Sunday 26 October 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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Una Universidad católica encuentra su centro iluminador y propulsor en Cristo, sabiduría del Padre, alfa y omega de la creación. La luz, la verdad y la vida que brotan de la presencia real del Señor en la Eucaristía, sanan y elevan la mente, el corazón y la actividad de los cristianos que viven y trabajan en medio de las realidades temporales.

 


Año 1597 – San José de Calasanz fue el gran impulsor de la educación sobre todo de los pobres, el fundador de la primera escuela pública ‘absolutamente gratuita’ de Europa; además escuela abierta a todos sin excepción, sin condiciones ni miramientos de sexo, edad, conducta civil, posición social, política o religiosa. En el 1597 nacían las escuelas Pías en la iglesia de Santa Dorotea, del Trastévere romano, y ochenta años más tarde los hijos espirituales de san José de Calasanz abrían las puertas de su primer colegio español en Barbastro.

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TODAS LAS ESCUELAS SON PÚBLICAS, ESTÁN LAS ESTATALES Y LAS NO ESTATALES. SIEMPRE Y CUANDO LAS NO ESTATALES ESTÉN ABIERTAS A TODOS LOS CIUDADANOS. EN ESTA CATEGORÍA NO ENTRAN LAS ‘ESCUELAS ISLÁMICAS’ O MADRAZAS DONDE, POR RACISMO RELIGIOSO, SON EXCLUSIVAS A LOS MAHOMETANOS. SE ENTIENDE POR ESCUELA: Establecimiento público donde se da a los niños la instrucción primaria.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en dos mil años- nos ofrece en sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el patrimonio intelectual de la humanidad.

 

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"La vida que no es examinada críticamente no merece ser vivida" [Sócrates]

 

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¿Qué es una Universidad? - Institución de enseñanza superior que comprende diversas facultades, y que confiere los grados académicos correspondientes.

Eso es la que comprendemos como Universidad desde la Edad Media en que las fundara generalmente la Iglesia Católica. Se suele aceptar que, según las épocas y países, puede comprender colegios, institutos, departamentos, centros de investigación, escuelas profesionales, etc. En tal caso, no es propiamente ‘Universidad’ como lo entendemos hoy y desde las primeras fundadas por los científicos europeos medievales, ya que, cualquier colegio, sociedad científica, asociación cultural, grupo investigador o academia, podría etiquetarse de ‘universidad’ erradamente, al carecer de diversas facultades. La Universidad es, en su mismo origen, una de las expresiones más significativas de la solicitud pastoral de la Iglesia. Su nacimiento está vinculado al desarrollo de escuelas establecidas en el medioevo por Obispos de grandes sedes episcopales. Si las vicisitudes de la historia condujeron a la «Universitas magistrorum et scholarium» a ser cada vez más autónoma, la Iglesia continúa igualmente manteniendo aquel celo que dio origen a la institución.

(¿O es acaso que cualquier agrupación de lectores, o corporación de músicos o colectividad de pintores, componen cada uno un ente etiquetado ‘universidad’?, No.). La Historia es testigo de lo dicho.-

 

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(1347) - 1348: el 6 de mayo en Praga se funda de la Universidad Carolina, por orden y favorecida por el Obispo de la Iglesia Católica, en Praga, consecuente a la orden del Papa CLEMENTE VI QUE INSTITUYE LA UNIVERSIDAD DE PRAGA estando él en Aviñón, 26 de enero de 1347. La Universidad Carolina (en checo Univerzita Karlova y en latín Universitas Carolina) fundada en 1348 enPraga (Bohemia) actualmente en la República Checa, es la universidad más antigua y una de las universidades más prestigiosas en la Europa Central y del Este.

Siendo fundada a finales de los años de 1340, está entre las universidades más viejas en Europa y la primera universidad en Europa Central, muestra el empeño de la Iglesia católica en favor de la cultura y la razón.  Su sello muestra a Carlos IV, Emperador (con sus escudos de armas como el Santo Emperador romano Germánico y Conde de Luxemburgo) arrodillándose delante de San Wenceslao (al lado del Bohemio), rodeado por la inscripción, Sigillum Universitatis Scolarium Studii Pragensis (en castellano: Sello de la academia de Praga, en checo: Pe?e? studentské obce pražského u?ení).


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Benedicto PP XVI. fue catedrático en la universidad donde enseñara Alberto el Magno, Regensburg - Ratisbona - Alemania, Baviera.

 

 

 

Benedicto XVI se pregunta: "¿Qué es la universidad?. ¿Cuál es su tarea?", y responde: "El verdadero, íntimo origen de la universidad es el deseo de conocimiento que es propio del ser humano. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere verdad".

 

 

 

"Pero la verdad -explica- no es solo teórica. (...) Verdad es más que saber: el conocimiento de la verdad tiene como fin el conocimiento del bien.. (...)

 

 

 

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1254:el 8 de mayo, Alfonso X el sabio otorga la normativa fundacional de la Universidad de Salamanca


mural del 1150ca. pintura medieval

 

…del invertir en las ciencias y el aporte de la Iglesia Católica

…de las importantes bibliotecas ya en el siglo X, monacales y cristianas…

La sismología se llamaba hasta hace poco la ciencia jesuítica, pues fueron los miembros de esta orden de la Iglesia católica, asentados en la América española los que establecieron los primeros sismógrafos.

 

El primer reloj mecánico conocido lo construyó en 996 un sacerdote que luego fue el Papa Silvestre II (2 de abril 999 – 12 mayo 1003) pág.*

 

Los monasterios benedictinos al inicio del medioevo y progresivamente, –en cumplimiento de la regla ora et labora- eran empresas y centros de formación e investigación; construyeron criaderos de salmón, descubrieron el champán, elaboraron queso y realizaron los primeros cruces de ganado.

 

El primer hombre que voló fue un monje llamado Eilmer a principios del siglo XI.

 

Los abades cistercienses se reunían una vez al año para intercambiar conocimientos.

 

El primer estudio de los fósiles y los estratos geológicos lo efectuó un sacerdote en el siglo XVII.

Gran parte de esta obra fue arrasada en los países en los que triunfó la Reforma, desde la Inglaterra anglicana a la Suecia luterana. La justicia protestante destruyó las bibliotecas catedralicias, los archivos monacales, escritos antiquísimos del saber.

El patrimonio librero de la Iglesia Católica es único e irreemplazable a la cultura universal.

 

La enumeración anterior demuestra el interés de los hombres de Dios por la ciencia, el conocimiento, y la sabiduría, así como su transmisión al mundo entero.

El impulso provenía de su fe: un universo racional cuyas reglas debían conocer como obra divina que era y el mandamiento de amar al prójimo. El monacato enseñó que el perdonar es una forma de vida y que el enriquecimiento de la sociedad nace en la ‘biblioteca’ aplicando las ciencias con mano experta, delicada y firme.

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*Era el final del primer milenio y, conviene recordar que jamás existió el ‘terror milenario’, una leyenda infantil sin fundamento alguno. Sin embargo, Raul de Glaber, que escribe en torno al año 1044, ya señaló cómo, en el tránsito de uno a otro milenio, se había advertido un especie de despertar, un empujón hacia arriba que era producto en gran medida de la reforma que los monjes venían difundiendo desde un siglo atrás. La obra de Silvestre II reviste una gran importancia.


Al siglo Gerberto de Aurillac, nació aproximadamente el 945, y de familia humilde, Gerberto estudió en Aurillac y luego en Ripioll-España, a la sombra del abad Atón, que era al mismo tiempo obispo de Vic (España), aprovechando su formidable biblioteca, donde no hay motivos para dudar que contenían tratados filosóficos aristotélicos y otros clásicos grecos como latinos, junto a copias comentarios patrísticos; ese fue el patrimonio librero, una muestra de la alta cultura que se penetraba en la usanza de las instituciones de la Iglesia Católica.

Al siglo Gerberto de Aurillac, Papa Silvestre II, aquí recogió los materiales para su ‘Introducción a la geometría’ y entró en contacto con la obra de al-Kwarismí y los números arábigos que pasarían a llamarse ‘guarismo’. Entre ellos el cero -proveniente de los sabios de India a través de las ocupaciones árabes en el cercano Oriente-, capaz de revolucionar todo el conocimiento matemático: en adelante sería teóricamente posible concebir cualquier magnitud numérica y establecer el cálculo decimal.  Con este bagaje, viajó a Roma el 970, sorprendiendo al Papa Juan XIII, que le presentó al emperador Otón: sus relaciones con la casa imperial ya no se interrumpirían. Instalado en Reims, el obispo Adalberón le tomó bajo su custodia y le puso al frente de la escuela catedral, una de las primeras que estaban evolucionando, todavía de forma imprecisa, hacia la enseñaza superior que daría los Estudios Generales (poco tiempo después ‘Universidades’). Viajando mucho, tuvo la oportunidad de actuar ante Otón II en un debate con el maestrescuela de Magdeburgo, Otrico, estando el emperador en Rávena-Italia. Impresionado, Otón le nombró abad de Bobbio en razón de la importante biblioteca que allí se estaba formando.


No era adecuada para el inquieto sabio la vida recoleta del monje. Regresó a Reims, donde se convirtió en la mano derecha de Adalberón. Fueron éstos, según Kart Schltess (Papst Silvestre II [Gerbert] als Lehrer und Staatsmann, Hamburgo, 1881), los años decisivos en su formación como líder. Ambos, obispo y maestrescuela, intervinieron en el cambio de dinastía ayudando a Hugo Capeto. Pero el Papa intervino a favor de los últimos carlovingios y Hugo prefirió esperar hasta que con la muerte de Luis V (987) se agotó la línea. Un vínculo de agradecimiento se estableció entre el rey de Francia y el sabio matemático y astrónomo. A pesar de todo, cuando murió Adalberón, las esperanzas de Gerberto en convertirse en su sucesor no se cumplieron, pues Hugo prefirió dar la sede de Reims como compensación a un bastardo carlovingio, hijo de Lotario, llamado Arnoldo y las ambiciones de Gerberto, quedaron defraudadas.

Universalidad - catolicidad. Perdida la partida de Reims, Gerberto se incorporó a la corte de Otón III, siendo uno de los principales consejeros del jovencísimo emperador. Desde abril del 998 ocupaba la sede de Rávena-Italia. Una vez elegido Papa defendió con energía las mismas tesis de superioridad pontificia que antes le perjudicaran: confirmó a Arnoldo como obispo de Reims, castigando a quienes conspiraran contra él; demostró, sobre todo, ser un campeón de la reforma, combatiendo los tres males que aquejaban a la Iglesia: simonía, nicolaísmo y nepotismo. La reforma tendría en adelante objetivos concretos.


M. de Ferdinandy («Sobre el poder temporal en la cultura occidental alrededor del año 1000», A.Hist. Medieval, Buenos Aires 1948), siguiendo la línea de Schramm, describe la obra conjunta de Otón III y Silvestre II como la creación de un Imperio cósmico, esto es, ordenando en círculos en torno a Roma, del que resultaría una Europa extraordinariamente agrandada y convertida ya en Universitas cristiana, comunidad de hombres unida en el bautismo. En ella entraban a formar parte, con los antiguos reinos, Polonia, donde Boleslao usaba el título de rey, y Hungría, donde Waljk, convertido en Esteban (1001-1038) tras su cristianización, recibió del propio Papa la corona. Esta tendencia a la universalidad molestaba a la aristocracia romana. En febrero del 1001 estalló una rebelión y Silvestre y Otón tuvieron que abandonar precipitadamente la ciudad. Aunque el Papa regresó el año 1002, reasumiendo su autoridad, le faltaba el apoyo esencial de Otón, fallecido el 23 de enero del mismo año, sin herederos directos. Juan II Crescencio desempeñaba las funciones de patricio y el Papa estaba de nuevo reducido a funciones sacerdotales (pontificales)  cuando murió. Al Papa Silvestre II, le sucede Juan XVII (16 mayo - 6 de noviembre 1003).-

 

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Derecho, razón y natura

2. “Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y debe ser el deber fundamental del político. En un momento histórico en el que el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo especialmente urgente (…) En la base de la convicción acerca de la existencia de un Dios creador se ha desarrollado la idea de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, el conocimiento de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada individuo y la conciencia de la responsabilidad de los hombres por sus actuaciones. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma -del encuentro entre la en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro forma la identidad de Europa. En la conciencia de la responsabilidad del hombre ante Dios y en el reconocimiento de la dignidad inviolable del hombre, de todo hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho, defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”.

Papa Benedicto XVI durante su viaje a Alemania, IX. MMXI Berlín, 22 de septiembre de 2011.


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Ocurre, además, que la universidad, institución clave en la cultura occidental, fue creada en gran medida por la Iglesia, en desarrollo de las enseñanzas dadas, en la Edad de Supervivencia europea o Alta Edad Media, en torno a los templos y, luego, a las catedrales. Cristianismo y universidad han estado estrechamente vinculados durante siglos, para que ahora unos fanáticos agresivos pretendan cortar esos lazos y raíces para imponer ideologías totalitarias bajo membrete laicista.

Y es preciso desenmascarar las pretensiones de "cultura" con que nuestros matones talibanes tratan de encubrir sus desmanes. Ningún universitario está obligado a ser creyente, pero los derechos de los creyentes y la tradición universitaria –de origen cristiano, guste o no a estos ignorantes– deben ser respetados. Si queremos convivir en libertad.

 

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Toscana-Italia- siglo XII-XIII - año 1200ca.

 

 

SIGLO XIII

Esplendor de la Escolástica. Las Universidades son fruto del deseo de la Iglesia, en fomentar la cultura y ahondar ciencias con criterios críticos, desarrollando la razón fortificando la fe.

 

Los antiguos colegios catedralicios se transformaron en universidades o estudios generales.

El nacimiento de las universidades se produjo con la espontánea naturalidad característica de las grandes creaciones históricas. Las viejas escuelas monásticas y catedrales no respondían ya a las necesidades de los tiempos, y por eso maestros y escolares de ciertas disciplinas comenzaron a agruparse libremente, con el fin de organizar las enseñanzas. Llegó un momento en que la «universidad», la corporación de profesores y alumnos, constituyó un estudio general y recibió el reconocimiento público de la autoridad eclesiástica y civil.

La primera (suele decirse entre otras) fue la de París ya organizada en el año 1200. Estas universidades superaban a las antiguas aulas por el número de alumnos, las facultades establecidas y la organización docente y administrativa. El número de Universidades creció pronto en Italia, Francia, Inglaterra, España. Descollaron las de Oxford, Montpellier, Cambridge, Nápoles, Salamanca y Lisboa. Fueron patrocinadas por papas, emperadores y reyes. Las universidades como obra que eran de la iglesia y reflejo del espíritu universalista de la cristiandad, tenían un marcado carácter supranacional.

Las facultades características de la universidad medieval fueron las de Teología, Derecho, Filosofía, Medicina y Artes, entendidas éstas como unos estudios humanísticos que eran el paso previo para las facultades superiores. La de París sobresalió en Teología y Filosofía; Bolonia en Derecho; Montpellier en Medicina. La de París gozó de una extraordinaria autoridad doctrinal en los últimos siglos de la Edad Media.

La universidad medieval fue una institución, no sólo cristiana, sino propiamente eclesiástica. Clérigos eran la mayor parte de los profesores y tonsurados, cuando menos, los escolares, que gozaban así de los tradicionales privilegios clericales.

Hasta el siglo XIII san Agustín era el alma de los estudios teológicos, siguiendo la corriente platónica. Desde este siglo, surgió otra corriente, la aristotélica. Resucitaron a Aristóteles el árabe Averroes en el siglo XII y el judío Maimónides. Más tarde, san Buenaventura, san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino «bautizaron» a Aristóteles.


Pero fue santo Tomás el titán que supo armonizar la filosofía de Aristóteles con el pensamiento cristiano. En un inicio recayeron sobre las obras de santo Tomás diversas prohibiciones. Posteriormente, su filosofía y teología fueron consideradas como oficiales en la Iglesia. Las obras más importantes de santo Tomás fueron: La Suma contra los Gentiles, una apologética frente a la filosofía musulmana; y la Suma Teológica, magna enciclopedia del saber teológico. Consta de tres partes: Dios, principio de todas las cosas; Dios, fin del hombre; Cristo, camino de la salvación.

La obra de santo Tomás fue muy importante, pues las traducciones primeras que se hicieron de Aristóteles eran árabes, y estaban infectadas por graves impurezas debidas a la acción de los transmisores y comentaristas árabes. Un Aristóteles recibido por conducto de Averroes y adobado de racionalismo y panteísmo averroísta, constituía un peligro considerable y es natural que fuera mirado por la Iglesia con justificada aprensión. Ésa fue la razón por la que los tratados de Aristóteles sobre metafísica y ciencias naturales fueron prohibidos en la universidad de París. Pero la «invasión» aristotélica era imposible de atajar y la Iglesia, en un realista cambio de postura, estimó acertadamente que podía intentarse algo mejor que rechazar a Aristóteles: cristianizarlo. Y aquí entró la labor de san Alberto Magno y su discípulo santo Tomás de Aquino.

A santo Tomás se le ha llamado Doctor Angélico. Fue una mente excepcional capaz de realizar una síntesis doctrinal, destinada a perdurar a través de los siglos. Parece increíble cómo santo Tomás, en una vida corta que no alcanzó los cincuenta años, lograse coronar la obra iniciada por Alberto y llevar a término la construcción de un aristotelismo cristiano.

Santo Tomás dejó una huella definitiva en la ciencia teológica y estableció sobre bases firmes los fundamentos de una concepción católica del mundo y de la existencia. Todavía hoy la iglesia, en su Código de Derecho Canónico, prescribe que su doctrina sirva de guía segura para el estudio de la filosofía y la teología en todas las universidades eclesiásticas.


Conclusión

La empresa más característica de la cristiandad en este siglo fueron las cruzadas. De ordinario las cruzadas no fueron iniciativa de uno u otro reino, sino tarea común de la cristiandad bajo la dirección del papa, que otorgaba gracias especiales a los combatientes. El espectáculo, tantas veces reiterado durante dos siglos, de príncipes y pueblos que tomaban el camino de Oriente impulsados por el afán de libertar el Santo Sepulcro, es una prueba impresionante de la profunda seriedad que tuvo la religiosidad medieval.

Sería impropio concebir los siglos de la cristiandad medieval como una época áurea, animada por los ideales evangélicos. Aquellos tiempos estuvieron también llenos de miserias y pecados personales, de desórdenes e injusticias. Pero resultaría todavía más falso ignorar la profunda impregnación cristiana de la vida de los hombres y de las estructuras familiares y sociales que entonces se produjo. Luces y sombras, como en toda empresa humana.

A finales de este siglo, el sistema doctrinal y político de la cristiandad hizo crisis con la aparición de un nuevo clima espiritual e ideológico que prevaleció en Europa durante la Baja Edad Media.El factor que de modo inmediato contribuyó más a aquella ruptura fue el enfrentamiento entre pontificado e imperio, representados por los papas sucesores de Inocencio III (1198-1216) y el emperador Federico II. La época de la crisis se abrió con el choque entre Bonifacio VIII (1294-1303) y el rey de Francia, Felipe el Hermoso, en la búsqueda de la primacía en cuanto a poder sobre los destinos de los hombres. Lo veremos en el próximo siglo.

Comienza ya el otoño de la cristiandad y el nacimiento del espíritu laico. No obstante, fue un gran siglo para el mundo y para la Iglesia. Se estaba gestando algo grande, que sólo Dios sabía en su inmensa sabiduría y providencia.

 

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Fueron tiempos de hierro donde las fuerzas naturales eran adversas y pérfidas; hubo hombres fieros con la muerte asomada en cada cabalgar, eran personas convictas y austeras, aunque como siempre en todas partes, hubo de todo en menor grado.

1 Encauzaron el espíritu caballeresco de la época hacia ideales religiosos. Esto no quita que entre los cruzados hubiera gente indeseable.

2 Al menos al inicio, unió a pueblos diversos en la defensa de la fe común. Pero poco a poco se evidenciaron sus divisiones e intereses.

3 En algunos despertó el espíritu misionero: san Francisco de Asís viajó a Siria (1212) y envió los primeros franciscanos a Marruecos (1219 [muchos de ellos fueron martirizados con decapitación y otros asesinatos, algunos lograron huir hacia tierras cristianas]).

4 Hubo muchos hechos ignominiosos, pero no deben hacer olvidar personajes ilustres como Godofredo y san Luis de Francia, que lucharon con grande idealismo cristiano.

 

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Pero no solamente se abusa de los conceptos de tolerancia y respeto a la opinión ajena. El mismo derecho a opinar es objeto de abuso. Se puede gritar a los cuatro vientos que a los niños se les debe enseñar que la homosexualidad "está bien", pero cuando alguien reclama que se debe respetar la naturaleza biológica, anatómica, fisiológica y psicológica de los dos sexos de la humanidad, entonces la tolerancia no existe; al moralista no le conceden derecho a expresarlo.

No debemos dejarnos apabullar por gritos, violencia verbal y escrita, de parte de aquellos que intolerantemente exigen tolerancia para manifestarse contra la naturaleza humana, los derechos fundamentales de la persona humana y su infinita dignidad y los valores trascendentales.

No se debe ser tolerante —o falso prudente—, sobre lo que esencialmente es intolerable; tolerar la infamia, el ataque a la vida, a la patria o a la familia no es razonable ni prudente, por someterse a una torcida interpretación de lo que es la tolerancia. También el derecho a la réplica y la denuncia es indiscutible. Es legítimo denunciar las opiniones indignas, intolerables.

No se puede confundir el derecho a la libre expresión, con el abuso de este derecho, como tampoco se puede, por ejemplo, confundir el derecho a la educación de los hijos con el supuesto derecho a golpearlos "porque son mis hijos". No es aceptable el sofisma de que todas las opiniones son respetables; eso va contra el mismo concepto de lo que es el respeto en las relaciones humanas. 2008

 

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Quaestiones quodlibetales

 

En la alta Edad Media, que en bastantes aspectos era una época más civilizada que la nuestra, existía la noción de que todo profesor de Teología o de Filosofía debía someter sus tesis y afirmaciones a la discusión pública. Sin esta prueba de resistencia a los argumentos contrarios, ninguna postura filosófica o teológica se podía considerar «mayor de edad». No bastaba afirmar las cosas, había que argumentarlas razonadamente (en contra de la absurda idea de que, en la Edad Media, todo se decidía por el argumento de Autoridad).

 

Las discusiones públicas regulares se llamabanquaestiones disputatae, es decir, temas o preguntas discutidas en las que uno de los profesores de la universidad presentaba sus tesis y las defendía contra los argumentos de sus oponentes. En cierto modo, el profesor luchaba en su terreno, ya que era él quien elegía el tema a tratar.

 

Junto a estas cuestiones, existían otras que se producían de forma excepcional, dos veces al año, llamadas quaestiones quodlibetales. Es decir, preguntas que cualquier persona podía hacer de forma pública, sobre cualquier tema, al profesor en cuestión y a las que este debía responder, de forma razonada, también públicamente. Las quaestiones quodlibetales que se han conservado de varios autores medievales, como Santo Tomás o Duns Escoto, son textos interesantísimos que muestran la capacidad de estos pensadores de aplicar sus principios filosóficos y teológicos a cualquier tema que les propusieran.

 

A mi juicio, muchas de las afirmaciones que hacen algunos teólogos y filósofos modernos no resistirían este tipo de prueba, en la que tuvieran que someterse a discusión pública. Una de las grandes ventajas de estas discusiones consistía en que obligaban a un teólogo a definir su pensamiento sobre diferentes temas, de manera que no hubiese lugar a equívocos y medias verdades.

 

Pienso además que, en la actualidad, Internet es un medio especialmente adecuado para realizar este tipo de discusiones, ya que los lectores pueden exponer su opinión y se puede dar vueltas a los argumentos de forma más o menos ágil.

 

…[…]… Una de las Quaestiones Quodlibetales que se han conservado de Santo Tomás es «¿Qué es más fuerte: la verdad, el vino, el rey o la mujer Aunque parezca mentira, el santo de Aquino realizó unas reflexiones interesantísimas y muy profundas sobre ese tema. En mi caso, intentaré responder lo mejor posible, en la medida de mis posibilidades y conocimientos.

Bruno MORENO. Físico, teólogo, traductor de lenguas modernas y latín - 2008-02

 

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La Iglesia patrocinó en el marco necesario, la extraordinaria revolución científica que luego se produce en la civilización occidental. - "Todo el mundo sigue creyendo que el Medioevo fue un yermo cultural e intelectual, ignorando que fue la Iglesia la que creó y desarrolló en Europa el sistema de Universidades, y causaría asombro conocer qué extremo llegó a alcanzar en esos centros de enseñanza el debate intelectual, libre y sin cortapisas. La exaltación de la razón humana y sus capacidades, el compromiso con un debate racional y riguroso, y el impulso de la investigación intelectual y el intercambio académico –todo ello patrocinado por la Iglesia– proporcionaron el marco necesario" realmente, la condición sine qua non– ‘para la extraordinaria revolución científica que habría de producirse más tarde en la civilización occidental. La mayoría de los historiadores de la Ciencia han concluido que la revolución científica se produjo gracias a la Iglesia. Recuerda que, incluso, muchos de los pioneros investigadores y científicos eran a la sazón sacerdotes, miembros eminentes de la Iglesia Católica


Thomas E. Woods, autor de: ‘Cómo la Iglesia construyó la Civilización Occidental’ - Editorial: Ciudadela Libros - El profesor Thomas E. Woods Jr. es el autor del bestseller The Politically Incorrect Guide to American History, así como de The Church Confronts Modernity: Catholic Intellectuals and the Progressive Era y The Church and the Market: A Catholic Defense of the Free Enconomy. Es licenciado y doctor por varias de las más prestigiosas universidades norteamericanas, incluidas Harvard y Columbia.

 

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En la Iglesia Católica surge la ‘ciencia moderna’ - Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que los dos mil años de la Iglesia católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido.

 

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Economía e Iglesia Católica - vemos cómo los sacerdotes católicos desarrollaron la idea del libre mercado quinientos años antes que Adam Smith. Y en las Universidades se aprende cómo la Iglesia católica inventó la universidad.

 

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Cómo la Iglesia católica humanizó Occidente insistiendo en la sacralidad de toda vida humana. - Thomas E. Woods, autor de: ‘Cómo la Iglesia construyó la Civilización Occidental’ - Editorial: Ciudadela Libros - El profesor Thomas E. Woods Jr. es el autor del bestseller The Politically Incorrect Guide to American History, así como de The Church Confronts Modernity: Catholic Intellectuals and the Progressive Era y The Church and the Market: A Catholic Defense of the Free Enconomy. Es licenciado y doctor por varias de las más prestigiosas universidades norteamericanas, incluidas Harvard y Columbia.

 

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Los monjes de la Edad Media, orantes silenciosos y eminentes estudiosos, todos hijos de la Iglesia Católica, cultivaron el saber edificante los pilares de la Universidad - Es difícil señalar una sola empresa significativa para el progreso de la civilización a lo largo de la Edad Media en la que la intervención de los monjes no fuera decisiva: rescate y transmisión de los textos de la Grecia y Roma clásicas; la invención de la minúscula carolingia, instrumento clave para la extensión de la alfabetización; desarrollo de técnicas de agricultura y regadío desde los monasterios benedictinos, transformando así amplias zonas del continente en tierras cultivables; también fueron los monjes los primeros en practicar cruces de ganado con el fin de obtener mejores especies, en lugar de fiar el proceso al azar; desarrollaron técnicas metalúrgicas, ligadas a la construcción de las catedrales; posteriormente, nombres de jesuitas están ligados a importantes descubrimientos en diversos campos científicos: física, astronomía, cartografía, meteorología, sismología, etc; indiscutible la aportación de la Iglesia al Arte (pintura, escultura, arquitectura); los orígenes del Derecho Internacional están en la Escuela de Salamanca, con el dominico Francisco de Vitoria a la cabeza; incluso la moderna teoría económica hunde sus raíces en un religioso: Nicolás de Oresme. ¿Es lógico todo esto? No sólo lógico sino necesario: la creencia en un Dios creador posibilitó saber que la vía de la experiencia –elemento esencial del método científico- es la que nos permite conocer la naturaleza de universo, y confiar en que seremos capaces de llegar a conocerlo porque –dado que procede del Logos- se trata de un universo racional, predecible e inteligible. Sólo en semejante matriz conceptual podía experimentar la ciencia el nacimiento viable que va seguido de un crecimiento sostenido.

 

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Gracias a la Iglesia católica, la Universidad fue un fenómeno enteramente nuevo en la historia de Europa. Ni en Grecia ni Roma había existido nada similar. La institución que hoy conocemos, con sus facultades, programas, exámenes y títulos, procede directamente del mundo medieval. "La Iglesia desarrolló el sistema universitario porque era la única institución en Europa que mostraba un interés riguroso por la conservación y el cultivo del conocimiento", recuerda Lowrie Daly en The Medieval University.

Y al impulso intelectual de la Iglesia en el fomento de las Universidades se sumaron el estímulo y el apoyo –incluido el económico– del Papado. La concesión de una "Cédula Pontificia" para dar origen a una nueva Universidad es indicio de esta importante función papal. La Sapienza obtuvo de Bonifacio VIII la bula In Supraemae Praeminentia Dignitatis el 20 de abril de 1303, por la que se fundaba el entonces llamado Studium Urbis, la primera universidad de Roma, y el primer centro universitario abierto a todos –no sólo al clero–, libre y público.


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Puede afirmarse que ninguna otra institución hizo más por difundir el conocimiento, dentro y fuera de las Universidades, que la Iglesia Católica. Y la importancia que se daba tanto a la correcta argumentación, mediante la defensa persuasiva de cada aspecto del problema, como a la búsqueda de una solución racional a los conflictos, –origen del método de razonamiento escolástico– no coincide en absoluto con la impresión mayoritaria de la vida intelectual en la Edad Media, y sin embargo así era como operaba el proceso para la obtención de un título universitario. Y en este marco de racionalidad hay que insertar el desarrollo de la Lógica, que revela la existencia de una civilización decidida a comprender y a persuadir.

 

"La creación de las Universidades, el compromiso con la razón y la argumentación racional y el espíritu de investigación que caracterizaban la vida en la Edad Media fueron –afirma Woods– un regalo del Medioevo latino al mundo moderno; un regalo de la civilización en cuyo centro se hallaba la Iglesia Católica".

 

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Portugal 2008.

 

La Universidad es el lugar sagrado del saber donde se aprende a venerar la integridad de la persona humana, desde que nace hasta su muerte natural.

 

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Formas de totalitarismo y dominación de la persona - La catequesis de estado, es cuando un estado se hace formador de la conciencia moral de todos los ciudadanos, en un pensamiento único que es el suyo. Destruye así todas las otras formas de la inquietud intelectual del ser humano y uso de la recta razón; a un estado totalitario le conviene mentes párvulas.

El ejercicio de la recta razón es fundamental en el pensar del hombre para evitar todo relativismo.

Europa no puede prescindir del logo griego, del logo cristiano que es amor, pues constituye la identidad propia de Europa.

Europa no es una unidad geográfica, es una unidad de pueblos, gracias al cristianismo.

 

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Galileo - La supuesta hostilidad de la Iglesia católica hacia la Ciencia es quizá uno de los mayores lastres de la cultura popular. Y a la versión unilateral y tergiversada del "caso Galileo" se debe en buena parte la generalización de la creencia según la cual la Iglesia ha impedido el avance de la investigación científica. El cardenal Newman encontró revelador que éste fuera el único ejemplo que la gente es capaz de citar.

El trabajo de Galileo fue inicialmente bien acogido y celebrado por destacados eclesiásticos. Sus descubrimientos con el telescopio le valieron una audiencia con el Papa Paulo V. Y cuando publicó su obra Carta sobre las manchas solares, en la que defendía en forma impresa por primera vez el sistema copernicano, fue felicitado entre otros por el cardenal Barberini, futuro Urbano VIII. La Iglesia no puso ninguna objeción al uso del sistema copernicano, que percibía como un elegante modelo teórico que permitía explicar mejor los fenómenos celestes. Sin disponer inicialmente de pruebas irrefutables científicamente hablando, Galileo se lanzó a considerar este modelo no como hipótesis científica de trabajo, sino como certeza.

En realidad, muchos astrónomos jesuitas habían confirmado sus descubrimientos, y esperaban el hallazgo de nuevas pruebas que les permitieran defender con rigor el modelo copernicano. Muchos clérigos influyentes creían que Galileo podía tener razón, pero necesitaban más datos. Cuando Galileo –en una pirueta científico-teológica– propuso la reinterpretación de ciertos versículos de la Biblia, los teólogos pensaron –con razón– que Galileo había usurpado su autoridad.

Langford, uno de los expertos en este tema, afirmó que "no es del todo cierto retratar a Galileo como una víctima inocente de la ignorancia y los prejuicios. Los acontecimientos que siguieron son en parte imputables al propio Galileo, que entró a debatir sin tener pruebas suficientes y se metió en el terreno de los teólogos".

Es famosa la observación que realizó el cardenal Bellarmino:

«Si hubiera una prueba real de que el Sol ocupa al centro del Universo y de que el Sol no gira alrededor de la Tierra, deberíamos proceder con suma cautela a la hora de explicar determinados pasajes de las Escrituras que parecen apuntar a lo contrario y admitir que no supimos comprenderlos, antes de proclamar como falsa una opinión que haya demostrado ser verdadera. Por lo que a mí respecta, no creeré en la existencia de dichas pruebas hasta que me sean presentadas».

¿Se puede decir algo más sensato y acorde con el método científico?.

Si Galileo hubiese presentado sus conclusiones como hipótesis, el gran astrónomo habría podido escribir lo que deseara. Como desoyó la prohibición en ese sentido, fue declarado hereje. La condena a Galileo, aun cuando se comprenda en su debido contexto, fue ciertamente un tropiezo que ha posibilitado establecer el mito de la hostilidad de la Iglesia hacia la investigación científica.

 

Una idea del filósofo de la Ciencia Paul Feyerabend, ateo para más señas: «En la época de Galileo la Iglesia era mucho más fiel a la razón que el propio Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo».

 

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Si en el siglo XVII Galileo era emblema del supuesto oscurantismo medieval de la Iglesia, en el XIX se produce un cambio y se subraya que Galileo no había reunido pruebas convincentes del sistema heliocéntrico, citando ahí a Feyerabend y a Von Weizsäcker, que directamente une con una línea recta a Galileo con la bomba atómica. Estas citas no las usó el cardenal Ratzinger para resarcirse ni justificarse: "Sería absurdo hacer apología sobre la base de estas afirmaciones. La fe no crece a partir del resentimiento ni de la refutación de la racionalidad". Más bien las mencionó como prueba de cuánto las dudas de la modernidad sobre sí misma habían ahogado a la ciencia y a la técnica.

En la misma tesis de Feyerabend abunda el profesor Reale. En su libro ‘Raíces culturales y espirituales de Europa’ afirma que "estas nuevas relaciones entre el hombre y la realidad hicieron que la Ciencia y la tecnología a ella vinculada se impusiera de forma cada vez más acentuada, y acabó presentándose dogmáticamente como ´la única forma de conocimiento verdadero´. Hasta los últimos decenios del siglo XX no comenzó una compleja operación de desdogmatización de la ciencia, una operación que todavía continúa, aunque lentamente, puesto que la communis opinio sigue fascinada por los sorprendentes resultados de la técnica, y sigue venerando a la Ciencia casi como a un ídolo".

 

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Paris - Universidad católica Sorbona al 1250ca.

 

Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios, universidades y archivos, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

Ala Iglesia Católica es la comunidad religiosa más organizada del mundo; cuenta, además, con más de seiscientos [600] Universidades o Institutos superiores de investigación.

 

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--¿Por qué los benedictinos han tenido esta influencia tan fuerte en la arquitectura, el arte y la cultura europea?

--López-Tello: Los benedictinos, nacidos en el ocaso de la cultura romana (siglo VI), recibieron la herencia espiritual de ese mundo que sucumbía y supieron conservarla y recrearla para hacer de ella un vehículo de expresión de cómo el hombre puede hablar del Dios infinito a través de una variedad y pluralidad siempre limitada de lenguajes artísticos.

Dado que los monjes tuvieron un papel fundamental en la evangelización de Europa (por ello san Benito es el patrón principal de todo el continente), su presencia llevó a numerosas áreas del viejo mundo la posibilidad de usar las artes figurativas de un modo creativo para transmitir el Evangelio.

--Es fácil asociar benedictinos con abadías medievales, pero no con el arte moderno. ¿Es un prejuicio?
--López-Tello: Esa posibilidad expresiva no se encuentra limitada al medioevo, como muchos pueden creer, sino que, sobrepasando el barroco y los historicismos del siglo XIX, usa las posibilidades expresivas de la arquitectura, pintura, escultura o, incluso, fotografía, del siglo XX. Es un reflejo de cómo el hombre de todos los tiempos puede hablar de Dios con el lenguaje del arte. 09.I.2008

 

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1303 - Universidad romana de La Sapienza - Histórica institución, cuyo origen está en una Bula del Papa Bonifacio VIII, de 1303.

 

La Iglesia Católica sembró de Universidades en Europa, precisamente en el medioevo. - Ciertamente la universidad debería ser un lugar privilegiado para practicar la razón sin prejuicios ni vetos ideológicos, un lugar en el que afrontar todos los aspectos de la realidad más allá de esquemas preconcebidos, pero precisamente en este ámbito vemos que con frecuencia, no domina ese coraje del razón al que invoca diariamente el Papa Benedicto XVI-  Obispo de Roma 2008.

 

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"El Papa habla como representante de una comunidad que custodia en sí un tesoro de conocimiento y de experiencias éticas, que resulta importante para toda la humanidad: en este sentido, habla como representante de una razón ética".

 

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1551, el 12 de mayo en Lima, Perú, se funda la Real y Pontificia Universidad de San Marcos, primera universidad de América, por real cédula expedida por Carlos V.

 

Hablando de datas de fundación universitaria, existe siempre algunas innegables variantes históricas. Depende si ‘fecha de fundación’ se considera la data de la ‘Bula papal’, o data de la ‘Cédula real’, o data de la ‘primera piedra fundamental’, o data de la ‘inauguración oficial’ o, finalmente, la data del ‘inicio de la actividad y función universitaria (normativa fundacional)’. Por tanto, siempre es posible encontrarse con la desigualdad de cinco referencias a cinco momentos diferentes, sin ser en nada contradictorios entre ellos.

 

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Cada objeto aterrizado en Europa es la huella del expolio que conllevó. Pero, cada objeto de nuestra civilización que está fuera de Europa, es el mismo expolio y despojo a la inversa. Mas, la historia no da marcha atrás, y un mea culpa eterno y paralizador no resultará útil a nadie.

 

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"La historia ha sido el campo de la imperfección humana, lo es aún y nada indica que dejará de serlo". (Víctor Massuh)

 

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Benedicto XVI se pregunta: "¿Qué es la universidad?. ¿Cuál es su tarea?", y responde: "El verdadero, íntimo origen de la universidad es el deseo de conocimiento que es propio del ser humano. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere verdad".

"Pero la verdad -explica- no es solo teórica. (...)
Verdad es más que saber: el conocimiento de la verdad tiene como fin el conocimiento del bien.. (...)

 

¿Cuál es el bien que nos hace verdaderos?. La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este es el optimismo que vive en la fe cristiana, porque a ella se le ha concedido la visión del Logos, de la Razón creadora, que en la Encarnación de Dios, se ha revelado como el Bien, como la misma Bondad".

En este contexto, el Santo Padre pone el ejemplo de las
universidades medievales, donde convivían las facultades de Filosofía y Teología que se ocupaban de la búsqueda "del ser humano en su totalidad y de la tarea de mantener la sensibilidad por la verdad". Benedicto XVI, citando la fórmula del Concilio de Calcedonia sobre la cristología, afirma que "la filosofía y la teología deben relacionarse entre sí "sin confusión y sin separación".

"Sin confusión -explica el Papa- quiere decir que cada una debe conservar su identidad propia. La filosofía debe ser verdaderamente una búsqueda de la razón en su propia libertad y responsabilidad" y la teología "debe seguir buscando en el tesoro de conocimientos que ella no ha inventado, (...) que al no agotarse mediante la reflexión, pone siempre de nuevo en marcha el pensamiento".

"Sin separación" significa que "la filosofía no recomienza cada vez desde el punto cero del sujeto pensante de forma aislada, sino que se inserta en el gran diálogo de la sabiduría histórica", pero "no debe tampoco cerrarse a aquello que las religiones y en particular la fe cristiana han recibido y dado a la humanidad como indicación del camino".

"Efectivamente -observa Benedicto XVI-, mucho de lo que afirman la teología y la fe puede hacerse propio solamente dentro de la fe y por lo tanto no puede presentarse como una exigencia para aquellos a quienes esta fe es inaccesible", sin embargo "también es verdad que el mensaje de la fe cristiana (...) es una fuerza purificadora para la razón" y "un impulso hacia la verdad y una fuerza contra la presión del poder y de los intereses".

El Papa habla después de la época actual donde "se han abierto nuevas dimensiones del saber, que en la universidad se han valorizado sobre todo en dos ámbitos: (...) las ciencias naturales (...) y las ciencias históricas y las humanidades", y constata con satisfacción que al mismo tiempo "han aumentado el conocimiento y el reconocimiento de los derechos y de la dignidad del ser humano".

A pesar de ello, "el peligro de caer en la deshumanización no ha cesado completamente", y en particular "el riesgo actual del mundo occidental es que el ser humano, en virtud de la grandeza de su saber y su poder se rinda ante la cuestión de
la verdad. Lo que significa al mismo tiempo que la razón, en fin, se doblega frente a la presión de los intereses y los atractivos de la utilidad, obligada a reconocerla como criterio último".

"Existe el peligro de que la filosofía, no sintiéndose ya capaz de su verdadera tarea, se degrade en positivismo y de que la teología, con su mensaje dirigido a la razón, se confine en la esfera privada de un grupo más o menos grande", observa el pontífice.

Al final, Benedicto XVI se pregunta: "¿Qué tiene que hacer o que decir el Papa en la Universidad? y responde: "Ciertamente no debe tratar de imponer a los demás la fe de forma autoritaria, que sólo puede darse en libertad".

"Más allá de su ministerio de Pastor de la Iglesia y según la naturaleza intrínseca de este ministerio pastoral -concluye- su misión es mantener despierta la sensibilidad por la verdad; invitar siempre nuevamente a la razón a ponerse en búsqueda de lo verdadero, del bien, de Dios, y en este camino invitarla a ver las luces útiles que brotan a lo largo de la historia de la fe cristiana".
2008.I.

 

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El cristianismo nació en Oriente Próximo, y durante mucho tiempo su desarrollo principal se quedó allí, difundiéndose por Asia mucho más de lo que pensamos hoy tras los cambios introducidos por el Islam. Existe el peligro de que, precisamente esos lugares donde tuvo su origen el cristianismo, se queden sin cristianos. Ahora contesto a su pregunta. Conviene que se puedan expresar los dones propios de África, de Asia y de América, especialmente de Hispanoamérica. Todos los obispos del resto del mundo dicen: Todavía necesitamos a Europa. Todavía tenemos una responsabilidad al respecto. Para los otros continentes son muy importantes nuestras experiencias, la ciencia teológica que se ha desarrollado aquí, toda nuestra experiencia litúrgica, nuestras tradiciones, incluidas las experiencias ecuménicas que hemos acumulado. Por eso es necesario que no nos rindamos, diciendo: Ya somos sólo una minoría; intentemos al menos conservar nuestro número reducido. Al contrario, debemos mantener vivo el dinamismo, entabalar relaciones de intercambio, para que de ahí nos lleguen nuevas fuerzas. Aunque en el futuro nos toque recibir más, debemos seguir siendo capaces de dar.


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Unknown - English, 1420–1430
Tempera colors, gold leaf, gold paint, and ink on parchment
14 x 9 1/2 in. - MS. 17, FOL. 13v


El aporte de la Iglesia que hizo de nuestra civilización ‘grande y humanista’.

 

Lo cierto es que la Iglesia cultivó, preservó, estudió y enseñó las obras de los autores clásicos, que de otro modo habrían desaparecido.

 

El gran Alcuino – el teólogo y políglota que colaboró estrechamente con Carlomagno para restablecer el estudio y la erudición en la Europa central y occidental-, mencionaba entre los fondos de su biblioteca en York obras de Aristóteles, Cicerón, Lucano, Plinio, Estadio, Pompeyo Trogo y Virgilio. Alcuino cita en su correspondencia a otros autores clásicos como Ovidio, Horacio y Terencio,(Charles Montalembert, op.cit., p.45).

 

Sin embargo, Alcuino no era ni mucho menos el único que conocía y apreciaba a los antiguos maestros. Lupo (aprox.805-862), abad de Ferrières, cita también a Cicerón, Horacio, Marcial, Suetonio y Virgilio. Abbo de Fleury (aprox. 950-1004), abad del monasterio de Fleury, era un buen conocedor de Horacio, Salustio, Terencio y Virgilio. Desiderio, a quien se tiene por el principal de los abades de Montecassino tras el propio San Benito y quien en 1086 ocupó el trono papal con el nombre de Víctor III, supervisó personalmente la transcripción de Horacio y de Séneca, así como las de la obra de Cicerón ‘De Natura Deorum’, y los ‘Fastos’ de Ovidio,(Charles Montalembert, op.cit., p. 146; Raymund Webster, «Pope Blessed Victor III», Catholic enciclopedia, 2ª ed., 1913).-

 

Su amigo el arzobispo Alfano, que tambien fuera monje de Montecassino, poseía una fluidez similar con las obras de los escritores clásicos y citaba frecuentemente a Apuleyo, Aristóteles, Cicerón, Platón, Varro y Virgilio, además de imitar en sus propios versos a Ovidio y Horacio. Siendo Abad de Bec, San Anselmo recomendó a sus discípulos la lectura de Virgilio y otros autores clásicos, aunque instándolos a pasar por alto los pasajes moralmente reprobables,(Charles Montalembert, op.cit., p.146. Véase también, John Henry Cardinal Newman, op. Cit., pp.320-321).

 

El gran Gerberto de Aurillac, que escogió para su pontificado el nombre de Silvestre II, no se limitaba a la enseñanza de la lógica sino que animaba a sus alumnos a apreciar las obras de Horacio, Juvenal, Lucano, Persio, Terencio, Estadio y Virgilio. Sabemos que en lugares como Saint Alban’s y Paderborne se ofrecían conferencias sobre autores clásicos. Se conserva un ejercicio realizado por San Hildeberto, en el que se reúnen fragmentos de Cicerón, Horacio, Juvenal, Persio, Séneca, Terencio y otros; el gran historiador decimonónico John Henry Cardinal Newman, convertido del anglicanismo, sugiere que San Hildeberto se había aprendido a Horacio de memoria, (John Henry Cardinal Newman, op. Cit., pp.316-317).

Lo cierto es que la Iglesia cultivó, preservó, estudió y enseñó las obras de los autores clásicos, que de otro modo habrían desaparecido.

 

Algunos monasterios destacaron por sus conocimientos en determinadas ramas del saber. Así, los monjes de San Benigno de Dijon impartían conferencias de medicina, el monasterio de Saint-Gall* contaba con una escuela de pintura y grabado, y en ciertos monasterios alemanes se pronunciaban conferencias en griego, hebreo y árabe (John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 316-317).

 

Era frecuente que los monjes ampliaran estudios en alguna de las escuelas monásticas que se crearon durante el Renacimiento carolingio y en épocas sucesivas. Una vez dominadas las disciplinas que se impartían en su propia casa. Abbo de Fleury marchó a estudiar filosofía y astronomía a París y Reims; historias similares se cuentan del arzobispo de Rabán de Maguncia, San Wolfgang, y del Papa Silvestre II)[John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 319].

 

Montecassino, la casa madre de la Orden Benedictina, experimentó en el siglo XI un resurgimiento cultural calificado como el «acontecimiento más espectacular en la historia de la erudición latina del siglo XI» (John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 317-319).

Además del gran alcance de su empresa artística e intelectual, Montecassino recuperó el interés por los textos de la antigüedad clásica:

 

   …Se recuperaron de un plumazo textos que de otro modo se habrían perdido para siempre; al esfuerzo de este monasterio le debemos la conservación de los últimos ‘Anales e Historias’ de Tácito (Lámina XIV), ‘El asno de oro’ De Apuleyo, los ‘Diálogos’ de Séneca, ‘De lengua latina’ de Varro, ‘De aquis’ de Frontino y treinta y tantos versos de la sexta sátira de Juvenal que no figuraban en ningún otro manuscrito.

(John Henry Cardinal Newman, op.cit., pp. 109-110).

 

La Iglesia, a través de sus monjes que ejercían la docencia, con mayor o menor grado de intensidad a lo largo de los siglos, fue cuna de la cultura en Europa. Una cultura progresiva que está la vanguardia de los derechos reconocidos hoy como universales.

* Uno de los documentos más importantes de toda la época medieval es el plano de Saint Gall que se conserva en la biblioteca de esta localidad suiza. Gracia a él podemos observar cómo los monjes realizaron el proyecto de un monasterio. El plano fue dibujado poco antes del año 829 en tinta roja sobre cinco hojas de pergamino, siendo encargado por el abad Gozberto. Con este plano podemos reconstruir idealmente el proyecto, que concebía el monasterio como una pequeña ciudad autosuficiente.
Las construcciones se organizaban alrededor de la gran iglesia abacial, diseñada con planta basilical, dos ábsides y dos torres a los pies. En el lado sur se ubicaría el claustro, centro de
la vida religiosa. En la zona este se encuentran los dormitorios; el refectorio en el sur y en el oste la bodega.
La
zona este del monasterio está ocupada por el convento de los novicios, el cementerio, la huerta con su respectiva casa, los gallineros y la casa del palafrenero. Otra iglesia enlaza el convento novicial con el hospital, a cuyo alrededor se localizan la cocina, los baños, la enfermería, la casa del médico y el huerto con las plantas medicinales.
En el norte encontramos la biblioteca, la casa del abad, la escuela y
la hospedería. En el ala oeste se ubican las caballerizas, la entrada principal, las viviendas de los siervos y los edificios de las granjas. En el sur se hallan la residencia de los peregrinos, un nuevo grupo de granjas, la cocina anexa a la panadería y la cervecería y tras estas estancias los molinos. Los dormitorios de los artesanos y otra granja completan el conjunto.
En estas pequeñas ciudades sagradas podemos apreciar normas de trazado urbanístico que habían sido abandonadas en las ciudades de
la época. A causa de la ambición del proyecto nunca se levantó este monasterio, pero sirvió como referencia para los arquitectos cistercienses del siglo XII.

 

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El valor de una sociedad se define por el de sus instituciones, sobre todo las educativas. Y la Iglesia desde los albores de la edad media, instituye escuelas y universidades, después.

 

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1480 - Los Reyes Católicos promulgan la primera ley reguladora del libro impreso. Por ella queda libre del pago de todo tipo de tributos la introducción en España de libros extranjeros.

 

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Cuando nació el cristianismo en la primera mitad del siglo I hubiera sido difícil imaginar qué pasaría de ser un reducido movimiento judío. Sin embargo, ofreció esperanza a sectores sociales como las mujeres, los esclavos, los desposeídos o los enfermos. Durante la Edad Media, creó la Universidad y sentó las bases de la revolución científica. En el siglo XVI la Reforma proporcionó el concepto de libertades políticas, la recuperación del papel del individuo o la necesidad de controlar públicamente al poder mediante resortes democráticos. Durante los siglos siguientes combatió la esclavitud, defendió a los indígenas y apuntó hacia los peligros de un capitalismo salvaje o de la utopía marxista. Así fue modelando un ámbito de justicia y libertad a lo largo de la Historia.

 

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¿Quién destruyó los escritos de Epicuro de la Biblioteca de Alejandría? Siempre había escuchado que fueron algunos cristianos, pero creo que usted no piensa lo mismo. ¿Quién los quemó?

 

La biblioteca de Alejandría sufrió dos incendios terribles. El primero fue casual y se produjo durante la guerra alejandrina que mantuvo César aliado con Cleopatra, el segundo fue absolutamente voluntario y se debió al califa Omar que alegaba que si lo que había en la biblioteca no estaba en el Corán era prescindible y si lo estaba, también resultaba prescindible.

 

César VIDAL-Dr.en historia antigua, filosofía, teología, licenciado en derecho – Esp. 2005.05.03 

 

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«No es una cuestión que dependa de un texto constitucional el hecho de que la religión cristiana, junto a la filosofía griega y el Derecho romano, la democracia liberal y la ciencia natural, aunque no todos ellos posean la misma jerarquía, constituye uno de los cimientos que sustentan nuestra civilización y su acción en la Historia. Eso no depende de que lo reconozca Giscard o los constituyentes. Por otra parte, la Ilustración y los valores democráticos y liberales no nacen como reacción contra el cristianismo, sino que, por el contrario, son imposibles sin su reflujo. Europa no se entiende sin su adhesión secular a los valores y principios del personalismo cristiano. Y la democracia liberal tampoco. La Constitución puede optar por unos principios jurídicos u otros, pero no puede cambiar la realidad histórica. Acaso algunos anticlericales vocacionales y ateos de salón sean, en el fondo, cristianos, como el burgués hablaba en prosa, sin saberlo. Una Constitución que respete la libertad religiosa y la separación entre Iglesia y Estado no tiene por qué ser, además, una Constitución anticristiana, pues el cristianismo ha asumido esos principios. Pero ya se sabe que existe un laicismo que pretende relegar la religión al ámbito privado». Dr. Ignacio Sánchez Cámara, 31.05.2003

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Antes de Cristo año 220 ca. Egipto. [oro]

 

10000/3000 a.C. Posibles pinitos aritméticos con piedras, huesecillos y, por supuesto, con los dedos.

3500/2500 a. C. En Egipto y Mesopotamia se empieza a pintar números.

2500/500 a.C. Desarrollo de una aritmética utilitaria para el comercio y la astronomía.

500 a.C. En Grecia se inventan las matemáticas, pero los números aún no cuentan.

300/400 d.C. Desarrollo en la India de un sistema de numeración posicional, invención del 0.

Siglos VII/IX. Los árabes traen los números hindúes (arábicos) a España.

1202. El Fraile Fibonacci escribe el «Liber Abaci» y con él los números hindúes traídos por los árabes hasta España, empiezan la conquista de todo el continente europeo.

La sucesión de Fibonacci

Consideremos la siguiente sucesión de números:

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34...

Cada número a partir del tercero, se obtiene sumando los dos que le preceden. Por ejemplo, 21 = 13 + 8; el siguiente a 34 será 34 + 21 = 55.

Esta sucesión es la llamada "sucesión de Fibonacci" (Leonardo de Pisa 1170-1240).

Los cocientes (razones) entre dos números de la sucesión, se aproximan más y más al número áureo (1´61803...).

Siglo XIII. El comercio le pone las pilas a la numeración y a la aritmética.

1478. La imprenta da a luz el primer libro de matemáticas, una aritmética mercantil.

1489/1544. En los puertos de la Liga Hanseática nacen los signos + y -, y el de la raíz cuadrada.

1494. La aritmética y la contabilidad, un matrimonio perfecto en la «Summa» de Luca Pacioli.

1557. Recorde inventa el signo =-

1632. Oughtred idea el aspa (x) como signo de la multiplicación. Su idea fue CEPTADA.

 

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Lucas Pacioli - (Paciuolo) 1450?ca. sacerdote y matemática, nacido en Borgo San Sepolco, Toscana, hacia la mitad del siglo XV; muerto, probablemente, algo después de 1509. Poco se conoce acerca de su vida. Llegó a ser fraile franciscano y consecutivamente profesor de matemática en Perugia, Roma, Nápoles, Pisa, y Venecia. Con Leonardo da Vinci  estuvo en Milán en la corte de Luis el Moro, hasta la invasión francesa. Los últimos años de su vida los pasó en Florencia y Venecia. Sus escritos científicos, aunque humildes en estilo, constituyeron la base para los trabajos de los matemáticos del siglo XVI, incluídos Cardan y Tartaglia. En su primer trabajo, "Summa de Arithmetica, Geometria, Proportioni, et Proportionalita", Venecia, 1494, utilizó, libremente, los escritos de Leonardo da Pisa (Fibonacci) sobre la teoría de los números. De esta manera, logró preservar fragmentos de algunos trabajos, perdidos, de ese matemático. La aplicación de álgebra a la geometría, y el tratamiento para la teoría de la probabilidad, contribuyeron también para hacer, notable, este tratado. La "Divina Proportioni" (Venecia, 1509), fue escrita con alguna cooperación de Leonardo da Vinci. Es de interés, principalmente, por algunos teoremas sobre el trazado de poliedros dentro de otros poliedros y por el uso de letras para indicar cantidades numéricas. Su edición de Euclid fue publicada en 1509, en Venecia.

PAUL H. LINEHAN - Transcrito por Christine J. Murray
Traducido por José Luis Anastasio

 

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Eratóstenes de Cirene - Filósofo y matemático griego

(ca. 276 a.C.- ca. 194 a.C.)

¿Sabías qué? El método que empleaba el griego Eratóstenes, consistía en “cribar” los números: escribía los números y tachaba el 1 y todos los pares, salvo 2; luego, tachaba todos los múltiplos de 3, salvo 3; después, todos los múltiplos de 5, menos el 5; y así sucesivamente. Los números que quedaban al final sin tachar eran los primos. Eratóstenes siguió este procedimiento escribiendo los primeros tres o cuatro mil números sobre una plancha metálica y agujereándola en los lugares correspondientes a los números que había que eliminar.

 

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Transcribiendo manuscritos, almacenando códices, propulsando el saber, acumulando ciencias y libros, creando las Universidades y protegiendo el arte, las instituciones de la Iglesia asientan bases contra la ignorancia ciudadana... y la burla de la inteligencia. Papa Nicolás V* (1397 † 1455), indicaba tal finalidad con las palabras: "Pro communi doctorum virorum commodo", "Para la utilidad y el interés común de los hombres de ciencia". Análogamente subrayada por el Papa Sixto IV** al nacer el Renacimiento: "Ad decorem militantis Ecclesiae et fidei augmentum", "Para decoro de la Iglesia militante y para la difusión de la fe".

*Al siglo Tommaso Parentucelli, nacido en Sarzana-It. el 15 de noviembre de 1397 y † Roma el 24 de marzo de 1455 (PP. entre 1447 y 1455).

**Al siglo Francesco Della Rovere, nacido en Albisola-Savona-It. el 21 de Julio de 1414 y † Roma, 12 de Agosto de 1484 (PP. Entre 1471 y 1484).

 

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*846Invasión, saqueo, destrucción, incendios, pillajes, violaciones, etc. por parte de las turbas mahometanas (¿10.000 piratas sarracenos?), en la ciudad santa del cristianismo: ‘Roma’.

El monasterio de Montecasino, tras pillajes, robos, crímenes, había sido destruido por los seguidores de Mahoma.

El fanatismo y la ignorancia de los seguidores de Mahoma, les llevó a robar, destruir e incendiar antiguos papiros y códices de la biblioteca vaticana. Así, parte del patrimonio y memoria escrita de la humanidad, han quedado aniquilados para siempre. 

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S. S. BENEDICTO III – P.P.

— Se desconoce la fecha de su nacimiento.
— Fue elegido Papa el 29 de septiembre del año 855.
— Continuó la reparación de las iglesias de Roma profanadas y dañadas con hurtos, latrocinios e incendios, por la invasión de los Sarracenos el año 846.
— Murió el 17 de abril del año 858. Fue enterrado cerca de la puerta principal de San Pedro.

 

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En el siglo VII los musulmanes invadieron a griegos, romanos, godos, judíos, iranios, indios. Los consideraban decadentes, como ahora a nosotros. Traían una cultura cerrada y dogmática, una teocracia de guerreros que, si morían, iban al paraíso. 2005.

 

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Quién, sino la Iglesia, a través de los monasterios, salvó la ciencia de los clásicos y la transmitió para el futuro; quién creó las universidades, sino la Iglesia; quién fue mecenas del arte y de la mejor cultura de Europa, sino la Iglesia; quién lo sigue siendo.

 

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En sus monasterios, la Iglesia Católica:

El nacimiento del enciclopedismo

 

MANUEL LUCENA GIRALDO

Existen algunas actividades en las cuales los españoles hemos sido pioneros. Como la tradición enciclopédica, en la que el erudito san Isidoro de Sevilla (556-636) tuvo, al menos en Occidente, un destacado papel fundacional. Educado por su hermano Leandro, como él santo y obispo de aquella gran capital, el joven Isidoro se educó en un monasterio, en el que destacó por su interés en la historia y la literatura grecolatinas.

Isidoro dio también muestras de poseer una memoria prodigiosa, así como una serie de rasgos virtuosos que parecían predestinarle a la santidad.

Consagrado a la lectura y el estudio, fue pese a los exilios y persecuciones que padeció por su férreo catolicismo capaz de completar las Etimologías, una vasta recopilación de saberes científicos y humanísticos sobre materias tan dispares como gramática, aritmética, música, medicina, teología, agrimensura, artes bélicas, juegos y navegación. Aunque el magno proyecto isidoriano en su segunda parte se despega con dificultad de lo etimológico, que atañe al origen de las palabras, apunta el reto de lo enciclopédico, que aspira a formular la información sobre el mundo ordenada de acuerdo con las leyes que lo organizan y gobiernan. Esta taxonomía se transfirió a la Edad Media de tal modo que ya en el siglo XIII se produjo un furor enciclopédico, con obras como el Speculum, de Vincent de Beauvais, y desde el Renacimiento se formularon las colecciones de viajes del inglés Hakluyt, el veneciano Ramusio o el español León Pinelo.

Hay que reconocer, sin embargo, que la acepción actual de lo enciclopédico, que alude al conjunto de conocimientos que debe poseer una persona culta, resulta de la Ilustración europea y logró su máxima concreción en la Encyclopédie ou Dictionnaire Raisonné des Sciences, des Arts et des Métiers (también llamada Encyclopédie Française), aparecida en París entre 1751 y 1776 gracias a la labor de D´Alembert y Diderot. El conjunto de la Encyclopédie está formado por una monumental serie de diecisiete volúmenes de texto, a los que hay que añadir varios de exquisitos grabados. Resulta obvio que divulgó las ideas de la Revolución Francesa y también del primer liberalismo.


Para todo el mundo

De ahí que en su estela surgieran obras similares, como la Encyclopaedia Britannica (1768), la alemana Encyclopädie der Wissenschaften (1818), la Encyclopedia Italiana (1929), o la Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana de Espasa-Calpe (1905). La extraordinaria Enciclopedia Larousse se empieza a publicar en Francia en 1863 bajo el signo de la colosal figura de su fundador, Pierre Larousse, partidario ante todo de la voluntad pedagógica y el humanismo positivo. En sus propias palabras, se propuso preparar un gran diccionario universal «en el que se encontrarán por orden alfabético todos los conocimientos que enriquecen el espíritu humano». No se dirigía a una elite, sino «a todo el mundo, para que se instruyera sobre todas las cosas».

Esta motivación partía de los avatares de su propia biografía. Tras una infancia de escasez, Larousse había trabajado como profesor y había tomado conciencia del arcaísmo de los libros y métodos empleados. Así, se lanzó a una aventura que dio como resultado la fundación en 1852, junto a Pierre Boyer, de una librería y poco después de una editorial volcada a la preparación de diccionarios y, desde 1863, del «Gran diccionario universal», que dará lugar a la «Enciclopedia Larousse». Agotado por la tarea, Larousse falleció en 1875, justo cuando la obra había alcanzado las primeras 20.000 páginas.

2006-IX-01-‘ABC’-Esp.

 

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Humberto de Romans (+1277),por ejemplo, al proponer una serie de libros recomendables a los novicios, aconseja: «Al comienzo, que lean libros útiles y claros, más bien que los difíciles y oscuros, y ante todo aquéllos que son más capaces de iluminarles, encenderles y afirmarles» (De officiis ordinis, c. 5, n. 18, Roma 1888, t.2, p.230). Una de las funciones importantes de la dirección espiritual, concretamente, ha sido siempre la orientación de las lecturas. Si no se guiara a los niños cuando comen, se alimentarían mal, a base de pasteles y caramelos. Así la Iglesia enseñaba la cultura y la virtud para forjar hombres de bien.

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Recomendamos el libro de Dalmacio NEGRO "LO QUE EUROPA DEBE AL CRISTIANISMO" Unión editorial,2004. info@unioneditorial.es  www.unioneditorial.es 

 

Universidad y Cristianismo en Europa

 

 

 

 

 

La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

 

El pasado 19 de julio, en el patio del palacio apostólico de Castelgandolfo, Juan Pablo II recibió a 1.500 participantes en el simposio europeo que se celebra en Roma con motivo del séptimo centenario de la universidad más antigua de la urbe, La Sapienza. El tema del simposio, al que asisten rectores, profesores y estudiantes, así como obispos y sacerdotes de todo el Viejo Continente es: "Universidad e Iglesia en Europa".

La relación entre la Iglesia y las universidades, dijo el Papa, "nos lleva directamente al corazón de Europa, donde su civilización se ha expresado en una de sus instituciones más emblemáticas. Nos encontramos en los siglos XIII y XIV: la época en que se forma el Humanismo, como síntesis feliz entre el saber teológico, el filosófico y otras ciencias. Síntesis impensable sin el cristianismo y por tanto sin la secular obra de evangelización llevada a cabo por la Iglesia en el encuentro con las múltiples realidades étnicas y culturales del continente".

La universidad juega un papel irreemplazable en la fundación de la perspectiva cultural del presente y del futuro de Europa, agregó el Santo Padre, subrayando que "la universidad es por excelencia el lugar donde se busca la verdad" y "si bien deba insertarse en el tejido social y económico, no puede rebajarse a sus exigencias, so pena de extraviar su propia naturaleza, que es eminentemente cultural".

Juan Pablo II observó que la Iglesia puede ofrecer su propia contribución a la universidad con "la presencia de profesores y estudiantes -dijo- que sepan unir la competencia y el rigor científico con una intensa vida espiritual" y con "universidades católicas, en las que se actualiza la herencia de las antiguas universidades, nacidas "ex corde Ecclesiae" (del corazón de la Iglesia)".

Después recalcó la importancia de los "laboratorios culturales (...) en los que se lleva a cabo un diálogo constructivo entre fe y cultura, entre ciencia, filosofía y teología, y la ética se considera una exigencia intrínseca de la investigación para un servicio auténtico al ser humano".

Al final, el Papa pidió a todos que empleasen bien los talentos recibidos y afirmó que esperaba que colaborasen "siempre en la promoción de la vida y la dignidad del ser humano".

Tras los saludos en francés, inglés, alemán, español y polaco, el Santo Padre encendió una antorcha que se llevará a la iglesia de San Ivo alla Sapienza (en la sede de la antigua universidad romana) y desde allí a otras sedes universitarias de Roma. Cfr. VIS 030721 (420)


CRISTIANISMO, ELEMENTO CENTRAL EN LA HISTORIA EUROPEA

CIUDAD DEL VATICANO, 20 JUL 2003 (VIS).-Esta mañana en su residencia veraniega, el Santo Padre rezó el Angelus con los peregrinos llegados a Castelgandolfo y dedicó unas palabras a la futura constitución europea y a los fuertes lazos del continente con el cristianismo.

El Papa recordó que los últimos meses habían estado dedicados a elaborar la nueva constitución, "cuya versión definitiva será aprobada por la Conferencia intergubernamental a partir del próximo mes de octubre. A esta tarea tan importante, que interesa a todos los elementos de la sociedad europea, también la Iglesia quiere ofrecer su aportación propia".

La Iglesia, prosiguió Juan Pablo II, "recuerda entre otras cosas, como observé en la exhortación apostólica post-sinodal "Ecclesia in Europa", que "Europa ha sido impregnada amplia y profundamente por el cristianismo", que constituye, en la compleja historia del continente, un elemento central y calificador, que se ha consolidado sobre la base de la herencia clásica y de las diversas aportaciones ofrecidas por los flujos étnicos-culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos".

"Podríamos decir que la fe cristiana ha plasmado la cultura europea y se ha entrelazado con su historia, y a pesar de la dolorosa separación entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha afirmado como "la religión de los europeos". Su influjo ha sido notable también en la época moderna y contemporánea, no obstante el fenómeno, fuerte y difundido, de la secularización".

El Santo Padre concluyó sus palabras subrayando que "la Iglesia sabe que su interés por Europa brota de su misma misión. En cuanto depositaria del Evangelio, ha fomentado los valores que han hecho universalmente apreciada la cultura europea. Este patrimonio no puede disiparse. Al contrario, hay que ayudar a la nueva Europa a "construirse a sí misma, revitalizando las raíces cristianas que le han dado origen"".
VIS 030721 (320)

 

 

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1593 - Enrique IV se convierte al catolicismo ("París bien vale una misa"): fin de las guerras de religión en Francia. Suecia adopta la confesión luterana de Augsburgo y establece el luteranismo como religión nacional. Los franciscanos comienzan sus misiones en Japón. Se funda la escuela que luego será la Universidad de Quito-Ecuador.

 

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Un libro pone de relieve la aportación católica

NUEVA YORK, sábado, 11 junio 2005 - Ninguna institución ha hecho más para forjar Occidente como la Iglesia. Ésta es la tesis del libro publicado recientemente, «How the Catholic Church Built Western Civilization» (Cómo construyó la Iglesia Católica la Civilización Occidental) (Regnery Publishing), de Thomas E. Woods Jr.

La Iglesia católica, observa Woods, ha tenido mala prensa en los últimos años. Y mucha gente sólo conoce las partes más oscuras de la historia de la Iglesia. Este libro busca cambiar esto, tratando de modo sucinto en una serie de capítulos temáticos algunas de las áreas donde la Iglesia ha jugado un papel crucial.

La civilización occidental, precisa Woods, no deriva exclusivamente del catolicismo. Sin embargo, resulta fácil olvidar cuánto ha contribuido la Iglesia en áreas como el arte, la música, la arquitectura, la ciencia y el derecho.

Todavía persiste una fuerte visión negativa sobre la Edad Media, aunque Woods afirma que casi todos los historiadores rechazan actualmente el viejo prejuicio ante este periodo que lo calificaba como la «Edad Oscura». Aunque de hecho hubo un periodo de declive en los siglos VI y VII, esto se debió a las invasiones bárbaras y a las constantes guerras. La destrucción habría sido peor si no hubiera sido por los esfuerzos de la Iglesia por mantener el orden.

La civilización moderna tiene una particular deuda con la labor de innumerables monjes durante la Edad Media, apunta Woods. Fue en los monasterios donde los textos de los grandes romanos se copiaron y conservaron para las futuras generaciones. Y aunque durante siglos se destruyeron muchos monasterios por las sucesivas oleadas de bárbaros, volvían a renacer de nuevo para continuar su tarea.

Los monasterios medievales fueron también vitales para el desarrollo de la agricultura. En particular, miles de establecimientos benedictinos desempeñaron un papel crucial en la roturación y desarrollo de la tierra. También introdujeron en las poblaciones locales importantes técnicas, como la crianza de ganado, la fabricación de queso, la gestión del agua y la apicultura. Los monasterios cistercienses también desempeñaron un papel vital, añade Woods, en áreas como el desarrollo de la hidráulica y la metalurgia.

Un tiempo de aprendizaje
Lejos de ser un periodo de ignorancia, la Edad Media vio el nacimiento del sistema universitario. La Iglesia estuvo en el meollo de este avance, que surgió en la segunda mitad del siglo XII en los centros establecidos en París, Bolonia, Oxford y Cambridge. El Papado, explica Woods, también desempeñó un papel central en el establecimiento y respaldo a las universidades. En la época de la Reforma, 81 universidades habían recibido el reconocimiento papal.

La ciencia moderna también tiene una gran deuda con la Iglesia católica. La mayoría de la gente recuerda el conflicto de la Iglesia con Galileo, que no fue tan negativo como los mitos populares lo consideran, sostiene Woods. La Iglesia promovió los avances científicos, con muchos clérigos que combinaban su vocación divina con el interés por la ciencia.

El dominico del siglo XIII, San Alberto el Grande, por ejemplo, ha sido considerado uno de los precursores de la ciencia moderna. Y Roberto Grosseteste, canciller de la Universidad de Oxford y obispo de Lincoln, es descrito por Woods como uno de los hombres de más conocimientos de la Edad Media. Él fue, entre otras realizaciones suyas, el primero en anotar la serie completa de pasos para realizar un experimento científico.

La implicación de la Iglesia en la ciencia continuaría en los siguientes siglos. En el siglo XVII, está acreditado que el padre Nicolaus Steno de Dinamarca estableció la mayoría de los principios de la geología moderna. Y en los siglos XVII y XVIII, los jesuitas hicieron importantes aportaciones a la ciencia, especialmente en áreas como las matemáticas y la astronomía.

El arte y la arquitectura también tienen una gran deuda con la Iglesia católica. Cuando los iconoclastas, que se oponían a las imágenes de figuras religiosas, intentaron destruir el arte religioso en los siglos VIII y IX, fue la Iglesia la que se opuso a esta herejía.

En los siglos siguientes, el patronazgo de la Iglesia, a través de la construcción de grandes catedrales y el encargo de innumerables obras de arte, fue el centro del arte y la arquitectura europeas. Los Papas, en particular, como patrones de muchos de los grandes artistas estuvieron detrás de la producción de muchas obras maestras.

Derecho internacional
El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo dio la oportunidad a los teólogos católicos de desarrollar lo que serían los principios legales y éticos para regir el trato de los nativos en los nuevos territorios. El más conocido de estos pensadores fue Francisco de Vitoria, un dominico al que se atribuye el haber dado fundamento al derecho internacional moderno. Defendió el principio de que todos los hombres son igualmente libres y tienen el mismo derecho a la vida, la cultura y la propiedad.

Vitoria, junto con otras figuras como su compañero dominico Bartolomé de las Casas, desempeñaron un importante papel en la defensa de las poblaciones nativas contra quienes buscaban tratarlas como una clase subhumana, legitimando así la esclavitud y otras clases de malos tratos. A pesar de estos esfuerzos se cometieron injusticias, observa Woods, pero los teólogos españoles hicieron importantes aportaciones a conceptos como los derechos naturales y la guerra justa.

Muchos otros aspectos de los sistemas legales occidentales deben su origen a la Iglesia, explica Woods. El código legal desarrollado por la Iglesia para su propio uso, el derecho canónico, fue el primer cuerpo legal sistemático desarrollado en la Europa medieval y conformó la base de los sistemas legales seculares posteriores.

La influencia de la Iglesia fue vital para asegurar, por ejemplo, que un matrimonio válido requiere el libre consentimiento tanto del hombre como de la mujer. Y la defensa de la vida humana por parte de la Iglesia significó que no se continuara con la práctica del infanticidio de Grecia y Roma. Otras prácticas bárbaras como el juicio por batalla o juicio de sangre fueron perdiendo vigor gracias a la influencia de la Iglesia. Los estudiosos del derecho canónico introdujeron también principios como la reducción de la responsabilidad legal debido a circunstancias atenuantes.

Obras de caridad
Las obras de caridad católicas son otro campo examinado por Woods. Desde los primeros siglos, la Iglesia buscó aliviar los sufrimientos causados por las hambrunas y las enfermedades. Inspirándose en el Evangelio, se animaba al fiel a que donase su dinero a la Iglesia para utilizarlo en ayudar a quienes estaban en necesidad.

En la primera Iglesia, se organizaron hospicios para cuidar a peregrinos, rescatar esclavos y pobres. Otros grupos, como las viudas y los huérfanos, se beneficiaron de las instituciones puestas en marcha por la Iglesia. El establecimiento de hospitales a gran escala también proviene de iniciativas organizadas por la Iglesia católica desde el siglo IV en adelante. Y, durante la Edad Media, los monasterios se convirtieron en dispensadores de asistencia médica en muchas áreas.

La extensión de estas ayudas fue tal que muchos que eran hostiles a los católicos, desde paganos a reformadores protestantes y figuras de la Ilustración como Voltaire, todos reconocieron la labor caritativa de la Iglesia.

Woods también hace notar que cuando Enrique VIII suprimió en Inglaterra los monasterios y confiscó sus propiedades la perdida de ayudas de caridad que se creó como consecuencia llevó a sublevaciones civiles en algunas partes. Y la nacionalización de las propiedades de la Iglesia durante la Revolución Francesa significó que medio siglo después, en 1847, Francia tuviera un 47% menos de hospitales que en 1789.

Woods concluye afirmando: «Tan inculcados están los conceptos que el catolicismo introdujo en el mundo que con mucha frecuencia los movimientos que se oponen a él están, a pesar de todo, imbuidos de ideales cristianos». La Iglesia católica, continúa, «no hizo una aportación digna de mérito a la civilización occidental – la Iglesia ha construido dicha civilización». La civilización contemporánea se está alejando más y más de este fundamento, observa Woods, en muchos casos con consecuencias negativas. ZS05061101

 

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Cada objeto aterrizado en Europa es la huella del expolio que conllevó. Pero, cada objeto de nuestra civilización que está fuera de Europa, es el mismo expolio y despojo a la inversa. Mas, la historia no da marcha atrás, y un mea culpa eterno y paralizador no resultará útil a nadie.

 

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Hablando de datas de fundación universitaria, existe siempre algunas innegables variantes históricas. Depende si ‘fecha de fundación’ se considera la data de la ‘Bula papal’, o data de la ‘Cédula real’, o data de la ‘primera piedra fundamental’, o data de la ‘inauguración oficial’ o, finalmente, la data del ‘inicio de la actividad y función universitaria (normativa fundacional)’. Por tanto, siempre es posible encontrarse con la desigualdad de cinco referencias a cinco momentos diferentes, sin ser en nada contradictorios entre ellos.


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San Columban (563-615) monje, fundador de varios monasterios católicos*
Instrucción 11, 1-4; PL 25-252 

 

Os dejo la paz, os doy mi propia paz.” (Jn 14,27) -        Moisés escribió en la Ley: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza.” (Gn 1,26)...Pues, nos toca a nosotros reflejar a nuestro Dios, nuestro Padre, la imagen de su santidad... No seamos pintores de una imagen extraña...Y para que no introduzcamos en nosotros la imagen del orgullo ¡dejemos que Cristo pinte en nosotros su imagen. Lo hizo cuando dijo: “Os dejo la paz, os doy mi propia paz.” (Jn 14,27).
       Pero ¿a qué sirve saber que esta paz es buena para nosotros si no la guardamos con cuidado? Lo bueno es a menudo muy frágil, y los bienes preciosos necesitan un cuidado esmerado y una gran vigilancia. La paz es muy frágil y se puede perder por una palabra dicha con ligereza o por una pequeña herida causada al hermano. Ahora bien, no hay nada que guste tanto a los humanos como hablar palabras ociosas y ocuparse de cosas que no les importa, hacer discursos vanos y criticar a los ausentes. De ahí se desprende que los que no puedan decir con el profeta: “El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con mi palabra al abatido.” (Is 50,4), se callen, o bien, si dicen alguna palabra que sea una palabra de paz... “La plenitud de la Ley consiste en el amor.” (cf Rm 13,8) ¡Que Nuestro Señor y Salvador Jesucristo se digne inspirar nuestras palabras, él que es el autor de la paz y el Dios del amor.

*Centros de cultura y espiritualidad, las escuelas del monasterio para el pueblo llano, eran.

 

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La vida cristiana no es solamente una vida entre cristianos. Hace falta un profundo respeto hacia todas las personas, cualquiera que sea su creencia o ideología. Un "discípulo" de Cristo es uno que aprende continuamente, como el propio nombre indica. Es uno que está dispuesto a dialogar en serio con los demás, y a descubrir los elementos de verdad que cada planteamiento contiene.

 

 

Jutta Burggraf

 

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«La mentalidad fundamentalista se reconoce en la propensión a meter en el mismo plano lo principal y lo secundario, dando una importancia desproporcionada a elementos marginales. El mal que los fundamentalistas sienten el deber de combatir es siempre un mal cuyos culpables son siempre los otros». Card. Cottier. 2004.

 

 

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La relación entre evangelización y cultura es un tema esencial, de carácter central en el magisterio pontificio de los últimos treinta años. Entre las encíclicas Evangelii nuntiandi, de Pablo VI, y Fides et ratio, de Juan Pablo II, la preocupación de la Iglesia por «la evangelización de la cultura» es una constante que se manifiesta repetidas veces. La extrañeza que muestra el mundo secularizado ante la fe hace urgente una reflexión capaz de captar las expectativas del hombre contemporáneo.

 

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El tema de la participación en la celebración litúrgica nos hace realmente palpar el misterio de la salvación, la economía admirable a través de la cual el Padre misericordioso, mediante su Verbo encarnado, nos revela su designio y lo cumple mediante la fuerza del Espíritu Santo que renueva todas las cosas. La Liturgia tiene una dimensión «ascendente», ya que hace realmente subir hacia la Majestad de Dios la alabanza que le es debida como Creador y Redentor, y a la vez «descendente», puesto que a través de las celebraciones, especialmente de los sacramentos, la salvación llega a los hombres mediante la gracia santificante y todos los dones que la acompañan.

 

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El concepto de lo sagrado constituye un punto de referencia esencial para la comprensión de la civilización occidental. Historiadores de las religiones, etnólogos, antropólogos, psicólogos y teólogos han procurado muchas veces enfocar este concepto que se presta para una amplia gama de declinaciones y articulaciones. Sagrado es aquello que pone al hombre en relación con su propio origen. La obra de arte encarna un sentido, convirtiéndose ella misma en presencia, don de significado, promesa de un destino.

 

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Es curioso el destino de algunas palabras: nacidas para significar alguna cosa, terminan indicando otra, en general distinta, pero con frecuencia opuesta. Es el destino de la palabra «laico» y aquellas que a la misma se refieren, a saber «laicidad» y «laicismo».

 

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La idea de que la vida humana tiene un desenlace definitivo y de que por tanto le pertenece un carácter dramático, no es exclusiva del cristianismo, pero en él adquiere caracteres muy particulares. Su punto de partida son dos nociones fundamentales: primero, que la otra vida tiene que ver con ésta, que la continúa como vida de la misma persona; segundo, que su desenlace es extremo, la suma felicidad o la suma infelicidad, el que en alguna medida depende de la persona misma.

 

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El horizonte en que nuestro ethos cultural nos obliga a situar el problema de la globalización, tiene un contexto histórico muy abarcador. Están en juego las grandes variables de los últimos siglos de la historia universal y el pronóstico del siglo que viene. Pero en "el nuevo orden mundial" no basta la inercia de una cultura para perpetuarse. Se precisa un hálito de entusiasmo. La identidad de un país es la posesión del sentido de sí mismo. El entusiasmo, es el fulgor de una plenitud de sentido, que proviene de una afianzada identificación con lo que se es.

 

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El conflicto mapuche en el sur del país ha vuelto a reabrir, una vez más, un debate que se ha extendido por aproximadamente cinco siglos, desde que Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, después de escuchar los insistentes reclamos del Padre Bartolomé de Las Casas, elaboraran criterios para definir con precisión la legitimidad de los títulos de la corona española para conquistar y colonizar los territorios americanos, que no estaban deshabitados, sino poblados por culturas originarias desarrolladas durante varios siglos. Ello se produce en un contexto, como es el de la compleja sociedad actual, en el cual progresivamente ha aumentado la tolerancia a la multiculturidad, no obstante los conflictos no resueltos que se arrastran desde el pasado.

 

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La diferenciación funcional de la sociedad moderna ha abandonado o desprotegido, en cierto sentido, a la persona. Ella tiende a ser considerada más como «algo» que como «alguien», con capacidad de buscar y descubrir un sentido global para su existencia. La persona concurre a los diversos subsistemas especializados no en calidad de persona, sino sólo desde la expectativa de un rol, es decir, de aquella dimensión de su actividad que es relevante para el respectivo sistema y genera información útil para él.

 

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Es difícil construir el futuro por cuanto la capacidad de generación se ha visto seriamente afectada por la crisis de la traditio cristiana. El vínculo entre estos dos factores, tradición y futuro, es especialmente relevante en la realidad nuestra, dada la presencia de una parálisis generativa en todos los niveles (de la familia, en la sociedad, en las culturas), que se manifiesta agudamente en una grave dificultad para enfrentar la delicada tarea de la integración de los hombres, las etnias, las culturas y las distintas religiones.

 

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CONFIANZA Y TRADICIÓN - La vida social, la sociabilidad, descansa en la confianza que da la tradición. La tradición es ante todo, en sentido muy principal, educación, la educación en los hábitos de convivencia que suscitan la confianza tanto en uno mismo, al darle seguridad, criterios de orientación al individuo, como la confianza social, al dar seguridad sobre las actitudes que cada uno puede esperar de los demás.

 

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La Universidad actual se encuentra en el filo de la navaja. Su posición es más notoria y brillante que nunca, porque estamos cruzando el dintel de la sociedad del conocimiento, en la cual las demandas de generación y transmisión del conocimiento son cada vez más perentorias. Y no ha surgido ninguna otra corporación que sea capaz de realizar estas tareas mejor que la Universidad. Mas, de otra parte, las propias instituciones académicas están sufriendo un proceso de vaciamiento interno, ya que en ellas decaen los ideales que las vienen alentando desde hace ocho siglos. De ahí que sea imprescindible y urgente repensar la Universidad

 

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Hace siglo y medio nacía Vladimir S. Soloviev, universalmente considerado uno de los pensadores más representativos del siglo XIX. Alma noble e inteligencia multifacética: filósofo, teólogo, poeta, historiador. Con él -sostiene O. Climent- «la tradición espiritual rusa elabora por primera vez una concepción del mundo en la cual se integran el racionalismo de Occidente y la contemplación de Oriente en una síntesis de la ciencia, la filosofía y la religión». 2004.

 

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LA HERENCIA CRISTIANA DE EUROPA

 

CARDENAL + PAUL POUPARD 

 

Mientras se somete al estudio de los gobiernos de los diversos países el Tratado Constitucional de la Unión Europea, en vías de aprobación, la prensa, los coloquios y la opinión se interesan en el debate instaurado sobre las raíces culturales de Europa, especialmente en cuanto a la ausencia, en el Preámbulo, de toda referencia a las raíces cristianas del continente. Este proceso de elaboración constitucional es un hecho de importancia histórica, que implica la naturaleza de la identidad europea y la elección de valores que para el porvenir hará esta nueva familia de naciones.
El Papa Juan Pablo II ha expresado desde el comienzo de su pontificado su preocupación por la “cuestión europea”, y su apasionado magisterio ha proseguido sin tregua, mediante discursos, meditaciones, viajes y mensajes, hasta constituir una auténtica “Summa de Europa”. Lejos de ceder a alguna nostalgia, pero consciente de los desafíos actuales, el Papa pide que se reconozca explícitamente en el Tratado la herencia cristiana, intelectual y espiritual, que en el curso de los siglos ha dado forma a la identidad y al humanismo europeos, llamados todavía en la actualidad a ser un ejemplo de verdadero progreso en la historia de la civilización. Este legado ha sido para nuestro continente una extraordinaria experiencia en cuanto a las concepciones de la persona, la sociedad y el bien común, así como un factor primordial de unidad entre los pueblos y las culturas (ver Juan Pablo II,
Homilía de la celebración de clausura de la segunda Asamblea especial de Obispos para Europa, 23 de octubre de 1999, Nº 5).(1)

Dos Asambleas especiales para Europa de Obispos
En la Exhortación Apostólica Postsinodal
Ecclesia in Europa, suscrita el 28 de junio de 2003, documento teológico y pastoral inspirado por los trabajos de esa asamblea, se lee especialmente: “La historia del continente europeo se caracteriza por el influjo vivificante del Evangelio... En efecto, el cristianismo ha dado forma a Europa, acuñando en ella algunos valores fundamentales. La modernidad europea misma, que ha dado al mundo el ideal democrático y los derechos humanos, toma los propios valores de su herencia cristiana”. El Papa concluye invitando a Europa a un nuevo impulso, y a todos los europeos, creyentes o no, a trabajar para hacer de este continente no una mera comunidad económica y política de pueblos, sino una familia de naciones, una verdadera “casa común” donde “se encuentre la alegría de vivir”.
Hemos olvidado ahora que Europa estaba dividida en dos por una barrera proveniente de los acuerdos de Yalta, que entregara el centro y el este a la dominación totalitaria del imperio soviético marxista-leninista y ateo. Y podríamos haber creído que tras la caída del muro ambas partes de Europa se reunirían y la raíz común cristiana europea sería de alguna manera portadora de la nueva Europa. Las cosas ocurrieron de otro modo. Durante un coloquio en Alemania con el cardenal Meissner, uno de los invitados, el cardenal Macharski, tuvo esta imagen para caracterizar la situación del centro y el este del continente después de la caída del imperio soviético: “Estamos en la época del Éxodo y necesitaremos dos generaciones para encontrarnos plenamente”. Y él ilustraba su observación mediante este hecho simbólico, sumamente triste y significativo, al cual muy pocos han prestado atención: cuando el nuevo Reichstag celebró una sesión después de la reunificación de la RFA y la RDA, su primer acto jurídico para la totalidad de Alemania consistió en alinear su legislación sobre el aborto con aquella heredada del imperio soviético, que es la más permisiva en la materia.
En eso estamos, y dando ese rodeo volvamos a esta preparación de la “casa común europea” que deseamos construir.

El humanismo, un patrimonio europeo religioso y laico
En esa época hubo una reunión en el Reichstag, en Berlín, con veintidós ministros de Cultura de Europa, entre ellos Jack Lang, el ministro de François Mitterrand, que no es precisamente un pilar de la Iglesia, y Jorge Semprún, Ministro de Cultura de España, de procedencia marxista. En esa ocasión todos suscribimos juntos solemnemente una Carta de los objetivos culturales de Europa, en la cual hacíamos referencia a ese humanismo que es el patrimonio europeo en su doble raíz, su doble fuente y su doble expresión religiosa y humanista, en el sentido laico. Además, al suscribirse los acuerdos de Niza, nos enteramos, como muchos franceses, con estupor, de que el Primer Ministro francés de la época había comunicado en una declaración telefónica, que llegó a ser famosa, que si el término “religioso” figuraba en la Carta, Francia no firmaría. ¡Abuso de poder manifiesto en una democracia! Nadie, que yo sepa, había dado orden al señor Lionel Jospen de borrar de ese modo nuestra historia. En suma, ese episodio burlesco provocó enormes protestas, entre ellas de parte de escritores y pensadores no creyentes, citados en mi último libro,
Ce Pape est un don de Dieu (Este Papa es un don de Dios)(2). Hay quienes sugieren al Primer Ministro reflexionar en lo ocurrido en la Unión Soviética cuando los hombres en el poder se pusieron a borrar de las fotos oficiales a quienes entre ellos habían caído en desgracia y partían al Gulag y a la mazmorra. Otros agregaron: podéis lamentar que Hugo Capeto Capet os haya precedido, pero ni siquiera Dios Padre puede hacer que no sea así.
¿Qué casa democrática queremos construir si expulsamos de nuestras convicciones oficiales aquellas que hoy todavía son afirmadas por más del 70 por ciento de los europeos, que declaran encontrarse a sí mismos en las raíces cristianas? Hay allí un crimen antidemocrático, y está permitido condenarlo con la mayor fuerza.
Se nos presentó entonces un extraño primer proyecto de Preámbulo: hacía referencia a nuestras raíces provenientes de Grecia y Roma, para evocar enseguida un vago “impulso espiritual” conducente a las Luces, las cuales, como todos lo saben, llevaron a la Revolución Francesa, que después de proclamar las libertades, en 1789, hizo actuar el Terror. ¡El grado de amnesia selectiva de este texto provocó muchas protestas, y se propondrá una nueva versión, privándonos esta vez también de nuestras raíces helénicas, latinas y romanas, la Enciclopedia y las Luces! Y todo el mundo se pregunta por qué, concluyéndose que quienes actualmente tienen el poder, por motivos oscuros y mecanismos perversos, no desean para nada que el Preámbulo de la Constitución Europea se refiera a las raíces cristianas de Europa...
¿Cómo justificar de otro modo este vacío histórico de un milenio y medio, calificado de “impulso espiritual”, que la primera redacción situaba entre la Antigüedad grecorromana y las Luces, vacío que llenó sin embargo la cristiandad, hasta el punto que recientemente Emmanuel Leroy-Ladurie, historiador, pensador y escritor cuyos méritos todos conocen y que tampoco hace profesión de catolicismo, dijo: “Durante un milenio, la cristiandad era Europa”? Así, los miembros de la convención prefirieron suprimir toda referencia histórica antes que mencionar la herencia cristiana de Europa en el texto actualmente propuesto.
Si bien nos puede satisfacer que haya desaparecido la insatisfactoria formulación “impulso espiritual”, también podemos lamentar profundamente la incapacidad de los constituyentes para reconocer los valores que inspiraron la historia del continente. Recuerdo a quienes temen ver a Europa transformarse en un club cristiano que el hecho de mencionar las raíces históricas es en primer lugar hacer referencia a una experiencia de valores, a un patrimonio común europeo.
Quienquiera viaje a nuestro continente no puede dejar de impresionarse con la arquitectura, la música, la pintura: todos esos valores inscritos no sólo en nuestra memoria, sino en nuestro suelo, no son heredados en lo esencial del Islam, el budismo, el confucianismo o el shintoismo, sino un patrimonio inspirado por la cristiandad, y podría decir también por el judeocristianismo. Entendámonos bien: el Preámbulo del Tratado Constitucional no describe la situación religiosa actual, en cuyo caso debería referirse a otras tradiciones espirituales y religiosas; pero en la medida en que se refiere a la historia, negar la inspiración cristiana no tiene sentido alguno. Más aún, esta amnesia nos hunde en un desierto intelectual y agrava ciertas interrogantes cruciales que se plantea nuestro continente: ¿qué transmitir y cómo transmitir? ¿Y cuál sería el provenir de una Europa sin memoria? La Historia nos enseña que un pueblo sin memoria es un pueblo sin esperanza.


El Cardenal Paul Poupard es el Presidente de Pontificio Consejo de Cultura

(1)Ver el último libro del autor: Au coeur du Vatican. De Jean XXIII à Jean-Paul II (En el corazón del Vaticano. De Juan XXIII a Juan Pablo II), Perrin, 2003.
(2)Mame, 2001.

 

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"Los residuos de la leyenda negra"02.III.2000

La leyenda negra constituye uno de los fenómenos propagandísticos que ha contado con un mayor éxito a lo largo de los siglos. La misma -en sus diversas versiones- consiste en pintar en tonos siniestros el pasado español como una cadena inacabable de muestras de intolerancia y oscurantismo, algunos de cuyos eslabones más destacados serían la expulsión de los judíos y de los musulmanes, la persecución de los disidentes o la opresión de los indígenas americanos. Para no pocos autores -generalmente de origen anglosajón- tales baldones definen supuestamente una manera de ser muy española y apuntan incluso a una vena racista que nos caracteriza de manera lúgubre como pueblo.
Comprensible políticamente en una época en que los piratas ingleses y holandeses asaltaban los galeones españoles que venían de las Indias o en que Gran Bretaña y EEUU deseaban acabar con el imperio español de ultramar, hoy en día la leyenda negra resulta inaceptable no sólo porque determinadas rivalidades nacionales deberían ser cosa del pasado sino, fundamentalmente, porque se asienta sobre una acumulación interesada de tergiversaciones históricas. Permítaseme detenerme al respecto en algunos aspectos concretos.
El primero es el del antisemitismo español. Que la expulsión de los judíos en 1492 -instada por el judío converso Torquemada en contra de la opinión original de los Reyes Católicos- fue un drama de enormes dimensiones es innegable. Sin embargo, jamás puede utilizarse como argumento para cargar sobre España el antisemitismo de toda Europa. Las matanzas de judíos acontecidas en Francia y Alemania en 1096 con ocasión de la primera cruzada carecieron de parangón español y no son pocos los casos, como en vísperas de las Navas de Tolosa, en que los caballeros españoles protegieron a sus compatriotas judíos del antisemitismo de los franceses y demás extranjeros que acudían a España a combatir contra el islam. Tampoco comenzaron en España las disputas antitalmúdicas, sino en Francia en 1240, impulsadas por un judío converso llamado Nicolás Donín. Cuando en 1263 el judío Najmánides se vio inmerso en Barcelona en una controversia semejante gozó de una libertad de argumentación absolutamente impensable para un correligionario suyo al norte de los Pirineos. La acusación vergonzosa de crimen ritual contra los judíos tampoco surgió en España, sino en la inglesa Lincoln, con ocasión de un episodio absolutamente bochornoso, y el primer cargo contra los judíos por profanar una hostia consagrada tampoco se dio en nuestro suelo sino en una localidad cercana a Berlín en 1243. Ni siquiera fue España la primera en expulsar a los judíos. En 1290 se decretó su expulsión total de Inglaterra, en 1306 de Francia aunque había sido precedida por otras parciales, durante el siglo XIII de diversas zonas de Alemania y todavía en 1519 se produjo la expulsión de Ratisbona. Sí hubo empero una diferencia entre estos episodios y el español, la de que los judíos -procedentes en no pocos casos de otros países europeos- la sintieron más porque precisamente en Sefarad habían vivido una edad dorada que no tuvo equivalencia en ningún otro lugar del mundo.

Si es cierto que la política de expulsiones fue terrible, no lo es menos que España no fue la única nación que la llevó a cabo, ni la primera ni tampoco la más cruel. Sí es, hasta donde yo sé, la única que públicamente ha pedido perdón a varios siglos de distancia por esos hechos. Algo muy similar puede decirse en relación con sus tratos con el islam. En una Europa que recibe pacífica y anualmente centenares de miles de musulmanes puede parecer políticamente correcto condenar a la España de la Reconquista, pero semejante conducta constituye un error histórico de bulto. Ha sido precisamente Paul Fregosi, un autor no español, el que ha señalado recientemente en su libro Jihad el peligro que el avance musulmán supuso para Occidente durante siglos. Basta leer las fuentes cristianas y musulmanas del periodo de la Reconquista para percatarse de que la supuesta convivencia entre las tres religiones no pasa de ser un mito y que la situación de las poblaciones sometidas al islam fue extraordinariamente dura. Como ha indicado Fregosi muy acertadamente, sin el papel de naciones como España y, en menor medida, Rusia, Occidente se habría visto anegado ante el impulso de las oleadas de los fundamentalistas islámicos de origen norteafricano o de los turcos. Para los que vivieron esos episodios, los españoles que combatieron defendiendo Viena contra los otomanos, que frenaron a los hombres de la Sublime Puerta en Lepanto o que sofocaron la sublevación de los moriscos de las Alpujarras en connivencia con el avance turco en el Mediterráneo y la conquista de Chipre no eran bárbaros racistas e intolerantes, sino protectores de una cultura que se veía a punto de ser aplastada por la violencia de la media luna.

Sin duda, en la lucha contra el islam se cometieron abusos pero, con todo, no se registraron ni las escenas de barbarie que los cruzados franceses, alemanes o ingleses cometieron en Tierra Santa ni se debieron a un racismo supuestamente característico de los hispanos. Este comportamiento español -desde luego no peor que el de otras naciones europeas de la época- quedó también de manifiesto durante la conquista de América. El 27 de diciembre de 1512, por ejemplo, se promulgaron las Leyes de Burgos, también conocidas como Ordenanzas dadas para el buen regimiento y tratamiento de los indios. A estas normas se añadieron otras cuatro leyes más, dictadas el 28 de julio de 1513 en Valladolid. Con ellas, se intentaba defender a los indígenas de los abusos siguiendo la línea de una pléyade de personajes como Fray Bartolomé de las Casas y se disponía el descanso de 40 días después de cinco meses de trabajo; su alimentación con carne; la prohibición del trabajo de las embarazadas; etc. Estas normas -al igual que otras- se cumplieron mejor o peor según las circunstancias, pero la intención de la Corona española no podía resultar más evidente. Por otro lado, una vez más, se trató de una conducta sin paralelo en otras naciones europeas. William Bradford, uno de los ingleses pertenecientes a los Padres Peregrinos de EEUU, describió, por ejemplo, de manera bastante realista los sentimientos de entusiasmo que el exterminio de los indios que los habían ayudado a sobrevivir a su llegada a América despertó en los colonos diciendo: «Fue una terrible visión contemplarlos friéndose en el fuego y los ríos de sangre que apagaban éste, y lo horrible que eran la peste y el olor que salían; pero la victoria pareció un dulce sacrificio, y dieron la alabanza por ello a Dios, que había actuado de una manera tan maravillosa en su favor, encerrando a sus enemigos en sus manos y dándoles una victoria tan rápida sobre un pueblo tan orgulloso e insolente».

En los siglos siguientes, los anglosajones llevarían a cabo una política consciente de exterminio de las etnias indígenas americanas, política defendida por personajes tan diversos como el autor de El mago de Oz o Theodore Roosevelt. En el curso de ese proceso incluso se realizó el primer ensayo de guerra química al entregar a los indios mantas contaminadas con viruela para que murieran con más rapidez. No debería extrañar, por ello, que, según su propia confesión, Hitler encontrara inspiración para parte de la política nazi contra los judíos en el ejemplo de la mantenida por los norteamericanos contra los indios. En ambos casos se perseguía el exterminio de una raza con fines de expansión territorial y económica y se tenía la convicción de obedecer a un destino providencial y racialmente superior.
Podríamos ampliar los ejemplos para dejar de manifiesto el carácter ahistórico, tendencioso y parcial de la leyenda negra recordando, por ejemplo, que Enrique VIII, padre del cisma anglicano, y su hija María ejecutaron a más protestantes que la Inquisición española o haciendo referencia a regímenes totalitarios de este siglo que ni nacieron ni arraigaron en España. Sin embargo, creo que los casos citados bastan para ilustrar lo afirmado ya. No se trata de ocultar dramas del pasado que no deberíamos olvidar jamás ni tampoco de cerrar los ojos a realidades que resultan incipientemente inquietantes en España y más cuando se observa como se desarrollan en otros países de nuestro entorno. Se trata más bien de ser equilibrados y veraces en los juicios históricos, y de no caer en etnicismos condenadores forjados en el pasado. Sólo esa conducta nos permitirá de manera sensata y democrática abordar las tareas del presente y los retos del futuro.

Dr. historiador y filósofo don César Vidal.

 

 

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"Influencia del cristianismo en la cultura humana" - La historia del cristianismo no pudo comenzar bajo peores auspicios. Entroncada de manera directa con la del judaísmo —de la que pretendía ser realización y cumplimiento—, desde el primer momento dejó de manifiesto una clara oposición con este. Jesús no solo predicaba una clara desviación del exclusivismo religioso de Israel llamando a los gentiles para que recibieran el mensaje del Reino del Dios (y anunciando además que muchos lo acogerían con mayor gusto que los judíos a los que estaba destinado), sino que además se manifestaba provocadoramente abierto en su actitud hacia las mujeres y, sobre todo, a los pecadores. En realidad, esta última actitud y sus propias pretensiones lo colocaron desde el principio en un camino que acabó desembocando en su ejecución.
Lejos de creer en la existencia de un grupo que podía ser mejor que otros y cuya afiliación garantizaba el paso a un mundo mejor, Jesús ofreció a sus contemporáneos una relación personal con Dios, una relación, por otra parte, de la que todos estaban necesitados, de la misma manera que un enfermo que requiere la ayuda urgente e imprescindible de un médico. El género humano —pecadores y supuestos justos, hombres y mujeres, judíos y gentiles— era semejante a una oveja perdida que no sabe cómo encontrar el camino para regresar al redil, a una moneda perdida que por sí misma no podrá volver al bolsillo de su dueña, como un hijo pródigo que disipó toda su fortuna y que precisa del perdón generoso de su padre para redimiese. Jesús insistía en que esa salvación era posible porque Dios en Él había salido al encuentro de la Humanidad y bastaba con que esta ahora no rechazara el ofrecimiento. Para aquellos que estuvieran dispuestos a vivir en la nueva relación de Pacto con Dios —un pacto basado en la muerte futura e ineludible de Jesús— se abriría la posibilidad de una nueva vida vivida de acuerdo con unas nuevas condiciones. No solo es que en ella sería posible encontrar la salvación, no solo es que en ella se podría descubrir un sentido que enlazaba con la eternidad, no solo es que en ella se viviría en una nueva comunidad sin barreras raciales, sociales o de género sexual, no solo es que en ella no se repetirían los patrones diabólicos del poder, es que además se encarnaría el ideal de amar al prójimo sin límites ni condiciones, un ideal digno del Dios que se encarnaba para morir en la cruz.
La predicación de Jesús era provocadora y sus afirmaciones de ser el Mesías, el Hijo del hombre e incluso el Hijo de Dios acabaron provocando una reacción combinada que lo llevó a la muerte. Durante la Pascua del año 30 d. C. sus adversarios debieron de respirar tranquilos convencidos de que aquel controvertido personaje dejaría de ser un peligro y una molestia... pero se equivocaron.
A los tres días, los mismos discípulos que lo habían abandonado durante su prendimiento, proceso y ejecución comenzaron a predicar la peregrina doctrina de que Jesús había resucitado y se les había aparecido. Por supuesto, ni las autoridades judías ni las romanas creyeron en aquella afirmación (¿no se habían ellas ocupado de arrancar de Jesús hasta el último hálito de vida?), pero no dejó de resultar preocupante cómo antiguos incrédulos (Santiago) o incluso enemigos (Pablo) se sumaban con fervor a la nueva fe que se negó encarnizadamente a morir.

En el curso de su primera década, el cristianismo —que ya recibía ese nombre de sus adversarios y tal vez en son de burla— había comenzado a dar pasos que evidenciaban la influencia de las enseñanzas de su maestro y fundador. Admitió gentiles en su seno, proporcionó a las mujeres un papel que jamás hubieran soñado en el judaísmo, organizó un sistema de asistencia social en Jerusalén (con prolongaciones en otras ciudades donde se había asentado), se mostró crítico hacia el poder político y extremó los valores contenidos en el judaísmo siguiendo el ejemplo de Jesús.
Antes de cumplir el primer cuarto de siglo de existencia, la nueva fe se había arraigado en Europa e incluso contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos y la misma capital, Roma.
Desde luego su avance no podía atribuirse a la simpatía del imperio. En realidad, el cristianismo era —si cabía— más molesto en sus pretensiones, en sus valores y en su conducta para la gentilidad que para el judaísmo. No solo eliminaba todas las barreras étnicas en un universo donde ser ciudadano romano era una ambición de muchos, sino que, además, desconfiaba del sistema imperial, daba una cabida extraordinaria a la mujer en su seno, sostenía un sentido finalista de la Historia y se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que no sentía la más mínima preocupación el imperio.
A pesar de las idealizaciones que a posteriori se puedan hacer del mismo, lo cierto es que el imperio romano era una firme encarnación del poder de los hombres sobre las mujeres, de los libres sobre los esclavos, de los romanos sobre los otros pueblos, de los fuertes sobre los débiles. No debe extrañarnos que Nietzsche lo considerara un paradigma de su filosofía del "superhombre" porque efectivamente así era.
Frente a ese imperio el cristianismo predicó a un Dios encarnado que había muerto en la cruz para la salvación del género humano, permitiendo a este alcanzar una vida nueva. En esta resultaba imposible mantener la discriminación que oprimía a las mujeres condenándolas a la muerte o al matrimonio impúber, el culto a la violencia que se manifestaba en los combates de gladiadores, la práctica de conductas inhumanas como el aborto o el infanticidio, la justificación de la infidelidad masculina y la deslealtad conyugal, la participación en la guerra, el abandono de los desamparados o la ausencia de esperanza.
A lo largo de tres siglos, el imperio desencadenó sobre los cristianos distintas persecuciones que cada vez fueron más violentas y que no solo no lograron su objetivo de exterminar a la nueva fe, sino que mostraron la incapacidad de alcanzarlo. Al final, el cristianismo se impuso no solo porque entregaba —el mismo Juliano el Apóstata lo reconoció— un amor que en absoluto podía nacer del seno del paganismo, sino también porque proporcionaba un sentido de la vida y una dignidad incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un mínimo de respeto. Constantino no le otorgó el triunfo. Más bien se limitó a reconocerlo —y, quizá, a intentar instrumentarlo— y a levantar acta de que el paganismo ya no se recuperaría del proceso de decadencia en que había entrado siglos atrás.
Nunca existió un imperio cristiano (a pesar de que el cristianismo fue declarado religión oficial durante un espacio breve de tiempo), pero sí es verdad que algunos de sus principios quedaron recogidos, en mayor o menor medida, en la legislación bajoimperial. Sin embargo, el gran aporte que el cristianismo proporcionaría a Roma no sería ese.

A partir del siglo III la penetración de los bárbaros en el limes romano se hizo incontenible. Durante algunas décadas se pensó en la posibilidad de asimilarlos convirtiéndolos en aliados. Los resultados de esta política fueron efímeros. En el 476 el imperio romano de Occidente dejó formalmente de existir, aunque, en realidad, estaba enfermo de muerte desde mucho tiempo atrás. Pese a todo, aun con el efecto letal de aquellas invasiones, la cultura clásica no desapareció. El cristianismo —especialmente a través de los monasterios— la preservó. Pero no se limitaron a ello. También salvaguardaron valores cristianos en medio de un mundo que se había colapsado por completo y cuyo futuro era siempre incierto e inseguro. Así, al cultivo del arte se sumó el respeto y la práctica del trabajo del tipo que fuera, a la defensa de los débiles se unió la práctica de la caridad, al esfuerzo misionero se vinculó la asimilación y culturización de pueblos pujantes pero que, a medio plazo, también se rindieron como antaño el imperio al cristianismo.

En el siglo VIII, Occidente se vio acosado por una terrible y nueva amenaza, la del Islam, que aniquiló a su paso todas las sociedades que intentaron defender su libertad frente a él. Durante el siglo siguiente, el cristianismo proporcionó el entramado de una breve reconstrucción del imperio, ahora sobre principios como la preservación de la cultura clásica, la popularización de la educación, la promulgación de leyes sociales o la articulación del principio de legitimidad política. Sin embargo, se trató de una creación que vino a desplomarse ante el empuje de unas nuevas invasiones más letales que las sufridas durante los siglos III-V. Se produjo entonces una nueva Edad Oscura de consecuencias aún peores y Occidente quedó embotellado entre los asaltos islámicos en el sur —detenidos por los resistentes españoles que desangraron las aceifas islámicas llegadas al sur de Francia— y las incursiones bárbaras procedentes del norte (vikingos) y del este (magiares). En el curso de unas décadas, todos los logros de siglos anteriores desaparecieron convertidos en humo y cenizas. Una vez más, empero, el cristianismo se mostró mucho más vigoroso que sus enemigos. Cuando estos eran más fuertes, cuando no necesitaban pactar, cuando podían imponer su voluntad valiéndose solo de la espada, acabaron aceptando la enorme fuerza espiritual del cristianismo y lo asimilaron en sus territorios. Al llegar el año 1000, el cristianismo se extendía hasta el Volga.


Las sociedades nacidas de aquella aceptación del cristianismo en su seno no llegaron a incorporar todos los principios de la nueva fe en su existencia. De hecho, en buena medida eran reinos nuevos sustentados sobre el culto a la violencia necesaria para la conquista o para la simple defensa frente a las invasiones. Sin embargo, el cristianismo ejerció sobre ellos una influencia fecunda. La reforma del siglo XI volvió a sentar las bases de un principio de la legitimidad del poder alejado de la arbitrariedad guerrera de los bárbaros, buscó de nuevo la defensa y la asistencia de los débiles, y continuó un esfuerzo artístico y educativo que ya contaba con más de medio milenio de existencia. Además, dulcificó la violencia bárbara implantando las primeras normas del derecho de guerra —la Paz de Dios y la Tregua de Dios—, supo recibir la cultura de otros pueblos, creó un sistema de pensamiento como la Escolástica y, sobre todo, abrió las primeras universidades. Es cierto que el aumento del poder temporal de los papas acabó siendo nefasto para la institución, que durante el siglo XIV esta se desacreditó sobremanera con episodios como el Papado de Aviñón o el Gran Cisma de Occidente y que la Escolástica acabó convirtiéndose en un sistema muerto que frenaba más que alentaba el saber. Sin embargo, el cristianismo logró despegar de esas lamentables circunstancias y de esa manera abrió las puertas a la Modernidad.
En el curso de los siglos siguientes, el cristianismo alcanzó grandes logros artísticos, culturales y caritativos, así como el desarrollo económico, científico, educativo, cultural e incluso político. Causas como la defensa de los indígenas, la lucha contra la esclavitud, las primeras leyes sociales contemporáneas o la denuncia del totalitarismo no hubieran sido nunca iniciadas sin el impulso cristiano. No debe por ello sorprender que el siglo XX haya sido el que ha contemplado un número mayor de encarcelamientos, maltratos y ejecuciones de cristianos por encima de cualquier otro periodo de la Historia. Tanto los campos de exterminio de Hitler como el gulag soviético intentaron, aunque en vano, acabar con una fe a la que veían con razón como un oponente radical de sus respectivas cosmovisiones.
Sin duda, los aportes del cristianismo a la cultura occidental han sido grandiosos a lo largo de sus casi dos mil años de existencia. Sin embargo, solo podemos captar algo de su extraordinaria importancia cuando tratamos de imaginar lo que hubiera sido un mundo sin cristianismo u observamos los resultados obtenidos por otras culturas.
Un mundo que se hubiera limitado a continuar la herencia clásica no solo habría resultado en una sociedad despiadada, en la que los fuertes y los violentos se sabían protagonistas, sino que además habría perecido ante el empuje de los bárbaros en los siglos III-V sin dejar nada en pos de sí. Durante varios siglos, los reinos bárbaros hubieran combatido de manera infructuosa entre ellos para no poder sobrevivir al empuje conjunto de las segundas invasiones y del avance árabe, suponiendo que este se hubiera dado sin un Islam cuya existencia presupone por obligación la del cristianismo.
Durante los siglos de lo que ahora conocemos como Medievo, Europa hubiera sido albergue de oleada tras oleada de invasores, sin excluir a los mongoles contenidos por Rusia, de las que no hubiera surgido nada perdurable como no surgió en otros contextos. Ni la cultura clásica, ni la Escolástica, ni las universidades, ni el pensamiento científico habrían aparecido como no aparecieron en otras culturas. Además, sin los valores bíblicos se hubieran perpetuado —como así sucede en algunas naciones hasta el día de hoy— fenómenos como la esclavitud, la arbitrariedad del poder político, el anquilosamiento de la educación en manos de una escasa casta tradicional o la ausencia de desarrollo científico.


Basta echar un vistazo a las culturas informadas por el Islam, el budismo, el hinduismo o el animismo —donde siguen considerándose legítimas conductas degradantes para el ser humano— para percatarse de lo que podría haber sido un mundo sin la influencia civilizadora del cristianismo. Y aun así nuestro juicio no se corresponde con toda la dureza de lo que serían esas situaciones. A fin de cuentas, hoy día, hasta la sociedad más apartada puede beneficiarse de aspectos emanados de la influencia cristiana en la cultura occidental, desde el progreso científico a la persecución de un sistema de asistencia social, por citar solo dos ejemplos.

Incluso en el siglo XX, el olvido de principios de origen cristiano —un origen que suele olvidarse casi siempre— hubiera sumido a la Humanidad en una era de barbarie sin precedentes, bien a causa del triunfo del marxismo o del fascismo-nazismo. Pretender, pues, construir el futuro sin recurrir a sus principios solo puede interpretarse como una muestra fatal de terrible arrogancia, de profunda ignorancia o de crasa maldad. Hacerlo implicaría, además, correr el riesgo nada ficticio de ver la resurrección de formas de neopaganismo no inferiores en la gravedad de sus manifestaciones a las que ya conocemos históricamente.
Asimismo, el cristianismo no ha logrado a lo largo de casi dos mil años imponer sus puntos de vista de una manera total. En unas ocasiones esto se ha debido a su propio distanciamiento de la pureza original de su enseñanza —y debemos enfatizar el hecho de que cuanto más se ha acercado al mensaje bíblico mayores han sido sus resultados—. En otras, a que a vivencia de una ética tan elevada no puede esperarse del conjunto de una sociedad ni tampoco imponerse como se ha creído por error más de una vez. Con todo, su influencia humanizadora, civilizadora, no cuenta con paralelos de ningún tipo a lo largo de la Historia universal. Sin él, el devenir humano hubiera sido un fluir continuo de violencia y barbarie, de guerra y destrucción, de calamidades y sufrimiento. Con él, el gran drama de la condición humana se ha visto acompañado de progreso y justicia, de compasión y cultura.
Todas estas circunstancias, al fin y a la postre, hallan su explicación en las peculiares características del cristianismo como religión que le diferencian de manera ostensible de las otras. El filósofo español Manuel García Morente lo expresó de manera elocuente al describir su visión, repentina e inesperada, de Jesús: "Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás podría el hombre franquear... Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ese sí que lo entiendo y ese sí que me entiende" (El Hecho extraordinario). Juan lo había expresado de forma más sencilla veinte siglos antes al escribir que Dios había amado tanto al mundo que había enviado a Su Hijo para que el que en Él creyera no se perdiera, sino que tuviera vida eterna (Juan 3, 16). Lo que, por último, ha hecho diferente al cristianismo a lo largo de veinte siglos, lo que le ha convertido en base sólida y fecunda de desarrollo y progreso, de libertad y amparo de los desfavorecidos, de cultura y ciencia es la propia persona de Jesús. Precisamente por eso, el cristianismo no ha proporcionado solo sentido para la vida presente, sino que es también una garantía de esperanza futura.
Dr. historiador don César Vidal

 

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Una escasa aportación islámica - El islam español aguantó tanto tiempo en la península, en opinión de Vidal, por las sucesivas invasiones de oleadas integristas procedentes del Norte de África como almoravides, almohades y benimerines y, cuando surgieron los reinos de taifas, los dirigentes fueron no sólo árabes, sino andalusíes, bereberes y eslabones.

 

La aportación de los árabes a la cultura española fue escasa, según el autor, pues los baños, las casas y los regadíos son de origen romano y también los elementos arquitectónicos como el arco de herradura.

Dr. César VIDAL. DR. EN HISTORIA ANTIGUA, FILOSOFÍA, TEOLOGÍA. 2004-04-09

L.D.ESP.

 

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Santa Sede: Es “miopía cultural” no reconocer raíces cristianas de Europa

VATICANO, 29 Oct. 2004 (ACI).-El Arzobispo Giovanni Lajolo, responsable vaticano de las relaciones con los estados, declaró a la prensa italiana que aún sorprende la “miopía cultural” de los líderes que se negaron a mencionar las raíces cristianas de Europa en la Constitución de la Unión Europea que se firma hoy.

"Más que el prejuicio anticristiano -que no sorprende- es la miopía cultural lo que asombra: porque decir ´raíces cristianas´ no quiere decir un límite ideológico, sino la memoria del germen producido en la historia de Europa, y a partir de Europa, difundido en todo el mundo", precisó el Arzobispo al diario italiano La Stampa.

Mons. Lajolo explicó que "la mención de las raíces cristianas de Europa en el preámbulo del Tratado Constitucional era un gran deseo para numerosos ciudadanos de este continente, católicos, ortodoxos y protestantes". "Eso no podía de ninguna forma mermar, como algunos temían, la laicidad, la ´santa laicidad´, de la estructura política", explicó.

En la entrevista titulada "La nueva Europa nace sin alma", el Arzobispo precisó que "la mención servía para mantener viva la conciencia de la identidad histórica de Europa y de sus valores irrenunciables".

"Si la nueva vieja Europa quiere desempeñar en la historia un papel digno de su pasado no podrá ocultarse en vagas reminiscencias, sino que tendrá que ser consciente de lo que ha delineado su fisonomía espiritual", agregó.

Asimismo, insistió en que el reconocimiento de las raíces cristianas no significa "el regreso a una época pasada, sino la espera de un nuevo humanismo".

Sobre el eventual ingreso de Turquía a la Unión Europea, Mons. Lajolo explicó que la Santa Sede "no ha expresado hasta ahora una posición sobre la cuestión”, pero “en caso de adhesión, Turquía debe responder a todos los criterios incluidos en la cumbre de Copenhague en diciembre de 2002”.

“En lo que se refiere a la Iglesia en Turquía, la Santa Sede considera que la libertad religiosa en este país debe no sólo garantizarse en la Constitución, la legislación y la administración, sino ser eficazmente protegida en el plano social”, indicó.

"La Santa Sede no tiene miedo de una ampliación de Europa: el Papa Juan Pablo II ha hablado en muchas ocasiones de una Europa unida del Atlántico a los Urales. Lo que es decisivo es que la nueva Europa tenga una profunda cohesión interior", concluyó.

 

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 La escuela es una estructura destinada a desempeñar en nuestra sociedad importantes funciones, como la iniciación en la profesión y el trabajo, la socialización y la educación. Las sociedades industriales avanzadas exigen de hecho, para el mantenimiento de sus niveles de tecnología y de productividad económica, un - incremento cuantitativo y una cualificación precisa de la formación, incluso con vistas a la ampliación del espectro de profesiones. Al mismo tiempo, los procesos de complejidad social hacen cada vez más necesaria la activación de formas de socialización ampliada que permitan a los individuos insertarse constructivamente en el entramado de la vida colectiva.

La función de la escuela es la de dar respuesta a estas demandas, pero sin eludir la función eminentemente educativa que le pertenece por su propia constitución. Los objetivos de la educación se centran ante todo en la persona y en su autorrealización, que se lleva a cabo mediante el desarrollo de su racionalidad. Así lo hace posible el ofrecimiento de un modelo de vida, sostenido por un testimonio personal coherente, que suscite en el sujeto actitudes de fondo frente a la existencia.

 

La escuela es uno de los agentes que favorecen este proceso a través de la utilización del instrumento cultural. En efecto, se trata de transmitir unas habilidades técnicas y unos conocimientos instrumentales que permitan una aproximación correcta a la realidad: se trata además de proporcionar una reflexión crítica sobre las ideologías sociales y de estimular la elaboración de unos proyectos alternativos: se trata finalmente de ofrecer -y es éste el nivel más alto y más significativo- una interpretación reflexiva de toda la existencia humana que permita al hombre hacerse una imagen de conjunto de sí mismo y del mundo y orientar positivamente su propio obrar según las exigencias de su propia vocación.

Sin embargo, la escuela no ejerce esta función educativa sólo mediante la transmisión de la cultura. La escuela es sobre todo una forma particular de convivencia organizada y dirigida que reproduce, a escala reducida, algunos aspectos de la sociedad global como comunidad que educa. En la escuela el alumno aprende a convivir con personas extrañas a su círculo familiar, aceptando un papel subordinado al de los demás. Es el lugar normal de formación del grupo de personas de la misma edad: una agrupación que -como reconocen J Piaget y L. Kohlberg- encierra una importancia decisiva en la formación de la conciencia moral.

 

La participación de todos en la determinación de las reglas de convivencia social es realmente un hecho decisivo para la educación de la persona en las primeras formas de democracia y de participación social. Evidentemente, para que esto suceda, es necesario superar tanto un planteamiento cerrado e individualista de la formación como un planteamiento rígidamente ideológico, propio de una visión colectivista de la realidad. El modelo que hay - que preferir es el que deja sitio, por un lado, a las exigencias de maduración del individuo y , por otro, a su inserción social con una apertura real al contexto en que vive.

En este sentido resulta fundamental la atención a los valores éticos. Por eso carece de significado la pretensión de una absoluta neutralidad, que por otra parte resulta imposible de realizar. Pero la mayor dificultad en nuestros días, en una sociedad caracterizada por un elevado pluralismo cultural, es la de llegar a definir una plataforma mínima de concepciones morales que goce del consentimiento de las diversas tradiciones presentes dentro de una nación. Es superfluo subrayar la necesidad de un esfuerzo en está dirección. Por otra parte, existen también en nuestra sociedad interesantes parámetros a los que referirse, como los que han encontrado su expresión en las diversas Declaraciones de los derechos humanos y en las Cartas constitucionales de los diversos Estados democráticos.

 

La importancia de la escuela y la exigencia de una extensión cada vez mayor de la misma está fuera de toda discusión. Sigue en pie el problema de su cualificación, para convertirla en palestra viva de crecimiento del hombre en sus dimensiones personales y sociales. El desarrollo de personalidades abiertas en una sociedad caracterizada por sus múltiples intercambios como la nuestra exige una formación adecuada y rigurosa.

G. Piana

Bibl.: Conferencia episcopal española, Documentos colectivos del episcopado españo1 sobre formación religiosa y educación 1969-1980. Edicep, Madrid 1981; J. García Carras co, La política docente, BAC, Madrid 1969; J Gimeno Sacristán, Una escuela para nuestro tiempo Valencia 1976; J. Piaget, ¿Adónde va la educación?, Teide, Barcelona ESPAÑA-1979.

 

 

 

  

 

 Desde mediados del siglo II florecieron en varias ciudades del Imperio algunas escuelas cristianas de cultura y de enseñanza religiosa. Justino enseña en Éfeso, y funda una escuela en Roma antes del 165. También en el siglo II, en Alejandría, tenemos noticia de otra escuela fundada por Panteno, maestro de Clemente de Alejandría que por el año 189 se convirtió en rector de la misma y le imprimió un carácter y una orientación más estrictamente intelectual y filosófica: en el 204 la dirige Orígenes (¡que contaba apenas con 18 años!). Estas escuelas superiores de teología cristiana, lo mismo que las posteriores, de las que nos informa san Jerónimo, fueron más bien loables iniciativas privadas que modelos institucionales.

 

La desconfianza por la cultura profana, expresada por el movimiento monástico en sus comienzos, llevó a estas escuelas teológicas a encerrarse en sí mismas. La escuela, como institución social, se fue pronto disolviendo en su función y en sus necesarios elementos estructurales, de manera que en la sociedad de la alta Edad Media sobrevivieron tan sólo unas escuálidas mentes de clérigos frente a una gran masa de «iletrados»: y cuando los laicos, especialmente los nobles, se asomaron al mundo de la cultura, esto se debió a su trato con los monasterios o con las escuelas eclesiásticas. Éstas, divididas en escuelas monásticas, catedrales y palatinas (del palatium de los políticos que les daban cobijo), adquirieron en el siglo XII una fisonomía renovada en aquella relación particular entre los discípulos y el maestro (scholasticus), en camino hacia la típica institución universitario/medieval, que triunfó, en el siglo XIII, en toda Europa.

 

Las universidades nacen como comunidad de maestro y de alumnos, con sectores particulares de investigación y de enseñanza (las Facultades) cuyas lecturae et disputationes irán aclarando constantemente sus resultados hasta conformarse como escuela teológica, de pensamiento, más frecuentemente  como escuelas de teología dogmática y espiritual. Son conocidas las aportaciones y las diversas hermenéuticas teológicas, incluso en puntos delicados, de dominicos, franciscanos, agustinos y otras órdenes medievales, cuyo debate sigue estando todavía abierto se muestra fecundo para la reflexión de toda la Iglesia.

 

En la época moderna y contemporánea, aunque siguen siendo considerables las aportaciones de esta contextualidad escolástico/medieval, relegada sobre todo a los santuarios de la investigación teológica y por tanto de relativa influencia operativa, se han ido formando las «escuelas de espiritualidad», relativas no sólo a las órdenes religiosas, sino también al clero diocesano y a los laicos. Se trata de orientaciones no emparentadas con la investigación sistemática y con la reflexión dogmática, sino más bien de notables experiencias ascético-místicas que cuentan muchas veces con el apoyo de Facultades teológicas ligadas a los mismos movimientos, y que transmiten por consiguiente un pensamiento y una orientación que puede muy bien llamarse «escuela teológico-espiritual"

 G. Bove

 

 Bibl.: S. Pricoco, Escuela, en DPAC. In 745751´AA. VV , Los monjes y los estudios. 1V Semana de estudios monásticos. Poblet 1963; E. Vilanova, Historia de la teología cristiana. 3 vols., Herder, Barcelona 1987 1990.

 

ESCUELAS TEOLÓGICAS 

 

 La escuela teológica alejandrina está ligada a los nombres de Panteno, Clemente, Orígenes. Con ellos, entre la segunda mitad del siglo 11 y comienzos del 111, se perfila en Alejandría un centro de estudios superiores de exégesis de teología, puesto bajo el control dél obispo local y orientado a la instrucción de los catecúmenos. Entre los objetivos de esta escuela o didaskaleion estaba la intención de enfrentarse con el predominio cultural que el gnosticismo, bastante difundido en Alejandría, había adquirido entre los cristianos cultos de la ciudad. Se trataba de dar origen a una «gnosis", ortodoxa, pero  culturalmente abierta. Un signo evidente de esta apertura fue la utilización del método racional filosófico, aplicado a la doctrina revelada, así como el uso del método filológico en relación con el texto sagrado. El sistema que más influyó en la escuela alejandrina fue el platonismo.

 

La tradición presenta a Panteno y a Clemente como primeros maestros - de este didaskaleion, pero parece ser que se trataba todavía de una escuela «privada´". Fue con Orígenes, alrededor del 220, cuando empezó a funcionar la escuela alejandrina, dividida en dos niveles (uno elemental, para la formación de los catecúmenos; el otro, de profundización teológica superior). La aportación de Orígenes fue fundamental para la orientación cultural que sostenía esta escuela. Fue Orígenes, efectivamente, el que asumió y amplió el planteamiento dualista y espiritualista propio del platonismo a diversos ámbitos: en relación con la realidad, distinguiendo dos niveles, uno sensible y otro inteligible : en relación con los hombres, divididos en simples y en perfectos: en relación con el mismo Cristo, considerado en su realidad humano/divina: en relación con la mística, entendida como una huida progresiva del mundo corporal: y hasta en relación con la sagrada Escritura interpretada literal o espiritualmente.

 

Este dualismo « sistemático» conferirá  un carácter unitario a la cultura alejandrina. Representa una «clave de lectura» que le dará claridad y rigor metodológico. Debido a su carácter intelectualista, a su apertura a la filosofía platónica y - a la utilización del lenguaje religioso de la época, Clemente y Orígenes lograron eliminar la gnosis heterodoxa que se levantaba sobre la presunción de una « superioridad » cognoscitiva y electiva, que también por su parte los católicos aseguraban poseer. Pero no es de extrañar que algunos de los cristianos «simples" mirasen con desconfianza este empeño intelectual («La plebe tiene miedo de la filosofía de los griegos, lo mismo que los niños de las máscaras, temiendo que aquélla se los vaya a llevar». Clemente, Stromata, VI, 80). La confirmación se tendrá en la condenación de Orígenes y en su alejamiento de Alejandría. Sin embargo, en este centro se siguió la orientación del maestro por obra de personajes como Heracles, Dionisio, Pierio, Dídimo, Rodón, prescindiendo solamente de algunos aspectos de su pensamiento (por ejemplo, la doctrina sobre la preexistencia de las almas, la resurrección espiritual.,.), El enfrentamiento que la orientación espiritualista alejandrina tuvo con la cultura asiática, de rasgos materialistas, y la confrontación posterior con la escuela teológica antioquena, que se mostraba crítica con el alegorismo, obligará a ciertos cambios en la orientación teológica alejandrina, que a su vez hará sentir todo su peso en las disputas cristológicas del siglo y (acentuación en Cristo del elemento divino sobre el humano), hasta llegar al monofisismo, última radicalización de la cristología alejandrina.

Mientras que la escuela de Alejandría creció en su confrontación con el gnosticismo y se desarrolló bajo la influencia de la filosofía platónica, la escuela de Antioquía siguió un camino distinto. Más ligada al aristotelismo y, desde un punto de vista filológico, el hebraísmo rabínico, no constituyó una «escuela» en sentido estricto, aunque es considerada como tal, ya que en varios autores relacionados con Antioquía encontramos el mismo planteamiento exegético y teológico.

Durante mucho tiempo se pensó  que el presbítero Luciano de Antioquía, maestro de Arrio y defensor de una orientación exegética literalista, fue el fundador de la «escuela» teológica antioquena: sin embargo, lo poco que sabemos de él no permite avalar esta hipótesis. Lo cierto es que en el siglo 111-1V surgió en Antioquía -bien por la persistencia de la cultura asiática. bien como reacción contra el origenismo alejandrino- una tendencia hacia la exégesis literalista y, en relación con Jesucristo, una plena valoración de su componente humano. El representante de esta doble orientación es Eustacio, obispo de Antioquía (323-330).

Fuertemente opuesto a Orígenes, al  que acusó de haber alegorizado toda la Escritura, y prudentemente cercano a las posiciones de Pablo de Samosata (monarquianismo moderado), Eustacio jugó un papel primordial en la condenación de Arrio en Nicea (325).


Parece ser que el verdadero iniciador de la escuela teológica antioquena fue Diodoro de Tarso (t 394), el primero que formuló la que a continuación se designaría como ncristología antioquena», dirigida a separar en Jesucristo al Hijo de Dios del hijo de María, aun negando que se trata de "dos hijos». Discípulos de Diodoro de Tarso fueron Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia. Mientras que el primero no se distinguió por ofrecer especiales aportaciones doctrinales, sino más bien por su actividad pastoral, Teodoro, nombrado obispo de Mopsuestia en el 392, debe considerarse como el exponente principal de la escuela teológica antioquena. Acentuó el papel de la humanidad asumida por el Verbo y su capacidad autónoma de obrar. Al mismo tiempo, intentó salvaguardar en todo lo posible la unidad de las dos naturalezas. Desde el punto de vista exegético, se nos presenta como el representante más cualificado de la exégesis antioquena, en contraposición con el alegorismo de la escuela alejandrina.

Discípulo de Teodoro fue Nestorio, patriarca de Constantinopla (428), cuya doctrina llevó a una confrontación abierta entre los seguidores de la teología antioquena y los de la alejandrina.

Poniendo el acento en la integridad de las dos naturalezas en Cristo, no logró demostrar con suficiente claridad cómo las dos " naturalezas » pueden confluir en Cristo en una unidad personal. El conflicto se encendió sobre todo cuando Nestorio propuso sustituir el título de theotókos de María por el de christotókos, tendiendo de este modo a resaltar el hecho de que María no engendró a la divinidad, sino al hombre unido inseparablemente a ella. La cristología de Nestorio, desafortunada por la falta de instrumentos conceptuales adecuados, estaba en línea sin embargo con la orientación de la escuela antioquena, empeñada en valorar el elemento humano en Cristo.

El último representante prestigioso de la orientación teológica antioquena fue Teodoreto, obispo de Ciro, que, implicado en la disputa sobre Nestorio, puso de manifiesto los peligros inherentes a la orientación teológica alejandrina y la distinción insuficiente entre la humanidad y la divinidad en Cristo. En contra de Eutiques, Teodoreto compuso en el año 447 una obra importante, Eranistes (El mendigo), en el que ofrecía una clara refutación del monofisismo, sostenido por el monje de Constantinopla. Condenado y depuesto en el llamado Latrocinio eféso (449), Teodoreto fue rehabilitado en el concilio de Calcedonia (451). En sus numerosas obras recoge los resultados de la escuela antioquena, hasta el punto de que se le considera como el último representante destacado de la ilustre tradición antioquena.

L. Padovese

 

Bibl.: M. Simonetti, Alejandría (escuela de J, en DPAC, 1, 71-74; M, Simonetti, Antioquia de Siría (escuela de}, en DPAC, 1, 144-145; L Padovese, Inrroducción a la reologia patristica, Verbo Divino, Estella 1996.

 

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 San Pedro martirizado y clavado en cruz invertida 64/67 ca. colina vaticana-Roma 

 

 

P: ¿Cuál es la diferencia que usted establece entre Napoleón y los conquistadores españoles de América para considerar asesino al primero y libertadores a los segundos? ¿Es que acaso todo lo que hicieron nuestros ancestros debe ser ciegamente elogiado?

 

R: ¿Es que acaso todo lo que hicieron debe ser neciamente condenado? España incorporó a la civilización occidental, entonces y ahora la más avanzada del mundo, a todo un continente que ni siquiera se conocía a sí mismo. Lo que Roma hizo con Hispania, hizo España con América. Napoleón simplemente deshizo una España no muy inferior a la Francia de entonces, salvo en poderío militar. O sea, que la diferencia es obvia para el que no la quiere obviar.

 

 

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DE LAS UNIVERSIDADES A LA JAE

Iglesia Católica y el desarrollo de la ciencia

 

Por Alfonso V. Carrascosa

 

Se cumplen cien años de la fundación de la Junta para Ampliación de Estudios e investigaciones científicas (JAE), en pleno Año de la Ciencia. Es un buen momento para examinar la dificultad que tiene entender la historia de la ciencia española sin la intervención, por activa o por pasiva, de la Iglesia Católica, tan difícil al menos como separar la levadura de la masa de pan fermentada.

 

En el Real Decreto de su fundación, llevada a cabo bajo el reinado de Alfonso XIII, en plena monarquía parlamentaria, se recogía el interés por la puesta en marcha de la JAE, y por lo que inspiraba la misma:

 

Y sin embargo, no falta entre nosotros gloriosa tradición en esta materia. La comunicación con moros y judíos y la mantenida en plena Edad Media con Francia, Italia y Oriente; la venida de los monjes de Cluny; la visita a las Universidades de Bolonia, París, Montpellier y Tolosa; los premios y estímulos ofrecidos a los clérigos por los Cabildos para ir a estudiar al extranjero, y la fundación del Colegio de San Clemente en Bolonia, son testimonio de la relación que en tiempos remotos mantuvimos con la cultura universal. La labor intelectual de los reinados de Carlos III y Carlos IV, que produjo la mayor parte de nuestros actuales centros de cultura, tuvo como punto de partida la terminación del aislamiento en que antes habíamos caído, olvidando nuestra tradición envidiable, y restableció la comunicación con la ciencia europea que, interrumpida luego por diversas causas, no conserva ahora sino manifestaciones aisladas, como las pensiones para viajes concedidas a los becarios de Salamanca y el Colegio de Bolonia. (Gaceta de Madrid Año CCXLVI Num. 15, Martes 15 de enero de 1907, Tomo I.- Pág. 165-167).

 

Dado que explicar el origen y evolución de todas las instituciones mencionadas en dicho decreto constitucional sería demasiado prolijo, me limitaré a comentar brevemente algo sobre los cabildos, que originaron las universidades modernas, fundadas por la Iglesia Católica, y sobre el Colegio San Clemente en Bolonia.

 

Los cabildos eran instituciones católicas, compuestas por presbíteros en torno al obispo, físicamente localizadas en las catedrales. Además de litúrgicas, tenían tareas docentes y benéficas, dando formación académica a los sacerdotes y a quien no tenía medios económicos. Se practicaba el envío al extranjero de estudiantes para ampliar conocimientos e idiomas, o la invitación de profesores foráneos, mediante un sistema de pensiones económicas.

 

A partir de los cabildos se originaron en el siglo XIII los Studium generale, abiertos a alumnos de cualquier comarca o nacionalidad. Éstos, poco a poco, pasaron a denominarse Universidad, siendo desarrolladas y amparadas por la Iglesia católica. Las primeras fueron la Universidad de Bolonia (1158), la de París (1200), la de Oxford (1214), la de Cambridge (1318)... En total, a lo largo de los siglos XIII y XIV los papas fundaron 29 universidades.

 

La progresiva apertura e incorporación de las ciencias al ámbito docente universitario corrió de la mano también de católicos, pertenecientes a órdenes religiosas creadas en el siglo XII. Así por ejemplo, los franciscanos nutrieron y desarrollaron la enseñanza de las ciencias en la Universidad de Oxford, mientras que los dominicos lo hicieron en la de París.

 

En la Universidad de Bolonia dio clase la que sería primera profesora universitaria de la historia de la humanidad, y a lo que se ve nada discriminada en el ámbito universitario católico, Laura Bassi, que compaginó las tareas docentes y científicas con el cuidado de sus doce hijos, de los cuales ocho fueron bautizados y cinco llegaron a la edad adulta, siendo tres de ellos canónigos y uno profesor del Instituto de las Ciencias de Bolonia.

 

En España son un ejemplo de la actividad fundacional de universidades por parte de la Iglesia Católica las de Palencia (1221) y Salamanca (1255), dándose la circunstancia típicamente española de que, a partir del siglo XIII, se generó un carácter altruista y caritativo, que cristalizó en los Colegios Mayores, que tenían como fin dar acceso al estudio a los pobres.

 

Además, la Iglesia Católica española pasó a fundar las universidades americanas, según fueron llegando a ellas como catedráticos gentes formadas en las Universidades peninsulares. En el mundo hispano los Reyes, bajo la sugerencia de la Iglesia, crearon inmediatamente universidades, incluso en Filipinas (la Universidad de Santo Tomás de Manila), a diferencia de lo que sucedió en el Brasil portugués o en la América anglosajona o francesa, donde a lo sumo se fundaron colegios universitarios. Creadas en una época en que las sociedades eran orgánicas, las universidades eran un órgano más, independientes del poder temporal, con estatutos y patrimonio propio.

 

En cuanto al Colegio de San Clemente, al que hace referencia el Real Decreto de la fundación de la JAE, fue fundado en 1364 en Bolonia por el cardenal don Gil de Albornoz, para que jóvenes españoles pudieran formarse en la Universidad de Bolonia, y sigue funcionando todavía.

 

La JAE incorporó además instituciones precedentes tales como el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, el Real Jardín Botánico, o el Museo Nacional de Ciencias Naturales, pero sobre todo contó entre sus filas para el gobierno de sus actividades con católicos fervientes tales como el destacado intelectual del momento, don Marcelino Menéndez-Pelayo o el ingeniero y científico don Leonardo Torres Quevedo. El no menos famoso don Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de medicina en 1906, presidió la JAE hasta su fallecimiento en 1934, y aunque no era católico practicante, sí creía en Dios creador y en el alma inmortal. ¡Para que luego digan, e incluso algunos católicos estén convencidos, que Iglesia y ciencia, o razón y fe, se oponen!

 

Dicho sea de paso, don Santiago nunca fue presidente del CSIC (fundado en 1939), aunque en nuestra página web figure como tal, dato este de ningún rigor científico que lógicamente debilita la credibilidad de dicha institución.

 

Decía Menéndez-Pelayo, refiriéndose a la valoración que los españoles hacemos de nuestros logros científicos, que "fuerte cosa es que los españoles seamos tan despreciadores de lo propio". A lo largo del análisis que realiza al respecto en su obra La ciencia española: polémicas, indicaciones y proyectos, llega explícitamente a afirmar que "desprecian a los antiguos sabios porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica". Como católico y científico, creo que algo de verdad hay en tal afirmación, y también mucha actualidad.

Puesto que "la fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" y "la historia es el lugar donde podemos constatar la acción de Dios a favor de la humanidad" (Fides et Ratio, Introducción), seamos conscientes de la contribución del catolicismo a la ciencia, en plena España del siglo XX.

Alfonso V. Carrascosa es doctor en Ciencias Biológicas y científico del CSIC.

2007-03-22

 

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"No sigas a la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad" SAN ATANASIO + 363

 

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La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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"El cristianismo no teme a la cultura sino a la media cultura. Teme la superficialidad, los eslóganes, las críticas de oídas; pero quien puede hacer la ´crítica de la cultura´ puede volverlo a descubrir o seguir siendo fiel" JEAN GUITTON –filósofo fr.

 

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Parecen, éstas, palabras «inocentes» - «María es mucho más bienaventurada porque ha creído en Cristo que por haberlo engendrado físicamente»- y, sin embargo, llevan dentro un carga inmensa de fe, de razón, de vida y de siglos, que bien podría causar un encendimiento de amor en un corazón abierto. S.S. Juan Pablo II – Magno – Vat. 2003-12-08

 

 

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“No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)

 

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‘Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios’. Cardenal  Ratzinger.

 

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22.06.1535 – Muere en el patíbulo, condenado por la inquisición protestante, el Obispo Juan FISHER, victima de su oposición a Enrique VIII de Inglaterra, y luego santo de la Iglesia católica.

 

La Iglesia es evangélica porque evangeliza en la universalidad (católicos) de su misión. Y lo hace con el Evangelio que es en primer lugar, la Obra de Cristo, lo que predica y lo que hace Jesucristo. Dar la vida por el Evangelio es lo mismo darla por Cristo Jesús. Y este Evangelio que es la Obra de Jesús, debe ser predicado en el mundo entero Mc. 13,10; 16,15. La Iglesia -solo ella con las palabras de Pedro en la sucesión apostólica- predica al mundo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” Mt.16,18. Y por esta verdad absoluta, ‘las sectas manipuladoras de la Biblia’, o ‘las idolatrías ε?δωλολατρε?α contemporáneas’, la acosan, la persiguen sin tregua hasta el derramamiento de sangre. Como un yunque, en el que se han gastado tantos martillos durante 2000 años, la Iglesia ‘nuevo pueblo de Dios’ (Mc.6,30), -ofrece la salvación- teniendo como destinatarios a todos los pueblos. Esa es su misión católica y catolizante, para quien pregunte: ¿Quién es éste?, lo descubra con Pedro que le confiesa como Mesías (Mc 8,29). Es Jesús que con su obra, nos ha conseguido la salvación. Siendo luz, buena sal y fermento en el mundo, evangeliza la Iglesia.

 

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“Nunca se puede matar a una persona para que otra pueda vivir mejor”.

Crear vida para después matarla es una “aberración”

 

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El Señor no es indiferente, como un emperador impasible y aislado, a las vicisitudes humanas”.

“Es más, su mirada es fuente de acción, porque interviene y derriba los imperios arrogantes y opresivos, abate a los orgullosos que le desafían, juzga a los que perpetran el mal”.

Dios se hace presente en la historia, poniéndose de la parte de los justos y de las víctimas. S. S. JUAN PABLO II – Magno - 2003-12-10

 

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La gran pasión de nuestro tiempo es la utilidad. Todo vale si es útil. He ahí la máxima moral dominante. La utilidad ha situado su trono en medio de la cultura europea y la ha empapado de afán codicioso. 2003.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

En el Magnificat María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras: «Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.

 

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!

 

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 gracias por venir a visitarnos

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

Recomendamos vivamente:

1ª) LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 

LAUSD DEO +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).