Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Anticlericalismo - 1º plaga de ayer y de hoy, laicismo, sociedad; clericalismo

«En una sociedad donde haya cristianos y no cristianos, creyentes y ateos, un Gobierno que quiera ser justo con todos, no puede identificarse con ninguna de las dos partes. La confesionalidad religiosa y católica no puede ser sustituida por la confesionalidad contraria de la militancia atea». «El progreso no consiste en sustituir una confesionalidad por otra, sino en adoptar el camino de la no confesionalidad bien entendida»,

 

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"Sed maestros de la verdad, de la verdad que el Señor quiso confiarnos no para ocultarla o enterrarla, sino para proclamarla con humildad y coraje, para potenciarla, para defenderla cuando está amenazada." [S.S. Juan Pablo II].


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Rebrotes de anticlericalismo

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas

SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 28 de agosto de 2010.- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Rebrotes de anticlericalismo".

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VER

Asombra, inquieta y duele tanta descalificación de que hemos sido objeto los obispos, porque expresamos nuestra inconformidad cuando la Suprema Corte declaró acordes con la Constitución las uniones de personas de un mismo sexo equiparándolas a un matrimonio, con el derecho de adoptar niños. Han dicho que estamos violando la ley y que la autoridad debería sancionarnos. Uno tituló su escrito: Iglesia idiota. Otro dijo que ya no hay obispos de calidad como antes. Alguien ha hablado de las atrocidades de la religión. Y así por el estilo...

Para qué enumerar los calificativos contra el cardenal Juan Sandoval. Se puede estar en disconformidad con sus aseveraciones; se puede pensar que no tienen sustento; pero aprovechar esto para descalificarnos a todos, al Papa y a la Iglesia Católica en general, rebasa lo esperado y manifiesta un renovado anticlericalismo que no se había manifestado tan agresivo, ni siquiera cuando se descubrieron los delitos de sacerdotes.

En la historia de nuestra Iglesia, hay puntos muy negros que querríamos no hubieran existido, y que, con ocasión o sin ella, nos restriegan en la cara. Se aducen las Cruzadas, la Inquisición, el caso Galileo, los períodos oscuros del papado, la pederastia clerical, etc. Los traen a colación, para descalificar todo lo que hagamos o digamos. Muchas veces es sólo un mecanismo para defenderse y quitar fuerza a nuestra denuncia por sus infidelidades matrimoniales y por sus otras desviaciones; atacándonos, intentan autoprotegerse.

JUZGAR

Esta reacción tan virulenta nos exige analizarnos, para ver en qué hemos fallado. ¿Qué deficiencias hemos de corregir? No podemos sólo defendernos y declararnos inocentes, perseguidos por pura maldad de los atacantes. Hay que ser humildes y reconocer que somos limitados, pecadores e indignos de la misión que se nos ha confiado. No somos tan prudentes ni tan sabios como se esperaría. Si no hubiera una historia de salvación que pasa por la cruz y el sepulcro, en la que Dios acompaña y libera a su pueblo por medio de esta Iglesia que El fundó, seríamos sólo una estructura de poder y de pecado.

Jesús no descalificó a los apóstoles que había escogido, a pesar de sus fallas tan notables y dolorosas. Les confió continuar su obra redentora, sosteniéndoles con la fuerza de su Espíritu, hasta el fin de los tiempos. Esto nos alienta. No estamos solos, ni nuestro trabajo es sólo nuestro. ¡La Iglesia es obra de Cristo, y El la guiará siempre, a pesar de tormentas y deficiencias! Nuestra fe en la Iglesia está sostenida por la fe en Jesucristo, quien la fundó no con ángeles, sino con pobres hombres, que también fueron despreciados y perseguidos. Nosotros no somos los redentores, sino sólo mediaciones humanas, que llevamos este tesoro en vasijas de barro. Lo que nos importa es que Cristo sea conocido, valorado, aceptado, amado, seguido y adorado. No somos el centro; el centro es Jesús; El es el único Redentor, el único camino, la única fuente de vida. Y El no ha fallado y nunca fallará. Los que estén decepcionados de nuestra Iglesia, acérquense a Jesucristo, y no los defraudará.

La mayoría de los iracundos anticlericales fueron bautizados, proceden de familias creyentes y han recibido otros sacramentos. ¿Cómo fue su educación religiosa? ¿Qué hemos de mejorar en los procesos de evangelización y catequesis, en las liturgias, en la pastoral social y la misión?

ACTUAR

Si en algo valiera y sirviera, reiteramos a quienes nos ofenden y rechazan, que hemos pedido perdón, y lo haremos siempre que sea necesario, por las fallas pasadas y presentes. Pero les alentamos a no condenar en bloque a todos, ni a toda la Iglesia. Conozcan y valoren a tanta gente buena y digna que hay. Hay muchas religiosas santas y sacrificadas. Hay muchos diáconos y catequistas mártires en su servicio diario. Hay muchos sacerdotes ejemplares en su entrega al pueblo. Hay también obispos que desgastan su existencia en bien de la gente y trabajan calladamente en las sierras, entre los lodazales y también en las ciudades, aunque nunca aparezcan en los medios informativos y pasen desapercibidos.


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-¿Qué es el clericalismo?

-Una deformación de la Iglesia porque se identifica con el Estado y la somete a la política. Eso puede valer en un momento, en una circunstancia, pero no se puede confundir, como quedó claro en el Concilio Vaticano II. En el protestantismo es así, pero la Iglesia tiene que estar al servicio de la moral y el Estado tiene que someterse a la moral. Sin ella no se sale de la crisis. Solo con medidas económicas no se sale.


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El anticlericalismo, una plaga de ayer y de hoy

 

Por Pío MOA – www.alfayomega.es nº 277

Según una opinión muy divulgada por ciertos medios, la Iglesia es la principal culpable de las desdichas y violencias, especialmente las guerras civiles, que han sacudido a España en los dos siglos pasados. La causa estaría en el fanatismo y cerrazón eclesiásticos ante los derechos humanos y las nuevas corrientes políticas. Esa acusación ha sido asumida incluso por muchos cristianos o próximos al cristianismo, y se puede leer hoy en órganos conservadores sin que levante críticas o protestas.

Sin embargo, los hechos desmienten por completo tal idea. Lo que olvidan esos críticos es que el liberalismo llegó a España, en gran medida, no a través de su versión anglosajona, consciente de sus raíces cristianas y en todo caso respetuosa con ellas, sino de la tendencia revolucionaria francesa, el jacobinismo, introducido aquí por la invasión napoleónica. La Revolución francesa fue realmente la fragua de los totalitarismos que iban a asolar el mundo en el siglo XX. Comentando los destrucciones de estatuas por los talibanes, el dramaturgo Arrabal recordaba recientemente las fechorías, enormemente peores, de los talibanes revolucionarios franceses contra edificios y obras de arte. Ello aparte de la institucionalización del terror, el genocidio y una mortífera persecución religiosa.

En España, la invasión francesa trajo los mismos efectos: matanzas, devastaciones y saqueos de obras artísticas, conductas vistas por los españoles de entonces, casi unánimemente católicos, como sacrílegas e intolerables. Es lógico, vista la cuestión desde un ángulo neutral, que no sólo el clero, sino también la gran masa de la población, entendiera aquellas prédicas sobre los derechos del hombre como el pretexto y encubrimiento del crimen, pues, efectivamente, así fue.

Sin embargo, el jacobinismo se asentó en el país, sobre todo, a través de logias masónicas militares, tuvo el anticlericalismo como su rasgo más marcado, y no contribuyó en lo más mínimo a cambiar las ideas que la gente se había hecho sobre él a partir de la experiencia. Al contrario. Muy débil, por su aislamiento, el jacobinismo recurrió enseguida a la violencia: suya es, contra lo que muchos creen, la invención de los pronunciamientos militares, tan dañinos para la estabilidad del país durante el siglo XIX. De él proceden las incitaciones al asesinato de frailes, con calumnias como la de que habían envenenado las fuentes. La Desamortización de Mendizábal fue otro hecho indicativo. La medida, seguramente necesaria, pero realizada a la manera jacobina, es decir, brutal y sin respeto al derecho de propiedad, resultó asoladora. Cientos de miles de personas que vivían en terrenos eclesiásticos fueron expulsadas, formando un ejército de mendigos, delincuentes y otros marginados, abono para la demagogia y la convulsión social. La desforestación fue muy intensa. Grandes bibliotecas se dispersaron o se perdieron, obras de arte de primera magnitud desaparecieron, se hundieron joyas arquitectónicas. Un ejemplo entre muchísimos: el Gobierno ordenó destruir el monasterio de La Rábida, cuna del descubrimiento de América, y sustituirlo por un monolíto. Todo ello no impedía a nuestros jacobinos invocar exaltadamente la cultura.

A lo largo del siglo XIX y parte del XX, continuaron estas conductas, más o menos esporádica o sistemáticamente. A principios del siglo XX Ferrer Guardia, ídolo de muchos progresistas, preconizaba "una revolución sangrienta, ferozmente sangrienta", y la llevó a la práctica, en lo que pudo, mediante salvajes atentados. Las posturas jacobinas, mezcladas con las revolucionarias socialistas y anarquistas, culminaron en la II República, inaugurada con la quema de más de cien edificios: conventos, bibliotecas (incluyendo la segunda de España), centros de enseñanza y formación profesional, laboratorios, esculturas, cuadros, etc.

El fanatismo jacobino, aliado con el socialismo revolucionario, rechazó la victoria electoral, democrática, del centro derecha en 1933, y respondió a ella con la revuelta de octubre del 34, organizada por el PSOE y los nacionalistas catalanes de la Esquerra, con el apoyo moral de las izquierdas republicanas. Aunque la insurrección solo duró unas horas en Cataluña y dos semanas en Asturias, bastó para la matanza de unos 40 religiosos y la destrucción de numerosos templos, incluyendo la voladura de la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, joya invalorable del románico, y de la universidad de la misma ciudad, arrasando su valiosísima biblioteca. Etc.

Todo esto no fue sino un aperitivo, comparado con lo que ocurriría desde febrero de 1936, al ganar las elecciones el Frente Popular y volver al poder el viejo jacobinismo, de la mano de los revolucionarios extremos, anarquistas, socialistas, radicales y comunistas. Como creo haber probado en El derrumbe de la II República y la guerra civil, la actitud izquierdista causante del levantamiento de octubre del 34 no sólo no se corrigió, sino que se extremó, y su victoria electoral se tradujo en el naufragio de la legalidad, manifiesto en oleadas de incendios, asaltos a locales y prensa derechistas, y cientos de asesinatos. Cuando los políticos de derechas urgieron al Gobierno a cumplir su deber poniendo coto al desorden, el Gobierno rehusó, y ellos fueron amenazados de muerte en el mismo Parlamento. Amenazas cumplidas en el caso de Calvo Sotelo, mientras Gil-Robles se salvaba por puro azar. En estas condiciones, la mitad del país (por lo menos) con sentimientos católicos se vio en el dilema de rebelarse o dejarse aplastar. Optó por lo primero, como es sabido.

Sobre la persecución religiosa del Frente Popular en la guerra, no hará falta extenderse, pero sí señalar que fue quizá la más sangrienta que haya sufrido nunca la Iglesia, peor probablemente que las del Imperio Romano o de la Revolución francesa.

En suma, a lo largo de los siglos XIX y XX el anticlericalismo ha dejado un rastro espeluznante de incendios, agresiones, torturas y asesinatos de clérigos y católicos. El rechazo a tales conductas es bien lógico, y no debe confundirse con el rechazo al liberalismo o las nuevas ideas en general. Pues la Iglesia logró un acomodo aceptable con el liberalismo moderado, o conservador, en especial durante el casi medio siglo de la Restauración, único período en 130 años en que España prosperó de modo sostenido. Y durante la República, su actitud fue en extremo legalista y moderada, contra lo que sostienen ciertas propagandas e historiografías sin base.

En la actualidad, el anticlericalismo no hace llamamientos a la sangre, pero no renuncia a su propio pasado, reivindicado explícitamente, o al menos disculpado o embellecido. Naturalmente, todo el mundo tiene derecho a criticar a la Iglesia, pero cuando esa crítica se ejerce por medio de la manipulación y la falsificación histórica, como ocurre casi sistemáticamente, entonces debe ser a su vez criticada sin ambages.

No siendo católico, amo sin embargo la verdad, y creo que de la falsificación no puede salir nada bueno. Un pueblo engañado sobre su propio pasado corre peligro de recaer en lo peor de él. Me repugna sumamente que quienes tienen tras de sí un historial siniestro, no sólo no lo repudien, sino que se erijan en jueces y fiscales de los demás y les exijan que pidan perdón.

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Andrés Nin fue el máximo dirigente del Partido Obrero de Unificación Marxista, el POUM, según los amigos de las siglas, un partido comunista trotskista, opuesto a veces y otras bien aliado del PCE, el partido marxista-leninista oficial, la sucursal de la Unión Soviética. Y tal como lo dice ABC -el jefe del POUM fue asesinado sin más aclaraciones-, cualquiera podría pensar que le mataron los nacionales. Pues no. Permítase aclarar, pues el periódico no lo hace, que a Andrés Nin le secuestraron los comunistas del PCE y de él nunca más se supo. Se supone, o se sabe, que le mataron y le tiraron a cualquier fosa común, como ésta que ha aparecido recientemente. Así actuaron las hordas marxistas ayer; hoy III.2008 certifican sus fosas –en zona militar roja republicana- con restos humanos en Alcalá de Henares (22 de junio 1937?). También tales hordas fueron las que profanaron templos, asesinaron a religiosos, cometieron atrocidades-vilezas sobre cadáveres humanos en Asturias 1931. Los incendios de los templos sevillanos de San José y San Julián, en 1931 y 1932, iniciaron la persecución religiosa en España. En ambos casos asombraron los comportamientos vandálicos de la muchedumbre, llevados por una crueldad ilimitada y atizada por elementos revolucionarios comunistas-bolcheviques (milicias y anarco-sindicatos de izquierdas) en la por ellos llamada ‘Sevilla la roja’. Todo, frente la pasividad de las autoridades civiles. Esp. 2008.III.

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…de cómo el odio ciego llevó a la hueca y retumbante intelectualidad de izquierda, a quemar insignes obras de arte, y destruir para siempre joyas del patrimonio artístico de la humanidad… anticlericalismos...

 

Capilla de San José-Sevilla. Fue incendiada en la madrugada del 12 de mayo de 1931 y saqueada durante la mañana siguiente. Quedó parcialmente destruida una de las joyas del barroco del siglo XVII. Se perdieron veintiséis obras de arte religioso, algunas atribuidas a Pacheco, Roelas, Murillo y Velásquez, y otras firmadas por Murillo, Valdés Leal, Tobar, Eduardo Cano, Pacheco, Martínez y Esteban Domínguez. Un concejal socialista propuso en el ayuntamiento que se derribara totalmente la capilla. [Existe un informe sobre el incendio y los daños sufridos por la capilla de San José, firmado por el Padre Diego de Valencina y publicado en 1939. Un informe fue leído por el mismo autor, informando de lo ocurrido en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, el 29 de diciembre de 1935, recuperando la memoria histórica de uno de los hechos simbólicos de la persecución religiosa en Sevilla… y de España].

 

Iglesia parroquial de San Julián. En 1932 un templo mudéjar de los años 1300 incendiado por dos conocidos homosexuales: Rafael García AGUILAR (a) ‘La Pinocha’, que también era conocido como ‘Custodia Romero’, y Antonio Lagares VINOT (a) ‘La Bizca’, ambos de Sevilla.

El incendio se produjo en la madrugada del 8 de abril de 1932. Todo su interior y techumbre quedaron destruidos, más el tesoro de la Hermandad de la Hiniesta. Entre las numerosas obras de arte desaparecidas figuran una imagen de la Hiniesta, Patrona del Ayuntamiento, del siglo XIV; una pintura mural de San Cristóbal, del siglo XV, original de Juan Sánchez castro; ocho pinturas en tablas de hacia 1500; otra imagen de la Hiniesta atribuida a Juan Martínez Montañés; una Virgen Dolorosa, de Alonso Cano; el retablo mayor, realizado en el siglo XVII por el arquitecto Felipe de Ribas; otros varios retablos de los siglos XVII y XVIII, más pinturas, esculturas, mobiliario, ornamentos y una excepcional colección de objetos de orfebrería sevillana.   La noche del 8 de abril de 1932, poco después de la Semana Santa sin desfiles procesionales, ardió la iglesia parroquial de San Julián y se perdieron todo el patrimonio de la Hermandad de la Hiniesta y las obras de arte religioso custodiadas en su interior. Además de las imágenes procesionales de la Cofradía de la Hiniesta, ardió totalmente una talla de esta misma advocación datada en el siglo XIV y considerada una de las más antiguas de Sevilla.

Cuando los bomberos llegaron al lugar y buscaron bocas de agua, se las encontraron rellenas de piedras. Además, fueron recibidos con gritos de rechazo. La plebe quería fuego. Todos los periódicos locales recogieron la noticia con alardes tipográficos. Era el primer templo que ardía en Sevilla capital después de mayo de 1931. en los siguientes meses de 1932 ardieron once en la provincia; (la cantidad de obras de arte robadas, incendiadas, destruidas, profanadas, es incalculable y desaparecieron para siempre del Patrimonio artístico de la Humanidad).

La más activa y valiente campaña de denuncia de los ocurrido la hizo Domingo Tejera de Quesada, director del diario ‘La Unión’, quien no dudó en calificar el incendio de provocado por manos criminales, frente a la opinión del gobernador civil quien lo consideraba fortuito. En las Cortes, Manuel Azaña dijo que el fuego había sido casual… Toda la presión oficial se volcó contra el periodista, que fue procesado, pero sin lograr rendir su pluma.

En Julio del mismo año 1932, la policía detuvo a dos presuntos autores del atentado y le dio la razón a Domingo Tejera. Habían sido dos conocidos homosexuales: Rafael García AGUILAR (a) ‘La Pinocha’, que también era conocido como ‘Custodia Romero’, y Antonio Lagares VINOT (a) ‘La Bizca’. Los dos habían sido detenidos en otras ocasiones por intentos de incendios de templos donde residían Hermandades y domicilios de sacerdotes, pero siempre tuvieron testigos a su favor y no pudieron ser condenados.

Como bien escribió Domingo Tejera de Quesada, se habían detenido a los ejecutores del incendio, que además eran reincidentes, pero siempre quedaba sin esclarecer la mano inductora y criminal, que era lo más importante. Nunca se supo quién había pagado a los incendiarios de iglesias. Más de dos años después del atentado, en junio de 1934, se celebró la vista de la causa contra los dos acusados. Un jurado popular los absolvió por falta de pruebas. (Domingo Tejera de Quesada fue un periodista ejemplar, humanista, fue perseguido por sus convicciones cristianas. Domingo Tejera es una de las grandes figuras del periodismo español del siglo XX, victima de la hueca y retumbante intelectualidad de una izquierda totalitaria).

«Perdón, siempre; olvido cobarde, nunca».-

 

Recomendamos vivamente: ‘La otra memoria histórica’. Autor don Nicolás SALAS. Editorial ALMUZARA. Un libro indispensable y riguroso con 500 testimonios gráficos y documentales de la represión marxista en España (1931-1939).

 

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Una hermosa indicación de Juan Pablo II hablando de la memoria histórica: La memoria se configura como un derecho que corresponde a cada grupo humano (sociedad, Iglesia, partidos y sindicatos) para profundizar en la propia identidad, pero es esencial que esa memoria no sea selectiva y sesgada, ni intente imponer a todos una visión uniforme, sino que se desarrolle a partir de una aproximación «abierta, objetiva y científica» a los hechos.

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…[…]… «Sí que reivindicó el derecho de cada colectivo, «la Iglesia católica, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica», a rememorar su historia para profundizar «en su identidad». Monseñor Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao-Esp. 2007.XI.

 

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Historiadores serios, responsables investigadores, sanos intelectuales deben estudiar la historia. La Iglesia universal está muy por encima de circunstancias coyunturales, y debe ser capaz de transmitir un mensaje de fe y de esperanza. La historia tiene que quedar en manos de los historiadores porque nadie tiene derecho a imponer una «verdad oficial», propia de los sistemas totalitarios. En el marco de la razón y el sentido común, el recuerdo de los antecesores -en este caso, de quienes dieron la vida por la fe ‘mártires de la Iglesia Católica’- refuerza la propia identidad y ayuda a comprender el complejo mundo en que vivimos. 2007-XI

 

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Ni clericalismo ni laicismo: entenderse (I)


 

El vocablo laico designa al fiel cristiano que, por su bautismo, forma parte de la Iglesia. Cristo llamó a todos por igual cuando nos invitó sin distinción a ser “perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. Los laicos siempre fueron plenamente Iglesia, aunque en algunos momentos pasaron a una especie de oscura segunda fila. En los Hechos de los Apóstoles –sin emplear todavía la palabra laico– se lee que todos los fieles eran un solo corazón y una sola alma. La conocidísima Carta a Diogneto (siglo II) habla de esos fieles como de unos ciudadanos a los que nada distingue de los demás sino un tenor de vida admirable. Una obra del siglo III dice: “Escuchad por tanto vosotros, oh laicos, [que sois] la Iglesia elegida de Dios”. Nadie dudaba que fueran Iglesia, es decir, el conjunto de seguidores de Cristo y, a la vez, su cuerpo místico, articulado por el sacerdocio común de los fieles laicos y el sacerdocio ministerial, que se requieren mutuamente.

De ese sacerdocio común de los fieles se lee en la primera epístola de san Pedro: “Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz: los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia”. Recuerdo que oí a san Josemaría leer con emoción y pausadamente esas palabras, que él mismo había hecho escribir en piedra. Luego, mirando despacio al reducido grupo del personas que le escuchábamos –laicos–, afirmó: ‘‘¡Eso sois vosotros!’’.

Pero después de los primeros siglos, por diversas vicisitudes históricas, muy unidas al poder temporal de algunos miembros de la jerarquía y por otras circunstancias que sería largo de recopilar, el laico cristiano se ensombrece y hasta surge lo que podríamos llamar un laicismo de algunos reyes cristianos. El culmen de ambas posturas podría sintetizarse en dos frases: Jean de París afirma que el Príncipe puede excomulgar al Papa. Por otro lado, se dice que la autoridad temporal ha de someterse a la espiritual. Quizá sea la cumbre de un clericalismo, que hay que juzgar en su momento histórico y que –como bien decía hace años una revista italiana– “è duro a morire”, se resiste a morir, pero no será el fundamentalismo laicista actual quien ponga las cosas en su sitio. Este laicismo hunde sus raíces en la negación de Dios o en un relativismo que afirma la imposibilidad de conocerlo y, en consecuencia, mantiene que todas las religiones son un puro factor cultural relativo a cada momento histórico e inválidas para aportar verdades absolutas. La revelación cristina carecería, pues, de valor real. Esto equivale a negar la esencia del cristianismo y, por tanto, su derecho a vivir influyendo en la vida de las personas o de la sociedad. Este laicismo es ya muy distinto del que sencillamente quería someter la Iglesia al poder temporal. También porque, perdido el Creador, se diluye la criatura.

Pero
, igualmente, el clericalismo ha presentado caras diversas: desde esa difuminación del laico en la vida de la Iglesia –que llevaría, por ejemplo, al Decreto de Graciano a distinguir dos categorías de cristianos– hasta el deseo de someter al poder temporal o el empeño por coartar la libertad de los católicos mediante partidos únicos confesionales. Hay otro modo de ser clerical: el afán de encerrar al laico cristiano en cenáculos eclesiásticos, sin valorar la índole secular de los mismos, que se encuentra, sin duda, en el hecho de llevar a Cristo –con su vida personal– a la familia, el mundo laboral o al del ocio. Con respeto a la libertad de los demás, como la respetó el mismo Cristo. Toda la Iglesia tiene una dimensión secular porque siempre dice relación al mundo, pero “en particular, la participación de los laicos –escribió Juan Pablo II en Christifideles laici – tiene una modalidad propia de actuación y de función que, según el Concilio, es propia y peculiar suya. Tal modalidad se designa con la expresión índole secular”. Esta característica, dirá el teólogo Illanes, indica carácter de condición específica, rasgo definitorio, factor cualificador y determinante de la vocación y misión del laico cristiano.

El Concilio Vaticano II contribuyó poderosamente a devolver la luz a estas verdades proclamando que todos los cristianos están llamados por igual a la santidad, a la identificación con Cristo. Aunque la Iglesia sea jerárquica, la dignidad de cada miembro de este Pueblo de Dios es la misma. Hay en la Iglesia una igualdad radical y una desigualdad funcional. Esto evita el clericalismo ad intra de la Iglesia, pero también ad extra: cada cristiano ha de actuar libre y responsablemente en la sociedad. Y ahí manifiesta su fe de modo coherente y como le parezca oportuno. Ahí, cada católico ha de procurar vivir rectamente, lo que comporta también vivir junto a los demás que no piensan como él. A la vez, los que opinan de modo diverso, si entienden de verdad la democracia como participación de todos, no deberán excluir al católico.

Esta doctrina, que es tan buen auxiliar de la convivencia, tiene sus precursores, de los que yo no puedo dejar de citar al fundador del Opus Dei, al que Juan Pablo II llamó el santo de lo ordinario. Amó la libertad dentro y fuera de la Iglesia hasta límites heroicos; se declaraba anticlerical ; siendo sacerdote, tenía una clarividente mentalidad laical; vibraba con el trabajo bien hecho, con profesionalidad, por lo que dijo de él Cornelio Fabro que la suya era una “espiritualità totale del lavoro totale”; evitó la confesionalidad, para que los católicos no se apoyasen en la Iglesia con fines oportunistas; llevó desde 1928 la santidad a la calle; desde 1930, hablaba de la presencia santificadora de la mujer en todas las tareas humanas, cuando apenas ellas estaban presentes en ninguna. En 1930, escribía: “nos ha llamado [Dios] a santificarnos en la vida corriente, diaria; y a que enseñemos a los demás –‘‘providentes, non coacte, sed spontanee secundum Deum’’ (I Petr. V, 2); prudentemente, sin coacción; espontáneamente, según la voluntad de Dios– el camino para santificarse cada uno en su estado, en medio del mundo”. Eso requiere vida de oración, práctica sacramental y conocimiento seguro de la doctrina recta de la Iglesia. Sería bueno conocer, al menos, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica y el de su Doctrina Social.

Las Provincias – Valencia - Pablo Cabellos Llorente - 26/02/2007 Esp.

 

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Ni clericalismo ni laicismo: entenderse (y II)


 

Las Provincias
Valencia
Pablo Cabellos Llorente
05/03/2007

Finalizaba mi artículo anterior tratando brevemente de la recuperación del laico en la Iglesia, operada por el Vaticano II, que vino precedido por luces de Dios otorgadas a algunos precursores de la doctrina que convoca a todos a la santidad en cualquier tarea honesta. Esto supone, además de una igualdad radical de todos en la Iglesia, la consideración de la índole secular del laico, de hombre o mujer del mundo, al que tratará de redimir desde dentro del mismo. Hice referencia también a que esta realidad tiene consecuencias en el interior de la vida de la Iglesia y hacia fuera, en las realidades terrenas, que son también vida de la Iglesia, pero sin injerencias clericales, con la libre actuación de los seglares. Un breve paréntesis para afirmar que no son injerencias en la vida política las necesarias orientaciones morales de la jerarquía en tantos temas que son de su incumbencia. Eso sí, serán pocas si los laicos tienen formación en esos asuntos y una seria vida sacramental y de trato con Dios. Y si en alguna ocasión traspasaran los límites de su magisterio, las autoridades civiles deberían respetarlos como a cualquier ciudadano, sin usurpar la autoridad del Papa para corregir lo que estime oportuno.

Pero, ¿qué pasa con el laicismo? Ya me referí a una sana laicidad, que sencillamente trata de cumplir la máxima evangélica de dar al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios. Se trata de la legítima autonomía de las realidades de este mundo –política, economía, arte, técnica, ciencia, etc.– sin que eso signifique que nada tienen que ver con Dios. En rigor, todo tiene que ver con Dios. Eso es lo que niega el laicismo más radical, con el que hay que entenderse.

Ha existido, pues, una laicidad razonable y un laicismo descaradamente antirreligioso. Así fue el de la Revolución Francesa –el de su III República– y el de la II República española. Así fue, pero mucho más totalitario, el de los regímenes nazi o marxistas. ¿Qué tiene que ver con ese laicismo sin Dios el que, según los obispos españoles, se desarrolla de manera alarmante en nuestro país? Constatan que está consistiendo en la voluntad de prescindir de Dios en la visión del mundo y del hombre y en las normas y objetivos de sus actividades. Queda señalado que no se puede obligar a nadie a abandonar su laicismo, pero se debe afirmar también que no debe el laicista pretender imponer su doctrina a los demás so capa de que esa actitud viene exigida por el pluralismo de la sociedad. Es obvio que el pluralismo requiere un esfuerzo de convivencia, pero es una amenaza a esa convivencia la imposición de una doctrina que hiere lo más hondo de muchas conciencias. Bastaría que hiriera unas pocas para evitarlo. Y también sin heridas.

Los obispos ven causas diversas a esta situación, que no son solamente determinadas leyes o actitudes de algunos gobernantes, sino también la deficiente formación de muchos católicos –que deberían conocer, al menos, lo más elemental de su fe–, factores relacionados con el desarrollo económico que, no bien digerido, ha llevado al hedonismo, consumismo, ausencia del hogar con deterioro de la familia, etc. Monseñor Sebastián ha publicado un lúcido documento a través del que pretende iniciar diálogo con el partido gobernante, después de su manifiesto sobre Constitución y laicidad. El arzobispo de Pamplona atribuye al partido socialista un doble mérito: el de pretender resolver un posible problema en una sociedad plural y el de la claridad que, conocida, puede dar pie a ese diálogo. Pero, naturalmente, no puede coincidir don Fernando Sebastián con la idea, que el citado manifiesto da por supuesta, de que las religiones no pueden proporcionar un conjunto de convicciones morales para la convivencia en la pluralidad, sino que son más bien una fuente de intolerancia.

La Iglesia tiene, efectivamente, verdades dogmáticas, pero no las exige a nadie que no quiera aceptarlas. Recientemente un diario español editorializaba sobre la presunta –para el diario no era presunta– dictadura de la fe de Benedicto XVI. El tema, el de siempre: imponen a los pobres católicos que no aborten, que no practiquen la eutanasia, no usen preservativo, no investiguen con embriones, etc. La Iglesia tiene una serie de verdades como recibidas por revelación de Dios, por cuya autoridad las cree. Y ese ‘‘depósito’’ –como lo llama san Pablo– es invariable, pero no coercitivo para nadie. Nada más libre que la fe. Una verdad natural puede imponerse al intelecto por su propia fuerza demostrativa. Por eso deja poco espacio a la libertad. La fe es un don de Dios, que no negará al que lo pida, pero no puede aceptarse por la fuerza de ningún raciocinio. La fe es razonable, pero supera la capacidad del intelecto humano. La Iglesia ha de formar las conciencias –todo un reto–, pero las respeta. Sorprendentemente, el denigrado concepto de dogma es revitalizado, sin embargo, por sus detractores, por el laicismo que trata de imponer el suyo. Además, el manifiesto sobre Constitución y laicidad afirma: “Los fundamentalismos monoteístas y religiosos siembran fronteras entre los ciudadanos”. La Iglesia no es fundamentalista porque Dios no lo es. Nadie como Él respeta nuestra libertad. La sociedad democrática ha nacido dentro del cristianismo, de la que constituye en la actualidad un fuerte factor de convivencia.

El cardenal Rouco, en una reciente conferencia sobre libertad escolar, ha recordado que, junto al agnosticismo relativista y la “teoría de género”, ha hecho su aparición el viejo laicismo de los siglos XIX y XX, retornando como una ideología política supuestamente adecuada para la configuración del actual Estado democrático. A lo que responde que esas tesis presuponen, en el fondo, una teoría del Estado puramente inmanentista y monolítica, que se erige en la última fuente del derecho y de la moral pública, absorbiendo institucionalmente a la sociedad.

Ahí
está buena parte de la clave: que nadie se imponga a nadie. La clave estará probablemente en la libertad, el diálogo, la tolerancia y la racionalidad a la hora de ordenar la convivencia. Libertad y racionalidad, que espero no se opongan al laicismo. Al cristianismo, desde luego, no. Más bien las requiere. 2007-III.06

www.analisisdigital.com

 

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Campañas anticlericales y libertad religiosa


 

Ángel López-Sidro López es profesor de Derecho Eclesiástico del Estado de la Universidad de Jaén
Asistimos una vez más ¬y no hay día que no cabalgue sobre este caballo¬ al desbordamiento de la inquina sobre la Iglesia católica, a raíz en esta ocasión del Directorio sobre familia que ha hecho público la Conferencia Episcopal española. Unas declaraciones sacadas de contexto han servido para que los políticos, medios de comunicación y asociaciones más o menos anticlericales, se rasguen las vestiduras y bombardeen con improperios a la jerarquía de la Iglesia. Como es usual, tales situaciones son aprovechadas para traer a colación todos los «pecados» eclesiales, aunque haya que remontarse al Concilio de Trento para ello.


   No voy a entrar aquí, más que superficialmente, en el asunto que esta vez ha desatado la polémica, la alusión por parte de los obispos a que la revolución sexual no ha ayudado en nada a erradicar la violencia doméstica. Encontrar defectos o consecuencias funestas en algo que es «revolucionario» y que además es «sexual» no cabe en las mentes progresistas, debe de ser lo más parecido a un sacrilegio ideológico. Es más fácil apelar a rancias herencias, como la del machismo, y asociarlo de paso a la Iglesia, para convertirla en chivo expiatorio de todos los males.


   Lo que no nos explica nadie es cómo en una sociedad que supuestamente cada día es más avanzada y liberal, y que por añadidura cada vez hace menos caso de lo que dice la Iglesia, se puede constatar que los casos de violencia doméstica no dejen de crecer en lugar de extinguirse. Pero me temo que hay demasiados prejuicios ideológicos en juego como para hacer serios intentos por desentrañar las raíces del mal, de modo que esto no se solucionará a corto plazo.


   Entrando en el tema que más me interesa ahora, el de la animadversión pública y vociferada que suscita la Iglesia cada vez que se pronuncia sobre una cuestión social, me gustaría apuntar algunas cosas.


   En primer lugar, como ya señalaba antes, es regla poco discutida que los desprecios públicos y mediáticos que concitan los pronunciamientos eclesiales van dirigidos a su doctrina y a sus portavoces, la jerarquía eclesial. Aunque con frecuencia los propios cristianos tienden a olvidarlo, son Iglesia todos sus miembros bautizados, desde el Papa hasta el último niño recién acristianado.


   Sin embargo, pocas veces los ataques anticlericales se dirigen contra la muchedumbre de los fieles de la Iglesia, que a menudo parecen no existir para quienes la fustigan, como si las ideas propugnadas por los eclesiásticos quisieran imponerse manu militari a una grey descreída y sometida por yugos ancestrales.


   Si acaso los fustigadores reconocen la existencia de miembros de la Iglesia lo hacen tan sólo en la figura de aquellos que la soliviantan «desde dentro», a los que pomposamente revisten de títulos de teólogos o católicos que a menudo escatiman a los propios obispos.


   

Ataque directo

Obviamente, la mayoritaria población católica española es un electorado o un público al que no conviene atacar directamente. Si acaso, se puede tratar de romper los lazos que mantienen unido al rebaño acabando con los pastores, con esos dirigentes religiosos que todavía se atreven a discutir las demagogias y las soflamas políticamente correctas que aplanan el alma social.


   Pero hay algo más, que afecta a nuestra constitución como sociedad democrática y de derecho. La libertad religiosa, derecho humano y fundamental, no hay que olvidarlo, es todavía una barrera que el Estado, los partidos o los medios de comunicación no se atreven a derribar, por muy ansiosos que estén todos de conquistar el último y todavía libre, a pesar de todo, reducto de la conciencia. Existe, sin embargo, una forma de socavar este derecho sin que parezca sufrir daños visibles, que es reducirlo a su versión mínima: el derecho puramente individual. La sociedad contemporánea, la que ha llevado la democracia al nivel de entronizadora de los derechos humanos, reconoce en sus ordenamientos jurídicos que el derecho fundamental de libertad religiosa no es cosa únicamente de las personas individuales, sino que pertenece también a los grupos en que estas personas se integran, es decir, las confesiones religiosas.


   Esto significa que dicho derecho fundamental lo es tanto de los individuos como de las comunidades religiosas, que ambos pueden ejercerlo y para ambos ha de ser garantizado y tutelado su ejercicio. Sin ir más lejos, nuestra Constitución ¬artículo 16¬ y la Ley Orgánica de libertad religiosa así lo reconocen.
   A pesar de ser esto claro, si volvemos los ojos a la cotidianidad que nos rodea nos encontramos con que los líderes religiosos y las instituciones que dirigen sufren campañas de acoso casi diarias por tratar de ejercer precisamente el contenido de su derecho fundamental.


   ¿Cómo es posible que esto suceda sin que nadie se duela por el quebranto de la Constitución? Porque se interpreta, muy interesadamente, que la libertad religiosa es asunto que atañe sólo a la conciencia individual de cada uno, y que además las confesiones religiosas, empezando por la Iglesia católica, no solamente no tienen ningún derecho, sino que constituyen un lastre para la sociedad democrática.
   Tenemos una democracia que intenta abrirse paso hacia su mayoría de edad sobre unos razonables presupuestos constitucionales. Pero es preciso advertir acerca de los golpes que está sufriendo de forma soterrada en el ámbito de las libertades que proclama.


   No sólo los ataques que últimamente acaparan los titulares de la prensa pueden hacer que se resienta su validez, sino también estos otros que no son identificados con claridad porque las heridas se cubren bajo campañas disfrazadas de lenguaje políticamente correcto.

LA RAZÓN. ESP. 2004.02

 

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Cristianos en la era del relativismo

 

El relativismo se presenta, así, como el gran desafío de nuestro tiempo. Fuga de las certezas, pensamiento débil, cultura light, son los rasgos intelectuales de nuestro tiempo, que no dejan de ejercer un influjo sobre la vida del cristiano y en particular de los más jóvenes, que son los primeros destinatarios de una llamada. «Vocación» es una palabra escandalosa para una cultura que tiene miedo de las convicciones demasiados fuertes, de compromisos definitivos, de valores absolutos.

Con estos presupuestos, la misma identidad cristiana entra en crisis. La pluralidad de propuestas culturales, religiosas y de modelos de vida, no siempre constituye una ocasión de enriquecimiento. Más aún, puede ser causa de la pérdida de la propia identidad. Ante esta multiplicidad, y bajo la presión de una persistente propaganda, que machaconamente insiste en la validez de todas las culturas, se corre el riesgo de perder la propia identidad. Cuando todo vale lo mismo, nada vale nada. Como explica el sociólogo americano Peter Berger,

«El pluralismo crea una condición de incertidumbre permanente respecto a aquello en lo que se debería creer y respecto al modo en que se debería vivir; pero la mente humana aborrece la incerteza, especialmente cuando ésta se refiere a lo que cuenta en la vida. Cuando el relativismo alcanza una cierta intensidad, el absolutismo vuelve a ejercer una gran fascinación. El relativismo libera, pero la libertad que deriva de él puede ser muy dolorosa; entonces los individuos buscan liberarse del relativismo.»[6]

Esto es lo que explica, en mi opinión, el éxito de los movimientos xenófobos, de las religiones alternativas y de los fundamentalismos. En un tiempo de incertidumbre, los movimientos que prometen certezas e «integridad» ejercen una fascinadora seducción.

Volviendo al análisis de la situación que estamos haciendo, todos constatamos que muchos cristianos, especialmente los jóvenes, no saben bien por qué son cristianos. No están convencidos ni siquiera de que el cristianismo sea la religión verdadera. Más aún, mirarían con sospecha a quien hablase en estos términos. Para ellos la propuesta cristiana es, como mucho, una propuesta más, a la que se adhieren sólo críticamente y salvando las distancias.

En este contexto de crisis de identidad se ha hablado y se habla aún del «regreso de lo sagrado» como uno de los rasgos característicos de nuestra época. Es un fenómeno muy complejo, que exige un estudio interdisciplinario antes de un discernimiento teológico, riguroso y equilibrado, que logre evitar tanto los fáciles entusiasmos como las condenas banales. Uno de los aspectos sobresalientes de esta nueva religiosidad es su carácter de religión «hágalo-usted-mismo», de bricolaje religioso. Un estudioso italiano ha hablado al respecto de «teoplasma», que define como «una especie de plastilina a partir de la cual el hombre moderno forma sus propios dioses y trata de adaptarlos a sus cambiantes necesidades. Análogamente, los sociólogos, hablan de una “biografía del hágalo usted mismo”, en la que se crea una nueva imagen de Dios en las diversas fases de la vida, a partir de diversos materiales de naturaleza religiosa. Es sorprendente cómo los nuevos movimientos religiosos se caracterizan en todo el mundo por estos aspectos. ... Muchas iniciativas en este campo no aparecen como una nueva religión mundial, con un nombre unitario y con un fundador concreto, pero la orientación hacia una divinidad vitalista en relación con la experiencia de sí mismo del hombre moderno, constituye una especie de red que vincula estrechamente grupos muy diversos»[7].

De aquí deriva el crecimiento espectacular de las religiones alternativas, desde la brujería hasta las religiones paganas precristianas, pasando por la santería. Tras esta «plastilina» religiosa se esconde una nostalgia de trascendencia y de espiritualidad que a menudo halla un puesto fuera de los canales religiosos tradicionales. Es un movimiento carismático, fuertemente anti-institucional. Lo cual explica el éxito de las religiones orientales –y en parte del pentecostalismo americano–, que parecen ofrecer un mayor rendimiento espiritual a costa de un menor compromiso con la institución y sin un aparato jerárquico o dogmático.

No todos se encaminan hacia una de estas nuevas religiones. Pero el mismo clima de relativismo se manifiesta en muchos cristianos, divididos entre la búsqueda de experiencias místicas fuertes, por una parte, y el rechazo al elemento histórico-objetivo de la religión. El relativismo opera una fuerte subjetivización del sentido religioso que se concentra así en lo interior del hombre, dejando de lado los contenidos objetivos de la revelación. La Iglesia, en cuanto expresión visible e institucional de la religión, no se acepta. Naturalmente, no es que el anticlericalismo sea nuevo. Sólo que hoy ya no se critica la falta de coherencia o de testimonio de los sacerdotes o los religiosos, sino la existencia misma de la Iglesia como mediación objetiva entre Dios y el hombre, su presunto «monopolio» de lo sagrado.

Esto no deja de tener consecuencias para la vida religiosa. El conflicto típico de nuestro tiempo es la antinomia, –aparente, pero experimentada con gran fuerza– entre autoridad y conciencia. Si la pobreza y la castidad crean las dificultades prácticas que todos conocemos, el consejo evangélico de la obediencia provoca hoy día un rechazo de principio. Lo cual explica las dificultades que experimentan los jóvenes a asumir y aceptar compromisos de por vida, tanto en el matrimonio como en la virginidad consagrada o en el sacerdocio. Todos conocemos casos de abandonos vocacionales clamorosos, incluso después de muy poco tiempo de vida sacerdotal o religiosa. El responsable de la pastoral vocacional de una orden religiosa confesaba, algo desalentado, pero con realismo, esta situación cuando algunos estudiantes, al final del mes ignaciano de Ejercicios, hecho con seriedad y profundidad, manifestaron su deseo de ofrecerse durante un tiempo de su vida, seis meses o un año, como voluntarios en las misiones que tenía esa orden religiosa. El sacerdote comentaba: hace apenas veinte o treinta años, esos mismos jóvenes, al acabar el mes de ejercicios, habrían tomado la decisión de ofrecerse para toda la vida en una vocación a la vida consagrada. Pero, decía, siempre es mejor seis meses que nada.

Sin embargo, tras este fenómeno complejo, y sin pretender ahora hacer apologética barata, me parece que es posible descubrir la obra del Espíritu Santo, un nuevo Pentecostés, una llamada a una mayor autenticidad en la fe, a experiencias profundas de oración y a la interioridad de la conciencia. Hay un despertar carismático espiritual por doquier, también dentro de la Iglesia Católica, que no se puede ignorar. Los nuevos movimientos eclesiales se sitúan precisamente en esta línea, como realidades nacidas de una experiencia fuerte de fe y con una exigencia radical de vida cristiana, que se remonta a los orígenes cristianos. ¿No es ésta la invitación que hace el Santo Padre en su exhortación Novo Millennio Ineunte, cuando coloca la santidad como primer punto de la programación pastoral de la Iglesia para el tercer milenio (cfr. n. 32)? Y se pregunta el mismo Papa: «¿No es acaso un “signo de los tiempos” el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar?». Tenemos un tesoro apenas explotado en la tradición mística de la Iglesia, ya sea la de Oriente o la de Occidente, que es necesario redescubrir. Por eso el Papa recuerda que «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración» (Novo Millennio Ineunte 32). Las comunidades cristianas están llamadas a convertirse en «escuelas de oración», donde poder experimentar que Dios escucha el gemido del pobre, donde se aprenda a dar gracias, a alabar, a contemplar, a escuchar, a dejar que el corazón se inflame en fuego de amor hasta el arrebato del corazón (ibid.). Claro que, como aclara el mismo Pontífice, no se trata simplemente de operar un giro espiritualista, simétrico respecto al giro social de años pasados, sino de una oración «que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios» (Novo Millennio Ineunte 33). No es con fórmulas gastadas con lo que se conquistan los corazones. Se trata de vivir con autenticidad y profundidad la dimensión mística de la fe, que ha de ir de la mano de un compromiso exigente con las realidades humanas. Hoy, igual que hace dos mil años, la fe sin el testimonio de las obras es una fe muerta, incapaz de convencer.

MMII.

 

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Juan Taulero (hacia 1300-1361), dominico en Estrasburgo – Francia
Sermón 62

 

“Venga a nosotros tu reino”      Si alguien pudiera mirarlo de cerca, quedaría asustado al ver de qué manera el hombre busca, en toda cosa, su bien personal aun en detrimento de otros hombres, en las palabras, las obras, los dones, los servicios. Tiene siempre la vista puesta en su bien personal: gozo, utilidad, gloria, servicios a recibir, siempre ventajas para sí mismo. He aquí lo que buscamos y queremos conseguir de las criaturas, e incluso en el servicio de Dios. El hombre no ve más que las cosas terrestres, de la misma manera que la mujer encorvada de la que nos habla el evangelio, estaba totalmente inclinada hacia el suelo y no podía mirar hacia lo alto (Lc 13,11). Nuestro Señor dice que “no se puede servir a dos señores, a Dios y a las riquezas”, y continúa “buscad primero”, es decir ante todo y por encima de todo, “el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,24.33).
     Vigilad, pues, vuestras profundidades, y no busquéis más que el Reino de Dios y su justicia –es decir no busquéis más que a Dios, que es el verdadero reino. Es este el reino que deseamos y pedimos todos los días en el Padrenuestro. El Padrenuestro es una oración muy subida y poderosa; no sabéis lo que pedís (Mc 10,38). Dios está en su propio reino, el reino de todas las criaturas dotadas de razón, y es el fin de sus movimientos e inspiraciones. El reino que pedimos es Dios, él mismo en toda su riqueza...
     Cuando el hombre se mantiene en estas disposiciones, no buscando, no queriendo, no deseando nada más que a Dios, él mismo llega a ser el Reino de Dios y Dios reina en él. En su corazón reina magníficamente el rey eterno que le manda y gobierna; la sede de este reino está en lo más íntimo del fondo de su alma.

 

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cayendo el día, los cristianos elevan sus preces a Dios en gratitud y adoración

 

Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo – Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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“Cuando Pedro, lleno de audacia, anda sobre el mar, sus pasos tiemblan, pero su afecto se refuerza...; sus pies se hunden, pero él se coge a la mano de Cristo. La fe le sostiene cuando percibe que las olas se abren; turbado por la tempestad, se asegura en su amor por el Salvador. Pedro camina sobre el mar movido más por su afecto que por sus pies...  No mira donde pondrá sus pies; no ve más que el rastro de los pasos de aquel que ama. Desde la barca, donde estaba seguro, ha visto a su Maestro y, guiado por su amor, se pone en el mar. Ya no ve el mar, ve tan sólo a Jesús.  San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia”.  Sermón que se le atribuye, Apéndice nº 192; PL 39, 2100

 

La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos lo hombres partícipes de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo ejerce por obra de todos sus miembros, aunque de diversas maneras. La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado. Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay miembros que se comportan de forma meramente pasiva, sino que todos participan en la actividad vital del cuerpo, de igual manera en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Es tan estrecha la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo, que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo. Hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su propio nombre y autoridad. Los seglares, por su parte, al haber recibido partición en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les atañe en la misión total del pueblo de Dios. Ejercen, en realidad, el apostolado con su trabajo por evangelizar y santificar a los hombres y por perfeccionar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de tal forma que su actividad en este orden dé claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres. Y como lo propio del estado seglar es vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios llama a los seglares a que, con el fervor del espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.

Decreto Apostolicam actuositatem, 2 – CONCILIO VATICANO II

 

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La clave de todo cuanto la Iglesia enseña en relación con María se encuentra en las siguientes palabras: «Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo». La doctrina mariana está enteramente construida en referencia a Cristo, en una doble dirección: todo cuanto la Iglesia cree de María, lo cree como consecuencia de lo que ella cree de Jesucristo; pero también es verdad que la doctrina mariana orienta hacia una fe más profunda en Cristo. – C. Caffarra -

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

Agustín dice sobre el cuerpo humano: "Sería tal el goce de la belleza racional incluso de las partes interiores y menos nobles del cuerpo humano, si las conociéramos - escribe -, hasta el punto de juzgarlas agradables y preferirlas a cualquier otra forma visible según el juicio del espíritu que se sirve de los ojos. Algunos médicos denominados anatomistas han dividido con atención los miembros humanos, hasta el punto de que no saben si esos miembros, por la armonía del conjunto, han sido hechos para una determinada función o bien por la belleza.
Ninguna de estas partes está destinada a una función útil sin poseer también una propia belleza...".
Finalmente, habla de las maravillas del ingenio, de sus realizaciones técnicas (ya en sus tiempos); de sus producciones artísticas en la literatura, en el arte de la pintura y de la escultura... "Llegará un día - dice - en que gozaremos el uno del otro únicamente por nuestra belleza..." (Cf. Ciudad de Dios XXII, 24, 22).
Pero esa belleza y el goce de la misma están en un contraste permanente con la realidad histórica que sobre todo el hombre advierte y sufre. Choca la contradicción entre la belleza derrochada en el creado, entregada para el goce del hombre y la contaminación en la que el hombre se ha sumergido, artífice obligado y víctima de ella. Por muy materialistas que seamos, no podemos aceptar ser únicamente como juguetes que se destrozan...
"Res sacra miser!", exclama Séneca: el que sufre, en el alma o en el cuerpo, es un ser sagrado; es decir digno de respeto, de piedad, de solidaridad...

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.  +





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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).