Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 4º denigración de la hispanidad latinidad; Leonor nombre de reinas

 

¿Por qué España tiene derecho a reclamar Gibraltar y Marruecos no lo tiene sobre Ceuta y Melilla?

 

Porque Gibraltar siempre fue territorio español y Ceuta y Melilla nunca pertenecieron al reino de Marruecos. De hecho, incluso en la época del imperio romano formaban parte de Hispania.

Dr.en historia antigua César VIDAL,filósofo,teólogo,abogado,escritor:2005-03-31

 

  

Una cosa es la separación entre Iglesia y Estado y otra la separación entre Iglesia y sociedad...»

 

«¿Es que a los asilvestrados no les gusta esa España? Pues que se vayan a otra parte... La economía, la cultura, el respeto a la vida no son más que ramas del árbol que es España; y un árbol sin raíces se seca. ¿Acaso los podadores buscan el expolio de España? ¿Acaso habrá que dar las gracias a los miserables que lo intentan, por hacernos despertar y abrir los ojos?»

 

Al caballero le temblaba la mano en el pecho. Y el mentón. Y le temblaba el alma. Él, que había pintado, en el entierro del señor de Orgaz, el proyecto del entierro universal de España... Ya se lo había dicho el genial tullido don Francisco de Quevedo, el día que se conocieron: «Sólo Dios sabe si España existe, o la estamos soñando...»

 

¿Estamos soñando una España que ha dejado de existir? 2010

 

+++

 

Quería que me diera su opinión sobre el papel que desempeñó la Iglesia en el descubrimiento de América y sobre todo de fray Bartolomé de las Casas.

 

En el descubrimiento ninguno (lo que, por otra parte, es normal). Si se refiere al periodo de conquista y colonia, fue muy importante ya que estuvo vinculado a la educación, la culturización, la defensa de los indios y el cambio de creencias religiosas. 2. Mi opinión sobre Bartolomé de las Casas es menos generosa de lo que suele ser habitual. Seguramente, era hombre de buena fe pero muchos de sus juicios son disparatados.

Dr. en historia antigua César VIDAL, filósofo, teólogo 2005-04-12- L.D.España

 

+++

 

P: ¿Qué momento de la historia de España le parece más fructífero?

 

R: Muchos. La romanización, el reinado de Fernando III y de Alfonso X, la época de los Reyes católicos, el siglo de oro, los primeros Borbones, la Restauración... por cierto, qué ausencia de la izquierda y de los nacionalismos en todos ellos, en todos menos en la Restauración cuyo sistema parlamentario destruyeron.

Este diálogo con César Vidal tuvo lugar entre las 17.00 y las 18.00 del martes 17 de octubre 2006.

 

+++

 

El 9 de Julio de 1746 muere en Madrid el Rey Felipe V, primer Monarca español de la dinastía de Borbón.

 

+++


 

Texto Clásico: Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad (1944) . 


por Zacarías de Vizcarra 

 

Sacerdote español [1880-1963], fue el primer gran ideólogo de la Hispanidad.  

En varias oportunidades y en diversas revistas he aclarado conceptos inexactos o confusamente expresados que corren por los libros y la Prensa acerca de los orígenes históricos del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, por atribuírseme a mí equivocadamente la invención material de ese vocablo, al mismo tiempo que se pasan por alto interesantes circunstancias históricas que señalan el punto de arranque del hermoso movimiento que se distingue con dicho nombre. 

 

Fue mi gran amigo D. Ramiro de Maeztu uno de los primeros que me atribuyeron la creación del vocablo «Hispanidad» en su libro Defensa de la Hispanidad, publicado a principios de 1934. El ejemplar que me envió a mi residencia habitual de Buenos Aires lleva esta dedicatoria autógrafa: «Al Rev. P. Zacarías de Vizcarra, creador del vocablo ´Hispanidad´ con la admiración y la amistad de Ramiro de Maeztu.» Y en la página 19 de la obra se lee: «La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra.»

 

El inolvidable Cardenal Gomá, en su famoso discurso del teatro Colón, de Buenos Aires, se refirió en términos parecidos al origen del vocablo: «Ramiro de Maeztu –dijo– acaba de publicar un libro en ´Defensa de la Hispanidad´, palabra que dice haber tomado del gran patriota Sr. Vizcarra y que ha merecido el ´placet´ del académico D. Julio Casares.» (Juan Gil Prieto, O. S. A., «La Sección Española del XXIII Congreso Eucarístico Internacional», Buenos Aires, 1934, pág. 425.) 

 

En el número de febrero de 1936, la revista madrileña «Hispanidad» repetía la misma idea: «Mucho y bueno sabe D. Ramiro de Maeztu –escribía– de la fecunda labor que en la Argentina ha realizado y sigue realizando el autor de la palabra ´Hispanidad´.» Con frase más precavida, por recordar quizá alguna de mis aclaraciones anteriores, escribía así en su obra Ideas para una filosofía de la historia de España el docto catedrático D. Manuel García Morente: «¿Cómo designaremos eso que vamos a intentar definir y simbolizar?... Existe una palabra –lanzada desde hace poco a la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es ´Hispanidad´. Nuestro problema puede exactamente expresarse en los términos siguientes: ¿qué es la hispanidad?» (Signo, 23 enero de 1943).

 

Veremos en estas líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las demás antes citadas, aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación satisfactoria.

 

Antigüedad del vocablo material «Hispanidad»

 

Basta hojear los viejos diccionarios castellanos para encontrar en ellos esta palabra, aunque con diversa significación de la que ha recibido actualmente y con la esquela mortuoria de «anticuada». Así, por ejemplo, la quinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1817, dice así: «Hispanidad, s. f., ant. Lo mismo que Hispanismo.» Y a continuación define así esta otra palabra: «Hispanismo, s. m. Modo de hablar peculiar de la lengua española, que se aparta de las reglas comunes de la Gramática. Idiotismus hispanicus.»

 

Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año 1531 y conservado como preciosidad bibliográfica en la Biblioteca de la Real Academia de la Lengua. «De los oradores –dice Vanegas– M. Tull. y Quinti. son caudillos de la elocuencia, aunque no les faltó un Pollio que hallase hispanidad en Quintiliano», &c. (segunda parte, cap. V).

 

Más aún: es probable que los romanos del siglo primero después de Cristo empleasen la palabra «hispanitas» (hispanidad) para designar los giros hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido que el propio Quintiliano usa la palabra «patavinitas» (paduanidad) al hablar del latín, de Tito Livio. «Pollio –dice– deprehendit in Livio patavinitatem», es decir: «Polión encontró patavinidad (paduanidad) en Livio.» (De Institutione Oratoria, libro I, cap. V).

 

Pero date o no date del siglo primero la materialidad de la palabra «Hispanidad» lo cierto es que no tenía la significación que luego se le ha dado, y era además inusitada hasta en su acepción gramatical.

 

¿Cuándo y por qué se desenterró esta la palabra y se le infundió vida nueva, para encarnar dos conceptos modernísimos?

 

Esto es lo que tratan de aclarar las presentes líneas.

 

Orígenes del «Día de la Raza»

 

El poeta y periodista argentino Ernesto Mario Barreda, en un largo artículo publicado en La Nación de Buenos Aires el 12 de octubre de 1935, narra sus visitas al puerta de Palos y al convento de La Rábida en 1908, la entrega que hizo de un álbum que la Sociedad Colombina dedicó al presidente de la nación argentina, la fundación de la Casa Argentina de Palos, llevada a cabo por el cónsul de aquella república en Málaga, el entusiasta hispanófilo D. Enrique Martínez Ituño, y la celebrada el día 12 de octubre de 1915 por primera vez con el nombre de Día de la Raza en dicha Casa Argentina.

 

El documento impreso que cita está encabezado así: «Casa Argentina. –Calle de las Naciones de Indias Occidentales. –Carretera de Palos a La Rábida. –Club Palósfilo. –Hijas de Isabel. –Día de la Raza, 12 de octubre de 1915.» Luego se copian unos versos del mismo poeta Barreda alusivos a las carabelas de Colón y se exponen las razones de la nueva festividad, epilogadas con este apóstrofe a España: «Reunidos en la Casa Argentina los Palósfilos y las Hijas de Isabel en este Día de la Raza, hacemos votos para que con tus hijas las Repúblicas del Nuevo Mundo formes una inteligencia cordial. Y un abrazo fraterno sea el lazo de unión de los defensores de la Ciencia, el Derecho y la Paz.»

 

Esta iniciativa encontró eco en América, y sobre todo en Buenos Aires, aunque no todos los que allí aplaudíamos la sustancia de la fiesta estábamos de acuerdo con el nombre con que se la designaba.

 

Con fecha 4 de octubre de 1917, el Gobierno de la nación argentina, con la firma del presidente y de todos los ministros, declaró fiesta nacional el 12 de octubre, dando estado oficial a la afortunada iniciativa particular nacida dos años antes en una Casa Argentina.

 

Aunque en el texto del famoso y magnífico Decreto del Gobierno nacional no se habla de Día de la Raza ni se menciona siquiera la palabra «raza», sin embargo, la mayor parte de la Prensa se sirvió de aquella denominación, y se tituló «Himno a la Raza» el que compuso para el 12 de octubre del mismo año el patriota español don Félix Ortiz y San Pelayo, y fue cantado solemnemente en el teatro Colón por cinco masas corales reunidas.

 

Por las razones que luego indicaré no me satisfacía el nombre de Día de la Raza, que iba adquiriendo cada vez mayor difusión. Era necesario encontrar otro nombre que pudiera reemplazarlo con ventaja. Y no hallé otro mejor que el de «Hispanidad», prescindiendo de su anticuada significación gramatical y remozándola con dos acepciones nuevas, que describía yo así en una revista de Buenos Aires que no tengo a mano ahora en Madrid, pero que encuentro citada en la mencionada revista Hispanidad de Madrid, en el número de 1 de febrero de 1936: «Estoy convencido –decía en ella– de que no existe palabra que pueda sustituir a ´Hispanidad´... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra ´Hispanidad´ y otras dos voces que usamos corrientemente: ´Humanidad´ y ´Cristiandad´. Llamamos ´Humanidad´ al conjunto de todos los hombres, y ´humanidad´ (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos ´Cristiandad´ al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de ´cristiandad´ (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra ´Hispanidad´: significa, en primer, lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.»

 

Estas dos acepciones nuevas de la palabra «Hispanidad» nos podían permitir reemplazar ventajosamente el vocablo «raza» que, como escribía yo en la mima revista, me parecía «poco feliz y algo impropio»; pero no figuraban todavía en los diccionarios. Por eso, en un escrito que publiqué en Buenos Aires en 1926 bajo el título «La Hispanidad y su verbo», y obtuvo amplia difusión en los ambientes hispanistas, elevaba a la Real Academia de la Lengua esta modesta súplica: «Si tuviéramos personalidad para ello, pediríamos a la Real Academia que adoptara estas dos acepciones de la palabra ´Hispanidad´ que no figuran en su Diccionario.»

 

En efecto: en la decimaquinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1925, seguía presentando la palabra «Hispanidad» como anticuada, con el sentido gramatical de siempre, en esta forma: «Hispanidad, f., ant. Hispanismo.»

 

Hubo que esperar a la decimasexta edición, divulgada oficialmente en 1939, para encontrar una nueva definición oficial de esta palabra que supone un progreso en la materia, aunque no nos parece todavía suficiente clara ni completa. Dice así: «Hispanidad, f. Carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura española. 2. ant. Hispanismo.»


Esperamos que el progreso iniciado se completará en sucesivas ediciones del Diccionario oficial. 

 

Impropiedad e inconvenientes de la denominación «Día de la Raza» 

 

Absolutamente hablando, puede darse explicación satisfactoria a la denominación Día de la Raza tomando esta palabra en un sentido metafórico, equivalente a «tipo moral» cualquiera que sea la raza fisiológica a que pertenezcan los que lo comparten.

 

Pero como no se puede andar explicando continuamente a todo el mundo la significación impropia y translaticia del vocablo, asociamos instintivamente a la palabra su sentido fisiológico, y nos suena como cosa absurda hablar de «nuestra raza» a un conglomerado de pueblos integrados por individuos de muy diversas razas, desde las blancas de los europeos y criollos hasta las negras puras, pasando por los amarillos de Filipinas y los mestizos de todas las naciones hispánicas. En realidad, ni siquiera los habitantes de la Península Ibérica pertenecen a una sola raza. Desde los tiempos prehistóricos viven en España pueblos dolicocéfalos, braquicéfalos y mesocéfalos de las más diversas procedencias, que los historiadores no han sido capaces de fijar. A la variedad de las razas prehistóricas se añadió luego la mezcla de fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, suevos, árabes, &c., &c... que ha hecho cada vez más absurda la pretensión de catalogar racialmente a los mismos españoles peninsulares. Son, pues, inevitables las sonrisas cuando se habla de «nuestra raza» ante un auditorio de blancos, negros y amarillos y aceitunados, sobre todo si no es blanco el orador.

 

Por otra parte, tiene algo de matiz peyorativo para las demás razas del mundo el que nuestra supuesta «raza» no se llame «esta» o «aquella» raza determinada, sino precisamente LA RAZA por antonomasia.

 

No es necesario insistir más para ver las razones que me movieron a escribir que me parecía «poco feliz y algo impropio» el nombre puesto originariamente al Día de la Raza. Lo he podido comprobar experimentalmente en varias partes de América durante mi estadía de veinticinco años en ella.

 

Ventajas de la denominación «Fiesta de la Hispanidad» 

 

El concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad» superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la ´Cristiandad´ expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la ´Humanidad´ abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla. 

 

Todas las naciones hispánicas han heredado un patrimonio común, transmitido por antepasados comunes, aunque luego cada una de ellas haya aumentado su herencia con nuevos bienes y nuevas glorias, que constituyen el patrimonio intangible y soberano de cada una de ellas. Pero así como en las varias familias procedentes de un tronco ilustre la existencia de distintos patrimonios privados no impide el amor y culto de las glorias que abrillantan la común prosapia, así también en las naciones, sin menoscabo de las glorias privativas de cada una, cabe el amor y culto del patrimonio común, sobre todo cuando es necesaria la colaboración de todos los herederos para conservarlo y defenderlo.

 

La denominación «Fiesta de la Hispanidad» presenta a todos los pueblos hispánicos este aspecto agradable y simpático de nuestra gran familia de naciones y constituye una invitación para el estudio y cultivo del patrimonio común, que a todos enorgullece y a todos aprovecha.

 

Cómo sienten la «Hispanidad» aun aquellos que no sienten la «Raza»

 

El día 13 de octubre de 1935 se inauguró en Buenos Aires la estatua del Cid Campeador, levantada en el centro geográfico de la ciudad, en presencia del señor Presidente de la Nación, del señor embajador de España y de otras altas representaciones. Pronunciaron los obligados discursos oficiales dos oradores que no llevaban apellidos de origen español ni podían sentir el ideal de la Raza, pero que supieron sentir y proclamar el ideal de la Hispanidad. 

 

El historiador argentino Dr. Ricardo Levene, al explicar la significación de la presencia del Cid en América la encontró en el concepto espiritual de la «hispanidad», que es común a todos los hispánicos, aunque no hayan heredado sangre española. «El pueblo del Cid –dijo–, como entidad ética, fue el creador de una actitud acerca de la fidelidad, acerca de la defensa del desvalido, la dignidad del caballero y el honor del hombre; no sólo el honor exterior, diré así, que nace obligadamente en las relaciones con los demás, sino el honor íntimo o profundo, que tiene por juez supremo a la conciencia individual. Del Cid en adelante, los héroes españoles e hispanoamericanos son de su noble linaje. Es que en América transvasó la desbordante vitalidad de la Edad Medía española, corriéndose impetuosamente por el tronco y las ramas la savia de la raíz histórica... La hispanidad no fue nunca la concepción de la raza única e invariable, ni en la Península ni en América, sino, por el contrario, la mezcla de razas de los pueblos diversos que golpeaban en oleadas sobre el depósito subhistórico. La hispanidad ha dejado de ser el mito del imperio geográfico... La hispanidad no es forma que cambia, ni materia que muere, sino espíritu que renace, y es valor de eternidad: mundo moral que aumenta de volumen y se extiende con las edades, sector del universo en que sus hombres se sienten unidos por el lado del idioma y de la historia, que es el pasado. Y aspiran a ser solidarios en los ideales comunes a realizar, que es el porvenir.» (El Diario Español, Buenos Aires, 14 de octubre de 1935, página 2.).

 

Después de este discurso, que tuve el gusto de escuchar al pie de la estatua del Cid, fue recibida ésta oficialmente, en nombre del Municipio de Buenos Aires, por el doctor Amílcar Razori, que con breves y sentidas palabras entregó «para la contemplación artística y enseñanza moral de los habitantes la figura legendaria del Cid Campeador, hijo de nuestra dilecta España, duro, recio e indómito como las llanuras de Castilla que le vieron nacer, bravío guerrero de las gestas más mentadas al través de los siglos en los campos de batalla y docto en las Cortes ciudadanas, defensor del débil, paladín de la honra, libertador de pueblos, sostén del derecho y de la justicia, paradigma y síntesis, en fin, de las nobles, de las grandes, de las profundamente humanas virtudes españolas.» (El Diario Español, página citada).

 

Misión ecuménica de la Hispanidad en todas las razas del mundo futuro

 

Este mundo nuestro que se derrumba, víctima de luchas raciales y apetitos materialistas, buscará un refugio de paz y fraternidad en las veinte naciones católicas de la Hispanidad, salvadas casi íntegramente del incendio de la guerra y relativamente inmunizadas contra las más peligrosas reacciones de la posguerra.

 

La Hispanidad Católica tiene que prepararse para su futura misión de abnegada nodriza y caritativa samaritana de los infelices de todas las razas que se arrojarán a sus brazos generosos. La Providencia le depara a corto plazo enormes posibilidades para extender en gran escala su acción evangelizadora a todos los pueblos del orbe, poniendo una vez más a prueba su vocación católica y su misión histórica de brazo derecho de la Cristiandad.

 

Por eso es necesario estrechar cada vez más los lazos de hermandad y colaboración entre los grupos más selectos de la Hispanidad Católica, prescindiendo de razas y colores mudables, para afianzar más las esencias inmutables del espíritu hispánico. 

 

Conclusión  

Creemos que estas líneas contribuirán a esclarecer más el origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, y a justificar el empleo cada vez más universal de la denominación «Fiesta de la Hispanidad» en sustitución de la anterior, menos expresiva y simpática, de «Día de la Raza».

 

Publicado en El Español. Semanario de la política y del espíritu. 

Madrid, año III, nº 102,  7 de octubre de 1944, pp. 1-13 

Publicado 14th July 2013 por RevistaArbil 

 

+++


 

España - Los hechos históricos de una nación con un pasado tan rico como la nuestra no pueden ser entendidos si se prescinde de que fueron protagonizados por personas, con sus virtudes y debilidades, sus errores y aciertos, en definitiva, sin el componente humano, que es lo que da sentido a una sucesión de acontecimientos que de otra forma resultarían incomprensibles, por más que se esfuercen quienes apuntan a la lucha de clases como clave interpretativa de los fenómenos históricos.

Somos lo que somos, por más que le pese a los ingratos y a los ignorantes ideologizados. España no es un invento de Franco, sino un conjunto de pueblos que inicia su historia compartida tres mil años atrás, cuando arribaron a nuestras costas los primeros visitantes mediterráneos y ya se referían a nosotros con un término común. En estos tres mil años ha habido de todo: cosas malas, cosas buenas, incluso episodios sublimes que llenan de orgullo a quienes no renunciamos a nuestro derecho de reconocernos herederos de esa tradición. Fuimos (sí, fuimos) los primeros en circunnavegar el planeta y los primeros en ir a América para conquistarla. Cualquiera que no se avergüence de, por ejemplo, esos dos jalones de nuestro pasado disfrutará enormemente leyendo este libro.

Ante tanta miseria contemporánea, reconciliarse con nuestra historia común es casi una necesidad espiritual. Nosotros, los españoles cumple sobradamente esta función balsámica. Es un libro no solamente brillante y extraordinariamente bien escrito, sino algo mucho más importante, en estos tiempos que corren: necesario.

FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA: ‘NOSOTROS, LOS ESPAÑOLES’- Áltera (Barcelona), España- 2008, 318 páginas.

 

+++

 

Las calzadas romanas fueron fundamentales en la formación de España.

 

+++


NUEVA HISTORIA DE ESPAÑA. POR DR.PÍO MOA. 2014


España, como cultura, nace con la II Guerra Púnica. Por eso Nueva Historia De España comienza por ella. 

Antes de ser un concepto político, una nación, España era una cultura latina.La nación empezó con Leovigildo #NuevaHistoriaDeEspaña 

En cierto sentido Escipión el Africano y Leovigildo-Recaredo son los padres de España #NuevaHistoriaDeEspaña – 

La II Guerra Púnica no solo marca el origen de España, sino también de Europa. #NuevaHistoriaDeEspaña 

Si hubiera ganado Aníbal y no Escipión,no habría habido Imperio romano 

Si no hubiera habido Imperio romano, la historia de España y de Europa habría sido inimaginablemente distinta 

Sin la victoria romana, España habría caído en la órbita de las culturas africano-orientales #NuevaHistoriaDeEspaña – 

“Faltar pudo a Scipión Roma opulenta, 

mas a Roma Scipión faltar no pudo; 

sea Blasón de su envidia que mi escudo, 

que del Mundo triunfó, cede a su afrenta”.


Francisco de Quevedo y Villegas


+++


 

 

La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios.

 

Para los españoles, dos instituciones han representado el continuum de su identidad como pueblo, la fuerza integradora en la pluralidad de geografías y de psicologías humanas individuales y sociales: la Iglesia y la monarquía. La una, comunidad de trascendencia, como sustrato de humanidad y propuesta de síntesis entre la naturaleza y la vida, entre la razón y la fe; y la monarquía como correa de estabilidad y garantía de los derechos de los más.

 

Cumplía el domingo pasado(24.II.2008) el arzobispo de Toledo una larga tradición: la presencia de una alta dignidad eclesiástica en las sesiones de la Real Academia de la Historia. Satisfacía una alta misión para la con la sociedad española: la reflexión sobre el acontecimiento histórico que había unido inseparablemente España como proyecto común y la fe que habían predicado los varones apostólicos. Cuando el cardenal Cañizares pronunció su discurso de recepción pública en la citada Academia sobre El esplendor visigótico, momento clave en la edificación de España y para su futuro, a nadie le extrañó que lo que las políticas destructivas de la educación del Gobierno socialista han pretendido borrar de nuestro pasado iba a adquirir un protagonismo singular en un presente cargado de diatribas de mentira y falsedad, no sólo para el aquí y el ahora, también para el allí y el ayer.

 

Los hechos fueron y son tozudos. Aquel 7 de mayo del 589, bajo la presidencia del venerable Mausona, arzobispo emeritense, ante la presencia de sesenta y tres obispos y seis vicarios de las cinco provincias españoles, el rey Recaredo hizo profesión de fe en la doctrina de los cuatro Concilios generales, Niceno, Constantinopolitano, Efeso y Calcedonense y reprobó de los errores de Arrio, Nestorio, Macedonio, Eutiques y demás heresiarcas, amén de establecer una serie de decretos para todo el pueblo. Por primera vez en la historia de España, la unidad de religión, de culto, era tierra fecunda de unidad de hombres, de proyectos, de esperanzas. Como escribiera un día el arzobispo de Toledo cardenal Marcelo González Martín, "entonces se forjó la unidad católica de los pueblos de España. Lo que se consiguió entonces fue la pacificación de los espíritus –de los hispano-romanos, de los visigodos– que, libres ya de enfrentamientos a que daban lugar las disidencias religiosas, podían avanzar hacia el futuro con el gozo compartido de una misma fe y de un mismo modo de sentir en la consideración y análisis de os problemas de índole social y familiar, en el respeto y la función que se concedía a los tribunales de justicia, en la educación política y religiosa del pueblo en todas sus instancias".

 

Han pasado los siglos y se ha puesto en entredicho, en movimiento sinfónico, de una forma nunca vista la fe católica y la unidad de España. Han pasado los siglos y lo que ocurrió en el pasado sigue siendo motivo y razón para el presente. No se trata, ni mucho menos, de la confesionalidad del Estado, ni la religión política, ni de la vuelta al nacional-catolicismo. Se trata de dos claves presentes en la historia que han sido fecundas para la historia. El cardenal Cañizares, maestro de la esencia íntima de España, nos ha ofrecido una lección de la historia para el hoy en forma de preguntas. Una lección que no debemos olvidar. Se preguntó el cardenal de Toledo y Primado de España:

 

¿Será cristiana la España del mañana? Lo será en cuanto se mantenga en sus raíces, en cuanto mantenga viva su memoria y su identidad. Pero aún podríamos preguntarnos con mayor radicalidad: ¿Será España si deja de ser cristiana, si renuncia a la memoria de los orígenes que le dieron lugar y existencia, esto es, si renuncia a sus raíces y fundamentos cristianos? Si deja de ser cristiana, si sucumbe a fuerzas disgregadoras, y olvida o, peor, suprime las raíces cristianas que le dan unidad e identidad, España dejará de ser España, dejará sencillamente de ser; será otra cosa u otras cosas.

 

No hay más que mirar atrás y descubrir que, en los momentos de esplendor de España, la fe católica ha sido el aliciente y el motor de su gloria. 2008-II-28

 

+++

  

 

Mujer mahometana - 2005.10. Pakistan

 

Lo dijo claramente Benedicto XVI a la comunidad musulmana en Colonia: «El creyente –y todos nosotros, como cristianos y musulmanes, somos creyentes– sabe que puede contar, no obstante su propia fragilidad, con la fuerza espiritual de la oración». Quienes no reconocen esta fuerza, quienes la reducen a la intimidad de la conciencia, quienes, en definitiva, desconfían del poder infinito de Dios, necesariamente tienen que acudir a las solas fuerzas de sus propias manos. Cuando se trata de imponer la fe por la fuerza –o la no fe, como hace el laicismo imperante en la Europa empeñada en romper con sus raíces cristianas– es que ya se ha dejado de tener verdadera fe en Dios, única fuente de la auténtica libertad y del verdadero progreso. Benedicto XVI se lo dijo también a los jóvenes, durante la Vigilia de oración de la Jornada Mundial de Colonia, recordando las revoluciones del pasado siglo XX, «cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones». De este modo, «la absolutización de lo que no es absoluto se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza». El problema de nuestro mundo, evidentemente, no sólo está en Turquía. Desgajados de la Raíz, ¿qué clase de futuro puede esperar a Europa, y al resto del mundo? Las raíces cristianas, ciertamente, no son un hecho menor. 2005.

 

+++

 

Tres lugares comunes - Denigración

de la hispanidad: algunas respuestas

 

 

 

 ...de las leyendas negras…


Introducción

La conmemoración del Quinto Centenario reavivó, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.

Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta.

La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.

La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.

Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altas razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.

Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias. Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente

No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas. Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados Borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.

La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con los metales preciosos americanos.

Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno ; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. Unicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente —y reprueba semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos" u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo acconomicus.

Pero aclaremos un poco mejor las cosas.

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones finaneleras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación": ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuiclos antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos.

De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero sería después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.

Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "el Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y estructuras que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.

Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por que España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

El genocidio indígena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.

Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indlos dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas multhussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curloso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su articulo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable. Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico".

La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicidica como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral",. la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.

Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los índlos de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a Méjico.

Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante.

Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.

Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacia otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.

La Hispanidad de Isabel y de Fernando no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.

Agradecemos al autor - www.apologetica.org

 

+++

 

 

Leonor – nombre de reinas

 

Leonor, el nombre elegido por los Príncipes de Asturias para su primogénita, tiene tras de sí una larga tradición en las diferentes dinastías españolas pero no es uno de los nombres más habituales escogidos por los padres actuales para sus hijas. Cinco reinas de Aragón, dos de Castilla y otras dos del Reino de Navarra se han llamado Leonor a lo largo de siglos de historia de la Monarquía española.

 

Leonor de Aquitania. (1122) Conocida como «la Reina rebelde», Leonor de Aquitania fue reina dos veces, una de Francia y otra de Inglaterra. Era hija del último duque de Aquitania, Guillermo X, y heredera de este ducado (que se extendía desde el Loira hasta los Pirineos y era más extenso que los dominios directos del rey de Francia). En 1137, a los 15 años de edad, contrajo matrimonio con el hijo de Luis VI, rey de Francia, a quien ese mismo año sucedió en el trono como Luis VII.


Leonor de Plantagenet (1156-1214). Reina de Castilla (1170-1214). Hija de Enrique II, rey de Inglaterra, y de la duquesa Leonor de Aquitania, contrajo matrimonio en 1170 con Alfonso VIII, quien fue coronado a los doce años. La pareja tuvo once hijos. Leonor de Castilla murió el 25 de octubre de 1214, tres semanas después de que lo hiciera su marido Alfonso VIII.

Leonor (1202-1244). Infanta de Castilla y Reina de Aragón. Séptima hija de Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet. Contrajo matrimonio en 1221 con Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, con quien tuvo un hijo. El matrimonio fue disuelto en 1229 por el parentesco demasiado próximo entre los cónyuges.

Leonor de Castilla (1241-1290). Reina de Inglaterra (1272-1290). Nacida en 1241 del segundo matrimonio del rey Fernando III de Castilla con la condesa Juana de Ponthieu, contrajo matrimonio en Burgos el 1 noviembre de 1254 con el heredero inglés, el futuro Eduardo I. En 1255 llegó a Londres y en 1272 su marido accedió al trono.
ESPAÑA. LEONOR REINAS


Leonor, Princesa de Inglaterra. Hija de Eduardo I y Leonor de Castilla, contrajo matrimonio por poderes con Alfonso III de Aragón, aunque el matrimonio nunca llegó a consumarse.

Leonor de Castilla (1307- Castrojeriz-1359). Reina de Aragón (1329-1336). Hija de Fernando IV de Castilla y de Constanza de Portugal, fue la segunda esposa de Alfonso IV el Benigno, quien había enviudado de Teresa de Enteza; con quien se casó para estrechar la alianza castellano-aragonesa, conspiró en favor de sus hijos, para los que obtuvo el reino de Valencia. En 1335 pasó a Castilla, donde fomentó la guerra contra la Corona de Aragón. Fue ejecutada tras la traición de su hijo Fernando]

Leonor de Portugal (1328-1348). Reina de Aragón (1347-1348). Hija del rey de Portugal Alfonso IV, fue la segunda esposa de Pedro IV el Ceremonioso, con quien contrajo matrimonio en 1347.

Leonor de Trastámara (1350-1415). Reina de Navarra (1403-1416). Hija de Enrique II de Castilla, contrajo matrimonio el 27 de mayo de 1375 con el futuro rey Carlos III el Noble de Navarra. En febrero de 1388 obtuvo permiso de su marido para regresar a la corte castellana. En marzo de 1395 volvió a Pamplona a consecuencia del tratado de amistad entre Castilla y Navarra, y en 1403 fue coronada reina de Navarra.

Leonor de Sicilia. Reina de Aragón (1349-1375). Hija de Pedro II de Sicilia y tercera esposa de Pedro IV el Ceremonioso. Se casó en Valencia tras renunciar al trono de Sicilia y tuvo cuatro hijos con el monarca aragonés. Murió en 1375.

Leonor de Aragón (1358-1382). Reina de Castilla (1379-1382). Hija de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón y de Leonor de Sicilia. En 1375 contrajo matrimonio con Juan, hijo del futuro rey de Castilla Enrique II. Tuvieron dos hijos y Leonor murió después del parto del tercero, en 1382.

Leonor de Alburquerque (1374-1435). Reina de Aragón (1412-1416). Fue Reina de Aragón tras su matrimonio con su sobrino, Fernando I de Aragón. Era hija de Sancho de Castilla y de Beatriz de Portugal. Fueron coronados Reyes de Aragón en 1412 y, tras la muerte en 1416 de Fernando I, Leonor de Alburquerque regresó a Castilla.

Leonor de Aragón (1405-1445). Reina de Portugal (1433-1438). Hija menor de Fernando I y Leonor de Alburquerque, se casó en 1428 con el futuro rey Eduardo de Portugal y fueron coronados en 1433. El Rey murió en 1438 y, aunque había designado regente a Leonor, las Cortes portuguesas rechazaron la voluntad del Monarca fallecido y nombraron regente a Pedro I de Coimbra. Leonor afrontó una insurrección popular y tuvo que refugiarse en Castilla.

Leonor, Infanta de Castilla (1423-1425). Hija de Juan II y María de Aragón, murió a los dos años de edad.

Leonor de Portugal. Emperatriz de Alemania (1434-1467). Hija de Eduardo de Portugal y de Leonor de Aragón, se casó por poderes en Lisboa con el emperador de Alemania, Federico III, en 1451.

Leonor de Aragón (1420-Tudela,1479). Reina de Navarra (1479). Hija menor de Juan II de Aragón y Blanca I de Navarra. En 1436 contrajo matrimonio con el noble Gastón de Foix. En 1455 el rey Juan II proclamó a Leonor su heredera en Navarra, tras desposeer a sus hijos Carlos de Viana y Blanca de Ervreux, y en 1464 la nombró gobernadora de Navarra. El 28 de enero de 1479, tras la muerte de Juan II, Leonor fue proclamada reina en Tudela, fue coronada con el apoyo de Fernando el Católico y quince días después falleció. Reina de Navarra: poco después de ser designada heredera de Navarra (1455) estalló la lucha entre sus partidarios, beaumonteses, y los de Juan II, agramonteses.


Doña Leonor de Austria (1498-1558). Reina de Portugal (1519-1521) y de Francia (1530-1547). Nacida en Lovaina en 1498 era nieta de los Reyes Católicos y primogénita de Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso (hermana mayor de Carlos). El 7 de marzo de 1519 contrajo matrimonio con Manuel I el Grande de Portugal. Tras su muerte, en 1521, abandonó Portugal y en 1530 se casó con Francisco I de Francia. Después de la muerte del rey francés en 1547 Leonor regresó a España y murió en Talavera de la Reina en 1558.

 

Leonor de Borbón. (2005-10-31) Cuando Don Felipe y Doña Letizia sean Reyes, la primogénita se convertirá en la XXXVI Princesa de Asturias como Heredera de la Corona y recibirá también los títulos de Princesa de Gerona y de Viana, Duquesa de Montblanc, Condesa de Cervera y Señora de Balaguer, según la tradición de la Monarquía española.

La recién nacida es el séptimo miembro de la undécima generación de la Dinastía Borbón en España. En la línea de sucesión le seguirán: su tía, la Infanta Doña Elena (que pasa al tercer lugar), los dos hijos de ésta, Felipe Juan Froilán y Victoria Federica y la Infanta Doña Cristina y sus cuatro hijos, Juan, Pablo, Miguel e Irene, que ocupará el décimo lugar. 2005-10-31

-.-

 

Leonor tiene, según dijo a Efe el vicedirector de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, Jaime de Salazar, origen provenzal y una larga tradición medieval en todas las dinastías peninsulares. Una tradición interrumpida después de Leonor de Austria, la hermana de Carlos V, que fue reina de Portugal y más tarde de Francia, ya que desde entonces no lo han llevado reinas ni princesas españolas.

También en el terreno de las artes, Leonor goza de numerosos antecedentes. El académico Gregorio Salvador dijo a Efe que ese nombre fue muy usado en el teatro del Siglo de Oro por autores como Calderón de la Barca y Lope de Vega, entre otros, debido a que es corto y fácil de rimar. Desde el teatro, el nombre se hizo muy popular en la sociedad de esa época.

Sobre el significado o etimología del nombre, Jaime de Salazar, explicó que, como en muchos otros casos, existen multitud de teorías distintas, entre ellas la que lo sitúa en el sur de Francia como "Alia Enor", es decir "otra Enor". Otras teorías lo sitúan como una variante de los nombres León y Honorio o como procedente del vocablo griego antiguo "Eleos", que significa compasión.

Según otra fuente, podría ser de origen hebreo, Ellinor, que significa "Dios es mi luz" ("el" dios y "owr" luz, según el léxico del Viejo Testamento). No obstante, otras fuentes señalan que podría ser sólo una variante de "Elena". En la actualidad, se corresponde en inglés a "Eleanor", en francés a "Eléonore" y en italiano a "Eleonora". La onomástica de las Leonor se celebra el 22 de febrero y el 1 de julio.

-.-

 

La línea real de los Borbones de España tiene por origen la controvertida instalación en el trono de España en 1700, bajo el nombre de Felipe V, del Duque de Anjou, Philippe, nieto de Luis XIV, el ´rey sol´.

 

Éste era nieto de Enrique IV, fundador en Francia de la dinastía de los Borbones, en el siglo XVI, surgidos de los Capetos.

 

A Felipe V lo sucedieron en el trono de España un cierto número de Borbones hasta Juan Carlos I, actual rey de España, pero no de manera ininterrumpida.

 

Hubo en la historia algunos paréntesis, sobre todo el de José Bonaparte (1808-1814), hermano de Napoleón, de Amedeo I (Casa Saboya, 1870-73), de la Primera República (1873-75), de la Segunda República (1931-39) y el del régimen del dictador Francisco Franco (1939-75).

 

Además de Felipe V, los Borbones que accedieron al trono español entre los siglos XVIII y XX fueron: Luis I, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII y Juan Carlos I, quien reina desde 1975.

 

Isabel II reinó desde 1833 a 1868 tras la abolición por su padre Fernando VII de la ley llamada "sálica", que prohibía reinar a mujeres.

 

La Constitución española de 1978 devolvió la preeminencia a los varones en la sucesión al trono.

 

La infanta Leonor de Borbón, actualmente segunda en el rango sucesorio, podrá reinar solamente si no tiene hermanos varones o si se modifica la Constitución.2005. 10.31

 

+++

 

  

Latinidad e hispanidad

 

 

Por Aquilino Duque

El inolvidable don José de la Peña y Cámara, director que fue del Archivo de Indias de Sevilla, solía decir que los ingleses habían colonizado América a la fenicia y los españoles a la romana. Por su parte, Julián Marías, si no recuerdo mal, decía que la colonización inglesa era un trasplante y la española un injerto.

 

Ambas imágenes son complementarias, y a mi juicio es muy importante reivindicarlas en unos tiempos como los que corren, en que tendemos a enjuiciar el descubrimiento, la conquista y la evangelización del Nuevo Mundo desde los chatos y obtusos criterios de una Modernidad hipócrita en los que todas las civilizaciones están en un absoluto pie de igualdad. Me refiero, claro está, a las civilizaciones del pasado, porque ya sabemos que, entre las civilizaciones contemporáneas, todas son pura barbarie menos la democracia neoliberal que el nuevo Imperio de Occidente impone a trancas y barrancas a diestra y a siniestra. Si esa igualdad de civilizaciones fuera auténtica, tendríamos un poco más de respeto por la islámica, por ejemplo, y a la vez seríamos capaces de defendernos de ella con más eficacia. Ya dice el refrán que "cada uno en su casa y Dios en la de todos".

 

En otros tiempos no sé si era así; el caso es que nadie dudaba en Occidente del deber de civilizar al "bárbaro" o al "salvaje". Eso es lo que hizo Roma con Hispania y lo que España hizo con América. Hay sin embargo quien, desde la "corrección política", se resiste a equiparar ambas civilizaciones alegando que la romana suscitó la adhesión espontánea y entusiasta, mientras que la hispánica se impuso a sangre y fuego. Al árbol hay que ir por sus frutos, y el hecho es que Hispania se romanizó a fondo a pesar de la resistencia tribal de Viriato o de Numancia, como las Indias occidentales se hispanizaron a pesar de Lautaro o de Tamanaco. Otro hecho fue que Roma tardó dos siglos en someter a la península ibérica y España conquistó todo un continente en obra de pocos años. Que Roma tenía una civilización superior a la de las tribus celtibéricas era cosa que nadie puso en duda hasta ahora, como hasta el siglo XX nadie ponía en duda que los Imperios neolíticos de Méjico o el Perú estuvieran en punto a civilización muy por debajo de la Europa del Renacimiento. Digo bien la Europa del Renacimiento porque fue a esta Europa a la que, como recordó Octavio Paz, España incorporó a América. Esa América ha dado en apellidarse "latina" desde el siglo XIX por mero prurito antiespañol, pero es que da la casualidad de que fue España la que le confirió la única "latinidad" de la que debería ufanarse. Don José de la Peña decía también, con toda la razón del mundo, que eso del "descubrimiento de América" era un chiste, ya que "América" no fue descubierta sino, como dijo el mejicano O’Gorman, "inventada". Lo que fue descubierto fue un Nuevo Mundo. Y si "descubrir América" es un chiste, nada digamos de apodarla "latina", que no es que sea un chiste, sino una broma, y una broma pesada. Porque una de las características de la llamada "América latina" es no ya su desconocimiento, sino su desinterés por el latín, y en ese sentido cabe decir ya que la madre patria no le va a la zaga, pues también aquí la revisión progresista de la Historia pasa por la eliminación de las Humanidades en los planes de estudio. Un ministro hubo tan progresista que llegó a decir que había que suprimir la enseñanza del latín y las matemáticas de los planes de estudio, ya que frustraban el ideal igualitario, puesto que el que era capaz de dominar estas disciplinas se sentía superior a los que no podían con ellas.

 

A mí no me duelen prendas a la hora de reconocer la superioridad de aquellos compatriotas que son capaces de remontarse a los orígenes más nobles de la cultura y la civilización hispánicas. También los envidio, con esa envidia que es tan difícil de deslindar de la admiración. Quiero aclarar que por compatriotas entiendo los que en las Cortes de Cádiz se llamaron "españoles de ambos hemisferios", y uno de esos compatriotas fue, por ejemplo, don Alfonso Reyes, vivo ejemplo del mestizaje entre las culturas prehispánicas y la latinidad llegada de Ultramar. Para mí no es Alfonso Reyes muy distinto de Séneca o de Lucano. Todos son hijos de la Roma quadrata impuesta en la península ibérica por las legiones de Escipión y de César y en el continente americano por los soldados de Cortés y de Pizarro. Cuando Lucano escribió la Farsalia, se hablaba una misma lengua en Córdoba y en Roma, como hoy se habla una misma lengua en Méjico y en Madrid. Ni Lucano ni Reyes escribieron en una lengua impuesta ni en una lingua franca, sino en su lengua materna. No niego que el latín fuera para muchos pueblos de la Antigüedad una lingua franca como lo fue el griego y como hoy lo es el inglés o como, en la Europa de entreguerras, lo fue el alemán o el francés para los naturales de naciones de lenguas muy minoritarias. Una de éstas era el rumano, y precisamente en Méjico hubo no hace mucho un congreso de escritores "latinos" en una especie de Hogar del Escritor Perseguido al que acudieron intelectuales rumanos. No me atreví a preguntarle a mi informante, una mejicana progresista, si el idioma en que se entendieron los congresistas fue el latín.

 

Pierre Grimal se maravilla de que en el lapso de unos siglos, la lengua de los campesinos del Lacio se convirtiera en uno de los más eficaces y duraderos instrumentos del pensamiento que la humanidad haya conocido. Yo, personalmente, cada vez que he tenido que dar cuenta de mi oficio de poeta, de mi trabajo con el idioma, de la formación de mi estilo, he invocado la importancia que para mí ha tenido el haber servido en la Marina y el haber estudiado Derecho. Y es que en un buque cada cosa tiene su nombre y no se admiten generalizaciones ni vaguedades, y en Derecho cada palabra ha de tener un significado inequívoco o una pérfida intención polisémica. Pues bien, esa lengua del campesino latino, al pasar de ser hablada a ser escrita, tiene su primera expresión en fórmulas jurídicas, en principios que se aprendían de memoria antes de grabarse en bronce o en mármol, de ahí que quepa decir que uno de los frutos de esa maravillosa construcción que fue el Derecho Romano fue el lenguaje poético.

 

Dice Ludwig Bieler, en su Historia de la literatura romana, que ésta se le presenta al crítico moderno "como un campo de ruinas, del que sólo acá y allá destaca algún monumento incólume o poco dañado. De entre los cerca de ochocientos autores de la antigüedad latina cuyos nombres conocemos, apenas una quinta parte nos habla desde al menos una obra conservada; de la mitad aproximadamente tenemos fragmentos que nos permiten un juicio literario; los demás son simples nombres…La mayoría de las obras perdidas sucumbieron en la Antigüedad tardía." No voy a enumerar aquí las obras perdidas de los grandes poetas y grandes prosistas a los que tanto debemos, pero sí rendir homenaje con Grimal a la paciente labor de reconstrucción y restauración llevada a cabo por los que él llama arqueólogos del idioma: los filólogos. Una muestra de esta labor es la que Rocío Carande nos da en estos Fragmentos de poesía latina épica y lírica*, de los que yo sólo puedo admirarme de la minuciosidad con que está recuperada cada tesela, cada fíbula, cada trozo de columna, cada torso de mármol. Esa arqueología lingüística viene además expresada en un castellano ejemplar, a través del cual nos llega con toda intensidad la fuerza poética del verso trunco, del aforismo lapidario, de la invectiva maliciosa, de la arenga encendida en que consisten estos brillantes y sugestivos fragmentos. Muchos de ellos son apenas una breve pincelada y hacen pensar en los hai-ku japoneses, y es todo lo que se conserva de sus autores; otros son más completos y conocidos, como el célebre Animula, blandula, vagula del emperador Adriano, cuya atribución por otra parte no es demasiado segura; otros son fragmentos de autores que tuvieron la fortuna de llegar a la posteridad con obras importantes: Cicerón, Ovidio, Virgilio, Catulo; otros en fin, como Albinovano Pedón, amigo de Ovidio, admirado por Marcial, son dignos de memoria por un solo fragmento transmitido por Séneca el Joven, en el que describe con un lenguaje lleno de fuerza y de misterio la navegación de Germánico por los mares boreales. 2004-11-06 L.D. España.

 

+++

 

 

 

 

Con toda la razón del mundo, Ignacio Alonso García recuerda que el lema del escudo de España es “plus ultra” y no “non plus ultra”. Se me trabucaron las ideas al hablar por la radio. Yo iba a que el signo del dólar ($) es la estilización de las dos columnas de Hércules y el lema “plus ultra” que se escribe en una cinta ondulante. Fue un añadido que Carlos I hizo al escudo real para reconocer la hazaña del descubrimiento de América. La leyenda dice que en las columnas de Hércules, que estaban en Gibraltar, figuraba el lema “Non plus ultra”, es decir, no hay tierras más allá del océano. Por eso, al descubrirse América, el lema legendario se trocó en “plus ultra”, esto es, sí hay tierras más allá. 2004.

(Nota: Ahora en Europa con el ´Euro´, las dos columnas han quedado horizontales y no verticales). 

 

+++

 

 

 

 

«Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las criaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en motivos de alabanza y gloria del Creador» (LEON MAGNO, Sermón 7 en la Navidad del Señor, 2.6; LIT HOR VIERNES V T.O.)

 

+++

 

1557 – 11 de septiembre. Nace en Peralta de la Sal, Huesca España, José de Calasanz, pedagogo y fundador de a Congregación de las Escuelas Pías que tanto han hecho por la educación del pueblo hispano-hablante y los más necesitados.

 

+++

 

1609 – 11 de septiembre. Felipe III decreta la expulsión de los moriscos de Valencia y Castilla, que tantos problemas estaban causando a la convivencia con los cristianos y judíos.

 

+++

 

1766 – 11 de septiembre. Real cédula de Carlos III disponiendo la admisión de los indígenas americanas en las comunidades religiosas y su aceptación para cargos civiles.

 

+++

Desde que el hombre es hombre, reza. Siempre y por doquier el hombre se ha dado cuenta de que no está solo en el mundo, que hay Alguien que lo escucha. Siempre se ha dado cuenta de que necesita a Otro más grande y que debe tender a Él para que su vida sea lo que tiene que ser. Del alba al ocaso del sol el hombre se dirige a Dios

 

La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión{la Iglesia Católica fundada por Jesucristo - Dios nuestro}

 

+++

 

"En caso de hallar un documento en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por E-Mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo documentos fieles al Magisterio."

 

+++

 

1) Atribuir a la Iglesia Católica “la postergación y humillación sistemática de la mujer”. Esta falsedad es todavía más grande, pues una de las causas de la difusión del primitivo cristianismo fue el papel importante que la mujer tuvo en él, muy por encima de la que tenía en el imperio romano. Y fue precisamente en la Edad Media cristiana donde la mujer alcanzó una dignidad y un poder como nunca había tenido.

El señor escritor Vargas Llosa debería leer, al menos, los libros de la medievalista francesa Règine Pernoud para salir de su error. Sin una serie de mujeres descollantes —Genoveva, Juana de Arco, Catalina de Siena, Eloisa, Hildegarda de Bingen, Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, etc.—, que eran admiradas y respetadas por las autoridades civiles y religiosas de su tiempo, incluido el Papa, posiblemente la civilización europea habría sido imposible. Cualquier mujer podía entonces establecer un negocio o adquirir una propiedad sin autorización de su marido. Y fueron las damas del medioevo las que educaron y afinaron a los hombres, crearon el amor cortés, la galantería y el honor de servir el hombre a la mujer. ¿Donde está, pues, la “postergación y humillación sistemática de la mujer”? Fue con el Renacimiento y el nuevo auge del Derecho Romano cuando la mujer perdió los derechos que había ganado en la Edad Media.

-.-

 

2) Atribuir a la Iglesia Católica el haber mandado a la hoguera a millares de católicos e infieles en la Edad Media. El tema de la Inquisición merece un comentario más detenido y matizado del que es posible aquí. Remito a estudios serios sobre la Inquisición española como los del historiador inglés Henry Kamen o la española Beatriz Comella. Pero sí hay que saber, por lo menos, que su importancia no fue en la Edad Media, que termina en el Siglo XIV, sino en pleno Renacimiento y más allá, hasta el XVII y XVIII, que es cuando pasó del poder eclesiástico al poder civil.

Inquisiciones hubo tantas como religiones había en esos siglos. Para esa época, un ataque a la religión de un país —ya fuera la católica, la luterana, la anglicana o la calvinista— suponía algo tan importante para la estabilidad de su gobierno, como lo que es el terrorismo o la guerrilla para una democracia actual. En cuanto a la Inquisición española, en su momento de mayor auge, entre 1540 y 1700, los condenados a la hoguera fueron 1.346, que representan un 1,9% de todos los procesados. La Revolución Francesa, tan alabada por los laicistas como Vargas Llosa, en pocos días, llevó a la guillotina cifras posiblemente superiores, exterminó a todos los de la región de la Vandeé y además arrasó con gran cantidad de edificios y objetos de arte religiosos. Y todo eso en nombre de la igualdad, libertad y fraternidad.

 

+++

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

El mayor extravío de la mente humana es creer algo porque uno desee que sea así. Pasteur

 

+++

 

El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia.  Alexander Kuprin

 

+++

 

"Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras."  (Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó)

 

+++

 

«Usted no debe decirnos lo que dijo el soldado ni ninguna otra persona, señor», respondió el Juez: «Esto no es evidencia». 

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

En la mayor parte de los países, «son los pobres y los que no tienen ningún poder los que deben sostener de modo más directo el impacto de la degradación medioambiental». «Imposibilitados de hacer otra cosa, viven en tierras contaminadas, cerca de descargas de residuos tóxicos»; «los agricultores de subsistencia eliminan bosques y forestas para sobrevivir. Sus esfuerzos para llegar a fin de mes, perpetúan el círculo vicioso de pobreza y degradación medioambiental». La necesidad extrema es «la peor de todas las contaminaciones», observó.
«La crisis medioambiental es un desafío moral». Arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas. 2007.X.31

 

 

gracias por venir a visitarnos

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

Recomendamos: ‘Desafíos cristianos de nuestro tiempo’, editado por Rialp. El autor, sacerdote, repasa algunos de los problemas más habituales a los que se enfrentan los cristianos hoy. Toca, por ejemplo, la cuestión del evolucionismo y el creacionismo para explicar de qué manera son complementarios, apoyándose en el magisterio de los distintos Papas. Otro tema de actualidad que no soslaya es la presencia del mal en el mundo. Y tampoco evita el cómo enfrentarse al dolor y a la muerte.  En opinión del autor, «la crisis del amor constituye el mar de fondo de las tormentas que agitan las aguas del Primer Mundo», y corresponde a los cristianos retomar el mandamiento nuevo del Señor. El laicismo intransigente en que vivimos anima a tomar ejemplo de los mártires y a hacernos presentes en la vida pública.

«Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad»; esta frase pertenece a Lenin y es citada por el doctor JOSEPH GOEBBELS que siempre ha admirado el nacional- socialismo comunista, hasta el final de su vida.

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).