Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Alemania - 1º Reforma y predicación de las indulgencias Tetzel y Lutero

Lo cierto: El abuso de las indulgencias es una práctica que la Iglesia ha corregido y que nunca fue un problema universal (apenas alemán y un poco mas...) ni siquiera extendidamente europeo. Judas usaba mal los dineros de las dádivas y nadie se fue a fundar iglesias lejos de Jesús por eso.

 

 

«La Iglesia católica no desea privilegios: busca tan sólo el modo de cumplir su misión ‘exigida por Cristo’, al servicio de la sociedad del modo jurídicamente más seguro y pastoralmente más eficaz, sabiendo poner en el centro -el hombre-, en el diálogo -las soluciones. La Iglesia sabe que la fe tiene necesidad de la razón para no caer en la superstición, y la razón tiene necesidad de la fe para no caer en la desesperación. Entonces indicaba que la ignorancia es el peor enemigo de Dios sobre la tierra; ¡así fue y así es hoy!.

...propter veritatem, quae permanet in nobis,
et nobiscum erit in aeternum.

...en razón de la verdad, que permanece en nosotros,
y estará con nosotros eternamente.
2 San Juan 2.

 

+++

 

El protestantismo alemán e inglés con sus diversas inquisiciones, tiene un lugar raquítico y sangriento en la Historia de Europa…. Lutero, Enrique VIII… Calvino, etc.

  

El Sr. Arzobispo Willigis (975-1011), enriqueció de arte y cultura en general la Biblioteca catedralicia de Maguncia-Alemania, que aún hoy gozamos. Gracias a él innumerables obras de arte fueron salvadas de ser perdidas para siempre. También el Sr. Cardenal don Albrecht von Brandenburg (1514-1545), enriqueció el tesoro de la catedral con más de 300 relicarios valiosamente adornados, él trajo de Halle a Maguncia la famosa colección "Halle´sche Heiltum" salvándola así de los tiempos revueltos de la Reforma que con incendios indiscriminados de bibliotecas monacales, archivos eclesiásticos, destrucción de obras de arte religiosas en las sedes catedralicias católicas, etc. fueron incendiando y destruyendo en Alemania.

El esfuerzo de aquellos Obispos llena de saber la cuna de la cultura europea esparcida en nuestros museos.

 

+++


A la valentía de la fe debe corresponder la audacia de la razón.

 

+++


Alemania existe desde mucho antes de 1871, aunque no unida políticamente, e integrada en el Sacro Imperio Romano Germánico. Así, es perfectamente correcto decir que Lutero era alemán y que su doctrina nació en Alemania. Como nación política, Alemania no ha sido una realidad hasta muy recientemente, pero aun entonces adoptó el título de II Reich, es decir, II Imperio. Y en rigor, sigue sin existir del todo como nación política, por cuanto la alemana Austria es un estado independiente: solo en la época de Hitler puede hablarse de una nación alemana completa. El Anschluss fue sin duda un paso hacia la guerra, porque rompía los tratados internacionales, pero no fue en modo alguno una imposición sobre los austríacos, pues la gran mayoría de ellos deseaba la unión. De hecho se había propuesto antes de Hitler, pero las potencias vencedoras en 1918 lo habían impedido.


+++

 

Los falsarios de la historia y amantes de leyendas negras recurren a la ‘Damnatio memoriae’; es una expresión latina que, literalmente, significa condena de la memoria. Era una práctica frecuente en la antigua Roma, que consistía en proscribir el recuerdo de una persona tras su muerte, si ésta era considerada enemiga del Estado. Se decretaba oficialmente la condena de su recuerdo, mediante una serie de medidas como la retirada o destrucción de sus imágenes, el borrado de su nombre de las inscripciones en piedra, o la condena explícita de su nombre familiar mediante la prohibición a sus descendientes de usarlo.

 

+++

 

"La historia ha sido el campo de la imperfección humana, lo es aún y nada indica que dejará de serlo". (Víctor Massuh)

 

+++



Sobre la Reforma luterana

 

23 de Mayo de 2009 - 09:57:22 - Pío Moa -

(A ver si otros más expertos  que yo lo corrigen o explican mejor):

 

  Las tendencias reformistas abocaron a la Reforma protestante, que en realidad no fue una reforma sino una revolución religiosa y política a partir de Alemania. El proceso comenzó con las famosas 95 tesis expuestas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg por  el monje agustino Martín Lutero, en 1517 (cuando en España gobernaba Cisneros, tras la muerte de Fernando el Católico). No se trataba de un desafío ni nada parecido, sino de una propuesta de debate, como había habido muchos en la Iglesia, con el tema principal, pero teológicamente secundario, de las indulgencias, el comercio de las cuales causaba escándalo en Alemania.

 

 Las indulgencias eran aplicadas a las penas con que las almas se purificaban en el purgatorio antes de entrar en el cielo. Los creyentes podían atenuar o evitar las penas, para ellos o sus deudos fallecidos, mediante actos piadosos como rezos,  limosnas,  peregrinaciones, mortificaciones o ayudas en metálico para la construcción de edificios religiosos. La idea misma del purgatorio, aunque implícita desde el principio la doctrina cristiana, se había explicitado desde el siglo XI y, al suponer una gradación en la culpa, excluía la elección drástica entre salvación y condenación. Según el historiador francés  J. Le Goff, la idea del purgatorio redundó en mayor tolerancia hacia los pecadores, al superar el  maniqueísmo del bien y el mal absolutos y  humanizar las penas. El purgatorio era como el infierno, pero no eterno, y al cielo solo accedían directamente los santos. La idea se combinaba con la confesión particular y secreta de los pecados,  instituida por el IV Concilio de Letrán a principios del siglo XIII, y con el concepto del “tesoro de méritos” acumulado por los santos y personas virtuosas, del que podían beneficiarse los menos virtuosos cumpliendo ciertos requisitos.

 

  Por entonces el papa León X, de la familia Medici --espléndido mecenas y hombre tachado a menudo de corrupto, debido, quizá,  más a la suntuosidad y despilfarro de la corte papal que a su conducta privada-- estaba empeñado en la construcción de la magna basílica de San Pedro, que absorbía sumas ingentes de dinero,  inafrontables para su exhausto tesoro, por lo que recurrió a la masiva venta de indulgencias. Esa venta, juzgaban Lutero y muchos más, explotaba la credulidad y angustia de la gente común, haciendo con ellas un negocio fraudulento y en definitiva sacrílego: solo Dios podía justificar a los pecadores, y el arrepentimiento real excusaba las indulgencias. Además, parte del dinero recaudado solía  pegarse a los dedos de los agentes, y muchos obispos y la misma curia romana sufragaban con él su lujoso tren de vida. En la irritación de Lutero subyacía un sentimiento nacionalista alemán que aflora en otras ocasiones: “¡No hay nación más despreciada que la alemana! Italia nos llama bestias, Francia e Inglaterra se burlan de nosotros; todos los demás también”; “Los italianos se creen los únicos seres humanos”. O denunciaba que los alemanes daban a Roma 300.000 florines anuales  para alimentar a los criados del papa, a su pueblo e incluso a sus bribones y mercaderes; o, como llegaría a clamar en 1520, “¿Por qué no atacamos (…) a toda la horda de la Sodoma romana con todas las armas de que disponemos y nos lavamos las manos en su sangre?”. Sin embargo la cuestión no era un simple pretexto nacionalista, sino que tenía enjundia teológica por sí misma, y Lutero solo buscaba entonces debatir.

 

   No hubo debate. Muchos eclesiásticos y políticos, temiendo por sus intereses, cerraron filas en torno a las indulgencias y amenazaron declarar hereje al agustino. El papa consultó con el cardenal dominico Cayetano, que no vio herejía en las tesis de Wittenberg,  pero otros dominicos le persuadieron a presionar a los agustinos para forzar a Lutero a retractarse so pena de procesarle por herejía. Lutero disponía de poderosos apoyos en la  nobleza, en algunos eclesiásticos, y en parte de la población. Afirmó estar dispuesto a retractarse si se le demostraba su error mediante las Escrituras; pero las Escrituras solían admitir más de una interpretación, y el arreglo fue imposible. A partir de ahí las acciones y reacciones se encadenaron. El emperador Carlos V (y I de España) advirtió en 1521, en la Dieta de Worms: “Este hermano aislado yerra con seguridad al alzarse contra el pensamiento de toda la cristiandad, pues si él tuviera razón, la cristiandad habría andado errada desde hace más de mil años”.  Lutero fue excomulgado y pasó a establecer una nueva teología que rompía en puntos clave con la elaborada por la Iglesia en los siglos precedentes, iniciándose una sucesión de tumultos y luchas entre ciudades y países.

 

  Así, Lutero no solo rechazó las indulgencias, sino el mismo purgatorio, atacó la autoridad del pontífice, tratándole de Anticristo,  y llevó más allá la línea conciliarista,  popular en Alemania, que concedía mayor autoridad a los concilios que al papa: ahora los concilios tampoco significaban nada, porque la relación entre Dios y el cristiano se establecía  de modo individual, a través de la libre y personal interpretación de las Escrituras y por medio de la fe, anulando el magisterio de la Iglesia. Solo la fe, don de gracia divina, salvaba al hombre. Como vimos, algunas de estas ideas estaban esbozadas por  nominalistas como  Occam o Marsilio de Papua en las disputas escolásticas. Para Lutero, el hombre es por naturaleza pecador y corrompido, no puede siquiera apreciar el valor de sus obras piadosas, pues su razón y voluntad están a su vez corrompidas y en cualquier caso no puede penetrar el designio de Dios, solo atenerse a las Escrituras.   

 

 ¿Cómo puede el hombre saber de su salvación? El tomismo predominante en la Iglesia establecía que junto con la gracia, la razón era un potente medio de comprensión de la voluntad divina y una guía en la práctica religiosa, y que  las obras deben acompañar a la fe. Para Lutero, la razón “es la ramera del diablo, que solo calumnia y perjudica las obras de Dios (…) Debería ser pisoteada y destruida, ella y su sabiduría (…) Es y debe ser ahogada en el bautismo”;  aunque, de modo contradictorio, sus controversias son un ejercicio agónico de razonamiento. La fe salvadora se manifestaría en el sentimiento personal de unión con Dios, de ser amado por Dios. Contra  Erasmo decía: “¿Quién creerá,  preguntas,  que Dios le ama? Te respondo: ningún hombre lo creerá ni podrá creerlo [por la razón]; los elegidos empero lo creerán, los demás perecerán sin creer, entre reproches y blasfemias, como haces tú aquí”; “Nuestra salvación está fuera del alcance de nuestras propias fuerzas e intenciones y  depende de la obra de Dios exclusivamente. ¿No sigue de ahí claramente que, cuando Dios no está presente en nosotros con su obra, todo lo que hacemos es malo y necesariamente sin ningún provecho para nuestra salvación?”; “Si Dios obra en nosotros, entonces nuestra voluntad, cambiada y suavemente tocada por el hálito del Espíritu de Dios, nuevamente quiere y obra [el bien] por pura disposición, propensión, y en forma espontánea”. Las obras humanas, por tanto, no tenían utilidad para la salvación.

 

   En ese contexto cobran sentido frases como "El cristianismo consiste en un continuo ejercicio en el sentimiento de no estar en pecado, aunque peques, porque tus pecados recaen sobre Cristo”. O bien: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo y  goza en él con mayor intensidad, porque Él vence  al pecado y  la muerte. Mientras estemos en la tierra tendremos que pecar, porque en esta vida no habita la justicia,  pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos y una tierra nuevos donde more la justicia. Basta con reconocer al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y de Él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”.

 

  Esta posición destruía el libre albedrío, un punto crucial, sobre todo desde santo Tomás de Aquino, en la doctrina católica,  como base de la ética y la responsabilidad personal. Para Lutero, solo Dios sabía y decidía desde la eternidad quiénes iban a salvarse o a condenarse. El individuo era libre de interpretar a su gusto las Escrituras pero, paradójicamente, estaba determinado y nada podía hacer contra ese hecho. Esa posición le enfrentó a Erasmo, el cual había sido su amigo y, en parte, inspirador, pero que no quería romper con Roma, sino arbitrar entre las dos posiciones y conciliarlas, pero iba a encontrarse sentado entre dos sillas, acusado de incoherencia desde las dos partes. Contra las tesis de Lutero escribió el tratado De libero arbitrio: si, según Lutero, el hombre  no precisa la Iglesia ni órganos intermedios entre él y Dios, y puede interpretar la Biblia como único sacerdote de sí mismo, ¿cómo se concilia esta supuesta libertad con su total incapacidad de elección moral? Para Erasmo, el hombre puede superar realmente las consecuencias del pecado original ayudado por la gracia, la voluntad y la razón: todas ellas concuerdan al mismo objetivo. La libre voluntad no queda impedida por el hecho de que los designios de Dios sean en gran parte oscuros para la mente humana. Si Jesús llora por una Jerusalén que le rechaza, e invita a los judíos a seguirle, es porque reconoce el libre arbitrio; y si al hombre, según Lutero, no le es posible aceptar ni rechazar la gracia divina, ¿qué sentido tiene hablar de recompensa, castigo  y obediencia, como hacen continuamente las Escrituras?

 

 A esto replicó Lutero con De servo arbitrio  (“Sobre el arbitrio esclavo”): la presciencia de Dios no deja lugar a la contingencia: “Todo cuanto hacemos, todo cuanto sucede, aunque nos parezca ocurrir mutablemente y que podría ocurrir también de otra forma, de hecho ocurre por necesidad, sin alternativa e inmutablemente, si nos referimos a la voluntad de Dios. Pues la voluntad de Dios es eficaz, y no puede ser impedida”. “El destino puede más que todos los esfuerzos humanos”. “Si esto se pasa por alto, no puede haber fe ni ningún culto a Dios”. “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo ya sea de la voluntad de Dios, o la de Satanás”. “El libre albedrío  es nada”. Y si el hombre no es libre, no es responsable de sus obras, que nada valen ni cuentan para su salvación a los ojos de Dios. Lo que cuenta es la gracia manifiesta en el sentimiento personal de la fe. Posición contraria también a la convicción clasicista o humanista del hombre como artífice de su destino.

 

El movimiento luterano, comienzo del protestantismo, excluyó la idea de los santos, las imágenes y  la preeminencia  de la Virgen María como intercesora, tradicional en el catolicismo, suprimió los sacramentos a excepción del bautismo y la eucaristía, y los votos monásticos (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja) y el celibato eclesiástico: el sacerdocio tradicional era sustituido por “pastores” elegidos por las comunidades y con limitada capacidad orientativa. Para  dar impulso a su movimiento, Lutero tradujo la Biblia al alemán, lo que, gracias a la imprenta, le dio la mayor difusión, y con el  mismo fin estableció la misa en dicho idioma.

 

 Comparado con el cisma que había originado la Iglesia u ortodoxa a comienzos de la Edad de Asentamiento, el cisma protestante era mucho más radical. Aunque se presentaba como reforma,  era una ruptura revolucionaria con respecto a cuestiones esenciales, dogmáticas, litúrgicas, y de procedimiento. Podría considerarse una  nueva religión, salvo por  la común inspiración en Cristo y los Evangelios. 

 

   En el pasado, otras rebeliones dogmáticas habían sido disueltas o aplastadas con bastante facilidad por el poder del Papado y el de los reyes, pero en esta ocasión no fue así. Lutero fue protegido por diversos príncipes alemanes (según los católicos, lo hacían para apoderarse impunemente de los bienes eclesiásticos), y llegaría a formarse una poderosa alianza de ellos (la Liga de Smalkalda, de 1532) para afrontar por las armas a los católicos; el emperador Carlos no pudo dedicar todo su esfuerzo a la lucha contra los protestantes, por tener que atender a las guerras con Francia y al peligro turco;  la nueva doctrina llegaba a muchas personas por  la libertad que otorgaba para interpretar la Biblia y para prescindir de las imposiciones de un clero en buena parte corrompido y escandaloso; además daba pie a un sentimiento nacional alemán opuesto al poder latino de Roma. Por su impacto espiritual y material, el protestantismo se convertiría en unos años en una realidad social expansiva por todo el norte de Europa. 

 

    Por ello Lutero fue acusado de propiciar el motín y la disgregación de la cristiandad, como le decía Erasmo. Lo cual no le arredraba, pues invocaba en su defensa los Evangelios: “No he venido a traer la paz, sino la espada”; “He venido a echar fuego en la tierra”; “Lee en los Hechos de los Apóstoles los efectos en el mundo de la palabra de Pablo (por no hablar de los demás apóstoles), cómo él solo excita a gentiles y judíos o, como decían entonces sus mismos enemigos, "trastorna el mundo entero”. “El mundo y su dios no pueden ni quieren tolerar la palabra del Dios verdadero, y el Dios verdadero no quiere ni puede callar. Y si estos dos Dioses están en guerra el uno con el otro, ¿qué otra cosa puede producirse en el mundo entero sino tumulto? Querer aplacar estos tumultos no es otra cosa que querer  abolir la palabra de Dios e impedir su predicación”.  Esta actitud contrariaba el anhelo de paz entre cristianos,  sentido por Erasmo, Vives y tantos otros, a quienes advertía “No ves que  estos tumultos y facciones infestan el mundo de acuerdo con el plan y  la obra de Dios, y temes que el cielo se venga abajo; en cambio yo, a Dios gracias, entiendo las cosas correctamente, porque preveo tumultos mayores en el futuro, comparados con los cuales los de ahora semejan el susurro de una ligera brisa o el quedo murmullo del agua”. El emperador Carlos  había declarado: “Me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él”.

 

  Esta resolución no dejó de flaquear en ocasiones, dados ciertos efectos indeseados de sus doctrinas: “Cuanto más se avanza, peor se torna el mundo (…). Bastante se ve cómo el pueblo es ahora más avaro, más cruel, más impúdico, más desvergonzado y peor de lo que era bajo el papismo”. No obstante, su determinación persistía: “¿Quién se habría puesto a predicar, si hubiéramos previsto que de ello resultarían tantos males, sediciones, escándalos, blasfemias, ingratitudes y perversidades? Pero ya que estamos en ello, hay que tener buen ánimo contra la mala fortuna”.

 

  Uno de los problemas fue, en 1524-5,  la revuelta de los campesinos oprimidos por los magnates y que exigían mejoras políticas y económicas, y que encontraron un líder visionario en Thomas Münzer, pastor luterano con ideas propias.  Münzer acusó a su maestro de excesiva connivencia con los poderes civiles y propugnaba la destrucción de las jerarquías sociales (“Todos somos hermanos. ¿De dónde vienen entonces la riqueza y la pobreza?”). El movimiento se hizo masivo,  mayor que otras revueltas campesinas típicas de los siglos anteriores, y sus reivindicaciones iban desde la  abolición de los trabajos no pagados y de la servidumbre a la abolición de la propiedad privada.

 

  Lutero se vio en un dilema, porque muchos campesinos eran seguidores suyos, pero él dependía de la protección de los nobles. Vaciló, pero finalmente lanzó terribles maldiciones contra los rebeldes cuando ya se vislumbraba su derrota. Los campesinos realizaban una “obra diabólica”, traicionaban el juramente de fidelidad y obediencia a sus señores, “matan y saquean y pretenden justificar con el Evangelio tan horrendos crímenes”. “El bautismo no hace libres a los hombres en el cuerpo y la propiedad, sino en el alma, y el Evangelio no manda poner los bienes en común (…)  No debe de quedar un demonio en el infierno, sino que todos han entrado en los campesinos”. Por tanto,  “deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos, pues nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un rebelde (…) Quien vacile en hacerlo, peca (…) Por tanto, apreciables señores, matad cuantos campesinos podáis”, “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. El aplastamiento de la rebelión costó un baño de sangre, quizá  hasta cien mil muertos.

 

También consideraba la brujería como una realidad eficaz y promovía la persecución y  quema de brujas. Sus diatribas antihebraicas no eran menos radicales en su libro Contra las mentiras de los judíos, y vale la pena exponerlas con alguna extensión, como muestra de un discurso que llegaría hasta hoy. Los judíos, “blasfemos desvergonzados”,  injuriaban a Jesús y  trataban de prostituta a su madre, “tienen creencias falsas y están poseídos de todos los demonios”, “se vanaglorian de ser los más nobles”, el pueblo elegido por Dios, cuando Dios les ha dado sobradas muestras de su desagrado y castigo: “No han aprendido ninguna lección de sus terribles desdichas durante más de 1.400 años de exilio”. Ello probaba su contumacia, de modo que “No me propongo convertir a los judíos, porque eso es imposible”,  son “engendros de víboras, hijos del demonio, el cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío”. “Se quejan de estar cautivos entre nosotros, pero nadie los retiene, pueden irse cuando quieran. Ellos, archiladrones,  nos tienen cautivos con su usura”.  “Si tuvieran el poder de hacernos lo que nosotros podemos hacerles a ellos, ninguno de nosotros viviría más de una hora”. Por lo tanto proponía quemar sus sinagogas, quitarles todos sus libros religiosos, prohibirles bajo pena de muerte alabar a Dios o invocar su nombre, pues en sus labios es blasfemia: “Nadie sea piadoso y amable en lo que a esto respecta, pues está en juego el honor de Dios y la salvación de todos nosotros, incluyendo la salvación de los judíos”.

 

Pero, ¿qué sucedería si se aplicasen estos castigos? Que los hebreos seguirían en las mismas, secretamente, de modo que el obstáculo debía salvarse así: “Si queremos lavarnos las manos de la blasfemia judía y no vernos alcanzados por su culpa, debemos alejarlos, expulsarlos de nuestro país. Pero como se resisten a marchar, negarán todo descaradamente y ofrecerán dinero al gobierno (…) un dinero maldito, que nos fue robado terriblemente por medio de la usura”. Lutero creía en las historias de secuestro y tortura de niños y envenenamiento de pozos por los judíos, crímenes merecedores de la hoguera. “Aconsejo que se les prohíba la usura y  se les quiete todo el dinero y las riquezas en plata y oro”. “Sometedlos a trabajo forzado, tratadlos con rigor, como hizo Moisés  en el desierto matando a tres mil de ellos para que no pereciera el pueblo entero (…) Si esto no basta, tendremos que expulsarlos como perros rabiosos”.

 

 Las cuestiones planteadas por  Lutero giran en torno a la salvación, expresión, a su vez, de una ansiedad propia de la psique humana desde la noche de los tiempos, expuesta de forma peculiar en el cristianismo. El mundo, lleno de placeres y de  penalidades que fácilmente se transforman  los unos en los otros,  parece arbitrario e injusto,  falto de sentido, “un laberinto de errores” como decía Pleberio, y el bien y el mal se confunden. Una posibilidad racional sería considerar el mundo radicalmente injusto, por lo que el restablecimiento de la justicia exigiría otro mundo en el cual los malvados tendrían el castigo, y los buenos  la recompensa que el mundo les negaba. Dado el conjunto de sus puntos de vista, la salvación o condena estaba predestinada y solo Dios podía saber quiénes se salvarían. Un punto de vista arduo de conciliar con la necesidad de predicar el Evangelio, y radicalmente angustioso.  Calvino, discípulo de Lutero, encontró cierta salida al señalar unos indicios que permitían al individuo creer en su pertenencia al grupo de los justos: una vida austera y piadosa, y el éxito en las empresas económicas u otras, permitirían intuir en esta vida  la salvación en la otra. El calvinismo ofrecía así un consuelo que le ganó gran popularidad y expansión por varios países europeos, en disidencia con el luteranismo puro.

 

   Una dificultad de la nueva doctrina la expuso el propio Lutero con sarcasmo: de pronto resultaba que nobles, ciudadanos y campesinos “entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios…”. “Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro (…) Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta”.

Pero, llevada la teoría  a sus consecuencias lógicas, las interpretaciones bíblicas de cualquier patán  valían tanto como las del mismo Lutero, pues bastaba que fueran sentidas con sinceridad, y ¿quién podría decidir si lo eran o no? Por eso las tendencias disgregadoras en el protestantismo fueron siempre muy potentes, y de ahí las polémicas en las que el esfuerzo de la denostada razón jugaba  el papel determinante; y de ahí los organismos e inquisiciones contra los disidentes, para evitar la disolución general.

 

   Pero había más: sobre esas bases, la interpretación de las Escrituras por la Iglesia católica debía ser reconocida tan buena como cualquier otra. Y aunque podía argüirse que muchos la aceptaban  no por convicción ni con sinceridad, sino por temor a ser considerado hereje y castigado, lo cierto es que otros muchos lo hacían con plena convicción y un sentimiento de identificación con Dios no menos intenso que  el que pudieran exhibir Lutero, Calvino u otros dirigentes protestantes.

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/archivo-2009-05.html


+++

 

La predicación de las indulgencias

 
en Alemania a inicios de la Reforma.
Juan Tetzel y Martín Lutero

 

Situación de la Iglesia en Alemania, uso y abuso de las indulgencias.

 

Tomado de Ludwig Pastor

Historia de los Papas Volumen VII
Barcelona (España) - Ciudad de México (1911) pp. 295-324

Versión digital de www.apologetica.org 

  

* * *


Nota previa sobre el autor y la obra: el presente escrito está tomado de la obra que en su original alemán lleva por título Geschichte der Päpste seit dem Ausgang des Mittelalters (1305-1799), de Ludwig von Pastor, en veintidós volúmenes, Freiburg/Brsg., 1886-1933. Se puede ver una biografía -en alemán- y un resumen de la actividad gigantesca de este historiador en el artículo del Biographish-Bibliographishes Kirchenlexicon. La obra se encuentra traducida a varios idiomas y puede consultarse en las bibliotecas importantes. Las versiones que hemos consultado son: The History of the Popes, Consortium Books, volumen VII, USA (1908; son cuarenta volúmenes en esta versión); Storia dei Papi, donde todo el volumen IV (Roma 1960, 577 páginas de formato grande) está dedicado exclusivamente a León X; la versión en español Historia de los Papas, los volúmenes VII y VIII (Barcelona 1911), enteramente dedicados a León X.

 

    La Columbia Encyclopedia resume así la obra historiográfica de Ludwig Pasto (traducción y resaltado nuestro):

1854–1928, historiador alemán. Autor de la monumental y autoritativa Historia de los Papas desde el fin de la Edad Media (en 40 volúmenes, editados entre 1891 y 1953), combinó su amor por la Iglesia Católica con el más meticuloso academismo y erudición. Fue privilegiado con el acceso a los archivos secretos del Vaticano, y su historia, basada ampliamente en documentos no considerados hasta la fecha, supera a todas las historias anteriores de los Papas. La idea fundamental de Pastor es que los defectos del papado han reflejado las debilidades de cada época. A pesar de ser un calificado defensor del catolicismo, ha sido criticado por falta de objetividad. Fue ministro austriaco ante el Vaticano desde 1921.

    La "falta de objetividad" es siempre un juicio subjetivo y opinable. Lo importante en todo caso es que se presenten los hechos basado en documentos, cosa que Pastor hace hasta en los mínimos detalles.

 

    The Oxford Encyclopedia of the Reformation dice en la bibliografía de las páginas 418-419 que la obra de Pastor sobre los Papas es "la mejor historia del Pontificado de León X" ("the best account of Leo´s Pontificate").

 

    El Grande Dizionario Enciclopedico UTET (obra de veintisiete volúmenes), volumen XV, Turín (1989) p. 557 dice de Pastor (traducimos del italiano, resaltado nuestro):

La obra de Pastor representa una mole de estudio muy notable; la tesis católica del autor no le impide de exponer y criticar con toda libertad lo obrado por algunos Papas del Renacimiento, mientras que la riqueza de documentación le permite corregir muchos de los prejuicios más comunes, sobretodo de parte de los protestantes.

    La Gran Enciclopedia Rialp, Madrid (1974) volumen XVIII (toda la obra son veinticinco volúmenes) hablando de Pastor dice que es uno de los mejores historiadores modernos. Y agrega (resaltado nuestro):

Entre su inmensa producción literaria ocupa el primer puesto su monumental Historia de los Papas [...] por espacio de 50 años investigó en los archivos de 230 ciudades europeas. Es considerada como una obra maestra de la moderna historiografía. Los mejores tomos son los que dedica al Renacimiento, la Reforma protestante y la Restauración católica. Muestra un dominio perfecto de la documentación..." (p. 35)

  

Nota a la edición digital: de la ingente cantidad de notas que trae la obra, publicamos aquí sólo las que consideramos sean de particular valor, para facilitar la lectura de la obra. Pastor documenta todo lo que afirma, y lo que es su propia interpretación de los hechos queda claro por el contexto en el que lo afirma. La bibliografía que cita Pastor será citada tal cual está en la obra, la cual trae al comienzo decenas de páginas con biografía, y al cual remite Pastor en sus notas al pié de página. Podemos brindar la información detallada a quienes interese consultar esas obras Todos los subtítulos del presente trabajo son nuestros. Hemos corregido algunos elementos de estilo que nos resultan anacrónicos.

* * *

Situación de la Iglesia en Alemania.

La consideración del estado de las cosas eclesiásticas en Alemania al fin de la Edad Media, manifiesta que se hallaban en una situación, aunque en ninguna manera desesperada, sin embargo, sumamente necesitada de reforma. Por más que la Iglesia gozaba allí todavía de poderosa fuerza vital; y los sentimientos de piedad y de adhesión a la fe de sus padres, conservaban su viviente energía en las grandes masas del pueblo, no obstante los desórdenes introducidos en la vida del clero secular y regular; había al lado de esto, numerosos y diversos elementos, cuyo desencadenamiento debía producir una catástrofe. Lo propio que en el terreno político y social, se habían amontonado en el eclesiástico los combustibles en cantidad espantosa; y sólo faltaba la ocasión y el hombre a propósito para hacer estallar la peligrosa fermentación. Uno y otro se hallaron. 

El que el rompimiento de las hostilidades contra Roma tomara pie precisamente de una cuestión financiera, no fue en manera alguna casual; pues, sobre ninguna otra cosa se lamentaban entonces más, en Alemania, que sobre las exigencias pecuniarias de la Curia, y sobre los grandes abusos que con esto iban enlazados.

Los recaudadores de impuestos pontificios se habían hallado siempre en Alemania en una situación difícil; pues, con el nativo sentimiento de libertad del pueblo alemán, se juntaba la opinión, en general reinante, que no quería admitir ni los impuestos imperiales ni las contribuciones destinadas para cubrir las necesidades comunes de la Iglesia[1]. Desde que, en el siglo XIII, por medio de la nueva organización de la administración económica, se había obtenido la posibilidad de llevarse a Roma grandes cantidades de dinero contante, las quejas contra la avaricia de la Curia se hicieron tan violentas, que con ellas hubo de padecer también notablemente la reverencia hacia la Santa Sede. Todos aquellos a quienes se dirigía un requerimiento de este género, desfogaban su disgusto; muchas veces, sin pensar que el Pontificado, como institución internacional, debía tener asimismo el derecho de apelar a los bienes eclesiásticos para atender a las necesidades de su sostenimiento[2]. La contradicción contra el sistema tributario de la Curia, desarrollado ya en el siglo XIII en sus principales ramas, no conoció poco después ningún límite; y con frecuencia se llegó a decir, en el siglo XV, que a causa de las sumas de dinero que se enviaban a Roma, iba a quedar empobrecida Alemania. En labios de hombres como Martín Mayr, no eran en todo caso lealmente sentidas las quejas de este género, sino medios conscientemente empleados para intimidar a la Curia y obtener de ésta que comprase a buen precio su silencio[3]; pero también cronistas de las ciudades, honrados y adictos a la Iglesia, repiten en el siglo XV aquellas mismas quejas[4]. Que en esto se contiene una enorme exageración, no puede dejar lugar a duda; y cabalmente las investigaciones recientes nos amonestan a mirar con prevención semejantes juicios divulgados. Si verdaderamente es exacta la opinión expresada por un eminente investigador: que el conocimiento profundo del sistema tributario de la Santa Sede, se convertiría en muchos conceptos en una verdadera apología de la misma [5], no puede resolverse definitivamente en el estado actual de las investigaciones históricas. Pero cualquiera que sea el juicio definitivo, es cierto que, en muy extensos círculos de Alemania, reinaba la opinión de que la Curia romana apretaba hasta un punto intolerable los tornillos de la tributación eclesiástica.

En general se desataron las más acerbas sátiras contra la avaricia romana, y contra repugnantes manifestaciones de ella en particular (trato mercantil, cambio de moneda, propinas, etc.). Cada día se repetían de nuevo las quejas acerca de la elevación o extensión ¡lícita de los derechos de Cancillería, annatas, medii fructus, derechos de consagración, nuevas e inacabables indulgencias publicadas sin consentimiento de los prelados del país, diezmos sobre diezmos impuestos para la guerra contra los turcos y empleados para otros fines[6]. Hasta varones adictos a la Iglesia y a la Santa Sede, como Eck, Wimpheling, Carlos de Bodmann, el arzobispo Henneberg de Maguncia, y el duque Jorge de Sajonia, participaban de este disgusto, y manifestaban paladinamente que las Querellas alemanas contra Roma, especialmente las de carácter pecuniario, eran en gran parte fundadas [7].

Lo propio que acerca de los diezmos contra los turcos, reinaba también gran descontento sobre que las indulgencias se rebajaban de cada día más a la condición de asunto pecuniario, el cual traía en su séquito numerosos abusos. Ulrico de Hutten había atacado este punto vulnerable de la más agria manera, ya en tiempo de Julio II[8].

 

La curia romana no valora la importancia de la situación.

En la corte del Papa Médici no se tuvo cuenta del disgusto profundamente arraigado, en especial en Alemania, contra las exigencias pecuniarias de Roma; y con inconcebible descuido, se siguió, por el contrario, en el camino una vez emprendido. Sin hacer caso de las numerosas quejas, los círculos directivos se mecían en una peligrosa seguridad; los temores manifestados por algunos, perdíanse en el vacío sin ser oídos; y ninguna cosa era capaz de quebrantar la seguridad que se, alimentaba acerca de la sólida situación de las cosas eclesiásticas. En la Curia se habían acostumbrado de tal suerte a las ásperas invectivas de los alemanes contra Roma, que ya no se atribuía importancia especial a semejantes desahogos [9]. La constante necesidad de dinero, consecuencia de la desordenada administración económica, y de la desmedida prodigalidad de León X, llevaba por caminos cada vez más peligrosos. No se tenia dificultad, para llenar las cajas continuamente vacías, en seguir apelando a los más peligrosos medios, y era inútil que Aleander dijera al Papa, en 1516, que temía un levantamiento de Alemania contra la Santa Sede, por haber allí millares de personas, que no aguardaban más que un nombre, para abrir la boca contra Roma[10]. No se dio a estas voces de aviso ningún crédito, y se cometió el desacierto, imperdonable en vista de la violenta efervescencia, de hacer publicar la indulgencia para la construcción de la nueva iglesia de San Pedro, de una manera todavía más extensa que en tiempo de Julio II.

León X había revocado al principio de su pontificado, conforme a la costumbre establecida, todas las indulgencias concedidas por su predecesor; pero ya a 29 de Octubre de 1513, declaró que la indulgencia prescrita por julio II para fomentar la construcción de la nueva iglesia de San Pedro, no debía considerarse como suprimida. La publicación de la indulgencia se confió, como hasta entonces, a los Franciscanos observantes cismontanos, en las respectivas provincias de su Orden. En esta publicación, la indulgencia no se extendió a nuevas regiones; de suerte que, al principio, aun en tiempo de León X, no se alargó esta indulgencia a Portugal, Francia, Borgoña, ni a los países alemanes, a excepción de Austria y de la parte de Silesia que pertenecía a Bohemia[11]; pero ya a fines del año de 1514 se introdujo una variación. A 29 de Octubre de dicho año extendióse por un año la indulgencia para la reconstrucción de San Pedro a Saboya, el Delfinado, Provenza, Borgoña y Lorena, así como a la ciudad y diócesis de Lieja; y a 2 de Diciembre, por dos años, a las provincias eclesiásticas de Colonia, Tréveris, Salzburgo, Crema, Besancon, Upsala e iglesias exentas interyacentes, exceptuando, sin embargo, las posesiones del arzobispo Alberto de Maguncia Magdeburgo, administrador de Halberstad, y de los marqueses de Brandeburgo, pero extendiéndola también a las diócesis de Cambray, Tournay, Thérouanne y Arras. Como comisario de la indulgencia para el distrito últimamente nombrado, se eligió al clérigo cortesano Juan Angel Arcímboldi, oriundo de una familia milanesa[12]. A fines de Septiembre de 1515 se extendieron también los poderes de Arcimboldi al obispado de Meissen, y el comisario nombró representante suyo en esta parte, en la Pascua de 1516, al dominico Juan Tetzel[13]. Cuando Arcimboldi, a fines del año de 1516, se dirigió hacia el Norte, entró Tetzel al servicio del príncipe elector de Maguncia, Alberto de Brandeburgo, a quien se había concedido, para las provincias eclesiásticas de Maguncia y Magdeburgo, así como para el obispado de Halberstadt, una indulgencia, cuya publicación había de dar lugar a acontecimientos de trascendencia no sospechada.

 

Concesión de la predicación de las indulgencias a Alberto de Brandeburgo.

Alberto de Brandeburgo[14], desde fines de Agosto de 1513 arzobispo de Magdeburgo, y desde Septiembre del mismo año administrador del obispado de Halberstadt, había sido elegido por motivos políticos arzobispo de Maguncia, a la muerte de Uriel de Gemmingen, a 9 de Marzo de 1514. Mas como Alberto quería conservar, con el de Maguncia, los otros dos obispados, se produjo una acumulación de dignidades eclesiásticas hasta entonces desacostumbrada en Alemania. Por eso su confirmación tropezó en Roma con dificultades, las cuales aumentaba el cardenal Lang, esperando adquirir para sí Magdeburgo y Halberstadt. Por muy ancho de corazón que fuese León X, en semejante coyuntura no podía dejar de parecerle dificultoso el entregar a un príncipe de sólo 25 años de edad, un distrito tan dilatado, que hubiera sido de excesiva extensión aun tratándose de un hombre maduro, y aunque se hubiese limitado sólo a la superior inspección de las cosas más imprescindibles.

A la verdad, todas estas dificultades se desvanecieron ante la halagüeña esperanza de conciliarse con esta indulgencia a los dos poderosos príncipes electores de Brandeburgo. Después de largas negociaciones, fue complacido Alberto en todos sus deseos, y a 18 de Agosto de 1514, confirmóle el Papa en un consistorio, como arzobispo de Maguncia y Magdeburgo y administrador de Halberstadt. Verdad es que, fuera de los acostumbrados derechos de confirmación, que ascendían a unos 14.000 ducados, debía pagar otra “composición” extraordinaria o tasa de 10.000 escudos, para conservar los otros dos obispados. Toda esta suma se la adelantó la célebre Casa de Banca de los Fugger[15], que teniendo entonces a la cabeza al genial Jacobo Fugger, dominaba el comercio bancario internacional. Para indemnizarle, y ante todo, para hacerle posible satisfacer sus deudas a los Fugger, se concedió a Alberto la publicación de la indulgencia para San Pedro en las provincias eclesiásticas de Maguncia y Magdeburgo, en el obispado de Halberstadt y en los dominios de la Casa de Brandeburgo, de suerte que la mitad de lo recaudado debiera destinarse a sufragar los costos de la construcción de la iglesia de San Pedro, y la otra mitad perteneciera al arzobispo de Maguncia. Aun cuando antes se había creído que la propuesta de esta indulgencia había partido de Alberto, y que éste había pagado de antemano los 10.000 ducados, como premio por la concesión de ella, las recientes investigaciones han demostrado la inexactitud de esta apreciación[16]. Los 10.000 ducados fueron más bien los derechos extraordinarios impuestos para la retención de Magdeburgo y Halberstadt juntamente con Maguncia; pero el proyecto de la indulgencia no salió del de Brandeburgo, sino la Dataría fue quien le hizo a él esta proposición. Los delegados de Alberto se mostraron al principio poco inclinados a entrar en este negocio, porque “podrían nacer de esto disgustos, y por ventura alguna cosa peor”[17]; mas al fin, no tuvieron otro remedio que aceptar la propuesta. El mediador de todo este asunto financiero fue, muy verosímilmente, el más tarde cardenal Armellini; y aun cuando no hay razón para calificar este negocio de simoniaco[18], sin embargo, en aquellas circunstancias todo él fue un trato muy poco honroso para todos los que intervinieron[19]; y que contribuyera al estallido de la catástrofe, ya por tantas otras causas preparada, parece haber sido un castigo de Dios. Mas si la mencionada indulgencia no fue sino como la piedra desprendida que dio origen al ventisquero asolador estaba, sin embargo, hondamente fundado en las circunstancias de la realidad, el que la rebelión contra el Pontificado tomara origen, en Alemania, de un grave daño, reconocible para cualquier hombre observador, que tenía conexión con la aborrecida administración económica de la Curia romana. Las exigencias pecuniarias de la Curia, recaían ante todo, naturalmente, sobre el clero; sobre los legos pesaba principalmente el uso de exigir para el lucro de una indulgencia, no sólo el cumplimiento de obligaciones religiosas, sino también una oblación de dinero.

 

Doctrina católica sobre las indulgencias.

La indulgencia[20], conforme a la doctrina de la Iglesia católica, ya completamente declarada en el siglo XIII, es la remisión de las penas temporales de los pecados, que después del perdón de la culpa y de la pena eterna, obtenido por medio de la penitencia, quedan todavía que expiar, ya sea en la tierra o ya en el purgatorio. Los dispensadores de indulgencias son el Papa y los obispos, los cuales sacan todas estas gracias del inexhausto tesoro que posee la Iglesia en los merecimientos de Jesucristo, de la Santísima Virgen María y de los demás santos (thesaurus Ecclesiae). Prerrequisitos indispensables para ganar cualquiera indulgencia son, el estado de gracia, o en su defecto, la penitente confesión, para ponerse en él, y fuera de esto, suele prescribirse la práctica de ciertas buenas obras, como la oración y visita de algunas iglesias, la limosna u otras oblaciones para fines píos o de común utilidad. Se distinguen las indulgencias plenarias, por las que se perdonan todas las penas de los pecados ya remitidos, y las parciales, por las que no se perdona sino una parte de dichas penas. Las indulgencias plenarias no puede concederlas más que el Papa, como Vicario de Cristo, y se otorgaron a los cruzados en la segunda mitad del siglo XIII[21]. Una forma especial de indulgencia plenaria es la indulgencia del jubileo[22] que fue concedida por primera vez por Bonifacio VIII. En la publicación de tales jubileos, los cuales se promulgaban con particulares solemnidades, obtenían los confesores, respecto de todos los fieles cristianos que se proponían ganar la indulgencia, no sólo la ordinaria jurisdicción semejante a la que tienen los párrocos sobre sus feligreses, sino también más amplias facultades para absolver aun de los casos reservados.

Acerca de la aplicación de las indulgencias a los fieles difuntos, se habían dividido los pareceres de los teólogos hasta mediados del siglo XV, rechazándola o poniéndola en duda unos, al paso que otros la tenían por posible; y esta última sentencia llegó a obtener aceptación general, por efecto de las resoluciones de Sixto IV e Inocencio VIII; de suerte que, desde el principio del siglo XVI, ningún escritor católico volvió a discutir la aplicabilidad de. las indulgencias a las benditas ánimas del purgatorio[23]. Como la indulgencia para los fieles difuntos no es en el fondo sino una solemne manera de sufragio por los mismos, podía ganarse, según la opinión común, aun hallándose en estado de pecado mortal; mientras, por el contrario, para ganar la indulgencia que los vivos quieren lucrar para sí mismos, es necesario juntar con la visita de algunas iglesias y la oblación pecuniaria, la penitente confesión[24].

Las bulas pontificias expusieron la doctrina de las indulgencias con absoluta exactitud dogmática[25], y asimismo los más de los escritores teológicos de fines de la Edad Media, por más que en algunos puntos singulares disintieran entre sí, estaban de acuerdo, no obstante, respecto de lo esencial; todos consideraban en la indulgencia, no la remisión de la culpa, sino sólo la remisión de las penas; todos presuponían que, para ganarla, debían estar de antemano perdonados los pecados por una penitente confesión.

Así en los escritos catequísticos como en los sermones del siglo XV, la doctrina de las indulgencias se halla expuesta con tanta claridad como exactitud teológica. Los sermones que tuvo el célebre Geiler de Kaisersberg en los años de 1501 y 1502 ofrecen una exposición verdaderamente modelo[26]; y asimismo los ordinarios curas de almas se limitaban a repetir, con más o menos habilidad, la doctrina eclesiástica, de la manera que los papas la habían formulado. Los bosquejos de sermones que se conservan todavía del siglo XV, demuestran que esto se hacía con tanta claridad y de un modo tan fundamental, que aun las personas de inferior grado de cultura podían entender su verdadera naturaleza[27].

 

Buenos resultados de la predicación correcta de las indulgencias.

Donde las indulgencias se predicaban de esta manera debida y conforme al espíritu de la Iglesia, no podían dejar de producir muy beneficiosos frutos, constituyendo un poderoso medio extraordinario para la cura de almas, que se puede poner en parangón con las actuales misiones dadas a los pueblos[28]. Hombres celosos de la reforma, como Geiler de Kaisersberg, atribuían por esta razón a las indulgencias grande y beneficiosa trascendencia[29]. Una porción de factores concurrían para ejercer en semejantes coyunturas un poderoso influjo en la vida espiritual del pueblo. Aquellos tiempos de gracia se inauguraban con una solemnidad que causaba profunda impresión, con especiales funciones eclesiásticas, como procesiones, rogativas, cánticos, erección de cruces o de imágenes de la Madre de Dios con el exánime cuerpo de su Divino Hijo en el regazo. Buscábanse predicadores más hábiles que los ordinarios para que instruyeran al pueblo con frecuentes pláticas espirituales, no sólo acerca de la indulgencia, sino también sobre las demás verdades de la Fe y las obligaciones de la vida cristiana, y le movieran a una verdadera penitencia y enmienda de las costumbres[30]. Los penitentes así preparados tenían a su disposición, además de los confesores del país, otros forasteros, provistos de especiales facultades para la absolución de casos reservados y conmutación de votos, e instruidos para tratar solícitamente los casos de conciencia especiales. Los fieles no eran solamente excitados por las indulgencias a la recepción de los Santos Sacramentos, sino también a la oración y distribución de limosnas, al ayuno, a la veneración de los Santos, y a otros piadosos ejercicios; y los que se aprovechaban concienzudamente de aquellos tiempos de gracia que la Iglesia les procuraba, hacían verdaderamente un gran adelanto en la vida espiritual. Se reconciliaban con Dios Nuestro Señor, -por ventura después de mucho tiempo- e inauguraban para lo porvenir, con nuevos propósitos, una nueva vida genuinamente cristiana. Pero además, aquellos tiempos de gracia contribuían asimismo poderosamente para aliviar las miserias temporales. Desventurados de todos géneros hallaban consuelo y fortaleza en sus padecimientos, y volvían llenos de confianza a emprender los arduos trabajos de su vida cotidiana. De esta suerte, la indulgencia daba ocasión a una verdadera renovación de la vida religiosa; y de que aún hacia fines de la Edad Media, se obtuvieran realmente con frecuencia estos fines, existen muchos testimonios[31].

 

 

 

Frutos de los abusos en las predicación de las indulgencias.

Junto a éstos no faltan, sin embargo, quejas de otros testigos fidedignos y fuera de sospecha, sobre los múltiples abusos cometidos con ocasión de las indulgencias. Casi todos insisten en que los fieles, después de haber hecho su confesión, como prerrequisito indispensable para ganar la indulgencia, debían depositar además, en el cepillo de las oblaciones, una suma de dinero proporcionada a la cuantía de sus haberes. Esta contribución pecuniaria para fines píos, que no era más que un accesorio, se convirtió muchas veces en fin principal, y con esto se abatió la indulgencia de su ideal elevación y se rebajó hasta convertirla en una operación financiera. Y no fue ya sólo la dispensación de gracias espirituales el propio motivo porque se solicitaban y se otorgaban las indulgencias, sino la necesidad de dinero.

Como casi todos los males que padeció la Iglesia a fines de la Edad Media, arranca también en gran parte el abuso de las indulgencias de la época del cisma de Occidente[32]. Para poderse sostener frente al pontificado francés, Bonifacio IX, por otra parte no muy escrupuloso en la elección de los medios para llenar las arcas de la Cámara Apostólica[33], otorgó indulgencias en número extraordinariamente grande, con el manifiesto fin de recaudar dinero por este camino. En primer lugar hizo que el jubileo promulgado para Roma en 1390, se extendiera también con grande amplitud a las ciudades italianas y principalmente a las de Alemania. De suyo no se hubiera podido objetar contra esto cosa alguna: pero se sujetó el lucro de la indulgencia a condiciones que debían engendrar abusos. A los requisitos anteriormente usados, se añadió ahora el de que todos aquellos que quisieran ganar la indulgencia plenaria, debían aprontar tanto dinero, cuanto hubieran debido gastar en el viaje a Roma y hubieran ofrecido en las iglesias de esta ciudad. En particular, debían los fieles convenir en la cantidad con los colectores, y aun cuando se había prescrito a éstos una tasación moderada, y aun la remisión de todo donativo para los pobres, “no obstante, la grandiosa idea del año jubilar revistió, por estos ajustes entre el colector y los peregrinos, el carácter de un negocio, en tales términos, que era imposible faltaran abusivas explicaciones de parte de los colectores y malas inteligencias por la de los peregrinos”. De los dineros que se recaudaran debía enviarse la mitad a Roma[34].

Muy pronto se mostraron claramente los malos efectos. Eclesiásticos seculares y regulares no se recataron de negociar con las gracias, hasta casi venderlas; y por dinero absolvían aún a personas a quienes faltaba el arrepentimiento. Bonifacio IX fue informado de estos abusos; pero, en vez de ordenar medidas enérgicas contra los tales, se limitó a expresar su disgusto solamente porque muchos de los eclesiásticos a quienes se habían concedido las facultades referentes a las indulgencias, no querían rendir cuentas de lo recaudado. La impresión de que, para la Curia romana, estaba en primer término la cuestión del dinero, aumentóse todavía cuando en 1349 se hallaron presentes a la publicación del jubileo concedido a la ciudad de Colonia, un abad y un banquero como representantes oficiales de la Cámara Apostólica. Era el primer caso en que esto sucedía; y también se inició entonces otra usanza; es a saber, la gradación de una serie de subdelegaciones para la publicación de la indulgencia; con lo cual se hubo de enflaquecer el sentimiento de responsabilidad en los que dispensaban las gracias del jubileo[35]. Fue, finalmente, en alto grado pernicioso el que, para la obtención de las bulas de indulgencia, además de los considerables gastos que llevaba consigo su redacción, todavía se hubieran de pagar grandes propinas a los empleados de la Curia. También de esto hay testimonios indudables, ya respecto a la época de Bonifacio IX[36].

Por el camino comenzado por Bonifacio IX, siguieron adelantando sus sucesores: todos los papas de fines de la Edad Media, en parte necesitados por el peligro de los turcos y otros apuros, o ya movidos por las incesantes solicitaciones de eclesiásticos y seglares, concedieron las indulgencias de una manera desmedida, así en lo tocante a la frecuencia como a la extensión de las mismas. Y aun cuando en la forma de sus bulas nunca se desviaron poco ni mucho de la doctrina católica, y siempre exigieron como prerrequisito para ganar la indulgencia, la penitente confesión y ciertos ejercicios espirituales determinados, sin embargo, en estas concesiones de gracias, se fue poniendo en primer término, de una manera a propósito para producir escándalo, el lado financiero; o sea, la necesidad de una oblación pecuniaria. Cada día más fueron tomando las indulgencias la forma de un asunto económico, que conducía luego a numerosos conflictos con las Potencias seculares, por exigir éstas una parte de los rendimientos. “Que aquel que concedía la gracia obtuviera por ello alguna participación, no producía por sí mismo ofensión alguna; pero la grandeza de esta contribución fue materia de escándalo. Lo propio que el solicitante se sentía perjudicado por la Curia, así ésta por el Emperador y por los señores territoriales que cerraban sus dominios a la indulgencia, o embargaban los fondos recaudados por medio de ella”[37].

Con la transformación de las indulgencias en una operación financiera, y con la excesiva extensión y acumulación de las gracias otorgadas, era natural (principalmente teniendo en cuenta la codicia de la época) que se introdujeran los más graves excesos y abusos, así en el ofrecimiento como en la ponderación de las indulgencias. Ocurrían con harta frecuencia sucesos aflictivos, tanto en la recaudación como en el reparto del dinero de las indulgencias; por lo cual no es de maravillar que de todas partes se levantaran las más claras y vehementes quejas. Pero ¿cómo podía ser de otro modo, cuando hasta un hombre de sentimientos tan favorables al Papa como Eck, se desahogaba en amargos lamentos, quejándose de que “una indulgencia abría la puerta a otra”? El mismo Eck refiere de ciertos comisarios, que llegaban hasta repartir cédulas de confesión como recompensa del vicio[38]. Jerónimo Emser habla claramente del delito de los avarientos comisarios, monjes y curas, que habían predicado sobre la indulgencia sin ningún decoro, insistiendo más en el dinero que en la confesión, penitencia y dolor de los pecados[39]. También Murner habla de los abusos cometidos con ocasión de las indulgencias[40], los cuales en ninguna manera estaban limitados a los países alemanes. Todavía en el Concilio de Trento se lamentó el cardenal Pacheco de los manejos de los predicadores que anunciaban en España la bula de la Santa Cruzada[41], y el austero cardenal Jiménez de Cisneros, a pesar de su adhesión a la Santa Sede, manifestó su disgusto por la indulgencia concedida por León X para la construcción de la iglesia de San Pedro[42]. En los Países Bajos, la conducta de los comisarios de indulgencias , especialmente a causa de la ligereza con que otorgaban dispensas, causó tal ofensión, aun en personas severamente religiosas, que un profesor de Teología de Lovaina se pronunció públicamente contra ellos en 1516[43]. En el Concilio de Letrán se quejaron los obispos de los abusos de los Minoritas en la predicación de la indulgencia de San Pedro; convínose en un compromiso[44]; pero no sirvió de remedio, pues todavía el cardenal Campegio se hubo de expresar enérgicamente contra el encargo de las indulgencias dado a los Minoritas, con el cual se perturbaba la jurisdicción ordinaria de los obispos. ¡Cuánto padeciera de esta suerte la autoridad eclesiástica; cuánto escándalo se originara de ello; cuántas ocasiones se dieran para formar juicios desfavorables contra la Iglesia, cosas son que no necesitan ponderarse! El mencionado cardenal era de parecer, que la gran facilidad en perdonar, llegaba hasta ser estímulo de los pecados y como un aliciente para cometerlos[45].

También se levantaron en Italia otras voces contra la inconveniente multiplicación de las indulgencias[46]. Satíricos como Ariosto[47], se burlaban de la baratura de ellas, y varones graves como Sadoleto, promovían una resuelta contradicción. Pero León X, siempre necesitado de dinero, no hacia caso de esto, teniendo en derredor suyo consejeros sin conciencia, como el cardenal Pucci, que en semejantes casos sabían apaciguar los resquemores de la conciencia del Papa, con una Casuística que, usando de benignidad, ha de calificarse de extraña[48]. De esta suerte no puede maravillarnos que el Papa Médici viniera en conceder la indulgencia que se otorgó al nuevamente elegido príncipe elector de Maguncia.

 

 

Las indulgencias se predican en Alemania.

La súplica de Alberto de Brandeburgo sobre concesión de la indulgencia para las diócesis de Maguncia y Magdeburgo[49], que lleva la fecha de 1 de Agosto de 1514, obtuvo ya al día siguiente el placet del Papa[50]; pero su publicación debía aún diferirse largo tiempo[51]. Hasta 31 de Marzo de 1515 no se redactó la bula[52], por la cual el arzobispo de Maguncia y el Guardián de los Franciscanos de dicha ciudad fueron nombrados, por el plazo de ocho años desde el día de la promulgación de la bula, comisarios pontificios de la indulgencia para las provincias designadas en la concesión; y los mismos debían tener derecho de suspender todas las otras indulgencias en el distrito de su cargo. A esta bula siguió el Motu proprio de León X de 15 de Abril de 1515 al cardenal obispo de Ostia, como Camarero pontificio, y a los empleados a sus órdenes, por el que se confirmaba la indulgencia del jubileo solicitada por Alberto. La bula llegó primero a manos del emperador Maximiliano, quien aprovechó la favorable coyuntura para obtener también algo para sí; y para que el Emperador permitiera por tres años la indulgencia concedida por el Papa para ocho, se obligó el canciller de Maguncia Juan von Dalheim, a pagar en cada uno de dichos tres años a la Cámara imperial la suma de 1.000 ducados rinianos, los cuales deberían emplearse en la construcción de la iglesia de Santiago, adyacente al palacio imperial de Innsbruck[53]. Como en la bula no se, declaraba expresamente, que la mitad de los rendimientos hubieran de pertenecer al arzobispo, no quiso éste, para prevenir posteriores molestias, proceder a la publicación antes de haber recibido de Roma una terminante seguridad sobre ello[54]; y las negociaciones acerca de esto produjeron nuevo retardo; de suerte que, el breve pontificio expedido a 14 de Febrero de 1516, en que se contenían las seguridades deseadas, no llegó a Maguncia hasta los días precedentes a la dominica Jubilate; por lo cual, como escribió el canónigo de Maguncia Dietrich Zobel a Alberto[55], a 14 de Abril de 1516, se juzgó ser ya demasiado tarde para aquel año; y así, la predicación de la indulgencia no comenzó en Maguncia hasta principios del funesto año de 1517. A consecuencia de las turbaciones que muy pronto se suscitaron, no pudo continuarse esta predicación sino en los dos primeros años; y según las cuentas de los Fugger, que recientemente se han hallado, la recaudación total fue verdaderamente mínima, contra todas las suposiciones que hasta ahora se habían hecho[56]; de manera que parece que Alberto, después de haber entregado al Emperador su contribución, apenas obtuvo por su parte, la mitad de la “composición”; para no decir nada de los derechos de la confirmación. La indulgencia de Maguncia y Magdeburgo fue, pues, “un mal negocio para Alberto, aun desde el punto de vista puramente mercantil”. Con esto resulta una fábula introducida en la Historia, la de que Juan Tetzel recibiera en un solo año, para el príncipe elector de Maguncia, la cantidad de 100.000 escudos de oro.

 

El predicador dominicano Juan Tetzel.

El mencionado dominico[57] aparece desde Enero de 1517 como subcomisario general del arzobispo de Maguncia[58]. A 24 de Enero se hallaba Tetzel en Eisleben, que pertenecía entonces al obispado de Halberstadt, y al principio anduvo por esta diócesis y por el obispado de Magdeburgo[59]. En la primavera se dirigió a Jüterbog donde confluyó mucha gente de la próxima ciudad de Wittenberg para ganar la indulgencia, por cuanto en Sajonia no se había permitido la predicación de la misma[60]. Esta fue la ocasión de que el profesor de Wittenberg, Martín Lutero, que por motivos mucho más hondos se hallaba ya interiormente muy alejado de la Iglesia, tomara cartas en el asunto de la indulgencia.

Tetzel era un elocuente y estimado predicador popular; pero su importancia ha sido las más de las veces muy exagerada por adversarios y defensores, bajo la impresión de los acontecimientos que tomaron principio de su predicación de las indulgencias[61]. Si por una parte no se puede justificar todo lo que hizo o predicó, por otra, la imagen tradicional que de él se formó en el campo de los adversarios, no corresponde en manera alguna a la justicia y verdad históricas. Los reproches de grosera inmoralidad que le dirigieron algunos contemporáneos, sus enemigos, descansan en una pura invención; lo propio que la afirmación, repetida todavía por autores modernos, de que había predicado de una manera escandalosa y blasfema sobre la Madre de Dios; lo cual el mismo Tetzel pudo demostrar ser una calumnia, fundándose en testimonios oficiales[62]. También se ha desfigurado con frecuencia de la manera más repugnante, el fondo de la predicación de Tetzel sobre las indulgencias; y las opiniones erróneas acerca de esto nacieron principalmente de la circunstancia de no haber distinguido con bastante solicitud cuestiones de muy diversa naturaleza[63]. Ante todo, es preciso distinguir claramente la indulgencia para los vivos, de la que se aplica a los fieles difuntos. Respecto de la primera, la enseñanza de Tetzel fue completamente correcta; y la afirmación de que ponderó la indulgencia, no sólo como remisión de las penas de los pecados, sino también como absolución de la propia culpa de ellos, es tan injustificada, como el reproche de haber vendido el perdón de los pecados sin exigir arrepentimiento, o haber absuelto, por dinero, de pecados que se pensaba cometer después. Realmente enseñó con la mayor claridad, y de acuerdo con las doctrinas teológicas que entonces como ahora profesaba la Iglesia, que la indulgencia sólo sirve respecto de las penas de las culpas que han sido lloradas y confesadas[64]. Las llamadas cédulas de confesión o de indulgencia (confessionalia), podían a la verdad adquirirse sin arrepentimiento, mediante el solo pago de la limosna; pero la mera adquisición de semejantes cédulas no procuraba, ni el perdón de los pecados, ni el lucro de la indulgencia; el poseedor de una de estas cédulas adquiría simplemente por ella, el derecho de poder ser absuelto una vez en la vida y en la hora de la muerte, por un confesor libremente elegido por él, mediante una penitente confesión de sus culpas, aun de los más de los pecados reservados al Papa; y de hacerse aplicar una indulgencia plenaria[65]. Así pues, también en este caso, como en todos los demás, el lucro de la indulgencia tenía por imprescindible prerrequisito la penitencia y la confesión[66]. Otra cosa sucedía con las indulgencias para los fieles difuntos[67]; respecto de las cuales Tetzel, de acuerdo con las instrucciones que debían servirle de regla acerca de la indulgencia, predicó realmente ser dogma cristiano, que para ganar la indulgencia para los difuntos no se requería más que el pago de la limosna, no siendo necesaria la penitencia ni la confesión. Al propio tiempo enseñó, ajustándose a la opinión defendida por los más de los teólogos de entonces, que la indulgencia para los difuntos podía aplicarse por modo infalible a un alma determinada; y no puede caber lugar a duda que, partiendo de este supuesto, predicó, por lo menos cuanto al sentido, la gráfica sentencia que se le ha atribuido: “Tan luego como el dinero cae en el cepillo, el alma sale del suplicio”[68]. Las bulas pontificias acerca de la indulgencia, no ofrecían fundamento ninguno para estas tesis; y lo que Tetzel proponía, de un modo del todo impertinente, como verdad cierta, no era más que una incierta opinión de los teólogos, rechazada por la Sorbona ya en 1482 y luego de nuevo en 1518, y no en manera alguna doctrina de la Iglesia. El primer teólogo que había entonces en la corte romana, el cardenal Cayetano, no aprobó nunca semejante exageración; antes bien acentuó enérgicamente que, aun cuando los teólogos y predicadores enseñaran tales opiniones exageradas, no se les debía prestar en esto ningún crédito. “Los predicadores - escribe el citado cardenal - enseñan en nombre de la Iglesia, en cuanto anuncian la doctrina de Cristo y de la Iglesia; pero cuando enseñan guiados por su propia cabeza o movidos por interés privado, cosas que no saben, no pueden considerarse como representantes de la Iglesia; y por tanto, nadie debe maravillarse de que, en semejantes casos, padezcan extravíos”[69].

Desgraciadamente muchos predicadores de la indulgencia, así en Alemania como en otras partes, no se esmeraron, como el mencionado cardenal, en proceder con esta reserva; imprudentemente predicaban como verdad cierta, una dudosa opinión de las Escuelas, a propósito para proponer en primer término el aspecto pecuniario, de una manera sumamente ofensiva. Tampoco a Tetzel se le puede absolver de culpa en este respecto, aun cuando no se dejó llevar a tan grandes excesos como Arcimboldi[70]; y si por una parte el mencionado dominico era en general propenso a extremosidades, por otra se echaban también de menos en su proceder, la simplicidad y la modestia; antes bien se mostró atrevido y pretencioso, y dio al ejercicio de su cargo tal carácter de negociación, que no podía menos de producir escándalo. Aun varones que, por otra parte, estaban enteramente a su lado, tuvieron motivos de queja; y su contemporáneo y compañero de hábito Juan Lindner, le reprendió gravemente el designio predominante de recaudar dinero. “Tetzel, escribe dicho autor, inventaba inauditos medios de reunir dinero, hacía demasiado benignas promociones, erigía en las ciudades y aldeas demasiado comunes cruces, de donde se seguía finalmente escándalo y desestima en el pueblo sencillo, y menosprecio de tales tesoros religiosos, a causa del abuso”[71].

 

 

Lutero: hall entrada iglesia protestante en Spira - Alemania

 

Lutero se enfrenta a los abusos.

Hízose intérprete del disgusto, muy extendido contra los abusos que se cometían con motivo de la predicación de la indulgencia, un profesor de la Universidad de Wittenberg, cuyo nombre no había sido hasta entonces conocido sino en un circulo muy estrecho.

Con ocasión de las predicaciones de Tetzel sobre la indulgencia, fijó Lutero a 31 de Octubre de 1517, en la iglesia del castillo de Wittenberg, 95 tesis, con el objeto de celebrar una disputa sobre el valor de las indulgencias[72]. En este proceder nada había de extraordinario, conforme a los usos académicos de aquella época; pero el asunto que se tomaba como argumento de la disputa tocaba a una cuestión candente; a lo cual se agregaba, que el contenido de las tesis de Lutero era ásperamente polémico, lleno en si mismo de contradicciones, y tendía mucho más allá de la finalidad del momento. En todas partes despertaron aquellas tesis grande expectación; y aun cuando las predicaciones de Tetzel fueron la ocasión exterior del proceder de Lutero, éste no se dirigía tanto contra la persona del dominico, cuanto generalmente contra el uso que entonces se hacia de las indulgencias. El ataque del profesor de Wittenberg hería ante todo a la autoridad eclesiástica, al Papa y al arzobispo de Maguncia, a los cuales hacia Lutero en primer término responsables de lo que consideraba como abusos[73]. Pero en el fondo, no eran los abusos de la práctica entonces usual de las indulgencias, los que motivaban la conducta de Lutero; las tesis de 31 de Octubre no eran más que la primera ocasión exterior y casual, para manifestarse públicamente la profunda contradicción en que se hallaba Lutero con la doctrina católica de las buenas obras; pues sus opiniones sobre la justificación por sólo la fe, y la falta de libertad de la voluntad humana, las cuales tenía ya entonces completamente formadas, no podían compadecerse con aquella doctrina[74]. Lutero no había concebido entonces todavía en manera alguna, el designio de separarse de la Iglesia; y tampoco se podría afirmar, que desde el principio no tomara la controversia de las indulgencias sino como pretexto para dar más fácil entrada a sus opiniones dogmáticas; antes bien se puede admitir, que por de pronto no persiguió conscientemente ningún otro fin, sino el de combatir los verdaderos abusos introducidos con las indulgencias, y los que por tales tenía. Mas a pesar de eso, las tesis del profesor de Wittenberg alcanzaban ya con efecto, en su totalidad, una trascendencia mucho mayor, y cuyo efecto había de ser soliviantar contra la autoridad eclesiástica, hacer despreciables las indulgencias y extraviar al pueblo, como quiera que contenían una mezcla de ortodoxia y heterodoxia. Apenas se disimulaba en ellas el odio y la befa contra la Sede Apostólica, y bajo una forma exteriormente católica, contenían muchas cosas harto capciosas. La tesis 36 se dirigía contra la indulgencia tomada en sentido católico, y la 58 negaba derechamente la doctrina del tesoro de la Iglesia[75].

El mismo día 31 de Octubre envió Lutero las tesis al arzobispo Alberto de Maguncia, acompañándolas con una carta[76] en la que en parte resumía brevemente el contenido de ellas, y se lamentaba de las erróneas ideas del pueblo y de las falsas promesas de los predicadores de indulgencias. Verdad es que al principio de la carta decía que no había oído a los predicadores ni pretendía acusarlos de haber expuesto realmente en el púlpito tales perniciosas doctrinas; pero poco después echaba en cara a los mismos predicadores, “que con maliciosas fábulas, y promesas sin ningún fundamento, aseguraban al pueblo y le quitaban el santo temor”. Y al fin llega hasta insinuar al arzobispo, que debe retirar la instrucción para las indulgencias, que en todo caso se había dado sin su conocimiento y voluntad; y substituirla por otra mejor; y le amenazaba con que, en otro caso, tal vez se levantaría alguno y escribirla contra ella, para suma afrenta del arzobispo.

Alberto de Brandenburgo sometió el asunto a sus consejeros en Aschaffenburg, y a los profesores de la Universidad de Maguncia. Los primeros estuvieron de acuerdo sobre que debía incoarse un proceso contra Lutero[77]. Alberto envió al Papa el dictamen de los consejeros de Aschaffenburg junto con las tesis de Lutero, “con buenas esperanzas de que Su Santidad intervendrá también en el asunto, y hará que se ponga coto oportunamente a semejantes extravíos, como lo piden la ocasión y la necesidad, y no habremos de tomar a nuestro cargo el orden y el negocio”; esto escribía Alberto a 13 de Diciembre de 1517[78], a sus consejeros de Halle, rogándoles consideraran con gran diligencia las actas del proceso que se acompañaban, y que si eran de parecer que convenía y aprovechaba apretar el proceso, lo hiciesen intimar a Lutero por medio de Tetzel, “para que tan venenoso error no se continuara esparciendo entre el pueblo sencillo”. Se ha de tener por cosa cierta, que los consejeros de Halle no tuvieron por prudente el proceso judicial contra Lutero acordado en Aschaffenburg, y que el mismo no fue incoado por Tetzel[79].

El dictamen de la Universidad de Maguncia no se envió hasta 17 de Diciembre de 1517, después de repetidas amonestaciones del arzobispo, y únicamente se fijaba en un punto de las tesis de Lutero: la limitación de la autoridad del Papa respecto de las indulgencias; condenándolo por estar en contradicción con la doctrina tradicional, la cual era más prudente y seguro conservar. Los profesores de Maguncia rehusaron una formal condenación de las proposiciones, recomendando más bien que se pidiera la resolución pontificia[80].

Por el contrario, Tetzel, por la extensa difusión de las tesis de Lutero, se creyó en el caso de contestar a su adversario científicamente; y lo hizo al principio por medio de una larga serie de tesis que defendió a 20 de Enero de 1518 en la Universidad. de Francfort junto al Oder[81]. El autor de estas tesis no era el mismo Tetzel, sino el profesor de Francfort Conrado Wimpina[82]. Verdad es que aquellas antítesis fueron, en algunos puntos determinados, demasiado lejos, presentando opiniones de la escuela como verdades de fe; pero en general, defendían fundamentalmente la tradicional doctrina de las indulgencias, rebatían los, errores de Lutero, y acentuaban principalmente: que las indulgencias no perdonan los pecados, sino solamente las penas temporales que al pecado siguen; y aun esto, sólo en el supuesto de que los pecados hayan sido de antemano sinceramente llorados y confesados; no hacen injuria a los merecimientos de Cristo, sino más bien substituyen los padecimientos satisfactorios de Cristo en lugar de las penas que se debían satisfacer.

Cuando a mediados de Marzo llegó a Wittenberg un mercader llevando numerosos ejemplares de las Antítesis de Francfort, con el fin de venderlos, los estudiantes, calurosos partidarios de Lutero, se los arrebataron y quemaron en la plaza pública; procedimiento que más tarde fue vituperado por Lutero[83]. Poco tiempo después publicó éste, indudablemente con ocasión de haber sido conocidas las tesis de Tetzel, su “Sermón sobre la indulgencia y la gracia”[84], en el que fue todavía más allá[85]. Condenó enérgicamente la división escolástica de la Penitencia, en confesión, dolor y satisfacción; alegando no hallarse fundada en la Escritura; y al final declaró: “Si ahora me reprendieren por ventura como hereje, algunos a quienes estas verdades son muy perjudiciales para el bolsillo, no hago gran caso de semejantes parlerías; puesto que no procederán sino de algunos cerebros obscurecidos, que tienen poco olor de la Biblia”. A este escrito, a poco tiempo muy difundido, opuso Tetzel en seguida su “Exposición contra un sermón temerario de 20 artículos erróneos tocantes a las indulgencias papales y a la gracia”[86]; en la cual trató muy fundamentalmente la doctrina de las indulgencias[87]. Honra en gran manera a la penetración de Tetzel y su formación teológica, el que, mientras otros teólogos, buenos católicos, juzgaron al principio de un modo demasiadamente superficial la conducta de Lutero, no viendo en ella sino una contienda escolástica acerca de cosas secundarias, comprendió en seguida Tetzel con exactitud, la trascendencia de las nuevas proposiciones del heresiarca, y conoció con clara perspicacia, que esta controversia iba a parar a una lucha de principios honda y de grande importancia, sobre los fundamentos de la fe cristiana y la autoridad de la Iglesia. “Los artículos de Lutero -dice Tetzel lamentándose en aquel escrito- están destinados a promover un grande escándalo; pues, por causa de estos artículos, muchos despreciarán la superioridad y el poder de la Santidad del Papa y de la Santa Sede Romana. También se abandonarán las obras de penitencia sacramental, y no se volverá a creer a los predicadores y doctores, queriendo cada cual interpretar la Escritura a su antojo; por donde la santa y universal Cristiandad habrá de incurrir en gran peligro de las almas; pues cada cual no creerá sino aquello que bien le pareciere”[88].

Al fin de la “Exposición”, publicada en Abril, anunciaba Tetzel que después daría a luz algunas otras proposiciones y enseñanzas, sobre las cuales pensaba disputar en la Universidad de Francfort[89]. Estas fueron las 50 tesis publicadas a fines de Abril 6 principios de Mayo de 1518, y compuestas por el mismo Tetzel[90]; en las cuales, sólo de pasada toca el asunto, ya antes suficientemente discutido, de las indulgencias; al paso que trata más de propósito de la autoridad eclesiástica, que Lutero había puesto en duda. Y como el profesor de Wittenberg, en sus ataques contra las indulgencias, se había apoyado principalmente en la Biblia, hace notar Tetzel expresamente que, junto a las contenidas expresamente en la Sagrada Escritura, hay otras muchas verdades católicas que los fieles cristianos deben profesar firmemente; y que en este número se han de contar las resoluciones doctrinales dictadas por el Papa en materia de fe, así como las tradiciones eclesiásticas aprobadas. Esta proposición daba en el punto principal de toda la controversia. “La cuestión de las indulgencias, como cosa secundaria, pronto desapareció casi completamente de las públicas discusiones; y por el contrario, siguió formando el asunto principal de las disertaciones polémicas la cuestión acerca de la autoridad eclesiástica”[91]. Contra la “Exposición” de Tetzel, publicó Lutero el escrito “Apología del Sermón sobre la indulgencia papal y la gracia, contra la Exposición tramada en injuria suya y del mismo sermón” (Wittenberg, 1518)[92], en el cual, sólo hacia el fin y de pasada, procura desentenderse Lutero de las 50 tesis, con una observación irónica. Después de la publicación de las 50 tesis, Tetzel no volvió á escribir más; y como por efecto del proceder de Lutero se había hecho imposible continuar la predicación de la indulgencia, a fines de 1518 se retiró al convento de los dominicos de Leipzig[93].

Entretanto las tesis de Lutero, difundidas rápida y extensamente en su traducción alemana, estaban ejerciendo una influencia profunda; y como en ellas andaba extrañamente mezclado lo verdadero y lo falso, tanto los amigos como los adversarios de la autoridad eclesiástica pudieron encontrar allí alguna cosa a su gusto. A la inmensa muchedumbre del pueblo, le agradó extraordinariamente el modo enérgico con que se acentuaba, que socorrer a los pobres era más meritorio que ganar indulgencias[94]. Pero el proceder de Lutero obtuvo principalmente aplauso por dirigirse contra las aborrecidas exacciones pecuniarias de Roma y los abusos que con ellas andaban juntos y eran universalmente sentidos. A poco, todos los elementos que se hallaban descontentos de la Curia, por motivos políticos, económicos, nacionales o de cualquier otra especie, saludaron con gozo el precedente sentado por Lutero[95], el cual se halló de este modo a la cabeza de una oposición nacional, que debía conducir, valiéndose de él, a la separación de una gran parte del pueblo alemán, arrancándolo del centro de la unidad eclesiástica. Casi nadie previó esto al principio; por el contrario, eran sin número los que creían entonces, y siguieron creyendo todavía mucho tiempo después, que el profesor de Wittenberg era el paladín de la reforma radical, generalmente ansiada, de los males de la Iglesia. Los mas no dudaban que Lutero llevaría al cabo semejante reforma dentro de la Iglesia y conforme a sus principios. Pero perdían completamente de vista, que Lutero no combatía solamente los abusos; no sabían o no conocían que se hallaba ya en contradicción con importantes doctrinas de la Iglesia.

Del número de los pocos teólogos alemanes que desde el principio temieron de parte de Lutero grandes peligros para la Iglesia, fue el profesor de Ingolstadt, Juan Eck, el cual en sus Observaciones (Obelisci), que sólo se esparcieron manuscritas, contra las tesis de Lutero, señalaba el parentesco de algunas de las opiniones por éste expresadas, con las doctrinas de Wiclef y de Huss, que ya la Iglesia había condenado.

2003.-

Fuente: www.apologetica.org que agradecemos fervientemente.

 

+++

 

CORRIERI DELLA SERA. SABATO 12 APRILE DEL 2003.-

 

IGLESIA AÑO 1527 – LUTERANOS ATACAN Y SAQUEAN EN ROMA.

 

En mayo del 1527 tocó a Roma. La ciudad eterna fue puesta a sangre y fuego por los «lanzichenecchi», por los españoles y por cerca de 15.000 luteranos en su fanatismo impulsivo anti-papal. Las tropas invadieron el “burgo” matando todas las personas que encontraban. Un sacerdote, se cuenta, fue masacrado por haber rechazado de administrar la santa Comunión a un asno perteneciente a los soldados españoles. El Papa, Clemente VII, logró refugiarse en el castillo Sant’Angelo de Roma.

 

+++

 

P: ¿Considera usted que la venganza (me refiero al ojo por ojo) ante hechos de extrema gravedad, como el asesinato de un familiar próximo es una condición necesaria para el equilibrio sentimental del familiar de la víctima? ¿No cree usted que las diferentes confesiones cristianas inducen en la persona un factor de desequilibrio emocional al negar la venganza y poner el acento en el perdón?

 

R: 1) No, no necesariamente. 2) Niega la venganza, pero afirma la necesidad de justicia. En ese sentido, implica un factor de civilización notable. Por otro lado, aunque es obvio que el perdón puede dispensarse sin necesidad de arrepentimiento del ofensor, no deja de ser claro que Jesús se refiere al arrepentimiento como condición para el perdón (vg., Mateo 18, 15 ss).

 

+++

 

Visión objetiva - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria".

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

+++

 

SAN FRANCISCO DE ASIS - MARTIN LUTERO

 

¡Oh YAHVÉ!*

 

Al contemplar estas imágenes de estos dos seres humanos creados por Ti, me pregunto:

 

¿Por qué habrás permitido que el sistema religioso conocido como La Iglesia Católica Romana sobreviviera a la reforma que de éste quiso realizar tu siervo Martín Lutero?

 

¿Por qué habrás permitido que hombres, como el llamado “santo” por el catolicismo, Francisco de Asís, con su ejemplo de sencillez, siguiendo el ejemplo de tu amado Hijo, Jesús, no se separara de la Iglesia Católica tan corrompida en su época, sino que permaneciera dentro de Ella y fundara una orden de religiosos que llevó y aún lleva los errores de la fe católica a los más remotos confines de la Tierra desde hace siglos?

 

¿Por qué habrás permitido que Francisco de Asís sea reconocido, aún por no católicos, como un ejemplo cristiano, incluso mejor que nuestro reformador Martín Lutero, a pesar de que este religioso de Asís, ayudara a consolidar al catolicismo, sistema que permitió la inquisición y tantas otras maldades por parte de algunos de sus miembros?

 

¿Por qué habrás permitido que personas como Francisco de Asís vivieran toda su vida en celibato, y en cambio nuestro reformador Martín lo abandonara, uniéndose a una ex religiosa (Catalina Bora), si es cierto que esta práctica no es cristiana, según predicara nuestro hermano reformador Martín Lutero?

 

¿Por qué habrás permitido que hombres como Francisco de Asís, quien dejara máximas escritas tales como: “Señor, hazme instrumento de tu amor”, sea mucho más admirado por éstas y otras oraciones de su autoría, que nuestro amado reformador Martín Lutero, quien calificó al Papa de Roma de su tiempo como el Anticristo?

 

¿Por qué habrás permitido que la obra de Francisco de Asís perdure hasta nuestro tiempo, dando origen a misiones franciscanas en todas partes de América, incluso en los EUA (alta California), y que ciudades importantes como San Francisco, en California, lleven su nombre, y no suceda lo mismo con la obra y el personaje de nuestro reformador Martín Lutero?

 

¿Por qué no inspirarías a Francisco de Asís para que abandonara un sistema anti-cristiano como el catolicismo, como procedió nuestro amado reformador Martín Lutero, quien luchó por tales propósitos desde “fuera”, y no desde dentro, contra la corrupción de esa iglesia, como erróneamente hiciera Francisco de Asís, fomentando con ello, de que dicha Iglesia siga presente hoy en la Humanidad contaminándola con todos sus errores doctrinales?

 

Todo cuanto se opone, oh Altísimo YAHVÉ, a tus propósitos, procede del demonio ¿por qué entonces habrás permitido que la obra de este religioso de Asís siga viva en infinidad de países del Mundo, y lleve millones de adeptos al catolicismo, más que los que separó de este sistema nuestro amado reformador Martín Lutero?

 

¿Por qué favoreces y permites que el demonio siga actuando por medio de instrumentos como el creado por Francisco de Asís (los franciscanos y su obra), llevando y manteniendo los errores de “La Iglesia de Roma” por toda la faz de la Tierra, y no los proclamados por nuestro amado Martín Lutero?

 

Dime, oh Altísimo YAHVÉ, que tu siervo escucha.

-.-

*En el original enviado a nos por nuestro colaborador don Mario SAVIÑÓN, decía Jehová; para evitar el uso confuso (jehovista) hemos preferido reemplazarlo siempre por el término YAHVÉ.2007.II.02

Agradecemos al autor: Don José Leopoldo Fiero, de México.-

 

+++

 

Extraño oficio - José Carlos Somoza
Escribir es un oficio extraño. Es extraño por muchas razones, pero algunas merecen un comentario detenido: por ejemplo, no hay certificados que nos digan que somos escritores. Hoy día, en que se necesitan certificados y acreditaciones para todo, resulta más llamativa que nunca esta excepción. A mí, en particular, me resulta muy llamativa y extraña, porque provengo de un mundo ¬el científico¬ donde la presencia de documentos y pruebas es fundamental. Yo tengo una fecha concreta para decir cuándo me hice psiquiatra: si la olvidara, me la recordarían los documentos que lo prueban. Pero ignoro cuándo me hice escritor. Ni siquiera puedo presentar certificados sobre mis estudios como escritor, a diferencia de los que podría presentar si fuera escultor, pintor o bailarín, por citar profesiones artísticas.
   Escribir es, además, un oficio muy extraño, por otro motivo: escribir no consiste en escribir. Yo creo que pintar sí consiste en pintar, y bailar en bailar. Una cosa muy distinta es pintar mal, o bien, o genialmente, o bailar con torpeza o con gracia. Pero pintar consiste en pintar y bailar en bailar.
   Escribir, sin embargo, no consiste en escribir. Ni siquiera el mínimo requisito de no ser analfabeto es tan imprescindible como parece. Piensen en ese abuelito de pueblo remoto que nos embelesa contando historias al lado de la chimenea. Es muy probable que este anciano no sepa leer ni escribir; ignora cómo trasladar al papel lo que cuenta, pero sabe contar. Y pensemos en un secretario, que escribe todos los días, y conoce como pocos este sistema de signos que es el alfabeto y este otro sistema que es la gramática, pero se limita a copiar lo que otros le dictan. Pocos dudarían en admitir que el abuelito analfabeto que cuenta historias parece mucho más «escritor» que el secretario. Así pues, ser escritor no consiste en escribir, lo cual es casi lo mismo que decir que escribir no es escribir. Pese a todo, no nos despertamos un día siendo escritores: nos vamos haciendo escritores conforme pasa el tiempo. Por eso, no tenemos nada que nos pruebe que somos escritores, salvo lo que escribimos. Es decir, aunque escribir no consiste en escribir, sólo escribiendo podemos ser escritores.
Todo es muy extraño en este extraño oficio.

2004. FEBRERO 23. ESPAÑA. LA RAZÓN.

 

+++

 

Un congreso desmiente la leyenda negra

 de la inquisición en España


Marta Borcha - Madrid.-
«La inquisición se ha visto afectada históricamente por esa visión simplista de que la España de finales del siglo XV era un país de convivencia idílica entre judíos, moros y cristianos, y en el que la Inquisición se impuso de repente», señaló el profesor José Antonio Escudero, que ha coordinado el III Congreso Internacional sobre la Inquisición, «Los problemas de la intolerancia: Orígenes y etapa fundacional», en el que han participado 60 historiadores de universidades de todo el mundo, y que se ha celebrado este fin de semana en Madrid y Segovia. «Con independencia del rechazo de la sociedad hacia lo herético, o los graves problemas entre los judíos y cristianos», mantiene Escudero, la inquisición no irrumpió como una fenómeno nuevo en la época de los Reyes Católicos: «La Inquisición española hay que inscribirla dentro de un proceso histórico que ya tenía sus antecedentes». Escudero insiste en defender que «es necesario entender la inquisición española dentro del contexto en que existió» y añade como datos de interés
y a modo de ejemplo que frente a las 600 personas que murieron en la hoguera en España durante los siglos XVI y XVII, «en Alemania fueron quemadas más de 70.000 mujeres acusadas de brujería».

2004-02-23 – LA RAZÓN. ESP.

 

Las condenadas por brujería en Alemania fue en la zona largamente protestante.

 

+++

 

«Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

Al comentar la segunda lectura, de la carta a los Efesios, el Cardenal Ratzinger se ha referido a los ataques que ha recibido el cristianismo en los últimos años. «Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas –dijo el cardenal alemán–, cuantas corrientes ideológicas, cuantas modas de pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo. Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar» aquí y allá por cualquier viento de doctrina parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos. Nada más real que la descripción hecha por Ratzinger, y nada más acorde con lo que hubiera dicho Juan Pablo II.
El cardenal alemán se ha limitado a decirles a los electores del nuevo Papa lo que, posiblemente, les habría dicho Juan Pablo II Magno: que no caigan en la tentación de poner en la Sede de Pedro a alguien que no tenga la fortaleza suficiente para resistir a la «dictadura del relativismo»; que elijan a alguien –y éstas son las palabras con que concluyó la homilía– «que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría». 2005-04-18 Inicio del Conclave – Vaticano, Roma, Italia.

-.-

- "Como hubo falsos profetas en el pueblo, también entre vosotros habrá falsos maestros que promoverán sectas perniciosas. Negarán al Señor que los rescató y atraerán sobre sí una ruina inminente. Otros muchos se sumarán a sus desvergüenzas, y por su culpa será difamado el camino de la verdad. En su codicia querrán traficar con vosotros a base de palabras engañosas. Pero hace tiempo que está decretada su condena y a punto de activarse su perdición…" 2ª carta de S. Pedro, cap. 2

 

- "El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de su fe y prestarán oído a espíritus seductores y doctrinas diabólicas. Esta será la obra de impostores hipócritas de conciencia insensible…" 1ª Carta de S. Pablo a Timoteo, cap. 4

 

- "Predica la Palabra, insta a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta usando la paciencia y la doctrina. Pues llegará el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de multitud de maestros que les dirán lo que quieren oír; apartarán los oídos de la verdad y se volverán a las fábulas." 2 Timoteo: 4: 2-5

 

- "…Porque sabemos que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó a las cavernas tenebrosas del abismo y allí los retiene para el juicio… No libró de la destrucción a Sodoma y Gomorra sino que las redujo a cenizas… libró en cambio al justo Lot, que abrumado por la conducta lujuriosa de aquellos disolutos, sentía torturado día tras día su buen espíritu por las perversas acciones que oía y veía. Y es que el Señor sabe librar de la prueba a los que viven religiosamente y reservar a los inicuos para castigarlos el día del juicio; sobre todo a los que corren en pos de sucios y desordenados apetitos y a los que desprecian la autoridad de Dios."  2 Pedro 2

 

- "Atrevidos y arrogantes, no tienen recato en denigrar a los seres gloriosos… son como animales irracionales, destinados por su naturaleza a ser cazados y degollados. Injurian lo que desconocen y como bestias perecerán." 2 Pedro 2: 7-13

 

+++

…como Pedro y Pablo, afrontar mares y romper confines anunciando a Cristo…  «Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

Cristo es –piedra angular- origen y principio de donde dimana la luz y santidad que le sirve de base, alimento y razón, a su Iglesia Católica. La Iglesia, madre y maestra, respetuosa con la verdad que Cristo le depositara hace 2.000 años, expone con detalles y datos históricos su trayectoria evangélica. Ininterrumpidamente predica a Jesucristo y las virtudes cristianas. Estas sectas (adventistas, álamos, bautistas, jehovistas, etc.)  inexistiendo durante no menos de 1.600 años, y, sin dicha trayectoria histórica, no pasan de tener algunos aviesos parlanchines. Estos, podrán ser menos honrados y veraces, pero han resultado siempre más hábiles en la manipulación y la maniobra inescrupulosa. Ricos en lisonjear, motes y requiebros, como de dividirse inventando por arte de magia, sectas y más sectas día a día.  Porque tanto da para todos: sola gracia, sola fe, sola escritura, solo Cristo, solo gloria a Dios… solo secta; ¡mala combinación la protesta con el resentimiento! ¡extraña y agria hermandad vomita quien es más etéreo que hombre cabal! Lobos rapaces que hacen -cada día- nacer nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

+++

 

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo». Además, Benedicto XVI dijo estar «contento» por la presentación ayer del «Compendio» del Catecismo de la Iglesia Católica, «una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayude a conocer mejor e incluso a vivir mejor la fe que nos une». «No se puede leer este libro como se lee una novela», advirtió el Pontífice, subrayando que «requiere meditarlo con calma en sus partes y permitir que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma». «Espero que sea acogido de este modo y pueda convertirse en una buena guía para la transmisión de la fe», aseveró. El volumen, presentado ayer, de doscientas páginas, recoge en 598 preguntas y respuestas la síntesis de ese «Catecismo» que fue promulgado en 1992 por el Papa Juan Pablo II. El «Compendio» no ofrece añadidos ni cambios al contenido de aquel volumen de unas 700 páginas. 2005-06-29.

 

+++

 

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).


«Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en motivos de alabanza y gloria del Creador» (LEON MAGNO, Sermón 7 en la Navidad del Señor, 2.6; LIT HOR VIERNES V T.O.)

 

+++

 

La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión{la Iglesia Católica fundada por Jesucristo - Dios nuestro}

 

+++

 

1) Atribuir a la Iglesia Católica “la postergación y humillación sistemática de la mujer”. Esta falsedad es todavía más grande, pues una de las causas de la difusión del primitivo cristianismo fue el papel importante que la mujer tuvo en él, muy por encima de la que tenía en el imperio romano. Y fue precisamente en la Edad Media cristiana donde la mujer alcanzó una dignidad y un poder como nunca había tenido.

El señor escritor Vargas Llosa debería leer, al menos, los libros de la medievalista francesa Règine Pernoud para salir de su error. Sin una serie de mujeres descollantes —Genoveva, Juana de Arco, Catalina de Siena, Eloisa, Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, etc.—, que eran admiradas y respetadas por las autoridades civiles y religiosas de su tiempo, incluido el Papa, posiblemente la civilización europea habría sido imposible. Cualquier mujer podía entonces establecer un negocio o adquirir una propiedad sin autorización de su marido. Y fueron las damas del medioevo las que educaron y afinaron a los hombres, crearon el amor cortés, la galantería y el honor de servir el hombre a la mujer. ¿Donde está, pues, la “postergación y humillación sistemática de la mujer”? Fue con el Renacimiento y el nuevo auge del Derecho Romano cuando la mujer perdió los derechos que había ganado en la Edad Media.

-.-

 

2) Atribuir a la Iglesia Católica el haber mandado a la hoguera a millares de católicos e infieles en la Edad Media. El tema de la Inquisición merece un comentario más detenido y matizado del que es posible aquí. Remito a estudios serios sobre la Inquisición española como los del historiador inglés Henry Kamen o la española Beatriz Comella. Pero sí hay que saber, por lo menos, que su importancia no fue en la Edad Media, que termina en el Siglo XIV, sino en pleno Renacimiento y más allá, hasta el XVII y XVIII, que es cuando pasó del poder eclesiástico al poder civil.

Inquisiciones hubo tantas como religiones había en esos siglos. Para esa época, un ataque a la religión de un país —ya fuera la católica, la luterana, la anglicana o la calvinista— suponía algo tan importante para la estabilidad de su gobierno, como lo que es el terrorismo o la guerrilla para una democracia actual. En cuanto a la Inquisición española, en su momento de mayor auge, entre 1540 y 1700, los condenados a la hoguera fueron 1.346, que representan un 1,9% de todos los procesados. La Revolución Francesa, tan alabada por los laicistas como Vargas Llosa, en pocos días, llevó a la guillotina cifras posiblemente superiores, exterminó a todos los de la región de la Vandeé y además arrasó con gran cantidad de edificios y objetos de arte religiosos. Y todo eso en nombre de la igualdad, libertad y fraternidad.

 

+++

La Iglesia de Cristo, fundada sobre una piedra inconmovible, nada tiene que temer por sí, puesto que sabe ciertamente que jamás las puertas del infierno prevalecerán contra ella (Mt 16,18); antes bien, por la experiencia de todos los siglos, tiene claramente demostrado que siempre ha salido más fuerte de las mayores borrascas y coronado por nuevos triunfos. Simón responde: "Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 4-5).


"Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras". (Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó).

 

+++

 

 

San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia  - Tratado sobre los salmos, 149 

 

«No he venido a abolir, sino a dar plenitud» -       Hermanos «cantemos al Señor un cántico nuevo» (salmo 149,1). Al viejo hombre, el viejo cántico; al hombre nuevo, un cántico nuevo. Antigua alianza, antiguo cántico; nueva alianza, nuevo cántico. Las promesas de la antigua alianza son, sobre todo, del orden temporal y terrestre. Los que quedan todavía atados a las cosas de la tierra cantan aún el cántico antiguo; para cantar el cántico nuevo es preciso amar los bienes eternos. Este amor es, a la vez, nuevo y eterno; siempre nuevo porque no envejece jamás.
       Pero, bien pensado, es antiguo este amor, ¿cómo, pues, será nuevo? Hermanos míos, ¿la vida eterna nació ayer? La vida eterna, es decir, Cristo, en tanto que Dios, no nació ayer. Porque «en el principio era el Verbo... y el Verbo era Dios; en el principio estaba junto a Dios. Todo ha sido hecho por él; sin él nada se ha hecho» (Jn 1,1s). Si es él quien ha hecho las cosas antiguas ¿qué es él sino eterno, coeterno con el Padre? Somos nosotros que por el pecado hemos caído en el envejecimiento... El hombre ha envejecido a causa de su pecado; es por la gracia de Dios que ha sido renovado. Todos los que son así renovados en Cristo, esos tales cantan un cántico nuevo, porque empiezan ya a establecerse en la vida eterna.

 

+++

“¡Oh, Señor, Señor nuestro, qué glorioso es tu nombre por toda la tierra! Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas, que fijaste tú, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides? ... le hiciste señor d ellas obras de tus manos, todo fue puesto por tí bajo sus pies” (Sal 8, 1.4-5.7). Obra magnífica es tu Obra, oh Señor.

  

"En caso de hallar un documento en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por E-Mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo documentos fieles al Magisterio".

 

 

Gracias por visitarnos y ayudarnos a señalar leyendas negras, falsedades históricas y

plagas injuriosas contra la ‘Iglesia Católica’.

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Recomendamos vivamente: COMPRENDER LOS EVANGELIOS.

(Necesidad de la investigación histórica).

Vicente BALAGUER, Doctor en Teología y en Filología, profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Imparte habitualmente cursos sobre los Evangelios y sobre la interpretación de la Biblia. Editorial Eunsa – Astrolabio/Religión - 

Ave María +

† «La Iglesia es una realidad constituida no sólo por los obispos, sino por todos los católicos», y no es lícito imponerles más trabas que al resto ni obligarles a abdicar de sus convicciones, a la hora de participar en los debates de nuestro tiempo. MMVIII    



Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).