Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Benedicto XVI: "Los derechos humanos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones"


"Los Derechos Humanos nacen de la cultura europea occidental, de indudable matriz cristiana" Benedicto PP. XVI. 2010


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“A la valentía de la fe, debe corresponder la audacia de la razón” Juan Pablo Magno {Juan Pablo II} 2004

 

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¿Derechos de las mujeres?… ¿Acaso hay derechos de los hombres?… ¡Qué tal si simplemente nos esforzamos en que se respeten los derechos de las personas!

 

La ideología de género: otro caballo de troya dentro de la Iglesia. 2015

 

 

 

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Una sociedad sana sabe distinguir a los mejores y guardar la memoria de quienes merecen máxima gratitud. La democracia es el único régimen político legítimo, pero la aristocracia es la única forma posible para la transmisión del saber. Del maestro al discípulo. Del sabio al ignorante. Del buen profesor al alumno bien dispuesto.
«La España que pudo ser, la que se hubiera mantenido a la altura de sus exigencias, sin degradaciones ni caídas, coincide con la España que podrá ser si no renuncia a lo más propio y creador, a lo más valioso y original que ha aportado al mundo». Julián MARIAS + MMV.XII.XV

 

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“No es una coincidencia que la Unión Europea se defina en su Constitución como un sujeto político que existe precisamente para sostener los derechos humanos; que su sustancia ideológica está en los derechos humanos, no en la democracia. Quizás es preciso preguntarse de dónde proceden los derechos humanos, pero me parece que se ha evitado formular esta cuestión porque existiría el problema, históricamente irrebatible, de que los derechos humanos nacen en el ámbito de la cultura y de la civilización judeocristiana

 

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NAPOLEÓN – Las tropas napoleónicas en 1798 saquearon de los ‘museos vaticanos’, 546 obras de arte. Fueron destruidas o desaparecidas nueve (9) piezas de gran valor histórico; 248 piezas nunca restituyó la Francia y gran parte de ellas están en las salas del Louvre-Paris con la mofa-etiqueta: adquirido en 1798.

La Francia fue obligada por una Convención de Viena, a restituirlas a sus originarios y verdaderos propietarios, entrega solo 289 obras, las demás siguen siendo robadas.

 

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«Indudablemente -afirma-, como indicó Platón, la democracia, por su esencia, está ligada a la eunomía, a la validez del buen Derecho, y sólo en tal relación puede permanecer democracia. La democracia, pues, no es nunca mero dominio de la mayoría, y el mecanismo de la creación de la mayoría debe estar subordinado a la medida de la supremacía, válida para todos, del nomos, de lo que es justo por su íntima esencia, o sea, a la condición de dar valor a aquellos valores que son directrices vinculantes también para la mayoría». La experiencia no deja de ratificarlo: sin el bien y la justicia auténticos, en definitiva, sin la Luz que viene de lo Alto, ¿dónde ha quedado la democracia?. 2008

 

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«No es casualidad» que la Declaración Universal de los Derechos Humanos haya nacido «de la cultura europea occidental, de indudable matriz cristiana». Y continúa: «El cristianismo heredó del judaísmo la convicción, plasmada en la primera página de la Biblia, de que el ser humano es imagen de Dios» Cardenal Bertone, Madrid 2009.II. No se trata de negar el valor de la ciencia. Ya en 1996 Juan Pablo II, en su discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, decía que la evolución, entendida rectamente, claro está, es «algo más que una hipótesis». Se trata, sencillamente, de abrir los ojos a la creación que alaba sin cesar a su Hacedor y que, con tanta belleza, plasmó el gran Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

 

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Los derechos humanos son universales no porque hayan sido aprobados por mayorías parlamentarias o por la opinión pública, sino porque se basan en la naturaleza del ser humano. Hoy se habla más que de derechos humanos, de derechos individuales, transformando los deseos por satisfacer en derechos” Cardenal Bertone en la Universidad Wroclaw, en Polonia. II.MMX


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«La democracia es una forma o método político que posee valor moral, pero que no garantiza la moralidad de sus resultados, pues éstos dependerán, sobre todo, del criterio y de la formación moral de la mayoría de los ciudadanos. Se concede una valoración excesiva al consenso como método para determinar lo que es o no correcto en el orden moral. Si es dudoso en el ámbito de la política, es falso en el orden moral. La mayoría no tiene necesariamente razón, lo que tiene es la fuerza democrática; si abusa de ella, degenera en tiranía». Ignacio Sánchez Cámara – España - MMIV-09-


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ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DE LA ASAMBLEA GENERAL
DE LAS NACIONES UNIDAS

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Nueva York
Viernes 18 de abril de 2008

 

Señor Presidente,
Señoras y Señores:

Al comenzar mi intervención en esta Asamblea, deseo ante todo expresarle a usted, Señor Presidente, mi sincera gratitud por sus amables palabras. Quiero agradecer también al Secretario General, el Señor Ban Ki-moon, por su invitación a visitar la Sede central de la Organización y por su cordial bienvenida. Saludo a los Embajadores y a los Diplomáticos de los Estados Miembros, así como a todos los presentes: a través de ustedes, saludo a los pueblos que representan aquí. Ellos esperan de esta Institución que lleve adelante la inspiración que condujo a su fundación, la de ser un «centro que armonice los esfuerzos de las Naciones por alcanzar los fines comunes», de la paz y el desarrollo (cf. Carta de las Naciones Unidas, art. 1.2-1.4). Como dijo el Papa Juan Pablo II en 1995, la Organización debería ser “centro moral, en el que todas las naciones del mundo se sientan como en su casa, desarrollando la conciencia común de ser, por así decir, una ‘familia de naciones’” (Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York, 5 de octubre de 1995, 14).

A través de las Naciones Unidas, los Estados han establecido objetivos universales que, aunque no coincidan con el bien común total de la familia humana, representan sin duda una parte fundamental de este mismo bien. Los principios fundacionales de la Organización –el deseo de la paz, la búsqueda de la justicia, el respeto de la dignidad de la persona, la cooperación y la asistencia humanitaria– expresan las justas aspiraciones del espíritu humano y constituyen los ideales que deberían estar subyacentes en las relaciones internacionales. Como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II han hecho notar desde esta misma tribuna, se trata de cuestiones que la Iglesia Católica y la Santa Sede siguen con atención e interés, pues ven en vuestra actividad un ejemplo de cómo los problemas y conflictos relativos a la comunidad mundial pueden estar sujetos a una reglamentación común. Las Naciones Unidas encarnan la aspiración a “un grado superior de ordenamiento internacional” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 43), inspirado y gobernado por el principio de subsidiaridad y, por tanto, capaz de responder a las demandas de la familia humana mediante reglas internacionales vinculantes y estructuras capaces de armonizar el desarrollo cotidiano de la vida de los pueblos. Esto es más necesario aún en un tiempo en el que experimentamos la manifiesta paradoja de un consenso multilateral que sigue padeciendo una crisis a causa de su subordinación a las decisiones de unos pocos, mientras que los problemas del mundo exigen intervenciones conjuntas por parte de la comunidad internacional.


Ciertamente, cuestiones de seguridad, los objetivos del desarrollo, la reducción de las desigualdades locales y globales, la protección del entorno, de los recursos y del clima, requieren que todos los responsables internacionales actúen conjuntamente y demuestren una disponibilidad para actuar de buena fe, respetando la ley y promoviendo la solidaridad con las regiones más débiles del planeta. Pienso particularmente en aquellos Países de África y de otras partes del mundo que permanecen al margen de un auténtico desarrollo integral, y corren por tanto el riesgo de experimentar sólo los efectos negativos de la globalización. En el contexto de las relaciones internacionales, es necesario reconocer el papel superior que desempeñan las reglas y las estructuras intrínsecamente ordenadas a promover el bien común y, por tanto, a defender la libertad humana. Dichas reglas no limitan la libertad. Por el contrario, la promueven cuando prohíben comportamientos y actos que van contra el bien común, obstaculizan su realización efectiva y, por tanto, comprometen la dignidad de toda persona humana. En nombre de la libertad debe haber una correlación entre derechos y deberes, por la cual cada persona está llamada a asumir la responsabilidad de sus opciones, tomadas al entrar en relación con los otros. Aquí, nuestro pensamiento se dirige al modo en que a veces se han aplicado los resultados de los descubrimientos de la investigación científica y tecnológica. No obstante los enormes beneficios que la humanidad puede recabar de ellos, algunos aspectos de dicha aplicación representan una clara violación del orden de la creación, hasta el punto en que no solamente se contradice el carácter sagrado de la vida, sino que la persona humana misma y la familia se ven despojadas de su identidad natural. Del mismo modo, la acción internacional dirigida a preservar el entorno y a proteger las diversas formas de vida sobre la tierra no ha de garantizar solamente un empleo racional de la tecnología y de la ciencia, sino que debe redescubrir también la auténtica imagen de la creación. Esto nunca requiere optar entre ciencia y ética: se trata más bien de adoptar un método científico que respete realmente los imperativos éticos.

El reconocimiento de la unidad de la familia humana y la atención a la dignidad innata de cada hombre y mujer adquiere hoy un nuevo énfasis con el principio de la responsabilidad de proteger. Este principio ha sido definido sólo recientemente, pero ya estaba implícitamente presente en los orígenes de las Naciones Unidas y ahora se ha convertido cada vez más en una característica de la actividad de la Organización. Todo Estado tiene el deber primario de proteger a la propia población de violaciones graves y continuas de los derechos humanos, como también de las consecuencias de las crisis humanitarias, ya sean provocadas por la naturaleza o por el hombre. Si los Estados no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional ha de intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales. La acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están a la base del orden internacional, no tiene por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación de soberanía. Al contrario, es la indiferencia o la falta de intervención lo que causa un daño real. Lo que se necesita es una búsqueda más profunda de los medios para prevenir y controlar los conflictos, explorando cualquier vía diplomática posible y prestando atención y estímulo también a las más tenues señales de diálogo o deseo de reconciliación.

 

El principio de la “responsabilidad de proteger” fue considerado por el antiguo ius gentium como el fundamento de toda actuación de los gobernadores hacia los gobernados: en tiempos en que se estaba desarrollando el concepto de Estados nacionales soberanos, el fraile dominico Francisco de Vitoria*, calificado con razón como precursor de la idea de las Naciones Unidas, describió dicha responsabilidad como un aspecto de la razón natural compartida por todas las Naciones, y como el resultado de un orden internacional cuya tarea era regular las relaciones entre los pueblos.

 

Hoy como entonces, este principio ha de hacer referencia a la idea de la persona como imagen del Creador, al deseo de una absoluta y esencial libertad. Como sabemos, la fundación de las Naciones Unidas coincidió con la profunda conmoción experimentada por la humanidad cuando se abandonó la referencia al sentido de la trascendencia y de la razón natural y, en consecuencia, se violaron gravemente la libertad y la dignidad del hombre. Cuando eso ocurre, los fundamentos objetivos de los valores que inspiran y gobiernan el orden internacional se ven amenazados, y minados en su base los principios inderogables e inviolables formulados y consolidados por las Naciones Unidas. Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos, es un error retroceder hacia un planteamiento pragmático, limitado a determinar “un terreno común”, minimalista en los contenidos  y débil en su efectividad.

La referencia a la dignidad humana, que es el fundamento y el objetivo de la responsabilidad de proteger, nos lleva al tema sobre el cual hemos sido invitados a centrarnos este año, en el que se cumple el 60° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El documento fue el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo común de poner a la persona humana en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, y de considerar a la persona humana esencial para el mundo de la cultura, de la religión y de la ciencia. Los derechos humanos son presentados cada vez más como el lenguaje común y el sustrato ético de las relaciones internacionales. Al mismo tiempo, la universalidad, la indivisibilidad y la interdependencia de los derechos humanos sirven como garantía para la salvaguardia de la dignidad humana. Sin embargo, es evidente que los derechos reconocidos y enunciados en la Declaración se aplican a cada uno en virtud del origen común de la persona, la cual sigue siendo el punto más alto del designio creador de Dios para el mundo y la historia. Estos derechos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones. Arrancar los derechos humanos de este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación de los derechos podrían variar, negando su universalidad en nombre de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos. Así pues, no se debe permitir que esta vasta variedad de puntos de vista oscurezca no sólo el hecho de que los derechos son universales, sino que también lo es la persona humana, sujeto de estos derechos.

La vida de la comunidad, tanto en el ámbito interior como en el internacional, muestra claramente cómo el respeto de los derechos y las garantías que se derivan de ellos son las medidas del bien común que sirven para valorar la relación entre justicia e injusticia, desarrollo y pobreza, seguridad y conflicto. La promoción de los derechos humanos sigue siendo la estrategia más eficaz para extirpar las desigualdades entre Países y grupos sociales, así como para aumentar la seguridad. Es cierto que las víctimas de la opresión y la desesperación, cuya dignidad humana se ve impunemente violada, pueden ceder fácilmente al impulso de la violencia y convertirse ellas mismas en transgresoras de la paz. Sin embargo, el bien común que los derechos humanos permiten conseguir no puede lograrse simplemente con la aplicación de procedimientos correctos ni tampoco a través de un simple equilibrio entre derechos contrapuestos. La Declaración Universal tiene el mérito de haber permitido confluir en un núcleo fundamental de valores y, por lo tanto, de derechos, a diferentes culturas, expresiones jurídicas y modelos institucionales. No obstante, hoy es preciso redoblar los esfuerzos ante las presiones para reinterpretar los fundamentos de la Declaración y comprometer con ello su íntima unidad, facilitando así su alejamiento de la protección de la dignidad humana para satisfacer meros intereses, con frecuencia particulares. La Declaración fue adoptada como un “ideal común” (preámbulo) y no puede ser aplicada por partes separadas, según tendencias u opciones selectivas que corren simplemente el riesgo de contradecir la unidad de la persona humana y por tanto la indivisibilidad de los derechos humanos.

La experiencia nos enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por las diversas agencias de los que están en el poder. Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin. Por el contrario, la Declaración Universal ha reforzado la convicción de que el respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia, sobre la cual se basa también la fuerza vinculante de las proclamaciones internacionales. Este aspecto se ve frecuentemente desatendido cuando se intenta privar a los derechos de su verdadera función en nombre de una mísera perspectiva utilitarista. Puesto que los derechos y los consiguientes deberes provienen naturalmente de la interacción humana, es fácil olvidar que son el fruto de un sentido común de la justicia, basado principalmente sobre la solidaridad entre los miembros de la sociedad y, por tanto, válidos para todos los tiempos y todos los pueblos. Esta intuición fue expresada ya muy pronto, en el siglo V, por Agustín de Hipona, uno de los maestros de nuestra herencia intelectual. Decía que la máxima no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti “en modo alguno puede variar, por mucha que sea la diversidad de las naciones” (De doctrina christiana, III, 14). Por tanto, los derechos humanos han de ser respetados como expresión de justicia, y no simplemente porque pueden hacerse respetar mediante la voluntad de los legisladores.

Señoras y Señores, con el transcurrir de la historia surgen situaciones nuevas y se intenta conectarlas a nuevos derechos. El discernimiento, es decir, la capacidad de distinguir el bien del mal, se hace más esencial en el contexto de exigencias que conciernen a la vida misma y al comportamiento de las personas, de las comunidades y de los pueblos. Al afrontar el tema de los derechos, puesto que en él están implicadas situaciones importantes y realidades profundas, el discernimiento es al mismo tiempo una virtud indispensable y fructuosa.

Así, el discernimiento muestra cómo el confiar de manera exclusiva a cada Estado, con sus leyes e instituciones, la responsabilidad última de conjugar las aspiraciones de personas, comunidades y pueblos enteros puede tener a veces consecuencias que excluyen la posibilidad de un orden social respetuoso de la dignidad y los derechos de la persona. Por otra parte, una visión de la vida enraizada firmemente en la dimensión religiosa puede ayudar a conseguir dichos fines, puesto que el reconocimiento del valor trascendente de todo hombre y toda mujer favorece la conversión del corazón, que lleva al compromiso de resistir a la violencia, al terrorismo y a la guerra, y de promover la justicia y la paz. Además, esto proporciona el contexto apropiado para ese diálogo interreligioso que las Naciones Unidas están llamadas a apoyar, del mismo modo que apoyan el diálogo en otros campos de la actividad humana. El diálogo debería ser reconocido como el medio a través del cual los diversos sectores de la sociedad pueden articular su propio punto de vista y construir el consenso sobre la verdad en relación a los valores u objetivos particulares. Pertenece a la naturaleza de las religiones, libremente practicadas, el que puedan entablar autónomamente un diálogo de pensamiento y de vida. Si también a este nivel la esfera religiosa se mantiene separada de la acción política, se producirán grandes beneficios para las personas y las comunidades. Por otra parte, las Naciones Unidas pueden contar con los resultados del diálogo entre las religiones y beneficiarse de la disponibilidad de los creyentes para poner sus propias experiencias al servicio del bien común. Su cometido es proponer una visión de la fe, no en términos de intolerancia, discriminación y conflicto, sino de total respeto de la verdad, la coexistencia, los derechos y la reconciliación.

Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente. La actividad de las Naciones Unidas en los años recientes ha asegurado que el debate público ofrezca espacio a puntos de vista inspirados en una visión religiosa en todas sus dimensiones, incluyendo la de rito, culto, educación, difusión de informaciones, así como la libertad de profesar o elegir una religión. Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan la construcción del orden social. A decir verdad, ya lo están haciendo, por ejemplo, a través de su implicación influyente y generosa en una amplia red de iniciativas, que van desde las universidades a las instituciones científicas, escuelas, centros de atención médica y a organizaciones caritativas al servicio de los más pobres y marginados. El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto –expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas– privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona.


Mi presencia en esta Asamblea es una muestra de estima por las Naciones Unidas y es considerada como expresión de la esperanza en que la Organización sirva cada vez más como signo de unidad entre los Estados y como instrumento al servicio de toda la familia humana. Manifiesta también la voluntad de la Iglesia Católica de ofrecer su propia aportación a la construcción de relaciones internacionales en un modo en que se permita a cada persona y a cada pueblo percibir que son un elemento capaz de marcar la diferencia. Además, la Iglesia trabaja para obtener dichos objetivos a través de la actividad internacional de la Santa Sede, de manera coherente con la propia contribución en la esfera ética y moral y con la libre actividad de los propios fieles. Ciertamente, la Santa Sede ha tenido siempre un puesto en las asambleas de las Naciones, manifestando así el propio carácter específico en cuanto sujeto en el ámbito internacional. Como han confirmado recientemente las Naciones Unidas, la Santa Sede ofrece así su propia contribución según las disposiciones de la ley internacional, ayuda a definirla y a ella se remite.

Las Naciones Unidas siguen siendo un lugar privilegiado en el que la Iglesia está comprometida a llevar su propia experiencia “en humanidad”, desarrollada a lo largo de los siglos entre pueblos de toda raza y cultura, y a ponerla a disposición de todos los miembros de la comunidad internacional. Esta experiencia y actividad, orientadas a obtener la libertad para todo creyente, intentan aumentar también la protección que se ofrece a los derechos de la persona. Dichos derechos están basados y plasmados en la naturaleza trascendente de la persona, que permite a hombres y mujeres recorrer su camino de fe y su búsqueda de Dios en este mundo. El reconocimiento de esta dimensión debe ser reforzado si queremos fomentar la esperanza de la humanidad en un mundo mejor, y crear condiciones propicias para la paz, el desarrollo, la cooperación y la garantía de los derechos de las generaciones futuras.

En mi reciente Encíclica Spe salvi, he subrayado “que la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación” (n. 25). Para los cristianos, esta tarea está motivada por la esperanza que proviene de la obra salvadora de Jesucristo. Precisamente por eso la Iglesia se alegra de estar asociada con la actividad de esta ilustre Organización, a la cual está confiada la responsabilidad de promover la paz y la buena voluntad en todo el mundo. Queridos amigos, os doy las gracias por la oportunidad de dirigirme hoy a vosotros y prometo la ayuda de mis oraciones para el desarrollo de vuestra noble tarea.

Antes de despedirme de esta ilustre Asamblea, quisiera expresar mis mejores deseos, en las lenguas oficiales, a todas las Naciones representadas en ella:

Peace and Prosperity with God’s help!

Paix et prospérité, avec l’aide de Dieu!

Paz y prosperidad con la ayuda de Dios!

 

Muchas gracias.

*Francisco de Vitoria – Francisco de Vitoria O.P. (Burgos o Vitoria, España; 1483/1486 - Salamanca, España; 12 de agosto de 1546) fue un fraile dominico español, eminentísimo hijo de la Iglesia Católica.

Es uno de los principales teóricos del concepto de guerra justa. En De iure belli analiza los límites del uso de la fuerza para dirimir las disputas entre pueblos. Es lícito hacer la guerra, pero la única causa justa para comenzarla es responder proporcionadamente a una injuria. Por tanto no es lícita la guerra simplemente por diferencias de religión o para aumentar el territorio. Estableció, en De potestate civili, las bases teóricas del derecho internacional moderno, del cual es considerado el fundador junto con Hugo Grocio. Fue uno de los primeros en proponer la idea de una comunidad de todos los pueblos fundada en el derecho natural, y no basar las relaciones internacionales simplemente en el uso de la fuerza. Mientras que Nicolás Maquiavelo consideraba al Estado como un conjunto moralmente autónomo (y que, por tanto, no podía ser juzgado según normas externas), en Vitoria nos encontramos con que su actuación en el mundo tiene límites morales. Vitoria es calificado con razón como precursor de la idea de las Naciones Unidas.

 

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Con la llegada del guerrero Mahoma e irrupción del mahometismo (islamismo-musulmán) en el siglo VII, no ha cesado el ataque a la civilización, a los fundamentos judeo-cristianos de Europa. A una nueva concepción de libertad, deberes y derechos; del cristianismo, el alzar y valorar la inalienable dignidad de todo ser humano ‘hombre como mujer’. Esos hechos nos brindan una posibilidad de interpretar las Cruzadas como lo que fueron: una lucha por la supervivencia de Occidente, con la Cristiandad a la cabeza, por sus valores y méritos que progresivamente vamos gozando.

 

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Los bienes de la civilización no se establecieron sin un alto coste: acentuada división social, tareas penosas o tediosas, masificación y anonimato para masas humanas reducidas a diversos grados de servidumbre, exposición al despotismo, a un estado tanto protector como opresivo… Los pueblos ajenos miraban la civilización con envidia y desprecio, considerándose más pobres pero más libres. Entre los civilizados quedaba la vaga añoranza  de una vida de aspecto más feliz, cuando los varones eran al mismo tiempo cazadores o pastores y guerreros, el poder más difuso, la relación más personal, la división social menos rígida; y podía producirse un hartazgo de civilización.

 

(ídem, p. 665):

 

La Revolución francesa tuvo  algo  de primitivismo y revuelta contra la civilización en general, cuyos valores se vieron ultrajados  por una explosiva inversión de los mismos, explosión de obscenidad, de apelaciones salvajes, exhibición de cabezas cortadas, ansia de sangre (la guillotina constituía un espectáculo fastuoso, al que asistían numerosas mujeres; los asistentes a la muerte de Luis XVI empaparon pañuelos en la sangre o se untaban con ella), casi de canibalismo, como en el despedazamiento de la princesa de Lamballe durante una jornada de asesinatos, violaciones y brutalidades sin freno, orgía demoníacamente liberadora  frente a las restricciones impuestas por milenios de civilización. Algún lazo guardaba ello con la prédica, típica de la Ilustración francesa, del “buen salvaje”, que con agudo racionalismo  ponía en solfa los absurdos reales o supuestos de los civilizados; eco, a su vez, de Las Casas. La Revolución francesa tendría miles de admiradores dispuestos a imitarla en nombre de (cierto concepto de) la libertad, la igualdad y la fraternidad, justificadoras de todo.

Pío MOA. V.MMXI

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/

 

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Revolución francesa: 225 aniversario

 

En lo que concierne a la cristiandad, y a la Iglesia, la revolución francesa sustituyó a DIOS del corazón del hombre para poner en su lugar la sola RAZÓN humana que, de ese modo, se convertía en Diosa en una actualización del pecado original.

 

27/05/2014 3:23 PM |

 

Santiago González 

Sacerdote de la Archidiócesis de Sevilla 

 

En junio de 2014 se cumple el 225 aniversario de la toma de la bastilla, episodio que significa el inicio pleno de la revolución francesa. Sería pretencioso en extremo, e imposible en la realidad, hacer ni siquiera un «resumen» como artículo que evaluara los efectos de este acontecimiento sobre la cristiandad. Lo que si puede, y debe, afirmarse, es que supuso un cambio de paradigma radical en la concepción de las relaciones del ser humano con Dios. Y desde esa base se podría hacer toda una tesis doctoral que concluyera en las nefastas consecuencias que el llamado «espíritu ilustrado» ha traído a la sociedad cristiana y a la misma Iglesia.

 

Desde el estudio político y sociológico, la revolución francesa se nos ha «vendido» como el gran oasis al final del tenebroso camino medieval, como la cumbre de todos los parabienes y la destrucción de todas las injusticias, poco más o menos. Y desde el reconocimiento, obvio, de las injustas diferencias sociales habidas antes de 1789, no debe olvidarse que tras esa revolución política se acometió la revolución industrial cargada de tremendas injusticias contra las clases populares y que creó las condiciones para la revolución marxista.

 

En lo que concierne a la cristiandad, y a la Iglesia, la revolución francesa sustituyó a DIOS del corazón del hombre para poner en su lugar la sola RAZÓN humana que, de ese modo, se convertía en Diosa en una actualización del pecado original. La trilogía «Fe, Esperanza, Caridad» se suplantaba por «Libertad, Igualdad, Fraternidad» en aras a la inversión de valores dentro de la conciencia humana:

 

- La FE en DIOS se convertía en «autosuficiencia» humana. El ser humano «moderno» solo cree en si mismo y en lo que nace de su voluntad e intelecto. Por eso hoy muchos creen en «Dios a mi manera» y así creen encontrarse con la LIBERTAD.

 

- La ESPERANZA en la VIDA ETERNA se convertía en «horizonte solo terrenal», de modo que solo se lucha para «un mundo mejor» como paraíso en la tierra o materialismo histórico. Ese es el concepto de IGUALDAD.

 

- La CARIDAD (amor de corazón a Dios y al prójimo) se convertía en «mero humanismo» que se centra en la sensibilidad y el sentimiento, pero no en el compromiso definitivo, y de ese modo al perseguir los afectos terrenales, sin base espiritual, el ser humano llega a cometer las mayores atrocidades contra la vida y la libertad. Y así se presenta la FRATERNIDAD.

 

Esta es la herencia de la revolución francesa en el ser humano. Y esa herencia es la que el diablo trata de sembrar en el seno de la misma Iglesia para secularizarla, desacralizarla, hacerla solo horizontal, vaciarla de misterio y de contenido sobrenatural, presentando un Dios teórico, un Cristo politizado, una institución eclesial solo sociológica, una moral transformada en ética de consenso y una fe convertida en subproducto cultural.

 

225 años después, queridos lectores, podemos afirmar que la crisis que HOY la Iglesia sufre es, en gran medida, fruto de una revolución que, sin pretender descalificarla en su totalidad (pues siempre hay algo de trigo junto a la cizaña aún siendo ésta mayoritaria), ha hecho retroceder moralmente a la humanidad, desde un contundente NON SERVIAM a Dios Nuestro Señor, hasta el pecado original narrado en el Génesis. El diablo logra que dentro de la Iglesia Católica penetre la ideología ilustrada para que sea la FE la que se adapte a la cultura de cada momento, y de ese modo se renuncie a la evangelización o se convierta ésta en un mero diálogo sincretista y relativista. Los tres «frutos» generales de esa penetración, ya denunciada con dolor por Pablo VI cuando afirmó que Satanás había entrado en la Iglesia por alguna de sus ventanas, son:

 

1: Pérdida de sentido de pecado. Es la ideología del BUENISMO: «nadie hace nada malo, y si hay mal es a causa de estructuras y no de personas».

 

2: Relativización de la Verdad Objetiva que pierde su firmeza y queda reducida a ser «una más»….entre otras verdades. Es la ideología del ECLECTICISMO religioso.

 

3: Gratuidad impositiva de la salvación: todos nos salvamos hagamos lo que hagamos. Es la ideología de la MANIPULACIÓN de la misericordia divina y su divorcio con la verdad revelada. Supone la DROGA para la conciencia humana.

 

Estos son los frutos, dentro de la Cristiandad, de la revolución francesa 225 años después de su inicio. La asunción, dentro de la Iglesia, de los principios ilustrados, supone la mayor herida en el seno de la cristiandad en sus dos mil años de historia. 

P. Santiago González, sacerdote 

http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=20919 

 

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La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

 

«La negación de un orden natural creado, consistente y previo es lo que subyace y fundamenta la gran mayoría de los postulados de la filosofía moderna. Domina en el pensamiento actual un entendimiento del orden como algo artificial, sometido a la mera voluntad, y en el que, incluso la naturaleza humana, es algo dúctil y maleable. En cuanto a la política, la conformación del orden se ve afectado por estos presupuestos. El Estado se convierte en custodio de la verdad del orden, y es el propio Estado el que determina y concede las libertades. Ante la ausencia de un referente natural, sólo queda la ley positiva, o la Constitución como derecho natural del orden artificial. Cuando Zapatero dice: «La libertad os hará verdaderos», se refiere a una verdad que identifica con la Constitución. Se sustituye así la verdad por la autoridad como criterio, y se abre el camino del pensamiento ideológico, y la posibilidad de acometer verdaderas revoluciones legales, pues mediante la ley se puede transformar todo». Dalmacio Negro – 2007.IX. Catedrático emérito de Filosofía de la Universidad CEU San Pablo

 

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¿Cuándo muere la cristiandad? ...muere cuando hay incoherencia entre la fe y la vida, entre lo que se dice y lo que se piensa. Esto lleva a una crisis de autenticidad, a unas complicaciones existenciales que se ven en personas que llevan varias vidas en una sola. Estamos de acuerdo con nuestras convicciones siempre y cuando no nos toquen el prestigio, el éxito, la popularidad o la honra. Tenemos que luchar contra el ocultamiento vergonzante de nuestra condición de católicos. Lo que mantiene vivos a los intelectuales católicos es la unidad de vida, el jugárselo todo a una sola carta.

 

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Porque la primera voz que proclamó la igual dignidad de todos los miembros de la familia humana fue precisamente la del cristianismo. Ni siquiera Grecia y Roma, con sus impresionantes legados filosófico y jurídico, llegaron a la cima de proclamar la fraternidad universal, que es de inequívoco cuño cristiano. Como en aquel chalet disparatado de Mi tío, de Tati, todo comunica. Esta sociedad occidental que a sí misma se llama postcristiana, y que se alimenta del relativismo multiculturalista, tiene como uno de sus objetivos preferentes la religión en general, los monoteísmos en particular, y, muy concretamente, el cristianismo, y no oculta esa hostilidad. En este sentido, me parece que una sociedad infectada de este virus tiene especialmente difícil comprender el espanto del aborto, y por eso convive con este genocidio silencioso como si tal cosa. Con todo, creo que la sociedad española todavía no ha llegado, ni mucho menos, a un punto de no retorno, y puede recuperar su propia estima rescatando esos principios y valores que han construido nuestra civilización y nuestra historia. Por eso están tan nerviosos los heraldos de la muerte. 2008

 

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«El intelectual católico ha de ser un revolucionario» - «Desde mi punto de vista, la especial misión de un intelectual es contribuir a transfundir, de nuevo, la ilusión a una sociedad que se está haciendo apática -afirmó el catedrático de Derecho Rafael Navarro-Valls, en declaraciones a Alfa y Omega-. Ante esta situación, no basta una cierta ambición de planteamiento: es necesario, además, el toque ilusionante de quien lanza una bocanada de aire fresco en el centro del torrente circulatorio donde se gestan las grandes ideas. De algún modo, un intelectual de formación cristiana ha de ser un revolucionario, ya que precisamente eso es contribuir a recuperar valores morales y espirituales que parecen como dormidos en los cementerios de la Historia».
Para Navarro-Valls, «los intelectuales no han de ser necesariamente almas magníficas, basta ser almas de talla corriente, pero que, al ser testigos del quehacer humano, sepan expresar adecuadamente las preocupaciones latentes en ese quehacer. Un intelectual -también un intelectual católico- no puede tener miedo a la libertad. Bastantes intelectuales de trasfondo marxista, al sustituir unos dogmas por otros, acabaron odiando a la libertad. Olvidaron que la Historia es el producto de millones de decisiones tomadas por hombres libres. De ahí que un verdadero intelectual deba estar muy atento a la libertad humana y sus creaciones. Y de ahí también su sentido crítico ante algunas construcciones de esa libertad, de las que se sabe de algún modo también responsable». Y manifestó: «Reconocer el legado cultural que en la Humanidad ha depositado el cristianismo es misión también de los intelectuales. Es de justicia resaltar toda una serie de conquistas que se deben a la regla áurea del pensamiento cristiano: desde los rasgos que marcan la silueta de los principios liberales de la defensa e instauración de un orden laico de la vida -en el cual todos los hombres puedan vivir y buscar la verdad a través de la libertad-, hasta esa inspiración solidaria que late en los socialismos modernos, siempre que los consideremos desvinculados de sus desviaciones totalitarias. De manera análoga, los derechos humanos no comienzan con la Revolución Francesa. Donde hunden sus raíces más profundas es en esa mezcla de judaísmo y cristianismo que configura el rostro del cuerpo económico y social de amplias zonas del mundo, en especial Europa y América». Don Rafael Navarro-Valls, catedrático de Derecho en la Universidad Complutense – 2007..IX

 

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La Revolución francesa es uno de los referentes inmortales para los progresistas de los dos últimos siglos. La romántica y arrebatadora imagen de la toma de la Bastilla o de las masas tomando las Tullerías se ha hecho dueña de conciencias y ha movido voluntades. No hay político de izquierdas que no se haya sentido heredero directos de aquellos gallardos revolucionarios franceses que hace más de doscientos años, a golpe de guillotina, acabaron con el Antiguo Régimen.

 

 

«Derechos humanos»

  proclamados por la Iglesia Año 1346

 

 

 

 

«Europa» pronunciada por vez primera bien claramente - San Beda, sc. VII  -  «Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

El historiador Luis Suárez muestra las  evidencias de las raíces cristianas de Europa

 

"Europa tiene su base en la única fuerza que es capaz de aunar la herencia cultural helénica, el derecho romano y el avance de la Ciencia: el Cristianismo". Esta es la conclusión del historiador Luis Suárez, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. Suárez recuerda que el progreso europeo fue posible gracias al Cristianismo. En efecto, la creación de bibliotecas en territorio europeo por Isidoro de Sevilla, fueron impulsadas gracias a los padres de la Iglesia como Benito o Alejandro Magno, quienes consideraron que el progreso se basaba en el conocimiento, no en el atesoramiento de riquezas.


Además, Suárez recordó que los derechos humanos no nacieron con la revolución francesa de 1789, sino que fueron inicialmente formulados por el Papa Clemente VI, quien, en 1346, pronunció por vez primera los derechos humanos de la libertad, la vida y la propiedad. En este contexto, negar las raíces cristianas de Europa, como pretende Francia y Bélgica, en el tratado constitucional parece un intento de construir una Europa de mercaderes, en lugar de una comunidad humana. "El término Europa fue inicialmente pronunciado por San Beda el Venerable en el siglo VII para referirse al territorio en el que el Cristianismo había llegado a arraigarse", concluye Suárez. 2004-02-27 – www.hispanidad.com 


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Año 881: primera aparición de la palabra "feudo".


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Siempre hemos creído que si la democracia no está inspirada por el liberalismo, por la llamada a la libertad, por su constante estímulo, pierde su justificación y acaba por convertirse en un mecanismo -más poderoso que otros- de opresión. La justificación inicial del Poder -su origen impecablemente democrático- tranquiliza respecto a la forma de su ejercicio; y entonces se convierte en prepotencia, esa combinación de alarde del Poder y abuso de él.


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La historia no siempre transcurre por el camino de las decisiones intencionadas, sino por el de las consecuencias no intencionadas y sorpresivas. Los ilustrados y revolucionarios quisieron construir una sociedad nueva en la que el hombre, en pleno uso de razón, sería por fin libre. Libre de ataduras religiosas y libre de soberanos arbitrarios. Robespierre no era malo probablemente; o al menos no tanto como otros que luego le aplicaron a él su propia medicina. Pero él y sus colegas fracasaron. Lo que trajeron fue el Terror, la opresión, la guerra y Napoleón, sangriento responsable éste de millones de muertos, franceses y no franceses. Todos los países que se emanciparon hipnotizados por "las luces", como las Españas iberoamericanas, se quemaron en el intento.


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Una hermosa indicación de Juan Pablo II hablando de la memoria histórica: La memoria se configura como un derecho que corresponde a cada grupo humano (sociedad, Iglesia, partidos y sindicatos) para profundizar en la propia identidad, pero es esencial que esa memoria no sea selectiva y sesgada, ni intente imponer a todos una visión uniforme, sino que se desarrolle a partir de una aproximación «abierta, objetiva y científica» a los hechos.

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…[…]… «Sí que reivindicó el derecho de cada colectivo, «la Iglesia católica, una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una institución académica», a rememorar su historia para profundizar «en su identidad». Monseñor Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao-Esp. 2007.XI.

 

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Historiadores serios, responsables investigadores, sanos intelectuales deben estudiar la historia. La Iglesia universal está muy por encima de circunstancias coyunturales, y debe ser capaz de transmitir un mensaje de fe y de esperanza. La historia tiene que quedar en manos de los historiadores porque nadie tiene derecho a imponer una «verdad oficial», propia de los sistemas totalitarios. En el marco de la razón y el sentido común, el recuerdo de los antecesores -en este caso, de quienes dieron la vida por la fe ‘mártires de la Iglesia Católica’- refuerza la propia identidad y ayuda a comprender el complejo mundo en que vivimos. 2007-XI

 

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El Papa alertó durante la oración a María ‘Angelus’ 2007-01-01,de que «actualmente se habla mucho de derechos humanos, pero a menudo se olvida que estos necesitan un fundamento estable, no relativo, no opinable». Y éste no puede ser otro, según el Pontífice, que «la dignidad de la persona». Recordó que el respeto «por esta dignidad comienza en el reconocimiento y la tutela del su derecho a vivir y a profesar libremente la propia religión». S.S. Benedicto PP XVI

"El diálogo multicultural sobre los valores es imprescindible" S.S. Benedicto PP XVI

"Existen valores que se sustentan en la esencia del ser humano" S.S. Benedicto PP XVI


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El gran engaño: derechos del hombre,

Revolución Francesa e Iglesia católica.

 


 

 

 

Luigi Negri. Universidad del Sacro Cuore de Milán - 2002.

 

Contrariamente a la idea dominante de que los derechos del hombre nacen con la Revolución Francesa, la Iglesia es la única que ha lanzado en la historia «la gran revolución personalista y comunitaria». Un nuevo concepto de modernidad

En la historiografía oficial y en la mentalidad común, el Antiguo Régimen representa la síntesis de todas las condiciones negativas: ignorancia, superstición, desigualdades e injusticias sociales, enfermedades y sufrimientos inauditos. El conjunto de todos los factores negativos del pasado constituye la fuente de una insoportable alineación del hombre.

En contra de este pasado, habría nacido la "modernidad", que habría "redescubierto" el valor de la persona y la inviolabilidad de sus derechos, y denunciado el pasado como situación digna de ser destruida definitivamente. La Revolución Francesa sería el momento en el que la humanidad asumiera conscientemente esta tarea de destrucción, como condición para la construcción de una novedad humana y social en la historia.

Todos los documentos oficiales de la Primera República francesa, después del regicidio de enero de 1793, llevaban un incipit común: «Las generaciones futuras nos deberán una gratitud imperecedera, por haber destruido esa abominación de la humanidad, que fue el Antiguo Régimen y la monarquía».

Esta visión de la historia es del todo infundada y, como ha demostrado de forma inequívoca Regine Pernoud, la noción de Antiguo Régimen es absolutamente ideológica, en su aspecto negativo, igual que lo fue y sigue siéndolo la noción de Medievo.

Res publica.

El anuncio de la encarnación de Dios en Jesucristo influyó de manera decisiva en la concepción de lo que es el hombre. El hombre, redimido por Jesucristo, se convierte en "hijo de Dios" y se descubre, por tanto, como persona hecha «a imagen y semejanza de Dios» y, por esto, definitivamente superior a toda condición y situación en la que vive.

La historia registra la entrada de un protagonista nuevo, que es la persona consciente de su pertenencia a Dios y dotada, por ella y en ella, de una libertad irreductible y propia, de responsabilidad ética y de una capacidad inexorable de construir cultural y socialmente.

Según la expresión de Emmanuel Mounier, la Iglesia ha producido en la historia «la gran revolución personalista y comunitaria» y, de generación en generación, ha educado a la persona y a la realidad comunional de las personas para vivir el propio camino personal y social como creación de una civilización nueva.

Esta civilización, que las obras de Christopher Dawson presentan magníficamente, se fue construyendo con esfuerzo después del derrumbamiento del orden greco-romano en el impacto con la presencia devastadora de los bárbaros. Un costoso camino de educación se fue tejiendo día tras día, lo cual sostuvo la evolución de la sociedad europea desde la barbarie del comienzo del Medievo a la espléndida síntesis de los siglos XII y XIII.

Los derechos humanos son las connotaciones fundamentales de la libertad y de la responsabilidad personal. En vez de teorizar sobre ellos, esa extraordinaria aventura humana y social que fue la Res Publica cristiana medieval los practicó a lo largo de toda la Edad Media. Densa en su grandeza religiosa y cultural y al mismo tiempo dolorosamente seducida por todas las violencias, los atropellos y las debilidades morales que siempre acompañan y condicionan todo camino educativo. Esta es la historia. Lo demás es fantasía, cuando no alucinación.

Nadie puede negar que, en la profunda crisis religiosa y humana que señala el paso del Medievo a la modernidad, se produjo una mayor rigidez en el orden de la vida social, y la libertad y la conciencia personal fueron sometidas a presiones objetivamente negativas. Hay que destacar que, sobre todo en los periodos de paso de una etapa a otra de la historia, la oscuridad tiende a prevalecer sobre la claridad. En la Edad Media jamás se sostuvo teóricamente que la Iglesia, en cuanto organización, prevaleciese sobre la persona, y que la estructura social lo hiciera sobre los derechos personales y familiares. En cualquier caso, la Iglesia, precisamente en los momentos de paso, ha desarrollado una acción eficaz en defensa de los derechos fundamentales de la persona y de su libertad.

Los derechos fundamentales del hombre han sido afirmados y predicados a lo largo de los siglos por personas que pertenecían al pueblo cristiano y, por ello, se convertían en protagonistas responsables de su vida y de las vicisitudes culturales y sociales.

La experiencia de la libertad siempre se ha conjugado coherentemente con la caridad, de tal forma que ha sabido salvaguardar los derechos inviolables de la persona y de la conciencia contra cualquier violencia, ya sea eclesiástica o política.

Sujeto y democracia.

Maritain nos muestra que la modernidad no ha inventado los derechos del hombre, si acaso los hace "emerger" del contexto de la tradición clásico-cristiana donde se formaron y ejercieron.

La novedad consiste en que se empezó a atribuirlos a un "sujeto" individual que ya no pertenece a la realidad del pueblo cristiano y que se concibe a partir de una autonomía absoluta y caracterizada por una profunda autosuficiencia. Los derechos fundamentales son por tanto derechos del sujeto, expresión inmediata y directa de su subjetividad, capacidad autónoma de su razón y expresión de su "poder". Estos derechos ya no se fundamentan en el reconocimiento de la propia dependencia en cuanto criatura, de la que son expresión y comprobación a la vez («hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza»), sino que se empiezan a entender como expresión de la capacidad originaria del hombre para imponerse a la realidad, poseerla con la ciencia y manipularla con la técnica.

Los términos siguen siendo los mismos, pero el mundo de valores que expresan, como demostró Romano Guardini, adquiere connotaciones totalmente distintas. Tomemos como ejemplo el término "libertad". En la tradición cristiana, la libertad es libertad "para": responsabilidad, obediencia a la ley de Dios, capacidad de afirmar lo positivo y de construir histórica y socialmente. Para el hombre moderno la libertad es libertad "con respecto a": emancipación de cualquier vínculo religioso, familiar y social, el hombre es libre porque rechaza los vínculos tradicionales y los reconstruye a partir de su instinto individual.

De esta forma, la democracia, que, en la práctica, constituía en la sociedad tradicional una comunión de vida y de compromiso social enraizada en la unidad de la fe, sostenida por la caridad y extremadamente diferenciada en cuanto a sus formas; en la modernidad se convierte en el rigor de las reglas estrictamente "científicas" con el que nace el Estado y se establece su funcionamiento.

Cuando se diga que, en vez del sujeto individual, el verdadero sujeto depositario de los derechos fundamentales es la subjetividad colectiva (Estado, partido, formaciones ideológicas, estructuras sociales), entonces los derechos individuales se convertirán en una asignación de las formaciones que detentan el poder, y se les reconocerán o negarán a los individuos únicamente en función de la utilidad colectiva.

En los distintos regímenes totalitarios que se han sucedido en la historia, sobre todo en Occidente, la libertad efectiva de la persona individual se ha negado a menudo para afirmar el carácter absoluto y totalizante de la única libertad admitida, la de la institución social, es decir, del Estado.

Sin la afirmación en la historia de la categoría del Misterio, y sin la certeza del Acontecimiento cristiano, en el que toda persona encuentra su consistencia ontológica originaria (hijo de Dios) y su inexorable responsabilidad ética y social, los derechos del hombre están condenados a una inevitable fragilidad. A menudo son reclamados como valores absolutamente indiscutibles, pero estas proclamaciones solemnes tienen muy a menudo el contrapunto de una práctica negación de estos mismos derechos. La relectura del nº. 17 de la Redemptor Hominis de Juan Pablo II, titulado de forma aguda «Derechos del hombre: ¿letra o espíritu?», puede representar una documentación adecuada y una profundización seria en estas observaciones.

Luigi Negri
Universidad del Sacro Cuore, Milán (Italia).

(Este artículo ha sido publicado en el número 11 del año 2001, páginas 20 y 21, edición en castellano, de la revista oficial del movimiento católico Comunión y Liberación, "Huellas - Litterae communionis", (www.huellas-cl.com).

 

Foro ARBIL agradece la autorización de su Dirección para la reproducción del mismo en nuestra publicación digital). 2004-01-16

 

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Richelieu [1585+1642] se preguntaba «si se debe dejar que el pueblo viva a su gusto»; el pueblo acaba por advertirlo, quizá con irritación. Cuando en un país hay que realizar ciertas operaciones -por ejemplo económicas- urgentes, indispensables, penosas, hay que cumplir tres condiciones. La primera, explicarlas, justificarlas, conseguir la aceptación de la inmensa mayoría. La segunda, no ir al mismo tiempo en sentido contrario: por ejemplo, no sumar a la austeridad de unos el despilfarro de otros, no intenta convertir al país en una minoría de trabajadores y una mayoría de parásitos. La tercera, la más importante, no provocar fricciones que hagan imposible el asentimiento; no hostigar, una tras otra, a las fracciones del cuerpo social para convertirlo en otra cosa, en lugar de dejarlo inventar, proyectar, realizar con holgura y espontaneidad las transformaciones que broten de su fondo creador y fecundo.

  

Los grandes incendios nacen de las chispas pequeñas. Richelieu

 

Dadme dos líneas escritas a puño y letra por el hombre más honrado, y encontraré en ellas motivo para hacerlo encarcelar. Richelieu


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Derechos del hombre (3º)

 

A los problemas generales (de los que hemos hablado) planteados por la «Declaración de los derechos del hombre» de 1789 y la de 1948, otros se añadían -y se añaden- cuando se examinan concretamente los textos.

El texto de 1789 dice: «La Asamblea Nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano. Artículo 1: Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.»

 

Ese «Ser Supremo» (el Dios sin cara e inaccesible en el Cielo del deísmo de los ilustrados, el «Gran Relojero» de Voltaire, el «Gran Arquitecto del Universo» de los masones) es la única referencia «religiosa». Pero es una reverencia puramente ritual a Algo (más que a Alguien) que está sobre las nubes, que no tiene nada que ver con lo que los hombres establecen autónomamente, basándose sólo en aquel libre «pacto social» que, para Rousseau, es la única base de la convivencia humana.

Otra cosa es el Bill of Rights, aquella «Patente de derechos» proclamada doce años antes, en 1776, por los constituyentes americanos. La Constitución de Estados Unidos declara: «Todos los hombres han sido creados iguales y tienen unos derechos inalienables que el Creador les otorga...». Pese al origen estrictamente masónico de Estados Unidos (todos los padres fundadores, como Franklin o Washington, estuvieron abiertamente afiliados a las logias, y la gran mayoría de sus presidentes lo ha estado y lo está), el documento americano no establece el fundamento de los derechos del hombre en la voluntad de éste, sino en el proyecto de un Dios Creador. No es casualidad que ni la proclamación de independencia americana ni su Constitución provocaron reacciones en los ambientes católicos. Y siempre fue reconocida la lealtad patriótica de los católicos de la Federación.

 

La diferente actitud de Roma ante la «Declaración» francesa obedeció a que, mientras para los americanos es el Creador quien hace a los hombres iguales y libres, para los franceses los hombres nacen libres e iguales porque así lo establece la Razón, porque ellos lo quieren y lo proclaman. Hermanos: pero sin padre.

La paradoja es aún más evidente en la «Declaración» de la ONU: aquí, para conseguir el mayor consenso (pero aún así los países musulmanes no quisieron adherirse: mujeres y esclavos, para el Corán, no son y no pueden ser «iguales» a quien es hombre y libre) se eliminó cualquier referencia a ese inocuo «Ser Supremo». Dice el texto de las Naciones Unidas, en su primer artículo: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales por dignidad y derechos. Ellos están dotados de razón y conciencia y deben actuar los unos hacia los otros con espíritu de fraternidad.»

 

Aquí también nos encontramos ante el «deber» de una fraternidad sin paternidad común. No se dice, por lo tanto, dónde estriba este «deber», por qué hay que respetarlo, ni se quiere decir. Es el drama de toda moral «laica»: un «¿por qué escoger el bien en lugar del mal?» que queda sin ninguna respuesta razonable.

En efecto, la «Declaración» de las Naciones Unidas es quizás el documento internacional más violado y escarnecido de toda la historia, incluso por parte de gobiernos que, mientras pisan todos los derechos del hombre, que solemnemente han votado y aceptado, se sientan y pontifican en aquella misma Asamblea de Nueva York. Es suficiente dar una mirada al informe anual de Amnistía Internacional: lectura aterradora que nos enseña la eficacia de los «compromisos morales» y de las declaraciones de libertad, igualdad y fraternidad que sólo se basan en la «razón» y no derivan de Alguien cuya ley trascienda al hombre.

 

Que este resultado fuera inevitable ya lo había previsto la Iglesia, confirmando de hecho una desconfianza secular. Antes de ser proclamada la «Declaración» de la ONU, el Osservatore Romano (15 de octubre de 1948) publicaba un comunicado oficial, hoy completamente olvidado, escrito, según una atribución nunca desmentida, por Pío XII. Se observaba en él, entre otras cosas: «No es por lo tanto Dios, sino el hombre, quien anuncia a los hombres que son libres e iguales, dotados de conciencia e inteligencia, y que deben considerarse hermanos. Son los mismos hombres que se invisten de prerrogativas de las que también podrán arbitrariamente despojarse.» Una crítica en la línea de la tradición. Ya hemos recordado cómo la formulaba Étienne Gilson en 1934.

 

Confirmando la negativa a tomar en serio una «Declaración» cuyo efecto principal parecía el aumento de la hipocresía, más que de la fraternidad entre los hombres, el Papa Pacelli nunca mencionó el documento de la ONU en los diez años que le quedaban. Y cuando Juan XXIII, en 1963, publicó la Pacem in terris, citó aquel texto, pero (lo recordábamos) preocupándose de advertir que «en algún punto esta Declaración ha provocado objeciones y ha sido objeto de reservas justificadas». Interrogado a propósito de esto, el Papa Roncalli dijo que de todas las «reservas» y «objeciones» la principal era precisamente «la falta de fundamento ontológico»: o sea, los derechos humanos basados exclusivamente en el terreno blando y falaz de la buena voluntad del hombre.

 

Mirando al presente, ya se sabe con cuánta energía y pasión Juan Pablo II proclama esos «derechos» en el mundo, pero su adhesión - confirmada abiertamente en ocasión del 40.° aniversario de la ONU- no está falta de críticas.

Sólo dos ejemplos. El primero, la carta del 10 de diciembre de 1980 a los obispos de Brasil: «Los derechos del hombre sólo tienen vigor allá donde sean respetados los derechos imprescriptibles de Dios. El compromiso para aquéllos es ilusorio, ineficaz y poco duradero si se realiza al margen o en el olvido de éstos.»

 

Otro ejemplo: el discurso en Munich, el 3 de mayo de 1987: «Hoy día se habla mucho sobre derechos del hombre. Pero no se habla de los derechos de Dios.»

Y seguía: «Los dos derechos están estrechamente vinculados. Allá donde no se respete a Dios y su ley, el hombre tampoco puede hacer que se respeten sus derechos. Hay que dar a Dios lo que es de Dios. Así sólo será dado al hombre lo que es del hombre.» Como hablaba en ocasión de la beatificación de un jesuita víctima del nazismo, Juan Pablo II continuaba: «Nosotros ya hemos comprobado claramente, también en la conducta de los dirigentes del nacionalsocialismo, que sin Dios no existen sólidos derechos para el hombre. Ellos despreciaron a Dios y persiguieron a sus servidores; es así que trataron inhumanamente a los hombres.»

 

A propósito del nazismo, hay que decir (sin quitar nada al horror hitleriano) que en su caso, los mismos Estados que quisieron la «Declaración» de 1948 y que hoy celebran el segundo centenario de la de 1789, pasaron por alto el artículo 11 de la primera y el artículo 8 de la segunda. Dice el texto de la ONU: «Nadie será condenado por acciones u omisiones que, en el momento que se cometieron, no constituían acto delictivo según el derecho nacional e internacional.»

 

Y el texto de la Revolución: «Nadie puede ser condenado si no es en virtud de una ley establecida y promulgada con anterioridad al delito.» Eminentes juristas de todo el mundo, con garantías de objetividad, han señalado que, a la luz de la prohibición absoluta de una ley retroactiva, los procesos contra los jerarcas alemanes (empezando por el proceso de Nuremberg) y del Japón derrotado violan aquellas «Declaraciones». En efecto, una vez terminada la guerra -y expresamente, para estos procesos- se definieron las figuras (desconocidas hasta entonces) del «crimen contra la humanidad» y del «crimen contra la paz», por cuya violación -cometida cuando las figuras jurídicas aún no existían- aquellos jerarcas fueron condenados a la pena capital o a cadena perpetua. Que quede claro: desde el punto de vista moral, estos tipos merecían semejante fin. Pero a nivel jurídico es otro asunto (sin olvidar que, una vez más pasando por alto el derecho, los jueces -representantes de los vencedores- eran parte en causa y no magistrados imparciales).

 

Es un ejemplo más de lo que Juan Pablo II, igual que sus predecesores, recuerda: basado exclusivamente en el hombre, todo «derecho del hombre» está en poder del hombre, sufre impunemente violaciones y excepciones y puede ser manipulado según la conveniencia política.

 

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Por ley mahometana, todos los seguidores de Mahoma que se conviertan al cristianismo u otra religión, deben ser condenados a muerte, ¡obligatoriamente!

 

 

Forma de concebir la conversión y el uso de la violencia.

Desigualdad entre el hombre y la mujer - Sharia



En la conclusión de los actos por el V centenario del nacimiento de San Pío V
ROMA, jueves, 15 diciembre 2005.- Aparte de conceptos como la conversión, la diferencia más fuerte entre Cristianismo e Islamismo está en la concepción del ser humano, según se reflexionó en Congreso celebrado en Roma en conclusión de los actos por el V Centenario del nacimiento del Papa San Pío V.

La Pontificia Universidad Lateranense acogió este encuentro en torno al tema «Cristianismo e Islam, ayer y hoy».
De las diferencias entre ambos credos habló monseñor Walter Brandmüller –presidente del Pontificio Comité de Ciencias Históricas--, subrayando la desigual forma de concebir la conversión y el uso de la violencia.

«Para los cristianos la conversión debía ser voluntaria e individual», «principalmente a través de la predicación y el ejemplo», mientras que por parte musulmana «desde los primerísimos tiempos la conversión ha sido impuesta con las armas», explicó.

Pero alertó de que «la diferencia más fuerte entre Cristianismo e Islam es a propósito de un tema central como la concepción del ser humano».
«Lo demuestra el hecho de que muchos países islámicos no hayan aceptado la Declaración de los Derechos del Hombre promulgada por las Naciones Unidas en 1948, o lo hayan hecho con la reserva de excluir las normas que contravengan la ley coránica, esto es, en la práctica todas», afirmó monseñor Brandmüller.

Añadió que en la tradición islámica no existe el concepto de igualdad de todos los seres humanos, ni en consecuencia el de la dignidad de toda vida humana. «La "sharia" de hecho está fundada en una triple desigualdad: entre hombre y mujer, entre musulmán y no musulmán, entre libre y esclavo», aclaró.
E hizo hincapié en que «la más irrevocable de estas desigualdades es sin embargo la del hombre y la mujer».

«En la tradición islámica --precisó monseñor Brandmüller— al hombre le está consentida la poligamia; la mujer no puede tener más de un marido, no puede casarse con un hombre de otra fe, puede ser repudiada por el marido, no tiene derecho alguno sobre la prole en caso de divorcio, está penalizada en la división hereditaria y desde el punto de vista jurídico su testimonio vale la mitad que el de un hombre».
«Si esta caracterización del Islam está destinada en el futuro a permanecer invariada, como ha ocurrido hasta ahora, no puede más que resultar difícil la convivencia con cuantos no pertenecen a la comunidad musulmana», concluyó.

En su intervención, Khaled Fouad Allam --profesor de Sociología del mundo musulmán y de Historia e Instituciones de los países islámicos en la Universidad de Trieste, y de Islamística en la Universidad de Urbino— apuntó que la educación es el único camino para superar las contradicciones y los retrocesos en el contexto musulmán.
Participó igualmente en el Congreso Rocco Buttiglione, ministro italiano de Bienes Culturales, quien explicó cómo la concepción trinitaria de los cristianos implica el concepto de relación.

Clausuró los trabajos el cardenal Angelo Sodano –secretario de Estado del Vaticano-, quien dio gracias a la Providencia, que «siempre sabe suscitar en su Iglesia sucesores de Pedro que sepan responder a los desafíos de los tiempos».
A pesar de su brevedad (1566-1572), el de San Pío V fue uno de los pontificados más fecundos del siglo.
También fue el pontífice que instituyó la fiesta de la Virgen del Rosario tras la victoria de Lepanto –en acción de gracias cuando la flota cristiana derrotó a la turca--, el 7 de octubre de 1571. La Basílica patriarcal de Santa María la Mayor en Roma custodia sus restos. ZS05121503 (ZENIT.org)

 

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1526 - Destrucción de la mayor parte de la biblioteca de Matías Corvino, rey de Hungría, en la conquista de Buda por los turcos musulmanos.

 

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San Andrés Fournet 1732 + 1834 

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica 


San Andrés Fournet, Fundador. Este santo cuando era estudiante firmaba paradójicamente sus libros con esta frase: "Andrés, que nunca será ni religioso ni sacerdote".-

Sin embargo no sólo fue sacerdote sino que fundador de religiosas. Nació cerca de Poitiers (Francia) en 1752. Al empezar sus estudios de filosofía en Poitiers, perdió el poco fervor que tenía y se dedicó a una vida mundana y de continuos paseos y fiestas y bailes.-
Pero todo esto le dejaba un vacío inmenso en el alma y una insatisfacción completa y horrible. Sin consultar a ninguno de su familia entró de militar.-

Sin embargo, tuvo que pasar unas semanas con un tío sacerdote, y en compañía de este hombre de Dios, fue que tuvo la oportunidad de dedicarse a los estudios eclesiásticos, a la oración y la meditación. Fue ordenado sacerdote y enviado como ayudante de su tío el párroco.-

En 1789, cuando estalló la Revolución Francesa, se asesinaron a miles de católicos y se persiguió sin compasión a todos los sacerdotes. El Padre Andrés tuvo que esconderse, ya que los guardias de la revolución lo buscaban por todas partes.-

Cuando huyó a España, tuvo la suerte de encontrar una mujer con grandes cualidades para la vida religiosa, Santa Isabel Bichier, y con ella fundó la Comunidad de Hermanas de la Santa Cruz, que se llaman también, hermanas de San Andrés.-
Él fue hasta su muerte el director espiritual de esa comunidad. Se cuenta que, un día que a Las Hermanas les faltaba harina para poder hacer la cantidad de pan necesaria, San Andrés bendijo un poco de harina y de ella se pudieron hacer muchísimos panes. Tenía el don de saber aconsejar muy bien. Murió el 13 de mayo de 1834.

 

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P: La semana pasada dijo que la revolución francesa fue un fenómeno nefasto. ¿Me puede decir por qué y algún libro que explique dicha visión?

 

R: 1. Tronchó la evolución parlamentaria de la monarquía, dio paso al Terror y a la hiperlegitimidad de la izquierda, desembocó en una dictadura militar so capa de imperio que asoló Europa casi dos décadas... Si a usted le parece que esto es positivo yo ya no sé lo que es negativo. 2. Doncel publicó una historia de Gaxotte en esa línea pero en francés hay ya bastante bibliografía crítica.

 

 

2004-05-04 – l-d- Esp- dr- César Vidal. historiador y filósofo, escritor y abogado.

 

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DIOS Y EUROPA

 

 

Por José Antonio ZARZALEJOS/

 

 

LA palabra «Dios» no es, como afirmó en este periódico el filósofo alemán Peter Sloterdijk, «una resonancia entre los hombres y lo desconocido». La resonancia es la prolongación de un sonido que se va degradando y llega a desaparecer por completo. Dios no es una evocación esotérica como pretenden muchos intelectuales que, al no poder negar su arraigo en los hombres y la fuerza motriz de lo divino en la historia de la humanidad, evitan esta realidad mediante definiciones extravagantes en las que se rebaja la creencia trascendente a una idolatría puramente antropológica. Debe reconocerse, sin embargo, que esta intensa y constante labor intelectual -que parte de un racionalismo a ultranza y del más estricto historicismo moral- ha creado un estado de opinión en el que resulta explicable la beligerancia laicista y la remisión a las esquinas más lúgubres del pasado la identidad cristiana de la mayoría de las sociedades europeas.

La clase dirigente de la UE -con excepciones notables, pero minoritarias como se ha demostrado en la Cumbre de Bruselas- se ha negado en rotundo a incorporar al prólogo del Tratado Constitucional Europeo una mención al cristianismo. Los argumentos para eludir este pronunciamiento son confusos y de clara inferioridad frente a la cultura islámica. Y lo que es peor, tratan de ocultar así uno de los factores culturales, morales e históricos que más identifican la trayectoria de Europa. No podrían entenderse los propios movimientos internos de carácter unitario en el Continente sin la centralidad del cristianismo.

Juan Pablo II, ahora que su protagonismo ha sido de nuevo recordado a propósito del fallecimiento del presidente Ronald Reagan, con su persona, pero sobre todo con su mensaje confesional y lleno de valores liberadores, ha jugado un papel europeísta -es el caso de su Polonia natal- que difícilmente será igualado por cualquiera de sus contemporáneos. Olegario González de Cardedal recordaba, también en estas páginas de ABC, que el fundamento de valores que se tienen ahora como «naturales» proceden del cristianismo: la consideración de la persona; la familia y el matrimonio; la defensa de la vida y, en palabras de Goethe, el respeto a lo sagrado como «la parte mejor del ser humano». El cristianismo no es sólo creencia trascendente; es también un continuo cultural, una forma de expresión de la definición de los valores sociales, una referencia colectiva válida que está en los fundamentos de la construcción de Europa a través de la militancia cristiana y democrática de los padres fundadores alemanes, italianos y franceses.

La mención expresa a la raíz cristiana en el prólogo de la Constitución europea no implicaba ninguna coerción y, mucho menos, exclusión. Hubiese sido un acto afirmativo, no excluyente e integrador de valores que de la confesionalidad han pasado con naturalidad al acervo común.

El laicismo europeo no quiere admitir que somos lo que somos por el depósito acumulado de nuestro pasado, del que aprendemos y que, sobre todo, nos explica. Cuando otras culturas incubadas en creencias religiosas se cohesionan frente a la nuestra, en contradicción abierta con los logros de la cristiana, parece puramente táctico y empobrecedor ocultar nuestra identidad colectiva y dejarla en una «resonancia» con lo desconocido, como si el Dios cristiano hubiese sido un cabo suelto, una irregularidad o una rareza de nuestra historia. Con estas y otras amputaciones culturales y moralmente identitarias de Europa, la increencia en un proyecto colectivo en el Continente lejos de remitir, progresará. 
2004-06-20 - ‘ABC’ ESPAÑA

 

 

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Religión y derechos humanos

 

 Por Pio Moa

 

La actual ofensiva jacobina contra la Iglesia va contra el espíritu y la letra de la Constitución, cuyo artículo 16 señala: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". Salta a la vista que el gobierno de Rodríguez no busca nada parecido a la cooperación, sino más bien el hostigamiento a los católicos.

 

Una argucia empleada a menudo por estos jacobinos es la pretensión de que la religión pertenece al ámbito íntimo y personal, ajeno a la esfera pública. No pocas veces quienes así hablan invocan los derechos humanos que, evidentemente, no conocen en la teoría ni en la práctica. La "Declaración de los Derechos del Hombre" salida de la revolución francesa establecía en su artículo 10: "Nadie debe ser incomodado por sus opiniones, inclusive religiosas, a condición de que su manifestación no perturbe el orden público establecido por la ley". Nótese el "inclusive", delator de la aversión al cristianismo por parte de los revolucionarios franceses quienes, por lo demás, no cumplieron su precepto, sino que sometieron a la Iglesia a una persecución sanguinaria, con miles de clérigos asesinados y destrucción de buena parte del patrimonio cultural francés.

 

Conducta práctica aparte, el artículo podría interpretarse en un sentido favorable la idea de nuestros actuales jacobinos, considerando la religión perturbadora para "el orden público", y por tanto perseguible, salvo que se limite al ámbito de las opiniones puramente privadas. Sin embargo el artículo 11 prescribe: "La libre comunicación de pensamientos y de opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; en consecuencia, todo ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, a trueque de responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley". Obviamente esto atañe también a las ideas religiosas.

 

Además, según los jacobinos, cuyo sentido de la contradicción no está muy desarrollado, la religión no es otra cosa que una ideología más. Si así fuera, está claro que también las ideologías de los partidos debieran restringirse al terreno puramente privado, lo que probablemente no aceptaría ninguno de esos partidos cuya sed de poder y de exhibición pública no precisa comentario.

 

Pero la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la ONU, inspirada más bien en la tradición anglosajona, es mucho más clara al respecto, y estatuye en su artículo 18: "Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia".

 

Los Rodríguez, Peces Barba y compañía, pretenden, pues, atentar contra un derecho humano fundamental en función de su sectaria y muy particular interpretación de la religión y de los derechos humanos, e intentan imponer tiránicamente esa interpretación, prevaliéndose de modo ilegítimo del poder. Esta es ya una tradición muy larga en el jacobinismo hispano, siempre dado a invocar los derechos y la libertad en abstracto para atacarlos en concreto, a menudo con ferocidad sanguinaria, como testimonia la historia del siglo XX. Tal actitud debe ser desenmascarada y combatida sin concesiones, no porque critique a la religión o ponga en duda sus fundamentos, pues ahí la opinión es libre, sino porque atenta contra la democracia y las libertades. Esto ocurrió ya con la sectaria constitución republicana: Azaña admitía que vulneraba los derechos de conciencia y otros, pero la justificaba en "la salud de la República". Una salud que él contribuyó a arruinar así. Los efectos históricos de tales medidas, efectos nefastos y violentos, como no podía ser de otro modo, son bien conocidos y no deben echarse en olvido, so pena de repetir viejos traumas.

Otra manera indirecta de socavar a la Iglesia es la presunción de que la religión católica es una más en España, y por tanto el estado debe prestarle la misma atención que a cualquier otra, sea la islámica o la budista. Viene a ser, salvando otras diferencias, como si partidos o grupos sindicales sin apenas presencia recibieran las mismas ayudas del estado que los partidos y sindicatos más representativos. Desde luego podría argumentarse contra de la concesión de ayudas públicas tanto a los partidos y sindicatos como a las confesiones religiosas, pero eso ni se les pasa por la cabeza a nuestros jacobinos. Se trata, por tanto, de otro claro abuso, contrario a la historia y realidad sociológica del país, pero merecedor de un artículo aparte. 2004-12-21 L.D. ESPAÑA

 

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REVOLUCIÓN FRANCESA

 

 

Detrás del mito

 

Por Fernando Díaz Villanueva

 

La Revolución francesa es uno de los referentes inmortales para los progresistas de los dos últimos siglos. La romántica y arrebatadora imagen de la toma de la Bastilla o de las masas tomando las Tullerías se ha hecho dueña de conciencias y ha movido voluntades. No hay político de izquierdas que no se haya sentido heredero directos de aquellos gallardos revolucionarios franceses que hace más de doscientos años, a golpe de guillotina, acabaron con el Antiguo Régimen.

 

 

Lo cierto es que la Revolución francesa tiene mucho de admirable, especialmente en su primera etapa. Esta fase moderada siguió en lo esencial un esquema revolucionario clásico y sus logros bien podrían estar a la altura de lo que los pioneros norteamericanos habían conseguido en las colonias británicas sublevadas. Sin embargo, pronto se pervirtió. En 1790, un año después de estallar la revuelta parisina, la situación se había estabilizado. Monarquía y Revolución habían llegado a una acuerdo por el cual la primera aceptaba las imposiciones de la segunda y ésta se legitimaba a través de la corona, que servía como engarce con el pasado.

 

La fuga del monarca a Varennes fue la coartada perfecta para que los agitadores jacobinos hiciesen su agosto a costa del descontento popular. La cosecha de 1791 había sido escasa y el alza de precios que le siguió creó el caldo de cultivo adecuado para que las manifestaciones callejeras y los desmanes se propagasen como la pólvora. La Revolución, que venía incubando el virus jacobino desde los primeros días, dio el giro de tuerca definitivo y sus destinos quedaron en manos de una minoría. Siguiendo un diseño que, en revoluciones posteriores se demostraría tremendamente efectivo, los jacobinos se hicieron con todo el poder con la excusa de liquidar al "enemigo interior". El partido jacobino era el modelo de minoría autolegitimada y radical que utiliza el sistema para dinamitarlo desde dentro. Marat y Robespierre, sus más conspicuos líderes, una vez se sintieron fuertes acusaron a todos sus rivales políticos de ser contrarrevolucionarios y procedieron a su eliminación inmediata. Las purgas se sucedieron. En septiembre de 1792 mil doscientos prisioneros fueron ejecutados sin juicio. Era sólo el principio. Marat proclamaba desde las tribunas que la Revolución necesitaba 100.000 sacrificios en su altar para librarse del fantasma de la contrarrevolución. Meses después París se había convertido en un inmenso tribunal jacobino por el que desfilaron miles de inocentes ante una multitud enfervorecida. La revolución devorándose a sí misma. Robespierre instituyó un abstruso Comité de Seguridad que se hizo tristemente famoso por sus atropellos y por un celo homicida no conocido hasta la fecha.

 

El asalto sobre la economía nacional no se hizo esperar. Conforme fue avanzando el proceso, los revolucionarios trataron de parchear sus desmanes con cada vez mayores interferencias en la economía. Un poder absoluto precisaba de un control también absoluto sobre las finanzas públicas. Recurrieron a prácticas como la emisión masiva de papel moneda que desató una inflación feroz y empobreció sin remedio a casi todos los franceses. Se expropiaron los bienes eclesiásticos en un postrer intento de dotar de capital a un Estado que lo devoraba todo. De nada sirvió. Conforme los abastos de las ciudades comenzaron a escasear los revolucionarios impusieron controles de precios que, en lugar de garantizar el abastecimiento, trajeron aún más escasez y dio lugar a que las transacciones más comunes se sumergiesen en el mercado negro. En 1794 la economía francesa estaba devastada y la población al borde del motín de subsistencia.

 

Las alarmas se encendieron en toda Europa. La primera revolución liberal del continente había acabado ahogada en sangre, concluyeron muchos. Los partidarios del Antiguo Régimen y el absolutismo miraron con resquemor y desdén hacía Francia augurando el fin de la experiencia revolucionaria. Sin embargo, nada de esto había sucedido en Norteamérica, muy al contrario. Los colonos nunca habían puesto en entredicho la propiedad. El espíritu de la Revolución Americana, era, esencialmente, descentralizador y profundamente desconfiado del Estado. En Francia, algunos revolucionarios, los de la primera hora, lo compartieron, de hecho, al principio muchos veían en la caída del Antiguo Régimen el fin de la vieja burocracia y el ocaso no sólo de los privilegios estamentales, sino también de los abusos de la monarquía. En los recién nacidos Estados Unidos no se desafió ni al derecho natural ni, naturalmente, a la tradición. Paul Johnson asegura que la principal diferencia entre las revoluciones francesa y americana es el carácter religioso de la primera y el sesgo anticristiano de la segunda. En las colonias emancipadas el individuo se convirtió en el centro del quehacer político mientras que en Francia el nuevo Estado se arrogó la exclusiva de la moral y hasta de la vida íntima de sus sufridos súbditos.

 

Mientras que la primera enmienda de la Constitución norteamericana, ratificada en 1791, garantizaba la libertad de culto y negaba la posibilidad de que la Unión se dotase de una confesión oficial, en el reino del terror de Robespierre y sus sans culottes el Estado invadió todas las esferas de la vida privada. Se impuso el uso del "tu" y se procuró erradicar el lenguaje formal por considerarlo las autoridades contrarrevolucionario. Los dialectos regionales fueron perseguidos y se promovió el uso exclusivo del francés como lengua de la revolución. El culto católico llegó incluso a ser abolido y reemplazado por una nueva deidad, la diosa razón, a la que se le llegó a dedicar la catedral de Notre Dame en una ceremonia grotesca, digna de un carnaval, en la que la divinidad era representada por una prostituta. Los desvaríos de los revolucionarios llegaron a todos los rincones, incluido el de la medición del tiempo. Robespierre inauguró una cronología revolucionaria destinada a regular la vida de todos los franceses. Los meses fueron rebautizados y la semana dejó de tener siete días. Todas las festividades tradicionales fueron eliminadas en el nuevo calendario. A cambio, los miembros de la Convención, establecieron cinco fiestas ideológicas. Y todo por evitar una supuesta contraofensiva revolucionaria y construir una sociedad que presumían perfecta.

 

Los asesinatos políticos, la ruina económica y los extravíos en materia moral y social de los jacobinos condujeron a su irremediable final. La revolución volvió a transformarse en Saturno y tanto Robespierre como Marat fueron devorados por el monstruo que ellos mismos habían creado. En Norteamérica, sin embargo, los paladines de la rebelión contra los ingleses pasaron a formar parte del panteón político de la patria y hoy son justamente reconocidos como los Founding Fathers o Padres Fundadores. George Washington, símbolo vivo de la liberación, una vez conseguida la victoria, se retiró a su casa hasta que fue reclamado por el Congreso para presentarse a las primeras elecciones.

 

A poco que se aplique una mirada juiciosa sobre el proceso revolucionario francés sus carencias y excesos saltan a la vista. La Revolución Francesa no fue la primera revolución liberal y, en todo caso, le cabe el dudoso orgullo de ser la primera vez en la que una minoría se hizo dueña absoluta del destino de millones de personas defendiendo un ideal radicalmente distinto del que aplicaba en la práctica. No es extraño que pensadores como Albert Mathiez considerase a la francesa la precursora de la revolución bolchevique en 1917, o que los socialistas del siglo XX viesen en ella el debut histórico de su pretendida lucha de clases.

 

El resultado final de la Revolución francesa fue que, tras años de caos y luchas por el poder, un militar, Napoleón Bonaparte, se hiciese con el control del país y lo transformase en un imperio de talante tanto o más absoluto que la monarquía borbónica. Habría de pasar casi una centuria para que en Francia se consolidase el sistema republicano de corte liberal, inspirado en la democracia representativa, el respeto a la ley, la libre empresa y el gobierno limitado. Para entonces, para finales del siglo XIX, los Estados Unidos habían emprendido ya el camino que los llevaría a situarse como potencia hegemónica tras la primera guerra mundial. Hacia 1870, cuando París se despertaba de la traumática experiencia liberticida de la Comuna, Estados Unidos se extendía imparable hacia el oeste basándose en las misma ideas que profesaban sus fundadores, es decir, libertad, imperio de la ley y soberanía del individuo. La revolución francesa o, mejor dicho, las experiencias revolucionarias inspiradas en la Convención republicana, han cambiado el mundo ciertamente, pero para peor. La revolución americana y sus epígonos han contribuido, en cambio, a hacer de los países donde se han aplicado sus recetas, lugares más pacíficos, más prósperos y, sobre todo, más libres.

2004-12-30 – L.D. ESP.

 

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«Jamás hubo dominio del pueblo.
Ni siquiera durante la Revolución Francesa,
que en lo esencial era un dominio de los
terroristas. La guillotina no era otra cosa
que un terrorismo emanado del Estado».

(Karl POPPER, entrevista publicada por el diario
madrileño "El Independiente" en abril de 1990)
 


[Pero Chaunu y los que hoy mantienen posiciones críticas hacia la Revolución Francesa han tenido ilustres predecesores. En algunos casos -tal y como me mostraba recientemente una buena amiga virtual de la Red-, incluso contemporáneos a los lúgubres hechos: como el tratadista y político inglés Edmund Burke (Reflexiones sobre la Revolución Francesa, 1790) y sus opiniones cuasi-proféticas al respecto del serio germen de totalitarismo que se agazapa tras las propuestas de J. J. Rousseau. Y ya en nuestros días, la gran estudiosa del fenómeno totalitario, la autora alemana de estirpe judía Hannah Arendt (Los Orígenes del Totalitarismo), situaba también a la Revolución burguesa gala en la raíz de las terroríficas tiranías del siglo XX. En España, contamos con figuras del calado de un Jaime Balmes y un Juan Donoso Cortés que también supieron ver por anticipado cuanto de tenebroso se agazapaba detrás del oropel de la Gran Revolución].


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Estambul no es Constantinopla

 

 

Por Carlos Semprún Maura

Se reunieron a cuatro, para dar más peso a su delirio, y firmaron un texto publicado en "Le Monde" del sábado pasado. Edgar Morin y Alain Touraine, sociólogos, Jean-Christophe Rufin, escritor y ex vice-presidente de Médicos sin Fronteras, y Goy Sorman, ensayista (¿qué se le habrá perdido en aquel patio?), declaran solemnemente que sin Turquía, Europa no es nada. Seguirá flotando, indecisa, sin gran Timonel, sin voluntad, sin ambición, exclusivamente ocupada en triviales asuntos económicos.

 

 

Consideran, en efecto, que la entrada de Turquía en la UE "es indispensable para que Europa mantenga o recobre un papel a nivel mundial, o sea que invente una relación con el mundo islámico opuesta a la que los norteamericanos han creado en Medio Oriente". Y más adelante, con tono bravucón, amenazan: "Quienes dan prioridad al mantenimiento de la hegemonía norteamericana, que lo digan en voz alta, pero que los demás salgan de su miedo y su hipocresía y digan claramente que es posible construir una relación diferente entre Europa –u Occidente- y el mundo islámico". "Rechazar Turquía equivaldría a cerrar nuestro horizonte y renunciar a cualquier responsabilidad mundial". Lo dicho: o Turquía o el caos. Pero su chantaje se derrumbaría ridículamente cuando se sabe que el más firme defensor de la entrada en Turquía en la UE es precisamente el Presidente Bush. Nosotros que, en voz alta, apoyamos a los USA en su guerra contra el terrorismo, tenemos la suficiente independencia política para oponernos a Washington en este capítulo concreto.

 

Por lo tanto, proclamar "con Turquía, contra USA" es dar gato por liebre. O al menos lo era, ya que una Turquía islamizándose a marchas forzadas puede convertirse en un próximo futuro en un enemigo de los USA – y de Occidente-, y el aliado de todos los Bin Laden que aún andan sueltos por ahí. Todo su texto es pura bazofia, como cuando afirman, por ejemplo, que "desde el siglo XIV, el Imperio otomano fue una potencia europea." El Imperio otomano conquistó, eso sí, y a sangre y fuego, buena parte de Europa oriental, y fue derrotado en Viena. Desde entonces, la Historia de Europa se confunde con la Historia de la reconquista de sus tierras contra el invasor otomano. Además, dicho Imperio no sólo fue una potencia opresora en Europa, sus conquistas fueron mucho más considerables en Medio Oriente y Oriente, hasta Egipto, y pese a haber perdido territorios, en duras batallas, se mantuvo hasta la primera guerra mundial, cuando, para ceñirnos a la Turquía moderna, Mustafá Kemal (Ataturk), realizó su revolución laica, cuyos principios de separación del poder político, de la religión musulmana, el gobierno Erdogán, desde hace dos años, está tirando a la basura.

 

Decir que Turquía es Europa, porque conquistó parte de ella, equivaldría a decir que España es América Latina y Filipinas, pongamos, y debería de participar en los gobiernos, como en los "mercados comunes" de todos esos países. Dejemos de estas sandeces y vayamos al grano, porque lo que dicen estos señores es de una gran banalidad en el bando del fanatismo antinorteamericano, y puede resumirse así: "Europa debe convertirse en gran potencia antiyanqui y, para lograrlo, debe aliarse con el mundo islámico, empezando por Turquía". De náusea.

 

Pues bien ¿qué es Turquía, hoy? Dejemos de lado un momento, no por falta de importancia, sino por falta de espacio, el genocidio de armenios en 1915 que las autoridades turcas siguen negando o la invasión de Chipre, quedándose los turcos con una parte de la isla, curiosa situación para una Europa "unida". Veamos brevemente, algún ejemplo. Tratándose de un país musulmán, lo primero que debe preocuparnos es la situación de las mujeres; pues bien, hace pocos meses el Gobierno Erdogán se sacó de la manga una ley que condena a la cárcel a las mujeres, supuestamente adúlteras. La UE, menos mal, protestó, y los turcos arrinconaron dicha ley, y todos tan contentos, como si no hubiera pasado nada. Pero ¿se imaginan el escándalo que se hubiera armado si un país europeo de verdad como, pongamos, Francia o Alemania, hubiera aprobado en su Parlamento semejante ley, como hicieron los turcos? Esto bastaría para demostrar el abismo que separa a Europa de Turquía. Si las autoridades turcas arrinconaron dicha infame ley, es porque se ven obligados a desempeñar dos papeles a la vez: cada día más musulmanes en el interior del país –y que hayan abandonado momentáneamente esa ley, en absoluto significa que la situación de la mujer en Turquía no sea musulmana, por lo tanto degradante-, y cada vez más "europea" cara al exterior, porque les interesa entrar en la UE, ser el caballo de Troya del islamismo en el seno de Europa, volver a una versión "moderna" del Imperio otomano.

 

Otra cuestión candente y ocultada puede resumirse con el rótulo de "derechos de las minorías". Armenios y kurdos, masacrados por los turcos en diferentes épocas, pueden testimoniar de la tolerancia turca. Lo mismo puede decirse de la libertad religiosa, que tampoco existe para las minorías. Por ejemplo, es el propio Ministerio de Educación el que impone y vigila el estudio del Corán en todas las escuelas. El Islam se ha convertido en religión de estado y el Corán en otro "libro rojo" de otra revolución cultural, dando al traste con el laicismo de Ataturk.

 

Uno de los temas que también habían circulado en los medios, en los parlamentos, y en los salones políticos, es el de la tortura sistemática. Los optimistas (¿cuánto cobrarán?), nos dicen ahora que eso ha mejorado mucho, que la tortura ya no es "sistemática", sólo es espontánea... Podría dar muchos más ejemplos para demostrar que Turquía no es ni democrática ni europea. También se ha dicho que lo de la geografía no tiene la menor importancia, que lo único importante son los intereses de Europa. Si la geografía no cuenta ¿por qué no se entablan negociaciones para su adhesión a la UE con Canadá, por ejemplo, país de origen esencialmente europeo, democrático, que ha sabido apaciguar pacíficamente y democráticamente sus problemas con los independentistas del Quebec?

 

A los partidarios de la entrada de Turquía en la UE, pese a sus lisonjas a este país musulmán, sólo les interesa, en realidad, convertir Turquía en instrumento de la política europea en el mundo arabomusulmán. Algunos, como nuestros carcamales antes citados, con claros objetivos antiyanquis, otros, si también sueñan con una Europa potencia, más pragmáticos, se interesan igualmente por el petróleo, la venta de armas europeas y algunas cositas más, mientras que las actuales autoridades turcas quieren forzar las puertas de la UE para plantar en el corazón de Europa la bandera del Islam. Por ahora, la principal víctima de todos estos mejunjes "imperiales" es la democracia. L.D. 2004-12-21 ESP.

 

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ONOMÁSTICO EL 01 FEBRERO DE CADA AÑO.

99 mártires de la ‘revolución francesa’

1793 al 1794

 

Si tratta di 99 martiri, vittime della Rivoluzione Francese dal 1793 al 1794, nella diocesi di Angers. Delle vittime in questa diocesi si conoscono almeno duemila nomi.
Nel 1791 fu richiesto il giuramento di fedeltà alla Costituzione Civile del Clero da parte degli ecclesiastici, alla quale non tutti aderirono, dando così la denominazione di “preti refrattari” a coloro che non aderivano, venendo anche perseguitati.
Dopodiché 1l 14 agosto 1792, la Convenzione Nazionale, richiese il giuramento “liberté - egalité” rendendolo obbligatorio per tutti i funzionari e poi il 2 settembre per tutti i cittadini francesi. Anche a questo nuovo giuramento non aderirono migliaia di persone, e fra loro molti sacerdoti e religiosi, magari sfuggiti alla persecuzione, dopo il rifiuto del precedente giuramento del clero.
Per il loro rifiuto, dal 30 ottobre 1793 al 14 ottobre 1794, furono ghigliottinati 177 vittime ad Angers, sulla piazza detta “du Ralliement” (=adesione dei cattolici alla Terza Repubblica). Mentre dal gennaio 1794 al 16 aprile 1794, circa 2.000 persone vennero fucilate al Campo dei Martiri d’Avraillé.
S’ignora dove furono sepolte tutte queste persone; successivamente si scoprirono delle fosse comuni, ma i resti ritrovati per le loro condizioni, non furono mai identificati. Gli studiosi in seguito esaminando i documenti ed i verbali degli interrogatori, conservati nell’archivio dipartimentale di Maine-et-Loire, poterono evidenziare per 99 persone, la motivazione religiosa della condanna da parte dei persecutori e la loro accettazione.

 

Tra di essi vi furono dodici preti del clero di Angers, che furono ghigliottinati, il primo della lista è padre Guglielmo Repin che era il più anziano con i suoi 85 anni; il gruppo comprende tre suore di cui due Figlie della Carità e 84 laici di cui ben 80 donne, in età compresa fra i 40 e 62 anni.
Quello che meraviglia e che tutte queste donne non costituivano certamente un pericolo per il nuovo governo; fra esse erano rappresentati tutti gli ambienti sociali; artigiani, operaie, contadine, negozianti, una educatrice, una donna chirurgo, tre nobildonne, dieci damigelle nobili, sei donne ‘borghesi’.
Comunque di tutti i 99, senza alcuna eccezione, si ha la prova che si opposero perché il nuovo potere rivoluzionario, voleva imporre con la forza un nuovo clero, incline alle loro direttive e non più ubbidiente alla Chiesa di Roma, instaurando così una religione scismatica, in lotta con il Dio della Redenzione, in nome della dea Ragione.
I 99 martiri furono identificati come tali, da una speciale Commissione, nominata nel 1905 dal vescovo di Angers Joseph Rumeau, per cui nel 1910 venne aperto il processo informativo, il quale fu sospeso a causa della guerra nel 1915 e ripreso poi nel 1918 e concluso nel 1919; trasmesso a Roma, terminò nel 1983 con il decreto sul martirio.
La loro solenne beatificazione è avvenuta il 19 febbraio 1984 con papa Giovanni Paolo II; per la maggior parte di essi la ricorrenza religiosa è al 1° febbraio, mentre per i 12 sacerdoti e le tre suore, oltre la festa comune del 1° febbraio, essi sono ricordati anche singolarmente, nel giorno della loro esecuzione.
Non potendo riportare tutti i 99 nomi, citiamo solo i martiri ghigliottinati, cioè i sacerdoti e le suore.
Laurent Batard, François-Louis Chartier, André Fardeau, Jacques Laigneau de Langellerie, Juan-Michel Langevin, Jacques Ledoyen, Jean-Baptiste Lego, René Lego, Joseph Moreau, François Peltier, Guillaume Repin, Pierre Tessier, Marie de la Dive, Rosalie du Verdier de la Sorinière, Renée-Marie Feillatreau. Autore: Antonio Borrelli

 

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En cada calumnia o difamación,

estamos construyendo la fuerza de la mentira.

 

EL PERDÓN FUENTE DE LIBERTAD - «El descubridor del papel del perdón en la espera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular» (H. Arendt). El perdón se manifiesta en su límite como la tolerancia y la convivencia ofrecidas al que ha sido intolerante. La ley castiga al intolerante, el perdón le perdona. La intolerancia legal frente al intolerante puede engendrar un círculo de venganza. Sin embargo, el perdón es «la única reacción que no reactúa simplemente, sino que actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y, por lo tanto, libre de sus consecuencias, lo mismo quien perdona que aquel que es perdonado». Es decir, permite la libertad creando una situación nueva.


La Iglesia proclama el perdón - El perdón es la exigencia suprema de Jesús en el Sermón del Monte, pero, sobre todo, responde y nace de la experiencia de Dios como amor, que nos introduce en la lógica del amor gratuito y desinteresado, que nos saca de la reciprocidad interesada, que rompe el círculo de la violencia, que inaugura algo realmente nuevo.
El perdón es un ofrecimiento que parte de la víctima, que toma la iniciativa, que va más allá de las exigencias de la justicia y, por tanto, no es comportamiento exigible estrictamente, pero sí es un comportamiento humanizador y sanante. Pero el perdón requiere ser aceptado, exige el arrepentimiento. El perdón ofrecido puede caer en el vacío y no lograr su objetivo, que es, en última instancia, la reconciliación, el reencuentro entre personas. Y no sé que es más difícil: perdonar o aceptar el perdón.

 

 

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El peor de los silencios es el que se guarda ante la mentira, pues tiene un enorme poder de disolver la estructura social. Un cristiano no puede callar ante manipulaciones manifiestas. La cesión permanente ante la mentira comporta la deformación progresiva de las conciencias.

 

 

 

 

Fundamentar lo evidente

 

Nieves García,  www.mujernueva.org

Acabada la Segunda Guerra Mundial, el hombre occidental experimentó una de las más grandes humillaciones de la historia, cuando entró en los campos de concentración, donde todavía las cenizas de los hornos crematorios cubrían el suelo de gris, y las montañas de cadáveres humanos mostraban como unos seres humanos habían sido capaces de prostituir el nombre de la humanidad. La lección fue muy fuerte. Unos pocos podían practicar genocidios de ese calibre contra otros. Recién creada la ONU, se promulgó en el 48 la famosa Declaración de los Derechos Humanos. Pero hubo un error de principio. Nunca se definió, quien es este ser humano para conocer realmente cuáles son los Derechos que le corresponden. La Declaración se convirtió en un listado de Derechos, a los que la mayoría de los firmantes se sentían inclinados a aceptar por sentido común. No se tuvo el coraje de definir el ser humano para evitar mayores problemas a las ideologías que habían triunfado: el marxismo y el liberalismo capitalista. Se veía al hombre desde perspectivas muy distintas. Evitar esos problemas tuvo como consecuencia legarlos al pasado.

        Hoy en día la lista de los Nuevos Derechos Humanos sigue cambiando: el aborto como derecho, la no discriminación por la orientación sexual, con todas las consecuencias que ello tiene, etc. Actualmente todos estamos preocupados por dar una fundamentación creíble a los Derechos Humanos. El sentido común en el Tercer milenio conduce a opiniones muy distintas. Y si no fundamentamos los Derechos Humanos, ¿quién los podrá exigir que se respeten con autoridad?


Las posiciones típicas, hasta ahora, para justificar los Derechos Humanos:


Fundamento historicista


        Establece que el fundamento de los derechos humanos son las necesidades sociales y la capacidad de satisfacerlas, por lo tanto niega que el fundamento sea la naturaleza humana. Así que según se presenten las necesidades, la lista de los Derechos Humanos se podrá cambiar. Fundamentación variable según lista de necesidades sociales e históricas. Se ha señalado que "la variabilidad histórica es bastante cierta en el caso de los derechos cívicos-políticos y en los derechos económico-sociales y culturales; pero, ¿lo es igual en el caso de los derechos personales, como el derecho a la vida y a la integridad física y moral?" Se ve de forma inmediata que esta fundamentación, por su relativismo, “fundamenta” poco.


Fundamento ético


        De entrada, nos da algo de confianza. La expresión que se utiliza para este tipo de derechos humanos es moral rights. Quienes defienden esta postura afirman que el fundamento es una "moralidad básica", anterior al derecho positivo que implica exigencias indispensables para asegurar a la persona una vida digna. Estas exigencias son derivadas de la idea de dignidad humana y por tanto merecen ser respetadas y garantizadas por el poder político y el derecho. Pero estos derechos (moral rights) serían sólo eso, derechos morales; serán derechos humanos sólo cuando el derecho positivo así los formule, por lo tanto suelen quedarse en la esfera privada. Para que realmente haya derechos es necesario que un ordenamiento jurídico garantice que se otorguen a las personas. Entonces, ¿Si no se ha legislado el respeto a la vida ajena o del inocente…queda en la vida privada que se respete, es sólo un valor y no un derecho? Suena a legalismo, palabras bonitas que no sirven para la vida real. Resulta que la tinta en un papel hace real el Derecho. ¿Así es?


Fundamento consensualista


        En esta teoría la fundamentación de los derechos humanos no depende de algo objetivo, sino del consenso al que se llega subjetivamente. Así, para sus promotores, "la única prueba por la que un sistema de valores puede ser considerado como humanamente fundado y, por tanto, reconocido, es la prueba del consenso general acerca de su validez". Para quien así piensa, la búsqueda de una fundamentación de los derechos humanos es pérdida de tiempo, lo que realmente es importante es la protección de los mismos. Entonces si una sociedad, que por “decisión de la mayoría”, desarrollase sentimientos, ideologías o valores contrarias a los derechos humanos (por ejemplo: el racismo, el esclavismo o el abortismo), puede declarar como Derecho Humano el aborto, o el derecho al bebé medicamento, o… Da escalofríos pensar a lo que puede llevar esta fundamentación, porque nada hay más fácil de manipular que la sociedad humana cuando no se la enseña a pensar críticamente y se la educa en la vaciedad.

        El fundamento de los derechos humanos no puede ser una ideología plural –no necesariamente lo que es aceptado por la mayoría es sinónimo de correcto cuando es evidente que va en contra de la razón y la verdad– debe admitirse, por tanto, la objetividad de un fundamento como puede ser la dignidad humana que no cambia.

 

Fundamento iusnaturalista


        La corriente iusnaturalista sustenta que los derechos humanos provienen de una base objetiva por la cual se aplican de forma universal, siendo además atemporal. Los derechos humanos encuentran su fundamento en la esencia del hombre, es decir, de su naturaleza, de su forma propia de ser. Al derecho positivo le toca reconocer y garantizar, aquellos Derechos que nacen naturalmente de la forma de ser del hombre y de la mujer y plasmarlos en ley. El derecho natural es el límite de la labor legislativa que se podrá ajustar al contexto histórico, pero nunca podrá ir en contra de los derechos humanos fundamentales.


        Estamos de acuerdo con Kant cuando escribía en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: “En el reino de los fines todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio lo que se halla por encima de todo precio, y por lo tanto no admite nada equivalente, eso tiene dignidad” El ser humano tiene una dignidad, cada uno, en sí mismo. ¿Por qué? Quizás la respuesta pueda ser tan sencilla como esta: porque es el único ser del universo “amable por si mismo”.


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Genocidio -"La humanidad ha asistido a guerras mundiales - a genocidios, asesinatos de masa y limpiezas étnicas. Sin embargo, entre todas las formas de violencia a gran escala, el genocidio es un hecho aparte por la perversa motivación que subyace tras él, es decir, su intento específico de destruir, total o parcialmente, una nación, una raza, un grupo étnico o religioso, un grupo indefenso o vulnerable de seres humanos, sencillamente por ser tales. Genocidio significa literalmente exterminar una raza o una tribu".

 

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La sociedad no es laica, sino plural. Europa no es ningún ente artificial, sino que encuentra la razón principal de su existencia en las personas que viven, y éstas son católicas, protestantes, ortodoxas, musulmanas, judías, laicas, ateas, agnósticas... Y así podríamos seguir. Aquí está el fundamento para afirmar que la Unión Europea, y aún más la de los 25, es aconfesional. De hecho, todos los países miembros, con la única excepción de Francia, se definen o en estos términos o bien estableciendo una confesión ligada al Estado (sólo en el caso de Grecia, Reino Unido y Dinamarca). Por tanto, 4 excepciones (si sumamos a Francia en sentido contrario). 2004-06-15

 

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"Los templos semivacíos, los sagrarios solitarios y las misas menospreciadas, son la más cruda denuncia del enfriamiento de nuestra fe y del poco vigor religioso de nuestro cristianismo".

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San [Padre] Pío de Pietrelcina (1887-1968) capuchino ?AdFP, 549  - «Mi paz os doy»  -          El Espíritu de Dios es espíritu de paz; incluso cuando pecamos gravemente, nos hace percibir un dolor tranquilo, humilde y confiado, debido precisamente a su misericordia. Por el contrario, el espíritu el mal, excita, exaspera, y nos hace experimentar, cuando faltamos, una especie de cólera contra nosotros; y sin embargo, es hacia nosotros mismos que deberíamos ejercer la primera de las caridades. Pues, cuando tu estás atormentado por ciertos pensamientos, esta agitación no proviene de Dios, sino del demonio; pues Dios, por ser espíritu de paz, te da la serenidad.

 

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"Los templos semivacíos, los sagrarios solitarios y las misas menospreciadas, son la más cruda denuncia del enfriamiento de nuestra fe y del poco vigor religioso de nuestro cristianismo".

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original… Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”.

Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, ahora y por siempre: ‘alfa y omega’

 

 

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Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

Autor: Joseph Ratzinger – en el siglo: S.S. BENEDICTO XVI

“La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’

“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp

“Principios de moral cristiana”         98 p.p.     6,00 € editorial EDICEP

“Evangelio, catequesis, catecismo”  80 p.p.     4,75 € “

“La eucaristía, centro de vida”        170 p.p.  10,00 € “

“En el principio creó Dios”              128 p.p.    7,25 € “

“La provocación del discurso sobre Dios”  - Editorial TROTTA

“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg 

 

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -  Editorial: CIUDADELA. 

Contigo, Señor Jesús, todos seremos compasivos y disfrutaremos de tu Amor.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).