Monday 27 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas -aparentemente- en discontinuidad.

 

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Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron.  

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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Entrevistamos a José Antonio Ullate Fabo, autor de “Españoles que no pudieron serlo. La verdadera historia de la independencia de América”

 

por Fernando José Vaquero Oroquieta

El tercer libro de este autor navarro pretende ir más allá de los memorables intentos de Maeztu y Vizcarra. Si sus particulares defensas de la Hispanidad se centraron en las dimensiones cultural y religiosa del fenómeno, Ullate se atreve a revindicar como estructuralmente determinante de tan compleja realidad la que denomina “doctrina políticamente católica e históricamente española”

 

José Antonio Ullate Fabo -padre de cuatro hijos, licenciado en Derecho, escritor prolífico, editor de Libros Gaudete, promotor de la virtual La librería católica, responsable del blog El brigante- nos sorprende con un nuevo libro, el tercero: “Españoles que no pudieron serlo. La verdadera historia de la independencia de América” (LibrosLibres, Madrid, 2009).

 

En una fría y blanca tarde de otoño, y en su acogedora casa situada entre montañas, no muy lejos Pamplona, charlamos sobre algunos de los asuntos que plantea su lectura.

 

Pregunta: Una cuestión previa: ¿Hispanoamérica o Latinoamérica?

 

Respuesta: Las palabras sirven para nombrar realidades. Hispanoamérica o América española es la parte de la vieja España en el nuevo continente. El término “Latinoamérica” se inventa precisamente para contribuir a erradicar la realidad española de América. América española es un término honrado y veraz, que refleja una realidad histórica y política. Latinoamérica es un vocablo ideológico al servicio de la negación de la verdad y de la historia. La difusión inducida de este término da muestra del desconocimiento de la historia de América, de su identidad.

 

P.: Otra segunda cuestión. España, Hispanoamérica y catolicismo: ¿inseparables?

 

R.: España nació en la península ibérica. Pero el ideal político de las Españas se fija en América. Por eso, después de 1492, tan España son las Españas ibéricas como las americanas. Podemos establecer una distinción geográfica, que no política, entre iberoespañoles e hispanoamericanos. Políticamente los primeros estuvimos siempre divididos en reinos, lo mismo que lo estuvieron los segundos.

 

La fe católica forma parte de la esencia política de España desde el primer momento. El tercer concilio de Toledo fija el ideal católico y español de la unidad católica, pero la vinculación entre filosofía política católica e hispanidad no se limita a ese punto. El principio de subsidiariedad, la primacía de la ley natural, la prelación de la costumbre, del fuero, la idea de bien común temporal por encima de la voluntad del príncipe son aspectos típicamente cristianos de la ordenación política que forman parte de la esencia histórica de España.

 

P.: Casi 200 años desde aquello. Pero, realmente, ¿hay algo que celebrar?

 

R.: Hace 200 años o un poco menos, comenzó una serie de guerras civiles entre españoles en América. No había naciones americanas –más que las de los indígenas, pero éstas no se reivindicaron, sólo se utilizaron al servicio del independentismo– y en su mayoría, los indios, los mestizos y los negros querían ser fieles a la corona española. Las profundas divisiones se dieron entre los blancos, los criollos, y sólo por motivos ideológicos. Las tristes circunstancias por las que atravesaba la corona española permitieron el triunfo de los sediciosos y a partir de ahí comienza la impía tarea de deshispanización de América promovida por los nuevos regímenes, que necesitan fundarse sobre el mito, o más claramente, sobre la mentira. El devenir de la España ibérica, lo que desde entonces se conoce como España a secas, no fue mucho más feliz. Yo no veo qué hay que celebrar en todo esto. Más bien me parece que es un buen momento para hacer un examen de conciencia desapasionado, para reflexionar sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

 

P.: ¿Emancipación o guerra civil entre españoles?

 

R.: Emanciparse es sacudirse un yugo. Los españoles americanos no consideraron jamás la unión con la corona un yugo, sino un timbre de gloria. Se ha querido ver en el descontento de los criollos la causa de la independencia, pero eso es un absurdo. Desde el mismo comienzo de la presencia española en América se da ese descontento, que lo que busca es que no haya intermediarios peninsulares entre los americanos y la corona. Hay una cierta ojeriza al “europeo”, como la había en los reinos peninsulares hacia cualquier oficial que proviniera de otro reino. Los territorios españoles de América no se emanciparon jamás de España, lo que sucedió fue la abolición de España en América tras una odiosa serie de guerras civiles.

 

P.: Vayamos al meollo del asunto. ¿Cuál es la tesis central de su nuevo libro?

 

“Españoles que no pudieron serlo” es una reflexión histórica sobre la independencia de la América española, desde el punto de vista de la filosofía política. Es un intento de explicación política de lo que sucedió, de por qué un imperio saltó por los aires sin que las justificaciones que a posteriori se quisieron dar, a un lado y a otro, bastasen para comprender algo que todavía hoy nos llena de estupor: que los pueblos hispanos rompieran su comunidad política. Para lo cual intento explicar previamente la naturaleza de la hispanidad a lo largo de la historia y las verdaderas causas de su disolución. Pero es también una sugerencia para el futuro de los pueblos hispánicos, basada en datos que siguen muy vivos y que nos reclaman la recomposición imaginativa de aquella comunidad.

 

P.: Como cuestión determinante de su tesis, habla de la“Doctrina políticamente católica e históricamente española”. ¿A qué se debe esa insistencia suya en la trascendencia del factor político?

 

R.: La clave está precisamente en la política. España se construye históricamente en torno a la doctrina del bien común temporal y se destruye por el abandono de esa doctrina. El absolutismo y el liberalismo son dos manifestaciones de la abolición de la politicidad natural.

 

P.: ¿Ha abandonado la política a la Iglesia católica o ha sido al revés?

 

R.: La Iglesia católica tiene una doctrina política y social, que forma parte de sus enseñanzas. Sin embargo, desde hace mucho tiempo una porción creciente de los católicos se ha desentendido de ella. Tan creciente que hoy prácticamente esa doctrina es una desconocida. No por eso deja de ser menos vigente, pues no sólo es la doctrina de la Iglesia, sino que no es más que la perfección de la filosofía política natural. Ese abandono, que ya era masivo a comienzos del siglo XX, está en la raíz de la actual subversión social. Jean Madiran llamó a esta tragedia la “herejía del siglo XX”, y lo es también de lo que llevamos del siglo XXI

 

P.: Permítame una provocación. Si su propuesta, en definitiva, es la restauración de una política católica, ¿habrá que reinventar alguna modalidad de democracia cristiana?

 

R.: Simpática, la provocación. Sobre todo si pensamos que la llamada democracia cristiana, tal como se ha realizado históricamente, parte de la aceptación de los presupuestos naturalistas de la política moderna y de la negación del bien común tal como lo entiende la filosofía social.

 

La situación actual es de tal alejamiento del orden político natural que, dejando aparte puntuales acciones reivindicativas, hoy la principal tarea de los católicos en política es la preparación de mentalidades para un cambio futuro. El apostolado de la buena doctrina, también política.

 

P.: Recordemos, ahora, los títulos de sus dos libros anteriores: La verdad sobre el Código Da Vinci” y El secreto masónico desvelado. Esoterismo de bajo perfil y alta carga mediática, la verdadera naturaleza de la masonería, revisión del concepto Hispanoamérica... ¿Existe un eje vertebrador de las temáticas aparentemente tan dispares que investiga en sus libros?

 

R.: Sí. Por dispares que parezcan –y que en realidad lo sean– las temáticas de mis trabajos, hay un “hilo rojo” que los une a todos: la convicción de que es urgente restaurar la inteligencia natural de las cosas. Para restaurar un modo de vivir conforme a la naturaleza y la ley de Dios, previamente habremos de reformar las inteligencias, para que vuelvan a aceptar ser obedientes a la realidad. La crisis actual, antes que moral, es intelectual.

 

P.: ¿Nos sorprenderá José Antonio Ullate, en un futuro próximo, con algún nuevo título?

 

R.: Con la ayuda de Dios, pronto volveremos a la carga, querido amigo.

Muchas gracias y, si Dios lo quiere, hasta pronto.

·- ·-· -······-·?Fernando José Vaquero Oroquieta –VII.MMX

 

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¿QUÉ HABRÁ EN HISPANOAMÉRICA QUE, CON TAL DE EVITARLA, A TALES CONTRADICCIONES LLEVA? 

¡Es Latinoamérica o Hispanoamérica!


Santiago Velo de Antelo. Y de nuevo a defender lo de uno mismo. Ya lo dijo Salvador de Madariaga: “¿qué habrá en Hispanoamérica que, con tal de evitarla, a tales contradicciones lleva?..., ¿quién no admitiría cómo las naciones rivales de España se las han arreglado para inventar eso de América Latina so pretexto de que en Haití se habla francés?”.

 

Madariaga tiene razón. El término correcto es el de Hispanoamérica, que incluye a toda la región americana de habla española con diecinueve países y casi cuatrocientos millones de personas. Si queremos ser aún más precisos, podríamos utilizar el de Iberoamérica, con lo que incluimos a Brasil y relacionamos a América con los dos países de la península ibérica que la evangelizaron y le dieron su cultura y su idioma. Técnicamente el único motivo para usar el término Latinoamérica es para incluir algún pequeño territorio del caribe que usa el francés como Haití o la Guayana, y que representan menos del 0,001% de todo el territorio del caribe, sur y centro de América.

 

Pero el motivo real para el uso del término Latinoamérica hay que verlo en dos aspectos. Uno político, ya que fue una expresión introducida por Napoleón III durante el siglo XIX para incluir a Francia entre los países con influencia en América y con posterioridad utilizado inteligentemente por Italia para respaldar su tardía emigración, así como por los anglosajones para debilitar la posición geoestratégica de España. Y otro por complejo. Aún hoy día, son muchos los descendientes de españoles que se llaman así mismos latinoamericanos, ya que creen que esto les hace herederos de algo más importante, olvidando que no ha habido en la historia nada más grande que la conquista y evangelización de América por España. Y que quien olvida su pasado es un indigno. 

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13. 03. 2014

 

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Ningún hombre tiene vocación de náufrago.

 

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"El cristianismo no teme a la cultura sino a la media cultura. Teme la superficialidad, los eslóganes, las críticas de oídas; pero quien puede hacer la ‘crítica de la cultura puede volverlo a descubrir o seguir siendo fiel" JEAN GUITTON –filósofo fr. 2000.

 

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Análisis histórico - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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Independencia, como soberanía o autodeterminación, son palabras de connotación muy positiva: a nadie le gusta ser dependiente. Por esa razón las emplean los separatistas a troche y moche, dando a entender que sus respectivas regiones viven bajo el yugo de "España". Pero lo cierto es que durante toda su historia  esas regiones han sido parte de España y como tales son independientes,  participan de la independencia española. Y no ha sido una unión impuesta al modo como lo fue la del Reino Unido con respecto a Irlanda o Gales,  incluso Escocia , sino que sus habitantes se consideraron españoles desde el reino visigodo y durante la Reconquista, primero de modo cultural y luego político. Cuando Mas dice no ser español está diciendo que tampoco tiene que ver con los catalanes de siempre. Propiamente es catalufo, valga el término un poco despectivo, justificado por las inmensas falsificaciones históricas en que apoya su ideología.

 

Por lo tanto el vocablo correcto para definir las aspiraciones de esta gente es el de secesión, es decir, disgregación de una unidad de siglos.

 

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ROMA - La Plaza Navona, con la Iglesia de Santiago de los Españoles, era uno de los puntos neurálgicos durante los dos siglos de predominio político de nuestro país, junto con la Plaza de España, donde reside la Embajada más antigua del mundo, creada en el año 1480 por el rey Fernando de Aragón para coordinar su política mediterránea frente a los Estados Pontificios.

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Ya en 1533 –en México- los franciscanos tenían una escuela pública para la población. El colegio sirvió para educar a generaciones de nobles indígenas mexicanos en humanidades, arte y filología.

 

«Mientras los eruditos europeos aprendieron griego para leer los textos originales, los árabes los tradujeron a su lengua. El cristianismo es la única religión que conozco que ha respetado las demás tradiciones y las ha integrado como distintas». Cita del filósofo francés Rémi Brague; pronunció una conferencia en la Universidad de Navarra – 2005

 

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Giordano Bruno (1548-1600) no sólo fue condenado por la Iglesia católica, sino también por la luterana y la protestante.

 

Con dureza fue excomulgado por el Concilio Calvinista debido a su actitud irrespetuosa hacia los líderes de esa iglesia y fue obligado a abandonar la ciudad. De ahí fue a Toulouse, Lyon y -en 1581- a París.

 

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El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.

 

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España sólo resulta inteligible en América y desde América. Ausente esta dimensión americana, resulta incompleta e ininteligible. En ocasiones se ha pensado, y el reproche no ha faltado desde la otra orilla del Atlántico, que el europeísmo de España, su participación en el proceso de la construcción política europea, se nutría del olvido de su dimensión americana. Pero no existe incompatibilidad ni contradicción entre las dos dimensiones, la europea y la americana.

 

España no se convierte al europeísmo, no redescubre una realidad que le fuese ajena. Siempre fue parte esencial de la civilización europea. Lo que sí es cierto es que en la hora de la crisis, España, o, al menos, sus minorías rectoras, consideró que los principios que gestaron la civilización europea eran el remedio para los males nacionales. Así, europeización y regeneración se convirtieron en términos equivalentes. MMV.

 

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«Se obedece, pero no se cumple.» Con esta frase, inserta en la mayor parte de los libros que tratan del régimen español en Indias, algunos historiadores han pretendido resumir el valor práctico de las leyes de Indias y de todo el sistema montado en América para proteger al indio. Para los que aún no han comprendido la obra de España en América, el «se obedece, pero no se cumple» es un axioma incontrovertible que quiere expresar una realidad histórica. Los actuales estudios americanistas, más comprensivos y más imparciales, han echado por tierra todo el tinglado de mentiras que montaron los constructores de la leyenda negra hispanoamericana. No se puede hacer historia a base de la anécdota, como tampoco se puede generalizar con unas cuantas excepciones. Las ordenanzas, concebidas y escritas en favor de los indios, no fueron unos legajos de estricto valor histórico, sin aplicación práctica. La mayor parte de ellas se cumplieron, y aquellas que no llegaron a plasmarse en la realidad concreta fue porque las circunstancias lo impidieron o lo aconsejaron.


El español que se adentra en el estudio minucioso de nuestra historia en América –las Indias– experimenta un cúmulo de emociones dormidas en el sueño de los siglos. A través de tantas páginas escritas con la pluma y con la espada de tantos hombres castellanos de recia raigambre española, vemos desfilar ante nosotros el glorioso pasado de España. Un día nos emocionará el relato de la hazaña de Cortés o de Pizarro. Vibraremos con Valdivia, acompañándole en su largo caminar a través de tribus araucanas, y nos asombrará el salto olímpico de un campeón del heroísmo –Alvarado–, cuya hazaña traspasa los límites de lo real. Seguramente volveremos el rostro a cosas nuevas, decepcionados por las tremebundeces que nos cuentan algunos de nuestros cronistas. Sus impresiones nos habrán hecho pensar que el español fue un bárbaro en su comportamiento con el indio. Es cierto que algunas veces, por mil circunstancias, lo fue; pero para juzgarle es preciso colocarse en su posición, volver unos siglos atrás con la pesada armadura que aterraba a las mismas fieras. Incluso es necesario despojarse de nuestra mentalidad moderna «made in siglo XX». Tal vez, después de realizada esta sencilla operación, tenga para nosotros menos valor el testimonio de algunos cronistas. Al leer la información que fray Marcos de Niza dirigió desde Méjico a la Corte española, nos daremos cuenta de que gran parte de sus improperios contra los conquistadores de Quito provenían de un exceso de amor propio ofendido.

 

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La primera falsificación en nuestra común historia hispanoamericana ha sido la mutilación de nuestro mapa, esto es, la omisión del enfoque geopolítico: la visión integral y conjunta de las Américas -el antiguo Reyno de Indias-, fragmentado desde el siglo pasado en multitud incontable de repúblicas, en diversa medida artificiales y pretendidamente «soberanas».

El «Reyno de Indias» con todo, no es el producto de la imaginación calenturienta de ningún nostálgico historiador.

Establecido por Don Carlos I de Castilla por Real Cédula de 1519 (ratificada por Ordenanza de Felipe II de 1573) tuvo vigencia jurídica en la Recopilación de las Leyes de Indias de 1682 (Ley I, Título I, Libro III) y en la Novísima Recopilación de 1805 (Ley VIII, Libro III, Título V) y efectivo imperio político hasta su funesta desintegración en las guerras civiles decimonónicas.

Desintegración expresamente prevista como posible por el emperador Carlos V, y a la cual conjuró durante tres centurias con cláusulas fundacionales como ésta: "Y porque es nuestra voluntad y lo hemos prometido y jurado que siempre permanezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza, prohibimos la enajenación de ellas. Y mandamos que en ningún tiempo puedan ser separadas de nuestra Real Corona de Castilla, desunidas ni divididas en todo o en parte, ni a favor de ninguna persona. Y considerando la fidelidad de nuestros vasallos y los trabajos que los descubridores y pobladores pasaron en su descubrimiento y población para que tengan mayor certeza y confianza de que siempre estarán y permanecerán unidas a nuestra Real Corona, prometemos y damos nuestra fe y palabra real por Nos y por los Reyes, nuestros sucesores, de que para siempre jamás no serán enajenadas ni apartadas, ni en todo, ni en parte... por ninguna causa o razón o a favor de ninguna persona y si Nos o nuestros sucesores hiciéramos alguna donación o enajenación contra lo susodicho sea nula y por tal lo declaramos...".

 

Fernando VII, cautivo de Napoleón en Bayona, quebrantó -más o menos forzadamente- dicha solemne prohibición. De ahí toman origen nuestros males a partir de 1808.

 

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P: ¿A partir de qué fecha considera usted que existe España?

 

R: Como entidad política desde Roma, sin ninguna duda. Como nación con conciencia de tal desde los visigodos. Está en las fuentes.

 

P: Cuando utilizo la expresión Hispanoamérica al hablar con un progre parece que le chirrían los oídos. ¿Podría explicarnos cuales son las diferencias entre Hispanoamérica, Iberoamérica y Latinoamérica?

 

R: Latinoamérica es un término acuñado por los franceses para evitar la referencia a España y que no nos olvidemos de Haití (ejemplo del dominio colonial francés, dicho sea de paso). Tanto Iberoamérica como Hispanoamérica me parecen correctos.

Este diálogo con el Dr.César Vidal tuvo lugar entre las 17.00 y las 18.00 del martes 31 de octubre 2006

 

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P: Di como fecha “fundacional” de España la muerte de Fernando el Católico. Al morir sin hijos. Juana I era la reina del conjunto llamado España. Me lo negaron, me dijeron de todo.... En su faceta de historiador.... ¿Qué fecha pondría como la fundacional de España? ¿Cuál sugiere usted?

R: No es fácil. De entrada yo creo que la mayoría de las naciones tan antiguas como España no pueden señalar ese hecho como pueden hacerlo, por ejemplo, Estados Unidos o Argentina. Desde luego, la Hispania a la que se refirieron los romanos, San Pablo o Alfonso III de León fue muy anterior al s. XV.

P: ¿Cuándo apareció Hispania o España en el mundo?

R: Como mínimo estamos hablando del s. III a. de C. y eso sobre la base de que no aceptemos ese genérico en textos que pudieran incluirlo. Por ejemplo: el libro del profeta Jonás en torno al s. VIII a. de C.

Dr. César VIDAL-historiador y filósofo. 2002.10.01 L.D. ESP.

 

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Leonor de Navarra,

la reina que reinó quince días

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

A pesar de que nuestra Edad Media está plagada de Leonores, sólo una llegó a ser reina de verdad; “propietaria”, que se decía entonces. Del antiguo reino de Navarra. Lo fue durante dos semanas y por pura chiripa, después de luchar por la corona toda su vida.

 

El sino de esta Leonor comienza a escribirse casi un siglo antes, cuando Martín el Humano, hijo de Leonor de Sicilia, rey de Aragón y último soberano de la Casa de Barcelona, murió allá por 1410 sin dejar descendencia y, lo que es peor, sin preocuparse de nombrar heredero. El desasosiego de encontrarse sin monarca impulsó a tres catalanes, tres aragoneses y tres valencianos a reunirse en la localidad zaragozana de Caspe para deliberar quién contaba con derecho y mérito para suceder al finado. La corona le cayó en suerte a un infante castellano, Fernando I de Trastámara.

 

La alegría, sin embargo, le duró poco. Se casó con otra Leonor (de Castilla), y a los cuatro años murió de una afección renal. Todo lo que tenía se lo dejó a su hijo primogénito, que se llamaba Alfonso. Con los años este Alfonso resultó ser un fenómeno de la gobernación, tanto que ha pasado a la historia como El Magnánimo. Conquistó Sicilia y Nápoles, pacificó Cerdeña y se dedicó a guerrear a placer contra franceses y genoveses, a quienes se la tenía jurada. Su hermano Juan, entretanto, se había quedado en España compuesto y sin reino. Duro destino para un infante ambicioso y con toda la vida por delante. Como no podía destronar a su propio hermano en Aragón, lo intentó primero con Castilla, pero ese era un hueso duro de roer. Testarudo como era, lo intentó en varias ocasiones; y fracasó en todas.

 

Eliminada la corona de Castilla, su hermano le buscó acomodo en Sicilia como gobernador. Cortejó a la princesa Juana de Nápoles, pero ésta, que era muy suya, le dejó plantado por un Borbón, un caballero francés llamado Jacques, intolerable. Allí, matando el aburrimiento de cacería en cacería, conoció a una viuda española que estaba de muy buen ver. Se trataba de Blanca de Navarra, heredera de un pequeño reino que había quedado encajonado entre los Pirineos y el Ebro. Tanto se gustaron que la cosa terminó en boda. Blanca, que, casualidades del destino, era hija de otra Leonor, le dio cuatro hermosos hijos: Carlos, Juana, Blanca y Leonor. Para Juan era un premio de consolación. Si no podía ser rey de Aragón porque su hermano estaba primero, la corona de la menuda y manejable Navarra le servía para seguir enredando en Castilla, que era, dicho sea de paso, su obsesión particular.

 

Juan era, gracias a su esposa, rey consorte de Navarra; gracias a su hermano, gobernador de Aragón y Valencia, y, gracias a su padre, duque de Peñafiel, es decir, vasallo del rey de Castilla. Tocaba de cerca tres coronas y ninguna era suya. Cosas de la Edad Media que no hay quien entienda.

 

Como la Providencia había sido generosa en descendencia, Blanca y Juan empezaron a disponer desde bien pronto el futuro de los vástagos reales. Para Carlos, el Principado de Viana, que era el equivalente navarro al Principado de Asturias. A las niñas las reservó para afianzar las relaciones dinásticas con otras casas notables. Blanca, la mayor, fue entregada en matrimonio a Enrique de Castilla, y Leonor a un príncipe francés con nombre de cuento: Gastón de Foix.

 

Lo de Blanca con el heredero de Castilla no terminó de funcionar. Normal: Enrique, que pasaría a la historia como El Impotente, era homosexual, y no llegó a mantener una sola relación con su esposa. O al menos así lo entendió el Papa Nicolás V cuando anuló el matrimonio, unos años después.

 

Con todo, el reino de Navarra parecía funcionar. El pueblo quería a la reina, la nobleza no incordiaba más de lo habitual y, aunque el consorte no era muy del agrado de los navarros, no había motivos para preocuparse, ya que el príncipe Carlos crecía sano y fuerte. Hasta que sucedió el desastre: la reina murió. Blanca, que bebía los vientos por su marido, había estipulado en secreto que, mientras Juan viviese, su hijo Carlos no podía hacerse con la corona. Esto sentó a cuerno quemado a buena parte del reino, especialmente a la parte que capitaneaba un tal Juan de Beaumont, jefe de los beamonteses, buena gente de la montaña que no tragaba al usurpador aragonés.

 

El rey, sabedor de la insurrección que le aguardaba, se atrajo a su propio bando para garantizarse la Corona, el de los agramonteses, liderado por un tal Pedro de Agramunt, cabecilla de la buena gente de la ribera. Al final pasó lo que tenía que pasar: los dos bandos llegaron a las manos y Carlos, viendo que esa era la oportunidad de aventar al intruso de su padre, se alió con los beamonteses. Estalló una guerra civil que enfrentó al padre y al hijo, a Juan de Aragón y el Príncipe de Viana, dando comienzo a una de los más novelescos culebrones de nuestra historia. Leonor se puso de parte del padre, Blanca del hermano, y el rey de Castilla, ojo avizor por si pescaba algo, osciló entre uno y otro sin decidirse del todo.

 

Juan –más sabe el diablo por viejo que por diablo– le ganó el pulso a su hijo, y éste se vio obligado a huir a Nápoles a contar sus penas a su tío Alfonso, el rey de Aragón. Alfonso, sin embargo, tenía los días contados. Murió unos meses después; y se volvió a liar. Los catalanes vieron que Carlos bien podría ser, además de rey de Navarra, príncipe de Cataluña, lo que enfureció, y con razón, a su padre. Ordenó que le encarcelasen, la Generalidad protestó, Juan liberó al príncipe, que, cuando ya todo parecía haberse arreglado, murió en Barcelona de una inoportuna tuberculosis. Tal era la veneración que por él tenían los catalanes que mandaron que fuese sepultado en el monasterio de Poblet, junto al resto de monarcas de la Corona de Aragón.

 

Leonor, que se había mantenido fiel a su padre con idea de saltarse por dos veces la línea sucesoria, recogió lo que había sembrado, pero no del todo. Llegó a un acuerdo con su padre en Olite (una "concordia", que se llamaba entonces), pero éste no quiso entregarle la corona. Y eso que la infanta había hecho méritos sobrados para conseguirla. Liquidó a su hermana Blanca, que había sido repudiada por Juan, con un bebedizo y se trasladó junto a Gastón a vivir al sur del Pirineo, a la ciudad de Sangüesa.

 

Juan, que ya era Juan II de Aragón, había cambiado mucho en los veinte años que transcurrieron entre la muerte de su esposa y la de su hijo. Se había vuelto a casar, con una aristócrata castellana nada menos, y la vida le había sonreído con el nacimiento de un nuevo heredero: Fernando, que con el andar del tiempo llegaría a convertirse en Fernando el Católico. Pero la cosa volvería a torcerse.

 

Gastón de Foix y Leonor habían sido nombrados lugartenientes vitalicios del reino y herederos de la Corona, pero Juan era hombre de humor cambiante: se pensó dos veces lo de la herencia y destituyó a Leonor para colocar en su lugar a su nieto, el joven Gastón. Nueva guerra familiar. Juan, que adoraba los golpes de efecto para impresionar al rival, mandó ejecutar a Nicolás de Chávarri, obispo de Pamplona y consejero privado de su hija. Leonor, sospechando que ella sería la siguiente, se atrincheró y solicitó ayuda a los beamonteses, los mismos que, unos años antes, había combatido por ser valedores de la candidatura de su hermano. Su marido cabalgó hasta Bearn, al otro lado del Pirineo, a por refuerzos, y cuando volvía con ellos murió, quizá de la fatiga o quizá de la impotencia de ver cómo su frágil reino se extinguía sin remedio.

 

Al final, padre e hija, que habían aguantado hasta el final, llegaron a un acuerdo por el cual, cuando Juan muriese, ella heredaría la corona. Así sucedió, aunque Leonor pudo paladear su tan anhelado triunfo tan sólo dos semanas, que, eso sí, le debieron de saber a gloria. A mediados de febrero de 1479 murió, en Tudela, exhausta de tanto ajetreo. Le sucedió su nieto Francisco Febo, un débil niño de diez años que no llegaría a cumplir los quince.

 

El reino de Navarra daba sus últimas boqueadas en la historia. Un cuarto de siglo después, el hermanastro de Leonor, Fernando el Católico, anexionaría Navarra a Castilla, "guardando los fueros e costumbres del dicho regno". La España que quedó entonces configurada, la que hoy conocemos, es la misma (o casi) sobre la que reinará algún día la recién nacida infanta Leonor de Borbón. Confiemos en que su reinado no sea tan breve. Su antecesora navarra contemplará complacida desde arriba cómo, después de cinco siglos y medio, una reina vuelve a llevar su nombre. 2005-11-04 L.D. ESP.

 

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Génesis de la independencia hispanoamericana.

 

 

La independencia hispanoamericana no fue otra cosa que el estallar del individualismo español, al perderse la fuerza centrípeta y unificadora del ideal hispánico que unificaba aquel inmenso Imperio. Por eso el proceso de la independencia no terminó con la separación de España sino que siguió en América con la separación entre sí, por eso el tema de nuestra separación es, pues, el tema de nuestra unión.

 

El tema que he escogido es el tema de nuestra separación, porque allí donde comenzó un divorcio político entre los españoles de América y los españoles de España, comenzó también un divorcio espiritual, y porque este divorcio espiritual entre las Españas no fue sino la proyección de ese otro divorcio espiritual de los españoles con su tradición, con su historia y con su destino

La independencia de Hispanoamérica debe considerarse como un aborto político provocado por la violencia de circunstancias históricas especiales, que desprendió prematuramente de su organismo materno a pueblos en formación, sin la madurez y autonomía biológicas necesarias

Sin embargo, nuestros pueblos hubieran podido adquirir rápidamente esta madurez y autonomía, y con ellas un desarrollo histórico normal, si a su peligrosa y precoz emancipación de la tutela de España no se hubiera agregado el brusco y audaz abandono de las tradicionales normas de vida política y de los viejos y probados principios de gobierno, el absurdo y revolucionario cambio total de las instituciones políticas, al cual se opusieron, sabia pero inútilmente, los grandes Libertadores, hasta verse arrastrados, incomprendidos y hasta perseguidos y asesinados, en la ola de traición y anarquía sangrientas desencadenada por los ideólogos y demagogos reformadores

La independencia hispanoamericana no es solamente la separación de España, es un desmoronamiento total, como el desgranarse de una mazorca de pueblos

No es un movimiento de las provincias americanas contra la metrópoli, sino muchos movimientos

No una sola gran independencia, sino muchas pequeñas independencias

Y todavía después de 1821 el proceso de desmoronamiento seguirá dentro de las mismas patrias independientes

Todas quieren ser independientes unas de otras, y en Centroamérica se llega hasta el ridículo de dividir la ya pequeña patria, recién separada de Méjico, en cinco minúsculas repúblicas

Y es que la independencia no fue otra cosa que el estallar del individualismo español, perdida la fuerza centrípeta del ideal hispánico que unificaba aquel inmenso Imperio

Por eso el proceso de la independencia no terminó con la separación de España

Siguió allá en América con la separación entre sí de las provincias que formaban el Imperio mejicano, la Gran Colombia y el antiguo Virreinato del Río de la Plata.

El tema de nuestra separación es, pues, el tema de nuestra unión.

Debemos juntarnos allí donde nos separamos, sin que esto quiera decir que podamos prescindir de siglos de separación y de evolución política y social diversa; pero debemos reanudar el hilo histórico de nuestro destino, y para ello es necesario buscar los cabos sueltos allí donde la fatalidad y la traición nos hicieron cortar el hilo, y es necesario entender esa fatalidad y esa traición, porque ellas siguen actuando a través de todo el proceso de nuestra Historia; siguen actuando allá en Hispanoamérica y aquí en España

Aquí en España no sólo en su inintegración del mundo hispánico, sino en su desintegración interna política y espiritual

Aunque no se puede hablar de la Historia como ciencia en sentido estricto, por cuanto, sentada la libertad humana, los fenómenos históricos no pueden ser enlazados y determinados universal y necesariamente por una ley como los fenómenos naturales; sin embargo, en sentido lato puede decirse que la Historia es una ciencia, o un conato de ciencia, como quieren algunos escolásticos, por cuanto la libertad humana es solamente un poder psicológico, y está limitada y reducida por los factores antropológicos y mesológicos, sobre todo cuando se trata de actos colectivos

Existen, pues, ciertos principios o leyes históricas que conocemos con certeza moral, por lo que la Historia ha sido llamada ciencia moral, junto con la política, la sociología, la economía política y todo el grupo de ciencias humanas

De estas leyes históricas, unas tienen carácter ético y sociológico, porque las determinan los factores morales, étnicos y raciales que podríamos llamar endógenos, y otras son de carácter propiamente histórico, porque se originan de factores exógenos o mesológicos, o sea los factores económicos, geográficos y políticos

Unas y otras constituyen orientaciones generales básicas sin las cuales no se puede entrar a juzgar los hechos particulares; pero su valor racional en la determinación del criterio histórico es más negativo que positivo

Quiero decir que, basándose en ellas, el historiador podrá con seguridad rechazar por absurdos e inaplicables ciertos criterios, mientras que le será difícil asegurarse del criterio verdadero.

Es en este sentido que podemos afirmar que, si prescinde de ellas, ha aplicado a la Historia un método o criterio anticientífico

Estas leyes históricas no deben, pues, ser olvidadas ni por los que hacen la Historia, ni por los que la escriben más tarde

En Hispanoamérica, sin embargo, la Historia se ha hecho primero y se ha escrito después, contrariando siempre los más elementales principios de la lógica histórica, ignorando torpemente los factores étnicos, geográficos, morales y económicos de nuestros pueblos; despreciando toda base política real; luchando contra las realidades para construir, no sobre ellas, sino a pesar de ellas, ridículos y fantásticos sistemas políticos inflados de doctrinarismo sonoro, que se han venido al suelo ruidosamente, aplastando bajo sus escombros sangrientos a nuestras pobres patrias

Al independizarse de España, nuestros pueblos no estaban preparados para organizarse democráticamente

Así lo entendieron los grandes Libertadores como Bolívar, Iturbide, Sucre, San Martín, Belgrano.

Pero el genio político de tan ilustres caudillos no fue bastante para someter a los ideólogos y ambiciosos, que, al amparo de las dificultades históricas, tramaron su asesinato y la destrucción de su obra

No podían estar preparados para la democracia pueblos relativamente recién nacidos a la Historia y a la Cultura, con grandes masas indígenas cuyo proceso de incorporación a la Civilización se hallaba aún en sus comienzos; pueblos con una tradición monárquica y una secular organización feudal y con una doble herencia de anarquía: el individualismo atávico del conquistador español y la barbarie ancestral del indio salvaje y belicoso

Sin embargo, con un pueril afán de imitación, los letrados y superilustrados políticos de entonces -carne de estatuas para los demagogos de hoy- se pusieron a copiar la Constitución de los Estados Unidos.

Y, lo que es peor, a mal copiar, porque los sabios políticos que eran los autores de aquel documento, no entregaron su naciente república a los azares de un insensato y peligroso democratismo.

Por el contrario, supieron construir un sabio sistema de pesos y contrapesos que limitaba al mínimo la participación popular en el Gobierno y dejaba a éste en manos de la clase aristocrática de los grandes terratenientes.

Washington decía: «El populacho tumultuante de las grandes ciudades siempre es temible. Su inconsiderada violencia posterga temporalmente toda autoridad».

Hamilton opinaba que «el pueblo, turbulento y voluble, pocas veces puede juzgar o resolver con acierto».

«Las sociedades -decía- se dividen en dos grupos: el de los pocos y el de los muchos. Los primeros son los ricos y bien nacidos; los otros forman la masa del pueblo. Dad, pues, a la primera clase, a la de los pocos, una participación distinta y permanente en el Gobierno. Dominarán la inestabilidad de la otra clase, y como nada ganarán con un cambio, mantendrán siempre un buen Gobierno»

Un tema sumamente gastado es el de que la Inquisición impidió a los americanos la lectura de los libros de los nuevos filósofos.

Desgraciadamente, esto no es cierto, porque, de serlo, nuestros pueblos se hubieran librado de la casta de ideólogos furiosos que, atropellando todas las leyes de la Historia, perpetraron en nuestras naciones las más fatales y absurdas enormidades políticas

Sin los mareantes vapores de la borrachera doctrinaria, el sentido común hubiera primado en las mentalidades de nuestros próceres, para orientar la vida política de las nuevas naciones por el camino que sus realidades sociales y posibilidades históricas señalaban

Refiriéndose a la Argentina, un autor insospechable de reaccionarismo, Carlos Octavio Bunge, escribe: «Las circunstancias históricas, las vencidas invasiones británicas, la política intermitentemente débil o voluntariosa de la metrópoli, el venticello romántico de la Revolución francesa, el ejemplo de Norteamérica, todo contribuyó a aumentar el torrente y a encauzarlo en la tendencia democrática preconizada por el filosofismo del siglo XVIII . Y ocurrió así que la primitiva protesta de la burguesía criolla fue creciendo y asimilándose ideas extranjeras hasta rotularse revolución democrática. Extraña falsificación, porque precisamente, si bien había una clase directora capaz en las colonias, faltaba en absoluto pueblo europeo [17] y republicano
Constituíase una democracia sin demos» (Nuestra América, por Carlos Octavio Bunge, página 169)

Y ¿cuál fue el resultado de esta democratización en pueblos que ni por su cultura, ni por sus antecedentes históricos, ni por sus características raciales, estaban preparados para ella?

El resultado fue la anarquía, la división y el debilitamiento de nuestras naciones y su vergonzosa sujeción a los imperialismos extraños.

Alguien que, para sacar un ejemplo, tuvo la paciencia de contar las revoluciones habidas en El Ecuador durante cien años, apunta hasta treinta y cinco revoluciones, sin tomar en cuenta las sublevaciones y motines.

En Bolivia, de 1825 a 1898 hubo más de sesenta revueltas y más de treinta Presidentes, de los cuales seis murieron asesinados.

En Nicaragua, en un período de sólo catorce años, se sucedieron veintitrés Jefes de Estado, llamados entonces Directores Supremos.

Méjico tuvo veintidós Presidentes en treinta y nueve años, fruto de cuartelazos, revoluciones y motines

¿Y en Colombia? ¿Y en el Perú? ¿Y en Venezuela? ¿Será necesario recordar, además, todas las guerras internacionales por disputas de fronteras y las intervenciones armadas de las potencias imperialistas?

El cuadro histórico es bien trágico y elocuente para empeñarse en destacarlo.

Frente a él no cabe sino pensar que quienes tuvieron en sus manos el destino de nuestros pueblos jugaron con él como niños o como locos.

Y los que después escribieron la Historia, ¿qué han dicho de esta paidocracia estúpidamente trágica?

También éstos han demostrado padecer de puerilismo mental, también a ellos los ha cegado la magia de luces del doctrinarismo y han juzgado torpemente

«Imbuidos en la escuela democrática de la Revolución francesa y en el constitucionalismo norteamericano -escribe Bunge en su obra citada-, los historiadores argentinos han falsificado la historia argentina»

La Historia de toda Hispanoamérica ha sido falsificada.

Importa dejar testimonio, a grandes rasgos, de esta enorme falsificación de nuestra Historia y de las grandes rectificaciones a que después ha sido sometida necesariamente.

Entre estos grandes rectificadores contemporáneos hay que citar en primer lugar a Carlos Pereyra, que ha hecho una revisión completa de toda la Historia de América.

Sobre las huellas de Pereyra, historiadores y escritores como Vasconcelos, Alfonso Junco, Mariano Cuevas, Francisco Encina, Rómulo Carvia, José de la Riva Agüero, el Padre Bayle y muchos más han escrito documentadamente, destruyendo prejuicios y falsedades, desinflando personajes, desenterrando de entre el polvo del menosprecio y la calumnia el oro de nuestra auténtica Cultura e iluminando así con nueva luz el panorama histórico de sus respectivos países y de toda Hispanoamérica.

Entre los extranjeros, el francés Marius André, el norteamericano Charles Lummis y el inglés Cecil Jane, han publicado obras decisivas que, por venir de quienes vienen, tienen todo el valor de la serenidad del juicio histórico y de la imparcialidad más absoluta.

La lectura de estos ilustres historiadores nos descubre la fantástica leyenda urdida alrededor del pasado histórico de Hispanoamérica y basada en mentiras y errores tan descarados y grotescos, que, si no son explicables en ningún escritor de mediana preparación, menos lo son en los reconocidos historiógrafos que los estamparon y de los cuales los han copiado y reproducido quienes más tarde, en vez de abrevar en las fuentes originales, se atuvieron al testimonio de tan sabios maestros y autoridades en la materia.

Marius André señala un cúmulo de falsedades y de errores de hecho en las obras de Jallifier y Vast, Gustavo Hubbard, Gervinus, César Cantú, Seignobos.

En media docena de páginas de este último ha contado cincuenta y cinco errores.

Carlos Pereyra se ve precisado a desconfiar de todos los datos y juicios sobre nuestra historia contenidos en las obras de los más famosos y renombrados historiógrafos.

En el prólogo de su libro La obra de España en América cita una serie de ejemplos de estas insignes falsedades:

«Cunningham -dice Pereyra- es una autoridad en la historia económica.

Sus obras [21] merecen con justicia el concepto de clásicas, y en mucha parte han sido inesperadas
La que dedica a la Civilización Occidental en sus aspectos económicos, debe ser considerada una síntesis admirable

Ahora bien, examinadas dos páginas que dedica a la política colonial de España, y cuyas afirmaciones parecen llevar un contenido muy apreciable de verdad, resultaron totalmente falsas por el sofisma de aplicar a tres siglos un hecho que sólo se refería a cincuenta años y por hacer extensivo al continente americano lo que apenas podía, en rigor, decirse de las grandes Antillas» (La obra de España en América, por Carlos Pereyra)

Fue así que, inspirándose en estos ilustres mentirosos, nuestros historiadores hispanoamericanos -por pereza ingénita y por incomprensión de las realidades sociales de sus propios pueblos, que se les presentaban desfiguradas a través del lente de su romanticismo liberal- siguieron repitiendo los mismos errores de aquéllos, hasta convertirlos en dogmas incontrovertibles, y acumulando encima nuevas y erradas interpretaciones histórico-políticas, producto de los primeros y de su liberalismo ingenuo y cegador

Primero se levantó sobre la obra de España en América una oscura e inicua leyenda fruto de la fobia anticatólica de escritores protestantes como Drapper y de la errada interpretación de la obra polémica del Padre Las Casas, cuyo celo violento y exacerbado por la causa de los indios lo llevó a exageraciones fantásticas y peligrosas

Y mientras por una parte se pintaba a los conquistadores españoles como verdaderos monstruos de crueldad, codiciosos y sanguinarios, por otro lado, bajo la influencia del naturalismo rousseauniano, se convertía a los indios bárbaros y caníbales en dulces seres inofensivos, que llevaban una existencia idílica en comunión con la Naturaleza, tal la edénica pintura de Chateaubriand en su romántica Athala.

Con estas premisas históricas, la independencia de América no podía ser otra cosa que la sublevación de los pueblos secularmente sometidos al yugo español, o -para decirlo con las usuales frases hímnicas y parlamentarias- «la aurora sangrienta de la libertad alumbrando el despertar de las razas oprimidas»

Y los grandes Libertadores como Bolívar, Sucre, San Martín, ¿qué podían ser sino insignes émulos de Robespierre y de Dantón, enemigos acérrimos de España y del ominoso pasado colonial y fundadores de la Democracia americana?

¡Falsificación grotesca y estupenda!

Inútil y fuera de objeto sería repetir aquí lo que ya se ha demostrado hasta la saciedad sobre la admirable obra de Cultura y Civilización llevada a cabo por España con un altísimo espíritu de humanidad y cristianismo, que no tuvieron en el pasado ni tienen el presente las naciones imperialistas que hoy se presentan como dispensadoras de libertad y democracia y que no han sabido sino explotar y despreciar a las razas conquistadas, a los nativos de sus colonias y semicolonias, manteniéndolos interesadamente en su barbarie, bajo el pretexto cínico de un mentido respeto a su libertad moral y religiosa, y estableciendo entre conquistadores y conquistados infranqueables barreras de carácter racista.

Para muestra basta comparar al pueblo filipino con sus hermanos malayos, los nativos salvajes de las Indias Orientales holandesas

En cuanto a la independencia y al pensamiento político de sus grandes realizadores, importa dejar sentado en líneas generales las verdaderas causas de aquélla y la verdadera concepción política que los Libertadores trataron de realizar en nuestros pueblos, porque sólo con un concepto exacto de la génesis histórica de nuestras naciones podrá entenderse su desarrollo histórico posterior y el significado de los grandes hechos políticos que lo jalonan.

En la independencia hispanoamericana deben distinguirse causas mediatas generales a toda Hispanoamérica y causas inmediatas especiales en cada Virreinato y Provincia.

Entre aquéllas hay que señalar primeramente la errada política antitradicional y antiespañola de la monarquía francesa de los Borbones entronizada en España con Felipe V.

«La guerra de independencia -dice Cecil Jane- no fue la consecuencia de la propagación de ideas recientemente importadas de Europa o de algún despertar repentino de la vida política, provocado por el [25] conocimiento de teorías filosóficas del siglo XVIII o de acontecimientos tales como la insurrección de las colonias inglesas de Norteamérica o la Revolución francesa»

«La guerra de independencia puede definirse del modo mejor como una protesta contra el abandono del viejo y español sistema de administración colonial y el intento de sustituirlo por otro nuevo cuyo espíritu no era español»

«La América española cesó de formar parte del Imperio español porque los Borbones fueron incapaces de comprender las circunstancias que habían hecho posible la continuidad de aquel Imperio, porque no eran españoles por temperamento y porque sólo haciéndose independientes podían retener las colonias y el carácter que les había sido impreso por los conquistadores del Nuevo Mundo» ( Libertad y despotismo en la América Hispana, por Cecil Jane, pág 135)

El carácter original de la guerra de independencia fue, pues, el de una rebelión de la América española contra la España antiespañola de los Borbones, la rebelión de los criollos descendientes de los conquistadores, contra los gachupines o chapetones afrancesados

«Las hondas causas del descontento producido por incompatibilidades entre los países americanos y su distante metrópoli -observa Carlos Pereyra- se revelan en agitaciones que ya esbozan una revolución, aunque todavía muy lejana» ( Breve Historia de América, por Carlos Pereyra, página 344)

En 1765 la plebe de Quito se rebela contra la Aduana y el Estanco de aguardiente, y su grito es: «¡Mueran los chapetones!» En 1767, al ser expulsados los jesuitas, el pueblo de Méjico protesta clamando: «¡Mueran los gachupines!»

Diez años después, en el Perú estalla la protesta cuando el visitador José Antonio de Areche impone las reformas de Carlos III, y ese mismo año de 1778, en Nueva Granada ocurre el alzamiento de los comuneros del Socorro, por pretenderse implantar una nueva organización fiscal.

La sangrienta rebelión ne Tupac Amaru en 1780 no tuvo otro motivo, y la paz se restableció hasta 1788, en que el virrey Jáuregui revisó la errada política de Areche.

A la funesta política borbónica se suma luego una nueva causa menos mediata de la guerra de independencia.

Esta es la invasión napoleónica de España, con la prisión de Fernando VII y el advenimiento de José Bonaparte al trono español.

Tales hechos vinieron a trastornar completamente el cuadro histórico hispanoamericano.

El espíritu monárquico estaba hondamente arraigado en América, y se presentó a los americanos un tremendo conflicto que los dividió en dos bandos opuestos, convirtiendo la guerra de independencia en una guerra entre americanos

España no hubiera podido sostener esta guerra si no hubiera contado con el apoyo de gran parte de la población americana.

Los indios estaban por el rey.

«Los mestizos, zambos, mulatos y otros americanos -dice Marius André- no difieren mucho de los indios en este punto.

Al principio son, en su mayoría, partidarios del antiguo régimen, y bajo la bandera de éste se alistan sus soldados.

Poco a poco se pasan al nuevo, porque es el que triunfa, porque se les embriaga con promesas y porque sufren diversas influencias, de las que son las [28] principales las de los jefes aureolados por la victoria, de los párrocos y de los frailes patriotas» ( El fin del Imperio Español en América, por Marius André. Editorial Cultura Española, Madrid, página 107)

Los gobernadores españoles habían aprovechado hábilmente el odio que existía entre los mestizos y los criollos blancos como instrumento de dominación política.

A los mestizos les fueron concedidas franquicias y derechos políticos que en un principio eran exclusivamente de los criollos.

Se les admitió a las carreras liberales y a los empleos públicos, así como al servicio militar en las ropas permanentes.

De esta manera, sus intereses de grupo o de clase los colocaban de parte del Gobierno español frente a los criollos.

Un caso típico es el de los famosos llaneros de Venezuela que, comandados por Boves, luchan por los realistas primero; pero luego, muerto aquél, se dejan capitanear por Páez y se pasan al bando bolivariano.

Paradójicamente, la bandera de la rebelión fue en el principio la de la fidelidad al rey prisionero
«¡Viva Fernando! ¡Viva la Religión!», era el grito del cura Hidalgo.

El Plan de Iguala, en su artículo cuarto, refiriéndose al Gobierno de Méjico, decía: «Su Emperador será el Señor don Fernando VII, y si él no se presenta en los plazos fijados por las Cortes, serán llamados en su lugar el Serenísimo Señor Infante don Francisco de Paula, el archiduque Carlos (de Austria) o cualquier otro príncipe de casa reinante que el Congreso eligiere» Las Juntas que se organizan gobiernan en nombre del Rey prisionero.

La de Caracas se llama «Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII», y sustituye al capitán general Emparán, acusado de ser partidario de José Bonaparte.

Buenos Aires quiere un rey Borbón, y Belgrano propone a la infanta Carlota.

Los colores de la bandera argentina son los colores del Rey.

La fidelidad al Rey es un sentimiento tan general, y sobre todo tan popular, que los partidarios de la independencia no se atreven a salirse de la legalidad.

La guerra de independencia no tiene -al menos en sus principios- el carácter de una revolución contra la monarquía ni contra España.

Es simplemente una lucha entre dos bandos que disputan sobre un problema de legalidad.

Ninguno desconoce la autoridad del Rey.

Las Juntas americanas se niegan a obedecer a la Junta Central española y a las Cortes de Cádiz porque no representan al Rey y los americanos no son súbditos de España, sino de la Corona de Castilla.

Las posesiones de la América española no eran colonias, sino reinos o provincias de la Corona de Castilla.

Entre las causas de formación de los Estados, el Derecho Internacional distingue: la división, cuando un Estado se divide en dos o más, ninguno de los cuales sigue teniendo la personalidad del antiguo; la separación o secesión, cuando se separan territorios de un Estado para constituir un nuevo Estado; y la independencia, cuando las colonias rompen los lazos de dominio que las unían a la metrópoli (véase Derecho Internacional Público, de Sánchez de Bustamante; tomo I, Habana, Carasa y Compañía, 1933) En lo que se refiere a la formación de nuestras naciones hispanoamericanas no es pronto, pues el término independencia.

La correcta expresión jurídica sería separación o secesión

Sus habitantes tenían, por tanto, el mismo derecho que los habitantes de la Península para nombrar sus propias Juntas.

«No pertenecernos a España -decían-, pertenecemos al Rey de Castilla; desaparecido éste, tenemos el derecho de escoger otro gobierno»

«Tomaron y ejercieron prerrogativas reconocidas legales por las Siete Partidas -dice Marius André- No tenían necesidad de elecciones de enciclopedistas; la Edad Media les abre las puertas de la libertad; según las Siete Partidas, cuando se extingue la familia real, el nuevo soberano debe elegirse por universal sufragio; el Rey Sabio no dice «por las Cortes» ni «por la nobleza», sino «por acuerdo de todos los habitantes del reino que le escogiesen por señor» ( Marius André, obra citada)

Sin embargo, no todos los americanos pensaron de esta manera, y en la confusión del momento histórico, predominando el sentimiento de fidelidad al Rey, la opinión se dividió frente al hecho de encontrarse España toda en poder del invasor, y el Rey prisionero de Napoleón en Bayona

«No, señor -decía Saavedra al Virrey Cisneros- no queremos seguir la suerte de España ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto tomar de nuevo el ejercicio de nuestros derechos y salvaguardarnos nosotros mismos» ( Citado por Marius André)

La lucha vino, pues, entre los que así opinaban y los que aún tenían fe en España, a pesar de su ocupación por los ejércitos napoleónicos.

«El primer efecto que produjo en América la nueva situación de España con su Rey cautivo -expone Pereyra- fue la necesidad apremiante de acudir a la revisión de las teorías constitucionales
Los acontecimientos habían planteado cuestiones que sólo resuelven otros acontecimientos

El Rey de España, ¿podía ser sustituido en América por un órgano legal?

Los criollos decían que sí.

Los peninsulares contestaban con la más rotunda negativa»

«Si hubieran estado frente a frente los peninsulares y los criollos, la cuestión se habría resuelto con prontitud.

Pero los hechos complicaron la argumentación, y los criollos se dividieron, así como los peninsulares» (Carlos Pereyra, Breve Historia de América)

«La guerra hispanoamericana -escribe André- es guerra entre americanos que quieren los unos, la continuación del régimen español, los otros la independencia con Fernando VII o uno de sus parientes por Rey, o bajo un régimen republicano» ( Marius André, obra citada)

La realidad política y social es muy compleja; y así como se señalan grandes causas generales de un determinado proceso histórico, es necesario reconocer y señalar la existencia de otras causas más particulares, pero menos importantes y decisivas en cada lugar y momento diferentes

La América española constituye un vasto y variado escenario, en el que un mismo hecho histórico, como la independencia, tenía que presentarse con diversos caracteres, bajo las circunstancias diferentes de los distintos virreinatos y provincias.

Fuera de las causas generales ya señaladas, existieron en los dispersos movimientos de separación otras causas especiales que los inspiraron, imprimiéndoles un sello propio e inconfundible.

Es absurdo englobar en un mismo esquema de génesis política las declaraciones de independencia de los cuatro virreinatos y de las cuatro Capitanías generales en que Carlos III había dividido sus posesiones de América

En Buenos Aires, por ejemplo, fueron motivos económicos los que predominaron en la determinación de separarse de España.

«La guerra de independencia -dice Bunge- no se originó en altos ideales democráticos, ni la realizaron multitudes ávidas de gloria y de libertad.

Fue sólo un movimiento que iniciaron, inconscientes de sus proyecciones futuras, la burguesía o el comercio criollo de Buenos Aires contra el irritante sistema del monopolio español» ( Bunge, obra citada)

En Méjico es la cuestión religiosa la que decide la independencia.

La revolución de Hidalgo y de Morelos fracasó completamente.

Pero en 1821, los mismos que combatieron a los curas rebeldes, la nobleza, el clero, los frailes inquisidores, son los que realizan la independencia sin derramamiento de sangre.

Y este movimiento no es otra cosa que una contrarrevolución inspirada por el sentimiento religioso
Su objetivo principal es la abolición de la Constitución de 1812, que Fernando VII había sido obligado a restablecer como fruto de la sublevación militar de Riego.

«Los mejicanos están indignados por las leyes que han votado las Cortes, y muy particularmente por la expulsión de los jesuitas, decretada de nuevo.

Sobre todo en la capital hay gran oposición a que la Constitución sea puesta otra vez en vigor; pídese que se la considere como no existente y que la Nueva España sea gobernada según las antiguas leyes de Indias en tanto que el Rey no recupere la libertad de que es privado por el Parlamento.

Los temores y la cólera de los mejicanos se aumentaban por el hecho de que por lo menos las cuatro quintas partes de los oficiales españoles de guarnición en Méjico eran francmasones» (Marius André, obra citada)

El carácter contrarrevolucionario del movimiento emancipador se pone de manifiesto en el Plan de Iguala, que establece como base del mismo la defensa de las llamadas tres garantías: Religión, Unión bajo la monarquía, Independencia, simbolizadas en los tres colores de la bandera mejicana: blanco, rojo y verde, respectivamente; por lo cual el ejército de Iturbide es llamado trigarante o de las tres garantías.


En Centroamérica, la independencia se produce en 1821 como una consecuencia inevitable de la independencia del resto de América.

El propio Capitán General de Guatemala, don Gabino Gaínza, la declara en [36] Junta de Notables, en medio de la indiferencia popular


En general, en las provincias, lo que decide la independencia es el ejemplo y el apoyo de las capitales virreinales
Algunas provincias, como Córdoba y Montevideo, permanecen fieles a España, y la guerra que en ellas se libra es, al principio, la guerra entre las provincias leales y la capital rebelde.

Este es, a grandes rasgos, el proceso de la independencia hispanoamericana con sus causas fundamentales verdaderas, tal como la obra rectificadora de los nuevos historiadores ha logrado establecerlo.

Otra rectificación histórica de la que importa dejar constancia es, como antes dije, la que se refiere al pensamiento político de los grandes Libertadores.

Si la independencia de América no fue una revolución liberal y democrática de pueblos subyugados, tampoco puede achacarse a sus heroicos realizadores tales ideas.

Es un hecho que en toda Hispanoamérica, al proclamarse la independencia, se optó por la forma monárquica.

San Martín era monárquico.

Belgrano y Rivadavia, que habían sido republicanos, se volvieron monárquicos.

Y hay que recordar que al momento de declararse la independencia el ensayo republicano había ya pasado, y con Napoleón había resucitado la forma monárquica más absoluta.

Por eso, en el Congreso de Tucumán, el 6 de julio de 1816, Belgrano exponía:

«Segundo: que había acaecido una mutación completa de ideas en la Europa en lo relativo a formas de gobierno; que como el espíritu general de las naciones en años anteriores era republicano todo; que la inglesa, con el poder y majestad a que se había elevado, no por sus armas y riqueza, sino por una constitución de monarquía temperada, había estimulado a las demás a seguir su ejemplo; que la Francia la había adoptado; que el rey de Prusia, por sí mismo y estando en el goce de un poder despótico, había hecho una revolución en su reinado y sujetádose a bases constitucionales iguales a las de la nación [38] inglesa, y que esto mismo, habían practicado otras naciones

»Tercero: que conforme a estos principios, en su concepto, la forma de gobierno más conveniente para estas Provincias sería la de una monarquía temporada, llamando la dinastía de los incas, porque la justicia envuelve la restitución de esta casa, tan inicuamente despojada del trono por una sangrienta revolución, que se evitaría para lo sucesivo con esta declaración; y el entusiasmo de que se poseerían los habitantes del interior con sólo la noticia de un paso para ellos tan lisonjero, y otras varias razones que expuso»

Bolívar tampoco fue democrático.

Muy distante anduvo su genio político de los romanticismos liberales de los ideólogos de su época.

A Bolívar se le ha juzgado por sus proclamas ardientes de revolucionario.

Se ha confundido torpemente al guerrero con el político.

Para hacer la guerra a España Bolívar tenía que halagar los apetitos de los ideólogos y de las masas.

Su verbo toma entonces sonoridades demagógicas.

Pero su pensamiento íntimo está muy lejos de todo eso.

Hay que estudiar su correspondencia privada (Vicente Lecuna la ha compilado en diez tomos) para conocer íntegramente al político y al pensador.

Y cuando la guerra termina y llega la hora de organizar y de construir, Bolívar, si se ve forzado a implantar la república porque, como explica Pereyra, Inglaterra nunca recogió su insinuación de proporcionar un príncipe para el trono de Colombia; si en lucha contra los ideólogos aparenta ceder y cede muchas veces frente a ellos, sin embargo, en todo momento procura establecer en los países que gobierna un régimen lo más cercano posible a la monarquía, proponiéndose como modelo a la monarquía inglesa.

«De todos los países es tal vez Sudamérica el menos a propósito para los gobiernos republicanos», declara enfáticamente.

En el Congreso de Angostura intenta limitar los poderes del sufragio, creando una Alta Cámara de Senadores vitalicios que sirva de contrapeso a la Cámara popular.

Esta Alta Cámara la formarían los más destacados jefes y caudillos de la independencia, constituyendo una verdadera aristocracia.

Sus hijos les sucederían en sus puestos y serían educados por cuenta y bajo la vigilancia del Estado, para prepararlos mejor al ejercicio de sus funciones de gobierno.

Cuando le piden una Constitución para Bolivia se apresura a formularla con el pensamiento de que sirviera para la Gran Confederación por él soñada.

El proyecto de Bolívar es la expresión más cabal de su concepción política de gobierno unipersonal y aristocrático:

«El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución como el sol, que, firme en su centro, da vida al universo.

Esta suprema autoridad debe ser perpetua, porque en los sistemas sin jerarquía se necesita un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos.

»Un presidente vitalicio con derecho a nombrar el sucesor es la inspiración más sublime en el orden republicano»

Si Bolívar no había podido conseguir el establecimiento de un Gobierno monárquico, procuraba a todas luces establecer algo que fuera lo más semejante a él, y como una forma de evolución hacia la monarquía, porque como lo expresaban al Gobierno inglés los miembros del Consejo de gobierno colombiano en una nota oficial: «Para el éxito mismo de la mutación de forma de gobierno es conveniente que el Libertador por su vida gobierne este país.

Se hará así un tránsito suave hacia la monarquía, porque los pueblos, olvidándose de elecciones y acostumbrándose a ser gobernados permanentemente por el Libertador, se dispondrán a recibir un monarca» (Archivo de Santander, vol XVIII, pág 149).

Las ideas de los Libertadores hispanoamericanos y sus esfuerzos no tendían, pues, a la creación de repúblicas, sino a la unificación bajo la monarquía.

«El movimiento no era, por tanto, necesariamente republicano -dice Cecil Jane-, ni era seguro en un principio que llegaría a terminar en el establecimiento de repúblicas
Por el contrario, el que se desarrollase en ese sentido no lo deseaban los más eminentes caudillos de la guerra» ( Cecil Jane, obra citada, pág , 138).

La forma republicana fue establecida en Hispanoamérica porque no quedaba otro camino frente a la imposibilidad de encontrar príncipes europeos para los tronos americanos.

Al contrario del heredero de Portugal, que prefirió sus dominios de América a su trono europeo, Fernando VII rechazó toda negociación para que él, sus hijos o parientes vinieran a ocupar los tronos que les ofrecían las Juntas de Méjico y de Buenos Aires.

Por otra parte, Inglaterra no atendió la insinuación hecha por Bolívar, repetida en 1826 y en 1827, de proporcionar un Rey a Colombia.

Antes de decidirse por la república, Méjico hizo un errado intento monárquico proclamando a Iturbide Emperador.

Fue un ensayo que necesariamente tenía que fracasar.

Iturbide, cegado por la gloria, había olvidado sus propias y exactas previsiones políticas del Plan de Iguala que llamaba al trono de Méjico a un príncipe de sangre, para que el reino se encontrara «con un Monarca ya hecho y precaver los atentados funestos de la ambición».

Y esta experiencia iba a servirle después a Bolívar para rechazar, con sabio criterio, la corona que le ofrecían amigos como Páez y enemigos solapados como Santander.

«Ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón -escribe al caudillo venezolano- Tampoco quiero imitar a César, menos a Iturbide» .

Ya avanzado el siglo XIX, para terminar con la anarquía que despedazaba a Méjico, vuelve a intentarse allí otro ensayo de monarquía con Maximiliano de Austria como Emperador.

Pero entonces el mal había echado raíces muy hondas.

Además, al norte de Méjico era ya fuerte una nación organizada y dirigida sabiamente por una plutocracia sagaz y sin escrúpulos, que había elaborado todo un plan de expansión territorial hacia el Sur.

La anarquía mejicana servía admirablemente a sus propósitos, y por eso todo intento de unificar a Méjico y organizar una nación próspera y respetable tenía que ser combatido por los voraces vecinos del Norte.

La desmoralización reinante facilitó las maniobras subterráneas de las logias y del intrigante y perverso ministro Poinsset.

En Juárez y sus secuaces encontraron los norteamericanos los más fieles y abyectos servidores

Por otra parte, Maximiliano no pasaba de ser una bella y noble figura, un príncipe de leyenda, abandonado a última hora por quienes le habían prometido toda ayuda.

Si a Iturbide, hábil político y valiente militar, le habla faltado la calidad de príncipe para buen Emperador, Maximiliano era demasiado príncipe, pero poco político y poco militar

Y así, entre el imperialismo y la traición, desbarataron aquel último intento histórico de Méjico para constituirse en monarquía según el pensamiento político de los grandes Libertadores hispanoamericanos.

Los pueblos traicionaron a sus Libertadores.

Los demagogos y los ideólogos conspiraron contra ellos, los vilipendiaron, los persiguieron y los asesinaron.

Iturbide fue torpemente fusilado al volver a Méjico.

San Martín y O´Higgins murieron en el destierro.

Sucre cayó víctima de un cobarde atentado en las montañas de Berruecos.

Bolívar, después de escapar milagrosamente al puñal de sus enemigos, fue a morir oscura y tristemente, olvidado de todos, en la soledad de su retiro campestre de San Pedro Alejandrino
Un año antes de morir había dicho: «No pudiendo nuestros pueblos soportar ni la libertad ni la esclavitud, mil revoluciones harán necesarias mil usurpaciones»

Así, bajo tan fatales auspicios, entraron nuestras naciones a la vida democrática.

Separados y divididos los pueblos hispánicos, hemos vivido unos siglos de desintegración y anarquía, hemos traicionado nuestras esencias nacionales y hemos sido fácil presa de las naciones anglosajonas, antípodas de nuestro espíritu y de nuestra cultura, que han engordado a costa nuestra monstruosos imperios capitalistas con sus piratas y filibusteros, su diplomacia de gangsters, su feroz mercantilismo calvinista y sus políticos cínicos, cariñosos y bellacos.

Pero en medio de nuestra desintegración y de nuestra decadencia, aun cuando los políticos descastados de nuestra aristocracia degenerada y de nuestra podrida burguesía vendían nuestros territorios, enajenaban nuestra soberanía política y entregaban a los imperialismos enemigos las rutas vitales de nuestra geografía, nuestros pueblos permanecieron fieles a sus profundas esencias telúricas y espirituales y mantuvieron un insobornable amor a la libertad cristiana, herencia y patrimonio inalienable de su estirpe hispánica gloriosa.

Es así como nuestros enemigos nunca pudieron consumar la conquista espiritual que ambicionaban para poder disponer definitivamente de nuestro porvenir y de nuestro destino históricos.

Y cuando llega la quiebra de los valores materialistas, cuando en medio de la guerra y del triunfo, ellos, los amos del mundo, no aciertan siquiera con una fórmula mínima de convivencia internacional, y en la más grotesca y trágica farsa que registra la Historia de la Diplomacia y del Derecho no hacen otra cosa que Hipotecar el porvenir de la Humanidad y de la Civilización a las tremendas contingencias de un estado caótico del mundo y a las brutales posibilidades de una nueva guerra de exterminio total, nosotros, pueblos hispánicos, conservamos intactas las fuerzas vitales de un catolicismo integral capaces de salvar y ordenar el mundo y de recrear una Cultura y una Civilización cristianas acordes con la modernidad.

He aquí, pues, cómo surge de nuevo a la Historia el tema de nuestra unión y de nuestro destino universal.

El dominio de la ciencia sobre la velocidad y sobre las distancias ha vinculado tan estrechamente a los pueblos de la tierra, que toda forma de aislamiento feudal, todo nacionalismo autobiológico, toda autovivencia económica y espiritual, resultan impracticables, y la necesidad de un orden universal es ya la norma indispensable para la existencia del mundo moderno, para la vida pacífica de la comunidad internacional.

No se concibe ya una economía nacional independiente de la economía mundial.

No se concibe, ni en los más pequeños países, una política desvinculada de la gran política internacional.

Ni la Filosofía, ni la Ciencia, ni el Arte pueden encerrarse ahora en orgullosas torres de marfil.

Toda actividad social y nacional obedece a las grandes fórmulas y a las directrices universales.

La modernidad reclama un Orden y una Unidad, una fórmula de hermandad humana, para poder subsistir en paz, sin que la estrecha convivencia de las naciones provoque el choque de los encontrados intereses que ahora tienen al mundo ensangrentado y revuelto; que un superior principio gobierne las relaciones de los pueblos, y que una fuerza política universal, al servicio de ese ideal cristiano, garantice su aplicación.

He dicho una fuerza política universal, pero universal no por su potencia bélica de imperialismo nacional, sino más bien por la ecumenicidad cristiana de sus principios espirituales, por la universalidad antirracista de su Cultura, de su Política y de su Economía.

Sintetizando, se puede decir, que el nuevo orden mundial que exige la Humanidad, debe ser regido y garantizado por una fuerza política cristiana, o, más concretamente, por una fuerza política católica, pero no en el sentido teocrático de un absurdo catolicismo político.

Esta denominación de católica quiere significar una concepción católica de la política y no una concepción política del catolicismo; quiere significar el espíritu esencialmente teocéntrico que debe informar el Nuevo Orden, como reacción lógica y natural contra el Humanismo pagano antropocéntrico de la actual Civilización, a cuyo error antirreligioso debe la historia moderna su fracaso; quiere significar que esa fuerza política cristiana debe inspirarse en la doctrina ecuménica del Catolicismo, tan combatida por los nacionalismos protestantes, que, convirtiendo a la Religión en patrimonio de unos pueblos y poniéndola al servicio de las concupiscencias de sus Reyes, desvirtuaron su salvadora universalidad y destruyeron la autoridad internacional de la Iglesia.

Como católicos, no podemos esperar que un mundo regido por potencias laicas y arreligiosas como Estados Unidos, o protestantes como Inglaterra, o ateas y materialistas como la Rusia Comunista, pueda encontrar la Paz y la Justicia de un orden cristiano universal.

Como hispanos, tampoco podemos esperar ingenuamente de estas potencias imperialistas el regalo de un orden político mundial a base de graciosa igualdad y justicia gratuita.

Nuestra esperanza política inmediata consiste, pues, en que las rivalidades de estas potencias imperialistas dominadoras y de las fuerzas contrapuestas que operan dentro de ellas, nos permitan conservar una relativa libertad e independencia, gracias a las cuales podamos realizar la unidad política y cultural, clave de nuestra futura grandeza.

Y más allá de esta esperanza, nuestro pensamiento cristiano nos lleva al convencimiento de que las fuerzas -esencialmente ciegas y erradas- de estos imperialismos materialistas, no pueden sino desencadenar fracasos y tragedias en la Historia Universal, hasta provocar el derrumbe inevitable de esas mismas fuerzas que hoy la rigen; derrumbe que, al producirse, abandonará necesariamente esa función rectora en manos de las naciones católicas capaces de asumirla en el momento histórico preciso.

Ahora bien, la formidable comunidad de sangre, de Historia y de Cultura, que junta en apretado haz de nacionalidades a nuestros pueblos, es ya un destino manifiesto de unidad política, que al significar la más grande y vigorosa aglutinación de pueblos cristianos está señalando a estas naciones para asumir esa función rectora de la Historia.

Y porque sólo en los pueblos hispánicos se da esa vocación misionera de la Cultura Cristiana, esa necesidad vital de engendrar nuevos pueblos y de prodigarse a ellos, ese anhelo prodigioso de ecumenicidad, esa creencia generosa en la igualdad esencial de todos los hombres y en su capacidad de salvación; por eso debe decirse que sólo en los pueblos hispánicos puede encontrar el mundo una fuerza política lo suficientemente espiritualista y heroica para realizar en la Historia un Orden Cristiano Universal.

Es así que, afirmados en esta esperanza hispana y cristiana, los pueblos hispánicos debemos luchar por mantener a toda costa nuestra independencia y conquistar una más efectiva libertad, para poder realizarnos en la Historia.

Debemos empeñarnos en ser nosotros mismos por la fe en nuestro destino y por la comunidad de nuestros intereses espirituales y materiales.

Debemos mantenernos estrechamente unidos contra la agresión de los imperialismos, defendernos decidida y tenazmente de las poderosas corrientes intelectuales y morales que tratan de disolver, en un cosmopolitismo denigrante y suicida, nuestros caracteres autóctonos y nuestra personalidad de nación; y debemos emprender la tarea urgente y difícil de amalgamar y superar nuestros componentes étnicos y sus herencias espirituales, para recrear con ellas una Cultura auténticamente nuestra, como base formidable de solidaridad social y como afirmación de la libertad y grandeza de nuestros pueblos.

En esta época difícil los pueblos hispánicos debemos, pues, luchar unidos, para poder surgir después unidos en la Historia, como la gran fuerza Política cristiana del futuro, destinada a implantar en el mundo la Justicia de un Orden Cristiano Universal.

Mientras tanto, yo dejo aquí en pie frente al porvenir, como bandera de aliento y profecía, el verso admonitivo de Rubén:

Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos
Formen todos un solo Haz de energía ecuménica
Agradecemos al autor - Julio Ycaza Tigerino (Alferez) ARBIL.  V.MMII

 

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Tras unas consideraciones filosófico-científicas sobre el trabajo del geógrafo, Artemidoro de Éfeso escribe que «El país que va desde los Pirineos hasta las cercanías de Gades (Cádiz) se llama tanto Iberia como Hispania. Los romanos lo han dividido en dos provincias. A la primera pertenece la región que se extiende desde las montañas de los Pirineos hasta Cartago Nova (Cartagena) y Castolo (una ciudad cercana a Linares) y las fuentes del Betis (Guadalquivir). A la segunda pertenece, en cambio, el resto del territorio hasta Gades y toda la región de la Lusitania». Se trata, evidentemente, de la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior, establecidas como provincias por Roma el año 197 a. de C.

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España - "Es sintomático que el anónimo monje mozárabe que, en torno al 748, se empeñaba en continuar con nuevas noticias la Crónica de san Isidoro, acudiese a dos expresiones que hemos recogido para definir los profundos cambios que su generación hubo de presenciar. En primer término, la pérdida de España; se refería tanto al derrumbamiento del reino de los godos –según el cronista tenían méritos más que suficientes para este castigo– como a la destrucción de aquella Cristiandad que un siglo antes diera muestras de tanta madurez. Pues los musulmanes, que relegaron la Cristiandad a la sumisión, destruyeron en la práctica cuanto pudieron de las antiguas estructuras, incluyendo el espacio y el nombre mismo de España. Lo que se ha producido no es únicamente la ruina de la monarquía goda, sino la de algo más importante, Spaniae, para decirlo con el nombre que escoge después la Crónica de Alfonso III.
Se abría paso la conciencia de que el pacto del año 418 no había sido un simple contrato de servicios, sino una transmisión de legitimidad. Por eso no había cambiado de nombre. Algunas veces se emplean los términos de Hesperia o de Iberia, nunca el de Gotia. La desaparición de la monarquía visigoda, que no fue tan completa como las primeras generaciones imaginaran, estuvo acompañada, primero, de la sumisión y, luego, del aniquilamiento de la comunidad cristiana.
La conquista musulmana fue consecuencia de una falta de decisión por parte de la población cristiana. Algunos potentes como Oppas, obispo de Toledo, los hijos de Witiza, Teodomiro que gobernaba el sudeste, o los descendientes de Casio en el Ebro, optaron por la sumisión. Y, sin embargo, la nación española no desapareció. Desde una fecha que podemos situar en torno al año 740, a causa principalmente de una rebelión berberisca, los musulmanes renunciaron ya a la idea de dominar y someter toda la Península y fijaron sus fronteras.
Al otro lado de la vasta línea estaban ya los núcleos de resistencia consolidados, todo lo largo del litoral cantábrico y algunos valles del Pirineo. No es extraño que una escaramuza despertara, de pronto, ecos de epopeya. Eso es Covadonga. En el lado de acá estaba al-Ándalus, lejano oeste para una sociedad que se vinculaba al olivo, la vid y el naranjo. En el otro comenzaba Europa. Así lo afirmaban Beda y el anónimo monje mozárabe que escribía en algún lugar de las afueras de Córdoba".

Luis Suárez Fernández – MMV. XI. XI. ESP.

 

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Visión objetiva

 

Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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Desgraciadamente, lo que el ‘protestantismo’ ha hecho es exaltar y tratar como algo sagrado al rebelde y disidente juicio privado considerándolo como un dogma de fe, y las consecuencias de esto se han hecho manifiestas. ¡No funciona! La Enciclopedia Cristiana Mundial (Publicación de la Universidad de Oxford, 1983) estima que hay mas de 20,000 denominaciones en existencia, y la aplastante mayoría de ellas – todas excepto por un puñado de ellas – han sido creadas en los últimos 500 años y son denominaciones Protestantes. Ese es el fruto de la doctrina de juicio privado.

Podemos ver, desde nuestro punto de observación 500 años después de la Reforma, las consecuencias devastadoras de esta doctrina, como actúa como un martillo para machacar y hacer trizas a las iglesias haciéndolas más y más pequeñas con el pasar del tiempo. Sin embargo, las gentes de aquel tiempo debieron haber podido prever estas consecuencias, y de hecho así lo hicieron. Los Católicos de aquel periodo abiertamente predijeron el caos; mismo que ahora ha florecido en el mundo Cristiano, y los Reformistas mismos vieron lo que pasaría. Los Reformistas por eso tomaron medidas para mitigar esta situación y desacelerar el número de denominaciones que estaban siendo creadas.

 

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«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo». Además, Benedicto XVI dijo estar «contento» por la presentación ayer del «Compendio» del Catecismo de la Iglesia Católica, «una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayude a conocer mejor e incluso a vivir mejor la fe que nos une». «No se puede leer este libro como se lee una novela», advirtió el Pontífice, subrayando que «requiere meditarlo con calma en sus partes y permitir que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma». «Espero que sea acogido de este modo y pueda convertirse en una buena guía para la transmisión de la fe», aseveró. El volumen, presentado ayer, de doscientas páginas, recoge en 598 preguntas y respuestas la síntesis de ese «Catecismo» que fue promulgado en 1992 por el Papa Juan Pablo II. El «Compendio» no ofrece añadidos ni cambios al contenido de aquel volumen de unas 700 páginas. 2005-06-29.

 

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¿Pueden equivocarse las mayorías?


Cuando la policía peruana atrapó al creador del grupo terrorista Sendero Luminoso, Vargas-Llosa se apresuró a declarar su oposición a la pena de muerte. Y, cuando el periodista le recordó que la mayoría de los peruanos aprobaban esa condena, el escritor respondió tajante: «La mayoría está equivocada. La minoría lúcida debe dar una batalla explicándole que la pena de muerte es una aberración».


José Antonio Marina, al final de su Ética para náufragos, explica que los hombres han estado mayoritariamente de acuerdo en colosales disparates. Y así, conocemos consensos tan absolutos como injustos, que han durado milenios: el antiguo consenso sobre la esclavitud, sobre la movilidad del Sol y la inmovilidad de la Tierra, sobre la carencia de derechos del niño y de la mujer. Por eso, el simple acuerdo no garantiza la validez de lo acordado. El problema no es nuevo. Hace siglos que Francisco de Vitoria (sacerdote de la Iglesia católica - Salamanca sc. XVI) lo planteó al hablar de los sacrificios humanos en México: «No es obstáculo el que todos los indios consientan en esto, y que no quieran en esto ser defendidos por los españoles. Pues no son en esto dueños de sí mismos ni tienen derecho a entregarse a sí mismos y a sus hijos a la muerte». Y concluye Marina: «Los consensos puramente fácticos no bastan para legitimar nada». 2004.

 

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¡La Iglesia fundada por Jesucristo, lleva 2.000 años siendo Madre y Maestra!“. Desde el Gólgota en Jerusalem como desde la crucifixión en cruz invertida de San Pedro en el gólgota vaticano -esa admirable colina romana-, somos trayectoria evangélica y evangelizante.

 

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El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en la encrucijada de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por este motivo, la interculturalidad de las corrientes espirituales de estos tres continentes pertenece a la forma originaria del cristianismo. Solo la difusión del Islam sustrajo al cristianismo de Oriente próximo gran parte de su fuerza vital, mientras echaba a las comunidades cristianas de Asia; en cualquier caso, a partir de entonces el cristianismo se convirtió en una religión europea. 2003-07-18 Cardenal + Joseph RATZINGER - Al día: S. S. BENEDICTO XVI  - P.M. - 2005

 

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A finales de mayo de 1588, una impresionante flota abandonaba el Tajo con rumbo a Inglaterra. Su finalidad era invadir el reino gobernado por Isabel Tudor y, tras derrocar a la hija de Enrique VIII, reimplantar la religión católica en la Iglesia fundada por Jesucristo. En apariencia, la empresa no podía fracasar pero al cabo de unos meses se convirtió en un sonoro desastre.

 

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Trafalgar: el dominio del mar - 1º

 

La batalla de Trafalgar sonará mucho antes de que cumpla su segundo centenario el 21 de octubre de 2005. Por lo pronto, Arturo Pérez Reverte publica un ambicioso libro en octubre. En Inglaterra auspician la conmemoración, entre otros, el Royal Naval Museum, de Portsmouth, y el Nacional Maritime Museum, de Greenwich

 

TEXTO: TULIO DEMICHELI/

 

Inglaterra tenía miedo. Napoleón había reunido una gran armada al revalidar casi por la fuerza el Tratado de San Ildefonso, suscrito con España en 1796 y que había expirado al firmarse la Paz de Amiens. Aunque ésta fuese otra guerra -y no una guerra de España- Godoy, el valido de Carlos IV, se rendiría a Bonaparte y esa alianza se selló el 19 de octubre de 1803.

En la primavera de 1805, Pierre de Villeneuve -quien comandaba la flota franco-española- había burlado el sitio de Tolón y puesto rumbo a Martinica, distrayendo así la atención de los británicos. El plan de Napoleón era alejarlos hacia las Indias, luego escabullirse y regresar, para caer sobre el Canal e invadir las islas con 350.000 hombres. Pero sólo la primera parte salió a pedir de boca, después hubo enfrentamientos con el almirante Calder en Ushent y cerca de Finisterre. La escuadra, tras avituallarse y reparar daños en Vigo, iría a buscar refugio en Cádiz, cuando Bonaparte había ordenado que se dirigiese a Brest, lo que le enfureció.

Por su parte, el almirante Nelson, quien mandaba la escuadra del Mediterráneo desde el comienzo de la guerra, volvió a Gibraltar en la sospecha de ello; allí dio instrucciones al almirante Collingwood para bloquear el puerto gaditano, y luego partió hacia Londres a esperar acontecimientos.

En la metrópoli estuvo 25 días en los que concibió un plan que presentaría al Almirantazgo y que causó conmoción en Whitehall por su audacia y detalle. Allí mantuvo el único encuentro en vida con Wellington, a quien no causó una buena primera impresión: «Habla siempre de él mismo con un estilo tan vano y tonto que me sorprendió y casi me disgusta»; pero enseguida, cuando Nelson cayó en la cuenta de quién era, «habló del estado del país y del continente con tan buen sentido y conocimiento que fue la conversación más interesante de mi vida».

Nelson se había granjeado la admiración de los suyos; en cambio, Pierre de Villeneuve no suscitaba grandes entusiasmos. Los marinos españoles estaban indignados, pues había abandonado dos de sus barcos al enemigo; los franceses, a su vez, le achacaban la falta de disciplina y de moral de las tripulaciones; y por último, el emperador había decidido sustituirle con el almirante Rossilly por «su falta de arrojo y sangre fría», según el «Moniteur».

El almirante británico abandonó Londres el 15 de septiembre. Y el día de su cumpleaños reunía en Gibraltar a sus capitanes para exponerles el plan, al que había llamado «El toque de Nelson». Se cuenta que algunos lloraron.

LA FLAQUEZA DE GRAVINA. Seguramente Villeneuve tenía prisa, no quería ceder el mando aliado, necesitaba una salida airosa, providencial. Quizá por ello, el 16 de octubre le ordenó al almirante Gravina, al mando de los españoles, que pusiera sus buques «a vela» para salir de Cádiz cuanto antes.

Y ello, en contra de lo dispuesto diez días atrás en consejo de guerra, cuando se argumentó que venía el mal tiempo por otoño; que las tripulaciones habían sido completadas hacía muy poco; y que los marineros reclutados a la fuerza -como era costumbre española en tiempos de guerra- no tenían aún la instrucción para entrar en combate. Para ventaja de la escuadra inglesa, sus marineros, cuando no se habían formado en la armada, procedían de la marina mercante y sabían el oficio: todos los barcos navegan igual.

Gravina acató las órdenes de Villeneuve, quizá porque Godoy también le presionaba. A las seis de la mañana del día 19 una escuadra compuesta por 18 barcos franceses y 15 españoles hacía su salida, maniobra que concluyó a las ocho y media de la del día siguiente «con viento fresco del E y del ESE». Mientras, las iglesias se llenaron: el puerto era una gran rogativa. El miedo oleaba por la costa de Cádiz.

El orden de salida de la escuadra era acertado: Álava comandaba la vanguardia, Villeneuve situó el «Bucentaure» en el centro de la línea, Dumonoir dirigía la retaguardia y Gravina, a bordo del «Príncipe de Asturias», gobernaba la reserva. Pero el plan de Vileneuve no era plan, pese a su delicada situación, y dejaba a la discreción de sus capitanes las maniobras de combate.

Cuando sus vigías avistaron al norte la escuadra aliada, Nelson dio orden de persecución general, aunque se contuvo toda la noche del 20, para evitar la huida del enemigo a Cádiz. Para entonces, Villeneuve ya había ordenado maniobrar en redondo 180 grados, poniendo la flota a sotavento, lo cual facilitaba la caída hacia el puerto, aunque no fuera una estrategia de victoria. Sin embargo, esa decisión había variado drásticamente el orden de salida: la vanguardia se había convertido en retaguardia; la retaguardia, en vanguardia; y la impericia de las tripulaciones había desorganizado toda la línea, sobre todo en su centro.

«EL TOQUE DE NELSON». Todo ocurría frente al cabo Trafalgar. El almirante francés aguardaba veinte navíos en línea, y quiso oponer un contingente de fuego semejante, reservando el resto de los barcos. Pero la mañana del día 21 se encontraría frente a una fuerza mayor (27 barcos) y ante una estrategia que contravenía las normas al uso: Nelson le lanzaba su escuadra en dos divisiones con la ventaja de barlovento. Una la encabezaba Collingwood, en el «Royal Sovereign»; y la otra, él mismo desde el «Victory». Nelson enfilaría por delante del buque insignia francés, el «Bucentaure»; y su segundo, hacia el «Santa Ana» de Gardoqui. Como Nelson había vaticinado, la vanguardia aliada no podría girar en redondo y acudir en auxilio de la retaguardia, que podría ser diezmada.

Las tácticas de combate también fueron distintas. Mientras la escuadra aliada buscaba desarbolar al enemigo, disparando contra las velas y el palo mayor, los ingleses centraron el fuego sobre la tripulación, tiraban a los puentes del buque causando gran matazón. Villeneuve aullaba, desesperado, en medio del combate: «¿No hay una bala para mí entre tanta carnicería?».

CHURRUCA Y LA PIEDAD DEL PESCADOR. Españoles y franceses combatieron con fiereza. El héroe indiscutible de Trafalgar -incluso por encima de Nelson, quien no debía haberse expuesto a morir como lo hizo- fue Churruca, capitán del «San Juan Nepomuceno». Él solo se enfrentó a 6 navíos enemigos, sin rendirse, desarbolado su barco, hasta caer herido de muerte.

Pero también hubo otros héroes, éstos anónimos y solidarios, entre los pueblos costeros, cuyas gentes acogieron a los náufragos y heridos, incluso si eran ingleses. Sobresaliente fue el pescador Félix Odevo, quien patrulló el mar después de la batalla salvando a muchos, pese a las tormentas que se desataron. A unos les pareció que el cielo lloraba tamaña derrota. A otros, que no se apiadaba ni en la victoria.

Pese a todo, en Trafalgar España no perdió su flota; tan sólo diez barcos (tenía más de 40), pérdida que sería compensada con cuatro capturas a los franceses en la guerra de la Independencia. Pero nunca volvería a tener una Marina igualable. En cambio, esta derrota sí quebrantó la relación de fuerzas entre la alianza y los ingleses y le causó a Francia muchas más bajas. Napoleón había perdido su poderío en los mares. Ya nunca invadiría las islas. Nelson le brindó a Gran Bretaña la supremacía naval hasta mediados del siglo XX. 2004-08-21

 

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«Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en motivos de alabanza y gloria del Creador» (LEON MAGNO, Sermón 7 en la Navidad del Señor, 2.6; LIT HOR VIERNES V T.O.)

 

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La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión{la Iglesia Católica fundada por Jesucristo}.

 

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Inquisiciones hubo tantas como religiones había en esos siglos. Para esa época, un ataque a la religión de un país —ya fuera la católica, la luterana, la anglicana o la calvinista— suponía algo tan importante para la estabilidad de su gobierno, como lo que es el terrorismo o la guerrilla para una democracia actual. En cuanto a la Inquisición española, en su momento de mayor auge, entre 1540 y 1700, los condenados a la hoguera fueron 1.346, que representan un 1,9% de todos los procesados. La Revolución Francesa, tan alabada por los laicistas como Vargas Llosa, en pocos días, llevó a la guillotina cifras posiblemente superiores, exterminó a todos los de la región de la Vandeé y además arrasó con gran cantidad de edificios y objetos de arte religiosos. Y todo eso en nombre de la igualdad, libertad y fraternidad.

 

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"Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras."  (Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó)

 

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Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

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El hombre, desde la edad de piedra - 2º

a nuestros días, se desplaza o se mueve

movido por el conocer que le lleva a descubrir.

 

Después de que el hombre descubriese que su cuerpo se sostenía sobre un tronco, se le ocurrió unir dos o más troncos para formar una balsa como transporte. Podemos decir que la primera embarcación propiamente dicha fue la canoa. De debe al la Edad de Piedra, y la construían ahuecando un tronco y como medio de impulso se usaban remos cortos. Después se recubrieron de tejidos impermeables y tras esto se construyeron utilizando planchas de madera, atadas o cosidas entre sí, o sujetas con clavijas a una armadura interna. Pronto fue descubierto que si se les ponían velas a los barcos, éstos se movían más rápido impulsados por el viento. Estas velas probablemente en un principio eran de juncos entretejidos o pieles.

 

Los egipcios fueron los primeros constructores de barcos de los que se tiene noticia. Hace al menos cinco mil años que los fabricaban para navegar por el Nilo y más tarde por el Mediterráneo.

 

Otro pueblo de gran importancia fueron los fenicios, grandes mercaderes colonizadores. Exploraron la cuenca mediterránea occidental, llegaron a las islas británicas y quizá navegaron alrededor de África. Los mástiles de sus naves se hacían con cedros del Líbano. Los costados, muy altos, tenían dos hileras de remos a cada lado, por ello recibieron el nombre de birrenes. Además también tal vez inventaron la trirreme, con tres hileras de remos. Fueron los griegos quienes la desarrollaron. Tenía una vela cuadrada de tejido o cuero; pero sobre todo en los combates, se fiaban de los remos. Algunas tenían ciento sesenta bogadores. Los buques mercantes griegos, más grandes y anchos que los de guerra, empleaban mucho más las velas que los remos.

 

Romanos

 

El poderío naval de Grecia declinó después del siglo IV a. de C. Cartago y Roma emprendieron una larga lucha por el dominio del mar. Antes de la era cristiana, los romanos habían triunfado y, durante muchos años, señorearon las rutas marítimas mediterráneas. Sus galeras eran similares a las griegas, pero bastante más grandes. Tuvieron seis o más hileras de remos.

 

Después, habiendo comprobado que los buques don muchas filas de remeros no resultaban prácticos en los combates navales, prefirieron los birrenes en las operaciones bélicas. Los grandes barcos mercantes, que llevaban a Roma provisiones de todo el Imperio, sólo utilizaban velas.

 

Vikingos y Cruzados

 

En el siglo IX los normandos o vikingos se convirtieron en el terror de los mares septentrionales. En sus embarcaciones, largas y estrechas, propulsadas con velas y remos, efectuaron incursiones en las costas del norte de Europa, las islas británicas y el Mediterráneo. En sus naves, cuya proa simulaba un dragón, se internaron en el tormentoso Atlántico septentrional. [No existen pruebas apodícticas que hayan llegado a las costas americanas. MMVI.]

 

Los barcos progresaron muy poco en el sur de Europa, y la navegación fue muy reducida hasta que se iniciaron las cruzadas en el siglo XII. Como se necesitaron para transportar hombres y pertrechos a Tierra Santa, aumentó de pronto su construcción. Flotas de galeras genovesas y venecianas, movidas a remo y no muy distintas de las griegas, recorrían el Mediterráneo.

 

Los países de norte de Europa comenzaron a interesarse en la producción de buques. Eran semejantes a una artesa, lo que les mereció el nombre de naves redondas. Se desarrollaron rápidamente los veleros para todos los fines. El timón, inventado antes, sustituyó al remo con que se dirigían los barcos. Las embarcaciones, al estar provistas de dos o más mástiles, empleaban, naturalmente más velas. Cuando se utilizó la triangular o latina al mismo tiempo que la cuadrada, los navegantes dominaron el viento casi por completo: en su dirección, en ángulo con él y a veces incluso contra él.

 

Naves de exploradores

 

Durante los siglos XV y XVI aparecieron muchos tipos de naves: carracas, carabelas, pinazas, saicas, galeones, etc. El uso de la brújula se generalizó y posibilitó los viajes cada vez más largos. Se construyeron buques de unas mil toneladas. Pero eran sorprendentemente pequeños los que ocupaban los exploradores.

 

La nao Santa María, que llevó a Colón y a sus cincuenta y dos hombres al Nuevo Mundo, medía treinta metros de eslora (longitud). Los barcos en que Vasco de Gama dobló el cabo de Buena Esperanza, aunque algo mayores, se parecían a ella. Los buques mercantes y de guerra ingleses crecieron en número y tamaño durante los reinados de Enrique VIII e Isabel I.

 

Las carracas, que españoles, portugueses y venecianos usaban para transportar mercancías, tenían a menudo cuarenta metros de eslora. Los barcos de guerra mayores de la época, dotados de cuatro mástiles, desplazaban mil quinientas toneladas. Los franceses sobresalieron en la arquitectura naval. Sus naves aventajaron en tonelaje y velocidad a las de otras naciones, sobre todo en los siglos XVII y XVIII.

 

La demanda de rapidez

 

Los barcos iban armados de cañones desde el siglo XIV. Algunos buques ingleses, que derrotaron a la Armada Invencible en España (1588), llevaban cincuenta y cinco. A mediados del siglo XVIII abundaban los de cien cañones. En el XVII se tendía a construir buques del tipo fragata, que introdujo un gran cambio en el diseño del casco. Era una nave rápida de proa baja y con estructuras en la popa; casi todos sus cañones estaban en la cubierta principal. La primera de su clase, la Constant Warwick, se botó en 1647.

 

El tráfico oceánico creció en los siglos XVII y XVIII, cuando los ingleses, portugueses y holandeses intensificaron la búsqueda de productos orientales. Las naciones europeas crearon compañías comerciales rivales. La más famosa fue la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, fundada en 1600. Los barcos de carga solían ser más anchos y lentos que los de guerra, e iban menos armados. Al incrementarse el comercio con Oriente, se necesitaron naves más rápidas para el transporte de té, especias, café, etc.

 

Las que cumplían las travesías de la India, China y archipiélagos vecinos en menos tiempo rendían ricos beneficios a sus propietarios. A principios del siglo XIX, el clíper, de líneas suaves y aerodinámicas, empezó a remplazar a los buques que comerciaban con Oriente: el Cutty Sark alcanzaba los veinte nudos.

 

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PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA - 3º

Trafalgar, la gloriosa derrota

 

Por Fernando Díaz Villanueva

Una rutilante estrella política se alzaba con fuerza en el firmamento europeo a finales del siglo XVIII. Se llamaba Napoleón Bonaparte, y había decidido, después de consultarlo consigo mismo, que Europa le pertenecía. En pocos años, su bien motivado ejército había puesto en jaque a todos los reyes del continente. Viejas alcurnias se rendían ante la irrefrenable ambición del general corso, a quien todo le parecía poco.

 

Sólo había un país que se resistía a sus designios: el Reino Unido. La Inglaterra de entonces era una nación que cotizaba al alza y no se dejaba amilanar por cualquiera. Poseía la flota más extraordinaria jamás vista en alta mar y tenía de su lado, además, el Canal de la Mancha, un soberbio foso natural custodiado día y noche por los perros de presa de la Royal Navy.

 

Napoleón lo sabía. Sabía que si no sometía Inglaterra y anulaba su poderío marítimo nunca llegaría a emular a los emperadores de la Antigüedad en magnificencia y dominio. En 1804, ya convertido en rey de reyes, vio llegada la hora de echarse sobre su vecino del otro lado del canal. Ordenó reunir un impresionante ejército en Calais y diseñó una cuidada estrategia para alejar a los navíos ingleses de las aguas del canal, con el objetivo de que sus tropas lo cruzasen sin contratiempos. Una vez en la isla, la invasión se haría conforme a lo habitual, es decir, con determinación y sin miramientos. Mientras en París el emperador ultimaba su plan maestro, dos de sus almirantes, Villeneuve y Missiessy, zarparon de Tolón rumbo al Caribe con una poderosa flota. Los ingleses advirtieron la maniobra y cayeron en la trampa, corriendo tras ellos en una denodada carrera por el Atlántico.

 

Villeneuve llevaba orden de huir de los ingleses y, una vez hubiese avistado América, volver de inmediato a Europa y reagrupar la flota franco-española, que se encontraba desperdigada por El Ferrol, Rochefort y Brest. Con eso bastaría para garantizar el paso del canal. Los ingleses, que en las cosas del mar siempre han ido un paso por delante, cayeron en la cuenta de que se trataba de un ardid al recibir un informe de un bergantín que había visto a la flota de Villeneuve navegando a toda vela hacia El Ferrol. El Gobierno de su Majestad fue rápido, tanto que al llegar los franceses a Galicia se encontraron con quince navíos ingleses dispuestos a abrir fuego.

 

Así fue. Villeneuve perdió dos barcos (españoles, por cierto) y se batió en retirada, refugiándose en Vigo. Es aquí donde termina de fraguarse el drama –o la dicha, según se mire– de Trafalgar. Desobedeciendo órdenes de Napoleón, Villeneuve titubeó y, en lugar de poner su proa rumbo al Canal, donde le esperaban las tropas, se dirigió al sur, a Cádiz, puerto donde se encontraba el grueso de la flota española.

 

Cuando Napoleón se enteró de que su almirante se encontraba en Cádiz y no en Brest (tal y como constaba en sus órdenes), envió a España a otro marino para que le sustituyese. Villeneuve, sabiendo que tenía los días contados, se lo jugó todo a una carta. En el golfo de Cádiz se había concentrado una soberbia flota inglesa, en espera de echar el guante al escurridizo almirante francés. A su frente se encontraba uno de los mejores marinos de todos los tiempos, el legendario Horatio Nelson, ya convertido por entonces en todo un héroe nacional. Lo había ganado todo, hasta el amor de Lady Hamilton, una significada y adúltera dama de la Corte que estaba casada con un diplomático del rey. En la guerra era lo contrario que Villeneuve. Resolutivo, implacable y tenaz. Su aspecto formaba parte de la leyenda; tuerto, manco y lleno de cicatrices. Sus hombres le idolatraban. Asistía a las batallas vestido de gala, luciendo sus muchas medallas y desde la primera línea de combate.

 

En Cádiz, entretanto, el ambiente andaba muy caldeado. Para nuestros marinos, a quienes la invasión de Inglaterra les traía al fresco, no era un secreto que la flota española se encontraba en muy mal estado. Muchos de sus navíos eran viejos, y otros estaban semiabandonados. Las tripulaciones apenas contaban con el entrenamiento básico, y eso con suerte, porque los recortes presupuestarios impuestos por Carlos IV habían obligado a los capitanes a tener fondeados perennemente sus buques. Salir al mar abierto a vérselas con Nelson y su curtida flota era lo más parecido a un suicidio. Así se lo hizo saber el almirante de la Armada, Federico Gravina, a Villeneuve, pero éste no se avino a razones. Dispuso que el combinado franco-español zarpase el 19 de octubre, organizando la flota en cinco divisiones compuestas por barcos españoles y franceses.

 

Nelson, informado en todo momento de la cantidad y calidad de los enemigos con los que habría de batirse, apretó los dientes. Se encontraba en franca inferioridad. Villeneuve contaba con 33 navíos, él con 27. La escuadra franco-española aventajaba a la inglesa en número de cañones y en efectivos embarcados. Sin embargo, no se acobardó. Se sabía poseedor de algo que Villeneuve no tenía: coraje, y de unas tripulaciones muy bien entrenadas y dispuestas a dejarse la piel en la batalla. Y es que, para Inglaterra, Trafalgar fue una apuesta a vida o muerte. Nelson era consciente de que si caía derrotado su amada patria no tardaría en sucumbir. El almirante tampoco era ajeno al calamitoso estado en que se encontraba la Armada española, y a lo poco que iban a decidir en el curso de la batalla sus desmotivados capitanes.

 

El día 21 por la mañana los dos contendientes se encontraban frente al cabo Trafalgar, a medio camino entre Cádiz y Gibraltar, y dio comienzo la batalla con un breve mensaje que Nelson dio mediante banderas a todas sus naves desde el Victory: "Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber". La flota hispano-francesa se dispuso en forma de media luna, en un fabuloso arco que se extendía más de doce kilómetros. Un espectáculo digno de ver. Villeneuve, confiado en su superioridad numérica, pensó que Nelson enfrentaría sus naves a la distancia de combate y, al uso de las batallas navales de entonces, el vencedor lo decidirían los cañones.

 

A pesar de sus deficiencias, la escuadra capitaneada por el francés contaba con magníficos navíos y mejores capitanes, la flor y la nata de la Armada española. A bordo del Príncipe de Asturias se encontraba el almirante Gravina, bregado marino que llevaba treinta años navegando por los siete mares. El San Juan Nepomuceno estaba al mando del carismático capitán guipuzcoano Cosme Damián Churruca, quintaesencia del marino vocacional que había realizado varias expediciones científicas y a quien la marinería reverenciaba. Tal era su valor que, antes de entrar en batalla, pronunció una frase que ha pasado a la historia: "Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto". Otro grande de la Real Armada, el cordobés Dionisio Alcalá-Galiano, capitaneaba el Bahama. Su nombre era respetado por marinos de todo el orbe. Había participado en la expedición de Malaspina y, no contento con semejante honor, se había aventurado por las brumosas costas del Pacífico canadiense para cartografiarlas. Testigo de aquellas derrotas es la isla que descubrió, la Galiano Island, cuyo nombre conservan hoy celosamente sus habitantes.

 

La pericia de Nelson le decía que debía rehuir a cualquier precio un enfrentamiento abierto con la combinada franco-española. El inglés era intrépido, pero no temerario. Como buen militar, respetaba a sus enemigos y no quería exponer sus naves al fuego demoledor de navíos como el español Santísima Trinidad, el mayor de la época. Un coloso que desplazaba 4.000 toneladas de madera, acero y pólvora. Era el único navío del mundo que contaba con cuatro cubiertas de fuego, en las que se alineaban en perfecta formación de ataque 140 cañones. La sola mención de su nombre causaba temor en los capitanes británicos.

 

Lo cierto es que el Santísima Trinidad, a pesar de su poderío y del sobrecogedor perfil de su velamen, era un paquidermo del mar. Costaba Dios y ayuda maniobrar con él, y era presa fácil de las ágiles fragatas enemigas. En Trafalgar fue asediado durante horas por varios navíos ingleses, y no se rindió. Sólo cuando los hombres de Nelson lo apresaron para llevarlo remolcado a Gibraltar el gigante español cedió y entregó su astillado casco al fondo del mar.

 

Ante semejante panorama, Nelson ideó un simple pero efectivo plan de ataque. Organizó sus 27 naves en dos columnas, una liderada por él mismo, a bordo del Victory, y la otra al mando del vicealmirante Cuthbert Collingwood, Old Cuddy, tal y como le apodaba cariñosamente la marinería. Ambas líneas de ataque navegarían a toda vela en perpendicular hacia la línea enemiga, con intención de fracturarla en dos. Fue el famoso Nelson Touch o Toque Nelson. Una maniobra tan sencilla y arriesgada que nadie hasta la fecha se había atrevido a llevarla a cabo. Tal acometida conllevaba serios peligros. En la aproximación los atacantes se exponían al fuego enemigo durante un considerable periodo de tiempo. Nelson, sin embargo, confiaba en el efecto sorpresa y en la lentitud de los artilleros españoles y franceses. Por cada andanada que disparaban los navíos de la combinada franco-española los ingleses eran capaces de disparar hasta tres. Eso que llevaban ganado, y que, junto con la incompetencia del almirante francés, terminaría por decidir la batalla del lado inglés.

 

La maniobra le salió a pedir de boca. En parte porque la suerte ayuda a los audaces y en parte porque Villeneuve era un incapaz que al principio no supo reaccionar, y que, cuando reaccionó, lo hizo mal, ordenando a la combinada virar 180º, exponiendo a los ingleses las popas de sus navíos. Collingwood y su Royal Sovereign cortaron la línea aliada a la altura del navío español Santa Ana. El choque entre ambos fue tan violento que los dos quedaron arruinados. El hueco abierto por el Royal Sovereign fue de inmediato aprovechado por el resto de la columna de Collingwood, que se coló por él, abriendo dos frentes al sur de la línea aliada.

 

Nelson, entretanto, fue directo a por el Bucentaure, de cuyo mástil colgaba la enseña de Villeneuve. El francés, que era cobarde pero no tonto, se había apostado sabiamente junto al Santísima Trinidad para utilizarlo como batería flotante en caso de que los ingleses se acercasen demasiado. No le sirvió de mucho. El Victory se distanció del Santísima Trinidad y barloventeó hasta situarse en la popa del Bucentaure. Entonces Nelson ordenó que hiciese fuego su arma más temida, la carronada, un tipo de cañón corto que disparaba ráfagas de balas de mosquete.

 

El Bucentaure no pudo resistir la embestida del Victory y se rindió pasadas las dos de la tarde. Fue tan letal el ataque que de aquél apenas quedó un bamboleante cascarón que no tardó en hundirse. El vacilante Villeneuve, preso de la desesperación, se entregó a los ingleses. Aunque tarde, en su auxilio llegó el francés Redoutable, cuyo capitán, Jean Jacques Lucas, aleccionado por los efectos de las carronadas, que habían masacrado el Bucentaure, se aproximó hasta el Victory para que sus fusileros barriesen la cubierta. Uno de ellos acertó con el almirante Nelson. Un certero balazo le atravesó el pulmón y se instaló en su columna vertebral. El almirante fue trasladado al sollado de la nave, pero el galeno de a bordo poco pudo hacer por su vida. Murió, tras una dolorosa agonía, a las cuatro y media de la tarde. El inglés había cumplido con su deber entregando su bien más preciado, su propia vida, en el fragor del combate.

 

A Nelson no tardarían en seguirle los otros dos héroes de Trafalgar, los españoles Churruca y Alcalá-Galiano. El guipuzcoano, asediado por siete navíos británicos, resistió hasta el final. Una bala de cañón le amputó una pierna y murió desangrado en la cubierta del San Juan Nepomuceno. Se dice que Churruca, al verse postrado en las tablas y viendo cómo se le escapaba la vida, gritó a sus hombres: "Esto no es nada, que siga el fuego". Genio y figura.

 

Alcalá-Galiano no corrió mejor suerte. Una andanada le decapitó mientras su Bahama era desarbolado a conciencia por los dos barcos ingleses. Había hecho honor a su promesa de no capitular. "Ningún Galiano se rinde", le dijo a un joven guardiamarina antes de empezar la batalla. Y no se rindió. La tragedia estaba servida para pasar a la posteridad.

 

Tres de los mejores marinos del mundo se habían dejado algo más que la piel en la batalla. Nelson tuvo un entierro digno de un monarca, y para los ingleses es modelo de patriotismo y sacrificio. Los cuerpos de Churruca y Alcalá-Galiano reposan, sin embargo, en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, olvidados por todos. El nuestro es un país ingrato que hace a los hombres y los gasta. El vasco y el andaluz, arquetipos de patriotas y hombres de honor, merecerían mejor recuerdo. Pero, claro, eso aquí no se lleva.  

 

A media tarde, el almirante Gravina, malherido, se hizo cargo de la situación y dio señales a lo que quedaba de la flota para que regresase a puerto. El desastre era mayúsculo. De 33 naves que habían zarpado de Cádiz tres días antes sólo regresaban 10, en un lastimoso estado. La jornada había sido especialmente sangrienta. Miles de cadáveres flotaban a la deriva, otros tantos se habían ido al fondo del mar, y allí permanecen, sepultados entre los maderos corroídos de las que un día fueron las armadas más poderosas de la Tierra. Muchos morirían después víctimas de las heridas, las amputaciones, las infecciones y la incomprensión.

 

Gravina falleció en Cádiz meses después, como consecuencia de las lesiones que le ocasionó su fiera resistencia al frente del Príncipe de Asturias. Villeneuve, por el contrario, fue liberado por los ingleses y se suicidó en Rennes, temeroso de la ira del emperador. El vicealmirante Collingwood murió unos años después en alta mar, mientras batallaba contra Napoleón en el Mediterráneo. El capitán del Neptuno, Cayetano Valdés, fue de los pocos que sobrevivió largo tiempo a la maldición de Trafalgar. Se convirtió en un furibundo liberal y hubo de exiliarse, vueltas que da la vida, en la misma Inglaterra cuando el bribón de Fernando VII le condenó a muerte.

 

Doscientos años después, Trafalgar sigue levantando ampollas. Para los ingleses es, junto con Waterloo y la resistencia frente a Hitler, símbolo de su independencia, tanto que lo conmemoran cada año en el vistoso y patriótico Trafalgar Day. Para los franceses, una insufrible humillación a su sobredimensionado orgullo. Para nosotros, para los españoles, un traspié incomprensible. La más gloriosa de nuestras derrotas. Uno de esos momentos tontos de nuestra historia en que dimos mucho sin recibir nada a cambio. Sírvanos ahora de lección que nuestro aliado natural es y siempre fue Inglaterra, y que de Francia no podemos esperar más que desgracias.  2006-01-21 L.D. Esp.

 

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Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.

Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!

Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete».

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«Apelar a la tolerancia para desacreditar la posibilidad de convicciones fuertes es un error de bulto, pues la tolerancia se apoya y alimenta de una convicción. La tolerancia no implica relativismo, más bien al contrario.» 2005

 

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La España del siglo XVI

 

Un rasgo especial de España es el papel desempeñado por el catolicismo en su formación, o más bien reconstrucción nacional.

 

En otros países, como Polonia o Irlanda, también ocurre, pero en ellos el opresor era otra variante del cristianismo, mientras aquí la diferencia con el adversario tenía mucho mayor calado, pues se trataba del Islam, dominador de gran parte del país durante cinco siglos, y de una parte menor dos siglos largos más. España se reconstruyó en una larga pugna con Al Andalus, desde mínimos núcleos de resistencia, y es el único país que, habiéndose islamizado en buena medida, volvió al cristianismo y a la cultura europea. Ello condicionó profunda y necesariamente la mentalidad popular, y marcó una fuerte peculiaridad con respecto al resto de Europa, ajena a tal experiencia, aunque beneficiaria de ella, pues la resistencia y reconquista españolas constituyeron una línea avanzada de defensa del continente.

 

Esto es bien sabido, pero suele prestarse menos atención a otro largo proceso histórico no menos crucial: la cima de la reconstrucción española, entre finales del siglo XV y principios del XVI, coincidió con una nueva ola de expansión islámica, esta vez de la mano del imperio otomano, que no ocultaba su designio de devolver España al Islam y convertir en pesebres para los caballos las aras del Vaticano. El Magreb se convirtió en una base de piratería e incursiones turco-berberiscas, mientras Italia y las posesiones hispanas en ella sufrían la constante presión del turco, dueño del mar. España volvió entonces a encontrarse en primera línea. La superpotencia otomana tenía fuerza bastante para extender sus brazos por el Mediterráneo y hacia el centro de Europa desde los conquistados Balcanes, y también esta segunda línea expansiva afectaba a España, por la alianza de los Habsburgos, y por una percepción del peligro mucho más aguda que en otros países. En 1521, ante el clamor de los húngaros por la amenaza turca, Lutero replicaba que oponerse a ella era contrariar los designios de Dios, que así castigaba los pecados de los cristianos. Tal idea sólo podía escandalizar a los españoles.

 

Esta lucha, sumamente ardua, empeoró con la escisión protestante y las consiguientes guerras entre europeos. También tomó entonces España sobre sí la defensa de lo que consideraba unidad cristiana, tanto en el terreno político y militar, como promoviendo la Reforma católica, culminada en Trento. La unidad cristiana le parecía una necesidad urgente frente a un islamismo a la ofensiva, pero no lo sentían de igual modo los "herejes", que sentían la amenaza otomana mucho más remota. Por ello los protestantes, sobre todo los holandeses y los ingleses, buscaron constantemente aliarse con Constantinopla para atacar juntos a la católica España, cuya lucha en dos frentes, agotadora de por sí, se complicaba en sumo grado.

 

Y por si fuera poco, también la católica y poderosa Francia siguió la misma estrategia, convirtiéndose en una plaga para el esfuerzo hispano. Cuando el rey francés Francisco I fue apresado en Pavía, en 1525, se las ingenió, desde Madrid, para mandar emisarios a Solimán el Magnífico e instarle a atacar a los Habsburgo. Al año siguiente, Solimán invadió Hungría y aniquiló literalmente al ejército húngaro, y tres años más tarde estaba ante Viena, por cuya salvación combatieron también los españoles. La alianza entre franceses, protestantes y turcos fue también visible en la guerra de las Alpujarras, o en la constante piratería y tráfico de cautivos desde las costas magrebíes, desde donde operaban corsarios ingleses y otros, o en los intentos de Guillermo de Orange por organizar ofensivas conjuntas y simultáneas. Francia cedió a los turcos bases en su costa mediterránea, para el saqueo de las costas y el comercio españoles, y el tráfico de esclavos cristianos. Serían las guerras de religión en Francia las que, paradójicamente, aliviaran aquella tremenda tensión para nuestro país. Como ha recordado César Vidal, España se vio prácticamente sola en Lepanto, cuya victoria cayó como una bomba en Francia y los países protestantes, los cuales se apresuraron a animar al turco a no desmayar en la guerra "contra los idólatras españoles", como expuso el embajador inglés.

 

Es fácil ver por qué franceses y protestantes actuaban así: temían que una potencia capaz de vencer a los otomanos lograse un poder absolutamente dominante en Europa. Para ellos, los turcos quedaban lejos y les convenía que España se desangrase en la lucha contra ellos. Sin embargo España difícilmente podía considerarse una auténtica superpotencia. Su población no pasaba de la mitad de la vecina Francia, con una administración mucho menos centralizada, y, en época de economía fundamentalmente agraria, tenía suelos peores y mucha menos agua que Francia, Inglaterra, Países Bajos o Alemania. Se ha calculado que las rentas de Carlos I solo sumaban la mitad de las del sultán de Constantinopla. Otra peligrosa debilidad era la presencia en su territorio de una quinta columna formada por una masa de población musulmana, añorante de Al Andalus, esperanzada en el poderío turco y presta a apoyar las incursiones berberiscas. España a duras penas lograba defender su litoral contra la permanente piratería turco-berberista y la frecuente inglesa, y en 1560, cuando una gran tormenta destrozó su flota cerca de Málaga, quedó desguarnecida y a merced de un ataque general por el Mediterráneo, aunque los otomanos no llegaron a aprovechar su magnífica oportunidad, quizá por no haberse percatado de ella.

 

Contra enemigos tan potentes y peligrosos, tenía la baza de su imperio ultramarino, conquistado en expediciones inverosímiles: de él extraía cuantiosos recursos financieros, pero con la obligada contrapartida de dispersar por medio mundo sus no muy nutridas fuerzas, como advertiría Richelieu. Y podía reclutar tropas y medios en Alemania, Italia, Flandes y otros lugares. Pero en conjunto la tarea le desbordaba necesariamente. Como dijo Nietzxche, España quiso demasiado.

 

Sorprende cómo un país con tales desventajas pudo sostener durante siglo y medio una lucha agotadora, de frente y por la espalda, por así decir, infligiendo a sus enemigos más reveses que los sufridos de ellos, y marcar los límites de la expansión otomana, francesa y protestante, creando de paso una brillante cultura. Pero eso fue ciertamente lo ocurrido. En cambio perdió muy pronto la batalla de la propaganda política, que en su forma moderna nació entonces, y nació en gran medida como propaganda antiespañola, consolidada en la llamada "Leyenda negra", compuesta de algunas verdades y muchas exageraciones. Y aunque España nunca fabricó una propaganda similar contra sus adversarios, la experiencia de aquel siglo y medio motivó en ella cierto desprecio y resentimiento hacia el norte de los Pirineos.

 

Rara vez se ha enfocado de este modo la historia de aquella época, y sin embargo los hechos y la lógica lo imponen. Para los españoles, la lucha contra la amenaza turca era natural y en cierto modo la continuación de la Reconquista. En cambio la guerra contra Francia y los protestantes le vino impuesta como una desagradable y costosa obligación. Probablemente todo esto, más la memoria de aquel tiempo de gloria, "el siglo de oro", contribuiría luego a que la Ilustración fuese recibida en España con desconfianza, máxime cuando el movimiento de "las luces" tomó en Francia un tinte abiertamente antiespañol, como una especie de desquite histórico.

02.III.2002 – Historiador Pío MOA- Esp. L.D.

 

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Santa Dafrosa + 362 Mártir y esposa del mártir San Flaviano,

ambos españoles y fieles miembros de la Iglesia Católica,

fundada por el judío ‘Cristo, el Señor’

 

Autor: Archidiócesis de Madrid

Mujer fuerte, cristiana de cuerpo entero. Esposa y madre de familia que tiene bien grabado en su alma el principio y fin de su estado y su función: ganar el cielo para ella y para los suyos. Sí, es como si la vida consistiera en un desbaratarse en el ámbito del Amor. Primero a su marido y a sus hijos, luego al prójimo restante y al mundo, todo en el amplio ámbito de Dios que da sentido a los amores, sanos y nobles, pero con minúscula. Y como el amor lleva a darse en búsqueda del bien de quien se ama, ahí la vemos dejando su casa en Sevilla y emigrando a la cabeza del Imperio con toda su familia a la búsqueda de un bienestar mejor. Porque era española y sevillana, de los de siempre, aún antes de que se llamaran andaluces o existiera la Giralda y antes de que fueran sus señales el toro, el albero, los palillos, el faralai y el ’`ozú ¡que caló!ª.

Su marido Flaviano, muere mártir en Roma. Por estar casada con un cristiano irreductible ella es condenada al destierro. A su vuelta el prefecto Aproniano la encarcela porque sigue aferrada a su principio de no sacrificar y casi enferma de hambre. El prefecto prepara las cosas para recasarla con un tal Fausto con la esperanza de que la obligue a cambiar; pero resulta el cazador casado, porque Dafrosa lo instruye en la fe cristiana, lo bautiza el presbítero Juan y acaba muriendo mártir. Como su cuerpo fue expuesto a los perros, por la noche lo recoge Dafrosa y le da sepultura cristiana. Esto la llevó definitivamente al martirio, el 4 de Enero del 362, cuando era ya único emperador Juliano.

Encantador relato que realza la entereza y la actuación, desde la feminidad, de esta mujer cristiana cabal ¿verdad? Se conocen los hechos -posiblemente agrandados en los siglos y en la distancia- por el historiador hagiógrafo hispalense Antonio Quintana quien a su vez los retoma de Pedro Julián. Cuando se narra la vida y muerte de Dafrosa se habla de toda una familia mártir - también se afirma que sus hijas Demetria y Bibiana murieron mártires en Roma, en el 362- cuya fuente impulsora es la madre, firme, fuerte y muy capaz.

Es curioso ver en la historia el papel de los aduladores del que manda. No fue precisamente el tiempo de Juliano uno de los que se caractericen por violenta persecución. El Apóstata sólo estuvo preocupado por la restauración en el Imperio del paganismo como religión oficial, al tiempo que mejoraba la administración e impulsaba la economía. Juliano no quiso mártires, sólo paganos. Pero, bien fuera por adulación, bien por odio a la fe, dicen que el prefecto Aproniano llevó esta familia a la muerte porque eran seguidores cabales del judío Cristo, el Señor.

 

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Cómo luchar contra el vacío existencial

 

Ningún hombre tiene vocación de náufrago.

Luis Olivera - Escritor y periodista

Ningún hombre tiene vocación de náufrago, ni de Robinsón Crusoe. Sólo luchando con los fuertes se llega a ser fuerte. Para vivir una vida que valga la pena, no basta flotar a la deriva. El hombre no es un tronco en la superficie del agua, llevado de aquí para allá por la corriente, sin rumbo fijo. Y el simple pasar del tiempo lo envejece, lo agita y lo golpea. Pero no lo hace mejor. Quien no se empeña en descubrir quién es y en decidir a dónde va; quien no fija el timón y empuña los remos de su libertad para seguir su camino, acaba viendo como el flujo de su vida le arrastra… a donde no quería llegar. La vida no es cuestión de estar vivo y dejarse llevar por la corriente, como un pelele roto e inútil. “La felicidad es una página en blanco” (Rushdie), que cada uno tiene que rellenar con ilusión y coherencia.

Leyendo un libro de reciente aparición, me he acordado de la obra más célebre del preso tal vez más conocido del campo nazi de Auschwitz, “El hombre en busca de destino”. Del psiquiatra austríaco Viktor Frankl, discípulo de Freud y fundador del método psiquiátrico curativo de la logoterapia. El piensa que nuestro mundo padece de un vacío existencial caracterizado por la falta de sentido.

En otra de sus obras, hablando del sentido del sufrimiento, Frankl citaba la carta que le escribieron algunos presos del penal de Florida, después de leer sus libros: “He encontrado el sentido de mi vida ahora, cuando estoy en la cárcel, y sólo tengo que esperar algún tiempo, hasta que tenga la ocasión de repararlo todo, de hacerlo todo mejor”. (..) Y el preso número 552-022 me escribe: “¡Querido doctor: Durante los dos últimos meses un grupo de presos hemos leído sus libros y escuchado sus cintas. ¡Qué cierto es que también en el sufrimiento se puede encontrar un sentido…! De alguna forma, mi vida ha comenzado ahora. (..) Aquí, en la prisión, rodeados de las más severas medidas de seguridad de toda Florida –aquí, a unos cientos de metros de la silla eléctrica—precisamente aquí son nuestras lágrimas sinceras. Estamos cerca de la Navidad. Pero para nosotros la logoterapia es la resurrección. Desde el Gólgota de Auschwitz se levanta, en esta mañana de resurrección, el sol del amanecer. ¡Que nuevo día llega hasta nosotros!.

Como también me trajo a la cabeza a las cuatro protagonistas de otro libro reciente –“Yo he sobrevivido a un aborto”--, que coinciden en señalar que si lograron salvarse es porque Dios tenía alguna misión prevista para ellas. Esta obra es un ejemplo de esa “llamada” a hacer algo especial en la vida. Algo a lo que dedicar su existencia, salvada milagrosamente.

En la trama del mundo, la vida de cada hombre es como un sendero, una gran aventura, que supone un crecimiento hacia lo máximo del ser: una maduración pero, al mismo tiempo paradas, crisis y disminuciones. Es un camino en pos del sentido último de las cosas, en el que el hombre tiene que abrirse paso por sí mismo, tomar decisiones por su cuenta y luchar batallas por su propio brazo. Sintiendo en los ojos el reto de los colores y en el rostro la llamada de los vientos.

El sentido vocacional de la vida significa, por supuesto, que en el mismísimo punto de partida hay una propuesta paradójica: para llegar a ser uno mismo es preciso romper la soledad del ensimismamiento. Hay que tener el arrojo de aventurar la vida. Salir del propio caparazón, abrirse a Dios y a los demás: “Alguien me quiere en tus ‘te quiero’, …”, ha escrito el poeta Miguel d’Ors. Porque estamos proyectados a ser “gente-llamada-a-estar-unida”. Sí, hay que asumir personalísimamente el protagonismo de la propia vida; pero en primera personal del plural. De esa manera se evita el mirar a tientas, casualmente, sólo a la propia libertad. Un gurú americano de esos que enseña el manejo de las cosas para que le salgan bien al que las usa, afirma que “el mejor modo de predecir el futuro es crearlo”.

Hay que arriesgarse, hay que perder el miedo a vivir. Hay que lanzarse, como decía antes Stephen R. Covey. Lo decía también Juan Pablo II, al asomarse por primera vez al balcón de San Pedro, nada más ser elegido Papa: “¡No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo!”. Y en ese amor de totalidad que Él nos pide están incluidos todos los demás amores humanos nobles que podemos tener en la tierra: a los padres, a la novia, a los hermanos, a los amigos, a la esposa y madre, etc.

Porque Dios es el coprotagonista estelar y socio mayoritario en la empresa de vivir apasionadamente. No se puede hablar del hombre sin hablar de Dios: si el Cielo se vacía, la tierra se llena de ídolos. Y hay que contagiar esa alegría de vivir, esa esperanza, a los que nos rodean. Para eso tenemos que saber hablar de lo que creemos y de por qué creemos. Que estamos aquí con un destino concreto, demasiado emocionante como para dejarlo pasar de largo. Como para no compartirlo a manos llenas.

Hay que ser optimistas, como lo eran los hombres de la Ilustración: pensaban que el espíritu humano tiene un poder enorme, que le hace ir siempre hacia delante. ¿No hemos suprimido la esclavitud, una vieja institución que hunde sus raíces en tiempos arcaicos y que sirvió de base a todo el modo de producción esclavista? ¿No se ha llegado a eliminar la pena de muerte en la mayoría de los países desarrollados? Oscar Wilde, que no era ningún revolucionario, decía que “la historia era un desembarco en sucesivas utopías”.

Si a esto le añadimos que Dios, que nos ha creado, es bueno, el resultado no puede ser verlo todo negro. Los problemas –nuestras limitaciones personales, que son reales--, están para ser enfrentadas y superadas. “Vivir es eso: estar todavía a tiempo”, comentaba el famoso guitarrista Narciso Yepes. Si nuestros antepasados se hubieran rendido, pensando en un destino ciego o sólo en porvenires negativos, no estaríamos nosotros aquí. No hay que amargarse la vida y pasar el tiempo sufriendo. Es preciso aceptarnos como somos, de frágil barro de botijo. Tenemos que cambiar de actitud, pensando que hasta un objeto con un mecanismo tan sencillo tiene una gran utilidad para el hombre. Simplemente con cambiar de actitud, la vida puede ser feliz o ser un desastre. Si se puede vivir feliz, ¿por qué no hacerlo?

Hay que perder el miedo a vivir, aunque sea yendo a contrapelo. “A semejanza de los soldados de Napoleón, llevas en la mochila el fajín de general”, escribió Santiago Ramón y Cajal. No hay que temer el mañana, como si sólo nos fueran a acontecer catástrofes. Hay que tener la mentalidad del corcho que, pase lo que pase, siempre flota. Por el río. Y, al final, como dice el poeta, “… todos los ríos van a dar a la mar”, y se convierten en océanos sin fin, anchurosos y plenos de vida. La muerte es el único pórtico de nuestra inmortalidad. Agradecemos al autor 2003-08-11

 

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Convivencia - El problema de la convivencia cívica, y el de la convivencia entre personas de diferentes creencias religiosas, tradiciones culturales, etc., es un problema real, en todo tiempo y de modo especial en la época contemporánea. Pretender resolverlo postulando la separación programática entre política y religión es condenarse a hacerlo insoluble, ya que es .precisamente el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre lo que lleva a fundamentar radicalmente la trascendencia de la persona y, por tanto, a poner de relieve la necesidad del respeto a la intimidad de las conciencias y los consiguientes límites de toda autoridad estatal (cfr. Conc. Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 1-3).´

 

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Descartemos cualquier tentación de pura autodefensa, porque la comunicación de la fe se dirige “no sólo a los que escuchan al mensajero, sino también a los que lo ignoran o rechazan”. MMVI

 

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Un cristiano que vive y se alimenta del anuncio evangélico dentro de la Iglesia fundada por Cristo, debe saber siempre que el otro, aunque sea un adversario temible, lo es sólo coyunturalmente, porque es destinatario del mismo tesoro de vida que él ya ha encontrado. Y por eso Benedicto XVI subraya la profunda unidad entre la fe y el amor, porque sin éste, cualquier apostolado se vuelve estéril y vacío. 2005.

 

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Simón Pedro era -como la mayoría de los primeros discípulos del Señor- natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera nordeste del lago de Genesaret. Lo mismo que su padre Juan y su hermano Andrés, era pescador. Estaba casado, pues el Evangelio nos refiere cómo Jesús curó a su suegra, que vivía en Cafarnaúm. Pescador y príncipe de los apóstoles, primer papa y piedra sobre la cual se edifica la Iglesia. Éste es Pedro. Pedro dijo: «Señor, en tu palabra, echaré la red»

 

La Iglesia vive por y para la misión, y en nuestro caso, la debe llevar a cabo consciente de que la sociedad a la que se dirige sufre profundas divisiones y fracturas, pero también está sedienta de auténticos valores. Y aquí el Papa introduce otra carga de profundidad, al afirmar que “la caridad es ante todo la comunicación de la verdad”. No bastan (aunque sean necesarias) la movilización social y la batalla política, es necesario comunicar la verdad sobre el hombre, en un proceso que llegue a sanar el desvarío de la razón y de la libertad que tantas veces podemos observar. La tarea educativa, en el sentido más hondo y extenso del término, es la que debe consumir nuestras mayores energías, porque sin ella el desierto moral y cultural no cesará de ganar kilómetros en nuestra sociedad: sin la luz del mensaje de Cristo, no conseguiremos comunicar el sentido de la vida, de la familia y de la convivencia civil.

 

Creo que el Papa se ha colocado ya en el punto exacto y desnudo en que nos encontramos, querámoslo o no: el de una sociedad profundamente secularizada, en buena medida indiferente, cuando no hostil al anuncio cristiano, pero que al mismo tiempo manifiesta un cansancio profundo y una sed a las que debemos aprender a responder. Porque si nuestro pueblo continúa alejándose de la raíz cristiana que alimentó a tantas generaciones, tendremos que contemplar el derrumbe social de muchos valores hasta ahora socialmente compartidos. Por eso el punto radical del discurso de Benedicto XVI es la pasión misionera de la Iglesia, que se conmueve por el extravío de un mundo al que ama incondicionalmente, y que no desdeña salir a los caminos (por ásperos y oscuros que sean) para ofrecer a todos el regalo de la vida de Cristo. Eso es lo único que puede cambiar la mente y el corazón de los hombres y mujeres de nuestra época, lo único que a la larga puede sanar el tejido social y recuperar los valores que ahora se difuminan ante nuestros ojos. 2005-07-LD.Esp.

 

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Corría el año 414 a.C. cuando el dramaturgo griego Sófocles terminó la redacción de una tragedia titulada Tereo. El argumento de la obra giraba en torno a la vida del rey tracio de ese nombre y causó, sin duda, un enorme impacto en los atenienses que llegaron a contemplarla. Desgraciadamente, esta tragedia no ha llegado hasta nosotros. De su contenido tan sólo se salvaron algunos fragmentos, que nos permiten hacernos una idea de su calidad. Entre ellos se encuentra uno especialmente oportuno para nuestra época, tan entregada a relativismos de todo tipo. Se trata, precisamente, de aquel que afirma: “No tengas miedo. Si hablas la verdad, nunca te desmoronarás”.

 

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Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia.

 

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Las dos madres -la Iglesia y María- son esenciales e inseparables en la vida cristiana. Se puede afirmar que la Iglesia, mediante la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos, ejerce una maternidad más objetiva, mientras que la Virgen representa una maternidad más interior, que se manifiesta sobre todo en la difusión de la gracia y en las relaciones personales. S.S. Juan Pablo II – 13 Agosto 1997

 

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Ambas, María y la Iglesia, son templos vivientes, santuarios e instrumentos por medio de los cuales se manifiesta el Espíritu Santo. Engendran de manera virginal al mismo Salvador: María lleva la vida en su seno y la engendra virginalmente; la Iglesia da la vida en el agua bautismal y en el anuncio de la fe, engendrándola en el corazón de los fieles. S.S. Juan Pablo II – 08 Enero 1984

 

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No era la primera vez que Pedro veía otorgársele la primacía entre los Apóstoles. En más de una ocasión había sido nombrado antes que los demás, y distinguido de los demás. El hecho es demasiado conocido para que haya lugar a insistir. Pero es esta la primera vez que Pedro es designado de forma decisiva como jefe de todos y como garante de la obra entera. En este texto, sólo Pedro recibe la carga de ser fundamento. A él el primero es confiada la autoridad doctrinal y disciplinaria en la fórmula «atar-desatar». Los demás Apóstoles no la recibirán sino después de él, solidariamente unos y otros con Pedro (Mateo, 18, 18).

En fin, después de la Resurrección, cuando el Señor repite las funciones de sus Apóstoles, Pedro es nuevamente encargado él sólo de «apacentar los corderos y las ovejas» de Jesucristo (Juan, 21, 15-18). Pero es, pues, provisto definitivamente de la autoridad suprema en la Iglesia. Al mismo tiempo y con las mismas palabras es provisto de la misión del magisterio (comp. con Juan, 10, 3; 15-16).
Pedro es, pues, el primero en la Iglesia, es más jefe que los demás. A él por consiguiente corresponde con pleno derecho el deber de expresar la infalibilidad de la fe de la Iglesia universal. Se concibe entonces que la fe de Pedro sea decisiva para la vida de la Iglesia. Cristo señaló expresamente la importancia que a ello concedía. Rogó, pues, a fin de que fuera preservada la fe del Apóstol y da a éste la misión de ser el punto de apoyo para todos: «Simón, Simón -le dice poco antes de la prisión-, mira que Satanás va tras de vosotros para zarandearos como el trigo cuando se criba; mas yo he rogado por ti a fin de que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lucas, 22, 31- 32). Si el Señor ha rogado por la fe de Pedro, su ruego no puede dejar de ser escuchado y atendido en favor de Pedro y de quienquiera que suceda a Pedro.
Así, al declarar el Concilio del Vaticano que el Sumo Pontífice es infalible, cuando se expresa, «en razón de su autoridad apostólica soberana», como doctor y pastor de la Iglesia universal, y define la doctrina que debe ser sostenida en materia de fe y de costumbres, no apartaba las palabras del Señor de su sentido original. Cuando el mismo Concilio declara que el cuerpo de los obispos sucesores de los Apóstoles, unidos al Sumo Pontífice, enseña infaliblemente, no tergiversa tampoco el sentido auténtico de las palabras de Jesús. La palabra de Pedro es el signo por el cual se reconoce la fe de la Iglesia, porque Pedro es el jefe de la Iglesia. La doctrina de Pedro es el criterio en materia de fe, porque en su palabra resuena la voz de todos los Apóstoles y porque, en la palabra de Pedro y de los Apóstoles, resuena la voz de Cristo. No hay, pues, más infalibilidad en la palabra de Pedro o del Papa que en la voz del cuerpo episcopal en comunión con el Papa. Inversamente, el cuerpo de los obispos unidos al papa no es más infalible que la voz del papa solo. En cuanto a la infalibilidad del Papa y de los obispos, no es una infalibilidad distinta de la de la Iglesia universal, tomada en su totalidad. Pero la infalibilidad propia del Cuerpo de Cristo no obtiene su expresión oficial más que en la voz de sus jefes y porque es la voz de los jefes. Esto señala por otro lado el Concilio del Vaticano, cuando define la infalibilidad del Sumo Pontífice. Recalca por una parte que el Papa ejerce la infalibilidad de que Cristo quiso proveer a su Iglesia entera, y por otra parte advierte que el derecho de dar una voz a la Iglesia infalible corresponde al Papa en razón de su autoridad apostólica soberana.


Tal es la Iglesia. Tal es el lugar de la autoridad en el Cuerpo de Cristo. La autoridad en la Iglesia, signo de Jesucristo.- Extraña sin duda que Cristo tuviera que confiar a conductores de hombres las funciones de enseñanza. ¿No pudo recurrir a profesionales para exponer la doctrina? Gobernar y enseñar son funciones que no tienen gran cosa de común entre sí, y no se conocen muchos jefes de Estado que fueran pensadores, como Marco Aurelio. A quien se extrañe habrá que responder útilmente que Jesucristo no vino a fundar una escuela y a distribuir una ciencia teórica, que Cristo no era un profesor y que los Apóstoles no eran estudiantes, sino que es el fundador de un pueblo, que su fin es arrastrar a la humanidad entera hacia su destino sobrenatural. Así, pues, el conocimiento que reclama Cristo no es un saber nocional y teórico, sino un movimiento espiritual, conocer, amar, obrar, todo a un tiempo.
La respuesta así dada es exacta. Pero es aproximativa, ya que no expresa de manera positiva el sentido de la autoridad en la Iglesia. Tratemos, pues, de explicar su alcance y su significado volviendo al principio, es decir a la intención de Jesucristo. El pueblo que el Hijo de Dios instaura no se parece a una sociedad religiosa cualquiera, y la empresa de Cristo no tiene nada común con la de Buda o de Mahoma. Lo que el Mesías edifica es el pueblo del Reino de Dios, humanidad verdadera, de la cual él queda como único Jefe. Mejor aún, lo que construye es su Iglesia, que es suya con una intensidad absoluta, porque es su Cuerpo. 


Cristo es, pues, el único Jefe, porque es el único que es Cabeza. Y lo será hasta el fin de los tiempos, porque será siempre la llave de bóveda del edificio (1 Corintios, 3, 11; Efesios, 2, 20; Hechos, 4, 11). En Cristo se concentran todos los poderes como en su principio y no los enajena jamás, porque él es la Cabeza. Él es, pues, a la vez el Jefe que manda, el Doctor que enseña, y el Salvador que santifica. Es todo esto y solamente Él lo es, Pero ahora, la Cabeza de la Iglesia está oculta en Dios y es invisible a nuestros ojos, y el orden instituido por Cristo es un orden sacramental, un orden en que el poder divino no está presente y activo sino en cuanto es visiblemente significado a los hombres. Es preciso, pues, que el Dominio de la Cabeza sobre el Cuerpo sea representado y mostrado, a fin de que el Dominio de la Cabeza se ejerza realmente sobre la Iglesia entera. Con esta condición los  miembros del Cuerpo recibirán la animación de la Cabeza. Éste es, precisamente, el papel de la autoridad en la Iglesia. Es significar, a fin de actualizarla, la soberanía de Cristo, Jefe, Doctor, Santificador. Entonces Cristo, porque es significado, está presente en su Iglesia, la gobierna, la enseña, la salva.
Así, pues, en el Cuerpo-Iglesia, ningún ministerio puede tener otro sentido que representar y presentar la única Regencia de Jesucristo. Los cargos de Iglesia y la jerarquía de Iglesia son funciones signo de Cristo, Cabeza de la Iglesia. Por ello los grados esenciales de la jerarquía implican necesariamente los tres poderes: orden, docencia, jurisdicción -de derecho por lo menos- a fin de significar a Cristo. Éste es el caso en el cuerpo episcopal. Es imagen de Jesús Cabeza, que es la Imagen de Dios. La sabía Pablo, sin duda alguna, él que dejaba escapar de su pluma esas pocas palabras, demasiado evidentes a sus ojos para ser justificadas o explicadas: «Cristo habla en mí» (II Corintios, 13, 3). A sus ojos, los doctores y los jefes de la Iglesia forman continuidad con Cristo, significan la Cabeza, y median en su acción. 
San Agustín, a su vez, expresará el sentido profundo de la función pastoral, la razón de su existencia y de su autoridad, declarando que los pastores de la Iglesia lo son en el único Pastor. Así, pues, no hay sino un solo jefe en la Iglesia, que es Cristo, y hay hombres encargados de representarlo, a fin de que Cristo sea en estos hombres el único Jefe, presente y activo en todas las partes del mundo.

 

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Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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“El que cree que es religioso, pero no frena su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad no vale para nada”. Carta de Santiago apóstol, capitulo 1º versículo 26.

 

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“El cariño de Dios nos sostiene en el desierto de la historia” S.S. Juan Pablo II – Magno – Pontifex Max.

 

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“Durante su vida mortal fue María, de corazón tan piadoso y sensible para con los hombres, que nadie se ha afligido tanto por las penas propias, como María por las ajenas” Expresión simbólica del modo de ser de la Virgen, que ya en el siglo IV resaltaba San Jerónimo, doctor de la Iglesia.

 

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San Ignacio de Antioquia (hacia año 110) obispo y mártir de la Iglesia católica - Carta a los Efesios, 3-4, 9 

 

“La Escritura dice: ‘Mi casa es una casa de oración.” (Lc 19,46) -   Os exhorto a caminar según el pensamiento de Dios. Porque Jesucristo, príncipe indefectible de nuestra vida es el pensamiento de Dios. Del mismo modo, los obispos, extendidos por toda la tierra, están en el pensamiento de Cristo Jesús. De manera que os conviene caminar según el pensamiento de vuestro obispo. Es lo que ya hacéis. El conjunto de vuestros presbíteros, dignos de Dios, está unido al obispo como las cuerdas lo son a la cítara. Así, en el acorde de vuestros sentimientos y en la armonía de vuestra caridad, cantáis a Jesucristo. Que cada uno de vosotros se haga miembro del coro para que, en la armonía de vuestros acordes y sobre el tono de Dios, cantéis a una sola voz las alabanzas del Padre, por Jesucristo.
       Sois las piedras del templo del Padre, talladas para el edificio construido por Dios el Padre, elevadas hasta la cumbre por Jesucristo, que es la piedra angular, por el Espíritu Santo. Vuestra fe os eleva a las alturas y la caridad es el camino que os eleva hasta Dios. Sois todos compañeros de ruta, portadores de Dios y de su templo, portadores de Cristo, llevando los objetos sagrados, adornados de los preceptos de Jesucristo. Con vosotros me siento lleno de alegría... Mi gozo consiste en ver que viviendo en una vida nueva, no aspiráis a nada fuera del amor de Dios.

 

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Capítulo 2 de la Segunda Epístola Católica de San Pedro - Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia, con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa, ni su perdición dormida.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38).

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.


Anno Domini 2010 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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«Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte sino con tu buena voluntad». San Pedro Crisólogo (hacia 380?ca.450), Obispo de Rávena, doctor de la Iglesia - Sermón 168, 4-6; CCL 24B, 1032

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¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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In Obsequio Jesu Christi.


Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente:

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 

Recomendamos vivamente: Cristóbal Colón y el descubrimiento de América

Autores: Florentino Perez-Embid / Charles Verlinden

Esta pequeña obra maestra es uno de los trabajos más certeros sobre la vida y personalidad de Colón, y sobre el descubrimiento de América. Ofrece un enfoque realista, preciso, completo y esclarecedor de todos esos importantes hechos históricos. Ediciones ‘RIALP’

San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), obispo de Antioquia, después de Constantinopla, doctor de la Iglesia Católica - Homilía sobre los Actos de los Apóstoles, nº 45; PG 60, 318-320 -  «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca... no perderá su paga  » -      «Fui un extranjero, dice Cristo, y me acogisteis» (Mt 25,35). Y dice aún: «Cada vez que lo habéis hecho a uno de estos pequeños, es a mi que me lo habéis hecho» (Mt 25,40). Puesto que se trata de un creyente y de un hermano, ese será el más pequeño, y es Cristo quien entra con él. ¡Ábrele tu casa, recíbele! «El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta.»...  Los sentimientos que se deben tener al recibir a un extranjero son estos: la diligencia, la alegría, la generosidad. El extranjero siempre se presenta tímido y vergonzoso. Si no se le da un hospedaje gozoso, se retirará sintiéndose menospreciado, porque es peor ser recibido de esa manera que no ser recibido.

     Que tu casa sea una mansión en la que Cristo encuentre su morada. Di: «Esta es la habitación de Cristo. Esta es la casa reservada para él». Aunque sea muy sencilla él no la despreciará. Cristo está desnudo, es un extraño; sólo le falta un techo. Dale esa que tienes y no seas cruel e inhumano. Tú que tienes tanto interés por los bienes materiales, no te quedes frío ante las riquezas del espíritu... Tienes un local para tu coche ¿y no tendrás ninguno para Cristo vagabundo? Abraham recibió a los extranjeros allí donde él vivía (Gn 18). Su mujer les trató como si fuera ella la sirvienta y ellos los amos. Ni uno ni otro sabían que recibían a Cristo, que acogían a ángeles. De haberlo sabido se habrían desprendido de todo. Nosotros que sabemos reconocer a Cristo, demos muestras de una atención todavía mayor que ellos que creían recibir sólo a unos hombres.†

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).