Thursday 31 July 2014 | Actualizada : 2014-06-23
 
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Historia e Iglesia - “Las doctrinas centrales del cristianismo fueron capaces de inspirar y sostener relaciones sociales y organizaciones atractivas, liberadoras y eficientes”. Fueron las doctrinas de la Iglesia las que permitieron que el cristianismo se encontrara “entre los movimientos de revitalización más formidables y de mayor éxito en la historia”. Con los cristianos aparece un Dios que, de hecho —algo nunca visto hasta entonces—, se preocupa por todos los seres humanos, que los ama con locura y que pide y espera de sus seguidores un amor semejante entre ellos y fuera de ellos, incluso a sus enemigos y a quienes no les entienden. La Buena Nueva del cristiano,  era dos veces buena y nueva, pues al dar a la humanidad un Dios amoroso y misericordioso daba también a los hombres y a las mujeres su auténtica humanidad.

 

 

prejuicio.1. m. Acción y efecto de prejuzgar.2. m. Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

 

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Y aunque el prejuicio no sea igual a discriminación, es el camino más fácil para llegar a ella, sembrando la DESCONFIANZA.

 

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Entonces: ¿Adónde vas Europa? Quo vadis Europa? Esta pregunta se la ponen hoy , con profunda inquietud, muchos ciudadanos europeos. Nos la ponemos también nosotros al final de este Congreso. Y la ponemos aquí, en España, de dónde en el ya lejano 1982 partió aquel grito profético de Juan Pablo II: «Yo Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago de Compostela, grito con amor a ti, antigua Europa: ¡Renueva tus raíces! Vuelve a vivir los valores auténticos que han hecho gloriosa tu historia y fecunda tu presencia en los otros continentes [...]. Tú puedes ser aún faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los otros continentes te miran y esperan de ti la respuesta que Santiago le dio a Cristo: “Lo puedo”»[4]. Y, veinte años después, concluido el proceso de cambios radicales desencadenados en Europa por el derrumbamiento de los regímenes comunistas, el Papa —gran profeta de esperanza— no se cansa de repetir: «Europa, que estás comenzando el tercer milenio, “vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces” [...] ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino a tu favor [...]. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras [...]. ¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza no defrauda!»[5]. Nace de aquí el motivo que tanto preocupa al Papa y a toda la Iglesia por la omisión de esa referencia a las raíces cristianas en el Tratado constitucional europeo, firmado en Roma el 29 de octubre pasado, porque: «¡Una sociedad que olvida su pasado está expuesta al riesgo de no ser capaz de afrontar su presente y, peor aún, de llegar a ser víctima de su futuro!»[6].

MONS. STANISŁAW RIŁKO – Madrid. 14.nov.2004

 

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La tiranía de la injusticia, del egoísmo y del prejuicio sólo puede vencerse con un amplio renacimiento del espíritu humano en el corazón de cada uno y en las relaciones entre los pueblos del mundo.

 

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¿Cómo es, qué es la Europa de nuestros días? ¿Cuáles son sus rasgos característicos? La Europa de hoy presenta caras diferentes y bajo algunos aspectos contradictorias. Está la Europa de las grandes ilusiones y las grandes esperanzas de progreso, de libertad y democracia, de bienestar, de solidaridad y de paz. En una palabra, la Europa soñada por sus fundadores como casa común de los pueblos europeos desde el Atlántico hasta los Urales. Y está la otra Europa, la que engendra preocupación y fuerte perplejidad[1]. Es la Europa de los nuevos muros divisorios, de democracias cada vez más frágiles, tocadas por una profunda crisis de valores y amenazadas por antiguas y nuevas ideologías, entre las que destaca la ideología del “políticamente correcto”. Basada sobre el relativismo nihilista, esta ideología genera una cultura hostil al hombre desde diversos puntos de vista, especialmente en el ámbito del respeto de la dignidad de la persona humana, del derecho a la vida, de la institución familiar, de la libertad educativa. Es la Europa opulenta que está perdiendo su alma; el continente de la “apostasía silenciosa” de una humanidad harta que vive como si Dios no existiese[2] , y en el que la secularización asume forma institucional, convertida en un neopaganismo combatiente con dogmas propios y misioneros aguerridos. La cultura dominante de nuestro tiempo ha infiltrado en las mismas instituciones europeas un fuerte prejuicio anticristiano. Lo reconocen incluso observadores que se autodefinen “laicos”, uno de los cuales escribe al respecto: «El prejuicio anticristiano es el pórtico de la secularización ya profusamente consumada en Europa. En el espacio público de la Europa secularizada, los cristianos pueden ser tolerados sólo si son “transigentes” con las ideologías dominantes»[3]. Tenemos aquí la Europa del pluralismo sin límites y sin brújula, que renegando sus raíces cristianas pierde cada vez más su identidad.

 

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PREJUICIO

 

Una opinión preconcebida y generalmente distorsionada, formulada sin considerar los datos con honestidad. 

 

El prejuicio ciega la razón y se cierra ante argumentos convincentes. El prejuicio lleva a juicios temerarios y a la calumnia. Con frecuencia justifica y fomenta el rechazo o el odio. Es contrario a la caridad, a la verdad y a la justicia.

Por el pecado, el hombre busca sentirse superior a su prójimo y con facilidad cae en prejuicios. Los grupos minoritarios históricamente han sido con frecuencia víctimas del prejuicio de los grupos dominantes. Todo cristiano debe luchar contra el prejuicio reconociendo que también nosotros somos vulnerables a caer en el pecado de prejuicio. Imitemos a Jesucristo, que se entregó por la salvación de todos, aun cuando éramos sus enemigos. 

 

Prejuicio contra la Iglesia.


Un famoso historiador (no católico), Arthur Schlesinger Sr., ha dicho que el "prejuicio contra la Iglesia Católica es el más profundo en la historia del pueblo americano y el único aceptable en los Estados Unidos hoy" 1.  El anti-catolicismo se ha expandido también por nuestros pueblos tradicionalmente católicos. Por diversos medios se propagan leyendas negras sobre la Iglesia católica. Tanto se repiten que llegan a aceptarse aunque sean una burda generalización o no tengan fundamento.
Ver también: Inquisición y quema de brujas.

 

1- "prejudice against the Catholic Church is the deepest bias in the history of the American people, and the only acceptable bias in the United States today."

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"Es más fácil desintegrar un átomo que un pre-concepto" - Albert Einstein.

 

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“Las doctrinas centrales del cristianismo fueron capaces de inspirar y sostener relaciones sociales y organizaciones atractivas, liberadoras y eficientes”. Fueron las doctrinas de la Iglesia las que permitieron que el cristianismo se encontrara “entre los movimientos de revitalización más formidables y de mayor éxito en la historia”. Con los cristianos aparece un Dios que, de hecho —algo nunca visto hasta entonces—, se preocupa por todos los seres humanos, que los ama con locura y que pide y espera de sus seguidores un amor semejante entre ellos y fuera de ellos, incluso a sus enemigos y a quienes no les entienden. La Buena Nueva del cristiano,  era dos veces buena y nueva, pues al dar a la humanidad un Dios amoroso y misericordioso daba también a los hombres y a las mujeres su auténtica humanidad.

 

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El mayor extravío de la mente humana es creer algo porque uno desee que sea así. Pasteur

 

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El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia.  Alexander Kuprin

 

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No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. …y la burla de la inteligencia.

 

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"No se oye a ningún musulmán que pida perdón por conquistar España y estar allí ocho siglos". En el Islam no hay una figura que se pueda asimilar a la del sucesor de Pedro, pero no se conoce en ninguno de los más sobresalientes teólogos islamistas ningún pensamiento que se pueda parecer al examen de conciencia, la petición del perdón por los errores propios y el propósito de enmienda. 2006-09-24

 

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"Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras."

(Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó)

 

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Los prejuicios son muchas veces, nuestras propias máscaras.

 

 

Historieta sobre el origen de los prejuicios

 

Un grupo de científicos encerró a cinco monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de plátanos.

Cuando uno de los monos subía la escalera para agarrar los plátanos, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que se quedaban en el suelo.

Pasado algún tiempo, los monos aprendieron la relación entre la escalera y el agua, de modo que cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo molían a palos.

Después de haberse repetido varias veces la experiencia, ningún mono osaba subir la escalera, a pesar de la tentación de los plátanos.

Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los monos por otro nuevo.

Lo primero que hizo el mono novato nada más ver los plátanos fue subir la escalera. Los otros, rápidamente, le bajaron y le pegaron antes de que saliera el agua fría sobre ellos.

Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo nunca más subió por la escalera.

Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo con el que entró en su lugar.

El primer sustituido participó con especial entusiasmo en la paliza al nuevo.

Un tercero fue cambiado, y se repitió el suceso.

El cuarto y, finalmente, el quinto de los monos originales fueron sustituidos también por otros nuevos.

Los científicos se quedaron con un grupo de cinco monos que, a pesar de no haber recibido nunca una ducha de agua fría, continuaban golpeando a aquél que intentaba llegar hasta los plátanos.

Si fuera posible preguntar a alguno de ellos por qué pegaban con tanto ímpetu al que subía a por los plátanos, con certeza ésta sería la respuesta: "No lo sé. Aquí, las cosas siempre se han hecho así". Algunas veces esta historia se cierra con una moraleja o comparación directa con la situación de muchos proyectos o departamentos en las empresas.

En otras, se cierra con una cita (¿apócrifa?): "Como dijo Albert Einstein, ¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

Otras intentan explicar su significado: "No pierdas la oportunidad de contar esta historia a tus amigos, para que, de una o de otra manera, se pregunten por qué están golpeando y por qué estamos haciendo las cosas de una manera, si a lo mejor las podemos hacer de otra”.

Y otras versiones terminan con "¿Te suena conocido? Pues, por eso, una buena parte de la humanidad acepta las reglas sin preguntarse y son oprimidos sin más...".

 

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‘El creyente tiene que recuperar la dignidad intelectual’


Los cristianos debemos mostrar «la dignidad de la propia fe en un mundo con dos rasgos fundamentales: la in-creencia, que puede llegar al laicismo, y el paganismo, con una religiosidad difusa.

 

Hoy existe un poco de complejo de inferioridad, desde el punto de vista intelectual, por parte de los cristianos y católicos. Tanto la in-creencia como el paganismo reducen al hombre a un elemento más de la naturaleza, sin nombre, sin historia, y por supuesto, cuando acaba siendo materia deteriorada pues indudablemente no tiene ningún tipo de valor.
Debemos al mundo mostrar el sentido de la Revelación, de lo que es un Dios personal y la importancia de una existencia como Iglesia, la Iglesia como una realidad personal: el mero hecho de existir como Iglesia es una dignificación del ser humano, muestro el valor de la Iglesia como sujeto histórico.
Hoy, a veces incluso por parte de intelectuales no creyentes se oye decir que los mismos cristianos renuncian a hablar en el debate público de temas típicamente teológicos como Dios y Revelación.
Una preocupación fundamental es mostrar la importancia de la idea de un Dios personal que se puede revelar, y por eso puede entrar en contacto con el ser humano en un diálogo personal.
Ante las corrientes intelectuales del momento que «sitúan la realidad humana dentro de las paredes del mundo», es fundamental y necesario «ver cómo la idea de Dios y Revelación no atentan contra la autonomía y la dignidad del hombre, sino que al revés, la realzan».
El creyente tiene que recuperar la dignidad intelectual y cultural, es decir, que el contenido del misterio cristiano no desmerece a las exigencias de la razón, sino que le abre perspectivas que la razón no hubiera sospechado.
Tanto la idea de un Dios personal, de una Revelación, y de una existencia eclesial, no sólo no van contra la razón, sino que la enriquecen y le abren perspectivas, lo cual también deberían repercutir en lo que es la configuración de la vida social». 
Con simplicidad, dignidad y precisión, hace falta redefinir la identidad del cristiano ante la avalancha de opiniones, de corrientes, de religiosidades».
El cristianismo no puede quedar reducido a una religiosidad de uso puramente subjetivo, sino que realmente se trata de ir a la raíz del misterio cristiano, que se reduce a un Dios personal, que se revela, y que en Jesucristo, manifiesta quién es Dios y quién es el hombre, sobre todo en el misterio pascual.
«El cristianismo no se identifica con una filosofía, ni siquiera con una religiosidad, sino que hay que ir a la raíz de esa realidad histórica cristiana».  2005.06

 

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VIVIR EN COMUNIDAD

 

ASPECTOS PSICOLÓGICOS - (2) ALESSANDRO MANENTI 

 VIVIR LA COMUNIDAD

 

En nuestras comunidades no son los conflictos y las tensiones los que constituyen problema, sino el modo de afrontarlos. Puede incluso hacerse del conflicto una importante ocasión de conversión y crecimiento, tanto personal como comunitario, si se afronta y se encauza como es debido. 
Para usar una analogía de carácter médico, pensemos en una persona que se rompe una pierna: podrá recurrir a diversos modos de curación, tales como ponerse un vendaje, usar un bastón, darse una pomada, enyesarse la pierna... En todos los casos, lo que se busca es un modo de que la pierna vuelva a funcionar y se recupere el equilibrio del cuerpo. Pero si el remedio (por ejemplo, el enyesado) se utiliza durante demasiado tiempo, puede suceder que se atrofien algunos músculos, con el consiguiente efecto de la pérdida permanente de una parte del cuerpo. Ha desaparecido el dolor, pero también la función. 
Lo mismo puede ocurrir en nuestras comunidades: las piernas, los brazos, la cabeza... de la comunidad pueden romperse. No siempre marcha todo perfectamente; hay conflictos inevitables que ocasionan dolor y tienen el peligro de hacer que no funcione la comunidad como es debido. Esto es absolutamente normal. Lo importante, sin embargo, es tratar adecuadamente estas «fracturas». Es preciso idear diversos modos de afrontar la tensión, resolverla y recuperar el equilibrio. Pero el modo que se emplee puede resultar inadecuado, con lo que tal vez desaparezca el dolor, pero a costa de que ya no funcione la comunidad. Y cuando, más adelante, vuelva a encontrarse frente a otras tensiones, su 

funcionamiento será aún más dificultoso: no se puede construir el bien común cuando uno de nosotros ha perdido su dignidad. 

1. Afrontar con realismo los conflictos 

C/CONFLICTOS: Hay conflictos fácilmente superables, como por ejemplo: «¿nos levantamos mañana a las siete o a las ocho?». Unos dicen una cosa y otros otra; unos resoplan, otros asienten y otros guardan silencio. Pero todos son conscientes de que no se trata de una decisión fundamental. Una vez que se ha tomado dicha decisión, todo vuelve a ser como antes y la comunidad sale con éxito de esa tensión pasajera. Pero hay otros conflictos que implican un cambio más significativo de la vida comunitaria. Por ejemplo, un cambio de tarea (un joven religioso que solicita realizar un nuevo y distinto trabajo apostólico), o un cambio de las reglas  («revisemos el modo que los superiores tienen de decidir los destinos»). En tales ocasiones es más fácil que se encone la discusión. Unos se sentirán amenazados («¡esto se hunde!»); otros estarán de acuerdo («¡ya es hora de que se hable de ciertas cosas... !»); otros tendrán miedo de las consecuencias («si cedemos en lo pequeño, después habrá que ceder en lo grande...»); otros quedarán perplejos; y, por último, siempre habrá quienes acusen («en mis tiempos, estas cosas ni siquiera se pensaban...; pero ahora ¡los jóvenes se permiten unos privilegios que yo jamás he tenido!»). El conflicto se prolonga durante unos cuantos días en los que la comunidad, sometida a la fuerte tensión, puede recurrir, casi sin darse cuenta, a uno de tantos mecanismos que impiden la solución, pero que reducen temporalmente la tensión: el dolor desaparece, pero alguien ha sufrido en su dignidad y se siente humillado. 

Respuestas equivocadas 
Veamos cómo no hay que afrontar los conflictos, para indicar después un camino positivo.

­ Formar alianzas y coaliciones defensivas. 
En la discusión, un grupo se coaliga con el superior; otro grupo con el rebelde de turno; y un tercer grupo lo constituyen los que «pasan de todo». Estas alianzas (cuando son duraderas y rígidas) se enquistan y, en virtud de ellas, se discuten los problemas sin renunciar ningún grupo a llevar el agua a su molino. La consecuencia es que cada grupo marcha por su lado. En lugar de construir el bien común, lo que se hace es transmitir tácitamente el siguiente mensaje: «decidnos hacia dónde tiráis vosotros, porque si tiráis hacia la derecha, nosotros tiraremos hacia la izquierda». 

- Retirar los afectos. 
Se afronta el problema haciendo que desaparezca toda comunicación emotiva, con lo que el conflicto queda sin resolver. Todo el mundo está enfurruñado. Poco a poco, todos van enfriándose y distanciándose. La comunidad sigue adelante sin especiales dolores, pero ya no camina hacia su objetivo. Entonces se buscan sucedáneos, es decir, contactos emotivos fuera de la comunidad: «hobbies», actividades culturales, caritativas, 

religiosas... ¿Acaso es una excepción el que un religioso «no consiga orar» en casa, mientras se inflama de «espíritu santo» fuera de ella? 

­ Luchas reiteradas. 
En lugar del silencio, se utiliza el combate abierto. Cada cual descarga su propia ansiedad. Luego desaparece la tensión y retorna la calma. Pero lo malo es que la calma que sigue al temporal es ficticia, porque no se ha construido sobre la comprensión mutua. Se trata de una tregua, más que del gozo por la armonía recobrada. 

­ Resignación. 
Se calla y se sigue adelante, con tal de mantener la paz y una aparente armonía. Es el caso de la comunidad bloqueada, donde «ni siquiera vale la pena hablar». 

­ Los dobles mensajes. 
Decimos una cosa con las palabras y transmitimos otra con el comportamiento. Proclamamos de palabra, por ejemplo, el valor de la vida comunitaria, y en silencio damos a entender que, a fin de cuentas, lo que importa es nuestra realización personal. O decimos lo dichosos que somos de estar con el hermano, mientras que con nuestros gestos le demostramos cuánto nos molesta. La comunicación se produce siempre a dos niveles: la expresión verbal (digo algo) y la cualificación emotiva de la expresión verbal (comento lo que digo con los gestos, con las actitudes del cuerpo, con el silencio...). Ambos niveles coexisten siempre en toda 
comunicación; no se puede evitar el cualificar los mensajes: el mismo silencio, cuando se espera de nosotros que hablemos, resulta un mensaje cualificante. Estos dos niveles pueden ser coherentes entre sí cuando el sentimiento cualifica el mensaje verbal confirmándolo. Pero también pueden ser incoherentes (como en el caso de los dobles mensajes), cuando el sentimiento cualifica el mensaje contradiciéndolo. Si siempre se «comentara» de modo coherente lo que se dice o se hace, las relaciones tendrían una definición clara y simple, aun cuando la comunicación tuviera lugar a diversos niveles. Pero, en caso contrario, los problemas en las relaciones interpersonales son inevitables. 

Ir a la raíz de los conflictos 

Saber discutir. De todo lo dicho podemos sacar tres conclusiones: 

1) No tiene sentido el asustarse porque se produzcan discusiones y contrastes. El miedo es una reacción insensata, porque la comunidad de color de rosa no se da nunca. 
2) La renuncia a la confrontación y al diálogo puede servir para resolver algunos problemas limitados y particulares, pero no parece una actitud que haya que cultivar y adoptar de modo permanente. De hecho, el silencio puede ocasionar dos graves inconvenientes: 
a) la persona que calla y aguanta tiene siempre un límite y, a la larga, puede reaccionar de manera imprevista, hasta el punto de dar lugar a situaciones incurables; b) el silencio pone cada vez en mayor peligro el diálogo; renunciar a la comunicación significa no sólo dejar sin resolver los problemas, sino además comprometer la comprensión y el entendimiento en el futuro. 
3) La solución de un conflicto por la vía de la discusión es la más correcta y la más rentable. Pero conviene que expliquemos lo que queremos decir con la palabra «discusión». Discutir no significa hablar en términos de «tener razón» o «estar equivocado»; no siempre se puede establecer el tanto por ciento de razón o de error que cada uno tiene en cada situación. Aun cuando existiese una «máquina de la verdad» que estableciera con toda claridad estos porcentajes, no por ello se resolverían los conflictos, porque entonces uno resultaría vencedor y otro vencido, uno feliz y el otro destruido. 
Discutir no significa defender con uñas y dientes las propias razones, sino tratar también de comprender las motivaciones adoptadas por el otro. Quien sólo se fija en sus propias razones, limita su campo de atención: identifica su percepción con la realidad objetiva. No es un buen observador, sino que es simplemente alguien que se defiende. Condenado a ver únicamente con sus propios ojos, no llega a admitir, ni siquiera de lejos, la lógica o la corrección de las argumentaciones ajenas, porque, para él, el tener que ceder significaría ser derrotado y humillado. Por eso piensa 
que es mejor mirar únicamente con sus propios ojos, aun a riesgo de que su percepción sea unilateral. Discutir significa esforzarse por percibir los hechos en su globalidad. Para ello hay que ser libre: libre para sostener las propias ideas y libre para reformarlas si se descubren otras mejoras. Hay que saber, pues, escuchar los mensajes del otro: no sólo lo que el otro dice, sino el significado profundo y auténtico de lo que dice. No se trata de convertirse en una especie de «papel secante», sino de saber captar las motivaciones del otro, por encima de las palabras que emplee. 

Cómo se percibe a los demás 
Para tener esta actitud es preciso que cada cual se pregunte: 
¿cómo percibo yo a mi interlocutor? En realidad, esta percepción muchas veces no es realista-objetiva, sino subjetiva-deteriorada por el tiempo. Se percibe al otro de manera realista cuando «lo que yo pienso que es el otro» responde a «lo que el otro es verdaderamente». Por el contrario, la percepción resulta distorsionada cuando el concepto que yo tengo del otro no se corresponde con la realidad, es decir, cuando «el otro según yo» es muy distinto (u opuesto) al otro tal como es. Esta percepción 
distorsionada impide la comprensión: la relación ya no es libre, sino que el otro se verá condicionado a actuar conmigo de acuerdo con mis expectativas. 
Pongamos un ejemplo. Supongamos que, por la razón que sea, yo pienso que tú eres un tipo simpático. Cuando me encuentre contigo, me comportaré en consecuencia: me mostraré amable y dispuesto. Esto te permitirá responderme con la misma afabilidad. Una vez concluido el encuentro, me diré para mi: «tenía yo razón al pensar que era un tipo simpático». Es decir: mis expectativas han influido en tu modo de comportarte conmigo. Pero si, por el contrario, espero encontrarme con un tipo antipático, en cuanto te encuentre me sentiré fastidiado. Entonces lo más probable será que también tú reacciones en consecuencia, de tal manera que al final yo obtendré la confirmación de mi inicial diagnóstico. En ambos casos ha sucedido lo siguiente: me he encontrado con el tipo que esperaba encontrar. Es decir, el concepto que yo tengo de ti provoca en ti el correspondiente comportamiento; la imagen que yo tengo de ti influye en tu comportamiento. Si yo pienso de ti que eres un estúpido, lo más probable es que te comportes conmigo como un estúpido, no porque lo seas, sino porque yo pienso que lo eres. Si, por el contrario, pienso que eres un tipo «redimible», lo más probable es que tú mismo te «redimas».Dejando a un lado el ejemplo, podemos decir:

1) No es posible, cada vez que me encuentro con un hermano, redescubrirlo de nuevo y conocerlo «ex novo», como si fuera la primera vez. Es inevitable que posea unos «esquemas cognitivos» acerca de él, los cuales «se disparan» siempre que me encuentro con él y a cuya luz lo «reconozco» inmediatamente. Cada nuevo comportamiento suyo es interpretado a la luz de lo que yo ya sabía de él. 

2) Estos esquemas cognitivos deben ser abiertos y flexibles, no cerrados y rígidos. Poseo una percepción realista del otro cuando estoy dispuesto a revisar mis esquemas acerca de él sobre la base de las nuevas informaciones que él mismo me proporciona; es decir: aunque yo creyera, por ejemplo, que era un estúpido, sin embargo, al conocerlo mejor, debo cambiar de opinión. De lo contrario, ya puede el otro hacer milagros delante de mí, que yo seguiré percibiéndolo como siempre, es decir, de un modo irrealista y distorsionado. Oigo, pero no escucho; tengo ojos, pero no veo. Consigo, pues, captar y acoger su mensaje por encima de las palabras que emplea. 

3) Estas distorsiones mías acerca de la verdadera personalidad del otro provocan e invitan a éste a actuar de tal manera que confirma mis distorsiones, con lo que su comportamiento no es la expresión de su auténtica personalidad, sino el resultado de mi propia distorsión. Es como si él dijera: «es inútil que intente cambiar; haga lo que haga, siempre seré para él un estúpido; de modo que más vale que me comporte como tal». 

4) El cambio de mi sistema cognitivo acerca del otro puede incitar a éste a cambiar también. Cada uno de nosotros se ha hecho su esquema cognitivo acerca del hermano que vive junto a él; consiguientemente, cada uno de nosotros tiene el peligro de «distorsionar». Por eso es inútil esperar que sea el otro quien cambie, como condición para nuestro propio cambio. Cada cual debe hacer su parte o, si lo preferimos, cada cual debe trabajar en su propia conversión sin condicionarla a la conversión ajena. En este terreno, convertirse significa preguntarse: ¿de verdad es él (o ella) como yo pienso que es? Con lo cual no pretendemos introducir un elemento de sospecha en la relación para hacer de ésta un encuentro entre desconocidos, sino un elemento de humildad: andémonos con mucho cuidado a la hora de hacer el retrato de los demás. Nadie ha dicho que el retrato sea una fotografía. Si yo trato de estar dispuesto a revisar mi concepto sobre el otro, entonces estaré abierto a todo cuanto el otro pueda revelarme de nuevo. Más aún: el otro se sentirá estimulado ­gracias a mi disponibilidad­ a revelarme elementos nuevos. Y de este modo, mi disponibilidad a mejorar el concepto que yo tengo de mi hermano le estimula a éste a ser mejor. Cuando admito una mejora en mi percepción del otro, estoy estimulando en él una mejora real. En lugar de condicionar mi conversión a la conversión del hermano, comienzo yo mismo a convertirme y... (¿quién sabe?) tal vez mi hermano decida seguirme. 

2. La dinámica del chivo expiatorio 

Un mecanismo inconsciente que muy fácilmente se instaura en la vida en común como modo equivocado de afrontar los conflictos, es el del «chivo expiatorio». Es un mecanismo que merece una particular atención porque guarda relación con el tema de los prejuicios, las luchas y los intentos inconscientes de cada cual de salvarse a sí mismo. En pocas palabras, consiste en lo siguiente: ¿que hay un conflicto?; muy bien, veamos quién tiene la culpa. Una vez que demos con el culpable, estaremos más tranquilos y la próxima vez sabremos cómo defendernos; otra vez será él el 
acusado: «¡Qué se le va a hacer... Habrá que tomarlo a risa! ¡Teníamos razón al decir que siempre serás el mismo! ». Pero analicemos mejor la dinámica del chivo expiatorio, que puede compararse a un drama inconsciente en tres actos cuyos personajes e intérpretes son: ­el perseguidor: el que va en busca del culpable. Puede ser ayudado por otros que le sirven de apoyo. Su función consiste en acusar para mantener el orden; ­la victima: el chivo expiatorio; ­el salvador: el que se encarga de proteger a la víctima de los ataques del perseguidor, eventualmente ayudado por otros que le sirven de apoyo. 

Hecho el reparto de papeles, puede comenzar el drama. 

Acto I: percepción del conflicto y formación de los bandos Se alza el telón: la comunidad está reunida en torno a una mesa. Después de la oración común se anima la discusión y poco a poco va apareciendo el problema. Superadas las primeras reticencias, cada cual se expresa. Lentamente se manifiestan las divergencias: unos hablan, otros replican y otros, animados por los primeros, aventuran una tercera opinión; algunos dan muestras de estupor y asombro. Por debajo del hielo, nos damos cuenta, a pesar de todo, de lo distintos que somos unos de otros. Un momento de «suspense»: el conflicto se ha desvelado, las diferencias se han puesto de manifiesto y se ha creado la tensión. Todo el mundo está en guardia, porque inconscientemente las diferencias se perciben como un peligro para la seguridad y la continuidad de la comunidad. En este momento puede tomarse el camino equivocado: amenazados en su tranquilidad, tratan de recuperarla buscando al responsable de la tensión. El perseguidor mira en torno suyo y otros le ayudan en su búsqueda. ¿Qué es lo que buscan? Buscan a alguien que sea distinto de los demás para cargarle con la culpa de la tensión. Y es bien fácil dar con «el garbanzo negro». En un cierto sentido, los miembros de una comunidad son todos parecidos: la misma formación, el mismo ideal, el mismo espíritu... Podría esperarse, pues, la ausencia de prejuicios entre ellos. Pero no es así. Dentro de la comunidad hay 
elementos de igualdad, pero también los hay de diversidad: ideas, actitudes, sentimientos, modos de vestir... Hay también diferencias reales más banales: el acento, la belleza, la inteligencia, el sentido del orden, el ser más o menos devoto, etcétera. Estas diferencias se manifiestan con claridad en los momentos de tensión, y a quien las posee se le considera casi inconscientemente como «distinto»: «no es como nosotros... ¡Es para asombrarse! ¡Jamás lo habría creído! ». Y a esas diferencias se atribuye la responsabilidad de la tensión. 

Acto II: formación del prejuicio 
A las diferencias reales se les da un significado simbólico: en lugar de verlas como algo normal e inevitable, se consideran como un peligro para la comunidad. Quien las posee, aparece como un ser extraño, como el aguafiestas que amenaza la seguridad y la tranquilidad del grupo. Unidos por esta sensación de amenaza, algunos (o muchos) se coaligan para pasar al ataque. Y aquí radica el prejuicio: la diferencia real de uno de los miembros es considerada como la causa de la tensión de todos: «él es distinto» (aspecto real), luego es un peligro para nosotros (prejuicio). Y a mayor número de diferencias, más prejuicios, que se organizan en 
una auténtica red: los jóvenes contra los viejos; la derecha contra la izquierda; el norte contra el sur; los intelectuales contra los menestrales; los sacerdotes de primera contra los de segunda; la espontaneidad contra el autocontrol; los liberales contra los progresistas; los inteligentes contra los estúpidos... 
Pero ¿por qué llamamos «prejuicios» a estas cosas? Porque se pretende el que unas simples diferencias sean la causa del conflicto («¡somos demasiado distintos...: jamás podremos entendernos!»). El problema, sin embarco, está en otra parte: en la falta de capacidad de escucha, en sentirse amenazados por el hecho de que alguien «cante fuera del coro» sin haber antes escuchado su canto. El arma de ataque es el prejuicio. Una vez hallado el culpable y establecido el prejuicio, comienza la batalla. No es preciso levantar la voz; bastan unas cuantas frases. y un par de miradas para que la víctima se sienta localizada. (Basta darle a entender que estamos hablando de ella o hacerle llegar el mensaje de que no es caritativa, de que es orgullosa...). Algunos se unen al perseguidor para inmunizarse a sí mismos de un eventual ataque («mejor que sea otro antes que yo»). Otros se encargan de hacer de  protectores, tratando de librar a la víctima del ataque. 
Nadie puede quedar fuera de la escena. Y aunque la comunidad no es un condominio, la vinculación emotiva entre sus miembros excluye la no-intervención. La neutralidad es tan sólo aparente; más aún, es una manera tácita de tomar postura: con la indiferencia puede uno cubrirse a sí mismo, demostrar silenciosamente su desaprobación o prestar su consentimiento tácito al perseguidor, a la víctima o al salvador. 

Acto III: se invierten los papeles 
Se inicia entonces el contraataque por parte del chivo expiatorio. 
El que se siente víctima trata de defenderse echando la culpa a otro («no fui yo quien tomó la manzana; la serpiente me la dio») o descargando la responsabilidad en algo exterior a la comunidad («la culpa es de la institución»). Si su autodefensa tiene éxito, se salva de la condena y, de perseguido, se convierte en perseguidor. 
Pero si fracasa, se sentirá solo e indefenso. Cerrado en su propia incapacidad de relación y en su ineptitud para cumplir las tareas, siembra el descontento por doquier, buscando personas parecidas a él de quienes poder cuidar: de perseguido, se convierte en cuidador. 
También el mediador corre serios peligros: si consigue neutralizar las fuerzas destructoras del ataque, evitará la destrucción de la víctima; pero ésta, al sentirse respaldada, descargará la culpa sobre otro, empleando la misma arma que se ha usado en su contra: el prejuicio. Y este «otro» puede serlo el perseguidor o su propio cuidador. De este modo, todos van pasando de perseguidores a perseguidos y a salvadores sucesivamente: el uno endosa la culpa al otro, el cual la descarga sobre los hombros del vecino, que a su vez se la pasa al primero que llega, y éste a su vez puede volver a endosársela al primero. Temporalmente parece que la comunidad consigue salvaguardar su unidad: se crean partidos y alianzas (reuniones en camarilla grupúsculos, miradas de mutuo entendimiento, comunicaciones no verbales...). Pero la reconciliación se hace imposible. La cuestión está en que en la dinámica del chivo expiatorio todo se desenvuelve en clave de contraposición y de acusaciones recíprocas. No hay escucha y, por lo tanto, no hay comprensión. Lo que hay en el fondo es un prejuicio: «dice eso porque la tiene tomada conmigo...; se comporta así porque quiere humillarme...; lo hace adrede para hacerme rabiar...». Si se reconoce el prejuicio («pero hombre, date cuenta de que no tiene nada contra ti; lo único que dice es que existe un problema y que hay que afrontarlo»), entonces concluye la lucha; desaparece el prejuicio y comienza el diálogo capaz de resolver el problema. La comunidad ha obtenido una mayor calidad de unión y de amor. 

3. En la raíz de la dinámica del chivo expiatorio 

Antes de decidir lo que hay que discutir, es preciso examinar el modo de hacerlo. 
Una comunidad débil en valores tiende siempre a romperse en bandos. Cada bando tratará de hacerse con el control de la situación, porque se considera depositario de los valores e ideales. Y cada bando interpretará negativamente las posturas y comportamientos del otro bando, que considera negativos y anti-evangélicos. 
En todo bando surge un «líder» con la tarea -tácita o explícita­ de encarnar los valores del propio bando y de interpretar los «malos comportamientos del otro. 
Y puesto que ambos bandos se consideran en posesión del Espíritu Santo, no pueden, lógicamente, sentirse responsables de la desunión existente. Por eso es por lo que, inconscientemente, se designa a un miembro de la comunidad como el «verdadero» responsable de la falta de armonía y se desvían sobre él los ataques de los demás. 
En las luchas entre los bandos es fácil que se elija a un miembro (o se ofrezca él mismo) para constituirse en salvador o árbitro. Esto proporciona un antídoto contra los destructores efectos del prejuicio; pero a su vez el individuo en cuestión puede aceptar este papel por motivos en modo alguno altruistas, como puede ser el deseo de alejar de sí los ataques de los demás. Pretende ser el buen samaritano, pero en realidad tan sólo le preocupa su propia seguridad personal: «mejor que le suceda a otro y no a mí». Las intenciones de todos son buenas: se desea sinceramente reducir la tensión de la comunidad. Son los medios los que no son adecuados. 

Los prejuicios 
El que se siente interiormente débil, se aferra al prejuicio como medio de defensa. Para salvarse a sí mismo, para alejar de sí el peligro que supone la dada, el hombre puede hacer que se hunda el vecino. El prejuicio es el que da lugar al chivo expiatorio. Veamos cómo. 
Quien es erigido en chivo expiatorio suele tener algo que le diferencia de los demás: educación, inteligencia, temperamento, pasado, edad... Hasta aquí, no hay nada malo: aunque estemos en la misma barca, cada uno de nosotros conserva su propia especificidad. Lo malo es cuando a esta diferencia real se le atribuye indebidamente la responsabilidad por la tensión que es común a todos. Se atribuye a la diferencia real un significado 

simbólico: él es distinto de nosotros (aspecto real), luego constituye un peligro para nosotros (prejuicio) Conclusión: la culpa es suya. 
Como si, suprimida la diferencia, fuera a desaparecer la tensión. 
Es preciso, pues, que sepamos reconocer las diferencias reales de cada individuo sin sentir por ello amenazada nuestra seguridad interior y sin considerar dichas diferencias como causa inevltable de males. No son las diferencias las que originan automáticamente los males, sino el significado erróneo que se les atribuye. 
En segundo lugar, para liberarnos de los prejuicios sobre una persona hay que preguntarse con toda claridad: ¿es ella la que se siente perturbada o somos nosotros? Una señal evidente de que el problema está en nosotros es la no-correspondencia entre lo que esa persona hace o dice y nuestro juicio inflexible acerca de allá. En otras palabras: todos decimos que esa persona va siempre «a contrapelo», pero esto no es objetivamente cierto. Es evidente que estamos percibiendo la situación de manera distorsionada. Por último, una vez verificado que se trata de un chivo expiatorio, hay que preguntarse: ¿quién pone en circulación los falsos prejuicios? ¿Quién se deja contagiar por ese «perseguidor»? 
Tratándose de prejuicios, es obvio que quien los transmite tiene personalmente problemas y frustraciones que desea descargar. 

También en este punto es preciso actuar a la luz de la caridad: no pretendamos andar a la caza de brujas, sino esforcémonos por hacer que resplandezca la verdad, sabiendo que la verdad siempre une y jamás divide. 

Las inconsistencias, en la raíz de los prejuicios. 
Más difícil resulta entender por qué se ha creado en la comunidad un chivo expiatorio. Los motivos son, esencialmente, dos: por absolverse a sí mismos y por defenderse. En primer lugar, absolverse a sí mismos. El chivo expiatorio nos hace un gran servicio (aunque, a fin de cuentas, se trate de un servicio un tanto amargo): nos sirve para descargar nuestros malos humores o para atribuirle la culpa de nuestras congojas. Nos evitamos así la molestia de proceder a una autorevisión, que a nadie le resulta agradable. Además, libres del sentido de culpa, podemos sentirnos también libres para criticar y ­satisfechos con nosotros mismos­ prodigarnos en cuidar de los demás. Por último, el tener entre nosotros a alguien «que ha tomado un sesgo equivocado» nos hace sentirnos ­a nosotros, los «puros»­ más unidos y más amigos. Muchas veces las crisis de uno sirven para unir más a los otros. 
Cuando se acusa injustamente, también se hace para defenderse a sí mismo: cuanto más vulnerable y frágil se siente uno, más grandes y más simbólicas se hacen las diferencias del otro y mayor significado de amenaza asumen. La acusación es la defensa del débil. Pero ¿defensa de qué? Esencialmente, de dos cosas: de las inconsistencias personales o de las inconsistencias comunitarias. 
En el primer caso, son los individuos los que ­uno a uno­ se sienten 

amenazados; en el segundo caso, es el grupo en cuanto tal el que se siente vulnerable.
Pongamos un ejemplo: se reúne el «capítulo provincial» o el «consejo presbiteral» para discutir el caso del padre X. Todos están de acuerdo en afirmar que el padre X es un auténtico problema: se ha hecho una lista de las «diferencias» que manifiesta, se han analizado y todos han reconocido que son un tanto «extrañas». 
Supongamos que el padre X sea únicamente el chivo expiatorio de la situación y que, por lo tanto, se le acusa injustamente. La pregunta es: ¿por qué el Capítulo o el Consejo se ha puesto de acuerdo en condenarle? Y la respuesta es doble: 

a) Porque se siente amenazado en su propia validez. Si la culpa no fuese del padre X, entonces el Capítulo o el Consejo debería reflexionar sobre sí mismo y admitir que se ha equivocado, que ha gastado inútilmente sus energías, que ha trabajado en vano... E inconscientemente llega a la conclusión de que es mejor no tocar más el problema y sentirse tranquilos (¡cuidadores!) hablando de él y no de sí mismos. 

b) Porque cada miembro del Consejo o del Capítulo se siente personalmente amenazado por el padre X. Todos están de acuerdo, pero cada uno por diferentes motivos. Todos se defienden, pero la inconsistencia interna de cada uno es distinta. Habrá quien se defienda de su propia falta de «agresividad», de «garra», y acusará al padre X porque le considera un rival («¡ tiene mucha escuela!»); otro se defenderá de su excesiva falta de confianza en sí mismo y para él el padre X será demasiado inteligente («en una confrontación con él, seguramente me vencería...»); tal vez otro no esté libre del peligro de exhibicionismo («¡debo hacerle saber quién soy yo!»); y otro, en fin, puede verse impulsado por el conflicto de 
dominación («¡hay que darle una lección que le haga bajar la cresta!»). Todos están de acuerdo, pero cada uno por diversos y personales motivos subconscientes. Como se ve, el discernimiento comunitario no obedece siempre a la voz del Espíritu. 
Otra posibilidad es que el padre X sea verdaderamente problemático. No tiene, pues, nada de extraño que se intervenga; es perfectamente justo, a condición de que quien lo haga no tenga nada que defender para sí, no busque ningún provecho personal y esté dispuesto a ver la viga en su propio ojo antes de ver la paja en el ajeno. En este caso no hay perseguidor alguno; el único motivo existente es la corrección fraterna, la cual ­¡mucho ojo!­ presupone en quien la practica una previa revisión personal, indispensable para poder corregir después al otro.
Entonces el esfuerzo por la propia mejora justifica el que se pretenda lo mismo para los demás; la humildad de someterse a discusión autoriza a exigir otro tanto a los demás, a la vez que el reconocimiento de las propias limitaciones le hace a uno ser tolerante con los otros. En suma, cuando somos libres frente a los conflictos, cuando no tenemos nada propio que defender, entonces podemos ser exigentes y comprensivos. Ambas virtudes deben ir al unísono. La exigencia sin comprensión se convierte en severidad; la comprensión sin exigencia se convierte en permisividad. 

4. La multitud de mitos que nos frenan. 
El motivo que debe llevar a las personas a unirse en comunidad cristiana no consiste en buscar a través del grupo la propia realización personal, ni siquiera la simple conformidad social, sino que consiste en el compromiso de profundizar el servicio a los valores: confrontarse cada vez más con los valores. Es evidente, pues, que la comunidad, si desea ser cristiana y no un simple club social, deberá conllevar de un modo absolutamente inequívoco la aceptación de Cristo muerto y resucitado por el mundo. Sólo así podrá estimular al individuo a profundizar su ratificación personal de la llamada de Dios. 
Pero ni siquiera en estas condiciones puede afirmarse que la comunidad vaya a progresar fácilmente en su andadura. Puede ocurrir que los valores estén presentes y sean aceptados de palabra, pero que haya diversos factores grupales subconscientes que constituyan un obstáculo para poder vivirlos concretamente. Un grupo de dichos factores lo constituyen los «mitos comunitarios»: falsas expectativas o maneras erróneas de concebir la vida en común. Con frecuencia se trata de mitos subconscientes, no explícitos, que actúan, más o menos intensamente, como freno al crecimiento común. Estos mitos constituyen muchas veces la raíz de las dificultades comunitarias por las que, de hecho, la comunidad no es ya lugar de trascendencia. 
Dada su función de freno, tales mitos deben ser identificados y abolidos, a fin de poder crear una atmósfera apta para la confrontación y el diálogo mutuos. Veamos algunos de los mitos más comunes hoy día. 

Basta con hacer comunidad para crecer. 
Es éste un «eslogan» al que subyacen dos ilusiones: que la comunidad es la que produce la capacidad de interiorizar los valores y que esto puede lograrlo cualquier comunidad. Decimos que esto son ilusiones porque la comunidad se limita a ofrecer una oportunidad de interiorización, pero la eficacia de ésta depende de las aptitudes intrapsíquicas del sujeto. Además, tal oportunidad no la proporciona cualquier comunidad, sino únicamente aquella que sea portadora de valores libres y objetivos. «Y vivieron felices y dichosos...». Según este mito, la comunidad  realizaría la felicidad absoluta y en ella, la persona debería encontrar necesariamente todo tipo de gratificación. Se trata de un mito romántico condenado a esfumarse velozmente, porque la comunidad es una realidad conflictiva La comunidad es evangélica no cuando carece de problemas sino cuando los afronta con espíritu evangélico. Es decir, cuando no asume actitudes fatalistas de resignación pasiva; cuando renuncia a la actitud infantil de negar la realidad; cuando rechaza el comportamiento milagrero que espera soluciones fáciles, mágicas e inmediatas. 

El comunitarismo. 
Según este mito, todo debe hacerse siempre en común; hay que vivir en permanente cercanía física; hay que pensar de la misma manera y tener las mismas ideas en todos los asuntos. También aquí se echa en falta una función fundamental de la comunidad: la de favorecer, además del sentido de pertenencia, el sentido de individualidad. Si hay divergencias, eso significa que nos odiamos. La verdad es que es todo lo contrario. Es inevitable que haya divergencias y, muchas veces, hasta discusiones y debates internos. Las discusiones son constructivas, con tal de que no degeneren en polémica y en lucha, sino que conduzcan a una clarificación sin necesidad de que nadie experimente una pérdida de estima.

Los hermanos siameses. 
También conforme a este mito, todos deberían tener el mismo modo de ver las cosas (lo que es sencillamente imposible) y todos deberían esforzarse por parecer lo más idénticos posible (lo cual no es útil). Las diferencias (con respecto a pasadas experiencias, a actitudes de base, a estilos personales...) son útiles además de inevitables, porque constituyen distintos modos de concretizar los valores. Lo importante es estar de acuerdo en los fines (por qué estamos juntos, adónde queremos ir, qué es lo que buscamos...). Toda persona, en cambio, es libre de usar los medios que desee, con tal de que conduzcan verdaderamente a los fines comunes. 

Cuando algo no funciona, hay que buscar un culpable. 
Muchos de nosotros hemos sido educados en esta mentalidad. 
Frente a las dificultades, instintivamente pensamos en términos de «culpa» (es culpa mía, es culpa tuya...) y, en lugar de buscar soluciones, nos dedicamos a distribuir pecados y a sacarnos mutuamente los colores. En realidad, muchas veces no se trata en absoluto de maldad o de culpa. Si hay dificultades, es porque todos hemos contribuido a crearlas y, por lo tanto, la solución vendrá dada por la cooperación de todos. En lugar de culpar, cada uno de nosotros debería preguntarse cómo contribuir a lograr un resultado más positivo. 

Cuando algo no funciona, hay que remontarse a pasadas y a recientes discordias. 
Por desgracia, esta clase de recriminaciones sin fin sólo sirven para descargar la tensión emotiva y no son más que un signo de nuestra falta de disponibilidad a recomenzar: «¿lo ves?, los hechos confirman que siempre ha sido y siempre será así; de modo que...». 

Cuando se discute, ¡que gane el mejor! 
Según este mito, en cualquier divergencia hay siempre uno que tiene razón y otro que no la tiene, y vence el que obtiene una puntuación más alta. Pero en la realidad ocurre precisamente lo contrario: cuando uno «gana», por lo general es la comunidad en cuanto unidad la que sale perdiendo. 

Los demás deberían intuir... 
Muchas veces se piensa que, cuando nos queremos, no hay necesidad de explicarse: los demás deberían «agarrarlo al vuelo». Pero, desdichadamente, nadie puede leer el pensamiento o el corazón ajeno cuando se encuentra frente a una boca cerrada. Y también es cierto lo contrario: nadie debe cerrar la boca de otro por creer que ya ha entendido lo que ese otro quería decir. Dios no nos ha creado con antenas de radar en la cabeza, sino con una boca y unos oídos. Pero ocurre que, cuando abrimos la boca para 

explicarnos abiertamente, muchas veces nos quedamos helados al constatar los errores en que se incurre cuando se utilizan las antenas de radar. 

Es mejor recordar los aspectos negativos que los positivos. 
Con frecuencia se da por descontado cuanto de bueno hay en la comunidad. Estamos habituados a recordar tan sólo lo que nos ha herido y humillado; no sabemos prestar atención a lo que de bueno hay en los demás, a cuanto de hermoso y positivo han sabido construir. Con demasiada frecuencia, los encuentros comunitarios son verdaderas lamentaciones de coro de tragedia griega y muy raras veces concluyen con una acción de gracias. Sin embargo, el reforzar positivamente un comportamiento apropiado suele ayudar a que dicho comportamiento se haga más frecuente, aparte de ser un modo de aprendizaje mucho más eficaz que el castigo o el refuerzo negativo. 

¡Es cuestión de suerte! Una buena comunidad es producto del azar, no del esfuerzo de sus miembros. Es otra idea romántica muy común. Pero la realidad demuestra que la vida en común exige día a día, minuto a minuto, la interacción entre las personas, con una constante comunicación y negociación, para llegar a una solución positiva de los problemas. Cuando somos destinados a una nueva comunidad, no deja de tener su importancia el «caer bien»; pero esto no exonera del constante y laborioso esfuerzo por crear la comunidad. 

Tú a mi imagen. 
En muchas comunidades se pierde un montón de tiempo y de energías tratando de modelar al otro a imagen y semejanza de uno mismo. Estas «cruzadas» de conversión conducen a fútiles discusiones acerca de las cualidades personales o de la falta de cooperación, etc., al tiempo que suscitan malhumor y frustraciones sin cuento. Es verdad que el ideal comunitario exige la renovación de ciertas características. Pero el criterio del cambio ajeno no soy yo o mi personal estilo, sino los valores evangélicos. Si deseo cambiar al otro, no es para hacerlo igual a mí, sino para ayudarle a ser cada vez más imagen de la gloria del Padre. Y además, antes de pensar en cambiar al otro, es mejor mirarse a si mismo y tratar de ver cómo puede -él el primero­ hacerse semejante a Cristo. 

Cada cual sabe por sí mismo lo que significa ser religioso. 
Si esto pudo ser cierto en el pasado, hoy día es, desde luego, menos cierto. La vocación religiosa es una realidad dinámica; una realidad, por tanto, que hay que redescubrir constantemente. Es importante cotejarse con «fuentes» objetivas, la principal de las cuales es el Evangelio leído en comunidad. 

En una comunidad como es debido, las cosas no cambian. 
Reducir un sistema dinámico como es la comunidad a una realidad «congelada», significa concebir un sistema muerto. Allí donde hay personas, sólo se puede seguir viviendo si se acepta evolucionar. La comunidad no debe «congelarse» en sistemas inamovibles; más bien debe vivir en un equilibrio dinámico: ciertas estructuras y formas de interacción deberán permanecer constantes en el tiempo, con el fin de asegurar el sentido de continuidad y de estabilidad; pero otros estilos deben cambiar. 

Cuando se tienen problemas en la comunidad, una experiencia pastoral puede resolverlo todo. Con este proceder, la persona puede estar rehuyendo los verdaderos problemas. Tal vez encuentre, sí, un ambiente alternativo que le sirva para compensar la sensación de frustración que experimenta junto a sus hermanos; pero esta actividad alternativa tiene poco de evangélico, porque en el fondo para lo que sirve es para auto-curarse y no para construir el Reino; tal vez los resultados sean maravillosos, pero no por ello son apostólicamente eficaces. No es cierto que la experiencia pastoral alternativa sirva de cemento para mantener unidas las frágiles 
piezas de nuestra personalidad. Sucede más bien que esa experiencia se convierte en la expresión de nuestras inseguridades internas, que nunca afrontamos abiertamente. Somos capaces de construir hermosas catedrales, pero fundadas muchas veces sobre arena.

ALESSANDRO MANENTI - VIVIR EN COMUNIDAD- Aspectos psicológicos-

SAL TERRAE SANTANDER 1984. Págs. 29-55 www.mercaba.org

 

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«Usted no debe decirnos lo que dijo el soldado ni ninguna otra persona, señor», respondió el Juez: «Esto no es evidencia.»

 

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“En la verdad, la paz” S. S. Benedicto XVI - lema para el día de la paz: I.I.MMVI

 

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No dominio, sino servicio «gratuito» es la jerarquía en la santa Iglesia Católica, apostólica y con sede romana desde Pedro muerto mártir bajo Nerón, crucificado cabeza abajo y Pablo decapitado, ambos en Roma.

 

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Protector y custodio fiel

"La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para otorgarle una gracia singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar.

Esta norma se ha verificado de un modo excelente en San José, padre putativo de nuestro Señor Jesucristo y verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles. José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor».

Si relacionamos a José con la Iglesia universal de Cristo, ¿no es este el hombre privilegiado y providencial, por medio del cual la entrada de Cristo en el mundo se desarrolló de una manera ordenada y sin escándalos? Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es San José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular.

José viene a ser el broche del Antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los Patriarcas y los Profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa.

No cabe duda de que Cristo no sólo no se ha desdicho de la familiaridad y respeto que tuvo con él durante su vida mortal como si fuera su padre, sino que la habrá completado y perfeccionado en el cielo.

Por eso, también con razón, se dice más adelante: «Entra en el gozo de tu Señor». Aun cuando el gozo eterno de la bienaventuranza entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decir: «Entra en el gozo», a fin de insinuar místicamente que dicho gozo no es puramente interior, sino que circunda y absorbe por doquier al bienaventurado, como sumergiéndole en el abismo infinito de Dios.

Acuérdate de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tu oración ante aquel que pasaba por hijo tuyo; intercede también por nosotros ante la Virgen, tu Esposa, madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén."

De los Semones de san Bernardino de Siena, presbítero; Sermo 2, de S. Ioseph: Opera 7, 16. 27-30.

 

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La libertad, esto es, la inmunidad de coacción en materia religiosa, que compete a los individuos particulares, debe reconocerse también a estos mismos cuando actúan en común. Pues la naturaleza social, tanto del hombre como de la propia religión, exige comunidades religiosas. Por consiguiente, a estas comunidades, siempre que no se violenten las justas exigencias del orden público, debe reconocérseles el derecho de inmunidad para regirse según sus propias normas, para honrar con culto público a la divinidad, y para promover aquellas instituciones en las que los miembros cooperen con el fin de ordenar su propia vida según sus principios religiosos. Igualmente, corresponde a las comunidades religiosas el derecho a no ser obstaculizadas por medios legales o por la acción administrativa del poder civil, en la selección, educación, nombramiento y traslado de sus propios ministros, en la comunicación con las autoridades y comunidades religiosas que tienen su sede en otros lugares de la tierra, en la construcción de edificios religiosos y en la adquisición y disfrute de los bienes convenientes. Pertenece también a la libertad religiosa el que no se prohíba a las comunidades religiosas manifestar libremente el valor singular de su doctrina para la ordenación de la sociedad y la vitalización de toda la actividad humana. Finalmente, en la naturaleza social del hombre y en el carácter mismo de la religión se funda el derecho por el que los hombres, movidos por su sentimiento religioso, pueden libremente reunirse o constituir asociaciones educativas, culturales, caritativas, sociales.

Declaración Dignitatis humanae, 4 – Concilio VATICANO II.

 

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Un antiguo escritor cristiano, Eusebio de Cesarea, subraya la primacía del amor por encima de la necesaria justicia: «No juzgues primero y después ofreces misericordia; sino que primero ten misericordia y después juzgas; con clemencia y con misericordia emite sentencias».

 

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«Padre mio, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo. Que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más. Pongo mi vida en Tus manos, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, me entrego en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre» ‘Charles de Foucauld, el anacoreta’. Charles de Foucauld 1858 + 1916: incrédulo, soldado, amante, geógrafo, converso, trapense, lingüista, ermitaño y sacerdote de la santa Iglesia Católica.

 

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Juan Pablo II, Pont. Papa (1920-2005)
Redemptoris missio, 86 

 

“La mies es abundante...” (Mt (9,37) -    Si uno echa una mirada superficial sobre nuestro mundo, se queda impactado por muchos hechos negativos que le pueden llevar al pesimismo. Pero no deja de ser un sentimiento injustificado. Tenemos fe en Dios, Padre y Señor, en su bondad y su misericordia. Estando ya cerca del Tercer Milenio de la redención, Dios está a punto de preparar para el cristianismo una gran primavera que ya apunta. En efecto, ya sea en el mundo no cristiano como en las cristiandades antiguas, los pueblos tienen tendencia de acercarse progresivamente a los ideales y los valores evangélicos. Esta tendencia se ve favorecida por el esfuerzo de la Iglesia. Hoy se percibe entre los pueblos una nueva convergencia hacia estos valores: el rechazo de la violencia o la guerra, el respeto de la persona humana y de sus derechos, la sed de libertad, de justicia y de fraternidad, la tendencia a superar los racismos y los nacionalismos exacerbados, la afirmación de la dignidad de la mujer y su estima.
     La esperanza cristiana nos sostiene para comprometernos a fondo en la nueva evangelización y en la misión universal. Nos empuja a orar como Jesús nos lo ha enseñado: “Que venga a nosotros tu reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. (Mt 6,10)
      Aún son incalculables las personas que esperan la venida de Cristo. Los espacios humanos y culturales donde todavía no ha llegado el anuncio del evangelio o donde la Iglesia está poco presente son inmensos, hasta el punto de exigir la unión de todas las fuerza de la Iglesia. Preparando la celebración del jubileo del año 2000, toda la Iglesia está comprometida en un nuevo Adviento misionero. Debemos alimentar en nosotros la pasión apostólica para transmitir a los demás la luz y la alegría de la fe, y debemos formar al pueblo de Dios en estas actitudes.

 

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En pocas palabras: si Cristo fundó una Iglesia y el diablo la corrompió y luego tuvo que venir Lutero para "reformarla"; ¿Qué papel hace Cristo prometiendo una Iglesia invencible? Y si eso fuera posible; ¿Cuál de las miles de divisiones del protestantismo heredó el "Espíritu de Verdad" del que Cristo habla y que promete con tanta certeza.

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica,

esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

 

El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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San Agustín (354-430) obispo de Hipona, doctor de la Iglesia Católica
Sermón 256, para la fiesta de Pascua

 

“Levántate y anda” (cf Mt 9,6) -   “Si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos hará revivir vuestros cuerpos mortales...” (Rm 8,11) Ahora es un cuerpo humano, natural; luego será un cuerpo espiritual. “Adán, el primer hombre, fue creado como un ser con vida. El nuevo Adán, en cambio, es espíritu que da vida.” (1Cor 15,45) Por esto “hará revivir vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros.” (Rm 8,11)
      ¡Oh que aleluya tan glorioso cantaremos entonces, qué seguridad! Ya no más adversarios, ya no más enemigos, ya no perderemos a ningún amigo. Aquí abajo cantamos las alabanzas de Dios en medio de nuestras preocupaciones. En el cielo las cantaremos con total paz y tranquilidad. Aquí las cantamos destinados a morir; en el cielo en una vida sin fin. Aquí, en la esperanza, allá en la realidad. Aquí, somos viajeros, allá estaremos en nuestra patria. Cantemos pues, ya desde ahora, hermanos, no para saborear ya el reposo, sino para aligerar nuestras penas. Cantemos como lo hacen los viajeros. Canta, pero no dejes de caminar; canta para animarte en medio de las fatigas... ¡Canta y camina!
       ¿Qué quiere decir, camina? Ve adelante, haz progresos en el bien obrar...Camina hacia el bien, avanza en la fe y en la pureza de las costumbres. ¡Canta y camina! ¡No te desvíes, no te eches atrás, no te quedes parado! ¡Volvámonos hacia el Señor!

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

 

Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

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Pero lo verdaderamente importante es que la Iglesia renueva sin cesar su fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Porque de eso estamos hablando: de una persona, de un ser vivo, y no de una cosa o una idea. La Eucaristía es Él. Y todos, en la Iglesia, vivimos por Él, con Él y gracias a Él, y soñando con unirnos algún día plenamente a Él. O al menos, así debería ser.

 

«Sobre el misterio eucarístico se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo».

 

Benedicto XVI animó a los laicos a hacer de la Eucaristía el «motor interior de toda actividad» y recordó que «ninguna dicotomía es admisible entre la fe y la vida». 2005-10-23, al cerrar el Sínodo de los Obispos y el año de la Eucaristía.

 

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Recomendamos de Fulton Sheen:

‘Paz en el alma’: Recopilación de artículos sobre diversos temas, muy amplios y que desarrollan aspectos poco conocidos sobre la doctrina cristiana.

El primer amor del mundo’: libro dedicado a la Virgen María, en el que estudia su figura y su sobrenatural maternidad.

Vida de Cristo: aunque es un libro costoso y difícil de conseguir, es una excelente biografía fiel al Nuevo Testamento acerca de Nuestro Señor Jesucristo. El autor demuestra gran sabiduría sobre su persona y su obra.

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‘Inquisición’  historia crítica - Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?.

 

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).