Thursday 27 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Callar ante la injusticia y la mentira es hacerse cómplice de ellas. Puede entenderse tal postura en una situación en que hablar encierra grandes peligros, pero en la democracia no hay excusaLos derechos se defienden ejerciéndolos, y la inhibición, precisamente, socava las libertades y ayuda a los demagogos.

Una voz del exterior de gran fuerza moral, sin embargo, en algunas circunstancias bien precisas, frente a totalitarismos, puede y debe callar (que no es ocultar o mentir), para no engendrar más peligro y posible victimas.

 

 

“La Santa Sede se abstiene de alzar con más frecuencia y vehemencia la voz legítima de la protesta y de la deploración, no porque ignore o no valore la realidad de la cosa, sino más bien por un pensamiento reflexivo de cristiana paciencia y para no provocar males peores”  S.S. Paulo VI 12 setiemebre 1965. "abominatio desolationis"

 

Palabras pronunciadas en relación y memoria a los millares y millares de mártires cristianos bajo el comunismo-nacional-socialismo.

 

Paolo VI ne era dolorosamente consapevole. Il 12 settembre 1965, un anno giusto dopo il primo accordo firmato a Budapest dal suo ministro degli esteri Casaroli, si recò alle Catacombe di Domitilla, luogo simbolo dei primi martiri cristiani, e pronunciò parole accorate per “quelle porzioni della Chiesa che ancor oggi vivono nelle catacombe”, quella “Chiesa che oggi stenta, soffre e a mala pena sopravvive nei paesi a regime ateo e totalitario”. Ma poi aggiunse:

“La Santa Sede si astiene dall’alzare con più frequenza e veemenza la voce legittima della protesta e della deplorazione, non perché ignori o trascuri la realtà della cosa, ma per un pensiero riflesso di cristiana pazienza e per non provocare mali peggiori”.

 

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Pío XII – el gran Papa de los judíos

 

Andrea Tornielli, «Pío XII. El Papa de los judíos», 30.V.2001


Un libro publicado en Italia ofrece detalles inéditos

Los silencios de Pío XII, ¿fueron simplemente silencios o más bien una manera de ayudar con más eficacia a los judíos? Es más, ¿se puede hablar realmente de silencios? A estas preguntas responde un nuevo libro publicado en Italia con algunas revelaciones inéditas.

«Pío XII. El Papa de los judíos» («Pio XII. Il Papa degli ebrei», editorial Piemme), escrito por el corresponsal en el Vaticano del diario milanés «Il Giornale», Andrea Tornielli, reconstruye con documentos que hasta ahora no habían sido publicados la polémica entorno al papa Eugenio Pacelli, quien en vida y tras su muerte recibió el reconocimiento unánime del mundo judío.

Desde los años sesenta, sin embargo, se ha puesto en discusión su figura con la obra teatral «El Vicario», en un primer momento, y, recientemente, con la publicación del libro del periodista británico John Cornwell, «El Papa de Hitler».

Pero, realmente, ¿se puede decir --como tratan de hacerlo sus acusadores-- que Pío XII fue en cierto sentido cómplice de la persecución nazi? ¿No fue más bien una estrategia para ayudar con más eficacia y libertad a los judíos perseguidos por los nazis, como el mismo Papa confió a don Pirro Scavizzi?

«Tras muchas lágrimas y muchas oraciones --dijo el Papa al capellán que recogía noticias sobre los perseguidos--, he considerado que mi protesta habría suscitado las iras más feroces contra los judíos y multiplicado los actos de crueldad, pues están indefensos. Quizá mi protesta me hubiera traído la alabanza del mundo civil, pero habría ocasionado a los pobres judíos una persecución todavía más implacable de la que ya sufren».

Presentamos, a continuación, la entrevista que ha realizado a Andrea Tornielli el informativo internacional de Radio Vaticano.

--¿Cómo se explica los silencios de Pío XII?

--Andrea Tornielli: Los documentos muestran con claridad que los «silencios no fueron propiamente silencios»: en el libro, cito todos los pasajes de los mensajes radiofónicos en los que el Papa Pacelli afirma explícitamente cosas muy claras. De todos modos, Pío XII no denunció públicamente a Hitler, pues trató de salvar el mayor número posible de vidas humanas. Gracias a su actitud prudente, la Iglesia, los nuncios, el Vaticano, lograron salvar, como ha calculado el historiador judío Pinchas Lapide, a unos 850 mil judíos de la persecución y de la muerte.

--Uno de los aspectos más interesantes recogidos en el libro es el que se refiere a un documento en el que el Papa Pacelli condenaba el nazismo; documento que después prefirió quemar, tras ver lo que había sucedido en Holanda. ¿Existen pruebas de la existencia de este documento?

--Andrea Tornielli: En 1942, el Papa estaba a punto de publicar un documento muy duro contra los nazis, contra Hitler, contra la persecución de los judíos. Pero le impresionó profundamente lo que sucedió en Holanda. En aquel país, tras la protesta de los obispos, se agravaron las persecuciones contra los judíos. La prueba de la existencia de este documento viene de muchos testimonios, como el de sor Pasqualina Lehnert, sor Konrada Grabmeier, el padre Robert Leiber e incluso el del cardenal francés Eugène Tisserant. Estos testigos revelaron que el Papa había escrito aquel documento y que decidió quemarlo personalmente en la cocina y esperar hasta que no quedara totalmente destruido. La conmoción que le ocasionó el caso holandés fue tan profunda que prefirió quemarlo a provocar ulteriores daños a los judíos.

--Usted menciona también la amonestación al arzobispo de Viena, Theodor Innitzer, que le hizo Pacelli, cuando todavía era secretario de Estado vaticano, en 1938…

--Andrea Tornielli: El caso de Innitzer es muy interesante, pues en ese año este arzobispo, junto a otro prelados austríacos, había acogido con entusiasmo la llegada de Hitler. Pues bien, Eugenio Pacelli y Pío XI convocaron urgentemente a Innitzer en Roma. Pacelli fue muy frío y obligó a Innitzer a firmar en su presencia una retractación, que fue publicada en «L´Osservatore Romano». Esto demuestra que tanto Pacelli, como el Papa, que en aquel entonces era Pío XI, rechazaron la posición de la Iglesia austríaca.

--Usted habla también un complot contra Hitler con el apoyo de Pío XII.

--Andrea Tornielli: Es un caso muy importante. En noviembre de 1939, y en los primeros meses de 1940, se dio el intento por parte de algunos generales alemanes de abatir el régimen de Hitler y de volver a instituir la democracia. Los alemanes hicieron que la noticia llegara al Vaticano y el Papa se comprometió personalmente, corriendo un gran riesgo, para hacer de trámite y lograr que la noticia llegara a los aliados ingleses y estadounidenses. Luego aquellos generales no pudieron hacer nada, pero el Papa participó activamente en este proyecto.

--¿Por qué se acusa ahora al Papa de connivencia con el nazismo?

--Andrea Tornielli: Se ha creado una auténtica «leyenda negra» que no tiene nada que ver con el debate histórico. Una cosa es discutir seriamente sobre la actitud del Papa y los motivos por los que decidió no hacer una denuncia pública; y otra, muy distinta, tratar de hacer de él un chivo expiatorio. Esto es lo que se ha hecho con Pío XII. Hay que reconocer que el Papa hizo todo lo posible, mientras que otros no hicieron lo que hubieran podido…

--¿Cuál es el gesto de Pío XII que más le ha impresionado al realizar su investigación?

--Andrea Tornielli: Los gestos son muchos: de las negociaciones que realizó, utilizando todos los canales posibles e imaginables para detener las inspecciones en el ghetto de los judíos en Roma, hasta las instrucciones precisas que se dieron a los nuncios, sin olvidar el hecho de que él mismo gastó sus bienes personales para enviar dinero a los nuncios con el objetivo de aliviar los sufrimientos de los judíos.

Es importante, además, la revelación que el Papa Pacelli hizo a don Pirro Scavizzi, el capellán que recorrió Europa recogiendo noticias sobre los perseguidos. Pío XII le dijo: «Dígales que el Papa sufre con ellos, sufre con los perseguidos, y que si a veces no alza más la voz es sólo para no provocar daños peores». Zenit – ZS01052907 – 2001

 

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"El Mito del Papa de Hitler: Cómo Pío XII rescató a los judíos de los nazis" de David G. Dalin, en el que queda claramente establecida la labor de ayuda del Papa Pacelli a favor del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial.

"Al inicio de la Segunda Guerra, la primera encíclica del Papa Pío XII era tan anti-Hitler que la Fuera Aérea Real de Francia dejó caer sobre Alemania 88 mil copias",

 

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HISTORIA Y COTEJAR IDEAS - Es un servicio útil a la Iglesia, un servicio útil a la verdad. Es justo discutir, profundizar, debatir, confrontarse. Pero hay que evitar el error más grave para un historiador, el anacronismo, juzgando la realidad de entonces con los ojos y la mentalidad de hoy.

Así como es profundamente injusto juzgar la obra de Pío XII durante la guerra con el velo del prejuicio, olvidando no sólo el contexto histórico, sino también la enorme obra de caridad que el Papa promovió, abriendo las puertas de los seminarios y de los institutos religiosos, acogiendo a refugiados y perseguidos, ayudando a todos. 2007

 

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Habla el último sobreviviente de la

«Rosa Blanca»,

jóvenes que desafiaron a Hitler

 

--A propósito: se ha dicho que la Iglesia católica, a partir del Papa, habría podido hacer algo más...

Su historia ha sido llevada a la gran pantalla

TRENTO, viernes, 3 marzo 2006.- «A los jóvenes de hoy querría dar este consejo: no calléis cuando veáis una injusticia. Y buscad amigos que tampoco quieran callar. Ésta fue la historia de la “Rosa Blanca”», cuenta el último superviviente del grupo, Franz Josef Müller.

Müller tenía 18 años cuando fue condenado por un tribunal militar de Munich por haber impreso y difundido octavillas anti-nazistas junto a los hermanos Scholl.

Con 81 años, actualmente es el último testigo de la resistencia pacífica de la «Rosa Blanca»; fue procesado en abril 1943 y condenado a cinco años de prisión. Otros miembros del grupo también sufrieron encarcelamiento, o llegaron a ser ejecutados.

Ese último fue el final de Hans y Sophie Scholl --cuya historia revive en estos momentos la gran pantalla con la película titulada con su propio nombre--, y su amigo Christoph Probst: estudiantes universitarios de 24, 21 y 23 años respectivamente. Fueron acusados de propaganda antinazista y condenados a muerte en febrero de aquel año.

La «Rosa Blanca» nació por iniciativa de seis amigos de Munich: cinco estudiantes -Alexander Schmorell, Hans y Sophie Scholl, Willi Graf y Christoph Probst- y un profesor universitario, Kurt Huber.

Hace tiempo que monseñor Helmut Moll --de la archidiócesis de Colonia--, consultor teológico en la Congregación para las Causas de los Santos, dijo: «Si tuviera que proponer para la JMJ [Jornada Mundial de la Juventud] de Colonia de 2005 un modelo de santidad, elegiría a los jóvenes de la “Rosa Blanca”, estudiantes ortodoxos, protestantes y católicos de Munich que en 1942 lucharon para defender ante el nazismo la dignidad del hombre y de la religión» (Zenit, 12 diciembre 2003).

El grupo había osado desafiar a Hitler y en nueve meses escribió y distribuyó seis octavillas contra el régimen --exhortando al pueblo a que abriera los ojos-- en varias ciudades del sur de Alemania, empujados por la tiranía de aquél y por la experiencia directa de la guerra en el frente oriental.

Dichos jóvenes --«ricos en fe, con una profunda visión ecuménica»-- «habían entendido que [el nazismo] representaba una gran amenaza y en seis octavillas lo denunciaban claramente tomando posiciones contra las deportaciones de los judíos», explicó monseñor Moll, vicepostulador de la causa de canonización de Edith Stein y de Nicolas Gross, ambos ya elevados a los altares.

Franz Josef Müller y su esposa Britta se cuenta actualmente entre los promotores de la Fundación «Rosa Blanca» de Munich, visitada cada año por más de 20.000 personas.

Pero él mismo habla a los estudiantes de todo el mundo, como recientemente ha hecho en Japón o en el colegio arzobispal de Trento, donde mantuvo un encuentro con medio millar de jóvenes al margen de la exposición «Rosa Blanca. Rostros de una amistad» (Zenit, 24 julio 2005).

«Avvenire» ha mantenido con él esta conversación.

--Doctor Müller, la reciente película de Marc Rothemund, en la carrera de los Oscar como mejor película extranjera, ha presentado al mundo figura de Sophie Scholl. Usted la conoció personalmente. ¿Cómo la recuerda?

--Müller: Pequeña de estatura. Seria, pero también serena. No era rubia, sino de cabello moreno, muy vivaz. Parecía una muchacha italiana. Me encontraba con ella al volver de clase, pero en Alemania entonces no se podía hablar con una joven dos años mayor. En cuanto a la película, me ha parecido muy buena, pero está centrada en la figura de Sopbie, mientras que en la «Rosa Blanca» había otros treinta jóvenes.

--Y de su hermano, Hans Scholl, también guillotinado en 1943 por alta traición, ¿qué recuerdo conserva?

--Müller: Hans había estado al principio en la juventud hitleriana, había conocido a los nazis. Nos contaba las órdenes de aquellos, la dureza con los jóvenes. Si un chaval osaba decir: «Yo pensaría que...», era inmediatamente interrumpido: «No pienses demasiado. Eso déjalo a los caballos, que tienen la cabeza más grande».

--Parece imposible que durante largos meses lograran que no les descubrieran...

--Müller: Se buscaba refugio en los bosques o en casa de familiares en pueblos pequeños. Nos daban hospitalidad también algunos párrocos católicos. A veces se ponían la estola de confesar y nos decían: ahora puedes hablar libremente; estas cosas no las debo decir a nadie.

--A propósito: se ha dicho que la Iglesia católica, a partir del Papa, habría podido hacer algo más...

--Müller: Mire, hasta yo aún hoy me pregunto: ¿habría podido hacer algo más? En Alemania entonces había también muchos católicos cuya vida estaba en peligro. Párrocos y obispos, el mismo Papa dijeron palabras iluminadoras; ¿pero cómo habrían podido oponerse más al poder, sabiendo que los católicos habrían pagado las consecuencias de ello? Escuchando los radio-mensajes del Papa, nosotros captábamos entre líneas sus indicaciones.

--¿Hasta qué punto conocían sus familias la actividad clandestina contra Hitler?

--Müller: No había dicho nada a mis padres; a mi padre le habría dado un infarto. Creo que fue un sacerdote católico el que les informó gentilmente. Y cuando la Gestapo irrumpió en mi casa, el valiente no fue mi padre, aunque había sido condecorado con la Cruz de Hierro en la guerra, sino mi madre, quien había escondido todas mis cartas en el horno de dulces. No las encontraron.

--¿Quién le traicionó?

--Müller: El que dio mi nombre a la Gestapo era un conocido, un enfermo. Le he perdonado: aún vive y a veces nos vemos.

--Hablando a los jóvenes de Trento, les ha dicho que el día de la condena a cinco años de reclusión fue el peor de su vida.

--Müller: Me sentía aliviado de que me cayeran sólo cinco años, pero estaba abatido viendo a tres amigos encaminarse a la muerte. A la salida del tribunal nos abrazamos durante un largo tiempo, sin conseguir decirnos nada. Puedo decir, sin embargo, que aquel día todos sabíamos que habíamos sido derrotados por la causa de la libertad y la dignidad del hombre.

--¿Puedo pedirle un juicio sobre los neonazis en la Alemania de hoy?

--Müller: No veo ahí un peligro, porque no se dan las condiciones de los años veinte con el alto desempleo y el resultado de una guerra recién perdida. Por otro lado los neonazis representan una parte verdaderamente pequeña. En todo pueblo existe un porcentaje mínimo de personas... disparatadas.

--¿A qué están llamados hoy los jóvenes?

--Müller: Al valor civil. Es necesario rebelarse siempre cuando uno se encuentra en un Estado en el que la violencia vale más que el Derecho. El terrorismo hoy tiende a superponer la violencia al Derecho. ZS06030509 - 2006-03-03

 

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´La Rosa Blanca, los estudiantes que se alzaron

contra Hitler´, de José M. García Pelegrín

 

Como recuerda la película ´Sophie Scholl´, esta es la historia real de unos jóvenes amigos que opusieron la libertad y su fe cristiana al poder nazi.

 

Hitler defendía en 1938, sin pudor alguno y esperando el aplauso del pueblo, el proceso por el cual los jóvenes eran sometidos a un adiestramiento en el nacional-socialismo. El objeto de tal invención era metamorfosear a los jóvenes según un proyecto político que reinventaba al hombre. En palabras del Führer: «Ya no podrán volver a ser libres en toda su vida, y serán felices».


El drama que supuso la Segunda Guerra Mundial sigue despertando intervenciones en la literatura de cualquier modalidad. Pocas iniciativas, sin embargo, tienen en cuenta que lo que pasó es algo más allá de la típica justificación dualista entre buenos y malos, aliados y nazis. Kertész, autor húngaro que sufrió en sus carnes el holocausto y la persecución nazi, afirmaba en 2004: «Auschwitz y el Holocausto no son asunto interno de los alemanes y los judíos, fueron un golpe mortal a los valores europeos (...) humanistas, los valores de la Ilustración, que emanciparon también a los judíos».

 

Es decir, una determinada noción del hombre que situaba al hombre como medida de todo y que no estaba abierta a una trascendencia vivida en el presente y que se convierte en cultura provocaba al final una lucha en la cual el hombre era el principal objetivo. El ser humano quedaba a merced de la voluntad y del poder.


En medio de este ambiente de un nihilismo activo, apareció durante el III Reich un grupo de jóvenes estudiantes universitarios de medicina en Munich que se agruparon en la clandestinidad bajo el nombre de La Rosa Blanca para hacer frente a la guerra de Hitler y en favor de la libertad.

 

En su último llamamiento afirmaban que hacia falta «construir una nueva Europa espiritual». Al drama de una Europa deshumanizada se opone una resistencia que contempla el sentido religioso como camino para recuperar el contacto con la realidad, y conseguir la felicidad bajo el horizonte de lo eterno. Este aspecto, olvidado a veces, es el que no pierde en ningún momento José M. García Pelegrín en su libro sobre el grupo de la Rosa Blanca, conjunto de jóvenes amigos que despierta gran interés (véase la reciente película Sophie Scholl, de M. Rothemund.; Die weisse Rose, de M.Verhoeven; Fünf letzte Tage, de P.Adlon; junto con mucha bibliografía sobre el tema).

 

No tiene el autor problema alguno en manifestar desde el inicio hasta el final que el confín del grupo era siempre una nueva humanidad que contempla su parte eterna. Así, García Pelegrín recuerda que lo que se vive era planteado «no en términos políticos, sino en clave metafísico- religiosa». No espante esto al posible lector, porque el libro se encarga de mostrar la vida sencilla de unos jóvenes que movían su vida por un ideal.


El libro además está escrito en un estilo narrativo ágil y alejado de cientificismos. El autor deja que sean los propios protagonistas quienes hablen a partir de sus textos. A diferencia de otras iniciativas el libro explica bien quiénes eran estos chicos y de qué vivían, e indica ese valor infinito en el que se inspiraban.

 

Así, el volumen se estructura según una sistematización de los hechos: componentes, fundamentos, inicios, obra, detención y proceso. No tiene problema en mostrar la biografía de los personajes teñida de puntos instintivos o demasiado reflexivos; simplemente muestra lo que eran: un grupo de estudiantes, una relación de amistad sin estructura organizativa, y sin ninguna voluntad martirial o idealismo fanático; un grupo de jóvenes que amaban la vida y que se relacionaban con ella a partir de una hipótesis positiva.

 

Así, y como afirmaba Christhoph Probst, uno de los miembros ejecutados, existía el deseo de recuperar ese sentido original que todo hombre posee en su interior y que le lanza a la búsqueda de la felicidad: «¿De qué se ocupa la mayor parte de la gente de hoy? A ellos todo les parece importante salvo lo único verdaderamente importante: ¡la pregunta sobre el sentido de la vida! Que triste ironía».


El estudio ameno de José M. García Pelegrín nos aproxima al rostro de unos chicos normales y limitados, tremendamente humanos, que afirmaban la amistad como lugar donde empezar a vivir la esperanza de una felicidad en mayúsculas.

 

Se completa el libro con un apéndice de los manifiestos del grupo, con una buena bibliografía (de corte germánica básicamente), y con un álbum de fotos con una breve nota sobre el personaje fotografiado. Tremendamente recomendable e imprescindible, sobre todo para estos tiempos nihilistas que recuerdan tanto a esa Europa que abandonó la relación con cualquier significado religioso y talló la felicidad.

 

La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler
José M. García Pelegrín
Editorial Libros Libres, 2006
200 páginas

 

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¿Denunciar o callar?: el dilema de Pío XII

 

24/11/2000.- ¿Debía Pío XII haber hablado públicamente y de modo totalmente explícito contra el exterminio de judíos mientras se producía el Holocausto?

 

Emilia Paola Pacelli explica que en aquel momento Pío XII tomó –dolorosamente– la decisión de ayudar en secreto a los perseguidos, convencido de que las denuncias serían contraproducentes. Así lo expone en un artículo publicado en L’Osservatore Romano (edición en español, 24 noviembre 2000), del que recogemos algunos fragmentos.

Se necesita paciencia y prudencia, que tienen algo de heroico, para enfrentarse a las exigencias contradictorias de un ministerio pastoral sentido y vivido –así lo admite el mismo Pío XII– como una corona de espinas, un ministerio que exige con frecuencia "esfuerzos casi sobrehumanos": "Por desgracia, donde el Papa quisiera gritar con fuerza, hay un silencio de espera que a veces le viene impuesto; donde quisiera actuar y ayudar, le es impuesta una espera paciente". Y también se necesitan para poder gestionar el dolor del angustioso dilema –"es dolorosamente difícil decidir si convienen una discreción y un silencio prudente o palabras decididas y una acción enérgica"–, en el lúcido conocimiento de las incalculables consecuencias que podría desencadenar una palabra de más.

(...) El Vicario de Cristo conoce bien la tremenda responsabilidad que pesa sobre él. No puede arriesgar: la mínima ligereza podría tener repercusiones devastadoras para miles de inocentes. La consigna puede ser solamente una: "¡Salvar en primer lugar vidas humanas!".

 (...) Bendito, divino silencio, si vale para alejar de los otros cualquier reacción injuriosa, aunque el precio inevitable que haya que pagar sea una extrema crucifixión interior. Tanto es así que Fulton Sheen vio en Pío XII "un drymartir", "un mártir incruento", no inclinado –decía– como Atlas bajo el peso del mundo, sino erguido bajo el peso de la cruz.

Y es precisamente esta la imagen que se nos presenta esculpida en el testimonio que dio de Pío XII, en mayo de 1964, el siervo de Dios don Pirro Scavizzi, y nuevamente publicado por el padre Rotondi el 1 de junio de 1986.

Al volver del frente ruso por segunda vez, en 1942, con el tren hospital en el que trabajaba como capellán de la Orden de Malta, visitó al Papa para informarle del éxito de la misión de ayuda a los perseguidos, realizada secretamente por encargo del mismo Pontífice, y sobre los horrores nazis en Austria, Alemania, Polonia y Ucrania. Don Scavizzi declara textualmente lo siguiente:

"El Papa, de pie junto a mí, me escuchaba emocionado y conmovido; alzó las manos al cielo y me dijo: ‘Diga a todos los que pueda que el Papa agoniza por ellos y con ellos. Dígales que muchas veces he pensado en fulminar con la excomunión el nazismo, en denunciar ante el mundo civil la bestialidad del exterminio de los judíos. Hemos escuchado amenazas gravísimas de represalias no contra Nuestra persona, sino contra los pobres hijos que se encuentran bajo el dominio nazi. Por diversos trámites, nos han llegado encarecidas recomendaciones para que la Santa Sede no tome una actitud drástica.

’Después de muchas lágrimas y muchas oraciones, he llegado a la conclusión de que una protesta de mi parte no solo no habría ayudado a nadie, sino que habría suscitado las iras más feroces contra los judíos y multiplicado los actos de crueldad, pues están indefensos. Quizá mi protesta me habría procurado la alabanza del mundo civil, pero habría provocado una persecución contra los pobres judíos todavía más implacable que la que sufren’". (...)

© Aceprensa, 45/2001

 

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Pío XII y los judíos: documentación

histórica frente a leyendas.

 

21/3/1998.- Algunas reacciones al documento vaticano "Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah" han vuelto a relanzar las acusaciones contra la actuación de Pío XII durante la II Guerra Mundial. El historiador Pierre Blet, uno de los autores que se encargaron de publicar los documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial (1), rechaza algunos de esos tópicos en un artículo publicado en La Civiltà Cattolica (21-III-98), del que ofrecemos una síntesis.

Cuando las acusaciones se fundan en documentos es posible discutir la interpretación de los textos, verificar si han sido malinterpretados, asumidos acríticamente, mutilados o seleccionados en una determinada dirección. Sin embargo, cuando se construye una leyenda con elementos disparatados y con la imaginación, no tiene sentido la discusión. Lo único que se puede hacer es oponer al mito la realidad histórica probada por documentos incontestables. Con ese propósito, el Papa Pablo VI autorizó en 1964 la publicación de los documentos de la Santa Sede relacionados con la Segunda Guerra Mundial.

El trabajo duró más de quince años y fue llevado a cabo por cuatro padres jesuitas: Angelo Martini, Burkhart Schneider, Robert A. Graham y el autor del artículo [Pierre Blet], con la colaboración del padre Robert Leiber, que había sido secretario privado de Pacelli durante treinta años. Viendo que estos volúmenes seguían siendo desconocidos, incluso para muchos historiadores, retomé lo esencial y las conclusiones en un nuevo libro: Pie XII et la seconde guerre mondiale d´après les archives du Vatican, París, Perrin, 1997.

 

No se ocultan documentos incómodos

En dicha documentación no se encuentra ningún rastro de la pretendida parcialidad filogermánica que Eugenio Pacelli habría asimilado durante el periodo transcurrido en la nunciatura de Alemania.

Pero la acusación que vuelve una y otra vez es la de que permaneció en silencio ante las persecuciones raciales contra los judíos, de modo que dejó correr la barbarie nazi. Los documentos muestran los tenaces y continuos esfuerzos del Papa para oponerse a las deportaciones, sobre cuyo destino la sospecha crecía cada vez más. El aparente silencio escondía una acción secreta a través de las nunciaturas y los episcopados para evitar, o por lo menos limitar, las deportaciones, las violencias, las persecuciones. Las razones de tal discreción están explicadas claramente por el mismo Papa en diversos discursos, en las cartas al episcopado alemán o en las deliberaciones de la Secretaría de Estado: las declaraciones públicas no hubieran servido de nada, sólo habrían agravado la suerte de las víctimas y multiplicado el número.

Con el intento de ofuscar tales evidencias, los detractores de Pío XII han dado a entender que habíamos dejado fuera documentos incómodos para la memoria de Pío XII y para la Santa Sede. Pero decir de modo categórico que nuestra publicación no es completa es hacer una afirmación que no se puede probar: haría falta comparar nuestra publicación con los fondos de los archivos y mostrar los documentos que faltan.

Algunos han pretendido ofrecer la prueba, alegando que no figura en nuestra publicación la correspondencia entre Pío XII y Hitler. Hacemos notar que la carta con la que el Papa notificó su propia elección al Jefe de Estado de Reich está publicada en el segundo volumen. Por lo demás, no hemos publicado la correspondencia entre Pío XII y Hitler porque existe sólo en la fantasía del periodista. Si esa correspondencia hubiera existido, las cartas del Papa se habrían conservado en los archivos alemanes, se encontraría mención en las instrucciones a los embajadores Bergen y después Weizäcker, en los despachos de los diplomáticos. No existe rastro de todo ello.

 

Fantasías sobre el oro judío

Estas observaciones valen también para los otros documentos reales. Con mucha frecuencia, los documentos del Vaticano están certificados por otros archivos, por ejemplo las notas intercambiadas con los embajadores. Se puede pensar que muchos telegramas del Vaticano hayan sido interceptados y descifrados por los servicios de información de las potencias beligerantes y que se encontrarían copias en los archivos. Por tanto, si hubiéramos intentado esconder algún documento sería posible conocer su existencia y tener entonces un fundamento para poner en duda la seriedad de nuestro trabajo.

En nuestras investigaciones no hemos encontrado mención de la supuesta llegada al Vaticano de las cajas del oro robado a los hebreos. Toca, evidentemente, a quien sostiene tal afirmación aportar las pruebas documentales. Sí está documentada, por el contrario, la solícita intervención de Pío XII cuando las comunidades judías de Roma fueron objeto de un chantaje por parte de las SS, que les pidieron 50 kilos de oro. El gran rabino se dirigió al Papa para pedirle los 15 kilos que faltaban, y el Papa dio órdenes para que se hiciera lo necesario.

 

Ayuda a fugas nazis

La otra noticia, la referida a la ayuda a las fugas de los criminales nazis, no es una novedad. No se puede excluir la ingenuidad de algún eclesiástico romano. Son conocidas las simpatías hacia el Gran Reich del obispo Hudal, rector de la iglesia nacional alemana; pero de aquí a imaginar que el Vaticano organizase fugas de nazis hacia América Latina sería, de todas formas, atribuir a los eclesiásticos romanos una caridad heroica. En Roma eran conocidos los planes nazis sobre la Iglesia y la Santa Sede. Pío XII hizo referencia a ellos el 2 de junio de 1945, recordando cómo la persecución del régimen contra la Iglesia se había agravado con la guerra. Y si el obispo Hudal hubiera ayudado a huir a algún pez gordo nazi, desde luego no habría ido a pedir permiso al Papa.

Todo esto no significa que cuando historiadores serios desean verificar personalmente el archivo del que se han tomado los documentos, su deseo no sea legítimo. Pero otra cosa es poner en duda la seriedad de nuestra investigación. No hemos dejado fuera deliberadamente ningún documento significativo, entre otras cosas porque nos habría parecido hacer daño a la imagen del Papa y a la reputación de la Santa Sede.

Los textos publicados en el quinto volumen desmienten también de modo tajante la idea de que la Santa Sede habría sostenido al III Reich por temor a la Rusia soviética. El Vaticano apoyó a Roosevelt cuando este pidió ayuda para que los católicos norteamericanos aceptaran el proyecto de extender a Rusia -en guerra contra el Reich- una ayuda similar a la ya concedida a Gran Bretaña.

Sin querer desanimar a los investigadores futuros, dudo mucho que la apertura del archivo vaticano del periodo bélico modifique nuestro conocimiento de la época. En ese archivo, los documentos diplomáticos y administrativos están junto a los de carácter estrictamente personal y eso exige una prórroga mayor que en los archivos de los ministerios de asuntos exteriores. Quien desee profundizar en la historia de aquel periodo puede ya trabajar con fruto en los archivos del Foreign Office, del Quai d´Orsay, del Département d´État y de los otros Estados que tenían representantes ante la Santa Sede. Los despachos del ministro inglés Osborne hacen revivir, mejor que las notas del Secretario de Estado vaticano, la situación de la Santa Sede, rodeada en la Roma fascista, y después caída bajo el control del ejército y de la policía nazis. [Cfr. O. Chadwick, Britain and the Vatican during the Second World War, Cambridge, 1986].

 

Protesta pública o resistencia silenciosa

Pío XII tuvo que afrontar un dilema: el silencio podía ser interpretado como indiferencia ante la suerte de los judíos o cobardía ante el poder nazi; pero la protesta pública podía acarrear represalias contra los católicos alemanes, provocar nuevas atrocidades contra los judíos y comprometer sus esfuerzos para salvar a todos los que fuera posible. El Papa eligió -no sin dudas y problemas de conciencia- la vía silenciosa pero eficaz de los canales diplomáticos y las intervenciones ante autoridades que podían ser receptivas.

Hoy día algunos estiman que si el Vaticano hubiera protestado públicamente contra la persecución de los judíos, las matanzas no habrían alcanzado tales proporciones. Como tantas cosas en la historia, la cuestión de "qué hubiera pasado si..." se presta a fáciles ejercicios de clarividencia a posteriori. Lo que sí se puede comprobar es hasta qué punto las protestas públicas de los obispos que eligieron este camino sirvieron para frenar a los nazis.

Un caso emblemático es el de Holanda, donde la Jerarquía católica adoptó una actitud de denuncia frente al ocupante nazi. El cardenal primado, Johannes de Jong, reaccionó desde el comienzo de la ocupación en 1940 dando directrices que se leían en las parroquias, entre ellas la prohibición de que los católicos participaran en organizaciones nazis. Estas medidas estimularon a muchos sacerdotes en su actitud de apoyo a los judíos y fueron una ayuda para el movimiento clandestino de Resistencia.

En 1942 los obispos católicos, junto con los ministros protestantes, hicieron una fuerte condena de las deportaciones de judíos. Como represalia, el comisario del Reich dio la orden de sacar de los conventos a todos los religiosos y religiosas de origen judío. Eran unos trescientos, que fueron deportados y murieron en los campos de concentración. El caso más conocido es el de Edith Stein, carmelita nacida judía, muerta en Auschwitz en agosto de 1942. Ante esta reacción nazi, la Iglesia protestante dejó de llevar a cabo acciones comunes con la católica.

A pesar de esta valiente actitud de los obispos holandeses y de las acciones populares de resistencia, la comunidad judía holandesa sufrió relativamente más que la de otros países como Francia o Bélgica. Del total de 125.000 judíos, 107.000 fueron deportados y sólo volvieron con vida 5.200.

¿Cómo escaparon tan pocos a la deportación? El historiador David Barnouw, del Instituto Nacional de Documentación sobre la Guerra (RIOD), declaraba recientemente a Le Monde (13-III-98) que los nazis encontraron colaboración por parte de funcionarios y policías: "Los holandeses respetan el orden y a los que ocupan el poder. La colaboración de los altos funcionarios sirvió de ejemplo a las capas inferiores de la Administración". La policía participó activamente en las redadas de judíos, si bien también dejó escapar a algunos. Otros dicen que el hecho de que la familia real y el gobierno huyeran a Londres en 1940 no favoreció la resistencia popular.

 

Al acabar la guerra, 150.000 holandeses fueron detenidos por actos de colaboracionismo. También tuvieron problemas algunos judíos que formaron parte del "Consejo judío", organismo favorecido por los nazis, que deseaban tener un "interlocutor" en la comunidad. Los nazis idearon un sistema perverso: era el propio Consejo el que debía seleccionar qué judíos serían deportados a los campos de concentración. Primero concedieron un trato de favor a los miembros del Consejo, pero luego exigían a cambio que delataran a otros. Algunos comentaron después que el Consejo prefirió deportar al principio al proletariado judío para salvar a los más ricos. Pero, según Barnouw, "no hubo propiamente conciencia de clase, sino el deseo de cada uno de salvar su vida". En la posguerra, como ocurrió también en otros países, se extendió la idea de que casi todos los holandeses habían participado en la resistencia contra los nazis, aunque los historiadores ofrecían un juicio más matizado. Recientemente, un representante de la comunidad judía pidió a los sindicatos de policías que presentaran sus excusas por la colaboración en las deportaciones. Pero le respondieron que esto sería un insulto a la memoria de los policías que rehusaron colaborar.

(Aceprensa 49/1998)

 

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Testimonios de judíos sobre Pío XII

 

13/4/1998.- El profesor judío Pinchas Lapide, que fue cónsul de Israel en Milán y director del servicio de prensa del gobierno israelí, es uno de los investigadores que han estudiado la actitud de Pío XII respecto a los judíos. Cuando se desencadenó la polémica a raíz de la publicación en 1963 de la obra de Rolf Hochhuth, El Vicario, Pinchas Lapide saltó a la palestra con su libro Roma y los judíos (2). Poco antes de su fallecimiento en 1997 y con motivo de la reedición del libro, hizo unas declaraciones, junto con su mujer Ruth, historiadora y experta en judaísmo, a la revista alemana PUR-Magazin (mayo 1997).

Lapide destaca allí que "Hochhuth no disponía de nuevas fuentes que no fuesen ya conocidas por otros historiadores. Con su mezcla de verdad y ficción confundió a la gente y creó prejuicios injustos contra el Papa". Los reproches a Pío XII son "una simplificación y en parte calumnias".

En la persecución de los judíos se suele plantear la cuestión de hasta qué punto los siglos de antijudaísmo influyeron en la falta de reacción de muchos ante el Holocausto. Lapide señala, por su parte, el caldo de cultivo de las acusaciones de Hochhuth: "Detrás del pensamiento de Hochhuth hay más de 500 años de antipapismo". De este modo, "el libro de Hochhuth es una especie de caricatura hecha por un protestante, más o menos practicante, a partir de lo que siempre le han contado de lo que son los Papas".

En la entrevista, Lapide recuerda que Pío XII, cuando todavía era el nuncio Pacelli en Múnich, había contribuido durante la Primera Guerra Mundial a salvar judíos en Palestina. En 1917, el turco Dachomal-Pascha había planeado una masacre de los judíos en Palestina, como se había hecho con los armenios. El asunto llegó a conocimiento de Mons. Pacelli, quien habló con las autoridades de Múnich para que intervinieran en Berlín en favor de los judíos. Entonces los alemanes tenían estrechas relaciones con los musulmanes otomanos. Las instrucciones pertinentes llegaron al general alemán Von Valkenhayn en Jerusalén, y así se pudo evitar la masacre.

Y durante la II Guerra Mundial, ¿hizo mucho Pío XII por los judíos? "Sí -responde Lapide-. En cualquier caso, más que cualquier otra iglesia cristiana o institución de la Europa de entonces, ya sea del Este o del Oeste". Su mujer Ruth corrobora: "Las Iglesias evangélicas, el Comité Internacional de la Cruz Roja, hicieron infinitamente menos de lo que hizo Roma para salvar judíos".

Lapide apostilla que también de Pío XII se puede decir que podría haber hecho más. Pero las graves acusaciones contra él son "calumnias". Lapide recuerda que, poco antes de la Navidad de 1944, estuvo más de una hora con Pío XII. Entre otras cosas, le dijo: "Señor Lapide, estoy seguro de que en el futuro se pensará que yo podía haber hecho más, y claro que podía haberlo hecho. Pero lo que he hecho por salvar judíos, es una realidad".

Así lo reconocieron los judíos nada más acabar la guerra y después. De hecho, Lapide manifiesta que escribió su obra "a partir de citas de judíos y de testimonios de víctimas que se salvaron: mis pruebas son de los que sufrieron y están por encima de cualquier sospecha". Y advierte que la crítica judía contra Pío XII no comenzó hasta la publicación de la obra de Hochhuth.

Al acabar la guerra y hasta la muerte de Pío XII, las organizaciones y personalidades judías sólo tuvieron palabras de elogio para la actuación del Papa. El documento ahora publicado por la Santa Sede recuerda en una nota algunos testimonios de judíos que vivieron personalmente el Holocausto.

 

Agradecimientos al acabar la guerra

Por ejemplo, el 7 de septiembre de 1945, Giuseppe Nathan, comisario de la Unión de Comunidades Judías Italianas, declaraba su "homenaje de agradecimiento al Sumo Pontífice, a los religiosos y a las religiosas que, siguiendo las directrices del Papa, no han visto en los perseguidos más que hermanos, y con valor y abnegación han realizado una acción inteligente y eficaz para socorrernos, a pesar de los gravísimos peligros a los que se exponían". El 21 de septiembre de 1945, Pío XII recibió en audiencia a Leo Kubowitzki, secretario general del Congreso Judío Mundial, quien le manifestó su "más sentido agradecimiento por la acción realizada por la Iglesia católica a favor del pueblo judío en toda Europa durante la guerra".

A la muerte de Pío XII en 1958, Golda Meir, entonces ministra de Asuntos Exteriores de Israel, envió un elocuente mensaje: "Compartimos el dolor de la humanidad... Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó en favor de las víctimas".

Junto a estos testimonios mencionados en el documento, es significativo que, al acabar la guerra, el gran rabino de Roma, Israel Zolli, se convirtiera al catolicismo, al igual que su esposa, y tomara el nombre de pila del Papa, Eugenio, en señal de gratitud.

La actitud de la Iglesia en Alemania impresionó a Albert Einstein, que escribió en The Tablet de Londres: "Sólo la Iglesia se pronunció claramente contra la campaña hitleriana que suprimía la libertad. Hasta entonces, la Iglesia nunca había llamado mi atención, pero hoy expreso mi admiración y mi profundo aprecio por esta Iglesia que, sola, tuvo el valor de luchar por las libertades morales y espirituales".

(1) Actes et Documents du Saint-Siège relatifs à la Seconde Guerre mondiale. Libreria Editrice Vaticana. 12 tomos (1965-1981).

(2) Rom und die Juden, Hesse, Fuldabrück (1997).

© Aceprensa, 49/1998

 

 

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No hubo «condescendencia» de Pío XI

y Pío XII con el nazismo

 

El profesor Napolitano prueba la falsedad de tal acusación

 

ROMA, 1 mayo 2003.- La documentación relativa al período 1922-1939 custodiada en los Archivos Vaticanos --puesta a disposición de los estudiosos en la materia desde el pasado 15 de febrero-- continúa desmintiendo las tesis que acusan a Pío XI y a Pío XII de condescendencia con Hitler.

El profesor Matteo Luigi Napolitano, profesor de Historia de las Relaciones entre Estado e Iglesia en la Universidad de Urbino (Italia), mostró la postura de la Santa Sede frente al régimen nazi en una entrevista publicada por el diario italiano «Il Giornale».

«En las cartas de los Archivos Vaticanos se confirma la idea de que el Concordato entre la Santa Sede y la Alemania nazista, firmado en julio de 1933, no ratificó la paz entre Iglesia y Estado. Las indicaciones que aportan los documentos llevan más bien a conclusiones contrarias», observó el profesor Napolitano.

Monseñor Orsenigo, nuncio desde 1930 en Berlín --donde había sustituido al cardenal Pacelli (futuro Pío XII), llamado a Roma como Secretario de Estado--, fue elegido decano por el resto de embajadores.

Por lo tanto, le correspondía pronunciar el discurso de Año Nuevo frente a las máximas autoridades del Reich, pero debía someter el texto con mucha antelación a sus superiores en Roma.

El 25 de noviembre de 1933, por ejemplo, monseñor Orsenigo envió al Vaticano el borrador del discurso (catalogado con el asiento 604, p.o., fascículo 113) que habría pronunciado en enero ante el presidente del Reich, Paul von Hindenburg, y el nuevo canciller, Adolf Hitler, quien ya había recibido del Parlamento atribuciones especiales.

El cardenal Pacelli respondió el 1 de diciembre de 1933, invalidando todo el párrafo dedicado a Hitler y sugiriendo, en nombre del Papa, «que los elogios contenidos en el discurso» debían «ser indudablemente moderados, en consideración a las graves dificultades a las que la Iglesia está expuesta ahora en Alemania».

En el borrador del discurso para el final de año de 1936, monseñor Orsenigo definió a Hitler «“Duce” (líder, guía) del pueblo alemán». En la respuesta, que el cardenal Pacelli en nombre del Papa envió al nuncio utilizando un código cifrado, se ordena «eliminar las palabras “Duce del pueblo alemán”» y «suprimir» toda la parte elogiadora de la actividad del Führer.

También en 1936, monseñor Orsenigo solicitó instrucciones a Roma porque había sido invitado directamente por Hitler, junto a todo el Cuerpo Diplomático, a participar en el congreso del partido nazi previsto para el final del verano en Nuremberg. La respuesta cifrada del Secretario de Estado fue: «El Santo Padre considera preferible que Su Excelencia se abstenga, tomando algunos días de vacaciones».

En el borrador de discurso de Año Nuevo de 1937, monseñor Orsenigo había introducido una alusión a las Olimpíadas que se habían celebrado en Berlín en agosto de 1936, pero Pacelli lo hizo suprimir. 1937 fue el año de la publicación de la Encíclica «Mit brennender Sorge» («Con viva angustia»), que contiene un duro ataque contra el régimen nazi.

Pocos días después, el 21 de abril, era el cumpleaños de Hitler, quien invitó a una recepción a todo el Cuerpo Diplomático. El nuncio preguntó si debía intervenir. «El Santo Padre --expresa el comentario manuscrito del cardenal Pacelli al margen del despacho-- piensa que no. También por la postura de esta Embajada».

«Al Santo Padre le parece preferible en la situación actual que Su Excelencia se abstenga de tomar parte en manifestaciones de homenaje hacia el señor canciller», se lee en la respuesta del purpurado, fechada el 8 de abril.

El discurso de Año Nuevo de 1938 es el más sobrio de los pronunciados por monseñor Orsenigo: se habla de paz, es más, de la necesidad de llegar a la «verdadera paz». El cardenal Pacelli lo aprobó sin introducir correcciones.

El texto fue recogido por la prensa estadounidense y se interpretó «como un signo claro de que Pío XI había querido hacer una amonestación a Hitler», explica el profesor Napolitano.

«De la documentación --concluye el profesor Napolitano-- se desprende con claridad que en el Vaticano se observó que la acción de monseñor Orsenigo era correcta, precisa y directa. De las cartas secretas vaticanas surge un cardenal Pacelli muy lejos de simpatizar con Hitler».

 

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P:… ¿Cree usted que la acusación de deicidio es la base histórica de la judeofobia que tradicionalmente hemos tenido en Europa?

 

R:  … No, el antisemitismo es muy anterior a la aparición del cristianismo y aparece en egipcios como Manetón o autores clásicos como Cicerón, Tácito o Juvenal. A decir verdad, yo sostengo la tesis de que es esa herencia clásica la que acabó tiñendo de antisemitismo a algunos autores cristianos. 2004-03-30. Dr. en historia don César VIDAL. Esp.

 

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Reconocimiento israelí «Justo entre las Naciones»

a una monja de clausura

 

 

Salvó de la deportación a mujeres y niñas judías

 

ROMA, 31 octubre 2003 (ZENIT.org-Avvenire).- Una religiosa, la madre Giuseppina Lavizzari, ha sido distinguida con el más alto reconocimiento que confiere el pueblo de Israel a quienes ayudaron a salvar la vida de judíos durante el Holocausto.

 

El reconocimiento «Justo entre las Naciones» a la benedictina del Santísimo Sacramento del Monasterio de Ghiffa, en la provincia italiana de Verbania, será entregado por la Embajada de Israel.

 

El origen de la distinción está en «haber alojado, con gran riesgo para sí misma y para la comunidad monástica, desde septiembre de 1943 a junio de 1944, a cuatro mujeres judía y dos niñas que pudieron así salvarse de la deportación», confirman las religiosas benedictinas.

 

Será el próximo 11 de noviembre en el monasterio de Ghiffa cuando Shai Cohen, asesor de la Embajada de Israel en Roma, haga entrega del reconocimiento a la actual priora de la Comunidad, la madre Maria Pia Tei, en presencia de dos de las supervivientes, que en aquella época eran niñas.

 

La madre Giuseppina Lavizzari nació el 7 de septiembre de 1881 en Sondrio (Valtellina). Ingresó en el monasterio de Ghiffa en mayo de 1908.

 

Vivió junto a la comunidad la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, un período en el que acogió entre los muros del monasterio –donde ya habían encontrado refugio otros desplazados— a cuatro mujeres y dos niñas judías, miembros de una misma familia que habían llegado a Ghiffa huyendo de las persecuciones raciales.

 

Tres de ellas viven aún. Se trata de la señora Maria Luisa Minerbi y sus sobrinas Adriana y Renata Torre, que entonces tenían respectivamente 9 y 7 años.

 

La religiosa les proporcionó un refugio seguro hasta junio de 1944, cuando fue informada de que al día siguiente los soldados alemanes registrarían el monasterio.

 

Profundamente angustiada, y muy a su pesar, tuvo que dejarlas huir en plena noche, intentando borrar toda huella de su estancia. ZS03103104

 

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Un documento demuestra el

reconocimiento de Los judíos a Pío XII

 

Contrariamente a ciertas relecturas históricas que tienden a acreditar la imagen de un Papa silencioso --si no condescendiente-- respecto al antisemitismo nazi, en los archivos del Estado israelí ha aparecido un documento que, no sólo confirmaría la acción desarrollada por Pío XII en defensa de los judíos perseguidos, sino que demostraría como los jefes mundiales de las comunidades israelíes de la época eran totalmente conscientes hasta el punto de que, en señal de reconocimiento por la obra realizada por el Pontífce durante el nazismo, al final de la guerra vinieron a Roma e hicieron una ingente donación a la Iglesia Católica.

El hallazgo es de Lorenzo Cremonesi, corresponsal en Jerusalén del «Corriere della Sera» que está acabando un libro dedicado a la historia de las relaciones entre Israel y la Santa Sede y que ha revelado a «Tempi», una revista cercana a Comunión y Liberación. Examinando los archivos israelíes se ha encontrado una carta expedida desde el Vaticano, de fecha 27 octubre de 1945, con la firma del entonces funcionario de la Secretaría de Estado monseñor Giovan Battista Montini --el futuro Pablo VI-- y dirigida a Raffaele Cantoni, presidente de las comunidades israelitas italianas. En su misiva, Giovan Battista Montini ofrece una detallada información de la conversación mantenida entre Pío XII y el secretario general del Congreso Judío Mundial, Leo Kubwitsky. Montini recuerda que, con ocasión de la audiencia en el Vaticano, en nombre de la organización mundial hebrea, Kubwitsky donó a Pio XII dos millones de liras (equivalentes a dos mil millones al cambio actual, más de un millón de dólares) para emplear en «obras de beneficencia» y expresó «su gratitud hacia el augusto Pontífice por la obra realizada en favor de los israelíes perseguidos».

 

Montini escribe además que Pío XII decidió que «aquella suma fuese transferida exclusicamente a personas necesitadas de estirpe judía». La noticia ha despertado un cierto interés pero, como ha subrayado el padre Peter Gumpel, relator de la causa de beatificación de Pío XII, gran conocedor de la historia de aquel periodo, «no es una novedad. Se trata de una noticia publicada ya varias veces. Y es sólo uno de los centenares de demostraciones de afecto y agradecimiento que diversos representantes judíos expresaron al Papa Pacelli».

A este propósito, el padre Pierre Biet, ex profesor de Historia Eclesiástica en la Universidad Gregoriana, además de encargado por Pablo VI de las «Actas y documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial» recuerda que en al menos tres de los doce volúmenes de esta obra monumental, y más precisamente en los números 8, 9 y 10, se encuentran todos los documentos oficiales en los que las comunidades judías, los rabinos de medio mundo y otros prófugos agradecen a Pío XII y a la Iglesia Católica las ayudas y todo lo que hicieron en su favor». ZENIT ZS99073005 . 2002

 

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Silencio vaticano sobre terrorismo islámico

busca proteger a cristianos, dice experto

 

ROMA, 05 Oct. 2004 (ACI).-Según el vaticanista italiano Sandro Magister del semanario L’Espresso, el silencio del diario vaticano “L’Osservatore Romano” respecto del terrorismo islámico es el “precio” para evitar mayores peligros a las minorías cristianas en los países musulmanes.

En una columna que será publicada en Internet este miércoles, Magister señala que resulta “ensordecedor el silencio de L’Osservatore Romano sobre las características del terrorismo islámico: la ausencia de límites con el que opera, en particular cuando causa estragos entre niños indefensos”.

“Hay una razón –dice el Vaticanista italiano- de la Realpolitik en este silencio de las autoridades vaticanas y de su periódico: el silencio sobre la matriz islámica de la ofensiva terrorista es el precio pagado para proteger de más graves peligros a los cristianos, y en particular a quienes viven en países musulmanes”.

Sin embargo, Magister señala que el Vaticano no ignora que esta “Cuarta Guerra Mundial” –utilizando palabras del Cardenal Renato Martino- contra occidente, los cristianos, los judíos y los musulmanes “apóstatas”, tiene como su raíz el fanatismo islámico.

El experto señala que una de las más importantes pruebas de esta convicción es el reciente editorial de la revista mensual de los jesuitas de Roma “La Civiltà Cattolica”, cuyos textos reflejan muy de cerca el sentir de las autoridades vaticanas.

El editorial del último número, en efecto, habla abiertamente del “terrorismo de matriz islámica” en repetidas ocasiones.

En su columna, Magister ofrece el texto de la primera parte del editorial de La Civiltá Cattolica, y reseña la segunda parte del mismo, dedicado a comentar un reciente documento contra el terrorismo firmado por 26 personalidades musulmanas que viven en Italia. Un documento que, como explica Magister, resulta poco representativo. La columna íntegra de Magister puede leerse este miércoles en: www.chiesa.espressonline.it/english

 

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La virgen María, fervorosa judía y primera cristiana.

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 Historia de la conversión del rabino de Roma: Claves de lectura

 

 


Entrevista con Alberto Latorre, encargado de la edición en italiano



ROMA, viernes, 23 abril 2004 (ZENIT.org).- En 1954, Eugenio Zolli –rabino de Roma en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y bautizado en la Iglesia católica en 1945-- publicó en los Estados Unidos su historia bajo el título «Before the Dawn» («Antes del Alba»). Hace dos meses se publicó en Italia la autobiografía autorizada de Zolli («Prima dell’alba», San Paolo 2004) y ocupa los primeros puestos de ventas en las librerías católicas.

«Prima dell´alba» contiene las confesiones de Israele Zoller, quien al ser bautizado tomó el nombre de Eugenio Zolli, en honor a la ayuda que había ofrecido a su comunidad el Papa Pío XII (Eugenio Pacelli).

Israele Zoller era de origen polaco. Su madre era de una familia con tradición rabínica de más de cuatro siglos. Se formó en la Universidad de Viena y luego en la de Florencia, donde se licenció en Filosofía, estudiando al mismo tiempo en el Colegio rabínico.

En 1920 pasó a ser rabino jefe de Trieste. En 1933 recibió la ciudadanía italiana. A causa de las leyes fascistas tuvo que italianizar su apellido: de Zoller a Zolli. Alcanzó la cátedra de Letras y Literatura Judía en la Universidad de Padua, pero tuvo que abandonar la docencia debido a las leyes raciales del gobierno de Benito Mussolini. En 1938 fue nombrado gran rabino de Roma.


Estuvo al frente de la comunidad judía de la capital italiana hasta julio de 1944. El 15 de agosto de ese año, manifestó al rector de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, el padre Paolo Dezza S.I. (llegaría a ser cardenal), su intención de hacerse cristiano.

El 13 de febrero de 1945, en una capilla de la iglesia de Santa María de los Ángeles, se bautizó junto a su mujer, quien añadió a su nombre, Emma, el de María.


En su libro Zolli narra que, tras la llegada de los nazis a Roma, se entregó en cuerpo y alma a esconder a los judíos para salvarles la vida, gracias a la colaboración que le ofrecieron las instituciones del Vaticano y en particular el Papa Pío XII. El presidente de la comunidad judía, el abogado Ugo Foà, según el libro, no compartía los miedos del rabino y consideró que las advertencias de Zolli sobre los nazis eran alarmistas.

Para comprender los temas históricos y religiosos que se desprenden del volumen, Zenit ha entrevistado al doctor Alberto Latorre, quien se ha encargado de la edición italiana de la autobiografía. Latorre concluyó hace tres años sus estudios de Filosofía en la Universidad de Verona con una tesis titulada «De Israel Zoller a Eugenio Zolli: el itinerario de un estudioso en búsqueda».

--¿Podría explicar los aspectos que considera decisivos de la historia de Eugenio Zolli?

--Alberto Latorre: Demasiado compleja es la figura de Zolli, ya sea como hombre o como estudioso, como para agotar su historia en algunos puntos decisivos. Por un lado hay situaciones intrincadas y sufrimientos personales enormes que le acompañaron desde los primeros años de vida a lo largo de toda su existencia; por otro, su compleja formación cultural y su extraordinaria actividad científica: fue rabino, pero sobre todo historiador de las religiones y exégeta.

Puedo sólo afirmar que para comprender plenamente, sin juicios apresurados ni lacónicos, su historia, es necesario estudiar a fondo su formación cultural y espiritual empezando por el ambiente judío, askenazí y casidico, en el cual creció.

Cualquier otro intento de síntesis se presta a las numerosas polémicas y críticas de estas semanas, que surgen cada vez que sale el nombre de Zolli. Polémicas, críticas e interpretaciones montadas «ad hoc» por cuantos, por las más diversas razones, acusan a Zolli de traición o se sirven de él por finalidades apologéticas.

--¿Qué idea se ha hecho de la conversión de Zolli? Parece entender que mucho sucedió antes del encuentro con Pacelli (Pío XII)

--Alberto Latorre: Le respondo, citando a Zolli, que no se trató de una conversión, sino de una adhesión. El bautismo de fuego, esto es, la íntima adhesión de Zolli al mensaje evangélico, tuvo lugar probablemente desde los años de la adolescencia.

Zolli, como él mismo refiere, alimentó desde los años de su formación un profundo amor hacia Jesús. Una atracción testimoniada sucesivamente por un estudio histórico-religioso publicado en 1938: «El Nazareno: Estudios de exégesis neotestamentaria a la luz del arameo y del pensamiento rabínico».

El bautismo de agua, recibido el 13 de febrero de 1945, fue un acto de adhesión formal realizado cuando ya estaba claro en él el deseo de manifestar abiertamente, «in primis» a sí mismo, su fe religiosa.

Zolli, debo subrayar, no abandonó jamás el Judaísmo, sino, tras las huellas de san Pablo, entró en el Cristianismo como judío. Judío como lo era Jesús el Nazareno.

--¿Podría haber influido el encuentro del rabino con el Pontífice en las decisiones que se gestaban en el corazón de Zolli? ¿En qué modo?

--Alberto Latorre: Creo que es imposible establecer objetivamente si el encuentro con Pacelli influyó en las decisiones de Zolli y en qué modo. ¿Cómo es posible de hecho entrar en el corazón de un hombre y entender hasta el fondo los movimientos y los desconciertos? ¡Ya es muy difícil entrar en el propio, imaginémonos entender el de otro!

Sin embargo, sobre la base de mis estudios sobre Zolli, considero que el encuentro con el Pontífice no le influyó en absoluto. Querría añadir que, en mi opinión, el repetido acercamiento de Zolli a Pío XII y viceversa, no es para beneficio de uno ni de otro. Las situaciones personales e históricas de ambos acabaron inevitablemente por tocarse, pero creo que el análisis y el juicio histórico de las dos personalidades debe llevarse a cabo autónomamente.

Lamentablemente, tengo con frecuencia la impresión de que su acercamiento constituye un sutil intento, según las posturas, para absolverlos o condenarlos juntos. Es un enredo muy peligroso y confuso, dado que impide un análisis histórico sereno y lúcido.

--Precisamente cuando los nazis ocuparon Roma, Zolli relata una variedad de encuentros con el entonces presidente de la Comunidad judía. ¿Qué sucedió verdaderamente y cuál es la esencia de la disputa? ¿Es cierto que si se hubiera prestado más atención a Zolli tal vez se habrían podido salvar todos los judíos?

--Alberto Latorre: Por lo que narra Zolli en su autobiografía, hubo entre él y los representantes políticos de la comunidad de Roma diferentes perspectivas, testimoniadas también por las decisiones adoptadas por el gobierno provisional aliado en los meses sucesivos a la liberación de Roma, que llevaron a la disolución del Consejo de la Comunidad y a la redesignación de Zolli como rabino jefe.

Durante la ocupación de hecho Zolli fue desautorizado de su propio cometido por deliberación del Consejo. Qué sucedió verdaderamente y cuál fue la esencia de la disputa no puedo afirmarlo.

El propio Zolli expone exclusivamente su punto de vista y las razones de sus elecciones sin adentrarse demasiado en la cuestión del comportamiento ajeno. Queda el hecho de que Zolli conocía muy bien tanto la mentalidad teutónica (era hijo de madre alemana) como las persecuciones en perjuicio de los judíos perpetradas en Alemania durante los años ’30, cuando, como rabino jefe de Trieste, ayudó a numerosos prófugos de Alemania y de la Europa del Este a alcanzar Palestina.

En el texto él sostiene que la diferencia de perspectivas en torno al peligro representado por los alemanes nacía fundamentalmente de estas razones. Pero no puedo decirle si, siguiendo las disposiciones de Zolli, todos los judíos se habrían salvado.

Casi ciertamente sí. Es ineludible el hecho de que verdaderamente las medidas por él insinuadas, como el cierre del Templo y de los Oratorios, la alarma general y otras muchas cosas, habrían salvado la vida si no de todos, de muchísimos judíos. ZS04042304

 

 

Jesucristo, el judío más conocido de la historia humana.

 

Fe y esperanza


Card. Ricardo Mª CARLES – Barcelona - ESPAÑA

Pienso que, si la esperanza se simboliza con un áncora, la fe podría ser como una cruz de madera que flota sobre el abismo del mar, que puede ser fruto de los ataques a nuestra fe desde el ambiente o desde nuestras flaquezas.
   Así pensaba el cardenal Joseph Ratzinger en 1969: «Clavado en la cruz sobre el abismo». Es imposible describir con más exactitud y precisión más incisiva la situación -de la fe- del creyente hoy. Lo único que lo sujeta es un madero desnudo que pende sobre un abismo, y parece que está a punto de hundirse para siempre. Sólo un madero le amarra a Dios, inexorablemente y él sabe que, al fin y al cabo, el madero es más fuerte que la nada, que está a sus pies.
   Teresa de Lisieux conoce, al fin de una vida llena de amor a Dios y de seguridades, de qué manera «Dios permitió que mi alma fuera invadida por las tinieblas más espesas, y que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, no fuera sino un motivo de lucha. ¡Qué extraño es y qué incoherente!».
   Intenta explicar su estado: «Supongamos que he nacido en un país rodeado de una espesa niebla; nunca he contemplado el aspecto risueño de la naturaleza. Pero hay una realidad cierta, porque el Rey de la patria del sol brillante vino a vivir treinta y tres años al país de las tinieblas». Brilla la fe.
   En una carta describe de modo sugerente esa situación, poniéndose en lugar de «un pajarillo sacudido por la tormenta. Le parece creer que no existe otra cosa fuera de las nubes que lo envuelven, pero sabe que al otro lado de las nubes su Sol continúa brillando».
   Se mantiene la esperanza. Y Cristo «su Sol», en su último día, le ayuda a unir su sufrimiento al suyo. Con estas palabras lo expresa Teresa de Lisieux: «¡Dios mío!... El cáliz está lleno… Lleno hasta rebosar». Poco tiempo después, sosteniendo su crucifijo, pronunció claramente: «¡Oh, le amo…! Y luego: ¡Dios mío… te amo!».
   De pronto abre los ojos y su rostro se torna muy bello «el tiempo de un credo», mira por encima de la estatua de la Virgen, y después se inclina hacia un lado con los ojos cerrados y una misteriosa sonrisa en los labios, que trasparenta el amor, y exhala su último suspiro. 22.02.2006.

 

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Salmo 25,4-9.
Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador, y yo espero en ti todo el día.
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor, porque son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud: Por tu bondad, Señor, acuérdate de mí según tu fidelidad.
El Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres.

 

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Cristo nos ha dicho que "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando... A Ustedes les he llamado amigos" (Jn 15, 13-15). Él les ofrece su amistad. Dio su vida para que los que deseen responder a su llamado sean, en efecto, sus amigos. Se trata de una amistad profunda, sincera, leal, radical, como debe ser la verdadera amistad. Esta es la forma propia de relacionarse con los jóvenes, ya que sin amistad la juventud se empobrece y debilita. La amistad se cultiva con el propio sacrificio para servir y amar de verdad a los amigos. Así pues, sin sacrificio no hay amistad sincera, juventud sana, país con futuro, religión auténtica.

 

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Quienes promuevan «leyes contra el bien integral de la persona, contra la justicia o contra la ley natural pierden la coherencia eucarística» Sínodos Obispos 2005.10 Vat.

 

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-El teólogo católico Henri de Lubac, dijo: “No es verdad, como se dice en ocasiones, que le hombre no puede organizar el mundo de espaldas a Dios. Lo que sí es verdad es que el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre”-. La modernidad creció entre los brazos de la tecnología y de las ideas del humanismo ateo y ha sido capaz de oscurecer el corazón de la humanidad con las grandes tiranías del siglo XX: el comunismo, el nazismo y el fascismo. Los monstruos de la razón no necesitan más lenitivo que el pensar el sentido de la razón. Nuevos e igualmente terribles asoman ya en el siglo XXI: ‘terrorismo’ sea islámico o no.

 

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Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo".

 

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Maternidad espiritual de Maria en la Iglesia 

"La Bienaventurada Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor, y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia. 

Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.  

Porque ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado nuestro Redentor; pero así como el sacerdocio de Cristo es participado de varias maneras tanto por los ministros como por el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única. 

La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador." 

Del Concilio Vaticano II (Constitución dogmática Lumen gentium, 61-62)

 

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MARÍA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA

963 Después de haber hablado del papel de la Virgen María en el Misterio de Cristo y del Espíritu, conviene considerar ahora su lugar en el Misterio de la Iglesia. "Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor... más aún, `es verdaderamente la madre de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza´(S. Agustín, virg. 6)" (LG 53). "...María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia" (Pablo VI discurso 21 de noviembre 1964).

 

I La maternidad de María respecto de la Iglesia

Totalmente unida a su Hijo...

964 El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. "Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión:

La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’ (Jn 19, 26-27)" (LG 58).

965 Después de la Ascensión de su Hijo, María "estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones" (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra" (LG 59).

... también en su Asunción ...

966 "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto]).

... ella es nuestra Madre en el orden de la gracia

967 Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es "miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia" (LG 53), incluso constituye "la figura" ["typus"] de la Iglesia (LG 63).

968 Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. "Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia" (LG 61).

969 "Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna... Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (LG 62).

970 "La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres ... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia" (LG 60). "Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente" (LG 62).

 

II El culto a la Santísima Virgen

971 "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lc 1, 48): "La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano" (MC 56). La Santísima Virgen "es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de `Madre de Dios´, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades... Este culto... aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente" (LG 66); encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf. SC 103) y en la oración mariana, como el Santo Rosario, "síntesis de todo el Evangelio" (cf. Pablo VI, MC 42).

 

III María, icono escatológico de la Iglesia

972 Después de haber hablado de la Iglesia, de su origen, de su misión y de su destino, no se puede concluir mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su Misterio, en su "peregrinación de la fe", y lo que será al final de su marcha, donde le espera, "para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad", "en comunión con todos los santos" (LG 69), aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre:

Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en Marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68).

 

RESUMEN

973 Al pronunciar el "fiat" de la Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la Encarnación, María colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.

974 La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo.

975 "Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo (SPF 15).

 

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La Iglesia es experta en humanidad y conocedora y orientadora del “bien común” de las sociedades. El cardenal Renato R. Martino señaló, en un reciente Congreso en Roma [2005] sobre “La Iglesia y el orden internacional”, que la propuesta cristiana referente al nuevo orden de la humanidad refleja “una visión universal de la historia humana y de las vicisitudes individuales que el Evangelio de la paz propone. Esta visión se ha puesto y sigue poniéndose como un factor de agregación, como vínculo unitario para los pueblos de la tierra”. La Iglesia, como nos recuerda el reciente Compendio de Doctrina Social, es la primera realidad que contribuye a la creación de una auténtica comunidad internacional. Considera que la ONU ha contribuido a promover el respeto a la dignidad de la persona humana, la libertad de los pueblos y la exigencia del desarrollo. Pero no olvida que algunas de sus soluciones no afrontaban los problemas de forma correcta. Ahí están las Cartas de Juan Pablo II, por ejemplo, a la señora Nafis Sadik o a la señora Gertrude Mongella, sobre población, desarrollo y mujer.

La Iglesia si por algo se ha caracterizado es por hablar cuando corrían tiempos de silencios impuestos o sospechosos; y por callar cuando las palabras habían perdido su valor y su precio-aprecio. La Iglesia no dejará de proclamar, en éste y en otros aniversarios, que “la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 153). 2005.-

 

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La razón política constructora de los fundamentos de la política de respuesta a la necesidad de la Historia, que está en la base de la creación y del funcionamiento de las Naciones Unidas, ha olvidado pronto las raíces de la Ilustración que tenía como horizonte la paz perpetua que no se perpetúa. Los nuevos ilustrados, como los viejos, padecen una amnesia generalizada para la memoria de Dios, y de la Revelación, en la historia. Olvidan, por ejemplo, como nos recuerda el canadiense David Warren, que se puede hablar de un humanismo cristiano y que es un error concebir la Ilustración como ruptura total con el cristianismo. Las pretensiones de la razón están más en deuda con Santo Tomás de Aquino que con Voltaire, y no digamos nada con San Agustín. Las ideas que movieron el París de 1789 ya estaban en el París de 1277.

 

Lo que la Iglesia propone a la ONU es el desafío de la calidad moral de todas y cada una de las civilizaciones. Sin una cultura moral, si una razón moral, las máquinas de la democracia y de la economía libre no pueden funcionar correctamente. La ONU necesita una cultura moral capaz de orientar las energías liberadas por la política. George Weigel nos recuerda, en un reciente libro, que la Primera Guerra Mundial fue producto de una crisis moral de la civilización, de una quiebra en la razón moral de una cultura que había dado a luz la misma “razón moral”. Una crisis moral que aún está presente en la ONU- 2005.

 

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Quienes promuevan «leyes contra el bien integral de la persona, contra la justicia o contra la ley natural pierden la coherencia eucarística» Sínodo Obispos 2005.10 Vat.

 

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"Mientras el Evangelio nos obliga a los cristianos a amar y a perdonar: no nos obliga a ser ingenuos"

 

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Pero lo verdaderamente importante es que la Iglesia renueva sin cesar su fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Porque de eso estamos hablando: de una persona, de un ser vivo, y no de una cosa o una idea. La Eucaristía es Él. Y todos, en la Iglesia, vivimos por Él, con Él y gracias a Él, y soñando con unirnos algún día plenamente a Él. O al menos, así debería ser.

 

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«Sobre el misterio eucarístico se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo».

 

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Benedicto XVI animó a los laicos a hacer de la Eucaristía el «motor interior de toda actividad» y recordó que «ninguna dicotomía es admisible entre la fe y la vida». 2005-10-23, al cerrar el Sínodo de los Obispos y el año de la Eucaristía.

 

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Decálogo de Tales de Mileto

Tales de Mileto, uno de los Siete Sabios Filósofos y estadistas griegos, de los siglos VII y VI a. C.; el primero en explicar los eclipses de sol; el que ideó las estaciones del año y asigno a éste 365 días; el primero en defender la inmortalidad del alma... Sus discípulos le formularon las siguientes preguntas :
   1.- Qué era lo difícil. Respondió: «Conocerse a sí mismo».
   2.- Qué era lo fácil. Confesó: «Dar consejos a los demás».
   3.- Qué era lo más placentero.. Manifestó: «El éxito».
   4.- Qué era gobernar. Enseñó: «Nunca gobernarás bien a los demás... si no empiezas por gobernarte bien a ti mismo».
   5.- Preguntado sobre la belleza dijo: «Si la belleza de tu rostro te abre las puertas… la belleza de tu interior, de tus costumbres... te las mantendrá siempre abiertas».
   6.- Sobre el dominio de la lengua y de las palabras solía repetir: «Cuida tus palabras... que ellas no levanten jamás un muro entre ti y los que contigo viven».
   7.- Añadía con singularidad: «Muchas palabras... nunca indican mucha sabiduría».
   8.- Sobre la esperanza proclamaba: «La esperanza representa el único bien que es común a todos los hombres... e incluso en aquellos que no sienten ninguna esperanza... aunque la tienen todavía».
   9.- Sobre la familia exponía: «Feliz la familia que sin poseer grandes riquezas... no sufre, sin embargo, la pobreza».
   10.- Sobre el tiempo declaraba: «Si buscas una buena solución y no la encuentras, consulta al tiempo. El tiempo... es la máxima sabiduría».

J. Mª ALIMBAU -2006.II.22

 

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Bello es el rostro de la luz abierta

sobre el silencio de la tierra;

bello hasta cansar mi corazón, Dios mío.

Así mi voluntad, así mis ojos

se levantan a ti; dame temprano

la capacidad de comprender el día.

Despiértame, Señor, cada mañana

hasta que aprenda a amanecer, Dios mío,

en la gran luz de la misericordia.

 

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).