Friday 28 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Quería que me diera su opinión sobre el papel que desempeñó la Iglesia en el descubrimiento de América y sobre todo de fray Bartolomé de las Casas.

 

En el descubrimiento ninguno (lo que, por otra parte, es normal). Si se refiere al periodo de conquista y colonia, estuvo vinculado en parte a la educación, la culturización, la defensa de los indios (?) y el cambio de creencias religiosas. Seguramente, era hombre de buena fe pero muchos de sus juicios son disparatados.

 

 

«En asuntos que han de beneficiar o perjudicar a todos, es preciso actuar de acuerdo con el consentimiento general. Por esta razón, en toda clase de negocios públicos se ha de pedir el consentimiento de todos los hombres.» (Fray Bartolomé de las Casas)

 

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La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval. La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.

 

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MITOS ¿A LA ALTURA DE SU LEYENDA?

Fray Bartolomé de las Casas y la incierta leyenda negra española


Un solo hombre provocó el inicio de la peor leyenda negra que España sigue soportando.

Laura Martín - Domingo, 6. Diciembre 2015 - 10:14


A Fray Bartolomé de las Casas se le ha bautizado como Apóstol de las Indias, el nuevo san Pablo, y es tal su popularidad –se le considera pionero de la defensa de los Derechos Humanos- que cuesta, a estas alturas, saber a ciencia cierta qué hay de mito y qué hay de realidad. La extraordinaria fama internacional de De las Casas se fundamenta en pasiones políticas y no en méritos objetivos. He aquí un análisis punto por punto de veracidad de las bondades que le atribuyen a este personaje.


Leyenda: Fray Bartolomé de las Casas viaja a América a defender a los indios.


Realidad: Bartolomé de Las Casas no sólo no pretende viajar a las Indias para defender a sus nativos sino que durante la primera década que vivirá allí llevará el mismo estilo de vida que sus compatriotas.

Se embarca hacia las Indias en 1502 acompañando a Nicolás de Ovando, tercer gobernador nombrado por los reyes Católicos. La expedición llega a la isla La Española (actual Santo Domingo), y allí permanece hasta 1512. Participa activamente en las guerras de su gobernador contra los indios, cuya misión es organizarlos en poblados, en convivencia con los españoles, comenzar la evangelización, y que trabajen recibiendo un jornal por ello. Las Casas, por sus servicios como soldado, recibe recompensas en tierras, oro y siervos.


Leyenda: Fray Bartolomé es el pionero en denunciar la situación en Indias.


Realidad: Fueron otros clérigos y otras órdenes quienes pidieron un trato más justo para los nativos, a diferencia de Bartolomé de las Casas que se resistió a ello.


Cierto es que Colón propuso la venta de esclavos a los Reyes Católicos. La reina Isabel se indignó ante tal propuesta y ordenó poner en libertad a los indios, a los que nombró vasallos del reino al igual que cualquier otro español. Vasallos de la Corona, libres, con los mismos derechos y deberes que cualquier cristiano. Pese a esto, era harto complicado controlar a algunos españoles encomendados en las Américas que no seguían las órdenes reales.

Fray Antonio Montesinos, respaldado por el rey Fernando, fue el primero en enfrentarse a los que desobedecían las directrices de los reyes Católicos y pretendían a los indios como siervos. Todo aquello que después vendería Las Casas como propio no sería más que una repetición de las denuncias de Montesinos, solo que aderezado por sus propios delirios, invenciones y exageraciones.

Fernando el Católico, a instancias de Montesinos, nombró una comisión formada por personas de la máxima confianza del fraile para que preservaran los siguientes principios: los indios habrían de ser tratados como libres, instruidos en la fe, que hicieran un trabajo moderado y siempre retribuido, que tuvieran casa y hacienda propia y que vivieran en comunicación con los españoles. Conforme a estos principios se redactaron las leyes de Burgos del 27 de diciembre de 1512. Al año siguiente -el 28 de julio de 1513- añadieron al respecto cuatro leyes más en las que se moderaba el trabajo de las mujeres y se prohibía el trabajo de los niños.

Las Casas disfrutaba durante esos años de las encomiendas recibidas por Ovando, y no quiso, como religioso, participar de la nueva práctica de los dominicos en la isla La Española: habían decidido negarse a confesar a cualquier español que tuviese indios encomendados. Confesión que negaron al mismo Las Casas porque tenía labranzas con indios.


En 1512 fray Bartolomé emigró a Cuba, donde no había en toda la isla más clérigo que él. De modo que será tarea suya predicar para el Gobernador, Diego Velázquez, y a su segundo, Pánfilo de Narváez. De Velázquez recibió un repartimiento de indios, que empleó para sacar oro de las minas y para el trabajo en granja.


Leyenda: Fue hombre humilde y cabal que realizó su labor a la sombra.


Realidad: No es hasta 1514 que se plantea, de golpe, sin evolución ni causa aparente, que el trato que está dando a sus indios es injusto. Decide renunciar a los siervos y a su hacienda. Pese a que en sus memorias afirma haber abrazado la pobreza en silencio, en secreto, el 15 de agosto de 1514 en la fiesta de la Asunción, en presencia de todas las autoridades, da un discurso vanagloriándose de su acto, se impone como modelo, proclama su renuncia a la encomienda, y afirma que nadie se salvará si no siguen su ejemplo.

Todos los presentes quedaron admirados de su condición de bondad e incluso santidad, según los escritos de la época, aunque ningún español de Cuba liberó a sus indios. Pero Fray Bartolomé se mostró satisfecho pues le admiraban por su gesto y tenían en estima. Según Menéndez Pidal, las Casas entra en un ritmo de interpretación sistemática paranoide de todo escrito, sagrado o no. Según su interpretación, toda norma ética resalta lo demoniaco de la naturaleza del español. No hay grises, no hay mezcla entre el bien y el mal. Deja de distinguir entre cristianos y decide que cualquier trato con los indios es injusto y tiránico, fuera el que fuere el realmente ejercido. Después de erigirse como el nuevo apóstol del rigorismo moral continúa un año más en la isla de Cuba, sin convertir a ningún español ni lograr que emularan sus pasos.

Decide ir a Castilla. Embarca el 6 de octubre de 1515 con Montesinos, que le da una carta de recomendación para el Rey. Las Casas ya tiene pasaporte para entrar en la Corte. En diciembre de 1515 llega a Plasencia. El Rey Fernando está postrado enfermo (muere el 23 de enero de 1516) así que fray Bartolomé solo logra ser recibido por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, presidente de los asuntos de Indias en el Consejo Real, al que Las Casas acusa -por despecho por no haber sido recibido por el rey- de soberbio e indiferente, y de hacer caso omiso de sus quejas, en contradicción con la opinión de los demás religiosos con los que se reunió para hablar de la situación de los indígenas.


La leyenda: El plan de reforma de Cisneros está basado en las ideas de Fray Bartolomé


Realidad: Muerto Fernando el Católico, Las Casas tuvo que entenderse con el Cardenal Cisneros. Presentó una cada vez más larga relación de crueldades cometidas por los españoles en Cuba, La Española, Jamaica y San Juan. Cisneros había percibido de los dominicos su preocupación por los derechos de los indios. Los franciscanos, por su parte, defendían una postura más paternalista de los españoles hacia los nativos. Pese a ser franciscano también, Cisneros optó por una tercera salida, los frailes jerónimos, y los envió en 1516 a reformar el gobierno de Indias. En aquellas fechas Las Casas no pertenecía a ninguna de las tres órdenes, y Cisneros le confirió un cargo de consejero, para mirar por el bien tanto de los indios como de los españoles. Fray Bartolomé alardeará de haber proporcionado al cardenal la base para la reforma, y añade en sus textos que recibió también un título de Protector universal de todos los indios de las Indias. No consta. Y tales fueron las desavenencias con los jerónimos, que fue destituido de su puesto, hecho que Las Casas oculta, afirmando sin embargo que fue él quien renunció.


Leyenda: Fue un fiel cronista de lo que ocurrió en Indias


Realidad: En todos los escritos de Fray Bartolomé no hay datos concretos, sólo descripciones imprecisas, aderezadas de horrores que no aclara ni dónde ocurrieron, ni cuándo, ni perpetradas por quién. Lo único que se saca en claro es que el español –cualquiera- parece tener como labor principal en el Nuevo Mundo la tortura y la matanza de indios.

No sólo describe salvajadas acontecidas en las tierras adonde él viajó, sino que narra con vehemencia las que, afirma, se perpetraron donde jamás estuvo ni fue testigo. Inventa un genocidio indígena, que, según va escribiendo, tiene una cifra de víctimas diferente. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el número de víctimas a 15 millones, y finalmente asegura que se pudieron contar hasta 24 millones de muertos. Cifras que proporciona y cambia arbitrariamente en la misma obra. Sobra decir que es física y demográficamente imposible. Tanto por la velocidad de la matanza como porque en la América Precolombina se estima que la población apenas superaba los 13 millones de habitantes. Claro que también decía Las Casas que en Santo Domingo había visto 30.000 ríos y que el borde norte de la isla era más grande que toda Portugal.


Leyenda: Predicó con el ejemplo y actuó desinteresadamente ayudando a los indios


Realidad:Las Casas denunció que todo el dinero originario de las Américas era fruto del robo a los indios. Sin embargo, no dudó en aceptar 100 pesos oro al año como procurador de los mismos. Ni medio millón de maravedíes al año por ejercer como obispo para ellos. Ni la pensión de trescientos cincuenta mil maravedíes que se le designaron al perder el obispado. Nunca ejerció la caridad. No aprendió su lengua, no tenía un contacto de igual a igual con ellos, nunca hizo por educarles ni enseñarles algo de provecho. Entre sus congéneres no tenía especial buena fama. Fray Toribio de Motolinia, clérigo misionero, llegó a escribir en carta al emperador Carlos V que Las Casas era un hombre bullicioso y pleitista, injuriador, “yo conozco a De Las Casas quince años (..) y siempre está escribiendo procesos y vidas ajenas, buscando los males y delitos”.


Leyenda: Se postuló contra todo tipo de violencia.


Realidad: La única violencia que denunció y generalizó -exagerando e inventando las cifras- fue la que ejercieron algunos españoles contra algunos indios. Nunca mostró horror ante las costumbres nativas, los sacrificios humanos de las religiones precolombinas,  las decapitaciones, la extracción de los corazones de los niños y las prácticas antropófagas. En su visión del mundo, los indios eran ángeles pacíficos y los cristianos demonios destructores.

No sólo eso. En 1531 propone ante el Consejo de Indias que para liberar a los indios de sus trabajos deberían traerse, desde áfrica, a 4000 negros. Tan buena idea le parece que en 1542 vuelve a insistir en la introducción de esclavos negros en las Indias.

En definitiva, no hay que despreciar la labor de defensa a los indios en las Américas y el intento de que se aplicaran las justas leyes contra la esclavitud que habían promulgado los Reyes Católicos. Pero ni fue el único español que procuró el bienestar de los indios, ni fue un ejemplo de humildad y caridad, ni son ciertas las barbaridades relatadas, ni es justo que un hombre tan polémico y unos datos tan inexactos generaran una leyenda negra que España lleva siglos arrastrando en su historia.

http://www.gaceta.es/noticias/fray-bartolome-casas-incierta-leyenda-negra-espanola-06122015-1014

2015-12-06


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Historias de la evangelización de América: El controvertido Fray Bartolomé de las Casas (I)

 

A las 8:51 AM, por Alberto Royo Mejía 30.09.2009 

ENSALZADO POR ALGUNOS HISTORIADORES Y MIRADO CON ESCEPTICISMO POR OTROS, LAS CASAS FUE RADICAL EN LA DEFENSA DE LOS INDIOS

 

La figura y la acción de fray Bartolomé de las Casas son inseparables de la historia de la América hispana en sus primeros decenios, no menos que de todo el criticismo que entonces y ahora trata de abordar los orígenes de la colonización española en las Indias occidentales. Pero da la casualidad de que esa figura, centro de tantos estudios y publicaciones, no acaba de definirse y de quedar colocada dentro de su real marco histórico, con los valores o deficiencias que le hicieron tan celebre entonces, y ahora tan amado o criticado. Por eso continúa siendo un verdadero problema histórico e ideológico, que, si tiene solucionados muchos de sus interrogantes, aguarda aun la solución que pudiera llamarse casi definitiva y que pudiera ser admitida por la mayoría de los estudiosos.

 

Nació en Sevilla en 1474 y murió en Madrid en 1566. En esos noventa y dos años de vida activísima asistió a la creación de la España moderna, con los Reyes Católicos, y de la América hispánica, en sus rasgos generales, que no parece que llegara a comprender y penetrar como un fenómeno irreversible y por muchos siglos definitivo, sin posibilidad de restauraciones indígenas que tanto parecía desear.

 

Licenciado en leyes, se embarcó en Sevilla en 1502 en la flota de Nicolás de Ovando, la más importante de las que hasta entonces se habían dirigido a América. Iban transcurridos diez años desde el descubrimiento, y ciertamente ricos en sucesos históricos, orientaciones descubridoras y colonizadoras y tentativas de introducción del cristianismo en las Antillas. Después de los primeros ensayos mineros comienza la encomienda, y el licenciado don Bartolomé conoce sus primeros pasos en la Española entre 1502 y 1512 como encomendero, tomando parte en las luchas y en el botín, y aunque él no tratara mal a los indios encomendados, tampoco se preocupaba por su cristianización ni por los demás deberes que le incumbían.

 

En 1510 llegaron los dominicos a la Española, o Santo Domingo-Haití, y en 1511 predicó el padre Antonio Montesinos su famoso sermón del cuarto domingo de Adviento, condenando el régimen imperante con los indios. Es el planteamiento oficial de la contienda sobre el trato debido a los indios americanos, que pasa en seguida a la corte española y condiciona durante varios decenios decisivos la política de la corte y del Consejo de Indias. Por esa época se ordena de sacerdote Las Casas, tal vez el primero en América. Al principio siguió en forma parecida, defendiendo las encomiendas y practicándolas, sin que le lograra convencer un fraile dominico de lo contrario, hasta su «conversión», Pentecostés de 1514. Desde entonces se convirtió en lo que siempre continuó siendo: el enemigo numero uno de toda clase de encomiendas, esclavitud y explotación de los indios americanos. Tenía cuarenta años y le esperaban otros cincuenta y dos de continuo batallar en pro de su idea fija y obsesionante.

 

Se unió a los dominicos, y, en 1515, ante el poco éxito con los encomenderos, viene a España, en su primera vuelta, con el padre Montesinos. Desde entonces será un personaje conocido en la corte, lo mismo con Fernando el Católico, que con Cisneros, Carlos V, cardenal Adriano, Felipe II y los consejeros de Indias. Choca con el poderoso don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, y alma del embrionario Consejo de Indias. Deja en mejor lugar al rey don Fernando, negocia luego con el cardenal Cisneros y comienza su infatigable vida como agente en la corte, bien a titulo propio, bien como agente especial, procurador de indios, obispo de Chiapa. Lo que fue esa actuación en diversas etapas ha comenzado a interesar profundamente a la moderna historiográfica sobre los primeros años del dominio español en América, y eso tanto entre los investigadores españoles como entre los extranjeros, y se ha manifestado en una toma de posiciones favorables o desfavorables a Las Casas, pues apenas se conocen atisbos de posturas medias con tan representativo personaje.

 

Lo malo en muchos casos, o en la mayoría de ellos, es que el principal testigo e historiador, que es el mismo Las Casas, bien como clérigo, como dominico o como obispo, es al mismo tiempo testimonio y parte abiertamente interesada, y ha conseguido hasta ahora encontrar mas bien benevolencia y generalmente muy pronunciada en su favor, olvidando o disminuyendo los factores adversos que llaman la atención en su testimonio. Cisneros trató con él benévolamente y preparó la misión investigadora y fiscalizadora de los padres jerónimos a la Española. Las Casas mereció ser nombrado informador de los reyes y consejero de los jerónimos. Un antecedente de su posición futura de protector y procurador de los indios, que dice comenzó entonces mismo de forma oficial. No convivieron mucho como amigos el clérigo y los jerónimos. El primero se les enfrentó en las islas y en la corte durante su efímera actuación. Al poco tiempo vuelve a España (agosto de 1517), visita a Cisneros, estudia derecho, se insinúa en la gracia de los consejeros flamencos de Carlos V, recién venido a España, y como no triunfa tanto con los consejeros españoles, no cesa de ponderar a los flamencos que le favorecen.

 

Resumiendo su vida desde entonces, vuelve a fines de 1520 a las Antillas con unos fantásticos planes sobre la costa de Cumaná, que fracasan por las violencias de algunos conquistadores, algunas deficiencias de la empresa colonizadora y evangelizadora, y los ataques de los indios. Poco después entra en la orden dominicana, ganado por el padre Betanzos, y tiene unos años de retiro, en los que se dedica más al estudio, pero de los que tenemos pocos informes, hasta 1531, a pesar de la importancia de la provisión general de Carlos V en Granada (17 de noviembre de 1526), en todo lo referente a los temas principales de la conquista, evangelización y encomiendas en Indias. Tiene alguna intervención en 1531-1534 en Santo Domingo y restablece su correspondencia con el Consejo de Indias, en la forma y con los argumentos con que la llenará incansablemente el resto de su vida.

 

Pensó ir al Perú, pero se desvió a Nicaragua en 1535 y luego a Guatemala, suscitando algunos incidentes y escribiendo diversos tratados, como De unico vocationis modo (1537). Misiona en Tezulutlan, parte de la futura Verapaz, pasa a Méjico y, con algunas cartas de recomendación, se embarca para España, adonde llega a principios de 1540. Como el emperador había partido para Flandes, espera en España más de dos años, tomando parte activa en la polémica indiana que, con las Relecciones del padre Francisco de Vitoria, O. P., en Salamanca, había entrado en una interesantísima fase. En ese tiempo escribió la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1541, con retoques en 1542 y 1546), el libro más discutido de Las Casas, y el único conocido durante mucho tiempo, junto con otros tratados breves.

 

Vuelto Carlos V a España, y aprovechando las diversas consultas del Consejo durante aquellos años, dictó el 20 de noviembre, en Barcelona, las llamadas Leyes nuevas, en las que aprobaba algunas de las ideas, o mejor tendencias, de Las Casas en favor de los indios, pero sin su totalitarismo y exageraciones, y se produce con ello una grave crisis en América, llegando a la rebelión armada en el Perú. A pesar de que el dedo popular las atribuya a Las Casas, este se mostró muy insatisfecho (febrero de 1543) en el momento mismo en que comenzó a negociarse un obispado para él en Indias. No admitió el del Cuzco, Perú (diciembre de 1542), pero sí el de la Chiapa, con la Verapaz futura, el 1 de marzo de 1543.

 

No había cumplido con ciertos deseos del obispo de Méjico, fray Juan de Zumárraga, O. F. M., del padre Betanzos y de otros que pensaban en misiones por las lejanas costas del Pacifico asiático. Después de una estancia tan laboriosa en España emprendió su cuarto y ultimo viaje a América el 4 de mayo de 1544. Su carácter episcopal daba un nuevo sesgo y eficacia a su acción, pero se enfrento con redobladas dificultades, no solo en la Española, donde estuvo de paso, sino especialmente en su diócesis de Chiapa y misión de Verapaz, debidas especialmente a su rigorismo con los encomenderos. Solo duró un año en su diócesis, que no quedaba del todo pacificada a su partida para Méjico, a principios de 1546. Participó en varias reuniones con religiosos y obispos con diversos roces, dio algunas disposiciones sobre su diócesis y volvió a España a principios de 1547, alcanzando a la corte en Aranda de Duero. Ya no volverá a salir de España.

 

Consigue diversos favores para la Verapaz, continúa en la redacción de sus libros y memoriales, renuncia a su obispado en 1550 y participa en las famosas juntas de Valladolid contra Sepúlveda en 1550 y 1551. En 1552 edita ocho trataditos en Sevilla, entre ellos el famoso de la Destrucción sin licencia, aprovechando los meses de estancia, mientras despide a una expedición de misioneros, y desde entonces alterna entre Valladolid y Madrid, interviniendo ante el Consejo como protector de indios, escribiendo sus voluminosos escritos, recibiendo cartas de América con informes diversos y manteniendo firme la postura adoptada de absoluta rigidez en punto a guerras a los indios, encomiendas, derechos de los caciques indios a su señorío político y económico y falta de base del dominio español, fuera de una soberanía especial, casi de solo nombre, fundada en el derecho a la evangelización concedido por Alejandro VI.

 

Al publicarse sus primeros escritos, sobrevino la polémica contra él de parte de fray Toribio de Benavente O. F. M., y aun, en parte, de algunos dominicos, aunque estos más bien estaban con él. Tiene correspondencia con el famoso arzobispo Carranza, se entera de las nuevas dificultades de su antigua diócesis, donde trata de mantener sus principios sobre la conquista y la evangelización, escribe en el mismo sentido al papa dominico San Pío V (1565-1572), y hasta su muerte, a la muy avanzada edad de noventa y dos años, continúa en la brecha, siguiendo una misma dirección ideológica e influyendo de algún modo en las cuestiones relacionadas con la administración eclesiástica y civil americana.

 

El éxito de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, único libro o folleto suyo que interesó durante bastante tiempo, fue enorme fuera de España. Y se comprende bien. Pues daba una serie de argumentos de primera fuerza contra la «tiranía española» allí donde ésta era combatida, especialmente en los Países Bajos, Alemania, Inglaterra, Francia e Italia. Ediciones y traducciones se sucedieron con rapidez en las lenguas de todas estas naciones y en latín, con el efecto que es de suponer en los lectores. Tenía la gran ventaja de ser el testimonio de un religioso y de un obispo, que había residido mucho tiempo en América y que había intervenido en los consejos generales de España. Además aparecía como testigo en muchos casos y como especialmente bien informado en otros. Lo demás les tenía sin cuidado a los divulgadores de esta obra, la más demoledora sobre España y escrita por un español de sus especiales características. Lo que menos importaba en el extranjero era el hacer la crítica de la obra. ¿Para qué, viniendo de quien venia, y siéndoles imposible a ellos el hacerla en aquellos primeros siglos?

 

En los primeros setenta años hubo 21 ediciones en holandés, 8 en italiano, 6 en francés, 4 en alemán, 2 en inglés y 2 en latín. En Barcelona se imprimieron en 1646 los folletos publicados en 1552 por Las Casas en Sevilla, con ocasión de su levantamiento (1640-1659) por el mismo motivo. Hubo traducciones diversas del folleto «Sobre los indios que se han hecho esclavos», mientras que el corsario Richard Hawkins,, prisionero en Lima, quería traducir a diversas lenguas los folletos lascasianos que conoció durante su cautividad, pensando conseguir con ello mas fama que Lutero.

 

Menéndez Pidal ha hecho resaltar bien el hecho de que en cada ocasión de guerras o levantamientos contra España se ha recurrido al mismo arsenal lascasiano para preparar los ánimos a las hostilidades. Eso se vio especialmente durante la independencia de los países hispanoamericanos y, durante la guerra de Cuba, en los Estados Unidos. Más tarde, por obra del nazismo y del comunismo, con distintos fines. Ninguna de las ediciones mencionadas ha tenido el mínimo empeño de examinar la verdad de los hechos delatados. Sólo mas recientemente han comenzado algunos autores extranjeros a hacer resaltar especialmente sus exageraciones, aunque sin ir nunca al fondo del asunto, ni siquiera los que más obligados parecía que estaban a ello, como el norteamericano Lewis Hanke o Marcel Bataillon.

 

En España, el virrey don Francisco de Toledo, el más insigne de los virreyes sudamericanos, mandó recoger en el Perú de su mando las obras impresas en 1552 por Las Casas, y pidió a España su prohibición y recogida en 1573, por las dificultades que creaban. Estas obras influyeron en las investigaciones históricas mandadas hacer en su virreinato por Toledo, para examinar los títulos de soberanía de los incas y caciques y consolidar mejor los de España. Ya antes de recibirse la petición del virrey Toledo, el 3 de noviembre de 1571, una real cédula firmada en Madrid por Felipe II ordenaba recoger todos los libros y papeles que fueron de Las Casas y se conservaban en el colegio de San Gregorio de Valladolid, y el 30 de diciembre de ese mismo año se aprueba la recogida efectuada por Toledo en el Perú. La Destrucción de las Indias fue prohibida en 1659 por la Inquisición española, a raíz de las desastrosas guerras sostenidas durante aquellos años en diversos continentes y en la misma península Ibérica. Las Casas tuvo diversos contradictores en Vargas Machuca (1597-1612), que no logró publicar su libro, y mas tarde en León Pinelo, don Juan de Solorzano Pereira y Fernando Ávila Sotomayor. 

http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/0909300851-historias-de-la-evangelizacio

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Bartolomé de las Casas, centro de una polémica que dura siglos (y II)

 

A las 8:31 PM, por Alberto Royo 02.X.2009

LA VIDA Y ESCRITOS DE FRAY BARTOLOMÉ, OBJETO DE LAS MÁS VARIADAS INTERPRETACIONES

 

Ya es bien sabido que, en general, Las Casas ha tenido una acogida muy favorable durante el ultimo siglo y medio, tanto fuera como dentro de España, y tanto de parte de eclesiásticos como de seglares, y aun de los enemigos del catolicismo. Como también es conocido que han sido pocos los que han conocido y leído sus obras mas importantes y voluminosas. Tanto la vida de don Antonio Maria Fabie, como antes la del poeta don Manuel José Quintana 10 son laudatorias, con ciertas reservas sobre su actitud antiespañola y el vértigo de los números. Entre las numerosas vidas o artículos publicados en el extranjero, el tono laudatorio rara vez abandona a los admiradores incondicionales de Las Casas, prácticamente todos. Solo más recientemente se han hecho tímidas correcciones y reservas. Entre los extranjeros que siguen la línea admirativa, pero muestran también determinados reparos que hacer a Las Casas historiador o a sus escritos, hay que contar a Lewis Hanke, en diversas obras y artículos, y a Marcel Bataillon, buenos historiadores y conocedores de la América hispana, pero arrastrados, tal vez demasiado, en conjunto, por su fervor lascasista. Su contribución al conocimiento de la vida y de los escritos del protector de los indios es considerable, con aciertos dignos de tenerse en cuenta. Pero creemos que también con ellos valen las observaciones que hace don Ramón Menéndez Pidal.

Entre los españoles, podemos contar entre los recientes panegiristas de Las Casas, especialmente a don Manuel Giménez Fernández y al padre Manuel Maria Martínez, O. P., en su obra Fray Bartolome de las Casas, el gran calumniado. Sin dedicarse del todo a su personaje, ha intervenido también bastante en su favor el padre Venancio D. Carro, O. P. Merece destacarse el Estudio preliminar, de don Juan Perez de Tudela, a las Obras escogidas de fray Bartolome de las Casas: pertenece al grupo lascasista, aunque también hace notar determinados errores de su biografiado, o exageraciones o desviaciones tanto en el mismo fray Bartolomé como en sus biógrafos. Es un estudio que hay que tener en cuenta, tanto en su aportación histórica como en el estudio de la personalidad del discutido obispo. Cierta dureza de estilo y prurito de filosofar oscurecen un poco las líneas del estudio, haciendo mas fatigosa su lectura; pero, en definitiva, es una buena aportación a estos estudios.

Existe el grupo antilascasista, como gustan de llamarlo hoy los defensores, frecuentemente exagerados, de Las Casas, pero que generalmente tratan de hacer con él el criticismo que tanto practicó Las Casas con las cuestiones referentes a las Indias y las personas que intervinieron en ellas y tanto ponderan sus adictos. Creemos que es un deber histórico el hacerlo, con tal que se haga únicamente con argumentos y de modo digno, como lo pide la materia.

Solo que, de hecho, surge inevitablemente la polémica. Y no sabemos porqué haya de haber una especie de intangibilidad para un personaje discutido, que, a muy grandes méritos, une también algunos deméritos. Debería llegarse a un honrado examen del problema, sin acudir en seguida a expresiones injuriosas para los que disientan de nuestro parecer, como se ve, por desgracia, con no rara frecuencia. Así habría modo de entenderse y de llegar mejor a conclusiones históricamente aceptables y dentro de los respetos debidos a personas e instituciones.

Por lo que hace a los que ponen graves reparos al valor histórico de la Destrucción y, en parte, a otros de sus escritos, así como hacen resaltar el daño sobrevenido a España con su publicación, su lista es fuerte en España e Indias desde el siglo XVI, y, en otras partes, en tiempos mas recientes: Fray Toribio de Benavente (Motolonia), en Méjico, 1555, Bernal Díaz del Castillo, fray Vicente Palatino de Curcola, dálmata misionero en América, el virrey don Francisco de Toledo, el anónimo de Yucay, Juan de Castellanos, y el mismo padre fray Antonio de Remesal, por no hablar luego de León Pinelo o Bernardo Vargas Machuca. Entre los modernos, Menéndez Pelayo, Serrano y Sanz, Jerónimo Becker, Ángel Altolaguirre, Menéndez Pidal, académicos de la Historia, a los que habría que añadir el padre Constantino Bayle y el padre Sáenz de Santamaría.

Entre los modernos americanos son muchos también los que ponen serios reparos a Las Casas. Bayle cita a Carlos Pereira, Lucas Alamán, Mariano Cuevas, Otero d’Acosta, Riva Agüero, Porras Barrenechea, Enrique de Gandía, Baron y Castro y Carabia, a los que se puede añadir Félix Restrepo y Roberto Levillier, también académicos en sus patrias, o escritores de renombre.

Por lo demás, aun los «lascasistas», contribuyen también al criticismo de que venimos hablando. Entre los hispanoamericanos, se cita a Agustín Yañez y José Maria Chacón y Calvo. Entre los españoles, ya desde el mismo poeta don José Maria Quintana, don José Larra, Antonio Maria Fabie, don Antonio Ballesteros, don Juan Pérez de Tudela 25, señalan graves defectos históricos o personales.

Es frecuente en esta polémica no fijar bien las posiciones respectivas, y con ello se hace tanto más difícil la convergencia de opiniones. Especialmente cuando se trata de católicos, y, mas aún, de sacerdotes o religiosos, se debería llegar a un minimum de entendimiento en fijar las posiciones respectivas y a un maximum de caridad en interpretar al prójimo, sin extrañarse de que haya discordancias de pensar, pero si de que se trate tan duramente, como a veces se ve, a los que disienten del parecer propugnado por cada autor.

Por lo que hace a los extranjeros que tratan estos asuntos, fuera de los que se dedican de veras a ellos (Schafer, Bataillon, Hanke, etc.), que van siendo cada vez mas numerosos, es frecuente encontrar en ellos una ignorancia bastante caracterizada de las cosas españolas, históricas o aun actuales. Apenas han leido más que algunas páginas de la Destrucción, o lo que dicen diversos historiadores suyos, que, generalmente, no son, ni mucho menos, autoridad en la materia. Y, además, casi siempre tienen cierta animosidad consciente o inconsciente a lo hispánico; se dejan llevar de la simpatía al oprimido, sin fijarse bien en las características de la opresión combatida por Las Casas y de los medios con que lo hace. En los medios americanos, por creerle un campeón de su independencia, lo han idealizado demasiado. Ahora comienzan muchos de ellos a conocerle mejor.

En cuanto a los españoles, el problema es más complejo. Son pocos los que admiten sin más la verdad histórica de la Destrucción, fuera de algunas líneas generales del cuadro. Algunos se dejan arrastrar por la admiración al héroe de los oprimidos, sin descender a detalles, o llevados de algunas lecturas favorables. Otros, por afán de revisionismo histórico, o por tendencias doctrinales, o por la figura del héroe, constante en su batallar y en su postura doctrinal y práctica a pesar de ciertos ligeros retoques de ocasión, que se supone perseguido por los encomenderos y víctima propicia de su causa humanitaria. Pero, en conjunto, hay que confesar que estuvo más bien protegido por los poderosos, especialmente en la corte.

Resumiendo, la impresión que nos produce el gran personaje histórico y eclesiástico que ciertamente es Las Casas, hay que contar, entre sus cualidades y logros positivos, un gran amor al indígena y un gran deseo de su cristianización y salvación. Es el eje y el motor al mismo tiempo de su acción de cincuenta años en los campos más diversos y en las situaciones personales mas variadas. Una constancia invencible, tenacidad en el trabajo y en la consecución de sus planes, inventiva para defender su causa y presentarla a la mejor luz posible, gran laboriosidad, tanto en el estudio y composición de sus libros, folletos, memoriales, cartas, etc., como en asistir a consejos, reuniones, conversaciones privadas y públicas, sermones y disputas, siempre sobre el mismo tema de las Indias, de su perdición y del modo de salvarlas. Cierto desinterés personal, sugestión eficaz para persuadir sus ideas y aptitud subjetiva para la controversia, dentro de la cual cree poder dar la medida de su compleja personalidad.

Junto a estas indudables cualidades, que explican sus éxitos, hay que colocar otras que las desvirtúan en parte, a veces importante, y esterilizan también parcialmente en diversa medida los frutos que pretendía conseguir en favor de la Iglesia Católica, de sus protegidos y aun de España. Creemos que el que haya leído la obra de Menéndez Pidal, por más que no quiera admitir todas sus consecuencias y limite diversas afirmaciones del ilustre polígrafo, no tendrá mas remedio que reconocer una parte de realidad a las cualidades negativas, tanto por lo que hace a la vida eclesiástica o religiosa, que aspira al amor universal y a la perfección por Dios, cuanto a las circunstancias, móviles y comportamientos en aspectos mas humanos y terrenos.

Difícil será negar cierta autoestimación y suficiencia personal, algo pronunciadas en ocasiones (poco concorde con la humildad religiosa y aun cristiana a secas), y un apasionamiento constante y unilateral. Las Casas da con frecuencia la impresión de no distinguir sino dos géneros de hombres: los que admiten aunque sea con limitaciones la encomienda y diversos géneros de esclavitud con los indios americanos, y los que las niegan rotundamente. Y la calificación de las personas parece estar dominada por esa misma preocupación: los malos, los encomenderos y allegados, y los buenos, los otros. Teniendo buenas cualidades de historiador, como lo demuestra cuando no tropieza directamente con el problema del trato de los indios, v.gr., en la historia de Colon en sus principios y en otras diversas ocasiones en que es escrupuloso y concienzudo, sin que pueda admitirse la tesis de Carbia de falsificación a sabiendas, se ciega muchas veces cuando se cruza este problema y sus protagonistas, y parece poco capaz de comprender la postura y los argumentos de sus contrarios, que, en la práctica, no siempre estaban tan desviados del recto camino como él da a entender.

Recurrió en diversas ocasiones a proceder sin licencia expresa de sus superiores, o la consiguió en forma rara, como cuando pide, el 15 de diciembre de 1540, a Carlos V, entonces en Flandes, que encargue al provincial de los dominicos mande a Las Casas esperar en España el regreso de Su Majestad. Tiene rasgos de profetismo, teniendo como tema preferente la amenaza de la destrucción de España por su acción en Indias. No puede ocultar cierta aversión a sus paisanos, de los que no parece ver más que lo malo, sin tratar de buscar atenuantes, ni menos excusas o justificantes en su favor. Se podrá discutir sobre el alcance de todos estos capítulos negativos, y ahí si admitimos la dificultad de pronunciarse con acierto, por tratarse de un caso tan singular. Pero no de su existencia en algún grado, a veces pronunciado.

http://infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/0910020831-bartolome-de-las-casas-centro

 

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Leer  bien conviene el codicilo que Isabel añadió a su testamento tres días antes de morir, en noviembre de 1504, y que dice así:

 

«Concedidas que nos fueron por la Santa Sede Apostólica las islas y la tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos que abrazaran nuestra santa fe católica y enviar a aquellas tierras religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir a los habitantes en la fe y dotarlos de buenas costumbres poniendo en ello el celo debido; por ello suplico al Rey, mi señor, muy afectuosamente, y recomiendo y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el príncipe, que así lo hagan y cumplan y que éste sea su fin principal y que en él empleen mucha diligencia y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que si sufrieren algún daño, lo repararen».

 

Se trata de un documento extraordinario que no tiene igual en la historia colonial de ningún país. Sin embargo, no existe ninguna historia tan difamada como la que se inicia con Isabel la Católica.

 

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ESPAÑA 1492 - Comprendiendo la cultura en que se gestó, llegaremos a una visión más equilibrada para cualificar la gesta hispánica ¡el descubrimiento de América!   

 

Francisco de Vitoria, al tener conocimiento en 1536 de las violencias cometidas durante la conquista de Perú, escribe su relección De indis, en la que declara que los indios no son seres inferiores a los que es legítimo esclavizar y explotar sino seres libres, con iguales derechos que los españoles y dueños de sus tierras y bienes. De este modo se inició el derecho de gentes.

 

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HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

¿Quién ignora, que son innumerables las personas de uno, y otro sexo, a quienes contiene, para que no suelten la rienda a sus pasiones el temor del qué dirán? Este temor ya no subsistirá en el caso de que no haya murmuradores en el mundo, que son los que dicen, los que hablan, y aun los que acechan los pecados ajenos. Luego esos innumerables de uno, y otro sexo, faltando el freno de la infamia, o descrédito a que los expone la murmuración, desenfrenadamente se darán a saciar sus criminales pasiones.

 

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Genocidio del siglo XX - Pier Paolo Pasolini escribió: «Soy contrario a la legalización del aborto porque la considero una legalización del homicidio. Que la vida humana sea sagrada es obvio: es un principio más fuerte que cualquier principio de la democracia». Glosando a Pasolini, podríamos preguntarnos si una sociedad que no considera sagrada la vida humana puede calificarse de democrática.

 

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Fray Bartolomé de las Casas emprendió su misión convencido de que los indios también tenían alma como él mismo y de que procurar remedio a sus penurias era una encomienda divina. Las orgías solidarias ‘del progre’ parten de la premisa contraria: «Puesto que yo no tengo alma, tampoco pueden tenerla los pobres; habré, pues, de arrastrarlos a mi vida desalmada». Este propósito de arrastrarlos a su propia vida, que es la «vida digna» de los cadáveres plastificados y expuestos en la vitrina de la atención mediática, es el último recurso que le queda ‘al progre’ cuando le han fallado los otros recursos más aseados que practica. 2007

 

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SUCESOS - Es bueno valorar acontecimientos y hechos que han sucedido en el pasado, reflexionar sobre ellos, para caminar con los talentos de la historia como bastón de guía.

 

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La historia no puede hacerse sin acudir a las fuentes. Estas fuentes son testimonios, y, como tales testimonios, pueden ser parciales. Para el estudio de los tres primeros siglos del cristianismo, las fuentes son escasas. Pero en este período que estudiamos —especialmente en el siglo IV— son muy numerosas. La abundancia de los escritos de este período se debe probablemente al hecho de que en él la educación retórica era tenida en grandísima consideración y permitía subir fácilmente en la escala social. Hablar hoy de retórica presenta una gran carga peyorativa, mas en aquella época no era así. De hecho, la educación que se recibía entonces se dividía en dos grandes momentos: gramática —correspondería a la escuela media— y retórica —estudios ya universitarios—. Había no sólo que decir las cosas, sino decirlas bien. Y para expresarse bien había que tener un buen conocimiento de los clásicos. Los hombres eminentes tenían la posibilidad de llegar muy alto en la escala social. Esto ocurría así hasta que, a causa de las reformas de Diocleciano y de Constantino, se impuso un orden social más estable para garantizar las ganancias fiscales.

Naturalmente las obras de mayor interés para la historia de la Iglesia son aquéllas de carácter religioso. Mas conviene tener presente la importancia que para el mismo propósito revisten también los autores paganos: en primer lugar, ellos nos permiten conocer mejor el contexto histórico-político y cultural en el cual se desarrollan los acontecimientos de la Iglesia; en segundo lugar, a tales acontecimientos los mismos autores hacen a veces referencia, revelando así su punto de vista diverso. Cultura profana y cultura cristiana, en cambio, fueron tal vez muy cercanas entre ellas: el filósofo pagano Temistio, por ejemplo, estuvo al servicio de emperadores cristianos; y Juliano, antes de volverse pagano, había recibido una educación cristiana.

 

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Eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día.

 

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Historia e Iglesia - Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.

Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!

Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete».

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La Iglesia "...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido". Juan Pablo II, discurso del 1 de Septiembre 1999

 

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Se imaginan a un escritor de la cultura islámica blasfemando contra el islamismo… Imposible. ¡He ahí la diferencia entre una grandiosa civilización, que conocemos con el nombre de grecorromana y cristiana, y una forma de vertebrar o uniformizar pueblos, que conocemos por mundo islámico! La diferencia entre el cristianismo y el islam es obvia, aunque no sea entendida por la gente más acobardada por el último ataque integrista contra Occidente. He ahí la obviedad: el cristianismo promociona la libertad y el islamismo la castra.

Eso es todo. Por lo tanto, o se acepta el cristianismo como base de nuestra civilización, independientemente de la fe que uno tenga en el propio Dios cristiano, o estaremos dando tumbos hasta entregarnos a la superstición del integrismo islámico. Nuestra entereza consiste en que el Dios cristiano nos ha dejado una capacidad, más bien una forzosidad de ir forjándonos nuestra propia vida, nuestra vida intransferible. Y no la podremos hacer si no tenemos libertad, un grano de libertad para elegir lo mejor y hasta para equivocarnos.

Grandiosa civilización es la cristiana, la occidental, que promociona incluso a quien la fustiga. 2006-02-

 

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Fray Bartolomé de las Casas,

un agitador con hábito

 

Por José Carlos Albesa

 

  Toda su obra ha sido la piedra angular sobre la que se ha cimentado la leyenda negra que tanto han utilizado los enemigos de España para atacarla y desprestigiarla. Sólo por esto ya se le podría aplicar a Las Casas aquella célebre sentencia evangélica que dice: "No es bueno el árbol que da malos frutos". (Lucas VI, 43)

 

 

"El viento de la soberbia arrastra toda virtud. La humildad es la base de las buenas obras". (S. Agustín).

Resulta lamentable que hayan surgido alguna voz desde dentro de la Iglesia que pretenda la escandalosa beatificación de Fray Bartolomé De Las Casas.

Como cuestión previa debo señalar que todos nos damos cuenta que es una magna obra la colonización de todo un continente, y, dentro de este contexto, analizar la delicada cuestión de las relaciones entre colonizadores e indígenas es una tarea compleja que no admite ningún tipo de simplificación.

Pero pese a ello, y a las incontables dificultades que representó este gran empeño español de civilizar al Nuevo Mundo, es un hecho incontestable que España, globalmente, realizó esta empresa con una gran prudencia y tacto, actuando en todo momento con mayores consideraciones que cualquier otro país colonizador del mundo y obrando siempre a la luz de sabios teólogos, insignes juristas y grandes moralistas que inspiraron las decisiones de nuestros reyes y las leyes particulares que se dictaban para el Nuevo Mundo, siempre atentas a la situación y derechos de los nativos.

La prueba irrefutable e inequívoca de todo ello nos la proporciona el hecho de la desaparición de la superficie de la tierra de todas las tribus indias que presenciaron la colonización de Manhattan, Jamestown o de Plymouth Rock, mientras que los indios que encontró Hernán Cortés en el Yucatán y en Méjico siguieron allí y hoy día sus descendientes habitan mayoritariamente esos pueblos.

El sistema español propició una igualdad humana que no creo el sistema anglosajón. No hubo ningún racismo en la colonización española; laicos y religiosos sentían que todos, indios y españoles, eran hijos de Dios, iguales en dignidad personal. Sabían que las diferencias entre unos y otros no eran congénitas, sino debidas a una serie de importantes circunstancias, que hacían grande el desnivel cultural entre ellos mismos y aquellos hombres recien encontrados.

Pero en este trascendental capítulo de la historia universal protagonizado por España, no podían faltar las malicias y las pasiones de los hombres, que con su fantasía e imaginación desbordada tantos mitos han creado.

El mayor creador de mitos y deformaciones de la realidad histórica fue Fray Bartolomé de Las Casas.

Toda su obra ha sido la piedra angular sobre la que se ha cimentado la leyenda negra que tanto han utilizado los enemigos de España para atacarla y desprestigiarla. Sólo por esto ya se le podría aplicar a Las Casas aquella célebre sentencia evangélica que dice: "No es bueno el árbol que da malos frutos". Lucas VI, 43.

Éste controvertido personaje que nació en Sevilla en 1.474, fue clérigo secular, fraile dominico y obispo de Chiapas. Se hizo famoso por sus campañas a favor de los indios utilizando siempre expresiones hirientes y de una gran violencia verbal en todos sus escritos, y, resulta paradógico que por ese supuesto amor a los indios, llegara al odio para los conquistadores españoles.

Bartolomé De las Casas llegó a defender los sacrificios humanos, argumentando que eran un notable mérito de los indios. Decía que :"Si un pagano considera a su dios como verdadero, es natural que le ofrezca lo que más tiene de valor, es decir, la vida de los hombres". Y seguía "El legislador puede y debe obligar a algunos del pueblo a que sean inmolados para ser ofrecidos en sacrificio, los cuales al sufrir tal inmolación se supone que la quieren y desean con acto lícito".( "Fray Bartolomé de las Casas, a la luz de la moderna crítica histórica", 1.970. Losada, Angel").

Otra nota de la personalidad de éste extraño fraile es la puerilidad con que se vanagloriaba en sus escritos. Como ejemplo, transcribo un fragmento de una de sus famosas Cartas al Consejo fechada el 15-10-1.535. "Y me puedo jactar delante de Dios que hasta que yo fuí a esa real corte, aún en tiempos en que vivía el Católico Rey D. Fernando, no se sabía que cosa eran las Indias ni su grandeza, opulencia y prosperidad". En todos sus escritos usaba frecuentemente la expresión "yo"; quizá para respaldar sus opiniones que de otra manera nadie creería.

Como réplica y sin más comentarios, ahí queda la siguiente cita de Sto. Tomás: "La vanagloria es el mayor de los pecados capitales".

Otro dato interesante que sirve para retratar todavía más si cabe a este fraile dominico es su condición de heredero de sangre y apellido francés (Casaus), que quizá le hizo conservar cierto resentimiento hacia lo Hispano. Así, mientras Fray Bartolomé De Las Casas se vanaglorió de tener el apellido Casaus, de rancia nobleza, utilizándolo con una absoluta falta de humildad y exigiendo para siempre que le llamaran Casas o Casaus; Fray Toribio de Benavente, coetáneo suyo, quiso llamarse y que le llamaran para siempre "Motolinía" (que significa "pobre" entre los indios), dando así muestras de una auténtica humildad y espíritu de pobreza evangélica.

Para acabar de perfilar su retrato psicológico, hemos de señalar que el rey le concedió cuatro esclavos negros para su servicio, que aceptó y usó, que jamás sufrió ninguna persecución, y que murió de noventa y dos años cobrando una pensión, a cargo de la Corona española, de 350.000 maravedíes como recompensa a su amor por los indios. En compensación, el fraile bienhechor se dedicó toda su vida, cayendo ya en lo rutinario, a distorsionar las supuestas correrías, robos, asesinatos y torturas de los españoles.

El célebre tratado que escribió De las Casas, "Brevísima relación de la destrucción de las Indias", está poblado de errores, mentiras, falsos testimonios e imprecisiones. Para desarrollar cualquier acusación sobre acontecimientos históricos deben cumplirse unos requisitos indispensables, como son los de indicar la fecha, el lugar, los protagonistas y la descripción de los hechos. En la obra anteriormente aludida tan sólo aparece una vez el responsable de los acontecimientos cruelísimos que relata, es el caso de Juan García en los relatos del reino de Yucatán. En los demás casos, los tiranos, genocidas y destructores aparecen envueltos en la penumbra y en el anonimato, lo que hace imposible la identificación de los autores de esos supuestos atropellos.

Otro rasgo muy significativo es la inclinación irresistible que sentía hacia la exageración. Si sumamos la cifra de indios supuestamente asesinados por los españoles se elevarían los mismos, según el cálculo realizado por de Las Casas, a unos 30 millones, cuando según estudios actuales, se cifra el total de la población en 12 millones. Con lo cual, los españoles, según Las Casas, habrían asesinado a más del doble de la población real.

Al margen de todo lo expuesto anteriormente, hemos de reconocer que en toda obra humana la crítica se hace necesaria. Pero esta crítica debe servir para corregir y para educar, no para golpear con el látigo y deformar la realidad de lo que fue la gesta más gloriosa de nuestra Patria. Porque, cuando los españoles llegaron a América, los indios estaban desnutridos y se morían, literalmente, de hambre. Los españoles dieron valor vivo a aquel inmenso continente. Se llevó lo más grande que hay en este mundo, La Única y Verdadera Religión, se les ofreció el lenguaje que permitió la comunicación entre ellos, se les enseñó a cultivar la tierra, se introdujeron nuevos hábitos de relación sin sacrificios humanos ni antropofagia. Sólo España, llevó Universidades a sus territorios. En América había ya tres (Sto. Domingo, Méjico y Lima) en la primera mitad del siglo XVI, superando a muchas naciones europeas de la época.

Esta fue la obra de la Hispanidad, una promesa de hermandad humana y de elevación espiritual para todos los hombres, que unía a mayas, araucanos, aztecas y españoles en un ideal civilizador sublime y prodigioso. Los españoles, que siempre han sido invadidos, se desparramaron ansiosamente por todo el Nuevo Mundo en una de las más increíbles y brillantes hazañas que supuso el mayor derroche de energías y de vidas que quepa imaginar.

De España partía el conquistador y el misionero con una euforia increíble, en un anhelo común de cristianizar las nuevas tierras, lo que revela psicológicamente que la nuestra fué la civilización más humana, profunda y moral que se haya conocido nunca.

Todo, absolutamente todo, lo sacrificó España al catolicismo, recibiendo en compensación esa inmensa e incontable legión de teólogos, misioneros y místicos que tanto esplendor han dado a La Iglesia.

La gobernación española en América duró tres siglos y fue uno de los periodos de paz más extenso y más largo de cualquier otro tiempo y lugar. Allí sembró España el cristianismo, su sangre y lo que hoy se conoce como civilización occidental. Su labor social y cultural fue admirable y sus leyes muy superiores a las de su época en cualquier otro país del mundo.

Una gesta así vivirá de forma perdurable para toda la eternidad, y ni Fray Bartolomé ni nadie jamás, podrá borrar la gloria del pueblo más valiente de cuantos han existido.

Gracias por todo ¡España!. Un pueblo tan grande no puede morir jamás. Estoy convencido de que la Providencia hará algún día resurgir todos los viejos valores espirituales de la raza hispánica, raza cósmica que denominara el mexicano Vasconcelos, y, la fe de nuestro pueblo, algún día, volverá a brillar en el mundo.
José Carlos Albesa - 2002

 

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Ignorancia de la historia - Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve también de arma tanto defensiva como ofensiva de quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal.

 

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PASADO - El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.

 

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La mentira y el error están en desacuerdo con la realidad. Cuando un mundo se construye contra la realidad, ese mundo está abocado a la ruina, y mientras ésta llega va arruinando a los hombres.

 

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PASADO HISTORIA - La inscripción del templo de Delfos, que inspiró a Sócrates: conócete a ti mismo. Se trata de una verdad fundamental: conocerse a sí mismo es típico del hombre. En efecto, el hombre se distingue de los demás seres creados sobre la tierra por su capacidad de plantearse la cuestión del sentido de su propia existencia. Gracias a lo que conoce del mundo y de sí mismo, el hombre puede responder a otro imperativo que nos ha transmitido también el pensamiento griego: llega a ser lo que eres.

Por tanto, el conocimiento tiene una importancia vital en el camino que el hombre recorre hacia la realización plena de su humanidad: esto es verdad de modo singular por lo que atañe al conocimiento histórico. En efecto, las personas, como también las sociedades, llegan a ser plenamente conscientes de sí mismas cuando saben integrar su pasado.

 

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Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999).
S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

 

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Análisis histórico - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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DISCERNIR - A todos se les pide el saber cultivar un atento discernimiento y una constante vigilancia, madurando una sana capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de tantos medios de comunicación que no cesan de inventar, suponer o repetir ‘leyendas negras’, difamaciones o mentiras históricas… mienten sabiendo de mentir.

Los que escuchan no deben ser obligados a imposiciones ni compromisos, engaño o manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto moral “El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado” (Mt 12, 35-37).

“Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. […]No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen” (Ef 4, 25.29).

 

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Derechos - Señor del mundo, Padre de todos los hombres, por medio de tu Hijo nos has pedido amar a los enemigos, hacer bien a los que nos odian y orar por los que nos persiguen. Muchas veces, sin embargo, los cristianos han desmentido el Evangelio y, cediendo a la lógica de la fuerza, han violado los derechos de etnias y pueblos; despreciando sus culturas y tradiciones religiosas: muéstrate paciente y misericordioso con nosotros y perdónanos. Por Cristo nuestro Señor. R. Amén.

 

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Historia, calumnia y la mentira - Abundan aún los ejemplos de casos en que juzgamos y decidimos, tomamos riesgos y los hacemos correr a los demás, convencemos al prójimo y le incitamos a decidirse, fundándonos en informaciones que sabemos que son falsas, o por lo menos sin querer tener en cuenta informaciones totalmente ciertas, de que disponemos o podríamos disponer si quisiéramos. Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira. MMVI. II

 

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Leyenda negra: Las Casas (II)

 

«Arma cínica de una guerra psicológica», es como define Pierre Chaunu el uso que las potencias protestantes hicieron de la obra de Las Casas. Las riendas de la operación antiespañola las llevó sobre todo Inglaterra, por motivos políticos pero también religiosos, pues en aquella isla, la separación de Roma efectuada por Enrique VIII había dado lugar a una Iglesia de Estado bastante poderosa y estructurada como para ponerse al frente de las demás comunidades reformadas de Europa. La lucha inglesa contra España fue vista así como la lucha del «Evangelio puro» contra «la superstición papista».

 

Los Países Bajos y Flandes desempeñaron un papel importante en esta operación de «guerra psicológica», pues estaban enzarzados en una lucha contra los españoles. Fue precisamente un flamenco, Theodor De Bry, quien diseñó los grabados que acompañarían una de las tantas ediciones realizadas en tierras protestantes de la Brevísima relación: dibujos truculentos, en los que los ibéricos aparecen entregados a todo tipo de sádicas crueldades contra los pobres indígenas. Dado que las imágenes de De Bry (que, como es lógico suponer, trabajó basándose en su imaginación) son prácticamente las únicas antiguas de la Conquista, y fueron reproducidas profusamente y continúan apareciendo incluso hoy en todos los manuales escolares, no hace falta precisar en qué medida contribuyeron a la formación de la leyenda negra.

Para añadir un elemento más a los muchos que ya se han citado, es preciso observar que nunca se reflexiona sobre lo que ocurrió después del dominio español. Ya se sabe que España fue invadida por Napoleón y que, a pesar de la resistencia tenaz e invencible que constituyó el primer síntoma del fin del imperio francés, tuvo que abandonar a sí mismos los extensos territorios americanos.

 

Al eclipsarse la estrella napoleónica, España reconquistó su gobierno pero ya era demasiado tarde para restablecer el statu quo en las tierras de ultramar. Resultaron inútiles los intentos de domar la revolución de los «criollos», es decir, de la burguesía blanca que había logrado radicarse en aquellas zonas. Esos burgueses acomodados eran los que desde siempre habían mantenido tensas relaciones con la Corona y el gobierno de la madre patria, acusados de «defender demasiado» a los indígenas y de impedir su explotación. La hostilidad de los criollos iba dirigida sobre todo contra la Iglesia, y en particular, contra las órdenes religiosas no sólo porque velaban para que se respetaran las leyes de Madrid que tutelaban a los indios sino también porque (incluso antes de Las Casas, la primera denuncia contra los conquistadores se hizo en el año 1511 en una iglesia con techo de paja de Santo Domingo y la pronunció el padre Antonio de Montesinos) siempre habían luchado para que dicha legislación fuese mejorada continuamente. ¿Se olvida acaso que las expediciones armadas para destruir las reducciones de los jesuitas habían sido organizadas por los terratenientes españoles y portugueses, los mismos que ejercieron fuertes presiones sobre sus respectivas Cortes y gobiernos para que la Compañía de Jesús fuese eliminada definitivamente?

 

Debido a esta oposición a la Iglesia, vista como aliada de los indígenas, la élite criolla que condujo la revolución contra la madre patria estaba profundamente contaminada por el credo masónico que dio a los movimientos de independencia un carácter de duro anticlericalismo -por no decir de anticristianismo-, que se mantuvo hasta nuestros días. Hasta el martirio de los católicos en México, por ejemplo, ocurrido en la primera mitad de nuestro siglo. Los libertadores, los jefes de la insurrección contra España fueron todos altos exponentes de las logias; por lo demás, en aquellas tierras se formó en la ideología francmasónica Giuseppe Garibaldi, destinado a convertirse en Gran Maestro de todas las masonerías. Un análisis de las banderas y los símbolos estatales de América latina permite comprobar la abundancia de estrellas de cinco puntas, triángulos, pirámides, escuadras y todos los elementos de la simbología de los «hermanos».

Resulta innegable el hecho de que en cuanto se liberaron de las autoridades españolas y de la Iglesia, los criollos invocaron los principios de hermandad universal masónica y de los «derechos del hombre» de jacobina memoria para liberarse de las leyes de tutela de los indios. Casi nadie dice la amarga verdad: pasado el primer período de la colonización ibérica, fatalmente duro por el encuentro-desencuentro de culturas tan distintas, no hubo ningún otro período tan desastroso para los autóctonos sudamericanos como el que se inicia en los albores del siglo XIX, cuando sube al poder la burguesía supuestamente «iluminada».

 

Al contrario de lo que quiere hacer creer, la leyenda negra protestante e iluminista, la opresión sin límites y el intento de destrucción de las culturas indígenas comienzan cuando la Iglesia y la Corona abandonan la escena. Desde entonces se inicia una obra sistemática de destrucción de las lenguas locales, para sustituirlas por el castellano, idioma de los nuevos dominadores que proclamaban haber asumido el poder «en nombre del pueblo». Pero era un «pueblo» constituido sólo por la exigua clase de los terratenientes de origen europeo.

A partir de entonces aparecen las medidas que nunca se habían implantado en el período colonial para impedir el mestizaje, la mezcla racial y cultural. Mientras la Iglesia aprobaba y alentaba los matrimonios mixtos, los gobiernos liberales se opusieron a ellos y, con frecuencia, los prohibieron.

 

Se comenzó así a seguir el ejemplo poco evangélico de las colonias anglosajonas del Norte, donde también, y no por casualidad, fue la masonería la que guió la lucha por la independencia. Se creó entonces un frente común entre las logias de la América septentrional y la meridional, primero para vencer a la Corona de España y después, a la Iglesia católica. De este modo nació la dependencia -que marcará toda la historia y que continúa hasta hoy- del Sur con respecto al Norte. Resulta curioso ver cómo los progresistas que señalan las culpas de la colonización católica española denuncian, al mismo tiempo, la dependencia de Estados Unidos de la América latina; es evidente que no se dan cuenta de que su doble protesta encierra una contradicción: mientras pudieron, los reyes de España y los papas fueron los grandes defensores de la identidad religiosa, social y económica de las zonas «católicas». El «protectorado» norteamericano quedó determinado por los criollos, «los ricos colonos que quisieron deshacerse de las autoridades españolas y religiosas para poder llevar a cabo sin impedimentos sus negocios». Así dice Franco Cardini a propósito de los norteamericanos cuya ayuda, a menudo oculta, solicitaron los «hermanos» en lucha contra la Corona y la Iglesia: «Baste recordar los desmanes que acompañaron la hegemonización de la zona panameña y la guerra de Cuba a finales del siglo XIX; baste recordar el constante apoyo norteamericano al gobierno laico mexicano que desde hace décadas mantiene una Constitución que, con su contexto más que anticlerical, anticatólico, humilla y ofende los sentimientos de la mayoría del pueblo mexicano, y cuando se perfilaba la posibilidad de que algo cambiara, EE. UU. apoyó a bandidos como Venustiano Carranza. Y no movieron un solo dedo durante la sanguinaria persecución anticatólica de los años veinte.» Ya se sabe que hoy en día el gobierno norteamericano favorece y financia el proselitismo de sectas protestantes que tiene el efecto de apartar al pueblo de sus tradiciones de casi medio milenio, lo cual constituye una grave violación de la cultura.

Los esfuerzos «racistas» realizados después de la salida de España quedaron plasmados simbólicamente en el arte; mientras que antes las dos culturas se habían entrelazado maravillosamente, dando vida a las obras maestras del barroco mestizo, con la llegada al poder de los iluministas volvieron a separarse. La extraordinaria arquitectura de las ciudades coloniales y de las misiones fue sustituida por la arquitectura de imitación europea de las nuevas ciudades burguesas, en las que ya no había sitio para los pobres indios. Agradecemos al autor – Conoze.com 2006-02-10

 

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BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, DOMINICO Y SEVILLANO

 

La forja dominicana: sigue siendo él, pero con lo específico dominicano.

Fr. Fernando Aporta García, O. P. 

La relación Casas-Sevilla-Andalucía iba a anudarse por un nuevo capítu­lo.   Los antepasados, los padres y los hermanos -Las Casas- que le dieron nombre y apelli­dos, en medio de los cuales incorpo­ró a su vida el calor de hogar; la ciudad -Sevilla-, plataforma y puente misione­ros entre Casti­lla y el Nuevo Mundo, receptiva y abierta, como inmen­so era el corazón abismal de los mares al que miraba a diario por su arteria vial del Gua­dalqui­vir, replegán­dose sobre acumu­lar la riqueza del constante fluir en  una y otra dirección de las gentes; la región -Andalucía- que era la superficie geográfica y demográfica con caracterís­ticas singula­res y universales,  La vinculación Casas-Orden de Predicadores pasa por la Andalu­cía domi­ni­cana que nace en Córdoba, cuyo convento de San Pablo se levantaba al rescoldo del fuego apostólico, bien vivo de su Fundador, apenas quince años después de su muerte. Incorpora­dos los conventos andaluces a la única Provincia llamada de España, se desgaja, como rama de frutos en sazón, allí, en la ciudad de los Califas, en el Capítu­lo de 1513, con la posterior confirma­ción del Maestro de la Orden Vío Cayetano, de un Capítulo General y del breve Exposuisti Nobis del 8 de octubre de 1514 de León X. Ya para entonces, hacía cuatro años, 1508, Vío Cayetano, recién tomada posesión del cargo, había enfilado las velas, empujando las glebas dominicanas, que habían de desplegar­se sobre las aguas atlán­ti­cas dos años después o sea en 1510, que es cuan­do llega la primera expedi­ción de aquel equipo formidable, que si algo tiene en su haber es la unanimidad en el estilo de vida por amor a Dios y servicio al prójimo, preferencial al pobre, carente de voz con la que hacer valer sus dere­chos, que es una de las formas de desvalimiento ante las instituciones y demás hom­bres.

 Ingresa en la Orden de Predicadores

Después de toda la acción desarrollada en Cuba y en Cumaná, va a producirse en Bartolomé un cambio trascendental, lo que algunos han calificado de segunda conversión: el ingreso en la Orden dominicana.

"Habiendo escripto al Rey e a los que más convino escrebir, esperó algunos meses la respuesta, y entretanto su conversación era comun­mente con religiosos de Sancto Domingo, y en especial con un padre llama­do fray Domingo de Betanzos, religioso de virtud y religión señalado; éste le dió muchos tientos para que fuese fraile [...] Entre otras respues­tas y excusas que le daba, fue decir que convenía esperar la respuesta del Rey para ver qué le mandaba. Respondió el buen padre: "decid, señor padre, si entretanto vos os morís, )quién recibirá el mandado del rey o sus cartas? Estas palabras le atravesaron el alma al clérigo Casas, y desde allí comenzó a pensar más frecuentemente en su estado, y al fin terminó de hacer cuenta que ya era muerto, cuando las cartas o res­puestas del Rey llegasen; y así, pidió el hábito con insistencia y se lo dieron con mucho gozo y alegría de los frailes, y no menos toda la ciudad y todas las In­dias, desde que lo supieron, aunque de diferente manera y por diversos fines los frailes y los seglares se gozaron; porque los frailes, espiri­tualmente, por el bien de la conver­sión del que amaban con caridad, y los seglares porque vían faltarles, como si lo vieran ente­rrado, aquel que les estorbaba los robos que hacían y entendían hacer con todo su inicuo interese tempo­ral. Sino que después resucitó, a lo que puede creerse por voluntad de Dios, a pesar de muchos, para estorbar algunos males que estorbó con el favor divino, y para mostrar al mundo con el dedo, como el sol, el estado peligroso en que muchos vivían, y el sueño letárgico y profunda cegue­dad que los descuidaba, en no tener por pecados los que nunca otros tan graves ni tantos se come­tie­ron, después que los hombres comenza­ron y supieron pecar” (HI, III. 160, Obras, 5, pp.2470-2471)

Las Casas pasa a ser miembro de la Orden  (marzo de 1922) en  el convento de Santo Domingo  de la Española en un momento  en que la Provin­cia Bética o de Andalucía está presente en sus miembros y en sus conven­tos, afectiva y jurídicamente. Precisamente el Capítulo General celebrado el día 23 de mayo de 1518 en Santa María Sopra Minerva de Roma, mandaba que todo los conven­tos fundados o que en adelante se fundaren en las Indias Occiden­tales se adscribieran   a la Provincia Bética. Unos años más tarde de la incorporación del P. Las Casas a la Orden, el Capítulo General celebrado en Pentecostés de 1530, igualmente en Roma,  aceptan una serie de conventos, funda­ción de última hora, de aquí y de allá a nombre de la Provincia Bética o de Andalucía, incluidos todos ellos en el mismo paquete.

Fray Bartolomé de las Casas hacía ya mucho tiempo que había encon­trado la horma para su espíritu en la regla y constituciones de los Frai­les Predi­cadores.

Frecuentaba el convento, dialogaba con los religiosos, los admiraba y escuchaba  con gusto.  Ante las dificultades o persecuciones, en más de una ocasión, le sirvió de refugio.  “En los días grises, como dice Huerga, cuando dudaba qué camino tomar, buscaba consejo y espuelas en ese convento” (Vida y Obras, Obras t.I, p.150).

Y sobre todo ahora en los días más tristes de su vida, cansado, solo y a  solas con su derrota y sus pensamientos encamina sus pies a ese lugar para pedir la misericordia de Dios y la de la Orden. Es decir, el hábito de dominico”(Huerga, O.c. p. 151).

 

Vida de austeridad y pobreza

Durante el noviciado comenzó una vida de gran austeridad. En la comunidad de Santo Domingo presidida por el gran religioso Pedro de Córdoba se vivía en estricta pobreza. (Puede verse M. A. MEDINA, Una Comunidad al servicio del indio. La obra de Fray Pedro de Córdoba (1482, 1521) Madrid, 1983. Dice el mismo las Casas:

«[...] un buen cristiano, vecino de esta ciudad, llamado Pedro de Lumbreras, dioles una choza en que se aposentasen al cabo de un corral suyo, porque no había entonces casas sino de paja y estrechas. Allí les daba de comer cazabí de raíces, que es pan de muy poca substancia si se come sin carne o pescado. Solamente se les daban algunos güevos y, de cuan­do en cuando, si acaecía pescar, algún pescadillo, que era rarísimo. Alguna cocina de berzas, muchas veces sin aceite, solamente con ají, que es la pimienta de los indios, porque de todas las cosas de Castilla era grande la penuria que había en esta isla. Pan de trigo ni vino, aun para las misas, con dificultad lo había. Dormían en unos cadalechos de horquetas y varas o palos hechos, y por colchones paja seca por encima. El vestido suyo era de jerga aspérrima y una túnica de lana mal cardada. Con esta vida y deleitable mantenimiento, ayunaban sus siete meses del año arreo, según de su Orden lo tenían y tienen constituido.» (en Hl 11, 54, Obras, 4, pp. 1515-1516).

 

Predicación

Era el fin específico de la Orden.

También en la predicación la Comunidad de Santo Domingo es un ejemplo.  Lo dice el mismo Las Casas cuando hablando del encuentro de Pedro de Córdoba en la ciudad de Concepción de la Vega con Diego Colón y su esposa, escribe: “Llegados de regreso  a Santo  Domingo… ordenaron que cada  domingo y fiesta de guardar, después de comer, predicase a los  indios  un religioso, como  el siervo de Dios Fray Pedro de Córdoba en la Iglesia de la Vega había principiado… y así de ordinario llenase la iglesia los domingos y fiestas de indios de los que en casa a los españoles servían, lo que nunca en los tiempos de antes habían visto” (HI, t. II, p.384).

Predicaban los individuos pero  predicaba la comunidad como ocurrió en el famoso sermón de Montesinos , 21 de Diciembre de 1511. Ante la queja  al Prior sobre aquel sermón, la respuesta fue: ese era el parecer de toda la comunidad.

"Predicaban y confesaban como varones divinos, y porque esta isla toda  estaba (los españoles digo) en las costumbres de cristianos, pervertida, especial en los ayunos y abstinencias de la  iglesia,  con sus sermones y más creo que con su dura penitencia y abstinencia, los redujeron a que se hiciesen consciencia de ello y se quitase aquella glotonería en los tiempos y días que la  Iglesia determina. Había, eso mismo, una gran corrupción en los logros y usuras; también las desterraron y hicieron a  muchos restituir. Otros efectos grandes, dignos de la Religión y Orden de Santo Domingo, se siguieron de su felice venida" (Cf. HI. II, 54,, Obras p.1515-1516)  

 

Estudio orientado a la predicación

La predicación dominicana es un anuncio de la palabra revelada, reflexionada, contemplada, mediante el estudio y hecha vida en el quehacer de cada día. A él se dedicará con ahínco Fr. Bartolomé, llegando a adquirir una gran preparación sobre todo si pensamos que fue en muchas cosas autodidacta.  La vocación doctrinal en la Iglesia no debe ser el resultado de una investiga­ción o estudio frío de laborato­rio, es un estudio en el que la verdad pasa por el calor de la contem­plación de Dios y su obra, estudio-oración-acción. Todo esto dio como resultado un ser armónico, como antes quedó retratado para siempre en el siervo -servidor- Domingo de Guzmán, que hablaba con Dios de los hombres y con los hombres de Dios. Fue lo que ya admiró en los primeros domi­nicos allá en la Vega (P. Pedro de Córdoba), admiración que muy pronto daría paso como en Santo Domingo a la compasión, al  "consufrir", que era más que admirarlos, era amarlos y amar su forma de vida. Y abrazada ésta fue tanto como apretar con más fuerza dos mundos, el Viejo y el Nuevo; tender un puente entre la iglesia metro­polita­na de Sevilla y las iglesias nuevas; entre la Provincia nodriza y las Provincias de Indias, a las que muy pronto dará a luz.

El pasar al convento no era volver la espalda a sus hermanos los indios. Sus gestos de despedida al embarcarse para la vida religio­sa son verda­deramente premonitorios. Como en otros graves momentos de su vida, Las Casas reflexiona, habla con Dios, y consulta con las perso­nas que mejor pueden traducir su voz. Y después de hablarlo mucho y consultar­lo, analizarlo con el deteni­miento requerido y una vez clarificado el horizonte, hace la elección, a sabiendas que sacrifica no pocas cosas, a las que no renuncia, sino que las supedita a lo que estima que es más definitivo y desde donde está convencido podrá darles su verdade­ra dimensión y eficacia.

"En el tiempo de noviciado le vinieron cartas del cardenal Adria­no, que fue papa,  de caballeros flamencos, que le persuadían que tornase a la corte y que tenía tanto y más favor que la otra vez le habían dado; y los perlados del monasterio, porque no se inquietase quizá, no se las quisie­ron mostrar" (HI, III, 160, Obras 5, p.2471).

Fue un alto en el camino previo a toda una vida  entregada  a la defensa y al servicio del indio y de los más pobres,

 

El lema "veritas", incubado en su espíritu,traducido en protesta profética.

El pasaje anterior deja entrever cómo este hombre hecho y derecho, de 38 años, con un largo bagaje de experiencia, con un ministerio sacerdo­tal rico en servicios..., entra en una etapa y dinámica de apren­dizaje que se caracteriza por el recogimiento y oración, por el estudio de la vida reli­giosa en cuanto a su natura­leza y propiedades, de la historia y espiri­tualidad propias de la Orden, de la ascética y mística, de la regla y de las constitucio­nes, de la liturgia, etc.

 

Fundador  y Prior del Convento de Puerto Plata

Concluido el noviciado, el P. Las Casas emitió su profesión religiosa, pasando al llamado Estudio General en el que completó su formación intelectual conforme a la Ratio Studiorum o plan de estudios de la Orden, el cual compaginó con algunas actividades apostólicas. La madu­rez y prestigio del P. Las Casas movieron a los Superiores Mayo­res a que se fijaran en él para la nueva fundación de un convento en Puerto de la Plata, en la misma isla Española, dedicado al Santo Fundador de la Orden, siendo además instituido su primer Prior.

Su actividad en estos largos años sin retornar a España los va a consa­grar a una actividad evangelizadora, en definitiva. pacificado­ra, al inte­rior de la isla Española, Nicaragua, Panamá,  Méxi­co..., mo­viéndose en todas las direcciones, sin olvidarse de recabar de las autorida­des tanto hispanas como indianas, la práctica de la justicia:

"Recebidas ciertas cartas y provisiones de V. M. en el reino y provin­cias de Guatemala, que es en las Indias, por las cuales V. M. nos mandaba que yo, con otros religiosos de mi orden de Sancto Domingo, prosiguié­semos cierta pacificación en muchas provincias que están en guerra, trayéndolas al servicio y subjeción de V. M., la cual teníamos ya comen­zada y en muy buenos términos, porque los señores de ellas se habían venido a ver ya con nosotros secretamente y esperamos en nuestro Señor Dios que aquellas y otras muchas hemos de traer al conosci­miento de su Criador y nuestro y al servicio y obediencia de V. M. por la vía de paz y amor y buenas obras, de donde resultará, según tenemos por cierto, gran acrecentamiento y dilatación en la cristiandad” (Obras, 13, p.99).

 

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LOS CONVENTOS – Nuevo mundo

 

Tuvieron, grande importancia los conventos. Los de las tres Órdenes tenían en la capital admirables templos, de naves ojivales, con portada Renacimiento. Gran dolor es que se haya arruinado el de San Francisco, cuyos formidables muros duplicaban su altura con la de la eminencia donde se asienta. Y lástima, también, que todos los claustros se hayan arruinado. El de los dominicos, el Imperial Convento de Predicadores, era “suntuoso y muy grande, de cuarenta moradores ordinarios”, según noticias que habían llegado hasta el primer cronista oficial de Indias, Juan López de Velasco, hacia 1571; el de San Francisco tenía entonces “hasta treinta frailes”; los de monjas, Santa Catalina de Sena, de dominicas, con su templo de la Regina Angelorum, y Santa Clara, de franciscanas, tenía “ciento ochenta monjas, poco más o menos”, según el Oidor Echagoyan, hacia 1568. En el de dominicas estuvo profesa Doña Leonor de Ovando, nuestra poetisa del siglo XVI. Después hubo monjas junto a la Ermita del Carmen, no sé de qué orden.

Echagoyan dice que los conventos eran “de gran honestidad y religión”. Oviedo, años antes, piensa que en ellos hay “personas de tan religión e gran exemplo, que bastarían a reformar a todos los otros monesterios de otros muchos reynos, porque son sanctas personas y de gran dotrina” (Historia, libro III, cap. XI).

La Orden de la Merced cuenta, entre sus primeros representantes en Santo Domingo, de 1514 a 1518, a Fray Bartolomé de Olmedo 20, que sería después héroe de la conquista espiritual de Méjico. “El P. Bartolomé —dice el mejicano Fray Cristóbal de Aldana— se dedicó desde luego (en Santo Domingo) al consuelo de los indios y a su instrucción; defendíalos de las vejaciones de los españoles, asistíalos en sus enfermedades y los socorría en sus miserias. Ins-truía a los niños para ganar a los padres; movía y convencía a los cristianos para que edificasen a los idólatras...”

A principios del siglo XVII, de 1616 a 1618, intervino en la reforma del Convento de la Merced (y fue allí definidor) no menor maestro que Tirso de Molina, el Presentado Fray Gabriel Téllez, en compañía del vicario Fray Juan Gómez, catedrático del colegio mercedario de Alcalá de Henares, Fray Diego de Soria, Fray Hernando de Canales, Fray Juan López y Fray Juan Gutiérrez. Tirso declara que al partir ellos —sólo Canales y Soria se quedaron— dejaron organizada la enseñanza de su convento con catedráticos nacidos en la isla, que desde entonces producía grandes talentos, aunque atacados de negligencia: “el clima influye ingenios capacísimos, puesto que perezosos” (poco antes, en 1611, decía el arzobispo Rodríguez Xuárez en carta al rey: “esta tierra influye flojedad y aplicarse la gente poco al estudio”; naturalmente, no eran el clima ni la tierra, sino la despoblación y la pobreza, las causas del desamor al esfuerzo intelectual)21 .

Glorioso entre nuestros conventos fue el Imperial de la Orden de Santo Domingo 22 . No sólo porque sirvió de asiento a la Universidad de Santo Tomás de Aquino. Sobre su pórtico se yerguen gigantescas las apostólicas figuras de Fray Pedro de Córdoba, Fray Antonio de Montesinos y Fray Bernardo de Santo Domingo, iniciadores de la formidable cruzada que en América emprende el espíritu de caridad para debelar la rapaz violencia de la voluntad de poder, una de las grandes controversias del mundo moderno, cuya esencia es la libertad del hombre. A ellos se une pronto Fray Domingo de Mendoza 23 , docto varón, de estirpe ilustre, que en España había concebido el plan de establecer la Orden en el Nuevo Mundo. Es en aquel convento donde años después (hacia 1522) se hace fraile el que recoge la herencia de Fray Pedro y Fray Antonio 24 , el impetuoso e indomable Quijote de la fraternidad humana, Bartolomé de las Casas.

Le dio el hábito, según la tradición, Fray Tomás de Berlanga 25 , provincial entonces, después obispo de Panamá. Con Las Casas estuvo allí su famoso acompañante Fray Pedro de Angulo 26 , el gran evangelizador, fundador de conventos en Guatemala y Nicaragua, finalmente obispo de la Verapaz: antes que fraile había sido conquistador en Méjico.

De allí salen, durante gran trecho del siglo XVI, los fundadores de nuevos conventos dominicos en América: “desta casa se han poblado las islas, y Nueva España, y el Perú”, decían los frailes de la Española en 1544. Partieron de allí, entre otros, Fray Domingo de Betanzos 27 y Fray Tomás Ortiz 28 para fundar el convento dominico de Méjico (1526); Fray Tomás de la Torre 29 , fundador del convento en Chiapas; Fray Tomás de San Martín 30 , evangelizador del Perú, donde fue el primer provincial y fundó los conventos de Huamanga y Chucuito. Allí se estrena como predicador, novicio aún, aquel singular maestro de la prosa, Fray Alonso de Cabrera 31 . Allí reside, viviendo como modesto fraile, el ilustre arzobispo Dávila Padilla. Y allí se educaron nativos estudiosos, y hasta escritores, como Fray Alonso de Espinosa y Fray Diego Martínez 32 .

 

19 . Sobre la cultura religiosa, consúltese la Historia eclesiástica de la Arquidiócesis de Santo Domingo, de Carlos Nouel, y las valiosas notas que sobre este libro publicó, en el semanario El Progreso,, de Santo Domingo, en 1915, nuestro gran investigador admirable escritor D. Américo Lugo.

Hay breves referencias a los conventos en la Historia eclesiastica de nuestros tiempos, de Fray Alonso Fernández.

Los datos de Juan López de Velasco, en su Geografía y descripción universal de las Indias, proceden quizás de la Relación del Oidor Echagoyan (Colección de documentos... del Archivo de Indias, 1, 34-35). López de Velasco atribuye a los conventos de monjas “cerca de ochenta religiosas”: probable error por las “ciento ochenta” de Echagoyan. Gil González Dávila, Teatro eclesiástico de la primitiva iglesia de las Indias Occidentales, dos vols. , Madrid, 1649-1655, dice (1, 263) que el Convento de Santa Clara se fundó en tiempos del arzobispo Fuenmayor (1533-1554) con doce religiosas venidas de España y el templo se construyó con la dote de las primeras diez y seis profesas nacidas en la isla.

El Convento franciscano de monjas de la Concepción, en Caracas, lo fundaron en 1637 dos monjas naturales de Santo Domingo: Sor Isabel Tiedra y Carvajal y Sor Aldonza Maldonado, “religiosas de velo negro”, procedentes del Convento de Santa Clara. Permanecieron en Caracas siete años. Consultar: Arístides Rojas, Estudios históricos, III, Caracas, 1927, págs. 300 ss.

En 1663, el arzobispo Cueba Maldonado atribuye al Convento Dominico “treinta y seis religiosos” (Utrera, Universidades, 159).

La Orden de la Merced llegó a tener cuatro conventos en la isla (comenzó en 1511: v. Las Casas, Historia de las Indias, libro II, cap. 34); la franciscana, tres (en Santo Domingo, en La Vega y en la Verapaz); la dominica, otros tantos: en Santo Domingo, Puerto Plata y tal vez La Vega. 20 Sobre Fray Bartolomé de Olmedo (m. 1524), consúltese: Mariano Cuevas Historia de la Iglesia en Mexico, tomo 1, Tlalpan, 1921, págs. 115-116; Fray Pedro Nolasco Pérez, Religiosos de la Merced que pasaron a América, en dos vols..., Sevilla, 1923 (y. 1, 21-30; habla también, extensamente, del provincial de la Isla Española Fray Francisco de Boba-dilla, págs. 31-51); Fray Cristóbal de Aldana, Crónica de la Merced, de México, impresa en Méjico, s.a., en el siglo XVIII, después de 1780; reimpresa en 1929, facsimilarmente, por la Sociedad de Bibliófilos Mejicanos. Bernal Diaz del Castillo habla frecuentemente de él como acompañante de Cortés en la expedición de la conquista.

Según el historiador mejicano Veytia, hizo escribir en Méjico un catecismo para indígenas.

21 El mercedario Fray Hernando de Canales permaneció en la isla después de irse el P. Téllez; en 1625 aparece como definidor y en 1627, como provincial (Utrera, Universidades, 118, 129 y 131). El P. Soria estaba allí también en 1623; fue a España y regresó a la isla en 1634. Fray Pedro Nolasco Pérez, en la obra recién citada (II, 14), transcribe los datos que Fray Juan Gómez da al Consejo de Indias, en 23 de enero de 1616, sobre los frailes que salen con él para Santo Domingo: de Canales dice que era “lector e predicador; de edad de veinte y ocho años; flaco de rostro; la color quebrada”. De Tirso: “predicador y lector; de edad de treinta y tres años; frente elevada; barbinegro”. Esta edad confirma la fecha de 1583 que da la partida de bautismo encontrada por Doña Blanca de los Ríos de Lampérez y destruye la fecha conjetural de 1571. En la lista aparece otro nombre: Fray Hernando de Sandoval Tirso (c, 1583-1648) cuenta los trabajos de la misión reformadora del Convento Mercedario en su Historia de la Orden de la Merced, cuyo manuscrito inédito se conserva en Madrid, en la Academia de la Historia. Las páginas relativas a Santo Domingo las ha impreso allí D. Américo Lugo, en la revista Renacimiento, 1915, 1, núms. 4-5; parte de ella citan Marcelino Menéndez y Pelayo en su Historia de la poesía hispanoamericana, I, Madrid, 1911, págs. 299-301, y Emilio Cotarelo y Mori en la Introducción al tomo 1 de Comedias de Tirso, Madrid, 1906 (Nueva Biblioteca de Autores Españoles, IV), págs. l7-20. Consúltese el libro de Fray Cipriano de Utrera, Nuestra Señora de las Mercedes: Historia documentada de su santuario en la ciudad de Santo Domingo y de su culto; Santo Domingo, 1932.

En su libro misceláneo Deleitar aprovechando, Madrid, 1635, folios 183 y 187, Tirso da cuenta del certamen poético en honor de la Virgen de las Mercedes, muy concurrido por ingenios del país, en septiembre de 1616 (debe de ser 1616 y no 1615, como dice Tirso: Doña Blanca de los Ríos de Lampérez, Del siglo de oro, Madrid, 1910, pág. 28, ha demostrado que el poeta salía para Santo Domingo en 1616 y no en 1615): él mismo concurrió con ocho composiciones, una de las cuales fue premiada.

En su comedia La villana de Vallecas, estrenada en 1620, hay recuerdos de Santo Domingo. En el acto I, escena IV: Y si en postres asegundas,/ en conserva hay piña indiana,/ y en tres o cuatro pipotes/ mameyes, eipizapotes;/ y si de la castellana gustas,/ hay melocotón y perada; / y al fin saco un túbano de tabaco/ para echar la bendición./

Y en el acto II, escena IX:

¿Cómo se coge el cacao?/ Guarapo ¿qué es entre esclavos? /¿ Qué frutos dan los guayabos? ¿Qué es casabe, y qué jaojao?/.

Tirso habla también de cosas de América en sus “comedias famosas” Amazonas en las Indias y La lealtad contra la envidia, publicadas en 1635, en la Cuarta Parte de sus comedias; allí abundan las palabras indígenas, antillanas en su mayor parte: bejuco, cacique, caimán, canoa, chocolate, guayaba, iguana, jején, jicara, macana, maíz, naguas, nigua, papaya, petaca, tabaco, tambo, tiburón, tomate, yanacona, yuca.

22 . He trazado sintéticamente la historia del Convento de Dominicos en mi artículo Casa de apóstoles, publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, 18 de noviembre de 1934, y reproducido en la revista Repertorio Americano, de San José de Costa Rica, 16 de marzo de 1935.

Sobre los primeros dominicos, v. Las Casas, Historia de las Indias, libro II, cap. 54, y libro III, caps. 3-12, 14, 15, 17-19, 33-35, 38, 54, 72,81-87, 94-95, 99, 134, 156, 158 y 160, y Fray Agustín Dávila Padilla, Historia de la fundación y discurso de la Provincia de Santiago, de México, de la Orden de Predicadores..., Madrid, 1599.

Fray Antonio de Remesal, en su Historia general de las Indias Occidentales y particular de la gobernación de Chiapa y Guatemala, Madrid, 1619 (la impresión, terminada en 1620; al comenzar el libro primero, el autor la llama Historia de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala, de la Orden de nuestro glorioso padre Santo Domingo; ha sido reimpresa en dos vols.., en Guatemala, 1932), libro I, cap. 5-8 y 17, libros II, III, IV, todos, y gran parte de los libros V y X, trata de los fundadores del Convento en Santo Domingo, y después, de Fray Domingo de Mendoza, Fray Domingo de Betanzos, Fray Bartolomé de Las Casas —muy extensamente—, Fray Tomás de Torre, —mucho—, Fray Pedro de Angulo, Fray Tomás Ortiz y Fray Tomás de Berlanga, pero especialmente de la acción que ejercieron en Guatemala y Méjico.

A ellos se refiere también extensamente el desconocido dominico que escribió la Isagoge histórica apologética de las Indias Occidentales y especial de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala, de la Orden de Predicadores, escrita en Guatemala, por los años de 1710-1711 publicada en Madrid, 1892, y reimpresa en Guatemala, 1935: se inspira en Remesal para muchas cosas; habla largamente de Fray Pedro de Córdoba y Fray Domingo de Betanzos. Puede consultarse, además, Julián Fuente, Los heraldos de la civilización centroamericana, Reseña histórica de la Provincia Dominicana de San Vicente de Chiapa y Guatemala, Vergara, 1929.

En la Colección de documentos.., del Archivo de Indias, VII, 397-430, hay una carta a Monsieur de Chiévres, el consejero flamenco de Carlos V, fechada en Santo Domingo, 1561, con la firma de Fray Tomás Ansanus, provincial, Fray Pedro de Córdoba; (¿vice?) provincial, Fray Tomás de Berlanga; supenor, Fray Antonio de Montesinos; Fray Domingo de Betanzos, Fray Tomás Ortiz, y otros ocho frailes.

En el tomo XI de la Colección, págs. 211-215, está el Parecer, sin fecha, pero anterior a 1516, que firman Fray Pedro de Córdoba, Fray Tomás de Berlanga, Fray Domingo de Betanzos, entre otros; pág. 243, unas Representaciones de 1516. En el tomo XXXV, 199-240, carta de 4 de diciembre de 1519, al Emperador, firmada por trece frailes, entre ellos Thomás Ansante (sic), provincial; Fray Pedro de Córdoba, vicerrector; Montesinos, Ortiz y Berlanga. 23 Las Casas (Historia, lib. II, cap. 54, donde cuenta los comienzos de la Orden) dice que el talaverano Fray Domingo de Mendoza “fue muy gran letrado; casi sabía de coro las partes de Sancto Tomás, las cuales puso todas en verso, para tenerlas y traerlas más manuales; y por sus letras, y más por su religiosa y aprobada y ejemplar vida, tenía en España grande autoridad...” Era hermano del Cardenal Fray García de Loaisa. “Para su sancto propósito, halló a la mano un religioso llamado Fray Pedro de Córdoba, hombre lleno de virtudes, y a quien Dios Nuestro Señor dotó y arreó de muchos dones y gracias corporales y espirituales. Era natural de Córdoba, de gente noble y cristiana nacido, alto de cuerpo y de hermosa presencia; era de muy excelente juicio, prudente y muy discreto naturalmente, y de gran reposo. Entró en la Orden de Santo Domingo bien mozo, estando estudiando en Salamanca... aprovechó mucho en las artes y filosofía y en la teología, y fuera sumo letrado, si por las penitencias grandes que hacía no cobrara grande y continuo dolor de cabeza, por el cual le fue forzado templarse mucho en el estudio... y lo que se moderó en el estudio acrecentólo en el rigor de austeridad y penitencia... Fue también.., devoto y excelente predicador...” Fray Pedro había nacido en 1482; murió en Santo Domingo en abril o mayo de 1521 (creo más aceptable esta fecha de Las Casas que la de López, 30 de junio de 1525). Escribió un manual de Doctrina cristiana para instrucción de los indios por manera de historia, que se imprimió en Méjico “por mandato y a costa” del gran arzobispo Fray Juan de Zumárraga, en 1544 (José Toribio Medina, La imprenta en México, v. 1, 13-14).

Según Beristáin, Biblioteca hispano-americana septentrional, tres vols. , Méjico, 1816-1821, “escribió muchos Sermones, Memoriales al Rey e Instrucciones, que por falta de imprenta no llegaron a nosotros, pero se hallan en los archivos de Sevilla y Simancas". De sus memoriales y cartas los hay publicados en la Colección de documentos.

 del Archivo de Indias, XI, 211-215 y 216-224.

Sobre él, además de Las Casas, Dávila Padilla y Remesal, y. Fray Juan López, Cuarta parte de la Historia general de Santo Domingo y de la Orden de Predicadores, Valladolid, 1615 (cuarta parte, págs. 163-174); José Toribio Medina, La primitiva Inquisición americana (1493-1569), dos vols, Santiago de Chile, 1914 (y. I, 76-78 y 89-98) : fue el primer inquisidor general de las Indias, en unión de Fray Alonso Manso, obispo de Puerto Rico (1519). 24 Fray Antón de Montesinos, “muy religioso y buen predicador”, es, como se sabe, el que pronunció los famosos sermones contra la explotación de los indios, en diciembre de 1510, con los cuales se inició la cruzada que él y Fray Pedro de Córdoba llevaron hasta España, donde lograron que se dictasen las primeras reglamentaciones contra los abusos de la encomienda.

Fray Bernardo de Santo Domingo era, según Las Casas, “poco o nada experto en las cosas del mundo, pero entendido en las espirituales, muy letrado y devoto y gran religioso”. Redactó en latín el Parecer que los dominicos dieron en 1517 a los gobernadores jerónimos sobre la libertad de los indios: y. Las Casas, Historia, libro III, cap. 94. 25 Fray Tomás de Berlanga (m. 1551), después de ser provincial de su Orden en Santo Domingo, lo fue en Méjico (1532), y fue el primer obispo de Panamá (1533-1537). Escribió, según Beristáin, Epistola ad Generalem Patrum Praedicatorum Capitulum de erigenda Provincia Sanctae Crucis en Insulis Maris Oceani (la Provincia de la Santa Cruz es la de los dominicos en la Española); además la larga Pesquisa, en Lima, sobre la conducta de Pizarro, Riquelme y Navarro en la conquista (1535), publicada en la Colección de documentos.., del Archivo de Indias, X, 237-333, y la carta al Emperador, de 3 de febrero de 1536, sobre las disputas entre Pizarro y Almagro, publicada por D. Roberto Levillier en Gobernantes del Perú: Cartas y papeles, II, 37-50. Según Oviedo (Historia, Parte 1, libro VIII, cap. 1); fue él quien introdujo el banano en América, en 1516, trayéndolo de la Gran Canaria. Sobre su ida a Méjico en 1532, y. carta del obispo Ramírez de Fuenleal, Colección de documentos.., del Archivo de Indias, XIII, 210. 26 Fray Pedro de Santa María o de Angulo, burgalés (m. 1561), escribió en lengua zapoteca, en Méjico, ocho tratados para la enseñanza de los indios: De la creación del mundo, De la caída de Adán, Del destierro de los primeros padres, Del decreto de la redención, Vida, milagros y pasión de Jesucristo, De la resurrección y ascensión del Salvador. Del juicio final. De la gloria y el infierno. 27 . Fray Domingo de Betanzos, leonés, estuvo en Santo Domingo de 1514 a 1526; predicaba en lengua indígena a los indios; vivió después en Méjico, donde fue el primer provincial dominico, y en Guatemala, donde fundó el Convento de su Orden; murió en España en 1549. Escribió unas Adiciones a la Doctrina cristiana de Fray Pedro de Córdoba. 28 Fray Tomás Ortiz, extremeño, de Calzadilla, después de vivir en Santo Domingo estuvo en Méjico (1526); en Nueva Granada fue obispo de Santa Marta y murió en 1538. Escribió entre 1525 y 1527 una Relación curiosa de la vida, leyes, costumbres y ritos que los indios observan en su política, religión y guerra; debe de refenrse a los indí-genas de Santo Domingo, en parte al menos. Juan de Castellanos (Elegías de varones ilustres de Indias, tomo IV de la Biblioteca de Autores Españoles, pág. 267) lo llama “docto varón y bien intencionado” (y., además, págs. 278 y 280).

Consultar: Medina, La primitiva Inquisición americana, 1, 193, 106-107 y 113-120.

Consúltese: Cartas de Indias, Madrid, 1877, págs. 724-725; Colección de documentos... del Archivo de Indias, V. 450-465 y XII, 531-538 (carta que firma con Zumárraga en Méjico, 1545); Medina, La primitiva Inquisición americana, I, 113 y 118-120. No conozco todavía el libro de D. Alberto María Carreño, Fray Domingo de Betanzos, fundador en la Nueva España de la venerable Orden Dominicana; Méjico, 1934.

29 Fray Tomás de Torre (m. 1567) escribió una Historia de los principios de la Provincia de Chiapa y Guatemala, del Orden de Santo Domingo, cuyo manuscrito utilizó Remesal en su conocida obra (v. su prólogo). De Torre dice Beristáin que en Santo Domingo, “por haber predicado un día contra el maltrato que daban algunos a los indios, quisieron matarlo los resentidos”.

Consúltese: Cartas de Indias, 848-849. 30 Fray Tomás de San Martín (1482-1 554) trabajó en favor de los indios en Santo Domingo, donde, según Mendiburu, llegó a oidor de la Real Audiencia; pasó al Perú, donde actuó durante gran parte de la conquista y todas las guerras civiles. Fue allí el primer provincial de su Orden y el primer obispo de Charcas (1551). Escribió Parecer.., sobre si son bien ganados los bienes adquiridos por los conquistadores, pobladores y encomenderos de Indias (en la Colección de documentos... del Archivo de Indias, VII, 348-362, donde por error se le llama “Fray Matías”; le sigue una réplica del P. Las Casas); Relación de los sacrificios de los peruanos a sus dioses en tiempos de siembra y cosecha y al enprender obras públicas, y Catecismo para indios.

Consúltese: Bernard Moses, Spanish colonial literature in South America, Nueva York, 1922, págs. 67-69; Manuel de Mendiburu, Diccionario histórico-biográfico del Perú, en ocho vols. , Lima 1874-1890 (hay nueva edición reciente); Cartas de Indias, 521-522, 537, 556 y 841-842; Gobernantes del Perú: Papeles y cartas, publicados por Levillier, 1, 95, 121, 165, 177, 188 y 221. 31 Fray Alonso de Cabrera, cordobés (c. 1549-1606), según el P. Miguel Mir “en la Isla de Santo Domingo dio muestras de su celo, empezando el oficio de la predicación”: era novicio todavía. Fue uno de los más originales oradores sagrados, con elocuencia persuasiva a la que mezclaba pinturas novelescas de la vida común; su prosa es de arquitectura clara, de párrafos breves y fáciles en aquel siglo en que abundaba la prosa encadenada.

Publicó: Sermón que predicó en las honras que hizo la villa de Madrid a S.M. el rey Felipe II..., Madrid, 1598, reimpreso en Barcelona, 1606 (se tradujo al italiano, Roma, 1598); Consideraciones sobre los Evangelios de la Cuaresma..., dos vols. , Córdoba, 1601, reimpresas en Barcelona - España, 1602 y 1606; Consideraciones en los Evangelios de los domingos de adviento y festividades que en este tiempo caen..., dos vols. , Córdoba, 1608, reimpresas en Barcelona, 1609. Todas estas obras están reunidas bajo el título común de Sermones, en el tomo III de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, con prólogo del P. Mir, Madrid, 1906. Hay nueva edición, bajo el título de Obras, con introducción del P. Alonso Getino, Madrid, 1921. No sabemos si entre esos sermones hay parte de lo que predicó en Santo Domingo. Escribió, además, Consideraciones sobre los Evangelios de la circuncisión y de la purificación, Barcelona, España, 1609; y Tratado de los escrúpulos y sus remedios, Valencia, 1599; reimpreso en Barcelona, España-1606; traducido al italiano, 1612, y al francés, 1622.

Consultar: Iacobus Quétif y Iacobus Echard, Scriptores Ordinis Praedicatorum recensiti, dos vols. , París, 1719-1721.

Fray Juan de Manzanillo o Martínez de Manzanillo salió del Convento Dominico, donde había sido catedrático y prior, para el cargo de obispo de Venezuela (1584). Murió entre 1592 y 1594 (y. Arístides Rojas, Estudios históricos, 1, Caracas, 1926, págs. 130-131).

En el siglo XVIII, ejerció de maestro en el Convento de Santo Domingo el habanero Fray José Fonseca, autor de los primeros apuntes históricos sobre los escritores de Cuba, cuyo manuscrito disfrutó el bibliógrafo mejicano Eguiara (consúltese a Beristáin). 32 No cabe aquí reseñar la vasta bibliografía de Fray Bartolomé de Las Casas (1474-1566). Recordaré sus folletos polémicos de 1552 y 1553: el más ruidosos de todos, que se tradujo a siete idiomas en el siglo XVI, la Brevísima relación de la destrucción de Las Indias, escrita en 1542 (puerilmente sc ha intentado disculpar de este opúsculo a Las Casas, atribuyéndolo a Fray Bartolomé de la Peña, como si el Protector de los Indios necesitara excusas por la interpretación que a sus extraordinarias exageraciones polémicas dieron los enemigos de España), y los que se nombran con las primeras palabras de sus extensas portadas: Lo que se sigue en un pedazo de una carta y relación que escribió cierto hombre..., Entre los remedios..., Aquí se contiene una disputa o controversia (con Juan Ginés de Sepúlveda)..., Aquí se contienen unos avisos y reglas para los confesores..., Este es un tratado..., Aquí se contienen treinta proposiciones muy jurídicas..., Principia quedam ex quibus procedendum est..., todos impresos en 1522;

Tratado comprobatorio del imperio soberano y principado universal que los Reyes de Castilla tienen sobre las Indias, 1553. El Instituto de Investigaciones Históricas, de la Universidad de Buenos Aires, ha reimpreso facsimilarmente estos folletos en 1924..

http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaDominicana

/pedrohu/culturayletrascoloniales/LosConventos.asp

 

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RECOPILACIÓN DE LA CULTURA: EL PARTO DE EUROPA

 

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 97 – Enero de 2005 (Extraordinario)

 

Por Florencio Arnán y Lombarte [1]

San Benito que vivió el fin de la antigüedad hace la salvaguardia de la herencia que esta antigüedad ha transmitido al hombre europeo y a la Humanidad. Simultáneamente está en el umbral de los tiempos nuevos, en los albores de esa Europa que nacía entonces, del crisol de las migraciones de nuevos pueblos. Y abraza también con su espíritu a la Europa del futuro. No sólo en el silencio de las bibliotecas benedictinas y en los scriptoria nacen y se conservan las obras de la cultura espiritual, sino que en torno a las abadías se forman también centros activos del trabajo, en especial el de los campos; así se desarrollan el ingenio y la capacidad humana, que constituyen la levadura del gran proceso de la civilización [2].

Si entendemos, con el diccionario, que recopilación es el resumen breve de una obra, y que cultura es un conjunto de acciones tendentes al mejoramiento de las actividades físicas, intelectuales y morales del hombre, la recopilación de la cultura, que nos titula estas consideraciones, puede sintetizarse en una frase: el parto de Europa. Anotamos y añadimos al anterior texto del Papa Wojtila: el «ingenio» y la «capacidad» humanas en su triple vertiente física, intelectual y moral.

Con parecidas notas y haciendo referencia al fin del prolongado proceso de separación de la «nueva» sociedad secular del seno de la Iglesia, que sitúa en el pensamiento cartesiano, nos comenta Toynbee: «El maravilloso y monstruoso aparato de la técnica occidental seguía siendo visiblemente un producto secundario del monaquismo cristiano occidental. El fundamento psicológico de este enorme edificio material era la creencia en el deber y la dignidad del trabajo físico, laborare est orare. Esta revolucionaria actitud, que se apartaba de la concepción helénica del trabajo, al que se consideraba vulgar y servil, nunca habría triunfado si la regla de San Benito no la hubiera consagrado. Fundándose en esta base inmaterial, la Orden. Benedictina creó los fundamentos agrícolas de la vida económica de Occidente y tales fundamentos dieron a la Orden Cisterciense una base para crear la superestructura industrial, que erigió con su actividad inteligentemente orientada, hasta que la avidez, que esta Torre de Babel construida por monjes, suscitada en el corazón de los seglares, alcanzó un punto en el cual aquellos ya no podían continuar interviniendo» [3]. Estas apreciaciones nos hacen vislumbrar con su autor conclusiones, cuya importancia histórica sería fácil deducir: los principios socioeconómicos de Europa y, por ello, de la civilización occidental, derivan del contenido de la regula. Nada menos que los sistemas económicos occidentales, entre ellos el capitalismo y el comunismo, podrían encontrar su última ratio en los textos de San Benito.

El concepto de Europa, tan claro para nosotros como noción geográfica -del Atlántico a los Urales- se nos difumina en lo cultural, en lo artístico, en lo intelectual y lo enmascaramos con la denominación de civilización occidental.

Pero la Orden Benedictina, en sus inicios, en esa etapa en la que la hemos denominado hilo conductor de la historia socioeconómica de Europa, ha tenido, desde nuestra perspectiva cultural, un concepto claro, un rumbo preciso: la conservación del patrimonio greco-latino-eclesiástico y la asimilación, en lo posible, de las peculiaridades tribales o regionales. Hablar de naciones en esas épocas es harto difícil. El lento proceso de las naciones, tal como hoy día lo entendemos, es muy posterior. Primero fue una Europa. Superadas a las puertas del siglo XXI las actuales y casi insalvables dificultades, se intuye otra Europa.

La historia no presenta un conjunto de hechos aislados, dice Lucien Febvre, conocido historiador del libro [4]. Organiza los hechos. Los explica y para explicarlos, presenta unas series a las que no presta una atención idéntica. En función de las necesidades presentes, disminuyéndolos o no, cosecha los acontecimientos, para luego agrupar el pasado. En función de la vida, se interroga a la muerte.

Con esta perspectiva, creemos que para seguir este rumbo hacia Europa, la Orden Benedictina ha cubierto distintas e importantes etapas.
 

Primera etapa cultural europeo-benedictina

La primera de ellas, la expansión de la regula, iniciada en realidad por el Pontífice Gregorio el Magno, con sus disposiciones, con sus escritos y con el envío de sus monjes a la lejana tierra de los angli -non angli, sed angeli- nos dice la leyenda-, en los confines del Imperio.

Ciento quince años antes de la elevación al solio pontificio del monje benedictino Gregorio, el primer «servus servorum Dei» [5] había sucedido lo que las crónicas nos refieren como el fin del Imperio Romano de Occidente: la deposición de Rómulo Augústulo. Pero este hecho, de existir una prensa de la época, no hubiera merecido más que unas líneas del cronista. Se trataba de un suceso sin aparente importancia, de la unificación administrativa del gobierno imperial. La causa real de este hecho se producía años atrás, en medio de la marabunta de «pronunciamientos» de la época.

Uno de sus antecesores, el emperador Antemio (467-472) había perdido el dominio naval de «su» Mediterráneo: el Tirreno y los mares de Sicilia, a manos de los vándalos, pese al largo millar de naves que, desde Constantinopla, había enviado el emperador bizantino León, en un último esfuerzo para restablecer en el mar, frente a los bárbaros, la autoridad imperial romana. El intento marítimo había fracasado. En tierra firme, la milicia y buena parte de la administración civil habían desaparecido años antes de sus manos. Este fue el inicio del progresivo y definitivo declive de la Roma imperial, declive lento, de años y aún de siglos, casi en un régimen de transición consensuada. Los propios actores desconocían el argumento de la tragedia y el fin de la obra.

Antemio muere asesinado por el partido de los terratenientes y le suceden vertiginosamente, Olibrio, Glicerio y Julio Nepote. Un bárbaro panonio, antiguo compañero de Atila, proclama emperador al hijo de este último, Rómulo Augústulo, que cierra la relación de sucesores de Augusto en Occidente.

En realidad los nuevos pueblos, los bárbaros, ya dominaban el Imperio y se habían impuesto a la decadente aristocracia romana. El gesto de Odoacro, al destronar a Rómulo Augústulo, sólo supone que el poder efectivo es ejercido desde entonces real y nominalmente por un bárbaro hereje arriano, que, consciente de sus específicos condicionantes como tal, tiene un gesto político sorprendente y audaz, al proclamar la total unidad del Imperio, reconociendo como único emperador al bizantino Zenón, al que remite las insignias imperiales.

Desde Bizancio, sólo se contempla lo jurídico de la situación, sin tener en cuenta su alcance real. Y con agradecimiento se nombra a Odoacro patricio y administrador de Italia, pasando a ser, sólo de derecho, vasallo de Constantinopla. El rey de los hérulos y el rey de los burgundios, que le precedió en el gesto, eran ya súbditos del único emperador: el bizantino. Y aquí paz y después gloria. Se trataba, ni más ni menos, de una de tantas miopías históricas.

La Iglesia, en este momento, ya sobrepasaba territorialmente al Imperio. Y su influencia moral era aún mayor que la del Imperio. Recuérdese el encuentro del Papa León Magno y el Rey Atila y de su reflejo en la historia benedictina con el encuentro entre el Patriarca Benito y el rey Totila. Desde entonces inicia su empeño de unidad eclesial, intentando primero imponer la ortodoxia de la fe a los pueblos arrianos. En su momento, la conversión de Clodoveo supondrá un paso importante.

El sometimiento de los funcionarios imperiales a la vigilancia de los obispos, por decreto de Justiniano, en el año 554, los inició en un poder temporal que no abandonarán a lo largo de siglos, ejercido en forma expresa a lo largo de la Edad Media, y continuado hoy en día por dos minúsculos estados: la Ciudad del Vaticano y el Principado de Andorra, con características bien distintas pero con un origen común: el poder temporal del Obispo de Roma, y el poder temporal del Obispo de Urgel [6].

Gregorio Magno asume la defensa de Roma frente a los lombardos, con el asentimiento bizantino, incapaz ya de acudir en su ayuda, y se convierte de potencial en activo ejerciente de poder en la península itálica.

Con las fundaciones benedictinas en Inglaterra, con la extensión de la regula, Gregorio Magno inicia la formación de un pacifico ejército de monjes que irán dilatando los confines del poder pontificio, por encima de los límites del Imperio, y situando nuevas posiciones, auténticos castillos, los monasterios, en el mundo bárbaro, ya que de Inglaterra salen los Bonifacios y los Wilibrordos a la conquista de la Germania, de la Frisia y de los países nórdicos. Estos ejércitos monacales, merced a su sometimiento a la regula, expanden el latín y la liturgia romana, la cultura greco-latino-eclesiástica y no las costumbres célticas de los monjes irlandeses o las costumbres visigodas de los monjes mozárabes.

«La voluntad de Dios, dice Toynbee, está prácticamente expresada en la rectitud de los anhelos sociales de las sociedades seculares; y quienes alcanzan con más éxito estos ideales temporales son los que aspiran no a esos ideales como fines en sí mismos, sino a algo superior. Dos ejemplos clásicos de las operaciones de esta ley fueron las obras de San Benito y del papa Gregorio Magno. Estas dos santas almas tendían a la finalidad espiritual de promover la vida monástica en Occidente. Con todo, como productos accesorios de su obra, estos dos mundanales hombres de acción llevaron a cabo prodigios económicos que estaban fuera del alcance de las facultades de los estadistas seculares» [7].

Agustín de Canterbury, el enviado de Gregorio Magno, inicia desde Inglaterra un nuevo concepto de monasterio, la abadía benedictina, que va a ser modelo del futuro, con su cultivo de los clásicos, con sus escuelas y sus scriptoria, con su derecho romano-canónico. Se trata, en suma, de la recopilación de la cultura latina, forma occidental de la clásica cultura greco-oriental.

Estas abadías benedictinas inglesas suponen desde fines del siglo VI los únicos centros culturales de Europa, a los que tendrá que recurrir el inmediato renacimiento carolingio dos siglos después, llamando a dirigir la Escuela Palatina de Aquisgrán al monje Alcuíno de York, auténtico coordinador de aquel equipo cultural, al que también se integró un español: Teodulfo, autor del himno «Gloria, laus et honor», cantado durante siglos en la procesión de las palmas, el Domingo de Ramos [8].

Estos dos siglos de adelanto cultural, se repiten curiosamente a lo largo de toda la historia inglesa frente al continente: obtienen dos siglos antes la democracia, realizan dos siglos antes su Revolución, ejecutan dos siglos antes a su monarca, inician dos siglos antes el desarrollo industrial. ¿Será todo ello consecuencia de la regula y de la recopilación cultural que les enviara Gregorio Magno desde Roma? [9].

El Papa pasó a ser en aquella época el efectivo sucesor del poder romano, auténtico imperator y pontifex, y la Iglesia asume la dirección cultural de los nuevos estados que surgen por transformación de las tribus bárbaras.

Este empeño de Gregorio Magno corre parejo con otra de sus destacadas glorias culturales que no podemos dejar de mencionar: la coordinación, regulación y proyección del canto «gregoriano». Si a ello unimos su cultivo de la literatura, con la redacción de sus Morales y sus Diálogos, sus experiencias diplomáticas como enviado papal en Oriente, en donde trabó conocimiento y amistad con San Leandro de Sevilla, dibujaremos una personalidad de gran interés biográfico y la figura de uno de los hombres clave que se nos presentan a lo largo de la historia.

Toda esta obra de recopilación cultural, de parto de Europa y de las naciones que la compondrán, se debe a la acción del benedictino Gregorio Magno y de sus sucesores y de la regula que envía en la cogulla también benedictina de Agustín de Canterbury.
 

Segunda etapa cultural europeo-benedictina

Sigue a continuación, la lucha por el predominio de la regula, con dos frentes simultáneos y diferenciados. Uno de ellos, el de guerra abierta, se levanta a lo largo del Rhin -que traspasa- y se dirige a los países ignotos, a los bárbaros. Aquí se distinguen los santos heroicos, los Anscarios, los Alitardos, los Liudgeros [10].

El otro frente, es la sutil, constante y paciente guerrilla con las reglas coexistentes, que, por su destacada importancia, pueden personificarse en dos pueblos concretos: España e Irlanda, Hispania e Hibernia. Ambos, del Occidente lejano, no bien comprendido en la Roma Papal, nuevamente capital efectiva de un renacido imperio [11].

Si la regula no hubiera sido universal -en aquel universo de entonces- no generaría eficacia.

Y a esta lucha, a esta agonía, en su prístino sentido helénico, ayuda el poder constituido: son fundamentales la figura de Carlomagno, su corte y su escuela palatina, sus descendientes y los monarcas cristianos.

El principio del fin, puede situarse en el ocaso del siglo IX, ese siglo que se abre con la ceremonia de la coronación imperial, en aquella navidad romana que restaura viejas tradiciones y que enlaza directamente, en lo formal, con el patrimonio greco-latino-eclesiástico a que antes hacíamos referencia.

A fines del siglo IX, pues, está casi decidida la agonía: la regula está venciendo: Irlanda y España, Hibernia e Hispania, han accedido ya a la vía de la unidad común, la vía europea.

Por lo que a Hispania se refiere, esta lucha nos trae a la memoria la de tantos afrancesados decimonónicos, cuya expresión más aguda se encuentra en la obra de Blanco White, aquel clérigo afrancesado y renegado, en cuyos escritos se traduce la interna congoja, entre su corazón y su lógica cartesiana. Cada uno, dicta su tesis. El corazón, en patriota, la inteligencia lógica, en afrancesado. Intuía que sólo a través de la implantación de lo llamado entonces afrancesado se convertiría España en una nación «moderna».

Con otros planteamientos, pero con la misma agonía e interior congoja, esa debió ser la postura de los monjes hispano-visigodos y de los monjes mozárabes: el corazón, con sus reglas y tradiciones; la inteligencia, con la regula, vía única para llegar a aquel concepto, de primera unidad europea [12].

El caso de Hibernia se presentó más fácilmente, ya que, por circunstancias históricas, la guerrilla se libró fuera de su propio terreno. Las invasiones normandas, las incursiones vikingas habían destruido materialmente sus monasterios insulares. Su obra sólo continuaba en las fundaciones continentales, inmersas física y geográficamente en el mundo de la regula. Y así fue fácil la capitulación. Bobbio, Luxeuil, Saint Gall, todos los bastiones célticos en Europa fueron cayendo uno tras otro. Y de aquella inmensa y simpática obra de la épica leyenda áurea irlandesa, sólo nos quedan piedras y cruceros en los campos del Eire y magníficos libros manuscritos: Evangelario de Lindisfarne, Leccionario de Luxeuil, Evangeliario de Saint-Gall, Libro de Kells, Evangeliario de Durrow [13].

Y así se inició el parto de aquella Europa. Con dolor y con sacrificio. A la Orden Benedictina le cupo el honor de realizar la unidad moral y cultural. La unidad política fue obra de la dinastía de los Pipinos, frente a un peligro común: la existencia del bloque monolítico islámico al sur de Europa. Ambas acciones cierran definitivamente la Edad Antigua y nos introducen en el período medieval.

Algo que, a simple vista, parece tan personal e íntimo, como la celebración cristiana de la Cuaresma -aquellas largas e interminables cuaresmas medievales- ha sido una anecdótica causa histórica, a nuestro entender, de los movimientos sociopolíticos y económicos que abren y cierran el Medioevo, con protagonismo para los pueblos orientales: los árabes y los turcos.

En efecto, el descubrimiento de América tiene como causa fundamental la búsqueda de una nueva ruta de las especias. La ruta habitual había sido cortada, mediado el siglo XV, por los turcos, con sus avances sobre el Imperio Bizantino y con su imparable marcha sobre Europa: el Mediterráneo estaba en sus manos. Y las especias eran fundamentales para la Cuaresma: sin ellas era imposible el transporte, conservación y consumo de los pescados.

Siete siglos antes, la aparición del islamismo, mediado el siglo VIII, y la conquista árabe del Mediterráneo -los cristianos no pueden hacer flotar ni un tablón, dirá el cronista musulmán- corta una ruta comercial importante: la del aceite, materia grasa cuyo consumo estaba permitido en Cuaresma e imprescindible para un correcto alumbrado de las abadías y catedrales en la época. Un monasterio tan importante como el de Saint-Denis, junto a París, tenía reglamentadas sus rutas a Marsella, puerto en el que se aprovisionaba de esta materia.

En realidad, desde la Cuaresma del siglo VIII hasta la Cuaresma del siglo XV se extiende la Edad Media, ese período unitario de la primera Europa, cuyo parto podemos atribuir a la Orden Benedictina, con lo que supone de magna obra de recopilación y transmisión de la cultura.

La quiebra del siglo XV, el desmembramiento de esa Europa, encontró ya fuera de juego a la Orden Benedictina. Su decadencia era evidente y su influencia social y cultural, totalmente nula.
 

Tercera etapa cultural europeo-benedictina

Pero no adelantemos acontecimientos. Si la primera etapa, a que aludíamos, se centra en la figura y en la obra de San Gregorio Magno, y la segunda en el predominio de la regula en toda Europa, la tercera etapa, tras las tentativas precursoras de Benito de Aniano, que vislumbraba un nuevo concepto de coordinación y de unidad, fue la conocida con el nombre de reforma de Cluny.

Por una serie de razones geopolíticas, Francia, en aquellos siglos, se encuentra situada en el eje de la Europa cristiana. A su alrededor, la península ibérica, las islas británicas, los países bajos, los estados germánicos, la península itálica. Siempre paso obligado para cualquier acción intelectual y cultural.

Y más que Francia, aquel reino surgido del tratado de Verdún (843), adjudicado a Lotario I, la parte central del Imperio que Carlomagno lograra reunir, consolidándolo frente a todos con la coronación papal de León III (Roma, año 800), y con el reconocimiento del emperador bizantino Miguel I (Aquisgrán, año 812).

La Lotaringia, la auténtica espina dorsal de Europa, ha sido curiosamente desde entonces su eterna manzana de la discordia y una fuente continuada de problemas. Recuérdense, si no, las guerras de Flandes, de los Países Bajos y del Franco Condado, la doncella de Donremy y los papas de Avignon, el Condado de Provenza y el Ducado de Borgoña, las tesis de Mainz, el cambio Aquisgrán-Aix la Chapelle-Aachen, las Dietas de Worms y Spira, los problemas de Alsacia, Lorena y el Sarre, la independencia de Bélgica y sus actuales secuelas flamenco-valonas, la guerra franco-prusiana y los problemas franco-italianos de Saboya y Niza, la batalla de Verdún y la línea Maginot, incluyendo las sesiones balneares chismográfico-políticas de la realeza y de la aristocracia europeas en el decimonónico Baden-Baden, la actual capitalidad del Consejo de Europa en Estrasburgo y la del Mercado Común en Bruselas. Tantos y tantos problemas que han ocupado a Europa a lo largo de los siglos, han tenido como sede y pretexto aquella Lotaringia.

Pero también la Lotaringia ha sido pretexto y sede de Aniano, de Cluny, de Citeaux, de Clairvaux, grandes hitos de la historia benedictina.

 

 

 

En Maguelone, a orillas de Aniano, se inicia a fines del siglo VIII una experiencia renovadora, precedente inmediato de la reforma cluniacense, aun cuando su duración, extensión e importancia no hayan sido históricamente tan fecundas como las de Cluny. Un austero monje, antes guerrero con Pipino y Carlomagno, de origen visigodo, protagonizará esta experiencia: Benito de Aniano, antes Witiza. Sus relaciones con la corte carolingia son notorias. El hispano Teodulfo, ya obispo de Orleans, le solicita monjes para su monasterio de San Mesmin, mientras Alcuíno de York lo hace para Cormery. Pero su gran protector será Ludovico Pío, el cual, ya emperador, funda un monasterio a poca distancia de Aquisgrán, la capital imperial, para mantenerlo cerca de él [14].

El Sínodo de Aquisgrán de 817 establece las normas y costumbres de Benito de Aniano para todos los monasterios del Imperio, completando lo establecido por otro sínodo quince años atrás en la misma sede: «En los claustros, que se cumpla la Regla de San Benito». La idea de Benito de Aniano era un germen de Cluny: un Abad General y unos Visitadores, usos y costumbres unificados y un principio de total coordinación entre los monasterios, con el máximo respeto a la regula. Sin embargo, el esfuerzo de San Benito de Aniano no fue suficiente para una consolidación definitiva de este empeño [15].

No podía imaginar el Duque Guillermo de Aquitania, al fundar Cluny en septiembre del año 910, bajo la dirección del abad Bernon, que llegaría a ser la cristalización de la idea-matriz de Benito de Aniano y el instrumento de la definitiva extensión de la regula a aquella Europa cristiana.

Pero fue un antiguo miembro de su corte, Odón, su segundo abad, el auténtico creador del «espíritu» cluniacense. El monje Odón, que conocía a los clásicos seculares y eclesiásticos y cuyo padre era una de las personas más cultas de su tiempo, llevaba consigo, al ingresar en el monasterio, más de cien códices.

La especial protección papal de Juan XI, con total exención del poder secular y del poder episcopal, hizo posible que el abad Odón pudiera iniciar libremente su labor. Si Odón infundió el espíritu, su sucesor Máyolo introdujo la ordenación sistemática, la dependencia de las sucesivas fundaciones y un principio de conexión con el poder de monarcas y señores feudales, desde su situación de consejero del emperador Otón y de la emperatriz Adelaida [16].

No había transcurrido todavía siglo y medio desde la fundación de Cluny, a la muerte del abad Odilón, sucesor de Odón, y ya contaba la abadía con sesenta y cinco monasterios dependientes. Odilón consejero y amigo de Hugo Capeto, fue por otra parte, quien introdujo entre los príncipes la institución de la «paz de Dios», observada desde entonces [17]. Al finalizar el largo periodo abacial de su sucesor Hugo, a los dos siglos de la fundación ya existen monasterios cluniacenses en toda la Europa cristiana, mientras sus monjes, lanzados al apostolado misionero, habían cristianizado Polonia y otras regiones del Este.

La figura de Pedro el Venerable cierra la relación de los grandes abades de Cluny. Contemporáneo ya de la etapa cultural siguiente, del Císter, supone un digno colofón a los dos siglos y medio en que los cluniacenses han dominado en Europa. Sus instituciones, en una u otra forma, perdurarán y la antorcha de la reforma encendida en Cluny, se transmite a Citeaux. La historia benedictina no se detiene.

La decisiva influencia de Cluny en esta época se pone de manifiesto en dos de sus monjes, que devienen papas. Al filo del milenio, el monje Gerberto, que había estudiado y copiado manuscritos en Ripoll [18], elegido papa, adopta el nombre de Silvestre II e inicia desde Roma una profunda reforma eclesiástica. En el año 1073, Hildebrando de Hill, monje cluniacense del cenobio romano situado en la cumbre del Aventino, consejero de Gregorio VI, de León IX, de Nicolás II y de Alejandro II, es elegido papa y toma el mismo nombre pontifical de su maestro Juan Graciano: será San Gregorio VII [19]. Entre los pontificados de los monjes Gerberto e Hildebrando, fueron también cluniacenses los papas Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II [20].

Desde Cluny, con la expresa aprobación y común deseo de los monarcas y con la presencia en la sede pontificia de algunos de sus miembros, la reforma cluniacense está, ya consolidada, a fines del siglo XI.

«En aquel mundo señorial, descoyuntado y servil, nos dice Pirenne, el misticismo cristiano conservaba, no obstante, todo el carácter universalista, desvanecido en el marco político, y alentaba, en el dominio moral de la conciencia, al individualismo tan por completo desaparecido en la ordenación social. Universalismo e individualismo, dos ideas-fuerza que con la caída del Imperio Romano habían desaparecido de la vida temporal, venían a reconstituirse por el misticismo en el plano espiritual. La pobreza misma de la vida intelectual contemporánea, así como la imposibilidad de todo afán lucrativo, concentraba en el misticismo todo cuanto los hombres sentían latir en sí de ansia de acción e ideal... Objetivo de la reforma cluniacense fue liberar a la Iglesia de la tutela de los poderes temporales que la desmoralizaban. Fundáronse gran número de abadías envueltas todas ellas en un misticismo popular, siendo característico que Gregorio VII, el gran papa reformador, fuese hijo de un humilde campesino. La renovación del misticismo religioso marca un brusco auge en la cultura» [21].

Esta renovación supuso la puesta al día del ideal universalista, un cosmorama ecuménico, la unificación cultural de Europa, la superación de aquellas diferencias culturales que todavía distanciaban algunas de sus regiones, la aparición, en suma, de un modelo cultural europeo, basado en el rico patrimonio greco-latino-eclesiástico que, desde siglos, había sido conservado y transmitido por los copistas benedictinos.

Este modelo cultural, puede resumirse, fundamentalmente, en la unidad de la lengua escrita, en la unidad de modelo de escritura, en la unidad de la liturgia, en la unidad de la salmodia musical, en un conocimiento científico común. Desde entonces hasta mediado el siglo XX -con el refuerzo considerable que supuso en este campo la Contrarreforma-, podía contemplarse la misma liturgia, con la misma salmodia, en una misma lengua, en cualquier iglesia, catedral o monasterio católico de rito latino de cualquier país del mundo. Podía afirmarse hace unos años, a título de anécdota, que esta liturgia católica y la coca-cola eran los dos únicos modelos culturales idénticos en cualquier rincón del planeta. Sólo nos resta la coca-cola, auténtica aportación yanqui a una historia universal de la cultura. La unidad cultural que suponía esa liturgia con todas sus aportaciones históricas está ya fragmentada y, en algunos aspectos, como el musical, absolutamente degradada [22].

La obtención, el específico matraz para la precipitación de este modelo cultural, europeo, trasvasado a todo el mundo, durante siglos sinónimo de la civilización occidental, que nuestra generación ha lanzado alegremente por la borda, se debe a la extensión y profundización de la reforma cluniacense.

En lo concreto e inmediato, la reforma de Cluny se traduce en un aumento de la disciplina y del trabajo en los monasterios, al que acompaña un renacimiento cultural interno, que trasciende a los propios cenobios.

Se ha mencionado como buen preludio que el abad Odón llega a Cluny con más de cien códices. De inmediato, por las costumbres adquiridas en el cabildo de Tours, del que había formado parte, introduce en el monasterio la enseñanza de la gramática. En sus primeros años, los cluniacenses desconfiaban de los autores clásicos. Es curioso recordar alguno de los sueños que la leyenda nos ha transmitido. El abad Odón sueña con la Eneida, inmensa copa áurea, de la que emerge una serpiente; el abad Hugo sueña con silbos de serpientes, cuando recuerda que, tiene las obras de Horacio bajo la almohada. Uno y otro, pues, leen y conocen a los clásicos latinos, las serpientes de sus leyendas.

Nos refiere Pérez de Urbel que durante el siglo XI el progreso continúa y las escuelas aumentan [23]. En los últimos años del siglo XI no hay ninguna abadía importante que no tenga organizadas una o dos escuelas. En el monasterio de Bec, quizá el más destacado en este aspecto, se enseñaba el trivium y el quadrivium, la Teología y el Derecho Romano. De su Escuela arranca el gran movimiento escolástico. Y muy especialmente la apasionante figura de San Anselmo de Canterbury. Como primera de las series de grandes colecciones canónicas, San Abbón de Fleury publica su colección de los cánones de los Concilios. La medicina encontró entre los monjes entusiastas cultivadores, con auténticos centros médicos, acompañados del viridarium, para el cultivo de plantas medicinales, y de una biblioteca con las Ofthalmias de Demóstenes, la Historia Natural de Plinio, la Therapeutica de Galeno, las obras de Hipócrates y el Dioscórides, famoso libro de curas medicinales, de procedencia oriental, reproducido en numerosas versiones a lo largo de la Edad Media.

Tan grande debía ser la dedicación de los monjes al derecho y a la medicina que una ofensiva general, iniciada en el siglo XII, culmina con la expresa prohibición del segundo Concilio de Letrán (1139) para que no «aprendiesen y ejerciesen por motivo de lucro temporal el derecho civil y la medicina».

El ejercicio continuado de la salmodia, introduce a los benedictinos en el estudio de la música y aparecen a lo largo de los siglos X y XI musicólogos benedictinos que escriben tratados sobre el monocordio, la armonía o los tonos. Guido de Arezzo, monje de Santa María de Pomposa, fue el inventor de la escritura musical. Tras diversos avatares, que le obligan a abandonar el monasterio, su sistema musical es adoptado en Roma por el papa Juan XIX [24]. Guido, como otros monjes dedicados a la música, era también matemático.

En los monasterios catalanes, los primeros que adoptaron la reforma cluniacense en la península ibérica y sintonizaron con el ritmo europeo, recordemos dos figuras notables: Guarin, abad de Cuixá, y su discípulo Oliba -abad de Ripoll fundador de Montserrat y obispo de Vic-, se cultivaban también los estudios arábigos, entre ellos, la astronomía y las matemáticas. El monje Gerberto, luego papa Silvestre II, al que ya nos hemos referido, viaja a Cataluña para aprender estas ciencias arábigas en Ripoll y Cuixá. Su figura intelectual, con esta incorporación a lo clásico de la ciencia musulmana de Córdoba y Toledo en las bibliotecas conventuales catalanas, es símbolo de una síntesis iniciada en la antigua Marca Hispánica y que años más tarde se ha denominado «de las tres culturas». Estudia y escribe sobre teología, filosofía, matemáticas, astronomía, física y medicina y proyecta los conocimientos adquiridos a la península itálica.

El paciente cultivo de la historia ha sido durante siglos tarea de los monasterios benedictinos, en sus distintas vertientes de crónicas, biografías y hagiografías. La primera Historia de los Papas de los diez primeros siglos se debe a un monje de Reims, Frodoardo. Pero la auténtica obra histórica de esta época se debe al monje de Saint-Evreul, en Normandía, Orderico Vital, con sus trece volúmenes históricos, su Historia Eclesiástica desde los orígenes cristianos hasta su tiempo. Esta obra, que ocupó treinta años de su vida, se inicia con la tarea de la transcripción de los códices y el blanqueo de los pergaminos. Orderico conoce el griego y habla el latín, se traslada a numerosos monasterios, toma notas en sus bibliotecas, lee las historias clásicas y las crónicas de su época y al fin puede publicar su obra para «contar las cosas con toda verdad. Hay que decir los vicios igual que las virtudes».

Si ha sido fundamental la aportación de la reforma cluniacense al mundo cultural -reseñemos sólo de paso que Cluny fue el eficaz vehículo de difusión del arte románico, que llegó hasta el finisterrae, con la maravilla de Compostela, a través del eje-calzada del Camino de Santiago- [25] no lo ha sido menos en el mundo económico.

La etapa histórica que finaliza en los siglos XI-XII desvela en lo económico un nuevo concepto que los imperios antiguos no conocían: la definitiva fijación de una nueva clase social rural en Europa, con el origen de la propiedad rústica. La transformación del concepto de vida urbana, con sus aledaños campestres o sus «villas», que imperaba en el mundo helénico y romano, cede el paso a una nueva economía agraria que, ejercida durante siglos, deja una impronta indeleble y profundas.

Más del 95 por 100 de la población vivía en y del campo. Los núcleos urbanos eran escasos y pocos de ellos superaban los diez mil habitantes. Hasta entonces, las roturaciones se habían detenido frente al bosque. Las nuevas fundaciones monásticas se instalaban en medio de los campos, muchas de ellas en tierras de «frontera»: la hispánica frente a los musulmanes, la germánica frente a los eslavos, entre otros. Los monjes se dedicaban al trabajo agrícola, dedicación incrementada desde la institución de los conversos. Poco a poco generaban a su alrededor una amplia concentración de colonos, que constituyeron nuevas poblaciones, origen de algunas ciudades actuales. Los monasterios devenían, desde su fundación y dotación inicial, auténticas misiones colonizadoras, en lo religioso, en lo cultural, en lo agrícola y en lo económico [26].

La nueva mentalidad que se diseña en el, siglo XII cierra este periodo -larga etapa de consolidación y asentamiento en todos los órdenes de la vida europea-, con unas briznas de espíritu aventurero, de proyección exterior, que caracterizarán a la inmediata fundación de Citeaux. Entramos, pues, en un nuevo capítulo histórico.

 

 

Cuarta etapa cultural europeo-benedictina

Un trapense norteamericano ha escrito una hagiografía novelada que tituló Tres monjes rebeldes en la que nos relata la aventura de Roberto de Molesmes, Alberico y Esteban Harding, los monjes iniciadores del Císter, nueva reforma benedictina que surge con el espíritu del siglo XII, al que hacíamos referencia, pero que hubiera pasado desapercibido para la historia, sin la presencia de la figura de Bernardo de Claraval, que domina la vida de su época [27].

Estos tres monjes rebeldes iniciaron su actitud con un efectivo «oponer resistencia» a la norma establecida, a la cómoda costumbre, a la plácida vida monacal de su época, perdidos ya los impulsos de los primeros tiempos de Cluny, en la recta de la inercia de dos largos siglos transcurridos desde su fundación.

Las abadías cluniacenses se habían convertido en grandes señoríos feudales, por la cantidad de privilegios y donaciones que habían acumulado. La inviolabilidad de los monasterios y la seguridad que en el orden personal prestaban sus muros motivaban las continuas cesiones de bienes, muchas veces a cambio de lo que hoy en día calificaríamos como seguro de vida y seguro de entierro. Cabe a los primitivos cenobios habitaban multitud de personas, vinculadas a los mismos por relaciones laborales, jurídicas o religiosas. La potestad cuasiepiscopal que habían conquistado los abades y su total exención del poder civil coadyuvaban a estas concentraciones. La abadía cluniacense dependía únicamente de la Santa Sede. Pero Roma estaba a muchas leguas, con penosas jornadas de viaje a pie o en caballería.

La llegada a Citeaux, en la Pascua del año 1113, de Bernardo de Fontaines con sus treinta compañeros da paso a esta nueva etapa histórica. El abad Esteban, el último superviviente de los tres monjes rebeldes, podría respirar tranquilo. La aportación de Bernardo era, desde el primer momento, de auténtico espíritu militante, con su batallón de convencidos detrás. Este espíritu militante, será una de las características de la última etapa en que, a nuestro entender, actúa socialmente el benedictinismo en la vertebración de Europa. No será ajeno a este espíritu el hecho de que las Ordenes Militares, en una u otra forma, estuvieran configuradas por el Cister.

En el año 1118 un grupo de cruzados funda el Temple. Será Bernardo quien los integre en el Cister, redacte sus estatutos y promueva su aprobación en el Concilio de Troyes, diez años después. En los reinos hispánicos, las Ordenes Militares tienen todas origen cisterciense. El santo abad Raimundo de Fitero, con una personal acción bélica, da origen a la de Calatrava en 1158 [28]. De ésta deriva la de Alcántara y la de Avis, en tierras portuguesas, Jaime II de Aragón vincula también al Císter en 1319 la fundación de Montesa y Alfonso X a un determinado monasterio cisterciense la desaparecida de los Caballeros de Cartagena.

La estructura de estas Ordenes Militares estaba configurada para un fin determinado: la Reconquista. Desaparecida su principal motivación parecía inadecuada la pervivencia de estos monjes caballeros. Así lo comprendió la mentalidad renacentista del Papa Farnessio, Paulo III, al dispensarles de su voto de castidad, reduciéndolos a recuerdo de una epopeya histórica, en el mismo año (1540) en que aprobaba la Compañía de Jesús, de denominación y talante también militar, curiosamente.

En cierto sentido, lo cluniacense estaba en la misma línea que las futuras órdenes mendicantes, mientras que lo cisterciense prefigura, a su modo, la irrupción de los clérigos regulares del siglo XVI.

En los mismos años en que nace Bernardo o quizá en aquellos en que frecuenta las aulas de la escuela monástica de Chatillon-sur-Seine, queda establecido el código del miles christianus en la obra de Bonizon de Sutri. En los inicios de la vocación de Bernardo, él mismo se denomina y califica a sus compañeros como miles Christi, según nos cuenta el Exordium Magnum [29].

En efecto, hacia el año 1090, Bonizon de Sutri nos presenta por vez primera las características de este miles en su Liber de Vita Christiana, que suponen la fidelidad al señor hasta ofrecerle la propia vida, la protección de pobres, viudas y huérfanos, la lucha contra herejes e infieles y, en suma, la defensa de la res publica. La fidelidad al señor y la defensa de la res publica se han transmitido hasta nuestros días resumidas en el concepto de patriotismo y se han encarnado en la institución de la milicia, del ejército. La protección de desheredados ha mantenido su vigencia hasta bien entrado nuestro siglo XX, origen de buen número de instituciones caritativas y benéficas, religiosas o laicas, entrando en liza con el concepto de seguridad social, en la que todavía se halla librando sus últimas batallas. La lucha contra herejes e infieles ha sido abandonada por la sociedad europea hace siglos, transformándola en el concepto de enemigos internos y externos.

Este conjunto de ideales motivó la real existencia de una institución, la Caballería o los Caballeros, cuyas últimas huellas filológicas y semánticas las conserva todavía la lengua castellana, en casos ciertamente curiosos, cuando ya otros idiomas europeos las han abandonado o sustituido con uso sólo en lenguaje figurado. La Caballería motivó ciertamente también a Bernardo y a su creación, el Císter, fundación modeladora de caballeros monjes. El espíritu caballeresco es otro componente que se añade en esta etapa a la Europa de influencia benedictina.

Relacionado con este sentido caballeresco se encuentra el espíritu de aventura, el interés por conocer otros pueblos y otras culturas. Si el Camino de Santiago -impulsado por Cluny en alguna forma- supone el primer paso en una prehistoria turística, no cabe duda que las Cruzadas -impulsadas por el Císter, directamente por Bernardo la segunda- nos colocan en el segundo peldaño de esta prehistoria. Estos dos empeños colectivos de aquella Europa son, por otra parte, una refutación fehaciente al sentido materialista de la Historia. El profesor Sánchez Albornoz declara en una entrevista recientemente publicada: «He creído y sigo creyendo que son los hombres de carne y hueso quienes han dirigido el curso de la vida de las naciones. El que ha hecho la Historia es el hombre. En él ha influido la vida material y la vida espiritual. Yo siempre digo: bueno, las peregrinaciones a Santiago cambiaron la faz de España, y las peregrinaciones no se hicieron por causas económicas. Las Cruzadas fueron un ímpetu religioso de rescatar la tumba de Cristo. Y produjeron unos cambios económicos tremendos. Los marxistas, me lapidan, claro, como un reaccionario» [30].

Este sentido aventurero o preturístico nos lo transmite el Dialogus inter cluniacensem monachum et cisterciensem, del siglo XIII [31], cuando hace decir al cluniacense grisacei monachi semper sunt in motu, sin que el cisterciense proteste [32].

Al sentido militar, caballeresco y aventurero, se deben añadir todavía dos elementos para que resulte la definitiva composición del espíritu cisterciense: el rigor y la coordinación.

Cuando Roberto de Molesmes iniciaba con sus compañeros, en marzo del año 1098, la aventura de Citeaux, el rigor y la austeridad marcaban sus pasos. Otros monjes de su época seguían una ruta con parecido empeño y aparecen una serie de hombres radicales en el benedictinismo, radicales en el seguimiento de la regula y radicales para consigo mismo. A uno de ellos lo hemos encontrado en Sant Miquel de Cuixá, en nuestro Pirineo, de la mano del abad cluniacense Guarin. Lo había traído a raíz de una peregrinación suya a Roma, junto con Marino y Pedro Urseolo. Era Romualdo, que al regresar a su país funda la Camáldula, en el año 1012, interpretación rigorista, extremada y penitencial de la regula, como nos lo presenta su biógrafo, discípulo y admirador Pedro Damiano, Cardenal Obispo de Ostia.

Otro radical era Juan Gualberto que muere en 1073 en su fundación de Vallumbrosa. Dentro del ámbito benedictino todavía se producen más ejemplos radicales en esta época: Roberto de Abrissel y su Congregación de Fontevrauld en Francia, Juan de Matera y Guillermo de Vercelli y sus Congregaciones de Pulsano y Montevergine, en Italia. Junto a ellos, en Alemania, Bruno de Colonia y sus cartujas y Norberto de Xanten, arzobispo de Magdeburgo y su reforma capitular que inicia la existencia de los canónigos blancos, los premonstratenses.

La obra de estos reformadores de los siglos XI y XII todavía perdura. Las fundaciones camaldulenses y vallumbrosianas coexisten con las congregaciones de Arbrissel, Matera y Vercelli, subsumidas todas en las ramas del árbol benedictino confederado, y con las órdenes cartujana y premonstratense.

Pero indudablemente, de entre estos auténticos y sanos radicalismos, alcanzó la mayor transcendencia cultural e influencia social la reforma cisterciense, cuya sorprendente vitalidad llegó a cubrir la tumba del último notable abad de Cluny, Pedro el Venerable, con el epitafio «Floreció en tiempos de Bernardo».

Esta sorprendente vitalidad que imprimió al Císter se puede resumir en pocos datos. Dos años después de su llegada a Citeaux, se habían fundado ya los monasterios filiales de La Ferté y Pontigny. Al año siguiente (1115) el propio Bernardo funda Clairvaux, del que en tres años derivan otros tres: Trois Fontaines, Fontenay y Joignay. Monasterios enteros de monjes cluniacenses se pasan a la nueva reforma. Arzobispos, estudiantes parisinos y canónigos ingresan en el Císter. De las nueve abadías representadas en el primer capítulo general se pasa a trescientas cuarenta y dos en el capítulo del año 1152, todavía en vida de Bernardo, a quinientos treinta a fines del siglo XII y a setecientas veinte a fines del siglo XIII, a pesar de la prohibición del citado capítulo general de 1152 de creación de nuevas casas.

En el año 1120, la reforma del Císter ya había entrado en la península itálica, en 1123 en los reinos germánicos, en 1129 en Inglaterra y en 1130 en la península ibérica [33]. La influencia del Císter no es sólo territorial. En vida de San Bernardo se consagra el primer obispo cisterciense, el abad Pedro, del monasterio de La Ferté, que pasa a regir la sede de Tarentaise, metropolitana desde el siglo VIII, hoy día integrada en la de Chambery. Más aún. También en vida de Bernardo es consagrado papa un cisterciense, Bernardo de Pisa, abad de los SS. Vicente y Anastasio alle Tre Fontane, con el nombre de Eugenio III. Desde entonces los pontífices romanos reúnen junto a su título de Obispo de Roma el de Abad «nullius dioeceseos» de Tre Fontane. Sólo en el siglo XII fueron consagrados obispos más de setenta cistercienses y nombrados cardenales otros catorce, desempeñando en muchos casos las funciones de legados a latere.

La coordinación a que aludíamos, como último ingrediente del espíritu cisterciense, quedaba codificada en la Charta charitatis (año 1119), aprobada por Calixto II [34], en la que aparece tipificada por vez primera en el Benedictinismo la existencia de un órgano colectivo de autoridad por encima de los órganos personales. La regulación de esta asamblea, el Capítulo General del Císter, es un antecedente de los parlamentos de notables. A ella se someten todos los abades y el propio abad general: Todavía encontramos la fórmula en los últimos documentos del Abad General del Císter, residente entonces en Citeaux, en la época de la Revolución Francesa, Dom François Trouvé, poco antes de claudicar, junto con las abadías de La Ferté, Pontigny, Morimond y Clairvaux, ante las imposiciones revolucionarias de supresión de las órdenes religiosas. «Nos Francisco Trouvé... en el ejercicio de los plenos poderes de la mencionada Orden, que nos competen por voluntad del Capítulo General...» [35].

De la Charta charitatis también se deducen la institución de las visitas regulares, el sometimiento de los abades a la autoridad de sus obispos, la regulación del trabajo manual, la ordenación de los libros y de la música según criterios propios, la austeridad en el arte y en la liturgia, la exclusión de sedas, tapices, vidrieras y ornamentaciones, y la clausura de las iglesias destinadas sólo a monjes. Elementos, todos ellos, que se transfieren, en diversas modalidades, a la sociedad de su época.

La combinación caballerosidad, militancia, aventura, rigor y coordinación nos ofrece un exacto diseño de la reforma cisterciense en el espíritu que Bernardo imprime a todas sus realizaciones. Este diseño, transmitido a la Europa de su tiempo, perdurará históricamente hasta que su proceso imparable alumbre en el siglo XIII a los primitivos representantes del nuevo humanismo.

A la muerte de San Bernardo en 1153 el Císter estaba presente en todos los países y en todas las esferas sociales y se había transformado en lo que hoy denominaríamos una multinacional, con un gobierno centralizado y multitud de recursos humanos y económicos. La estructura que se ideara en la Charta charitatis precisaba un sostén jurídico, al desaparecer Bernardo, mentor y fautor de todos. Precisamente pocos años antes, un benedictino camaldulense, Graciano, había recogido en sus Decretos el derecho de la época (1140). A partir del año 1160 el Císter acepta ya donaciones de bienes, de iglesias, de villas y de vasallos.

Las abadías cistercienses rivalizan en poderío con las cluniacenses y se convierten en importantes elementos colonizadores. La menor dedicación que prestan los cistercienses a la liturgia, sin las interminables salmodias cluniacenses, aumentan las horas de trabajo manual. Por otra parte, la institución de los hermanos conversos, cuyos antecedentes encontramos en los legos camaldulenses, dota a las abadías de una importante mano de obra, que, utilizada convenientemente, transforma los bosques, desiertos o zonas pantanosas en importantes campos de cultivo y feraces huertas, ya que los lugares mejor dotados habían sido ocupados con anterioridad por los cluniacenses. Los cistercienses talan árboles y desecan marismas, inauguran nuevos métodos agrícolas, introducen frutas, verduras y legumbres cuyas semillas traen consigo al fundar los monasterios, plantan cepas y flores, haciendo crecer viñas y jardines, crían ganado y se dedican a la apicultura y a la piscicultura. Las abadías cistercienses llegan a ser auténticas factorías agrarias. En toda Europa recuperan tierras, en Sajonia, en Polonia, en Silesia, en Pomerania, en la península ibérica cubren las fronteras con el musulmán y repueblan la tierra de nadie.

El Císter se constituye en el precursor de la industria, construye canales y diques para encauzar las aguas, inicia la fabricación del yeso, explota canteras, produce y manufactura lanas, paños y curtidos.

Si esta fue la directa influencia del Císter en la economía europea, no fue menos importante la indirecta, a través de las Cruzadas y de su presencia en las Ordenes Militares. Los caballeros eran seguidos por los comerciantes que deseaban abrir nuevos mercados, en especial pisanos, genoveses y venecianos. De esta forma se renovó un mundo de intercambios que las invasiones sarracenas habían colapsado. El propio Císter llegó muy pronto a tierras de Oriente.

Los temas culturales, a pesar de las primeras reticencias, no se descuidan. La copia de libros prosigue con renovado ardor, ya que ahora se trata de encontrar los originales, sin addendas ni mixtificaciones, idénticos, sin erratas ni alteraciones. Todas las abadías debían disponer de los mismos textos. El Císter era extremadamente exigente en este terreno. En todos los monasterios existían los mismos ejemplares del Salterio, del Martirologio, de la regula, de los estatutos de Citeaux, de la Charta charitatis. Las transcripciones se sometían a una severa revisión, resultando los manuscritos de una corrección, limpieza y ejecución impecables. Cuando, ya en el siglo XV, el abad Juan de Cirey mandó imprimir el Salterio del Císter, todavía sirvió de modelo el manuscrito de Roberto de Molesmes. Esta misma exigencia hizo que el abad Esteban Harding solicitara la ayuda de rabinos judíos para compulsar la Vulgata con la versión hebraica. Las diferencias existentes fueron anotadas al margen de un magnífico ejemplar de la Biblia, que todavía se conserva en el archivo de Dijon.

Las prescripciones del Císter influyeron también en la miniatura. San Bernardo aborrecía los adornos inútiles, los leones y centauros, esas mil y una figuras intercaladas por los ilustradores en las orlas y en las capitales. La reforma cisterciense introdujo en la copia de manuscritos nuevas combinaciones de colores y nuevas formas de letras, para obviar la inútil figuración decorativa. «Con el riesgo de recibir las iras de estos austeros cristianos, los otros monjes dieron curso a su fecunda imaginación. La reforma cisterciense, en otro caso, hubiera obtenido el singular resultado de matar el arte ornamental en nombre de la humildad y de la simplicidad cristianas» [36].

En el Capítulo General de 1134 ya se indica a los abades que deben enseñarse las letras a los novicios y a los monjes. Un siglo después (1237) se prescribe un examen antes de la admisión. El Císter provoca, por su expresa inicial prohibición de las literaturas profanas, una literatura de carácter religioso inagotable, iniciada por el propio San Bernardo. Pero pronto surgirán las obras históricas, crónicas y biografías de tan larga tradición en el benedictinismo. Un nieto del emperador Enrique IV, sobrino de Federico Barbarroja, hijo de Leopoldo de Austria, Otón de Freissing, monje cisterciense, escribe entre los primeros una historia general en ocho volúmenes que, para salvar la intención, presenta con el carácter de lucha entre dos ciudades, la divina y la terrena.

La dedicación del Císter a estudios superiores, en las nacientes Universidades, obliga en 1234 a abrir un Colegio en París, pese a las reticencias de algunos abades, pero el papa Inocencio IV patrocina la idea del Abad General. Más tarde tendrán casas de estudios junto a las principales universidades, en Augsburg, en Metz, en Salamanca, en Tolosa, en Oxford, en Montpellier.

La reforma cisterciense sirve como vehículo de transmisión del primer severo arte gótico, en menor medida, desde luego, que la misión que les cupo desempeñar a los cluniacenses, en relación con el arte románico. No pueden silenciarse algunos modelos del gótico cisterciense, que todavía podemos admirar en Fontfroide o en Pontigny, en Francia, en Fossanova o en Casamari, en Italia, en Fitero, en Las Huelgas, en La Oliva o en Poblet, en España, en Alcobaça, en Portugal.

Sin embargo esta etapa benedictina, la última etapa de influencia socio-cultural sobre Europa, tocaba a su fin. Dos siglos después, ya en el XIV, la decadencia era evidente. Los síntomas han sido detallados muchas veces. La vida comunitaria, por efecto de la general relajación, estaba arruinada. El fervor primitivo había desaparecido. Los amotinamientos contra los abades eran frecuentes. Los monasterios sufrían la misma crisis económica que perturbaba a las grandes fortunas occidentales. Encomiendas y prebendas estaban a la orden del día. La transformación de la economía había seguido su curso, mientras las deudas se acumulaban y las grandes edificaciones medievales comenzaban a amenazar ruina. Las restauraciones eran costosas y generaban nuevas deudas.

El número de profesos había disminuido. Quienes buscaban ideales de fervor, se dirigían a las nacientes órdenes mendicantes. Aquellos que se contentaban con una renta segura, ingresaban en los monasterios que, en muchos casos, intentaban transformar en colegiatas para obtener la secularización. El lamento que el Dante pone en boca de San Benito estaba plenamente justificado «e la regola mia rimasa è giù per donno delle carte» [37].

Un Papa cisterciense, Jacques Fournier, que tomó el nombre de Benedicto XII [38], intentó por todos los medios detener la decadencia monástica. Su larga bula Summi Magistri (20-6-1336) sobre este tema, con detalladas disposiciones, fue inútil. El largo período aviñonés que se avecinaba y el cisma que le siguió supusieron para el Papado un rudo golpe en su autoridad moral, que no recuperaría plenamente hasta los tiempos de San Pío V.

Las tentativas reformistas que siguieron, muchas de ellas encomiables, no tuvieron ya la incidencia social que habían mantenido en siglos anteriores, reducidas al propio ámbito conventual, sin proyección exterior. En el siglo XIII, ni silvestrinos, ni celestinos, ni olivetanos, ni las figuras de los santos reformadores Silvestre Gozzolini, Pedro Moreone -el papa Celestino V-, o Bernardo Tolomei, pudieron llegar a tener en su propio país la trascendencia popular y social de un Francisco de Asís o la proyección intelectual de un Tomás de Aquino, todo ello por referirnos sólo a Italia.

La situación general en Europa era idéntica. Se había tocado fondo y era preciso remontarse. Pero la oportunidad histórica había pasado ya. El ciclo cultural europeo-benedictino quedaba ya cerrado.

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Florencio Arnán y Lombarte es Dr. en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona, Catedrático de Historia del Libro y académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El trabajo que ofrecemos forma parte del que bajo el título «Libros, biliotecas, recopilación de la cultura» publicó su autor en el volumen 56 de los «Anales de moral social y económica» editados por el Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos, en 1982, conmemorando el XV Centenario del Nacimiento de San Benito.

Carta de Juan Pablo II con motivo del XV centenario del nacimiento de San Benito.

TOYNBEE, Arnold J.: A Study of History. Abridgement, VII, XXVI.

FEBVRE, Lucien: Combats pour l´Histoire. La obra capital de Febvre en la historia del libro es su L’apparition du livre. París, 1958.

San Gregorio fue el primer monje que accedió a la sede romana. Fundó varios monasterios en Sicilia y en Roma y, finalmente, él mismo profesó como benedictino. El Papa Pelagio II lo ocupa durante años como su legado. Era Abad de San Andrés de Roma, cuando fue elegido para ocupar la silla de Pedro. Para él, la auténtica admiración hacia San Benito era, precisamente, la regula, dejando escrito: «Entre los milagros con que Benito ilustró al mundo, el más luminoso que todos los demás es el texto de su Regla». Fue el primer biógrafo de San Benito, al que consagró el libro II de sus Diálogos. No lo trató personalmente, pero recogió datos de contemporáneos, como los abades de Montecassino, Constantino y Simplicio, el abad de Subiaco, Honorato, y el abad de Letrán, Valentín.

El origen del poder temporal del Papa, hoy día Soberano del «Stato della Cittá del Vaticano» se encuentra en la obra y en la actividad benedictina de San Gregorio Magno. Su consolidación corresponde a San León III. Ambos pontífices eran romanos de nacimiento. A Pío XI correspondió la elaboración del actual «statu quo» mediante el Tratado de Letrán. El Principado de Andorra es un Estado de peculiar carácter, el más antiguo de Europa en el mantenimiento de un mismo territorio de soberanía, cuya constitución -también Constitución en el marco del derecho político y del derecho internacional- está firmada y sellada el día 8 de septiembre de 1278 por sentencia arbitral entre el Obispo de Urgel, Pere d´Urg, y el Conde de Foix, Roger Bernardo III, conocida como «Pareatges», y autorizada por el Rey Pedro III el Grande mediante la presencia y firma de su gobernador de Solsona, Poncio. El Papa Martín IV la confirmó, mediante su bula de 7 de octubre de 1282. La situación permanece igual hasta 1793. Preocupados los andorranos por la pérdida de su peculiar régimen, por renuncia de la Revolución Francesa a ejercer los derechos reales derivados de los condales, lograron al fin que el Emperador Napoleón se hiciera cargo de la anterior situación, desde el 27 de marzo de 1806. Esta fue reconocida también por su contemporáneo Co-Príncipe, el Obispo Francisco de la Dueña y Cisneros que «aunque indigno Obispo de Urgel -decía- y como tal (soy) Príncipe de los Valles de Andorra, como lo han sido por títulos antiquísimos de propiedad y de sucesión inherente a esta dignidad episcopal y de tiempos muy remotos, mi más dignos prodecesores, [y] tengo consiguientemente el singular honor de ser cosoberano en los dichos Valles del Emperador Napoleón».

TOYNBEE, Arold J.: A Study of History. Abridgement, VII, XXVIII.

El hispano Teodulfo, monje-poeta, figura importante en su época, fue Obspo de Orleans y desarrolló una importante labor cultural. Con Alcuíno de York le cupo el trabajo de revisión del texto de la Biblia. Puso en marcha la escuela monástica de Fleury. En el scriptorium que organizó Teodulfo se empleaba un tipo de escritura muy elegante. Se conservan dos manuscritos procedentes de este taller. Uno en París, otro en Puy. Su decoración consiste en algunas hojas de púrpura con letras doradas, y en grandes orlas con columnatas para el canon de los evangelios.

A este curioso fenómeno le denomina Ortega, en su prólogo al Diccionario Enciclopédico Abreviado, de Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires 1939, «la precedencia normal de las Islas Británicas sobre el continente». Difícil será que a toda grande obra continental no se le encuentre un precedente inglés. Los ingleses han llegado antes que los continentales a casi todas las cosas. Lo han hecho sin brillantez, porque el inglés evita lo brillante, lo mismo que otros lo buscan; pero el caso es que son siempre los primeros en palpar lo por venir.

La gran conquista misionera de Europa en los siglos XIII y IX, la reserva la Historia para los monjes benedictinos. El galorromano Amando evangelizó el norte de la Galia con sus discípulos Babón, Humberto, Floberto y Remaclo. El merovingio Ruperto, fundó entre otros, el monasterio de San Pedro de Salzburgo. El primer monje inglés que entrevió la epopeya evangelizadora fue Wilfredo, náufrago y primer apóstol en Frisia, Winfrido -romanizado Bonifacio- y sus discípulos Lull, Bucardo y Denehardo evangelizaron la Germania y fundaron, entre otras, las abadías de Fulda y Hersfeld y las catedrales-monasterios de Wurzburgo, Ratisbona, Utrecht, Hamburgo y Bremen. El hispano Pirminio, con un numeroso grupo de monjes evangelizan la Renania y funda los monasterios de Reichenau, Hornabach y Murbach. Winebaldo y Winebaldo -hermanos-, Villehad y Liudgero finalizan la cristianización de Frisia y de Sajonia. Anscario, monje primero en Corbie y luego en Corwey, está unido a la leyenda del Rey Harold de Dinamarca. Obispo de Hamburgo, evangelizador del Báltico, los Papas Gregorio IV y Nicolás II le nombran legado pontificio para Jutlandia, Suecia, Noruega, Islandia y Groenlandia, las tierras ignotas del Norte.

El monaquismo céltico debe su origen a San Germán l´Auxerrois en Bretaña y a San Patricio en Irlanda. Los monjes celtas consideraban a los libros como su mejor bagaje. Como anécdota se cuenta de San Columbano que daba las bendiciones, sin levantar los ojos del manuscrito, con el extremo del cálamo. El monje historiador, Juan Biclarense, obispo de Gerona, nos relata en su Crónica que, superado el trauma del cisma arriano, el Rey Recaredo fundó numerosos monasterios en sus dominios, que no seguían una regla determinada. Es curiosa la concepción de la institución abacial en la regula communis de San Fructuoso como parte contratante con la otra parte que es el conjunto de monjes. Su elección se deriva de un pacto escrito, al que se adhieren los nuevos monjes que profesan en el monasterio. Esta forma de convivencia monástica arraigó profundamente en el espíritu hispano y por ello fue más difícil la propagación de la regula.

La peculiaridad de los sistemas monacales hispánicos tenían un doble aspecto. Por una parte, la liturgia no romana, la liturgia mozárabe extendida a toda la península. Por la otra, las reglas difundidas, en especial las de San Fructuoso, que tenían una distinta visión y concepto de la vida monacal. Había que superar ambas dificultades, siendo quizá más difícil la segunda que la primera.

Los monjes celtas desarrollaron un arte original, al que algunos han querido encontrar antecedentes orientales. Para un mero observar los entrelazados típicos de los manuscritos irlandeses no difieren mucho de los árabes o de los persas. Las decoraciones geométricas son característica común a los libros irlandeses citados, que viajaban con los monjes, materialmente, y en su concepción y estilo, espiritualmente. Lindisfarne nos muestra su estancia en Inglaterra, Luxeuil y Saint Gall su presencia en el continente. Un libro famoso de esta época, el Codex Argenteus, de pergamino púrpura y letras de plata, fue escrito probablemente en Bobbio o uno de sus prioratos o cellas dependientes en el siglo VI; en el siglo XVI apareció en una abadía alemana, de donde pasa a Praga, siendo allí requisado por los suecos, en la guerra de los Treinta Años. Actualmente se halla en la Universidad de Uppsala y su texto corresponde a la traducción gótica de la Biblia realizada en el siglo IV por el obispo Ulfila.

Benito de Aniano escribió un compendio de las reglas monásticas conocidas, el Codex Regularum, y una Concordantia entre la regula y las demás reglas monásticas, para demostrar la adecuación entre una y otras.

Aún cuando tuvo algunos continuadores -Dodón, abad de San Savino; el propio Rábano Mauro, abad de Fulda y arzobispo de Maguncia- la obra de Benito de Aniano desapareció en pocos años. Por otra parte, las invasiones normandas al norte, las de los húngaros al este, y las sarracenas al sur acabaron con no pocos monasterios y a lo largo de esta época las fundaciones nuevas fueron escasas. Entre estas, la de Santa Justina de Padua, en el año 870, que será sede de la reforma de Luis Barbo, en el año 1408 origen de la Congregación Benedictina Casinense.

El abad Máyolo, provenzal, introducido en la corte, aprovechó su influencia para extender la reforma cluniacense a Alemania e Italia, también durante el reinado de su hijo Otón II.

La primera reglamentación histórica de la institución de la «Paz de Dios» corresponde al abad Oliba, de Ripoll, obispo de Vic, muy vinculado con las cortes de su época por su parentesco, ya que era nieto de Wifredo el Velloso, fundador de la dinastía catalana. La reunión de obispos que reglamentó la «Paz de Dios» en Niza con el abad de Cluny Odilón, tuvo lugar en 1041. Los Sínodos de Vic de 1030 y 1033 presididos por Oliba, ya reproduce anteriores disposiciones sobre el tema. En efecto, en el sínodo de Elna (5-X-1022) y en el de Prat de Toluges (16-V-1027), Oliba ya instituía las condiciones de la paz y la tregua de Dios. Tanto Oliba como Odilón eran abades introducidos en la vida sociopolítica. En Oliba destaca siempre su desbordante humanidad, que le hace mezclar en sus epístolas los pactos de paz logrados entre obispos y otros señores feudales, con las construcciones a realizar en su monasterio y la absolución de un monje díscolo con la preocupación por los cuidados de sus cisnes y de su pequeño halcón (Migre P. L. CXLII, 600).

Lo que ha podido significar Poblet en el período de los condes-reyes, lo significó Ripoll en el período de los primeros condes en la historia de la Marca Hispánica, en buena parte debido a la fuerte personalidad del Abad-Obispo Oliba. Poco después de su fundación, ya tenemos noticias de un primer copista conocido, el monje Juan, que transcribe en el año 958 una colección de decretales. El casi centenar de manuscritos que encuentra en la fecha de su elección, el día 8 de agosto de 1008, el Abad Oliba en la biblioteca de su monasterio de Ripoll, se han transformado en 1047 en ciento noventa y dos, entre los que se encontraban, además de los libros litúrgicos y canónicos, las más destacadas corrientes de la literatura musulmana, junto con obras de influencia irlandesa y otras, vestigios de la gran cultura visigótica.

Un destacado defensor de la tendencia centralizadora romana fue San Gregorio VII, monje benedictino cluniacense. Su antecesor Alejandro II consiguió que Aragón cediese ante la unificación litúrgica olvidando antiguas tradiciones hispanovisigóticas. A esta definitiva capitulación, a esta renuncia, se le dio carácter solemne, con la presencia del rey Sancho Ramírez de Aragón, de los obispos de Jaca y de Roda y del legado pontificio, en el monasterio benedictino de San Juan de la Peña, el día 22 de marzo del año 1071. En el coro, la prima y la tercia fue toledana; la sexta ya fue romana. Gregorio VII pretendía todavía más en la península Ibérica. En 1074 atribuye la divergencia litúrgica toledano-romana a priscilianistas, arrianos, godos y sarracenos. Era demasiado. Pero el rey de Castilla se inclinaba por lo romano. La Crónica Najerense relata una prueba de fuego a la que se arrojaron dos códices, el toledano y el romano. El toledano saltó fuera, pero Alfonso VI con su pie lo reintrodujo en la hoguera, haciendo bueno el refrán «allá van leyes do quieren reyes». La trascendencia del cambio fue enorme; con la liturgia y con la letra, los libros anteriores al siglo xi quedaron inservibles e ilegibles. Con la liturgia y con la letra se hundieron seis siglos de ciencia y tradición hispánicas, de los Isidoro, Leandro, Braulio, Eugenio, Ildefonso y Julián. Esta ha sido la gran ofrenda todavía no reconocida de los reinos españoles a Europa, su gran trauma cultural interno en aras de una superior unidad europea, la gran prueba superada, pero no olvidada por el pueblo. Siglo y medio después, el poema anónimo de las Mocedades de Rodrigo, pone en boca del Cid un desafío al papa, según interpretación, criterio y transcripción de Ramón Menéndez Pidal:

Devos Dios malas gracias, ay papa romano,

enviásteme a pedir tributo (cada año)!

traérvoslo ha el buen rey don Fernando:

cras vos (lo) entregará en buena lid en el campo.

Todos ellos eran germánicos, Clemente II (1046-1047), sajón; Dámaso II (1048), bávaro; San León IX (1049-1054), alsaciano; y Víctor II (1055-1057), de Dollstein-Hirschberg.

PIRENNE, Jacques: Les grands courantes de l’Histoire Universelle.

Basta asomarse hoy día a algunas iglesias y conventos, en horas de oficios religiosos, para comprobar ausencia total de sentido estético y de buen gusto. La liturgia y la música en la iglesia, aún respondiendo a sentimientos internos, es también una forma socio-cultural que debe cultivarse cum dignitate, ya que, en nuestra civilización occidental, forma parte destacada del patrimonio cultural común.

PÉREZ DE URBEL, Justo: Historia de la Orden Benedictina. Madrid, 1941.

Juan XIX, romano de nacimiento, ocupó la cátedra de Pedro entre los años 1024 y 1032.

La trascendencia cultural, económica y social del Camino de Santiago merece subrayarse. Desde sus inicios ha tenido comentaristas y cicerones. Recordemos aquí el Codex Calixitinus de 1139, obra de un anónimo monje, precedente de las modernas guías turísticas. El intercambio de lenguas, culturas, tradiciones, folklores, economías y liturgias ha hecho de esta calzada a lo largo de los siglos, uno de los ejes más importantes de integración europea. Una calzada a cuyos márgenes se levanta un mismo arte: Saint Martín de Tours, Sainte Foy de Conques, Saint Martial de Limoges, Saint Semin de Toulouse, Santiago de Compostela, todos ellos templos románicos de amplias dimensiones que permiten una ordenada circulación de multitudes peregrinas. En las últimas excavaciones compostelanas el prof. Lacarra ha encontrado monedas de Carlomagno, el primer paladín de la Europa unida. Este hallazgo viene a confirmar que, desde el mismo momento en que el Obispo Teodomiro de Iria Flavia, en el año 813, proclamó la invención del cuerpo del apóstol, comenzaron ya a llegar los peregrinos. Se trata, pues, de un eje-calzada de Europa durante más de mil años.

Un buen número de ciudades y pueblos europeos deben su origen a monasterios benedictinos, alrededor de los que han ido surgiendo y creciendo. Podemos citar en España, Villanueva de Lorenzana, Samos, Mondoñedo, Sahagún, San Pedro de la Dueñas, San Sebastián, Oña, Santo Domingo de la Calzada, Sant Cugat del Vallés, Monistrol, Ripoll, Sant Joan de les Abadesses; en Suiza, Saint-Gall Einsiedeln, Lucerna, Zurich; en Bélgica, Gante, Brujas, Malinas, Lieja; en Gran Bretaña, Cantobery, York, Bath; en Alemania, Münster, Fulda, Fritzlar, Wissemburg, Nordhausen, Lindau; en Francia, Perpignan, Aurillac, Lucon, Pamiers, Sannt-Denis, entre otros.

RAYMOND, M.: OCSO.

La aprobación papal se logró ocho años después.

MIGNE, P. L. CLXXXV.

Revista Nuestro Tiempo.

Recogido por MARTENE: Thesaurus Anec. vol. V, 1571.

La denominación grisacei aplicada al monje cisterciense se contrapone al nigri de los cluniacenses. La aplicación estricta de la regula en el Císter conllevaba el no teñir los hábitos, dejando la tela en su color natural. Esta distinción se conserva todavía hoy en el benedictinismo entre monjes negros -los confederados- y monjes blancos -los cistercienses-.

En 1130 Alfonso VII, que será su gran valedor, funda la primera abadía cisterciense en la península, la de Moreruela. En 1132 llegan a Portugal, en donde poco después, en 1148, se funda Alcobaça de especial trascendencia en la historia económica y social del vecino país. Én 1146 reciben la donación de Veruela, entrando en el reino de Aragón. En 1150 Ramón Berenguer funda Poblet y un año después se erige Santes Creus. La primera gran abadía cisterciense femenina, la de Las Huelgas Reales, en Burgos, está funcionando en 1187.

18-2-1145 a 8-7-1153.

Notizie Cisterciensi, XII, 1-2.

MOLINIER, A.: Les manuscrits.

Divina Commedia. Paradiso.

8-I-1335 a 25-IV-1342.

 

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La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión{la Iglesia Católica fundada por Jesucristo - Dios nuestro}

 

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“Por consiguiente, la fe proviene de la predicación, y la predicación es el mensaje de Cristo”. San Pablo en ‘Romanos 10:17’.

“El que os escucha a vosotros me escucha a mí; y el que os rechaza a vosotros  rechaza a mí; y el que rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” Dice Jesús en el evangelio según San Lucas 10,16

La Iglesia –solo ella- en la sucesión apostólica predica a Jesucristo hace 2000 años.

Las sectas predican ‘interpretaciones’, llegando en la actualidad a unas 20.000 cerca.

 

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Meditemos sobre la verdadera y la falsa religión, sobre la fe genuina en el Señor de la historia, por un lado, y sobre la idolatría, por otro. Los salmos presentan a Dios como un ser vivo y personal, que con la fuerza de su amor guía y sustenta a sus fieles. La idolatría, por el contrario, manifiesta una religiosidad desviada y engañosa. Un ídolo es sólo “obra de las manos del hombre”: tiene apariencia humana pero no tiene vida. Los Salmos expresan la tentación del hombre de alcanzar la salvación con la “obra de sus manos”, mediante la riqueza, el poder, el éxito. Quienes adoran estas realidades inertes, dice san Agustín, se convierten, en su interior, en algo semejante a ellas: son como los ídolos que adoran, incapaces de oír y de ver.

 

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Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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Esta es la fe de los católicos: así enseña el Señor:

 

Epístola de Santiago 3,13-18. - El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanaglorien ni falten a la verdad. Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y demoníaca. Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

 

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Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. Ahora, en esta etapa final, ha hablado por el Hijo. Pues envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre; Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna. La economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor.
Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos, gusto en aceptar y creer la verdad. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones.
Constitución Dei Verbum, 4-5 – VATICANO II

 

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Como Naamán, muchos querrían imponer sus condiciones a Dios, para tomarlo en serio y creer. Pero es Dios quien tiene la palabra. Y Dios no convoca oposiciones, ni valora el curriculum, ni acepta enchufes. Dios sale al encuentro de todos los que le buscan con sincero corazón, y se les muestra en los acontecimientos más insospechados de la vida. Moisés lo descubrió en una zarza que ardía sin consumirse. Lo importante es saber ver, saber mirar con ojos nuevos, tener el corazón limpio para poder ver a Dios.

 

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«Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo».

S. S. Benedicto XVI reconoció que «esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así», aseguró Su Santidad.

«El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir --señaló--. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra».

«Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo».

Según el Papa, esta fue la misión de Juan Pablo II, «cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural».

«La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud», aclaró S. S. Benedicto XVI


«El Papa es consciente de estar, en sus grandes decisiones, ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia» 2005.05 Vat.

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.

 

¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»

 

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Señor Jesús, queremos recoger la lección de S. Francisco que aprendió de la Iglesia.
Como él queremos verte en tus obras y a través de ellas llegar a Ti.
Que todo el universo sea para nosotros un cántico de alabanza en tu honor.
Que a través de nuestras buenas obras, los demás también Te glorifiquen y juntos construyamos esa fraternidad universal, de la cual el mundo entero está necesitado. AMÉN.

 

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«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»

 

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‘Si la técnica no se reconcilia con  la naturaleza, ésta se rebelará’ 12 nov.2000 S. S. Juan Pablo II - Magno

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

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Soy el autor de PARA SALVARTE que lleva 55 ediciones publicadas en España
por EDIBESA, con un total de UN MILLÓN 250.000 libros vendidos.

Se trata de una ENCICLOPEDIA CATÓLICA donde se expone la doctrina católica sobre quinientos temas, desde el origen del cosmos hasta la clonación humana.

Creo que es bueno darlo a conocer.
Está en INTERNET: www.arconet.es/loring
Agradecería su difusión.

JORGE LORING, S.I. 2005

 

Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía. 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).