Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 1492 - 6º América: cruz santería y espada; Santiago apóstol Europa

 

Señor del mundo, Padre de todos los hombres, por medio de tu Hijo nos has pedido amar a los enemigos, hacer bien a los que nos odian y orar por los que nos persiguen. 
Muchas veces, sin embargo, los cristianos han desmentido el Evangelio y, cediendo a la lógica de la fuerza, han violado los derechos de etnias y pueblos; despreciando sus culturas y tradiciones religiosas: muéstrate paciente y misericordioso con nosotros y perdónanos. Por Cristo nuestro Señor. R. Amén.

 

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Como María enseña: «Haced lo que Él os diga», pedimos: «Domine, quid me vis facere?», Señor, ¿qué quieres que yo haga? ¿Qué propósitos tengo que hacer? ¿En qué debo luchar más? ¡Que lo vea, que lo haga!

 

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Quería que me diera su opinión sobre el papel que desempeñó la Iglesia en el descubrimiento de América y sobre todo de fray Bartolomé de las Casas.

 

En el descubrimiento ninguno (lo que, por otra parte, es normal). Si se refiere al periodo de conquista y colonia, fue muy importante ya que estuvo vinculado a la educación, la culturización, la defensa de los indios y el cambio de creencias religiosas. 2. Mi opinión sobre Bartolomé de las Casas es menos generosa de lo que suele ser habitual. Seguramente, era hombre de buena fe pero muchos de sus juicios son disparatados.

Dr. en historia antigua César VIDAL, filósofo, teólogo 2005-04-12- L.D.España

 

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Hoy, se pueden recordar las varias formas de la llamada "religiosidad popular", en las cuales parece participar también la parte culta de la sociedad ibero-americana. Las formas modernas —particularmente las Universidades Católicas y también las escuelas— han comenzado a funcionar ya desde hace algunos siglos y continúan desarrollándose, gracias al empeño de tantos hombres de la Iglesia Católica. Lo mismo vale por lo que se refiere a la actividad caritativa.

 

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Pbro. ARENAS (PEDRO DE), natural de Villatobas, España. Fue el primer sacerdote que celebró Misa en el Nuevo Mundo, acompañando á Colón – año 1492

 

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...”No tendríamos más de mil cuatrocientos años de catolicismo oficial si en el año 589 no se hubiese celebrado el III Concilio de Toledo...
...En toda la historia de España no hay mejor episodio que argumente a favor de la separación de la Iglesia y el Estado que los resultados del III Concilio de Toledo”...
RECAREDO (El primer rey católico). Del libro LOS NUESTROS de D. Federico Jiménez Losantos. MMVIII.XII

 

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Las calzadas romanas fueron fundamentales en la formación de España.

 

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Catolicismo y unidad

 

Isabel fue, en verdad, una reina que profesó, a lo largo de toda su vida, con obras y palabras, la fe católica, hasta ese punto de la entrega de su persona a los suyos –su familia y sus reinos: su pueblo– que merece la calificación de heroica. Son conmovedoras las disposiciones últimas de su Testamento, legando todos sus bienes personales a los pobres y mandando que lo que fuese a gastarse en boato en sus exequias, que se diese a los pobres. Su conducta como reina estuvo inspirada en los ideales de justicia y de solidaridad, llevados a la práctica insobornable pero también misericordiosa y pacientemente: defendiendo siempre y con todo vigor a los más humildes. Lo atestiguan elocuentemente sus desvelos por la liberación de las gentes del campo en toda España.
La unidad de los reinos de España la aceptó y cuidó Isabel la Católica como un gran bien para todos: para su presente y su futuro. Un bien no solamente de naturaleza pragmática y utilitarista, a disposición de cualquiera, sino, sobre todo, de valor moral, humano y espiritual de la máxima importancia. ¿Cómo no van a ser los cristianos, máxime los situados en puestos de responsabilidad pública, los primeros en defender y promover el bien de la unidad de los pueblos y de las naciones, con el respeto exquisito a todas las legítimas diversidades, si los guía el mandamiento del amor mutuo que incluye los deberes de la justicia y de la solidaridad privada y pública, y aun los supera? Así lo enseñábamos los obispos en la Conferencia Episcopal Española no hace mucho tiempo.
Lo católico ha brillado en ella, como reina, cuando promueve la evangelización de la América recién descubierta, con un fino sentido cristiano del valor inalienable de todo ser humano: persona, creatura e hijo de Dios siempre. Así mandaba en su Codicilo, que adjuntó a su Testamento, a su hija, la heredera, doña Juana, y a su marido don Felipe: «Que no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y prevean por manera que no se exceda en cosa alguna».

+ Antonio Mª Rouco Varela - En la Misa del V Centenario de Isabel la Católica (10-XII-04)Madrid - España

 

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Ya San Ignacio escribió en 1549 para los tres jesuitas que iban a la Universidad de Ingolstadt: "De tal modo defiendan la Sede Apostólica y su autoridad, que atraigan a todos a su verdadera obediencia; y por defensas imprudentes no sean tenidos por papistas (tamquam papistae), y por eso menos creídos".

 

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Amados hermanos y hermanas de todas las etnias de México y América, al ensalzar hoy la figura del indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa hacia todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan. 

5. En este momento decisivo de la historia de México, cruzado ya el umbral del nuevo milenio, encomiendo a la valiosa intercesión de San Juan Diego los gozos y esperanzas, los temores y angustias del querido pueblo mexicano, que llevo tan adentro de mi corazón.

¡Bendito Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la Iglesia que peregrina en México, para que cada día sea más evangelizadora y misionera. Alienta a los Obispos, sostén a los sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones, ayuda a todos los que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión de su Reino.

¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.

¡Amado Juan Diego, “el águila que habla”! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios. Amén. 31 Julio MMII.

 

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Argentina.

 

Europa y América - A un honesto y serio historiador nunca le interesan solo los colores blancos y negros, sino los matices grises. Al desdramatizar la historia de ambos imperios y las respectivas sociedades coloniales y buscar ante todo ‘los matices’, aparece al mismo tiempo lo positivo y lo negativo. Es muy importante que los lectores tomen conciencia de que no todo es blanco o negro, que el mundo tiene muchos colores y muchos matices grises. Si ello disgusta a algunos, qué le vamos a hacer.

 

Las Américas siempre han sido una proyección de Europa, que presentó unos espacios enormes, donde existió la posibilidad de crear una mejor civilización, realizar sueños, crear nuevas utopías. América fue la gran esperanza, lo que quería ser Europa y no podía ser, representaba una extensión de Europa, pero de una ‘Europa imaginada’. Como tantas veces sucede, se movilizan los escenarios pero no mudan los artistas. Las inquietudes continentales de aquí fueron para las continentales de allá. Eso explica que desde el siglo XVI la preocupación por la justicia de la Conquista fuera tan fundamental para los españoles, o que las independencias de la América británica y luego de la española pretendieran recuperar ese componente utópico.

-Especialmente en América del Norte, donde las ideas de la libertad, el desarrollo del individuo, la búsqueda de la felicidad, como dice la Declaración de Independencia norteamericana, la posibilidad de un nuevo mundo, mejor y más justo, fueron fundamentales.

-Pero ese proyecto de libertad también era muy visible en la América española, donde se difundía, como en el caso del mexicano Clavigero o el chileno Molina, el sentido de una libertad americana distinta de la europea.

-Hubo un rechazo fuerte de la corrupción europea en aquel momento de fundación de los Estados Unidos y las repúblicas hispanoamericanas, pero aquella era, a fin de cuentas, una tradición del Nuevo Mundo. Ya en el siglo XVI había frailes españoles que «fueron a México huyendo del escándalo de la guerra entre príncipes cristianos y la corrupción de tantos hijos (consagrados y legos) de la Iglesia», querían edificar una sociedad inocente. Sin embargo, en las nuevas repúblicas hispanoamericanas aparecían tintas masónicas, litigios odiosos, divisiones prepotentes y lastres ya conocidos en Europa; reforzados todos por la leyenda negra y los estereotipos sobre el mundo hispánico habituales entre los angloparlantes.

 

-Europa y su historia imperial. ¿Es posible hacer una historia de Europa que no contemple la historia de los europeos acontecida en ultramar?

-No, en absoluto, se trata de una dimensión histórica importantísima, escondida porque estamos en un momento de auto-culpabilización. Culparnos a nosotros mismos también es deformar la historia, Europa hizo enormes contribuciones a otras partes del mundo y cometió enormes atrocidades. Hay que tomar en cuenta los dos aspectos de la expansión europea. Siempre los humanos somos capaces de lo mejor y lo peor.

 

-Existen nacionalismos emergentes -el escocés en Gran Bretaña, el catalán o el vasco en España- que parecen querer obviar este aspecto imperial de su historia.

-Es algo absurdo. En el imperio británico, los escoceses mandaron en todos lados. El imperio español en América fue mucho más un imperio castellano, pero en el siglo XVIII catalanes y vascos fueron muy importantes, como en la Cuba del XIX.

 

-Hemos vivido demasiado tiempo con modelos deterministas prestados especialmente de las ciencias sociales, que prescinden de las personalidades. La nueva generación de historiadores está descubriendo, de nuevo, la importancia de las personas, su influencia en los acontecimientos. Es importantísimo, por ejemplo, que Washington o San Martín renunciaran al poder, lo que en cambio no hizo Bolívar. De ahí la trascendencia de ese factor humano, libre, personal e intransferible. MMVI.

 

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La cruz y la espada:

¿Rencores ideológicos?

Sobre la conquista española

 

Tomado de la Revista ARBIL - www.apologetica.org 
La conmemoración del Quinto Centenario reavivó, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.

Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para deshechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana -que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable- ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta.

La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos.

Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.

La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles -mayas, incas y aztecas- lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes -carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera- se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.

Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria- la que funda la posesión territorial en las más altas razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.

Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey -que renunciaba a ellos- sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias. Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente.

No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas. Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados Borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.

 

La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con los metales preciosos americanos.

Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno ; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. Únicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente -y reprueba semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresionis. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos" u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo acconomicus.

 


Pero aclaremos un poco mejor las cosas.

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones financieras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras -que tuvieron lugar en infinidad de casos-; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación": ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuiclos antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos.

De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero sería después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.

Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton -pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "el Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y estructuras que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.

Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por que España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis -y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica-, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

El genocidio indigena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista -caracterizada por el saqueo y el robo- produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.

Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indios dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas multhussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curioso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su articulo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable. Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico".

La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena -y que nadie niega- no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicidica como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral",. la verdad -Ўcuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!- es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. La verdad incluso -para decirlo todo- es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.

Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los indios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a México.

Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante.

Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.

Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacía otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.

La Hispanidad de Isabel y de Fernando no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.

Agradecemos al autor –

 

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Cóndor americano

Ave rapaz del orden de las Catartiformes, de poco más de un metro de longitud y de tres de envergadura, con la cabeza y el cuello desnudos, y en aquella carúnculas en forma de cresta y barbas; plumaje fuerte de color negro azulado, collar blanco, y blancas también la espalda y la parte superior de las alas; cola pequeña y pies negros. Habita en los Andes y es la mayor de las aves que vuelan.

 

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El 25 de septiembre de 1506, fallece Felipe I El Hermoso, Rey de Castilla.

 

El 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa, tras vencer grandes obstáculos naturales y cruzar el istmo de Panamá, descubre el Mar del sur, que luego Magallanes denominó Océano Pacífico.

 

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La Evangelización de América

 

El análisis de lo sucedido en la Jornada del Perdón y sus implicaciones para la vida de la Iglesia puede esclarecerse acudiendo a una experiencia cercana a nuestros pueblos americanos: la evangelización de América.


La dinámica misionera es esencial a la vida de la Iglesia: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt. 28, 19). Sería un contrasentido que la Iglesia pudiera pedir perdón en relación a lo que es su cometido esencial y el mandato expreso del Señor: “así como yo he sido enviado por mi Padre, así también os envío yo” (Jn. 20, 21). Sin embargo, el Papa Juan Pablo II con ocasión de los 500 años del descubrimiento y evangelización de América pidió perdón y reconoció “la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas hermanos e hijos de un mismo Padre Dios”
[3]


¿De qué pidió perdón el Romano Pontífice? Ciertamente no de que se hubiera implantado la Cruz en el continente americano, sino de todo aquello que en esa evangelización no se realizó según el corazón de Cristo. La predicación auténtica del Evangelio es salvación del hombre, el cual, ennoblecido y elevado por la gracia de Dios, acepta voluntariamente la verdad que se le predica y en la cual cree. La insistencia en que fueron cristianos los que cometieron abusos y participaron en atentados contra la dignidad del hombre no contradice la afirmación que acabamos de hacer: si los cristianos obraron en disconformidad con el Evangelio no lo hicieron en cuanto bautizados, sino en cuanto vivieron de manera defectuosa la fecundidad y riqueza de su Bautismo y no obraron conforme a la exigencia de la fe.
Pero al tiempo que pide perdón, Juan Pablo II reconoce en la evangelización del continente americano la actuación providente del Señor de la historia. Refiriéndose al V Centenario del descubrimiento de América señala: “lo que la Iglesia celebra en esta conmemoración no son acontecimientos históricos más o menos discutibles, sino una realidad espléndida y permanente que no se puede infravalorar: la llegada de la fe, la difusión del Mensaje evangélico en el continente americano. Y lo celebra en el sentido más profundo y teológico del término: como se celebra a Jesucristo, Señor de la historia y de los destinos de la humanidad”
[4].

 

¿Podría no reconocerse como infidelidad e ingratitud el olvido de las grandes obras que el Señor realizó en el transcurso de aquella evangelización y las gestas y trabajos de los misioneros que sembraron en nuestra tierra la semilla del Evangelio? ¿Cómo no ver hoy, en los pueblos de América, una identidad cristiana que está en la raíz de la cultura que están llamados a comunicar al mundo?


“En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo...” La obra de la Evangelización se llevó a término en la medida que los bautizados, movidos por la gracia, participaban de la santidad de la Iglesia en los “nuevos caminos del mundo que Dios abría para Él”. Cuando, por el contrario, no se movían por la gracia sino por criterios y juicios mundanos, impedían y oscurecían el rostro santo e inmaculado de la Iglesia. Si la obra de la Evangelización se presenta tantas veces mezclada con los pecados de los hijos de la Iglesia y sin discernir lo que es obra de Dios y lo que es afán de poder o de dominio en los hombres, eso es así porque “contaminados con el mundo” no vivimos conforme a la “imagen santa de la Iglesia”. Al pedir perdón reconocemos ante el Señor la verdad para que purifique cada vez más la memoria del cuerpo que quiere servirle en santidad y justicia y ser testigos fieles en medio de una generación que espera ser liberada para gozar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

 

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La iconografía de Santiago Apóstol en el

Nuevo Mundo’ Apóstol universal’

 

El 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, Patrono de España, es buena ocasión para recuperar un extracto del texto de don Juan Contreras, Marqués de Lozoya y Presidente del Instituto de España, publicado en Santiago en España, Europa y América (ed. Nacional, Madrid 1971):

 

Los soldados de Cortés y de Pizarro, cargados de Edad Media, llevan a un mundo virgen o penetrado de viejísimas culturas toda su tradición, sus devociones, su manera de sentir y de pensar. A fines del siglo XV, la devoción predominante en Castilla, con su expansión extremeña y andaluza, cuyos hombres son los que realizan la gran hazaña, era, después de la del Redentor y la de su Madre Santísima, la del Apóstol Santiago (...) ¡Santiago! era el grito de guerra de los españoles en las selvas o en las parameras de América, como antaño en el Duero o en la vega de Granada. (...) «Estuvimos en gravísimo peligro –escribe Bernal Díaz–, hasta que Cortés, con gran osadía, nombrando al Señor Santiago e arremetiendo a ellos, les hicimos retraer».
Serían o no ciertas las visiones del Apóstol militante que en diversas ocasiones consignan los cronistas, pero en todo caso revelan una gran verdad: la ciega fe de los soldados en el humilde pescador de Galilea, compañero y amigo de Cristo, que les hacía verle galopar por lo campos del cielo, y la fuerza sobrenatural que esta visión les infundía. (...) Santiago era también el grito de guerra de otro equipo de españoles desesperados que atravesaban los Andes para enfrentarse con otro gran imperio.
Y, prosiguiendo hacia el extremo Oriente su celestial cabalgata, el Apóstol acudió en auxilio de los portugueses en la conquista de Goa cuando, en el siglo XVI, los lusitanos eran y se sentían tan españoles como los castellanos o los aragoneses. He aquí cómo relata estos hechos don Francisco de Quevedo: «El padre Juan Pedro Maffeo, insigne historiador de la Compañía de Jesús, en el fin del libro IV de su Historia de las Indias Orientales, dice, hablando de que la Cruz ayudaba a los portugueses en la toma de Goa, que no sólo a la Cruz se atribuye la victoria, sino al apóstol Santiago, que es el presidente de los españoles.
Consignar los testimonios de la devoción en América de los españoles –y de los mismos indios, luego– merecería un libro muy voluminoso. Su efigie solía figurar en pendones y estandartes de paz y de guerra, y así en el del virrey de Méjico, Mendoza, se destacaba sobre damasco carmesí. Llevaban su nombre muchos de los navíos que hacían la carrera de las Indias, o aún se aventuraban a dejar atrás el Nuevo Continente para encontrar, al fin, el mundo de Marco Polo. Así el Santiago que formaba parte de la flota heroica de Magallanes, o el galeón del mismo nombre en la aventura de Loaysa. Pero donde se advierte mejor la intensidad de la penetración jacobea en Indias es en la nomenclatura geográfica de ciudades y aldeas, de golfos, de ríos y de montañas. Hay ciudades muy importantes, que son o fueron capitales de una comarca extensa, como Santiago de Chile, Santiago de los Caballeros de Guatemala, o Santiago de León de los Caballeros, en Nicaragua. Ciudades populosas como Santiago de Guayaquil o Santiago de Cuba.
En la Plaza de Armas de Cuzco, una de las más bellas del mundo hispánico, la iglesia del Triunfo, del bello barroco cuzqueño de la época del obispo Molinedo Angulo (1650), conmemora la aparición del Apóstol durante el asedio con una efigie ecuestre del Caballero Divino.
La devoción popular a Santiago en Indias es una prueba eficiente de cuán profundamente había penetrado la tradición española en el Nuevo Mundo (...). Es curioso que en muchos pueblos de Méjico se celebrase la fiesta de Moros y cristianos con el mismo entusiasmo que en el levante peninsular.
La religión, las ceremonias de culto católico lo llenan todo en las masas populares de una gran parte de América. Y está justificada la gratitud hacia el que, llevando a España la buena nueva y protegiendo a los españoles en la lucha secular contra el Islam, hizo posible el que se hiciese con signo católico la incorporación del Nuevo Mundo a la cultura europea. 2005-07-21 - España
El Marqués de Lozoya

 

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El origen de la Santería en Dominicana es perfectamente explicable. Poco después del descubrimiento, junto con los conquistadores, vinieron los misioneros que hicieron una profunda labor evangelizadora y sembraron en nuestro pueblo la semilla de la fe cristiana. Pero cuando se cometió la injusticia de traer de África negros como esclavos, arrancados inhumanamente de su patria y de su familia, aquellos hombres no pudieron ser debidamente evangelizados. Ni los sacerdotes católicos sabían de lenguas africanas ni ellos entendían el español. Se les obligaba ir a la iglesia y practicar la religión católica, pero sin que hubiera habido una verdadera conversión cristiana de parte de ellos: y por dentro seguían ellos pensando y adorando sus dioses paganos, y cuando veían en los templos católicos las imágenes de los santos cristianos, los identificaban con alguno de sus dioses, con los que les encontraban algún parecido o algún punto de contacto. Así nació y fue creciendo esa mezcla y confusión religiosa que después se extendió aún a personas de otro origen y raza.

 

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La vida cristiana no es solamente una vida entre cristianos. Hace falta un profundo respeto hacia todas las personas, cualquiera que sea su creencia o ideología. Un "discípulo" de Cristo es uno que aprende continuamente, como el propio nombre indica. Es uno que está dispuesto a dialogar en serio con los demás, y a descubrir los elementos de verdad que cada planteamiento contiene.

Jutta Burggraf

 

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«La mentalidad fundamentalista se reconoce en la propensión a meter en el mismo plano lo principal y lo secundario, dando una importancia desproporcionada a elementos marginales. El mal que los fundamentalistas sienten el deber de combatir es siempre un mal cuyos culpables son siempre los otros». Card. Cottier. 2004.

 

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Isabel la Católica, de España

 

 Fue un 22 de abril, el día de Jueves Santo, cuando un correo, lanzado al galope, trajo a Madrid la noticia de que acababa de nacer a la reina Isabel, venida de Portugal, segunda esposa de Juan II una niña, primera de su matrimonio, a quien pusieron el nombre de su madre. No había muchas posibilidades de que llegara a reinar en un mundo de hombres: dada la escasez de vástagos reales, aquella niña rubia y de ojos azules debía prepararse para algún matrimonio conveniente que sirviera a los altos intereses del reino, pero nada más. Algunas mujeres habían desempeñado ya papeles de gran importancia en la vida política de los reinos españoles, pero ¿reinar? Una sola, doña Urraca, se empeñó en hacerlo, y la triste memoria de sus desaciertos aún se arrastraba entre los castellanos.

Isabel llegaría a reinar. Aquellas campanas de Madrigal de las Altas Torres el día de Jueves Santo parecían indicar una especie de premonición. Isabel iba a recibir del Papa el título de católica, que llevarían después sus sucesores hasta muy cerca de nuestros días y que se asocia a una singular forma de Estado, la Monarquía española. Una voluntad fuerte y decidida iba a crecer en aquel puñado de carne y sangre que, abiertos los ojos, contemplaba un mundo sobre el que influiría. Ante todo, porque nadie pudo imponerle un matrimonio invocando aquellos altos intereses que, como de costumbre, no eran sino los de la facción que estaba en el poder. Hubo un novio, Pedro Girón, que estuvo a punto de alcanzar la meta: pero Dios dispuso que se muriera en el camino que le conducía a las tierras de Castilla.

VERDAD ABSOLUTA

 Isabel creció, hubo de ser reconocida princesa de Asturias a falta de otros vástagos con mejor derecho, y escogió entonces el marido que a ella convenía: su primo segundo Fernando, heredero de la Corona de Aragón. Muchos años después, en vísperas de su muerte, la reina, haciendo una reflexión extrema, llegó a la conclusión de que el mayor don que de Dios recibiera era precisamente aquel marido, el mejor rey de España.

Al conmemorar ahora un aniversario más de aquel nacimiento, conviene recordar las implicaciones que el calificativo católico llegaría a alcanzar. Lo primero que en la Reina descubrimos es que para ella el catolicismo no era opinión a la que sería lícito adherirse o no, sino verdad absoluta, ante la cual no cabe rectamente el aislamiento, la negación o el rechazo. La verdad es el bien, la mentira, el mal.

Separados de ella por quinientos años, es el momento de una profunda reflexión. Yo aquí, quiero llamar la atención de los católicos acerca de algunos aspectos esenciales. La Reina y el Rey constituyeron unidad en el sacramento del Matrimonio haciendo del deber de convivencia un mandato de amor. Ese empeño que pusieron en que los documentos y noticias de su reinado no permitieran separar sus nombres, es muy significativo. Ella dió un paso fortísimo en el reconocimiento de su condición de reina propietaria, siendo mujer: de este modo la feminidad ganaba terreno. Al mismo tiempo, otorgando a su marido las mismas funciones que a ella correspondían, fortalecía el desarrollo de la soberanía. De este modo la Monarquía, sometida a la fe y al orden ético que de la fe dimana, se convertía en Estado de Derecho, custodia de las leyes, forma esencial para el desarrollo de la libertad.

Lo que el cristianismo afirmaba, ya entonces con el mismo énfasis que hoy, es que el secreto de toda existencia se apoya en que Cristo asumió entera la naturaleza humana, alcanzando así la redención para todos los seres humanos. Desde sus años juveniles, era ésta una lección que Isabel aprendió en aquel libro del Jardín de las nobles doncellas que para ella escribió fray Martín de Córdoba.

LA ESENCIAL LIBERTAD

De aquí surge una conciencia esencial de libertad. Isabel se enfrenta con el problema de los indígenas habitantes de las islas y tierra recién descubiertas y resume, en el codicilo de su Testamento, una doctrina: los hombres nacen, criaturas de Dios, dotados de unos derechos que implican sus correpondientes deberes y que, en esencia, son vida, libertad y propiedad de los bienes que rectamente hayan allegado. De este modo, en apariencia tan simple, se formularon, partiendo de la doctrina de la Iglesia y en un documento del más alto nivel, los derechos naturales humanos. No se trata de algo que los hombres convengan entre sí, lo que los convertiría en variables, sino de una condición inherente a la naturaleza humana.

No es vano llamar a Isabel madre de América. Con ella se inició esa difícil andadura de desvivencia de España para que, al otro lado del mar, surgieran nuevas naciones, en simbiosis de dos culturas, pero conservando siempre esa nuclear afirmación. Los maestros españoles siguieron trabajando en esta línea para elaborar toda una doctrina del Derecho de gentes. En esa línea deberíamos trabajar también nosotros en ese alborear de un nuevo milenio: sin olvidar que los derechos del hombre son parte de su naturaleza y nunca una dependencia de consensos o compromisos alcanzados. Muchas veces nuestro siglo XX, que ahora se despide con una pirueta trágica, lo olvidó; tal vez por ello merezca ser llamado el más cruel de la Historia. Luis Suárez Fernández ´alfa y omega nº 162´

 

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Vicente Jimeno (Calahorra, La Rioja) discute la aseveración que yo hacía aquí sobre la antropofagia como un acto ritual, no un uso alimentario. Me señala mi corresponsal que según el historiador Juan Miralles, en el México prehispánico, el canibalismo era una forma usual de alimentarse. No soy historiador, pero tengo mis dudas de esa teoría. Es cierto que a la población del México prehispánico le faltaban proteínas al carecer de animales para carne y disponer de poca pesca. Pero el canibalismo usual no pudo ser la solución, porque en ese caso, la población se habría extinguido. Puede que en algunas culturas se haya recurrido a ese expediente del canibalismo, pero seguramente se extinguieron o fueron conquistadas. Otra cosa es el canibalismo ritual, que sí se encuentra en muchos pueblos. Pero, en fin, doctores tiene la Historia que sabrán responder. 2005-01-24 L.D.Esp.

 

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Benedicto PP XVI  - Audiencia general del 21/06/2006

 

“Beberéis de mi copa” - Santiago, hijo de Zebedeo, llamado también Santiago el Mayor, pertenece, con Pedro y Juan, al grupo de los tres discípulos privilegiados que son admitidos por Jesús a asistir a unos momentos importantes de su vida. Con Pedro y Juan ha podido participar en el momento de la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní y al acontecimiento de la Transfiguración de Jesús. Se trata, pues, de situaciones bien diferentes la una de la otra. En un caso, Santiago hace, juntamente con los otros dos apóstoles, la experiencia de la gloria del Señor, le ve conversando con Moisés y Elías, ve como Jesús transparenta su esplendor divino. En el otro, se encuentra ante el sufrimiento y la humillación y, con sus propios ojos, ve como se humilla el Hijo de Dios haciéndose obediente hasta la muerte. Ciertamente que, esta segunda experiencia, ha sido para él una ocasión de madurar en la fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista, de la primera: ha podido entrever que el Mesías esperado por el pueblo judío como triunfador, en realidad no estaba tan sólo aureolado de honor y gloria, sino también de sufrimientos y debilidades. La gloria de Cristo se realiza, precisamente, en la cruz, en la participación a sus sufrimientos.
     Esta maduración en la fe ha sido conducida a su plenitud por el Espíritu Santo en Pentecostés, de tal manera que, Santiago no huyó cuando llegó el momento supremo del testimonio. Al principio de los años 40 del siglo primero, el rey Herodes Agripa, sobrino de Herodes el Grande, tal como Lucas nos informa “maltrató a ciertos miembros de la Iglesia, cogió a Santiago, hermano de Juan, y lo hizo decapitar” (Hech 12,1-2)… De Santiago podemos, pues, aprender muchas cosas: la prontitud en acoger la llamada del Señor aunque nos pida dejar “la barca” de nuestras seguridades humanas (Mt 4,21), el entusiasmo en seguirle en los caminos que él nos indique dejando de lado todas nuestras presunciones ilusorias, la disponibilidad en dar testimonio de él con valentía, si es necesario, hasta el supremo sacrificio de la vida. Es así que Santiago el Mayor se nos presenta como un elocuente ejemplo de generosa adhesión a Cristo. Él que, inicialmente y por mediación de su madre, había pedido sentarse al lado del Maestro en su Reino, ha sido, precisamente, el primero en beber el cáliz de la Pasión, en compartir, con los apóstoles, el martirio.

 

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El peor de los silencios es el que se guarda ante la mentira, pues tiene un enorme poder de disolver la estructura social. Un cristiano no puede callar ante manipulaciones manifiestas. La cesión permanente ante la mentira comporta la deformación progresiva de las conciencias.

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El mensaje biblico - El cuidado de la creación

22. La primera página de la Biblia relata la creación del mundo y de la persona humana: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra los creó » (Gn 1, 27). Palabras solemnes expresan la tarea que Dios les confía: « Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra » (Gn 1, 28).

La primera tarea que Dios les encomienda —es evidente que se trata de una tarea fundamental— se refiere a la actitud que deben tener con la tierra y con todos los seres vivientes. « Henchir » y « dominar » son dos verbos que se pueden malentender con facilidad e incluso pueden parecer una justificación de ese dominio despótico y desenfrenado que no se preocupa por la tierra y por sus frutos y hace estragos con ella a su propio favor. En realidad « henchir » y « dominar » son verbos que, en el lenguaje bíblico, sirven para describir la dominación del rey sabio que se preocupa por el bienestar de todos sus súbditos.

 

El hombre y la mujer tienen que cuidar la creación, para que ésta les sirva y para que esté a disposición de todos y no sólo de algunos.

23. La naturaleza profunda de la creación es la de ser un don de Dios, un don para todos, y Dios quiere que se quede así. Por eso la primera orden que Dios da es la de conservar la tierra respetando su naturaleza de don y bendición, y de no transformarla en instrumento de poder o motivo de conflictos.

El derecho-deber de la persona humana de dominar la tierra nace del hecho de ser imagen de Dios: corresponde a todos y no sólo a algunos la responsabilidad de la creación. En Egipto y en Babilonia este privilegio era sólo de algunos. En la Biblia, en cambio, el dominio pertenece a la persona humana por ser tal y, por lo tanto a todos. Es más, es la humanidad conjuntamente la que se debe sentir responsable de la creación.

Dios deja al hombre en el jardín para que lo labre y lo cuide (cf. Gn 2, 15) y para que se alimente de sus frutos. En Egipto y en Babilonia el trabajo es una dura necesidad impuesta a los hombres en beneficio de los dioses: en realidad, en beneficio del rey, de los funcionarios, de los sacerdotes y de los terratenientes. En la narración bíblica, en cambio, el trabajo es algo para la realización de la persona humana.

 

La tierra es de Dios quien la ofrece a todos sus hijos

24. El israelita tiene el derecho de propiedad de la tierra, que la ley protege de muchas formas. El Decálogo prescribe: « no codiciarás la casa de tu prójimo, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo » (Dt 5, 21).

Se puede decir que el israelita se siente verdaderamente libre y plenamente israelita sólo cuando posee su parcela de tierra. Pero la tierra es de Dios, insiste el Antiguo Testamento, y Dios la ha dado en herencia a todos los hijos de Israel. Se debe por lo tanto repartir entre todas las tribus, clanes y familias. Y el hombre no es el verdadero dueño de su tierra sino que es más bien un administrador. El dueño es Dios. Se lee en el Levítico: « La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes » (25, 23).

En Egipto la tierra pertenecía al faraón y los campesinos eran sus esclavos y de su propiedad. En Babilonia había una estructura feudal: el rey entregaba las tierras a cambio de servicios y de fidelidad. No hay nada parecido en Israel. La tierra es de Dios que la ofrece a todos sus hijos.

 

25. De ahí derivan varias consecuencias. Por un lado, nadie tiene el derecho de quitar la tierra a la persona que la cultiva, en caso contrario se viola un derecho divino; ni siquiera el rey puede hacerlo.(16) Por otro lado, se prohibe toda forma de posesión absoluta y arbitraria a propio favor: no se puede hacer lo que se quiere con los bienes que Dios ha dado para todos.

Sobre esta base la legislación ha ido añadiendo, impulsada siempre por situaciones concretas, muchas restricciones al derecho de propiedad. Algunos ejemplos: la prohibición de recoger los frutos de un árbol durante los cuatro primeros años (cf. Lv 19, 23-25), la invitación a no cosechar la miés hasta el borde del campo y la prohibición de recoger los frutos y las espigas olvidados o caídos, porque pertenecen a los pobres (cf. Lv 19, 9-10; 23, 22; Dt 24, 19-22).

A la luz de esta visión de la propiedad se entiende la severidad del juicio moral expresado por la Biblia sobre los abusos de los ricos, que obligan a los pobres y a los campesinos a ceder sus fundos familiares. Los Profetas son los que más condenan estos abusos. « ¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo con campo anexionáis! » grita Isaías (5, 8). Y su contemporáneo Miqueas añade: « Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad » (2, 2).

 

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De la carta de san Clemente primero, Pont. Papa [años 88-97ca.Roma], a los Corintios - (Caps. 19, 2-20, 12: Funk 1, 87-89)

 

Dios ha creado el mundo con orden y sabiduría
y con sus dones lo enriquece

 

No perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y
tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus criaturas.

Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas que de él han recibido; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin transgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.

Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad donde Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.

Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca; las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hacen brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aún los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.

Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus criaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.

 

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De los sermones de san Atanasio, obispo de la Iglesia Católica [años 295-373], contra los arrianos - (Sermón 2, 78. 79: PG 26, 311. 314)

 

Las obras de la creación, reflejo de la Sabiduría eterna

 

En nosotros y en todos los seres hay una imagen creada de la Sabiduría eterna. Por ello, no sin razón, el que es la verdadera Sabiduría de quien todo procede, contemplando en las criaturas como una imagen de su propio ser, exclama: El Señor me estableció al comienzo de sus obras. En efecto, el Señor considera toda la sabiduría que hay y se manifiesta en nosotros como algo que pertenece a su propio ser.

Pero esto no porque el Creador de todas las cosas sea él mismo creado, sino porque él contempla en sus criaturas como una imagen creada de su propio ser. Ésta es la razón por la que afirmó también el Señor: El que os recibe a vosotros me recibe a mí, pues, aunque él no forma parte de la creación, sin embargo, en las obras de sus rnanos hay como una impronta y una imagen de su mismo ser, y por ello, como si se tratara de sí mismo, afirma: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras.

Por esta razón precisamente, la impronta de la sabiduría divina ha quedado impresa en las obras de la creación para que el mundo, reconociendo en esta sabiduría al Verbo, su Creador, llegue por él al conocimiento del Padre. Es esto lo que enseña el apóstol san Pablo: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles son visibles para la mente que penetra en sus obras. Por esto, el Verbo, en cuanto tal, de ninguna manera es criatura, sino el arquetipo de aquella sabiduría de la cual se afirma que existe y que está realmente en nosotros.

Los que no quieren admitir lo que decimos deben responder a esta pregunta: ¿existe o no alguna clase de sabiduría en las criaturas? Si nos dicen que no existe, ¿por qué arguye san Pablo diciendo que, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría? Y, si no existe ninguna sabiduría en las criaturas, ¿cómo es que la Escritura alude a tan gran número de sabios? Pues en ella se afirma: El sabio es cauto y se aparta del mal y con sabiduría se construye una casa.

Y dice también el Eclesiastés: La sabiduría serena el rostro del hombre; y el mismo autor increpa a los temerarios con estas palabras: No preguntes: «,,Por qué los, tiempos pasados eran mejores que los de ahora?» Eso no lo pregunta un sabio.

Que exista la sabiduría en las cosas creadas queda patente también por las palabras del hijo de Sira: La derramó sobre todas sus obras, la repartió entre los vivientes, según su generosidad se la regaló a los que lo temen; pero esta efusión de sabiduría no se refiere, en manera alguna, al que es la misma Sabiduría por naturaleza, el cual existe en sí mismo y es el Unigénito, sino más bien a aquella sabiduría que aparece como su reflejo en las obras de la creación. ¿Por qué, pues, vamos a pensar que es imposible que la misma Sabiduría creadora, cuyos reflejos constituyen la sabiduría y la ciencia derramadas en, la creación, diga de sí misma: El Señor me estableció al comienzo de sus obras? No hay que decir, sin embargo, que la sabiduría que hay en el mundo sea creadora; ella, por el contrario, ha sido creada, según aquello del salmo: El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos.

 

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Dedico algunos minutos a contemplar lo bello en la naturaleza?. La reconozco como obra amorosa del Creador?. Yo mismo me reconozco como obra del corazón y de las manos de Dios?. Le doy gracias?. Además, le pido que me dé su luz y su fortaleza para este encuentro especial con El?.

 

 

Gracias por visitarnos

 

Recomendamos vivamente: “El cristiano en la crisis de Europa. Por S.S. Benedictoi XVI, al siglo Joseph Ratzinger. Ediciones Cristiandad. Este título recoge tres textos de Benedicto XVI, compuestos inmediatamente antes de su elección y publicados por vez primera en forma de libro y bajo su supervisión una vez elegido Papa. Nos encontramos, por tanto, ante lo que puede considerarse la primera obra del nuevo Pontífice. En ellos, vuelve el Papa sobre argumentos que le son especialmente queridos: el sentido de Europa, el contraste cultural y su armonía, la exigencia del compromiso cristiano en el presente.

Benedicto XVI enuncia una tesis deslumbrante: el juicio sobre la realidad no debe hacerse calculando su valor con independencia de si Dios existe, sino apreciándola como don divino. Sólo esta perspectiva permite superar la quiebra de fundamentos éticos en la que ha desembocado la Ilustración.

 

Vox Dei est: Sancti estote, quia ego sanctus sum (Lev. XIX, 2 et XX, 7); et vox Domini est: Estote misericordes, sicut et Pater vester misericors est (Luc. VI, 36).

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).