Thursday 9 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
Inicio > Familia > Abuela - 1º abandonar 1 perro es peor que abandonar los abuelos; ancianos
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«Nada perturba tanto la vida humana como la ignorancia del bien y el mal». Cicerón

 

 

En efecto, no se puede proyectar el futuro sin hacer referencia a un pasado rico en experiencias significativas y en puntos de referencia espiritual y moral. Pensando en los abuelos, en su testimonio de amor y de fidelidad a la vida, vienen a la memoria las figuras bíblicas de Abraham y Sara, de Isabel y Zacarías, de Joaquín y Ana, así como de los ancianos Simeón y Ana, o también Nicodemo:  todos ellos nos recuerdan que a cualquier edad el Señor pide a cada uno la aportación de sus talentos.

 

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Abuelos - "Amamos las catedrales antiguas, los muebles antiguos, las monedas antiguas, las pinturas antiguas y los viejos libros, pero nos hemos olvidado por completo del enorme valor moral y espiritual de los ancianos que en definitiva son también seres humanos antiguos". (Lin Yutang).

Nadie duda de la importancia que tienen los abuelos para las nuevas generaciones.

Muchas parejas jóvenes, se han acostumbrado, unas veces por necesidad y otras muchas por comodidad, a que sean los abuelos los que ejerzan de padres y madres de sus nietos, que sean canguros de los pequeños y compañeros obligatorios de juego.

La calidad de vida de una familia no puede apoyarse en la ´utilización´ de los abuelos. Debemos acudir a ellos sólo en caso de extrema emergencia, y así evitaremos las quejas sobre lo que se espera de ellos, sobre las ideas distintas en la educación de los niños. Es verdad que los abuelos juegan un papel importante en la vida de los nietos. Pero no abusemos de ellos.

Los abuelos actuales no son como los de antes. Tienen su propia vida, una vida más autónoma y dinámica. Tienen su vida llena de nuevas inquietudes culturales, sociales y laborales.

Los padres son los modelos de referencia en la educación de los hijos. No debemos cargar esa mochila en los abuelos. Ellos solo tienen que llenar la casa de paz, conciliación y estabilidad aconsejando y apoyando a sus hijos en la educación de los nietos.

Dice Benedicto XVI: “los abuelos pueden ser –y lo son tantas veces- los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojala que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones”.


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Ana, abuela de Jesús, María Virgen y el Niño.

1424-1425. Temple sobre tabla. 175 x 103 cm. Galería de los Uffizi. Florencia. Italia.

Tommaso Cassai y Tomasso di Cristoforo Fini - XIV/XV. Gótico/Renacimiento


Al referirnos a la vida familiar, hemos analizado las relaciones entre generaciones, "en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona" (Carta a las familias, 9). Se dio gran relieve a la contribución de los abuelos en la educación de sus nietos. Los abuelos comunican con especial ternura una experiencia de vida y de fe, y a menudo son hoy un factor importantísimo de evangelización, particularmente cuando la misión de los padres de transmitir la fe falla por diversos motivos. En la transmisión de los valores, especialmente de los religiosos, la función de los abuelos resulta hoy de importancia fundamental frente al peligro de un vacío de la educación a este respecto.

 

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Los abuelos son para los nietos una fuente inagotable de experiencia en el arte de vivir, de desprendimiento, de compañía y de grandeza espiritual.

 

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Un gran hombre demuestra su grandeza por el modo en que trata a los que son o tienen menos que él.

 

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Siempre que alguien afirma que dos más dos son cuatro, y un ignorante le responde que dos más dos son seis, surge un tercero que, en pro de la moderación, la tolerancia y el diálogo, acaba concluyendo que dos más dos son cinco".

 

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Anuncio a Ana, abuela judía de Jesús - 1591. Miniatura.

Museo Armenio de Francia. París. Francia.

 

Ancianos - Cuando ellos han dado todo, es de justicia, pero es, sobre todo, de amor, darles nuestra ayuda, nuestra presencia, darles, sencillamente, nuestra sonrisa, nuestro cariño. ¡No necesitan más!

 

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Los tornos, que surgieron a principios del siglo XIII [08 enero 1198 + 16 julio 1216] con una Bula del Papa Inocente III, horrorizado por la cantidad de niños que eran arrojados al Tiber, desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en los últimos años han vuelto a algunos lugares de Europa, como a Alemania, Suiza o la República Checa. En España, hubo un intento reciente, pero las autoridades no permitieron que se mantuviera abierto, porque consideraron que hay medios suficientes para entregar a un niño no deseado.

Pero mismo así, es quitar una facilidad de recupero frente a quien desprecia un niño con una acción tan dolorosa, tanto para la victima despreciada como para quien desprecia. 2007.

 

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La abuela, la gran conciliadora

 

Escribo una pequeña reflexión pensando en el papel de tantas abuelas...

 

Escribo una pequeña reflexión pensando en el papel de tantas abuelas que siguen solucionando a sus hijos el que no se vaya agobiado a su trabajo laboral.

Es un sincero homenaje a tantas abuelas que o bien por estar jubiladas, o bien por no haber trabajado fuera de casa − en el hogar si… y mucho − concilian la vida laboral de sus hijos dando su apoyo a las familias gracias a su buen corazón. De toda manera, su dedicación está muy bien recompensada: besos, caricias, risas de los más pequeños y solo hace falta escuchar a la mayoría de nietos, especialmente adolescentes, cuando hablan de su abuela o cuando les falta: siempre hay un sentimiento de cariño entrañable en sus apreciaciones.

Hoy hablamos desde el punto de vista médico del ´´síndrome de la abuela esclava´´. La abuela que sólo procura por los hijos, que no se atreve a decir que está agotada por el exceso de responsabilidades en que se encuentra inmersa, y que no se queja porque tiene miedo de no ser útil, en esta situación puede acabar enfermando. Es posible que eso suceda porque las abuelas siguen teniendo el mismo espíritu maternal de cuándo eran madres (se dice que son dos veces madres). En cambio, debido a la edad, les cuesta más recuperarse del esfuerzo físico y psíquico.

En este caso sólo cabe la solución de saber pedir. Cuando se sabe pedir complace a quien se pide porque puede compartir. Cuando pedimos un favor de hecho estamos haciendo otro favor.  Las abuelas han de saber pedir ayuda a tiempo, antes de que por agotamiento no puedan hacer nada más. Y los hijos jóvenes, que necesitan de la abuela, tienen que estar más atentos a sus necesidades afectivas y físicas y agradecerle lo que hace por ellos. Este agradecimiento no se demuestra con regalos sino con una actitud agradable: interés por sus preocupaciones, una visita inesperada sin niños al hogar de los padres, manifestar alegría y otras actitudes que son fruto de pensar en ella.   

Para ser buena abuela hay que tener una actitud positiva, para resolver problemas sin susceptibilidades, y esta actitud participativa para saber dar y recibir. No fuera el caso que estuviéramos paseándonos por casa diciendo: ´´pobrecita de mí, cómo sufro y lo poco que me quejo´´. No se puede dejar de lado la valiosa aportación del abuelo.

Considero muy importante el siguiente punto:

Reforzar la autonomía del matrimonio:

Para transmitir serenidad y paz al matrimonio joven, se debe ser muy prudente y no interferir en sus relaciones. La autonomía y la independencia de los hijos casados tienen que valorarse mucho, así como los objetivos educativos que tengan para sus hijos deben respetarse; la responsabilidad es de ellos y no de los abuelos. Este hecho no excluye que cuando los nietos estén en casa de los abuelos tengan de adaptarse al orden material que sea costumbre en la casa de los mayores. En este tema, para no tener problemas generacionales, debe mantenerse una buena comunicación entre abuelos e hijos, sabiendo pasar por alto pequeñas banalidades, distinguiendo lo que es esencial de lo que es accesorio.

No olvidemos que el hábitat natural de la persona es su familia; se hace patente que allí dónde prioritariamente la gente mayor se puede encontrar realizada es con los suyos. Esto no excluye que la abuela no puede centrarse en ella misma, ni hablar siempre de que “las cosas cómo han cambiado”, sino que puede dar su testimonio de esperanza, propia de la fortaleza y sabiduría que se aprende con los años. 2006-06-13 e-cristians.net

 

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SENTIDO Y VALOR DE LA VEJEZ

 

Las expectativas de una longevidad que se puede transcurrir en mejores condiciones de salud respecto al pasado; la perspectiva de poder cultivar intereses que suponen un grado más elevado de instrucción; el hecho de que la vejez no es siempre sinónimo de dependencia y que, por tanto, no menoscaba la calidad de la vida, no parecen ser condiciones suficientes para que se acepte un período de la existencia en el cual muchos de nuestros contemporáneos ven exclusivamente una inevitable y abrumadora fatalidad.

Está muy difundida, hoy, en efecto, la imagen de la tercera edad como fase descendiente, en la que se da por descontada la insuficiencia humana y social. Se trata, sin embargo, de un estereotipo que no corresponde a una condición que, en realidad, está mucho más diversificada, pues los ancianos no son un grupo humano homogéneo y la viven de modos muy diferentes. Existe una categoría de personas, capaces de captar el significado de la vejez en el transcurso de la existencia humana, que la viven no sólo con serenidad y dignidad, sino como un período de la vida que presenta nuevas oportunidades de desarrollo y empeño. Y existe otra categoría —muy numerosa en nuestros días— para la cual la vejez es un trauma. Personas que, ante el pasar de los años, asumen actitudes que van desde la resignación pasiva hasta la rebelión y el rechazo desesperados. Personas que, al encerrarse en sí mismas y colocarse al margen de la vida, dan principio al proceso de la propia degradación física y mental.

Es posible, pues, afirmar que las facetas de la tercera y de la cuarta edad son tantas cuantos son los ancianos, y que cada persona prepara la propia manera de vivir la  vejez durante toda la vida. En este sentido, la vejez crece con nosotros. Y la calidad de nuestra vejez dependerá sobre todo de nuestra capacidad de apreciar su sentido y su valor, tanto en el ámbito meramente humano como en el de la fe. Es necesario, por tanto, situar la vejez en el marco de un designio preciso de Dios que es amor, viviéndola como una etapa del camino por el cual Cristo nos lleva a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2). Sólo a la luz de la fe, firmes en la esperanza que no engaña (cf. Rom 5, 5), seremos capaces de vivirla como don y como tarea, de manera verdaderamente cristiana. Ese es el secreto de la juventud espiritual, que se puede cultivar a pesar de los años. Linda, una mujer que vivió 106 años, dejó un lindo testimonio en este sentido. Con ocasión de su 101° cumpleaños, confiaba a una amiga: « Ya tengo 101 años, pero ?sabes que soy fuerte? Físicamente estoy algo impedida, pero espiritualmente hago todo, no dejo que las cosas físicas me abrumen, no les hago caso. No es que viva la vejez porque no le hago caso: ella sigue por su camino, y yo la dejo. El único modo de vivirla bien es vivirla en Dios ».

Rectificar la actual imagen negativa de la vejez, es, pues, una tarea cultural y educativa que debe comprometer a todas las generaciones. Existe la responsabilidad con los ancianos de hoy, de ayudarles a captar el sentido de la edad, a apreciar sus propios recursos y así superar la tentación del rechazo, del auto-aislamiento, de la resignación a un sentimiento de inutilidad, de la desesperación. Por otra parte, existe la responsabilidad con las generaciones futuras, que consiste en preparar un contexto humano, social y espiritual en el que toda persona pueda vivir con dignidad y plenitud esa etapa de la vida.

En su mensaje a la Asamblea mundial sobre los problemas del envejecimiento de la población, Juan Pablo II afirmaba: « La vida es un don de Dios a los hombres, creados por amor a su imagen y semejanza. Esta comprensión de la dignidad sagrada de la persona humana lleva a valorizar todas las etapas de la vida. Es una cuestión de coherencia y de justicia. Es imposible, en efecto, valorizar verdaderamente la vida de un anciano, si no se da valor, verdaderamente, a la vida de un niño desde el momento de su concepción. Nadie sabe hasta dónde se podría llegar, si no se respetara la vida como un bien inalienable y sagrado ». (5)

La construcción de la auspicada sociedad de « todas las generaciones » permanecerá en pie sólo si se funda en el respeto por la vida en todas sus fases. La presencia de tantos ancianos en el mundo contemporáneo es un don, una riqueza humana y espiritual nueva. Un signo de los tiempos que, si se comprende en toda su plenitud, y se sabe acoger, puede ayudar al hombre actual a recuperar el sentido de la vida, que va mucho más allá de los significados contingentes que le atribuyen el mercado, el Estado y la mentalidad reinante.

La experiencia que los ancianos pueden aportar al proceso de humanización de nuestra sociedad y de nuestra cultura es más preciosa que nunca, y les ha de ser solicitada, valorizando aquellos que podríamos definir los carismas propios de la vejez:

La gratuidad. La cultura dominante calcula el valor de nuestras acciones según los parámetros de una eficiencia que ignora la dimensión de la gratuidad. El anciano, que vive el tiempo de la disponibilidad, puede hacer caer en la cuenta a una sociedad « demasiado ocupada » la necesidad de romper con una indiferencia que disminuye, desalienta y detiene los impulsos altruístas.

La memoria. Las generaciones más jóvenes van perdiendo el sentido de la historia y, con éste, la propia identidad. Una sociedad que minimiza el sentido de la historia elude la tarea de la formación de los jóvenes. Una sociedad que ignora el pasado corre el riesgo de repetir más fácilmente los errores de ese pasado. La caída del sentido histórico puede imputarse también a un sistema de vida que ha alejado y aislado a los ancianos, poniendo obstáculos al diálogo entre las generaciones.

La experiencia. Vivimos, hoy, en un mundo en el que las respuestas de la ciencia y de la técnica parecen haber reemplazado la utilidad de la experiencia de vida acumulada por los ancianos a lo largo de toda la existencia. Esa especie de barrera cultural no debe desanimar a las personas de la tercera y de la cuarta edad, porque ellas tienen muchas cosas qué decir a las nuevas generaciones y muchas cosas qué compartir con ellas.

La interdependencia. Nadie puede vivir solo; sin embargo, el individualismo y el protagonismo dilagantes ocultan esta verdad. Los ancianos, en su búsqueda de compañía, protestan contra una sociedad en la que los más débiles se dejan con frecuencia abandonados a sí mismos, llamando así la atención acerca de la naturaleza social del hombre y la necesidad de restablecer la red de relaciones interpersonales y sociales.

Una visión más completa de la vida. Nuestra vida está dominada por los afanes, la agitación y, no raramente, por las neurosis; es una vida desordenada, que olvida los interrogantes fundamentales sobre la vocación, la dignidad y el destino del hombre. La tercera edad es, además, la edad de la sencillez, de la contemplación. Los valores afectivos, morales y religiosos que viven los ancianos constituyen un recurso indispensable para el equilibrio de las sociedades, de las familias, de las personas. Van del sentido de responsabilidad a la amistad, a la no-búsqueda del poder, a la prudencia en los juicios, a la paciencia, a la sabiduría; de la interioridad, al respeto de la Creación, a la edificación de la paz. El anciano capta muy bien la superioridad del « ser » respecto al « hacer » y al « tener ». Las sociedades humanas serán mejores si sabrán aprovechar los carismas de la vejez.

 

II

EL ANCIANO EN LA BIBLIA

Para entender profundamente el sentido y el valor de la vejez, es preciso abrir la Biblia. Sólo la luz de la Palabra de Dios, en verdad, nos da la capacidad de sondear la plena dimensión espiritual, moral y teológica de esa época de la vida. Como estímulo para reexaminar el significado de la tercera y de la cuarta edad, sugerimos a continuación algunos puntos de referencia bíblicos, con observaciones y reflexiones sobre los retos que ellos representan en la sociedad contemporánea.

Respeta al anciano (Lv 19, 32)

La consideración por el anciano, en la Escritura se transforma en ley: « Ponte en pie ante las canas, [...] y honra a tu Dios » (ibid.). Además: « Honra a tu padre y a tu madre » (Dt 5, 16). Una exhortación delicadísima en favor de los padres, especialmente en la edad senil, se encuentra en el tercer capítulo del Eclesiástico (vv. 1-16), que termina con una afirmación muy grave: « Quien desampara a su padre es un blasfemo, un maldito del Señor quien maltrata a su madre ». Es preciso, pues, hacer todo lo posible para detener la tendencia, tan difundida hoy, a ignorar a los ancianos y a marginalizarlos, « educando » así a las nuevas generaciones a abandonarlos. Jóvenes, adultos y ancianos tienen necesidad los unos de los otros.

Nuestros antepasados nos contaron la obra
que realizaste en sus días,
en los tiempos antiguos
(Sal 44 [43], 2)

Las historias de los patriarcas son particularmente elocuentes al respecto. Cuando Moisés vive la experiencia de la zarza ardiente, Dios se le presenta así: « Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob » (Ex 3, 6). Dios pone su propio nombre junto al de los grandes ancianos que representan la legitimidad y la garantía de la fe de Israel. El hijo, el joven encuentra —digamos, « recibe »— a Dios siempre y sólo a través de los padres, de los ancianos. En el trozo arriba mencionado, junto al nombre de cada patriarca aparece la expresión « Dios de... », para significar que cada uno de ellos hacía la experiencia de Dios. Y esta experiencia, que era el patrimonio de los ancianos, era también la razón de su juventud espiritual y de su serenidad ante la muerte. Paradójicamente, el anciano que transmite lo que ha recibido esboza el presente; en un mundo que ensalza una eterna juventud, sin memoria y sin futuro, esto da motivo para reflexionar.

En la vejez seguirán dando fruto (Sal 92 [91], 15)

La potencia de Dios se puede revelar en la edad senil, incluso cuando ésta se ve marcada por límites y dificultades. « Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo. De este modo, nadie puede presumir delante de Dios » (1 Cor 1, 27-28). El designio de salvación de Dios se cumple también en la fragilidad de los cuerpos ya no jóvenes, débiles, estériles e impotentes. Así, del vientre estéril de Sara y del cuerpo centenario de Abrahán nace el Pueblo elegido (cf. Rom 4, 18-20). Y del vientre estéril de Isabel y de un viejo cargado de años, Zacarías, nace Juan el Bautista, precursor de Cristo. Incluso cuando la vida se hace más débil, el anciano tiene motivo para sentirse instrumento de la historia de la salvación: « Le haré disfrutar de larga vida, y le mostraré mi salvación » (Sal 91[90], 16), promete el Señor.

Ten en cuenta a tu Creador en los días
de tu juventud, antes de que lleguen los días malos
y se acerquen los años de los que digas:
« No me gustan »
(Ecl 12, 1)

Este enfoque bíblico de la vejez impresiona por su objetividad desarmante. Además, como lo recuerda el salmista, la vida pasa en un soplo y no siempre es suave y sin dolor: « Setenta años dura nuestra vida, y hasta ochenta llegan los más fuertes; pero sus afanes son fatiga inútil, pues pasan pronto, y nosotros nos desvanecemos » (Sal 90[89], 10). Las palabras de Qohélet —que hace una larga descripción, con imágenes simbólicas, de la decadencia física y de la muerte— pintan un triste retrato de la vejez. La Escritura nos llama, aquí, a no hacernos ilusiones acerca de una edad que lleva a malestares, problemas y sufrimientos. Y recuerda que se debe mirar hacia Dios durante toda la existencia, porque Él es el punto de llegada hacia el cual hay que dirigirse siempre, pero sobre todo en el momento del miedo que sobreviene cuando se vive la vejez como un naufragio.

Abrahán expiró; murió en buena vejez ,
colmado de años, y fue a reunirse
con sus antepasados
(Gn 25, 7)

Este paso bíblico tiene una gran actualidad. El mundo contemporáneo ha olvidado la verdad sobre el significado y el valor de la vida humana —establecida por Dios, desde el principio, en la conciencia del hombre— y con ella, el pleno sentido de la vejezy de la muerte. La muerte ha perdido, hoy, su carácter sagrado, su significado de realización. Se ha transformado en tabú: se hace lo posible para que pase inobservada, para que no altere nada. Su telón de fondo también ha cambiado: si se trata de ancianos, sobre todo, se muere siempre menos en casa y siempre más en el hospital o en un instituto, lejos de la propia comunidad humana. Ya no se usan, especialmente en la ciudad, los momentos rituales de pésame y ciertas formas de piedad. El hombre actual, como anestesiado ante las representaciones diarias de la muerte que dan los medios de comunicación social, hace lo posible por no afrontar una realidad que le produce turbación, angustia, miedo. Entonces, inevitablemente, se queda solo ante la propia muerte. Pero el Hijo de Dios hecho hombre cambió, en la cruz, el significado de la muerte, abriendo de par en par al creyente las puertas de la esperanza: « Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá » (Jn 11, 25-26). A la luz de estas palabras, la muerte —que ya no es condena, ni necia conclusión de la vida en la nada— se revela como el tiempo de la esperanza viva y cierta del encuentro cara a cara con el Señor.

Enséñanos a calcular nuestros días,
para que adquiramos un corazón sabio
(Sal 90 [89], 12)

Uno de los « carismas » de la longevidad, según la Biblia, es la sabiduría; pero la sabiduría no es necesariamente una prerrogativa de la edad. Es un don de Dios que el anciano debe acoger y ponerse como meta, para alcanzar esa sabiduría del corazón que da la posibilidad de « saber contar los propios días », es decir, de vivir con sentido de responsabilidad el tiempo que la Providencia concede a cada cual. Núcleo de esta sabiduría, es el descubrimiento del sentido más profundo de la vida humana y del destino trascendente de la persona en Dios. Y si esto es importante para el joven, con mayor razón lo será para el anciano, llamado a orientar su propia vida sin perder nunca de vista la « única cosa necesaria » (cf. Lc 10, 42).

A ti, Señor, me acojo;
no quede yo avergonzado para siempre
(Sal 71 [70], 1)

Este salmo, que se destaca por su belleza, es sólo una de las muchas oraciones de ancianos que se encuentran en la Biblia y que dan testimonio de los sentimientos religiosos del alma ante el Señor. La oración es el camino real para una comprensión de la vida según el espíritu, propia de las personas ancianas. La oración es un servicio, un ministerio que los ancianos pueden ejercer para bien de toda la Iglesia y del mundo. Incluso los ancianos más enfermos, o inmovilizados, pueden orar. La oración es su fuerza, la oración es su vida. A través de la oración, participan en los dolores y en las alegrías de los demás, y pueden romper la barrera del aislamiento, salir de su condición de impotencia. La oración es un tema central, y de él se pasa a la cuestión de cómo un anciano puede llegar a ser contemplativo. Un anciano agotado, en su cama, es como un monje, un ermitaño: con su oración puede abrazar al mundo. Parece imposible que una persona que haya vivido en plena actividad pueda volverse contemplativa. Pero hay momentos de la vida en los que se producen aperturas que benefician a toda la comunidad humana. Y la oración es la apertura por excelencia, pues « no hay renovación, incluso social, que no nazca de la contemplación. El encuentro con Dios en la oración introduce en los pliegues de la historia una fuerza [...] que conmueve los corazones, los anima a la conversión y a la renovación y, de este modo, se convierte en una potente fuerza histórica de transformación de las estructuras sociales ». (6)

 

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Abuelos, hijos y nietos

Cuando tenemos más días de descanso aumentan las ocasiones de trato con familiares y especialmente entre abuelos, hijos y nietos. La calidad de esta convivencia intergeneracional será una buena muestra de cómo estamos construyendo un mundo mejor para los que, tarde o temprano, nos van a relevar en esta vida.

Seguro que estaremos de acuerdo en que nunca será suficiente una relación «de mínimos» entre abuelos, hijos y nietos. Y es que tenemos el sentido común para entender la equidad como la perfección de lo igual. Es una forma de mejorar o asegurar lo justo formulado por las leyes.

Recordemos que en una sociedad verdaderamente justa, los principios de equidad e igualdad no se anulan uno al otro. Ambos se aplican porque son interdependientes: ninguno es suficiente sin el otro. En una sociedad de iguales donde no hay equidad, habrá una igualdad restringida porque todos somos diferentes desde el punto de vista biológico, social y cultural, y necesitamos cosas distintas en tiempos distintos. De ahí que no en todas las circunstancias la equidad entre generaciones se manifiesta de la misma manera.

Tenemos claro que lo que se pasa de abuelos a hijos y de éstos a nietos no es una mera acumulación de conocimientos o bienes. Es, intentemos que sea, además, una transmisión de valores, una dinámica de mejora integral de la persona y su entorno. Este incremento debería generar una extensión de «vida buena» en todos los ámbitos de las relaciones humanas: política, educación, economía, ciencias, ecología, etc.

Considero que la mejora de la generación siguiente tiene mucho que ver con la cohesión familiar, ya que es la familia medio eficacísimo de atención desigual, y desiguales somos las personas. Así, ocurre que la riqueza global que se transmite, queda asegurada por el vínculo estrecho y sincero entre una generación y otra.

Vemos evidente la necesidad de más trato, más convivencia entre padres e hijos. Pero no perdamos ocasión también para que nietos, hijos y abuelos compartan entre todos ellos tiempo libre y descanso, juegos y conversaciones que, aunque sean «batallitas», correcciones o pequeñeces de unos u otros, alimentarán una estima y comunicación valiosísimas para el futuro de todos.

La prudencia, experiencia vital, comprensión y ternura —contra toda adversidad o desánimo— que muestran muchas abuelas y abuelos, pueden compensar de manera extraordinaria las tensiones y precipitaciones de los adultos, pues a veces nos vemos condicionados por la «urgencia» del momento o la falta de perspectiva vital.

En todo caso, abuelos y padres acordarán los medios para evitar desautorizaciones hacia éstos últimos, y también para superar la excesiva protección de los más mayores sobre los nietos.

La fragilidad, limitaciones y necesidades extraordinarias de la ancianidad pueden resultar una auténtica carga. Pero no es la persona anciana en sí una carga, sino sus circunstancias de edad o enfermedad. Por ello, la familia puede y debe unirse y reunirse en torno a los ancianos, sean más o menos capaces, como también se solidariza con un enfermo de 20, 30 ó 40 años.

Además, reconozcamos la importancia que tiene para los niños el hecho de poder situarse, en el tiempo, respecto a sus ascendentes, saber de primera mano experiencias antiguas y fascinantes, conocer sus raíces.

Seguro que podemos construir un diálogo más comprensivo y fluido. Convertiremos el conflicto que pueda aparecer en cooperación. Niños, jóvenes, adultos y ancianos, nos sabremos miembros de un maravilloso equipo que extiende su siembra de felicidad —con dificultades, por supuesto— a lo largo de la historia humana, generación tras generación. 2007-07-24

http://www.conoze.com/doc.php?doc=7481

 

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Tengo fe, aún cuando digo: "Muy desdichado soy"! » (Sal 116 115, 10): la vida en la vejez y en el sufrimiento

 

46. También en lo relativo a los últimos momentos de la existencia, sería anacrónico esperar de la revelación bíblica una referencia expresa a la problemática actual del respeto de las personas ancianas y enfermas, y una condena explícita de los intentos de anticipar violentamente su fin. En efecto, estamos en un contexto cultural y religioso que no está afectado por estas tentaciones, sino que, en lo concerniente al anciano, reconoce en su sabiduría y experiencia una riqueza insustituible para la familia y la sociedad.

La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de veneración (cf. 2 M 6, 23). El justo no pide ser privado de la ancianidad y de su peso, al contrario, reza así: « Pues tú eres mi esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud... Y ahora que llega la vejez y las canas, ¡oh Dios, no me abandones!, para que anuncie yo tu brazo a todas las edades venideras » (Sal 71 70, 5.18). El tiempo mesiánico ideal es presentado como aquél en el que « no habrá jamás... viejo que no llene sus días » (Is 65, 20).

Sin embargo, ¿cómo afrontar en la vejez el declive inevitable de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la muerte? El creyente sabe que su vida está en las manos de Dios: « Señor, en tus manos está mi vida » (cf. Sal 16 15, 5), y que de El acepta también el morir: « Esta sentencia viene del Señor sobre toda carne, ¿por qué desaprobar el agrado del Altísimo? » (Si 41, 4). El hombre, que no es dueño de la vida, tampoco lo es de la muerte; en su vida, como en su muerte, debe confiarse totalmente al « agrado del Altísimo », a su designio de amor.

Incluso en el momento de la enfermedad, el hombre está llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a renovar su confianza fundamental en El, que « cura todas las enfermedades » (cf. Sal 103 102, 3). Cuando parece que toda expectativa de curación se cierra ante el hombre —hasta moverlo a gritar: « Mis días son como la sombra que declina, y yo me seco como el heno » (Sal 102 101, 12)—, también entonces el creyente está animado por la fe inquebrantable en el poder vivificante de Dios. La enfermedad no lo empuja a la desesperación y a la búsqueda de la muerte, sino a la invocación llena de esperanza: « ¡Tengo fe, aún cuando digo: "Muy desdichado soy"! » (Sal 116 115, 10); « Señor, Dios mío, clamé a ti y me sanaste. Tú has sacado, Señor, mi alma del Seol, me has recobrado de entre los que bajan a la fosa » (Sal 30 29, 3-4).

 

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Abandonar a un perro se penaliza en España

 veinte veces más que dejar a la abuela en la calle



 

 

Redacción - Madrid.-
El afán lógico de la sociedad por la protección de los animales puede llevar a veces a extremos tan irracionales como que se penalice diez veces más el abandono de un perro que dejar en la calle a la abuela. Y esto ha ocurrido esta misma semana. En las Islas Baleares, el Ayuntamiento de Ciudadela ha sancionado con 4.500 euros de multa al propietario de un perro por abandonarlo en la vía pública. Los hechos se remontan a enero de 2003 cuando los servicios de la perrera municipal capturaron al animal. El chip de identificación permitió averiguar el paradero de su propietario, que en esos momentos había trasladado su residencia fuera de la isla. Los servicios municipales consideraron probado entonces su intención de abandonar el animal.
   Por su parte, la Audiencia de Barcelona ha dictado una sentencia por la que condena a cuatro miembros de una familia a pagar una multa de 240 euros y una indemnización de 1.000 por abandonar en la calle a la abuela, que sufría demencia senil.
   La secretaria general de Asuntos Sociales, Lucía Figar, en declaraciones a Antena 3, se pronunció ayer al respecto: «Me parece absolutamente deplorable lo que ha ocurrido. La sentencia es penosa». En el mismo sentido, especialistas y colectivos que atienden a ancianos calificaron ayer de «irrisoria» la multa económica de 240 euros al considerar «salvaje» la actitud de la familia.

2004-01-15 LA RAZÓN. ESPAÑA.

 

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La importancia de los abuelos

 

Durante todo el curso pasado he estado yendo con cuatro alumnos de 4º de ESO, cada miércoles por la tarde, a una residencia de la tercera edad, para mantener una simpática tertulia con una docena de viejitos, hombres y mujeres. Es innegable lo bien atendidos que están materialmente. Pero la cara que ponían cuando hablaban de sus hijos, y especialmente de sus nietos si iban poco –o a veces nunca- a verle , lo decía todo.

Si los abuelos no existieran habría que inventarlos. El papel que desempeñan en el ámbito de la familia es fundamental para que esta cumpla la función social que le corresponde. La naturaleza es sabia, y como es ésta y no las leyes de los hombres la que asigna las funciones propias de la familia, ha hecho que el núcleo esencial de la misma esté constituida por los abuelos los padres y los hijos. Su contribución a la buena marcha y a la felicidad de la familia es fundamental. Baste recordar cuantos momentos felices de nuestra niñez está ligada a nuestros respectivos abuelos.

Ellos son, con su experiencia y la sabiduría que dan los años, como el pilar firme que da solidez y estabilidad; que transmite costumbres y tradiciones familiares; que influye en la configuración del carácter de hijos y nietos. Y sobre todo son los principales transmisores de los valores de una familia. Evidentemente los principales educadores de los niños son los padres, pero también los abuelos pueden contribuir a esa educación. Y ser algunas veces, de forma subsidiaria, los principales agentes de esa educación por ausencia o incapacidad de los padres; cosa por desgracia cada vez más frecuente.

Son un referente imprescindible cuando los nietos son pequeños. Y cuando ya son mayorcitos son para ellos, aunque quizá no lo noten ni mucho menos lo valoren, como una reserva de amor de la que saben que pueden echar mano en las circunstancias difíciles. ¡Cuantas veces han sido los abuelos los que han sacado las castañas del fuego y han ayudado a superar los problemas de todo tipo en que han podido encontrarse hijos y nietos! Y todo ello sin exigir nada a cambio; como la cosa más natural del mundo, porque saben que ese es su papel.

También es bien conocido el problema que resuelven a muchos matrimonios jóvenes, cuando ambos trabajan fuera de casa, haciendo de “canguros” de los niños pequeños. Y aunque puede parecer una visión muy utilitarista del papel e los abuelos, pienso que es muy importante desde el punto de vista afectivo y educativo, que los niños pequeños no estén la mayor parte del tiempo en manos de “extraños”, cuando las circunstancias impidan a los padres pasar con ellos todo el tiempo que sería de desear.

Desgraciadamente cada vez son más los nietos que apenas conocen a sus abuelos, a quienes ven solo de tarde en tarde. Bien porque los padres están separados y el régimen de visitas que establece la ley no contempla a los abuelos, o porque están “aparcados” en una residencia de la tercera edad.

Todo ello pone de manifiesto la necesidad de que la ley regule y facilite el derecho de visita de los abuelos en los casos de separación, y también de que los padres se acuerden de la necesidad y conveniencia de que sus hijos conozcan bien y se relacionen con sus abuelos. También los abuelos necesitan de los nietos. Es quizá de las pocas cosas que dan sentido al crepúsculo de sus vidas, y que pueden contribuir a su felicidad. Pero para ello es necesario que los tengan, que los vean con frecuencia y mejor todavía si pueden convivir con ellos, aunque solo sea a temporadas.--   Federico Gómez Pardo .

2003-08-07 www.piensaunpoc.com  

 

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Carta a los abuelos de Jesús


Mis muy queridos Joaquín y Ana:

 

Mi nombre es… bueno, no importa… les escribo desde un banco de la parroquia en una inexplicable tarde cálida de julio (en Argentina Julio es invierno).

Me avisó una amiga que el día 26 es su fiesta y, por ello, quise regalarles esta sencilla carta.

No hallo palabras para decirles "gracias". Gracias por haber sido tan dulces y ejemplares padres de mi amada María.

Usted, señora Ana, que habrá compartido con ella tantas tardes luego de intensas jornadas, ha sido una sencilla pero sabia maestra. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que se unieron a las de Ella en un mar de harina, para enseñarle a amasar el pan. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que apretaron fuerte las de Ella cuando el dolor, implacable, les invadía el alma. Fue su ejemplo (¿El de quién, sino?) el que ayudó a María a caminar los senderos de la contemplación simple, sencilla, la que está al alcance de cualquier mujer. Fue este santo ejercicio el que permitió a la Madre, años después, meditar en su corazón los misterios de la Salvación.

Fue usted, buena señora, la que son su ejemplo más que con sus palabras, le enseñó a María que ser mamá es la tarea más hermosa del mundo. Así, Ella, la veía a usted cuidar y ayudar a amigas y parientas cuando los embarazos venían difíciles en los caminos del alma. Y seguro en su casa los pequeñines siempre hallaron una rica sorpresa, increíblemente siempre lista, para sus sorpresivas y revoltosas incursiones.

Ustedes llevaron a la "llena de gracia" por las escalinatas del Templo tantas veces… Así, Ella fue conociendo que hace muchos años, un profeta llamado Isaías anunciaba que "…La Virgen está embarazada y da a luz un hijo…"y la profecía le inundaba el alma…

Usted, mi buen Joaquín, fue un hombre honesto y sencillo. ¿Quién, sino, habría sido digno de traer a este mundo a la "llena de gracia"?. María le habrá contemplado, seguramente, tantos días al partir de la casa para "ganar el pan con el sudor de su frente". Y le habrá esperado de regreso y habrá corrido hacia usted con las mejillas sonrosadas y los ojos llenos de palomas blancas para abrazarle al regreso de la larga jornada. Y usted, la tomó en sus brazos y la alzó al cielo… tan ligera como una gacela, tan pura como una mañana.

"-Quisiera que el padre de mi hijo se le pareciera" le dijo un día Ella. Y usted casi no veía su rostro pues las lágrimas delataban que la jovencita le había besado el corazón.

"-Quisiera que mi hijo, un día, estuviese tan feliz de mí como yo lo estoy de usted, querida madre…" y sus palabras le hicieron sentir, Ana, que la vida es hermosa y los sacrificios y angustias de muchos años al criar los hijos, pueden desaparecer en un instante con frases como esa.

No quisiera terminar esta sencilla carta sin imaginar, por un momento, cuanto de ustedes llego al corazón de Jesús a través de María: Usted, mi buena Ana, seguro le alcanzó, desde más allá del tiempo, esa ternura por las pequeñas cosas de cada día, la cual, al llegarle desde el corazón de María, se transformaría luego en parábola, en camino…

Usted, don Joaquín, le dejó al mejor de los nietos la mejor de las herencias: El amor al trabajo. Así, a través de María y envuelto en las palabras y ejemplo del buen José, hallaría en Jesús el mejor de los depositarios.

Abuelos, abuelos, cuantas veces Jesús habrá dicho estas palabras… "-Extrañas a los abuelos ¿Verdad, Madre querida?"… "-A veces, Hijo, a veces… cuando la rutina desgasta y la soledad se torna compañera demasiado insistente. Cuando tu te vas a predicar lejos y yo te extraño, muchas veces siento que hubiera querido tener a mis padres cerca"… Y Jesús habrá mirado a María en silencio, sabiendo que había verdades que Ella comprendería más tarde, con la llegada del Espíritu Santo….

Para terminar les pido un favor. Abracen a todos los abuelos del mundo, en especial a los que se sienten solos. No importa si tienen nietos o no, pues hay una edad del alma en que la palabra "abuelo" se torna en caricia….

Un gran abrazo a los dos….

Desde Argentina: María Susana Ratero

NOTA:

"Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a la imaginación de la autora, sin intervención sobrenatural alguna."

 

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Viejos desechables

 

 

 

Por Juan Manuel DE PRADA
En ABC, 19.I.2004

Cada época lega a la posteridad los frutos de su clima moral; y esa sentencia que impone a los familiares de una vieja abandonada el pago de una multa ínfima se me antoja una expresión cabal, definitoria y coherente de la época que vivimos.


HE detectado un cierto tufillo farisaico en la conmoción social causada por esa sentencia judicial que impone a los familiares de una viejecita que había sido abandonada en la vía pública una multa ínfima. Y esa hipocresía ha alcanzado su clímax cuando se ha comparado la citada sentencia con otra que castigaba más severamente a los dueños de un perro por dejarlo tirado en similares circunstancias. Pues, no nos engañemos, hoy por hoy un perro es mucho más digno de protección que un anciano. Cierto progresismo ambiental ha enarbolado como vindicación prioritaria los llamados «derechos de los animales»; en cambio, se acepta que la vejez sea una edad excedente, una prolongación ignominiosa de la vida que conviene recluir y esconder, para que no nos recuerde la inminencia de la muerte. Quienes defienden la eutanasia activa (con frecuencia, los mismos que vindican los «derechos de los animales») habrían considerado a esa viejecita octogenaria y aquejada de Alzheimer una víctima (perdón, una beneficiaria) idónea de la muerte dulce que predican, pues, según sus presupuestos, una vida humana de la que emigrado la consciencia no merece la pena ser vivida; no así una vida animal, que merece prolongarse aunque nunca haya sido consciente. La viejecita de la sentencia, náufraga en las nieblas de la desmemoria, se había convertido ya en un cachivache desechable. El novio de una de sus nietas lo ha expresado expeditivamente: «Si no participamos en la herencia, ¿por qué teníamos que limpiarle el culo?».

Y al chavalote, de retórica tan abrupta como menesterosa, le ha faltado añadir que, a fin de cuentas, no hicieron con la abuela nada más de lo que nuestra época les ha enseñado. La vejez se ha convertido en la lepra más abominable: nos esforzamos patéticamente en rehuir su imperio recurriendo a disfraces indumentarios bochornosos, aferrándonos al cultivo de aficiones juveniles, incluso rectificando nuestras arrugas en un quirófano. Vanos y desesperados intentos de interrumpir el curso de la mera biología, que sin embargo se explican si consideramos que la vejez constituye un baldón social. No sólo la desdeñamos como depositaria de una sabiduría ancestral, también nos esforzamos por segregarla de nuestra vida: así, encerramos a los viejos en lazaretos apartados de las ciudades, para no presenciar su decrepitud; nuestras empresas se desprenden de sus trabajadores más veteranos

  

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Decálogo para saber envejecer

 

Mons. Joaquín Antonio Peñalosa*,
Revista Accion Femenina agosto 2003.

 

1. Cuidarás tu presentación día con día. Arréglate como si fueras a una fiesta. ¡Qué más fiesta que La vida! EL peinado, La ropa, todo atractivo, oliendo a limpio y a buen gusto. EL buen gusto es gratuito, no cuesta nada. Que aL verte se alegren tu espejo y los ojos de Los demás.

2. No te encerrarás en tu casa ni en tu habitación. Nada de jugar al enclaustrado o al preso voluntario. Saldrás a la calle y al campo de paseo. EL agua estancada se pudre y la máquina inmóvil se enmohece.

3. Amarás el ejercicio físico como a ti mismo. Un rato de gimnasia, una caminata razonable dentro o fuera de casa, por lo menos abrir la puerta, regar las rosas, contestar el teléfono, cualquier movimiento que te despegue de la cama y del sillón. Contra inercia, diligencia.

4. Evitarás actitudes y gestos de viejo derrumbado, la cabeza gacha, La espalda encorvada, Los pies arrastrándose. No. Que La gente diga un piropo cuando pases: Qué tiesecito el señor, qué altiva la señora.

5. No hablarás de tu vejez ni te quejarás de tus achaques. Acabarás por creerte más viejo, más viejo y enfermo de lo que en realidad estás. Y te harán eL vacío. A la gente no Le gusta oír historias de hospital. Cuando te pregunten: ¿Cómo estás?, contestarás que divinamente.

6. Cultivarás eL optimismo sobre todas las cosas. Al mal tiempo, buena cara. Sé positivo en los juicios, de buen humor en las palabras, alegre de rostro, amable en los ademanes. Se tiene la edad que se ejerce. La vejez no es cuestión de años sino un estado de ánimo. El corazón no envejece, el cuero es el que se arruga.

7. Tratarás de ser útil a ti mismo y a los demás. No eres un parásito ni una rama desgajada del árbol de la vida. Bástate hasta donde sea posible. Y ayuda, ayuda con una sonrisa, un consejo, un servicio. AL abrirte a Los demás, dejarás de estar pensando en un "yo" angustiado y solitario. Sólo cuando se abre la nuez aparece la almendra.

8. Trabajarás con tus manos y tu mente. EL trabajo es La terapia infalible. Cualquier actitud laboral, intelectual, artística. Haz aLgo, lo que sea y Lo que puedas. Una ocupación artesanal, un rato de lectura, un trozo amable de TV, La música. La bendición deL trabajo es medicina para todos los males.

9. Mantendrás vivas y cordiales las relaciones humanas. Desde luego las que se anudan en el hogar, integrándote a todos los miembros de la familia. Ahí tienes La oportunidad de convivir con niños, jóvenes y adultos, eL perfecto muestrario de la vida. Luego ensancharás tu corazón a los amigos, con tal que Los amigos no sean exclusivamente unos viejos como tú. Huye del bazar de las antigüedades.

10. No pensarás que "todo tiempo pasado fue mejor". Deja de estar condenando tu mundo y maldiciendo tu momento. No digas a cada palabra "las cosas andan mal, allá en mi tiempo..." Positivo siempre, negativo jamás. El anciano debiera ser como la luna, un cuerpo opaco destinado a dar luz.

* Monseñor Joaquín Antonio Peñalosa fue un sacerdote que fundó la Ciudad de los Niños, en San Luis Potosí. Autor de innumerables libros en los que trata temas profundos con gran sentido del humor. 2003-08-18

 

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Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres. - Rabindranath Tagore. Dramaturgo, poeta y filósofo indio.

 

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En realidad vivir como hombre significa elegir un blanco -honor, gloria, riqueza, cultura- y apuntar hacia él con toda la conducta, pues no ordenar la vida a un fin
es señal de gran necedad. Aristóteles

 

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Si la escalera no está apoyada en la pared correcta, cada peldaño que subimos es un paso más hacia un lugar equivocado. Stephen Covey

 

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La valiosa misión de los ancianos en la Iglesia

 

(Lectura:
Sirácida, capítulo 25, versículos 4-6)

1. En una sociedad como la nuestra en la que se rinde culto a la productividad, las personas ancianas corren el riesgo de ser consideradas inútiles, o, más aún, de ser juzgadas un peso para los demás. El mismo hecho de que la vida se haya alargado agrava el problema de la asistencia al número cada vez mayor de ancianos que necesitan cuidados y, tal vez aún más, el afecto y la solicitud de personas que llenen el vacío de su soledad. La Iglesia conoce este problema y trata de contribuir a su solución, incluso en el campo de la asistencia, a pesar de la dificultad que constituye para ella, hoy más que en el pasado, la escasez de personal y de medios. No deja de promover las intervenciones de los institutos religiosos y del voluntariado seglar para responder a esa necesidad de asistencia, ni de recordar a todos, tanto jóvenes como adultos, el deber que tienen de pensar en sus seres queridos que, por lo general, han hecho tanto por ellos.

2. Con especial alegría, la Iglesia pone de relieve que también los ancianos tienen su puesto y su utilidad en la comunidad cristiana. Siguen siendo plenamente miembros de la comunidad y están llamados a contribuir a su progreso con su testimonio, su oración e incluso con su actividad, en la medida de sus posibilidades.

La Iglesia sabe muy bien que muchas personas se acercan a Dios de manera especial en la ―así llamada― tercera edad y que, precisamente en ese tiempo se les puede ayudar a rejuvenecer su espíritu por los caminos de la reflexión y la vida sacramental. La experiencia acumulada a lo largo de los años lleva al anciano a comprender los límites de las cosas del mundo y a sentir una necesidad más profunda de la presencia de Dios en la vida terrena. Las desilusiones que ha experimentado en algunas circunstancias le han enseñado a depositar su confianza en Dios. La sabiduría que ha adquirido puede ser de gran utilidad no sólo para sus familiares, sino también para toda la comunidad cristiana.

3. Por otra parte la Iglesia recuerda que la Biblia presenta al anciano como el hombre de la sabiduría, del juicio, del discernimiento, del consejo (cf. Si 25, 4-6). Por eso los autores sagrados recomiendan acudir a los ancianos, como leemos de manera especial en el libro del Sirácida (6, 34): "Acude a la reunión de los ancianos; ¿que hay un sabio?, júntate a él". La Iglesia repite también la doble amonestación: "No deshonres al hombre en su vejez , que entre nosotros también se llega a viejos" (Si 8, 6); "no desprecies lo que cuentan los viejos, que ellos también han aprendido de sus padres" (Si 8, 9). Asimismo, ve con admiración la tradición de Israel que recomendaba a las nuevas generaciones que escucharan a los ancianos: "Nuestros padres ―canta el salmo― nos han contado la obra que realizaste en sus días, en los años remotos" (Sal 44, 2).

También el evangelio nos presenta el antiguo mandamiento de la ley: "Honra a tu padre y a tu madre" (Ex 20, 12; cf. Dt 5, 16) y Jesús atrae la atención hacia ese mismo mandamiento, cuando protesta contra los recursos que algunos empleaban para no cumplirlo (cf. Mc 7, 9-13). En su tradición de magisterio y ministerio pastoral, la Iglesia siempre ha enseñado y exigido el respeto y el honor a los padres, así como la ayuda material en sus necesidades. Esta recomendación de respetar y ayudar, incluso materialmente, a los padres ancianos conserva todo su valor también en nuestra época. Hoy, más que nunca, el clima de solidaridad comunitaria, que debe reinar en la Iglesia, puede llevar a practicar la caridad filial, de modos antiguos y nuevos, como aplicación concreta de esa obligación.

4. En el ámbito de la comunidad cristiana, la Iglesia honra a los ancianos, reconociendo sus cualidades y capacidades e invitándolos a cumplir su misión, qué no sólo está vinculada a ciertos tiempos y condiciones de vida, sino que puede llevarse a cabo de formas diversas según las posibilidades de cada uno. Por eso, deben resistir a "la tentación de refugiarse nostálgicamente en un pasado que no volverá más, o de renunciar a comprometerse en el presente por las dificultades halladas en un mundo de continuas novedades" (Christifideles laici, 48).

Incluso cuando les cueste comprender la evolución de la sociedad en que viven, los ancianos no deben encerrarse en un estado de aislamiento voluntario acompañado de pesimismo y rechazo de leer la realidad que progresa. Es importante que se esfuercen por mirar al futuro con confianza, sostenidos por la esperanza cristiana y la fe en el desarrollo de la gracia de Cristo que se difunde en el mundo.

5. A la luz de esta fe y con la fuerza de esta esperanza, los ancianos pueden descubrir mejor que están destinados a enriquecer a la Iglesia con sus cualidades y riquezas espirituales. En efecto, pueden brindar un testimonio de fe enriquecida por una larga experiencia de vida, un juicio lleno de sabiduría sobre las cosas y las situaciones del mundo, una visión más clara de las exigencias del amor recíproco entre los hombres, y una convicción más serena del amor divino que dirige cada existencia y toda la historia del mundo. Como ya prometía el Salmo 92 a los justos de Israel: "En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo" (vv. 15-16).

6. Por lo demás, un análisis sereno de la sociedad contemporánea puede ayudarnos a reconocer que favorece un nuevo desarrollo de la misión de los ancianos en la Iglesia (cf. Christifideles laici, 48). Hoy muchos ancianos conservan buenas condiciones de salud, o las recuperan con más facilidad que en otros tiempos. Por eso, pueden prestar servicio en las actividades de las parroquias o en otras obras.

De hecho, hay ancianos que resultan muy útiles donde pueden ejercitar sus competencias y sus posibilidades concretas. La edad no les impide dedicarse a las necesidades de las comunidades, por ejemplo, en el culto, en la visita a los enfermos o en la ayuda a los pobres. Y también cuando, al avanzar en edad, se ven obligados a reducir o suspender esas actividades, las personas ancianas conservan el compromiso de prestar a la Iglesia la contribución de su oración y de sus posibles achaques aceptados por amor al Señor.

Por último, en nuestra ancianidad, debemos recordar que, con las dificultades de salud y con el deterioro de nuestras fuerzas físicas, nos asociamos de forma particular a Cristo en su pasión y en su cruz. Se puede, por consiguiente, entrar cada vez más profundamente en el misterio del sacrificio redentor y dar el testimonio de la fe en ese misterio, del valor y la esperanza que ese misterio proporciona en las diversas dificultades y pruebas de la vejez. En la vida del anciano todo puede servir para completar su misión terrena. No hay nada inútil. Más aún, su cooperación, precisamente por ser oculta, es todavía más valiosa para la Iglesia (cf. Christifideles laici, 48).

7. Debemos añadir que también la vejez es un don por el que hemos de dar gracias: un don para el mismo anciano, y un don para la sociedad y para la Iglesia. La vida es siempre un gran don. Más aún, para los fieles seguidores de Cristo se puede hablar de un carisma especial concedido al anciano para utilizar de modo adecuado sus talentos y sus fuerzas físicas, para su propia felicidad y para el bien de los demás.

Quiera el Señor conceder a todos nuestros hermanos ancianos el don del Espíritu que anunciaba e invocaba el salmista, cuando cantaba: "Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría... ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: ´Salud de mi rostro, Dios mío´ " (Sal 43, 3-5). ¡Cómo no recordar que en la versión griega que se suele llamar de los LXX, seguida por la Vulgata latina, el texto original hebreo del versículo 4 se interpretaba y traducía como invocación al Dios "que alegra mi juventud" (Deus, qui laetificat inventutem meam)! Los sacerdotes de más edad hemos repetido durante muchos años esas palabras del salmo que se rezaba al comienzo de la misa. Nada impide que en nuestras oraciones y aspiraciones personales, incluso durante nuestra ancianidad, continuemos invocando y alabando al Dios que alegra nuestra juventud y se suele llamar, con razón, una segunda juventud.

El Señor os bendiga a todos. 07.sep..1994

 

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Cuando de quien se cuida es del abuelo

 

Aunque la figura del ama de casa se relaciona normalmente con la mujer que trabaja en su hogar y atiende a sus hijos, hay otro grupo de amas de casa con otra labor, que en bastantes ocasiones se suma a las anteriormente citadas: las amas de casa cuidadoras, aquellas que, además de su labor doméstica, están al cargo de ancianos, enfermos o impedidos. El psicólogo don Javier López, que ha investigado a este grupo, concluye que ocho de cada diez cuidadores son mujeres, y que la mayoría son «de mediana edad, cerca de los cincuenta años, de un nivel económico y cultural medio o medio bajo, y, casi siempre, son las únicas que los cuidan». Aunque también hay casos de maridos que se hacen cargo de su esposa cuando los hijos no lo hacen. Según su experiencia, la mayoría se encuentran a gusto en su papel, y valoran de forma positiva su dedicación a ese familiar, que normalmente es uno de sus padres. Este psicólogo afirma que son muchas las que hablan de reciprocidad, de «devolver al mayor lo que éste ha hecho por ellos, y también se da un crecimiento personal», a pesar de la dura carga que en ocasiones esta labor supone, no sólo por los problemas relacionados con la edad o la minusvalía de estas personas, sino también en muchos casos por enfermedades degenerativas como el alzheimer. Sin embargo, también reconoce que cerca de un 30% de ellas muestran problemas relacionados con el estrés, y que este estrés puede afectar a su vida familiar y a su estado físico. A esto se añade que muchas de estas mujeres, además, ya no son jóvenes, y «a veces tienen que llevar a cabo tareas físicas continuas, como mover a los enfermos, ducharlos, etcétera».
Como en tantos otros casos, aquí se vuelve a observar la falta de ayudas públicas. «Lo que más hay –explica don Javier López– es ayuda a domicilio, pero la mayoría de las veces es muy puntual; por ejemplo, ir un par de días para las tareas de más esfuerzo físico». Además, la falta de medios públicos afecta sobre todo a los hogares de clase media, pues «no pueden pagar lo privado, y lo público atiende a los que tienen menos recursos». Incluso cuando se recurre a residencias o centros de día, el malestar del cuidador en ocasiones no disminuye, en opinión del psicólogo, porque, «para ellos, esa labor es una obligación moral, y a veces aparecen sentimientos de culpa que dificultan las decisiones objetivas».
Por este mismo motivo, no es demasiado normal que estas cuidadoras pidan directamente ayuda psicológica, aunque la necesiten. «Lo que más demandan es asesoramiento en cuanto al cuidado de la persona mayor. Lo que la gente hace más es acudir a las asociaciones de familiares de enfermos. También suelen pedir ayuda de forma algo solapada cuando acuden al médico de cabecera de la persona a su cargo». El psicólogo «es el último recurso, porque todavía estigmatiza mucho», añade, aunque también afirma que cada vez acuden más las cuidadoras más jóvenes y formadas.
Las mujeres que tienen a su cargo a algún familiar también muestran reticencias a la hora de delegar en personas de su entorno más próximo. Don Javier López explica la razón: «Se crea una relación muy estrecha entre la persona mayor y la que le cuida», y dicen que nadie lo va a hacer como ellos. Aunque reconoce que también son muy frecuentes los casos en los que los demás miembros de la familia, en ocasiones por no saber cómo hacerlo, se inhiben y no ayudan. Por eso, este psicólogo defiende que hay que aumentar y mejorar las ayudas que ya hay, además de adaptarlas más a las situaciones concretas. Y estas ayudas no han de ser sólo para la persona mayor, sino también para el cuidador: «Todo lo psicoeducativo ayuda mucho, y las mismas mujeres se dan cuenta cuando van. Que no empeoren, al mismo tiempo que la salud del enfermo se deteriora, ya es un logro».

 

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Otra imagen, tomada esta vez del mundo animal, representa al justo y está destinada a exaltar la fuerza que Dios otorga, incluso cuando llega la vejez :  "A mí me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite nuevo" (Sal 91, 11). Por una parte, el don de la potencia divina hace triunfar y da seguridad (cf. v. 12); por otra, la frente gloriosa del justo es ungida con aceite que irradia una energía y una bendición protectora. Así pues, el salmo 91 es un himno optimista, potenciado también por la música y el canto. Celebra la confianza en Dios, que es fuente de serenidad y paz, incluso cuando se asiste al éxito aparente del malvado. Una paz que se mantiene intacta también en la vejez (cf. v. 15), edad vivida aún con fecundidad y seguridad.

Concluyamos con las palabras de Orígenes, traducidas por san Jerónimo, que toman como punto de partida la frase en la que el salmista dice a Dios:  "Me unges con aceite nuevo" (v. 11).
Orígenes comenta:  "Nuestra
vejez necesita el aceite de Dios. De la misma manera que nuestro cuerpo, cuando está cansado, sólo recobra su vigor si es ungido con aceite, como la llamita de la lámpara se extingue si no se le añade aceite, así también la llamita de mi vejez necesita, para crecer, el aceite de la misericordia de Dios. Por lo demás, también los apóstoles suben al monte de los Olivos (cf. Hch 1, 12) para recibir luz del aceite del Señor, puesto que estaban cansados y sus lámparas necesitaban el aceite del Señor... Por eso, pidamos al Señor que nuestra vejez todos nuestros trabajos y todas nuestras tinieblas sean iluminadas por el aceite del Señor" (74 Omelie sul Libro del Salmi, Milán 1993, pp. 280-282, passim).

 

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10 pistas contra el estrés del ama de casa



En su trabajo con amas de casa, el psicólogo don Javier López y sus compañeros ofrecen a las amas de casa propuestas en torno a los siguientes puntos, para cuando empiecen a sentir síntomas de estrés:
- Deje de negar. Escuche lo que le dice su cuerpo, pues la naturaleza es sabia. Empiece a admitir libremente el estrés y las presiones. Es el primer paso para desestresarse.
- Evite el aislamiento. Desarrolle o renueve las relaciones de intimidad con familiares y amigos. Comuníquese. Comparta sus ideas con los demás. Discuta sus problemas con una persona de confianza, sin que esto signifique que vaya contando sus intimidades a todo el mundo.
- Trate de delegar. ¡No lo haga todo sola! Aunque los demás no hagan las cosas tan bien como usted y aunque sea difícil conseguir la colaboración de sus familiares (porque llevan mucho tiempo sin hacerlo), nadie lo puede todo. Un poco de ayuda de los demás es mejor que nada.
- Disminuya la intensidad en su vida. Ordene las tareas por orden de prioridad (es más importante su salud que la guerra contra el polvo de la casa). Aminore su ritmo de vida. Procure vivir con moderación, pues sólo dispone de una determinada cantidad de energía. Empiece a equilibrar el trabajo con el amor, el placer y la relajación. Fomentar aficiones o crearse alguna nueva (pintar, escuchar música, etc.) es siempre un buen ejercicio antiestrés.
- Aprenda a decir No. Cuando las exigencias sean excesivas, tenga el valor de decir No. Contribuirá a disminuir la intensidad del trabajo hablando por sí misma.
- Vuelva a calibrar sus valores. Procure distinguir entre los valores realmente importantes de los que no lo son. Lo esencial no es temporal.
- Flexibilice sus pensamientos. Trate de exigirse menos, de ser más flexible. Unos pensamientos rígidos, negativos y extremos no le ayudarán en nada. Procure educar sus pensamientos para que le ayuden a ser más objetiva. Siendo objetiva y flexible se encontrará mucho mejor.
- Trate de relajarse. Respiraciones profundas y regulares le ayudarán a encontrarse más tranquila, o por lo menos a que la tensión que está sintiendo no vaya en aumento. Y recuerde que, además de la respiración, hay muchas otras formas en las que uno puede tratar de relajarse.
- Cuide su cuerpo. No pase comidas por alto, ni abuse de dietas rígidas. No descuide su necesidad de sueño ni deje de acudir a las citas con el médico. Alivie el estrés mediante la actividad física (por ejemplo, suba y baje escaleras, salga a pasear con las amigas o sola, etc.)
- Conserve el sentido del humor. Son muy pocas las personas que se divierten y que sufren de estrés al mismo tiempo.

2005-10-28


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DÍA DE LOS ABUELOS


El día de San Joaquín y Santa Ana celebramos el DIA DE LOS ABUELOS. Quitándole la solapada intencionalidad comercial que se pueda colar en estas jornadas, es muy importante que lo celebremos. Los abuelos son el espejo en los que deben mirarse los niños, los jóvenes, y desde luego los adultos. Han gastado su vida por su familia. Y al menos se merecen un poco de reconocimiento y mucho cariño. Quien no sabe ser cariñoso y agradecido con los abuelos es que no tiene corazón. Y los hay que consideran al abuelo como un carga desagradable. Resulta que hoy se valoran mucho las cosas antiguas, y se adorna con ellas los hogares. Pero a los abuelos, que no son cosas sino personas, se les arrincona, o se les recluye en un asilo. Los padres tiene una gran responsabilidad a la hora de educar en sus hijos el valor de la gratitud. Los abuelos sufren mucho la soledad y la indiferencia. Al mismo tiempo gozan con sus nietos, y desempeñan un papel insustituible en esta sociedad en la que trabajan fuera del hogar tanto el padre como la madre.

    Celebramos el DIA DEL ABUELO, pero la atención al abuelo no debe ser cosa de un día, sino de todo el año y de toda la vida. Ellos son la esencia de la familia. Sólo les queda lo mejor: EL AMOR. Y amor con amor se paga. FELICIDADES A TODOS LOS ABUELOS DEL MUNDO.

 

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La unción de los enfermos "no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez" (SC 73; cf CIC, can. 1004,1; 1005; 1007; CCEO, can. 738).

1515 Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.

"...llame a los presbíteros de la Iglesia"

1516 Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la unción de los enfermos (cf Cc. de Trento: DS 1697; 1719; CIC, can. 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.

 

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La juventud prepara y condiciona el futuro que podrá ser rico de vitalidad y de frutos, o quizá estéril y opaco. Prepara también el invierno, es decir la parábola que envuelve el atardecer: la vejez, que podrá ser serena y alegre en la conciencia del deber cumplido, o en cambio triste por el vacío de una existencia desperdiciada, o quizá en ocasiones hasta desconsolada y atormentada por el remordimiento de las malas acciones.

Pero el camino de la vida no es fácil. No faltan sufrimientos, a veces también desgracias y tragedias. Las fuerzas del mal están activas en el mundo.

 

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Abuela de Jesús y madre de la Virgen María: Santa Ana


 

Es evidente que una conciencia recta pide una formación constante. Por esto hay que acercarse a la palabra de Dios y a los contenidos de la moral cristiana en orden a un mayor conocimiento. La firmeza de la Iglesia en la defensa de las normas universales e inmutables está al servicio de la verdadera libertad humana, ya que Jesús dijo que "la verdad os hará libres".

 

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El Misterio eucarístico -sacrificio, presencia, banquete- no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de salvación y comunión jerárquicamente estructurada.
Ecclesia de Eucharistia, n. 61

 

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San Agustín (354-430) obispo de Hipona, África, doctor de la Iglesia Católica

“La mies es abundante” (Mt 9,37)
        Cristo estaba lleno de ardor por su obra y se disponía a enviar a los obreros... Va a enviar a los segadores. “En esto tiene razón el proverbio: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ Yo os envío a segar un campo que vosotros no sembrasteis; otros lo trabajaron y vosotros recogéis el fruto de su trabajo.” (Jn 4,37-38) ¿Ha enviado a los segadores sin haber enviado a los sembradores? ¿A dónde ha enviado los segadores? Allí donde otros habían trabajado ya....Allí donde los profetas habían predicado, porque ellos eran los sembradores...
       ¿Quiénes son los que han trabajado de esto modo? Abrahán, Isaac, Jacob. ¡Leed la relación de sus trabajos: en todos sus afanes se encuentra una profecía de Cristo. Fueron, pues, sus sembradores. En cuanto a Moisés, a los otros patriarcas, a todos los profetas ¡qué de sufrimientos, qué de fríos en el tiempo de la siembra! De manera que en Judea la cosecha ya había llegado a sazón. Y se comprende que la cosecha estaba apunto en el momento que tantos miles de hombres aportaron el precio de sus bienes, lo depositaron a los pies de los apóstoles (Hch 4,35) y, descargando sus espaldas de los fardos de este mundo (Sal 81,7) se pusieron al seguimiento de Cristo el Señor. La cosecha había llegado realmente a su sazón.
       ¿Qué resultó de todo ello? De esta cosecha algunos granos fueron separados para sembrarlos en todo el universo y así va creciendo otra cosecha destinada a ser recogida al final de los tiempos... Para recoger esta mies serán enviados, no los apóstoles, sino los ángeles.

 

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En algunos casos no es fácil comprender si es mejor corregir o dejar pasar, hablar o callar. Por este motivo es importante tener en cuenta la regla de oro, válida para todos los casos, que el apóstol Pablo ofrece en la segunda lectura (Romanos 13, 8-10) de este domingo: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor... La caridad no hace mal al prójimo». Es necesario asegurarse, ante todo, de que en el corazón se dé la disposición de acogida a la persona. Después, todo lo que se decida, ya sea corregir o callar, estará bien, pues el amor «no hace mal a nadie».

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…[…]… En el mundo musulmán se trata mal a los perros. Añade un dato que yo ignoraba: "Hay una excepción, los galgos, los salukis y slougis, que sí se usan en los países árabes para cazar en el desierto. Esos son venerados [...] Como propietaria de dos preciosas galgas españolas (rescatadas de sendas perreras en Extremadura), sé que, cuando las paseo y me cruzo con moros, las miran y admiran diciendo saluki, saluki. Luego me miran a mí con desprecio, por supuesto. ¡Una despreciable mujer occidental con perros árabes!". Interesante observación. Añado que los galgos siempre han sido perros de estirpe y ostentación en España. El nombre de esa raza perruna quizá sea porque se creía que provenían de Francia (Galia): canis gallicus. En el Quijote se alude a "galgo" como equivalente de "moro"…[…]… 2007-03-30

http://libertaddigital.com/opiniones/opi_desa_36620.html

 

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«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»

 

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‘Si la técnica no se reconcilia con  la naturaleza, ésta se rebelará’ 12 nov.2000 S. S. Juan Pablo II - Magno

 

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San Pedro Crisólogo (380 ca. 450 ca.) en el Segundo discurso sobre el ayuno: "Son grandes las obras del Señor". Pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la creación, este poder, es superado por la grandeza de la misericordia. En efecto, el profeta dijo:”Son grandes las obras de Dios"; y en otro pasaje añade:”Su misericordia es superior a todas sus obras". La misericordia, hermanos, llena el cielo y llena la tierra. (...) Precisamente por eso, la grande, generosa y única misericordia de Cristo, que reservó cualquier juicio para el último día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia. (...) Precisamente por eso, confía plenamente en la misericordia el profeta que no confiaba en su propia justicia:  "Misericordia, Dios mío —dice— por tu bondad" (Sal 50, 3)" (42, 4-5:  Discursos 1-62 bis, Scrittori dell area santambrosiana, 1, Milán-Roma 1996, pp. 299. 301).
Así decimos también nosotros al Señor:  "Misericordia, Dios mío, por tu bondad".

 

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«Decálogo católico» sobre ética y ambiente

 

Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005  expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
 
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.

2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.

3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.

4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.

5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.

6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.

7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.

8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.

9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.

10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.

 

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En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

316 Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

317 Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

318 Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

319 Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

320 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

321 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

322 Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

323 La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

324 La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

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“De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor”. S. S. Benedicto XVI. P.M. – MMV.XI.X.

 

“Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil luchar”.

 

Dios se manifiesta «como una persona que ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña en el camino de la historia y sufre por la infidelidad de su pueblo «a su amor misericordioso y paterno».

«El primer signo visible de esta caridad divina hay que buscarlo en la creación»: «los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas».

«Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de un pueblo, se da una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador»

«Existe, por tanto, un mensaje divino, grabado secretamente en la creación», signo de «la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo».

«De las obras creadas se llega a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia».


El Papa acabó su discurso, dejando a un lado sus papeles, comentó un pensamiento de san Basilio Magno, doctor de la Iglesia, obispo de Cesárea de Capadocia, quien constataba que algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la merced de la casualidad».

«Creo que las palabras de este padre del siglo IV son de una actualidad sorprendente», reconoció S. S. Benedicto XVI preguntándose: «¿Cuántos son estos "algunos" hoy?».

«Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de un guía y de orden».

«El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón adormecida y nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Al inicio la Palabra creadora --esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos-- es también Amor».

El Papa concluyó exhortando a dejarse «despertar por esta Palabra de Dios» e invitando a pedirle que «despeje nuestra mente para que podamos percibir el mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora y esta Sabiduría es amor y bondad».
S. S. Benedicto XVI. P.M. MMV.XI.X.

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

Gracias de la visita

 

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Recomendamos vivamente: ‘Historia de la Inquisición en España y América’ – El conocimiento científico y el proceso histórico de la Institución (1478-1834). Obra dirigida por don Joaquín PÉREZ VILLANUEVA y Bartolomé ESCANDELL BONET. Es una elevada tarea historiográfica con planteamientos científicos, bases documentales, tratamiento y lenguaje actuales.

Editorial: BAC- Centro de estudios inquisitoriales- Madrid-España.

 

La Inquisición – la institución, quizás más polémica de cuantas han existido –porque el formidable proceso de secularización moderna la fue convirtiendo paulatinamente en una de las muestras de la mentalidad pretérita más incomprensibles para nuestra sociedad, de valores normativos antitéticos a los de aquella lógica histórica, y porque, por otra parte, ha sido siempre el arma preferida para la batalla ideológica contra determinadas realidades históricas-, no había sido objeto de una Historia amplia, por parte de los españoles, desde la obra del afrancesado José Antonio Llorente, aparecida en los primeros lustros del siglo XIX. 



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