón de la ciudad lo escribe mal. No puso a las tierras descubiertas nombres italianos en homenaje a su atribuida patria, sino españoles, algunos relacionables con Baleares, Levante o Cataluña.


Los Reyes Católicos nunca  aluden a su origen genovés, ni le dieron carta de naturalización como hicieron con Américo Vespucio, sino que le trataron como “súbdito y natural”, y ampliaron su escudo de armas, señal de que ya tenía uno, cosa poco creíble en una familia de modestos tratantes en lana, en queso, taberneros… Estos datos desfondan la tesis genovesa, que se apoya, como todas las demás, en la incertidumbre  sobre su origen real.

Debemos atenernos, por consiguiente, a los hechos constatables. Ante todo, habló y escribió casi siempre en castellano, algo en latín. Menéndez Pidal creyó encontrar en sus escritos defectos propios de quien no tiene ese idioma por lengua materna, pero sus deficiencias no eran italianismos, sino lusismos, explicados por sus nueve años de estancia en Portugal. En Portugal no existía el apellido Colón, y aun allí escribió en castellano, ya lingua franca peninsular. También se han detectado en sus escritos giros catalanes. Su patriotismo hispano resalta  aquí y allá. Sobre la cristianización de los pueblos descubiertos habla de “España, a quien todo debe estar sujeto”, y anima a los reyes a no consentir “que aquí (las nuevas tierras) faga pie ningun extranjero”, idea rara en un genovés. La mayor isla que descubrió en el primer viaje la llamó La Española, y supone reservada a España la recuperación de Jerusalén, ligada para él a sus viajes. Su amigo el cosmógrafo catalán Jaime Ferrer de Blanes, que le aconsejó  sobre el tercer viaje a América y fue requerido para delimitar los derechos de descubrimiento entre Castilla y Portugal, le escribió, como cosa natural,  de “esta nuestra España”… 
 
 

Dentro de la incertidumbre, parece más probable su cuna española, acaso catalana o, más probablemente, balear, según algunos indicios. De ser así, queda por explicar  el motivo de la oscuridad, de aspecto deliberado, sobre su patria, como si ocultara algún secreto político o similar. La autora citada cree que  pudiera tratarse de un hijo ilegítimo de Carlos de Viana, el preterido hijo de Juan II de Aragón. Esto, y acaso el presunto origen genovés, quizá fuera posible comprobarlo hoy mediante pruebas de ADN, como las que han certificado la autenticidad de los  restos del almirante guardados en Sevilla."
 
(En  Nueva historia de España)    2010. VII


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Colón no fue Colombo

09 de Octubre de 2007 - 13:42:00 - Pío Moa

 

Habiendo desaparecido, no de modo casual, todos los documentos que habrían podido aclarar el origen de Colón, se le han atribuido las más variadas patrias, desde Grecia a Noruega. La que ha terminado por imponerse, aunque no del todo, es Génova: según atestiguan algunos documentos, en esta ciudad habría existido, más o menos coetáneamente con Cristóbal Colón, un Christoforo Colombo. Sin embargo es tan sumamente improbable que se traten del mismo personaje que la tesis genovista puede catalogarse junto a la griega o la noruega. En una columna que saldrá el jueves en El Economista , me extiendo un poco al respecto, con motivo de la próxima publicación de un libro de Virginia Martínez Costa de Abaria sobre este tema.


Lo que resulta más probable, con diferencia, a partir de la documentación, los escritos y los actos del descubridor, es que este era español. No obstante, ello plantea un doble problema: ¿de dónde, en concreto?; y ¿por qué ese empeño por ocultar su origen? Un dato clave, desde luego, reside en el idioma en que se expresó. Prácticamente todos sus escritos, incluso cuatro años antes de trasladarse a España, están en castellano, más algunos en latín. Menéndez Pidal analizó la lengua empleada y concluyó que no correspondía a alguien que tuviera el castellano como lengua materna, pues detectaba en ella cierta torpeza y frecuentes lusismos; pero no italianismos. Esto es muy significativo, y sin embargo el historiador se inclinaba, un poco por las buenas, a favor de la hipótesis genovista.


Los lusismos podrían indicar un origen portugués o gallego, aunque no vasco, como algunos han reivindicado. Pero Menéndez Pidal no estudió los catalanismos o mallorquinismos presentes en la lengua de Colón (a quien nunca llamaron ni él se llamó Colombo), los cuales abundan, sin embargo, así como otras pistas no desdeñables. Parece una dirección de estudio prometedora. Por otra parte, quizá la investigación del ADN permita esclarecer dentro de unos años la intrigante cuestión.

 

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Retratos de los Reyes Católicos

Jesús López Medel - Madrid.-


En el artículo de «La Tercera» de «Abc», con la firma del historiador Carlos Seco, y referente a la iconografía de la Reina Isabel I, se alude a la que se cree la primera efigie de una reproducción del cuadro de Miraflores. Pues bien, el primer retrato de los Reyes Católicos se encuentra en una tabla-armario, en la que parece se guardaba la arqueta con los Sagrados Corporales ensangrentados con las seis formas consagradas. El hecho histórico ocurrió en 1239, en Luchente (Valencia). En la parte externa de las tablas se describía, con pinturas del siglo XV, la batalla del castillo de Chio. Y en dos de aquellas ocho grandes tablas, en la parte lateral inferior derecha, venían los retratos de Isabel y Fernando. Tales tablas, en las que no aparece el escudo de Granada, fueron pintadas con anterioridad a 1492. El artista quiso dejar huella de los rostros de Isabel y Fernando, en atención a los beneficios concedidos en la reconversión de la Iglesia Colegial, luego Basílica, de Santa María de los Sagrados Corporales de Daroca (Zaragoza), del románico del siglo XII ¬que conserva con su Puerta del Perdón y su ábside¬ en gótico. Tales tablas fueron restauradas por el Patrimonio Artístico Nacional y destacadas en numerosas exposiciones nacionales e internacionales. Se encuentran en el Museo Parroquial de Daroca. Y son los primeros retratos, en vida, de los Reyes Católicos. 2003-11-15

LA RAZÓN. ESP.

 

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La reina y su época -  

 La figura de Isabel la Católica será fundamental para conocer el tránsito que se produce en la Península Ibérica entre la Edad Media y la era Moderna. Su reinado, junto a su esposo Fernando de Aragón, servirá de puente entre dos épocas y tendrá elementos identificativos tanto de una etapa como de la otra.

Reina de Castilla, Isabel nació en la ciudad de Madrigal de las Altas Torres, el 22 de Abril de 1451: murió el 26 de Noviembre de 1504, en el castillo de La Mota, el cual permanece en Medina del Campo (Valladolid). Fue la hija de Juan II, Rey de Castilla, y de su segunda esposa, Isabel de Portugal.

Bajo el impulso de estos monarcas se erigieron numerosos edificios, iglesias, universidades, hospitales y castillos, especialmente en tierras castellanas dada la supremacía económica de dicho reino en aquella época. En el campo de la pintura se superpusieron el estilo flamenco y la novedad renacentista. En este período continuaron desarrollando su obra pintores que ya habían comenzado tiempo atrás como Huguet, Gallego o Bermejo, a la vez que el nuevo estilo renacentista asomaba a las obras de artistas como Rodrigo de Osona el Viejo o Pedro Berruguete.

En Toledo, el monasterio franciscano de San Juan de los Reyes fue construido por los Reyes Católicos como acción de gracias tras la victoria de Toro sobre los portugueses. Es una obra característica del estilo isabelino de finales del siglo XV, perfecta simbiosis entre el gótico flamígero y el estilo mudéjar. La construcción de la iglesia del claustro fue confiada en 1477, por Isabel la Católica, a Juan Guas, el arquitecto que realizó en parte la Capilla real de Granada. 2004-01-12 «ABC» ESP.

 

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Palabras del arzobispo de Valladolid, en la embajada española ante la Santa Sede

Isabel la Católica y la evangelización de América


 


En la embajada de España ante la Santa Sede, en Roma, dentro del Ciclo, iniciado ya el año 2002, de Conferencias sobre la Reina Católica, el día 12 de noviembre pasado el arzobispo de Valladolid, monseñor Braulio Rodríguez Plaza, pronunció una interesante conferencia sobre la reina Isabel la Católica y la evangelización de América. He aquí un extracto de la misma:

 

Quiero recordar, desde el inicio de mi exposición, un hecho gozoso y evidente: el Continente americano está hoy iluminado y envuelto en la luz del Evangelio, y la fe cristiana es patrimonio de la inmensa mayoría de los habitantes de esta parte tan importante de nuestro mundo. Toda esta obra ingente debe atribuirse a la Providencia de Dios, pero el Señor actúa también por medio de personas concretas, y el nombre de Isabel de Castilla, la Reina Católica, ha de colocarse en un lugar destacadísimo. Como escribió bellamente León XIII, Isabel hizo surgir de las aguas del olvido todo un Nuevo Mundo, por obra del almirante Cristóbal Colón.


Desde el comienzo de su reinado se le presentó a la reina Isabel un anchuroso campo de apostolado con la evangelización de las Islas Canarias, recientemente incorporadas a su Corona por decisión del Papa Sixto IV, habiendo precedido el Tratado de Alcaçobas. Aquí comenzó su preocupación por la evangelización, su conquista para Dios, y aquí se ensayaron los mejores métodos de esta misión evangelizadora.


Muchos historiadores no tienen en cuenta un factor decisivo: la formación católica que, en el caso de Isabel, recibió la futura reina de Castilla. Es necesario colocarse dentro de esta situación para entender a la Reina Católica, su tiempo y, sobre todo, su gran obra de evangelización en América; una acción querida personalmente por ella y que, de algún modo, se inició previamente, como hemos ya reseñado, en la evangelización y organización eclesial de las Islas Canarias, y del reino de Granada recién conquistado. La evangelización del Nuevo Mundo es vivida por Isabel de Castilla como algo natural que surge de su fe. Nos conviene, pues, considerar cuanto se mueve en torno a esta gran empresa de llevar la fe cristiana a los habitantes de Indias.


El tema que me he propuesto exponer es considerar el papel que la reina de Castilla, Isabel, desempeñó en la evangelización de América. Hay que centrarse, pues, en su persona y su entorno. Ella estaba decidida a que aquellos habitantes, nuevos súbditos suyos, conocieran la fe católica, que hiciera de ellos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Aprovechó, sin duda, la coyuntura de las reformas llevadas a cabo de religiosos españoles, sobre todo de Franciscanos Menores, para plantear esa evangelización, y dispuso leyes y mandatos concretos que no se explican sin ese fin misionero.

Una acción que perdura
Una de las grandes cuestiones a valorar en una correcta interpretación del quehacer hispánico en Indias, incluso desde una óptica no confesional, pero objetivamente histórica, es el tema de la evangelización de sus naturales, en su doble acepción ético-religiosa y cultural, aspectos hondamente enlazados, de forma que el uno no se concibe sin el otro.


Es cierto que la vida de Isabel no duró tanto como el curso de la cristianización americana, obra de necesaria concienzuda lentitud. Pero el influjo de su acción duró siglos. Diré más: aún perdura. Y el secreto es Isabel de Castilla. La fuerza firme de Isabel imprimió tal pulso a su obra misionera, que su efectos fueron mucho más allá de la fecha temprana de su muerte.


Desde el inicio, la Corona mantuvo la tesis de que la empresa de Indias tendría su meta en el campo religioso. Descubrir y colonizar era ganar almas y salvarlas, era dar gloria a Dios y brillo a la Iglesia.
«Damos muchas gracias a Nuestro Señor por todo ello, porque esperamos que, con su ayuda, este negocio vuestro será causa que nuestra santa fe católica será mucho más acrecentada», escribieron los reyes a Colón el 16 de agosto de 1494. Y éste era el estribillo de sus pensamientos y deseos: que la presencia misma de los españoles invite a los indios a abrazar el cristianismo, «porque la conversión dellos podría atraer a los que habita en dicha tierra al conocimiento de Dios nuestro Señor, e a reducirlos a nuestra fe católica».


En la Instrucción… para la población de las islas y tierra firme descubiertas y por descubrir en las Indias, se da al Almirante esta norma:


«Que se conviertan a nuestra Santa Fe Católica y que a ellos y a los que han de estar en las dichas Indias sean administrados los sacramentos por los religiosos e clérigos que allá estén e fueren».

2003-nov. Alfa y omega.

 

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Pues bien, no es la Monarquía el garante de la unidad. Ninguna Monarquía ha garantizado la unidad de un país, nunca jamás. Lo que garantiza la unidad de un colectivo humano es la adhesión de la mayoría de sus miembros a los principios que dieron origen a ese país. En el caso de España, fue el Cristianismo el que mantuvo la unidad de la patria, porque fue el Cristianismo, en lucha con el Islam, quien forjó este Estado, plurinacional o no. En consecuencia, el abandono es esos principios cristianos sí que puede romper España. Los Reyes Católicos, tan denostados hoy, no suspiraban por una España unida, sino por una España cristiana. El testamento de Isabel la Católica no habla tampoco de una América unida, ni de un imperio iberoamericano, sino de una hispanidad cristiana, y por eso exige respeto a los indígenas, porque, argumenta la Católica, son hijos de Dios, tan hijos como los españoles (si sería reaccionaria, la individua, que hablaba de filiación divina. No sé donde vamos a parar...). 2004.

 

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Al-Andalus sólo es una leyenda

 -¿Y en Castilla?


-Castilla era lo más avanzado de Europa, por donde entraban las cosas. Hay latín, se traduce luego al francés, al inglés... Cierto, la castellana es una vía, porque también está la vía directa del latín, por la que entraron muchas novelas. La historia del sabio Secundo, que estaba tan desengañado del mundo que decía que no quería hablar, que todo era tan desagradable que lo mejor era callarse. Tenía unas historias tremendas con las mujeres; decía que todas eran prostitutas, excepto su madre, y ni siquiera ella... El emperador Adriano le manda un speculator para hacerle preguntas: «¿Qué es el mundo, qué es Dios, que es la vida, qué la muerte?» Esta cultura llegó por la vía del griego, al latín, al castellano. Pero está esta otra vía: griego, árabe, latín, castellano. O como, en el caso del «Calila», la vía persa, árabe, latín, castellano. La gente se cree que toda esta literatura se producía en Al Andalus y esto no es verdad. Es una leyenda. De estos cuatro libros, tres están traducidos en Bagdad, y el cuarto, «Los bocados de Oro», en El Cairo. Los de Al Andalus los compraban y leían, bueno, a partir de ahí, ellos trabajaban y hacían sus cosas, Averroes trabajó sobre Aristóteles, pero los textos los traían de Oriente. Esa es la historia. En general, en el mundo árabe sólo ha habido pequeños grupos intelectuales. Era una sociedad muy limitada. «ABC» XIV. VII. MMII – ESPAÑA.


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“Estemos alerta, no renunciemos a nuestros derechos fundamentales y, en todo momento, demos con serenidad y confianza razones de nuestra esperanza en Cristo, sabiendo que todo lo podemos en Aquel que nos conforta".

 

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«Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo».

S. S. Benedicto XVI reconoció que «esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así», aseguró Su Santidad.

«El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir --señaló--. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra».

«Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo».

Según el Papa, esta fue la misión de Juan Pablo II, «cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural».

«La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud», aclaró S. S. Benedicto XVI


«El Papa es consciente de estar, en sus grandes decisiones, ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia» 2005.05 Vat.

 

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¿Cuánto habrá pasado desde que por primera vez un hombre opinó de distinta manera a otro y argumentó? Aunque hoy día más interesante sería ¿cuánto queda hasta que esto deje de suceder? ¿Por qué tantos gobiernos detestan la filosofía?

¿No será para mejor dominar al hombre bajo un neo-totalitarismo? 2005.

 

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“Cuando Pedro, lleno de audacia, anda sobre el mar, sus pasos tiemblan, pero su afecto se refuerza...; sus pies se hunden, pero él se coge a la mano de Cristo. La fe le sostiene cuando percibe que las olas se abren; turbado por la tempestad, se asegura en su amor por el Salvador. Pedro camina sobre el mar movido más por su afecto que por sus pies...  No mira donde pondrá sus pies; no ve más que el rastro de los pasos de aquel que ama. Desde la barca, donde estaba seguro, ha visto a su Maestro y, guiado por su amor, se pone en el mar. Ya no ve el mar, ve tan sólo a Jesús.  San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia”.  Sermón que se le atribuye, Apéndice nº 192; PL 39, 2100

 

“Jamás lo antiguo por antiguo ha sido bueno, como lo nuevo por nuevo, mejor.” S.S. Benedicto XVI.

 

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Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholastic’s.

 

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“La Iglesia Católica, la Santa Iglesia de los pecadores. La magnifica obra de la mano del Señor, en su misericordioso trabajo por transformar a los pecadores en santos.” (Dr. Sánchez Rojas Prof. de Teología.).

Cuando uno va a un museo y contempla una obra maestra, admira la obra pero más admira al autor. Amo a la Iglesia como la obra magnifica que es, pero más amo al Artista… Dios mismo. Glorifiquemos al Señor con nuestras vidas.

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica,

esta es su esencia más profunda, dice Pablo.


El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005


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316 Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

317 Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

318 Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

319 Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

320 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

321 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

322 Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

323 La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

324 La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

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“De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor”. S. S. Benedicto XVI. P.M. – MMV.XI.X.

 

“Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil luchar”.

 

Dios se manifiesta «como una persona que ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña en el camino de la historia y sufre por la infidelidad de su pueblo «a su amor misericordioso y paterno».

«El primer signo visible de esta caridad divina hay que buscarlo en la creación»: «los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas».

«Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de un pueblo, se da una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador»

«Existe, por tanto, un mensaje divino, grabado secretamente en la creación», signo de «la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo».

«De las obras creadas se llega a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia».


El Papa acabó su discurso, dejando a un lado sus papeles, comentó un pensamiento de san Basilio Magno, doctor de la Iglesia, obispo de Cesárea de Capadocia, quien constataba que algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la merced de la casualidad».

«Creo que las palabras de este padre del siglo IV son de una actualidad sorprendente», reconoció S. S. Benedicto XVI preguntándose: «¿Cuántos son estos "algunos" hoy?».

«Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de un guía y de orden».

«El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón adormecida y nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Al inicio la Palabra creadora --esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos-- es también Amor».

El Papa concluyó exhortando a dejarse «despertar por esta Palabra de Dios» e invitando a pedirle que «despeje nuestra mente para que podamos percibir el mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora y esta Sabiduría es amor y bondad». S. S. Benedicto XVI. P.M. MMV.XI.X.

 

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Alabemos con las poéticas palabras del teólogo san Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia Católica, año 330+390:

 

« Gloria a Dios Padre y al Hijo,
Rey del universo.
Gloria al Espíritu,
digno de alabanza y santísimo.
La Trinidad es un solo Dios
que creó y llenó cada cosa:
el cielo de seres celestes
y la tierra de seres terrestres.
Llenó el mar, los ríos y las fuentes
de seres acuáticos,
vivificando cada cosa con su Espíritu,
para que cada criatura honre
a su sabio Creador,
causa única del vivir y del permanecer.
Que lo celebre siempre más que cualquier otra
la criatura racional
como gran Rey y Padre bueno ».

(9) Poemas dogmáticos, XXXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511

 

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Gracias por venir a visitarnos

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales. Y:

La inquisición española - Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España. Autora:(Comella Beatriz.- Rialp, Madrid) Breve-óptimo libro.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX.


La Iglesia se hace luminosa y bella por la fidelidad a la vocación de esos hijos suyos y de esas hijas suyas que no sólo ponen en práctica los preceptos evangélicos, sino que, por gracia de Dios, están llamados a observar sus consejos y dan testimonio así, con su estilo de vida pobre, casto y obediente, de que el Evangelio es fuente de gozo y de perfección. †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).