Saturday 29 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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«No podemos fijarnos solamente en las sombras --concluye--. Hay muchas más luces que sombras, desde el comienzo de la evangelización en América, donde el auténtico sentido cristiano de muchos fue el primer y constante defensor de los indígenas». 2007-05-21 Zenit

 

Perú - cetro.

 

En el libro que Antonio Rumeu (doctor en historia) dedicó al Tratado de Tordesillas (1494-1497), estudió la rivalidad marítima entre Castilla y Portugal por el dominio del Atlántico, para el que resultaba necesaria la soberanía sobre las islas Canarias, como avanzada que eran en las navegaciones transoceánicas.

Entre las obras de Antonio Rumeu, destacan las que dedicó a la historia de las islas Canarias, ya que las acciones de la Corona en el archipiélago constituyeron el antecedente y hasta el ámbito de experimentación de las actuaciones en América, desde los primeros años del descubrimiento. Así, en sus libros El Obispado de Telde (Madrid, 1960) y La política indigenista de Isabel la Católica (Madrid, 1969), estudió la evolución en el trato que se dio a los indígenas, condicionado por las acciones misionales desde mediados del siglo XIV, en las que son de destacar las de catalanes y mallorquines que, conjuntamente, se fundaron en el respeto a la libertad de los aborígenes.

La evangelización en las islas de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro permitió que, hacia 1420-1425, estuviesen cristianizados todos los nativos. Comenzaba por entonces la predicación del Evangelio en las islas de la Gomera y de Gran Canaria. El Papa Eugenio IV, en la Bula Regimini gregis (1434), proclamó la libertad de los aborígenes en los territorios en los que se evangelizaba. Juan II de Castilla respaldó con su autoridad el mandato pontificio. La Reina Isabel, al ceñir la Corona, reafirmó las actitudes de sus antecesores respecto a la libertad de los aborígenes canarios. Así, el 29 de septiembre de 1477, al recibir la noticia de que había quienes traían esclavos de Canarias, mandó que se les tuviese libres y prohibió que se vendiesen y repartiesen. La Reina aceptó y aplicó, «como artículo de fe», la doctrina pontificia sobre la libertad de los indígenas.

 

La acción liberadora de la Corona en las islas Canarias prosiguió en América, como muestra la Real Cédula de 2 de diciembre de 1501, por la que los Reyes Católicos mandaron encarcelar al mercader Cristóbal Guerra por haber maltratado y vendido en Andalucía a indios que había traído como esclavos. Además de la prisión, el mercader tuvo que devolver el dinero recibido por la venta. Los indios fueron puestos en libertad y devueltos a sus comunidades.

La experiencia que se tuvo en la colonización y cristianización de las islas Canarias sirvió de fundamento al principio rector formulado por la Reina Isabel en el Codicilo de su testamento, al mandar que en las Indias y Tierra firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, fuesen cristianizados sus habitantes y que no se consintiese que los indios «vecinos y moradores» recibiesen «agravio alguno en sus personas ni bienes», y que fuesen «bien y justamente tratados». ‘ABC’ 2006-06.29 – Esp.

 

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 El mapa Wright-Molyneux del 1600

 

Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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Primero se definió el dogma de la Inmaculada Concepción (1854) y luego el de la Asunción (1950). Aquí se ve evidentemente el desarrollo lógico de la doctrina.

Es necesario resaltar que definir un dogma no significa inventarlo.

Una prueba de ello es que los españoles fundaron la ciudad de Asunción (Paraguay) el 15 de Agosto del año 1537, es decir, 413 años antes de que el dogma fuese oficialmente promulgado.

 

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Pbro. ARENAS (PEDRO DE), natural de Villatobas, España. Fue el primer sacerdote que celebró Misa en el Nuevo Mundo, acompañando á Colón – año 1492

 

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Fray Luis de Miranda de Villafaña fue un escritor español que nacido en la ciudad de Plasencia, no se sabe con certeza la fecha de nacimiento, pero debió ser hacia 1500, y que falleció en 1575. Se embarcó junto con Pedro de Mendoza hacia Sudamérica y con posterioridad tomó parte en los asuntos políticos de lo que hoy conocemos como Paraguay, tomando partido por el bando de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en su gestión del territorio y los recursos. Como consecuencia del encarcelamiento de Cabeza de Vaca, Fray Luis conspiró para conseguir su liberación, pero fue sentenciado por ello y tuvo que cumplir una pena de ocho meses de prisión.

En cuanto a su obra, destaca el Romance Elegíaco, el cual trata de la conquista del Río de la Plata y que es uno de los primeros poemas en los que se habla del Paraguay. También escribió teatro, como por ejemplo la Comedia pródiga la cual escribió en la ciudad de Asunción; se trata de éste de un drama en siete actos y en el que se combinan elementos de otras obras españolas como La Celestina, con la parábola del hijo pródigo.

 

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LAS REDUCCIONES JESUÍTICAS DE CHIQUITOS - Bolivia

 

EN el 2009, año que acabamos de iniciar, se celebrará el IV Centenario de la fundación de las primeras reducciones jesuíticas en Paraguay. 160 años transcurren desde 1609, en que los jesuitas las iniciaron, hasta 1768 en que se produjo su expulsión. Los jesuitas pretendieron crear y organizar un espacio de libertad para el individuo, en contraposición con el encomendero colonial.

En septiembre del 2008 tuve ocasión, durante quince días, de aproximarme a las reducciones de Bolivia, especialmente de la zona de Chiquitos; y a las reducciones guaraníes del Paraguay, precedentes de las bolivianas.

Posiblemente la definición que el Padre Antonio Ruiz de Montoya, en su Conquista Espiritual -1639-, da de las reducciones sea la más idónea: «Llamamos reducciones a los pueblos de Indios, que viviendo a su antigua usanza en montes, sierras y valles, en escondidos arroyos, en tres, cuatro o seis casas solas, separados a legua, dos, tres y más, unos de otros, los redujo la diligencia de los Padres a poblaciones grandes y a vida política y humana, a beneficiar algodón con que se vistan».

La reducción no es original de los jesuitas, aunque fueron ellos los que las desarrollaron. En 1503 -Konetzke, 1953- encontramos «por lo que cumple a la salvación de las ánimas de los dichos indios... es necesario que los indios se repartan en pueblos en que vivan juntamente, y que los unos no estén ni anden apartados de los otros por los montes».

 

Chiquitos en la historia. Centraré mis comentarios a las misiones ubicadas en Chiquitos, que visité desde Santa Cruz de la Sierra, actualmente la ciudad boliviana con mayor riqueza y potencialidad. La denominación de Chiquitos la formularon los primeros españoles que llegaron a la zona, y observaron que sus intérpretes guaraníes así les llamaban, y por otra parte, les sorprendió el pequeño tamaño de las puertas de sus casas. Chiquitos es un territorio, una provincia, diez pueblos de misiones, un grupo étnico, una cultura, una lengua, un ecosistema... y hoy una vivencia turística excepcional, que se inició en el siglo XVII y aún perdura en nuestros días.

Santa Cruz de la Sierra, fundada por Ñuflo de Chaves en 1561, estuvo ubicada en territorio de Chiquitos hasta que en 1604 fue trasladada hacia el Oeste, fuera del citado territorio, lo que hizo que los indígenas quedaran sin asistencia espiritual. Esta situación motivó que solicitaran a las autoridades españolas la presencia de los jesuitas, que en 1587 establecieron una residencia en la citada ciudad.

Los indígenas que vivían en el área llamada Chiquitos pertenecían a diferentes pueblos con lengua, cultura y costumbres diferentes. Unos eran sedentarios dedicados a la agricultura, y otros nómadas a la caza y a la pesca. Los chiquitos eran muy mayoritarios, de ahí que se unificaran, y hoy día la cultura y la lengua es la chiquitana. El primer pueblo misional fue San Francisco Javier, fundado por el Padre José de Arce el 31 de diciembre de 1691. Desde San Javier se fundaron los demás pueblos: San Rafael -1696-, San José -1698-, San Juan Bautista -1699-, La Concepción -1707-, San Miguel -1721-, San Ignacio -1748-, Santiago -1754-, Santa Ana -1755- y Santo Corazón -1760-.

Los padres jesuitas buscaban el lugar adecuado para fundar las reducciones que se convertirían en pueblos: agua suficiente, tierra fértil y buen clima. Cada pueblo tenía una plaza central con una cruz en medio. A un lado de la plaza se construía la iglesia, el colegio, y los talleres; en los otros lados tres lados se ubicaban las viviendas. A los indígenas se les enseñaba la religión, asistían a la escuela y aprendían artes y oficios. En cada misión había tres o cuatro pueblos indígenas, que recibían el nombre de «parcialidades» con sus caciques y autoridades, con su espacio vital determinado y una población entre tres y cuatro mil personas.

Estructura organizativa. Las misiones de Chiquitos estuvieron formadas por diez pueblos, con dos jesuitas en cada uno de ellos con el objetivo de crear «el reino de Dios en la tierra». La estructura organizativa tenía a su frente un Corregidor nombrado por la Corona entre una terna propuesta por los Padres jesuitas. Las autoridades de cada «parcialidad» eran respetadas y estaban representadas en la estructura, así como el Cabildo formado por doce miembros, así como cristianos ejemplares que desempeñaban varias responsabilidades.

 

Cada reducción o misión era autónoma. Debía garantizar su alimentación para evitar que los indígenas volvieran a la selva. Cada familia tenía su propio terreno al que destinaba tres días a la semana, y los otros tres a la propiedad colectiva. Tenían espacios para el ganado vacuno, caballar y mular. Del trabajo colectivo se pagaban los impuestos a la Corona, y se facilitaban ayudas a las familias, y para el comercio.

En cada pueblo se desarrolló la música, el canto, la fabricación de instrumentos musicales, la escultura,... Cada comunidad estaba preparada para su defensa, y actuaba en colaboración con las autoridades españolas ante las incursiones de los «bandeirantes» portugueses que deseaban capturar nativos. Las familias tenían arcos y flechas.

Los jesuitas eran, podríamos decir, «los motores» de cada población. Construían, estructuraban, enseñaban a leer y escribir a los niños y niñas..., pero su prioridad era la evangelización a través de la música, el canto, la representación de la vida de Jesús, la celebración de las fiestas... Enseñaron a vivir la vida cristiana, superando supersticiones y costumbres entre ellas la poligamia.

Cuando Carlos III firma en España, en 1767, la expulsión de los jesuitas de sus reinos las misiones/reducciones de Chiquitos estaban en pleno esplendor. Sus 75 años de vida intensa han hecho que su legado haya perdurado hasta nuestros días.

Chiquitos hoy. En su recorrido por Chiquitos el viajero puede disfrutar, como yo tuve la oportunidad de vivir: la cordial hospitalidad chiquitana, aplaudir sus danzas del Sarao y de los abuelos; visitar sus Chozas de Motacú -viviendas típicas-. Ver: tejer una hamaca, moler en tacú o hacer queso. Admirar: las fachadas de las iglesias de San Javier, San Miguel, San Rafael y San José; los Altares Mayores de San Javier, San Ignacio y San Miguel Arcángel; el coro de Santa Ana..., y sobre todo, valorar el amor a la música en la comunidad chiquitana. Desde pequeños aprenden música, cantan, se familiarizan con los instrumentos de cuerda, se integran en coros, conjuntos musicales, orquestas. Es sorprendente que en poblaciones con escasos mil habitantes tengan un coro, una orquesta y varios conjuntos, que participan en el Festival de Música Barroca. Hoy, las reducciones chiquitanas nos permiten revivir un contexto histórico, en muchos aspectos, ejemplar, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad.

de la Real Academia de Doctores IGNACIO BUQUERAS - Lunes, 12-01-09 ‘ABC’-Esp

 

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El cardenal Ouellet recordó unas palabras de Voltaire: «las misiones jesuíticas eran un triunfo de la humanidad» porque eran un centro cultural impresionante. Un centro cultural–continúa explicando el embajador- que no solo traía lo mejor de Europa, como Domenico Zípoli, sacerdote misionero en Paraguay que hizo unas obras magníficas como la misa de Zípoli, una obra maestra del barroco. Había una amalgama al realizarse la fusión entre la cultura europea con la cultura guaraní. Los guaraníes caminaban continuamente porque buscaban la tierra «sin mal». Abandonaban un lugar donde había una desgracia, una muerte... y seguían avanzando, y cuando encuentran la propuesta jesuítica y franciscana de evangelización, se quedan y forman las ciudades. Es decir, encontraron con la evangelización la propuesta de esa tierra sin mal. En nuestro tiempo se puede seguir viendo cómo se transmitió esa cultura. Por ejemplo, el arpa paraguaya es fruto en parte del trabajo del jesuita italiano Antonio Sepp que trajo el arpa clásica, que al ser bastante grande los guaraníes adaptaron a un arpa más pequeña para poder transportarla con facilidad. Y así surgió el arpa paraguaya que es tan bella, y como explicó Daniela Lorenz en su concierto esta semana, en todas partes la música del arpa paraguaya, por estar en tonalidad de Fa, llega a los corazones de todas las personas, en todos los continentes. Y todo eso sigue permaneciendo en el amor a la música en Paraguay. Como sigue permaneciendo también el sentido de permanencia a la Iglesia católica.

VI. MMXIII

 

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Ya en 1533 los franciscanos tenían una escuela pública para la población.

El colegio sirvió para educar a generaciones de nobles indígenas mexicanos en humanidades, arte y filología…

 

Un escudo de Carlos V en el colegio de los indígenas

E. R. 2008.01

CIUDAD DE MÉXICO. El Colegio de la Santa Cruz, localizado en la Plaza de las Tres Culturas, fue una de las primeras instituciones educativas fundada por los españoles en América. Utilizado como escuela desde 1533 y como colegio regentado por franciscanos desde 1536, los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (Inah) creen haber hallado en él uno de los primeros escudos de armas de Carlos V que hay en México.

La pieza se localiza «en la Caja de Agua encontrada hace algunos años en el interior del Imperial Colegio de la Santa Cruz», detalló el Inah. Mediría unos dos metros cuadrados y habría sido hasta el momento parcialmente descubierto. «Será el año próximo cuando se obtengan importantes resultados al respecto», indicó el organismo mexicano.

El colegio sirvió para educar a generaciones de nobles indígenas mexicanos en humanidades, arte y filología, pero su presencia y orientación se convirtieron en un riesgo para España, por lo que dejó de funcionar como tal en 1576. Durante los años en que funcionó enseñaron en él figuras como fray Bernardino de Sahagún, Arnaldo de Basacio y Andrés de Olmos. Algunos de los estudiantes llegaron a escribirle cartas a Carlos V, en las que le reclamaban tierras y tributos que estuvieran acorde con su estatus nobiliario. ‘ ABC’ http://www.abc.es/20080103/cultura-arqueologia

 

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«los pueblos indígenas cultivan valores humanos de gran significación; valores que la Iglesia defiende... ante la fuerza arrolladora de las estructuras de pecado manifiestas en la sociedad moderna; son poseedores de innumerables riquezas culturales, que están en la base de nuestra identidad actual; y, desde la perspectiva de la fe, estos valores y convicciones son fruto de ‘las semillas del Verbo’, que estaban ya presentes y obraban en sus antepasados» (No. 92). «Actualmente, el pueblo ha enriquecido estos valores ampliamente por la evangelización, y los ha desarrollado en múltiples formas de auténtica religiosidad popular»

 

 

 

El Señor Jesús, Evangelizador por excelencia y Evangelio El mismo,

nos bendiga con abundancia para seguir trabajando por el Reino de Dios

que es un reino de justicia, equidad entre hermanos, amor y paz.

 

Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.
S. S. Juan Pablo II – Servus servorum Dei - 2004-10-07 – Vat.

 

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La Guerra del Chaco fue entre Paraguay y Bolivia de 1932 a 1935. Fue una guerra crudelísima por la disputa de unos terrenos baldíos en los que se pensó que había petróleo. No lo hubo y en el empeño resultó diezmada la población paraguaya. La Guerra de la Triple Alianza se entabló entre Brasil, Argentina y Uruguay, por un lado, contra Paraguay. Tuvo lugar entre 1865 y 1870. También aquí el resultado fue un desastre para los paraguayos, tan desproporcionadas eran las fuerzas de uno y otro bando.

 

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«No se descubrirá nunca nada, si se considera satisfecho de lo ya descubierto». Séneca.

 

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HISTORIA Y COTEJAR IDEAS - Es un servicio útil a la Iglesia, un servicio útil a la verdad. Es justo discutir, profundizar, debatir, confrontarse. Pero hay que evitar el error más grave para un historiador, el anacronismo, juzgando la realidad de entonces con los ojos y la mentalidad de hoy.

 

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Un templo, aunque no usado, es un monumento de paz.

 

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1480 - Los Reyes Católicos promulgan la primera ley reguladora del libro impreso. Por ella queda libre del pago de todo tipo de tributos la introducción en España de libros extranjeros. Tales libros llevaron a su vez la cultura a las nuevas tierras descubiertas.

 

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El padre Ruiz de Montoya se destacó por la conservación de la lengua de los guaraníes que vivían en las reducciones de Paraguay creadas por la Compañía de Jesús entre1609-1769 y también es conocido por su papel en el gran éxodo de guaraníes que se vieron forzados a abandonar las reducciones tras las destrucciones y persecuciones de los paulistas o cazadores de indios procedentes de la villa de Sao Paulo, Brasil.

El conferenciante, Bartomeu Meliá SJ, nacido en Mallorca en 1932, llegó a Paraguay en 1954. Escritor, investigador y etnolingüista, dedicó toda su vida a trabajar por la defensa de los indígenas. Fue Premio Bartolomé de las Casas 2010.

Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652) nació en Lima (Perú) y estudió en el colegio de los jesuitas de esta ciudad. Entró en la Compañía de Jesús en 1606 y de novicio fue enviado a Paraguay, justo cuando estaban naciendo las reducciones jesuitas en esta región.

Las reducciones o misiones jesuitas del Paraguay (1609-1769) fueron asentamientos de indios guaraníes que promovieron los padres y hermanos de la Compañía de Jesús en las tierras conquistadas por Portugal y España. Los pueblos indios, asentados en los montes y esparcidos en pequeños grupos muy distantes entre sí, se reunieron por iniciativa de los jesuitas para formar asentamientos de unos cinco mil habitantes cada uno. Afrontaron su subsistencia (agricultura, ganadería, confección de vestidos), se dotaron de una organización social y desarrollaron una notable dimensión cultural y espiritual.

Tras su ordenación, el padre Ruiz de Montoya fue destinado a la reducción de Loreto en el Guayra. Allí fue superior desde 1622 a 1636 y sería pieza clave en la conservación de la lengua guaraní. Para ello fue muy importante que los misioneros aprendieran su lengua y comenzaran incluso a escribir en ella y traducir obras de otras lenguas.

En las reducciones hubo una producción literaria desconocida en otros lugares de la región. Para ello fue clave la utilización de la imprenta que construyeron a finales del siglo XVII los jesuitas Juan Bautista Neumann y José Serrano, utilizando maderas duras de las selvas, ayudados por los guaraníes que las labraron, tallaron los tipos o los fundieron en estaño.

De entre los libros que escribió el padre Ruiz de Montoya, destaca “Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias de Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape” (1639), una de las fuentes históricas principales sobre las reducciones.

Ruiz de Montoya fundó doce reducciones más, que fueron atacadas por los bandeirantes del Brasil y sus aliados los tupíes (1629-1631). Llegaron a capturar a miles de indios y destruyeron ocho de las diez reducciones existentes. Se salvaron las de San Ignacio Miní y Loreto, las cuales tuvieron que ser abandonadas al persistir el peligro de nuevos ataques. En 1631 se inició lo que se llamó "gran éxodo" hacia el sur, para huir de los cazadores de esclavos.

El padre Ruiz de Montoya fue el encargado de organizar este éxodo de cinco mil indios desde las reducciones de Loreto y San Ignacio. Se les unieron miles de fugitivos, hasta constituir un total de doce mil personas. Tras treinta días de marcha, solo cuatro mil personas llegaron a las cercanías del arroyo Yabebirí, en la margen izquierda del río Paraná, donde pudieron fundar los nuevos asentamientos de dos reducciones con el mismo nombre de las que habían abandonado: San Ignacio Miní y Loreto.

En 1638 el padre Ruiz de Montoya, entonces superior de las reducciones, viajó a Madrid para pedir al Rey que suspendiera la legislación que prohibía a los indígenas poseer armas de fuego. Logró convencer a la corte para dotar a las reducciones de armas de fuego. En marzo de 1641, en la confluencia de los ríos Uruguay y Mbororé, un ejército de cuatro mil guaraníes aniquiló a una expedición de tres mil paulistas. Esta batalla se considera "el acontecimiento militar más importante en la historia de la América colonial" y su consecuencia fue una mayor seguridad en las reducciones, aunque hubo incursiones hasta 1671.

En la actualidad viven en Paraguay setenta jesuitas que atienden a unas 150.000 personas con la ayuda de 1.500 colaboradores.

 

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Las reducciones misionales del Paraguay. 

 

 

Las reducciones del Paraguay, su origen, su urbanismo, su gobierno interior, su economía, industrias, música, orden y justicia, etc...   La búsqueda de su destrucción
Algunas verdades y elogios sobre las reducciones guaraníes

 

Cuando los jesuitas, a partir de 1610, inician las reducciones del Paraguay hacía unos cien años que se había iniciado la evangelización de las Indias. Convendrá, pues, que recordemos algunos datos sobre la situación de España y de la América hispana por aquellos años.

«Aunque es difícil precisar la población española -escribe Manuel Lucena Salmoral-, parece que ascendió a unos 8 millones de habitantes a comienzos del siglo XVI, que aumentaron hasta unos 9,5 a fines de la misma centuria, y descendieron a unos 8,5 al término de la siguiente. El descenso tiene raíces muy complejas, como la depresión económica, las pestes y epidemias, las guerras, la expulsión de los infieles (unos 150.000 judíos y unos 500.000 moriscos) y la emigración a Indias (unos 200.000 pobladores)». Más concretamente, en 1600 la población total de la península ibérica era de 11.347.000 habitantes, así distribuídos: Corona de Castilla, 8.304.000 (73’2 %); Corona de Aragón, 1.358.000 (12%); Reino de Navarra, 185.000 (1’6%); Reino de Portugal, 1.500.000 (13’2%) (AV, Iberoamérica... 432-433).

Por lo que a la autoridad de la Corona se refiere, el Consejo de Indias, y más concretamente la Casa de Contratación ubicada en Sevilla, habían regido y regían todo el empeño misionero de España hacia las Indias. Con todo lo cual Sevilla, a mediados del XVI, con unos 150.000 habitantes -de los cuales, unos 6.000 eran esclavos, en su mayoría negros-, era una de las más importantes ciudades de Europa, ya que sólamente París, con unos 200.000, era mayor.

Según el Patronato Real, los Reyes españoles proveían a todos los misioneros de un equipo completo -vestidos, mantas, cáliz, ornamentos, etc.-, pagaban el costo de la navegación desde Sevilla, y les asignaban una pensión continua, de modo que no tuvieran necesidad de pedir nada a los indios que se fueran haciendo cristianos. Todas las parroquias y doctrinas que se iban estableciendo en las Indias tenían señalada una renta.

Pues bien, en 1623, cien años después, más o menos, de que se iniciara organizadamente la evangelización de la América hispana, ya estaban edificadas unas 70.000 iglesias, lo que indica que venían a construirse unas 700 por año. Cada año partían de España, como promedio, unos 130 o 150 misioneros, y había en las Indias, además del clero secular, unos 11.000 religiosos en 500 conventos.

La reducción de indios a pueblos

Los españoles comprendieron desde el principio en América que si los indios seguían dispersos en bosques, sabanas y montañas, no había modo de civilizarlos ni de evangelizarlos, y que la tarea de reducirlos a vida social comunitaria en poblados, doctrinas o reducciones, era la más urgente y primera. La Corona dictó numerosas ordenanzas a lo largo de todo el siglo XVI (+ Borges, Misión y civilización en América, 80-88), y puede decirse que «el proceso reduccionístico fue general en América, tanto desde el punto de vista geográfico como cronológico» (105). Aunque no faltaron quienes al principio tuvieron ciertos escrúpulos a la hora de reducir a los indios, alegando posibles dificultades eventuales, como podía ser el desarraigarlos de sus tierras antiguas, apenas hubo controversia en este tema, pues casi siempre se consideró que las ventajas eran mucho mayores que los inconvenientes (107-111).

Ya sea ha hecho crónica de los pueblos-hospitales que Vasco de Quiroga comenzó a organizar en 1532 (201-211). Y en 1537 decía Francisco Marroquín, obispo de Guatemala, que los indios, «pues son hombres, justo es que vivan juntos y en compañía». Ese mismo año los dominicos, bajo la dirección del padre Las Casas, desarrollaron en la difícil provincia guatemalteca de Tuzulutlán un notable esfuerzo de reducción de indios en pueblos (+Mendiguren, Un ejemplo de penetración pacífica, La Verapaz).

A lo largo del siglo XVI y comienzos del XVII se aprecia un doble esfuerzo simultáneo: restringir más y más el sistema de encomiendas, hasta lograr su extinción y fomentar cada vez con mayor apremio el sistema de las reducciones de los indios en poblados especiales. Por ejemplo, «respecto de México, la reducción fue ordenada a las autoridades civiles por reales cédulas de 1538, 1549, 1550, 1560, 1595 y 1589, y a los obispos y misioneros por la Junta Eclesiástica de México de 1546 y por los tres Concilios provinciales de esa misma ciudad de 1555, 1565 y 1585».

En el Perú hallamos numerosas cédulas reales por esos mismos años, y los Concilios de Lima II y III (1567-1568, 1582-1583) ordenan igualmente la reducción (Borges 115-117).Como teóricos más notables del proceso reduccional podemos señalar al jesuita José de Acosta, de fines del XVI, o al jurista Juan de Solórzano Pereira, de mediados del XVII. Y ya en 1681 la Recopilación de leyes de los reinos de Indias, reiterando muchas ordenanzas anteriores, disponía escuetamente: «para que los indios aprovechen más en cristiandad y policía se debe ordenar que vivan juntos y concertadamente».

 

 

Entradas misioneras con escolta o sin ella

Casi siempre hubieron de ser los misioneros quienes hicieran entradas, a veces sumamente arriesgadas, para congregar a los indios todavía no sujetos al dominio de la Corona española. A veces se pudo prescindir de la escolta armada; así Vasco de Quiroga entre los tarascos (204-205), los dominicos en La Verapaz, o franciscanos y jesuitas entre los guaraníes del Paraguay.

Otras veces los hechos obligaban a estimar necesaria la escolta, aunque fuera mínima, y así hubieron de entrar los jesuitas, después de no pocos mártires, en las regiones del este y norte de México (249ss) o los franciscanos en zonas de Talamanca, Texas o California (290ss). Ya decía en 1701 el gobernador de Cumaná, en Venezuela, que «un mosquetero entre los indios, sin disparar su arma (sino tal vez al aire) suele vencer mil dificultades y hacer más fruto que muchos misioneros» (+Borges 118-119).

Como es lógico, siempre que era posible, los misioneros procuraron evitar el acompañamiento de la escolta o reducir ésta al mínimo. «En numerosas ocasiones se prescindió de ella, y cuando estuvo presente solo perseguía el objetivo de defender al misionero ante posibles ataques de los nativos, y el misionero era el primer interesado en que los indios se avinieran voluntariamente a reducirse, porque de lo contrario resultaría imposible mantenerlos concentrados» (Borges 134).

Realización de las entradas

Una vez obtenidos los permisos de las autoridades civiles y las licencias eclesiásticas, los misioneros, después de encomendarse a Dios y a todos los santos -a veces en un prolongado retiro espiritual, como hicieron los dominicos antes de entrar en la tierra de guerra de Tuzulutlán (+Mendiguren 503)-, entraban entre los pueblos indios aún no integrados en el dominio de la Corona. Acostumbraban llevar consigo un buen cargamento de alfileres, cintas y abalorios, agujas y bolitas de cristal, cuchillos y hachas, cascabeles, espejos, anzuelos y otros objetos que para los indios pudieran ser tan útiles como fascinantes.

No solían llevar en cambio los misioneros mucha comida, pues, como decía uno de ellos, «a los cuatro días se la han comido los indios que la cargan, para aliviar la carga y por su natural voracidad» (+Borges 130). A veces los misioneros iban solos, pero siempre que podían lo hacían acompañados, o incluso precedidos, de indios ya conversos. Y una vez establecido el contacto con los indios paganos, se intentaba persuadirles de las ventajas materiales y espirituales que hallarían en vivir reunidos en un poblado bajo la guía de los misioneros.

Las reacciones de los indios eran muy variadas. En un primer momento solían acercarse llenos de curiosidad, pero pronto, aunque no hubiera escolta, sentían temor ante lo nuevo, y desaparecían. Si se esperaba con paciencia, era normal verles regresar al tiempo, ganados por la atracción de la curiosidad. Poco a poco se iban familiarizando con los visitantes, y se entablaba el diálogo, con todas las dificultades del caso. La música fue en no pocos casos un argumento decisivo, como en la Verapaz o entre los guaraníes. Y cualquier incidente podía espantarlos definitivamente o suscitar un ataque que hiciera correr la sangre...

Persuadir a los indios a congregarse en reducciones era asunto sumamente delicado y complejo. Y mantenerlos luego reunidos, como hace notar Alberto Armani, también era muy difícil:

«Las reducciones, lejos de ser idílicos paraísos terrestres poblados por el buen salvaje que soñara J. J. Rousseau, fueron verdaderos puestos de frontera, particularmente en sus primeros tiempos, donde todo podía ocurrir. La vida cotidiana registraba casos de canibalismo, asesinatos, riñas y embriaguez agresiva. Sólo con mucho tacto, paciencia y distintas estratagemas, pudieron los misioneros hacerse respetar. Con frecuencia, por motivos fútiles o por reprimendas de los religiosos, clanes enteros se rebelaban y retomaban el camino de la selva. La hostilidad de los hechiceros y ancianos atacados en sus antiguas tradiciones, podía poner en peligro la vida de los misioneros» (140-141), lo que dio lugar a muchos mártires.

Maxime Haubert describe en su obra muchas situaciones de éstas, unas veces cómicas, otras dramáticas. En general, los misioneros se veían obligados a tolerar mucho a los indios mayores, y concentraban sus esfuerzos, con gran éxito, en la educación de niños y jóvenes.

Para niños y jóvenes las reducciones sólo presentaban ventajas y atractivos, pero los mayores hallaban en ellas ventajas e inconvenientes.

«De entre las ventajas expuestas por los misioneros mismos tenemos abundantes testimonios de que en la reducción de las diversas tribus de guaraníes influyeron hechos como el de huir del hambre, la comprobación del progreso que en las reducciones hacían los hijos de los ya concentrados, los donativos de los reductores, la observación de cómo los ya reducidos disponían de aperos de labranza, y el miedo a las tribus vecinas, e incluso a los mamelucos o paulistas brasileños».

«Frente a estas ventajas se presentaban una serie de inconvenientes, como el cambio de terreno, la pérdida de la libertad gozada hasta entonces, el abandono de lugares que eran familiares, la perspectiva de tener que convivir con otras tribus que les resultaban extrañas, el sometimiento a una vida a la que no estaban acostumbrados, el temor a la sujeción política y tributaria, y el recelo de los caciques y hechiceros a perder sus privilegios, infundado en el caso de los primeros, pero plenamente justificado en el de los segundos» (Borges 134).

 

 

Nuevo impulso a las reducciones

Como ya sabemos, el impulso de civilización y evangelización llega a la zona del Río de la Plata más tarde que a otras regiones de América. Y así en la segunda mitad del siglo XVI, cuando en el conjunto de la América hispana las encomiendas van a menos, en el Río de la Plata van a más. A partir sobre todo de 1555, con el gobernador Martínez de Irala, se desarrolla en la zona el régimen de la encomienda, de modo que a principios del XVII casi todas las 1.200 familias españolas de pobladores son encomenderas.

Esta situación no era ciertamente la más favorable para la evangelización, pues aunque algunos encomenderos cumplían con su responsabilidad, moral y legal, de procurar el adoctrinamiento de los indios, otros descuidaban este deber.

Por otra parte, todavía a fines del XVI, tanto en Río de la Plata como en otras zonas periféricas entonces integradas en el virreinato del Perú, muchos indios vivían dispersos, haciendo prácticamente imposible entre ellos toda tarea de civilización y evangelización. En esas circunstancias el empeño por la reducción de los indios recibió un impulso decisivo tanto de don Francisco de Toledo, virrey del Perú desde 1569, como de Santo Toribio de Mogrovejo, que asumió el arzobispado de Lima en 1581.

Se lee en una Crónica Anónima de 1609: «Viendo el virrey don Francisco de Toledo la universal perdición de todo el reino por vivir los indios sin pueblos formados, de suerte que en el doctrinarlos se les faltaba nueve partes de las diez necesarias, puso grande eficacia en reducirlos todos a pueblos ordenados, de manera que de quince o veinte de aquellas parcialidades o pueblezuelos se hizo uno, lo cual, aunque tuvo grandes dificultades y repugnancia de los indios, con todo eso salió el virrey con ello, que fue la obra más heroica y de mayor servicio de Dios que se ha hecho en aquellos indios» (+MH 12,1955, 1111).

Fray Luis de Bolaños (1539-1629)

El historiador jesuita Antonio de Egaña afirma que «en el continente hispanosudamericano ha de considerarse como fundador del método reduccional al franciscano Luis de Bolaños (Historia 190). De él nos da cumplida referencia Raúl A. Molina en su estudio sobre La obra franciscana en el Paraguay y Río de la Plata (329-400; 485-522).

Sin ser aún sacerdote, llegó Bolaños en 1575 a las misiones del Paraguay con los padres Villalba, San Buenaventura, de la Torre, y Vivaldo, y con el hermano Andrés. Partiendo de Asunción, hacia el norte, lograron en 1580 fundar Los Altos, una misión que reunía unos 300 indios. A veces no fundaban, sino que cristianizaban un poblado indio ya existente. Con Los Altos, las primeras reducciones fueron San Francisco de Atirá, San Pedro de Ipané, San Blas de Itá, San Buenaventura de Yaguarón.

El padre Bolaños, ya sacerdote, en 1597, tras un tiempo de ministerios en Ascensión, vuelve a misionar en la zona del Paraná. Nace entonces la reducción de San José de Cazaapá, con más de 600 familias, la de San Francisco Yutí, con otros 600 indios, la de Santiago del Baradero. En fin, fueron catorce las reducciones que se formaron entre 1580 y 1615, y otros diez pueblos fueron cristianizados. Muchos de estos núcleos de población hoy subsisten (Molina 485-486).

«Esta red de fundaciones, las primeras -hace notar el padre Egaña-, acusan ya la mente de su creador: circundar la capital de reductos cristianos fácilmente evangelizables desde el centro y evitar simultáneamente el incluirlos en la ciudad española, donde perderían su autonomía. Ideas-base para todo el ulterior desenvolvimiento de la obra. Es, pues, mérito del benemérito franciscano haber establecido ya el máximo axioma que presidiría toda la obra, y fuente capital del éxito» (190).

El gran misionero fray Luis de Bolaños, nacido en 1539, a los 79 años, agotado y casi ciego, se retiró a Buenos Aires, en donde murió en 1629. A él y a sus colaboradores se debió la composición de un catecismo, una gramática y un diccionario en guaraní, lengua que hoy felizmente sigue viva, en buena parte gracias a ellos. La presencia misionera franciscana en el Paraguay siguió siendo importante en los años siguientes: en 1680 había 150 religiosos en 11 conventos, y en 1700, 153 en 19.

También los dominicos desempeñaron una importante labor misionera en esta zona, como puede verse en la obra de Alfonso Esponera Cerdán, Los dominicos y la evangelización del Uruguay (San Esteban, Salamanca 1992). Especialmente importante fue la reducción de Santo Domingo Soriano, que hacia 1661 iniciaron junto al río Uruguay, y que por esas fechas reunía quizá más población que Buenos Aires, ciudad que le quedaba cerca.

Los jesuitas en el Río de la Plata

Las Constituciones de San Ignacio prohiben terminantemente a la Compañía hacerse cargo de parroquias (IV,2; VI,4). Y eso en América ataba las manos de los misioneros jesuitas para trabajar con los indios. Así se lo escribía a San Francisco de Borja, entonces General, el provincial Ruiz Portillo: «me avise V. P. cómo nos habremos, pues en todas estas Indias es éste el modo que se tiene para convertirlos». A todo esto, el virrey don Francisco de Toledo apremiaba cada vez con mayor fuerza el proceso reduccionístico.

Alfonso Echánove, al estudiar el Origen y evolución de la idea jesuítica de «Reducciones» en las Misiones del Virreinato del Perú , destaca «la gran obra organizadora» del virrey Toledo, y el mérito de «su actividad en favor de los indios, y concretamente sus eficaces esfuerzos por reducirlos al estado y organización civil que tenían en el período incaico, añadiendo las modificaciones necesarias para que espiritualmente el edificio descansara sobre bases cristianas» (108-109). Precisamente fue bajo su iniciativa como los jesuitas, autorizados para ello, comenzaron a trabajar en doctrinas.

Y así en 1570 se hicieron cargo finalmente de dos doctrinas, la de Santiago del Cercado, en Lima, que venía a ser una reducción urbana, y la de Huarachorí, a cincuenta kilómetros de la capital, que reunía más de setenta ayllos o clanes familiares, y que era una reducción más completa, más semejante a las que se harían después.

En 1576 recibieron la doctrina de Juli, junto al lago Titicaca, y en ésta se ve la primera reducción de los jesuitas, la que había de ser modelo decisivo para las reducciones paraguayas que treinta y cinco años más tarde comenzarían a establecerse. El provincial José de Acosta, el más cualificado colaborador de Mogrovejo, el santo Arzobispo de Lima, apoyó de todo corazón esta entrega de la Compañía al servicio misionero de doctrinas y reducciones.

 

 

 

Los jesuitas en la Asunción  - En 1586, procedentes del Brasil, llegan a Salta seis jesuitas -los padres Nóbrega, Nunes, Saloni, Ortega y Filds, y el hermano Jácome-, llamados por el primer obispo de Tucumán, el dominico portugués Francisco de Vitoria, aquel que tanto revolvió en el III Concilio de Lima, como ya vimos (345-347). Ortega, Saloni y Filds se quedan en la Asunción, y los otros dos padres parten hacia los indios de Guayrá, donde en un año bautizaron unos 6.500 indios.

Los jesuitas desarrollaron en la Asunción una gran labor religiosa, donde abrieron un colegio en 1585, y edificaron una hermosa iglesia diez años más tarde; pero pronto, sin embargo, tuvieron graves dificultades con españoles y criollos. El Padre Romero, nuevo superior (1593), renuncia a un terreno porque sólo podría mantenerse con el «servicio personal» de los indios, que él no quiere tener para no dar mal ejemplo.

En 1604 una predicación durísima del padre Lorenzana amenaza con la cólera divina a los pobladores de la Asunción que no dejen libres a unos indios capturados en una razzia. Con éstas y otras cosas, el apoyo de la ciudad a los jesuitas disminuye notoriamente y surgen hostilidades y calumnias. No obstante estas dificultades, el padre general Aqua-viva erige en 1607 la provincia jesuítica del Paraguay con 8 Padres, que siete años después serán ya 113.

Por otra parte, Ramírez de Velasco, gobernador de Tucumán, escribe por estos años al Rey pidiéndole que acabe con los innumerables abusos a que da lugar la encomienda. Felipe III ordena en 1601 la supresión del servicio personal de los indios en todas sus posesiones, y mediante nuevas cédulas reales, de 1606 y 1609, sigue exigiendo el desarrollo del sistema reduccional en las misiones, que ya había sido probado con éxito por fray Luis de Bolaños y sus hermanos franciscanos. Finalmente, el visitador real de la región, don Francisco de Alfaro, sugiere al padre Torres, primer provincial de los jesuitas, que vincule directamente a la Corona las comunidades misionales que se van formando, como así se hizo.

En estas acciones combinadas de funcionarios reales y de religiosos misioneros comprobamos una vez más que la obra misional de España en las Indias nació de una acción conjunta, protagonizada por los misioneros y apoyada por las autoridades civiles de la Corona, atentos con frecuencia a las responsabilidades religiosas implicadas en el Patronato Real.

Recordemos al paso que, junto a Ascensión, hacia 1600 un cristiano guaraní, llamado José, viéndose perseguido por un grupo de indios mbyaes, se escondió detrás de un árbol, y prometió a Dios hacer con aquel tronco una imagen de la Virgen si salvaba la vida. Sus enemigos pasaron de largo, y el indio José talló la imagen preciosa que hoy se venera en el grandioso Santuario de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé.

 

 

Las reducciones jesuíticas del Paraguay - Las reducciones de la Compañía en el territorio que hoy ocupa en su mayor parte Paraguay han merecido un lugar muy especial en la historia de las misiones católicas.

Hay una abundante bibliografía sobre las reducciones, y de ella destacaremos sólo algunas obras, como la del padre alavés José Cardiel (1704-1781), muchos años misionero en Las misiones del Paraguay; Pablo Hernández, Organización social de las doctrinas guaraníes , obra importante que no he podido consultar; Raimundo Fernández Ramos, Apuntes históricos sobre Misiones; Maxime Haubert, La vida cotidiana de los indios y jesuitas en las misiones del Paraguay; Clovis Lugon, La république des Guaranis; les jesuites au pouvoir; Alberto Armani, Ciudad de Dios y Ciudad del Sol; el «estado» jesuita de los guaraníes (1609-1768). Es también muy interesante la obra, más arriba citada, Tentación de la utopía, pues recoge muy variados documentos de los mismos misionerosjesuitas de las reducciones.

Desde un comienzo, las instrucciones del padre provincial Diego de Torres, dadas a los misioneros expedicionarios, expresan ya el planteamiento fundamental que va a regir en las reducciones durante siglo y medio. Los misioneros, al hacer las reducciones, deben elegir bien el pueblo, el cacique, las tierras y lugares más convenientes. Han de asegurar en seguida el desarrollo de los trabajos agrícolas y ganaderos que aseguren el sustento de la población, que tendrá unos 800 o 1.000 indios.

«Cuanto más presto se pudiere hacer, con suavidad, y gusto de los indios, se recojan cada mañana sus hijos a deprender la doctrina y de ellos se escojan algunos, para que deprendan a cantar, y leer...». Y en fin, «con todo el valor, prudencia y cuidado posible, se procure que los españoles no entren en el pueblo, y si entraren, que no hagan agravio a los indios... y en todo los defiendan [los misioneros], como verdaderos padres y protectores». Tres expediciones de jesuitas partieron inmediatamente con un ímpetu misional formidable. San Roque González, misionero jesuita, criollo de la Asunción, escribiría más tarde en una carta: «Creo que en ninguna parte de la Compañía hubo mayor entusiasmo, mejor voluntad y más empeño» (Tentación 70).

La misión entre los guaycurús, cerca de Asunción, al otro lado del Paraná, fue encomendada, la primera, en mayo de 1610, a los padres Griffi y Roque González. Fue un fracaso, y los dos intentos posteriores, en 1613 y 1626, también lo fueron. Aún habría otros intentos en el XVII, pero finalmente hubo que desistir, porque los guaycurús en modo alguno aceptaban sujetarse a vivir en pueblos, acostumbrados a su vida en la selva.

La misión entre los guaranís, en el Paraná, encomendada a los padres Lorenzana y San Martín, a los que pronto se unió Roque González, tuvo buen éxito, y nació en 1610 la primera reducción, la de San Ignacio Guazú (grande), y en seguida Itapúa, Santa Ana, Yaguapá y Yuti. Los jesuitas visitaron al venerable franciscano Bolaños, que se hallaba entonces por aquella zona, y se ayudaron con su experiencia.

La misión entre los guayrás, en la región de Guayrá, en la parte del Brasil que toca con el nordeste del Paraguay actual, arraigó también felizmente. Los padres italianos Cataldino y Masseta iniciaron en julio de 1610 las dos primeras reducciones, San Ignacio y Loreto; en ésta última había ya un cierto número de indios bautizados por los padres Ortega y Filds.

El padre Roque González, por su parte, fundó nuevas reducciones entre los ríos Paraná y Uruguay, como la de Concepción, en 1619, con unas 500 familias, que fue el primer centro misional de la región uruguaya. Posteriormente nacieron las de San Nicolás de Piratiní, Nuestra Señora de la Candelaria de Ibicuy, San Francisco Javier de Céspedes, Nuestra Señora de los reyes de Ypecú, Nuestra Señora de la Candelaria de Ivahi, Asunción, santos mártires del Japón de Caaró. En ésta precisamente fueron martirizados los tres santos jesuitas de los que en seguida hablaremos.

Las poblaciones misionales se multiplicaron con suma rapidez, sobre todo después de la llegada del padre Antonio Ruiz de Montoya, que de 1620 a 1637 dió gran impulso a las reducciones, como superior general. Él mismo compuso un léxico Tesoro de la lengua guaraní, perfeccionando el vocabulario de Bolaños, y escribió la crónica de la Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias de Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape.

Hacia el 1700 la provincia jesuítica del Paraguay tenía 250 religiosos, de los cuales 73 trabajaban en las 30 reducciones ya fundadas: 17 en torno al río Uruguay, que dependían del obispado de Buenos Aires, y 13 cerca del Paraná, pertenecientes a la diócesis de Asunción. En ellas vivían 90.000 indios, que formaban 23.000 familias. Las visitas episcopales fueron muy raras, sólo siete en 158 años.

 

 

Incursiones de los cazadores de esclavos - En los primeros decenios las reducciones hubieron de sufrir graves ataques de bandeirantes o mamelucos, es decir, de paulistas procedentes del Brasil -precisamente fue un misionero jesuita, el padre Nóbrega, quien fundó Sao Paulo-, que entraban en los territorios misonales a la caza de esclavos. Particularmente terribles fueron las incursiones sufridas en las reducciones de Guayrá, que dieron lugar a la gran migración de 1631 decidida por el padre Ruiz de Montoya, y los ataques de 1636, 1638 y 1639.

Todos estos ataques ponían en peligro la existencia misma de las reducciones, y el padre Montoya viajó a Madrid donde consiguió autorización de armar a los indios. En 1640, en efecto, la Corona concedió permiso de usar armas de fuego a todos los indios de las reducciones, con gran escándalo y protesta de los hispano-criollos. Pronto se organizó y adiestró un fuerte ejército, que no hubo de esperar mucho para mostrar su fuerza.

En 1541 se libró una fuerte batalla en Mbororé, sobre el río Uruguay. En unas 900 canoas, se aproximaban 800 bandeirantes, armados hasta los dientes, acompañados por 6.000 tupíes aliados suyos, éstos sin armas de fuego. El ejército guaraní, conducido por el cacique Abiaru, era de 4.000 hombres, 300 de ellos con armas de fuego, que llevaban disimuladas. El padre Rodero hizo la crónica oficial de la pelea. Abiaru, con unos pocos, se adelantó en unas piraguas, y a gritos echó en cara al Comandante paulista la vergüenza de que gente que se decía cristiana viniera a quitar la libertad a otros hombres que profesaban la misma religión. El Comandante no respondió nada y su flota siguió avanzando. Estalló por fin la lucha, y en el río los paulistas y tupíes sufrieron tal descalabro que hubieron de refugiarse en tierra, donde al día siguiente continuó la batalla, con clara victoria guaraní.

Con eso se terminaron para siempre las grandes razzias procedentes del Brasil para la captura de esclavos. La fuerza armada guaraní fue tan potente que el Virrey del Perú, conde de Salvatierra, la nombró defensora de la frontera hispanolusa, y de hecho pudo impedir en adelante todos los intentos portugueses por entrar en el Río de la Plata. Pero antes de 1641 las reducciones sufrieron el horror de unos 300.000 indios cautivos. Se calcula que sólamente entre 1628 y 1630 los paulistas hicieron en las reducciones unos 60.000 esclavos. Cristianos viejos encadenaban a cristianos neófitos para venderlos como esclavos...

 

 

Urbanismo de las reducciones - El orden de las diversas reducciones era prácticamente idéntico en todas el mismo, también en lo que se refiere al urbanismo. La iglesia, el corazón del poblado, con media docena de campanas al menos, solía ser de piedra, al menos la parte inferior, y sumamente grandiosa, como puede comprobarse hoy al observar sus imponentes ruinas. Su fachada se abría a una gran plaza, de unos 100 por 130 metros, rectangular, rodeada de árboles, con una gran cruz en sus cuatro ángulos, una fuente y la estatua de la Virgen o del patrón alzada sobre columna. Cerraban la plaza los edificios públicos, ayuntamiento, escuela, vivienda de los padres, talleres artesanos, graneros y almacenes, asilo y hospital, casa de viudas, y tras la residencia de los padres una huerta y un gran jardín botánico, de mucha importancia para la selección de semillas y aclimatación de especies.

De la plaza, trazadas a cordel, salían las calles, y en filas paralelas se ordenaban las casas de los guaraníes, cosa común a las ciudades hispanas de América. Manzanas de seis o siete casas quedaban unidas por pórticos, que protegían del sol y de la lluvia; por estas galerías podía recorrerse a cubierto toda la ciudad.

Los jesuitas, no pocos de ellos procedentes de ilustres familias europeas o criollas, hicieron con los indios de albañiles, carpinteros, tejeros y arquitectos. En fin, los visitantes que llegaban a las reducciones, después de días de camino por lugares agrestes y selváticos, quedaban realmente asombrados al ver, sobre todo, aquellas iglesias, algunas, como la de Santa Rosa o la de Corpus, verdaderas catedrales, los edificios sin duda más hermosos de toda la región del Plata.

Gobierno interior -  En la comunidad reduccional los caciques, que en cada poblado eran 20 o 30, tuvieron al comienzo bastantes atribuciones, pero poco a poco fueron relegados a la condición decorativa de nobles, en tanto que se desarrolló una organización electiva de todos los cargos y ministerios. Los cargos en general solían ser anuales, de modo que se veían frecuentemente renovados. El Corregidor, en cambio, era autoridad constituída por cinco años, y sólo el Superior general de la federación de reducciones, jesuita, podía deponerle. Con él, venía en importancia el Cabildo o consejo elegido, compuesto de alcaldes, fiscales y otros ministros. El Cura, jesuita, asistía, hacía observaciones, que normalmente eran acogidas, y tenía en ciertas cuestiones un poder que podríamos llamar de veto, pero en general su mayor trabajo era asistir a los indios para que asumieran sus responsabilidades y las ejercitaran.

Piensa Lugon que «es por las elecciones y por el ejercicio de las funciones públicas por lo que los guaraníes adquieren un sentimiento tan vivo de su autonomía nacional y de su responsabilidad frente al bien común» (62). En realidad, aquella gran autonomía que, respecto de las autoridades civiles y eclesiásticas locales, habían conseguido de la Corona las reducciones, ocasionó en éstas muchas ventajas, pero dió lugar también a no pocas sospechas y odiosidades. En todo caso, es evidente que en el régimen comunitario de las reducciones una de las claves más decisivas fue precisamente el aislamiento del mundo hispano americano. Los indios, por este aislamiento autónomo, no sólamente se vieron libres de muchos vicios y tentaciones, escándalos y abusos, sino que también tuvieron ocasión de cobrar conciencia nacional, identidad propia de pueblo guaraní, directamente vinculado a la Corona española.

En todo caso, como decía el padre Cardiel, «todo este concierto es instituído por los Padres: que el indio de su cosecha no pone orden, economía ni concierto alguno. El Padre es el alma de todo: y hace en el pueblo lo que el alma en el cuerpo. Si descuida algo en velar, todo va de capa caída. Dios nuestro Señor, por su altísima providencia, dio a estos pobrecitos indios un respeto y obediencia muy especial para con los Padres; de otra manera era imposible gobernarlos» (70-71).

Por lo demás, ya entonces, como ahora, había intelectuales progresistas que, a mil o diez mil kilómetros de distancia, sin haber pisado jamás la selva, ni conocer siquiera sea de vista a los indios guaraníes, «decían que todo este gobierno era errado», que aquellos indios para hacerse realmente adultos necesitaban tener sus propiedades privadas, su trato con los españoles y su capacidad libre de comerciar; «y los Padres sólo enseñar la Doctrina cristiana».

A lo que responde Cardiel: «Qué más quisiéramos nosotros, que poder conseguir esto, por estar libres de tanto cuidado temporal. Muchas pruebas se han hecho para conseguir algo de esto en diversos tiempos: mas nada se ha podido alcanzar. Si estos indios fueran como los españoles, o como los indios del Perú y Méjico, que antes de la conquista vivían con gobierno de Reyes y leyes, con economía y concierto, con abundancia de víveres, adquiridos labrando sus tierras, en pueblos y ciudades: si fueran de esta raza, casta y calidad, se podía decir eso. Pero son muy diversos. Eran en su gentilismo fieras del campo como se ha dicho. La experiencia ha mostrado que el cultivo de 150 años, que ha que empezaron sus primeras conversiones, sólo ha podido conseguir el amansarlos y reducirlos a concierto, como se ha dicho, de que se admiran mucho los Obispos y otros, considerando lo que eran, teniendo por mucho lo que se ha hecho y conseguido» (92).

Téngase, por lo demás, en cuenta que los mismos jesuitas usaban por esos años de una pedagogía pastoral muy diversa en otras regiones de América, lo que demuestra que la política seguida en las reducciones guaraníes no procedía tanto de principios ideológicos de la Compañía de Jesús, como de la necesidad impuesta por la misma realidad de aquellos indios.

 

 

 

Economía -  Siguiendo las instrucciones primeras del padre Torres, las reducciones se centraron económicamente en la agricultura y la ganadería. Los indios hasta entonces conocían sólo un cultivo itinerante: quemaban parte del bosque, se establecían unos años en esas tierras, hasta que las abandonaban al perder la fertilidad. En cambio en las reducciones pudieron perfeccionar mucho la agricultura, no sólo el uso de arados y animales de tracción, sino con la diversificación de cultivos, entre los cuales sobresalió la yerba mate. También la ganadería alcanzó también un desarrollo muy notable en cantidad y calidad, marcando la fisonomía del país hasta nuestros días.

Yapeyú, por ejemplo, llegó a tener más de 200.000 cabezas de ganado. De este modo, el autoabastecimiento era prácticamente completo, y la dieta media de los indios bastante superior a la del mundo circundante. El jesuita José Cardiel da cuenta de las estancias inmensas de ganado, y prevé que para quien no haya conocido directamente las reducciones todos esos datos le parecerán increíbles: «se le hará imposible estancia de cincuenta leguas [unos 280 kilómetros]: gasto de diez mil vacas al año en un pueblo de mil setecientos vecinos: precio de ellas de solo tres reales de plata, etc. Pero es otro mundo aquél. La misma admiración nos causaba a nosotros a los principios. O pensará que las vacas son chicas como carneros: y otras cosas a este modo. Son tan grandes como las de España, o más. Ni las leguas son chicas. Las estancias de Yapeyú [50 leguas por 30] y San Miguel [40 por 20] son las mayores [y a ellas llevaban ganado de varias reducciones]; las demás son de ocho, diez, o a lo más veinte leguas de largo» (79).

Con todo esto, en opinión del francés Clovis Lugon, «ninguna región de América conoció en la época una prosperidad tan general ni un desarrollo económico tan sano y equilibrado» (92), y eso que la jornada laboral con horas limitadas -más reducida en el caso de labores más penosas-, ya se había establecido en las reducciones, con una anticipación de dos o tres siglos respecto de los países más adelantados del Occidente.

Por lo demás, el régimen económico era mixto, privado y comunal, tanto en la propiedad como en el trabajo, tanto en la agricultura como en la ganadería. Muchos europeos y criollos veían mal este excesivo comunismo establecido por los jesuitas, y a veces éstos pretendieron modificarlo en algo, como en la posesión de ganado, pero sin éxito. El padre José Cardiel, escribe: «Hemos hecho en todos tiempos muchas pruebas para ver si les podemos hacer tener y guardar algo de ganado mayor y menor y alguna cabalgadura, y no lo hemos podido conseguir» (71).

Industrias - Pronto se instalaron en las reducciones molinos de viento o de agua, fábricas de azúcar y de aceite, de ladrillos y de tejidos, así como naves para el secado y preparación de la yerba mate. En las herrerías y fundiciones, modestas, pues la región era pobre en metales, se produjeron en seguida campanas, con mineral importado de Conquimbo o de Chile, y en cuanto hubo autorización para armar a los indios, también se fabricaron armas y municiones.

Los funcionarios o misioneros que llegaban a las reducciones quedaban asombrados al ver relojes, órganos y toda suerte de instrumentos musicales o esferas astronómicas, fabricados completamente por los indios. En la reducción de San Juan tenían un reloj en el que iban saliendo los doce apóstoles al dar las campanadas del mediodía. En el río Uruguay y en el Paraná tuvieron también astilleros donde construían naves, bien adaptadas y extremadamente resistentes, para el transporte de sus productos.

Roa Bastos recuerda que «ochenta años antes que en Buenos Aires, capital de la gobernación y luego del virreinato del Río de la Plata, se establecieron en las Misiones las primeras imprentas» (Tentación 34). En ellas se publicaron muchos textos, gramáticas, catecismos y libros espirituales, en lengua guaraní, como la obra Temporal y eterno, publicada en 1705 en las prensas de Loreto, con 67 viñetas y 43 láminas grabadas por artesanos guaraníes. También tenían imprentas Santa María Mayor, San Javier y Candelaria. Este cultivo del lenguaje guaraní, ya iniciado por el franciscano Bolaños, fue decisivo para que la lengua haya podido conservarse viva hasta nuestros días. El provincial Ruiz de Montoya decía que los guaraníes «tanto estiman su lengua, y con razón, porque es digna de alabanza y de celebrarse entre las de fama» (Tentaciones 70). También en las reducciones se imprimieron los mapas geográficos de América más exactos de la época.

Por otra parte, la orientación profesional se practicaba en aquellos poblados misionales dos o tres siglos antes que en el Occidente culto. Y así en los relatos del jesuita Charlevoix, publicados en París en 1747, se dice que en las reducciones «desde que los niños están en edad de poder iniciarse en el trabajo, se les lleva a los talleres y se les coloca en aquellos para los que parecen mostrar más inclinación, ya que se estima que el arte debe estar guiado por la naturaleza» (Lugon 98).

Y lo mismo que sucedió a los misioneros de Nueva España ocurrió también aquí a los jesuitas, que quedaban impresionados al ver la habilidad manual de los indios, y sobre todo su prodigiosa capacidad de imitación.

El jesuita tirolés Anton Sepp, en 1696, observaba: «No pueden inventar ni idear absolutamente nada por su propio entendimiento, aunque sea la más simple labor manual, sino siempre debe estar presente el padre y guiarlos; debe darles sobre todo un modelo y ejemplo. Si tienen uno, él puede estar seguro de que imitarán la labor exactamente. Son indescriptiblemente talentosos para la imitación. Por ejemplo: queríamos tener hermosas puntillas grandes para un altar. ¿Qué hace la india? Toma una puntilla de un palmo de ancha traída de Europa, coge los hilos con la aguja, deshace un poco la puntilla, ve cómo está tejida o tramada y de inmediato hace otra. La nueva es tan parecida a la vieja que no puedes reconocer cuál es la puntilla holandesa o española, y cuál la indígena. Y así es con todas las cosas. Tenemos dos órganos, de los cuales uno fue traído de Europa, mientras el otro ha sido hecho por los indios tan idénticamente, que al principio yo mismo me confundí, tomando el indígena por el europeo. Aquí hay un misal, una impresión de Amberes, de la mejor calidad; allí hay un misal copiado por un indio: no se puede reconocer cuál es el misal impreso y cuál el copiado. Las trompetas son idénticas a las de Nüremberg, los relojes no ceden en nada a los de Augsburgo, famosos en el mundo entero. Hay pinturas que parecen haber sido pintadas por Rubens. En una palabra, los indios imitan todo, mientran tenga un modelo o ejemplo» (Tentación 122).

El talento natural de los indios, en el orden de una vida estable y pacífica, y la organización del trabajo, daba lugar a estas industrias sorprendentes. Así las cosas, bien puede afirmarse que la federación de reducciones guaraníes formó en su tiempo la única nación industrializada de América del Sur (Lugon 98).

Música - Los indios de América, en general, con sus pobres instrumentos ancestrales, no conocían apenas las maravillas del mundo de la música, y quedaban absolutamente fascinados cuando entraban en él. El sonido de las campanas, del violín o del órgano creaban para ellos un mundo mágico, apenas creíble. Esta fuerza misionera de la música fue conocida desde un principio, como ya lo vimos en los franciscanos de México.

Cuando los dominicos del padre Las Casas entraron en la Verapaz, habían enseñado a cuatro indios cristianos unas coplas, que cantaron ante los paganos acompañándose de un teneplaste (madero hueco), sonajas y cascabeles. Éstos quedaron tan encantados «que tuvieron que cantarlas durante ocho días» (MH 6,1949, 503). Y en las reducciones guaraníes, quizá de un modo especial, la música tuvo una extraordinaria importancia, gracias en buena parte a los jesuitas europeos no españoles.

En efecto, el hermano jesuita Louis Berger, originario de la Picardía, enseñó a los guaraníes la música vocal e instrumental. El padre belga Jean Vassaux, de Tournai, de ser maestro de música en la corte de Carlos V pasó a enseñar solfeo y la notación musical más moderna a los indios de las reducciones, y murió en 1623, en Loreto, al servicio de los apestados. De todos modos fue quizá Anton Sepp el mejor maestro de música que hubo en las reducciones. Escuelas de danza, de canto y de música instrumental existían en todas ellas, aplicando estas artes fundamentalmente a la vida religiosa. Los cronistas hablan de que los indios formaban verdaderas orquestas, a un nivel europeo.

Anton Sepp cuenta en una relación de 1696: «En este año ya logré que dominaran sus instrumentos: seis trompetistas de distintas reducciones -cada pueblo tiene cuatro trompetistas-, tres buenos tiorbistas, cuatro organistas... Este año he logrado que treinta ejecutantes de chirimía, dieciocho de trompa, diez fagotistas hicieran tan grandes progresos que todos pueden tocar y cantar mis composiciones. En mi reducción he anotado para ocho niñitos indios el famoso Laudate Pueri. Lo cantan con tal garbo, tal gracia y estilo que en Europa apenas se creería de estos pobres, desnudos, inocentes niñitos indios. Todos los misioneros están llenos de alegría y agradecen al Señor Supremo que, después de tantos años, les haya enviado un hombre que también ponga a la música en buenas condiciones... Cuánto me honran y aman los indios, la modestia y el pudor no permiten describirlo. Yo soy indigno de todo esto, y el mayor pecador y más inútil de todos los siervos en Cristo» (Tentación 118-119). Y añade: «Todos los días de fiesta, después de vísperas y antes de la misa mayor, engalanamos a algunos chicuelos indios en forma hermosa; tan hermosa como los pobres indios no han visto en su vida. Luego representan sus bailes en la iglesia, donde todos están reunidos. También organizamos espectáculos de baile en las procesiones públicas, especialmente en la fiesta del Corpus Christi» (126).

La excelencia de la música en las reducciones, ya desde sus comienzos, fue opinión común. El padre Ripario escribe en 1637 al provincial de Milán que los indios acompañan la misa «con buonissima musica». En 1729, el padre Mathias Strobel dice en una carta dirigida a un jesuita de Viena: «Se creería que esos músicos han venido a la India de alguna de las mejores ciudades de Europa» (146). Y el padre Cardiel, ya anciano y exiliado en Italia, no puede contener las lágrimas cuando evoca «el devotísimo estruendo» de voces e instrumentos que solemnizaba la liturgia en las reducciones: «Todos los días cantan y tocan en la Misa. Al empezar la Misa tocan instrumentos de boca y a veces de cuerdas... causando notable devoción. En el laudate comienzan los tenores y los demás músicos grandes con los clarinetes y chirimías, instando a los niños tiples: laudate pueri, pueri laudate, laudate nomen Domini... (No se maravillen si va mojado de lágrimas este papel). Cantan con tal armonía, majestad y devoción, que enternecerá el corazón más duro. Y como ellos nunca cantan con vanidad y arrogancia, sino con toda modestia, y los niños son inocentes, y muchos de voces que pudieran lucir en las mejores Catedrales de Europa, es mucha la devoción que causan». Y bajando de sus recuerdos extasiados, continúa el padre Cardiel: «Como los misioneros primitivos vieron que estos indios eran tan materiales, pusieron especial cuidado en la música, para traerlos a Dios; y como vieron que esto les traía y gustaba, introdujeron también regocijos y danzas modestas» (117-118).

En las reducciones los padres tenían formado un verdadero Ministerio de ocios y juegos, de modo que con los indios más artistas y dotados organizaban danzas, paradas militares y evoluciones de jinetes en la plaza mayor, que a un tiempo eran entrenamiento bélico, juego y fiesta, sesiones de teatro, procesiones con cantos para ir, regidos por los toques de campana, al trabajo en los campos.

Con todos estos recursos obtenían los misioneros lo que en un principio a ellos mismos había parecido imposible, integrar a aquellos indios en una vida asociada y armoniosa, y estimularles a un trabajo sostenido, aunque sólo fuera unas pocas horas cada día, siendo ellos tan reacios a todo ordenamiento laboral.

 

 

 

Orden y justicia - El derecho penal era en las reducciones extremadamente benigno para los usos de la época, y la pena de muerte estaba excluída dos o tres siglos antes que en los países de Occidente.«Aunque este gentío es de genio humilde, pacífico y quieto, especialmente después de cristianos, no puede menos de haber en tanta multitud algunos delitos dignos de castigo. En toda la América, los Curas, clérigos y regulares, castigan a sus feligreses indios. Para todos los delitos hay castigo señalado en el Libro de Ordenes: todos muy proporcionados a su genio pueril, y a lo que puede el estado sacerdotal. No hay más castigo que cárcel, zepo y azotes. Los azotes nunca pasan de veinticinco. Todos los encarcelados de ambos sexos vienen cada día a Misa y a Rosario con sus grillos, acompañados de su Alguacil y Superiora».

«El Cura [de la reducción] es su padre y su madre, juez eclesiástico y todas las cosas. Cayó uno en un descuido o delito: luego le traen los Alcaldes ante el Cura a la puerta de su aposento: y no atado y agarrado, por grande que sea su delito. No hacen sino decirle: Vamos al Padre: y sin más apremio viene como una oveja: y ordinariamente no le traen delante de sí, ni en medio, sino detrás, siguiéndoles: y no se huye». El Cura hace sus preguntas y averiguaciones, y quizá concluya: «Yahora, hijo, que te den tantos azotes. Siempre se les trata de hijos. El delincuente se va con mucha humildad a que le den los azotes, sin mostrar jamás resistencia: y luego viene a besar la mano del Padre, diciendo: Aguyebete, cheruba, chemboara chera haguera rehe: Dios te lo pague, Padre, porque me has dado entendimiento. Nunca conciben el castigo del Padre como cosa nacida de la cólera u otra pasión, sino como medicina para su bien, y en persuadirles esto inculcan los Cabildantes cuando los domingos repiten la plática del Padre. Es tanta la humildad que muestran en estos casos, que a veces nos hacen saltar las lágrimas de confusión» (146-147).

Los niños, ante todo - Pero vengamos a lo principal de las reducciones, a la formación cristiana integral de un pueblo nuevo. El padre Cardiel decía: «en la crianza de los muchachos de uno y otro sexo,se pone mucho cuidado. Hay escuelas de leer y escribir, de música y de danzas», y a ellas asisten los hijos de los caciques, mayordomos, cabildantes y principales del pueblo, «en su modo de concebir, y también vienen otros si lo piden sus padres. Tienen sus maestros indios; aprenden algunos a leer con notable destreza, y leen la lengua extraña mejor que nosotros. Debe de consistir en la vista, que la tienen muy perspicaz, y la memoria, que la tienen muy buena: ojalá fuera así el entendimiento. También hacen la letra harto buena» (115).

Especial cuidado se ponía en la educación cristiana de los niños. El Catecismo empleado era el dispuesto por el III Concilio Limense (1582-1583), y según las disposiciones conciliares que ya conocemos (342-344, 348) era enseñado en guaraní. Por cierto que las orientaciones de este sagrado Concilio influyeron en las reducciones más de lo que suele recordarse. En efecto, ya en este Concilio -como en el anterior de 1567- los Padres conciliares dieron a la evangelización de los indios una versión acentuadamente civilizadora: «que se enseñe a los indios vivir con orden y policía y tener limpieza y honestidad y buena crianza» (347), etc.

Un capuchino francés que visitó las reducciones, Florentin de Bourges, escribía en 1716: «La manera en que educan a esta nueva cristiandad me impresionó tan profundamente que la tengo siempre presente en el espíritu. Éste es el orden que se observa en la reducción donde me hallaba, la cual cuenta con alrededor de treinta mil almas. Al alba se hace sonar la campana para llamar a la gente a la iglesia, donde un misionero reza la oración de la mañana, luego de lo cual se dice la misa; posteriormente las gentes se retiran y cada cual se dirige a sus ocupaciones. Los niños, desde los siete u ocho hasta los doce años, tienen la obligación de ir a la escuela, donde los maestros les enseñan a leer y escribir, les transmiten el catecismo y las oraciones de la Iglesia, y los instruyen sobre los deberes del cristianismo. Las niñas están sometidas a similares obligaciones y hasta la edad de doce años van a otras escuelas, donde maestras -de virtud comprobada- les hacen aprender las oraciones y el catecismo, les enseñan a leer, a tejer, a coser y todas las otras tareas propias de su sexo. A las ocho, todos acuden a la iglesia donde, tras haber rezado la plegaria de la mañana, recitan de memoria y en voz alta el catecismo; los varones se ubican en el santuario, ordenados en varias filas y son quienes comienzan; las niñas, en la nave, repiten lo que los varones han dicho. A continuación oyen misa y después de ella finalizan el recitado del catecismo y regresan de dos a dos a las escuelas.

«Me conmovió el corazón presenciar la modestia y la piedad de esos niños. Al ponerse el sol se tañe la campana para la oración del atardecer y luego de lla se recita el rosario a dos coros; casi nadie se exime de este ejercicio y quienes poseen motivos que les impiden acudir a la iglesia se aseguran de recitarlo en sus casas... La unión y la caridad que reinan entre los fieles es perfecta; puesto que los bienes son comunes, la ambición y la avaricia son vicios desconocidos y no se observan entre ellos ni divisiones ni pleitos... Que yo sepa, no hay misión más santa en el mundo cristiano» (Tentación 130-136).

Ya en los primeros años se recogieron en las reducciones estos frutos impresionantes de cristiandad, sobre todo entre los niños, cuya transformación dejaba asombrados a sus propios padres. Así lo testimonia en 1636 el jesuita Nicolao Mistrilli: «cuando estas buenas gentes ven a sus hijos tan bien instruidos en la lectura, en la escritura, el canto, el manejo de los instrumentos, el baile al ritmo, que dan delante de ellos en público y en privado diversas pruebas de su satisfacción, ¡quién puede expresar la alegría que hay en sus corazones!... Veríais a unos prorrumpir en lágrimas de alegría; escucharíais a los otros dar a Dios mil gracias y agradecer a los padres con palabras llenas de afecto; a algunos regocijarse con sus hijos de haber venido al mundo en época tan venturosa» (Tentación 101).

Un nuevo pueblo cristiano - Las celebraciones religiosas eran frecuentes, y tan variadas y coloristas que apenas intentaremos describirlas, pues, al toque de las campanas, constituían un marco de vida permanente, lo mismo al levantarse que al finalizar el día, al ir al trabajo o al regresar de él,en los cantos y danzas: todo en las reducciones era vida explícitamente religiosa y cristiana.

Estos nuevos cristianos, dice el padre Mistrilli, confesaban con frecuencia sus pecados, y con «abundantes lágrimas. Salvo los muy jóvenes, todos son admitidos a la santa comunión, y es excepcional su devoción por la Madre de Dios, lo cual manifiestan rezando todos los días en su honor el rosario. Es admirable el fervor con que abrazan la Cruz y participan en las penas de la Santa Pasión, con castigos diversos y duros en Su honor» (102).

De pocos años después de 1700 proceden los siguientes testimonios. Mathias Strobel: «apenas se puede describir la honestidad y piedad edificante sobremanera con que se presentan los indios cristianos» (146). Anton Betschon, jesuita tirolés: «Nuestros indios imitan en la vida común a los cristianos primitivos del tiempo de los apóstoles» (129; +Maxime Haubert titula el cp. VII de su libro Una imagen de la primitiva Iglesia). El Obispo de Buenos Aires, en una carta a Felipe V: «Señor, en esas populosas comunidades compuestas de indios, naturalmente inclinados a toda suerte de vicios, reina tan grande inocencia, que no creo que se cometa en ellas un solo pecado mortal»

Chateaubriand cita esta carta en su Génie du christianisme, de 1802, donde dedica unos capítulos a las Missions du Paraguay (IV p., IV l., cpts. 4-5). Un verdadero milagro.

El Cura en las reducciones - El milagro primero de Cristo en las reducciones fue, sin duda, la vida y ministerio de los propios misioneros jesuitas. La vida ascética de aquellos religiosos, cuidadosamente ordenada al modo ignaciano, implicaba una «distribución cuotidiana», igual en todas las reducciones. Tal como Cardiel la describe en el capítulo VI de su crónica resulta realmente impresionante, y en siglo y medio no conoció relajación, y apenas cambio alguno. Este «nuestro particular método y concierto», que alternaba armoniosamente oración y trabajo, silencio y conversación, era permanentemente guardado: «aunque haya muchos huéspedes, nunca se deja esta distribución».

El orden normal diario del misionero, tal como lo describe el padre Anton Sepp, era así: Levantarse «una hora antes del amanecer». Ya lavado y vestido, «voy a la iglesia, saludo el Santísimo Sacramento, me arrodillo y tengo mi meditación de una hora. Luego me confieso, caso que seamos dos los padres. Después se toca el Ave María con la gran campana; cuando salió el sol, se toca a misa. Después de la misa rezo durante un cuarto de hora mi Recessus [parte del Breviario]. Más tarde voy diariamente al confesionario. Luego enseño la doctrina cristiana a los chicos». Viene después la visita a los enfermos, con los sacramentos correspondientes, «pues entre tanta gente casi siempre hay alguien que va a morir, por lo cual también debo enterrar casi diariamente a algunos muertos. Luego inspecciono nuestras oficinas», a ver qué hacen los escolares, músicos y danzantes, los herreros, ebanistas y molineros, los pintores y escultores, los tejedores y carniceros. «Si me sobra tiempo voy al jardín, y examino si los jardineros» trabajan bien.

«A las nueve y media se entregan las vasijas, en las que los enfermeros llevan leche tibia, un buen trozo de carne y pan blanco a los enfermos en sus chozas. A las diez y media el chicuelo toca la campana para el examen de conciencia. Me encierro un cuarto de hora en mi habitación, examino mis pecados y luego me voy a comer». Durante la comida del padre, un niño hace la lectura espiritual, y si hay dos padres, tienen una hora de descanso y conversación. A la una «rezamos con los niños la letanía de todos los santos en la iglesia. Luego tengo tiempo hasta las dos de trabajar en algo para mí: de barro hago diversas imágenes de la Virgen, medallas y relicarios de seda. Un día compongo algo de música, y diariamente aprendo algo más de la lengua indígena. A las dos toca la gran campana la señal de trabajo». Otra vez inspección de talleres y visita a enfermos.

«A las cuatro enseño el catecismo, rezo el rosario con la gente, luego la letanía, y hago con ella el acto de contrición. Después debo enterrar casi diariamente a los muertos. A continuación rezo mis horas sacerdotales. A las siete ceno. Luego sigue un descanso de una hora. Después lectura religiosa, examen interior, preparación de la meditación del día siguiente y finalmente el reposo nocturno. Este es interrumpido a menudo por los enfermos, a quienes debo administrar por la noche los santos Sacramentos. Esta es la orden del día habitual» (Tentación 126-127). El bendito padre Sepp gozaba especialísimamente en la visita a los indios enfermos, viendo la bondad y paciencia con que morían sin una queja ni preocupación, bendiciendo a Dios: «aquí mi corazón es llenado de consuelo indescriptible, cada vez que entro en semejante pesebre de mi Señor Jesús, aquí mi alma se derrite» (116).

Verdaderamente es admirable el martirio diario de aquellos hombres encerrados en las reducciones con los indios, a veces durante muchos años, «gastándose y desgastándose por sus vidas»(+2Cor 12,15). Los padres tenían que emplearse enteros, las veinticuatro horas del día, para fomentar el bien de lo temporal -ésta era su mayor cruz-, y el bien de lo espiritual -aquí hallaban su mayor gozo y descanso-. Así vivieron en las reducciones entre 1608 y 1768, con pocos cambios, unos 1.500 jesuitas, sacerdotes o hermanos, de los cuales hubo 550 españoles, 309 argentinos, 159 italianos, 112 alemanes y austríacos, 83 paraguayos, 52 portugueses, 41 franceses, 22 bolivianos, 20 peruanos y 93 chilenos y de otras nacionalidades. Y lo más importante, hubo entre ellos treinta y dos mártires...

Los santos mártires de las reducciones - Los jesuitas, como tantos otros misioneros de América, entraban muchas veces en regiones que la Corona española no había podido dominar. Así, concretamente, iniciaron sus misiones en Guayrá y la región baja del Paraná, entrando a los indios, como dice el padre Cardiel, «sin más escolta ni más armas, entre gente tan feroz, que una cruz en la mano, que servía de báculo» (51).

Ya vimos en el capítulo dedicado a La región del Río de la Plata en qué situación se hallaban aquellos indios... Se comprende, pues, que el intento de hacerles pasar de aquella vida tan salvaje a una vida civilizada y cristiana no podía ir adelante sin gravísimos riesgos para los misioneros, por parte sobre todo de los caciques, y más aún de los brujos y hechiceros.

Lo raro es que en las reducciones sólamente se produjeran treinta y dos mártires. Juan Pablo II ha canonizado de ellos al padre Roque González de Santa Cruz (1576-1628), que fue párroco de la catedral de la Asunción, antes de ser jesuita, y que es el primer santo de Paraguay, y a los padres Alonso Rodríguez y Juan Castillo, nacidos en tierras de España, en Zamora el primero (1598-1628) y en Belmonte (Cuenca) el segundo (1596-1628). Estos dos fueron connovicios del padre Nieremberg, que hizo la crónica de su vida y martirio (en Varones ilustres de la Compañía de Jesús, 4, Bilbao 1889, 358-375). Con fingimientos primero, y con el ensañamiento habitual después, los tres fueron muertos por caciques que antes fueron amigos, y después se revolvieron contra las reducciones.

Los tres habían sido beatificados en 1934 por Pío XI. Y Juan Pablo II, en la homilía de canonización, hizo un gran elogio de la acción misionera en las reducciones, subrayando también que «la labor inmensa de estos hombres, toda esa labor evangelizadora de las reducciones guaraníticas, fue posible gracias a su unión con Dios. San Roque y sus compañeros siguieron el ejemplo de San Ignacio, plasmado en sus Constituciones: "Los medios que unen al instrumento con Dios y lo disponen a dejarse guiar por su mano divina son más eficaces que aquellos que lo disponen hacia los hombres" (n.813). Fundamentaron así, día a día, su trabajo en la oración, sin dejarla por ningún motivo. "Por más ocupaciones que hayamos tenido -escribía el padre Roque en 1613-, jamás hemos faltado a nuestros ejercicios espirituales y modo de proceder"» (16-5-1988).

Fueron, sí, muchos los misioneros mártires. El padre Cipriano de Barace (1641-1702), navarro roncalés de Isaba, fundó misiones entre los indios mojos (moxos), al norte de Bolivia, durante 27 años, evangelizando también entre los vecinos baúres, guarayes y tapacuras. Autor de varios escritos -Doctrina cristiana en lengua moja, Costumbres y vida de los indios chiriguanos, con algunas aportaciones sobre su lengua, Cánticos en honra de la Virgen Nuestra Señora en lengua castellana y moja-, murió flechado y a golpes de macana en una entrada misionera a los baúres. Era el 16 de setiembre de 1702, fiesta de San Cipriano, patrón de Isaba. Murió aferrado a una cruz, y diciendo «Jesús, María, padre San Francisco Javier».

Fueron muchos los misioneros mártires. En 1711, por ejemplo, se da otro martirio, el del padre Lucas Caballero, fundador de la reducción de Nuestra Señora de la Concepción. Fue atacado por indios infieles puyzocas, y según refiere el jesuita Juan Patricio Fernández, murió de rodillas ante una cruz que llevaba consigo, «ofreciendo la sangre que derramaba por sus mismos matadores e invocando los dulcísimos nombres de Jesús y de María» (Tentación 109).

 

 

La expulsión de los jesuitas - En general, el mundo hispano-criollo, encomenderos, comerciantes, clero secular, desde el principio, vió con hostilidad las reducciones, en las que ni siquiera se podía entrar sin autorización. Hubo, sin duda, autoridades representantes de la Corona y algunos obispos que las apreciaron y apoyaron mucho. Pero, en todo caso, abundaron sobre ellas las calumnias y falsedades, que llegaron hasta Europa, y alimentaron también la Leyenda negra.

Algunas de las persecuciones sufridas por las reducciones guaraníes merecen ser recordadas. Entre 1640 y 1661 las reducciones fueron duramente hostilizadas por Bernardino de Cárdenas, obispo de la Asunción, y luego de Popayán. Y entre los gobernadores, conviene recordar como enemigo acérrimo de los jesuitas y de las reducciones a don José de Antequera, que finalmente murió ajusticiado (1731). Pocos años después, cuando se alzó una Comuna revolucionaria en Asunción, el ejército guaraní colaboró decisivamente con las fuerzas reales en el sometimiento de la ciudad (1735), cosa que no aumentó, ciertamente, la simpatía de los criollos hacia las reducciones. Tantas fueron, en fin, las acusaciones contra los jesuitas y las reducciones, que en Madrid se ordenó una investigación a fondo. Y el resultado, completamente elogioso, fue la Cédula grande de Felipe V (1743).

Pero se avecinaban tormentas aún más graves. En 1750, el Tratado de Límites entre España y Portugal implicaba la cesión a los portugueses de siete reducciones. 30.000 guaraníes rechazaron en absoluto el dominio lusitano, entre otras razones porque en Portugal estaba legalizada la esclavitud. Se levantaron en armas en 1753 y fueron diezmados. Con esa ocasión, los jesuitas quedaron tachados de instigadores. El Tratado, sin embargo, fue revocado en 1759.

El golpe definitivo vino en 1767, cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de España y de todos sus dominios. La operación policíaca fue encomendada por el conde de Aranda al marqués de Bucareli, nombrado para ello gobernador de Buenos Aires. Como ya vimos al referir esta expulsión en México (278), las terminantes instrucciones disponían la muerte del gobernador si después de cierta fecha quedase en su circunscripción algún jesuita, incluso enfermo o moribundo. Escuadrones de caballería, el 22 de julio, dieron cumplimiento a la orden -«Yo, el Rey»- (Decreto, +Tentación 185).

En esos años, políticamente ignominiosos, España mereció perder América, que era ya una inmensa parte de sí misma. Qué lejos quedaba la época en que Reyes católicos, asistidos por Consejos honrados de juristas y teólogos, se afanaban por servir a la verdad en la justicia. Por lo que a las reducciones se refiere, ha de decirse que mientras la política española inspiró sus decisiones en el Evangelio, ellas siempre encontraron en la Corona ayuda y defensa. Pero en la misma Corona encontraron su ruina cuando ésta tuvo por consejera a la Ilustración, representada en las enciclopédicas personas del conde de Aranda y de don José Moñino. Éste fue recompensado con el título de conde de Floridablanca por haber conseguido el gran triunfo político de arrancar en 1773 al papa Clemente XIV no ya la expulsión de los jesuitas del Reino de España, sino su completa extinción (Breve Dominus ac Redemptor).

A causa de ese decreto, 68 misioneros hubieron de abandonar para siempre a los 93.181 indios que vivían en 32 reducciones: 13 en el Paraná, 17 en el Uruguay y 2 en el Taruma. La expulsión de los jesuitas suprimió bruscamente de la América hispana la preciosa acción misionera de 2.700 religiosos, ocasionando daños gravísimos en la Iglesia. Todos los padres debían ser desembarcados en Cádiz, pero 420 murieron en la travesía, a causa de los malos tratos sufridos en la prisión y de las privaciones que soportaron en el barco. Reposan en el Atlántico, en el corazón de Dios y en la memoria agradecida de la Santa Iglesia Católica.

Los jesuitas sobrevivientes sufrieron en Europa el grave síndrome de abstinencia de América, que muchos padecemos.

Llanto sobre las reducciones arruinadas - Los mayores sufrimientos, sin embargo, fueron los de los indios, que por esa causa quedaron abandonados sin pastor. De momento, continuaron las reducciones una vida precaria bajo diversas fórmulas sustitutivas: con clero secular o con otros religiosos, menos numerosos y preparados. Pero su decadencia fue inevitable, hasta que desaparecieron en las guerras de la independencia.

Evocaremos el dolor de los indios transcribiendo algunas partes de una Carta del Cabildo de la Misión San Luis Gonzaga dirigida al gobernador de Buenos Aires, marqués de Bucareli (Tentación 186-188; Lugon 207). Lleva fecha del 28 de febrero de 1768, poco después de que los jesuitas de aquella reducción, anticipándose a la expulsión, la abandonaran.

«Dios te guarde a ti que eres nuestro padre... Nos han escrito pidiéndonos ciertos pájaros que desean enviemos al Rey. Sentimos mucho no podérselos enviar, porque dichos pájaros viven en las selvas donde Dios lo crió y huyen volando de nosotros, de modo que no podemos darles alcance... Pedimos ahora que Dios envíe la más hermosa de las aves, que es el Espíritu Santo, a ti y a nuestro Rey para iluminaros y que os proteja el santo Angel.

«Llenos de confianza en ti, te decimos: Ah, señor Gobernador, con las lágrimas en los ojos te pedimos humildemente dejes a los santos padres de la Compañía, hijos de san Ignacio, que continúen viviendo siempre entre nosotros, y que representes tú esto mismo a nuestro buen Rey en el nombre y por el amor de Dios. Esto pedimos con lágrimas todo el pueblo, indios, niños y muchachas, y con más especialidad los pobres.

«No nos gusta tener cura fraile o cura clérigo... no han tenido interés por nosotros. Los padres de la Compañía de Jesús sí, que cuidaron desde el principio de nuestros antepasados, los instruyeron, los bautizaron y los conservaron para Dios y para el rey de España. Así que de ningún modo gustamos de párrocos frailes o de párrocos clérigos. Los padres de la Compañía de Jesús saben conllevarnos, y con ellos somos felices sirviendo a Dios y al Rey, y estamos dispuestos a pagar, si así lo quisiere, mayor tributo en yerba caamirí...

«Esto es la pura verdad, te decimos, y si se hace lo contrario, se perderá pronto este pueblo y otros pueblos también, para sí, para el Rey y para Dios, y nosotros caeremos en poder del demonio. Y entonces, a la hora de nuestra muerte, ¿a quién tendremos que nos auxilie? A nadie absolutamente...

«Por tanto, señor Gobernador bondadoso, haz como te suplicamos. Y que nuestro Señor te asista y te dé su gracia continuamente. [Siguen las firmas]» (Tentación 186-188).

Esta hermosa carta puede servir de epitafio para las reducciones guaraníes de los jesuitas.

El marqués de Bucareli, pensando quizá que el influjo de la Ilustración era para los indios más benéfico que el del Evangelio, puso gran empeño en procurar el bien de las reducciones, evitando abusos, y enviándoles administradores de Asunción, Corrientes, Villarica y de otras ciudades vecinas. Con ellos entraron en tromba hacendados y comerciantes, ansiosos por las riquezas de las reducciones, no tan inmensas como las forjadas en la leyenda, pero en todo caso sumamente apetecibles.

Como dice Jean-Paul Duviols, «raros eran los administradores de los pueblos que se abstenían de malversaciones y cohechos. La riqueza económica fue mucho peor administrada por los funcionarios reales de lo que había sido por los jesuitas. Aquéllos, considerando su gestión esencialmente como una fuente de beneficios inmediatos, practicaron un pillaje económico que empobreció progresivamente a los pueblos» (Tentación 56).

Las poblaciones misionales se fueron despoblando, se abandonaron las mejores tierras, cayeron en la ociosidad talleres y fábricas, y a los diez años de la expulsión de los jesuitas, sólamente en nueve reducciones había aún escuela. A principios del XIX, lo poco que quedaba de las reducciones fue arrasado en las guerras de la independencia. Es demasiado triste para ser contado... Quedan ahora, invadidas por la selva en muchos casos, las ruinas ciclópeas de las iglesias misionales, algunas galerías derrumbadas, restos de graneros y talleres... Estas ruinas son el testimonio patético de la victoria de la Ilustración sobre el Evangelio.

Adversarios de las reducciones - La hostilidad de no pocos de los españoles y criollos del Plata contra las reducciones, a la que ya hemos aludido, está bien expresada por un tal M. Haÿs, administrador del asiento de negros en Buenos Aires, que, sin avergonzarse de su cargo, en una Mémoire publicada en Amsterdam en 1717, vuelca contra los jesuitas un cúmulo de denuncias.

Acusa a los jesuitas de que podían levantar en las reducciones, en pocos días, un ejército de sesenta mil hombres: «el pretexto para mantener siempre alerta a tan grande cantidad de tropas son los paulistas, que hacen incursiones en las misiones para raptar a indios. Pero los españoles de mayor entendimiento juzgan de otra manera y afirman que es con el solo fin de impedir que todo el mundo -sin excepción- tenga acceso a las Misiones. La precaución adoptada de no enseñar la lengua española a los indígenas y de hacerles un caso de conciencia si frecuentan a los españoles basta para descubrir cuáles son los verdaderos propósitos de los padres jesuitas»...

Es necesario «dar a conocer que la ambición de gobernar como soberanos y el deseo insaciable de amasar riquezas inmensas es su único propósito... Esas gentes deberían hallarse en condición de libres y poseer tierras y deberían gozar de la libre disposición de sus cosechas y del producto del trabajo; así sería una colonia como Dios manda: y gracias a todo ello se tendría la circulación de los bienes, o sea, el comercio, tal como se practica en el resto de las colonias. Se reconocería la autoridad del Rey y se conservarían sus dominios» (Tentación 167-169).

Por lo demás, los hombres de la Ilustración, antes de que se enfriara en su tumba el cadáver de las reducciones, se dieron el gusto de escupir sobre ellas. Así, en 1769, Matías Anglés y Gortari, corregidor de Potosí, hizo sobre las reducciones un informe al virrey del Perú, en el que -al parecer, para justificar su extinción- asegura que de estos indios «se apoderan los vicios, obscenidades y demás delitos de tal suerte que causa gran lástima y desconsuelo; y sólo los dichos padres se esfuerzan en alabarlos y atribuirles unas virtudes y perfecciones que jamás las han conocido, ni practicado; y me parece que puedo decir con toda realidad que tanto distan sus indios de profesar el cristianismo, como distan estas Misiones de ser verdaderas y apostólicas misiones» (Tentación 164).

En esos mismos años Louis Antoine de Bougainville, navegante francés que cumple en las Malvinas una misión al servicio de España, publicael Journal du voyage autour du monde (1766-1769), en el que se permite escribir cosas como éstas:

«Creo que no deja de ser interesante saber de qué modo viven aquellos curas sultanes. En cada parroquia no hay más que dos jesuitas... El cura vive en una casa grande cerca de la iglesia, la cual tiene dos partes... En la otra parte hay un crecido número de mujeres, jóvenes o casadas o viudas, según la elección del cura, que hacen trabajar en tareas diversas bajo la custodia e inspección de ancianas -lo que en Asia llaman serrallo se llama aquí seminario-. El alojamiento del padre cura comunica interiormente con estas dos partes...

«Estos indios son tristes, tiemblan sin cesar bajo la férula de un maestro pedante y severo, no disfrutan de ninguna propiedad y están sometidos a una vida trabajosa cuya uniformidad es suficiente para morirse de aburrimiento» (Tentación 188-189).

 

México.

 

Algunas verdades sobre las reducciones - La destrucción de las reducciones hoy prosigue en los historiadores liberales, que o bien las ignoran o desprecian, presentándolas como el fruto ambiguo del despotismo ilustrado de los jesuitas, ávidos de riquezas y de poder, o bien las consideran como un curioso empeño humanitario, de inspiración utópica renacentista, y sin específico impulso cristiano. Por eso, si ya que en el «Siglo de las Luces» la realidad histórica de las reducciones fue arruinada por las fuerzas políticas ilustradas y progresistas, hoy es necesario que al menos defendamos su verdad histórica de estas mismas fuerzas.

Muchos hay, por otra parte, cristianos incluídos, que, al margen de prejuicios ideológicos, simplemente desconocen la historia de las reducciones, y piensan de ellas más o menos que fueron un experimento curioso, muy reducido, por lo demás, que no pudo resistir la prueba del tiempo, y que, por tanto, se puede ignorar perfectamente. Como dice Lugon, «nuestra cultura de jóvenes cristianos ignora la existencia de esta república cristiana, "triunfo de la humanidad", en muchos aspectos, al decir de Voltaire» (15). Así las cosas, convendrá dejar asentadas algunas afirmaciones ciertas:

-1. Las reducciones guaraníes produjeron una verdadera nación, lo que algunos historiadores han llamado la República Guaraní, un cuasiestado, con grandes autonomías, ligado en muchas cosas de modo directo a la Corona de España. Cuestión difícil de precisar es la cifra de población, ya que los informes dan a veces cifras dispares, quizá porque el impuesto de la Corona se fijaba en función del censo, y también porque los jesuitas, temiendo provocar al mundo criollo con la grandeza de las reducciones, procuraron siempre empequeñecerlas en la apariencia. Algunos autores opinan que llegaron a tener unos 150.000 habitantes, y Anton Sepp hablaba de 200.000.

Lo que estas cifras significan no puede apreciarse debidamente si no se tiene una idea, ni siquiera aproximada, de la demografía americana de la época. Sirva, pues, como un dato orientador señalar que en 1725 Buenos Aires tenía unos 5.000 habitantes, y que hacia 1800 las provincias de Buenos Aires y de Paraguay, juntas, incluyendo indios, negros y mestizos, apenas llegaban a los 270.000 habitantes. Otro dato: el obispo de Buenos Aires, tras una visita pastoral realizada en 1681, escribía al Rey acerca de los indios de las reducciones, y afirmaba que sobrepasaban con mucho en población y en armas a todo el resto de las provincias, y que vivían muy independientes, pues «penden solo de su arbitrio». Así pues, lo que destruyó el rey Carlos III no fue un insignificante conjunto de pintorescas reservas de indios norteamericanos, sino una nación fuerte y perfectamente organizada.

-2. Las reducciones del Paraguay tuvieron una vida próspera y durable.Y es de notar en esto que, en general, las comunidades utópicas cristianas, estimuladas por ideales religiosos, han mostrado una perfección y perduración mucho mayor que las comunidades utópicas socialistas o románticas, impulsadas puramente por ideales humanitarios. Diversos estudios sociológicos, como el de HenriCharles Desroches, así lo muestran (Sociologie des sectes).

Las comunidades utópicas creadas por el socialismo de Owen, Cabet o Fourier, aunque a veces mostraron una cierta prosperidad económica, nunca pudieron durar. Ninguno de los treinta falansterios de Fourier, que fueron uno de los intentos utópicos de mayor duración, duró más de doce años. Eran cuerpos sociales ideológicos, voluntaristas, sin alma, y que por tanto estaban destinados a ser muy pronto cadáveres. Tampoco el utopismo de los kibutzim israelitas pudo, tras varios decenios, mantener los heróicos planteamientos de su origen, y se fueron aburguesando más y más, configurándose progresivamente al mundo tópico.

Es un dato cierto, reconocido por muchos autores, que las reducciones guaraníes han sido las comunidades utópicas más perfectas y durables de la historia. Ellas, en este sentido, y en general muchas de las poblaciones misionales de América, aparecen como un milagro moral obrado por Cristo Salvador a través de los hechos de los apóstoles de América.La instantaneidad en la curación de los indios y la perduración de sus efectos sanantes son las notas que caracterizan un milagro genuino. A los cinco o diez años, los guaraníes, que antes eran aquello,han venido ahora en las reducciones a ser esto, lo que no es posible sin un milagro de la gracia de Dios.

-3. Las reducciones guaraníes terminaron por la violencia de factores exteriores. En efecto, después de siglo y medio de feliz existencia, si no hubieran sido destruídas por factores externos y violentos, las reducciones hubieran podido continuar su vida indefinidamente, con las evoluciones históricas normales, hasta venir a dar quizá en una nación india soberana y autónoma.

De hecho, en el momento de su extinción, las reducciones se hallaban en plena prosperidad económica, como puede apreciarse en los datos proporcionados por Fernández Ramos. Al ser expulsados los jesuitas, se hizo un censo del ganado existente en las estancias misionales, y en él no se incluyeron las dos mayores, San Miguel y Yapeyú, de las que se señala que las cabezas eran innumerables. En el resumen sobre el conjunto de las Misiones se dan estas cifras: cabezas de ganado bovino, 769.869; ovino, 38.141; caballos, mulas y burros, 139.634.

En la no continuidad de las reducciones, expulsados ya los jesuitas, pudo influir precisamente su extraordinaria peculiaridad formal, tan diversa de los poblaciones hispanas o indias del entorno. Comparándolas, por ejemplo, con las comunidades misionales de indios regidas por los franciscanos, señala Rubén Bareiro Saguier:

«A diferencia de los jesuitas, aquéllos lo intentaron en pueblos de indios, relativamente abiertos, sin que se estableciera el sistema de control estricto ni de organización minuciosa vigente en las Misiones. Los pueblos de indios gobernados por los franciscanos conservaban, posiblemente para bien y para mal, ciertas características propias de la cultura indígena en su modo antiguo de vida. Pero en otros aspectos los franciscanos permitieron la hispanización mucho más que los jesuitas; así los pueblos de indios estaban más occidentalizados que los de las Misiones» (Tentación 47-48).

-4. El sistema misionero de las reducciones y poblaciones de indios fue el más frecuente en América hispana. Cuando hoy se habla de las reducciones en América suele pensarse en las reducciones de los jesuitas en el Paraguay. Pero la verdad es que, como ya hemos dicho, desde el comienzo mismo de la conquista y evangelización de América la norma de concentrar a los indios fue clara y general.

En Guatemala, para 1550, la mayoría de los indios vivía en pueblos nuevos. En México, la política reduccional fue intensamente procurada por el virrey Velasco (1550-1564), y el virrey Montesclaro se esforzó en completarla (1603-1605), afectando así a gran parte de la población indígena. En el Perú, como ya vimos, a partir de 1573 el virrey Toledo impulsó con gran empeño y eficacia la reducción de los indios. Y en 1602 intentó lo mismo en Nueva Granada el visitador Henríquez, aunque con escaso éxito.

Ciertamente no siempre es fácil, por otra parte, distinguir en cada caso si una población indígena es un poblado misional, una doctrina o una reducción. En todo caso, sí ha de afirmarse que en el mundo misional de la América hispana hubo muchísimas doctrinas, reducciones y poblaciones misionales de indios. Citaremos algunos ejemplos.

La misión entre los indios mojos, en el actual departamento de Beni, al norte de Bolivia, fue realizada por un pequeño grupo de jesuitas, entre los que se distinguió, como hemos dicho, el padre Cipriano Barace. Ya hacia 1700, a los quince años de apostolado, había en ella 20.000 indios en 8 reducciones. Varias décadas más tarde, en 1734, las reducciones en esta zona eran ya 20, con unos 35.000 indios. Y si se consulta el mapa actual, podrá verse que la mayoría de las ciudades de esa zona, Trinidad, San Borja, Santa Ana, San Joaquín, etc., nacieron como poblados misionales.

La misión entre los indios chiquitos y otras tribus del Alto Perú ofrece una fisonomía semejante. Llevada también en esos años por los jesuitas, llegó a formar 10 reducciones. La expulsión de los jesuitas, realizada tan bruscamente en 1768, produjo gravísimos daños en éstas y en muchas otras reducciones que hasta entonces vivían con indudable prosperidad material y espiritual.

Las 7 reducciones dependientes del obispado de Santa Cruz de la Sierra, en el Chaco merecen ser igualmente recordadas: San Francisco Javier, de 1692; San Rafael, 1696; San José, 1697; San Juan Bautista, 1699; la Concepción, 1699; San Miguel, 1718, y San Ignacio, 1724. No siempre estos poblados misionales eran tan perfectos como las reducciones guaraníes, pero en todo caso constituían muy notables realizaciones comunitarias de civilización y religiosidad.

En el siglo XVIII la Corona española no insistió ya en la congregación de los indios en poblados, salvo en las fronteras. La fundación entonces de poblados indígenas, en lugares que hasta entonces se habían mantenido en un aislamiento rebelde, solía ser hecha casi siempre por misioneros, y casi siempre en condiciones extremadamente duras y peligrosas. Pedro Borges, sin la pretensión de ofrecer una lista completa, enumera para esa época las siguientes poblaciones misionales (AV, Iberoamérica 365):

«En California se fundaron 24 poblados entre 1768 y 1827, entre ellos los actuales San Francisco y Los Angeles; en Guayana se establecieron 52 entre 1682 y 1820, con 6.946 habitantes en 1774; en la cuenca del Amazonas se erigieron 119 entre 1638 y 1767, con 160.000 habitantes en 1724; en el Perú se congregaron en 1572 un total de 226 caseríos de la región de Arequipa en 22 poblados, mientras que en la selva se establecieron 90 entre 1631 y 1815...

«A finales del siglo XVIII, concretamente en 1789, la evangelización se desarrollaba en un total de cincuenta circunscripciones o territorios misionales, destribuidos de la siguiente manera: Estados Unidos: tres (Alta California, Texas y Nuevo México) con 110 poblados y 58 misioneros; México: doce (Baja California, Sonora-Pimerías, Tarahumaras, Nayarit, Coahuila, Nuevo León, Nueva Vizcaya, Nuevo Santander, Río Verde, Huasteca, Sierra Gorda y Yucatán), con 328 poblados y 202 misioneros; Honduras: dos (Río Tinto y Comayagua), con 2 poblados y 5 misioneros; Costa Rica: uno (Talamanca), con 4 poblados; Panamá: uno (Veragua), con 5 poblados y 12 misioneros; Colombia: ocho (Popayán Nieva, Putumayo-Caquetá, Llanos de San Juan, Meta, Llanos de Santiago, Casanare, Barinas-Pedraza, Santa Marta-Río Hacha), con 45 poblados; Venezuela: seis (Nueva Barcelona, Nueva Guayana, Orinoco-Río Negro, Guayana, Cumaná, Maracaibo), con 117 poblados; Ecuador: uno (Mainas), con 32 poblados y 12 misioneros; Perú: tres (Huánuco, Cajamarquilla, Lamas Trujillo), con 9 poblados y 30 misioneros; Bolivia: cinco (Chiriguanos, Salinas, Chené, Chiquitos y Mojos); Paraguay: uno, con 19 poblados; Argentina: cuatro (Gran Chaco, Corriente, Paraná y Río Cuarto), con 20 poblados; Chile: tres (Chiloé, Valdivia y Arauco), con 96 poblados y 48 misioneros.

«De esta manera,sigue diciendo Borges, las fronteras de la evangelización terminaron coincidiendo con las fronteras de Hispanoamérica, más los Estados Unidos desde San Francisco hasta Carolina del Norte» (365).Por eso, los patéticos intentos, hoy tan frecuentes, de escribir la historia de América silenciando la función de la Iglesia o relegándola a un capítulo aparte, nos hacen pensar en una biografía sobre Mozart en la que se olvidara decir que fue un músico célebre o en la que se consignara este detalle en un apéndice.

Elogios de las reducciones guaraníes - Cuando el mundohace alabanzas del Reino, suele tratarse de elogios ambiguos y a veces sospechosos. No citamos, pues, aquí los puntos de elogio que sobre las reducciones pueden hallarse en Montesquieu, Voltaire, Rousseau, o en otros enciclopedistas e ilustrados. Estos autores no entendían nada de la inspiración fundamental de las misiones, y hablando desde sus ideologías, citaban en seguida a Platón, Esparta y los lacedemonios, ignorando casi todo de la realidad concreta de las reducciones. Limitaremos, pues, aquí nuestra memoria a unos pocos elogios más significativos.

Guillaume Thomas Raynal, exjesuita que abandonó el sacerdocio, y que sumó su pluma a la de los enemigos de la Iglesia, tan numerosos en el XVIII, escribía poco después de la expulsión de los jesuitas: «Cuando en 1768 salieron de manos de los jesuitas las Misiones del Paraguay habían alcanzado éstas un grado de civilización que es, quizás, el máximo a donde pueden ser conducidas las nuevas naciones y que era, seguramente, muy superior a todo lo que existía en el resto del nuevo hemisferio» (Tentación 200).

A fines del XIX, un socialista inglés, Cunningham Graham, estudió in situ las reducciones del Paraguay, y pudo interrogar a ancianos guaraníes, cuyos padres habían vivido en las reducciones. En su obra A vanished Arcadia, publicada en 1901, atestigua la veneración que todos guardaban hacia la memoria de aquellos misioneros: «No hay un viejo que no se incline a su solo nombre; que no recuerde con una viva emoción aquel tiempo feliz». Si el gobierno de las comunidades, dejándose de ideologías, es para procurar eficazmente la felicidad de los hombres, hay que afirmar que «los jesuitas hicieron a los indios felices; el hecho es cierto».

Pío XII (12-8-1949) declaraba al ministro del Paraguay: «Estas realizaciones sociales han quedado allí para la admiración del mundo, el honor de vuestro país y la gloria de la Orden ilustre que las realizó, no menos que para la de la Iglesia católica, pues ellas surgieron de su seno maternal».

Las reducciones guaraníes han sido las comunidades utópicas más perfectas y durables de la historia. Esta afirmación aparece como indudable en el libro mío, Evangelio y utopía, donde estudio en la historia el impulso utópico, tanto en su expresión literaria, como en sus realizaciones experimentales.

José María Iraburu - Agradecemos al autor

 

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El mayor compositor de la música interpretada en las Reducciones fue el jesuita italiano DomenicoZipoli (1688-1726) que, curiosamente, jamás pisó las Reducciones, ya que murió muy joven en Córdoba, Argentina, en 1726.

 

Su estilo es típico de la época, con el empleo del contrapunto y diversos instrumentos típicos de la música barroca. Una de sus piezas más famosas es la Misa de San Ignacio, que todavía se interpreta en muchas reducciones el día de la festividad del santo, el 31 de julio.

El 27 de julio, durante la primera inauguración de la Exposición, se ofrecerá un concierto de esta Misa a cargo de MatritumCantat y Coro y Orquesta de la Universidad Pontificia Comillas, en la iglesia de San Francisco de Borja de Madrid.

 

La música en las Reducciones

Cada Reducción tuvo su coro y sus maestros de música que tocaban varios instrumentos como el arpa, el violín, el órgano, las trompas, las trompetas, los fagots y las maracas. La música y el canto acompañaba cada momento del día: la misa, el catecismo, el trabajo en los campos, la vida en los hogares y la oración. 

El padre jesuita Antonio Sepp, en una de sus cartas, dice de los indios: “Son músicos por naturaleza, como si hubieran sido creados para la música: aprenden a tocar con sorprendente facilidad cualquier tipo de instrumento, y siempre en poquísimo tiempo…”. Y el padre jesuita Cardiel, escribió:  “Lo que mueve a una devoción especial es la forma en que los indios cantan: no con la soberbia y la desenvoltura con la que se canta en España, sino con mucha serenidad, devoción y modestia”.

La fama de las partituras y de los músicos guaraníes fue conocida, no sólo en las principales ciudades de América del Sur, sino también en Europa, llegando a oídos del papa Benedicto XIV.

Hubo muchos jesuitas que compusieron música para las Reducciones. A destacar, además de Domenico Zipoli, los jesuitas Antonio Sepp (1655-1733) y Martin Schmidt (1694-1772), que abrieron por separado escuelas de música y canto para los indios, en las que formaron a muchos maestros que, a su vez, enseñaron música.

El mismo padre Schmidt construía los instrumentos y enseñaba a los indígenas la fabricación de arpas, liras y trompetas. Les enseñó además a fundir el metal para los tubos de los órganos.

La liturgia de la Misa en estas iglesias debió ser enormemente rica, teniendo en cuenta la gran variedad de arreglos polifónicos del Ordinario de misa, que permite afirmar que en las funciones litúrgicas de las reducciones se empleaba con cierta preferencia un coro polifónico y una orquesta, como ocurre con la Misa de San Ignacio,  de Zipoli.

En ocho décadas (a partir de 1680) de presencia de misioneros jesuitas, primero entre los guaraníes en Paraguay, y luego entre chiquitos y moxeños en Chiquitania, actual Bolivia, hubo un acelerado desarrollo de la formación musical de los indígenas.

En 1767, cuando se expulsa a los jesuitas de la zona, había una impresionante colección de manuscritos musicales, producidos por los compositores y copistas de las antiguas reducciones jesuíticas, música sacra en su mayor parte.

Hace pocos años se descubrió que los indios chiquitos poseían más de seiscientas composiciones de la época de los jesuitas, entre ellas una buena parte de Zipoli.

 

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En otoño de 1609 se cumple el decreto de Felipe III para la expulsión de los moriscos, quinta columna en el interior de España, y posibles aliados de los piratas berberiscos y del Turco. Los primeros moriscos en salir de la península fueron los del reino de Valencia. Inmediatamente después del bando dictado por el virrey marqués de Caracena, el 22 de septiembre de 1609. Una cédula real del 28 de diciembre de 1609 decretó la partida de los moriscos de Castilla. En Andalucía y Murcia ordenó la expulsión el marqués de San Germán, el 12 de enero de 1610. Finalmente el virrey de Aytona fue el encargado de ejecutar el edicto expulsión en Aragón, que fue publicado el 29 de mayo de 1610, que también afectaba a los que residían en Cataluña.

 

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ESPAÑA – VALENCIA:La ciudad de Valencia fue fundada en el año 138 a.c. Ante la invasión de los pueblos bárbaros a partir del siglo V, la ciudad de Valencia mantuvo su actividad bajo el reino visigodo y durante la ocupación musulmana de Hispania, que comenzó en el año 711. En el año 1238, el rey de Aragón, Jaime I, el Conquistador, creó el reino cristiano de Valencia, dotándolo de leyes propias.

El siglo XV, fue un verdadero “siglo de oro” para Valencia, especialmente bajo los reinados de Alfonso V el Magnánimo, y de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel. Se concluyeron la catedral gótica de Valencia y la torre del micalet; se edificaron iglesias y monasterios. Este “siglo de oro” culminó con la creación de la universidad de Valencia por el Papa Alejandro VI (1501).

 

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MARÍA, MESTIZA

 

Existe en Sevilla una devoción que data del siglo XVI, difundida, originariamente, por marinos genoveses: la devoción a la Señora del Buen Aire. De Sevilla partiría hacia el sur del nuevo continente don Pedro de Mendoza; la ciudad que allí fundó se llama Buenos Aires.
Corría el año 1562 cuando una tormenta obligó a atracar a don Lorenzo de Cepeda, hermano de santa Teresa de Jesús, en el actual territorio de Nicaragua. En espera de reanudar su viaje hacia Perú, cobijó la imagen de la Virgen que portaba en la parroquia de El Viejo, a la que inmediatamente comenzaron a acudir indios y mestizos para admirar la belleza de la Niña Blanca. Adquirió en seguida fama de milagrosa; cuando don Lorenzo intentó llevársela consigo, hubo muchas protestas. Pero de nuevo una tormenta interrumpió el viaje. «La Inmaculada Concepción quiere quedarse». Y esta vez se quedó, extendiéndose la devoción a la Inmaculada Concepción, más de 300 años antes de que fuera declarada dogma.
También muchos de los artífices de la independencia profesaron especial devoción a la Virgen. El general San Martín juró en Mendoza a Nuestra Señora del Carmen como Patrona del Ejército Libertador de los Andes, y no descuidaba, como tampoco O’Higgins, consagrarse a Ella antes de una batalla. Algo similar ocurrió más tarde en Cuba: «El primer acto de Cuba libre –dijo Juan Pablo II, durante su Viaje apostólico a la isla– tuvo lugar cuando, en 1898, las tropas del general Calixto García se postraron a los pies de la Virgen de la Caridad en una solemne Misa para la Declaración mambisa [los mambises eran los soldados cubanos] de la independencia del pueblo cubano».
María ha sido clave en el arraigo y crecimiento del catolicismo en América. El mensaje mariano apeló, como ningún otro, al alma indígena, propiciando una inculturación para la que, a veces, carecieron de sensibilidad los evangelizadores europeos. El paradigma es la Virgen de Guadalupe, Patrona de México y Emperatriz de América. Su rostro es el de una joven mestiza… cuando aún no había mestizos de aquella edad en México. Su nombre, Coatlaxopeuh, significa la que aplasta a la serpiente (uno de los principales dioses aztecas tenía forma de serpiente). Su imagen, grabada en la tela, es un misterio para la ciencia.
Juan Pablo II ha dicho que «el elemento mariano es parte integrante de la identidad cultural de América Latina». Se refleja en las grandes devociones populares. Y también en pequeñas cosas de la vida cotidiana. Sobran anécdotas: en Medellín (Colombia), hay en cada estación de metro un cuadro mosaico con una advocación de la Virgen. Bajo el estadio de fútbol, está la Virgen del Perpetuo Socorro. En sus brazos, el Niño lleva guayos (botas de fútbol) y tiene un balón en la mano.
R. B. 2003-08-05 ALFA Y OMEGA. ESP.

 

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Año 1597 – San José de Calasanz fue el gran impulsor de la educación sobre todo de los pobres, el fundador de la primera escuela pública ‘absolutamente gratuita’ de Europa; además escuela abierta a todos sin excepción ni miramientos de sexo, conducta civil, posición social, política o religiosa. En el 1597 nacían las escuelas Pías en la iglesia de Santa Dorotea, del Trastévere romano, y ochenta años más tarde los hijos espirituales de san José de Calasanz abrían las puertas de su primer colegio español en Barbastro.

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TODAS LAS ESCUELAS SON PÚBLICAS, ESTÁN LAS ESTATALES Y LAS NO ESTATALES. SIEMPRE Y CUANDO LAS NO ESTATALES ESTÉN ABIERTAS A TODOS LOS CIUDADANOS. EN ESTA CATEGORÍA NO ENTRAN LAS ‘ESCUELAS ISLÁMICAS’ O MADRAZAS DONDE, POR RACISMO RELIGIOSO, SON EXCLUSIVAS A LOS MAHOMETANOS. SE ENTIENDE POR ESCUELA: Establecimiento público donde se da a los niños la instrucción primaria.

 

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Sor Ana de los Ángeles Monteagudo

 

Vida:

Según algunas deducciones y testimonios se presume que nació el 26 de julio de 1604, fecha que no se puede asumir como exacta, ya que su Fe de Bautismo se perdió en un incendio ocurrido en la sacristía de la Iglesia Mayor de Arequipa, antecesora de la primera Catedral de la ciudad, en 1620.

Ana fue la cuarta de ocho hijos que conformaron la familia Sebastián de Monteagudo y Francisca de León: Francisco, Mariana, Catalina, (Ana), Juana, Inés, Andrea y Sebastián. Se conoce que Francisco fue sacerdote, Mariana se casó con Gabriel López de Pastrana, Catalina se casó con Gonzalo Tamayo e Inés se casó con Bernardino de Meneses. De los otros no se sabe nada, presumiendo que murieron por alguna de las pestes que en esa época azotaban la ciudad. Sor Ana fue entregada a las religiosas catalinas a la edad de 3 años para su educación e instrucción; que por aquel entonces estaban principalmente vinculadas a la formación moral y religiosa.

Se cree que sus padres la retiraron del monasterio a los 10 u 11 años para casarla, lo que no sería nada extraño para esa época, en que los padres comprometían a sus hijas siendo aún menores de 14 años, edad mínima para un matrimonio válido.

Estando en su hogar paterno tuvo la visión de Santa Catalina de Siena, en el que le mostraba el hábito de las monjas dominicas de clausura. Entonces decide regresar al monasterio, conducida por un pequeño niño llamado Domingo.

Sus padres al conocer el hecho, trataron de disuadirla, ofreciéndole joyas, pero ella se mantuvo firme. Su padre finalmente aceptó su decisión y la apoyó, pero su madre no pudo aceptarlo diciéndole que no regresara más a su casa.

La dote que debía pagar al ingresar la dio su hermano Francisco, su madre a pesar de poder cubrir el monto, se negó rotundamente a hacerlo.

Recibió los votos de profesión adoptando el nombre religioso de "de los Angeles". Desde el principio practicó lo que había profesado, aspirando siempre a la perfección.

En una oportunidad, y por un periodo de tres años, fue elegida Madre Priora del Monasterio, cargo muy importante, que quiso rechazar, ya que según ella, no estaba capacitada para el puesto. Algunas religiosas la apoyaron y prometieron ayudarla, pero otras estaban en contra de ella, diciendo que como iba a ser Priora, alguien que no sabia leer ni escribir. Este cargo le trajo muchos problemas con algunas religiosas, quienes trataron de envenenarla hasta en tres oportunidades. Ellas se encontraban disconformes con las medidas de austeridad que había impuesto Sor Ana, durante su priorato y en el que exigió que todas las religiosas vistieran sus hábitos sin ningún adorno de oro

Milagros y predicciones:

La estrecha relación de Sor Ana de los Angeles de Monteagudo con las almas del Purgatorio, fue determinante para sus predicciones, las mismas que generalmente fueron de carácter necrológico.

En varias oportunidades predijo enfermedades de algunos de sus allegados; para algunos predijo la cura, en el caso de otros, la inevitable muerte. Estos anuncios muchas veces fueron tomados con rechazo, desconfianza e incredulidad por las personas que de una u otra manera eran afectadas. Otros mas fueron los hechos extraordinarios que durante su vida realizó Sor Ana de los Angeles.

Las personas que la conocieron personalmente llegaron a señalar un total de sesenta y ocho predicciones todas cumplidas, realizadas por la venerable monja.

Ultimos Años:

Los últimos años de la venerable monja catalina transcurrieron en la oscuridad de la ceguera. Tenía mucha dificultad para caminar, sin embargo jamás se quejó o se sintió desdichada por correr esa suerte. A pesar que no existía ningún remedio eficaz para calmar sus terribles dolores, aceptó con toda humildad lo que el Señor le tenía preparado, siendo modelo de una entrega superior y de una plena y total confianza en Dios.

Antes de ser sepultada Sor Ana, un pintor captó sus facciones en un retrato, que es el único y verdadero testimonio gráfico que de su rostro ha quedado para la posteridad, ya que en vida evitó tan mundana gala.

El pintor había concurrido al Monasterio pese a que en esos días estaba afectado por fuertes dolores e incluso de una hinchazón generalizada de su cuerpo. Apenas concluyó de pintar el retrato de la venerable monja, en un pequeño lienzo y mientras salía por la portería, sanó completamente y de inmediato la enfermedad que lo había afectado en los últimos días, desapareció.

Sor Ana de los Angeles falleció el 10 de Enero de 1686. Muerta Sor Ana, no fue necesario embalsamar su cuerpo, por el buen olor que despedía.

Fue enterrada en el piso de tierra del Coro del templo del Monasterio.

Diez meses después, el cadáver de Sor Ana fue exhumado y encontraron el cuerpo fresco, sin mal olor y con flexibilidad comprobada de los músculos y articulaciones. Inclusive exhalaba un olor muy singular que no los dejaba moverse de aquel sitio.

Luego de su muerte los milagros continuaron; numerosos casos de personas que padecían alguna enfermedad y al encomendarse a Sor Ana o tocar alguna prenda que le perteneció, desaparecían los males que les aquejaban. Todos estos hechos motivaron a las monjas catalinas a unir testimonios y presentar una petición el 19 de julio de 1686, es decir a seis meses de su muerte, para que la venerable monja pase a ser la primera Santa de Arequipa, proceso que todavía no ha llegado a su fin.

 

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Pasto de las fieras:

Dos modos de memoria histórica

 

por Luis María Sandoval

En el año de la Memoria Histórica (con mayúsculas) el autor se permite aportar un par de ejemplos concretos, tanto del modo de su construcción como de las realidades españolas que pueden recordarse:

La que hoy vemos denominada ‘memoria histórica’ es algo verdaderamente agradecido. A poco que se exagere, y mejor si se hinchan vaguedades, o se acumulan invenciones, se pueden vender muchos libros o revistas, con el resultado de enriquecer a los inventores al tiempo que se calumnia a los adversarios con una mancha que se extienda hasta los rivales próximos en el aquí y ahora.

Ya se sabe que la calumnia siempre deja poso, tanto porque la ingenuidad también la de los oídos- no se recupera nunca, como porque hay cómodos razonadores para los que es dogma infalible que “si el río suena agua lleva”, aunque se le muestren después los efectos audiovisuales o de manipulación afectiva con los que se han creado los ficticios ríos en cuestión.

La memoria histórica de una colectividad viene a ser la conciencia genérica que un grupo humano adquiere de lo que considera su pasado. Y, esto es importante, puede coincidir con aquel o no. La memoria de las colectividades, como la de los individuos, nos falla por errores de percepción, la lejanía en el tiempo, o cuando interfieren factores afectivos que se refieren a nosotros mismos o a nuestros allegados. La historia puede llegar a establecer hechos concretos y balances generales; la memoria, a partir de determinados detalles diversamente adquiridos y fijados, proporciona recuerdos y un sentido general de la propia identidad, a veces a costa de distorsionar las propias vivencias.

Tratándose de la ‘memoria histórica’ que nos ocupa hay dos enfoques antitéticos de aproximarse a ella.

* De una parte, la elevación de algunas memorias subjetivas, distorsionadas por el tiempo y la parcialidad, a datos incontrovertidos de partida, por mucho que fechas, lugares y números, por no hablar de los nombres, queden en la nebulosa de la memoria en vez de la claridad de los documentos. Es habitual que un vago recuerdo, de cifra imprecisa y dicho al paso, sirva ya para establecer una base incontestable de memoria histórica. Esta forma de proceder, si bien es inconcreta respecto a las víctimas, suele ir acompañada de un fuerte sentimiento vindicatorio: se dirige a promover la condena de los presentados como malhechores.

* Al contrario, sin duda con menor efectividad pero sí con mayor honestidad, el otro enfoque para engendrar una memoria histórica es establecer una verdad factual, crítica con las fuentes y bien circunstanciada, hasta los nombres propios. Y luego, alcanzar conclusiones de validez más general susceptibles de divulgarse, a partir de los hechos establecidos, no entraña menos dificultad de análisis, juicio y equidad. Y este proceder alcanza su máxima cota en los procedimientos de beatificación de la Iglesia Católica, que son por principio renuentes a la glorificación acrítica, pero buscan más el ensalzamiento de las figuras de los mártires y de sus virtudes que el vilipendio de sus matarifes.

* Por supuesto, esa polaridad de modelos no se suele encontrar pura en la práctica, aunque en España nos estemos acercando a ello.

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Del modo de crear ‘memoria histórica’, aprovechando las afirmaciones al paso, es buen ejemplo el periódico El Mundo, que en su necrológica del General Alfredo Stroessner, gobernante de Paraguay entre 1954 y 1989, escribía hace unos meses (17 de agosto de 2006) las siguientes líneas: “Ya en la jefatura del Estado, empeñado en purgar a la pequeña nación de elementos subversivos, reales o imaginarios, Stroessner encarceló, ejecutó o arrojó vivos a un foso lleno de cocodrilos a más de 2.000 paraguayos”.

Quien sin más lo leyera quedaría sobrecogido por una nueva constatación de la crueldad de los dictadores derechistas. Aunque para un lector más crítico, los heterogéneos sumandos de la redonda cifra más parecen un modo de hinchar la cantidad de los ejecutados, y de relacionar una cifra lo más elevada posible con el detalle morboso. Cuando más de dos mil paraguayos corresponden en conjunto a la triple alternativa de encarcelados, ejecutados, o pasto de los cocodrilos de un foso al efecto, cabe preguntarse si debemos contar seiscientos sesenta y seis por categoría, o mil novecientos muertos y cien presos, o un centenar de ejecuciones y mil novecientos prisioneros (proporción más habitual), o cualquier otro par de valores complementarios.

En cuanto a los cocodrilos atribuidos a Stroessner, tienden a desviar la atención de la vaguedad de las cifras, y a impresionar de forma duradera la memoria afectiva. Pero ni siquiera son originales. Tratándose de exagerar los denuestos contra los dictadores sudamericanos, a El Mundo se le había anticipado ya El País, que actuaba como compañero de viaje de los comunistas, a la caída de Somoza en Nicaragua.

Reproducimos íntegramente el impagable texto que publicó El País el 24 de julio de 1979 bajo el título “Presos políticos, arrojados a los leones y las serpientes”:

«EFE - Bogotá

«EL PAÍS - Internacional - 24-07-1979

«El general Anastasio Somoza alimentaba sus leones y serpientes que mantenía en su búnker con carne de los combatientes sandinistas, según fuentes diplomáticas. El plan brutal de torturas se cumplía en los túneles del búnker de Somoza, hasta donde llevaban a los sandinistas para hacerlos confesar.

«El secretario de la embajada de Colombia en Nicaragua, Fabio Avella, reveló que en una mazmorra subterránea encontraron doscientos presos políticos que habían sido cruelmente torturados.

«Avella descubrió ese horripilante sitio gracias a las declaraciones de un oficial de la Guardia Nacional que buscó asilo en la embajada de Colombia en Managua.

«El lugarteniente de Somoza indicó que el dictador lanzaba a los rebeldes a una fosa de leones y, posteriormente, los sacaba semidestrozados para que concluyeran sus confesiones.

«El miembro de la Guardia Nacional, conocido por el apodo de Teniente Muerte, reveló que Somoza, con risa irónica, lanzaba los cuerpos destrozados de los combatientes sandinistas a la fosa de leones y serpientes. «Este era uno de sus principales pasatiempos», dijo. Añadió que «no menos de quinientos rebeldes murieron allí salvajemente torturados».

Ahora bien, Anastasio Somoza sería un dictador más o menos terrible, pero lo que se le atribuye posee una verosimilitud escasa, tanto sea en cuanto a cifras, lugares y nombres, cuanto en la coherencia interna del relato: sacar un cuerpo semidestrozado de entre las garras de un león para arrancarle confesiones es algo sólo superable en dificultad a sobrevivir con capacidad para confesar a los zarpazos y dentelladas de un león –o de ser asfixiado, mordido o deglutido por una serpiente-. Desde luego los ancianos del lugar, que leímos aquella noticia, seguimos preguntándonos hasta hoy cuál fue la suerte de las fieras de Somoza privadas de alimentos, pero la prensa de aquellas fechas no volvió a proporcionarnos ningún detalle más, por mucho que los buscamos.

Los anteriores son dos buenos ejemplos de cómo los progresistas construyen morbosas memorias históricas, secuestrando sentimientos adversos a sus enemigos mediante detalles que impresionan. Luego, los verdaderos detalles bien circunstanciados, así como las cifras y, mejor aún, los nombres, no terminan de concretarse. ¿Para qué, si la llamada memoria histórica ha cumplido ya su misión? La crueldad de los derechistas ya puede extenderse con esa base, no sólo hasta Franco, sino hasta el PP, por mucho que este último se diga liberal y sea consolidador del aborto y de cuantos ‘avances sociales’ haga falta.

* * * * *

Son de lamentar estos comportamientos de nuestra prensa, porque existen modos menos creativos pero más firmes de construirse una idea del pasado, bien que pueden no ser tan de interés para los diarios progresistas españoles, aunque también van de hombres y mujeres entregados como pasto de fieras, y no en lugares remotos, sino en la Barcelona de 1936:

En la primera edición de la Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939 de Mgr. Antonio Montero (Madrid, BAC, 1961) leemos en la nota 33 de la página 63:

“La M. Apolonia Lizárraga, general de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, asesinada en la cárcel de San Elías, de Barcelona, fue, alguna versión, devorada por unos cerdos, previamente descuartizada. (Proceso de beatificación de la diócesis de Barcelona p. 563-565).”

Efectivamente, en el mismo libro, más adelante (pág. 161), se reproduce literalmente dicha fuente, apostillada con una interesante nota:

“Actualmente se han encontrado testigos que nos refieren que estando ellos presos en la cárcel de San Elías en el año 1936 era de dominio público que el jefe de la checa, un tal «Jorobado», cebaba en total unos trescientos cerdos con carne humana. Que muchos presos eran echados a dichas piaras y que la general de las Carmelitas de la Caridad, Madre Sacramento Lizárraga, fue una de dichas víctimas que aserraron, la descuartizaron (en cuatro partes) y luego en trozos más pequeños fue devorada por dichos animales que en la citada checa engordaban en número de 42”.

La nota del autor a lo transcrito dice así: “Art 653-65 del proceso de beatificación de la diócesis de Barcelona (separata relativa a la M. Apolonia Lizárraga). A la difícil credibilidad del asunto se suma, en este caso, una contradicción en la cifra de estos animales, aparte de no justificarse y resultar forzada la estancia allí de la M. Lizárraga” y en otra nota posterior (pág. 534) mantiene el mismo criterio: “El H. Joaquín Donato, vicepostulador del proceso de beatificación de la M. Lizárraga, supone a esta Madre en San Elías y añade sobre su ejecución algunos detalles monstruosos que no vemos suficientemente probados”.

Pero no sólo sonaba el río en ese caso aislado: César Alcalá, en el libro Persecución en la retaguardia. Cataluña 1936-1939 (Madrid, Actas, 2001) vuelve sobre análogo tema con diferentes testimonios (págs. 28-29 y 119-120) :

Se ocupa de la suerte de dos afiliados carlistas: Eusebio Cortés Puigdengoles (empleado de banca, de 48 años, casado con cinco hijos) y de su sobrino Ramón Cortés Jubert (carpintero, 29 años, casado con un hijo), que huyeron de Igualada a Barcelona tras el asesinato de sendos hermanos de cada uno de ellos el 4 de agosto, y que allí fueron detenidos el 2 de septiembre y trasladados a la Checa de San Elías, de la que fueron ‘sacados’ el día 10, y cuyos cadáveres nunca aparecieron. Transcribe el testimonio de un hijo de Eusebio Cortés, el sacerdote Juan Cortés Tossal:

“Cuando supimos que los habían sacado de la checa, mi madre, que era una mujer fuerte y valiente como pocas, removió Roma con Santiago para encontrarlos. Nunca supimos donde los llevaron y asesinaron. Buscando archivos fotográficos y de recortes de ropa ella encontró muchos otros de Igualada; pero mi padre y mi primo nunca los enconcontramos. De manera que no sabemos dónde están sus restos mortales

“Se sabe que por aquellas fechas se hicieron monstruosidades, como dar carne humana a los cerdos... Nunca hemos podido constatarlo fidedignamente, pero mi madre y mi hermano mayor tenían sobre el particular pistas sólidas. [...]

“Como podéis comprender, el fin dramático de los restos de mi padre mártir era un tema tabú en casa. Mi madre nos subió a los cinco hijos con grandes trabajos y dificultades económicas, y no era cuestión de marcarnos psicológicamente con detalles escabrosos. Así y todo tengo presente una conversación de ella con cierta persona, a la cual le explicaba veladamente el fin de los restos de mi padre, como una, no sólo posibilidad, sino realidad. Resulta ser que un policía de Igualada en activo durante aquellos tiempos, pero de alma “blanca” se lo había explicado, añadiendo que incluso en la prensa de aquellos días había constatado el hecho con una nota que, una vez realizada la macabra operación, se había castigado a los culpables”.

Y en un nuevo libro (César Alcalá, Checas de Barcelona, Barcelona, España - Belacqva, 2005), el historiador barcelonés no sólo completa el testimonio del sacerdote hijo de la víctima (págs. 133-137):

“Aparte de esto, mi hermano mayor, también sacerdote y misionero muy conocido y popular, aun manteniendo entre nosotros la temática como ‘tabú’, en alguna ocasión, en temas de comunidades de base o de cursillos de formación, lo había dicho públicamente, pero en círculos reducidos. Esto yo lo sé por personas amigas suyas que me lo han comentado. Él murió santamente, después de un inmenso trabajo apostólico aquí y en Colombia, el 15 de diciembre de 1981.

“Con referencia a mi primo Ramón, evidentemente, tampoco hay ninguna certeza. Pero parece que salieron juntos. Ese policía hablaba de la misma suerte para el tío y el sobrino, que salieron de la checa el mismo día. Si de todo esto hacéis alguna reseña escrita, sed moderados y no digáis más de lo que un servidor os ha dicho”.

Además, César Alcalá, en el mismo libro (págs. 140-141) nos da esta otra información:

“El beato Pedro Rivera Rivera nació en Villacreces (Valladolid) el 3 de septiembre de 1912. No se conoce con certeza la forma de martirio que sufrió. Según afirman algunos, fue conducido a Montcada Bifurcación, donde lo tiraron vivo a un pozo, como hicieron con muchos, o lo fusilaron, y enterraron en el cementerio de la misma localidad. Otros sostienen que lo mataron en la carretera de l’Arrabassada de Barcelona. Mientras que unos terceros aseguran que su cuerpo, no saben si vivo o muerrto, fue entregado como pasto y comida a una piara de cerdos que la FAI había instalado en el convento de San Elías, donde se encontraba la famosa checa. No se ha podido saber nada más sobre la muerte de Pedro Rivera, ni se ha encontrado o identificado su cadáver. Es cierto, y ésta ha sido siempre la voz de la Provincia religiosa y de la gente que le conocía en Granollers y Barcelona, que fue asesinado por ser sacerdote y religioso. El Martirologio de la Diócesis de Barcelona dice sucintamente: «Fusilado en la Rabasada (Barcelona), el seis de septiembre de dicho año (1936)”

Efectivamente, el sacerdote franciscano Pedro Rivera Rivera O.F.M. Conv., jovencísimo y ya superior del convento de Granollers fue beatificado por Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001, junto con otros doscientos treinta y dos mártires de la persecución española de 1936-1939. Y César Alcalá no ha hecho sino transcribir la información biográfica que podemos encontrar en internet, al final de la página www.franciscanos.org/santoral/alfonsolopez.html, elaborada principalmente a partir de las actas del Proceso de beatificación por el P. Valentín Redondo para la revista Vida Nueva nº. 2294 (13-I-2001).

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Deliberadamente hemos querido contraponer dos formas de abordar una misma crueldad en materia de crímenes políticos: arrojar cadáveres como pasto de animales.

La prensa progresista ofrece afirmaciones morbosas, de pasada pero categóricamente, siempre sobre represiones derechistas, con cifras abultadas y redondas y ausencia de circunstanciación y verosimilitud.

El caso de las víctimas barcelonesas de la violencia al presunto servicio de la ‘legalidad republicana’ es muy diferente: se tratan de casos muy concretos, pero, igualmente y por ello, muy bien circunstanciados hasta el nombre propio, cuya verosimilitud se acrecienta por la coincidencia de fuentes diversas hacia un mismo y limitado lugar, la checa barcelonesa de San Elías, y un corto espacio de fechas a comienzos de septiembre de 1936 (en su apéndice Mgr. Montero da para el martirio de la Madre Lizárraga la fecha del día 8 (pág. 826), Eusebio y Ramón Cortés fueron ‘sacados’ el día 10, en tanto que el martirologio diocesano de Barcelona ofrece para el martirio del P. Rivera el día 6 del mismo mes). Y, sin embargo, ni se hinchan cifras, ni se subraya la morbosidad (¿cómo quedaría en un informe de memoria histórica la afirmación en el título ‘En la España Republicana más de seis mil sacerdotes fueron fusilados o dados como pasto a los cerdos’?) y aun se cuestiona la verosimilitud, se quiere limitar el alcance de los hechos, y se da eco a la posible censura por parte de los poderes frentepopulistas de tales procedimientos.

Se nos dirá que hemos escogido deliberadamente casos extremos en torno a un mismo asunto, en los que las afirmaciones de los voceros izquierdistas actúan con diferencia diametral de los procedimientos de los estudiosos católicos y de la Iglesia. Y lo reconocemos así.

Pero al lector toca, de ahora en adelante, comprobar hasta qué punto persiste o no la coincidencia con las tendencias opuestas que nuestros ejemplos apuntan entre la forma de elaborar la memoria histórica de las víctimas izquierdistas de la represión de la justicia militar de Franco, y las reseñas martiriales de las víctimas católicas de aquella persecución ‘autogestionada’ por los partidos políticos a la sombra del manto republicano, algunos de los cuales, con continuidad de identidad y denominación y sin mediar declaración de arrepentimiento ni petición de perdón, gobiernan hoy en España y la comunidad autónoma catalana, e impulsan las leyes de ‘memoria histórica’.

http://www.arbil.org/110pini.htm
Agradecemos al autor: Don Luis María Sandoval - 2007-02-13

 

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Así como Cristo «fue signo de contradicción, así lo es el Evangelio y aquellos que lo anuncian, los sacerdotes». «Fue la experiencia de nuestro Maestro y de los primeros apóstoles. Navegar cuando el viento es bueno no es una gran cosa, pero con el viento en contra, se convierte en un verdadero desafío».

 

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«Si no fuera por la Iglesia institucional...» 

Tengo que reprochar la radical absurdidad que no raramente encuentro en expresiones de sacerdotes buenos y diligentes cuando comentan: «Sí, el cristianismo, como lo presentamos, sería aceptado por la juventud, pero la Iglesia institucional nos hecha todo a perder». No quiero detenerme en la tonta expresión «Iglesia institucional»; el mayor peligro de esta absurdidad radica en la oposición que la misma expresión encierra. Que a un grupo de jóvenes le sea más simpático su sacerdote que el obispo es normal. Pero que acerca de, esta situación se construya la oposición de dos conceptos de Iglesia, esto ya no es normal. De hecho, si la adhesión al cristianismo no tiene irás en cuenta la totalidad de la Iglesia sino su imagen simpática representada por un sacerdote o un dirigente laico, en este caso la adhesión está construida sobre arena, sobre una distinción realizada por cuenta propia: es más importante la capacidad específica del animador que el poder en el cual está inserto.

 

La Iglesia no es una organización humanitaria- 

El Evangelio no ha perdido su contenido y tampoco Cristo se ha marchado. No existen estrategias para fabricar la esperanza: Cristo es la esperanza. Es necesario retornar a su presencia y desde ella empezar nuevamente. Lo que es central debe seguir siéndolo. La Iglesia ha equivocado el camino cuando se ha esforzado por mos­trarse útil y buena como organización humanitaria, sin el testimonio de Cristo y de Dios. Está claro que el com­promiso social de la Iglesia es de máxima importancia, como tarea que le fue encomendada por el Señor. Pero debe ser evidente que la Iglesia no es una mera organi­zación de acción social, sino que su acción nace de una fuerza de amor más profunda que se comunica con toda sencillez y que la Iglesia existe no porque nosotros que­ramos estar en el candelero, sino porque «el amor de Cristo nos empuja».

 

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Si la Iglesia ha sabido hacer algo durante sus más de dos mil años es ejercitar la memoria. La forma de transmisión de los contenidos de la fe ha entendido a la perfección cuáles son los recursos humanos, materiales, técnicos, en pos de la preservación del mensaje. El primero siempre es el testimonio de vida. Quien está empeñado en cambiar la Historia para asegurar el futuro, en mentir sobre lo que ocurrió para que vuelva a ocurrir y tener así otra oportunidad, suele creer que, vencidos los fantasmas, éstos son los tiempos para demostrar que ahora sí son capaces.

‘La memoria de la Iglesia es, ahora también, nuestra libertad’.

Dos mil años que sólo la Iglesia presenta –ininterrumpida y alegremente- al Cristo como ‘Salvador, Camino, Verdad y Vida’.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica: ¿por qué no lo sabemos?
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

 

Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).