Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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El decreto del Gobierno revolucionario francés del 1 de agosto de 1793 preveía la "destrucción de la Vendée", tras comprobar los jacobinos que la deportación o la condena a la guillotina de 40.000 sacerdotes católicos entre 1791 y 1792 no había bastado para contener el movimiento contrarrevolucionario en la región. El resultado fue la matanza de entre 150.000 y 200.000 hombres. Los sucesivos decretos de esos años habían querido establecer el alcance de la aniquilación, excluyendo a mujeres, niños, ancianos y, finalmente, "hombres desarmados", pero la realidad fue muy otra y, si bien fueron asesinados todos los varones armados, el baño de sangre fue mucho más allá.

 

 

La tolerancia es más segura cuando se nutre de unas convicciones firmes.

Creer en verdades objetivas no dificulta la tolerancia. Se genera intolerancia cuando se niega una verdad objetiva muy importante: que es inmoral violentar las conciencias.


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Una hermosa indicación de Juan Pablo II hablando de la memoria histórica: La memoria se configura como un derecho que corresponde a cada grupo humano (sociedad, Iglesia, partidos y sindicatos) para profundizar en la propia identidad, pero es esencial que esa memoria no sea selectiva y sesgada, ni intente imponer a todos una visión uniforme, sino que se desarrolle a partir de una aproximación «abierta, objetiva y científica» a los hechos.

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…[…]… «¡Sí que reivindicó el derecho de cada colectivo!, ‘la Iglesia católica, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica’, a rememorar su historia para profundizar «en su identidad». Monseñor Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao-Esp. 2007.XI.

 

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Historiadores serios, responsables investigadores, sanos intelectuales deben estudiar la historia. La Iglesia universal está muy por encima de circunstancias coyunturales, y debe ser capaz de transmitir un mensaje de fe y de esperanza. La historia tiene que quedar en manos de los historiadores porque nadie tiene derecho a imponer una «verdad oficial», propia de los sistemas totalitarios. En el marco de la razón y el sentido común, el recuerdo de los antecesores -en este caso, de quienes dieron la vida por la fe ‘mártires de la Iglesia Católica’- refuerza la propia identidad y ayuda a comprender el complejo mundo en que vivimos. 2007-XI


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¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión cristiana! Sectas, a más engaños, más sectas.


“La obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar... Debéis reaccionar en nombre de la verdad. A menudo son falsos los defectos que se os achacan; sin embargo, hay que reconocer que tras veinte siglos de cristianismo las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas...”


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En la región de Viviers, cerca del Ródano (hoy Francia), san Arconte, obispo (ca. Años †740/745).  .

 

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En el monasterio de Cuixá, en los Pirineos (hoy Francia), san Pedro Urseolo, el cual, siendo dux de Venecia, se hizo monje, distinguiéndose por su piedad y austeridad, y viviendo en un eremitorio cercano al monasterio (ca. Años †987/988).

 

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En la ciudad de Bourges, en Aquitania (hoy Francia), san Guillermo, obispo, que, deseoso de soledad y meditación, se hizo monje en el monasterio cisterciense de Pontigny. Más tarde fue abad de Chaalis y, después, elegido obispo de Bourges, no abandonando nunca la austeridad de la vida monástica y distinguiéndose por su amor a los clérigos, a los cautivos y a los desgraciados (año †1209).

 

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¿A su juicio cual fue la revolución histórica mas importante? Yo creo que para bien el cristianismo, para mal la revolución francesa, ya que hizo que la gente pensara que todo eran derechos y no había obligaciones.

 

Comparto su visión positiva del impacto del cristianismo. Para el fenómeno negativo hay varios candidatos. Desde luego, el marxismo o la revolución rusa son dos de los más notables.

 

Este diálogo con Don César VIDAL –filósofo- tuvo lugar entre las 17.00hs. y las 18.00hs. del martes 30 de enero.2007-Esp.

 

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¿Cómo valora que el que es considerado casi unánimemente el mayor filósofo del siglo XX (Martin Heidegger) colaborara activamente con el régimen y la ideología nacionalsocialista? Otro tanto podría decirse de Sartre y otros con el comunismo ¿No supone esto una seria advertencia para desconfiar de la típica visión occidental que pone a los intelectuales en más allá del bien y del mal?

 

Sí, son ejemplos bastante obvios. Por otro lado, conociendo la fortuna que hizo Voltaire con el tráfico de esclavos o como Rousseau chuleaba a las viudas no me sorprende.

Este diálogo con Don César VIDAL ‘filósofo’ tuvo lugar entre las 17.00hs. y las 18.00hs. del martes 30 de enero.2007-Esp.

 

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Cuenta la Historia que el 21 de abril de 1790, la Asamblea nacional francesa decidió violar la legalidad y aprobó una norma conocida como la Constitución civil del clero. Aquella ley debía haber provocado una reacción masiva en contra que hubiera ido desde el rey Luis XVI hasta el último de los obispos y católicos. Sin embargo, sucedió todo lo contrario. De hecho, el obispo de Viviers, Lafont de Savine, se manifestó en público apoyando aquella norma indigna que chocaba con el ordenamiento jurídico francés. Al actuar de esa manera, Lafont de Savine traicionaba a sus ovejas, traicionaba a su rey y traicionaba a su nación, pero esperaba quedar bien con los diputados que habían aceptado tan inicua norma. De manera nada sorprendente, el mismo rey la firmó unas semanas después. No podían saberlo, pero aquella violación de la legalidad fue sólo el prólogo del final de la monarquía y del inicio de la persecución religiosa. A todo ello había contribuido con su comportamiento indigno el obispo de Viviers, Lafont de Sabine.


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La región de la Vendée, en el centro-oeste de Francia, a orillas del Atlántico, fue escenario en 1793 del alzamiento de todo un pueblo contra la Revolución Francesa. El régimen de Terror quiso efectuar una leva de soldados al tiempo que intensificaba su persecución religiosa contra los sacerdotes fieles. Los vandeanos se alzaron como un solo hombre, y un ejército de campesinos liderado por sus señores se unió bajo el grito "¡Por Dios y por el Rey!" contra el totalitarismo jacobino. Una guerra que duraría tres años, hasta la aniquilación de las huestes contrarrevolucionarias y la aplicación del que se considera primer genocidio de la Historia moderna contra la población civil.


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LA VENDÉE VENGADA

 

La Revolución Francesa (RF) , 1789-1799, ha marcado un hito dentro de

la Historia Universal. Marcó un punto de inflexión con el cual desaparecen los   poderes de la monarquía, el feudalismo, la Iglesia,… y aparecen la República, los Derechos Humanos, las Libertades,...

 

Los efectos de esta Revolución se sienten en la actualidad a través de ideologías  que dieron lugar al comunismo, socialismo, progresismo, liberalismo, anticlericalismo,… y las numerosas revoluciones sangrientas como las de la guerra civil española del 1936-1939, cuyos efectos son palpables hoy con Rodriguez Zapatero. 

Cada vez que surge un  mito, la RF es uno de ellos, las sociedades se limitan mansamente a seguirlos sin buscar la verdad y las mentiras que le acompañan.

Se sigue lo socialmente correcto tanto ayer como hoy  ¡Ay de quienes se atrevan a salirse del marco!

Sin embargo, poco a poco, van apareciendo historiadores honestos y valientes que trastocan, revuelven y ponen en su sitio lo bueno y lo malo de las acciones  históricas. En España Pio Moa con su libro

“Los mitos de la guerra civil” es la punta de lanza que corrige la Historia deformada de la Guerras Civil Epañola. 

En Francia, donde  antes todo eran loas para su Revolución, aparece un joven historiador, Reynal Secher,  quien de forma implacable en su libro “Le genocida franco-francais: La Vendée vengée” convierte las glorias de la RF en vergüenzas y horrores.

 

Los jacobinos, personajes violentos de la RF cometieron crímenes que se convirtieron en semilla y principio de los cometidos por los regímenes comunistas, socialistas, fascistas y dictatoriales posteriores. De los  cometidos en España también. En todos los casos se procura ocultarlos y justificarlos. Así pasó en la Vendée.

La Vendée es un departamento francés, situado en los países del Loira que en 1981 tenía unos 244.000 habitantes. Reynol Secher (n.1955) originario de ese departamento, se puso a buscar documentos “perdidos” sobre la masacre realizada en la Vendée por los ejércitos revolucionarios. Mucho de este material estaba escondido y a salvo en manos de particulares. También halló documentación oficial catastral sobre las destrucciones materiales sufridas por la Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los “sin Dios jacobinos”. En esta documentación se descubrió un plan frío, siniestro, sistemático  siguiendo el cual:

 

Fueron totalmente  destruidas 10.050 casas, el 20% de todos los edificios de la Vendée. Todo el ganado y todos los cultivos fueron devastados. Había que dejar morir de hambre a quienes escondiéndose habían sobrevivido.

 

El general Carrier, responsable de la operación, arengaba a sus soldados:

 

 “No nos hablen de humanidad hacia estas fieras de la Vendée: todas serán exterminadas. No hay que dejar vivo a un solo rebelde”

 

Tras una gran batalla en que fueron exterminados los campesinos mal armados de la “Armada católica” que peleaban con el estandarte  del Sagrado Corazón y encima la Cruz y el lema “Dieu et le Roy” el general jacobino Westermann escribía triunfalmente a París: “ ¡ La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballo y masacrado a las mujeres, que así no parirán a más bandoleros. No tengo que lamentar ni un prisionero. Los he exterminado a todos”.

 

Desde París contestaron elogiando la diligencia puesta en “purgar completamente el suelo de la libertad de esta raza maldita” La orden era la de matar ante todo a las mujeres, por ser el “surco reproductor” de una raza que tenía que morir, porque no aceptaba la “Declaración de los derechos humanos”.

Secher da por primera vez cifras exactas: En dieciocho meses, en un territorio de unas 10.000 km2, desaparecieron 120.000 personas, por lo menos el 15% de la población total. Esta cantidad equivaldría hoy a unos 8 millones de franceses.

 

 

En 1914-1918 la más sangrienta de las guerras franceses murieron solo un millón de soldados. Aparte, las destrucciones de bibliotecas, obras de artes, Iglesias, conventos, …fueron infinitos tanto e el orden físico como en el moral. Napoleón les dio la puntilla. Un día, Francia se levantó mucho más pobre y Europa también.

 

¿Qué diferencias existen entre estas salvajadas y las realizadas por las SS alemanas en sus campos de concentración? ¿Qué diferencias existen con los gulags  y las checas rusas? ¿Qué diferencia con los países dictatoriales africanos,   asiáticos  y algunos más  de nuestros días? Todos se llaman demócratas y todos tienen sus raíces en la Revolución Francesa. Los ingleses, como siempre, supieron zafarse de la progresía,  de los “derechos del hombre”,  y de la guillotina. Su cultura y su paz permanecen hasta hoy.

 

El trauma de estas lecturas bien vale la satisfacción de ver como se derrumba un mito. Otros muchos, muy importantes e igualmente graves se están descubriendo y derrumbando,  tales como La Inquisición Española, La Leyendas negras sobre los conquistadores españoles en América, el dogma de la democracia,  los crímenes de guerra como el bombardeo por ingleses y americanos de Dresde, la Bomba atómica, las hambrunas de Asia y América del Sur, los ataques contra la Iglesia católica bien orquestados, el caso de Galileo Galilei…

 

El cuento de los abortos fomentados por la ONU y los progresistas está pretendiendo justificar el injustificable asesinato anual de millones de niños sin nacer. Sangre inocente , real que está cayendo sobre esta generación “sin Dios” . Sangre que se nos demandará y pagaremos.

Mérida, 23 de agosto de 2007 Alejo Fernández Pérez – España

 

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1792 - Anverso y reverso de una moneda que hace parte de una colección privada, vendida al hasta el 2007-XI-17 en Dallas-Texas USA, al precio record de 30 millones de dólares, cerca de 21.000.000 de euros hodiernos. (Ap Photo/Heritage Auction Galleries).

 

 

NAPOLEÓN entre robos, saqueos, incendios y destrucciones del ´Patrimonio cultural de la humanidad´ - Las tropas napoleónicas en 1798 saquearon de los ‘museos vaticanos’, 546 obras de arte. Fueron destruidas o robadas como desaparecidas, nueve (9) piezas de gran valor histórico; 248 piezas nunca restituyó la Francia y gran parte de ellas están en las salas del Louvre-Paris con la mofa-etiqueta: adquirido en 1798.

La Francia fue obligada por una Convención de Viena, a restituirlas a sus originarios y verdaderos propietarios, entrega solo 289 obras, las demás 248 siguen siendo robadas.

 

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…tanto en política como en religión una doctrina vaciada en la práctica queda, de hecho, vaciada, diga lo que diga la retórica oficial”. Es entonces cuando los progres aceptan que hay un cambio doctrinal pero señalan que “no todas las materias doctrinales tienen la misma importancia y en cualquier caso la doctrina de la Iglesia puede desarrollarse a lo largo del tiempo”. A esto responde Douthat que “el desarrollo de la doctrina se supone que es para profundizar en las enseñanzas de la Iglesia, no para invalidarla  o contradecirla”.


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"Palabras del Santo Padre en su visita a la embajada de Italia ante la Santa Sede (13-XII-2008):

"La Iglesia es muy consciente de que pertenece a la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios, es decir la distinción entre Estado e Iglesia. (...) Esa distinción y esa autonomía son respetadas y reconocidas por la Iglesia, que se alegra de ellas considerándolas un gran progreso para la humanidad y una condición fundamental para su libertad y para el cumplimiento de su misión universal de salvación entre todos los pueblos”.

Benedicto XVI.

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"...legislativas y la igualdad de derechos son características esenciales de cualquier sociedad moderna que quiere salvaguardar y promover verdaderamente el bien común». 

«En el cumplimiento de esta tarea la separación clara entre la esfera civil y la religiosa permite a estos sectores ejercer eficazmente las responsabilidad propias, con respeto mutuo y completa libertad de conciencia». 

«En una sociedad pluralista, la laicidad del Estado permite la comunicación entre las diferentes dimensiones de la nación .La Iglesia y el Estado, de este modo, no son rivales, sino socios: en un sano diálogo pueden alentar el desarrollo humano integral y la armonía social». 

San Juan Pablo II

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San Jusn Pablo II lo denomina "principio de la doctrina social de la Igledia":

 

"3. Bien comprendido, el principio de laicidad, muy arraigado en vuestro país, pertenece también a la doctrina social de la Iglesia. Recuerda la necesidad de una justa separación de poderes (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nn. 571-572), que se hace eco de la invitación de Cristo a sus discípulos: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Lc 20, 25). Por su parte, la no confesionalidad del Estado, que es una no intromisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes religiones, así como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.

Asimismo, como recordó el concilio ecuménico Vaticano II, la Iglesia no está llamada a gestionar el ámbito temporal, puesto que, "en razón de su función y de su competencia, no se confunde de ningún modo con la comunidad política y no está vinculada a ningún sistema político" (Gaudium et spes, 76; cf. n. 42). Pero, al mismo tiempo, es preciso que todos trabajen por el interés general y por el bien común. Así se expresa también el Concilio: "La comunidad política y la Iglesia, (...) aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas" (ib., 76)".

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1789 no significó la victoria de la libertad sino el comienzo de la sustitución de la tiranía real por la tiranía del "pueblo", que fue mucho más sanguinaria y brutal (ahí están los veinte mil asesinados por el Terror jacobino solo en París en menos de dos años, una cifra diez veces superior a la de muertos por el ‘poder judicial de época o ’ en tres siglos entre España y América) . Y el desenlace de la Revolución francesa fue la creación del estado napoleónico, infinitamente más despótico que el Antiguo Régimen.

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las bondades de 1789. 

En ese año se acuñó lo de libertad, igualdad, fraternidad. Tres palabras tres mentiras. Se pasó de un régimen con unas limitaciones a otro mucho peor, que al final desembocó en la dictadura de Napoleón. 

Y en esas seguimos en la idolatrización de ciertas ideologias o del Estado. Decía goya que el sueño de la razón produce monstruos, pues el sueño de la progresía produce gulags, pobreza, miseria opresión, desigualdad y enfrentamiento. 

No se trata de volver a una monarquía antigua, sino de situar las cosas en su contexto. No puedes juzgar la época romana desde tu atalaya actual, como si juzgases a Kim Jon Un. 

Ademas tus coleguis progres de EEUU y de Inglaterra son muy cachondos, cuando critican la colonización española que fue hace 500 años con la mentalidad de la época y se saltan la de Napoleon, la de Hitler, la de Stalin, o la de los EEUU, en el oeste, o la de los ingleses en la India, hace muy pocos años.

Ahi se veía bien eso de 1789 de libertad igualdad fraternidad, si en el cementerio.

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Lo que quiebra en 1789 no es eso, gringo, no te pongas estupendo. Lo que se quiebra en 1789 es la idea de hombre y se la cambia por la de ciudadano. Lo mismo que en 1917, en Rusia, quiebra la idea de ciudadano y se la cambia por la de proletario. Para los comunistas los que ganaron la Revolución Francesa, los burgueses, eran tan enemigos del pueblo como la misma Iglesia Ortodoxa. Porque la Revolución Francesa fue una revolución liberal rebasada después por el socialismo y finalmente por el comunismo. Lo que tenemos ahora es una vuelta atrás con respecto al comunismo que intenta mezclar el liberalismo burgués con una idea sentimentaloide del pobre, que ya no se llama proletario. Pero como el camino directo del liberalismo lleva al capitalismo y el comunismo fracasó, la izquierda actual ha abandonado los postulados económicos, que eran su base principal, por ideologías que conviven maravillosamente bien con el sistema capitalista: la filantropía, el feminismo, el aborto y otras lindezas. Lo que no se puede dar al pobre, que es el salario justo, se intenta compensar facilitándole esquivar las cargas familiares, los hijos o una ayuda económica mínima. Es decir: se cambia la visión tremebunda de la viuda del obrero cargada de hijos por la invisibilidad de millones de criaturas solitarias que dan menos pena. Los "derechos" repartidos de boquilla y repetidos a troche y moche hacen al individuo incapaz de renuncias y la incapacidad de renuncia de si mismo imposibilita la convivencia porque la convivencia está cimentada en darle al otro la primacía, aún sabiendo que eso conlleva la renuncia de derechos propios. Otra cosa no sabré pero soy bachillera en familias y el grillo del hogar-bonito título de una novela de Dickens-y para eso he tenido que tomar como modelo a la mismísima Virgen María que es, que yo sepa, la mejor de los modelos de lo que estoy hablando. "No he venido a ser servido sino a servir" es una frase evangélica que tiene una importancia social de primera clase, cambiarla por "No he venido a servir sino a reclamar mis derechos" puede hundir el mundo, y de hecho lo está haciendo ya.

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La Revolución de 1789 ha parido un engendro de mucho cuidado: primero descafeinó a Dios, después se lo quiso cargar y ahora lo convierte en Halloween. De mal en peor.

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Hay que matizar mucho todas las posturas. Recomiendo un libro delicioso sobre la materia que cita con frecuencia aDawson, sobre todo en su capítulo Sexto: El rapto de Europa, de Díez del Corral. Pero su posición es más matizada que la de muchos de los comentaristas.

Los orígenes Cristianos de Europa son evidentes, junto con la influencia de la razón griega y el Derecho Romano, la visión de la persona libre y digna del Cristianismo es fundamental. Recordemos a Novalis: La Cristiandad, es decir Europa.

Pero precisamente por ser de raíz cristiana no es casual que sea en Europa donde se produce de manera más evidente la separación Iglesia Estado. Eso estaba en la semilla cristiana de Europa: lo del Cesar y lo de Dios lo dijo un tal Cristo.

Tampoco es casualidad que la Revolución francesa se base en tres nociones profundamente cristianas: libertad, igualdad y fraternidad.

Y tambièn es cierto que la revolución, como todo estallido de violencia, que explota tras siglos de opresión e injusticia, fue brutal y atroz e injusta, llena de prejuicios e ideas sesgadas y brutales, mezclados con ideales y atisbos geniales.

Pero no todo fue malo, ni mucho menos, los ingleses fueron creando progresivamente una democracia parlamentaria, los franceses son expertos en hacer revoluciones que terminan en dictaduras o en imperios expansivos.

Pero yo también prefiero ser ciudadano a súbdito, y como cristiano hecho a imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto libre, sé que solo desde la libertad se puede responder a la llamada de Cristo. Lo otro es periclitada y caduca ideología mundana.

Por último me quedo con unas palabras de la Virgen María:

El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

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…asi que en en la revolución francesa se podía discrepar....

 

Tu no te has enterado de que tenían una cosa que llamaban guillotina???

Y que funcionaba a todo trapo????

 

Y como si esa revolución fue tan acongojante como tu dices, dio lugar en muy poco tiempo a la dictadura asesina y cleptómana de Napoleon????

 

Cuando puedas nos lo explicas.

 

Me da que tu eres de esos que te habrías apuntado a la revolución, creyendotelo todo, y luego cuando tus propios coleguis te guillotinaran dirias, ¿Por que yo? ¿por que yo?.

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Como decía Donoso Cortés, pobres tiempos estos en los que se ha sustituido el pensamiento riguroso por el chiste y la ocurrencia. Pues en esas seguimos.

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Por cierto ¿te has preguntado por las obligaciones de un soberano, y por las de un sacerdote, y por las de un abogado, un fontanero, un padre, un vecino . . .? ¿Por qué se dice en el evangelio que un siervo sirva bien a su amo?¿Por qué en la malllamada revolución francesa, en realidad una revolución liberal en Francia, se proclamó un estatuto con los derechos de los "ciudadanos" desligados de las obligaciones? ¿cuando una madre ama a su hijo, está ejercitando un derecho, asume una obligación . . .? ¿Qué es eso de la libertad?

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Por otra parte, en Rusia los mujiks eran siervos en la práctica hasta la Revolución de 1917.

El hombre que no fuera ciudadano en la Francia revolucionaria no era nada, en la Edad Media no existía el concepto de patria y, por lo tanto, tampoco el de ciudadano. La discusión medieval sobre los seres humanos se cambió por la quiénes eran ciudadanos y quiénes no. A los judíos se les persiguió en la Edad Media por su religión y en la contemporánea por las dudas sobre su patriotismo, como dicen en mi tierra: "para el caso, patatas", en alusión a que cocidas, fritas o asadas las patatas son patatas. Salvo en Italia los judíos no consiguieron el estatus de ciudadano con plenos derechos en ningún país.

Las dudas sobre el patriotismo machacaron también a los católicos tanto en Gran Bretaña como en ciertos países alemanes antes de la unificación y siguieron después de ésta (Kulturkampf, por ejemplo). En Gran Bretaña los católicos no fueron "ciudadanos" hasta el s. XIX porque les estaba vetada la política y pertenecer a la administración pública, los impuestos eran onerosos y no levantaban cabeza. De nada sirve decir que todos somos hombres si no somos todos ciudadanos, cuando el segundo concepto es el que importa. Las dudas sobre la humanidad de ciertos grupos humanos se trasladaron a las dudas sobre su patriotismo. Hasta Stalin llamó a los judíos "cosmopolitas desarraigados" porque eran unos rusos muy dudosos para su gusto.

Y los nacionalismos, hijos de la Revolución Francesa, tienen muchas exigencias a la hora de admitir a cualquiera como ciudadano de un minúsculo país con pretensiones de tener hechos diferenciales. Cuando la humanidad dice haber dado un paso fundamental en la igualdad se saca de la manga algún otro concepto para discriminar.

infocatolica.com 2015.11.06

 

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Un repaso a la historia de la tolerancia

 

La humanidad no puede liberarse de la violencia
más que por medio de la no violencia.
Mahatma Gandhi 

 

El genocidio de La Vendée

El 7 de agosto de 1790, en plena euforia de la Revolución francesa, el diario Mercure de France aseguraba: "El primer autor de esta gran revolución que asombra a Europa es, sin duda, Voltaire. Él no ha visto todo lo que ha hecho, pero él ha hecho todo lo que nosotros vemos. Es él quien ha abatido la primera y más formidable barrera del despotismo".

 


Pocos meses después, sus restos mortales, que habían sido enterrados casi en el silencio trece años antes en Ferney, entraban triunfalmente en el Panteón de Hombres Ilustres de París, entre aclamaciones de multitudes.

 

Quizá el juicio de aquel diario parisino fuera exagerado respecto a la influencia de Voltaire –el famoso Patriarca de la tolerancia– en la Revolución francesa, pero no cabe duda de que fue el principal demoledor de las formas anteriores, y quien abrió paso a Rousseau, que proporcionaría a la Revolución francesa su base intelectual.

Rousseau, con su obra Contrato Social, creó el concepto de Voluntad General –la suma de voluntades de los hombres–, reconocida como "santa", "inviolable" y "absoluta". Desencadenó la revolución en busca del Estado perfecto, fundado en la supuesta unidad entre moral civil y decisión soberana, pero que acabó –era previsible– en el Estado totalitario vestido con las galas de la legalidad de una Voluntad General. La idea inicial del hombre autónomo acabó por desembocar en un Estado totalitario.

Junto a ello, y como señala Paul Hazard, se abrió un proceso como jamás lo hubo: el proceso contra Dios. El 13 de abril de 1790, la Asamblea Nacional rechazó el catolicismo como religión nacional. El 12 de julio se decretó la expropiación de los bienes eclesiásticos. El 27 de noviembre se exigió a todos los dignatarios eclesiásticos jurar acatamiento a la nueva ordenación legal del clero.

Los sacerdotes y religiosos hubieron de refugiarse en la clandestinidad, como en tiempos de las catacumbas, y más de 40.000 –unos dos tercios del clero francés– fueron deportados o guillotinados: desde todos los lugares de Francia, cargados en carretas de caballos o de bueyes, encerrados en jaulas, muchos eran conducidos, ayunos durante un viaje de días y aun semanas, a Burdeos, Brest y Nantes para ser allí embarcados con destino a la Guayana; tan solo la mitad aproximadamente llegarían con vida a su destierro.

El 8 de junio de 1793, mientras el populacho saqueaba los templos por todas partes y entronizaba en ellos a meretrices como expresiones de la diosa Razón, Robespierre proclamó la "Religión del Ser Supremo". Se abolió el calendario, los nombres de los santos, e incluso las campanas de los edificios religiosos.

Las carretas atestadas de víctimas de la guillotina serían un espectáculo incesante y habitual por las calles de París. Pero el cuadro del horror alcanzaría su punto culminante con los asesinatos de septiembre y las bárbaras torturas y vejaciones a que se recurrieron para aplastar la reacción de los campesinos católicos de La Vendée.

La historia conocía ya abundantes ejemplos de guerras y represiones por motivo de religión, que han sido terribles muestras de las crueldades a que a veces ha llegado a lo largo de los siglos la intolerancia religiosa. Pero aquella bestial represión de los católicos de La Vendée fue, como ha dicho Pierre Chaunu, la más cruel entre todas las hasta entonces conocidas, y el primer gran genocidio sistemático por motivo religioso. Y quizá lo más lamentable fuera que –también por primera vez en la historia– esta masacre se llevó a cabo bajo la bandera de la tolerancia.

El asunto no quedó en el frenético y sangriento sube y baja de la rasuradora nacional que en su día inventara Guillotin. Al primer asalto en masa siguió una fría organización del genocidio.

En agosto de 1793, la Convención de París expidió un decreto disponiendo que el Ministerio de la Guerra enviase materiales inflamables de todo tipo con el fin de incendiar bosques, cultivos, pastos y todo aquello que arder pudiera en la comarca. "Tenemos que convertir La Vendée en un cementerio nacional", exclamó el general Turreau, uno de los principales responsables de la matanza.

Como narra Hans Graf Huyn, fueron violadas las monjas; cuerpos vivos de muchachas soportaron el descuartizamiento; se formaron hileras con los niños para ahogarlos en estanques y pantanos; mujeres embarazadas se vieron pisoteadas en lagares hasta morir, y en aldeas enteras los vecinos perecieron por beber agua que había sido envenenada. Casi ciento veinte mil habitantes de La Vendée fueron asesinados, y arrasadas decenas de miles de viviendas.

La cuestión de fondo de aquel enfrentamiento –como observa Jean Meyer– no estuvo en la disyuntiva entre monarquía o república, ni fue un conflicto entre estamentos, sino que consistió más bien en la decidida intención de extirpar esas creencias sin reparar en medios.

El patriarca de la tolerancia

El relato que antecede no parece mostrar que la tolerancia fuera el valor más destacable en los responsables de aquella transmutación política.

Sin restar el mérito que se les debe por el avance histórico que supuso hacia el establecimiento de un sistema de separación de poderes y de mayor defensa de las libertades, y comprendiendo también que los errores cometidos por algunos no pueden hacernos negar todos los otros muchísimos valores positivos de aquel proceso, sí parece que detrás de todo aquel sistema de pensamiento latía una concepción errada de lo que debe ser la tolerancia.

La cuestión de la tolerancia había sido tratada ya con cierta amplitud bastantes años atrás por filósofos como Locke, Bayle y Bernard. Pero fue Voltaire quien contribuyó como ningún otro a difundir, en su época y en los siglos posteriores, una apasionada defensa de la tolerancia en todo el mundo occidental: se denominó a sí mismo Patriarca de la tolerancia, y con ese título ha pasado a la historia.

Voltaire había nacido en Chatenay, cerca de París, en 1694. Fue un escritor de talento y fecundidad indudables, y quizá el más caracterizado representante del movimiento iluminista del siglo XVIII. En él se encarnó perfectamente aquel espíritu antitradicional, racionalista y agnóstico del siglo de las luces. Con su brillantez como divulgador y su enorme capacidad crítica, logró ejercer una notable influencia en la difusión de unos principios filosóficos, sociales y políticos que aún siguen informando la cultura actual.

Su Tratado sobre la tolerancia, publicado en 1763, mantiene como tesis principal la necesidad de establecer la más amplia tolerancia y libertad dentro de la sociedad, como garantía de la paz y la concordia social, el sentido de humanidad y la erradicación de la violencia y la injusticia.

Cómo no acabar en la ley de la selva

Voltaire se plantea en un determinado momento una pregunta crucial: ¿por qué no he de hacer a otros lo que no querría que me hicieran a mí, si yo, haciendo eso, salgo ganando?

Para resolverlo, no duda en acudir a la idea de un Dios remunerador que castigará después de la muerte todos los delitos, también los ocultos. Voltaire pensaba que es tal la debilidad y perversidad del género humano, que necesita de la religión como freno en su maldad: "en todas partes donde exista una sociedad establecida –decía–, es necesaria una religión, pues las leyes vigilan sobre los crímenes conocidos, pero la religión lo hace también sobre los crímenes ocultos".

Pensaba Voltaire que si no se cuenta con Dios, no hay forma de evitar que la ley del mundo de los hombres acabe por ser la ley de la selva, la ley del más fuerte: "No querría vérmelas con un monarca ateo –explicaba– porque, en caso de que se le metiese en la cabeza el interés en hacerme machacar en un mortero, estoy bien cierto de que lo haría sin dudarlo. Tampoco querría, si fuese yo soberano, vérmelas con cortesanos ateos, que podrían tener interés en envenenarme; necesitaría tomar cada día antídotos de todo tipo. Es, pues, absolutamente necesario para todos que la idea de un Ser Supremo, creador, gobernador, remunerador, esté profundamente grabada en los espíritus".

Voltaire se separó así completamente de Bayle –considerado como el iniciador del iluminismo francés–, que había defendido la tesis de que una sociedad de ateos puede perfectamente subsistir en paz y concordia. Voltaire consideraba imprescindible el freno moral de la religión, y para reforzar la tolerancia acepta –por su simple utilidad práctica– un concepto de Dios impersonal y genérico.

Como ha señalado Fernando Ocáriz –cuyo estudio sobre el Tratado seguimos en estas páginas–, esa instrumentalización de Dios va llevando a Voltaire, poco a poco, a un gran escepticismo. Voltaire no postula propiamente la tolerancia del error (tolerancia que, ciertamente, puede y debe existir con frecuencia), sino la tolerancia como actitud exigida por la imposibilidad de llegar a la verdad: una tolerancia universal entendida como indiferencia, y fundamentada en el supuesto de que no existe la verdad ni el error, sino solo opiniones.

¿Intolerantes con el intolerante?

El problema de los límites de la tolerancia ha sido siempre el gran problema de fondo de la tolerancia, en el que han ido embarrancando pensadores del más diverso estilo.

Locke, por ejemplo, había formulado sus límites diciendo que "el magistrado no debe tolerar ningún dogma contrario a la sociedad humana o a las buenas costumbres necesarias para conservar la sociedad civil". La idea parece acertada, pero para quienes niegan que haya una verdad universal sobre el hombre, el problema está, como siempre, en qué criterio tomar para determinar lo que son buenas costumbres, o qué se entiende por dogma contrario a la sociedad humana.

Voltaire también señaló unos límites bien precisos a la tolerancia: "lo que no es tolerable –decía– es precisamente la intolerancia, el fanatismo, y todo lo que pueda conducir a ello".

Este postulado volteriano –"lo único que no se puede tolerar es la intolerancia"– resultó una expresión bastante feliz, puesto que, desde que fue lanzada en el siglo XVIII, ha sido repetida de forma lamentablemente frecuente hasta nuestros días.

Sin embargo, si lo analizamos un poco, podemos observar que no es serio decir que no puede tolerarse la intolerancia, pues esa idea tiene el inconveniente de que fundamenta los límites de la tolerancia en la tolerancia misma, e incurre con ello en una sutil contradicción.

—¿Por qué? Parece razonable decir que no puede tolerarse que haya gente intolerante.

Hay que precisar bien el sentido de las palabras. Hemos quedado en que hay cosas que no se pueden tolerar, y con ellas –por decirlo así– es preciso ser intolerante. Podrían ponerse muchos ejemplos.

La policía y los jueces son intolerantes con los asesinos y violadores, pues los persiguen y condenan. ¿Eso supone que se debe a su vez ser intolerante con la policía y los jueces por haber sido ellos intolerantes?

Los agentes de tráfico o de aduanas son también intolerantes con quienes no cumplen las normas de circulación o de aduanas. ¿Se debe ser intolerante con esos agentes por su intolerancia de impedir con sus multas esas infracciones?

Puede ser lícito –y a veces una obligación imperiosa– no tolerar algunas acciones que son dignas de castigo. Eso es ser intolerante con esos errores. Según el enunciado de Voltaire, habría que ser a su vez intolerante con esa intolerancia.

El gran postulado volteriano de que
"no se puede tolerar la intolerancia"
descansa sobre un círculo vicioso
de bases inconsistentes.

La tolerancia volteriana se reduce a una curiosa forma de indiferencia –escondida tras una loable búsqueda de la paz y la concordia–, que parece querer tolerarlo todo. Y esto, como hemos visto, es bastante ingenuo, a no ser que con ello se busque ganarse demagógicamente el falso derecho a no ser importunado con exigencias que no encajen con las propias pretensiones.

La patente de corso volteriana

Voltaire dedica todo el capítulo 8º de su Tratado sobre la tolerancia a alabar el espíritu tolerante del pueblo romano. Cuando llega la hora de hablar de la crueldad de las persecuciones contra los cristianos, lo justifica (aparte de señalar que el número de los mártires no fue tan elevado como suponen los católicos, un curioso argumento) diciendo que fueron los cristianos quienes violentaron el culto tradicional, y que por tanto son ellos los verdaderamente intolerantes. Y que como intolerantes que eran, fueron justamente reprimidos de modo intolerante.

En otro momento, refiriéndose a Japón, justifica la atroz persecución contra los jesuitas en ese país, diciendo que los japoneses practicaban en su imperio doce religiones pacíficamente, y llegaron los jesuitas queriendo introducir la decimotercera. Y hablando sobre una situación similar en China, dice que "es verdad que el gran emperador Tont-Ching, el más sabio y magnánimo, quizá, que haya habido en China, ha expulsado a los jesuitas, pero no porque fuese intolerante, al contrario: porque los jesuitas lo eran".

Una y otra vez sale a relucir una intolerancia visceral hacia todo lo católico. A la hora de justificar la intolerancia, suele presentar precisamente casos en que es ejercida contra los católicos. Y cuando se trata de poner ejemplos de atropellos y de actitudes intolerantes ridículas, suelen aparecer siempre católicos como culpables de ellas.

Cuando habla sobre la discriminación de los católicos ingleses, comenta: "Yo no digo que los que no profesan la Religión del Príncipe (o sea, los que no son anglicanos) deban compartir los puestos y los honores con quienes profesan la religión dominante (los anglicanos). En Inglaterra, los católicos (...) no tienen acceso a los empleos públicos, y pagan el doble de impuestos, pero por lo demás gozan de todos los derechos de los ciudadanos". Es un consuelo –habría que decirle– que solo les hagan pagar el doble de impuestos, y que al menos les permitan vivir, aunque sin muchas facilidades para el empleo.

Como se ve con solo estos pocos ejemplos, la idea de que "hay que ser intolerante con el intolerante" es para Voltaire una patente de corso que le permite justificar actitudes intolerantes que difícilmente aprobaría un observador sensato.

Un eficaz artificio
con el que el intolerante
suele disfrazarse de hombre tolerante:
él mismo juzga quién es el intolerante
y qué castigo merece recibir
en nombre de “su” concepto de tolerancia.

En los siglos anteriores, la intolerancia había sido cierta y lamentablemente frecuente en la historia, pero hasta entonces nadie se había atrevido a ejercer esa intolerancia en nombre de la mismísima tolerancia.

Un nuevo estilo de idolatría

Hay que reconocer en Voltaire un fondo latente de rectitud en muchas de sus tomas de posición frente a las importantes injusticias de la sociedad civil de su tiempo, y agradecer sus servicios contra ciertas actitudes de fanatismo frecuentes por entonces.

Sin embargo, puede decirse que su errado concepto de la tolerancia influyó muy negativamente en mentalidades posteriores.

Con el paso de los años, el hueco que en Voltaire ocupaban las creencias religiosas pasó a ser ocupado en gran parte por las ideologías. Se intentó elaborar una moral sin Dios en la que se quiso mezclar el moralismo iluminista con la frialdad de la ética kantiana.

Surgió un radical positivismo jurídico, teórico o práctico, según el cual el fundamento del Derecho sería solo la autoridad del Estado, que es quien define de modo único y absoluto lo que es justicia e injusticia. El concepto del bien, de la justicia y de la tolerancia quedaban así reducidos a los dictados de la ley vigente en cada momento.

Como era previsible, aquellos intentos pronto atrajeron una fuerte oleada de determinismos totalitarios. Determinadas dimensiones parciales del ser humano (clase, raza, nación, ideología) pasaron a considerarse valores absolutos –lo que Paul Tilich denominó "tendencias idolátricas de nuevas cuasi-religiones"– y, al hacerlo, se generaron clamorosas injusticias.

Su degeneración paulatina concluyó en el idealismo marxista, el comunismo stalinista, el nazismo hitleriano, el fascismo, y otros totalitarismos que trajeron consigo flagrantes atentados contra la vida y la libertad humanas.

Una historia de resistencia absoluta a una infamia

En la ciudad de Ulm –cuenta Claudio Magris– vivían los hermanos Hans y Sophie Scholl, y hoy, en reconocimiento a su memoria, una escuela superior lleva su nombre. Los dos hermanos fueron detenidos, condenados a muerte y ejecutados en 1943 por su activa lucha contra el régimen hitleriano.

Su historia es el ejemplo de la resistencia absoluta con que supieron rebelarse a algo que a casi todos parecía una obvia e inevitable aceptación de la infamia.

Combatían con las manos desnudas contra la impresionante potencia del Tercer Reich. Hacían frente al aparato político y militar del estado nazi provistos únicamente de un ciclostil con el que difundían las proclamas contra Hitler.

Eran jóvenes, y no querían morir. Les disgustaba alejarse del encanto de vivir, como dijo muy tranquila Sophie el día de la ejecución. Pero sabían que la vida no es el valor supremo, y que solo satisface realmente cuando se pone al servicio de algo que es más que ella, que la ilumina y calienta con tanta claridad como nos ilumina y nos calienta el sol. Por eso marcharon serenos al encuentro con la muerte, sin miedo, sabiendo que morían defendiendo algo grande, algo en lo que creían.

El caso es que estos dos hermanos murieron luchando contra un régimen –el Tercer Reich nazi– establecido a partir de unas elecciones democráticas libres. Hitler contaba con el respaldo mayoritario de la población, pero... ¿han de ser por eso justas sus leyes?

¿De dónde toman las leyes humanas su poder normativo? ¿De sí mismas?; si así fuera, todo mandato sería siempre justo, aunque lo diese un tirano para oprimir a los demás. ¿Del consenso de la mayoría y de unos requisitos técnicos sobre la forma de ser aprobada y promulgada?; entonces, sería justa cualquier atrocidad que fuera aprobada por una sociedad corrompida. ¿Se podría llamar justicia a eso? ¿Fue ilegítima la "intolerancia" de esos dos hermanos ante el Reich?

—Pienso que fue legítima. El problema es cómo evitar que los sistemas puedan derivar en atrocidades de ese tipo, cosa que no parece nada fácil.

La única manera
de evitar esas aberraciones
es procurando que la sociedad
sepa reconocer en el hombre
su inviolable dignidad,
y que después elija legisladores
que también lo hagan.

La historia parece empeñada en señalar que cuando una sociedad se niega a reconocer la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder. Ahí radica la esencia última de los totalitarismos modernos, que no es otra sino el secuestro y la relativización de la verdad, que lleva fácilmente, por su propia lógica interna, a que los gobernantes utilicen su autoridad con fines de poder: si no reconocen ninguna verdad por encima de ellos, la sociedad queda expuesta a que esa autoridad degenere con más facilidad.

 

 

Límites al derecho a obrar según las propias convicciones

Auschwitz no fue un producto de supersticiones ni de pasiones o sentimientos oscuros. Auschwitz es una determinación racional, un mal que se decide y se construye científicamente, con los ojos abiertos, en la calma de gabinetes de estudio.

Se trataba de construir un mundo y un hombre racionales, lo que implicaba la eliminación de todo hombre que no respondiera al concepto nazi de hombre sin taras. Se buscaba la supresión de todo rastro de superestructura ética o religiosa, artística o filosófica, que pudiera siquiera insinuar que el hombre es una realidad por encima de las ciencias naturales.

El Reich fue una poderosa maquinaria que actuó con gran coherencia respecto a sus convicciones. La pregunta es: si alguien tiene la convicción de que es necesario exterminar o subyugar a todos los que no sean de su propia raza, ¿tiene derecho a actuar según esa convicción? Parece evidente que no.

El derecho a actuar libremente
según las propias convicciones
no es un derecho absoluto,
por no ser tampoco absoluta la libertad.

Es una realidad que, además de responder a la esencia misma de libertad y de los derechos de la persona, resulta bastante evidente para el sentido común. Creo que podría bastar con casi solo citar el ejemplo de Hitler o de Stalin para comprenderlo.

Es necesario defender la libertad. Las personas son libres de hacer lo que quieran; pero eso es muy distinto de decir que harán siempre bien haciendo lo que quieran, porque se puede emplear ilegítimamente la libertad.

Hitler era libre de exterminar a aquellos millones de personas –tanto es así, que efectivamente lo hizo–, pero eso es muy distinto a decir que con ello estuviera empleando legítimamente esa libertad.

Es más, si alguien –con medios lícitos– hubiera podido impedirle usar de esa libertad, no habría hecho nada ilegítimo: habría hecho un gran servicio a la humanidad; incluso habría sido ilegítimo que quien hubiera podido impedirlo con medios lícitos no lo hubiera hecho (perdón por el nuevo trabalenguas).

La libertad humana no es absoluta, sino relativa a una verdad y a un bien que son independientes de ella, y a los que debe dirigirse, aunque tenga efectivamente el poder de no hacerlo.

Por otra parte, cuando en uso de la libertad se opta por el mal o el error, es cierto que se actúa libremente, pero es cierto también que entonces la libertad se encamina –más o menos deprisa– hacia su autoliquidación, pues en lo sucesivo irá quedando cada vez más condicionada –y a partir de cierto momento, esclavizada– por la correspondiente adicción a la mentira o al vicio correspondiente.

Ese límite de la libertad no es un obstáculo, sino una condición para que la libertad exista realmente y para que pueda desarrollarse. Comprender el carácter no absoluto del derecho de las personas a obrar según sus propias convicciones es muy necesario para precisar el concepto de tolerancia.

De lo contrario, se caería de nuevo en el relativismo, donde las nociones de justicia e injusticia, bien y mal, no tienen más valor que el valor que tiene la opinión. Con el relativismo se pierde el sentido de ley o acción justa. El Derecho y la Moral quedan reducidos a consensos y acuerdos provisionales. Y acaba entonces por hacerse realidad aquella sincera y feliz afirmación de Karl Marx –explicando su concepción de la sociedad en su obra La ideología alemana–, cuando aseguraba que el Derecho no es más que un aparato decorativo del poder.

¿Quién dice cuál es la ley natural?

—De todas formas, hay quien afirma que la ley natural es un concepto ya superado, pues nadie puede fijar claramente cuál es.

No parece serio considerar la ley natural como algo ya superado. Hay que tener en cuenta que, al fin y al cabo, en ella está el origen del concepto moderno de derechos humanos.

Solo partiendo de una ley natural puede hablarse de que el hombre posee unos derechos naturales inalienables, que le pertenecen como individuo con carácter previo y preferente a cualquier sociedad civil (más bien, las sociedades civiles existen para garantizar esos derechos y de ello adquieren su legitimación).

—Bien, pero... ¿quién dice cuál es esa ley natural?

No voy a arrogarme yo esa función, por supuesto. Pero sí digo que carece de sentido racional pretender que sea cada uno quien determine para sí cuál es esa ley natural. Si se quiere hablar de derechos humanos inalienables y de carácter universal, resulta imprescindible reconocer que hay un fundamento trascendente, universal y objetivo en la Moral y en el Derecho.

Como ha escrito Alejandro Llano, si se partiera de que la verdad es algo puramente convencional e inaccesible, las opiniones encontradas serían solo expresión de intereses en conflicto, de manera que todas vendrían a valer lo mismo, porque en definitiva nada valdrían. Lo que imperaría sería entonces el poder puro, la violencia clamorosa o encubierta, tan dolorosamente presente con frecuencia en la actualidad internacional.

Hay muchísimas manifestaciones de la ley natural que aparecen bien claras para cualquiera: todo cuanto atenta contra la vida inocente; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los intentos sistemáticos de dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, el turismo sexual y la trata de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana. Todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, deshonran más a sus autores que a sus víctimas, y degradan incuestionablemente la civilización humana.

La existencia de una ley natural de origen divino ha formado parte, al menos desde Aristóteles, de la tradición filosófica occidental. Los intentos de reformular el sistema de valores en términos puramente racionales o filosóficos han solido dar resultados parecidos a las viejas concepciones religiosas de la moralidad y la dignidad humana.

Por ejemplo, el concepto de derechos humanos, proclamado en la Declaración de Independencia Americana y en la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa, se funda en el presupuesto de que existen derechos naturales y una ley natural.

—Hablabas antes de origen divino. ¿Te parece imprescindible recurrir a Dios para fundamentar esos derechos humanos?

Pienso que el único fundamento inquebrantable de los derechos humanos está en el hecho de que Dios ha conferido al hombre esa singular dignidad.

De todas formas, es evidente que esto no obliga a creer en Dios a todo aquel que desee respetar esos derechos. Más bien, creer en Dios ayuda a proteger el enunciado de estos derechos. Lo cual, al fin y al cabo, es siempre una garantía más en quienes son creyentes.

—¿Y no te parece que bastaría con que cada uno busque su felicidad y respete a los demás, sin necesidad de nada trascendente?

Es la vieja tesis del individualismo, por la que si todos buscan su felicidad propia, se seguirá el mayor bien para el mayor número de personas. Es muy bueno, lógicamente, buscar la propia felicidad y respetar a los demás, pero si echamos una mirada a la historia, antigua o reciente, comprobamos que si eso se queda en una mera sacralización del egoísmo, es una utopía que no tiene suficientemente en cuenta las diferencias de poder entre los distintos individuos cuyos deseos entran en conflicto.

El miedo latente a la intolerancia nazi y stalinista

—Tras aquellos horrores del totalitarismo, muchos han defendido que lo mejor para evitar tales locuras era declarar que carece de sentido hablar de verdades objetivas. Prefieren que todas las verdades sean provisionales, porque dicen que así nadie tendrá fundamento para imponerlas a los demás por la fuerza.

Ese razonamiento adolece de un error de diagnóstico. Si las ideologías totalitarias imponen ilegítimamente la razón de Estado –o de raza, o de clase– es precisamente porque parten de un gran relativismo moral.

Por ejemplo, a lo largo de la historia, y especialmente durante las purgas estalinistas, el comunismo aplicó repetidamente el principio del relativismo marxista–leninista –enunciado por Georg Lukács– por el que "la ética comunista hace que el deber más alto sea aceptar la necesidad de hacer el mal".

Como no reconocían ninguna verdad absoluta que pudiera cruzarse en el camino de la revolución y la construcción de su ideal de Estado, cualquier atropello al ser humano podía ser justificado si se hacía con un fin adecuado. Y así irrumpió en la historia una nueva forma –quizá un poco más enmascarada– de decir que el fin justifica los medios.

Es preciso repetir que el mal no puede ser combatido con el mal. Como señaló Mahatma Gandhi, "de un mal puede surgir un bien, pero esto depende de Dios, no del hombre; el hombre debe saber solamente que el mal viene del mal, igual que el bien se explica por el bien. La lección que hay que sacar de la tragedia de la bomba atómica no es que nos libraremos de su amenaza con solo fabricar otras bombas más destructivas todavía. La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia".

La tolerancia es más segura
cuando se nutre
de unas convicciones firmes.

Creer en verdades objetivas no dificulta la tolerancia. Se genera intolerancia cuando se niega una verdad objetiva muy importante: que es inmoral violentar las conciencias.

 

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¡COMUNISMO: El Gobierno del régimen comunista de Rumania saqueó, quemó, robo y destruyo millares de ‘todo tipo de obras de arte del milenario patrimonio cultural del país’, incluyendo soberbias obras del arte religioso pertenecientes a la Iglesia ortodoxa rumana, patrimonio de la historia dela humanidad. También el déspota régimen nacional-socialista comunista, confiscó en 1948 ciertos cuadros para exponerlos en el Museo Nacional de Bucarest. Entre ellos se cuentan piezas excepcionales como «La Crucifixión», de Antonello da Messina; «San Jerónimo», de Lorenzzo Lotto; dos retratos de «Donadores», de Hans Memling; «El hombre del gorro azul», de Jan van Eyck, y «La matanza de los inocentes», de Brueghel «el Viejo».

 

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¡La Vendée vive!

 

Las memorias jamás reivindicadas de tres mil curas asesinados, de cientos de religiosas violadas y torturadas hasta morir y de decenas de campesinos descuartizados por no querer renunciar a su religión toca directamente a la misión pastoral del Papa y al encargo recibido del mismo Cristo de confirmar a sus hermanos. Cada vez más historiadores hablan de este acontecimiento como el primer genocidio de la historia moderna. En él, tus jacobinos pusieron en práctica lo que se puede considerar un ensayo general de Endlösung o ´Solución Final´.

Entre la multitud de persecuciones ilustradas de católicos (Tirol, Italia...) que siguieron a la Revolución Francesa, la Vendée destaca por su resistencia indómita. La razón de esta fidelidad a la Iglesia hasta el tormento y la muerte se debe a que había sido la tierra de las prédicas de San Louis-Marie Grignion de Montfort, santo apreciadísimo por Juan Pablo II, y que probablemente acabe pronto convertido en doctor de la Iglesia. Esto, a la retroprogresía francesa que escribe sus recuerdos del mayo del 68 desde las alfombras de Ispahan de los despachazos del BNP le termina de sacar de quicio.

Nada de aristócratas y clero que incitan al pueblo a defender sus privilegios. Eso ya no lo sostienen ni los libros de la ESO (aunque esos no sostienen nada). Fue un levantamiento popular, que forzó a los titubeantes clérigos a tomar partido y produjo la salida de incógnito de muchos nobles temerosos de comprometerse. Rebelión religiosa frente al feroz volterianismo ideológico que se imponía a sangre y fuego desde París. Una insurrección en defensa del cristianismo, que constituye un hecho relevante en la historia por sus proporciones y el alcance de su represión.

Todo esto lo ha sacado a la luz Reynald Secher. Lo ha hecho gracias a un descubrimiento fundamental: no toda la documentación había podido ser purgada o depurada. En efecto, gran parte de ella se encontraba en manos de particulares (como si confiaran en que algún día la Historia les haría justicia). Secher pudo incluso acceder a la documentación catastral oficial donde se consignaba la destrucción material sistemáticamente perpetrada: diez mil de cincuenta mil casas, casi todo el ganado muerto y el campo arrasado. Dentro del frío plan de exterminio elaborado meticulosamente en París se incluía la siguiente disposición: dejar morir de hambre a los que, por haberse escondido, hubieran sobrevivido.

Ya sabes el contenido de las arengas del general Carrier:
 

No nos hablen de humanidad hacia esas fieras de la Vendée: todas serán exterminadas. No hay que dejar vivo a un solo rebelde.
 

También es digna de reseñar la contestación del Comité de Salud Pública de tus sueños al general Westermann, "vencedor" de aquella destartalada Armada Católica:
 

Debe purgar completamente el suelo de la libertad de esta raza maldita.
 

La Vendée ya ha sido vengada con el descubrimiento de su verdad. Los 140.000 judíos franceses deportados hacia la muerte durante la II Guerra Mundial ya han sido vengados. Los cientos de miles de muertos sumariamente juzgados y ejecutados en las represalias de la posguerra ya han sido vengados. Los masacrados de Argelia ya han sido vengados. Los mártires de La Vendée reposan en el silencio sin contagiarse de la viscosidad patriotera de los intolerantes de la libertad, manipuladores de la historia, difamadores en toda ocasión: ideas cruentas que no solicitan el perdón ni son capaces de ofrecerlo.

  

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La Epopeya de La Vendèe

 

“Primera Cruzada Contra los "Sin Dios Jacobinos”

“Primer Genocidio de la Modernidad»

 

Lic. Gustavo Carrère Cadirant

República Argentina - 2005.03.08

 

«Mitis depone colla, Sicamber, adora quod incendisti, incende quod adorasti»

Remigio, Obispo de Reims

 

 

1. INTRODUCCIÓN

En la Santa Navidad de 496, durante el bautismo solemne del Rey de los Francos—Clodoveo— y tres mil de sus súbditos en la Catedral de Reims, el obispo Remigio pronunció las siguientes palabras: "Doblega tu cabeza, oh Sicambro; venera lo que hasta ahora perseguías, y persigue lo que adorabas". Cuenta una leyenda que como el sacerdote que debía llevar el óleo sagrado de la consagración no podía atravesar la ciudad por la multitud, una paloma blanca llevó en el pico la botellita de óleo —ampulla— y un ángel trajo una bandera bordada con flores de lis, símbolo que sería enseña de los Reyes de Francia.

 

No obstante su pasado católico, hace doscientos catorce años que Francia dejó de reconocerse a sí misma como La fille aînée de l’Eglise (La hija primogénita de la Iglesia). No era injusto ese título, ni mucho menos, porque la nación más extensa, más moderna y la más culta del continente europeo tenía una sociedad católica. De los 26 millones de franceses, sólo 40.000 eran judíos y 500.000 protestantes. Sí, se sabían parte de la Iglesia universal, pero conscientes de su peso específico: 139 diócesis y 40.000 parroquias, en 1789; 135 obispos, alrededor de 70.000 sacerdotes seculares —un sacerdote por cada 364 feligreses—, unos 30.000 religiosos y 40.000 religiosas. Con razón escribió François Furet que Francia, en vísperas de la Revolución Francesa, "tenía un paisaje católico, pues iglesias, ermitas, santuarios y monasterios integraban y, no pocas veces, modelaban pueblos y ciudades".

 

El estallido, el 14 de julio de 1789, de la Revolución Francesa —de neto contenido Liberal y Masónico— como nueva etapa del proceso histórico del alejamiento del hombre de Dios, lleva a la creación de un nuevo concepto de Estado y sociedad, bajo el lema: "Libertad, igualdad, fraternidad, o la muerte", verdadera parodia de la tolerancia democrática, uno de los valores más cotizados y pregonados en el mercado revolucionario; en la teoría, todo se puede tolerar, pero en la práctica no se tolera que se pongan límites a la «libertad». No se tolera el orden, ni la autoridad, ni la jerarquía, ni nada que ponga obstáculos a la «libertad». Todos gritan a coro que el valor absoluto a defender es la «libertad»; y olvidan que ésta, para ser verdadera, debe estar cimentada en la Verdad y ordenada al Bien.

 

La Ilustración —difundida por los enciclopedistas franceses— consigue hacerse con los resortes del poder político, sobre todo a través de la masonería y a partir de la Revolución francesa, extendiendo poco a poco su influjo mediante el liberalismo; error que lleva a la afirmación de la voluntad (de la libertad) del hombre por sí misma, por encima de la voluntad de Dios o incluso frente a ella. Es, pues, el rechazo de la soberanía de Dios sobre el hombre y el mundo, dando lugar a la revolución como proceso histórico del alejamiento del hombre de Dios. Por ello, en el nuevo régimen, los estamentos propios del orden natural deben desaparecer en beneficio de la nación francesa, ente subversivo.

 

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana en Francia, institución vital en la sociedad gala y pilar fundamental para el sostenimiento de la Monarquía, sufrió desde los inicios un ataque sistemático y perverso; surgieron los adoradores de la diosa Razón, de la diosa Libertad y de la diosa Humanidad, que buscaban reemplazar la fe católica.

 

Comienza así la descristianización de Francia, signada por una verdadera apostasía de sus hombres, religiosos y laicos.

 

El mundo moderno liberal —en el pensamiento y las instituciones, las leyes y las costumbres— se va, pues, constituyendo ya en Occidente como una contra-Iglesia, pues quiere vivir sin–Dios y sin–Cristo. Y es apóstata, pues todo él procede del cristianismo: rechazando la guía de Cristo, en realidad se va configurando contra– Cristo. Este mundo liberal cree que «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del

mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (San Pío X, Syllabus, 1864, 3).

 

Así, con la finalidad de desmantelar la Iglesia Católica, Apostólica y Romana — ya que la revolución se caracteriza por la idea de la rebelión del hombre frente a Dios— se van sucediendo cronológicamente una serie de disposiciones revolucionarias:

 

4 de agosto de 1789: Abolición de los derechos feudales por la Asamblea

nacional.

24 de agosto de 1789: Votación por la supresión de los diezmos.

2 de noviembre de 1789: Nacionalización de los bienes del clero y su conversión en bienes nacionales para su posterior venta en beneficio del Estado.

 

Estas medidas, que anulan en definitiva el poder de la Iglesia Católica en Francia, tienen diversas consecuencias, tales como: la separación Iglesia-Estado y la formación del primer Estado aconfesional, la desaparición del patrimonio artístico francés, la asunción por el Estado de la educación y la asistencia social por el desmantelamiento de la red educativa, y asistencia de la Iglesia y la manutención del clero por el Estado.

 

Esta última consecuencia —la desamortización de los bienes de la Iglesia— la lleva a la pérdida de su independencia económica.

 

Febrero de 1790: Primer juramento de obediencia a la Constitución; se trataba de una simple declaración de fidelidad a la nación, al monarca y a las decisiones de la Asamblea Constituyente. La totalidad del clero prestó su juramento, con la excepción del obispo de Narbona, Mons. Dillon

 

13 de febrero de 1790: Abolición de los votos religiosos, lo que significa la supresión de las órdenes regulares. Se exclaustra a monjas y frailes, se incautan o

incendian muchos conventos.

18 de agosto de 1791: Supresión de las congregaciones seculares. Estas medidas reducen los efectivos de la Iglesia Católica a los sacerdotes diocesanos; y para ellos también hay una medida de reorganización, que les pondrá a las órdenes directas del Estado.

12 de julio de 1790: Aprobación de la Constitución Civil del Clero, que es la base angular de la instauración de una nueva iglesia y la destrucción total de la vigente hasta entonces. Esta reordenación consiste en diseñar de nuevo las diócesis, que deben coincidir con los límites de los departamentos. Sin embargo, esta medida significa la supresión de 53 diócesis. Al mismo tiempo que la reordenación parroquial, en realidad, consiste en la supresión de cuatro mil parroquias.

 

En cuanto al personal de la nueva iglesia, la elección de los obispos y párrocos por una asamblea de electores (ciudadanos activos), pero que por el censo censitario está reducido a las clases más acomodadas de la sociedad. Además, la ordenación de los sacerdotes será por los obispos, pero estos serán por el metropolitano y no por el Papa: es la ruptura con Roma. Se reorganiza la Iglesia Francesa sin contar con Roma. Se introduce el culto a la Diosa Razón. Se obliga a jurar la Constitución a obispos, sacerdotes y religiosos, con lo cual se origina un cisma (juramentados y refractarios). Se persigue (muerte o deportación) a quienes no juran. La enseñanza, antes muy dirigida por la Iglesia, ahora es pública y laica. La Primaria queda abandonada.

 

Como el nuevo clero depende del Estado en su organización y manutención y cumple una función pública como el resto de los funcionarios del Estado, sus miembros deben jurar ser fieles a la nación y apoyar con todo su poder la constitución decretada por la asamblea nacional. Empero, estas medidas que eliminan a la Iglesia Católica francesa cuentan con la total oposición del Papa Pío VI, con lo que se da comienzo al cisma de una iglesia galicana subordinada al poder civil, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma. Entre los miembros del episcopado únicamente cuatro renegarán

de la fidelidad a Roma: Talleyrand, obispo de Autun; Loménie de Brieme, Cardenal arzobispo de Sens; Jarente, obispo de Orleans; y Lafont, obispo de Viviers. Entre los miembros del clero se calcula en un 53% los refractarios al juramento y reconocimiento de la ruptura con Roma. En cuanto al pueblo creyente, éste se suma a la oposición al clero oficial y asiste a ceremonias clandestinas. El Papa Pío VI prohibió el juramento y excomulgó, el 12 de marzo de 1791, a los sacerdotes que lo prestaran.

 

El rechazo a la reorganización eclesial es respondida por las autoridades civiles revolucionarias con fuertes medidas:

 

29 de noviembre de 1791: el clérigo que no jure en ocho días será puesto bajo vigilancia.

27 de mayo de 1792: se vota un decreto que sometía a la deportación más allá de las fronteras a cualquier eclesiástico al que veinte ciudadanos denunciaran como no juramentado y al que el distrito reconociera como tal.

10 de agosto de 1792: se aprueba la famosa ley de sospechosos, donde el clero refractario forma uno de los colectivos considerados enemigos declarados de la revolución.

26 de agosto de 1792: se redacta la ley de deportación general de todos los miembros del clero que se hayan opuesto al juramento.

2 de septiembre de 1792: una banda de revolucionarios sacó del carruaje en que se conducía a la prisión a tres sacerdotes refractarios y los colgó; comienzan así las Matanzas de Septiembre. Más de mil monárquicos —aproximadamente unos doscientos cincuenta sacerdotes— y presuntos traidores apresados en diversos lugares de Francia, fueron sometidos a juicio y ejecutados; es el primer asesinato colectivo.

3 de septiembre de 1792: se redacta un nuevo juramento en el cual se debe comprometer el juramentado a mantener la libertad, la igualdad y la seguridad de las personas y propiedades.

Marzo de 1793: los sacerdotes subsistentes en territorio francés que se negaron a jurar la Constitución Civil del Clero —llamados curas refractarios— quedan condenados a muerte. Estas medidas causan la salida de más de cuarenta mil exiliados de condición religiosa, seis mil de los cuales recalan en España y ayudarán a acrecentar desde el catolicismo español un sentimiento contrario al revolucionario francés, que se materializará en 1808 en la lucha contra Napoleón.

 

 

2. EPOPEYA VENDEANA

 

a) Antecedentes

La política religiosa del nuevo régimen y las medidas de excepción contra los sacerdotes no juramentados trajeron una consecuencia cuya trascendencia iba a ser considerable: la sublevación del oeste de Francia, no solamente La Vendée, sino más o menos todo el país que se extiende desde el norte del Poitu hasta la Bretaña y a los confines de Normandía, en los territorios actuales de los obispados de Poitiers, Angers, Lucon y Nantes. Si bien la adhesión a la causa realista intervendría también en su estallido, la fidelidad a la Fe Católica y a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana constituyó sin duda el móvil mayor de aquella epopeya.

La "Epopeya de La Vendée" refiere a la gesta católica emprendida por campesinos y sus familias —acompañados por nobles y sacerdotes— que llevaban prendidos escarapelas del Sagrado Corazón y se autodenominaban como ejército católico y real; se resistían a que la presencia social de Cristo Rey fuera desterrada de sus pueblos, de gran mayoría cristiana.

Esta región, evangelizada un siglo atrás por San Luis María Grignion de Montfort, terciario dominico —que insistía en la devoción filial a Nuestra Señora— fue tan inmunizada contra el virus de la Revolución, que se levantó en armas contra el gobierno republicano y anticatólico de Paris.

San Luis María Grignion de Montfort tenía a la Santísima Virgen la devoción más ardiente, y hasta compuso en su alabanza el "Tratado de la Verdadera Devoción", que constituye hoy el fundamento más fuerte de toda la piedad mariana profunda.

Por otro lado, con sus misiones aproximaba al pueblo a los sacramentos y lo enfervorizaba en la devoción al Rosario. También la sagrada insignia difundida por el santo —el Sagrado Corazón en tela roja, encuadrado por las iniciales de Jesús y María— fue colocado por los combatientes sobre sus chalecos, blusas, o dispuesto como escarapela en los sombreros de amplias alas. El día de la beatificación de este apasionado apóstol, el ilustre obispo de Angers, Mons. Freppel, lo proclamaba solemnemente ante 20.000 vendeanos en St. Laurent-Sur-Sèvre, lugar donde reposanlos restos del extraordinario conmovedor de almas:

«fue por Montfort y sus hijos espirituales, los Misioneros de San Lorenzo, por quienes corrió el flujo fecundo de savia cristiana en los campos del Oeste durante todo el siglo XVIII. Si ese siglo fue en otros lugares un tiempo de decadencia moral, en el Oeste, por el contrario, salvo en las grandes ciudades, fue una época de vivificación cristiana durante la cual el pueblo de esta región —dice Mgr. Freppel— estuvo como lleno de dos sentimientos igualmente apropiados para engendrar el heroísmo: la Fe religiosa y la fidelidad al poder legítimo. Por ello es que, cuando en un día de odio y de obcecación se llegó a atacar a los ungidos del Señor, a todo lo que representaba Cristo en el estado y en la Iglesia, este pueblo se estremeció y se levantó para defender todo lo que amaba y todo lo que respetaba».

 

b) 1er. levantamiento en La Vendée: 1792

El 27 de noviembre de 1791 la Asamblea decreta "que enviaba a la cabeza de partido a los curas refractarios", alejándolos de su comuna, de su centro de actividad pastoral; los trasladaba a la gran ciudad, sometidos a la inspección, a la inquieta vigilancia de las sociedades patrióticas. Imposible referir todos los clamores que suscitó este decreto; el aldeano estaba unido al sacerdote por una razón muy natural: el sacerdote era el mismo aldeano, su hijo, su hermano o su primo.

Los sacerdotes refractarios, reunidos en la cabeza del partido, conocían perfectamente el estado de las campiñas, el dolor profundo de las familias y la sombría indignación de los hombres. Esto les infundió una gran esperanza, y se propusieron comunicárselo al rey. En una multitud de cartas que le escribieron en la primavera de 1792, le animaban para que se mantuviera firme, que no tuviera miedo a la Revolución y que la paralizara valiéndose del derecho constitucional: el veto. El 9 de febrero de 1792, sacerdotes refractarios reunidos en Angers, redactaron una carta para el

Rey, que puede considerarse como el "Acta originaria de la Epopeya de La Vendée", ya que la anuncia y predice: "(...) Señor, sois un hombre piadoso, no lo ignoramos. Haréis lo que podáis ... Pero sabedlo, al fin, el pueblo está cansado de la Revolución. Su espíritu ha cambiado; le ha vuelto el fervor, frecuenta los sacramentos. A las canciones han sucedido los cánticos... El pueblo está con nosotros..." "(...) ¿Se dice que excitamos a las poblaciones?... Pero es todo lo contrario. ¿Qué sería del reino si no contuviéramos al pueblo? Vuestro trono no se apoyaría más que en un montón de cadáveres y ruinas... Ya sabéis, demasiado sabéis, señor, lo que puede hacer un pueblo que se cree patriota. Pero no sabéis de lo que sería capaz un pueblo que se ve arrebatar su culto, sus templos y sus altares".

 

Las dificultades comenzaron con la Constitución del Clero y su juramento: apenas uno de entre cuatro o cinco sacerdotes estuvo dispuesto a jurar. La resuelta hostilidad de los paisanos de La Vendée para con el clero constitucional se empezó a manifestar: en mayo de 1792 los alcaldes y oficiales municipales de treinta y cuatro comunas de las Mauges se reunieron para tratar esta situación.

El 12 de julio de 1792, la Asamblea Nacional proclamó la "Patria en peligro"; decretó la leva de nuevos batallones de voluntarios. En cumplimiento de dicha ley, el Director del Departamento de Deux-Sèvres ordenó a todos los municipios, por resolución del 22 de julio, confeccionar dos listas de ciudadanos: una con aquellos que se alisten y otra con aquellos que se nieguen. Esta novedad causó una profunda agitación en la región. El domingo 19 de agosto la noticia de la inscripción de voluntarios y de las persecuciones religiosas provocó la "primera explosión". Los jóvenes de doce municipios vecinos, armados de guadañas y horquillas para recoger paja, se reunieron en Moncoutant; se agruparon alrededor del alcalde de Bressuire, Adrien Joseph Delouche y llamaron a todos los hombres para que acudieran a las armas con ellos contra un gobierno de tiranos al que se negaban servir, pidiendo el restablecimiento del Rey en su plena autoridad como único medio de retorno al orden social y a la libertad religiosa. Los campesinos se dirigieron hacia el castillo de Pugny, residencia del Marqués de Mouroy, antiguo coronel del regimiento de Mèdoc, para constituir a éste en jefe y fortificarse en sus tierras; no lo encontraron allí, pero obtuvieron de su regidor la bandera de su antiguo regimiento: de seda blanca sembrada de flores de lis en oro, con las armas reales en el centro; fue el primer estandarte de la guerra de La Vendèe.

De Pugny, los campesinos se dirigieron a la morada de Brachain, a casa de un noble de la región, antiguo oficial, M. Gabriel Baudry d‘Asson, quien, después de haber titubeado, aceptó el mando de los casi dos mil hombres presentes y lanzó un llamado a las armas. El 22 de agosto, en Chantillón, hubo una revuelta de unos seis a diez mil hombres. La población de la villa, siempre hostil a los principios revolucionarios, no opuso resistencia al ejército de M. Baudry d‘Asson, que entró vigilante y triunfante al son de tambores y pífanos. Se dirigieron a la sede de la administración del distrito, quemando los archivos. El 23 de agosto, Bressuire opuso sus viejos muros a los sublevados, mechados no obstante por los fusiles de caza y las guadañas de los aldeanos. El 24 de agosto, día de San Bartolomé, se dio un último combate, en el lugar llamado "les Moulins de Cornet". Los aldeanos, en número de seis mil y a órdenes del M. Baudry d‘Asson, seguido por M. Richeteau de la Coindrie, M. Calais de Puylouet y M. de Feu, armados con algunas escopetas de caza, barras de hierros, picas, largas horcas, y otras armas improvisadas, hicieron frente a las fuerzas republicanas, reforzadas con las tropas enviadas por el director del departamento de Deux-Sévres: dos compañías de infantería de marina de Rochefort con dos piezas de artillería, las guardias nacionales de Niort, La Mothe-Sain-Héraye, San Maixent y Parthenay, bien armadas con fusiles. Éstas hicieron fuego sobre los campesinos y los dispersaron. Más de cien perecieron, cerca de quinientos fueron apresados y el resto corrió huyendo a través del campo. El "Journal des Deux-Sèvres" escribió que ciento dieciocho sublevados se quedaron allí y añade que "estaban cubiertos de cruces y rosarios". Los soldados republicanos, llenos de cólera, se ensañaron con los cadáveres: cortaron las orejas para hacer escarapelas para los sombreros, que serían exhibidas en la villa de Bressuire. Los prisioneros fueron llevados ante el tribunal criminal de Niort; este consideró que debía ser indulgente y los puso en libertad. Así, el primer levantamiento en La Vendée se frustró.

Paralelamente a estos acontecimientos los sacerdotes juramentados, muy mal recibidos, debían apelar a la guardia nacional para mantenerse; la mayoría de los feligreses deseaban y preferían quedarse sin sacerdote que tener a un constitucional al que no conocían. Ante estos hechos, las autoridades departamentales dejan estallar su resentimiento contra los sacerdotes refractarios. Comienza la deportación: cerca de cuatrocientos padres de Maine-et-Loires de la Sarthe, atados de a dos, son conducidos bajo guardia a Paimboeuf o son embarcados para España. Otros, cerca de doscientos cuarenta, parten de Saint-Gilles-sur-Vie o de Sables-d‘Olonne.

 

c) 2do. levantamiento en La Vendée: 1793

 

1) Introducción:

La ejecución de Luis XVI, el 21 de enero de 1793, conmocionó a toda Europa. Ello, unido a la política anexionista de la Convención, hizo que la hostilidad exterior contra la Revolución aumentara. La Francia, entusiasmada, declaró la guerra a Inglaterra y Holanda (1 de febrero de 1793), a España (7 de marzo) y a los Estados italianos. La Francia revolucionaria estaba en guerra contra toda Europa (excepto Suiza y los países escandinavos); por ello decreta el 24 de febrero de 1793 la movilización de 300.000 hombres.

Las primeras proscripciones de sacerdotes habían comenzado en otoño, y la noticia de las matanzas de septiembre llegó hasta las más apartadas aldeas; a fines de enero, la de la ejecución del Rey causó peor impresión. El incendio finalmente estalló en marzo de 1793.

El 3 de marzo, en el mercado de Cholet, se supo que los funcionarios de Paris habían decidido que los jóvenes entre dieciocho y veinticinco años fueran alistados y enviados al ejército; aproximadamente unos quinientos jóvenes juraron públicamente no aceptar jamás la milicia revolucionaria. Las autoridades locales, desoyendo el clima que se vivía, ordenaron el sorteo de los alistados en los centros de distrito, lo que suponía la reunión de ellos en grandes grupos; en muchísimos lugares estallaron incidentes. El 11 de marzo, en Machecoul, los guardias nacionales intentaron imponer el sorteo, lo que costó la vida a treinta de ellos. El 12 de marzo, en Saint- Florent, se realizó la convocatoria de los conscriptos; estos exigieron la rendición de las fuerzas republicanas, que si bien eran inferiores en número, contaban con sesenta armas de fuego y soldados de oficio. Los vendeanos declararon: "Han matado a nuestro Rey, expulsaron a nuestros sacerdotes, robaron los bienes de nuestra Iglesia, comieron todo lo que teníamos, y ahora quieren nuestros cuerpos. ¡No los tendrán!". Ante la negativa de los republicanos, se lanzaron sobre ellos; los cañonearon sin éxito y tuvieron que replegarse; los paisanos quemaron las listas de conscripción. El 13 de marzo, Jacques Cathelineau —de profesión carretero, conocido y respetado por su devoción religiosa, de tan solo 34 años, casado y con cinco hijos— es anoticiado por su cuñado Jean Blon de lo sucedido en Saint-Florent; al poco tiempo entran preocupados en su casa varios vecinos: el sastre, el carpintero, el herrero, el zapatero y labradores en número de veintisiete, para consultarlo. Entonces se armó de una pistola, ató a la cintura el santo rosario y fijando sobre el pecho la imagen del sagrado Corazón de Jesús, salió a la plaza pública para hablar con sus paisanos; antes de llegar al extremo del pueblo, quinientos hombre lo seguían: toda la población de Pin-en-Mauges. Marcharon al castillo de Jallais, donde había un pequeño destacamento de la guardia nacional con un cañón y lo tomaron; luego cayó la población de Chemillé. El 14 de marzo, el abate Barbotin, vicario de Gardes dio una misa de campaña, en latín y de cara a Dios, al incipiente ejército paisano y católico de aproximadamente unos quince mil hombres; cantaron el Te Deum, se repartieron escapularios y todos tenían cosidos en sus ropas los Sagrados Corazones, y habiendo recibido del sacerdote la absolución de sus faltas, se lanzaron a las órdenes de Cathelineau sobre la ciudad de Cholet. Ni un solo campesino, frente a la cruz que se elevaba en aquella plaza, quedó sin arrodillarse y descubrirse, mostrando una fe inquebrantable.

A veinte pasos de la cruz, bajo las balas enemigas, los vendeanos rezaban con la misma tranquilidad que si estuvieran en sus iglesias. Cholet fue la primera villa importante que cayó dentro de la escarcela realista. Así, al grito de "¡Viva la Religión!", se levantaba en armas toda La Vendée.

 

2) Desarrollo:

El clima de los ejércitos vendeanos fue profundamente religioso: las columnas avanzaban rezando el santo rosario; no podían pasar frente a una cruz sin arrodillarse y rezar, aunque muy rápidamente, un Pater Noster; lanzábanse al asalto cantando el Vexilla Regis; los capellanes impartían la absolución antes de que se trabara el combate.

Ese espíritu religioso se daba también entre aquellos jefes salidos del pueblo, como el buhonero Jacques Cathelineau, llamado el "Santo de Anjou" y el ex-soldado y leñador Jean Nicolas Stofflet. Entre los nobles, a quienes los campesinos buscaron en sus propias mansiones y castillos para ponerlos al frente de sus fuerzas, esa religiosidad fue menos espontánea al principio; pero una vez tomada la decisión, todos ellos: Maurice Louis Joseph Gigost d‘Elbée; Louis-Marie de Salgues, Marquis deLescure; Charles Melchior Artus, Marquis de Bonchamps; Bernard de Marigny; LouisCelestin de Sapinaud; François Athanase Charette de la Contrie; Henri du Vergier,Marquis de La Rochejaquelein y Antoine Philippe de La Tremoille, Prince de Talmont,

se mostraron dignos de la fe sólida y simple de sus hombres.

En forma general se puede dividir la Guerra de Vendée en los siguientes períodos:

La Primer Guerra: marzo a octubre de 1793.

El Gran Viraje: octubre a diciembre de 1793.

Las Columnas Infernales: enero a marzo de 1794.

El Camino a la Paz: abril de 1794 a febrero de 1795.

La Segunda Guerra: junio de 1795 a marzo de 1796.

Como bien nos señala Daniel Rops: «A decir verdad, dos Francias se enfrentaron en aquella lucha fraticida. La una, católica y tradicionalista, en la que se confundían convicciones cristianas y realistas hasta el punto de borrar en ella el sentido de la comunidad nacional y aceptar el lanzarse a una revuelta en el instante en que la Patria era invadida por todas partes»; al tomar las armas contra un gobierno al que consideraban ilegítimo y tiránico, no pensaban en absoluto en "traicionar a Francia". «La otra, la Francia "de la montaña", vagamente deísta, violentamente anticlerical, que no tenía en el fondo otra religión que lade la Patria».

 

 

3) Consecuencias

 

La Vendée fue un levantamiento popular, que forzó a los titubeantes clérigos a tomar partido y produjo la salida de incógnito de muchos nobles temerosos de comprometerse: nada de aristócratas y clero que incitaban al pueblo a defender sus privilegios.

Rebelión religiosa frente al feroz volterianismo ideológico que se imponía a sangre y fuego desde París. Una insurrección en defensa del cristianismo, que constituye un hecho único en la historia por sus proporciones y el alcance de su brutal represión y exterminio, siendo sin duda el "Primer Genocidio de la Modernidad".

Las cifras más conservadoras —en relación con el programa de exterminio establecido en París y realizado por los oficiales revolucionarios— llevan a los siguientes resultados: en dieciocho meses, en un territorio de sólo 10.000 km2 , fueron eliminadas 120.000 personas, por lo menos el 15% de la población total; diez mil edificios fueron completamente destruidos, el 20% de los de La Vendée.

En tal sentido resultan muy ilustrativas las siguientes expresiones:

· "La destrucción de La Vendée, el castigo de los traidores, la extirpación del monarquismo, he aquí nuestras necesidades...". Ideas del diputado Barreré, en nombre de la Comisión de Bien Público.

· "¡Soldados de la libertad! Los ladrones de La Vendée han de ser exterminados antes del fin de octubre. (...)". Arenga del General L´Echelle a sus tropas.

· "¡Valientes defensores que lleváis el nombre de columnas infernales! ¡Os conjuro en nombre de la ley: pegad fuego en todas partes, y no perdonéis a nadie, ni siquiera mujeres y niños, fusilad a todos, incendiad todo!". Arenga del General Westerman a sus tropas.

· «La Vendée, compatriotas republicanos, ya no existe. Murió bajo nuestros sables, con sus mujeres y niños. Yo la enterré en los pantanos y selvas de Savenay. Siguiendo las órdenes que vosotros me disteis, he pisoteado a muerte a los niños con nuestros caballos. Y he masacrado a las mujeres: no alumbrarán más bandoleros. No pueden acusarme de tomar un sólo prisionero:

los he exterminado a todos ... los caminos están cubiertos de cadáveres, y abundan en varios sitios formando pirámides. Pero los pelotones de fusilamiento aún trabajan incesantemente en Savenay, porque a cada momento llegan bandoleros que pretenden rendirse como prisioneros. ¡Y ya no más prisioneros! Estaríamos obligados a alimentarlos con el pan de la libertad, mas la compasión no es una virtud revolucionaria". Carta del General Westerman al Comité de Salud Pública.

· «Tenemos que convertir La Vendée en un cementerio nacional». Expresión pública del General Turreau.

· "... los saqueos no son, con todo, lo peor. En todos los rincones se veían violaciones y barbarie. Republicanos han violado mujeres en las carreteras y luego las han fusilado o degollado. Otros llevaban niños de pecho en la punta de sus bayonetas o de las picas...". Informe de Lequinio, integrante de la Convención.

· "El Gobierno ha calculado el número de los habitantes y hallado que es imposible mantener tanta gente; por lo tanto hay que tomar medidas para disminuir la población". Nota de Juan Bautista Carrier al gobierno revolucionario.

· "Un suceso de género enteramente nuevo ha venido a disminuir el número de los curas". Carta de Carrier a la Convención.

 

3. MÁRTIRES DE LA FE

 

Señalaba S.S. Benedicto XIV, en el «Tratado de Canonización de los Santos»: "Hay martirio cuando el perseguidor, movido de hecho por su odio a la fe, inflige la muerte, aunque se vanaglorie de hacerlo por otra causa".

La llamada «Humanista, gloriosa y liberadora Revolución Francesa», costó a la Cristiandad más de tres mil sacerdotes asesinados, una multitud de religiosasprofanadas, violadas y torturadas hasta la muerte, pueblos enteros destruidos ymiles de mártires fusilados, guillotinados, descuartizados, ahogados, incendiados vivos,torturados, por oponerse a la Revolución Liberal y Masónica por fidelidad a laReligión Católica, Apostólica y Romana; entre los beatificados figuran:

 

Beatas Mártires de Compiègne. Dieciséis carmelitas son detenidas y encarceladas en junio de 1794; posteriormente guillotinadas el 17 de julio. En el trayecto cantaron el Miserere y luego el Salve, Regina. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creator. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión; subieron a su pequeño calvario cantando el Laudate con uncida compenetración, no sin antes perdonar con el corazón y la verdad a sus despiadados e inmisericordes asesinos. El 16 de diciembre de 1902 su S.S. León XIII declaraba venerables a las dieciséis carmelitas. Se sucedieron los milagros, como una garantía de su santidad, y el 13 de mayo de 1906 el Papa San Pío X declaraba beatas a aquellas "que, después de su expulsión, continuaron viviendo como religiosas y honrando devotamente al Sagrado Corazón".

 

Beatas Mártires de Valenciennes. Once hermanas ursulinas recluidas en arresto domiciliario el 3 de septiembre de 1794 y condenadas a muerte el 23 de octubre por "haber enseñado la Religión Católica Apostólica". Esa tarde en la plaza de la ciudad subieron a la guillotina cantando. Beatificadas por S.S. Benedicto XV, el 13 de junio de 1920.

 

Beatas Mártires de Cambrai. Cuatro Hijas de la Caridad, pertenecientes a la comunidad de Arrás, guillotinadas el 26 de junio de 1794, por negarse a jurar la Constitución Civil del Clero. Beatificadas por S.S. Benedicto XV, el 13 de junio de 1920.

 

Beatas Mártires de Orange. Ifigenia Gaillar, Teotisa Pélissier, Andrea Minutte, Mariana De Rocher, Mariana Béguine-Royal y 27 Religiosas más, guillotinadas entre el 6 y el 26 de julio de 1794; subieron al cadalso riendo, cantando, orando por sus verdugos. Beatificadas por S.S. Pío XI, el 10 de mayo de 1925.

 

Noel Pinot. Sacerdote diocesano. Detenido en la noche del 9 de febrero de 1794, cuando se preparaba para celebrar la Santa Misa. El 21 de febrero de 1794 se abrió en Angers el proceso contra él. Las acusaciones fueron: presunta colaboración con los insurrectos de La Vendée, negación de juramento a la constitución civil, presunta cooperación para la reposición de la monarquía y, sobre todo, el prohibido ejercicio de la profesión de sacerdote. Condenado a muerte, subió al patíbulo vestido con alba y casulla. Momentos antes de su decapitación tuvo que quitarse la casulla, pero los fieles le pusieron más tarde el ornamento después de la consumación del sacrificio. Beatificado por S.S. Pío XI, el 21 de octubre de 1926, quién expresó: "Noel Pinot atestiguó, llevando hasta el momento de su ejecución la casulla, que la tarea primordial, más importante y más sagrada del sacerdote es la celebración de la Santa Eucaristía según el encargo del Señor: «Haced esto en memoria mía»".

 

Luis José François y Juan Enrique Gruyer. Sacerdotes pertenecientes a la Congregación de la Misión. Por negarse ambos a jurar la Constitución Civil del Clero, fueron asesinados. El primero fue lanzado por la ventana y el segundo atravesado por una espada, el 3 de septiembre de 1792. Beatificados por S.S. Pío XI, el 17 de octubre de 1926.

 

 

Pedro Renato Rogue. Sacerdote de la Congregación de la Misión. Tras unos meses de cárcel y malos tratos, sobrellevados con paciencia y buen ánimo sirviendo de apoyo a otros fieles, murió decapitado el 3 de marzo de 1796. Beatificado el 10 de mayo de 1934.

 

Beatos Mártires de Angers. El Terror desatado por la Revolución Francesa ha producido miles de víctimas en Anjou; el Padre Gruget estima que 2000 vendeanos, fieles a la fe, fueron fusilados. La Causa de Beatificación, introducida en 1905, comprendía a 99 personas: 15 que fueron guillotinadas en Angers, y 84 que fueron fusiladas en Champ-des-Martyrs d’Avrillé, entre el 30 de octubre de 1793 y el 14 de octubre de 1794. "Nos, acogiendo el deseo de nuestros hermanos Jean Orchampt, obispo de Angers,(...), así como de otros muchos hermanos en el Episcopado y de numerosos fieles cristianos, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra Autoridad Apostólica establecemos que los venerables Siervos de Dios Guillermo Repin y compañeros (...), de ahora en adelante llamados Beatos y que su fiesta pueda celebrarse todos los años en los lugares y del modo establecido por el derecho, el día del tránsito para el cielo: el 1 de febrero para los Beatos Guillermo Repin y compañeros (...). En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Con esta fórmula S.S. Juan Pablo II declaró Beatos al R.P. Guillaume Repin y 98 mártires franceses (11 sacerdotes, 3 religiosas y 84 seglares —4 varones y 80 mujeres— que murieron por la Fe en Angers en 1793-94, durante la Revolución Francesa). La ceremonia tuvo lugar en la basílica de San Pedro, Roma, el domingo 19 de febrero de 1984. La homilía del Papa el día de su beatificación tiene puntos que esclarecen mucho este y otros martirios: "Son, en primer lugar, los numerosos mártires que, en la diócesis de Angers, en los tiempos de la Revolución Francesa, aceptaron la muerte, porque como dijo Guillaume Repin, quisieron «conservar su fe y su religión», con firme adhesión a la Iglesia católica y romana; sacerdotes que se negaron a prestar un juramento que consideraban cismático, y que no quisieron abandonar su cargo pastoral; laicos que permanecieron fieles a estos sacerdotes, a la Misa celebrada por ellos y a las manifestaciones de culto a María y a los santos. Sin duda, en un contexto de fuertes tensiones ideológicas, políticas y militares, se pudo hacer pesar sobre ellos sospechas de infidelidad a la patria; se les acusó, en las actas de las sentencias, de compromiso con las «fuerzas antirrevolucionarias». Así sucede en casi todas las persecuciones, de ayer y de hoy. (...) "Nos admiran sus respuestas decididas, tranquilas, breves, francas, humildes, que no tienen nada de provocación; y que son tajantes y firmes en lo esencial: la fidelidad a la Iglesia. Así hablan los sacerdotes, todos guillotinados como su venerable decano Guillaume Repin, las religiosas que se negaban incluso a dejar creer que habían prestado juramento, los cuatro hombres laicos". ( L’Osservatore Romano, pág.2 (118) - 16 de febrero de 1984 ).

 

4. GENOCIDIO

 

La Revolución Francesa y sus armas republicanas no se pueden librar de todos los excesos cometidos en nombre de la fraternidad, de la libertad, de la patria, por la aplicación de ese famoso adagio: "Pas de liberté pour les ennemis de la liberté".

Aquella bestial represión de los católicos de La Vendée fue, como ha dicho Pierre Chaunu, "la más cruel entre todas las hasta entonces conocidas, y el primer gran genocidio sistemático por motivo religioso". Y quizá lo más lamentable fuera que —también por primera vez en la historia— esta masacre se llevó a cabo bajo la bandera de la tolerancia.

Según la definición de politicólogos reconocidos, la esencia del "genocidio" no reside en un método particular de exterminio —siempre relativo al nivel de desarrollo técnico— ni a los resultados efectivos, igualmente contingentes, sino más bien sobre "la intención de los responsables". La voluntad de exterminar totalmente una comunidad humana suficientemente grande a identificar, si está acompañada de una racionalización de los medios disponibles.

Como señala Hans Graf Huyn: "fueron violadas las monjas; cuerpos vivos de muchachas soportaron el descuartizamiento; se formaron hileras con los niños para ahogarlos en estanques y pantanos; mujeres embarazadas se vieron pisoteadas en lagares hasta morir, y en aldeas enteras los vecinos perecieron por beber agua que había sido envenenada. Casi ciento veinte mil habitantes de La Vendée fueron asesinados, y arrasadas decenas de miles de viviendas".

En tal sentido, Jean Meyer observa: "La cuestión de fondo de aquel enfrentamiento no estuvo en la disyuntiva entre monarquía o república, ni fue un conflicto entre estamentos, sino que consistió más bien en la decidida intención de extirpar esas creencias sin reparar en medios".

Seguramente sería una equivocación argüir solo de los excesos del Terror para condenar toda la obra de la Revolución; como asimismo sería injusto querer limpiar a los criminales y los asesinos no considerando más que el momento erigido por la Convención, ya que en ella se habla expresamente, refiriéndose al catolicismo, de "fanatisme outre", de "fanatisme invincible", y de "crimen de fanatismo" al hecho de profesar la fe católica. La Revolución Francesa no es sino una versión histórica más de la "Revolución", que es sola y única —en verdad su causa verdadera y profunda la comprobamos en el espíritu de rebelión y soberbia que caracterizó el pecado de Lucifer y de sus ángeles, en primer lugar, y en el de nuestros primeros padres en el paraíso terrenal, en segundo lugar— . Por ello, la Revolución Francesa no puede juzgarse como un proceso situado en el plano de abstractos ideales sin relación a sus supuestos ideológicos o a los hechos nefastos por ellos desencadenados; un juez revolucionario sentenció a un sacerdote refractario, que se negó a suscribir el juramento constitucional por deber de conciencia, diciendo: "Cuando la ley habla, la conciencia debe callar".

Sin embargo, a través de la "historia oficial francesa", el estado francés sigue reivindicando públicamente las "obras de la Revolución" como ápice de humanidad y, paralelamente, continúa silenciando el "Genocidio de La Vendée", como crimen de lesa humanidad.

¡Qué importante sería que algún día no muy lejano, el Estado Francés reconozca y asuma públicamente ante el mundo los excesos cometidos en su nombre por la Revolución Francesa bajo el lema "Libertad, Igualdad, Fraternidad o la muerte" y pida perdón por el "Primer Genocidio de la Modernidad", en La Vendée!

Un forcejeo incesante entre la Iglesia de Cristo y el mundo liberal moderno, que quiere construirse sin Dios, al margen de Dios y, a veces, contra Dios. Por ello, mientras los cristianos católicos afirmamos que "es preciso que reine Cristo" sobre nuestros pueblos (1Cor. XV, 25), los modernos, liberales y derivados, siguen queriendo lo contrario: "no queremos que éste reine sobre nosotros" (Lc. XIX, 14).

Nos corresponde, pues, a los católicos, a la Iglesia, todo el peso histórico en esta durísima lucha para mantener a Dios como fundamento de las leyes y del orden cultural y social, y para afirmar que no hay salvación para los hombres y para los pueblos y sociedades sino en la medida en que se acepta a Cristo como Rey (Hch. IV,12), a quien, después de su victoria en la cruz, ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt. XXVIII, 18).

  

Se iniciaba así hace doscientos doce años La Epopeya de La Vendée:

“Primera Cruzada contra los "sin Dios jacobinos  y Primer Genocidio de la Modernidad”.

 

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Nosotros los cristianos no llegamos a un grado de bondad y madurez espiritual de la noche a la mañana; nuestra vida es un continuo caminar. Incluso en los tramos rectos, he encontrado lugares con niebla tan densa que he tenido que seguir adelante creyendo que Jesús iba conmigo guiándome... Me di cuenta de que cuando me acercaba a Jesús despojada de toda pretensión, con espíritu de necesidad, lista para escucharlo y recibir lo que EL tuviera para mí, EL me había encontrado ya en mi punto de mayor necesidad... Cuando el futuro nos parece tenebroso y desolado, con EL todo se transforma en una vida nueva llena de gozo.” [Catherine Marshall (encontrarnos con Dios)].

 

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«Liberté» o muerte

 

 

Estoy a la espera de que la presidencia de la República Francesa pida perdón por los muertos de la revolución, aquellos a los que se dio a elegir entre «Libertad, igualdad, fraternidad» o muerte. En La Vendée los campesinos católicos se enfrentaron a las tropas, como harían después los «cristeros» contra los masones de la revolución mexicana. El resultado fue de entre 150.000 y 300.000 muertos, según se sigan los datos de Vittorio Messori o de Javier Tusell. Para quienes se habían escondido o escapado, el plan B fue la muerte por hambre...

 

 

«Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay», así relataba el general jacobino Westermann al Comité de Salud Pública de París el resultado de la gran batalla en La Vendée, donde fueron masacrados los opositores a la Revolución Francesa. «Ejecutando las órdenes que me habéis dado -confirmaba-, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo un solo prisionero que lamentar. Los he exterminado a todos». En La Vendée los campesinos católicos se enfrentaron a las tropas, como harían después los «cristeros» contra los masones de la revolución mexicana. El resultado fue de entre 150.000 y 300.000 muertos, según se sigan los datos de Vittorio Messori o de Javier Tusell. Para quienes se habían escondido o escapado, el plan B fue la muerte por hambre: como ha probado el historiador Reynald Secher los geómetras estatales destruyeron 10.050 casas. Sin contar los miles de muertos en la guillotina, es claro que la Revolución Francesa fue un genocidio. ¿Por qué, entonces, está idealizada? Supongo que la propaganda no es ajena a ello. En palabras de Tusell: «La interpretación revisionista (de la Revolución) no sólo es cierta, sino que quizá pueda ser aplicada a otros sucesos revolucionarios. Es más que probable que Rusia hubiera podido avanzar mucho más rápidamente en el camino de la libertad y del desarrollo económico librándose de los 50 millones de muertos del estalinismo». Todo lo que de bueno tiene 1789 en la opinión común de la gente lo tiene de malo la Inquisición. Hasta el extremo de que José Borrell justificaba recientemente su negativa a incluir una alusión a los orígenes cristianos de Europa en el preámbulo de la Constitución de la UE porque, a su juicio, «hablar de cristianismo obligaría a mencionar también la Inquisición, las cruzadas y las hogueras». Cristianismo, o por lo menos Iglesia, es para muchos Inquisición. Revolución Francesa es, en la misma medida, libertad. Esta semana hemos conocido los resultados del simposio celebrado hace cinco años sobre la Inquisición. En 800 páginas el profesor Agostino Borromeo ha recopilado las intervenciones de los expertos. El resultado es terrible. Entre 1540 y 1700 los tribunales españoles celebraron 44.674 juicios por herejía, condenaron al 3,5 por 100 de los acusados y llegaron a ejecutar al 1,8. En relación a la brujería, en aquellos 160 años se quemaron 59 brujas en España, 36 en Italia, 4 en Portugal y 25.000 en Alemania, donde también juzgaban por este concepto los tribunales civiles. Nada induce a sentirse orgullosos de la Inquisición, sin embargo es la segunda vez al menos que oigo a Juan Pablo II pedir perdón por ella. Estoy a la espera de que la presidencia de la República Francesa pida perdón por los muertos de la revolución, aquellos a los que se dio a elegir entre «Libertad, igualdad, fraternidad» o muerte. O que los presidentes ruso o mexicano hagan lo propio.

 

L.R. 2004.06.18 ESP.

 

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REVOLUCIÓN FRANCESA - Detrás del mito


 

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

La Revolución francesa es uno de los referentes inmortales para los progresistas de los dos últimos siglos. La romántica y arrebatadora imagen de la toma de la Bastilla o de las masas tomando las Tullerías se ha hecho dueña de conciencias y ha movido voluntades. No hay político de izquierdas que no se haya sentido heredero directos de aquellos gallardos revolucionarios franceses que hace más de doscientos años, a golpe de guillotina, acabaron con el Antiguo Régimen.

 

 

Lo cierto es que la Revolución francesa tiene mucho de admirable, especialmente en su primera etapa. Esta fase moderada siguió en lo esencial un esquema revolucionario clásico y sus logros bien podrían estar a la altura de lo que los pioneros norteamericanos habían conseguido en las colonias británicas sublevadas. Sin embargo, pronto se pervirtió. En 1790, un año después de estallar la revuelta parisina, la situación se había estabilizado. Monarquía y Revolución habían llegado a una acuerdo por el cual la primera aceptaba las imposiciones de la segunda y ésta se legitimaba a través de la corona, que servía como engarce con el pasado.

 

La fuga del monarca a Varennes fue la coartada perfecta para que los agitadores jacobinos hiciesen su agosto a costa del descontento popular. La cosecha de 1791 había sido escasa y el alza de precios que le siguió creó el caldo de cultivo adecuado para que las manifestaciones callejeras y los desmanes se propagasen como la pólvora. La Revolución, que venía incubando el virus jacobino desde los primeros días, dio el giro de tuerca definitivo y sus destinos quedaron en manos de una minoría. Siguiendo un diseño que, en revoluciones posteriores se demostraría tremendamente efectivo, los jacobinos se hicieron con todo el poder con la excusa de liquidar al "enemigo interior". El partido jacobino era el modelo de minoría autolegitimada y radical que utiliza el sistema para dinamitarlo desde dentro. Marat y Robespierre, sus más conspicuos líderes, una vez se sintieron fuertes acusaron a todos sus rivales políticos de ser contrarrevolucionarios y procedieron a su eliminación inmediata. Las purgas se sucedieron. En septiembre de 1792 mil doscientos prisioneros fueron ejecutados sin juicio. Era sólo el principio. Marat proclamaba desde las tribunas que la Revolución necesitaba 100.000 sacrificios en su altar para librarse del fantasma de la contrarrevolución. Meses después París se había convertido en un inmenso tribunal jacobino por el que desfilaron miles de inocentes ante una multitud enfervorecida. La revolución devorándose a sí misma. Robespierre instituyó un abstruso Comité de Seguridad que se hizo tristemente famoso por sus atropellos y por un celo homicida no conocido hasta la fecha.

 

El asalto sobre la economía nacional no se hizo esperar. Conforme fue avanzando el proceso, los revolucionarios trataron de parchear sus desmanes con cada vez mayores interferencias en la economía. Un poder absoluto precisaba de un control también absoluto sobre las finanzas públicas. Recurrieron a prácticas como la emisión masiva de papel moneda que desató una inflación feroz y empobreció sin remedio a casi todos los franceses. Se expropiaron los bienes eclesiásticos en un postrer intento de dotar de capital a un Estado que lo devoraba todo. De nada sirvió. Conforme los abastos de las ciudades comenzaron a escasear los revolucionarios impusieron controles de precios que, en lugar de garantizar el abastecimiento, trajeron aún más escasez y dio lugar a que las transacciones más comunes se sumergiesen en el mercado negro. En 1794 la economía francesa estaba devastada y la población al borde del motín de subsistencia.

 

Las alarmas se encendieron en toda Europa. La primera revolución liberal del continente había acabado ahogada en sangre, concluyeron muchos. Los partidarios del Antiguo Régimen y el absolutismo miraron con resquemor y desdén hacía Francia augurando el fin de la experiencia revolucionaria. Sin embargo, nada de esto había sucedido en Norteamérica, muy al contrario. Los colonos nunca habían puesto en entredicho la propiedad. El espíritu de la Revolución Americana, era, esencialmente, descentralizador y profundamente desconfiado del Estado. En Francia, algunos revolucionarios, los de la primera hora, lo compartieron, de hecho, al principio muchos veían en la caída del Antiguo Régimen el fin de la vieja burocracia y el ocaso no sólo de los privilegios estamentales, sino también de los abusos de la monarquía. En los recién nacidos Estados Unidos no se desafió ni al derecho natural ni, naturalmente, a la tradición. Paul Johnson asegura que la principal diferencia entre las revoluciones francesa y americana es el carácter religioso de la primera y el sesgo anticristiano de la segunda. En las colonias emancipadas el individuo se convirtió en el centro del quehacer político mientras que en Francia el nuevo Estado se arrogó la exclusiva de la moral y hasta de la vida íntima de sus sufridos súbditos.

 

Mientras que la primera enmienda de la Constitución norteamericana, ratificada en 1791, garantizaba la libertad de culto y negaba la posibilidad de que la Unión se dotase de una confesión oficial, en el reino del terror de Robespierre y sus sans culottes el Estado invadió todas las esferas de la vida privada. Se impuso el uso del "tu" y se procuró erradicar el lenguaje formal por considerarlo las autoridades contrarrevolucionario. Los dialectos regionales fueron perseguidos y se promovió el uso exclusivo del francés como lengua de la revolución. El culto católico llegó incluso a ser abolido y reemplazado por una nueva deidad, la diosa razón, a la que se le llegó a dedicar la catedral de Notre Dame en una ceremonia grotesca, digna de un carnaval, en la que la divinidad era representada por una prostituta. Los desvaríos de los revolucionarios llegaron a todos los rincones, incluido el de la medición del tiempo. Robespierre inauguró una cronología revolucionaria destinada a regular la vida de todos los franceses. Los meses fueron rebautizados y la semana dejó de tener siete días. Todas las festividades tradicionales fueron eliminadas en el nuevo calendario. A cambio, los miembros de la Convención, establecieron cinco fiestas ideológicas. Y todo por evitar una supuesta contraofensiva revolucionaria y construir una sociedad que presumían perfecta.

 

Los asesinatos políticos, la ruina económica y los extravíos en materia moral y social de los jacobinos condujeron a su irremediable final. La revolución volvió a transformarse en Saturno y tanto Robespierre como Marat fueron devorados por el monstruo que ellos mismos habían creado. En Norteamérica, sin embargo, los paladines de la rebelión contra los ingleses pasaron a formar parte del panteón político de la patria y hoy son justamente reconocidos como los Founding Fathers o Padres Fundadores. George Washington, símbolo vivo de la liberación, una vez conseguida la victoria, se retiró a su casa hasta que fue reclamado por el Congreso para presentarse a las primeras elecciones.

 

A poco que se aplique una mirada juiciosa sobre el proceso revolucionario francés sus carencias y excesos saltan a la vista. La Revolución Francesa no fue la primera revolución liberal y, en todo caso, le cabe el dudoso orgullo de ser la primera vez en la que una minoría se hizo dueña absoluta del destino de millones de personas defendiendo un ideal radicalmente distinto del que aplicaba en la práctica. No es extraño que pensadores como Albert Mathiez considerase a la francesa la precursora de la revolución bolchevique en 1917, o que los socialistas del siglo XX viesen en ella el debut histórico de su pretendida lucha de clases.

 

El resultado final de la Revolución francesa fue que, tras años de caos y luchas por el poder, un militar, Napoleón Bonaparte, se hiciese con el control del país y lo transformase en un imperio de talante tanto o más absoluto que la monarquía borbónica. Habría de pasar casi una centuria para que en Francia se consolidase el sistema republicano de corte liberal, inspirado en la democracia representativa, el respeto a la ley, la libre empresa y el gobierno limitado. Para entonces, para finales del siglo XIX, los Estados Unidos habían emprendido ya el camino que los llevaría a situarse como potencia hegemónica tras la primera guerra mundial. Hacia 1870, cuando París se despertaba de la traumática experiencia liberticida de la Comuna, Estados Unidos se extendía imparable hacia el oeste basándose en las misma ideas que profesaban sus fundadores, es decir, libertad, imperio de la ley y soberanía del individuo. La revolución francesa o, mejor dicho, las experiencias revolucionarias inspiradas en la Convención republicana, han cambiado el mundo ciertamente, pero para peor. La revolución americana y sus epígonos han contribuido, en cambio, a hacer de los países donde se han aplicado sus recetas, lugares más pacíficos, más prósperos y, sobre todo, más libres. XXXI.XII.MMIV

 

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P: ¿Cuál es la principal diferencia entre Marxismo-revolucionario y Marxismo-leninismo?

 

R: El marxismo por definición es revolucionario como sabe cualquiera que haya leído el Manifiesto comunista. Lenin es uno de los grandes referentes de cómo llevar a cabo esa revolución pero, obviamente, no es el único. Por ejemplo, el PSOE’español’ compartió desde su fundación esa misma tesis –y lo demostró en varias ocasiones: 1917, 1930, 1931, 1934, 1936... – sin referencia, al menos en sus primeras décadas, a Lenin.

  

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P: En una ocasión dijo que no se debía elogiar a Napoleón porque conquistó un continente entero que no le pertenecía y ordenó diversas matanzas. ¿Por qué no se aplica usted el mismo cuento al hablar de las conquistas españolas en América?

 

R: Pues porque a pesar de la diferencia de siglos la conquista española no fue racista –sí lo fue Napoleón– no pretendió el exterminio de poblaciones –sí Napoleón– implicó leyes humanitarias – todo lo contrario de Napoleón– y, sobre todo, no se adornó con plumas ajenas como Napoleón que, por ejemplo, tuvo el descaro de atribuirse un código anterior a él y en cuya redacción no tuvo nada que ver. Francamente, era tan indeseable que no me extraña que millares de europeos lo tomaran por el Anticristo. La verdad es que la deuda que el género humano tiene con españoles, rusos y británicos por haber vencido a ese monstruo no será saldará nunca.

  

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P: Sadam es un asesino por lanzar bombas químicas pero EEUU es todo un ejemplo de moralidad según usted. ¿Le suenan de algo unas bombitas cargadas con gas naranja lanzadas sobre Vietnam que provocaron un número de víctimas civiles imposible de determinar?

 

R: Me suenan pero lo peor de Vietnam fue que la guerra la perdiera Estados Unidos. El triunfo comunista costó en apenas unos meses cuatro millones de muertos, muchos más que las décadas de guerra. Ahora eso sí, de esos vietnamitas la progresía todavía no ha dicho ni pío.

  

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P: Ahora resulta que según Torquemada (perdón, el portavoz de la Conferencia episcopal), la violencia doméstica se debe a la "revolución sexual". ¿No son ellos los que satanizan el divorcio lo que obliga a una mujer a seguir viviendo bajo el mismo techo que un hombre aunque este la trate como basura? ¿No cree que es una soberana estupidez lo de la revolución sexual?

 

R: 1. No comparto la interpretación católica del divorcio pero debo corregirle en el sentido de que el derecho canónico no obliga a nadie a seguir conviviendo con su cónyuge y existen causas de separación canónica. 2. No me parece una soberana estupidez lo de la revolución sexual. No creo que sea la única causa pero sí una de ellas. 3. Lamentablemente la violencia doméstica incluye a los niños (75 % maltratados por mujeres) y a otros miembros de la familia. Me gustaría que también se hablara de esa violencia. 

Dr. César VIDAL. Dr. en filosofía, teología, historia antigua, licenciado en derecho, comentarista, articulista, escritor con cerca de 100 libros. 2004-02-17. España.

  

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P: ¿Cuál es la diferencia que usted establece entre Napoleón y los conquistadores españoles de América para considerar asesino al primero y libertadores a los segundos? ¿Es que acaso todo lo que hicieron nuestros ancestros debe ser ciegamente elogiado?

 

R: ¿Es que acaso todo lo que hicieron debe ser neciamente condenado? España incorporó a la civilización occidental, entonces y ahora la más avanzada del mundo, a todo un continente que ni siquiera se conocía a sí mismo. Lo que Roma hizo con Hispania, hizo España con América. Napoleón simplemente deshizo una España no muy inferior a la Francia de entonces, salvo en poderío militar. O sea, que la diferencia es obvia para el que no la quiere obviar.

 

 

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Cristo camino al calvario.

 

 

«Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en motivos de alabanza y gloria del Creador» (LEON MAGNO, Sermón 7 en la Navidad del Señor, 2.6; LIT HOR VIERNES V T.O.)

  

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La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión{la Iglesia Católica fundada por Jesucristo - Dios nuestro}

 

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1) Atribuir a la Iglesia Católica “la postergación y humillación sistemática de la mujer”. Esta falsedad es todavía más grande, pues una de las causas de la difusión del primitivo cristianismo fue el papel importante que la mujer tuvo en él, muy por encima de la que tenía en el imperio romano. Y fue precisamente en la Edad Media cristiana donde la mujer alcanzó una dignidad y un poder como nunca había tenido.

El señor escritor Vargas Llosa debería leer, al menos, los libros de la medievalista francesa Règine Pernoud para salir de su error. Sin una serie de mujeres descollantes —Genoveva, Juana de Arco, Catalina de Siena, Eloisa, Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, etc.—, que eran admiradas y respetadas por las autoridades civiles y religiosas de su tiempo, incluido el Papa, posiblemente la civilización europea habría sido imposible. Cualquier mujer podía entonces establecer un negocio o adquirir una propiedad sin autorización de su marido. Y fueron las damas del medioevo las que educaron y afinaron a los hombres, crearon el amor cortés, la galantería y el honor de servir el hombre a la mujer. ¿Donde está, pues, la “postergación y humillación sistemática de la mujer”? Fue con el Renacimiento y el nuevo auge del Derecho Romano cuando la mujer perdió los derechos que había ganado en la Edad Media.

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2) Atribuir a la Iglesia Católica el haber mandado a la hoguera a millares de católicos e infieles en la Edad Media. El tema de la Inquisición merece un comentario más detenido y matizado del que es posible aquí. Remito a estudios serios sobre la Inquisición española como los del historiador inglés Henry Kamen o la española Beatriz Comella. Pero sí hay que saber, por lo menos, que su importancia no fue en la Edad Media, que termina en el Siglo XIV, sino en pleno Renacimiento y más allá, hasta el XVII y XVIII, que es cuando pasó del poder eclesiástico al poder civil.

Inquisiciones hubo tantas como religiones había en esos siglos. Para esa época, un ataque a la religión de un país —ya fuera la católica, la luterana, la anglicana o la calvinista— suponía algo tan importante para la estabilidad de su gobierno, como lo que es el terrorismo o la guerrilla para una democracia actual. En cuanto a la Inquisición española, en su momento de mayor auge, entre 1540 y 1700, los condenados a la hoguera fueron 1.346, que representan un 1,9% de todos los procesados. La Revolución Francesa, tan alabada por los laicistas como Vargas Llosa, en pocos días, llevó a la guillotina cifras posiblemente superiores, exterminó a todos los de la región de la Vandeé y además arrasó con gran cantidad de edificios y objetos de arte religiosos. Y todo eso en nombre de la igualdad, libertad y fraternidad.

 

 

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 "Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras." (Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó)

 

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El valor de una sociedad se define por el de sus instituciones, sobre todo las educativas. Y la Iglesia desde los albores de la edad media, instituye escuelas y universidades, después.

 

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La Iglesia de Cristo, fundada sobre una piedra inconmovible, nada tiene que temer por sí, puesto que sabe ciertamente que jamás las puertas del infierno prevalecerán contra ella (Mt 16,18); antes bien, por la experiencia de todos los siglos, tiene claramente demostrado que siempre ha salido más fuerte de las mayores borrascas y coronado por nuevos triunfos. Simón responde: "Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 4-5).

 

Cuando nació el cristianismo en la primera mitad del siglo I hubiera sido difícil imaginar qué pasaría de ser un reducido movimiento judío. Sin embargo, ofreció esperanza a sectores sociales como las mujeres, los esclavos, los desposeídos o los enfermos. Durante la Edad Media, creó la Universidad y sentó las bases de la revolución científica. En el siglo XVI la Reforma proporcionó el concepto de libertades políticas, la recuperación del papel del individuo o la necesidad de controlar públicamente al poder mediante resortes democráticos. Durante los siglos siguientes combatió la esclavitud, defendió a los indígenas y apuntó hacia los peligros de un capitalismo salvaje o de la utopía marxista. Así fue modelando un ámbito de justicia y libertad a lo largo de la Historia.

 

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El Señor nos ha enseñado el Padrenuestro como modelo de auténtica oración y nos ha dado una Madre, la Iglesia, que nos ayuda a rezar. La Iglesia ha recibido de la Sagrada Escritura un gran tesoro de oraciones. En el transcurso de los siglos se han elevado, de los corazones de los fieles, numerosas oraciones con las que éstos cada vez nuevamente se dirigen a Dios. Al rezar con la Madre Iglesia nosotros mismos aprendemos a rezar. Por eso el cristiano, del elevarse el sol hasta el poniente, suplica al Creador 

 

«El que no sirve para servir, no sirve para amar». La Madre Teresa lo afirmó y lo vivió.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original . . . Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”.

 

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original… Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”. Palabras del libro de la Sabiduría.

 

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Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

 

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

 

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

 

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -  Editorial: CIUDADELA. 

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2º ‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

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‘MANUEL II: DIÁLOGO CON UN MUSULMÁN’. Áltera (Barcelona-España), 2006;

154 páginas. Prólogo de JON JUARISTI.

El Papa y el islam

Por Gorka Echevarría Zubeldia

 

[un libro que recomendamos vivamente]


† La Iglesia que fundó Cristo es ‘una, santa, católica y apostólica’ y los evangelistas siendo ya ellos ‘Iglesia Católica desde Pentecostés’, así de claro lo escribieron en las Sagradas Escrituras.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).