Friday 30 July 2010 | Actualizada : 2010-07-26 
Inicio > Temas Católicos > Misa - 1º ¿Qué es? liturgia, sacrificio, alianza, cena del Cordero Scott Hahn
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17

 

 

Se da una íntima relación entre «celebrar la Eucaristía» y anunciar a Cristo. Entrar en comunión con Él, memorial de Pascua, significa al mismo tiempo, convertirse en misioneros del acontecimiento que actualiza el rito; en un cierto sentido, significa hacerlo contemporáneo a toda época, hasta cuando el Señor vuelva.

 

 

¿Porqué ir a misa?...- Un asiduo asistente a Misa le escribió al editor de un periódico quejándose que no tenía sentido ir a Misa todos los domingos: "He ido durante 30 años - escribía - y durante ese tiempo habré escuchado como 3,000 sermones. Pero juro por mi vida que no recuerdo ni uno solo de ellos. Por eso pienso que estoy perdiendo mi tiempo, y los sacerdotes también dando sermones". Así empezó una controversia en la columna de "Cartas al Editor".

Para deleite del editor, la controversia continuó por varias semanas, hasta que alguien escribió lo siguiente: "Ya llevo casado 30 años. Durante todo ese tiempo, mi esposa debe haber preparado 32,000 comidas, y juro por mi vida que no me acuerdo de un solo menú. Pero sí sé esto: Todas me alimentaron y me dieron la fuerza que necesitaba para hacer mi trabajo. Si mi esposa no me las hubiera preparado, estaría físicamente muerto el día de hoy. ¡De la misma manera, si no hubiese ido a la iglesia para alimentarme, estaría espiritualmente muerto en la actualidad!".

Cuando estás desorientado y sin saber qué hacer: ¡Dios tiene algo para ti! La fe ve lo invisible, cree lo increíble y recibe lo imposible... La fe acepta el misterio y reprueba la sinrazón.
¡Gracias a Dios por nuestro alimento material y espiritual que recibimos en su Iglesia!
«La Verdad, en una sociedad que favorece la mentira, genera violencia contra el engaño»

 

+++

 

En castellano se suele decir "voy a oír misa" y la razón del uso del verbo "oír" y no asistir, ir o aún escuchar es que, antiguamente, en las iglesias el coro ubicado en el medio de la nave central impedía ver el altar (que para mayor inri el sacerdote estaba de espaldas) por lo que sólo se podía oír al celebrante. ¿Cuántos de los asistentes escuchaban?

Añado que la expresión más acabada del carácter pasivo de la acción de "oír" es el dicho de "oye como quien oye llover" (= con indiferencia respecto al interlocutor). Sin embargo, sigo insistiendo en la sustitución de "oír" por "escuchar" cuando se refiere a lo que se oye por la radio o la televisión, aunque tantas veces ese estímulo sea soporífero. Es muy posible que esa sustitución se haya reforzado por la influencia del habla hispanoamericana. Amando de Miguel - 2007-10-26

 

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Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy. No veo el camino ante mí. No puedo saber con certeza dónde terminará. Tampoco me conozco realmente, y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo. Creo que el deseo de agradarte, de hecho te agrada. Y espero tener ese deseo en todo lo que hago. Espero que nunca haré algo apartado de ese deseo. Y sé que si hago esto me llevarás por el camino correcto, aunque yo no sepa nada al respecto. Por lo tanto, confiaré en ti aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte. No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros. Thomas Merton, "Pensamientos en la Soledad”

 

+++

 

Debemos con fuerza censurar a los "showman", o párrocos que micrófono en mano convierten la Misa en un mitin o espectáculo litúrgicamente incorrecto. La Misa es el acto más sagrado que existe y los ministros de Jesús deben ponerse a la altura de lo que celebran.

Nunca lo estarán si no luchan ávidamente por la santidad, nunca si no interiorizan el don excelso con el que han sido signados. Los sacerdotes son otros Cristos. Ojalá ellos mismos se lo crean.

 

+++

 

¿Qué es «la Misa»?

 

Por Antonio Orozco Delclós

"Si el hombre conociera bien este misterio -decía el santo Cura de Ars-, moriría de Amor". Si no hemos muerto de Amor es que no conocemos de la Misa, la media.


Dos hombres inteligentes se confían sus íntimos secretos por las granadinas calles del Generalife. El crepúsculo es de oro. Uno de ellos, Manual de Falla, poseído por el genio de la música; el otro, José María Pemán, ilustre académico, escritor fecundo. Los ojos del primero relampaguean tras sus gafas redondas al hacer -sobre un fondo de arrayanes y rosales- la suprema confesión:

-Toda la ilusión de mi vida la cifré en escribir una misa...

El gesto expresaba un sentido de radical impotencia ante la magnitud de la empresa.

-Y... ¿por qué no la escribe usted?, inquiere Pemán

-Para escribirla sería preciso hallar notas tan humildes que resultaran a la Música lo que la prosa de Teresa de Jesús a la Literatura. Algo sublime a fuerza de sencillez y ausencia absoluta de vanidad..., y llena, sin embargo, del don de Sabiduría…

El músico sufría visiblemente por aquellas sendas pobladas del cantar de los ruiseñores. Pemán pensó en voz alta:

-Habría que cantar como ésos...

El símil resultó en exceso literario, y Falla atajó con indignación, contenida sólo por su exquisita cortesía:

-Tampoco... Habría que cantar como un ruiseñor ¡que lo supiera todo! (1)

¿Cómo componer, cómo cantar una Misa? ¿Cómo contar, si es el misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del cristianismo? (2). ¡Sería menester ver tantas cosas! Habríamos de comenzar viendo el origen, la generación eterna de la Palabra única del Padre, Verdad de su Belleza y Belleza de su Verdad: el Verbo, Sabiduría infinita, que, fundido con el Padre en un abrazo también eterno, eternamente espira al Espíritu Santo. Porque la Santa Misa (...) es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia (3). Por eso, asistiendo a la Santa Misa se aprende a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo, que de los dos procede (4).

Habríamos de asistir a la conversación trinitaria, a la libérrima y generosísima decisión: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (5), que hace de la creación no sólo algo bueno, sino muy bueno (6).

Yahvé encuentra sus delicias en el estar con sus hijos en el paraíso. Los llena de señorío y bienestar. Conversan al frescor de la brisa de la tarde. Pero un día la respuesta del hombre al amor inmenso del Creador, estremece al universo: no quiero ser tu obra, no quiero ser tu hijo; quiero ser autónomo, quiero trazarme mis propios caminos; .me basto y me sobro para alcanzar la suprema gloria. El Adversario, el odiador, le ha vencido: ha logrado introducir en su alma la soberbia, la gran estupidez, la peor alienación. Y en su afán loco de loca libertad, queda atrapado por cadenas invisibles; aherrojado por el pecado, el demonio y la muerte; apelmazado por tremenda gravedad con centro en el abismo preparado para el diablo y sus ángeles.

Sería menester ser Dios para comprender la dimensión de la ofensa y el valor de la Justicia quebrantada. Porque al ser Infinito el Ofendido, el pecado supera infinitamente al hombre finito que lo comete. Sería menester ser Dios y hombre a la vez para restaurar la Justicia en su original estado. Y el Amor infinito y la Misericordia sin límites, se vuelcan. La Trinidad decide que el Verbo se haga carne, que el Hijo se haga hombre, para reconducir todas las cosas al maravilloso fin sobrenatural que habían recibido, y perdido por el pecado.

Dios se hace hombre: el Creador, criatura. El Eterno, asume la temporalidad; el Infinito, lo finito; el Omnipotente, la flaqueza; el Inmutable, la mudanza; el Señor, la obediencia; el Impasible, la fatiga, el dolor y la muerte. Su encarnación, su vida, sus trabajos, su pasión, muerte y resurrección, serán un caudal de merecimientos y hontanar de gracias capaces de redimir infinitos mundos.

Cada uno de los actos de la existencia humana de Dios, tendrá un valor santificante inmenso. Su dimensión temporal pasará con el tiempo; pero habrá otra que permanecerá para siempre en el Verbo eterno (7), y se hará presente dondequiera que se celebre la Misa, cuando el sacerdote in persona Christi et virtute Spiritus Sancti, impersónando a Cristo por obra del Espíritu Santo -¡qué gran misterio para ver!-, pronuncia las palabras de la Consagración.

Pero lo más nuclear de la Misa es la Cruz:

«Nosotros creemos que la Misa (...) es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares» (8). De modo que «cuantas veces el Sacrificio de la Cruz se celebra en el altar, se realiza la obra de nuestra -Redención»(9) se nos aplica la virtud salvadora de la Cruz, para remisión de nuestros pecados (10).

Para comprenderla Misa, habríamos de ver cómo, al vivirla, nos adentramos en el centro mismo de la Historia, en el que convergen todos los instantes, pasados, presentes y futuros, engarzados misteriosamente en la eternidad. «La presencia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, bajo las especies de pan y de vino constituyen la articulación más estrecha entre el tiempo y la eternidad, y nos proporcionan una prenda de la esperanza que anima nuestro caminar» (11) hacia el destino final, fin sin término.

Sería preciso ver lo que se ve desde lo alto de la Cruz, cumbre -la más alta- de la Historia, donde el «Señor de los tiempos» (12), «Padre del siglo futuro», el mismo ayer y hoy (13) , para quien el pretérito no se ha perdido en los senos del pasado y el futuro ya es presente (14), todo lo divisa: toda la historia de la humanidad y de cada persona singular. La mirada de Cristo, perfecto Dios y Hombre perfecto, desde lo alto de la Cruz, alcanza los aconteceres más lejanos y ocultos, grandes o menudos, en el espacio y en el tiempo; las bonanzas y borrascas; las zozobras, naufragios y emersiones; las penas y las alegrías; los pecados y las virtudes; las flaquezas y los heroísmos. Todo lo abraza con su mirada, acompañada por el gesto de sus brazos abiertos de sacerdote. Todos los pecados de los hombres -también los míos, claro es- le hieren; y muchos le matan. Su bálsamo es todo lo bueno. Y El todo lo redime, en la cruz del Calvario y en la Cruz de nuestros altares: el sacrificio eucarístico «es un sacrificio que lo abarca todo» (15).

El triunfo de Cristo

Cómo cantarlo, cómo decirlo, cómo ponderarlo. Habríamos de ver lo que vio san Josemaría Escrivá aquel 7 de agosto de 1931: «Llegó la hora de la Consagración –escribe-: en el momento de alzar la Sagrado Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme (...), vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: "et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum". Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y las mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»" (16)

La Misa es el gran imán, de irresistible fuerza, que concentra el universo y lo centra todo. Pero ¿cómo explicarlo? ... «En ese instante supremo -el tiempo se une con la eternidad- del Santo Sacrificio de la Misa: Jesús, con gesto de sacerdote eterno, atrae hacia sí todas las cosas, para colocarlas, divino afflante Spiritu, con el soplo del Espíritu Santo, en la presencia de Dios Padre» (17).

A pesar de lo que pueda percibir nuestra obtusa mirada, dispersa en los polifacéticos avatares de la historia, Cristo triunfa en la primera Misa -El Calvario- y en cada Misa. Pero depende de mí que en mí triunfe. La primera Misa, a uno le alejó de Dios injuriaba a Cristo desde su cruz odiada (18); a otro, en cambio, le alcanzó, para aquella misma tarde, el paraíso (19): comprendió la Misa, la amó. ¡Cuántas cosas se entienden cuando se ama!

Cuando se ama, se hace coma el apóstol Juan en la Última Cena, cuando el Señor instituyó la Santa Misa, la Eucaristía y el sacerdocio: reclina suavemente la cabeza sobre el pecho de Cristo y escucha los latidos de un corazón que ama al modo humano con intensidad divina, «hasta el exceso» (20); que desea ardientemente celebrar la Pascua aquella, esta Misa, para darse en alimento, escondido en el Pan, y con hechos decirnos: «todas mis cosas son tuyas» (21); ya somos uno: lo mío es tuyo y lo tuyo es mío (¿quién sale ganando?). Tuya es mi encarnación; tuya es mi vida, mis trabajos, mis amores, mi pasión, mi muerte... ¡y mi resurrección gloriosa! Toda la virtud salvífica y santificante acumulada y contenida en mi existencia humana la tienes ahora en tu pecho. Soy todo tuyo. Tú, ¿de quién eres? ¿para quién van a ser tus cosas y tú mismo?

¿De quién van a ser, Señor, si ya somos uno? A esto vengo a Misa: a acogerte -yo confundido, anonadado- entero, con tu vida, pasión, cruz y resurrección, con tu adoración perfectísima, con tu gratitud inmensa al Padre, con tu expiación por mis pecados y los de todos los hombres, y con tu impetración infalible. Vengo a incorporarme, a hacerme un solo cuerpo y una sola sangre contigo, a enriquecerme con los infinitos tesoros de tu Amor. Vengo a hacerme «otro Tú», y serlo adondequiera que vaya. Vengo a que seamos uno, como el Padre y Tú sois uno, con el afán de que todos tus hermanos, mis hermanos, seamos uno. Vengo a unir mi sacrificio a tu Sacrificio: a machacar, a rematar al «yo viejo de nacimiento» -soberbio egoísta, perezoso, lujurioso...-, para que el yo humilde, generoso, diligente, limpio, joven, niño -otro Tú- crezca impetuoso con la fuerza de tu misma Vida, con la fuerza de tu Amor.

¡Qué inmensa es la Misa! «"Nuestra" Misa, Jesús...» (21) ¿Quién podrá cantarla? Abarca todo el espacio, todo el tiempo, toda la eternidad. Quienes saben bastante del tema son los Ángeles, porque en la Misa «la tierra y el cielo se unen para entonar con los Ángeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus... […] Yo aplaudo y ensalzo con los Ángeles: no me es difícil, porque mesé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa Misa. Están adorando a la Trinidad» (22). «Sí, durante el tiempo de la Consagración asisten al sacerdote los ángeles, el orden completo de las celestes potestades levantan su clamor, y el lugar próximo al altar se ve lleno de coros angélicos en honor a Aquel que es inmolado» (23). «Se tocan lo íntimo y lo supremo, la tierra se junta con el cielo, lo visible y lo invisible se hacen una misma cosa» (24).

Pero para saber todo lo que puede saber una criatura acerca de la Santa Miga, habríamos de ver lo que ve la Virgen María, por la íntima unión que tiene con la Trinidad y porque es Madre de Cristo, de su carne y de su sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo concebido en sus entrañas sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma sangre de su Madre; y esa sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor, en el Calvario y en la Misa (25).

Lo mejor será preguntar, en el silencio elocuente de nuestra oración personal, a la Virgen, a los Ángeles, a los Santos que viven en el Cielo una Misa perpetua, justo la misma que se hace presente en nuestros altares, en torno a los cuales nos unimos a la Jerusalén celestial, celebrando con María Santísima, con San José y todos los Santos la Liturgia eterna de los redimidos (26). Comienza ya, en la tierra, la felicidad del Cielo. «Lo viejo ha pasado: dejemos aparte todo lo caduco; sea todo nuevo para nosotros: los corazones, las palabras y las obras» (27).

Así pues,


el Misterio de la Misa incluye y cierra
desde la primera edad
del mundo hasta la postrera (28).

De todo el amor de Dios
de toda su omnipotencia
es argumento, y contiene
en sí todas sus grandezas,
desde que el mundo crió
hasta que a juzgarle venga (29)

.
No por humo de pajas algunos Santos Padres han visto en la bendición final de la Misa, la de Jesucristo, concluido el Juicio Universal, a los fieles que pasarán a disfrutar del colmo de la bienaventuranza.

La consecuencia qué extrae Calderón de la Barca no carece de interés:


en no oirla cada día
no solamente es tibieza
del perezoso, sino
descortesía grosera
que se hace a Dios, pues de veinte
y cuatro horas que le entrega
de vivir cada día aún no
le sabe volver la media (30).


Y uno de sus personajes sin tapujos reconoce:


Bueno es eso para mí,
que si la oigo un día de fiesta
es solamente pensando
si se alarga o si se abrevia (31).


Sólo hay pues un modo de andar centrados en nuestro vivir cristiano: hacer de la Santa Misa -sabiduría original y fecundísima se san Josemaría Escrivá- centro y raíz de la vida espiritual (32).

-.-  

(1) Cfr. JOSE MARIA PEMAN, Obras selectas, Ed. AHR, Barcelona ESPAÑA, 1973, p: 981; (2) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 113; (3) San JOSEMARÍA ESCRIVA, Es Cristo que pasa, n. 87; (4) Ibid., n. 91; (5) Gen 1, 26; (6) 1, 31; (7) ANTONIO OROZCO, La Santa Misa y el Sacrificio de la Cruz, en «PALABRA» 197, 1-1982, pp. 13-16; (8) PABLO VI, Profesión de fe, 30-VI-1968, n. 24; (9) C. Vat. II, SC, n. 3; cfr. LG, n.3; (10) PIO XII, Enc. Mediator Dei, n. 21; (11) JUAN PABLO II; (12) SAN AGUSTÍN, De Trinitate, V, 16, 17; (13) Cfr. JUAN PABLO II, Hom., 17-VI-1983; (14) Cfr. SAN AGUSTÍN, Lc.; (15) JUAN PABLO II, Oración Jueves Santo 1982; (16) A. VAZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, Madrid 1983, p. 126; (17) Es Cristo que pasa, n. 94; (18) Lc 23, 39; (19) Le 23, 40-43; (20) Cfr. Jn 13, 1; (21) SAN JOSEMARÍA, Camino, n. 533; (22) Es Cristo que pasa, n. 89; (23) SAN JUAN CRISOSTOMO, De sacerdotio, lib. IV, c. 58; (24) SAN GREGORIO MAGNO, Diálogo, lib. IV, c. 58 (25) Es Cristo que pasa, n. 89; (26) JUAN PABLO II, Ang., 1-XI-1983; (27) Es Cristo que pasa, n. ° 52 (28) CALDERON DE LA BARCA, La devoción de la Misa,; (29) Id., Los Misterios de la Misa; (30) Id., La devoción...; (31) Ibid.; (32) Cfr. A. VAZQUEZ DE PRADA, o.c., pp. 267-274.

 

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      La misa mozárabe consta de siete partes: ritos iniciales, liturgia de la Palabra, ofertorio, intercesiones solemnes, signo de la paz, plegaria eucarística y rito de comunión.      
      El rito mozárabe es una celebración litúrgica cristiana que nació en la península Ibérica en los primeros siglos de nuestra era y que supone el compendio de los concilios españoles. Fue extensamente practicada por los padres de la Iglesia en España en sus orígenes. Con el rey Alfonso II el Casto el rito hispano-mozárabe encontró especial predicamento en la catedral de Oviedo hasta que fue abolido por el concilio de Burgos. 

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B. Bossuet (1627-1704) obispo de la Iglesia católica en Meaux-Francia - Elevaciones sobre el misterio; 24 semana; 2ª elevación

 

“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.”

 

      Mirad al cordero de Dios que Isaías vio en espíritu cuando describe el cordero que no sólo se deja esquilar sino matar e inmolar. (cf Is 53,7) Y que Jeremías veía y presentaba en su propia persona cuando dice: “Yo estaba como cordero manso llevado al matadero” (Jr 11,19). He aquí este cordero tan manso tan simple, tan paciente, sin astucia ni engaño que será inmolado por todos los pecadores. Ya fue inmolado místicamente y, se puede decir con toda verdad, desde el comienzo del mundo es inmolado. (cf Ap 13,8)
Fue asesinado en Abel, el justo. Cuando Abrahán quiso sacrificar a su hijo, comenzó, en figura, lo que se tendría que realizar en Jesucristo. En él se completó lo que empezó en los hermanos de José: Jesús fue odiado, perseguido a muerte por sus hermanos. Fue vendido en la persona de José, arrojado a una cisterna, es decir, entregado a la muerte. Con Jeremías fue echado a un pozo profundo, con los tres jóvenes al horno encendido, con Daniel a la fosa de los leones. En figura fue sacrificado en todos los sacrificios anteriores. Estaba en el sacrificio que Noé preparó al salir del arca cuando vio el arco iris en el cielo, signo de paz. Estaba en los sacrificios que los patriarcas ofrecieron en la montaña, en el que Moisés y toda la ley ofrecieron en el tabernáculo y luego en el templo. Nunca dejó de ser inmolado en figura. Ahora viene para realizarlo en su propia persona.

 

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La cena del Cordero

 

CRISTO ESTÁ A LA PUERTA De todas las realidades católicas, no hay ninguna tan familiar como la Misa. Con sus oraciones de siempre, sus cantos y gestos, la Misa es como nuestra casa. Pero la mayoría de los católicos se pasarán la vida sin ver más allá de la superficie de unas oraciones aprendidas de memoria. Pocos vislumbrarán el poderoso drama sobrenatural en el que entran cada domingo. Juan Pablo II ha llamado a la Misa «el cielo en la tierra», explicando que «la liturgia que celebramos en la tierra es una misteriosa participación en la liturgia celestial» [1].

 

Por Scott Hahn(*)

INTRODUCCIÓN

LA MISA REVELADA

La Misa es algo próximo y querido. En cambio, el libro del Apocalipsis parece lejano y desconcertante. Página tras página nos deslumbra con imágenes extrañas y aterradoras: guerras y plagas, bestias y ángeles, ríos de sangre, ranas demoníacas y dragones de siete cabezas. Y el personaje que despierta más simpatía es un cordero de siete cuernos y siete ojos. «Si esto es solamente la superficie, dicen algunos católicos, no creo que quiera ver las profundidades».

Bien, en este pequeño libro me gustaría proponer algo insólito. Mi propuesta es que la clave para comprender la Misa es el libro bíblico del Apocalipsis; y, más aún, que la Misa es el único camino por el que un cristiano puede encontrarle verdaderamente sentido al Apocalipsis.

Si te sientes escéptico, deberías saber que no estás solo. Cuando le dije a una amiga que estaba escribiendo sobre la Misa como una clave del libro del Apocalipsis, se echó a reír y dijo «¿Apocalipsis?, ¿no es esa cosa tan extraña?».

Nos parece extraño a los católicos, porque durante muchos años lo hemos estado leyendo al margen de la tradición cristiana. Las interpretaciones que la mayoría de la gente conoce hoy son las que han hecho los periódicos o las listas de libros más vendidos, y han sido mayoritariamente protestantes. Lo sé por propia experiencia. Llevo estudiando el libro del Apocalipsis más de veinte años. Hasta 1985 lo estudié como ministro protestante y en todos esos años me encontré enfrascado, una tras otra, en la mayoría de las teorías interpretativas que estaban en boga o que ya estaban pasadas de moda. Probé con cada “llave" pero ninguna pudo abrir la puerta. De vez en cuando oía un clic que me daba esperanzas. Pero sólo cuando empecé a contemplar la Misa, sentí que la puerta empezaba a ceder, poco a poco. Gradualmente me encontré atrapado por la gran tradición cristiana y en 1986 fui recibido en plena comunión con la Iglesia católica. Después de eso, las cosas se fueron aclarando en mi estudio del libro del Apocalipsis. «Después tuve una visión: ¡una puerta abierta en el cielo!» (Apoc. 4, 1). Y la puerta daba a... la Misa de domingo en tu parroquia.

En este momento, puedes replicar que tu experiencia semanal de la Misa es cualquier cosa menos celestial. De hecho, se trata de una hora incómoda, interrumpida por bebés que chillan, sosos cantos desatinados, homilías que divagan sinuosamente y sin sentido, y gente a tu alrededor vestida como si fueran a ir a un partido de fútbol, a la playa o de excursión.

Aun así, insisto en que realmente estamos en el cielo cuando vamos a Misa, y esto es verdad en cada Misa a la que asistimos, con independencia de la calidad de la música o del fervor de la predicación. No se trata de aprender a «mirar el lado bueno» de liturgias descuidadas. Ni de desarrollar una actitud más caritativa hacia los que cantan sin oído. Se trata, ni más ni menos, de algo que es objetivamente verdad, algo tan real como el corazón que late dentro de ti. La Misa -y me refiero a cada una de las misas- es el cielo en la tierra.

Puedo asegurarte que no se trata de una idea mía; es la de la Iglesia. Tampoco es una idea nueva; existe aproximadamente desde el día en que San Juan tuvo su visión del Apocalipsis. Pero es una idea que no la han entendido los católicos de los últimos siglos. La mayoría de nosotros admitirá que queremos «sacar más» de la Misa. Bien, no podemos conseguir nada mayor que el cielo mismo.

Me gustaría decir desde el principio que este libro no es un «tratado bíblico». Está orientado a la aplicación práctica de un único aspecto del Apocalipsis, y nuestro estudio está lejos de ser exhaustivo. Los escrituristas debaten interminablemente sobre quién escribió el libro del Apocalipsis, cuándo, dónde y por qué, y en qué tipo de pergamino. En este libro, no me voy a ocupar de esas cuestiones con gran detalle. Tampoco he escrito un manual de rúbricas de la liturgia. El Apocalipsis es un libro místico, no un vídeo de entrenamiento o un manual de hágalo usted mismo.

A lo largo de este libro, probablemente te acercarás a la Misa por nuevos caminos, caminos distintos de los que estás acostumbrado a recorrer. Aunque el cielo baja a la tierra cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, la Misa parece diferente de un lugar a otro y de un tiempo a otro. Donde vivo, la mayoría de los católicos están acostumbrados a la liturgia de rito latino (de hecho, la palabra «Misa» propiamente se refiere sólo a la liturgia eucarística de rito latino). Pero hay muchas liturgias eucarísticas en la Iglesia católica: ambrosiana, armenia, bizantina, caldea, copta, malabar, malankar, maronita, melquita y rutena, entre otras. Cada una tiene su propia belleza; cada una tiene su propia sabiduría; cada una nos muestra un rincón diferente del cielo en la tierra.

Investigar La cena del Cordero me ha dado nuevos ojos para ver la Misa. Rezo para que la lectura de este libro te dé el mismo don. Juntos, pidamos también un corazón nuevo para que, a través del estudio y la oración, crezcamos más y más en amor a los misterios cristianos que nos ha dado el Padre.
El libro del Apocalipsis nos mostrará la Misa como el cielo en la tierra. Ahora, sigamos adelante, sin dilación, porque el cielo no puede esperar.

CAPÍTULO 1

EN EL CIELO AHORA MISMO
LO QUE ENCONTRÉ EN MI PRIMERA MISA
Allí estaba yo, de incógnito: un ministro protestante de paisano, deslizándome al fondo de una capilla católica de Milwaukee para presenciar mi primera Misa. Me había llevado hasta allí la curiosidad, y todavía no estaba seguro de que fuera una curiosidad sana. Estudiando los escritos de los primeros cristianos había encontrado incontables referencias a «la liturgia», «la Eucaristía», «el sacrificio». Para aquellos primeros cristianos, la Biblia -el libro que yo amaba por encima de todo- era incomprensible si se la separaba del acontecimiento que los católicos de hoy llamaban «la Misa».

Quería entender a los primeros cristianos; pero no tenía ninguna experiencia de la liturgia. Así que me convencí para ir y ver, como si se tratara de un ejercicio académico, pero prometiéndome continuamente que ni me arrodillaría, ni tomaría parte en ninguna idolatría.

Me senté en la penumbra, en un banco de la parte de más atrás de aquella cripta. Delante de mí había un buen número de fieles, hombres y mujeres de todas las edades. Me impresionaron sus genuflexiones y su aparente concentración en la oración. Entonces sonó una campana y todos se pusieron de pie mientras el sacerdote aparecía por una puerta junto al altar.

Inseguro de mí mismo, me quedé sentado. Como evangélico calvinista, se me había preparado durante años para creer que la Misa era el mayor sacrilegio que un hombre podría cometer. La Misa, me habían enseñado, era un ritual que pretendía «volver a sacrificar a Jesucristo». Así que permanecería como mero observador. Me quedaría sentado, con mi Biblia abierta junto a mí.

EMPAPADO DE ESCRITURA

Sin embargo, a medida que avanzaba la Misa, algo me golpeaba. La Biblia ya no estaba junto a mí. Estaba delante de mí: ¡en las palabras de la Misa! Una línea era de Isaías, otra de los Salmos, otra de Pablo. La experiencia fue sobrecogedora. Quería interrumpir a cada momento y gritar: «Eh, ¿puedo explicar en qué sitio de la Escritura sale eso? ¡Esto es fantástico!» Aún mantenía mi posición de observador. Permanecía al margen hasta que oí al sacerdote pronunciar las palabras de la consagración: «Esto es mi Cuerpo... éste es el cáliz de mi Sangre».

Sentí entonces que toda mi duda se esfumaba. Mientras veía al sacerdote alzar la blanca hostia sentí que surgía de mi corazón una plegaria como un susurro: «¡Señor mío y Dios mío. Realmente eres tú! »

Desde ese momento, era lo que se podría llamar un caso perdido. No podía imaginar mayor emoción que la que habían obrado en mí esas palabras. La experiencia se intensificó un momento después, cuando oí a la comunidad recitar: «Cordero de Dios... Cordero de Dios... Cordero de Dios», y al sacerdote responder: «Éste es el Cordero de Dios...», mientras levantaba la hostia.

En menos de un minuto, la frase «Cordero de Dios» había sonado cuatro veces. Con muchos años de estudio de la Biblia, sabía inmediatamente dónde me encontraba. Estaba en el libro del Apocalipsis, donde a Jesús se le llama Cordero no menos de veintiocho veces en veintidós capítulos. Estaba en la fiesta de bodas que describe San Juan al final del último libro de la Biblia. Estaba ante el trono celestial, donde Jesús es aclamado eternamente como Cordero. No estaba preparado para esto, sin embargo...: ¡estaba en Misa!

¡SANTO HUMO!

Regresaría a Misa al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. Cada vez que volvía, «descubría» que se cumplían ante mis ojos más Escrituras. Sin embargo, ningún libro se me hacía tan visible en aquella oscura capilla como el libro de la Revelación, el Apocalipsis, que describe el culto de los ángeles y los santos en el cielo. Como en ese libro, también en esa capilla veía sacerdotes revestidos, un altar, una comunidad que cantaba: «Santo, santo; santo». Veía el humo del incienso; oía la invocación de ángeles y santos; yo mismo cantaba los aleluyas, puesto que cada vez me sentía más atraído hacia este culto. Seguía sentándome en el último banco con mi Biblia, y apenas sabía hacia dónde volverme, si hacia la acción descrita en el Apocalipsis o hacia la que se desarrollaba en el altar. Cada vez más, parecían ser la misma acción.

Con renovado vigor me sumí en el estudio de la primitiva cristiandad y encontré que los primeros obispos, los Padres de la Iglesia, habían hecho el mismo «descubrimiento» que yo estaba haciendo cada mañana. Consideraban el libro del Apocalipsis como la clave de la liturgia, y la liturgia, la clave del Apocalipsis. Algo tremendo me estaba pasando como estudioso y como creyente. El libro de la Biblia que había encontrado más desconcertante -el Apocalipsis-, estaba iluminando ahora las ideas que eran más fundamentales para mi fe: la idea de la alianza como lazo sagrado de la familia de Dios. Más aún, la acción que yo había considerado como la suprema blasfemia -la Misa- se presentaba ahora como el evento que sellaba la Alianza de Dios. «Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna».

Estaba entusiasmado con la novedad de todo ello. Durante años, había intentado encontrar el sentido del libro del Apocalipsis como una especie de mensaje codificado acerca del fin del mundo, del culto en unos remotos cielos, de algo que la mayoría de los cristianos no podrían experimentar mientras estuvieran aún en la tierra. Ahora, después de dos semanas de asistir a Misa a diario, me encontraba a mí mismo queriendo levantarme durante la liturgia y decir: «¡Eh, vosotros! ¡Dejadme enseñaros en qué lugar del Apocalipsis estáis! Id al capítulo cuatro, versículo ocho. Estáis en el cielo, justamente ahora».

ME ROBAN LA IDEA

¡En el cielo, justamente ahora! Los Padres de la Iglesia me mostraban que éste no era mi descubrimiento. Ellos lo habían predicado hace más de mil años. Con todo, estaba convencido de que tenía el mérito del redescubrimiento de la relación entre la Misa y el libro del Apocalipsis. Entonces descubrí que el Concilio Vaticano II me había sacado la delantera. Fíjate en las siguientes palabras de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia:

«En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañados; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos con Él en la gloria»[2].

¡Un momento! Eso es el cielo. No; se trata de la Misa. No; es el libro del Apocalipsis.¡Un momento!: es todo lo anterior.

Me encontré haciendo esfuerzos por avanzar despacio, con cautela, atento a evitar los peligros que acechan a los conversos, puesto que me estaba convirtiendo rápidamente en un converso a la fe católica. Pero este descubrimiento no era producto de una imaginación exaltada; era la enseñanza solemne de un concilio de la Iglesia católica. A la vez, descubriría que era también la conclusión inevitable de los estudiosos protestantes más rigurosos y honestos. Uno de ellos, Leonard Thompson, había escrito que «incluso una lectura superficial del libro del Apocalipsis muestra la presencia del lenguaje litúrgico relativo al culto [...]. El lenguaje cultual juega un papel importante dando unidad al libro» [3]. Las imágenes de la liturgia, por sí solas, pueden hacer que ese extraño libro tenga sentido. Las figuras litúrgicas son centrales en su mensaje, que revela, escribe Thompson, «algo más que visiones de "cosas que van a venir"».

¡PRÓXIMAMENTE...!

El libro del Apocalipsis trataba de Alguien que iba a venir. De Jesucristo y su «segunda venida», que es el modo en que los cristianos han traducido normalmente la palabra griega parousía. Hora tras hora en aquella capilla de Milwaukee en 1985, llegué a conocer que ese Alguien era el mismo Jesucristo, a quien el sacerdote católico alzaba en la hostia. Si los primeros cristianos estaban en lo cierto, yo sabía que, justo en ese momento, el cielo bajaba a la tierra. «Señor mío y Dios mío. ¡Realmente eres tú! ».

Todavía albergaba en mi mente y en mi corazón serias preguntas, acerca de la naturaleza del sacrificio, de los fundamentos bíblicos de la Misa, de la continuidad de la tradición católica, de muchos de los pequeños detalles del culto litúrgico. Esas cuestiones iban a definir mis investigaciones en los meses preparatorios a mi recepción en la Iglesia católica. En cierto sentido, continúan hoy definiendo mi trabajo. Sin embargo, ya no pregunto como un acusador o un buscador de curiosidades, sino como un hijo que se acerca a su padre pidiendo lo imposible, pidiendo coger con la mano una brillante y lejana estrella.

No creo que nuestro Padre Dios me niegue, o te niegue, la sabiduría que buscamos referente a su Misa. Después de todo, es el acontecimiento en el que sella su Alianza con nosotros y nos hace sus hijos. Este libro es más o menos un informe de lo que he encontrado mientras investigaba las riquezas de nuestra tradición católica. Nuestra herencia incluye la totalidad de la Biblia, el testimonio ininterrumpido de la Misa, la constante enseñanza de los santos, la investigación de las escuelas, los métodos de la oración contemplativa, y el cuidado pastoral de papas y obispos. En la Misa, tú y yo tenemos el cielo en la tierra. La evidencia es abrumadora. La experiencia es una revelación.
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[1]. La afirmación de Juan Pablo II está tomada de su Discurso en el Angelus (3 de noviembre de 1996). Juan Pablo II dirigió también un «Discurso sobre la Liturgia» a los Obispos de los Estados Unidos en su visita ad limina de 1998, en el que declara: «el desafío ahora consiste [...] en alcanzar el punto exacto de equilibrio, en especial entrando más profundamente en la dimensión contemplativa del culto [...]. Esto sucederá sólo si reconocemos que la liturgia tiene dimensiones tanto locales como universales, tanto temporales como eternas, tanto horizontales como verticales, tanto subjetivas como objetivas. Precisamente estas tensiones dan al culto católico su carácter distintivo. La Iglesia universal está unida en un gran acto de alabanza, pero es siempre el culto de una comunidad particular en una cultura particular. Es el eterno culto del cielo, pero a la vez está inmerso en el tiempo». Y concluía: «en el centro de esta experiencia de peregrinación está nuestro viaje de pecadores a la profundidad insondable de la liturgia de la Iglesia, la liturgia de la creación, la liturgia del cielo que, en definitiva, son todas culto de Jesucristo, el eterno Sacerdote, en quien la Iglesia y toda la creación se ordenan a la vida de la Santísima Trinidad, nuestra verdadera morada» (9 de octubre de 1998; traducción de L"Osservatore Romano, ed. esp., en DP 130/1998).
Cf. Juan Pablo II, Springtime of Evangelization, Basilica Press, San Diego 1999, pp. 130, 135. Juan Pablo n desarrolla más a fondo esta visión en su Carta Apostólica de 1995 Orientale lumen «La Luz de Oriente»).
[2]. Sacrosanctum Concilium, 8.
[3]. Leonard L. Thompson, The Book of Revelation: Apocalypse and Empire, Oxford University Press, Nueva York 1990, p. 53.

(*) Scott Hahn, La cena del Cordero, Rialp, Madrid, 2003, 4ªed. pp. 21-33
Edición autorizada de arvo.net

 

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MISA

 

La misa es el nombre más habitual en Occidente para designar la celebración de la eucaristía, el acto de culto por excelencia. Al principio la palabra latina missa indicaba la despedida al final de cada reunión; a continuación pasó a significar el conjunto de las oraciones con que terminaban una celebración, e incluso todo el oficio divino; desde el siglo Vl se utilizó para indicar la eucaristía.

Desde siempre la Iglesia dirige a los creyentes la invitación a reunirse en asamblea en torno a Jesús resucitado para celebrar su memorial. Es una asamblea eclesial, pero convocada por el Señor: Jesús sale al encuentro de sus amigos, está en medio de ellos para revelar su presencia de resucitado y comunicarse a ellos mediante las Escrituras y el pan compartido, como a los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35).

 

Pero es también una iniciativa del Padre que quiere abrazar en la unidad a sus hijos dispersos. Y es iniciativa del Espíritu Santo, don del Padre transmitido por el Hijo, para que nos unamos a su muerte y resurrección y nos hagamos miembros vivos de su cuerpo. Por eso la misa se abre y se cierra siempre con el signo de la comunión trinitaria.

La Institutio generalis (Principios y normas) que presenta y comenta él nuevo Ordo Missae (Rito de la Misa) ofrece las indicaciones teológicas y la orientación pastoral fundamental : « La celebración de la misa... es acción de Cristo y del pueblo de Dios, jerárquicamente ordenado» (n. 1). Por eso implica y supone una presencia activa, una conciencia responsable y un compromiso consecuente para realizar el acto sagrado. El contenido de «la acción de Cristo y del pueblo de Dios» consiste en el don de la salvación, realizada por Cristo y ritualizada sacramentalmente en la celebración; y es , ofrenda del culto al Padre, en la mediación de Cristo y en la comunión con él. La salvación y el culto alcanzan su cima en el signo litúrgico: por eso en la misa se lleva a cabo en el plano objetivo sacramental la realización más intensa del misterio pascual, en el cual se ha cumplido la obra de la redención del hombre y de la perfecta glorificación de Dios. En torno al misterio pascual, actualizado en cada una de las eucaristías, se hace memoria de los misterios de la redención en la sucesión de los tiempos del año. Además, de la celebración eucarística dimanan, por derivación, participación y eficacia, todas las demás acciones sagradas y toda la vida cristiana, de la misma manera que se orientan hacia ella: la eucaristía es la cumbre y la fuente (SC 10) de la salvación.

 

Así pues, la misa es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia universal, para la local y para cada uno de los fieles. Por consiguiente, es de suma importancia que la celebración de la misa se ordene de tal manera que los ministros y los fieles, «participando cada uno en ella según su propio orden y grado, obtenga la abundancia de aquellos frutos para cuya consecución nuestro Señor Jesucristo instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre, y lo confió a la Iglesia como memorial de su pasión y resurrección (n.2).

La celebración del memorial del Se ñor consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística. que forman un único acto de culto: otros ritos sirven de apertura y de clausura de la misma celebración.

 

Tras el canto de entrada, la señal de la cruz y el saludo, toda la asamblea realiza él acto penitencial, que concluye con una fórmula de perdón pronunciada por el sacerdote, El Gloria, que sigue en las fiestas, es una de las composiciones más antiguas: con él la comunidad eclesial, «reunida en el Espíritu Santo, glorifica y suplica a Dios Padre y al Cordero»Más tarde, con la colecta, se expresa el carácter de la celebración.

La liturgia de la palabra está constituida principalmente de lecturas escogidas de la sagrada Escritura; la homilía, la profesión de fe y la oración universal desarrollan y terminan esta parte de la celebración, La Constitu ción Sacrosanctum concilium, n. 7, presenta la liturgia de la palabra como un grado de la presencia real de Cristo en la comunidad: cuando en la Iglesia se lee la sagrada Escritura, «Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el evangelio» (n. 9). Los domingos y las fiestas hay tres lecturas: el Profeta, el Apóstol y él Evangelio. Su proclamación educa al pueblo cristiano en el sentido de la continuidad en la obra de la salvación, según la pedagogía divina. Se ha organizado un ciclo de lecturas en tres años (A-B-C), haciendo proclamar los evangelios sinópticos según el criterio de la lectura semi-continua. Para los días feriales hay un ciclo de dos años para la primera lectura, y un ciclo único para el evangelio.

 

La liturgia eucarística se abre con la preparación y presentación de los dones y prosigue con la parte central y culminante de la misa, la plegaria eucarística, oración de acción de gracias y de santificación. Junto al canon romano (la plegaria), texto antiquísimo y solemne, figuran en el Misal romano otras seis plegarias eucarísticas. Todas ellas concluyen con la doxología final.

Se recita luego el Padre Nuestro con las plegarias que siguen y se intercambia el signo de la paz. Después de la fracción del pan y de la conmixtión, viene la comunión de los ministros y de los fieles: cuando la hacen todos bajo las dos especies, se expresa con más plenitud su forma de signo del banquete, así como la voluntad divina de ratificar la nueva y eterna alianza en la sangre del Señor. Pero incluso bajo una sola especie se recibe al Cristo entero y se participa del sacramento en toda su verdad.

El ritual de comunión termina con una oración, a la que sigue la bendición y la despedida (como significa aquí literalmente el término latino missa).

R. Gerardi

Bibl.: P Fahey. Misa. en DPAC, 11, 14501454; 1. ´Oñatibia, Eucaristía, en CFP, 309323; J Jungmann, Missarum Sollemnia, Madrid 1955-1956; L. Maldonado, La plegaria eucarística. Estudio de teología bíblica y litúrgica sobre la misa, Ed. Católica, Madrid 1967

 

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 El sacrificio de la Nueva Alianza 

 

En la plenitud de los tiempos, después de treinta años de vida oculta, nuestro Señor Jesucristo -el Mesías de Dios (Lc 9,20), el Hijo del Altísimo, el Santo (Lc 1, 31-35), nacido de mujer (Gál 4,4), nacido de una virgen (Is 7,14; Lc 1,34), enviado de Dios (Jn 3,17), esplendor de la gloria del Padre (Heb 1,3), anterior a Abraham (Jn 8,58), Primogénito de toda criatura (Col 1,15), Principio y fin de todo (Ap 22,13), santo Siervo de Dios (Hch 4,30), Consolador de Israel (Lc 2,25), Príncipe y Salvador (Hch 5,31), Cristo, Dios bendito por los siglos (Rm 9,5)-, durante tres años, predicó el Evangelio a los hombres como Profeta de Dios (Lc 7,16), mostrándose entre ellos poderoso en obras y palabras (24,19).

Y una vez proclamada la Palabra divina, consumó su obra salvadora con el sacrificio de su vida. Primero la Palabra, después el Sacrificio.

El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

En cuanto Jesús inicia su misión pública entre los hombres, Juan el Bautista, su precursor, le señala con su mano y le confiesa repetidas veces con su boca: «ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Él es el que tiene poder para vencer el pecado de los hombres, Él va a ser verdaderamente nuestro Salvador.

Jesucristo, por su parte, es plenamente consciente de su condición de Cordero de Dios, destinado al sacrificio pascual, para la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Si Juan Bautista, siendo sólo un hombre, en cuanto lo ve, reconoce en él «el Cordero» dispuesto por Dios para el definitivo sacrificio purificador del mundo, ¿no iba el mismo Cristo a ser consciente de su propia vocación? Porque Cristo conoce el designio del Padre, anunciado en las Escrituras, por eso se reafirma siempre en la misión redentora que le es propia, y por eso rechaza inmediatamente -como sucede en las tentaciones diabólicas del desierto- toda tentación de mesianismos triunfalistas.

Por otra parte Jesús, en varias ocasiones, avanzando serenamente hacia la cruz, meta de su vida temporal, predice su Pasión a los discípulos: «Entonces comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, y ser entregado a la muerte, y resucitar al tercer día» (Mt 16,21; +17,22-23; 20,17-19). «Ellos no entendieron nada de esto, y estas palabras quedaron veladas. No entendieron lo que había dicho» (Lc 18,34). Era para ellos inconcebible que su Maestro, capaz de resucitar muertos, pudiera ser maltratado y llevado violentamente a la muerte.

En estas ocasiones, y en muchas otras, el Señor se muestra siempre consciente de que va acercándose hacia una muerte sacrificial y redentora. Él es el Pastor bueno, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Él es «el grano de trigo que cae en tierra, muere, y consigue mucho fruto» (12,24). Y por eso asegura: «levantado de la tierra, atraeré todos a mí» (12,32; +8,28)...

La multiplicación de los panes

En el tercer año, probablemente, de su vida pública, nuestro Señor Jesucristo, estando con miles de hombres en un monte, junto al lago de Tiberíades, poco antes de la Pascua judía, realiza una prodigiosa multiplicación de los panes y de los peces (Jn 6,1-15).

Más tarde, regresó a Cafarnaúm, y allí predicó, anunciando la eucaristía, sobre el pan de vida, un alimento infinitamente superior al maná que Moisés dio al pueblo en el desierto: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... El que me come vivirá por mí» (6,48-59).

Muchos se escandalizaron de estas palabras, que consideraron increíbles. Y «desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron, y ya no le seguían». Pero los Doce permanecieron con Él, diciendo: «Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (6,60-69).

Jesucristo, entre Moisés y Elías

También, seguramente, en el año tercero de su ministerio público, Jesús, un día que se fue al monte con Pedro, Santiago y Juan, «mientras oraba», se transfiguró completamente, como si «la plenitud de la divinidad, que en él habitaba corporalmente» (Col 2,9), y que normalmente quedaba velada por su humanidad sagrada, fuese ahora revelada por esa misma humanidad santísima (Mt 17,1-13; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36).

Extasiados los tres apóstoles, vieron de pronto que «se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él». «Ellos también aparecían resplandecientes, y hablaban de su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén». Y al punto salió de la nube la voz del Padre, garantizando a Jesús: «Éste es mi hijo, el predilecto: escuchadle».

Jesús, antes de sellar con su sangre una Alianza Nueva y definitiva, recibe así ante sus tres íntimos discípulos el testimonio de Moisés, el mediador de la Antigua Alianza, y de Elías, el que la restauró. Uno y otro cumplieron su misión sobre un altar de doce piedras, con sangre de animales sacrificados; y Jesús, en la última Cena, lo hará también sobre la mesa de los doce apóstoles, pero esta vez con su propia sangre. Por tanto, el mayor de los patriarcas, Moisés, y el principal de los profetas, Elías, dan testimonio de Jesús. Todo el misterio pascual de Cristo es, pues, un pleno cumplimiento de «la Ley y los profetas» (+Mt 5,17; 7,12; 11,13; 22,40).

Se decide la muerte de Cristo

La resurrección de Lázaro, ocurrida en Betania, a las puertas de Jerusalén, y poco antes de la Pascua, exaspera totalmente el odio que hacia Cristo se había ido formando, sobre todo entre las personas más influyentes de Jerusalén.

«¿Qué hacemos, que este hombre hace muchos milagros?... ¿No comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo?... Profetizó así [Caifás] que Jesús había de morir por el pueblo, y no sólo por el pueblo, sino para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos. Desde aquel día tomaron la resolución de matarle. Jesús, pues, ya no andaba en público entre los judíos, sino que se fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efrem, y allí moraba con los discípulos» (Jn 11, 45-54).

Jesús celebra la Pascua

Los sucesos van a precipitarse poco después: la unción de Jesús en Betania, su entrada triunfal en Jerusalén, el pacto de Judas con el Sanedrín y, finalmente, en el Cenáculo, la celebración de la Pascua judía. En ella, hasta el último momento, observa Cristo con los doce -«conviene que cumplamos toda justicia» (Mt 3,15)- cuanto Moisés había prescrito en este rito, instituído como memorial perpetuo:

«Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con sus apóstoles. Y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo que ya no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: Tomadla y repartidla entre vosotros. Pues os digo que no beberé ya del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios» (Lc 22,14-28).

Liturgia eucarística de la Palabra

Gracias al apóstol Juan (Jn 13-17), conocemos al detalle el Sermón de la Cena, esa grandiosa Liturgia de la Palabra, en la que Jesucristo revela plenamente la caridad divina trinitaria, proclamando con máxima elocuencia la Ley evangélica: el amor a Dios y el amor a los hombres.

-Amor a Dios: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago» (14,31), «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Jesucristo entiende la cruz como la plena revelación de su amor al Padre; como la proclamación plena del primer mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al Padre, y así hay que obedecerle; hasta dar la vida por su gloria».

-Amor a los hombres: «Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó» (Jn 13,1). Y les dijo: «Amáos los unos a los otros, como yo os he amado» (13,34). «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (15,13). El Señor entiende, pues, su cruz como la plena proclamación del segundo mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al prójimo, hasta dar la vida por su bien».

Liturgia eucarística del Sacrificio

Cuatro relatos nos han llegado sobre la celebración primera del sacrificio de la Nueva Alianza, es decir, sobre la institución de la eucaristía. Los dos primeros, de Mateo y Marcos, son muy semejantes, y expresan la tradición litúrgica judía, de Jerusalén, llevada por Pedro a Roma. Los dos segundos testimonios representan más bien la tradición litúrgica de Antioquía, difundida en sus correrías apostólicas por Pablo y Lucas.

-Mateo 26,26-28. «Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dió, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados».

-Marcos 14,22-24. «Mientras comían, tomó pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dió y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él todos. Y les dijo: Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos».

-Lucas 22,19-20. «Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dió, diciendo: Éste es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Éste caliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».

-San Pablo, 1 Corintios 11,23-26. «Yo he recibido del Señor lo que os he transmitido; que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga».

Nótese que el relato de San Pablo, que se presenta explícitamente como «recibido del Señor», fue escrito en fecha muy temprana, hacia el año 55, y que a su vez refleja una tradición eucarística anterior.

Institución de la Eucaristía

Según esto, en la Cena del jueves realiza el Señor la entrega sacrificial de su cuerpo y de su sangre -«mi cuerpo entregado», «mi sangre derramada»-, anticipando ya, en la forma litúrgica del pan y del vino, la entrega física de su cuerpo y de su sangre, la que se cumplirá el viernes en la cruz.

-La acción ritual. Conforme a la tradición judía del rito pascual, el Señor «toma», «da gracias» a Dios (bendice), «parte» el pan y lo «reparte» entre los discípulos. Son gestos también apuntados en la multiplicación de los panes (Jn 6,11) o en las apariciones de Cristo resucitado (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,13).

-Cordero pascual nuevo. «Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado» (1Cor 5,7), para la salvación de todos. Hemos sido, pues, rescatados «no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha, ya conocido antes de la creación del mundo, y manifestado al fin de los tiempos por amor vuestro» (1Pe 1,18-20). San Juan en el Apocalipsis menciona veintiocho veces a Cristo como Cordero. Y es justamente «el Cordero degollado» el que preside la grandiosa liturgia celestial (Ap 5,6.12).

-La Nueva Alianza. En la Cena-Cruz-Eucaristía establece Cristo una Alianza Nueva entre Dios y los hombres. Y esta vez la Alianza no es sellada con sangre de animales sacrificados en honor de Dios, sino en la propia sangre de Jesús: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre». La alianza del monte Sinaí queda definitivamente superada por la alianza del monte Calvario (+Ex 24,1-8; Heb 9,1-10,18).

«La eucaristía aparece al mismo tiempo como el origen y fundamento del nuevo pueblo de Dios, liberado ahora por la pascua de Cristo y fundado sobre la sangre de la Nueva Alianza» (Sayés, El misterio eucarístico 107). La Cena pascual de Moisés marca el nacimiento de Israel como pueblo libre. La Cena pascual de Cristo funda permanentemente a la Iglesia, el nuevo Israel.

-Memorial perpetuo. Como la Pascua judía, la cristiana se establece como un memorial a perpetuidad: «haced esto en memoria mía». En la eucaristía, por tanto, la Iglesia ha de actualizar hasta el fin de los siglos el sacrificio de la cruz, y ha de hacerlo empleando en su liturgia la misma forma decidida por el Señor en la última Cena.

-Presencia real de Cristo. En la eucaristía el pan y el vino se convierten realmente en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Ya no hay pan: «esto es mi cuerpo que se entrega»; ya no hay vino: «ésta es mi sangre que se derrama». Se trata, pues, de una presencia real, verdadera y substancial de Cristo.

-Pan vivo bajado del cielo. Y es una presencia que debe ser recibida como alimento de vida eterna: «Tomad y comed, mi carne es verdadera comida»; «tomad y bebed, mi sangre es verdadera bebida».

-Sacrificio de la Nueva Alianza. La Cena-Cruz-Eucaristía, por tanto, es un sacrificio: el sacrificio de la Nueva Alianza, que tiene a Cristo como Sacerdote y como Víctima. En efecto, «Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio... Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados» (Heb 10,12.14). Volveremos sobre esto una vez que hayamos contemplado la Pasión.

La agonía en Getsemaní

Jesús, en el Huerto de los Olivos, baja hasta el último fondo posible de la angustia humana (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46). «Pavor y angustia» (Mc), «sudor de sangre» (Lc), desamparo de los tres amigos más íntimos, que se duermen; consuelo de un ángel; refugio absoluto en la oración: «pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»...

¿Es la muerte atroz e ignominiosa, que se le viene encima, «el cáliz» que Cristo pide al Padre que pase, si es posible? No parece creíble. El Señor se encarna y entra en la raza humana precisamente para morir por nosotros y darnos vida. Desea ardientemente ser inmolado, como Cordero pascual que, quitando el pecado del mundo, salva a los hombres, amándolos con amor extremo. Él no se echa atrás, ni en forma condicional de humilde súplica, ni siquiera en la agonía de Getsemaní o del Calvario. Por el contrario, cuando se acerca la tentación y le asalta -«¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?»-, él responde inmediatamente: «¡para esto he venido yo a esta hora!» (Jn 12,27). Y cuando Pedro rechaza la pasión de Jesús, anunciada por éste: «No quiera Dios, Señor, que esto suceda», Cristo reacciona con terrible dureza: «Apártate de mí, Satanás, que me sirves de escándalo» (Mt 16,21-23).

No. El «cáliz» que abruma a Jesús es el conocimiento de los pecados, con sus terribles consecuencias, que a pesar del Evangelio y de la Cruz, van a darse en el mundo: ese océano de mentiras y maldades en el que tantos hombres van a ahogarse, paganos o bautizados, por rechazar su Palabra y por menospreciar su Sangre en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía. Más aún, la pasión del Salvador es causada principalmente por el pecado de los malos cristianos que, despreciando el magisterio apostólico, falsificarán o silenciarán su Palabra; avergonzándose de su Evangelio, buscarán salvación, si es que la buscan, por otro camino; endureciendo sus corazones por la soberbia, despreciarán los sacramentos, y sobre todo la eucaristía, profanándola o alejándose de ella... En definitiva, es la posible reprobación final de pecadores lo que angustia al Señor, y le lleva a una tristeza de muerte.

Como bien señala la madre María de Jesús de Agreda, «a este dolor llamó Su Majestad cáliz». Y en esa angustia sin fondo pedía el Salvador a su Padre que, «siendo ya inexcusable la muerte, ninguno, si era posible, se perdiese»... Y eso es lo que, con lágrimas y sudor de sangre, Cristo suplica al Padre insistentemente, en una «como altercación y contienda entre la humanidad santísima de Cristo y la divinidad» (Mística Ciudad de Dios, 1212-1215).

 

 

La libre ofrenda de la Cruz

Importa mucho entender que en la cruz se entrega Cristo a la muerte libre y voluntariamente. Otras ocasiones hubo en que quisieron prender a Jesús, pero no lo consiguieron, «porque no había llegado su hora» (Jn 7,30; 8,20). Así, por ejemplo, en Nazaret, cuando querían despeñarle, pero él, «atravesando por medio de ellos, se fue» (Lc 4,30). Ahora, en cambio, «ha llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1). Y los evangelistas, al narrar el Prendimiento, ponen especial cuidado en atestiguar la libertad y la voluntariedad de la entrega que Cristo hace de sí mismo.

-Cristo Sacerdote se acerca serenamente al altar de la cruz. En el Huerto, recuperado por la oración de su estado espiritual agónico, sale ya sereno, plenamente consciente, al encuentro de los que vienen a prenderlo: conocía ciertamente que era Judas quien iba a entregarle (Jn 13,26), y «sabía todo lo que iba a sucederle» (18,4).

-Hasta en el prendimiento manifiesta Cristo su poder irresistible. Sin esconderse, Él mismo se presenta: «Yo soy [el que buscáis]». Y al manifestar su identidad, todos caen en tierra (Jn 18,5-6). Ese yo soy [ego eimi] en su labios es equivalente al yo soy de Yavé en los libros antiguos de la Escritura. Y Juan se ha dado cuenta de este misterio (+Jn 8,58; 13,19; 18,5). Los enemigos de Cristo caen en tierra, se postran ante él en homenaje forzado, impuesto milagrosamente por Jesús, que, antes de padecer, muestra así un destello de su poder divino y manifiesta claramente que su entrega a la muerte es perfectamente libre.

-Jesús impide que le defiendan. Detiene toda acción violenta de quien intenta protegerle con la espada, y cura la oreja herida de Malco, el siervo del Pontífice (Jn 18,10-11). No se resiste, pudiendo hacerlo. Y explica por qué no lo hace: «Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53).

-Jesús no opone resistencia. Él sabe bien, y lo afirma, que hubiera podido pedir y conseguir del Padre «doce legiones de ángeles» que le defendieran; pero quiere que se cumpla la providencia del Padre. Él, que había enseñado «no resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra» (Mt 5,39-41), practica ahora su propia doctrina.

-Jesús calla. «Maltratado y afligido, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores» (Is 53,7). En los pasos tenebrosos que preceden a su pasión -interrogatorios, bofetadas, azotes, burlas-, «Jesús callaba» (ante Caifás, Mt 26,63; Pilatos, 27,14; Herodes, Lc 23,9; Pilatos, Jn 19,9).

-Se entrega libremente a la muerte. Es, pues, un dato fundamental para entender la Pasión de Cristo conocer la perfecta y libre voluntad con que realiza su entrega sacrificial a la muerte: «Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mí mismo» (Jn 10,17-18). Jesucristo es el Señor, también en Getsemaní y en el Calvario, por insondable que sea entonces su humillación y abatimiento.

-La cruz es providencia amorosa del Padre, anunciada desde el fondo de los siglos. Quiso Dios permitir en su providencia la atrocidad extrema de la cruz para que en ella, finalmente, se revelara «el amor extremo» de Cristo a los suyos (Jn 13,1), pues, ciertamente, es en la cruz «cuando se produce la epifanía de la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4). No fue, pues, la cruz un accidente lamentable, ni un fracaso de los planes de Dios. Cristo, convencido de lo contrario, se entrega a la cruz, con toda obediencia y sin resistencia alguna, para que «se cumplan las Escrituras», es decir, para se realice la voluntad providente del Padre (Mt 26,53-54.56), que es así como ha dispuesto restaurar su gloria y procurar la salvación de los hombres.

La ofrenda sacrificial que Cristo hace de sí mismo produce un estremecimiento en todo el universo, como si éste intuyera su propia liberación, ya definitivamente decretada. Se rasga el velo del Templo de arriba a abajo, y, eclipsado el sol, se obscurece toda la tierra; las piedras se parten, se abren sepulcros, y hay muertos que resucitan y se aparecen a los vivos; la muchedumbre se vuelve del Calvario golpeándose el pecho; el centurión y los suyos no pueden menos de reconocer: «Verdaderamente, éste era Hijo de Dios» (Mt 27,51-53; Mc 15,38; Lc 23,44-45).

Resurrección de Cristo

Los relatos de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de sus apariciones (Mt 28,120; Mc 16,1-20; Lc 24; Jn 2021) ponen de relieve la desesperanza en que los discípulos quedaron hundidos tras los sucesos del Calvario. Se resisten, después, a creer en la realidad de la resurrección de Cristo, y éste hubo de «reprenderles por su incredulidad y dureza de corazón, pues no habían creído a los que lo habían visto resucitado de entre los muertos» (Mc 16,14). Es el acontecimiento de la Resurrección lo que despierta y fundamenta la fe de los apóstoles. Por eso, cuando se aparece a los Once, para acabar de convencerles, come delante de ellos un trozo de pez asado (Lc 24,42).

Y otras muchas veces come con ellos (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,12-13), apareciéndoseles «durante cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios» (Hch 1,3). Pues bien, ese comer de Cristo con los discípulos les impresionó especialísimamente. En ello ven probada una y otra vez tanto la realidad del Resucitado, como la familiaridad íntima que con ellos tiene. Y así Pedro dirá en un discurso importante, asegurando las apariciones de Cristo: nosotros somos los «testigos de antemano elegidos por Dios, nosotros, que comimos y bebimos con Él después de su resurrección de entre los muertos» (Hch 10,41). La alegría pascual que caracterizaba esas comidas, de posible condición eucarística, con el Resucitado, es la alegría actual de la eucaristía cristiana.

El sacrificio de la Nueva Alianza

-Sacrificio. Jesús entiende su muerte como un sacrificio de expiación, por el cual, estableciendo una Alianza Nueva, con plena libertad, «entrega su vida» -su cuerpo, su sangre- para el rescate de todos los hombres (+Catecismo 1362-1372, 1544-1545). De sus palabras y actos se deriva claramente su conciencia de ser el Cordero de Dios, que con su sacrificio pascual quita el pecado del mundo. Que así lo entendió Jesús nos consta por los evangelios, pero también porque así lo entendieron sus apóstoles.

La enseñanza de San Pablo es en esto muy explícita: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios de suave aroma» (Ef 5,2; +Rm 3,25). Es el amor, en efecto, lo que le lleva al sacrificio: «Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; +Gál 2,20). Y por eso ahora «en Él tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados» (Ef 1,7; +Col 1,20). Por tanto, «nuestro Cordero pascual, Cristo, ya ha sido inmolado» (1Cor 5,7; igual doctrina en 1Pe 1,2.9; 3,18).

San Juan, por su parte, ve en Cristo crucificado el Cordero pascual definitivo, el que con su muerte sacrificial «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.37). Según disponía la antigua ley mosaica sobre el Cordero pascual, ninguno de sus huesos fue quebrado en la cruz (19,37 = Ex 12,46). Los fieles son, pues, «los que lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero» (Ap 7,14), es decir, «los que han vencido por la sangre del Cordero» (12,11). Y ese Cordero degollado, ahora, para siempre, preside ante el Padre la liturgia celestial (5,6.9.12). Así pues, el sacrificio de la vida humana de Jesús gana en la cruz la salvación para todos: «él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (1Jn 2,2).

-Sacrificio único y definitivo. La carta a los Hebreos, por su parte, contempla a Cristo como sumo Sacerdote, y su muerte, como el sacrificio único y supremo, en el que se establece la Nueva Alianza. En este precioso documento, anterior quizá al año 70, puede verse el primer tratado de cristología. Y en él se enseña que los antiguos sacrificios judíos -aunque establecidos por Dios, como figuras anunciadoras de la plenitud mesiánica- «nunca podían quitar los pecados», por mucho que se reiterasen (10,11), y que por eso mismo estaban llamados a desaparecer «a causa de su ineficacia e inutilidad» (7,18). Ahora, en cambio, en la plenitud de los tiempos, en la Alianza Nueva, nos ha sido dado Jesucristo, el Sacerdote santo, inocente e inmaculado (7,26-28), que siendo plenamente divino (1,1-2; 3,6) y perfectamente humano (2,11-17; 4,15; 5,8), es capaz de ofrecer una sola vez un sacrificio único, el del Calvario (9,26-28), de grandiosa y total eficacia para santificar a los creyentes (7,16-24; 9; 10,10.14).

-Sacrificio de expiación y redención. Cristo nos ha redimido con su propia sangre, sufriendo en la cruz el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. «Traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados, el castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). De este modo nuestro Salvador ha vencido en la humanidad el pecado y la muerte, y la ha liberado de la sujeción al Demonio.

«Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y no imputándole sus delitos» (2Cor 5,19). En efecto, nosotros estábamos «muertos a causa de nuestros pecados», pero Cristo nos ha hecho «revivir con él, perdonando todas nuestros delitos, y cancelando el acta de condenación que nos era contraria, la ha quitado de en medio, clavándola en la cruz. Así fue como despojó a los principados y potestades, y los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz» (Col 2,13-15). En la cruz, efectivamente, Cristo «ha destruido por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (Heb 2,14), y «haciéndose Sacerdote misericordioso y fiel», de este modo misterioso e inefable, «ha expiado los pecados del pueblo» (2,17).

-Sacrificio de acción de gracias. Ahora nosotros, «rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha» (1Pe 1,18-19), tenemos un ministerio litúrgico de alegría infinita, que iniciamos en la eucaristía de este mundo, para continuarlo eternamente en el cielo, cantando la gloria de nuestro Redentor bendito:

«Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria» (Prefacio I pascual).

((Los protestantes primeros -Lutero, Zuinglio, Calvino-, reconociendo el carácter sacrificial de la cruz, niegan que la misa sea un sacrificio, porque ignoran que la eucaristía no es sino el mismo misterio de la cruz. Partiendo de ese gran error, abominan de la misa, como si fuera una superstición horrible, y del sacerdocio católico. Una de las dos o tres ideas fundamentales de la Reforma protestante es, sin duda, la extinción del sacrificio eucarístico y del sacerdocio católico.))

En el signo de la Cruz

Todo el Evangelio tiene su clave en «la doctrina de la cruz de Cristo» (1Cor 1,18). Por eso el Apóstol no presume de saber de nada, sino de «Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor 2,2). Según ya vimos, es en la cruz donde se escribe con sangre la ley divina fundamental: cómo hay que amar a Dios y cómo hay que amar al prójimo.

Pero en la cruz se nos revela también el amor inmenso que Dios nos tiene. Es en la cruz donde se produce la suprema epifanía de Dios, que «es amor» (1Jn 4,8). Mirando a la cruz, que preside nuestras iglesias y que honra con su signo sagrado todo lo cristiano, es como nos sabemos hijos «elegidos de Dios, santos y amados» (Col 3,12). Pues, aunque sea un misterio insondable, la cruz sucedió «según los designios de la presciencia de Dios» (Hch 2,23). No fue, como ya vimos, un accidente imprevisto, ni un fracaso: fue un «mandato del Padre» (Jn 14,31), obedecido por el Hijo hasta la muerte (Flp 2,8). Todo lo relacionado con la cruz del Hijo de Dios es, sin duda, «escándalo para los judíos, locura para los gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos» (1Cor 1,23-24). La cruz es, en efecto, la locura del amor de Dios hacia los hombres.

«La verdad es que apenas habrá quien muera por un justo; sin embargo, pudiera ser que muriera alguno por uno bueno; pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros» (Rm 5,7-8). El Padre, en efecto, «no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros» (8,32). Este asombro de San Pablo es el mismo de San Juan: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,9-10).

Los Padres de la Iglesia no apartan sus ojos de la cruz de Cristo, actualizada siempre en la eucaristía, y no se cansan de cantar su gloria en sus escritos y predicaciones. Ningún otro aspecto de la fe es tratado por ellos con tanta frecuencia, con tanto gozo y amor. Y no hacen en eso sino prolongar la predicación de los apóstoles: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en la carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20). Este espíritu de los Padres, es el que ha animado a los santos de todos los tiempos. Así San Juan Crisóstomo:

«La cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la cruz es la voluntad del Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe» (MG 49,396).

La cruz, aún más que la resurrección, revela que Dios es amor, y manifiesta inequívocamente el amor que nos ha tenido Dios. Esto es lo que hace de la cruz la clave indiscutible del cristianismo. La resurrección gloriosa expresa de modo formidable la divinidad de Jesucristo, su victoria sobre la muerte y el demonio, el pecado y el mundo. Pero la cruz, la sagrada y bendita cruz, es la revelación suprema de Dios, que es amor, y la prueba máxima del amor que Dios nos tiene. La misericordia de Dios con los pecadores, la solicitud paternal de su providencia, la locura del amor divino, la misteriosa naturaleza íntima del mismo Dios, se revelan ante todo y sobre todo en la cruz de Cristo, esa cruz que se actualiza en el sacrificio litúrgico de la misa. «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó [en Belén, y aún más, en el Calvario] su Unigénito Hijo» (Jn 3,16).

San Agustín exclama en sus Confesiones:

«¡Oh, cómo nos amaste, Padre bueno, que "no perdonaste a tu Hijo único, sino que lo entregaste por nosotros, que éramos pecadores" [Rm 8,32]! ¡Cómo nos amaste a nosotros, por quienes tu Hijo "no hizo alarde de ser igual a ti, sino que se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz" [+Flp 2,6]! Siendo como era el único libre entre los muertos, "tuvo poder para entregar su vida y tuvo poder para recuperarla" [+Jn 10,18]. Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima: vencedor, precisamente por ser víctima; por nosotros se hizo ante ti sacerdote y sacrificio: sacerdote, precisamente del sacrificio que fue él mismo. Siendo tu Hijo, se hizo nuestro servidor, y nos transformó, para ti, de esclavos en hijos...

«Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mi miseria, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad; pero tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: "Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos" [1Cor 5,75].

«He aquí, pues, Señor, que arrojo ya en ti mi cuidado, a fin de que viva y pueda "contemplar las maravillas de tu voluntad" [Sal 118,18]. Tú conoces mi ignorancia y mi flaqueza: enséñame y sáname. Tu Hijo único, "en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" [Col 2,3], me redimió con su sangre. "No me opriman los insolentes" [Sal 118,122], porque yo tengo en cuenta mi rescate, y lo como y lo bebo y lo distribuyo, y aunque pobre, deseo saciarme de él en compañía de aquellos que comen de él y son saciados por él. "Y alabarán al Señor los que le buscan" [Sal 21,27]» (Confesiones X,43,69-70).

La cruz del Señor, actualizada cada día en la eucaristía, es el sello de garantía de todo lo cristiano. Lo que no está marcado por su gloriosa huella es sin duda una falsificación del cristianismo. No es posible ser discípulo de Cristo, no es posible seguirle, sin tomar cada día la cruz (Lc 14,27). El verdadero camino evangélico, que lleva a la vida y a la alegría, es un camino estrecho, que pasa por una puerta angosta (Mt 7,13-14).

La Iglesia que «no se avergüenza del Evangelio» (+Rm 1,16; 2Tim 1,8) es la que se gloría siempre en la cruz de Cristo (Gál 6,14), y no en otras cosas. Es la que en su fe, predicación y espiritualidad permanece fielmente centrada en la Cruz sagrada, de donde procede toda salvación, honor y gracia. En tal Iglesia no se requieren grandes explicaciones sobre la eucaristía. Pocas palabras bastan para introducir en el misterio de su liturgia. Por el contrario, allí donde prevalezcan «los enemigos de la cruz de Cristo» (Flp 3,18), allí donde se va dejando de lado la Pasión redentora, para centrar la atención de los cristianos en temas «más positivos», la eucaristía resulta ininteligible. Y entonces, de poco le servirán al pueblo cristiano las explicaciones sobre la liturgia eucarística, por minuciosas y pedagógicas que sean. Alejado de la Cruz, el pueblo ha ido perdiendo la inteligencia de la fe.

Stabat Mater dolorosa juxta Crucem lacrimosa

No hemos de terminar esta breve evocación de la Pasión sin decir que en el mismo centro del Misterio Pascual está la Virgen María: «junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19,25). Ella se une tan indeciblemente a Cristo por el amor, que durante la Pasión puede decirse que es insultada, tentada por el demonio, abandonada por los discípulos, azotada y despreciada, y que, como su Hijo, ella también sufre pavor y angustia, pensando sobre todo en la posible suerte de los réprobos. Finalmente, la lanza del soldado, más que a Cristo, ya muerto e impasible, la atraviesa a ella, que está viva, aunque medio muerta por la pena.

Se han cumplido, pues, aquellas palabras proféticas que Simeón, con el niño Jesús en sus brazos, «dijo a María, su madre: Mira, éste está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para señal de contradicción; mientras que a ti una espada te atravesará el corazón» (Lc 2,34-35).

La pasión de la Virgen María es, pues, parte integrante del Misterio Pascual y, por tanto, de la santa misa, que lo actualiza bajo los velos de la liturgia (+Catecismo 964).

 

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SANTA MISA

 

Por Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal 

Tomad y comed: éste es mi cuerpo que por vosotros será entregado: haced esto en memoria mía [...]. Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre: haced esto en memoria mía. I Cor 11, 24-25; Lc22, 19-20.

El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?, y el pan que partimos, ¿no es la participación del cuerpo del Señor? [...]. Los que comen las victimas, ¿no tienen parte en el altar (o sacrificio)? No podéis, pues, beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios; no podéis tener parte en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios. I Cor 10, 1621.

Todas las veces que comiereis este pan y bebiereis este cáliz anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga. I Cor 11, 26.

Desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar ha de ofrecerse a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura, pues grande es mi nombre entre las gentes, dice Yavé de los ejércitos. Pero vosotros lo profanáis, diciendo: La mesa de Yavé es inmunda, y despreciables sus alimentos. Y aún decís: ¡Oh, qué fastidio!, y lo despreciáis, dice Yavé de los ejércitos, y of recéis lo robado, lo cojo, lo enfermo; lo presentáis como ofrenda. ¿Voy a complacerme yo aceptándolo de vuestras manos? Mal 1, 11-13.

Que ésta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados, Mt 26, 28.

Y Melquisedec, rey de Salem, sacando pan y vino, como era sacerdote del Dios Altísimo, bendijo a Abraham diciendo: «Bendito Abrabam del Dios Altísimo, el dueño de los cielos y tierra» Gen 14, 18-19.

Sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de sus días sin fin de su vida, se asemeja en eso al Hijo de Dios, que es sacerdote para siempre. Heb 7, 3.

Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor. Y aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia, y al ser consumado, vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna. Heb 5, 7-9.

Pero éste (Cristo Sacerdote), por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio perpetuo. Y es, por tanto, perfecto su poder de salvar a los que por El se acercan a Dios y siempre vive para interceder por ellos. Heb 7, 24-25.

Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional. Rom 12, 1.
 

Mas yo por la misma Ley he muerto a la Ley, por vivir para Dios; estoy crucificado con Cristo. Gal 2, 19.

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Selección de Textos – Sacrificio de la Misa

 

 

Sacrificio incruento de la cruz

3489 Si alguien dijese que el sacrificio de la Misa es solamente de alabanza y de acción de gracias, o una simple conmemoración del sacrificio consumado en la cruz, y que no es (un sacrificio) propiciatorio, o bien que aprovecha sólo a quien comulga, o que no se debe ofrecer por vivos y difuntos, por los pecados, las penas, las satisfacciones y otras necesidades, sea anatema (CONCILIO DE TRENTO, Denz. Sch., 1753).

3490 La oblación es la misma, cualquiera que sea el oferente, Pablo o Pedro; es la misma que Cristo confió a sus discípulos, y que ahora realizan los sacerdotes; ésta no es, en realidad, menor que aquélla, porque no son los hombres quienes la hacen santa, sino Aquel que la santificó. Porque así como las palabras que Dios pronunció son las mismas que el sacerdote dice ahora, así la oblación es la misma (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. sobre la Epístola 2 a Timoteo).

3491 La Iglesia no cesa jamás de revivir su muerte en Cruz y su Resurrección, que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto, por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía, encontrando en ella la «fuente de la vida y de la santidad» (cfr. Letanías del Sgdo. Corazón), el signo eficaz de la gracia y de la reconciliación con Dios, la prenda de la vida eterna (JUAN PABLO II, Enc. Redemptor hominis, 11, 7).

3492 Gracias a la transustanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, así como está realmente presente su Cuerpo, también lo está su Sangre; y de esa manera las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre. De este modo, la conmemoración de su muerte que realmente sucedió en el Calvario, se repite en cada uno de los sacrificios del altar, ya que por medio de señales diversas se significa y se muestra Jesucristo en estado de victima (Pio XII, Enc. Mediator Dei).

3493 [...] toda Misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrificio que ofrece, aprende a ofrecerse a si misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz (PABLO Vl, Mysterium Fidei, 3-9-1965, n. 4).

3494 El sacerdote habla en las oraciones de la Misa en nombre de la Iglesia, en cuya unidad está. Mas en la consagración habla en nombre de Cristo, cuyas veces hace por la potestad de orden (SANTO TOMAS, Suma Teológica, 3, q. 82, a. 7 ad 3).

3495 La Misa [...] es acción divina, trinitaria, no humana. E1 sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo (SAN JOSEMARÍA. ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 86).

Santa Misa y redención del mundo. Eficacia de la Santa Misa

3496 Cada Misa que se celebra se ofrece no sólo por la salvación de algunos, sino también por la salvación de todo el mundo (PABLO VI, Mysterium Fidei, 3-9-1965, n. 4).

3497 La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la Cruz, por medio del cual Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado (I Cor 5, 7) (CONC VAT. Il, Const. Lumen Gentium, 3).

3498 Cuando celebro la Santa Misa con la sola participación del que me ayuda, también hay allí pueblo. Siento junto a mi a todos los católicos, a todos los creyentes y también a los que no creen. Están presentes todas las criaturas de Dios —la tierra y el cielo y el mar, y los animales y las plantas—, dando gloria al Señor la Creación entera (SAN JOSEMARÍA. ESCRIVÁ, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-41973).

3499 La santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).

Jesucristo, Sacerdote y Victima

3500 El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima (SAN JOSEMARÍA. ESCRIVÁ,  Es Cristo que pasa, 85).

3501 Cristo es a la vez la Víctima y Pontífice. Pues el que ofrece el sacrificio al Padre en el altar de la cruz es el mismo que ofrece su propio cuerpo como victima (ORIGENES, Hom. sobre el Génesis, 8).

3502 Jesucristo en verdad es sacerdote, pero sacerdote para nosotros, no para si, al ofrecer al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre del género humano. Igualmente, El es victima, pero para nosotros, al ofrecerse a si mismo en vez del hombre sujeto a la culpa. Pues bien, aquello del Apóstol: tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo, exige a todos los cristianos que reproduzcan en si, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenia el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio, es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad de Dios la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de victima, abnegándose a si mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia detestando y confesando cada uno sus propios pecados [...] (Pio XII, Enc. Mediator Dei, 22).

3503 No es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios. Esto es mi cuerpo, dice. Y esta palabra transforma las cosas ofrecidas (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre la traición de Judas, 1).

Sacramento de la unidad

3504 Esto es lo admirable de esta festividad: que él reúne para celebrarla a los que están lejos y junta en una misma fe a los que se encuentran corporalmente separados (SAN ATANASIO, Carta 5).

3505 El día llamado del sol nos reunimos en un mismo lugar, tanto los que habitamos en las ciudades como en los campos, y se leen los comentarios de los apóstoles o los escritos de los profetas, en la medida que el tiempo lo permite. Después, cuando ha acabado el lector, el que preside exhorta y amonesta con sus palabras, en la medida que el tiempo lo permite [...] Luego, nos ponemos todos de pie y elevamos nuestras preces; y, como ya hemos dicho, cuando hemos terminado las preces se trae pan, vino y agua; entonces, el que preside eleva fervientemente oraciones y acciones de gracias, y el pueblo clama: Amén. Seguidamente tiene lugar la distribución y comunicación, a cada uno de los presentes, de los dones sobre los cuales se ha pronunciado la acción de gracias, y los diáconos los llevan a los ausentes (SAN JUSTINO, Apología 1. a, 66-67).

3506 [...] la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico (CONC VAT 11, Const. Lumen Gentium, n. 3)

Preparación y acción de gracias

3507 ¿Estáis allí con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio? (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el pecado).

3508 Reunidos cada domingo, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro (Doctrina de los doce apóstoles, cap. 9)

3509 La Misa acabada, recójase media hora a dar gracias y hólguese con el que en sus entrañas tiene, y aprovéchese de El, no de otra manera de como cuando acá vivía fue recibido de Zaqueo o de Mateo, o de otro que se lea; porque el más quieto tiempo de todos es aquel mientras el Señor está en nuestro pecho, el cual tiempo no se ha de gastar en otras cosas, si extrema necesidad a otra cosa no nos constriñese [...] (SAN JUAN DE AVILA, Carta 5).

3510 A la celebración ha de seguir la acción de gracias [...]. ¡Cuántos libros de piedad exhortan e inculcan la acción de gracias después de la Misa; pero, ¿cuántos son los sacerdotes que la dan? [...1 La acción de gracias después de la Misa no habría de terminar sino con el día [...]. El tiempo que sigue a la Misa es tiempo de negociar con Dios y de hacerse con tesoros celestiales de gracias [...] (SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO, Misa y oficio atropellados, 1. c., pp. 422-423).

3511 La unión espiritual con Cristo, a la que se ordena el mismo sacramento, no se ha de procurar únicamente en el tiempo de la celebración eucarística, sino que ha de extenderse a toda la vida cristiana, de modo que los fieles cristianos, contemplando asiduamente en la fe el don recibido y guiados por el Espíritu Santo, vivan su vida ordinaria en acción de gracias y produzcan frutos más abundantes de caridad. Para que puedan continuar más fácilmente en esta acción de gracias, que de un modo eminente se da a Dios en la Misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan un tiempo en oración (PABLO VI,Eucharisticum Mysterium, 38)

3512 No saldréis de la iglesia al momento de terminar la santa Misa, sino que os aguardaréis algunos instantes para pedir al Señor fortaleza en cumplir vuestros propósitos [... (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Comunión).

Los ángeles, presentes en el Sacrificio eucarístico

3513 De la misma manera que vemos cómo los ángeles se encuentran rodeando el cuerpo del Señor en el sepulcro, así debemos creer también que se encuentran haciendo la corte en la Consagración (SAN BEDA, en Catena Aurea, vol. VI, p. 529).

3514 Allí están presentes muchos ángeles [...], para venerar este santo misterio; y así, estando nosotros con ellos y con la misma intención, es preciso que con tal compañía recibamos muchas influencias propicias. En esta acción divina se vienen a unir a nuestro Señor los corazones de la Iglesia triunfante y los de la Iglesia militante, para prendar con El, en El y por El el corazón de Dios Padre, y apoderarse de toda su misericordia (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, II, 14).

3515 El santo abad Nilo nos refiere que su maestro San Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante lá santa Misa, veía a una multitud de ángeles bajando del cielo para adorar a Jesús sobre el altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir por Jesucristo presente sobre el altar. ¡Momento precioso, momento feliz para nosotros, aquel en que Jesús está presente sobre nuestros altares! ¡Ay!, si los padres y las madres comprendiesen bien esto y supiesen aprovechar esta doctrina, sus hijos no serían tan miserables ni se alejarían tanto de los caminos que al cielo conducen. ¡Dios mío, cuántos pobres junto a un tan gran tesoro! (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).

«Centro y raíz» de la vida cristiana

3516 La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos (cfr. SANTO TOMÁS, Suma Teológica 3, q. 65 a. 3). En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación (SAN JOSEMARÍA. ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 87).

La Santa Misa en la vida del sacerdote

3517 La devota y sincera celebración de la Santa Misa—que se recomienda vivamente sea cotidiana—lleva el alma del sacerdote a penetrar vitalmente en el sentido profundo de su existencia: que es sacrificio y comunión, vida plenamente consagrada al Padre y plenamente enviada, donada, comunicada al mundo y a los hombres (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 63).

3518 En el misterio del sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención, y, por ende, encarecidamente se les recomienda su celebración cotidiana, la cual, aunque pueda no haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia. Así, al unirse los presbíteros al acto de Cristo sacerdote, se ofrecen diariamente por entero a Dios y, al alimentarse del cuerpo de Cristo, participan de corazón la caridad de Aquel que se da en manjar a los fieles (CONC. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 13).

3519 Para satisfacer esta exigencia de unión con Dios y de entrega a los hombres, el sacerdote encuentra el centro y raíz de toda su vida en el Sacrificio Eucarístico, donde en unión con Jesucristo, se ofrece enteramente a Dios en sacrificio de adoración, para llenarse a su vez de la caridad de Cristo pro mundi vita (Jn 6, 52) (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 54).

3520 Todos los afectos y las necesidades del corazón del cristiano encuentran, en la Santa Misa, el mejor cauce: el que, por Cristo, llega al Padre, en el Espíritu Santo. El sacerdote debe poner especial empeño en que todos lo sepan y lo vivan. No hay actividad alguna que pueda anteponerse, ordinariamente, a ésta de enseñar y hacer amar y venerar a la Sagrada Eucaristía (SAN JOSEMARÍA. ESCRIVÁ, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-4-1973).

Atención y participación en la Misa

3521 ¡Cuántas almas saldrían del pecado, si tuviesen la suerte de oír la Santa Misa en buenas disposiciones! No nos extrañe, pues, que el demonio procure en ese tiempo sugerirnos tantos pensamientos ajenos a la devoción (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).

3522 Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico (Pio XII, Enc. Mediator Dei, n. 22).

3523 La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada (CONC. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 48).

3524 Es menester que el rito externo del sacrificio, por su misma naturaleza, manifieste el culto interno; y el sacrificio de la nueva ley significa aquel supremo acatamiento con que el mismo oferente principal, que es Cristo, y por El todos sus miembros místicos, honran y veneran a Dios con el debido honor (Pio XII, Enc. Mediator Dei).

Vivir la Misa a lo largo del día

3525 Encontramos en el libro de los Proverbios: si te sientas a comer en la mesa de un señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar con atención lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos (SAN AGUSTIN, Trat. Evang. S. Juan, 84).

3526 Después de haber participado en la Misa, cada uno ha de ser solicito en hacer buenas obras, en agradar a Dios y vivir rectamente, entregado a la Iglesia, practicando lo que ha aprendido y progresando en el servicio de Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano y también constituyéndose en testigo de Cristo en toda circunstancia y en el corazón mismo de la convivencia humana (PABLO VI, Eucharisticum mysterium,n. 13).

La oración de petición en la Santa Misa

3527 No hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Santa Misa (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).

3528 El Sacrificio del Calvario es una muestra infinita de la generosidad de Cristo. Nosotros—cada uno—somos siempre muy interesados; pero a Dios Nuestro Señor no le importa que, en la Santa Misa, pongamos delante de El todas nuestras necesidades. ¿Quién no tiene cosas que pedir? Señor, esa enfermedad... Señor, esta tristeza... Señor, aquella humillación que no sé soportar por tu amor... Queremos el bien, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda.

Pero la gran miseria que nos hace sufrir, la gran necesidad a la que queremos poner remedio es el pecado, el alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas se pierdan para toda la eternidad. Llevar a los hombres a la gloria eterna en el amor de Dios: ésa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Misa, como fue la de Cristo al entregar su vida en el Calvario (SAN JOSEMARÍA. ESCRIVÁ, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-4-1973).

 

 

La Virgen y la Santa Misa

3529 ¿Cómo podríamos tomar parte en el sacrificio sin recordar e invocar a la Madre del Soberano Sacerdote y de la Victima? Nuestra Señora ha participado muy íntimamente en el sacerdocio de su Hijo durante su vida terrestre, para que esté ligada para siempre al ejercicio de su sacerdocio. Como estaba presente en el Calvario, está presente en la Misa, que es una prolongación del Calvario. En la Cruz asistía a su Hijo ofreciéndose al Padre; en el altar, asiste a la Iglesia que se ofrece a si misma con su Cabeza, cuyo sacrificio renueva. Ofrezcámonos a Jesús por medio de Nuestra Señora (P. BERNADOT, La Virgen en mi vida, p. 233).

Misa.- "Entrarnos en la comunión de Jesucristo, de sus trabajos y de su Divinidad con el sacrificio incruento que se ofrece en la Iglesia. (S. Greg. Nacianc., Orat. 3, sent. 8, Tric. T. 3, p. 383.)"

"Y empezaron a comer. Todos los días se celebra el festín que hizo a su hijo el padre pródigo. todos los días recibe el Padre celestial a su Hijo: continuamente es sacrificado Jesucristo en la Iglesia por los fíeles. (San Jerón., Ep. 140, ad Cypr., sent. 57, Tric. T. 5, p. 248.)"

"Nuestro principal sacrificio es el don saludable que se ofrece sobre el santo altar; el segundo, es el martirio; el tercero, la oración; el cuarto, la alegría del corazón; el quinto, la justicia; el sexto, la limosna; el séptimo, las alabanzas de Dios; el octavo, la compunción del alma; el noveno, la humildad; el décimo, la predicación. (S. Juan Crisóst., in Psalm. 95, sent. 131, Tric. T. 6, p. 324.)"

"Cuando el Sacerdote nombra en el sacrificio a los querubines y serafines, quiere elevar nuestros espíritus de la tierra al cielo, corno si nos dijera: supuesto que en este lugar cantáis acordes con los serafines, asistíd con la misma reverencia que los serafines, y rodead como ellos, y con el mismo respeto el Trono Real. No hay que admirar el que aquí estéis en compañía de los serafines, supuesto que Dios os comunica cosas que aún no se atreven a tocar los serafines. (S. Juan Crisóstomo, Horril. 6, in Isaíam., sent. 161, Tric. T. 6, p. 330 y 33l.)"

"Es necesario socorrer a los difuntos, no con lágrimas de arrepentimiento, sino con oraciones, súplicas, ofrendas y limosnas; pues no sin razón se han instituido estas cosas: no en vano hacemos memoria de los difuntos en la celebración de los divinos misterios, y pedimos por su alivio al Cordero inmaculado que se ofrece, y que llevó y borró los pecados del mundo; y no sin razón, dice en alta voz el que asiste delante del altar mientras se celebran los divinos misterios: esto se hace por todos los que duermen en Jesucristo, y por que celebran su memoria. (S. Juan Crisóst., Horril. 41, sent. 321, Tric. T. 6, p. 369.)"

"El que quiere oír misa entera con grandes ventajas de su alma, debe estar en la iglesia con humilde postura de su cuerpo, y con el corazón contrito, hasta tanto que se haya dicho la oración del Señor, y se haya echado la bendición al pueblo. (S. Cesáreo de Arlés, Serm. 80, sent. 16, Tric. T. 9, p. 46.)"

"Cuando el cordero de Dios es inmolado, dice el Crisóstomo, los serafines están presentes y cubren su rostro con sus seis alas. Mientras estamos en esta vida, añade, este sacrificio transforma la tierra en cielo. (Ibis., Barbier., T. 3, p. 375.)"

"Cuando el Sacerdote celebra la misa, dice la Imitación de Jesucristo, honra a Dios, regocija a los Ángeles, edifica a la Iglesia, ayuda a los vivos, da reposo a los muertos y participa también de todos los bienes. (Lib. 4, c. 5, Barbier., ¡bid., ¡bid.)"

"La misa es el memorial de la Pasión y muerte de Jesucristo. El mismo Salvador lo dijo a los Apóstoles: Hoc facite in meam commemorationem: Haced lo mismo en recuerdo mío. Y aún podemos añadir que es el mismo sacrificio de la Cruz, siendo el Sacerdote el mismo y la misma también la víctima... Convenía, dice San Pablo a los Hebreos, que tal Pontífice tuviésemos nosotros, santo, inocente e inmaculado, segregado de los pecadores y ensalzado sobre los cielos; un Pontífice que no tiene necesidad como los otros Sacerdotes, de ofrecer cada día sacrificios primeramente por sus pecados, y después por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez ofreciéndose a sí mismo. (Barbier., ibid., ibid., ibid.)"

"Jesucristo es propiciación por nuestros pecados, dice San Juan en su primera epístola, y no tan sólo por nosotros, sino también por los de todo el mundo. (Barbier., ibid., ibid.)"

"El gran sacrificio del Altar basta para satisfacer a Dios, porque tiene un valor infinitamente más grande que el peso de las iniquidades de todo el universo. San Pablo lo dice también a los Romanos: Cuando creció el pecado, sobrepujó la gracia: Ubi abundavit delictum, superabundavit et gratia. (Barbier., ibid., ibid.)"

"En su infinita bondad, Jesucristo quiso dejar a su esposa, la Iglesia, visible e indestructible, un sacrificio visible y permanente. El sacrificio de la Cruz fue en realidad la primera misa... El sacrificio del Altar es tan grande, que sólo puede ofrecerse a Dios. Podemos sacar de la santa misa cinco frutos principales: primero, aumento de gracias; segundo, remisión de las penas debidas por el pecado; tercero, consecución más fácil de lo que pedimos; cuarto, emisión de actos de fe, de esperanza, de caridad y religión; quinto, seguridad de que asistiendo al sacrificio, y hallándonos ante Jesucristo, ninguna de nuestras oraciones puede quedar sin remedio. (Barbier., ibid., p. 375 y 376.)"

"El santo sacrificio se ofrece por tres principales motivos: primero, en acción de gracias por los bienes recibidos; segundo, para satisfacción de los pecados cometidos; y tercero, para pedir los auxilios y gracias necesarios... Nosotros también hemos de ofrecemos a Dios... Durante la misa conviene pensar en Aquél a quien se ofrece el sacrificio... en el que lo ofrece, es decir, en Jesucristo,... en el que es ofrecido... y en el motivo porque se ofrece... Siendo el santo sacrificio el memorial del amor de Jesucristo hacia los hombres, hemos de meditar, mientras se ofrece, en los sufrimientos del Salvador y en su amor inmenso. Es el medio de oír misa con mucho fruto... Hemos de asistir a misa con el profundo respeto interior y exterior que exige el lugar santo, la presencia de Dios, la de los Ángeles y de los fieles, y finalmente el pensamiento del gran misterio que se opera... Hemos de oír misa con fe, humildad, compunción, temor y confianza... Si así se oyera, otra sería la vida de los cristianos. (Barbier., ¡bid., p. 378.)"

"Muchos no se presentan sino para ser vistos y estimados en público; y si han llegado a ganarse los aplausos de la concurrencia que les escucha, se alegran tanto como si hubieran ganado un reino.
(S. Juan Crisóst., Homl. 30, c. 14, sent. 275, Tric. T. 6, p. 357.)"

 

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MINISTERIO

 

La palabra ministerio (del latín ministerium) es la traducción del griego diakonía, y sirve para indicar fundamentalmente la realidad del servicio eclesial. En el Nuevo Testamento se refiere con frecuencia a los apóstoles (Hch 1,25; 20,24; Col 1,7), y en particular al ministerio de la palabra (Hch 6,4), a su misión de servir a los hombres para los misterios de Dios ( 1 Cor 4,1), de cooperar a la acción de reconciliación (2 Cor 5,18-6,1).

Pero ante todo la diaconía es de Cristo: él es el diácono siervo de todos (como dice san Policarpo, Ad Phil. 5,2). Él vino a servir (Mt 20,28; Mc 10,45). En la última cena se viste de siervo y lava los pies de sus discípulos (Jn 13,12-15). El sentido auténtico de su sacerdocio es el de ser una forma de servicio a los últimos (Heb 5,1); y es ésta la forma más eficaz y necesaria, porque, al asumir la naturaleza humana y al hacerse en todo semejante a nosotros, Cristo dio la vida por nuestra salvación. El servicio que Jesús ofrece a los hombres es la confiada entrega de sí mismo al Padre, en un eterno acto de culto que resume toda su vida (Heb 5,7-9).

 

Cuerpo de Cristo y Esposa suya, la Iglesia participa de la ministerialidad de Cristo. Acoge en sí misma e imita a Cristo como siervo, en la entrega plena a su misión. Son varios los ministerios en la Iglesia de los orígenes, aunque se da cierta vacilación en la terminología: apóstoles (los Doce, Y también Pablo, Bernabé, Silas, Tito, Timoteo), presidentes, profetas, epíscopos, presbíteros, diáconos, pastores. Lo cierto es que ningún ministerio es llamado sacerdocio. Se trata en este caso de un título derivado del paralelismo con el ministerio y el culto del Antiguo Testamento. Todo el pueblo de Dios es sacerdotal Y - sólo más tarde los presbíteros fueron llamados sacerdotes. En las cartas a Timoteo y a Tito podemos descubrir interesantes matizaciones de pensamiento y de lenguaje sobre los ministerios. Para cuidar de las Iglesias que había fundado, Pablo tiene colaboradores prontos a intervenir donde se les necesite. Entre ellos está Timoteo, elegido por indicación de los profetas de la comunidad y confirmado en el oficio con la imposición de manos por parte de Pablo (2 Tim 1.6) y del presbiterio local (1 Tim4,14). Estos colaboradores recibían quizás el nombre de evangelistas (2 Tim 1,5) estaban encargados de la evangelización y la catequesis, de la liturgia, de la asistencia a los pobres y a las viudas. Además, tenían que constituir para la dirección de cada comunidad un colegio de presbíteros (1 Tim 5,17-22; Tit 1,5-9) y de diáconos (1 Tim 3,8-13), Entre los diáconos destaca va, como coordinador de los mismos, un " epíscopo» (1 Tim 3,1-7) (o quizás se trataba del grupo de los presbíteros), con la tarea de vigilar y de presidir a la comunidad.

 

En el siglo 11 el obispo adquirió una función cada vez más destacada dentro del presbiterio, aunque en estrecha conexión con el mismo y con toda la comunidad, por la que era elegido. Pero luego recibía la aprobación, con el rito de la imposición de manos, de los responsables de las comunidades cristianas precedentes, manteniendo así una vinculación continua y viva con las personas y el mensaje de los apóstoles. De todas formas, la estructuración actual de los ministerios directivos de la comunidad local con el obispo en su cima, ayudado por el colegio de los presbíteros y de los diáconos, se afirmó con claridad en Antioquía con Ignacio a comienzos del siglo 11. Al obispo Y a los presbíteros corresponde la liturgia, sobre todo el ofrecimiento del sacrificio, y la tarea de apacentar la grey. Los diáconos no ejercen un servicio sacerdotal.

 

Desde la antigUedad existían además varias categorías de fieles con funciones subalternas y no siempre distintas de las de los diáconos. De las listas que tenemos no resulta fácil reconstruir su número y sus funciones. En los Statuta Ecclesiae Antiqua, del siglo y, se nos presentan para la Iglesia de Roma cinco órdenes menores: el subdiácono (que desde el siglo XIII fue considerado orden mayor), el acólito, el exorcista, el lector y el ostiario. La reforma vaticana, con el motu proprio Ministeria quaedam ( 15 de agosto de 1972), los suprimió como órdenes menores. Sólo quedan el acolitado y el lectorado como ministerios instituidos, que no se confieren por ordenación y que por tanto son laicales: los fieles que los ejercen no asumen ya funciones de suplencia respecto al clero, sino que ejercen un derecho basado en el sacerdocio común. Por consiguiente, se ha abierto una nueva perspectiva, que valora ampliamente la ministerialidad propia de la Iglesia pueblo de Dios y que llega a expresarse bien con ministerios instituidos por la Iglesia, bien con ministerios de hecho (en dependencia y en relación con los sacramentos cristianos). El documento Evangelización y ministerios ( 1977) de la Conferencia episcopal italiana ofrece las siguientes características del ministerio no ordenado : sobrenaturalidad de origen (nacen de una vocación que es don y gracia del Espíritu Santo), eclesialidad de fin y de contenido, estabilidad de prestación, publicidad de reconocimiento.

La revalorización de los ministerios laicales es ciertamente fruto de la eclesiología conciliar. En el centro está el sacerdocio de Cristo, único sumo sacerdote, en cuanto que comprende tanto el sacerdocio ministerial como el sacerdocio común de los fieles. Aun participando del único sacerdocio de Cristo y estando por tanto ordenados el uno al otro, difieren entre sí de manera esencial (LG 10). El sacerdocio ministerial se distingue del sacerdocio común por la potestad sagrada que le confiere la sagrada ordenación. Pero también el sacerdocio común es verdadero sacerdocio. De ambos se desprende una rica ministerialidad, que continúa el servicio de Cristo diácono, pastor, sacerdote Y maestro.

R. Gerardi

Bibl.: AA. VV..Ministerio, en CFT 111, 47-70; S. Dianich, Ministerio, en DTI, 111, 515-528; J Lécuyer, Ministerios, Ministros ordenados, en DpAc, 11, 1444-1449; J Delorme, El ministerio y los ministerios según el Nuevo Testamento Cristiandad, Madrid 1975; E. Schillebeeckx, El ministerio eclesial. Responsables en la comunidad cristiana, Cristiandad, Madrid 1983; J. Equiza - G. Puhl, Para vivir el ministerio, Verbo Divino, Estella 1988

 

 

MINISTERIOS (NO ORDENADOS)

 

 

Por ministerio se entiende toda función ejercida dentro de la comunidad y para la edificación de la misma. En general, el ministerio se caracteriza por una cierta continuidad y por la existencia de un mandato eclesial más o menos explícito. Se trata, pues, esencialmente de un "servicio», que expresa además la idea de una fidelidad y adhesión especial a Dios y por tanto a los hermanos.

Una de las novedades del período posterior al Vaticano II reside en la valoración de los ministerios no ordenados, que no sólo han ocupado el sitio de las antiguas «órdenes menores», sino que han modificado su estatuto teológico-eclesial. Efectivamente. las órdenes menores estaban reservadas para los candidatos al sacerdocio, y su sentido fundamental, incluso existencialmente, era el de constituir una etapa de transición con vistas al sacerdocio ordenado. Esta situación cambió después del motu proprio Ministeria quaedam de Pablo VI ( 15 de agosto de 1972), con el que -una vez abolido el subdiaconado, el exorcistado y el ostiariado- el lectorado y el acolitado se convertían, de órdenes menores, en «ministerios instituidos» (para distinguirlos de los ministerios «ordenados»: diaconado, presbiterado, episcopado) y no ya en simples etapas de paso para los aspirantes al sacerdocio, dado que pueden ser recibidos también por viri laici.

El primer proyecto de reestructuración de los ministerios que apareció en el Vaticano II se limitaba a proponer la supresión del exorcistado, del ostiariado y del subdiaconado, manteniendo el lectorado y el acolitado como «órdenes menores » (es decir como prerrogativa de los clérigos y etapa de transición hacia el sacerdocio). Pero el hecho de que hoy se trate de « ministerios instituidos», es decir, no relacionados con una ordenación, y que estén también abiertos a los laicos, supone un cambio importante tanto de sus funciones como (sobre todo) de su significado eclesial.

También es apropiado hablar de ministerios laicales, ya que los fieles que los ejercen no actúan como suplentes de los clérigos, sino que hacen operativa una especificación particular de su dignidad bautismal.

En este momento, son ministerios instituidos el de lector y el de acólito.

Es tarea del lector proclamar la sagrada Escritura en la asamblea litúrgica -pero no leer el evangelio del día, que es función presidencial- y el salmo responsorial, siempre que no haya un salmista (como sería preferible), y proponer las intenciones para la plegaria de los fieles. El acólito está instituido para ayudar al sacerdote y al diácono; sus tareas, más «fluidas» que las del lector, son: llevar la cruz en las procesiones, presentar el libro al sacerdote o al diácono, cuidar de los vasos sagrados, ayudar al sacerdote y al diácono en la distribución de la comunión a los fieles, exponer públicamente la eucaristía a la adoración de los fieles.

Estos ministerios siguen siendo recibidos por los candidatos al sacerdocio, pero también en este caso puede observarse un cambio en cuanto a su finalidad, que es principalmente pedagógica: «para disponerse mejor a las futuras tareas de la palabra y del altar».

Hay que recordar que el documento de 1912 pensaba en otros posibles ministerios, entre ellos el de catequista y otros concernientes sobre todo a las actividades caritativas.

L. Sebastiani

 

Bibl.: D. Borobio, Ministerio sacerdotal. Ministerios laicales, DDB, Bilbao 1982; Conferencia episcopal francesa, ¿Todos responsables en la Iglesia? Sal Terrae, Santande´ 1975; L. Ligier, Ministerios laicales de suplencia. sus fundamentos en los documentos del Vaticano II en R. Latourelle, Vaticano II Balance y perspectivas. Sígueme, Salamanca 1989, 559-569.

MIQUEAS

 

Este libro figura en el canon entre los doce profetas menores. Contiene probablemente partes que proceden de épocas muy diversas. El núcleo básico lo constituyen las palabras del profeta Miqueas, del siglo Vlll, con sucesivas reelaboraciones en el período del destierro. Sobre la persona de Miqueas nos da noticias sobre todo el título ( 1 , 1), que lo presenta como un conten-lporáneo algo más joven que Isaías, y del reino de Judá como él. A comienzos de su actividad, por el 740-736, todavía existía el reino del norte: Miqueas conoció su lenta agonía, sufrió por la toma de Samaría y por la deportación de sus habitantes (721); conoció también la invasión de Senaquerib sobre Judea. En su mensaje se van alternando los reproches ( 1 -3; 6-7: procesos a Israel) y los anuncios de salvación (cc. 4-5: promesas a Sión). Los primeros atacan la idolatría, la avaricia y la codicia de los ricos, la corrupción en la administración pública. Se acusa a todas las categorías sociales, ya que todas ellas actúan contra la orden del Señor de cumplir la justicia (6,8), De aquí el anuncio del castigo. Pero en una situación tan amenazadora surgen los oráculos de esperanza, que culminan en los cc. 4-5 con la confirmación de la doctrina del «resto» (.7, Amós) .1 con el anuncio del nacimiento del Mésías davídico en Belén (5,1-5).

G. Lorusso

Bibl.: L, Alonso Schokel - J L. Sicre. Profétas. 11, Cristiandad, Madrid 1980, 10331072; N. Flanagan, Amós, Oseas y Miqueas, Mensajero/Sal Terrae, Bilbao y Santander 1969; J. L. Sicre, Profetismo en Israel, Verbo Divino. Estella 1992

 

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Cristo cambia la vida. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la «metánoia» o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento. En los Evangelios, el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en «hacer camino» con Cristo; la segunda, en «caminar detrás» de Él, auténtico guía.

 

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Dios es alegría infinita" Santa Teresa de los Andes

 

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Mounier escribió que la destrucción de la libertad empieza por la manipulación del lenguaje. Esto es lo que sucede cuando el laicismo, con lo que significa de exclusión del hecho religioso, pretende ser confundido con la idea laica de aconfesionalidad.

 

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“Cuando veáis a un hombre atacado encarnizadamente, con furia, por toda clase de gente y por todos los medios, estad seguros de que tal hombre es de mucha valía” Sainte-Beuve.

 

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Si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, desdichado de aquel que no es capaz de derramarlas. Lágrimas sinceras son del mayor precio.

 

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El aborto como la eutanasia, desvirtúa los fundamentos del estado de derecho; cualquier legislación que trata de justificar o despenalizar la eutanasia como el aborto, es contraria al deber primordial de todo Estado de Derecho, que es la protección de la vida, ya sea en su etapa germinal o final.

 

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Frente a la agresión indecorosa y embestida vil de tantas sectas, conviene recordar la exhortación de Pablo a Timoteo, sobre el espíritu de fortaleza, amor y buen juicio, que los cristianos hemos recibido, y que debe guiar nuestra actuación, más aún en periodos de tormenta. La secta divide, nosotros debemos unirnos.

 

Bajo el influjo de la tradición litúrgica y profética, el tema de la sabiduría se enriquece con una profundización singular, llegando a empapar toda la Revelación. De hecho, tras el exilio se comprende con mayor claridad que la sabiduría humana es un reflejo de la Sabiduría divina, que Dios “derramó sobre todas sus obras, y sobre toda carne, según su liberalidad” (Eclo 1, 9-10). El momento más alto de la donación de la Sabiduría tiene lugar con la revelación al pueblo elegido, al que el Señor hace conocer su palabra (Dt 30, 14). Es más, la Sabiduría divina, conocida en la forma más plena de que el hombre es capaz, es la Revelación misma, la “Tora”, “el libro de la alianza de Dios altísimo” (Eclo 24, 32).

 

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Jesucristo, Mesías, y la Sabiduría divina  - La Sabiduría divina aparece en este contexto como el designio misterioso de Dios que está en el origen de la creación y de la salvación. Es la luz que lo ilumina todo, la palabra que revela, la fuerza del amor que une a Dios con su creación y con su pueblo. La Sabiduría divina no se considera una doctrina abstracta, sino una persona que procede de Dios: está cerca de Él “desde el principio” (Prov 8, 23), es su delicia en el momento de la creación del mundo y del hombre, durante la cual se deleita ante él (Prov 8, 22-31).

El texto de Ben Sira recoge este motivo y lo desarrolla, describiendo la Sabiduría divina que encuentra su lugar de “descanso” en Israel y se establece en Sión (Eclo 24, 3-12), indicando de ese modo que la fe del pueblo elegido constituye la vía más sublime para entrar en comunión con el pensamiento y el designio de Dios. El último fruto de esta profundización en el Antiguo Testamento es el libro de la Sabiduría, redactado poco antes del nacimiento de Jesús. En él se define a la Sabiduría divina como “hálito del poder de Dios, resplandor de la luz eterna, espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad”, fuente de la amistad divina y de la misma profecía” (Sab 7, 25-27).

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Uno fue el precepto de Dios, por el que dijo: «Produzca la tierra animales vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie» (Gén 1,24). Por un único mandato brotaron, como de una única fuente, las diversas clases de animales: la mansísima oveja, el león carnicero. Por su parte, movimientos diversos de animales irracionales reflejan una variedad de inclinaciones humanas: la zorra, por ejemplo, expresa la perfidia humana; la serpiente, a los que hieren a sus amigos con dardos venenosos; el caballo que relincha, a jóvenes voluptuosos(cf Jr 5,8). Sin embargo, la hormiga diligente sirve para estimular al negligente y al perezoso. Pues cuando alguien, en su juventud, vive en la desidia y el ocio, los mismos animales irracionales le estimulan según el mismo reproche que recoge la Escritura: «Vete donde la hormiga, perezoso, mira sus andanzas y te harás sabio» (Prov 6,6). Pues cuando veas que guarda alimentos para el tiempo oportuno, imítala y recoge para ti mismo como tesoros, para la vida futura, los frutos de las buenas obras. Por otra parte: «Ponte a la obra y aprende qué trabajadora es» (Prov 6,8). Observa cómo, recorriendo toda clase de flores, produce miel para tu servicio, para que también tú, haciendo el recorrido por las Sagradas Escrituras, consigas tu salvación eterna y, saciado por ellas, digas: «¡Cuán dulce al paladar me es tu promesa, más que miel a mi boca!» (Sal 119,103).

Cirilo de Jerusalén, 313 386 ca. - Catequesis bautismal, 9,10-15

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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El mundo, visto a través de Dios, es fraterno y hermoso, hasta en la hermana muerte, se disfruta en su voluntaria privación. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener: no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo, siendo libre de las cosas se señorea alegremente el universo.-
¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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‘El cristianismo desvelado’ La editorial Edaf presenta el nuevo libro de Luis Antequera: Respuesta a las 103 preguntas más frecuentes sobre el cristianismo», se presenta como un compendio útil y necesario frente a las preguntas más habituales sobre la inagotable herencia cristiana de la sociedad occidental.
Este tratado de tipo histórico, sin ninguna pretensión teológica, aporta luz y datos sobre la figura de Jesús, el Papado, la Iglesia, los dogmas y ritos cristianos. Antequera da respuestas a cuestiones tales como cuándo nació Jesús, si tuvo hermanos y novia, si fue su madre una virgen y otras como quiénes son los ortodoxos, en qué se diferencian de los católicos, por qué los sacerdotes no se casan y si existen los ángeles y el demonio. Según el autor: «Un libro de consulta, de lectura no lineal, dirigido a cualquiera que quiera conocer la religión cristiana, sin ser necesariamente creyente». 2008

Título: ‘Educar en la verdad’ Diálogo entre la fe y la razón .

Autor: Javier Prades y Eduardo Toraño (eds.)
Editorial: Facultad de Teología San Dámaso - 2008-01-

¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Grüss Gott. Salve, oh Dios.


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